En la época de la dominación española, y por muchos años después, la ciudad de Sulaco -de cuya antigüedad da testimonio la lujuriante belleza de sus huertos de naranjos- no había tenido nunca más importancia comercial que la de un puerto de cabotaje con un tráfico local, bastante amplio, en pieles de buey y añil. Los pesados galeones de alto bordo usados por los conquistadores, naves cortas y anchas que necesitaban para moverse el empuje de un viento tempestuoso, solían yacer encalmados allí donde los modernos barcos, construidos al estilo de clipers, avanzan con el mero aleteo de sus velas; de ahí que esos galeones hubieran sido ahuyentados de Sulaco por las predominantes calmas de su vasto golfo.
Algunos puertos del globo son de difícil acceso por sus traidores bajíos y arrecifes y por las tempestades de sus costas. Sulaco había hallado un santuario inviolable contra las tentaciones de un mundo comerciante en el augusto silencio del profundo Golfo Plácido, en cuyo fondo quedaba protegido, como dentro de un enorme templo semicircular y sin techumbre, abierto al océano, con sus muros de altas montañas, que ostentan por colgaduras enlutados cortinajes de nubes.
En un lado de esta dilatada curva, en el litoral rectiforme de la República de Costaguana, el último saliente de la sierra costera forma un cabo insignificante, llamado Punta Mala. Esa lengua de tierra no es visible desde el centro del golfo; pero puede divisarse débilmente, como una sombra proyectada en el cielo, la mole de una escarpada colina.
En el lado opuesto flota levemente sobre la clara línea del horizonte algo que parece una mancha aislada de bruma azul. Es la península de Azuera, caos bravío de agudas rocas y pétreos llanos, cortados aquí y allá por simas verticales. Yace a gran distancia mar adentro, presentando el aspecto de un tosco cabezo de piedra, que se extiende desde una costa vestida de verdor en el extremo de una delgada faja de arena, cubierta de densos y espinosos chaparros. Es un lugar de desolada aridez, porque las lluvias ruedan inmediatamente al mar por todas partes, y carece de tierra que produzca una sola hoja de hierba -según se dice-, como si pesara allí el esterilizador influjo de una maldición.
Los pobres, asociando por un vago instinto de consuelo las ideas del mal y de riqueza, os dirán que aquel sitio es fatal a causa de sus vedados tesoros. La gente ordinaria de las cercanías, peones [2] de las estancias, vaqueros de las llanuras costeras, indios mansos que acuden al mercado desde muchas millas con un haz de caña de azúcar o una cesta de maíz para venderlos por unos centavos, saben bien que en la lobreguez de los hondos precipicios, abiertos en las rocosas mesetas de Azuera, se ocultan montones de oro brillante.
La tradición refiere que en lo antiguo perecieron en su busca muchos aventureros. Cuéntase también que en época reciente dos marineros vagabundos -norteamericanos tal vez, y seguramente gringos de cualquier clase- se entendieron con un mozo del país, jugador y gandul, y entre los tres robaron un asno con que llevar un haz de leña, un odre de agua y provisiones bastantes para unos cuantos días. Así equipados, y con revólveres a los cintos, habían partido dispuestos a abrirse camino con los machetes por entre el chaparral espinoso del cuello de la península.
La segunda tarde se vio, por vez primera a lo que recuerdan los nacidos, una espiral de humo (no podía proceder sino de la hoguera del vivaque) erguida verticalmente proyectando su borrosa silueta sobre el cielo encima de un agudo risco que se alzaba sobre el rocoso cabezo. La tripulación de una goleta de cabotaje, que yacía encalmada a tres millas de la costa, la contempló con asombro hasta que anocheció.
Un pescador negro que vivía en una choza solitaria, construida en una caleta de las inmediaciones, había visto partir la expedición y estaba al acecho de alguna señal. Llamó a su mujer, precisamente cuando el sol estaba a punto de ponerse; y los dos observaron el extraño portento con envidia, incredulidad y terror.
Los impíos aventureros no dieron más señales de vida. No se volvió a ver jamás a los marineros, ni al indio, ni al burro robado.
En cuanto al mozo, que era un vecino de Sulaco, su mujer le mandó decir algunas misas; la leyenda popular guarda silencio sobre el pobre cuadrúpedo, y desde luego cabe suponer que, por ser irresponsable, se le permitiría morir; mas por lo que a los dos gringos se refiere, créese que moran en forma de espectros vivos hasta el día de hoy entre las rocas, bajo el fatal hechizo del éxito alcanzado. Sus almas no pueden arrancarse de los cuerpos que informan, y los codiciosos precitos viven condenados a dar guardia al descubierto tesoro. Ahora son ricos, pero padecen hambre y sed. ¡Extraña teoría, elaborada en el espíritu del pueblo bajo de la comarca, a juicio del cual los tozudos fantasmas gringos sufren en su carne, consumida de inedia y abrasada de sed, el castigo de herejes obstinados, mientras que un cristiano se hubiera arrepentido y alcanzado de ese modo el perdón libertador!
Tales son los legendarios moradores de Azuera, guardianes de su riqueza prohibida. Y, volviendo ahora a nuestra descripción, la sombra proyectada sobre el cielo en un lado, con la mancha redonda de bruma azul que borra el brillante borde del horizonte en el otro, marcan los dos puntos extremos del arco que lleva el nombre de Golfo Plácido; denominación que le cuadra a maravilla, porque no hay noticia de que ningún viento tempestuoso haya perturbado jamás la paz de sus aguas.
Al cruzar la línea imaginaria trazada desde Punta Mala hasta Azuera, los barcos, salidos de Europa con destino a Sulaco, pierden al punto las recias brisas del Océano, y son presa de caprichosos vientos que juegan con ellos, a veces por espacio de treinta horas seguidas. Los tripulantes de esos barcos pueden contemplar cómo la mayoría de los días del año el fondo del dormido golfo se llena de una gran masa de inmóviles y opacas nubes.
En las raras mañanas de ambiente despejado, otra sombra cae sobre la tranquila superficie. La claridad del día rompe en lo alto por detrás del colosal y aserrado murallón de la Cordillera, ofreciendo una visión nítidamente perfilada de oscuros picos, que yerguen sus escarpadas vertientes sobre un alto pedestal de bosque, asentado en el borde mismo de la playa. Entre ellos se alza majestuosa sobre el azul la blanca cima del Higuerota. Aglomeraciones desnudas de enormes rocas salpican con manchitas negras el alisado domo de nieve.
Después, cuando el sol meridiano barre del golfo la sombra de las montañas, empiezan las nubes a rodar fuera de los valles más bajos. Envuelven en sombríos jirones las calvas de los precipicios por encima de las fragosas tajaduras, ocultan los picos, humean en fajas tempestuosas al través de las nieves del Higuerota. La Cordillera desaparece de la vista, como si se hubiera disuelto en los grandes cúmulos de vapores grises y negros, que avanzan con lentitud hacia el mar y se diluyen en el transparente aire, a todo lo largo del frente, por efecto del ardiente calor del día. El borde sometido a ese desgaste lucha siempre por llegar al medio del golfo, pero pocas veces lo consigue; el sol se le va comiendo, como dicen los marinos. A no ser que por raro accidente una sombría nube tempestuosa se desprenda del cuerpo principal y cruce la extensión del golfo internándose en el mar del otro lado de Azuera, donde de pronto estalla en llamaradas y estampidos, como siniestro barco pirata del aire, puesto en facha sobre el horizonte para dar batalla al Océano.
Por la noche la mole de nubes, subiendo cada vez más hacia el cenit, sepulta la total extensión del inmóvil golfo en impenetrable oscuridad, pudiéndose oír dentro de ella, ya en una dirección, ya en otra, el comienzo y cese bruscos de recios chubascos. Esas noches encapotadas son famosas entre los marinos a lo largo de toda la costa occidental del gran continente. Cielo, tierra y mar desaparecen juntos del mundo, cuando el Plácido, según suele decirse, se retira a dormir envuelto en su negro poncho. Las pocas estrellas que quedan visibles por la parte del mar, cerca de la línea del horizonte, brillan con tenue resplandor, como dentro de la boca de tenebrosa caverna.
En su vasta lobreguez el marinero no ve el barco que flota debajo de sus pies, ni las velas que aletean sobre su cabeza. El ojo del mismo Dios -añade la gente de mar con irrespetuosidad que toca en sacrilegio- no puede averiguar qué labor ejecuta allí la mano del hombre; y es dable invocar impunemente la ayuda del diablo, porque hasta su malicia seria derrotada por una cerrazón tan impenetrable.
Las márgenes del golfo son escarpadas todo alrededor. Tres isletas inhabitadas, que se bañan en la luz del sol, fuera del velo de nubes, pero casi tocándole, frente a la entrada del puerto de Sulaco, llevan el nombre de "Las Isabelas". Son: la Gran Isabel; la Pequeña Isabel, que es redonda; y la Hermosa, la más pequeña de todas.
Esta última no tiene más que un pie de altura y unos siete pasos de anchura, consistiendo en la calva aplanada de una roca gris, que humea como la ceniza caliente cuando la moja la lluvia, y en la que no es posible fijar la planta desnuda, antes de ponerse el sol, sin abrasarse.
