SEGUNDA PARTE

UPSHAW, CONSODINE, MEEKS

17

De nuevo era policía, contratado y pagado, actuando con veteranos. La bonificación de Howard lo había liberado de su deuda con Leotis Dineen, y si el gran jurado lograba echar a la UAES de los estudios él sería rico. Tenía las llaves de la casa de Ellis Loew y contaba con secretarios de la ciudad que se encargarían allí del trabajo de mecanografiado y archivo. Tenía una lista de rojos no tocados por jurados anteriores. Y tenía la gran lista: jerarcas de la UAES a quienes ensuciar con mugre criminal, sin abordajes directos ahora que se valían de francos subterfugios, pues los periódicos habían publicado artículos donde se afirmaba que la investigación había concluido. Una hora antes había ordenado a su secretaria que llamara a su contacto local con los federales, a Circulación y Registros de la ciudad y el condado y a las oficinas de registros penales de California, Nevada, Arizona y Oregón, pidiendo informes sobre arrestos acerca de Claire de Haven, Morton Ziffkin, Chaz Minear, Reynolds Loftis y tres pachucos sospechosos: Mondo López, Sammy Benavides y Juan Duarte, cuyos nombres aparecían con asteriscos que los calificaban como «conocidos miembros de bandas juveniles». El encargado de delincuencia juvenil de Hollenbeck era el único que había respondido a la llamada; decía que los tres eran manzanas podridas, miembros de una banda mexicana a principios de los 40, antes de largarse y «politizarse». Los Ángeles Este sería su primera parada, en cuanto su secretaria le comunicara las demás respuestas a las llamadas.

Buzz examinó su oficina buscando algo con qué matar el tiempo, vio el Mirror en el felpudo y lo cogió. Buscó la página editorial y allí descubrió una nota firmada por Victor Reisel, menos de veinticuatro horas después de que el cornudo Mal le hubiera expuesto su plan a Loew.

El título era «Rojos, 1 – Ciudad de Los Ángeles, O. Tres expulsados, ningún testigo en la base». Buzz leyó:


Todo se redujo a dinero, el común denominador que todo lo iguala. Se preparaba un gran jurado, un importante gran jurado que habría tenido tanto alcance como las audiencias del Comité de Actividades Antiamericanas Internas de 1947. Una vez más se iba a indagar el acecho comunista en la industria cinematográfica, esta vez dentro del contexto de los problemas laborales de la ciudad de Los Ángeles.

La Alianza Unida de Extras y Tramoyistas (UAES) actualmente tiene contratos con varios estudios de Hollywood. El sindicato está plagado de comunistas y «camaradas». La UAES está planteando exigencias contractuales exorbitantes, y un grupo local de Transportistas al que le gustaría tener la oportunidad de llegar a un acuerdo amistoso con los estudios y realizar el trabajo de la UAES por salarios y beneficios razonables organiza piquetes contra ellos. Dinero. La UAES aboga implícitamente por el fin del sistema capitalista pero quiere más dinero. Los Transportistas, sin compromiso ideológico, quieren demostrar su empeño trabajando por sueldos que los anticapitalistas desprecian. Hollywood, el mundo del espectáculo: un mundo loco.

Locura 1: La mayoría de las películas prosoviéticas realizadas a principios de los 40 tenían guiones escritos por miembros del llamado Monopolio de Cerebros de la UAES.

Locura 2: Los miembros del Monopolio de Cerebros de la UAES pertenecen a un total de 41 organizaciones que la Fiscalía General del Estado ha calificado de órganos comunistas.

Locura 3: La UAES quiere más de ese sucio dinero capitalista, los Transportistas quieren empleos para su gente, varios patriotas de la Fiscalía de Distrito de Los Ángeles tenían la misión de reunir pruebas para que un gran jurado indagara hasta dónde llegaba la influencia de esos adoradores del dinero en el mundo del cine. Afrontémoslo: Hollywood constituye una herramienta propagandística insuperable, y los comunistas son el enemigo más sutil y más cruelmente inteligente con que jamás se ha enfrentado Estados Unidos. Logrado el acceso al cine y a su presencia en nuestra vida cotidiana, comunistas bien situados podrían sembrar incesantes y cancerosas semillas de traición: sutiles sátiras y ataques contra Estados Unidos, inyectados subliminalmente para que el público y los cineastas bien intencionados no supieran que les lavaban el cerebro. Los hombres del fiscal de distrito establecieron contacto con varios subversivos, y se proponían que admitieran sus errores y se presentaran como testigos, pero el dinero -el común denominador que todo lo iguala-asomó su cabeza para brindar socorro y alivio al enemigo.

El teniente Malcolm Considine, de la Oficina de Investigaciones de la Fiscalía, declaró: «La ciudad nos había prometido dinero, luego se echó atrás. Nos falta personal y ahora carecemos de fondos, y una larga lista de asuntos criminales conspira contra el tiempo que necesitamos. Podríamos comenzar a reunir más pruebas en el año fiscal 51 o 52, pero ¿cuánto habrán penetrado los comunistas en nuestra cultura para entonces?»

Cuánto, ésa es la pregunta. El teniente Dudley Smith, del Departamento de Policía de Los Ángeles, compañero del teniente Considine en esta, lamentablemente, breve empresa, declaró: «Sí, y todo se redujo a dinero. La ciudad tiene poco, y sería inmoral e ilegal buscar financiación exterior. Los rojos no tienen escrúpulos en explotar el sistema capitalista, mientras que nosotros nos atenemos a sus reglas, aceptando los defectos inherentes a una filosofía por lo demás justa y humanitaria. Ésta es la diferencia entre ellos y nosotros. Ellos se rigen por la ley de la selva, nosotros no la aceptamos porque amamos la paz.»

Rojos, 1; la ciudad de Los Ángeles y el público amante del cine, O.

Un mundo loco.


Buzz dejó el periódico, recordando al loco Dudley en el 38: casi había matado a un negro drogadicto a golpes de manopla por haberle babeado el abrigo de cachemira con que lo había sobornado Ben Siegel. Llamó por el interfono.

– Cariño, ¿alguna respuesta a esas llamadas?

– Aún estoy a la espera, señor Meeks.

– Iré a Los Ángeles Este. Deja los mensajes en mi escritorio, por favor.

– Sí, señor.


Era una mañana fresca que amenazaba lluvia. Buzz tomó por Olympic, desde Hughes Aircraft hasta Boyle Heights con un mínimo de semáforos en rojo, sin paisajes bonitos, tiempo para pensar. La calibre 38 que llevaba encima le formaba extraños pliegues en los michelines; su tarjeta de identificación y el número de Racing Form le deformaban los bolsillos como un lastre que lo obligaba a tirar de la entrepierna para equilibrar el peso. Benavides, López y Duarte habían pertenecido a las bandas White Fence, Flats de la calle Uno o Apaches; los mexicanos de los Heights ansiaban portarse como buenos americanos y le darían buena información. Además, la idea lo aburría.

Sabía por qué: hacía años que no estaba con una mujer que no fuera una ramera o una actriz de segunda categoría ansiosa de llegar a Howard. Audrey Anders lo tenía a mal traer, al extremo de que aun su magnífico trato con la Fiscalía perdía importancia. Apostar con Leotis Dineen era estúpido; perseguir a Audrey era estúpido pero significaba algo: una razón para dejar de atiborrarse de bistecs, platos gratinados y pastel de melocotones y perder unos cuantos kilos para que sus trajes de calidad le sentaran bien, aunque ambos nunca podrían verse en público.

El paisaje iba y venía; la mujer permanecía. Buzz trató de concentrarse en el trabajo. Viró al norte en Soto, internándose en las laderas escalonadas de Boyle Heights. Los judíos habían cedido el vecindario a los mexicanos antes de la guerra; Brooklyn Avenue había cambiado el olor a pastrami y pollo por el de maíz y cerdo frito. La sinagoga de Hollenbeck Park era ahora una iglesia católica; los viejos con gorros que jugaban al ajedrez bajo los turbintos habían sido reemplazados por pachucos con pantalones color caqui: arrogantes y acicalados, caminaban con un contoneo y hablaban como convictos. Buzz rodeó el parque, observándolos y sacando conclusiones: hombres en paro, poco más de veinte años, quizá vendiendo cigarrillos de marihuana de cincuenta céntimos y cobrando protección a los comerciantes judíos demasiado pobres para mudarse al nuevo cañón kosher de Beverly y Fairfax. White Fence, Flats o Apaches, con tatuajes que los identificaban entre el pulgar y el índice izquierdo. Peligrosos cuando los excitaban el mescal, la marihuana, los barbitúricos o las hembras; inquietos cuando se aburrían.

Buzz aparcó y se acomodó la porra en la parte de atrás de los pantalones, con lo cual le sentaban aún peor. Se acercó a cuatro mexicanos jóvenes; dos lo vieron venir y se alejaron, obviamente para deshacerse de alguna mercancía comprometedora, reconocer el terreno y ver qué quería ese polizonte gordo. Los otros dos se quedaron allí presenciando una pelea de cucarachas: dos bichos en una caja de zapatos apoyada en un banco, gladiadores luchando por el derecho a devorar un bicho muerto empapado en jarabe de arce. Buzz miró la acción mientras los pachucos fingían no verlo; vio una pila de monedas de diez y veinticinco en el suelo y puso encima un billete de cinco dólares.

– Apuesto por la que tiene la mancha en el lomo.

Los mexicanos reaccionaron con parsimonia; Buzz hizo una rápida evaluación: tatuajes White Fence en los musculosos antebrazos derechos; los dos chivatos eran flacos y fuertes, en el límite del peso wélter; una camiseta sucia, una limpia. Cuatro ojos castaños que lo estaban evaluando.

– Hablo en serio. Ese hijo de perra tiene estilo. Es un maestro del baile, como Billy Conn.

Los dos pachucos señalaron la caja de zapatos.

– Billy ha muerto -dijo Camiseta Limpia.

Buzz miró y vio la cucaracha manchada patas arriba, pegada al cartón en un charco de viscosidad amarilla. Camisa Sucia rió entre dientes, recogió el cambio y el billete de cinco; Camiseta Limpia cogió un palo de helado, sacó al ganador de la caja y lo puso en la corteza de un turbinto junto al banco. La cucaracha se quedó allí lamiéndose las antenas.

– Doble o nada por un truco que aprendí en Oklahoma -propuso Buzz.

– ¿Qué es?-preguntó Camiseta Limpia-. ¿Un puto truco de polizonte?

Buzz sacó la porra y la sostuvo de la correa.

– En cierto modo. Tengo algunas preguntas sobre unos muchachos que vivían por aquí, y podéis ayudarme. Si hago el truco habláis. No es una delación, sólo unas preguntas. Si no hago el truco, os vais. ¿Entendido?

El chivato de la camiseta limpia decidió largarse. Camiseta Sucia lo detuvo y señaló la porra de Buzz.

– ¿Qué tiene que ver esa cosa?

Buzz sonrió y retrocedió tres pasos, los ojos clavados en el árbol.

– Hijo, quémale el trasero a ese bicho, y te mostraré.

Camiseta Limpia sacó un encendedor, lo encendió y puso la llama bajo la cucaracha vencedora. El bicho trepó por el árbol; Buzz apuntó y lanzó la porra, que chocó contra el árbol y cayó al suelo. Camiseta Sucia la recogió y palpó la pulpa de la punta.

– Es la cucaracha. Demonios.

Camiseta Limpia hizo la señal de la cruz en versión pachuca, tocándose los testículos con la mano derecha; Camiseta Sucia se persignó a la manera tradicional. Buzz arrojó la porra al aire, la acunó en el brazo, la agarró y la hizo girar detrás de la espalda, la hizo rebotar en el pavimiento y se la apoyó en el hombro dando un tirón a la correa. Los mexicanos estaban boquiabiertos; Buzz atacó mientras aún los tenía deslumbrados.

– Mondo López, Juan Duarte y Sammy Benavides. Andaban por aquí con sus bandas. Hablad bien y os mostraré más trucos.

Camiseta Sucia soltó un borbotón de palabrotas en español; Camiseta Limpia tradujo:

– Javier odia a los Flats como perros. Como putos perros malignos.

Buzz se estaba preguntando si podría deslumbrar a Audrey Anders mostrándole algunos trucos con la porra.

– ¿Así que esos chicos andaban con los Flats?

Javier escupió en el suelo, un gesto elocuente.

– Traidores, hombre. En el 43 o el 44 los Fence y los Flats tenían un tratado de paz. Se suponía que López y Duarte tenían que estar en él, pero se unieron a esos putos condenados nazis, los Sinarquistas, luego a los putos condenados comunistas de Sleepy Lagoon, cuando tendrían que haber estado peleando con nosotros. Los condenados Apaches les dieron una puta tunda a los Flats y los Fences, hombre. Yo perdí a mi primo Caldo.

Buzz sacó otros dos billetes de cinco.

– ¿Qué más? Di cosas malas, si quieres.

– ¡Benavides era malo! ¡Violó a su propia hermanita!

Buzz entregó el dinero.

– Despacio ahora. Dime algo más sobre eso, lo que recuerdes, y algunos datos sobre la familia. Despacio.

– Es sólo un rumor sobre Benavides -continuó Camiseta Limpia-, y Duarte tiene un primo maricón, así que tal vez él también sea maricón. Ser maricón es hereditario. Leí eso en un número de Argosy.

Buzz se guardó la porra en los pantalones.

– ¿Y las familias? ¿Alguno tiene parientes por aquí?

– La madre de López murió -respondió Javier-, y creo que tiene algunos primos en Bakersfield. Salvo el maricón, la mayor parte de la familia de Duarte volvió a México, y sé que los padres de ese puto Benavides viven en la calle Cuatro y Evergreen.

– ¿Casa? ¿Apartamento?

– Una choza con estatuas enfrente -intervino Camiseta Limpia. Se atornilló la sien con el dedo-. La madre está loca de remate.

Buzz suspiró.

– ¿Eso es todo lo que recibo por quince dólares y mi espectáculo?

– Cada chivato de los Heights odia a esos cabrones -dijo Javier-. Pregúnteles.

– Podríamos armar algún revuelo. Nos podría pagar por eso -aventuró Camiseta Limpia.

– Tratad de sobrevivir -replicó Buzz, y se dirigió a Cuatro y Evergreen.


El jardín era un altar.

Había estatuas de Jesús alineadas, de cara a la calle; había un establo armado con troncos de juguete, excrementos de perro en el pesebre del niño Jesús. Buzz caminó hasta el porche y llamó al timbre; vio a la Virgen María en una mesa. El frente de la ondeante túnica blanca tenía una inscripción: «Fóliame.» Buzz hizo una pronta deducción: los Benavides no tenían buena vista.

Una anciana se acercó a la puerta.

– ¿Quién es?-preguntó en español.

– La policía, señora -dijo Buzz-. Y no hablo español.

La vieja acarició un collar de cuentas que llevaba colgado.

– Pues yo hablo inglés. ¿Es por Sammy?

– Sí, señora, ¿Cómo lo sabe?

La anciana señaló la pared, encima de un hogar de ladrillos desconchados. Allí habían dibujado un diablo: traje rojo, cuernos y tridente. Buzz caminó hasta la pared y la miró. En la cara del diablo habían pegado la foto de un chico mexicano, y una hilera de estatuas de Jesús lo miraba desde la repisa, haciéndole el mal de ojo.

– Mi hijo Sammy es comunista -contestó la mujer-. El diablo encarnado.

Buzz sonrió.

– Parece que usted está bien protegida, señora. Ha puesto a Jesús a hacer el trabajo.

Mamá Benavides cogió un fajo de papeles de la repisa y se los dio. La página inicial era propaganda del Departamento de Justicia del Estado: organizaciones comunistas en orden alfabético. El Comité de Defensa de Sleepy Lagoon tenía una marca, y al lado una nota entre paréntesis: «Escriba al apartado de correos 465, Sacramento, 14, California, para pedir la lista de miembros.» La vieja cogió el fajo, lo hojeó y clavó el dedo en una columna de nombres. Benavides, Samuel Tomás Ignacio y De Haven, Claire Katherine estaban destacados en tinta.

– Allí está. Es la verdad. Esa Anticristo comunista.

La mujer tenía lágrimas en los ojos.

– Bien -dijo Buzz-, Sammy tiene sus defectos, pero yo no diría que es el diablo.

– ¡Es verdad! ¡Yo soy la madre del diablo! -exclamó la mujer en español-. ¡Arréstelo! ¡Comunista!

Buzz señaló el nombre de Claire de Haven.

– Señora Benavides, ¿qué tiene contra esa mujer? Déme buenos datos y le daré una tunda a ese maldito con mi porra.

– ¡Comunista! ¡Drogadicta! Sammy la llevó a la clínica para que se curara, y ella…

Buzz vio un espléndido comienzo.

– ¿Dónde está esa clínica, señora? Dígalo despacio.

– Junto al mar. ¡Un doctor diabólico! ¡Puta comunista!

La madre de Satanás empezó a soltar alaridos. Buzz se largó de Los Ángeles Este y se dirigió a Malibú: brisa marina, un médico que le debía favores. Sin peleas de cucarachas ni vírgenes que decían «Fóllame».


La clínica Pacific Sanitarium estaba en Malibú Canyon. Era un sanatorio para alcohólicos y drogadictos instalado en las colinas a un kilómetro de la playa. El edificio principal, el laboratorio y los barracones de mantenimiento estaban rodeados por alambre de espino electrificado; el precio para abandonar el alcohol, la heroína y los fármacos era de mil doscientos dólares por semana; en el lugar se procesaba heroína para desintoxicación, según un acuerdo de caballeros entre el doctor Terence Lux, director de la clínica, y el Consejo de Supervisores del condado de Los Ángeles. El acuerdo se basaba en la estipulación de que los políticos de Los Ángeles que necesitaran el lugar podían recibir atención gratuita. Buzz se acercó a la entrada pensando en las referencias que había dado a Lux: alcohólicos y adictos de la RKO que se habían salvado de la cárcel y la mala publicidad porque el doctor Terry, cirujano plástico de las estrellas, les había dado refugio a ellos y una tajada del diez por ciento a él. Había un caso que aún recordaba con ira: una muchacha que había tenido una sobredosis cuando Howard la echó de su refugio preferido y la mandó de vuelta a la calle, a prostituirse en bares de hotel. Casi había quemado los trescientos que Lux le dio por ese negocio.


Buzz tocó la bocina; la voz del guardia de la puerta chilló en el altavoz.

– Sí, señor.

Buzz habló por el aparato que había junto a la alambrada.

– Turner Meeks para ver al doctor Lux.

– Un momento, señor -dijo el guardia. Buzz esperó. Luego-: Señor, siga hasta la encrucijada izquierda al final del camino. El doctor Lux está en el criadero.

La puerta se abrió; Buzz dejó atrás el edificio de la clínica y los barracones y viró hacia una calzada lateral en un pequeño pasaje lleno de arbustos. Había un cobertizo al final: paredes bajas de alambre y techo de hojalata. En el interior cloqueaban pollos; algunas de las aves chillaban como el demonio.

Buzz aparcó, salió y miró a través de la alambrada. Dos peones con botas y pantalones caqui mataban pollos, degollándolos con palos que tenían hojas de afeitar en la punta, las estacas cortantes que los polizontes de Disturbios usaban a principios de los 40 para capar vagos mexicanos de un tajo en los pantalones. Los peones eran buenos: un tajo, el siguiente. Los pocos pollos que quedaban trataban de correr y revolotear; el pánico los impulsaba hacia las paredes, el techo y sus verdugos. Buzz pensó: esta noche no comeré pollo en el Derby. Oyó una voz a sus espaldas.

– Dos pájaros de un tiro. Mal chiste, buen negocio.

Buzz dio media vuelta: atractivo y canoso como una definición de «médico» tomada del diccionario.

– Hola, doc.

– Sabes que prefiero Terry o doctor, pero siempre he hecho concesiones a tu estilo familiar. ¿Visita de negocios?

– No exactamente. ¿Qué es eso? ¿Autosuministro de alimentos?

Lux señaló el corral en silencio. Los peones guardaban pollos muertos en bolsas.

– Dos pájaros de un tiro. Primero, hace años leí un estudio que aseguraba que una dieta de pollo resulta beneficiosa para las personas que tienen bajo el nivel de azúcar, lo cual es típico de los alcohólicos y drogadictos. Segundo, mi curación especial para adictos a las drogas. Mis técnicos les sacan la sangre contaminada y les inyectan sangre fresca y saludable llena de vitaminas, minerales y hormonas animales. Así que tengo un criadero. Resulta económicamente ventajoso, y beneficioso para mis pacientes. ¿Qué pasa, Buzz? Si no vienes por negocios, buscas un favor. ¿En qué puedo ayudarte?

El tufo de la sangre y las plumas lo estaba aturdiendo. Buzz vio un sistema de poleas que conectaba los barracones de mantenimiento con la clínica, una vagoneta aparcada en una rampa a diez metros del cobertizo de los pollos.

– Vamos a tu despacho. Tengo algunas preguntas sobre una mujer que sin duda fue tu paciente.

Lux frunció el ceño y se limpió las uñas con un escalpelo.

– Nunca proporciono información confidencial acerca de mis pacientes. Lo sabes. Es una de las razones por las cuales Hughes y tú usáis mis servicios con exclusividad.

– Sólo unas preguntas, Terry.

– Supongo que no preferirás dinero.

– No necesito dinero, necesito información.

– ¿Y si no te doy esa información irás con la música a otra parte?

Buzz señaló el vehículo.

– No me iré sin respuestas. Sé amable conmigo, Terry. Ahora trabajo para la ciudad de Los Ángeles, y podría sentir el impulso de hablar de la droga que fabricas aquí.

Lux se rascó el cuello con el escalpelo.

– Sólo con propósitos curativos, y con la aprobación del estamento político.

– Doc, ¿me estás diciendo que no le vendes mercancía a Mickey C. para sus propios recomendados? La ciudad odia a Mickey, ¿sabes?

Lux señaló la vagoneta con la cabeza; Buzz echó a andar y subió. El doctor pulsó un interruptor y los cables chisporrotearon; subieron lentamente y aparcaron junto a un pórtico con una espectacular vista al mar. Lux guió a Buzz por pasillos blancos y asépticos hasta un cuarto pequeño atiborrado de archivos. En las paredes colgaban pósters médicos: una imagen didáctica para cirujanos plásticos, reconstrucción facial al estilo de Thomas Hart Benton.

– Claire Katherine de Havern -dijo Buzz-. ¿Es comunista?

Lux abrió un archivo, hojeó algunas carpetas, escogió una y leyó la página inicial:

– Claire Katherine de Haven, nacida el 5 de mayo de 1910. Alcohólica crónica controlada, esporádicamente adicta al fenobarbital, ocasional uso de bencedrina, ocasionales inyecciones de heroína. Se sometió tres veces al tratamiento especial del que te hablé: en el 39, en el 43 y en el 47. Eso es todo.

– No, quiero algo más. ¿Tu archivo tiene detalles? ¿Algún dato interesante?

Lux levantó la carpeta.

– Casi todo consiste en gráficos médicos y cuentas financieras. Puedes leerla si quieres.

– No, gracias. La recuerdas bien, Terry. Me doy cuenta. Así que

Lux guardó el archivo en la gaveta y cerró el gabinete.

– Sedujo a algunos pacientes cuando estuvo aquí la primera vez. Causó mucho alboroto, así que en el 43 la mantuve aislada. En ambas ocasiones vino con un ataque de arrepentimiento, y en su segunda internación le di ciertos consejos psiquiátricos.

– ¿Eres terapeuta?

Lux rió.

– No, pero me gusta que la gente me cuente cosas. En el 43 De Haven me dijo que deseaba reformarse porque un amante mexicano había recibido una tunda en los disturbios de Sleepy Lagoon y ella quería trabajar con mayor eficacia para la revuelta popular. En el 47 las audiencias del HUAC en el Este la sacaron de quicio. A un amigo le apretaron ya sabes qué. El HUAC sabía hacer bien las cosas, Buzz. Muchos arrepentimientos, sobredosis, intentos de suicidio. Los comunistas con dinero son los mejores, ¿no crees?

Buzz recordó el resto de la lista que le habían dado.

– ¿A quién le apretaron las pelotas? ¿A un amiguito de Claire?

– No recuerdo.

– ¿Morton Ziffkin?

– No.

– ¿Uno de los mexicanos? ¿Benavides, López, Duarte?

– No, no era mexicano.

– ¿Chaz Minear, Reynolds Loftis?

Acierto en «Loftis»: Lux tensó los músculos de la cara y los distendió en una sonrisa falsa.

– No, no eran ellos.

– Pamplinas -exclamó Buzz-. Di lo que sabes.

Lux se encogió de hombros: falso.

– Claire me gustaba, y también le gustaba a Loftis. Sentí celos. Cuando lo mencionaste, lo recordé todo.

Buzz rió: su recurso patentado contra las mentiras.

– Más pamplinas. A ti sólo te gusta el dinero, así que dime algo más convincente.

El médico sacó su escalpelo y se tamborileó la pierna con él.

– Bien, probemos con esto. Loftis compraba heroína para Claire, lo cual no me agradaba. Quería que ella dependiera de mí. ¿Satisfecho?

Una mañana fructífera: una adicta que follaba con mexicanos, Benavides probable violador de niñas, Loftis vendiendo H mayúscula a una camarada.

– ¿A quién le compraba él?

– No lo sé. De veras.

– ¿Tienes algún otro dato útil?

– No. ¿Tú tienes alguna chica rechazada por Howard para animar la clínica?

– Te veré en la iglesia, doc.


Un montón de mensajes le esperaba en la oficina, resultados parciales de las averiguaciones telefónicas de la secretaria. Buzz los hojeó.

Predominaban los datos de rutina junto con algunas noticias consabidas sobre los mexicanos: asociación ilícita, ataques violentos, palizas, encierros en reformatorios. Ningún dato sexual sobre Samuel Tomás Ignacio Benavides, el «diablo encarnado»; ningún dato político sobre ninguno de los tres ex miembros de bandas de White Fence. Buzz miró el último mensaje: la respuesta del Departamento de Policía de Santa Mónica.


Señor Meeks:

3/44 R. Loftis y otro hombre, Charles (Eddington) Hartshorn, nacido el 6/9/1897, fueron interrogados durante la redada de Antivicio en un bar de pervertidos de Santa Mónica (Knight in Armor, Lincoln Sur 1684, S. M.) Esto consta en una ficha de interrogatorios. De Circulación y Registros sobre Hartshorn: ningún antecedente criminal, ninguna infracción de tránsito, abogado. Residencia: Rimpau Sur 419, Los Ángeles. Espero que esto sirva de ayuda. – Lois.


Rimpau Sur 419 estaba en Hancock Park: distrito de lujo, fortuna tradicional; Reynolds Loftis estaba liado con Claire de Haven, y ahora parecía que jugaba con dos barajas. Buzz se pasó una máquina de afeitar eléctrica por la cara, se puso colonia en los sobacos y se quitó un resto de pastel de la corbata. Los ricachones siempre lo ponían nervioso; ricachón y maricón era una combinación con la que nunca había trabajado.

Siguió recordando a Audrey Anders durante el viaje; fingió que su Old Spice era el Chanel nº 5 de Audrey en los sitios apropiados. El 419 de Rimpau Sur era una mansión española en cuyo frente había una gran extensión de césped con arriates de rosas. Buzz aparcó y llamó al timbre, esperando que Hartshorn estuviera solo: ningún testigo si las cosas se ponían feas.

Se abrió una mirilla, luego la puerta. Una apetitosa rubia de unos veinticinco años tenía la mano en el picaporte, pulcritud intachable en falda de tartán y blusa rosa y abrochada.

– Hola. ¿Es usted el agente de seguros que viene a ver a papá?

Buzz cubrió con la chaqueta la culata de la 38.

– Sí, soy yo. En privado, por favor. A ningún hombre le gusta discutir asuntos tan serios en presencia de su familia.

La muchacha asintió, lo condujo a través del vestíbulo hasta un estudio repleto de libros y lo dejó allí, con la puerta entreabierta. Buzz vio un mueble bar y pensó en tomar una copa. Un trago de media tarde daría cierto encanto a la situación. Pero una voz lo interrumpió.

– Phil, ¿a qué viene esto de verme «en privado»?

Un hombre bajo, regordete y calvo acababa de abrir la puerta. Buzz le mostró la placa.

– ¿Qué es esto?-dijo el hombre.

– Fiscalía de Distrito, señor Hartshorn. Sólo quise evitar un mal rato a su familia.

Charles Hartshorn cerró la puerta y se apoyó en ella.

– ¿Es por Duane Lindenaur?

Buzz quedó desconcertado por el nombre, luego recordó la edición vespertina de Tattler: Lindenaur era una víctima de los asesinatos de homosexuales de que le había hablado Dudley Smith, el caso en que trabajaba ese detective que acababan de reclutar.

– No, señor. Estoy con la División del Gran Jurado, y estamos investigando a la Policía de Santa Mónica. Necesitamos saber si lo maltrataron cuando registraron el Knight in Armor en el 44.

Las venas palpitaron en la frente de Hartshorn. Habló con fría voz de picapleitos.

– No le creo. Duane Lindenaur intentó extorsionarme hace nueve años con afirmaciones falsas que pretendía comunicar a mi familia. Le hice frente por la vía legal, y hace unos días leí que lo habían asesinado. Temí que apareciera la policía, y ahora se presenta usted. ¿Soy sospechoso de la muerte de Lindenaur?

– No lo sé ni me importa -replicó-. Esto es por la Policía de Santa Mónica.

– No, no lo es. Esto es por las falsas afirmaciones que Duane Lindenaur hizo contra mí y mi desdichada presencia en un bar donde se encontraban algunas personas poco respetables cuando lo registró la policía. Tengo una coartada para la hora de la muerte de Duane Lindenaur y los otros hombres según la estiman los periódicos, y quiero corroborarla sin implicar a mi familia. Si usted cuenta una sola palabra a mi esposa y a mi hija, perderá la insignia y la cabeza. ¿Comprende?

El tono del abogado parecía más tranquilo, pero su rostro era un nudo de nervios. Buzz recurrió de nuevo a la diplomacia.

– Reynolds Loftis, señor Hartshorn. Lo arrestaron con usted. Dígame qué sabe sobre él y le diré al detective que trabaja en el caso Lindenaur que lo deje en paz, que usted tiene una coartada. ¿Le parece bien?

Hartshorn se cruzó de brazos.

– No conozco a ningún Reynolds Loftis y no hago tratos con polizontes que apestan a colonia barata. Lárguese de mi casa.

Hartshorn estaba muy nervioso. Buzz fue hasta el mueble bar, llenó un vaso de whisky y se lo ofreció al abogado.

– Para tus nervios, Charlie. No quiero que sufras un ataque cardíaco.

– ¡Lárguese de mi casa, gusano!

Buzz dejó el vaso, aferró a Hartshorn por el cuello y lo aplastó contra la pared.

– Estás tratando mal a la persona equivocada, abogado. No te conviene joderme los planes. Voy a explicarte la situación: o me hablas de ti y Reynolds Loftis o voy al salón y le cuento a tu hijita que papá chupa vergas en el servicio de caballeros de Westlake Park y le dan por el culo en Selma y Las Palmas. Y si le dices una palabra a alguien, saldrás en Confidential follando negros. ¿Entiendes?

Hartshorn estaba rojo como la grana y al borde de las lágrimas. Buzz le soltó el cuello, vio la huella de una manaza y cerró esa manaza en un puño. Hartshorn caminó hasta el mueble bar y cogió la botella de whisky. Buzz giró hacia la pared, conteniendo el puñetazo en el último momento.

– Canta lo de Loftis, maldición. Pónmelo fácil, así podré largarme de aquí.

Se oyó un tintineo de vidrio, seguido por un suspiro y un silencio. Buzz miró la pared. Hartshorn habló con voz hueca y muerta.

– Reynolds y yo sólo tuvimos… una aventura. Nos conocimos en la fiesta que organizaba un belga, un director de cine. El hombre estaba muy en boga, y organizaba muchas fiestas en clubes para la gente como nosotros… como él. Lo de Reynolds nunca fue serio porque él salía con un guionista, y había un tercer hombre entre ambos. Yo era un extraño… así que nunca…

Buzz dio media vuelta y vio a Hartshorn derrumbado en una silla, entibiándose las manos con un vaso de whisky.

– ¿Qué más sabes?

– Nada. Nunca vi a Reynolds después de esa vez en el Knight in Arms. ¿A quién va usted…?

– A nadie, Charlie. Nadie va a saberlo. Sólo diré que he oído decir que Loftis es…

– Oh Dios. ¿De nuevo la caza de brujas?

Cuando Buzz salió, el pobre diablo sollozaba.


Había empezado a llover mientras él interrogaba al abogado: goterones gruesos, la clase de diluvio que amenazaba con fundir las colinas con el mar y ocultar la mitad de la Cuenca de Los Ángeles. Buzz apostó tres contra uno a que Hartshorn mantendría la boca cerrada; doble contra sencillo a que un poco más de presión policial lo sacaría de quicio; uno contra uno a que iría a cenar a Nickodel y pasaría la noche en casa redactando el informe del día. Olía el sudor del maricón en su cuerpo, mezclándose con su propio sudor; sintió esa depresión que lo aplastaba después de haber maltratado a un pardillo. A medio camino de la oficina, abrió la ventanilla para recibir el estímulo del aire y la lluvia, cambió de dirección y fue a su casa.

Su casa estaba en el edificio Longview, Beverly y Mariposa, cuatro habitaciones en el sexto piso, vista al sur, un apartamento decorado con restos de platós cinematográficos de la RKO. Buzz entró en el garaje, dejó el coche y subió en el ascensor. Audrey Anders estaba sentada en la puerta. Llevaba un vestido de lamé dorado con lentejuelas, salpicado por la lluvia, y un abrigo de visón mojado en el regazo. Lo usaba de cenicero; cuando vio a Buzz apagó el cigarrillo en el cuello.

– Modelo del año pasado -explicó-. Mickey me comprará uno nuevo.

Buzz la ayudó a levantarse, sosteniéndole las manos un segundo de más.

– ¿De veras tengo tanta suerte?

– No cantes victoria. Lavonne Cohen se fue de viaje con su club de majong y Mickey piensa que se ha abierto la temporada de caza conmigo. Hoy me tocaba el Mocambo, el Grove y copas de última hora con los Gerstein. Me las ingenié para escapar.

– Pensé que tú y Mickey estabais enamorados.

– El amor tiene su lado malo. ¿Sabías que eres el único Turner Meeks de la guía?

Buzz abrió la puerta. Audrey entró, tiró el visón al suelo y echó un vistazo al salón. Los muebles incluían sofás de cuero y mecedoras de Vacaciones en Londres y adornos de Bwana de la selva; las puertas-vaivén que daban al dormitorio parecían sacadas del saloon de Furia en el Río Grande. La moqueta era verde lima con franjas rojas, la colcha era la que había acogido los revolcones de la amazona de Canción de las Pampas.

– Meeks, ¿pagaste por esto?-preguntó Audrey.

– Regalos de un tío rico. ¿Quieres un trago?

– No bebo.

– ¿Por qué no?

– Mi padre, mi hermana y mis dos hermanos son borrachos, así que opté por prescindir de la bebida.

Buzz estaba pensando que Audrey estaba guapa, aunque no tanto como cuando iba sin maquillaje y con la camisa de Mickey hasta las rodillas.

– ¿Y te dedicaste al strip-tease?

Audrey se sentó, se quitó los zapatos y se abrigó los pies en el visón.

– Sí, y no me pidas que te haga el número de las borlas, porque no lo haré. Meeks, ¿qué demonios te pasa? Pensé que te alegrarías de verme.

Buzz aún percibía el olor del maricón.

– Hoy he maltratado a un tipo. Ha sido espantoso.

Audrey movió los dedos de los pies, haciendo saltar al visón.

– ¿Y? Es tu forma de ganarte la vida.

– Por lo general presentan más resistencia.

– ¿Me estás diciendo que es un juego?

Una vez Buzz le había dicho a Howard que las únicas mujeres que valían la pena eran las que te comprendían.

– Tenemos que ser mejores en algo más que darnos cornadas y hacernos preguntas.

La Chica Explosiva lanzó el visón hacia arriba de una patada. El abrigo aterrizó en su regazo.

– ¿El dormitorio es tan llamativo como el resto?

Buzz rió.

Casbah Nocturna y El paraíso es rosa. ¿Eso te dice algo?

– Ésa es otra pregunta. Pregúntame a mí algo provocativo.

Buzz se quitó la chaqueta, se desenganchó la sobaquera y la arrojó en una silla.

– De acuerdo. ¿Mickey te hace vigilar?

Audrey negó con la cabeza.

– No. Le hice desistir de eso. Me hacía sentir barata.

– ¿Dónde tienes el coche?

– A tres calles.

Tenía luz verde para transformar su mayor estupidez en una superproducción.

– Has pensado en todo.

– Supuse que no dirías que no -dijo Audrey. Agitó el abrigo de visón-. Y he traído una toalla para mañana.

Buzz pensó: RIP Turner Prescott Meeks, 1906-1950. Respiró hondo, escondió la barriga, atravesó la puerta-vaivén y empezó a desnudarse. Audrey entró y se rió al ver la cama: una colcha de satén rosa, dosel rosa, gárgolas rosas con bordados como postes. Se desnudó en un santiamén; a Buzz se le aflojaron las piernas cuando le vio los pechos al aire. Audrey se le acercó y le desanudó la corbata, le desabrochó la camisa, le aflojó el cinturón. Él se quitó los zapatos y los calcetines de pie, se libró de la camisa temblando. Audrey rió y le acarició los músculos de los brazos, luego le pasó las manos por las partes que más odiaba de sí mismo: la barriga, los michelines, las cicatrices del pecho. Cuando ella empezó a lamerlo allí, Buzz comprendió que a ella no le molestaban; la levantó en brazos para mostrarle lo fuerte que era -faltó poco para que las piernas lo traicionaran- y la llevó a la cama. Se quitó los pantalones y los calzoncillos impulsivamente y se tendió junto a ella. En medio segundo ella se convirtió de un torbellino de brazos y piernas que lo besaba con la boca abierta y lo apretaba como si nunca hubiera deseado otra cosa.

Él la besó: con suavidad, con dureza, con suavidad. Le frotó el cuello con la nariz y olió jabón Ivory, no el perfume que había imaginado. Le tomó los pechos con las manos y apretó los pezones recordando todo lo que le habían dicho los policías sobre la estrella del Burbank Burlesque. Audrey emitía distintos ruidos según donde la acariciara; le besó y le lamió la entrepierna y obtuvo un gran gemido. El gemido creció cada vez más, Audrey movió los brazos y las piernas como en un espasmo. Enloqueció tanto que Buzz no pudo más y la penetró. El contoneo de Audrey lo hizo estallar en cuanto entró; trató de prolongarlo y ella lo aferró mientras él ponía todo su empeño en los últimos espasmos. Aunque pesaba la mitad que él, ella siguió pujando mientras terminaba. El le aferró la cabeza y hundió la cara en la cabellera de Audrey hasta que se relajó y ella dejó de moverse.

Estaban envueltos en sudor y sábanas de satén rosa. Buzz rodó a un lado, cogiendo a Audrey por la muñeca para mantener el contacto con ella mientras recuperaba el aliento. Ocho años sin un cigarrillo y jadeaba como un perro de carreras mientras ella estaba tranquila y serena. Una vena palpitante en el brazo era el único indicio de que todavía estaba agitada por dentro. El pecho de Buzz resollaba. Trató de pensar en algo que decir mientras Audrey le acariciaba las cicatrices.

– Esto podría complicarse -dijo.

Buzz recobró el aliento.

– ¿Ya te estás arrepintiendo?

Audrey curvó las uñas como si fueran zarpas y fingió que lo arañaba.

– Sólo quiero saber dónde estoy.

El momento empezaba a alejarse de Buzz, como si el peligro no valiera la pena. Aferró las manos de Audrey.

– ¿Eso significa que va a haber una próxima vez?

– No tenías que preguntar. Te lo habría dicho enseguida.

– Yo también quiero saber dónde estoy.

Audrey rió y apartó las manos.

– Tú eres el culpable, Meeks. El otro día me hiciste pensar. Así que lo que ocurra es por tu culpa.

– Cariño -dijo Buzz-, no subestimes a Mickey. Es muy amable con las mujeres y los niños, pero mata gente.

– Sabe que lo dejaré tarde o temprano.

– No, no lo sabe. Piensa que eres una ex strip-teaser, una shikse, que tienes treinta y pico y no tienes adónde ir. Si le causas algunos problemas, tal vez hasta lo excite. Pero si te largas es otra historia.

Ella no pudo mirarlo a los ojos.

– Cariño, ¿adónde irías?-dijo Buzz.

Audrey cogió una almohada y la abrazó, dándole la espalda.

– Tengo algún dinero ahorrado. Bastante. Compraré propiedades el Valle y alquilaré locales en un centro comercial. Son el futuro, Meeks. Otros diez mil y podré instalarme en una planta baja con quince hectáreas.

Como Buzz: catorce dólares por acre en la inversión segura que tendría que haberlo hecho rico.

– ¿De dónde has sacado el dinero?

– Lo ahorré.

– ¿De lo que te da Mickey?

Audrey soltó la almohada y le hundió el dedo en el pecho.

– ¿Estás celoso, cariño?

Buzz le cogió el dedo y se lo mordió con afecto.

– Un poco, tal vez.

– Bien, pues no lo estés. Mickey tiene la cabeza en los sindicatos y en su contrato de drogas con Jack Dragna, y sé cómo jugar este juego. No te preocupes.

– Eso espero, cariño. Porque va a durar bastante.

– Meeks, deja de hablar de Mickey. Si sigues así, empezaré a mirar bajo la cama.

Buzz pensó en la 38 que tenía en el otro cuarto y el abogado homosexual con el cuello magullado y las mejillas empapadas de lágrimas.

– Me alegra que estar contigo sea peligroso. Resulta reconfortante.

18

Supervisor Upshaw.

Al mando de la fuerza conjunta.

Jefe.

Danny se plantó en la sala de reuniones del desierto cuartel de Hollywood, Departamento de Policía, esperando para hablar a sus tres hombres sobre su caso de homicidio, para hacer una declaración en el lugar donde el escándalo de Brenda Allen habían causado más revuelo. Una caricatura dibujada en el panel de novedades lo dejaba bien claro: Mickey Cohen usando un gorro judío con un signo del dólar en la parte superior, moviendo a dos agentes uniformados como si fueran títeres. Un globo presentaba sus pensamientos: ¡Cielos, cómo jodí al Departamento de Policía! Por suerte los polizontes del condado me limpian el trasero. Danny vio pequeños agujeros en la cara de Mickey; el hampón número uno de Los Ángeles había servido de blanco para dardos.

Había un atril y una pizarra enfrente de la sala; Danny encontró tiza y escribió «Agente D. Upshaw, Departamento del sheriff de Los Ángeles» en letras grandes. Se plantó detrás del atril como el doctor Layman en su clase de medicina forense y se obligó a pensar en su otro caso para no ponerse ansioso cuando llegara el momento de dar órdenes a sus hombres, tres detectives mayores y con más experiencia que él. Ese trabajo era un alivio, quizás un sorbo de elixir para ahuyentar los malos pensamientos y mantenerlo activo; por eso se erguía triunfante en un sitio donde odiaban a la policía del condado más que a los violadores de niños. Tenía que pellizcarse para asegurarse de que no era un sueño. Danny se pellizcó por diezmillonésima vez desde el ofrecimiento del teniente Mal Considine.

Dudley Smith lo había llamado el día anterior por la tarde, interrumpiendo un largo día de copas aguadas y revisión del caso. El irlandés le dijo que se reuniera con él y Considine en Hollywood Oeste; Ellis Loew había intercedido, y tanto el jefe Worton como el sheriff Biscailuz habían aprobado la orden de traslado temporal. Danny se cepilló los dientes, hizo gárgaras y engulló un bocadillo antes de verlos, previendo una pregunta y urdiendo una mentira para responderla. Como ya le habían dicho que trabajaría en Variety International Pictures y sabían que allí había provocado la ira de Gerstein, tuvo que convencerlos de que sólo el guardián, el hombre encargado de los guiones y Gerstein lo habían visto como policía. Fue la primera pregunta de Considine, y un resto de calma alcohólica le ayudó a afrontarla. Smith le creyó enseguida, Considine con más reservas, cuando les endilgó un discurso diciendo que cambiaría su peinado y la forma de vestir para encajar en el papel de idealista comunista. Smith le dio un fajo de documentos sobre la UAES para que los estudiara en casa, y le hizo examinar una tanda de fichas psiquiátricas ante ellos; luego pasaron a los detalles operativos.

Danny debía establecer contacto con el presunto eslabón débil de la UAES, una mujer promiscua llamada Claire de Haven, obtener acceso a las reuniones del sindicato y averiguar qué planeaban. ¿Por qué no habían incitado una huelga? ¿Los mítines implicaban una exhortación a la revuelta armada? ¿Había subversión planificada en el contenido de las películas? ¿El monopolio de cerebros de la UAES se habían tragado las maniobras de Considine, artículos en la radio y prensa que decían que la investigación se había cerrado? ¿Hasta qué punto estaba conectada la UAES con el Partido Comunista?

Un impulso para su carrera.

«Serás teniente antes de los treinta.»

«Tendrás que establecer contacto con una mujer, hijo. Tal vez tengas que follarla hasta el agotamiento.»

Un garrote para aplastar sus pesadillas.

Se sentía animado cuando terminó la entrevista y se llevó los informes no psiquiátricos bajo el brazo, prometiendo presentarse para una segunda reunión esa tarde en el Ayuntamiento. Regresó a su apartamento, llamó a una docena de talleres dentales que Karen Hiltscher no había investigado y sólo obtuvo respuestas negativas. Leyó una docena de informes sobre homicidios de homosexuales sin beber ni pensar en el Chateau Marmont. Luego empezó a sentirse muy animado. Llevó las muestras de sangre de Tamarind 2307 al edificio de química de la Universidad de California Sur y sobornó a un compañero de curso para que las examinara, con la esperanza de relacionar las figuras sangrientas de la pared con los nombres de las víctimas, llegar a una reconstrucción y tener más datos sobre el asesino. Su compañero ni siquiera parpadeó ante la sangre y realizó los análisis; Danny llevó los datos a casa y los comparó con las fotografías.

Tres víctimas, tres tipos de sangre distintos: el riesgo de mostrar pruebas obtenidas ilegalmente valía la pena. La sangre AB positivo de Martin Goines concordaba con los dibujos más toscos; era la primera víctima y el asesino aún no había perfeccionado su técnica de decoración de interiores. La sangre de George Wiltsie y Duane Lindenaur, tipos cero negativo y B positivo, estaba esparcida por separado, la de Wiltsie en diseños menos intrincados, menos pulcros. Eso reforzó algunas conclusiones y abrió paso a otras nuevas: el homicidio de Martin Goines había sido impulsivo, y el asesino había atacado con toda saña. A pesar de la audacia suicida que había demostrado al llevar a las víctimas dos y tres al apartamento de Goines, había tenido una buena razón para escoger al Loco Martin. Podía ser una de estas tres:

– Lo conocía y quería matarlo por odio, un motivo personal concreto.

– Lo conocía y le parecía una víctima satisfactoria por razones de comodidad, para satisfacer su sed de sangre o para ambas cosas.

– No conocía a Martin Goines, pero estaba familiarizado con los clubes de jazz del distrito negro y confiaba en que allí encontraría una víctima.

Tenía que ordenar a sus hombres que volvieran a investigar la zona. En cuanto a Wiltsie-Lindenaur:

El asesino mordió, royó, tragó y esparció primero la sangre de Wiltsie, porque era el que más lo atraía. El relativo refinamiento de los dibujos trazados con la sangre de Lindenaur indicaba que el asesino estaba satisfecho y saciado; Wiltsie, conocido prostituto masculino, fue su primer blanco sexual.

