Stod, Alemania Lunes, 19 de mayo, 10:15
Wayland McKoy entró en la caverna. Lo rodeó un aire frío y húmedo, y la oscuridad engulló la luz de la mañana. Se maravilló ante la antigua galería. Ein Silberbergwerk. Una mina de plata. Antaño conocida como el «tesoro de los sacros emperadores romanos», ahora la tierra yacía agotada y abandonada como un sórdido recordatorio de la plata mexicana barata que había acabado a principios del siglo xx con la mayoría de las minas de Harz.
Toda la zona era espectacular. Agrupaciones de colinas cubiertas de pinos, enormes arbustos y praderas alpinas. Hermoso y tosco, aunque lo impregnaba todo una sensación extraña. Como Goethe había escrito en Fausto: «Donde las brujas celebraban su Sabbath».
Aquello había sido en el pasado la esquina suroeste de la Alemania oriental, la temible zona prohibida, y los bosques seguían salpicados de postes fronterizos ya olvidados. Los campos de minas, los cañones automáticos de metralla, los perros guardianes y las vallas de alambre de espinos ya habían desaparecido. La Wende, la unificación, había puesto fin a la necesidad de contener a toda una población y había abierto las oportunidades. Como la que él aprovechaba en ese momento.
Recorrió la amplia galería. El camino quedaba marcado cada treinta metros por una bombilla de cien vatios y un cable eléctrico culebreaba hasta alcanzar el generador exterior. La pared de roca era tosca y el suelo estaba cubierto de escombros. El fin de semana pasado había enviado un equipo avanzado con la misión de despejar el pasadizo.
Aquella había sido la parte sencilla. Martillos neumáticos y cañones de aire. No había que preocuparse por explosivos perdidos de los nazis: el túnel había sido revisado por perros adiestrados y por expertos en demoliciones. La ausencia de cualquier cosa relacionada siquiera remotamente con explosivos le preocupaba. Si se trataba realmente de la mina correcta, aquella que los alemanes habían usado para almacenar las obras de arte del museo Kaiser Friedrich de Berlín, casi con toda certeza hubiera estado minado. Pero no habían encontrado nada. Solo roca, piedras, arena y miles de murciélagos. Esos hijos de perra pequeños y desagradables ocupaban las arterias secundarias de la galería durante el invierno, y de todas las especies que había en el mundo, esa tenía que estar en peligro de extinción. Lo que explicaba por qué el Gobierno alemán había sido tan reticente a concederle el permiso de exploración. Por suerte, los murciélagos abandonaban las minas en mayo y no regresaban hasta mediados de julio. Tenían cuarenta y cinco preciosos días para explorar. El Gobierno no les había concedido nada más. El permiso exigía que la mina estuviera vacía para cuando regresaran las bestezuelas.
Cuanto más se adentraba en la montaña más grande se volvía la galería, lo que también era fuente de problemas. Lo habitual era que los túneles se estrecharan hasta impedir el paso y que entonces los mineros excavaran hasta que resultara imposible seguir adelante. Todas las galerías eran testamento de los muchos siglos de actividad minera. Cada generación había tratado de superar a la anterior descubriendo una veta de mineral hasta entonces desconocida. Pero, a pesar de su anchura, el tamaño de la galería no dejaba de preocuparle. Era demasiado estrecha para almacenar algo tan grande como el botín tras el que marchaba.
Se acercó al equipo de trabajo, compuesto por tres hombres. Dos de ellos estaban subidos a escaleras y otro esperaba abajo. Los tres abrían orificios en la roca formando entre ellos ángulos de sesenta grados. Los generadores y compresores se encontraban unos cincuenta metros más atrás, al aire libre. Unas ásperas y calientes luces azuladas iluminaban la escena y cubrían a los operarios de sudor.
Los taladros se detuvieron y los hombres se quitaron las protecciones auditivas. También él se quitó los tapones.
– ¿Tenéis idea de qué tal vamos? -preguntó.
Uno de los hombres se quitó unas gafas empañadas y se limpió el sudor de la frente.
– Hoy hemos avanzado unos treinta centímetros. No hay modo de saber cuánto nos queda y tengo miedo de meter los martillos neumáticos.
Otro de los hombres cogió un jarro. Con cuidado llenó los barrenos practicados con disolvente. McKoy se acercó a la pared de roca. El granito y la caliza porosos se tragaban al instante el sirope marrón vertido en cada, orificio. Entonces los productos químicos cáusticos se expandían y creaban fisuras en la piedra. Otro hombre de gafas se acercó con un martillo pilón, pe un solo golpe logró que una sección de roca se partiera en láminas y cayera al suelo. Habían avanzado algunos centímetros más.
– Es muy lento -dijo.
– Pero es el único modo de hacerlo -pronunció una voz a su espalda,
McKoy se volvió para ver a Herr Doktor Alfred Grumer en la caverna, Era un hombre alto, de brazos y piernas largos y delgados, delgado hasta el punto de la caricatura. Una perilla canosa enmarcaba unos labios finísimos. Grumer era el experto de la expedición y poseía un doctorado en Historia del Arte por la Universidad de Heidelberg. McKoy se había, asociado con él hacía tres años, durante su última intentona en las minas Harz. Se trataba de un hombre experto y avaricioso, dos atributos que él no solo admiraba, sino que necesitaba en sus socios.
– Se está acabando el tiempo -dijo McKoy.
Grumer se acercó unos pasos.
– Su permiso nos concede cuatro semanas más. Lo conseguiremos.
– Asumiendo que haya algo que conseguir.
– La cámara está ahí. Los sondeos del radar lo confirman.
– ¿Pero cuánta roca hay que horadar, por todos los demonios?
– Es difícil de decir. Pero ahí dentro hay algo.
– ¿Y cómo demonios llegó allí? Usted dijo que los sondeos del radar confirmaban la presencia de múltiples objetos metálicos de buen tamaño. -Hizo un gesto hacia las luces que conducían al exterior-. Por esa galería apenas cabrían tres personas hombro con hombro.
Una débil sonrisa apareció en la cara de Grumer.
– Asume usted que esa es la única vía de entrada.
– Y usted asume que mi cartera es un pozo sin fondo.
Los otros hombres volvieron a arrancar los taladros y comenzaron a trabajar en un nuevo barreno. McKoy desanduvo sus pasos hacia la galería, más allá de las luces, donde el ambiente era más fresco y silencioso. Grumer lo siguió.
– Si para mañana no hemos hecho progresos, a la mierda con los barrenos -dijo McKoy-. Nos pondremos con la dinamita.
– Su permiso indica otra cosa.
McKoy se pasó una mano por el cabello negro empapado en sudor.
– Que le den al permiso. Necesitamos hacer progresos cuanto antes. Tengo un equipo de televisión muerto de risa en el pueblo y me cuesta dos mil al día. Y esos burócratas hijos de puta de Bonn no esperan mañana la visita de un grupo de inversores ansiosos por ver obras de arte.
– Esto no se puede hacer con prisas -replicó Grumer-. No se puede saber lo que espera tras la roca.
– Se espera que haya una enorme cámara.
– Y la hay. Y contiene algo.
McKoy suavizó el tono. No era culpa de Grumer que la excavación procediera con lentitud.
– Algo que provocó un orgasmo múltiple en el radar de tierra, ¿no?
Grumer sonrió.
– Es un modo poético de expresarlo.
– Pues más le vale tener razón, o nos dan por culo a los dos.
– La palabra alemana para «cueva» es hóhle -dijo Grumer-. La palabra para «infierno» es hollé. Siempre he pensado que la similitud no carecía de significado.
– Eso es interesantísimo, Grumer. Pero no es lo que necesito oír en este momento, si usted me entiende.
Grumer no parecía preocupado. Como siempre. Aquella era otra cosa de aquel hombre que a McKoy lo sacaba de sus casillas.
– He venido a decirle que tiene visita.
– No será otro periodista…
– Un abogado y una jueza norteamericanos.
– ¿Ya han empezado las demandas?
Grumer mostró una de sus sonrisas condescendientes. McKoy no estaba de humor. Debería despedir a aquel idiota irritante. Pero los contactos de Grumer en el Ministerio de Cultura eran demasiado valiosos como para prescindir de ellos.
– No son demandas, Herr McKoy. Quieren hablar sobre la Habitación de Ámbar.
A Wayland McKoy se le iluminó el rostro.
– Pensé que podría interesarle. Aseguran disponer de información.
– ¿Son unos tarados?
– No lo parecen.
– ¿Qué quieren?
– Hablar.
McKoy echó un vistazo en dirección a la pared de roca y los taladros.
– ¿Por qué no? Aquí no pasa nada, joder.
Paul se volvió cuando la puerta del diminuto cobertizo se abrió. Vio entrar en la estancia encalada a un hombre similar a un oso pardo, con un cuello de toro, cintura gruesa y cabello moreno y enredado. El pecho prominente y los grandes brazos daban de sí una camisa de algodón que llevaba bordadas las palabras «McKoy Excavations». Sus ojos oscuros valoraron con intensidad la situación. Alfred Grumer, a quien Rachel y él habían conocido unos minutos antes, lo siguió al interior.
– Herr Cutler, Frau Cutler, este es Wayland McKoy -los presentó.
– No pretendo ser grosero -dijo McKoy-, pero nos encontramos en una fase vital y no tengo mucho tiempo para charlas. ¿Qué puedo hacer por ustedes?
Paul decidió ir al grano.
– Hemos tenido unos últimos días muy interesantes…
– ¿Quién de ustedes es el juez? -preguntó McKoy.
– Yo.
– ¿Qué hacen un abogado y una jueza de Georgia en medio de Alemania, molestándome?
– Estamos buscando la Habitación de Ámbar -respondió Rachel.
McKoy rió entre dientes.
– ¿Y quién no?
– Debe de creer usted que se encuentra cerca. Quizá incluso en el punto en que está excavando -dijo Rachel.
– Estoy seguro de que, como expertos legales, saben que no voy a ponerme a discutir con usted los detalles de esta excavación. Tengo inversores que exigen confidencialidad.
– No le estamos pidiendo que divulgue nada -terció Paul-. Pero podría encontrar interesante lo que nos ha sucedido en los últimos días.
Y entonces contó a McKoy y a Grumer todo lo sucedido desde la muerte de Karol Borya hasta el rescate de Rachel en la mina.
Grumer se sentó en uno de los bancos.
– Hemos oído lo de esa explosión. ¿No han encontrado al hombre?
– No había nada que encontrar. Knoll ya se había marchado hacía mucho.
Paul le explicó lo que él y Pannik habían descubierto en Warthberg.
– Todavía no me han dicho qué es lo que quieren -insistió McKoy.
– Podría empezar dándonos algo de información. ¿Quién es Josef Loring?
– Un industrial checo -respondió McKoy-. Lleva muerto unos treinta años. Se dijo que había encontrado la Habitación de Ámbar justo después de la guerra, pero nunca se llegó a verificar nada. Otro rumor para los libros.
– Loring era conocido por sus fastuosas obsesiones -intervino Grumer-. Poseía una colección de arte considerable. Y una de las mayores colecciones privadas de ámbar del mundo. Por lo que tengo entendido, sigue en poder de su hijo. ¿Cómo llegó a conocerlo su padre?
Rachel le habló acerca de la Comisión Extraordinaria y del trabajo de su padre. También le habló de Yancy y Marlene Cutler, y de las sospechas de Borya respecto a su muerte.
– ¿Cómo se llama el hijo de Loring? -preguntó.
– Ernst -respondió Grumer-. Ahora tendrá unos ochenta años. Sigue viviendo en la hacienda familiar, en el sur de la República Checa. No está muy lejos de aquí.
En aquel Alfred Grumer había algo que a Paul simplemente no le gustaba. ¿El ceño fruncido? ¿Aquellos ojos, que parecían estar considerando algo distinto a lo que estaba escuchando? Por alguna razón, el alemán le recordó al pintor que hacía dos semanas había intentado estafar doce mil trescientos dólares a la herencia que él representaba, pero que había aceptado tranquilamente mil doscientos cincuenta. No había tenido el menor problema en mentir. Todo cuanto decía estaba teñido de más falsedad que veracidad. Era alguien en quien no debía confiar.
– ¿Tiene usted aquí la correspondencia de su padre? -preguntó Grumer a Rachel.
Paul no quería enseñársela, pero pensó que aquel gesto sería una demostración de su buena fe. Buscó en su mochila y sacó las hojas. Grumer y McKoy estudiaron cada una de las cartas en silencio. McKoy parecía particularmente fascinado.
– ¿Y este tal Chapaev está muerto? -preguntó Grumer cuando hubieron terminado.
Paul asintió.
– Su padre, señora Cutler… Por cierto, ¿están ustedes casados? – preguntó McKoy.
– Divorciados -replicó Rachel.
– ¿Y viajan juntos por toda Alemania?
Rachel torció el gesto.
– ¿Tiene eso alguna relevancia?
McKoy le lanzó una mirada curiosa.
– Quizá no, su señoría. Pero son ustedes dos los que están descabalándome la mañana con sus preguntas. Como iba diciendo, ¿su padre trabajó para los soviéticos en busca de la Habitación de Ámbar?
– Le interesaba lo que estaba haciendo usted aquí.
– ¿Y dijo algo en particular?
– No -respondió Paul-. Pero vio el reportaje de la cnn y me pidió el artículo de usa Today. Cuando me quise dar cuenta, estaba, estudiando un mapa de Alemania y leyendo viejos artículos acerca de la Habitación de Ámbar.
McKoy se inclinó y se dejó caer sobre una silla giratoria de madera. Los muelles protestaron ante el peso.
– ¿Creen ustedes que podríamos haber dado con el túnel correcto?
– Karol sabía algo acerca de la Habitación de Ámbar -dijo Paul-. Chapaev también. Puede que incluso mis padres supieran algo. Y es posible que alguien haya querido silenciarlos a todos.
– ¿Pero tienen algo que demuestre que eran el objetivo de aquella bomba?
– No -admitió Paul-. Pero después de la muerte de Chapaev no puedo por menos que preguntármelo. Karol sentía muchos remordimientos por lo que les había sucedido. Estoy empezando a creer que aquí hay más de lo que parece.
– Demasiadas coincidencias, ¿no?
– Podría decirse así.
– ¿Y qué hay del túnel hacia el que los dirigió Chapaev? -preguntó Grumer.
– No había nada -respondió Rachel-. Y Knoll pensaba que el derrumbamiento de la galería era producto de una explosión. Al menos eso fue lo que dijo.
McKoy sonrió.
– ¿Una celada?
– Lo más probable -convino Paul.
– ¿Tienen alguna explicación para el hecho de que Chapaev los enviara a un callejón sin salida?
Rachel tuvo que admitir que no tenía ninguna explicación.
– ¿Pero qué hay de ese Loring? ¿Por qué iba a estar mi padre tan preocupado como para hacer que los Cutler indagaran en su nombre?
– Los rumores acerca de la Habitación de Ámbar están muy extendidos. Hay tantos que ya resulta complicado seguirles la pista a todos. Quizá su padre estuviera tirando de alguno de esos hilos -ofreció Grumer.
– ¿Sabe algo acerca de este Christian Knoll? -le preguntó Paul.
– Nein. Nunca había oído ese nombre.
– ¿Han venido aquí a sacar tajada? -preguntó McKoy de repente.
Paul sonrió. Ya se había esperado aquella clase de salida comercial.
– Pues no. No somos buscadores de tesoros, solo dos personas metidas hasta las cejas en algo que probablemente no les incumba. Pero como estábamos por aquí pensamos que podría merecer la pena acercarnos a echar un vistazo.
– Llevo años excavando en estas montañas…
La puerta se abrió de repente y entró un hombre sonriente y cubierto de suciedad.
– ¡Lo hemos atravesado!
McKoy se levantó como un resorte de la silla.
– ¡Mierda puta! ¡Dios santo! Llama al equipo de televisión. Diles que vengan para acá. Y que no entre nadie hasta que llegue yo.
El operario salió corriendo.
– Vamos, Grumer.
Rachel se lanzó hacia delante y bloqueó el paso a McKoy.
– Déjenos ir.
– ¿Por qué cojones iba a dejarles?
– Por mi padre.
McKoy titubeó durante unos segundos.
– ¿Por qué no? Pero no se pongan en medio.
Una sensación desagradable hizo presa en Rachel. La galería era ancha, aunque menos que la que había visitado el día anterior, y la entrada ya había desaparecido a su espalda. Veinticuatro horas antes había estado a punto de ser sepultada viva. Ahora volvía a encontrarse bajo tierra y seguía un rastro de bombillas desnudas, hacia el corazón de otra montaña alemana. El camino terminaba en una galería abierta delimitada por paredes de roca grisácea clara. El muro más alejado aparecía cortado por una hendidura negra. Un operario blandía un martillo pilón y ampliaba esta grieta hasta convertirla en una abertura lo bastante grande como para que pasara una persona.
McKoy descolgó una de las lámparas y se acercó a la oquedad.
– ¿Alguien ha mirado dentro?
– No -respondió un operario.
– Bien. -McKoy levantó una pértiga de aluminio de la arena y colgó en un extremo la lámpara. Después extendió las secciones telescópicas hasta que la luz se encontró a unos tres metros de él. Se acercó a la abertura y acercó el fulgor a la oscuridad.
– Qué hija de puta -dijo-. La cámara es enorme. Veo tres camiones. ¡Mierda! -Retiró la luz-. Cuerpos. Dos, que haya alcanzado a ver.
Desde detrás se acercaron pasos. Rachel se volvió y vio cómo tres personas corrían hacia ellos, armados con videocámaras, focos y baterías de reserva.
– Preparen eso -dijo McKoy-. Quiero que la primera entrada quede registrada para el documental. -McKoy se volvió hacia Rachel y Paul-. He vendido los derechos de vídeo. Van a hacer un especial de televisión con esto, pero lo quieren todo tal y como haya sucedido.
Grumer se acercó.
– ¿Camiones, ha dicho?
– Parecen Büssing nag de cuatro toneladas y media. Alemanes.
– Malas noticias.
– ¿A qué se refiere?
– No había transportes disponibles para desplazar el material del Museo de Berlín. Tuvieron que moverlo a mano.
– ¿Pero de qué cojones está hablando?
– Como le he dicho, Herr McKoy, el material del Museo de Berlín fue transportado por tren y después en camiones hasta la mina. Pero los alemanes nunca hubieran abandonado los vehículos. Eran demasiado valiosos; los necesitaban para otras muchas cosas.
– No sabemos qué cono sucedió, Grumer. Puede que esos putos kraut decidieran dejar aquí los camiones. ¿Quién sabe?
– ¿Y cómo entraron en la montaña?
McKoy se acercó mucho al alemán.
– Como ha dicho usted mismo antes, podría haber otra entrada.
Grumer se encogió.
– Como diga, Herr McKoy.
Este le apuntó con un dedo.
– No. Como ha dicho usted.
El hombretón volvió su atención hacia el equipo de vídeo. Los focos estaban encendidos y ya había dos cámaras preparadas y al hombro. El encargado del sonido que sostenía un micrófono en una pértiga se mantenía apartado a un lado.
– Yo entraré el primero. Graben desde mi perspectiva.
Los hombres asintieron.
McKoy se introdujo en las tinieblas.
Paul fue el último en entrar, seguido por dos operarios que arrastraban dos tubos fosforescentes dentro de la cámara. Los rayos blanquiazules evaporaron la oscuridad.
– Esta cámara es natural -dijo Grumer. Su voz resonó en las paredes.
Paul estudió la roca, que se alzaba formando un arco de un mínimo de veinte metros. Aquella visión le recordó al techo de algunas grandes catedrales, salvo porque la cubierta y las paredes estaban plagados de estalactitas que resplandecían ante la brillante iluminación. El suelo era blando y arenoso, como el de la galería que conducía hasta allá. Inspiró entre los dientes y no se preocupó por el olor del aire estancado. Las luces de vídeo estaban apuntadas hacia la pared más alejada. Otra apertura, o al menos lo que quedaba de ella, aparecía a la vista. Era mayor que la galería que habían empleado, más que suficiente para admitir los transportes, pero estaba en parte bloqueada por una densa barrera de escombros y roca.
– La otra entrada, ¿eh? -dijo McKoy.
– Ja -respondió Grumer-. Pero es extraño. La idea tras la ocultación era recuperar las cosas más tarde. ¿Por qué sellar la cámara de ese modo?
Paul volvió su atención hacia los tres camiones. Se encontraban estacionados en ángulos extraños, con las dieciocho ruedas desinfladas. Los neumáticos se habían aplastado debido al peso. Allí seguían, aunque enmohecidos, los lienzos oscuros que cubrían las cajas alargadas. Tanto las cabinas de acero como las estructuras habían sufrido una fuerte oxidación.
McKoy se introdujo un poco más en la sala, seguido por un cámara.
– No se preocupen por el sonido. Ya lo grabaremos encima más tarde. Concéntrense en obtener una buena imagen.
