Pasamos la noche allí en las montañas. El haberme acordado de mi percepción dividida me había puesto en un estado de gran euforia que don Juan empleó, como siempre; para hundirme en más experiencias sensoriales, las cuales, como era de costumbre, se volvieron inmediatamente nebulosas.
Al día siguiente, mientras don Juan y yo estábamos sentados a la mesa, en su cocina, temprano por la mañana, empezamos a hablar otra vez de mi percepción dividida.
– Para la mente es muy excitante descubrir la posibilidad de estar en dos lugares a la vez -dijo-. Puesto que nuestra mente es nuestra racionalidad, y nuestra racionalidad es nuestra imagen de sí, cualquier cosa que esté más allá de nuestra imagen de sí o bien nos atrae o nos horroriza, según qué tipo de personas seamos.
Me miró con fijeza; luego sonrió, como si acabara de descubrir algo nuevo en mí.
– O nos atrae y nos horroriza en igual medida -agregó-, lo cual parece ser el caso de nosotros dos.
Le dije que conmigo la cuestión no era que la experiencia me atrajera o me horrorizara, sino que me sentía atemorizado ante las inmensas posibilidades de la percepción dividida.
– No puedo decir que no crea haber estado en dos lugares a la vez -dije-. No puedo negar mi experiencia; sin embargo, me asusta tanto que mi mente se niega a aceptarlo como un hecho.
– Tú y yo somos el tipo de personas que se obsesionan con cosas como ésas y luego las olvidan por completo -comentó, riendo-. Tú y yo somos muy parecidos.
Fui yo quien rió esta vez. Sabía que se estaba divirtiendo a mi costa con eso de que éramos muy parecidos, pero proyectaba tanta sinceridad que yo quería creerle.
Le dije que, entre sus discípulos, yo era el único que había aprendido a no tomar demasiado en serio sus afirmaciones de que él era igual a nosotros. Comenté que lo había visto en acción, oyéndole decir a cada uno de sus aprendices, en él tono más sincero: "Tú y yo somos muy tontos. ¡Somos tan parecidos!" Y me había horrorizado, una y otra vez, al darme cuenta de que ellos le creían.
– Usted no es igual a ninguno de nosotros, don Juan -dije-. Usted es un espejo que no refleja nuestras imágenes. Usted ya está fuera de nuestro alcance.
– Lo que estás presenciando es el resultado de una lucha que toma toda una vida -dijo-. Lo que ves es un brujo que finalmente ha aprendido a seguir los designios del espíritu. Y eso es todo.
"Te he hablado, de muchas maneras, de las diferentes etapas por las que pasa un guerrero a lo largo del sendero del conocimiento -prosiguió-. En términos de su vínculo con el intento, el guerrero pasa por cuatro etapas. La primera, cuando tiene un vinculo herrumbrado en el que no puede confiar. La segunda, cuando logra limpiarlo. La tercera, cuando aprende a manejarlo. Y la cuarta, cuando aprende a aceptar los designios de lo abstracto.
Don Juan sostuvo que su logro no lo hacía intrínsecamente diferente a sus aprendices. Sólo lo hacía disponer de más recursos; por lo tanto, no mentía al decirnos que el se nos parecía.
– Comprendo exactamente por lo que estas pasando -continuó-. Cuando me río de ti, en realidad me río del recuerdo de cuando yo estaba en tu lugar. Yo también me aferraba al mundo de la vida cotidiana. Me aferraba hasta con las uñas. Todo me decía que debía dejarme ir, pero yo no podía. Al igual que tú, confiaba implícitamente en mi mente, aunque ya no tenía razón para hacer eso. Ya no era un hombre común y corriente.
"Mi problema de entonces es ahora el tuyo. El impulso del mundo cotidiano me arrastraba y yo me aferraba desesperadamente a mis endebles estructuras racionales.
– Yo no me aferro a ninguna estructura; ellas se aferran a mí -dije.
Eso lo hizo reír. Y sin más preliminares, don Juan empezó entonces a contarme una historia de brujería. Comenzó, relatando lo que le había sucedido tras su llegada a Durango, aún vestido con ropas de mujer, después del viaje de todo un mes por el centro de México. Dijo que el viejo Belisario lo llevó directamente a una hacienda, para esconderlo del hombre monstruoso que lo perseguía.
En cuanto llegó, don Juan, de una manera muy audaz pese a su naturaleza taciturna, se presentó a todos los de la casa. Había allí siete hermosas mujeres y un hombre extraño, insociable, que no pronunció una sola palabra. Las siete mujeres eran exquisitas y lo hicieron sentir tan enormemente bien que le inspiraron instantánea confianza. Don Juan las deleitó con el relato de los esfuerzos que el hombre monstruoso había hecho por capturarlo. Estaban encantadas, sobre todo, con el disfraz que aún usaba y la historia relacionada con él. No se cansaban de oír los detalles de su odisea, y todas le dieron consejos para perfeccionar el conocimiento que había adquirido durante el viaje.
Lo que más sorprendió a don Juan de ellas fue su porte sereno y su actitud segura. Eso, en una mujer, le parecía a don Juan algo increíble.
Se le ocurrió la idea de que, para que esas mujeres fuertes y hermosas tuvieran tanta desenvoltura y olvidaran a tal punto las formalidades, debían de ser mujeres de la vida alegre. Pero era obvio que no lo eran.
En los días siguientes, lo dejaron vagar por su cuenta por toda la propiedad. Aquella enorme mansión y sus terrenos lo deslumbraron. Jamás había visto nada parecido. Era una vieja casa colonial, con un elevado muro que la circundaba. Adentro había balcones con macetas de flores y patios con enormes frutales que proporcionaban sombra, intimidad y quietud.
Las habitaciones eran grandes; en la planta baja había aireados corredores alrededor de los patios. La planta alta tenía misteriosos dormitorios donde no se le permitía entrar.
Durante esos días, le sorprendió el profundo interés que las mujeres se tomaban por su bienestar. Era como si él fuera el centro del mundo para ellas. Jamás antes le había mostrado nadie tanta amabilidad. Pero al mismo tiempo nunca se había sentido tan solitario. Estaba siempre en compañía de esas bellas y extrañas personas, pero nunca había estado tan solo. Algo en los ojos de esas mujeres, le indicaba que bajo aquellas fachadas encantadoras existía una terrorífica frialdad, una indiferencia imposible de atravesar.
Don Juan creía que esa sensación de soledad se debía a que no lograba prever la conducta de las mujeres ni conocer sus verdaderos sentimientos. Sólo sabía de ellas lo que ellas le decían.
Pocos días después de su llegada, la mujer que parecía estar a cargo de todas le entregó unas flamantes ropas de hombre, diciéndole que el disfraz de mujer ya no era necesario, pues el hombre monstruoso, quien quiera que fuese, no estaba a la vista. Le dijo que estaba libre y que podía partir cuando gustase.
Don Juan pidió ver a Belisario, a quien no había visto desde el día de su llegada. La mujer le dijo que Belisario estaba de viaje y que había dejado dicho que don Juan podía quedarse allí en la casa, pero sólo si estaba en peligro.
Don Juan declaró que estaba en peligro mortal. Durante los pocos días que llevaba en la casa había constatado que el monstruo estaba allí, siempre merodeando sigilosamente entre los jardines que rodeaban la casa. La mujer no quiso creerle y le dijo sin rodeos que él era un embustero, que fingía ver al monstruo para que lo hospedaran. Le dijo que esa casa no era lugar para holgazanear. Afirmó que todos allí eran gente muy seria, que trabajaban mucho y que no podían permitirse mantener a un arrimado.
Don Juan se sintió insultado y salió furioso de la casa, pero, al ver al monstruo escondido tras los arbustos al borde de un jardín, su enojo se convirtió en terror.
Se apresuró a entrar en la casa, preso de un pánico mortal. Allí le suplicó a la mujer que le diera refugio. Prometió trabajar como peón sin salario con tal de quedarse en la hacienda.
Ella aceptó siempre y cuando él aceptara dos condiciones: que no hiciera preguntas y que hiciera cuanto se le ordenara sin pedir explicaciones. Le advirtió que si violaba esas reglas su estadía en la casa se daría por terminada.
– Me quedé realmente de mala gana -continuó don Juan-. No me gustó nada aceptar sus condiciones, pero no tuve otro remedio; afuera estaba el monstruo. Adentro yo estaba a salvo, porque yo sabía que el monstruo siempre se detenía ante una barrera invisible que rodeaba la casa, a una distancia de unos cien metros. Dentro de ese círculo yo estaba fuera de peligro. Hasta donde yo podía discernir, debía de haber algo en esa casa que detenía a ese hombre monstruoso, y eso era lo único que me interesaba.
"También me di cuenta que cuando la gente de la casa estaba conmigo el monstruo nunca aparecía.
Tras algunas semanas sin ningún cambio en su situación reapareció el joven que había estado viviendo en casa del monstruo, disfrazado de Belisario. Le dijo a don Juan que acababa de llegar, que se llamaba Julián y que él era el dueño de la hacienda.
Naturalmente, don Juan lo interrogó sobre su disfraz. Pero el joven, mirándolo a los ojos y sin el menor titubeo, negó saber nada.
– ¿Cómo te atreves, aquí, en mi propia casa, a decirme tales tonterías? -le gritó a don Juan- ¿Qué te crees que soy?
– Pero, usted es Belisario, ¿verdad? -insistió don Juan.
– No -dijo el joven-. Belisario es un viejo. Yo soy Julián y soy joven. ¿A poco no te das cuenta?
Don Juan admitió dócilmente no haber estado del todo convencido de que aquello fuera un disfraz; de inmediato se dio cuenta de lo absurdo de su declaración. Si ser viejo no era un disfraz, era entonces una transformación, y eso resultaba aún más absurdo.
La confusión de don Juan iba en aumento. Le preguntó su opinión sobre el monstruo y el joven le contestó que no tenía ni idea de qué le hablaba, pero reconoció que algo debía haberle sucedido, de otro modo el viejo Belisario no le hubiera dado asilo. Le afirmó fríamente a don Juan que cualquiera que fuese el motivo que lo obligaba a mantenerse escondido era sólo asunto suyo.
El tono y la manera fría de su anfitrión mortificaron a don Juan sin medida. Arriesgándose a provocar su enojo, le recordó que ya se conocían. El joven furioso, declaró no haberlo visto jamás antes de ese día. Se controló rápidamente y expresó su deseo de cumplir la promesa de Belisario.
El joven añadió que él no era sólo el propietario de la casa, sino también el encargado de velar por todas las personas que vivían en ella y de dirigirlas, incluyendo ahora a don Juan, quien, por el solo hecho de estar entre ellos, se había convertido en el pupilo de la casa. Si don Juan no estaba contento con ese arreglo, podía irse.
Antes de decidirse por una cosa o por la otra, don Juan sensatamente optó por preguntar en qué consistía ser pupilo de la casa.
El joven llevó a don Juan a una parte de la mansión, que todavía estaba en construcción, y le dijo que esa parte de la casa simbolizaba su propia vida y sus acciones. Estaba sin terminar. Las obras continuaban, por cierto, pero existía la posibilidad de que nunca se completaran.
– Tú eres uno de los elementos de esa construcción incompleta -le dijo a don Juan-. Digamos que eres la viga que sostendrá el techo. Hasta que la pongamos en su sitio y pongamos el tejado encima, no sabremos si será capaz de soportar el peso. El maestro carpintero dice que sí. El maestro carpintero soy yo.
Esa explicación metafórica no tuvo ningún sentido para don Juan, que tan sólo quería saber qué se esperaba de él en cuestiones de trabajo.
El joven trató de explicárselo de otra manera.
– Yo soy el nagual -explicó-. Yo traigo la libertad. Soy el regente de la gente que vive en esta casa. Tú vives en esta casa y, debido a eso, eres parte de ella; yo soy el que rige te guste o no te guste.
Don Juan lo miró boquiabierto, sin poder decir nada.
– Yo soy el nagual Julián -dijo su anfitrión, sonriente-. Sin mi intervención no hay modo de llegar a la libertad.
Don Juan seguía sin comprender. Pero comenzó a dudar de su certeza de estar a salvo en esa casa, en vista de que la mente de ese hombre estaba obviamente extraviada. Tanto le preocupó este inesperado giro de las circunstancias, que ni siquiera le llamó la atención el uso de la palabras "nagual". Sabía que nagual significaba brujo, pero no logró captar todo el sentido de las palabras de su anfitrión. O bien, de algún modo las comprendió a la perfección, aunque su mente consciente no lo hiciera.
El joven lo miró fijamente y luego le dijo que su trabajo consistiría en ser su ayuda de cámara y su asistente. No recibiría pago por eso, pero sí excelente comida y alojamiento. De vez en cuando habría trabajos pequeños para don Juan, trabajos que requerirían atención especial. El estaría a cargo de llevarlos a cabo personalmente, o de encargarse que otros los hicieran. Por esos servicios especiales se le pagarían pequeñas sumas de dinero, que serían depositadas en una cuenta que los otros miembros de la casa guardarían a su nombre. De ese modo, si alguna vez deseaba marcharse, dispondría de una cantidad en efectivo para arreglárselas.
El joven le puso en claro a don Juan que estaba libre para irse de la casa cuando quisiera, pero que si permanecía allí tendría que trabajar, y que aún más importante que el trabajo eran los tres requisitos que debía cumplir. Tenía que esforzarse seriamente por aprender cuanto las mujeres le enseñasen. Su conducta con todos los miembros de la casa debía ser ejemplar, lo cual significaba que tendría que examinar su actitud para con ellos cada minuto del día. Y tendría que dirigirse al joven, en la conversación directa, llamándolo nagual y, el nagual Julián, cuando hablara de él con una tercera persona.
Don Juan aceptó esas condiciones a regañadientes. Pero, a pesar de que se hundió inmediatamente en su habitual malhumor, aprendió con prontitud a hacer su trabajo. Lo que no alcanzaba a entender era lo que se esperaba de él en cuestiones de actitud y conducta. Y aunque no podía encontrar, por más que buscaba, un ejemplo concreto, creía francamente que esa gente le mentía y lo explotaba.
A medida que su carácter taciturno ganaba terreno, fue entrando en un permanente malhumor y rara vez decía una palabra a nadie. Fue entonces cuando el nagual Julián reunió a todos los miembros de la casa y les explicó que, pese a que necesitaba desesperadamente un ayudante, se atendría a la decisión de todos. Si no les gustaba el malhumor y la actitud desagradable de su nuevo asistente, tenían derecho a decirlo. Si la mayoría lo decidía, el asistente tendría que marcharse y vérselas con lo que le esperaba afuera, ya fuese un verdadero monstruo o una invención suya.
El nagual Julián condujo entonces a todos al frente de la casa y desafió a don Juan a que les mostrara al hombre monstruoso. Don Juan se los señaló con el dedo, pero nadie lo veía. Corrió frenéticamente de uno a otro, insistiendo en que el monstruo estaba allí, implorándoles que lo ayudaran. Todos ignoraron sus súplicas y dijeron que estaba loco.