En la Pequeña Isabel, una vieja y astrosa palmera, de tronco grueso y deforme, verdadera bruja de las palmeras, restriega con seco rumor contra la áspera arena un lacio ramillete de hojas muertas. La Gran Isabel tiene una fuente de agua dulce que brota en el verdecido lado de una quebrada. Semejante a una cuña verde esmeralda, de una milla de largo, y tendida sobre el mar, tiene dos árboles frondosos que crecen juntos y proyectan anchurosa sombra al pie de sus lisos troncos. Una barraca, que hiende la isla en toda su longitud, está cubierta de arbustos; y después de presentar una profunda y enmarañada tajadura en el lado más alto, se ensancha en el otro hasta degenerar en una hondonada somera que termina en una pequeña faja de playa arenosa.
Desde ese extremo inferior de la Gran Isabel, el observador puede contemplar directamente el puerto de Sulaco, dirigiendo la mirada por una abertura, distante unas dos millas, tan neta como si la hubieran abierto con una hacha en la superficie regular de la costa.
El puerto es una masa oblonga de agua, que tiene forma de lago. En un lado los cortos espolones vestidos de boscaje y los valles de la Cordillera bajan en ángulo recto hasta la misma costa; y en el otro se abre a la vista la gran llanura de Sulaco, perdiéndose en el misterioso ópalo de las grandes distancias envueltas en árida bruma.
La ciudad misma de Sulaco -conjunto de remates de muros, una gran cúpula, centelleos de miradores blancos en un vasto boscaje de naranjos- yace entre las montañas y la llanura, a cierta distancia, no grande, de su puerto y fuera de la línea directa de la vista desde el mar.
El único signo de actividad comercial en el interior del puerto, visible desde la playa de la Gran Isabel, era el extremo achatado y rectangular del muelle de madera que de la Compañía Oceánica de Navegación a Vapor (designada familiarmente por la O.S.N.) [3] había tendido sobre la parte menos profunda de la bahía poco después de haber resuelto hacer de Sulaco uno de sus puertos de reparación y aprovisionamiento para la República de Costaguana.
El Estado posee varios puertos en su largo litoral; pero excepto Cayta, que ocupa una posición importante, todos los demás o son obras pequeñas e incómodas en una costa cercada de rocas -como Esmeralda por ejemplo, sesenta millas al sur-, o son simples fondeaderos francos, expuestos a los vientos y agitados por la marejada.
Acaso las mismas condiciones atmosféricas que ahuyentaron de esta región las flotas mercantes de edades pretéritas indujeron a la Compañía O.S.N. a violar el santuario de paz que albergaba la tranquila existencia de Sulaco. Los vientos variables que juguetean con el vasto semicírculo de agua, delimitado por el arranque de la península de Azuera, eran impotentes para sobreponerse a la potente maquinaria de vapor que movía la flota magnífica de la O.S.N.
Año tras año, los negros cascos de sus barcos iban y venían por la costa, entrando y saliendo; pasaban Azuera, Las Isabelas, Punta Mala, y no se cuidaban de nada, fuera de la tiranía del tiempo. Los nombres de esos vapores, que formaban una mitología entera, llegaron a ser familiares en una costa donde jamás habían ejercido su dominio las divinidades del Olimpo. Al Juno se le conocía sobre todo por sus cómodos camarotes de entrepuentes; al Saturno por el genio afable de su capitán y las lujosas pinturas y dorados de su salón; mientras que el Ganímedes estaba habilitado para el transporte de reses, y no admitía pasaje ni para los puertos de la costa. No había en ésta ninguna aldea pobrísima de indios que no conociera familiarmente al Cerbero, vaporcito de poco calado, sin atractivos ni comodidades dignas de citarse, cuya misión era deslizarse por la línea costera, a lo largo de las playas frondosas, bordeando peñascos deformes, haciendo escala obligada ante cada grupo de chozas para recoger productos del país, hasta paquetes de tres libras de caucho, hechos con una envoltura de hierba seca.
Y como los barcos mencionados casi nunca dejaban de conducir a su destino hasta los menores bultos del cargamento, y rara vez perdían una res, y nunca habían ahogado a un sólo pasajero, el nombre de la O.S.N. gozaba de gran crédito y confianza. La gente declaró que sus vidas y haciendas estaban más seguras en el agua al cuidado de la Compañía, que en sus propias casas en tierra.
El superintendente en Sulaco para el servicio de la sección entera de Costaguana estaba muy orgulloso de la reputación que gozaba su Compañía, y solía decir muy a menudo: "Nosotros no cometemos nunca faltas". Esta frase, cuando el jefe hablaba con sus empleados de la Compañía, tomaba la forma de una severa recomendación: "Es preciso no cometer faltas. Aquí no las toleramos, haga Smith lo que quiera allá en su sección del otro extremo."
Smith, a quien en su vida había visto, era el otro superintendente del servicio, que tenía su oficina a mil quinientas millas de Sulaco. "A mí no me mienten ustedes para nada a su Smith."
Luego, calmándose de pronto, abandonaba el asunto con afectada negligencia. "Tanto entiende Smith de este continente como un niño de pecho."
"Nuestro excelente señor Mitchell" para la gente de negocios y el elemento oficial de Sulaco; "Chilindriner Joe" para los capitanes de los barcos de la Compañía; el capitán Mitchell, como nosotros le llamaremos, se jactaba de conocer a fondo a los hombres y las cosas de Costaguana. Entre estas últimas consideraba como la más desfavorable para la marcha regular y ordenada de los negocios de la compañía los frecuentes cambios de gobierno, producidos por revoluciones del tipo militar.
La atmósfera política de la República era, por regla general, tempestuosa en aquellos días. Los patriotas fugitivos del partido derrotado se habían dado maña para volver a presentarse en la costa con un vapor medio cargado de armas cortas y municiones. Semejante facilidad en procurar medios de reanudar la lucha llenaba de asombro al señor Mitchell, que había visto a los derrotados carecer aun de lo necesario en el momento de huir. Por cierto que, según había tenido ocasión de observar, "nunca parecían tener bastante cambio para pagar el pasaje de salida del país".
De estos asuntos relacionados con la fuga de gobiernos y partidos derribados por una revolución podía hablar por experiencia, porque en cierta ocasión memorable se había acudido a él para salvar la vida de un dictador, junto con la de algunos funcionarios de Sulaco -el gobernador, el director de aduanas y el jefe de policía-, al venirse abajo la situación política.
El pobre señor Rivera (tal era el nombre del dictador) había venido caminando a pechugones, día y noche, ochenta millas por caminos de montaña, después de la perdida batalla del Socorro -cosas que, por supuesto, no pudo lograr cabalgando en una mula coja. El animal, para colmo de males, cayó muerto bajo el jinete, al final de la Alameda, donde la banda militar amenizaba a veces las veladas entre revolución y revolución.
– Señor-proseguía refiriendo el capitán Mitchell con solemne gravedad-, la importuna muerte de la bestia atrajo la atención hacia el infortunado que en ella había cabalgado. Sus facciones fueron reconocidas por varios desertores del ejército dictatorial, mezclados con la chusma, ocupada en destrozar las ventanas de la Intendencia.
En las primeras horas de la madrugada de aquel día las autoridades locales de Sulaco habían huido a refugiarse en las oficinas de la Compañía O.S.N., sólido edificio situado en la playa, junto al comienzo del muelle, dejando la ciudad a merced de la turba revolucionaria; y, como el dictador era execrado por el populacho a causa de la severa ley de reclutamiento, que la necesidad le había obligado a imponer durante la lucha, corrió grave riesgo de ser despedazado.
Fue providencial que Nostromo -sujeto de incalculable valía- estuviera allí cerca con algunos trabajadores italianos importados para las obras del Ferrocarril Central Nacional, y con ayuda de éstos logró arrancarle de las iras de la multitud -al menos por entonces. En último término, el capitán Mitchell consiguió trasladarlos a todos en su falúa a uno de los vapores de la Compañía, el Minerva, que precisamente entonces, por piadosa disposición de la fortuna, estaba entrando en el puerto.
Poco antes el superintendente había tenido que descolgar a los mencionados señores con una cuerda por un boquete abierto en la pared posterior del edificio de la Compañía, mientras la multitud, que, saliendo por todas las bocacalles de la ciudad, se había derramado a lo largo de la playa, rugía amenazadora al pie de la fachada. Luego hubo de instarles a que salvaran a todo correr la longitud entera del muelle. Aquello había sido un escape desesperado a vida o muerte. Y de nuevo Nostromo, el valiente entre los valientes, fue quien, a la cabeza ahora de una cuadrilla de cargadores de la Compañía, había defendido el muelle contra las embestidas de la canalla, dando así tiempo a los fugitivos para llegar a la lancha, preparada a recibirlos en el otro extremo con la bandera de la Compañía en popa. Sobre ella llovieron palos, piedras, proyectiles y hasta cuchillos.
El capitán Mitchell mostraba con orgullosa complacencia una larga cicatriz que le cruzaba la oreja izquierda y la sien, reliquia de una herida hecha con la hoja de una navaja de afeitar, sujeta a un palo -arma, según explicaba, muy en boga entre "los negros más criminales de las afueras de la ciudad ".
El señor Mitchell era un tipo grueso, ya entrado en años, que usaba cuellos altos terminados en punta y patillas cortas, aficionado a los chalecos blancos, y hombre de genio en realidad muy comunicativo a pesar de su aire de grave retraimiento.
