Copenhague, Dinamarca
Martes, 4 de octubre, en la actualidad
1:45
Cotton Malone tenía enfrente a la encarnación de los problemas. Al otro lado de la puerta abierta de su librería se hallaba su ex mujer, la última persona del mundo a la que esperaba ver. Enseguida vio el pánico en sus cansados ojos, recordó el violento palpitar que lo había despertado unos minutos antes y pensó en el acto en su hijo.
– ¿Dónde está Gary? -preguntó.
– Hijo de puta. Se lo han llevado. Por tu culpa. Se lo han llevado. -Se abalanzó sobre él y empezó a darle puñetazos en los hombros-. Maldito hijo de puta. -Él asió sus muñecas y detuvo la arremetida cuando ella rompió a llorar-. Por eso te dejé. Creí que esto había terminado.
– ¿Quién se ha llevado a Gary? -Por toda respuesta obtuvo más sollozos. Él la agarró por los brazos-. Pam, escúchame. ¿Quién se lo ha llevado?
Ella lo miró con fijeza.
– ¿Cómo demonios voy a saberlo?
– ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no has ido a la policía?
– Porque dijeron que no lo hiciera. Dijeron que si iba, Gary moriría. Dijeron que lo sabrían, y yo los creí.
– ¿A quiénes creíste?
Ella se liberó de la presa de Malone. Tenía el rostro iracundo.
– No lo sé. Lo único que dijeron fue que esperara dos días y luego viniera aquí y te diera esto. -Hurgó en el bolso y sacó un teléfono. Las lágrimas seguían corriéndole por las mejillas-. Dijeron que te conectaras a Internet y abrieras tu correo.
¿Había oído bien? ¿Conectarse y abrir el correo?
Desplegó el teléfono y comprobó la frecuencia: tenía bastantes megahercios para llegar a cualquier rincón del mundo, lo cual le dio que pensar. De repente se sintió vulnerable. La plaza Højbro estaba desierta. A tan tardía hora nadie deambulaba por la plaza.
Sus sentidos se pusieron alerta.
– Entra.
La hizo pasar de un tirón y cerró la puerta. Todavía no había encendido la luz.
– ¿Qué ocurre? -inquirió ella, el miedo entrecortando su voz.
Él se encaró con ella.
– No lo sé, Pam. Dímelo tú. Al parecer a nuestro hijo se lo ha llevado sabe Dios quién y tú has esperado dos días antes de contárselo a nadie. ¿No te parece descabellado?
– No iba a poner su vida en peligro.
– Y yo sí, ¿no? ¿Cómo lo he hecho antes?
– Siendo tú -dijo ella en un tono glacial, y él recordó en el acto por qué ya no vivían juntos.
Se le pasó algo por la cabeza: su ex nunca había estado en Dinamarca.
– ¿Cómo me has encontrado?
– Ellos me lo dijeron.
– ¿Quién demonios son ellos?
– No lo sé, Cotton. Dos hombres. Sólo hablaba uno. Alto, pelo oscuro, cara corriente.
– ¿Norteamericano?
– ¿Cómo voy a saberlo?
– ¿Cómo hablaba?
Ella pareció serenarse.
– No. No era norteamericano. El acento era raro, europeo.
Él agitó el teléfono.
– ¿Qué se supone que debo hacer con esto?
– Dijo que abrieras tu correo y recibirías una explicación.
Ella miró nerviosamente las estanterías, sumidas en las sombras.
– Arriba, ¿no?
Gary le habría dicho que vivía encima de la tienda. Sin duda él no había sido. Sólo habían hablado en una ocasión desde que él saliera del departamento de Justicia y abandonara Georgia el año anterior, y aquello había sido dos meses antes, en agosto, cuando él llevó a Gary a casa después de que el chico fuese a verlo en verano. Ella le dijo con frialdad que Gary no era hijo suyo, que el muchacho era fruto de una aventura que había tenido hacía dieciséis años, su respuesta a la infidelidad de él. Él llevaba luchando contra ese demonio desde entonces y todavía no había asimilado sus implicaciones. En ese momento decidió algo: no volvería a hablar con Pam Malone. Lo que hubiera que decir quedaría entre él y Gary.
Pero, por lo visto, las cosas habían cambiado.
– Sí -contestó él-. Arriba.
Entraron en su piso y él se sentó al escritorio. Encendió el portátil y esperó a que se cargaran los programas. Pam por fin era dueña de sus emociones. Ella era así, toda altibajos: elevaciones vertiginosas y depresiones profundas. Era abogada, como él, pero mientras que él había trabajado para el gobierno, ella se ocupaba de juicios de altos vuelos para empresas del ranking Fortune 500, que se podían permitir los impresionantes honorarios de su bufete. Cuando fue a la facultad de Derecho él pensó en un principio que la decisión tenía que ver con su persona, que era una forma de compartir la vida, pero después supo que era una manera de conseguir su independencia.
Así era Pam.
El portátil estaba listo. Accedió a su correo.
Vacío.
– Aquí no hay nada.
Pam se acercó a él.
– ¿Cómo? Dijo que abrieras el correo.
– Eso fue hace dos días. Y, por cierto, ¿cómo has venido?
– Tenían un billete, comprado y todo.
Él no daba crédito.
– ¿Te has vuelto loca? Lo que has hecho es darles dos días de ventaja.
– ¿Te crees que no lo sé? -chilló ella-. ¿Crees que soy tonta de remate? Me dijeron que me habían pinchado los teléfonos y que me estaban vigilando. Si desoía sus instrucciones, aunque fuera lo más mínimo, Gary moriría. Me enseñaron una foto. -Se contuvo, y las lágrimas brotaron de nuevo-. Sus ojos… ay, sus ojos. -Se vino abajo otra vez-. Estaba asustado.
A él el corazón le latía con fuerza y las sienes le ardían. Había dejado atrás a propósito una vida de peligros diarios para encontrar algo nuevo. ¿Es que ahora lo perseguía esa vida? Se aferró al borde de la mesa. No les haría ningún bien que ambos se desmoronaran. Si quienesquiera que fuesen ellos querían muerto a Gary, ya lo estaría. No, Gary era una moneda de cambio, a todas luces una forma de que él les prestara toda su atención.
El computador tintineó.
Su mirada se dirigió a la esquina inferior derecha de la pantalla: «Tiene un mensaje.» A continuación vio aparecer la palabra «bienvenido» en la línea del de y «la vida de su hijo» como asunto. Movió el cursor y abrió el mensaje.
TIENE ALGO QUE QUIERO: LA CONEXIÓN ALEJANDRÍA. USTED LA ESCONDIÓ Y ES LA ÚNICA PERSONA DEL MUNDO QUE SABE DÓNDE ENCONTRARLA. VAYA EN SU BUSCA. TIENE 72 HORAS. CUANDO LA TENGA, PULSE EL NÚMERO 2 DEL TELÉFONO. SI NO TENGO NOTICIAS SUYAS AL TÉRMINO DE LAS 72 HORAS, PERDERÁ A SU HIJO. SI DURANTE ESTE TIEMPO INTENTA JODERME, SU HIJO PERDERÁ UN APÉNDICE VITAL. 72 HORAS. ENCUÉNTRELA Y HAREMOS EL INTERCAMBIO.
Pam se hallaba tras él.
– ¿Qué es la Conexión Alejandría?
Él no dijo nada, no podía. En efecto, era la única persona del mundo que lo sabía y había dado su palabra.
– Quienquiera que envió este mensaje lo sabe. ¿Qué es?
Él clavó la vista en la pantalla y supo que no habría modo de rastrear el mensaje. El remitente, al igual que él, sin duda sabía servirse de los agujeros negros: servidores informáticos que enviaban correos aleatoriamente por un laberinto electrónico. Seguirlos no era imposible, pero sí condenadamente difícil.
Se levantó de la silla y se pasó una mano por el cabello. Pensaba cortárselo el día anterior. Se sacudió el sueño y respiró hondo unas cuantas veces. Antes se había puesto unos vaqueros y una camisa de manga larga que llevaba abierta, dejando al descubierto una camiseta gris. De pronto el miedo le hizo sentir frío.
– Maldita sea, Cotton…
– Pam, cállate. Tengo que pensar, y no eres de mucha ayuda.
– ¿No soy de mucha ayuda? ¿Qué demonios…?
El móvil sonó. Pam se abalanzó hacia él, pero él se interpuso y ordenó:
– Déjalo.
– ¿Qué estás diciendo? Podría ser Gary.
– Despierta de una vez.
Él cogió el teléfono a la tercera.
– Ha tardado bastante -le dijo al oído una voz de varón. Percibió un acento holandés-. Ah, y ahórrese bravuconadas del tipo si-le-hace-daño-al-chico-lo-mataré. Ni usted ni yo tenemos tiempo para eso. Sus setenta y dos horas ya han empezado.
Malone permaneció callado, pero recordó algo que había oído hacía tiempo: nunca dejes que el otro dicte las normas.
– Que le den por el culo. Yo no voy a ninguna parte.
– Corre usted muchos riesgos con la vida de su hijo.
– Veré a Gary, hablaré con él y entonces me pondré en marcha.
– Mire fuera.
Corrió a la ventana: cuatro pisos más abajo la plaza Højbro seguía desierta, a excepción de dos figuras situadas al otro extremo de la extensión adoquinada.
Ambas siluetas empuñaban armas: lanzagranadas.
– No lo creo -le dijo la voz al oído.
Brotaron llamaradas.
Dos proyectiles atravesaron la noche e hicieron añicos las ventanas de debajo.
Ambos explotaron.
Viena, Austria
2:12
El ocupante de la silla azul vio que un coche dejaba a dos pasajeros bajo una puerta cochera iluminada. No era una limusina ni nada abiertamente pretencioso, tan sólo un sedán europeo de color apagado, un vehículo normal y corriente en las transitadas carreteras austríacas: el medio de transporte perfecto para no llamar la atención de terroristas, delincuentes, policía y periodistas curiosos. Llegó un coche más que dejó a sus ocupantes y a continuación se dispuso a esperar entre los oscuros árboles de un aparcamiento. A los pocos minutos aparecieron otros dos. El hombre de la silla azul, satisfecho, dejó sus aposentos del segundo piso y bajó a la primera planta.
La reunión se celebraba en el lugar de costumbre.
Cinco sillones dorados, de respaldo recto, descansaban sobre una alfombra húngara formando un amplio círculo. Todas las sillas eran idénticas salvo una, que lucía un paño azul royal en el mullido respaldo. Junto a cada una de las sillas había una mesita dorada con una lámpara de bronce, un bloc y una campana de cristal. A la izquierda del círculo un fuego ardía en una chimenea de piedra, la luz bailoteaba nerviosamente en los murales del techo.
Un hombre ocupaba cada silla.
Eran nombrados por orden descendente de edad. Dos de ellos aún conservaban el cabello y la salud; tres se estaban quedando calvos y tenían achaques. Todos rondaban los setenta años y vestían trajes sobrios, los oscuros abrigos Chesterfield y sombreros de fieltro gris colgando de perchas de latón en uno de los laterales. Tras cada uno de ellos había un hombre, más joven: el sucesor de la Silla, que asistía para oír y aprender, pero no para hablar. Las reglas eran viejas: cinco Sillas, cuatro Sombras. La Silla Azul mandaba.
– Pido disculpas por la hora, pero no hace mucho llegó una información preocupante. -La voz de la Silla Azul era forzada y queda-. Es posible que nuestra última empresa se halle en peligro.
– ¿Se ha hecho pública? -inquirió la Silla Dos.
– Tal vez.
La Silla Tres suspiró.
– ¿Se puede resolver el problema?
– Creo que sí, pero es preciso actuar con rapidez.
– Advertí que no debíamos entrometernos -recordó con severidad la Silla Dos, meneando la cabeza-. Debimos dejar que las cosas siguieran su curso.
La Silla Tres se mostró conforme, al igual que en la reunión anterior.
– Quizá sea una señal para que nos apartemos. Hay mucho a favor de dejar que las cosas sigan su orden.
La Silla Azul negó con la cabeza.
– Nuestro último voto se opuso a ello. Se tomó una decisión y hemos de atenernos a ella. -Hizo una pausa-. La situación requiere nuestra atención.
– Para lograr el éxito será preciso obrar con tacto y habilidad -opinó la Silla Tres-. Una atención excesiva daría al traste con el objetivo. Si tenemos la intención de seguir adelante sugiero que concedamos plena autoridad a die Klauen der Adler.
Las garras del águila.
Otros dos asintieron.
– Ya lo he hecho -afirmó la Silla Azul-. He convocado esta reunión porque era preciso ratificar esta actuación unilateral por mi parte.
Se presentó la moción, se alzaron manos.
Cuatro a uno: aprobada.
La Silla Azul estaba satisfecha.
Copenhague
El edificio de Malone se estremeció como si lo sacudiera un terremoto y se infló con una oleada de calor que ascendió por el hueco de la escalera. Él agarró a Pam y ambos se arrojaron sobre la raída alfombra que cubría el piso de madera. La protegió cuando otra explosión sacudió los cimientos y más llamas se abrieron paso hacia ellos.
Malone miró hacia la puerta: abajo el fuego ardía con furia, y el humo subía formando una nube cada vez más oscura.
Se puso en pie y salió disparado hacia la ventana: los dos hombres ya no estaban. Las llamas lamían la noche. Comprendió lo que había sucedido: habían incendiado los pisos inferiores. No pretendían matarlos.
– ¿Qué está pasando? -gritó Pam.
Él no le hizo caso y abrió la ventana. El humo iba ocupando todo el espacio.
– Vamos -dijo y se dirigió al dormitorio.
Metió la mano bajo la cama y sacó la mochila que siempre tenía lista, incluso estando retirado, como hiciera durante doce años, cuando era agente del Magellan Billet. Dentro estaban su pasaporte, mil euros, documentos de identidad adicionales, ropa y su Beretta con munición. Su influyente amigo Henrik Thorvaldsen acababa de recuperar el arma que le confiscó la policía danesa cuando Malone se mezcló con los templarios unos meses atrás.
Se echó la mochila al hombro y se calzó unas zapatillas de deporte. No había tiempo para atar los cordones: el humo devoraba la habitación. Abrió ambas ventanas, una medida eficaz.
– Quédate aquí -ordenó.
Contuvo la respiración, cruzó el estudio y salió a la escalera. Debajo había cuatro pisos. El primero albergaba su librería; las plantas segunda y tercera estaban destinadas a almacenamiento y la cuarta era su apartamento. El calor le abrasó la cara y le obligó a retroceder. Granadas incendiarias, por fuerza.
Regresó al dormitorio.
– No podemos salir por la escalera, se han asegurado de que fuera así.
Pam estaba acurrucada junto a la ventana, respirando a duras penas y tosiendo. Malone pasó por delante de ella y sacó la cabeza. La habitación hacía esquina. El edificio contiguo, ocupado por un joyero y una tienda de ropa, tenía un piso menos, el tejado plano y festoneado de pretiles de ladrillo que, según le habían dicho, databan del siglo xvii. Miró hacia arriba: por la parte superior de la ventana discurría una gran cornisa que sobresalía y recorría la parte frontal y lateral de su edificio.
Sin duda alguien habría llamado a los bomberos, pero no estaba dispuesto a esperar a que le pusieran una escala.
Pam empezó a toser más, y también a él le costaba respirar. Le giró la cabeza.
– Mira eso -dijo, señalando la cornisa-. Agárrate a ella y avanza hacia el lateral del edificio. Desde ahí se puede saltar al tejado de al lado.
Los ojos de ella se desorbitaron.
– ¿Te has vuelto loco? Esto es un cuarto piso.
