Nadie puede dejar de ser un egoísta excepto los hipócritas. La palabra «egoísta» ha adquirido un tono de condena porque todas las religiones la han condenado. Quieren que seas altruista, pero ¿por qué? Para ayudar a los demás…
Esto me recuerda algo, un niño estaba hablando con su madre y la madre le dijo: «Recuerda que siempre hay que ayudar a los demás». Y el niño preguntó: «¿Y los demás qué harán?». La madre, naturalmente, contestó: «Ayudar a los demás». El niño dijo: «Me parece un método muy raro. ¿Por qué no ayudarte a ti mismo en vez de a otro y complicar las cosas sin necesidad?».
El egoísmo es natural. Sí, siendo egoísta llega un momento en el que estás compartiendo. Cuando te encuentras en un estado de alegría desbordante es cuando puedes compartir. Ahora mismo la gente infeliz está ayudando a otra gente infeliz, los ciegos guían a otros ciegos. ¿Qué ayuda puedes ofrecer? Esta es una idea muy peligrosa que ha prevalecido a través de los siglos.
En una pequeña escuela, la profesora le dijo a los niños:
– Debéis hacer una buena acción al menos una vez por semana.
Un niño le preguntó:
– Por favor, denos al menos algún ejemplo de buenas acciones porque no sabemos lo que es bueno.
De manera que ella respondió:
– Por ejemplo: una ciega quiere cruzar la calle y la ayudáis a cruzar la calle. Esa es una buena acción; es un acto virtuoso.
La semana siguiente preguntó:
– ¿Alguno de vosotros se ha acordado de hacer lo que os dije? -Tres niños levantaron la mano-. Eso no está bien, el resto de la clase no ha obedecido, pero a pesar de todo, al menos hay tres niños que han hecho algo bueno -dijo la profesora-. ¿Qué has hecho tú? -le preguntó al primero.
– Exactamente lo que usted dijo -contestó-. Ayudé a cruzar la calle a una ancianita ciega.
– Eso está muy bien -dijo la profesora-, que Dios te bendiga-. ¿Qué has hecho tú? -le preguntó al segundo.
– Lo mismo -contestó-, ayudé a cruzar la calle a una ancianita ciega.
La profesora estaba un poco sorprendida, ¿dónde han encontrado a tantas ancianas ciegas? Pero como se trata de una gran ciudad pueden haber encontrado dos. Preguntó al tercero y este le dijo:
– He hecho exactamente lo que han hecho ellos, ayudar a cruzar la calle a una ancianita ciega.
La profesora exclamó:
– Pero ¿dónde habéis encontrado a tres ciegas?
– No lo entiendes -dijeron-, no había tres ciegas, solo había una y ¡fue tan difícil ayudarla a cruzar la calle! Nos daba golpes gritando y chillando porque no quería cruzar, pero nosotros estábamos empeñados en realizar una buena acción. Se reunió un montón de gente a chillarnos, pero les dijimos: «No os preocupéis, sólo queremos ayudarla a cruzar la calle». ¡Pero ella no quería cruzarla!
Dicen a la gente que ayude a los demás, pero ellos mismos están vacíos. Dicen a la gente que ame a los demás -a sus vecinos, a sus enemigos- pero nunca les han dicho que se amen a sí mismos. Directa o indirectamente, todas las religiones dicen a la gente que se odie. La persona que se odia no puede amar a nadie; solo puede fingir que ama.
Lo fundamental es amarte tanto a ti mismo que el amor rebose y alcance a los demás. No estoy en contra de compartir, pero estoy absolutamente en contra del altruismo. Estoy a favor de compartir, pero primero debes tener algo para compartir. De ese modo no estarás haciendo algo como una obligación hacia nadie, sino al contrario, la persona que recibe algo de ti te está haciendo un favor. Deberías estar agradecido al otro, porque podía haber rechazado tu ayuda y ha sido generoso aceptándola.
Siempre insisto en decir que el individuo debería sentirse tan feliz, tan dichoso, tan silencioso, tan satisfecho, que gracias a ese estado de satisfacción empieza a compartir. Está tan pleno como una nube cargada de lluvia que debe descargarla.
Si resulta que sacia la sed de los demás o la sed de la tierra, esto es secundario. Si cada individuo está lleno de alegría, lleno de luz y lleno de silencio, lo compartirá sin que nadie se lo diga, porque compartir es una felicidad. Dárselo a alguien produce más alegría que obtenerlo.
Pero habría que cambiar toda la estructura. No habría que decir a las personas que fuesen altruistas. Si son desdichados, ¿qué le van a hacer? Si son ciegos, ¿qué le van a hacer? Si han derrochado su vida, ¿qué le van a hacer? Solo pueden dar lo que tienen. De manera que la gente está dando a todo el que entra en contacto con ellos infelicidad, sufrimiento, angustia y ansiedad. ¡Eso es el altruismo! No, yo prefiero que todo el mundo sea absolutamente egoísta.
Los árboles son egoístas: aportan agua a sus raíces, aportan savia a sus ramas, a sus hojas, a sus frutos y a sus flores. Y cuando florecen esparcen su perfume a todo el mundo, tanto conocido como desconocido, familiar o extraño. Cuando están cargados de fruta, comparten y dan sus frutos. Pero si enseñases a los árboles a ser altruistas morirían, del mismo modo que toda la humanidad está muerta, solo son cadáveres andantes. Y ¿hacia dónde van? Van hacia el cementerio para descansar finalmente en su tumba.
La vida debería ser una danza y la vida de todo el mundo puede convertirse en una danza. Debería ser una música, y después podrás compartir; tendrás que compartir. No es que yo lo diga, es una de las leyes fundamentales de la existencia: cuanto más compartes tu dicha, más crece.
Por eso enseño egoísmo.
En Mateo 22 se dice:
Entonces, uno de ellos, que era doctor en leyes, le hizo una pregunta tentándole y diciendo: Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?
Jesús le respondió: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primer gran mandamiento. Y el segundo es similar a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.
Hay dos palabras -ley y amor- que son enormemente relevantes. Representan dos tipos de mente, son los polos opuestos. La mente jurídica nunca puede ser amorosa y la mente que ama nunca puede ser jurídica. La actitud legal no es religiosa: es política, social. Y la actitud del amor no es política ni social, sino individual, personal y religiosa.
Moisés, Manú, Marx, Mao, son mentes jurídicas; han aportado al mundo la ley. Jesús, Krisna, Buda, Lao Tzu, son personas de amor. No han dado un mandamiento legal al mundo, han dado una visión completamente distinta.
He oído contar una historia sobre Federico el Grande, rey de Prusia, que era una mente jurídica. Fue a verle una mujer para quejarse de su marido. «Majestad -le dijo-, mi marido me trata muy mal.»
Federico el Grande dijo: «Eso no es asunto mío».
Pero la mujer insistía: «No solo eso. Majestad, también habla mal de usted».
Federico el Grande contestó: «Eso no es asunto tuyo». Así es la mentalidad jurídica.
La mente jurídica siempre está pensando en la ley y nunca en el amor. La mente jurídica piensa en la justicia pero nunca piensa en la compasión; y la justicia sin compasión nunca puede ser justa. Una justicia que no tenga compasión está abocada a ser injusta; pero una compasión que aparentemente es injusta no puede ser injusta. La propia naturaleza de la compasión es ser justa; la justicia sigue a la compasión como una sombra. Pero la compasión no sigue a la justicia como una sombra porque la compasión es lo verdadero, el amor es lo verdadero. Tu sombra te sigue pero tú no sigues a tu sombra. La sombra no puede guiar, la sombra tiene que seguir. Y esta es una de las grandes controversias de la humanidad: si Dios es amor o ley, si Dios es justo o compasivo.
La mente jurídica dice: Dios es la ley. Pero la mente jurídica no puede saber qué es Dios porque Dios es otra forma de decir amor. La mente jurídica no puede alcanzar esa dimensión. La mente jurídica responsabiliza de todo a los demás: a la sociedad, a la estructura económica y a la historia. Para la mente jurídica, los demás siempre son culpables. El amor se hace responsable de sí mismo; siempre soy yo el responsable, no tú.
Cuando entiendes que tú eres el responsable empiezas a florecer. La ley es una excusa. Es una astucia de la mente para que puedas seguir protegiéndote y defendiéndote. El amor es vulnerable, pero la ley es una medida defensiva. Cuando amas a alguien no hablas de leyes. Cuando amas, la ley desaparece, porque el amor es la ley suprema. No precisa otras leyes, se basta consigo mismo. Y cuando el amor te protege no necesitas otra protección. No seas legalista, de lo contrarío te perderás todo lo bello de la vida. No seas un abogado, sé un amante, de lo contrario te seguirás protegiendo y al final te darás cuenta de que no hay nada que proteger; solo has estado protegiendo un ego vacío. Y siempre puedes encontrar medios y formas de proteger el ego vacío.
He oído una anécdota sobre Oscar Wilde. El estreno de su primera obra de teatro fue un fracaso absoluto, un fiasco. Cuando salió del teatro, sus amigos le preguntaron: «¿Qué tal ha ido?». Él dijo: «La obra ha sido un éxito, pero el público ha sido un fracaso».
Así es la mentalidad jurídica, siempre está intentando proteger al ego vacío; no es más que una pompa de jabón: dentro no tiene nada, está llena de vacío y no hay nada. Pero la ley sigue protegiéndolo. Recuerda, en cuanto te vuelves legalista, en cuanto empiezas a ver la vida a través de la ley -puede ser la ley del gobierno o la ley de la iglesia, eso no cambia nada-, en cuanto empiezas a ver la vida a través de la ley, a través de un código moral, de las escrituras o de los mandamientos, empiezas a perdértela.
Hay que ser vulnerable para saber qué es la vida; hay que estar totalmente abierto, inseguro. Hay que estar dispuesto a morir para conocerla; solo así podrás conocer la vida. Si tienes miedo a la muerte nunca conocerás la vida, porque la muerte no puede conocer. Si no tienes miedo a la muerte, si estás dispuesto a conocerla, conocerás la vida, la vida eterna que nunca muere. La ley es miedo escondido, el amor es la expresión de la ausencia de miedo.
Cuando amas el miedo desaparece, ¿te has dado cuenta? Cuando amas no existe el miedo. Cuando amas a alguien el miedo desaparece. Cuanto más amas, más desaparece el miedo. Si amas totalmente, el miedo está absolutamente ausente. El miedo solo surge cuando no amas. El miedo es ausencia de amor, la ley es ausencia de amor porque básicamente es una defensa de tu tembloroso corazón interno; tienes miedo y quieres protegerte.
Si una sociedad se sustenta en la ley, esa sociedad estará dominada por el miedo. Cuando una sociedad se sustenta en el amor, el miedo desaparece y no es necesaria la ley, no son necesarios los tribunales, ni son necesarios el cielo y el infierno. El infierno es una actitud jurídica; el castigo proviene de una mentalidad jurídica. La ley dice que si haces el mal serás castigado y si haces el bien serás recompensado. Y luego están las llamadas religiones: dicen que si cometes un pecado te mandarán al infierno. ¡Imagínate ese infierno! Las personas que han inventado la idea del infierno deben de haber sido profundamente sádicas. Han representado el infierno de manera que han tomado todas las medidas posibles para que sufras. Y también han inventado el cielo; el cielo para ellos y sus seguidores, el infierno para los que no les siguen y no creen en ellos. Pero estas actitudes son legalistas, es la misma actitud que el castigo criminal. Y el castigo ha fallado.