Rachel avanzó.
Paul se mantuvo junto a ella.
– Qué extraño, ¿no? Es como entrar en un cementerio.
Ella asintió.
– Eso es exactamente lo que estaba pensando.
– Miren esto -dijo McKoy.
Las luces revelaron dos cuerpos tendidos sobre la arena, con rocas y escombros a ambos lados. No quedaban sino huesos, harapos y botas de cuero.
– Les dispararon en la cabeza -anunció McKoy.
Un operario acercó un tubo luminoso.
– Intenten no tocar nada hasta que tengamos un registro fotográfico completo. Son exigencias del ministerio. -La voz de Grumer era firme.
– Aquí hay dos cuerpos más -advirtió otro operario.
McKoy y el equipo de filmación acudieron hacia allí, seguidos por Grumer y por Rachel. Paul se quedó junto a los dos primeros cadáveres. La ropa se había podrido, pero incluso bajo aquella luz débil se veían los restos de lo que parecían uniformes. Los huesos estaban ennegrecidos. La carne y el músculo se habían rendido al polvo hacía ya mucho tiempo. No había duda de que los cráneos estaban perforados por un orificio. Ambos parecían haber estado tendidos de espaldas y la columna vertebral y las costillas seguían dispuestas en su sitio. A un lado yacía una bayoneta adosada a lo que quedaba de un cinturón cosido. La pistolera de cuero estaba vacía.
Su mirada se desvió más hacia la derecha.
Parcialmente cubierto de arena, en las sombras, reparó en algo negro \ rectangular. Ignoró la admonición de Grumer y lo recogió. Una cartera.
Separó cuidadosamente el cuero cuarteado. En la billetera vio los restos arruinados de lo que parecían haber sido billetes. Metió un dedo en una de las solapas laterales. Nada. Después en otra. Se deslizaron restos de una tarjeta. Los bordes eran frágiles y la tinta prácticamente había desparecido, pero aún quedaban parte de la escritura. Se esforzó para distinguir las letras.
«Ausgegeben 15-2-51. Verfällt 15-3-55. Gustav Müller». Había más palabras, pero solo habían sobrevivido letras sueltas, nada legible. Cerró la cartera y se dirigió hacia el grupo principal. Rodeó la parte trasera de un transporte y divisó de repente a Grumer, que se encontraba a un lado. Estaba a punto de acercarse a él para preguntarle por la cartera, cuando vio que el alemán se inclinaba sobre otro esqueleto. Rachel, McKoy y los demás estaban reunidos a unos diez metros a su izquierda y les daban la espalda. Las cámaras seguían grabando y McKoy se dirigía directamente a ellas. Los operarios habían erigido un soporte telescópico y habían adosado un tubo de luz halógena en el centro, lo que generaba luz más que suficiente para que Grumer pudiera registrar la arena que rodeaba los huesos.
Paul se retiró hacia las sombras tras el camión y siguió observando. La linterna de Grumer recorrió los huesos embebidos en la arena. Se preguntó por la carnicería que se había producido allí. La luz de Grumer terminó con su examen al final de un brazo extendido. Paul veía con claridad las falanges de la mano. Se esforzó para enfocar la vista. Había letras grabadas en la arena. Algunas habían desaparecido con el tiempo, pero aún quedaban tres, espaciadas de forma irregular.
O I C.
Grumer se incorporó y sacó tres fotografías. El flash de su cámara produjo un efecto estroboscópico.
Entonces, el alemán volvió a agacharse y borró rápidamente las letras de la arena.
McKoy estaba impresionado. El vídeo iba a ser espectacular. Tres transportes alemanes oxidados de la Segunda Guerra Mundial hallados relativamente intactos en las profundidades de una mina de plata abandonada. Cinco cuerpos, todos ellos con agujeros de bala en la cabeza. Menudo espectáculo. Su porcentaje sobre los derechos residuales iba a ser impresionante.
– ¿Tenemos suficientes tomas exteriores? -preguntó a uno de los camarógrafos.
– De sobra.
– Entonces veamos qué coño hay ahí dentro. -Cogió una linterna y avanzó hacia el transporte más cercano-. ¿Grumer, por dónde anda?
El Doktor apareció desde las sombras.
– ¿Está preparado? -preguntó McKoy.
Grumer asintió.
También él lo estaba.
En la caja de los camiones verían cajones de madera fabricados apresuradamente y embalados de cualquier manera. Se habrían usado para envolver las piezas tapices centenarios, vestidos y alfombras. Había oído historias acerca de cómo los encargados del Hermitage emplearon los trajes reales de Nicolás II y Alexandra para envolver los cuadros que se enviaban hacia el este para protegerlos de los nazis. Prendas de valor incalculable se usaron indiscriminadamente como relleno de los cajones de madera. Se echó mano de cualquier cosa para proteger los lienzos y las frágiles cerámicas. McKoy esperaba que los alemanes hubieran sido igualmente frívolos. Si aquella era la cámara correcta, la que contenía el inventario del Museo de Berlín, el hallazgo sería la crema de la colección. Quizá estuvieran la Calle de Delft de Vermeer, la Cabeza de Jesús de Da Vinci o El parque de Monet. Cada uno de ellos podía alcanzar en el mercado abierto un precio millonario. Aunque el Gobierno alemán insistiera en quedarse con ellos, lo que era probable, su retribución por el hallazgo sería de millones de dólares.
Apartó cuidadosamente el lienzo rígido y apuntó la luz hacia el interior.
La caja estaba vacía. No había más que óxido y arena.
Corrió hacia el siguiente camión.
Vacío.
Hacia el tercero.
También vacío.
– Me cago en todo -dijo-. Apaguen esas putas cámaras.
Grumer inspeccionó con su linterna cada una de las cajas.
– Me temía algo así.
McKoy no estaba de humor.
– Todas las señales indicaban que esta podría no ser la cámara -dijo Grumer.
Aquel atildado alemán casi parecía estar disfrutando con el predicamento de su empleador.
– ¿Y por qué cono no me lo dijo en enero?
– Entonces no lo sabía. Los sondeos de radar indicaban que aquí dentro había algo grande y metálico. Solo en los últimos días, al acercarnos, comencé a sospechar que podría tratarse de una cámara seca.
Paul se acercó a él.
– ¿Cuál es el problema?
– El problema, señor abogado, es que los malditos camiones están vacíos. Dentro no hay una puta mierda. Me acabo de gastar un millón de dólares para recuperar tres camiones oxidados. ¿Cómo cojones voy a explicar esto a la gente que va a llegar aquí mañana con la esperanza de hacerse rica con su inversión?
– Ya conocían los riesgos cuando invirtieron -opinó Paul.
– A ver si esos hijos de puta aceptan esa respuesta.
– ¿Fue sincero con ellos respecto a los riesgos? -preguntó Rachel.
– Tanto como puedes serlo cuando estás pidiendo dinero. -Sacudió la cabeza disgustado-. ¡Dios, Dios, Dios todopoderoso! ¡Joder!
Stod
12:45
Knoll arrojó su bolsa de viaje sobre la cama y echó un vistazo a la caótica habitación de hotel. El Christinenhof se elevaba cinco plantas. El exterior era en parte de madera y el interior rezumaba historia y hospitalidad. Había escogido intencionadamente una habitación en la tercera planta y con vistas a la calle, despreciando la lujosa y más cara fachada del jardín. No le interesaba el ambiente, sino la localización, ya que el Christinenhof se encontraba justo enfrente del hotel Garni, donde Wayland McKoy y todo su grupo ocupaban por completo la cuarta planta.
Había sabido por un servicial empleado de la oficina local de turismo bastantes cosas acerca de la excavación de McKoy. También le había dicho que al día siguiente llegaría a la localidad un grupo de inversores. El Garni se había ocupado al cien por cien y había sido necesario echar mano de otros dos hoteles para absorber la saturación.
– Es bueno para los negocios -le había dicho el empleado.
Y también para él. No había nada mejor como distracción que una multitud.
Abrió la cremallera de la bolsa de cuero y sacó una cuchilla eléctrica.
El día anterior había sido duro. Danzer lo había superado. Probablemente en ese mismo momento estuviera presumiendo con Ernst Loring de cómo lo había engañado para llevarlo a la mina. ¿Pero por qué matarlo? Nunca antes sus duelos habían llegado a tales extremos. ¿Qué era lo que había subido las apuestas? ¿Qué era tan importante para que Danya Chapaev, él mismo y Rachel Cutler tuvieran que morir? ¿La Habitación de Ámbar? Quizá. No había duda de que necesitaba seguir investigando y pretendía hacer exactamente eso una vez que completara aquella misión secundaria.
Se había demorado en llegar desde Füssen hasta Stod. No tenía prisa. Los periódicos de Munich informaban de la explosión del día anterior en la mina de Harz, y mencionaba a Rachel Cutler y el hecho de que había sobrevivido. No se hacía referencia alguna a él mismo, solo que se estaba buscando a un varón blanco sin identificar, aunque los equipos de rescate no tenían esperanzas de encontrar nada. Sin duda Rachel habría hablado de él a las autoridades y la policía habría descubierto que se había marchado del Goldene Krone con sus cosas y las de ella. Pero no se hacía ninguna mención… Interesante. ¿Un truco de la policía? Posiblemente. Pero le daba igual. No había cometido ningún delito. ¿Para qué iba a quererlo la policía? Lo único que sabían las autoridades es que estaba asustadísimo y que había decidido marcharse del pueblo. Un encuentro tan cercano con la muerte podía afectar a cualquiera. Rachel Cutler estaba viva y seguramente de regreso a América. Su aventura alemana no sería más que un recuerdo desagradable. Ahora regresaría a su vida de jueza de una gran ciudad. La búsqueda de la Habitación de Ámbar por parte de su padre moriría con él.
Se había duchado por la mañana pero no se había afeitado, de modo que el cuello y el mentón le picaban y tenían el tacto de la lija. Rebuscó en el fondo de su bolsa de viaje y sacó la pistola. Masajeó suavemente el suave polímero no reflectante y empuñó el arma, con el dedo en el gatillo. No llegaba al kilo de peso. Era un regalo de Ernst Loring, una de sus nuevas cz-75b.
«Hice que le ampliaran el cargador a quince balas», le dijo Loring al presentarle el arma. «No lleva el cargador de diez cartuchos de los burócratas. Así que es idéntica a nuestro modelo original. Recuerdo tu comentario de que no te había gustado la modificación posterior de los diez disparos. También he variado la configuración del seguro para que pueda llevarse amartillada y bloqueada, como habrás visto. Ese mismo cambio está presente ahora en todos los modelos.»
Las fábricas checas de Loring eran las principales productoras de armas cortas de la Europa del Este y su calidad era legendaria. Solo en los últimos años los mercados occidentales se habían abierto por completo a sus productos, ya que los altos aranceles y las restricciones a la exportación siguieron el camino del telón de acero. Por suerte, Fellner le había permitido conservar la pistola y él le agradecía el gesto.
«Además, la punta del cañón está roscada para encajar un silenciador», le había dicho Loring. «Suzanne tiene una idéntica. Creí que a los dos os gustaría la ironía. La situación está nivelada, por así decirlo.»
Knoll enroscó el silenciador en la punta del corto cañón y encajó un cargador lleno.
Sí. Le encantaba la ironía.
Tiró la pistola sobre la cama y empuñó su cuchillo. En el camino al baño se había detenido un momento en la única ventana de la habitación. La entrada principal del Garni se encontraba al otro lado de la calle. Las pilastras de piedra se elevaban a los lados de la pesada puerta de bronce y la fachada que daba a la calle se elevaba seis alturas. Le habían dicho que el Garni era el hotel más caro de la ciudad. Era evidente que Wayland McKoy quería lo mejor. También había sabido al registrarse que el Garni poseía un gran restaurante y una sala de reuniones, dos comodidades que la expedición parecía necesitar. Los trabajadores del Christinenhof se alegraban de no tener que estar atendiendo las constantes necesidades de un grupo tan grande. Knoll sonrió ante la observación. El capitalismo era completamente distinto al socialismo europeo. En los Estados Unidos, los hoteles se hubieran dado de tortas por aquella clase de negocio.
Miró a través de una reja de hierro negro que protegía la ventana. El cielo vespertino era gris y sucio, ya que desde el norte se aproximaba un denso banco de nubes. Por lo que le habían dicho, el personal de la expedición solía regresar todos los días alrededor de las seis en punto. Empezaría entonces con su trabajo de campo. Cenaría en el Garni y descubriría lo que pudiera de las conversaciones en el comedor.
Miró hacia la calle. Primero en un sentido, luego en el otro. De repente, sus ojos se clavaron en una mujer. Se abría paso a través de una calle peatonal llena de gente. Cabello rubio. Cara bonita. Vestimenta informal. Una bolsa de cuero sobre el hombro derecho.
Suzanne Danzer.
Sin disfraz. A campo abierto.
Fascinante.
Arrojó el cuchillo a la cama y metió la pistola en la cartuchera que ocultaba bajo la chaqueta. Corrió hacia la puerta.
Una extraña sensación inundó a Suzanne. Se detuvo y miró hacia atrás. La calle estaba atestada. Era mediodía y la gente salía en tropel para comer. Stod era una ciudad intensa. Unos cincuenta mil habitantes, por lo que había oído. La zona más antigua se extendía en todas direcciones y las manzanas estaban compuestas por edificios de varias plantas construidos en madera, piedra y ladrillo. Algunos eran claramente antiquísimos, pero en su mayoría se trataba de reproducciones construidas en los años cincuenta y sesenta, después de que los bombarderos dejaran su marca en 1945. Los constructores habían hecho un buen trabajo y lo habían decorado todo con ricas molduras, estatuas de tamaño real y bajorrelieves. Todo había sido creado especialmente para ser fotografiado.
Sobre ella, la abadía de los Siete Pesares de la Virgen dominaba el cielo. La monstruosa estructura había sido erigida en el siglo xv, en honor de la ayuda de la Virgen María por la victoria en una batalla. El edificio barroco coronaba un acantilado rocoso que dominaba tanto Stod como el fangoso río Eder: la clara personificación del antiguo desafío y del poder señorial.
Miró hacia arriba.
El altísimo edificio de la abadía parecía inclinarse hacia delante y curvarse levemente hacia el interior. Sus torres gemelas de color amarillo estaban conectadas por una balconada que miraba hacia el oeste. Se imaginó una época en que los monjes y prelados supervisaran sus dominios desde aquel punto aventajado. «La fortaleza de Dios», recordaba que un cronista medieval había denominado aquel lugar. El exterior estaba formado por murallas de piedra de color alternativamente ambarino y blanco, coronadas por un techo de placas del color del óxido. Qué adecuado. Ámbar. Quizá fuese una profecía. Y si hubiera creído en algo que no fuera ella misma, habría hecho caso de la advertencia. Pero en ese momento únicamente reparó en la sensación de que estaba siendo observada.
Ciertamente, Wayland McKoy despertaría su interés. Quizá se tratara de eso. Allí había alguien más. Buscando. Observando. ¿Pero dónde? Cientos de ventanas dominaban la angosta calle, la mayoría a muchas plantas sobre el nivel del suelo. Había demasiada gente como para digerir sus rostros. Podría tratarse de alguien disfrazado. O quizá se tratara de alguien que miraba hacia abajo desde la abadía, un centenar de metros por encima de ella. Bajo el sol del mediodía apenas si era capaz de distinguir siluetas, al parecer turistas que disfrutaban de las vistas.
No importaba.
Se volvió y entró en el hotel Garni.
Se acercó a la recepción y se dirigió al encargado en alemán.
– Quería dejarle un mensaje a Alfred Grumer.
– Por supuesto. -El hombre le entregó una libreta.
«Estaré en la iglesia de St. Gerhard, 22:00. No falte. Margarethe», escribió. Dobló la nota.
– Me encargaré de que Herr Doktor Grumer la reciba -le aseguró el recepcionista.
Ella sonrió y le dio cinco euros por las molestias.
Knoll se encontraba en el vestíbulo del Christinenhof, apartando discretamente las cortinas para poder ver la calle. Estaba observando a Suzanne Danzer cuando esta, que se encontraba a unos treinta metros, se detuvo y miró alrededor.
¿Lo había sentido?
Era buena. Sus instintos estaban afilados. A él siempre le habían gustado las comparaciones jungianas sobre cómo los antiguos veían en las mujeres a Eva, a Helena, a Sofía o a María, en correspondencia con la impulsividad, la emoción, el intelecto y la moral. Sin duda Danzer poseía las tres primeras cualidades, pero nada en ella podía considerarse moral. Y también era otra cosa: peligrosa. Aunque probablemente tuviera la guardia baja, pues lo creería sepultado bajo toneladas de roca en una mina a cuarenta kilómetros de allí. Con suerte, Franz Fellner habría comunicado a Loring que desconocía el paradero de su agente y el truco le daría el tiempo que necesitaba para descubrir lo que estaba sucediendo. Y lo que era más importante, le daría tiempo para decidir cómo igualar la cuenta con su atractiva colega.
¿Qué estaba haciendo ella allí, a campo abierto y en dirección al hotel Garni? Era demasiada coincidencia que Stod fuera el cuartel general de Wayland McKoy y que fuese en ese hotel donde McKoy y su gente se hospedaban. ¿Tenía algún informante dentro de la expedición? Eso sería lo normal. Muchas veces él había cultivado relaciones en otras excavaciones, de modo que Fellner tuviera la primera opción sobre cualquier descubrimiento. Los aventureros solían estar más que dispuestos a vender al menos parte de su botín en el mercado negro. Nadie se enteraría de nada, ya que para empezar se trataba de piezas que se creían perdidas. Esa práctica evitaba las innecesarias trabas gubernamentales y las molestas confiscaciones. Los alemanes eran bien conocidos por confiscar lo mejor de cuanto salía a la superficie. Existían estrictos requisitos de información y graves penas para los violadores de las normas. Pero siempre se podía contar con el triunfo de la avaricia y Knoll había logrado excelentes compras para la colección privada de Fellner por medio de buscadores de tesoros sin escrúpulos.
Comenzó a caer una llovizna. Los paraguas se abrieron por doquier. A lo lejos resonó un trueno. Danzer volvió a aparecer junto al Garni. Knoll se retiró de la ventana. Esperaba que la mujer no cruzara la calle y entrara en el Christinenhof. En aquel vestíbulo tan pequeño no había dónde esconderse.
Se tranquilizó cuando ella se subió con gesto despreocupado el cuello de la chaqueta y volvió a la calle. Knoll se dirigió a la puerta principal y echó un vistazo con precaución. Danzer estaba entrando en otro hotel que había calle abajo, el Gebler, por lo que anunciaba su cartel, adosado a una fachada de cruces de madera que acusaba el peso de los siglos. Había pasado por delante de camino al Christinenhof. Resultaba lógico que ella se alojara allí. Cercano, conveniente. Regresó al vestíbulo y observó a través de la ventana, tratando de no parecer sospechoso a las pocas personas que allí había. Pasaron quince minutos y no volvió a aparecer.
Sonrió.
Confirmado.
Estaba allí.
13:15
Paul estudió a Alfred Grumer con ojos de abogado, examinó cada una de las facetas de su rostro para valorar sus reacciones y calcular las respuestas probables. Él, McKoy, Grumer y Rachel habían regresado a la caseta que había en el exterior de la mina. La lluvia repicaba contra el tejado de chapa. Habían pasado casi tres horas desde el hallazgo y el humor de McKoy, al igual que el clima, no había hecho sino empeorar.
– ¿Qué cojones está pasando, Grumer? -preguntó.
El alemán estaba sentado en una banqueta.
– Existen dos posibles explicaciones. Una, que los camiones ya estuvieran vacíos cuando fueron introducidos en la caverna. Dos, que alguien llegara antes que nosotros.
– ¿Cómo iba a llegar nadie antes que nosotros? Hemos tardado cuatro días en horadar el camino hasta esa cámara y la otra salida estaba sellada con toneladas de mierda.
– El allanamiento podría haber sucedido hace mucho.
McKoy inspiró profundamente.
– Grumer, mañana van a aparecer aquí veintiocho personas. Han invertido una pasta de la hostia en este agujero de ratas. ¿Qué se supone que voy a decirles? ¿Que alguien ha llegado antes que nosotros?
– Los hechos son los hechos.
McKoy saltó como un resorte de su silla, con la mirada encendida. Rachel lo cortó.
– ¿De qué le va a servir eso?
– Me haría sentir muchísimo mejor.
– Siéntese -dijo Rachel.
Paul reconoció su voz de juzgado. Fuerte. Firme. Un tono que no dejaba resquicio para la duda. Un tono que había empleado numerosas veces en casa.
El hombretón dio un paso atrás.
– ¡Joder!
Volvió a sentarse.
– Parece que voy a necesitar un abogado. Es evidente que la jueza no puede ser. ¿Está disponible, Cutler?