El nagual Julián entonces puso a votación el destino de don Juan. El hombre insociable se abstuvo de votar. Simplemente se encogió de hombros y se fue. Todas las mujeres se opusieron a que él siguiera allí. Arguyeron que era demasiado sombrío y malhumorado. Durante la acalorada discusión, empero, el nagual Julián cambió completamente de parecer y se convirtió en su defensor. Sugirió que las mujeres estaban juzgando mal al pobre muchacho; quizá no tenía nada de loco y sí veía realmente un monstruo. Dijo que tal vez su actitud malhumorada era el resultado de preocupaciones. Y surgió un enconado debate. Se acaloraron los ánimos, y, en cuestión de segundos, las mujeres estaban gritándole al nagual.
Don Juan oía la discusión, pero ya nada le importaba. Sabía que iban a expulsarlo y que por seguro el monstruo lo capturaría para llevarlo a la esclavitud. En el colmo de la desolación comenzó a llorar.
Su desesperación y su llanto influyeron a algunas de las enfurecidas mujeres. La mujer en jefe propuso otra alternativa: un período de prueba de tres semanas, durante el cual todas ellas evaluarían diariamente los actos y la actitud de don Juan. Le advirtió a don Juan que, si alguien presentaba una sola queja sobre su actitud se lo expulsaría definitivamente.
El nagual Julián, con una actitud muy paternal, se lo llevó a un lado y le dijo algo que lo dejó frío de terror. Le susurró en el oído que él estaba seguro, no sólo de la existencia del monstruo, sino de que merodeaba por la hacienda, pero que debido a ciertos acuerdos previos con las mujeres, acuerdos que no podía divulgar, no se permitía revelar a las mujeres nada de lo que sabía. Instó a don Juan a dejar su terquedad y malhumor, y a fingir ser lo opuesto.
– Compórtate como si estuvieras feliz y satisfecho -le dijo a don Juan-. De lo contrario las mujeres te echarán a patadas. Esto debería bastar para asustarte. Usa el miedo como fuerza impulsora. Es lo único que tienes.
Cualquier duda o reticencia que don Juan pudiera haber sentido desapareció instantáneamente al ver al hombre monstruoso, que esperaba, impaciente, en la línea invisible, como si se diera cuenta de cuán precaria era la situación de don Juan. Era como si estuviera horriblemente hambriento y esperara con ansias un festín.
El nagual Julián empujó su terror un poco más hondo.
– Si yo estuviera en tu lugar -dijo-, me comportaría como un ángel. Haría todo lo que esas mujeres me dijeran, con tal de no vérmelas con esa bestia infernal.
– Entonces, ¿usted ve al monstruo? -preguntó don Juan.
– Por supuesto que sí -respondió él-. Y también veo que, si te vas de aquí o si las mujeres te botan a patadas, el monstruo te capturará y te pondrá cadenas. Eso acabará con tu malhumor, sin duda alguna. Los esclavos no tienen mas posibilidad que la de comportarse bien con sus amos. Dicen que el dolor provocado por un monstruo como ése está más allá de toda comparación.
Don Juan supo ahí mismo que su única esperanza radicaba en ser tan simpático como le fuera posible. El miedo de caer presa de ese hombre monstruoso fue, por cierto, una poderosa fuerza psicológica.
Don Juan me dijo que, por algún capricho de su propia naturaleza, era muy pesado justamente con las personas que más quería: las mujeres. Pero que nunca se comportó mal en presencia del nagual Julián. Por algún motivo que no podía determinar, en el fondo él sabía que el nagual no era alguien a quien él podía afectar con su conducta.
El otro miembro de la casa, el hombre antisociable, no tenía importancia para él. Don Juan no lo tenía en cuenta. Se había formado una mala opinión de él con sólo verlo. Lo creía débil, indolente y dominado por esas bellas mujeres. Más adelante, cuando entendió mejor la personalidad del nagual Julián, comprendió que ese hombre estaba decididamente opacado por el esplendor de los otros.
Con el correr del tiempo la naturaleza del liderazgo y la autoridad se le hicieron evidentes a don Juan. Estaba sorprendido pero encantado de notar que nadie era mejor ni más augusto que los otros. Algunos de ellos llevaban a cabo funciones que los otros no podían hacer, pero eso no los tornaba superiores, sino sólo diferentes. Sin embargo, la decisión definitiva en todo corría automáticamente por cuenta del nagual Julián; éste, al parecer, gozaba mucho expresando sus decisiones en forma de estupendas y, a veces bárbaras, bromas que jugaba a todos.
Había también entre ellos una misteriosa mujer. La llamaban Talía, la mujer nagual. Nadie le explicó a don Juan quién era o qué significaba aquello de mujer nagual. Le expresaron claramente sin embargo, que una de las siete mujeres era Talía. Hablaban tanto de ella que la curiosidad de don Juan ascendió a tremendas alturas. Hizo tantas preguntas que la mujer en jefe le prometió enseñarle a leer y a escribir, para que pudiera así hacer mejor uso a sus habilidades deductivas. Le dijo que él debía aprender a anotar las cosas en vez de encomendarlas a la memoria; de ese modo acumularía una gran colección de datos sobre Talía, que podría leer y estudiar hasta que la verdad fuera evidente.
Como anticipándose a la cínica respuesta de "a quién le importa" que don Juan estaba a punto de decir, ella arguyó que, si bien podía parecer una empresa absurda, descubrir quién era Talía podía ser una tarea muy fructífera.
Esa era la parte divertida, dijo; la parte seria era que don Juan necesitaba aprender las reglas básicas de la teneduría de libros, a fin de ayudar al nagual a administrar la propiedad.
Inmediatamente comenzó a darle lecciones diarias y en un solo año don Juan progresó tan rápida y extensamente que podía leer, escribir y llevar libros contables. Y hasta descubrió que la mujer en jefe era Talía, y que la tarea de descubrirla había sido fructífera.
Todo había ocurrido con tanta facilidad que ni notó los cambios en él mismo, el más notable de los cuales era cierto sentido de desprendimiento, de desinterés. En lo que a él concernía, conservaba la impresión de que en la casa no ocurría nada, simplemente porque aun no podía identificarse con los miembros del grupo, a quienes consideraba ser como espejos que no reflejaban imágenes.
Don Juan, riendo, me dijo que en cierto momento, a instancias del nagual Julián, aceptó aprender brujería para deshacerse del miedo del monstruo. Pero aunque el nagual Julián le habló de muchísimas cosas, parecía más interesado jugarle espantosas bromas que en enseñarle brujería.
Dijo que durante un año entero, él fue la única persona joven en la casa del nagual Julián. Y era tan absurdo y egocéntrico que ni siquiera se dio cuenta de que, al iniciarse el segundo año, el nagual Julián trajo a tres hombre y cuatro mujeres, todos jóvenes, a vivir en la casa. En lo que concernía a don Juan, esas siete personas, que fueron llegando, una tras otra en el transcurso de dos o tres meses, eran simples sirvientes sin importancia. Uno de los muchachos hasta fue nombrado ayudante suyo.
Don Juan estaba convencido de que el nagual Julián había engatusado a todos esos pobres diablos para que trabajaran sin cobrar salario. Y hasta les hubiera tenido lástima, de no ser por la ciega confianza que ponían en el nagual Julián y el repugnante apego que tenían a todas las cosas y a todas las personas de la casa.
Tenía la impresión de que habían nacido para ser esclavos. Con esa clase de gente, él no tenía nada que hacer. Sin embargo, se veía obligado a entablar amistad con ellos y darles consejos, no porque así lo deseara, sino porque el nagual se lo exigía como parte de su trabajo. Cuando ellos buscaban sus consejos, quedaba horrorizado por lo patético y dramático de las historias de sus vidas.
En secreto, se felicitaba a sí mismo por estar en mejor situación que ellos. Creía sinceramente ser más sagaz que todos ellos juntos. Se jactaba ante ellos de conocer a fondo las maniobras del nagual, aunque no podía decir que las entendiera. Y se reía de los ridículos esfuerzos que ellos hacían por mostrarse útiles. Los consideraba serviles y les decía en la cara que eran explotados sin piedad por un tirano profesional.
Pero lo que más lo enfurecía era que las cuatro muchachas estuvieran locas por el nagual Julián e hicieran de todo por complacerlo. Don Juan buscaba consuelo en su trabajo y se sumergía en él para olvidar su enojo, o bien pasaba horas enteras leyendo los libros que el nagual Julián tenía en la casa. La lectura se convirtió en su pasión. Cuando leía, todos sabían que no debían molestarlo, exceptuando el nagual Julián, que se complacía en no dejarlo jamás en paz. Siempre lo perseguía para que hiciera amistad con esos muchachos y esas muchachas. Le decía repetidas veces que todos ellos, incluso don Juan, era sus aprendices de brujo. Don Juan estaba convencido de que el nagual Julián no sabía nada de brujería, pero le seguía la cuerda y lo escuchaba sin creerle una sola palabra.
El nagual Julián no se dejaba perturbar por su falta de fe. Simplemente, procedía como si don Juan le creyera y reunía a todos los aprendices para darles instrucción. Periódicamente los llevaba de excursión, a pasar la noche, en las montañas de la zona. En casi todas esas excursiones los dejaba solos, perdidos entre los escarpados cerros, a cargo de don Juan.
La justificación dada para esas excursiones era que en la soledad, en el páramo, descubrirían al espíritu. El nagual Julián incitaba especialmente a don Juan a ir en busca del espíritu, aunque no comprendiera lo que hacía.
– Naturalmente, se refería a lo único que un nagual puede referirse: el movimiento del punto de encaje -dijo don Juan-. Pero lo expresaba de la manera que él creía que iba a tener sentido para mí: ir tras el espíritu.
"Yo siempre pensé que estaba diciendo tonterías. Para entonces yo ya tenía formadas mis propias opiniones y creencias; estaba convencido de que el espíritu es lo que se conoce como carácter, voluntad, agallas, fuerza. Y creía innecesario ir en pos de todo eso, puesto que ya lo tenía.
"El nagual Julián insistía que el espíritu es indefinible, que ni siquiera se lo puede sentir, mucho menos se podía hablar de él, y que uno sólo puede llamarlo al reconocer que existe. Mi respuesta fue muy parecida a la tuya: uno no puede llamar a algo que no existe.
Don Juan dijo que el nagual Julián insistía tanto en la importancia de conocer al espíritu que él acabó por obsesionarse con saber qué era el espíritu. Hasta que por fin el nagual le prometió, frente a todos los demás miembros de su casa, que de un solo golpe le mostraría, no sólo qué era el espíritu, sino cómo definirlo. También prometió dar una magnífica fiesta, e invitar aún a los vecinos, para celebrar la lección sobre el espíritu.
Don Juan comentó que en aquellos tiempos, anteriores a la revolución mexicana, el nagual Julián y las siete mujeres de su grupo pasaban por los acaudalados propietarios de una enorme hacienda. Nadie ponía en duda esa imagen, sobre todo la del nagual Julián: rico y apuesto terrateniente que había sacrificado su intenso deseo de dedicarse a una carrera eclesiástica a fin de cuidar de sus siete hermanas solteras.
Un día, en plena estación de lluvias, el nagual Julián anunció que, en cuanto dejara de llover, daría la enorme fiesta que prometió a don Juan. Y un domingo por la tarde que hizo sol, llevó a todos a las orillas del río, el cual había crecido debido a las fuertes lluvias. El nagual Julián ese día montaba a caballo, mientras don Juan corría como un lacayo, respetuosamente atrás, tal como siempre acostumbraban a hacer para mantener las apariencias del acaudalado hacendado y su criado personal.
Para ese almuerzo campestre, el nagual eligió un lugar despejado en la orilla alta del río, a unos dos metros encima del agua. Las mujeres habían preparado alimentos y bebidas. El nagual hasta había contratado a un grupo de músicos. En la gran fiesta estaban incluidos todos los peones de la hacienda, los vecinos e incluso forasteros que se acercaron para participar de las diversiones.
Todo el mundo comió y bebió a gusto. El nagual bailó con todas las mujeres, cantó y recitó poesía. Contó chistes y, con la ayuda de algunas de las mujeres, y para regocijo de todos, representó breves y chistosísimas escenas teatrales.
En un momento dado, el nagual Julián preguntó si alguno de sus siete aprendices, deseaba compartir la lección de don Juan. Todos rehusaron, bien conscientes de las tácticas del nagual. Luego preguntó a don Juan si estaba seguro de querer averiguar qué era el espíritu.
Don Juan no pudo rehusar. Después de todas esas preparaciones, él no podía echarse atrás y anunció que estaba dispuesto a todo. El nagual lo guió hasta el borde del turbulento río, lo hizo arrodillar y comenzó a entonar un largo encantamiento en el que invocaba el poder del viento y de las montañas y pedía al poder del río que aconsejara a don Juan.
Su encantamiento, que podría haber sido muy significativo, estaba expresado de modo tan irreverente que todos reían a más no poder. Cuando hubo terminado le pidió a don Juan que se pusiera de pie con los ojos cerrados. Luego lo tomó en los brazos, como si fuera una criatura, y lo arrojó dos metros abajo a la fuerte corriente, gritando: "¡Por Dios santo, no te enojes con el río!"
Don Juan se sacudía de risa contándome la historia. Quizás bajo otras circunstancias también yo la habría encontrado graciosa, pero esa vez el relato me perturbó tremendamente.
– Tendrías que haber visto la cara de esa gente -continuó don Juan-. Divisé fugazmente sus gestos de consternación, mientras me caía el agua. Nadie había adivinado que ese diabólico nagual haría una cosa así.
Don Juan dijo que sinceramente creyó que eso era el fin de su vida. No sabía nadar bien; mientras se hundía hasta el fondo del río, se maldijo por haber permitido que le pasara eso. Estaba tan furioso que no tuvo tiempo de caer en el pánico. Sólo podía pensar en su resolución de no morir en ese pinche río, a manos de ese pinche desgraciado.
Sus pies tocaron el fondo y lo impulsaron hacia arriba. El río no era profundo, pero la creciente había ensanchado mucho su cauce. La corriente era muy fuerte y lo llevó, zarandeándolo, por un largo trecho. Y mientras él hacía lo posible por no sucumbir, tratando de que las aguas torrentosas no le dieran vuelta, entró en un estado de ánimo muy extraño. Comprendió cual era su defecto: él era un hombre iracundo. Su ira acumulada lo hacía odiar a todos cuantos le rodeaban y reñir constantemente. Pero no podía odiar al río ni pelear con él; no podía ni impacientarse ni irritarse con él, como lo hacía normalmente con todo y con todos. Lo único que podía hacer con el río era seguir su corriente.