No se puede detener el crimen, el castigo no ha podido detenerlo. Sigue aumentando porque, de hecho, la mentalidad jurídica y la mentalidad criminal son dos caras de la misma moneda; no son diferentes. Todas las mentes jurídicas son esencialmente criminales y todas las mentes criminales pueden convertirse en buenas mentes jurídicas, porque tienen el potencial. No son dos mundos independientes; forman parte del mismo mundo. El crimen sigue aumentando y la ley se va volviendo cada vez más complicada y compleja.
El hombre no ha cambiado debido al castigo sino que, en realidad, se ha vuelto más corrupto. Los tribunales no lo han cambiado pero lo han corrompido más. Y tampoco han servido los conceptos de recompensa, cielo o respetabilidad. Ya que el infierno depende del miedo y el cielo depende de la codicia; son estos dos conceptos, miedo y codicia, el problema. ¿Cómo vas a cambiar a la gente por medio de ellos? Son enfermedades, y la mente jurídica insiste en decir que son medicinas.
Es necesaria una actitud completamente distinta, la actitud del amor. Cristo aporta amor al mundo. Destruye la ley, el mismo fundamento de la ley. Ese fue su crimen y por eso le crucificaron, porque estaba destruyendo los cimientos de esta sociedad criminal; estaba destruyendo el pilar fundamental del mundo criminal, de las guerras, la violencia y la agresión. Proporcionó un pilar fundamental completamente nuevo. Hay que intentar comprender estas líneas en toda su profundidad.
Entonces, uno de ellos, que era doctor en leyes, le hizo una pregunta tentándole y diciendo…
«Tentándole.» Quería arrastrar a Jesús a una discusión legalista. Hay muchas ocasiones en la vida de Jesús en las que le tentaron a bajar de las alturas del amor a los oscuros valles de la ley. Y la gente que intentó tentarle era muy capciosa. Por el tipo de preguntas que le hacían, si Jesús no hubiese sido un ser realizado, habría caído en la trampa. Le planteaban lo que en la lógica se llama un dilema: respondas lo que respondas, estás perdido. Si dices una cosa estás perdido, pero si dices lo contrario también estás perdido.
Seguro que conoces esta famosa historia. Él está sentado a la orilla del río, la gente se acerca llevándole a una mujer. Le dicen que esta mujer ha cometido un pecado: «¿Tú qué opinas?». Le están tentando porque las escrituras antiguas dicen que cuando una mujer comete un pecado, hay que lapidarla hasta la muerte. Ahora le están dando a Jesús dos alternativas. Si sigue las escrituras, entonces le preguntarán: «¿Dónde ha ido a parar tu concepto del amor y la compasión? ¿No eres capaz de perdonarla? ¿De manera que todo lo que dices sobre el amor no es más que palabrería?». No tiene salida. Pero si dice: «Perdonadla», ellos contestarán: «Entonces estás en contra de las escrituras; y tú has estado diciendo a la gente "Yo vendré a cumplir las escrituras, no a destruirlas"». Esto es un dilema, estas son las dos únicas alternativas.
Pero la mente jurídica no se da cuenta de que un hombre de amor tiene una tercera alternativa que la mente jurídica no conoce, porque la mente jurídica solo puede pensar en opuestos. Para la mente jurídica solo existen dos alternativas, sí o no. No sabe nada de la tercera alternativa, a la que De Bono ha denominado po; la primera sí, la segunda no y la tercera alternativa es po. No es ni sí ni no, sino completamente diferente. Jesús es el primer hombre en el mundo que dijo po. No utilizó ese término, el término ha sido inventado por De Bono, pero dijopo, en realidad lo hizo. Él dijo a la multitud: «Solo aquellos de entre vosotros que no hayan pecado nunca y nunca hayan pensado en cometer un pecado, que den un paso al frente. Coged las piedras con vuestras manos y matad a esta mujer». Pero no había ni una sola persona que no hubiese cometido un pecado o que nunca hubiese pensado en cometerlo.
Tal vez haya gente que no ha cometido nunca un pecado pero pueden estar pensando constantemente en ello. En realidad, es inevitable que lo hagan. La gente que comete pecados no piensa tanto en ello. Los que no lo hacen están constantemente pensando o fantaseando sobre ello. Y en el fondo de tu ser, no hay ninguna diferencia entre pensar o actuar.
Poco a poco la gente empezó a desaparecer. Los que estaban en primera fila se fueron hacia atrás, los juristas expertos de la sociedad y los ciudadanos eminentes de la ciudad empezaron a irse. Este hombre había usado una tercera alternativa. No dijo sí ni dijo no. Dijo: «Sí, matad a esta mujer, pero solo pueden hacerlo quienes no hayan cometido nunca un pecado ni hayan pensado en cometerlo». La multitud desapareció. Dejaron a Jesús solo con la mujer; ella cayó a sus pies y le dijo: «Realmente he cometido un pecado, soy una mala mujer. Puedes castigarme».
Jesús le respondió: «¿Quién soy yo para juzgarte? Esto es un asunto entre tú y tu Dios. Es algo entre tú y la existencia. ¿Quién soy yo para interferir? Si te das cuenta de que has hecho algo mal, no vuelvas a hacerlo».
Estas situaciones se repetían continuamente. La gente solo estaba interesada en llevar a Jesús a una disputa en la que pudiera salir ganadora la mente jurídica. No puedes discutir con una mente jurídica, si lo haces te derrotará, porque la mente jurídica es muy eficiente en la discusión. Adoptes la posición que adoptes -eso no importa- serás derrotado.
Jesús no podía ser derrotado porque nunca discutía. Esta era una de las señales, uno de los signos de que había alcanzado el amor. Se mantenía en su cumbre; nunca descendía.
Entonces, uno de ellos, que era doctor en leyes, le hizo una pregunta tentándole y diciendo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?».
Esta es una pregunta muy difícil. ¿Cuál es el mandamiento, más grande, cuál es el principal mandamiento, cuál es el mandamiento fundamental de la ley? Es muy complicado porque cada ley depende de otras, están entrelazadas. No puedes encontrar una ley fundamental, no hay una ley fundamental. Todas dependen de las demás; son interdependientes.
En la India, este ha sido uno de los grandes debates: ¿Qué es lo básico, la no violencia o!a verdad? Si te encuentras en una situación en la que tienes que escoger entre la verdad y la no violencia -si dices la verdad habrá violencia, y si no dices la verdad se puede evitar la violencia-, ¿qué harías? ¿Dirías la verdad y permitirías que se cometiera la violencia?
Por ejemplo, estás sentado en un cruce de caminos y llega un grupo de policías que te preguntan: «¿Ha visto pasar por aquí a un hombre? Tenemos que atraparle y matarle porque ha escapado de la prisión. Tiene una sentencia de muerte». Tú le has visto. Puedes decir que sí y estarás diciendo la verdad, pero entonces serás responsable de la muerte de ese hombre. Puedes decir que no le has visto o puedes darle a la policía una pista equivocada; de esta manera el hombre se salvará. Sigues siendo no violento pero has mentido. ¿Qué harías? Parece imposible escoger, casi imposible. ¿Qué ley es la más fundamental?
Jesús le respondió: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
Esto es po: no está respondiendo a la pregunta en absoluto; está respondiendo a otra cosa. No está bajando al mundo de las leyes; se mantiene situado en su cumbre del amor. Dice: «Este es el primer gran mandamiento. Ama a Dios con todo tu corazón, toda tu mente y todo tu espíritu». La pregunta era sobre la ley, pero la respuesta es sobre el amor. En realidad, no ha contestado a la pregunta, o puedes decir que ha contestado a la pregunta, porque esta es la única respuesta ya que no puede haber otra respuesta.
Hay que comprender esto. Solo se puede responder una pregunta de un plano más bajo desde un plano más alto; si te quedas en el mismo plano, es imposible responder. Por ejemplo, desde donde te encuentras surge la pregunta, surgen muchas preguntas. Si le preguntas a una persona que está en tu mismo plano, no podrá responderte. Sus respuestas pueden parecer relevantes pero no lo son, porque él está en la misma situación que tú.
Es como un loco ayudando a otro loco, un ciego guiando a otro ciego, un hombre confundido intentando ayudar a otro confundido a alcanzar la claridad. De eso solo surgirá más desorden, más confusión. Eso es lo que ha ocurrido en el mundo: todo el mundo está dando consejos a ios demás. No hay nada más barato que un consejo. De hecho, no cuesta nada, te lo dan simplemente si lo pides; todo el mundo está dispuesto a darte consejos. Tú no lo piensas y los que te dan consejos tampoco piensan en que ellos están en el mismo plano que tú y sus consejos no sirven para nada. O pueden ser incluso dañinos. Solo alguien que esté en un plano superior al tuyo te puede ayudar, alguien que tenga una percepción más clara, una claridad más profunda, un ser más cristalizado. Solo ese tipo de persona puede responder a tus preguntas.
Hay tres posibilidades de diálogo: primero está el de dos ignorantes que hablan. Se habla mucho pero de ahí no sale nada; es todo ficticio. Hablan, pero no quieren decir lo que dicen, ni siquiera se dan cuenta de qué están diciendo, solo están pasando el rato; se sienten bien cuando están ocupados. Están hablando de forma mecánica, como si fuesen dos ordenadores. Después está la posibilidad de dos personas iluminadas hablando. No hablan ni tienen necesidad de hablar. La comunión se produce en silencio; se entienden el uno al otro sin necesidad de palabras. Dos personas ignorantes hablando: demasiadas palabras y no hay entendimiento. Dos personas iluminadas encontrándose: no hay palabras, solo entendimiento.
La primera situación ocurre todos los días, millones de veces en todo el mundo. La segunda situación se da en raras ocasiones, tras miles y miles de años; rara vez ocurre que dos personas iluminadas se encuentren.
Hay una tercera posibilidad: una persona iluminada hablando con una no iluminada. Entonces hay dos planos, uno está en la tierra y el otro está en el cielo; uno se mueve en una carreta de bueyes y el otro vuela en avión. La persona que está en la tierra pregunta una cosa y la persona que está en el cielo responde otra cosa. Pero esta es la única forma, la única manera de ayudar a la persona que está en la tierra. El hombre de leyes preguntó sobre la ley, y dijo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la ley?».
No está preguntando sobre el amor. Jesús está intentando seducirle hacia el amor; ha cambiado el contexto. En cuanto estás en las manos de Jesús él te llevará a una dimensión que no conoces, a lo desconocido, a lo incognoscible.
Jesús le respondió: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.
«Con todo tu corazón» quiere decir con todos tus sentimientos. Esto es la devoción. Cuando todos tus sentimientos están unidos, integrados en una unidad, esto es oración. Devoción es todo tu corazón latiendo con el deseo de lo desconocido, latiendo con un profundo impulso, una profunda investigación de lo desconocido, con la devoción de cada latido de tu corazón.
