TRAS EL NAUFRAGIO
































En el aeropuerto esperaban a Marusia Lora y Fima. Lora era su prima por parte de madre. La madre de Lora, tía Nadia, trabajaba de simple correctora. Su marido, el tío Saveli, daba clases de gimnasia.

Lora llevaba el apellido de su padre: Melinder.

Los Tataróvich no despreciaban a los Melinder. A veces se llevaban a Lora a la dacha. Y en contadas ocasiones visitaban a sus parientes en Dergachevo. Marusia le regalaba a su prima vestidos y jerseys. Y al hacerlo le decía:

—El azul quédatelo, el verde aún lo llevaré un poco…

A Marusia ni se le pasaba por la cabeza que Lora pudiera ofenderse.

Lo cierto es que las primas no eran amigas. Marusia era una muchacha guapa y frívola. Lora una chica leída y callada. De su cara triste se decía que era bíblica.

La vida de Marusia transcurría ruidosa y alegre. La existencia de Lora era pausada y tediosa.

Marusia se quejaba:

—¡Todos los hombres son tan descarados!

Lora levantaba fríamente las cejas y replicaba:

—Pues lo que es mis conocidos, se comportan correctamente.

Y oía a modo de respuesta:

—¡Mírala, de qué presume!

Los Tataróvich no evitaban a los Melinder. Sólo que los Melinder pertenecían a otro ambiente social. En los viejos tiempos a esto se llamaba parientes pobres. De modo que las primas se veían muy poco.

Musia oyó de alguien que Lora se había casado. Que su marido era un ayudante llamado Fima. Pero no lo conoció hasta llegar a América…

La emigración fue para Lora y Fima su viaje de novios. Decidieron instalarse en Nueva York. Al cabo de un año ya hablaban soportablemente el inglés. Fima se inscribió en unos cursos de contable, Lora se colocó de aprendiz con una manicura.

Las cosas les iban fantásticamente. Al cabo de unos meses ambos consiguieron trabajo. Fima se colocó en una poderosa corporación textil. Lora trabajaba en una peluquería con clientas americanas. Lora decía:

—Casi no trabajamos con rusas. Nuestros precios son demasiado altos.

Lora ganaba quince mil al año. Fima, el doble.

Al poco se compraron una casa. Era un pequeño edificio de ladrillo en Forest Hills. Entonces las viviendas en aquel barrio no eran muy caras. Por lo general allí vivían coreanos, indios y árabes. Fima decía:

—Con los rusos prácticamente no nos tratamos…

Fina y Lora se enamoraron de su casa. Fima arregló él mismo la canalización y el tejado. Luego puso corriente en el garaje. Lora entretanto compraba cortinas y objetos de cerámica.

La casa era acogedora, hermosa y relativamente barata. El periodista Zaretski, al que Lora conoció en el HIAS, la llamaba "mausoleo". El viejo sentía franca envidia por el bienestar de los demás…

Lora y Fima eran una joven pareja feliz. La felicidad era para ellos algo tan natural y orgánico como la salud. Les parecía que todas las cosas desagradables se daban entre la gente enferma.

Lora y Fima oían que algunos emigrantes vivían mal. Seguramente sería gente poco sana, con un carácter horrible. Como el del periodista Zaretski.

Lora y Fima vivían en concordia. Vivían tan bien que a veces Lora exclamaba:

—¡Fimka, qué feliz soy!

Vivían tan bien que a veces se inventaban algunos disgustos. Por la noche Fima frunciendo el ceño decía:

—Esta mañana he estado a punto de atropellar a un ciclista.

Lora ponía ojos de asustada.

—Ve con cuidado. Te lo ruego, ve con más cuidado.

—No te preocupes, Lórik. ¡Tengo unos reflejos excelentes!

—¿Y el ciclista? —preguntaba Lora.

Solía pasar que Fima llegaba a casa con cara culpable.

—¿Estás disgustado? —preguntaba Lora—. ¿Qué sucede?

