Jueves, 15 de mayo, 10:15
Knoll dejó su hotel y tomó un tren marta que lo acercaría a los juzgados del condado de Fulton. La información de la kgb que había robado en la depositaría de registros de San Petersburgo indicaba que Rachel Cutler era abogada, e incluía la dirección de su trabajo. Pero una visita al bufete el día anterior le había revelado que había dejado aquel trabajo cuatro años antes de ser elegida jueza del tribunal superior. La recepcionista había sido de lo más cortés y le había proporcionado su nuevo número de teléfono y la situación de su despacho en el juzgado. Knoll decidió que una llamada sería respondida con un rápido rechazo. Una visita cara a cara y sin anuncio previo parecía el mejor procedimiento.
Habían pasado cinco días desde que matara a Karol Borya. Tenía que cerciorarse al menos de lo que sabía la hija acerca de la Habitación de Ámbar. Quizá su padre le hubiera mencionado algo a lo largo de los años. Quizá ella supiera algo sobre Chapaev. Era una apuesta arriesgada, pero se estaba quedando sin pistas rápidamente y necesitaba agotar todas las posibilidades. Un rastro que hacía poco le había parecido prometedor se difuminaba a ojos vista.
Entró en un ascensor repleto y subió hasta la sexta planta del jugado. Los pasillos daban a salas de audiencias atestadas y despachos atareados. Vestía el traje de color gris claro, la camisa de rayas y la corbata de seda amarilla pálida que había comprado el día anterior en una tienda del centro. Había escogido conscientemente unos colores suaves y conservadores.
Empujó unas puertas de cristal marcadas como «Despacho de la honorable Rachel Cutler» y pasó a una silenciosa antesala. Una mujer negra de unos treinta años esperaba detrás de un escritorio. En la placa de la mesa se leía «Sami Luffman».
– Buenos días -saludó con su mejor inglés.
La mujer sonrió y le devolvió el saludo.
– Me llamo Christian Knoll. -Le entregó una tarjeta similar a la que había usado con Pietro Caproni, salvo porque esta proclamaba únicamente que era «Coleccionista de arte», no académico, y porque no incluía dirección alguna-. Quería saber si podría hablar con su señoría.
La mujer aceptó la tarjeta.
– Lo siento, la jueza Cutler no ha venido hoy.
– Es muy importante para mí hablar con ella.
– ¿Puedo preguntarle si se trata de algún caso pendiente en nuestro juzgado?
El negó con la cabeza, cordial e inocente.
– En absoluto. Es un asunto personal.
– El padre de la jueza murió el pasado fin de semana y…
– Oh, cuánto lo siento -respondió Knoll fingiendo emoción-. Es terrible.
– Sí, una lástima. Estaba muy afectada y ha decidido tomarse unos días de descanso.
– Pues es una desgracia, tanto para ella como para mí. Solo estoy en la ciudad hasta mañana y esperaba poder hablar con la jueza Cutler antes de marcharme. ¿Podría pasarle una nota para que me llame a mi hotel?
La secretaria pareció considerar aquella petición y se tomó un momento para estudiar una fotografía enmarcada que colgaba tras ella, en la pared decorada con papel pintado. En ella se veía a una mujer junto a un hombre, con el brazo derecho levantado como si le estuvieran tomando juramento. Tenía el cabello castaño a la altura de los hombros, la nariz respingona y una mirada intensa. Vestía una toga negra, de modo que no resultaba fácil opinar sobre su figura. Los pómulos suaves estaban tocados por una sombra de colorete y la sonrisa leve parecía apropiada para tan solemne ocasión. Knoll señaló la foto.
– ¿Es la jueza Cutler?
– El día en que juró el cargo, hace cuatro años.
Era la misma cara que había visto el martes en el funeral de Karol Borya, al frente de los dolientes y abrazada a dos niños pequeños, un chico y una chica.
– Puedo dejarle a la jueza Cutler su mensaje, pero no le aseguro que vaya a llamarlo.
– ¿Y cómo es eso?
– Hoy mismo sale de la ciudad.
– ¿Un viaje largo?
– Se va a Alemania.
– Un lugar maravilloso. -Necesitaba saber adonde se dirigía, de modo que lo intentó con los tres principales puntos de entrada-. Berlín está adorable en esta época del año. Igual que Francfort y Munich.
– Ella va a Munich.
– ¡Ah! Una ciudad mágica. Quizá le ayude a superar su dolor.
– Eso espero.
Ya había descubierto suficiente.
– Le doy las gracias, señora Luffman. Ha sido usted de mucha ayuda. Aquí tiene los datos de mi habitación. -Se inventó un hotel y un número de habitación, pues ya no necesitaba contactar con ella-. Por favor, haga saber a la jueza Cutler que he estado aquí.
– Lo intentaré.
Él se volvió para marcharse, pero no sin antes lanzar una última mirada a la fotografía de la pared y grabar en su mente la imagen de Rachel Cutler.
Dejó la sexta planta y bajó hasta el nivel de la calle. Una hilera de teléfonos de pago ocupaba toda una pared. Se acercó y marcó un número internacional, una línea privada del estudio de Franz Fellner. En Alemania eran casi las cinco de la tarde. No estaba seguro de quién respondería, ni siquiera de a quién debía informar. Era evidente que se estaba produciendo una transición en el poder. Fellner desaparecía poco a poco mientras Monika asumía el control. Sin embargo, el viejo no era de los que se marchan fácilmente, especialmente cuando estaba en juego algo como la Habitación de Ámbar.
– Guten tag-respondió Monika después de dos timbrazos.
– ¿Hoy te toca hacer de secretaria? -preguntó él en alemán.
– Ya era hora de que llamaras. Ha pasado una semana. ¿Ha habido suerte?
– Tenemos que aclarar una cosa: a mí no se me controla como si fuera un escolar. Me das una misión y me dejas en paz. Ya llamaré cuando sea necesario.
– Estamos quisquillosos, ¿eh?
– No necesito que me supervisen.
– Te recordaré eso la próxima vez que te tenga entre las piernas.
Knoll sonrió. Era difícil rechazarla.
– He encontrado a Borya. Dijo no saber nada.
– ¿Y le creíste?
– ¿He dicho yo eso?
– Está muerto, ¿no?
– Una trágica caída por las escaleras.
– A papá no va a gustarle nada eso.
– Creía que ahora mandabas tú.
– Así es. Y francamente, me da igual. Pero mi padre tiene razón: asumes demasiados riesgos.
– No asumo riesgos innecesarios.
De hecho, había sido bastante cauto. Durante su primera visita había tenido cuidado de no tocar más que el vaso de té, que en la segunda visita se llevó. Además, en esta ocasión había entrado con las manos enguantadas.
– Digamos que decidí el rumbo necesario según las circunstancias.
– ¿Qué hizo, insultar tu orgullo?
Era asombroso cómo podía leer en él incluso a mil quinientos kilómetros de distancia. Knoll nunca había sospechado que fuera tan transparente.
– Carece de importancia.
– Un día se te va a acabar la suerte, Christian.
– Parece que estés deseando ver ese día.
– Lo cierto es que no. Serías difícil de sustituir.
– ¿En qué sentido?
– En todos, hijo de puta.
Knoll sonrió. Era bueno saber que también él sabía ponerse en el lugar de ella.
– He descubierto que la hija de Borya va camino de Munich. Podría tener intención de hablar con Chapaev.
– ¿Qué te hace pensar eso?
– El modo en que Borya me esquivó y algo que dijo acerca de los paneles.
«Quizá mejor que permanezca perdida.»
– La mujer podría estar simplemente de vacaciones.
– Lo dudo. Demasiada coincidencia.
– ¿Vas a seguirla?
– Más tarde. Antes tengo que ocuparme de un asunto.
Suzanne vigilaba a Christian Knoll desde el otro lado de la entreplanta. Estaba sentada dentro de una sala de espera atestada en la que se podía leer «Secretaría del juzgado. Multas de tráfico» grabado en la pared exterior de cristal. Unas setenta y cinco personas esperaban su turno para acercarse a un mostrador de fórmica y realizar sus gestiones. Toda la escena era caótica y una nube de humo flotaba en el aire a pesar de los diversos carteles que prohibían fumar.
Llevaba desde el sábado siguiendo a Knoll. El lunes, su presa había realizado dos visitas al High Museum of Art y una a un edificio de oficinas del centro de Atlanta. El martes había asistido al funeral de Karol Borya. Ella había presenciado el entierro desde el otro lado de la calle. Knoll no había hecho mucho el día anterior, un viaje a la biblioteca pública y a un centro comercial, pero aquel día se había levantado pronto y había desplegado una gran actividad.
Suzanne llevaba el pelo rubio y corto oculto bajo una peluca castaña rojiza. Tenía la cara cubierta de maquillaje adicional y sus ojos quedaban ocultos por unas gafas de sol baratas. Vestía unos vaqueros ajustados, un jersey sin cuello de las Olimpiadas de Atlanta de 1996 y zapatillas de tenis. Sobre un hombro llevaba una mochila negra y barata. Encajaba a la perfección en la multitud y tenía un ejemplar de People en el regazo. Su mirada iba constantemente de la página a las cabinas telefónicas al otro lado del concurrido vestíbulo.
Hacía cinco minutos había seguido a Knoll hasta la sexta planta y lo había visto entrar en la zona de Rachel Cutler. Reconoció el nombre y comprendió la conexión. Era evidente que Knoll no pretendía rendirse y lo más probable era que en ese momento estuviese informando a Monika Fellner
de sus hallazgos. Esa perra sería sin duda todo un problema. Joven. Agresiva. Hambrienta. Una digna sucesora de Franz Fellner y una molestia en más de un sentido.
Knoll no había pasado mucho tiempo en el despacho de Rachel Cutler, desde luego no lo suficiente como para haberse reunido con ella. De modo que Suzanne se había retirado temerosa de que notara su presencia, pues no estaba segura de que su disfraz resultara un camuflaje eficaz. Había empleado un atuendo distinto cada día y se había cuidado de no repetir nada que él hubiera podido reconocer. Knoll era bueno. Muy bueno. Por fortuna, ella era aún mejor.
Knoll colgó el teléfono y se dirigió hacia la calle.
Ella tiró la revista a un lado y lo siguió.
Knoll detuvo un taxi y regresó a su hotel. Ya había sentido a alguien el sábado por la noche en casa de Borya, después de romperle el cuello al anciano. Pero sin duda alguna se había percatado de la presencia de Suzanne Danzer el lunes y todos los días posteriores. Se disfrazaba bien, pero sus muchos años como agente de campo habían afinado sus habilidades. Pocas cosas escapaban ya a su atención. Casi la había estado esperando. Ernst Loring, el empleador de Danzer, codiciaba la Habitación de Ámbar tanto como Fellner. El padre de Loring, Josef, había estado obsesionado con ese mineral y había llegado a amasar una de las mayores colecciones privadas del mundo. Ernst había heredado no solo los objetos, sino también el deseo de su padre. Muchas veces había oído a Loring predicar acerca del tema y lo había visto comerciar o comprar piezas de ámbar a otros coleccionistas, Fellner incluido. Sin duda alguna, Danzer había sido despachada a Atlanta para enterarse de a qué se dedicaba él.
¿Pero cómo había sabido dónde encontrarlo?
Claro. El encargado curioso de San Petersburgo. ¿Quién si no? Ese idiota debía de haber logrado echar un vistazo a la hoja del kgb antes de que él la robara. Sin duda estaba a sueldo algún posible benefactor. El que Danzer se encontrara allí indicaba que ese benefactor, o el principal de ellos, era Loring.
El taxi llegó al Marriott y Knoll salió a la calle. Sin duda, Danzer lo seguiría desde una cierta distancia. Probablemente estuviera registrada en el mismo hotel. Ahora se metería en uno de los aseos de la planta baja para cambiar su disfraz, la peluca y los accesorios. Quizá subiera corriendo a la habitación para cambiarse de ropa y probablemente pagaría a uno de los botones o conserjes para que la alertara si él dejaba el edificio.
Knoll se dirigió directamente a su habitación en la planta dieciocho. Una vez dentro llamó a las reservas de Delta.
– Necesito un vuelo de Atlanta a Munich. ¿Hay alguno hoy?
Se oyó el repicar de un teclado de ordenador.
– Sí, señor. Sale uno a las 14:35. Un vuelo directo a Munich.
Tenía que asegurarse de que no hubiera otros vuelos.
– ¿Alguno antes, o después?
Más teclas.
– No con nosotros.
– ¿Y de otra compañía?
Más sonido de teclas.
– Ese es el único vuelo directo entre Atlanta y Munich para hoy. Sin embargo, podría volar mediante conexión con otros dos aviones.
Se la jugó a que Cutler tomara el vuelo directo y no uno a Nueva York, París, Ámsterdam o Francfort con conexión a Munich. Confirmó la reserva, colgó e hizo rápidamente su maleta de viaje. Debía calcular con precisión su llegada al aeropuerto.
Si Rachel Cutler no se encontraba en el vuelo que había elegido, tendría que retomar su rastro de otro modo, quizá cuando llamara a su despacho para hacer saber a su secretaria dónde podría localizarla. Entonces él volvería a llamar, daría un número de teléfono correcto y excitaría la curiosidad de la jueza hasta que se decidiera a devolver la llamada.
Se dirigió abajo para avisar de que dejaba la habitación. El vestíbulo estaba concurrido. La gente corría de un lado a otro, pero no tardó en reparar en una morena de aspecto travieso a unos cincuenta metros, sentada en una mesa exterior, en uno de los salones que salpicaban el atrio central. Como sospechaba, Danzer se había cambiado de ropa. Un mono de color melocotón y unas gafas de sol más elegantes y oscuras que antes reemplazaban su imagen desarreglada anterior.
Pagó la habitación y salió para tomar un taxi que lo llevara al aeropuerto.
Suzanne reparó en la bolsa de viaje. ¿Se marchaba Knoll? No tenía tiempo de regresar a su cuarto. Tendría que seguirlo y ver adonde se dirigía. Por eso siempre viajaba muy ligera de equipaje y no incluía nada que no fuera indispensable, o que pudiera reemplazar.
Se puso en pie, dejó cinco dólares sobre la mesa por la bebida a la que no había dado ni dos sorbos y se dirigió hacia las puertas giratorias.
Knoll salió del taxi una vez en el aeropuerto internacional de Hartsfield y consultó su reloj: la una y veinticinco. Pagó al taxista tres billetes de diez, se echó la bolsa de viaje de cuero al brazo derecho y entró en la terminal sur.
Sentía curiosidad por saber hasta dónde llegaría Danzer, de modo que ignoró el quiosco electrónico, se puso en una de las colas de facturación de Delta y vio cómo la mujer se deslizaba por la terminal hacia otra cola, esta no tan larga. Sin duda se estaría preguntando a dónde se dirigía él. Pero su dilema era complicado. Necesitaba un billete para poder seguirlo por la terminal, así que probablemente compraría cualquier cosa que le diera acceso a las salas que se abrían tras el punto de control.
Era evidente que la repentina partida la había cogido por sorpresa, ya que aún llevaba la misma peluca morena, mono color melocotón y gafas oscuras que en el Marriott. Una negligencia. Debería llevar una mochila. Algo con lo que variar su aspecto, si el disfraz era su único camuflaje. El prefería la vigilancia electrónica. Le concedía el lujo de la distancia entre el cazador y la presa.
Aguardó pacientemente y cuando le llegó el turno obtuvo su tarjeta de embarque y facturó la bolsa. El estilete estaba dentro, el único lugar seguro porque la hoja nunca superaría un detector de metales. Danzer ya estaba fuera de su cola y se encontraba en uno de los extremos del concurrido punto de control, con el billete en la mano.
Knoll casi sonrió.
Era de lo más previsible.
Tras pasar los detectores, recorrió una larga escalera mecánica hasta la zona comercial. Danzer permanecía en todo momento veinte metros más atrás. Al final de la escalera se dirigió junto al resto de los viajeros vespertinos hacia los trenes automáticos. Se subió al coche delantero y vio a Danzer tomar el segundo y situarse cerca de las ventanillas delanteras.
Knoll conocía bien el aeropuerto. Los trenes se desplazaban entre seis terminales, siendo la internacional la más alejada. En la primera parada, la terminal A, se bajaron él y otras cincuenta personas. Sin duda Danzer se estaría preguntando qué hacía, pues conocería lo bastante el Hartsfield como para saber que ningún vuelo internacional partía de las terminales A a D. Estaría pensando que quizá fuera a tomar un vuelo interior hacia otra ciudad estadounidense.
Remoloneó un poco, como si estuviera esperando a alguien. En realidad estaba contando en silencio los segundos. La precisión era vital. Danzer también aguardaba a unos veinte metros intentando parecer distraída, confiada en que él no hubiera notado nada. Knoll esperó exactamente un minuto antes de dirigirse hacia la escalera mecánica.
Los peldaños ascendían lentamente.
Estaban a treinta metros de altura de la concurrida terminal. Unos amplios tragaluces a cuatro plantas de altura dejaban entrar la luz brillante del sol. Una mediana de aluminio separaba la escalera ascendente de la descendente, decorada cada seis metros con una planta de seda. La escalera mecánica que bajaba hacia la zona de transporte estaba relativamente vacía. No había cámaras ni guardias de seguridad a la vista.
Esperó el momento preciso y entonces se aferró al pasamanos de goma y se deslizó a lo largo de la mediana hasta aterrizar en la escalera descendente. Ahora se dirigía en la dirección contraria, y al pasar junto a Danzer inclinó la cabeza a modo de burlesco saludo.
La expresión de ella lo dijo todo.
Tenía que moverse rápidamente, pues ella no tardaría en copiar su acción. Adelantó a algunos de los viajeros sin dejar de repetir: «seguridad del aeropuerto, háganse a un lado, por favor».
Su cálculo resultó perfecto. Un tren llegó con un rugido a la estación en dirección a las terminales de vuelos internacionales. Las puertas se abrieron. Una voz robótica anunció: «por favor, apártense de las puertas hacia el centro del pasillo». La gente entró. Knoll miró hacia atrás y vio a Danzer deslizarse sobre la mediana con mucha menos elegancia que él. La mujer trastabilló un momento antes de recobrar el equilibrio.
El subió al tren.
– Las puertas se están cerrando -anunció la voz robótica.
Danzer corrió cuanto pudo escaleras abajo y en dirección al tren, pero ya era demasiado tarde. Las puertas se cerraron y el vagón partió de la estación.
Knoll se bajó en la terminal internacional. Danzer se dirigiría hacia allí, pero sin duda el vuelo a Munich ya estaría embarcando y para cuando ella atravesara corriendo toda la zona de transporte o esperara al siguiente tren, él ya se habría ido. La terminal era enorme, la más grande de América dedicada a vuelos internacionales. Cinco plantas. Veinticuatro puertas. Llevaría una hora simplemente comprobarlas todas.
Llegó a la escalera mecánica y empezó a subir. Aquel espacio transmitía la misma sensación brillante y amplia, aunque algunos expositores dispuestos de forma regular mostraban una variedad de piezas artísticas mexicanas, egipcias y fenicias. Nada extravagante ni precioso, solo piezas ordinarias con placas que indicaban el museo concreto de Atlanta o el coleccionista que las había cedido.