– Pam, este edificio podría volar: hay tuberías de gas natural. Esas granadas pretendían provocar un incendio. No lanzaron ninguna a esta planta porque quieren que salgamos.
Ella no pareció enterarse de lo que él estaba diciendo.
– Tenemos que salir antes de que lleguen la policía y los bomberos.
– Pueden ayudarnos.
– ¿Quieres pasarte las próximas ocho horas respondiendo preguntas? Sólo tenemos setenta y dos.
Ella pareció comprender el razonamiento en el acto y miró la cornisa.
– No puedo, Cotton. -Por vez primera su voz no sonó crispada.
– Gary nos necesita. Hemos de irnos. Mírame y haz exactamente lo que yo haga.
Se colocó la mochila y salió por la ventana. Se agarró a la cornisa. La áspera piedra estaba caliente, pero era lo bastante delgada para que sus dedos se aferraran bien. Quedó suspendido en el aire y fue avanzando, mano a mano, hacia la esquina. Siguió unos metros más, dobló la esquina y saltó al tejado contiguo.
Corrió hacia la fachada del edificio y alzó la vista. Pam continuaba en la ventana.
– Vamos, hazlo. Igual que he hecho yo.
Ella vaciló.
Una explosión destrozó la tercera planta, y sobre la plaza Højbro cayó una lluvia de cristales de las ventanas. Las llamas barrían la noche. Pam reculó. Un error. Un segundo después asomó la cabeza y comenzó a toser violentamente.
– ¡Tienes que venir ya! -chilló él.
Al final ella pareció admitir que no tenía elección. Al igual que hiciera antes él, salió por la ventana y se agarró a la cornisa. Después despegó el cuerpo y se descolgó.
Él vio que tenía los ojos cerrados.
– No hace falta que mires. Sólo mueve las manos, primero una y luego otra.
Ella lo hizo.
Unos dos metros y medio de cornisa la separaban de él, pero iba bien. Una mano y luego la otra. Entonces Cotton vio a alguien abajo, en la plaza. Los dos hombres habían vuelto, esta vez con fusiles.
Ladeó la mochila y metió una mano dentro hasta dar con la Beretta.
Disparó dos veces a las figuras, que se encontraban a más de quince metros. Las réplicas rebotaron en los edificios que bordeaban la plaza y resonaron con fuerza.
– ¿Por qué disparas? -quiso saber Pana.
– Sigue avanzando.
Otro disparo y los de abajo se dispersaron. Pam llegó a la esquina, y él alzó la cabeza un instante. -Da la vuelta y ven hacia mí.
Malone escudriñó la oscuridad, pero no vio a los pistoleros, tenía una mano aferrada a la cornisa, la otra tanteaba en busca de asidero.
Entonces se soltó.
Y cayó.
Él extendió los brazos, sin soltar la pistola, y consiguió cogerla, pero los dos cayeron sobre el tejado. Ella jadeaba, y él también. El móvil sonó. Malone se arrastró hasta la mochila, encontró el teléfono y lo abrió.
– ¿Se divierte? -preguntó la misma voz de antes.
– ¿Tenía algún motivo para volarme la tienda?
– Fue usted quien dijo que no se iba.
– Quiero hablar con Gary.
– Soy yo quien dicta las normas. Ya ha perdido treinta y seis minutos de sus setenta y dos horas. Yo en su lugar me pondría en marcha. La vida de su hijo depende de ello.
La línea enmudeció.
Se acercaban sirenas. Agarró la mochila y se puso en pie.
– Tenemos que irnos.
– ¿Quién era?
– Nuestro problema.
– ¿Quién era?
Una repentina furia se apoderó de él.
– No tengo ni idea.
– ¿Qué quiere?
– Algo que no puedo darle.
– ¿Cómo que no puedes? La vida de Gary depende de ello. Echa un vistazo: te ha volado la tienda.
– Vaya, Pam, si no me lo dices no me doy cuenta.
Dio media vuelta para marcharse, pero ella lo retuvo.
– ¿Adonde vamos?
– A obtener algunas respuestas.
Dominick Sabre se hallaba en el extremo oriental de la plaza Højbro, viendo arder la librería de Cotton Malone. Coches de bomberos amarillo fluorescente habían tomado posiciones y vomitaban agua a las llameantes ventanas.
Por el momento la cosa iba bien. Malone se había puesto en marcha. Orden a partir del caos: su lema. Su vida.
– Han bajado por el edificio de al lado -anunció una voz por el intercomunicador.
– ¿Adonde han ido? -susurró al micro de la solapa.
– Al coche de Malone.
Perfecto.
Los bomberos corrían por la plaza arrastrando más mangueras, decididos a asegurarse de que las llamas no se propagaran. El fuego parecía divertirse. Al parecer los libros antiguos ardían con entusiasmo. El edificio de Malone no tardaría en convertirse en cenizas.
– ¿Está todo listo? -le preguntó al hombre que tenía al lado, uno de los dos holandeses a los que había contratado.
– Yo mismo lo he comprobado. Estamos preparados.
Lo que estaba a punto de suceder había requerido mucha planificación. Ni siquiera estaba seguro de tenerlas todas consigo -el objetivo era intangible, escurridizo-, pero si la pista que estaba siguiendo llevaba a alguna parte estaría preparado.
Sin embargo todo dependía de Malone.
Su nombre de pila era Harold Earl, y en ningún lugar de la información que existía sobre él se explicaba el origen de su apodo: Cotton. Malone tenía cuarenta y ocho años, once más que Sabre. No obstante, al igual que él, Malone era norteamericano, nacido en Georgia. Su madre era sureña y su padre militar de carrera, un capitán de fragata cuyo submarino se hundió cuando Malone tenía diez años. Curiosamente Malone siguió los pasos de su padre: asistió a la escuela naval y a la academia de vuelo, y después dio un cambio radical y acabó la carrera de Derecho, costeada por el gobierno. Lo trasladaron al cuerpo de abogados de la Marina, el JAG, donde pasó nueve años. Hacía trece había vuelto a cambiar y había pasado al departamento de Justicia y al recién formado Magellan Billet, que se ocupaba de algunas de las investigaciones internacionales más delicadas de América.
Allí aguantó hasta hacía un año, en que se retiró prematuramente con el grado de capitán, dejó Norteamérica, se mudó a Copenhague y compró una tienda de libros antiguos.
¿La crisis de los cuarenta? ¿Problemas con el gobierno?
Sabre no estaba seguro.
Luego vino el divorcio, eso lo había investigado. ¿Quién sabía? Malone parecía un enigma. Aunque era un bibliófilo empedernido, nada en los perfiles psicológicos que Sabre había leído proporcionaba una explicación satisfactoria a todos esos giros radicales.
Otras informaciones no hacían más que confirmar la competencia de su adversario.
Hablaba con bastante soltura varios idiomas, no tenía adicciones o fobias conocidas, poseía iniciativa y era propenso a la entrega obsesiva. Asimismo gozaba de una memoria eidética que Sabre envidiaba.
Capaz, experimentado, inteligente. Muy distinto de los idiotas a los que había contratado: cuatro holandeses con poco cerebro, nada de ética y escasa disciplina.
Permaneció sumido en las sombras mientras la plaza Højbro se iba llenando de gente que observaba cómo desempeñaban su cometido los bomberos. El aire de la noche le cortaba el rostro. En Dinamarca el otoño sólo parecía un breve preludio del invierno. Apretó los puños y los metió en los bolsillos de la chaqueta.
Incendiar todo aquello en cuya consecución Cotton había invertido el año anterior fue necesario. Nada personal, sólo negocios. Y si Malone no le proporcionaba exactamente lo que él quería, mataría al muchacho sin vacilar.
El holandés que tenía al lado -que había efectuado las llamadas a Malone- tosía, pero seguía callado. Una de las estrictas normas de Sabre había quedado clara desde el principio: Hablar sólo cuando se pregunte. No tenía ni tiempo ni ganas de cháchara.
Contempló el espectáculo unos minutos más y, al cabo, dijo al micro de la solapa:
– Todo el mundo atento. Sabemos adonde se dirigen, y sabéis lo que tenéis que hacer.
4:00
Malone aparcó el coche delante de Christiangade, la mansión de Henrik Thorvaldsen, que se alzaba en la costa de Selandia, muy cerca del Sund. Desde Copenhague había conducido unos treinta kilómetros hacia el norte, en el Mazda último modelo que tenía aparcado a unas manzanas de su librería, cerca del palacio de Christianborg.
Después de encontrar la forma de bajar desde el tejado vio cómo los bomberos trataban de contener el incendio que consumía su edificio. Comprendió que los libros se habían perdido, y si las llamas no devoraban hasta el último ejemplar, el calor y el humo causarían daños irreparables. Mientras contemplaba la escena intentó combatir una creciente ira, procurando poner en práctica lo que había aprendido tiempo atrás: no odies nunca a tu enemigo. Ello nublaba el juicio. No. No tenía que odiar, sino que pensar.
Pero Pam se lo estaba poniendo difícil.
– ¿Quién vive ahí? -inquirió.
– Un amigo.
Su ex había intentado sacarle información durante el trayecto, pero él no le había dado mucha, lo cual no hizo sino avivar su rabia. Antes de ocuparse de ella tenía que ponerse en contacto con alguien.
La oscura casa era una genuina muestra del barroco danés: tres plantas de ladrillo revestido de piedra arenisca coronadas por un tejado de cobre elegantemente curvo. Un ala miraba hacia el interior, mientras que la otra daba al mar. La había erigido un Thorvaldsen hacía trescientos años, después de convertir provechosamente toneladas de turba sin ningún valor en combustible para producir vidrio. Otros Thorvaldsen la habían mantenido con el mayor de los cuidados a lo largo de los siglos y habían convertido Adelgade Glasvaerker, con su característico símbolo -dos círculos con una línea debajo-, en el primer fabricante de vidrio de Dinamarca. A la cabeza del moderno grupo de empresas se hallaba el actual patriarca de la familia, Henrik Thorvaldsen, el responsable de que Malone viviera ahora en Dinamarca.
Avanzó con decisión hasta la sólida puerta principal. Un popurrí de campanas que recordaban a una iglesia de Copenhague a mediodía anunció su presencia. Apretó el botón de nuevo y luego aporreó la puerta. En una de las ventanas de arriba se encendió una luz. Y otra. Al poco Malone oyó un descorrer de cerrojos y la puerta se abrió. Aunque el hombre que lo miraba sin duda dormía hacía un momento, su cabello cobrizo estaba peinado, su rostro ejecutaba un perfecto ejercicio de control y su bata de algodón no tenía una sola arruga.
Jesper: el mayordomo de Thorvaldsen.
– Despiértelo -pidió Malone en danés.
– Y ¿cuál es el motivo de tan repentina aparición a las cuatro de la mañana?
– Míreme. -Estaba cubierto de sudor, mugre y hollín-. ¿Le parece lo bastante importante?
– Me inclino a pensar que sí.
– Esperaremos en el despacho. Necesito utilizar su computador.
En primer lugar Malone consultó su cuenta de correo danesa para ver si había recibido más mensajes, pero no había nada. Después accedió al servidor seguro del Magellan Billet utilizando la contraseña que su ex jefa, Stephanie Nelle, le había dado. Aunque se había retirado y ya no formaba parte de la plantilla del departamento de Justicia, a cambio de lo que había hecho recientemente por Stephanie en Francia, ésta le había facilitado una línea de comunicación directa. Con la diferencia horaria existente -en Atlanta sólo eran las diez de la noche de un lunes- sabía que su mensaje iría directo a ella.
Alzó la mirada del computador cuando vio a entrar a Thorvaldsen. Al parecer el danés, que era mayor que él, se había tomado su tiempo para vestirse. Disimulaba su menudo y encorvado cuerpo, fruto de una columna vertebral que se negó a enderezarse tiempo atrás, con los pliegues de un suéter extragrande color calabaza. Tenía la maraña de espeso cabello plateado aplastada hacia un lado, las cejas pobladas e indómitas. Profundas arrugas surcaban su boca y su frente, y su tez acusaba que no se exponía mucho al sol; Malone sabía que era así, pues el danés rara vez pisaba la calle. En un continente donde tener mucho dinero significaba poseer miles de millones, Thorvaldsen encabezaba todas las listas de los más ricos.
– ¿Qué sucede? -preguntó Thorvaldsen.
– Henrik, ésta es Pam, mi ex mujer.
Thorvaldsen le dirigió una sonrisa.
– Encantado.
– No tenemos tiempo para esto -dijo ella, haciendo caso omiso de su anfitrión-. Debemos ocuparnos de Gary.
El danés miró a Malone.
– Tienes mal aspecto, Cotton, y ella parece nerviosa.
– ¿Nerviosa? -repitió Pam-. Acabo de salir de un edificio en llamas, mi hijo ha desaparecido, tengo jet lag y no he comido en dos días.
– Haré que preparen algo. -La voz de Thorvaldsen sonó inexpresiva, como si esa clase de cosas ocurriera todas las noches.
– No quiero comer, quiero ocuparme de mi hijo.
Malone le refirió a Thorvaldsen lo que había pasado en Copenhague y añadió:
– Me temo que se han cargado el edificio.
– Ésa es la menor de nuestras preocupaciones.
El se fijó en las palabras escogidas y casi sonrió. Era algo que le gustaba de Thorvaldsen: siempre estaba de tu lado, pasara lo que pasase.
Pam daba vueltas de aquí para allá como una leona enjaulada. Malone reparó en que había perdido unos kilos desde la última vez que se habían visto. Siempre había sido delgada, de cabello largo y rojizo, y el tiempo no había oscurecido la blancura de su pecosa piel. Su ropa estaba tan destrozada como sus nervios, aunque, en general, conservaba la belleza de hacía años, cuando se casó con ella después de entrar en el JAG. Ése era el problema de Pam: estupenda por fuera, pero complicada por dentro. Incluso ahora sus ojos azules, enrojecidos de tanto llorar, conseguían transmitir una furia glacial. Era una mujer inteligente y refinada, pero en ese momento se sentía confusa, aturdida, enfadada y asustada. Y, a juicio de Malone, nada de eso era bueno.
– ¿A qué estás esperando? -escupió ella.
Él miró la pantalla del computador. Tenía que esperar a que le autorizaran el acceso al servidor del Billet. Sin embargo, dado que ya no estaba en activo, sin duda su petición sería remitida directamente a Stephanie para que ésta diera su aprobación. Sabía que en cuanto ella viera quién era le permitiría entrar en el sistema en el acto.
– ¿Esto es lo que solías hacer? -preguntó Pam-. Gente intentando prenderte fuego, pegando tiros. ¿Es esto lo que hacías? ¿Ves lo que has conseguido? ¿Ves en qué situación nos encontramos?
– Señora Malone -medió Henrik.
– No me llame así -espetó ella-. Debí cambiarme el apellido. El sentido común me dijo que lo hiciera en el divorcio, pero no, no quería que mi apellido fuera distinto del de Gary. No puedo decir nada malo de su querido padre, ni una sola palabra. No, Cotton, tú eres su héroe, un rey a ojos del chico. Es lo más estúpido que he visto en mi vida.
Buscaba pelea, y él casi deseó tener tiempo para complacerla.
El computador se dejó oír, y la pantalla se transformó en la página de acceso del Billet.
Tecleó la contraseña y al momento se inició la comunicación entre ambos. Apareció la palabra «templarios», el nombre en clave de Stephanie, y él escribió: «abadía des fontaines», el lugar donde él y Stephanie habían buscado, hacía unos meses, el legado de esa orden medieval. Escasos segundos después vio un: «¿Qué pasa, Cotton?»
Él le resumió lo que ocurrido, y ella contestó:
«Alguien entró aquí hace dos meses. Accedieron a los archivos protegidos.»
