Robert Silverberg El hombre en el laberinto

Capítulo I

1

Muller ya conocía bien el laberinto. Se había familiarizado con sus trampas y sus espejismos, sus añagazas, sus celadas mortales. Había vivido nueve años en el laberinto y ese tiempo había sido suficiente para aceptar sus condiciones, aunque no le había reconciliado con la situación que le había obligado a refugiarse allí.

Todavía andaba con cautela. Tres o cuatro veces había comprobado que su conocimiento del laberinto era adecuado y aplicable, pero no completo. Una vez había estado al borde de la destrucción y se había salvado gracias a un increíble golpe de suerte, justo en el momento en que un inesperado rayo de fuerza brotaba delante de él, creando una corriente de energía pura e hirviente que atravesó su camino. Muller había anotado en un plano la situación de ese rayo y de cincuenta más, pero mientras se movía a través de la ciudad laberinto, sabía que no podía estar seguro de que no encontraría un rayo nuevo y desconocido.

Arriba, el cielo se estaba oscureciendo; el verde intenso y profundo de la tarde se estaba transformando en el negro de la noche. Muller se detuvo un momento y miró los dibujos que formaban las estrellas. Hasta ello se estaba volviendo familiar. Había establecido sus propias constelaciones en aquel mundo desolado, explorando los cielos en busca de combinaciones de brillos que fueran satisfactorios para sus duras y amargas preferencias.

Estaban apareciendo: la Daga, la Espalda, la Saeta, el Mono, el Sapo. En la frente del Mono parpadeaba una estrellita insignificante; Muller suponía que era el Sol de la Tierra. No estaba seguro, porque había destruido sus mapas después de aterrizar, pero, de todos modos, intuía que aquella bolita de fuego debía de ser el Sol. La misma estrella borrosa formaba el ojo izquierdo del Sapo. A veces, Muller se decía que el Sol no podía ser visible en el cielo de aquel mundo, situado a noventa años luz de la Tierra, pero otras veces creía que sí. Más allá del Sapo estaba la constelación que Muller llamaba Libra, la Balanza. Por supuesto, aquella balanza estaba completamente desequilibrada.

Tres lunas pequeñas brillaban en el cielo. El aire era tenue, pero respirable; hacía mucho que Muller había dejado de notar que contenía demasiado nitrógeno y poco oxígeno. También le faltaba un poco de dióxido de carbono; una de las consecuencias era que casi nunca bostezaba. Eso no le preocupaba. Aferrando con fuerza la culata de su pistola, anduvo lentamente a través de la ciudad extraña, buscando su cena. Eso también formaba parte de una rutina fija. Tenía comida para seis meses almacenada en un depósito antirradiactivo a medio kilómetro de distancia, pero todas las noches salía de caza, para poder reponer inmediatamente lo que retiraba de su escondrijo. Era una forma de matar el tiempo. Y necesitaba que el escondrijo estuviese lleno, el día en que el laberinto le hiriera o le paralizara. Sus ojos penetrantes observaron las calles angulosas. A su alrededor se levantaban los muros, pantallas, trampas e ilusiones del laberinto dentro del que vivía. Respiró hondo. Apoyaba cada pie con firmeza antes de levantar el otro. Miró en todas las direcciones. El triple claro de luna analizaba y disecaba su sombra, dividiéndola en imágenes que se multiplicaban, que danzaban y se extendían ante él.

El detector de masas que llevaba sobre su oreja izquierda emitió un sonido agudo. Eso dijo a Muller que había captado la emisión térmica de un animal que pesaba más de 50 kilos y menos de 100. El detector estaba programado para buscar en tres niveles; éste era el nivel medio, el de los animales alimento. El detector también informaba de la proximidad de criaturas entre 10 y 20 kilos — el nivel de los animales dentados — o de las bestias de más de 500 kilos, el nivel de la caza mayor. Los más pequeños tenían el hábito de lanzarse velozmente a la garganta y los grandes eran como apisonadoras; Muller cazaba los del medio y evitaba a los demás.