Esa noche, como agente de ambos Departamentos, encararía a Felix Gordean, alcahuete y agente artístico, relacionado circunstancialmente con la víctima de la extorsión de Duane Lindenaur, y procuraría averiguar quiénes eran los hombres.

Danny miró la hora: las 8.53; los otros agentes llegarían a las nueve. Decidió quedarse detrás del atril, sacó su libreta y revisó las notas que había redactado. Un momento después oyó un discreto carraspeo y alzó la mirada.

Un hombre rubio y corpulento de unos treinta y cinco años avanzaba hacia él. Danny recordó algo que le había dicho Dudley Smith: un «protegido» suyo de la Oficina de Homicidios estaría en el equipo para evitar roces y asegurar que los otros hombres «se adaptaran a la situación». Sonrió y extendió la mano, el hombre la estrechó con fuerza.

– Mike Breuning. ¿Danny Upshaw?

– Así es. ¿Sargento Breuning?

– Soy sargento, pero llámame Mike. Dudley te manda saludos y disculpas. El jefe de Hollywood dice que Gene Niles tiene que trabajar con nosotros en el caso. Él recibió la denuncia, y la Oficina no puede asignarnos otros hombres. Como digo siempre, c'est la vie.

Danny hizo una mueca, recordando las mentiras que le había dicho a Niles.

– ¿Quién es el cuarto hombre?

– Uno de los vuestros, Jack Shortell, un sargento de San Dimas. Mira, Upshaw, lamento lo de Niles. Sé que odia al Departamento del sheriff y cree que la ciudad debería cerrar el caso, pero Dudley me pidió que te recordara que tú llevarás el mando. De paso, Dudley te tiene simpatía. Opina que tienes futuro.

Danny también tenía una opinión sobre Smith: pensaba que disfrutaba hiriendo a la gente.

– Magnífico. Déle gracias de mi parte al teniente.

– Llámalo Dudley, y dale las gracias tú mismo. Trabajáis juntos en esa investigación sobre los comunistas. Aquí vienen los demás.

Danny miró. Gene Niles caminaba hacia el frente de la sala sorteando a un hombre alto con gafas metálicas, como si toda la gente del Departamento del sheriff estuviera afectada por una plaga. Se sentó en la primera fila y sacó una libreta y una pluma. Ninguna ceremonia, ningún reconocimiento del rango. El hombre alto se acercó y estrechó la mano de Breuning y Danny.

– Soy Jack Shortell -se presentó.

Tenía por lo menos cincuenta años. Danny señaló la pizarra con su nombre.

– Es un placer, sargento.

– Encantado, agente. ¿Su primer trabajo importante?

– Sí.

– Tengo cierta experiencia, así que no vacile en consultarme si se atasca.

– De acuerdo.

Breuning y Shortell se sentaron a cierta distancia de Niles, Danny señaló una mesa que había frente a la pizarra: tres fajos de documentos de ambos Departamentos sobre el caso Goines-Wiltsie-Lindenaur. Ninguna especulación procedente de su archivo personal, nada sobre Felix Gordean, nada sobre Duane Lindenaur como ex chantajista. Los hombres sacaron cigarrillos y los encendieron; Danny, separado de sus hombres por el atril, asumió su primer mando.

– La mayor parte de lo que tenemos está allí, caballeros. Informes sobre autopsias, horarios, mis resúmenes como agente encargado del caso cuando se halló la primera víctima. El Departamento de Policía no consideró necesario registrar el apartamento donde mataron a las víctimas, de modo que hemos perdido algunas pistas potenciales. De los agentes que han trabajado en ambos casos, yo fui el único que obtuvo pistas decisivas. He preparado una cronología basada en mis datos, y he incluido copias en el material oficial. Ahora resumiré los puntos clave.

Danny hizo una pausa y miró directamente a Gene Niles, quien le había lanzado miradas fulminantes desde que él había mencionado la omisión del Departamento de Policía. Niles no apartó la vista; Danny acercó las piernas al atril para ganar más aplomo.

– En la noche del primero de enero investigué South Central Avenue, la zona donde robaron el coche que se usó para trasladar el cadáver de Martin Goines. Un par de testigos presenciales declararon haber visto a Goines con un hombre alto, canoso y maduro, y por los informes sabemos que el asesino tenía sangre cero positivo, descubierta a partir del semen. Goines murió de sobredosis de heroína, Wiltsie y Lindenaur fueron intoxicados con un compuesto de secobarbital y estricnina. Los tres hombres fueron mutilados del mismo modo: heridas con un instrumento conocido como estaca cortante, mordeduras con una dentadura postiza en las zonas abdominales. Los postizos no pueden ser réplicas de dientes humanos. Se trata de dientes de plástico, réplicas de dientes de animales, o dientes de acero. Pero no son humanos.

Danny desvió la mirada de Niles y miró a los otros dos hombres. Breuning fumaba con nerviosismo, Shortell anotaba, el gran Gene quemaba el escritorio con el cigarrillo. Danny lo miró y largó su primera mentira.

– Así que tenemos a un hombre blanco, alto, canoso y maduro, que puede conseguir heroína y barbitúricos, sabe algo de química y tiene experiencia en robos de coches. Cuando inyectó la heroína a Goines, le metió una toalla en la boca, lo cual indica que sabía que al pobre diablo se le reventarían las arterias con el consiguiente sangrado por la boca. Así que quizá tenga conocimientos médicos. Apuesto a que sabe hacer dentaduras postizas, y ayer recibí un dato de un informante: Goines estaba organizando una banda para robar casas. Cuando ustedes lean mis informes, verán que interrogué a un vagabundo llamado Chester Brown, músico de jazz. Conoció a Martin Goines a principios de los 40 y declaró que en aquella época Goines era ladrón. Brown mencionó a un joven con la cara quemada que fue cómplice de Goines, pero no creo que encaje en el caso. Agreguen «posible ladrón» a nuestro panorama, y les diré qué vamos a hacer.

»Sargento Shortell, usted hará averiguaciones telefónicas sobre las dentaduras postizas. Tengo una larga lista de talleres, y quiero que los llame para establecer contacto con el que lleve los registros de empleo. Cuenta usted con datos sólidos: tipo sanguíneo, descripción física, las fechas de las muertes. También pregunte acerca de mecánicos dentales que hayan despertado alguna sospecha en su sitio de trabajo, y si el instinto le dice que alguien es sospechoso pero no tiene el tipo sanguíneo, pida datos a las cárceles, el Servicio Selectivo, los hospitales, o cualquier otro lugar donde crea que puede obtener la información.

Shortell asintió y anotó. Danny cabeceó y se volvió hacia Niles y Breuning.

– Sargento Breuning y sargento Niles, ustedes examinarán cada ficha de Antivicio y crímenes sexuales de la ciudad y el condado en busca de ataques con mordeduras y eliminarán sospechosos potenciales valiéndose del tipo sanguíneo y la descripción física de nuestro hombre. Quiero que examinen el archivo de cada delincuente sexual de la zona de Los Ángeles. Quiero un examen más detallado de Wiltsie y Lindenaur, y una investigación de los antecedentes de prostitución masculina de Wiltsie por si aparecen cómplices con las características de nuestro hombre. Quiero que comparen los datos sexuales con los antecedentes sobre robo de casas de blancos maduros de la ciudad y el condado, y que busquen informes sobre arresto de ladrones jóvenes con quemaduras hasta el 43. Quiero un juego de fotografías de cada sospechoso posible.

»Es un plan que no pude llevar a cabo por problemas jurisdiccionales, y allí es donde importan las fotos. Quiero que cada vendedor de heroína y barbitúricos vea esas fotos. Quiero acción contundente, sobre todo en el distrito negro. Quiero que sonsaquen información a los confidentes, que llamen a todos los comandantes de Antivicio de cada división de la ciudad y el condado, y les pidan que sus agentes consulten a sus soplones acerca de rumores sobre bares de homosexuales. ¿Quién es alto, canoso y maduro y tiene un fetiche con dientes? Quiero que consulten a las oficinas de Libertad Condicional del condado y el estado acerca de sujetos violentos. Quiero que registren íntegramente Griffith Park, South Central y la zona donde dejaron el cadáver de Goines.

Breuning gruñó; Niles habló por primera vez.

– Usted pide mucho, Upshaw. ¿Se da cuenta?

Danny se apoyó en el atril.

– Es un caso importante, y usted compartirá los méritos por el resultado.

– Son homicidios de homosexuales -rezongó Niles-. Nunca lo atraparemos, y en todo caso, ¿qué más da? ¿A usted le importa cuántos maricones mata? A mí no.

Danny hizo una mueca ante «homosexuales» y «maricones»; sostuvo la mirada de Niles hasta hacerlo parpadear, y advirtió que él no había usado la palabra «homosexual» en su perfil del asesino.

– Soy policía, así que me importa. Y el trabajo es bueno para nuestras carreras.

– Para la carrera de usted, amigo. Usted tiene un trato con un fiscal judío.

– Niles, ya basta.

Danny miró en torno para ver quién gritaba, sintió la vibración en la garganta y notó que había aferrado el atril con dedos amoratados. Niles le clavó los ojos, Danny no pudo sostener la mirada. Pensó en el resto de su discurso y lo terminó con voz ligeramente trémula.

– Nuestra última pista es bastante oscura. Los tres hombres recibieron heridas de estaca cortante. El doctor Layman dice que los policías de Antidisturbios usaban este instrumento. No existen antecedentes de homicidios con ese instrumento, y la mayoría de los ataques con estaca cortante fueron perpetrados por blancos contra mexicanos y no se presentaron denuncias. Consulten a sus informadores sobre ello y sírvanse de nuevo del grupo sanguíneo y la descripción para eliminar sospechosos.

Jack Shortell seguía garabateando; Mike Breuning miraba a Danny de forma extraña, los ojos entornados. Danny se volvió hacia Niles.

– ¿Ha comprendido, sargento?

Niles había encendido otro cigarrillo, estaba quemando el escritorio con la brasa.

– Así que está liado con los judíos, ¿eh, Upshaw? ¿Cuánto le paga Mickey Hebraico?

– Más de lo que Brenda le pagó a usted.

Shortell rió, la extraña expresión de Breuning se quebró en una sonrisa. Niles tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó.

– ¿Por qué no comunicó su pista sobre el apartamento de Martin Goines, chico listo? ¿Qué demonios pasaba allí?

Las manos de Danny arrancaron una astilla del atril.

– Pueden retirarse -dijo con la voz de otro.


Considine y Smith lo esperaban en la oficina de Ellis Loew; el gran Dudley colgaba el teléfono con las palabras «Gracias, muchacho». Danny se sentó a la mesa de Loew, presintiendo que el «muchacho» era Mike Breuning informando sobre cómo se las había arreglado Danny.

Considine estaba escribiendo en una libreta de papel amarillo, Smith se le acercó y le dio la mano.

– ¿Cómo anduvo tu primera mañana como jefe de investigación, muchacho?

Danny era consciente de que él lo sabía todo, palabra por palabra.

– Bien, teniente.

– Llámame Dudley. Dentro de pocos años tendrás un rango más alto y debes acostumbrarte a tratar con confianza a hombres mayores que tú.

– De acuerdo, Dudley.

Smith rió.

– Muchacho, eres un seductor. ¿No te parece un seductor, Malcolm?

Considine acercó su silla a la de Danny.

– Espero que Claire de Haven opine lo mismo. ¿Cómo estás, agente?

– Muy bien, teniente -dijo Danny, notando cierta incomodidad entre sus superiores, desprecio o mera tensión en ambas partes, sobre todo en Dudley Smith.

– Bien. Entonces, ¿la sesión de instrucciones ha ido bien?

– Sí.

– ¿Has leído esos documentos?

– Los sé prácticamente de memoria.

Considine tamborileó sobre su libreta.

– Excelente. Entonces empezaremos ahora.

Dudley Smith se sentó al extremo de la mesa, Danny se dispuso a escuchar y pensar antes de hablar.

– Deberás seguir ciertas normas -dijo Considine.

»Primero, ve a todas partes con tu coche civil, tanto en el trabajo de señuelo como en la investigación de los homicidios. Te estamos construyendo una identidad, y esta noche ya tendremos las líneas generales. Serás un izquierdista que vivió en Nueva York durante años, así que hemos conseguido matrículas neoyorquinas para el coche y una historia personal que deberás memorizar. Cuando pases por los cuarteles de policía para presentar informes o lo que sea, aparca en la calle a por lo menos dos manzanas de distancia. Cuando salgas de aquí, ve a la barbería de abajo. Al, el barbero del alcalde Bowron, te librará de este corte al cepillo y te arreglará el pelo para que no parezcas un policía. Necesito tu talla de pantalón, camisa, chaqueta, suéter y zapatos, y quiero que esta noche te reúnas conmigo en Hollywood Oeste. Tendré listos tu guardarropa y tu vida de comunista, y redondearemos el plan. ¿Entendido?

Danny asintió, arrancó una hoja de la libreta de Considine y anotó las tallas.

– Usa esa ropa en todas partes, muchacho -continuó Dudley Smith-. También en el caso del marica. No queremos que tus nuevos amigos rojos te vean por la calle con facha de polizonte joven. Malcolm, cuéntale a nuestro bello Daniel algo sobre Claire de Haven. Veamos cómo replica.

Considine le habló directamente a Danny.

– Agente, conocí a Claire de Haven, y creo que es una mujer dura de pelar. Es promiscua, quizá sea alcohólica y tal vez tome drogas. Otro hombre la está investigando a ella y a otros rojos, así que pronto sabremos más. He hablado una vez con la mujer, y me dio la impresión de que le agrada presumir y dominar la situación. Creo que la excita sexualmente, y sé que le atraen los hombres como tú. Así que ahora intentaremos un pequeño ejercicio. Yo diré frases que considero típicas de Claire de Haven, y tú tratarás de contestar. ¿Listo?

Danny cerró los ojos para concentrarse.

– Adelante.

– «Pero algunos nos llaman comunistas. ¿No te molesta eso?»

– No me afectan estos motes.

– Bien. Sigamos en esa línea. «¿De veras? Los políticos fascistas han echado a perder a mucha gente con gran futuro en política al tildarnos de subversivos.»

Danny recordó el argumento de una comedia musical que había visto con Karen Hiltscher.

– Siento debilidad por el rojo fuerte, nena.

Considine rió.

– Bien, pero no llames «nena» a Claire. Le parecería paternalista. Aquí tenemos una buena. «Me cuesta creer que dejarías a los Transportistas por nosotros.»

Fácil

– Las pretensiones de comediante de Mickey Cohen ahuyentarían a cualquiera.

– Bien, agente, pero en tu papel de señuelo no te acercarías nunca a Cohen, así que no sabrías eso.

Danny recordó algo: las bromas obscenas y las novelas baratas que intercambiaban los demás carceleros cuando él trabajaba en la prisión del condado.

– Probemos con algunas alusiones sexuales, teniente.

Considine pasó a la página siguiente.

– «Pero soy trece años mayor que tú.»

– Un grano de arena en nuestro mar de pasión -replicó Danny con tono satírico.

Dudley Smith soltó una carcajada; Considine rió discretamente y continuó:

– «Llegas a mi vida cuando estoy comprometida. No sé si confiar en ti.»

– Claire, tienes una sola razón para confiar en mí: que cuando estoy contigo yo no confío en mí mismo.

– Excelente réplica, agente. Aquí va una bola curva: «¿Estás aquí por mí o por la causa?»

Fácil: el héroe de una novelucha que había leído en una guardia.

– Lo quiero todo. Eso es todo lo que sé, todo lo que quiero saber.

Considine apartó la libreta.

– Improvisemos sobre eso. «¿Cómo puedes tener una visión tan simplista de las cosas?»

La mente de Danny funcionaba a toda marcha, dejó de buscar argumentos recordados e improvisó.

– Claire, están los fascistas y nosotros, y estamos tú y yo. ¿Por qué siempre complicas las cosas?

Considine, con voz de femme fatale:

– «Sabes que soy capaz de devorarte.»

– Me encantan tus dientes.

– «Me encantan tus ojos.»

– Claire, ¿estamos peleando contra los fascistas o siguiendo un curso de fisiología?

– «Cuando tengas cuarenta, yo tendré cincuenta y tres. ¿Aún me querrás entonces?»

Danny, remedando la voz insinuante de Considine:

– Estaremos juntos bailando en Moscú, cariño.

– No te muestres tan satírico con el aspecto político. No sé si ella tendrá tanto sentido del humor sobre el asunto. Hablemos de sexo. «Es maravilloso hacerlo contigo.»

– Las otras sólo eran chicas, Claire. Tú eres mi primera mujer.

– «¿Cuántas veces has dicho esa frase?»

Risa desdeñosa, como la de un policía mujeriego que conocía.

– Cada vez que he dormido con una mujer de más de treinta y cinco.

– «¿Ha habido muchas?»

– Sólo unos miles.

– «La causa necesita hombres como tú.»

– Si hubiera más mujeres como tú, seríamos millones.

– «¿Qué significa eso?»

– Que me gustas de verdad, Claire.

– «¿Por qué?»

– Bebes como un hombre, dominas a Marx al dedillo y tienes unas piernas sensacionales.

Dudley Smith empezó a aplaudir, Danny abrió los ojos y notó que estaban turbios. Mal Considine sonrió.

– Claire tiene piernas sensacionales, en efecto. Ve a ver al barbero, agente. Te veré a medianoche.


El barbero del alcalde Bowron dio al severo peinado de Danny una forma Pompadour que le modificó los rasgos. Antes parecía lo que era: un anglosajón de pelo y ojos oscuros, un policía que usaba trajes o alguna combinación de chaqueta con pantalones. Ahora tenía un aspecto ligeramente bohemio, algo latino, más informal. El nuevo corte de pelo contrastaba abruptamente con el atuendo; cualquier policía que no lo conociera y le viera el bulto del arma en el sobaco izquierdo lo habría calado en el acto, pensando que se preparaba para alguna misión. Su nuevo aspecto y las chispeantes improvisaciones lo pusieron de buen talante, como si el episodio del Chateau Marmont fuera una extravagancia que se esfumaría para siempre en cuanto le echara el guante a Claire de Haven. Danny se dirigió a la oficina de Hollywood para prepararse para su segundo intento en el Marmont y su primer enfrentamiento con Felix Gordean.

Al entrar, vio ataques contra Mickey Cohen en las paredes: caricaturas donde Mickey metía dinero en los bolsillos del sheriff Biscailuz, azotaba con un látigo a un equipo de perros con el uniforme del Departamento del sheriff, pinchaba el trasero de ciudadanos inocentes con una navaja que le salía del gorro. Danny soportó miradas desdeñosas, encontró la sala de archivos y se puso a leer antecedentes de crímenes sexuales. Le daba la mano a la bestia, preparándose para interrogar a Gordean.

Había seis archivos de carpetas mohosas, llenas de informes y fotos enganchadas en la primera página. No estaban ordenadas alfabéticamente, y no seguían ninguna lógica relacionada con el código penal: homosexualidad con exhibicionismo y abuso de menores, los delitos menores mezclados con los mayores. Danny hojeó los dos primeros casos del archivo superior y comprendió por qué el sistema era tan chapucero: los hombres del escuadrón no querían ver esos datos lamentables ni pensar en ellos. Consciente de que tenía que mirar, Danny se armó de valor.

Casi todo el material se relacionaba con homosexuales.

La tienda Broadway de Hollywood y Vine tenía un local para hombres en el cuarto piso. Se lo conocía como el Paraíso de la Fellatio. Homosexuales ingeniosos habían abierto agujeros en las paredes de los cuartos de baño, permitiendo a los ocupantes de casillas contiguas la práctica de la cópula oral. Si alguien aparcaba en un camino del Griffith Park con un pañuelo azul atado a la antena de radio, era homosexual. En la esquina de Selma y Las Palmas se reunían ex convictos aficionados a la violación anal y los efebos. La inscripción latina de los cigarrillos Pall Mall -In Hoc Signo Vinces, «Con este signo vencerás»- era un medio de comunicación entre invertidos, una señal inequívoca cuando se combinaba con el uso de camisa verde en jueves. El musculoso travesti mexicano que follaba marineros detrás de Grauman's Chinese era conocido como «Asno Dan» o «Asno Danielle», porque él -ella- poseía un miembro de treinta centímetros. La empresa de taxis E-Z Cab Company estaba administrada por homosexuales, y repartían chicos, películas porno homosexuales, lubricante KY, estimulantes o bebidas las veinticuatro horas del día.

Danny siguió leyendo, aprendiendo. Sintió flojedad en el estómago y en las rodillas. Cuando descubría una fecha de nacimiento entre 1900 y 1910 o un metro ochenta de altura y más en los antecedentes de un varón blanco, miraba las fotos; todos los hombres que vio le parecieron demasiado feos y patéticos para ser su hombre, y la conclusión demostraba ser correcta cuando examinaba los informes en busca del grupo sanguíneo. Thomas Milnes, 1,85, 4/11/07, aficionado a los menores, rogaba a los agentes que le pegaran; Cletus Wardell Hanson, 1,83, 29/4/04, llevaba consigo un taladro eléctrico para abrir agujeros que le permitieran chupar nuevas vergas, su especialidad eran los servicios de caballeros de los restaurantes. En ocasiones se hacía follar por pandillas enteras, un paquete de cigarrillos cada hombre. Willis Burdette, 1,90, 1/12/1900, un sifilítico que ejercía la prostitución en la calle, muerto a golpes por media docena de sujetos a quienes había contagiado la enfermedad. Darryl «Lavanda Azul» Wishnick, 1,80, 10/3/03, organizaba orgías en las colinas que rodeaban el Letrero de Hollywood y se acostaba con niños bonitos con indumentaria de las fuerzas armadas.

En cuatro horas leyó cuatro archivos. Sintió retortijones de hambre y deseó la copa que habitualmente se tomaba a media tarde. Eso era reconfortante, también lo era el nuevo peinado por el que se seguía pasando los dedos, y las nuevas variaciones sobre su nueva personalidad, que esa noche mencionaría a Considine: en su apartamento nada debía parecer establecido puesto que acababa de llegar de Nueva York. Tendría que dejar el arma, las esposas y su placa en casa cuando hiciera de comunista. El contenido de los primeros cuatro cajones no congeniaba con su hombre, no correspondía con el mal trago que había pasado frente a la ventana de Felix Gordean. Entonces pasó al quinto archivador.

Estas fichas guardaban cierto orden. Cada carpeta tenía un sello: «No se instruyeron cargos», «Se retiraron las acusaciones», «Cotejar con futuros arrestos». Danny leyó las primeras. Se trataba de relaciones sexuales entre varones que eran arrestados pero no llegaban a los tribunales: un coitus interruptus en un coche aparcado, romances entre hombres sorprendidos por propietarias escandalizadas, algún encuentro en el cuarto de baño de un cine denunciado por el dueño, que luego retiraba la denuncia por temor a la mala publicidad. Sexo directo en lenguaje policial directo: abreviaturas, términos técnicos para los actos, algunos comentarios humorísticos de irónicos agentes de Antivicio.

Danny sintió un temblor. Los archivos presentaban páginas amarillas gemelas: dos hileras de fotos, ambos implicados en blanco y negro. Miró las páginas buscando fechas de nacimiento y datos físicos, pero seguía volviendo a las fotos, superponiéndolas, jugando con las caras, embelleciéndolas, quitándoles ese aire carcelario. Al cabo de media docena de archivos, adquirió un ritmo: un vistazo a las fotos, una ojeada al informe, nuevo vistazo a las fotos y la acción visualizada con versiones embellecidas de los dos reos presentados en la primera página. Bocas sobre bocas, bocas sobre entrepiernas, sodomía, fellatio, sesenta y nueve, un trabajo de Cámara Humana, Una vocecita que repetía «Es para la investigación» cuando algún detalle resultaba tan nítido que le revolvía el estómago. Ninguna descripción de un sujeto maduro y alto que le llamara la atención; sólo esas fotos en rápida sucesión, como breves apariciones.

Colchas húmedas de semen.

Un rubio desnudo conteniendo el aliento, las venas de las piernas palpitantes.

Primeros planos de penetraciones desagradables.

«Es para la investigación.»

Danny desbarató la serie de imágenes. Todas las caras bonitas se volvieron canosas, cuarentonas. Todas eran su asesino. Saber que el asesino sólo gozaba causando dolor le ayudó a frenar sus fantasías, Danny recuperó el dominio de sus piernas y vio que se había arrancado un mechón de pelo. Cerró el archivador con furia. Recordó la jerga de los homosexuales y la intercaló en las preguntas que haría a Felix Gordean: un detective joven y listo que iba preparado, que podía hablar como cualquiera, aunque conversara sobre perversiones con un alcahuete para invertidos.

De policía a voyeur, de voyeur a policía.

Danny fue a su apartamento, se duchó y buscó el traje que mejor pegaba con su nuevo peinado. Se decidió por un traje negro que le había comprado Karen Hiltscher: demasiado elegante, demasiado ceñido, solapas demasiado estrechas. Cuando se lo puso, advirtió que le daba un aire peligroso, y que los hombros angostos le destacaban el revólver calibre 45. Se tomó dos copas y un sorbo de enjuague bucal y enfiló hacia el Chateau Marmont.

La noche era húmeda y fría, anunciaba lluvia; reverberaba música en el patio interior del Marmont: cuerdas, discordancias de boogie, trémolos de balada. Danny tomó el sendero del 7941, irritado por el corte del traje de Karen. El 7941 estaba muy iluminado, y las cortinas de terciopelo por donde había espiado estaban abiertas; el piso donde había visto parejas bailando, tres noches atrás, relucía detrás de la ventana panorámica. Danny se alisó la chaqueta y llamó al timbre.

Sonaron unas campanillas. Un hombre menudo de barba corta y oscura y cabello fino y perfectamente peinado abrió la puerta. Usaba un esmoquin con faja de tartán, y tenía una copa de brandy apoyada contra la pierna. Danny olió el mismo Napoleón gran reserva que él se compraba una vez al año como recompensa por pasar la Navidad con su madre.

– ¿Sí?-dijo el hombre-. ¿Es usted del Departamento del sheriff?

Danny vio que se había desabrochado la chaqueta, dejando el arma expuesta.

– Sí. ¿Es usted Felix Gordean?

– Sí, y no me gustan los deslices burocráticos. Entre.

Gordean se hizo a un lado; Danny entró echando ojeadas al salón donde había visto hombres bailando y besuqueándose. Gordean fue hasta una biblioteca, metió la mano en un anaquel y regresó con un sobre. Danny vio una dirección, Bonnie Brae Sur 1611, centro de operaciones de Antivicio, donde se presionaba a los corredores de apuestas, se atendía a las prostitutas recalcitrantes, se cobraban los servicios de protección.

– Siempre lo despacho por correo -dijo Gordean-. Diga al teniente Matthews que no me gustan las visitas personales, con su tácita amenaza de cobros adicionales.

Danny miró la mano de Gordean: uñas pulidas, anillo de esmeralda, y probablemente mil dólares en efectivo.

– No soy recaudador. Soy un detective que trabaja en un triple caso de homicidio.

Gordean sonrió y dejó colgar el sobre.

– Entonces, permítame instruirlo acerca de mi relación con su Departamento, señor…

– Agente Upshaw.

– Señor Upshaw, colaboro plenamente con el Departamento del sheriff a cambio de ciertas cortesías. La principal es que exijo contacto telefónico cuando ustedes requieren información. ¿Comprende?

Danny experimentó una rara sensación: el aplomo de Gordean le inspiraba aplomo.

– Sí, pero ya que estoy aquí…

– Ya que está aquí, dígame en qué puedo servirle. Nunca me han interrogado acerca de un triple homicidio y, con franqueza, siento curiosidad.

Danny espetó los nombres de las tres víctimas.

– Martin Goines, George Wiltsie, Duane Lindenaur. Muertos. Violados. Mutilados.

Gordean reaccionó con más aplomo aún.

– Nunca he oído hablar de Martin Goines. Durante años le presenté gente a George Wiltsie, y creo que George mencionó en alguna ocasión a Duane Lindenaur

Danny se sintió como si se deslizara sobre hielo, comprendió que los ataques frontales no surtirían efecto.

– Duane Lindenaur era chantajista, señor Gordean. Intentó sacar dinero a un hombre llamado Charles Hartshorn, a quien presuntamente conoció en una fiesta organizada por usted.

Gordean se alisó las solapas del esmoquin.

– Conozco a Hartshorn, pero no recuerdo haber conocido a Lindenaur. Y organizo muchas fiestas. ¿Cuándo tuvo lugar esa presunta fiesta?

– En el 40 o el 41.

– De eso hace mucho tiempo. Usted me mira con mucha intensidad, señor Upshaw. ¿Hay alguna razón para ello?

Danny se tocó las solapas, notó lo que estaba haciendo y se quedó quieto.

– Normalmente la gente suelta una exclamación o tuerce el gesto cuando le informo de que un conocido ha sido asesinado. Usted no se alteró en absoluto.

– ¿Y eso le consterna?

– No.

– ¿Le despierta curiosidad?

– Sí.

– ¿Soy sospechoso de estos asesinatos?

– No, su descripción no concuerda con la del homicida.

– ¿Necesito coartadas para reafirmar mi inocencia?

Danny comprendió que se enfrentaba con un experto.

– De acuerdo. Noche Vieja y la noche del cuatro de enero. ¿Dónde estaba usted?

Ni un segundo de vacilación.

– Estaba aquí, dirigiendo fiestas muy concurridas. Si usted desea verificarlo, por favor hable con el teniente Matthews. Somos viejos amigos.

Danny vio fugaces imágenes de su fiesta: esmóquines, tangos enmarcados en terciopelo. Tiritó y se puso las manos en los bolsillos. Gordean parpadeó al notar su nerviosismo.

– Hábleme de George Wiltsie -dijo Danny.

Gordean caminó hacia un mueble bar, llenó dos vasos y regresó con ellos. Danny olió la buena mercancía y hundió las manos en los bolsillos para no revelar ansiedad.

– Hábleme de George Wilt…

– George Wiltsie tenía una imagen viril que resultaba excitante para muchos hombres. Yo le pagaba para que asistiera a mis fiestas, se vistiera bien y actuara como un ser civilizado. Entablaba contactos aquí, y esos hombres me pagaban por mis servicios. Supongo que Duane Lindenaur era su amante. Es todo lo que sé sobre George Wiltsie.

Danny cogió la copa que le ofrecía Gordean, para tener las manos ocupadas.

– ¿Con quién conectó a Wiltsie?

– No lo recuerdo.

– ¿Qué?

– Yo organizo fiestas, vienen invitados y conocen a los jóvenes que yo proveo. Me envían el dinero discretamente. Muchos de mis clientes son padres de familia, y mi falta de memoria forma parte de los servicios que les brindo.

La copa temblaba en la mano de Danny.

– ¿Espera que le crea?

Gordean bebió coñac.

– No, pero espero que acepte esa respuesta como la única que le daré.

– Quiero ver los libros de sus servicios, y quiero ver una lista de clientes.

– No. No anoto nada. Se me podría acusar de alcahuete, ¿entiende?

– Entonces, dé nombres.

– No, y no me lo pida de nuevo.

Danny se obligó a rozar apenas la copa con los labios, a paladear apenas el coñac. Agitó el líquido y lo olfateó, cerrando dos dedos sobre el pie de la copa. Dejó de hacerlo cuando notó que estaba imitando a Gordean.

– Señor Gor…

– Señor Upshaw, estamos en un callejón sin salida. Permítame sugerirle una solución de compromiso. Usted dijo que no concuerdo con la descripción del asesino. Muy bien, describa al asesino, y yo trataré de recordar si George Wiltsie salió con un hombre así. En caso afirmativo, entregaré la información al teniente Matthews, y él podrá hacer con ella lo que quiera. ¿Satisfecho?

Danny empinó la copa, engullendo una bebida de treinta dólares. El coñac quemaba al bajar, el fuego le volvió áspera la voz.

– Trabajo en este caso con respaldo del Departamento de Policía y la Fiscalía de Distrito. Quizá no les guste que usted se esconda detrás de un policía corrupto.

Gordean esbozó una sonrisa.

– No mencionaré al teniente Matthews su comentario, ni se lo diré a Al Dietrich la próxima vez que les envíe a él y al sheriff Biscailuz entradas para jugar al golf en mi club. Y tengo buenos amigos en el Departamento y la Fiscalía. ¿Otra copa, señor Upshaw?

Danny contó para sus adentros para calmarse: uno, dos, tres, cuatro.

Gordean cogió la copa, fue hasta el bar, la llenó y regresó con una nueva sonrisa: el hermano mayor calmando al hermano menor.

– Usted conoce el juego, agente. Por el amor de Dios, deje de atacarme como un boy scout indignado.

Danny ignoró el coñac y escrutó los ojos de Gordean buscando indicios de temor.

– Blanco, de unos cuarenta años, delgado. Más de un metro ochenta de altura, con cabello llamativo y plateado.

Ningún temor, un arruga reflexiva en la frente.

– Recuerdo que un hombre alto de cabello oscuro del Consulado Mexicano salía con George -dijo Gordean-, pero rondaba los cincuenta cuando la guerra. Recuerdo que varios hombres bastante corpulentos sentían atracción por George, y sé que salía regularmente con un hombre muy alto pelirrojo. ¿Le sirve de ayuda?

– No. ¿No tiene otros que respondan a la descripción? ¿Alguno que frecuente sus fiestas o use regularmente sus servicios?

Otra mirada pensativa.

– El problema es ese cabello plateado y llamativo. Los únicos hombres altos y maduros con que trato son casi calvos. Lo lamento.

Danny pensó: no, no lo lamentas, pero quizá dices la verdad.

– ¿Qué le dijo Wiltsie acerca de Lindenaur?

– Sólo que vivían juntos.

– ¿Estaba enterado de que Lindenaur intentó extorsionar a Charles Hartshorn?

– No.

– ¿Ha sabido de otras extorsiones realizadas por Wiltsie o Lindenaur?

– No, nada.

– ¿Acerca del chantaje en general? Hombres como sus clientes son muy vulnerables.

Felix Gordean rió.

– Estos hombres asisten a mis fiestas y utilizan mis servicios porque yo los aíslo de esos peligros.

Danny rió.

– Pues no aisló demasiado bien a Charles Hartshorn.

– Charles nunca ha tenido suerte, ni en el amor ni en la política. Pero no es un asesino. Si no me cree, hable con él, pero trátele con amabilidad. Charles no tolera que lo maltraten y tiene mucho poder legal.

Gordean le extendió la copa de coñac, Danny la aceptó y se la tomó de un trago.

– ¿Sabe algo sobre enemigos de Wiltsie o Lindenaur, allegados, conocidos?

– No sé nada sobre eso.

– ¿Por qué no?

– Trato de mantener las cosas separadas.

– ¿Por qué?

– Para evitar situaciones como ésta.

Danny empezó a sentir el efecto del coñac, que se combinaba con las copas que se había tomado en casa.

– Señor Gordean, ¿es usted homosexual?

– No, agente. ¿Y usted?

Danny se sonrojó, levantó la copa y la encontró vacía. Resucitó una réplica de su entrevista con Considine.

– No me afectan estos motes.

– No entiendo la referencia, agente.

– Significa que soy un profesional y que no me escandalizo.

– Entonces no debería ruborizarse con tanta facilidad. Su cara lo delata como ingenuo.

Danny sintió ganas de usar la copa como proyectil, pero prefirió responderle:

– Estamos hablando de tres personas muertas. Brutalmente heridas con hojas de afeitar, los ojos arrancados, los intestinos mordidos. Hablamos de chantaje, robo, jazz y sujetos con la cara quemada. ¿Cree usted que puede ofenderme llamándome ingenuo? Creo que usted…

Danny calló cuando vio que Gordean tensaba la mandíbula. El hombre miraba al suelo; Danny se preguntó si habría dado con algo o sólo le habría causado revulsión.

– ¿Qué es? Dígame.

Gordean levantó la mirada.

– Lo lamento. No soporto a los policías jóvenes e impulsivos ni las descripciones de violencia, y no debí llamarlo…

– Entonces ayúdeme. Muéstreme su lista de clientes.

– No. Ya le he dicho que no tengo ninguna lista.

– Entonces, dígame qué le ha alterado tanto.

– Ya se lo he dicho.

– No creo que sea usted tan sensible. Dígame la verdad.

– Cuando mencionó el jazz, me recordó a un cliente, un trombonista a quien presenté varias personas especiales. Entonces me pareció inestable, pero no es alto ni maduro.

– ¿Eso es todo?

– Cy Vandrich, agente. Sus tácticas le han dado acceso a mucho más de lo que normalmente diría, así que dé las gracias.

– ¿Y eso es todo?

Los ojos de Gordean no tenían ninguna expresión.

– No. Haga todas sus futuras preguntas a través del teniente Matthews y aprenda a paladear el buen coñac. Lo disfrutará más.

Danny arrojó la copa de cristal contra un sillón Luis XV y salió.


Le quedaba una hora y media antes de su reunión con Considine; no bebería más. Danny fue hasta Coffee Bob's y engulló una hamburguesa y un pastel, recordando los obstáculos que había sufrido su entrevista con Gordean: sus propios nervios, los contactos del sujeto con la policía, su savoir faire. La comida lo calmó, pero no respondió a sus preguntas; buscó un teléfono público y pidió datos sobre Cy Vandrich.

Había un solo Cy Vandrich en Registros de Circulación: Cyril «Cy» Vandrich, nacido el 24/7/18, seis arrestos por atraco; en sus antecedentes laborales figuraba como «transeúnte» y «músico». En aquellos momentos estaba cumpliendo su sexto período de noventa días de observación en el manicomio de Camarillo. Llamó al manicomio y averiguó que Vandrich insistía en hacerse el loco cuando lo arrestaban por robo y que el juez insistía en recomendar Camarillo. La secretaria le dijo a Danny que Vandrich estaba allí bajo custodia en las noches de los homicidios y que se hacía útil dando lecciones de música a los locos. Danny dijo que quizá fuera allá para interrogarlo; la mujer comentó que Vandrich podía estar en sus cabales o no, pues en el manicomio nadie había podido averiguar si estaba fingiendo o era un auténtico chiflado. Danny colgó y fue a Hollywood Oeste para reunirse con Mal Considine.

El hombre lo esperaba en su cubículo, observando la foto ampliada de Buddy Jastrow. Danny carraspeó; Considine dio media vuelta y le echó una ojeada.

– Me gusta el traje. No te queda muy bien, pero es lo que llevaría un joven izquierdista. ¿Te lo has comprado para la misión?

– No, teniente.

– Llámame Mal. Quiero sacarte esa costumbre de usar el grado, Ted.

Danny se sentó detrás del escritorio y le indicó la silla vacía a Considine.

– ¿Ted?

Considine se sentó y estiró las piernas.

– A partir de hoy serás Ted Krugman. Dudley ha ido a tu apartamento y ha hablado con el portero, cuando regreses esta noche encontrarás T. Krugman en el buzón. Tu número de teléfono figura ahora a nombre de Theodore Krugman, y es una condenada suerte que antes no salieras en la guía. En conserjería hay una bolsa para ti. Tu nuevo guardarropa, identificación falsa y matrículas neoyorquinas para el coche. ¿Te parece bien?

Danny imaginó a Dudley Smith en su apartamento, quizá descubriendo su archivo privado.

– Claro, tenien… Mal.

Considine rió.

– No, no te parece bien. Todo va demasiado deprisa. Estás a cargo de un homicidio, eres señuelo de los comunistas, te espera un gran futuro. Has triunfado, hijo. Espero que seas consciente de ello.

Danny advirtió que el hombre de la Fiscalía estaba exultante; decidió que ocultaría las cajas y las muestras detrás de la alfombra enrollada del armario.

– Lo sé, pero no quiero que se me suba a la cabeza. ¿Cuándo empiezo?

– Pasado mañana. Creo que hemos aplacado a la UAES con nuestros artículos en la radio y la prensa. Dudley y yo nos concentraremos en los izquierdistas de fuera del sindicato, cómplices de los dirigentes, tipos vulnerables que quizá se presten a dar información. Examinaremos registros de Inmigración para amenazarlos con la deportación, y Ed Satterlee tratará de conseguir algunas fotos comprometedoras. Digamos que es una guerra en dos frentes. Dudley y yo en el externo, tú en el interno.

Danny vio que Considine era un manojo de nervios, advirtió que el traje le caía como una tienda de campaña: las mangas cubrían los puños mugrientos y los brazos largos y huesudos.

– ¿Cómo entraré?

Considine señaló una carpeta que había en el cesto de Salida del cubículo.

– Todo está allí. Serás Ted Krugman, nacido el 16/6/23, un tramoyista rojo de Nueva York. En realidad este tipo murió en un accidente en Long Island hace dos meses. Los federales lo silenciaron y le vendieron la identidad a Ed Satterlee. Toda tu historia pasada y tus conocidos están allí. Encontrarás fotos de los conocidos y más de veinte páginas de jerigonza marxista, una pequeña lección de historia para que la memorices.

»Pasado mañana, alrededor de las dos, irás al piquete de la calle Gower haciéndote pasar por un comunista arrepentido. Dirás al jefe del piquete de los Transportistas que la agencia te mandó allí a trabajar a un dólar por hora. El hombre sabe quién eres, y te incluirá en el piquete con otros dos. Al cabo de una hora, entablarás discusiones políticas con esos sujetos, siguiendo el guión que yo he redactado. Una tercera discusión desembocará en una pelea con un sujeto realmente peligroso, instructor de educación física en la Academia de Policía. El contendrá sus golpes, pero tú pelearás en serio. Sufrirás algunas magulladuras, pero será lo de menos. Otro hombre de los Transportistas gritará obscenidades sobre ti al jefe del piquete de la UAES. Esperamos que se acerque y te conduzca hasta Claire de Haven, que se encarga de aprobar a los nuevos miembros. Hemos trabajado mucho, y no hemos podido relacionar directamente a Krugman con la UAES. Tú guardas un vago parecido, y en el peor de los casos habrán oído rumores sobre ti. Todo está en esa carpeta, muchacho. Las fotos de los hombres con quienes representarás la comedia, todo.

Un día entero para trabajar en los homicidios; una noche entera para convertirse en Ted Krugman.

– ¿Qué hay con Claire de Haven?-preguntó Danny.

– ¿Tienes novia?-replicó Considine.

Danny iba a decir que no, luego recordó la amante que había inventado para encubrir lo de Tamarind.

– Nada serio. ¿Por qué?

– Bien, no sé hasta qué punto eres susceptible a los amoríos en general, pero Claire de Haven es toda una mujer. Buzz Meeks acaba de presentar un informe que la define como adicta a la heroína y a los fármacos, pero aun así es formidable. Y sabe cómo obtener lo que quiere de los hombres. Quiero asegurarme de que tú la seduzcas a ella, y no al revés. ¿Responde eso a tu pregunta?

– No.

– ¿Quieres una descripción física?

– No.

– ¿Las probabilidades de que tengas que acostarte con ella?

– No.

– ¿Quieres conocer su historia sexual?

Danny disparó la pregunta sin poder contenerse.

– No. Quiero saber por qué un oficial de policía está deslumbrado por una ricachona comunista.

Considine se sonrojó, tal como Danny se había ruborizado ante Felix Gordean. Danny trató de leerle la expresión e interpretó: Me has pescado. «Llámame Mal» rió, se quitó la sortija de matrimonio y la arrojó a la papelera.

– ¿Hombre a hombre?-preguntó.

– No -replicó Danny-. Policía a policía.

Considine hizo la señal de la cruz sobre su chaleco.

– Cenizas a las cenizas, lo cual no está mal para el hijo de un pastor. Digamos que soy vulnerable a las mujeres peligrosas, y mi esposa pidió el divorcio, así que no puedo andar de parranda y darle argumentos, para que los use en los tribunales. Quiero la custodia de mi hijo, y no le facilitaré ninguna prueba que desacredite mi situación. Y por lo general no me confieso ante el personal subalterno.

Danny pensó: este hombre está tan solo que puedes decirle cualquier cosa y no se molestará, porque a la una de la mañana no tiene un maldito lugar adonde ir.

– ¿Y por eso te excita tanto la operación De Haven?

Considine sonrió y tamborileó sobre el escritorio.

– ¿Por qué apostaría a que allí dentro hay una botella?

Danny notó que él también se sonrojaba.

– ¿Porque eres listo?

Considine siguió tamborileando.

– No, porque tus nervios están tan tensos como los míos, y porque siempre apestas a dentífrico. He aquí una lección, de veterano a novato: los polizontes que huelen a enjuague bucal empinan el codo. Y los polizontes que empinan el codo pero saben controlarse suelen ser muy buenos polizontes.

«Muy buenos polizontes» significaba camino libre. Danny apartó la mano de Considine, abrió el cajón, sacó una botella y dos vasos de papel. Sirvió medidas cuádruples y ofreció el vaso; Considine aceptó con un gesto de asentimiento. Alzaron los vasos.

– Por los dos casos -brindó Danny.

– Por Stefan Heisteke Considine -replicó Considine.

Danny bebió ansiosamente, entibiándose el cuerpo. Considine bebió poco a poco y señaló con el pulgar a Harlan «Buddy» Jastrow.

– Upshaw, ¿quién es ese tipo? ¿Y por qué estás tan alterado por esos homicidios?

Danny clavó los ojos en Jastrow.

– Buddy es el tipo a quien yo quería atrapar, el peor de todos, el más difícil de capturar porque no estaba en ninguna parte. Ahora ha aparecido esto, que es terror puro. Es increíblemente brutal. Supongo que puede ser fortuito, pero no acabo de creérmelo. Pienso que es una venganza. En mi opinión todos los métodos del asesino significan algo, todas las mutilaciones son simbólicas: el asesino tratando de ordenar su pasado. Cada vez que lo pienso, creo que se trata de vengar agravios del pasado. No se trata de un vulgar trauma infantil, sino de algo muy serio.

Danny hizo una pausa, bebió, se concentró en el letrero que colgaba del cuello de Jastrow: Cárcel del condado de Kern, 4/3/38.

– A veces pienso que si logro averiguar quién es este sujeto y por qué lo hace, desentrañaré algo tan importante que podré solucionar en un santiamén los casos cotidianos. Podré progresar en mi carrera y manejar asuntos rutinarios, porque todo lo que alguna vez he sospechado sobre la gente se ha juntado en este caso, y habré averiguado por qué. El condenado porqué.

– Y por qué te haces todo eso a ti mismo -murmuró Considine.

Danny dejó de mirar a Jastrow y engulló el licor.

– Sí, eso también. Y por qué estás tan excitado por lo de Claire de Haven. Y no me digas que por patriotismo.

Considine rió.

– Muchacho, ¿aceptarías lo del patriotismo si te dijera que el gran jurado me garantiza el grado de capitán, el puesto de jefe de investigación de la Fiscalía y el prestigio necesario para conservar a mi hijo?

– Sí, pero todavía está el asunto de Claire de Haven y…

– Sí, y yo. Digámoslo así. Yo también quiero saber por qué, sólo que me gusta averiguarlo desde cierta distancia. ¿Satisfecho?

– No.

– Esperaba esa respuesta.

– ¿Sabes por qué?

Considine bebió burbon.

– No ha sido difícil de deducir -dijo.

– Yo robaba coches, tenien… Mal. Yo era el as de los ladrones de coches del condado de San Berdoo antes de la guerra. Tu turno.

El teniente Mal Considine estiró una larga pierna, enganchó la papelera y la acercó a su silla. Hurgó en el interior, encontró la sortija y se la puso.

– Mañana tengo una entrevista con mi abogado por el problema de la custodia, y sin duda querrá que siga usando esta maldita cosa.