Don Juan sostuvo que esa sencilla comprensión y el hecho de aceptarla desequilibraron el fiel de la balanza, por así decirlo, haciéndolo experimentar un libre movimiento de su punto de encaje. De pronto, sin darse cuenta en lo mínimo de lo que pasaba, en vez de sentirse arrastrado por el agua torrentosa, sintió que estaba corriendo por la ribera del río. Corría tan de prisa que no tenía tiempo de pensar. Una tremenda fuerza lo arrastraba, haciéndolo saltar a la carrera por sobre piedras y troncos de árboles caídos, como si no existieran.
Después de haber corrido, de tal desesperada manera, por un rato bastante largo, don Juan se atrevió a echar un vistazo al agua rojiza que pasaba en torrentes. Y se vio a sí mismo violentamente arrastrado por la corriente. Nada en su experiencia lo había preparado para tal momento. Comprendió entonces, sin depender de sus procesos mentales, que estaba en dos lugares al mismo tiempo. Y en uno de ellos, en el torrentoso río, estaba indefenso.
Toda su energía se aplicó a tratar de salvarse.
Sin saber exactamente lo que estaba haciendo, comenzó a apartarse de la ribera del río. Tuvo que usar toda su fuerza, y su determinación para desviarse dos o tres centímetros con cada paso. Sentía como si estuviera arrastrando un árbol. Se movía con tanta lentitud que tardó una eternidad en desviarse unos pocos metros.
El esfuerzo fue demasiado para él. De pronto ya no estaba corriendo, sino que caía a un profundo pozo de agua. Cuando se hundió en el agua, el frío lo hizo gritar. Y un momento después estaba otra vez en el río, arrastrado por la corriente. Su miedo, al verse en las aguas turbulentas, fue tan intenso que sólo pudo desear, con toda su voluntad, estar sano y salvo en la ribera. E inmediatamente estaba allá, otra vez, corriendo a increíble velocidad en dirección paralela al río, pero apartándose de él.
Mientras corría, miró otra vez hacia las aguas turbulentas y se vio a sí mismo, luchando por mantenerse a flote. Quiso gritar una orden; quiso mandarse a sí mismo a nadar en dirección oblicua, pero no tenía voz. Su angustia por la parte de sí mismo que luchaba contra el agua era tan insoportable, que sirvió de puente entre los dos Juan Matus. Instantáneamente volvió a estar en el agua, nadando oblicuamente hacia la orilla.
La increíble sensación de alternar entre dos lugares bastó para borrarle su miedo. Y cuando ya no le importaba su destino, empezó a alternar libremente entre nadar en el río, chapaleando hacia la orilla izquierda, o bien correr por la ribera alejándose del río.
Salió del agua después de haber recorrido unos nueve o diez kilómetros, río abajo. Allí tuvo que esperar, buscando refugio entre los arbustos, por más de una semana. Esperaba a que bajaran las aguas para poder cruzar vadeando, pero también esperaba a que su miedo disminuyera y a que acabara su sensación de ser doble.
Don Juan me explicó que la fuerte y sostenida emoción de luchar por salvar la vida había hecho que su punto de encaje se moviera justo al lugar del conocimiento silencioso. Como nunca había prestado ninguna atención a lo que el nagual Julián le decía sobre el punto de encaje, no tenía idea de qué era lo que le sucedía. Lo aterraba la posibilidad de no volver jamás a la normalidad. Pero a medida que exploraba su percepción dividida, descubrió que le gustaba su lado práctico. Era doble por días enteros. Podía ser plenamente el uno o el otro. O podía ser ambos al mismo tiempo. Cuando era ambos a la vez, las cosas se tornaban confusas y ninguno de los dos era efectivo; de modo que abandonó esa alternativa. Pero ser el uno o el otro le abría inconcebibles posibilidades.
Mientras se recuperaba, estableció que uno de sus dos seres era más flexible que el otro; podía cubrir distancias en un abrir y cerrar de ojos; podía hallar comida o los mejores escondrijos. Fue este ser el que en cierto momento llegó a la casa del nagual para ver si se preocupaban por él.
Oyó a los muchachos y a las muchachas llorar por él, y eso fue toda una sorpresa. Le habría gustado seguir observándolos indefinidamente, pues le encantaba la idea de averiguar qué pensaban de él, pero el nagual Julián lo descubrió.
Aquella fue la única vez en que el nagual le inspiró realmente miedo. Don Juan oyó que el nagual le ordenaba dejarse de tonterías. Apareció de súbito: un objeto en forma de campana, negro como el azabache, de peso y fuerza descomunales. El nagual lo sujetó, pero don Juan no hubiera podido decir cómo hacía para sujetarlo, aunque le producía una sensación muy dolorosa e inquietante. Era un dolor agudo y nervioso que él lo sentía, en el vientre y en la ingle.
– De inmediato, me encontré otra vez en la ribera del río -contó don Juan-. Me levanté, crucé vadeando el río, que ya no estaba muy lleno, y eché a andar hacia la casa.
Hizo una pausa y me preguntó qué pensaba de su relato. Le dije que me había horrorizado.
– Podría usted haberse ahogado en ese río -dije, casi gritando-. ¡Qué brutalidad, hacerle eso! ¡El nagual Julián estaba loco!
– Un momento -protestó don Juan-. El nagual Julián era un demonio, pero no estaba loco. Hizo lo que debía hacer de acuerdo a su papel de nagual y maestro. Es cierto que yo habría podido morir. Pero ese es un riesgo que todos debemos correr. Tú mismo podía haber sido fácilmente devorado por el jaguar, o podías haber muerto de cualquiera de las cosas que te he hecho hacer. El nagual Julián era audaz y autoritario y encaraba todo directamente. Nada de andarse con rodeos con él, ni con medias tintas.
Yo insistí que, por muy valiosa que fuera la lección, los métodos del nagual Julián me parecían extraños y excesivos. Admití que cuanto había oído decir del nagual Julián me molestaba tanto que me había formado una imagen muy negativa de él.
Yo creo que lo que pasa es que tienes miedo que uno de estos días yo te arroje al río o te haga usar ropas de mujer -dijo don Juan, echándose a reír a carcajadas-. Por eso es que no te cae bien el nagual Julián.
Admití que él estaba en lo cierto, y él me aseguró que no abrigaba la menor intención de imitar los métodos del nagual Julián. Dijo que no le funcionarían, porque, a pesar de ser tan falto de compasión como el nagual Julián, era mucho menos práctico.
– En aquel entonces yo no apreciaba su practicalidad -continuó-; y desde luego, no me gustó lo que hizo. Pero ahora, cuando me acuerdo de ello, lo admiro por su estupendo y directo modo de hacerme llenar los requisitos del intento y hacerme manejarlo.
Don Juan dijo que la enormidad de esa experiencia le hizo olvidar por completo al hombre monstruoso. Caminó sin escolta casi hasta la casa del nagual Julián, pero una vez allí cambió de idea y fue a la casa del nagual Elías, en busca de consuelo. Y el nagual Elías le explicó la profunda consistencia de los actos del nagual Julián:
El nagual Elías apenas podía contener su entusiasmo al escuchar el relato de don Juan. En tono ferviente le explicó a don Juan que el nagual Julián era un acechador supremo, siempre en busca de lo práctico. Su incesante búsqueda era para obtener puntos de vista y soluciones pragmáticas. Su comportamiento, aquel día en que arrojó a don Juan al río, había sido una obra maestra del acecho. Había maniobrado para afectar a todos. Hasta el río parecía estar a sus órdenes.
El nagual Elías sostuvo que mientras don Juan era arrastrado por la corriente, luchando por su vida, el río le había ayudado a entender lo que era el espíritu. Y gracias a esa comprensión don Juan tuvo la oportunidad de entrar directamente en el conocimiento silencioso.
Don Juan escuchó al nagual Elías lleno de sincera admiración por su entusiasmo, pero sin comprender una sola palabra.
En primer lugar, el nagual Elías explicó a don Juan que el sonido y el significado de las palabras son de suprema importancia para los acechadores. Ellos usan las palabras como llaves que abren cualquier cosa que esté cerrada. Los acechadores, por lo tanto, deben declarar su objetivo antes de tratar de lograrlo. Pero no pueden revelarlo así nomás, desde un principio; deben decirlo cuidadosamente y esconderlo entre las palabras.
El nagual Elías llamó a ese acto, "despertar el intento". Le explicó a don Juan que el nagual Julián había despertado al intento al afirmar enfáticamente, frente a todos los miembros de la casa, que iba a mostrar a don Juan, de una sola vez, qué era el espíritu y cómo definirlo. Eso era una perfecta tontería, pues el nagual Julián sabía que no había modo de mostrar o de definir al espíritu. Su verdadero objetivo era, por supuesto, situar a don Juan en la posición de manejar el intento.
Tras de hacer esa afirmación, que escondía su verdadero objetivo, el nagual Julián reunió a tanta gente como le fue posible, convirtiéndolos en sus cómplices, a sabiendas de ello o no. Todos conocían el objetivo expresado, pero ni uno solo sabía lo que el nagual tenía en mente.
El nagual Elías se equivocó por completo al creer que su explicación iluminaría a don Juan. Sin embargo, continuó pacientemente explicándole que la posición del conocimiento silencioso se llamaba el tercer punto, porque, a fin de alcanzarlo, había que pasar por el segundo punto: el lugar donde no hay compasión.
Dijo que el punto de encaje de don Juan adquirió la suficiente fluidez como para hacerlo doble. Ser doble significaba, para los brujos que uno podía manejar el intento; estar en el lugar de la razón y el del conocimiento silencioso, alternativamente o al mismo tiempo.
El nagual le dijo a don Juan que ese logro había sido magnífico. Hasta lo abrazó como si fuera un niño. Y no podía dejar de ponderar el hecho de que pese a no saber nada o quizá justamente por ello, había podido transferir la totalidad de su energía de un lugar al otro; lo cual significaba, para el nagual, que el punto de encaje de don Juan poseía una fluidez natural muy propicia.
Le dijo a don Juan que todos los seres humanos se hallaban capacitados para lograr esa fluidez. Sin embargo, la mayoría de nosotros solamente la almacenábamos sin usarla jamás, salvo en las raras ocasiones en que la despertaban, o bien los brujos, o ciertas circunstancias naturalmente dramáticas, como una lucha de vida o muerte.
Don Juan lo escuchó como hipnotizado por la voz del viejo nagual. Cuando prestaba atención podía entender cuanto el nagual decía, algo que nunca había podido hacer con el nagual Julián.
El viejo nagual pasó a explicar que la humanidad estaba en el primer punto, el de la razón, pero que no todos los seres humanos tenían el punto de encaje localizado exactamente en el sitio de la razón. Quienes lo tenían justamente allí eran los verdaderos líderes de la humanidad. Casi siempre se trataba de personas desconocidas cuyo genio era el ejercicio de la razón.
Dijo luego que en otros tiempos la humanidad había estado en el tercer punto, el cual, naturalmente, era entonces el primero. Pero que después, la humanidad entera se movió al lugar de la razón. Y que en los tiempos en que el primer punto era el conocimiento silencioso, tampoco todos los seres humanos tenían el punto de encaje localizado directamente en esa posición. Eso significaba que los verdaderos líderes de la humanidad habían sido siempre los pocos seres humanos cuyos puntos de encaje están situados en el sitio exacto de la razón o del conocimiento silencioso. El resto de la humanidad, le dijo el viejo nagual a don Juan, eran simplemente los espectadores. En nuestros días, eran los amantes de la razón. En el pasado habían sido los amantes del conocimiento silencioso. Eran los que admiraban y cantaban odas a los héroes de cada una de esas posiciones.
El viejo nagual afirmó que la humanidad había pasado la mayor parte de su historia en la posición de conocimiento silencioso, lo que explicaba nuestra gran añoranza por él.
Don Juan le preguntó qué era, exactamente lo que el nagual Julián le estaba haciendo. Su pregunta sonaba más madura e inteligente de lo que en realidad era. El nagual Elías respondió en términos que resultaron totalmente oscuros para don Juan. Dijo que el nagual Julián estaba invitando a su punto de encaje a moverse justo a la posición de la razón, para que así don Juan pudiera ser un pensador activo, y no sólo parte de un público pasivo, sin sofisticación y con mucho emocionalismo que amaba las ordenadas obras de la razón. Al mismo tiempo, el nagual Julián lo estaba entrenando a ser un verdadero brujo abstracto, y no sólo parte de un público mórbido e ignorante que amaba lo desconocido.
Le aseguró también a don Juan que sólo el ser humano que fuera un dechado de la razón podría mover su punto de encaje con facilidad, para ser un dechado del conocimiento silencioso. Dijo que sólo aquellos que estaban justamente en una de las dos posiciones podían ver con claridad la otra posición; y que ese había sido el modo como se inició la era de la razón. La posición de la razón se veía claramente desde la posición del conocimiento silencioso.
El viejo nagual le dijo a don Juan que la conexión entre el conocimiento silencioso y la razón era, para los brujos, como un puente de una sola mano, llamado, "interés". Es decir, el interés que los auténticos hombres del conocimiento silencioso tenían por la fuente de lo que sabían. Y el otro puente de una sola mano, que conecta la razón con el conocimiento silencioso, es llamado el "puro entendimiento". Es decir, lo que le dice al hombre de razón que la razón es solamente como una estrella en un infinito de estrellas.
El nagual Elías agregó que cualquier ser humano que tuviera ambos puentes en funcionamiento es un brujo en contacto directo con el espíritu, la fuerza vital que posibilita ambas posiciones. Señaló a don Juan que todo cuanto el nagual Julián había hecho aquel día en el río había sido un espectáculo, no para un público humano, sino para la fuerza que lo estaba observando. Se pavoneó e hizo alardes con total abandono y frialdad y con la audacia más grande divirtió a todos, especialmente al poder al que se estaba dirigiendo.
Don Juan dijo que, según le asegurara el nagual Elías, el espíritu solo escucha cuando el que le habla, le habla con gestos. Y los gestos no significa hacer señales o mover el cuerpo, sino actos de verdadero abandono, de generosidad, de humor. Como gesto para el espíritu, los brujos sacan de sí lo mejor que tienen; su abandono, su frialdad, su audacia y silenciosamente lo ofrecen al espíritu.
Don Juan quiso que hiciéramos un viaje más a las montañas antes de que yo volviera a mi casa, pero no llegamos a hacerlo. En cambio, me pidió que lo llevara en mi auto a la ciudad de Oaxaca. Necesitaba hacer allí algunas diligencias.
Por el camino hablamos de todo, menos del intento. Fue un descanso que me sentó muy bien.
Por la tarde, una vez que él hubo terminado con sus diligencias, nos sentamos en la plaza, en su banco favorito. El lugar estaba desierto. Yo me sentí muy cansado y soñoliento. Pero inesperadamente me animé. Mi mente se aclaró tanto que me asusté.
Don Juan advirtió inmediatamente el cambio y luego hizo algo extraordinario: agarró un pensamiento de mi mente misma, o tal vez fui yo quien lo agarró de la suya.
– Si piensas acerca de la vida en términos de horas y no de años, nuestra vida es inmensamente larga -dijo-. Aunque pienses en términos de días, la vida es interminable.