Se agazapó, con el arma dispuesta. Los animales que vagabundeaban por el laberinto, allí en Lemnos. Podían ser cazados sin necesidad de estratagemas: se vigilaban mutuamente, pero pese a los largos años que Muller llevaba allí, no habían aprendido que éste era un predador. Evidentemente, hacía varios millones de años que ninguna forma de vida inteligente cazaba en el planeta, y Muller había estado matándolos para llenar el morral todas las noches sin que hubiesen aprendido nada sobre la naturaleza de los hombres. Cuando cazaba, su única preocupación era disparar desde un lugar de observación seguro, de modo que, al concentrarse en su presa, no corriera el riesgo de ser víctima de otro animal más peligroso. Con una especie de espuela que estaba montada en el talón de su bota izquierda exploró la pared que había detrás de él, asegurándose de que no se abriría para tragarlo. Era sólida. Mejor así. Muller retrocedió lentamente hasta que su espalda tocó las piedras frescas y pulimentadas. Su rodilla izquierda se apoyó en el suelo, que cedió apenas. Tomó puntería. Estaba a salvo. Podía esperar. Pasaron, quizá, tres minutos. El detector de masas continuó gimiendo; eso indicaba que el animal estaba dentro de un radio de cien metros. El tono subía ligeramente a medida que la emisión térmica era más fuerte. Muller no tenía prisa. Estaba a un lado de una vasta plaza rodeada por brillantes paneles de cristal, y cualquier cosa que surgiera bajo aquellos brillantes cuarzos crecientes sería un blanco fácil. Aquella noche, Muller estaba cazando en la zona E del laberinto, el quinto sector desde el centro y uno de los más peligrosos. Raramente iba más allá de la zona D, relativamente inocua, pero un estado de ánimo temerario le había empujado esa tarde hasta E. Desde que había conseguido entrar en el laberinto nunca se había arriesgado a volver a G o a H y sólo dos veces había llegado a F. Iba a E cinco veces al año, quizá.

Las líneas convergentes de una sombra aparecieron a su derecha, sobresaliendo de una de las paredes curvas de cristal. El zumbido del detector de masas llegó al punto más alto del espectro tonal para animales de aquel tamaño. La luna más pequeña, Atropos, moviéndose rápidamente en el cielo, cambió el dibujo de las sombras; las líneas ya no eran convergentes y ahora una barra negra atravesaba a las otras dos. Muller sabía que era la sombra de un hocico. Un instante más tarde vio a su víctima. El animal tenía el tamaño de un perro grande, hocico gris y cuerpo leonado, hombros cargados; era feo y espectacularmente carnívoro. Durante sus primeros años allí, Muller había evitado cazar carnívoros, pensando que su carne no sería sabrosa. En cambio, había perseguido a los equivalentes locales de las vacas y ovejas, pacíficos ungulados que se desplazaban alegremente por el laberinto, comiendo la hierba de los jardines. Sólo cuando su suave carne le hartó, se decidió a perseguir a una de las criaturas con zarpas que cazaban a los herbívoros y, para su sorpresa, su carne resultó excelente. Vigiló al animal que entraba en la plaza. Su largo hocico se contraía. Muller le oía olfatear desde su escondite, pero el olor de un hombre no significaba nada para la bestia.

El carnívoro se adelantó por el elegante pavimento de la plaza, confiado y presuntuoso; sus garras golpeaban y rascaban el suelo. Muller afinó su rayo hasta que tuvo el diámetro de una aguja y apuntó con cuidado, fijando la mira primero en los hombros y luego en los cuartos traseros. La pistola estaba sensibilizada a la proximidad del blanco y era capaz de matar automáticamente, pero Muller siempre conectaba el disparador manual. El y su pistola se proponían fines diferentes: a la pistola le preocupaba matar, y a Muller, comer. Era más fácil apuntar por su cuenta que tratar de convencer al arma de que un golpe a través de la tierna y jugosa paletilla le privaría del trozo más sabroso. La pistola, buscando el blanco más simple, apuntaría a la espina dorsal a través del hombro, para matar a la bestia. Muller aspiraba a una mayor fineza.