Danny se inclinó hacia delante.

– Tu turno, capitán.

Considine se levantó y se desperezó.

– Mi hermano me chantajeaba, amenazaba con delatarme a mi padre cada vez que yo decía algo fuera de tono sobre la religión. Como el castigo de mi padre a la blasfemia consistía en diez latigazos, el viejo Desmond se salía con la suya, lo cual habitualmente consistía en hacerme entrar en alguna casa para robar algo que él quería. Digámoslo así: vi muchas cosas agradables, y algunas cosas escalofriantes, y me gustaron. Tenía que optar entre ser ladrón o ser espía, y ser policía me pareció una buena solución de compromiso. Y mandar a los espías me atraía más que actuar personalmente, de la misma forma que Desmond me daba órdenes.

Danny se levantó.

– Le echaré el guante a De Haven. Confía en mí.

– No lo dudo, Ted.

In vino veritas, ¿verdad?

– Claro, y otra cosa. Dentro de poco tiempo seré jefe de policía o algo por el estilo, y te llevaré conmigo.

19

Mal despertó pensando en Danny Upshaw.

Se levantó y miró las cuatro paredes del cuarto 11 del motel Shangri-Lodge. Una cubierta de revista enmarcada en cada pared: testimonios Norman Rockwell de la familia feliz. Una pila de trajes sucios junto a la puerta, pero no tenía a Stefan para que los llevara a la tintorería. El mural de corcho que había instalado, donde sobresalía una indicación: localizar al doctor Lesnick. No lograba dar con el informante-psiquatra y había que explicar las lagunas de 1942-1944 en el archivo de Reynolds Loftis; necesitaba un perfil psicológico general de los dirigentes de la UAES ahora que estaba a punto de infiltrar a su hombre, y todos los archivos terminaban a finales del verano de 1949. ¿Por qué?

Y las cortinas eran de estopilla transparente, la alfombra estaba deshilachada, la puerta del cuarto de baño estaba garrapateada con nombres y números de teléfono: «Cindy la Pecadora. DU-4927, 3824-38. Le gusta follar y mamar.» Valía la pena recordarlo, por si alguna vez volvía a Antivicio. Y Dudley Smith llegaría dentro de veinte minutos. Hoy les tocaba el papel de policía bueno-policía malo: dos guionistas rojos que habían eludido las citaciones del HUAC porque siempre escribían con pseudónimo y se habían largado del país cuando empezó el baile del 47. Los muchachos de Ed Satterlee -detectives privados pagados por Contracorrientes Rojas- los habían localizado, y ambos hombres habían sido íntimos conocidos de los jerarcas de la UAES a finales de los 3Q y principios de los 40.

Y resultaba extraño entablar tanta amistad con un subalterno. Un par de copas compartidas y se habían confesado toda su vida. Mala política. Los policías ambiciosos tenían que dominarse mientras trepaban a la cima.

Mal se duchó, se afeitó y se vistió, pensando que en el torneo De Haven-Upshaw apostaría uno contra uno. A las ocho y media en punto oyó un bocinazo. Salió y vio a Dudley apoyado en el Ford.

– ¡Buenos días, Malcolm! ¿No es un día grandioso?


Fueron hacia el oeste por Wiltshire, Mal callado, Dudley hablando de política.

– He comparado el modo de vida comunista con el nuestro, y siempre llego a la conclusión de que la familia es el pilar básico de la vida americana. ¿No estás de acuerdo, Malcolm?

Mal sabía que Loew le había hablado de Celeste, pero también sabía que podía haberle tocado un compañero peor, como Buzz Meeks.

– Tiene su función.

– Yo daría más importancia a este punto, teniendo en cuenta tus esfuerzos para recuperar a tu hijo. ¿Te va bien con tu abogado?

Mal pensó en su cita con Jake Kellerman para esa tarde.

– Tratará de obtenerme aplazamientos hasta que el gran jurado inicie sus sesiones y arme un revuelo. Tengo la preliminar dentro de un par de días, y empezaremos a presionar.

Dudley encendió un cigarrillo, conduciendo con un dedo solo.

– Sí, un heroico capitán podría convencer al juez de que los lazos de sangre no son tan importantes. Yo tengo una esposa y cinco hijas. Sirven para controlar ciertos aspectos revoltosos de mi naturaleza. Si el hombre sabe conservar la perspectiva, una familia le resulta esencial.

Mal bajó la ventanilla.

– Yo no tengo perspectiva en lo que concierne a mi hijo. Pero si puedo mantenerte a ti en perspectiva hasta que se reúna el gran jurado, la sensación será grandiosa.

Dudley Smith soltó risas y humo.

– Me caes bien, Malcolm… aunque el sentimiento no sea recíproco. Y hablando de la familia, tengo que cumplir un pequeño encargo. Mi sobrina necesita algunos consejos. ¿Te molestaría hacer un pequeño desvío hacia Westwood?

– ¿Un breve desvío, teniente?

– Muy breve, teniente.

Mal asintió; Dudley viró hacia el norte en Glendon, se dirigió hacia el campus de la UCLA, y estacionó frente a un parquímetro de Sorority Row.

– Mary Margaret -explicó mientras frenaba-, la hija de mi hermana Brigid. Tiene veintinueve años y está estudiando su tercera carrera porque tiene miedo de salir al mundo. Triste, ¿verdad?

– Trágico -suspiró Mal.

– Eso pensaba yo, aunque sin tu énfasis sarcástico. Hablando de jóvenes, ¿qué opinas de nuestro colega Upshaw?

– Creo que es listo y que tiene futuro. ¿Por qué?

– Bien, muchacho, mis amigos dicen que no sabe situarse, y me parece débil y ambicioso, una combinación peligrosa en un policía.

El primer pensamiento de Mal al levantarse: no tendría que haber confiado en el chico, porque la mitad de su ímpetu era una simple máscara que se podía resquebrajar.

– Dudley, ¿qué quieres?

– Vencer al comunismo. ¿Por qué no disfrutas del espectáculo de esas jóvenes estudiantes mientras hablo con mi sobrina?

Mal siguió a Dudley por la escalinata de una mansión española. En el jardín había letras griegas clavadas en el césped con estacas de madera. La puerta estaba abierta; el vestíbulo era un hervidero de actividad: muchachas que fumaban, charlaban y comentaban libros. Dudley señaló hacia arriba.

– Vuelvo pronto -dijo.

Mal vio una pila de revistas en una mesa y se sentó a leer, consciente de que era el blanco de las miradas curiosas de las estudiantes. Hojeó un Collier's, un Newsweek y dos Life. Dejó las revistas cuando oyó la voz furiosa de Dudley retumbando en el segundo piso.

Los gritos sonaban cada vez más estentóreos y amenazadores, interrumpidos por plañideras súplicas de soprano. Las chicas miraron a Mal; cogió otra revista e intentó leer. Oyó la escalofriante risotada de Dudley. Ahora las estudiantes le clavaban los ojos; Mal dejó el Weekly Sportsman y subió para escuchar.

Estrechas puertas de madera se alineaban en el largo pasillo. Mal siguió las carcajadas hasta llegar a una puerta que decía «Conroy». Estaba entornada; se asomó al interior y vio una pared con fotos de boxeadores latinos. No vio a Dudley ni a la soprano; escuchó.

– … toros, piñatas y boxeadores mexicanos. Es una obsesión, jovencita. Tal vez tu madre no tenga agallas para enderezarte, pero yo sí.

– Pero Ricardo es un chico encantador, tío -se quejó la soprano-.

Y yo…

Una manaza cruzó el ángulo de visión de Mal, un bofetón convertido en caricia. Vio una fugaz imagen de cabello rojo y rizado.

– No digas que lo quieres, jovencita. No en mi presencia. Tus padres son débiles, y esperan que yo dé mi opinión sobre los hombres de tu vida. Siempre haré valer esa opinión, jovencita. Sólo recuerda los problemas que te he ahorrado siempre y me lo agradecerás.

Mal logró ver a una muchacha regordeta. Sollozaba tapándose la cara. Dudley Smith la abrazó, ella lo apartó con los puños. Dudley murmuró palabras dulces, Mal regresó al coche y esperó. Su compañero apareció cinco minutos después.

– Toc, toc. ¿Quién es? Es Dudley Smith. ¡Alerta, rojos! Muchacho, ¿vamos a impresionar al señor Nathan Eisler con la rectitud de nuestra causa?


El último domicilio conocido de Eisler era Presidio 11681, a poca distancia del campus de la UCLA. Dudley tarareaba mientras conducía; Mal aún seguía viendo esa mano dispuesta a pegar, la sobrina encogiéndose ante el cordial contacto del tío. El 11681 era una casa prefabricada pequeña y rosa al final de una larga manzana de casas prefabricadas; Dudley aparcó en doble fila, Mal recordó datos del informe de Satterlee:

Nathan Eisler. Cuarenta y nueve años. Un judío alemán que había huido de todo el montaje de Hitler en el 34; miembro del PC del 36 al 40, luego miembro de media docena de organizaciones de filiación comunista. Coguionista de varias películas prosoviéticas en colaboración con Chaz Minear, compañero de póquer de Morton Ziffkin y Reynolds Loftis. Escribía con seudónimo para mantener su intimidad profesional, se había escabullido de las manos de los investigadores del HUAC, actualmente utilizaba el alias Michael Kaukenen, el nombre del héroe de Tormenta sobre Leningrado. Trabajaba como guionista de westerns de escasa categoría para la RKO con otro pseudónimo, el trabajo figuraba a nombre de un escritor políticamente aceptable que se llevaba el 35 por ciento. Amigo íntimo de Lenny Rolff, colega y también expatriado, el segundo sujeto que debían interrogar.

Ex amante de Claire de Haven.

Caminaron hasta el porche por un sendero lleno de juguetes, Mal miró por el cancel y vio el salón que cabía esperar en una vivienda de este tipo: muebles de plástico, piso de linóleo, empapelado rosa con topos. En el interior se oían chillidos de niños, Dudley torció el gesto y apretó el timbre.

Un hombre alto, sin afeitar, se acercó a la puerta, flanqueado por un bebé y una niña. Dudley sonrió, Mal vio que el bebé se metía el pulgar en la boca y habló primero.

– Señor Kaukenen, somos de la Fiscalía de Distrito y nos gustaría hablar con usted. A solas, por favor.

Los niños se apoyaron en las piernas del hombre. Mal vio ojos rasgados y asustados: dos pequeños mestizos intimidados por dos grandes búhos. Eisler-Kaukenen gritó «¡Michiko!» y una mujer japonesa apareció y se llevó a los niños. Dudley abrió la puerta sin que lo invitaran.

– Llega usted con tres años de retraso -dijo Eisler.

Mal entró detrás de Dudley, asombrado por la sordidez del lugar. El hombre que durante la Depresión ganaba tres mil dólares semanales vivía en un cuchitril. Oyó los gritos de los niños detrás de las delgadas paredes y se preguntó si Eisler tendría que enfrentarse a los mismos problemas que él con una lengua extranjera. Luego pensó que el hombre quizá lo toleraba por principios comunistas.

– Una casa encantadora, señor Kaukenen -comentó Dudley-. Sobre todo el motivo cromático.

Eisler-Kaukenen ignoró el sarcasmo y señaló una puerta. Mal entró y vio un pequeño espacio cuadrangular cálido y habitable: libros desde el suelo hasta techo, sillas alrededor de una mesita y un gran escritorio dominado por una máquina de escribir de buena calidad. Ocupó la silla más alejada de las voces chillonas, Dudley se sentó frente a él. Eisler cerró la puerta y dijo:

– Soy Nathan Eisler, dato que ustedes no ignoran.

Mal pensó: No haré de policía bueno, no diré «Me gustó su película Hierro de marcar».

– Entonces ya sabrá por qué estamos aquí.

Eisler miró la puerta y se sentó en la silla libre.

– La zorra está de nuevo en celo, aunque digan que tuvo un aborto…

– No debe decir a nadie que lo interrogamos -dijo Dudley-. Podría haber funestas consecuencias si usted nos desobedeciera.

– ¿Cómo cuáles, Herr…?

Mal intervino.

– Mort Ziffkin, Chaz Minear, Reynolds Loftis y Claire de Haven. Nos interesan las actividades de estos sujetos, no las de usted. Si colabora, tal vez le dejemos declarar por escrito. Sin juicio público, quizá con poca publicidad. Usted escapó del HUAC, también escapará de ésta. -Calló y pensó en Stefan, que se había ido con su madre loca y su nuevo amante-. Pero queremos datos precisos. Nombres, fechas, lugares y admisiones. Si usted colabora, se libra. Si no colabora, recibirá una citación y deberá someterse a un interrogatorio con un fiscal de distrito, algo que sólo puedo describir como una pesadilla. Usted elige.

Eisler alejó la silla. Con la mirada baja, dijo:

– Hace años que no veo a esa gente.

– Lo sabemos -respondió Mal-, y nos interesan sus actividades del pasado.

– ¿Son las únicas personas que le interesan?

Mal mintió, pensando en Lenny Rolff:

– Sí. Sólo ellas.

– ¿Y cuáles son las consecuencias de que hablan?

Mal tamborileó sobre la mesa.

– Juicio público. Su foto en los…

– Señor Eisler -interrumpió Dudley-, si usted no colabora, informaré a Howard Hughes que es usted autor de películas de la RKO que actualmente se atribuyen a otro hombre. Ese hombre, su conducto para un lucrativo trabajo como guionista, quedará fuera de juego. También informaré a Inmigración de que usted rehusó colaborar con un organismo que investigaba la traición, y pediré que ellos averigüen las actividades sediciosas de usted con miras a deportarlo por extranjero hostil, junto con su esposa e hijos. Usted es alemán y su esposa es japonesa, y como esos dos países fueron responsables de nuestro reciente conflicto mundial, creo que a Inmigración no les molestaría enviarlos de vuelta a sus respectivos países de origen…

Nathan Eisler se había encorvado, abrazándose las rodillas y aferrándose el mentón, la cabeza gacha. Le rodaban lágrimas por la cara. Dudley hizo crujir los nudillos y dijo:

– Bastará con un simple sí o no.

Eisler asintió.

– Estupendo -dijo Dudley.

Mal sacó libreta y pluma.

– Conozco la respuesta, pero dígame de todos modos, ¿usted es o ha sido miembro del Partido Comunista de Estados Unidos?

Eisler asintió.

– Responda sí o no -exigió Mal-. Debo consignarlo.

Un tímido «Sí».

– Bien. ¿Dónde estaba su unidad o célula partidaria?

– Yo… yo iba a mítines en Beverly Hills, Los Ángeles Oeste y Hollywood. Nos… nos reuníamos en el hogar de diversos miembros.

Mal anotó palabra por palabra, con abreviaturas.

– ¿Durante qué años fue usted miembro del Partido?

– Desde abril del 36, hasta que Stalin demostró que…

– No se justifique -interrumpió Dudley-. Sólo responda.

Eisler sacó un pañuelo del bolsillo de la camisa y se sonó.

– Hasta principios del 40.

– He aquí algunos nombres -continuó Mal-. Dígame a cuáles de estas personas conoció usted como miembros del Partido Comunista. Claire de Haven, Reynolds Loftis, Chaz Minear, Morton Ziffkin, Armando López, Samuel Benavides y Juan Duarte.

– Todas -respondió Eisler.

Mal oyó la algarabía de los niños en el salón y levantó la voz.

– Usted y Chaz Minear escribieron los guiones de Alba de los justos, Frente oriental, Tormenta en Leningrado y Los héroes de Yakustok. Todas esas películas simpatizaban con el nacionalismo soviético. ¿Los jerarcas del Partido Comunista le pidieron que insertara propaganda prosoviética en ellas?

– Una pregunta ingenua -observó Eisler.

Dudley dio una palmada en la mesa.

– No comente, sólo responda.

Eisler acercó la silla a la de Mal.

– No. No, nadie me lo pidió.

Mal unió dos dedos sobre la corbata, una seña para Dudley: Es mío.

– Señor Eisler, ¿niega usted que estas películas contienen propaganda prosoviética?

– No.

– ¿Llegaron usted y Chaz Minear a la decisión de difundir esa propaganda?

Eisler se movió en la silla.

– Chaz fue responsable de los conceptos filosóficos, mientras que yo sostenía que el argumento era más que elocuente.

– Tenemos copias de esos guiones -dijo Mal-, y hemos señalado los pasajes donde la propaganda es manifiesta. Regresaremos para que usted indique el diálogo que atribuye a la propaganda del Partido hecha por Minear.

Ninguna respuesta.

– Señor Eisler -intervino Mal-, ¿usted diría que tiene buena memoria?

– Sí, diría que sí.

– ¿Y usted y Minear trabajaron juntos en esos guiones?

– Sí.

– ¿Y hubo ocasiones en que él hizo comentarios como «Esto es magnífica propaganda» o «Esto es para el Partido»?

Eisler dejó de contorsionarse. Ahora movía los brazos y las piernas.

– Sí, pero lo decía irónicamente. Él no…

– ¡No interprete, sólo responda! -gritó Dudley.

– ¡Sí, sí, sí! ¡Maldición, sí! -exclamó a su vez Eisler.

Mal indicó a Dudley que se lo dejara e intervino con su voz más tranquilizadora.

– Señor Eisler, ¿llevaba usted un diario en la época en que trabajó con Chaz Minear?

El hombre se frotaba las manos, desmigajando el pañuelo de papel entre los dedos amoratados.

– Sí.

– ¿Contenía notas acerca de sus actividades en el Partido Comunista y sus trabajos con Chaz Minear?

– Cielos, sí.

Mal pensó en el informe de los detectives privados de Satterlee: Eisler acostándose con Claire de Haven en el 38 o 39.

– ¿Y notas sobre su vida personal?

Gott in Himm… ¡Sí, sí!

– ¿Y todavía guarda ese diario?

Silencio. Luego:

– No lo sé.

Mal golpeó la mesa.

– Sí lo sabe, y tendrá que dejar que lo veamos. Sólo los datos políticos pertinentes se incluirán en la transcripción oficial.

Nathan Eisler sollozó en silencio.

– Nos dará ese diario -espetó Dudley-. De lo contrario lo confiscaremos y agentes uniformados desmantelarán este pequeño nido, trastornando seriamente a su pequeña familia.

Eisler asintió bruscamente; Dudley se reclinó en la silla, cuyas patas crujieron bajo su peso. Mal vio una caja de pañuelos de papel en el antepecho de la ventana, la cogió y la puso en las rodillas de Eisler. Eisler se aferró a la caja.

– Nos llevaremos el diario -determinó Mal-, y por el momento nos olvidaremos de Minear. Una pregunta general. ¿Alguna vez ha oído a una de las personas que nos interesan abogar por el derrocamiento del gobierno estadounidense por las armas?

Dos gestos negativos. Eisler agachó la cabeza mientras se le secaban las lágrimas.

– No como pronunciamiento formal, sino la declaración de este propósito -explicó Mal.

– Todos lo decíamos por furia, pero no significaba nada.

– El gran jurado decidirá qué significaba. Sea específico. Quién lo dijo, y cuándo.

Eisler se secó la cara.

– Claire decía «El fin justifica los medios» en los mítines. Reynolds afirmaba que él no era hombre violento, pero que empuñaría las armas si teníamos que enfrentarnos a los patrones. Los mexicanos lo dijeron un millón de veces en un millón de situaciones, especialmente en la época de Sleepy Lagoon. Morton Ziffkin lo gritó a los cuatro vientos. Era un hombre valiente.

Mal tomó nota pensando en la UAES y los estudios.

– ¿Y la UAES? ¿Cómo se relacionaba con el Partido y las demás organizaciones a que pertenecían usted y los demás?

– La UAES se fundó cuando yo estaba fuera del país. Los tres mexicanos habían encontrado empleo como tramoyistas y reclutaron miembros, al igual que Claire de Haven. Su padre había respaldado intereses creados de la industria cinematográfica y Claire decía que se proponía explotar y…

La cabeza de Mal zumbaba.

– ¿Y qué? Dígame.

Eisler volvió a entrelazar los dedos.

– Dígame -insistió Mal-. ¿«Explotar» y qué?

– ¡Seducir! ¡Ella se crió entre gente de cine y conocía a actores y técnicos que la deseaban desde que era joven! ¡Los sedujo para hacerlos miembros fundadores y logró que reclutaran gente para ella! ¡Dijo que era su penitencia por no haber sido citada por el HUAC!

Triple premio.

Mal impuso a su voz la serenidad de Dudley.

– ¿A quién sedujo, concretamente?

Eisler no dejaba de juguetear con la caja de pañuelos de papel.

– No lo sé, no lo sé. De verdad, no lo sé.

– ¿Muchos hombres, pocos hombres, cuántos?

– No lo sé. Sospecho que sólo unos pocos actores y técnicos influyentes que podían ser de ayuda.

– ¿Quién más la ayudó a reclutar gente? ¿Minear, Loftis?

– En aquella época Reynolds estaba en Europa. No sé nada sobre Chaz.

– ¿Qué se comentó en los primeros mítines de la UAES? ¿Trabajaron en alguna especie de plan o de esquema?

La caja de pañuelos no era más que jirones de cartón destrozado, Eisler se la quitó de las manos.

– Nunca asistí a esos mítines.

– Lo sabemos, pero necesitamos saber quiénes estaban allí además de los fundadores y qué se discutía.

– ¡No lo sé!

Mal adoptó un ataque por el flanco.

– ¿Aún le gusta Claire, Eisler? ¿La está protegiendo? Usted sabe que se va a casar con Reynolds Loftis. ¿Qué piensa acerca de ello?

Eisler echó la cabeza hacia atrás y rió.

– Nuestro romance fue breve, y sospecho que el apuesto Reynolds siempre preferirá a los chicos jóvenes.

– Chaz Minear no es un chico joven.

– Y él y Reynolds no fueron juntos mucho tiempo.

– Tiene usted unos amigos magníficos, camarada.

La risa de Eisler se volvió baja, gutural, germánica.

– Mejores que usted, obersturmbahnführer.

Mal se contuvo mirando a Dudley y el Policía Malo le devolvió la seña de no intervención.

– Pasaremos por alto ese comentario por deferencia a su colaboración, y considere que ésta es su entrevista inicial. Mi colega y yo releeremos sus respuestas, las compararemos con nuestros informes y le enviaremos una larga lista con más preguntas, detalles específicos concernientes a sus actividades en organizaciones comunistas y las actividades de los miembros de la UAES que hemos mencionado. Un funcionario de la ciudad supervisará sus notas, y un representante del tribunal recogerá su declaración. Después de esa entrevista, si usted responde ahora a algunas preguntas más y nos permite llevarnos el diario, recibirá categoría de testigo voluntario y plena inmunidad.

Eisler se levantó, caminó con pasos trémulos hasta el escritorio y abrió un cajón. Hurgó en él, sacó un diario encuadernado en cuero, lo puso en la mesa.

– Haga sus preguntas y váyase.

Dudley bajó lentamente la palma: «Tranquilo.»

– Tenemos una segunda entrevista esta tarde, y creo que usted nos puede ayudar.

– ¿Q-qué? ¿Q-quién?-tartamudeó Eisler.

Dudley, en un susurro:

– Leonard Hyman Rolff.

Eisler jadeó un «No». Dudley miró a Mal y éste se puso la mano izquierda sobre el puño derecho: «Sin golpes.»

-replicó Dudley-, sin discusión. Quiero que usted piense en algo vergonzoso e incriminatorio acerca de su viejo amigo Lenny, algo que otras personas sepan, para que podemos culpar a otros como informantes. Usted nos dará lo que queremos, así que le aconsejo que piense en algo eficaz, algo que le suelte la lengua al señor Rolff y le ahorre a usted una nueva visita mía, sin mi colega, que me contiene con tanta eficacia.

Nathan Eisler estaba blanco como el papel. Estaba tenso, más allá de las lágrimas, la alarma o la indignación. A Mal le resultó familiar, unos segundos de observación le indicaron por qué: los judíos de Buchenwald que habían escapado de la cámara de gas sólo para sufrir una muerte prematura por anemia vírica. El recuerdo lo instó a levantarse y mirar la biblioteca; el silencio no se rompió. Estaba mirando un anaquel dedicado a la economía marxista cuando Dudley susurró:

– Las consecuencias, camarada. Campos de refugiados para sus hijitos mestizos. El señor Rolff recibirá su oportunidad de obtener la categoría de testigo voluntario, de modo que si él se muestra reacio usted le hará un favor brindándonos datos que lo convenzan de informar. Piense en Michiko obligada a ganarse la vida en el Japón, en todas las ofertas tentadoras que recibirá.

Mal trató de mirar hacia atrás, pero no tuvo valor suficiente; se concentró en El capital: una concordancia, Las teorías de Marx sobre el comercio y la represión y Habla el proletariado. Detrás había silencio, los dedos de Dudley tamborileaban sobre la mesa. Luego el murmullo de Eisler:

– Jovencitas. Rameras. Lenny teme que su esposa averigüe que él las frecuenta.

Dudley suspiró.

– No es suficiente. Haga un esfuerzo.

– Guarda fotos pornográficas de las que…

– Poco efectivo, camarada.

– Falsifica sus declaraciones fiscales.

Dudley soltó una risotada.

– También yo, también mi amigo Malcolm, y lo mismo haría nuestro grandioso salvador Jesucristo si regresara para instalarse en este país. Usted sabe más de lo que dice, así que por favor, rectifique esta actitud antes de que pierda los estribos y revoque su calificación de testigo voluntario.

Mal oyó las risas de los niños fuera, la niñita chillando en japonés.

– Hable, maldita sea -le urgió.

Eisler tosió, respiró audiblemente, tosió de nuevo.

– Lenny no informará tan fácilmente como yo. No tiene mucho que perder.

Mal se volvió, vio una calavera y apartó los ojos; Dudley hizo crujir los nudillos.

– Siempre trataré de pensar que hice esto por Lenny y siempre sabré que estoy mintiendo -suspiró Eisler. Jadeó y habló deprisa-. En el 48 yo viajaba por Europa con Lenny y su esposa Judith. Paul Doinelle estaba rodando sus películas de máscaras con Reynolds Loftis y organizó una fiesta para buscar respaldo financiero para su nueva producción. Quería conquistar a Lenny y contrató a una prostituta joven para él. Judith no asistió a la fiesta, y la prostituta contagió la gonorrea a Lenny. Judith enfermó y regresó a Estados Unidos. Lenny tuvo una aventura con Sarah, la hermana menor de Judith, en París. Le contagió la gonorrea. Sarah le dijo a Judith que tenía la enfermedad, pero no que Lenny se la había contagiado. Lenny no hizo el amor con Judith durante semanas después de su regreso, y se sometió a un tratamiento valiéndose de varias excusas. Siempre temió que Judith relacionara los dos episodios y descubriera lo que había ocurrido. Lenny se confió a mí, a Reynolds y a nuestro amigo David Yorkin, a quien seguramente ustedes conocen gracias a su maravillosa lista de organizaciones activistas. Ya que usted está tan preocupado por Reynolds, quizá pueda transformarlo en informador.

– Dios lo bendiga, camarada -se despidió Dudley.

Mal cogió el diario de Eisler, esperando que hubiera tantas traiciones como para llevarlo a sus dos barras plateadas y a su hijo.

– Vamos a crucificar a Lenny -dijo.


Lo encontraron solo, escribiendo a máquina en el patio trasero. El repiqueteo de la máquina los llevó hasta un hombre gordo con camisa hawaiana y pantalones caqui que tecleaba una antigua Underwood. Mal lo miró a los ojos y supo que no sería un sujeto fácil.

Dudley le mostró su identificación.

– ¿El señor Leonard Rolff?

El hombre se caló las gafas y examinó la insignia.

– Sí. ¿Son ustedes policías?

– Trabajamos para la Fiscalía de Distrito -dijo Mal.

– Pero ¿son policías?

– Somos investigadores de la Fiscalía.

– Sí, son policías, no abogados. ¿Nombre y rango?

Mal pensó en su artículo en la prensa y supo que no tenía otra salida.

– Soy el teniente Considine, y mi compañero es el teniente Smith.

Rolff sonrió.

– Quienes recientemente lamentaron la disolución de ese gran jurado, el cual supongo ya está de nuevo en marcha. La respuesta es no, caballeros.

Mal se hizo el tonto.

– ¿No qué, señor Rolff?

Rolff miró a Dudley, como si supiera que era el más temible.

– No, no daré información sobre miembros de la UAES. No, no responderé a preguntas acerca de mi pasado político ni del pasado de amigos o conocidos. Si me presentan una citación, seré testigo hostil y me refugiaré en la Quinta Enmienda, y estoy dispuesto a ir a la cárcel por desacato. No diré nombres.

Dudley le sonrió.

– Respeto a los hombres con principios, por equivocados que estén. Caballeros, ¿me excusan un instante? He olvidado una cosa en el coche.

La sonrisa era escalofriante. Dudley salió, Mal se dedicó a distraer a Rolff.

– Aunque no lo crea, estamos a favor de la izquierda americana legítima y no comunista.

Rolff señaló el papel que tenía en la máquina.

– Si alguna vez fracasa como policía, podrá hacer carrera como comediante. Igual que yo. Los fascistas desbarataron mi carrera de guionista, ahora escribo novelas históricas románticas con el pseudónimo Erica St. Jane. Mi editor conoce mis opiniones políticas y no le importan. También las conoce el jefe de mi esposa, quien tiene un puesto confirmado en la Universidad Estatal de California. No pueden amenazarnos.

Aunque quizá ciertas mujeres sí serían una amenaza.

Lenny Rolff siguió trabajando en la página 399 de La estela de los doblones perdidos. El repiqueteo de la máquina llenó el silencio, Mal miró la modesta casa de piedra del escritor y reflexionó que al menos había ahorrado más dinero que Eisler y tuvo la astucia de no casarse con una japonesa. Más tableteo. Rolff trabajaba con entusiasmo: pasó de la página 399 a la 400 y la 401. Luego el vozarrón de Dudley, más histriónico que nunca.

– Bendíceme, padre, pues he pecado. Nunca me confesé por última vez, pues soy judío. Rectificaré de inmediato esa situación, monseñores Smith y Considine, mis confesores.

Mal se volvió y vio que Dudley empuñaba una serie de fotografías; Rolff terminó de mecanografiar un párrafo y lo miró. Dudley le plantó una instantánea en la cara.

– No -dijo Rolff con calma. Mal se acercó y echó un vistazo a la foto.

Era una imagen borrosa en blanco y negro, una adolescente desnuda con las piernas abiertas. Dudley leyó el dorso: «Para Lenny. Fuiste el mejor. Con el amor de Maggie, Minnie Robert's Casbah, 19 de enero de 1946.»

Mal contuvo el aliento; Rolff se levantó, miró a Dudley de hito en hito y dijo con voz firme:

– No. Mi esposa y yo nos hemos perdonado mutuamente nuestras pequeñas indiscreciones. ¿Cree que de lo contrario dejaría las fotos en el escritorio? No. Ladrón. Parásito fascista. Cerdo irlandés.

Dudley tiró las fotos a la hierba. Mal le hizo la seña de no golpear. Rolff se aclaró la garganta y escupió a Dudley en la cara. Mal jadeó; Dudley sonrió, tomó una página manuscrita y se limpió el escupitajo.

– Sí, porque la bella Judith no sabe nada acerca de la bella Sarah y la gonorrea que usted le contagió, y acabo de confirmar dónde se curó usted. Terry Lux lleva registros meticulosos, y ha prometido colaborar conmigo si usted decide lo contrario.

– ¿Quién se lo dijo?-preguntó Rolff, aún con voz firme.

Dudley hizo una seña: «Transcripción literal.»

– Reynolds Loftis, bajo mucha menos presión de la que usted acaba de sufrir.

Mal reflexionó sobre esta maniobra: si Rolff se ponía en contacto con Loftis, todos los interrogatorios clandestinos quedarían comprometidos, la UAES cerraría la entrada a nuevos miembros por temor a la infiltración y Danny Upshaw fracasaría. Sacó pluma y libreta, cogió una silla y se sentó. Dudley usó su recurso típico.

– Sí o no, señor Rolff. Déme su respuesta.

Las venas palpitaron en la frente de Leonard Rolff.

– Sí -aceptó.

– Fantástico -dijo Dudley.

Mal escribió L. Rolff, 8/1/50 en la parte superior de una página en blanco. El interrogado se caló las gafas.

– ¿Testimonio público?

Mal respondió.

– Más probablemente declaración escrita. Empezaremos por…

Dudley alzó la voz por primera vez.

– Permíteme encargarme de este testigo, por favor.

Mal asintió e hizo girar la silla, apoyando la libreta en el respaldo.

– Usted sabe por qué estamos aquí -empezó Dudley-, así que vamos al grano. La influencia comunista en el mundo del cine. Nombres, fechas, lugares y palabras sediciosas que se dijeron. Como estoy seguro de que usted piensa mucho en él, empezaremos con Reynolds Loftis. ¿Alguna vez le oyó abogar por la revuelta armada contra el gobierno de Estados Unidos?

– No, pero…

– Dénos cualquier información que tenga, a menos que yo especifique lo contrario. ¿Tiene algún dato importante sobre Loftis?

– Adaptaba los personajes policíacos para que la policía quedara mal parada en el cine -jadeó Rolff-. Decía que ésa era su contribución para erosionar el sistema americano de jurisprudencia. -Una pausa, luego-: Si testifico en un tribunal, ¿tendrá él la oportunidad de hablar sobre Sarah y yo?

Mal respondió mintiendo a medias.

– Es muy improbable que comparezca como testigo, y si intenta dar esa información, el juez lo detendrá a los dos segundos. Está usted a salvo.

– Pero fuera del tribunal…

– Fuera del tribunal usted está solo -replicó Dudley-. Tendrá que confiar en que Loftis no repita la historia para no verse rechazado.

– Si Loftis les dijo eso, debió de colaborar bastante. ¿Por qué necesitan información en su contra?

Dudley, alerta:

– Loftis informó sobre usted hace meses, cuando pensábamos que nuestra investigación no se centraría en la UAES. Francamente, con los recientes problemas laborales, la UAES representa un blanco mucho más atractivo. Y con sinceridad, usted y los demás eran demasiado intrascendentes para que nos tomásemos la molestia.

Mal echó un vistazo y vio que Rolff lo creía: había distendido los hombros y había dejado de entrelazarse las manos. Rolff hizo una pregunta directa:

– ¿Cómo sé que no harán lo mismo conmigo?

– Este gran jurado está constituido oficialmente -intervino Mal-, y a usted se le dará inmunidad, algo que nunca ofrecimos a Loftis. Lo que dijo el teniente Smith sobre los problemas laborales es cierto. Es ahora o nunca, y tenemos que actuar ahora.

Rolff le clavó los ojos.

– Admite usted su oportunismo con tanto descaro que no me queda más remedio que creerle.

Dudley rió.

– Hay una diferencia entre nuestro bando y el de usted. Nosotros tenemos razón, ustedes están equivocados. Volvamos a Reynolds Loftis. Deliberadamente presentaba a los policías americanos como misántropos, ¿no es así?

Mal continuó transcribiendo. Rolff asintió.

– ¿Puede recordar cuándo dijo eso?

– En alguna fiesta.

– ¿Una fiesta del Partido?

– No. No, creo que fue en una fiesta durante la guerra, una fiesta de verano.

– ¿Estaba presente alguna de estas personas? ¿Hicieron algún comentario sedicioso? Claire de Haven, Chaz Minear, Morton Ziffkin, Sammy Benavides, Juan Duarte, Mondo López.

– Creo que Claire y Morton estaban allí, pero Sammy, Juan y Mondo estaban en la Comisión de Sleepy Lagoon en ese momento.

– De forma que esto sucedió en el verano del 43 -dijo Mal-. El momento en que el Comité de Defensa de Sleepy Lagoon estaba en lo más álgido de su campaña.

– Sí. Sí, eso creo.

– Piense, camarada -continuó Dudley-. Minear se acostaba con Loftis. ¿Estaba allí y vociferaba discursos?

Mal siguió transcribiendo, reduciendo la verborrea de Dudley a preguntas simples; Rolff puso fin a una larga pausa.

– Lo que recuerdo de esa fiesta es que fue mi último contacto social con la gente que usted mencionó hasta que volví a entablar amistad con Reynolds en Europa hace unos años. Recuerdo que Chaz y Reynolds habían reñido y que Reynolds no lo llevó a esa fiesta. Después de la fiesta vi a Reynolds fuera, junto a su coche, hablando con un joven con vendajes en la cara. También recuerdo que mi círculo de amigos políticos estaba involucrado en lo de Sleepy Lagoon y se enfadaron cuando acepté un trabajo en Nueva York que me impedía unirme a ellos.

– Hablemos de Sleepy Lagoon -dijo Dudley.

Mal pensó en su nota a Loew: ese episodio no debía llegar al gran jurado. Era un veneno político que favorecía la imagen de los rojos.

– Creí que usted quería que hablara sobre Reynolds -objetó Rolff.

– Una pequeña digresión. Sleepy Lagoon. Todo un acontecimiento, ¿verdad?

– Los muchachos que arrestó el Departamento de Policía eran inocentes. Ciudadanos apolíticos se unieron a la izquierda para lograr que los liberaran. En ese sentido, constituyó un gran acontecimiento.

– Esa es su interpretación, camarada. Yo tengo otra opinión, pero tiene que haber de todo en el mundo.

Rolff suspiró.

– ¿Qué quiere saber?

– Cuénteme sus recuerdos de esa época.

– Yo estaba en Europa durante el juicio, las apelaciones y la liberación de esos muchachos. Recuerdo el homicidio, que sucedió el verano anterior, creo que en el 42. Recuerdo la investigación policial, el arresto de los muchachos, la irritación de Claire de Haven, que se dedicó a recaudar fondos. Recuerdo haber pensado que ella brindaba sus favores a sus muchos pretendientes latinos, y que ésa era una de las razones por las cuales la causa significaba tanto para ella.

Mal intervino en busca de precisiones, preguntándose por qué Dudley había atacado desde ese flanco.

– En esas recaudaciones, ¿había jerarcas del PC?

– Sí.

– Pronto tendremos algunas fotos de Sleepy Lagoon. Se le pedirá que nos ayude a identificar a algunas personas.

– Entonces, ¿hay más?

Dudley encendió un cigarrillo y le indicó a Mal que dejara de escribir.

– Ésta es una entrevista preliminar. Un funcionario de la ciudad y un representante del tribunal pasarán dentro de pocos días con una larga lista de preguntas específicas sobre personas específicas. El teniente Considine y yo prepararemos las preguntas, y si estamos satisfechos con las respuestas le enviaremos por correo un certificado de inmunidad oficial.

– Entonces, ¿han terminado por ahora?

– Todavía no. Volvamos un instante a Sleepy Lagoon.

– Pero ya le he dicho que en aquella época estaba en Nueva York. Estuve ausente durante la mayoría de las protestas.

– Pero usted conocía a muchos integrantes del Comité. Duarte, Benavides y López, por ejemplo.

– Sí. ¿Y qué?

– Ellos fueron los que más fervientemente alegaron que los pobres y perseguidos mexicanos recibieron un trato injusto, ¿verdad?

– Sí. Sleepy Lagoon desencadenó disturbios y el Departamento de Policía perdió la chaveta. Mataron a varios mexicanos a golpes, y Sammy, Juan y Mondo ansiaban manifestar su solidaridad a través del Comité.

Mal hizo girar la silla y observó. Dudley efectuaba un rebuscado sondeo haciendo gala de una enorme dosis de retórica. No era su estilo.

– Si eso le parece tendencioso, lo lamento. Es simplemente la verdad -declaró Rolff.

Dudley hizo un ruido despectivo.

– Siempre me sorprendió que los comunistas y esos presuntos ciudadanos comprometidos nunca señalaran un asesino responsable de la muerte de José Díaz. Ustedes son los maestros del chivo expiatorio. López, Duarte y Benavides eran miembros de bandas y probablemente conocían a muchos malhechores blancos a quienes culpar. ¿Alguna vez lo discutieron?

– No. Lo que usted dice es incomprensible.

Dudley le guiñó el ojo a Mal.

– Mi colega y yo sabemos que no es así. Veamos. ¿Los tres mexicanos u otros miembros del Comité expusieron teorías serias acerca de quién había matado a José Díaz?

– No -respondió Rolff, apretando los dientes.

– ¿Y el PC? ¿Sugirió algún posible chivo expiatorio?

– Ya le he dicho que no, estuve en Nueva York durante casi todo el episodio.

Dudley, arreglándose el nudo de la corbata y apuntando un dedo hacia la calle, dijo:

– Malcolm, ¿alguna pregunta más para el señor Rolff?

– No -dijo Mal.

– Nada sobre nuestra bella Claire?

Rolff se levantó, pasándose la mano por el cuello como si no viera el momento de librarse de los inquisidores y darse un baño; Mal volcó la silla al ponerse en pie. Buscó un comentario ingenioso pero no se le ocurrió ninguno.

– No.

Dudley permaneció sentado, sonriendo.

– Señor Rolff, necesito los nombres de cinco camaradas, gente que conozca bien el monopolio de cerebros de la UAES.

– No -sentenció Rolff-. Declaradamente no.

– Por ahora me conformaré con los nombres, al margen de los recuerdos íntimos que usted pueda brindarnos dentro de unos días, cuando un colega nuestro haya realizado las investigaciones pertinentes. Los nombres, por favor.

Rolff hundió los pies en la hierba, apretó los puños.

– Háblele a Judith de Sarah y de mí. No le creerá.

Dudley sacó un papel del bolsillo interior de la chaqueta.

– Once de mayo de 1948. «Querido Lenny. Te echo de menos y quisiera que estuvieras dentro de mí a pesar de tu enfermedad. Sigo pensando que por supuesto tú no sabías que la tenías y que conociste a esa prostituta antes de que saliéramos juntos. Los tratamientos son dolorosos, pero aun así me hacen pensar en ti, y si no fuera por el temor de que Judith se enterara, hablaría de ti constantemente.» Las Armbuster 304 son las cajas fuertes más baratas del mundo, camarada. Un hombre de su posición no debería ser tan tacaño.

Lenny Rolff cayó de rodillas en la hierba. Dudley se arrodilló junto a él y captó una susurrada lista de nombres. El último, pronunciado en un sollozo, fue «Nathan Eisler». Mal regresó deprisa al coche, mirando hacia atrás una sola vez. Dudley observó cómo su testigo voluntario lanzaba la máquina de escribir, el original, la mesa y las sillas en diversas direcciones.


Dudley llevó a Mal de vuelta al motel sin decir una palabra. Mal puso la radio en una emisora típica: música arrasadora a todo volumen. La despedida de Dudley fue: «Tienes más estómago del que yo creía para este trabajo.» Mal entró y se pasó media hora en la ducha, hasta que el agua caliente del edificio se agotó y el gerente fue a golpear la puerta para quejarse. Mal lo calmó con su insignia y un billete de diez, se puso un traje limpio y fue al centro a ver a su abogado.

La oficina de Jack Kellerman estaba en la Oviatt Tower, en la Sexta y Olive. Mal llegó cinco minutos antes. Echó un vistazo a la desnuda sala de recepción, preguntándose si Jake prescindía de secretaria para poder alquilar un apartamento en uno de los edificios más caros de Los Ángeles. En su primera entrevista habían hablado de generalidades; ésta sería sobre temas concretos.

Kellerman abrió la puerta de la oficina a las tres en punto, Mal entró y se sentó en una sencilla silla de cuero marrón. Kellerman le estrechó la mano, luego se plantó detrás de un sencillo escritorio de madera marrón.

– La preliminar será pasado mañana -dijo-, tribunal civil 32. Greenberg está de vacaciones, y tenemos a un gai envarado llamado Hardesty. Lamento eso, Mal. Quería conseguirte un judío para impresionarle con tu trabajo como policía militar en Europa.

Mal se encogió de hombros, pensando en Eisler y Rolff; Kellerman sonrió.

– ¿Puedes confirmarme un rumor?

– Claro.

– Oí decir que liquidaste a un bastardo nazi en Polonia.

– Es verdad.

– ¿Lo mataste?

La oficina pequeña y desnuda le estaba resultando sofocante.

– Sí.

Mazel tov -dijo Kellerman. Examinó su calendario y algunos papeles-. En la sesión preliminar empezaré pidiendo aplazamientos y trataré de elaborar una perspectiva para ponerte en manos de Greenberg. Se va a enamorar de ti. ¿Cómo anda el asunto del gran jurado?

– Bien.

– Entonces, ¿por qué tienes tan mala cara? Oye, ¿hay alguna probabilidad de que consigas el ascenso antes de que se reúna el gran jurado?

– No, Jake. ¿Cuál será tu estrategia después de los aplazamientos?

Kellerman se enganchó los pulgares en los bolsillos del chaleco.

– Mal, se trata de aplastar a Celeste. Ella abandonó al niño…

– No lo abandonó. Los condenados nazis la capturaron junto con su esposo y los encerraron en Buchenwald.

– Calma, amigo. Tú me contaste que el niño sufrió abusos sexuales como consecuencia directa del abandono de la madre. En el campo de concentración ella se vendió para conservar la vida. Tu batallón de la Policía Militar tiene las fotos de sus entrevistas de liberación, y parece Betty Grable comparada con las otras mujeres que salieron vivas. Con eso la destruiré en el tribunal, con Greenberg o sin él.

Mal se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata.

– Jake, no quiero que Stefan oiga esas cosas. Quiero que consigas una orden para impedir que asista a los testimonios. Una orden de exclusión. Puedes hacerlo.

Kellerman rió.

– Con razón abandonaste tus estudios de leyes. Las órdenes para excluir a los menores de los testimonios en casos de custodia no tienen validez legal a menos que ambos padres lo aprueben. Y el abogado de Celeste no lo permitirá. Si la destrozo en el tribunal, cosa que voy a hacer, el abogado querrá que Stefan esté allí por si el niño corre hacia mamá y no hacia papá. No está en nuestras manos.

Mal vio a Stefan Heisteke, Praga 1945, saliendo de un período de tres años de alimentos enlatados para perros y violaciones.

– Olvídalo. Ataca a Celeste con lo que ocurrió después de la guerra.

– ¿Las conversaciones en checo, por ejemplo? Mal, ella no bebe, no se acuesta con otros ni le pega al niño. No se quita la custodia de un hijo a la madre natural porque la mujer viva en el pasado.

Mal se levantó. La cabeza le palpitaba.

– Entonces, conviérteme en el mayor héroe desde Lindbergh. Hazme parecer intachable como para que la maternidad sea lo de menos.

Jake Kellerman señaló la puerta.

– Echa el guante a unos cuantos comunistas y haré todo lo posible.


Mal se dirigió al Pacific Dining Car. Quería darse un festín para olvidar lo de Eisler, Rolff y Dudley Smith, la purga que no había conseguido con media hora de agua templada. Pero en cuanto llegó la comida, perdió el interés, cogió el diario de Eisler y examinó los años 1938 y 1939, la época en que el escritor salía con Claire de Haven.

Ninguna descripción directa, sólo análisis.

La mujer odiaba al padre, follaba con mexicanos para molestarlo. También adoraba al padre y hacía que sus consortes izquierdistas blancos se pusieran camisas tradicionales como las de él, para poder arrancarles la ropa y entregarse al juego de humillar a los sustitutos paternos. Odiaba el dinero y la ideología política del padre, le saqueaba las cuentas para hacer obsequios a hombres cuyas ideas políticas despreciaba el viejo; se embriagaba con alcohol, estupefacientes y sexo, encontraba causas para hacer penitencia y convertirse en una ejemplar Juana de Arco izquierdista: organizaba, planificaba, reclutaba, financiaba con su propio dinero y a menudo obtenía donaciones gracias a su cuerpo. La eficacia política de la mujer era tan demoledora que nunca se la consideró una mera seguidora o aficionada; a lo sumo, sólo se cuestionaban su psicología y sus motivos. La fascinación de Eisler por Claire continuó aun después que terminara su amorío, conservaron su amistad cuando ella empezó sus aventuras con matones pachucos, sus internaciones en la clínica de Terry Lux, su gran penitencia por Sleepy Lagoon: un amigo mexicano vapuleado en los disturbios, una estancia en la clínica del doctor Terry y luego una temporada social, totalmente sobria, con el Comité de Sleepy Lagoon. Impresionante. Al margen de la demencial fijación de Dudley Smith, los diecisiete chicos acusados de liquidar a José Díaz eran inocentes según todas las versiones. Y Claire Katherine de Haven -zorra rica y comunista- había desempeñado un papel decisivo en la liberación.