– Esos señores -refería en tono solemne- tuvieron que correr como conejos, señor. Yo mismo hice lo propio. Hay ciertas clases de muerte que… ¡hum!… son desagradables para un… ¡jem!… para un hombre respetable. A mi también me hubieran hecho trizas. Una turba frenética, señor, no distingue. Después de la Providencia, debimos la vida a mi Capataz de Cargadores, como le llamaban en la ciudad; un hombre que, cuando yo descubrí lo que valía, señor, era sobrecargo de un barco italiano, un enorme barco genovés, de los pocos que arribaron a Sulaco, procedentes de Europa con cargamento general para la compañía constructora del Ferrocarril Central Nacional. Dejó su empleo por causa de unos amigos muy respetables, que aquí se granjeó, paisanos suyos, pero también, a lo que creo, por mejorar de fortuna. Señor, soy bastante perspicaz para conocer caracteres, y le contraté para capataz de cargadores y guarda de muelle. Ese era el empleo que tenía. Pero, a no ser por él, el señor Rivera hubiera sido hombre muerto. Este Nostromo, señor, persona en absoluto irreprochable, llegó a ser terror de todos los malhechores de la ciudad. Estábamos infestados, más que infestados, señor, dominados aquí en aquel tiempo por ladrones y matreros, procedentes de toda la provincia. En esta ocasión habían estado entrando en cuadrillas desde hacía una semana. Olfateaban la caída del gobierno, señor. La mitad de esta turba de asesinos eran bandidos profesionales, que perpetran sus fechorías en el campo, señor; pero ni un solo de ellos ignoraba quién era Nostromo. En cuanto a la gentuza de la ciudad, bastaba para tenerla a raya la vista de las negras patillas y blancos dientes del temido capataz. Temblaban ante él, señor. Ahí tiene usted lo que puede la energía de carácter.
Con toda verdad cabe decir que Nostromo solo fue el que salvó la vida a esos señores. El capitán Mitchell, por su parte, no les abandonó hasta verlos postrados, anhelosos, llenos de exasperado terror, pero enteramente a salvo en los lujosos sofás de terciopelo que adornan el salón de primera clase del Minerva. Hasta el último instante tuvo cuidado de dar al ex dictador el tratamiento de "Su Excelencia".
– Señor, no podía proceder de otro modo. El hombre estaba deshecho, desencajado, lívido, cubierto de sangre y arañazos.
El Minerva no ancló en aquella visita. El superintendente ordenó que zarpara al instante. No se desembarcó ningún cargamento, como puede suponerse; y los pasajeros para Sulaco rehusaron bajar a tierra. Desde cubierta pudieron oír el tiroteo y presenciar el desarrollo de la lucha que tenía lugar al borde mismo del agua.
La turba al verse rechazada, dedicó sus arrestos al asalto de la Aduana, construcción tétrica que parece a medio terminar, con numerosas ventanas, situada a unos doscientos metros de las oficinas de la Compañía Oceánica, y después de éstas el único edificio que se levanta cerca del puerto.
El capitán Mitchell, luego de encargar al capitán del Minerva que desembarcara a "los señores allí refugiados" en el primer puerto hábil de fuera de Costaguana, se volvió a su lancha con ánimo de ver lo que podía hacerse para proteger los intereses de la Compañía. Los bienes de ésta y los del ferrocarril fueron defendidos por los europeos, esto es, por el mismo capitán Mitchell y el cuerpo de ingenieros que construían la vía, ayudados de los trabajadores italianos y vascos, que se agruparon fielmente alrededor de sus jefes.
También los descargadores de la compañía, naturales de la República, se portaron muy bien a las órdenes de su capataz. Era una tropa de ínfima ralea y sangre muy mezclada, abundando en ella los negros, que andando siempre a la greña con los parroquianos de las peores tabernas de la ciudad, acogieron con alegría aquella ocasión de vengar sus personales resentimientos al amparo de tan favorables auspicios. No se contaba entre ellos ninguno que, en tal o cual día, no hubiera visto con terror el revólver de Nostromo apuntándole a la cara a quema ropa, o que en otra cualquier forma no hubiera sido intimidado por la resolución del capataz.
"Era mucho hombre", decían de él, áspero de lengua cuando se enojaba, propasándose a decir verdaderos insultos, incansable en imponer tareas, y que se hacía temer sobre todo por su retraimiento y hosquedad. Pero, con todo eso, aquel día estuvo al frente de ellos en la lucha contra la canalla, allanándose a dirigir advertencias en son de broma, cuándo a uno, cuándo a otro.
Su manera de ejercer el mando fue alentadora y eficaz, pues realmente todo el daño que el populacho logró causar se redujo al incendio de una -una sola- pila de durmientes de la vía, que por estar creosotados ardieren como teas. El principal ataque dirigido contra los cercados del ferrocarril, las oficinas de la O.S.N. y en especial contra la Aduana, un gran tesoro en lingotes de plata, fracasó enteramente. Aun el hotelito, propiedad del viajo Giorgio, que se alzaba aislado entre el puerto y la ciudad, escapó al saqueo y la destrucción, no por un milagro, sino porque los revolucionarios en el primer momento sólo pensaron en perseguir a los fugitivos, y después les faltó la oportunidad a causa de las duras embestidas de Nostromo y sus cargadores.
Nostromo defendió el hotel de Giorgio como si fuera cosa suya. De recién llegado se le había admitido a vivir en la intimidad de la familia del hotelero, que era paisano suyo. El viejo Giorgio Viola, genovés, de cabeza leonina, poblada de blancas greñas -a menudo llamado simplemente "el Garibaldino" (como los mahometanos reciben esta denominación del nombre de su Profeta)-, era, según palabras textuales del capitán Mitchell, el "respetable amigo casado", por cuyo consejo Nostromo había dejado su barco para probar fortuna en las playas de Costaguana.
El viejo, gran despreciador del populacho, como los republicanos austeros de su laya lo son a menudo, no había dado importancia a los ruidos preliminares de la revuelta. Aquel día continuó su acostumbrado trajín por la casa, en zapatillas, refunfuñando entre sí mil denuestos contra la falta de elevados ideales patrióticos del alboroto y encogiéndose de hombros. Al último se vio sorprendido por la embestida de las turbas. Era entonces demasiado tarde para trasladar a otra parte a su familia; y realmente ¿adonde podía huir con la corpulenta signora Teresa y dos muchachas en aquella gran llanura? Así pues, obstruyó con barricadas todas las puertas y ventanas del hotelito y se sentó con austera gravedad en medio del café, puesto a obscuras, con una vieja escopeta sobre las rodillas.
Su mujer se acomodó en otra silla al lado, murmurando piadosas preces a todos los santos del calendario.
El viejo republicano se ufanaba de no creer en los santos, ni en las oraciones, ni en lo que él llamaba "la religión de los curas". La Libertad y Garibaldi eran sus divinidades; pero toleraba la "superstición", como él decía, en las mujeres, guardando en este punto una actitud silenciosa y digna.
Sus dos hijas, la mayor de catorce años, y la otra dos años más joven, se acurrucaron sobre el enarenado piso, a cada lado de la signora Teresa, reposando la cabeza en el regazo materno, ambas medrosas, pero cada una a su modo, la morena Linda, de negra cabellera, con indignación y enojo, y la rubia Gisela, la menor, poseída de un terror resignado. La patrona apartó por un momento los brazos que tenía puestos sobre sus dos hijas para santiguarse, y luego cruzó las manos nerviosamente.
– ¡Oh! Gian Battista ¿por qué no estás aquí? -gimió en tono algo alto-, ¿Por qué no estás aquí?
No invocaba con estas palabras al santo mismo, sino a Nostromo, que le tenía por patrón. Y Giorgio, inmóvil en la silla a su lado, no pudo permanecer indiferente ante aquellos quejosos y desatados llamamientos.
– ¡Tranquilízate, mujer! ¿A qué viene eso? Está donde le llama el deber -murmuró el marido en la oscuridad.
Pero ella replicó anhelante:
– ¡Calla! Que me falta la paciencia. ¡El deber! ¿Y yo, que he sido para él una segunda madre, no soy nada? De rodillas le pedí esta mañana: "No te vayas, Gian Battista…; quédate en casa, Battistino…; ¡pon los ojos en estas dos inocentes criaturas!"
La señora de Viola era también italiana, natural de Spezzia, y, aunque bastante más joven que su marido, entrada ya en los cuarenta. Era de rostro hermoso, que había tomado un tinte amarillo, porque no le probaba bien el clima de Sulaco. Tenía una voz de hermoso contralto, bien timbrada. Cuando, cruzados reciamente los brazos sobre su amplio pecho, reñía a las regordetas chinas, que trabajaban en el arreglo de la ropa blanca, o pelaban las aves destinadas a la cocina, o machacaban maíz en morteros de madera en las casetas de barro situadas detrás de la casa, lo hacía emitiendo una nota de tan apasionada, vibrante y dolorida expresión, que el perro de guarda, atado a su cuchitril, daba un salto sacudiendo rumorosamente su cadena. Y Luis, el mulato, de piel color canela, bigote incipiente y gruesos labios negruzcos, suspendía su faena de barrer el café con una escoba de hojas de palma, sintiendo correr un suave escalofrío a lo largo de su espalda, mientras sus lánguidos ojos de almendra permanecían cerrados en prolongado transporte.
Pero tanto el moreno como las chinas, que formaban la servidumbre de la Casa Viola, habían huido de madrugada al estallar los primeros clamores de alboroto, prefiriendo ocultarse en la llanura antes que fiarse de la protección que les ofrecía el hotel; preferencia nada censurable, dado que fuera o no verdad, se creía generalmente en la ciudad que el Garibaldino tenía dinero enterrado en el piso de greda de la cocina.
