Todo el mundo ha sido educado para convertirse en un idealista. No hay nadie que sea realista. El idealismo es la enfermedad común a toda la humanidad.
La educación es tal, que todo el mundo piensa que tiene que hacer algo, ser alguien, en algún momento del futuro. Te dan una imagen y tienes que ser como ella. Eso te produce tensión, porque no eres esa imagen sino otra cosa; sin embargo, tienes que ser eso.
El ideal se convierte en una permanente pesadilla porque te sigue castigando. Como tienes un idea! de perfección, todo lo que haces es imperfecto. Nada de lo que haces te satisface porque tienes unas expectativas que no se pueden satisfacer.
Eres humano, tienes un tiempo, un espacio y ciertas limitaciones. Acepta esas limitaciones. Los perfeccionistas están siempre a un paso de la locura. Son obsesivos; hagan lo que hagan no es lo suficientemente bueno. Y no existe la manera de hacer algo perfecto, la perfección no es humanamente posible. De hecho, la imperfección es la única forma que existe.
¿Que enseño yo aquí? Yo no enseño perfección, enseño totalidad. Es algo Completamente distinto. Sé total. No te preocupes por la perfección. Cuando digo sé total, quiero decir sé real, quédate aquí; hagas lo que hagas, hazlo con totalidad. Serás imperfecto, pero tu imperfección estará llena de belleza y llena de tu totalidad.
No intentes ser perfecto, de lo contrario, será una fuente de ansiedad. Ya hay bastantes problemas, no te crees más. He oído esta historia:
Había una vez un individuo desarrapado y preocupado que estaba sentado en un tren con un niño de tres años. Cada poco tiempo le pegaba al niño.
– Como vuelva a pegar al niño -dijo una mujer que estaba sentada enfrente-, ¡va a tener usted un problema!
– ¿Un problema? -dijo el tipo-. ¿Me habla usted de problemas? Señora, mi colega me ha robado todo el dinero, y ha huido con mi mujer y mi coche. Mi hija está en el coche cama, embarazada de seis meses y no tiene marido. He perdido mi equipaje, me he equivocado de tren y este pequeño mocoso se acaba de comer los billetes y me ha vomitado encima. Y, ¿usted me habla de problemas?
¿Qué más problemas puede haber? ¿No te parece que son suficientes?
La vida misma es muy complicada, por favor, sé un poco más amable contigo mismo. No persigas ideales. En la vida ya hay bastantes problemas, pero se pueden resolver. Si te has equivocado de tren, te puedes cambiar; si has perdido los billetes, puedes comprarlos de nuevo; si tu mujer ha huido, puedes encontrar otra. Todos los problemas que se presentan en la vida tienen solución, pero los problemas que te plantea el idealismo no se pueden resolver nunca; es imposible.
Alguien está intentando convertirse en Jesús… No hay forma de hacerlo; no ocurre de ese modo, porque la naturaleza no lo permite. Solo hay un Jesús; la naturaleza no tolera las repeticiones. Alguien se está intentando convertir en Buda; está intentando hacer algo imposible. Simplemente no sucede, no puede suceder, porque va contra la naturaleza. Solo puedes ser tú mismo. Por eso tienes que ser total. Estés donde estés y hagas lo que hagas, hazlo con totalidad. Implícate en lo que estás haciendo, permite que se convierta en tu meditación. No te preocupes de si es perfecto o no; nunca será perfecto. Es suficiente con que seas total. Si has sido total, habrás disfrutado haciéndolo, te habrás sentido satisfecho, te habrás implicado, te habrá absorbido y habrás salido como nuevo, fresco, joven y rejuvenecido.
Todos los actos que se hacen con totalidad rejuvenecen; y los actos que se hacen con totalidad no esclavizan. Ama con totalidad y no surgirá ningún apego; ama parcialmente, y entonces surgirá el apego. Vive con totalidad y no tendrás miedo a la muerte; vive parcialmente y tendrás miedo a la muerte.
Pero olvídate de la palabra «perfección». Es una de las palabras más dañinas que existen. Esta palabra debería desaparecer de todos los idiomas del mundo, debería desaparecer de la mente humana. Nunca ha existido nadie perfecto y nunca existirá. ¿No te das cuenta? Si apareciese Dios y te encontrases con él, ¿no encontrarías fallos en su creación? Hay muchos, por eso se esconde. Casi te tiene miedo. Un fallo detrás de otro. ¿Eres capaz de contarlos? Encontrarás un número infinito de fallos. En realidad, eres un descubridor de fallos y no encuentras nada que esté bien, en el momento adecuado, o en el sitio correcto. Todo es un caos. Ni siquiera Dios es perfecto; Dios es total. Disfrutó cuando lo hacía y sigue disfrutando haciéndolo, pero no es perfecto. Si fuese perfecto la creación no podría ser imperfecta. De la perfección solo puede salir perfección.
Todas las religiones del mundo dicen que Dios es perfecto. Yo no digo eso. Yo digo que Dios es completo, Dios es sagrado, Dios es total, pero no es perfecto. Aunque quizá lo siga intentando… ¿Cómo puede ser perfecto? Si lo fuera, el mundo ya estaría muerto. Cuando algo es perfecto sobreviene la muerte, porque no hay ningún futuro, no hay un recorrido. Los árboles siguen creciendo, los niños siguen naciendo… el mundo sigue. Y él sigue perfeccionándolo. ¿No ves las mejoras? Él lo sigue mejorando todo. Ese es el significado de evolución: las cosas van progresando. Los monos se convierten en hombres; eso es un progreso. Después el hombre se volverá divino y se convertirá en Dios; eso es la evolución.
Teilhard de Chardin dice que hay un punto omega en el que todo será perfecto. Pero eso no existe; no existe ese punto omega, ni puede existir. El mundo siempre está en proceso, hay una evolución; estamos aproximándonos cada vez más pero nunca llegamos, porque el día que lo hagamos, se habrá acabado. Dios sigue buscando nuevas maneras, sigue progresando.
Hay una cosa irrefutable: está contento con su trabajo porque si no ya lo habría dejado. Sigue esforzándose. Si Dios está contento contigo, es un disparate absoluto que tú no estés contento contigo mismo. Debes estar contento contigo mismo.
Deja que la felicidad sea el valor supremo. Yo soy un hedonista. Recuerda que el criterio es siempre la felicidad. Hagas lo que hagas, sé feliz, eso es todo. No te preocupes de si es perfecto o no lo es.
¿Por qué estás tan obsesionado con la perfección? Así siempre estarás tenso, ansioso, nervioso, inquieto y en conflicto. La palabra «agonía» significa estar en conflicto, estar luchando contigo mismo constantemente; ese es el significado de agonía. Si no estás tranquilo contigo mismo estarás en agonía. No pidas lo imposible, sé natural, tranquilo, quiérete y quiere a los demás.
Y recuerda, una persona que se está condenando no puede amarse, y tampoco puede amar a los demás. Un perfeccionista no es perfeccionista solo consigo mismo, sino también con los demás. Un hombre que es duro consigo mismo inevitablemente será duro con los demás. Sus exigencias son imposibles.
En India vivía Mahatma Gandhi que era un perfeccionista, casi un neurótico. Y era muy duro con sus discípulos, ni siquiera les permitía tomar té. ¡Té! No, porque contiene cafeína. Cuando alguien tomaba té en su ashram estaba cometiendo un gran pecado. No se permitía el amor. Si alguien se enamoraba de otra persona, era un pecado tan grande que parecía que se iba a hundir el mundo por su culpa. Espiaba a sus discípulos continuamente, siempre estaba mirando por el agujero de la cerradura. Pero él también era así consigo mismo. Solo puedes ser con los demás como eres contigo mismo.
No estoy aquí para ayudarte a ser perfecto; no tengo nada que ver con un disparate así. Solo estoy aquí para ayudarte a ser tú mismo. Si eres imperfecto, no hay ningún problema; si eres perfecto, tampoco hay ningún problema.
No intentes ser imperfecto, porque eso también se puede convertir en un ideal. Tal vez ya seas perfecto, ¡en ese caso escucharme puede crearte confusión! «Este hombre dice que sea imperfecto». No es necesario. Si eres perfecto, ¡acéptalo también!
Intenta quererte. No condenes. Cuando la humanidad empiece a aceptarse, desaparecerán todas las iglesias, los políticos y los sacerdotes.
He oído esta anécdota:
Un hombre estaba pescando en las montañas, y una noche, alrededor del fuego, el guía le contó que una vez, en una excursión de pesca, había servido de guía a un sacerdote.
– Sí -dijo el guía-, era un buen hombre excepto que blasfemaba.
– ¿No me estarás diciendo que el sacerdote era inmoral? -preguntó el pescador.
– Ah, pues sí lo era -protestó el guía-. Una vez pescó una gran lubina. Cuando estaba a punto de echarla al barco, el pez se le escurrió del anzuelo.
– ¡Maldita la gracia! -le dije-. «¡Desde luego!», respondió el sacerdote. Pero esa fue la única vez que le oí usar ese lenguaje.
Esta es la mente de un perfeccionista. ¡El sacerdote no había dicho nada! Simplemente había asentido: «¡Desde luego!». Pero para un perfeccionista eso es suficiente para encontrarle una falta.
Un perfeccionista es un neurótico. Y no solo es un neurótico, sino que crea tendencias neuróticas a su alrededor. No seas perfeccionista y si alguien a tu alrededor lo es, escapa en cuanto puedas, antes de que esa persona contamine tu mente.
El perfeccionismo es una especie de profundo viaje del ego. Pensar en ti mismo en términos de ideales y perfección no es otra cosa que decorar tu ego hasta el extremo. Una persona humilde acepta que la vida no es perfecta. Una persona humilde, una auténtica persona religiosa, acepta que todos tenemos limitaciones.
Esa es mi definición de humildad. Ser humilde es no intentar ser perfecto. Una persona humilde se vuelve cada vez más total, porque no tiene nada que negar, nada que rechazar. Acepta lo que hay, sea bueno o malo. Una persona humilde es muy rica, porque acepta su totalidad, su enfado, su sexualidad o su codicia; se acepta totalmente. En esa profunda aceptación ocurre una gran transformación alquímica. Todo lo feo va desapareciendo, poco a poco, por su propia cuenta. Se vuelve cada vez más armónico y total.
No estoy a favor de los santos pero estoy a favor de las personas sagradas. Un santo es un perfeccionista; una persona sagrada es completamente distinta. Los maestros zen son sagrados; los santos católicos son santos. La misma palabra «santo» es horrible. Viene de una palabra que significa que la persona ha sido ratificada por la autoridad. ¿Quién puede autorizar a alguien a ser santo? Se trata de una especie de grado, de certificado? Pero la Iglesia se dedica a hacer cosas así de absurdas. ¡Incluso dan calificaciones postumas! Un santo puede haber muerto hace trescientos años, y la Iglesia reconsidera después sus ideas. El mundo ha cambiado, al cabo de trescientos años, pero la Iglesia le da un certificado postumo, ratifica que esa persona fue realmente un santo aunque en su momento no lo pudiéramos entender. Y ¡es posible que la propia Iglesia le haya matado! Así se convirtió en santa Juana de Arco; la mataron pero luego les resultó difícil no aceptarla. Primero la mataron, después la santificaron. Al cabo de cientos de años, encontraron sus huesos y los santificaron. Pero la habían quemado las mismas personas, la misma Iglesia.
No, la palabra «santo» no es una buena palabra. Una persona sagrada lo es gracias a sí misma, por sí misma, no porque una Iglesia decida recompensarla con santidad.
Me han contado esta anécdota:
Jacobson, que tenía noventa años, había sobrevivido a los apaleamientos en las matanzas de Polonia, a los campos de concentración de Alemania y a docenas de experiencias antisemíticas.
– ¡Dios mío! -rezaba sentado en una sinagoga-, ¿es verdad que somos el pueblo elegido?
Y oyó una voz del cielo que dijo:
– Sí, Jacobson, ¡los judíos sois mi pueblo elegido!