«Con toda tu mente»: este es el significado de meditación, cuando todos tus pensamientos se vuelven uno. Cuando todos tus pensamientos se vuelven uno, el pensamiento desaparece; cuando todos tus sentimientos se vuelven uno, el sentimiento desaparece. Cuando hay muchos sentimientos eres un sentimental. Cuando tus sentimientos son uno, el sentimentalismo desaparece, estás lleno de corazón pero sin sentimentalismos. La devoción no es sentimentalismo. La devoción es una armonía tal de sentimientos, una unidad tal de sentimientos, que la cualidad de los sentimientos cambia inmediatamente. Del mismo modo que cuando pones agua en el fuego se va calentando cada vez más; hasta los noventa y nueve grados centígrados sigue siendo agua pero llega a los cien grados y, de repente, ocurre una transformación. El agua ya no es agua, empieza a evaporarse e inmediatamente cambia de cualidad. El agua tiene la cualidad de fluir hacia abajo; cuando se evapora, el vapor tiene la cualidad de flotar elevándose. Ha cambiado de dirección.
Cuando vives en las emociones, con tantas emociones solo eres confusión, una casa de locos. Cuando todas
las emociones se integran, llega un momento de transformación. Cuando se vuelven una, has llegado a los cien grados, a! punto de evaporación. Inmediatamente desaparece la vieja naturaleza de las emociones, la vieja cualidad de fluir hacia abajo ya no está ahí. Empiezas a evaporarte, y te elevas hacia el cielo como el vapor. Esto es la devoción.
Y lo mismo sucede cuando todos tus pensamientos se vuelven uno; el pensamiento se detiene. Cuando hay muchos pensamientos, es posible pensar; cuando los pensamientos son uno, llega un momento en que esta unidad de pensamiento se vuelve casi sinónimo de no pensamiento. Tener un pensamiento es no tener pensamientos, porque el pensamiento no puede existir solo. Solo puede existir con muchos otros, solo puede existir si hay multitud. Cuando desaparece la multitud, también desaparece ese único pensamiento y se llega a un estado de no pensamiento.
Jesús, en esa pequeña frase, ha condensado toda la religión:
«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón», de eso trata la oración.
«Con toda tu mente», de eso trata la meditación.
«Y con toda tu alma»… El alma es la trascendencia del pensamiento y los sentimientos. El alma está más allá de la oración y más allá de la meditación. El alma es tu naturaleza, es la conciencia trascendental que hay en ti.
Mírate a ti mismo como si fueses un triángulo; en la parte inferior están el sentimiento y el pensamiento. Pero, hasta ahora, las únicas dos cosas que has estado experimentando son el sentimiento y el pensamiento, y no conoces la tercera. La tercera solo se puede conocer cuando el sentimiento se convierte en devoción y empieza a ir hacia arriba, y cuando el pensamiento se convierte en meditación y empieza a ir hacia arriba. Entonces, la devoción y la meditación se encuentran en un determinado punto, y ese punto es el alma. Tu corazón y tu mente se encuentran en algún sitio: eso eres tú, eso es el más allá, eso es lo que Jesús llama alma.
Este es el primer gran mandamiento.
Ahora está usando el lenguaje de un abogado. Ha dicho todo lo que quería decir; ahora llega al lenguaje de un abogado. La primera frase pertenece al plano de Jesús; la segunda frase pertenece al plano del abogado. Y Jesús intenta crear un puente entre las dos.
Este es el primer gran mandamiento. El amor es el primer gran mandamiento. De hecho, el amor no es un mandamiento en absoluto, porque no te pueden mandar amar, no te pueden ordenar mandar ni te pueden obligar. No puedes controlar y manipular el amor. El amor es más grande que tú, más elevado que tú, ¿cómo vas a controlarlo? Y si te ordenan amar, si llegase alguien como se hace en el ejército: «¡Giro a la derecha! ¡Giro a la izquierda!». Si viniera alguien y dijera, «¡Ama!», ¿qué harías? «¡Giro a la derecha!» o «¡Giro a la izquierda!» está bien, pero si te dicen «¡Ama!», no sabes hacia dónde tienes que girarte, hacia dónde tienes que ir. No conoces el camino, no es algo que se pueda ordenar.
Sí, puedes fingir y desempeñar un papel, y es lo que sucede en este mundo. La mayor maldición que ha caído sobre la tierra es haber obligado a amar. Desde la primera infancia se le enseña a amar a todo el mundo, como si se pudiera enseñar a amar: «Ama a tu madre, ama a tu padre, ama a tus hermanos y hermanas». Ama esto, ama lo otro; y el niño lo intenta, porque ¿cómo puede saber un niño que el amor no se puede fingir? Es algo que sucede y no se puede forzar.
Te estás perdiendo el amor por intentarlo demasiado. Todo el mundo está buscando amor, puedes llamarlo Dios, puedes llamarlo lo que quieras, pero en el fondo estás buscando amor. Pero no eres capaz, y no porque no lo hayas intentado sino por haberlo intentado demasiado.
El amor es algo que sucede; no se puede forzar. Por haberte obligado a amar, tu amor ha sido falsificado desde el principio, está envenenado desde su origen. No le digas nunca a un niño -no cometas ese pecado-, «Ama a tu madre». Ama al niño y permite que suceda al amor. No le digas: «Ámame porque soy tu madre o tu padre. Ámame». No se lo impongas, si no tu hijo no lo conseguirá nunca. Simplemente ama a tu hijo, y en un medio cariñoso sucede que un día hay sintonía. La armonía está en el órgano más profundo de tu ser. Algo se pone en marcha, surge una melodía, una armonía, y entonces sabes que esa es tu naturaleza. Pero no intentes crearla; simplemente relájate y permite que salga.
Este es el primer gran mandamiento. Jesús está usando el lenguaje de un abogado porque le está respondiendo, pero el amor no es un mandamiento ni puede serlo.
Y el segundo es similar a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo.
El primero es, ama a tu Dios. «Dios» quiere decir la totalidad, el Tao, Brahma. Dios no es una palabra demasiado precisa, Tao es mucho mejor, el todo, la totalidad, la existencia. Ama la existencia; eso es lo primero, lo más esencial.
Y el segundo es similar a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo.
… porque es difícil encontrar a Dios y es difícil amar a Dios cuando todavía no lo has encontrado. ¿Cómo puedes amar a Dios sí no lo conoces? ¿Cómo puedes amar lo desconocido? Necesitas algún vínculo, necesitas tener familiaridad, ¿cómo puedes amar a Dios? Parece absurdo y es absurdo. De ahí el segundo mandamiento.
Y el segundo es similar a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Leí una historia que me gustó. Un hombre docto le preguntó al rabino Abraham:
– Dicen que das a la gente drogas misteriosas y que tus drogas son efectivas. Dame una para que pueda lograr tener temor de Dios.
– No conozco ninguna droga para el temor de Dios -respondió el rabino-, pero si quieres, puedo darte una para el amor de Dios."
– ¡Eso es mejor todavía! -exclamó el erudito-. ¡Dámela!
– Es el amor hacia nuestros semejantes -respondió el rabino.
Si realmente quieres amar a Dios, tienes que empezar por amar a tus semejantes porque son los que están más cerca de ti. Y, poco a poco, las ondas de tu amor se irán expandiendo. El amor es como el guijarro que tiras a un lago tranquilo; surgen ondas que empiezan a extenderse hasta las lejanas orillas. Pero en primer lugar está el golpe del guijarro en el lago; cerca del guijarro surgen las ondas que se van extendiendo a lo lejos. Primero tienes que amar a los que son como tú, porque los conoces, porque con ellos, ai menos, puedes sentir cierta familiaridad, cierta intimidad. Después el amor puede seguir expandiéndose. Después puedes amar a los animales, a los árboles o a las piedras. Y solo entonces puedes amar la existencia como tal, pero nunca antes.
De manera que amando a los seres humanos ya has dado el primer paso. Pero en este desafortunado mundo siempre sucede lo contrario: la gente ama a Dios y mata a los seres humanos. Dicen que necesitan matar por su amor a Dios. Los cristianos matan a los musulmanes, los musulmanes matan a los cristianos, los hindúes matan a los musulmanes y los musulmanes matan a los hindúes, porque todos aman a Dios; matan a otros seres humanos en nombre de Dios. Sus dioses son falsos. Porque si tu Dios es verdadero, si realmente has conocido el significado de la divinidad, si te has dado cuenta -aunque solo sea un poco-, si has tenido algún vislumbre de qué es la divinidad, amarás a los seres humanos, a los animales, a los árboles, a las rocas, ¡amarás el amor! El amor se convertirá en tu estado natural. Pero si no puedes amar a los seres humanos, no te engañes, los templos no te van a ayudar.
Puedes decir no a Dios, pero nunca digas no a los seres humanos, porque si dices no a los seres humanos, estarás bloqueando el camino y nunca podrás alcanzar la divinidad. Di no a la iglesia, di no al templo -no pasa nada por eso-, pero nunca digas no al amor, porque ese es el verdadero templo. Los demás templos son monedas falsas, imágenes falsas, no son auténticas. Solo hay un auténtico templo y es el templo del amor. Nunca le digas no al amor; encontrarás la divinidad porque no podrá esconderse mucho tiempo.
En el segundo mandamiento, Jesús dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» porque, de hecho, tú eres toda la humanidad, con muchas caras y muchas formas. ¿No te das cuenta? Tu vecino no es otro que tú, tu propio ser con una apariencia y una forma diferentes.
Muchos ríos del mundo tienen nombres de colores. En China está el río Amarillo, en alguna parte de Sudáfrica tienen el río Rojo. En Estados Unidos he oído que está el río Blanco y el río Verde. El río en sí mismo no tiene color; el agua es incolora, pero el río toma el color del terreno por el que pasa, el color de los arbustos de los márgenes. Si pasa por el desierto, por supuesto tiene un color diferente; si pasa por un bosque, se refleja el bosque -los matorrales, el follaje-, y tiene un color diferente. Si pasa por un terreno donde el barro es amarillo, se vuelve amarillo. Pero los ríos no tienen color. Y todos los ríos, se llamen blanco, verde o amarillo, llegan naturalmente a su fin, a su destino, desembocan en el océano y se convierten en el océano.
Vuestras diferencias son a causa del terreno. Vuestros colores son diferentes debido al terreno. Pero la cualidad más íntima del ser es incolora; es la misma. Hay negros y hay blancos, otros están justo en el medio: los indios; otros son amarillos: los chinos… hay muchos colores. Pero recuerda, estos colores son los colores del terreno del cuerpo por el que pasas. No son tus colores, tú eres incoloro. Tú no eres el cuerpo, tampoco eres la mente ni eres el corazón. Vuestras mentes difieren porque tienen condicionamientos distintos, vuestro cuerpo es diferente porque ha pasado por un terreno distinto, por una herencia distinta; pero no sois diferentes.
Jesús dice: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Como te amas a ti mismo, ama a tu prójimo. Y una cosa muy básica que los católicos han olvidado completamente es que Jesús dice «Ámate a ti mismo». A menos que te ames a ti mismo, no podrás amar a tu prójimo. La llamada cristiandad te ha estado enseñando el odio hacia ti mismo, el rechazo hacia ti mismo. Ámate porque eres lo más próximo a la divinidad. Ahí es donde tiene que surgir la primera onda. ¡Ámate! Amarse a uno mismo es lo más fundamental; si quieres ser religioso, el fundamento consiste en amarte a ti mismo. Sin embargo las llamadas religiones solo te están enseñando el odio hacia ti mismo: «Condénate a ti mismo, eres un pecador, eres culpable, esto y aquello… no mereces nada».