El perro, que era un animal peludo y colérico, ora ladraba con furia, rompía en lastimeros aullidos, en la parte trasera del establecimiento, saliendo y entrando en su caseta, según que le dominara la ira o el miedo.
Explosiones de gran vocerío resonaban de pronto y se extinguían, a modo de violentos rafales, en la extensión de la llanura, alrededor de la casa, protegida interiormente por barricadas; y el espasmódico crepitar de las detonaciones creció sobreponiéndose al clamoreo. A veces había intervalos de un silencio solemne y pavoroso; mientras las brillantes líneas de luz solar que, penetrando por las rendijas de las persianas, cruzaban el café sobre las sillas y mesas en desorden, hasta proyectarse en la pared opuesta, parecían dar a la situación una nota extrañamente alegre y apacible.
El viejo patrón había elegido para refugio aquel cuarto de paredes encaladas y desnudas. No tenía más que una ventana y una sola puerta que se habría frente a un camino polvoriento, guarnecido a uno y otro lado por setos de áloes entre el puerto y la ciudad; ruta que solían frecuentar pesadas carretas arrastradas por yuntas de bueyes, que llevaban por guías muchachos montados a horcajadas.
En una pausa de silencio Giorgio amartilló su escopeta. El fatídico tic-tac del gatillo arrancó un ahogado gemido a la rígida figura de su mujer, sentada al lado. Un repentino y amenazador griterío que estalló cerca del hotel, se convirtió un instante después en confuso murmullo de protestas. Alguien pasó corriendo por delante de la casa, y en el momento de acercarse a la puerta se oyó su anheloso respirar; junto a la pared se notaba gente que hablaba en voz baja y bronca con ruido de pisadas; una figura apoyó su espalda contra la ventana, borrando las brillantes franjas de luz trazadas al través del cuarto. Los brazos de la signora Teresa, rodeados a las formas arrodilladas de sus hijas, las estrecharon con un apretón convulsivo.
La turba revolucionaria, arrojada de las inmediaciones de la Aduana, se había dividido en varios grupos, que se retiraban por la llanura en dirección a la ciudad. Al ahogado estruendo de descargas irregulares, hechas a distancia, respondían débiles y lejanos alaridos. En los intervalos sonaban disparos sueltos; y el largo y achatado edificio revocado de blanco, cerrado a piedra y lodo, parecía ser el centro de una estrepitosa barahúnda, que se ensanchaba en un amplio círculo alrededor de su confinado silencio.
De pronto los cautelosos movimientos y cuchicheos de una banda de fugitivos, que buscó refugio momentáneo detrás del muro, pobló la oscuridad de la habitación, franjeada por líneas de apacible luz solar, de rumores maléficos y furtivos. En los oídos de la familia Viola sonaron como si procedieran de fantasmas invisibles que revoloteaban en torno de las sillas, deliberadamente en voz baja sobre la conveniencia de pegar fuego a la casa de aquel extranjero.
Aquello atacaba los nervios. El viejo Viola se levantó despacio, empuñando la escopeta con aire irresoluto, no sabiendo cómo evitar la realización del criminal designio. Oíanse ya las voces de los incendiarios, que conversaban en la trasera de la casa. La signora Teresa se aterrorizó hasta ponerse como loca.
– ¡Ah! ¡El traidor! ¡El traidor! -exclamó con voz apenas perceptible-. Ahora vamos a perecer abrasados. Y eso que me puse de rodillas ante él… ¡No! Tenía que ir corriendo a servir a sus ingleses.
Sin duda creía la pobre señora que la mera presencia de Nostromo en la casa hubiera alejado de ella todo peligro. En este punto estaba dominada por el hechizo de la reputación que el capataz de cargadores había conquistado en el puerto y en toda la línea del ferrocarril, así entre los ingleses como entre la plebe de Sulaco. Sin embargo de eso, en las conversaciones íntimas afectaba invariablemente reírse y hacer chacota, aun contra el sentir de su marido, a veces sin mala intención, pero más a menudo con cierta actitud extraña. Pero, ya se ve, las mujeres son poco lógicas en sus opiniones, como solía advertir tranquilamente Giorgio en ocasiones oportunas. En la presente, con la escopeta preparada y en postura de hacer uso de ella, se inclinó sobre la cabeza de su esposa, y sin apartar los ojos de la puerta, obstruida por una especie de barricada, le susurró al oído que Nostromo no hubiera podido hacer nada en el trance. ¿Qué habían de valer dos hombres, encerrados en una casa, contra veinte o más resueltos a prenderla fuego hasta el tejado? Gian Battista no había dejado de pensar en la casa; él estaba seguro de ello.
– ¡Pensar en la casa! ¡Ya!, ¡ya! -barbotó la signora de Viola con frenética exaltación, golpeándose el pecho-. Le conozco. No piensa en nadie más que en sí mismo.
Una descarga de armas de fuego, que sonó cerca, la sobresaltó, y echando atrás la cabeza, cerró los ojos. El viejo Giorgio apretó los dientes bajo sus blancos bigotes, y dirigió feroces miradas hacia donde habían sonado las detonaciones. Varias balas penetraron en el extremo de la pared; oyóse el ruido de trozos de yeso que caían fuera; una voz gritó; "Que vienen!", y tras un instante de angustioso silencio, resonaron pisadas de gente que corría a lo largo de la fachada.
Entonces se calmó la excitación del viejo Giorgio, y en sus labios se dibujó una sonrisa desdeñosa, propia del soldado de la cabeza leonina, curtido en numerosos combates. Los revolucionarios no eran gente que luchaba por la justicia, sino ladrones. El mero hecho de defender la propia vida contra ellos constituía una especie de degradación para un hombre que se había contado entre los mil inmortales de Garibaldi en la conquista de Sicilia. Sentía un desprecio infinito contra aquella revuelta de pillos y leprosos, que desconocían el significado de la palabra "libertad".
Apoyó en tierra su vieja escopeta y volviendo el rostro, echó una mirada a la litografía de Garibaldi, que, encerrada en negro marco, pendía del blanqueado muro. Sus ojos, habituados a la penumbra lúcida, descubrieron el animado colorido de la cara, el tono rojo de la camisa, el perfil de los cuadrados hombros y la negra mancha del sombrero de bersagliere, coronado por un airón de rizadas plumas. ¡Oh, héroe inmortal! La libertad fue tu ídolo. ¡Ella te dio no sólo la vida, sino también una fama imperecedera!
Su fanatismo por aquel hombre incomparable no había sufrido disminución. No bien dejó de sentirse oprimido por la aprensión del mayor peligro, quizás, a que había estado expuesta su familia en todas sus idas y venidas por el mundo, el principal pensamiento que le asaltó fue volver los ojos al retrato del antiguo caudillo, objeto preferente y especial de su veneración. Tras este desahogo, puso la mano en el hombro de su esposa.
Las muchachas arrodilladas en el piso no se habían movido. La padrona entreabrió los ojos, como si saliera de un profundo sopor, sin ensueños; y antes que Giorgio tuviera tiempo de proferir una palabra de aliento, se levantó de repente, con las niñas asidas a su falda, una a cada lado, acezó anhelante y lanzó un grito estridente, que resonó al mismo tiempo que el ruido de un golpe violento, dado en la parte exterior de la ventana. Oyóse luego el resoplar de un caballo, el inquieto patuleo de cascos en el estrecho y endurecido camino fronterizo a la casa, el choque de la punta de una bota contra el postigo de la ventana; el retiñir de una espuela a cada golpe y una voz alterada que decía:
– ¡Hola! Hola! ¿Conque estamos aquí?
Durante la mañana entera Nostromo había vigilado sin cesar desde lejos la Casa Viola, aun en lo más recio y ardoroso de la refriega. "Si veo alguna humareda por aquella parte -había pensado para sí-, están perdidos." Apenas la chusma se dispersó, el intrépido capataz, seguido de unos cuantos obreros italianos, arremetió en aquella dirección, que era el camino más breve para la ciudad. La tropa de populacho, que huía ante ellos, pareció intentar hacerse fuerte al abrigo de la casa; pero una descarga, hecha por los hombres de Nostromo desde el resguardo de un seto de áloes, puso en fuga a la chusma. En un escampado, abierto para tender la línea secundaria del puerto, apareció el capataz, montado en su yegua, de piel gris plateado. Increpó con amenazadoras voces a los que huían, disparó contra ellos su revólver y galopó sin detenerse hasta la ventana del café. Tenía una vaga idea de que el viejo Giorgio debía de haber escogido por refugio aquella parte de la casa.
Su voz había llegado a la familia, sonando apresurada y anhelosa.
– ¡Hola, vecchio! ¡Oh! ¡Vecchio! ¿No hay novedad ahí dentro?
– Ya estás viendo… -murmuró el apostrofado al oído de su mujer.
La signora Teresa permanecía ahora callada. Fuera Nostromo se echó a reír.
– Me parece oír que la padrona vive aún.
– Pero tú has hecho todo lo posible por matarme de miedo -replicó en voz alta la aludida. Quiso decir algo más pero le faltó la voz.
Linda miró un instante el rostro de su madre, y Giorgio voceó en son de excusa:
– Está un poco trastornada.
Desde fuera Nostromo replicó, riendo de nuevo:
– Pues a mi no logra trastornarme.
La signora Teresa recobró el habla.
– Es lo que yo digo. No tienes corazón… ni conciencia tampoco, Gian Battista.
Oyéronle dar vueltas con la yegua, alejándose del postigo. La cuadrilla que capitaneaba se había puesto a charlar acaloradamente en italiano y español, excitándose unos a otros a la persecución. El se puso a su cabeza, gritando: ¡Avanti!