Mal recorrió el diario; las notas sobre Claire de Haven se reducían en el 44 y el 45. Probó algún bocado y retrocedió a ciertas páginas donde Eisler se mostraba inteligente, analítico, un individuo con buenas intenciones descarriado por profesores universitarios izquierdistas y el espectro de Hitler sobre Alemania. Hasta ahora, ninguna prueba. Si el diario se presentaba ante el gran jurado, Eisler aparecería, en realidad, extrañamente heroico. Recordando que el hombre era amigo de Reynolds Loftis y colaborador de Chaz Minear, Mal buscó a esos personajes.

Minear era débil, el más femenino de los dos, la hiedra aferrada a la pared. Mal leyó párrafos acerca de Chaz y Eisler cuando escribían el guión de Frente oriental y Tormenta en Leningrado hacia 1942 y 1943. Eisler estaba enfadado con los chapuceros hábitos laborales de Minear, enfadado por su atracción hacia Loftis, enfadado consigo mismo por despreciar la homosexualidad de su amigo, peculiaridad que sin embargo toleraba en Reynolds porque al menos no era tan afectado. Se notaba la furia impotente de Minear creciendo desde los días de Sleepy Lagoon. Lloraba en el hombro de Eisler por alguna aventura de Loftis -«Por Dios, Nate, es sólo un niño, y lo han desfigurado»- y luego rehusaba insistir en ese tema. Visión retrospectiva: en el 47, Chaz Minear se desquitó de su amante infiel delatándolo al HUAC, que incluyó a Loftis en las listas negras. Mal pensó que si Danny Upshaw no podía infiltrarse en la UAES, Chaz Minear, homosexual afeminado y débil, sería susceptible ante ciertas presiones: si se negaba a declarar, harían saber que los había delatado antes.

El resto del diario era una lata: mítines, comités, reuniones, y nombres que Buzz Meeks debería investigar junto con los nombres que Dudley había arrancado a Lenny Rolff. Mal dejó de leer mientras el bistec se enfriaba y la ensalada se marchitaba; comprendió que Nathan Eisler le caía bien. Y que después de la lectura del diario y ese intento de cena, no tenía adonde ir salvo el motel Shangri-Lodge, aunque lo que más deseaba era hablar con Stefan, una violación directa de las órdenes de Jake Kellerman. El motel sólo ofrecía nombres de mujeres garrapateados en la puerta del cuarto de baño, y si llamaba a Stefan tal vez se toparía con Celeste y tendrían su primer enfrentamiento desde que ella se había arreglado la cara. Inquieto, pagó la cuenta, enfiló hacia las colinas de Pasadena y aparcó en medio de un cañón oblongo y oscuro: el «Callejón de la Cordita», el lugar donde su generación de policías novatos se embriagaba, se confesaba y practicaba el tiro al blanco con altos arbustos de salvia que hacían las veces de delincuentes.

En el suelo había una gruesa capa de cartuchos vacíos; apagando los faros, Mal observó que las otras generaciones de policías habían hecho trizas los arbustos y habían pasado a practicar con los pinos achaparrados: los árboles estaban despojados de corteza y acribillados de agujeros de bala. Salió del coche, desenfundó el revólver reglamentario y disparó seis veces hacia la oscuridad; el eco le hirió los oídos y el tufo de la cordita le resultó agradable. Cargó de nuevo y de nuevo vació el 38; más allá de la colina, en la barriada de Pasadena Sur, otras armas dispararon, como una serie de perros aullándole a la luna. Mal cargó de nuevo, disparó, cargó y disparó hasta vaciar la caja de Remingtons; oyó ovaciones, aullidos, gritos y después el silencio.

Un viento tibio susurraba en el cañón. Mal se apoyó en el coche y pensó en Antivicio, las operaciones, su rechazo del Escuadrón Especial, donde uno actuaba pistola en mano y se ganaba el respeto de policías como Dudley Smith. En Antivicio había eliminado una serie de burdeles de Chinatown considerados inexpugnables. Había enviado policías novatos a hacerse chupar la verga, y cinco minutos después los habían seguido agentes veteranos y técnicos con cámaras. Las muchachas acababan de bajar del barco y vivían en casa con mamá-san y papá-san, quienes creían que estaban haciendo turnos dobles en la fábrica de camisas Shun-Wong; se hizo acompañar por un grupo de fornidos policías hasta la oficina de Tío Ace Kwan, el principal chulo chino de Los Ángeles. Informó a Tío Kwan que si no se llevaba sus rameras del condado, mostraría las fotos a los papá-san -muchos de ellos relacionados con la organización Tong- y les informaría que Kwan-san estaba engordando gracias a la dieta de verga blanca de hija-san. Tío Ace se inclinó, dijo que sí, obedeció y siempre le enviaba un pato acaramelado y una atenta felicitación en Navidad, y él siempre pensaba en pasarle el saludo a su hermano, cuando todavía se hablaban.

Él.

Desmond.

El Gran Des.

Desmond Confrey Considine, quien le obligaba a entrar en casas oscuras y le convirtió en un policía, un agente de la ley.

Tres años mayor. Siete centímetros más alto. Un atleta, un experto en fingir piedad para impresionar al reverendo. El reverendo lo sorprendió robando un paquete de chicles en el Pig and Whistle local y le azotó tanto el trasero que el Gran Des se desligó unos tendones tratando de liberarse de las correas y no pudo jugar durante el resto de la temporada de fútbol. Era un formidable defensa con poca inteligencia y una gran cleptomanía que ahora lo aterraba: sin piernas ni pelotas, cortesía de Liam Considine, formidable calvinista.

Así que Desmond reclutó a su enclenque hermano menor, pensando que su extrema delgadez le permitiría entrar en lugares que él ahora temía saquear, que le conseguiría las cosas que quería: la raqueta de tenis de Joe Sintson, el aparato de radio de Jimmy Harris, el collar de dientes de alce de Dan Klein y todas las cosas buenas de que disfrutaban otros chicos, para su exasperación. El pequeño Malcom, que no podía dejar de blasfemar aunque el reverendo le advirtió cuando cumplió catorce años que el castigo sería una azotaina en vez de la cena de jabón de brea y aceite de castor a que estaba acostumbrado. El pequeño Mal se convertiría en ladrón, o el reverendo sabría sus comentarios referentes a que Jesús lo hacía con Rex el Perro Maravilla y que María Magdalena se acostaba con Willy, el viejo que repartía hielo con su jamelgo. El reverendo sabía que Des no tenía suficiente imaginación para inventar estas cosas.

Así que él robaba, temeroso de Desmond, temeroso del reverendo, temeroso de confiar en su madre por miedo a que ella le contara al esposo y el reverendo matara a Des, fuera a la horca y los dejara a merced de la Junta de Caridad Presbiteriana. Alto y flaco, se convirtió en el Fantasma de San Francisco: se arrastraba por cañerías, forzaba ventanas, robaba objetos deportivos que Desmond no usaba porque tenía demasiado miedo, libros que Desmond no leía porque era demasiado estúpido, ropa que Desmond no se ponía porque era demasiado corpulento. Sabía que mientras Des guardara esas cosas lo tendría dominado, pero siguió prestándose al juego.

Porque Joe Stinson tenía una hermana refinada llamada Cloris, y a Mal le gustaba estar a solas en el cuarto de la chica. Porque Dan Klein tenía un perico que te sacaba las galletas de la boca. Porque la ligera hermana de Jimmy Harris lo sorprendió mientras saqueaba la despensa, le manoseó la entrepierna y le dijo que su cosa era grande. Porque cuando iba a robar el National Geographics de Biff Rice encontró al hermanito de Biff fuera de la cuna, mascando un cable eléctrico, y lo puso de vuelta en la cuna, le dio leche condensada y quizá le salvó la vida, fingiendo que era su hermano menor y él lo salvaba de Des y el reverendo. Porque ser el Fantasma de San Francisco era un alivio para un mocoso flacucho y timorato con un padre chiflado, una madre nula y un hermano idiota.

Hasta el 1 de octubre de 1924.

Desmond lo había enviado en una segunda incursión a la casa de Jimmy Harris; se deslizó por la abertura del sótano sabiendo que la ligera Annie estaría allí. Y estaba, pero no sola: un policía con los pantalones de sarga azul bajados la follaba en la alfombra del salón. Mal jadeó, tropezó y cayó; el policía le dio un puñetazo y los anillos le destrozaron la cara. Se lavó las heridas solo, trató de armarse de valor para entrar en la casa de Biff Rice para ver si el bebé estaba bien, pero no tuvo las agallas; fue a casa, escondió las cosas de Desmond y le dijo que el juego se había terminado: tendones desligados o no, el deportista tendría que hacer sus propios robos o él se lo contaría todo al reverendo. El sólo quería una cosa -un camisón de Annie Harris- y luego darían el trato por terminado. El le diría a Des cuándo hacer el trabajo.

Vigiló la casa de los Harris, y supo que Annie recibía al agente John Rokkas todos los martes por la tarde, cuando el resto de la familia trabajaba en su puesto de productos en Oakland. En un frío martes de noviembre, le abrió la cerradura a Des; éste entró y salió veinte minutos más tarde, destrozado a golpes. Mal robó el botín de Desmond y lo ocultó en una caja fuerte, estableciendo un equilibrio de miedo entre los dos hermanos Considine. Desmond abandonó sus estudios de teología y se convirtió en el rey de los coches de segundo mano. Mal fue a Stanford, se graduó y remoloneó durante un año de estudios de derecho, soñando con aventuras de callejón, persiguiendo mujeres fáciles sin disfrutar de la captura. Cuando el derecho se volvió insoportablemente aburrido, ingresó en el Departamento de Policía de Los Ángeles, sin saber cuánto duraría como policía, o si duraría siquiera. Regresó a casa en Navidad, con veintitrés años, un novato que se asustaba en el distrito negro de Los Ángeles. Asistió a la cena de Navidad con uniforme: cinturón Sam Browne, silbato plateado, revólver 38. Desmond, el rey de los coches de segunda mano, aún lucía las cicatrices que le había dejado la tunda del agente John Rokkas y quedó aterrado ante esa nueva personalidad. Mal supo que sería policía hasta el día de su muerte.

Mal se olvidó de su hermano para pensar en Danny Upshaw. La oscuridad lo rodeaba, los cartuchos vacíos rodaban bajo sus pies. ¿Sería bueno Upshaw? ¿Qué descubriría? ¿Sus hallazgos multiplicarían por cincuenta los episodios de hoy? ¿Ellis Loew organizaría investigaciones envuelto en la bandera estadounidense?

«Tienes más estómago del que yo creía para este trabajo.»

Dudley tenía razón.

Mal recogió un puñado de cartuchos vacíos, los arrojó a la oscuridad y regresó al motel Shangri-Lodge.

20

Había mucha gente en el escondrijo de Mickey.

Mick y Davey Goldman estaban ensayando un nuevo número cómico, con una escopeta calibre 12 en vez de micrófono. Johnny Stompanato jugaba al rummy con Morris Jahelka. Entre una mano y otra discutían planes para la reunión cumbre Cohen-Dragna. Y Buzz entrevistaba a matones de los Transportistas de Mickey, recogiendo rumores, una precaución de último momento antes de que Mal Considine enviara a su hombre.

Hasta ahora, aburrida jerigonza comunista:

Claire de Haven y Mort Ziffkin intercambiaban clichés sobre el derrocamiento de la «autocracia de los estudios»; Fritzie «Picahielo» Kupferman había identificado a un empleado de los Transportistas como un infiltrado de la UAES; durante semanas le habían dicho sólo lo que querían que oyera, dejando que llevara las noticias al otro lado en su camión de alimentos. Mo Jahelka tenía una sensación inquietante: los piquetes de la UAES no contraatacaban cuando los empujaban o los provocaban verbalmente. Se quedaban tranquilos como si estuvieran esperando el momento oportuno, y aun los izquierdistas más pendencieros conservaban la calma. Mo pensaba que la UAES se guardaba un as en la manga. Buzz había inflado las declaraciones para que Ellis Loew pensara que estaba trabajando con más empeño del que en realidad ponía, sintiéndose como un agradable y sabroso cristiano en el antro del león, esperando a que el león tuviera hambre y reparara en él.

Johnny Stompanato León.

Mickey León.

Johnny lo miraba con mal ceño desde que había llegado. Hacía diez días que Buzz había terminado con la extorsión de Lucy Whitehall y había comprado al matón con cinco billetes de cien. «Hola, Buzz», «Hola, Johnny», nada más. Había estado tres veces con Audrey, una noche entera en su apartamento, dos citas rápidas en la guarida de Howard en Hollywood Hills. Si Mickey hacía vigilar a Audrey, el espía era Johnny; si Johnny los descubría, tendría que hipotecarle la vida o matarlo, no habría solución de compromiso. Si Mickey se enteraba, era el gran adiós. Aquel hombrecito era cruel cuando se enfadaba: cuando descubrió al pistolero que había despachado a Hooky Rothman, le metió dos balazos en las rótulas, una noche de agonía con un remate Fritzie Kupferman: un picahielo en el oído. Fritzie había actuado como Toscanini dirigiendo Beethoven, agitando la batuta antes de perforar el cerebro del pobre diablo.

Mickey León, su antro: el bungalow de bambú.

Buzz guardó su libreta, echando un último vistazo a los cuatro nombres que Dudley Smith le había dado: rojos a quienes debía investigar, más averiguaciones, quizá más datos para sus informes. Mickey León y Johnny León charlaban ahora junto al hogar. En la pared había una foto de Audrey Leona en bragas y sostén. Mick lo llamó con el dedo, Buzz se acercó.

El comediante tenía preparado su número.

– Un tipo viene y me pregunta: «Mickey, ¿cómo andan los negocios?» Le digo: «Amigo, es como el mundo del espectáculo: no hay negocio.» ¿Entiendes? No hay negocio como el mundo del espectáculo, ¿eh? Otra. Le hago una insinuación a una tía y ella responde: «No me acuesto con cada Fulano y Mengano.» Yo digo: «¿Qué dices de mí? ¡Yo soy Mickey!»

Buzz rió y señaló la foto de Audrey, mirando atentamente a Johnny Stompanato.

– Deberías incluirla en tu número. La Bella y la Bestia. Tendrías un éxito sensacional.

Johnny no reaccionó. Mickey contrajo la cara como si la sugerencia le interesara realmente. Buzz hizo un nuevo sondeo.

– Consigue algún negro que haga un papel secundario, haz como que se acuesta con Audrey. Los negros siempre resultan graciosos.

De nuevo ninguna reacción.

– No necesito shvartzes -rechazó Mickey-. No confío en los shvartzes. ¿Qué obtienes cuando cruzas un negro con un judío?

– No sé. ¿Qué?-dijo Buzz haciéndose el tonto.

– ¡Un portero que es dueño del edificio! -exclamó Mickey desternillándose de risa.

Johnny rió entre dientes y se excusó. Buzz miró a la Chica Explosiva a los veinte e hizo una apuesta: cien contra uno a que Mick no sabía nada sobre ellos.

– Tendrías que reírte más -comentó Mickey-. No confío en la gente sin sentido del humor.

– Tú no confías en nadie, Mick.

– ¿No? ¿Pues qué dices de esto? El ocho de febrero en mi mercería, mi trato con Jack D. Doce kilos de marihuana mexicana, reparto del dinero, comida y bebida. Todos mis hombres, todos los de Jack. Nadie va armado. Eso sí es confianza.

– No lo creo -dijo Buzz.

– ¿El trato?

– Que nadie vaya armado. ¿Te has vuelto loco?

Mickey rodeó los hombros de Buzz con el brazo.

– Jack quiere cuatro hombres neutrales. Él tiene dos polizontes de la ciudad, yo tengo a un detective del Departamento del sheriff que el año pasado ganó los Guantes de Oro, y todavía me falta uno. ¿Quieres el trabajo? Quinientos dólares por el día entero.

Gastaría el dinero en Audrey: ceñidos suéters de cachemira, rojos y rosas y verdes y blancos, una talla más pequeña para que se le marcara el pecho.

– Claro, Mick.

Mickey lo abrazó con más fuerza.

– Tengo unos negocios en el Southside. Juego, préstamos, apuestas. Media docena de cobradores. Audrey me lleva los libros, y dice que me están comiendo vivo.

– ¿Los cobradores?

– Las cuentas cuadran, pero la recaudación diaria ha sido escasa. Yo les pago un sueldo y ellos hacen sus propios negocios. Si no los estrujo un poco, no tengo modo de saber nada.

Buzz se zafó del brazo de Mickey, pensando en un latrocinio leonino: Audrey con un lápiz afilado y un cerebro agudo.

– ¿Quieres que pregunte discretamente? Puedo pedir al jefe de escuadrón de Firestone que apriete a la gente del lugar para averiguar quién apuesta qué.

– Confianza, Buzz. Si echas el guante al que me está jodiendo, te haré algunos favores.

Buzz cogió la chaqueta.

– ¿Una cita interesante?-preguntó Mickey.

– La mejor.

– ¿Alguien que yo conozca?

– Rita Hayworth.

– ¿De veras?

– De veras, confía en mí.

– ¿Es pelirroja allí abajo?

– En realidad es morena, Mick. No hay negocio como el mundo del espectáculo.


Su cita era a las diez en la guarida de Howard, cerca del Hollywood Bowl; la falta de reacción de Mickey y Johnny y el asunto del dinero le resultaron sospechosos. Era la hora de verse con Audrey, y no tenía ganas de matar el tiempo en cualquier parte. Buzz se dirigió a la guarida de la leona, aparcó detrás del Packard de Audrey y llamó al timbre.

Audrey abrió la puerta en pantalones holgados y suéter, sin maquillaje.

– Dijiste que ni siquiera querías saber dónde vivía.

Buzz movió los pies como un adolescente enamorado.

– Vi tu permiso de conducir cuando dormías.

– Meeks, esto no se le hace a un compañero de cama.

– Tú la compartes con Mickey, ¿no?

– Sí, ¿pero qué tiene que…?

Buzz entró en un vestíbulo desnudo.

– ¿Ahorras dinero en decoración para financiar tu centro comercial?

– Pues ya que me lo preguntas, sí.

– Encanto, ¿sabes qué hizo Mickey con el fulano que mató a Hooky Rothman?

Audrey cerró la puerta y se abrazó el cuerpo.

– Lo molió a golpes y ordenó a Fritzie que se lo llevara al otro lado de la frontera estatal, advirtiéndole que no volviera nunca. Meeks, ¿qué es esto? No te aguanto cuando estás así.

Buzz la apoyó contra la puerta, la clavó allí y le puso las manos en la cara, apretándola. Se le ablandaron las manos cuando vio que ella no se resistía.

– Le estás robando a Mickey porque crees que no lo descubrirá, y que si te descubriera no te haría daño, y ahora yo soy quien tiene que protegerte porque eres una condenada tonta que no sabe con quién se acuesta y estoy loco por ti, así que será mejor que te enteres porque si Mickey te hace daño liquidaré a ese condenado y a sus condenados matones judíos e italianos…

Calló cuando Audrey empezó a gemir tratando de decir algo. Le acarició el pelo, encorvándose para escuchar mejor. Las fuerzas le abandonaron cuando oyó:

– Yo también te quiero.


Hicieron el amor en el desnudo vestíbulo, en el dormitorio, bajo la ducha. Buzz arrancó la cortina sin querer y Audrey admitió que también regateaba dinero en los artículos de baño. Buzz le dijo que consultaría a un ex contable de Dragna que conocía y le indicaría cómo arreglar los libros de Mickey o buscaría el modo de echarle la culpa a un inexistente apostador que no había pagado su deuda. Ella dijo que dejaría de robar, que se comportaría, que invertiría en bolsa como si fuera una mujer normal que no follaba con hampones ni con recaudadores que combatían a los rojos. Buzz dijo «Te amo» cincuenta veces para retribuir el hecho de que ella lo había dicho primero; averiguó su talla para despilfarrar la paga de su trabajo en ropa para ella; se lamieron el sexo mutuamente para sellar un pacto: no debían mencionar a Mickey a menos que fuera absolutamente necesario, no debían hablar del futuro ni de la ausencia de futuro. Dos citas por semana en las guaridas de Howard era el límite, la casa de él o la de ella sería como un regalo de vez en cuando, aparcando los coches donde los chicos malos no los vieran. No saldrían juntos, no viajarían juntos, no contarían a nadie que eran amantes. Buzz le pidió que hiciera el número de las borlas; Audrey le complació y luego se puso el atuendo de strip-teaser y toda la ropa que tenía. Buzz pensó que si en vez de apostar se gastaba el dinero en ropa para Audrey nunca se aburriría de estar escondido con ella: podía desnudarla, hacerle el amor, mirar cómo se vestía de nuevo. Pensó que si quedaban escondidos para siempre le contaría toda su historia, incluyendo las partes desagradables, pero la contaría despacio, para que Audrey llegara a conocerlo en vez de asustarse y echar a correr. Buzz habló sin parar, Audrey habló sin parar; él mencionó el perro doberman que había matado al irrumpir en un aserradero de Tulsa en 1921, y ella no se inmutó. Hacia el alba, Audrey se adormiló y Buzz empezó a pensar en Mickey y se asustó. Pensó en cambiar el coche de lugar, pero no quiso mover a su leona, que le apoyaba la cabeza en la clavícula. El miedo se agudizó, así que bajó la mano, cogió su 38 y la puso bajo la almohada.

21

La sala de espera del manicomio tenía mesas y sofás de plástico de colores sedantes: verde claro, azul claro, amarillo claro. Las paredes exhibían obras de arte hechas por los locos: pinturas con dedos y dibujos colectivos que representaban a Jesucristo, Joe DiMaggio y Franklin D. Roosevelt. Danny esperó a Cyril «Cy» Vandrich vestido con la indumentaria de Ted Krugman: pantalones holgados, camisa de algodón, botas de motociclista con tacones de acero y cazadora de cuero de aviador. Había pasado casi toda la noche estudiando el guión de Mal Considine; había pasado el día anterior haciendo averiguaciones sobre Duane Lindenaur y George Wiltsie, recorriendo tugurios del Valle sin obtener más que la incómoda sensación de que los dos eran bazofia homosexual. Había sido un alivio adoptar el papel de Ted. En la entrada de Camarillo el guardia había observado con recelo su atuendo y las matrículas neoyorquinas, dudando de que fuera policía. Le había pedido la insignia y había llamado a Hollywood Oeste para confirmarlo. Hasta ahora, Upshaw como Krugman era un éxito. Esa tarde, en el piquete, afrontaría la prueba de fuego.

Un enfermero entró con un hombre de unos treinta años con ropa caqui, un individuo bajo y flaco de caderas anchas, ojos grises y hundidos. Un rizo castaño y grasiento le cubría la frente. El ordenanza dijo «Es el» y salió; Vandrich suspiró.

– Esto es una farsa. Tengo contactos en la centralita, y la operadora me dijo que se trata de asesinatos. No soy asesino. Los músicos de jazz son vuestras víctimas. Hace años que tratáis de crucificar a Bird, ahora me queréis a mí.

Danny, sin perder la calma, evaluó a Vandrich consciente de que éste hacía lo mismo.

Te equivocas. Esto es por Felix Gordean, Duane Lindenaur y George Wiltsie. Sé que no eres un asesino.

Vandrich se desplomó en una silla.

– Felix es una obra de arte, no tengo idea de quién es Duane no-sé-cuánto, y George Wiltsie se ponía relleno en la entrepierna para impresionar a todos los maricones ricos de las fiestas de Felix. ¿Y por qué vas vestido de hombre malo? ¿Crees que así me harás hablar? Es una imagen barata, y hace tiempo que dejé de creer en ella.

Danny pensó: Listo, experimentado, tal vez conoce el juego. La alusión al «hombre malo» causó su efecto. Danny se acarició las mangas de la cazadora, disfrutando de la suavidad de cuero.

– Los tienes confundidos, Cy. No saben si estás loco o no.

Vandrich sonrió. Movió burlonamente la cadera.

– ¿Crees que soy un impostor?

– Sé que lo eres, y sé que los jueces del Tribunal de Delitos Menores se cansan de dar a los mismos personajes noventa días aquí cuando podrían acusarlos de robo y endilgarles una buena sentencia. Una sentencia en San Quintín. Allí dentro no te piden nada, toman lo que quieren.

– Y sin duda sabes bastante sobre el particular, a pesar de tu dura vestimenta de cuero.

Danny se entrelazó las manos sobre la nuca. Sintió la caricia del cuello de piel de la cazadora.

– Necesito saber qué sabes sobre George Wiltsie y Felix Gordean, y qué sabe Gordean sobre ciertas cosas. Si colaboras, siempre tendrás sentencias de noventa días. Si me jodes el negocio, el juez recibirá una carta diciendo que has ocultado pruebas en un caso de triple homicidio.

Vandrich rió entre dientes.

– ¿Asesinaron a Felix?

– No. Wiltsie, Lindenaur y un trombonista llamado Martin Goines, que usaba el apodo «Cuerno de la Abundancia». ¿Has oído hablar de él?

– No, pero soy trompetista y me llamaban los Labios del Éxtasis. Tiene doble sentido, por si no lo has captado.

Danny festejó la ocurrencia.

– Cinco segundos o le escribo al juez.

Vandrich sonrió.

– De acuerdo, polizonte. Incluso te haré una observación preliminar gratuita. Pero quiero hacerte una pregunta. ¿Felix te habló de mí?

– Sí.

Vandrich hizo un pequeño número, cruzando las piernas y moviendo afectadamente las manos: el maricón convertido en mujercita para someterse a la autoridad. Danny empezó a sudar. Su disfraz de izquierdista era caluroso, excesivo.

– Habla de una vez -apremió Danny.

Vandrich se calmó.

– Conocí a Felix durante la guerra, cuando yo me hacía el loco para que no me alistaran. Representé esa comedia en todas partes. Entonces vivía de una herencia, me daba la gran vida. Iba a las fiestas de Felix y una vez salí con Georgie; Felix pensó que yo estaba chiflado. Así que si te mandó a verme, tal vez te tomaba el pelo. Ésta es mi observación preliminar gratuita.

Y la confirmación de lo que el instinto le decía sobre Gordean: ese alcahuete no podía respirar sin hacer un cálculo, lo cual significaba que estaba ocultando algo.

– Muy bien -dijo Danny.

Sacó su libreta y miró la lista de preguntas que había preparado.

– Robos de casas, Vandrich. ¿Sabías si George Wiltsie estaba involucrado en el asunto, o conoces a alguien relacionado con Felix Gordean que haga ese trabajo?

Vandrich negó con la cabeza.

– No. Como te decía, George Wiltsie y yo salimos una vez. La charla no era su fuerte, así que nos limitamos a lo nuestro. Nunca mencionó al tal Lindenaur. Lamento que lo hayan matado, pero yo sólo compro cosas bonitas en las tiendas. No me asocio con gente que roba en casas.

Danny anotó «No».

– ¿Qué me dices de dentistas y mecánicos dentales, hombres capaces de fabricar postizos?

Vandrich enseñó sus dientes perfectos.

– No. Y no he visitado a un dentista desde la escuela secundaria.

– Un joven, tal vez un chico, con la cara llena de cicatrices, la cara quemada envuelta en vendajes. Robaba casas durante la guerra.

– No. Qué asco.

Danny anotó «No» dos veces.

– Estaca cortante. Es un palo largo de madera con una o varias hojas de afeitar en la punta. Es un arma de cuando la guerra, para rasgar los trajes de colores chillones de los mexicanos.

– Doble asco, y asco por los pachucos con trajes de colores chillones en general.

No, no, no, no, subrayados. Danny hizo su pregunta clave.

– Hombres altos, canosos, cuarentones. Pelo canoso y atractivo, fulanos que conocen clubes de jazz, con dinero para comprar droga. Homosexuales que frecuentaban las fiestas de Gordean en tus tiempos.

– No -respondió Vandrich.

Danny pasó a una hoja en blanco.

– Este es tu plato fuerte, Cyril. Felix Gordean. Todo lo que sepas, todo lo que hayas oído, todo lo que hayas pensado.

– Felix Gordean es… una… obra… de… arte -dijo Vandrich, arrastrando las palabras-. No sale con hombre, mujer ni bestia, y sólo se excita cuando la gente se sincera, cuando admite lo que es, y entonces le brinda sus servicios. Tiene una agencia artística legal, y conoce a muchos jóvenes, tipos sensibles y creativos… y… tienden a ser…

Danny quiso gritar MARICA, PUTO, INVERTIDO, PEDERASTA, y arrojar la inmundicia de los archivos del Escuadrón Hollywood por la garganta de Vandrich, para que él la escupiera hacia fuera y Danny pudiera escupir sobre ella. Se acarició las mangas de la chaqueta y dijo:

– Se excita cuando logra que los demás confiesan que son homosexuales, ¿no?

– Pues… sí.

– Puedes decirlo, Vandrich. Hace cinco minutos tratabas de coquetear conmigo.

– Es… es una palabra difícil. Es desagradable, clínica y fría.

– Conque Gordean hace que estos homosexuales confiesen. ¿Después qué?

– Luego le agrada exhibirlos en sus fiestas y ponerlos en contacto. Les consigue trabajos de actor, luego cobra dinero por presentarlos. A veces celebra fiestas en su casa de la playa y mira por unos espejos. Él puede mirar hacia dentro, pero los tipos del dormitorio no pueden ver qué hay detrás.

Danny recordó su primera incursión en el Marmont: espiando, la entrepierna apretada contra la ventana, meciéndose.

– Conque Gordean es mirón de maricas, y le gusta ver cómo follan los invertidos. Veamos esto. ¿Lleva registros de su servicio de presentación?

Vandrich había apoyado la silla contra la pared.

– No. Por lo menos no los llevaba entonces. Se decía que tenía una excelente memoria, y le aterraba anotar cosas… por temor a la policía. Pero…

– ¿Pero qué?

– P-pero se… dice que le gusta memorizarlo todo, y una vez le oí decir que su mayor sueño era tener información sobre todos sus conocidos y un modo lucrativo de usarla.

– ¿Como el chantaje?

– S-sí, yo pensé en eso.

– ¿Crees que Gordean es capaz?

Ningún jadeo, tartamudeo ni titubeo.

– Sí.

Danny acarició el suave cuello de piel, pegajoso de sudor.

– Lárgate de aquí.


Gordean ocultaba información.

La agencia artística era su sistema para satisfacer su voyeurismo.

Chantaje.

Ninguna reacción sospechosa de Gordean ante la mención de Duane Lindenaur, extorsionador; Charles Hartshorn -«bajo y calvo»-quedaba fuera de sospecha por su aspecto, un dato corroborado por los comentarios del sargento Frank Skakel y su advertencia sobre el poder de Hartshorn: el abogado quedaba al margen por el momento. Si Gordean mismo actuaba como extorsionador, lo de Lindenaur era pura coincidencia: los dos hombres se movían en un mundo plagado de víctimas del chantaje. La agencia de talentos era el lugar para empezar.

Danny regresó a Los Ángeles por la carretera de la costa, con las ventanillas abiertas para quedarse con la cazadora puesta y abrochada. Siguiendo las órdenes de Considine, aparcó a tres calles del cuartel de Hollywood y caminó el resto del trayecto. Llegó a la sala de reuniones a tiempo para su cita del mediodía.

Sus hombres ya estaban allí, sentados en la primera fila de sillas. Mike Breuning y Jack Shortel charlaban y fumaban. Gene Niles estaba a cuatro sillas de distancia, hojeando una pila de documentos. Danny cogió una silla y se sentó frente a ellos.

– Aún tiene facha de policía -comentó Shortell.

– Sí -admitió Breuning-, pero los comunistas no lo notarán. Si fueran tan listos no serían comunistas, ¿verdad?

Danny rió.

– Terminemos con esto, Upshaw -dijo Niles-. Tengo mucho que hacer.

Danny sacó libreta y pluma.

– Yo también. Sargento Shortell, usted primero.

– He hecho mis deberes. Llamé a noventa y un talleres dentales, describí nuestro hombre a los encargados y obtuve un total de dieciséis candidatos: tipos raros, con antecedentes. Eliminé a nueve por el grupo sanguíneo, cuatro están actualmente en la cárcel. Hablé con los otros tres. Ninguna pista, y los tres tienen coartadas. Seguiré trabajando, y lo llamaré si doy con algo.

– De acuerdo -dijo Danny, volviéndose a Breuning-. Mike, ¿qué tienen usted y el sargento Niles?

Breuning consultó un cuaderno.

– No tenemos nada. En cuanto a las mordeduras, consultamos los archivos del Departamento de Policía, el condado y los municipales. Encontramos a un marica negro que le arrancó la verga a mordiscos a su amiguito, un gordo rubio con antecedentes de violación de niñas que muerde a las pequeñas y dos fulanos que concuerdan con la descripción, ambos en Atascadero por asalto con agravantes. En cuanto los bares, nada. Los aficionados a los mordiscos no andan por los bares de homosexuales diciendo: «Muerdo. ¿Quieres probar?» Los policías con experiencia en homosexuales con quienes hablé lo tomaron a risa. Archivos de Antivicio y delincuentes sexuales, nada. Robo, el mismo resultado. Comparé los dos archivos, ninguna coincidencia. El chico de las quemaduras, nada. Había seis candidatos maduros y canosos, todos bajo custodia o con coartada para las noches de las muertes, con testigos respetables. Los nuevos interrogatorios, cero: ya es historia antigua. El distrito negro, Griffith Park, la zona donde abandonaron a Goines, nada. Nadie vio nada, a nadie le importa un comino. Los soplones, olvídalo. Este tipo es un solitario, y apuesto mi pensión a que no se asocia con elementos criminales. Hablé personalmente con los tres únicos candidatos que conseguí en la Oficina de Libertad Condicional del estado y el condado: dos de ellos eran damiselas y el otro una verdadera joya, un fulano alto y canoso con pinta de predicador que se tiró a tres infantes de Marina durante la guerra y se lubricaba el miembro con pasta de dientes. Los tres estaban en la Misión de la Medianoche, confirmado nada menos que por la hermana Mary Eckert en persona.

Breuning calló, sin aliento, y encendió un cigarrillo. Continuó.

– Gene y yo apretamos las tuercas a todos los vendedores de heroína del lado sur que pudimos encontrar. No eran muchos. El lugar está seco. Corre el rumor de que Jack D., Mickey C., o ambos, se están preparando para introducir un cargamento de mercancía barata. Investigamos a los jazzistas. Nada que concuerde con la descripción de nuestro hombre. Lo mismo con barbitúricos. Nada. Y conste que pusimos todo nuestro empeño.

Niles rió entre dientes; Danny miró sus distraídos garabatos: una página de ceros concéntricos.

– Mike, ¿qué pasa con las estacas cortantes? Archivos, informadores.

Breuning entornó los ojos.

– Otro cero. Y eso es asunto de mexicanos un tanto rebuscado. Sé que el doctor Layman declaró que las heridas se hicieron con esa arma, pero ¿no podría estar equivocado? A mi juicio, no encaja.

Un payaso de Dudley Smith descalificando a Norton Layman, doctor en medicina. Danny replicó secamente:

– No. Layman es el mejor, y tiene razón.

– Entonces no creo que sea una buena pista. Creo que nuestro hombre leyó algo acerca de esas estacas o presenció uno de los disturbios y se excitó con el asunto. Es un condenado psicópata, esos tipos no actúan racionalmente.

Había algo raro en el comentario de Breuning, Danny se encogió de hombros para disimular su recelo.

– Creo que usted se equivoca. Creo que las estacas son esenciales en el modo de pensar del asesino. El instinto me dice que se está vengando de viejos agravios, y que cada una de las mutilaciones tiene mucho que ver con eso. Así que quiero que usted y Niles registren los archivos de los vecindarios mexicanos y busquen viejos informes: el 42, el 43, esa época, los disturbios, Sleepy Lagoon, la época en que apaleaban a los mexicanos.

Breuning clavó los ojos en Danny.

– El instinto -masculló Niles.

– Sargento -dijo Danny-, si tiene algún comentario, dígalo en voz alta.

Niles sonrió burlonamente.

– De acuerdo. Primero, no me gusta el Departamento del sheriff ni su amigote Mickey Hebraico, y según un contacto que tengo en el condado, usted no es el buen chico que parece. Segundo, hice mis propias investigaciones y hablé con un par de reos de San Quintín en libertad condicional que afirmaron que Martin Goines no podía ser maricón, y les creo. Tercero, creo que usted me jodió personalmente al no informar sobre la calle Tamarind, y eso no me gusta.

Que no sea Bordoni, que no sea Bordoni. Danny conservó la calma.

– No me importa lo que a usted le guste ni lo que usted piense. ¿Quienes eran esos reos?

Se miraron de hito en hito. Niles miró su libreta.

– Paul Arthur Koenig y Lester George Mazmanian. Y cuarto, usted no me gusta.

Había llegado el momento de actuar. Danny miró a Niles mientras se dirigía al sargento Shortell del Departamento del sheriff.

– Jack, en la pizarra de novedades hay un dibujo que ofende a nuestro Departamento. Arránquelo.

La voz de Shortell, admirativa.

– Será un placer, jefe.


Ted Krugman.

Ted Krugman.

Theodore Michael Krugman.

Teddy Krugman, Tramoyista Rojo Comunista Subversivo.

Amigo de Jukey Rosensweig, de Actores Jóvenes Contra el Fascismo, y Bill Wilhite, jefe de célula del PC de Brooklyn; ex amante de Donna Patrice Cantrell, militante izquierdista en la Universidad de Columbia en el 43, suicida en el 47: un salto desde el Puente George Washington cuando recibió la noticia de que su padre socialista había intentado suicidarse cuando lo citó el HUAC, transformándose en un vegetal mediante la ingestión de un cóctel demoledor que le abrasó los sesos reduciéndolo a menos que idiota. Ex miembro de AFL-CIO, el PC de Long Island Costa Norte, Comité de Defensa de los Obreros de la Confección, Americanos Comprometidos Contra el Fanatismo, Amigos de la Brigada Abraham Lincoln y Juego Limpio para la Liga Paul Robeson. Campamentos estivales socialistas cuando niño, desertor del Colegio de la Ciudad de Nueva York, rechazado en el servicio militar por sus ideas subversivas. Le gustaba trabajar en el teatro porque conocía a personas políticamente relevantes, además de mujeres. Trabajó en muchos espectáculos de Broadway, y en un puñado de películas de segunda fila, rodadas en Manhattan. Activista, pendenciero, un tipo duro. Le encantaba asistir a mítines y manifestaciones, firmar peticiones y usar la jerga comunista. Presente en la escena izquierdista neoyorquina hasta el 48. Luego nada.

Fotos.

Donna Patrice Cantrell era bonita pero dura, una versión más suave de su papá, el intoxicado. Jukey Rosensweig era un gordo corpulento de ojos desorbitados y gafas gruesas; Bill Wilhite era apuesto, blanco y pálido. Los actores de reparto, fotografiados por personal de vigilancia del FBI, eran sólo caras pegadas a cuerpos que empuñaban letreros: nombres, fechas y causas en el dorso, para dar un trasfondo histórico.

Aparcado en Gower, al norte de Sunset, Danny recordaba el guión y el material fotográfico. Había memorizado la cara de sus coprotagonistas: el jefe del piquete de los Transportistas a quien presuntamente se presentaría, los matones con quienes protestaría y discutiría, el entrenador de la Academia de Policía con quien debía luchar. Y por último, si el plan de Considine daba resultado, Norman Kostenz, jefe del piquete de la UAES, el hombre que lo conduciría hasta Claire de Haven. Respiró hondo, guardó el arma, la placa, las esposas y la identificación de Daniel Thomas Upshaw en la guantera, y metió la licencia de Theodore Michael Krugman en la billetera. Upshaw se transformó en Krugman; Danny echó a andar, listo para su papel.

La escena era un pandemonio dividido en dos hileras serpeantes: UAES, Transportistas, letreros sujetos a palos, gritos y abucheos, un metro de acera entre ambas facciones, una alcantarilla llena de desperdicios, las largas paredes de los estudios. Periodistas junto a sus coches en la otra acera de Gower, camiones repartiendo café y bollos, policías veteranos frunciendo el ceño, observando a los periodistas que escribían estupideces apoyados en el capó de un coche patrulla. Megáfonos rivales bombardeando la calle con eructos de estática y repeticiones de «¡FUERA ROJOS!» y «¡SUELDOS JUSTOS YA!»

Danny encontró al jefe del piquete de los Transportistas, el mismo de la foto; el hombre le guiñó el ojo subrepticiamente y le entregó un palo de pino con una inscripción pintada en cartón reforzado: UAES-Unión Americana de Extremistas Subversivos. Fingió que le daba instrucciones y le hizo rellenar una tarjeta; Danny vio que el hombre que conducía la camioneta de alimentos de los Transportistas lo seguía con la mirada. Sin lugar a dudas era el infiltrado de la UAES que se mencionaba en los informes de Considine. Los gritos aumentaron. El jefe del piquete llevó a Danny junto a sus coprotagonistas, Al y Jerry, idénticos a la foto y vestidos con tosca ropa de trabajo. Saludos enérgicos, tal como indicaba el guión: tres tipos duros e implacables poniéndose manos a la obra. Luego él, Ted Krugman, protagonizando su propia superproducción hollywoodense, rodeado de extras, una fila de buenos y una fila de malos, todos en movimiento, hileras separadas que avanzaban en direcciones opuestas.

Marchó en compañía de Al y Jerry, profesionales que conocían su oficio; se aproximaban letreros: ¡JUSTICIA FISCAL YA!; ¡NO A LA AUTOCRACIA DE LOS ESTUDIOS!; ¡SALARIOS JUSTOS! Codos de los Transportistas se hundieron en las costillas de los UAES; los malos torcieron la cara, no respondieron al ataque, siguieron marchando y gritando. Era la Cámara Humana acelerada; Danny imaginaba mezcladoras, picadoras, sierras eléctricas y motores potentes trabajando a toda marcha, sin dejarle pensar ni concentrarse en una imagen concreta. Siguió entonando sus diatribas prefabricadas, hablando a Jerry, que le respondió según el guión de Considine:

– Hablas como si te mandaran de Moscú, amigo. ¿De qué lado estás?

– ¡Del lado que me paga un maldito dólar por hora para esto, amigo! -respondió Danny.

Jerry le aferró el brazo mientras la gente de la UAES se detenía a mirar:

– Si eso no te basta…

Se zafó y siguió caminando y gritando según las indicaciones del guión; según lo establecido, el jefe del piquete se le acercó y le endilgó un sermón de advertencia, llamó a Al y Jerry, para que todos se dieran la mano como niños en el patio de la escuela, ante la mirada de un grupo de izquierdistas anémicos. Los tres actuaron hurañamente, el jefe del piquete volvió deprisa al camión y Danny vio que hablaba con el que repartía café -el infiltrado de la UAES- y señalaba con el pulgar el pequeño incidente en que acababa de arbitrar.

– No remolonees, Krugman -espetó Al.

Jerry masculló epítetos anticomunistas, Danny alegó que él formaba «parte del pueblo», un discurso en verdadero estilo Krugman por si los malos estaban escuchando, un material que Considine había descubierto en un viejo informe del Escuadrón Anticomunista de la policía neoyorquina: sindicatos de obreros de la confección machacando cabezas como salvajes mientras los «jefes» de ambos lados se desentendían de sus subalternos. Danny suplicó a los filisteos Al y Jerry que comprendieran por qué hablaba así; ellos sacudieron la cabeza y se alejaron, asqueados de trabajar junto con una traidora rata comunista.

Danny marchó, letrero en alto, gritando «¡FUERA ROJOS!», diciéndolo en serio, pero saboreando la pelota que acababa de lanzar. Su Cámara Humana empezó a funcionar, todo parecía contenido y controlado, como si acabara de tomarse sus cuatro copas de rigor y no quisiera una quinta, como si hubiera nacido para esto y el baile de maricas en el apartamento de Gordean no le afectara en lo más mínimo. Era un caos en el vacío: te empujaban hacia la picadora de carne y reías mientras te trituraban. Transcurrió el tiempo; Al y Jerry pasaron junto a él: una, dos, tres veces, mascullando palabrotas. En la cuarta ronda venían con el instructor de la Academia, una letrina de ladrillo cerrándole el paso, plantándole los dedos en el pecho. Esa mole improvisó a partir del guión de Considine:

– ¿Así que éste es un comunista duro? A mí me parece una mujercita débil.

Y luego susurró algo que no figuraba en el guión:

– Actúa bien, bazofia del condado.

Danny improvisó. Retorció los dedos de esa mole hasta rompérselos. El hombre aulló y soltó un gancho de izquierda, Danny atacó arrojándole puñetazos al plexo solar. El instructor de la Academia se arqueó, Danny le propinó un taconazo de acero en los testículos, lanzándolo contra el piquete de la UAES.

Cundieron los gritos; sonaron silbatos. Danny recogió un cartel y se dispuso a arrojarlo contra la cabeza de su coprotagonista. Luego lo rodearon uniformes azules y porras que lo derribaron a golpes. Una y otra vez lo tumbaron y lo levantaron, y al fin lo tumbaron y lo patearon. Se desmayó, luego sintió sabor a sangre y acera. Unas manos lo levantaron y se encontró frente a Norman Kostenz, idéntico a la foto que le había dado Mal Considine, un tipo amistoso que le decía:

– Ted Krugman, ¿eh? Creo que he oído hablar de ti.


La hora siguiente pasó con una celeridad de cámara rápida.

El afable Norman lo ayudó a limpiarse y lo llevó a un bar del Boulevard. Danny se recuperó pronto de los golpes. El dolor le palpitaba en el trasero, los dientes flojos, los costados. Los policías de uniforme tenían que haber sabido del plan de Considine y habían improvisado, de lo contrario le habrían partido la cabeza en serio. El guión indicaba que interrumpieran la trifulca, separaran a los combatientes y propinaran algunos golpes menores antes de distanciarlos. Obviamente habían seguido su propia iniciativa, y las patadas y su caída en la alcantarilla eran una improvisación, una represalia por haberse ensañado con uno de los suyos. Ahora la pregunta era cómo reaccionaría «Llámame Mal» por el daño que había causado. A fin de cuentas, él había estado en el Departamento de Policía.

En el bar las preguntas lo obligaron a ser Ted Krugman, sin tiempo para pensar en las consecuencias.