En el desembarco de la escalera mecánica siguió a los viajeros que se dirigían hacia la derecha. El aroma del café procedía de un establecimiento Starbuck's. Un gentío se congregaba en el W. H. Smith para comprar revistas y periódicos. Estudió la pantalla de salidas. A lo largo de los siguientes treinta minutos dejarían las puertas más de diez vuelos. Danzer no tendría modo de saber cuál de ellos había tomado él…, si es que se había marchado en alguno.
Buscó el vuelo a Munich, consultó la puerta de embarque y se dirigió hacia ella. Cuando llegó, los pasajeros ya estaban subiendo al avión. Se puso en la cola.
– ¿Va completo el vuelo? -preguntó cuando le llegó su turno.
El asistente se concentró en su monitor.
– Sí, señor. Todo lleno.
Bien. Aunque Danzer lo encontrara, no tendría modo de seguirlo. Se dirigió hacia la puerta de embarque. Delante de él tenía unas treinta personas. Echó un vistazo hacia la cabecera de la cola y vio a una mujer con el cabello castaño rojizo a la altura de los hombros y vestida con un espectacular traje pantalón azul oscuro. Tras entregar su tarjeta de embarque, entró en el Jetway.
La reconoció al instante.
Rachel Cutler.
Perfecto.
Atlanta, Georgia
Viernes, 16 de mayo, 9:15
Suzanne entró en el despacho. Paul Cutler se levantó desde detrás de su enorme escritorio de nogal y se dirigió hacia ella.
– Le agradezco que se haya molestado en recibirme -dijo ella.
– No es molestia, señora Myers.
Cutler empleaba el apellido que ella había dado a la recepcionista. Sabía que a Knoll le gustaba usar su propio nombre. Una muestra más de su arrogancia. Ella prefería el anonimato. Tenía menos posibilidades de dejar una impresión duradera.
– ¿Por qué no me llama Jo?
Aceptó el asiento y estudió a aquel abogado de mediana edad. Era alto y delgado, con el cabello fino y castaño. No era calvo, simplemente era evidente que no conservaba tanto pelo como tuviera en su juventud. Vestía con la esperada camisa blanca, pantalones oscuros y corbata de seda, pero los tirantes añadían un toque de madurez. Su sonrisa era arrebatadora y le gustaba el brillo de sus ojos castaños. Parecía modesto y carente de pretensiones, alguien a quien, decidió rápidamente, era posible encantar.
Afortunadamente, estaba vestida para ello. Tenía puesta la peluca castaña y unas lentillas azules le tintaban los ojos. Unas discretas gafas octogonales con borde dorado acrecentaban la ilusión. La falda de crepé y la chaqueta cruzada de grandes solapas las había comprado el día anterior en Ann Taylor, y tenían un distintivo toque femenino. La idea era apartar la atención de su rostro. Al sentarse había cruzado las piernas, exponiendo lentamente las medias negras. Trató de sonreír un poco más de lo habitual.
– ¿Es usted investigadora artística? -preguntó Cutler-. Debe de ser un trabajo interesante.
– Puede serlo. Pero estoy convencida de que su trabajo es igualmente desafiante.
Suzanne inspeccionó rápidamente la decoración del despacho. Sobre un canapé de cuero colgaba una reproducción enmarcada de Winslow, con una acuarela de Kupka a cada lado. Otra de las paredes estaba cubierta de diplomas y certificados de pertenencia a asociaciones profesionales, así como premios del Colegio de Abogados de Estados Unidos, la Asociación de Abogados Legalizadores y el Colegio de Abogados Judiciales de Georgia. Había dos fotografías en color tomadas en lo que parecía una cámara legislativa: Cutler dando la mano al mismo hombre de edad avanzada.
Señaló los cuadros.
– ¿Conoce el mundo del arte?
– No mucho. Tengo algunas cosas. Sin embargo, participo activamente en el High Museum.
– Debe de proporcionarle grandes satisfacciones.
– El arte es importante en mi vida.
– ¿Por eso ha aceptado recibirme?
– Por eso y por simple curiosidad.
Suzanne decidió entrar en faena.
– He estado en los juzgados del condado de Fulton. La secretaria de su ex mujer me indicó que la jueza Cutler estaba fuera de la ciudad. No me quería decir adonde había ido y me sugirió que me acercara a hablar con usted.
– Sami me ha llamado hace un rato. Dice que es algo relacionado con mi ex suegro.
– Así es. La secretaria de la jueza Cutler me confirmó que un hombre apareció allí ayer, preguntando por su ex mujer. Europeo, alto, rubio. Usó el nombre Christian Knoll. Llevo toda la semana siguiendo a ese individuo, pero lo perdí ayer por la tarde en el aeropuerto. Temo que pueda estar siguiendo a la jueza Cutler.
La preocupación nubló la expresión del abogado. Excelente. Había acertado en sus suposiciones.
– ¿Para qué iba a seguir a Rachel ese tal Knoll?
La franqueza era un riesgo calculado. Quizá el miedo hiciera bajar las barreras al abogado y pudiera descubrir exactamente adonde había ido Rachel Cutler.
– Knoll vino a Atlanta para hablar con Karol Borya. -Decidió omitir cualquier referencia a que Knoll, de hecho, había llegado a hablar con Borya el sábado por la noche. No había necesidad de ofrecer demasiadas pistas-.
Debe de haberse enterado de la muerte de Borya y haber empezado a buscar a su hija. Es la única explicación lógica para el hecho de que fuera a verla a su despacho.
– ¿Cómo puede saber él, o usted misma, nada sobre Karol?
– Sin duda estará usted al tanto de las actividades del señor Borya mientras fue ciudadano soviético.
– Nos lo dijo. ¿Pero cómo lo averiguó usted?
– Los registros de la comisión para la que el señor Borya trabajó en el pasado son públicos hoy día en Rusia. No es complicado estudiar la historia. Knoll está buscando la Habitación de Ámbar y probablemente esperaba que Borya supiera algo al respecto.
– ¿Pero cómo supo dónde encontrar a Karol?
– La semana pasada, Knoll estuvo registrando los documentos de una depositaría en San Petersburgo, información que hasta hace muy poco no ha estado disponible para su estudio. Allí obtuvo las señas.
– Eso no explica qué hace usted aquí.
– Como le he indicado, estoy siguiendo a Knoll.
– ¿Cómo supo que Karol había muerto?
– No lo supe hasta que llegué el lunes a la ciudad.
– Señora Myers, ¿a qué se debe tanto interés en la Habitación de Ámbar? Estamos hablando de algo que lleva perdido más de cincuenta años. ¿No cree que si fuera posible dar con ella, alguien lo habría hecho ya?
– Estoy de acuerdo, señor Cutler. Pero Christian Knoll opina diferente.
– Dice usted que lo perdió ayer en el aeropuerto. ¿Qué le hace pensar que estaba siguiendo a Rachel?
– Una corazonada. Registré las terminales, pero no logré dar con él. Me fijé en los diversos vuelos internacionales que abandonaron la terminal pocos minutos después de que Knoll me despistara. Uno se dirigía a Munich. Dos a París. Tres a Francfort.
– Ella salió en el de Munich.
A Suzanne le pareció que Paul Cutler empezaba a entrar en calor. A confiar. A creer. Decidió aprovecharse del momento.
– ¿Por qué viaja la jueza Cutler a Munich, recién muerto su padre?
– Su padre le dejó una nota acerca de la Habitación de Ámbar.
Ese era el momento de presionar.
– Señor Cutler, Christian Knoll es un hombre peligroso. Cuando va detrás de algo, nada se interpone en su camino. Apostaría a que él también tomó ese vuelo a Munich. Es importante que hable con su ex mujer. ¿Sabe dónde se aloja?
– Me dijo que me llamaría desde allí, pero aún no he sabido nada de ella.
La preocupación resultaba evidente en sus palabras.
– En Munich son casi las tres y media.
– Estaba pensando eso mismo antes de que llegara usted.
– ¿Sabe exactamente a dónde se dirigía? -Cutler no respondió y decidió presionarlo-. Entiendo que soy una extraña para usted, pero le aseguro que soy su amiga. Necesito dar con Christian Knoll. No puedo entrar en detalles por motivos de confidencialidad, pero tengo la firme creencia de que está buscando a su ex mujer.
– Entonces debería hablar con la policía.
– Knoll no es nadie para la policía local. Este es un asunto de las autoridades internacionales.
Cutler titubeaba, como si estuviera considerando aquellas palabras, sopesando sus opciones. Llamar a la policía llevaría tiempo. Involucrar a las agencias europeas, todavía más. Pero ella estaba allí, dispuesta a actuar de inmediato. La elección no debía de ser muy difícil y Suzanne no se sorprendió cuando la tomó.
– Se fue a Baviera a buscar a un hombre llamado Danya Chapaev, que vive en Kehlheim.
– ¿Quién es Chapaev? -preguntó ella con inocencia.
– Un amigo de Karol. Trabajaron juntos hace años, en la Comisión. Rache4 pensó que Chapaev podría saber algo acerca de la Habitación de Ámbar.
– ¿Y qué le hizo pensar eso?
Cutler rebuscó en un cajón de su escritorio y sacó un paquete de cartas. Se las entregó.
– Mírelo usted misma. Aquí está todo.
Suzanne tardó varios minutos en leer todas las cartas. No había nada definido ni preciso, pero ya no había duda de que tenía que impedir que Knoll se aliara con Rachel Cutler. Porque eso era exactamente lo que el hijo de perra planeaba. No había descubierto nada con el padre, de modo que lo tiró por las escaleras y decidió seducir a la hija para ver si sacaba algo.
Se incorporó.
– Le agradezco la información, señor Cutler. Voy a ver si consigo localizar a su ex mujer en Munich. Tengo contactos allí. -Le ofreció la mano-. Quiero darle las gracias por su tiempo.
Cutler se levantó y le estrechó la mano.
– Y yo agradezco su visita y su advertencia, señora Myers. Pero no ha llegado a decirme cuál es su interés en todo este asunto.
– No tengo libertad para divulgarlo, pero baste decir que el señor Knoll está siendo buscado por diversas y graves acusaciones.
– ¿Pertenece usted a la policía?
– Soy una detective privada contratada para dar con Knoll. Trabajo desde Londres.
– Qué extraño. Su acento suena más del este de Europa que británico.
Suzanne sonrió.
– Y así es. Soy de Praga.
– ¿Quiere dejarme un número de teléfono? Si Rachel se pone en contacto podría comunicarla con usted.
– No es necesario. Ya lo llamaré yo más tarde, o mañana, si no es molestia.
Se volvió para marcharse y reparó en la fotografía enmarcada de una pareja mayor.
– Una buena pareja.
– Mis padres. Está tomada unos tres meses antes de su muerte.
– Lo siento.
Él aceptó las condolencias con una leve inclinación de cabeza y Suzanne abandonó el despacho sin decir nada más. La última vez que había visto a aquellas dos personas fue un día lluvioso, mientras subían, junto a otros veinte pasajeros, a un avión de Alitalia. Se preparaban para dejar Florencia, en un corto vuelo sobre el mar Ligurio que los llevaría a Francia. Los explosivos cuya colocación ella había pagado se encontraban a salvo en la bodega de carga. El temporizador ya estaba en marcha y se activaría treinta minutos más tarde, sobre el mar abierto.
Munich, Alemania
16:35
Rachel estaba asombrada. Nunca había estado en un salón de cerveza. Una potente banda con trompetas, batería, acordeón y cencerros profería un estrépito ensordecedor. Las largas mesas de madera estaban rebosantes de clientes, olor a tabaco, salchichas y cerveza espesa y fuerte. Camareros sudorosos con pantalones cortos de cuero y mujeres ataviadas con los vestidos tradicionales del sur de Alemania servían sin descanso jarras de litro de una cerveza oscura. Maibock, oyó que se llamaba: un brebaje de temporada que solo se servía en aquella época del año para anunciar la llegada del calor.
La mayoría de las más de doscientas personas que la rodeaban parecía pasarlo bien. A ella nunca le había gustado mucho la cerveza; siempre había pensado que se requería un esfuerzo hasta que se le cogía el gusto y para cenar pidió una cocacola con pollo asado. El recepcionista del hotel le había recomendado aquel salón y le indicó que debía evitar los Hofbrauhaus cercanos, donde se congregaban los turistas.
El vuelo desde Atlanta había llegado por la mañana e, ignorando los consejos que siempre había oído, había alquilado un coche, se había registrado en un hotel y se había echado una buena siesta. Al día siguiente conduciría hasta Kehlheim, a unos setenta kilómetros al sur y a tiro de piedra de Austria y de los Alpes. Danya Chapaev había esperado tanto tiempo que no le importaría un día más, asumiendo que estuviera allí siquiera.
El cambio de escenario le había hecho bien, aunque le resultaba extraño mirar a su alrededor y ver los techos abovedados y los coloristas uniformes de los empleados del local. Solo había salido de los Estados Unidos una vez, tres años atrás, para visitar Londres con motivo de una conferencia judicial patrocinada por el Colegio de Abogados de Georgia. Siempre le habían interesado los programas de televisión acerca de Alemania y había soñado con visitarla algún día. Y allí estaba.
Se comió el pollo y disfrutó del espectáculo. Aquello la distrajo de su padre, de la Habitación de Ámbar y de Danya Chapaev, de Marcus Nettles y de las inminentes elecciones. Quizá Paul tuviera razón y todo aquello no fuera sino una pérdida de tiempo. Pero se sentía mejor solo por estar allí y eso contaba.
Pagó la cuenta con los euros que había obtenido en el aeropuerto y salió del local. La tarde era fresca y agradable. De estar en su casa, en ese momento hubiera tenido que echar mano del jersey. El sol primaveral proyectaba luces y sombras sobre el adoquinado. Las calles estaban llenas de turistas y comerciantes, y los edificios de la ciudad vieja formaban una intrigante mezcla de piedra, madera y ladrillo que ofrecía la atmósfera provinciana de lo medieval y folclórico. Toda la zona era exclusivamente peatonal y los vehículos se limitaban a alguna camioneta de reparto ocasional.
Giró hacia el este y se dirigió hacia Marienplatz.
Su hotel se encontraba al otro lado de la plaza abierta. En medio había un mercado de alimentación cuyos puestos rebosaban de fruta, carne y especialidades cocinadas. A la izquierda se extendía la terraza de una cervecería. Recordaba algunas cosas acerca de Munich. Había sido la capital de Baviera, hogar del Duque y elector, trono de los Wittelsbach que habían gobernado la zona durante setecientos cincuenta años. ¿Cómo lo había llamado Thomas Wolfe?: «un toque de cielo alemán».
Pasó junto a varios grupos de turistas con guías que hablaban francés, español y japonés. Frente al ayuntamiento se encontró con un grupo inglés, cuyo acento cockney recordaba de su viaje al Reino Unido. Se detuvo al final del grupo para escuchar al guía y contempló el fulgor de ornamentación gótica que se alzaba ante ella. El grupo avanzó lentamente por la plaza hasta detenerse al otro lado del ayuntamiento. Ella los siguió y reparó en que la guía consultaba su reloj. El de la fachada indicaba que eran las cinco menos dos minutos de la tarde.
De repente, las ventanas del reloj de la torre se abrieron y dos hileras de figurillas de cobre pintadas con brillantes colores empezaron a bailar sobre un disco giratorio. La música inundó la plaza. Las campanas anunciaron las cinco en punto y fueron respondidas por otras campanas lejanas.
– Este es el glockenspiel-dijo la guía por encima del clamor-. Se activa tres veces al día. A las once, a mediodía y ahora, a las cinco. Las figuras en la parte superior representan un torneo que solía acompañar a las bodas reales alemanas en el siglo xvi. Las de abajo están realizando la danza de los toneleros.
Las vistosas figuras se movían al compás de una animada música bávara. Todo el mundo en la calle se detuvo y miró hacia arriba. La representación duró dos minutos antes de detenerse, y entonces la plaza volvió a la vida. El grupo salió de la plaza y cruzó una de las calles laterales. Ella se quedó unos segundos más hasta ver cómo se cerraban por completo las ventanas del reloj, antes de dirigirse hacia el cruce con los demás.
El sonido de un claxon quebró la tarde.
Rachel volvió la cabeza hacia la izquierda.
La parte delantera de un coche se dirigía hacia ella. Veinte metros. Quince. Diez. Sus ojos se concentraron en el capó y en el emblema de Mercedes, y después en las luces y palabras que indicaban que se trataba de un taxi.
Cinco metros. El claxon seguía sonando. Tenía que moverse, pero los pies no le respondían. Se preparó para sentir el golpe y se preguntó si le dolería más el impacto contra el vehículo o contra los adoquines.
Pobres María y Brent.
Y Paul. Dulce Paul.
Entonces, un brazo le rodeó el cuello y la arrastró hacia atrás.
Los frenos empezaron a chirriar hasta que el taxi se detuvo. El olor de la goma quemada empezó a inundarlo todo.
Rachel se volvió para ver quién la había cogido. Se trataba de un hombre alto y fuerte, con un flequillo rubio sobre la piel bronceada. Unos labios finos que parecían cortados con una cuchilla partían un rostro hermoso de tono oscuro. Vestía una camisa de estameña blanca y pantalones a cuadros.
– ¿Está usted bien? -le preguntó en inglés.
La situación había apagado las emociones de la mujer, que en ese momento comprendió lo cerca que había estado de morir.
– Creo que sí.
Se reunió una multitud. El conductor del taxi salió del vehículo.
– Está bien -anunció el salvador. Entonces dijo algo en alemán y la gente comenzó a marcharse. Se dirigió en alemán al taxista, que respondió antes de alejarse a toda velocidad.
– El taxista le pide disculpas. Pero dice que apareció usted de repente.
– Creía que la calle era peatonal -respondió ella-. No prestaba atención a los coches.
– Se supone que los taxis no pueden entrar aquí, pero siempre encuentran el modo. Se lo he recordado al conductor, que ha decidido que lo más inteligente era desaparecer.
– Debería haber alguna señal, o algo.
– Estadounidense, ¿no? En los Estados Unidos todo lleva su signo. Aquí no.
Rachel empezó a calmarse.
– Muchas gracias.
Dos filas de dientes tan blancos como regulares mostraron una sonrisa perfecta.
– Ha sido un placer. -Le ofreció la mano-. Soy Christian Knoll.
Ella aceptó la oferta.
– Rachel Cutler. Me alegro de que estuviera aquí, señor Knoll. Ni siquiera vi el taxi.
– Podría haber sucedido una desgracia.
Ella sonrió.
– Desde luego. -Entonces empezó a temblar sin poder evitarlo, al imaginar lo que podría haber sucedido.
– Por favor, déjeme invitarle a tomar algo para que se calme.
– No es necesario.
– Está usted temblando. Un poco de vino le hará bien.
– Se lo agradezco, pero…
– Como recompensa por mis esfuerzos.
Era muy difícil rechazar aquella propuesta, de modo que capituló.
– De acuerdo. Quizá me venga bien un poco de vino.
Siguió a Knoll hasta una cafetería a unas cuatro manzanas de distancia. Las torres gemelas de cobre de la catedral se alzaban justo al otro lado de la calle. Las mesas con mantel se extendían por el adoquinado y en ellas la gente bebía sus jarras de cerveza oscura. Knoll pidió una cerveza para él y un vaso de vino Rhineland para ella, un caldo claro, seco, amargo y delicioso.