«¿Te importaría explicarme eso?»
«En este momento no. Queríamos mantenerlo en secreto. Tengo que comprobar unas cosas. Espera un poco y me pondré en contacto contigo en breve. ¿Dónde estás?»
«En casa de tu danés favorito.»
«Dale recuerdos.»
Malone oyó la risita de Henrik y supo que, al igual que dos padres divorciados, Stephanie y Henrik se soportaban únicamente por su causa.
– ¿Es que nos vamos a quedar aquí de brazos cruzados? -dijo Pam. Situados detrás de él, ambos habían seguido la conversación.
– Eso es exactamente lo que vamos a hacer.
Ella se abalanzó hacia la puerta.
– Quédate tú. Yo voy a hacer algo.
– ¿Como qué? -preguntó él.
– Ir a la policía.
Abrió la puerta bruscamente. Jesper estaba en el pasillo, cerrando el paso. Pam miró con fijeza al mayordomo.
– Apártese.
Jesper se mantuvo firme, y ella volvió la cabeza y miró con ferocidad a Henrik.
– Dígale a su criado que se aparte o lo aparto yo.
– Inténtelo, si lo desea -la invitó Thorvaldsen.
Malone se alegró de que Henrik hubiese previsto la insensatez de ella.
– Pam, yo también estoy destrozado, como tú, pero la policía no puede hacer nada. Nos enfrentamos con un profesional que nos lleva por lo menos dos días de ventaja. Si queremos hacer lo mejor para Gary, necesito información.
– No has derramado una sola lágrima, ni te has mostrado sorprendido ni nada. Como siempre.
A Cotton eso le molestó, en particular viniendo de una mujer que hacía tan sólo dos meses le había dicho tranquilamente que él no era el padre de su hijo. Había llegado a la conclusión de que ello no significaba nada en lo tocante a sus sentimientos por Gary -el chico era su hijo y siempre lo sería-, pero la mentira le había hecho cambiar muchísimo la opinión que tenía de su ex mujer. Sintió una oleada de ira.
– Ya has metido bastante la pata. Debiste llamarme en cuanto pasó. Tú, que eres tan condenadamente lista, debiste haber hallado la forma de ponerte en contacto conmigo o con Stephanie. Ella está allí mismo, en Atlanta. Y en vez de eso les diste a esos tipos dos días. No tengo ni el tiempo ni la energía para luchar contra ti y contra ellos. Siéntate de una puñetera vez y cierra el pico.
Ella se quedó petrificada, guardando un silencio inquietante. Por último se rindió y se dejó caer con abandono en un sofá de piel.
Jesper cerró la puerta sin hacer ruido y permaneció fuera.
– Dime una cosa -pidió Pam, la vista fija en el suelo, el rostro duro como el mármol.
Él adivinó lo que ella quería saber.
– ¿Por qué no puedo darle lo que quiere? No es tan sencillo.
– La vida de un muchacho está en juego.
– No de un muchacho, Pam. De nuestro hijo.
Ella no contestó. Tal vez por fin hubiese caído en la cuenta de que Malone estaba en lo cierto: antes de actuar necesitaban información. Él estaba en un punto muerto. Como el día siguiente a los exámenes de Derecho o cuando solicitó el traslado de la Marina al Magellan Billet o cuando entró en el despacho de Stephanie Nelle y dimitió.
Esperar, desear, querer, todo ello unido a no saber.
De manera que también él se preguntó qué estaba haciendo Stephanie.
Washington, DC
Lunes, 3 de octubre
22:30
Stephanie Nelle se alegraba de estar a solas. La preocupación ensombrecía su rostro, y no le hacía gracia que nadie, en concreto sus superiores, la vieran preocupada. Rara vez permitía que le afectase lo que ocurría sobre el terreno, pero el secuestro de Gary Malone había supuesto un duro golpe. Se encontraba en la capital y acababa de salir de una reunión de última hora, una cena con el consejero de Seguridad Nacional. Un Congreso cada vez más moderado proponía efectuar cambios en diversas leyes posteriores al 11 de septiembre. Aumentaba el respaldo a favor de que quedaran revocadas las disposiciones de vigencia limitada. Y la Administración se preparaba para la lucha. El día anterior varios funcionarios de alto rango habían hecho la ronda de programas de entrevistas dominicales para rebatir las críticas, y los periódicos de la mañana también incluían artículos proporcionados por la maquinaria propagandística de la Administración. A ella la habían hecho ir desde Atlanta para que echara una mano al día siguiente con un importante lobby de senadores. Sabía que la reunión de esa noche había sido preparatoria, una forma de que todos supieran lo que iba a decir exactamente.
Odiaba la política.
Había trabajado para tres presidentes, pero la administración actual había sido, sin ninguna duda, la más difícil de apaciguar. Decididamente a la derecha del centro y acercándose más al extremo cada día, el presidente ya iba por su segundo mandato, le quedaban tres años en el cargo, así que estaba pensando en su legado y, ¿qué mejor epitafio que el hombre que aplastó el terrorismo?
A ella, todo eso no le decía nada.
Los presidentes iban y venían.
Y dado que las disposiciones especiales en materia de antiterrorismo que peligraban habían resultado ser útiles, ella le había asegurado al consejero de Seguridad Nacional que sería una buena chica por la mañana y diría las cosas adecuadas en el Capitolio.
Pero eso fue antes de que se llevaran al hijo de Cotton Malone.
El teléfono del despacho de Thorvaldsen sonó con una estridencia que crispó los nervios de Malone.
Lo cogió Henrik.
– Me alegro de hablar contigo, Stephanie. Yo también te mando saludos. -El danés sonrió ante su propia guasa-. Sí, Cotton está aquí.
Malone agarró el teléfono.
– Dime.
– El Día del Trabajo o por esas fechas descubrimos una intrusión en el sistema que se había producido mucho antes. Alguien consiguió echar un vistazo a los archivos protegidos, a uno en concreto.
Él sabía cuál.
– ¿Entiendes que al ocultar esa información has puesto a mi hijo en peligro?
El otro extremo del teléfono había enmudecido.
– Contéstame, maldita sea.
– No puedo, Cotton. Y sabes por qué. Sólo dime qué vas a hacer.
Sabía lo que significaba en realidad esa petición. ¿Iba a darles la Conexión Alejandría?
– ¿Por qué no?
– Sólo tú puedes responder esa pregunta.
– ¿Vale la pena arriesgar la vida de mi hijo? He de entender toda la historia, lo que no se me contó hace cinco años.
– También yo he de saberlo -aseguró Stephanie-. A mí tampoco me informaron.
Eso ya lo había oído antes.
– No me jodas, no estoy de humor.
– Es la verdad. No me dijeron nada. Tú pediste entrar y a mí me dieron el visto bueno para hacerlo. Me he puesto en contacto con el fiscal general, así que obtendré las respuestas.
– ¿Cómo es que alguien estaba al tanto de la conexión? Era alto secreto, información totalmente restringida, ése era el trato.
– Excelente pregunta.
– Y todavía no me has dicho por qué no me contaste lo del intruso.
– No, Cotton, no lo he hecho.
– ¿Es que no se te pasó por la cabeza que yo era la única persona del mundo que sabe lo de la conexión? ¿No fuiste capaz de atar cabos?
– ¿Cómo iba a prever todo esto?
– Porque tienes veinte años de experiencia, porque no eres idiota, porque somos amigos, porque… -Su preocupación se desbordó-. Puede que tu estupidez le cueste la vida a mi hijo.
Vio cómo habían afectado sus palabras a Pam y esperó que no explotara.
– Soy consciente de ello, Cotton.
Éste no estaba dispuesto a ser benévolo con ella.
– Vaya, ahora me siento mejor.
– Me voy a ocupar de ello aquí, pero puedo ofrecerte algo. Tengo un agente en Suecia que puede estar en Dinamarca a media mañana. Él te lo contará todo.
– Dónde y cuándo.
– Él sugirió el castillo de Kronborg, a las once.
Conocía el sitio. No estaba lejos, se alzaba sobre una lengua de tierra pelada con vistas al Sund. Shakespeare había inmortalizado la enorme fortaleza al ambientar en ella Hamlet, y ahora constituía el principal reclamo turístico de Escandinavia.
– Sugirió el salón de baile. Supongo que sabes dónde está.
– Allí estaré.
– Cotton, haré cuanto esté en mi mano para ayudar.
– Que es lo menos que puedes hacer, teniendo en cuenta las circunstancias.
Y colgó.
Washington, DC
Martes, 4 de octubre
4:00
Stephanie entró en casa de O. Brent Green, el fiscal general de Estados Unidos. Un coche acababa de dejarla en Georgetown. Había telefoneado a Green antes de medianoche y había solicitado verlo, tras informarlo brevemente de lo sucedido. Él le había pedido algo de tiempo para hacer unas pesquisas, y Stephanie no pudo hacer otra cosa que aceptar.
Green la esperaba en su despacho.
Había estado al servicio del presidente durante todo el primer mandato y había sido uno de los pocos miembros del gabinete que había accedido a continuar en el segundo. Era un popular defensor de las causas cristianas y conservadoras, un soltero de Nueva Inglaterra al que no había salpicado un solo escándalo, que incluso a esa hora irradiaba vitalidad. Su cabello y su perilla estaban meticulosamente arreglados y bien peinados, su enjuto cuerpo enfundado en un traje de raya diplomática de marca. Llevaba seis mandatos en el Congreso, y era gobernador de Vermont cuando el presidente lo llamó para entrar a formar parte del departamento de Justicia. Su franqueza y su estilo directo le habían granjeado simpatías en ambos bandos políticos, pero su personalidad distante parecía impedir que pasara de fiscal general.
Ella nunca había estado en casa de Green, y se esperaba algo sombrío y poco imaginativo, algo similar a él. Sin embargo las estancias eran cálidas y acogedoras -mucho siena, pardos, verde pastel y distintos tonos de granate y naranja-; estilo Hemingway, tal como denominaba una cadena de muebles en Atlanta esa clase de mobiliario.
– Este asunto es poco común incluso para ti, Stephanie -dijo Green cuando la saludó-. ¿Se sabe algo más de Malone?
– Estaba descansando antes de ir a Kronborg. Con la diferencia horaria ahora mismo debe de estar en camino.
Él la invitó a sentarse.
– Por lo visto este problema va a más.
– Brent, ya hemos hablado de esto antes. Alguien de muy arriba accedió a una base de datos segura. Sabemos que se copiaron archivos de la Conexión Alejandría.
– El FBI está investigando.
– Es broma, ¿no? El director está tan lejos del culo del presidente que no hay riesgo de que se implique a nadie de la Casa Blanca.
– Muy gráfico, como siempre, pero preciso. Por desgracia es el único procedimiento del que podemos hacer uso.
– Podríamos investigar.
– Eso sólo nos causaría problemas.
– Estoy acostumbrada.
Green sonrió.
– Muy cierto. -Hizo una pausa-. Me preguntaba cuánto sabes en realidad de esa conexión.
– Cuando metí en el ajo a Cotton hace cinco años convinimos que yo no sabría nada. Es algo habitual, de manera que no me preocupé. Pero ahora necesito saber.
El rostro de Green reflejó inquietud.
– Probablemente esté a punto de infringir un montón de leyes federales, pero estoy de acuerdo. Es hora de que lo sepas.
Malone contempló el castillo de Kronborg en lo alto de la rocosa elevación. En su día los cañones apuntaban a los barcos extranjeros que atravesaban los angostos estrechos hacia y desde el Báltico. El peaje que se recaudaba engrosaba el erario danés. Ahora los muros color ocre se erguían sombríos contra un despejado cielo azul celeste. Ya no era una fortaleza, sino tan sólo un edificio del Renacimiento nórdico plagado de torres octogonales, puntiagudas agujas y tejados de cobre verdes que recordaban más a Holanda que a Dinamarca. Lo cual era comprensible, como sabía Malone, ya que un holandés del siglo xvi contribuyó decisivamente al diseño del castillo. Le gustaba el lugar. Los lugares públicos podían ser los mejores sitios para volverse invisible. Él había hecho uso de muchos durante los años que pasó en el Billet.
El trayecto en coche, al norte de Christiangade, sólo le había llevado quince minutos. La propiedad de Thorvaldsen se hallaba a medio camino entre Copenhague y Elsinor, la bulliciosa ciudad portuaria próxima a la fortaleza. Malone había visitado tanto Kronborg como Elsinor, vagando por las playas cercanas en busca de ámbar, una relajante forma de pasar una tarde de domingo. La visita de ese día era distinta. Tenía los nervios de punta, estaba listo para pelear.
– ¿A qué esperamos? -preguntó Pam, el rostro similar a una máscara.
Se había visto obligado a llevarla. Ella había insistido con ganas, amenazando con causar más problemas si la dejaba atrás. Cotton entendía que no quisiera quedarse a esperar con Thorvaldsen. La tensión y la monotonía componían una mezcla volátil.
– Nuestro hombre dijo a las once -le recordó.
– Ya hemos perdido bastante tiempo.
– Nada de lo que hemos hecho ha sido una pérdida de tiempo.
Después de colgarle a Stephanie consiguió dormir unas horas. Estar medio dormido no le haría ningún bien a Gary. También se puso la ropa que tenía en la mochila; la de Pam se encargó de limpiarla Jesper. Después desayunaron algo.
Así que estaba listo.
Consultó el reloj: las diez y veinte.
Los coches empezaban a llenar el aparcamiento. Pronto llegarían los autocares. Todo el mundo quería ver el castillo de Hamlet.
A él le traía sin cuidado.
– Vamos.
– La conexión es una persona -explicó Green-. Se llama George Haddad, un palestino estudioso de la Biblia.
Stephanie conocía el nombre. Haddad era amigo personal de Malone y, cinco años antes, había solicitado expresamente la ayuda de Malone.
– ¿Qué es lo que vale la vida de Gary Malone?
– La desaparecida Biblioteca de Alejandría.
– No lo dirás en serio.
Green asintió.
– Haddad creía haberla encontrado.
– ¿Qué relevancia podría tener eso hoy en día?
– A decir verdad, mucha. Esa biblioteca era la mayor concentración de conocimiento del planeta. Permaneció en pie seiscientos años, hasta mediados del siglo vii, cuando los musulmanes finalmente se hicieron con el control de Alejandría y purgaron todo aquello que fuera contrario al islam. Medio millón de rollos, códices, mapas: pidiera lo que uno pidiera la biblioteca tenía una copia. Y hasta la fecha nadie ha encontrado un solo pedazo de ella.
– ¿Y Haddad sí?
– Eso dio a entender. Estaba trabajando en una teoría bíblica. No sé cuál, pero la prueba de dicha teoría se hallaba, supuestamente, en la desaparecida biblioteca,
– ¿Cómo es que lo sabía?
– Eso tampoco lo sé, Stephanie. Pero hace cinco años, cuando nuestra gente de la Orilla Occidental, el Sinaí y Jerusalén presentó una inocente solicitud de visados, acceso a archivos, excavaciones arqueológicas, los israelíes se pusieron hechos una furia. Entonces fue cuando Haddad pidió la ayuda de Malone.
– Una misión ciega que no me gustó.
«Ciega» significaba que a Malone le habían ordenado proteger a Haddad, pero sin hacer preguntas. Recordó que a Malone tampoco le hizo ninguna gracia esa condición.
– Haddad -contó Green- sólo se fiaba de Malone, razón por la cual éste acabó escondiéndolo y en la actualidad es el único que conoce el paradero de Haddad. Al parecer a la Administración no le importó que se ocultara a Haddad, siempre y cuando controlara el camino hasta él.
– ¿Para qué?
Green meneó la cabeza.