– ¡Qué pronto nos abandona! ¡Ya se ve! Como aquí no puede ganarse elogios de los extranjeros… -comentó en tono trágico la signora Teresa-. ¡ Avanti! ¡Sí! Eso es lo que a él le entusiasma. Ser el primero en todas partes y de cualquier modo…, ser el primero para esos ingleses, que andan presentándole a todo el mundo diciendo: " ¡Este es Nostromo!" (Y prorrumpió en una carcajada sarcástica.) ¡Nostromo! ¡Que nombre más estrafalario! ¿Qué es eso de Nostromo? ¡Y se conforma con que le den ese nombre, que ni siquiera es de su lengua!
Entretanto Giorgio había estado desatando la puerta, después de retirar con gran calma los obstáculos que formaban la barricada; cuando la abrió, una oleada de luz envolvió a la signora Teresa y sus dos hijas acurrucadas a un lado y otro; así iluminadas, ofrecieron a la vista un grupo escultórico, en que la primera aparecía como la encarnación del amor maternal exaltado. A su espalda la pared deslumbrada de blancura, mientras los crudos colores de la litografía de Garibaldi palidecieron al influjo de la luz solar.
El viejo Viola, en la puerta, levantó el brazo, como refiriendo sus rápidos y fugaces pensamientos a la imagen de su antiguo jefe, colgada del muro. Aun en los momentos en que preparaba la comida para los signori inglesi -los ingenieros (sus guisos gozaban de gran fama, a pesar de las malas condiciones de la cocina)-, aun entonces estaba, por decirlo así, bajo de la mirada del gran hombre que había sido su caudillo en una lucha gloriosa, en la que, al pie de los muros de Gaeta, hubiera muerto para siempre la tiranía, a no ser por la maldita raza piamontesa de reyes y ministros.
Cuando a veces se quemaba una sartén durante la delicada operación de freír picadura de cebolla, y el viejo salía por el portal huyendo de los acres hedores del humo, jurando y tosiendo con violencia, sacaba a relucir el nombre de Cavour -el archi-intrigante vendido a los reyes y a los tiranos-, envuelto en las imprecaciones que lanzaba contra las criadas del servicio general de la cocina, y contra el bárbaro país en que se veía forzado a vivir por amor a la libertad, estrangulada por aquel traidor.
Entonces la signora Teresa salía por otra puerta, avanzando majestuosamente y solícita, movía su elegante cabeza expresando grave contrariedad, abría los brazos y exclamaba en tono alto y sentido:
– ¡Giorgio! ¡Qué geniazo de hombre! ¡ Misericordia Divina! ¡Salir al aire libre con un sol como éste! Te pondrás enfermo.
Mientras así clamoreaba, las gallinas huían ante ella en todas direcciones a grandes zancadas. Si por acaso había en el hotel algunos ingenieros ingleses, de residencia en Sulaco, aparecían una o dos caras jóvenes en la sala de billar, que ocupaba un extremo de la casa; pero en el otro extremo, en el café, Luis el mulato se guardaba muy bien de asomar. Las criadas indias, desgreñadas, las negras melenas flotando al viento, en camisa y enaguas cortas, erguidas las frentes surcadas por líneas en ángulo recto, se quedaban extáticas, escuchando con mirada inerte.
El rumoroso chirrido de la grasa cesaba, el humo subía en parda nube bañada de sol, y un fuerte olor a cebolla quemada se difundía por el ambiente cálido y somnoliento de los alrededores de la casa.
Ante la padrona dilataba su extensión una pradera que se prolongaba sin término hacia el oeste, como si la llanura tendida entre la sierra que campeaba sobre Sulaco y la remota cordillera en dirección a Esmeralda abarcara medio mundo.
Después de una pausa impresionante, la signora Teresa reanudaba sus recriminaciones.
– Ea, Giorgio, deja en paz a Cavour y cuida un poco más de tu salud, sobre todo ahora que estamos perdidos en este país, solos con dos niñas; y todo porque tú no puedes sufrir el gobierno de un rey.
Y mientras miraba a su esposo, se llevaba alguna vez apresuradamente la mano al costado con una leve contracción de sus finos labios y frunciendo las negras cejas de recto trazado, como si un dolor agudo o un impulso de ira perturbaran la hermosa regularidad de sus facciones.
Era dolor lo que sentía, y ella dominó sus manifestaciones. La había acometido por primera vez a los pocos años de haber dejado Italia para emigrar a América y establecerse en Sulaco, después de peregrinar de ciudad en ciudad, probando fortuna con tenduchos, y hasta en cierta ocasión con una pesquería establecida en Maldonado, porque Giorgio, como el gran Garibaldi, había sido marino en su mocedad.
A veces le faltaba paciencia para soportar el dolor. Por espacio de años sus punzadas la habían robado el sosiego para contemplar el paisaje formado por la masa de agua del puerto, protegida por los fragosos estribos de la sierra, y hasta la habían hecho pesada y tétrica la luz del sol. ¡Cuan distinto era éste del de su juventud, cuando Giorgio, ya en edad madura, la había cortejado con apasionada gravedad en las márgenes del golfo de Spezzia!
– Entra ahora mismo, Giorgio -le ordenó-. Es para pensar que no te apiadas de mí, teniendo como tengo que atender a tres signori inglesi, que se hospedan en casa.
– Va bene, va bene -solía murmurar el increpado.
Giorgio obedeció. Los signori inglesi necesitaban tomar sin dilación su refección meridiana, y el padrone prestó su ayuda. Entonces solía contar sus hazañas de soldado en la banda de invencibles libertadores, que habían hecho huir a los mercenarios de la tiranía, como broza barrida por el huracán… ¡un uragano temibile! Pero de esto hacía ya muchos años, antes de casarse y tener hijos, y antes que la tiranía hubiera alzado de nuevo su cabeza entre los traidores, que habían encarcelado a Garibaldi, su héroe.
En la fachada de la casa se abrían tres puertas; y todas las tardes podía verse al garibaldino en una u otra, con su profusa melena de cabello blanco, los brazos cruzados, una pierna doblada por delante de la otra, apoyando la leonina cabeza contra el dintel y los ojos fijos en las frondosas vertientes de las colinas, coronadas por la nevada cima cupuliforme del Higuerota.
El frontis del hotel proyectaba un negro y prolongado cuadrángulo de sombra, que se ensanchaba gradualmente en el removido camino de carreteras. Por entre los claros, abiertos en los setos de adelfa, el ramal secundario del ferrocarril del puerto, tendido provisionalmente a ras del suelo en la llanura, desplegaba en amplia curva sus brillantes cintas paralelas sobre una faja de hierba seca y agostada, en un espacio de sesenta metros al extremo de la casa.
Al caer la tarde los camiones de los trenes contorneaban, vacíos de material, el sombrío y frondoso arbolado de Sulaco, y seguían con una ligera ondulación, lanzando blancos penachos de humo sobre la llanura hacia la casa Viola, en su camino a los cercados del ferrocarril. Los conductores italianos le saludaban desde sus puestos levantando la mano, mientras los negros que hacían de guardafrenos permanecían sentados, fija la mirada en la vía, y las anchas alas de sus sombreros aleteando al impulso del viento. Giorgio correspondía a la amistosa demostración de sus paisanos con un leve movimiento de cabeza, sin descruzar los brazos.
No era esa la postura que tenía en el día memorable de la revuelta; su mano empuñaba entonces el cañón de la escopeta, apoyada en el umbral, y ni siquiera una vez dirigió la mirada al blanco domo del Higuerota, cuya fría pureza parecía aislada de la cálida tierra circundante. Los ojos del garibaldino registraban con curiosidad la llanura.
Aquí y allá flotaban polvaredas que se disipaban lentamente. En un cielo límpido el sol campaneaba radiante y deslumbrador. Grupos de hombres corrían desenfrenadamente, mientras otros se estacionaban en diversos puntos; y el irregular repiqueteo de los disparos llegaba con intermitencias a sus oídos en el quieto y abrasado ambiente. Veíanse figuras aisladas que se perseguían con furia. Dos jinetes galopaban a veces uno hacía otro, giraban juntos al reunirse y se separaban a todo el correr de sus caballos.
Giorgio vio caer a uno: caballo y caballero desaparecieron de repente, como si se hubieran precipitado en un abismo; y los movimientos de la animada escena semejaban los incidentes de un drama violento representado en la llanura por enanos, a caballo y a pie, que lanzaban de sus diminutas gargantas chillidos, al abrigo de la enorme mole montañosa, encarnación colosal del silencio.
Nunca había visto tanta agitación y movimiento en aquel trozo de llano; al principio le fue imposible hacerse cargo de todos los pormenores, y prosiguió mirando, puesta la mano en la base de la frente a guisa de pantalla, hasta que de pronto le sobresaltó el atronador estruendo de cascos que hacían temblar el suelo.
Una tropa de caballos había escapado por una brecha abierta en la cerca de los terrenos de pasto pertenecientes a la Compañía del Ferrocarril. Venían desbocados como una tromba, y se lanzaron sobre la línea, entre resoplidos, coces y relinchos, con los cuellos tendidos, las fosas nasales rojas, las colas ondeando, en abigarrada masa movediza de lomos bayos, grises y pardos. No bien penetraron en el camino polvoriento, sus cascos levantaron una nube espesa y negruzca, a pocos metros de Giorgio, que ahora sólo pudo distinguir vagas formas de cuellos y grupas moviéndose como un torrente con fragor de terremoto.
