Capítulo 5

– ESTUVISTE estupendo.

Iban en el coche cargados de aletas y una enorme pelota de playa. Jock pensaba que desde luego no era una de sus citas habituales. Aunque después de ver a Tina en bikini, le encantaba la idea de tenerla a su lado. Ni siquiera le habría importado que llevara a Rose en el regazo. Sólo que Rose se había quedado con Christie.

– Marie llegará dentro de una hora y a Christie le sentará bien estar a solas con su hija. Me gustaría que viniera con nosotros, pero todavía no está preparada -le había dicho Tina.

Había organizado a todos en el coche y ahora Jock ni siquiera podía ver a Tina y mucho menos apreciar su bonito cuerpo. Pero Jock reaccionó ante la calidez de su voz.

– ¿Qué quieres decir con que estuve estupendo? Además has usado el pasado. ¿Significa que un día fui estupendo y ahora soy sólo un pobre ginecólogo?

– Quiero decir a cómo te has portado con Christie -Tina esbozó una sonrisa al tiempo que reía y sujetaba a Tim y Ally. Ambos saltaban de alegría y señalaban por la ventanilla-. ¿Cómo supiste que no quería ver a ningún doctor?

– Lo imaginé. ¿Crees que vendrá a verme?

– Ahora tiene una cita e irá. Lo peor ya ha pasado -la sonrisa de Tina se apagó-. Desearía… desearía que la hubieras atendido tú cuando dio a luz. También desearía haber estado yo.

– No lo pienses -aconsejó Jock-. Ya no tiene remedio. Ahora tiene todo el apoyo que necesita y lo conseguirá. Está al otro lado del precipicio, Tina.

– Quizá.

– Seguro que sí -Jock intentó esquivar un bache, pero no lo consiguió y el coche dio un tumbo-. ¿Qué psiquiatra la cuidaba en Sydney?

Tina se lo dijo y Jock asintió en reconocimiento.

– Ella es muy buena. Si ha dicho que Christie está bien para venir a casa, es porque es cierto. No la dejaría marcharse si no pensara que estaba a punto de recuperarse.

– De todas maneras quiero darte las gracias -la voz de Tina se volvió seria y sus ojos pensativos-. Después de todo lo que te dije… has estado… muy bien.

La palabra hizo eco dentro de su cabeza y Jock sintió una sacudida. Le emocionaba que Tina estuviera tan agradecida cuando él no había hecho apenas nada… ¿Cómo era posible que fuera tan cariñosa? ¿Cómo era posible que la quisiera tanto?

Tenía que mantenerse alerta.

– Bueno, ¿qué esperabas? -preguntó él-. Un especialista es normal que esté muy bien. Cuando tú acabes tu especialidad de anestesista también lo harás muy bien. Los únicos que lo hacen mejor que muy bien son los cirujanos. Debes llamarlos «señor» y cuando pasan a tu lado, hacerles una reverencia.

Ambos se echaron a reír. Con lo que la tensión se disipó y se prepararon para disfrutar de la tarde.

El embalse estaba justo al pie de las montañas y en el extremo norte se había formado, como por arte de magia, una playa de arena, con arena blanca y con trozos de conchas de mar.

Jock paró el coche justo al lado de la playa.

– ¡Wow! -exclamó asombrado Jock.

– Es estupenda -asintió Tina. Luego abrió la puerta del coche para que salieran los niños-. Muy bien, muchachos, el último en meterse en el agua es un gallina. Vamos allá.

Fue una tarde maravillosa. Jock estuvo tumbado todo el tiempo flotando en el agua cálida del embalse, mientras veía a Tina jugar con sus sobrinos.

Ella le dejó tranquilo. Lo que era una novedad. La mayoría de las chicas que quedaban con Jock Blaxton estaban todo el rato encima de él. Nunca hubieran prestado atención a dos niños pequeños.

Tina era diferente.

