Viena
22:30
Thorvaldsen estaba sentado en el gran salón del château, pendiente del desarrollo de la asamblea de invierno de la Orden. Él, al igual que los otros miembros, ocupaba una antigua silla dorada. Se encontraban alineados en filas de ocho, el Círculo de cara a ellos, Alfred Hermann en la silla central, sobre ella una seda azul. Todo el mundo parecía tener muchas ganas de hablar, y la discusión no había tardado en centrarse en Oriente Próximo y lo que el comité político había propuesto la primavera anterior. Entonces los planes sólo eran provisionales, pero ahora las cosas habían cambiado. Y no todo el mundo estaba de acuerdo.
Lo cierto es que había más disconformidad de la que esperaba Alfred Hermann. La Silla Azul ya había intervenido dos veces en el debate, lo cual era poco común. Thorvaldsen sabía que, por regla general, Hermann permanecía en silencio.
– Desplazar a los judíos es imposible y ridículo -apuntó uno de los hombres desde las filas. Thorvaldsen lo conocía, era un noruego con intereses en la pesca en el Atlántico Norte-. El libro de las Crónicas deja claro que Dios escogió Jerusalén y santificó allí el templo. Conozco la Biblia. En Reyes se asegura que Dios le dio a Salomón una tribu para que David lo adorara en Jerusalén, la ciudad que Él mismo había elegido. La restitución del moderno Israel no fue un accidente. Muchos creen que medió la inspiración divina.
Otros miembros se sumaron a la observación con pasajes de la Biblia extraídos de las Crónicas y los Salmos.
– ¿Y si lo que citáis es falso?
La pregunta vino de la cabecera del salón. Hermann se puso en pie.
– ¿Recordáis cuándo se creó el Estado de Israel?
Nadie respondió.
– El 14 de mayo de 1948, a las cuatro y treinta y dos de la tarde. David Ben Gurión, que se hallaba en el Museo de Tel Aviv, dijo que «en virtud del derecho natural e histórico del pueblo judío» quedaba constituido el Estado de Israel.
– El profeta Isaías escribió que «una nación nace toda de una vez» -observó uno de los miembros-. Dios mantuvo su promesa, el pacto de Abraham, y a los judíos les fue devuelta su tierra.
– Y ¿cómo sabemos de la existencia de este pacto? -inquirió Hermann-. Sólo por una fuente: el Antiguo Testamento. Muchos de vosotros habéis recurrido hoy a ese texto. Ben Gurión habló del «derecho natural e histórico del pueblo judío». También él se refería al Antiguo Testamento, que es la única prueba de ese derecho divino. Sin embargo su autenticidad es bastante dudosa.
Los ojos de Thorvaldsen recorrieron la estancia.
– Si yo tuviese documentos con décadas de antigüedad traducidos de vuestros respectivos idiomas por gente que lleva muerta mucho tiempo y que ni siquiera hablaba vuestra lengua, ¿no cuestionaríais su autenticidad? ¿No querríais más pruebas que una traducción no contrastada ni autentificada? -Hermann hizo una pausa-. Sin embargo, hemos aceptado el Antiguo Testamento como la incuestionable Palabra de Dios. Su texto acabó dando forma al Nuevo Testamento, y sus palabras aún tienen consecuencias geopolíticas.
Los presentes parecían esperar a que Hermann finalizara su argumentación.
– Hace siete años un hombre llamado George Haddad, un palestino estudioso de la Biblia, escribió un artículo que publicó la Universidad de Beirut. En él postulaba que el Antiguo Testamento, tal y como estaba traducido, era erróneo.
– Menuda premisa -espetó otro miembro, una mujer corpulenta, que se levantó-. Yo me tomo la Palabra de Dios más en serio que usted.
Hermann parecía divertido.
– ¿De veras? ¿Qué sabe usted de esa Palabra de Dios? ¿Conoce su historia? ¿A su autor? ¿A su traductor? Esas palabras fueron escritas hace miles de años, por escribas desconocidos, en hebreo antiguo, una lengua que lleva más de dos mil años muerta. ¿Qué sabe usted del hebreo antiguo?
La mujer no dijo nada, y Hermann asintió.
– Su falta de conocimiento es comprensible. Se trataba de un idioma en el que la importancia de las palabras se transmitía más por el contexto que por la grafía. La misma palabra podía tener, y de hecho tenía, distintos significados, dependiendo de cómo se utilizara. Los eruditos judíos no tradujeron esas palabras al hebreo de su época hasta siglos después de que se escribiera por primera vez el Antiguo Testamento, y no obstante esos eruditos ni siquiera hablaban hebreo antiguo. Simplemente interpretaron el significado o, peor aún, cambiaron el significado. Después pasaron siglos, y más estudiosos, esta vez cristianos, tradujeron las palabras de nuevo. Tampoco ellos hablaban hebreo antiguo, de manera que también interpretaron. Con el debido respeto a sus creencias, de la Palabra de Dios no sabemos nada.
– Usted no tiene fe -aseveró la mujer.
– En esto, no, ya que nada tiene que ver con Dios. Es la obra del hombre.
– ¿Qué opinaba Haddad? -preguntó un hombre, el tono evidenciaba su interés.
– Postulaba, y no se equivocaba, que la primera vez que se contaron las historias del pacto que Dios hizo con Abraham, los judíos ya habitaban la Tierra Prometida, la actual Palestina. Naturalmente esto sucedió muchos, muchos siglos después de que se efectuara la supuesta promesa. Según el relato bíblico, la Tierra Prometida se extendía desde el río de Egipto hasta el Eufrates. Se dan muchos nombres, pero cuando Haddad cotejó los topónimos bíblicos, traducidos al hebreo antiguo, con ubicaciones actuales, descubrió algo extraordinario. -Hermann se detuvo, satisfecho consigo mismo-. Tanto la Tierra Prometida de Moisés como la tierra de Abraham se hallaban en el oeste de Arabia Saudí, en la región de Asir.
– ¿Donde está La Meca? -preguntó alguien.
Hermann asintió, y Thorvaldsen vio que muchos de los miembros captaban de inmediato lo que aquello significaba.
– Eso es imposible -afirmó uno.
– Lo cierto es que os lo puedo demostrar -contestó Hermann.
A una señal suya, una pantalla bajó de un soporte instalado en el techo y apareció un proyector. Instantes después vieron un mapa del oeste de Arabia Saudí, el mar Rojo serpenteando a lo largo de una costa dentada. Una escala métrica mostraba que la zona medía aproximadamente cuatrocientos kilómetros de largo y trescientos de ancho. Hacia el este, a un centenar de kilómetros de la costa, se extendían regiones montañosas que se allanaban en los bordes del desierto Arábigo, en la zona central.
– Sabía que entre vosotros habría escépticos. -Hermann sonrió mientras una risita nerviosa se extendía por la asamblea-. Esto es Asir en la actualidad. -Hizo un nuevo gesto y la pantalla cambió.
»Si se proyectan en el mapa los límites de la Tierra Prometida bíblica, sirviéndonos de los lugares que George Haddad identificó, la línea discontinua perfila la tierra de Abraham, y la continua la tierra de Moisés. Las ubicaciones bíblicas en hebreo antiguo casan perfectamente con ríos, poblaciones y montañas de esta región. Muchas incluso conservan el nombre en hebreo antiguo, adaptado al árabe, como es natural. Preguntaos, ¿por qué nunca se han encontrado en Palestina pruebas paleográficas ni arqueológicas que confirmen los lugares bíblicos? La respuesta es sencilla: porque esos lugares no están allí. Se hallan a cientos de kilómetros al sur, en Arabia Saudí.
– ¿Y por qué nadie se ha dado cuenta antes?
Thorvaldsen agradeció la pregunta, ya que él había estado pensando en lo mismo.
– Sólo queda viva una media docena de estudiosos que de verdad entienden el hebreo antiguo. Por lo visto ninguno de ellos, aparte de Haddad, era lo bastante curioso para investigar. Sin embargo, con el objeto de asegurarme, hace tres años contraté a uno de esos expertos para que corroborara los descubrimientos de Haddad. Y así lo hizo, hasta el último detalle.
– ¿Podemos hablar con su experto? -preguntó un miembro.
– Por desgracia era anciano y falleció el año pasado.
Lo más probable es que lo ayudaran a irse a la tumba, pensó Thorvaldsen. A Hermann sólo le faltaba que un segundo erudito enredara más las cosas.
– Pero tengo un informe detallado por escrito que se puede examinar. Resulta bastante convincente.
En la pantalla surgió otra imagen, un segundo mapa de la región de Asir.
– Éste es un ejemplo que demuestra la teoría de Haddad. En Jueces, 18, la tribu israelita de Dan se establece en la aldea de Lais, en la región del mismo nombre. La Biblia dice que esa aldea estaba próxima a otra llamada Sidón. Cerca de Sidón se encontraba la ciudad fortificada de Sora. Historiadores cristianos del siglo iv de nuestra era identificaron Dan con una aldea situada en la cabecera del río Jordán. En 1838 un equipo inspeccionó y encontró un montículo del que declararon era lo que quedaba de la bíblica Dan. En la actualidad ese sitio es la ubicación aceptada de Dan. Incluso existe un asentamiento israelí moderno, llamado Dan, que se alza en ese mismo sitio hoy en día.
Thorvaldsen se percató de que Hermann parecía disfrutar, como si llevase mucho tiempo preparándose para ese instante. Pero se preguntó si su imprevista jugada con Margarete no habría acelerado los planes de su anfitrión.
– Los arqueólogos se han pasado los últimos cuarenta años investigando el montículo y no han encontrado una sola prueba que confirme que ése es el bíblico Dan. -Hermann hizo un gesto y la pantalla cambió otra vez. En el mapa aparecieron unos nombres-. Esto es lo que Haddad descubrió: la bíblica Dan se puede identificar fácilmente con una aldea del oeste de Arabia llamada al-Danadina, que se encuentra en una región costera llamada al-Lith, cuya población principal también se llama al-Lith. Traducido, ese nombre es idéntico a la palabra bíblica Lais. Y, además, en la actualidad, cerca de ella hay un pueblo llamado Sidón. Más cerca incluso de al-Danadina se halla al-Sur, que, traducido, es Sora.
Thorvaldsen tenía que admitir que las coincidencias geográficas eran intrigantes. Se quitó sus gafas de montura al aire y se llevó la mano al caballete de la nariz, pensando mientras se lo frotaba.
– Y existen más correlaciones topográficas. En el segundo libro de Samuel, 24, 6, la aldea de Dan se encontraba cerca de una tierra llamada Tahtim. En Palestina no hay ningún lugar con ese nombre, pero en el oeste de Arabia la aldea de al-Danadina se halla próxima a una cordillera costera llamada Yabal Tahyatayn, que es la forma árabe de Tahtim. No puede ser accidental. Haddad escribió que si los arqueólogos excavaran en esta zona encontrarían pruebas para sustentar la presencia de un antiguo asentamiento judío. Pero eso nunca ha ocurrido, ya que los saudíes prohíben tajantemente cavar. A decir verdad, hace cinco años, cuando se enfrentaban a una posible amenaza procedente de las eruditas conclusiones de Haddad, los saudíes arrasaron algunas aldeas de esa zona, haciendo que resulte casi imposible encontrar pruebas arqueológicas definitivas.
Thorvaldsen notó que, a medida que la asamblea prestaba más atención, Hermann cobraba más confianza en sí mismo.
– Y hay más: en todo el Antiguo Testamento, Jordán equivale al hebreo yarden, pero ese nombre no se describe en ningún momento como un río. Lo cierto es que esa palabra significa «descender», un desnivel en el terreno. Sin embargo traducción tras traducción describe el Jordán como un río, y su paso como un suceso trascendental. El palestino río Jordán no es ninguna gran vía fluvial; los habitantes de ambas riberas llevan siglos cruzándolo sin esfuerzo. Pero aquí -señaló en el mapa- se encuentran las grandes montañas del oeste de Arabia, imposibles de cruzar salvo por unos pocos pasos, y así y todo es difícil. En cada ejemplo del Antiguo Testamento en que se habla del Jordán, la geografía y la historia casan con esta zona de Arabia.
– ¿El Jordán es una cadena montañosa?
– Ninguna otra traducción del hebreo antiguo tiene sentido.
El anciano estudió los rostros que lo miraban y añadió:
– Los topónimos se transmiten como si de una tradición sagrada se tratase. En la memoria del pueblo sobreviven nombres antiguos, Haddad descubrió que eso era especialmente cierto en Asir.
– ¿No ha habido descubrimientos que relacionan Palestina con la Biblia?
– Los ha habido, pero ninguno de los hallazgos desenterrados hasta la fecha demuestra nada. La estela moabita, encontrada en 1868, habla de guerras libradas entre Moab e Israel, como se menciona en Reyes. Otro hallazgo que se encontró en el valle del Jordán en 1993 cuenta lo mismo. Sin embargo, ninguno dice que Israel se ubicara en Palestina. Documentos asirios y babilonios refieren conquistas en Israel, pero ninguno indica dónde se hallaba ese Israel. En Reyes se asevera que ejércitos de Israel, Judá y Edom marcharon siete días por un árido desierto, pero el valle tectónico de Palestina, al que se suele considerar ese desierto, se atraviesa en no más de un día y tiene abundante agua.
Ahora las palabras de Hermann fluían con profusión, como si hubiese contenido esas verdades demasiado tiempo.
– No queda un solo resto del templo de Salomón, nunca se ha encontrado nada, aunque en Reyes se asegura que el rey empleó «grandes piedras escogidas para los cimientos de la casa, piedras labradas». ¿Cómo es que no se ha encontrado ninguna? Lo que ha ocurrido es que los estudiosos han permitido que sus ideas preconcebidas influyeran en sus interpretaciones. Querían que Palestina fuese la tierra de los judíos del Antiguo Testamento, así que pusieron los medios. La realidad es muy diferente. La arqueología sí ha demostrado una cosa: que la Palestina del Antiguo Testamento la componían gentes que vivían en aldeas, en su mayoría agricultores primitivos, con escasas muestras de una cultura desarrollada. Era una sociedad rústica, no los extremadamente astutos israelitas de la era postsalomónica. Ése es un hecho científico.
– Pero en Salmos se dice: «La verdad brotará de la tierra.» -argumentó un miembro.
– ¿Qué quiere decir? -quiso saber alguien.
Hermann agradeció la pregunta.
– Independientemente de que los saudíes se negaran a permitir cualquier investigación arqueológica, Haddad pensaba que aún existen pruebas de su teoría. Ahora mismo estamos intentando localizar esas pruebas. Si su teoría se puede corroborar (al menos lo bastante para poner en tela de juicio la validez de las promesas del Antiguo Testamento), pensad en las consecuencias. No sólo Israel, sino también Arabia Saudí, se desestabilizarían. Y todos nos hemos visto perjudicados por la corrupción de ese gobierno. Imaginad lo que harían los musulmanes radicales si su lugar más sagrado es la bíblica patria judía. Sería similar a la Explanada del Templo, en Jerusalén, reclamada por las tres religiones principales. Ese sitio lleva miles de años engendrando discordias. Esta revelación sobre Arabia provocaría el caos.
Thorvaldsen ya había permanecido bastante tiempo callado. Se puso en pie.
– No creerás que esas revelaciones, aun cuando se probaran, tendrían un efecto tan trascendental, ¿no? ¿Qué más hay que tanto interesa al comité político?
Hermann lo miró con un desdén que sólo ellos dos comprendieron. Se habían cebado con Cotton Malone, llevándose a su hijo, y ahora él se cebaba en Hermann. Claro está que la Silla Azul nunca revelaría esa debilidad. Thorvaldsen había jugado sabiamente su mejor carta, allí, en la asamblea, donde Hermann había de ser cauteloso. Sin embargo, algo le dijo que el austriaco todavía se guardaba un as en la manga. Y la sonrisa que afloró a los finos labios del anciano hizo que Thorvaldsen vacilara.
– Cierto, Henrik, hay algo más, algo que también involucrará en la lucha a los cristianos.
Viena
22:50
Alfred Hermann cerró la puerta de sus habitaciones y se quitó el hábito y el collar. El peso de ambos cargaba sus fatigados miembros. Dejó la ropa en la cama, satisfecho con la asamblea. Al cabo de tres horas, los miembros finalmente habían comenzado a entender. El plan de la Orden era vasto e ingenioso a un tiempo. Ahora necesitaba respaldar su afirmación de que la prueba llegaría pronto.
Sin embargo, empezaba a preocuparse. Llevaba demasiado tiempo sin tener noticias de Sabre.
El nerviosismo le revolvía el estómago. Era una sensación desconocida. Para ganar fuerza había acelerado sus planes. Aquél bien podía ser su último gran empeño sentado en la Silla Azul. El ejercicio de su cargo tocaba a su fin. A la Orden del Vellocino de Oro le interesaba el éxito. Más de un gobierno se había visto desestabilizado, algunos incluso habían sido derrocados, para que la Orden pudiese prosperar. Lo que había tramado quizá pudiera doblegar a unos cuantos más, tal vez incluso a los mismísimos americanos, si jugaba bien sus cartas.
Había intuido que Thorvaldsen podría ser un problema, razón por la cual había ordenado a Sabre prepararle un informe financiero. Sentado en la Schmetterlinghaus el día anterior, mientras veía a Sabre aceptar obedientemente el cometido, jamás habría pensado que el danés fuese tan agresivo. Se conocían desde hacía tiempo, lo cual no quería decir que fuesen buenos amigos, pero sin duda eran parecidos. Sin embargo, de alguna manera, el danés había relacionado deprisa lo ocurrido en Copenhague con él y la Orden.
Él no esperaba que hubiese pista alguna.
Lo cual le hacía pensar en Sabre. ¿Habría sido descuidado? ¿O lo habría hecho a propósito?
Le daba vueltas a las advertencias que Margarete le había hecho sobre Sabre. «Demasiada libertad. Demasiada confianza.» ¿Por qué no había llamado su acólito? Lo último que sabía era que Sabre iba camino de Londres, vía Rothenburg, para dar con George Haddad. Lo había llamado varias veces, en vano. Necesitaba a Sabre. Allí. Ahora.
Llamaron suavemente a la puerta. Él cruzó la habitación y abrió.
– Es hora de que hablemos más -le dijo Thorvaldsen.
Hermann estaba de acuerdo.
Thorvaldsen entró y cerró la puerta.
– No puedes ir en serio con todo esto, Alfred. ¿Tienes idea de lo que podría causar tu plan?
– Hablas como un judío, Henrik. Ése es tu defecto: te ciegan las supuestas promesas de Dios, vuestro presunto derecho.
– Hablo como un ser humano. ¿Quién sabe si el Antiguo Testamento es correcto? Te aseguro que yo no tengo ni idea. Pero el mundo islámico no tolerará que se supiera que su lugar más sagrado fue manchado por el judaísmo. Reaccionará con violencia.
– A los saudíes se les dará la oportunidad de negociar antes de dar a conocer la información -repuso Hermann-. Así es como funcionamos, lo sabes. La violencia será culpa suya, no nuestra. Nuestro objetivo sólo es obtener beneficios. El comité político cree que pueden conseguirse numerosas concesiones con las que saldrán ganando nuestros miembros. Y yo estoy de acuerdo.
– Es una locura -aseguró Thorvaldsen.
– Y ¿qué pretendes hacer?
– Lo que sea necesario.
– No tienes agallas para librar esta batalla, Henrik,
– Puede que te sorprenda.
Hermann albergaba dudas, de manera que decidió lanzar un desafío:
– Quizá debieras preocuparte más por ti mismo. He comprobado tu situación financiera. No sabía cuan frágil puede ser el negocio del cristal. El éxito de tu Adelgade Glasvaerker depende de numerosos factores inestables.
– ¿Y crees que puedes influir en ellos?
– Estoy bastante seguro de que puedo crear problemas.
– Mis activos netos igualan tranquilamente a los tuyos.
El austriaco sonrió.
– Sin embargo, aprecias tu reputación. Sería impensable que una de tus empresas fuese considerada un fracaso.
– Inténtalo si quieres, Alfred.
Éste era consciente de que ambos poseían miles de millones de euros, en su mayor parte reunidos por sus antepasados, de que ambos los habían administrado bien. Y ninguno de los dos era tonto.
– Recuerda que tengo a tu hija -apuntó Thorvaldsen.
El otro se encogió de hombros.
– Y yo os tengo a ti y al muchacho.
– ¿De veras? ¿Estarías dispuesto a arriesgar la vida de tu hija?
Hermann todavía no había decidido cuál era la respuesta a esa pregunta, de manera que inquirió:
– ¿Tiene eso que ver con Israel? Sé que te consideras un patriota.
– Y yo sé que tú eres un intolerante.
El comentario provocó la ira de Hermann.
– Nunca me habías hablado así antes.
– Siempre he sabido cómo pensabas, Alfred. Tu antisemitismo es evidente. Intentas ocultarlo (al fin y al cabo en la Orden hay varios judíos), pero es obvio.
Había llegado el momento de dejarse de fingimientos.
– Tu religión es un problema, siempre lo ha sido.
Thorvaldsen se encogió de hombros.
– No más que el cristianismo. Nosotros simplemente dejamos de luchar y nos limitamos a observar mientras los cristianos mataban a su antojo en nombre de Cristo resucitado.
– No soy un hombre religioso y lo sabes, Henrik. Esto es sólo cuestión de política y beneficios. Y a los judíos de la Orden, lo que les importa es eso mismo. Ni uno solo expresó su oposición en la asamblea. Israel es un impedimento para el progreso. A los sionistas les aterroriza la verdad.
– ¿A qué te referías con lo de involucrar a los cristianos?
– Si se encuentra la Biblioteca de Alejandría, existen textos que bien podrían poner en evidencia que la Biblia entera es un fraude.
El danés no parecía convencido.
– Tal vez te encuentres con que ese resultado es difícil de alcanzar.
– Te lo aseguro, Henrik, he pensado en esto detenidamente.
– ¿Dónde está Las Garras del Águila?
Hermann le dirigió una mirada de aprobación.
– Bien hecho. Pero él escapa a tu control.
– Pero no al tuyo.
El austríaco decidió ir al grano.
– No vas a salir victorioso en esto. Tienes a mi hija, pero eso no me detendrá.
– Quizá deba expresarme con claridad: mi familia soportó la ocupación nazi de Dinamarca. A muchos los mataron, y nosotros matamos a muchos ademanes. Me he enfrentado a desafío tras desafío, y personalmente me importa un bledo Margarete. Es arrogante, consentida y poco inteligente. Me importan mi amigo Cotton Malone, su hijo y mi patria adoptiva. Si me veo obligado a matarla, lo haré.
Hermann se había preocupado por las amenazas procedente del exterior, pero el problema más acuciante había surgido de dentro. Había que aplacar a ese hombre, al menos durante un tiempo.
– Puedo enseñarte algo.
– Tienes que detener esto.
– Aquí hay más en juego que favorecer nuestros intereses comerciales.
– Muy bien, enséñamelo.
– Haré que lo preparen.
Maryland
16:50
Stephanie iba en el asiento de atrás de una ranchera, con Cassiopeia a su lado. Entraron por la verja principal sin detenerse, el coche pasó a toda velocidad ante guardias armados. Se habían dirigido al norte desde Washington, hacia el accidentado paisaje de Maryland. Ella supo en el acto adonde iban: a Camp David, el refugio presidencial para los fines de semana.
Pasaron ante más guardias y otro control, y el vehículo paró ante una elegante cabaña de madera circundada de árboles y con un porche cubierto. Al bajar las recibió el fresco de la tarde. A una señal del agente del servicio secreto del museo la puerta principal se abrió.
De la cabaña salió el presidente, Robert Edward Daniels hijo.
Stephanie sabía que el presidente nunca utilizaba su verdadero nombre. Hacía tiempo que se hacía llamar Danny. De espíritu sociable y con una potente voz de barítono, Danny Daniels había sido bendecido con un don divino para ganar elecciones. Había sido gobernador durante tres mandatos y senador durante uno antes de llegar a la presidencia. Su reelección el año anterior para un segundo mandato había resultado sencilla.
– Stephanie, me alegro de que hayas venido -la saludó Daniels mientras bajaba los escalones del porche.
El presidente llevaba unos vaqueros, una camisa de sarga y unas botas. Ella hizo acopio de valor y se adelantó.
– ¿Acaso tenía elección?
– La verdad es que no, pero así y todo me alegro de que hayas venido. Me han dicho que has tenido algunos problemillas.
Daniels añadió una risita burlona, pero ella no estaba de humor, ni siquiera aunque se tratase del líder del mundo libre.
– Gracias a su gente.
Él alzó las manos fingiendo rendirse.
– Bueno, eso aún está por ver. Ni siquiera has oído lo que tengo que decir. ¿Y esa nueva imagen? ¿El pelo y la ropa? Me gusta.
Sin darle ocasión de responder, se volvió hacia Cassiopeia.
– Usted debe de ser la señorita Vitt. He oído hablar mucho de usted. Tiene una vida fascinante. ¿Qué hay de ese castillo que está reconstruyendo en Francia? Me encantaría verlo.
– Debería ir, yo se lo enseñaré.
– Me han dicho que lo está levantando igual que hace seiscientos años. Increíble.
Stephanie comprendió que Daniels le estaba mandando un mensaje: ellas se hallaban allí y él estaba informado, así que a relajarse tocaban.
Muy bien, era hora de ver adonde llevaba todo aquello.
– A diferencia de lo que piensas, Stephanie -comenzó Daniels-, no soy ningún idiota.
Estaban sentados en el porche delantero de la cabaña, cada uno en una mecedora de madera de alto respaldo. Daniels mecía la suya con energía, los tablones del piso sufrían bajo el uno noventa de su corpachón.
– No creo haberle llamado nunca idiota -respondió ella.
– Mi padre solía decirle a mi madre que nunca la había llamado zorra a la cara. -La fulminó con la mirada-. Lo cual también era verdad.
Ella no dijo nada.
– Me tomé muchas molestias para sacarte de ese museo. Es uno de mis lugares preferidos. Me encantan los aviones y el espacio. Cuando era joven me los estudié de cabo a rabo. ¿Sabes qué es lo bueno de ser presidente? Puedes ir a ver un lanzamiento siempre que quieras. -El presidente cruzó las piernas y se retrepó en la mecedora-. Tengo un problema, Stephanie. Y gordo.
– Ya somos dos. Estoy en paro y, según su viceconsejero de seguridad nacional, detenida. Por cierto, ¿no fue usted quien me despidió?
– Sí. Larry me lo pidió, y yo accedí. Pero era preciso hacerlo para que estuvieses aquí hoy.
Cassiopeia se echó hacia delante.
– Tenía mis dudas, pero ahora lo sé: usted colabora con los israelíes, ¿no? He estado intentado atar cabos, y ahora tiene sentido. Ellos acudieron a usted.
– Me han dicho que su padre era uno de los hombres más listos de España. Levantó un imperio económico de la nada, el que ahora dirige usted.
– No es mi punto fuerte.
– Sin embargo tengo entendido que es usted una excelente tiradora, valiente como el que más y con el coeficiente intelectual de un genio.
– Y en este momento estoy en medio de un lío político.
Daniels entrecerró los ojos con aire divertido.
– Un lío, eso es exactamente. Y tiene razón, Israel se puso en contacto conmigo. Están molestos con Cotton Malone.
Stephanie sabía que Daniels sentía debilidad por Malone. Dos años antes éste se había visto envuelto en un juicio por asesinato en ciudad de México. La víctima era un supervisor de la DEA, compañero de habitación de Daniels en la facultad, al que básicamente ejecutaron. Ella había mandado a Malone a conseguir una condena, pero durante un almuerzo se vio en medio de un fuego cruzado cuyo resultado fue la muerte del fiscal mexicano y del hijo de Henrik Thorvaldsen. Cai. Malone les disparó a los agresores y volvió a casa con una bala en el hombro, pero consiguió la condena. Cuando quiso retirarse prematuramente a cambio de lo que había hecho, Daniels en persona se lo permitió.
– ¿Y usted, señor? -preguntó ella-. ¿También está molesto con Malone?
– ¿«Señor»? Vaya, esto sí que es nuevo. Las escasas ocasiones en que hemos coincidido nunca habías utilizado esa palabra.
– No sabía que prestara tanta atención.
– Stephanie, presto mucha atención a muchas cosas. Por ejemplo, hace un rato Cotton Malone llamó al Magellan Billet. Como tú estabas ocupada, pasaron la llamada a Brent Green.
– Creía que Daley estaba al mando.
– También yo. ¿Por qué haría eso Green?
– ¿Cómo sabe que lo hizo? -intervino Cassiopeia.
– Sus teléfonos están pinchados.
¿Había oído bien Stephanie?
– ¿Le han intervenido los teléfonos?
– Como lo oyes. A él y a otros cuantos. Y sí, uno de ellos es Larry Daley.
La incertidumbre se apoderó de ella, y obligó a su cerebro a centrarse. Por lo visto aquel puzzle tenía muchas piezas.
– Stephanie, llevo toda la vida trabajando para estar aquí. Es una posición desde la que realmente se puede hacer algo, y yo he hecho muchas cosas: la tasa de desempleo es la más baja de los últimos treinta años, la inflación es inexistente, los tipos de interés son moderados, e incluso hace dos años hice aprobar una reducción de impuestos.
– Con Larry Daley amañando las cosas es difícil perder. -Stephanie no lo pudo evitar. Aquel hombre sería el presidente, pero en ese momento no estaba dispuesta a oír más sandeces.
Daniels se mecía en silencio, contemplando el denso bosque.
– ¿Te acuerdas de Rocky III?
Ella no contestó.
– Me encantaban esas películas. A Rocky siempre le sacudían hasta llegar al límite, luego sonaba esa música tan buena, con trompetas y demás, y él lo veía todo con claridad, cobraba nuevas fuerzas y le daba lo suyo al otro tío.
Stephanie escuchaba divertida.
– En Rocky III él descubre que Mickey, su entrenador, ha estado organizando combates fáciles, con los que conseguir victorias seguras, para que Rocky conserve el título y no salga herido. Stallone lo hacía genial. Quiere pelear con Mr. T, pero Mickey dice que no, que lo matará. Rocky se pone hecho una furia cuando cae en la cuenta de que tal vez no sea todo lo bueno que él piensa. Naturalmente Mickey muere y al final Rocky noquea a Mr. T.
En las palabras del presidente se percibía un tono de respeto.
– Daley es mi Mickey -dijo casi en un susurro-. Él amañó mis combates. Y yo soy como Rocky.
– ¿Y usted no lo sabía? -le preguntó Stephanie.
Él movió la cabeza en una extraña mezcla de enfado y perplejidad.
– Yo mismo intentaba pillarlo cuando descubrí que tú estabas investigando. Valerte de una buscona… Imaginativo. Mi gente no fue tan creativa. Debo decir que cuando me lo contaron la opinión que tenía de ti cambió.
Stephanie tenía que saber algo.
– ¿Cómo supo que lo estaba haciendo?
– A mis muchachos les encantan los teléfonos y el vídeo, así que escucharon y observaron. Sabíamos lo de las memorias USB, y también conocíamos su escondite, así que sólo estábamos esperando.
– Esa investigación se realizó hace meses. ¿Por qué no hizo nada?
– ¿Por qué no lo hiciste tú?
La respuesta era evidente.
– Yo no puedo despedirlo. Usted, sí.
Daniels apoyó los dos pies en el suelo y se meció en el borde del asiento.
– El escándalo es complicado, Stephanie. Nadie en este país se creería que yo no sabía lo que hacía Daley. Tenía que quitarlo de en medio, pero sin dejar huellas.
– Así que era necesario que lo hiciese el propio Daley -apuntó Cassiopeia.
Daniels la miró.
– Ésa era la mejor forma, pero Larry es especialista en supervivencia. Y he de decir que se le da bien.
– ¿Qué puede utilizar contra usted?
La audacia de Stephanie pareció satisfacerlo en lugar de enfadarlo.
– Aparte de esas comprometedoras fotos mías con una cabra, no mucho.
Ella sonrió.
– Tenía que preguntar.
– Cierto. Ahora entiendo lo que dicen de ti, que puedes ser exasperante. ¿Y si volvemos a mi pregunta, ésa que ninguna de las dos cree que es importante? ¿Por qué quería hablar Brent Green directamente con Cotton?
Ella recordó lo que Daley le había dicho en el museo.
– Daley me dijo que Brent quiere ser el próximo vicepresidente.
– Con lo que llegamos al propósito de esta reunión -Daniels se echó hacia atrás y comenzó a balancearse de nuevo-. Me gusta hacer de bueno de la película, es lo que tiene haber crecido en las montañas de Tennessee. Ése es uno de los motivos por los que me gusta tanto Camp David. Me recuerda a mi casa. Pero ahora es hora de ejercer de presidente. Alguien accedió a nuestros archivos protegidos y consiguió echar un vistazo a la Conexión Alejandría. Después filtraron esa información a dos gobiernos extranjeros, y ahora ambos andan alborotados. Los israelíes están cabreados de veras. Sí, públicamente parece que nos llevamos como el perro y el gato, pero en privado me caen bien esos chicos. Nadie, y quiero decir nadie, va a joder a Israel mientras yo esté de guardia. Por desgracia en mi administración hay quien piensa de otra manera.