Knoll había estado en lo cierto. Tenía los nervios a flor de piel. Nunca se había visto tan cerca de la muerte. Se extrañó por los pensamientos que en aquel momento se le habían pasado por la cabeza. Lo de Brent y María era comprensible. ¿Pero Paul? Había pensado claramente en él y durante un instante había sentido una punzada en el corazón.
Bebió el vino y dejó que el alcohol y el ambiente apaciguaran sus nervios.
– Tengo que confesarle una cosa, señora Cutler -dijo Knoll.
– ¿Qué tal si me llama Rachel?
– Muy bien. Rachel.
Bebió un poco más de vino.
– ¿Qué clase de confesión?
– La estaba siguiendo.
Aquellas palabras centraron su atención. Depositó el vaso sobre la mesa.
– ¿A qué se refiere?
– La estaba siguiendo. La llevo siguiendo desde Atlanta.
Ella se incorporó de la mesa.
– Creo que quizá haya que hablar con la policía de este asunto.
Knoll permaneció sentado, impasible, y dio un sorbo a su cerveza.
– No tengo problema con ello, si es lo que desea. Solo le pido que primero me escuche.
Ella consideró la petición. Estaban sentados en plena calle. Al otro lado de una barandilla de hierro había una calle llena de establecimientos nocturnos. ¿Qué daño podía hacerle escuchar? Volvió a sentarse.
– De acuerdo, señor Knoll. Tiene cinco minutos.
Knoll depositó la jarra sobre la mesa.
– Viajé a Atlanta a principios de esta semana para verme con su padre. Al llegar me enteré de su muerte. Ayer me presenté en el despacho de usted y me enteré de su viaje. Incluso dejé mi nombre y mi número de teléfono. ¿No le ha pasado su secretaria mi mensaje?
– Aún no he llamado al despacho. ¿Qué asuntos lo llevaban a hablar con mi padre?
– Estoy buscando la Habitación de Ámbar y pensé que podría serme de ayuda.
– ¿Por qué busca la Habitación de Ámbar?
– La busca la persona que me paga.
– Igual que los rusos, no tengo duda.
Knoll sonrió.
– Cierto. Pero, habiendo pasado cincuenta años, consideramos que aquel que la encuentre tiene derecho a quedarse con ella.
– ¿En qué podría haberle ayudado mi padre?
– Él la buscó durante muchos años. Los soviéticos dieron una gran importancia al hallazgo de la Habitación de Ámbar.
– De eso hace más de cincuenta años.
– Con este premio en particular, el paso del tiempo carece de importancia. Si acaso, vuelve la búsqueda todavía más interesante.
– ¿Cómo localizó a mi padre?
Knoll metió la mano en el bolsillo y le entregó algunas páginas dobladas.
– Las encontré la semana pasada en San Petersburgo. Ellas me llevaron hasta Atlanta. Como puede ver, la kgb lo visitó hace unos años.
Rachel desdobló las hojas y las leyó. El texto estaba en cirílico, pero en un lateral, manuscrita con tinta azul, había una traducción al inglés. Rachel reparó al instante en quién había firmado la primera página. Danya Chapaev. También reparó en lo que la página de la kgb decía sobre su padre:
Contacto realizado. Niega cualquier información sobre yantarnaya komnata posterior a 1958. No ha podido localizar a Danya Chapaev. Borya asegura desconocer el paradero de Chapaev.
Pero su padre sí que sabía exactamente dónde vivía Danya Chapaev. Se habían escrito durante años. ¿Por qué había mentido? Además, su padre nunca le había comentado la visita de la kgb. Ni mucho acerca de la Habitación de Ámbar. Resultaba un poco inquietante pensar que la kgb tenía información sobre ella, sobre María y Brent. Se preguntó qué más se había callado su padre.
– Por desgracia, no pude hablar con su padre -continuó Knoll-. Llegué demasiado tarde. Lamento mucho su pérdida.
– ¿Cuándo llegó usted?
– El lunes.
– ¿Y esperó hasta ayer para acudir a mi despacho?
– Supe de la muerte de su padre y no quise entrometerme en su duelo. Mis asuntos bien podían posponerse.
La conexión con Danya Chapaev empezó a aliviar la tensión. Aquel hombre parecía creíble, pero decidió evitar la complacencia. Después de todo, a pesar de ser atractivo y encantador, Christian Knoll no dejaba de ser un extraño. Peor aún, era un extraño en un país extranjero.
– ¿Viajó usted en mi mismo vuelo?
Él asintió.
– Apenas si llegué al avión.
– ¿Por qué ha esperado hasta ahora para hablar?
– No estaba seguro acerca de la naturaleza de su visita. Si era personal no quería entrometerme. Si estaba relacionada con la Habitación de Ámbar, tenía pensado hablar con usted.
– No me gusta que me sigan, señor Knoll. No me gusta nada.
El hombre clavó la mirada en los ojos de ella.
– Quizá haya sido una suerte el que lo hiciera.
El taxi regresó a la mente de Rachel. ¿Y si tuviera razón?
– Y Christian saldrá adelante -dijo él.
Rachel se obligó a controlarse. No había necesidad de tanta hostilidad. Él tenía razón. Le había salvado la vida.
– De acuerdo. Christian.
– ¿Está relacionado su viaje con la Habitación de Ámbar?
– No estoy segura de que deba responder a eso.
– Si yo estuviera en peligro, podría haberme limitado a permitir que la arrollara el taxi.
No le faltaba razón, pero no bastaba.
– Frau Cutler, soy un experto investigador. El arte es mi especialidad. Hablo el idioma local y estoy familiarizado con este país. Usted será una excelente jueza, pero intuyo que como detective no pasa de novata.
Ella no respondió.
– Me interesa la información acerca de la Habitación de Ámbar, nada más. He compartido con usted lo que sé. Solo pido lo mismo a cambio.
– ¿Y si me niego y acudo a la policía?
– Simplemente desapareceré de la vista, pero la mantendré bajo vigilancia para saber lo que hace. No es nada personal. Es usted un cabo suelto que pretendo explorar hasta el final. Pero pensaba que bien podríamos trabajar juntos y ahorrar tiempo.
En Knoll había algo tosco y peligroso que le gustaba. Sus palabras eran claras y directas, la voz firme. Escudriñó su rostro en busca de alguna señal, pero no obtuvo nada, de modo que tomó la clase de decisión rápida a la que estaba acostumbrada por su trabajo en el juzgado.
– De acuerdo, señor Knoll. He venido para buscar a Danya Chapaev. Al parecer, el mismo nombre que aparece en esta página. Vive en Kehlheim.
Knoll levantó la jarra y dio un sorbo a su cerveza.
– Eso está al sur de aquí, hacia los Alpes, cerca de Austria. Conozco la localidad.
– Al parecer, él y mi padre estaban interesados en la Habitación de Ámbar. Es evidente que mucho más de lo que yo me imaginaba.
– ¿Tiene alguna idea de lo que podría saber Herr Chapaev?
Rachel decidió no mencionar todavía las cartas.
– Nada, salvo que en el pasado trabajaron juntos, como usted ya parece saber.
– ¿Cómo dio con ese nombre?
Decidió mentir.
– Mi padre me ha hablado muchas veces de él a lo largo de los años. En el pasado fueron muy amigos.
– Puedo serle de gran ayuda, Frau Cutler.
– Para serle sincera, señor Knoll, tenía la esperanza de pasar algún tiempo sola.
– Lo comprendo perfectamente. Recuerdo la muerte de mi padre. Fue muy difícil.
Aquel sentimiento parecía genuino y Rachel agradeció su preocupación. Pero seguía tratándose de un extraño.
– Necesita ayuda. Si este Chapaev tiene alguna información, yo puedo ayudar a desarrollarla. Dispongo de vastos conocimientos acerca de la Habitación de Ámbar. Cosas que pueden ser de ayuda.
Ella guardó silencio.
– ¿Cuándo planea dirigirse hacia el sur? -preguntó Knoll.
– Mañana por la mañana -respondió ella demasiado rápido.
– Déjeme conducir.
– No me gustaría que mis hijos aceptaran subirse a un coche con un extraño. ¿Por qué iba a hacerlo yo?
El hombre sonrió. A Rachel le gustó aquello.
– He sido franco y abierto con su secretaria respecto a mi identidad e intenciones. He dejado un bonito rastro para ser alguien con intención de hacerle daño. -Se tomó la cerveza que quedaba-. En cualquier caso, simplemente la seguiré hasta Kehlheim.
Ella tomó otra decisión rápida. Una que la sorprendió.
– Muy bien. ¿Por qué no? Iremos juntos. Me alojo en el hotel Waldeck, a un par de manzanas.
– Yo estoy en el Elizabeth, enfrente del Waldeck.
Ella negó con la cabeza, sonriente.
– ¿Por qué será que no me sorprende?
Knoll observó cómo Rachel Cutler desaparecía en medio del gentío.
Había ido bastante bien.
Depositó algunos euros sobre la mesa y se levantó. Dobló varias esquinas y cruzó de nuevo Marienplatz. Tras pasar el mercado de comestibles, ocupado por los primeros turistas a la búsqueda de la cena, se encaminó por Maximilanstrasse, un elegante bulevar lleno de museos, oficinas gubernamentales y tiendas. El pórtico de pilares del Teatro
Nacional se alzaba delante. Frente a él, una cola de taxis rodeaba la estatua de Maximiliano José, el primer rey de Baviera, mientras esperaba pacientemente los clientes salidos de la primera representación. Cruzó la calle y se acercó al cuarto taxi de la cola. El conductor esperaba fuera con los brazos cruzados, apoyado en el exterior del Mercedes.
– ¿Ha bastado? -preguntó el taxista en alemán.
– De sobra.
– ¿Ha sido convincente mi actuación posterior?
– Sobresaliente. -Le entregó un fajo de billetes.
– Siempre es un placer hacer negocios contigo, Christian.
– Lo mismo digo, Erich.
Conocía bien al taxista y ya había empleado sus servicios estando en Munich. El hombre era fiable y corruptible, dos cualidades que siempre buscaba en sus asociados.
– No te estarás ablandando, ¿no, Christian?
– ¿Y eso?
– Solo querías asustarla, no matarla. No es propio de ti.
Knoll sonrió.
– No hay nada como un encuentro con la muerte para generar confianza.
– ¿Es que te la quieres follar, o algo así?
Knoll no quería decir mucho más, pero quería que aquel hombre siguiera a su disposición en el futuro. Asintió.
– Es un buen modo de meterme entre sus piernas.
El taxista contó los billetes.
– Quinientos euros es una pasta por un culo.
Pero Knoll consideró la Habitación de Ámbar y los diez millones de euros que le reportaría. Y entonces pensó en Rachel Cutler y en su atractivo, que no se le había quitado de la cabeza desde que se fue.
– No, lo cierto es que no.
Atlanta, Georgia
12:35
Paul estaba preocupado. Se había saltado el almuerzo y se había quedado en el despacho, con la esperanza de que Rachel llamara. En Alemania eran más de las seis y media de la tarde. Ella había mencionado la posibilidad de permanecer en Munich una noche antes de dirigirse a Kehlheim, de modo que no estaba seguro de si le llamaría aquel mismo día o al siguiente, después de su viaje hacia los Alpes. No estaba seguro de que fuera a llamar siquiera.
Rachel era franca, agresiva y dura. Siempre lo había sido. Aquel espíritu independiente la había convertido en una buena jueza. Pero también hacía que fuese difícil conocerla y mucho más resultar agradable. No hacía amistades con facilidad, pero en lo más profundo se trataba de una mujer cariñosa y protectora. Él lo sabía. Por desgracia, juntos eran como la paja y el fuego. ¿De verdad era así? A los dos les gustaba más una cena tranquila en casa que un restaurante atestado. Una película alquilada que el teatro. Una tarde con los chicos en el zoo que una noche en la ciudad. Sabía que Rachel echaba de menos a su padre. Habían estado muy unidos, sobre todo desde el divorcio. Karol se había esforzado por volver a juntarlos.
¿Qué decía la nota del anciano?
«Quizá podrías dar a Paul otra oportunidad.»
Pero no había manera. Rachel había decidido que debían vivir separados. Había rechazado todos los intentos de él por reconciliarse. Quizá fuera el momento de aceptarlo y rendirse. Pero había señales. La falta de vida social de Rachel. La confianza que depositaba en él. ¿Y cuántos hombres tenían la llave de la casa de su ex mujer? ¿Cuántos seguían compartiendo el título de propiedad? ¿Cuántos mantenían una cuenta conjunta para sus inversiones bursátiles? Ella nunca había mencionado siquiera el cierre de su cuenta en Merrill Lynch, y él la había gestionado durante los últimos tres años sin que Rachel cuestionara nunca sus decisiones.
Se quedó mirando el teléfono. ¿Por qué no había llamado? ¿Qué estaba sucediendo? Ese hombre, Christian Knoll, supuestamente la estaba buscando. Quizá fuera peligroso. Quizá no. La única información que poseía era la palabra de una morena muy atractiva, de ojos azules y piernas bien formadas. Jo Myers. Se había comportado de forma calmada y dueña de sí misma, había realizado buenas preguntas y había respondido las de él de forma rápida y precisa. Casi parecía que fuera capaz de sentir la aprensión que él sentía hacia Rachel, las dudas que tenía acerca de aquel viaje a Alemania. El había hablado demasiado y eso le preocupaba. A Rachel no se le había perdido nada en Alemania. De eso estaba seguro. La Habitación de Ámbar no era de su incumbencia, e incluso era dudoso que Danya Chapaev siguiera vivo.
Recogió las cartas de su ex suegro, que seguían sobre el escritorio. Encontró la nota manuscrita para Rachel y leyó hacia la mitad de la página.
¿Que si la encontramos? Quizá. Ninguno de los dos llegó a ir al lugar para comprobarlo. En aquellos días había demasiados ojos atentos y, para cuando logramos estrechar el cerco, los dos comprendíamos ya que los soviéticos eran mucho peores que los alemanes. De modo que la dejamos en paz. Danya y yo juramos no revelar j amas lo que sabíamos, o quizá lo que creíamos saber. Solo cuando Yancy se ofreció voluntario para realizar discretas indagaciones y así comprobar una información que yo había considerado creíble en el pasado, comencé a investigar de nuevo. Yancy estaba indagando durante su último viaje a Italia. El que la explosión del avión sea o no achacable a esta cuestión es algo que bien podría no llegar a saberse nunca. Lo único que sé es que la búsqueda de la Habitación de Ámbar ha demostrado ser peligrosa.
Avanzó un poco y volvió a encontrar la admonición:
Pero nunca, absolutamente nunca te entrometas con la Habitación de Ámbar. Recuerda la historia de Faetón y las lágrimas de las Helíades. Aprende de su ambición y su desdicha.
Paul había leído mucho a los clásicos, pero no recordaba los detalles. Rachel se había mostrado evasiva hacía tres días, cuando le preguntó acerca de aquella historia en la mesa del comedor.
Se volvió hacia su ordenador y accedió a Internet. Seleccionó un servicio de búsqueda y escribió «Faetón y las Helíades». En la pantalla aparecieron centenares de referencias. Escogió un par al azar. La tercera resultó la mejor, una página titulada The Mythical World of Edith Hamilton. Buscó en ella hasta que encontró la historia de Faetón y una bibliografía que indicaba que el mito procedía de la Metamorfosis de Ovidio.
Leyó la historia. Era vivida y profética.
Faetón, hijo ilegítimo de Helios, el dios del Sol, por fin había encontrado a su padre. El dios del Sol, que se sentía culpable, concedió a su hijo un único deseo; el muchacho eligió de inmediato tomar el lugar de su padre durante un día y pilotar el carro solar a través del cielo, desde el amanecer hasta el anochecer. El dios comprendió lo insensato de la petición y trató en vano de disuadir al muchacho, pero este no estaba dispuesto a ceder. De modo que Helios le concedió el deseo, pero le advirtió de lo difícil que era controlar el carro. Ninguna de las cautelas del dios del Sol pareció tener efecto alguno. El chico solo se veía sobre el maravilloso carro, guiando aquellos corceles que ni el mismísimo Zeus era capaz de domeñar.
Sin embargo, una vez se hizo a los cielos Faetón descubrió que las advertencias de su padre eran ciertas y perdió el control del carro. Los caballos corrieron hacia lo más alto del cielo y después se acercaron lo bastante a la tierra como para abrasarla. Zeus no tuvo más opción que descargar un relámpago que destruyó el carro y mató a Faetón. El misterioso río Eridano lo recibió y enfrió las llamas que envolvían su cuerpo. Las náyades, que se compadecían de aquel joven tan audaz, lo enterraron. Las hermanas de Faetón, las Helíades, llegaron hasta su tumba y se lamentaron. Zeus se apiadó de este pesar y las transformó en álamos de los que brotaron tristes hojas murmurantes a las orillas del Eridano.
Leyó las últimas líneas de la historia en la pantalla:
Donde se lamentan y eternamente lloran en la corriente,
y donde cada lágrima que cae a las aguas resplandece
como una brillante gota de ámbar.
Recordó al instante el ejemplar de las Metamorfosis de Ovidio que había visto en la estantería de casa de Borya. Karol trataba de advertir a Rachel pero esta se negaba a escuchar. Como Faetón, también ella se había lanzado a una búsqueda insensata sin comprender los peligros ni valorar los riesgos. ¿Sería Christian Knoll su Zeus, aquel que la fulminaría con un relámpago?
Se quedó mirando el teléfono. ¿Cuándo sonaría, maldita sea?
¿Qué podía hacer?
Nada. Quedarse con los niños, cuidar de ellos y esperar a que Rachel regresara de su viaje sin sentido. Podía llamar a la policía y quizá alertar a las autoridades alemanas. Pero si Christian Knoll no era más que un investigador curioso, la reprimenda de Rachel sería de las que hacían época. «Paul el alarmista», diría.
No le apetecía escuchar eso.
Pero había una tercera opción. La más atractiva. Consultó el reloj. Las dos menos diez, ocho menos diez en Alemania. Cogió el listín telefónico, encontró el número y llamó a Delta Airlines. Respondió un encargado de reservas.
– Necesito volar esta misma noche desde Atlanta hasta Munich.
Kehlheim, Alemania
Sábado, 17 de mayo, 8:05
Suzanne se había movido con rapidez. Había salido del despacho de Paul Cutler el día anterior y había volado de inmediato a Nueva York, donde había tomado el Concorde que partía a las seis y media de la mañana hacia París. Llegó poco después de las diez de la noche, hora local, y un vuelo de Air France la puso en Munich hacia la una de la madrugada. Había logrado dormir un poco en un hotel del aeropuerto antes de correr hacia el sur en un Audi alquilado, siguiendo la autobahn E533 directamente hasta Oberammergau, para luego virar hacia el oeste por una serpenteante autopista hacia el lago alpino llamado Fórggensee, al este de Füssen.
La localidad de Kehlheim era una colección de casas viejas y encaladas, coronadas por cubiertas elaboradas y empinadas. El lago quedaba muy cerca, al este. La iglesia y su campanario dominaban el centro de la localidad, que estaba ocupado por una pintoresca markplatz. Las orillas del otro lado del lago estaban rodeadas por pendientes boscosas. Algunos barcos de velas blancas recorrían las aguas grisáceas como mariposas en la brisa.