Norm Kostenz le tomó una foto para tener un recuerdo de la pelea y lo alabó, un adorador de los duros; Danny empezó a ser Ted bebiendo una cerveza y una copa doble, fingiendo que rara vez bebía, que era sólo para aliviar sus huesos machacados por los fascistas. El alcohol sirvió de ayuda: le calmó ese dolor ardiente y le hizo mover los hombros para aliviar los calambres que vendrían después. Después del trago se sintió mejor, orgulloso de su representación; Kostenz comentó que Jukey Rosensweig solía hablar de él y de Donna Cantrell. Danny representó una escena de dolor sobre Donna, valiéndose de ella para cubrir sus años de inactividad: el profesor Cantrell convertido en un vegetal, su amada Donna muerta por culpa de los fascistas, él demasiado aturdido por el dolor para organizar, protestar o contraatacar. Kostenz insistió. Quiso saber qué había hecho desde el suicidio de Donna, Danny le ofreció un combinado Upshaw-Krugman: robos de coches reales efectuados por un imaginario Ted el Rojo, falsas fugas a la Costa Este. El afable Norm se lo tragó todo, un buen plato fuerte; pidió una segunda ronda de tragos y le hizo preguntas sobre el conflicto del sector de la confección, la Liga Robeson, los comentarios que había hecho Jukey. Danny pasó la prueba sin problemas: nombres e imágenes cedidas por Considine, largos discursos ensalzando las virtudes de diversos izquierdistas, salpimentadas con rasgos de agentes y personas de San Berdoo que había conocido en la realidad. Kostenz lamió el plato y pidió más, Danny subió al cielo. Se le habían calmado los dolores, y se acariciaba las mangas de la cazadora como si fueran su segunda piel. Combinó historias inventadas con datos de Considine: un largo discurso sobre su pérdida de fe política, la constante seducción de mujeres comunistas, basada en las fotos de Mal, su larga odisea a través del país. El autodesprecio y la curiosidad lo habían llevado al piquete de los Transportistas, aunque ahora sabía que nunca podría ser un matón fascista: quería trabajar, pelear, organizar, ayudar a la UAES a terminar con la explotadora tiranía de los dueños de los estudios. Casi sin aliento, Norm Kostenz escuchó, se levantó y dijo:

– Puedes reunirte conmigo y nuestra supervisora? Mañana a mediodía en El Coyote, en Beverly.

Danny se levantó tambaleándose. Supo que era más por su actuación, merecedora de un Oscar, que por el alcohol y la paliza. Dijo «Allí estaré» y se cuadró como el tío Stalin en un noticiario que había visto.


Danny regresó a su apartamento, se cercioró de que sus archivos y fotos estaban en su escondrijo, se dio una ducha caliente y se puso árnica en los cardenales que se le empezaban a formar en la espalda. Desnudo, ensayó un diálogo con Claire de Haven frente al espejo del cuarto de baño, luego se puso su atuendo izquierdista: pantalones de lana, cinturón de piel, camiseta, botas, cazadora de piel. Ted Krugman pero policía. Se admiró a sí mismo en el espejo, luego se dirigió al Strip.

Anochecía y el crepúsculo oscurecía los nubarrones bajos. Danny aparcó en Sunset frente a la agencia Felix Gordean, se hundió en el asiento empuñando los binoculares y escudriñó la casa. Era un edificio de una planta: gris, estilo francés rústico, ventanas con persianas, arcada, letras art déco de bronce sobre el buzón. Al lado había un garaje con la entrada iluminada por las luces del techo. Había tres coches aparcados dentro; Danny entornó los ojos y anotó tres matrículas de California del 49: DB 6841, GX 1167, QS 3334.

Cayó la noche, Danny fijó los ojos en la entrada. A las cinco y media un blanco de unos veinticinco años salió, subió al Ford verde GX 1167 y se marchó. Danny anotó una descripción del coche y del hombre, luego siguió observando. A las seis menos cuarto llegó un La Salle blanco de la preguerra, California, 1949, TR 4191; un latino joven y apuesto con chaqueta y pantalones holgados se apeó, llamó al timbre y entró en la agencia. Danny tomó nota, siguió observando, vio que dos hombres mayores de pelo oscuro con traje de ejecutivo salían, caminaban hasta el garaje y subían al DB 6841 y al QS 3334, arrancaban y se marchaban por Sunset en direcciones opuestas. El latino salió diez minutos después; Danny redondeó la descripción de esos hombres. Ninguno se parecía al sospechoso.

El tiempo pasó lentamente, Danny se quedó pegado al asiento. Apestaba a ungüento y volvía a sentir los músculos doloridos. A las seis y cuarto un Rolls-Royce entró en el garaje; un hombre con traje de chófer se apeó, llamó al timbre de la agencia, habló por el interfono, cruzó la calle y se perdió de vista. En el interior de la casa se apagaron las luces. Sólo una ventana quedó iluminada.

Danny pensó: el chófer de Gordean ha dejado el coche, tal vez no vengan más «clientes». Vio una cabina telefónica en la esquina, caminó hasta allí, insertó una moneda en la ranura y llamó a Circulación por la línea policial.

– ¿Sí? ¿De parte de quién?

Danny observó la única luz encendida del edificio.

– Agente Upshaw, Hollywood Oeste. Deprisa.

– Andamos un poco atrasados con los registros de vehículos -dijo el operador.

– Ésta es la línea policial, no la Central de Circulación. Soy un detective de homicidios, así que dése prisa.

El hombre respondió con tono compungido.

– Estábamos ayudando a regis… Lo lamento, agente. Déme esos nombres.

– Tengo los números y la descripción de los vehículos. Usted déme los nombres. Cuatro matrículas de California del 49: DB 6841, GX 1167, QS 3334 y TR 4191. Dése prisa.

– Sí, señor -dijo el operador. Hubo un zumbido en la línea, Danny observó la agencia de Felix Gordean. Los segundos se alargaron; el hombre regresó-. Los tengo, agente.

Danny apoyó la libreta en la pared.

– Escucho.

– DB 6841 pertenece a Donald Willis Wachtel, calle Franklin 1638, Santa Mónica. GX 1167 pertenece a Timothy James Costigan, calle Saticoy 11692, Van Nuys. En QS 3334 tenemos a Alan Brian Marks, Cuarta Avenida 209, Venice. El TR 4191 es de Augie Luis Duarte, Vendome Norte 1890, Los Ángeles. ¿Es todo?

Los nombres no le decían nada, aunque el «Duarte» le resultaba familiar. Danny colgó justo cuando se apagaba la luz de la ventana. Corrió a su coche, se puso al volante y esperó.

Felix Gordean salió poco después. Comprobó que la puerta estaba bien cerrada, apagó las luces del garaje, retrocedió con el Rolls y viró en redondo para enfilar hacia el oeste por Sunset. Danny contó hasta cinco y lo siguió.

Resultaba fácil seguir al Rolls. Gordean conducía con cautela y se mantenía en el carril central. Danny dejó que un coche se interpusiera entre ambos y se guió por la antena de Gordean, una larga vara de metal con una bandera ornamental en la punta. El resplandor de los faros que venían en dirección contraria la destacaba.

Viajaron hacia el oeste. Salieron del Strip y entraron en Beverly Hills. En Linden el coche de en medio viró a la derecha y se dirigió hacia el norte. Danny se acercó a Gordean, rozando el parachoques del Rolls con los faros, luego retrocedió. Dejaron Beverly Hills para entrar en Holmby Hills y Westwood, el tráfico era casi nulo. Brentwood, Pacific Palisades, un verdor moteado de casas estilo español y terrenos baldíos. Sunset Boulevard serpeaba en medio de una oscuridad verde y negruzca. Danny vio el reflejo de unos faros tras él.

Mantuvo la velocidad, los haces se intensificaron y desaparecieron. Miró por el espejo retrovisor, vio luces bajas a tres coches de distancia y a nadie más en el camino; pisó el acelerador y avanzó hasta que el Rolls de Gordean estuvo a menos de un tiro de piedra del morro del Chevy. Otro vistazo por el espejo: un coche detrás.

Lo seguían.

Alguien lo vigilaba.

Doble vigilancia.

Danny tragó saliva. A la derecha vio una hilera de terrenos desiertos, bordeados de tierra. Viró bruscamente a la derecha, tomó la cuneta de tierra y avanzó por un terreno pedregoso, castigando la parte inferior del Chevy. El otro coche seguía por Sunset, sin luces y a la misma velocidad, viró a la izquierda, puso primera, abandonó el camino de tierra para volver al asfalto. Encendió las luces largas; segunda y tercera, apretó el acelerador. Un sedán pardo de posguerra, perdiendo terreno; la matrícula enlodada, el conductor tal vez deslumbrado por sus luces.

De pronto el sedán viró a la derecha y tomó por una calle lateral mal iluminada. Danny frenó y patinó virando en redondo. El coche quedó parado frente al tráfico. Se acercaban faros; arrancó, salió del camino y avanzó calle arriba dejando atrás Sunset y una salva de bocinazos.

Había bungalows a ambos lados de la calle; un letrero indicaba que el lugar era «La Paloma Drive Norte, 1900». Danny aceleró. La calle era cada vez más empinada y no había coches en movimiento a la vista. Las luces de las casas le daban un poco de claridad. La Paloma Drive se convirtió en una cima y se acható. Allí estaba su sedán pardo, al borde de la calle, la portezuela abierta.

Danny frenó detrás, encendió las luces altas, desenfundó el arma. Bajó y avanzó revólver en mano. Miró dentro y no vio nada salvo una pulcra tapicería, retrocedió y vio un Pontiac Super Chief 48 abandonado en una calle despoblada rodeada de colinas oscuras.

El corazón le palpitaba aceleradamente, tenía la garganta seca y las piernas flojas, y le temblaba la mano del arma. Escuchó y no oyó nada salvo sus propios ruidos; buscó rutas de escape y vio una docena de calzadas que conducían a patios traseros y la sierra de las Montañas de Santa Mónica.

Danny pensó: «Actúa como un policía, anda despacio, estás a cargo de un caso de homicidio.» Esa frase lo calmó; enfundó la 45, se arrodilló y registró el asiento delantero.

Nada en el asiento; la documentación sujeta a la columna de dirección, donde debía estar. Danny desató la tira de plástico sin tocar superficies planas, la puso a la luz de sus faros y leyó:

Wardell John Hascomb, Iola Sur 9816 1/4, Los Ángeles. Número de permiso, California 416893-H; número de matrícula, California JQ 1338.

South Central, distrito negro, la zona donde el asesino había robado el coche con que trasladó a Martin Goines.

Él.

Danny empezó a temblar. Regresó a Sunset y enfiló hacia el oeste hasta que encontró una gasolinera con teléfono. Con manos trémulas, insertó una moneda en la ranura y llamó a Circulación.

– ¿Sí? ¿De parte de quién?

– Agente Upshaw, Hollywood Oeste.

– ¿El que llamó hace media hora?

– Sí, maldita sea. Busque esto en Vehículos Robados: sedán Pontiac Super Chief 1948, JQ 1338 de California. Si es robado, quiero saber de dónde se lo llevaron.

– Comprendido. -Silencio. Danny esperó en la cabina, tiritando. Sacó libreta y pluma para anotar los datos. Vio «Augie Luis Duarte» y comprendió por qué le resultaba familiar: había un Juan Duarte en el informe de la UAES que estudiaba. Eso no significaba nada. Duarte era un apellido mexicano tan extendido como García o Hernández.

La voz volvió.

– Lo robaron esta tarde frente a Normadie Sur 9945. El dueño es un tal Wardell J. Hascomb, negro, domiciliado en…

– Ya tengo eso.

– ¿Sabe, agente? Su colega era mucho más amable.

– ¿Qué?

El hombre parecía irritado, como si estuviera hablando con un cretino.

– El agente Jones. Llamó para que le repitiera esos cuatro nombres que le di a usted. Dijo que usted había perdido las notas.

Ahora la cabina le pareció helada. No existía ese agente. Alguien, tal vez «él», lo había observado mientras vigilaba la oficina de Gordean, tan cerca como para oír su conversación con el empleado y deducir que estaba solicitando registros de vehículos.

– Describa la voz -dijo Danny, tiritando.

– ¿La de su colega? Demasiado culta para ser la de un detective, y…

Danny colgó, insertó la última moneda y marcó la línea directa de la oficina de Hollywood. Una voz respondió «Detectives» y Danny dijo:

– El sargento Shortell. Dígale que es urgente.

– Bien.

Un chasquido, un bostezo del veterano sargento.

– Sí. ¿Quién habla?

– Upshaw. Jack, el asesino me ha estado siguiendo en un auto robado.

– ¿Qué demonios…?

– Sólo escuche. Me di cuenta, él escapó y abandonó el coche. Anote esto: Pontiac Super 48, pardo, La Paloma Drive, saliendo de Sunset en Pacific Palisades, donde el camino se achata en una loma. Que dactiloscopia investigue el coche, usted interrogue. Se marchó a pie y allí sólo hay colinas, así que estoy seguro de que se nos ha escapado, pero hágalo de todos modos. Y deprisa… yo no estaré allí para supervisar.

– Santo cielo.

– Ya lo creo. Consígame además los antecedentes de estos cuatro hombres: Donald Wachtel, Franklin 1638, Santa Mónica; Timothy Costigan, Saticoy 11692, Van Nuys; Alan Marks, Cuarta Avenida 209, Venice; Augie Duarte, Vendome 1890, Los Ángeles. ¿Entendido?

– Entendido -dijo Shortell.

Danny colgó y salió en busca de «él». Regresó a La Paloma y encontró el coche tal como lo había dejado. Sacó la linterna por la ventanilla y la apuntó hacia los bungalows, los callejones, los patios y las colinas. Gente convencional sacando la basura; perros, gatos y un coyote asustado transfigurado por el resplandor en los ojos. Ningún hombre alto y maduro de adorable pelo plateado escapando serenamente de una detención por robo de un vehículo. Danny regresó a Sunset y se acercó despacio a la playa, escrutando ambos lados de la calle; en la carretera de la costa, hurgó en su memoria buscando la dirección de Felix Gordean. Recordó: Carretera de la Costa del Pacífico 16822. Enfiló hacia allí.

Estaba del lado de la playa, un edificio colonial de madera blanca construido sobre columnas que se hundían en la arena. El nombre de Felix Gordean en letras art déco sobre el buzón. Danny aparcó frente a la casa y llamó al timbre, sonaron campanillas como las de Marmont. Abrió la puerta un niño bonito en quimono. Danny le mostró la placa.

– Departamento del sheriff. Quiero ver a Felix Gordean.

El chico le cerró el paso.

– Felix no se encuentra bien.

Danny le echó un vistazo: el pelo rubio oxigenado le revolvió el estómago. Detrás del chico se veía un salón muy moderno, con un espejo que cubría una pared entera: cristal ahumado como el de los espejos unidireccionales de las salas de interrogatorios de la policía. Vandrich: a Gordean le gustaba mirar a hombres follando con hombres.

– Dile que es el agente Upshaw -dijo Danny.

– Está bien, Christopher. Hablaré con el agente.

El niño bonito se sobresaltó al oír la voz de Gordean, Danny entró y vio al hombre. Vestía una elegante bata de seda y miraba hacia el espejo. No se volvió.

– ¿Va a mirarme a mí?-dijo Danny.

Gordean giró lentamente.

– Hola, agente. ¿Olvidó algo la otra noche?

Christopher se acercó y se plantó junto a Gordean, dedicando un mohín y una risita al espejo.

– Cuatro nombres que necesito investigar. Donald Wachtel, Alan Marks, Augie Duarte y Timothy Costigan -espetó Danny.

– Esos hombres son mis clientes y amigos, y todos estuvieron en mi oficina esta tarde. ¿Ha andado espiándome?

Danny avanzó hacia los dos, apartándose del espejo.

– Sea concreto. ¿Quiénes son?

Gordean se encogió de hombros y se apoyó las manos en las caderas.

– Como he dicho, clientes y amigos.

– Como he dicho, sea concreto.

– Muy bien. Don Watchel y Al Marks son locutores de radio, Tim Costigan era cantante de las grandes orquestas y Augie Duarte es un actor incipiente para quien he encontrado trabajo en publicidad. Tal vez usted lo haya visto en televisión. Le encontré un papel de campesino en un anuncio para la Asociación de Sembradores de Críticos de California.

Niño Bonito se abrazaba el cuerpo, cautivado por el espejo. Danny olió el miedo de Gordean.

– ¿Recuerda mi descripción del sospechoso? ¿Alto, canoso, cuarentón?

– Sí. ¿Qué tiene que ver?

– ¿Ha visto a alguien así cerca de su oficina?

Silencio de Gordean, Christopher apartó los ojos del espejo, boquiabierto. Un breve apretujón de manos, rufián a Niño Bonito; silencio del chico. Danny sonrió.

– Eso es todo. Lamento haberlo molestado.

Dos hombres entraron en el salón. Llevaban calzoncillos de seda roja, uno se estaba quitando una máscara con lentejuelas. Los dos eran jóvenes y musculosos, con las piernas afeitadas y el torso embadurnado con algún ungüento. El más alto le lanzó un beso a Danny. Su amigo frunció el ceño, se enganchó los dedos en los calzoncillos, regresó al pasillo y se perdió de vista. Reían entre dientes, Danny sintió ganas de vomitar y se dirigió a la puerta.

– ¿Ninguna pregunta sobre eso, agente?-entonó Gordean a sus espaldas.

Danny dio media vuelta.

– No.

– ¿No diría usted que es contrario a sus hábitos? Sin duda tiene usted una agradable familia. Una esposa o una amante, una bonita familia que se escandalizaría de esto. ¿No le gustaría hablarme de ellos mientras se toma una copa de ese exquisito coñac Napoleón que tanto le gusta?

Durante una fracción de segundo Danny sintió terror; Gordean y Niño Bonito se convirtieron en siluetas de papel, delincuentes en los cuales debía vaciar su arma. Giró y salió dando un portazo. Vomitó en la calle, encontró una manguera que salía de la casa vecina, bebió y se enjuagó la cara. Más sereno, llevó el Chevy al otro lado del camino y aparcó para esperar con las luces apagadas.

Niño Bonito salió de la casa veinte minutos más tarde y avanzó por una rampa hacia la playa. Danny lo dejó llegar a la escalera, le dio cinco segundos más de ventaja y echó a correr. Sus botas de motociclista taconeaban sobre el cemento; el chico se volvió y se detuvo. Danny caminó más despacio.

– Hola -lo saludó Christopher-. ¿Quieres disfrutar del paisaje con…?

Danny le dio un puñetazo en el vientre, aferró un mechón de cabello oxigenado y le abofeteó la cara hasta que los nudillos se le mojaron de sangre. La luna le iluminó el rostro: ninguna lágrima, ojos abiertos y resignados. Danny dejó que el chico se arrodillara en el suelo y vio cómo se encorvaba sobre el quimono.

– Viste a ese hombre en la oficina de Gordean. ¿Por qué no me lo has dicho?

Christopher se limpió la sangre de la nariz.

– Felix no quería que hablara de eso. -Ningún gemido, ningún desafío, nada en la voz.

– ¿Haces todo lo que ordena Felix?

– Sí.

– ¿De manera que viste a un hombre así?

Christopher se puso en pie y se apoyó en la baranda con la cabe_ za inclinada.

– El hombre tenía un pelo realmente hermoso, como el de una estrella de cine. Yo hago trabajo de archivo en la agencia, y en los últimos días lo he visto a menudo en la parada de autobuses de Sunset.

Danny se masajeó los nudillos contra la manga de la cazadora.

– ¿Quién es?

– No lo sé.

– ¿Lo has visto con un coche?

– No.

– ¿Lo has visto hablando con alguien?

– No.

– ¿Pero le hablaste a Felix sobre él?

– S-sí.

– ¿Y cómo reaccionó?

Christopher se encogió de hombros.

– No lo sé. No reaccionó demasiado.

Danny se apoyó en la baranda apretando los puños.

– Sí reaccionó, así que habla.

– Felix no quiere que hable.

– No, pero si no hablas voy a hacerte daño.

El chico se apartó, tragó saliva y habló deprisa; era la primera vez que actuaba como soplón y quería terminar de una vez.

– Al principio pareció asustado, luego reflexionó y me dijo que señalara al hombre desde la ventana la próxima vez que lo viera.

– ¿Lo viste de nuevo?

– No. No volví a verlo.

Danny pensó: y nunca lo verás, pues ahora sabe que estoy al corriente de sus pasos.

– ¿Gordean lleva registros de su servicio de presentaciones?

– No. Tiene miedo de hacerlo.

Danny le dio un codazo.

– Te gustan los juegos, así que aquí tienes uno. Yo digo una cosa y tú la asocias con Gordean, a quien sin duda conoces a fondo. Y mírame, así sabré si estás mintiendo.

El chico se volvió, mirándolo de frente. Sus atractivos rasgos estaban maltrechos y demacrados. Danny le clavó los ojos, pero los labios trémulos lo obligaron a mirar hacia el mar.

– ¿Conoce Gordean a algún músico de jazz, gente que frecuente los clubes del distrito negro?

– No lo creo. No es su estilo.

– Piensa deprisa. Estaca cortante. Es un palo con hojas de afeitar en la punta, un arma.

– No sé de qué estás hablando.

– Un hombre como el que viste en la parada de autobuses, un hombre que use los servicios de Gordean.

– No. Nunca había visto a ese hombre de la parada de autobuses, y no conozco a ningún…

– Dentistas, mecánicos dentales, hombres que puedan hacer postizos.

– No. Demasiado tosco para Felix. Oh Dios, todo esto es tan raro.

– Heroína. Tipos que la vendan, tipos que la usen, tipos que puedan conseguirla.

– No, no, no. Felix odia a los adictos, opina que son vulgares. ¿Podemos darnos prisa? Nunca tardo tanto cuando salgo a pasear, y Felix podría preocuparse.

Danny sintió ganas de aporrearlo de nuevo; clavó los ojos en el agua, imaginando aletas de tiburón que hendían las olas.

– ¡Cállate y responde! El servicio. Felix se excita cuando otros admiten lo que son, ¿verdad?

– Cielos… sí.

– ¿Alguno de esos cuatro hombres que mencioné son maricas que él descubrió?

– N-no lo sé.

– ¿Maricas en general?

– Donald y Augie, sí. Tim Costigan y Al Marks son simples clientes.

– ¿Han trabajado alguna vez para el servicio Augie y Don?

– Augie sí, es todo lo que sé.

– ¡Christopher! ¿Te has caído al agua y te has ahogado?

Danny dejó de mirar el oleaje para observar la playa. Felix Gordean estaba de pie en el porche trasero, una figura diminuta iluminada por faroles de papel. Detrás de él había una cristalera entreabierta; los dos tipos fornidos estaban abrazados en el suelo, en el interior.

– Por favor, ¿puedo irme?-murmuró Christopher.

Danny volvió a mirar sus tiburones imaginarios.

– No hables de esto con Gordean.

– ¿Cómo le explico lo de mi nariz?

– Dile que te mordió un tiburón.

– ¡Christopher! ¡Ven de una vez!


Danny regresó a La Paloma Drive. Una luz de arco voltaico alumbraba el Pontiac abandonado; Mike Breuning estaba sentado en el capó de un coche policial sin insignias, mirando el trabajo de un técnico de dactiloscopia. Danny apagó el motor e hizo sonar el claxon; Breuning se le acercó y se apoyó en la ventanilla.

– Ninguna huella salvo las del dueño del coche. Las identificamos porque tiene registrada un arma. Ningún antecedente con los nombres que le diste a Shortell, quien está interrogando a los vecinos. ¿Qué pasó? Jack dijo que el asesino te perseguía.

Danny se apeó del coche, molesto por el remoloneo de Breuning.

– Estaba vigilando una agencia del Strip, una agencia artística dirigida por un tipo que además es alcahuete de homosexuales. Obtuve algunos números de permisos de conducir y llamé a Circulación. Luego llamó un tipo que se hizo pasar por policía y también los averiguó. Alguien me siguió y huyó cuando me di cuenta. Robaron este coche en el distrito negro, cerca del lugar donde robaron el coche en que trasladaron el cadáver de Martin Goines. Tengo un testigo presencial que vio cerca de la agencia artística a un hombre cuya descripción concuerda con la del asesino. Eso significa que hay que poner a esos cuatro hombres bajo vigilancia. Ahora.

Breuning soltó un silbido.

– Nada salvo las huellas del dueño -informó el técnico desde el coche.

– Usted y Jack interrogarán a los vecinos. Sé que no servirá de mucho, pero quiero que lo hagan. Cuando terminen, revisen las hojas de servicio de las compañías de taxis para ver si recogieron a alguien en las Palisades y en Santa Mónica Canyon. Interroguen a los conductores de autobuses de la línea Sunset. Tuvo que huir de algún modo. Quizá robó otro coche, así que haga indagaciones en las oficinas de Los Ángeles Oeste, el Departamento de Policía de Samo y el Departamento del sheriff de Malibú. Iré a casa un momento, luego me dirigiré al Southside para ver dónde robaron el Pontiac.

Breuning sacó una libreta.

– De acuerdo, pero ¿dónde esperas conseguir más hombres para vigilar a esos cuatro? Gene, Jack y yo tenemos trabajo de sobra, y Dudley me contó que te tiene ocupado en esa operación con los comunistas.

Danny pensó en Mal Considine.

– Conseguiremos los hombres.

La lámpara se apagó; la calle quedó a oscuras.

– ¿Qué pasa con Augie Luis Duarte? El asesino no es mexicano y ninguna de sus víctimas lo eran. ¿Por qué lo has incluido?

Danny decidió revelar lo de Gordean.

– Es parte de una pista que seguí por mi cuenta. El alcahuete es un tal Felix Gordean, que dirige un refinado servicio de presentación para homosexuales. George Wiltsie trabajaba para él, el asesino estaba vigilando su oficina, Duarte fue uno de los nombres que le di al empleado de Circulación, y fue uno de los maricas de Gordean. ¿Satisfecho?

Breuning silbó de nuevo.

– Quizá Dudley pueda conseguirnos los hombres necesarios. Es bueno para eso.

Danny entró en el coche con una sensación rara: el enviado de Dudley Smith le daba la razón.

– Manos a la obra -dijo-. Si averiguáis algo, llamadme a casa.

Viró en redondo y bajó por La Paloma hasta Sunset, pensando en un bocadillo, un trago y un paseo por el distrito negro. Sunset estaba llena de coches; Danny viró hacia el este y se unió a una estela de luces. Tenía la mente en blanco, pasaron los kilómetros. Luego, al llegar al Strip, se aterró como ese medio segundo en la casa de la playa. Esta vez eran tomas cortas con la Cámara Humana.

Cy Vandrich intentando seducirlo.

Breuning rechazando las estacas cortantes como si uno de esos artefactos lo atacara.

Niles y sus dos reos; «según un contacto que tengo en el condado usted no es el buen chico que parece».

«Actúa bien, bazofia del condado», y un policía tumbado a sus pies.

La persecución, como un robo de coches a la inversa; tenía que ser él, no podía ser él, era demasiado que fuera él, era demasiado que no fuera él.

Gordean leyéndole la mente.

Golpes a un homosexual patético.

Las tomas se disolvieron en un ansia de beber una copa que lo acompañó el resto del camino. Danny abrió la puerta y parpadeó ante la inesperada luz del salón; vio la botella que había en la mesita y pensó que entraba en una pesadilla. Desenfundó el arma, comprendió que era una locura y la enfundó; caminó hasta la mesa, vio una nota apoyada contra la botella y leyó:


Ted:

Esta mañana estuviste brillante en el piquete. Yo estaba apostado en De Longpre y lo vi todo. De paso, indiqué al instructor de la Academia que te llamara «bazofia», con la esperanza de que te estimulara la agresividad. Tu habilidad superó mis expectativas, y ahora debo a ese agente mucho más que una botella de whisky. Le rompiste todos los dedos y le agrandaste los testículos. Le di una recomendación para aplacarlo. Más buenas noticias: el capitán Will Bledsoe murió esta mañana de un ataque de apoplejía, el fiscal McPherson me ha ascendido a capitán y me designó jefe de investigación de la Fiscalía. Buena suerte con la UAES (vi que Kostenz se te acercaba). Hagamos un buen trabajo, después del gran jurado te recomendaré para que seas sargento y empezaré a mover influencias para traerte a la Oficina. Necesito un buen ejecutivo, y las barras de teniente que acompañan el cargo te convertirán en el oficial más joven de la historia de la ciudad y el condado. Nos veremos mañana a medianoche en el Pacific Dining Car. Lo celebraremos y podrás contarme cómo va tu trabajo.

Afectuosamente,

Mal.


Danny prorrumpió en sollozos espasmódicos que no se disolvían en lágrimas. Siguió sollozando, olvidando el trago que había deseado.

22

Jefe de investigación de la Fiscalía.

Dos barras de plata, tres mil quinientos dólares más al año, prestigio para la batalla por la custodia. El mando de veinticuatro detectives seleccionados en otras agencias policiales según su sagacidad y su capacidad para reunir pruebas sólidas. Influencia decisiva en la toma de decisiones, en la búsqueda de condenas. El atajo para llegar a la jefatura.

Poder: un rango superior al de Dudley Smith y el prestigio para hacer tolerable una tarde de trabajo con Buzz Meeks.

Mal entró en la oficina de Los Ángeles del Servicio de Inmigración y Nacionalización. Ellis Loew había llamado temprano; él y Meeks debían reunirse en Inmigración; enterrar antiguas diferencias y revisar los archivos en busca de simpatizantes de la UAES nacidos fuera de Estados Unidos para amenazarlos con la deportación. Loew lo había expresado como una orden; capitán o no, Mal no tenía opción. Loew también había solicitado un informe detallado sobre interrogatorios a gente ajena a la UAES y un informe actualizado; estaba retrasado en eso, porque presenciar la actuación de Danny Upshaw le había costado una tarde: Mal había actuado como jefe mientras Dudley salía a apretar las tuercas a los rojos mencionados por Lenny Rolff.

Mal se instaló en la sala de archivos que el supervisor les había indicado. Miró el reloj y advirtió que era temprano: Meeks no llegaría hasta las nueve, así que le quedaban cuarenta minutos para trabajar hasta que llegara el gordo. Había carpetas apiladas en una larga mesa de metal, Mal las empujó hacia la esquina, se sentó y se puso a escribir.


Informe 10/1/50

A: Ellis Loew

De: Mal Considine


Ellis:


Éste es mi primer informe como jefe de investigación de la Fiscalía. Si no fuera confidencial, podrías enmarcarlo.

Ante todo, Upshaw tuvo un gran éxito ayer. No tuve oportunidad de contártelo por teléfono, pero estuvo sensacional. Observé, y vi que el hombre de UAES se le acercaba. Dejé a Upshaw una nota pidiéndole que se reuniera conmigo esta noche en el Dining Car para darme un informe, y apuesto a que para entonces ya habrá establecido contacto con Claire de Haven. Mañana por la mañana te daré un informe verbal sobre las novedades.

Hace dos días, Dudley y yo interrogamos a Nathan Eisler y Leonard Rolff, guionistas no procesados por el HUAC. Ambos corroboraron que Minear y Loftis, miembros de la UAES, planeaban subvertir el contenido de las películas con doctrinas comunistas y ambos han aceptado ser testigos voluntarios. Eisler nos entregó un diario que confirma una vez más la promiscuidad de Claire de Haven: buenas noticias para Upshaw. Eisler declaró que Claire de Haven reclutaba a los miembros iniciales de la UAES valiéndose de la seducción sexual, un elemento importante para un tribunal abierto en caso de que ella tenga la audacia de querer testificar. Rolff proporcionó información sobre un total de cuatro izquierdistas no pertenecientes a la UAES. Dudley interrogó ayer a dos de ellos y me llamó anoche con los resultados: aceptaron comparecer como testigos voluntarios, corroboraron que Ziffkin, De Haven, Loftis, Minear y los tres mexicanos habían efectuado declaraciones poco convenientes acerca del derrocamiento de Estados Unidos por el Partido e informaron sobre un total de otros diecinueve camaradas. Estoy preparando un cuestionario detallado que se presentará a todos los testigos voluntarios, datos que podrás usar en tu presentación inaugural, y quiero que funcionarios de la ciudad supervisen la entrega y recuperación de estos papeles. La razón para ello es que Dudley es una presencia demasiado intimidatoria, y tarde o temprano sus tácticas de coacción resultarán contraproducentes. Sólo podremos reunir un gran jurado si la UAES continúa ignorando nuestros movimientos. Los hemos tranquilizado, así que mantengamos a Dudley bajo control. Si uno de nuestros testigos se arrepiente y delata a los dirigentes de la UAES, estamos perdidos.

He aquí algunos pensamientos al azar:

1.- Este asunto se está convirtiendo en un alud y pronto será un alud de papel. Lleva a esos empleados a tu casa: pronto presentaré informes, cuestionarios y resúmenes elaborados a partir de detalles del diario de Eisler. Dudley, Meeks y Upshaw presentarán informes. Quiero que toda esta información se archive de modo claro.

2.- Estabas preocupado por la falsa identidad de Upshaw. No te preocupes. La hemos examinado una y otra vez. «Ted Krugman» no tenía conocidos directos entre los miembros de la UAES; a lo sumo lo conocían de oídas, pero lo conocían. Upshaw es un agente muy listo, sabe cómo actuar y sospecho que disfruta con la farsa.

3.- ¿Dónde está el doctor Lesnick? Necesito hablar con él, hacerle preguntas profesionales y conocer su opinión sobre ciertos aspectos del diario de Eisler. Además, todos sus archivos terminan en el verano del 49. ¿Por qué? Hay una laguna (42-44) en el archivo de Loftis, clave para la época en que expresaba rabiosamente opiniones comunistas y presentaba una mala imagen cinematográfica de la policía para «erosionar el sistema americano de jurisprudencia». Espero que no se haya muerto. Parecía casi muerto hace diez días. Haz que el sargento Bowman lo encuentre y cerciórate de que me llame.

4.- Cuando hayamos reunido y ordenado las pruebas, necesitaremos pasar un buen tiempo decidiendo a qué testigos haremos comparecer. Algunos estarán conmocionados y furiosos por culpa de Dudley y sus abusos. Como te decía, sus métodos serán contraproducentes. En cuanto tengamos suficientes testigos, quiero hacerme cargo de los interrogatorios y realizarlos a mi modo, con suavidad, ante todo para garantizar la seguridad de nuestra investigación.

5.- Dudley está obsesionado por el episodio de Sleepy Lagoon, y siempre lo trae a colación en los interrogatorios. Todo indica que los acusados eran inocentes, y creo que debemos evitar testimonios sobre Sleepy Lagoon en el tribunal, a menos que nos lleven tangencialmente hacia declaraciones propicias. El caso fue favorable para la izquierda de Los Ángeles, y no podemos permitirnos el lujo de presentar como mártires a los miembros de la UAES (muchos) que también integraron el Comité de Defensa. Ahora tengo un rango superior al de Dudley, y se lo haré saber para que actúe con más suavidad con los testigos. A la luz de lo antedicho, y en concordancia con mi nuevo rango, te pido que me asciendas a oficial al mando de esta investigación.


Tuyo,

capitán M. E. Considine,

jefe de investigación de la Fiscalía de Distrito


Mal sintió un escozor al escribir este nuevo título, pensó en comprarse una pluma cara para celebrar la ocasión. Se desplazó hacia las pilas de archivos, oyó «¡Atención!» y vio un pequeño objeto azul volando hacia él. Buzz Meeks se lo había arrojado. Lo atajó por reflejo: una cajita de terciopelo.

– Un símbolo de paz, capitán -dijo Meeks-. No pienso pasarme el día con un tipo que tal vez quiso hacerme matar sin adularlo un poco.

Mal abrió la caja y vio un par de galones plateados de capitán. Miró a Meeks.

– No pido un apretón de manos ni un agradecimiento -continuó el gordo-, pero me gustaría saber si fuiste tú quien me disparó esos torpedos.

Había algo raro en Meeks: su habitual encanto viscoso resultaba más discreto, y tenía que saber que lo ocurrido en el 46 ya no tenía importancia. Mal cerró la cajita y se la devolvió.

– Gracias, pero no.

Meeks cogió el regalo.

– Mi último intento de cordialidad, capitán. Cuando abordé a Laura, no sabía que era la mujer de un policía.

Mal se alisó el chaleco; Meeks siempre le daba la sensación de que necesitaba ir a la tintorería.

– Toma los archivos del final. Ya sabes lo que quiere Ellis.

Meeks se encogió de hombros y obedeció, un profesional. Mal empezó con la primera ficha, leyó un largo informe de Inmigración, entrevió a un ciudadano sólido con ideas erróneas inspiradas por la gran inflación europea y dejó la carpeta a un lado. Los archivos dos y tres eran muy similares; miraba de soslayo a Meeks, preguntándose qué buscaba. El cuatro, el cinco, el seis, el siete y el ocho eran refugiados que habían huido de Hitler, un veneno que parecía justificar los virajes hacia la extrema izquierda. Meeks vio que lo miraba y le guiñó el ojo; Mal comprendió que estaba feliz o contento por algo. Terminó con el nueve y el diez, y entonces oyó golpes en la puerta.

– Toc, toc. ¿Quién es? Es Dudley Smith. ¡Alerta, rojos!

Mal se levantó. Dudley se le acercó y le dio una serie de palmadas en la espalda.

– Seis años menos que yo y eres capitán. ¡Fantástico! Muchacho, mis más sinceras felicitaciones.

Mal se imaginó poniendo en vereda al irlandés, dándole órdenes e imponiéndole respeto.

– Muchas gracias, teniente.

– Y tienes un genio perverso acorde con tu nuevo rango. ¿No dirías eso, Turner?

Meeks se meció en la silla.

– Dudley, no consigo que este hombre hable.

Dudley rió.

– Sospecho que hay un viejo rencor entre ambos. No sé cuál es el origen, aunque apostaría a que cherchez la femme es un buen camino. Malcolm, mientras estoy aquí déjame preguntarte algo sobre nuestro amigo Upshaw. ¿Está husmeando en nuestra investigación, más allá de su trabajo de infiltrado? Los otros hombres del caso de los homosexuales le tienen manía y opinan que es un petulante.

Mal aún oía el eco de «mientras estoy aquí» y el trueno de «cherchez la femme». Comprendió que Dudley sabía qué había ocurrido entre él y Meeks.

– Eres tan sutil como un tren de carga, teniente. ¿Qué pasa con Upshaw?

Dudley soltó su carcajada.

– Mike Breuning también tiene problemas con el chico -explicó Meeks-. Anoche me llamó y me dio una lista de nombres, cuatro tipos que Upshaw quiere hacer vigilar. Me preguntó si eran para el caso de los homosexuales o para el gran jurado. Le dije que no lo sabía, que no había visto al chico, que sólo lo conocía de oídas.

Mal se aclaró la garganta, irritado por sentirse excluido de la conversación.

– ¿Qué significa de oídas, Meeks?

El gordo sonrió.

– Estuve investigando a Reynolds Loftis y descubrí una pista de Antivicio del Departamento de Policía de Samo. Loftis fue arrestado en un bar de homosexuales en el 44, en compañía de un abogado muy influyente llamado Charles Hartshorn. Interrogué a Hartshorn, quien al principio creyó que yo era detective de Homicidios, porque conocía a uno de los homosexuales muertos del caso de Upshaw. Supe que el sujeto no era un asesino. Lo presioné con fuerza, luego lo dejé en paz diciéndole que procuraría que el condado no se metiera con él.

Mal recordó el informe de Meeks a Ellis Loew: la primera corroboración externa de la homosexualidad de Loftis.

– Estás seguro de que Hartshorn no era esencial para el caso de Upshaw?

– Jefe, el único crimen de ese sujeto es ser un homosexual con dinero y familia.

Dudley rió.

– Lo cual es preferible a ser un homosexual sin dinero ni familia. Tú eres padre de familia, Malcolm. ¿No te parece acertada esta ley?

Mal perdió los estribos.

– Dudley, ¿qué demonios quieres? Dirijo este caso y Upshaw está trabajando para mí, así que dime por qué estás tan interesado en él.

Dudley Smith hizo un número de vodevil: un joven compungido arrastrando los pies, encorvando los hombros con timidez y frunciendo el labio inferior.

– Muchacho, me estás hiriendo los sentimientos. Sólo quería celebrar tu buena suerte y hacerte saber que Upshaw ha provocado la ira de sus colegas, hombres no acostumbrados a recibir órdenes de aficionados de veintisiete años.

– Te refieres a la ira de un recaudador de Dragna que le guarda rencor al Departamento del sheriff y a tu protegido.

– Es una forma de verlo, sí.

– Muchacho, Upshaw es mi protegido. Yo soy capitán y tú eres teniente. No olvides lo que esto significa. Ahora hazme el favor de largarte y dejarnos trabajar.

Dudley se cuadró y se fue; Mal vio que tenía las manos firmes y la voz no le había temblado. Meeks empezó a aplaudir. Mal sonrió, recordó a quién le estaba sonriendo y puso el gesto adusto.

– Meeks, ¿qué quieres tú?

Meeks se columpió en la silla.

– Comer filete en el Dining Car, tal vez unas vacaciones en Arrowhead.

– ¿Y?

– No me entusiasma este trabajo ni me seduce la idea de que me mires con mala cara hasta que termine. Y me gustó la forma en que te enfrentaste con Dudley Smith.

Mal sonrió a medias.

– Continúa.

– Le tenías miedo y sin embargo te enfrentaste a él. Eso me gustó.

– Ahora soy su superior. Hace una semana habría tenido que aguantarlo.

Meeks bostezó, como si todo empezara a aburrirlo.

– Amigo, tener miedo de Dudley Smith significa dos cosas: que eres listo y que eres cuerdo. Y yo fui su superior una vez y lo dejé en paz, porque es un canalla listo que jamás olvida. Así que ánimo, capitán Considine, y todavía quiero ese filete.

Mal pensó en las barras de plata.

– Meeks, tú no eres de los que ofrecen una conciliación. Buzz se levantó.

– Como te he dicho, no me entusiasma este trabajo, pero necesito el dinero. Así que digamos que me hizo pensar sobre las cosas buenas de la vida.

– A mí tampoco me entusiasma el trabajo, pero lo necesito.

– Lamento lo de Laura -dijo Meeks.

Mal trató de recordar a su ex esposa desnuda, no lo consiguió.

– No fui yo quien intentó matarte. Oí que fueron pistoleros de Dragna.

Meeks le arrojó la caja de terciopelo.

– Acéptala mientras me siento generoso. Acabo de comprarle a mi chica doscientos dólares en suéters.

Mal guardó las insignias y tendió la mano. Meeks se la estrechó con fuerza.

– ¿A comer, capitán?

– Claro, sargento.

Bajaron en el ascensor hasta la planta baja y salieron a la calle.

Dos policías uniformados bebían café frente a un coche patrulla; Mal oyó palabras sueltas de la conversación: Mickey Cohen, bomba, grave.

Meeks se acercó a ambos mostrando la placa.

– Fiscalía de Distrito. ¿Qué decían acerca de Cohen?

El policía más joven, un novato de piel color melocotón, dijo:

– Acabamos de oírlo en la radio. Una bomba estalló en la casa de Mickey Cohen. Parece grave.

Meeks echó a correr; Mal lo siguió hasta un Cadillac verde menta y subió. Una ojeada a la cara del gordo le indicó que «¿Por qué?» era una pregunta inútil. Meeks viró en redondo haciendo rechinar los neumáticos. Se internó en el tráfico de Westwood y enfiló hacia el oeste, atravesando el campamento de la Administración de Veteranos y saliendo a San Vicente. Mal recordó la casa de Mickey Cohen en Moreno; Meeks pisaba el acelerador a fondo, zigzagueando para esquivar coches y peatones, mascullando maldiciones. En Moreno viró a la derecha. Mal vio coches de bomberos y de policía, vaharadas de humo. Meeks frenó frente a las cuerdas que cercaban la escena y se apeó; Mal se irguió y vio una bonita casa española humeando, al hampón numero uno de Los Ángeles de pie en el jardín, indemne, rezongando ante oficiales de uniforme. Los curiosos llenaban la calle, la acera y los jardines vecinos. Mal buscó a Meeks y no lo vio. Se volvió y miró al costado, y allí estaba su colega, el policía más corrupto de la historia de Los Ángeles, dedicado al más puro suicidio.

Buzz estaba más allá del tumulto, ahogando a besos a una rubia despampanante. Mal la reconoció por las fotos de las revistas: Audrey Anders, la Chica Explosiva, amante de Mickey Cohen. Buzz y Audrey se besaron. Mal miró boquiabierto a los tórtolos, se volvió y observó a derecha e izquierda buscando testigos, matones de Cohen que pudieran avisar al amo. La multitud se apiñaba detrás de las cuerdas, absorta en las protestas de Mickey; aun así, Mal siguió observando. Sintió que le tocaban el hombro: era Buzz Meeks, limpiándose el lápiz de labios de la cara.

– Jefe, estoy en tus manos. ¿Vamos a comer ese filete?

23

– Y Norm dice que sabes pelear. Es un fanático del boxeo, así que debe de ser cierto. La pregunta es si estás dispuesto a pelear con otros sistemas… y para nosotros.

Danny miró a Claire de Haven y Norman Kostenz, que estaban sentados frente a él. Su examen había empezado hacía cinco minutos, la mujer mantenía una actitud profesional y daba golpecitos al afable Norm para enfriar su entusiasmo con el episodio del piquete. Una mujer atractiva que no podía dejar de tocar cosas: los cigarrillos, el encendedor, a Kostenz cuando hablaba demasiado o decía algo agradable. Cinco minutos y ya sabía esto sobre la actuación: era importante deslizar en la representación algo real. Había pasado la noche investigando el distrito negro después de un extraño ataque de sollozos, y no había averiguado nada sobre el Pontiac robado, pero intuía que «él» lo observaba; la investigación de La Paloma Drive no dio ningún resultado, y tampoco las consultas a la línea de autobuses y las compañías de taxis. Mike Breuning había llamado para decirle que estaba tratando de conseguir cuatro agentes para seguir a los hombres de su lista. Se sentía cansado y tenso, y sabía que se notaba; le interesaba su caso, no los comunistas, y si De Haven insistía en pedir datos del pasado fingiría que se enfadaba y encauzaría la conversación hacia detalles específicos: el resurgimiento de su fe política y qué le ofrecía la UAES para ponerla a prueba.

– Señorita De Haven…

– Claire.

– Claire, quiero ayudar. Quiero ponerme de nuevo en marcha. Estoy oxidado en todas partes menos en los puños y tengo que encontrar pronto un empleo, pero quiero ayudar.

Claire de Haven encendió un cigarrillo y ahuyentó a una camarera impertinente agitando el encendedor.

– Creo que por ahora deberías abrazar una filosofía de la no violencia. Necesito que alguien me acompañe cuando salgo en busca de contribuciones monetarias. Creo que serías eficaz para ayudarme a proteger las sumas de las viudas del HUAC.

Danny tomó «viudas del HUAC» como una indicación escénica y frunció el ceño, lastimado por repentinos recuerdos de Donna Cantrell, un fogoso amor ahogado en el río Hudson.

– ¿Te pasa algo, Ted?-preguntó Claire.

Norm Kostenz le tocó la mano como diciendo «Cosas de hombres». Danny hizo una mueca, y los dolores musculares lo aguijonearon.

– No, sólo me recordaste a alguien que conocí.

Claire sonrió.

– ¿Te la recordé yo, o fue lo que dije?

Danny torció el gesto exageradamente.

– Ambas cosas, Claire.

– Te sentirías mejor si me lo contaras.

– Todavía es pronto.

Claire llamó a la camarera y pidió martinis; la muchacha se alejó con una reverencia, anotando la consumición.

– ¿Entonces no habrá más acción con los piquetes?-dijo Danny.

– No es el momento oportuno -explicó Kostenz-, pero pronto estrecharemos el cerco.

Claire lo hizo callar con un mero pestañeo de sus ojos de fanática. Danny insistió: Ted el Rojo era un tipo tenaz.

– ¿Qué cerco? ¿De qué estás hablando?

Claire jugó con el encendedor.

– Norm es un poco atolondrado, y por ser un fanático del boxeo ha leído mucho Gandhi. Ted, él está tan impaciente como yo. Se estaba gestando una investigación, una especie de HUAC en pequeño, pero parece que la interrumpieron. Eso nos tiene intimidados. Cuando venía hacia aquí iba escuchando la radio. Ha habido otro atentado contra la vida de Mickey Cohen. Tarde o temprano perderá el juicio y nos lanzará a sus matones. Necesitaremos tener cámaras para filmarlo.