A Stephanie le entraron ganas de preguntar quién, pero decidió dejarlo hablar.
– Algo se ha puesto en marcha, y todo empezó cuando se llevaron al hijo de Cotton Malone. Por suerte esos tipos no saben con quién se enfrentan. Él les dará su merecido. Y eso nos permite a nosotros hacer lo que nos interesa. Uno de mis tíos solía decir: «¿Quieres matar serpientes? Es fácil: prende fuego a la maleza y espera a que salgan. Entonces podrás aplastarles la cabeza.» Eso es lo que vamos a hacer.
Cassiopeia hizo un gesto negativo.
– Como decía, señor presidente, tiene usted un buen lío. Yo sólo llevo metida en él uno o dos días, pero no tengo ni idea de quién dice la verdad.
– ¿Incluido yo?
Los ojos verde esmeralda de Cassiopeia se entrecerraron.
– Incluido usted.
– Eso está bien. Debería recelar de vosotras. -Su voz sonó sincera-. Pero necesito vuestra ayuda. Por eso te despedí, Stephanie. Necesitabas libertad de movimientos, y ahora la tienes.
– Para hacer ¿qué?
– Dar con mi traidor.
Viena
23:20
Thorvaldsen llevó a Gary de la segunda planta del castillo a la primera. No había sabido más de Alfred Hermann desde la conversación que habían mantenido un rato antes. Gary había pasado la tarde con algunos de los otros invitados. Dos miembros habían acudido con sus hijos adolescentes, y Hermann había dispuesto que cenaran en el invernadero, en la parte posterior de la mansión.
– Ha estado bien -comentó el chico-. Las mariposas se te posan en el plato.
El danés había ido varias veces a la Schmetterlinghaus y también la encontraba fascinante. Incluso se planteaba incorporar una a Christiangade.
– Son unas criaturas extraordinarias que necesitan grandes cuidados.
– Ese sitio era como una selva.
Ninguno de los dos podía dormir. Por lo visto Gary también era un noctámbulo, así que se dirigieron a la biblioteca de la mansión.
Thorvaldsen había oído antes que Hermann tenía intención de reunirse con el comité económico. Las deliberaciones durarían un buen rato, lo cual le daría a él tiempo para leer y prepararse. La asamblea del día siguiente sería decisiva, así que en el debate habría que ser preciso. Todo el mundo se marcharía el domingo, la asamblea nunca se prolongaba. El personal y los comités limitaban las cuestiones a aquellas que requerían el voto colectivo, y a continuación éstas se exponían, discutían y resolvían. De esta forma, los planes de la Orden quedaban fijados durante los meses que faltaban hasta la primavera.
De modo que debía estar preparado.
La oscura biblioteca tenía dos alturas y estaba revestida de relucientes paneles de madera de nogal. Una chimenea de mármol negro, flanqueada por estatuillas barrocas y coronada por un tapiz francés, dominaba una pared. Las tres restantes las recorrían estanterías empotradas del suelo al techo. Un fresco muy realista cubría la estancia de tal modo que daba la impresión de que la biblioteca se abría al cielo.
Una escalera de caracol llevaba hasta las estanterías superiores. Thorvaldsen se agarró a la ornada barandilla de hierro e inició un lento ascenso por los estrechos peldaños.
– ¿Qué hacemos aquí? -preguntó Gary cuando se vieron arriba.
– Quiero leer una cosa.
Conocía el atril de la biblioteca de Hermann, el cual exhibía una magnífica Biblia. El austriaco se jactaba de que la edición era una de las primeras. Thorvaldsen se aproximó al antiguo volumen y admiró sus tapas.
– La Biblia fue el primer libro que salió de la imprenta cuando ésta finalmente se perfeccionó, en el siglo xv. Gutenberg hizo muchas Biblias, y ésta es una de ellas. Como te dije antes, deberías leerla.
Gary miró fijamente el libro, y Thorvaldsen supo que el muchacho no comprendía su importancia, de modo que le explicó:
– Estas palabras cambiaron el curso de la historia de la humanidad, modificaron el desarrollo social del género humano y forjaron sistemas políticos. Éste y el Corán tal vez sean los dos libros más importantes del mundo.
– ¿Cómo pueden ser las palabras tan importantes?
– No se trata sólo de las palabras, Gary, sino de lo que hacemos con ellas. Después de Gutenberg iniciara la impresión a gran escala, los libros se difundieron rápidamente. No eran baratos, pero para el año 1500 sí habituales. Tener más acceso a la información trajo consigo un debate más fundamentado, una crítica de la autoridad más generalizada. La información cambió el mundo, lo convirtió en un lugar distinto. -Señaló la Biblia-. Y este libro lo cambió todo.
Abrió con cuidado la cubierta.
– ¿Qué idioma es ése? -preguntó Gary.
– Latín.
El danés echó una ojeada al índice.
– ¿Lo entiende?
Él sonrió al percibir el tono de incredulidad.
– Me lo enseñaron de pequeño. -Le dio unos golpecitos al muchacho en el pecho-. Tú también deberías aprenderlo.
– Si lo hiciera ¿para qué me serviría?
– En primer lugar para leer esta Biblia. -Señaló el índice-. Treinta y nueve libros. Los judíos veneran los cinco primeros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Relatan la historia del antiguo pueblo de Israel desde la creación del mundo hasta la entrega a Moisés de las Tablas de la Ley en el Sinaí, pasando por el diluvio universal, el éxodo de Egipto y la travesía por el desierto. Toda una epopeya.
Él sabía que esos escritos significaban mucho para los judíos, al igual que la siguiente división, los profetas -Josué, Jueces, Samuel y Reyes-, que referían la historia de los israelitas desde el paso del río Jordán hasta la conquista de Canaán, el auge y la caída de sus numerosos reinos y su derrota a manos de los asirios y los babilonios.
– Estos libros nos cuentan la historia del pueblo de Israel durante miles de años antes de Cristo -le dijo a Gary-. Eran un pueblo cuyo destino iba ligado directamente a Dios y a las promesas que éste hizo.
– Pero eso fue hace mucho tiempo, ¿no?
Thorvaldsen asintió.
– Hace cuatro mil años. Sin embargo, árabes y judíos luchan desde hace siglos para intentar demostrar su verdad.
Hojeó despacio el Génesis y dio con el pasaje que había ido a analizar:
– «Dijo Yavé a Abram: “Alza tus ojos, y desde el lugar donde estás mira al norte y al mediodía, al oriente y al occidente. Toda esa tierra que ves te la daré yo a ti y a tu descendencia para siempre”» -Hizo una pausa-. Estas palabras le han costado la vida a millones de personas.
Releyó de nuevo en silencio las cinco palabras más importantes.
– ¿De qué se trata? -preguntó Gary.
Él clavó la vista en el chico. ¿Cuántas veces le había preguntado Caí eso mismo? Su hijo había aprendido latín, leído la Biblia y practicado su religión. Era un buen muchacho, pero terminó siendo víctima de la violencia sin sentido.
– La verdad es importante -respondió, más para sí que para Gary.
«Desde el lugar donde estás.»
– ¿Ha sabido algo de mi padre? -quiso saber Gary.
Él lo miró y negó con la cabeza.
– Nada. Ha ido a buscar algo muy parecido a lo que nos rodea: una biblioteca, una que podría encerrar la clave para entender estas palabras bíblicas.
Un alboroto en la parte de abajo captó su atención. La puerta de la biblioteca se abrió, y se oyeron voces. Reconoció una. Era la de Alfred Hermann.
Thorvaldsen hizo una señal y ambos retrocedieron hasta donde las estanterías superiores se veían interrumpidas por el hueco de una ventana. La parte inferior estaba débilmente iluminada por varias lámparas distintas; la galería de arriba, por focos encastrados en el techo. Le indicó a Gary que no hiciera ruido, y el muchacho asintió.
El danés aguzó el oído. El otro hombre hablaba en inglés. Era americano.
– Esto es importante, Alfred. A decir verdad, es más que importante, es vital.
– Me hago cargo de tu situación -respondió Hermann-, pero no es más vital que lo nuestro.
– Malone va camino del Sinaí. Dijiste que no pasaría nada.
– Y así es. ¿Te apetece un coñac?
– ¿Intentas tranquilizarme?
– Intento servirte un coñac.
Thorvaldsen le dijo a Gary que no se moviera mientras él salía del hueco para echar un vistazo al otro lado de la ornada barandilla de hierro. Abajo estaba Alfred Hermann con una licorera, y a su lado había un hombre más joven, de cincuenta y pocos años, vestido con un traje oscuro, la cabeza coronada por una poblada mata de cabello rubio. Iba bien afeitado, el rostro vigoroso, angelical; perfecto para un retratista o un actor.
Lo cual no se alejaba mucho de la realidad.
Thorvaldsen conocía a ese hombre. Era el vicepresidente de Estados Unidos.
Camp David, Maryland
Stephanie asimiló las palabras del presidente.
– ¿Cómo que su traidor?
Daniels la miró con inquietud.
– Alguien de este gobierno me está fastidiando: llevan a cabo sus propias políticas, promueven sus propios objetivos, y piensan que soy demasiado vago, patético o idiota para darme cuenta. Bueno, no hace falta ser un genio para saber quién es el cabecilla: mi presuntamente leal vicepresidente, un capullo ambicioso.
– Señor presidente… -empezó a decir Stephanie.
– Vaya, otra novedad, «señor presidente». Puede que nuestra relación esté avanzando.
– Abrigaba mis dudas respecto a usted y a esta administración.
– Ése es el problema con los burócratas de carrera. Nosotros, los políticos, vamos y venimos, pero vosotros seguís y seguís, lo que significa que tenéis con qué comparar. Por desgracia para mí, Stephanie, resulta que esta vez tienes razón: estoy rodeado de traidores. Mi vicepresidente quiere mi puesto tan desesperadamente que no puede soportarlo. Y para conseguirlo está dispuesto a hacer un trato con el diablo. -Daniels se detuvo, y ella no interrumpió el hilo de sus pensamientos-. La Orden del Vellocino de Oro.
¿Había oído bien?
– Está allí, en este momento, reuniéndose con su líder, un hombre llamado Alfred Hermann.
Stephanie había subestimado a Danny Daniels; igual que a Brent Green. Ambos hombres estaban bastante informados. Cassiopeia se balanceaba en su mecedora, pero ella veía que escuchaba con atención. Le contó a Cassiopeia lo que sabía de la Orden.
– Mi padre era miembro -comentó ella.
No lo había mencionado antes, cuando habían estado hablando.
– Durante muchos años él y Henrik asistieron a sus asambleas. Yo decidí no ingresar en ella a su muerte.
– Bien hecho -alabó Daniels-. Se ha relacionado a ese grupo con diversas inestabilidades a escala mundial. Y son buenos, no dejan huellas. Claro que las figuras clave suelen terminar muertas. Como cualquier banda que se precie, cuentan con un brazo ejecutor, un hombre llamado Las Garras del Águila. Típico de los europeos: un mercenario con un nombre grandilocuente. Ellos son quienes se llevaron al hijo de Malone.
– ¿Y lo dice ahora?
– Sí, Stephanie, ahora. Una de las prerrogativas de ser el líder del mundo libre es que puedo hacer básicamente lo que me venga en gana. -Le dirigió una mirada escrutadora-. Están pasando muchas cosas. Deprisa y en varios frentes. He hecho cuanto he podido, dadas las circunstancias.
Ella lo obligó a rebobinar.
– ¿Qué está haciendo el vicepresidente con la Silla Azul?
– ¿«Silla Azul»? Me alegra ver que también tú estás informada. Eso esperaba. El vicepresidente está vendiendo su alma. Ante todo, la Orden va tras la Biblioteca de Alejandría. Busca probar una teoría, y aunque yo pensaba que toda esa historia era de lo más rara, por lo visto tiene bastante enjundia.
– ¿Qué dicen los israelíes? -se interesó Cassiopeia.
– No quieren que se encuentre nada. Punto. Que las cosas sigan como hasta ahora. Al parecer la Orden lleva décadas presi0nando a la casa real saudí y ahora ha decidido darle un giro al asunto: sacar de quicio a judíos y árabes. La verdad es que la jugada no es mala. Todo el mundo sabe que nosotros hemos hecho lo mismo.
Pero esto va a ir a más. Los fanáticos son impredecibles, ya sean árabes, israelíes o -hizo una pausa- americanos.
– ¿Qué quiere que haga? -preguntó Stephanie.
– Deja que te diga algo más que no sabes: Cotton hizo una segunda llamada a Green. Necesitaba un favor, así que Green aprobó un transporte aéreo militar para Malone, su ex mujer y un tercer hombre con rumbo al Sinaí, imagínate. En este momento van para allá. Nosotros suponemos que ese tercer hombre es el sicario contratado por la Orden. Malone también le pidió a Green que comprobara una identidad, cosa que, dicho sea de paso, el fiscal general pasó por alto. Así que la comprobamos nosotros. El nombre que Cotton dio fue James McCollum. La descripción no encaja, pero había un tipo llamado así que estuvo en el Ejército, en las fuerzas especiales, y ahora es un mercenario independiente. Parece que tiene el currículo perfecto para trabajar para la Orden, ¿no?
– ¿Cómo entró en contacto con Malone? -preguntó Cassiopeia.
Daniels sacudió la cabeza.
– No lo sé, pero me alegro de que sea Cotton quien está con él. Por desgracia no podemos hacer nada para ayudarlo.
– Podríamos contactar por radio con el transporte -sugirió Cassiopeia.
El presidente hizo un gesto negativo.
– Imposible. No podemos permitir que nadie sepa que estamos enterados. Quiero a mis traidores. Y para cogerlos hemos de guardar silencio.
– Y los candidatos son Larry Daley y Brent Green -concluyó Stephanie.
Daniels ladeó la cabeza.
– El ganador del concurso se llevará un viaje con todos los gastos pagados a una prisión federal. Después de recibir una patada mía en el culo. -Acto seguido pareció recuperar la costumbre de mandar-. Vosotras dos sois todo lo que tengo para dar con la respuesta a la pregunta del día. No puedo involucrar a ningún otro servicio por razones obvias. Permití que todo esto se pusiera en marcha para que tuvieseis una oportunidad. Stephanie, sabía que ibas por Daley, pero por suerte no hiciste nada. Ahora hemos de averiguar la verdad.
– ¿Cree que el fiscal general está implicado? -inquirió Cassiopeia.
– No tengo ni idea. Brent borda el papel de santurrón» y puede que sea un cristiano meapilas temeroso de Dios, pero también es un hombre que no quiere dejar un cargo con poder e influencia para pasar a ser la imagen consultiva de un bufete de abogados de Washington. Por eso ha permanecido en mi segundo mandato. Caray, todo el mundo abandonó el barco, mejoró su currículo con su experiencia en el gobierno y sacó tajada de sus contactos. Menos Brent.
Stephanie sintió la necesidad de decir:
– Me contó que fue él quien filtró la Conexión Alejandría porque buscaba al traidor.
– Es posible que lo hiciera. No lo sé. Lo que sí sé es que mi viceconsejero de seguridad nacional ha estado sobornando al Congreso, mi vicepresidente conspira con uno de los hombres más ricos del mundo, y dos naciones de Oriente Próximo, que por lo general se desprecian, están colaborando para impedir que se encuentre una biblioteca que tiene más de dos mil años de antigüedad. Te parece un buen resumen, ¿Stephanie?
– Sí, señor presidente. Nos hacemos una idea.
– Pues encontrad a mi traidor.
– ¿Alguna sugerencia?
Él sonrió al oír la resuelta pregunta.
– Lo he estado pensando bien. Vamos a comer algo. Luego vosotras dos dormiréis un rato, parecéis rendidas. Aquí podéis descansar con tranquilidad.
– Esto no puede esperar a mañana -objetó ella.
– Es preciso. ¿Sabes cómo se prepara una buena sémola? Impidiendo que cueza. Se deja hacer poco a poco en la cazuela, con la tapa puesta y el fuego bajo. Eso es lo que hace que un cereal basto sea una delicia. Dejemos estar esto unas cuantas horas y os diré lo que tengo en mente.
Viena
Thorvaldsen mantuvo el oído atento a la conversación que se desarrollaba abajo. El hecho de que el vicepresidente norteamericano se encontrase allí, en el château de Hermann, planteaba multitud de posibilidades nuevas. Miró deprisa a Gary y se llevó un dedo a los labios, dándole a entender que continuara callado.
Debajo se oyó un tintineo de copas.
– Por nuestra amistad -brindó Hermann.
– Eso es lo que me gusta de ti, Alfred, la lealtad. Algo que escasea en los tiempos que corren.
– Quizá tu superior opine lo mismo.
El otro soltó una risita.
– Daniels es un idiota. Tiene una visión simplista de la vida y el mundo.
– Y ¿tú dirías que eres leal?
– Completamente. He sufrido a Danny Daniels cinco años enteros. Hice lo que quería, sonreí, lo defendí, me llevé algunos palos por él. Pero ya no aguanto más. Ni los americanos tampoco.
– Espero que ese tiempo no fuera una pérdida.
– Estos años he estado formando coaliciones, haciendo amigos, apaciguando a enemigos. Tengo todo lo que necesito…
– Salvo dinero.
– Yo no diría tanto. He recibido generosas aportaciones para poner en marcha las cosas. Mis amigos árabes están siendo muy generosos.
– La Orden también sabe apreciar a quienes le muestran su apoyo. Tu presidente no ha sido muy benévolo con los negocios internacionales. Parece que le gustan los aranceles, las restricciones comerciales, la trasparencia bancaria.
– Ése es otro gran problema. Te aseguro que hay muchos en Washington que opinan de forma distinta a Daniels.
Los sonidos que llegaron de la parte inferior indicaron que los dos hombres se habían sentado. Thorvaldsen se acercó aún más a la barandilla. Hermann ocupaba una silla, y el vicepresidente uno de los sofás. Ambos tenían una copa en la mano.
– Israel intenta averiguar qué está pasando -informó el vicepresidente.
– Lo sé -repuso Hermann-. Tengo un colaborador que, mientras nosotros hablamos, se está ocupando de eso.
– Mi jefe de gabinete me dijo que en Alemania ha desaparecido un equipo de vigilancia israelí y que en Rothenburg encontraron muerto a uno de sus funcionarios de Asuntos Exteriores, del que se sospechaba que vendía información. Enviaron a Londres unos ejecutores. Curiosamente Tel Aviv quería que lo supiéramos.
– Nuevamente, amigo mío, estoy al tanto.
– Entonces sin duda sabrás que uno de nuestros ex agentes, Cotton Malone, va camino del Sinaí con su ex mujer y otro hombre.
Por toda respuesta obtuvo silencio.
– Sentíamos curiosidad -prosiguió el vicepresidente-, así que sacamos las huellas del otro tipo de una barandilla que tocó cuando subía al avión militar en Lisboa. Es un americano: James McCollum. ¿Lo conoces?
– Alias Dominick Sabre. Trabaja para nosotros.
– Y, como eres mi amigo, Alfred, voy a decirte con todo respeto que eres un mentiroso de mierda. Lo he visto en tus ojos: no sabías que tu hombre iba al Sinaí.
Otra pausa.
– No se le exige que me mantenga informado. Los resultados son lo único que importa.
– Entonces dime, ¿qué está haciendo con Cotton Malone? ¿Va en busca de esa biblioteca?
– Has dicho el Sinaí. Sin duda, por la ubicación, es posible. Se encuentra lo bastante cerca de Alejandría para poder transportar los manuscritos en la antigüedad, y además está aislado. Allí ya existían rutas comerciales tanto antes como después de Cristo. Los faraones minaron la tierra en busca de cobre y turquesas. Egipto conocía bien el Sinaí.
– Y tú conoces la historia.
– El conocimiento es bueno. Sobre todo aquí.
– Alfred, éste no es ningún ejercicio intelectual. Lo que intento es cambiar de raíz la política exterior norteamericana. Daniels y yo nos hemos peleado por ello. Ahora puedo hacer algo al respecto. Es hora de que les mostremos a los árabes la misma consideración que siempre le hemos tenido a Israel. Y al igual que tú con tu sicario, también a mí me interesan únicamente los resultados. Tú y tus adláteres queréis beneficios; yo quiero estar al mando.
– Y nosotros queremos que consigas ese cargo.
– En tal caso dime, Alfred, ¿cuándo va a morir el presidente de Estados Unidos?
Un escalofrío recorrió la corva espalda de Thorvaldsen cuando éste oyó las palabras del vicepresidente.
– Parece que empieza a gustarte la idea -observó Hermann.
– Me has convencido.
– Y está organizado -aseguró Hermann-. El inesperado viaje de Daniels a Kabul tendrá un final espectacular.
– Cuando esté en el aire haré que lo confirmen todo por la vía de la que hemos hablado -dijo el vicepresidente-. Sale este próximo jueves. Sólo lo saben cuatro personas: él, yo y nuestros respectivos jefes de gabinete. Ni siquiera el presidente afgano sabe que va. Se le comunicará justo antes de que aterrice. La idea es que sea una maniobra de los servicios de comunicación y prensa de la Casa Blanca. Se trata de dar un empujón a los votos con un viaje para animar a las tropas.
– Los misiles ya están allí -afirmó Hermann-. El trato se cerró con uno de los principales lugartenientes de Bin Laden. Se mostró sumamente agradecido. Éste será el primer golpe significativo que asestan a Norteamérica en varios años. Ya hemos negociado antes con esos diablos, siempre manteniendo las distancias y con cautela, pero satisfactoriamente.
– Así y todo me preocupa eso de que los árabes maten a Daniels. Sin embargo mis amigos de Arabia me dicen que la mayoría de ellos también están hartos de Bin Laden. Les encantaría quitarlo de en medio. Sus numeritos hacen que resulte mucho más difícil cambiar la opinión mundial. No pueden unirse a nosotros mientras apoyemos completamente a Israel. Pero con Daniels fuera y la promesa de un cambio de política colaborarán con nosotros para coger a Bin Laden.
– Mi comité político piensa que los árabes se mostrarán más que dispuestos a negociar.
– ¿Están al tanto de esto? -inquirió el vicepresidente, la sorpresa reflejada en su voz.
– Naturalmente que no. Ellos sólo analizan escenarios teóricos, y uno de ellos es un cambio en la política exterior americana. Llevamos mucho tiempo con ganas de que pase.
– Sabes, Alfred, ¿sabes qué es lo que me preocupa?
Hermann se rió.
– No hay rastro. Los emisarios que negociaron el trato con Bin Laden se reunirán con Alá la próxima semana. Ese colaborador que has mencionado se ocupará de ello personalmente. Nada relacionará a nadie.
– Confías mucho en ese hombre -observó el vicepresidente.
– Nunca nos ha decepcionado.
– Es fundamental que no empiece a hacerlo ahora. Estaré en Chicago el día en que Daniels se marche. La Casa Blanca no hará comunicado alguno. Será como si el presidente estuviese en Washington, trabajando, y lo siguiente que se sabrá es que está en Afganistán. Yo estaré oculto hasta que regrese. El procedimiento habitual después del 11-S.
– ¿Qué harás después de que derriben el avión? -quiso saber Hermann.
– Prestar juramento y gobernar los siguientes tres años. Después me presentaré candidato, conseguiré cuatro años más y me iré.
– Quiero que comprendas que, si logramos localizar la biblioteca desaparecida, lo que nosotros hemos planeado dará comienzo de inmediato.
– Pues claro. Cuando antes, mejor. Necesito mantener fuera de juego a Israel y a los árabes. Yo los golpearé y tú los rematarás. Los saudíes tendrán que negociar. No se pueden permitir que su país se desmorone. Y quiero que bajen los precios del petróleo tanto como tú. Unos dólares por barril supondrán miles de millones en nuestro PIB. Movilizaré a Norteamérica para que tome represalias por la muerte de Daniels, a eso nadie se opondrá. El mundo entero se unirá a nosotros. Los árabes se verán en la cuerda floja, suplicando amistad. Entonces subirán a bordo y todos saldremos ganando.
– Mi comité político cree que podría producirse una desestabilización generalizada.
– ¿A quién le importa? Mis votos se dispararán. Nada activa más a los norteamericanos que una manifestación alrededor de la bandera. Y tengo previsto encabezar una para los siete años siguientes. Los árabes son mercaderes: verán que ha llegado la hora de negociar, sobre todo si con ello se perjudica a Israel.
– Me da la impresión de que lo tienes todo muy meditado.
– Apenas he pensado en otra cosa los últimos meses. He intentado hacer cambiar a Daniels, pero en lo tocante a Israel es inflexible. Esa maldita nación del tamaño de algunos condados americanos será la ruina de todos nosotros. Y no tengo la menor intención de dejar que eso ocurra.
– La próxima vez que nos veamos serás el presidente de Estados Unidos -dijo Hermann.
– Alfred, además de los terroristas que se encargarán de ello, tú y yo somos las dos únicas personas de este planeta que saben lo que se avecina. Me he asegurado de ello.
– Igual que yo.
– Pues entonces hagámoslo realidad y disfrutemos con la recompensa.
Hermann se cansó de analizar al hombre que tenía enfrente. Cierto, era el vicepresidente de Estados Unidos, pero no era distinto de los otros miles de políticos del mundo entero que había comprado y vendido, hombres y mujeres ávidos de poder y carentes de conciencia. A los norteamericanos les gustaba describirse como si estuvieran por encima de ese reproche, pero la ambición le resultaba irresistible a cualquiera que hubiese saboreado sus frutos. Aquel hombre que estaba en su biblioteca, aquella noche de la asamblea de invierno, no constituía ninguna excepción. Hablaba de elevados objetivos políticas y cambios en la política exterior, pero se había mostrado dispuesto desde el principio a traicionar a su país, a su presidente y a él mismo.
Gracias a Dios.
La Orden del Vellocino de Oro medraba con las debilidades morales de la gente.
– Alfred -decía el vicepresidente-, ¿de verdad es posible que existan pruebas de que Israel no tiene ningún derecho bíblico a Tierra Santa?
– Naturalmente. El Antiguo Testamento era un importante objeto de estudio en la Biblioteca de Alejandría. El Nuevo Testamento, que apareció cuando se acercaba el final de la biblioteca, también fue estudiado en detalle. Lo sabemos por manuscritos que se han conservado. Es razonable suponer que todavía existen textos y análisis de la Biblia en su lengua original, el hebreo antiguo.
Recordó lo que Sabre le había comunicado desde Rothenburg: Israel había matado a otros tres invitados por los Guardianes, cada uno de los cuales se hallaba inmerso en el estudio del Antiguo Testamento. El propio Haddad había recibido una invitación. Y por eso se había movilizado Israel para matar al palestino.
Debía existir una relación.
– Hace poco estuve en Inglaterra -comentó el vicepresidente-, y me enseñaron la Biblia del Sinaí. Me dijeron que databa del siglo iv, que era uno de los primeros Antiguos Testamentos que se conservan. Está escrita en griego.
– Ahí tienes un ejemplo perfecto -contestó el austríaco-. ¿Conoces la historia?
– Algo.
Hermann le habló a su invitado de un estudioso alemán, Tischendorf, que en 1844 recorría Oriente en busca de antiguos manuscritos. Visitó el monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, y reparó en un cesto que contenía cuarenta y tres viejas páginas escritas en griego antiguo. Los monjes le dijeron que iban a alimentar el fuego con ellas, como habían hecho antes con otras. Tischendorf determinó que las páginas eran de la Biblia, y los monjes le permitieron quedárselas. Quince años más tarde volvió a Santa Catalina en nombre del zar. Le mostraron las páginas que quedaban de la Biblia, y él se las ingenió para volver a Rusia con ellas. Después de la revolución, los comunistas vendieron el manuscrito a los británicos, que lo conservan hasta el día de hoy.
– El Codex Sinaiticus, o la Biblia del Sinaí, es uno de los primeros manuscritos de la Biblia que se conservan -contó Hermann-. Hay quien ha especulado con que el propio Constantino la encargó. Pero no olvides que está escrita en griego, de manera que fue traducida del hebreo por alguien que nos es completamente desconocido, a partir de un manuscrito original igualmente desconocido. Así que ¿qué nos dice todo esto en realidad?
– Que los monjes de Santa Catalina siguen mosqueados, más de cien años después, porque nunca les devolvieron la Biblia. Llevan décadas pidiendo a Estados Unidos que interceda ante los británicos. Por eso fui a verla. Quería saber a qué venía tanto jaleo.
– Aplaudo a Tischendorf por llevársela. Esos monjes la habrían quemado o echado a perder. Por desgracia gran parte de nuestro conocimiento ha corrido una suerte similar. Sólo cabe esperar que los Guardianes hayan sido más cuidadosos.
– ¿De verdad te crees todo eso?
Hermann sopesó si decir más. Las cosas avanzaban deprisa, y aquel hombre, que pronto sería presidente, tenía que comprender la situación. Se puso en pie.
– Deja que te enseñe algo.
A Thorvaldsen lo invadió la preocupación en el mismo instante en que Alfred Hermann se levantó de la silla y dejó en la mesa su copa. Se arriesgó a mirar de nuevo abajo y vio que el austríaco echaba a andar por el piso de madera noble hacia la escalera de caracol, el vicepresidente tras él. Inspeccionó deprisa la pasarela superior y descubrió que no había otra forma de bajar que la escalerilla. Más huecos de ventana interrumpían las estanterías de las tres paredes restantes, pero era imposible que él y Gary pudiesen refugiarse en ellos.
Los descubrirían en el acto.
Sin embargo Hermann y el vicepresidente rodearon la escalera y se detuvieron ante una vitrina de cristal.
Hermann señaló la iluminada vitrina. Dentro había un antiguo códice, la tapa de madera picada como si la hubiesen atacado los insectos.
– Se trata de un manuscrito también del siglo iv, un tratado sobre primeras enseñanzas religiosas escrito por san Agustín. Mi padre lo adquirió hace décadas. Carece de relevancia histórica (existen copias), pero es impresionante.
Apretó un botón camuflado como uno de los tornillos de acero inoxidable. Por un eje situado en una esquina separó del resto el tercio superior del expositor. En los dos tercios inferiores descansaban nueve hojas de quebradizo papiro.
– Éstas, en cambio, son muy valiosas. También las compró mi padre, hace decenios, a la misma persona que le vendió el códice. Algunas las escribió Eusebius Hieronymus Sophronius, que vivió en los siglos iv y v. Un gran padre de la Iglesia. Tradujo la Biblia del hebreo al latín vulgar, que recibió el nombre de la Vulgata, la cual terminó siendo la versión definitiva. La historia lo llama por otro nombre: san Jerónimo.
– Eres un hombre extraño, Alfred. Te estimulan las cosas más raras. ¿Qué importancia podrían tener hoy esas páginas viejas y arrugadas?
– Te aseguro que poseen gran relevancia. La suficiente para cambiar nuestra forma de pensar, tal vez. Algunas también las escribió san Agustín. Éstas son cartas entre san Jerónimo y san Agustín.
Vio que aquello seguía sin impresionar al norteamericano.
– ¿Tenían correo por aquel entonces?
– Una forma primitiva: los viajeros llevaban y traían mensajes. Algunos de los mejores testimonios de esa época se encuentran en la correspondencia.
– Vaya, qué interesante.
Hermann fue al grano.
– ¿Alguna vez te has preguntado cómo nació la Biblia?
– La verdad es que no.
– ¿Y si todo fuese una mentira?
– Es cuestión de fe, Alfred. ¿Qué importancia tiene?
– Mucha. ¿Y si los padres de la Iglesia, hombres como san Jerónimo y san Agustín, que forjaron el pensamiento religioso, decidieron cambiar las cosas? No olvides la época: cuatrocientos años después de Cristo, mucho después de que Constantino hiciera oficial la religión cristiana, en un tiempo en que la iglesia surgía y eliminaba filosofías contrarias a sus enseñanzas. Justo entonces iniciaba su andadura el Nuevo Testamento, varios evangelios reunidos que conformaban un mensaje unificado: principalmente que Dios era bueno y compasivo, y que Cristo había llegado. Pero estaba el Antiguo Testamento, el que utilizaban los judíos. Los cristianos querían que también formara parte de su religión. Por suerte para esos primeros padres de la iglesia, los textos del Antiguo Testamento eran escasos, y todos ellos estaban escritos en hebreo antiguo.
– Pero has dicho que ese san Jerónimo tradujo la Biblia al latín.
– Ahí quería llegar. -Metió la mano en la vitrina y sacó una de las curtidas páginas-. Éstas están en latín vulgar, la lengua más conocida en tiempos de san Jerónimo. -Bajo los pergaminos había unas hojas mecanografiadas. Las extrajo-. Mandé traducir las cartas. A tres expertos distintos, para asegurarme. Quiero leerte algo. Creo que así entenderás a qué me refiero.