– Entonces -sollozó-, ¿no sería hora de que escogieses a otros?
Los perfeccionistas son los elegidos de Dios, no lo olvides. De hecho, el día que entiendas que estás creando tu propia desdicha a costa de tus ideales, te distanciarás de ellos. Entonces simplemente vivirás tu realidad, sea cual sea. Esa es la gran transformación.
No intentes ser el elegido de Dios, sé simplemente humano.
Todo aquello que está enfermo en el ser humano se debe a la ausencia de amor. Todo lo que va mal en el ser humano está asociado al amor. Porque no ha sido capaz de amar, no ha sido capaz de recibir amor o no ha sido capaz de compartir su ser. Esa es la desdicha. Esto es lo que crea en su interior todo tipo de complejos.
Las heridas internas pueden salir a la superficie de muchas maneras. Pueden convertirse en enfermedades físicas o en enfermedades mentales, pero en el fondo, el hombre sufre por falta de amor. Del mismo modo que el alimento es necesario para el cuerpo, el amor es necesario para el alma. El cuerpo no puede sobrevivir sin alimento y el alma no puede sobrevivir sin amor. En realidad si no hay amor, el alma no puede llegar a nacer, no se trata de una cuestión de supervivencia.
Crees que tienes un alma, por tu temor a la muerte piensas que tienes un alma. Pero no lo sabrás hasta que hayas amado. Solo cuando amas puedes llegar a saber que eres algo más que el cuerpo, algo más que la mente.
Solo la compasión es terapéutica. ¿Qué es la compasión? La compasión es la forma más pura de amor. El sexo es una forma inferior del amor, la compasión es una forma superior del amor. En el sexo, el contacto es principalmente físico; en la compasión el contacto es principalmente espiritual. En el amor, la compasión y el sexo están entremezclados, lo físico y lo espiritual están mezclados. El amor está a mitad de camino entre el sexo y la compasión.
También puedes llamar meditación a la compasión. La forma de energía más elevada es la compasión.
La palabra «compasión» es preciosa: la mitad es «pasión»; de alguna manera la pasión se ha refinado tanto que ya no es pasión, se ha convertido en compasión.
En el sexo, utilizas a la otra persona, reduces al otro a un medio, reduces al otro a un objeto. Por eso, en una relación sexual te sientes culpable. Y esa culpabilidad es más profunda que fas enseñanzas religiosas. En una relación sexual como tal te sientes culpable, y te sientes culpable por estar reduciendo a un ser humano a una cosa, a un producto de usar y tirar.
Por eso en el sexo también sientes una especie de esclavitud, tú también estás siendo reducido a una cosa. Y tu libertad desaparece cuando eres una cosa, porque tu libertad solo existe cuando eres una persona. Cuanto más seas una persona, más libre serás; cuanto más seas una cosa, menos libre serás.
Los muebles de tu cuarto no son libres. Si cierras el cuarto con llave y vuelves al cabo de muchos años, los muebles seguirán estando en el mismo sitio; no se habrán recolocado de otra manera. No son libres. Pero si dejas a una persona en la habitación, cuando vuelvas la persona no estará igual, ni siquiera al día siguiente o al- momento siguiente. No volverás a encontrar a la misma persona. El viejo Heráclito decía: «No puedes cruzar dos veces el mismo río». No puedes cruzarte dos veces a la misma persona. Es imposible encontrarte con la misma persona dos veces, porque el ser humano es como un río, está fluyendo constantemente. Nunca sabes qué va a suceder. El futuro está sin definir.
Para una cosa el futuro está definido. Una piedra seguirá siendo una piedra. No tiene un potencial de crecimiento. No puede cambiar, no puede evolucionar. El ser humano no permanece igual, puede ir hacia atrás o ir hacia delante; puede ir al infierno o al cielo, pero nunca permanece igual. Va cambiando de un modo u otro.
Cuando tienes una relación sexual con alguien, reduces a esa persona a un objeto. Y al reducir al otro a un objeto te reduces también a ti mismo, porque es un compromiso mutuo: «Yo te permito que me reduzcas a un objeto y tú me permites que te reduzca a un objeto. Te permito que me uses y tú me permites que te use. Nos usamos mutuamente. Los dos nos hemos convertido en cosas».
Observa a dos amantes cuando todavía no están viviendo juntos, cuando el romance todavía está vivo y aún no ha terminado la luna de miel; verás a dos personas que vibran con la vida, dispuestos a explorar lo desconocido. Después observa a las parejas casadas, marido y mujer, y verás dos cosas muertas, dos cementerios uno al lado del otro, ayudándose a seguir muertos, obligándose el uno al otro a permanecer muertos. Ese es el conflicto constante del matrimonio. ¡Nadie quiere ser reducido a una cosa!
El sexo es la forma más inferior de la energía «X». Si eres religioso, lo llamas «divinidad»; si eres científico lo llamas «X». Esta energía X puede convertirse en amor. Cuando se convierte en amor, empiezas a respetar a la otra persona. Sí, a veces utilizas a la otra persona, pero te sientes agradecido. Sin embargo, nunca das las gracias a una cosa. Cuando estás enamorado de una mujer, haces el amor con ella y le das las gracias. Cuando haces el amor con tu mujer, ¿le das las gracias alguna vez? No, lo das por hecho. ¿Te ha dado las gracias tu mujer alguna vez? Tal vez, hace muchos años, puedes acordarte de un tiempo en el que todavía estabas indeciso, cortejándola, estabais intentando seduciros, tal vez. Pero en cuanto te has asentado, ¿le das las gracias por algo? Tú has hecho tantas cosas por ella, y ella ha hecho tantas cosas por ti… Los dos estáis viviendo para el otro, pero la gratitud ha desaparecido.
En el amor hay gratitud, hay una profunda gratitud. Sabes que el otro no es una cosa. Sabes que el otro tiene una grandeza, un espíritu, una individualidad. En el amor le das al otro libertad completa. Por supuesto, tomas y das; es una relación de dar y tomar, pero con respeto. El sexo es una relación de dar y tomar, pero sin respeto.
En la compasión simplemente das. En tu mente no hay ninguna expectativa de recibir nada, simplemente compartes. ¡No es que no recibas nada! Lo recibes de vuelta multiplicado por un millón, pero es accidental, es una consecuencia natural. No estás deseando recibirlo.
En el amor, cuando das algo, en el fondo estás esperando recibirlo de vuelta. Si no te lo devuelven, te quejas. Tal vez no digas nada, pero se puede saber de mil y una maneras que estás refunfuñando y que te sientes engañado. El amor es como un trato sutil.
En la compasión simplemente das. En el amor estás agradecido porque el otro te ha dado algo. En la compasión estás agradecido porque el otro ha aceptado algo tuyo; estás agradecido porque el otro no te ha rechazado. Tú habías llegado con energía para dar, habías llegado con muchas flores para compartir, y el otro te lo ha permitido, el otro ha sido receptivo. Estás agradecido porque el otro ha sido receptivo.
La compasión es!a forma más elevada del amor. Recibes mucho a cambio -te aseguro que multiplicado por un millón-pero no se trata de eso, no estás deseando recibir nada a cambio. Si no recibes nada, no te quejas. ¡Y si te llega algo, simplemente te sorprendes! Si llega es increíble, si no llega no pasa nada; no le has dado tu corazón a alguien como parte de un trato. Das generosamente porque tienes. Tienes tanto que si no lo dieras sería una carga para ti. Es igual que una nube cargada de lluvia que tiene que descargar. La próxima vez que veas una nube descargando lluvia, observa en silencio, siempre podrás oír a la nube di-ciéndole a la tierra: «Gracias». La tierra ha ayudado a la nube a descargarse.
Cuando florece una flor, tiene que esparcir su perfume a los cuatro vientos. ¡Eso es natural! No es un trato ni un negocio, ¡simplemente es natural! Cuando una flor está llena de perfume, ¿qué puede hacer? Si la flor se guardara su perfume se sentiría muy tensa, se sentiría profundamente angustiada. La mayor angustia de la vida es cuando no puedes expresarte, cuando no puedes comunicarte, cuando no puedes compartir. La persona más' pobre es aquella que no tiene nada que compartir, o sí tiene, pero ha perdido la capacidad, el arte de compartir; entonces esa persona es pobre.
El hombre sexual es muy pobre. El hombre amoroso es comparativamente más rico. Y el más rico es el hombre compasivo, está en la cima del mundo. No tiene confines ni limitaciones. Simplemente da, y sigue su camino. Ni siquiera espera que le des las gracias. Comparte su energía con un enorme amor.
Esto es lo que yo llamo terapéutico.
Los católicos creen que Jesús hizo muchos milagros. Yo no puedo imaginármelo haciendo milagros. Su compasión era el milagro, Si ocurría algo, ocurría sin que él hiciera nada. Si sucede algo en el plano más elevado del ser, siempre sucede sin ningún esfuerzo. Jesús se movía; lo veía todo tipo de gente. Era como una enorme piscina de energía, cualquiera que estuviese listo para compartirlo, lo compartía.
¡Ocurrían milagros! Él era terapéutico. Fue uno de los grandes sanadores que ha habido en el mundo. Buda, Mahavira o Krisna fueron grandes sanadores a diferentes niveles. Pero en la vida de Buda no podrás encontrar ningún milagro de curación de una persona enferma, la curación de un ciego o que le devolviese la vida a un muerto. Es sorprendente: ¿la compasión de Jesús era mayor que la de Buda? ¿Qué sucedía? ¿Por qué no se curaba mucha gente por medio de la energía de Buda? No, no es una cuestión de más o menos compasión. La compasión de Buda funcionaba a otro nivel. Su audiencia era diferente a la de Jesús, y a su alrededor había otro tipo de personas.
Veo cómo vienen a mí ríos de gente desde Occidente, pero casi nunca me piden nada para su cuerpo. No me dicen: «Tengo un dolor de cabeza crónico, ¡Osho, ayúdame, haz algo!». O «mis ojos están cansados», «no me concentro bien», o «estoy perdiendo la memoria». No, nunca. Los indios, sin embargo, siempre vienen con algún problema físico. Ha tenido problemas digestivos desde hace años, «Osho, ¡haz algo!».
Casi siempre pienso: ¿Por qué? ¿Qué le ha pasado a la India? ¿Por qué vienen solo para resolver problemas físicos o corporales? Solo tienen ese tipo de problemas. Un país pobre, muy pobre, no tiene problemas espirituales. Un país rico tiene problemas espirituales y un país pobre tiene problemas físicos.
Los tiempos de Buda fueron la época dorada de la India. En aquellos tiempos la India estaba en la cúspide. El país era rico, enormemente rico y próspero. El resto del mundo era pobre, pero la India era muy rica. La gente iba a ver a Buda con problemas espirituales. Sí, también tenían heridas, pero eran heridas espirituales.
Jesús estaba en un país muy pobre, vivía en un país muy pobre. La gente que iba a verle no tenía problemas espirituales, en efecto, porque para tener problemas espirituales tienes que haber alcanzado cierto nivel de vida. De lo contrario, tus problemas estarán relacionados con niveles inferiores. Un pobre tiene otro tipo de problemas.
Un pariente mío estuvo aquí durante un mes, meditando y haciendo cosas, y el último día de su visita yo esperaba que me preguntara algo importante. ¿Qué me preguntó? Me dijo que a su hijo no le iba bien económicamente. Después de vivir aquí y escucharme durante un mes esa fue la única pregunta que se le ocurrió: a su hijo no le iba muy bien. Conduce un taxi y el coche que ha comprado siempre le está dando un problema u otro, entonces me pidió: «Osho, ¡haz algo!».
¡Yo no soy mecánico! «Vende el coche y consigúete otro», le. dije. Pero él me contestó: «Nadie me lo va a comprar, por favor, ¡haz algo!».
Cuando la gente es pobre tiene problemas terrenales. Cuando la gente es rica, sus problemas son de una calidad superior. Solo un país próspero puede ser realmente espiritual; un país pobre no.