Él nunca había conocido a nadie como ella, pensó, mientras la observaba. Tina rebosaba vida. Era increíble verla jugar con los niños, riéndose todo el tiempo.

Luego sirvió el té que había preparado por la mañana y se llenó la nariz de crema de los pasteles. Se manchó más, incluso, que los niños y no se avergonzó cuando Jock le limpió la crema de la nariz. De hecho, al momento se puso a mancharlos a todos de crema. Y les propuso un juego. Ganaría el que consiguiera limpiarse la crema de la nariz con su propia lengua. Jock sacó la lengua para intentar limpiarse y cuando finalmente alcanzó la crema, todos se echaron a reír.

– Jock tiene la lengua más larga. Jock tiene la lengua más larga -comenzaron a gritar los niños, mientras Tina se echaba a reír.

Luego ella trató de imitar la hazaña y no sólo lo consiguió, sino que se limpió la crema de un certero lengüetazo, tardando menos de lo que lo había hecho Jock.

Los niños estaban hechizados.

– Has estado practicando -la acusó Jock y Tina le sonrió, desafiante.

– Pues sí. Toda mi vida. Y gracias a ello soy mejor lamedora de crema que tú, aunque todavía no sea especialista, Jock Blaxton. ¿Qué te parece, “señor Especialista”?

Luego levantó a los niños y se los llevó al agua.

– Muy bien, chicos, un último baño para limpiarnos la crema y luego Jock y yo nos iremos al baile.

Jock se quedó mirándola como un tonto. Se fijó en que ella se tiraba al agua con gran agilidad.

¡Santo Dios, qué cuerpo tan bonito tenía! No se bañó con ellos. No podía. Sintió el cuerpo pesado o quizá era que no confiaba en sí mismo. Que no quería estar tan cerca de ese estupendo cuerpo semidesnudo.

De modo que Jock se tumbó a tomar el sol sobre la suave arena y se quedó mirándola fijamente, mientras ella jugaba con sus sobrinos. No comprendía qué clase de sentimientos tenía hacia aquella mujer. ¿Qué le estaba sucediendo? Todo era como una locura. Esa chica…

“No, debe ser el paisaje, tiene que ser el paisaje”, pensó. Pero no era el paisaje, era Tina.

“¡Diablo”!.

Jock se fijó en cómo jugaban en el agua, riéndose. Era una familia feliz. ¿Le gustaría a él tener una familia así?

“¡Oh, claro! ¿Se puede saber en qué estoy pensando?”, se recriminó Jock a sí mismo. Un paisaje bonito, una chica maravillosa y un par de niños agradables, y todo lo que había estado pensando durante los últimos veinte años se marchaba volando por la ventana. De ninguna manera. Jock se acordó de su padre y de la amargura que se lo llevó a la tumba.

– Te dejas llevar por el corazón una vez y te arruinas la vida -le solía decir su padre-. Cómo desearía no haber conocido a tu madre. Me enamoré de ella y mira lo que he sacado a cambio. Nueve meses… Nueve meses de embarazo y diez años viéndola morir. Y ahora encima tener que verte a ti todos los días de mi vida… Verte en su…

Esa amargura de su padre había acompañado a Jock toda su vida.

– Si te enamoras de una mujer, eres un estúpido -le decía su padre-. Ya no controlarás tu vida nunca más. Es una dura lección, chico, pero si consigo que la aprendas merecerá la pena. No pierdas nunca el control. Nunca…

Jock miró hacia el agua, dándose cuenta de lo que le había querido decir su padre. Porque por primera vez en su vida, él había perdido el control.

Y cada vez era peor. Llevaron de vuelta a casa a los chicos y se ducharon y cambiaron para el baile. Jock fue el primero en ducharse y luego estuvo charlando con Christie, Marie y los chicos mientras esperaba a Tina. Agarró a Rose y se puso a jugar con ella, 'que le sonrió El tiempo pasó volando y, para su asombro, Tina tardó sólo un cuarto de hora.