El viejo tosió, apartó la cara del polvo, y murmuro cabeceando:
– Antes de anochecer tendrán que emprender la caza de esos caballos.
En el cuadro de luz que penetraba por la puerta, la signora Teresa, arrodillada delante de una silla, reposaba entre las palmas de las manos su cabeza, coronada por trenzada y opulenta mata de cabello de ébano, listado de plata. El negro cha de encaje que solía servirla de tocado se le había caído y yacía al lado en el suelo.
Las dos muchachas se habían levantado y aparecían una junto a otra, en falda corta, con el cabello suelto cayendo en desorden. La menor cruzó el brazo delante de los ojos, como si temiera mirar cara a cara a la luz. Linda, apoyando la mano en el hombro de su hermana, miraba de hito en hito, con expresión intrépida. Viola contempló a sus hijas.
El sol hacía resaltar las profundas líneas y enérgica expresión del rostro, que a la sazón presentaba la inmovilidad de un relieve. Era imposible descubrir lo que pensaba, oculta la sombría mirada por peludas cejas grises.
– ¡Bien! ¿Y vosotras no rezáis, como vuestra madre?
Linda hizo una mueca de disgusto, frunciendo sus labios de carmín, que eran demasiado rojos; pero tenía admirables ojos pardos con chispas de oro en el iris, llenos de inteligencia e intención, y tan claros, que parecían iluminar su rostro fino y pálido. Había reflejos cobrizos en las oscuras crenchas de su cabello; y las luengas pestañas negras como el azabache contribuían a realzar la palidez del cutis.
– Madre piensa ir a ofrecer una porción de candelas en la iglesia. Siempre lo hace cuando Nostromo anda metido en peleas. Yo tengo que llevar algunas a la capilla de la Madona en la Catedral.
Todo esto lo dijo de prisa, con gran firmeza, en tono animado y penetrante. Luego añadió, sacudiendo ligeramente el hombro de su hermana:
– Y a ésta se le hará llevar también una.
– ¿Cómo es eso de que se le hará llevar? -inquirió Giorgio gravemente-. ¿No quiere hacerlo?
– Es tímida -respondió Linda con una breve carcajada.
– A la gente le chocan sus cabellos rubios, cuando va por la ciudad con nosotros, y se vienen algunos detrás diciendo: " ¡Mira la rubia! ¡Mira la rubiecita! Eso le dicen en voz alta, y ella se acobarda.
– ¿Y tú? ¿Tú no te acobardas, eh? -interrogó el padre recalcando las palabras.
La muchacha se echó atrás la negra mata de pelo.
– A mí nadie me dice piropos.
El viejo Viola contempló a sus tiernos retoños con aire pensativo. Se llevaban dos años; y le habían nacido tarde, bastante después de haber muerto el primer hijo, que si viviera, sería casi de la edad de Gian Battista, a quien los ingleses llamaban Nostromo. Pero en cuanto a las hijas, la aspereza de su genio, lo avanzado de la edad, y la influencia absorbente que en él ejercían sus recuerdos le habían impedido cuidarse mucho de ellas. Y no es que dejara de amarlas, pero las muchachas pertenecen especialmente a la madre; y además una buena parte de su afecto se había empleado en el culto y servicio de la libertad.
Siendo todavía un mozalbete, había desertado de un barco que hacía el comercio en La Plata, para alistarse en la armada de Montevideo, mandada a la sazón por Garibaldi. Posteriormente en la legión italiana de la República, que luchaba contra la tiranía irritante de Rosas, le cupo la gloria de intervenir en los combates más encarnizados que acaso ha conocido el mundo, peleados en las grandes llanuras y junto a las márgenes de inmensos ríos.
Arrastrado por sus vehementes sentimientos liberales, hubo de pasar la mayor parte de su vida entre hombres que habían predicado la libertad, sufrido por la libertad, muerto por la libertad, con exaltación desesperada y con los ojos vueltos a una Italia oprimida. Su entusiasmo tuvo ocasión de nutrirse y fortalecerse en escenas de carnicería, con ejemplos de elevada adhesión, entre el tumulto de la lucha armada, en medio del inflamado lenguaje de las proclamas. Jamás había abandonado a su jefe predilecto -el bravo apóstol de la independencia-, permaneciendo constantemente a su lado, en América y en Italia, hasta después del día fatal de Aspromonte, en que se había revelado al mundo la traición de los reyes, emperadores y ministros en el encarcelamiento de su héroe, sin consideración ninguna a sus heridas -catástrofe que había suscitado en su espíritu la duda sombría de si alguna vez llegaría a comprender los caminos de la Justicia Divina.
Con todo eso, no la negaba. Había que tener paciencia, solía decir. Aunque no le gustaban los sacerdotes, y no ponía los pies en la iglesia por nada del mundo, creía en Dios. ¿Acaso las proclamas contra los tiranos no se dirigían a los pueblos en nombre de Dios y de la Libertad? "Dios para los hombres, las religiones para las mujeres" murmuraba a veces. En Sicilia, un inglés, que había vuelto a Palermo después de su evacuación por el ejército del rey, le había dado una Biblia en italiano -publicación de la British and Foreing Bible Society, encuadernada en piel oscura. Durante los períodos de adversidad política, en los intervalos de silencio, en que los revolucionarios no publicaban proclamas, Giorgio se ganaba la vida con el primer trabajo que se le presentaba -como marino, descargador en los muelles de Génova, cavador algún tiempo en una granja de las colinas que dominaban a Spezzia- y en los ratos libres leía y estudiaba el grueso volumen. Llevábalo consigo a las batallas. Al presente no leía otra cosa, y para no verse privado de este solaz, había consentido (por ser el tipo de letra tan menudo) en aceptar el regalo de un par de anteojos, con montura de plata, que le había hecho la señora Emilia Gould, esposa del inglés que dirigía la explotación de la mina de plata en las montañas a tres leguas de la ciudad. Esta señora era la única inglesa que había en Sulaco.
Giorgio Viola tenía en gran estima a los ingleses. Este sentimiento, nacido en los campos de batalla del Uruguay, databa de hacía lo menos cuarenta años. Varios de aquéllos habían derramado su sangre por la causa de la libertad en América, y el primero que había conocido, llamado Samuel a lo que recordaba, mandaba una compañía de negros a las órdenes de Garibaldi, durante el famoso sitio de Montevideo, y había muerto heroicamente con sus hombres al vadear el Boyana. En aquella campaña Giorgio había sido ascendido a insignia -alférez- y servido de cocinero al general. Después en Italia, con el grado de teniente, cabalgó con el estado mayor y siguió cocinando para el jefe. Así lo había hecho en Lombardía mientras duró la lucha en aquella región.
En la marcha sobre Roma se había servido del lazo a estilo de América, cuando guerrearon en la Campaña; combatiendo en defensa de la República Romana, recibió una herida de importancia; fue uno de los cuatro fugitivos que, con el general, trasladaron a la esposa de éste, postrada y sin conocimiento, desde los bosques a una casa-granja, donde expiró agotada por las penalidades de aquella retirada terrible.
El fiel garibaldino había sobrevivido a tiempos tan desastrosos para servir de ayudante a su general en Palermo, cuando las granadas napolitanas, disparadas desde el castillo, reventaban sobre la ciudad. Había preparado la cena a su caudillo en el campo de Volturno, después de pelear durante el día entero. Y en todas partes sus ojos habían visto ingleses en las primeras filas del ejército liberal. Viola respetaba a la nación inglesa por el amor que había demostrado a Garibaldi, cuyas manos encallecidas en los combates no se retrajeron de besar con respeto las mismas condesas y princesas de Londres, según se decía. Bien podía creerse, porque la nación era noble, y el hombre un santo. Bastaba mirarle una sola vez a la cara para ver la fuerza divina de fe que le alentaba y su profunda compasión de los pobres, atribulados y oprimidos de este mundo.
El espíritu de olvido de sí mismo, la adhesión sincera a la idea de un vasto humanitarismo, sentimientos que inspiraban el pensamiento y aspiraciones de aquel período revolucionario, habían dejado impreso su sello en Giorgio en el austero desprecio de todo medro personal. Este hombre, mirado de sobreojo por el pueblo bajo de Sulaco, por sospechar que guardaba un tesoro enterrado en la cocina, no había dado en toda su vida la menor importancia al dinero. Los que le criaron y educaron en sus primeros años habían vivido pobres y muerto pobres; y él contrajo el hábito de no cuidarse del día de mañana, efecto en parte de una vida de aventuras, excitación y guerrear desenfrenado. Pero su descuido en esta parte era principalmente cuestión de principios. No se parecía al afectado abandono del condottiere; antes al contrario consistía en un puritanismo de comportamiento, hijo de un inmenso entusiasmo, semejante al puritanismo religioso.
Esta vehemente adhesión a una causa había proyectado una sombra de tristeza sobre la vejez de Giorgio; de tristeza porque la causa parecía perdida. En el mundo, destinado por Dios para el pueblo, seguían brillando aún muchos reyes y emperadores. El ingenuo sentimentalismo del antiguo garibaldino hallaba en ese hecho un motivo de tenaz melancolía.