Estacionó al sur de la iglesia. Los puestos de los vendedores ocupaban toda la plaza adoquinada en lo que parecía un mercadillo del sábado por la mañana. En el aire pendía el olor de la carne cruda, la fruta fresca y el tabaco. Suzanne recorrió aquella mélange en la que abundaban los turistas de temporada. Los niños jugaban en ruidosos grupos. A lo lejos se oía repicar el martillo de un herrero. Le llamó la atención uno de los puestos, atendido por un viejo de cabello plateado y nariz aguileña. Aquel hombre aparentaba la edad que Danya Chapaev debería tener. Se acercó a él y admiró las manzanas y las cerezas.
– Hermosa fruta -dijo en alemán.
– Yo mismo la cultivo -respondió el viejo.
Compró tres manzanas y sonrió ampliamente, para ablandarlo. Su imagen era perfecta. Peluca rubia rojiza, piel clara, ojos de almendra. Sus pechos habían aumentado dos tallas como cortesía de un par de rellenos externos de silicona. También se había puesto relleno en las caderas y los muslos y se había embutido unos vaqueros dos tallas por encima de la suya para acomodar el exceso. Una camisa a cuadros de franela y unas botas marrones completaban el disfraz. Unas gafas de sol le protegían los ojos oscuros, pero no lo bastante como para llamar la atención. Sin duda, cualquier testigo posterior la describiría como una rubia rellenita y pechugona.
– ¿Sabe dónde vive Danya Chapaev? -preguntó al fin-. Es un hombre mayor. Vivió aquí durante un tiempo. Era amigo de mi abuelo. He venido para traerle un regalo, pero he perdido sus señas. He encontrado este pueblo por casualidad.
El vendedor negó con la cabeza.
– Qué descuidada, Fräulein.
Ella sonrió.
– Lo sé. Pero yo soy así. Siempre tengo la cabeza a miles de kilómetros.
– No sé dónde vive ningún Chapaev. Soy de Nesselwang, al oeste. Pero déjeme hablar con alguien de aquí.
Antes de que ella pudiera detenerlo, el viejo gritó a otro hombre que había al otro lado de la plaza. Suzanne no quería llamar demasiado la atención sobre sus pesquisas. Los dos hombres hablaron en francés, un idioma con el que ella no llegaba a manejarse, pero entendió algunas palabras sueltas. Chapaev. Norte. Tres kilómetros. Cerca del lago.
– Edward conoce a Chapaev. Dice que vive al norte del pueblo, a tres kilómetros. Justo en la orilla del lago. Es por esa carretera de ahí. Un pequeño chalet de piedra con una chimenea.
Ella sonrió y asintió para agradecer la información antes de oír cómo el otro vendedor gritaba desde el otro lado de la plaza.
– ¡Julius! ¡Julius!
Un muchacho de unos doce años corrió hacia el puesto. Tenía el pelo castaño claro y un rostro hermoso. El vendedor habló con él y el chico corrió hacia Suzanne. Al fondo, una bandada de patos levantó el vuelo desde el lago y se lanzó hacia el lechoso cielo matutino.
– ¿Está usted buscando a Chapaev? -preguntó el chico-. Es mi abuelo. Puedo llevarla.
Los ojos del joven se desviaron hacia sus pechos.
– Pues indícame el camino -dijo cada vez más sonriente.
Los mismos trucos servían para manipular a hombres de todas las edades.
9:15
Rachel desvió la mirada hacia Christian Knoll, sentado en el asiento de al lado. Circulaban en dirección sur por la autobahn E533 y se encontraban ya a treinta minutos al sur de Munich. El paisaje que se veía por las ventanas tintadas del Volvo estaba formado por cimas fantasmales que emergían tras un telón de bruma. La nieve blanqueaba las estribaciones más elevadas y las laderas inferiores estaban cubiertas por el verdor de los abetos y los alerces.
– Es muy hermoso -dijo.
– La primavera es la mejor estación para visitar los Alpes. ¿Es la primera vez que visita Alemania?
Ella asintió.
– Le va a gustar mucho esta zona.
– ¿Viaja mucho?
– Constantemente.
– ¿Dónde está su casa?
– Tengo un apartamento en Viena, pero raramente me quedo mucho. Mi trabajo me lleva por todo el mundo.
Rachel estudió a su enigmático chofer. Era de hombros anchos y musculoso, de cuello grueso y brazos largos y fuertes. De nuevo vestía ropas informales. Camisa de gamuza de cuadros, vaqueros y botas. Tenía un leve olor a colonia dulce. Era el primer hombre europeo con el que cruzaba más de unas palabras. Quizá a ello se debiera su fascinación. Sin duda, aquel individuo había picado su curiosidad.
– El informe de la kgb indicaba que tiene usted un hijo. ¿Está casada? – preguntó Knoll.
– Lo estuve. Estamos divorciados. Y tenemos dos hijos.
– El divorcio parece algo muy habitual en los Estados Unidos.
– Por mi juzgado pasan cien o más cada semana.
Knoll negó con la cabeza.
– Es una pena.
– La gente no parece capaz de convivir.
– ¿Su ex marido es abogado?
– Uno de los mejores. -Un Volvo les pasó zumbando por el carril izquierdo-. Es increíble. Ese coche debe de ir a más de ciento sesenta o ciento setenta.
– Más bien doscientos -corrigió Knoll-. Somos nosotros los que vamos casi a ciento setenta.
– Desde luego, en Estados Unidos las cosas son muy diferentes.
– ¿Es un buen padre? -preguntó Knoll.
– ¿Mi ex? Oh, sí. Muy bueno.
– ¿Es mejor padre que marido?
Aquellas preguntas eran extrañas, pero no le importaba responder porque el hecho de no conocer a aquel hombre minimizaba la sensación de intrusión.
– Yo no diría eso. Paul es un buen hombre. Cualquier mujer estaría encantada con él.
– ¿Y por qué usted no?
– No he dicho que no lo estuviera. Solo he dicho que no podíamos vivir juntos.
Knoll pareció sentir su reticencia.
– No pretendía fisgar. Es que me interesa la gente. Como carezco de hogar y de raíces, disfruto tanteando a los demás. Es simple curiosidad. Nada más.
– No pasa nada, no me he ofendido. -Rachel guardó silencio durante un trecho antes de decir-: Debería haber llamado a Paul para decirle dónde me alojo. Está cuidando de los niños.
– Puede llamarlo esta noche.
– No le gusta que esté aquí. El y mi padre me dijeron que me mantuviera apartada de este asunto.
– ¿Habló de esto con su padre antes de su muerte?
– En absoluto. Me dejó una nota junto a su testamento.
– Entonces, ¿qué hace usted aquí?
– Es algo que debo hacer.
– Puedo entenderlo. La Habitación de Ámbar es todo un premio. La gente lleva buscándola desde la guerra.
– Eso me han dicho. ¿Qué la hace tan especial?
– Es difícil de explicar. El arte tiene un efecto muy distinto sobre cada persona. Lo más interesante de la Habitación de Ámbar es el hecho de que estimulara a todo el mundo del mismo modo. He leído informaciones del siglo xix y de los primeros años del xx. Todos los comentarios coinciden en que se trataba de algo magnífico. Imagine toda una habitación forrada de ámbar.
– Suena asombroso.
– El ámbar es precioso. ¿Sabe algo sobre él? -preguntó Knoll.
– Muy poco.
– No es más que resina de árbol fosilizada, con una edad de entre cuarenta y cincuenta millones de años. Savia endurecida por los milenios hasta formar una alhaja. Los griegos lo llamaban elektron, «sustancia del sol», por su color y porque, si frotas un trozo con las manos, produce una carga eléctrica. Chopin frotaba con los dedos cadenas de ámbar antes de tocar el piano. Calienta los dedos y evita la sudoración.
– No sabía eso.
– Los romanos creían que el ámbar traía suerte a los leo. Sin embargo, para los tauro era una fuente de problemas.
– Debería conseguir un poco. Yo soy leo.
Knoll sonrió.
– Si es que cree en esa clase de cosas. Los doctores medievales prescribían el vapor de ámbar para tratar las gargantas doloridas. Los humos son muy fragantes y supuestamente poseen cualidades medicinales. Los rusos lo llaman «incienso del mar». Además… Lo siento, debo de estar aburriéndola.
– En absoluto. Lo encuentro fascinante.
– Los vapores hacen madurar la fruta. Una leyenda árabe cuenta que cierto sha ordenó a su jardinero que le trajera peras frescas. Sin embargo, no era temporada de peras y quedaba un mes hasta que la fruta madurara. El sha amenazó con decapitar al jardinero si no le llevaba peras maduras. Así las cosas, el hombre tomó algunas peras verdes y se pasó la noche rezando a Alá y quemando incienso de ámbar. Al día siguiente, y como respuesta a sus plegarias, las peras aparecieron rosadas y dulces, listas para comer. -Knoll se encogió de hombros-. ¿Quién sabe si será o no cierto? Pero sí se sabe que el vapor del ámbar contiene etileno, que estimula la maduración temprana. También puede ablandar el cuero. Los egipcios usaban este vapor en el proceso de momificación.
– Mi único conocimiento procede de la joyería, o de las imágenes que he visto con insectos u hojas en su interior.
– Francis Bacon lo llamaba «una tumba más que regia». Los científicos ven el ámbar como una cápsula temporal. Los artistas piensan en él como si fuera pintura. Hay más de doscientos cincuenta tonos distintos. El azul y el verde son los más raros. El rojo, el amarillo, el marrón, el negro y el dorado, los más comunes. Gremios enteros surgieron en la Edad Media para controlar su distribución. La Habitación de Ámbar fue tallada en el siglo xviii como el epítome de lo que el hombre podía hacer con aquella sustancia.
– Conoce muy bien el tema.
– Es mi trabajo.
El coche frenó.
– Nuestra salida -dijo Knoll mientras abandonaba la autobahn por medio de una breve rampa en la que fue disminuyendo la velocidad-. Desde aquí nos dirigimos hacia el este por la autopista. Kehlheim no está muy lejos. -Giró el volante a la derecha y cambió rápidamente de marcha para recuperar velocidad.
– ¿Para quién trabaja? -preguntó Rachel.
– No puedo decirlo. Mi empleador es una persona reservada.
– Pero obviamente rico.
– ¿Y eso?
– Enviarlo a usted por todo el planeta a buscar obras de arte… No me parece la afición de un hombre pobre.
– ¿He dicho que sea un hombre?
Ella sonrió.
– No. No lo ha dicho.
– Buen intento, señoría.
La autopista quedaba enmarcada en verdes praderas salpicadas con agrupaciones de abetos muy altos. Rachel bajó la ventanilla y aspiró el aire cristalino.
– Estamos ascendiendo, ¿no es así?
– Aquí comienzan los Alpes, que se extienden hacia el sur hasta Italia. Antes de que lleguemos a Kehlheim empezará a hacer frío.
Ella ya se había preguntado antes por qué Knoll se había puesto una camisa de manga larga y pantalones largos. Ella vestía unos pantalones cortos de color caqui y una camisa abotonada de manga corta. De repente reparó en que aquella era la primera vez desde el divorcio que un hombre que no fuera Paul la llevaba en coche a algún sitio. Solo iba con los niños, con su padre o con una amiga.
– Cuando ayer le dije que lamentaba la pérdida de su padre lo decía en serio -comentó Knoll.
– Era muy mayor.
– Es lo terrible de los padres. Un día los perdemos.
Parecía hablar en serio. Eran las palabras esperables, y aunque sin duda eran producto de la cortesía, agradecía aquel sentimiento.
Y encontró a aquel hombre todavía más intrigante.
11:45
Rachel estudió al anciano que abrió la puerta. Era bajo, con un rostro estrecho coronado por un matojo de pelo plateado. Un vello rubio le cubría el mentón y el cuello avejentados. Era de figura enjuta y su piel poseía el tono del talco. El rostro estaba seco como una nuez. Tendría un mínimo de ochenta años y su primer pensamiento fue para su padre y para lo mucho que aquel hombre le recordaba a él.
– ¿Danya Chapaev? Soy Rachel Cutler. La hija de Karol Borya.
El anciano se quedó mirándola con intensidad.
– Lo veo en su cara y en sus ojos.
Ella sonrió.
– Él se sentiría orgulloso de ello. ¿Puedo entrar?
– Por supuesto -respondió Chapaev.
Ella y Knoll entraron en la diminuta casa. Tenía una sola planta y estaba construida con madera vieja y yeso cuarteado. El de Chapaev era el último de una serie de chalés que quedaban un poco apartados de Kehlheim y a los que se llegaba a través de un camino entre los árboles.
– ¿Cómo ha encontrado mi casa? -preguntó Chapaev. Su inglés era mucho mejor que el de su padre.
– Preguntamos dónde vivía en el pueblo -respondió ella.
La sala era hogareña y cálida gracias a un pequeño fuego chisporroteante. Dos lámparas ardían junto a un sofá guateado en el que se sentaron ella y Knoll. Chapaev ocupó una mecedora de madera situada frente a ellos. En el aire flotaba el olor de la canela y el café. Chapaev les ofreció una bebida, pero ambos declinaron. Rachel presentó a Knoll y después habló a Chapaev acerca de la muerte de su padre. El anciano se sorprendió ante la noticia. Se quedó un rato sentado en silencio. Sus ojos cansados luchaban por contener las lágrimas.
– Era un buen hombre. El mejor -dijo al fin Chapaev.
– Estoy aquí, señor Chapaev…
– Danya, por favor. Llámeme Danya.
– Muy bien, Danya. Estoy aquí debido a las cartas que usted y mi padre se cruzaron en relación con la Habitación de Ámbar. Las he leído. Papá me dijo algo acerca del secreto que los dos compartían y de que eran demasiado viejos para ir a comprobarlo. He venido para descubrir lo que sea posible.
– ¿Porqué, niña?
– Parecía importante para papá.
– ¿Habló alguna vez con usted de ello?
– Hablaba poco de la guerra y de lo que hizo tras ella.
– Quizá tuviera motivos para guardar silencio.
– Estoy segura de que sí. Pero mi padre ya no está.
Chapaev se sentó en silencio. Parecía contemplar el fuego. Las sombras jugaban sobre su viejo rostro. Rachel miró a Knoll, que observaba atentamente a su anfitrión. Se había visto obligada a decir algo acerca de las cartas y Knoll había reaccionado. No era sorprendente, ya que ella había ocultado intencionadamente esa información. Supuso que más tarde le haría algunas preguntas.
– Quizá sea el momento -dijo Chapaev en voz baja-. Siempre me he preguntado cuándo sería. Puede que sea ahora.
Junto a ella, Knoll inspiró profundamente por la boca. Rachel sintió un escalofrío que le recorrió la columna. ¿Era posible que aquel anciano supiera dónde se encontraba la Habitación de Ámbar?
– Tamaño monstruo, Erich Koch -susurró Chapaev.
Ella no lo comprendió.
– ¿Koch?
– Un gauleiter-respondió Knoll-. Uno de los gobernadores provinciales de Hitler. Koch gobernaba en Prusia y Ucrania. Su trabajo era exprimir hasta la última tonelada de grano, hasta el último gramo de acero, hasta el último esclavo de la región.
El anciano suspiró.
– Koch solía decir que si llegara a encontrar a un ucraniano digno de sentarse a su mesa, lo fusilaría. Supongo que deberíamos estar agradecidos a su brutalidad. Logró convertir a cuarenta millones de ucranianos, que saludaron a los invasores como liberadores del yugo de Stalin, en partisanos consumidos por el odio hacia los alemanes. Toda una hazaña.
Knoll guardó silencio. Chapaev continuó su relato:
– Koch jugó con los rusos y con los alemanes después de la guerra, y empleó la Habitación de Ámbar para permanecer con vida. Karol y yo fuimos testigos de la manipulación, pero no podíamos decir nada.
– No entiendo -dijo ella.
– Koch fue juzgado en Polonia después de la capitulación y sentenciado a morir como criminal de guerra. Pero los soviéticos pospusieron la ejecución una y otra vez. Él aseguraba saber dónde estaba enterrada la Habitación de Ámbar. Fue Koch quien ordenó que se sacara de Leningrado y se transportara a Königsberg, en 1941. También ordenó su evacuación hacia el oeste en 1945. Koch usó este supuesto conocimiento para permanecer vivo, pues intuía que los soviéticos lo matarían en cuanto revelara el lugar.
Rachel empezó a recordar parte de lo que había leído en los artículos recopilados por su padre.
– Pero al final consiguió una garantía, ¿no?
– A mediados de los sesenta -respondió Chapaev-. Pero el estúpido aseguró que era incapaz de recordar la localización exacta. Para entonces Königsberg había sido rebautizada como Kaliningrado y era parte de la Unión Soviética. La localidad había sido bombardeada durante la guerra hasta quedar reducida a escombros y los soviéticos la limpiaron a golpe de máquina y la reconstruyeron. No quedó nada de la antigua ciudad. Culpó a los rusos de todo. Dijo que habían destruido los hitos necesarios para localizar el lugar. Que era culpa de ellos el que ahora no pudiera encontrarla.
– Koch no sabía nada de nada, ¿no es así? -preguntó Knoll.
– Nada. No era más que un oportunista que quería sobrevivir.
– Díganos, señor, ¿encontraron ustedes la Habitación de Ámbar?
Chapaev asintió.
– ¿La vieron? -preguntó Knoll.
– No. Pero estaba allí.
– ¿Por qué guardaron el secreto?
– Stalin era maligno. El diablo encarnado. Había saqueado y robado la herencia de Rusia para construir el Palacio de los Soviets.
– ¿El qué? -preguntó Rachel.
– Un inmenso rascacielos en Moscú -explicó Chapaev-. Y quería coronar aquella mole con una gigantesca estatua de Lenin. ¿Puede imaginar tamaña monstruosidad? Karol, yo y todos los demás estábamos reuniendo piezas para el Museo de Arte Mundial, que iba a formar parte de ese palacio. Pretendía ser el regalo de Stalin al mundo. Idéntico a lo que Hitler planeaba en Austria. Un inmenso museo de arte robado. Gracias a Dios que Stalin no llegó a construir siquiera el monumento. Era una locura. Algo demencial. Y nadie era capaz de detener a ese hijo de puta. Solo la muerte pudo con él. -. El anciano negó con la cabeza-. Una locura, una absoluta locura. Karol y y0 decidimos cumplir con nuestra parte y no decir jamás nada acerca de lo que creíamos haber encontrado en las montañas. Era mejor dejarlo enterrado a que terminara sirviendo como escaparate para Satán.
– ¿Cómo encontraron la Habitación de Ámbar? -preguntó ella.
– Pues por casualidad. Karol se topó con un trabajador ferroviario que nos puso en la pista de las cuevas. Estaban en el sector ruso, lo que se había convertido en la Alemania Oriental. Los soviéticos robaron incluso eso, aunque en este caso se trató de un robo consentido. Cada vez que Alemania se unifica suceden cosas espantosas. ¿No está usted de acuerdo, Herr Knoll?
– No opino acerca de política, camarada Chapaev. Además, soy austríaco, no alemán.
– Qué curioso. Creí haber notado en su acento entonaciones bávaras.
– Tiene buen oído para un hombre de su edad.