Eligió como blanco un punto situado a doce centímetros del hombro: el lugar donde la espina entraba en el cráneo. Bastó un disparo; el animal se derrumbó pesadamente. Muller se acercó tan velozmente como pudo, estudiando todos los sitios en que pisaba. Rápidamente cortó las partes inútiles, patas, cabeza, estómago, y roció con un atomizador el enorme filete que cortó de la paletilla. También cortó la mayor parte de los cuartos traseros y ató los dos paquetes a sus hombros. Luego dio la vuelta, buscando el camino zigzagueante que era la única entrada segura al centro del laberinto. En menos de una hora podía estar de vuelta en su cubil de la zona A.

Había recorrido la mitad de la plaza cuando oyó un ruido poco familiar.

Se detuvo y miró hacia atrás. Tres pequeñas criaturas se acercaban, saltando, al animal muerto. Pero ése no era el sonido que le había inquietado. ¿Acaso el laberinto preparaba un nuevo truco diabólico? Había sido un zumbido bajo cubierto por un áspero latido en las frecuencias medias, demasiado prolongado para ser el rugido de algún animal grande. Era un sonido que Muller no había oído nunca.

No; un sonido que allí no había oído nunca. En alguna parte de los bancos de su memoria debía de estar registrado. Buscó. El sonido era familiar. Ese estampido doble que se desvanecía lentamente en la distancia…, ¿qué era?

Determinó su dirección. El sonido llegaba por encima de su hombro derecho, o así le parecía. Muller miró en esa dirección y no vio más que la triple cascada de la pared secundaria del laberinto, alzándose, ringlera sobre brillante ringlera ambarina. ¿Sobre esa pared? Vio el cielo iluminado por las estrellas: el Mono, el Sapo, la Balanza.

Muller recordó el sonido.

Una nave, una nave estelar pasando a propulsión iónica para efectuar un aterrizaje planetario. El estampido de los escapes, el latido de las válvulas de desaceleración. Hacía nueve años que no oía ese sonido, desde que había comenzado su autoexilio en Lemnos. De modo que tenía visitantes. ¿Serían intrusos casuales o le habrían encontrado? ¿Qué querían? La ira le inflamó. Estaba harto de ellos y de su mundo. ¿Por qué no le dejaban en paz? Muller estaba alerta, las piernas separadas; una parte de su mente buscaba peligros, como siempre, aun mientras miraba furioso hacia el punto en que, probablemente, aterrizaría la nave. No quería tener tratos con la Tierra ni con los terrestres. Miró con odio hacia el tenue punto luminoso que había en el ojo del Sapo, en la frente del Mono.

No llegarían hasta él.

Morirían en el laberinto y sus huesos se unirían a la acumulación formada durante un millón de años que yacía en los corredores externos.

Y, si lograban entrar, igual que él…

Bueno, entonces tendrían que vérselas con él. Y no les resultaría agradable. Muller sonrió torvamente, acomodó la carne sobre su espalda y se concentro enteramente en la labor de penetrar en el laberinto. Pronto estuvo a salvo en la zona C. Llegó a su guarida. Guardó la carne. Preparó su cena. El dolor golpeaba su cráneo. Después de nueve años, ya no estaba solo en aquel mundo. Habían ensuciado su soledad. Una vez más, Muller se sintió traicionado. Lo único que pretendía de la Tierra era soledad, y ni siquiera le concedían eso. Pero si se las arreglaban para llegar hasta él, dentro del laberinto, sufrirían.

2

La nave había reentrado en el espacio normal con retraso, casi en las capas exteriores de la atmósfera de Lemnos. Charles Boardman estaba disgustado. Exigía de sí mismo el más alto nivel de rendimiento y esperaba que quienes le rodeaban se comportaran de la misma forma. Especialmente los pilotos.