—¿No te enfadarás conmigo?

—Di; si no, me pongo a llorar.

—Júrame que no te enfadarás.

—Habla.

—Pero no te enfades. Te he comprado unas botas italianas.

—¡Estás loco! ¿No decidimos que íbamos a ahorrar? Enséñamelas…

—Es que me entraron unas ganas tan locas. Hasta el color es original… Un marrón…

Aquel sábado por la mañana Fima y Lora se tomaron un largo desayuno. Luego fueron de compras. Después vieron la televisión. Luego se durmieron en la veranda. Más tarde alguien llamó al timbre. Era un telegrama de Viena. Marusia llegaba por la mañana, en el vuelo 264. A las siete y media había que salir para el aeropuerto.

La recibieron con alegría. Ya la primera noche se quedaron charlando hasta las tres. La televisión estaba apagada. Fima preparaba cócteles. Marusia y Lora primero se instalaron en la alfombra. Lora dijo: "Así es más agradable".

Pero luego se trasladaron al sofá.

Lora le preguntaba por décima vez:

—Pero ¿por qué te has marchado? Y además con un niño pequeño.

—No lo sé. Salió así.

—Que se vayan los disidentes, los judíos, o, por ejemplo, los criminales, lo entiendo…

—Siempre estaba de mal humor.

—¿Cómo?

—Tenía la impresión de que ya lo había tenido todo…

Marusia quería que la comprendieran. Aunque muchas cosas no las entendía ni ella misma.

—Así era, lo tenías todo: diversiones, admiradores, vestidos… Y de pronto, vas y te marchas.

—Tuve un sueño.

—¿A ver?

—Me salían unas alas. Luego parecía que volara sobre la ciudad y fuera apagando todas las bombillas.

—¿Bombillas? —se interesó Fima—. Está muy claro. Según Freud esto significa insatisfacción sexual. Las bombillas simbolizan el pene.

—¿Y las alas?

—Las alas —contestó Fima— también simbolizan el pene.

Marusia replicaba:

—Por lo que cuentas, vuestro Freud no es peor que Razudálov. Sólo tiene eso en la cabeza…

—Pero, de todos modos —preguntaba Lora—, dime, ¿por qué te marchaste? La política no te decía nada. Materialmente estabas bien. El antisemitismo no te afectaba.

—¡Sólo faltaba!

—Entonces, ¿de qué se trata?

—Pues de nada. Me marché y ya está. Me apeteció verte a ti… A Fima…

Sonaba el tocadiscos. El hielo tintineaba acogedor en los vasos. Olía a pan caliente, recién tostado. Tras las ventanas reinaba la oscuridad.

Por la noche les entró hambre.

—Fima, cielo, tráenos el cake de la nevera.

A Lora le resultaba agradable que su casa se viera cómoda y descuidadamente arreglada. Que de las paredes colgaran litografías de Shemiakin y que en la nevera hubiera tarta. Tener en el garaje un coche japonés y que los armarios se hallaran llenos de ropa de calidad.

Ya a la mañana siguiente Lora le decía a su marido:

—Que se quede en casa. Que se quede cuanto quiera… No quiero vengarme de las humillaciones que he sufrido de joven. No quiero hacerle patente mi superioridad… Estaremos por encima de esto… Le responderemos con el bien al mal que me ha hecho… ¿En qué piensas?

—¿En qué? ¡En lo maravilloso que es tenerte a ti!

—Y yo, cariño, ¡a ti!

Lora le regaló a Marusia un suéter y unas zapatillas. Marusia ni siquiera se las probó.

Lora le ofreció a Marusia y al niño una habitación aparte. Marusia ni siquiera le dio las gracias.

Lora le propuso: "Toma de la nevera todo lo que te apetezca". Pero Marusia se conformaba con las patatas chips.

Los teatros no le interesaban. En las tiendas sólo miraba los juguetes para niños. El Broadway nocturno le pareció ruidoso y sucio.