No estoy diciendo que un pobre no pueda serlo -sí, una persona pobre puede ser realmente espiritual, hay excepciones- pero no un país pobre. Un país pobre, en su conjunto, piensa en términos de dinero, medicina, casas, coches, esto y lo otro. ¡Y es natural, es lógico!
Jesús vivía en un país muy pobre. La gente buscaba soluciones a sus problemas. Muchos recibían ayuda; no es que Jesús ayudara sino que recibían esa ayuda. Jesús repite una y otra vez. «Es vuestra fe la que os ha curado.» Cuando tienes fe, la compasión puede recaer en ti. Cuando tienes fe, estás abierto a la compasión. Buda hizo milagros, pero eran milagros de lo invisible. Mahavira hizo milagros, pero eran milagros de lo invisible. No son visibles, solo los ve la persona sobre la que recaen.
Pero la compasión siempre es terapéutica; sea cual sea el nivel en el que estés, te ayuda. La compasión es amor purificado, tan purificado que puedes dar sin pedir nada a cambio.
Buda solía decir a sus discípulos: «Después de cada meditación, sed compasivos -inmediatamente después-, porque cuando meditas, crece el amor y el corazón se llena. Después de cada meditación, siente compasión por todo el mundo para que puedas compartir tu amor y liberar la energía a la atmósfera, y para que esa energía pueda ser útil a los demás».
A mí también me gustaría decirte eso: después de cada meditación, cuando empieces a celebrar, siente compasión. Siente que tu energía debería ayudar a la gente del modo que lo necesiten. ¡Libérala simplemente! Te sentirás más ligero, muy relajado, tranquilo y silencioso, y las vibraciones que has liberado ayudarán a mucha gente. Acaba tus meditaciones siempre con la compasión.
La compasión es incondicional. No puedes ser compasivo solo con los que son amables contigo o los que están relacionados contigo.
Esto sucedió en China: cuando Bodhidharma fue a China, se le acercó un hombre que le dijo: «He seguido tus enseñanzas: medito y siento compasión por todo el Universo, no solo por los hombres, sino también por los animales, las piedras y los ríos. Pero hay un problema: no siento compasión por mi vecino. No, ¡es imposible! Por eso te pregunto, ¿puedo excluir a mi vecino de la compasión? Incluyo a toda la existencia, conocida y desconocida, pero ¿puedo excluir a mi vecino? Porque me resulta muy difícil, es imposible. No puedo sentir compasión por él».
Bodhidharma le dijo: «Entonces, olvídate de la meditación, porque si la compasión excluye a alguien ya no existe».
La compasión incluye a todo, es intrínsecamente inclusiva. Si no sientes compasión por tu prójimo es mejor que te olvides de ello, porque no tiene que ver con nadie en particular. Tiene que ver con tu estado interno. Sé compasión, incondicionalmente, sin ninguna dirección, sin dirigirla a nadie. Entonces te convertirás en una fuerza curadora en este mundo de desdicha.
Jesús repetía una y otra vez, «ama a tu prójimo como a ti mismo». Y también decía, «ama a tu enemigo como a ti mismo». Si analizas las dos frases juntas, descubrirás que ¡el prójimo y el enemigo son casi siempre la misma persona! «Ama a tu prójimo como a ti mismo», y «ama a tu enemigo como a ti mismo».
¿Qué está queriendo decir?
Simplemente quiere decir que no pongas barreras a tu compasión, a tu amor. Del mismo modo que te amas a ti mismo, ama a toda la existencia, porque en el análisis final, toda la existencia eres tú mismo reflejado en muchos espejos. Eres tú, no está separada de ti. Tu prójimo solo es otra forma de ti mismo; tu enemigo también es otra forma de ti mismo. En todo lo que te encuentres te encontrarás contigo mismo. Quizá no lo reconozcas porque no estás muy alerta, posiblemente no seas capaz de verte en el otro, pero eso quiere decir que tienes algún problema en la vista; a tus ojos les ocurre algo.
La compasión es terapéutica. Y ser compasivo es tener compasión por uno mismo antes que nada. Si no te quieres a ti mismo nunca serás capaz de querer a nadie. Si no eres amable contigo mismo nunca podrás ser amable con nadie. Vuestros mal llamados santos que fueron tan duros con ellos mismos, solo fingían ser amables con los demás. Eso no es posible; psicológicamente es imposible. Si no puedes ser amable contigo mismo, ¿cómo vas a serlo con los demás?
Todo lo que seas contigo mismo, lo serás con los demás. Deja que este sea el pensamiento principal. Si te odias a ti mismo, odiarás a los demás; y te han enseñado a odiarte. Nadie te ha dicho jamás, «¡quiérete!». La idea en sí nos parece absurda, ¿amarnos a nosotros mismos? No tiene sentido, ¿amarse a uno mismo? Siempre creemos que el amor necesita a otro, pero si no lo aprendes contigo mismo, no serás capaz de practicarlo con los demás.
Te han dicho que no vales nada para condicionarte. Desde todos los lugares te han enseñado y te han dicho que eres indigno, que no eres lo que deberías ser, que no te aceptan como eres. Encima de tus hombros hay muchos deberías, y esos deberías son casi imposibles de cumplir. Y cuando no los puedes cumplir, cuando no llegas, te sientes culpable. Surge en tu interior un profundo odio hacia ti mismo.
¿Cómo vas a querer a los demás? ¿Dónde vas a encontrar amor si estás tan lleno de odio? Solo puedes fingirlo, aparentas estar enamorado, pero en el fondo ni estás enamorado de nadie ni puedes estarlo. Esas pretensiones te valen durante unos días, pero luego el color desaparece y la realidad se impone.
Todas las relaciones amorosas se estropean. Antes o después, las relaciones amorosas se envenenan. ¿Por qué se envenenan tanto? Las dos personas fingen estar amando, los dos dicen que aman. El padre dice que quiere a su hijo y el hijo dice que quiere a su padre. La madre dice que quiere a su hija y la hija dice lo mismo. Los hermanos dicen que se quieren. Todo el mundo habla de amor, canta sobre el amor. ¿Existe algún lugar donde haya menos amor? No hay ni una gota de amor, no hay más que montañas de palabrería, unos Himaíayas de poesía sobre el amor.
Al parecer, toda esa poesía solo es para compensar. Como no amamos, de alguna forma tenemos que creer que amamos, por medio de la poesía o por medio de la música. Lo que nos falta en la vida lo traducimos a poesía. Lo que nos perdemos en la vida, lo trasladamos a películas o a novelas. El amor está absolutamente ausente porque no se ha dado todavía el primer paso.
El primer paso es aceptarte como eres; olvídate de todos los deberías. ¡No cargues con ningún «debería» en tu corazón! No tienes que ser otra persona; no tienes por qué hacer algo que no te corresponde, solo tienes que ser tú mismo. Relájate y sé tú mismo. Respeta tu individualidad y ten la valentía de firmar con tu propia firma. No copies las firmas de los demás.
No tienes por qué convertirte en un Jesús, un Buda o un Ra-makrisna, simplemente tienes que convertirte en ti mismo. Menos mal que Ramakrisna nunca intentó convertirse en otra persona, porque así se convirtió en Ramakrisna. Menos mal que Jesús no intentó convertirse en Abraham o en Moisés, porque así se convirtió en Jesús. Menos mal que Buda no intentó convertirse en Patanjali o en Krisna, porque así se convirtió en Buda.
Cuando no estás intentando convertirte en otra persona, simplemente te relajas y surge la gracia. Cuando estás lleno de magnificencia, esplendor y armonía -porque no hay ningún conflicto, no hay que ir a ningún sitio, no hay que luchar por nada, ni hay que imponerse violentamente a nada-, te vuelves inocente. En esa inocencia sentirás compasión y amor hacia ti mismo. Te sentirás tan feliz contigo mismo que incluso si viniera Dios y llamara a tu puerta diciendo: «¿Te gustaría ser otra persona?», tú le dirías: «¿Te has vuelto loco? Soy perfecto. Muchas gracias, pero ni lo intentes, soy perfecto tal como soy».
Ese momento en el que puedes decir a la existencia: «Soy perfecto tal como soy, me siento feliz de ser como soy», lo llamamos shraddha en Oriente. Entonces te has aceptado como eres y en esta aceptación has aceptado la existencia.
Cuando te rechazas, estás rechazando la existencia que te ha creado. En cuanto dices: «Debería ser así», estás intentando mejorar la existencia. Cuando dices: «Has cometido un disparate, yo debería ser de este modo, ¿por qué me has hecho así?», estás intentando mejorar la existencia. Eso no es posible. Tu lucha es inútil, estás abocado a fracasar.
Y cuanto más fracasas, más odias. Cuanto más fallas, más rechazado te sientes. Cuanto más fallas, más impotente te sientes. Y ¿cómo puede surgir compasión de ese odio y esa impotencia? La compasión surge cuando estás perfectamente centrado en tu ser. Cuando dices: «Sí, yo soy así», y no tienes que satisfacer ningún ideal, entonces ¡la satisfacción empieza a suceder inmediatamente!
Las rosas florecen con tanta belleza porque no están intentando convertirse en flores de loto. Y las flores de loto florecen con tanta belleza porque no han estado oyendo leyendas sobre otras flores. En la naturaleza todo va maravillosamente bien por su propia cuenta, porque nadie intenta competir con nadie, nadie intenta convertirse en otro. Todo es como es.
¡Compréndelo! Sé tú mismo y recuerda que, hagas lo que hagas, no puedes ser distinto. Cualquier esfuerzo es inútil. Solo tienes que ser tú mismo.
Solo hay dos caminos. Uno es que a! rechazar, puedes seguir siendo el mismo; al descalificar, puedes seguir siendo el mismo. El otro es que al aceptar, rendirte, disfrutar y deleitarte, puedes seguir siendo el mismo. Tu actitud puede ser diferente pero vas a seguir siendo como eres, seguirás siendo quien eres. En cuanto lo aceptas surge la compasión. ¡Y entonces empiezas a aceptar a los demás!
¿Has observado que es muy, muy difícil vivir con un santo? Puedes vivir con un pecador pero no puedes vivir con un santo, porque el santo te estará condenando constantemente con sus gestos, con sus ojos, con la forma de mirarte y con la forma de hablarte. Un santo nunca habla contigo, te habla a ti. Nunca te mira sino que tiene un ideal en sus ojos que le nubla la vista. Nunca te ve. Hay algo en el fondo de su mente y siempre te compara con ello, y por supuesto, te quedas corto. ¡Su mirada te convierte en un pecador! Es muy difícil vivir con él porque no se acepta, ¿cómo te va a aceptar a ti? Dentro de él hay muchas cosas, notas discordantes que siente que tiene que superar. Por supuesto, en ti ve las mismas cosas pero amplificadas.
Pero para mí, solo es santa la persona que se ha aceptado, y en esta aceptación ha aceptado a todo el mundo. Para mí, ese es el estado mental de la santidad; el estado de aceptación total. Y eso es sanador, terapéutico. Simplemente estar con alguien que te acepte totalmente es terapéutico. Te sanará.
Ve despacio, con cuidado, observando, y sé amoroso. Si eres sexual, no te digo que dejes el sexo, sino que lo hagas de una forma más atenta, de una forma más devota, que sea más profundo para que se pueda convertir en amor. Si eres amoroso, hazlo incluso con más agradecimiento; aporta una gratitud más profunda, alegría, celebración y meditación, para que se pueda convertir en compasión.
Hasta que no surja la compasión no creas que has vivido correctamente o que has vivido en absoluto. La compasión es el florecimiento. Y cuando surge la compasión en una persona, millones de personas se curan. Todo el que se acerque se cura.
La compasión es terapéutica.
Una noche, mientras Shichiri Kojun estaba recitando sutras, entró un ladrón armado con una afilada espada y le exigió el dinero o la vida.
Shichiri le respondió: «No me molestes. Puedes encontrar el dinero en ese cajón», y siguió recitando.
Poco después se detuvo y le dijo: «Mañana tengo que pagar unos impuestos, no te lo lleves todo».