Chapaev se volvió hacia ella.
– Ese era el apodo de su padre. Ýxo. Oídos. Así lo llamaban en Mauthausen. Era el único en los barracones que hablaba alemán.
– No lo sabía. Papá no hablaba mucho sobre el campo.
Chapaev asintió.
– Es comprensible. Yo pasé en uno los últimos meses de la guerra. – Miró con severidad a Knoll-. Respecto a su acento, Herr Knoll, se me daban muy bien esas cosas. El alemán era mi especialidad.
– Su inglés también es muy bueno.
– Tengo don de lenguas.
– Sin duda, su antiguo trabajo exigía una gran capacidad de observación y de comunicación.
Rachel sentía curiosidad por la fricción que parecía existir entre ellos. Eran dos extraños, pero actuaban como si se conocieran. O, para ser más precisos, como si se odiaran. Pero aquella pugna estaba retrasando su misión.
– Danya -dijo-, ¿puede decirnos dónde está la Habitación de Ámbar?
– En las cuevas que hay al norte. En las montañas Harz. Cerca de Warthberg.
– Habla usted como Koch -terció Knoll-. Esas cuevas han sido revisadas de arriba abajo.
– No estas. Estaban en la zona oriental. Los soviéticos las cerraron y se negaron a permitir que nadie entrara en ellas. Son numerosísimas. Llevaría décadas explorarlas todas y son como un laberinto para ratas. Los nazis minaron la mayoría con explosivos y almacenaron munición en el resto. Ese es uno de los motivos por los que Karol y yo nunca quisimos ir a mirar. Es mejor dejar que el ámbar descanse en paz que arriesgarnos a que vuele por los aires.
Knoll sacó una pequeña libreta y un bolígrafo del bolsillo trasero del pantalón.
– Dibújenos un mapa.
Chapaev trabajó en el mapa durante algunos minutos. Ella y Knoll guardaban silencio. Solo el chisporroteo del fuego y el sonido del bolígrafo sobre el papel rompían la quietud. Chapaev le entregó la libreta a Knoll.
– Es posible encontrar la cueva correcta gracias al sol -dijo-. La entrada apunta hacia el este. Un amigo que visitó la zona hace poco me dijo que la entrada había sido cerrada con barrotes de hierro y que en el exterior se podía ver la designación «BCR-65». Las autoridades alemanas aún están por entrar para limpiar la zona de explosivos, de modo que nadie se ha aventurado todavía. O eso me han dicho. He dibujado el mejor mapa de los túneles que me permite mi memoria. Al final no se librarán de cavar, pero tras un corto trecho se toparán con la puerta de hierro que conduce a la cámara.
– Lleva décadas guardando este secreto -dijo Knoll-. ¿Por qué se lo suelta ahora a dos extraños?
– Rachel no es una extraña.
– ¿Cómo sabe que no le está mintiendo respecto a su identidad?
– Veo claramente a su padre en ella.
– Pero no sabe nada sobre mí. Ni siquiera ha preguntado por qué estoy aquí.
– Me basta con que Rachel lo haya traído aquí. Soy un hombre viejo, Herr Knoll. Me queda poco tiempo. Es necesario que alguien sepa lo que yo sé. Quizá Karol y yo tuviéramos razón. Quizá no. Puede que allí no haya nada. ¿Por qué no va a echar un vistazo, para asegurarse? -Chapaev se volvió hacia ella-. Ahora, mi niña, si eso era cuanto quería, me gustaría descansar. Estoy agotado.
– Por supuesto, Danya. Y muchas gracias. Comprobaremos si la Habitación de Ámbar está allí.
Chapaev lanzó un suspiro.
– Hágalo, mi niña. Hágalo.
– Muy bien, camarada -dijo Suzanne en ruso cuando Chapaev abrió la puerta del dormitorio. Los visitantes del viejo se acababan de marchar y había oído alejarse su coche-. ¿Ha considerado alguna vez la posibilidad de dedicarse a la interpretación? Christian Knoll es muy difícil de engañar, pero usted lo ha hecho a la perfección. Casi me lo creí yo misma.
– ¿Cómo sabe que Knoll irá a la cueva?
– Está ansioso por agradar a su nuevo empleador. Codicia la Habitación de Ámbar hasta tal punto que no dejará pasar la oportunidad de comprobarlo, aunque crea que se trata de un callejón sin salida.
– ¿Y si piensa que es una trampa?
– No tiene motivos para sospechar nada, gracias a su notable interpretación.
La mirada de Chapaev se dirigió hacia su nieto, que se encontraba junto a la cama, amordazado y atado a una silla de roble.
– Su precioso nieto agradece enormemente su interpretación. -Le acarició el pelo al muchacho-. ¿A que sí, Julius?
El chico trató de apartarse e intentó hablar a través de la cinta que le cubría la boca. Ella levantó la pistola con silenciador y se la acercó a la cabeza. El joven abrió los ojos como platos cuando el cañón le tocó la sien.
– Eso no es necesario -intervino rápidamente Chapaev-. Hice lo que me pidió. Dibujé un mapa exacto, sin trucos. Aunque me duele el corazón por lo que pueda sucederle a la pobre Rachel. No se merece esto.
– La pobre Rachel debería habérselo pensado mejor antes de decidir involucrarse. Esta no es su guerra, ni el asunto es de su incumbencia. Debería haberse quedado en su casita.
– ¿Podemos pasar a la otra habitación? -preguntó Chapaev.
– Como desee. No creo que el querido Julius se vaya a ir a ninguna parte. ¿Y usted?
Entraron en el salón. Chapaev cerró la puerta del dormitorio.
– El muchacho no merece morir -dijo en voz baja.
– Es usted perspicaz, camarada Chapaev.
– No me llame así.
– ¿No está usted orgulloso de su herencia soviética?
– Yo no tengo herencia soviética. Soy un ruso blanco. Solo frente a Hitler me uní a ellos.
– Pues no parecía tener reservas a la hora de robar tesoros para Stalin.
– Un error de aquellos tiempos. Santo Dios. Cincuenta años he guardado el secreto. Jamás dije una sola palabra. ¿No es capaz de aceptarlo y dejar vivir a mi nieto?
Ella no respondió.
– Trabaja usted para Loring, ¿verdad? -preguntó Chapaev-. Con toda seguridad Josef estará muerto. Debe de ser para Ernst, el hijo.
– Vuelve a ser muy perspicaz, camarada.
– Sabía que algún día vendría usted. Era un riesgo que corría. Pero el muchacho no forma parte de esto. Déjelo ir.
– Es un cabo suelto. Como lo ha sido usted. He leído la correspondencia que se cruzó usted con Karol Borya. ¿Por qué no podía dejarlo estar? ¿Por qué no dejó que el asunto muriera? ¿Con cuántos más se ha estado escribiendo? Mi empleador no desea correr más riesgos. Borya ha desaparecido. Los demás buscadores han desaparecido. Usted es el único que queda.
– Mató usted a Karol, ¿no es así?
– Lo cierto es que no. Herr Knoll se me adelantó.
– ¿Rachel no lo sabe?
– Parece que no.
– Pobre niña, en qué peligro se ha colocado.
– Ese es su problema, camarada, como ya he dicho.
– Supongo que va usted a matarme. En cierto modo, lo agradezco. Pero por favor, deje ir al chico. No puede identificarla. No habla ruso. No entiende nada de cuanto hemos dicho. Estoy convencido de que el aspecto que muestra no es el real. El chico no podría ayudar a la policía aunque quisiera.
– Sabe que no puedo permitirlo.
Chapaev se lanzó entonces a por ella, pero los músculos que en el pasado habían escalado acantilados estaban atrofiados por la edad y la enfermedad. Suzanne esquivó fácilmente la patética intentona.
– No hay necesidad de esto, camarada.
Chapaev cayó de rodillas.
– Por favor… Se lo suplico en el nombre de la Virgen María, permita que el chico se vaya. Merece vivir. -Se dobló hacia delante y apretó la cara con fuerza contra el suelo-. Pobre Julius -sollozó-. Pobre, pobre Julius…
Suzanne apuntó la pistola hacia la nuca de Chapaev y consideró su petición.
– Dasvidániya, camarada.
– ¿No ha sido un poco brusco con él? -preguntó Rachel.
Circulaban hacia el norte por la autobahn. Kehlheim y Chapaev quedaban ya a una hora al sur. Conducía ella. Knoll había dicho que se pondría al volante pasado un tiempo, cuando tuvieran que empezar a recorrer las serpenteantes carreteras que atravesaban las montañas Harz.
Knoll levantó la vista del boceto de Chapaev.
– Debe comprender, Rachel, que llevo muchos años haciendo esto. La gente miente muchísimas más veces de las que dice la verdad. Chapaev asegura que la Habitación de Ámbar reposa en una de las cuevas de Harz. Esa teoría ha sido explorada ya una y mil veces. Lo presioné para asegurarme de que estaba siendo franco.
– Parecía sincero.
– Me resulta sospechoso que, después de todos estos años, el tesoro esté simplemente esperando al final de un túnel oscuro.
– ¿No dijo usted mismo que había cientos de túneles y que la mayoría seguía sin explorar? ¿Que era demasiado peligroso?
– Eso es cierto. Pero estoy familiarizado con la zona general que Chapaev describe. Yo mismo he registrado esas cuevas.
Rachel le habló acerca de Wayland McKoy y su expedición.
– Stod se encuentra a solo cuarenta kilómetros del lugar al que nos dirigimos -respondió Knoll-. Allí también hay montones de cuevas, supuestamente rebosantes de botín. Si es que cree lo que aseguran los buscadores de tesoros.
– ¿Usted no lo cree?
– He aprendido que todo aquello que merece la pena suele estar ya en poder de alguien. La verdadera caza es la que persigue a aquellos que poseen las cosas. Se sorprendería si supiera cuántos tesoros perdidos están en realidad encima de una mesa, en el dormitorio de alguien o colgados de una pared, como si se tratara de baratijas compradas en unos grandes almacenes. La gente cree que el tiempo la protege. No es así. En los años sesenta, un turista encontró un Monet en una granja. El dueño lo había aceptado como pago por medio kilo de mantequilla. Existen innumerables historias similares, Rachel.
– ¿A eso se dedica usted, a buscar esa clase de oportunidades?
– Entre otras cosas.
Siguieron adelante. A medida que recorrían el centro de Alemania, el suelo se fue nivelando para después volver a elevarse, hasta que viraron al noroeste y se dirigieron directamente hacia las montañas. Tras detenerse en el arcén de la carretera, Rachel ocupó el asiento del pasajero y Knoll se puso al volante.
– Esas son las Harz, las montañas más al norte en la Alemania central.
Aquellas cimas no eran los gigantescos precipicios nevados de los Alpes. Las pendientes se elevaban en ángulos relativamente suaves y su cima era redondeada. La cordillera estaba cubierta de abetos, nogales y hayas. Muchos pueblos y aldeas salpicaban el paisaje, acunados en pequeños valles y amplios collados. A lo lejos se divisaba la silueta de picos aún más altos.
– Me recuerda a los Apalaches -dijo ella.
– Esta es la tierra de los Grimm -respondió Knoll-. El reino de la magia. En la Edad Media fue uno de los últimos bastiones del paganismo. Se creía que hadas, brujas y trasgos vagaban por aquí. Se dice que el último oso y el último lince de Alemania fueron abatidos cerca de estos parajes.
– Es espectacular.
– Aquí se extraía plata, pero la producción se detuvo en el siglo x. Después llegaron el oro, el plomo, el cinc y el óxido de bario. La última mina cerró antes de la guerra, en los años treinta. De esa actividad procede la mayoría de las cuevas y túneles. Viejas minas a las que los nazis dieron un buen uso. Escondrijos perfectos contra los bombarderos y difíciles de invadir con tropas de tierra.
Rachel se fijó en la carretera serpenteante y pensó en la mención que Knoll había realizado sobre los hermanos Grimm. En parte esperaba ver la gallina de los huevos de oro, o las dos piedras negras que en el pasado habían sido crueles hermanos, o al flautista que con su música atraía a ratas y niños.
Una hora más tarde entraron en Warthberg. El contorno oscuro de un muro de contención encajonaba la compacta localidad, suavizada solo por los arbotantes y los bastiones de cubierta cónica. La diferencia arquitectónica respecto al sur resultaba evidente. Los tejados rojos y las viejas murallas de Kehlheim habían sido reemplazados por las casas de estructura de madera vista y tejado de pizarra. En las ventanas y las casas se veían menos flores. Existía allí un claro sabor medieval, aunque parecía atemperado por una pátina de identidad propia. Concluyó que la diferencia no era muy distinta del contraste entre Nueva Inglaterra y el sur profundo.
Knoll estacionó frente a una posada con el interesante nombre de Goldene Krone. «La corona de oro», tradujo él antes de desaparecer dentro. Ella esperó en el exterior y estudió la concurrida calle. Un aire mercantilista emanaba de los escaparates que daban a la avenida empedrada. Knoll regresó unos minutos más tarde.
– He reservado dos habitaciones para esta noche. Son casi las cinco y nos quedan unas cinco o seis horas de sol. Pero iremos a las montañas por la mañana. No hay prisa. Lleva cincuenta años esperando.
– ¿Son tan largos los días aquí durante todo el año?
– Nos encontramos a medio camino del Círculo Ártico y estamos casi en verano.
Knoll sacó sus bolsas de viaje del coche de alquiler.
– Póngase cómoda mientras voy a comprar algunas cosas que necesito. Después podemos ir a cenar. He visto un sitio de camino.
– Estaría bien.
Knoll dejó a Rachel en su habitación. Había reparado en la cabina telefónica amarilla al llegar y desanduvo rápidamente sus pasos hasta el ayuntamiento. No le gustaba usar el teléfono de las habitaciones de hotel. Demasiados registros. Lo mismo era aplicable a los teléfonos móviles. Una ignota cabina de pago era siempre más segura para una llamada rápida a larga distancia. Entró y marcó el número de Burg Herz.
– Ya iba siendo hora. ¿Qué está pasando? -preguntó Monika nada más levantar el auricular.
– Estoy intentando encontrar la Habitación de Ámbar.
– ¿Dónde estás?
– Cerca.
– No estoy de humor, Christian.
– En las montañas Harz. Warthberg. -Le habló de Rachel Cutler, Danya Chapaev y las cuevas.
– Todo esto ya lo hemos oído antes -respondió Monika-. Esas montañas son como un hormiguero y nadie ha encontrado nunca nada de nada.
– Tengo un mapa. ¿Qué daño puede hacernos?
– Quieres tirártela, ¿a que sí?
– La idea se me ha pasado por la cabeza.
– Está descubriendo demasiado, ¿no crees?
– Nada de relevancia. No tenía más remedio que traerla conmigo. Asumí que Chapaev sería mucho más comunicativo con la hija de Borya que conmigo.
– ¿Y?
– Fue sencillo. Y sincero, en mi opinión.
– Cuidado con esa Cutler -le advirtió Monika.
– Cree que estoy buscando la Habitación de Ámbar. Nada más. No hay conexión alguna entre su padre y yo.
– Parece que te está saliendo un corazoncito, Christian.
– No creas. -Le habló de Suzanne Danzer y del episodio en Atlanta.
– Loring está preocupado por lo que estamos haciendo -le dijo Monika-. Mi padre y él hablaron ayer largo y tendido por teléfono. Es evidente que intentaba conseguir algo de información. Un poco obvio, para ser él.
– Bienvenida al juego.
– No estoy en esto para divertirme, Christian. Lo que quiero es la Habitación de Ámbar. Y, por lo que dice mi padre, esta parece la mejor pista que ha habido nunca.
– Yo no estoy tan seguro.
– Siempre tan pesimista. ¿Por qué dices eso?
– Me preocupa Chapaev. No sabría decir. Pero hay algo.
– Ve a la mina, Christian, y echa un vistazo. Quédate a gusto. Después fóllate a la jueza y sigue con el trabajo.
Rachel descolgó el teléfono que había junto a la cama y dio su número de tarjeta de crédito a un operador internacional de at &t. Después de ocho timbrazos saltó el contestador automático de su casa y su propia voz le indicó que dejara un mensaje.
– Paul, estoy en un pueblo llamado Warthberg, en el centro de Alemania. El hotel y el número… -Le habló del Goldene Krone-. Te llamaré mañana. Dale un beso a los niños. Adiós.
Consultó su reloj: las cinco de la tarde. En Atlanta serían las once de la mañana. Quizá se hubiera llevado a los chicos al zoo o al cine. Se alegró de que estuvieran con Paul. Era una pena que no pudieran estar con él todos los días. Los niños necesitaban un padre y él los necesitaba a ellos. Aquello era lo más duro del divorcio: saber que una familia había desaparecido. Ella llevaba un año ya divorciando a otras parejas antes de que su propio matrimonio se desintegrara. Muchas veces, mientras escuchaba declaraciones que no eran en absoluto necesarias, se preguntaba por qué las parejas que en el pasado se habían querido no tenían de repente nada bueno que decirse. ¿Era el odio un prerrequisito del divorcio? ¿Un elemento necesario? Ella y Paul no se odiaban. Se habían sentado, habían dividido calmadamente sus posesiones y habían decidido lo que sería mejor para los niños. ¿Pero qué elección había tenido Paul? Ella había dejado claro que el matrimonio había terminado. Ese tema no estaba abierto a debate. El había intentado hacerle cambiar de opinión, pero ella estaba decidida.
¿Cuántas veces se había hecho la misma pregunta? ¿Había hecho lo correcto? ¿Y cuántas veces había llegado a la misma conclusión?
¿Quién sabía?
Knoll llegó a su habitación y ella lo siguió hasta un arcaico edificio de piedra que, según le explicó él, antes de convertirse en restaurante había sido un teatro.
– ¿Cómo sabe eso? -le preguntó.
– Me lo han contado antes, cuando me pasé para preguntar a qué hora cerraban.
El interior era una cripta gótica de piedra con techos abovedados, ventanas, vidrieras y linternas de hierro. Knoll se dirigió hacia una de las mesas de borriquetes del fondo. Habían pasado dos horas desde su llegada a Warthberg. Ella había aprovechado para darse un baño rápido y cambiarse de ropa. Su acompañante también se había cambiado. Los vaqueros y las botas habían sido reemplazados por pantalones de lana, un jersey de color vivo y unos zapatos de cuero marrones.
– ¿A qué se ha dedicado en este tiempo? -preguntó Rachel mientras se sentaban.
– A comprar las cosas que necesitaremos mañana. Linternas, una pala, un cortador de metal y dos chaquetas. Dentro de la montaña va a hacer mucho frío. Antes llevaba unas botas hasta los tobillos. Llévelas también mañana, las necesitará.
– Actúa como si ya hubiera hecho esta clase de cosas.
– Muchas veces. Pero debemos tener cuidado. Se supone que no se puede entrar en las minas sin permiso. El Gobierno controla el acceso para evitar que la gente se vuele en pedazos.
– Deduzco que no vamos a preocuparnos de obtener un permiso.
– Deduce bien. Por eso he tardado tanto. He comprado en diversas tiendas, para no llamar la atención.
Un camarero se acercó a su mesa y les tomó nota. Knoll pidió una botella de vino, un vigoroso tinto que el camarero presentó con insistencia como producto local.
– ¿Le está gustando su aventura hasta el momento? -preguntó.