Paul negó con la cabeza.
– Me dedico a los testamentos. Pero en mi bufete hay buenos litigadores para dar y tomar, y especialistas en la ley de contratos.
– Ellos están al otro lado del charco y usted aquí. ¿A quién voy a coger?
– Supongo que todos los inversores firmaron dispensas y reconocimientos de los riesgos -terció Rachel.
– Anda que me va a servir de mucho. Esa gente tiene pasta propia y abogados propios. Para la semana que viene voy a estar de papelajos legales hasta las cejas. Nadie va a creerse que no supiera que eso era un agujero seco.
– No estoy de acuerdo con usted -protestó Rachel-. ¿Por qué iba nadie a pensar que quería usted excavar sabiendo que no había nada que encontrar? Parecería un suicidio financiero.
– ¿Quizá por los pequeños honorarios de centenares de miles de dólares que tengo garantizados, encuentre algo o no?
Rachel se volvió hacia Paul.
– Deberías llamar al bufete. Este hombre necesita un abogado.
– Miren, vamos a dejar una cosa bien clarita -dijo McKoy-. En casa tengo un negocio que atender. No hago todo esto para ganarme la vida. Estas gilipolleces tienen un coste. En la última excavación recibí los mismos honorarios y volví a casa con más. Los mismos inversores obtuvieron un buen pico. Nadie se quejó.
– Esta vez no será así-dijo Paul-. Salvo que esos camiones tengan algún valor, cosa que dudo. Y eso asumiendo que sea capaz siquiera de sacarlos de ahí.
– Eso no es posible -intervino Grumer-. La otra caverna es infranqueable. Costaría millones despejarla.
– Váyase a tomar por culo, Grumer.
Paul se quedó mirando a McKoy. La expresión del hombretón le resultaba familiar, una combinación de resignación y preocupación. Muchos de sus clientes ponían esa cara en un momento u otro. En realidad quería quedarse allí. No dejaba de recordar a Grumer en la caverna, borrando las letras sobre la arena.
– De acuerdo, McKoy. Si quiere que lo ayude, haré lo que esté en mi mano.
Rachel le dirigió una mirada extraña, pero su expresión le resultó fácil de leer. El día anterior él había insistido en regresar a casa y dejar toda aquella intriga a las autoridades. Pero allí estaba al día siguiente, presentándose voluntario para representar a Wayland McKoy, pilotando su propio carro de fuego por los cielos, al capricho de fuerzas que ni comprendía ni era capaz de controlar.
– Bien -dijo McKoy-. Me vendrá bien la ayuda. Grumer, haga algo útil y disponga habitaciones para esta gente en el Garni. A mi cuenta.
Grumer no pareció complacido recibiendo órdenes de ese modo, pero el alemán no discutió y se dirigió hacia el teléfono.
– ¿Qué es el Garni?-preguntó Paul.
– El hotel en el que nos alojamos en la ciudad.
Paul señaló a Grumer.
– ¿El también se aloja allí?
– ¿Dónde si no?
Stod impresionó mucho a Paul. Se trataba de una ciudad de tamaño considerable, cruzada por avenidas venerables que parecían sacadas directamente de la Edad Media. Se veía una hilera tras otra de edificios blancos y negros con estructura de madera, apretados como los libros en una estantería. Por encima de todo, una monstruosa abadía coronaba un promontorio montañoso. Las laderas que conducían hasta ella estaban cubiertas de alerces y hayas en pleno florecimiento primaveral.
El y Rachel marchaban hacia la ciudad detrás de Grumer y McKoy. Su camino los llevó al núcleo de la zona antigua y terminó justo delante del hotel Garni. Un pequeño estacionamiento reservado a los huéspedes esperaba calle arriba, en dirección al río, nada más salir de la zona peatonal.
Una vez en el hotel se enteró de que el grupo de McKoy ocupaba por completo la cuarta planta. La tercera estaba ya reservada a los inversores que llegarían al día siguiente. Después de un regateo de McKoy y de la entrega a hurtadillas de algunos euros, el recepcionista consiguió liberar una habitación en la segunda planta. McKoy les preguntó si querían una o dos habitaciones y Rachel respondió inmediatamente que solo una.
Una vez arriba, Paul apenas había depositado la maleta sobre la cama cuando Rachel lanzó la pregunta.
– Muy bien. ¿De qué vas, Paul Cutler?
– ¿De qué vas tú? Una habitación. Creía que estábamos divorciados. Por lo menos a ti te encanta recordármelo a la primera de cambio.
– Paul, estás tramando algo y no voy a permitir que te escapes. Ayer me estuviste dando la plasta para volver a casa. Hoy vas y te ofreces voluntario para representar a este individuo. ¿Y si es un estafador?
– Razón de más para que necesite un abogado.
– Paul…
Él señaló la cama doble.
– ¿Día y noche?
– ¿Qué?
– ¿Vas a vigilarme día y noche?
– No vamos a ver nada que no hayamos visto ya. Estuvimos siete años casados.
Paul sonrió.
– Me va a acabar gustando la intriga esta.
– ¿Me lo piensas contar o no?
Paul se sentó en el borde de la cama y le explicó lo que había sucedido en la cámara subterránea, y entonces le mostró la cartera, que llevaba desde que la encontrara en el bolsillo del pantalón.
– Grumer borró esas letras a propósito. De eso no cabe la menor duda. Eso hombre prepara algo.
– ¿Por qué no se lo has dicho a McKoy?
Paul se encogió de hombros.
– No lo sé. Lo pensé, pero, como bien has dicho, podría ser un estafador.
– ¿Estás seguro de que las letras eran O-I-C?
– Es lo que vi.
– ¿Crees que puede tener algo que ver con papá y la Habitación de Ámbar?
– En este momento no veo la conexión, salvo que Karol estaba realmente interesado en las actividades de McKoy. Pero eso no tiene por qué significar nada.
Rachel se sentó junto a él. Paul reparó en los cortes de los brazos y la cara, que ya habían formado costra.
– Ese McKoy nos subió a bordo sin pensárselo dos veces -dijo ella.
– Bien podríamos ser todo lo que tiene. Parece que Grumer no le cae muy bien. Nosotros somos solo dos extraños que hemos salido de la nada.
No tenemos interés en nada. No somos una amenaza. Supongo que nos considera seguros.
Rachel tomó la cartera y estudió cuidadosamente las trizas de papel avejentado.
– «Ausgegeben 15-3-51. Verfällt 15-3-55. Gustav Müller.» ¿Le pedimos a alguien que nos lo traduzca?
– No me parece buena idea. Ahora mismo no confío en nadie, exceptuando la presente compañía, claro está. Sugiero que busquemos un diccionario alemán-inglés y lo hagamos nosotros.
A dos manzanas al oeste del Garni encontraron un diccionario bilingüe en una atestada tienda de regalos. Era un volumen delgado que parecía pensado para turistas, pues incluía palabras y expresiones comunes.
– Ausgegeben significa «enviado» -dijo Paul-. Verfällt significa «expira» o «termina». -Miró a Rachel-. Los números deben de ser fechas, en formato europeo, al revés. Enviado el 15 de marzo de 1951. Expira el 15 de marzo de 1955. Gustav Müller.
– Eso es después de la guerra. Grumer tenía razón. Alguien llegó antes de McKoy a hacerse con lo que hubiera allí. En algún momento anterior a marzo de 1951.
– ¿Pero qué era?
– Buena pregunta.
– Tiene que ser algo serio. Cinco cadáveres con orificios de bala en la cabeza…
– E, importante, los tres camiones estaban limpios. No dejaron absolutamente ninguna pista.
Devolvió el diccionario a la estantería.
– Grumer sabe algo. ¿Por qué iba a tomarse el trabajo de realizar las fotografías antes de borrar las letras? ¿Qué está documentando? ¿Y para quién?
– Quizá deberíamos contárselo a McKoy.
Paul sopesó la sugerencia.
– Yo no lo haría. Al menos de momento.
22:00
Suzanne apartó el telón de terciopelo que separaba la galería exterior y el portal de la nave interior. La iglesia de St. Gerhard estaba vacía. El tablón de anuncios del exterior proclamaba que el santuario permanecía abierto hasta las once de la noche, razón principal para que eligiera aquel lugar como punto de reunión. El otro motivo era su situación. Se encontraba a pocas manzanas de la zona de hoteles de Stod, en el límite de la ciudad vieja y lejos de las muchedumbres.
La arquitectura era claramente románica, con mucho ladrillo y una elevada fachada adornada con dos torres gemelas. Dominaban las proporciones lúcidas y espaciosas. Unas arcadas ciegas formaban interesantes dibujos. Una cancela de hermosa factura ocupaba el otro extremo del templo. El altar, la sacristía y los bancos del coro estaban vacíos. Algunos cirios parpadeaban en un altar lateral. Su brillo se reflejaba como estrellas en la ornamentación dorada del techo.
Avanzó y se detuvo en la base de un pulpito dorado. La rodeaban figuras cinceladas de los cuatro evangelistas. Observó los escalones que conducían arriba. A ambos lados se alineaban más figuras. Alegorías de los valores cristianos. Fe, esperanza, caridad, prudencia, fortaleza, templanza y justicia. Reconoció al artesano de inmediato: Riemenschneider. Siglo xvi. El pulpito estaba vacío. Pero podía imaginarse al obispo dirigiéndose a la congregación, exaltando las virtudes de Dios y las ventajas de la creencia.
Se dirigió hacia el otro extremo de la nave con los ojos y los oídos alerta. El silencio era enervante. Llevaba la mano derecha embutida en el bolsillo de la chaqueta y los dedos sin guante se cerraban alrededor de la Sauer automática del calibre 32, un regalo que Loring le había hecho hacía tres años, procedente de su colección privada. Había estado a punto de llevar la nueva cz-75b que Loring le había dado. Había sido sugerencia de ella que
Christian recibiera una idéntica. Loring sonrió ante la ironía. Era una lástima que Knoll no llegara a tener ocasión de usar la suya.
Captó un movimiento por el rabillo del ojo. Sus dedos se cerraron alrededor de la culata y se volvió. Un hombre alto y enjuto apartaba un telón y se dirigía hacia ella.
– ¿Margarethe? -preguntó en voz baja.
– ¿Herr Grumer?
El hombre asintió y se acercó. Olía a cerveza amarga y salchichas.
– Esto es peligroso.
– Nadie sabe de nuestra relación, Herr Doktor. Usted simplemente se ha acercado a la iglesia para hablar con Dios.
– Así debe seguir siendo.
A Suzanne no le incumbía la paranoia de aquel hombre.
– ¿Qué ha descubierto?
Grumer buscó en el bolsillo de la chaqueta y extrajo cinco fotografías. Ella las estudió bajo la luz ambiente. Tres camiones. Cinco cuerpos. Letras sobre la arena.
– Los transportes están vacíos. Hay otra entrada a la cámara, pero está bloqueada con escombros. Los cuerpos son con seguridad posteriores a la guerra. Lo indican sus ropas y el equipo.
Suzanne señaló la fotografía que mostraba las letras sobre la arena.
– ¿Qué hizo con esto?
– Lo borré con la mano.
– Entonces, ¿por qué lo fotografió?
– Para que usted me creyera.
– Y para poder elevar el precio.
Grumer sonrió. Suzanne odiaba la palidez de la codicia.
– ¿Algo más?
– Dos estadounidenses han aparecido en la mina.
Ella escuchó mientras Grumer le hablaba de Rachel y Paul Cutler.
– La mujer es la que se vio involucrada en la explosión de la mina cercana a Warthberg. Le han calentado la cabeza a McKoy con la Habitación de Ámbar.
El hecho de que Rachel Cutler hubiera sobrevivido resultaba interesante.
– ¿Ha dicho ella algo acerca de algún otro superviviente de la explosión?
– Solo que hubo otro. Un tal Christian Knoll. Se largó de Warthberg después de la explosión, llevándose las pertenencias de Frau Cutler.
Suzanne se enderezó inmediatamente y se puso alerta. Knoll estaba vivo. La situación, que hacía un momento parecía totalmente bajo control, se le antojaba ahora terrorífica. Pero tenía que completar la misión.
– ¿Sigue escuchándole McKoy?
– Cuando le da. Está muy molesto con que los camiones estuvieran vacíos. Teme que los inversores de la excavación presenten demandas. Ha contratado los servicios legales de Herr Cutler.
– Son unos desconocidos.
– Pero creo que confía más en él que en mí. Además, los Cutler tienen cartas cruzadas entre el padre de Frau Cutler y un hombre llamado Danya Chapaev. Están relacionadas con la Habitación de Ámbar.
Noticias ya conocidas. Las mismas cartas que ella había leído en el despacho de Paul Cutler. Pero debía parecer interesada.
– ¿Ha visto usted esas cartas?
– Así es.
– ¿Quién las tiene ahora?
– Frau y Herr Cutler.
Un cabo suelto que requería su atención.
– La obtención de esas cartas podría mejorar considerablemente mi estima por usted.
– Eso pensaba yo.
– ¿Y cuál es su precio, Herr Grumer?
– Cinco millones de euros.
– ¿Qué le hace valer tanto a usted?
Grumer señaló las fotografías.
– Creo que esto demuestra mi buena fe. Hay claras evidencias de un saqueo posterior a la guerra. ¿No es eso lo que busca su empleador?
Suzanne no respondió la pregunta.
– Comunicaré su precio.
– ¿A Ernst Loring?
– Yo nunca he dicho para quién trabajo y tampoco debería importar. Tal y como entiendo la situación, nadie ha hablado nunca de la identidad de mi benefactor.
– Pero el nombre de Herr Loring ha sido mencionado tanto por los Cutler como por el padre de Frau Cutler.
Aquel hombre se estaba convirtiendo a pasos agigantados en otro cabo suelo que requería atención. Igual que los Cutler. ¿Cuántos más quedarían?
– Ni que decir tiene que las cartas son importantes -señaló-, al igual que las actividades de McKoy. Y el tiempo. Quiero resolver esto cuanto antes y estoy dispuesta a recompensar la premura.
Grumer inclinó la cabeza.
– ¿Es aceptable mañana para las cartas? Los Cutler tienen habitación en el Garni.
– Me gustaría estar presente.
– Dígame dónde se aloja y la llamaré cuando el camino esté despejado.
– Estoy en el Gebler.
– Lo conozco. Sabrá de mí hacia las ocho de la mañana.
La cortina del otro extremo de la nave se apartó. Un prior vestido con una túnica entró en silencio y recorrió el pasillo central. Suzanne consultó su reloj. Eran cerca de las once de la noche. Probablemente estuviera allí para cerrar la iglesia.
Knoll se retiró hacia las sombras. Danzer y un hombre salieron de la iglesia de St. Gerhard a través de las puertas talladas de bronce y permanecieron frente al pórtico delantero, a no más de veinte metros. La calle adoquinada estaba vacía y a oscuras.
– Mañana tendré una respuesta -dijo Danzer-. Nos reuniremos aquí.
– No creo que sea posible. -El hombre señaló un cartel fijado a la piedra, junto al portal de bronce-. Los martes hay servicio a las nueve.
Danzer consultó el anuncio.
– Es cierto, Herr Grumer.
El hombre hizo un gesto hacia lo alto. La abadía resplandecía blanca y dorada en la noche, iluminada por los focos.
– La iglesia de allí arriba permanece abierta hasta medianoche. No suele haber muchas visitas por la noche. ¿Qué tal a las diez y media?
– Muy bien.
– Y no estaría de más un adelanto como demostración de la buena voluntad de su benefactor. Pongamos un millón de euros.
Knoll no conocía a aquel hombre, pero el idiota estaba cometiendo una insensatez al tratar de exprimir a Danzer. Él respetaba demasiado sus habilidades como para ello y Grumer debería darse cuenta de con quién estaba tratando. Sin duda se trataba de un aficionado al que ella utilizaba para enterarse de las actividades de Wayland McKoy.
¿O había algo más?
¿Un millón de euros? ¿Como adelanto?
El hombre llamado Grumer descendió los escalones de piedra hasta la calle y dobló hacia el este. Danzer lo siguió, pero tomó la dirección contraria. Knoll sabía dónde se alojaba. Así había dado con la iglesia: la había seguido desde el Gebler. Desde luego que su presencia complicaba las cosas, pero en ese momento era aquel Grumer quien le interesaba de verdad.
Esperó a que Danzer desapareciera tras una esquina y se dirigió a por su presa. Se mantuvo alejado. Seguir a aquel hombre hasta el Garni fue tarea sencilla.
Ya lo sabía.
Y también sabía exactamente dónde estaría Suzanne Danzer a las diez y media de la noche del día siguiente.
Rachel apagó la luz del cuarto de baño y se dirigió hacia la cama. Paul estaba incorporado, leyendo el International Herald Tribuneque había comprado antes en la tienda de regalos en la que habían encontrado el diccionario inglés-alemán.
Pensó en su ex marido. En muchos divorcios había visto a la gente disfrutar con la destrucción del otro. Cada pequeño detalle de sus vidas, irrisorio hacía años, se tornaba de repente vital para la demostración de la crueldad mental o el abuso, o simplemente para demostrar, como la ley requería, que el matrimonio estaba roto de forma irrecuperable. ¿Realmente se podía obtener placer de aquello? ¿Cómo era posible? Afortunadamente, ellos no se habían rendido a aquel impulso. Ella y Paul habían resuelto sus diferencias un triste jueves por la tarde, sentados tranquilamente en la mesa del comedor. La misma en la que, el pasado martes, Paul le había hablado acerca de su padre y de la Habitación de Ámbar. Durante la última semana había sido muy arisca con él. No había tenido necesidad de decir que no tenía sangre en las venas. ¿Por qué le hacía esas cosas? Era una actitud contraria a la que mostraba en el juzgado, donde cada palabra y cada acto eran calculados.
– ¿Te sigue doliendo la cabeza? -preguntó Paul.
Ella se sentó en la cama. El colchón era firme. La colcha, blanda y cálida.
– Un poco.
La imagen del cuchillo resplandeciente le atravesó la cabeza. ¿Pretendía Knoll matarla con él? ¿Hacía bien en no contárselo a Paul?
– Tenemos que llamar a Pannik. Hay que decirle lo que ha sucedido y dónde estamos. Debe de estar preocupado.
Paul levantó la vista del periódico.
– Tienes razón. Mañana lo haremos. Asegurémonos primero de que aquí haya algo que contar.
Rachel volvió a pensar en Christian Knoll. Su confianza y seguridad la habían intrigado y habían agitado sensaciones que llevaban largo tiempo reprimidas. Tenía cuarenta años y solo había amado a su padre, a un novio fugaz de universidad que creyó que sería el hombre de su vida, y a Paul. No era virgen cuando Paul y ella se casaron, aunque tampoco es que tuviera mucha experiencia. Paul era un hombre tímido y retraído al que no le costaba sentirse cómodo en soledad. Desde luego no era Christian Knoll, pero en cambio era leal, fiel y honesto. ¿Por qué aquello le había parecido tan aburrido en el pasado? ¿Sería por su propia inmadurez? Probablemente. María y Brent adoraban a su padre, que por su parte los consideraba su principal prioridad. No resultaba fácil culpar a un hombre de querer a sus hijos y de ser fiel a su esposa. ¿Qué había sucedido, pues? ¿Se habían separado? Esa era la explicación más sencilla. ¿Pero era correcta? Quizá el estrés se había cobrado su precio. Dios sabía que los dos estaban sometidos a una gran presión. Sin embargo, la pereza parecía la explicación más apropiada: no querer trabajar por lo que sabía correcto. Una vez había leído una frase, «el desprecio de la familiaridad», que supuestamente describía lo que, por desgracia, sucedía en muchos matrimonios. Era una buena observación.
– Paul, te agradezco el que estés haciendo esto. Más de lo que te imaginas.
– Te mentiría si te dijera que esto no resulta fascinante. Además, puedo conseguir un nuevo cliente para el bufete. Wayland McKoy tiene toda la pinta de ir a necesitar asesoría legal.
– Tengo la sensación de que, cuando mañana lleguen esos inversores, aquí se va a montar la de Dios es Cristo.
Paul arrojó el periódico a la alfombra.
– Creo que tienes razón. Va a ser interesante. -Apagó la luz de la mesilla. La cartera recogida en la cámara subterránea se encontraba junto a la lámpara, donde también se encontraban las cartas de Karol.
Ella apagó su luz.
– Esto es de lo más raro -dijo él-. Dormir juntos, después de tres años…
Ella se encogió bajo la colcha. Llevaba una de las camisas de tela cruzada de manga larga de él. Le proporcionaba el consolador aroma que ella recordaba de sus siete años de matrimonio. Paul se volvió en su lado de la cama y le dio la espalda. Parecía querer asegurarse de respetar el espacio de Rachel, que decidió moverse y acercarse a él.
– Eres un buen hombre, Paul Cutler.
Lo rodeó con un brazo. Sintió cómo Paul se tensaba y se preguntó si se debería a los nervios o a la sorpresa.
