Introducción

Dos rasgos fundamentales del carácter ruso, la preferencia por lo maravilloso y por la libertad, se manifiestan en la ciencia-ficción soviética. Sus raíces ahondan profundamente en la vida social y política de la Rusia anterior a 1917. Desde 1911, mucho antes de la aparición de revistas especializadas americanas, se publicaba mensualmente en Rusia una revista de ciencia-ficción, El mundo de las aventuras. Ricamente ilustrada, impresa en buen papel, la revista se nutría principalmente de traducciones. En ella fueron dados a conocer Julio Verne, Robida, Wells, Paul d'Ivoi y muchos otros autores alemanes, italianos y polacos.

El mundo de las aventuras publicaba también trabajos inéditos de autores rusos de ciencia-ficción, como Alasantrev y Pervuchin, En 1912 ofreció las primicias de un notabilísimo cuento de ciencia-ficción, escrito por uno de los principales autores rusos de la época, Alejandro Kuprin. Este relato, titulado El sol líquido, resulta, aun en nuestros días, de una modernidad extraordinaria. Está basado en la idea de licuefacción de la luz y la constitución de un líquido formado por fotones de energía, y no por moléculas de materia. Por otra parte, parece que un líquido de esta naturaleza existe, efectivamente, en algunas estrellas. Sin contar con que la conquista de la energía solar, como se la imaginaba Kuprin, está a punto de convertirse en realidad actualmente. Los más recientes satélites artificiales están alimentados con energía solar.

La revolución del 1917 dio vida en seguida a una abundante literatura de ciencia-ficción, de carácter extremadamente utópico. Pero su base era netamente soviética, porque el torrente de traducciones se había suspendido por la interrupción de las relaciones con Occidente. El mundo de las aventuras, sin embargo, continuó apareciendo, aunque en un papel menos elegante. Mientras tanto, otras revistas de ciencia- ficción, como El Buscador Universal, entraron en liza. Y se multiplicaban las novelas, publicadas, no sólo en la URSS, sino también en el extranjero. Ilja Eremburg, por ejemplo, el más célebre, quizá, de los escritores soviéticos del momento y que en aquella época residía en Berlín, dio a la imprenta, entre 1919 y 1924, más de una novela de ciencia-ficción, una de ellas por lo menos, excelente: El trust D. E. (D. E. son las iniciales de dos palabras rusas que quieren decir «abajo Europa».) Esta novela de anticipación describía la conquista de Europa por el capitalismo americano en términos singularmente proféticos. Ahora es absolutamente imposible encontrarla. Es de esperar que un editor tenga la sagacidad de editarla de nuevo.

En aquella época heroica de la ciencia-ficción soviética, las dos obras más célebres fueron las del gran Aleksej Tolstoj: Aelita, y La hipérbola del ingeniero Garin. La primera es un relato fantástico sobre un viaje a Marte a bordo de un cohete. La segunda cuenta la lucha que se desarrolla en torno a un invento, que recuerda mucho al «rayo de fuego» de Wells. Hace poco, un aparato semejante, destinado a cortar las planchas de blindaje, ha sido construido en una fábrica moscovita, y no hay que asombrarse de que haya sido presentado a la Prensa justamente con «la hipérbola del profesor Garin».

Entre los otros autores de la época heroica (1921–1925) de la ciencia-ficción rusa, hay que citar también a Valentín Kataev (que es el autor de Tiempo adelante, además de Los disipadores y de Blanquea una vela solitaria) y G. Bulgakov. Kataev se ha convertido de inmediato en uno de los más autorizados exponentes de la literatura soviética. La carrera de Bulgakov ha sido, sin embargo, menos afortunada. A pesar de ello, uno de sus relatos, al menos, Los huevos malditos, es verdaderamente notable. Durante un experimento científico, un zoólogo descubre casualmente unos huevos de reptiles prehistóricos. Los huevos son incubados y los reptiles que salen de las cáscaras se pasean por la tranquila campiña rusa, a pesar de las medidas draconianas tomadas por las autoridades.