– No tiene mucho sentido. Sin embargo existe un indicio de lo que podría haber en juego.
Stephanie era toda oídos.
– En uno de los informes que vi, anotado en el margen, ponía: Génesis 13, 14-17. ¿Lo conoces?
– No me conozco tan bien la Biblia.
– «Dijo Yavé a Abram después que Lot se hubo separado de él: “Alza tus ojos, y desde el lugar donde estás mira al norte y al mediodía, al oriente y al occidente. Toda esa tierra que ves te la daré yo a ti y a tu descendencia para siempre.”»
Eso sí lo conocía: un pacto que, durante millones de años, había constituido la reivindicación bíblica de los judíos de la Tierra Santa.
– Abram levantó la tienda y se fue a vivir a la llanura de Mambré, donde construyó un altar al Señor -contó Green-. Mambré es Hebrón (la Orilla Occidental, en la actualidad), la tierra que el Señor les dio a los judíos. Abram pasó a ser Abraham. Y ese único pasaje bíblico es el meollo de todos los desacuerdos de Oriente Próximo.
Eso también lo sabía. El conflicto de Oriente Próximo, entre judíos y árabes, no era una batalla política, como muchos pensaban, sino una disputa interminable por la Palabra de Dios.
– Y hay otro hecho interesante -añadió Green-. Poco después de que Malone escondiera a Haddad, los saudíes enviaron buldózeres al oeste de Arabia y arrasaron ciudades enteras. La destrucción duró tres semanas. La gente fue realojada, los edificios derruidos. De esas ciudades no quedó nada. Naturalmente se trata de una parte del país aislada, así que no hubo cobertura periodística ni llamó la atención.
– ¿Por qué harían algo así? Parece extremo hasta para los saudíes.
– Nadie dio una explicación satisfactoria, pero lo hicieron.
– Necesitamos saber más, Brent. Cotton lo necesita. Ha de tomar una decisión.
– Hace una hora me puse en contacto con el consejero de Seguridad Nacional y, por increíble que parezca, sabe menos de esto que yo. Ha oído hablar de la conexión, pero me sugirió que hablase con otro.
Ella sabía con quién.
– Larry Daley.
Lawrence Daley era el viceconsejero de Seguridad Nacional, cercano al presidente y al vicepresidente. Daley nunca aparecía en los programas del domingo por la mañana, ni tampoco se lo veía en la CNN o en Fox News. Era un poder en la sombra, entre bastidores, un nexo entre las altas esferas de la Casa Blanca y el resto del mundo político.
Sin embargo había un problema.
– No confío en ese hombre -afirmó ella.
Green pareció captar todo lo que sugería su tono, pero no dijo nada, la miró fijamente con sus penetrantes ojos grises.
– No tenemos control sobre Malone -aclaró ella-. Hará lo que tenga que hacer. Y ahora está muy cabreado.
– Cotton es un profesional.
– La cosa cambia cuando el que corre peligro es uno de los tuyos. -Stephanie hablaba por propia experiencia, pues no hacía mucho se había enfrentado a fantasmas del pasado.
– Es el único que sabe dónde se encuentra George Haddad -apuntó Green-. Tiene los triunfos en la mano.
– Por eso precisamente lo están presionando.
Green no la perdía de vista, y Stephanie supo que su dilema se traslucía en un recelo que era incapaz de borrar de los ojos.
– Dime, Stephanie, ¿por qué no te fías de mí?
Oxfordshire, Inglaterra
9:00
George Haddad se hallaba entre la multitud escuchando a los expertos a sabiendas de que estaban equivocados. El evento no era más que un modo de llamar la atención de los medios para el Museo Thomas Bainbridge y los escasamente elogiados criptoanalistas de Bletchley Park. Cierto, esos hombres y mujeres anónimos habían trabajado en el más absoluto secreto durante la Segunda Guerra Mundial y al final habían logrado descifrar el código Enigma alemán, lo que precipitó el final de la contienda. Pero, por desgracia, su historia no se contó por completo hasta que la mayoría de ellos habían muerto o eran demasiado mayores para que les importara. Haddad podía entender su frustración. También él era viejo, frisaba los ochenta, y estudioso. También él había trabajado en secreto.
También él había descubierto una gran revelación.
Ni siquiera se le conocía ya como George Haddad. A decir verdad había utilizado tantos alias que ni siquiera los recordaba todos. Había pasado cinco años escondido, sin saber nada de nadie. Por una parte, estaba bien; por otra, el silencio le desquiciaba los nervios. Gracias a Dios sólo un hombre sabía que estaba vivo, y confiaba en él sin reservas.
A decir verdad había estado muerto para todo el mundo salvo para él.
Corría un riesgo al haber salido ese día, pero quería escuchar lo que tenían que decir esos supuestos expertos. Había leído algo sobre el programa en The Times y no podía por menos de admirar a los británicos. Tenían un don para los acontecimientos mediáticos: la escena se representaba con la precisión de una película de Hollywood. Montones de rostros sonrientes y trajes, numerosas cámaras y grabadoras. De manera que se propuso permanecer detrás de los objetivos, lo cual era sencillo, dado que la atención de todo el mundo estaba fija en el monumento.
Había ocho desperdigados por los jardines de la propiedad, todos ellos erigidos en 1784 por el entonces conde Thomas Bainbridge. Haddad conocía la historia de la familia: los Bainbridge adquirieron la propiedad, oculta en un pliegue de Oxfordshire y rodeada de hayedos, en 1624, levantando una enorme mansión jacobea en medio de las más de doscientas hectáreas. Posteriores Bainbridge consiguieron conservar la finca hasta 1848, cuando la corona se hizo con ella en pública subasta y la reina Victoria abrió la casa y los jardines como museo. Desde entonces la gente acudía a ver el mobiliario de época y hacerse una idea de cómo era vivir rodeado de lujos hacía siglos. Su biblioteca era considerada una de las mejores en piezas del siglo xviii. Sin embargo en los últimos años la mayoría de los visitantes acudía por el monumento, ya que Bainbridge Hall encerraba un enigma, y a los turistas del siglo xxi les encantaban los secretos.
Contempló el cenador de mármol blanco.
Sabía que la parte superior era Les Bergers d’Arcadie II, Los pastores de Arcadia II, una obra sin importancia pintada por Nicolás Poussin en 1640, la imagen inversa de su versión anterior, Los pastores de Arcadia. La pastoril escena representaba a una mujer que observaba a tres pastores reunidos en torno a un sepulcro de piedra que señalaban unas letras grabadas: «et in arcadia ego.» Haddad sabía cuál era la traducción: Y yo en Arcadia. Una enigmática inscripción que tenía poco sentido. Bajo la imagen surgía otro desafío, una sucesión aleatoria de letras cinceladas:
«D O.U.O.S.V.A.V.V. M»
Haddad sabía que los seguidores de la New Age y de las tramas secretas llevaban años trabajando en esa combinación, desde que un periodista del Guardian la redescubriera hacía una década cuando visitaba el museo.
– Permítanme -decía a los micrófonos un hombre alto y corpulento- que les dé la bienvenida a todos ustedes a Bainbridge Hall. Tal vez ahora conozcamos la importancia del mensaje que Thomas Bainbridge dejó en este monumento hace más de doscientos años.
Haddad sabía que el orador era el conservador del museo. Dos personas lo flanqueaban: un hombre y una mujer, ambos ancianos. Había visto sus fotos en The Sunday Times. Ambos eran antiguos criptoanalistas de Bletchley Park y se les había encomendado sopesar las posibilidades y descifrar el código que al parecer contenía el monumento. Y, según la opinión generalizada, el monumento era un código.
¿Qué otra cosa podía ser?, habían preguntado muchos.
Escuchó al conservador explicar que se había publicado un anuncio relativo al monumento y diversos criptógrafos, teólogos, lingüistas e historiadores habían proporcionado 130 soluciones.
– Algunas eran bastante extrañas -prosiguió el conservador-, e incluían a los OVNIS, el Santo Grial y a Nostradamus. Naturalmente esas soluciones en concreto aportaban escasas o nulas pruebas acreditativas, de manera que fueron descartadas enseguida. Algunos participantes pensaron que las letras eran un anagrama, pero las palabras que formaron no tenían mucho sentido.
Algo perfectamente comprensible, a juicio de Haddad.
– Un ex militar norteamericano experto en claves ofreció una solución prometedora: ideó ochenta y dos matrices decodificadoras y, en última instancia, extrajo las letras SEJ de la secuencia. Dándoles la vuelta se obtiene JES. Tras aplicar una compleja cuadrícula obtuvo «Jesús H indescriptible». Nuestros asesores de Bletchley Park creyeron que se trataba de un mensaje que negaba la naturaleza divina de Cristo. Esta solución constituye, cuando menos, un avance, aunque sea misteriosa.
Haddad sonrió ante tamaño disparate: Thomas Bainbridge era un hombre muy religioso, no habría negado a Cristo.
La anciana que se hallaba junto al conservador subió al estrado. Tenía el cabello plateado y llevaba un traje azul claro.
– Este monumento supuso una gran oportunidad para nosotros -dijo en un tono melodioso-. Cuando trabajábamos en Bletchley hicimos frente a numerosos desafíos que nos planteaban los códigos alemanes. Eran difíciles, pero si la mente humana puede concebir un código también puede descifrarlo. Estas letras de aquí son más complejas, personales, lo cual complica su interpretación. Aquellos de nosotros que fuimos contratados para analizar las ciento treinta posibles soluciones a este enigma no pudimos llegar a un consenso claro. Al igual que la opinión pública, estábamos divididos. Sin embargo había un posible significado que sí tenía sentido. -Se volvió y señaló el monumento que tenía a su espalda-. Creo que esto es una nota de amor. -Hizo una pausa, al parecer para que sus palabras prendieran-. Ouosvavv significa Optimae Uxoris Optimae Sororis Viduus Amantissimus Vovit Virtutibus, lo cual más o menos viene a decir: Un abnegado viudo consagrado a la mejor esposa, la mejor hermana. No es una traducción perfecta: sororis en latín clásico puede significar compañeros y también hermanas. Y vir, esposo, sería mejor que viduus, viudo. Pero el significado está claro.
Uno de los periodistas preguntó por la «d» y la «m» que enmarcaban a izquierda y derecha el núcleo principal de ocho letras.
– Muy sencillo -repuso ella-. Dis Manibus, una inscripción romana: A los dioses manes. Una dedicatoria similar a nuestro «descanse en paz». Esas letras se encuentran en la mayoría de las lápidas romanas.
La mujer parecía bastante satisfecha consigo misma. Haddad quería plantear unas preguntas que echarían por tierra su bonita construcción intelectual, pero no dijo nada. Se limitó a observar mientras los dos veteranos de Bletchley Park eran fotografiados ante el monumento con una de las máquinas Enigma alemanas, tomada prestada para la ocasión. Montones de sonrisas, preguntas y comentarios laudatorios.
Thomas Bainbridge ciertamente era un hombre brillante. Por desgracia nunca fue capaz de transmitir sus ideas con eficacia, de forma que su brillantez languideció y acabó desapareciendo sin que fuese apreciada. Para la mente del siglo xviii parecía un fanático; sin embargo a Haddad se le antojaba un profeta. Bainbridge sabía algo, y el curioso monumento que tenía delante, uno de los ocho del jardín, la imagen inversa de un oscuro cuadro y una extraña mezcla de diez letras, había sido erigido por una razón.
Que Haddad conocía.
No era una nota de amor ni un código ni un mensaje.
Era algo completamente distinto: un mapa.
Castillo de Kronborg
10:20
Malone pagó las seis coronas que valían las entradas del castillo, y él y Pam siguieron a un grupo que había salido de uno de los tres autocares que habían llegado.
Ya en el interior les dio la bienvenida una exposición fotográfica que mostraba distintos momentos de las numerosas producciones de Hamlet. Malone pensó en lo irónico del emplazamiento: Hamlet trataba de un hijo que venga a su padre, y allí estaba él, un padre que luchaba por su hijo. Lo sentía en el alma por Gary. Nunca había querido ponerlo en peligro, y durante los doce años que trabajó para el Billet siempre consiguió mantener separados el trabajo y la familia. Sin embargo ahora, al año de marcharse voluntariamente, alguien retenía a su hijo.
– ¿Esto es lo que solías hacer todo el tiempo? -preguntó Pam.
– Parte de él.
– ¿Cómo podías vivías así? Tengo las tripas revueltas, y todavía me dan temblores al recordar la otra noche.
– Te acabas acostumbrando.
Lo decía en serio, aunque hacía tiempo que se había cansado de las mentiras, las verdades a medidas, los detalles inverosímiles y los traidores.
– Necesitabas adrenalina, ¿no?
Malone sentía el cuerpo pesado debido al cansancio, y no estaba de humor para esa pelea conyugal.
– No, Pam, no la necesitaba, pero era mi trabajo.
– Egoísta, eso es lo que eras. Siempre lo has sido.
– Y tú eras un sol, la esposa que le prestaba todo su apoyo a su marido. Tanto que te quedaste embarazada de otro, tuviste un hijo y dejaste que pensara que era mío durante quince años.
– No me siento orgullosa de lo que hice, pero no sabemos a cuántas mujeres dejaste embarazadas tú, ¿no es así?
Él se detuvo. Aquello tenía que terminar.
– Si no te callas, conseguirás que maten a Gary. Soy su única esperanza y ahora mismo no es provechoso jugar con mi cabeza.
La verdad hizo que a los amargos ojos de ella asomara una fugaz chispa de comprensión, un instante en el que apareció la Pam Malone que él había amado en su día. Deseó que esa mujer no se fuera, pero, como de costumbre, ella se puso en guardia y unos ojos muertos lo fulminaron.
– Ve tú delante -dijo.
Entraron en el salón de baile, una estancia rectangular de unos setenta metros festoneada por ventanas a ambos lados, cada una de ellas encajada en un hueco de gruesa mampostería, la luz sesgada creando un sutil juego en el piso de damero. Alrededor de una docena de visitantes se apiñaba delante de enormes óleos que salpicaban las paredes color ocre, en su mayor parte escenas de batallas.
En el extremo opuesto, ante una chimenea, Malone divisó a un hombre bajo y delgado de cabello castaño rojizo. Lo recordaba del Magellan Billet: Lee Durant. Había hablado unas cuantas veces con él en Atlanta. El agente lo vio y, acto seguido, desapareció por una puerta.
Malone cruzó el salón.
Atravesaron una serie de habitaciones, todas ellas decoradas con escaso mobiliario de estilo renacentista y tapices en las paredes. Durant iba unos quince metros por delante.
Malone vio que se paraba, y él y Pam entraron en una estancia llamada la Cámara del Rincón. Tapices con escenas de caza ornaban las lisas paredes blancas. Tan sólo unos cuantos muebles sombreaban las apagadas baldosas, blancas y negras.
Malone estrechó la mano de Durant y le presentó a Pam.
– Dime qué está pasando.
– Stephanie dijo que te informara a ti, no a ella.
– Aunque me gustaría que ella no estuviese aquí, lo está, así que tranquilo.
Durant pareció sopesar la situación y repuso:
– También me dijeron que hiciera todo lo que me pidieras.
– Me alegro de saber que Stephanie está siendo tan complaciente.
– Al grano -exigió Pam-. Tenemos un tiempo limitado.
Malone sacudió la cabeza.
– No le hagas caso. Dime qué está pasando.
– Alguien entró en nuestros archivos protegidos. No hay rastro de piratas informáticos ni de intentos de acceso fraudulento a través de los cortafuegos, así que tuvo que ser con contraseña. La contraseña se cambia regularmente, pero varios cientos de personas tienen acceso.
– ¿No se ha podido llegar hasta un computador en particular?