– Tú tampoco eres tan mala.
Martes, 20 de mayo, 9:10
Paul siguió a Rachel por la húmeda galería que conducía a la cámara donde esperaban los tres camiones. En la caseta les habían dicho que McKoy llevaba allí desde las siete de la mañana. Grumer aún no había aparecido, lo que tampoco resultaba inusual según el hombre de guardia, ya que Grumer no solía presentarse antes del mediodía.
Entraron en la cámara iluminada.
Paul dedicó un momento a estudiar los tres vehículos con atención. Con las emociones del día anterior no había tenido tiempo para echar un vistazo detallado. Todos los faros, espejos retrovisores y parabrisas estaban intactos. La estructura que soportaba las lonas sobre las cajas parecía asimismo intacta. Salvo por la costra de óxido, las ruedas deshinchadas y las lonas mohosas, los vehículos tenían todo el aspecto de poder salir sin problemas de su garaje rocoso.
Estaban abiertas las puertas de dos cabinas. Echó un vistazo dentro de una de ellas. El asiento de cuero estaba rasgado y desmenuzado por el tiempo. Los diales y medidores del salpicadero estaban quietos. No había a la vista el menor trozo de papel, nada tangible. Se descubrió preguntándose de dónde procedían los camiones. ¿Habían sido utilizados para transportar tropas alemanas? ¿O judíos, camino de los campos de concentración? ¿Habían sido testigos del avance ruso sobre Berlín, o de la carrera simultánea de los americanos desde el oeste? Resultaba extraño y surrealista verlos allí, en las entrañas de una montaña alemana.
Una sombra destelló sobre la pared rocosa, revelando movimiento al otro lado del vehículo más alejado.
– ¿McKoy? -llamó.
– Aquí.
Él y Rachel rodearon los camiones. El hombretón se volvió para mirarlos.
– Sin duda se trata de Büssing nag. Cuatro toneladas y media, motor diesel. Seis metros de longitud, dos con tres de anchura. Tres metros de altura. -McKoy se acercó a un panel lateral oxidado y lo golpeó con el puño. Una nieve rojiza cayó sobre la arena, pero el metal resistió el impacto-. Acero sólido y hierro. Estas cosas pueden llevar casi siete toneladas. Aunque son lentos como ellos solos. No más de treinta o treinta y cinco kilómetros por hora, como mucho.
– ¿Adonde quiere llegar? -preguntó Rachel.
– Pues mire, señoría, quiero llegar a que estos malditos chismes no fueron utilizados para mover un montón de cuadros y vasijas. Se trataba de máquinas preciosas para cargamentos importantes. Para grandes cargas. Y seguro que los alemanes no los hubieran dejado aquí perdidos en una mina.
– ¿Y…?
– Todo esto no tiene el menor sentido. -McKoy buscó en el bolsillo y sacó un trozo de papel doblado que entregó a Paul-. Necesito que eche un vistazo a esto.
Paul desdobló la hoja y se acercó a uno de los tubos de luz. Se trataba de un memorando. El y Rachel leyeron en silencio.
GERMÁN EXCAVATIONS CORPORATION
6798 Moffat Boulevard
Raleigh, North Carolina 27615
Para: Socios potenciales
De: Wayland McKoy, gerente
Asunto: Posea un trozo de Historia y consiga unas vacaciones gratuitas en Alemania
Germán Excavations Corporation se complace en patrocinar y colaborar con el programa descrito a continuación, junto con las siguientes empresas colaboradoras: Chrysler Motor Company (Jeep División), Coleman, Eveready, Hewlett-Packard, IBM, Saturn Marine, Boston Electric Tool Company y Olympus America, Inc.
Durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, un tren partió de Berlín con un tesoro a bordo compuesto por mil doscientas obras de arte. El convoy llegó a las afueras de la ciudad de Magdeburgo antes de ser desviado hacia el sur, hacia las montañas Harz. No se lo volvió a ver. Tenemos preparada una expedición para localizar y desenterrar ese tren.
Según la legislación alemana, los dueños legítimos tienen noventa días para reclamar sus obras. Aquellas no reclamadas salen entonces a subasta, en cuyo caso el 50% de las ganancias revierte al Gobierno alemán, mientras que el otro 50% corresponde a la expedición y a sus socios patrocinadores.
Existe a disposición de quien lo solicite un inventario de las obras a bordo del tren. Se calcula que las obras tienen un valor mínimo estimado de trescientos sesenta millones de dólares, la mitad de los cuales correspondería al Gobierno alemán. La suma restante de ciento ochenta millones de dólares correspondiente a los socios se repartiría de acuerdo con las unidades adquiridas, no estando incluidas las obras reclamadas por sus legítimos propietarios y tras descontarse las tasas de subasta, impuestos, etcétera.
La inversión de los socios se devolverá con el dinero de los derechos multimedia, ya vendidos. Todos los socios y sus cónyuges serán nuestros invitados durante la expedición en Alemania. Resumiendo: hemos dado con el lugar correcto. Tenemos el contrato. Hemos investigado. Hemos vendido los derechos multimedia. Disponemos de la experiencia y el equipo para realizar la excavación. German Excavations Corporation ha obtenido una licencia de cuarenta y cinco días para excavar. De momento ya se han vendido los derechos de cuarenta y cinco unidades a veinticinco mil dólares por unidad para la fase final de la expedición (Fase III). Todavía disponemos de diez unidades, al precio de quince mil dólares cada una. No duden en ponerse en contacto conmigo si están interesados en esta emocionante inversión.
Atentamente,
Wayland McKoy
Presidente
German Excavations Corporation
– Eso es lo que envié a los inversores potenciales -dijo McKoy.
– ¿A qué se refiere con «la inversión de los socios se devolverá con el dinero de los derechos multimedia, ya vendidos»? -preguntó Paul.
– Exactamente a lo que dice. Unas cuantas compañías pagaron por los derechos para grabar y emitir nuestros hallazgos.
– Pero eso presupone que iba a encontrar algo. No le pagaron por adelantado, ¿no?
McKoy negó con la cabeza.
– Cono, claro que no.
– El problema -terció Rachel- es que eso no lo ha indicado en la carta. Los inversores podían pensar con toda justicia que usted ya disponía del dinero.
Paul señaló el segundo párrafo.
– «Tenemos preparada una expedición para localizar y desenterrar ese tren.» Esto puede dar a entender que ya lo habían encontrado.
McKoy lanzó un suspiro.
– Y creía que así era. El radar terrestre indicaba que aquí dentro había algo grande. -Señaló los camiones con la mano-. Y vaya si lo había.
– ¿Es cierto esto de las cuarenta y cinco unidades a veinticinco mil dólares cada una? -preguntó Paul-. Eso son millón y cuarto de dólares.
– Eso es lo que conseguí. Después vendí las unidades de los otros ciento cincuenta mil. Sesenta inversores en total.
Paul señaló la carta.
– Aquí los llama «socios». Eso no es lo mismo que inversores.
McKoy sonrió.
– Suena mejor.
– ¿Las empresas que se nombran aquí han invertido también?
– Suministraron equipo, ya fuera mediante donación o con precios reducidos. Así que, en cierto modo, así es. Aunque no esperan nada a cambio.
– Habla usted de sumas de trescientos sesenta millones de dólares, la mitad de los cuales podrían acabar en manos de los socios. No puede ser cierto.
– Vaya si lo es. En esa cifra valoran los investigadores el valor del tesoro de Berlín.
– Asumiendo que se encuentren las obras -dijo Rachel-. Su problema, McKoy, es que la carta lleva a malas interpretaciones. Podría incluso llegar a ser considerada fraudulenta.
– Como vamos a pasar mucho tiempo juntos, ¿por qué no me llaman Wayland? Y, mi pequeña dama, hice lo que era necesario para obtener el dinero. No mentí a nadie y no estaba interesado en estafar a esa gente. Quería excavar y eso es lo que he hecho. No me he quedado un centavo, excepto los honorarios que ya sabían que me iba a quedar.
Paul aguardó la reprimenda por el «pequeña dama», pero no llegó.
– Entonces tiene usted otro problema -respondió Rachel-. En esta carta no se dice una palabra sobre sus honorarios de cien mil dólares.
– Se lo dije a todos. Y, por cierto, es usted todo un rayo de sol en medio de esta tormenta.
Rachel no cejó.
– Debe usted oír la verdad.
– Mire, la mitad de esos cien mil han ido para Grumer, por su tiempo y esfuerzos. Fue él quien consiguió el permiso del Gobierno. Sin él no hubiera habido excavación. El resto es lo que me corresponde por mi tiempo. Este viaje me está costando mucho. Y no cogí mi parte hasta el final. Esas últimas unidades han sido las que nos han pagado a Grumer y a mí, y las que han costeado nuestros gastos. Si no las hubiera logrado vender las habría pedido al banco. Tan seguro estaba de esta empresa.
– ¿Cuándo llegarán los inversores? -quiso saber Paul.
– Son veintiocho, contando a sus respectivas parejas, y se los espera para después del almuerzo. Son todos los que aceptaron el viaje que les ofrecimos.
Paul había empezado a pensar como un abogado y estudiaba la letra de cada palabra, analizando la dicción y la sintaxis. ¿Había sido una proposición fraudulenta? Quizá. ¿Ambigua? Desde luego. ¿Debería contarle a McKoy lo de Grumer y enseñarle la cartera? ¿Debía explicarle lo de las letras en la arena? McKoy seguía siendo una incógnita. Un desconocido. ¿Pero no lo eran casi todos sus clientes? Eran completos desconocidos que en un instante pasaban a ser confidentes. No. Decidió guardar silencio y esperar un poco más, para ver cómo se desarrollaban las cosas.
Suzanne entró en el Garni y subió la escalera de mármol hasta la segunda planta. Grumer la había llamado diez minutos antes para decirle que McKoy y los Cutler se habían marchado a la excavación. El alemán la esperaba en el extremo del pasillo de la segunda planta.
– Ahí -dijo-. Habitación veintiuna.
Suzanne se detuvo ante la puerta, una hoja forrada en roble y teñida para oscurecerla. El marco parecía afectado por el tiempo y el uso. La cerradura era parte del picaporte, una pieza de bronce con una llave normal. La cerrajería nunca había sido su especialidad, de modo que deslizó en la jamba un abrecartas que había despistado del mostrador de recepción de su hotel y movió la punta. No tuvo problema en extraer el retentor de la placa.
Abrió la puerta.
– Tengamos cuidado con el registro. No anunciemos nuestra visita.
Grumer empezó con el mobiliario. Ella buscó el equipaje y descubrió únicamente una bolsa de viaje. Revisó las ropas (en su mayoría de hombre) y no encontró las cartas. Miró en el cuarto de baño. Casi todos los utensilios eran de hombre. Después buscó en los sitios más evidentes: bajo el colchón y la cama, encima del armario, bajo los cajones de las mesillas.
– Las cartas no están aquí -dijo Grumer.
– Siga buscando.
Esta vez no se pararon en cuidados. Cuando terminaron, la habitación era un caos, pero las cartas seguían sin aparecer. A Suzanne se le estaba acabando la paciencia.
– Vaya a la mina, Herr Doktor, y encuentre esas cartas, o no le pagaré ni un euro. ¿Entendido?
Grumer pareció entender que la mujer no estaba de humor y se limitó a asentir antes de marcharse.
Burg Herz
10:45
Knoll introdujo más profundamente su miembro erecto. Monika estaba a cuatro patas y le daba la espalda. Tenía el culo levantado y la cara enterrada en una almohada de plumas.
– Vamos, Christian. Enséñame lo que se ha perdido esa puta de Georgia.
Knoll empujó con más fuerza y el sudor empezó a acumularse en su frente. Ella extendió una mano y le masajeó con cuidado los testículos. Sabía exactamente cómo trabajárselo. Y aquello preocupaba a Knoll. Monika lo conocía demasiado bien.
La cogió por la cintura estrecha con ambas manos y acometió contra ella. Monika aceptó el gesto y suspiró como una gata tras acabar con una presa. Knoll sintió cómo la mujer llegaba al orgasmo poco después y confirmaba su satisfacción con un gemido. El siguió unos segundos más antes de eyacular. Monika no dejó de acariciarle los testículos. Disfrutaba de cada gota de placer del hombre.
No está mal, pensó Knoll. No estaba nada mal.
Ella lo soltó. Knoll se retiró y se relajó sobre la cama. Ella permaneció a su lado, boca abajo. Knoll contuvo el aliento y permitió que lo atravesaran los últimos espasmos del orgasmo. Se mantuvo muy quieto, para no dar a aquella perra la satisfacción de saber lo mucho que había disfrutado.
– No tiene nada que ver con una mierda de abogada, ¿eh?
El se encogió de hombros.
– No llegué a probar la mercancía.
– ¿Y qué hay de la puta italiana a la que rajaste? ¿Estuvo bien?
Knoll se besó los dedos índice y corazón.
– Buono. Merecía lo que cobrara.
– ¿Y Suzanne Danzer?
El resentimiento era evidente.
– Tus celos resultan de lo menos elegante.
– No te crezcas.
Monika se incorporó sobre un codo. Había estado esperándolo en la habitación de él cuando llegó, hacía media hora. Burg Herz estaba a solo una hora al oeste de Stod. Knoll había regresado a su base a recibir nuevas instrucciones, pues pensaba que una charla cara a cara con su empleador sería mejor que el teléfono.
– No lo entiendo, Christian. ¿Qué es lo que ves en Danzer? A ti te van las cosas buenas de la vida, no esa huerfanita criada por Loring.
– Esa huerfanita, como la llamas, se graduó con honores en la Universidad de París. Habla más de diez lenguas, por lo que yo sé. Está más que versada en el mundo del arte y dispara con la pistola como una experta. Y además es atractiva, y folla fenomenal. Yo diría que las credenciales de Suzanne son admirables.
– ¿Como la de jugártela?
Knoll sonrió.
– A cada uno lo suyo, sí. Pero la venganza va a ser la hostia.
– No lo conviertas en algo personal, Christian. La violencia atrae demasiadas atenciones. El mundo no es un parque para que juegues a tu capricho.
– Soy bien consciente de mis deberes y mis limitaciones.
Monika le dedicó una sonrisa maliciosa, una que a él nunca le había gustado. Parecía decidida a hacer las cosas lo más difíciles posible. Todo era mucho más sencillo cuando Fellner dirigía el espectáculo. Ahora los negocios se mezclaban con el placer. Quizá no se tratara de una buena idea.
– Mi padre ya debe de haber terminado su reunión. Nos pidió que fuéramos al estudio.
Knoll se levantó de la cama.
– Entonces no le hagamos esperar.
Siguió a Monika hasta el despacho de su padre. El anciano estaba sentado tras un escritorio de nogal de siglo xviii que había adquirido en Berlín hacía dos décadas. Chupaba una pipa de marfil con boquilla de ámbar, otra rara pieza que había pertenecido a Alejandro II de Rusia y que había sido liberada de un ladrón en Rumania.
Fellner parecía cansado y Knoll deseó que el tiempo que les quedaba juntos no fuera breve. Sería una pena. Echaría de menos sus diatribas acerca de arte y literatura clásica, además de sus debates políticos. Knoll había aprendido mucho durante sus años en Burg Herz, una educación práctica obtenida mientras recorría el mundo a la busca de tesoros perdidos. Agradecía la oportunidad que le había dado y daba gracias a la vida. Estaba decidido a cumplir hasta el final las instrucciones de aquel anciano.
– Christian… Bienvenido. Siéntese. Cuénteme todo lo que ha sucedido. -El tono de Fellner era animado, y una sonrisa cálida le iluminaba el rostro.
Monika y él se sentaron. Informó de lo que había descubierto acerca de Danzer y su reunión de la noche pasada con un hombre llamado Grumer.
– Lo conozco -dijo Fellner-. Herr Doktor Alfred Grumer. Una prostituta académica. Va de universidad en universidad. Pero tiene contactos en el Gobierno alemán y sabe vender esa influencia. No me sorprende que un hombre como McKoy se haya asociado con él.
– Obviamente, Grumer es el contacto de Danzer dentro de la excavación -dijo Monika.
– Estoy de acuerdo -respondió Fellner-. Y Grumer no estaría aquí de no poder sacar tajada. Esto podría ser más interesante de lo que parecía en un principio. Ernst se está tomando esto en serio. Esta mañana ha vuelto a llamar para curiosear. Parece que está preocupado por tu salud, Christian. Le he dicho que hace días que no sé nada de ti.
– Todo esto encaja a la perfección en el patrón -dijo Knoll.
– ¿Qué patrón? -preguntó Monika.
Fellner sonrió a su hija.
– Quizá sea hora, leibling, de que lo sepas todo. ¿Qué me dice usted, Christian?
Monika pareció desconcertada. Knoll disfrutó de su evidente confusión. A aquella perra le venía bien comprender que no lo sabía todo.
Fellner abrió uno de los cajones y extrajo una gruesa carpeta.
– Christian y yo llevamos años investigando esto. -Extendió sobre la mesa diversos recortes de periódico y artículos de revistas-. La primera muerte de la que tenemos constancia se produjo en 1957. Un periodista alemán de uno de mis periódicos de Hamburgo vino aquí para pedirme una entrevista. Le di gusto y resultó estar extraordinariamente bien informado. Una semana más tarde fue arrollado por un autobús en Berlín. Los testigos aseguran que lo empujaron.
»La siguiente se produjo dos años después. Otro reportero. Italiano. Un coche lo sacó de la carretera en una zona alpina. Otras dos muertes en 1960, una sobredosis de droga y un robo que acabó torciéndose. Desde 1960 hasta 1970 se produjeron otras doce por toda Europa. Periodistas. Investigadores de aseguradoras. Policías. Sus muertes iban desde los presuntos suicidios hasta los evidentes asesinatos.
»Cariño, todas estas personas buscaban la Habitación de Ámbar. Los predecesores de Christian, mis dos primeros adquisidores, revisaban cuidadosamente la prensa. Investigaban concienzudamente cuanto pudiera parecer relacionado. En los años setenta y ochenta el número de incidentes pareció disminuir. Solo seis muertes, que sepamos, en esos veinte años. El último fue un periodista polaco muerto en la explosión dentro de una mina, hace tres años. -Miró a Monika-. No estoy seguro del lugar exacto, pero fue cerca del lugar donde Christian tuvo su tropiezo.
– Yo apostaría a que se trata de la misma mina -opinó Knoll.
– Muy extraño, ¿no te parece? Christian encuentra un nombre en San Petersburgo, Karol Borya, y de repente, ese hombre y su antiguo colega aparecen muertos. Liebling, Christian y yo sospechamos desde hace mucho que Loring sabe mucho más acerca de la Habitación de Ámbar de lo que quiere admitir.
– A su padre le encantaba el ámbar -dijo Monika-. Y a él también.
– Josef era un hombre al que le gustaban mucho los secretos. Más que a Ernst. Era muy difícil saber lo que estaba pensando. Muchas veces hablamos acerca de la Habitación de Ámbar. Llegué una vez a ofrecerle compartir una búsqueda generalizada de los paneles, pero se negó. Dijo que se trataba de una pérdida de tiempo y de dinero. Pero algo en aquella negativa me preocupaba. De modo que empecé a llevar este archivo y a comprobar todas las cosas que podía. Descubrí que se producían demasiadas muertes, demasiadas coincidencias, como para tratarse de una casualidad. Ahora Suzanne intenta matar a Christian y paga un millón de euros por un simple dato acerca de una excavación. -Fellner negó con la cabeza-. Yo diría que el rastro que parecía helado ya está considerablemente caliente.
Monika señaló los recortes que había sobre la mesa.
– ¿Crees que todas esas personas fueron asesinadas?
– ¿Es que hay otra conclusión lógica?
Monika se acercó a escritorio y miró por encima los artículos.
– La pista de Borya era buena, ¿no?
– Yo diría que sí -respondió Knoll-. No sabría decir por qué. Pero bastó para que Suzanne matara a Chapaev e intentara eliminarme.
– Esa mina en la que están excavando podría ser importante -dijo Fellner-. Creo que ha llegado la hora de dejarse de juegos. Christian, tienes mi permiso para encargarte de la situación como estimes conveniente.
Monika se quedó mirando a su padre.
– Pensé que era yo quien iba a estar al mando.
Fellner sonrió.
– Debes conceder a este anciano una última misión. Christian y yo llevamos años trabajando en esto. Creo que ya estamos muy cerca. Te pido tu permiso, liebling, para inmiscuirme en tus dominios.
Monika logró mostrar una débil sonrisa, aunque era evidente que no se sentía complacida. ¿Pero qué podía decir?, pensó Knoll. Nunca había desafiado abiertamente a su padre, aunque en privado muchas veces había mostrado su exasperación ante su perpetua paciencia. Fellner había sido criado en la vieja escuela, donde los hombres gobernaban y las mujeres parían. Dirigía un imperio financiero que dominaba el mercado europeo de la comunicación. Políticos e industriales solicitaban su favor. Pero su esposa y su hijo habían muerto, y Monika era la única Fellner que quedaba. De modo que se había visto obligado a convertir a una mujer en la idea que él tenía de un hombre. Por fortuna, era dura. Y lista.