Ocultando su irritación, Boardman conectó la pantalla y la pared de su cabina floreció con una vivida imagen del planeta. Sólo algunas nubes velaban su superficie; veía claramente a través de su atmósfera. En medio de una ancha llanura había una serie de arrugas que se distinguían con nitidez, aun a cien kilómetros de altura. Boardman se volvió hacia el joven que estaba a su lado y dijo:

— Ahí lo tienes, Ned. El laberinto de Lemnos. Y Dick Muller está metido en él.

Ned Rawlings apretó los labios.

— ¿Tan grave es? ¡Debe de tener cientos de kilómetros de diámetro!

— Lo que ves ahora son los terraplenes exteriores. El laberinto mismo está rodeado por un anillo concéntrico de muros de tierra de cinco metros de altura y mil kilómetros de circunferencia exterior. Pero…

— Sí, lo sé — Interrumpió Rawlings. Casi inmediatamente se sonrojó, con la enternecedora inocencia que Boardman encontraba tan encantadora y en breve trataría de utilizar —. Lo siento, Charles. No quise interrumpirle.

— No tiene importancia. ¿Qué es lo que querías preguntarme?

— Esa mancha oscura dentro de los muros externos, ¿es la ciudad?

Boardman asintió.

— Ese es el laberinto interno. Veinte, treinta kilómetros de diámetro… y Dios sabe cuántos millones de años de edad. Allí es donde hallaremos a Muller.

— Si podemos entrar.

— Cuando entremos.

— Sí. Sí. Claro. Cuando entremos — Se corrigió Rawlings enrojeciendo nuevamente. Esbozó una sonrisa rápida y diligente —. ¿No hay una posibilidad de que no encontremos la entrada?

— Muller la halló — dijo Boardman en voz baja —. Está allí.

— Pero fue el primero que pudo entrar. Todos los demás fracasaron. De modo que quizá nosotros…

— No fueron muchos los que lo intentaron — replicó Boardman —. Y quienes lo hicieron no tenían el equipo necesario. Conseguiremos hacerlo, Ned. Lo conseguiremos. Tenemos que hacerlo. Ahora cálmate y disfruta del aterrizaje.

La nave se dirigió al planeta; iba demasiado rápida, pensó Boardman, que se sentía oprimido por la fuerza de la desaceleración. Odiaba los viajes y odiaba los aterrizajes por encima de todo. Pero aquél era un viaje que no había podido evitar. Se recostó en la litera amortiguadora y desconectó la pantalla. Ned Rawlings seguía de pie; sus ojos brillaban a causa de la excitación. «Qué maravilloso es ser joven», pensó Boardman, no muy seguro de que fuera un pensamiento sarcástico. El chico era fuerte y saludable, y más inteligente de lo que parecía a veces. Un chico prometedor, como se decía unos siglos antes. Boardman no recordaba haber sido así, cuando era joven. Tenía la sensación de haber estado siempre en la edad madura; astuto, calculador, organizado. Ahora tenla ochenta años, había vivido casi la mitad de su vida, y cuando intentaba juzgarse honestamente, no lograba convencerse de que su personalidad se hubiese modificado de forma esencial desde que tenía veinte años. Había aprendido ciertas técnicas, la forma de manejar a los hombres; era más sabio, pero cualitativamente no había cambiado. Pero el joven Ned Rawlings sería una persona totalmente diferente dentro de sesenta años; quedaría muy poco del joven inexperto que estaba en la litera contigua. Boardman sospechaba que aquella misión sería lo que arrancaría su inocencia a Ned, y esa idea no le hacía feliz.