No eres un pecador pero te han hecho serlo. No eres culpable, porque te han dado interpretaciones de la vida equivocadas. Acéptate y ámate. Solo así podrás amar a tu prójimo, si no, no habrá ninguna posibilidad. Si no te amas a ti mismo, ¿cómo vas a amar a otro ser? Yo te enseño a amarte. Haz simplemente eso; si no puedes hacer nada más… ámate a ti mismo. Y del amor a ti mismo, poco a poco, podrás ver que el amor empieza a fluir, se empieza a expandir y alcanza a tu prójimo.
El problema actual es que te odias y quieres amar a otra persona, lo cual es imposible. Y el otro se odia a sí mismo y quiere amarte. Antes tienes que aprender la lección del amor dentro de ti mismo.
Si preguntas a Freud y a los psicoanalistas, ellos han descubierto algo muy básico. Dicen que en un principio el niño es autoerótico, onanista, se ama a sí mismo. Después se vuelve homosexual: los niños quieren jugar con los niños y las niñas quieren jugar con las niñas, no quieren mezclarse unos con otros. Y luego surge la heterosexualidad, el niño quiere mezciarse y amar a una niña; la niña quiere conocer a un niño y amarlo. Primero es autoerótico, después homoerótico y más tarde heteroerótico; esto es así en cuanto al sexo. Y lo mismo ocurre con el amor.
Primero, te amas a ti mismo. Después amas a tu prójimo, amas a otros seres humanos. Y después, das otro paso, y amas la existencia. Pero la base eres tú. Por tanto, no te critiques, no te rechaces. Acéptate. Lo divino ha hecho su morada en ti. La existencia te ha amado mucho, por eso ha hecho en ti su morada. La existencia ha hecho un templo de ti; lo divino está vivo dentro de ti. Si te rechazas a ti mismo, rechazas lo más próximo a la divinidad que puede haber. Y si rechazas lo más cercano es imposible que puedas amar lo que está más lejos.
Cuando Jesús dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo», está diciendo dos cosas. Primero, ámate a ti mismo para que puedas ser capaz de amar a tu prójimo.
De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.
En realidad, es un solo mandamiento: Ama. El amor es el único orden de cosas. Si entiendes el amor, lo has entendido todo. Si no has entendido el amor, quizá puedas saber muchas cosas, pero todo ese conocimiento está podrido. Échalo a la basura y olvídate de él. Empieza desde el principio. Vuelve a ser un niño y empieza a quererte otra vez.
Tu lago, como yo lo veo, no tiene ondas. No ha caído en él el primer guijarro del amor.
He oído una historia danesa. Recuérdala, deja que pase a formar parte de tu reflexión. La historia habla de una araña que vivía entre las tablas de un viejo establo. Un día se dejó caer por un largo hilo hasta una tabla más baja, donde vio que había más moscas y era más fácil cazarlas. Decidió vivir permanentemente en este nivel inferior y tejió una cómoda telaraña. Pero un día se fijó en el hilo por el que había bajado que subía hasta la oscuridad de arriba. «Ya no necesito este hilo-dijo-, solo está estorbando.» Lo cortó y de ese modo destruyó toda la telaraña que estaba sujeta a él.
Esta también es la historia del hombre. Un hilo que te une con lo supremo, lo superior, llámalo Tao, existencia o divinidad. Puedes haber olvidado completamente que desciendes de ahí. Procedes del todo y tienes que volver a él. Todo vuelve a su fuente original; tiene que ser así. Entonces se cierra el círculo y uno está completo. Y te puedes sentir incluso como esta araña a la que le estorba el hilo que la une con lo superior. Muchas veces no puedes hacer algunas cosas por culpa de él, se mete en medio todo el rato. No puedes ser todo lo violento que te gustaría; no puedes ser todo lo agresivo que te gustaría; no puedes odiar todo lo que te gustaría; el hilo se vuelve a meter en medio. A veces puedes sentirte como esta araña, con ganas de cortarlo, de darle un tijeretazo para que tu camino esté despejado.
Eso es lo que dice Nietzsche: «Dios ha muerto». Ha cortado el hilo. Pero Nietzsche se volvió loco inmediatamente después. En el momento que dijo «Dios ha muerto», se volvió loco, porque de ese modo te separas de la fuente original de toda la vida. De ese modo estás privado de algo vital, esencial. Te falta algo y has olvidado que era la base misma de tu vida. La araña cortó el hilo y con él destruyó toda la telaraña que necesitaba ese hilo para sostenerse.
Estés donde estés, en tu noche más oscura, un rayo de luz te sigue uniendo con la existencia. Esa es tu vida; es lo que te mantiene vivo. Encuentra ese hilo porque es la forma de encontrar el camino de vuelta a casa.
El 5 de junio de 1910, O'Henry se estaba muriendo. Oscurecía. Sus amigos estaban a su alrededor. De repente, abrió los ojos y dijo: «Enciende la luz. No me quiero ir a casa a oscuras». Encendieron la luz; cerró los ojos, sonrió y se fue.
El hilo que te une, el rayo de vida que te da la vida es el camino de vuelta a casa. Sigues unido con la existencia por muy lejos que te hayas ido, de lo contrario no sería posible. Tú puedes haberte olvidado, pero la existencia no se ha olvidado de ti, y eso es lo que realmente importa. Intenta buscar algo que te una con la existencia. Búscalo y llegarás al mandamiento del que está hablando Jesús. Si buscas, llegarás a saber que es el amor, y no el conocimiento, lo que te une con la existencia. Y siempre que sientas amor serás enormemente feliz, porque tendrás cada vez más vida a tu disposición.
Jesús y Buda son como dos abejas. La abeja sale y encuentra hermosas flores en un valle. Vuelve, baila una danza de éxtasis cerca de sus amigas para contarles que ha encontrado un hermoso valle repleto de flores. «Venid, seguidme.» Jesús es como una abeja que ha encontrado la fuente original de la vida, un valle de hermosas flores, flores de eternidad. Vuelve y baila a tu lado para darte el mensaje: «Ven, sígueme».
Si intentas entender y buscar en tu interior, verás que el amor es la cosa más importante, más esencial que hay en tu ser. No lo dejes morir. Ayúdalo a crecer para que pueda convertirse en un gran árbol, para que los pájaros del cielo puedan cobijarse bajo tu sombra, para que tú también te puedas convertir en una abeja.
En tu éxtasis, puedes también compartir con los demás lo que has descubierto.
La pena de muerte es una degradante prueba de lo inhumano que el es hombre para el hombre. Es una prueba de que el hombre sigue viviendo en la barbarie. La civilización sigue siendo un concepto que todavía no se ha hecho realidad.
Tendrás que estudiarlo desde todos los aspectos para comprender por qué se sigue utilizando en tantas civilizaciones, culturas y estados, algo tan idiota como la pena de muerte. Incluso en algunos países donde había sido suprimida la han vuelto a adoptar. En otros países ha sido suprimida y se ha sustituido por la cadena perpetua, que es peor todavía que la pena de muerte. Es mejor morir en un instante que morir lentamente durante cincuenta o sesenta años. Cambiar la pena de muerte por la cadena perpetua no es ser más civilizado, sino estar más hundido aún en la barbarie, la oscuridad inhumana y la inconsciencia.
Lo primero que hay que entender es que la pena de muerte no es realmente un castigo. Si no puedes recompensar con la vida, no puedes castigar con la muerte. Es lógica pura y no puede haber dos opiniones distintas sobre esto. Si no puedes dar la vida a la gente, ¿con qué derecho puedes quitársela?
Esto me recuerda una historia real. Había dos criminales que encontraron un tesoro oculto en un castillo. Mucha gente había intentado entrar en el castillo para robarlo, pero siempre los atrapaban; sin embargo, estos criminales lo consiguieron. El tesoro era muy grande y uno de ellos decidió que no estaba dispuesto a dividirlo. Una posibilidad era matar al otro, pero al hacerlo le podían pillar, y no quería arriesgarse porque el tesoro estaba ahora en sus manos.
Lo consiguió de una forma muy astuta. Desapareció e hizo correr el rumor de que había sido asesinado, dejando pruebas para que pareciera que el asesino había sido su amigo. Cogieron al amigo con todas las pruebas: a su revólver le faltaban dos balas y había huellas digitales suyas por todo el revólver. En el lugar del crimen apareció un pañuelo con su nombre bordado… No podía demostrar su inocencia; no había ninguna forma de hacerlo; todo estaba en su contra y le iban a condenar a la pena de muerte. Él sabía que no había asesinado a su amigo; sabía que todo era una conspiración, que su amigo no estaba muerto, y era una estratagema para quedarse con todo el tesoro.
Pero, antes de su ejecución, consiguió escapar de la cárcel. Doce años más tarde, cuando oyó que su compinche -que había cambiado de identidad y se había convertido en un político res-petable- había muerto, fue a las autoridades y le dijo a los tribunales -al mismo juez que le había condenado-: «Soy el que sentenciaste a muerte hace doce años, pero conseguí huir. Y yo era absolutamente inocente, pero no podía demostrarlo».
De hecho, la inocencia no se puede demostrar. Las pruebas pueden ser a favor o contra, pero la inocencia no se puede demostrar. «Ahora la persona cuya muerte me imputasteis hace doce años ha muerto. Es la misma persona, de manera que yo no pude haberle matado hace doce años -dijo-. El único crimen que he cometido es huir de la cárcel, pero ¿se puede llamar crimen a eso? Cuando castigas a un hombre inocente a morir, ¿quién es el criminal, tú oyó?»
La historia tiene muchas implicaciones. El hombre dijo: «¿Si después de sentenciarme a muerte no me hubiese escapado y me hubiesen ejecutado, cuál habría sido el caso ahora? Si se hubiese sabido que el hombre que pensabais que estaba muerto estaba en realidad vivo, ¿me hubieseis podido devolver la vida? Si no podéis devolverme la vida, ¿qué derecho tenéis a quitármela?».
Se cuenta que el juez renunció a su cargo y le pidió disculpas al hombre diciendo: «Es posible que haya cometido muchos crímenes en mi vida».
En todo el mundo, la realidad es que eres culpable a menos que se demuestre tu inocencia. Esto va en contra de todos los ideales humanitarios, la democracia, la libertad o el respeto hacia la individualidad; va contra todo. La ley dice que eres inocente mientras no se demuestre tu culpabilidad -eso es lo que dicen las palabras-, pero en la realidad ocurre exactamente lo contrario.
El hombre dice una cosa y hace lo contrario. Habla de ser civilizado y culto, pero no es civilizado ni culto. La pena de muerte es prueba fehaciente de ello.