– No. Y no hay huellas en los datos, lo cual indica que quien lo hizo sabía lo que hacía.
– Supongo que hay alguien investigando.
Durant asintió.
– El FBI, pero por el momento no tiene nada. Vieron alrededor de una docena de archivos, uno de los cuales era el de la Conexión Alejandría.
Ello explicaría, pensó Malone, por qué Stephanie no lo avisó de inmediato: existían otras posibilidades.
– Ahora viene lo interesante: los israelíes están superactivos en este momento, sobre todo durante las últimas veinticuatro horas. Nuestras fuentes nos dicen que ayer recibieron información de la Orilla Occidental de uno de sus agentes palestinos.
– ¿Qué tiene eso que ver con esto?
– Mencionaron las palabras «Conexión Alejandría».
– ¿Cuánto sabes?
– Uno de mis contactos me contó esto hace una hora. Ni siquiera le he presentado un informe completo a Stephanie.
– ¿De qué sirve todo esto? -inquirió Pam.
Malone le dijo a Durant:
– Necesito saber más.
– Te he hecho una pregunta -insistió Pam, alzando la voz.
La urbanidad de Malone terminó.
– Te dije que me dejaras ocuparme de esto.
– No tienes intención de darles nada, ¿eh? -Sus ojos centelleaban, y ella parecía lista para abalanzarse sobre él.
– Mi intención es recuperar a Gary.
– ¿Estás dispuesto a arriesgar su vida? ¿Sólo para proteger un maldito archivo?
Un grupo de visitantes, cámara en mano, entró en la estancia. Malone comprobó que Pam era lo bastante sensata como para callarse y agradeció la interrupción. Tendría que librarse de ella en cuanto salieran de Kronborg, aunque ello implicara encerrarla en una habitación de la mansión de Thorvaldsen.
Los visitantes se fueron, y él se encaró con Durant y le dijo:
– Cuéntame más de…
Un estallido lo sobresaltó y, acto seguido, la cámara instalada en un rincón del techo explotó en una lluvia de chispas. Después se oyeron dos estallidos más, y Durant se tambaleó hacia atrás mientras de unos agujeros en su camisa verde oliva brotaban rosetones de sangre.
Un tercer disparo y Durant se desplomó en el suelo.
Malone se volvió: a unos seis metros un hombre empuñaba una Glock. Malone se metió el brazo derecho bajo la chaqueta para dar con su arma.
– No es necesario -dijo tranquilamente el hombre, y tiró su pistola.
Malone la cogió, la asió por la culata, apoyó el dedo en el gatillo, apuntó y disparó.
Sólo obtuvo un clic por respuesta.
Su dedo presionó el gatillo de nuevo.
Más clic.
El hombre sonrió.
– No pensarías que iba a dártela cargada.
A continuación el tirador huyó de la sala.
Washington, DC
4:40
Stephanie consideró la pregunta de Brent Green -«¿por qué no te fías de mí?»- y decidió ser franca con su jefe.
– Esta administración me quiere fuera. No sé por qué sigo aquí, así que en este momento no me fío de nadie.
Green meneó la cabeza ante tanto recelo.
– A esos archivos accedió alguien que tenía la contraseña -añadió-. Claro que examinaron una docena o más, pero los dos sabemos por cuál iban. Sólo unos pocos tenemos conocimiento de la Conexión Alejandría. Yo ni siquiera conozco los detalles, sólo que nos tomamos muchas molestias por algo que parecía carecer de sentido. Muchas preguntas y ninguna respuesta. Vamos, Brent, tú y yo nunca hemos sido compañeros de mierda, así que ¿por qué iba a fiarme de ti ahora?
– Dejemos clara una cosa -contestó Green-. Yo no soy tu enemigo. Si lo fuera, no estaríamos manteniendo esta conversación.
– Tuve amigos en esto que me dijeron lo mismo muchas veces y no significaba nada.
– Así son los traidores.
Ella decidió probarlo un poco más.
– ¿No crees que deberíamos meter a más gente en esto?
– El FBI ya está dentro.
– Brent, estamos dando palos de ciego. Hemos de saber lo que sabe George Haddad.
– En tal caso es hora de que tratemos con Larry Daley, de la Casa Blanca. Cualquier camino que tomemos nos llevará directamente a él, así que es mejor que le consultemos sin más.
Ella se mostró conforme, y Green echó mano del teléfono,
Malone oyó gritar al que acababa de cargarse a Lee Durant que un hombre con una pistola había disparado a alguien. Y él aún sostenía la Glock.
– ¿Ha muerto? -musitó Pam.
Una pregunta estúpida. Pero estar con el arma homicida en la mano era todavía más estúpido.
– Vamos.
– No podemos dejarlo aquí.
– Está muerto.
La histeria invadió los ojos de ella, y Malone recordó la primera vez que vio morir a alguien, así que fue indulgente.
– No deberías haberlo visto, pero tenemos que irnos.
Un revelador taconeo en el embaldosado resonó más allá de la habitación. Seguridad, supuso él. Cogió a Pam de la mano y tiró de ella hacia el extremo opuesto de la cámara.
Atravesaron más habitaciones a la carrera, cada una igual que la siguiente, con algunos muebles de época, iluminadas por la tenue luz matinal. Malone vio más cámaras y supo que tendría que evitarlas. Se metió la Glock en el bolsillo de la chaqueta y sacó su Beretta.
Entraron en una estancia llamada la Cámara de la reina.
Oyó voces a sus espaldas: habrían encontrado el cuerpo. Más gritos y pisadas que se dirigían hacia ellos.
La Cámara de la Reina era un generoso espacio del que salían tres puertas: una daba a una escalera que subía, la segunda a una que bajaba y la última a otra habitación. No se veía ninguna cámara de seguridad. Escrutó el decorado intentando decidir qué hacer. Un gran armario destacaba contra la pared exterior.
Decidió jugársela: corrió hacia el armario y agarró los tiradores de hierro de las dos puertas. El interior era amplio y estaba vacío. Había bastante espacio para ellos dos. Le hizo una señal a Pam y, por una vez, ella fue sin decir nada.
– Entra -le susurró.
Antes de entrar Malone abrió las dos puertas que daban a las escaleras. Después se metió dentro y se encerró con la esperanza de que sus perseguidores pensaran que habían bajado, subido o vuelto al castillo.
Stephanie oyó a Brent Green informar a Larry Daley de lo sucedido. No pudo evitar preguntarse si el imbécil arrogante que había al otro extremo del teléfono ya sabría cada detalle y más.
– Estoy al tanto de la Conexión Alejandría -afirmó Daley por el altavoz.
– ¿Te importaría hablarnos de ella? -pidió Green.
– Ojalá pudiera, pero es secreto.
– ¿Para el fiscal general y la directora de uno de nuestros mejores servicios de inteligencia?
– A esa información sólo tiene acceso un selecto grupo. Lo siento, vosotros dos estáis fuera.
– Entonces ¿cómo es que alguien ha conseguido echar un vistazo? -quiso saber Stephanie.
– ¿Aún no has resuelto ese problema?
– Puede que sí.
Se hizo el silencio en la habitación. Al parecer Daley recibió el mensaje de Stephanie.
– No fui yo.
– ¿Tú qué vas a decir? -preguntó ella.
– Vigila tu lengua.
Ella pasó por alto el golpe.
– Malone les va a entregar la conexión. No pondrá en peligro a su hijo.
– En tal caso habrá que detenerlo -espetó Daley-. No se la daremos a nadie.
Stephanie captó el sentido de la frase.
– La quieres para ti, ¿es eso?
– Exactamente.
Ella no daba crédito a lo que oía.
– Puede que la vida de un muchacho esté en juego.
– Ése no es mí problema -aseguró Daley.
Llamar a Daley había sido un error, y ella vio que también Green había caído en la cuenta.
– Larry -terció Green-, ayudemos a Malone a salir de ésta, no compliquemos más su labor.
– Brent, ésta es una cuestión de seguridad nacional, no una obra de beneficencia.
– Es curioso -intervino Stephanie- que no te preocupe lo más mínimo que alguien haya accedido a nuestros archivos protegidos y lo haya averiguado todo sobre esa conexión altamente secreta, supuestamente una cuestión de seguridad nacional.
– Informaste de esa violación hace más de un mes, y el FBI se ocupa de ello. ¿Qué estás haciendo tú al respecto, Stephanie?
– Me ordenaron no hacer nada. ¿Qué hiciste tú, Larry?
El altavoz dejó oír un suspiro.
– Eres una verdadera cabrona.
– Pero trabaja para mí -dejó claro Green.
– Esto es lo que pienso -dijo Stephanie-: sea lo que sea la conexión, de algún modo viene bien a la política exterior que vosotros, los genios de la Casa Blanca, habéis concebido. A decir verdad, te agrada el hecho de que los archivos se vieran comprometidos y alguien posea esa información. Lo que significa que vas a dejar que otro haga tu trabajo sucio.
– A veces, Stephanie, el enemigo puede ser tu amigo. -La voz de Daley había bajado hasta convertirse en un susurro-. Y viceversa.
A ella se le hizo un nudo en la garganta: ahora sus sospechas eran una realidad.
– ¿Vas a sacrificar al hijo de Malone por el legado de tu presidente?
– No fui yo quien empezó esto -replicó Daley-. Pero tengo intención de aprovecharlo.
– No si yo lo puedo evitar -aseveró Stephanie.
– Si te entrometes serás despedida. No por ti, Brent, sino por el propio presidente.
– Eso podría ser un problema -dijo Green.
Ella captó la amenaza implícita en su tono.
– ¿Estás diciendo que te pondrías de su parte? -preguntó Daley.
– Sin dudarlo.
Stephanie sabía que ésa era una amenaza que Daley no podía pasar por alto. La Administración poseía cierto control sobre las acciones de Green como fiscal general, pero si éste dimitía o era despedido, la Casa Blanca se vería expuesta a críticas.
El manos libres enmudeció, y ella imaginó a Daley sentado en su despacho, rumiando su dilema.
– Estaré en tu casa en media hora.
– ¿Por qué tenemos que vernos? -preguntó Green.
– Te aseguro que valdrá la pena.
Y colgó.
Dentro del armario Malone oyó que los pasos entraban en la Cámara de la Reina. Pam estaba arrimada a él, lo más cerca que habían estado en años. Desprendía un olor familiar, como a vainilla dulce, que él recordaba con una mezcla de dicha y angustia. Qué curiosa la forma que tenían los olores de desencadenar recuerdos.
Aún sostenía la Beretta, y esperaba no tener que utilizarla, pero no iba a dejar que lo detuvieran, no cuando Gary lo necesitaba. No cabía duda de que uno de los motivos para matar a Durant era aislarlos a ellos. Otro era impedir que reunieran información provechosa. Sin embargo él se preguntó cómo se habían enterado de la reunión. Nadie los había seguido desde Christiangade, de eso estaba seguro. Lo que significaba que los teléfonos de Thorvaldsen debían de estar pinchados. Lo que significaba que alguien había previsto que iría directo a Christiangade.
No veía a Pam, pero sentía su malestar. Teniendo en cuenta la intimidad que habían compartido, ahora sólo eran dos extraños.
Tal vez incluso enemigos.
Unas voces en el exterior acapararon sus pensamientos. Los pasos se tornaron más apagados y acabaron disolviéndose en el silencio. Él esperó, el dedo en el gatillo, las manos sudorosas.
Más silencio.
No había manera de ver nada sin abrir el armario, algo que podía ser desastroso si aún había alguien en la habitación. Pero no podía quedarse allí para siempre. Abrió la puerta, el arma lista: la Cámara de la Reina estaba vacía.
«Bajemos», dijo moviendo los labios. Cruzaron la puerta y bajaron por una escalera circular que discurría pegada al muro exterior del castillo. Una vez abajo llegaron hasta una puerta de metal que esperó que no estuviese cerrada con llave.
No lo estaba, y salieron a una mañana brillante. Un mar de lustrosa hierba rebosante de cisnes se extendía desde los muros del castillo hasta el mar. Suecia se vislumbraba en el horizonte, a unos cinco kilómetros al otro lado del agua parda grisácea.
Se metió la pistola bajo la chaqueta.
– Hemos de salir de aquí -afirmó Malone-. Pero despacio, sin llamar la atención. -Supo que ella aún estaba nerviosa por el asesinato, así que le dijo-: Lo verás una y otra vez en tu cabeza, pero pasará.
– Tu preocupación resulta conmovedora. -Su voz volvía a teñirse de amenaza.
– Pues entonces plantéate que ésta probablemente no sea la última persona que muera antes de que esto termine.
Encabezó la marcha a lo largo de la muralla que daba al estrecho. No había muchos visitantes. Llegaron a un lugar que él conocía, una plataforma donde antaño se encontraban los viejos cañones y donde Shakespeare permitió que Hamlet conociera al fantasma de su padre. Un muro se alzaba desde el mar. Arrojó la Glock a las agitadas aguas.
Al otro lado del recinto ululaban las sirenas.
Se dirigieron lentamente hacia la entrada principal. Al ver luces intermitentes y más policías que irrumpían en el complejo decidió aguardar antes de salir. Era poco probable que alguien tuviera una descripción de ellos, y dudaba que el pistolero se hubiera quedado a facilitarla. Estaba claro que la idea no era que los detuviesen.
De manera que se fundió con la multitud.
Entonces divisó al pistolero: a unos cuarenta y cinco metros, yendo hacia la puerta principal tranquilamente, asimismo procurando no llamar la atención.
Pam también lo vio.
– Ése es el tipo.
– Lo sé.
Malone echó a andar.
– ¿No irás a…? -inquirió ella.
– No podrás impedirlo.
Viena, Austria
11:20
La Silla Azul se preguntó si el Círculo habría hecho lo oportuno. Durante ocho años die Klauen der Adler, Las Garras del Águila, había ejecutado obedientemente los cometidos que le habían sido asignados. Cierto, lo habían contratado de manera conjunta, pero a diario trabajaba bajo el control directo de la Silla Azul, lo cual significaba que ésta había llegado a conocer a Dominick Sabre mucho mejor que el resto.
Sabre era norteamericano, nacido y criado en Estados Unidos, lo cual era una novedad para el Círculo. Antes siempre habían contratado a europeos, aunque en una ocasión un surafricano había hecho un buen trabajo para ellos. Cada uno de esos hombres, incluido Sabre, había sido escogido no sólo por su capacidad individual, sino también por su mediocridad física: todos eran de estatura y peso medios y facciones corrientes. El único rasgo marcado de Sabre eran las picaduras del rostro, legado de la viruela. El negro cabello de Sabre lucía un corte recto y siempre se mantenía en su sitio gracias a un gel fijador. Una barba de tres días solía cubrir sus mejillas, en parte, la Silla Azul lo sabía, para ocultar las cicatrices, Pero también para engañar a quienes lo rodeaban.
Sabre tenía un aspecto relajado y llevaba una ropa -por lo general una talla más grande- que disimulaba una musculatura esculpida, lo cual, no cabía duda, también respondía a su intento de ser subestimado.
Gracias a un perfil psicológico que Sabre hubo de superar antes de ser contratado, la Silla Azul supo que al norteamericano le atraía desafiar a la autoridad. Sin embargo ese mismo perfil desvelaba que, si se le encomendaba una tarea, se le decía cuál era el resultado que se esperaba y se lo dejaba a solas, Sabre siempre cumplía.
Y eso era lo importante.
Tanto a él como a las Sillas les daba completamente igual cómo se llevara a cabo un determinado cometido, sólo les importaba obtener el resultado deseado, así que su colaboración con Sabre había sido fructífera. No obstante, a un hombre carente de sentido ético y con escaso respeto a la autoridad había que vigilarlo.