Boardman cerró los ojos mientras la nave efectuaba las últimas maniobras para el aterrizaje. Sintió que la gravedad aferraba su cuerpo que empezaba a envejecer. Abajo. Abajo. Abajo. ¿Cuántas caídas en cuántos planetas, odiando cada una de ellas? La vida diplomática era muy agitada. Navidad en Marte, Pascua en uno de los mundos centaurianos, la fiesta de mediados de año celebrada en un apestoso planeta de Rigel… y ahora este viaje, el más complejo de todos. «El hombre no está hecho para saltar de un planeta a otro — pensó Boardman —. He perdido mi sentido del universo. Dicen que ésta es la época más rica desde que existe la humanidad, pero creo que un hombre podría ser aún más rico si conociera hasta el último guijarro de una isla dorada en un mar azul que gastando su tiempo en saltar de un mundo a otro.»

Sabía que su cara estaría distorsionada por la aceleración ahora que la nave se zambullía hacia el planeta. Había una gruesa papada en su cuello y bolsas de carne extra en su cuerpo, que le daban un aspecto suave y apoltronado. Con muy poco esfuerzo, Boardman podría haber adoptado un aspecto más esbelto, la línea elegante de los hombres a la moda; era una época en que hombres de ciento veinticinco años podían tener el aspecto de un mozalbete si eso les importaba. Pero al comienzo de su carrera Boardman había elegido simular el aspecto de un hombre mayor. Era una inversión: lo que perdía en elegancia lo ganaba en status. Su negocio era vender asesoramiento a los gobiernos y los gobiernos no compraban asesoramiento a hombres que tuvieran el aspecto de un jovenzuelo. Hacía cuarenta años que Boardman representaba cincuenta Y cinco, y esperaba conservar ese aspecto de hombre maduro, fuerte y vigoroso, durante otros cincuenta años, por lo menos. Luego, cuando entrara en la última etapa de su carrera, permitiría que el tiempo lo trabajara nuevamente. Adoptaría los cabellos blancos y las mejillas hundidas de un hombre de ochenta años; sería Néstor, en vez de Ulises. Por el momento le resultaba útil profesionalmente parecer un poco fuera de forma.

Era un hombre bajo, pero tan fornido que dominaba fácilmente a cualquier grupo en una mesa de juntas. Sus poderosos hombros, su torso desarrollado y sus largos brazos hubieran parecido más apropiados en un gigante. De pie, Boardman tenía una estatura por debajo del promedio, pero sentado inspiraba respeto. Consideraba muy útil esa característica y nunca había pensado en alterarla. Un hombre demasiado alto se adapta mejor a dar órdenes que a aconsejar y Boardman nunca había deseado mandar; prefería ejercer el poder de formas más sutiles. Pero un hombre bajo que parece alto cuando se sienta, puede controlar imperios. Y los negocios de los imperios se discuten alrededor de una mesa.

Su aspecto irradiaba autoridad. Su mentón era fuerte, su nariz gruesa, roma y enérgica, sus labios firmes y sensuales al mismo tiempo, sus cejas inmensas y revueltas, rayas negras que brotaban de una frente maciza que podría haber impresionado a un Neandertal. Sus cabellos eran largos y desordenados. Tres anillos brillaban en sus dedos; uno era un giroscopio de platino y rubíes con incrustaciones de uranio 238 de un matiz apagado. Se vestía de forma severa y conservadora; prefería las telas gruesas y los cortes de aspecto casi medieval. En otras épocas podría haber desempeñado el papel de prelado mundano o el de primer ministro ambicioso; hubiese sido un hombre importante en cualquier corte de cualquier período. Era importante ahora. Y el precio que pagaba por esa importancia era la agitación de los viajes. Pronto aterrizaría en otro planeta desconocido, donde el aire tendría un olor desagradable, la gravedad sería un poco más fuerte de lo deseable y el color del sol, incorrecto. Boardman frunció el ceño. ¿Por qué demoraba tanto el aterrizaje?

Miró a Ned Rawlings. Veintidós o veintitrés años, algo así; era el retrato de la juventud ingenua, aunque Boardman sabía que Ned era lo suficientemente mayor como para haber aprendido más cosas de las que demostraba. Alto, convencionalmente guapo (sin ayuda de la cirugía estética), cabellos rubios, ojos azules, labios gruesos y móviles, dentadura perfecta. Era el hijo de un teórico de comunicaciones ya fallecido que había sido uno de los amigos más íntimos de Richard Muller. Boardman contaba con eso para facilitar las delicadas negociaciones que debía emprender.

