EPÍLOGO
Carta del autor vivo a Marusia Tataróvich
¡Musia!
Me has preguntado bastante a menudo si no seré impotente. Me temo que aún no.
Y si lo soy, el hecho merece, al menos, un comentario.
Permíteme decirte que mi impotencia se llama Yelena, Nika, madre. Creo que está claro.
Sí, estoy atado. Pero mucho más serio es el hecho de que amo mis ataduras, lazos, cadenas, yugos, cepos o espuelas, y con todo el alma…
Tú eres un personaje, yo, el autor. Tú eres mi antojo. Todo lo que oyes lo pronuncio yo. Todo lo que ha pasado, lo he vivido yo.
Yo soy el autor. Vengativo, humillado, inútil, cruel, como se quiera, pero el autor.
Aquellos que he conocido viven en mí. Ellos son mi neurastenia, mi rabia, mi aplomo, mi temeridad. Y así sucesivamente.
Pues la guerra más sanguinaria es la que libran los fantasmas.
Yo soy el autor y vosotros mis personajes. Y vivos no os hubiera querido tanto.
No sé si me creerás, pero a veces casi grito: "¡Oh, Dios del cielo! ¡Qué honor! ¡Qué inmerecida bondad la tuya: saber el alfabeto ruso!".
En una palabra, estamos en paz. ¡Que Dios os dé suerte! Y todo lo que se dice en estos casos.
Y si, Musia, Dios no existe, entonces no habrá más remedio que actuar por ti misma.
Y aquí ponemos el punto final. Punto. ■