»Soy consciente del talento que es necesario para persuadir al orgulloso de cuan grande es la virtud de la humildad, la cual nos eleva, no mediante la arrogancia humana, sino mediante la gracia divina. Nuestro cometido consiste en garantizar que el espíritu humano se enaltezca y el mensaje se transmita con claridad a través de las palabras de Cristo. Tu sabiduría, que me fue ofrecida cuando comencé con este cometido, ha resultado acertada. Esta obra en la que trabajo será la primera interpretación de las antiguas Escrituras en una lengua al alcance de casi todos. Parece lógico que exista una relación entre el antiguo texto y el nuevo, y se me antoja contraproducente que las Escrituras entren en conflicto; ello sólo colocaría la filosofía judía en una posición superior, ya que su existencia es muy anterior a nuestra fe. Desde la última vez que hablamos he hecho más progresos en el antiguo texto. Avanzar es muy complicado con tantos dobles sentidos. Una vez más solicito tu consejo sobre un punto crítico: en el antiguo texto Jerusalén es la ciudad sagrada. La palabra yeruwshalaim se utiliza a menudo para identificar su ubicación, sin embargo he reparado en que en ninguna parte del texto antiguo se usa ìyir yeruwshalayimi que claramente significa “ciudad de Jerusalén”. Permíteme que ejemplifique el problema. En hebreo, en Reyes, Yavé dice a Salomón: “Jerusalén, la ciudad/capital que yo he elegido en él.” Más adelante Yavé afirma: “Para que la ciudad en Jerusalén, que guarda la memoria de David ante mí, la ciudad que yo he elegido para poner allí mi nombre, sea preservada.” Hermano, ¿ves el dilema? El antiguo texto habla de Jerusalén no como una ciudad, sino como un territorio. Siempre se trata de “la ciudad en Jerusalén”, no Jerusalén en sí. A decir verdad, Samuel habla de ella como si fuese una región cuando en hebreo dice: “El rey se dirigió con su gente a Jerusalén, contra los jebuseos que habitaban la tierra.” Le he estado dando vueltas a la traducción con la esperanza de descubrir algún error, pero en hebreo guarda la coherencia en todo momento. La palabra yeruwshalaim, Jerusalén, siempre hace referencia a un lugar que comprende distintas ciudades, no a una sola ciudad llamada así.
Hermann dejó de leer y miró al vicepresidente.
– San Jerónimo le escribió esto a san Agustín cuando traducía el Antiguo Testamento del hebreo al latín. Deja que te lea lo que san Agustín le escribió a san Jerónimo en un momento determinado.
Dio con otra de las traducciones.
– Docto hermano, tu labor parece a un tiempo ardua y gloriosa. Cuan extraordinario ha de ser revelar lo que hace tanto tiempo recogieron los escribas, y todo con la divina guía de nuestro glorioso Señor. Sin duda eres consciente de las dificultades que todos soportamos en estos tiempos tan peligrosos. Los dioses paganos se van apagando, y el mensaje de Cristo florece. Sus palabras de paz, misericordia y amor suenan a verdad. Muchos están descubriendo nuestro nuevo mensaje sencillamente porque se encuentra disponible, lo cual hace que tu esfuerzo por dotar de vida a las antiguas palabras resulte tanto más importante. Tus cartas explicaban claramente el problema al que te enfrentas. Sin embargo, el futuro de esta Iglesia, de nuestro Dios, recae en nosotros. Adaptar el mensaje del antiguo texto al del nuevo no es ningún pecado. Como decías, las palabras poseen tantos dobles sentidos que, ¿quién puede decir cuál es el correcto? Ciertamente ni tú ni yo. Me pides consejo, de modo que te lo daré: haz que las viejas palabras sean fieles a las nuevas, ya que si las viejas son distintas de las nuevas nos arriesgaremos a confundir a los fieles y avivar el fuego de las discordias, el mismo que nuestros numerosos enemigos no dejan de alimentar. El tuyo es un gran cometido. Que todos puedan leer las antiguas palabras significará mucho. Eruditos y rabinos dejarán de tener el control de tan importante texto. Así que, hermano, trabaja con ahínco y siéntete bien sabiendo que tienes en tus manos la obra del Señor.
– ¿Estás diciendo que cambiaron a propósito el Antiguo Testamento? -inquirió el vicepresidente.
– Así fue. Sólo esta referencia a Jerusalén constituye un buen ejemplo. La traducción de san Jerónimo, que sigue aceptándose como correcta hoy en día, habla de Jerusalén como una ciudad. En la versión del libro de los Reyes de san Jerónimo pone: «Jerusalén, la ciudad que yo he elegido», justo lo contrario a lo que el propio san Jerónimo escribió en esa carta: «Jerusalén, la ciudad/capital que yo he elegido en ella.» Existe una gran diferencia, ¿no crees? Y esta descripción de Jerusalén se utiliza en toda la traducción de san Jerónimo. El Jerusalén del Antiguo Testamento se convirtió en la ciudad palestina porque así lo quiso san Jerónimo.
– Esto es una locura, Alfred. Nadie va a tragárselo.
– No es necesario que se lo trague nadie. Cuando encontremos la prueba no habrá forma de negarlo.
– ¿Qué clase de prueba?
– Un manuscrito del Antiguo Testamento escrito antes de Cristo debería ser definitivo. Así podremos leer las palabras sin el filtro cristiano.
– Que tengas suerte.
– Te propongo algo: yo dejo en tus manos el gobierno de Norteamérica y tú dejas esto en las mías.
Thorvaldsen vio que Hermann devolvía las hojas a la vitrina y cerraba el compartimento. Los dos hombres aún permanecieron unos minutos en la biblioteca antes de marcharse. Era tarde, pero él no tenía sueño.
– Van a matar al presidente -dijo Gary con nerviosismo.
– Lo sé. Vamos, tenemos que irnos.
Bajaron la escalera de caracol.
En la biblioteca todavía había luz. El danés recordó cuánto le gustaba a Hermann jactarse de que allí había unos veinticinco mil libros, muchos de ellos primeras ediciones, con cientos de años de antigüedad.
Condujo a Gary hasta la vitrina. El muchacho no había visto lo que él. Metió la mano debajo y buscó el interruptor, pero no encontró nada. Agacharse resultaría complicado, una de las desventajas de tener la espalda deforme.
– ¿Qué buscas? -le preguntó el chico.
– Hay una forma de abrir esta vitrina. Mira a ver si hay un botón debajo.
Gary se puso de rodillas y empezó a buscar.
– No creo que sea evidente. -Thorvaldsen tenía la atención dividida entre la vitrina y la puerta. Confiaba en que no entrase nadie-. ¿Ves algo?
Acto seguido se oyó un clic, y la vitrina se separó un tanto, como a un cuarto de su altura.
Gary se levantó.
– Era uno de los tornillos. Muy bien disimulado, ni se nota.
– Buen trabajo.
Abrió el compartimento secreto y vio las rígidas hojas de papiro. Las contó: nueve. Echó una ojeada a las estanterías y vio unos atlas de gran tamaño. Los señaló y pidió:
– Tráeme uno de esos libros grandes.
Gary sacó un volumen, y él introdujo con sumo cuidado los papiros y las traducciones entre las páginas, tanto para esconderlos como para protegerlos.
Cerró de nuevo la vitrina.
– ¿Qué son? -preguntó Gary.
– Lo que vinimos a buscar, espero.
Viernes, 7 de octubre
9:15
Malone se apoyó en el mamparo del oscuro Hércules. Brent Green se había movido deprisa: los había metido en un vuelo de aprovisionamiento de las fuerzas aéreas que salía de Inglaterra rumbo a Afganistán. Una escala en Lisboa, en la base de Montijo, supuestamente para efectuar una reparación sin importancia, les había permitido subir a bordo discretamente. Dentro tenían ropa para cambiarse, y Malone, Pam y McCollum lucían uniformes de campaña en distintos tonos de beis, verde y marrón, con las correspondientes botas y paracaídas. A Pam le inquietaba el paracaídas, pero aceptó la explicación de Malone de que formaba parte del equipo habitual.
La duración del vuelo de Lisboa al Sinaí era de ocho horas, y Malone consiguió dormir un poco. Se acordaba, sin nostalgia, de otros vuelos, y el olor del aceitoso combustible que flotaba en el aire le traía recuerdos de cuando era más joven: estar más tiempo fuera que en casa, cometer errores que todavía le dolían…
A Pam no le gustaron las tres primeras horas del vuelo. Comprensible, dado que la comodidad era la menor de las preocupaciones del Ejército. Sin embargo al final se calmó y se quedó dormida.
McCollum era otro cantar.
Parecía a sus anchas, y se puso el paracaídas con la precisión de un experto. Quizá sí hubiera estado en las fuerzas especiales. Malone no había tenido noticias de Green en lo tocante al historial de McCollum, no obstante dentro de poco lo que averiguara no tendría mucha importancia. Estaban a punto de perder el contacto, dé hallarse en mitad de ninguna parte.
Miró por la ventanilla: un terreno árido, polvoriento, que sé extendía en todas direcciones, una meseta irregular que poco a poco se iba elevando a medida que la península del Sinaí se estrechaba y dibujaba rocosas montañas graníticas marrones, grises y rojizas. La zarza ardiente y la teofanía de Jehová supuestamente sé dieron allí abajo. El desierto grande y terrible del Éxodo. Monjes y eremitas lo habían elegido como refugio durante siglos, como si estar a solas los acercara más al Cielo. Tal vez fuera así. Curiosamente aquello le recordó la frase de Sartre.
«El infierno son los demás.»
Se apartó de la ventanilla y vio que McCollum dejaba de hablar con el jefe de carga y se dirigía hacia él. Pam se hallaba a tres metros, en el otro lado, aún durmiendo. Malone tomaba una de las comidas preparadas de las raciones militares -filete de ternera con champiñones- y bebía agua embotellada.
– ¿Ha comido? -le preguntó a McCollum.
– Mientras ustedes dormían: fajitas de pollo. No están mal. Cómo olvidar las raciones de campaña.
– Parece que está como en casa.
– No es la primera vez que estoy en un sitio así.
Ambos se habían quitado los tapones de los oídos, que no aislaban gran cosa del constante zumbido de los motores. El aparato estaba lleno de cajas con piezas de repuesto destinadas a Afganistán. Malone supuso que cada semana habría numerosos vuelos similares. Antaño las rutas de abastecimiento dependían de caballos, carros y camiones, ahora el cielo y el mar constituían las vías más rápidas y seguras.
– También usted da la impresión de conocer esto -observa McCollum.
– Me trae recuerdos.
Malone tenía cuidado con lo que decía. Daba igual que McCollum los hubiese ayudado a salir de Belém de una pieza: seguía siendo un extraño, y había matado con profesionalidad y sin remordimientos. ¿Por qué no se libraba de él? Porque tenía el texto de la búsqueda del héroe.
– Tiene buenos contactos -alabó McCollum-. ¿El propio fiscal general ha organizado esto?
– Tengo amigos, sí.
– Seguro que es de la CIA, inteligencia militar o algo por el estilo.
– Nada de eso. A decir verdad estoy retirado.
McCollum soltó una risita.
– Todavía sigue con eso. Me gusta, retirado. Muy bien. Está metido hasta arriba en algo.
Malone terminó de comer y vio que el jefe de carga lo miraba. Recordó lo susceptibles que podían ser en lo tocante a cómo deshacerse de las raciones. El militar hizo una señal y Malone comprendió: debía tirarla en el recipiente que había al otro extremo.
Después, el jefe de carga abrió y cerró cuatro veces la mano: faltaban veinte minutos.
Él asintió.
Viena
8:30
Thorvaldsen se sentó en la Schmetterlinghaus y abrió el atlas. Él y Gary se habían despertado hacía una hora, se habían duchado y tomado un desayuno ligero. El danés había ido a la casa de las mariposas no sólo para evitar las escuchas electrónicas, sino también para esperar lo inevitable. Sólo era cuestión de tiempo que Hermann descubriera el hurto.
Los miembros de la Orden tenían la mañana libre, ya que la próxima reunión de la asamblea no se celebraba hasta media tarde. Thorvaldsen había guardado el atlas con los pergaminos bajo la cama durante la noche, y ahora estaba impaciente por saber más. Aunque sabía latín, su conocimiento del griego antiguo era nulo. Agradeció que Hermann hubiese encargado las traducciones.
Gary se sentó frente a él en otra silla.
– Anoche dijo que esto tal vez fuera lo que habíamos venido a buscar.
El danés decidió que el muchacho merecía saber la verdad.
– Te secuestraron para obligar a tu padre a encontrar algo que escondió hace años. Creo que eso y estos papeles están relacionados.
– ¿Qué son?
– Cartas entre dos eruditos: san Agustín y san Jerónimo. Vivieron en los siglos iv y v y contribuyeron a formular la religión cristiana.
– La historia… Me está empezando a gustar y todo, pero hay tantas cosas…
Henrik sonrió.
– Y el problema hoy en día es que poseemos muy pocos documentos de esa época. Las guerras, la política, el tiempo y la incuria han destruido la información. Pero estos escritos son el reflejo directo de la mente de dos hombres doctos.
Sabía algo de ambos. San Agustín nació en África, de madre cristiana y padre pagano. Siendo ya adulto se convirtió al cristianismo y dejó constancia de sus excesos de juventud en Las confesiones, un libro cuya lectura, como sabía Thorvaldsen, aún era obligatoria en muchas universidades. Llegó a ser obispo de Hipona, líder intelectual del catolicismo africano y poderoso defensor de la ortodoxia. Se le atribuía la formulación de gran parte del pensamiento inicial de la Iglesia.
Jerónimo también era hijo de una familia pagana y llevó una juventud disipada. Asimismo era culto, y se lo llegó a considerar el más intelectual de todos los padres de la iglesia. Vivió como un ermitaño y dedicó treinta años de su vida a traducir la Biblia. Desde entonces se lo relacionaba con las bibliotecas, hasta tal punto que terminó siendo su patrón.
Por lo poco que había oído Thorvaldsen la noche anterior, esos dos hombres, que vivían en distintas partes del mundo antiguo, al parecer se mantuvieron en contacto durante el período de tiempo en que san Jerónimo daba forma a la obra de su vida. Hermann había hecho ver al vicepresidente la manipulación bíblica, pero él necesitaba entender la situación por completo. Así que dio con las traducciones y empezó a examinarlas, leyendo los pasajes en inglés en voz alta.
– Mi docto hermano Agustín, hubo un tiempo en que creí que la Septuaginta era una obra maravillosa. Leí ese texto en la Biblioteca de Alejandría. Conocer los pensamientos de esos escribas que relataban las tribulaciones de los israelitas insufló vida a la fe que hacía tempo inundaba mi alma. Sin embargo esta dicha se ha visto empañada por la confusión. En mi trabajo de adaptación del texto antiguo queda claro que en la Septuaginta se tomaron muchas libertades. Pasaje tras pasaje es incorrecto. Jerusalén no es un único lugar, sino una región que abarca numerosos lugares. El más sagrado de los ríos, el Jordán, no es un río, sino una cadena de montañas. En cuanto a los nombres de lugares, la mayoría está mal. La traducción griega no se corresponde con el hebreo. Es como si todo el mensaje hubiese sido alterado no por ignorancia, sino a conciencia.
«Jerónimo, amigo mío, la tuya es una labor complicada, que se ve más complicada aún debido a nuestra gran misión. Lo que has descubierto no es novedad. También yo he pasado mucho tiempo en la Biblioteca de Alejandría. Muchos de nosotros hemos examinado con detenimiento los manuscritos. Leí un relato de Herodoto, que visitó Palestina en el siglo v antes de nuestro Señor. Descubrió que la región que se halla bajo dominio persa estaba poblada por sirios. No vio presencia de israelitas ni judíos. Ni Jerusalén ni Judá. Me pareció singular, habida cuenta de que el texto antiguo menciona que por aquel entonces se reconstruía el templo judío en Jerusalén y Judá disfrutaba de la categoría de una gran provincia. De haber existido, el docto griego se habría dado cuenta, ya que goza de la reputación de ser un aplicado observador. Descubrí que es un romano, Estrabón, el que identifica por vez primera el antiguo Israel con lo que llamamos Palestina. Su Historia constituye un minucioso relato que tuve el privilegio de leer en la biblioteca. La obra de Estrabón se completó veintitrés años después del nacimiento de nuestro Señor, de manera que el romano escribió en vida de Cristo, Él apunta que la primera vez que se llamó Judea a Palestina fue en época de Alejandro Magno, y que la palabra griega que designaba una nación judía era Ioudaia. Eso fue sólo un siglo antes del nacimiento de nuestro Señor, de manera que los judíos de Palestina se establecieron en algún momento entre las visitas de Herodoto y Estrabón, entre las cuales medían unos cuatrocientos años. El propio Estrabón habló de un nutrido grupo de israelitas que huyó de una tierra en el sur y se instaló en Palestina. No tenía claro de qué tierra se trataba, pero razonaba que, dada la proximidad de Egipto y su fácil acceso, el éxodo a Palestina debió de iniciarse allí. Sin embargo nada demuestra esa conclusión. Estrabón anotó que la fuente de su relato eran los judíos de Alejandría, entre los cuales había pasado mucho tiempo. Hablaba hebreo con fluidez y comentó en su Historia que él también había encontrado errores en la Septuaginta. Escribió que los eruditos de la Biblioteca de Alejandría, que tradujeron el antiguo texto al griego, se limitaron a relacionar dicho texto con lo que sabían por los judíos en aquella época. Estrabón asimismo dijo que los judíos de Alejandría habían olvidado su pasado y parecían sentirse cómodos creando uno nuevo.
»Mi docto hermano Agustín, he leído los escritos de Flavio Josefo, un romano de origen judío que escribió con gran conocimiento de causa. Vivió un siglo después de que naciera nuestro Señor y claramente identifica Palestina con la tierra del antiguo texto, argumentando que la región es el único lugar que conocía donde existía una entidad política judía. En una época más reciente, Eusebio de Cesárea, bajo el patrocinio de nuestro eminentísimo emperador Constantino, señaló nombres del texto antiguo en lugares de Palestina. He leído su obra Sobre los nombres de los lugares en las Sagradas Escrituras, pero después de estudiar un texto escrito en hebreo está claro que la afirmación de Eusebio es errónea. Al parecer ha aplicado libremente significados a nombres de lugares y en algunos casos ha hecho simples conjeturas. Con todo, su obra reviste gran importancia, y sirve de guía a peregrinos piadosos y crédulos.
»Jerónimo, amigo mío, hemos de aplicarnos a esta obra con gran diligencia. Nuestra religión apenas se está formando y ya recibe amenazas de todas partes. Tu empeño es crucial para nuestra existencia. Contar con el texto antiguo traducido al latín vulgar permitirá que muchos lean esas palabras. Te insto a no modificar lo que iniciaron los creadores de la Septuaginta. Jesucristo nuestro Señor vivió en Palestina. Para el mensaje que estamos formulando en este nuevo testamento hemos de ofrecer una sola voz. Reconozco lo que has dicho: que el texto antiguo no parece ser el testimonio de los israelitas y que no encaja en Palestina. ¿Por qué debería importar? Nuestro propósito es muy distinto del de los creadores de la Septuaginta. Nuestro nuevo testamento ha de ser una confirmación del antiguo. Sólo así el significado de nuestro mensaje gozará de mayor autoridad que el antiguo. Unir el antiguo con el nuevo demostrará cuan vital fue nuestro Señor y cuan importante es Su mensaje. No es preciso enmendar los errores que has observado en la Septuaginta. Tal como escribes, los judíos que ayudaron a esos traductores habían olvidado su pasado. No conocían nada de su existencia tiempo atrás, solo lo que ocurría a su alrededor por aquel entonces. De modo que, en tus traducciones, la Palestina que conocemos debería seguir siendo la Palestina de ambos testamentos. Esta es tu labor, querido hermano, nuestra misión. El futuro de nuestra religión, de Jesucristo nuestro Señor, está en nuestras manos, y Él nos inspira para que hagamos su voluntad.
Thorvaldsen dejó de leer.
Ante sí tenía a dos padres de la iglesia, tal vez los más brillantes de todos, planteándose cómo manipular la traducción del Antiguo Testamento. Era evidente que san Jerónimo tenía conocimiento de un manuscrito escrito en el hebreo original y había observado errores en la traducción al griego. San Agustín sabía de Herodoto y Estrabón, el primero conocido como «el padre de la historia»; el segundo, de la geografía. Uno griego, el otro romano. Hombres que vivieron en siglos distintos y básicamente cambiaron el mundo. La Geografía de Estrabón aún se conservaba y se la consideraba uno de los textos antiguos más preciosos, un libro que daba a conocer el mundo y su época, pero su Historia había desaparecido.
No existía ningún ejemplar.
Sin embargo san Agustín lo había leído.
En la Biblioteca de Alejandría.
– ¿Qué significa todo esto? -preguntó Gary.
– Mucho.
Si la Iglesia de los primeros tiempos había falseado la traducción del Antiguo Testamento, adaptando sus palabras a sus propósitos, las implicaciones podían ser catastróficas.
Hermann tenía razón: sin duda los cristianos tomarían parte en la lucha. Su cerebro daba vueltas a lo que planeaba el austríaco. Sabía por conversaciones que habían mantenido a lo largo de los años que él no era creyente. Para Hermann la religión era un instrumento político, y la fe un apoyo para los débiles. Disfrutaría sobremanera viendo a las tres religiones principales combatir las implicaciones de que el Antiguo Testamento que conocían estaba lleno de falsedades.
Las páginas que Thorvaldsen sostenía eran muy valiosas. Formaban parte de las pruebas de Hermann. Pero éste necesitaría más, razón por la cual tenía tanta importancia la Biblioteca de Alejandría. Si seguía en pie, quizá fuese la única fuente capaz de arrojar luz sobre el asunto. Sin embargo, eso era problema de Malone, dado que por lo visto iba camino del Sinaí.
Le deseó buena suerte a su amigo.
Luego estaba el presidente de Estados Unidos. Habían planeado su muerte para el próximo jueves.
Y ése era problema de Thorvaldsen.
Sacó el móvil de un bolsillo y marcó un número.
Península del Sinaí
Malone despertó a Pam, que se incorporó en el asiento y se quitó los tapones de los oídos.
– Hemos llegado -le anunció.
Ella se sacudió el sueño y se animó.
– ¿Estamos aterrizando?
– Hemos llegado -repitió él, haciéndose oír por encima del rugido del motor.
– ¿Cuánto tiempo he estado fuera de combate?
– Unas horas.
Ella se levantó, el paracaídas aún a la espalda. El Hércules daba sacudidas y se abría paso por el aire de la mañana.
– ¿Cuánto falta para aterrizar?
– Saldremos en breve. ¿Has comido algo?
– Imposible, tenía el estómago en la garganta. Pero por fin se ha asentado.
– Bebe un poco de agua. -Le señaló la botella.
Ella la abrió y dio unos sorbos.
– Esto es como ir en un furgón.
Malone sonrió.
– Es una buena forma de definirlo.
– ¿Solías volar en estos chismes?
– Sí.
– Tu trabajo era duro.
Era la primera vez que hacía un reconocimiento semejante de su antiguo empleo.
– Yo me lo busqué.
– Estoy empezando a entender. Sigo alucinada con lo del reloj. Qué idiota fui al pensar que le gustaba a ese tipo.
– Puede que fuera así.
– Claro. Me utilizó, Cotton.
La confesión pareció dolorosa.
– Utilizar a la gente forma parte de esto. -Hizo una pausa y añadió-: Una parte que nunca me gustó.
Ella bebió más agua.
– Yo te utilicé, Cotton.
Era cierto, lo había hecho.
– Debí contarte lo de Gary, pero no lo hice. Así que ¿quién soy yo para juzgar a nadie?
No era el momento de mantener esa charla, pero Malone vio que ella estaba afectada por todo lo que había sucedido.
– No te agobies. Acabemos con esto y después ya hablaremos.
– No me agobio, sólo quería que supieras lo que sentía.
Eso también era una novedad.
En la parte de atrás del avión un molesto chirrido acompañó la apertura de la rampa posterior. El viento se coló en la zona de carga.
– ¿Qué ocurre? -preguntó ella.
– Tienen cosas que hacer. Recuerda que nosotros venimos de paquete. Ve hacia allí y detente donde está el jefe de carga.
– ¿Por que?
– Porque nos lo han pedido. Yo voy contigo.
– ¿Cómo está nuestro amigo? -preguntó ella.
– Tenemos que vigilarlo.
Malone la vio dirigirse a popa y, acto seguido, fue al mamparo opuesto y le dijo a McCollum:
– Hora de irnos.
Malone se había fijado en que McCollum los había visto hablar.
– ¿Lo sabe?
– Todavía no.
– Es un poco cruel, ¿no?
– No si la conociera.
McCollum meneó la cabeza.
– Recuérdeme que no lo cabree.
– Un buen consejo, sí.
Vio que el otro captaba el mensaje.
– Claro, Malone. Sólo soy el tipo que le salvó el pellejo.
– Que es por lo que está aquí.
– Muy generoso por su parte, considerando que tengo el texto de la búsqueda.
Malone cogió la mochila en la que había metido lo que le dejó George Haddad y el libro de san Jerónimo, que había recuperado del aeropuerto antes de dejar Lisboa. Se afianzó el bulto al pecho.
– Y yo tengo esto, así que estamos iguales.
McCollum también llevaba cosas que quizá necesitaran: agua, raciones, un GPS. Según el mapa había una aldea a unos cinco kilómetros de donde se dirigían. Si no encontraban nada, podían ir hasta allí y dar con la forma de recorrer los treinta kilómetros que la separaba de un aeropuerto, cerca del monte de Moisés y el monasterio de Santa Catalina, ambos populares focos turísticos.
Se pusieron las gafas y el casco, y enfilaron a popa.
– ¿Qué están haciendo? -preguntó Pam cuando Malone se acercó.
Había que reconocer que el uniforme le sentaba bien.
– Tienen que realizar una operación con paracaídas.
– ¿Con esta carga? ¿La van a dejar caer en alguna parte?
En esas ocasiones la velocidad descendía a 120 nudos, si no recordaba mal, y el morro se inclinaba hacia arriba.
Le puso a Pam un casco y le cerró a toda prisa la correa del cuello.
– ¿Qué haces? -La confusión teñía su voz.
Tras colocarle unas gafas Malone contestó:
– Han bajado la rampa posterior. Todos tenemos que hacer esto, por seguridad.
Malone comprobó sus arneses y se aseguró de que las cuatro correas estuviesen unidas al mosquetón. Antes se había cerciorado del estado de las suyas. Después se enganchó a la línea estática e hizo lo propio con Pam.
Vio que McCollum ya se había enganchado.
– ¿Cómo vamos a aterrizar con esta rampa abierta? -chilló ella.
Él la miró y repuso:
– No vamos a aterrizar.
Malone vio que ella comprendía lo que quería decir.
– Estás de broma. No esperarás que me…
– Tú limítate a esperar y disfruta del paseo. Este paracaídas es lento, para primerizos. Cuando llegues al suelo será como caer desde una altura de un metro más o menos.
– Cotton, eres un puto tarado. El hombro todavía me duele. No voy a…
El jefe de carga les indicó que se hallaban cerca de las coordenadas de GPS que él les había proporcionado. No había tiempo para discusiones: Malone la agarró por detrás y la obligó a avanzar.
Ella intentó zafarse.
– Cotton, por favor. Que no, por favor.
A continuación la empujó por la rampa.
Los gritos de Pam no tardaron en debilitarse.
Malone sabía lo que su ex estaba viviendo: los primeros cinco metros eran pura caída Libre, como ser ingrávido. Tendría la sensación de que el corazón le latía en la parte posterior de la garganta. Lo cierto es que era un buen subidón. Luego, cuando se abriera el paracaídas, notaría un tirón.
Observó que Pam se mecía en el cielo. Su cuerpo pegó una sacudida cuando el paracaídas cogió aire.
Cinco segundos después se hallaba flotando camino del suelo.
– Se va a cabrear -le dijo al oído McCollum.
Él mantuvo la vista fija en el descenso.
– Ya, pero siempre he querido hacerlo.
McCollum disfrutó de su salto. El aire de la mañana y el moderno paracaídas contribuían a que el descenso fuese lento. Malone le había hablado de los casquetes, muy distintos de los que él recordaba de la época en que uno caía como una piedra y rezaba para no romperse una pierna.
Él y Malone habían saltado después de Pam, que no había tardado en desaparecer por el este. Que llegaran al suelo sin sufrir ningún percance no era asunto de la tripulación. Su trabajo estaba hecho.
Miró el implacable terreno de abajo: una vasta llanura de arena y piedras se desplegaba en todas direcciones. Había oído a Alfred Hermann hablar del sur del Sinaí, supuestamente el desierto más sagrado del planeta, heraldo de la civilización, el nexo entre África y Asia. Pero marcado por las batallas. El territorio más asediado del mundo: sirios, hititas, asirios, persas, griegos, romanos, cruzados, turcos, franceses, ingleses, egipcios e israelíes lo habían invadido. Había oído muchas veces hablar a Alfred Hermann de la importancia de la región, y ahora estaba a punto de verla por sí mismo.
Estaría a unos trescientos metros del suelo. Pam Malone planeaba más abajo; Malone más arriba. La quietud resonaba en sus oídos, un fuerte contraste con el ruido incesante del avión. Recordaba el silencio de otras veces que había saltado. El rugido de los motores se desvanecía en una nada profunda. Sólo el viento rompía la tranquilidad, pero ese día no soplaba.
A unos cuatrocientos metros al este, el yermo paisaje era sustituido por desolados montículos graníticos sin carácter alguno, tan sólo un revoltijo de picos y riscos. ¿Estaría ahí la biblioteca? Todo apuntaba a que así sería.
Continuó bajando.
Cerca de la base de una de las dentadas elevaciones, divisó una construcción achaparrada. Con las cuerdas de dirección, guió su trayectoria hacia donde estaba a punto de aterrizar Pam Malone, un claro sin pedruscos. Bien.
Miró hacia arriba y vio que Malone lo seguía.
Podía resultar más duro de matar de lo que pensaba en un principio. Pero al menos iba armado. Había conservado el arma del monasterio, igual que Malone, además de algunos cargadores. Cuando despertó en la iglesia, después de que lo dejaran inconsciente, su arma seguía allí, lo cual se le antojó curioso.
¿Por qué lo habían golpeado?
¿Y qué importancia tenía eso?
En cualquier caso, él estaba preparado.
Malone encaminó su descenso. El jefe de salto de la base área de Lisboa le había dicho que los nuevos paracaídas eran distintos, y tenía razón. La bajada era lenta, suave. No les había hecho mucha gracia lo de Pam -una novata que ni siquiera sabría que iba a saltar hasta que fuera demasiado tarde-, pero como la orden de colaborar había llegado directamente del Pentágono nadie dijo nada.
– Cotton, eres un capullo -oyó gritar a Pam-. Un capullo de mierda.
Él miró hacia abajo: su ex mujer se encontraba a unos ciento cincuenta metros del suelo.
– Tú dobla las rodillas cuando toques tierra -le aconsejó-. Lo estás haciendo muy bien, el paracaídas se encargará de todo.
– ¡Que te follen! -le respondió ella.
– Solíamos hacerlo y no funcionó. Prepárate.
La vio caer y resbalar por el suelo, el paracaídas tras ella. Observó que McCollum soltaba la mochila y que caía de pie en el suelo.
Malone tensó las cuerdas y frenó hasta casi detener su descenso. Soltó su mochila y notó que sus botas rozaban la arena. También quedó de pie.
Hacía tiempo que no saltaba, pero le satisfizo comprobar que todavía podía hacerlo. Liberó el arnés y se desembarazó de las correas mientras McCollum hacía lo propio.
Pam aún estaba en el suelo. Malone fue hacia ella, a sabiendas de lo que se le venía encima.
Su ex mujer se levantó de un salto.
– Maldito hijo de perra. Me has tirado de ese puto avión. -Intentó abalanzarse hacia él, pero no había soltado el arnés, y, al inflarse, el paracaídas actuó de ancla, limitando sus movimientos.
Malone se hallaba fuera de su alcance.
– ¿Es que te has vuelto loco? -le chilló-. No me dijiste que iba a saltar de un puto avión.
– ¿Cómo creías que íbamos a llegar hasta aquí? -le preguntó él con tranquilidad.
– ¿Conoces la palabra «aterrizar»?
– Esto es territorio egipcio. Ya es bastante malo que hayamos tenido que saltar de día, pero hasta yo me di cuenta de que hacerlo de noche sería cruel.
La rabia inundaba los azules ojos de ella, con una intensidad que él nunca había visto antes.
– Teníamos que llegar sin que se enterasen los israelíes. Aterrizar habría resultado imposible. Espero que todavía anden siguiendo ese reloj tuyo que los llevará a ninguna parte.
– Eres un imbécil, Cotton, un puñetero imbécil. Me tiraste de ese avión.
– Sí, ¿y?
Ella se puso a toquetear el arnés, tratando de separarse del paracaídas, que la retenía.
– Pam, ¿quieres calmarte?
Ella continuó buscando la forma de desasirse y finalmente se dio por vencida.
– Teníamos que venir aquí -insistió él-. El transporte era perfecto; sólo teníamos que saltar. No se ha enterado nadie. Este territorio es bastante árido, hay menos de tres personas por kilómetros cuadrado. Dudo que nos hayan visto. Como ya te dije, querías saber lo que yo hacía. Pues bien, es esto.