— ¿Se siente bien, Charles? — preguntó Rawlings.

— Viviré. Pronto habremos llegado.

— El aterrizaje parece tan lento, ¿verdad?

— Sólo falta un minuto — dijo Boardman. La cara del muchacho registraba apenas el impacto de las fuerzas que actuaban sobre ellos. Su mejilla izquierda estaba ligeramente estirada hacia abajo; eso era todo. Parecía increíble ver la insinuación de un rictus en aquel rostro resplandeciente.

— Allá vamos — murmuró Boardman, y volvió a cerrar los ojos.

La nave recorrió el último tramo que la separaba del suelo. Los expulsores quedaron desconectados, los tubos de desaceleración gruñeron por última vez. Llegó el último momento de incertidumbre. Luego la estabilidad, los garfios firmemente anclados, el ruido del aterrizaje silenciado. «Estamos aquí — pensó Boardman —. Ahora, al laberinto, a buscar al señor Richard Muller. Habrá que ver si en estos nueve años se ha vuelto menos horrible. Quizá sea como todo el mundo, ahora. Si es así — se dijo Boardman —, que Dios nos ayude.»

3

Ned Rawlings no había viajado mucho. Solo había visitado cinco mundos, de ellos tres del sistema solar. Cuando tenía diez años su padre lo había llevado a pasar el verano a Venus. Dos años más tarde había visitado Marte y Mercurio. Como regalo de graduación, a los dieciséis años, hizo su primera excursión extrasolar, a Alfa de Centauro IV y, tres años después, había hecho un melancólico viaje al sistema de Rigel para traer el cadáver de su padre a casa, después del accidente.

No eran tantos viajes en una época en que la propulsión hiperespacial permitía viajar de un sistema a otro casi tan fácilmente como de Europa a Australia; Rawlings lo sabía. Pero ya tendría tiempo de hacer excursiones más adelante, cuando se le asignasen misiones diplomáticas. De todos modos, si debía tomar en cuenta las opiniones de Charles Boardman, los placeres del viaje perdían su atractivo con rapidez, y andar de arriba para abajo por el universo se volvía un trabajo más. Rawlings comprendía la fatiga en la actitud de un hombre que tenía cuatro veces su edad, pero sospechaba que Boardman decía la verdad.

Que viniera la fatiga. Por ahora, Ned Rawlings estaba en un mundo extraño por sexta vez en su vida y lo estaba disfrutando. La nave estaba anclada en la gran llanura que rodeaba el laberinto de Muller; las murallas externas del laberinto propiamente dicho estaban a cien kilómetros al sudeste. Era medianoche en esa parte de Lemnos. El planeta tenía días de treinta horas y un año de veinte meses; el otoño estaba comenzando en ese hemisferio y el aire era frío. Rawlings se alejó de la nave. La tripulación estaba descargando los expulsores que servirían para construir el campamento. Charles Boardman estaba a un lado, envuelto en un grueso abrigo de pieles y tan ensimismado que Rawlings no se atrevió a acercarse. Sabía que Boardman era un viejo cínico, pero, pese a eso, era imposible no admirarlo. Rawlings sabía que Boardman era un auténtico gran hombre, aunque no había conocido a muchos. Su propio padre había sido uno, quizás. Dick Muller era otro, pero por supuesto, Rawlings sólo tenía unos doce años cuando Muller se metió en el horrible lío que destrozó su vida. Bueno, haber conocido tres hombres de ese calibre durante su corta vida ya era un privilegio, se dijo Rawlings. Ojalá que su propia carrera fuera la mitad de buena que la de Boardman. Por supuesto, no era tan astuto como Boardman; deseaba no serlo nunca. Pero tenía otras características…, una especie de nobleza de alma que faltaba a Boardman «puedo ser útil a mi manera», pensó Rawlings, y luego se preguntó si sus esperanzas serían ingenuas.