Sobre todo cuando había mucho en juego.
Como era el caso.
De modo que la Silla Azul cogió el teléfono y marcó.
Sabre cogió el móvil con la esperanza de que la llamada fuese del hombre al que había asignado al castillo de Kronborg. Sin embargo la voz cansada del otro extremo era la de su jefe.
– ¿Disfrutó Malone del recibimiento que le dispensó? -quiso saber la Silla Azul.
– Se portó bien. Él y su ex mujer salieron por la ventana.
– Tal y como pronosticó usted. Pero me pregunto si no estaremos llamando una atención innecesaria.
– Más de la que me gustaría, pero ha sido preciso. Intentó ponernos en evidencia, así que tenía que ver que él no manda en esto. Sin embargo a partir de ahora seré más discreto.
– Séalo. No queremos involucrar demasiado a la policía. -Hizo una pausa-. Al menos no más de lo que ya lo está.
Sabre se había instalado en una casa alquilada en la parte norte de Copenhague, a unas manzanas tierra adentro del palacio de Amalienborg, la residencia real a orillas del mar. Hasta allí había llevado a Gary Malone desde Georgia, so pretexto de que su padre se hallaba en peligro, cosa que el chico creyó gracias a la identificación falsificada del Magellan Billet que Sabre le enseñó.
– ¿Cómo está el chaval? -inquirió la Silla Azul.
– Andaba nervioso, pero cree que ésta es una operación del gobierno norteamericano, así que por ahora está tranquilo.
Habían aterrorizado a Pam Malone con una foto de su hijo. El muchacho también había cooperado en eso, creyendo que estaban preparando credenciales de seguridad.
– ¿No está el chico demasiado cerca de Malone?
– No habría ido voluntariamente a otro sitio. Sabe que su padre no anda lejos.
– Veo que tiene esto bajo control, pero tenga cuidado. Malone podría sorprenderlo.
– Por eso tenemos a su hijo. No lo pondrá en peligro.
– Necesitamos la Conexión Alejandría.
– Malone nos llevará hasta ella.
Sin embargo aún no había recibido la llamada de su hombre en Kronborg. Para que todo funcionase resultaba crucial que su agente hiciera exactamente lo que le había ordenado.
– También es preciso que esto se resuelva en los próximos días.
– Así será.
– A juzgar por lo que me ha dicho, este Malone no es nada convencional -comentó la Silla Azul-. ¿Está seguro de que seguirá debidamente motivado?
– No hay por qué preocuparse. En este mismo instante se le está motivando como corresponde.
Malone salió del recinto del castillo y vio que su presa se encaminaba tranquilamente a Elsinor. Le encantaba la plaza principal de la ciudad, sus pintorescas callejuelas y sus edificios de madera y ladrillo. Pero, ese día, ese sabor renacentista carecía de importancia.
A lo lejos aullaban más sirenas.
Sabía que en Dinamarca los asesinatos eran poco frecuentes. Dado que éste se había cometido dentro de un monumento declarado Patrimonio de la Humanidad, sin duda recibiría abundante cobertura. Debía avisar a Stephanie de que uno de sus agentes había muerto, pero no tenía tiempo. Supuso que Durant había estado viajando bajo su propio nombre -una práctica habitual en el Billet-, de manera que una vez que las autoridades locales determinaran que la víctima trabajaba para el gobierno norteamericano se pondrían en contacto con la gente adecuada. Pensó en Durant. Una puta lástima. Sin embargo había aprendido hacía tiempo a no malgastar sentimientos en cosas que no podía cambiar.
Aflojó el paso y tiró de Pam para que fuese a la par.
– Hemos de mantener la distancia. No presta atención, pero así y todo podría vernos.
Cruzaron la calle y se pegaron a unas atractivas construcciones adosadas que daban a un estrecho paseo frente al mar. El pistolero iba unos treinta metros por delante. Malone lo vio doblar una esquina.
Cuando ellos llegaron a la esquina echaron una ojeada: el hombre caminaba por un callejón peatonal flanqueado de tiendas y restaurantes. El lugar estaba atestado de gente, así que Malone decidió arriesgarse.
Continuaron andando.
– ¿Qué estamos haciendo? -preguntó Pam.
– Lo único que podemos hacer.
– ¿Por qué no les das lo que quieren?
– No es tan sencillo.
– Seguro que sí.
Él mantenía la vista al frente.
– Gracias por el consejo.
– Eres un imbécil.
– Yo también te quiero. Ahora que hemos dejado esto claro, centrémonos en lo que estamos haciendo.
Su objetivo torció a la derecha y desapareció.
Malone apretó el paso, se asomó a la esquina y vio que el tirador se acercaba a un sucio Volvo cupé. Esperó que no fuese a marcharse, pues no habría forma de seguirlo, su coche estaba muy lejos. Observó que el tipo abría la portezuela del conductor y tiraba algo dentro. Luego la cerró y desanduvo lo andado.
Ellos se metieron en una tienda de ropa justo cuando el pistolero pasaba por delante, volviendo por donde habían ido. Malone se acercó con cautela a la puerta y vio que el hombre entraba en un café.
– ¿Qué hace? -quiso saber Pam.
– Esperar a que se calme el jaleo. No quiere forzar las cosas. Se quedará cruzado de brazos, sin desentonar, y se irá más tarde.
– Es una locura. Ha matado a un hombre.
– Y nosotros somos los únicos que lo sabemos.
– ¿Por qué había que matarlo?
– Para sacarnos de quicio, para silenciar la información, por un montón de motivos.
– Esto es enfermizo.
– ¿Por qué crees tú que lo dejé? -Decidió utilizar el intervalo en su provecho-. Ve por el coche y tráelo hasta ahí. -Señaló la estación de tren, al final de un callejón, a orillas del mar-. Aparca y espérame. Cuando se vaya tendrá que pasar por ahí, es la única forma de salir de la ciudad.
Le entregó las llaves, y durante un instante desfilaron por su cerebro recuerdos de otras veces en que le había dado las llaves del coche. Pensó en años pasados. La certeza de que ella y Gary lo esperaban en casa después de una misión siempre le proporcionaba cierto consuelo. Y, por mucho que ninguno los dos quisiera admitirlo, hubo una época en que se hacían bien el uno al otro. Recordó la sonrisa de Pam, su piel. Por desgracia, el que ella lo hubiera engañado sobre Gary ahora empañaba esa dicha, hacía que se preguntara, que se cuestionara, si su vida en común no habría sido una ilusión.
Ella pareció intuir sus pensamientos y su mirada se suavizó, volvió a ser la Pam de antes de que todo lo malo los cambiara a ambos. De modo que él dijo:
– Encontraré a Gary, te lo juro. No le pasará nada.
Lo cierto es que quería que ella le respondiera, pero no contestó nada.
Y su silencio lo hirió, así que se fue.
Oxfordshire, Inglaterra
10:30
George Haddad entró en Bainbridge Hall. Durante los últimos tres años había sido un visitante asiduo, desde que se convenciera de que la respuesta a su dilema se encontraba entre esas paredes.
La casa era una obra maestra de suelos de mármol, tapices de Mortlake y ornamentos de vivos colores. La soberbia escalera» con intrincados paneles florales, databa de la época de Carlos II; los techos estucados, de la década de 1660. El mobiliario y los cuadros eran de los siglos xviii y xix; el conjunto, una joya del estilo inglés rural.
Pero también era mucho más: un enigma.
Igual que el monumento del cenador blanco del jardín donde los miembros de la prensa seguían reunidos, escuchado a los supuestos expertos. Igual que el propio Thomas Bainbridge, el desconocido conde inglés que vivió hacia finales del siglo xviii.
Haddad conocía la historia de la familia.
Bainbridge nació en un mundo de privilegios y grandes expectativas. Su padre era el mayor terrateniente de Oxfordshire. Aunque su posición en la sociedad le venía dada por la opulencia de generaciones anteriores y la tradición familiar, Thomas Bainbridge rechazó el tradicional servicio militar y se centró en los estudios, principalmente de historia, idiomas y arqueología. Cuando su padre murió él heredó el condado y pasó décadas viajando por el mundo, siendo uno de los primeros occidentales que exploró a fondo Egipto, Tierra Santa y Arabia, y documentó sus experiencias en diversas publicaciones.
Aprendió por su cuenta hebreo antiguo, la lengua en que se escribió el Antiguo Testamento, todo un logro teniendo en cuenta que el dialecto era principalmente oral y consonántico y había desaparecido del uso corriente alrededor del siglo vi a.C. Escribió un libro, publicado en 1767, que desafiaba las traducciones conocidas del Antiguo Testamento y ponía en duda gran parte del saber ortodoxo de su época, y pasó los últimos años de su vida defendiendo su teorías. Murió amargado y arruinado, su fortuna familiar dilapidada.
Haddad conocía bien el texto, había estudiado cada página con sumo detalle. Entendía los problemas de Bainbridge. También él se había enfrentado a la sabiduría tradicional, con consecuencias nefastas.
Disfrutaba visitando la casa, aunque, por desgracia, la mayor parte del mobiliario original había caído hacía tiempo en manos de acreedores, incluida la impresionante biblioteca de Bainbridge. Sólo en los últimos cincuenta años se había localizado parte de los muebles. Faltaba la mayoría de los libros, que habían ido pasando de coleccionistas a vendedores y de éstos a la basura, la cual parecía el destino de gran parte del saber registrado de la humanidad. Sin embargo Haddad había podido dar con unos cuantos volúmenes, tras dedicar tiempo a revolver en la miríada de tiendas de libros antiguos que salpicaba Londres.
Y en Internet.
Un tesoro asombroso. Lo que habrían podido hacer en Palestina sesenta años atrás con esa red de información instantánea.
Últimamente pensaba mucho en 1948.
Cuando empuñaba un fusil y mataba a judíos durante la nakba. La arrogancia de la generación actual no dejaba de sorprenderlo, considerando los sacrificios que habían hecho sus predecesores. Ochocientos mil árabes habían sido empujados al exilio. Él tenía diecinueve años y luchaba con la resistencia palestina -era uno de sus líderes-, pero todo había sido inútil. Los sionistas se impusieron, y los árabes fueron derrotados. Los palestinos se tornaron proscritos.
Sin embargo el recuerdo persistía.
Haddad había intentado olvidar, realmente quería olvidar. Pero asesinar traía consecuencias. Y en su caso éstas habían sido una vida de remordimientos. Se hizo estudioso, abandonó la violencia y se convirtió al cristianismo, pero nada de ello lo libró del dolor. Aún veía el rostro de los muertos. Sobre todo uno: el del hombre que se hacía llamar el Guardián.
«Luchas en una guerra innecesaria, contra un enemigo desinformado.»
Esas palabras quedaron grabadas en su recuerdo aquel día de abril de 1948, y su impacto terminó cambiándolo para siempre.
«Somos custodios del conocimiento. De la biblioteca.»
Aquella observación trazó el rumbo de su vida.
Continuó recorriendo la casa, contemplando los bustos y los cuadros, las tallas, los grotescos dorados y los enigmáticos lemas. Tras caminar a contracorriente de los recién llegados, entró en el saloncito, donde toda la antigua solemnidad de una biblioteca universitaria se fundía con una elegancia y un ingenio femeninos. Se centró en las estanterías, que en su día exhibieran el saber de numerosas eras. Y en los lienzos, que recordaban a gentes que habían forjado el curso de la historia.
Thomas Bainbridge había sido un invitado, como el padre de Haddad. Sin embargo el Guardián llegó a Palestina dos semanas demasiado tarde para entregar la invitación, y una bala del arma de Haddad silenció al mensajero.
El recuerdo lo hizo estremecer.
La impetuosidad de la juventud.
Habían pasado sesenta años, y ahora él veía el mundo con unos ojos más pacientes. Si esos mismos ojos hubiesen mirado al Guardián en abril de 1948 tal vez hubiese encontrado antes lo que buscaba.
O tal vez no.
Al parecer la invitación había que ganársela.
Pero ¿cómo?
Su mirada barrió la estancia: la respuesta estaba allí.
Washington, DC
5:45
Stephanie observó cómo Larry Daley se dejaba caer en uno de los sólidos sillones del despacho de Brent Green. Fiel a su palabra, el viceconsejero de Seguridad Nacional había llegado en menos de media hora.
– Bonito lugar -le dijo a Green.
– Es mi hogar.
– Eres un hombre de pocas palabras, ¿eh?
– Las palabras, como los amigos, deberían escogerse con cuidado.
La amable sonrisa de Daley se esfumó.
– Esperaba no empezar como el perro y el gato.
Stephanie estaba nerviosa.
– Haz que esta visita merezca la pena, como dijiste por teléfono.
Las manos de Daley se aferraron a los orondos brazos del asiento.
– Espero que los dos seáis razonables.
– Eso depende -replicó ella.
Daley se pasó una mano por su corto cabello cano. Su apostura transmitía una sinceridad juvenil capaz de desarmar al más pintado, de manera que Stephanie se propuso no dejarse llevar.
– Intuyo que no vas a decirnos qué es la conexión -comentó ésta.
– No me hace ninguna gracia que se me acuse de infringir la Ley de Seguridad Nacional.
– ¿Desde cuándo te preocupa infringir leyes?
– Desde ahora.
– Entonces ¿qué haces aquí?
– ¿Qué es lo que sabéis? -preguntó Daley-. Y no me digáis que nada porque me decepcionaríais.
Green repitió lo poco que ya había referido acerca de George Haddad, y Daley asintió.
– Los israelíes se volvieron locos con Haddad. Luego entraron en escena los saudíes, lo cual nos chocó, pues, por regla general, les importa un bledo todo lo que tenga que ver con la Biblia o la historia.
– Así que hace cinco años envié a Malone a ciegas a ese atolladero, ¿no? -inquirió ella.
– Lo cual, a mi entender, forma parte de tu trabajo.
Stephanie recordó cómo degeneró la situación.
– ¿Qué hay de la bomba?
– Ahí fue cuando se armó la gorda.
Un coche bomba arrasó un café de Jerusalén en el que se encontraban Haddad y Malone.
– Iba destinada a Haddad -aclaró Daley-. Claro está que, dado que era una misión a ciegas, Malone no lo sabía. Pero se las arregló para sacar al palestino sano y salvo.
– Menuda suerte la nuestra -apuntó Green con sarcasmo.
– Déjate de chorradas. No matamos a nadie. Lo último que queríamos era que Haddad muriese.
La ira de Stephanie crecía por momentos.
– Pusiste en riesgo la vida de Malone.
– Es un profesional. Fue un gaje del oficio.
– No envío a mis agentes a misiones suicidas.
– Sé realista, Stephanie. El problema con Oriente Próximo es que la mano izquierda nunca sabe lo que hace la derecha. Lo que ocurrió es típico, sólo que los militantes palestinos se equivocaron de café.
– O quizá no -terció Green-. Quizá los israelíes o los saudíes escogieron con tino.
Daley sonrió.
– Empieza a dársete bien esto. Por eso exactamente aceptamos las condiciones de Haddad.
– Entonces dinos por qué es necesario que el gobierno norteamericano encuentre la desaparecida Biblioteca de Alejandría.
Daley aplaudió con suavidad.
– Bravo. Bien hecho, Brent. Supuse que si tus fuentes sabían lo de Haddad también te contarían ese pequeño detalle.
– Responde a la pregunta -insistió Stephanie.
– Las cosas importantes a veces se guardan en los sitios más raros.
– Ésa no es una respuesta.
– Es todo lo que vais a sacar.
– Estás mezclado con lo quiera que esté pasando allí -espetó ella.
– No es cierto, pero no negaré que hay otros dentro de la administración que están interesados en utilizar esto como la vía más rápida para resolver un problema.