El intruso recogió la mayor parte del dinero y se disponía a marchar, cuando Shichiri añadió: «Cuando te hacen un regalo debes dar las gracias». El hombre le dio las gracias y se marchó.
Unos días más tarde atraparon al tipo que confesó, entre otros, el delito contra Shichiri. Cuando llamaron a Shichiri como testigo, este dijo: «En lo que a mí respecta, este hombre no es un ladrón. Yo le di el dinero y él me dio las gracias».
Cuando cumplió su condena y salió de la cárcel, este hombre se convirtió en discípulo de Shichiri.
Jesús dijo: «No juzguéis». Esto sería totalmente zen si lo hubiese dejado ahí. Pero añadió: «…para no ser juzgados», quizá porque estaba hablando a los judíos y tenía que expresarse en sus términos. Ha dejado de ser una historia zen y se ha convertido en un trato. Este añadido ha destruido su calidad y profundidad.
«No juzguéis» es suficiente; y no había necesidad de añadir nada. «No juzguéis» significa sin juicios. «No juzguéis» significa mirar la vida sin evaluarla. No valores, no digas «esto es bueno» o «esto es malo», no seas moralista, no califiques ciertas cosas como divinas y otras como malignas. «No juzguéis» es una afirmación extraordinaria que indica que no hay Dios ni Demonio.
Si Jesús lo hubiese dejado ahí, en esta pequeña frase, en estas dos palabras, «no juzguéis» habría transformado toda la naturaleza del cristianismo. Pero añadió algo que lo destruyó. Dijo: «… para no ser juzgados». Ahora es condicional. Ya no está ausente de juicios y se ha convertido en un trato, «para no ser juzgados». Ahora es un negocio.
No juzgues por miedo, por miedo a ser juzgado. Pero ¿cómo puedes dejar de juzgar por miedo o por codicia? Si no quieres ser juzgado, no juzgues, pero la codicia y el miedo no podrán hacer que no tengas valores. Es egocéntrico, «no juzguéis para no ser juzgados». Es egoísta. Se ha destruido toda la belleza del zen, ha desaparecido el sabor zen y se ha vuelto algo ordinario. Se ha convertido en un buen consejo, pero no conlleva ninguna revolución; es un consejo paternal. Es un buen consejo pero no es en absoluto esencial. La segunda cláusula es la crucifixión de la afirmación esencial.
El zen se detiene ahí: no juzguéis. Porque el zen dice que todo es lo que es, y no hay nada bueno ni nada malo. Las cosas son como son. Algunos árboles son altos y otros árboles son bajos. Algunas personas son morales y otras inmorales. Algunas rezan y otras roban. Así son las cosas. Pero, ¡fíjate en lo revolucionario de todo esto! Te dará miedo, te asustará. Por eso el zen no tiene mandamientos. No dice: haz esto y no hagas lo otro; no habla de lo que debemos hacer o no hacer. No ha creado esa prisión del «deberías».
El zen no es perfeccionista. Y ahora, el psicoanálisis ha demostrado que el perfeccionismo es una especie de neurosis. El zen es la única religión que no es neurótica. El zen acepta. Su aceptación es total, tan absolutamente total que ni siquiera llama ladrón al ladrón, ni asesino al asesino. Intenta ver la pureza de su espíritu y su absoluta trascendencia. Todo es como es.
El zen, por encima de todo, no valora; si pones una condición lo estás malinterpretando. En el zen no hay miedo ni codicia. En el zen no hay Dios ni Demonio, en el zen no hay cielo ni infierno. No despierta la codicia de la gente ni la soborna prometiéndoles una recompensa en el cielo. Y no asusta a la gente ni la atemoriza creando un infierno de pesadilla.
El zen no te soborna con recompensas ni te castiga con torturas. Simplemente te da la lucidez necesaria para analizar las cosas, y esa lucidez te libera. Esa lucidez no se basa en la codicia ni en el miedo. Todas las demás religiones fomentan la codicia, y en el fondo, todas se basan en el miedo. Por eso cuando hablamos de una persona religiosa decimos que tiene «temor de Dios», una persona religiosa teme a Dios,
¿Cómo puede ser religioso el miedo? Es imposible. El miedo nunca podrá ser religioso, y solo podrá la ausencia de miedo ser religiosa. Pero si tienes el concepto de bueno y malo nunca podrás ser valiente. Tu idea de bueno y malo hace que la gente se sienta culpable, los convierte en inválidos y los paraliza. ¿Cómo vas a ayudar a que se liberen de todo ese miedo? Es imposible porque estás provocando más miedo.
Por lo general, las personas no religiosas tienen menos miedo, dentro de su ser tienen menos miedo que las personas llamadas religiosas. Las personas llamadas religiosas están constantemente temblando por dentro, siempre angustiadas por si lo lograrán o si fracasarán. ¿Será expulsado al infierno o conseguirá hacer lo imposible y entrar en el paraíso?
Incluso cuando Jesús estaba despidiéndose de sus amigos y discípulos, la mayor preocupación de los discípulos era el lugar que iban a ocupar en el cielo. Se volverán a encontrar en el cielo, pero ¿cuál será su lugar? ¿Quién será quién? Por supuesto, acceden a que Jesús esté sentado a la derecha de Dios, pero ¿quién se va a sentar a su lado? Esta preocupación es fruto de su codicia y de su miedo. No les preocupa demasiado que Jesús vaya a ser crucificado al día siguiente, están mucho más preocupados por sus propios intereses.
Todas las demás religiones se basan en una codicia y un miedo muy vulgares. La misma codicia que sientes por el dinero se transforma un día en codicia de Dios. Antes, Dios era tu dinero y ahora el dinero es tu Dios, pero esa es la única diferencia. Después Dios se convierte en el dinero. Ahora tienes miedo del Estado, de la policía, de esto y lo otro… y luego empiezas a tener miedo del infierno, del tribunal supremo, de la corte final suprema de Dios y del día del juicio final.
Los mal llamados santos cristianos están constantemente temblando, incluso en los últimos momentos de su vida, ¿lo lograrán o no lo lograrán?
El zen, por encima de todo, está libre de los juicios de valor. Deja que esto penetre profundamente en tu ser porque también es mi punto de vista. Solo deseo que lo comprendas, nada más. Basta con comprenderlo. Deja que la comprensión sea la única ley; no hay ninguna otra. No vivas guiado por el miedo; de lo contrario, estarás vagando en la oscuridad. No vivas con arreglo a la codicia, porque la codicia no es más que la otra cara del miedo. Son dos aspectos de la misma cosa: por un lado es codicia y por el otro lado es miedo. La persona miedosa siempre es codiciosa, y la persona codiciosa es miedosa. Siempre van juntos.
Solo la comprensión, el darse cuenta, la capacidad de ver las cosas como son… ¿No puedes aceptar la existencia tal como es? Pero no aceptarla no cambia nada. ¿Qué es lo que cambia? Hemos estado rechazando cosas desde hace miles de años pero siguen estando ahí, incluso con más fuerza. No han desaparecido los ladrones ni los asesinos. No ha cambiado nada; las cosas siguen siendo las mismas de siempre. Las cárceles siguen aumentando. Las leyes se siguen ampliando y haciéndose cada vez más complejas. Y a causa de estas leyes tan complejas, cada vez se contrata a más ladrones: los abogados y jueces… Esto no ha cambiado nada en absoluto. Todo el sistema penitenciario no ha hecho ningún bien; en realidad, ha sido muy perjudicial. El sistema penitenciario se ha convertido en la universidad del crimen; es el lugar donde se aprende a delinquir y donde están los maestros que enseñan a delinquir.
Cuando una persona entra en la cárcel una vez ya se convierte en un visitante periódico. Una vez que ha estado en la cárcel, vuelve a ella una y otra vez. Es muy raro encontrar a alguien que haya estado en la cárcel y nunca vuelva a ella. Cuando sale de la cárcel tiene más maestría. Cuando sale de la cárcel tiene más ideas de cómo hacer lo mismo de una forma más experta. Cuando sale de la cárcel ya no es un aficionado. Sale de la cárcel con un título; la salida de la cárcel es una especie de título del crimen. Ahora sabe más, y sabe cómo hacerlo mejor. Ahora sabe lo que tiene que hacer para que no le pesquen. Ahora ya conoce las fisuras del sistema jurídico.
Y los encargados de que se cumpla la ley son tan delincuentes como los demás, en realidad, son más delincuentes que ninguno, porque para tratar con delincuentes tienen que ser más delincuentes. La policía, los carceleros y los guardias penitenciarios son más criminales que las personas obligadas a estar en la cárcel; es necesario que lo sean.
No ha cambiado nada. Esta no es la forma de cambiar las cosas y ha demostrado ser un fracaso rotundo.
El zen dice que el cambio viene a través de la comprensión y no de la imposición.
¿Y qué son vuestro cielo y vuestro infierno? No son nada más que el mismo concepto trasladado a la vida del más allá. El mismo concepto de prisión se convierte en vuestro concepto de infierno. Y el mismo concepto de recompensa -recompensas gubernamentales, recompensas presidenciales, medallas de oro, esto y lo otro-, ese mismo concepto se traslada al cielo, al paraíso, firdaus. Pero la idea sigue siendo la misma.
El zen destruye de raíz esa forma de pensar. El zen no condena nada, es comprensivo, dice que hay que intentar comprender que las cosas son como son. Intenta comprender al ser humano como es y no le impongas ningún ideal, no digas cómo debería ser.
En el momento que dices cómo debería ser, te ciegas a la realidad de lo que es. El «debería» se convierte en una barrera. Entonces, no puedes ver la realidad, no puedes ver lo que es porque tu «debería» se convierte en algo opresivo. Tienes un ideal, un ideal perfeccionista y, naturalmente, todas las personas quedan por debajo de ese ideal. De ese modo condenas a todo el mundo. Y las personas egoístas que consiguen de alguna manera encajar en ese ideal -aunque sea superficialmente o exteriormen-te- se convierten en grandes santos. Pero solo son egoístas, y si les miras a los ojos, encontrarás una única cualidad: soy-más-santo-que-tú. Son los elegidos, los elegidos de Dios y están aquí para condenarte y transformarte. El zen no está interesado en la transformación de nadie pero la paradoja es que transforma. No le interesa qué deberías ser, sino qué eres. Analízalo, analízalo con una mirada cargada de amor y cariño. Intenta comprenderlo y de esta comprensión surgirá la transformación. La transformación es natural, no tienes que hacer nada, sucede espontáneamente. El zen transforma pero no habla de la transformación. Cambia, pero no le preocupa el cambio. Aporta más beatitud a los seres humanos que ninguna otra cosa, pero no le preocupa en absoluto. Llega como una gracia, como un regalo. Es el resultado de la comprensión. Esa es la belleza del zen, que por encima de todo no tiene valores. La valoración es una enfermedad de la mente, eso es lo que dice el zen. No hay nada bueno ni malo, las cosas son exactamente como son. Todo es como es.
El zen abre una dimensión completamente nueva: la dimensión de la transformación sin esfuerzo. La dimensión de la transformación que llega naturalmente cuando tienes los ojos limpios, cuando hay claridad, cuando estudias la naturaleza de las cosas directamente sin el obstáculo de los prejuicios.
En cuanto dices que una persona es buena es que has dejado de mirarla. Ya le has puesto una etiqueta, la has encasillado y la has clasificado. En cuanto dices que «ese hombre es malo», ¿cómo puedes volver a mirarle a los ojos? Has decidido de antemano acabar con esa persona, esa persona ha dejado de ser un misterio. Has resuelto el misterio escribiéndole encima «malo» o «bueno» y ahora estás relacionándote con esas etiquetas y no con las realidades.
Un hombre bueno se puede volver malo y uno malo se puede volver bueno. Sucede a cada instante; por la mañana el hombre era bueno, por la tarde es malo y por la noche volverá a ser bueno. Pero ahora tendrás que comportarte con arreglo a la etiqueta que le has puesto. No estarás hablando con el hombre en sí, sino que estarás hablando con la etiqueta que le has impuesto, con la imagen que has fabricado.