¡Sólo un cuarto de hora en arreglarse para un baile!.Jock se había resignado a esperar una hora. Cuando ella salió de su dormitorio, él la miró asombrado.

– ¿Algo va mal? -Tina le sonrió, burlándose de él-. ¿Es que mi vestido es demasiado corto?

¡Demasiado corto!

Bueno, un poco corto sí que era. Y estaba guapísima con él.

Jock tragó saliva, fijándose en las piernas de Tina, que eran muy largas y bonitas. Llevaba unas medias de tono plateado que dejaban ver sus bien formados muslos.

– Tienes el pelo mojado -dijo Marie, fijándose en la expresión que tenía Jock-. No deberías salir así.

– Es que tardo mucho en secármelo y ya se secará solo en el coche de Jock -respondió Tina-. Si deja la capota bajada… -luego se volvió hacia él-. ¿O quizá tu coche incluye un secador de pelo entre sus prestaciones?

¡Maravillosa! ¡Ella era maravillosa! Jock se aclaró la garganta y se levantó de la silla en la que estaba sentado frente a la mesa al lado de Christie y Marie. Tina pensó que él no estaba nada mal, mientras él se ponía de pie. De hecho, ese traje negro le sentaba fenomenal. Y con Rose en sus brazos se le veía muy bien. Se le daban estupendamente los niños. Era una pena que no contemplara la posibilidad de tener uno propio.

Él había nacido para ser un buen padre. Y un buen marido y amante.

¡Pero ¿en qué estoy pensando?! se recriminó Tina por pensar en eso, recordando que esa era la primera cita con él y que después de la segunda, no volvería a salir con ella. Tina lo sabía. Se lo había oído a todo el mundo, incluido a él mismo. Podía pensar que era guapo, se dijo a sí misma, pero no que lo deseaba.

– Tina, ¿crees que ese vestido es suficientemente corto? -preguntó Christie-. ¿No deberías subírtelo un poco por los hombros?

– ¡Si lo hago parecerá una camisa! Tal como está, lo único que me tapa es la ropa interior.

A Jock, mientras tanto, le costaba cada vez más respirar. Para empeorar las cosas Marie y Christie lo miraron y entonces no supo qué hacer ni qué expresión poner.

– ¿Quieres que nos vayamos ya? -preguntó Tina, mirando su reloj de pulsera, el único adorno que llevaba sobre su piel delicada-. Son las siete y media. Deja a Rose con su madre y vámonos, doctor Blaxton, ahora que el móvil está en silencio. No sabemos el tiempo que tendremos antes de que tengas que atender otro parto, así que aprovechemos.

Jock recordó en ese momento que quizá lo llamaran para un par de casos complicados. Si lo llamaban, preferiría morirse, pensó. La idea de que Tina lo acompañara al baile del hospital, era algo que deseaba fervientemente.


El baile fue maravilloso.

Tina disfrutó muchísimo, pero más tarde Jock sólo pudo recordar algunos instantes. Por ejemplo, la sorpresa de su colega, Lloyd Neale, que veía a Tina por primera vez sin uniforme. Y la rapidez con que Sally se llevó a su marido del brazo.

– Tú eres un hombre felizmente casado, Lloyd Neale, así que deja el vestido de Tina, o mejor dicho, la ausencia de vestido, para Jock -fueron las palabras de Sally, muy guapa con un vestido crema que le sentaba estupendamente-. Aunque pensaría que a Lloyd le pasaba algo si no mirara. Estás guapísima, Tina. Llévatela, Jock, y sujétala bien o tendremos que atar a cada hombre de esta sala.

Así que Jock obedeció. Se llevó a Tina a la pista de baile y puso las manos en su cintura delgada para apretarla contra sí… La habitación le daba vueltas… Y le dieron más palmaditas en el hombro de lo que estaba dispuesto a recordar.

– Déjanos a nosotros también. La doctora Rafter está soltera. Danos una oportunidad.