Eso era exactamente lo que yo estaba pensando. Quise mostrar mi asombro y hacerle mi pregunta habitual: "¿Cómo hizo usted eso?" Pero él me mandó callar y pasó a decirme que los brujos contaban la vida en horas: y que en una hora le era posible a un brujo vivir, en intensidad, el equivalente de una vida normal. Esa intensidad es una ventaja, dijo, cuando se trata de acumular información en el movimiento del punto de encaje.
Le pedí que me explicara en más detalle eso de acumular información en el movimiento del punto de encaje. Mucho tiempo antes me había recomendado que, en vez de tomar notas de nuestras conversaciones, cosa muy incómoda y engorrosa, guardara toda la información obtenida sobre el mundo de los brujos, no en papel ni en mi mente, sino en el movimiento de mi punto de encaje.
– El punto de encaje, con el más ínfimo movimiento crea islas de percepción totalmente aisladas -me dijo-. Información acerca de la complejidad de la conciencia de ser se puede acumular allí.
– Pero ¿cómo se puede acumular información en algo tan vago, que no tiene forma? -pregunté.
– La mente es igualmente vaga y tampoco tiene forma, sin embargo confías en ella, porque te es familiar -replicó-. Aún no tienes la misma familiaridad con el movimiento del punto de encaje, pero no es ni más mi menos vago que la mente.
– Lo que quiero preguntar es ¿cómo se almacena la información? -insistí.
– La información se almacena en la experiencia misma; es decir, en la posición que el punto de encaje tiene al momento de la experiencia -me explicó-. Luego, cuando el brujo mueve otra vez su punto de encaje al sitio exacto en donde estaba, revive toda la experiencia. A eso, cómo ya lo sabes, los brujos llaman "acordarse". Así que, acordarse es el modo de conseguir toda la información acumulada en el movimiento del punto de encaje.
"Lo que los brujos almacenan es la intensidad -continuó-. La intensidad es resultado automático del movimiento del punto de encaje. Por ejemplo, todo lo que estás viviendo en estos momentos tiene más intensidad de la que experimentas en general; por lo tanto, debidamente hablando, estás almacenando intensidad. Algún día revivirás la intensidad de este momento, haciendo que tu punto de encaje vuelva exactamente al sitio en donde está ahora. Ese es el modo como almacenan los brujos información.
Le dije a don Juan que yo no estaba consciente de ningún tipo de proceso mental que me hubiera facilitado acordarme de los incidentes de los cuales me acordé en los últimos días.
– ¿Cómo puede uno acordarse deliberadamente? -pregunté-.
– La intensidad, siendo un aspecto del intento, está naturalmente conectada con el brillo de los ojos del brujo -explicó-. A fin de acordarse de esas aisladas islas de percepción, los brujos sólo necesitan intentar el específico brillo de sus ojos, asociado con el punto al que desean volver. Pero esto ya te lo he explicado antes.
Debo de haber puesto cara de perplejidad. Don Juan me miró con expresión seria. Abrí la boca dos o tres veces para hacerle preguntas, sin poder formular mis pensamientos.
– Como el nivel de intensidad de un brujo es mayor que lo normal -dijo don Juan-, en pocas horas un brujo puede vivir el equivalente a una vida normal. Su punto de encaje, al moverse a una posición poco familiar, toma más energía que la acostumbrada. Ese flujo extra de energía se llama intensidad.
Creí que lo comprendía con perfecta claridad, y mi mente se tambaleó bajo el impacto de mi comprensión. Don Juan me clavó la vista y me advirtió que tuviera cuidado con cierta reacción que afecta típicamente a los brujos: el frustrante deseo de explicar la experiencia de la brujería en términos coherentes y bien razonados.
– La experiencia de los brujos es tan descabellada -dijo don Juan- que ellos acostumbran a acecharse a sí mismos con ella, haciendo hincapié en el hecho de que somos perceptores y de que la percepción tiene muchas más posibilidades de las que puede concebir la mente.
"A fin de protegerse de esa inmensidad de la percepción -continuó-, los brujos aprenden a mantener una mezcla perfecta de no tener compasión, de tener astucia, de tener paciencia y de ser simpáticos. Estas cuatro bases están entrelazadas de modo inextricable. Los brujos las cultivan intentándolas. Estas bases son, naturalmente, posiciones del punto de encaje.
Dijo luego que todo acto realizado por un brujo es deliberado en pensamiento y realización y está, por definición, gobernado por esos cuatro principios fundamentales del acecho.
– Los brujos usan esas cuatro disposiciones del acecho como guías -continuó-. Son cuatro estados mentales, cuatro diferentes tipos de intensidad que los brujos pueden usar para inducir a sus puntos de encaje a moverse a posiciones específicas.
De pronto pareció fastidiado. Le pregunté si era mi insistencia en la especulación lo que le molestaba.
– Explicar es una lata -dijo-. Nuestra racionalidad nos pone entre la espada y la pared. Nuestra tendencia es a analizar, a sopesar, a averiguar. Y no hay modo de hacer eso desde dentro de la brujería. La brujería es el acto de llegar al lugar del conocimiento silencioso, y el conocimiento silencioso no es analizable, porque sólo puede ser experimentado.
Sonrió; sus ojos brillaban como dos puntos de luz. Dijo que los brujos, con fin de protegerse del abrumador efecto del conocimiento silencioso, desarrollaron el arte del acecho. El acecho mueve el punto de encaje de un modo ínfimo, pero incesante, dando así a los brujos el tiempo y la posibilidad de reforzarse.
Dentro del arte del acecho -prosiguió don Juan-, existe una técnica muy usada por los brujos: "el desatino controlado". Los brujos aseguran que esa es la única técnica con que cuentan para tratar consigo mismos en la conciencia acrecentada y con la gente en el mundo de la vida cotidiana.
Don Juan me había definido el desatino controlado como el arte del engaño controlado o el arte de fingirse completamente inmerso en el acto del momento; fingiendo tan bien que nadie podría diferenciar esa imitación de lo genuino. El desatino controlado no es un engaño en sí, me había dicho, sino un modo sofisticado y artístico de separarse de todo sin dejar de ser una parte integral de todo.
– El desatino controlado es un arte -continuó don Juan-. Un arte sumamente molesto y difícil de aprender. Muchos brujos no tienen aguante para eso, no porque tenga nada de malo, sino porque hace falta mucha energía para ejercitarlo.
Don Juan admitió que él lo practicaba a conciencia, aunque no le gustaba mucho, quizá porque su benefactor había sido muy adepto a ello. O tal vez era porque su personalidad que, según decía él, era básicamente tortuosa y mezquina simplemente carecía de la agilidad necesaria para practicar el desatino controlado.
Lo miré con sorpresa. Yo nunca lo hubiera creído mezquino. El dejó de hablar y me clavó la mirada.
– Para cuando llegamos a la brujería nuestra personalidad ya está formada -dijo-, encogiéndose de hombros como para indicar resignación-; y solamente nos resta practicar el desatino controlado y reírnos de nosotros mismos.
Sentí un arrebato de empatía y le aseguré que, en mi modesta opinión, él no era ni tortuoso ni mezquino en lo absoluto.
– Pero ésa es mi personalidad básica -insistió-.
Y yo insistí en que no era así.
– Los acechadores que practican el desatino controlado creen que, en cuestiones de personalidad, toda la especie humana cae dentro de tres categorías -dijo, sonriendo como lo hacía cada vez que me tendía una trampa.
– Eso es absurdo -protesté-. La conducta humana es demasiado compleja como para establecer categorías tan simples.
– Los acechadores dicen que no somos tan complejos como creemos -dijo- y también dicen que todos pertenecemos a una de esas tres categorías.
Reí de puro nerviosismo. Por lo común habría tomado esa afirmación como una broma, pero esta vez, debido a la extrema claridad de mi mente y a la intensidad de mis pensamientos, sentí que hablaba en serio.
– ¿Hablaba usted en serio? -pregunté, lo más discretamente que pude.
– Completamente en serio -replicó, y se echó a reír.
Su risa me tranquilizó un poco, y él continuó explicando el sistema de clasificación de los acechadores. Dijo que las personas de la primera categoría son los perfectos secretarios, ayudantes y acompañantes. Tienen una personalidad muy fluida, pero su fluidez no nutre. Sin embargo, son serviciales, cuidadosos, totalmente domésticos, e ingeniosos dentro de ciertos límites; chistosos, de muy buenos modales, simpáticos y delicados. En otras palabras, son la gente más agradable que existe, salvo por un enorme defecto: no pueden funcionar solos. Necesitan siempre que alguien los dirija. Con dirección, por dura o antagónica que pueda ser, son estupendos. Por sí mismos, perecen.
La gente de la segunda categoría no tiene nada de agradable. Los de ese grupo son mezquinos, vengativos, envidiosos, celosos y egocéntricos. Hablan exclusivamente de sí mismos y habitualmente exigen que la gente se ajuste a sus normas. Siempre toman la iniciativa, aunque esto los haga sentir mal. Se sienten totalmente incómodos en cualquier situación y nunca están tranquilos. Son inseguros y jamás están contentos; cuanto más inseguros se sienten, más desagradable es su comportamiento. Su defecto fatal es que matarían con tal de estar al mando.
En la tercera categoría están los que no son ni agradables ni antipáticos. No sirven a nadie, pero tampoco se imponen a nadie. Más bien, son indiferentes. Tienen una idea exaltada de sí mismos basada solamente en sus fantasías. Si son extraordinarios en algo es en la facultad de esperar a que las cosas sucedan. Por regla general esperan ser descubiertos y conquistados; tienen una estupenda facilidad para crear la ilusión de que se traen grandes cosas entre manos; cosas que siempre prometen sacar a relucir, pero nunca lo hacen, porque, en realidad, no tienen nada.
Don Juan dijo que él, decididamente, pertenecía a la segunda clase. Luego me pidió que me clasificara a mí mismo y yo me puse nervioso. Don Juan casi se caía de la risa.
Me instó de nuevo a que me clasificara, y de mala gana sugerí que podía ser una combinación de las tres categorías.
– No me vengas con combinaciones -dijo, sin dejar de reír-. Somos seres simples; cada uno de nosotros pertenece a una de las tres. Y yo diría que tú definitivamente perteneces a la segunda clase. Los acechadores les llaman pedos.
Empecé a gritar, protestando que su sistema de clasificación era denigrante. Pero me detuve justo en el momento en que iba a lanzar una larga diatriba. Comenté en cambio, que, si en verdad sólo había tres tipos de personalidades, todos estábamos atrapados por vida en una de esas tres categorías, sin esperanzas de cambio ni de rendición.
Reconoció que ese era exactamente el caso, en cierta medida, pero que sí existía un camino de redención. Los brujos habían descubierto que sólo nuestra imagen de sí caía en una de esas categorías.
– El problema con nosotros es que nos tomamos demasiado en serio -aseguró-. Cualquiera que sea la categoría en que cae nuestra imagen de sí, sólo tiene significado en vista de nuestra importancia personal. Si no tuviéramos importancia personal no nos atañería en absoluto en qué categoría caemos.
"Yo siempre seré un pedo -continuó, riéndose de mí abiertamente-. Y tú, lo mismo. Pero ahora soy un pedo que no se toma en serio, mientras que tú todavía lo haces.
Yo estaba indignado. Quería discutir con él, pero no podía reunir mi energía.
En la plaza desierta, la repercusión de su risa se me hacía casi como un eco.
Cambió luego de tema y procedió a hacer un recuento de los centros abstractos que habíamos discutido: las manifestaciones del espíritu, el toque del espíritu, los trucos del espíritu, el descenso del espíritu, los requisitos del intento y el manejo del intento. Los repitió como si estuviera dando a mi memoria la oportunidad de retenerlos plenamente.
– Usted nunca me ha dicho nada acerca de los requisitos del intento o del manejo del intento -dije.
– Ah, esta vez tendrás que esforzarte tú mismo -respondió-. Te he hablado de la ruptura de la imagen de sí, el alcanzar el sitio donde no hay compasión, y el llegar al conocimiento silencioso; y de los estados de ánimo que les dan seriedad. El manejo del intento es algo más velado, es el arte del acecho en sí, es la impecabilidad.
Comenté que los centros abstractos seguían siendo un misterio para mi. Me sentía muy angustiado con respecto a mi incapacidad de comprenderlos. El me daba la impresión de que iba a dar por finalizado el tema y yo no había captado su significado en absoluto. Insistí en que necesitaba hacerle más preguntas sobre los centros abstractos.
El pareció valorar lo que yo decía; después, en silencio, asintió con la cabeza.
– Este tópico también fue muy difícil para mí -dijo-. Y también yo hice muchas preguntas. Tal vez yo era un poquito más egocéntrico que tú. Y muy desagradable. Mi único modo de hacer preguntas era regañando. Tú, en cambio, eres un inquisidor bastante belicoso. Al final, claro está, tú y yo somos igualmente fastidiosos, pero por diferentes motivos. Lo malo de hacer preguntas es que lo que queremos averiguar nunca se revela cuando uno lo pide.
Don Juan agregó sólo una cosa más antes de cambiar de tema: que los centros abstractos se revelan con suma lentitud.
– Y ahora hablemos de otra historia de brujería -dijo-. No me cansaré de repetir que todo hombre que mueve su punto de encaje puede moverlo aún más. Y la única razón por la cual necesitamos un maestro es para que nos acicatee sin misericordia. De lo contrario, nuestra reacción natural es detenernos a felicitarnos por haber avanzado tanto.
Dijo que ambos éramos buenos ejemplos de nuestra detestable tendencia a tratarnos con demasiada benevolencia. Su benefactor, por suerte, como era un estupendo acechador, lo había tenido siempre en guardia, ayudándolo, cada vez que podía a efectuar un libre movimiento de su punto de encaje.
Don Juan contó que, en el curso de sus excursiones nocturnas a las montañas, el nagual Julián le había dado extensas lecciones sobre la naturaleza de la importancia personal y el movimiento del punto de encaje. Para el nagual Julián, la importancia personal era un monstruo de mil cabezas y había tres maneras en que uno podía enfrentarse a él y destruirlo. La primera manera consistía en cortar una cabeza por vez; la segunda era alcanzar ese misterioso estado de ser llamado el sitio donde no hay compasión, el cual aniquila la importancia personal matándola lentamente de hambre; y la tercera manera era pagar por la aniquilación instantánea del monstruo de las mil cabezas con la muerte simbólica de uno mismo.
El nagual Julián recomendaba la tercera alternativa, pero le dijo a don Juan que podía considerarse afortunado si tenía oportunidad de escoger. Pues es el espíritu el que suele decidir qué camino tomará el brujo, y el deber del brujo es obedecer.
Don Juan me dijo que, tal como él me había guiado a mí, su benefactor lo había guiado a él para que cortara las mil cabezas de la importancia personal, una a una, pero que los resultados habían sido muy diferentes. Yo había respondido muy bien; él, en cambio, no había respondido en absoluto.