Llenó sus pulmones con el aire extraño. Contempló un cielo lleno de estrellas desconocidas y buscó inútilmente algún diseño familiar. Un viento helado recorrió la llanura. El planeta parecía abandonado, desolado, vacío. En la escuela había estudiado algo acerca de Lemnos: era uno de los antiguos planetas abandonados por una extraña raza desconocida que había desaparecido mil siglos antes. Sólo quedaban de ella unos cuantos huesos fosilizados, fragmentos de máquinas… y el laberinto. El laberinto mismo rodeaba una ciudad de los muertos que el tiempo apenas había tocado.

Los arqueólogos habían explorado la ciudad desde el aire, escudriñándole con sensores, exasperados por la frustración de no poder entrar en ella. Las primeras doce expediciones que fueron a Lemnos no habían podido encontrar un camino seguro para entrar en el laberinto; todos los hombres que entraron perecieron víctimas de las trampas ocultas, inteligentemente situadas en las zonas exteriores. El último intento se había efectuado cincuenta años atrás. Luego Richard Muller había llegado allí, buscando un lugar donde ocultarse de la humanidad, y, de algún modo, había hallado su entrada.

Rawlings se preguntó si tendrían éxito y lograrían entrar en contacto con Muller. También se preguntó cuántos de los hombres que habían viajado con él morirían antes de que pudiesen penetrar en el laberinto. No consideró la posibilidad de su propia muerte. A su edad, la muerte era aún algo que les sucedía a los demás. Pero algunos de los hombres que ahora trabajaban instalando el campamento estarían muertos dentro de unos días.

Mientras pensaba en eso, apareció un animal, trotando sin hacer ruido, desde atrás de un montecillo arenoso que estaba allí cerca. Rawlings miró a la bestia desconocida con curiosidad. Se parecía un poco a un gato grande, pero sus garras no eran retráctiles y su boca estaba erizada de colmillos verdosos. Unas listas luminosas daban una tonalidad alegre a sus esbeltos flancos. Rawlings no conseguía imaginar qué utilidad podía tener para un predador una piel luminosa, salvo que usara su brillo como una especie de cebo.

El animal se acercó a una docena de metros, miró a Rawlings sin demostrar un interés real y luego se volvió con gesto gracioso y trotó hacia la nave. La combinación de extraña belleza, poder y amenaza de aquel animal resultaba muy atractiva.

Ahora se aproximaba a Boardman. Y Boardman estaba sacando un arma.

— ¡No! — Rawlings oyó su propio grito —. ¡No lo mate, Charles! ¡Sólo quiere mirarnos!

Boardman disparó.

El animal saltó convulsionado por los aires y cayó con las patas extendidas. Rawlings se acercó corriendo, abrumado por la conmoción. «No tenía por qué haberlo matado — pensó —. El animal sólo estaba explorando. ¡Qué canallada!»

— ¿No podía haber esperado un minuto, Charles? — dijo, enfadado —. ¡Quizá se hubiese marchado! ¿Por qué…?

Boardman sonrió. Hizo señas a un tripulante que atrapó al animal con una red-spray. El animal se estremeció, mientras el tripulante lo llevaba hacia la nave. Suavemente, Boardman dijo:

— Lo único que hice fue aturdirlo, Ned. Parte del gasto de este viaje se pagará con fondos del zoológico federal. ¿Creíste que yo era de los que disparan con facilidad?

De golpe, Rawlings se sintió muy pequeño y tonto.

— Bueno…, en realidad no. Quiero decir que…

— Olvídalo. No; no lo olvides. No olvides nada; aprende algo: es mejor tener todos los datos antes de ponerse a gritar tonterías.