Es la ley de una sociedad bárbara: ojo por ojo, cabeza por cabeza. Si alguien corta una de tus manos, entonces, en una sociedad bárbara, hay una estricta ley que dice que hay que cortarle una de sus manos a quien lo hizo. Esto mismo se lleva haciendo desde hace siglos, y la pena de muerte es lo mismo: «Ojo por ojo. Si se cree que una persona ha asesinado a alguien, deberá ser asesinado». Pero es extraño: si matar a alguien es un crimen, ¿cómo vas a eliminar el crimen de la sociedad si vuelves a cometer el mismo crimen? Antes había un hombre asesinado y ahora hay dos. Y ni siquiera está completamente claro que este hombre haya asesinado a aquel, porque no es nada fácil demostrar un asesinato.
Si el asesinato está mal, da lo mismo que lo cometa un individuo o sean los tribunales quienes lo cometen.
Ciertamente, el asesinato es un crimen. La pena de muerte es un crimen cometido por!a sociedad contra un individuo que está indefenso. No puedo llamarlo una pena, yo lo llamo crimen.
Y puedes comprender por qué se comete: es una forma de vengarse. La sociedad se venga de que la persona no obedeciera las leyes. La sociedad está dispuesta a matarle, pero a nadie parece importarle que si alguien comete un asesinato, esto demuestra que esa persona tiene una enfermedad psicológica. En vez de meterlo en la cárcel o ejecutarle, deberían enviarle a una institución donde pudieran cuidarle física, psíquica y espiritualmente. Está enfermo; necesita toda la compasión de la sociedad, no se trata de imponer un castigo.
Sí, es verdad, ha asesinado a alguien, pero no podemos hacer nada al respecto. ¿Podemos devolverle la vida
asesinando a quien le mató? Si eso fuese posible, yo apoyaría eliminar al asesino -no merece ser parte de la sociedad-, y el otro reviviría. Pero esto no es así. El otro se ha ido para siempre y no hay forma de revivirle. Sí, lo único que puedes hacer es también matar a ese hombre. Estás intentando lavar la sangre con sangre, el barro con barro.
No te das cuenta de lo que ha sucedido en la historia muchas veces. Hace trescientos años, en muchas culturas se creía que los locos fingían. En otras muchas se creía que estaban poseídos por los espíritus. E incluso en algunas se creía que estaban locos, pero que se podían curar con castigos. Así es como se trataba a los locos.
Los trataban a base de azotes -¡vaya tratamiento!- y sacándoles sangre. Ahora les hacen transfusiones de sangre pero antes hacían justo lo contrario: les sacaban sangre pensando que tenían demasiada energía. Naturalmente, se quedaban más débiles y al mostrar signos de debilidad por toda la sangre que les habían sacado, pensaban que les habían curado de su locura.
Azotándolos, naturalmente, de vez en cuando recuperaban la cordura. Es casi como si empiezas a golpear a una persona que está dormida y esta se despierta. Un loco se ha salido de su mente consciente y es posible que, si le das un azote, en algún caso vuelva a sus cabales. Esa era la prueba de que pegarle era el tratamiento correcto. Aunque solo se curaban de vez en cuando; en el noventa y nueve por ciento de los casos les torturaban innecesariamente. Pero esa única excepción confirmaba la regla.
Se pensaba que los locos estaban poseídos por espíritus, por fantasmas; y en ese caso también les daban un azote, porque si estaban poseídos por fantasmas, el azote solo le afectaría al fantasma y no a la persona. No estás pegando el cuerpo de la persona, sino a los fantasmas que le están poseyendo, y gracias a esos golpes, los fantasmas huirán. Alguna que otra vez, la persona volvía a sus cabales, pero no llegaba ni al uno por ciento de las veces.
Estuve en un sitio famoso por tratar a los locos. Llevaban a ese lugar a cientos de locos. Se trataba de un templo a las orillas de un río; el sacerdote de ese templo debe de haber sido carnicero al menos en varios centenares de vidas. Parecía un carnicero y azotaba a todo el mundo. Los locos estaban encadenados, les azotaban, no les daban comida y les administraban laxantes muy fuertes. Vi cómo de vez en cuando alguno volvía a sus cabales. Los fuertes laxantes durante unos días y la falta de comida efectuaban una limpieza de su sistema interno. Los azotes les devolvían un poco de conciencia. Sin comida, pasando hambre… un hombre hambriento no puede permitirse estar loco porque su cuerpo está pasando un suplicio. Para estar loco necesitas un mínimo de comodidad en tu vida.
Puedes comprobarlo, cuanto más rica es una sociedad, más lu-josa y abundante es una cultura, más locos hay. Cuanto más pobre es una sociedad -famélica y hambrienta-, menos gente se vuelve loca. La locura necesita, en primer lugar, una mente. Pero una persona hambrienta no tiene alimento para la mente. Está desnutrida, de manera que su mente no está en situación de estar chiflada. Para estarlo, la mente necesita más energía de la necesaria para sobrevivir normalmente. La locura es una enfermedad del hombre moderno. Los pobres no se la pueden permitir.
Cuando le haces pasar hambre a una persona y le administras laxantes, se limpia su sistema interno, y esto le produce tanta hambre que solo puede centrarse en el cuerpo. Se olvida de la mente y su principal preocupación es el cuerpo. Ya no está interesado en la mente y sus juegos.
La locura es un juego de la mente.
Por eso, de vez en cuando, había gente que se curaba en ese templo; ese uno por ciento que se curaba hacía que se extendiese el rumor y que llevasen allí a cientos de personas. El templo se enriqueció muchísimo. Yo he ido a visitarlo muchas veces, pero solo he visto curarse a una persona. Los demás volvían a sus casas apaleados, hambrientos y desnutridos… incluso más enfermos aún y más débiles; muchos murieron a causa del tratamiento de ese sacerdote.
Cuando un sacerdote realiza un tratamiento en un templo o en un lugar sagrado de la India, no es un crimen si mueres. Volverás a nacer en un nivel más elevado de conciencia, por eso no se considera un crimen. Hace muchos siglos que los sacerdotes están tratando a los locos de todo el mundo con este sistema.
Ahora sabemos que no se puede tratar a un loco de esta manera. Antes solían encerrarlos en celdas aisladas de la cárcel. Esto sigue sucediendo en todo el mundo porque no sabemos qué hacer con ellos. Para esconder nuestra ignorancia los metemos en la cárcel, así podemos olvidarnos de ellos; al menos podemos olvidar que existen.
En mi pueblo, el tío de uno de mis amigos estaba loco. Era una familia rica. Solía ir a su casa a menudo, pero solo años más tarde me percaté de que uno de los tíos de mi amigo estaba encerrado y encadenado en el sótano.
– ¿Por qué está encerrado? -les pregunté.
– Está loco -me respondieron-, y solo teníamos dos alternativas: o le mantenemos encadenado en nuestra casa… y claro, no podemos tenerlo encadenado en la planta baja, pues todo el que venga de visita se va a alarmar y preocupar, y además sería terrible para sus hijos y su mujer ver a su padre y su marido en ese estado, o lo enviamos a la cárcel. Y enviarlo a la cárcel habría perjudicado la reputación de la familia, así que buscamos esta solución y le encerramos en el sótano. Un sirviente le lleva la comida y, aparte de él, no ve a nadie; nadie baja a verle.
– Me gustaría conocer a tu tío -convencí a mi amigo.
– Pero no puedo ir contigo -me dijo-, es peligroso, ¡está loco! Aunque está encadenado podría hacerte daño.
– Como mucho, puede matarme. Ponte detrás de mí para poder escapar si me mata, pero me gustaría verle -le dije.
Como insistí, él consiguió la llave del sirviente que se ocupaba de la comida de su tío. Yo era la única persona del mundo exterior que le veía desde hacía treinta años, además del sirviente. Es posible que ese hombre estuviera loco anteriormente -no puedo saberlo-, pero ahora no lo estaba. Nadie estaba dispuesto a hacerle caso porque todos los locos dicen «yo no estoy loco». Por eso, cuando le decía al sirviente: «Dile a mi familia que no estoy loco», el sirviente se reía. Finalmente el sirviente decidió decírselo a la familia pero nadie le hizo caso.
Cuando le vi, me senté con él y estuve hablando. Estaba tan cuerdo como cualquier otra persona, incluso un poco más porque me dijo:
– Estar aquí durante treinta años ha sido una experiencia terrible. Pero puedo ver lo afortunado que soy alejado de vuestro loco mundo. Creen que estoy loco, déjales que lo piensen, no pasa nada pero, en realidad, me siento muy afortunado de estar fuera de vuestro loco mundo. ¿Tú qué opinas? -me preguntó.
– Tienes toda la razón -le contesté-. El mundo exterior está mucho más loco que cuando lo dejaste hace treinta años. En treinta años todo ha evolucionado mucho, también la locura. Deberías dejar de decir a la gente que no estás loco, si no, ¡puede ser que te saquen de aquí! Estás viviendo una vida perfectamente hermosa. Tienes sitio para moverte…
– Es el único ejercicio que puedo hacer aquí… caminar -dijo él.
Le empecé a enseñar a hacer vipassana.
– Estás en la situación perfecta para convertirte en un buda: sin preocupaciones ni molestias, ni interferencias. Eres muy afortunado -le dije.
La última vez que le vi, antes de morir, por la expresión de su cara y sus ojos pude ver que no era la misma persona, había sufrido una transformación, una mutación total.
Los locos necesitan métodos de meditación para poder escapar de su locura. Los criminales necesitan ayuda psicológica y apoyo espiritual. Están profundamente enfermos y estáis castigando a personas enfermas. No es culpa de ellos. Si alguien asesina quiere decir que lleva arrastrando la tendencia a asesinar desde hace mucho tiempo. No es que, de repente, de la nada, asesines a alguien.
Cuando hay un asesinato, habría que juzgar a la sociedad, se debería castigar a toda la sociedad. ¿Por qué le ha ocurrido algo así a esta sociedad? ¿Qué habéis hecho para que ese hombre se convierta en un asesino? ¿Por qué se ha vuelto destructivo? La naturaleza da energía creativa a todo el mundo, pero se vuelve destructiva solo cuando se obstruye, cuando no se permite su flujo natural. Siempre que la energía quiere seguir su cauce natural, la sociedad se lo impide, la mutila, la desvía en otra dirección. En poco tiempo el ser humano está confundido. No sabe qué es qué. Ya no sabe qué está haciendo ni por qué hace lo que está haciendo. Los motivos originales se han quedado muy atrás, ha dado tantas vueltas que ahora es un rompecabezas.
Nadie necesita la pena de muerte y nadie la merece. En realidad, ni la pena de muerte ni ningún otro castigo están bien, porque el castigo no cura a nadie. El número de criminales aumenta día a día; cada día se construyen más cárceles. Es extraño. No debería ser así. Debería ocurrir todo lo contrario, porque con tantos tribunales y tantos castigos, y tantas cárceles debería haber menos crímenes y menos criminales. Con el tiempo, debería disminuir el número de cárceles y juzgados. Pero no está sucediendo.
Esto se debe a un error de planteamiento. No se puede usar el castigo para enseñar a la gente. Vuestros juristas, vuestros expertos en leyes y vuestros políticos han estado diciendo desde hace siglos: «Si no castigamos a la gente, ¿cómo vamos a enseñarles? Todo el mundo empezará a cometer delitos. Tenemos que castigarlos para que tengan miedo». Creen que el miedo es la única forma de enseñar, ¡y el miedo no es en absoluto forma de enseñar nada a la gente! Lo que se consigue con el castigo es que la gente se familiarice con el miedo de manera que ya no existe el sobresalto inicial. Ahora saben lo que les puede pasar: «Como mucho me vas a azotar. Y si otra persona lo puede aguantar, yo también.' Además, de cien ladrones solo puedes atrapar a uno o dos. Si ni siquiera puedo arriesgarme a eso, teniendo un noventa y ocho por ciento de probabilidades de éxito, ¿qué clase de hombre soy?».