– Debiste dejarme en Portugal.
– No era buena idea. Los israelíes podrían considerarte un cabo suelto. Te convenía venir con nosotros.
– No. No te fías de mí, así que me conviene estar donde puedas vigilarme.
– Eso también se me pasó por la cabeza.
Ella guardó silencio un instante, como si empezara a comprender.
– De acuerdo, Cotton -respondió en un tono sorprendentemente tranquilo-. Me has convencido. Estamos aquí de una pieza. Y ahora ¿te importaría quitarme esta cosa?
Él se aproximó y le soltó el arnés.
Ella levantó los brazos y dejó que la mochila del paracaídas cayera al suelo. Acto seguido hundió la rodilla derecha en la entrepierna de Malone.
Un dolor electrizante le subió por la columna hasta el cerebro. Sus piernas temblaron, y él se desplomó.
Se quedó sin aliento.
Hacía mucho que no sentía esa agonía.
Se colocó en posición fetal y aguardó a que pasara el dolor.
– Espero que esto te haya sentado bien -espetó Pam mientras se alejaba.
Viena
9:28
Hermann entró en su biblioteca y cerró la puerta. Había dormido mal, pero no podía hacer gran cosa hasta que Thorvaldsen cometiera un error. Cuando eso sucediera él estaría preparado. Quizá Sabre no estuviese allí, pero Hermann aún tenía a un puñado de hombres que harían exactamente lo que él quisiera. Su jefe de seguridad, un italiano, había dejado claro en más de una ocasión que le gustaría ocupar el puesto de Sabre. Él nunca se había tomado en serio la solicitud, pero con Las Garras del Águila lejos necesitaba ayuda, de manera que le dijo al hombre que estuviese listo.
Primero probaría con la diplomacia, siempre era preferible. Quizá pudiese razonar con Thorvaldsen cuando el danés comprendiera que demostrarle al mundo que el Antiguo Testamento había sido manipulado podía ser una eficaz arma política… si se manejaba adecuadamente. En numerosas ocasiones a lo largo de la historia el caos y la confusión habían reportado beneficios. Cualquier cosa que zarandeaba a Oriente Próximo repercutía en los precios del crudo. Saber lo que se avecinaba sería impagable; controlar su alcance, inimaginable. Los miembros de la Orden estaban allí para cosechar enormes ganancias.
Y su nuevo aliado en la Casa Blanca también se beneficiaría.
Pero para conseguir todo ello necesitaba a Sabre.
¿Qué estaba haciendo en el Sinaí?
Y con Cotton Malone.
Ambas cosas le parecían buena señal. El plan de Sabre era engatusar a Malone para que fuera en busca de la Conexión Alejandría. Después el éxito dependía de Malone. O bien averiguarían lo que pudieran y luego eliminarían a Malone o bien unirían fuerzas para ver adonde les llevaba el ex agente. Por lo visto Sabre había escogido esto último.
Hermann llevaba varios años pensando qué ocurriría cuando él faltara, pues sabía que Margarete sería la ruina de la familia. Lo peor de todo es que no se daba cuenta de su ineptitud. Él había intentado aleccionarla, pero todos sus esfuerzos habían sido en vano. La verdad era que le agradaba que Thorvaldsen se la hubiese llevado. Tal vez así se librara del problema. Aunque lo dudaba. El danés no era un asesino, por mucho que quisiera dárselas de bravucón.
Lo cierto es que Sabre había terminado cayéndole bien. Ese hombre prometía; sabía escuchar y actuaba con rapidez, pero nunca de cualquier manera. A menudo pensaba que Sabre podría ser un excelente sucesor. Ya no quedaban más Hermann, y él había de asegurarse de que su fortuna perdurara.
Pero ¿por qué no había llamado Sabre?
¿Estaría pasando algo más?
Apartó sus dudas y se concentró en su preocupación más inmediata. La asamblea volvería a reunirse más tarde. El día anterior había tentado a los miembros con el plan, y ese día les haría entender su argumento.
Se acercó hasta un infolio embutido en la parte inferior de una estantería. En su interior guardaba el mapa que había encargado tres años antes. El mismo estudioso al que contratara para confirmar la teoría de Haddad sobre el Antiguo Testamento también había plasmado en un mapa las conclusiones del palestino. Según le había dicho, sitio tras sitio encajaba a la perfección con la geografía de Asir.
Pero él quería verlo por sí mismo.
Comparando puntos de referencia bíblicos con topónimos hebreos, tanto en el Antiguo Testamento como sobre el terreno, su experto había localizado lugares bíblicos como Gilgal, Sidón, al Lith, Dan, Hebrón, Berseba y la ciudad de David.
Sacó el mapa.
Ya lo tenía cargado en el computador del salón de reuniones. Los miembros de la Orden pronto verían lo que él llevaba tiempo admirando.
Incluso se había resuelto la cuestión de las veintiséis puertas de Jerusalén, de las que se habla en Crónicas, Reyes, Zacarías y Nehemías. Una ciudad amurallada no tendría más de cuatro puertas, una en cada dirección, de modo que veintiséis resultaba discutible desde el principio. Sin embargo la palabra hebrea que se utilizaba en el Antiguo Testamento para «puerta» era shaar, un término que, como tantos otros, poseía un doble sentido, uno de los cuales era «pasaje» o «paso de montaña». Curiosamente había veintiséis aberturas identificadas en la cadena de montañas de la zona de Asir, en Arabia. Hermann recordaba su propio asombro cuando le explicaron esa realidad. Las puertas del Rey, la Prisión, la Fuente, el Valle y todas las demás cuyos descriptivos nombres menciona el Antiguo Testamento se podían relacionar con una precisión casi absoluta -por su proximidad a aldeas que todavía existían- con pasos de la zona de Asir.
En Palestina no existía nada ni remotamente parecido: la prueba parecía incontrovertible.
Los sucesos del Antiguo Testamento no habían ocurrido en Palestina, sino a cientos de kilómetros al sur. Y san Jerónimo y san Agustín lo sabían, y sin embargo habían permitido deliberadamente que los errores de la Septuaginta no sólo se perpetuaran, sino que además florecieran, modificando más aún el Antiguo Testamento para que los pasajes pareciesen la profecía irrefutable del Nuevo Testamento. Los judíos no disfrutarían del monopolio de la Palabra de Dios. Si querían que su nueva religión prosperase, los cristianos necesitaban un nexo.
Así que lo crearon.
Una Biblia en hebreo de antes de Cristo podía resultar decisiva, pero un ejemplar de la Historia de Estrabón también respondería numerosas preguntas. Si la Biblioteca de Alejandría todavía existía, él esperaba que una o ambas cosas se conservaran.
Fue hacia la vitrina que le había enseñado al vicepresidente la noche anterior. Al norteamericano no le había parecido para tanto, pero ¿a quién le importaba? El nuevo presidente de Estados Unidos vería los estragos que causarían. Con todo, esperaba que los papeles afectaran más a Thorvaldsen. Metió la mano debajo y pulsó el botón de apertura. Abrió la vitrina y, por un instante, no creyó lo que vieron sus ojos: nada.
Las cartas y las traducciones habían desaparecido. ¿Cómo? El vicepresidente no había sido. El propio Hermann lo había visto salir de su propiedad en un desfile de vehículos. Nadie más conocía la existencia del escondite.
Sólo había una explicación posible: Thorvaldsen.
La ira lo mandó directo a su escritorio. Cogió el teléfono y llamó al jefe de seguridad. A continuación abrió un cajón y agarró su arma.
Al diablo con Margarete.
Península del Sinaí
Malone aún tenía flojera en las piernas, y la entrepierna le dolía. Pam no había dicho gran cosa desde el rodillazo, y McCollum se había mantenido sabiamente al margen. No obstante Malone no se podía quejar: él se lo había buscado. Ella había reaccionado en consecuencia.
Miró en todas las direcciones de aquella serenidad yerma. El sol calentaba ya como un horno. Sacó el GPS de la mochilla y determinó que las coordenadas exactas -28° 41' 25” N, 33° 38' 26” E- se hallaban a menos de un kilómetro y medio.
– Muy bien, McCollum, y ahora ¿qué?
Éste se sacó un papel del bolsillo y leyó en voz alta: «Después, como los pastores del pintor Poussin, desconcertados por el enigma, serás bañado por la luz de la inspiración. Reorganiza las catorce piedras y después sírvete de la escuadra y el compás para dar con el camino. A mediodía siente la presencia de la luz roja, ve enrojecer de ira el anillo infinito de la serpiente. Pero cuidado con las letras. El peligro amenaza a quien llega a gran velocidad. Si tu rumbo es certero, la ruta será segura.» Y aquí se acaba el texto -terminó McCollum.
Malone analizó mentalmente las crípticas palabras.
Entre tanto, Pam se dejó caer en el suelo y bebió algo de agua.
– En el cenador de Inglaterra había una imagen de Poussin,
¿Qué era? Una especie de tumba con algo escrito en ella. Por lo visto Thomas Bainbridge también dejó algunas pistas.
Él estaba pensando en lo mismo.
– ¿Vio esa construcción cuando descendíamos? -le preguntó Malone a McCollum-. Al oeste, a unos cuatrocientos metros. Es lo que indican las coordenadas.
– Parece que el camino está claro.
Malone se echó la mochila al hombro y Pam se levantó. Le preguntó:
– ¿Has terminado con los numeritos?
Ella se encogió de hombros.
– Tírame de otro avión y verás lo que pasa.
– ¿Ustedes dos siempre son así? -quiso saber McCollum.
Malone echó a andar.
– Sólo cuando estamos juntos.
Malone se acercó a la construcción que había visto desde el aire. No era gran cosa: achaparrada, con un tejado de tejas destrozado y los cimientos desmoronándose como si los reclamara la tierra. Las paredes exteriores eran igual de altas que de largas, interrumpidas tan sólo por dos ventanas peladas a unos tres metros. La puerta era una gruesa hoja de cedro que pendía ladeada de unas bisagras de hierro negro.
La abrió de una patada.
Los recibió una lagartija, que corrió a refugiarse por el piso de tierra.
– Cotton.
Éste se giró. Pam le señalaba otro montículo. Él se aproxima haciendo crujir con cada paso la seca arena.
– Se parece a la tumba de esa imagen de Bainbridge Hall -observó ella.
Bien pensado. Él escudriñó el rectángulo, que tenía cuatro enormes sillares de altura y una piedra redondeada en lo alto. Examinó los lados en busca de algo grabado, en especial Et in arcadia ego. Nada, lo cual no era de extrañar, ya que el desierto habría borrado cualquier vestigio hacía tiempo.
– Estamos en las coordenadas exactas y esto se parece mucho a la tumba del cenador.
Malone recordó el texto de la búsqueda: «Después, como los pastores del pintor Poussin, desconcertados por el enigma, serás bañado por la luz de la inspiración.»
Se apoyó en las malparadas piedras.
– ¿Y ahora qué, Malone? -preguntó McCollum.
Al norte se alzaban unas lomas que iban cobrando altura poco a poco hasta tornarse unas áridas montañas donde se abrían unos senderos. El fulgor del cielo aumentaba a medida que el sol se aproximaba al mediodía.
Malone siguió rumiando el texto.
«Reorganiza las catorce piedras y después sírvete de la escuadra y el compás para dar con el camino. A mediodía siente la presencia de la luz roja, ve enrojecer de ira el anillo infinito de la serpiente.»
En Belém todo había sido bastante obvio: una mezcla de historia y ciencia aplicada, al parecer el sello de los Guardianes. Al fin y al cabo la idea era que el invitado saliera airoso. Sin embargo esa parte suponía un desafío.
Pero no era imposible.
Inspeccionó el ruinoso edificio y la improvisada tumba.
Entonces las vio y las contó: catorce.
McCollum se planteó matarlos sin más allí mismo. ¿Estaría lo bastante cerca para averiguar el resto él solo? Malone lo había llevado hasta allí y, tal como esperaba, había echado mano de sus recursos para conducirlos de Inglaterra a Portugal y luego hasta allí.
Sin embargo se dijo que debía tener paciencia.
Él nunca habría descifrado la búsqueda solo, y mucho menos tan deprisa. A esas alturas el viejo lo estaría buscando. La asamblea estaba reunida, así que esperaba que eso lo distrajera hasta el día siguiente. Pero sabía las ganas que tenía Hermann de enterarse de si esa pista era prometedora. También conocía los otros planes del anciano y cuan crítica sería su propia participación en la próxima semana. Se habían servido de tres emisarios para negociar con Bin Laden; él los había ido a ver a los tres, había matado a dos y había dejado con vida a uno.
Esa persona y la biblioteca serían sus monedas de cambio.
Eso suponiendo que allí hubiera algo que encontrar.
En caso contrario, mataría a Malone y a su ex, y confiaría en salir del apuro contando unas mentiras.
Malone miraba fijamente uno de los lados de la ruinosa construcción. A unos tres metros se encontraba una de las desnudas aberturas. Dio la vuelta hasta el otro lado y observó la otra, que se hallaba a una altura similar.
Volvió con McCollum y Pam y anunció:
– Creo que lo tengo. La construcción es cuadrada, igual que las dos aberturas.
– «Sírvete de la escuadra y el compás» -recordó Pam.
Él apuntó arriba y dijo:
– Esas dos aberturas son la clave.
– ¿A qué se refiere? -inquirió McCollum-. Va a ser algo difícil subir hasta allí.
– No lo creo. Eche un vistazo. ¿Se ha fijado en las piedras?
Pam se acercó a una de ellas, se agachó y la tocó.
– Cuadrada, de unos treinta centímetros de lado, ¿no?
– Yo diría que sí. Acuérdate de la pista: «Reorganiza las catorce piedras y después sírvete de la escuadra y el compás para dar con el camino.» Hay catorce piedras desperdigadas por aquí.
Pam se puso en pie.
– Es evidente que esta búsqueda entraña un esfuerzo físico. No todo el mundo podría cargar con esos pedruscos. Supongo que con ellas se alcanzará la ventana, ¿no?
Malone dejó la mochila en el suelo, al igual que McCollum, que dijo:
– Sólo hay una manera de averiguarlo.
Necesitaron veinte minutos para recoger las catorce piedras cuadradas y formar con ellas una pirámide achatada: seis abajo, luego cinco y por último tres. Si fuese preciso, una de esas tres se podía superponer a las otras dos para conseguir más altura, pero en opinión de Malone la pila ya era lo suficientemente alta.
Subió y, una vez arriba, mantuvo el equilibrio.
McCollum y Pam se aseguraron de que la torre permaneciera estable.
Él miró por el cuadrado que se abría en la desmoronada pared. Por la abertura opuesta, a unos seis metros, divisó unas montañas que se alzaban a menos de un kilómetro de distancia. «A mediodía siente la presencia de la luz roja, ve enrojecer de ira el anillo infinito de la serpiente.»
La construcción había sido orientada deliberadamente de este a oeste.
Esa construcción no era una vivienda. No. Al igual que el rosetón de Belém, también con orientación este-oeste, era un «compás», o sea, como una brújula.
«Sírvete de la escuadra y el compás para dar con el camino.»
Consultó su reloj. Eso es lo que haría dentro de una hora.
Maryland
7:30
Stephanie conducía la ranchera que les había proporcionado el presidente. Daniels también les había dado dos pistolas del servicio secreto con cargadores extra. Ella no estaba muy segura de dónde iban a meterse, pero por lo visto el presidente quería que estuviesen preparadas.
– Eres consciente de que es probable que el coche esté controlado electrónicamente, ¿no? -comentó Cassiopeia.
– Esperemos.
– Y te das cuenta de que toda esta historia es una locura, ¿no? No sabemos de quién fiarnos, incluido el presidente de Estados Unidos.
– Sin duda. Somos peones en un tablero de ajedrez. Pero un peón puede comerse al rey si se coloca adecuadamente.
– Stephanie, somos el cebo.
Ella estaba de acuerdo, pero no dijo nada.
Entraron en una población pequeña que se encontraba a unos cincuenta kilómetros al norte de Washington, una de las incontables ciudades dormitorio que rodeaban la capital. Siguiendo las indicaciones que le habían dado, reconoció el nombre del restaurante, que se hallaba bajo un manto de frondosos árboles y exhibía una cristalera por fachada: Aunt B's.
Uno de los sitios preferidos de Larry Daley.
Aparcó y entraron. Las recibió un acre olor a patatas fritas con beicon y manzana. Entusiastas comensales atacaban un humeante bufé. Pasaron ante el cajero y vieron a Daley, sentado, solo.
– Comed algo -sugirió-. Invito yo.
Ante sí tenía un plato de huevos, sémola y una chuleta de cerdo.
Tal y como habían convenido, Cassiopeia ocupó otra mesa desde donde podía vigilar la sala, y Stephanie se sentó con Daley.
– No, gracias. -Reparó en un letrero cerca del bufé con dos enormes cerdos rodeados del eslogan: «Recupera la grasa en Aunt B's.» Ella lo señaló-. ¿Por eso comes aquí? ¿Para recuperar la grasa?
– Me gusta el sitio. Me recuerda a la comida de mi madre. Sé que te cuesta creerlo, pero soy una persona.
– ¿Por qué no estás dirigiendo el Billet? Ahora estás al mando.
– Estoy en ello. Tenemos un problema más acuciante.
– Como salvar el culo.
Él cortó un trozo de la chuleta.
– Esto está buenísimo. Deberías comer algo, necesitas recuperar algo de grasa, Stephanie.
– Es muy amable por tu parte que te hayas fijado en mi esbelta figura. ¿Dónde está tu novia?
– Ni idea. Supongo que se acostaba conmigo para ver qué podía sacarme. Que fue nada. Yo hacía lo mismo. En contra de lo que puedas pensar, no soy tan idiota.
A instancias de Daniels había llamado a Daley dos horas antes y le había propuesto que se vieran. Él había accedido encantado. Lo que no entendía era por qué Daniels había interrumpido el encuentro en el museo si de verdad quería que ella hablara con Daley. Sin embargo, se limitó a añadir esa pregunta a la cada vez más larga lista que tenía.
– No terminamos nuestra conversación.
– Es hora de que te enfrentes a la realidad, Stephanie. Te puedes quedar con mis memorias USB. Utilízalas, me da igual. Si yo caigo, el presidente caerá conmigo. Lo cierto es que quería que las encontrases.
A ella le costaba creerlo.
– Sabía lo de tu investigación. En cuanto a la puta que me enviaste, no soy tan idiota. ¿Acaso crees que es la primera vez que una mujer intenta sonsacarme? Sabía que andabas fisgando, así que te facilité que encontrases lo que buscabas. Pero te tomaste tu tiempo.
– Buen intento, Larry, pero no cuela.
Él cogió con el tenedor un trozo de huevo con sémola y dio cuenta de él.
– Sé que no te vas a creer nada de esto, pero, para variar ¿podrías olvidar que me odias y escuchar?
A eso había ido.
– He estado escarbando y me he encontrado un montón de mierda, cosas raras. No formo parte del sanctasanctórum, pero estoy lo bastante cerca para saber lo que se cuece. Cuando me enteré de que me estabas investigando supuse que, llegado el momento, harías algo. Y cuando lo hicieras podríamos negociar.
– ¿Por qué no me pediste ayuda sin más?
– Venga ya. No soportas estar en la misma habitación que yo. ¿Ibas a ayudarme? Intuí que, cuando te asomaras a la ventana y vieses lo que estaba pasando, te mostrarías mucho más receptiva. Como lo estás ahora.
– ¿Todavía sobornas a miembros del Congreso?
– Sí. Yo y otros mil. Joder, debería ser deporte olímpico.
Stephanie miró a Cassiopeia y vio que no había nada de qué preocuparse. Familias y parejas de ancianos ocupaban las numerosas mesas.
– Olvida todo eso, es la menor de nuestras preocupaciones -aseguró Daley.
– No sabía que fuesen nuestras preocupaciones.
– Están pasando muchas más cosas. -Bebió unos sorbos de zumo de naranja-. Mierda, le echan un montón de azúcar. Pero está bueno.
– Si siempre comes así ¿cómo es que estás tan delgado?
– El estrés: la mejor dieta del mundo. -Dejó el vaso en la mesa-. Hay una conspiración en marcha, Stephanie.
– Para hacer ¿qué?
– Cambiar de presidente.
Eso era nuevo.
– Es lo único que tiene sentido. -Daley apartó el plato-. El vicepresidente está en Europa asistiendo a una cumbre económica, pero me han dicho que la otra noche salió del hotel a una hora avanzada y fue a reunirse con un hombre llamado Alfred Hermann. Supuestamente una visita de cortesía. Pero el vicepresidente no es un tipo cortés, no hace las cosas porque sí. Ya se ha reunido antes con Hermann, lo he comprobado.
– Y has descubierto que Hermann dirige una organización llamada la Orden del Vellocino de Oro.
Daley la miró con cara de asombro.
– Sabía que serías de utilidad. Así que ya lo sabes…
– Lo que quiero saber es por qué todo eso es tan importante.
– Ese grupo tiene influencias políticas y contactos en todo el mundo. Hermann y el vicepresidente son amigos desde hace algún tiempo. He oído hablar de él y la Orden, pero el vicepresidente suele reservarse la opinión. Sé que quiere ser presidente. Se prepara para presentar su candidatura, pero creo que es posible que esté buscando un atajo.
Daniels no había dicho nada al respecto.
– ¿Aún tienes esas memorias USB que te llevaste de mi casa?
Ella asintió.
– En una hay unas grabaciones digitales de conversaciones telefónicas. Sólo unas cuantas, pero muy jugosas. Con el jefe de gabinete del presidente, un capullo de campeonato. Fue él quien le pasó la Conexión Alejandría directamente a Alfred Hermann.
– Y ¿cómo has conseguido enterarte de eso?
– Estaba allí.
Stephanie puso cara de póquer.
– Con él. Así que registré todo el encuentro. Conocimos a Hermann en Nueva York, hace cinco meses. Se lo di todo. Ahí fue cuando metí a Dixon.
Eso también era nuevo.
– Aja. Fui a verla y le conté lo que estaba pasando con la conexión. Y lo de la reunión con Hermann.
– No fue muy buena idea.
– En el momento me lo pareció. Los israelíes fueron los únicos aliados que pude hacer. Pero pensaron que el asunto de Hermann era un truco para causarles problemas, así que lo único que saqué fue a Dixon de niñera. -Tomó más zumo-. Lo cual no estuvo nada mal.
– Me estoy poniendo enferma.
Daley meneó la cabeza.
– Alrededor de un mes después nos vimos a solas el jefe de gabinete del vicepresidente y yo. Como es un huevón, le gusta fanfarronear. Eso es lo que suele meter a los tipos así en líos. Tomamos unas copas y él hizo algunos comentarios. A esas alturas yo ya sospechaba algo, así que me llevé una grabadora de bolsillo. Esa noche me hice con un buen material.
Cassiopeia se levantó de la mesa y se dirigió a la cristalera. Fuera, los coches entraban y salían del umbroso aparcamiento.
– Habló de la vigésimo quinta enmienda. La había estado estudiando, fijándose en detalles. Me preguntó qué sabía yo de ella, que no era gran cosa. Fingí que no me interesaba y que estaba bebido.
Stephanie sabía que esa enmienda a la Constitución rezaba así: «En caso de que el presidente sea depuesto de su cargo, o en caso de su muerte o renuncia, el vicepresidente será nombrado presidente.»
Península del Sinaí
Malone consultó el reloj: 11:58. Ya había echado un vistazo por las dos aberturas y no había visto nada. Pam y McCollum estaban debajo, mientras él guardaba el equilibrio en la cúspide de las catorce piedras.
Llegó el mediodía, y a lo lejos se oyó un carillón.
– Resulta inquietante -afirmó Pam-. Aquí, en mitad de ninguna parte.
Él coincidió con su ex mujer.
– Suena lejos.
Como si viniera del cielo, pensó. El sol brillaba implacable en lo alto, y él tenía el cuerpo y el uniforme empapados en sudor.
Volvió a mirar a través de las aberturas.
Lo que tal vez fuesen cuevas de ermitaños salpicaban la montaña cual ojos negros. Entonces reparó en algo: en uno de los montículos se perfilaba una senda pedregosa. ¿Un camino de camellos? Se había informado en Lisboa antes de salir y había averiguado que las montañas de esa región ocultaban fértiles hondonadas que los beduinos del lugar llamaban farsh. Por regla general allí había una fuente de agua que atraía a los escasos habitantes del lugar y a los viajeros. El monasterio de Santa Catalina, situado en el sur, cerca del monte de Moisés, ocupaba un farsh. Malone supuso que habría más a su alrededor.
Vio cómo desaparecían las sombras y el color de las graníticas montañas cambiaba del gris al granate. El sinuoso sendero adoptó la forma de una serpiente. Las dos aberturas enmarcaban la imagen como si de un cuadro se tratara.
«Ve enrojecer de ira el anillo infinito de la serpiente.»
– ¿Ves algo? -inquirió Pam.
– Mucho.
Stephanie fulminó con la mirada a Larry Daley.
– ¿Me estás diciendo que el vicepresidente planea matar al presidente?
– Eso es exactamente lo que creo que va a pasar.
– Y ¿cómo es que eres la única persona de este mundo que se ha dado cuenta?
– No lo sé, Stephanie. Puede que sólo sea un tipo listo, pero sé que va a pasar algo.
Ella necesitaba más información. Por eso la había enviado Daniels.
– Larry, sólo intentas salvar el culo.
– Stephanie, eres como el tipo que busca un cuarto de dólar que ha perdido bajo una farola. Alguien pasa y le pregunta qué hace, y él responde: «Busco una moneda que he perdido.» El otro le dice: «¿Dónde la perdió?» Y el tipo señala a lo lejos y contenta: «Por allí.» Perplejo, el otro pregunta: «¿Por qué está buscando aquí?» Y nuestro hombre replica: «Porque aquí es donde está la luz.» Ésa eres tú, Stephanie. Deja de buscar donde está la luz y busca donde debes.
– Pues dame algo concreto.
– Ojalá pudiera. Se trata de la suma de pequeños detalles: reuniones que el vicepresidente ha evitado y que un candidato no se saltaría, cabrear a gente que va a necesitar, despreocuparse del partido. Nada definitivo, pequeñeces que un adicto a la política como yo notaría. Sólo hay un puñado de personas en la cúpula que estarían al tanto de esas cosas. Y esos tipos son reservados.
– ¿Es Brent Green uno de esos tipos?
– No lo sé. Brent es un hombre extraño, muy suyo. Ayer intenté presionarlo, lo amenacé, pero no perdió la calma. Quería ver cómo reaccionaba. Luego, cuando apareciste en mi casa, supe que tenías que ser mi aliada.
– Puede que hayas escogido mal, Larry. No creo una palabra de lo que dices. Matar a un presidente no es fácil.
– Todos los asesinos de presidentes, ya sea que lo intentaran o sólo aspiraran a hacerlo, estaban desquiciados o chiflados o tuvieron suerte. Imagina lo que podrían hacer unos profesionales.
Eso era verdad.
– ¿Dónde están las memorias USB? -quiso saber.
– Los tengo yo.
– Eso espero, porque si no es así estamos en apuros. Sabrán que les sigo la pista, y resultaría imposible explicar por qué grabé esas conversaciones con el jefe de gabinete del vicepresidente. Necesito esas memorias, Stephanie.
– Ni lo sueñes. Tengo una idea, Larry: ¿por qué no te entregas, confiesas haber sobornado a muchos congresistas y solicitas protección federal? Así podrás soltarle todas estas sandeces a todo el que quiera escucharlas.
Él se retrepó en su silla.
– Sabes, creí que por una vez tú yo podríamos sostener una conversación civilizada, pero no, prefieres dártelas de listilla. Hice lo que debía, Stephanie, porque es lo que quería el presidente.
Ahora estaba interesada.
– ¿Sabía él lo de tus sobornos?
– ¿Cómo crees que mi prestigio aumentó tan deprisa en la Casa Blanca? Él quería que se aprobaran cosas y yo me aseguraba de que así fuera. Este presidente ha caído en gracia en el Congreso, lo que también explica la facilidad con que consiguió un segundo mandato.
– ¿Tienes pruebas de su participación?
– ¿Que si grabé a Daniels? No. Alguien debe hacer que las cosas pasen. Así es la vida. Soy el hombre de Daniels. Yo lo sé y él lo sabe.
Stephanie miró a Cassiopeia y recordó lo que ésta le había dicho cuando iban hacia allí. Ciertamente no sabían de quién fiarse, incluido el presidente.
Daley se levantó de la mesa y dejó unos dólares de propina.
– El otro día tú y Green pensabais que todo esto tenía que ver con el legado de Daniels. Te dije lo que querías oír para engañarte. -Daley meneó la cabeza-. Esto tiene que ver con que Daniels siga respirando. Me haces perder el tiempo, me ocuparé de esto de otra manera.
Malone subía por la abrupta montaña a la cabeza. Águilas y otras pequeñas rapaces surcaban el cielo. La dorada luz le atravesaba el cerebro y bañaba su sudoroso cuerpo. Una fina capa de piedras revestía el sendero; la reseca superficie era una capa de arena y sedimentos.
Siguió el serpenteante camino hasta lo alto, donde tres enormes rocas habían caído tiempo atrás, creando un túnel en la cima. A pesar del sol, el pasadizo era fresco. Malone agradeció la sombra. El otro extremo se veía a unos diez metros.
De pronto divisó un destello rojizo.
– ¿Has visto eso? -preguntó Malone.
– Sí -contestó Pam.
Se detuvieron y lo vieron de nuevo.
Entonces él cayó en la cuenta de lo que estaba pasando: el sol de mediodía penetraba entre los huecos de las rocas y teñía el túnel de carmesí.
Un fenómeno curioso.
«Ve enrojecer de ira el anillo infinito de la serpiente.»
– Parece que por aquí hay un montón de serpientes rojas airadas -comentó.
Sin embargo a medio camino vio unas palabras grabadas en el granito. Paró. Estaban en latín. Las tradujo en voz alta:
– «No te acerques. Quita las sandalias de tus pies, que el lugar en que estás es tierra santa.» -Conocía el pasaje-. Del Éxodo. Lo que Dios le dijo a Moisés en la zarza ardiente.
– ¿Aquí es donde fue? -preguntó Pam.
– Nadie lo sabe. El lugar aceptado por las tres religiones es el monte que hay a unos treinta kilómetros al sur de aquí, Jebel Musa. Pero ¿quién sabe? -respondió Malone.
Al final del túnel lo recibió una repentina bofetada de aire caliente, y sus ojos se clavaron en un recodo, un farsh moteado de cipreses. Unas mullidas nubes blancas se perseguían, cual matojos rodantes, por el límpido cielo. Los ojos de Malone se entrecerraron como los de una lagartija con la cegadora luz.
Pegadas a la pared del montículo más alejado, entre riscos, se alzaban unas construcciones que se solapaban como si formaran parte de la roca. Sus colores -amarillo, marrón y blanco- se fundían con el paisaje. Las atalayas parecían flotar. Los esbeltos conos verdes de los cipreses contrastaban con las tejas naranja oscuro de los tejados. Tamaño y forma no seguían ninguna lógica. El conjunto le recordó a Malone al anárquico encanto de una aldea de pescadores italiana encaramada a la falda de una colina.
– ¿Es un monasterio? -le preguntó Pam.
– El mapa indicaba que en esta región hay tres. Ninguno es un gran secreto.
Un sendero de peldaños de piedra conducía hasta el monasterio. El descenso era pronunciado, los peldaños iban de tres en tres, entre inclinados tramos de roca lisa. Abajo, un camino atravesaba el farsh, pasaba ante un pequeño lago entre cipreses y zigzagueaba hasta la entrada del monasterio.
– Ése es el sitio.
Stephanie siguió con la mirada a Daley, que abandonó el restaurante. Cassiopeia se acercó, se sentó a su mesa y le preguntó:
– ¿Te has enterado de algo útil?
– Asegura que Daniels estaba al tanto de todo lo que él hacía.
– ¿Qué iba a decir?
– Daley no mencionó que la otra noche estuvimos en Camp David.
– Salvo los agentes y Daniels, nadie nos vio.
Cierto. Habían dormido en la cabaña con dos agentes fuera. No había nadie más, aparte del presidente. Cuando despertaron tenían ya la comida preparada. El propio Daniels llamó y les dijo que quedaran con Daley, así que éste o no lo sabía o no había querido comentarlo.
– ¿Por qué querría el presidente que nos reuniéramos con Daley a sabiendas de que Daley podía desmentir lo que él nos había contado? -preguntó, más a sí misma que a Cassiopeia.
– Añade esa pregunta a la lista.
Stephanie vio por los cristales que Daley avanzaba con dificultad por la gravilla del aparcamiento hacia su Land Rover. El tipo nunca le había caído bien, y cuando por fin confirmó que jugaba sucio nada la satisfizo más.
Ya no estaba tan segura.
Daley llegó hasta su coche, al fondo del aparcamiento, y entró. Ellas también tenían que irse. Era hora de dar con Brent Green y ver lo que había averiguado. Daniels no les había mencionado que hablasen con Green, pero ella creía que era lo mejor.