– Y ese problema ¿es? -preguntó Green.
– Israel. Un puñado de idealistas arrogantes que no escuchan a nadie y, sin embargo, a las primeras de cambio, envían tanques o helicópteros de combate para aniquilar a todos y todo en nombre de la seguridad. ¿Qué pasó hace unos meses? Se pusieron a bombardear la franja de Gaza, uno de los proyectiles se extravió y una familia entera que merendaba en la playa murió. ¿Qué dijeron? Lo sentimos, qué le vamos a hacer. -Daley meneó la cabeza-. Con sólo mostrar una pizca de flexibilidad, una chispa de compromiso se podrían hacer cosas. Pero no, o a su manera o nada.
Stephanie sabía que últimamente el mundo árabe se había mostrado mucho más acomodaticio que Israel, sin duda como consecuencia de lo sucedido en Irak, donde la determinación norteamericana se había manifestado de primera mano. La solidaridad mundial con los palestinos había aumentado a un ritmo constante, avivada por un cambio de liderazgo, una moderación de las facciones militantes y la insensatez de los partidarios israelíes de la línea dura. Recordaba haber visto en las noticias al único superviviente de esa familia de la playa, una joven, que lloraba al ver muerto a su padre. Impactante. Sin embargo se preguntó qué podía hacerse, siendo realistas.
– ¿Cómo pretenden obrar con Israel? -Entonces se le ocurrió la respuesta-: ¿Necesitáis la conexión para hacerlo?
Daley no dijo nada.
– Malone es el único que sabe dónde está -aclaró ella.
– Eso es un problema, aunque no insalvable.
– Querías que Malone actuara, sólo que no sabías cómo conseguir que lo hiciera.
– No voy a negar que, en cierto modo, esto es oportuno.
– Hijo de puta -escupió ella.
– Escucha, Stephanie, Haddad quería desaparecer. Confiaba en Malone. Los israelíes, los saudíes e incluso los palestinos creyeron que Haddad había muerto en la explosión, así que hicimos lo que él quería, después pasamos a ocuparnos de otras cosas. Pero ahora se ha vuelto a despertar el interés general y queremos a Haddad.
Ella no estaba dispuesta a darle ninguna satisfacción.
– Y ¿qué hay de los que van tras él?
– Me ocuparé de ellos como haría cualquier político.
La ira ensombreció el semblante de Green.
– ¿Vas a hacer un trato?
– Así es la vida.
Ella necesitaba saber más.
– ¿Qué podría encontrarse en unos documentos con dos mil años de antigüedad? Eso suponiendo que los manuscritos se conserven, cosa poco probable.
Daley la miró de reojo, y Stephanie cayó en la cuenta de que él había ido a impedir que ella y Green interfirieran, de forma que tal vez hiciera una pequeña concesión.
– La Septuaginta.
A Stephanie le costó disimular su perplejidad.
– No soy ningún experto -admitió Daley-, pero, por lo que me han dicho, unos cientos de años antes de Cristo unos eruditos de la Biblioteca de Alejandría tradujeron la Biblia hebrea, nuestro Antiguo Testamento, al griego. Toda una hazaña para la época. Esa traducción es lo único que conocemos del texto original hebreo, ya que éste ha desaparecido. Haddad afirmó que la traducción, y todas las demás que siguieron, presentaba errores básicos. Aseguró que los fallos lo cambiaban todo y que podía demostrarlo.
– ¿Y? -inquirió Stephanie-. ¿En qué sentido podían cambiarlo todo?
– Eso no lo puedo decir.
– ¿No puedes o no quieres?
– En este caso viene a ser lo mismo.
– «Se acordó siempre de su alianza y de la promesa decretada por mil generaciones -musitó Green-; el pacto hecho con Abraham, y el juramento a Isaac; y confirmó a Jacob como ley firme, y a Israel como alianza eterna. Diciendo: “Yo te daré la tierra de Canaán como lote de vuestra heredad.”»
Ella vio que las palabras conmovían sinceramente al hombre.
– Una promesa importante -añadió Green-. Una de las muchas que contiene el Antiguo Testamento.
– Entonces ¿entiendes nuestro interés?
Green asintió.
– Entiendo por dónde vas, pero pongo en duda que pueda demostrarse.
Ella tampoco entendió eso, pero quería saber.
– ¿Qué estás haciendo, Larry? ¿Perseguir fantasmas? Es una locura.
– Te aseguro que no lo es.
Las implicaciones no tardaron en cobrar realidad. Malone estaba en lo cierto al reprenderla: debió contarle de inmediato que un intruso había entrado en los archivos. Y ahora su hijo se hallaba en peligro gracias al gobierno norteamericano, que, por lo visto, estaba dispuesto a sacrificar al muchacho.
– Stephanie -dijo Daley-, conozco esa mirada. ¿Qué piensas hacer?
No iba a decirle nada a ese mal bicho, de manera que se tragó la humillación, sonrió y repuso:
– Justo lo que tú quieres, Larry: absolutamente nada.
Copenhague
12:15
Dominick Sabre sabía que la hora siguiente sería crítica. Ya había visto en las cadenas de televisión de Copenhague el tiroteo del castillo de Kronborg, lo cual significaba que a esas alturas Malone y su ex esposa se habrían puesto en marcha. Finalmente tuvo noticias del hombre al que había enviado al castillo y se alegró de que hubiese seguido sus órdenes.
Consultó el reloj y salió del salón para dirigirse a la habitación de atrás, donde retenían a Gary Malone. Se las habían arreglado para abordar al chico en el instituto, sirviéndose de credenciales oficiales y una actitud franca, todo supuestamente en nombre del gobierno norteamericano. A las dos horas habían salido de Atlanta en un vuelo chárter. Con Pam Malone se habían puesto en contacto de camino y le dieron instrucciones. Según los informes era una mujer difícil, pero una foto y la idea de que su hijo sufriera algún daño garantizaron que hiciera exactamente lo que querían.
Abrió la puerta del dormitorio y se obligó a sonreír.
– Queríamos que supieras que hemos tenido noticias de tu padre.
El muchacho se encontraba junto a la ventana, leyendo un libro. El día anterior había pedido varios volúmenes, que Sabre le había conseguido. El joven rostro se iluminó al oír aquello.
– ¿Está bien?
– Estupendamente. Y nos ha agradecido que te tengamos con nosotros. Tu madre se encuentra con él.
– ¿Mamá aquí?
– La trajo otro equipo.
– Menuda novedad. Ella nunca ha estado aquí. -El chico hizo una pausa-. Ella y mi padre no se llevan bien.
Como conocía la historia conyugal de Malone intuyó algo.
– Y eso ¿por qué?
– El divorcio. No viven juntos desde hace mucho.
– ¿Te resulta duro?
Gary pareció sopesar la pregunta. Era alto para su edad, desgarbado, el cabello color caoba. En comparación, Cotton Malone era un poema: tez blanca, recio, cabello claro. Por mucho que lo intentaba Sabre era incapaz de ver nada del padre en el rostro o el aspecto del chico.
– Sería mejor que estuviesen juntos, pero entiendo por qué no lo están.
– Qué bien que lo entiendas. Eres sensato.
Gary sonrió.
– Eso es lo que siempre dice mi padre. ¿Lo conoce?
– Claro. Trabajamos juntos muchos años.
– ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué estoy en peligro?
– De eso no puedo hablar, pero unos tipos de lo peorcito se han fijado en tu padre e iban a ir por ti y por tu madre, así que intervinimos para protegerte. -Vio que la explicación no parecía satisfacerlo por completo.
– Pero mi padre ya no trabaja para el gobierno.
– Por desgracia a sus enemigos eso les da igual. Sólo quieren causarle dolor.
– Todo esto es muy raro.
Sabre esbozó una sonrisa forzada.
– Gajes del oficio, me temo.
– ¿Tiene usted hijos?
Sabre se preguntó cuál sería el interés del muchacho.
– No. No estoy casado.
– Parece un buen tipo.
– Gracias. Sólo cumplo con mi obligación. -Hizo un gesto y dijo-. ¿Haces ejercicio?
– Juego al béisbol. Aunque la temporada ha terminado hace algún tiempo. Sin embargo no me importaría lanzar unas pelotas.
– Eso es difícil en Dinamarca. Aquí el béisbol no es el pasatiempo nacional.
– Estuve aquí los últimos dos veranos. Me gusta mucho.
– ¿Es el tiempo que pasas con tu padre?
Gary afirmó con la cabeza.
– Casi la única ocasión de estar juntos. Pero no importa. Me alegro de que viva aquí, le hace feliz.
Sabre creyó volver a intuir algo.
– Y a ti ¿te hace feliz?
– A veces. Otras veces me gustaría tenerlo más cerca.
– ¿Te has planteado vivir con él?
El rostro del chico reflejó preocupación.
– A mi madre le daría algo. No le gustaría que lo hiciera.
– A veces uno ha de hacer lo que tiene que hacer.
– Lo he pensado.
Sabre sonrió.
– No le des demasiadas vueltas. Y procura no aburrirte.
– Echo de menos a mi madre y a mi padre. Espero que estén bien.
Ya había oído bastante. El chico estaba calmado; no sería un problema, al menos durante la próxima hora, que era todo lo que Sabre necesitaba.
Después no importaría lo que hiciera Gary Malone.
Así que se encaminó a la puerta y dijo:
– No te preocupes. Estoy seguro de que todo acabará pronto.
Malone permanecía en las calles de Elsinor, vigilando el café. Un flujo constante de parroquianos entraba y salía. Su objetivo estaba sentado en una mesa junto a la ventana, dando sorbos de una taza. Pam, suponía, estaría en el coche, aparcado en la estación de tren, esperando. Más le valía. Cuando aquel tipo se pusiera en marcha sólo tendrían una oportunidad. Si sus adversarios andaban cerca, y él estaba convencido de que era el caso, aquél tal vez fuese el único camino que lo conduciría hasta ellos.
La aparición de Pam en Dinamarca lo había puesto nervioso, pero ella siempre surtía ese efecto. Una vez los unió el amor y el respeto, o al menos eso pensaba él; ahora su único vínculo era Gary.
Su mente repasó lo que ella le había dicho en agosto. De Gary.
– Después de años de mentiras, ¿quieres ser justa?
– Hace años no eras ningún santo, Cotton.
– Y por eso convertiste mi vida en un infierno.
Ella se encogió de hombros.
– Yo también cometí un desliz. Pensé que no te importaría, dadas las circunstancias.
– Te lo conté todo.
– No, Cotton, yo te pillé.
– Pero dejaste que pensara que Gary era mío.
– Lo es. En todo excepto en la sangre.
– ¿Así es como te justificas ante ti misma?
– No tengo que justificar nada. Sólo creí que debías saber la verdad. Debí contártelo el año pasado, cuando nos divorciamos.
– ¿Cómo sabes que no es hijo mío?
– Cotton, hazte pruebas. A mí me da igual, sólo quiero que sepas que no eres el padre de Gary. Haz lo que te plazca con esta información.
– ¿Lo sabe él?
– Claro que no. Eso es algo entre él y tú. Nunca lo sabrá por mi boca.
Aún sentía la rabia que lo asaltó al ver a Pam tan tranquila. Eran tan distintos… lo cual quizás explicara por qué ya no estaban juntos. Él había perdido a su padre de pequeño, pero lo había criado una madre que lo adoraba. La infancia de Pam había sido un caos absoluto. Su madre era una mujer caprichosa, un mar de emociones contradictorias que llevaba un centro de día. Había dilapidado los ahorros de la familia no una, sino dos veces. Los astrólogos eran su debilidad. No podía resistirse a ellos, y escuchaba con avidez cuando le decían lo que ella quería oír. El padre de Pam también era conflictivo, un ser distante que iba a la deriva y le importaban más los aviones teledirigidos que su esposa y sus tres hijos. Había trabajado cuarenta años en una fábrica de cucuruchos de helado, un asalariado que nunca pasó de encargado intermedio. Una mezcla de lealtad y un falso sentimiento de satisfacción. Así fue su suegro hasta el día en que su costumbre de fumar tres paquetes de cigarrillos diarios detuvo su corazón.
Hasta que se conocieron Pam no había tenido mucho amor o seguridad. Reservada con sus emociones, pero exigiendo dedicación, siempre dio mucho menos de lo que pedía. Y señalar esa realidad sólo provocaba su ira. Sus aventuras con otras mujeres, en una etapa temprana de su matrimonio, no hicieron sino demostrar que ella tenía razón. Que no se podía contar con nada ni con nadie.
Ni madre ni padre ni hermanos ni esposo.
Todos ellos fallaron.
Igual que ella: tuvo un hijo y no le contó a su marido que no era el padre. Aún parecía estar pagando el precio de ese error.
Malone tenía que mostrarse indulgente con ella, pero para hacer un trato hacían falta dos, y ella no estaba dispuesta -al menos todavía- a negociar.
El pistolero desapareció de la ventana, y la atención de Malone volvió a centrarse en el café.
Vio que el hombre salía del establecimiento y se dirigía hacia su coche, se subía a él y se alejaba. Abandonó su posición, echó a correr por el callejón y divisó a Pam.
Cruzó la calle y se metió deprisa en el asiento del copiloto.
– Arranca y prepárate.
– ¿Yo? ¿Por qué no conduces tú?
– No hay tiempo. Aquí viene.
Vio que el Volvo torcía para entrar en la carretera que discurría paralela a la costa y pasaba a toda velocidad.
– Vamos -ordenó Malone.
Y ella obedeció.
George Haddad entró en su piso de Londres. La excursión a Bainbridge Hall había sido frustrante, como de costumbre, de manera que hizo caso omiso del computador, que le indicaba que tenía correos sin abrir, y se sentó a la mesa de la cocina.
Había estado muerto cinco años. Saber y no saber. Entender y, al mismo tiempo, sentirse confuso.
Sacudió la cabeza.
Menudo dilema.
Echó un vistazo a su alrededor. La balsámica, purificadora magia del piso se había desvanecido. Estaba claro que había llegado el momento: otros tenían que saberlo. Les debía esa revelación a todas las almas que murieron en la nakba, cuya tierra fue robada, cuya propiedad fue incautada. Y se la debía a los judíos.
Todo el mundo tenía derecho a conocer la verdad.
La primera vez, meses atrás, al parecer no había funcionado. Por eso el día anterior había vuelto a coger el teléfono.
Ahora, por tercera vez, efectuó una llamada internacional.
Malone no perdía de vista la carretera mientras Pam bajaba con rapidez por la carretera de la costa hacia el sur, en dirección a Copenhague. El Volvo le sacaba menos de un kilómetro. Malone había dejado pasar varios coches, a modo de barrera, pero le advirtió en más de una ocasión que no se separara demasiado.
– Yo no soy un agente -replicó ella, los ojos fijos en el parabrisas-. Nunca he hecho esto.
– ¿Es que no te lo enseñaron en la facultad de Derecho?
– No, Cotton. Te lo enseñaron a ti en la facultad de Espionaje.
– Ojalá hubiese existido una. Por desgracia tuve que aprender sobre la marcha.
El Volvo aceleró, y él se preguntó si no los habrían visto. Pero entonces reparó en que el coche sólo estaba adelantando a otro. Se Percató de que Pam empezaba a seguir el ritmo.
– No lo hagas. Si está alerta, es un truco para comprobar si lo siguen. Lo veo, así que quédate donde estás.
– Sabía que la formación que recibiste en el departamento de Justicia daría sus frutos.
Frivolidad; una rareza en ella. Sin embargo él apreció el esfuerzo. Esperó que la pista valiera la pena. Gary debía de andar cerca, y lo único que necesitaba era una oportunidad para sacarlo.