– La mía era una condición muy peculiar -prosiguió-. Desde el momento en que mi benefactor me vio tendido en el camino, con un agujero de bala en el pecho, comprendió que yo era el nuevo nagual. Actuando de acuerdo con ello, mi benefactor movió mi punto de encaje tan pronto como mi salud lo permitió.
Y yo vi con gran facilidad un campo de energía en la forma de aquel hombre monstruoso. Pero ese logro, en vez de ayudar, dificultó cualquier otro movimiento de mi punto de encaje. Y en tanto que los puntos de encaje de los otros aprendices se movían de modo estable, el mío se quedó fijo al nivel de permitirme ver al monstruo.
– ¿Pero no le explicó su benefactor lo qué estaba pasando? -pregunté, realmente desconcertado por esa innecesaria complicación.
– Mi benefactor no era partidario de regalar el conocimiento -dijo don Juan-. Creía que el conocimiento impartido de ese modo carecía de efectividad. Nunca estaba disponible cuando se lo necesitaba. Por otro lado, si el conocimiento era tan sólo insinuado, la persona que estaba interesada en él idearía el medio de alcanzarlo.
Don Juan dijo que la diferencia entre su método de enseñanza y el de su benefactor consistía en que él quería que todos tuvieran la libertad de escoger. Su benefactor, no.
– ¿Y el nagual Elías no le explicó a usted lo que pasaba? -insistí.
– Trató desesperadamente de explicarme -dijo don Juan, suspirando-, pero yo era realmente imposible. Lo sabía todo. Dejaba que ese pobre hombre hablara hasta que se le caía la lengua y no escuchaba una palabra de lo que me decía.
"Fue entonces que el nagual Julián decidió obligarme a lograr una vez más un libre movimiento de mi punto de encaje. Y con ese fin me dio un susto macabro.
Le interrumpí para preguntarle si eso había ocurrido antes o después de su experiencia en el río.
– Esto ocurrió varios meses después -replicó-. Y no pienses ni por un momento que el haber experimentado aquella percepción dividida me cambió en algo, o que me dio sabiduría o cordura. Nada de eso.
"Ten en cuenta lo que pasa contigo -prosiguió-. No sólo he quebrado tu continuidad una, y otra vez, sino que la he machacado hasta hacerla pedazos. Y mírate: aún actúas como si estuvieras intacto. Ese es un logro supremo de la magia cotidiana.
"Yo era igual. Me tambaleaba por un momento bajo el impacto de lo que estaba experimentando, pero luego lo olvidaba todo, ataba los cabos sueltos y continuaba como si nada hubiera ocurrido. Por eso mi benefactor creía que sólo podemos realmente cambiar si morimos.
Volviendo a su historia, don Juan dijo que el nagual utilizó, al miembro antisociable de su casa, cuyo nombre era Tulio, para asestar un nuevo y demoledor golpe a su continuidad cotidiana.
Don Juan me aseguró que todos los aprendices del nagual Julián, incluso él mismo, nunca habían estado completamente de acuerdo en nada, salvo en una cosa: que Tulio era un hombre insignificante, despreciable y arrogante a más no poder. Lo odiaban porque o los trataba con desdén o simplemente los ignoraba, haciéndolos sentir que no eran nadie. Todos estaban convencidos de que nunca les hablaba porque no tenía nada que decir, y que su característica más sobresaliente, su arrogante desdén, era la máscara de su timidez.
Sin embargo, pese a su personalidad tan desagradable y para mortificación de todos los aprendices, Tulio gozaba de una inmerecida influencia en la casa, sobre todo con el nagual Julián, que parecía consentirle todos sus desvaríos.
Una mañana, el nagual Julián envió a todos los aprendices, excepto don Juan, a la ciudad, a hacer una diligencia que les llevaría todo el día. Hacia el mediodía el nagual se encaminó a su despacho, para ocuparse en los libros de contabilidad. En el momento de entrar le pidió a don Juan, como era de costumbre, que le ayudara con las cuentas.
Don Juan comenzó con los recibos, pero se dio cuenta de que, para continuar, necesitaba cierta información que solamente Tulio tenía, como el capataz de la propiedad, y que había olvidado anotar.
El nagual Julián se puso furioso por el descuido de Tulio, cosa que complació mucho a don Juan. El nagual, impaciente, ordenó a don Juan que fuera en busca de Tulio, quien estaba en los campos supervisando a los peones, y le transmitiera su orden de ir al despacho.
Don Juan, feliz ante la perspectiva de fastidiar a Tulio, corrió a los sembrados acompañado de un peón para que lo protegiera del monstruo. Encontró allí a Tulio supervisando a los trabajadores, como siempre, desde una distancia. Don Juan había notado que a Tulio le disgustaba mucho entrar en contacto directo con la gente y que siempre los trataba desde lejos.
Con voz ronca y exagerada imperiosidad, don Juan exigió a Tulio que lo acompañara a la casa, porque el nagual requería sus servicios. Tulio, con voz apenas audible, respondió que por el momento se hallaba demasiado atareado, pero que en el curso de una hora podría acudir.
Don Juan insistió, sabiendo que Tulio no se molestaría en discutir con él y simplemente le volvería la cara, como de costumbre. Pero se llevó una desagradable sorpresa. Tulio comenzó a gritarle obscenidades. La escena era tan poco acorde con el carácter de Tulio que hasta los peones dejaron de trabajar para cambiar miradas interrogantes. Don Juan estaba seguro de que ningún peón había oído nunca que Tulio levantara la voz, y mucho menos que gritara improperios. Su propia sorpresa era tan grande que empezó a reír nerviosamente, lo que enojó muchísimo a Tulio. Hasta le tiró una piedra que por poco le da en la cabeza. El asustado don Juan apenas pudo escapar corriendo.
Don Juan y su guardaespaldas volvieron inmediatamente a la casa. Justo en la puerta de entrada encontraron a Tulio, conversando tranquilamente y riendo con algunas de las mujeres. Según su costumbre, le volvió la espalda a don Juan, sin prestarle la menor atención.
Don Juan muy enojado comenzó a regañarlo por estar de charla cuando el nagual lo necesitaba en el despacho. Tulio y las mujeres lo miraron como si se hubiera vuelto loco.
Pero ese día Tulio no era el mismo. De inmediato le gritó a don Juan que cerrara el hocico y no se metiera en sus cosas. Lo acusó, descaradamente de tratar de hacerle quedar mal con el nagual Julián.
Las mujeres mostraron su consternación con exclamaciones ahogadas y miradas de censura a don Juan, mientras trataban de calmar a Tulio. Don Juan le ordenó a Tulio que acudiese al despacho del nagual para explicar los problemas contables, pero Tulio lo mandó al demonio.
Don Juan temblaba de ira. La sencilla tarea de pedir esas informaciones se estaba convirtiendo en una pesadilla. Logró al fin dominar su ira.
Las mujeres lo observaban atentamente, y eso lo hizo enojar otra vez. Lleno de ira silenciosa, corrió al estudio del nagual. Tulio y las mujeres siguieron conversando y riendo tranquilamente, como si celebraran una broma secreta.
La sorpresa de don Juan fue total cuando, al entrar al despacho, encontró a Tulio sentado en el escritorio del nagual, absorto en los libros de contabilidad. Don Juan hizo un esfuerzo supremo y le sonrió a Tulio. De pronto había comprendido que el nagual Julián estaba usando a Tulio para jugarle una broma, o para probarlo, a ver si perdía o no el control. Y él no le daría a Tulio tal satisfacción.
Sin levantar la vista de sus libros, Tulio dijo que, si don Juan estaba buscando al nagual, probablemente lo encontraría en el otro extremo de la casa.
Don Juan corrió al otro extremo de la casa y encontró al nagual Julián caminando lentamente alrededor del patio, acompañado por Tulio. Parecían enfrascados en una conversación. Tulio tironeó suavemente de la manga al nagual y le dijo, en voz baja, que su asistente estaba allí.
El nagual, muy tranquilamente, como si nada hubiera sucedido, le explicó a don Juan todo lo referente a la cuenta en la que habían estado trabajando. Fue una explicación larga, detallada y completa. Dijo que era hora que don Juan trajera el libro de contabilidad del despacho para que pudiera él hacer la anotación y que Tulio la firmaría.
Don Juan no podía comprender lo que estaba pasando. La explicación tan detallada y el tono despreocupado del nagual habían puesto todo en el reino de los asuntos mundanos. Tulio, impacientemente le ordenó a don Juan que se apresurara a ir en busca del libro, pues él estaba muy ocupado. Lo necesitaban en otra parte de la hacienda.
Para entonces don Juan se había resignado a hacer el papel de payaso. Sabía que el nagual se traía algo entre manos: tenía esa expresión extraña en los ojos que don Juan asociaba siempre con sus brutales bromas. Además, Tulio había hablado ese día más que en los dos años completos que él llevaba en la casa.
Sin decir una palabra, don Juan volvió al estudio. Y, tal como esperaba, Tulio había llegado allí primero; estaba sentado en la esquina del escritorio, esperándolo; taconeando impacientemente el entablado con el duro tacón de su bota. Le puso a don Juan en las manos el libro de contabilidad que necesitaba y le dijo que se pusiera en marcha.
Pese a estar prevenido, don Juan quedó atónito. Miró fijamente a Tulio, quien se tornó colérico e insultante. Don Juan tuvo que contenerse a duras penas para no estallar. Seguía diciéndose que todo aquello era tan sólo una prueba; una manera de examinar sus actitudes. Ya se imaginaba expulsado de la casa si fracasaba.
En medio de su confusión, aún pudo preguntarse cómo lograba ese Tulio tener la velocidad para adelantársele siempre.
Don Juan anticipaba, por cierto, que Tulio lo estaría esperando con el nagual. Pero aun así, cuando lo vio allí, se quedó más que sorprendido. No podía figurarse cómo se las había arreglado Tulio. Don Juan había atravesado la casa siguiendo la ruta más corta, a toda velocidad. No había modo de que Tulio hubiera podido llegar antes, sin pasar a su lado.
El nagual Julián tomó el libro de contabilidad con aire de indiferencia. Hizo la anotación y Tulio la firmó. Luego continuaron hablando del asunto sin prestar atención a don Juan, que mantenía los ojos clavados en Tulio, tratando de adivinar qué prueba era la que le estaban haciendo pasar. Tenía que ser una prueba de su carácter. Después de todo, en esa casa su carácter siempre había estado en tela de juicio.
El nagual despidió a don Juan, diciendo que deseaba quedarse a solas con Tulio para hablar de negocios. Don Juan fue inmediatamente en busca de las mujeres para averiguar qué pensaban de esta extraña situación. Apenas habría caminado tres metros cuando encontró a dos de ellas con Tulio. Los tres estaban enfrascados en una animadísima conversación. Antes de que ellos lo vieran, volvió corriendo adonde estaba el nagual. Allí estaba también Tulio, hablando con él.
Una increíble sospecha entró entonces en la mente de don Juan. Corrió al estudio; Tulio estaba inmerso en sus libros de cuentas y ni siquiera advirtió su presencia. Don Juan le preguntó qué estaba pasando. Tulio sacó a relucir su personalidad habitual y no se dignó a responder o a mirar a don Juan.
En ese momento don Juan tuvo otra idea inconcebible. Corrió al establo, ensilló dos caballos y pidió a su guardaespaldas de esa mañana que volviera a acompañarlo. Galoparon hasta el sitio en donde don Juan había visto a Tulio. Este estaba exactamente donde lo había dejado. No le dirigió la palabra a don Juan. Cuando éste lo interrogó, se limitó a encogerse de hombros y volverle la espalda.
Don Juan y su compañero galoparon de regreso a la casa. En ella, don Juan encontró que Tulio estaba almorzando con las mujeres. Tulio estaba también hablando con el nagual. Y Tulio trabajaba con los libros.
Don Juan se dejó caer en un asiento, cubierto de sudor frío del miedo. Sabía que el nagual Julián lo estaba sometiendo a una de sus horribles bromas. Razonó que tenía tres cursos de acción. Podía comportarse como si no ocurriera nada fuera de lo común; podía resolver la prueba por sí mismo o, puesto que el nagual aseguraba siempre estar allí para explicar cuanto él quisiera, podía enfrentarse al nagual y pedirle aclaraciones.
Decidió preguntar. Fue en busca del nagual y le pidió que le explicara a qué se le estaba sometiendo. El nagual estaba solo, en el patio, aún trabajando en sus cuentas. Apartó los libros y le sonrió. Le dijo que los veintiún no-haceres que él le había enseñado a ejecutar eran las herramientas que podían cortar las mil cabezas de la importancia personal; pero que dichas herramientas no le habían servido para nada. Por lo tanto, estaba ahora probando el segundo método para destruir la importancia personal. Ese método requería poner a don Juan en el sitio donde no hay compasión.
Don Juan quedó convencido de que el nagual Julián estaba loco de remate. Al oírle hablar de no-haceres, de monstruos con mil cabezas y de sitios donde no hay compasión casi llegó a tenerle lástima.
El nagual Julián, muy calmadamente, le pidió a don Juan que fuera al cobertizo de la parte trasera de la casa y pidiera a Tulio que saliera de allí.
Don Juan lo miró y luego suspiró haciendo lo posible para no estallar en una carcajada. Don Juan pensó que los métodos del nagual Julián se estaban volviendo demasiado obvios. Don Juan sabía que el nagual quería continuar con su prueba, utilizando a Tulio.
En ese punto don Juan interrumpió su narración para preguntarme qué pensaba yo de la conducta de Tulio. Dije que, guiándome por lo que yo sabía sobre el mundo de los brujos, diría que Tulio era un brujo que, de alguna forma, movía su propio punto de encaje de una manera muy sofisticada, para dar a don Juan la impresión de estar en cuatro lugares al mismo tiempo.
– Entonces ¿qué piensas que encontré en el cobertizo? -preguntó don Juan, con una gran sonrisa.
– Yo diría que usted o bien encontró a Tulio o no encontró a nadie.
– Pero, si cualquiera de esas dos cosas hubiera ocurrido, mi continuidad no habría sufrido golpe alguno -observó él.
Traté de imaginar cosas extravagantes y propuse que quizá había encontrado el cuerpo de ensueño de Tulio. Le recordé que él mismo había hecho algo similar conmigo, con uno de los miembros de su grupo.
– No. Lo que encontré fue una broma que no tiene equivalente en la realidad -respondió don Juan-. Sin embargo, no era nada fantasmagórico; no era nada que estuviera fuera de este mundo. ¿Qué crees que fue?
Le dije a don Juan que yo detestaba los acertijos, y que con todas las cosas extravagantes que él me había hecho percibir o experimentar, lo único que podía concebir era más cosas extravagantes. Y como eso estaba descartado, renunciaba a adivinar.
– Cuando entré en ese cobertizo estaba preparado a encontrar que Tulio se había escondido -dijo-. Estaba seguro de que la siguiente parte de la prueba iba a consistir en jugar al escondite. Tulio me iba a volver loco escondiéndose dentro de ese cobertizo.