Sobre todo en ese momento.
Una explosión sacudió el edificio.
Su conmoción inicial se vio sustituida por la certeza de que el restaurante estaba intacto. Los gritos se apagaron cuando todo el mundo empezó a darse cuenta de que el edificio seguía en su sitio.
Todo estaba en orden.
Excepto fuera.
Stephanie miró por el cristal y vio que las llamas consumían el Land Rover de Larry Daley.
Península del Sinaí
Malone se aproximó a la puerta de madera revestida de metal. Las abrasadas paredes de granito rojo, apoyados por enormes contrafuertes, descendían hasta fundirse con unas terrazas donde cipreses, naranjos, limoneros y olivos montaban guardia. Un viento caliente levantaba arena.
Allí no parecía haber nadie.
Sobre la puerta Malone vio más palabras en latín, esta vez de Salmos 118, 20. Lo leyó:
Ésta es la puerta de Yavé;
entran por ella los justos.
– ¿Qué hacemos? -preguntó Pam. Malone se había percatado de que lo árido del terreno casaba con su genio, que empeoraba por momentos.
– Supongo que para eso está la cuerda -respondió él mientras la señalaba.
En lo alto de la puerta una campana de hierro descansaba en el interior de una pequeña espadaña. Fue hacia ella y tiró. La campana sonó varias veces. Estaba a punto de llamar de nuevo cuando en la misma puerta se abrió un ventanuco y se asomó un joven barbado que lucía un sombrero de paja.
– ¿En qué puedo ayudarlos? -preguntó en inglés.
– Hemos venido a ver la biblioteca -contestó McCollum.
– Esto sólo es un monasterio, un lugar de recogimiento. No tenemos biblioteca.
Malone se había preguntado cómo se aseguraban los Guardianes de que quien se presentaba en la puerta era un invitado. Hacer el viaje podía llevar mucho tiempo, y en ningún punto de la búsqueda habían encontrado dificultades serias, de manera que debía de haber un último reto, uno que no se especificaba en la búsqueda.
– Somos invitados y hemos completado la búsqueda -aseguró-. Queremos acceder a la biblioteca.
La puerta del ventanuco se cerró.
– Menuda grosería -soltó Pam.
Malone se enjugó el sudor de la frente.
– No van a abrir sin más al primero que se presente.
El ventanuco volvió a abrirse y el joven preguntó:
– ¿Cómo se llama?
McCollum iba a responder, pero Malone lo agarró por el brazo.
– Déjeme a mí -susurró. Alzó la vista y dijo-: George Haddad.
– ¿Quiénes son sus acompañantes?
– Mis colegas.
Los ojos del joven lo miraban de hito en hito, como si intentasen decidir si él era de fiar.
– ¿Me permite que le haga una pregunta?
– Cómo no.
– Dígame, ¿cómo han llegado hasta aquí?
– Primero fuimos a Belém y al monasterio de los Jerónimos, luego entramos en belém.org y finalmente llegamos aquí.
El ventanuco se cerró.
Malone oyó que retiraban unas trancas tras la puerta y a continuación la sólida madera se abrió unos centímetros y el de la barba salió. Llevaba unos pantalones holgados que se estrechaban en la pantorrilla, un jubón rojizo metido por dentro y una cuerda a modo de cinturón. Unas sandalias protegían sus pies.
Se detuvo ante Malone y se inclinó.
– Bienvenido, George Haddad. Ha completado la búsqueda. ¿Le gustaría visitar la biblioteca?
– Sí.
El joven sonrió.
– Pues pase y encuentre lo que busca.
Cruzaron la puerta en pos de él, en fila india, y entraron en un oscuro pasillo de imponente piedra que mantenía a raya al sol. Caminaron treinta pasos, giraron a la derecha y volvieron a ver la luz del día en el interior, una lozana explanada de césped con cipreses, palmeras, parras, flores en la que incluso había un pavo real.
Lo que parecía una flauta dejaba escapar una balsámica melodía. Malone vio su origen: un músico encaramado a uno de los balcones, que sostenían gruesas ménsulas de madera. Las construcciones estaban apiñadas, cada una de ellas de distinto tamaño y composición. Malone entrevió patios, escaleras, barandillas de hierro, arcos abovedados, tejados puntiagudos y angostos pasajes. Un acueducto en miniatura encauzaba el agua de un extremo al otro. Todo parecía haber surgido por casualidad. Le recordó a una aldea medieval.
Siguieron a Sombrero de Paja.
Aparte del flautista, Malone no vio a nadie, aunque el complejo estaba limpio y ordenado. El sol luchaba contra las cortinas de las ventanas, pero él no divisó movimiento alguno tras los cristales. En los bancales crecían exuberantes matas cargadas de tomates. Una cosa llamó su atención: paneles solares discretamente afianzados a los tejados y algunas antenas parabólicas, todas ellas bien disimuladas en los tejadillos de madera o piedra. «Es como Disney World -pensó Malone-, donde las cosas necesarias pasaban inadvertidas a primera vista.»
Sombrero de Paja se detuvo ante una puerta de madera que abrió con una enorme llave de latón. Entraron en un refectorio, el umbroso espacio decorado con frescos de Moisés. Olía a embutido y col agria. La madera del techo, cuyo color alternaba entre el chocolate y el amarillo mantequilla, se veía interrumpida por un panel con forma de diamante azul celeste moteado de estrellas doradas.
– Sin duda el viaje habrá sido largo -comentó Sombrero de Paja-. Tenemos comida y bebida.
En una de las mesas había una bandeja con pan negro y cuencos con tomates, cebollas y aceite. Otro recipiente contenía dátiles, y tres más enormes granadas. Un hervidor humeaba, y Malone creyó oler a té.
– Muy amable de su parte -dijo éste.
– Sí, mucho -añadió McCollum-. Pero nos gustaría ver la biblioteca.
El huesudo rostro del joven reveló irritación, pero sólo un instante.
– Es preferible que coman y descansen. Y tal vez quieran asearse antes de entrar.
McCollum dio un paso adelante.
– Hemos completado la búsqueda. Nos gustaría ver la biblioteca.
– A decir verdad, el señor Haddad ha completado la búsqueda y se ha ganado el derecho a entrar. Ni usted ni la mujer fueron invitados. -Sombrero de Paja se dirigió a Malone-. Por regla general implicar a estas dos personas invalidaría su invitación.
– Entonces ¿por qué estoy aquí?
– Hemos hecho una excepción.
– ¿Cómo saben quién soy?
– Conocía el recorrido de su búsqueda.
Sombrero de Paja no dijo más. Salió del refectorio y cerró la puerta.
Ellos tres permanecieron en silencio, y al cabo Pam dijo:
– Tengo hambre.
Malone también estaba hambriento, de forma que dejó la mochila en la mesa y resolvió:
– Pues aceptemos su hospitalidad.
Maryland
Stephanie y Cassiopeia salieron corriendo del restaurante. No se podía hacer nada por Larry Daley. Su vehículo era una mole carbonizada que aún seguía ardiendo. La explosión se había limitado al coche, y los demás vehículos no habían sufrido apenas daños.
Había sido una ejecución.
– Tenemos que irnos -afirmó Cassiopeia.
Stephanie se mostró conforme.
Se dirigieron a la ranchera y subieron a ella, Stephanie al volante. Introdujo la llave, pero vaciló y dijo:
– ¿Tú qué opinas?
– A menos que el presidente le pusiera a este coche una bomba estamos a salvo. Nadie se ha acercado a él mientras estábamos ahí.
Ella giró la llave, y el motor rugió. Stephanie salió justo cuando un coche de policía daba la vuelta a la esquina y entraba en el aparcamiento.
– ¿Qué te dijo? -le preguntó Cassiopeia.
Stephanie le resumió la conversación.
– Creía que era un mentiroso de mierda, con sus conspiraciones para matar a Daniels. Pero ahora…
Una ambulancia pasó a toda velocidad por el otro carril.
– No hace falta que corran -observó ella-. Ha muerto en el acto.
– Un tanto teatral -apuntó Cassiopeia-. Hay formas mucho menos ruidosas de matar.
– A menos que quieras llamar la atención. ¿Una bomba en el coche del viceconsejero de seguridad nacional? Esto va a traer cola.
Stephanie se mantenía por debajo del límite de velocidad mientras salía de la ciudad y volvía a la carretera. Se detuvo en un cruce y giró hacia el sur.
– ¿Adonde vamos ahora? -quiso saber Cassiopeia.
– Tenemos que encontrar a Green.
Cuando llevaban recorridos menos de diez kilómetros vio por el retrovisor que un coche se acercaba deprisa. Ella esperaba que la adelantara y enfilara a toda velocidad la casi desierta carretera de dos carriles, pero el Ford cupé gris aminoró la marcha cerca del parachoques de la ranchera. Stephanie vio a dos figuras en los asientos de delante.
– Tenemos visita.
Iban a cien por hora, la carretera serpenteando por la arbolada campiña. Tan sólo un puñado de casas interrumpía los campos y el bosque.
Por la ventanilla del asiento del copiloto del Ford asomó un arma. Un ruido seco y la bala arrancó un sonido metálico a la luneta de la ranchera, pero no rompió el cristal.
– Dios bendiga al servicio secreto -exclamó Stephanie-. Es antibalas.
– Pero las ruedas no.
Cassiopeia tenía razón, así que Stephanie pisó el acelerador. El Ford no se quedó atrás, y ella pegó un volantazo a la izquierda y se metió en el carril opuesto, frenó y dejó que el Ford la adelantara. Al hacerlo, el copiloto disparó al lateral de la ranchera, pero los proyectiles rebotaron,
– También tenemos blindaje -comentó Cassiopeia.
– Te encantarían los tanques. ¿Alguna idea de quiénes son?
– El que ha disparado nos perseguía en el paseo el otro día, así que me atrevería a decir que los saudíes nos han localizado.
– Debían de seguir a Daley y aparecimos nosotras.
– Qué suerte.
Stephanie volvió con rapidez al carril que se dirigía al sur, ahora tras el Ford. Cassiopeia bajó su ventanilla e hizo pedazos la luneta del coche de dos disparos. El Ford intentó realizar una maniobra similar, cambiar de carril, pero se vio obligado a volver al suyo para evitar un camión que se aproximaba. Cassiopeia aprovechó el momento para disparar nuevamente.
El copiloto del Ford fue a disparar, pero Cassiopeia hizo fuego y se lo impidió.
– Tenemos más problemas -anunció Stephanie-. Detrás. Otro coche.
El otro vehículo iba pegado a su parachoques. En él también había dos hombres. Stephanie no redujo la marcha. Detenerse las dejaría a merced de aquellos hombres armados.
Cassiopeia pareció evaluar la situación y decidió:
– Voy a darles a las ruedas del de delante. Después nos ocuparemos del otro.
Del exterior llegó un ruido sordo y después un estallido.
Stephanie notó que la parte posterior derecha del vehículo se sacudía y supo en el acto lo que había pasado: les habían reventado un neumático. Ella pisó el freno y no perdió el control del coche.
Otro ruido y la parte trasera izquierda empezó a sacudirse también.
Ella sabía que los disparos normales no hacían reventar los neumáticos, pero estaban perdiendo aire, y tan sólo disponían de unos minutos antes de quedarse sobre las llantas. Dejó que el coche siguiera rodando, lo cual les permitiría avanzar otro kilómetro y pico.
Cassiopeia le entregó un arma y cambió el cargador de la suya. Para empezar podían protegerse con el blindaje de la ranchera, pero después vendría el tiroteo, y la temprana hora y el rural entorno ofrecían demasiada impunidad a sus atacantes.
La parte trasera se pegó al asfalto, y un sonoro ruido metálico le dijo que la carrera había terminado.
Stephanie detuvo el vehículo y alzó el arma.
El Ford derrapó y se situó a un lado, y el coche de detrás siguió su ejemplo.
De ambos coches salieron hombres armados.
Malone se terminó la granada, una de sus frutas preferidas, y se tomó otra taza del amargo té. Los habían dejado a solas unos cuarenta y cinco minutos, aunque él tenía la sensación de que los vigilaban. Escudriñó el entorno, intentando decidir si en la estancia había cámaras. Todas las mesas estaban vacías, al igual que un aparador que había contra una pared. Imaginó el murmullo de los platos y de los cubiertos, las conversaciones en varios idiomas que sin duda acompañarían cada comida. Una puerta en el otro extremo permanecía cerrada. Intuyó que daría a la cocina. El refectorio en sí era fresco, gracias a los gruesos muros de piedra.
La puerta de fuera se abrió y entró Sombrero de Paja.
Malone reparó en que el joven parecía realizar cada una de sus acciones como si no fuese capaz de pensar en más de una cosa a la vez.
– Señor Haddad, ¿está listo para entrar en la biblioteca?
Malone asintió.
– Tengo la barriga llena y he descansado.
– Entonces podemos ir.
McCollum se levantó de la silla de un salto. Malone había estado esperando a ver qué haría.
– ¿Le importa que antes vayamos al servicio?
Sombrero de Paja asintió.
– Puedo llevarlo, pero después regresará usted aquí. El invitado es el señor Haddad.
McCollum le restó importancia a la exclusión.
– Muy bien, sólo lléveme al servicio.
Sombrero de Paja preguntó:
– Señor Haddad, ¿necesita ir usted?
Malone meneó la cabeza.
– ¿Es usted un Guardián?
– Lo soy.
Él estudió el redondo rostro de Sombrero de Paja. Su piel era extraordinariamente tersa, los pómulos altos, los ovalados ojos le conferían un aire oriental.
– ¿Cómo pueden llevar este sitio con tan poca gente? Sólo hemos visto a una persona de camino hacia aquí.
– Eso nunca ha sido un problema.
– ¿Qué hay de los intrusos? -se interesó McCollum.
– El señor Haddad es un hombre docto. No tenemos nada que temer.
Malone no dijo nada.
– Acompáñelo al servicio. Nosotros esperaremos aquí.
El Guardián se volvió hacia Pam.
– Yo estoy bien -aseguró ésta.
– No tardaremos.
Stephanie se preparó para pelear. Alguien había matado a Larry Daley y ahora la querían a ella. Estaba furiosa por haber arrastrado consigo a Cassiopeia, pero su amiga lo había elegido libremente, y en sus ojos no vio miedo ni pesar, sólo determinación.
Los cuatro hombres avanzaron hacia la ranchera.
– Encárgate de los dos de delante -le indicó Cassiopeia-. Yo me ocuparé de los de detrás.
Stephanie asintió.
Ambas se dispusieron a abrir la puerta y disparar. Tenía más sentido que quedarse allí sentadas y dejar que los tipos las acribillaran a placer. Tal vez la sorpresa les diera ventaja. Stephanie decidió protegerse con la portezuela y la ventanilla.
Entonces se oyó un golpeteo cada vez más fuerte, y el coche comenzó a vibrar.
Stephanie vio que los dos de delante se retiraban cuando una ráfaga de viento barrió el vehículo y ante sus ojos apareció un helicóptero.
Después se presentó un coche, que se paró con un chirrido.
Ella oyó disparos, rápidos.
Los dos pistoleros de delante se giraron en redondo. Stephanie miró por el retrovisor: el coche de atrás trataba de escabullirse. Uno de los matones yacía muerto en la carretera.
El coche de la zaga dio la vuelta.
El helicóptero se hallaba suspendido a quince metros en el aire.
En el lateral se abrió una portezuela y surgió un hombre con un fusil. El helicóptero se situó en paralelo al coche que huía, y Stephanie vio, aunque no oyó, disparos. El coche giró bruscamente a la izquierda y se estrelló contra un árbol.
Los dos tipos de delante estaban tendidos en la calzada, sangrando.
Stephanie abrió la puerta de la ranchera.
– ¿Todo bien por ahí? -preguntó una voz de hombre.
Ella se volvió y se encontró, junto al otro coche recién llegado, con el agente del servicio secreto del museo.
– Sí, estamos bien.
Oyó que le sonaba el móvil. Lo cogió y respondió:
– Creí que tal vez necesitarais ayuda -dijo Daniels.
McCollum salió tras el Guardián y lo siguió por el laberinto de silenciosos edificios. El sol proyectaba sombras alargadas por encima de los tejados y en el irregular pavimento. «Una ciudad fantasma -pensó-. Muerta y sin embargo viva.»
El Guardián lo guió hasta otra construcción, donde McCollum descubrió un baño con el piso de plomo. Una cisterna de estaño suspendida del techo suministraba agua al retrete. Decidió que era el momento, así que sacó el arma, salió del servicio y pegó el cañón a la cara del joven.
– A la biblioteca.
– Usted no es el invitado.
McCollum le espetó:
– A ver qué le parece esto: le pego un tiro en la cabeza y la encuentro yo solo.
El otro pareció más perplejo que atemorizado.
– Sígame.
Viena
Hermann no tardó en saber que Thorvaldsen había ido a la Schmetterlinghaus. Su jefe de seguridad, un hombre fornido de tez aceitunada y personalidad enérgica, fue tras él camino del invernadero. No quería llamar la atención, así que no apresuró el paso, sonrió y saludó con naturalidad a los miembros de la Orden que pululaban por el jardín de rosas cercano a la casa.
Le gustaba el lugar que había elegido Thorvaldsen. El edificio se encontraba lo bastante alejado para poder ocuparse del problema a solas.
Que era exactamente lo que necesitaba.
A través de las plantas y las paredes de cristal Thorvaldsen vio que su anfitrión se acercaba. Reparó en su caminar resuelto y sus decididos ademanes. También reconoció al jefe de seguridad.
– Gary, viene el señor Hermann. Quiero que vayas al fondo y te ocultes entre las plantas. Es probable que esté de un humor de mil demonios, y tengo que hablar con él. No quiero que aparezcas hasta que yo te llame. ¿Te importa?
El muchacho hizo un gesto negativo.
– Venga, vete, y no hagas ruido.
El chico se escabulló por un sendero en la selva del invernadero y desapareció entre el follaje.
Hermann se detuvo en el exterior.
– Espera aquí -le dijo al jefe de seguridad-. No quiero que me molesten. Encárgate.
Y, acto seguido, abrió de golpe la puerta de madera y apartó la cortina de plástico. Las mariposas revoloteaban silenciosas por el tibio aire. El hilo musical no había sido conectado. Thorvaldsen estaba sentado en una de las sillas que él y Sabre habían ocupado unos días antes. Vio en el acto las cartas y sacó el arma del bolsillo.
– Tienes algo que es mío -dijo con firmeza.
– Así es. Y por lo visto lo quieres.
– Esto ya no tiene gracia, Henrik.
– Tengo a tu hija.
– He decidido que puedo vivir sin ella.
– Estoy seguro de que sí. Me pregunto si lo sabrá ella.
– Al menos yo aún tengo una heredera.
El golpe fue duro.
– ¿Te sientes mejor diciendo eso?
– Mucho. Pero, como tú bien has observado, es probable que Margarete sea la ruina de esta familia cuando yo haya desaparecido.
– Tal vez haya salido a su madre. Si mal no recuerdo, ella también era una mujer impulsiva.
– En muchos aspectos, pero no permitiré que Margarete se interponga en nuestro éxito. Si tienes intención de hacerle daño, házselo. Quiero lo que es mío.
Thorvaldsen agitó las cartas.
– Supongo que las habrás leído.
– Muchas veces.
– Siempre has hablado con decisión en lo relativo a la Biblia. Tus críticas eran mordaces y, debo admitir, bien razonadas. -El danés hizo una pausa-. He estado pensando. Hay dos mil millones de cristianos, algo más de mil millones de musulmanes y alrededor de quince millones de judíos. Y las palabras de estas hojas los desquiciarán a todos ellos.
– Ése es el error de la religión: no respeta la verdad. A ninguna le importa lo verdadero, sólo lo que pueden hacer pasar por la realidad.
Thorvaldsen se encogió de hombros.
– Los cristianos tendrán que admitir el hecho de que su Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, no son fiables. Los judíos aprenderán que el Antiguo Testamento relata la vida de sus antepasados en un lugar que no es Palestina. Y los musulmanes sabrán que su tierra sagrada, el más santo de sus lugares, fue la primera patria judía.
– No tengo tiempo para esto, Henrik. Dame las cartas y después mi jefe de seguridad te acompañará fuera de mi propiedad.
– Y ¿cómo vas a explicárselo a los miembros de la Orden?
– Te han llamado de Dinamarca. Una emergencia relacionada con los negocios. -Echó un vistazo alrededor-. ¿Dónde está el hijo de Malone?
Thorvaldsen se encogió de hombros.
– Divirtiéndose en alguna parte. Le dije que no se metiera en líos.
– Debiste aplicarte el cuento. Conozco los lazos que te unen a Israel, y supongo que ya los habrás informado de nuestros planes. Pero, como sin duda te habrán dicho, ya saben que vamos en busca de la Biblioteca de Alejandría, igual que ellos. Han intentado detenernos, pero hasta el momento no lo han logrado. Ahora ya es demasiado tarde.
– Depositas mucha fe en tu empleado. Quizá te decepcione.
Hermann no podía expresar su propia incertidumbre, de modo que prefirió asegurar con energía:
– Jamás.
Malone se levantó de la mesa y sacó el arma de la mochila.
– Me preguntaba cuánto tiempo permanecerías sentado -dijo Pam.
– Lo bastante para saber que nuestro amigo no va a volver.
Se echó la mochila al hombro y abrió la puerta. No se oían voces, ni la flauta. De pronto el complejo de construcciones parecía sagrado e inquietante.
Las campanas dieron las tres de la tarde.
Malone echó a andar por diversos edificios, cada uno de ellos con el color y la textura de las hojas marchitas. Una torre pardusca se erguía solemne, coronada por un tejado convexo. La irregularidad del pavimento revelaba su edad. La única señal de vida que se veía era la ropa -prendas interiores, calcetines, pantalones- tendida en un balcón.
Al doblar una esquina vio a McCollum y Sombrero de Paja, a unos treinta metros, cruzando una plazoleta con una fuente. A todas luces el monasterio tenía acceso a un pozo, ya que el agua no parecía suponer problema alguno. Tampoco la energía, a juzgar por la cantidad de paneles solares y parabólicas.
McCollum apuntaba a Sombrero de Paja a la cabeza.
– Me alegra saber que no nos equivocábamos sobre nuestro socio -susurró.
– Supongo que quiere ser el primero en verla.
– Eso sí que es una grosería. ¿Vamos?
McCollum seguía al guardián y le apuntaba con el arma a la cabeza. Dejaron atrás más construcciones y se adentraron en el complejo, aproximándose a un punto en el que la obra del hombre se fundía con la naturaleza.
Detestaba tanta quietud.
Junto a una pared rocosa había una modesta iglesia pintada de amarillo pálido. Dentro, la abovedada nave contaba con luz natural y estaba atestada de iconos, trípticos y frescos. Sobre un rico suelo de mosaico pendían varias arañas de plata y oro. Aquella opulencia marcaba un fuerte contraste con el sencillo exterior.
– Esto no es una biblioteca -afirmó McCollum.
En el altar apareció un hombre, también de tez cetrina, pero menudo y con el cabello blanco ceniciento. Y de mayor edad, frisaría los setenta.
– Bienvenido -lo saludó-. Soy el bibliotecario.
– ¿Está usted al cargo?
– Tengo ese honor.
– Quiero ver la biblioteca.
– Para ello deberá soltar al hombre al que retiene.
Sabre apartó al Guardián de un empujón.
– De acuerdo, -Apuntó al bibliotecario-. Lléveme hasta ella.
– Claro.
Malone y Pam entraron en la iglesia. Dos hileras de columnas de granito, pintadas de blanco y con el capitel dorado, exhibían medallones con efigies de profetas del Antiguo Testamento y apóstoles del Nuevo. En los frescos de los muros, Moisés recibía las Tablas de la Ley y se postraba ante la zarza ardiente. Relicarios, patenas, cálices y cruces descansaban en armarios con el frente de cristal.
Ni rastro de McCollum o Sombrero de Paja.
A la derecha, en un recoveco, Malone vio dos vitrinas de bronce. Una contenía cientos de cráneos parduscos apilados, formando un horrendo montículo; la otra albergaba un espantoso revoltijo de huesos.
– ¿Guardianes? -sugirió Pam.
– Supongo.
Algo más en aquella nave iluminada por el sol llamó su atención: no había bancos. Malone se preguntó si se trataría de una iglesia ortodoxa. Era difícil de decir basándose en la decoración, que parecía una ecléctica mezcla de religiones.
Cruzó el piso de mosaico hasta el cubículo opuesto.
Dentro, en una repisa de piedra y ante una colorida vidriera, había un esqueleto vestido con un hábito púrpura y una cogulla, sentado, la cabeza levemente ladeada, como en actitud inquisidora. Los huesos de los dedos, en los que aún se veían restos de carne seca y fragmentos de las uñas, se aferraban a un báculo y un rosario. Debajo, en el granito, había tres palabras grabadas:
CUSTOS RERUM PRUDENTIA
– La prudencia es la guardiana de las cosas -tradujo él. El mensaje parecía claro.
El chirrido de una puerta que se abría y cerraba resonó al otro lado del iconostasio, en la parte delantera de la iglesia. Con el arma en ristre, Malone se acercó y cruzó la entrada que se abría en mitad de la ornada mampara.
Al fondo se veía una única puerta.
Se aproximó.
Era de cedro, y encima se leían las palabras del Salmo 118: «Ésta es la puerta de Yavé; entran por ella los justos.»
Malone agarró el asidero de cuerda y tiró. La puerta se abrió entre gemidos. Sin embargo él reparó en algo más: por el otro lado, la antigua puerta estaba dotada de un añadido moderno, un cerrojo de seguridad electrónico. Un cable serpenteaba hasta la bisagra y desaparecía en un orificio practicado en la piedra.
Pam también lo vio.
– Esto es muy raro.
Él asintió.
Después miró al otro lado y su confusión aumentó.
Maryland
Stephanie bajó de un salto del helicóptero que las llevó a ella y Cassiopeia de vuelta a Camp David. Daniels las esperaba en la plataforma de aterrizaje. Stephanie fue directa a él mientras el vehículo se elevaba en el cielo y desaparecía entre las copas de los árboles.
– Usted será el presidente de Estados Unidos -le soltó-, pero es un maldito hijo de puta. Nos mandó allí a sabiendas de que nos atacarían.
Daniels puso cara de incredulidad.
– ¿Cómo iba a saberlo?
– Y el helicóptero con el tirador pasaba por allí, ¿no? -preguntó Cassiopeia.
El presidente hizo un gesto.
– Demos un paseo.
Echaron a andar por un ancho sendero. Tres agentes del servicio secreto los seguían a unos veinte metros.
– Cuéntame lo sucedido -le pidió Daniels.
Stephanie se tranquilizó, resumió la mañana y terminó diciendo:
– Creía que alguien está conspirando para matarlo a usted.
Se le hizo extraño referirse a Daley en pasado.
– Es verdad.
Se detuvieron.
– Se acabó -Le espetó ella-. Ya no trabajo para usted, me tiene actuando en la más absoluta oscuridad. ¿Cómo espera que lo haga?
– Estoy seguro de que te gustaría recuperar tu empleo, ¿no es cierto?
Ella no respondió en el acto, y su silencio transmitió, para fastidio suyo, que así era. Había dirigido el Magellan Billet desde siempre. Lo que quiera que estuviese pasando en un primer momento no la afectaba, pero ahora tipos que no le caían bien y a los que no admiraba la estaban utilizando. De manera que respondió al presidente con sinceridad:
– No si tengo que besarle el culo. -Hizo una pausa-. O seguir poniendo a Cassiopeia en peligro.
Daniels pareció quedarse como si tal cosa.
– Ven conmigo.
Caminaron en silencio por el bosque hasta llegar a otra cabaña. Una vez dentro el presidente les señaló un reproductor de CD portátil.
– Escucha esto.
– Brent, no te puedo explicar los pormenores, salvo que la otra noche escuché por casualidad una conversación entre tu vicepresidente y Alfred Hermann. La Orden, o, para ser más concretos, Hermann, planea matar a tu presidente.
– ¿Conoces los detalles? -inquirió Green.
– Daniels va a efectuar una visita inesperada a Afganistán la semana que viene. Hermann ha contratado a gente de Bin Laden y les ha proporcionado los misiles necesarios para destruir el avión.
– Es una acusación grave, Henrik.
– Que no acostumbro a hacer. Lo oí yo mismo, junto con el hijo de Cotton Malone. ¿Puedes informar al presidente? Anula el viaje. Eso resolverá el problema más inmediato.
– Naturalmente. ¿Qué está pasando ahí, Henrik?
– Más de lo que puedo explicar. Seguiré en contacto.
– Esto fue grabado hace una hora -explicó Daniels-. No he recibido llamada alguna de mi leal fiscal general. Cabría pensar que al menos podría haberlo intentado. Como si fuera difícil localizarme.
Stephanie quería saber algo.
– ¿Quién mató a Daley?
– Larry, Dios se apiade de su alma, se propasó. Es evidente que era un hombre ocupado. Sabía que algo iba a pasar y decidió hacer de llanero solitario. Ése fue su error. Los que tienen esas memorias USB, ellos fueron quienes mataron a Larry.
Ella y Cassiopeia se miraron. Al cabo Stephanie dijo:
– Green.
– Parece que tenemos un ganador del concurso quién-es-un-traidor.
– Pues ordene que lo detengan -sugirió ella.
Daniels meneó la cabeza.
– Necesitamos más. El artículo tres, apartado tercero de la Constitución es muy claro: constituye un acto de traición contra Estados Unidos cooperar con el enemigo. Quienes me quieren muerto son nuestro enemigo, pero no se puede condenar a nadie por traición a menos que se cuente con el testimonio de dos testigos y un intento claro. Necesitamos más.
– Supongo que podría volar a Afganistán y, después de que su avión estalle en mil pedazos, tendríamos ese intento claro. Cassiopeia y yo podemos ser los dos testigos.
– Muy bueno, Stephanie. Vale, erais el cebo, pero os guardé las espaldas.
– Muy amable por su parte.
– No se puede levantar la liebre sin un buen perro. Y disparar antes de que eso suceda es malgastar cartuchos.
Ella entendió. Había ordenado eso mismo numerosas veces.
– ¿Qué quiere que hagamos? -preguntó con resignación.
– Ir a ver a Brent Green.
Malone contemplaba la desconcertante escena. La puerta de la iglesia se abría al interior de la montaña. Ante sí se extendía un salón rectangular de unos quince metros de ancho y otros tantos de fondo. Iluminado con apliques de plata, los muros de granito brillaban como espejos, en el suelo otro bonito mosaico, el techo decorado con cenefas y arabescos en rojo y marrón. En el extremo opuesto de la estancia se alzaban seis filas de pilares de mármol negro y gris. Entre los pilares se abrían siete entradas, cada una de ellas una oscura boca sobre la cual se veía una letra en redonda:
«v s o v o d a». Sobre los caracteres se leía otro pasaje bíblico. Del Apocalipsis, en latín.
Malone tradujo en voz alta.
– «No llores, mira que ha vencido el león de la tribu de Judá para abrir el libro y sus siete sellos.»
Oyó unos pasos que resonaban en alguna de las aberturas; imposible decir en cuál de ellas.
– McCollum está ahí dentro -afirmó Pam-. Pero ¿dónde?
Él se acercó a una de las aberturas y entró. Dentro, un túnel se adentraba aún más en la roca, a cada seis metros más apliques de bajo voltaje. Echó un vistazo a la entrada contigua, que también se hundía en la montaña.
– Interesante: otra prueba. Hay siete caminos distintos para la biblioteca. -Se quitó la mochila-. ¿Qué ha sido de los días en que uno simplemente se sacaba un carné?
– Es probable que hayan corrido la misma suerte que los aterrizajes convencionales en avión.
Él sonrió.
– La verdad es que hiciste un buen salto.
– No me lo recuerdes.
Malone miró con atención las siete entradas.
– Sabías que McCollum pasaría a la acción, ¿no? Por eso lo dejaste ir con el Guardián.
– No ha venido por la experiencia intelectual. Y no es ningún buscador de tesoros: ese tipo es un profesional.
– Igual que el abogado con el que yo salía, era algo más que un abogado.
– Los israelíes jugaron contigo. No te hagas mala sangre. También lo hicieron conmigo.
– ¿Crees que todo esto estaba organizado?
Él meneó la cabeza.
– Más bien nos han manipulado. Recuperamos a Gary con demasiada facilidad. ¿Y si se suponía que yo tenía que matar a esos secuestradores? Así, cuando fuera en busca de George, ellos no tendrían más que seguirme. Claro que tú estabas allí y los israelíes andaban a la zaga, de modo que se aseguraron de que te llevara conmigo, dándome un susto en el aeropuerto y en el hotel. Tiene sentido. De esa forma los israelíes podían matar a George y asunto liquidado. Y el que se llevó a Gary se ha unido a nosotros para encontrar esto, lo que significa que los secuestradores tienen unas prioridades distintas de las de los israelíes.
– ¿Crees que McCollum se llevó a Gary?
– O él o la persona para la que trabaja.
– Entonces ¿qué hacemos?
Malone sacó de la mochila los cargadores que le quedaban y se los metió en el uniforme.