Fue también en esta época heroica cuando el público soviético conoció a K. Ciolkovskij (1857–1935). En sus relatos de ciencia-ficción, la fantasía no ocupa realmente mucho sitio. Los personajes humanos son pocos, la acción nula. Todo lo más, se trata de sueños, monólogos en voz alta. De todas formas, sus páginas no merecen el olvido. Otro científico eminente, el académico Obrucev, también escribía relatos de ciencia-ficción por aquellos años. Obrucev fue geólogo, geógrafo y explorador. Destacó entre los más importantes de nuestro siglo. Sus obras literarias son más bien ingenuas, y, en ciertos aspectos, pueden recordar al americano Edgar Rice Burroughs, el inventor de Tarzán. Obrucev describe civilizaciones perdidas en tierras desconocidas o, a veces, en las entrañas de nuestro globo. Con ocasión de una reciente reedición de sus obras, Obrucev (que ha muerto en 1959, a los noventa y cinco años) escribió un prólogo, en el que admitía que la mayor parte de las hipótesis formuladas por él en aquellos libros habían sido desmentidas luego por el progreso científico. Sucede, con frecuencia, en la ciencia-ficción. Pero esto no quita nada al valor poético de la obra de Obrucev.

El final de la edad heroica vio nacer a un verdadero y completo autor de ciencia-ficción, un Julio Verne ruso. Su nombre es Alexandr Beljaev, muerto en 1941 dejando una cuarentena de novelas y un centenar de relatos. Es un escritor muy «verniano». Pero con una diferencia, Beljaev es menos materialista y racionalista que Julio Verne. Escoge temas como la telepatía y la levitación, y da de ellos explicaciones científicas o seudo científicas. Esta curiosa tendencia a un idealismo filosófico es, por lo demás, frecuente en la ciencia-ficción soviética; pero ya tendremos ocasión de volver sobre este punto. Representa, en mi opinión, una reacción contra el materialismo oficial y una manifestación, bastante elocuente, del espíritu de libertad de la fantasía científica. Beljaev ha tocado todos los temas de la ciencia-ficción, pero nunca el del viaje en el tiempo. También en esto tiene puntos de contacto con Verne. Como Verne, Beljaev vive, asimismo, en un universo newtoniano y considera al tiempo como una constante. Las mejores novelas de Beljaev son: Ariel, El salto a la nada, La estrella Kec, El maestro del inundo, El hombre anfibio y El último superviviente de la Atlántida.

Uno de los libros menores de Beljaev, La guerra en el éter, conoció un momento de celebridad, al saberse que el Pentágono estaba buscando un ejemplar a cualquier precio. Los estrategas americanos creyeron ver en él una anticipación de la derrota militar de Estados Unidos, victimas de un ataque de cohetes rusos apoyados por la aviación y las armas electrónicas. Pero La guerra en el éter termina con un brusco despertar del protagonista. Sólo ha sido un sueño, una pesadilla, y en el mundo de la realidad, las dos grandes democracias, URSS y USA, no corren ningún peligro de hacerse la guerra una a la otra. Esperemos que, en este punto, Beljaev se haya mostrado un buen profeta. De pasada, indiquemos también que esta conclusión imita la de La guerra infernal, de los franceses Giffardy Robida.

Como la obra de Julio Verne, la de Beljaev es extremadamente sólida. Anticipa poco, y de forma racional e inteligente. Se encuentran en ella pocos errores científicos.