Así pasó una semana.

El sábado llegó un invitado: G. K. Applebaum, un gordinflón desinhibido y parlanchín. Era manager en la corporación donde trabajaba Fima. Los cuatro asaron salchichas en el patio posterior y bebieron Budweiser.

Esta vez G. K. vino solo. Antes, le contó Lora, solía venir con su novia, Karen Roach.

A la pregunta: "¿Y Karen?", el manager respondió:

—Me ha dejado. Me he sentido desesperado. Me he comprado un coche nuevo y mudado de casa. Ahora soy feliz…

Marusia le gustó. Applebaum quiso aprender ruso. Marusia le cantó unas cuantas coplas. Por ejemplo esta:


Construyeron un cohete,

a la Luna ha de llegar.

Yo en aquel sin par cohete

a mi esposa he de mandar…

Fima tradujo el contenido.

Cuando Applebaum se despidió y se fue, Marusia dijo:

—¡Para mí que es un cretino!

Lora se indignó.

—Simplemente G. K. es un típico americano con los nervios sanos. Si los rusos no hacen más que sufrir y quejarse, los americanos son de otra pasta. La mayoría son optimistas por principio…

Lora le explicaba a Musia:

—En América se valora a los fuertes, bellos y desvergonzados. Es un país de hombres de acción y de gente que sabe lo que quiere. Los americanos desprecian sin excepción a los fracasados. Aquí uno puede contar sólo consigo mismo…

—En América —tomó la palabra Fima— hay que cambiarse de ropa cada día. Una vez olvidé cambiarme y Applebaum me preguntó: "¡¿Dónde has pasado la noche, amigo?!".

Durante el día Marusia cuidaba de Liova, que no le daba demasiado trabajo. Y más cuando, en lugar de los pañales de ropa, Marusia empleaba unos desechables, cómodos y baratos.

Estos pañales desechables fue lo primero que Marusia apreció de Occidente. Además, le gustaban las patatas chips, los pistachos y los multicolores platos de papel. Comes, los usas y a la basura…

Musia se sentía intranquila. Tenía que buscar urgentemente trabajo. Y más cuando mandó a Liova a una guardería.

Primero el chico lloraba, pero a la semana ya hablaba en inglés.

En cambio, Marusia no paraba de pensar en qué podía hacer. En la URSS Marusia era una intelectual de amplio espectro. Podía trabajar donde quisiera. Desde en el Ministerio de Cultura hasta en un periódico local.

¿Pero aquí? ¿En el cine, la televisión, la radio, un periódico? En todas partes necesitaba, al menos, saber inglés.

Programadora no quería ser. Enfermera o criada, aún menos. Le irritaban por igual los números, las enfermedades ajenas y los niños de los demás.

Atrajo su atención el anuncio de unos cursos de joyería. En principio la cosa estaba relacionada con las joyas, y de joyas Marusia entendía.

Los cursos de joyería ocupaban todo el tercer piso de un gran edificio de bloques algo siniestro en la calle Catorce. Regentaba el centro mister Higby, un hombre con la apariencia de un oficial moderadamente aficionado a la bebida. Este le dijo a Marusia a través de un traductor:

—He estudiado diez años para pintor y me he convertido en un desgraciado joyero. ¡¿Esto es vida?!

En el taller trabajaba de traductor un emigrante de Borísopol, Lionia. Tenía intención de abrir en un futuro una tienda de artículos de joyería. Lionia decía:

—En esto siempre me ganaré honradamente mis copecs… Todos los aprendices se dividieron en grupos. A cada uno se le entregaba un juego de instrumentos. Y cada uno tenía en su mesa un soldador, un torno y un soporte.