– No te entregues únicamente al doctor Blaxton, doctora Rafter. ¿Te acuerdas de mí? Solías prestarme las pinturas cuando estábamos en tercer curso. Si hubiera sabido que ibas a ser tan guapa, te habría regalado una caja de pinturas entera, Tina Rafter. Déjanos que bailemos con ella, doctor. Ya hablaremos de cómo devolverte el favor.

Tina sonreía y reía, echándose el precioso cabello hacia atrás y apoyando firmemente sus manos en Jock.

– Esta noche no, muchachos. Estoy acompañando al doctor Blaxton hasta el próximo parto. ¡Dejadnos en paz!

¿Cómo iba a querer Jock un parto aquella noche? Pero, por supuesto, tuvo uno. Hacia las doce, cuando la música comenzaba a hacerse más lenta y las parejas empezaban a acercarse más y la mente de Jock se llenaba de horizontes tropicales, se oyó el busca.

– ¡Maldita sea! -exclamó Jock, volviendo a la realidad con un gran esfuerzo.

Se apartó de Tina y maldijo de nuevo.

– Necesito encontrar un teléfono -comento-. Sam Hopper está hoy de guardia, pero si me llaman quiere decir que me necesitan. Afortunadamente puede ser que sólo necesite algún consejo. ¿Me esperas?

Pero no anduvo dos pasos cuando Tina fue atrapada por los brazos de Kevin Blewit, el farmacéutico de la localidad.

“Quiero ser un farmacéutico”, pensó Jock con amargura, mientras buscaba el teléfono. Tenían un horario regular. Una tienda que se cierra a las ocho y te puedes ir a casa…

Maldijo de nuevo. ¿Cómo recuperar a Tina después de la llamada? El farmacéutico agarraba a Tina mucho más íntimamente de lo que a Jock le hubiera gustado, y no hubo ninguna llamada que le apartara de ella. Sam Hopper, uno de los médicos de la ciudad, estaba nervioso y nada más escuchar su voz tensa, Jock supo lo que necesitaba.

– Jock, lo siento, pero tengo un problema y te necesito.

¡Maldita sea!

Sam era un médico de medicina general que insistía en atender a sus propios partos, pero no era competente. Primeramente tenía poca práctica y sólo atendía unos cinco o seis partos al año. Eso significaba que no tenía la experiencia suficiente en un caso complicado.

En segundo lugar, era un hombre arrogante que detestaba pedir ayuda. Eso significaba que siempre esperaba hasta el último momento.

De manera que Jock no podía hacer otra cosa que decirle a Tina que tenía que marcharse. Quizá Lloyd y Sally podían llevar a Tina a casa cuando el baile terminara. También podría llevarla el farmacéutico. Tina no eligió ninguna de las dos opciones.

Se quedó parada, en los brazos del farmacéutico y miró a Jock con cara de preocupación.

– ¡Oh, Jock, vaya fastidio! -exclamó Tina, entendiendo, como doctora, la situación-. Kevin, si me disculpas, iré con Jock -añadió y Jock tuvo que pellizcarse para creer que había oído correctamente-. Puede que necesite una anestesista.

– Pero…

– No.

Kevin y Jock hablaron a la vez. Las manos de Kevin sujetaron con más fuerza a Tina.

– Esta noche tú no tienes por qué trabajar, Tina-. A menos que estés de guardia… Mark es el anestesista esta noche. Jock puede llamarlo.

Pero Tina miró a Mark, que estaba besando a su mujer e hizo un movimiento negativo. Su cabello rojo se liberó, provocando una extraña reacción en las piernas de Jock.

– No -insistió, apartándose de Kevin y agarrándose al brazo de Jock-. Si tengo una cita con un doctor, yo también actuaré como doctora. Sólo tendré dos oportunidades con Jock, ya lo sabes, y tengo que aprovecharlas. Buenas noche, Kevin. Vámonos, Jock.