Al igual que Verne, Beljaev se permite, a veces, asombrosas intuiciones poéticas. Fue, probablemente, el primer autor de ciencia-ficción que hizo resaltar que en la luna no hay noche, porque las rocas lunares remiten, por fluorescencia, la luz solar absorbida. Tal fluorescencia fue descubierta, efectivamente, más tarde. Políticamente se ha mostrado buen profeta, en particular en lo que concierne al nazismo en Alemania, En cuanto a los valores de estilo, la obra de Beljaev es sólo honesta. Pero ha provocado muchas vocaciones científicas por lo que merece ser considerada como uno de los fundamentos, una gran etapa de la ciencia-ficción.

Entre los grandes autores mundiales del género, sólo uno ha ejercido una influencia que pueda ser comparada con la de Beljaev: el americano Robert Heinlein. La vida de Beljaev fue un ejemplo de valor. Nació el 22 de marzo de 1884, en Smolensko. Soñó en ser el primer hombre que pudiese volar con alas propias, el primero capaz de construir una máquina volante cuya fuente de energía fuesen los músculos humanos. Los especialistas no han considerado una máquina volante de esa clase del todo imposible; se han realizado tentativas en Inglaterra y con cierto éxito. A los catorce años, Beljaev intentó el primer experimento, saltando desde el techo. Se rompió la columna vertebral. No se pudo levantar de la cama hasta 1922, y durante el resto de su vida llevó un chaleco ortopédico. Su enfermedad tuvo frecuentes recaídas y empeoramientos, pero eso no le impidió ser el primer director de un asilo de infancia; luego, inspector de policía, bibliotecario y consejero jurídico de un ministerio. A partir de 1925 se dedicó exclusivamente a la ciencia-ficción. Casi nunca salía, y trabajaba con una energía implacable. Murió de hambre durante la guerra, el 6 de enero de 1942. Se mantenía al corriente de todas las novedades científicas con admirable celo. No dudaba en inventar, pero siempre partiendo de datos exactísimos. En su novela El ojo submarino, aparecida en 1935, describe la televisión submarina con tal precisión, que algunas de sus páginas podrían muy bien haberse publicado en una obra de divulgación de 1960. En general, las novelas de Beljaev se desarrollan en nuestros días. Pero hay excepciones. Por ejemplo, El laboratorio W está ambientada en el año 2000, y en ella está descrita una de las posibles civilizaciones futuras de la ciencia-ficción. En el mismo libro se encuentran ideas notabilísimas sobre la posibilidad de una prolongación de la vida humana.

Es natural, por lo tanto, que Beljaev se interesase por la obra de Julio Verne. En efecto, fue él el primer traductor en ruso del relato, poco conocido, de Verne que se titula La jornada de un americano en el año 2889.

Bajo ciertos aspectos, algunos relatos de Beljaev recuerdan también la divulgación de la física hecha por el americano Georges Gamow. Igual que Gamow, Beljaev imagina una variación local de las leyes naturales: la velocidad de la luz disminuye, cambia el peso, un trozo de materia de una estrella blanca enana llega a la tierra. En conjunto, la obra de Beljaev merece, ampliamente, el esfuerzo de una traducción.

Aunque la obra de Beljaev sea válida en su conjunto, es difícil señalar una obra maestra entre sus novelas o relatos. Por el contrario, la novela de Jurij Dolguzin El generador milagroso merece ese título. Publicada en el suplemento de un periódico en 1949, fue reeditada en 1959, tras cuidadosos retoques realizados por el autor. El libro viene precedido de un prólogo, en el que el autor reivindica para el escritor de ciencia-ficción el derecho a crear pasados imaginarios y universos paralelos. La obra ha sido bien acogida por la crítica soviética. Y su lanzamiento no se ha hecho en una colección para muchachos, sino a través de la Casa Editorial Pedagógica, de seriedad reconocida.