En una esquina zumbaba sin cesar una tetera niquelada. Junto a ella se alzaba una estantería de roble. Allí, en unas cajitas especiales, se guardaban los trabajos de los antiguos alumnos. A Marusia le parecieron sosos. Cierto Barry Lewis forjó en plata unos órganos genitales en miniatura…

Cada grupo tenía su maestro. A Marusia le tocó pan Wenceslav Glinski, un fugitivo de Cracovia. El hombre no paraba de fumar en todo el día, dejando caer la ceniza sobre los pantalones.

De hecho no se daban clases. Cada cual hacía lo que quería. Unos soldaban, otros perforaban y unos terceros recortaban figurillas de hojalata.

Entre los aprendices había varios negros. Estos se pasaban las horas escuchando música sin dejar de balancearse sobre los taburetes. Junto a cada uno de ellos se encontraba un transistor. De vez en cuando a Marusia le llegaba un extraño olor. El traductor Lionia le explicó que era marihuana.

El vecino de Marusia era un chino callado y afable. El hombre hacía una delgada trenza con unos cables de cobre. Marusia se dedicó a lo mismo.

Luego recortó una letra "M". Pulió las esquinas con una lima y le hizo un agujero especial para poder pasar la cadenilla. En suma, le salió un colgante. El chino lo miró y meneó con aprobación la mano.

A espaldas de Marusia se detuvo pan Wenceslav. Se quedó varios segundos callado, luego pronunció:

—¡Genial!

Y dejó caer sobre la manga de Marusia una gris columna de ceniza…

El jueves Marusia recibió 73 dólares. Algo parecido a una beca de estudios. Con el dinero le compró a Liova una moto de cuerda; a su prima, flores, y a Fima medio galón de whisky. Los restantes cuarenta dólares los quiso destinar a los gastos de la casa.

Lora no quería aceptar el dinero. Marusia insistía:

—Igualmente os debo mucho dinero.

—Cuando trabajes —decía Fima— nos lo devolverás con intereses…

Temprano por la mañana Marusia salía corriendo hacia la estación del metro. Luego transcurría cerca de una hora de retumbante y pavoroso viaje subterráneo por Nueva York. Su porción diaria de pánico.

Nueva York era para Marusia un suceso, un concierto y un espectáculo. Se convirtió en una ciudad tan sólo al cabo de un mes o dos. Paulatinamente, de entre el caos empezaron a destacar figuras, colores, sonidos. El ruidoso cruce comercial de pronto se descompuso en un puesto de verduras, una cafetería, una agencia de seguros y una tienda de delicatessen. La cola de automóviles en el bulevar se convirtió en una parada de taxis. El olor a pan caliente se fundió para siempre con el abigarrado anuncio Bakery. Se estableció una conexión entre el tropel de niños y el edificio de dos pisos de ladrillo de la escuela…

Nueva York le producía un sentimiento de irritación y miedo. Marusia tenía ganas de aparecer tan descuidada, segura y ágil como los jóvenes de color con sus camisetas rotas y las ancianas bajo sus paraguas. Quería recibir con indiferencia el estruendo de los transistores y el hedor amoniacal del subzvay. Quería odiar esta ciudad con tanta sencillez y convencimiento como uno se puede odiar a sí mismo…

Marusia envidiaba a los niños, a los pordioseros, a los policías, a todos los que se sentían parte de la ciudad. Envidiaba incluso a pan Glinski, que dormía mientras viajaba en el metro y no temía a los gamberros negros. El hombre decía que los comunistas daban diez veces más miedo…

Del metro a las clases de joyería la separaban trescientos ochenta y cinco pasos. A veces, si corría, eran trescientos ochenta. Trescientos ochenta pasos por entre una multicolor, festiva y aullante multitud. Entre nubes de hedor a gasolina, humo de cigarrillos y olor de freidurías callejeras. A lo largo de aceras llenas de desechos y de vitrinas rutilantes e insulsas. Bajo los gritos de los vendedores ambulantes, el ulular de las sirenas y el inacabable retumbar de tambores…

La dosis diaria de miedo e inseguridad…

Las clases de joyería se acabaron el miércoles.