– Es mejor que el juzgado. -Rachel echó un vistazo a su alrededor. El ambiente era íntimo. Unas veinte personas más estaban repartidas por las mesas, la mayoría en parejas. Había un grupo de cuatro-. ¿Cree que encontraremos lo que buscamos?
– Muy bien -respondió él.
Rachel quedó perpleja.
– ¿Cómo dice?
– No ha mencionado nuestro objetivo.
– He supuesto que no querría usted anunciar nuestras intenciones.
– Así es. Y tengo dudas.
– ¿Sigue sin confiar en lo que ha oído esta mañana?
– No es que no confíe. Es que ya lo he oído antes.
– Pero no de mi padre.
– No es su padre quien nos guía.
– ¿Sigue creyendo que Chapaev ha mentido?
El camarero les llevó el vino y la comida. Knoll había pedido una tajada humeante de cerdo y ella pollo asado, ambos platos acompañados con patatas y ensalada. Rachel quedó impresionada con la rapidez del servicio.
– ¿Qué tal si reservo mi juicio para mañana por la mañana? -dijo Knoll-. Demos al anciano el beneficio de la duda, como dicen los norteamericanos.
Ella sonrió.
– Creo que es una buena idea.
Knoll señaló la cena.
– ¿Comemos y hablamos de asuntos más agradables?
Tras la cena, Knoll la guió de vuelta al Goldene Krone. Eran casi las diez de la noche, pero aún no había terminado de oscurecer. El ambiente era similar al del otoño en el norte de Georgia.
– Tengo una pregunta -dijo Rachel-. Si encontramos la Habitación de Ámbar, ¿cómo impedirá que el Gobierno ruso reclame los paneles?
– Hay vías legales disponibles. Los paneles llevan abandonados más de cincuenta años. Sin duda su posesión también contará. Además, es posible que los rusos ni siquiera los quieran. Han recreado la cámara con nuevo ámbar y nueva tecnología.
– No lo sabía.
– Sí, la habitación del Palacio de Catalina ha sido reconstruida. Les ha llevado más de dos décadas. Tras el colapso de la Unión Soviética, la pérdida de los Estados Bálticos significó que tenían que comprar el ámbar en el mercado abierto. Resultó bastante costoso. Pero algunos benefactores proporcionaron el dinero. Irónicamente, la mayor contribución fue la de un grupo industrial alemán.
– Razón de más para que quieran recuperar los paneles. Los originales serían mucho más preciados que las reproducciones.
– No lo creo. El ámbar sería de distinto color y calidad. No tendría sentido mezclar las piezas.
– Entonces, de encontrarlos, ¿no estarían intactos?
El negó con la cabeza.
– El ámbar estaba originalmente pegado a planchas de roble macizo con una masilla de cera y savia. El Palacio de Catalina no era precisamente un lugar con la temperatura controlada, de modo que la madera estuvo contrayéndose y dilatándose durante más de doscientos años, y el ámbar empezó a caerse. Cuando los nazis capturaron la cámara se había caído casi el treinta por ciento de la superficie. Se estima que otro quince por ciento se perdió durante el traslado a Königsberg. De modo que todo lo que quedaría ahora sería un montón de trozos sueltos.
– Entonces, ¿para qué sirven?
Knoll sonrió.
– Existen fotografías. Si tiene las piezas no resultaría difícil reensamblar la cámara entera. Mi esperanza es que los nazis las embalaran bien; la persona que me emplea no está interesada en recreaciones. El original es lo que importa.
– Parece un hombre interesante.
El sonrió.
– Buen intento… de nuevo. Pero no he dicho que sea un hombre.
Llegaron al hotel. Subieron y se detuvieron ante la puerta de ella.
– ¿A qué hora nos levantamos? -preguntó Rachel.
– Nos marcharemos a las siete y media. El recepcionista me ha dicho que se sirve el desayuno a partir de las siete. La zona que buscamos no está lejos, a unos diez kilómetros.
– Le agradezco todo lo que ha hecho. Por no mencionar el que me haya salvado la vida.
Knoll inclinó la cabeza.
– Ha sido un placer.
Ella sonrió ante el gesto.
– Ha mencionado a su marido, pero a nadie más. ¿Hay un hombre en su vida?
Fue una pregunta a bocajarro. Demasiado rápido.
– No. -Rachel lamentó al instante la sinceridad.
– Su corazón sigue añorando a su ex marido, ¿no es así?
No era de la incumbencia de aquel hombre, pero por algún motivo quería responder.
– A veces.
– ¿Lo sabe él?
– A veces.
– ¿Cuánto tiempo ha pasado?
– ¿Cuánto tiempo ha pasado desde qué?
– Desde que hizo el amor con un hombre.
La mirada de él se demoró más de lo que ella esperaba. Era un tipo intuitivo y aquello le preocupaba.
– No lo bastante como para meterme en la cama con un completo desconocido.
Knoll sonrió.
– Quizá ese desconocido pueda ayudar a que su corazón olvide.
– No creo que sea eso lo que necesito. Pero gracias por la oferta. -Metió la llave y abrió la cerradura. Miró hacia atrás-. Creo que es la primera vez que alguien me hace una proposición.
– Y sin duda no será la última. -Knoll inclinó la cabeza y sonrió-. Buenas noches, Rachel.
Y con esto se marchó hacia la escalera y su propia habitación.
Pero algo llamó la atención de Rachel.
Resultaba interesante ver cómo el rechazo parecía haberlo estimulado.
Domingo, 18 de mayo, 7: 30
Knoll salió del hotel y observó la mañana. Una bruma algodonosa envolvía la silenciosa localidad y el valle circundante. El cielo era melancólico y el sol de finales de primavera trataba, sin mucho éxito, de calentar el día. Rachel estaba apoyada en el coche, aparentemente preparada. Se acercó a ella.
– La niebla nos ayudará a pasar desapercibidos y también el que hoy sea domingo. Casi todo el mundo está en la iglesia.
Subieron al coche.
– ¿No había dicho usted que este era un bastión del paganismo?
– Eso es para los folletos turísticos y las guías de viajes. En estas montañas viven muchos católicos y así ha sido desde hace siglos. Se trata de gente muy religiosa.
El Volvo cobró vida y no tardaron en abandonar Warthberg. Las calles adoquinadas estaban prácticamente desiertas y húmedas por el frío matutino. La carretera que partía hacia el este descendía serpenteante y se perdía dentro de un valle oculto por la bruma.
– Esta zona me recuerda aún más a las montañas Great Smoky de Carolina del Norte -dijo Rachel-. Están veladas del mismo modo.
Knoll siguió el mapa que les había hecho Chapaev y se preguntó si no sería todo un juego absurdo. ¿Cómo podían permanecer toneladas de ámbar ocultas durante más de medio siglo? Muchos las habían buscado. Algunos incluso habían muerto. Era bien consciente de la llamada maldición de la Habitación de Ámbar. ¿Pero qué mal podía haber en echar un vistazo rápido en las entrañas de una montaña más? Al menos, gracias a Rachel Cutler, el viaje sería interesante.
Tras coronar un repecho en la carretera volvieron a descender hacia otro valle. La carretera parecía encajonada entre los hayedos difuminados por la niebla. Llegaron al punto en que terminaba la carretera del mapa de Chapaev y estacionaron entre los árboles.
– El resto habrá que hacerlo a pie -anunció él.
Salieron del coche y sacaron una mochila de espeleólogo del maletero.
– ¿Qué lleva ahí? -preguntó Rachel.
– Cuanto necesitamos. -Se echó la mochila a la espalda-. Ahora no somos más que una pareja de excursionistas que ha salido a pasar el día.
Le dio una de las chaquetas.
– No la pierda. Va a necesitarla una vez que estemos bajo tierra.
El se había puesto la suya en la habitación del hotel. El estilete aguardaba oculto en su brazo derecho, bajo la manga de nailon. Abrió la marcha a través de bosque. El terreno herboso se elevaba a medida que se alejaban de la autopista en dirección norte. Siguieron un camino definido que rodeaba la base de una alta cima. Algunos senderos se separaban y ascendían las laderas boscosas hacia las cumbres. A lo lejos se veía la oscura entrada de tres pozos. Uno estaba vedado por un portón de hierro y en el granito vivo se había fijado un cartel: «Gefahr-Zutritt Verboten-Explosiv».
– ¿Qué dice? -preguntó Rachel.
– «Peligro. Prohibido el paso. Explosivos.»
– No hablaba usted en broma.
– Estas montañas eran como cámaras acorazadas. Los Aliados encontraron en una el tesoro nacional alemán. Cuatrocientas toneladas de obras de arte procedentes del museo Kaiser Friedrich de Berlín también acabaron aquí. Los explosivos eran mucho mejores que las tropas y los perros guardianes.
– ¿Son esas obras de arte lo que busca Wayland McKoy?
– Por lo que me ha dicho usted, sí.
– ¿Cree que tendrá suerte?
– Es difícil de decir. Pero dudo sinceramente que por aquí queden millones de dólares en viejos cuadros a la espera de ser hallados.
El olor de las hojas húmedas inundaba el pesado ambiente.
– ¿Qué sentido tenía? -preguntó Rachel mientras caminaban-. La guerra estaba perdida. ¿Por qué esconder todas esas cosas?
– Tiene que pensar como un alemán de 1945. Hitler ordenó que el ejército debía luchar hasta el último hombre, so pena de muerte. Creía que, si Alemania resistía lo suficiente, los Aliados terminarían por unirse a él contra los bolcheviques. Hitler sabía lo mucho que Churchill odiaba a
Stalin. Supo comprenderlo correctamente y predijo con precisión los planes que los soviéticos tenían respecto a Europa. Razonó que los americanos y los británicos al final se unirían a él contra los comunistas. Entonces podría recuperar todos los tesoros.
– Menuda insensatez -replicó Rachel.
– «Locura» es una descripción más acertada.
El sudor perlaba la frente de Knoll. Tenía las botas de cuero húmedas por el rocío. Se detuvo y comprobó desde lejos las distintas entradas. Miró al cielo.
– Ninguna apunta hacia el este. Chapaev dijo que la buena estaba orientada hacia el este. Y según él, debería estar marcada como «bcr-65».
Avanzaron cada vez más hacia el interior del bosque.
– ¡Allí! -gritó Rachel diez minutos más tarde mientras señalaba.
Knoll miró hacia delante. Entre los árboles se distinguía la entrada de otra mina, protegida con barrotes de hierro. Una señal oxidada unida a los barrotes rezaba «bcr-65». Miró hacia el sol. Este.
Hijo de puta.
Se acercaron y Knoll se quitó la mochila. Echó un vistazo alrededor. No había nadie a la vista y ningún sonido parecía romper el silencio más allá de los pájaros y el paso ocasional de las ardillas. Examinó los barrotes y la puerta. Todo el hierro estaba muy oxidado. Una cadena de acero y un gran candado mantenían la puerta firmemente cerrada. Sin duda, la cadena y el candado eran más recientes. Tampoco resultaba extraño, ya que los inspectores federales aseguraban cada cierto tiempo las entradas. Sacó la cizalla de la mochila.
– Me alegro de que haya venido tan bien preparado -dijo Rachel.
Knoll partió la cadena, que cayó al suelo. Devolvió la cizalla a la mochila y abrió la puerta.
Los goznes rechinaron.
Se detuvo. No tenía ganas de atraer atenciones innecesarias.
Abrió lentamente y el chirrido del metal viejo disminuyó en gran medida. Frente a ellos había una abertura de unos cinco metros de altura y cuatro de anchura coronada por un arco. Más allá de esta entrada, se podía ver que los líquenes se habían apoderado de la piedra ennegrecida y tanto la abertura como el aire hedían a moho. Como una tumba, pensó.
– Esta entrada es lo bastante grande para admitir un camión.
– ¿Un camión?
– Si la Habitación de Ámbar está dentro, también debe de haber camiones. No habría otro modo de transportar las cajas. Veinte toneladas de ámbar son muchas toneladas. Los alemanes las habrían introducido en la cueva en camiones.
– ¿No tenían carretillas elevadoras?
– Pues lo dudo. Estamos hablando del final de la guerra. Los nazis estaban desesperados por ocultar su tesoro. No había tiempo para sutilezas.
– ¿Y cómo llegaron aquí los camiones?
– Han pasado cincuenta años. Entonces había muchas más carreteras y menos árboles. Toda esa zona era un centro fabril de vital importancia.
Sacó dos linternas y una gruesa madeja de cuerda de su mochila y volvió a echársela al hombro. Cerró la puerta tras ellos y volvió a poner la cadena y el candado entre los barrotes, con lo que la entrada volvía a tener el aspecto de estar cerrada a cal y canto.
– Podríamos tener compañía -dijo-. Esto debería conseguir que se busquen otra cueva. Muchas están abiertas y es mucho más fácil entrar en ellas.
Le entregó una linterna. Los dos estrechos haces apenas perforaban unos metros la impasible oscuridad. De la roca sobresalía un trozo de hierro oxidado. Ató con firmeza un extremo del cordel y le entregó el rollo a Rachel.
– Vaya desenredándolo según avanzamos. De este modo encontraremos la salida si nos desorientamos.
Abrió la marcha con cautela. Las linternas revelaban un tosco pasadizo que se adentraba en las entrañas de la montaña. Rachel lo siguió después de ponerse la chaqueta.
– Tenga cuidado -le dijo Knoll-. El túnel podría estar minado. Eso explicaría la cadena.
– Es reconfortante saberlo.
– Nada que merezca la pena es fácil de obtener.
Se detuvo y echó un vistazo atrás, hacia la entrada, que quedaba ya a unos cuarenta metros. El aire se había tornado frío y fétido. Sacó el dibujo de Chapaev del bolsillo y estudió la ruta con la linterna.
– Ahí delante debería haber una bifurcación. Veamos si Chapaev tenía razón.
Una mortaja asfixiante impregnaba el ambiente. Pútrida. Nauseabunda.
– Guano de murciélago -dijo él.
– Creo que voy a vomitar.
– Respire con bocanadas breves y trate de no pensar en ello.
– Eso es como tratar de ignorar un trozo de bosta de vaca en el labio superior.
– Estas minas están llenas de murciélagos.
– Fantástico.
Él sonrió.
– En China se reverencia a los murciélagos como el símbolo de la felicidad y la larga vida.
– La felicidad es una mierda.
Llegaron a una bifurcación. Knoll se detuvo.
– El mapa indica que vayamos hacia la derecha.
Así lo hizo. Rachel lo siguió mientras desenrollaba el cordel a su paso.
– Avíseme cuando se acabe la cuerda. Tengo más.
El olor se hizo menos intenso. El nuevo túnel era menor que la galería principal, pero aún tenía tamaño suficiente para un camión de transporte. Periódicamente se abrían a los lados ramales que se hundían en las tinieblas. El eco del chillido de los murciélagos a la espera de la noche resonaba con claridad.
La montaña era ciertamente laberíntica. Todas lo eran. Los mineros a la busca de mineral y sal llevaban siglos excavando. Qué maravilloso sería si aquella galería resultara ser la que conducía a la Habitación de Ámbar. Diez millones de euros. Todos para él. Por no hablar de la gratitud de Monika. Quizá entonces Rachel Cutler estuviera lo bastante excitada como para abrirse de piernas. El rechazo de la noche anterior había resultado más incitador que insultante. No le sorprendería que su ex marido fuera el único hombre con el que había estado. Y esa idea resultaba totalmente embriagadora. Era prácticamente virgen. Desde luego lo era desde el divorcio. Qué placer iba a ser poseerla…
La galería comenzó a estrecharse y a ascender.
Su atención regresó al túnel.
Se habían adentrado un mínimo de cien metros en el granito y la caliza. El plano de Chapaev indicaba que más adelante encontrarían otra bifurcación. Pero algo marchaba mal. El túnel no era lo bastante ancho como para permitir el paso de un vehículo. Si la Habitación de Ámbar había sido ocultada allí, habría sido necesario transportar las cajas. Dieciocho, si no le fallaba la memoria. Todas ellas catalogadas e indexadas, los paneles envueltos en papel de fumar. ¿Habría otra cámara allí delante? No era extraño que se excavaran cámaras en la roca. La naturaleza lo hacía con frecuencia. Otras las tallaban los hombres. De acuerdo con Chapaev, una capa de roca y sedimento bloqueaba veinte metros más adelante, un umbral que conducía a una de tales cámaras.
Siguió avanzando, cuidando cada uno de sus pasos. Cuanto más se adentraban en la montaña, mayor era el riesgo de los explosivos. El haz de su linterna partió la oscuridad que se abría frente a él y sus ojos se enfocaron en algo.
Miró con atención.
¿Qué demonios…?
Suzanne levantó los prismáticos y estudió la entrada de la mina. La señal que había adosado a la puerta de hierro hacía tres años, «bcr-65», seguía allí. Parecía que el truco había funcionado. Knoll se estaba volviendo descuidado. Había corrido directamente hacia la mina, con Rachel Cutler a rastras. Era una pena que las cosas hubieran terminado así, pero no le quedaban muchas más opciones. Knoll era ciertamente interesante. Incluso excitante. Pero era un problema. Un enorme problema. La lealtad de ella hacia Ernst Loring era absoluta. Irreprochable, Se lo debía todo. El era la familia que nunca le habían dejado tener. Durante toda su vida, el anciano la había tratado como a su propia hija. Quizá su relación fuera más cercana incluso que con sus dos hijos naturales. Su amor por el arte era un nexo que los unía con fuerza. Ernst se había entusiasmado tanto cuando le entregó la caja de rapé y el libro… Agradarlo resultaba para Suzanne muy satisfactorio. Por tanto, si tenía que elegir entre Christian Knoll y su benefactor, no existía duda alguna.
De todos modos, era una pena. Knoll tenía sus cosas buenas.
Se encontraba en un risco boscoso, sin disfrazar. El pelo rubio y rizado le caía sobre los hombros, y se protegía con un jersey de cuello alto. Bajó los prismáticos, cogió el controlador de radio y extendió la antena.
Era evidente que Knoll no había sentido su presencia. Pensaría que se había deshecho de ella en el aeropuerto de Atlanta.
Ni de coña, Christian.
Una simple presión sobre el interruptor activó el detonador.
Consultó el reloj.
Para entonces, Knoll y su damisela ya estarían bastante dentro. Lo suficiente como para no poder salir. Las autoridades advertían repetidamente a la población de que no debían explorar las cavernas. Los explosivos eran frecuentes. Eran muchos los que habían muerto a lo largo de los años, motivo por el que el Gobierno había empezado a imponer licencias de exploración. Tres años atrás se había producido una explosión en la misma galería, dispuesta por ella misma cuando un periodista polaco se acercó demasiado. Lo atrajo hasta allí con visiones de la Habitación de Ámbar y el accidente fue finalmente atribuido a una nueva exploración no autorizada. No se llegó a encontrar el cuerpo, que quedó enterrado bajo los escombros que Christian Knoll estaría estudiando en ese mismo instante.
Knoll examinó la pared de roca y arena. Ya había visto más de uno y más de dos extremos de túneles. Aquello no era una formación natural. Una explosión era la responsable de lo que había ante él, y no había modo de abrirse paso con una pala a través de aquellos escombros que cubrían el túnel de arriba abajo.
Y al otro lado tampoco había ninguna puerta de hierro.