— Pero si yo hubiese esperado y usted lo hubiese matado realmente…

— Entonces hubieras aprendido algo feo sobre mí, al precio de la vida de un animal, Hubieses dispuesto de un dato útil: yo me transformo en un asesino a la vista de cualquier cosa rara con dientes afilados. En cambio, lo único que hiciste fue ruido. Si me hubiese propuesto matarlo, tu grito no hubiera cambiado mis intenciones. Pero hubiese podido malograr mi puntería y hubiera quedado a la merced de un animal herido y furioso. De modo que tómate tu tiempo, Ned. Haz una evaluación de los hechos. A veces es mejor dejar que suceda algo que jugar tus cartas demasiado rápido. — Boardman hizo un guiño —. ¿Te estoy ofendiendo, Ned? ¿Haciéndote sentir como un idiota con mi pequeña lección?

— Claro que no, Charles. Sé que tengo mucho que aprender.

— ¿Y estás dispuesto a aprender de mí, aunque sea un viejo canallesco y exasperante?

— Charles, yo…

— Disculpa, Ned, no debería burlarme de ti. Tenías razón cuando trataste de impedir que matara a ese animal. No fue culpa tuya si no comprendiste lo que yo hacía. En tu lugar hubiese actuado exactamente igual.

— ¿Quiere decir que no debía tomarme mi tiempo y reunir todos los datos mientras usted sacaba su pistola? — preguntó Rawlings, atónito.

— Posiblemente, no.

— Se está contradiciendo, Charles.

— Tengo el privilegio de ser inconsciente — dijo Boardman —. Es casi mi marca de fábrica. Trata de dormir bien esta noche — dijo, riendo —. Mañana volaremos sobre el laberinto y trataremos de levantar un plano; luego empezaremos a mandar hombres a su interior. Supongo que dentro de una semana estaremos hablando con Muller.

— ¿Cree que estará dispuesto a cooperar?

Los enérgicas rasgos de Boardman se ensombrecieron.

— Al principio, no. Estará tan lleno de amargura que escupirá veneno. Después de todo, fuimos nosotros los que le echamos. ¿Por qué iba a ayudar a la tierra ahora? Pero se convencerá, Ned, porque, fundamentalmente, es un hombre honorable y eso es algo que no cambia, por enfermo y solitario y angustiado que esté un hombre. Ni siquiera el odio puede corromper el honor. Tú lo sabes, Ned, porque eres de esa clase de personas, Hasta yo lo soy, a mí manera. Un hombre honorable. Convenceremos a Muller. Haremos que salga de ese maldito laberinto y nos ayude.

— Espero que tenga razón, Charles. — Rawlings dudó —. Y ¿cómo será el encuentro? Quiero decir, considerando su enfermedad… la forma en que afecta a los demás…

— Será difícil; muy difícil.

— Usted lo vio, ¿no es así?, después de…

— Sí. Muchas veces.

— En realidad no puedo imaginar cómo es acercarse a un hombre y sentir que toda su alma se derrama sobre uno — dijo Rawlings —. Eso es lo que sucede cuando uno está con Muller, ¿no?

— Es como entrar en un baño de ácido — dijo Boardman lentamente —. Uno puede acostumbrarse, pero no le gusta. Sientes como si hubiese fuego sobre tu piel. El espanto, los terrores, la avaricia, la enfermedad brotan de él como si fuera un manantial de excrementos.

— Y Muller es un hombre honorable… un hombre decente.

— Sí; lo era. — Boardman miró hacia el lejano laberinto —. Por suerte. Es algo que te hace pensar, ¿verdad, Ned? Si un hombre de primera clase como Dick Muller tiene toda esa basura en su cerebro, ¿cómo será la gente común? ¿La gente vulgar que vive vidas vulgares? Si sufrieran la misma maldición que Muller serían como lanzallamas que quemarían cualquier mente, a años luz de distancia.

— Pero hace nueve años que Muller está solo con su desgracia — dijo Rawlings —. ¿Y si ahora es imposible acercarse a él? ¿Si eso que irradia es tan fuerte que resulta imposible de soportar?

— Lo soportaremos — dijo Boardman.

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