Al principio todo iba normal. Musia puso al rojo sobre el fuego una placa de latón. Sujetándola con unas pinzas alargó la mano para tomar la resina. La placa se escurrió, dibujó en el aire una parábola y seguidamente desapareció sin dejar huella. Al poco, de la caña de la bota laqueada de Marusia empezó a subir un humillo.

Al siguiente segundo el grito de Marusia ahogó los penetrantes aullidos de los transistores. La cremallera, como es natural, no cedía. Los que la rodeaban no entendían qué pasaba.

La historia podía haber acabado bastante mal, de no ser por Schuster.

En los cursos Schuster se encargaba de la limpieza. Antes de emigrar había entrenado en Riga a la selección juvenil de boxeo. A sus cincuenta años conservaba su dinamismo, su abultada musculatura y cierta agresividad. Los negros lo irritaban.

Schuster se dedicaba todo el día a limpiar. Barría el suelo, llenaba la tetera, movía las sillas. Cuando se acercaba con la fregona, los alumnos se levantaban para no molestar. Todos, menos los negros.

Los jóvenes de color seguían fumando y balanceándose sobre los taburetes. Eran orgánicamente insensibles a cualquier llamada del deber.

Schuster esperaba el momento. Acto seguido se acercaba más, dejaba a un lado la fregona y en una lengua extraña y amenazadora lanzaba:

—¡Up, coño!

Su rostro se cubría de un delicado y pavoroso rubor:

—¡Que estoy hablando con vosotros! ¡Up, coño!

Y al cabo de otro segundo:

—¡No quiero tener que repetirlo! ¡¿Up?! ¡¿O no up?!

Los muchachos negros se levantaban con desgana murmurando:

—¡OK, OK!

—Comprenden —rezongaba contento Schuster—, aunque sean del sur…

De modo que cuando Marusia se puso a gritar apareció Schuster. Dándose cuenta al instante de lo que pasaba, sacó del bolsillo posterior una petaca de brandy. Y luego, sin dudarlo un instante, la vació dentro de la bota de Marusia. Todos oyeron, cada vez más apagado, el silbido.

Acto seguido Schuster desgarró la cremallera atrancada. Marusia lloraba en silencio.

—Enséñele la pierna a un médico —le dijo Schuster—. Aquí mismo, al lado, hay una clínica.

—Enséñemela a mí —propuso interesado pan Glinski, que surgió de no se sabe dónde.

Pero Schuster lo apartó con el hombro.

El médico, tras examinar la herida, le dio permiso para abandonar la clase. Marusia, coja, se fue a casa y decidió no volver…

Ante la decisión de Marusia, Fima y Lora reaccionaron con normalidad, incluso con nobleza.

Lora le dijo:

—Techo tienes. Hambre no pasarás. De modo que no pierdas los nervios y dedícate al inglés. Algo saldrá.

Y Fima añadió:

—Pero ¿cómo vas a ser joyera, si tú misma eres una joya?

—¡Lástima que nadie la quiera! —se rio Marusia…

Así se convirtió en ama de casa.

Por la mañana Lora y Fima salían corriendo al trabajo. Fima se marchaba en su coche. Lora corría a la parada de autobús.

Al principio Marusia se propuso prepararles el desayuno. Pero pronto se vio claro que era inútil. Fima tomaba una taza de café soluble y Lora se comía una manzana sobre la marcha.

De modo que se despertaba pasadas las nueve. Liova ya estaba sentado viendo la tele. Para desayunar se tomaba un puñado de copos de maíz con leche.

Luego se iban a la guardería. De regreso a casa, Marusia hojeaba largo rato un periódico ruso. Leía atentamente los anuncios.

En Manhattan se abrían unos cursos para peluqueras. Una compañía de seguros pedía agentes jóvenes y agresivos. Un club nocturno ruso necesitaba camareras, preferentemente hombres. Así estaba escrito: "camareras, preferentemente hombres".