– Por supuesto, papá. Haz lo que desees.
Fellner se inclinó hacia delante y acarició la mano de su hija.
– Sé que no lo entiendes, pero te quiero por tu deferencia.
Knoll no pudo resistirse.
– Toda una novedad.
Monika lo perforó con la mirada.
Fellner rió entre dientes.
– Bien cierto es, Christian. La conoce bien. Forman todo un equipo.
Monika se recostó sobre su silla.
– Christian -dijo Fellner-, vuelva a Stod y descubra qué está pasando. Encárguese de Suzanne como desee. Quiero saber dónde está la Habitación de Ámbar antes de morir, sea lo sea. Si le entran dudas, recuerde la galería de esa mina y sus diez millones de euros.
Knoll se levantó.
– Se lo aseguro. No olvidaré ninguna de las dos cosas.
Stod
13:45
El gran salón del Garni estaba lleno. Paul se encontraba a un lado, junto a Rachel, y observaba cómo se desarrollaba el melodrama. Qué duda cabía de que, si el ambiente contaba, la decoración de la sala ayudaría claramente a Wayland McKoy. Unos coloridos mapas de la vieja Alemania enmarcados de forma recargada colgaban de las paredes forradas de roble. Una reluciente lámpara de bronce, sillas antiguas barnizadas y una alfombra oriental de exquisito diseño completaban la atmósfera.
Cincuenta y seis personas ocupaban las sillas, y sus rostros mostraban una mezcla de maravilla y agotamiento. Habían sido conducidos allí directamente en autobús desde Francfort, después de llegar cuatro horas atrás en avión. Su edad variaba desde los treinta y pocos hasta los sesenta y muchos. Las razas también eran diversas. La mayoría eran blancos, pero había dos parejas negras, ambas de edad avanzada, y una japonesa. Todos parecían inquietos y expectantes.
McKoy y Grumer se encontraban al frente de la estancia alargada, junto a cinco empleados de la excavación. Un televisor con un vídeo descansaba sobre un soporte metálico. Detrás había sentados dos hombres sombríos con sus cuadernos en la mano. Parecían ser periodistas. McKoy había querido excluirlos, pero los dos mostraron identificaciones de la zdf, la organización periodística alemana que había optado a la historia, e insistieron en quedarse.
– Por favor, vigile lo que diga -le había recomendado Paul.
– Bienvenidos, socios -dijo McKoy, sonriente como un evangelista televisivo. El murmullo de conversaciones remitió.
– Fuera tienen café, zumo y galletitas danesas. Sé que han tenido un viaje muy largo y que están cansados. El jet lag es infernal, ¿eh? Pero estoy seguro de que estarán también ansiosos por saber cómo van las cosas.
Aquella aproximación directa había sido idea de Paul. McKoy prefería paralizar las cosas, pero Paul había argüido que aquello no haría sino levantar suspicacias. «Mantenga un tono agradable y tranquilo», le había advertido. «Nada de “que los jodan” cada dos palabras como lo que oí ayer, ¿de acuerdo?». McKoy le había asegurado repetidamente que ya tenía callo sobre el modo de encargarse de grupos de gente.
– Sé cuál es la pregunta que todos ustedes se hacen. ¿Hemos encontrado algo? No, todavía no. Pero ayer hicimos progresos. -Hizo una señal a Grumer-. Les presento a Herr Doktor Alfred Grumer, profesor de antigüedades artísticas en la Universidad de Maguncia. Herr Doktor es nuestro experto en la excavación. Dejaré que sea él quien les explique lo que ha sucedido.
Grumer dio un paso adelante, interpretando el papel de un avejentado profesor con una chaqueta de lana de tweed, pantalones de pana y corbata de punto. Se metió la mano derecha en el bolsillo del pantalón. El brazo izquierdo estaba libre. Los saludó con una sonrisa demoledora.
– Me pareció buena idea contarles un poco acerca de los progresos de nuestra aventura.
»El saqueo de tesoros es una tradición honrada por los tiempos. Los griegos y los romanos siempre despojaban a las naciones derrotadas de sus objetos de valor. Los cruzados, durante los siglos xiv y xv, cometieron pillajes por toda la Europa oriental y el Oriente Medio. Las iglesias y catedrales europeas occidentales siguen adornadas hoy en día con el fruto de este botín.
»En el siglo xvii comenzó a producirse un método de pillaje más refinado. Tras una derrota militar se adquirían las grandes colecciones reales en vez de robarlas. En aquellos tiempos no existían museos. Un ejemplo: cuando los ejércitos del zar ocuparon Berlín en 1757, no se tocaron las colecciones de Federico II. La incautación se hubiera considerado un acto bárbaro, incluso para los rusos, que ya eran considerados bárbaros por los europeos.
»Quizá fuera Napoleón el mayor saqueador de todos. Los museos de Alemania, España e Italia fueron despojados y vaciados para poder llenar las arcas del Louvre. Tras Waterloo, en el Congreso de Viena de 1815 se ordenó a Francia la devolución de las obras de arte robadas. Algunas fueron repuestas, pero muchas permanecieron en su poder y a día de hoy siguen expuestas en París.
»Su presidente Lincoln promulgó durante la Guerra Civil americana una orden para la protección de las obras de arte, bibliotecas, colecciones científicas e instrumentos preciosos del sur. Una conferencia en Bruselas, en 1874, propuso algo similar. Nicolás II, Zar de Rusia, promocionó protecciones aún más ambiciosas que fueron aprobadas en La Haya en 1907, aunque tales códigos demostraron ser de valor limitado durante las dos guerras mundiales posteriores.
»Hitler ignoró por completo la Convención de La Haya e imitó a Napoleón. Los nazis crearon todo un departamento administrativo dedicado únicamente al robo. Hitler pretendía crear una superexposición, el Führermuseum, que se convirtiera en la mayor colección de arte del mundo. Quiso localizar el museo en Linz, Austria, su lugar de nacimiento. El Sonderauftrag Linz, lo llamó: “Misión Especial Linz”. Pretendía convertirse en el corazón del Tercer Reich, diseñado por el mismísimo Hitler.
Grumer se detuvo un momento, al parecer para permitir que su audiencia absorbiera la información.
– Sin embargo, para Hitler el pillaje servía a otro propósito: desmoralizaba al enemigo, lo cual resultaba especialmente cierto en Rusia, donde los palacios imperiales que rodeaban Leningrado fueron desmantelados a la vista de la población. Desde los godos y los vándalos, Europa no había sido testigo de un asalto tan despreciable contra la cultura humana. Museos de toda Alemania se abarrotaron con el arte robado, especialmente en Berlín. Fue en los últimos días de la guerra, mientras los rusos y los americanos se acercaban, cuando un convoy ferroviario lleno de piezas fue evacuado desde Berlín en dirección sur, hacia las montañas Harz. Aquí, en esta región donde nos encontramos.
El televisor cobró vida para mostrar una imagen panorámica de una cordillera. Grumer apuntó un mando a distancia y detuvo el vídeo en una escena boscosa.
– A los nazis les encantaba esconder cosas bajo tierra. Las montañas Harz que ahora nos rodean eran la caja fuerte subterránea más cercana a Berlín. Los ejemplos de lo hallado tras la guerra demuestran este punto. El tesoro nacional de Alemania fue enterrado aquí, junto con más de un millón de libros, pinturas de todas las descripciones y toneladas de esculturas. Pero quizá el alijo más extraño se encontrara cerca. Un equipo de soldados americanos informó del descubrimiento de una tapia reciente de ladrillos, de casi dos metros de espesor, quinientos metros montaña adentro. El muro fue retirado, solo para descubrir al otro lado una puerta de acero sellada.
Paul observó la expresión de los socios. Estaban clavados a la silla. Él también.
– Dentro, los americanos encontraron cuatro enormes ataúdes. Uno estaba decorado con una guirnalda y símbolos nazis, con el nombre de Adolf Hitler en un lado. Los otros tres féretros estaban cubiertos con estandartes de regimientos alemanes. También se encontraron un cetro enjoyado, dos coronas y espadas. La disposición del conjunto era teatral. Allí estaba la tumba de Hitler. Pero, ay, no lo era. Los ataúdes contenían los restos del mariscal de campo Von Hindenburg, la esposa de este, Federico el Grande y Federico Guillermo I.
Grumer apuntó con el mando a distancia y liberó el vídeo. La imagen en color cambió al interior de la cámara subterránea. McKoy había vuelto a la mina y había rehecho el vídeo del día anterior, tras lo que había editado una versión que le permitiría ganar un poco de tiempo ante los socios. Ahora, Grumer empleaba ese vídeo para explicar la excavación, los tres transportes y los cuerpos. Cincuenta y seis pares de ojos permanecían pegados a la pantalla.
– El hallazgo de esos camiones resultó de lo más emocionante. Obviamente, aquí se trajo algo de gran valor. Los camiones eran un recurso precioso en aquellas fechas y la pérdida de tres en una montaña significaba que había algo muy importante en juego. Los cinco cadáveres no hacen sino acrecentar el misterio.
– ¿Qué han encontrado dentro de los camiones? -fue la primera pregunta desde la audiencia.
McKoy dio un paso al frente.
– Están vacíos.
– ¿Vacíos? -preguntaron varios a la vez.
– Así es. Las tres cajas están vacías. -McKoy señaló a Grumer, que metió otra cinta de vídeo.
– Eso no resulta extraño -explicó.
Volvió a materializarse un área de la cámara que intencionadamente no aparecía en la primera cinta.
– Aquí se muestra la otra entrada de la cámara. -Grumer señaló la pantalla-. Nuestra hipótesis es que tras este punto podría existir otra cámara. Y ahí es donde excavaremos a partir de ahora.
– Nos está diciendo que los camiones están vacíos… -insistió un hombre mayor.
Paul comprendió que habían llegado a la parte complicada. Las preguntas. La realidad. Pero lo habían repasado todo muy bien. Rachel y él habían preparado a McKoy como a un testigo a punto de pasar su examen. Paul había aprobado la estrategia de decir que podía haber otra cámara. Qué demonios, podía ser verdad. ¿Quién sabía? Al menos, aquello mantendría algunos días contentos a los socios hasta que el equipo de McKoy pudiera excavar la otra entrada y saberlo con seguridad.
McKoy rechazó bien las suspicacias, respondiendo a todas las preguntas de forma completa y sonriente. El hombretón tenía razón: sabía cómo camelarse a una multitud. La mirada de Paul recorría constantemente el espacioso salón, tratando de valorar las reacciones individuales.
De momento, todo iba bien.
La mayoría parecía satisfecha con la explicación.
Hacia el fondo de la sala, en las puertas dobles que conducían al vestíbulo, reparó en que una mujer entraba en la sala. Era baja, con el pelo rubio hasta los hombros, y permanecía en las sombras, por lo que no se distinguía su rostro. Sin embargo, de algún modo le resultaba familiar.
– Paul Cutler, aquí presente, es mi consejero legal -les dijo McKoy.
Paul se volvió ante la mención de su nombre.
– El señor Cutler está aquí para ayudarnos a Herr Doktor Grumer y a mí con cualquier posible problema legal en la excavación. No los esperamos, pero el señor Cutler, un abogado de Atlanta, ha ofrecido generosamente su tiempo.
Paul sonrió al grupo, incómodo con aquella representación, pero incapaz de decir nada. Saludó a la multitud con la cabeza y se volvió hacia el umbral.
La mujer había desaparecido.
Suzanne salió a toda prisa del hotel. Ya había visto y oído suficiente. McKoy, Grumer y los dos Cutler estaban allí, y aparentemente ocupados. Creía haber contado también cinco operarios. Según la información de Grumer, eso dejaba a otros dos miembros de la plantilla, que probablemente se encontraran en la mina montando guardia.
Había captado la mirada momentánea de Paul Cutler, pero aquello no tenía por qué ser un problema. Su aspecto físico era muy distinto al que había ofrecido la semana anterior en su despacho de Atlanta. Para asegurarse se había mantenido en las sombras y solo se había quedado un momento, lo suficiente para enterarse de lo que estaba sucediendo y para realizar inventario. Acudir al Garni había sido un riesgo, pero no confiaba en Alfred Grumer. Era demasiado alemán, demasiado codicioso. ¿Un millón de euros? Ese idiota debía de estar soñando. ¿Pensaba de verdad que su benefactor era tan crédulo?
Una vez fuera, se dirigió apresuradamente a su Porsche y corrió en dirección este hacia la excavación. Estacionó en un espeso bosque, a medio kilómetro de distancia. Tras una rápida caminata encontró una caseta de trabajo y la entrada de una mina. Los generadores zumbaban en el exterior. No había a la vista ni camiones, ni coches, ni gente.
Se coló por la galería abierta y siguió un rastro de bombillas hasta la galería a oscuras. Tres tubos halógenos estaban apagados y la única iluminación disponible era la que llegaba desde una cámara cavernosa que había más allá. Se arrastró sigilosamente y tanteó el aire sobre una de las luces. Caliente. Miró abajo y descubrió que las tres lámparas habían sido desenchufadas.
En las sombras descubrió, al otro lado de la galería, una forma tendida. Se acercó. Un hombre con un mono yacía sobre la arena. Le buscó el pulso. Débil, pero estaba vivo.
Observó la cámara a través de una apertura en la roca. Una sombra danzaba en la pared más alejada. Se agazapó y se deslizó dentro. Ninguna sombra traicionó su entrada y la fina arena amortiguaba el sonido de sus pasos. Decidió no preparar la pistola hasta haber visto quién estaba allí.
Llegó hasta el camión más cercano y se agachó para mirar desde debajo del chasis. Al otro lado del camión más alejado vio un par de piernas calzadas con botas. Se movían con tranquilidad, sin prisa. Era evidente que su presencia pasaba de momento desapercibida. Se incorporó y decidió permanecer en el anonimato.
Las piernas se detuvieron en la parte trasera del transporte más alejado.
La lona crujió. Fuera quien fuese, debía de estar buscando en la caja del camión. Suzanne aprovechó el momento para rodear la parte delantera del transporte más cercano y correr hacia el capó del siguiente. El otro se encontraba situado en posición diagonal respecto a ella, en el lado opuesto, a unos siete metros. Se asomó cuidadosamente para ver de quién se trataba.
Christian Knoll.
La recorrió un escalofrío.
Knoll comprobó la caja del último de los camiones. Vacía. Alguien los había dejado limpios. ¿Pero quién había sido? ¿McKoy? Ni hablar. No había oído en la ciudad nada respecto a ningún hallazgo significativo. Además, habría restos. Cajones del embalaje. Relleno. Pero allí no había nada. ¿E iba McKoy a dejar protegido por un hombre fácil de derrotar el lugar donde acababa de encontrar una fortuna en arte robado? La explicación más lógica era que aquellos camiones ya estaban vacíos cuando McKoy entró en la cámara.
¿Pero cómo?
Y los cuerpos. ¿Se trataba de los ladrones de hacía décadas? Quizá. No había nada de raro en ello. Muchas de las cámaras de las Harz habían sido saqueadas, la mayoría por los ejércitos estadounidense y soviético, que asolaron la región tras la guerra, y algunas más tarde, por carroñeros y buscadores de tesoros, antes de que el Gobierno se hiciera con el control del área. Se acercó a uno de los cuerpos y se quedó mirando los huesos ennegrecidos. Aquel escenario le resultaba extraño. ¿Por qué estaría Danzer tan interesada en lo que obviamente no era nada? Interesada lo suficiente como para cultivar una fuente infiltrada que pretendía obtener un millón de euros como mero adelanto de la información.
¿Qué clase de información?
Lo asaltó una sensación. Una en la que había aprendido a confiar. Una que en Atlanta le había avisado de que Danzer andaba tras sus pasos. Una que le advertía de que, en ese momento, había alguien más en la cámara.
Se obligó a mantener movimientos naturales. Si se volvía repentinamente asustaría al visitante. Recorrió lentamente el lateral del coche y alejó a quien fuera un poco más de la entrada. Sin embargo, el intruso había evitado intencionadamente los tubos de luz, lo que impedía que alguna sombra delatara sus movimientos. Se detuvo y se agachó, y miró bajo los tres transportes en busca de piernas.
No vio nada.
Suzanne se hallaba paralizada ante una de las ruedas desinfladas. Había seguido a Knoll cámara adentro y había oído cómo sus pasos se detenían. Knoll no hacía esfuerzo alguno por enmascarar los sonidos y eso le preocupaba. ¿La había sentido, como en Atlanta? Quizá estuviera mirando debajo de los camiones, como ella había hecho. De ser así, no vería nada. Pero aquello no dudaría mucho tiempo. Suzanne no estaba acostumbrada a un adversario así. La mayoría de sus oponentes carecía de la astucia de Christian Knoll. Y una vez que este descubriera que se trataba de ella, no le daría cuartel. Sin duda, para entonces ya habría descubierto lo de Chapaev y que el asunto de la mina había sido una trama. Y habría estrechado la lista de posibles sospechosos para aquella celada a uno solo.
También le preocupaba el camino que Knoll seguía a lo largo de la cámara.
La estaba conduciendo hacia el interior. Ese hijo puta sabía que estaba allí.
Desenfundó la Sauer y colocó de inmediato el dedo en el gatillo.
Knoll giró el brazo derecho y liberó el estilete. Empuñó el mango de jade color lavanda y se preparó. Echó otro vistazo bajo los camiones. No vio pies. Fuera quien fuese sin duda había usado los neumáticos como protección. Decidió actuar. Se apoyó sobre el capó oxidado del transporte más cercano y saltó al otro lado.
Suzanne Danzer se encontraba a siete metros de distancia, pegada a una rueda trasera. Al verlo pareció quedar anonadada. La mujer levantó su arma. Knoll saltó hacia la parte delantera del transporte cercano. Dos disparos apagados abandonaron el cañón y dos balas rebotaron en la roca.
Knoll se incorporó y arrojó el estilete.
Suzanne se arrojó al suelo, pues esperaba el cuchillo. Era la marca de la casa de Knoll y había visto brillar la punta al aterrizar Christian antes del primer asalto. Comprendió que los disparos no harían más que distraerlo momentáneamente, así que cuando Knoll se recuperó, alzó el brazo y propulsó la hoja, ya estaba preparada.
El estilete pasó sobre su cabeza y rajó la lona petrificada que cubría la caja del transporte más cercano. El acero perforó la débil capa de tela rígida y se hundió hasta la empuñadura. Solo tendría un segundo antes de que Knoll cargara hacia ella. Realizó otro disparo, pero de nuevo la bala se limitó a morder la roca.
– Esta vez no, Suzanne -dijo Christian lentamente-. Eres mía.
– Estás desarmado.
– ¿Tú crees?
Suzanne miró su arma y se preguntó cuántas balas le quedarían en el cargador. ¿Cuatro? Echó un vistazo a la cámara y pensó en una alternativa a toda velocidad. Knoll se encontraba entre ella y la única salida. Necesitaba algo que detuviera a ese hijo de puta lo suficiente como para escapar de aquella ratonera. Revisó las paredes de roca, los camiones, las luces.
Las luces.
La oscuridad sería su aliada.
Sacó rápidamente el cargador de la pistola y lo reemplazó con uno nuevo que sacó del bolsillo. Ahora tenía siete disparos. Apuntó hacia el tubo luminoso más cercano y disparó. Las lámparas explotaron con una lluvia eléctrica de chispas y humo. Suzanne se incorporó y corrió hacia la entrada, disparando al otro tubo. Se produjo una nueva explosión que apagó la última luz. La cámara quedó sumida en la oscuridad total. Fijó su rumbo justo cuando la última brizna de luz desaparecía. Deseó no equivocarse.
Si era así, la estaría esperando una pared de roca.
Knoll corrió a por el estilete cuando explotó el primer tubo luminoso. Comprendió que no le quedaban más de unos segundos de visibilidad, y Danzer tenía razón: sin su cuchillo estaba desarmado. Hubiera estado bien tener una pistola. Estúpidamente se había dejado la cz-75b en la habitación del hotel, pues no la había considerado necesaria para aquella breve misión. Prefería el sigilo del acero a una pistola, pero quince proyectiles le hubieran venido muy bien en ese momento.
Liberó el estilete de la lona y se volvió. Danzer corría hacia la apertura de la galería. Preparó un nuevo lanzamiento.
Un tubo de luz estalló con un destello cegador.
Las tinieblas se apoderaron de la cámara.
Suzanne corrió hacia delante para salvar la apertura que conducía a la galería. Delante de ella, la mina principal estaba iluminada con bombillas. Se concentró en el brillo más cercano a ella y corrió hacia él. Entonces se lanzó por la angosta galería y usó su arma para ir rompiendo las bombillas y apagar así el camino.