"Pero no ocurrió nada de lo que esperaba. Al entrar a ese lugar me encontré con cuatro Tulios.
– ¿Cómo que con cuatro Tulios?
– Había cuatro hombres en ese cobertizo -insistió don Juan-. Y todos ellos eran Tulio. ¿Te puedes imaginar mi sorpresa? Los cuatro estaban sentados en la misma posición, con las piernas cruzadas. Me estaban esperando. Los miré y salí espantado, dando gritos desaforados.
"Mi benefactor me sujetó contra el suelo, junto a la puerta. Y entonces, aterrado más allá de toda medida, vi como los cuatro Tulios salían del cobertizo y avanzaban hacia mí. Grité y grité, mientras los Tulios me picoteaban con su dedos duros, como enormes aves al ataque. Grité hasta sentir que algo cedió dentro de mí y entré en un estado de suprema indiferencia; un abandono y una frialdad totales. Nunca en mi vida había experimentado algo tan extraordinario. Me quité a los Tulios de encima y me levanté. Me dirigí directamente al nagual y le pedí que me explicara aquello de los cuatro hombres.
Lo que el nagual Julián explicó a don Juan fue que los cuatro hombres eran lo mejor de lo mejor en cuestiones del acecho. Sus nombres eran un invento del nagual Elías, su maestro, quien, como ejercicio de desatino controlado, había tomado los números uno, dos, tres y cuatro, los había añadido al nombre de Tulio, obteniendo así los nombres Tuliúno, Tuliódo, Tulítre, y Tulícuatro.
El nagual Julián los presentó a don Juan por turnos. Los cuatro estaban de pie, en hilera. Don Juan los fue saludando con un movimiento de cabeza y cada uno de ellos lo saludó a su vez de la misma manera. El nagual dijo que los cuatro eran acechadores de tan extraordinario talento, como don Juan acababa de corroborar, que los elogios no tenían significado. Los Tulios eran uno de los grandes triunfos del nagual Elías; eran la quintaesencia de lo que no se puede notar. Eran acechadores tan magníficos que, para todos los fines prácticos, sólo existía uno de ellos. Aunque la gente los veía y trataba con ellos diariamente, sólo los miembros de la casa sabían que eran cuatro.
Don Juan comprendió con perfecta claridad cuanto el nagual Julián le estaba diciendo acerca de los Tulios. Era una claridad tan especial que lo indujo a comprender que había alcanzado el sitio donde no hay compasión. Y comprendió también que ese sitio era una posición del punto de encaje, una posición en la que la imagen de sí dejaba de funcionar. Pero don Juan también sabía que su claridad mental y su sabiduría eran en extremo transitorias. Era inevitable que su punto de encaje volviera al sitio de partida.
Cuando el nagual le preguntó a don Juan si quería hacer alguna pregunta, él comprendió que sería preferible prestar toda la atención posible a las explicaciones del nagual, en vez de especular sobre su propia claridad mental.
Quiso saber cómo creaban los Tulios la impresión de ser una sola persona. Su curiosidad era muy grande, pues al observarlos juntos se había dado cuenta de que no eran tan parecidos. Usaban las mismas ropas; eran más o menos de la misma estatura, edad y constitución física, pero allí acababa la similitud. Sin embargo, aun mientras los observaba, hubiera podido jurar que eran un solo Tulio.
El nagual Julián explicó que la vista humana esta adiestrada para enfocarse solamente en los rasgos más salientes de una cosa, y que esos rasgos salientes son conocidos de antemano. Por lo tanto, el arte de los acechadores es crear una impresión, presentando rasgos que ellos eligen, rasgos que ellos saben que los ojos del espectador están destinados a notar. Al reforzar ingeniosamente ciertas impresiones, los acechadores logran crear en el espectador una impugnable convicción acerca de lo que perciben.
El nagual Julián le contó a don Juan que al llegar don Juan a la casa, vestido con sus ropas de mujer, las mujeres de su grupo quedaron encantadas y se rieron abiertamente. Pero el hombre que las acompañaba, que en ese momento era Tulítre, procedió inmediatamente a proporcionar a don Juan la primera impresión de Tulio. Se volvió a medias para ocultar la cara; se encogió de hombros desdeñosamente, como si todo eso lo aburriera, y se alejó, claro está, para descostillarse de risa en privado, mientras las mujeres ayudaban a consolidar esa primera impresión mostrándose angustiadas, casi ofendidas, por aquella conducta antisocial.
Desde ese momento en adelante, cualquiera que fuese el Tulio que estaba con don Juan reforzaba esa impresión y la perfeccionaba aún más, hasta que la vista de don Juan no podía ya captar otra cosa sino aquello que se le proporcionara.
Tuliúno habló; dijo que con actos muy cuidadosos y consistentes, habían tardado cerca de tres meses en cegar a don Juan a todo, salvo a lo que se le inducía a esperar. Después de esos tres meses su ceguera era tan pronunciada que los Tulios dejaron de andarse con cuidado. Hasta actuaban normalmente dentro de la casa, incluso dejaron de usar ropas idénticas, sin que don Juan notara la diferencia.
Cuando los otros aprendices llegaron a la casa, los Tulios tuvieron que comenzar todo de nuevo. La situación se puso difícil para ellos, porque había muchos aprendices y todos eran muy inteligentes.
Tuliúno habló luego de la apariencia de Tulio. Dijo que según el nagual Elías, la apariencia es la esencia del desatino controlado; por lo tanto, los acechadores crean la apariencia intentándola, en vez de lograrlo con la ayuda de disfraces. Los disfraces crean apariencias artificiales que la vista nota consciente o inconscientemente. En ese sentido, intentar apariencias es exclusivamente un ejercicio para el manejo del intento.
Después habló Tulítre. Dijo que las apariencias se solicitan al espíritu o se las llama a la fuerza, pero nunca se las inventa racionalmente. La apariencia de Tulio fue llamada con fuerza. El nagual Elías los metió a los cuatro juntos, en un pequeño cobertizo donde apenas podían caber. Allí les habló el espíritu. Les dijo que primero debían intentar su homogeneidad. Después de cuatro semanas de aislamiento total, la homogeneidad vino a ellos.
El nagual Elías les dijo que el intento los había fundido unos con otros, y que así habían adquirido la certeza de que la individualidad de cada uno pasaría desapercibida. La segunda etapa fue llamar con toda la fuerza posible a la apariencia que iba a ser percibida por el espectador. Se empeñaron entonces en llamar al intento para que les diera la apariencia de Tulio que don Juan había visto. Tuvieron que trabajar mucho para perfeccionarlo. Bajo la dirección de su maestro, se concentraron en todos los detalles que lo haría perfecto.
Los cuatro Tulios dieron a don Juan una demostración de los rasgos más chistosos y salientes de Tulio; los cuales eran: muy marcados gestos de arrogancia y desdén; abruptos giros de cabeza hacia la derecha, para demostrar enojo; movimientos del torso, para ocultar parte de la cara con el hombro izquierdo; pasar furiosamente una mano sobre los ojos, como para apartar el pelo de la frente; el paso y los movimientos de un hombre impaciente y ágil, demasiado nervioso para estarse en un solo sitio y que no puede decidir hacia dónde ir.
Don Juan dijo que esos detalles de conducta y muchos otros más habían hecho de Tulio un personaje inolvidable. Era tan inolvidable que, para proyectar a Tulio sobre don Juan y los otros aprendices, como sobre una pantalla de cine, bastaba con que uno de los cuatros insinuara un rasgo de Tulio; los aprendices suministraban automáticamente el resto.
Don Juan dijo que, debido a la tremenda consistencia de los datos suministrados por los cuatro hombres, Tulio era la esencia de una persona repugnante, tanto para él como para los otros aprendices. Pero al mismo tiempo, si hubieran buscado muy en el fondo de si mismos habrían admitido que Tulio era obsesionante. Era rápido, misterioso, daba la impresión, a sabiendas o no, de ser una sombra.
Don Juan preguntó a Tuliúno cómo habían llamado al intento. Tuliúno le explicó que los acechadores llaman al intento en voz alta. Habitualmente lo llaman desde una habitación pequeña, oscura y aislada. Se pone una vela en una mesa negra, con la llama a pocos centímetros de los ojos; después se pronuncia lentamente la palabra intento, modulándola con claridad tantas veces como uno lo considera necesario. El tono de voz sube y baja sin intervención de la voluntad.
Tuliúno hizo hincapié en que la parte indispensable en el acto de llamar al intento es una total concentración en lo que se intenta. En el caso de ellos, su concentración se enfocó en su homogeneidad y en la apariencia de Tulio. Tras ser fusionados por el intento, aún tardaron un par de años en edificar la plena certeza de que tanto su homogeneidad como la apariencia de Tulio serían realidades inapelables para los espectadores.
– Y ahora quiero que tú pienses en todo lo que te he contado -prosiguió don Juan-. Cavila, a ver qué conclusiones se te ocurren.
Me puse a pensar, pero como siempre que él me pedía que hiciera algo específico, no pude hacerlo. Por fin, le pregunté a don Juan qué pensaba del modo de llamar al intento de los Tulios. Y él dijo que tanto su benefactor, como el nagual Elías, eran un poco más dados a los ritos que él; por lo tanto, preferían utensilios tales como velas, lugares oscuros y mesas negras.
Comenté, sin darle importancia, que a mi también me atraía muchísimo la conducta ritualista. El rito me parecía algo esencial para centrar la atención. Don Juan tomó mi comentario en serio. Dijo que había visto que existía en mí, como campo energético, un rasgo que todos los brujos de antaño tenían y buscaban ávidamente en otros: una zona brillante en el lado inferior derecho del capullo luminoso. Dicha brillantez se asociaba con el ingenio de una persona y su tendencia a la morbosidad. Los sombríos brujos de aquellos tiempos se complacían en domar a ese codiciado rasgo para engrandecer al lado oscuro del hombre.
– Entonces el hombre tiene un lado que es el mal -dije, jubiloso-. Usted siempre lo negó. Siempre dice que el mal no existe, que sólo existe el poder.
Me sorprendí a mí mismo con tal arrebato: en un solo instante toda mi crianza católica se había apoderado de mí y el Príncipe de las Tinieblas creció a tamaño descomunal.
Don Juan rió hasta acabar tosiendo.
– Claro que tenemos un lado oscuro -dijo-. Matamos por capricho, ¿no es cierto? Quemamos gente en el nombre de Dios. Nos destruimos a nosotros mismos; aniquilamos la vida en este planeta; destruimos la tierra. Y luego nos ponemos un hábito y el Señor nos habla directamente. ¿Y qué nos dice el Señor? Nos dice que si no nos portamos bien nos va a castigar. El Señor lleva siglos amenazándonos sin que las cosas cambien. Y no porque exista el mal, sino porque somos estúpidos. El hombre si que tiene un lado oscuro, que se llama estupidez.
No dije nada más, pero aplaudí para mis adentros, pensando con placer que don Juan era todo un maestro del debate. Una vez más, me envolvía en mis propias palabras.
Tras un momento de pausa, don Juan explicó que en la misma medida en que el rito obliga al hombre común y corriente a construir enormes iglesias que son monumentos a la importancia personal, también obliga a los brujos a construir edificios de morbidez y obsesión. La tarea de todo nagual es, por lo tanto, guiar a la conciencia para que vuele hacia lo abstracto, libre de cargas e hipotecas.
– ¿A qué se refiere usted don Juan con eso de cargas e hipotecas? -pregunté.
– El ritual puede atrapar nuestra atención mejor que ninguna otra cosa -dijo-, pero también exige un precio muy alto. Ese precio es la morbidez; y la morbidez podría cobrar altísimas cargas e hipotecas a nuestra conciencia de ser.
Don Juan dijo que la conciencia de ser es como una inmensa casa. La conciencia de la vida cotidiana es como estar herméticamente encerrado en un solo cuarto de esa inmensa casa durante toda la vida. Se entra en ese cuarto por medio de una abertura mágica: el nacimiento. Y se sale por medio de otra abertura mágica: la muerte.
Sin embargo, los brujos son capaces de hallar una abertura más y salir de ese cuarto herméticamente cerrado estando aún vivos. Un logro estupendo. Pero un logro más estupendo todavía es que, al escapar de ese cuarto sellado, los brujos son capaces de elegir la libertad. Eligen abandonar por completo esa casa inmensa, en vez de perderse en otras partes de ella.
Don Juan dijo que la morbidez es la antítesis de la oleada de energía que la conciencia necesita para alcanzar la libertad. Hace que los brujos pierdan el rumbo y se queden atrapados en los intrincados y oscuros corredores de lo desconocido.
Pregunté a don Juan si había algo de morbidez en los Tulios.
– La rareza no es morbidez -replicó-. Los Tulios eran la rareza misma; increíbles actores, adiestrados por el espíritu mismo.
– ¿Cuál fue la razón que llevó al nagual Elías a adiestrar a los Tulios de ese modo?
Don Juan me miró y soltó una carcajada. En ese instante se encendieron las luces de la plaza. Se levantó de su banca favorita y la acarició con la palma de la mano, como si fuera un animal querido.
– La libertad -dijo-. Quería liberarlos de la convención perceptual. Y les enseñó a ser artistas. Acechar es un arte. Para un brujo, puesto que no es mecenas ni vendedor de arte, la única importancia de una obra de arte es que puede ser lograda.
Después de ayudarle todo el día a don Juan con sus pesados quehaceres, en la ciudad de Oaxaca, quedamos en encontrarnos en la plaza. Al caer la tarde, don Juan se reunió conmigo. Le dije que me hallaba completamente exhausto, que debíamos cancelar el resto de nuestra estadía en la ciudad y volver a su casa, pero él sostuvo que debíamos emplear hasta el último minuto disponible para repasar las historias de brujería o bien para hacer mover mi punto de encaje cuantas veces me fuera posible.
Mi cansancio sólo me permitía quejarme. Le dije que, al experimentar una fatiga tan profunda como la mía, sólo se llegaba a la incertidumbre y a la falta de convicción.
Tu incertidumbre es de esperar -dijo don Juan, muy calmadamente-. Después de todo, estás lidiando con un nuevo tipo de continuidad. Toma tiempo acostumbrarse a ella. Los brujos pasan años en el limbo, donde no son ni hombres comunes y corrientes ni brujos.
– ¿Y qué les pasa al final? -pregunté-. ¿Optan por lo uno o lo otro?
– No, no pueden optar. Al final, todo ellos se dan cabal cuenta de lo que son; brujos. La dificultad consiste en que el espejo de la imagen de sí es sumamente poderoso y sólo suelta a sus víctimas después de una lucha feroz.
Me dijo que comprendía a la perfección que por mucho que tratara, mi imagen de sí aún no me dejaba comportarme como le correspondía a un brujo. Me aseguro que mi desventaja, en el mundo de los brujos, era mi falta de continuidad. En ese mundo debía relacionarme con todo y con todos de una nueva manera.