En realidad no había respondido a la pregunta, y el discurso sobre resistencia pasiva sonaba como un subterfugio. Danny se dispuso a lanzar una frase seductora, pero la intervención de la camarera se lo impidió.

– Sólo dos vasos, por favor -dijo Claire.

– Yo no bebo -explicó Norm Kostenz, y se marchó saludando con el brazo.

Claire sirvió dos medidas grandes. Danny levantó el vaso para brindar.

– Por la causa.

– Por todas las cosas buenas -dijo Claire.

Danny bebió y frunció el ceño, un abstemio midiéndose con una bebedora experta; Claire bebió un sorbo y dijo:

– Ladrón de coches, revolucionario, seductor de mujeres. Estoy bastante impresionada.

Tenía que darle rienda, dejarla avanzar, envolverla.

– No lo estés, porque todo es una impostura.

– Oh. ¿Qué quieres decir?

– Que fui un revolucionario sin convicción y un ladrón asustado.

– ¿Y el seductor de mujeres?

El cebo daba resultado.

– Digamos que trataba de recuperar una imagen.

– ¿Alguna vez lo conseguiste?

– No.

– ¿Tan especial es ella?

Danny bebió un largo sorbo. El alcohol junto con la falta de sueño lo mareó un poco.

– Lo era.

– ¿Era?

Danny sabía que Kostenz le había contado la historia a Claire, pero le siguió el juego.

– Sí, era. Soy un viudo del HUAC, Claire. Las otras mujeres no eran…

– Ella -completó Claire.

– Exacto. No eran ella. No eran fuertes, ni dedicadas, ni…

– Ni ella.

Danny se echó a reír.

– Sí, ni ella. Maldita sea, me siento como un disco rayado.

Claire rió.

– Te haría una réplica incisiva sobre los corazones rotos, pero me pegarías.

– Sólo aporreo fascistas.

– ¿No eres duro con las mujeres?

– No es mi estilo.

– A veces es el mío.

– Me dejas boquiabierto.

– Lo dudo.

Danny terminó la copa.

– Claire, quiero trabajar para el sindicato, pero haciendo algo más que sacarles dinero a unas ancianas.

– Tendrás tu oportunidad. Y no son ancianas… a menos que pienses que una mujer de mi edad lo es.

Una apertura magnífica.

– ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta y uno, treinta y dos?

Claire eludió el cumplido con una carcajada.

– Muy diplomático. ¿Cuántos tienes tú?

Danny trató de recordar la edad de Ted Krugman, y quizá tardó demasiado.

– Veintiséis.

– Bien, yo soy demasiado vieja para los chicos y demasiado joven para los gigolós. ¿Qué te parece esa respuesta?

– Evasiva.

Claire rió y acarició el cenicero.

– Cumpliré cuarenta en mayo. Así que gracias por tu apreciación.

– Fue sincera.

– No, no lo fue.

Tenía que abordarla ahora, regresar temprano a la oficina.

– Claire, ¿tengo credibilidad política para ti?

– Sí, la tienes.

– Entonces hay otra cuestión. Me gustaría verte, al margen de nuestro trabajo para el sindicato.

La cara de Claire se ablandó; Danny sintió el impulso de abofetear a la zorra para que se enfureciera y fuera una enemiga digna.

– Lo digo en serio -insistió. Joven Sincero y Directo, versión comunista.

– Ted, estoy comprometida -objetó Claire.

– No me importa -dijo Danny.

Claire metió la mano en la cartera, sacó una tarjeta perfumada y la puso en la mesa.

– Al menos deberíamos conocernos mejor. Unos cuantos miembros del sindicato se reunirán esta noche en mi casa. ¿Por qué no vienes para el final del mitin y saludas a todos? Luego, si te apetece, podemos pasear y conversar.

Danny guardó la tarjeta y se levantó.

– ¿A qué hora?

– A las ocho y media.

Llegaría temprano; puro policía, puro empeño.

– Esperaré ansiosamente.

Claire de Haven había recobrado la compostura y mostraba una expresión digna.

– También yo.


Krugman volvió a ser Upshaw.

Danny se dirigió al cuartel de Hollywood, aparcó a tres calles de distancia y caminó. Mike Breuning lo recibió sonriendo en la puerta de la sala de reuniones.

– Me debes una, agente.

– ¿Por qué?

– Están siguiendo a los sujetos de tu lista. Dudley lo autorizó, así que también le debes una a él.

Danny sonrió.

– Ya lo creo. ¿Quiénes son? ¿Les dio usted mi número?

– No. Son lo que llamarías muchachos de Dudley. Ya sabes, gente de la Oficina de Homicidios que Dudley crió desde que eran novatos. Son listos, pero sólo responden a él.

– Breuning, esta investigación es mía.

– Lo sé, Upshaw. Pero tienes suerte de contar con los hombres que tienes, y Dudley también trabaja en la investigación del gran jurado, así que quiere que estés contento. Da gracias a tu suerte. No tienes rango y estás a cargo de siete hombres. Cuando yo tenía tu edad, arrestaba vagabundos en calles míseras.

Danny entró en la sala de reuniones. Sabía que Breuning tenía razón, pero aun así estaba irritado. Había policías de paisano y de uniforme dando vueltas, riéndose por algo que había en el panel de novedades. Danny miró por encima del hombro de los demás y vio una nueva caricatura, peor que la que había arrancado Jack Shortell.

Mickey Cohen, colmillos, gorro judío y una gigantesca erección, penetrando el trasero de un hombre con uniforme del Departamento del sheriff. Los bolsillos del agente desbordaban de dólares; el globo de Cohen decía: «¡Sonríe, cariño! ¡Mickey C. te la da kosher

Danny se abrió camino y arrancó la obscenidad de la pared; dio media vuelta, se enfrentó a un contingente de policías hostiles e hizo trizas el pedazo de cartulina. Los policías abrieron la boca, se calmaron y lo miraron fijamente. Gene Niles se abrió paso entre ellos y se enfrentó a Danny.

– Hablé con un tipo llamado Leo Bordoni -espetó-. No se decidía a cantar, pero noté que lo habían interrogado antes. Creo que usted le echó el guante, y creo que fue en el apartamento de Goines. Cuando le describí el lugar, me pareció que él ya había estado allí.

Excepto por Niles, la sala era un borrón.

– Ahora no, sargento -dijo Danny severamente, la voz de la autoridad.

– Al demonio con eso. Creo que usted se entrometió en mi jurisdicción. Sé que usted no recibió esa noticia por la radio e intuyo de dónde la consiguió. Si puedo probarlo, está usted…

– Ahora no, Niles.

– Al demonio con eso. Yo tenía un buen caso de asalto en marcha hasta que apareció usted con esos maricas. ¡Usted está obsesionado con los invertidos, no se los puede sacar de la cabeza, y tal vez sea un maldito maricón!

Danny atacó. Rápidas izquierdas y derechas, puñetazos rápidos que le dieron de lleno a Niles, le destrozaron la cara sin detenerle el cuerpo. Los policías hostiles se alejaron. Danny lanzó un gancho al vientre, Niles lo esquivó y le lanzó un uppercut que aplastó a Danny contra la pared. Se quedó allí, un blanco inmóvil, fingiendo que no existía; Niles le descargó la manaza derecha contra la cintura. Danny se escabulló a tiempo y el puño de Niles se estrelló contra la pared; al ruido de huesos astillados siguió un grito. Danny se movió a un lado, hizo girar a Niles y le pegó una y otra vez en el estómago, Niles se arqueó. Danny notó que los policías hostiles cerraban el cerco. «¡Basta!», gritó alguien; fuertes brazos lo sujetaron y lo rescataron. Era Jack Shortell, susurrando «Tranquilo, tranquilo» mientras lo abrazaba como un oso. Los brazos lo soltaron y alguien gritó: «¡El comandante de guardia!» Danny se aflojó y dejó que el veterano policía lo sacara por una puerta lateral.


Krugman-Upshaw-Krugman.

Shortell llevó a Danny hasta el coche, arrancándole la promesa de que intentaría dormir. Danny condujo hasta su casa, cada vez más deshecho e inseguro. Al fin le venció el agotamiento y recurrió a diálogos Ted-Claire para permanecer despierto. El diálogo lo acompañó hasta la cama, y al pasar bebió un sorbo de la botella de Mal Considine. Tapándose con la chaqueta de cuero de Krugman, se durmió de inmediato.

Lo acompañaron mujeres extrañas y «él».

Baile en la secundaria de San Berdoo, 1939. Glenn Miller y Tommy Dorsey por los altavoces. Susan Seffert lo lleva al gimnasio y al vestuario de chicos, usando como señuelo una lata de galletas. Ya dentro, le desabrocha la camisa, le lame el pecho, le muerde el vello. Él trata de entusiasmarse mirando su propio cuerpo en el espejo, pero sigue pensando en Tim; eso le hace bien pero resulta doloroso, no se pueden tener ambas cosas. Le dice a Susan que conoció a una mujer mayor a quien quiere ser fiel y menciona a la suicida Donna, quien le compró esa bonita cazadora de aviador, un auténtico trofeo de héroe de guerra. «¿Qué guerra?», pregunta Susan; la acción se esfuma porque él sabe que algo no encaja, faltan dos años para Pearl Harbor. Luego ese hombre alto, sin rasgos faciales, de pelo plateado, desnudo, está allí, rodeándolo en un círculo, y mientras entorna los ojos besa a Susan en la boca.

Luego un pasillo con espejos, él persiguiéndolo a «él»; Karen Hiltscher, Roxy Beausoleil, Janice Modine y mujeres de Sunset Strip se abalanzan sobre él mientras él arroja excusas.

– Hoy no puedo. Tengo que estudiar.

– No sé bailar, soy muy tímido.

– En otra ocasión, ¿de acuerdo?

– Encanto, no nos liemos. Trabajamos juntos.

– No quiero.

– No.

– Claire, eres la única mujer verdadera que he conocido desde Donna.

– Claire, quiero follarte tanto como follaba a Donna y a todas las demás. Ellas disfrutaban porque yo disfrutaba con ellas.

Lo estaba alcanzado a «él», viendo con más precisión a ese hombre canoso con contextura de letrina de ladrillos. La aparición dio media vuelta; no tenía cara, pero tenía el cuerpo de Tim y un miembro mayor que el de Demon Don Eversall, quien solía pasearse por la ducha, juntar agua en el descomunal prepucio, empuñar su verga y ronronear: «Ven a beber de mi copa del amor.» Besos intensos; cuerpos fundidos, uno dentro del otro, Claire salía del espejo, diciendo:

– Eso es imposible.

Luego un escopetazo, y otro, y otro.

Danny despertó sobresaltado. Oyó un cuarto timbrazo, vio que había empapado la cama de sudor, sintió ganas de orinar y apartó la chaqueta para encontrar sus pantalones mojados. Fue hasta el teléfono y barbotó:

– ¿Sí?

– Danny, habla Jack.

– Sí, Jack.

– Hijo, he logrado quitarte de encima al comandante de guardia un teniente llamado Poulson. Es amigote de Al Dietrich, y se muestra razonable en cuanto a nuestro Departamento.

Danny pensó: y Dietrich es amigote de Felix Gordean, quien tiene conocidos en el Departamento de Policía y en la Fiscalía de Distrito, y Niles está relacionado con vete a saber quién en el Departamento del sheriff.

– ¿Y Niles?

– Lo han distanciado de nuestra misión. Le dije a Poulson que te estaba acosando, que él empezó la pelea. Creo que estarás bien. -Una pausa, luego-: ¿Estás bien? ¿Has dormido?

El sueño regresaba, Danny ahuyentó una imagen de «él».

– Sí, he dormido. Jack, no quiero que Mal Considine se entere de lo que ha pasado.

– ¿Es tu jefe en el gran jurado?

– Sí.

– Bien, yo no le diré nada, pero es probable que alguien se vaya de la lengua.

Mike Breuning y Dudley Smith lo reemplazaron a «él».

– Jack, tengo que trabajar en la otra misión. Te llamaré mañana.

– Algo más -añadió Shortell-. Ha habido suerte con nuestras averiguaciones acerca de coches robados: se llevaron un Oldsmobile a dos manzanas de La Paloma. Lo abandonaron en el muelle de Samo, sin huellas, pero añadiré «ladrón de coches» a nuestros antecedentes. Y hemos hecho ciento cuarenta y una llamadas a talleres dentales. Vamos despacio, pero presiento que lo atraparemos.

«Él».

Danny rió. Le dolían las heridas del día anterior, y nuevas magulladoras le hacían arder los nudillos.

– Sí, lo atraparemos.


Danny se transformó de nuevo en Krugman con una ducha y un cambio de ropa, Ted el Semental Rojo en la chaqueta deportiva de Karen Hiltscher, pantalones de franela y una camisa de seda del vestuario cedido por Considine. Condujo hacia Beverly Hills despacio, mirando el espejo retrovisor de vez en cuando por si algún coche lo seguía demasiado cerca y un hombre sin cara lo miraba demasiado intensamente, haciendo brillar los faros porque en el fondo ansiaba que lo atraparan, que todos supieran por qué. No aparecieron sospechosos en el espejo; dos veces estuvo a punto de chocar por su lentitud. Llegó a la casa de Claire de Haven tres cuartos de hora más temprano; vio Cadillacs y Lincolns en la calzada, luces tenues brillando detrás de cortinas y una estrecha ventana vertical, tapada por cortinas pero abierta. La ventana daba a un sendero de piedra y a arbustos altos que separaban la residencia De Haven de la casa contigua; Danny se acercó, se acuclilló y escuchó.

Oyó palabras, entre toses y farfulleos. La exclamación de un hombre: «Cohen y sus malditos lacayos tienen que perder la chaveta primero.» Claire: «Todo consiste en saber cuándo presionar.» Una suave voz del Este: «Tenemos que dar a los estudios una salida para que salven las apariencias, por eso es importante saber cuándo. Todo tiene que saltar en el momento preciso.»

Danny escuchó pensando en probables testigos. Oyó una larga digresión sobre las elecciones presidenciales del 52 -quiénes serían los candidatos, quiénes no lo serían- que degeneró en una pueril competencia de gritos, hasta que Claire impuso su opinión de que serían Stevenson y Taft, sicarios fascistas de diversa importancia. Se mencionó a un director de cine llamado Paul Doinelle y sus clásicos «estilo Cocteau»; luego un dueto casi completo: el hombre de voz suave riéndose de «viejas llamas», un hombre de estentóreo acento sureño replicando: «Pero yo tengo a Claire.» Danny recordó los archivos psiquiátricos: Reynolds Loftis y Chaz Minear habían sido amantes en el pasado; Considine le había dicho que ahora Claire y Loftis estaban comprometidos. Sintió un retortijón en el vientre y miró el reloj: las 8.27, hora de enfrentarse al enemigo.

Rodeó la casa y llamó al timbre. Claire abrió la puerta y dijo «Qué puntual». Danny vio que el maquillaje y el traje le disimulaban las arrugas y le marcaban las curvas mejor que la pintura y el vestido del restaurante.

– Estás encantadora, Claire -saludó.

– Guárdalo para después -susurró Claire.

Le cogió del brazo y lo llevó al salón, elegancia sutil equilibrada por fotografías cinematográficas enmarcadas: títulos izquierdistas que había visto en sus informes. Había tres hombres de pie, bebiendo: un fulano de aire semítico en traje, un sujeto menudo y pulcro que llevaba un suéter de tenis y pantalones blancos, y un duplicado de «él», un hombre de pelo plateado, casi cincuentón, más de un metro ochenta, tan flaco como Mal Considine pero diez veces más guapo. Danny le miró la cara, pensando que algo le resultaba familiar en la configuración de los ojos, luego miró hacia otro lado: homosexual, ex homosexual o lo que fuese, era sólo una imagen, un comunista no un asesino.

Claire hizo las presentaciones.

– Caballeros, Ted Krugman. Ted, de izquierda a derecha tenemos a Mort Ziffkin, Chaz Minear y Reynolds Loftis.

Danny les dio la mano. Ziffkin respondió con un «Hola, campeón», Minear con un «Es un placer» y Loftis con una sonrisa socarrona, un aparte implícito: dejo que mi novia coquetee con jovencitos. Saludó al hombre alto con mayor firmeza, adoptando la personalidad de Ted K.

– El placer es mío, y ansío ponerme a trabajar.

Minear sonrió, Ziffkin dijo «Así me gusta», Loftis comentó:

– Tú y Claire debéis hablar de estrategia, pero tráela a casa temprano, ¿entiendes?-Acento sureño, pero seco, y otro aparte: esa noche dormiría con De Haven.

Danny rió, consciente de que acababa de memorizar los rasgos de Loftis.

– Vamos, Ted -suspiró Claire-. La estrategia espera.

Salieron. Danny pensó en seguimientos y llevó a Claire hacia su coche.

– ¿Dónde quieres planear la estrategia?-dijo ella: su propio aparte, su parodia de la ironía de Loftis. Danny le abrió la puerta y tuvo una idea: recorrer el distrito negro con la protección de una mujer. Hacía casi dos semanas que había estado allí haciendo preguntas, quizá no lo reconocieran con su nueva indumentaria, y «él» había estado en esa zona el día anterior.

– Me gusta el jazz. ¿Y a ti?

– Me encanta, y conozco un buen lugar en Hollywood.

– Yo conozco algunos sitios realmente buenos en South Central. ¿Qué me dices?

Claire titubeó, luego dijo:

– Muy bien, suena divertido.


Al este por Wilshire, al sur por Normandie. Danny conducía deprisa, pensando en su reunión de medianoche y en cómo aplacaría a Considine por la pelea con Niles; miraba el espejo retrovisor aparentando concentración, sonriendo en cada ocasión para que Claire creyera que pensaba en ella. En el espejo no descubrió nada que le llamara la atención; la cara de Reynolds Loftis permaneció en su mente, unos rasgos desdibujados para que la cara no pasara inadvertida. Claire fumaba un cigarrillo tras otro y tamborileaba con las uñas en el salpicadero.

El silencio era propicio, dos idealistas sumidos en sus pensamientos. Al este por Slauson, al sur por Central, más vistazos al espejo ahora que estaban en el coto de caza de «él». Danny frenó frente al Zombie.

– Ted, ¿de qué tienes miedo?-dijo Claire.

La pregunta le sorprendió tanteándose la cintura en busca de la porra que siempre llevaba cuando recorría el distrito negro; se quedó quieto y aferró el volante, Ted el Rojo, amigo de los negros perseguidos.

– Los Transportistas, supongo. Estoy algo oxidado.

Claire le tocó la mejilla.

– Estás cansado, solo y nervioso. Tu constante esfuerzo por resultar agradable y hacer lo correcto resulta conmovedor.

Danny se apoyó en la caricia, con un nudo en la garganta como al ver la botella de Considine. Claire apartó la mano y le besó el lugar que había tocado.

– Me enloquecen los solitarios. Ven, hombre fuerte y silencioso. Escucharemos música y no hablaremos de política.

El nudo aún le cerraba la garganta, el beso aún estaba tibio. Danny caminó hacia la puerta precediendo a Claire; el portero de Año Nuevo estaba allí y lo miró como si sólo fuera otro parroquiano blanco. Claire lo alcanzó justo cuando el aire frío lo devolvía a la normalidad: Krugman el comunista en una cita, Upshaw el policía de Homicidios haciendo horas extras. Cogió el brazo de Claire y la condujo al interior del local.

El Zombie no había cambiado desde su anterior visita, con una orquesta aún más estentórea y disonante gimiendo en el escenario. Esta vez la clientela era totalmente negra: un mar de caras oscuras bañadas por las luces coloreadas, un lienzo fluctuante donde una cara blancuzca sobresaldría gritado «¡Soy yo!». Danny dio al encargado un billete de cinco y pidió una mesa junto a la pared que le permitiera controlar toda la sala; el hombre los condujo hasta cerca de la salida trasera, anotó el pedido de un burbon doble y un martini seco, se inclinó y llamó a una camarera. Danny acomodó a Claire en la silla más cercana al escenario, y él optó por la que le permitía observar la barra y el público.

Claire entrelazó los dedos con los de Danny y los movió rítmicamente sobre la mesa, un golpeteo suave, un contrapunto de la música chillona que llenaba la sala. Llegaron las copas. Claire pagó a la camarera negra con un billete de cinco y movió la mano para rechazar el cambio. La muchacha se fue. Danny bebió un sorbo de burbon, era barato y le quemaba las entrañas. Claire le estrujó la mano, la apretó a su vez, agradeciendo que la música estridente les impidiera hablar. Escudriñando la muchedumbre, intuyó que era imposible que «él» estuviera allí. Ahora sabía que la policía lo tenía fichado como ladrón de coches en el distrito negro y evitaría South Central como la peste.

Pero el lugar parecía acogedor, seguro y oscuro. Danny cerró los os y prestó atención a la música, mientras Claire aún marcaba el ritmo con la mano. El ritmo del conjunto era complejo: la batería le disparaba una melodía al saxo, el saxo la despedazaba en digresiones, volviendo a acordes cada vez más simples, luego al tema principal, luego la trompeta y el bajo echaban a volar, enloqueciendo con notas cada vez más complejas. Las transiciones resultaban hipnóticas; la mitad de los acordes eran feos y extraños, y le hacían desear el regreso de los temas simples y bonitos. Danny escuchó, ignorando la bebida, tratando de seguir la música y predecir adónde iba. Creía haber captado la sincronización cuando un crescendo surgió de ninguna parte, los músicos dejaron de tocar, el aplauso estalló como un trueno y se encendieron unas luces brillantes.

Claire le soltó la mano y se puso a aplaudir; un mulato se acercó a la mesa, diciendo: «Hola, encanto. Hacía años que no te veía». Claire desvió la mirada, Danny se levantó.

– ¿Conque olvidas a los viejos amigos?-dijo el mulato-. Qué más da. -Y siguió su camino.

Claire encendió un cigarrillo. El encendedor temblaba.

– ¿Quién era ése?-preguntó Danny.

– Oh, un amigo de un amigo. Hubo un tiempo en que me gustaban los jazzistas.

El mulato se había dirigido al escenario, Danny vio que dejaba algo en la mano del bajista al tiempo que recogía un billete. Considine: De Haven era adicta a la heroína y a los fármacos.

Danny se sentó, Claire aplastó el cigarrillo y encendió otro. La iluminación se hizo más tenue; empezó la música, una balada lenta y romántica. Danny trató de coger la mano de Claire para seguir el ritmo, pero ella no la movió. Miraba hacia todas partes, Danny vio que la puerta de salida que tenían enfrente se abría y entraba Carlton W. Jeffries, el fumador de hierba a quien había arrancado datos sobre vendedores de heroína. La puerta arrojó una franja de luz hacia la amedrentada Claire de Haven, una rica muchacha blanca amante de la sordidez temiendo que una nueva situación embarazosa le arruinara la salida con un polizonte empeñado en condenarla por traición. La puerta se cerró. Danny sintió que Claire le contagiaba el miedo y el lugar bonito, oscuro y seguro se convirtió en un antro lleno de negros salvajes que se lo comerían vivo para vengar a todos los negros que él había maltratado. -Claire, vámonos de aquí -propuso.

– Sí, vámonos.


En el viaje de vuelta una excitada Claire divagó acerca de lo que había hecho en varias organizaciones, una letanía que parecía inocua y tal vez no contenía ninguna información interesante para Considine y Loew. Danny la dejó hablar mientras él pensaba en su reunión con Considine, y se preguntaba qué le habría dicho Leo Bordoni a Gene Niles, si Niles tendría un amigo en el condado para deducir lo de Tamarind 2307, y a quién le importaría en caso de que probara algo. ¿Debería sobornar a Karen Hiltscher? Ella era la única posibilidad real, aunque consideraba improbable que conociera a Niles. ¿Y cómo se libraría del asunto de la pelea? ¿Cómo lograr que Considine considerara sensacional que su futuro favorito aporreara a uno de sus propios hombres, cuando ese hombre podría tenerlo cogido por las pelotas?

Danny viró hacia la casa de Claire, pensando en buenas frases de despedida; mientras frenaba, ya tenía dos preparadas. Sonrió y se dispuso a actuar; Claire le acarició la mejilla, más suavemente que la primera vez.

– Lo lamento, Teddy. Ha sido una pésima primera cita. ¿Lo intentamos de nuevo?

– Claro -murmuró Danny, entibiándose, de nuevo nudo en la garganta.

– ¿Mañana por la noche, aquí? ¿Sólo nosotros, la estrategia, y lo que nos apetezca?

Había dado la vuelta a la mano y ahora le rozaba la mandíbula con los nudillos.

– Claro… querida.

Claire se detuvo. Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos.

Danny se dispuso a besarla, pero ansiaba esa mano suave, no esa boca hambrienta pintada de rojo claro. Cuando se tocaron, quedó paralizado y quiso zafarse. La lengua de Claire le rozó los dientes, sondeando. Danny pensó en Reynolds Loftis y la besó.

24

Mientras Mal miraba como comía Buzz Meeks, se le ocurrió que el amor suicida debía de abrir el apetito: el gordo había devorado un plato de camarones rellenos, dos chuletas de cerdo con aros de cebolla, y ahora estaba dando cuenta de una descomunal porción de pastel de melocotón sumergido en helado.

Era la segunda vez que comían juntos, después del trabajo de Inmigración y su visita a la oficina de Jake Kellerman; al mediodía Meeks había engullido un bistec, patatas fritas y tres raciones de budín de arroz. Mal meneó la cabeza mientras comía su ensalada de pollo.

– Un chico en edad de crecimiento debe alimentarse -comentó Meeks-. ¿A qué hora vendrá Upshaw?

Mal miró el reloj de pulsera.

– Le dije a medianoche. ¿Por qué? ¿Tienes planes?

– Una cita con mi chica. Howard está usando su guarida del Bowl, así que nos veremos en casa de ella. Le dije que a lo sumo llegaría a la una, y me propongo ser puntual.

– Meeks, ¿tomas precauciones?

– Usamos el método del ritmo -respondió Meeks-. La casa de ella cuando el ritmo de Howard nos desplaza. -Hurgó en los bolsillos y sacó un sobre-. Me olvidé de decirte una cosa. Cuando fuiste a ver a tu abogado, pasó Ellis. Le entregué tu informe, y él lo leyó y te escribió una nota. Al parecer tu muchacho se enzarzó con un detective del Departamento de Policía. Ellis dijo que leyeras esto y siguieras sus instrucciones.

Mal abrió el sobre y sacó un papel con la letra de Ellis Loew.

Leyó:


Estoy totalmente de acuerdo contigo excepto en tu evaluación de los métodos de Dudley. No comprendes que Dudley es tan eficaz que sus métodos reducen la probabilidad de que los testigos potenciales se arrepientan y nos delaten a la UAES. Además, no puedo ponerte al mando de la investigación, dadas las obvias diferencias que hay entre tú y Dudley. Irritaría a un hombre que hasta ayer compartía tu rango con muchos más años de servicio. Tenéis la misma autoridad en esta investigación, y en cuanto vayamos a los tribunales ya no tendrás que trabajar de nuevo con él.

Hubo una novedad con el agente Upshaw. Un tal sargento Breuning (Departamento de Policía) llamó para decirme que Upshaw se enzarzó a puñetazos con otro policía de la ciudad (el sargento Niles) esta tarde, debido a un estúpido comentario de Niles sobre los «maricas». A la luz de la confianza que hemos depositado en Upshaw, esto es intolerable. Breuning también comentó que Upshaw había solicitado cuatro hombres para su caso, y que para mantenerlo contento Dudley encontró a esos hombres. Esto también es intolerable. Upshaw es un agente joven e inexperto, y por mucho talento que tenga no está en posición de plantear semejantes exigencias. Quiero que le adviertas severamente que no toleraremos más puñetazos ni petulancias.

El sargento Bowman está buscando al doctor Lesnick. Yo también espero que no se haya muerto. Es un valioso componente del equipo.

E. L.

P. D.: Buena suerte en los tribunales mañana. Tu ascenso y tus actuales responsabilidades te ayudarán a conseguir un aplazamiento. Creo que la estrategia de Jake Kellerman es atinada.


Mal arrugó el papel y lo arrojó a un lado, la pelota rebotó y aterrizó en el plato de mantequilla de Meeks.

– Epa, socio -dijo Buzz.

Mal alzó la mirada y vio a Danny Upshaw esperando.

– Siéntate, agente -indicó, irritado hasta que notó que al chico le temblaban las manos.

Danny se sentó junto a Meeks. Buzz se presentó y le dio la mano,

Danny cabeceó y se volvió hacia Mal.

– Felicidades, capitán. Y gracias por la botella.

Mal estudió a su señuelo, pensando que en ese momento no parecía en absoluto un policía.

– Gracias, y no hay de qué. Pero antes de hablar de lo nuestro, ¿qué pasó con el sargento Niles?

Danny cogió un vaso de agua vacío.

– Él tiene la loca idea de que yo irrumpí en el lugar donde hallaron a las víctimas dos y tres. Esencialmente, le irrita recibir órdenes de mí. Jack Shortell me dijo que el comandante de la guardia lo excluyó del caso, así que me alegra habérmelo quitado de encima.

La respuesta sonaba ensayada.

– ¿Eso es todo?-preguntó Mal.

– Sí.

– ¿Irrumpiste en el lugar?

– No, claro que no.

Mal pensó en el comentario sobre los «maricas», pero lo pasó por alto.

– De acuerdo, pues tómate esto como una amonestación, de Ellis Loew y mía. No quiero que se repita. No permitas que ocurra de nuevo. ¿Entiendes?

Danny levantó el vaso, lamentando que estuviera vacío.

– Sí, capitán.

– Sigo siendo «Mal». ¿Quieres comer algo?

– No, gracias.

– ¿Una copa?

Danny apartó el vaso.

– No.

– Ahorra tus energías para los Guantes de Oro. Conocí a un fulano a quien ascendieron a sargento porque aporreaba a tipos que no caían bien a su comandante.

Danny rió, Mal deseó que hubiera pedido una copa para calmarse.

– Cuéntame qué sucedió. ¿Has visto a Claire de Haven?

– Sí, dos veces.

– ¿Y?

– Ella me está facilitando el camino.

El agente se estaba ruborizando.

– Háblame de ello -dijo Mal.

– Aún no hay mucho que contar. Esta noche salimos, y hemos quedado en vernos mañana por la noche. Me aposté frente a su casa mientras celebraban una reunión, y oí algunas cosas. A pesar de la vaguedad, fue suficiente para indicarme que están trabajando en una especie de extorsión para los estudios y que planean sincronizarlo con el momento en que los Transportistas pierdan la cabeza en los piquetes. Di a Mickey que contenga a sus muchachos. Noté que este enfoque era importante para la estrategia de la operación. Cuando mañana vea a Claire de Haven, trataré de averiguar los detalles.

Mal analizó estos datos, y pensó que concordaban con lo que sabía de los dirigentes de la UAES: eran taimados, hablaban mucho, se tomaban su tiempo para actuar y dejaban que los acontecimientos indicaran el momento oportuno.

– ¿A quién has conocido, además de Kostenz y De Haven?

– Loftis, Minear y Ziffkin, pero muy brevemente.

– ¿Qué impresión te causaron?

Danny abrió las manos.

– En realidad ninguna. Sólo hablé con ellos uno o dos minutos.

Buzz rió y se aflojó el cinturón.

– Tuviste suerte de que el viejo Reynolds no te echara el ojo, en vez de Claire de Haven. Un chico guapo como tú le provocaría una enorme erección a ese viejo cazador.

Danny se ruborizó de nuevo. Mal pensó que Danny estaba trabajando en dos casos de veinticuatro horas diarias, comprimiéndolos en un día de veinticuatro horas.

– Cuéntame cómo anda tu otro trabajo -le pidió.

Danny movió los ojos, mirando las mesas vecinas, demorándose en los parroquianos de la barra antes de volverse hacia Mal.

– Despacio pero bien -respondió al fin-. Eso creo. Tengo mi propio archivo, todas las pruebas y todas mis impresiones, y eso resulta útil. Tengo varias investigaciones en marcha, y hasta ahora van lentas pero seguras. Creo que me estoy acercando a las víctimas, conectándolas mejor. No se trata de un psicópata que actúa al azar, lo sé. Si me acerco más, tal vez necesite un señuelo para atraerlo. ¿Sería posible conseguir a otro hombre?

– No -respondió Mal. Observó que Danny seguía con la mirada a dos hombres que pasaban-. No después de tu hazaña con Niles. Tienes esos cuatro hombres que te consiguió Dudley Smith…

– ¡Son hombres de Dudley, no míos! Ni siquiera responden ante mí, y Mike Breuning me está provocando. Por lo que sé, el trabajo le importa un bledo.

Mal golpeó la mesa, obligando a Danny a mirarlo.

– Mírame y escucha. Quiero que te calmes y actúes despacio. Estás haciendo todo lo posible en ambos casos, y al margen del episodio de Niles lo haces muy bien. Ahora has perdido un hombre, pero tienes a tu personal de seguimiento, así que piensa que has compensado tus pérdidas, recupera el control y actúa como un profesional. Actúa como un policía.

Danny fijó los ojos turbios en Mal.

– Agente -dijo Buzz-, ¿tienes alguna pista sólida sobre las víctimas? ¿Algún punto en común?

El jefe miró a su subordinado.

– Un hombre llamado Felix Gordean. Es un alcahuete de homosexuales asociado con una de las víctimas, y sé que el asesino tiene una obsesión con él. Aún no lo he exprimido demasiado, porque soborna a Antivicio Central del condado y asegura tener influencia en el Departamento de Policía y la Fiscalía.

– Bien, yo nunca he oído hablar de él, y estoy en la cima de la Fiscalía -comentó Mal-. Buzz, ¿has oído hablar de ese tipo?

– Claro, jefe. Gran influencia en la ciudad, todavía más en el condado. Un personaje escurridizo. Juega al golf con el sheriff Eugene Biscailuz, desliza unos billetes en los bolsillos de Al Dietrich cuando llegan las Navidades.

Al decir esas palabras, Mal supo que era uno de los mejores momentos de su vida.

– Exprímelo, Danny. Yo soportaré la presión, y si alguien te crea problemas, tienes de tu lado al jefe de investigación de la Fiscalía de Distrito de la ciudad de Los Ángeles.

Danny se levantó, con un aspecto conmovedoramente agradecido.

– Ve a dormir, Ted. Tómate una copa a mi salud.

El señuelo se marchó, saludando a sus colegas. Buzz suspiró lentamente.

– Ese chico está subido a la rama de un árbol y abajo hay un tipo empuñando una sierra, y tú tienes más pelotas que cerebro.

Era lo más agradable que le habían dicho jamás.

– Sírvete otra ración de pastel, muchacho -invitó Mal-. Yo pagaré la cuenta.

25

Un ruido en la ventana del vestíbulo, tres pasos suaves en el suelo del dormitorio.

Buzz se apartó de Audrey, buscó bajo la almohada y palpó su 38, disimulando el movimiento con un suspiro. Dos pasos más, los ronquidos de Audrey, eclipse de la luz entre las cortinas. Una figura que se acercaba a su lado de la cama, el ruido de un arma amartillada.

– Mickey, estás muerto.

Buzz arrastró a Audrey al suelo, alejándola de la voz. Un silenciador zumbó y el fogonazo alumbró a un hombre corpulento con abrigo oscuro. Audrey gritó, Buzz vio que el colchón de desgarraba a unos centímetros de sus piernas. Con un solo movimiento, aferró la porra de la mesilla de noche y la lanzó contra las rodillas del hombre. El acero revestido de madera astilló huesos, el hombre trastabilló. Audrey gritó «¡Meeks!», un disparo desgarró la pared, otro fogonazo de medio segundo dio a Buzz una imagen. Aferró al hombre por el abrigo, lo tumbó en la cama, le tapó la cabeza con la almohada y le disparó dos veces en la cara, a quemarropa.

Las explosiones quedaron ahogadas, pero Audrey chillaba como una sirena. Buzz se le acercó y la abrazó, calmando su conmoción con sus propios temblores.

– Ve al cuarto de baño -dijo-, mantén la luz apagada y la cabeza agachada. Esto era para Mickey, y si hay otro afuera, pronto entrará. Quédate agachada y tranquila.

Audrey se alejó de rodillas; Buzz fue al salón, entreabrió las cortinas y miró al exterior. Enfrente había un sedán que él no había visto al llegar, no había ningún otro coche aparcado en las cercanías. Calculó qué podría haber pasado.

De lejos él se parecía a Mickey, también conducía un Eldorado 48 verde. El día anterior habían puesto una bomba en la casa de Mickey; éste, su esposa y el bulldog habían sobrevivido. Él también aparcaba el coche a las consabidas tres manzanas de distancia, una vigilancia chapucera había convencido al tirador de que él era Mickey: un nativo de Oklahoma gordo y bajo en lugar de un judío gordo y bajo.

Buzz siguió mirando el sedán; no se observaba ningún movimiento ni el fulgor delator de un cigarrillo. Pasaron cinco minutos, no aparecieron policías ni más tiradores. Buzz llegó a la conclusión de que había un solo actor en escena, regresó al dormitorio y encendió la luz.

La habitación apestaba a cordita. La cama estaba empapada de sangre, la almohada era un manchón carmesí. Buzz la levantó y alzó la cabeza del muerto. No tenía cara, no había agujeros de salida, todo el rojo le brotaba de los oídos. Le examinó los bolsillos y los nervios lo dominaron.

Una placa del Departamento de Policía de Los Ángeles y una tarjeta de identidad: sargento detective Eugene J. Niles, Escuadrón Hollywood. Una tarjeta del Automóvil Club, con los datos del vehículo en la esquina inferior izquierda: sedán Ford Victoria Crown 46, California 49, JS 1497. Un permiso de conducir de California extendido a nombre de Eugene Niles, Avenida Melbourne 3987, Hollywood. Llaves del coche, otras llaves, papeles con la dirección de Audrey y el plano de una casa que parecía la residencia de Mickey en Brentwood.

Viejos rumores, nuevos datos, temblores.

El Departamento de Policía estaba detrás del tiroteo de Sherry's; Jack D. y Mickey habían hecho las paces; Niles trabajaba en la División Hollywood, el ojo de la tormenta Brenda Allen. Buzz cruzó la calle temblando de miedo, vio que el sedán era un Victoria 46, matrícula JS 1497, abrió el maletero y corrió de nuevo a la casa. Sacó una enorme colcha para envolver a Niles y su arma, se lo cargó al hombro y lo llevó hasta el Victoria. Lo encerró en el maletero, doblándolo junto a la rueda de recambio. Jadeando, sudando y temblando, regresó y abrazó a Audrey.

Ella estaba sentada en el inodoro, desnuda, fumando. Había media docena de colillas en el suelo, el cuarto de baño era una nube de humo. Parecía una marciana: las lágrimas le habían hecho chorrear el maquillaje y todavía tenía el lápiz labial corrido de cuando habían hecho el amor.

Buzz se arrodilló frente a ella.

– Querida, yo me encargaré. Esto era para Mickey, así que creo que no corremos peligro. Pero deberé mantenerme alejado de ti durante una temporada, por si este sujeto tenía socios. No queremos que sepan que éramos tú y yo en vez de tú y Mickey.

Audrey dejó caer el cigarrillo y lo apagó con el pie descalzo sin demostrar dolor.

– De acuerdo -dijo con ronca voz de fumadora.

– Tienes que deshacer la cama y quemar todo en el incinerador. Hay balas en el colchón y la pared. Arráncalas y tíralas. Y no le cuentes nada a nadie.

– Dime que todo saldrá bien -dijo Audrey.

Buzz le besó el cabello, viendo una imagen de ambos sentados en la cámara de gas.

– Cariño, claro que todo saldrá bien.


Buzz levó el coche de Niles hasta Hollywood Hills. Encontró herramientas de jardinería en el asiento trasero. Después de alejarse un trecho de la carretera de acceso al Letrero de Hollywood, enterró al frustrado asesino de Mickey Cohen en una fosa de un metro cúbico, trabajando con una pala y una azada. Apisonó la tierra para que los coyotes no olieran la carne podrida y tuvieran hambre; cubrió la sepultura con ramas y orinó en ella: un epitafio para un mal colega que lo había puesto en el mayor brete de una vida plagada de imprevistos. Enterró el arma de Niles bajo un espino, enfiló hacia el Valle, limpió las huellas del coche, le estropeó el distribuidor y lo dejó en un garaje abandonado de Suicide Hill, un lugar donde las bandas juveniles solían pegarse el lote, cerca del Hospital de Veteranos de Sepulveda. El Victoria inmovilizado se convertiría en una masa de repuestos en menos de veinticuatro horas.

Eran las cuatro y media de la madrugada.

Buzz caminó hasta Victory Boulevard, tomó un taxi hasta Hollywood y Vermont, caminó el kilómetro que le restaba hasta la avenida Melbourne. Encontró una cabina, buscó «Eugene Niles» en la sección alfabética, marcó el número y lo dejó sonar veinte veces. Ninguna respuesta. Localizó el 3987 -un apartamento en la planta baja de un edificio de estuco de cuatro pisos- y usó las llaves de Niles para entrar. Quería encontrar pruebas de que otros hombres estaban involucrados en los atentados contra Mickey.

Era un típico apartamento de soltero: un cuarto con cama plegable, cuarto de baño, cocina diminuta. Un escritorio se hallaba frente a la ventana tapiada; Buzz fue hacia él, usando los faldones de la camisa para coger cuanto tocaba. Diez minutos después encontró pruebas circunstanciales sólidas.

Un certificado de la Escuela de Demoliciones del Ejército, Camp Polk, Louisiana, declarando que el cabo Eugene Niles había finalizado un curso sobre explosivos en diciembre de 1931: él era responsable de la bomba en la casa de Mickey.

Cartas de la ex esposa de Niles, acusándole de verse con las rameras de Brenda Allen. La mujer había leído la transcripción del gran jurado y sabía que su esposo hacía travesuras en la celda de Hollywood, el motivo por el cual Niles quería matar a Mickey.


Una libreta de direcciones que incluía los nombres y números de teléfono de cuatro importantes matones de Jack Dragna, tres recaudadores de Dragna -policías que él había conocido cuando estaba en el Departamento- y una nota extraña: «Karen Hiltscher, Sheriff, Hollywood Oeste», con signos de exclamación en letras rojas. Aparte de eso, más corroboración de que Niles odiaba a Mickey antes de la tregua con Jack D. En definitiva, parecía una acción individual mal urdida: Niles había perdido la cabeza cuando la bomba no acabó con Mickey.

Buzz apagó las luces y limpió el picaporte al salir. Caminó hasta Sunset y Vermont, arrojó las llaves de Niles en una alcantarilla y se echó a reír hasta que le dolieron los flancos. Acababa de salvar la vida del hombre más peligroso y más generoso que había conocido, y no tenía modo de decírselo. Buzz se arqueó de risa y tuvo que sentarse en un banco. Rió hasta que cayó en la cuenta de algo y se quedó mudo.

Danny Upshaw había aporreado a Gene Niles. Los polizontes de la ciudad odiaban a los polizontes del condado. Cuando clasificaran a Niles como desaparecido, los polizontes de la ciudad caerían como moscas en el estiércol sobre un chico inexperto que ya estaba con mierda hasta las rodillas.

26

Danny trataba de sorprender solo a Felix Gordean.

Había empezado su vigilancia en el aparcamiento del Chateau Marmont; Gordean lo frustró dirigiéndose a su oficina en compañía de Niño Bonito Christopher. Había llovido a cántaros durante las tres horas en que él había observado la puerta principal de la agencia; no habían entrado coches en el garaje, la calle estaba inundada y él había aparcado en una zona prohibida a pesar de haber dejado en casa su identificación, su insignia y su 45 porque en realidad era Ted Rojo Krugman. La cazadora de piel de Ted y la amonestación de Considine lo mantuvieron tibio y seco a pesar de la ventanilla abierta; Danny resolvió que si Gordean no salía de la oficina a la una, lo abordaría sin más contemplaciones.

A la una menos veinticinco se abrió la puerta. Gordean salió, abrió un paraguas y cruzó Sunset. Danny puso en marcha los limpiaparabrisas y lo vio entrar en Cyrano's. El portero lo recibió como si fuera el cliente más popular del local. Danny dio a Gordean treinta segundos para que se sentara, se subió el cuello de la cazadora y echó a correr bajo la lluvia.

El portero le echó una mirada rara, pero lo dejó entrar; Danny parpadeó, vio paredes de terciopelo rojo y dorado, una larga barra de roble. Felix Gordean se estaba tomando un martini en una mesa lateral. Danny dejó atrás a un grupo de fulanos con aire de ejecutivos y se sentó frente a Gordean, quien casi se tragó el palillo que tenía en la boca.

– Quiero saber todo lo que usted sabe -espetó Danny-. Quiero que me informe bien sobre los hombres cuyas inclinaciones descubrió, y quiero que me dé un informe sobre todos sus clientes. Lo quiero ahora.

Gordean jugó con el palillo.

– Diga al teniente Matthews que me llame. Quizás él y yo podamos llegar a un acuerdo.

– Al diablo con el teniente Matthews. ¿Va usted a decirme lo que quiero saber? ¿Ahora?

– No.

Danny sonrió.

– Tiene usted cuarenta y ocho horas para cambiar de opinión.

– ¿O?

– O comunicaré a los periódicos todo lo que sé sobre usted.

Gordean chasqueó los dedos llamando a un camarero, Danny salió del restaurante y echó a andar bajo la lluvia. Recordó su promesa de llamar a Jack Shortell, entró en la cabina situada enfrente de la agencia, marcó. Lo atendió el mismo Shortell, con voz tensa.

– Habla Upshaw, Jack. ¿Qué tenemos…?

– Tenemos otro cadáver. Unos agentes del Departamento de Policía lo encontraron anoche, en una barraca a orillas del río Los Ángeles. El doctor Layman está haciendo la autopsia, así que…

Danny dejó el auricular colgando y a Shortell gritando. Se dirigió deprisa al centro, aparcó frente al depósito de cadáveres y casi tropezó con un cuerpo que entraba en una camilla. Jack Shortell ya estaba allí, sudando, la placa prendida a la chaqueta. Vio a Danny y le cerró el paso.

– Prepárate -le dijo.

Danny contuvo el aliento.

– ¿Para qué?

– Es Augie Luis Duarte, uno de los sujetos de tu lista -respondió Shortell-. Los policías que lo encontraron lo identificaron por su permiso de conducir. El Departamento tenía el cadáver desde las doce y media de anoche. El que lo halló no sabía nada sobre nuestro trabajo en colaboración. Breuning estuvo aquí y acaba de irse, mascullando que Duarte se le escabulló cuando «él» lo seguía. Danny, sé que son patrañas. Anoche te anduve buscando para decirte que nuestras averiguaciones acerca de ladrones de coches y estacas cortantes no habían conducido a nada. Hablé con una empleada del cuartel de Wilshire, y me dijo que Breuning estuvo allí toda la noche con Dudley Smith. Llamé de nuevo más tarde, y la empleada me dijo que aún estaban allí. Breuning dijo que los otros tres hombres todavía están bajo vigilancia, pero no le creo.

A Danny le retumbaba la cabeza; los efluvios del depósito le revolvieron el estómago y le hicieron arder los cortes que se había hecho al afeitarse. Se dirigió a la puerta que decía «Doctor Norton Layman», la abrió y vio al patólogo forense más importante del país escribiendo en una tablilla. Detrás de él había un cuerpo desnudo y acostado; Layman se hizo a un lado como diciendo: «Disfruta del espectáculo.»