Por supuesto, sigues sin percibir las realidades y a las verdaderas personas, y esto origina mil y un problemas y complicaciones. Problemas que no tienen solución. ¿Realmente hablas con tu mujer? Cuando estás en la cama con tu mujer, ¿con quién estás en la cama realmente, con tu mujer o con determinada imagen? Tengo la sensación de que en cualquier lugar que se encuentren dos personas, en vez de dos personas, en realidad hay una multitud. Por lo menos cuatro personas ya que también están ahí tu imagen del otro y la imagen que el otro tiene de ti. Y además nunca concuer-dan, porque la verdadera persona va cambiando, es un flujo. La verdadera persona es un río que va cambiando de color. ¡La verdadera persona está viva! El hecho de que le hayas puesto una etiqueta no significa que haya muerto; sigue estando viva.
Una vez, alguien preguntó a Chuang Tzu: «¿Has acabado tu trabajo?». Él respondió: «¡Cómo voy a haberlo terminado si todavía estoy vivo!».
Analiza lo que dice: «¿Cómo voy a haberlo terminado? Todavía estoy vivo. Solo se habrá acabado el día que muera; mientras siga fluyendo, seguirán ocurriendo cosas».
Mientras un árbol esté vivo le saldrán flores, hojas nuevas, irán nuevos pájaros para hacer en él sus nidos, irán nuevos viajeros que pasarán la noche debajo de él… las cosas irán cambiando. Mientras estás vivo todo es posible. Pero en cuanto clasificas a una persona como buena, mala, moral, inmoral, religiosa, irreligiosa, teísta, ateísta, esto y lo otro, estás pensando como si la persona hubiese muerto. Solo deberías poner etiquetas a la persona cuando haya muerto. Puedes etiquetar a una persona cuando esté en la tumba, pero no antes. Puedes ir a su tumba y escribir: «Esta persona es esto». Ahora ya no te puede contradecir, porque todo se ha acabado; ha llegado al final. El río ha dejado de fluir.
Pero mientras alguien siga estando vivo… Pero no dejamos de poner etiquetas, incluso a los niños, a los niños pequeños. Decimos: «Este niño es obediente y este otro es muy desobediente. Este niño es una delicia y este otro es un problema». Estás poniendo etiquetas, y recuerda, al hacerlo estás creando muchos problemas. En primer lugar porque cuando le pones una etiqueta a alguien estás exigiéndole que se comporte de acuerdo con la etiqueta que le has puesto, ahora empieza a sentir que tiene la obligación de demostrar que estás en lo cierto. Si el padre dice: «Mi hijo es un problema», el hijo piensa: «Ahora tengo que demostrar que soy un problema, si no, se demostrará que mi padre no tenía razón». Este razonamiento es inconsciente, ¿cómo puede pensar un niño que su padre no tiene razón? Por eso el niño causa más problemas para que el padre pueda decir: «¿Ves? Este niño es un problema».
Tres mujeres estaban hablando y, como hacen todas las mujeres, se jactaban de sus respectivos hijos. Una dijo: «Mi hijo solo tiene cinco años y escribe poesía. Son unos poemas tan hermosos que hasta los poetas consumados sentirían vergüenza».
La segunda dijo: «Eso no es. nada. Mi hijo solo tiene cuatro años y pinta unos cuadros tan modernos, tan ultramodernos, que ni siquiera Picasso les encontraría ni pies ni cabeza. Y ni siquiera usa pincel, lo hace todo con las manos. A veces solo lanza la pintura contra el lienzo y de la nada sale algo precioso. Mi hijo es un impresionista, es un pintor muy original».
La tercera mujer dijo: «Eso no es nada. Mi hijo solo tiene tres años y va al psicoanalista él sólito».
Conseguirás volver loco al niño poniéndole etiquetas… lo destruirás. Todas las etiquetas son destructivas. No le pongas nunca la etiqueta de pecador o de santo a nadie. Cuando hay demasiada gente que pone determinada etiqueta a alguien… Y los seres humanos tendemos a pensar colectivamente; la gente no tiene ideas propias. Oyes un rumor de que alguien es un pecador y lo aceptas. Y después se lo pasas a otro, y lo acepta. Y el rumor se va difundiendo, la etiqueta va adquiriendo mayores proporciones. Y un día esa persona lleva una etiqueta de «Pecador» con letras mayúsculas, con luces de neón, de manera que él mismo la lee y tiene que comportarse de acuerdo con esa etiqueta. Toda la sociedad espera que se comporte de ese modo, de lo contrario, la gente se enfadaría. «¿Qué haces? ¡Eres un pecador y estás intentando ser un santo! ¡Compórtate como es debido!»
Sutilmente, la sociedad saca partido de su clasificación: «¡Compórtate! No hagas nada que vaya contra la idea que tenemos de ti». Es algo tácito, pero está ahí.
En segundo lugar, cuando etiquetas a alguien, por mucho que intente comportarse de acuerdo con su etiqueta, no podrá hacerlo. No podrá hacerlo a la perfección, es imposible. Realmente es algo que no se puede hacer; solo se puede fingir. En ocasiones, cuando no está fingiendo, o está más relajado -si está de vacaciones o de picnic-, se impone la realidad. Entonces te sientes engañado: ese hombre es un impostor. Creías que era bueno y te ha robado el dinero. Durante años has pensado que era bueno, que era un santo, ¡y ahora resulta que te ha robado!
¿Crees que te ha engañado? No, es tu clasificación la que te ha engañado. Él está actuando según su realidad. Durante mucho tiempo ha estado intentando encajar en tu esquema, pero tarde o temprano sale de ese esquema. Todo el mundo tiene que hacer las cosas que quiere hacer.
Nadie está aquí para satisfacer tus expectativas. Solamente los más cobardes intentan satisfacer las expectativas de los demás. Un hombre de verdad destruye todas las expectativas que tienen sobre él los demás, porque no está aquí para que le aprisionen las ideas de nadie. Prefiere ser libre. Prefiere ser incoherente; eso es la libertad. Hoy hará una cosa y mañana hará exactamente lo contrario para que no puedas hacerte una idea fija sobre él. Un verdadero y genuino ser humano es incoherente. Solo los falsos seres humanos son coherentes. Un verdadero y genuino ser humano está lleno de contradicciones. Es la libertad absoluta. Es tan libre que puede ser esto y también puede ser todo lo contrario. Puede elegir, si quiere ser de izquierdas lo será, si quiere ser de derechas, se hará de derechas. No hay nada que se lo impida. Si quiere estar dentro puede estar dentro, si quiere estar fuera puede estar fuera. Es libre. Puede ser extravertido o puede ser introvertido, puede hacer lo que quiera. Su libertad escoge en cada momento lo que debe hacer.
Pero a los seres humanos les imponemos un patrón que les exige ser coherentes. Se da mucho valor a la coherencia. Decimos: «Ese hombre es tan coherente… Es una gran persona, es muy coherente». Pero ¿qué quieres decir con «coherencia»? Coherencia significa que esa persona está muerta, que ya no está viva. El día que se volvió coherente dejó de estar viva y desde entonces no ha vuelto a vivir.
Cuando dices, «En mi marido se puede confiar», ¿qué estás queriendo decir? Que ha dejado de querer, que ha dejado de vivir y ahora ya no le atrae ninguna otra mujer. Si no le atraen otras mujeres, ¿cómo puede ser que tú le sigas atrayendo? Tú también eres una mujer. En realidad, ahora está fingiendo. Si un hombre está vivo y ama, cuando ve a una mujer hermosa se siente atraído. Cuando una mujer está viva, ama y tiene energía, si ve a un hombre guapo, ¿cómo no va a sentirse atraída? ¡Es tan natural! No digo que tenga que irse con él, pero la atracción es algo natural. Puede decidir no irse con él, pero negar la atracción es negar la vida misma.
El zen dice: mantente fiel a tu libertad. Entonces surge en ti un tipo de ser completamente distinto, inesperado, imprevisible. Religioso, pero no moral. No es inmoral sino amoral: está más allá de la moralidad, más allá de la inmoralidad.
Esta es la nueva dimensión de la vida que nos ofrece el zen. Hasta ahora has vivido en una realidad completamente distinta y esta realidad no tiene nada que ver con aquella. Tiene una cualidad nueva, esa cualidad es la ausencia de carácter.
Esta palabra a veces hace mucho daño, porque durante demasiado tiempo nos ha gustado la palabra «carácter». Decimos: «Ese hombre tiene carácter». Pero ¿has observado qué sucede? Una persona con carácter es una persona muerta. Una persona con carácter se puede encasillar porque es una persona previsible. Una persona con carácter no tiene futuro, solo tiene pasado.
Escucha: una persona con carácter solo tiene pasado, porque carácter significa pasado. La persona sigue repitiendo el pasado como si fuese un disco rayado. Repite lo mismo una y otra vez. No tiene nada nuevo que decir. No tiene nada nuevo que vivir, no tiene nada nuevo que ser. Y decimos que esa persona es una persona con carácter. Puedes confiar en ella, puedes contar con ella. No faltará a sus promesas, sí, eso es verdad. Esa persona resulta muy práctica, tiene una gran utilidad social, pero está muerta, es una máquina.
Las máquinas tienen carácter, puedes contar con ellas. Ese es el motivo por el que, poco a poco, vamos sustituyendo a los seres humanos por máquinas. Las máquinas son más previsibles, tienen mejor carácter, puedes contar con ellas.
No se puede confiar en un caballo tanto como en un coche. El caballo tiene cierta personalidad: hay días que no está de buen humor, otras veces no quiere ir por donde tú quieres y otras veces está muy rebelde. A veces simplemente se planta y no quiere moverse. Tiene alma; no siempre puedes contar con él. Pero un coche no tiene alma. Es un conjunto de piezas ensambladas, no tiene un centro. Va por donde tú quieras que vaya. Si quieres que el coche se tire por un acantilado, el coche lo hará. El caballo te dirá: «¡Espera! Si quieres suicidarte puedes hacerlo tú solo porque yo no voy a hacerlo. Salta si quieres. Yo no pienso saltar». Pero el coche no te dirá que no, no tiene alma para decir que no. Nunca dice ni sí ni no.
A veces, ni siquiera la mente de un gran matemático quiere funcionar. Pero el ordenador seguirá trabajando las veinticuatro horas del día, día tras día, año tras año; no se le ocurre dejar de trabajar. Una máquina tiene carácter, un carácter en el que se puede confiar. Eso es lo que hemos estado intentando hacer. Primero, hemos intentado convertir a las personas en máquinas pero como no lo hemos conseguido al cien por cien, poco a poco, hemos empezado a inventar máquinas con las que podamos sustituir a las personas. Antes o después, las personas serán reemplazadas por máquinas en todas partes. Las máquinas lo harán mucho mejor, de forma más eficiente, más fiable y más rápido.
El ser humano tiene estados de ánimo porque tiene alma. Como tiene alma, solamente puede ser auténtico si no tiene carácter. ¿A qué me refiero cuando digo «no tener carácter»? Me refiero a que el hombre se olvida de su pasado, no vive de acuerdo con su pasado y por eso es imprevisible. Vive momento a momento, en el presente. Ve lo que hay a su alrededor y vive, mira lo que tiene alrededor y vive, siente lo que tiene alrededor y vive. No tiene ideas fijas sobre la forma de vivir, sino intuición. Su vida es una corriente constante. Es espontáneo, a eso me refiero cuando digo que un hombre no tiene carácter. Es espontáneo.
Sabe responder y, cuando le dices algo, responde sin repetir una fórmula. Te responde, en este momento, a esta pregunta, a esta situación. No está respondiendo a otra situación aprendida. Te responde a ti, te observa. No está reaccionando sino que está respondiendo. La reacción es algo que surge del pasado.