Describió el problema de los brujos en general como una doble imposibilidad. Una es la imposibilidad de restaurar la destrozada continuidad cotidiana; y la otra, la imposibilidad de utilizar la continuidad dictada por la nueva posición del punto de encaje. Esa nueva continuidad, dijo él, es siempre demasiado tenue, demasiado inestable, y no ofrece a los brujos la seguridad que necesitan para actuar como si estuvieran en el mundo de todos los días.
– ¿Cómo resuelven los brujos ese problema? -pregunté.
– Ninguno resuelve nada -replicó él-. O bien el espíritu lo resuelve o no lo hace. Si lo hace, el brujo se descubre manejando el intento, sin saber cómo. Esta es la razón por la cual he insistido, desde el día en que te conocí, que la impecabilidad es lo único que cuenta. El brujo lleva una vida impecable, y eso parece atraer la solución. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Don Juan permaneció en silencio por un momento. Luego, otra vez, él comentó acerca de un pensamiento que pasaba por mi mente. Yo estaba pensando en que la impecabilidad siempre me hacía pensar en moralidad religiosa.
– La impecabilidad, como tantas veces te lo he dicho, no es moralidad -me dijo-. Sólo parece ser moralidad. La impecabilidad es, simplemente, el mejor uso de nuestro nivel de energía. Naturalmente, requiere frugalidad, previsión, simplicidad, inocencia y, por sobre todas las cosas, requiere la ausencia de la imagen de sí. Todo esto se parece al manual de vida monástica, pero no es vida monástica.
"Los brujos dicen que, a fin de tener dominio sobre el movimiento del punto de encaje, se necesita energía. Y lo único que acumula energía es nuestra impecabilidad.
Don Juan observó que no hacía falta ser estudiante de brujería para mover el punto de encaje. A veces, debido a circunstancias dramáticas, si bien naturales, tales como las privaciones, la tensión nerviosa, la fatiga, el dolor, el punto de encaje sufre profundos movimientos. Si los hombres que se encuentran en tales circunstancias lograran adoptar la impecabilidad como norma y llenar los requisitos del intento, podrían, sin ninguna dificultad, aprovechar al máximo ese movimiento natural. De ese modo, buscarían y hallarían cosas extraordinarias, en vez de hacer lo que hacen en tales circunstancias: ansiar el retorno a la normalidad.
– Cuando se lleva al máximo el movimiento del punto de encaje -prosiguió-, tanto el hombre común y corriente como el aprendiz de brujería se convierten en brujos, porque, llevando al máximo ese movimiento, la continuidad de la vida diaria se rompe sin remedio.
– ¿Cómo se lleva al máximo ese movimiento? -pregunté.
– Con la impecabilidad -respondió-. La verdadera dificultad no está en mover el punto de encaje ni en romper la continuidad. La verdadera dificultad está en tener energía. Si se tiene energía, una vez que el punto de encaje se mueve, cosas inconcebibles están al alcance de la mano.
Don Juan explicó que el aprieto del hombre moderno es que intuye sus recursos ocultos, pero no se atreve a usarlos. Por eso dicen los brujos que el mal del hombre es el contrapunto entre su estupidez y su ignorancia. Dijo que el hombre necesita ahora, más que nunca, aprender nuevas ideas, que se relacionen exclusivamente con su mundo interior; ideas de brujo, no ideas sociales; ideas relativas al hombre frente a lo desconocido, frente a su muerte personal. Ahora, más que nunca, necesita el hombre aprender acerca de la impecabilidad y los secretos del punto de encaje.
Dejó de hablar y pareció sumirse en sus pensamientos. Su cuerpo entró en un estado de rigidez que yo había visto cada vez que se involucraba en lo que yo caracterizaba como estados de contemplación, pero que él describía como momentos en los que su punto de encaje se movía, permitiéndole acordarse.
– Voy a contarte ahora la historia del boleto para ir a la impecabilidad -dijo de pronto, tras unos treinta minutos de silencio total-. Voy a contarte la historia de mi muerte.
"Huyendo de ese espantoso monstruo -prosiguió don Juan-, me refugié en la casa del nagual Julián por casi tres años. Incontables cosas me pasaron durante ese tiempo, pero yo no las tomaba en cuenta. Estaba convencido de que, en esos tres años, no había hecho nada más que esconderme, temblar de miedo y trabajar como un burro.
Don Juan dijo que estaba cargado con tres años de increíbles acontecimientos, de los cuales, al igual que yo, ni siquiera se acordaba.
Por eso le parecía muy natural jurar que en esa casa no aprendió nada ni siquiera remotamente relacionado con la brujería. En lo que a él le concernía, nadie en esa casa conocía ni practicaba la brujería.
Un día, sin embargo, se sorprendió a sí mismo caminando, sin ninguna premeditación, hacia la línea invisible que mantenía a raya al monstruo. El hombre monstruoso estaba vigilando la casa, como de costumbre; pero aquel día, en vez de volverse atrás y correr en busca de refugio dentro de la casa, don Juan siguió caminando. Una inusitada oleada de energía lo hacía avanzar sin preocuparse por su seguridad.
Una sensación de abandono y frialdad totales le permitió enfrentarse con el enemigo que lo había aterrorizado por tantos años. Don Juan esperaba que se avalanzara sobre él y lo aferrara por el cuello. Lo extraño era que esa idea ya no le provocaba terror. Desde una distancia de pocos centímetros, miró fijamente a su monstruoso enemigo y luego lleno de audacia traspasó la línea. El monstruo no lo atacó, como él siempre había temido, sino que se tornó en algo borroso. Perdió su contorno y se convirtió en una bruma blanquecina, un jirón de niebla apenas perceptible.
Don Juan avanzó hacia la niebla y ésta retrocedió, como con miedo. La persiguió por los campos hasta que se esfumó por completo. Comprendió entonces que el monstruo nunca había existido. Sin embargo no podía explicar a qué le había tenido tanto miedo. Tenía la vaga sensación de que sabía exactamente qué era el monstruo, pero algo le impedía pensar en ello. De inmediato se le vino la idea de que ese pícaro del nagual Julián sabía la verdad. A don Juan no le extrañaba que el nagual Julián le jugara ese tipo de treta.
Antes de enfrentarse a él, don Juan se dio el placer de caminar sin escolta por toda la hacienda. Hasta entonces nunca había podido hacerlo. Cada vez que necesitaba aventurarse más allá de esa línea invisible, lo había escoltado alguien de la casa, lo cual restringía mucho su movilidad. En las dos o tres veces que trató de salir sin escolta descubrió que corría riesgo de ser aniquilado por el extraño monstruo.
Repleto de un extraño vigor, don Juan entró en la casa, pero en vez de celebrar su libertad y su poder, reunió a todos los miembros de la casa y les exigió, furioso, que explicaran sus mentiras. Los acusó de haberlo hecho trabajar como un esclavo aprovechándose de su terror a un monstruo inexistente.
Las mujeres rieron como si les estuviera contando el chiste más divertido del mundo. Sólo el nagual Julián parecía arrepentido, sobre todo cuando don Juan, con la voz entrecortada por el resentimiento, describió sus tres años de miedo constante. El nagual Julián se deshizo en lágrimas cuando don Juan exigió una disculpa por el modo vergonzoso en que había sido explotado.
– Pero, nosotros te dijimos que el monstruo no existía -observó una de las mujeres.
Don Juan fulminó al nagual Julián con la mirada y él inclinó la cabeza dócilmente.
– El sabía que el monstruo existía -gritó don Juan, señalando al nagual con un dedo acusador.
Pero al mismo tiempo comprendió que estaba diciendo tonterías, pues en principio su queja era que el monstruo no existía.
– El monstruo no existe -se corrigió, y temblando de ira acusó al nagual-. Fue uno de sus pinches trucos.
El nagual Julián, llorando sin poder dominarse, se disculpó ante don Juan, mientras las mujeres se reían como locas. Don Juan nunca las había visto divertirse tanto.
– Te he mentido, por cierto -murmuró-. Nunca hubo monstruo alguno. Lo que veías como un monstruo era, simplemente, una oleada de energía. Tu miedo lo convirtió en una monstruosidad.
– Usted dijo que ese monstruo iba a devorarme. ¿Cómo pudo usted mentirme así? -le gritó don Juan.
– El ser devorado por el monstruo era algo simbólico -replicó el nagual Julián, en voz baja-. El verdadero monstruo es tu estupidez. Ahora mismo estás en peligro mortal de ser devorado por ese monstruo.
Don Juan gritó que no tenía por que soportar las idioteces de nadie. E insistió que le dijeran claramente que estaba en perfecta libertad de partir.
– Puedes irte cuando quieras -dijo secamente el nagual.
– ¿Eso quiere decir que me puedo ir ahora mismo? -preguntó don Juan.
– ¿Quieres irte? -le preguntó el nagual.
– Por supuesto que quiero irme de este pinche lugar y del montón de pinches mentirosos que viven aquí -gritó don Juan.
El nagual Julián ordenó que entregaran a don Juan la totalidad de sus ahorros y, con ojos brillantes, le deseó felicidad, prosperidad y sabiduría.
Las mujeres no quisieron decirle adiós. Lo miraron fijamente hasta hacerle bajar la cabeza para huir del fulgor de sus ojos ardientes.
Don Juan guardó el dinero en el bolsillo, y sin echar una mirada atrás, salió de la casa, feliz de saber que su tormento había terminado. El mundo era un enigma para él. Lo deseaba fervorosamente. Dentro de esa casa había estado aislado de todo. Era joven y fuerte. Tenía dinero en el bolsillo y sed de vivir.
Se marchó sin dar las gracias. Su ira, embotellada por su miedo por tanto tiempo, al fin pudo salir a la superficie. Hasta había aprendido a querer a esa gente. Y ahora se sentía traicionado. Quería huir de ese lugar tan lejos como pudiera.
En la ciudad, tuvo su primer contratiempo. Viajar era muy difícil y muy caro. Descubrió que, si deseaba abandonar la ciudad de inmediato no podría elegir su destino, sino que tendría que esperar a que algún arriero quisiera llevarlo. Algunos días después partió hacia el puerto de Mazatlán, con un arriero de buena reputación.
– Aunque entonces yo sólo tenía veintitrés años -dijo don Juan-, había llevado una vida plena. Lo único que me quedaba por experimentar era el sexo. El nagual Julián me había dicho que era el hecho de no haber estado con ninguna mujer lo que me daba mi fuerza y mi resistencia, y que él disponía de poco tiempo para arreglar las cosas antes de que el mundo me alcanzara.
– ¿Qué quería decir con eso, don Juan? -pregunté.
– Quería decir que yo no tenía idea del infierno que me esperaba -contestó don Juan- y que él tenía muy poco tiempo para levantar mis barricadas, mis protectores silenciosos.
– ¿Qué es un protector silencioso, don Juan? -pregunté.
– Un salvavidas -dijo-. Un protector silencioso es una inexplicable oleada de energía que le llega al guerrero cuando todo lo demás falta.
"El nagual Julián sabía qué dirección tomaría mi vida una vez que ya no estuviera bajo su influencia. Por eso luchó para darme opciones de brujo; tantas como fuera posible. Esas opciones de brujo eran mis protecciones silenciosas.
– ¿Qué son las opciones de brujo? -pregunté.
– Posiciones del punto de encaje -replicó él-, el infinito número de posiciones que el punto de encaje puede alcanzar. En todos y cada uno de esos movimientos, profundos o superficiales, el brujo puede fortalecer su nueva continuidad.
Reiteró que cuanto él había experimentado, bajo el tutelaje del nagual Julián, era el resultado de un movimiento de su punto de encaje, profundo o superficial. El nagual lo hizo experimentar incontables opciones de brujo, más de las que normalmente eran necesarias, sabiendo que el destino de don Juan era ser el nagual y tener que explicar qué son y qué hacen los brujos.
– El efecto de los movimientos del punto de encaje es acumulativo -continuó-. Y es el peso de esa acumulación lo que causa el efecto final.
"Muy poco después de entrar en contacto con el nagual, mi punto de encaje se movió tan profundamente que pude ver. Vi a una oleada de energía en la forma de un monstruo tal como era: una oleada de energía sin forma. Había logrado ver y no lo sabía. Creía que no había hecho nada, que no había aprendido nada; mi estupidez no tenía medida.
– Era usted demasiado joven, don Juan -dije-. No podía ser de otro modo.
Se echó a reír. Estaba a punto de contestar, pero pareció cambiar de idea. Se encogió de hombros y siguió con su relato.
Dijo que, al llegar a Mazatlán, era prácticamente un arriero, al punto que le ofrecieron un empleo permanente a cargo de un tiro de mulas. Quedó muy satisfecho con la oferta. La idea de hacer el viaje entre Durango y Mazatlán lo complacía infinitamente. Pero había dos cosas que lo preocupaban: primero, que aún no se había acostado con una mujer; segundo, que sentía una tremenda pero inexplicable urgencia de seguir viaje hacia el norte. No sabía por qué, sólo que en algún lugar hacia el norte algo lo estaba esperando. La sensación se hizo tan fuerte que al fin se vio obligado a rechazar la estabilidad del empleo permanente para poder continuar su viaje.
Su gran fuerza física y una extraña e inexplicable astucia, recientemente adquirida le permitieron hallar trabajo aun donde no lo había, mientras iba en camino hacia el norte. Llegó así al estado de Sinaloa. Y allí terminó su viaje. Conoció a una viuda joven, yaqui como él, que había estado casada con un hombre con quien don Juan estaba en deuda.
Trató de pagar su deuda ayudando a la viuda y a sus hijos; y sin darse cuenta, fue asumiendo el papel de padre y esposo.
Esas nuevas responsabilidades representaron una gran carga para él. Perdió su libertad de movimiento e incluso su necesidad de viajar más al norte. Se sintió compensado por esa pérdida, sin embargo, con el profundo afecto que sentía por la mujer y por sus hijos.
– Experimenté momentos de sublime felicidad como esposo y como padre dijo don Juan-. Pero fue en esos momentos cuando noté que algo andaba muy mal. Comprendí que estaba perdiendo la sensación de abandono, de frialdad, de audacia que adquirí en la casa del nagual Julián. Ahora me hallaba identificado con la gente que me rodeaba.
Don Juan dijo que comenzó sintiendo un profundo, aunque reservado, afecto por la mujer y sus hijos. Ese desapegado afecto le permitía desempeñar el papel de padre y esposo con abandono y placer. Con el correr del tiempo, su desapegado afecto se convirtió en una pasión desesperada que lo hizo gastar toda su energía. En cuestión de un año perdió todo vestigio de su nueva personalidad, adquirida en la casa del nagual.
Una vez que hubo desaparecido el desapego, que era lo que le daba el poder de amar, sólo le quedaron las necesidades mundanas: la miseria y la desesperación, rasgos distintivos del mundo cotidiano. Para hacer las cosas aún peores, también desapareció su espíritu de empresa. En los años que pasó en la casa del nagual había adquirido un dinamismo que le fue muy útil cuando anduvo solo.