Augie Duarte, el mexicano apuesto que dos noches atrás había salido de la agencia de Gordean, estaba boca arriba en una plancha de acero inoxidable. No se observaban manchas de sangre; tenía el estómago lleno de heridas que mostraban tubos intestinales; las mordeduras le cubrían el torso en un diseño sin superposiciones. Le habían desgarrado las mejillas hasta las encías y el hueso de la mandíbula; le habían seccionado el pene, se lo habían insertado en la más profunda de las heridas y se lo habían doblado de tal modo que el glande salía por la boca y los dientes se cerraban sobre el prepucio. El rigor mortis perpetuaba la obscenidad.

– ¡Cielos! -exclamó Danny-. Maldita sea.

– La lluvia lavó el cuerpo y mantuvo las heridas frescas -comentó Layman-. Encontré una astilla de diente en uno de ellas y preparé un molde. Es inequívocamente animal, y pedí a un ayudante que lo hiciera examinar por un ortodoncista forense del Museo de Historia Natural. Lo están examinando ahora.

Danny apartó los ojos del cadáver y salió en busca de Jack Shortell, sofocado por el hedor a formaldehído. Los pulmones le pedían aire fresco. Había un grupo de mexicanos con aire de familia del difunto junto a la rampa de entrada; un sujeto con aire de pachuco lo miró con ira. Danny trató de encontrar a Shortell. Sintió una mano en el hombro.

Era Norton Layman.

– Acabo de hablar con el hombre del Museo. Ha identificado el espécimen. El asesino usa dientes de Gulo luscus, vulgarmente conocido como «glotón».

Gulo. Danny vio una G dibujada con sangre sobre empapelado barato. Vio una G en blanco y negro, quemaduras con forma de G en la cara de Felix Gordean, varias G sobre los inmigrantes ilegales que aferraban sus rosarios y lloraban juntos. Vio una G tras otra hasta que Jack Shortell se le acercó y le aferró del brazo. Se oyó decir:

– Busca a Breuning. No confío en él.

Entonces vio mera sangre.

27

Vigilancia: a la espera de su propio hijo.

Mal estaba sentado en la escalinata de la División 32, el Tribunal Civil de Los Ángeles, entre picapleitos que fumaban. Les daba la espalda para eludir la charla intrascendente mientras buscaba con los ojos a Stefan, Celeste y su abogado. Cuando los viera, celebraría una rápida conferencia en el lavabo: no creas las cosas malas que oigas acerca de mí; cuando mi abogado diga cosas feas sobre tu madre, trata de no hacerle caso.

Miró el reloj: y diez. Ni rastro de Stefan, Celeste y el abogado. Mal oyó una charla animada a sus espaldas.

– Conoces a Charlie Hartshorn?

– Claro. Un tipo agradable, aunque algo patético. Trabajó gratis para la defensa en Sleepy Lagoon.

– Bien, ha muerto. Suicidio. Se colgó en su casa anoche. Una hermosa casa, cerca de Wilshire y Rimpau. Lo dijeron por la radio. Una vez fui a una fiesta en esa casa.

– Pobre Charlie. Qué lástima.

Mal dio media vuelta, los dos hombres se habían ido. Recordó que Meeks le había dicho que Reynolds Loftis estaba relacionado con Hartshorn a través de un arresto en un bar de homosexuales, pero no había mencionado que el hombre estaba asociado con Sleepy Lagoon. Hartshorn no figuraba en ninguno de los archivos de la investigación, y Meeks también había dicho que el abogado había aparecido -como no sospechoso- en la investigación de Danny Upshaw por los homicidios.

Pensando en la coincidencia, Mal se preguntó cómo tomaría Meeks ese suicidio: había dicho que había hostigado al hombre por su homosexualidad. Mirando hacia la calle, vio a Celeste, Stefan y un joven con un maletín bajando de un taxi. El chico lo vio. Se le iluminó la expresión y corrió hacia él.

Mal le salió al encuentro en la escalinata, lo alzó riendo y lo balanceó en el aire. Stefan gritó de alegría, Celeste y «Maletín» apuraron el paso. Mal cargó a su hijo sobre el hombro, fue adentro deprisa y entró en el lavabo de caballeros. Sin aliento, dejó a Stefan en el suelo.

– Tu papá es capitán -le dijo. Hurgó en los bolsillos y sacó una de las insignias que Buzz le había regalado-. Tú también eres capitán. Recuerda eso. Recuérdalo si el abogado de tu madre empieza a hablarme con desprecio.

Stefan apretó los galones plateados; Mal advirtió que tenía ese aire de chico gordo desconcertado que ponía cuando Celeste lo atiborraba de comida checa repleta de fécula.

– ¿Cómo estás? ¿Cómo te trata tu madre?

Stefan habló a trompicones, como si desde la separación lo hubieran obligado a hablar en checo constantemente.

– Mutti quiere que nosotros mudar. Dijo que nosotros irnos antes que ella se case con Rich-Richard.

Richard.

– No gusto Richard. Bueno con Mutti, pero malo con su perro.

Mal abrazó al chico.

– No lo permitiré. Esa mujer está loca y no permitiré que te lleve.

– Malcolm…

– Papá, Stefan.

– Papá, por favor no más golpes a Mutti. ¡Por favor!

Mal abrazó a Stefan con más fuerza, tratando de ahuyentar esas palabras desagradables para hacerle decir «Te quiero». Al estrecharlo advirtió que el chico parecía demasiado fofo, así como él había sido demasiado flaco cuando niño.

– Ssh. Nunca le pegaré de nuevo y nunca permitiré que te aleje de mí. Ssh.

La puerta se abrió; Mal oyó la voz de un viejo agente de la ciudad que trabajaba en la División 32 desde hacía una eternidad.

– Teniente Considine, el tribunal se está reuniendo y debo llevar al niño a la cámara.

Mal abrazó a Stefan por última vez.

– Ahora soy capitán, Stefan. Sigue a este hombre y te veré dentro.

Stefan también lo abrazó con fuerza.

El tribunal inició la sesión diez minutos después. Mal se sentó con Jake Kellerman a una mesa que estaba frente al juez; Celeste, su abogado y Stefan estaban sentados en sillas situadas en diagonal frente al banquillo de los testigos. El viejo agente salmodió:

– Se inicia la sesión bajo la presidencia del honorable Arthur F. Hardesty.

Mal se levantó.

– Dentro de un segundo el viejo dirá «Que los abogados se aproximen al estrado» -susurró Jake Kellerman-. Le pediré aplazamiento por un mes a partir de ahora, alegando tus deberes para con el gran jurado. Luego obtendremos otro plazo hasta que el jurado se reúna y haya aumentado tu reputación. Entonces te conseguiré a Greenberg.

Mal aferró el brazo de Kellerman.

– Jake, lógralo.

– Lo lograré -susurró Kellerman en voz muy baja-. Sólo reza para que un rumor que he oído no sea cierto.

El juez Arthur E Hardesty bajó el martillo.

– Que los abogados se aproximen al estrado.

Jake Kellerman y el abogado de Celeste se acercaron a Hardesty; Mal trató de oír, pero sólo captó murmullos. Jake parecía agitado. La reunión terminó con un martillazo, Kellerman regresó hecho una furia.

– Señor Considine -dijo Hardesty-, el requerimiento de su abogado para un aplazamiento de un mes ha sido denegado. A pesar de sus deberes como policía, sin duda usted encontrará tiempo suficiente para consultar con el señor Kellerman. Todas las partes se reunirán en esta cámara dentro de diez días, el lunes 22 de enero. Ambos litigantes deberán estar preparados para testificar. Señor Kellerman, señor Castleberry, asegúrense de que sus testigos están informados de la fecha y traigan todos los documentos que deseen presentar como pruebas. Esta sesión preliminar se da por concluida.

El juez bajó el martillo; Castleberry salió llevándose a Celeste y Stefan. El chico se volvió y le saludó con la mano, Mal le hizo la V de la victoria y trató de sonreír en vano. Su hijo desapareció en un santiamén; Kellerman dijo:

– Oí que Castleberry se enteró de tu ascenso y se enfureció. Según los rumores entregó las fotos tomadas en el hospital a uno de los empleados de Hardesty, quien se lo contó al juez. Mal, lo lamento y estoy furioso. Le contaré a Ellis lo que hizo Castleberry y me aseguraré de que ese canalla muerda el polvo.

Mal miró hacia el lugar donde su hijo se había despedido.

– Que ella muerda el polvo. Olvídate de los escrúpulos. Si Stefan ha de enterarse, que se entere. Hazla trizas.

28

Echando una ojeada al salón de Ellis Loew, Buzz hizo sus apuestas:

Veinte contra uno a que el gran jurado lograba condenar a muchos miembros de la UAES, veinte contra uno a que los estudios los echaban esgrimiendo la cláusula de traición antes de que el dictamen fuera oficial y que los Transportistas los reemplazarían en menos de veinticuatro horas. Si convencía a Mickey de que procediera con cautela, podría ganar un premio superior a la recompensa de Howard. Porque lo que sucedía en el pequeño puesto de mando de Loew le decía que los rojos estaban comprando billetes para el Gran Adiós.

Salvo las mesas y las sillas para los empleados, habían llevado todos los muebles al patio trasero. Archivos atiborrados de declaraciones de testigos voluntarios cubrían el hogar; había un panel de corcho clavado a la ventana, espacio para los informes de los cuatro investigadores del equipo: M. Considine, D. Smith, T. Meeks y D. Upshaw. Los formularios del capitán Mal -listas de preguntas destinadas a ciertos izquierdistas, entregadas y recogidas por funcionarios de la ciudad- formaban un voluminoso montón; los resúmenes de Dudley quintuplicaban ese grosor: acababa de transformar a catorce testigos hostiles en informadores voluntarios, lo cual les había proporcionado datos sobre más de cien implicados. Sus propios informes abarcaban seis páginas: Sammy Benavides follando con su hermana, Claire de Haven inyectándose heroína, Reynolds Loftis como cliente de bares de homosexuales; el resto era paja, pura cháchara comparada con los trabajos de Mal y Dudley. El material de Danny Upshaw abarcaba dos páginas de especulaciones personales y abrazos con Claire: él y el chico no mostraban gran empeño en su esfuerzo para destruir la Conspiración Comunista. Había mesas con cestos de «Entrada» y «Salida» para el intercambio de información, mesas para las pruebas fotográficas que estaba acumulando el loco Ed Satterlee, una enorme caja de cartón llena de nombres, fechas, organizaciones políticas y admisiones documentadas: comunistas, militantes y simpatizantes de la Madre Rusia que exigían el fin de Estados Unidos por medios limpios o sucios. Y -en el tramo más ancho de la pared desnuda- el gráfico de la conspiración preparado por Ed Satterlee, su instrumento para el gran jurado.

En una columna horizontal, el monopolio de cerebros de la UAES; en otra, los nombres de las organizaciones comunistas a las cuales pertenecían. En una columna vertical encima del gráfico, los nombres de testigos voluntarios y su «capacidad acusatoria» valorada en estrellas, con líneas que se entrecruzaban con los dirigentes y las organizaciones. Cada estrella indicaba la cantidad de días de intervención que merecía cada testigo voluntario según la evaluación de Satterlee, a partir del mero poder del tiempo, el lugar y los rumores: qué rojo iba adónde, decía qué, y qué rojo renegado estaba allí para escuchar. Era un asombroso, desconcertante, estupendo y abrumador acopio de información imposible de refutar.

Y seguía viendo a Danny Upshaw en apuros, vadeando basura, aunque el chico estaba del lado de los buenos.

Buzz salió al porche trasero. Durante horas había buscado formas de escapar con el pretexto de escribir informes; tres llamadas telefónicas habían solucionado los desaguisados de Audrey con las cuentas. Una para Mickey, contándole una rebuscada saga acerca de un apostador que había burlado a un anónimo recaudador que se acostaba con la hermana del apostador y no podía denunciarlo, aunque al fin el recaudador le había exigido los seis mil dólares que debía: en realidad, la cifra que Audrey le había birlado a Mick. La segunda para Petey Skouras, un recaudador discreto que por mil dólares aceptó hacer el papel de enamorado que al fin rectificaba sus errores; sabía que Johnny Stompanato husmearía en busca del nombre que Buzz se negaba a dar, lo descubriría y le arrancaría una confesión a golpes: la devolución del dinero garantizaba que ése sería su único castigo. La tercera para un prestamista independiente: siete mil dólares al veinte por ciento -debía devolver ocho mil cuatrocientos el 10 de abril-, con lo cual Audrey ya no tendría más problemas. Era el regalo de Buzz por los malos tragos de Audrey: Gene Niles sin cara en la cama. Dadas las circunstancias, el asunto de los comunistas era una bendición. Si no sucumbían a su mutua pasión, él y su leona podrían sobrevivir.

El chico seguía siendo el punto conflictivo de la partida.

Hacía doce horas que había examinado el apartamento de Niles. ¿Tendría que volver para dejar indicios de que Niles se había fugado? ¿Tendría que haber colocado alguna pista incriminatoria? Cuando lo echaran de menos, ¿supondría el Departamento que Niles era una manzana podrida de Dragna y olvidaría el asunto? ¿Lo acusarían del atentado con la bomba y presionarían a Mickey? ¿Sospecharían un asesinato y buscarían al asesino sin regatear esfuerzos?

Dudley Smith y Mike Breuning estaban al fondo del patio, de pie junto al sofá de Ellis Loew, abandonado bajo la lluvia porque el fiscal anteponía el deber a la comodidad. El sol despuntaba; Dudley lo señalaba riendo. Buzz vio nubarrones oscuros que se acercaban desde el mar. Pensó: arréglalo, arréglalo. Actúa como el capitán Mal le dijo al chico.

Actúa como un policía.

29

Danny abrió la puerta y encendió la luz. Las G sangrientas que imaginaba desde su visita al depósito de cadáveres se convirtieron en ese cuarto despojado y pulcro. Advirtió algo extraño. Examinó el cuarto por partes hasta que lo descubrió: la alfombra estaba arrugada cerca de la mesita, y él siempre la alisaba con el pie antes de salir.

Trató de recordar si lo había hecho esa mañana. Recordó haberse vestido de Ted Krugman, pasar de la desnudez a la cazadora de piel ante el espejo del cuarto de baño, recordó que había salido pensando en Felix Gordean mientras las palabras de Mal Considine -«Exprímelo, Danny»- le martilleaban en el cerebro. No recordaba su metódico gesto con la alfombra, quizá porque Ted K. no era meticuloso. Ninguna otra cosa parecía fuera de lugar, no había modo de que nadie irrumpiera en el apartamento de un policía…

Danny pensó en su archivo, corrió hacia el armario del vestíbulo y abrió la puerta. Estaba allí, las fotos y papeles intactos, cubiertos por alfombras viejas con las arrugas donde correspondía. Examinó el cuarto de baño, la cocina y el dormitorio, vio que todo estaba igual, se sentó junto al teléfono y hojeó el libro que acababa de comprar.

La familia de las comadrejas. Filosofía y hábitos. Acababa de comprarlo en la librería Stanley Rose.

Capítulo 6, página 59: El glotón.

Miembro de la familia de las comadrejas, originario del Canadá, el noroeste del Pacífico y el norte del Medio Oeste de Estados Unidos. Peso, entre 20 y 25 kilos; el animal más feroz de la tierra. Temerario, capaz de atacar a animales de tamaño varias veces superior al suyo, capaz de alejar a osos y pumas de sus presas. No soportaba que otras criaturas disfrutaran de una buena comida y a menudo las atacaba para quedarse con las sobras. Equipada con un aparato digestivo de alta eficiencia: los glotones comían deprisa, digerían deprisa, defecaban deprisa y siempre tenían hambre; tenían un apetito descomunal, acorde con su carácter maligno. Esos pequeños canallas sólo querían matar, comer y ocasionalmente copular con otros miembros de su intratable raza.


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Gulo luscus. Glotón.

El alter ego de un asesino que ansiaba morder, mutilar, violar, comer carne con un hambre inconmensurable: sexual y emocional. Un hombre que se identificaba totalmente con un animal obscenamente rapaz, una identidad asumida para vengar viejos agravios. Las mutilaciones animales constituían el medio concreto, la reconstrucción interior de lo que le hacían a él.

Danny observó las imágenes del final del libro, arrancó tres fotos del glotón, buscó en su archivo las fotos de Tamarind 2307 y formó un collage sobre la cama. Puso en el medio a esa criatura parecida a una comadreja, alumbró el conjunto de imágenes con la lámpara de pie, retrocedió, observó y reflexionó.

Una criatura gorda de pies anchos con ojos turbios y una piel parda y gruesa para protegerse del frío. Cola ondulada, hocico corto y puntiagudo, uñas afiladas y dientes largos y aguzados desnudos ante la cámara. Un chico feo y consciente de ello se desquitaba hiriendo a la gente a la que culpaba por volverlo así. Imágenes mientras se fundían el animal y el 2307: el asesino estaba desfigurado o creía estarlo; como los testigos presenciales indicaban que no tenía deformaciones faciales, quizá la mutilación estuviera en el cuerpo. El asesino pensaba que era feo y lo relacionaba con el sexo, de allí que Augie Duarte tuviera esa herida de la mejilla al hueso y el pene le asomara por la boca. Una gran deducción, puramente instintiva, pero que sabía sólida: «él» conocía al chico de la cara quemada, que era demasiado joven para ser el asesino, «él» se inspiraba o se excitaba con sus cicatrices, de ahí las heridas en la cara. Los asaltos con estaca cortante se estaban investigando en todos los puestos policiales de la ciudad, se estaban revisando los métodos de los ladrones de coches; le dijo a Jack Shortell que llamara a los criadores de animales salvajes, los proveedores de zoológicos, los cazadores y los mayoristas de pieles, compararlos con los mecánicos dentales y seguir adelante. Ladrón de casas, aficionado al jazz, proveedor de heroína, fabricante de dentaduras, ladrón de coches, amante de los animales, homosexual, pederasta, invertido, frecuentaba la compañía de prostitutos. Estaba esperando en alguna parte, un dato en un archivo policial, un desconcertado técnico dental que dijera: «Sí, recuerdo a ese sujeto.»

Danny escribió sus impresiones, pensando que Mike Breuning no había seguido a Augie Duarte, y que tal vez tampoco hubieran vigilado a los otros tres. El único motivo posible de Breuning era complacerlo, mantenerlo contento con el caso de homicidio para que fuera eficaz como infiltrado y complaciera a Dudley Smith en su cruzada anticomunista. Shortell había llamado a los otros tres, les había advertido sobre el peligro y trataba de organizar entrevistas: Jack era ahora el único policía en quien podía confiar, y tantearía a los «muchachos» de Dudley para ver si los tres «amigos» de Gordean habían estado bajo vigilancia. El había observado la agencia de Gordean buscando más matrículas, más víctimas potenciales, más información y tal vez a Gordean a solas para presionarlo, pero el garaje había permanecido vacío, el alcahuete no había aparecido y no observó movimiento en la oficina. Quizá la lluvia hubiera ahuyentado a «clientes» y «amigos». Y tenía que interrumpir la vigilancia para ver a Claire de Haven.

Algo cayó frente a la puerta: el Evening Herald. Danny salió a recoger el periódico, vio un titular sobre Truman y embargos comerciales. Lo abrió por la segunda página por si había una nota sobre su caso y de una ojeada comprobó que no había nada. Una pequeña columna en la esquina inferior derecha le llamó la atención.


Se suicida el abogado Charles Hartshorn:

sirvió a los privilegiados y a los infortunados.


Esta mañana Charles E. (Eddington) Hartshorn, de 52 años, un eminente abogado que actuó en causas sociales, fue hallado muerto en el salón de su casa de Hancock Park. Al parecer se trata de un suicidio por asfixia. El cuerpo de Hartshorn fue descubierto por su hija Betsy, de 24 años, quien acababa de regresar de un viaje y declaró al periodista Bevo Means: «Papá estaba deprimido. Un hombre había hablado con él, y papá estaba seguro de que se relacionaba con cierta investigación para un gran jurado. La gente siempre lo fastidiaba porque trabajó de forma voluntaria para el Comité de Defensa de Sleepy Lagoon, y resultaba extraño que un hombre rico quisiera ayudar a mexicanos pobres.»

El teniente Walter Reddin, de la Estación Wilshire de la Policía de los Ángeles, declaró: «Se trata de un suicidio por ahorcamiento. No había ninguna nota, pero no descubrimos indicios de lucha. Hartshorn encontró una cuerda y una viga y se colgó, y es lamentable que tuviera que descubrirlo su hija.»

Sobreviven a Hartshorn, ex socio de Hartshorn, Welborn & Hayes, su hija Betsy y su esposa Margaret, de 49 años. Se aguardan noticias sobre el funeral.


Danny dejó el periódico, desconcertado. Hartshorn había sido la víctima de Duane Lindenaur en 1941; según Felix Gordean, asistía a sus fiestas y no tenía suerte «ni en el amor ni en la política». Danny nunca había sospechado de ese hombre por tres razones: no concordaba con la descripción del asesino, la extorsión databa de hacía nueve años, y el sargento Frank Skakel, a cargo de la investigación de la extorsión, decía que Hartshorn se negaba a hablar con la policía acerca del incidente, y enfatizaba viejos precedentes. Hartshorn era apenas otro nombre en el archivo, un elemento tangencial que conducía a Gordean. Nada a destacar en el abogado; aparte de la informal observación de Gordean sobre la «política», nada indicaba que fuera propenso a defender causas, y el archivo del gran jurado no decía nada sobre él, a pesar del predominio de información sobre Sleepy Lagoon. Pero un miembro del equipo de investigación lo había interrogado.

Danny llamó a Mal Considine a la Fiscalía de Distrito, no pudo hablar con él y llamó a casa de Ellis Loew. A la tercera llamada oyó el acento de Oklahoma de Buzz Meeks:

– ¿Sí? ¿Quién es?

– Agente Upshaw. ¿Está Mal?

– No está aquí, agente. Habla Meeks. ¿Necesitas algo?

El hombre parecía alicaído.

– ¿Sabes si alguien interrogó a un abogado llamado Charles Hartshorn?-preguntó Danny.

– Sí. Yo lo hice, la semana pasada. ¿Por qué?

– Acabo de leer que se suicidó.

Un largo silencio, un largo suspiro.

– Maldita sea -rezongó Meeks.

– ¿Qué quieres decir?

– Nada, chico. ¿Es por tu caso de homicidio?

– Sí. ¿Cómo lo has sabido?

– Bien, interrogué a Hartshorn y creyó que yo era de Homicidios, porque acababan de liquidar a un sujeto que años atrás había tratado de extorsionarlo por su homosexualidad. Esto sucedió cuando tú te uniste a nosotros, y recuerdo algo acerca de Lindenaur por los periódicos. Chico, fui polizonte durante años, y Hartshorn no ocultaba nada excepto el hecho de que le gustaban los chicos, así que no te hablé de él… Pensé que no podía ser un sospechoso.

– Meeks, de todas formas tendrías que habérmelo contado.

– Upshaw, tú me permitiste llegar a un acuerdo con la vieja reina, por lo cual estoy en deuda contigo. Tuve que presionarlo y lo tranquilicé diciéndole que mantendría alejados a los de Homicidios. Pero el pobre diablo era incapaz de matar una mosca.

– ¡Maldita sea! ¿Por qué fuiste a hablar con él? ¿Porque estaba conectado con el Comité de Defensa de Sleepy Lagoon?

– No. Estaba rastreando datos sobre los comunistas y supe que Hartshorn fue arrestado con Reynolds Loftis en un bar de homosexuales de Santa Mónica en el 44. Quería sonsacarle más datos sobre Loftis.

Danny se apoyó el teléfono en el pecho para que Meeks no oyera sus resuellos, para que no oyera cómo su cerebro hurgaba en esos nuevos datos a medida que los relacionaba.

Reynolds Loftis era alto, canoso, maduro.

Estaba vinculado con Charles Hartshorn, un suicida, objeto de los chantajes de Duane Lindenaur, víctima número tres.

Era el amante homosexual de Chaz Minear a principios de los 40. En los archivos psiquiátricos del gran jurado, Sammy Benavides mencionaba que el «puto» Chaz conseguía efebos mediante «una agencia de citas», una posible referencia al servicio de Felix Gordean, quien había empleado a las víctimas George Witsie y Augie Duarte.

La noche anterior, en el distrito negro, Claire de Haven había actuado como un amasijo de nervios: el asesino había seducido a Goines en esa zona y un vendedor de heroína había hablado con ella en el Zombie. Claire había disimulado, pero el equipo del gran jurado sabía que era adicta desde hacía tiempo. ¿Claire había conseguido la droga que había matado a Martin Goines?

Danny alzó el auricular y oyó a Meeks al otro lado de la línea.

– ¿Chico, estás ahí?

Atinó a enganchar el auricular con la barbilla.

– Sí, te escucho.

– ¿Hay algo que no me has dicho?

– Sí… no… Maldita sea, no lo sé.

Hubo un largo silencio. Danny miró las fotos de los glotones.

– Agente, ¿me estás diciendo que Loftis es sospechoso de esos asesinatos?

– Estoy diciendo que quizás. Un quizá muy posible. Concuerda con la descripción del asesino y… concuerda con todo.

– Demonios -masculló Buzz Meeks.

Danny colgó, recordando que mentalmente había besado a Reynolds Loftis, y le había gustado.


De Krugman a Upshaw a Krugman, puro policía de Homicidios.

Danny se dirigió a Beverly Hills sin mirar por el espejo retrovisor. Enfocó su Cámara Humana sobre las heridas de glotón de Reynolds Loftis; la combinación de las fotos de Tamarind 2307, el cuerpo de Augie Duarte y los apuestos rasgos de Loftis embadurnados de sangre le hacían accionar el cambio de marchas aun cuando no era necesario, tan sólo para ahuyentar las imágenes. Al acercarse, vio las luces de la casa alegremente encendidas, como si la gente del interior no tuviera nada que ocultar. Caminó hasta la puerta y encontró una nota bajo la aldaba: «Ted. Volveré dentro de un momento. Ponte cómodo. – C.»

De nuevo nada que ocultar. Danny abrió la puerta, entró y vio una tablilla apoyada contra una pared, junto a la escalera. Una lámpara de pie la alumbraba; había documentos desperdigados sobre el escritorio, sostenidos por una carpeta de cuero, absolutamente nada que ocultar. Se acercó, la recogió y la abrió: la página inicial presentaba un texto prolijo, escrito a máquina: ACTAS Y ASISTENCIA, COMITÉ EJECUTIVO DE LA UAES, REUNIONES 1950.

Danny miró la primera página. Más prolijidad: la reunión/fiesta de Noche Vieja del 31/12/49. Estaban presentes -constaban las firmas- C. de Haven, M. Ziffkin, R. Loftis, S. Benavides, M. López, y un nombre tachado e ilegible. Temas de discusión: «Asignaciones de los piquetes», «Informe del secretario», «Informe del tesorero», la posibilidad de contratar detectives privados para indagar los antecedentes criminales de la gente de los Transportistas. La velada comenzó a las once y terminó a las seis de la madrugada. Danny frunció el ceño: el documento podía constituir una coartada para Reynolds Loftis -presente allí a la hora de la muerte de Martin Goinesy las actas no contenían material subversivo.

Nada, nada que ocultar. Sospechoso.

Danny miró más adelante y encontró una reunión el 4/1/50, con la asistencia de las mismas personas durante la franja horaria en que asesinaron a Wiltsie y Lindenaur, la misma extraña tachadura, la discusión de los mismos temas aburridos. Y Loftis estaba con Claire la noche anterior, cuando habían liquidado a Augie Duarte. Tendría que pedir al doctor Layman una estimación de la hora del deceso. Coartadas colectivas perfectas, ningún acto de traición. Loftis no era «él», a menos que todo el monopolio de cerebros estuviera detrás de los asesinatos, lo cual resultaba ridículo.

Danny dejó de pensar, puso el documento en su lugar, hundió las manos trémulas en los tibios bolsillos de piel. Actuaban como si no hubiera nada que ocultar porque no tenían nada que ocultar, porque ninguno de ellos sabía que él era un policía de Homicidios. Aunque Loftis hubiera falsificado su nombre, una coartada con cinco testigos se sostendría ante cualquier tribunal, aunque los citados fueran traidores comunistas. Eso no significaba nada. Ordena el caso, ordena las pruebas, actúa como un policía.

Hacía calor en esa casa. Danny se quitó la cazadora, la colgó de un perchero, fue al salón y fingió admirar el póster de Tormenta en Leningrado. Le recordó las estúpidas películas que le había hecho ver Karen Hiltscher; estaba pensando en convencerla de que no mencionara Tamarind 2307 cuando oyó:

– Ted, ¿cómo estás?

«Él».

Danny se volvió. Reynolds Loftis y Claire dejaban los abrigos en el vestíbulo. Ella parecía tímida; él tenía un aspecto apuesto, como un refinado experto en deportes sanguinarios.

– Hola -saludó Danny-. Me alegro de veros, pero tengo malas noticias.

Claire dijo «Vaya»; Loftis se frotó las manos y se las sopló.

– Caramba, ¿qué malas noticias?

Danny se acercó para medir la reacción de ambos.

– Estaba en los periódicos. Un abogado llamado Charles Hartshorn se suicidó. Decían que había trabajado para el Comité de Defensa de Sleepy Lagoon, y daban a entender que algún polizonte fascista lo había acorralado.

Reacciones limpias. Claire acarició el abrigo, diciendo:

– Ya lo sabíamos. Charlie fue un buen partidario de nuestra causa.

Loftis se tensó un poco, quizá porque había estado liado con el abogado.

– Ese gran jurado murió, pero se llevó a Charlie consigo. Era un hombre frágil y bondadoso, y esos hombres son víctimas fáciles para los fascistas.

Danny pensó: está hablando de sí mismo, él es débil, Claire constituye su fuerza. Se acercó hasta un primer plano y lanzó un golpe audaz.

– Leí en un diarucho que Hartshorn fue interrogado a raíz de una serie de asesinatos. Un homosexual maniático había asesinado a personas que él conocía.

Loftis le dio la espalda mientras sufría un ataque de tos muy poco convincente, Claire hizo de actriz de reparto, inclinándose junto a él con la cara a un lado, murmurando:

– Eso no es bueno para tu bronquitis.

Danny mantuvo su enfoque de primer plano y escrutó con el cerebro lo que sus ojos no podían ver: Claire alentaba a su prometido; Loftis el actor, consciente de que las caras no mienten, mantenía la suya oculta.

Danny entró en la cocina y llenó un vaso con agua del grifo, un respiro para dar a los actores tiempo de recuperarse. Regresó despacio y los encontró actuando con soltura. Claire fumaba, Loftis estaba apoyado contra la escalera, tímido, un caballero sureño a quien la tos le parecía vulgar.

– Pobre Charlie. En ocasiones le gustaba el amor a la griega, y supongo que los poderes constituidos habrán querido crucificarlo también por eso.

Danny le alcanzó el agua.

– Te crucifican por lo que pueden. Lamento lo de Hartshorn, aunque personalmente prefiero a las mujeres.

Loftis bebió, cogió su chaqueta y le guiñó el ojo.

– Yo también -comentó. Besó a Claire en la mejilla y salió por la puerta.

– Hemos tenido mala suerte hasta ahora -dijo Danny-. Lo de anoche…, tu amigo Charlie…,

Claire arrojó la cartera sobre el escritorio donde estaba la carpeta de las reuniones. Demasiada soltura. La estudiada expresión decía que Claire le había preparado esa naturaleza muerta -la coartada de Loftis- aunque ellos no podían saber quién era. Los hilos de quién era quién, quién conocía a quién, y quién sabía qué se enmarañaron de nuevo. Danny los anuló con un guiño insinuante.

– Quedémonos aquí, ¿te parece bien?

– Iba a proponerte lo mismo -dijo Claire-. ¿Quieres ver una película?

– ¿Tienes televisor?

– No, tonto. Tengo una sala de proyección.

Danny sonrió tímidamente, el proletario Ted apabullado por los lujos de Hollywood. Claire le cogió la mano y lo condujo por la cocina hasta el cuarto revestido de anaqueles con libros. En la pared frontal había una pantalla. Ante la pantalla había un largo sofá de piel, y a pocos metros un proyector montado en un trípode, con un rollo de película ya preparado. Danny se sentó; Claire movió interruptores, apagó las luces y se acurrucó contra él, las piernas encorvadas bajo la falda. La luz cubrió la pantalla, la película empezó.

Un tramo de prueba, un borrón en blanco y negro; una rubia sensual y un mexicano con peinado «cola de pato» desnudándose. Un cuarto de motel: cama, paredes de estuco desconchadas, lámparas con forma de sombrero, el póster de una plaza de toros en la puerta del armario. Tijuana.

Danny sintió que la mano de Claire se acercaba. La rubia alzó los ojos al cielo; acababa de ver el miembro de su coestrella: enorme, venoso, curvado en el centro como una rama de zahorí. Ella se inclinaba, se arrodillaba y empezaba a chupar. La cámara captaba las marcas de acné de la mujer y los pinchazos del hombre. La mujer chupaba mientras el drogadicto contoneaba las caderas; el hombre le sacaba el miembro de la boca y la rociaba.

Danny miró hacia otro lado; Claire le tocó el muslo. Danny se encogió, trató de relajarse pero se encogió más; los dedos de Claire acariciaron un nudo de músculos tensos a pocos centímetros del sexo. Adicto follaba a Hoyuelos por detrás, la penetración enfocada de cerca. El estómago de Danny gruñó, más que cuando pasaba un tiempo sin comer. La mano de Claire seguía acariciando, y Danny sintió que el sexo se le marchitaba como por efecto de una ducha helada.

La rubia y el mexicano follaban con abandono; Claire sobó músculos que no se distendían. Danny sintió calambres, aferró la mano de Claire y la apretó contra su rodilla, como si estuvieran en el club de jazz y tratara de seguir el ritmo. Claire se apartó; la película terminó con un primer plano de la rubia y el mexicano dándose un beso en la boca.

La película saltó del cilindro; Claire se levantó, encendió las luces y cambió los rollos. Danny trató de adoptar su mejor versión de Ted Krugman relajado: piernas cruzadas, manos en la nuca. Claire se volvió y dijo:

– Reservaba esto para después, pero pensé que podríamos necesitarlo ahora.

Danny guiñó el ojo, sacudiendo la cabeza, Ted el seductor. Claire encendió el proyector y apagó las luces; volvió al diván y se acurrucó de nuevo. La segunda película del programa doble cubrió la pantalla.

No había música, títulos, ni subtítulos como en las películas mudas. Sólo negrura. Las motas grises eran el único indicio de que la película se estaba proyectando. La oscuridad se resquebrajó en las esquinas de la pantalla, una forma se materializó y una cabeza de perro cobró nitidez: un perro de pelea con máscara. El perro atacó la cámara, la pantalla se ennegreció de nuevo, luego se disolvió lentamente en blancura.

Danny recordó el criador de perros y su anécdota sobre los tipos de Hollywood que habían comprado animales para filmarlos, recordó a los hombres enmascarados de la casa de Felix Gordean. Advirtió que había cerrado los ojos y contenía el aliento para pensar mejor quién sabía qué, decía qué, mentía en qué. Abrió los ojos, vio dos perros atacándose a dentelladas. Un rojo superpuesto se esparcía en dibujos surrealistas sobre el blanco y negro, desapareciendo y tiñendo la sangre de su verdadero color. Un chorro enturbió la lente de la cámara, primero gris, luego rojo superpuesto. Pensó en un Walt Disney enloquecido y como en respuesta, un maligno Pato Donald apareció en la pantalla, un falo emplumado colgándole hasta los pies palmeados. El pato saltó de un lado a otro, furioso e impotente como el verdadero Donald; Claire rió, Danny vio que los perros se estudiaban y embestían. El perro más oscuro hincó los dientes en el perro manchado. Los hundió con fuerza. Danny supo que el asesino, fuera quien fuese, se había vuelto loco viendo esa película.

La pantalla negra. Danny se mareó de tanto contener el aliento, consciente de que Claire lo observaba. Luego todo en color, hombres desnudos estudiándose como los perros, buscándose con la boca, primeros planos de hombres haciendo el sesenta y nueve, un retroceso y Felix Gordean en disfraz de diablo rojo, bailando y saltando. Danny tuvo una erección, Claire le apoyó la mano, como si lo supiera. Danny se contorsionó, trató de cerrar los ojos. No pudo. Siguió mirando.

Un rápido corte; Niño Bonito Christopher, desnudo, apuntando su miembro erecto hacia la cámara. La cabeza casi eclipsaba la pantalla como si fuera un ariete gigante, y los bordes blancos del fondo parecían labios y dientes entreabiertos perpetuando la imagen a través del rigor mortis

Danny se levantó, corrió hacia la parte delantera de la casa, encontró un cuarto de baño y cerró con pestillo. Calmó sus temblores con una letanía: ACTÚA COMO UN POLICÍA, ACTÚA COMO UN POLICÍA, ACTÚA COMO UN POLICÍA; se obligó a pensar en datos, abrió el botiquín y obtuvo uno de inmediato: un frasco de secobarbital de sodio, causa de la muerte de Wiltsie y Lindenaur, somníferos de Reynolds Loftis recetados por el Dr. D. Waltrow, 14/11/49. Buscó entre ungüentos, bálsamos y más píldoras, pero no encontró nada más. Descubrió una segunda puerta, entreabierta, junto a la ducha.

La abrió y vio un cuarto pequeño, muy acogedor, con más libros, sillas dispuestas alrededor de una tumbona de piel, otro escritorio atiborrado de cosas. Miró los objetos: guiones mimeografiados con correcciones en los márgenes. Abrió cajones y encontró pilas de hojas con el membrete de Claire de Haven, sobres, sellos postales, una vieja billetera de piel. En la billetera encontró documentos vencidos de Reynolds Loftis: tarjeta de la biblioteca, tarjetas de organizaciones izquierdistas, un permiso de conducir de California del 36 con una etiqueta pegada al dorso, Datos Médicos de Emergencia, alérgico a la penicilina, artritis crónica, sangre cero positivo.

¿«Él»?

Danny cerró los cajones, abrió la puerta, se pasó una toalla por la cara y regresó despacio a la sala de proyección. Las luces estaban encendidas, la pantalla estaba en blanco, Claire estaba sentada en el sofá.

– No creí que un chico tan duro como tú fuera tan remilgado -comentó ella.

Danny se sentó junto a Claire. Las piernas de ambos se rozaron. Claire se apartó, se inclinó hacia delante. Danny pensó: ella lo sabe, pero no puede saberlo.

– No soy un esteta -dijo.

Claire le tocó la cara con la mano tibia; la cara de ella estaba fría.

– ¿De verdad? Todos mis amigos del Partido de Nueva York estaban como locos por el Nuevo Drama, el Kabuki y cosas parecidas. ¿La película no te ha recordado a Cocteau, aunque con más sentido del humor?

Danny no sabía quién era Cocteau.

– Cocteau nunca me ha atraído. Tampoco Salvador Dalí ni todos esos tipos. Sólo soy un tonto de Long Island.

Claire lo siguió acariciando. La mano era tibia, pero la cautivante suavidad de la noche anterior se había esfumado.

– Yo veraneaba en Easthampton cuando era niña. Era encantador.

Danny rió, feliz de haber leído el folleto turístico de Considine.

– Huntington no era exactamente Easthampton, cariño.

Claire se estremeció ante esa palabra de afecto. Iba a apartar la mano, pero lo siguió acariciando.

– ¿Quién filmó esa película?-preguntó Danny.

– Un hombre brillante llamado Paul Doinelle.

– ¿Sólo para que la vieran amigos?

– ¿Por qué lo dices?

– Porque es obscena. No puedes distribuir películas así. Va contra la ley.

– Lo dices muy en serio, como si te importara una ley burguesa que restringe la libertad artística.

– Era desagradable. Me preguntaba qué clase de hombre podría disfrutar con eso.

– ¿Por qué dices «hombre»? Yo soy mujer, y aprecio el arte de ese tipo. Tienes una visión restringida, Ted. Es un rasgo desfavorable para la gente de nuestra causa. Y sé que esa película te ha excitado.

– No es verdad.

Claire rió.

– No seas tan evasivo. Dime qué quieres. Dime qué quieres hacer conmigo.

Ella iba a follarlo sólo para saber qué sabía, lo cual significaba que ella sabía, lo cual significaba…

Danny abrazó a Claire y le besó el cuello y las mejillas; ella suspiró: un sonido falso, como el de una muchacha del Club Largo fingiendo que desnudarse en público era el éxtasis. Claire le tocó la espalda, el pecho, los hombros, masajeándolo con fuerza, como si tratara de contenerse para no triturarlo. Danny trató de besarle los labios, pero ella mantuvo la boca cerrada; Claire bajó hasta su entrepierna. Danny estaba frío y encogido allí abajo, y la mano de Claire empeoraba las cosas.

Danny se sintió ahogado por su propio cuerpo. Claire echó las manos hacia atrás, se quitó el suéter y el sostén con un solo movimiento. Los senos eran pecosos, con manchas que parecían cancerosas. El izquierdo era más grande, colgaba de forma extraña, y los pezones aparecían oscuros y chatos, rodeados de estrías. Danny pensó en traidores y mexicanos lamiendo esos pechos, Claire susurró: «Vamos, bebé», una canción de cuna para inducirlo a contar a mamá qué sabía, a quién conocía, en qué mentía. Claire le acarició el cuerpo con los senos; él cerró los ojos y no pudo; pensó en chicos y en Tim y en «él» y no pudo…

– ¿Seductor de mujeres?-se detuvo Claire-. Oh, Teddy, ¿cómo pudiste representar esa comedia?

Danny la apartó, se fue de la casa dando un portazo y regresó a su casa pensando: Ella no puede saber quién soy. Una vez dentro, fue a buscar sus informes, examinó páginas para demostrarlo con certeza, vio «Juan Duarte, monopolio de cerebros de UAES, extra/tramoyista de Variety» en una hoja, recordó a Augie Duarte ahogándose con su miembro en una plancha del depósito de cadáveres, recordó a los tres mexicanos en el plató de Matanza salvaje el día en que había interrogado a los conocidos de Duane Lindenaur, recordó a Norm Kostenz tomándole una foto después de la pelea en el piquete. Recordó, recordó, recordó: el mexicano que lo miraba con el ceño fruncido en el depósito era un actor mexicano del plató, tenía que ser un pariente de Augie Duarte, Juan Duarte el actor/tramoyista comunista. El hombre tachado en el registro de reuniones tenía que ser el de Duarte, lo cual significaba que había visto la foto de Kostenz y había contado a Loftis y Claire que Ted Krugman era un detective a cargo del asesinato de Augie.

Lo cual significaba que la carpeta de actas era una coartada preparada.

Lo cual significaba que la película era una trampa para sondear sus reacciones y averiguar qué sabía.

Lo cual significaba que la Zorra Roja trataba de hacerle lo que Mal Considine pretendía hacerle a ella.

Lo cual significaba que sabían quién era.

Danny fue hasta el anaquel que había sobre la nevera, el lugar donde guardaba su personalidad de agente D. Upshaw. Recogió la placa y las esposas y se las apretó contra el pecho, desenfundó el revólver 45 y lo apuntó contra el mundo.

30

El jefe de detectives Thad Green saludó a Mal, luego a Dudley Smith.

– Caballeros, no los habría llamado tan temprano esta mañana si no fuera urgente. Lo que voy a decirles aún no ha trascendido, y no debe salir de aquí.

Mal miró a su mentor del Departamento de Policía. El hombre, infrecuentemente serio, rayaba en lo funerario.

– ¿De qué se trata, señor?

Green encendió un cigarrillo.

– La lluvia ha causado deslizamientos de tierra en las colinas. Hace una hora se encontró un cuerpo en la carretera de acceso al Letrero de Hollywood. El sargento Eugene Niles, Escuadrón Hollywood. Sepultado, con un disparo en la cara. Llamé a Norton Layman para que me diera un informe rápido, y le extrajo dos balas calibre 38 de la bóveda craneana. Los disparos se efectuaron con una Iver-Johnson Police Special, que como saben es el arma reglamentaria estándar del Departamento de Policía y el Departamento del sheriff. Niles fue visto por última vez antes de ayer en la Estación Hollywood, donde tuvo una trifulca con el agente Daniel Upshaw, colega de ustedes en la investigación del gran jurado. Ustedes han trabajado con Upshaw, y los he convocado aquí para pedir conclusiones. Mal, adelante.

Mal se tragó su conmoción, reflexionó y habló.

– Señor, no creo que Upshaw sea capaz de matar a un hombre. Lo amonesté anteanoche por lo de Niles, y se lo tomó como un buen policía. Parecía aliviado de que Niles ya no estuviera bajo su mando, y todos sabemos que Niles estaba muy enredado con Brenda Allen. Oí decir que era recaudador de Jack Dragna, y yo me fijaría en Jack y Mickey antes de acusar a un colega.

Green asintió.

– Teniente Smith.

– Señor, no estoy de acuerdo con el capitán Considine. El sargento Mike Breuning, quien también trabaja en ese caso de homicidio con Upshaw, me comentó que Niles le tenía miedo al muchacho y estaba convencido de que Upshaw había irrumpido en una casa de su jurisdicción para conseguir pruebas. Niles le dijo al sargento Breuning que Upshaw había mentido acerca del modo en que se enteró de la segunda y la tercera víctimas, y que estaba tratando de reunir pruebas para acusarlo. Más aún, Niles estaba convencido de que Upshaw estaba extrañamente obsesionado con estas muertes perversas que tanto le preocupan, y la pelea se precipitó cuando Niles llamó «maricón» a Upshaw. Un informador me dijo que alguien vio a Upshaw amenazando a un conocido alcahuete de homosexuales llamado Felix Gordean, un hombre que paga suculentas sumas a Antivicio Central del Departamento del sheriff. Gordean le dijo a mi hombre que Upshaw está loco, obsesionado por una especie de conspiración homosexual, y que intentó extorsionarlo, pues amenazó con ir a los periódicos a menos que él le diera una información especial que según Gordean ni siquiera existe.

Mal intervino:

– ¿Quién es tu informador, Dudley? ¿Y por qué tú y Breuning os preocupáis tanto por Upshaw?

Dudley sonrió, un tiburón disimulando:

– No quiero que la conducta violenta e inestable de ese muchacho altere su trabajo para nuestro gran jurado, y estoy tan poco dispuesto como tú a divulgar el nombre de mis informadores, capitán.

– Pero estás dispuesto a echar a perder la carrera de un colega. Un hombre a quien considero un joven dedicado y brillante.

– Siempre he oído decir que tenías una debilidad por tus agentes, Malcolm. Tendrías que ser más circunspecto al manifestarla, especialmente desde que eres capitán. Personalmente considero que Upshaw es capaz de asesinar. La violencia es a menudo el recurso de los débiles.

Mal pensó que, en las condiciones apropiadas y con unas copas de más, el chico podía matar a sangre fría.

– Jefe -dijo-, Dudley es persuasivo, pero yo no acusaría a Upshaw de esto.

Thad Green apagó el cigarrillo.

– Ustedes están demasiado involucrados personalmente. Pondré a trabajar a gente imparcial.

31

Sonó el teléfono. Danny buscó el supletorio que había junto a la cama, vio que se había desmayado en el suelo y tropezó con botellas vacías y carpetas cuando iba a cogerlo.

– Sí, ¿Jack?

– Soy yo -dijo Jack Shortell-. ¿Me oyes?

Danny parpadeó para protegerse de la hiriente luz del sol, cogió papel y lápiz.

– Adelante.