– Ir por él.
– ¿Qué puerta?
– Tú misma diste con la respuesta en Lisboa cuando dijiste que Thomas Bainbridge dejó pistas. Leí su novela en el avión: nada en ella se parece ni remotamente a lo que hemos vivido nosotros. Su biblioteca desaparecida se encuentra en el sur de Egipto. Ni búsqueda del héroe ni nada. Pero ese cenador de su jardín… es otra cuestión. Le estuve dando vueltas a la última parte del texto que nos proporcionó McCollum. No tendría sentido echar a andar sin más una vez aquí.
– A menos que apuntes con un arma a la cabeza de alguien.
– Cierto. Pero algo no casa. -Malone señaló las entradas-. Con tantas puertas podrían llevar fácilmente a un intruso por el mal camino. Y ¿dónde está todo el mundo? Este sitio está desierto.
Releyó las letras que había sobre las puertas: «v s o v o d a».
Y cayó en la cuenta.
– Tú siempre me estabas dando la lata con lo de para qué servía mi memoria eidética.
– No. Me preguntaba por qué no recordabas ni mi cumpleaños ni nuestro aniversario.
Él sonrió.
– Esta vez viene bien tener buena memoria. Recuerda la última parte del texto de la búsqueda: «cuidado con las letras». El cenador de Bainbridge Hall, las letras en redonda. -Él las veía mentalmente con toda claridad: D OUOSVAVV M-. Acuérdate de que me preguntaste por qué la «D» y la «M» estaban separadas de las otras ocho. -Señaló las entradas-. Ahora lo sabemos: con una se entra y con la otra supongo que se sale. De lo que no estoy seguro es cuál es cuál, pero estamos a punto de averiguarlo.
Viena
Thorvaldsen analizó su situación: tenía que vencer a Hermann, y con ese propósito llevaba el arma bajo el suéter. Todavía tenía en su poder las cartas de san Agustín y san Jerónimo, pero Hermann también empuñaba un arma.
– ¿Por qué secuestraste a Gary Malone? -quiso saber.
– No tengo la menor intención de ser interrogado.
– ¿Por qué no me complaces un momento, dado que no tardaré en marcharme?
– Para que su padre hiciera lo que queríamos que hiciese. Y funcionó. Malone nos ha llevado directamente a la biblioteca.
Recordó la conjetura del vicepresidente la noche anterior y decidió insistir en ello.
– ¿Estás al tanto?
– Siempre lo estoy, Henrik. Ésa es la diferencia entre nosotros, el motivo por el que dirijo esta organización.
– Los miembros de la Orden desconocen tus planes, sólo creen entender. -Tanteaba para ver si sacaba algo más. Le había pedido a Gary que se escondiera por dos motivos: uno, para que no se supiese que el muchacho había oído la conversación de la noche anterior, pues ello los pondría a ambos en serio peligro; y dos, porque sabía que Hermann acudiría armado y necesitaba ocuparse él solo de la amenaza.
– Depositan su confianza en el Círculo -decía Hermann-. Y nunca los hemos decepcionado.
Thorvaldsen sacudió las hojas.
– ¿Es esto lo que pensabas enseñarme?
El austríaco asintió.
– Esperaba que cuando vieses la falacia de la Biblia, sus errores intrínsecos, comprendieras que sólo le estamos diciendo al mundo lo que debió contarse hace mil quinientos años.
– ¿Está listo el mundo?
– No me apetece hablar de esto, Henrik. -Adelantó el brazo y lo apuntó con la pistola-. Lo que quiero saber es cómo has sabido de la existencia de esas cartas.
– Al igual que tú, Alfred, yo también estoy al tanto.
El arma seguía apuntándole.
– Te pegaré un tiro. Éste es mi país, y sabré ocuparme del asunto cuando hayas desaparecido. Dado que todavía tienes a mi hija, lo utilizaré. Tramaste un complot para extorsionarme y salió mal. La verdad es que dará lo mismo. A ti no te importará.
– Creo que de todas formas me prefieres muerto.
– Sin duda. Todo será mucho más fácil, en todos los sentidos.
Thorvaldsen oyó los pasos a la carrera en el mismo instante en que vio que Gary salía de entre las plantas y se abalanzaba sobre Alfred Hermann. El muchacho era alto y fuerte. Su ímpetu derribó al anciano y le hizo soltar el arma.
Gary se separó de su adversario y agarró la pistola.
Hermann, como aturdido por el ataque, se puso de rodillas, jadeante.
Thorvaldsen se levantó y le arrebató el arma a Gary, asió el cañón con firmeza y, sin dejar que Hermann se pusiera en pie, le golpeó la cabeza con la culata. El aturdido austríaco cayó al suelo.
– Eso ha sido una tontería -reprendió a Gary-. Lo habría solucionado.
– ¿Cómo? Le apuntaba con el arma.
El danés no quería decir que, ciertamente, no andaba muy sobrado de opciones, de manera que se limitó a coger al chico por el hombro.
– Tienes razón, muchacho. Pero no lo vuelvas a hacer.
– Claro, Henrik, sin problema. La próxima vez dejaré que le maten.
Él sonrió.
– Eres igual que tu padre.
– Y ahora ¿qué? Hay otro tipo fuera.
Thorvaldsen condujo a Gary cerca de la salida y dijo en voz queda:
– Sal y dile que Herr Hermann lo necesita. Luego deja que entre él primero. Yo me encargaré.
Malone siguió el túnel correspondiente a la letra «d». El camino era angosto, del ancho de dos personas, y se hundía profundamente en las entrañas de la roca. Describía dos giros. La luz la proporcionaban más apliques de bajo voltaje. En el helado y misterioso aire flotaba algo que hacía que le escocieran los ojos. Tras unas vueltas más entraron en una sala decorada con espléndidos murales. Malone admiró su brillantez. El Juicio Final, el Infierno vomitando llamas en el río, el árbol de Jesé. Labradas en la pared por donde habían entrado había siete entradas, sobre cada una de ellas una letra en redonda: «d m v s o a i».
– Por la «o», ¿no? -dijo Pam.
Él sonrió.
– Lo pillas deprisa. Ése cenador indica el camino de este laberinto. Habrá siete encrucijadas más. «U o s v a v v» son las que quedan. Thomas Bainbridge dejó una pista muy buena, pero que no tiene sentido hasta que uno llega aquí. Por eso los Guardianes la dejaron estar durante trescientos años: no significa nada.
– A menos que estés en este laberinto ratonil.
Continuaron avanzando por los enigmáticos corredores. El tiempo y la energía necesarios para construir los túneles dejó estupefacto a Malone. Sin embargo, los Guardianes llevaban más de dos mil años allí, mucho tiempo para ser innovador y concienzudo.
Se toparon con siete encrucijadas más, y a Malone le satisfizo ver que siempre aparecía una letra del cenador sobre una puerta. Tenía el arma lista, pero no oía nada. Cada encrucijada acogía una maravilla distinta de jeroglíficos, cartuchos, grabados alfabéticos y símbolos cuneiformes.
Tras pasar la séptima intersección y meterse en otro túnel, Malone supo que se aproximaban a la recta final.
Doblaron un recodo, y la luz de la salida era a todas luces más viva que la de las otras encrucijadas. McCollum podía estar allí esperando, de manera que se colocó delante de Pam y avanzó con cautela.
Al final permaneció en las sombras y echó un vistazo.
La estancia era amplia, de unos ciento cincuenta metros cuadrados, con arañas en el techo. Los muros medían unos seis metros de alto y estaban adornados con mosaicos que reproducían mapas; Egipto, Palestina, Jerusalén, Mesopotamia, el Mediterráneo. El detalle era mínimo, los litorales se difuminaban en el vacío, y los nombres estaban en griego, árabe y hebreo. En la pared opuesta se veían otras siete puertas. La que tenía una «m» encima sin duda daba a la biblioteca.
Entraron en la sala.
– Bienvenido, señor Malone -lo saludó una voz de hombre.
Dos tipos cobraron forma de entre la oscuridad de una de las otras puertas. Uno era el Guardián al que antes tenía McCollum a punta de pistola, sin el sombrero de paja; el otro, Adán, el israelí del apartamento de Haddad y el monasterio lisboeta.
Malone los apuntó con su arma.
Ni el Guardián ni Adán se movieron. Ambos se limitaron a mirarlo con preocupación.
– No soy su enemigo -aseguró Adán.
– ¿Cómo ha dado con nosotros? -inquirió Pam.
– Son ustedes quienes han dado conmigo.
Malone recordó que el hombre que tenía enfrente había matado a George Haddad. Después reparó en que Adán vestía de forma similar al Guardián de menor edad: pantalones holgados, jubón metido por dentro, cinturón de cuerda y sandalias.
Ninguno de los dos iba armado.
Malone bajó la pistola.
– ¿Es usted un Guardián? -le preguntó a Adán.
– Un fiel servidor.
– ¿Por qué mató a George Haddad?
– No lo maté.
Un movimiento tras los dos hombres llamó la atención de Malone. Vio que una tercera figura salía de la entrada: era Eva, la otra ejecutora del piso de Haddad. Vivita y coleando.
– Señor Malone -comenzó a decir ésta-. Soy la ayudante del bibliotecario, y le debemos una explicación, pero ha de ser deprisa.
Él mantuvo la compostura.
– Lo de Londres fue una estratagema. Resultaba imprescindible que usted continuara adelante, y el bibliotecario pensó que el ardid era la mejor forma de conseguir dicho objetivo.
– ¿El bibliotecario?
Ella asintió.
– Él nos guía. No somos muchos, pero siempre hemos sido los suficientes para proteger este lugar. Muchos Guardianes han desempeñado su cometido, estoy segura de que vio sus huesos en la iglesia. Sin embargo el mundo está cambiando, y cada vez nos es más difícil continuar con nuestra misión. Estamos a punto de quedarnos sin fondos, y últimamente nuestras adquisiciones han sido pésimas. Luego está la peor amenaza.
Malone aguardó a que se explicara.
– Durante los últimos años alguien nos ha estado buscando, incluso han involucrado a gobiernos. El incidente de hace cinco años con George Haddad (cuando usted logró ocultarlo) dio a conocer a un invitado y lo puso al descubierto, cosa que nunca había pasado antes. Todos los invitados del pasado mantuvieron su palabra de guardar el secreto salvo uno: Thomas Bainbridge. No obstante, tuvimos suerte, y su transgresión resultó útil. Su búsqueda fue posible gracias a la indiscreción de Bainbridge.
– ¿Sabían que veníamos? -inquirió Pam.
– La mayor parte de su viaje la provocamos nosotros, a excepción de la agresividad que han manifestado los israelíes al intentar encontrarlos. Intervinieron incluso los americanos, pero por diferentes motivos, al parecer. Todo el mundo estaba dispuesto a utilizarnos de moneda de cambio. El bibliotecario decidió poner en marcha sucesos controlados por nosotros que condujeran directamente aquí a las personas pertinentes.
– ¿Cómo es posible? -quiso saber Malone.
– Está usted aquí, ¿no es cierto?
– Fuimos a Londres para darle un empujoncito -apuntó Adán-. Utilizamos algunos efectos especiales teatrales para convencerlo de los disparos. -Adán se volvió hacia Pam-. Darle fue un accidente. No esperaba que se hallase fuera.
– Ya somos dos -repuso Malone.
– Después nos dirigimos a Lisboa -prosiguió Adán- con el propósito de hacer lo mismo, además de distraer a los israelíes. Necesitábamos que ustedes tres vinieran aquí solos. Los otros, los de la abadía, formaban parte de un escuadrón de ejecutores del Mosad, pero ustedes los eliminaron.
Malone miró a Pam.
– Por lo visto, no has sido la única a la que se la han pegado.
– El hombre que ha venido aquí con ustedes se llama Dominick Sabre -explicó Eva-, aunque su verdadero nombre es James McCollum. Trabaja para una organización denominada la Orden del Vellocino de Oro, y ha venido a llevarse la biblioteca.
– Y lo he traído yo -se lamentó Malone.
– No -corrigió Adán-. Nosotros le permitimos que lo trajera.
– ¿Dónde está el “bibliotecario? -se interesó Pam.
Adán señaló las entradas.
– Ahí dentro, con Sabre. A punta de pistola.
– Cotton -dijo Pam-. ¿Te das cuenta de lo que están diciendo? Si Eva no murió…
– El bibliotecario es George Haddad.
Eva asintió, las lágrimas se le agolpaban en los ojos.
– Va a morir.
– Ha llevado dentro a Sabre a sabiendas de que no volverá -informó el guardián de menor edad.
– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Malone.
– O bien la Orden o bien Sabre quieren este sitio. ¿Cuál de los dos? Aún está por ver. Pero, pase lo que pase, nos matarán a todos. Dado que sólo somos un puñado no será muy difícil.
– ¿No hay armas en este sitio?
Adán negó con la cabeza.
– No están permitidas.
– ¿Merece la pena morir por lo que hay ahí detrás? -le planteó Pam.
– Sin duda -replicó Adán.
Malone sabía lo que estaba pasando.
– Su bibliotecario fue responsable de la muerte de un Guardián hace mucho tiempo, y cree que su muerte expiará ese pecado.
– Lo sé -aseguró Eva-. Esta mañana los vio lanzarse en paracaídas y supo que era su último día. Me dijo lo que iba a hacer. -Se adelantó, las lágrimas le corrían ahora por las mejillas-. Dijo que usted detendría lo que estaba pasando. Así que sálvelo. No tiene por qué morir. Sálvenos a todos.
Malone se situó frente a la puerta de la «m» y agarró el arma con firmeza. Dejó la mochila en el suelo y le pidió a Pam:
– Quédate aquí.
– No -se opuso a ella-. Voy contigo.
Se encaró con Pam. Esa mujer, a la que había querido y odiado, siempre lo retaba, igual que Haddad.
– Quiero ayudar -aseveró.
Él no tenía idea de lo que sucedería dentro.
– Gary necesita al menos a un progenitor.
Ella lo miró fijamente y repuso:
– Ese anciano también nos necesita.
Maryland
Stephanie escuchaba la Fox News Radio. Habían informado de la bomba en el coche, dado a conocer la matrícula del vehículo e identificado a Daley. Los comensales del restaurante habían confirmado la identificación física, además de describir a la mujer que se hallaba sentada con él. Los testigos habían referido que ésta, junto con otra mujer de piel oscura, habían salido corriendo de allí antes de que llegara la policía.
Como era de esperar, la prensa no informó de que se habían encontrado unos hombres armados muertos a escasos kilómetros del lugar de la explosión. La operación de limpieza del servicio secreto había sido rápida y minuciosa.
Ahora conducían otro coche, un Chevrolet Tahoe, que Daniels les había proporcionado. El presidente las quería lejos de Camp David antes de que ella hiciera la llamada. Cuando se hallaban a más de cien kilómetros al sur, en las ameras del norte de Washington, Stephanie cogió su móvil y marcó el número de Green.
– Estaba esperando -dijo éste al cogerlo-. ¿Te has enterado de lo de Daley?
– Teníamos asientos de primera fila. -Y le contó lo que había ocurrido en el restaurante.
– ¿Qué hacías allí?
– Desayunar. Invitaba él.
– ¿A qué viene esa frivolidad?
– Ver morir a un hombre te cambia la actitud.
– ¿Qué está pasando? -exclamó Green.
– Los que mataron a Daley trataron de liquidarnos a Cassiopeia y a mí, pero conseguimos zafarnos. Por lo visto seguían a Daley, y fueron por nosotras nada más salir del restaurante.
– Parece que tienes siete vidas, Stephanie.
– Daley me hizo algunas revelaciones, Brent. Están pasando muchas cosas, y él se hallaba al tanto.
– ¿Era él el traidor?
– Lo dudo. Ese título es para el vicepresidente. Daley había reunido mucha información sobre él.
Stephanie siguió conduciendo y escuchó el silencio al otro lado del teléfono.
– ¿Pruebas sólidas?
– Lo bastante buenas para The Washington Post. Estaba aterrado, por eso quedó conmigo. Quería ayuda, y me dio algunas cosas.
– En ese caso tu vida corre peligro, Stephanie.
– De eso ya nos hemos dado cuenta. Ahora necesitamos tu ayuda.
– Claro, cuenta con ella. ¿Qué quieres que haga?
– Las memorias USB de casa de Daley guardan relación con las pruebas que tengo. Juntas bastan para acabar con el vicepresidente. Cuando caiga sabremos el resto, porque dudo que tenga la gentileza de hundirse solo. La pena por traición es severa, el jurado puede optar por la pena de muerte.
Nuevo silencio.
– ¿Sabes si ha llamado Cotton? -preguntó Stephanie.
– Si lo ha hecho no me lo han dicho. No he tenido noticias de nadie. ¿Qué hay de Thorvaldsen? ¿Se ha puesto en contacto con Cassiopeia?
– No.
El corazón se le encogió al constatar que Brent Green formaba parte de lo que estaba pasando. El dolor que reflejó su rostro le reveló a Cassiopeia la traición del fiscal general.
– Tenemos que vernos, Brent. En privado. Solos tú, yo y Cassiopeia. ¿Cómo tienes la agenda?
– Nada que no pueda cambiar.
– Bien. Daley tenía más pruebas, material que, a su juicio, demostraba de forma concluyente quién más está en el ajo. Lleva algún tiempo recabando esa información. Los archivos que tú tienes incluyen conversaciones grabadas del jefe de gabinete del vicepresidente en las que habla de la sucesión cuando el presidente haya muerto. Pero aún hay más. Tenemos que vernos en casa de Daley. ¿Puedes acercarte?
– Claro. ¿Sabes dónde escondía la información?
– Sí.
– Pues acabemos con esto.
– Ésa es la idea. Nos vemos allí en media hora.
Y colgó.
– Lo siento -dijo Cassiopeia.
No dijo más. No quería agrandar la herida.
– Hemos de mantener los ojos bien abiertos. Green ordenó matar a Daley, ahora lo sabemos. Y también planea cargarse al presidente.
– Y a nosotras -apuntó Cassiopeia-. Esos tipos trabajaban para los saudíes. Por lo que se ve los árabes piensan que Green y el vicepresidente están de su lado, pero el vicepresidente también anda en tratos con la Orden, lo que significa que los saudíes no verán nada. La Orden se hará con todo y lo utilizará como le convenga.
El tráfico de la autopista interestatal se intensificó cuando llegaron a Washington. Stephanie aminoró la velocidad y repuso:
– Esperemos que los árabes se den cuenta antes de que decidan ocuparse de nosotras.
Península del Sinaí
George Haddad llevó a su verdugo a la Biblioteca de Alejandría. La subterránea sala, vivamente iluminada, podía deslumbrar a primera vista. Los muros estaban ornamentados con mosaicos que recogían el espíritu de la vida cotidiana: un barbero afeitando, un pedicuro, un pintor, hombres confeccionando lienzos. Él todavía recordaba su primera visita, pero su agresor no parecía impresionado.
– ¿De dónde obtienen la energía?
– ¿Tiene usted nombre? -preguntó Haddad.
El anciano frunció las pobladas cejas.
– Soy viejo, difícilmente constituyo una amenaza para usted. Sólo siento curiosidad.
– Me llamo Dominick Sabre.
– ¿Ha venido por usted mismo o por otros?
– Por mí mismo. He decidido hacerme bibliotecario.
Haddad sonrió.
– Comprobará que el trabajo supone todo un desafío.
Sabre pareció relajarse y echó un vistazo a su alrededor. La sala se parecía a una catedral, incluso tenía un techo de bóveda de cañón. El rojo granito brillaba como una gema. Del suelo al techo se alzaban columnas talladas en la misma piedra, cada una ornada con letras, rostros, plantas y animales. Todas aquellas cavidades y los corredores en su día habían sido las minas de los faraones, abandonadas durante siglos y remodeladas a lo largo de las centurias que siguieron por hombres obsesionados con el conocimiento. Por aquel entonces la luz la proporcionaban teas y lámparas de aceite. Sólo en los últimos cien años la tecnología había permitido eliminar el hollín y recuperar la belleza original.
Sabre señaló un emblema en mosaico que destacaba en la pared del fondo.
– ¿Qué es?
– Una almádena egipcia vista de frente, decorada con la cabeza de un chacal, con una piedra encima. El jeroglífico que expresa maravilla. Cada una de las salas de la biblioteca tiene un símbolo que da nombre a la estancia. Ésta es la Sala de la Maravilla.
– Aún no me ha dicho de dónde sale la energía.
– Es solar. La electricidad es de bajo voltaje, pero basta para alimentar luces, los computadores y un equipo de comunicaciones. ¿Sabía que el concepto de energía solar nació hace más de dos mil años? Sin embargo la idea cayó en el olvido hasta hace unos cinco decenios.
Sabre movió el arma.
– ¿Adonde lleva esa puerta?
– A las otras cuatro salas: las de la Competencia, de la Eternidad y la Vida, y la de Lectura. En todas ellas hay rollos, como puede ver. En esta sala aproximadamente diez mil.
Haddad se dirigió al centro con naturalidad. Estanterías de piedra con huecos en forma de rombo y el borde torneado, formando largas hileras, albergaban rollos apilados.
– Muchos ya no se pueden leer: el tiempo ha hecho estragos en ellos. Sin embargo aquí se guardan conocimientos de todo tipo: obras de Euclides, el matemático; tratados de medicina escritos por Herófilo; la Historia de Maneto, sobre los primeros faraones; Calímaco, el poeta y gramático…
– Habla usted mucho.
– Sólo pensé que, dado que pretende ser el bibliotecario, debería empezar a aprender su oficio.
– ¿Cómo se han conservado todos estos libros?
– Los primeros Guardianes escogieron bien el lugar: la montaña es seca. La humedad no es frecuente en el Sinaí, y el agua es el mayor enemigo de la palabra escrita, además de, naturalmente, el fuego. -Señaló los extintores, repartidos a intervalos regulares por la estancia.
– Veamos las otras salas.
– Claro. Debería verlo todo.
Guió a Sabre hasta la entrada, satisfecho.
Por lo visto su atacante no sabía quién era.
De ese modo la cosa quedaba igualada.
Hermann abrió los ojos y vio tres mariposas posadas en su manga, tenía el brazo extendido en el suelo pardusco de la Schmetterlinghaus. La cabeza le dolía, y recordó el golpe que le había propinado Thorvaldsen. No sabía que el danés pudiese ser tan violento.
Se levantó a duras penas y vio a su jefe de seguridad tendido boca abajo, a seis metros de él.
Su arma había desaparecido.
Se acercó hasta su empleado dando tumbos, agradecido de que no hubiese nadie. Consultó su reloj: había estado veinte minutos fuera de combate. Sentía un dolor punzante en la sien izquierda. Se la palpó y descubrió que tenía un chichón.
Thorvaldsen pagaría por esa agresión.
El mundo seguía siendo borroso, pero se dominó y se sacudió el polvo de la ropa. Después se agachó y zarandeó al jefe de seguridad hasta despertarlo.
– Tenemos que irnos -dijo.
El otro se frotó la frente y se puso en pie.
Hermann recobró la firmeza y ordenó:
– Ni una palabra de esto a nadie.
Su empleado asintió.
El austríaco se acercó al teléfono y levantó el auricular.
– Por favor, localice a Henrik Thorvaldsen.
Se sorprendió cuando la voz al otro lado le informó en el acto del paradero del danés:
– Está fuera, se dispone a marcharse.
Península del Sinaí
Sabre no se creía su buena suerte: había encontrado la Biblioteca de Alejandría. A su alrededor había rollos, papiros, pergaminos y lo que el anciano llamaba códices: pequeños libros compactos, las páginas quebradizas y pardas, colocados uno junto a otro en los estantes, cual cadáveres.
– ¿Por qué el aire es tan fresco? -quiso saber.
– El aire seco del exterior entra a través de ventiladores y la montaña lo enfría. Otra innovación añadida en décadas recientes. Los Guardianes que me precedieron eran ingeniosos, se tomaban en serio su cometido. ¿Lo hará usted?
Se encontraban en la tercera sala, la de la Eternidad, otro jeroglífico en mosaico -un hombre acuclillado con los brazos en alto- en lo alto de la pared. Estanterías de punta a punta atesoraban más códices; entre medias, estrechos pasillos. El bibliotecario explicó que ésos eran libros del siglo vii, justo antes de que la primigenia Biblioteca de Alejandría fuese saqueada definitivamente por los musulmanes.
– Se recuperó mucho durante los meses que precedieron a ese desastre -informó el bibliotecario-. Estas palabras no existen en ninguna otra parte de este planeta. Lo que el mundo considera Historia cambiaría si se estudiasen.
A Sabre le gustó lo que estaba oyendo. Todo ello se traducía en una cosa: poder. Necesitaba saber más, y deprisa. Era posible que Malone hubiese obligado a otro Guardián a que lo guiara por el laberinto, pero su rival también podía limitarse a esperar a que él saliera, lo cual parecía más lógico. Sabre había marcado cada una de las puertas que habían tomado con una «x» raspada en la piedra. Salir le resultaría sencillo. Y entonces se ocuparía de Malone.
Pero primero tenía que saber lo que Alfred Hermann habría preguntado:
– ¿Hay aquí manuscritos del Antiguo Testamento?
A Haddad le satisfizo que su invitado por fin abordara el motivo de su visita. Se había tomado muchas molestias para que así fuera: después de fingir su muerte en Londres se dispuso a esperar. Tenía el apartamento con micrófonos y cámaras ocultos, para comprobar si acudía alguien más. En efecto, el hombre que lo apuntaba con la pistola había encontrado la información que él dejó en el computador y la cinta.
Luego, en Bainbridge Hall, Haddad esperaba a Malone, ya que el material que guardaba bajo la cama llevaba directamente allí. Que apareciera Sabre lo sorprendió un tanto, y el hecho de que éste matara a los dos hombres a los que él mismo había enviado a la mansión no hizo sino confirmar sus malas intenciones.
Uno de los Guardianes se las arregló para seguir a Malone hasta el hotel Savoy y presenció un desayuno con Sabre. Luego esos mismos ojos vieron que los dos, además de la ex mujer de Malone, cogían un avión rumbo a Lisboa. Dado que el propio Haddad había ideado la búsqueda que Malone estaba emprendiendo, sabía exactamente adonde se dirigían los tres.
Razón por la cual envió a Adán y Eva a Lisboa: para asegurarse de que nada impidiera que Malone y su nuevo aliado llegaran al Sinaí.
Haddad pensó que la amenaza vendría de algún gobierno: israelí, saudí o americano, pero ahora se daba cuenta de que el mayor peligro lo suponía el hombre que tenía a dos metros de distancia. Esperaba que Sabre trabajara por su cuenta. Y al ver la expectación en las palabras y los actos del otro hombre supo a ciencia cierta que la amenaza se podía frenar.
– Tenemos muchos textos relativos a la Biblia -respondió-. Era un tema cuyo estudio suscitaba un enorme interés en la biblioteca.
– El Antiguo Testamento. En hebreo, ¿Existe algún manuscrito?
– Tres: dos supuestamente copiados de textos anteriores y uno original.
– ¿Dónde?
Haddad señaló la puerta por la que habían entrado.
– Dos habitaciones más atrás, en la Sala de la Competencia. Si pretende ser el bibliotecario, tendrá que aprender dónde se guarda el material.
– ¿Qué dicen esos textos?
Él fingió ignorancia.
– ¿A qué se refiere?
– He visto cartas. De san Jerónimo y san Agustín. Hablan de cambios en el Antiguo Testamento, de modificaciones en las traducciones. Hubo otros invitados, cuatro, que estudiaron eso mismo. Hace cinco años uno de ellos, un palestino, aseguró que el Antiguo Testamento relataba la vida de los judíos no en Palestina, sino en algún lugar de Arabia Saudí. ¿Qué sabe usted al respecto?
– Bastante. Y está en lo cierto: las traducciones de la Biblia aceptada son erróneas. El Antiguo Testamento es un testimonio de la vida de los judíos en el oeste de Arabia, para más señas. He leído numerosos manuscritos aquí, en la biblioteca, que lo demuestran. He visto mapas de la antigua Arabia que indican los lugares bíblicos.
El arma lo apuntó directamente.
– Enséñemelos.
– A menos que sea capaz de leer en hebreo o árabe no le dirán nada.
– Por última vez, viejo, enséñemelos o le pego un tiro y pruebo con sus empleados.
Él se encogió de hombros.
– Sólo intentaba ser servicial.
Sabre no sabía si las hojas y códices que se extendían ante sí eran lo que Alfred Hermann buscaba. Daba igual. Tenía intención de hacerse con todo cuanto lo rodeaba.
– Éstos son tratados escritos en el siglo ii por filósofos que estudiaban en Alejandría -informó el bibliotecario-. Por aquel entonces los judíos empezaban a ser una fuerza política en Palestina e imponían su supuesta presencia histórica, proclamando su derecho a la tierra. ¿Le suena? Esos eruditos determinaron que no existía semejante presencia histórica. Estudiaron los textos hebreos del Antiguo Testamento, que se conservaban en la biblioteca, y descubrieron que los relatos, tal y como los judíos los contaban oralmente antaño, eran muy diferentes en los textos, sobre todo los más antiguos. Al parecer, con el tiempo, las historias se fueron adaptando más y más a la patria de entonces de los judíos, que había acabado siendo Palestina. Sencillamente olvidaron su pasado en Arabia. De no ser por los topónimos, que no cambiaron, y el Antiguo Testamento escrito en el hebreo original, esa historia no se habría descubierto. -El bibliotecario señaló uno de los códices-. Ése es muy posterior, del siglo v, cuando los cristianos decidieron que querían incluir el Antiguo Testamento en su Biblia. Este tratado deja claro que las traducciones se modificaron para ajustar el Antiguo Testamento al Nuevo. Una tentativa consciente de fabricar un mensaje utilizando la historia, la religión y la política.
Sabre miró fijamente los libros.
El bibliotecario señaló a otro montón de pergaminos que se hallaban en un expositor de plástico transparente.
– Éste es el Antiguo Testamento más antiguo que tenemos, escrito cuatrocientos años antes de Cristo. Todo él está en hebreo. En el mundo no existe nada igual. Creo que la Biblia más antigua que hay fuera de esta habitación se remonta a novecientos años después de Cristo. ¿Es esto lo que busca?
Sabre no dijo nada.
– Es usted un tipo extraño -comentó el bibliotecario.
– ¿A qué se refiere?
– ¿Sabe cuántas personas han entrado aquí? Muchos miles a lo largo de los siglos. Nuestro libro de invitados es impresionante: comenzó en el siglo xii con Averroes, el filósofo árabe que rebatió a Aristóteles y desafió a san Agustín. Estudió aquí. Los Guardianes decidieron que había llegado la hora de compartir este conocimiento, pero de manera selectiva. Sólo hombres y mujeres de excepcional inteligencia llamaron la atención de los Guardianes. Cerebros que hicieron avanzar el conocimiento. En los días anteriores a la radio, la televisión y los computadores, los Guardianes vivían en grandes ciudades, siempre a la búsqueda de invitados. Santo Tomas de Aquino, Dante, Petrarca, Boccaccio, Poussin, Chaucer… esos hombres estuvieron en esta sala. Montaigne escribió sus Ensayos aquí, y Francis Bacon concibió su famosa afirmación: «Considero que todo conocimiento es de mi competencia», aquí, en la Sala de la Competencia.
– ¿Se supone que todo eso ha de decirme algo?
El anciano se encogió de hombros.
– Intento explicarle su cometido. Dice que quiere ser el bibliotecario, en cuyo caso le será otorgado un privilegio. Quienes ocuparon el cargo en el pasado conocieron a Copérnico, Kepler y Descartes. A Robespierre, a Benjamín Franklin. Incluso a Newton. Todos esos espíritus instruidos se beneficiaron de este lugar, y el mundo se benefició de su capacidad de comprensión y de ampliación de los saberes establecidos.
– Y ¿ninguno de ellos dijo nunca que había estado aquí?
– ¿Por qué iban a hacerlo? Nosotros no pretendemos llevarnos los méritos. Son ellos quienes reciben el reconocimiento. ¿Si los ayudamos? Ése era nuestro cometido. Mantener esta biblioteca ha sido todo un logro. ¿Podrá continuar usted con la tradición?
Dado que no pensaba dejar que nadie más viera el sitio, Sabre preguntó lo que de verdad quería saber:
– ¿Cuántos Guardianes hay?
– Nueve. Nuestras filas se han visto bastante mermadas.
– ¿Dónde están? Sólo he visto a dos fuera.
– El monasterio es grande. Estarán desempeñando sus quehaceres.
Sabre hizo una señal con el arma.
– Volvamos a la primera sala. Quiero ver otra cosa.
El anciano echó a andar.
Sabre se planteó liquidarlo allí mismo, pero a esas alturas Malone ya habría averiguado lo que estaba pasando y, o bien lo esperaría al otro extremo del laberinto o bien a medio camino.
Fuera como fuese, el viejo resultaría útil.
Malone dobló la última esquina y divisó una entrada formada por dos leones alados con cabeza humana. Conocía el simbolismo: la mente del hombre, la fuerza del animal, la ubicuidad del ave. Unas puertas de mármol con goznes de bronce estaban abiertas de par en par.