Todo esto era real, pero poco atrayente. ¿Cortar el pelo a alguien? ¿Asegurar a Dios sabe quién? ¿Servir entremeses a cualquiera?

Aparecían anuncios como el siguiente:

"Gentleman acomodado ansia conocer a una mujer culta de cualquier edad. Se ruega mandar foto".

Y abajo, con letra más pequeña, una nota: "Abstenerse las de Jarbín[17]".

¿Qué quería decir "las de Jarbín abstenerse"?, pensaba asombrada Marusia. ¿Cómo entenderlo? ¿A lo mejor él mismo era de Jarbín? ¿Puede que todo Jarbín lo conociera como el mayor de los mangantes y estafadores?

Gentleman acomodado ansia conocer a una mujer culta de cualquier edad… Se ruega mandar foto…

¿Para qué querrá la foto?, pensaba Marusia. ¿Para llevarse un disgusto?

Por la mañana iba a la tienda, lavaba y hacía lo posible por aprender inglés. Alas tres recogía a Liova. Fima y Lora regresaban a las seis. Y el resto del día transcurría frente a la televisión con una copa.

Los sábados iban a la ciudad. Paseaban por los museos. Comían en restaurantes japoneses. Vieron un musical con Yul Brynner.

Pasó septiembre, llegó el otoño. Y sin embargo en los parques verdeaba el césped y durante el día hacía calor, como en mayo…

Marusia pensaba cada vez más a menudo en el futuro.

¿Cuánto tiempo más podía depender de Lora? ¿Cuánto se podía vivir a costa de los demás? ¿Bajo techo ajeno? En una palabra, ¿hasta cuándo podía durar todo aquello?

Marusia se sentía como en una casa de campo de unos parientes. Tarde o temprano había que ir a casa.

Pero ¿adonde?

De momento Marusia tenía qué comer, buena salud. Ropa no le faltaba. El dinero para sus gastos estaba en una caja de pasteles. Aquello, más que vida, era como descansar en un sanatorio para jerarcas del partido. ¿Y para esto había valido la pena viajar a la otra punta del mundo?

Lo cierto es que el sentimiento de alarma crecía de día en día…

En una ocasión Marusia escribió la siguiente carta a sus padres:

"Queridos mamá y papá:

Me imagino cómo me estaréis riñendo, aunque no vale la pena. Lo cierto es que no tengo nada que contaros. Absolutamente nada.

Lazar voló a su patria histórica, donde, con perdón, sólo hay judíos. Pero él dice que no pasa nada, que ya se las arreglará.

¿Qué más os puedo decir?

Viena es una ciudad tranquila junto a un río. La gente no paraba de decir: Donau, Donau… Resulta que no era más que el Danubio.

Dicen que tiene un teatro de ópera. Aunque yo no lo he visto.

La gente se viste peor que en nuestro teatro, pero mejor que en la calle.

En Austria pasamos tres semanas. Casi no salimos del hotel. Junto a la puerta hacían guardia esas: las que no lo hacen porque sí, sino por dinero. Espero que me entendáis. Una llevaba todo el c… al aire. Papá se hubiera quedado de piedra. En este sentido, libertad hay más que bastante.

A Liova le compré unos calcetines de lana y una chaqueta. Para mí nada.

El vuelo a América duró cerca de siete horas. En el avión nos pasaron una película. ¿Cuál?, os preguntaréis. Nunca lo adivinaríais: Los siete magníficos. ¿Valía la pena haberse ido tan lejos?

Me he instalado en casa de Lora y Fima. Liova va al jardín infantil. Y yo no paro de pensar en qué hacer.

Aquí hay aún más libertad que en Austria. En unas tiendas especiales venden órganos de caucho. ¿Comprendéis? Mamá seguro que se hubiera desmayado.

En América hace ya tiempo que no linchan a los negros. Ahora las cosas son al revés. En una palabra, todavía no me he orientado. Escribiré pronto. También vosotros escribid.

Os abraza vuestra inconsciente hija Maria".

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