Un maestro zen preguntó una vez: «¿Cuál es el secreto de Buda? ¿Qué es lo que transmitió a Mahakashyapa cuando le dio una flor? ¿Por qué dijo "Le entrego a Mahakashyapa lo que no he conseguido darle a nadie más, porque los demás solamente comprenden las palabras mientras que Mahakashyapa comprende el silencio"?».
Buda llegó ese día con una flor de loto en las manos. Todos sus discípulos no hacían más que mirar; estaban preocupados y cada vez más inquietos. Buda no decía nada, simplemente miraba la flor de loto… como si se hubiese olvidado de toda la gente que estaba ahí reunida.
Pasaron los minutos, pasó una hora, y todos empezaron a estar muy impacientes. Entonces, Mahakashyapa se echó a reír. Buda le llamó, le entregó la flor y le dijo: «Todo lo que puedo transmitir a través de las palabras se lo he dado a los demás. Lo que no puedo transmitir a través de las palabras te lo doy a ti, Mahakashyapa. Guárdalo hasta que encuentres a alguien que pueda recibir el mensaje en silencio».
El maestro zen preguntó a sus discípulos: «¿Cuál era el secreto? ¿Qué es lo que le entregó con la flor de loto? ¿Qué sucedió en ese momento?». Un discípulo se puso de pie, empezó a bailar y salió corriendo. Y el maestro dijo: «Muy bien, es exactamente eso».
Pero, esa noche, otro maestro del mismo monasterio fue a ver a este maestro y le dijo: «No deberías estar de acuerdo tan rápido; sospecho que has dado tu aprobación demasiado pronto».
Entonces el maestro buscó al discípulo que se había puesto a bailar y al que le había dicho: «Es exactamente eso», y por la noche volvió a hacerle la misma pregunta: «¿Qué es lo que Buda le entregó a Mahakashyapa con la flor de loto? ¿Qué es lo que Mahakashyapa comprendió cuando sonrió? ¿Qué fue? Dame la respuesta».
El joven se puso a bailar y, ¡el maestro le propinó un golpe! «Estás equivocado, completamente equivocado», dijo el maestro.
El discípulo respondió: «Pero, si esta mañana me has dicho que tenía razón».
«Sí -dijo el maestro-, por la mañana estaba bien, pero por la noche está mal. Estás repitiendo. Por la mañana creí que era una respuesta, pero ahora sé que ha sido una reacción.»
Cada vez que se hace la pregunta, la respuesta, si es una respuesta, tiene que ser diferente. La pregunta puede ser la misma, pero todo lo demás no es lo mismo. Por, la mañana, cuando el maestro preguntó, estaba saliendo el sol, los pájaros estaban cantando y la gente que estaba reunida… había mil monjes sentados meditando; era un mundo completamente distinto. Sí, la pregunta es la misma, la formulación lingüística es la misma, pero todo el resto ha cambiado, la gestalt ha cambiado. Por la noche es completamente diferente; el maestro está solo con su discípulo en su celda. El so! ya no está en el cielo, los pájaros ya no están cantando y no hay nadie más. El maestro ha cambiado. En esas pocas horas el río ha corrido, ha bañado nuevos prados y ha entrado en nuevos territorios. La pregunta aparentemente es la misma, pero el discípulo no ha variado porque piensa: «Ya sé la respuesta».
No, en la vida real nadie conoce las respuestas, en la vida real tienes que responder. En la vida real no puedes tener las respuestas preparadas de antemano, respuestas fijas, fórmulas. En la vida real tienes que estar abierto, pero el discípulo no lo comprendió.
Un hombre sin carácter es un hombre que no tiene respuestas ni filosofía, ni una idea preconcebida de cómo deberían ser las cosas. Sea lo que sea, él permanece abierto. Es un espejo que refleja.
¿No lo has observado? Cuando te pones delante de un espejo, si estás enfadado el espejo reflejará tu rostro enfadado; si estás sonriente el espejo reflejará tu rostro sonriente. Si eres viejo el espejo reflejará tus años, si eres joven el espejo reflejará tu juventud. No puedes decirle al espejo: «Ayer me reflejaste riendo, y ¿hoy por qué me estás reflejando enfadado y triste? ¿Qué quieres decir? No eres consecuente. ¡No tienes carácter! Me voy a deshacer de ti».
El espejo no tiene carácter, y el hombre de verdad es como un espejo.
El zen no juzga. El zen no valora. El zen no impone a nadie un carácter, porque para imponer un carácter tienes que haber valorado: bueno o malo. Para imponer un carácter tienes que crear deberías y no deberías; tienes que crear unos mandamientos. Para imponer un carácter tienes que ser un Moisés, no puedes ser un Bodhidharma. Para imponer un carácter tienes que provocar miedo y codicia. Si no ¿quién te va a escuchar? Tienes que ser como B. F. Skinner y tratar a las personas como si fuesen ratas, entrenarlas, castigarlas, recompensarlas, para obligarles a comportarse según un patrón determinado.
Eso es lo que han hecho con vosotros. Vuestros padres lo han hecho, vuestra educación lo ha hecho, y lo han hecho vuestra sociedad y vuestros estados. El zen dice: ya está bien, salta de ahí, abandona todo ese sin sentido, empieza a ser tú mismo. No significa que el zen te deje sumido en el caos, sino todo lo contrario. El zen, en vez de darte un carácter y una conciencia que pueda manipular ese carácter, te ofrece un estado consciente.
Esta es la diferencia que hay que tener en cuenta y recordar. Las demás religiones te ofrecen conciencia. El zen brinda un estado consciente. Conciencia significa: «Esto es bueno y esto es malo. Haz esto y no hagas lo otro». Pero estado consciente simplemente significa: «Sé un espejo, refleja y responde». La respuesta es correcta, la reacción es incorrecta. Ser responsable no significa obedecer ciertas normas; ser responsable significa tener capacidad de respuesta.
El zen te vuelve luminoso desde tu interior, no es una imposición del exterior, no se cultiva desde fuera ni constituye una armadura o un mecanismo de defensa. No se ocupa de la periferia, sino que simplemente enciende una lámpara en tu interior, en el centro mismo de tu ser; esa luz se va expandiendo… y llega un momento en el que toda tu personalidad es luminosa.
¿Cómo surgió esa perspectiva o ese enfoque zen? Surgió de la meditación. Es la cima suprema de la conciencia meditativa. Si meditas verás que, poco a poco, todo está bien, todo es lo que debería ser. Surge tathata, o la visión de que las cosas son como son. Entonces, al ver a un ladrón no piensas que tendría que transformarse, sino que respondes simplemente. Ya no piensas que es malo. Cuando no piensas que una persona es mala, malvada, estás dándole la oportunidad de transformarse. Estás aceptando al ser humano tal como es, y esa aceptación trae consigo la transformación.
¿Has observado que eso ocurre también en tu vida? Cuando alguien te acepta totalmente, incondicionalmente, empiezas a cambiar. Esta aceptación te da la valentía… cuando alguien te quiere simplemente como eres, ¿no has comprobado que algo cambia milagrosamente y empieza a cambiar de una manera muy rápida? Simplemente la aceptación de ser querido tal como eres -sin esperar nada de ti-, te da alma, te equilibra, te devuelve la confianza y te da fe. Te hace sentir que eres, que no tienes que cumplir expectativas, que puedes ser y que tu ser original es respetado.
Incluso aunque solo encuentres una sola persona que te respete totalmente -porque todo juicio es una falta de respeto-, que te acepta como eres, que no te exige nada y que dice: «Sé como eres. Sé auténticamente tú mismo. Te quiero. Te quiero a ti y no lo que haces. Te quiero tal como eres en tu esencia más profunda. No me interesa tu apariencia ni tu ropa. Amo tu ser y no lo que posees. No me interesa lo que posees, solo me interesa una cosa y es lo que eres. Y eres inmensamente bello…»
Eso es el amor. Por eso el amor es tan nutritivo. Cuando encuentras a una mujer o a un hombre que simplemente te quiere -por ningún motivo en concreto, por el placer de amar-, el amor te transforma. De repente aparece otra persona, alguien que nunca has sido. De repente desaparece toda la tristeza y la apatía. De repente encuentras el paso en tu danza, la canción en tu corazón. Empiezas a actuar de un modo distinto, surge la gracia.
Obsérvalo: cada vez que alguien te ama, basta con el fenómeno del amor. Desaparece la frialdad y empiezas a sentir calidez. Tu corazón ya no es indiferente al mundo. Empiezas a mirar más las flores, miras más el cielo y el cielo tiene un mensaje… porque una mujer o un hombre te ha mirado a los ojos y te ha aceptado totalmente, sin tener ninguna expectativa. Pero, a causa de la ignorancia del ser humano, ese estado no perdura. Esa luna de miel, más pronto o más tarde, desaparece; dura una semana, dos semanas, tres como máximo. Antes o después, la mujer y el hombre empiezan a tener expectativas: «Haz esto. No hagas eso». Y de nuevo vuelves donde estabas, ya no estás en el cielo. Vuelves a ir cargado y el amor ha desaparecido. Ahora la mujer está más interesada en tu cartera y el hombre está más interesado en su comida. Ahora es necesario velar por la familia, ordenar la casa y mil y un detalles más, pero ya no hay armonía entre los dos seres.
Si logras mantener esa armonía, todo irá bien. Podrás seguir haciendo mil y una cosas sin que pase nada. Pero la armonía se ha perdido; empezáis a dar por hecho que el otro está ahí. En esas tres semanas os habéis puesto etiquetas el uno al otro. El día que la clasificación está completa se acabó la luna de miel.
El zen cree en el amor pero no cree en las normas ni en las reglas. No cree en una disciplina exterior sino en la interior. Surge del amor, surge del respeto y de la confianza. Cuando meditas, empiezas a tener fe en la existencia. Observa la diferencia: si le preguntas a un católico o a un hindú te dirá que el primer requisito es la fe. Te dice: «Ten fe en la existencia y así conocerás a Dios». En el zen el primer requisito no es la fe. El zen dice: «Medita». De la meditación nace la fe y la fe hace que la existencia sea divina. Surge tathata, surge el ser tal como es.
¿Cómo puedes seguir condenando si sabes que todo es divino? Los vedantistas de la India dicen: «Todo es Brahma», pero siguen criticando. Siguen diciendo que uno es un pecador y otro es un santo, y que el santo irá al cielo y el pecador al infierno. Todo esto es absurdo considerando que todo es Brahma, que todo es Dios. Entonces, ¿cómo puedes ser un pecador? En ese caso, el Dios que llevamos dentro es pecador. ¿Cómo es posible que Dios vaya al infierno?
El zen dice: el día que reconozcas que todo es divino, sabrás que todo es Dios. Y no usan la palabra «dios», porque las demás religiones han viciado la palabra, la han contaminado, la han corrompido y la han envenenado. No usan la palabra «dios». Cuando meditas, poco a poco, empiezas a darte cuenta de que las cosas son como son, y empiezas a confiar en las cosas y a respetarlas tal como son, surge la confianza. Esa confianza es tathata, todo es como es.
Tathata te lleva a una visión de la existencia en la que todo está estrechamente relacionado. Todo el universo es una unidad que funciona de una manera orgánica. Tienen una expresión concreta para esto, lo llaman jiji muge hokkai; es cuando llegas a comprender que toda la existencia es unitaria, realmente es un universo y no un multiverso. Todo está unido al resto; pecadores y santos forman parte de un entramado, no están separados; el bien y el mal están unidos. Del mismo modo que la oscuridad y la luz están unidas, del mismo modo que la vida y la muerte están unidas, también lo están el bien y el mal.
Todo está interconectado. Es una red, un hermoso patrón.
Escucha estas palabras de Berenson:
Era una mañana de comienzos del verano. Una neblina plateada brillaba tenuemente vibrando sobre los tilos. Una caricia impregnaba el aire. Recuerdo que… me subí al tronco de un árbol y, de repente, me sentí inmerso en «ser eso». Ni siquiera lo llamé por ese nombre porque en ese estado mental no había palabras. Ni siquiera se trataba de un sentimiento. No tenía necesidad de palabras. Eso y yo éramos uno. Simplemente estaba ahí como una bendición.