Entraron y admiraron la opulencia.
A Malone le maravilló lo mucho que tuvo que llevar crear algo tan extraordinario: hileras de estanterías interrumpidas por estrechos pasillos, rebosantes de rollos. Se acercó a una y sacó el primer manuscrito. El documento se hallaba en excelentes condiciones, pero no se atrevió a desenrollarlo. Miró por el hueco del cilindro y vio que la letra aún era legible.
– No sabía que pudiera existir algo así -comentó Pam-. Resulta incomprensible.
Él había visto cosas sorprendentes, pero nada tan maravilloso como lo que albergaba esa estancia. Reparó, en lo alto de una de las brillantes paredes rojas, en unas palabras en latín: AD COMMUNEM DELECTATIONEM. Para el deleite de todos.
– Los Guardianes han logrado algo extraordinario.
Después se fijó en algo grabado en uno de los muros. Se acercó y vio una descripción de lo que había más adelante, las salas, con su nombre en latín. Las tradujo una por una en voz alta para Pam:
– Son sólo cinco salas -dijo-. Podrían estar en cualquier parte.
Un movimiento en la puerta del fondo captó su atención. Vio a George Haddad y luego a McCollum.
– Agáchate -ordenó a Pam, y levantó el arma.
McCollum lo vio y derribó a Haddad de un empujón. A continuación apuntó y disparó. Malone se tiró al suelo, protegiéndose con las estanterías. La bala se estrelló contra las columnas de granito que quedaban a su espalda.
– Se mueve deprisa -dijo McCollum desde el otro lado de la estancia.
– No quería que se sintiera usted solo.
– El bibliotecario me hacía compañía.
– ¿Han llegado a conocerse?
– No es que hable mucho, pero se desenvuelve en este lugar.
Malone preguntó lo que quería saber.
– Y ahora ¿qué?
– Me temo que usted y su ex deben morir.
– Le dije que era mejor que no me cabreara.
– Adelante, Malone. He llegado hasta aquí, no tengo intención de perder ahora. Le propongo algo: que sea juego limpio. Usted y yo, aquí mismo. Si gana, el anciano y su ex se salvan. ¿Trato hecho? -Usted pone las condiciones. Actúe en consecuencia.
Haddad escuchó la conversación entre Sabre y Malone. Esos dos tenían que resolver sus diferencias, y él que liquidar su deuda. Pensó de nuevo en el Guardián de hacía tantas décadas, cuando el joven lo miró fijamente con ojos plenos de determinación. Sencillamente no comprendió. Pero ahora, habiendo visto la biblioteca, habiéndose convertido en su bibliotecario, sabía lo que sabía aquel Guardián de 1948.
Y mató a aquel buen hombre sin motivo alguno.
Lo había lamentado toda su vida.
– Arriba -le dijo Sabre al bibliotecario. Vio cómo se levantaba el anciano-. Muy bien, Malone, actuaré en consecuencia: ahí lo tiene. -Le indicó a Haddad con el arma-. Vaya.
El bibliotecario recorrió despacio el pasillo que se abría entre las estanterías. Sabre mantuvo su posición, agachado al final de una de las hileras.
A unos diez metros el bibliotecario se detuvo y se volvió.
Los ojos que lo miraron lo atravesaron, y Sabre se preguntó quién sería el anciano. Algo en él irradiaba peligro, como si el alma que habitaba tras los ojos se hubiese enfrentado a aquello antes y no tuviese miedo. Sopesó liquidar al bibliotecario, pero no haría más que espolear a Malone.
Y eso era algo que no deseaba. Todavía.
Malone era el único obstáculo que quedaba. Cuando hubiese desaparecido, la biblioteca sería suya.
Así que se sintió aliviado cuando el anciano echó a andar de nuevo.
Washington, DC
Stephanie aparcó, y ella y Cassiopeia fueron andando hasta la casa de Larry Daley. Ni rastro de Brent Green ni de nadie. Se acercaron a la puerta principal y nuevamente Cassiopeia abrió la puerta y Stephanie desactivó la alarma. Ésta se percató de que no habían cambiado el código. Daley lo había dejado tal cual, incluso después de que ellas se colaran. Una estupidez o bien una nueva prueba de que había juzgado mal a ese hombre.
Dentro no se oía nada. Cassiopeia recorrió todas las habitaciones para asegurarse de que se hallaban a solas, y Stephanie se detuvo en el despacho. Después se dispusieron a esperar junto a la puerta.
A los diez minutos un coche aparcó fuera.
Stephanie miró a través de la cortina y vio salir a Green del asiento del conductor y dirigirse a la puerta.
Solo.
Ella le hizo una señal a Cassiopeia y abrió.
Green vestía su habitual traje y corbata oscuros. Cuando el fiscal general hubo entrado, ella cerró con llave y Cassiopeia se apostó cerca de una de las ventanas.
– Muy bien, Stephanie. ¿Me puedes decir qué está pasando?
– ¿Has traído las memorias USB?
El se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y las sacó.
– ¿Has escuchado las grabaciones?
Él asintió.
– Claro. Las conversaciones son interesantes, pero en modo alguno comprometedoras. Se menciona la vigésimo quinta enmienda, pero no hay más. Ni se discute ni se insinúa una conspiración.
– Por eso Daley reunió más información -explicó ella-. Me dijo que llevaba investigando algún tiempo.
– Investigando ¿qué?
Y ella notó un destello de irritación.
– La conspiración, Brent. El vicepresidente planea matar a Daniels. Lo ha organizado todo para que ocurra durante una visita sorpresa a Afganistán que Daniels efectuará la semana próxima.
Stephanie vio el efecto que causaban sus palabras, que confirmarían que sabía de qué hablaba.
Green permaneció impasible.
– ¿Qué pruebas encontró Daley?
– Más conversaciones. A decir verdad, pinchó el despacho privado del vicepresidente. No es que fuera difícil, ya que él era el encargado de asegurarse de que no estaba intervenido. El vicepresidente mantiene relaciones con la Orden del Vellocino de Oro. Su líder, Alfred Hermann, ha dispuesto que el avión de presidente sea atacado con misiles. Él mismo cerró el trato con la gente de Bin Laden.
– Stephanie, espero que Daley acumulara pruebas contundentes. Esas acusaciones son increíbles.
– Tú dijiste que la Administración entera era una cloaca. Dijiste que querías cogerlos. Pues ésta es tu oportunidad.
– ¿Cómo lo demostramos?
– Las grabaciones están aquí, Daley me habló de ellas. Dijo que señalaban a todos los implicados. Cuando salíamos para venir aquí, su coche explotó.
Green permanecía en el recibidor, ante la escalera, donde Daley y Heather Dixon se encontraban el día anterior. Parecía absorto en sus pensamientos. Su máscara. Naturalmente, aunque él le había mentido en lo tocante a Thorvaldsen y no le había transmitido al presidente nada de lo que Henrik había descubierto, necesitaban pruebas concretas de su traición.
– Sé dónde escondió las grabaciones -afirmó ella.
Los ojos de Green reflejaron interés. Cassiopeia seguía junto a la ventana.
Stephanie llevó a Green hasta el despacho con la pequeña mesa y las estrechas estanterías. En un estante había una fila de discos compactos con sus cajas de plástico. Toda la música era instrumental y de diversos países, había incluso cantos gregorianos, lo cual se le antojó curioso a Stephanie. Cogió una de las carcasas -Tibetan Wonders- y la abrió. Dentro, en lugar del CD de música había otro disco. Stephanie lo sacó y dijo:
– Le gustaba esconder sus cosas cerca.
– ¿Qué hay exactamente ahí?
– Según él, pruebas de quiénes participan en la conspiración. Dijo que llegaba a unos niveles insospechables. -Tenía los nervios a flor de piel-. ¿Quieres escucharlo?
Green no contestó.
– ¿Por qué filtraste el archivo de la Conexión Alejandría? -quiso saber ella.
– Ya te lo dije: para dar con el traidor. Nos llevó a distintos sitios. Así es como descubrimos la relación de Israel con Pam Malone. Filtrar ese archivo lo puso todo en marcha.
– Y ¿tenías acceso?
– ¿A qué vienen esas preguntas?
– A que yo ignoraba que estuvieses al tanto de la Conexión Alejandría, y mucho menos que conocieras detalles suficientes para pensar que sería un buen cebo para Israel.
Green ladeó la cabeza con socarronería.
– No me esperaba que fueras a someterme a un interrogatorio.
Ella no estaba dispuesta a ser indulgente. Ahora no.
– La primera vez que hablamos de todo esto dijiste que filtraste ese archivo a propósito, que no mencionaba gran cosa, a excepción de que Malone sabía dónde vivía George Haddad. Sin embargo tú hablaste del pacto de Abraham. ¿Cómo lo sabías?
– El archivo no era tan secreto.
– ¿De veras? Eso no es lo que dijo Daley. Insistió en que la información que contenía era escasa y conocida por muy pocos -pronunció las palabras con un deje de insolencia-. Tú no estabas en la lista, y sin embargo sabías muchas cosas.
Green salió del despacho.
Ella fue tras él.
Cassiopeia había desaparecido.
Stephanie echó un vistazo, preocupada.
– Mis colegas se han ocupado de ella -aclaró Green.
A Stephanie no le gustó cómo sonó aquello.
– Y ¿quién va a ocuparse de mí?
Green metió la mano bajo la chaqueta y sacó un arma.
– De eso me encargo yo, pero primero necesitaba hablar a solas contigo.
– ¿Para comprobar cuánto sé? ¿Cuánto sabe Cassiopeia? Y ¿quién más lo sabe?
– Dudo que tengas ayuda. Después de todo, Stephanie, no eres la persona más popular en este gobierno. Daley intentó pegarse a ti, pero no funcionó.
– ¿Fue cosa tuya?
Green asintió.
– Colocamos explosivos en el coche y esperamos el momento adecuado. Forma parte del ataque terrorista a esta nación que empezará con Daley y terminará con Daniels. El país será presa de la histeria.
– De la cual se aprovechará el vicepresidente después de prestar juramento. Entonces necesitará un vicepresidente, y ahí es donde entras tú.
– Ya no se presentan muchas oportunidades para medrar, Stephanie. Hay que coger lo que surge. Seré la elección perfecta para la crisis. Mi confirmación será unánime.
– Eres patético.
Green le lanzó una mirada de excesiva modestia.
– Te acepto el insulto. Al fin y al cabo, sólo te quedan unos minutos de vida. Por cierto, se suponía que también sufrirías un ataque. Cuando apareciste en ese restaurante decidí rematar la limpieza, pero de algún modo te las arreglaste para esquivar a los hombres que envié. Todavía no sé cómo lo conseguiste.
– Un buen entrenamiento marca la diferencia.
Él le lanzó una sonrisa fría.
– Echaré de menos tu ingenio.
– ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿Asesinar a un presidente?
– Creo que se llama traición. Pero Danny Daniels es un hombre débil e inepto que desconoce lo que es mejor para este país. Es amigo de Israel, pase lo que pase, y sólo eso ya nos ha paralizado en Oriente Próximo. Es hora de que Norteamérica cambie de amigos. Los árabes tienen mucho más que ofrecer.
– ¿Y la Conexión Alejandría lo conseguirá?
Él se encogió de hombros.
– No lo sé. Eso es problema del nuevo presidente, y él asegura tenerlo bajo control.
– ¿Tan desesperado estás por pillar cacho?
– Yo no llamaría «pillar cacho» a ser vicepresidente de Estados Unidos. Dado que voy a ayudar en la transición del poder de una forma tan decisiva, tendré una relación única: mucha responsabilidad y escasa visibilidad.
Ella señaló el arma.
– ¿Vas a matarme?
– No tengo elección. Ese disco sin duda me incriminará. No puedo dejarlo estar y a ti no puedo dejarte marchar.
Ella se preguntó adonde habrían llevado a Cassiopeia. Aquello no estaba saliendo conforme a lo planeado. Y ella no esperaba que el propio Green esgrimiera un arma. Se le pasó una idea por la cabeza: entretenerlo.
– ¿El fiscal general de Estados Unidos va a pegarme un tiro?
– Llevo todo el día pensándolo y, por desgracia, no tengo elección.
– ¿Y todos esos valores cristianos de los que tanto te he oído hablar?
– Estamos en el fragor del combate, y las reglas cambian. Cuestión de supervivencia, Stephanie. La verdad es que sí escuché las grabaciones que Daley guardó en las memorias USB. El jefe de gabinete del vicepresidente hablaba mucho de la sucesión presidencial. Demasiado. Nada comprometedor, pero plantearía preguntas. Era evidente que Daley estaba investigando. En ese disco que tienes hay más aún. La cosa debe terminar aquí. Como es natural nunca encontrarán tu cuerpo. Un ataúd espera en la embajada de Arabia Saudí. Uno de sus diplomáticos ha fallecido y desea ser enterrado en casa. Compartirás vuelo con él de vuelta a Arabia.
– Lo tienes todo bien atado, ¿eh?
– Es bueno tener amigos. Lo estoy aprendiendo. Me pasé mucho tiempo yendo por libre, pero me gusta formar parte de un equipo. Los saudíes sólo quieren la destrucción de Israel, y les hemos prometido que se puede lograr. Los israelíes creen que los saudíes están con ellos en esto, pero no es así. Trabajan con nosotros. Desde el principio.
– No tienen ni idea de que sois unos putos traidores. Todo gira alrededor del dinero y el poder, nada más.
– ¿Te gustaría decir algo más?
Ella sacudió la cabeza.
Y el arma hizo fuego.
Viena
Thorvaldsen estaba con Gary. Había llamado a Jesper nada más salir de la Schmetterlinghaus y le había pedido que enviara un coche con conductor. Había indicado a su asistente que soltara a Margarete en cuanto él y Gary estuviesen camino de Copenhague. No se molestó en recuperar la ropa: no había tiempo. Lo único que sostenía era un atlas de la biblioteca que contenía las cartas de san Jerónimo y san Agustín.
Por el camino que discurría entre los árboles y llevaba a la entrada principal iban y venían coches. No todos los miembros de la Orden permanecían en la propiedad; muchos preferían quedarse con amigos o disfrutar de sus hoteles preferidos en Viena. El danés reconoció a algunos de los que llegaban y se tomó un momento para charlar, lo cual también le permitió participar de lo que estaba pasando. Sin embargo tenían que irse, con las cartas, antes de que Hermann se despertara.
– ¿Tenemos problemas? -preguntó Gary,
– No estoy seguro. -Y no lo estaba.
– Les dio un buen golpe a esos tipos.
Vio que el muchacho estaba impresionado.
– Sí, ¿eh?
– No me gustaría estar aquí cuando despierten.
Tampoco a él.
– Hemos de conservar esas cartas, y me temo que nuestro anfitrión no lo permita.
– ¿Qué pasa con su hija? No parecía importarle mucho.
– No creo que nunca le haya importado. Cogerla sólo fue un movimiento inesperado que lo obligó a detenerse lo bastante para que nosotros actuáramos. -Pensó en su propio hijo, muerto-. A los hombres como Alfred no les importa mucho la familia.
Qué terrible debía de ser eso. Él echaba de menos a su esposa y su hijo. Ver a Gary Malone salir en su defensa lo había asustado y satisfecho a un tiempo. Le dio unas palmaditas al chico en la espalda.
– ¿Y esto? -preguntó Gary.
– Tu padre se sentiría orgulloso.
– Espero que esté bien.
– Yo también.
Tres coches avanzaron a toda velocidad por el camino principal y dieron la vuelta al sendero asfaltado. Se detuvieron ante el château, y del primer y tercer vehículo salieron varios hombres vestidos con un traje oscuro. Tras efectuar una rápida inspección de los alrededores, uno de los hombres abrió la puerta trasera del coche de en medio.
El vicepresidente de Estados Unidos salió al sol de la tarde, ataviado de manera informal, con una camisa de sport bajo una blazer azul marino.
Thorvaldsen y Gary se encontraban a unos veinte metros de distancia, observando cómo el equipo de seguridad flanqueaba al vicepresidente y todos se dirigían hacia la entrada principal del castillo. A medio camino, el vicepresidente se detuvo y cambió de dirección. Fue directo a ellos.
Thorvaldsen contempló al hombre con una mezcla de ira y repugnancia. Aquel idiota ambicioso parecía dispuesto a todo.
– Ni una palabra, muchacho -le dijo a Gary-. Recuerda: oídos abiertos, boca cerrada.
– Lo suponía.
– Usted debe de ser Henrik Thorvaldsen -dijo el vicepresidente cuando se hubo acercado y presentado.
– Así es. Encantado de conocerlo, señor.
– Déjese de tanto señor, ¿de acuerdo? Usted es uno de los hombres más ricos del mundo y yo no soy más que un político.
– Que está a un paso de la presidencia.
El norteamericano soltó una risita.
– Así es. Pero, con todo, es un trabajo bastante aburrido. Sin embargo, se viaja mucho, y me gusta venir a sitios como éste.
– Y ¿qué le trae hoy por aquí?
– Alfred Hermann y yo somos amigos. He venido a presentarle mis respetos.
Otro coche apareció en el camino, un BMW de color claro con un conductor de uniforme. Thorvaldsen hizo una señal y el vehículo avanzó hacia él.
– ¿Se marcha? -quiso saber el vicepresidente.
– Hemos de ir a la ciudad.
El norteamericano señaló a Gary.
– Y éste ¿quién es?
Thorvaldsen los presentó, dando el apellido verdadero de Gary, y ambos se estrecharon la mano.
– No conocía a ningún vicepresidente -comentó el chico.
El BMW paró y el chófer salió, rodeó el coche y le abrió la portezuela de atrás a Thorvaldsen.
– Ni yo al hijo de Cotton Malone -respondió el vicepresidente.
Thorvaldsen cayó en la cuenta de que se hallaban en apuros, lo cual se vio doblemente confirmado cuando vio a Alfred Hermann dirigirse hacia ellos, su jefe de seguridad a la zaga.
El vicepresidente comentó:
– Brent Green le envía saludos.
Y Thorvaldsen vio en los duros ojos del hombre la traición de Green.
– Me temo que no va usted a ninguna parte -dejó caer el vicepresidente.
Hermann llegó y cerró de golpe la puerta trasera del vehículo.
– Herr Thorvaldsen no va a necesitar sus servicios. Puede irse.
El danés iba a oponerse, hacer una escena, pero se percató de que el jefe de seguridad se situaba junto a Gary. Un arma bajo la chaqueta del tipo apuntaba directamente al muchacho.
El mensaje era claro.
Se dirigió al conductor:
– Es cierto. Gracias por venir.
Hermann le arrebató el atlas.
– Tus opciones se reducen deprisa, Henrik.
– Yo diría que sí -remachó el vicepresidente.
Hermann parecía perplejo.
– ¿Por qué estás aquí? ¿Qué sucede?
– Llévalos adentro y te lo contaré.
Península del Sinaí
Malone esperó a que George Haddad se encontrase a salvo tras el extremo de la estantería, donde él y Pam se resguardaron.
– ¿Has vuelto de entre los muertos? -le dijo a Haddad.
– Ya sabes, la gloria de la resurrección.
– George, este hombre os quiere matar a todos.
– Ya me he dado cuenta. Es una suerte que estés aquí.
– ¿Y si no lo detengo?
– En tal caso, todos nuestros esfuerzos habrán sido una pérdida de tiempo.
Había algo que quería saber.
– ¿Qué hay ahí detrás?
– Tres salas más y la sala de Lectura. Todas las estancias son como ésta. No hay muchos sitios donde esconderse.
Malone recordó el plano.
– ¿Y se supone que debo liarme a tiros con él?
– Yo te traje hasta aquí. Ahora no me decepciones.
La ira se apoderó de él.
– Había formas más sencillas de hacerlo. Podría traer refuerzos.
– Lo dudo. Pero tengo ojos fuera vigilando por si alguien entra en el farsh. Apuesto a que está solo y así seguirá.
– ¿Cómo lo sabes? Los israelíes no nos han dejado ni a sol ni a sombra.
– Se han marchado. -Haddad señaló al otro lado de la sala-. Sólo queda él.
Malone vio que McCollum desaparecía por el arco y se adentraba en la biblioteca. Otras tres salas y la de Lectura. Estaba a punto de infringir muchas de las reglas que lo habían mantenido con vida doce años en el Magehan Bittet. Una era evidente: no entres a menos que sepas cómo salir. Pero también se le pasó por la cabeza otra cosa que había aprendido: cuando las cosas van mal, cualquier cosa puede hacerte daño, incluido no hacer nada.
– Quiero que sepas que ese tipo fue el responsable de que se llevaran a tu hijo -le explicó Haddad-. También arrasó tu librería. Tiene tanta culpa de que estés aquí como yo. Habría matado a Gary si hubiese sido preciso. Y te matará a ti si puede.
– ¿Cómo sabe lo de Gary? -preguntó Pam.
– Los Guardianes poseen acceso a abundante información.
– Y ¿cómo llegaste a bibliotecario? -quiso saber Malone.
– Es una historia complicada.
– Apuesto a que sí. Tú y yo vamos a mantener una larga charla cuando esto termine.
Haddad sonrió.
– Sí, viejo amigo, mantendremos una larga charla.
Malone señaló a Pam y le dijo a Haddad.
– Retenla aquí. No le gusta nada obedecer órdenes.
– Vete -dijo ella-. Estaremos bien.
Él decidió no discutir y echó a correr por el pasillo. Una vez en la puerta, se detuvo en un lado. A seis metros se abría otra estancia. Más muros altísimos, hileras de estanterías de piedra, cartas, imágenes y mosaicos del suelo al techo. Siguió avanzando, pero pegado a los lustrosos costados del corredor. Entró en la segunda sala y de nuevo se protegió en el extremo de una de las filas de estanterías. La habitación era más cuadrada que la primera, y reparó en la mezcla de rollos y códices.
Ni un movimiento. Aquello era una solemne estupidez: estaba siendo arrastrado más y más dentro. En algún momento McCollum aparecería y abriría fuego, y con sus condiciones.
Pero ¿cuándo?
Haddad observaba a Pam Malone. En Londres había intentado valorar su personalidad, preguntándose qué hacía allí. Los Guardianes habían reunido información personal sobre Cotton Malone, cosas que Haddad desconocía: Malone rara vez hablaba de su mujer y su familia. La suya había sido una amistad intelectual, espoleada por el amor a los libros y el respeto al conocimiento. Pero sabía lo suficiente, y era hora de hacer uso de ese conocimiento.
– Hemos de entrar ahí -dijo.
– Cotton ha dicho que nos quedemos aquí.
Él la traspasó con la mirada.
– Hemos de entrar ahí -repitió. Y para reafirmar su decisión sacó una pistola de debajo del manto.
Curiosamente ella ni se inmutó.
– Lo vi cuando miró a McCollum -dijo.
– ¿Es ése el nombre que les dio?
Ella asintió.
– Se llama Sabre y es un asesino. Lo que dije en mi piso de Londres iba en serio: debo saldar una deuda y no tengo intención de que Cotton la salde por mí.
– Lo vi en sus ojos: quería que él disparase, pero sabía que no lo haría.
– Los hombres como Sabre escatiman el valor. Lo guardan para cuando lo necesitan de veras. Como ahora.
– ¿Sabía que todo esto iba a pasar?
Él se encogió de hombros.
– Sabía, pensaba, esperaba… No lo sé. Hemos estado vigilando a Sabre. Sabíamos que planeaba algo en Copenhague, y cuando se llevó a Gary caímos en la cuenta de que intentaba dar conmigo. Ahí es cuando decidí involucrarme. Mi segunda llamada a la Orilla Occidental fue descubierta por unos espías israelíes, y ello hizo que se movieran. Luego, en Lisboa, comprendí cómo podía traerles aquí, a los tres, sin los israelíes.
– ¿Hizo todo esto para poder morir?
– Lo hice para proteger la biblioteca. Sabre trabaja para una organización que quiere utilizar todo este conocimiento para sus propios fines políticos y económicos. Llevan algún tiempo investigándonos. Pero ya lo ha oído: está aquí por él, no por ellos. Deteniéndolo a él lo detendremos todo.
– ¿Qué va a hacer?
– Yo, nada. Esto es cosa suya.
– ¿Mía?
– Cotton la necesita. ¿Acaso va a desentenderse?
Él la vio sopesar la pregunta. Sabía que era lista, valiente e impetuosa, pero también vulnerable. Y propensa a cometer errores. Se había pasado la vida analizando a gente, y esperaba haber valorado correctamente a Pam Malone.
– De ninguna manera -respondió ésta.
El mercenario de la Orden salió como una flecha de la Sala de la Competencia y entró en la de Lectura, que contenía más mesas y menos estanterías. Sabía por su primera incursión que la siguiente estancia, la Sala de la Eternidad, conducía a la última; la biblioteca tenía forma de «U» invertida. Ventanas falsas y hornacinas adornadas con cuadros de paisajes lejanos, así como una iluminación especial, daban la impresión de que el edificio daba al aire libre. Tuvo que seguir recordándose que se encontraba bajo tierra.
Se detuvo.
Era hora de utilizar lo que había visto antes.
Malone continuó avanzando, el arma preparada. Había cambiado el cargador por el último que le quedaba, pero al menos tenía nueve disparos, además de los otros tres del cargador que guardaba en el bolsillo, así que disponía de doce oportunidades para detener a McCollum.
Su mirada iba de pared en pared y del techo al suelo, sus sentidos alerta. Tenía el pecho y la espalda empapados en sudor, y el aire de aquellas estancias subterráneas le resultaba frío. Cruzó la segunda sala y enfiló el pasillo para dirigirse a la siguiente estancia iluminada, que torcía a la derecha. No oía nada, y el silencio lo desconcertaba. Lo que hacía que continuara avanzando era lo que le había dicho Haddad: ese hombre había sido el que había secuestrado a Gary. Ese hijo de puta había tocado a su hijo, se lo había llevado, y le había obligado a él a matar. Eso no quedaría así, de ninguna manera. McCollum quería pelea e iba a tenerla.
Llegó a la entrada de la tercera habitación: la Sala de Lectura.
Unas veinte mesas de gruesa madera tosca, oscura y gastada entre estanterías.
Divisó una puerta en la pared opuesta.
La sala, rectangular, era más grande que las otras dos, mediría unos veinte metros de largo. Los muros exhibían tablas y dinteles de origen bizantino, además de mosaicos, en esta ocasión con escenas dedicadas a mujeres, unas hilando y tejiendo, otras practicando deporte. Apartó su mirada de esas imágenes y se concentró en el problema.
Esperaba que, en cualquier momento, McCollum saliera de entre las mesas. Estaba listo. Pero no sucedió nada.
Se detuvo.
Algo iba mal.
Después, al otro lado de la estancia, al pie del muro del fondo, vio un oscuro reflejo en el bruñido granito rojo. Un borrón impreciso, como a través de una botella, desdibujado.
Procedente del suelo.
Bajo las mesas.
Entonces se percató.
Washington, DC
Stephanie oyó el disparo, pero no la alcanzó ninguna bala. Entonces vio el orificio en la cabeza de Brent Green y supo lo que había sucedido.
Se volvió.
Allí estaba Heather Dixon, arma en mano.
El cuerpo de Green se desplomó en la noble madera del suelo, pero Stephanie seguía mirando a Dixon, que bajó su pistola.
Cassiopeia apareció tras la israelí.
– Se acabó -dijo ésta.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Stephanie.
– Cuando tú y Green volvisteis al despacho apareció ella -respondió Cassiopeia-. Estábamos en lo cierto: Green se trajo a unos amigos, que esperaban fuera, en la parte de atrás. El servicio secreto los cogió y luego -Cassiopeia señaló a Dixon- entró ella.
Stephanie comprendió.
– ¿Colaboras con el presidente?
– Era preciso. Este cabrón nos iba a vender a todos. Él y tu vicepresidente podían haber empezado perfectamente una guerra mundial con lo que tenían planeado.
Ella captó algo en el tono de la israelí y preguntó:
– ¿Qué hay de ti y Daley?
– Larry me gustaba. Acudió a nosotros para pedir ayuda, nos contó lo que estaba pasando y él y yo acabamos intimando. Tanto si lo crees como si no, él intentaba parar todo esto. Has de admitirlo.
– Habría sido mucho más fácil si los dos me hubieseis abordado con lo que teníais.
Dixon negó con la cabeza.
– Ése es tu problema, Stephanie: vives en una burbuja idealista. Odiabas a Larry, Green no te caía bien, pensabas que no eras del agrado de la Casa Blanca. ¿Cómo ibas a poder hacer algo?
– Sin embargo fue el señuelo perfecto -terció Cassiopeia-, ¿no?
– Todo sedal necesita un cebo, y vosotras dos fuisteis el de éste.
Stephanie aún sostenía el disco que ella misma había dejado en el despacho de Daley. Era un disco virgen, tan sólo algo para hacer reaccionar a Green.
– ¿Lo han grabado todo? -Le habían colocado micrófonos ocultos antes de abandonar Camp David.
Cassiopeia asintió.
– Absolutamente.
– ¿Qué hay de los saudíes? -le preguntó ésta a Dixon-. Trabajabas con ellos la primera vez que hablamos.
– Típico de los árabes, jugar a dos manos. En un principio se confabularon con el vicepresidente, creyendo que ayudaría a detener cualquier cosa relacionada con la Conexión Alejandría. Luego se dieron cuenta de que era mentira, así que se pusieron en contacto con nosotros e hicimos un trato. Aquel día, en el paseo, sólo tenían que espabilarte, nada más. Claro que ninguno de nosotros sabía que te habías agenciado una compañera. -Dixon señaló a Cassiopeia con el arma-. Aún te debo una por ese dardo.
– Quizás algún día tengas ocasión de devolvérmela.
Dixon sonrió.
– Quizás.
Stephanie miró el cadáver de Brent Green. Recordó cómo había sugerido que tal vez estuviese interesado en ella y, por un instante, le gustó la posibilidad. Lo cierto es que la había defendido, supuestamente se había mostrado dispuesto a dimitir para apoyarla, y ella se sorprendió cuestionándose todas las dudas que había albergado sobre él.
Pero no había sido más que una farsa.
– El presidente me envió a poner fin a esto -aclaró Dixon, interrumpiendo sus pensamientos-. Ni juicios ni prensa. El fiscal general era un hombre atribulado que se quitó la vida. Su cuerpo será incinerado en breve, y forenses del Ejército extenderán una partida de defunción que concluirá que se trató de un suicidio. Tendrá un entierro fastuoso y será recordado con cariño. Fin de la historia.
– ¿Y la Conexión Alejandría? -preguntó Stephanie. -George Haddad ha desaparecido. Esperamos que lo tenga Malone. Haddad llamó a Palestina hace meses y luego hace unos días. Tras la primera vez, y después de que Larry me contara ciertas cosas, nos pegamos a Pam Malone. El Mosad tenía intención de llevarse a Gary Malone, pero nuestro primer ministro se mostró reacio. Después la Orden se nos adelantó. Con Pam Malone controlada, nos limitamos a seguirla, aunque no salió demasiado bien, luego ocurrió todo esto. Daniels nos ha asegurado que no se sabrá nada de nada, y mi gobierno confía en él.
– ¿Se sabe algo de Cotton? Dixon negó con la cabeza,
– Lo último fue que saltó en paracaídas en algún lugar del Sinaí, pero da igual. Si se encuentra algo, el trato es que nunca sabremos nada.
– ¿Y cuando Daniels deje la presidencia? -le planteó Cassiopeia.
– Para entonces debería haberse olvidado. En caso contrario, Israel hará lo que lleva siglos haciendo: luchar encarnizadamente. Nos las hemos apañado y seguiremos haciéndolo.
Y Stephanie lo creía. Sin embargo había una cosa más: -El vicepresidente. ¿Qué pasa con él?
– Por lo que sabemos, sólo Green, el vicepresidente y Alfred Hermann sabían exactamente lo que iba a pasar. Cuando Green escuchó la conversación que Larry grabó con el jefe de gabinete del vicepresidente fue presa del pánico y les pidió a los saudíes que eliminaran a Larry. Como de costumbre, ellos no nos mencionaron nada, de lo contrario se lo habríamos impedido. Pero de los árabes no te puedes fiar. -Dixon hizo una pausa-. Que aparecieseis vosotras dos y os reunierais con Larry asustó a Green, que convenció a los saudíes para que se ocuparan de vosotras también. Después de que Daniels detuviera el ataque y los sicarios murieran, y ahora con Green fuera, todo ha terminado para los saudíes.
Stephanie señaló a Green.
– ¿Y esto?
– Tenemos a gente esperando para llevar a este mierda a su casa, donde encontrarán el cadáver hoy mismo. La muerte de Larry no será atribuida a un ataque terrorista, como pretendía Green.
– Eso podría resultar complicado, el coche explotó.
– Se considerará un caso no resuelto, aunque traerá cola, y Daniels podrá sacarles punta a algunas cosas, como lo que pretendían hacer esos idiotas. Creo que a Larry le habría gustado eso. Todavía puede ser de utilidad, incluso desde la tumba.
– No has explicado cómo puede frenarse esto con el vicepresidente aún suelto por ahí -objetó Cassiopeia.
Dixon se encogió de hombros.