Nadie aprende nada del castigo. Ni siquiera la persona que está siendo castigada aprende lo que quieres que aprenda. Sí, aprende algo: aprende a endurecerse.
En cuanto alguien va a la cárcel, la cárcel se convierte en su casa porque allí encuentra gente con una mentalidad muy parecida a la suya. Allí encuentra su verdadera sociedad. Cuando estaba fuera era un extraño, pero en la cárcel está en su mundo. Todos hablan su mismo idioma y además son expertos. Es posible que tú seas un aficionado o un aprendiz y este sea tu primer curso.
He oído contar una historia sobre un hombre que va a la cárcel y ve descansando en la oscura celda a un viejo. El viejo le pregunta: «¿Cuánto tiempo te toca estar aquí?».
El recién llegado responde: «Diez años».
El viejo le dice: «Entonces puedes quedarte cerca de la puerta. ¡Solo diez años! Pareces un aficionado. A mí me toca estar aquí cincuenta años, así que quédate cerca de la puerta. Pronto estarás fuera».
Pero cuando pasas diez años con expertos aprendes todas sus técnicas, estrategias y métodos. Aprendes de su experiencia. Descubrirás que las cárceles son una especie de universidad donde se enseña a delinquir a expensas del gobierno. Encontrarás profesores de crimen, decanos, vicerrectores y rectores de la facultad del crimen… personas que han cometido todos los crímenes que puedas imaginar. Sin duda, el recién llegado empieza a aprender.
He estado en muchas cárceles y en todas ellas la atmósfera era esencialmente la misma. El denominador común de todas las cárceles y prisiones que he visitado es que lo que te lleva a la cárcel no es el crimen, sino que te atrapen. De manera que tienes que aprender la forma correcta de hacer las cosas que están prohibidas. No es cuestión de hacer cosas buenas, sino de hacer de forma correcta lo que está prohibido. Y en la cárcel todos los presos aprenden la forma correcta de hacer lo que está prohibido. He hablado con presos que decían: «Estamos ansiosos de salir porque hemos aprendido tanto, que queremos ponerlo en práctica. Solo nos falta el aspecto práctico, antes de que nos cogieran todo era conocimiento teórico, pero necesitas que la sociedad de la cárcel te enseñe la parte práctica».
Cuando alguien se convierte en delincuente habitual, ya no se encontrará a gusto en ningún otro sitio y, antes o después, volverá a la cárcel. Al cabo del tiempo, la cárcel se convierte en su sociedad alternativa. Es más cómoda, se siente más en casa y nadie le desprecia. Los demás también son criminales, no hay sacerdotes ni sabios, ni santos. Son pobres seres humanos con todas sus flaquezas y debilidades.
Fuera se siente rechazado, abandonado.
En mi pueblo, había un delincuente habitual. Era un hombre muy bello; se llamaba Barkat Mian. Solía pasar casi nueve meses en la cárcel y tres meses fuera. En esos tres meses tenía que presentarse en la comisaría todas las semanas para que vieran que todo estaba bien y que seguía ahí. Yo tenía una gran amistad con ese hombre pero mi familia estaba muy enfadada conmigo y me decían:
– ¿Por qué te juntas con Barkat? Dime con quién vas y te diré quién eres -me solían decir.
– Ya entiendo -respondía-. Eso quiere decir que a Barkat le conocerán por ir conmigo, y no es malo darle un poco de respetabilidad a alguien.
– ¿Cuándo vas a ver las cosas de la forma correcta? -me recriminaban.
– Estoy viéndolas de la forma correcta -respondía-. En vez de degradarme Barkat a mí, yo le estoy ensalzando a él. ¿Creéis que su maldad es más poderosa que mi bondad? No confiáis en mi integridad sino que confiáis en la integridad de Barkat -les dije-. Sea cual sea vuestra opinión, yo confío en mí mismo. Barkat no puede hacerme ningún daño. Si alguien va a causar algún daño a alguien, seré yo quien se lo haga a Barkat.
Realmente, era un buen hombre, muy amable, y solía decirme:
– No deberían verte conmigo. Si quieres que nos encontremos y hablemos, podemos quedar a las afueras del pueblo, junto al río.
Él vivía cerca del cementerio musulmán, donde no va nadie a menos que haya muerto; solo se va una vez. No le permitían vivir en el pueblo. En el pueblo nadie estaba dispuesto a alquilarle una casa. Por mucho que quisiera pagar, no le alquilaban nada. Nadie quería meterle en su casa.
– ¿Por qué te convertiste en ladrón? -le pregunté a Barkat.
– La primera vez que me metieron en la cárcel -dijo-, yo era totalmente inocente, pero como era pobre, no podía contratar a un abogado y mi familia quería meterme en la cárcel por intereses creados. Mi padre y mi madre murieron cuando tenía muy pocos años, catorce o quince, y mis otros familiares querían quedarse con todos los bienes de la familia, la casa, las tierras… pero para hacerlo tenían que quitarme de en medio. Y lo consiguieron. Me metieron algo en una bolsa que tenía en casa; no hubo forma de evitarlo. Cuando encontraron la bolsa me metieron en la cárcel. Al salir, ya no existía mi terreno, mi casa había sido vendida y mis familiares habían conseguido dispersar y distribuir todo. Estaba en la calle.
»Al principio, cuando llegué, era inocente, pero cuando salí ya no era inocente porque me había graduado. En la cárcel le conté a todo el mundo lo que me había pasado y me dijeron: "No te preocupes, estos nueve meses pasarán pronto pero en ese tiempo te daremos los retoques finales y podrás vengarte de todo el mundo".
»Primero empecé por vengarme de todos mis parientes; no fue más que lo uno por lo otro. Me habían obligado a convertirme en un ladrón, y ahora podía demostrar que lo era. Fui contra todos mis allegados y les robé todo lo que tenían. Pero, poco a poco, me fui involucrando más. Te puedes librar en diez casos, pero en el undécimo te pescan. Cuanto más viejo y más eficiente te vuelves, menos te pescan. Pero surge un problema: la cárcel es un sitio relajante, unas vacaciones del trabajo, de las preocupaciones, y de todas esas cosas. Unos cuantos meses en la cárcel son buenos para la salud… una vida disciplinada con un horario para levantarse, ir al trabajo, y acostarse. Y comida suficiente para mantenerte vivo.
»Nunca me pongo enfermo en la cárcel -dijo-, excepto cuando lo finjo para que me manden al hospital y así tener unas pequeñas vacaciones. Cuando estoy fuera me pongo enfermo, pero cuando estoy dentro nunca. El mundo de fuera es un mundo extraño; todo el mundo es superior y yo soy inferior. Solo tengo sensación de libertad cuando estoy en la cárcel.
¡Que raro! Cuando dijo eso yo le pregunté:
– ¿Dices que en el cárcel te sientes libre?
– Así es -respondió-, solo en la cárcel me siento libre.
¿Qué clase de sociedad es esta donde la gente se siente libre en la cárcel y aprisionada cuando está fuera?
Y esta es la historia de cualquier delincuente. Al principio es algo insignificante -tal vez tenía hambre o frío, necesitaba una manta y la robó-, pequeñas necesidades que hay que satisfacer; si no fuera por eso no habría este tipo de personas en la sociedad. Nadie le pide a la sociedad que engendre a este tipo de personas. Por una parte cada vez hay más gente y no hay bastante comida, ni ropa, ni cobijo para todo el mundo. Entonces, ¿qué esperabais? Estáis poniendo a la gente en situación de verse abocados a ser delincuentes.
Si queremos que desaparezca el crimen, hay que reducir la población del mundo a la tercera parte.
Pero nadie quiere que desaparezca el crimen, porque la desaparición del crimen implica la desaparición de vuestros jueces, abogados, expertos en leyes, parlamentos, policías y carceleros. Crearía mucho desempleo y nadie quiere que las cosas cambien a mejor.
Todo el mundo dice que las cosas deberían cambiar a mejor, pero todo el mundo sigue haciendo que vayan a peor, porque cuanto peor van las cosas, más empleados hay. Cuanto peor van las cosas, más oportunidades tienes de sentirte bien. Los criminales son necesarios para que os sintáis éticos y respetables. Los pecadores son necesarios para que los santos se sientan santos. Sin pecadores, ¿quién sería santo? Si toda la sociedad estuviese formada por personas buenas, ¿crees que os habríais acordado de Jesucristo durante dos mil años? ¿Para qué? La sociedad criminal es la que recuerda a Jesucristo durante dos mil años.
Es algo muy fácil de entender. ¿Por qué recordáis a Gautama Buda? Si hubiese millones de budas, de seres iluminados en el mundo, no le daríais importancia. ¿Qué es lo que hizo sobresalir a Gautama Buda? Habría sido uno más del montón. Pero han pasado veinticinco siglos y él sigue inamovible, como la cima de una montaña, muy por encima de vuestras cabezas.
En realidad, Buda, Jesús, Mahoma o Mahavira, no son gigantes; sois vosotros los pigmeos. Y a los gigantes les interesa que tú sigas siendo un pigmeo, si no, ellos no serían gigantes. Es una gran conspiración.
Yo estoy en contra de esta conspiración. No soy un gigante ni un pigmeo. No tengo intereses creados. Solo soy yo mismo. No me comparo con nadie, así no hay nadie que sea más bajo o más alto que yo. Por este simple hecho, puedo ver claramente; no hay intereses creados que desvíen mi vista. Y esta es mi respuesta inmediata a la cuestión de la pena de muerte: es simplemente una prueba de que el ser humano todavía necesita civilizarse, necesita cultivarse y conocer los valores humanos.
En este mundo, nadie es un criminal ni lo ha sido nunca. Sí, hay gente que necesita compasión, pero no encarcelarlos o castigarlos. Todas las cárceles deberían convertirse en clínicas de cuidados psicológicos.
Mi hermana tuvo un accidente y, desde entonces, no se puede mover, no puede ver, no puede oír ni hablar. ¿Sería mejor dejaría morir?
Esta es una de las preguntas fundamentales que se plantea en todo el mundo de diferentes maneras. Durante siglos hemos aceptado la idea de que habría que evitar la muerte porque es algo siniestro, ya que la vida nos viene dada por Dios y la muerte nos viene a través del demonio.
Incluso en la profesión médica, los licenciados en medicina de todo el mundo tienen que hacer el juramento hipocrático por el que se comprometen a que de ninguna manera ayudarán a morir a nadie, e intentarán proteger la vida de todas las formas posibles.
Esto estaba bien en la época de Hipócrates, porque de cada diez niños que nacían, solo uno llegaba a la edad adulta. Nueve morirían, y esa era la situación. La población del mundo entero en la época de Gautama Buda era tan reducida que no puedes ni hacerte una idea. Solo había doscientos millones de habitantes. En la India, ahora mismo, hay casi mil millones de personas. En el mundo hay más de cinco mil millones de personas. De doscientos millones de personas hemos pasado, en veinticinco siglos, a más de cinco mil millones de personas en la misma tierra. Y la ciencia médica ha avanzado muchísimo.