Eso estaba claro.
– ¿Qué pasa? -preguntó Rachel.
– Aquí ha habido una explosión.
– Quizá hemos tomado una dirección equivocada.
– No es posible. He seguido las instrucciones de Chapaev con precisión.
Algo iba mal, no había duda. Su mente empezó a repasar los hechos. La información que Chapaev había ofrecido sin resistencia. La cadena y el candado, más nuevos que la puerta. Los goznes de hierro que todavía funcionaban. Un rastro fácil de seguir. Demasiado fácil.
¿Dónde estaba Suzanne Danzer? ¿En Atlanta? Quizá no.
Lo mejor que podía hacer era regresar hacia la entrada, disfrutar de Rachel Cutler y después regresar a Warthberg. Desde el principio había planeado matarla. No había necesidad de dejar viva una fuente de información para que la aprovechara otro adquisidor. Danzer ya estaba sobre la pista. Por tanto, era mera cuestión de tiempo el que diera con Rachel y hablara con ella. Podía descubrir la existencia de Chapaev. A Monika no le gustaría nada eso. Quizá Chapaev sabía de verdad dónde estaba la Habitación de Ámbar, pero los había puesto intencionadamente en aquella senda. De modo que decidió librarse de Rachel Cutler en ese mismo momento y después regresar a Kehlheim y sacarle la información a Chapaev de una forma u otra.
– Vamos -dijo-. Vaya recogiendo el cordel hacia la entrada. Yo la sigo.
Empezaron a deshacer sus pasos a través del laberinto, con Rachel a la cabeza. La linterna de Knoll se detuvo a placer en el firme trasero y en los muslos torneados, embutidos en unos vaqueros pardos. Estudió las piernas esbeltas y los hombros estrechos. Su entrepierna empezó a responder.
Llegaron a la primera bifurcación, después a la segunda.
– Espere -le dijo-. Quiero ver qué hay por ahí.
– La salida es por allí -respondió ella mientras señalaba hacia la izquierda, hacia la cuerda.
– Ya lo sé, pero ya que estamos aquí… Echemos un vistazo. Deje la cuerda; desde aquí ya sabemos salir.
Rachel dejó caer el rollo al suelo y volvió hacía la derecha, aún en cabeza,
Él hizo un movimiento con el brazo derecho. El estilete se liberó y se deslizó hacia abajo. Lo empuñó.
Rachel se detuvo y se volvió. Su luz se posó momentáneamente sobre Knoll.
La de él enfocó su expresión atónita cuando vio el acero resplandeciente.
Suzanne apuntó el controlador de radio y apretó el botón. La señal atravesó el aire matutino hasta alcanzar las cargas explosivas que había colocado la noche anterior entre las rocas. No había la carga suficiente para atraer la atención de Warthberg, a seis kilómetros de allí, pero sin duda bastaba para que la montaña se derrumbara sobre sí misma. Lo que resolvía otro problema.
La tierra tembló. El techo se desmenuzó. Knoll trató de conservar el equilibrio.
Ahora estaba seguro. Sí, se trataba de una trampa.
Se dio la vuelta y corrió hacia la entrada. Las rocas se desplomaban a su paso en una lluvia de piedra y polvo cegador. El aire se hizo irrespirable. En una mano empuñaba la linterna y en la otra el estilete. Guardó rápidamente el cuchillo, se arrancó la camisa y usó el paño limpio para protegerse la nariz y la boca.
Se produjeron más desprendimientos.
La luz de la entrada se tornó sucia y espesa, velada por una nube, antes de morir anulada bajo las rocas. Era imposible salir por allí.
Se dio la vuelta otra vez y corrió en la dirección contraria, con la esperanza de que hubiera otra salida del laberinto. Afortunadamente, la linterna todavía funcionaba. No veía a Rachel Cutler por ninguna parte, pero daba igual. Las rocas le habían ahorrado la molestia.
Corrió hacia el interior de la montaña por la galería principal. Pasó de largo el último lugar donde la había visto. Las explosiones parecían haberse centrado en un punto a su espalda. Los muros y el techo que tenía delante parecían estables, aunque toda la montaña se sacudía.
A su espalda seguían cayendo rocas. Desde luego, ya no tenía sentido intentarlo por allí. La galería se dividió en dos. Se detuvo para orientarse. La entrada, que ahora quedaba a su espalda, estaba orientada hacia el este. Por tanto, se dirigía hacia el oeste. El ramal izquierdo parecía desviarse hacia el sur y el derecho hacia el norte. Pero ¿quién sabía? Tenía que tener cuidado. Debía evitar cambiar demasiado de dirección, pues sería fácil perderse, y no quería perecer bajo tierra, vagando sin rumbo hasta morir de sed o inanición.
Bajó la camisa y aspiró una bocanada de aire. Intento recordar cuanto sabía acerca de las minas. Nunca había una sola entrada o salida. La simple profundidad y la amplitud de los túneles exigían múltiples entradas. Sin embargo, durante la guerra los nazis habían sellado la mayoría de los portales para proteger sus escondrijos. Deseó que aquella mina no hubiera servido como tal. Lo que lo animaba era el aire. No parecía tan estancado como cuando habían estado más adentro.
Levantó la mano. Una leve brisa llegaba desde el ramal izquierdo. ¿Debía arriesgarse? Si tomaba muchas desviaciones más, nunca encontraría el camino de vuelta. En la oscuridad total carecía de puntos de referencia y solo conocía su posición presente a causa de la orientación de la galería principal. Aunque podía perderse fácilmente ese marco de referencia con un par de movimientos descuidados.
¿Qué debía hacer?
Se decidió por la izquierda.
Cincuenta metros más adelante, el túnel volvió a bifurcarse. Levantó la mano. No había brisa. Recordó haber leído en una ocasión que los mineros diseñaban sus rutas de seguridad siempre en la misma dirección. Virar a la izquierda significaba que debía tomar todas las desviaciones hacia ese lado hasta salir al exterior. ¿Qué elección tenía? Se decantó por la izquierda.
Dos nuevas bifurcaciones. Dos veces más virar a la izquierda.
Ante él vio luz. Débil. Pero estaba allí. Avanzó rápidamente y volvió una esquina.
La luz del día lo esperaba a cien metros de distancia.
Kehlheim, Alemania
11:30
Paul echó un vistazo por el espejo retrovisor. Un coche se acercaba rápida-mente, con las luces puestas y la sirena activada. El pequeño coche verde y blanco, con la palabra «Polizei» escrita en letras azules en la puerta, pasó volando por el carril de la izquierda y desapareció tras un recodo.
Él prosiguió su marcha y llegó a Kehlheim diez kilómetros después.
La tranquila localidad estaba salpicada de edificios de colores brillantes situados alrededor de una plaza adoquinada. Paul no era precisamente viajero. Solo había realizado un viaje hacia ultramar, dos años atrás cuando visitó París en nombre del museo. La posibilidad de recorrer el Louvre había sido demasiado atractiva como para dejarla pasar. Le había pedido a Rachel que lo acompañara, pero ella había rechazado la oferta. No era una buena idea para una ex mujer, recordó Paul que le había dicho. Nunca llegó a quedarle claro a qué se refería, aunque pensaba sinceramente que le habría encantado ir.
No había logrado conseguir un vuelo que lo sacara de Atlanta hasta el día anterior por la tarde. A primera hora de la mañana había dejado a los niños en casa de su hermano. La ausencia de llamadas de Rachel le preocupaba, pero tampoco había revisado el contestador automático desde las nueve de la mañana del día anterior. Su vuelo se había visto alargado por las paradas en Ámsterdam y Francfort, por lo que hasta hacía dos horas no había llegado a Munich. Se había lavado como mejor había podido en un baño del aeropuerto, pero sin duda le vendrían bien una ducha, un afeitado y un cambio de ropa.
Entró en la plaza y estacionó frente a lo que parecía un mercado de comestibles. Resultaba evidente que Baviera no era una tierra dominical. Todos los edificios estaban cerrados. La única actividad se centraba en 1as cercanías de la iglesia, cuyo campanario era el punto más elevado del lugar. Los coches se alineaban en filas apretadas sobre el adoquinado irregular. Un grupo de ancianos charlaba en los escalones de la iglesia. Predominaban las barbas, los abrigos oscuros y los sombreros. Debería haber traído una chaqueta, pero había hecho la maleta a toda prisa y no había metido más que lo imprescindible.
Se acercó a ellos.
– Discúlpenme. ¿Habla inglés alguno de ustedes?
Uno de los hombres, el que parecía mayor de los cuatro, fue quien respondió.
– Ja. Un poco.
– Estoy buscando a un hombre llamado Danya Chapaev. Tengo entendido que vive aquí.
– Ya no. Estar muerto.
Ya se lo temía. Chapaev debía de ser muy mayor.
– ¿Cuándo murió?
– Noche pasada. Asesinado.
¿Había oído bien? ¿Asesinado? ¿La noche pasada? Su mayor miedo se desató en su interior. En su mente se formó inmediatamente la pregunta.
– ¿Ha habido alguien más herido?
– Nein. Solo Danya.
Recordó el coche de policía.
– ¿Dónde sucedió?
Salió de Kehlheim y siguió las indicaciones que le habían dado. Llegó a la casa diez minutos después. Era fácil de distinguir gracias a los cuatro coches patrulla que había frente a la puerta principal abierta. Paul se acercó, pero lo detuvieron inmediatamente.
– Nicht eintreten. Kriminelle szene-dijo el policía.
– En inglés, por favor.
– No se puede entrar. Es la escena de un crimen.
– Entonces tengo que hablar con la persona al mando.
– Yo estoy al mando -dijo una voz desde el interior, con un inglés teñido por un gutural acento alemán.
El hombre que se acercó desde la entrada era de mediana edad. Unos mechones de pelo negro rebelde coronaban un rostro tosco. Un abrigo azul oscuro protegía su cuerpo delgado hasta las rodillas. Debajo se veían un traje color verde oliva y una corbata de punto.
– Soy Fritz Pannik, inspector de la policía federal. ¿Y usted?
– Paul Cutler, abogado de los Estados Unidos.
Pannik pasó junto al guardia de la puerta.
– ¿Y qué hace un abogado americano aquí, una mañana de domingo?
– Estoy buscando a mi ex mujer. Vino aquí para ver a Danya Chapaev.
Pannik lanzó una mirada al agente.
Paul reparó en la curiosa expresión.
– ¿Qué pasa?
– Una mujer estuvo ayer en Kehlheim preguntando por esta casa. Es sospechosa del asesinato.
– ¿Tiene una descripción?
Pannik buscó en el bolsillo de su abrigo y sacó una libreta. Abrió la cubierta de cuero.
– Mediana altura. Pelo rubio rojizo. Grandes pechos. Vaqueros. Camisa de franela. Botas. Gafas de sol. Fuerte.
– Esa no es Rachel. Pero sí podría ser otra persona.
Le habló rápidamente acerca de Jo Myers, Karol Borya y la Habitación de Ámbar, y le describió a su visitante tal como se le apareció: delgada, de pecho normal, pelo castaño, ojos azules y unas gafas doradas octogonales.
– Tengo la impresión de que el pelo no era suyo. Llámelo intuición de abogado.
– Pero leyó las cartas que se cruzaron Chapaev y ese Karol Borya…
– De cabo a rabo.
– ¿En los sobres aparecían estas señas?
– Solo el nombre de la localidad.
– ¿Tiene más ramificaciones esta historia?
Le contó al inspector lo que sabía acerca de Christian Knoll y le habló de las preocupaciones de Jo Myers y de las suyas propias.
– ¿Y ha venido usted hasta aquí para advertir a su ex mujer? -preguntó Pannik.
– Sobre todo para ver si estaba bien. Debería haber venido con ella desde el principio.
– ¿Pero no consideraba usted el viaje una pérdida de tiempo?
– Por completo. Su padre le pidió expresamente que no se involucrara. -Tras Pannik, dos policías entraron en la casa-. ¿Qué ha sucedido ahí dentro?
– Si tiene estómago se lo enseñaré.
– Soy abogado -respondió, como si tuviera algún sentido. No mencionó que nunca había visto un caso criminal en toda su vida y que jamás había visitado la escena de un crimen. Pero la curiosidad pudo con él. Primero Borya muerto, ahora Chapaev asesinado… Aunque Karol se había caído por las escaleras.
¿O no?
Siguió a Pannik al interior. La cálida habitación desprendía un olor peculiar, enfermizamente dulzón. Las novelas de misterio siempre hablaban acerca del olor de la muerte. ¿Sería aquel?
La casa era pequeña. Cuatro habitaciones. Un salón, una cocina, un dormitorio y un baño. Por lo que podía ver, el mobiliario era viejo y astroso, aunque el lugar estaba limpio y parecía acogedor. La tranquilidad quedaba hecha pedazos por el anciano que yacía despatarrado sobre la alfombra pelada. Un gran charco carmesí surgía de los dos orificios del cráneo.
– Un disparo a bocajarro -dijo Pannik.
La mirada de Paul estaba clavada en el cadáver. La bilis le empezó a subir por la garganta. Se resistió al impulso de vomitar, sin éxito.
Salió corriendo de la habitación.
Estaba doblado, presa de las arcadas. El escaso almuerzo que había tomado en el avión se desparramaba ahora sobre la hierba húmeda. Inspiró profundamente varias veces para recuperar la compostura.
– ¿Ha terminado? -le preguntó Pannik.
Paul asintió.
– ¿Cree que lo hizo la mujer?
– No lo sé. Lo único que sé es que una mujer estuvo preguntando dónde vivía Chapaev y que el nieto se ofreció a mostrarle el camino. Dejaron el mercado juntos ayer por la mañana. La hija del muerto empezó a preocuparse anoche, cuando el muchacho no apareció. Vino aquí y se encontró al chico atado a la cama. Al parecer, la mujer no tenía tripas para matar niños, pero no le importó acribillar a un anciano.
– ¿Está bien el niño?
– Muy nervioso, pero bien. Confirmó la descripción, pero no tenía mucho más que ofrecer. Estaba en la otra habitación. Recuerda haber oído voces, pero no pudo distinguir nada de la conversación. Su abuelo y la mujer entraron un momento. Hablaban en otra lengua. He probado con algunas palabras y parece que se trataba de ruso. Entonces el viejo y la mujer salieron de la habitación. El chico oyó un disparo. Después silencio, hasta que su madre apareció algunas horas después.
– ¿Le disparó directamente en la cabeza?
– Y a corta distancia. Las apuestas deben de ser altas.
Un policía llegó desde el interior.
– Nichts im haus hinsichtlich des Bernstein-zimmer.
Pannik miró a Paul.
– Le he pedido que registren la casa en busca de cualquier cosa acerca de la Habitación de Ámbar. Ahí no hay nada.
Una radio carraspeó desde la cadera del alemán que montaba guardia en la puerta principal. El hombre tomó el transmisor y se aproximó a Pannik.
– Tengo que irme -dijo el policía en inglés-. Ha llegado una llamada de los equipos de rescate. Este fin de semana estoy de guardia.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Pannik.
– Una explosión en una de las minas cerca de Warthberg. Han sacado a una mujer estadounidense, pero aún siguen buscando a un hombre. Las autoridades locales han solicitado nuestra ayuda.
Pannik negó con la cabeza.
– Menudo domingo.
– ¿Dónde está Warthberg? -preguntó Paul de inmediato.
– En las montañas Harz. A cuatrocientos kilómetros al norte. A veces tiran de nuestros equipos alpinos de rescate cuando hay accidentes.
Wayland McKoy y el interés de Karol en las montañas Harz destellearon en la mente de Paul.
– ¿Había una estadounidense? ¿Cómo se llama?
Pannik pareció entender el sentido de la pregunta y se volvió hacia el oficial. Intercambiaron algunas palabras y el oficial volvió a hablar por la radio.
Dos minutos después llegó la contestación por el auricular:
– Die frau ist Rachel Cutler. Amerikanerin.
15:10
El helicóptero de la policía atravesó como un cuchillo la tarde de mayo. Pasado Würzburg empezó a llover. Paul estaba sentado junto a Pannik. Tras ellos iba sujeto con correas el personal de búsqueda.
– Un grupo de excursionistas oyó las explosiones y alertó a las autoridades -informó Pannik por encima del rugido de la turbina-. Su ex mujer fue encontrada cerca de la entrada de una de las galerías. La han llevado al hospital local, pero logró contar a sus rescatadores que había otro hombre. Su nombre es Christian Knoll, Herr Cutler.
Paul escuchaba con gran preocupación, pero no era capaz de pensar en otra cosa que en Rachel tendida en una cama de hospital, sangrando. ¿Qué estaba sucediendo? ¿En qué se había metido Rachel? ¿Cómo la había encontrado Knoll? ¿Qué había sucedido en esa mina? ¿Estarían María y Brent en peligro? Tenía que llamar a su hermano para alertarlo.
– Parece que Jo Myers tenía razón -dijo Pannik.
– ¿Hablan los informes del estado de Rachel?
Pannik negó con la cabeza.
El helicóptero voló primero hacia la escena de la explosión. La entrada de la mina se encontraba en lo profundo del bosque, en la base de una de las elevaciones más importantes. El claro más cercano se abría medio kilómetro al oeste y allí fue depositado el personal de rescate, desde donde cubrieron el último trecho a pie. El y Pannik permanecieron en el helicóptero y volaron al este de Warthberg hasta el hospital regional al que habían llevado a Rachel.
Una vez dentro se dirigió directamente hasta la cuarta planta. Rachel estaba vestida con un pijama azul. Un gran vendaje le cubría la cabeza. Sonrió desde la cama en cuanto lo vio.
– ¿Por qué sabía yo que aparecerías aquí?
Paul se acercó. Rachel tenía arañazos y contusiones en las mejillas, la nariz y los brazos.
– No tenía más que hacer este fin de semana, así que, ¿por qué no acercarme un momento a Alemania?
– ¿Están bien los niños?
– Están bien.
– ¿Cómo has llegado tan rápido?
– Salí ayer.
– ¿Ayer?
Antes de que pudiera explicarse, Pannik, que hasta el momento había permanecido en silencio junto a la puerta, se acercó a la cama.
– Frau Cutler, soy el inspector Fritz Pannik, de la policía federal.
Paul le habló a Rachel acerca de Jo Myers, Christian Knoll y lo sucedido con Danya Chapaev.
La expresión de Rachel reflejó su estupefacción.
– ¿Chapaev está muerto?
– Tengo que llamar a mi hermano para que vigile de cerca a los chicos -dijo Paul a Pannik-. Quizá debería alertar a la policía de Atlanta.
– ¿Crees que están en peligro? -preguntó ella.
– No sé qué pensar, Rachel. Te has metido en algo de lo más feo. Tu padre te advirtió que te mantuvieras apartada de todo esto.
– ¿A qué te refieres?
– No te hagas la tonta. Puedo leer a Ovidio. Quería que no metieras las narices. Ahora Chapaev ha muerto.
El rostro de ella se endureció.
– Eso no es justo, Paul. Yo no lo hice. No lo sabía.
– Pero quizá señaló el camino a otros -dejó claro Pannik.
Rachel se quedó mirando al inspector. Lo comprendía perfectamente. De repente Paul lamentó haberla reprendido. Quería ayudarla a superar la culpa, como siempre.