– Eso es problema de Daniels. -Entonces la israelí sacó su móvil, pulsó un botón y dijo-: Señor presidente, Green ha muerto, como usted quería.
Península del Sinaí
El mercenario disparó a las piernas de Malone desde unos doce metros. En ninguna de las mesas había sillas, de manera que tenía un campo de visión despejado. Quería inmovilizar a su adversario hiriéndolo en las piernas, para darle fácilmente el tiro de gracia.
Disparó tres proyectiles hacia Malone.
Pero las piernas de Malone habían desaparecido.
¡Maldición!
Rodó por debajo de la mesa hasta la siguiente, se asomó despacio por el borde para dar con Malone y no vio nada.
Entonces lo supo.
Malone se percató de que McCollum pretendía dispararle a las piernas y se subió a la mesa más próxima un instante antes de que en la habitación resonaran tres balas. Pisapapeles de cuarzo dorado cayeron estrepitosamente al suelo. McCollum deduciría casi en el acto lo que Malone había hecho, así que decidió sacar partido de su ventaja.
Esperó un momento, rodó por el suelo y vio a McCollum agazapado tras una de las mesas. Apuntó e hizo dos disparos, pero el otro cambió de posición y se parapetó detrás de uno de los gruesos pies de las mesas.
Aquel campo de tiro tenía demasiados obstáculos.
Corrió tras una fila de estanterías que tenía a la izquierda.
– No está mal, Malone -aprobó su rival desde el otro lado de la estancia.
– Lo intento.
– No va a salir de aquí.
– Ya veremos.
– He matado a hombres mejores que usted.
Él se preguntó si toda aquella palabrería sería una bravata o una estratagema.
Ninguna de las dos cosas lo impresionó.
Haddad condujo a Pam Malone por la biblioteca en dirección opuesta a la que habían tomado Sabre y Malone. Ya habían oído disparos. Tenía que darse prisa. Entraron en la quinta sala, llamada oportunamente la Sala de la Vida, que mostraba una cruz de mosaico con la parte superior vertical sustituida por un óvalo con forma de huevo.
Haddad la cruzó a la carrera, llegó a la Sala de la Eternidad y se detuvo en la salida. Por el corredor llegaban voces. Al parecer el enfrentamiento definitivo se estaba produciendo en la Sala de Lectura. Montones de mesas, menos estanterías, más espacio abierto. El paseo anterior de Sabre había sido de reconocimiento, y su oponente había tomado buena nota de lo que le convenía. En su día él había hecho lo mismo cuando luchaba contra los judíos: conocer bien el campo de batalla.
Él conocía ése a fondo.
Hacía cinco años había completado en secreto la búsqueda del héroe, justo antes de llamar a Cotton Malone pidiendo ayuda. La primera vez que llegó logró entrar en la biblioteca y supo que todo lo que sospechaba de la Biblia era cierto. Se sintió abrumado. Sin embargo, cuando los Guardianes le pidieron ayuda, la idea lo entusiasmó. Muchos Guardianes habían salido de las filas de los invitados, y todos los Guardianes de allí creían que él debía ser su bibliotecario. Le explicaron las amenazas que se cernían sobre ellos, y él accedió a resolver su problema. Pero, al final, él también necesitó ayuda, razón por la cual se había visto involucrado Malone.
La paciencia y el conocimiento le habían sido muy útiles.
Sólo esperó no haber calculado mal.
Permaneció inmóvil junto a la salida de la Sala de la Vida, Pam Malone detrás de él.
– Espere aquí -le susurró.
Avanzó con cautela por el corredor, dio la vuelta a la esquina y echó un vistazo a la Sala de Lectura. Vio movimiento a izquierda y derecha: un hombre tras las estanterías, el otro protegiéndose con las mesas.
Volvió con Pam Malone y le entregó su arma.
– Debo entrar ahí -le dijo en voz baja.
– No va a salir…
Él meneó la cabeza.
– Éste es el final.
– Le prometió una larga charla a Cotton.
– Mentí. -Hizo una pausa-. Y usted lo supo.
– Soy abogada.
– No, es un ser humano. Todos hacemos cosas que lamentamos. Yo he hecho las mías; pero, al menos, al final de mi existencia he sido capaz de mantener intacta esta biblioteca. -Vio algo en los ojos de ella-. Sabe a qué me refiero, ¿no?
Ella asintió.
– Entonces sabe lo que tiene que hacer.
Haddad vio su confusión y le dio unas palmaditas en el hombro.
– Lo sabrá cuando llegue el momento. -Señaló el arma-. ¿Ha disparado una antes?
Ella se apresuró a decir que no con la cabeza.
– Sólo apunte y apriete el gatillo. Tiene retroceso, así que sujétela bien.
Pam no dijo nada, pero a él le satisfizo ver que entendía.
– Que tenga una vida próspera. Dígale a Cotton que siempre me ha merecido respeto.
Y se volvió y se encaminó hacia la Sala de Lectura.
– Podemos pasarnos así todo el día -gritó Malone.
– No entiende nada -repuso McCollum-. Le falta práctica, ¿eh?
– Le puedo dar su merecido.
McCollum se rió.
– Le diré lo que voy a hacer. Creo que volveré sobre mis pasos y me cargaré a su ex. También habría matado a su hijo si no hubiese liquidado usted a esos idiotas que contraté. Y, por cierto, yo fui quien lo organizó todo y usted el que vino detrás. El plan B era matar al chico. De cualquier forma habría encontrado a Haddad.
Malone sabía lo que estaba haciendo McCollum: intentar sacarlo de quicio, cabrearlo, obligarlo a reaccionar. Sin embargo tenía una duda:
– ¿Llegó a dar con Haddad?
– No. Usted estaba allí cuando los israelíes lo mataron. Lo oí todo.
¿Lo oyó? McCollum no sabía quién era el bibliotecario. Así que preguntó:
– ¿De dónde sacó el texto de la búsqueda?
– Yo se la di.
La nueva voz era la de George Haddad.
Malone vio al palestino en la puerta del fondo.
– Señor Sabre, yo lo manipulé a usted igual que usted hizo con Cotton. Dejé la cinta y la información en el computador para que usted la encontrara, incluido el texto de la búsqueda, que yo mismo ideé. Le aseguro que el viaje que yo completé para encontrar este sitio en un principio fue mucho más difícil.
– Es usted un mentiroso de mierda -le espetó el otro.
– Tenía que ser un reto. Si era demasiado fácil, habría creído que era una trampa; si era demasiado difícil no lo habría conseguido. Pero estaba usted impaciente. Incluso le dejé una memoria USB junto al computador y ni le dio importancia. Más cebo para esta trampa.
Malone se fijó en que desde donde se encontraba Haddad se veía claramente la posición de su atacante, pero las dos manos de Haddad estaban vacías, algo que no le habría pasado inadvertido.
– George, ¿qué estás haciendo? -le chilló.
– Terminar lo que empecé. Haddad caminó hacia Sabre.
– Confía en lo que conoces, Cotton. Ella no te dejará en la estacada.
Y su amigo continuó andando.
El mercenario vio que el bibliotecario avanzaba hacia él. ¿Ese hombre era George Haddad? ¿Todo lo que había sucedido había sido planeado? ¿Lo habían utilizado?
¿Cómo lo había llamado el viejo? ¿Una trampa? Que extraño.
Así que efectuó un disparo.
A la cabeza del bibliotecario.
– «¡No!» -exclamó Malone cuando la bala alcanzó la cabeza de George Haddad. Tenía tantas preguntas que quería hacerle, tantas cosas que no entendía. ¿Cómo había llegado el palestino hasta allí? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué sabía Haddad que valiera todo aquello?
La ira lo asaltó, y disparó dos veces en dirección a McCollum, pero los proyectiles sólo dañaron el muro del fondo.
Haddad yacía inmóvil, un charco de sangre se estaba formando alrededor de su cabeza.
– El viejo tenía agallas -gritó su asesino-. Lo iba a matar de todas formas. Quizá lo supiera.
– Es usted hombre muerto -se limitó a responder Malone.
Del otro lado de la sala le llegó una risita.
– Como usted mismo dijo: puede que le resulte difícil de conseguir.
Malone sabía que tenía que poner fin a aquello. Los Guardianes contaban con él. Haddad había confiado en él.
Entonces vio a Pam.
Estaba en la puerta, sumida en las sombras, el ángulo impedía que la viera McCollum.
Empuñaba un arma.
«Confía en lo que conoces.»
Las últimas palabras de Haddad.
Él y Pam habían pasado unidos la mayor parte de sus vidas, los últimos cinco años odiándose. Sin embargo, ella formaba parte de él, y él de ella, y siempre estarían unidos. Si no por Gary, por algo que ninguno de los dos podía explicar. No era necesariamente amor, pero sí un vínculo. Él no permitiría que le pasara nada a Pam y tenía que confiar en que ella pensara igual.
«No te dejará en la estacada.»
Sacó el cargador del arma, apuntó a McCollum y apretó el gatillo. La bala de la recámara se incrustó en una de las mesas.
Luego se oyó un clic. Y otro.
Uno más para acabar de convencerlo.
– Fin de trayecto, Malone.
Él se puso en pie, esperando que su rival quisiera saborear su triunfo. Si McCollum decidía disparar desde donde se ocultaba, él y Pam estarían muertos. Pero conocía a su enemigo. Éste se levantó, apuntándole con el arma, y salió de detrás de la mesa. Se acercó hasta donde se hallaba Malone. Ahora quedaba de espaldas a la puerta. Ni siquiera le ayudaría la visión periférica.
Tenía que entretenerlo.
– ¿Se llama Sabre?
– Es mi nombre profesional, el verdadero es McCollum.
– ¿Qué piensa hacer?
– Matar a todo el mundo y quedarme con esto. De lo más sencillo.
– No tiene ni idea de lo que hay aquí. ¿Qué va a hacer con ello?
– Conseguiré a gente que lo sepa. Conseguiré todos mis propósitos. Ya sólo lo del Antiguo Testamento basta para dejar mi huella en el mundo.
Pam no se había movido. Sin duda había oído los clics y sabía que él se encontraba a merced de McCollum. Imaginó su miedo. A lo largo de los últimos días había visto morir a gente, y ahora debía de invadirla el terror de ser ella la que debía matar a otra persona. También él había experimentado esa incertidumbre. Apretar el gatillo nunca era fácil. El acto tenía sus consecuencias, y el miedo a esas consecuencias podía paralizar por completo a uno. Sólo cabía esperar que los instintos de ella se impusieran al terror.
McCollum levantó el arma.
– Salude a Haddad de mi parte.
Pam salió del arco, y sus pasos distrajeron un instante a McCollum, que movió la cabeza a la derecha y al parecer vio un movimiento por el rabillo del ojo. Malone aprovechó el momento para darle una patada en la mano a McCollum y hacerle soltar el arma. Después le asestó un puñetazo en la cara que lo hizo tambalearse. Se abalanzó hacia el cabrón para golpearlo, pero McCollum se recuperó y se impulsó hacia delante. Aterrizaron los dos sobre una mesa y cayeron rodando por el otro lado. Malone oyó que su oponente se quedaba sin respiración y le hundió una rodilla en el estómago.
Acto seguido se puso en pie y levantó a McCollum del suelo, esperando que estuviera sin aliento. Pero éste empezó a darle puñetazos a Malone en el pecho y el rostro.
La habitación apareció y desapareció, y él se sacudió el dolor del cerebro.
Dio media vuelta y vio una navaja en la mano del otro.
La misma navaja de Lisboa.
Se preparó.
Pero no tuvo ocasión de hacer nada. Sonó un disparo.
McCollum pareció sorprendido y, a continuación, la sangre brotó de un orificio en su costado derecho. Otro tiro y sus brazos se alzaron y él se tambaleó hacia atrás. Un tercero y un cuarto, y el cuerpo se inclinó hacia delante, los ojos se le revolvieron, la sangre salió de su boca con cada espiración, y McCollum cayó de bruces en el suelo.
Malone se volvió, y Pam bajó el arma.
– Ya era hora -dijo él.
Pero ella no contestó. Tenía los ojos desorbitados, fijos en lo que había hecho. Malone se acercó y le bajó el brazo. Ella clavó en él una mirada vacía.
De las sombras de la puerta surgieron unas siluetas.
Nueve hombres y mujeres se aproximaron sin hacer ruido.
Entre ellos estaban Adán y Sombrero de Paja. Eva lloraba cuando se arrodilló junto a Haddad.
Los otros se arrodillaron con ella.
Pam permanecía inmóvil, observando.
Igual que él.
Al cabo se vio obligado a interrumpir el doloroso silencio.
– Supongo que tendrán un equipo de comunicaciones, ¿no?
Adán levantó la cabeza y asintió.
– Necesito usarlo.
Viena
Thorvaldsen volvía a hallarse en la biblioteca del château con Gary, pero esta vez Hermann y el vicepresidente sabían que estaba allí. Se encontraban solos, con la puerta cerrada, los de seguridad al otro lado.
– Estaban aquí la otra noche -comentó el vicepresidente, visiblemente nervioso-. Tenían que estarlo, en alguna parte. -Señaló las estanterías superiores-. Este maldito sitio es como una sala de conciertos. Llamó al fiscal general y se lo contó todo.
– ¿Supone eso un problema? -preguntó Hermann.
– Gracias a Dios, no. Brent será mi vicepresidente cuando pase todo esto. Se ha estado ocupando de todo en Washington mientras yo no estaba, así que al menos la cosa allí está controlada.
– Éste se llevó a mi hija ayer -contó Hermann, señalando a Thorvaldsen-. Lo hizo antes de oír nada la pasada noche.
La agitación del vicepresidente aumentó más aún.
– Lo cual plantea un montón de preguntas. Alfred, no cuestioné lo que querías hacer. Querías la Conexión Alejandría y la conseguiste. Fui yo quien se encargó de ello. No sé lo que hiciste con esa información ni quiero saberlo, pero es evidente que se ha convertido en un problema.
Hermann se frotaba la sien.
– Henrik, pagarás caro haberme golpeado. Nadie lo había hecho nunca.
El danés no estaba impresionado.
– Puede que ya fuera hora.
– Y tú, jovencito…
A Thorvaldsen se le hizo un nudo en la garganta. No pretendía poner en peligro a Gary.
– Alfred -terció el vicepresidente-, todo está en marcha. Vas a tener que ocuparte de esta situación.
El sudor perló la frente de Thorvaldsen al comprender el significado de esas palabras.
– Estos dos no dirán una sola palabra de lo que saben.
– ¿Matarías al chico? -inquirió Thorvaldsen.
– ¿Matarías tú a mi hija? Pues entonces, sí, lo mataría. -El anciano resoplaba, y sus ojos reflejaban la ira que sentía.
– No estás acostumbrado a esto, ¿eh, Alfred?
– Hostigarme no te servirá de nada.
Sin embargo, eso le estaba dando tiempo a Thorvaldsen, y ésa era la única jugada que se le ocurría. Se encaró con el vicepresidente.
– Brent Green era un buen hombre. ¿Qué le ha pasado?
– No soy su sacerdote, así que no lo sé. Supongo que vio las ventajas de asumir mi cargo. Estados Unidos necesita un liderazgo fuerte, gente que no tenga miedo de hacer uso del poder. Brent es así. Yo soy así.
– ¿Qué hay de los hombres con carácter?
– Ése es un término relativo. Yo prefiero verlo como que Estados Unidos se alía con la comunidad financiera mundial para conseguir metas de índole mutuamente beneficiosa.
– Es usted un asesino -espetó Gary.
Llamaron suavemente a la puerta, y Hermann fue a abrir. Uno de los hombres de seguridad del vicepresidente le dijo algo al oído al austríaco. Éste puso cara de extrañeza, asintió, y el de seguridad se marchó.
– El presidente está al teléfono -anunció Hermann.
La sorpresa inundó el rostro del vicepresidente.
– ¿Qué demonios…?
– El servicio secreto te ha seguido la pista hasta aquí. Tu equipo de seguridad informó de que estabas aquí conmigo y otras dos personas, una de ellas un chico. El presidente quiere hablar con todos nosotros.
Thorvaldsen se dio cuenta de que no tendrían elección: era evidente que el presidente sabía muchas cosas.
– También quería saber si yo tenía un manos libres -añadió Hermann mientras se dirigía al escritorio y presionaba dos botones.
– Buenos días, señor presidente -saludó el anfitrión.
– No creo que usted y yo nos conozcamos. Soy el presidente Danny Daniels y le hablo desde Washington.
– No, señor, así es. Encantado.
– ¿Está ahí mi vicepresidente?
– Aquí estoy, señor presidente.
– Y Thorvaldsen, ¿está usted ahí? ¿Con el hijo de Malone?
– El muchacho está conmigo -respondió Thorvaldsen.
– En primer lugar tengo una trágica noticia. Yo aún me estoy recuperando de ella. Brent Green ha muerto.
Thorvaldsen captó el instante de conmoción en el rostro del vicepresidente. Incluso Hermann se estremeció.
– Suicidio -puntualizó Daniels-. Se pegó un tiro en la cabeza. Me lo acaban de notificar hace unos minutos. Terrible. Estamos elaborando un comunicado de prensa en este mismo instante, antes de que estalle la historia.
– ¿Cómo ha ocurrido? -inquirió el vicepresidente.
– No lo sé, pero el hecho es que es así y él ya no está. También ha muerto Larry Daley. Un coche bomba. No tenemos idea de quiénes son los culpables.
Más consternación afloró al rostro del vicepresidente, y sus hombros parecieron hundirse un tanto.
– La situación es ésta -prosiguió el presidente-: dadas las circunstancias, no podré viajar a Afganistán la semana que viene. El país me necesita aquí y yo necesito que el vicepresidente ocupe mi lugar.
El aludido guardó silencio.
– ¿Hay alguien ahí? -preguntó Daniels, alzando la voz.
– Sí, señor -respondió el vicepresidente-. Estoy aquí.
– Excelente. Vuelva zumbando hoy mismo y prepárese para salir la próxima semana. Naturalmente, si no quiere efectuar ese viaje para ver a las tropas puede presentar su dimisión. Usted decide. Pero lo cierto es que yo preferiría que emprendiera el viaje.
– ¿Qué quiere decir?
– Ésta línea no es segura, así que dudo que quiera que diga lo que realmente pienso. Deje que le cuente un cuento, uno que solía contarme mi padre. Había una vez un pájaro que volaba al sur para pasar el invierno, pero quedó atrapado en una tormenta de hielo y cayó al suelo. Se congeló, pero por allí pasó una vaca que le cagó encima. La caca caliente lo descongeló, se alegro tanto que se puso a cantar. Un gato se acercó a ver qué era aquel alboroto, preguntó si podía ayudar, vio que era comida y se zampó al pájaro. Ésta es la moraleja de la historia: no todo el que te caga encima es tu enemigo; no todo el que acude en tu ayuda es tu amigo. Y si estás calientito y feliz, aunque sea en un montón de mierda, mantén el pico cerrado. ¿Me explico?
– Perfectamente, señor -repuso el vicepresidente-. ¿Cómo sugiere que justifique mi dimisión?
– Es peliagudo recurrir al siempre socorrido «pasar más tiempo con mi familia». Nadie en su posición se va por ese motivo. Veamos, el último vicepresidente que lo dejó se enfrentaba a una acusación. No podemos usar eso. Como es natural, no puede usted decir la verdad, que lo pillaron cometiendo alta traición. ¿Qué le parece: el presidente y yo ya no somos capaces de seguir trabajando juntos? Siendo el político consumado que es, estoy seguro de que elegirá las palabras con mucho cuidado, porque si oigo algo que no me guste contaré la verdad. Hable de discrepancias, comente nuestras diferencias, dígale a la gente que soy un capullo. Nada de eso me importa. Pero más le vale que no diga nada que yo no quiera oír.
Thorvaldsen observaba al vicepresidente: el hombre parecía querer protestar, pero comprendió que no le serviría de nada.
– Señor presidente -intervino Thorvaldsen-, ¿están bien Stephanie y Cassiopeia?
– Sí, Henrik. ¿Puedo llamarte así?
– Naturalmente.
– Han contribuido de manera decisiva a este desenlace.
– ¿Qué hay de mi madre y mi padre? -soltó Gary.
– Ése debe de ser el hijo de Cotton. Encantado de conocerte, Gary. Tu madre y tu padre están bien. Hace escasos minutos hablé con tu padre, lo cual me lleva a usted, Herr Hermann.
Thorvaldsen captó el desdén en la voz del presidente.
– Su hombre, Sabre, encontró la Biblioteca de Alejandría. A decir verdad quien lo hizo fue Cotton, pero él intentó arrebatársela. Sabre ha muerto, así que usted pierde. Tenemos la biblioteca, y le aseguro que ni un alma sabrá nunca dónde se encuentra. En cuanto a usted, Herr Hermann, será mejor que Henrik y el chico no tengan problemas para salir de su château. Y no quiero volver a saber nada de usted, de lo contrario haré que los israelíes y los saudíes sepan quién orquestó todo esto. Imagine la que se le vendrá encima. No encontrará lugar alguno donde esconderse.
El vicepresidente se dejó caer en una de las sillas.
– Una cosa más, Hermann: ni palabra de esto a Bin Laden y los suyos. Queremos cogerlos la semana que viene, mientras esperan mi avión. Si no están allí con los misiles listos, enviaré a mis comandos para que lo eliminen a usted.
Hermann no dijo nada.
– Asumiré que su silencio significa que me ha comprendido. Como ve, esto es lo bueno de ser el líder del mundo libre: tengo a un montón de gente dispuesta a hacer lo que yo quiero. Gente capaz en muchos sentidos. A usted le dieron dinero; a mí, poder.
Thorvaldsen no conocía al presidente norteamericano, pero ya le caía bien.
– Gary -dijo éste-, tu padre estará de vuelta en Copenhague dentro de un par de días. Y, Henrik, gracias por todo lo que has hecho.
– No estoy muy seguro de haber sido de utilidad.
– Hemos ganado, ¿no? Y eso es lo que cuenta en este juego.
La comunicación se cortó.
Hermann guardaba silencio, y Thorvaldsen señaló el atlas.
– Esas cartas son inútiles, Alfred. No puedes demostrar nada.
– Lárgate.
– Con mucho gusto.
Daniels tenía razón: el juego había terminado.
Washington, DC
Lunes, 10 de octubre
8:30
Stephanie se sentó en el Despacho oval. Había estado allí muchas veces, la mayoría sintiéndose incómoda. No así ese día. Ella y Cassiopeia habían ido a reunirse con el presidente Daniels.
A Brent Green lo habían enterrado el día anterior en Vermont, con honores. La prensa había elogiado su carácter y sus logros. Demócratas y republicanos dijeron que se le echaría en falta. El propio Daniels hizo un panegírico, un emotivo homenaje. A Larry Daley también lo enterraron, en Florida, sin fanfarria. Sólo asistieron familiares y algunos amigos. Stephanie y Cassiopeia también acudieron.
Era curioso cómo Stephanie había malinterpretado a ambos hombres. Daley no era ningún santo, pero tampoco un asesino o un traidor. Había intentado detener lo que estaba sucediendo. Por desgracia lo que estaba sucediendo lo detuvo a él.
– Te quiero de vuelta en el Magellan Billet -le dijo Daniels a Stephanie.
– Puede que le resulte difícil de explicar.
– Yo no he de dar explicaciones. Nunca quise que te fueras, pero en su momento no tenía elección.
Ella quería recuperar su empleo, le gustaba lo que hacía. Sin embargo había otra cuestión pendiente:
– ¿Qué hay de los sobornos al Congreso?
– Ya te lo dije, Stephanie, no sabía nada. Pero el tema se acaba aquí y ahora. Sin embargo, al igual que con Green, el país no sacará nada bueno de un escándalo así. Pongámosle fin y pasemos página.
Ella no estaba muy segura de que Daniels no fuera cómplice en lo de los sobornos, pero convino en que era lo mejor.
– ¿Nadie sabrá nunca nada de lo que ha pasado? -preguntó Cassiopeia.
Daniels se hallaba sentado a su mesa, los pies apoyados en el borde, su corpachón recostado en la silla.
– Ni una palabra.
El vicepresidente había dimitido el sábado, aduciendo diferencias políticas con el presidente. La prensa pedía a voces su comparecencia ante las cámaras, pero hasta el momento había sido en vano.
– Imagino que mi ex vicepresidente intentará labrarse una reputación por sí mismo -comentó Daniels-. Habrá algunas discusiones públicas entre nosotros por cuestiones políticas, cosas así. Puede que incluso pruebe suerte en las próximas elecciones. Pero no temo esa batalla. Y, hablando de batallas, necesito que vigiles a la Orden del Vellocino de Oro. Esos tipos son problemáticos. Les hemos asestado un buen golpe, pero volverán a levantarse.
– ¿E Israel? -inquirió Cassiopeia-. ¿Qué hay de ellos?
– Tienen mi promesa de que nada saldrá nunca de la biblioteca. Sólo Cotton y su ex mujer saben dónde está, pero ni siquiera mencionaré eso en parte alguna. Dejemos que esa maldita cosa permanezca oculta. -Daniels miró a Stephanie-. ¿Tú y Heather habéis hecho las paces?
– Ayer, en el funeral. Daley le gustaba de veras. Me contó algunas cosas de él que yo desconocía.
– Lo ves, no deberías ser tan crítica. Green ordenó la muerte de Daley después de estudiar esas memorias USB, que demostraban que había fugas en el sistema, y él actuó para atajarlas. Heather es una buena agente, hace su trabajo. Green y el vicepresidente habrían aniquilado Israel. No les importaba nada un carajo, salvo ellos mismos. Y tú pensabas que yo era un problema.
Stephanie sonrió.
– También me equivoqué en eso, señor presidente.
Daniels apuntó a Cassiopeia.
– ¿Volverá a su castillo en Francia?
– Llevo ausente algún tiempo. Mis empleados probablemente se pregunten dónde me meto.
– Si son como los míos, mientras sigan llegando los cheques estarán contentos. -Daniels se levantó-. Gracias a las dos por lo que hicisteis.
Stephanie siguió sentada. Presentía algo.
– ¿Qué es lo que no está diciendo?
Los ojos de Daniels brillaban.
– Probablemente un montón de cosas.
– Se trata de la biblioteca. Hace un momento se ha mostrado muy displicente con ella. No va a dejar que siga oculta, ¿no?
– Yo no soy quién para decidirlo. Es otro el que está a cargo, y todos sabemos de quién se trata.
Malone oyó que las campanas de Copenhague daban ruidosamente las tres de la tarde. En la plaza Højbro reinaba el habitual bullicio de esa hora. Él, Pam y Gary se encontraban sentados a una mesa en una terraza, acababan de terminar de comer. Él y Pam habían regresado de Egipto el día anterior, en avión, tras pasar el sábado con los Guardianes, rindiendo homenaje a George Haddad.
Malone pidió la cuenta.
A unos cincuenta metros estaba Thorvaldsen, supervisando las reformas de la librería y la casa de Malone, que se habían iniciado la semana anterior, mientras ellos se hallaban fuera. Los andamios recorrían los cuatro pisos de la fachada, y un aluvión de obreros entraba y salía sin parar.
– Voy a despedirme de Henrik -dijo Gary. Se levantó de la mesa y se abrió paso entre la multitud.
– El sábado fue un día triste por lo de George -observó Pam.
Él sabía que la mente de ella aún rumiaba multitud de cosas. No habían hablado mucho de lo sucedido en la biblioteca.
– ¿Estás bien? -le preguntó.
– Maté a un hombre. Era un mierda, pero así y todo lo maté.
Él no dijo nada.
– Te levantaste -prosiguió ella-. Te enfrentaste a él sabiendo que yo estaba allí detrás. Sabías que dispararía.
– No estaba seguro de lo que harías, pero sabía que intentarías algo, y eso era lo único que necesitaba.
– Nunca antes había disparado un arma. Cuando Haddad me dio la suya me dijo que apuntara y disparara, sin más. Él también sabía que lo haría.
– Pam, no le des más vueltas. Hiciste lo que debías.
– Como tú todos esos años. -Ella se detuvo-. Hay algo que quiero decir, y no es fácil.
Él esperó.
– Lo siento. De veras, por todo. Nunca supe por lo que pasabas en esos mundos de Dios. Creía que tenía que ver con tu ego, con hacerte el machito. Sencillamente no lo entendía. Pero ahora lo entiendo. Estaba equivocada. En muchas cosas.
– Pues ya somos dos. Yo también lo siento. Siento todo lo que salió mal todos esos años.
Ella alzó las manos.
– Vale, creo que ya hemos tenido suficientes emociones.
Malone extendió la mano.
– ¿Hacemos las paces?
Ella aceptó el gesto.
– Claro.
Pero entonces Pam se inclinó hacia delante y le dio un suave beso en los labios. Malone no se lo esperaba, y la sensación le produjo un escalofrío.
– Y esto ¿por qué?
– No te hagas ilusiones. Creo que ambos estamos mejor divorciados, pero eso no significa que no recuerde ciertas cosas.
– ¿Qué te parece si ninguno de los dos olvidamos?
– Me parece bien -contestó ella. Y, tras una pausa, añadió-: ¿Y Gary? ¿Qué hacemos? Necesita saber la verdad.
Él ya se había planteado ese dilema.
– La sabrá, pero démosle algo de tiempo. Después mantendremos los tres una charla. No estoy seguro de que cambie mucho las cosas entre nosotros dos pero es cierto: tiene derecho a la verdad.
Malone pagó la cuenta y los dos fueron a reunirse con Thorvaldsen y Gary.
– Voy a echar de menos a este muchacho -admitió Henrik-. Formamos un buen equipo.
Malone y Pam sabían todo cuanto había ocurrido en Austria.
– Creo que ya ha tenido suficientes intrigas -apuntó Pam.
Malone estuvo de acuerdo.
– Has de volver al instituto. Lo que has vivido ya es bastante malo. -Vio que Thorvaldsen entendía a qué se refería. Lo habían hablado el día anterior. Y aunque le inquietaba la idea de Gary enfrentándose a un hombre que sostenía una pistola, en el fondo se sentía orgulloso. Por las venas del chico no corría la sangre de Malone, pero éste le había transmitido lo bastante a su hijo para que fuera suyo en todo cuanto era importante-. Es hora de que os vayáis.
Los tres se dirigieron hacia un extremo de la plaza, donde Jesper aguardaba con el coche de Thorvaldsen.
– Tú también has tenido suficientes intrigas, ¿eh? -le preguntó Malone a Jesper.
El hombre se limitó a sonreír y asentir. Thorvaldsen le había contado el día anterior que dos días con Margarete Hermann habían sido más que suficientes para Jesper. La soltaron el sábado, cuando el danés y Gary volaron de vuelta a Dinamarca. Como Thorvaldsen había dicho, la relación entre el padre y la hija no era precisamente envidiable. Cierto, la sangre los unía, pero no mucho más.
Malone le dio un abrazo a su hijo y le dijo:
– Te quiero. Cuida de tu madre.
– Para eso no me necesita.
– No estés tan seguro.
Acto seguido miró a Pam.
– Si alguna vez me necesitas ya sabes dónde encontrarme.
– Lo mismo digo. Aunque sólo sea eso, podemos cuidarnos uno al otro.
No le habían contado a Gary lo que había pasado en el Sinaí, y no lo harían. Thorvaldsen había decidido tomar a los Guardianes bajo su tutela y proporcionarles fondos para mantener el monasterio y la biblioteca. Ya había en marcha planes para catalogar electrónicamente los manuscritos. Además captarían a más gente para engrosar las filas de los Guardianes. Al danés le entusiasmó la perspectiva de echar una mano y estaba deseando visitar el lugar.
Sin embargo todo seguiría permaneciendo en secreto.
Thorvaldsen le había asegurado a Israel que nada trascendería, y dado que también contaban con las garantías de Estados Unidos, los judíos parecían satisfechos.
Pam y Gary subieron al coche. Malone se despidió de ellos mientras el vehículo desaparecía entre el tráfico, en dirección al aeropuerto. Después se abrió paso entre la gente y volvió con Thorvaldsen, que observaba cómo los trabajadores retiraban escombros de su edificio.
– ¿Ha acabado todo? -preguntó Henrik.
Él sabía a qué se refería su amigo.
– Ese mal bicho ya no está.
– El pasado puede devorarte el alma.
Malone opinaba lo mismo.
– O ser tu mejor amigo.
Él supo por dónde iba Thorvaldsen.
– Será asombroso ver lo que hay en esa biblioteca.
– A saber qué tesoros nos esperan.
Contempló a los hombres de los andamios, que limpiaban con vapor el hollín de la fachada del siglo xvi.
– Quedará igual de bien que antes -aseguró Thorvaldsen-. Restablecer las existencias es cosa tuya. Tendrías que comprar un montón de libros.
Él lo estaba deseando. A eso se dedicaba: era librero. Sin embargo había aprendido una lección en los últimos días. Sopesó de nuevo cómo se habían visto amenazados los suyos y lo que de verdad importaba. Señaló el edificio.
– Eso son bagatelas.
El danés le dedicó una sonrisa comprensiva.
– Sólo son cosas, Henrik. Nada más. Cosas.