Se solía decir que la esperanza de vida era como mucho de setenta años. Desde hace casi cinco mil años los científicos han estado buscando huesos, esqueletos, para saber exactamente cuánto vivía el hombre antiguamente. Y han llegado a la conclusión de que la gente no vivía más de cuarenta años, por eso es cierto cuando la gente dice que antiguamente, los días eran tan hermosos que ningún padre veía la muerte de su propio hijo. Es natural. Si todos los padres mueren a los cuarenta años, ¿cómo es posible que vean la muerte de su propio hijo?
Pero aquí no están incluidos esos nueve niños que no vivían más de dos años. De manera que, en realidad, cada padre estaba viendo la muerte de docenas de hijos. Si un niño sobrevivía más de dos años, entonces tenía la posibilidad de vivir hasta los cuarenta años. Naturalmente, mientras tanto, su padre moriría.
Ahora hay mucha gente que ha sobrepasado los cien años de edad, y en algunas partes del mundo puedes encontrar a personas de más de cien años que siguen trabajando en el campo como si fuesen jóvenes. Los científicos dicen que existe la posibilidad de que el cuerpo del ser humano sea capaz de vivir al menos trescientos años, siempre que reciba la nutrición, el ejercicio y el ambiente adecuados. Es un panorama muy peligroso, porque incluso viviendo noventa o cien años acabas tan harto de la vida, que ¿qué harías si vivieses trescientos años? No te reconocerían ni los miembros de tu familia. En trescientos años habría tantas generaciones de descendientes que no tendrían nada que ver contigo. La brecha sería demasiado grande.
Y ¿qué harás? Has vivido, has amado, has visto todo lo que contiene la vida, los fracasos y los éxitos; los dolores y los placeres; los días y las noches. Has visto todas las estaciones, y ahora ya no queda nada. Ahora no es más que una repetición, la misma rueda dando vueltas.
Tenemos que replantear el asunto de la muerte. Mi opinión personal es que si una persona llega a un estado en el que vivir le parece absolutamente inútil, porque ya ha vivido bastante, la muerte no debería ser ilegal sino absolutamente permisible; en realidad, todos los hospitales deberían tener un departamento especial para las personas que quieran ir allí a morir, para que puedan morir en paz, en silencio, con todos los cuidados médicos que precisen. Estos cuidados médicos no son para mantenerle vivo, sino para ayudarle a morir de la forma más bella y más tranquila posible.
Yo pienso que todos los departamentos para la muerte de los hospitales deberían tener un meditador que, antes de morir, ayudase a la gente a aprender a meditar para que pudiesen morir meditativamente. Su muerte se podría convertir en una experiencia de un valor incalculable, tal vez más valiosa que toda su vida. Y no están cometiendo ningún pecado.
Allí puedes tener tiempo de pensar en ello. Quizá, en ese momentó, la persona se encuentre trastornada emocionalmente. Es posible que le haya ocurrido algo que le haya dado esa idea: «Es mejor que acabe con mi vida». Por eso, habría que darle tiempo, habría que decirle: «Ingresa en el hospital, descansa un mes y prepárate para tu muerte. Nosotros te ayudaremos. Pero si durante este mes cambias de idea, tú decides. ¡Puedes levantarte y marcharte! Nadie te está obligando».
Y recuerda, ninguna emoción dura más de unos minutos. Cualquiera que se ha suicidado, si hubiese esperado tan solo un minuto más, es probable que no lo hubiese hecho. Es algo momentáneo. Pero si alguien disfruta durante un mes, es feliz y realmente espera la muerte como una aventura, entonces es nuestra obligación permitirle que abandone su cuerpo con toda la gracia que sea posible.
En respuesta a esta pregunta, tenía que hacer esta introducción para que puedas comprender que la muerte no es algo siniestro sino algo natural. Pero la pregunta no se refiere a una persona mayor. La pregunta se refiere a una hermana más joven que no se puede mover, no puede ver, y no puede oír ni hablar. Sus sentidos no responden. ¿Se le puede llamar a eso vida? Eso es simplemente vegetar. Y debe de estar sufriendo inmensamente. No podemos comprobarlo, porque no puede decirnos nada. No tiene puertas para comunicarse. Está absolutamente sola, apartada de la vida. ¿Qué sentido tiene que esté en estado vegetativo durante setenta, ochenta, noventa años o tal vez más? Sería una carga para la familia. Sería una fuente de tristeza y ella misma estaría viviendo en un infierno, porque está completamente aprisionada.
Imagínate que fueses tú. No podría haber un campo de concentración peor que este: te quitan los ojos, tus oídos se cierran y no puedes hablar. Estás en coma. Hay muchas personas en esa misma situación. Yo mismo conocí a una mujer que estuvo en coma durante nueve meses. Los médicos decían que nunca volvería a recuperar la consciencia, porque había estado tanto tiempo inconsciente, que el delicado sistema nervioso que te mantiene consciente ya casi había muerto. Me mostraron una ecografía de su cerebro y me dijeron que todos los puntos que te permiten estar consciente habían muerto. Seguramente, se quedará inconsciente durante cincuenta años, porque no tenía más de treinta años cuando la vi. Ahora se ha convertido en una carga para toda su familia, su marido y sus hijos. No pueden hacer nada, es inútil. Los médicos tampoco pueden hacer nada y se sienten impotentes. Pero la ley les impide ayudar a morir a alguien; si lo hacen, serán asesinos. Estarán cometiendo un crimen.
La ley es primitiva. La ley no entiende de compasión. Esa mujer necesita una muerte misericordiosa. ¡Ni siquiera puede pedirlo ella misma!
La hermana de quien hace la pregunta no puede pedir su propia muerte. Pero los que la aman deberían pedírselo al gobierno de su país. Deberían llevar su caso a los tribunales e insistir en que mantenerla con vida no es compasivo. No es amor, es una idea absolutamente primitiva que actualmente no se sostiene. Hay que hacerles saber que toda su familia está preparada, y que deberían liberarla de esta prisión para que pueda tener un nuevo nacimiento, un nuevo cuerpo, ojos y oídos, y volver a hablar y caminar. Su muerte no será una calamidad. Para ella será una bendición.
Te estoy dando mi punto de vista. No estoy diciendo que actúes en consecuencia, porque en tu país tal vez esto sea ilegal. Tienes que interpelar al gobierno a través de las leyes y convertirlo en una cuestión de estado, porque no solo afecta a tu hermana. Puede haber muchos otros niños y jóvenes que sufren por lo mismo, por la simple razón de que la ley no permite a los especialistas médicos ayudar a alguien a dejar su cuerpo.
Es hora de que comprendamos, la profesión médica debería comprenderlo y el juramento hipocrático tendría que dejar de ser un juramento para los estudiantes de medicina. Habría que hacer un juramento que ayude a una persona a vivir si esta puede vivir plenamente, con más belleza, pero si una persona no puede vivir y solo la estás ayudando a seguir respirando… Respirar no es vivir. En ese caso, es mejor dejarla morir. En ambos casos estás siendo compasivo. O estás sirviendo a la vida, o estás sirviendo a la muerte; eso no importa. Lo que debería importarle a tu compasión es que la persona vaya a un lugar mejor, a una vida mejor.
Todos los países deberían acordar una ley, del mismo modo que ahora las leyes de casi todos los países aceptan el control de la natalidad. En un extremo de la vida se está impidiendo que nazcan más niños. Si eso ha sido aceptado, entonces, en el otro extremo habría que aceptar que si algún anciano quiere dejar este mundo, lo pueda hacer de una forma digna. Puede llamar a sus amigos y a toda su familia. Puede vivir con su familia durante ese mes, porque ahora solo le queda un mes de vida.
El nacimiento no está en tus manos, pero al menos puedes ser libre de elegir tu muerte. Algunos gobiernos están a punto de aceptar que, en el otro extremo de la vida, también deberíamos permitir a la gente irse más rápido. El mundo está demasiado poblado. Por una parte impedimos que llegue más gente y por otra parte deberíamos ayudarles a irse, para que la población y la pobreza del mundo disminuyan.
Y no se trata tan solo de conseguir un mundo menos pobre y menos poblado, sino también de pensar en esas personas. En casi todos los países occidentales y, particularmente, en Estados Unidos, hay cientos de miles de personas que viven en los hospitales. Tienen noventa o cien años y no pueden vivir en sus casas, porque ni siquiera respiran por sus propios medios. Y seguimos manteniéndolos con vida, ¿para qué? Les ponen respiración artificial. No creo que sea agradable para ellos. Nunca volverán a su casa; morirán en el hospital. Y no entiendo qué sentido tiene seguir manteniéndolos vivos con respiración artificial. Cuando el cuerpo ya no puede respirar, ¡por favor, permítele que deje de respirar! Es algo que solo les concierne a ellos.
Estáis interfiriendo demasiado porque no les dejáis morir. Ya. están muertos y les obligáis a seguir viviendo aunque seáis conscientes de que no tiene ningún sentido. ¿Qué sentido tiene mantener con vida a miles de personas que ocupan innecesariamente plazas en los hospitales, el tiempo de los médicos, con tantas máquinas y cuidados, mientras podrían estar descansando en sus tumbas? Al cabo de dos o tres años, incluso dejarán de querer la respiración artificial. La rechazarán. Eso es lo que ocurrirá. Y esto es lo que se considera un servicio, esto es lo que se considera compasión. Esto es lo que se considera cristiano. ¡Esto simplemente es crueldad!
Dejad morir en paz a esa pobre gente. Hay miles de personas en el mundo que están dispuestas a dejar su cuerpo, porque para ellos el cuerpo solo es una fuente de dolor. Con tantas enfermedades y dolencias ya no pueden hacer nada. Ya no pueden disfrutar de nada.
Pero este mundo es muy extraño. Sigue obedeciendo antiguas leyes que han dejado de tener sentido, son solo sombras del pasado, y ahora están torturando a la humanidad sin necesidad.
Yo aconsejo que a tu hermana habría que liberarla del cuerpo, porque este cuerpo no es más que una cárcel para ella. Si la amas, tienes que decirle adiós. Con lágrimas, con tristeza, pero tienes que decirle adiós de todas formas, y tienes que meditar y rezar para que encuentre un cuerpo mejor. Pero hay que exigirle al gobierno y crear un movimiento que ayude a otras personas, y no solo a tu hermana. Puede haber muchas más personas en la misma situación. Monta todo el alboroto que puedas, solo así le permitirán a tu hermana tener una muerte pacífica. Y no te preocupes, porque su ser más profundo nunca muere.
En mi educación católica, lo más importante era ser altruista, no pensar en mí. Ahora, al recordarme a mí mismo y sentir la necesidad de ir hacia dentro, parece que tuviera que atravesar una capa de incomodidad, culpabilidad y confusión. ¿Podrías hablar sobre esto?
Todas las religiones han hecho mucho daño al crecimiento del ser humano, pero el cristianismo es el que alcanza las cotas más altas en lo que se refiere a perjudicar a la humanidad. Con bellas palabras han escondido actos horribles contra ti mismo. Por ejemplo, el altruismo: decirle a alguien que no se conoce a sí mismo que sea altruista es algo tan extremadamente idiota que no puedes creer que el cristianismo haya estado haciéndolo desde hace dos mil años.