Pero la pérdida más aguda fue su energía física. Sin estar enfermo, un día quedó completamente paralizado. No sintió dolor alguno ni tampoco sintió pánico. Mientras yacía desvalido en cama, no hizo sino pensar y llegó a comprender que había fracasado porque no tenía un propósito abstracto. Se dio cuenta, por primera vez, que la gente de la casa del nagual era extraordinaria porque perseguía la libertad como propósito abstracto. No comprendía qué era la libertad, pero sí sabía que era lo contrario de sus necesidades concretas.
Su falta de un propósito abstracto lo había vuelto tan débil e ineficaz que no podía rescatar a su familia adoptiva de su abismal pobreza. Por el contrario, ellos lo arrastraron otra vez a la misma miseria y desesperación que había conocido antes de encontrarse con el nagual.
Al repasar su vida, cobró conciencia de que la única vez que no fue ni pobre ni tuvo necesidades concretas fue durante los años pasados con el nagual. Y supo entonces que la pobreza es un estado de ser y que lo había reclamado cuando sus necesidades concretas lo abrumaron.
Por primera vez don Juan comprendió plenamente que el nagual Julián era, en verdad, el nagual, el líder, y su benefactor. Comprendió lo que había querido decir su benefactor al expresarle que no había libertad sin la intervención del nagual. No había ya dudas en la mente de don Juan de que el nagual Julián y todos los miembros del grupo eran brujos. Pero lo que comprendió con la más dolorosa claridad fue que él había desperdiciado la oportunidad de estar con ellos.
Cuando la presión de su impotencia física se le hizo insoportable, su parálisis terminó tan misteriosamente como se había iniciado. Un día, simplemente, se levantó de la cama y fue a buscar trabajo. Pero su suerte no mejoró. Apenas le alcanzaba para vivir.
Pasó un año más. No prosperó, pero en una cosa, al menos, tuvo más éxito de lo que esperaba: hizo una recapitulación total de su vida. Comprendió entonces por qué amaba y no podía dejar a esos niños, y también por qué no podía seguir con ellos, y por qué no podía actuar ni de un modo ni del otro.
Don Juan se dio cuenta de que había entrado en un callejón sin salida, y de que morir como guerrero era el único acto congruente con lo que había aprendido en la casa de su benefactor. Cada noche, tras una frustrante jornada de trabajo agotador y sin sentido, aguardaba pacientemente la llegada de la muerte.
Estaba a tal grado convencido de su fin, que la esposa y los niños esperaban con él; en un gesto de solidaridad, también ellos deseaban morir. Y los cuatro se pasaban las noches sentados, en total inmovilidad, recapitulando sus vidas, mientras esperaban a la muerte.
Don Juan le había hecho la misma advertencia que su benefactor le hizo a él.
– No la desees, ni pienses en ella -su benefactor le había dicho-. Simplemente, espera hasta que venga. No trates de imaginar cómo es la muerte. Quédate quieto hasta que llegue a ti y te atrape en su flujo irresistible.
El tiempo pasado en silencio los fortaleció mentalmente, pero no en lo físico; sus cuerpos enflaquecidos hablaban de una batalla casi perdida.
Sin embargo, un día don Juan pensó que su suerte comenzaba a cambiar. Halló un empleo transitorio, pero con buena paga, con un grupo de trabajadores en época de la cosecha. El espíritu, empero, tenía otros designios para él. Un par de días después de comenzar a trabajar, alguien le robó el sombrero. A él le era imposible comprar uno nuevo, pero necesitaba tener uno para trabajar bajo el sol abrasador.
Se protegió de algún modo, cubriéndose la cabeza con trapos y puñados de paja. Sus compañeros de trabajo comenzaron a reír y a burlarse de él. Don Juan no les prestó atención. Comparado con la vida de las tres personas que dependían de su trabajo, su aspecto tenía poca importancia. Pero los hombres no pararon. Se rieron y le hicieron tanta burla, que el capataz, temiendo un motín, despidió a don Juan.
Una rabia salvaje acabó con la serenidad y la cautela de don Juan. Lo que le estaban haciendo era una injusticia. El derecho moral estaba de su parte. Soltó un grito escalofriante y agarrando a uno de los peones lo levantó por sobre sus hombros, con intención de quebrarle la espalda. Pero pensó en esos niños hambrientos, acompañándolo noche tras noche, a esperar a la muerte. Puso, al hombre de pie en el suelo y se marchó.
Don Juan dijo que se sentó al borde del campo donde los hombres trabajaban, y dejó que estallara toda la desesperación que se había acumulado en él.
Era una ira silenciosa, pero no contra la gente, sino contra sí mismo.
– Allí sentado, a la vista de toda esa gente, me eché a llorar -continuó don Juan-. Me miraban como si estuviera loco. Y así era, estaba loco, pero eso ya no me importaba nada. Había sobrepasado toda preocupación.
"El capataz se compadeció de mí y se acercó a darme consejos, creyendo que lloraba por mí mismo. No podía saber que yo lloraba por el espíritu.
Don Juan dijo que un protector silencioso llegó a él cuando su ira se desvaneció. Una inexplicable oleada de energía lo dejó con la nítida sensación de que su muerte era inminente. Supo que no tendría tiempo de ver otra vez a su familia adoptiva. Les pidió disculpas, nombrándolos en voz alta, por no haber tenido la fortaleza y la sabiduría necesarias para salvarlos de su infierno terrenal.
Los peones continuaban riendo y burlándose de él. Don Juan apenas los oía. Las lágrimas se le agolparon en el pecho, al dirigirse al espíritu para darle gracias por haberlo puesto en el camino del nagual, otorgándole esa inmerecida posibilidad de ser libre. Oía las risotadas de los hombres, que nada comprendían. Oía sus insultos y sus alaridos como desde dentro de sí mismo. Tenían derecho a ridiculizarlo: él había estado en los portales de la libertad, y no se había dado cuenta.
– Entendí entonces cuánta razón había tenido mi benefactor -dijo don Juan-. Mi estupidez era un monstruo y ya me había devorado. En cuanto tuve ese pensamiento comprendí que cuanto pudiera decir o hacer era inútil. Había perdido mi oportunidad. Había perdido todo. Ahora era sólo el payaso de esa gente. El espíritu no podía interesarse en mi desesperación. Somos tantos los que sufrimos, los que tenemos nuestro infierno privado y particular, nacido de nuestra estupidez, que el espíritu no puede prestarnos atención.
"Me arrodillé de cara al sudeste. Di gracias otra vez a mi benefactor y le dije al espíritu que estaba tan avergonzado… tan avergonzado. Y con mi último aliento me despedí de un mundo que hubiera podido ser maravilloso si yo hubiese tenido sabiduría. Una ola inmensa vino hacia mí entonces. Primero, la sentí. Después, la oí. Por fin la vi acercarse a mí desde el sudeste, por sobre los campos, Llegó a mí y su negrura me cubrió. Y la luz de mi vida se apagó. Mi infierno había terminado. ¡Por fin estaba muerto! ¡Por fin era libre!
La historia de don Juan me dejó devastado. Guardamos silencio por un largo rato.
– Los brujos luchan por tener continuidad -dijo, de pronto- y esa es la lucha más dramática del mundo. Es dolorosa y cara. Muchas, pero muchas veces, le ha costado la vida a los brujos.
Explicó que, para que un brujo tuviera completa certeza acerca de sus acciones, o acerca de su posición en el mundo de los brujos, o acerca de su capacidad de utilizar inteligentemente su nueva continuidad, debe invalidar la continuidad de su vida cotidiana.
– Los brujos videntes de los tiempos modernos -prosiguió don Juan- llaman a ese proceso de invalidar la vida cotidiana "el boleto para ir a la impecabilidad" o la muerte simbólica, pero muy definitiva, del brujo. Yo, personalmente, conseguí mi boleto para ir a la impecabilidad en aquel campo de Sinaloa. Lo tenue de mi nueva continuidad me costó la vida.
– Pero ¿murió, usted don Juan, o sólo se desmayó? -pregunté, tratando de no mostrarme cínico.
– Me morí en ese campo -dijo don Juan-. Sentí que mi conciencia salía flotando de mí y se encaminaba hacia el Aguila, y como había recapitulado mi vida, el Aguila no se tragó mi conciencia; me escupió como una pepa de ciruela. Puesto que mi cuerpo estaba muerto en el campo, y un brujo no puede dejar el cuerpo atrás, al Aguila no me dejó pasar a la libertad. Fue como si me indicara regresar y tratar otra vez.
"Ascendí a las cumbres de la negrura y descendí otra vez a la luz de la tierra. Y me encontré en una tumba superficial en el borde del sembrado. Estaba yo cubierto de piedras y tierra.
Don Juan dijo que supo de inmediato lo que debía hacer. Después de salirse de entre las piedras, reacomodó la tumba como si su cuerpo aún estuviera allí y se marchó. Se sentía fuerte y decidido. Sabía que tenía que volver a casa de su benefactor. Pero antes de iniciar el viaje de retorno, deseaba ver a su familia y explicarles que era brujo y, por ese motivo, no podía quedarse con ellos. Quería explicarles que su perdición había sido no saber que los brujos jamás pueden tener un puente para reunirse con la gente del mundo. Pero, si la gente desea hacerlo, pueden tender un puente para reunirse con los brujos.
– Fui a la casa -continuó don Juan-, estaba vacía. Los espantados vecinos me contaron que unos peones habían llegado con la noticia de que yo había caído muerto mientras trabajaba; mi mujer y los niños se habían marchado.
– ¿Cuánto tiempo estuvo usted muerto, don Juan? -pregunté.
– Al parecer, todo un día -dijo.
A don Juan le jugaba una sonrisa en los labios. Sus ojos parecían hechos de obsidiana brillante. Observaba mis reacciones, a la espera de mis comentarios.
– ¿Y qué fue de su familia, don Juan? -pregunté.
– Ah, la pregunta de un hombre sensato -comentó-. Por un momento pensé que me ibas a preguntar acerca de mi muerte.
Confesé que había estado a punto de hacerlo, pero como sabía que él estaba viendo mi pregunta al tiempo que la formulaba en mi mente, le pregunté otra cosa, sólo para llevarle la contraria. No lo dije como broma, pero él se echó a reír.
– Mi familia desapareció ese día -dijo-. Mi mujer estaba hecha para sobrevivir. Era forzoso, dadas las condiciones en que vivíamos. Puesto que yo había estado esperando la muerte, seguramente creyó que había conseguido al fin lo que deseaba. Y como no le quedaba nada que hacer allí, se fue.
"Eché de menos a los niños y me consolé pensando que no era mi destino estar con ellos. Los brujos tienen una inclinación peculiar. Viven exclusivamente a la sombra de un sentimiento cuya mejor descripción serían las palabras "y sin embargo…" Cuando todo se les viene abajo, los brujos aceptan la situación. "Es algo terrible, dicen, pero inmediatamente escapan a la sombra del, y sin embargo…"
"Eso hice con mis sentimientos por aquellos chicos y la mujer. Con gran disciplina, especialmente en el caso del niño mayor, habían recapitulado sus vidas junto conmigo. Sólo el espíritu podía decidir el resultado de ese afecto.
Me recordó que me había enseñado cómo actúan los guerreros en tales situaciones. Dan lo mejor de sí y después, sin remordimientos ni lamentos, se quedan tranquilos y dejan que el espíritu decida el resultado.
– ¿Cuál fue la decisión del espíritu en su caso, don Juan? -pregunté.
Me estudió sin responder. Yo sabía que él estaba completamente consciente de los motivos detrás de mi pregunta, pues yo había experimentado un afecto similar y una perdida parecida.
– La decisión del espíritu es otro centro abstracto -dijo-. Historias de brujería se tejen a su alrededor. Hablaremos de esa decisión cuando lleguemos a ese centro básico.
"Ahora bien, ¿no querías preguntarme algo sobre mi muerte?
– Si lo creyeron muerto, ¿por qué lo pusieron en una tumba superficial? -pregunté-. ¿Por qué no cavaron una verdadera tumba para enterrarlo?
– Esto es ya tu estilo -observó, riendo-. Yo también me hice la misma pregunta y llegué a la conclusión de que aquellos peones eran gente muy religiosa. Yo era cristiano y a los cristianos no se los entierra así nomás; tampoco se los deja a que se pudran como los perros. Creo que esperaban a que mi familia fuera a reclamar el cuerpo para darle un entierro apropiado. Pero mi familia nunca apareció.
– ¿Usted los buscó, don Juan? pregunté.
– No. Los brujos nunca buscan a nadie -respondió-. Y yo era brujo. Había pagado con la vida el error de no darme cuenta de que los brujos jamás se acercan a nadie.
"Desde ese día sólo he aceptado la compañía o los cuidados de gente o de guerreros que están muertos, como yo.
Don Juan dijo que volvió a la casa de su benefactor, donde todos lo trataron como si nunca se hubiera ido y comprendieron instantáneamente lo que él había descubierto.
El nagual Julián comentó que, debido a su peculiar temperamento, don Juan había tardado mucho en morir.
– Mi benefactor me dijo entonces que el boleto de un brujo para ir a la impecabilidad es su muerte -prosiguió-. Que él mismo había pagado con la vida ese boleto, como todos los demás en su casa. Y que ahora éramos iguales en nuestra condición de ser candidatos a ser libres.
"Y también dijo que el gran truco de los brujos es estar totalmente conscientes de que están muertos. Su boleto para ir a la impecabilidad debe estar envuelto en puro entendimiento. En esa envoltura, dicen los brujos que el boleto se mantiene flamante.
"Hace sesenta años que compré mi boleto y todavía está flamante.
Nos quedamos de pie junto a la banca, contemplando a los transeúntes nocturnos que paseaban por la plaza. La historia de su muerte me había dejado con una inmensa sensación de nostalgia, de tristeza. Don Juan me sugirió que volviera a casa; el largo viaje hasta Los Ángeles, dijo, daría a mi punto de encaje un descanso, después de todo el movimiento que había tenido en los últimos días.
– La compañía de un nagual es muy fatigosa -prosiguió-. Produce un cansancio extraño y hasta puede hacer mal.
Le aseguré que no estaba cansado en absoluto, que su compañía distaba mucho de hacerme mal y que, de hecho, me afectaba como un narcótico: no me podía pasar sin ella. Aquello sonó como adulación, pero yo lo decía en serio.
Recorrimos tres o cuatro veces la plaza, en completo silencio.
– Anda a tu casa y piensa en los centros abstractos de las historias de brujería -dijo don Juan, con un tono de finalidad en la voz-. Mejor dicho: no pienses en ellos, sino que deja que el espíritu descienda y mueva tu punto de encaje al lugar del conocimiento silencioso. El descenso del espíritu lo es todo, pero no significa nada si no se llenan los requisitos del intento. Por lo tanto, cultiva el abandono, la frialdad y la audacia. En otras palabras, sé impecable.
Fin