Tathata significa alcanzar ese instante en el que, súbitamente, te das cuenta de que la existencia es una, está interconectada, fundida en una sola danza como una orquesta. Y todo es necesario, tanto lo malo como lo bueno. Jesús por sí solo no basta. Judas también es necesario. Sin Judas, Jesús no sería tan valioso. Si quitas a Judas de la Biblia, la Biblia pierde mucho. Quita a Judas de la Biblia y ¿dónde estará Jesús? ¿Qué es Jesús? Judas crea el contraste; es el telón de fondo. Se convierte en la nube negra de la que Jesús es el halo plateado. Sin la nube negra no habría halo plateado. Jesús debe estar agradecido a Judas. Y no es casualidad que, al lavar los pies de sus discípulos, el primero fuese Judas. Después, cuando se estaba despidiendo y diciendo adiós, abrazó a Judas más que a los demás y le besó más que a ningún otro. Era su discípulo preferido.
Esto es un misterio dentro de un misterio. En los círculos esotéricos hay rumores, desde hace siglos, de que Jesús mismo lo planeó. Gurdjieff creía firmemente en ello. Y es posible que Judas simplemente estuviese obedeciendo las órdenes de Jesús: traicionarle y venderle a sus enemigos. Eso parece tener más lógica. Porque, por muy malo que fuese Judas, ¿vender a Jesús por apenas treinta monedas de plata? Esto es excesivo. Judas había estado con Jesús desde hacía mucho tiempo y era el discípulo más inteligente de todos. Era el único que tenía cultura, el único que podría calificarse de intelectual. De hecho, era más culto que el propio Jesús. Era el erudito del grupo.
Parece excesivo, vender a Jesús solo por treinta monedas de plata. ¿Y sabes qué ocurrió? Cuando crucificaron a Jesús, Judas se suicidó… al día siguiente. Los cristianos no hablan mucho de ello, pero hay que hablar de esto. ¿Por qué se suicidó? Su labor había terminado y podía irse con su maestro. Un hombre que ha sido capaz de vender a su maestro por treinta monedas de plata, ¿te lo imaginas sintiéndose tan culpable como para suicidarse? Eso es imposible. ¿Para qué iba a molestarse? No, sencillamente había seguido las órdenes de su maestro. No podía negarse pues eso formaba parte de su entrega a él. Tenía que acceder. No se puede decir «no» a un maestro. Estaba todo planeado. Hay un motivo: el mensaje de Jesús solo ha pervivido en el mundo gracias a su crucifixión. Sin la crucifixión no habría existido el cristianismo. Por eso llamo al cristianismo «cruzianismo». No es cristianismo porque no bastaba con Cristo sino que fue necesaria la cruz para que esto sucediera.
Cuando ves la interconexión de todas las cosas, te das cuenta de que Judas forma parte del juego al que pertenece Jesús. Entonces, el mal forma parte del bien. Entonces, el Demonio no es más que un ángel de Dios; yo no lo llamo el ángel caído. Tal vez tenga una gran misión en el mundo y haya sido enviado por Dios mismo, tal vez sea su discípulo más cercano.
La palabra «demonio» proviene de la misma raíz que «divino». Esto es muy significativo. Sí, el Demonio también es divino.
Sasaki cuenta lo siguiente:
Cuando mi profesor me estaba hablando de esto, dijo: «Piensa ahora en ti mismo. Crees que eres un ser independiente, una isla, pero no lo eres. Sin tu padre y tu madre no existirías. Sin sus padres y sus madres ellos tampoco habrían existido, y tú no existirías».
Y así sucesivamente… puedes llegar hasta el principio sin principio. Puedes seguir yendo hacia atrás y verás que todo lo que ha sucedido en la existencia hasta ahora, ha ocurrido para que tú estés aquí. Si no tú no existirías. Estás in-terconectado. Solo eres una pequeña parte de una cadena infinita. Todo lo que existe está implícito en ti, todo lo que ya pasó, está implícito en ti. Tú eres el ápice, en este momento, de todo lo que te ha precedido. En ti existe todo el pasado. Pero eso no es todo. De ti vendrán tus hijos, y los hijos de tus hijos… y así sucesivamente.
Todas tus acciones provocarán acciones resultantes, y de las acciones resultantes habrá otros resultados, y de los otros resultados otras acciones. Tú desaparecerás, pero todo lo que hagas continuará. Tendrá repercusiones a lo largo del tiempo, hasta el final.
De manera que todo el pasado está implícito en ti y todo el futuro también. En este momento el pasado y el futuro se encuentran en ti, hasta el infinito, en las dos direcciones. Dentro de ti se encuentra la semilla de la que surgirá el futuro, del mismo modo que, en este momento, eres la totalidad del pasado. Por tanto, también eres la totalidad del futuro. Este momento lo es todo, tú lo eres todo. Como la totalidad está implícita en ti, todo está en juego dentro de ti. La totalidad se entrecruza en ti.
Dicen que cuando tocas una brizna de hierba, has tocado todas las estrellas. Como todo está implícito en todo lo demás, todo está dentro de todo.
El zen dice que esta implicación de la totalidad en cada una de sus partes es jiji muge hokkai. Se ilustra con el concepto de una red universal. En India, esta red recibe el nombre de la «red de Indra», una gran red que se extiende por el universo, vertical-mente para representar el tiempo y horizontalmente para representar el espacio. En cada punto donde se cruzan los hilos de la red hay una cuenta de cristal, símbolo de una existencia individual. Cada cuenta de cristal refleja en su superficie no solo el resto de las cuentas de la red, sino el reflejo del reflejo de cada cuenta sobre cada cuenta. Los incontables reflejos de uno en el otro, es lo que se llama jiji muge hokkai.
Cuando Gautama Buda se presentó con la flor de loto en la mano, estaba mostrando este jiji muge hokkai. Mahakashyapa lo comprendió. Ese era el mensaje, en una pequeña flor estaba implícito todo: estaba implícito todo el pasado, todo el futuro y todas las dimensiones. En esta pequeña flor de loto ha florecido todo, y todo lo que florezca algún día está contenido en esta pequeña flor de loto. Mahakashyapa se rió; había comprendido el mensaje: jiji muge hokkai. Por eso la flor que recibió Mahakashyapa es un símbolo de la transmisión más allá de las palabras.
De ahí la compasión budista por todo, la gratitud por todo y el respeto por todo, porque todo está contenido en lo demás.
Ahora, volvamos a nuestra historia zen.
Una noche, mientras Shichiri Kojun estaba recitando sutras, entró un ladrón armado con una afilada espada y le exigió el dinero o la vida.
Shichiri le respondió: «No me molestes. Puedes encontrar el dinero en ese cajón», y siguió recitando.
No hay reproche ni juicio, sino simple aceptación, como si hubiese entrado una brisa y no un ladrón. No se produce ni un ligero cambio en su mirada, como si en vez de un ladrón hubiese entrado un amigo. No hay ningún cambio en su actitud. Dice: «No me molestes. Puedes encontrar el dinero en ese cajón. ¿No ves que estoy recitando mis sutras? Al menos, podías ser un poco más respetuoso y no molestar a un hombre que está recitando sus sutras por algo tan insignificante como el dinero. ¡Ve y cógelo tú mismo! Y no me molestes».
Observa: no está en contra del ladrón porque haya ido a robar. No está en contra del ladrón porque quiera su dinero o porque esté obsesionado con el dinero, no, nada de eso. Simplemente hay aceptación: él es así. ¿Y quién sabe? Él tiene que ser así. ¿Por qué le voy a recriminar? ¿Quién soy yo para hacerlo? Si es tan amable de no molestarme, es suficiente, eso es más de lo que espero de cualquiera. Así que no me molestes.
Poco después se detuvo y le dijo: «Mañana tengo que pagar unos impuestos, no te lo lleves todo».
Observa qué gracia y qué amabilidad. No hay enemistad alguna. Y como no hay enemistad no hay temor. No hay desaprobación sino un respeto profundo, puede confiar en que se marchará. Cuando das de todo corazón, puedes confiar, hasta la peor de las personas tendrá respeto por tu respeto hacía ella. Puedes estar seguro de que te respetará. Cuando confías en alguien, cuando no juzgas ni criticas, puedes confiar en que confiarán en ti. Simplemente dijo: «Mañana tengo que pagar unos impuestos, no te lo lleves todo».
El intruso recogió la mayor parte del dinero y se disponía a marchar, cuando Shichiri añadió: «Cuando te hacen un regalo debes dar las gracias…»
Observa la compasión de este hombre. No lo califica de robo sino que dice: «Cuando te hacen un regalo debes dar las gracias». Esto es transformador; su visión es completamente distinta porque no quiere que este hombre se sienta culpable. Tiene una enorme compasión. Sabe que sí no, antes o después, empezará a sentirse culpable. Inevitablemente se sentirá culpable… robarle a un pobre monje o a un pobre mendigo que no tiene casi nada; robarle a alguien que está tan dispuesto a dar y cuya aceptación es tan total… Ese hombre se sentirá culpable, ese hombre se arrepentirá. Cuando llegue a su casa no podrá dormir. Tal vez tenga que volver al día siguiente para ser perdonado.
No, eso no está bien. El zen no quiere crear culpabilidad de ningún tipo. De eso se trata el zen: es una religión que no crea culpa. Es muy fácil crear una religión con la culpa; eso es lo que han hecho el resto de las religiones. Pero cuando creas la culpa, creas algo mucho peor que lo que estás intentando curar. El zen no crea ninguna culpa y procura no hacer sentir culpable a nadie.
Ahora dice: «Debes darle las gracias a la persona que te hace un regalo. ¡Es un regalo! ¿No sabes ni eso? Te lo estoy dando; no me lo estás robando». ¡Qué diferencia tratándose del mismo acto!
Esto es lo que dice el zen: da, en lugar de que te lo arrebaten. Y esta es su visión de la vida. Antes de que llegue la muerte, dalo todo para que la muerte no se sienta culpable. Da tu vida a la muerte como si fuese un regalo. Esto es la renuncia del zen. Es completamente distinta a la renuncia hindú o cristiana; ellos dan para recibir. El zen da para no crear culpabilidad en ningún lugar del mundo; no deja tras de sí ninguna culpa.
El hombre le dio las gracias y se marchó. Unos días más tarde, atraparon al tipo, que confesó, entre otros, el delito contra Shi-chiri. Cuando llamaron a Shichiri como testigo, este dijo: «En lo que a mí respecta, este hombre no es un ladrón. Yo le di el dinero y él me dio las gracias».
¿Te has dado cuenta del detalle? ¡Qué respeto! ¡Qué inmenso respeto! ¡Qué respeto incondicional hacia una persona… hacia un ladrón!
Si Shichiri hubiese sido un santo cristiano habría amenazado a este hombre con el infierno, el infierno durante toda la eternidad. Si hubiese sido un santo hindú le habría sermoneado contra el robo y amenazado con los fuegos del infierno. Le habría hecho una descripción horripilante del infierno y le habría sermoneado sobre la inutilidad del dinero.
Veamos: el maestro zen no dice nada sobre la inutilidad del dinero. En realidad, dice: «Déjame un poco a mí; porque mañana voy a necesitarlo». El dinero tiene un propósito. No hay que estar obsesionado a favor ni en contra, en este sentido o en el otro. El dinero es útil. No hace falta que vivas solo por el dinero, ni que estés en contra del dinero, simplemente es útil. Por eso, mi actitud hacia el dinero es que el dinero está ahí para ser utilizado, se trata de un instrumento.
En todas las religiones se crítica mucho el dinero, las personas religiosas le tienen mucho miedo. Ese miedo no es más que la otra cara de la codicia. Es la misma codicia, pero ahora llena de miedo. Si vas a ver a un santo hindú con dinero en las manos, él cerrará los ojos. ¿Tanto miedo le tiene al dinero? ¿Por qué cierra los ojos? Dice que el dinero es sucio, pero nunca cierra los ojos cuando ve suciedad. Esto no es lógico. De hecho, si el dinero fuese sucio debería cerrar los ojos las veinticuatro horas del día, porque hay suciedad en todas partes. ¿El dinero es sucio? ¿Y por qué le tiene tanto miedo a la suciedad? ¿A qué le tiene miedo?