Sócrates decía: «Conócete a ti mismo; todo lo demás es secundario». Si te conoces a ti mismo, puedes ser altruista; de hecho, serás altruista. No va a suponerte ningún esfuerzo. Al conocerte, no solo conocerás tu propio ser sino el de todo el mundo. Todo es lo mismo; hay una sola conciencia, un solo continente; las personas no son islas. Pero al no enseñar a la gente a conocer su propio ser, el cristianismo ha jugado un juego muy peligroso, un juego que además ha atraído a la gente, porque utilizan una palabra muy hermosa: «altruismo». Es aparentemente religioso, espiritual. Cuando digo: «Sé egoísta», no suena muy espiritual.
¿Egoísta?
Tu mente está condicionada a pensar que el altruismo es espiritual. Y sé que lo es, pero el altruismo es imposible hasta que no seas lo bastante egoísta como para conocerte a ti mismo. El altruismo llegará como una consecuencia de conocerte a ti mismo, de ser tú mismo. Entonces, el altruismo no será un acto de virtud, ni se hará para ganar recompensas en el cielo. El altruismo simplemente será tu naturaleza y todos los actos altruistas serán en sí mismos una recompensa.
Pero el cristianismo coloca al caballo detrás del carro:mo se mueve nada, todo está obstruido. Los caballos están obstruidos por el carro y este no se puede mover, porque un carro no se mueve a menos que los caballos estén delante, tirando de él.
Al empezar a meditar, casi todos los católicos tienen un sentimiento de culpabilidad… En un mundo tan lleno de problemas, donde la gente es tan pobre, muere de inanición, sufre con el sida, ¿y tú estás meditando? ¡Eres un cruel egoísta! Primero ayuda a los pobres, ayuda a la gente que padece el sida, ayuda al resto del mundo.
Pero la vida es muy corta. En setenta u ochenta años, ¿cuántos actos altruistas puedes hacer, y cuándo vas a encontrar tiempo para meditar? Cada vez que empiezas a prepararte para meditar ves a gente pobre, aparecen nuevas enfermedades, y hay cada vez más huérfanos y mendigos.
Una madre le decía a su pequeño: «Ser altruista es uno de los principios de nuestra religión. No seas egoísta, ayuda a los demás».
El niño -los niños pequeños son más perceptivos y claros que los mayores-, el niño pequeño dijo: «No lo entiendo bien, ¿yo debería ayudar a los demás y ellos deberían ayudarme a mí? ¿Y por qué no lo simplificamos? Yo me ayudo a mí mismo, y ellos que se ayuden a ellos mismos». Este principio de la religión es muy complicado, innecesariamente complicado.
El cristianismo ha rechazado las religiones orientales por el simple hecho de que parecen egoístas. Mahavira, el místico jai-nista, meditó durante doce años… debería haber estado enseñando en una escuela o trabajando en un hospital. Debería estar cuidando a los huérfanos, como la madre Teresa, y recibir así un premio Nobel.
Está claro que ningún meditador ha recibido nunca un premio Nobel. ¿Por qué? Porque no has hecho nada altruista. Eres la persona más egoísta del mundo; solo estás meditando y disfrutando de tu silencio, de tu paz y tu dicha, encontrando la verdad, encontrando la divinidad, liberándote de todas las prisiones. Todo esto es egoísmo. De manera que a la mente católica le resulta un poco difícil aceptar la idea de la meditación. En el cristianismo no existe la meditación, sino la oración.
No pueden decir que Gautama Buda fue una persona realmente religiosa porque ¿acaso hizo algo por los pobres? ¿Hizo algo por los enfermos? ¿Hizo algo por los ancianos? Se iluminó, ¡y eso es sumamente egoísta! Pero en Oriente hay un enfoque completamente distinto, mucho más lógico, razonable y comprensible. Oriente siempre ha creído que a menos que tengas paz, silencio en tu corazón, una canción en tu ser o una luz que irradie tu iluminación, no podrás ser útil a nadie. Tú mismo estás enfermo, tú mismo eres huérfano, porque todavía no has encontrado la absoluta seguridad de la existencia, la eterna protección de la vida. Tú mismo eres tan pobre que en tu interior solo hay oscuridad. ¿Cómo vas a ayudar a los demás? Tú mismo te estás ahogando, sería peligroso intentar ayudar a otra persona; lo más probable es que se ahogara contigo. Antes tienes que aprender a' nadar. Solo así podrás ayudar a alguien que se está ahogando.
Mi punto de vista es absolutamente claro. Primero sé egoísta y descubre todo lo que contiene tu interior, todas las alegrías, la dicha y el éxtasis que hay en ti. Después, el altruismo aparecerá igual que tu sombra va detrás de ti; porque para tener un corazón que baila, para tener una divinidad en tu ser, tienes que compartirlo. No puedes guardarlo para ti como un tacaño; la tacañería en tu crecimiento interior es equivalente a la muerte.
El aspecto económico del crecimiento interior es distinto al exterior. La economía corriente dice que si sigues dando, tendrás cada vez menos. Pero la economía espiritual dice que si no das, tendrás cada vez menos, y si das, tendrás cada vez más. Las leyes del mundo exterior y el mundo interior son diametralmente opuestas.
Primero debes enriquecerte en tu interior, deberás convertirte en un emperador. Entonces tendrás tanto para compartir que ni siquiera podrás llamarlo altruismo. Y no tendrás ningún deseo de recibir una recompensa, ni ahora ni en el futuro. Ni siquiera pedirás a la persona a la que le has dado algo que te esté agradecida, sino al contrario, le estarás agradecido a esa persona porque no ha rechazado tu amor, tu dicha y tu éxtasis. Ha sido receptiva y te ha permitido verter tu amor, tus canciones y tu música en su ser.
La idea cristiana del altruismo es una tontería absoluta. En Oriente nunca se ha pensado de la misma manera. La historia de Oriente y su búsqueda de la verdad es muy larga y se sustenta en una cuestión muy simple: antes de cuidar a los demás tienes que cuidarte a ti mismo.
Quien hace la pregunta siente cierta culpabilidad porque dice: «Parece que tuviera que atravesar una capa de incomodidad, culpabilidad y confusión. ¿Podrías hablar sobre esto?».
Es un fenómeno muy sencillo: el cristianismo ha engañado a millones de personas con un camino equivocado. El fundamen-talista cristiano es la persona más fanática e intolerante que puedas encontrar. Hoy en día, en Oriente se han olvidado de sus momentos gloriosos, la época de Buda y Mahavira. Ahora, incluso los que no son cristianos están influidos por la ideología cristiana. La Constitución india dice que la caridad consiste en ayudar a los pobres, propagando la educación y construyendo hospitales. En las enseñanzas de Gautama Buda no se puede encontrar ninguna de estas cosas. No es que esté en contra de ayudar a los pobres, pero sabe que si eres un meditador vas a ayudarles sin necesidad de jactarte de ello. Sucede de una forma simple y natural.
Enseñar la meditación no es un acto de caridad pero abrir un hospital sí lo es. Abrir una escuela y enseñar geografía e historia es un acto de caridad. Y ¿qué vas a enseñar en la clase de geografía? Dónde está Tombuctú, dónde está Constantinopla. En historia ¿qué vas a enseñar? Hablarás de Gengis Khan, Tamerlán, Nadir Shah, Alejandro Magno o Iván el Terrible. ¿Eso es caridad? Pero enseñar a la gente a ser silenciosa y pacífica, amorosa y alegre, y estar satisfecha y plena no es caridad. Hasta la gente que no es católica se ha contagiado con esta enfermedad.
Mahatma Gandhi estuvo a punto de convertirse al cristianismo al menos tres veces en su vida. En realidad, era cristiano en un noventa por ciento. El doctor Ambedkar, que redactó la Cons titución india, durante años pensó que él y sus seguidores, los in-, tocables, debían convertirse al cristianismo. Finalmente decidió que se harían budistas. Pero en la Constitución india puede verse el impacto del cristianismo. En ella ni siquiera se menciona la palabra «meditación», que ha sido la aportación de Oriente al mundo y su contribución más importante. Sin embargo, la Cons titución refleja mejor lo que todavía enseñan los misioneros cristianos. No es un reflejo de Gautama Buda, ni un reflejo de Kabir o de Nanak.
No entiendo cómo puede existir la caridad sin meditación.
Tu culpabilidad es un condicionamiento equivocado. Olvídate de ello sin pensarlo dos veces. Siendo completamente egoísta, te volverás altruista. Primero tendrás que enriquecerte interiormente, hacerte tan rico y desbordar tanta riqueza que tendrás que compartir, del mismo modo que una nube cargada de lluvia tiene que compartir su lluvia con la tierra sedienta. Pero antes la nube tiene que estar cargada de lluvia. Es absurdo decir a las nubes vacías: «Deberíais ser altruistas».
La gente viene a verme con muy buenas intenciones y me dicen: «Este sitio que tienes a tu alrededor es muy raro. Deberías abrir un hospital para los pobres, recoger a los huérfanos, distribuir ropa entre los mendigos y ayudar a quienes lo necesitan». Mi propuesta es completamente distinta. Puedo distribuir métodos anticonceptivos entre los pobres para que que no haya huérfanos. Puedo dar la pildora a los pobres para no haya un aumento de la población, porque no le veo el sentido, ¿primero crear huérfanos, luego orfanatos, y después servirles y malgastar tu vida?
Cuando empecé a hablar en los años sesenta, la India tenía una población de cuatrocientos millones de personas. Desde entonces, he estado diciendo que el control de la natalidad es absolutamente necesario. Pero los católicos están en contra del control de la natalidad y en treinta y cinco años, la India ha doblado esa población con creces. Ha pasado de los cuatrocientos millones, a novecientos millones. Se podría haber evitado a quinientos millones de personas y no habría sido necesaria una madre Teresa, ni habría necesidad de que viniese el Papa a la India a predicar el altruismo.
Pero la gente es muy rara, primero les dejan enfermar y luego les dan la medicina. Y han encontrado fórmulas muy graciosas. En todos los Lions Club y Rotary Club tienen unas cajas especiales para los miembros: si estás enfermo, compras una medicina, te curas y como todavía queda la mitad del bote, haces una donación para el Lions Club. Así recaudan las medicinas, y como son personas altruistas, después las distribuyen. Su lema es el servicio. Pero es un servicio muy astuto. Esas medicinas iban a ir a parar a la basura de todas formas, ¿para qué quieres el resto de las medicinas si ya te has curado? Es una gran idea acumular todas esas medicinas, distribuirlas entre los pobres, y sentir que estás haciendo un gran servicio público.
Desde mi punto de vista, lo primero y más importante que necesita el hombre es una conciencia meditativa. Cuando tienes esa conciencia meditativa todo lo demás que hagas será de ayuda para todo el mundo y no podrá perjudicar a nadie; sólo podrás hacer actos compasivos y amorosos.
Por eso repito: primero sé egoísta. Conócete, sé tú mismo y después tu propia vida no podrá ser más que un compartir, un compartir altruista que no busca una recompensa en este mundo o en el más allá.