El caso es sorprendente, porque la novela se apoya en argumentos netamente «idealistas». Trata, en efecto, de lo que los americanos llaman «parasicología» o, directamente, «psionica». El tema es el de la telepatía, o sea, el de la transmisión del pensamiento, el poder del pensamiento a distancia y hasta de la resurrección de los muertos. Aún más, la base intelectual de la novela reside menos en la ciencia-ficción que en la alquimia. Ciertas ideas sobre la vida de la materia podrían ser suscritas por alquimistas modernos, como Eugenio Canceliet o Rene Alleau. La novela tiene, además, características absolutamente extraordinarias, por la complejidad de la intriga, el nivel del «suspense», la descripción de los personajes. El estilo es notable. Se trata, pues, de una auténtica obra de arte de la ciencia-ficción, de una obra fundamental. El autor nació, en 1896, en el Caucazo. Su abuelo había sido un celebérrimo revolucionario, que murió en las prisiones del zar. Dolguzin combatió con los partisanos en la guerra contra los blancos hasta 1921. Empezó a escribir en 1925 y la primera versión de El generador milagroso lleva la fecha de 1936. Fue llamado a las armas en 1941. Cayó herido en 1942. En el hospital escribió un relato, Con un fusil contra los carros armados, que aquel mismo año obtuvo un premio literario. Terminada la guerra, se ocupó, principalmente, de divulgación científica, y se hizo célebre por dos libros de esta especialidad: En las fuentes de la nueva biología y En el corazón del mundo viviente. Lo que más impresiona en El generador milagroso es la enorme cultura del autor, tan a sus anchas en la electrónica como en la biología. Una cultura de esa clase falta en la mayor parte de los autores occidentales, Si el autor de El generador milagroso tuviese en su haber una obra conjunta más importante, seria, sin duda, un grande de la ciencia-ficción a escala mundial. Pero aparte de El generador milagroso, sólo nos ha dado hasta ahora un largo relato: El secreto de la invisibilidad. Demasiado poco para que sea posible incluir al autor en el grupo, por otra parte muy restringido, de los maestros de la ciencia-ficción. Sin embargo, esta calificación puede aplicarse con todo merecimiento a otro escritor, del que hablaremos ahora: I van Efremov.

Efremov es paleontólogo. La paleontología es una disciplina científica que, con frecuencia, proporciona excelentes autores a la ciencia-ficción. Por ejemplo, el mejor autor del género en Francia, Francis Carsac, es también paleontólogo y antropólogo. La obra de Efremov es considerable. Un relato suyo, El camino de diamantes, publicado en 1941, ha provocado búsquedas y expediciones científicas que han conducido al descubrimiento de inmensos yacimientos de diamantes en Siberia. Esta ha sido una de sus mejores anticipaciones. Una de las colecciones de narraciones de Efremov, Relatos de ciencia-ficción, ha sido traducida a veintitrés lenguas, incluido el japonés. Pero los títulos de Efremov, para el puesto de grande de la ciencia-ficción rusa (y, de paso, de la literatura soviética contemporánea) reposan sobre tres obras: Naves de estrellas, La nebulosa de Andrómeda y El corazón de la serpiente. La nebulosa de Andrómeda es una novela; las otras dos constituyen largas narraciones. Las «naves de estrellas» de que habla Efremov no son astronaves, sino galaxias. La astronomía moderna demuestra que las galaxias, las vías lácteas, sólo son un gas, y que se mueven y, a veces, se acercan unas a otras. Efremov imagina que hace millones de años una galaxia había atravesado la nuestra. Tales colisiones se producen realmente y constituyen una de las fuentes de los rayos electromagnéticos celestes. Efremov supone que, en el momento de una de estas colisiones, una estrella se acercó a nuestro Sol, hecho suficiente para producir una relación entre ambos sistemas. Seres inteligentes de otra galaxia descendieron así a una Tierra de la que el hombre aún estaba ausente, mataron a algún dinosaurio y dejaron su imagen incisa en una plancha de metal sensible a las radiaciones nucleares. Esta plancha será descubierta y estudiada por dos científicos de nuestra época, y así sabrá el hombre — con absoluta certeza— que no se halla solo en el universo. Esta será la prueba de que otras mentes, otras inteligencias, existen en el gran cielo estrellado. El relato es una de las obras maestras del realismo fantástico. Su posibilidad es perfecta, y abre, incluso, otros horizontes absolutamente inéditos. Cualquiera que lo haya leído una vez verá, desde entonces, el universo con un aspecto nuevo.