Siempre estaba dispuesto a ayudar a sus compatriotas, que por su parte le mostraban gran respeto en su vida de destierro (como él la llamaba); pero no podía menos de ver que no les importaban nada las desdichas de las naciones, víctimas de la tiranía. Aunque oían de buen grado los relatos de sus campañas, siempre parecían preguntarse qué había sacado en limpio, a fin de cuentas. Al menos no se le veía que le luciera mucho el pelo. "¡Nosotros no pretendíamos hacer fortuna! ¡Sufríamos por amor de la humanidad!", exclamaba furioso a veces; y el tronar de su voz, el centelleo de sus ojos, el ondear de las blancas melenas y la curtida y nerviosa mano, levantada en alto como poniendo por testigo al cielo, causaban honda impresión en sus oyentes.
Mas, cuando el viejo se interrumpía de pronto con un meneo de cabeza y gesto del brazo, que significaban claramente: "¿Qué se saca de hablaros de estas cosas?", los presentes se daban de codos. Reconocían, no obstante, que había en el viejo Giorgio una energía de sentimiento, una firmeza de convicciones, un algo, que ellos llamaban terribilità: es "un viejo león", solían decir. Cualquier menudo incidente, cualquier palabra casual le daban ocasión para discursear largo y tendido, unas veces ante los pescadores italianos de la playa, como ocurrió en Maldonado, otras ante los parroquianos de su país que acudían al tenducho abierto más tarde en Valparaíso.
Ahora, en su hotel de Sulaco, emprendió de repente la prédica una noche en el café, situado en un extremo del edificio (el otro estaba reservado para los señores ingleses), ante la selecta clientela de conductores y capataces de los talleres y obras del ferrocarril.
La aristocracia de los operarios de la vía, tipos de caras enjutas, morenas, bien proporcionadas, rizos negros y lustrosos, ojos brillantes, amplios pechos y espesa barba, ostentando a veces un arillo de oro en el lóbulo de la oreja, le escuchaba atenta, apartando la mirada de los naipes o de las fichas de dominó. Aquí y allá un vasco de color rubio procuraba entretenerse útilmente, aguardando sin protesta que se le sirviera. En aquel retiro no se propasaba a entrar ningún natural de Costaguana: era el sanctasanctórum italiano.
Hasta los polizontes de Sulaco, cuando patrullaban por la noche, pasaban de largo por esta parte del hotel, limitándose a poner los caballos al paso e inclinarse sobre las sillas para echar una mirada por la ventana a las cabezas de los reunidos envueltas en nubes de humo. El relato declamatorio de Giorgio seguía tronando y sus ecos parecían ir a perderse tras ellos en la llanura. Sólo de cuando en cuando, el ayudante del jefe de policía, caballerete moreno y cariancho, con bastante sangre india en las venas, solía aparecer en el café. Dejando fuera a su acompañante con los caballos, avanzaba con sonrisa confiada y socarrona, sin decir una palabra, hasta el largo mostrador. Desde allí señalaba con el dedo una de las botellas del anaquel; Giorgio mismo, poniéndose bruscamente en la boca la pipa que tenía en la mano, le servía. No se oía nada, fuera del leve sonido de las espuelas. Vaciado el vaso, echaba con calma una mirada escudriñadora alrededor del local, salía, y montando de nuevo, se alejaba con su acompañante, dando la vuelta hacia la ciudad.
Tal era el único modo con que vindicaban el ejercicio del poder las autoridades locales entre el numeroso gremio de robustos extranjeros, que cavaban la tierra, hendían las rocas y guiaban las máquinas en beneficio de la gran "empresa patriótica y progresiva". Con estas mismas palabras, dieciocho meses antes, el Excelentísimo Señor don Vicente Rivera, Dictador de Costaguana, había designado la obra del Ferrocarril Central Nacional en su gran discurso, pronunciado al inaugurar los trabajos.
De intento había venido para ello a Sulaco; y con tal motivo hubo entonces una gran comida, un convite, ofrecido por la Compañía Oceánica de Vapores, a bordo del Juno, después de la función celebrada en la playa. El capitán Mitchell en persona se había puesto al timón de la gabarra, toda empavesada con paños y banderolas, que a remolque de la lancha de vapor del Juno trasladó al Jefe del Estado desde el muelle al barco. Habíase invitado a todas las personas de viso, residentes en Sulaco -uno o dos comerciantes extranjeros; los representantes de las antiguas familias españolas, a la sazón en la ciudad; los grandes propietarios de estancias en la llanura, caballeros de neta prosapia, llanos, graves, corteses, sencillos, de manos y pies pequeños, conservadores, hospitalarios y bondadosos. La Provincia Occidental constituía su baluarte; al presente había triunfado el partido blanco, y su Presidente-Dictador era un blanco de los blancos, que ocupaba su sitio sonriendo cortésmente entre los representantes de dos potencias extranjeras amigas. Habían venido con él desde Santa Marta para patrocinar con su presencia la empresa, en que se hallaba comprometido el capital de sus naciones.
La única figura femenina de la reunión era la señora Gould, esposa de don Carlos, el administrador de la mina de plata de Santo Tomás. Las señoras de Sulaco no habían progresado bastante para intervenir en la vida pública en tanto grado. No tuvieron reparo en acudir al gran baile dado en la Intendencia la noche anterior; pero ahora sólo se veía a la señora de Gould, cuyo traje claro y ligero resaltaba en el grupo de negros fracs, detrás del Presidente-Dictador sobre la tribuna tapizada de carmesí, erigida al pie de un frondoso árbol, en la playa del puerto, donde se había celebrado la ceremonia de dar la primera azadonada. Había llegado en el lanchón, lleno de notabilidades, sentada entre el flotar de alegres banderolas en el sitio de honor al lado del capitán Mitchell, que empuñaba el timón; y su elegante atavío daba la única nota verdaderamente festiva en el sombrío grupo del largo y suntuoso salón del Juno.
El presidente del consejo del ferrocarril (procedente de Londres), de rostro afable y pálido, orlado por plateada aureola de cabello blanco y barba recortada, se volvía hacia la señora de Gould, atento, sonriente y fatigado.
El viaje desde la capital de Inglaterra a Santa Marta en vapores correos y en coches especiales del ferrocarril costero de Santa Marta (único construido hasta entonces) había sido tolerable -hasta ameno-, perfectamente tolerable. Pero la travesía de las montañas para llegar a Sulaco, viajando con una antigua diligencia por caminos intransitables, que bordeaban espantosos precipicios…, era mejor no recordarla.
– Dos veces hemos volcado en un día, en la ceja misma de simas profundísimas -refería a la señora de Gould en voz baja-. Y cuando por fin nos vimos aquí, ignoro que hubiera sido de nosotros, a no haber encontrado la hospitalidad de ustedes. ¡Qué lugar más inaccesible es este Sulaco! ¡Puerto y todo como es!… ¡Asombroso!
– ¡Ah! Pero nosotros estamos muy orgullosos de nuestra ciudad. Tiene importancia histórica. Aquí estuvo establecido antiguamente, durante dos virreinatos, el supremo tribunal eclesiástico -le hizo saber la señora expresándose con animación.
– Me sorprende la noticia. No lo hubiera imaginado. Pero mi intención no ha sido rebajar… Usted parece muy patriota.
– La ciudad es deliciosa, aunque sólo sea por su situación. Tal vez no sepa usted que llevo muchos años residiendo aquí.
– ¿Cómo muchos años? No lo comprendo -murmuró mirándola con una ligera sonrisa.
La señora Gould aparecía rejuvenecida por la inteligente movilidad de sus facciones.
El hombre de negocios londinense, positivista de tomo y lomo, que consideraba como fruslerías despreciables todo lo que no significara progreso material, prosiguió:
– Nosotros no podemos devolverles a ustedes su tribunal eclesiástico; pero en cambio les daremos más vapores, un ferrocarril, un cable telegráfico…, un porvenir en el gran mundo, todo ello de valor infinitamente superior a las pasadas magnificencias. Se pondrán ustedes en contacto con algo más grande que dos virreinatos. Pero yo no tenía idea, repito, de que una ciudad de la costa pudiera permanecer tan aislada de las demás partes del globo. Nada: como si hubiera estado escondida un millar de kilómetros tierra adentro, sin linaje alguno de comunicación… ¡Es notabilísimo! Y ¿ha ocurrido aquí algo importante en los últimos cien años?
Mientras el gran personaje financiero hablaba en tono bajo y humorístico, la señora le escuchaba sonriente. Abundando en el mismo sentir irónico, le aseguró que no indudablemente…, nada había ocurrido nunca en Sulaco. Ni siquiera las revoluciones -y ella había conocido dos- habían perturbado en lo más mínimo el sosiego de la ciudad. Habían tenido por teatro las regiones más pobladas del mediodía de la República y el gran valle de Santa Marta, que era como el gran campo de batalla de los partidos. Ese valle ofrecía un lugar apropiado para disputarse el dominio de la capital y permitía además buscar salida al otro océano.
Allí estaban más adelantados. A Sulaco sólo llegaban los ecos de esas grandes contiendas, y, por supuesto, los nuevos funcionarios oficiales, que cambiaban cada vez, salvando las mismas montañas, atravesadas por él en una vieja diligencia con tanto riesgo de perecer o quedar estropeado.
El presidente de la empresa del ferrocarril había gozado de la hospitalidad de la señora Gould varios días, y realmente se sentía agradecido. Hasta después de partir de Santa Marta no echó de menos el ambiente de la vida europea, del que se vio de repente aislado al penetrar en sus exóticos alrededores. En la capital se había hospedado en la legación, viviendo absorbido por las activas negociaciones realizadas con los miembros del gobierno de don Vicente, personas cultas, nada ajenas a las condiciones de los negocios en los países civilizados.