– Eso no es del todo cierto -dijo-. Yo le di las cartas a esa mujer. Supo de Kehlheim gracias a mí.
– ¿Y lo hubiera hecho de no pensar que Frau Cutler estaba en peligro?
No, no lo hubiera hecho. Miró a Rachel, que estaba al borde de las lágrimas.
– Paul tiene razón, inspector. Es culpa mía. Debería haberme quedado en mi casa, sí. Mi padre y él me lo advirtieron.
– ¿Qué hay de ese Christian Knoll? -preguntó Pannik-. Hábleme de él.
Rachel le informó de lo que sabía, que no era mucho.
– Ese hombre me salvó de ser arrollada por un coche. Era encantador y atento. Creí sinceramente que quería ayudar.
– ¿Qué sucedió en la mina? -preguntó Pannik.
– Estábamos siguiendo las indicaciones del mapa de Chapaev. El túnel era bastante ancho, y de repente sentí algo como un terremoto y una avalancha cortó la galería en dos. Me volví hacia la entrada y empecé a correr. Solo llegué a mitad de camino antes de que las piedras me derribaran. Por fortuna, no me sepultaron. Me quedé allí tendida hasta que unos excursionistas me sacaron.
– ¿Y Knoll? -preguntó Pannik.
Rachel sacudió la cabeza.
– Le estuve llamando después de que terminara el derrumbamiento, pero… nada.
– Probablemente siga ahí dentro.
– ¿Fue un terremoto? -preguntó Paul.
– Aquí no tenemos terremotos. Probablemente fueran explosivos de la guerra. Las galerías están llenas de ellos.
– Eso mismo dijo Knoll -añadió Rachel.
Entonces se abrió la puerta de la habitación y un policía recio hizo un gesto a Pannik. El inspector se excusó y salió al pasillo.
– Tienes razón -dijo Rachel-. Debería haber escuchado.
Paul no estaba interesado en sus concesiones.
– Tenemos que salir de aquí y regresar a casa.
Rachel no dijo nada y él estaba a punto de insistir en el asunto cuando Pannik regresó.
– Ya han despejado la galería. No se ha encontrado a nadie más dentro. Había otra entrada, desbloqueada, al otro lado de un largo túnel. ¿Cómo entraron usted y Herr Knoll en la mina?
– Cogimos un coche de alquiler y después caminamos.
– ¿Qué clase de coche?
– Un Volvo marrón.
– No se ha encontrado ningún coche en la autopista-dijo Pannik-. El tal Knoll se ha largado.
El inspector parecía saber algo más.
– ¿Qué más le ha dicho ese policía? -preguntó Paul.
– Esa galería nunca llegó a ser utilizada por los nazis. No había explosivos dentro. Pero es la segunda explosión que se produce allí en tres años.
– ¿Qué significa eso?
– Significa que está sucediendo algo muy extraño.
Paul dejó el hospital y aprovechó para subir a un coche de policía que se dirigía a Warthberg. Pannik lo acompañó. Ser inspector federal le proporcionaba ciertos privilegios.
– Es similar a su fbi -le dijo-. Trabajo para la fuerza policial nacional. Las policías locales cooperan con nosotros constantemente.
Rachel les había dicho que Knoll había alquilado dos habitaciones en el Goldene Krone. La placa de Pannik les proporcionó acceso inmediato a la habitación de Rachel, que estaba ordenada, con la cama hecha. La maleta había desaparecido. La habitación de Knoll estaba igualmente vacía. No había Volvos marrones por ninguna parte.
– Herr Knoll se marchó esta mañana -les dijo el propietario-. Pagó las dos habitaciones y se fue.
– ¿A qué hora?
– Alrededor de las diez y media.
– ¿Ha oído lo de la explosión?
– Se producen muchas explosiones en las minas, inspector. No presto mucha atención a los detalles.
– ¿Vio regresar a Knoll esta mañana? -preguntó Pannik.
El hombre calvo negó con la cabeza. Le dieron las gracias y salieron.
– Knoll tiene una ventaja de cinco horas, pero quizá sería posible localizar el coche con una orden -dijo Paul.
– Herr Knoll no me interesa. Ahora mismo, lo máximo que ha hecho ha sido entrar donde no debía.
– Abandonó a Rachel en la mina, a su suerte.
– Eso no es un delito. A la que busco es a la mujer. Es una asesina.
Pannik tenía razón. Pero comprendía el dilema del inspector. No había ninguna descripción precisa. No tenía un nombre real. No había pruebas físicas. No conocía su pasado. Nada.
– ¿Tiene alguna idea de por dónde empezar?
Pannik se quedó mirando la silenciosa plaza.
– Nein, Herr Cutler. Absolutamente ninguna.
Castillo Loukov, República Checa
17:10
Suzanne aceptó la copa de peltre de Ernst Loring y se acomodó en una silla imperio. Su empleador parecía satisfecho con el informe.
– Esperé media hora en la escena y me marché cuando empezaron a llegar las autoridades. Nadie salió de la galería.
– Mañana lo comprobaré. Llamaré a Fellner con cualquier excusa. Quizá diga que a Christian le ha sucedido algo.
Ella dio un sorbo a su vino, satisfecha con las actividades de aquel día. Tras conducir directamente desde Alemania hasta la República Checa, había cruzado la frontera y se había apresurado en dirección sur, hacia el castillo de Loring. Había sido pan comido para el Porsche recorrer los trescientos kilómetros en dos horas y media.
– Has sido muy astuta al manejar de ese modo a Christian -dijo Loring-. No es una persona fácil de engañar.
– Fue demasiado ansioso. Pero tengo que decir que Chapaev resultó de lo más convincente. -Bebió más vino. Aquel caldo añejo y afrutado procedía de las propias bodegas de Loring-. Es una pena. Ese hombre tenía una voluntad muy firme. Guardó silencio durante mucho tiempo. Por desgracia, no tuve más elección que silenciarlo.
– Hiciste bien en no hacer daño al chico.
– Yo no mato niños. No sabía nada que los otros testigos del mercado no pudieran decir. Era mi baza para conseguir que el viejo hiciera lo que yo quería.
La expresión de Loring era cansada, hastiada.
– Me pregunto cuándo terminará. Cada pocos años nos vemos obligados a encargarnos de este asunto.
– Leí las cartas. Dejar con vida a Chapaev hubiera sido correr un riesgo innecesario. Tantos cabos sueltos podrían habernos dado muchos problemas.
– Desgraciadamente, drahá, tienes razón.
– ¿Pudiste descubrir algo más de San Petersburgo?
– Solo confirmé que Christian volvió a visitar los registros de la comisión. Vio el nombre de mi padre en un documento que Knoll estaba leyendo, pero cuando fue a consultarlo tras la marcha de Knoll, el papel había desaparecido.
– Menos mal que Knoll ya no es un problema. Con Borya y Chapaev fuera del mapa, todo debería ser más seguro.
– Me temo que no -replicó Loring-. Hay otro problema.
Suzanne dejó su vino a un lado.
– ¿Qué?
– Cerca de Stod ha empezado una excavación. Un empresario estadounidense a la busca de tesoros.
– La gente no se rinde ni para atrás.
– El cebo es demasiado embriagador. No sabría decir si esta última aventura dará con la cueva correcta. Por desgracia, no hay modo de saberlo hasta que la caverna esté explorada. Pero sí sé que han acertado con la zona general.
– ¿Tenemos una fuente?
– Directamente en el interior. Me ha mantenido informado, pero ni siquiera él tiene información clara. Por desgracia, mi padre se guardó esa información precisa para sí. Ni siquiera confió en su hijo.
– ¿Quieres que vaya allí?
– Por favor. Vigila las cosas. Mi fuente es fiable, pero avariciosa. Exige demasiado y, como bien sabes, no tolero la avaricia. Espera un contacto de una mujer. De momento, ha sido mi secretaria personal la única que ha hablado con él y solo por teléfono. La fuente no sabe nada de mí. Te conocerá como Margarethe. Si se encuentra algo, asegúrate de que la situación permanezca controlada. Que no quede ningún rastro. Si el lugar no está relacionado, olvídate, y si es necesario, elimina la fuente. Pero, por favor, intenta minimizar las muertes.
Suzanne sabía a qué se refería.
– Con Chapaev no tuve ninguna opción.
– Lo entiendo, drahá, y agradezco tus esfuerzos. Esperemos que esa muerte sea el fin de la llamada maldición de la Habitación de Ámbar.
– Junto con otras dos más.
El viejo sonrió.
– ¿Christian y Rachel Cutler?
Ella asintió.
– Te veo complacida con tus esfuerzos. Aunque es extraño. El otro día creí sentir cierta reticencia respecto a Christian. ¿Podría existir una pequeña atracción?
Suzanne levantó la copa y brindó con su empleador.
– Nada sin lo que no pueda vivir.
Knoll conducía en dirección sur, hacia Füssen. Había demasiados policías en Kehlheim y sus alrededores como para pasar la noche allí. Había huido de Warthberg y regresado a los Alpes para hablar con Danya Chapaev, solo para descubrir que el viejo había sido asesinado durante la noche. La policía estaba buscando a una mujer que había preguntado por la casa del muerto el día anterior y que había abandonado el mercado con el nieto de Chapaev. Su identidad era desconocida. No para él.
Suzanne Danzer.
¿Quién si no? De algún modo había conseguido retomar el rastro y había llegado antes que él hasta Chapaev. Toda la información que este les había proporcionado libremente procedía de ella. No había ninguna duda. Lo habían llevado hacia una trampa y por poco no había muerto.
Recordó lo que Juvenal había escrito en sus Sátiras: «La venganza es el deleite del espíritu malvado y la mente mezquina. Prueba de ello es que nadie se regocija más en la venganza que una mujer».
Correcto. Pero él prefería a Byron: «Los hombres aman con prisa, pero odian con calma».
Cuando sus caminos volvieran a encontrarse se iban a abrir las puertas del infierno. De un infierno tan sangriento como doloroso. La próxima vez, él tendría la ventaja. Estaría preparado.
Las estrechas calles de Füssen estaban atestadas de turistas de primavera atraídos por el castillo Ludwig, al sur del pueblo. Resultaba muy sencillo mezclarse con la avalancha nocturna de ociosos a la busca de la cena y de espíritus sentados en los cafés. Se detuvo media hora a cenar en uno de los menos llenos, mientras escuchaba la deliciosa música de cámara de un concierto de primavera que llegaba desde el otro lado de la calle. Cuando terminó, encontró una cabina telefónica cerca del hotel y llamó a Burg Herz. Respondió Franz Fellner.
– He oído que ha habido hoy una explosión en las montañas. Sacaron a una mujer, pero siguen buscando al hombre.
– Pues no van a encontrarme -respondió-. Era una trampa. -Le contó a Fellner lo que había sucedido desde que dejó Atlanta hasta el momento en que supo del asesinato de Chapaev, hacía muy poco-. Qué interesante que Rachel Cutler haya sobrevivido. Pero no importa. Con toda seguridad regresará a Atlanta.
– ¿Estás seguro de que Suzanne estaba involucrada?
– No sé cómo consiguió adelantarse.
Fellner rió entre dientes.
– Quizá te estés haciendo viejo, Christian.
– No fui lo bastante cuidadoso.
– Pensaste con la polla. Esa es una explicación más acertada -dijo de repente Monika. Era evidente que se encontraba en una extensión.
– Ya me preguntaba dónde andarías.
– Probablemente estarías pensando por dónde se la ibas a meter.
– Qué suerte tengo de que estés aquí para recordarme todos mis fallos.
Monika rió.
– La mitad de la diversión de mi trabajo, Christian, es verte a ti hacer el tuyo.
– Parece que la pista se ha congelado. Quizá debería centrarme en otras adquisiciones.
– Díselo, niña -intervino Fellner.
– Un americano, Wayland McKoy, está excavando cerca de Stod. Asegura que va a encontrar el Museo de Arte de Berlín y quizá la Habitación de Ámbar. Ya ha hecho cosas así en el pasado, con cierto éxito. Ve allí para asegurarnos. Como mínimo podrías obtener buena información y quizá alguna nueva pieza.
– ¿Es conocida esta excavación?
– Está en los periódicos locales y cnn International ha emitido varias noticias -respondió Monika.
– Ya estábamos sobre aviso antes de que fueras a Atlanta -terció Fellner-, pero pensamos que Borya merecía una actuación inmediata.
– ¿Está Loring interesado en esta excavación?
– Parece interesado en todo lo que nosotros hacemos -dijo Monika.
– ¿Espera que despache a Suzanne? -preguntó Fellner.
– Con entusiasmo.
– Buena caza, Christian.
– Gracias, señor. Y cuando Loring llame para comprobar si estoy muerto, no lo defraude.
– ¿Necesita algo de anonimato?
– Ayudaría.
Warthberg, Alemania
20:45
Rachel entró arrastrando los pies en el restaurante y siguió a Paul hasta una mesa, saboreando el aire cálido aromatizado por el clavo y el ajo. Se moría de hambre y se sentía mejor. El vendaje completo del hospital había sido reemplazado por una gasa y un esparadrapo en la sien. Llevaba unos pantalones chinos y una camisa de manga larga que Paul le había comprado en una tienda de la localidad. Sus ropas de la mañana habían quedado inutilizables.
Paul la había sacado del hospital dos horas antes. Estaba bien, exceptuado el chichón en la cabeza y algunos cortes y arañazos. Le había prometido al doctor que tendría cuidado los días siguientes y Paul le dijo que en cualquier caso regresaban a Atlanta.
Se les acercó un camarero y Paul preguntó a Rachel qué clase de vino quería.
– Me apetece un tinto bueno. Algo de aquí-añadió, recordando la cena de la noche anterior con Knoll.
El camarero se marchó.
– He llamado a la compañía aérea -dijo Paul-. Mañana sale un vuelo desde Francfort. Pannik dice que puede arreglarlo para que nos lleven hasta el aeropuerto.
– ¿Dónde está ese inspector?
– Ha regresado a Kehlheim para supervisar la investigación de lo de Chapaev. Me ha dejado un número de teléfono.
– No puedo creer que mis cosas hayan desaparecido.
– Es evidente que Knoll no quería dejar ninguna pista tuya.
– Parecía tan sincero… Encantador, incluso.
Paul pareció sentir la atracción en su voz.
– ¿Te gustaba?
– Era interesante. Me dijo que era un investigador que buscaba la Habitación de Ámbar.
– ¿Yeso te va?
– Venga, Paul. ¿No dirías que llevamos una vida mundana? Del trabajo a casa y de casa al trabajo. Piensa en ello. Viajar por el mundo buscando obras de arte perdidas… No me digas que no es emocionante.
– Ese hombre te abandonó para que murieras.
La expresión de Rachel se tensó. Siempre le sucedía cuando Paul usaba aquel tono.
– Pero también me salvó la vida en Munich.
– Debería haber estado contigo desde el principio.
– No recuerdo haberte invitado. -Su irritación iba en aumento. ¿Por qué se enfurecía tan fácilmente? Paul solo intentaba ayudarla.
– No, no me invitaste. Pero debería haberte acompañado.
Ella se sorprendió por la reacción de Paul ante Knoll. No sabía distinguir si se trataba de celos o de preocupación.
– Tenemos que volver a casa -dijo él. Aquí ya no queda nada pendiente. Estoy preocupado por los niños. No me saco el cuerpo de Chapaev de la cabeza.
– ¿Crees que lo mató la mujer que fue a verte?
– Vete a saber. Pero desde luego sabía dónde buscarlo, gracias a mí.
Aquel parecía el momento adecuado.
– Paul, quedémonos.
– ¿Qué?
– Quedémonos.
– Rachel, ¿es que no has aprendido la lección? La gente está muriendo. Tenemos que salir de aquí antes de que nos toque a nosotros. Hoy has tenido suerte. No la fuerces. Esto no es una novela de aventuras. Es de verdad. Y es una locura. Nazis. Rusos. Somos como peces fuera del agua.
– Paul, mi padre debía de saber algo. Y Chapaev. Les debemos intentarlo.
– ¿Intentar qué?
– Queda un rastro por seguir. Recuerda a Wayland McKoy. Knoll me dijo que Stod no queda lejos de aquí. Podría estar en el camino correcto. A papá le interesaba lo que estaba haciendo.
– Déjalo estar, Rachel.
– ¿Qué mal puede haber?
– Eso es exactamente lo que dijiste acerca de buscar a Chapaev.
Ella echó la silla hacia atrás y se levantó.
– Sabes que no está bien lo que acabas de decir. -Levantó la voz-. Si quieres irte a casa, vete. Yo voy a ir a hablar con Wayland McKoy.
Algunos comensales se fijaron en ellos. Rachel esperaba que ninguno de ellos hablara inglés. Paul mostraba su habitual cara de resignación. Nunca había sabido cómo tratarla. Aquel era otro de sus problemas. El ímpetu era totalmente ajeno a su espíritu. Era un planificador meticuloso. Nunca había detalle demasiado nimio. No era obsesivo. Solo consistente. ¿Había hecho algo espontáneo en toda su vida? Sí. Había volado hasta allí sin pensárselo dos veces. Y Rachel esperaba que eso contara para algo.
– Siéntate, Rachel -dijo él en voz baja-. Por una vez, ¿no podemos discutir algo de forma racional?
Se sentó. Quería que Paul se quedara, pero nunca lo admitiría.
– Tienes una campaña electoral de la que encargarte. ¿Por qué no canalizas en ella toda esta energía?
– Tengo que hacer esto, Paul. Algo me dice que siga adelante.
– Rachel, en las últimas cuarenta y ocho horas dos personas han salido de la nada buscando lo mismo. Una es probablemente una asesina y la otra lo bastante insensible como para darte por muerta y largarse. Karol ha muerto. Igual que Chapaev. Es posible que tu padre fuese asesinado. Ya tenías serias sospechas al respecto antes de venir aquí.
– Y sigo teniéndolas, y eso en parte es lo que me mueve. Por no hablar de tus padres. Puede que también hayan sido víctimas de todo esto.
Rachel casi alcanzaba a oír los engranajes de la mente analítica de su ex marido. Sopesaba las opciones. Trataba de pensar su próximo argumento para convencerla de que debía volver a casa con él.
– Muy bien -dijo-. Vamos a ver a McKoy.
– ¿Lo dices de verdad?
– Es una locura. Pero no pienso dejarte aquí sola.
Rachel se inclinó hacia delante y le apretó la mano.
– Nos cubriremos las espaldas mutuamente, ¿vale?
Paul sonrió.
– Claro. Vale.
– Papá estaría orgulloso.
– Tu padre probablemente esté revolviéndose en su tumba. Estamos ignorando todos sus deseos.
El camarero llegó con el vino y llenó dos vasos. Rachel levantó el suyo.
– Por el éxito.
Él devolvió el brindis.
– Por el éxito.
Rachel bebió, satisfecha de que Paul se quedara con ella. Pero la visión volvió como un destello a su mente. Lo que vio cuando la linterna reveló a Christian Knoll un segundo antes de la explosión. Un cuchillo reluciente en la mano.
No le había contado nada ni a Paul ni al inspector Pannik. No era difícil imaginar cuál sería la reacción de ambos. Especialmente la de Paul.
Miró a su ex marido, recordó a su padre y a Chapaev, y pensó en los niños.
¿Estaba haciendo lo correcto?