Knoll quedó cegado por el último destello. Cerró los ojos y se obligó a quedarse quieto y permanecer calmado. ¿Cómo había llamado Monika a Danzer antes?
«Huerfanita.» Ni mucho menos. «Peligrosa como el infierno» hubiera sido una descripción más apropiada.
El olor acre de la quemadura eléctrica llenó sus fosas nasales. La cámara empezó a enfriarse ante la oscuridad. Abrió los ojos. El negro se disolvió lentamente hasta que aparecieron formas todavía más negras. Al otro lado de la abertura, pasado el pasillo que conducía a la galería principal, las luces destellaban al explotar las bombillas.
Corrió hacia ellas.
Suzanne corrió en dirección a la luz del sol. Los pasos resonaban a su espalda. Knoll venía tras ella. Tenía que moverse rápido. Salió a una tarde apagada y corrió a través del denso bosque, en dirección a su coche. Tardaría un minuto en recorrer el medio kilómetro. Con suerte, la ventaja que le llevaba a Knoll bastaría. Quizá no supiera en qué dirección se había marchado su presa cuando lograra salir.
Suzanne zigzagueó entre los pinos y los densos helechos. Respiraba con pesadez y tenía que obligar a sus piernas a no detenerse.
Knoll salió del túnel y echó un rápido vistazo a los alrededores. A su derecha, a unos cincuenta metros de distancia, vio algo entre los árboles. Distinguió la forma.
Una mujer.
Danzer.
Se lanzó en su dirección, con el estilete en la mano.
Suzanne alcanzó el Porsche y saltó dentro. Arrancó, metió la primera de un golpe y pisó el acelerador hasta la tabla. Las ruedas giraron en vacío antes de agarrarse y entonces el coche saltó hacia delante. Por el espejo retrovisor vio a Knoll surgir de entre los árboles con el cuchillo en la mano. Condujo a toda velocidad hasta la autopista y, una vez allí, se detuvo. Entonces sacó la cabeza por la ventanilla y saludó antes de arrancar y desaparecer.
Knoll casi sonrió ante el gesto. Le devolvía la burla en el aeropuerto de Atlanta. Probablemente Danzer se sintiera orgullosa de sí misma por aquella huida. Otra victoria sobre él.
Knoll consultó su reloj. Las cuatro y media de la tarde.
Daba igual.
Sabía exactamente dónde estaría ella dentro de seis horas.
16:45
Paul observó cómo el último délos socios salía del salón. Wayland McKoy sonrió a todos y cada uno de ellos, les estrechó la mano y les aseguró que todo iba a salir a las mil maravillas. El hombretón parecía complacido. La reunión había ido bien. Durante casi dos horas se había enfrentado a las preguntas y había endulzado las respuestas con nociones románticas sobre nazis codiciosos y tesoros olvidados, y había usado la historia como narcótico para acallar la curiosidad de los inversores.
McKoy se acercó a él.
– Ese cabrón de Grumer es bueno, ¿eh?
Paul, McKoy y Rachel se encontraban solos. Todos los socios habían subido a sus habitaciones para descansar. Grumer los había dejado hada unos minutos.
– Se portó muy bien -respondió Paul-. Pero no me siento cómodo con esta huida hacia delante.
– ¿Quién huye? Pretendo excavar esa otra entrada y bien podría conducir hasta otra cámara.
Rachel frunció el ceño.
– ¿Los sondeos de su radar de tierra apuntan en esa dirección?
– No tengo ni puta idea, señoría.
Rachel recibió la respuesta con una sonrisa. Parecía que McKoy empezaba a caerle bien. Aquella actitud brusca y el lenguaje malsonante no eran muy diferentes de los de ella.
– Mañana llevaremos al grupo a la excavación y les dejaremos echar un vistazo -dijo McKoy-. Con eso ganaremos algunos días más. Quizá tengamos suerte con la otra entrada.
– Y veremos cerdos volando -replicó Paul- Tiene usted un problema, McKoy. Debemos pensar en su posición legal. ¿Qué le parecería que contactara con mi bufete y les enviara por fax la carta de solicitud? El departamento de litigios podría echarle un vistazo.
McKoy lanzó un suspiro.
– ¿Cuánto me va a costar?
– Un anticipo de diez mil. De ahí vamos pagando unos honorarios de dos cincuenta la hora. Después se paga por hora, mes a mes, con los gastos a su costa.
McKoy inspiró entre los dientes.
– Ahí van mis cincuenta mil. Menos mal que no me los había gastado.
Paul se preguntó si aquel sería el momento de que McKoy supiera lo de Grumer. ¿Debería mostrarle la cartera? ¿Hablarle de las letras en la arena? Quizá el alemán supiera desde el principio que la cámara estaba vacía y simplemente se hubiera guardado esa información. ¿Qué había dicho Grumer el día anterior? Algo sobre que sospechaba que el sitio estaba seco. Quizá pudieran echarle a él la culpa de todo, un ciudadano extranjero, y exigirle una indemnización justificada. «De no ser por Grumer, McKoy no hubiera excavado.» De ese modo, los socios se verían obligados a ir a por Grumer en los tribunales alemanes. Los costes se dispararían, lo que quizá convirtiera el litigio en algo económicamente inviable. Quizá aquello bastara para obligar a los lobos a volver a sus casas.
– Hay algo que necesito…
– Herr McKoy -dijo entonces Grumer, que entró corriendo en el salón-. Ha habido un incidente en la mina.
Rachel examinó el cráneo del operario. Bajo la espesa mata castaña del hombre se veía un chichón del tamaño de un huevo de gallina. Ella, Paul y McKoy se encontraban en la cámara subterránea.
– Yo estaba ahí fuera -dijo el hombre señalando la galería exterior-, y de repente todo quedó a oscuras.
– ¿No vio ni oyó a nadie? -preguntó McKoy.
– Nada.
Los operarios estaban muy atareados reemplazando las bombillas rotas y los tubos luminosos. Una lámpara ya estaba encendida. Rachel estudió la escena. Luces rotas, bombillas machacadas en la galería principal, una de las lonas rajada en un costado.
– El tipo debió de atacarme por detrás -dijo el hombre mientras se rascaba la coronilla.
– ¿Cómo sabe que era un hombre? -inquirió McKoy.
– Yo lo vi -dijo otro operario-. Estaba en la caseta, fuera, estudiando las rutas de los túneles de la zona. Vi a una mujer que salía corriendo de la galería con una pistola en la mano. Justo después apareció un hombre. Llevaba un cuchillo. Los dos desaparecieron en los bosques.
– ¿No fue a por ellos? -preguntó McKoy.
– Sí, hombre.
– ¿Cómo que «sí, hombre»?
– Usted me paga para excavar, no para hacer de héroe. Entré. El lugar estaba totalmente a oscuras. Volví a por una linterna. Entonces fue cuando encontré a Danny tirado en la galería.
– ¿Qué aspecto tenía la mujer? -intervino Paul.
– Me parece que rubia. Baja. Rápida como una liebre.
Paul asintió.
– Estuvo antes en el hotel.
– ¿Cuándo? -dijo McKoy.
– Mientras usted y Grumer hablaban. Entró un momento y se marchó.
McKoy lo comprendió.
– Lo mínimo para comprobar si todos estábamos allí. La hostia.
– Eso parece -respondió Paul-. Creo que es la misma mujer que me visitó en mi despacho. Tenía otro aspecto, pero me resultó familiar.
– Intuición de abogado, ¿no?
– Algo así.
– ¿Pudo ver al hombre? -preguntó Rachel al operario.
– Un tipo alto. Pelo claro. Con un cuchillo.
– Knoll. -A su mente regresaron las imágenes de la hoja del cuchillo-. Están aquí, Paul. Los dos están aquí.
Rachel se sentía intranquila cuando ella y Paul subieron las escaleras del Garni hacia su habitación en la segunda planta. Su reloj marcaba las ocho y diez de la tarde. Antes, Paul había telefoneado a Fritz Pannik, pero se había encontrado con un servicio contestador. Le había dejado un mensaje acerca de Knoll, la mujer y sus sospechas, y le pidió al inspector que lo llamara. Pero en la conserjería no había mensaje alguno.
McKoy había insistido en cenar con los socios. A Rachel le parecía bien: cuanta más gente la rodeara, mejor. Ella, Paul, McKoy y Grumer se habían dividido el grupo y solo se hablaba de la excavación y de lo que podrían encontrar. Sin embargo, ella no dejaba de pensar en Knoll y en la mujer.
– Ha sido muy difícil -dijo-. Tuve que vigilar cada una de las palabras para que nadie pudiera acusarme más tarde de engaño. Quizá no haya sido una buena idea.
Doblaron la esquina y se dirigieron hacia su habitación.
– Mira quién se hace ahora la apocada.
– Tú eres un respetado abogado. Yo soy jueza. McKoy se nos ha pegado como el velero. Si ha estafado a esas personas, podríamos convertirnos en cómplices. Tu padre solía decir todo el tiempo que si no puedes correr con los perros grandes, vuelvas debajo del porche. Yo estoy deseando esconderme ahí abajo.
Paul sacó la llave de la habitación del bolsillo.
– No creo que McKoy haya estafado a nadie. Cuanto más estudio la carta, más la veo como ambigua, no como falsa. Además, creo que McKoy está genuinamente atónito por el descubrimiento. Eso sí, respecto a ese Grumer no estoy tan seguro.
Abrió la puerta y encendió la luz del techo.
La habitación se encontraba patas arriba. Todos los cajones estaban sacados, las puertas del armario abiertas de par en par. El colchón estaba rajado y las sábanas hechas pedazos. Toda su ropa yacía tirada por el suelo.
– El servicio de habitaciones de este hotel es lamentable -comentó Paul.
A ella no le hizo gracia.
– ¿Es que te da igual? Alguien ha registrado este sitio. Oh, mierda. Las cartas de papá… Y la cartera que encontraste.
Paul cerró la puerta. Se quitó el abrigo y se sacó la camisa de los pantalones. Llevaba una riñonera puesta en el abdomen.
– No les va a ser tan sencillo encontrarlas.
– Madre de Dios. Nunca jamás volveré a meterme con tus comportamientos obsesivos. Eso ha sido de lo más astuto, Paul Cutler.
Se bajó la camisa.
– En el despacho, en la caja fuerte, hay copias de las cartas de tu padre, por si acaso.
– ¿Te esperabas esto?
Él se encogió de hombros.
– No sé qué esperarme. Solo quería estar preparado. Con Knoll y esa mujer merodeando, puede pasar cualquier cosa.
– Quizá deberíamos salir de aquí. Ahora mismo, esa campaña para la judicatura que me espera en casa no me parece tan desagradable. Marcus Nettles es pan comido comparado con esto.
Paul estaba calmado.
– Creo que es el momento de hacer algo distinto.
Rachel comprendió al instante.
– Estoy de acuerdo. Vamos a buscar a McKoy.
Paul observó cómo McKoy atacaba la puerta. Rachel aguardaba detrás de él. Los efectos de tres grandes jarras de cerveza se mostraban en la intensidad del aporreo.
– ¡Grumer, abra esta maldita puerta! -gritó McKoy.
La puerta se abrió.
Grumer seguía vestido con su camisa de manga larga y los pantalones que había llevado en la cena.
– ¿Qué sucede, Herr McKoy? ¿Ha habido otro incidente?
McKoy lo hizo a un lado y entró en la habitación. Paul y Rachel lo siguieron. Dos lámparas de mesilla proporcionaban una iluminación suave. Era evidente que Grumer había estado leyendo. Un ejemplar en inglés del Dutch Infuence on German Renaissance Painting, de Polk, yacía abierto sobre la cama. McKoy agarró a Grumer por la camisa y lo empujó con fuerza contra la pared, lo que hizo que los marcos temblaran.
– Soy un palurdo de Carolina del Norte. Ahora mismo, un palurdo medio cocido de Carolina del Norte. Quizá no sepa usted lo que eso significa, pero déjeme decirle que nada bueno. No estoy de buen humor, Grumer. No tengo ganas de risitas. Cutler me ha dicho que borró usted unas letras en la arena. ¿Dónde están esas fotografías?
– No sé de qué me está hablando.
McKoy lo soltó y le clavó el puño en el estómago. El alemán se dobló y boqueó en busca de aire.
McKoy lo levantó de un tirón.
– Intentémoslo una vez más. ¿Dónde están las fotografías?
Grumer intentaba respirar y tosía bilis, pero logró señalar hacia la cama. Rachel recogió el libro. Dentro había varias fotografías en color que mostraban el esqueleto y las cartas.
McKoy lo dejó caer sobre la alfombra y estudió las imágenes.
– Quiero saber por qué, Grumer. ¿Por qué cojones ha hecho esto?
Paul se preguntó si debía lanzar una llamada de atención sobre el uso de la violencia, pero decidió que el alemán bien se lo merecía. Además, McKoy tampoco le haría caso.
Grumer logró responder:
– Dinero, Herr McKoy…
– ¿Los cincuenta mil dólares que le pagué no bastaban?
Grumer guardó silencio.
– Salvo que quiera empezar a toser sangre, más le vale contármelo todo.
Grumer pareció comprender el mensaje.
– Hará un mes hablé con un hombre…
– Nombre.
Grumer inspiró.
– No me dijo su nombre.
McKoy armó el brazo.
– Por favor… Es cierto. No me dio nombres y solo hablamos por teléfono. Había leído acerca de mi participación en esta excavación y me ofreció veinte mil euros a cambio de información. No vi qué mal podría haber. Me dijo que una mujer llamada Margarethe se pondría en contacto conmigo.
– ¿Y?
– La conocí anoche.
– ¿Fue ella la que registró nuestra habitación? -preguntó Rachel.
– Fuimos los dos. Estaba interesada en las cartas de su padre.
– ¿Le dijo ella por qué? -intervino McKoy.
– Nein. Pero creo saberlo. -Grumer comenzaba a respirar de nuevo con normalidad, pero se agarraba el estómago con el brazo derecho. Se incorporó un poco hasta quedar sentado, con la espalda contra la pared-. ¿Alguna vez ha oído hablar de Retter von Verlorenen Antiquitäten?
– No -respondió McKoy-. Ilumíneme.
– Es un grupo de nueve personas. Sus identidades se desconocen, aunque todos son ricos y amantes del arte. Emplean a localizadores, sus propios recolectores personales, llamados adquisidores. La parte ingeniosa de su asociación queda implicada en su nombre: «recuperadores de antigüedades… perdidas». Solo roban lo que ya ha sido robado. El adquisidor de cada uno de los miembros pelea por un premio. Se trata de un juego caro y sofisticado, pero no deja de ser eso: un juego.
– Vaya al grano -ordenó McKoy.
– Esta Margarethe, sospecho, es una adquisidora. Nunca lo ha dicho ni lo ha dejado traslucir, pero creo no equivocarme.
– ¿Y qué hay de Christian Knoll? -preguntó Rachel.
– Lo mismo. Esos dos compiten por algo.
– Me están entrando ganas de darle otra somanta de hostias -dijo McKoy-. ¿Para quién trabaja Margarethe?
– No es más que una suposición, pero yo diría que para Ernst Loring.
Aquel nombre captó la atención de Paul, que vio que Rachel también reaccionaba.
– Por lo que me han dicho, los miembros de ese club son muy competitivos. Hay miles de objetos perdidos que recuperar. La mayoría proceden de la última guerra, pero muchos han sido robados en museos y colecciones privadas de todo el mundo. Es algo muy astuto: robar a los ladrones. ¿Quién va a protestar?
McKoy se movió hacia Grumer.
– No agote mi paciencia. Vaya al grano.
– La Habitación de Ámbar -dijo Grumer entre aspiraciones.
Rachel puso una mano contra el pecho de McKoy.
– Deje que se explique.
– De nuevo no son más que conjeturas por mi parte. Pero la Habitación de Ámbar dejó Königsberg entre enero y abril de 1945. Nadie lo sabe con certeza. Los registros no son claros. Erich Koch, el gauleiter de Prusia, evacuó los paneles por orden directa de Hitler. Sin embargo, Koch era el protegido de Hermann Göring, y en realidad, le era más leal a él que al Führer. La rivalidad entre Hitler y Göring por las obras de arte está bien documentada. Göring justificaba su coleccionismo porque quería crear un museo de arte nacional en Karinhall, su hogar. Se suponía que Hitler tenía prioridad a la hora de elegir cualquier botín, pero Göring lo batió en la carrera por muchas de las mejores piezas. A medida que la guerra progresaba, Hitler asumió un control cada vez más personal de la lucha, lo que limitó el tiempo que podía dedicar a otros asuntos. Sin embargo, Göring conservó su movilidad y se volcó en la obtención de piezas con ferocidad.
– ¿Qué cojones tiene que ver eso con todo esto? -lo interrumpió McKoy.
– Göring quería que la Habitación de Ámbar se convirtiera en parte de su colección de Karinhall. Algunos argumentan que fue él, y no Hitler, quien ordenó la salida del ámbar desde Königsberg. Quería que Koch mantuviera los paneles a salvo de los rusos, de los americanos y de Hitler. Pero se cree que Hitler descubrió el plan y confiscó el tesoro antes de que Göring pudiera ponerlo a salvo.
– Papá tenía razón -dijo Rachel en voz baja.
Paul se la quedó mirando.
– ¿A qué te refieres?
– Una vez me habló de la Habitación de Ámbar y de una entrevista que realizó a Göring después de la guerra. Lo único que decía era que Hitler se le había adelantado.
Después les habló de Mauthausen y de los cuatro soldados alemanes que habían sido congelados hasta la muerte.
– ¿Dónde descubrió toda esa información? -preguntó Paul a Grumer-. Mi suegro tenía muchos artículos acerca de la Habitación de Ámbar y ninguno mencionaba nada de lo que acaba de decir. -Había omitido a propósito el «ex» del suegro y Rachel no lo corrigió como solía hacer.
– Ni deberían mencionar nada -respondió Grumer-. Los medios de comunicación occidentales no suelen ocuparse de la Habitación de Ámbar. Son pocos los que saben siquiera de qué se trata. Sin embargo, los investigadores alemanes y rusos llevan mucho tiempo estudiando este asunto. Esta información en concreto acerca de Göring la he oído repetida a menudo, pero nunca de fuentes de primera mano como la que Frau Cutler refiere.
– ¿Cómo encaja todo esto en nuestra excavación? -preguntó McKoy.
– Uno de los relatos indica que los paneles se cargaron en tres camiones en algún punto al oeste de Königsberg, después de que Hitler se hiciera con el control. Esos camiones se dirigieron hacia el oeste y no volvieron a ser vistos. Debía de tratarse de transportes pesados…
– Como los Büssing nag -indicó McKoy.
Grumer asintió.
McKoy se desplomó sobre el borde de la cama.
– ¿Los tres camiones que encontramos? -Su tono bronco se había suavizado.
– Demasiada coincidencia, ¿no cree?
– Pero los camiones están vacíos -señaló Paul.
– Exacto -respondió el alemán-. Quizá los recuperadores de antigüedades perdidas sepan más de esta historia. Quizá eso explique el intenso interés de dos adquisidores.
– Pero ni siquiera sabe si Knoll y esa mujer tienen algo que ver con ese grupo -respondió Rachel.
– No, Frau Cutler, no lo sé. Pero Margarethe no se me antoja una coleccionista independiente. Usted estuvo con Herr Knoll. ¿No diría usted lo mismo?
– Knoll se negó a decir para quién trabajaba.
– Lo que lo hace todavía más sospechoso -terció McKoy.
Paul extrajo del bolsillo de su chaqueta la cartera encontrada en la excavación y se la entregó a Grumer.
– ¿Y qué hay de esto?
Le explicó cómo la había encontrado.
– Descubrió usted lo que yo andaba buscando -respondió Grumer-. La información que Margarethe me había solicitado concerniente a una posible datación del sitio posterior a 1945. Registré los cinco esqueletos, pero no encontré nada. Esto demuestra que el lugar fue visitado en una fecha posterior a la guerra.
– Hay algo escrito en un trozo de papel en el interior. ¿Qué es?
Grumer lo examinó con atención.
– Parece alguna clase de permiso o licencia. Expedido el 15 de marzo de 1951 y con fecha de expiración de 15 de marzo de 1955.
– ¿Y la tal Margarethe quería conocer esto? -preguntó McKoy.
Grumer asintió.
– Estaba dispuesta a pagar una buena suma por la información.
McKoy se pasó una mano por el pelo. El hombretón parecía agotado. Grumer aprovechó para explicarse.
– Herr McKoy, yo no tenía ni idea de que el sitio estuviera seco. Estaba tan entusiasmado como usted cuando entramos. Sin embargo, las señales eran cada vez más claras. No había explosivos, ni siquiera restos. Un pasaje de entrada estrecho. La falta de puerta o refuerzo de acero en la galería que conducía a la cámara. Y los camiones. Ahí no debería haber transportes pesados.