La nebulosa de Andrómeda es una obra larga e infinitamente más ambiciosa que Naves de estrellas. Ha sido violentamente atacada por una parte de la Prensa soviética y, de modo particular, por el influyente Periódico Industrial y Económico. El motivo es que se trata de una novela desarrollada en un futuro tan lejano, que nuestros actuales conceptos políticos y los nombres de los grandes hombres de nuestra época ya han sido olvidados. Nadie se acuerda ya de Kruschev, ni de Marx, ni de Lenin. Pero los nombres de los dioses griegos están siempre presentes en los labios y en la memoria de los hombres, porque la belleza y el ideal son inmortales. En este mundo futuro, el hombre ya no está solo. La televisión interestelar le pone en contacto con otros planetas, habitados por seres que son superiores a él. Poco después de la publicación de La nebulosa de Andrómeda, los americanos pusieron en práctica un proyecto destinado precisamente a realizar un enlace radiofónico interestelar. He aquí cómo, una vez más, la ciencia-ficción ha triunfado sobre sus detractores.

Efremov describe minuciosamente este mundo futuro. Las ciencias: unas matemáticas sin paradojas; una física dialéctica, una biología que ya ha resuelto los secretos de la vida. Las técnicas: aeronaves que se alimentan de una propulsión proporcionada por una materia en la que las relaciones mesónicas han sido eliminadas, y que permiten viajes a las estrellas; máquinas casi inteligentes; la síntesis de los alimentos. La vida cotidiana de estos hombres y de estas mujeres libres está descargada de las preocupaciones que pesan sobre nosotros, pero no siempre son felices. La nebulosa de Andrómeda, la galaxia más próxima a la nuestra, domina el libro, conjunto de meta y símbolo. Los personajes intentan abolir las barreras del espacio y del tiempo, a fin de abrir en el cosmos una puerta que conduzca directamente a la nebulosa de Andrómeda. Al fin lo conseguirán, pero al precio de una catástrofe.

El corazón de una serpiente es la continuación de La nebulosa de Andrómeda. Los hombres han aprendido a abrir las puertas en el espacio y en el tiempo y sus astronaves penetran en el espacio a millones de años- luz de nuestro Sol. En el corazón de la constelación de la Serpiente, una de estas astronaves encuentra un navío de los grandes galácticos, seres cuya existencia había sido revelada por comunicaciones de radio y que son superiores al hombre, de la misma forma que el hombre es superior al animal. En una bellísima página del libro, los terrestres deciden, finalmente, ponerse en contacto con los grandes galácticos:

«En nuestros viajes a través del espacio nunca hemos matado, ni saqueado, ni colonizado. Nos presentamos ante las otras inteligencias con las manos limpias.»

El contacto se produce, y los hombres ven finalmente, cara a cara, a los grandes galácticos. Pero es necesario que el encuentro tenga lugar a través de una barrera de plástico transparente, pues aunque los grandes galácticos tienen forma humana, su carne está formada de moléculas a base de flúor, y al contacto de su aliento todos los objetos de nuestro mundo correrían el peligro de incendiarse. A pesar de todo, aun a través de esta barrera, se logra establecer contacto espiritual. Los grandes galácticos entregan a los hombres un plano tridimensional, en el que están indicados todos los planetas dotados de oxígeno, habitables para el hombre, con el símbolo universal de este elemento: un núcleo, ocho electrones. En lo sucesivo, la expansión de los hombres en el universo ya no se hará desordenadamente.

Estos tres relatos se hallan muy por encima del nivel internacional de la ciencia-ficción. Están escritos por un adulto para lectores adultos. Son obras nobles en toda la acepción del término.