– No tenías por qué haber venido.

Estaban ya casi en el hospital cuando Jock consiguió articular palabra. Aunque incluso en ese momento su voz sonó extraña. Tina lo miró de reojo.

– Tenía que hacerlo -contestó ella-. Kevin olía a sudor y tenía las manos mojadas. Además sólo pensaba en una cosa y yo no estaba interesada.

Eso provocó una mueca.

– ¿Entonces quieres que te lleve a casa? -preguntó Jock, esperando que se negara-. ¿O quieres que pidamos un taxi?

– No. Iré contigo -dijo sonriendo-. Me pediste que saliera contigo y te acompañaré el resto de la noche, te guste o no.


En la sala de partos la situación era complicada. Heather Wardrop era una mujer de edad media con seis hijos. Había imaginado un parto sin complicaciones, como los anteriores, pero estaba más débil y el útero se había invertido. De manera que estaba asustada por la situación, casi en estado de shock, su marido muy nervioso y Sam Hopper intentaba disculparse y solucionarlo sin saber cómo.

– ¡Jock! -gritó, al ver al doctor Blaxton-. ¿Cómo podía yo imaginar que iba a suceder esto? Todo ha sido demasiado rápido. Nunca me ha pasado. ¡Dios mío, es terrible!

– Es grave, pero no terrible -dijo Jock con firmeza. Lo primero que tenía que hacer era controlar la situación-. ¿Puedes prepararme una venda, Tina? Esto no es tan extraño en un parto y es fácil de solucionar -añadió, acercándose a la mujer para tomarla de la mano.

A continuación decidió olvidarse del doctor que estaba sudando detrás de él y concentrarse en aliviar el miedo de Heather.

– No hay problema, Heather -declaró suavemente-. No hace falta que me mire así. Su cuerpo está tan acostumbrado a expulsar niños, que quiere expulsar todo lo demás. Pero no pasa nada. Sabes que cuando te quitas un calcetín, a veces se da la vuelta. Lo único que hay que hacer es ponerlo bien y meterlo en su sitio. Ese es mi trabajo ahora.

– Pero…

– ¿Cómo ha sucedido? -preguntó Jock, con una sonrisa en los labios que hizo borrar toda la tensión del cuarto-. ¿Dónde está el culpable? -el doctor buscó una cuna en la habitación-. ¿Todo este lío y no hay niño?

– La enfermera… la llevó a la incubadora -dijo Heather.

– ¿Es una niña?

– Sí.

– ¿Y cómo vais a llamarla? -preguntó, hablando como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Miró a Tina para que se diera cuenta que había que evitar que siguiera la hemorragia, pero sus actos eran firmes y tranquilos.

Jock fue hacia el lavabo y se lavó las manos para hacer un examen detenido. Luego volvió, todavía esperando una respuesta.

– ¿Cómo va a llamarla? -preguntó de nuevo, notando que el terror de los ojos de Heather había desaparecido.

– Marguerite. La vamos a llamar Marguerite -dijo la mujer-. Por la madre de Michael.

– Ese es un nombre muy bonito. Enseguida iré a conocerla, pero primero tendremos que dar la vuelta al calcetín.

– ¿Cómo…? ¿Cómo…? -comenzó Michael Wardrop, -con el rostro pálido, mientras observaba lo que sucedía a su mujer.

– Es un procedimiento sencillo, pero es más fácil, menos doloroso, si Heather se duerme mientras lo hago. Así que, si no le importa, Heather, la doctora Rafter va a anestesiarla para que yo pueda dar la vuelta al calcetín. Le daré un par de puntos para que se quede en su lugar y luego se pondrá bien. ¿De acuerdo, Heather?

– De acuerdo -dijo la mujer aliviada, cuyo terror había dado paso a un agotamiento absoluto.

– Pero creo que tengo que preguntar algo -dijo Jock, mientras examinaba el daño provocado-. ¿Está en sus planes tener más hijos? Lo coseré mejor si sé que no van a venir más hijos como éste lo ha hecho.