– Salvo que la maldita Habitación de Ámbar hubiera estado allí.
– Eso es correcto.
– Díganos más acerca de lo que sucedió -indicó Paul a Grumer.
– No hay mucho que contar. Los relatos atestiguan que la Habitación de Ámbar fue embalada y cargada en tres cajones. Estos se dirigían supuestamente hacia el sur, en dirección a Berchtesgaden y la seguridad de los Alpes. Pero los ejércitos soviéticos y americanos estaban por toda Alemania. No había dónde escapar. Se supone que los camiones fueron ocultados, pero no existe registro alguno del lugar. Quizá su escondrijo fueran las minas Harz.
– Usted se figura que como esta Margarethe está tan interesada en las cartas de Borya y está aquí, la Habitación de Ámbar tiene que tener algo que ver en todo esto -señaló McKoy.
– Parece una conclusión lógica.
– ¿Por qué piensa que Loring es su empleador? -preguntó Paul.
– No es más que una suposición basada en lo que he leído y oído a lo largo de los años. La familia Loring estuvo y está interesada en la Habitación de Ámbar.
Rachel tenía una pregunta.
– ¿Por qué borró las letras? ¿Le pagó Margarethe para que lo hiciera?
– Lo cierto es que no. Solo me dejó claro que en la cámara no debía quedar resto alguno de fechas posteriores a 1945.
– ¿A qué esa preocupación? -preguntó Rachel.
– No tengo ni la menor idea.
– ¿Qué aspecto tiene ella? -inquirió Paul.
– Es la misma mujer que describió usted esta tarde.
– ¿Usted es consciente de que podría haber matado a Chapaev y al padre de Rachel?
– ¿Y no dijo usted ni una palabra? -preguntó McKoy-. Debería molerlo a hostias. Es usted consciente de hasta dónde me llega la mierda ahora que la cámara está seca. Y ahora esto. -El hombre se frotó los ojos, como si intentara calmarse-. ¿Cuándo será el siguiente contacto, Grumer?
– Me dijo que me llamaría.
– Y yo quiero enterarme en cuanto lo haga. Ya he aguantado bastante. ¿Está clarito?
– Perfectamente -replicó Grumer.
McKoy se incorporó y se dirigió hacia la puerta.
– Más le vale, Grumer. En cuanto sepa de esa mujer, no tarde un segundo en avisarme.
– Por supuesto. Como usted diga.
El teléfono sonaba en su habitación cuando Paul abrió la puerta. Mientras respondía, Rachel entró tras él. Era Fritz Pannik. Paul lo puso al día rápidamente sobre lo sucedido. Le dijo al inspector que la mujer y Knoll estaban cerca, o que al menos lo habían estado hacía pocas horas.
– Enviaré a alguien de la policía local para tomarles declaración de todo. Mañana a primera hora.
– ¿Cree que esos dos seguirán aquí?
– Me temo que lo que Alfred Grumer dice es cierto. Yo diría que sí. Duerma con un ojo abierto, Herr Cutler. Mañana nos veremos.
Paul colgó y se sentó en la cama.
– ¿Qué piensas? -preguntó Rachel mientras se sentaba a su lado.
– Tú eres la jueza. ¿Parecía creíble Grumer?
– Para mí no. Pero McKoy parece haberse tragado lo que le ha dicho.
– No sé qué decirte. Tengo la sensación de que McKoy también se está callando algo. No sabría decirte qué es, pero hay algo que no nos ha contado. Escuchaba con atención a Grumer cuando hablaba de la Habitación de Ámbar. Pero no nos podemos preocupar ahora por eso. Me preocupan Knoll y la mujer. Andan por aquí sueltos y eso no me gusta nada.
Su mirada reparó en los pechos de Rachel, marcados a través del jersey ajustado de cuello alto. ¿La Reina de Hielo? No para él. Paul había sentido su cuerpo la noche anterior y la cercanía le había puesto los nervios a flor de piel. Varias veces a lo largo del sueño había inspirado profundamente para captar su aroma. En un momento dado trató de imaginarse tres años atrás, aún casado con ella, aún físicamente capaz de amarla. Todo parecía surrealista. Tesoros perdidos. Asesinos al acecho. Su ex mujer en la cama con él.
– Quizá tuvieras razón desde el principio -dijo Rachel-. Todo esto nos supera y deberíamos largarnos de aquí. Tenemos que pensar en María y Brent. -Lo miró-. Y en nosotros. -Le cogió la mano.
– ¿A qué te refieres?
Lo besó suavemente en los labios. Paul se quedó totalmente quieto. Entonces ella lo rodeó con los brazos y lo besó con fuerza.
– ¿Estás segura de lo que haces, Rachel? -preguntó cuando se separaron.
– No sé por qué soy tan hostil en ocasiones. Eres un buen hombre, Paul. No te mereces el daño que te he causado.
– No todo fue culpa tuya.
– Ya estamos otra vez. Siempre ayudando a sobrellevar las cargas. ¿No puedes dejar que me sienta culpable por una vez?
– Claro. Por mí encantado.
– Lo quiero. Y hay algo más que quiero.
El captó su mirada, comprendió y se levantó instantáneamente de la cama.
– Todo esto es muy raro. Llevamos separados tres años. Ya me he acostumbrado a ello. Pensé que ya habíamos acabado… de ese modo.
– Paul, por una vez en tu vida guíate por el instinto. No todo tiene por qué estar planificado. ¿Qué tiene de malo la lujuria a la antigua usanza?
El mantuvo su mirada.
– Quiero más que eso, Rachel.
– Y yo también.
Paul se dirigió hacia la ventana para poner distancia entre ellos. Apartó las cortinas, aunque solo fuera por ganar un poco de tiempo. Aquello iba demasiado rápido. Miró hacia la calle y pensó en lo mucho que había soñado con escuchar aquellas palabras. No había ido al juzgado el día en que se decidió su divorcio. Horas más tarde recibió el dictamen final a través del fax. Su secretaria lo depositó sobre la mesa sin decir ni pío. Él se negó a leerlo y lo tiró tal como estaba a la papelera. ¿Cómo podía la firma de un juez silenciar lo que su corazón le indicaba como correcto?
Se volvió.
Rachel estaba adorable, incluso con los cortes y arañazos del domingo anterior.
Sin duda formaban una pareja extraña, de principio a fin. Pero él la amaba y ella lo amaba. Juntos habían creado a dos niños a los que ambos adoraban. ¿Podían darse una segunda oportunidad?
Se volvió de nuevo hacia la ventana y trató de encontrar respuestas en la noche. Estaba a punto de regresar a la cama y rendirse cuando vio a alguien en la calle.
Alfred Grumer.
El Doktor caminaba con un paso firme y decidido. Parecía que acababa de salir por la entrada principal del Garni, dos plantas más abajo.
– Grumer sale -dijo.
Rachel saltó de la cama y se acercó para echar un vistazo.
– No dijo nada de salir.
Paul cogió su chaqueta y corrió hacia la puerta.
– Puede que recibiera la llamada de Margarethe. Sabía que estaba mintiendo.
– ¿Adonde vas?
– ¿Necesitas preguntarlo?
Paul precedió a Rachel a través de la entrada del hotel y viró en dirección a Grumer. El alemán les llevaba unos cien metros y recorría a buen paso la calle adoquinada rodeada por tiendas a oscuras y atareados cafés que seguían atrayendo clientes con la cerveza, la comida y la música. Las farolas iluminaban de forma regular la noche con su brillo amarillento.
– ¿Qué estamos haciendo? -preguntó Rachel.
– Descubrir cuál es su juego.
– ¿Y es una buena idea?
– Quizá no. Pero lo vamos a hacer de todos modos.
Ni dijo que también lo eximía de tomar una decisión importante. Se preguntó si Rachel no estaría simplemente sola, o asustada. Le preocupaba lo que ella había visto en Warthberg, donde había defendido al hijo de perra de Knoll, que la había abandonado a su suerte para que muriera. No le gustaba ser segundo plato de nadie.
– Paul, hay algo que deberías saber.
Grumer seguía delante y aún avanzaba con rapidez. Él no perdía un paso.
– ¿Qué?
– Justo antes de la explosión de la mina me volví y vi que Knoll tenía un cuchillo.
Paul se detuvo y se la quedó mirando.
– Tenía un cuchillo en la mano. Justo entonces, el techo de la galería cedió.
– ¿Y me lo cuentas ahora?
– Ya lo sé. Debería haberlo hecho antes. Pero tenía miedo de que no te quedaras, o de que se lo contaras a Pannik y él interfiriera.
– Rachel, ¿es que estás loca? Esto es importante, joder. Y tienes razón, nunca me hubiera quedado, ni hubiera permitido que te quedaras. Y no me digas que tú puedes hacer lo que te salga de las narices. – Miró rápidamente hacia la derecha. Grumer había doblado una esquina-. Mierda. Vamos.
Comenzó a correr y la chaqueta se le abrió con el aire. Rachel le seguía el paso. La calle comenzó a empinarse. Alcanzaron la esquina en la que había estado Grumer y se detuvieron. A la izquierda había un konditorei cerrado, con una marquesina que doblaba la esquina. El Doktor cruzaba una pequeña plaza construida alrededor de una fuente decorada con geranios. Todo (las calles, las tiendas y las plantas) reflejaba la limpieza maníaca del orgullo cívico alemán.
– Debemos permanecer atrás -dijo Paul-. Pero aquí está oscuro y eso nos ayudará.
– ¿Adonde va?
– Parece que nos dirigimos hacia la abadía. -Consultó su reloj. Las diez y veinticinco de la noche.
Delante de ellos, Grumer desapareció de repente hacia la izquierda, tras una hilera de setos negros. Se acercaron sigilosamente y vieron una pasarela de hormigón que se perdía en la negrura. Una señal en un poste anunciaba: «Abadía de los Siete Pesares de la Virgen.» La flecha señalaba hacia delante.
– Tenías razón. Va a la abadía -dijo Rachel.
Empezaron a ascender por el camino de piedra, que tenía anchura suficiente para permitir el paso de cuatro personas. Trazaba un empinado recorrido a través de la noche, en dirección al acantilado de roca pelada. A medio camino pasaron junto a una pareja que caminaba cogida del brazo. Llegaron a una curva pronunciada. Paul se detuvo. Grumer seguía delante y caminaba a buen paso.
– Ven aquí-le dijo a Rachel mientras le pasaba un brazo por el hombro y la acercaba-. Si mira para atrás no verá más que a una pareja que pasea. A esta distancia no puede vernos la cara.
Caminaban lentamente.
– No te vas a escapar tan fácilmente -señaló Rachel.
– ¿A qué te refieres?
– A la habitación. Sabes hacia dónde nos dirigíamos.
– No pienso escaparme.
– Solo necesitabas tiempo para pensar y esta pequeña carrera te lo ha dado.
Paul no discutió. Ella tenía razón. Necesitaba pensar, pero no en ese momento. Grumer era su principal preocupación presente. La ascensión lo estaba cansando. Sus pantorrillas y muslos se tensaban. Se creía en forma, pero las carreras de cinco kilómetros que se daba en Atlanta solían ser sobre tierra llana. Nada ni remotamente parecido a aquella pendiente asesina.
El camino llegó arriba y Grumer desapareció de la vista.
La abadía había dejado de ser un edificio remoto. Allí la fachada ocupaba lo que dos campos de fútbol y ascendía de forma pronunciada desde el acantilado. Las murallas se elevaban desde una cimentación de piedra abovedada. Brillantes focos de vapor de sodio, ocultos en la base boscosa, bañaban con su luz la piedra coloreada. Tres plantas de ventanas altas y de múltiples maineles resplandecían bajo la luz.
Delante de ellos vieron un portón iluminado con edificios a ambos lados. Dos bastiones flanqueaban esta puerta principal. Más allá se distinguía un jardín en parte velado por las sombras. Cincuenta metros más adelante, Grumer desaparecía a través del portal abierto. A Paul le preocupaban las luces brillantes que rodeaban la puerta. Las palomas arrullaban desde algún punto más allá del fulgor. No había a nadie a la vista.
Abrió el camino y echó un vistazo a las esculturas de los apóstoles Pedro y Pablo, que descansaban sobre sus pedestales de piedra ennegrecida. A ambos lados, santos y ángeles convivían con peces y sirenas. Un escudo de armas decoraba el centro del portal: dos llaves doradas con un fondo azul regio. Sobre el gablete se alzaba una enorme cruz cuya inscripción se veía claramente gracias a los proyectores: «Absit gloriari nisi in cruce».
– «Gloria solo en la cruz» -musitó.
– ¿Qué?
Paul señaló hacia arriba.
– La inscripción. «Gloria solo en la cruz». De los Gálatas 6:14.
Cruzaron el portal. Una señal identificaba el espacio que había más allá como el «Jardín del portero». Por fortuna, el jardín no estaba iluminado. Grumer se encontraba ahora al otro lado y ascendía apresuradamente unos amplios escalones de piedra, hasta entrar en lo que parecía una iglesia.
– No podemos entrar ahí -dijo Rachel-. ¿Cuánta gente podría haber a esta hora?
– Estoy de acuerdo. Busquemos otra entrada.
Estudió el patio y los edificios cercanos. Por todas partes se alzaban estructuras de tres plantas de fachada barroca y adornadas con arcos romanos, cornisas historiadas y estatuas que aumentaban el tono religioso de rigor. La mayoría de las ventanas estaba a oscuras. En las pocas que permanecían iluminadas, se podía ver bailar las sombras tras las cortinas echadas.
La iglesia en la que Grumer había entrado sobresalía desde el extremo opuesto del patio a oscuras. Sus torres gemelas simétricas estaban flanqueadas por una cúpula octogonal iluminada con mucha luz. Parecía casi un apéndice del edificio más alejado, que sería la parte frontal de la abadía y cuya fachada daba a Stod y al río sobre los puntos más altos del acantilado.
Paul señaló hacia el otro extremo del patio, más allá de la puerta. Allí había unas puertas dobles de roble.
– Quizá por ahí podamos entrar desde otro punto.
Avanzaron con cuidado sobre el patio adoquinado, dejando atrás alcorques con árboles y arbustos. Soplaba un viento fresco que provocaba un escalofrío. Paul intentó accionar el picaporte. Estaba abierto. Empujó la pesada hoja hacia dentro, con cuidado para minimizar cualquier posible crujido. Ante ellos se extendía un pasillo en uno de cuyos extremos resplandecían cuatro apliques incandescentes. Entraron. A medio camino del pasillo apareció una escalera ascendente con barandilla de madera. La ascensión quedaba amenizada por óleos de reyes y emperadores. Más allá de la escalera, si seguían avanzando por el mustio corredor, los esperaba otra puerta cerrada.
– La iglesia está en este nivel. Esa puerta debería conducir adentro – susurró.
El picaporte funcionó al primer intento. Paul abrió la puerta un poco, hacia sí. Un aire cálido inundó la frialdad del corredor. En ambas direcciones se extendía un pesado telón de terciopelo que formaba un angosto pasaje a izquierda y a derecha. La luz se filtraba a través de ranuras regulares realizadas en el telón y desde la parte inferior. Paul solicitó silencio con un gesto y entró en la iglesia seguido por Rachel.
Espió el interior a través de una de las ranuras en el telón. Unas luces anaranjadas dispersas iluminaban zonas concretas de la inmensa nave. La arquitectura explosiva, los frescos del techo y los coloridos estucos se combinaban en una sinfonía visual que casi resultaba abrumadora tanto en su profundidad como en su forma. Predominaban los caobas, rojos, grises y dorados. Unas pilastras acanaladas de mármol se elevaban hacia el techo abovedado, cada una adornada con elaboradas molduras que soportaban una diversidad de estatuas.
Su mirada se desvió hacia la derecha.
Una corona dorada enmarcaba el centro de un altar alto y enorme. Un gran medallón mostraba la inscripción «Non coronabiturm nisi legitime certaverit». «Sin causa justa no hay victoria», tradujo en silencio. De nuevo la Biblia. Timoteo 2:5.
A la izquierda había dos personas, Grumer y la mujer rubia de aquella mañana. Miró por encima del hombro.
– Está aquí-vocalizó a Rachel-. Grumer está hablando otra vez con ella.
– ¿Puedes oír? -le susurró Rachel al oído.
Paul negó con la cabeza y señaló hacia la izquierda. El estrecho pasillo que tenían delante los llevaría más cerca de donde estaban los dos conspiradores. El telón de terciopelo quedaba lo bastante cerca del suelo para ocultarlos de la vista. Una pequeña escalera de madera se elevaba al final y ascendía hacia lo que seguramente sería el coro. Concluyó que aquel pasadizo cortinado lo usarían los acólitos que servían en la misa. Avanzaron de puntillas. Otra ranura le permitió mirar. Se asomó con cautela, perfectamente rígido ante el terciopelo. Grumer y la mujer estaban cerca del altar de un mecenas. Había leído algo sobre aquella adición, realizada en muchas iglesias europeas. Los católicos de la Edad Media se sentaban en lo alto del altar y solo pasivamente experimentaban la cercanía de Dios. Los creyentes contemporáneos, gracias a las reformas litúrgicas, demandaban una participación más activa. Por tanto, se habían erigido altares para la gente en las iglesias antiguas. El nogal del podio y el altar concordaban con las hileras de bancos vacíos.
Él y Rachel estaban ahora a unos veinte metros de Grumer y la mujer, cuyos susurros eran difíciles de oír en el mudo vacío del edificio.
Suzanne lanzó una mirada severa a Alfred Grumer, que mostraba hacia ella una actitud sorprendentemente hosca.
– ¿Qué ha sucedido hoy en la excavación? -preguntó Grumer en inglés.
– Uno de mis colegas apareció y se puso impaciente.
– Está atrayendo muchísima atención hacia este asunto.
No le gustaba el tono del alemán.
– No tuve elección. Me vi obligado a resolverlo tal y como se presentaba.
– ¿Tiene mi dinero?
– ¿Tiene mi información?
– Herr Cutler encontró una cartera en la cámara. Es de 1951. Alguien entró allí después de la guerra. ¿No es lo que quería usted?
– ¿Dónde está la cartera?
– No he podido hacerme con ella. Quizá mañana.
– ¿Y las cartas de Borya?
– No he tenido modo de obtenerlas. Tras lo sucedido esta mañana, todo el mundo está alerta.
– ¿Dos fallos y quiere cinco millones de euros?
– Usted quería información sobre el lugar y sobre las fechas. Se la he suministrado. También eliminé las pruebas en la arena.
– Eso lo hizo usted por su cuenta. Como un modo de aumentar el precio de sus servicios. La realidad es que no tengo prueba alguna de nada de lo que me ha contado.
– Hablemos de la realidad, Margarethe. Y esa realidad es la Habitación de Ámbar, ¿correcto?
Suzanne no respondió.
– Tres transportes pesados alemanes, vacíos. Una cámara subterránea sellada. Cinco cuerpos, todos con un disparo en la cabeza. Una fecha de entre 1951 y 1955. Esa es la cámara en la que Hitler escondió la habitación y alguien la robó. Yo diría que ese alguien fue el empleador de usted. En caso contrario, ¿por qué tantas molestias?
– Especulaciones, Herr Doktor.
– Ni siquiera ha parpadeado ante mi insistencia en los cinco millones de euros. -La voz de Grumer tenía un tono pagado de sí mismo que le gustaba cada vez menos.
– ¿Hay algo más? -preguntó.
– Si recuerdo correctamente, durante los años sesenta circuló una historia muy extendida referente a que Josef Loring había colaborado con los nazis. Pero después de la guerra consiguió forjar buenos contactos con los comunistas checoslovacos. Estupendo truco, vaya que sí. Supongo que sus fábricas y fundiciones eran alicientes poderosos para las amistades duraderas. Se decía, creo, que Loring había encontrado el escondrijo donde Hitler había ocultado la Habitación de Ámbar. Las gentes de esta zona juraban que Loring la visitó varias veces con equipos para excavar con discreción las minas, antes de que el Gobierno se hiciera con el control. Imagino que en una encontró los paneles de ámbar y los mosaicos florentinos. ¿Se trataba de nuestra cámara, Margarethe?
– Herr Doktor, ni admito ni niego nada de lo que ha dicho, aunque a la lección de historia no le falta atractivo. ¿Qué hay de Wayland McKoy? ¿Ha terminado su actual aventura?
– Pretende excavar la otra abertura, pero no encontrará nada. Algo que usted ya sabe, ¿correcto? Yo diría que la excavación ha terminado. Y ahora, ¿ha traído el pago del que hablamos?
Suzanne estaba cansada de Grumer. Loring tenía razón. Era un hijo de puta codicioso. Otro cabo suelto. Uno que requería su atención inmediata.
– Tengo su dinero, Herr Grumer.