Efremov es el mejor, pero no el único escritor de ciencia-ficción que presenta a la vez una producción copiosa y de calidad. Si tuviese que indicar al número dos de la clasificación, pensaría inmediatamente en mi amigo Alexandr Kazancev.

Kazancev es, en realidad, más conocido en el mundo del ajedrez que en el de la ciencia-ficción. Los variados problemas ajedrecísticos que ha compuesto le han valido una fama mundial. Y su obra literaria revela que ha sido ideada por un jugador de ajedrez. Las intrigas de las novelas de Kazancev — La isla en llamas, Un sueño ártico, El puente, etc. — son siempre extremadamente complicadas. A mi entender, les perjudica el exceso de complicación. Kazancev da lo mejor de sí mismo con tramas más sencillas. Por ejemplo, su reciente novela, Una carretera en la Luna. Pero en sus obras aparecen también dos características típicas de su autor: el valor y la generosidad. El héroe de El puente crea una asociación para la amistad ruso-americana en un momento político desfavorable, y esto le procura los peores males, Recordaré siempre una frase que Kazancev me dijo durante una discusión que tuvimos en París no hace mucho tiempo. Le rogaba que se convenciera de que entre nosotros había ya hombres del mañana, cuando me contestó:

«Acabo de regresar de una peregrinación al monte Valérien, a las tumbas de los partisanos fusilados. Los que cayeron allí son los proyectiles de la reacción. Aquellos sí eran hombres del futuro. En cualquier parte de la tierra, el hombre del futuro se reconoce en el hecho de que, está dispuesto a luchar y a morir por el futuro.»

El propio Kazancev es un ejemplo de estos hombres siempre dispuestos a luchar por el porvenir. Durante más de diez años se afanó en demostrar que el gran meteorito que en 1908 explotó sobre Siberia era en realidad una astronave ínter planetaria de propulsión nuclear. Esta convicción le ha proporcionado muchas reconvenciones y burlas por parte de los pontífices de la ciencia oficial. Efectivamente, las investigaciones han probado que no es posible encontrar astillas de aquel meteorito, que, sin duda alguna, fue un fenómeno extremadamente anormal. Se explicó que se trataba de un cometa cargado de energía, un trozo de antimateria procedente de un anti universo infinitamente lejano, quizá — ¿quién sabe? — una astronave interplanetaria. Exactamente, lo que Kazancev había dicho desde el principio.

La obra de Kazancev está llena de ideas técnicas perfectamente válidas. Su túnel flotante para unir Estados Unidos y la URSS a través del estrecho de Bering, ha sido tan bien estudiado, que muchos ingenieros se interesaron por él. Su acumulador portátil, que explota la superconductividad, será realidad algún día. Sus personajes no son siluetas o títeres, son seres vivos. Nadie como él ha hecho tanto por la ciencia-ficción, publicando antologías, haciendo traducir autores extranjeros de valor como Ray Bradbury, sosteniendo en Pravda las razones del género. Tiene esperanzas de fundar una revista mensual consagrada únicamente a la ciencia-ficción.

Los escritores de los que hasta aquí hemos hablado, y sobre todo Efremov y Kazancev, atraviesan las fronteras de lo fantástico y las rebasan ampliamente. Pero Vladimir Nemcov y Georgij Gurevic tratan, al contrario, de ajustarse a la realidad y de producir obras que sirven directamente de inspiración a los ingenieros y a los laboratorios científicos de investigación. Se consideran como los «public relations» de la ciencia de vanguardia, como la unión necesaria entre investigadores y soñadores. Lo que no les impide poseer dotes de escritores. Los lectores de esta antología podrán darse cuenta de ello leyendo el relato de Nemcov, La esfera de fuego.