El zen tiene una perspectiva fundamental y completamente distinta. El maestro no dice que el dinero sea sucio y que no deberías ir detrás del dinero de los demás. ¿Qué tiene el dinero que ver con los demás? El dinero no es de nadie. Por eso, decirle a alguien: «Tú eres un ladrón», es creer en la propiedad privada. Es creer que alguien lo puede tener justamente y otro injustamente, que alguien tiene el derecho de poseerlo y otro no.
Robar está mal visto a consecuencia de la mentalidad capitalista del mundo; forma parte de la mente capitalista. La mente capitalista dice que el dinero pertenece a alguien; pertenece a alguien por derecho y nadie se lo debería quitar.
Pero el zen dice que nada pertenece a nadie, nadie tiene nada por derecho. ¿Cómo puedes ser dueño del mundo? Llegas al mundo con las manos vacías y te vas con las manos vacías, no puede pertenecerte. No pertenece a nadie; todos lo usamos. Y estamos todos aquí juntos para usarlo. Este es el mensaje: «¡Toma el dinero! Pero déjame un poco a mí también. Yo también estoy aquí para usarlo, tanto como tú».
¡Qué actitud más práctica, más empírica! ¡Y qué desapegada del dinero! En el juicio dijo: «… este hombre no es un ladrón…» ha convertido al ladrón en un amigo. Dice: «En lo que a mí respecta… No puedo hablar por los demás, ¿cómo voy a hablar por los demás? Solo sé que yo le di el dinero y él me dio las gracias. Y se acabó, las cuentas están claras. Ya no me debe nada. Me ha dado las gracias, ¿qué más puedo pedir?».
Como mucho, podemos dar las gracias. Podemos dar las gracias a la existencia por todo lo que nos ha dado, ¿qué más podemos hacer?
Cuando cumplió su condena y salió de la cárcel, este hombre se convirtió en discípulo de Shichiri.
¿Qué más puedes hacer con alguien como Shichiri? Tienes que convertirte en su discípulo. Ha convertido al ladrón en un sannyasin. Esta es la alquimia del maestro, nunca pierde una oportunidad. Utiliza cualquier oportunidad que se presente; incluso si es un ladrón quien llega hasta el maestro, acabará convirtiéndose en sannyasin.
Entrar en contacto con un maestro es transformarse. Tal vez hayas ido por otro motivo, tal vez no hayas ido por el maestro; el ladrón no estaba allí por el maestro. En realidad, si hubiese sabido que en esa choza vivía un maestro no se habría atrevido a entrar. Solo iba en busca de dinero y se tropezó con el maestro por casualidad. Pero aunque te encuentres con un buda por casualidad, te cambiará totalmente. Nunca volverás a ser la misma persona.
Muchos de vosotros estáis aquí por casualidad. No me estabais buscando, no estabais detrás de mí. Habéis llegado aquí por mil y una casualidades. Pero cada vez se hace más difícil irse.
Un maestro no predica, nunca dice qué hay que hacer. Bodhi-dharma dice: «El zen no tiene nada que decir, pero el zen tiene mucho que mostrar». Este maestro le mostró al ladrón un camino. Le transformó, y lo hizo con una gran habilidad. Debía de ser un gran cirujano porque operó a este hombre del corazón… sin hacer el menor ruido. Destruyó completamente a este hombre y lo volvió a crear. Y el hombre ni siquiera se dio cuenta de qué había sucedido. Esto es el milagro de un maestro.
Hay un sutra del zen que dice: «El hombre de conocimiento no rechaza el error». Cuando lo conocí, mi corazón saltó de alegría. Recita este sutra en el fondo de tu corazón: el hombre de conocimiento no rechaza el error.
Y otro maestro, hablando sobre este sutra -se llamaba Oha-sama-, comentó: «No es necesario buscar la verdad en primer lugar, porque está presente en todas partes, incluso en el error. Por eso, quien rechaza el error está rechazando la verdad».
¡Estas personas son asombrosas! Quien rechaza el error rechaza la verdad. ¿Puedes ver la belleza que hay en ello? ¿Ves el punto de vista tan radical y revolucionario? Shichiri no rechazó al hombre porque fuese un ladrón ni por su error, porque detrás de ese error hay una existencia divina, un dios. Si rechazas el error también rechazas al dios. Al rechazar el error estás rechazando la verdad que hay oculta dentro de él.
Él acepta el error para aceptar la verdad. Cuando la verdad aflora, cuando se acepta y se extiende, el error desaparece espontáneamente. No tienes que luchar con la oscuridad; ese es el significado, simplemente enciende una vela. No tienes que luchar con la oscuridad, basta con que enciendas una vela. El maestro encendió una vela en el interior de ese hombre.
Hay otra historia exactamente igual sobre otro maestro pero todavía un poco más zen:
A medianoche, mientras el maestro Taigan estaba escribiendo una carta, un ladrón entró en su habitación con una espada desenvainada. Mirando al ladrón, el maestro dijo: «¿Qué quieres, el dinero o la vida?».
Esta historia es más zen porque al ladrón no le da la oportunidad de decir nada. Shichiri al menos le dio una última oportu-. nidad; el ladrón pudo preguntarle a Shichiri:«… entró un ladrón armado con una afilada espada y le exigió el dinero o la vida». Taigan ha mejorado la historia. Tal vez, Taigan apareció un poco más tarde y conocía la historia de Shichiri. No brinda muchas oportunidades al ladrón sino que sencillamente le dice: «¿Qué quieres, el dinero o la vida? Las dos cosas son irrelevantes, llévate lo que necesites, tú eliges».
«He venido a por el dinero», respondió el ladrón un poco asustado.
Ese hombre -nunca se había encontrado con un dragón como este- dijo: «¿Qué quieres, el dinero o mi vida?». Estaba dispuesto a darlo todo: «Puedes escoger». Sin reproche ni nada por el estilo. Aunque hubiese escogido su vida, Taigan se la habría dado. Todo lo que nos puede ser quitado es mejor darlo. Tarde o temprano, hasta la vida misma desaparecerá, ¿para qué preocuparse por ello? La muerte llegará; deja que el ladrón disfrute un momento.
«He venido a por el dinero», respondió el ladrón un poco asustado.
El maestro sacó su bolsa y se la entregó diciendo: «¡Tómalo!». Después siguió escribiendo su carta como si no pasara nada.
El ladrón empezó a sentirse incómodo con tantas facilidades y se marchó de la habitación muy sorprendido. «¡Eh! ¡Espera un momento!», dijo el maestro.
El ladrón dio un paso atrás estremeciéndose. «¿Por qué no cierras la puerta?», le dijo el maestro.
Días más tarde, el ladrón fue capturado por la policía y dijo: «Llevo años robando pero nunca he tenido tanto miedo como cuando ese maestro budista me llamó y dijo: "¡Eh! ¡Espera un momento!"; todavía estoy temblando de miedo».
«Ese hombre es muy peligroso y no podré olvidarlo jamás. El día que salga de la prisión iré a buscarle. Nunca había conocido a alguien como él, ¡de esa calidad! Yo tenía en la mano una espada desenvainada, pero eso no es nada. Él sí que es una espada desenvainada.»
Solo estas palabras: «¡Eh! ¡Espera un momento!», y el ladrón dijo: «Todavía estoy temblando de miedo».
Cuando te encuentras con un maestro, es el maestro quien te mata. ¿Cómo puedes matar a un maestro? Aunque hayas desenvainado tu espada no podrás matar a un maestro; el maestro te matará a ti. Y mata de una forma tan sutil que nunca te darás cuenta de que te ha matado. Solo te darás cuenta cuando vuelvas a nacer. De repente, un día ya no eres el mismo. De repente, un día, tu viejo yo ha desaparecido. De repente, un día, todo es nuevo, los pájaros cantan y te salen hojas nuevas. El río estancado fluye de nuevo y va hacia el mar. Y otra historia:
Un maestro zen había estado en la cárcel varias veces.
… ¡Ahora un paso más! Estas personas zen realmente son excéntricas, locas, pero hacen cosas maravillosas. «Un maestro zen había estado en la cárcel varias veces.» Bueno, una cosa es perdonarle a un ladrón, creer que no es malo, pero otra muy diferente es que él mismo vaya a la cárcel. Y no solamente una vez, sino muchas, por robar a sus vecinos cosas insignificantes. Los vecinos lo sabían y estaban un poco perplejos: ¿por qué nos roba este hombre y, para colmo, cosas insignificantes? Pero en cuanto salía de la cárcel volvía a robar y acababa de nuevo entre rejas. Hasta los jueces estaban desconcertados. Pero su deber era mandarle a la cárcel puesto que él confesaba su delito. Nunca decía: «Yo no he robado».
Finalmente, los vecinos se reunieron y le dijeron: «Señor, no siga robando.
»Se está haciendo viejo y nosotros podemos proporcionarle todo lo que necesite, sea lo que sea. ¡Deje de hacerlo! Estamos muy preocupados y muy tristes. ¿Por qué sigue haciendo esas cosas?»
El anciano se rió y dijo:
– Robo para poder estar con los presos y así llevarles el mensaje interior.
»¿Quién les va a ayudar? Aquí fuera, para vosotros los presos de fuera, hay muchos maestros. Pero dentro de la cárcel no hay ninguno. ¿Decidme, quién les va a ayudar? Esa es la forma de entrar y ayudar a esta gente. Por eso, cuando se acaba mi condena y me expulsan, tengo que robar de nuevo para volver a ir a la cárcel. Y pienso seguir haciéndolo. Además, en la cárcel he encontrado almas hermosas, almas inocentes, a veces, mucho más inocentes…
Una vez nombraron a uno de mis amigos gobernador de un estado de la India y él me permitió visitar todas las cárceles de ese estado. Las estuve visitando durantes años y me quedé sorprendido al ver que las personas que están en la cárcel son mucho más inocentes que los políticos, los ricos y los mal llamados santos. Conozco a casi todos los santos de la India y son más astutos. He descubierto que las almas de los criminales son mucho más inocentes… Comprendo perfectamente el comportamiento del viejo maestro zen que robaba y se dejaba atrapar para poder llevarles el mensaje. «Robo para poder estar con los presos y así llevarles el mensaje interior.»
El zen no tiene un sistema de valores. El zen solo aporta una cosa al mundo y es entendimiento, conciencia. A través de la conciencia llega la inocencia. La inocencia es inocente con respecto a lo bueno y a lo malo. La inocencia simplemente es inocencia, no sabe de distinciones.
La última historia es sobre Ryokan. Él era un gran amante de los niños. Como se puede esperar de un personaje como él, también él era como un niño. Era el niño del que habla Jesús, tan sumamente inocente que nadie creería que puede haber alguien así. No tenía astucia ni malicia. Era tan inocente que la gente solía pensar que estaba un poco loco.
A Ryokan le gustaba jugar con los niños. Jugaba al escondite, jugaba al tamari y también al balonmano. Una tarde le tocaba esconderse a él, y se ocultó bajo un montón de paja que había en el campo. Estaba oscureciendo y los niños, como no le podían encontrar, se fueron a casa.
A la mañana siguiente, un campesino llegó temprano para mover el montón de paja y empezar con su trabajo. Al encontrarse ahí a Ryokan exclamó: «¡Oh, Ryokan-sama! ¿Qué estás haciendo ahí?».
El maestro contestó: «¡Cállate! No hables tan alto que me van a encontrar los niños».
¡Se había pasado toda la noche debajo de la paja esperando a que los niños lo encontraran! El zen es así de inocente y esa inocencia es divina. Esa inocencia no hace distinciones entre el bien y el mal, no hace distinciones entre este mundo y el otro, ni hace distinciones entre esto y aquello. Esa inocencia es ser como se es.
Y ese ser las cosas como son constituye la esencia misma de la religiosidad.