Buscó en el bolsillo de la chaqueta y cerró la mano derecha alrededor de la culata estriada de la Sauer, cuyo silenciador ya estaba adosado al corto cañón. Algo pasó de repente sobre su hombro izquierdo y golpeó el pecho de Grumer. El alemán lanzó un gemido, trastabilló hacia atrás y se desplomó sobre el suelo. Bajo la pálida luz del altar, Suzanne reparó inmediatamente en la empuñadura de jade de color lavanda con una amatista en el pomo.
Christian Knoll saltó desde el coro al suelo de piedra de la nave con una pistola en la mano. Ella desenfundó su propia arma y se arrojó tras el podio, con la esperanza de que el nogal tuviera más de madera maciza que de chapado.
Se arriesgó a echar un rápido vistazo.
Knoll realizó un disparo silenciado y la bala rebotó en el podio, a centímetros de su cara. Se echó hacia atrás y se encogió cuanto pudo detrás del podio.
– Tuviste mucha inventiva en la mina, Suzanne -dijo Knoll.
El corazón de la mujer latía desbocado.
– Solo hacía mi trabajo, Christian.
– ¿Por qué fue necesario matar a Chapaev?
– Lo siento, amigo mío, no puedo entrar en detalles.
– Es una lástima. Esperaba conocer tus motivos antes de matarte.
– Aún no estoy muerta.
Pudo oír la risa entre dientes de Knoll. Una risa enfermiza que resonó en el silencio.
– Esta vez estoy armado -dijo Knoll-. El regalo de Herr Loring, de hecho. Un arma muy precisa.
La cz-75b. Cargador de quince balas. Y solo había usado una. Le quedaban catorce oportunidades para matarla. Demasiadas, se mirara como se mirara.
– Aquí no hay tubos fluorescentes a los que disparar, Suzanne. De hecho, tampoco hay ningún sitio donde ir.
Con terror malsano, ella comprendió que su enemigo estaba en lo cierto.
Paul no había oído más que fragmentos dispersos de la conversación. Era obvio que sus reservas iniciales acerca de Grumer se habían demostrado ciertas. Parecía que el Doktor había estado jugando a dos bandas y acababa de descubrir el precio que en ocasiones se cobraba el engaño.
Contempló horrorizado la muerte de Grumer y el enfrentamiento de los dos rivales, los disparos amortiguados que cruzaban la iglesia como golpes de almohadón. Rachel se encontraba detrás de él y miraba por encima de su hombro. Estaban totalmente quietos, por miedo a revelar su presencia. Paul sabía que tenían que salir de la iglesia, pero esta salida debía producirse en el más absoluto silencio. Al contrario que los dos pistoleros de la nave, ellos estaban desarmados.
– Ese es Knoll -le susurró Rachel al oído.
Ya se lo había imaginado. Y la mujer era sin duda Jo Myers, o Suzanne, tal y como Knoll la había llamado. Había reconocido la voz al instante. Era evidente que ella había matado a Chapaev, ya que no había negado la alegación cuando Knoll le había preguntado al respecto. Rachel se apretaba contra él. Estaba temblando. Paul alargó la mano y le apretó la pierna contra la suya para tratar de calmarla. Pero su propia mano también temblaba.
Knoll se agazapó tras la segunda hilera de bancos. Le gustaba aquella situación. Aunque su oponente no estaba familiarizada con la distribución de la iglesia, estaba claro que Danzer no tenía ningún sitio al que ir sin que él dispusiera de al menos algunos segundos para disparar.
– Dime algo, Suzanne. ¿Por qué la explosión de la mina? Nunca antes habíamos cruzado esa línea.
– ¿Qué pasa, que te fastidié el plan con esa Cutler? Probablemente fueras a follárterla y después a matarla, ¿verdad?
– Ambas ideas se me pasaron por la cabeza. De hecho, estaba preparándome para lo primero cuando nos interrumpiste de forma tan grosera.
– Lo siento, Christian. Pero, en realidad, esa Cutler tendría que darme las gracias. Vi que sobrevivió a la explosión. No creo que hubiera tenido tanta suerte con tu cuchillo. Como nuestro amigo Grumer, ¿eh?
– Como dices tú, Suzanne, solo estaba haciendo mi trabajo.
– Mira, Christian, quizá no debamos llevar esto al extremo. ¿Qué te parece una tregua? Podemos volver a tu hotel y liberar sudando las frustraciones. ¿Qué me dices?
Tentador. Pero aquel era un asunto serio y Danzer no hacía más que ganar tiempo.
– Vamos, Christian. Te garantizo que será mejor que cualquier cosa que hayas hecho con esa puta mimada de Monika. Nunca hasta ahora has tenido motivo de queja.
– Antes de considerarlo, quiero algunas respuestas.
– Haré lo que pueda.
– ¿Qué hace tan importante a esa habitación?
– No puedo hablar de eso. Reglas, qué te voy a decir.
– Los camiones están vacíos. Ahí no hay nada. ¿A qué tanto interés?
– Misma respuesta.
– Tenéis untado al conserje de los registros de San Petersburgo, ¿correcto?
– Por supuesto.
– ¿Sabías desde el principio que había ido a Georgia?
– Creí que hice un buen trabajo ocultándome. Es evidente que no.
– ¿Estabas en la casa de Borya?
– Por supuesto.
– Si no le hubiera roto yo el cuello al viejo, ¿lo habrías hecho tú?
– Me conoces demasiado.
Paul estaba pegado al telón cuando oyó a Knoll admitir que había matado a Karol Borya. Rachel lanzó un jadeo y dio un paso atrás. Este movimiento lo empujó a él hacia delante y provocó una ondulación del paño. Paul comprendió que el movimiento y el sonido de Rachel bastarían para atraer la atención de ambos combatientes. Al instante empujó a Rachel hacia el suelo, se volvió en medio del salto y absorbió la mayor parte del impacto con el hombro derecho.
Knoll oyó un jadeo y vio moverse el telón. Realizó tres disparos contra el terciopelo, a la altura del pecho.
Suzanne vio moverse el telón, pero su interés principal era salir de la iglesia. Usó el momento de los disparos de Knoll para realizar uno en su dirección. La bala se estrelló en uno de los bancos. Vio cómo Knoll rodaba para ponerse a cubierto, de modo que saltó hacia las sombras del altar elevado y se encaramó a una arcada a oscuras.
– Vamos -vocalizó Paul mientras ponía a Rachel en pie y corrían hacia la puerta. Las balas habían atravesado el paño y habían encontrado piedra. Esperaba que Knoll y la mujer estuvieran demasiado preocupados entre ellos como para molestarse en perseguirlos. O quizá hicieran equipo contra lo que podía considerarse un enemigo común. No pensaba quedarse allí a ver qué camino decidían tomar los dos asesinos.
Llegaron hasta la puerta.
El hombro le dolía muchísimo, pero la adrenalina que corría por sus venas operaba como anestésico. Salieron al pasillo que había tras la iglesia.
– No podemos volver al patio -dijo-. Allí seríamos blanco fácil.
Se volvió hacia una escalera que conducía arriba.
– Vamos -dijo.
Knoll vio cómo Danzer saltaba hacia la arcada, pero los pilares, el podio y el altar le impedían lograr un disparo claro, y las sombras tampoco ayudaban. Sin embargo, en ese momento estaba más interesado en los que se ocultaban tras el telón. Él había entrado en la iglesia del mismo modo, subiendo la escalera de madera en el extremo del pasillo hasta el coro.
Se acercó con cautela al telón y echó un vistazo con el arma preparada.
No había nadie.
Oyó que una puerta se abría para luego cerrarse. Se acercó rápidamente al cuerpo de Grumer y recuperó el estilete. Limpió la hoja y la devolvió a la manga.
Una vez hecho esto, apartó el telón y siguió a su presa.
Paul abría el camino escaleras arriba sin dedicar una segunda mirada a las imágenes fantasmales de reyes y emperadores que decoraban el camino con sus historiados marcos. Rachel no perdía el paso tras él.
– Ese hijo de puta mató a papá -dijo.
– Lo sé, Rachel. Pero ahora mismo estamos en un buen lío.
Se volvió al llegar al descansillo y prácticamente subió a saltos el último tramo. Oyó que una puerta se abría tras ellos. Se quedó inmóvil, detuvo a Rachel y le tapó la boca con la mano. Desde abajo se oían pasos. Lentos. Firmes. En su dirección. Pidió silencio con un gesto y avanzó de puntillas hacia la izquierda, el único camino posible, hacia la puerta cerrada que había al otro extremo.
Intentó bajar el picaporte.
Se abrió.
Abrió la puerta lentamente hacia dentro y se coló.
Suzanne se encontraba en un cubículo oscuro tras el altar elevado, rodeada por el fuerte olor del incienso dulce procedente de los dos cuencos de metal que había contra la pared. Vestimentas eclesiales coloristas colgaban en dos hileras de unas perchas metálicas. Tenía que acabar lo que Knoll había empezado. No había duda de que ese hijo de puta la había superado. Le preocupaba cómo había podido dar con ella. Había tenido cuidado al dejar el hotel y había comprobado su espalda repetidamente durante el ascenso a la abadía. Nadie la había seguido, de eso estaba segura. No. Knoll ya estaba en la iglesia, esperando. ¿Pero cómo? ¿Grumer? Posiblemente. Le preocupaba que Knoll conociera sus asuntos de forma tan precisa. Se había estado preguntando por qué no la había perseguido tras salir de la mina. La cara de frustración de Knoll al quedar atrás en la excavación no había sido tan satisfactoria como cabría esperar.
Lanzó una mirada a través de la arcada.
Knoll seguía en la iglesia y tenía que encontrarlo y solventar aquella cuestión. Es lo que Loring hubiera querido. Se acabaron los cabos sueltos. Se asomó y vio que su rival desaparecía tras un telón. Una puerta se abrió y se cerró.
Oyó pasos que subían por unas escaleras. Con la Sauer en mano se dirigió con cautela hacia la fuente del sonido.
Knoll oyó los débiles pasos sobre él. Fuera quien fuese, había subido las escaleras.
Lo siguió con la pistola preparada.
Paul y Rachel se encontraban dentro de un espacio cavernoso. Una señal vertical proclamaba en alemán «Marmoren Kammer» y la leyenda en inglés que había debajo lo traducía como «Salón de mármol». Las columnas de mármol, dispuestas regularmente alrededor de las cuatro paredes, se elevaban más de doce metros y estaban decoradas con pan de oro y colores como el melocotón pálido y el gris claro. El techo estaba decorado con magníficos frescos donde se veían representaciones de carros, leones y héroes, como Hércules. Una pintura arquitectónica tridimensional enmarcaba la habitación y creaba en las paredes una ilusión de profundidad. El motivo podría haber resultado interesante de no ser porque era bastante probable que los persiguiera un hombre con una pistola.
Avanzaron sobre las baldosas ajedrezadas con él a la cabeza. Cuando pisaron una rejilla de bronce notaron el aire caliente que entraba en el salón. Al otro lado los esperaba una puerta muy ornamentada. Por lo que Paul podía determinar, se trataba de la única salida.
La puerta por la que habían entrado se abrió de repente hacia dentro.
Paul abrió en ese mismo instante la puerta que tenía frente a él y se deslizaron hacia una terraza redondeada. Más allá de la gruesa balaustrada de piedra, la negrura se extendía sobre la confusión de Stod. El firmamento estaba cuajado de estrellas. Tras ellos, la fachada blanca y ámbar bien iluminada se alzaba sombría contra la noche. Leones y dragones de piedra miraban hacia abajo y parecían montar guardia. Sintieron una brisa gélida. La terraza, lo bastante ancha como para permitir el paso de diez hombres, se curvaba en forma de herradura y terminaba en otra puerta en el extremo opuesto.
Paul condujo a Rachel hasta llegar a ella.
Estaba cerrada con llave.
A su espalda, la puerta que acababan de atravesar comenzó a abrirse. Paul miró rápidamente a su alrededor y vio que no había ningún sitio adonde ir. Más allá de la barandilla solo los esperaba una caída de cientos de metros hasta el río.
Rachel parecía pensar lo mismo. Lo miró con lágrimas en los ojos.
¿Iban a morir?
Knoll abrió la puerta y vio que conducía a una terraza abierta exterior. Se quedó quieto. Danzer seguía acechando en algún lugar a su espalda. Pero quizá hubiera abandonado la abadía. No importaba. En cuanto identificara quién más había en la iglesia, se dirigiría directamente hacia el hotel de su rival. Si no la encontraba allí, ya la alcanzaría en otro sitio. Esta vez no iba a desaparecer.
Se asomó por el borde de la recia puerta de roble y escudriñó la terraza. Allí no había nadie. Salió y cerró la puerta, tras lo que cruzó el ancho lazo. A medio camino lanzó un vistazo rápido hacia un lado. Stod resplandecía a la izquierda y delante tenía el río, aunque a una larga caída de distancia. Llegó hasta la otra puerta y comprobó que estaba cerrada.
De repente, al otro lado del lazo, la puerta del Salón de Mármol se abrió de golpe y Danzer saltó a la noche. Él se arrojó tras la barandilla de piedra y sus gruesos soportes.
Dos disparos apagados lo buscaron.
Dos balas fallaron.
Devolvió el fuego.
Danzer realizó un disparo más. Las esquirlas de piedra lo cegaron momentáneamente. Se arrastró hacia la puerta más cercana. La cerradura de hierro estaba cubierta de óxido. Disparó dos veces contra el picaporte y el mecanismo cedió.
Abrió la puerta de un tirón y entró a toda velocidad.
Suzanne decidió que ya era suficiente. Había visto abrirse la puerta en el otro extremo de la herradura. No vio entrar a nadie, así que debía de ser
Knoll, arrastrándose. Los espacios se iban reduciendo y Knoll era demasiado peligroso como para seguir persiguiéndolo abiertamente. Ahora sabía que estaba en las plantas superiores de la abadía, de modo que lo más inteligente era deshacer sus pasos y bajar a la ciudad antes de que su rival tuviera la ocasión de encontrar el modo de salir. Suzanne tenía que salir de Alemania, preferiblemente en dirección al castillo Loukov y la seguridad de Ernst Loring. Su trabajo allí ya había concluido. Grumer estaba muerto y, como en el caso de Karol Borya, Knoll le había ahorrado el problema. El lugar de la excavación parecía seguro, de modo que lo que estaba haciendo ahora parecía una temeridad.
Se volvió y atravesó el Salón de Mármol a toda velocidad.
Rachel colgaba del frío soporte de piedra de la barandilla. Paul se balanceaba a su lado, aferrado desesperadamente a su propio soporte. Había sido idea de ella saltar por encima de la balaustrada y colgarse mientras su perseguidor recorriera la herradura. Bajo sus botas, Rachel no veía más que una catarata de negrura. Un fuerte viento los sacudía y su agarre se debilitaba por momentos.
Oyeron horrorizados cómo las balas rebotaban en la terraza y se perdían en la noche gélida, y rezaron para que quien fuera que los estuviera siguiendo no mirara hacia un lado. Paul había conseguido echar un vistazo cuando alguien abrió la puerta más cercana a balazos y entró a rastras. «Knoll», había vocalizado. Pero durante el último minuto no había habido más que silencio. No se oía nada extraño.
A Rachel le dolían los brazos.
– No podré aguantar mucho más -susurró.
Paul se arriesgó a echar otro vistazo.
– No hay nadie. Sube.
Paul apoyó la pierna derecha y se alzó sobre la barandilla. Después se asomó y la ayudó a subir. Una vez en terreno firme, ambos se apoyaron en la piedra fría y contemplaron el río.
– No me puedo creer que hayamos hecho eso -dijo ella.
– Tengo que estar loco para encontrarme metido en esto.
– Creo recordar que fuiste tú quien me arrastró aquí arriba.
– No me lo recuerdes.
Paul abrió un poco la puerta medio cerrada y ella lo siguió al interior. La estancia era una elegante biblioteca cubierta desde el suelo hasta el techo con estanterías talladas de nogal reluciente. Todo era dorado, al estilo barroco. Atravesaron una reja de hierro y recorrieron rápidamente el suelo de tarima. Había un enorme globo de madera a cada lado, situados en sendos espacios entre estanterías. El aire cálido olía a cuero añejo. Un rectángulo de luz amarilla se extendía desde un umbral al otro lado de la biblioteca. Más allá se alcanzaba a ver el final de otra escalera.
Paul señaló hacia delante.
– Por ahí.
– Knoll ha entrado aquí -le recordó ella.
– Ya lo sé. Pero después de ese tiroteo debe de haberse largado.
Rachel siguió a Paul hacia la salida de la biblioteca y descendieron la escalera. El pasillo oscuro que los esperaba abajo doblaba inmediatamente hacia la derecha. Ella esperaba que en algún lugar hubiera una puerta que condujera hacia el patio interior. Vio cómo Paul llegaba abajo y se volvía, y entonces una sombra surgió como el rayo de la oscuridad y Paul cayó al suelo.
Una mano enguantada le rodeó a ella la garganta.
Fue levantada desde el último escalón y aplastada contra la pared. Se le nubló la visión y cuando logró enfocarla de nuevo contempló directamente los ojos salvajes de Christian Knoll, que le había puesto la hoja del cuchillo en el cuello.
– ¿Es ese su ex marido? -Sus palabras eran un susurro gutural, su aliento cálido-. ¿Ha venido a rescatarla?
Rachel se arriesgó a mirar a Paul, que yacía sobre el suelo de piedra. Estaba inmóvil. Volvió a mirar a Knoll.
– Quizá le cueste creerlo, pero no tengo queja alguna respecto a usted, Frau Cutler. Matarla sería sin duda lo más eficiente, pero no tiene por qué ser lo más astuto. Primero la muerte de su padre y después la suya. Y en tan breve plazo. No. Por mucho que me gustara librarme de una molestia, no puedo matarla. Así que, por favor…, márchese a casa.
– Usted mató… a mi padre.
– Su padre comprendía los riesgos que asumió en la vida. Incluso parecía disfrutar de ellos. Debería haber seguido usted el consejo que le dio. Estoy bastante familiarizado con la historia de Faetón. Un relato fascinante acerca del comportamiento impulsivo. La desesperanza de la generación mayor al tratar de educar a la más joven. ¿Qué le dijo el dios del Sol a Faetón? «Mírame a la cara si puedes, mira en mi corazón y allí verás la sangre y la pasión ansiosas de un padre.» Escuche el consejo, Frau Cutler. Puedo cambiar fácilmente de idea. ¿Quiere acaso que esos preciosos hijos suyos lloren lágrimas de ámbar si un rayo acaba con usted?
De repente, Rachel visualizó a su padre en el ataúd. Lo había enterrado con su chaqueta de tweed, la misma con la que había acudido ante el tribunal el día en que ella le concedió el cambio de nombre. Nunca se había creído la simple caída por las escaleras. Y ahora su asesino estaba allí, apretado contra ella. Se sacudió e intentó asestarle un rodillazo en la entrepierna, pero la mano que le rodeaba el cuello se apretó y el cuchillo perforó la piel.
Rachel se paralizó e inspiró entre dientes.
– Mal, mal, Frau Cutler. Nada de eso.
Knoll liberó la mano de la garganta, pero mantuvo la hoja firme bajo el mentón. Con la palma le recorrió el cuerpo, hasta la entrepierna, de donde la agarró con fuerza.
– Sé que me encuentra misterioso. -La mano ascendió y le masajeó los pechos a través del jersey-. Es una pena que no disponga de más tiempo.
De repente, le pellizcó con fuerza el pecho derecho y lo retorció.
El dolor obligó a Rachel a envararse.
– Siga mi consejo, Frau Cutler. Vuelva a casa. Tenga una vida feliz. Críe a sus hijos. -Señaló con la cabeza a Paul-. Satisfaga a su ex marido y olvídese de todo esto. No es de su incumbencia.
– Usted… mató… a mi padre… -logró repetir a pesar del dolor.
La mano derecha de Knoll le soltó el pecho y voló hacia el cuello.
– La próxima vez que nos veamos le rajaré la garganta. ¿Me entiende?
Ella no respondió. La punta del cuchillo profundizó un poco más. Rachel quería gritar, pero era incapaz.
– ¿Me entiende? -repitió Knoll lentamente.
– Sí -logró pronunciar.
Knoll retiró el cuchillo y la sangre comenzó a manar de la herida en el cuello. Rachel se quedó rígida, apoyada contra la pared. Estaba preocupada por Paul, que todavía no se había movido.
– Haga lo que le he dicho, Frau Cutler.
Knoll se volvió para marcharse.
Rachel saltó a por él.
La mano derecha del asesino trazó un arco y el mango del cuchillo la golpeó con fuerza debajo de la sien derecha. Rachel no podía ver más que un destello blanco y el pasillo comenzó a dar vueltas. La bilis estalló en su garganta. Entonces vio a María y a Brent que corrían hacia ella con los brazos abiertos. Movían la boca, pero la negrura que se apoderó de ella tornó las palabras inaudibles.