Llegaron a las afueras de la capital. El tráfico avanzaba a paso de tortuga. Cuatro coches los separaban del Volvo cuando éste se metió por los jardines del palacio de Charlottenlund, entró por el norte de Copenhague y enfiló hacia el sur de la ciudad. Justo delante del palacio real el Volvo giró hacia el oeste y se adentró en un barrio residencial.
– Ten cuidado -la instó él-. Aquí es fácil vernos. No te pegues.
Pam aumentó la distancia. Malone estaba familiarizado con aquella parte de la ciudad. El castillo de Rosenborg, donde se exhibían las joyas de la corona danesa, se encontraba a escasas manzanas, y el Jardín Botánico no quedaba lejos.
– Va a un sitio concreto -aseguró él-. Todas estas casas parecen iguales, así que hay que saber dónde se va.
Dos giros más y el Volvo bajó por un callejón bordeado de árboles. Malone le dijo a su ex mujer que se detuviera en la esquina y vio que su presa entraba en una vivienda particular.
– Para junto al bordillo -le indicó.
Mientras ella aparcaba él sacó su Beretta y abrió la puerta.
– Quédate aquí. Va en serio. Esto podría ponerse feo, y no puedo buscar a Gary y ocuparme de ti al mismo tiempo.
– ¿Crees que está ahí?
– Es muy posible.
Esperó que ella no se lo pusiera difícil.
– Vale. Esperaré aquí.
Malone iba a salir cuando ella lo agarró por el brazo, con firmeza, pero sin hostilidad. Sintió una oleada de emociones.
La miró a la cara, el miedo era visible en sus ojos.
– Si está ahí, tráelo.
Washington, DC
7:20
Stephanie se alegró de que Larry Daley se hubiese ido. Cada vez que se veían le caía peor.
– ¿Qué opinas? -inquirió Green.
– Hay una cosa clara: Daley no tiene ni idea de lo que es la Conexión Alejandría. Sólo sabe lo de George Haddad y espera que el palestino sepa algo.
– ¿Por qué lo dices?
– Sí lo supiera, no perdería el tiempo con nosotros.
– Necesita que Malone dé con Haddad.
– Pero ¿quién dice que necesita a Haddad para atar cabos? Si los archivos clasificados estuvieran completos no malgastaría tiempo con Haddad. Contrataría a un puñado de cerebros, averiguaría lo que quiera que fuese y partiría de esa base. -Meneó la cabeza-. Daley es un farsante de mierda, y a nosotros nos la ha dado pero bien. Necesita que Cotton encuentre a Haddad porque él no sabe una mierda. Espera que Haddad tenga todas las respuestas.
Green se retrepó en su silla con manifiesto nerviosismo. Stephanie empezaba a pensar que había juzgado mal a aquel oriundo de Nueva Inglaterra. La había respaldado frente a Daley, incluso había dejado claro que dimitiría si la Casa Blanca la despedía.
– La política es un asunto desagradable -farfulló él-. El presidente es un caso perdido: su agenda está en punto muerto y el tiempo se agota. No cabe duda de que quiere dejar un legado, hacerse un hueco en los libros de historia, y hombres como Daley consideran que su deber es proporcionárselo. Estoy de acuerdo contigo: anda tanteando. Pero cuál podría ser la utilidad de todo esto es algo que se me escapa.
– Al parecer es lo bastante importante para que tanto saudíes como israelíes tomaran cartas en el asunto hace cinco años.
– Y eso es significativo. Los israelíes no suelen ser caprichosos. Debían tener una buena razón para querer muerto a Haddad.
– Cotton está en un lío -dijo ella-. Su hijo se encuentra en peligro, y él no va a recibir ayuda alguna de nosotros. A decir verdad oficialmente vamos a quedarnos cruzados de brazos para después aprovecharnos de él.
– Creo que Daley subestima a la competencia, han planeado esto a fondo.
Stephanie asintió.
– Ése es el problema con los burócratas: piensan que todo es negociable.
El móvil de Stephanie vibró en su bolsillo, y ella se sobresaltó. Había dejado dicho que no la molestaran a menos que fuera vital. Lo cogió, escuchó un instante y colgó.
– Acabo de perder a un agente, el hombre que le envié a Malone. Lo han matado en el castillo de Kronborg.
Green no dijo nada, y el dolor asomó a los ojos de Stephanie.
– Lee Durant tenía esposa e hijos.
– ¿Se sabe algo de Malone?
Ella hizo un gesto negativo.
– Nada.
– Tal vez estuvieses en lo cierto antes. Quizá debiésemos involucrar a otros servicios.
A ella se le hizo un nudo en la garganta.
– No serviría. Esto hay que enfocarlo de otra forma.
Green estaba inmóvil, los labios fruncidos, la mirada fija, como si supiera lo que había que hacer.
– Tengo intención de ayudar a Cotton -anunció ella.
– Y ¿qué piensas hacer? Tú no trabajas sobre el terreno.
Recordó que Malone le había dicho eso mismo no hacía mucho, en Francia, pero ella se las había arreglado bastante bien.
– Conseguiré ayuda, gente de la que me pueda fiar. Tengo un montón de amigos que me deben favores.
– Yo también puedo ayudar.
– No quiero que te involucres.
– Ya lo estoy.
– No puedes hacer nada -objetó ella.
– Podrías llevarte una sorpresa.
– Y entonces ¿qué haría Daley? No sabemos quiénes son sus aliados. Será mejor que me ocupe de esto discretamente. Tú quédate al margen.
El rostro de Green no dejó traslucir nada.
– ¿Qué hay de la reunión de esta mañana en el Capitolio?
– Asistiré. De ese modo apaciguaré a Daley.
– Te cubriré cuanto pueda.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Stephanie.
– Sabes, puede que éstas hayan sido las mejores horas que hemos pasado juntos.
– Siento que no pasemos más tiempo así.
– Yo también -aseguró ella-. Pero tengo un amigo que me necesita.
Malone dejó el coche y se acercó con disimulo a la casa donde había aparcado el Volvo. No podía aproximarse por delante -demasiadas ventanas, demasiado al descubierto-, así que dio un rodeo, se metió por un callejón herboso contiguo a la casa de al lado y fue por la parte de atrás. Las viviendas de esa parte de Copenhague eran como su vecindario de Atlanta: calles umbrosas con reducidas casas de ladrillo rodeadas de jardines delanteros y traseros igualmente reducidos.
Se llevó la Beretta al costado y se sirvió del follaje para ocultarse. Por el momento no había visto a nadie. Un seto que le llegaba a la altura del hombro lo separaba del siguiente jardín. Se situó de forma que pudiera ver por encima del seto y divisó una puerta trasera en la casa en la que había entrado el pistolero. Antes de que le diera tiempo a decidir qué hacer, la puerta se abrió y salieron dos hombres: el pistolero de Kronborg y otro, un tipo achaparrado y cuellicorto.
Iban hablando y se dirigieron a la parte delantera de la casa. Obedeciendo a su intuición, Malone salió de su escondite y entró en el jardín posterior por una abertura que había en el seto. Fue directo a la puerta trasera y entró con el arma en ristre.
La casa, de una sola planta, estaba en silencio. Dos dormitorios, estudio, cocina y baño. La puerta de una de las habitaciones estaba cerrada. Echó una ojeada a los cuartos: vacíos. Se acercó al que estaba cerrado. Su mano izquierda se aferró al tirador mientras la derecha sostenía el arma, el dedo en el gatillo. Lo giró despacio y, acto seguido, abrió de un empujón.
Y vio a Gary.
El chico estaba sentado en una silla, junto a la ventana, leyendo. Su hijo pegó un respingo, levantó la vista de las páginas y su rostro se iluminó al ver quién era.
También Malone experimentó una sensación de júbilo.
– ¡Papá! -Entonces Gary vio el arma y dijo-: ¿Qué pasa?
– No te lo puedo explicar, pero tenemos que irnos.
– Dijeron que estabas en apuros. ¿Están aquí los que quieren hacernos daño a mamá y a mí?
Malone asintió mientras el pánico se apoderaba de él.
– Sí. Hemos de irnos.
Gary se levantó de la silla y Malone no pudo evitarlo: le dio un fuerte abrazo a su hijo. El muchacho era suyo. Que le dieran a Pam.
– Ponte detrás de mí y haz exactamente lo que te diga, ¿entendido? -le dijo al muchacho.
– ¿Va a haber jaleo?
– Espero que no.
Volvió a la puerta de atrás y miró fuera: el jardín estaba desierto. Sólo necesitaría un minuto para escapar. Salió con Gary pegado a sus talones.
La abertura del seto se hallaba a unos quince metros.
Hizo que Gary fuese delante, ya que la última vez que había visto a los dos tipos se dirigían a la calle. Con el arma preparada, se lanzó hacia el jardín contiguo. Vigilaba atentamente su flanco.
Pasaron por la abertura del seto.
– Qué predecible.
Dio media vuelta y se quedó helado: a unos seis metros estaba el cuellicorto con Pam, una Glock con silenciador pegada a su cuello. El pistolero de Kronborg permanecía a un lado, apuntando directamente a Malone.
– Me he tropezado con tu ex, estaba rondando por aquí -explicó el cuellicorto con acento holandés-. Supongo que le dijiste que se quedara en el coche.
La mirada de Malone se clavó en la de ella, sus ojos suplicaban Perdón.
– ¡Gary! -exclamó ella, sin poder moverse.
– ¡Mamá!
Malone captó la desesperación que había en ambas voces. Se situó delante de Gary.
– Veamos cómo lo has hecho, Malone. Seguiste a mi hombre del castillo a la ciudad, esperaste a que se marchara y saliste tras él pensando que tu hijo estaría aquí.
Era la voz del móvil de la noche anterior. Sin duda.
– Lo cual resultó ser cierto.
El otro hombre se mantenía impasible. A Malone se le revolvió el estómago. Se la habían jugado.
– Saca el cargador de la Beretta y tíralo.
Malone vaciló, pero decidió que no tenía elección. Hizo lo que le decían.
– Y ahora hagamos un trato: te daré a tu ex y tú me darás al chico.
– ¿Y si te digo que te quedes con mi ex?
El hombre soltó una risita.
– Estoy seguro de que no querrás que tu hijo vea cómo le vuelo la tapa de los sesos a su madre, que es exactamente lo que haré, porque la verdad es que no la quiero.
Los ojos de Pam se desorbitaron al ver lo que había conseguido con su estupidez.
– Papá, ¿qué está pasando? -quiso saber Gary.
– Hijo, vas a tener que irte con él…
– ¡No! -chilló Pam-. No lo hagas.
– Te matará -le advirtió Malone.
El dedo del cuellicorto se apoyaba con firmeza en el gatillo de la Glock, y Malone esperó que Pam no se moviera. Miró con fijeza a Gary:
– Debes hacerlo por mamá, pero volveré por ti, te lo juro. Cuenta con ello. -Abrazó nuevamente al muchacho-. Te quiero. Sé fuerte por mí, ¿de acuerdo?
Gary asintió, titubeó un instante y avanzó hacia el cuellicorto, que soltó a Pam. Ésta se abrazó a Gary en el acto y rompió a llorar.
– ¿Estás bien? -le preguntó a su hijo.
– Sí.
– Déjeme quedarme con él -pidió ella-. No causaré problemas. Cotton encontrará lo que quieren y nosotros nos portaremos bien. Se lo prometo.
– Cierra el pico -ordenó el cuellicorto.
– Se lo juro. No daré problemas.
Él apuntó a la frente de Pam.
– Mueve ese bonito culo hasta allí y cierra el pico.
– No lo provoques -recomendó Malone a su ex.
Ésta abrazó de nuevo a Gary y se alejó despacio de él. El cuellicorto se rió.
– Buena elección.
Malone miraba fijamente a su adversario. De pronto el arma de éste se volvió hacia la derecha y tres balas silenciosas salieron del cañón y se estrellaron contra el pistolero de Kronborg. El cuerpo se tambaleó y acto seguido se desplomó de espaldas en el suelo.
Pam se tapó la boca con la mano.
– ¡Dios mío!
Malone vio la mirada de horror de Gary. Ningún muchacho de quince años tendría que ver algo así.
– Hizo exactamente lo que le dije, pero yo sabía que lo seguías. Él no. A decir verdad, me dijo que no lo habían seguido. No tengo tiempo para aguantar a idiotas. Este pequeño ejercicio tenía por fin que te dejaras de bravuconadas. Ahora ve a buscar lo que quiero. -El cuellicorto apuntó a la cabeza de Gary-. Nos iremos sin que te entrometas.
– Estoy sin balas.
Observó a Gary. Curiosamente su joven rostro no reflejaba nada de nerviosismo. Ni pánico ni miedo, sólo determinación.
El cuellicorto y Gary se dispusieron a irse.
Malone tenía el arma en el costado, su cerebro estaba analizando posibilidades. Gary estaba a escasos centímetros de una Glock cargada. Sabía que si su hijo desaparecía él no tendría más remedio que entregar la Conexión Alejandría. Llevaba el día entero devanándose los sesos para evitar esa posibilidad, ya que hacerlo generaría un montón de conflictos. Era evidente que el cuellicorto había previsto lo que él haría, desde el principio, a sabiendas de que todos ellos acabarían justo donde se encontraban.
La sangre se le heló, y fue presa de una inquietante sensación.
Incómoda, pero familiar.
Procuró que sus movimientos fueran naturales. Ésa era la norma. Su antigua profesión se basaba en sopesar las probabilidades. El éxito siempre había sido cuestión de dividir las probabilidades entre el riesgo. Su propio pellejo había estado en peligro en numerosas ocasiones, y en tres casos el riesgo había prevalecido y él había terminado en un hospital.
Esto era diferente: su hijo estaba en juego.
Gracias a Dios tenía todas las probabilidades a su favor.
El cuellicorto y Gary se aproximaron a la abertura del seto.
– Disculpa -dijo Malone.
El cuellicorto se volvió, Malone disparó la Beretta y la bala acertó al hombre en el pecho. Éste parecía no saber qué había ocurrido, su rostro era una mezcla de asombro y dolor. Finalmente la sangre manó por las comisuras de su boca y sus ojos se cerraron.
Cayó como un árbol talado, se retorció un instante y se quedó quieto.
Pam corrió hacia Gary y lo estrechó entre sus brazos.
Malone bajó el arma.
Sabre vio cómo Cotton Malone disparaba a su último agente. Se hallaba en la cocina de una casa que daba a la parte trasera de la vivienda donde Gary Malone había pasado los últimos tres días. Había alquilado las dos casas a la vez.
Sonrió.
Malone era listo, y su hombre un incompetente. Al tirar al cargador el arma se había quedado sin balas, a excepción de la que ya estaba en la recámara. Cualquier buen agente, como Malone, guardaba siempre una bala en la recámara. Recordó aquella vez, durante su adiestramiento con las fuerzas especiales del Ejército, en que un recluta se disparó en la pierna tras descargar supuestamente el arma.
Esperaba que Malone sacara lo mejor de la ayuda que él había contratado. Ésa era la idea. Y la oportunidad se presentó cuando Sabre vio a Pam Malone dirigirse hacia la casa. Llamó a su secuaz y le dijo cómo aprovechar el descuido de la mujer para convencer más a Malone, y de paso le ofreció un plus para que le pegara un tiro al otro sicario.
Por suerte Malone se había encargado de que dicho pago no se efectuara.
Lo cual también quería decir que no quedaba nadie con vida para relacionar a Sabre con nada.
Mejor aún, Malone había recuperado a su hijo, y ello apaciguaría los instintos más peligrosos de su enemigo.
Sin embargo aquello no había terminado.
En absoluto.
Lo cierto es que no había hecho más que empezar.