La posición de estos escritores ha provocado en la URSS vivas controversias. Algunas revistas los han acusado de falta de fe y de entusiasmo, así como de ser rápidamente superados por los progresos científicos. Es indudable que mientras Nemcov se afana en describir tas ascensiones en globo estratosférico, los sputniks giran alrededor de la Tierra, los cohetes alcanzan la Luna, los planetas artificiales empiezan a girar alrededor del Sol. Sin embargo, no es menos cierto que las ideas de Nemcov sobre el modo de captar la energía solar expresadas en su novela, Un fragmento de sol, son del todo excelentes. Ni que la idea de Gurevic para explorar los océanos, no con un batiscafo, sino con una máquina extremadamente plana, dotada de circuitos impresos, sin riesgo de aplastamiento, porque la presión es la misma sobre las dos caras, es técnicamente irreprochable. Por lo demás, ambos autores han buscado, como continuación de los recientes progresos de la ciencia, ampliar su registro y lo han conseguido muy bien.

Así Nemcov, en La última etapa desarrolla una tecnología bastante interesante para captar las energías cósmicas. Se envían al espacio cohetes que contienen materia inestable, cuyos núcleos puedan ser activados por rayos cósmicos primarios. Luego se intenta el regreso de dichos cohetes hacia la tierra. Entonces se provocará la desintegración de tal materia, y de ella se extraerá toda la energía. Es energía útil el «carbón» estelar. En torno a esta idea, Nemcov ha concebido una óptima trama de aventuras, aunque haya evitado — como indica expresamente en el prólogo— los monstruos galácticos y las intrigas de espionaje.

Paralelamente, la más reciente novela de Gurevio, Nacimiento de un sexto océano, dedica su atención a un argumento de vanguardia: la transmisión de la energía a distancia a través de la ionosfera. Se aprovecha de ello para exponer un plan sensacional para la potenciación de los países subdesarrollados, gracias a un sistema de suministro directo de energía eléctrica a partir de centrales situadas en los países más progresistas y con el personal técnico necesario. Los receptores son completamente automatizados y emiten de inmediato corriente de tipo clásico, de consumo fácil. Es una idea muy estimulante. Si un día pudiese llevarse a la práctica, no existirían más países subdesarrollados, y muchos de los problemas que nos afligen desaparecerían. Gurevic no es tan buen narrador como Nemcov. En sus novelas no ha sabido evitar los acostumbrados espías extranjeros, tópico que hace perder mucho interés a su libro, cualquiera que sea su ideología política. Pese a todo, El nacimiento de un sexto océano se lee con pasión.

Hemos pasado lista a los cabezas de serie de la ciencia-ficción en la URSS. Además de estos maestros, hay muchos jóvenes, algunos de ellos incluidos también en esta antología. Por ejemplo, Arkadij, Boris Strugakcij, A. Dneprov y Vicktor Saparin. Estos jóvenes son, muy frecuentemente, investigadores científicos, que aprovechan los últimos descubrimientos de laboratorio. Por eso, la más reciente ciencia- ficción soviética es de un tecnicismo extremo, y puede leerse con provecho aun para los especialistas. Es posible al mismo tiempo observar el desarrollo en la URSS un «melodrama del espacio», una fantasía de la aventura científica pura, y hasta la novela de espionaje con base científica.

En las relaciones de la Unión de Escritores soviéticos es fácil leer violentas inventivas contra este género narrativo. Parecería, al leer estas relaciones, que se publiquen en la URSS, especialmente por parte de editores de provincias, obras semejantes en todo a las noveluchas adocenadas y de poco precio que en Francia salen a un ritmo de veinte o treinta al mes. Está claro que existe un total interés en sustituir esta producción decadente por ciencia-ficción de calidad o menos por novelas de aventuras que se lean con gusto. Quizá por esta razón las traducciones de autores americanos como Edmond Hamilton, Murray Leinster y H. Beam Piper, encuentran un merecido éxito en la Unión Soviética.