– Oh, doctor, no habrá más hijos -exclamó Heather sin aliento-. En realidad no habíamos planeado tener éste, pero seis… bueno, seis es un buen número y yo tengo cuarenta y tres años y Michael cuarenta y siete. Creo que ya es suficiente, ¿no te parece, Michael?

– Claro que sí -contestó su marido con fervor-. No habíamos pensado tener otro, fue un accidente. Pero ahora… -el hombre tomó la mano de su esposa y miró a Jock esperanzado-. Usted cure a mi esposa, doctor -suplicó-. ¿Lo hará?

– ¿No cree que deberíamos mandarla a Sydney? -preguntó nervioso Sam-. ¡Diablos, doctor! Esto tiene un aspecto horrible.

– Parece peor de lo que es -declaró secamente Jock.

Sam iba a ponerlos a todos histéricos si no se callaba. Jock dio la espalda a Sam y miró a Michael y su mujer con una sonrisa tranquilizadora.

– Y ahora, sé que la doctora Rafter y yo parecemos unos médicos un poco extraños, pero debajo de los trajes de fiesta y las medias de seda de la doctora Rafter, somos dos grandes profesionales. Tina es una anestesista estupenda y yo he tratado muchos partos como éste. Podemos curarla si nos lo permiten. También podemos enviarla a Sydney si quiere, Heather, pero será un viaje largo e incómodo y no hay necesidad. ¿Confía en nosotros? ¿Confía usted, señor Wardrop?

– Claro que sí -contestó el hombre.

Tina vio en la sonrisa del hombre que la ansiedad había desaparecido de sus ojos. La sólida confianza de Jock estaba surtiendo efecto. El hombre miró a Tina, con su vestido provocativo y a continuación a Jock, finalmente miró a su esposa con una sonrisa.

– ¿Confiamos en esta pareja, Heather? Parece que salen de una revista de moda.

– Sí -respondió Heather, sonriendo débilmente. Luego echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos-. Siempre he tenido debilidad por los hombres con traje oscuro. Me resultan muy atractivos. Así que deja que el doctor Blaxton haga lo que quiera conmigo, Michael Wardrop.

Pareció sumergirse en un sueño profundo antes de que Tina ni siquiera preparara la anestesia.

No era un caso tan sencillo como Jock estaba diciendo. Tardó dos horas en terminar y asegurarse de que el daño había sido rectificado. Jock se alegró de que los Wardrop hubieran dicho que no iban a tener más hijos.

– Porque con esta cantidad de puntos el próximo tendrá que ser con cesárea. Puede que éste debiera de haber sido también así, por el tamaño del bebé. Sam debería de haber pedido el consejo de un especialista. No necesariamente a mí, pero sí a alguien de la especialidad.

El enfado de Jock era palpable. Tina se dio cuenta desde el momento en que el doctor Sam Hopper había bostezado, cuando metieron a Heather en el quirófano, y anunció que se iba a la cama y dejaba a Tina y Jock que se hicieran cargo de todo.

– No le interesa nada -dijo Jock, con los dientes apretados-. Sam cerró los libros cuando terminó la carrera y no hace ningún intento de seguir aprendiendo.

Esas fueron sus únicas palabras mientras las enfermeras se ocupaban de Heather, pero cuando ésta fue llevada de nuevo a la sala y estaba a solas con Tina, Jock no hizo ningún esfuerzo por disimular su furia.

– Ese hombre es un incompetente. Un incompetente que trata de atender partos. ¿No sabe el daño que puede hacer? ¿No se da cuenta de las consecuencias? -gritó con rabia.