– Primero, los seguimientos de Breuning eran falsos. Me cobré un viejo favor en Homicidios de la Policía, revisé las hojas de servicio de los hombres que Dudley usa habitualmente y descubrí que estaban trabajando a tiempo completo en otros casos. Busqué a Gene Niles para ver si podía persuadirlo de conseguir más información, pero el maldito no aparece por ninguna parte. El Departamento de Policía investigó la zona donde hallaron el cuerpo de Duarte. Recibieron la denuncia y un detective novato de Central fue al lugar. Hasta ahora nada. El doctor Layman está buscando elementos residuales allí. Quiere hacer un trabajo forense completo sobre Duarte para incluirlo en su próximo libro. Cree que la lluvia limpiará los rastros, pero de todos modos lo está intentando, y la autopsia ofrece la misma versión que para los otros tres: sedado, estrangulado, mutilado después de la muerte. Llamé a los otros hombres de tu lista y se tomarán unas breves vacaciones hasta que esto termine. Danny, ¿sabías que el tal Hartshorn se ha suicidado?

– Sí, y no sé si se relaciona con nuestro caso.

– Bien, pasé por la Estación Wilshire y miré el informe, y parece limpio: no hubo irrupción violenta, ni lucha. La hija de Hartshorn dice que el padre estaba muy preocupado por lo del gran jurado.

Danny se estaba poniendo nervioso; volvía a recordar la escena con De Haven: ella sabía, ellos sabían, adiós Ted Rojo.

– Jack, ¿tienes algo nuevo?

– Tal vez algo gordo -dijo Shortell-. Me he pasado toda la noche indagando la cuestión del glotón, y obtuve una pista importante relacionada con un viejo llamado Thomas Cormier. Es un naturalista aficionado, en cierto modo famoso. Vive en Burker Hill, y alquila criaturas de la familia de las comadrejas a la industria cinematográfica y los circos. Tiene varios glotones encerrados, los únicos conocidos en Los Ángeles. Ahora escucha, porque aquí es donde se pone interesante.

»Anoche pasé por la Subestación Hollywood Oeste para hablar con un amigo a quien acaban de trasladar. Oí que la muchacha de la centralita mencionaba tu nombre al sargento de guardia, y la traté amablemente. Me contó que andaba despacio en sus averiguaciones sobre laboratorios dentales porque pensaba que tú sólo la estabas usando. Me dio una lista con datos anotados. Todo negativo para la descripción del asesino, pero positivo para los dientes de animales: el taller dental Joredco de Beverly y Beaudry. Prepara postizos animales para taxidermistas, y es el único laboratorio de Los Ángeles que trabaja con dientes verdaderos de animales. Tu dato referente a que todos los taxidermistas usan dientes de plástico era erróneo. Y Beverly y Beaudry está a siete manzanas de la casa de Thomas Cormier, Corondelet Sur 343.

Una pista realmente buena.

– Voy hacia allá -dijo Danny, y colgó. Desistió de presionar a Felix Gordean, limpió y ordenó sus archivos, limpió y ordenó su personalidad de Daniel T. Upshaw, policía con placa, revólver e identificación oficial. Con Ted Krugman muerto y enterrado, se dirigió a Bunker Hill.


Corondelet Sur 343 era una casa victoriana con aleros, circundada por terrenos baldíos en el linde oeste de Bunker Hill. Danny aparcó enfrente y oyó un chillido de animal, avanzó por la calzada y rodeó un patio escalonado con un panorama de Angel's Flight digno de una tarjeta postal. Había cobertizos con techo de uralita dispuestos en forma de L, uno por cada nivel de césped; las estructuras tenían un frente de gruesa malla de alambre, y la L más larga tenía un generador en la parte trasera. El lugar apestaba a animales, orina de animales y excremento de animales.

– ¿Le molesta el olor, agente?

Danny se volvió. El lector de mentes era un viejo hirsuto que llevaba pantalones holgados y botas, y caminaba hacia él agitando un grueso puro que combinaba perfectamente con el tufo a estiércol y lo empeoraba. Sonrió, sumando su mal aliento a los efluvios.

– ¿Es usted de Reglamentos para Animales o del Departamento de Higiene?

Danny sintió que el sol y el olor se combinaban con el alcohol de la noche anterior para convertirle la piel en papel de lija.

– Soy detective de Homicidios, Departamento del sheriff. ¿Es usted Thomas Cormier?

– Ya lo creo, y nunca he matado a nadie, ni me asocio con asesinos. Tengo mustélidos asesinos, pero sólo matan a los roedores que les doy por alimento. Si eso es un crimen, me declaro culpable. Mantengo a mis mustélidos en cautiverio. Si tocan una melodía mala, la orquesta es mía.

El hombre parecía demasiado inteligente para ser un chiflado.

– Señor Cormier, he oído que usted es experto en glotones.

– Es la pura verdad. Tengo once en cautiverio en este momento, y mi pequeña unidad refrigeradora les mantiene a baja temperatura, tal como les gusta.

La vaharada de humo de puro y halitosis mareó a Danny. Se obligó a actuar como un profesional.

– Señor Cormier, estoy aquí porque han matado a cuatro hombres desde Año Nuevo hasta ahora. Fueron mutilados por un hombre que usa postizos dentales con dientes de glotón. A varias manzanas de aquí hay un taller dental, el único de Los Ángeles que fabrica dentaduras de animales con dientes verdaderos. Creo que es una extraña coincidencia, y pensé que usted podría ayudarme.

Thomas Cormier apagó el puro y guardó la colilla en el bolsillo.

– Es lo más extraño que he oído en toda mi vida, que comenzó en 1887. ¿Qué más sabe sobre el asesino?

– Es alto, maduro, canoso. Conoce el mundo del jazz, puede comprar heroína, frecuenta la prostitución masculina. -Calló, pensando en Reynolds Loftis, preguntándose si obtendría alguna prueba contra él que no fuera circunstancial-. Y es homosexual.

Cormier rió.

– Parece usted un tipo simpático, y lamento no serle de ayuda. No conozco a nadie así, y si lo conociera, creo que mantendría la espalda contra la pared y mi entrañable rifle a mano cuando me visitara. ¿Ese sujeto está enamorado del Gulo luscus?

– ¿Del glotón? Sí.

– Cielos. Bien, admiro su gusto en mustélidos, aunque no el modo en que lo demuestra.

Danny suspiró.

– Señor Cormier, ¿sabe usted algo sobre el taller Joredco?

– Claro, está calle abajo. Creo que hacen dentaduras para animales.

Una toma limpia. Danny vio secuencias de la película de Claire de Haven, lo imaginó a «él» viéndola, excitándose, buscando más.

– Me gustaría ver sus glotones.

– Creí que nunca me lo pediría -sonrió Cormier, y guió a Danny hacia el cobertizo refrigerado. El aire pasó de tibio a congelado; los chillidos se convirtieron en gruñidos, formas oscuras lanzaron zarpazos contra la malla de alambre de las jaulas-. Gulo luscus. Carcayú para los indios: «espíritu maligno». El más insaciable carnívoro viviente y sin duda el mamífero más cruel. Como le decía, admiro el gusto del asesino.

Danny encontró un buen ángulo: la luz del sol caía a plomo sobre una jaula; se acuclilló para observar, apoyando la nariz en el alambre. En el interior, una larga criatura se movía en círculos, lanzando dentelladas a las paredes. Los dientes relucían, las zarpas raspaban el suelo, parecía un músculo tenso que no se relajaría hasta que matara y durmiera saciado, o hasta que muriera. Danny observó, percibiendo el poder de la bestia, experimentándolo como «él» lo sentía.

– El Gulo luscus es dos cosas: listo e insaciable -explicó Cormier-. He sabido de algunos que se aficionaban a la carne de ciervo, se ocultaban en los árboles y arrojaban sabrosos trozos de corteza para atraerlos, luego saltaban y desgarraban la yugular del ciervo hasta el gaznate. Una vez que huelen sangre, son implacables. He oído hablar de glotones acechando a pumas que resultaron heridos en luchas de apareamiento. Los atacan por detrás, les dan dentelladas y huyen, un poco de carne aquí y allá hasta que el puma casi muere desangrado. Cuando el pobre diablo está casi muerto, Gulo ataca frontalmente, arranca los ojos del puma y se los come como chicle.

Danny hizo una mueca, transponiendo la imagen: Martin Goines, «él», la criatura.

– Necesito mirar su registro. Todos los glotones que haya alquilado para películas o espectáculos circenses.

– Amigo -dijo Cormier-, no se puede alquilar un Gulo, aunque no me molestaría ganar dinero. Son mi pasión personal, los amo y los mantengo aquí porque realzan mi reputación de experto en mustélidos. Si usted alquila un Gulo, atacará a cualquier humano o animal que esté al alcance de sus dientes. Hace cinco o seis años me robaron uno, y mi único consuelo fue que el ladrón sin duda acabó destrozado.

Danny se puso alerta.

– Hábleme de eso. ¿Qué ocurrió?

Cormier extrajo el puro y lo acarició.

– En el verano del 42 yo trabajaba de noche en el Griffith Park, como zoólogo residente que investigaba los hábitos de los mustélidos nocturnos. Tenía una partida de glotones que estaban engordando a ojos vista. Comprendí que alguien debía de alimentarlos, y empecé a encontrar más restos de ratones y hámsters en las jaulas. Alguien usaba la portezuela de la comida para alimentar a mis glotones, y supuse que sería un chico del vecindario que había oído hablar de mi reputación y quería comprobarla por sí mismo. A decir verdad, no me molestaba. Al contario, resultaba reconfortante tener a otro admirador del Gulo. Luego, a finales de julio, sucedió todo. Supe que había pasado porque no había más cadáveres inesperados en las jaulas y mis glotones recuperaron su peso normal. Pasó un año y medio, y una noche robaron a mi Gulo Otto. Me desternillé de risa. Otto era el peor. Si el ladrón logró conservarlo, estoy seguro de que Otto le dio unas buenas dentelladas. Llamé a los hospitales de la zona para ver si habían atendido a una víctima de mordeduras, pero no encontré nada. Otto no estaba.

Unas buenas dentelladas.

Danny pensó en los sedantes: un glotón dormido y robado, «él» con su propia mascota maligna. La pista podía funcionar. Miró de nuevo hacia la jaula; el glotón notó algo y arañó el alambre produciendo unos ruidos rechinantes.

Cormier rió y dijo:

– Juno, tú sí eres malo.

Danny acercó la cara al alambre, aspirando el aliento del animal. Dio las gracias a Cormier, se marchó y se dirigió al taller Joredco.


Esperaba una fachada de neón, una boca de animal abierta, los números de la dirección con forma de dientes. Se equivocaba: el laboratorio era sólo un edificio de estuco marrón claro, y el único anuncio era un discreto letrero sobre la puerta.

Danny aparcó delante y entró en una pequeña sala de recepción: una secretaria detrás de un escritorio, una centralita y calendarios ilustrados en las paredes: 1950 repetido doce veces, bellos animales salvajes representaban enero para tiendas locales de taxidermistas. La muchacha le sonrió.

Danny se presentó mostrando la placa.

– Me gustaría hablar con el encargado.

– ¿Sobre?

– Sobre dientes de animales.

La muchacha tecleó un interfono y dijo:

– Un policía desea verlo, señor Carmichael.

Danny miró las imágenes de alces, osos, lobos y búfalos; reparó en un lustroso felino de montaña y pensó en un glotón acechándolo, matándolo a fuerza de persistencia.

Una puerta se abrió y apareció un hombre con un delantal blanco manchado de sangre.

– ¿Señor Carmichael?

– Sí, señor…

– Soy el agente Upshaw.

– ¿De qué se trata, agente?

– Se trata de dientes de glotón.

Ninguna reacción salvo la impaciencia. Obviamente el hombre deseaba volver a su trabajo.

– Entonces no puedo ayudarlo. Joredco es el único taller de Los Ángeles que confecciona dentaduras para animales, y nunca los hemos hecho para un glotón.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué? Porque los taxidermistas no embalsaman glotones. No son un artículo que la gente quiera como adorno de su casa o refugio. Trabajo aquí desde hace trece años y nunca me han pedido dientes de glotón.

Danny reflexionó.

– ¿Alguien que hubiera aprendido aquí los rudimentos del oficio podría hacerlo?

– Sí, pero resultaría sangriento y muy tosco sin las herramientas apropiadas.

– Bien. Estoy buscando a un hombre a quien le gusta la sangre.

Carmichael se enjugó las manos en el delantal.

– Agente, ¿de qué se trata?

– Homicidio cuádruple. ¿Hasta cuándo llegan sus registros?

El «homicidio cuádruple» afectó a Carmichael. Parecía conmocionado a pesar de su adustez.

– Por Dios. Nuestros registros llegan hasta el 40, pero Joredco emplea casi siempre mujeres. No creerá usted…

Danny estaba pensando que Reynolds Loftis no se mancharía las manos en semejante lugar.

– Quizás. Hábleme de los hombres que trabajaron aquí.

– No fueron muchos. Con franqueza, las mujeres aceptan sueldos más bajos. Nuestro personal actual ha estado aquí durante años, y cuando tenemos pedidos urgentes contratamos a gente en paro y alumnos de las escuelas Lincoln y Belmont hacen las tareas de aprendiz. Durante la guerra, contratamos a muchos empleados temporales mediante este sistema.

Curiosamente, la conexión Joredco abría un camino, mientras el de Loftis se cerraba.

– Señor Carmichael, ¿tiene usted un plan médico para sus empleados regulares?

– Sí.

– ¿Puedo ver los registros?

Carmichael se volvió a la recepcionista.

– Sally, deja que el agente no-sé-cuántos vea los archivos.

Danny pasó por alto el comentario desdeñoso. Carmichael volvió a cruzar la puerta y Sally le mostró un archivo.

– Viejo de mierda, con perdón de la expresión. Las fichas médicas están en el cajón de abajo, tanto los hombres como las mujeres. ¿No creerá que un verdadero asesino trabajó aquí, verdad?

Danny rió.

– No, pero quizá sí un verdadero monstruo.


Tardó una hora en examinar las fichas médicas.

Desde noviembre del 39 habían contratado a dieciséis hombres como mecánicos dentales. Tres eran japoneses, contratados al finalizar el confinamiento de japoneses en el 44; cuatro eran caucasianos y ahora tenían unos treinta y cinco años; tres eran blancos y eran de mediana edad; seis eran mexicanos. Los dieciséis hombres habían donado sangre, en una u otra ocasión, a la campaña anual de la Cruz Roja. Cinco de los dieciséis tenían sangre cero positivo, el grupo sanguíneo más común entre los seres humanos. Tres de los hombres eran mexicanos, dos eran japoneses, pero Joredco aún parecía una buena pista.

Danny fue al taller y pasó otra hora charlando con los mecánicos, hablándoles mientras extraían dientes de encías extirpadas de cabezas de ciervos y jabalíes de Catalina Island. Hizo preguntas sobre hombres altos y maduros de conducta extraña, jazz, heroína, sujetos obsesionados por los glotones. Olía la sangre y la infección dental y enfatizaba la conducta extraña entre los trabajadores temporales que iban y venían, deslizó insinuaciones acerca de un atractivo actor de Hollywood que podría haber llegado al éxito. Los técnicos respondían con indiferencia, negaban y continuaban trabajando, sólo podía obtener datos por eliminación: la mayoría de los braceros eran mexicanos, inmigrantes legales, que iban a las escuelas de Belmont y Lincoln sin tarjeta verde, veteranos de los mataderos de Vernon, donde el trabajo era aún más sangriento y la paga era peor que los míseros sueldos del señor Carmichael. Danny se fue pensando que Reynolds Loftis se desmayaría si entrara en Joredco, que lo del actor podía ser una relación puramente circunstancial. Pero Joredco-Cormier aún parecía promisorio, daba la impresión de que a «él» le encantaría el tufo a sangre y decadencia.

La temperatura había aumentado, y el calor resultaba aplastante después de una fuerte lluvia. Danny se sentó en el coche y transpiró las copas de la noche anterior. Pensó en el método por eliminación, pensó que las agencias de colocaciones no llevaban registros para eludir impuestos, que las oficinas de empleo de las escuelas secundarias eran pistas improbables que sin embargo debía seguir. Fue hasta la escuela Belmont, habló con la consejera de empleos, supo que sus registros sólo llegaban hasta el 45 y los comparó con las fichas de Joredco. Sumaban veintisiete, todos mexicanos y japoneses. Aunque sabía que la edad no encajaba, repitió el procedimiento en Lincoln: mexicanos, japoneses y un chico blanco retrasado mental contratado porque era tan fuerte como para levantar dos ciervos muertos al mismo tiempo. No le llevaba a ninguna parte. Pero por alguna razón, aún le parecía prometedor.

Danny enfiló hacia un bar de Chinatown. Después de dos copas de burbon de la casa, supo que era su último día con un cargo directivo: cuando dijera a Considine que Ted Krugman estaba fuera de juego, lo enviarían de vuelta a Hollywood Oeste con una gran culpa a cuestas si Ellis Loew pensaba que había puesto en problemas la posibilidad de un gran jurado eficiente. Podía seguir buscándolo a «él» en sus horas libres, pero era muy posible que Felix Gordean hablara con sus compañeros de golf, el sheriff Biscailuz y Al Dietrich, y lo enviaran de nuevo a trabajar de uniforme o en el servicio carcelario. Se había creado un enemigo en Gene Niles y había irritado a Dudley Smith y Mike Breuning. Karen Hiltscher ya no le haría favores y si Niles podía probar que él había irrumpido en el 2307, estaría en un verdadero atolladero.

Dos tragos más, chispazos tibios dispersaron el abatimiento. Tenía un amigo con rango e influencia. Si podía compensar su fracaso como señuelo, aún podría aferrarse de los faldones de Considine. Una última copa; «él» de nuevo, «él» puro y abstracto, como si hubiera existido desde siempre, aunque habían estado juntos sólo unas semanas. Pensó en «él» al margen de Reynolds Loftis y la noche con Claire, retrocediendo en el tiempo, deteniéndose en el cadáver de Augie Duarte tendido en una plancha de acero inoxidable.

Las heridas en la cara. Un salto hacia el trabajo de la noche anterior con los archivos. Su instinto: el asesino conocía al amigo de Martin Goines -el joven de la cara vendada- y se inspiraba sexualmente en él. Un salto a Thomas Cormier, cuyos glotones recibían comida -¿adoración?- en el verano del 42, el verano de Sleepy Lagoon, cuando el uso de las estacas cortantes era más frecuente. La interpretación de Cormier: un chico del vecindario. Salto a Joredco. Contrataban jóvenes, quizá jóvenes de agencias de colocaciones en distritos míseros, donde no llevaban registros. El chico de las quemaduras era blanco; todos los empleados contratados en escuelas eran mexicanos y japoneses, excepto el retrasado. Quizá los empleados con quienes había hablado no conocían al chico porque había trabajado allí poco tiempo, tal vez lo habían olvidado o no habían reparado en él. Salto al presente. El chico de la cara quemada era ladrón: Chester «Listerine» Brown declaraba que en el 43 y el 44 era el chico cómplice de Goines y llevaba la cara vendada. Si era el que había robado el glotón de Thomas Cormier dieciocho meses después de alimentarlo en el verano del 42 y era un chico local, podría haber realizado otros robos en la zona de Bunker Hill en esa época.

Danny enfiló hacia Rampart, la división del Departamento que se encargaba de los delitos de Bunker Hill. Después de mencionar a Mal Considine logró que el teniente lo atendiera, instantes más tarde estaba en un almacén mohoso registrando archivos de informes desechados.

Las cajas estaban marcadas según el año, Danny encontró dos cajas de cartón marcadas «1942». Dentro los informes estaban sueltos, trabajos de varias páginas unidos con sujetapapeles, sin papel carbón entre uno y otro. Estaban apilados sin orden ni concierto: robos de carteras, atracos, hurtos, allanamientos, escándalos y vagancia. Danny se sentó en una caja de informes del 48 y se puso a trabajar.

Buscó los números de código penal en la esquina superior derecha: Robo de Casas, 459.1. Las dos cajas del 42 le dieron treinta y un casos; el próximo paso consistía en situar los lugares. Llevó los informes a la oficina, se sentó ante un escritorio vacío con un mapa de la División Rampart delante y buscó las calles de Bunker Hill. A los cuatro informes encontró una; a los seis informes, tres más. Memorizó las diez manzanas norte-sur y las ocho manzanas este-oeste del Hill, se enfrascó en el resto de las páginas y obtuvo once casos de robo no resueltos en Bunker Hill en el año 1942. Todas las direcciones quedaban a poca distancia de la casa de Thomas Cormier y del taller Joredco.

Luego seguían las fechas.

Danny volvió a hojear los informes rápidamente, la hora y la fecha del delito estaban escritas al pie de cada primera página. 16 de mayo, 1 de julio, 27 de mayo, 9 de mayo, 16 de junio y seis más hasta completar un total de once: una racha de robos sin resolver entre el 9 de mayo y el 1 de agosto de 1942. La cabeza le zumbaba. Leyó la lista de artículos robados y vio por qué Rampart no había puesto demasiado empeño en pescar al ladrón.

Chucherías, retratos familiares, joyas de fantasía, dinero de carteras y billeteras. Un reloj de pared. Una tabaquera de cedro. Una colección de estatuillas de vidrio. Un faisán embalsamado, un lince embalsamado montado en palisandro.

De nuevo «él», un «él» que no era Loftis. Tenía que ser «él».

Danny sintió un cosquilleo, como si lo guiaran con cables eléctricos. Regresó al almacén, encontró las cajas del 43 y el 44, las examinó y no encontró más robos de chucherías en Bunker Hill. Los únicos casos denunciados en esos años eran auténticos 459.1, con robo de objetos realmente valiosos; ya habían examinado las denuncias de robos conducentes a arrestos en toda la ciudad y el condado. Danny terminó y propinó una patada a las cajas. Dos datos le llamaban la atención.

El asesino, identificado como un sujeto maduro, tenía que estar vinculado con el ladrón que adoraba glotones, un joven. Chester Brown decía que Martin Goines y su cómplice de cara quemada habían trabajado en el Valle de San Fernando en el 43 y el 44, los cuarteles de policía de allí tal vez tendrían denuncias. Podría ir allí después de entrevistar a cierto tramoyista comunista. Y el verano del 42 era el punto álgido de las medidas de oscurecimiento durante la guerra: el toque de queda se imponía rigurosamente y se confeccionaban tarjetas de interrogatorio para las personas sorprendidas después de las diez de la noche. Lo más probable era que el aficionado a los glotones actuara a esas horas. Si aún existían las tarjetas…

Danny empezó a arrojar cajas vacías por el almacén, sudó su almuerzo alcohólico, se ensució con telarañas, humedad y excremento de ratón. Encontró una caja con las tarjetas del 41 al 43, hojeó las primeras y para su asombro comprobó que estaban en orden cronológico. Siguió estudiando; el fin de la primavera y el verano del 42 le dieron ocho nombres: ocho hombres blancos de diecinueve a cuarenta y siete años detenidos por estar en la calle después del toque de queda; los habían interrogado y dejado en libertad.

Habían llenado las tarjetas precipitadamente: todos tenían el nombre, la raza y la fecha de nacimiento del interrogado; sólo la mitad registraban los domicilios; en la mayoría de los casos, hoteles. Cinco de los hombres serían maduros en ese momento, posibles candidatos para su sospechoso; los otros tres eran jóvenes que podían ser el chico de las quemaduras antes de las quemaduras. O -si él era tangencial para el caso- el chico que adoraba los glotones de Thomas Cormier.

Danny guardó las tarjetas, fue a un teléfono público y llamó a Jack Shortell. El teniente del escuadrón pasó la llamada, Shortell respondió con voz consternada.

– ¿Sí? ¿Danny?

– Soy yo. ¿Qué pasa?

– Nada, salvo que todos los polizontes de la ciudad me miran mal, como si de pronto fuera aún peor que antes. ¿Qué has conseguido?

– Nombres, tal vez uno interesante. Hablé con ese tal Cormier y fui a Joredco. No logro ordenarlo del todo, pero estoy seguro de que nuestro hombre estuvo muy cerca de los glotones de Cormier. ¿Recuerdas al viejo cómplice de Martin Goines?

– Sí.

– Creo que me estoy acercando y que encaja en el cuadro. Entre mayo y agosto del 42 se produjeron una serie de robos no resueltos en Bunker Hill. Robos de chucherías cerca de Cormier y Joredco. La policía se encargaba entonces del toque de queda, y encontré ocho tarjetas de interrogatorio de la zona, de mayo a agosto. Tengo la corazonada de que los asesinatos se originaron entonces, durante la época de Sleepy Lagoon. Necesito que vayas eliminando posibilidades: dirección actual, grupo sanguíneo, antecedentes dentales, antecedentes penales y demás.

– Adelante, anoto.

Danny sacó sus tarjetas.

– Algunos tienen dirección, otros no. Primero, James George Whitacre, nacido 5/10/03, Havana Hotel, Nueve y Olive. Segundo, Ronald Dennison, 30/6/20, sin domicilio. Tercero, Coleman Masskie, 9/5/23, Beaudry Sur 236. Cuarto, Lawrence Thomas Waznicki, 29/11/08, Avenida Bunker Hill 641 1/4. Quinto, Leland Hardell, 4/6/24, American Eagle Hotel, calles Cuatro y Hill. Sexto, Loren Harold Nadick, 2/3/02, sin domicilio. Séptimo, David Villers, 15/1/04, sin domicilio. Y Bruno Andrew Gaffney, 29/7/06, sin domicilio.

– Ya lo tengo. Hijo, ¿te estás acercando?

Otra sacudida eléctrica: los robos de Bunker Hill terminaban el 1 de agosto de 1942, el asesinato de Sleepy Lagoon había ocurrido el 2 de agosto, y la ropa de la víctima estaba rasgada con una estaca cortante.

– Casi, Jack. Con algunas respuestas correctas y un poco de suerte, ese bastardo es mío.


Danny llegó a Variety International Pictures cuando anochecía y los piquetes empezaban a disolverse por ese día. Aparcó a la vista de todos, puso el letrero de «Vehículo policial» en el parabrisas y se prendió la placa a la chaqueta; avanzó hacia la garita del portero, no encontró caras familiares, le irritó que lo ignoraran. El vigilante lo dejó entrar y Danny enfiló directamente hacia el plató 23.

El letrero de la pared indicaba que Matanza salvaje aún estaba en producción, la puerta estaba abierta. Danny oyó estampidos, miró al interior y vio que un vaquero y un indio se tiroteaban en colinas de papel mâché. Las luces los enfocaban, las cámaras rodaban, el mexicano que Danny había visto en el depósito de cadáveres estaba barriendo nieve artificial frente a otro escenario: búfalos pintados en cartón.

Danny se acercó aplastado contra la pared; el mexicano lo descubrió, soltó la escoba y echó a correr frente a las cámaras. Danny lo siguió, patinando sobre espuma de jabón; el rodaje se interrumpió. Alguien gritó: «¡Juan, maldito seas! ¡Corten, corten!»

Juan salió por una puerta lateral, cerrándola con violencia. Danny atravesó el plató, aminoró el paso y abrió la puerta. Se la cerraron en la cara, y el acero reforzado lo hizo trastabillar. Resbaló en la nieve artificial, se lanzó al exterior y vio que Duarte corría por un callejón hacia una cerca de alambre.

Danny salió a la carrera, Juan Duarte llegó a la cerca y empezó a trepar. Se enganchó los pantalones y pateó para zafarse. Danny lo alcanzó, le aferró la cintura y recibió un derechazo en la cara. Aturdido, lo soltó, Duarte se le derrumbó encima.

Danny lanzó un rodillazo hacia arriba; Duarte pegó hacia abajo, errando y estrellando el puño en el asfalto. Danny se alejó rodando, se levantó detrás de él y lo aplastó con su peso; el mexicano jadeó una sarta de maldiciones. Danny extrajo las esposas, sujetó la mano izquierda de Duarte y enganchó el otro brazalete a la cerca. El mexicano se contorsionó tratando de derribar la cerca, mascullando insultos en español. Danny recobró el aliento, dejó que Duarte se desquitara sacudiéndose y gritando, y luego se arrodilló junto a él.

– Sé que viste mi foto, que me identificaste en el depósito y le dijiste a Claire quién era. Da lo mismo, me importa un rábano la UAES y el condenado Peligro Rojo. Quiero al asesino de Augie y tengo la corazonada de que esto se remonta a Sleepy Lagoon. O hablas o te arresto por atacar a un representante de la ley. Decídete ahora.

Duarte sacudió las esposas.

– De dos a cinco años como mínimo, y me importa un bledo la UAES.

Varias personas se estaban reuniendo en el pasaje, Danny les indicó que se alejaran, se retiraron mirando de soslayo y agitando la cabeza.

– Quítame estas cosas y tal vez hable -masculló Duarte.

Danny abrió las esposas. Duarte se frotó la muñeca, se levantó, sintió las piernas flojas y se sentó, apoyando la espalda en la cerca.

– ¿Por qué un pistolero a sueldo de los estudios se interesa en mi primo maricón muerto?

– Levántate, Duarte -indicó Danny.

– Hablo mejor sentado. Responde. ¿Por qué te interesas en un maricón que quería ser una puta estrella de cine como todos los demás putos de esta puta ciudad?

– No lo sé. Pero quiero echarle el guante al asesino de Augie.

– ¿Y eso qué tiene que ver con Claire de Haven?

– Ya te he dicho que eso no me importa.

– Norm Kostenz dijo que sí importaba. Cuando le conté que eras un maldito polizonte, comentó que merecías un jodido Oscar por tu magnífica representación de Ted Krug…

Danny se acuclilló junto a Duarte, aferrando la cerca.

– ¿Vas a hablar o no?

– Voy a hablar, pendejo. Dijiste que el asesinato de Augie se relacionaba con Sleepy Lagoon, y esto despertó mi interés. Charlie Hartshorn pensaba lo mismo, así que…

Danny sacudió la cerca, apoyó todo el cuerpo en el alambre para mantenerse firme.

– ¿Qué dijiste?

– Dije que Charlie Hartshorn opinaba lo mismo, así que tal vez no sea tan malo hablar con un puto polizonte.

Danny se agachó para mirar a Duarte a los ojos.

– Dime todo lo que sepas sobre eso, despacio y tranquilo. Sabes que Hartshorn se suicidó, ¿verdad?

– Tal vez se suicidó. Dímelo tú.

– No. Dímelo tú, porque yo no lo sé y tengo que averiguarlo.

Duarte miró a Danny entornando los ojos, como si no acabara de entenderle.

– Charlie era abogado. Era homosexual, pero no afeminado. Trabajó en Sleepy Lagoon, colaboró gratuitamente en la defensa.

– Eso ya lo sé.

– Bien, pues aquí está lo que no sabes, y aquí tienes cómo era él. Cuando me viste en el depósito de cadáveres, era mi segunda visita. Me llamó un amigo que trabaja allí, a la una de la mañana, y me dijo lo de Augie: las heridas, todo. Fui a casa de Charlie. Tenía influencia legal y yo quería que el abogado presionara a la policía para que investigara a fondo la muerte de Augie. Me dijo que un polizonte lo había interrogado por la muerte de un sujeto llamado Duane Lindenaur, aunque el polizonte fingía que no le daba importancia. Charlie leyó en un diarucho que Lindenaur y un payaso llamado Wiltsie sufrieron heridas de estaca cortante, y mi amigo del depósito aseguró que a Augie lo habían descuartizado del mismo modo. Se lo dije a Charlie, y él opinó que los tres asesinatos estaban relacionados con Sleepy Lagoon. Llamó a la policía y habló con un sujeto llamado sargento Bruner o algo así…

– ¿Breuning?-interrumpió Danny-. ¿Sargento Mike Breuning?

– El mismo. Charlie le dijo a Breuning lo que acabo de contarte ahora y el sargento dijo que lo visitaría para hablar del asunto. Yo me fui en ese momento. Si Charlie pensaba que la teoría de Sleepy Lagoon no era descabellada, tal vez no seas tan cabrón.

El cerebro de Danny funcionaba a marchas forzadas.

La curiosidad de Breuning por las averiguaciones sobre estacas cortantes, su desdén por ellas. La extraña reacción ante los cuatro nombres que él había dado. ¿Augie Duarte seleccionado porque era mexicano, un conocido de un miembro del comité de Sleepy Lagoon? Mal le dijo que Dudley Smith había solicitado participar en la investigación del gran jurado, aunque no había ninguna razón lógica para que un teniente de Homicidios de la ciudad trabajara en eso. La historia de Mal: Dudley había interrogado brutalmente a Duarte-Sammy Benavides-Mondo López, enfatizando el caso de Sleepy Lagoon y la culpa de los diecisiete jóvenes originalmente acusados del crimen, aunque ese enfoque no guardaba relación con la UAES.

Hartshorn había mencionado la estaca cortante por teléfono a Breuning.

El informe oral de Jack Shortell: Dudley Smith y Breuning charlaron en la oficina de Wilshire la noche anterior, la noche de la muerte de Hartshorn. ¿Habían ido a la casa de Hartshorn, a poca distancia de Wilshire, lo habían matado y habían regresado a la oficina con la esperanza de que nadie los hubiera visto salir y regresar? Una perfecta coartada de policía.

¿Y por qué?

Juan Duarte lo miraba como si viniera del espacio exterior. Danny trató de calmarse para hablar.

– Piensa deprisa. Músicos de jazz, robo, glotones, heroína, servicios de presentación de homosexuales.

Duarte se alejó un poco.

– Creo que todo eso apesta. ¿Por qué?

– Un chico a quien le encantan los glotones.

Duarte se atornilló la sien con un dedo.

– Un loco de mierda. Un glotón es una rata, ¿verdad?

Danny vio una fugaz imagen de las zarpas de Juno.

– Veamos de nuevo, Duarte. Sleepy Lagoon, el Comité de Defensa, del 42 al 44 y Reynolds Loftis. Piensa despacio, habla despacio.

– Fácil -dijo Duarte-. Reynolds y su hermano menor.

Danny iba a exclamar «¿Qué?», calló y reflexionó. Había leído todos los informes del gran jurado, dos veces al recibirlos y dos veces la noche anterior; había revisado dos veces los archivos psiquiátricos antes de devolverlos a Considine. En ningún momento se mencionaba que Loftis tuviera un hermano. Pero había una laguna en el archivo de Loftis, del 42 al 44.

– Háblame del hermano menor, Duarte. Despacio.

Duarte habló deprisa.

– Era un pobre diablo, un debilucho. Reynolds empezó a traerlo cuando lo del Comité estaba en su punto álgido. No recuerdo el nombre del chico, pero tenía dieciocho o diecinueve años y la cara vendada. Estuvo en un incendio y sufrió quemaduras. Cuando se le curaron las quemaduras y le sacaron los vendajes, todas las chicas del Comité pensaron que era muy atractivo. Se parecía a Reynolds, pero aún más atractivo.

Las novedades llamaban a una puerta que aún distaba de abrirse. Un hermano de Loftis con la cara quemada vinculaba de nuevo al actor con «él», pero contradecía su intuición de que el asesino se inspiraba sexualmente en la deformidad del muchacho; sugería que Aficionado a Glotones y Cara Quemada eran el mismo y apuntaba a la posibilidad de que fuera cómplice de los asesinatos, un modo de explicar estas nuevas contradicciones en la edad.

– Háblame del chico. ¿Por qué lo llamaste pobre diablo?

– Siempre estaba adulando a los mexicanos. Contó que un blanco grandote había matado a José Díaz. Quería congraciarse con nosotros afirmando que el asesino no era mexicano. Todos sabían que sí lo era: los polizontes sólo capturaron a los mexicanos equivocados. Contaba la descabellada historia de que había presenciado la muerte, pero no tenía detalles, y cuando lo presionaban cerraba el pico. El Comité recibió algunas cartas anónimas donde se acusaba a un blanco como culpable, y era evidente que el chico las enviaba. Eran cartas de un chiflado. El chico decía que estaba huyendo del asesino, y una vez le dije: «Pendejo, si el asesino te está buscando, ¿para qué vienes a estas protestas, donde podría atraparte?» El chico aseguraba que tenía una protección especial, pero no añadía más. Como te he dicho, era un debilucho. Si no hubiera sido hermano de Reynolds, nadie lo habría aguantado.

Llamadas a la puerta.

– ¿Qué le ocurrió?-preguntó Danny.

Duarte se encogió de hombros.

– No lo sé. No lo he visto desde Sleepy Lagoon, y creo que nadie más lo ha visto. Reynolds no habla de él. Es raro. Creo que hace años que Chaz, Claire y Reynolds no hablan de él.

– Benavides y López. ¿Dónde están ahora?

– Filmando otra puta película de vaqueros. ¿Crees que la historia del hermano de Reynolds tiene algo que ver con Augie?

Danny no respondió. Sólo pensó. El hermano de Reynolds Loftis era el ladrón de la cara quemada, el cómplice de Goines, muy posiblemente el aficionado a los glotones de Bunker Hill. Los robos en Bunker Hill se habían interrumpido el 1 de agosto de 1942; a la noche siguiente, habían asesinado a José Díaz en Sleepy Lagoon, cinco kilómetros al sudeste de Bunker Hill. El hermano de Loftis alegaba que había visto a un «blanco grandote» matando a José Díaz.

Llamadas a la puerta. Un salto tras otro.

Dudley Smith era un blanco grandote con una profunda tendencia a la crueldad. Se había unido al equipo del gran jurado con el deseo de mantener a raya a testimonios incriminatorios sobre Sleepy Lagoon, pensando que, con acceso a los testigos y la documentación, podría frenar toda inminente prueba acusatoria. Se asustó cuando Hartshorn mencionó por teléfono la estaca cortante, él y Breuning, o uno de ellos, habían ido desde Wilshire para hablar con el hombre; Hartshorn empezó a sospechar. Premeditadamente o por el impulso del momento, Smith, Breuning o ambos lo habían matado y simulado un suicidio. Más llamadas como truenos pero la puerta aún seguía cerrada ante la pregunta más importante: ¿Cómo se relacionaban los actos de Smith -el asesinato de José Díaz, los intentos de silenciar pruebas, el asesinato de Charles Hartshorn- con los homicidios Goines/Wiltsie/Lindeanaur/Duarte? ¿Y por qué había matado Smith a Díaz?

Danny miró en torno y a través de las puertas de los platós vio fugaces escenas de paisajes: el salvaje Oeste, pantanos selváticos.

– Vaya con Dios -le dijo a Duarte, dejándolo allí sentado.

Regresó a casa para ver la documentación del gran jurado, pensando que al fin había llegado a detective a ojos de Maslick y Vollmer. Entró airosamente en el edificio, pulsó el botón del ascensor y oyó pasos a sus espaldas. Se volvió y vio a dos hombres corpulentos que empuñaban armas. Intentó desenfundar la suya, pero un gran puño con manopla de bronce le pegó primero.


Despertó esposado a una silla. Sentía la cabeza espesa, las muñecas entumecidas, la lengua hinchada. Estaba en un cubículo para interrogatorios, y había tres figuras borrosas sentadas alrededor de una mesa donde descansaba un gran revólver negro.

– La calibre 38 es el arma estándar de su Departamento, Upshaw -dijo una voz-. ¿Por qué lleva una 45?

Danny parpadeó y escupió un grumo sanguinolento, parpadeó de nuevo y reconoció la voz: Thad Green, jefe de detectives del Departamento de Policía de Los Ángeles; logró enfocar a los dos hombres que flanqueaban a Green, eran los polizontes de paisano más corpulentos que había visto.

– Le he hecho una pregunta, agente.

Danny trató de recordar la última vez que había tomado una copa. Chinatown. Supo que no podía haber perdido los cabales con un trago de burbon. Tosió secamente y dijo.

– La vendí cuando llegué a detective.

Green encendió un cigarrillo.

– Eso es un delito interdepartamental. ¿Cree estar por encima de la ley?

– ¡No!

– Su amiga Karen Hiltscher afirma lo contrario. Dice que usted la ha manipulado pidiendo favores especiales desde que llegó a detective. Le contó al sargento Eugene Niles que usted irrumpió en Tamarind 2307 al saber que habían asesinado allí a dos víctimas. Le contó al sargento Niles que su historia acerca de una amiga cerca del bar de Franklin y Western es un embuste, que ella oyó la noticia por la radio de la policía y se la comunicó a usted por teléfono. Niles iba a denunciarlo, agente. ¿Lo sabía?

A Danny le zumbaba la cabeza. Tragó sangre, reconoció al hombre a la izquierda de Green como el dueño de la manopla.

– Sí. Sí, lo sabía.

– ¿A quién le vendió la 38?-preguntó Green.

– A un sujeto en un bar.

– Una infracción, agente. Un delito. No le importa demasiado la ley, ¿verdad?

– ¡Claro que me importa! ¡Soy policía! ¡Mierda! ¿Qué es esto?

El que lo había golpeado dijo:

– Lo han visto discutiendo con un rufián de homosexuales llamado Felix Gordean. ¿Recibe dinero de él?

– ¡No!

– ¿De Mickey Cohen?

– ¡No!

Green volvió a tomar la voz cantante.

– Se le puso al mando de un equipo de Homicidios, una compensación por su trabajo para el gran jurado. Al sargento Niles y al sargento Mike Breuning les resultaba muy extraño que un apuesto y joven agente se interesara tanto en una serie de homicidios de homosexuales. ¿Le molestaría decirnos por qué?

– ¡No! ¿Qué demonios es esto? ¡Irrumpí en el número 2307 de la calle Tamarind! ¿Qué demonios quieren de mí?

El tercer policía, con aspecto de levantador de pesas, dijo:

– ¿Por qué se pelearon usted y Niles?

– El me coaccionaba el asunto de la calle Tamarind, amenazaba con denunciarme.

– ¿Eso lo enfureció?

– Sí.

– ¿Induciéndole a pelear?

– ¡Sí!

– Hemos oído otra versión, agente -dijo Green-. Nos han dicho que Niles lo llamó «maricón».

Danny reflexionó, buscó una respuesta, siguió pensando. Pensó en denunciar a Dudley y lo descartó: no le creerían. No todavía.

– Si Niles dijo eso, no lo oí.

El que le había pegado rió.

– ¿Dio en el blanco, hijo?

– ¡Bastardo!

El levantador de pesas le dio un bofetón, Danny le escupió en la cara.

– ¡No! -aulló Green.

El hombre de la manopla contuvo al levantador de pesas, Green encendió un nuevo cigarrillo con la colilla del anterior.

– Díganme de qué se trata -jadeó Danny.

Green indicó a los otros dos que retrocedieran, dio una calada y preguntó:

– ¿Dónde estuvo usted anteanoche entre las dos y las siete de la mañana?

– En casa, en mi cama. Dormido.

– ¿Solo, agente?

– Sí.

– Agente, a esas horas el sargento Gene Niles fue asesinado a balazos, luego sepultado en Hollywood Hills. ¿Lo hizo usted?

– ¡No!

– Díganos quién lo hizo.

– ¡Jack! ¡Mickey! ¡Niles era un maleante!

El polizonte de las manoplas se acercó, el levantador de pesas lo aferró, mascullando:

– Escupe en mi camisa Hathaway, defensor de maricones. Gene Niles era mi amigo, mi compañero del ejército. ¡Defensor de homosexuales!

Danny apoyó el talón en el suelo y empujó la silla contra la pared.

– Gene Niles era un hijo de perra, un recaudador de esos hampones.

El levantador de pesas atacó, buscando la garganta de Danny. La puerta del cubículo se abrió y Mal Considine entró precipitadamente. Thad Green ladró órdenes imposibles de oír. Danny alzó las rodillas para volcar la silla, las manazas del monstruoso policía se cerraron en el aire. Mal se lanzó contra él, lanzándole puñetazos; el policía de la manopla lo apartó y lo arrastró al pasillo. Considine gritó «¡Danny!» varias veces. Green se plantó entre la silla y el monstruo, diciendo «No, Harry, no» como si contuviera a un perro desobediente. Danny mordió linóleo y colillas de cigarrillos, oyó: «Lleven a Considine a una celda». Lo levantaron con silla y todo. El hombre de la manopla le abrió las esposas, Thad Green cogió la 45 que había sobre la mesa.

Danny se levantó, mareado. Green le entregó el arma.

– No sé si usted lo hizo o no, pero hay un modo de averiguarlo. Preséntese en el despacho 1003 del Ayuntamiento, mañana al mediodía. Se le hará una prueba con polígrafo y pentotal de sodio, y se le harán preguntas acerca de estos homicidios en que está trabajando y sus relaciones con Felix Gordean y Gene Niles. Buenas noches, agente.

Danny caminó tambaleándose hasta el ascensor, descendió a la planta baja y salió. Poco a poco logró dominar las piernas. Atravesó el parque dirigiéndose a la parada de taxis de la calle Temple. Una voz suave lo detuvo.

– Muchacho. Í

Danny quedó paralizado; Dudley Smith salió de las sombras.

– Una noche fantástica, ¿verdad?-dijo.

Charla menuda con un asesino.

– Tú mataste a José Díaz -masculló Danny-. Tú y Breuning matasteis a Charles Hartshorn. Y voy a probarlo.

Dudley Smith sonrió.

– Nunca dudé de tu inteligencia, muchacho. De tu valor, sí. De tu inteligencia, jamás. Y admito que subestimé tu tenacidad. Soy sólo humano, ¿sabes?

– No, no lo eres.

– Piel y huesos, muchacho. Eros y polvo, como todos los frágiles mortales. Como tú, muchacho. Arrastrándote por albañales en busca de respuestas que no te conviene saber.

– Estás acabado.

– No, muchacho. Tú estás acabado. He hablado con mi viejo amigo Felix Gordean, y me pintó un vívido cuadro de tu actuación. Muchacho, después de mí, Felix tiene el mejor ojo que he visto para calar debilidades. Él lo sabe, y cuando mañana te enfrentes a ese detector de mentiras, todo el mundo lo sabrá.

– No -murmuró Danny.

– Sí -replicó Dudley Smith. Lo besó en los labios y se alejó silbando una canción de amor.


Máquinas que saben.

Drogas que no dejan mentir.

Danny tomó un taxi hasta su apartamento. Abrió la puerta y enfiló directamente hacia los archivos: datos que se podían ordenar para dar con la verdad, Dudley y Breuning y «él» condenados a las doce menos un minuto, una salvación en el último momento como en las películas. Encendió la luz, abrió la puerta del armario. No había cajas. Las alfombras estaban pulcramente plegadas en el suelo.

Danny arrancó la alfombra del vestíbulo y miró debajo, tumbó la cómoda del dormitorio y vació los cajones, deshizo la cama y arrancó el botiquín de la pared del cuarto de baño. Puso los muebles del salón patas arriba, miró bajo las almohadas, arrojó los cajones de la cocina hasta que el suelo quedó plagado de cubiertos y platos rotos. Vio una botella empezada junto a la radio, la abrió, advirtió que él tenía un nudo en la garganta y arrojó la botella contra las persianas. Caminó hacia la ventana, miró hacia el exterior y vio a Dudley Smith aureolado por la luz de un farol.

Y supo que lo sabía. Y mañana todos lo sabrían.

Presa del chantaje.

Su nombre en los archivos sobre infracción sexual.

Su nombre susurrado por los maricas del Chateau Marmont.

Máquinas que saben.

Drogas que no dejan mentir.

Las agujas del polígrafo saltando del papel cada vez que le preguntaran por qué le interesaba tanto una serie de asesinatos de maricones, putos, invertidos.

Ninguna salvación.

Danny desenfundó el arma y se metió el cañón en la boca. El gusto del aceite lo sofocó. Imaginó qué aspecto tendría, los policías que lo encontraran harían bromas sobre por qué había elegido este sistema. Dejó la 45 y fue a la cocina.

Armas a granel.

Danny recogió un cuchillo de filo dentado. Lo sopesó, lo encontró satisfactorio. Se despidió de Mal, Jack y el doctor Layman. Se disculpó por los coches robados y los sujetos aporreados sin razón, que sólo estaban allí cuando quería golpear algo. Pensó en el asesino, pensó que mataba porque alguien lo obligaba a ser lo que era. Levantó el cuchillo y perdonó al homicida; se llevó la hoja a la garganta y cortó de oreja a oreja, abriéndose el gaznate de un solo tajo.

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