Aún no existe una revista mensual soviética consagrada únicamente a la ciencia-ficción. El mundo de las aventuras actualmente aparece sólo una vez al año, aunque en la forma de un gran tomo.

Dos revistas mensuales, Técnica para jóvenes y Saber es poder, publican regularmente novelas y relatos de ciencia-ficción. La importante revista tecnológica, Inventores y racionalistas, publica en casi todos los números un relato de ciencia-ficción. Las revistas de literatura general, como Jóvenes o Neva, publican con frecuencia temas sobre fantasía científica. Además, existen un gran número de novelas, de colecciones de relatos, y de antologías. Entre los más recientes volúmenes de relatos, A través del tiempo, de la Zuravleva, tiene interés particular.

En conjunto, la situación de la ciencia-ficción en la URSS es mejor que la estadounidense, donde de treinta y cinco revistas de ciencia-ficción que existían en 1955, sólo quedaban en 1960 unas siete, aproximadamente.

No es raro oír todavía en la URSS cómo adversarios y paladines de la ciencia-ficción expresan un cierto descontento. Todos parecen de acuerdo en afirmar que la producción de ciencia-ficción en la URSS no es aún satisfactoria, en calidad o en cantidad. En el plano cuantitativo, se nota que tal deficiencia obliga a ciertas revistas y periódicos a publicar, como suplemento, obras absolutamente reaccionarias, mal escritas, llenas de espectros, de fantasmas, de vampiros. En el plano de la calidad, la lamentación más frecuente es la falta de personajes humanos, la ausencia, la amplitud de miras y la pobreza de fantasía, la insuficiencia de las construcciones utópicas. Pero me siento tentado de objetar que es preciso ya mucho valor para publicar, en la Unión Soviética, novelas que se desarrollen «después» de la época comunista. Desearía resaltar también que un cierto número de escritores de ciencia-ficción, en particular el Dudincev, de No sólo de pan se vive (1) y de Cuento de Año Nuevo o el Gurevic (2) de ¿Qué tiempo hace bajo tierra? han llegado mucho más allá de la crítica constructiva y de la protesta social de cualquier otro escritor soviético. No es un pequeño título de gloria.

En suma, para terminar, quisiera señalar que, contrariamente a cuanto suele decirse y escribirse, existe también en la Unión Soviética una literatura de fantasía, de imaginación pura, sin justificaciones racionales. Un bellísimo ejemplo de este género es la colección de novelas y relatos de Aleksandr Gris (Grinevskij). En particular, El que corre sobre la ola y El mundo chispeante. Grin, que fue amigo de Gorkij, es ahora admirado e incluso imitado por ciertos jóvenes escritores soviéticos. No debe excluirse la idea que un día no muy lejano se vea aparecer en la URSS una obra semejante a la de la americana Catherine L. Moore.

(1) No es insensato considerar novela de ciencia-ficción a No sólo de pan se vive. En efecto, la estampadora continua de tubos metálicos imaginada en el libro transformaría radicalmente los problemas planteados en la construcción de nuevas ciudades. Por otra parte, una máquina de este tipo ha sido construida por el ingeniero Godenne, en las acerías del Escalda, en Francia. Actualmente está en fase de prototipo.

(2) Una nueva novela de Gurevic, El primer día de la creación ha sido publicada por entregas en Técnica para jóvenes. Se trata de una utopía avanzadísima. Ingenieros planetarios cortan a pedazos los planetas gigantes del sistema solar, para obtener pequeños mundos semejantes a la Tierra y habitables por el hombre. La idea ha sido seriamente propuesta por el astrónomo americano Zwicky. Gurevic se adentra en particulares tecnicismos muy sutiles y crea, además, una serie de personajes válidos desde el punto de vista psicológico, aunque sean muy distintos del género humano terrestre. El primer día de la creación reúne todos los méritos para ser considerada como un acontecimiento de la ciencia-ficción soviética.

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