– Ya ha salido del peligro, ¿verdad? -preguntó suavemente Tina-. Gracias a que tú…

– ¿Pero qué pasa si el útero se rasga? O sucede… cualquier otra cosa. ¿No sabe que las madres que han tenido ya hijos suelen ser casos más delicados que las primerizas? De acuerdo a las notas de Sam, Heather ha tenido cinco hijos… Cada uno con más de tres kilos y medio y los dos últimos de cuatro. Éste pesaba cuatro y medio. Sam tenía que haber previsto que era un bebé grande en las ecografías. ¿Y sabes qué habría pasado si hubiera muerto? Sam se habría encogido de hombros y habría dicho: estas cosas pasan. Pero estas cosas no pasan. Ya no. No con las precauciones que deberían de haberse tomado. Pero yo no puedo estar en todas partes a la vez para asegurarme, y si los doctores no me…

– ¿Es eso lo que quieres hacer? -preguntó Tina-. ¿Estar a la vez en todas partes?

Eso hizo que Jock se callara. Levantó los ojos hacia Tina y la miró fijamente. Luego hizo un movimiento negativo con la cabeza, como si quisiera olvidar una pesadilla. Finalmente consiguió sonreír.

– Parezco un arrogante.

– Porque eres un gran médico -dijo la muchacha, sentándose en un banco que había al lado del lavabo.

Llevaba una bata de quirófano sobre el vestido rojo y tenía aspecto casi recatado. Sólo se le veían las piernas, sugiriendo la sensualidad de la ropa que llevaba debajo.

– Jock…

– ¿Qué? -respondió, todavía nervioso.

Miró hacia arriba, pero Tina sabía que no la estaba viendo. Estaba imaginando la catástrofe de seis hijos sin una madre. A Michael Wardrop sin su esposa. Veía a su propia madre. El corazón de Tina dio un vuelco. Notó la angustia en los ojos de Jock. ¿Quién lo habría imaginado? Pensó Tina. ¿Quién imaginaría que el gran Jock Blaxton tenía un corazón lo suficientemente grande como para acoger al mundo entero? ¡Demonios, estaba empezando a enamorarse de él!

¿Enamorarse? La palabra quedó en su mente como una chispa encendida, iluminando el cielo. Aquel pensamiento tan sencillo liberaba cosas que siempre habían estado en ella, pero habían permanecido escondidas en la oscuridad hasta ese momento. Y le hacían ver que se estaba enamorando de alguien que no tenía ninguna intención de comprometerse con una mujer, y mucho menos con ella.

– Jock…

Tina, sin darse cuenta de lo que hacía, acarició el cabello de Jock. Sus dedos se deslizaron sobre la masa oscura en un gesto de consuelo.

– Hay una nueva persona en el mundo debido a lo que ha pasado hoy -añadió suavemente-. Una pequeña llamada Marguerite Wardrop cuya madre se pondrá bien gracias a ti, Jock.

La mano femenina continuó acariciando al hombre, tratando desesperadamente de suavizar su dolor.

– Puede que no seas capaz de salvar al mundo, Jock, pero has contribuido esta noche con una familia. También has contribuido con mi hermana y creo que eres maravilloso. ¿Qué más esperas de ti mismo?

No hubo respuesta. Jock estaba rígido y silencioso a su lado, con el rostro todavía embargado por el dolor. De repente Tina no pudo soportarlo. Aquel hombre tenía un pasado lleno de fantasmas que no le dejaban vivir consigo mismo, que no le dejaban avanzar.

¿Qué clase de padres podían fomentar un sentimiento de culpa tan cruel? se dijo Tina. Culpar a un niño por la muerte de su madre era horrible, significaba, además, infundirle un sentimiento que le iba a aislar de los demás para toda la vida. No había nada que pudiera borrar su dolor, pero sí podía consolarlo. Entonces lo acarició con ambas manos. El cabello era espeso y rizado y su roce produjo en ella un sentimiento placentero que la recorrió por todo el cuerpo. Era maravilloso acariciarlo.

Luego lo atrajo hacia sí hasta que la cabeza de él casi rozó su pecho, bajó el rostro, le tomó de la barbilla y lo besó.

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