Lo que más le interesaba por entonces era la adquisición de terrenos para la vía. En el valle de Santa Marta, donde existía ya otra línea, la gente se mostraba bien dispuesta; y el asunto era sólo cuestión de precios. Habíase nombrado una comisión que fijara el valor de las tierras; y la juiciosa influencia de los tasadores resolvió la dificultad.
Pero en Sulaco -precisamente la Provincia Occidental, cuyo desenvolvimiento se intentaba con el proyectado ferrocarril- hubieron de surgir obstáculos. Por espacio de siglos había yacido aislada tras de sus naturales barreras, rechazando la invasión de los adelantos modernos con los despeñaderos de su sierra, su somero puerto emplazado frente a las eternas calmas de un golfo lleno de nubes y el retrógrado espíritu de los dueños de su fértil territorio -todas las familias aristocráticas de antigua ascendencia española, los don Ambrosio de Tal y don Fernando de Cual, que parecían mirar con disgusto y recelo el paso del ferrocarril por sus posesiones.
De esta animadversión era buena prueba el hecho de haber sido prevenidas con amenazas de violencia algunas de las cuadrillas que trabajaban en el trazado y explanación de la vía, diseminadas por toda la provincia.
En otros casos se habían manifestado pretensiones irritantes en cuanto al precio de los terrenos. Pero el hombre de los ferrocarriles se preciaba de sentirse con ánimos para hacer frente a todas las contingencias. Puesto que se veía combatido en Sulaco por un sentimiento hostil de rutinarismo ciego, él se procuraría el apoyo de otro sentimiento, el del amor al progreso y prosperidad del país, antes de hacerse fuerte tan sólo en su derecho. El gobierno se había comprometido a ejecutar la parte que le correspondía en el contrato hecho con la junta superior de la compañía del nuevo ferrocarril, aunque para ello tuviera que apelar al empleo de la fuerza.
Sin embargo, el presidente de esa junta deseaba el desenvolvimiento tranquilo de sus planes, evitando en lo posible las violencias de la intervención armada. La empresa era demasiado vasta y trascendental y encerraba promesas demasiado halagüeñas, para que la compañía se resolviera a no dejar piedra sin mover.
Por lo mismo discurrió hacer intervenir al mismo Presidente-Dictador en persona en una gira de festivales y discursos, que culminaron en una gran función al celebrarse la ceremonia de dar la vuelta al primer trozo de césped junto a la plaza del puerto. Al fin y al cabo Don Vicente era criatura suya. Este personaje representaba el triunfo de los mejores elementos de la República. Tales eran los hechos; y a menos que los hechos no significaran nada (se argüía a sí mismo Sir John), la influencia de un hombre así debía ser positiva, y su intervención personal no podía menos de producir el efecto conciliador que él necesitaba. Había conseguido arreglar el viaje con la ayuda de un abogado muy listo, bien conocido en Santa Marta como agente de la mina de plata Gould, la empresa y negocio más importantes de Sulaco y aun de toda la nación. Realmente era una mina de incalculable riqueza.
El tal agente, hombre de cultura y habilidad notorias, parecía, aun sin desempeñar ningún cargo oficial, poseer una influencia extraordinaria en las más elevadas esferas gubernamentales. Ello es que pudo asegurar a Sir John la asistencia del Presidente-Dictador a la inauguración solemne de las obras. Añadió que, a pesar suyo, también se había empeñado en venir a la ceremonia el general Montero.
Este jefe militar era al principio de la última guerra un oscuro capitán de ejército, empleado en la frontera salvaje del oriente del Estado, y se había decidido a favor del partido de Rivera en circunstancias que dieron a su adhesión una importancia fortuita. Las vicisitudes de la lucha le favorecieron de un modo admirable; y la victoria de Río Seco (tras un día de pelea desesperada) consagró definitivamente su elevación. Al fin salió nombrado general ministro de la Guerra y jefe militar del partido blanco, aunque en su linaje no había nada de aristocrático. Al contrario, decíase que él y un hermano suyo, huérfanos de una familia del pueblo, habían sido criados y educados merced a la munificencia de un famoso viajero europeo, en cuyo servicio el padre de aquéllos había perdido la vida. Otra versión le daba por padre a un carbonero, que quemaba madera en el bosque, y por madre a una india bautizada, procedente de una región remota del interior.
Sea de ello lo que fuere, la prensa de Costaguana tenía la costumbre de designar la marcha de Montero por los bosques, desde su comandancia hasta unirse con las fuerzas del partido blanco, con el hiperbólico calificativo de "la hazaña militar mas heroica de los tiempos modernos". Por la misma época su hermano había regresado de Europa, adonde había ido, al parecer, como secretario de un consulado. Pero habiendo logrado reunir una pequeña banda de forajidos y dado pruebas de poseer cierto talento de guerrillero, se le premió al efectuarse la pacificación con el cargo de comandante militar de la capital.
El ministro de la Guerra acompañó, según queda indicado, al Dictador. El consejo de la Compañía O.S.N., trabajando de acuerdo con el personal del ferrocarril por el bien de la República, había mandado en esta ocasión solemne al capitán Mitchell poner a disposición de los elevados funcionarios y su acompañamiento el vapor correo Juno.
Don Vicente, viajando hacia el sur desde Santa Marta, había embarcado en Cayta, puerto principal de Costaguana, y llegado a Sulaco por mar. Pero el presidente de la compañía del ferrocarril hubo de resolverse a cruzar las montañas en una destartalada diligencia, con el principal propósito de hablar a su ingeniero jefe, ocupado en el trazado definitivo de la vía.
A pesar de la insensibilidad que los hombres de negocios suelen demostrar ante las magnificencias de la Naturaleza, sobre todo si tienen puesto el pensamiento en vencer su hostilidad con recursos financieros, no pudo sustraerse a la impresión causada por el paisaje que le rodeaba, durante el alto hecho en el campo de mediciones, establecido en el punto más alto de la futura línea. Pasó allí la noche, habiendo llegado con algunos instantes de retraso para contemplar los últimos esplendores tornasolados del sol poniente sobre el nevado flanco del Higuerota. Masas de pilares de negro basalto encuadraban, como un pórtico abierto, una parte de la blanca extensión, tendida en declive hacia el oeste. En el aire transparente de aquellas grandes alturas todo parecía muy cercano, flotando en una serena quietud, como en un líquido imponderable. El jefe del personal, encargado de las mediciones, a la puerta de una choza de toscas piedras, atento el oído a percibir el primer rumor de la esperada diligencia, había observado con mucha admiración los matices cambiantes de la enorme ladera de la montaña, antojándosele que en este espectáculo, como en inspirada pieza musical, podían combinarse la suprema delicadeza expresiva de sombras y matices con una estupenda magnificencia de efecto.
Sir John llegó demasiado tarde para saborear la grandiosa y callada sinfonía, ejecutada por el sol poniente entre los altos picos de la Sierra. Se había extinguido en la muda pausa de una profunda oscuridad, antes que aquél se apeara por la parte delantera de la diligencia, con los miembros entumecidos, y cambiara un apretón de manos con el ingeniero.
Sirviéronle la cena en una choza de piedra, que tenía la forma de un peñasco cúbico, sin puerta ni ventanas en sus dos aberturas; una brillante hoguera de palos secos (llevados a lomo de mulo desde el valle inferior inmediato) ardía fuera, despidiendo un resplandor ondulante; y dos velas en candeleros de hojalata -encendidas, según se le explicó a Sir John, en su honor- se erguían sobre una especie de tosca mesa de campo, a la que el presidente del ferrocarril se sentaba a la derecha del ingeniero jefe.
El gran financiero sabía allanarse a tratar a sus subordinados con sencilla cordialidad; y los jóvenes del cuerpo de ayudantes, para quienes los trabajos del trazado de la vía tenían el encanto de los primeros pasos dados en la senda de su carrera, permanecían sentados también, escuchando en postura modesta, con los lampiños rostros curtidos por la intemperie, muy complacidos de hallar tanta afabilidad en un hombre tan eminente.
Después, a hora avanzada de la noche, yendo y viniendo en el llano donde se alza la choza, tuvo una larga conversación con el ingeniero. Le conocía bien de muy atrás. No era la primera empresa en que sus talentos, tan substancialmente distintos como el fuego y el agua, habían colaborado en inteligente armonía. Del contacto de estas dos especialidades, que no tenían la misma visión del mundo, surgía un poder altamente beneficioso para el mundo -una fuerza sutil, capaz de poner en movimiento máquinas gigantes y músculos humanos, despertando además sentimientos de entusiasta adhesión a la empresa.
Algunos de los jóvenes, que en ella inauguraban su vida profesional, morirían antes de verla concluida. Pero la obra tenía que ser ejecutada: la fuerza motora poseía casi el impulso irresistible de la fe. No del todo, sin embargo. En el silencio del dormitorio vivaque, establecido sobre la meseta que formaba la cima del paso, semejante a un vasto circo, rodeado de escarpados muros de basalto, dos figuras que paseaban con lentitud a la luz de la luna, envueltas en gruesos abrigos rusos, se detuvieron un momento; y la voz del ingeniero pronunció distintamente la siguiente declaración:
– Nosotros no podemos trasladar las montañas.
Sir John, que había alzado la cabeza para seguir el gesto indicador, comprendió en toda su plenitud la fuerza de la frase. El nevado Higuerota resaltaba sobre la masa sombría de rocas y tierra, como una colosal burbuja helada, bruñida por la luz de la luna.
Todo yacía en silencio; y de pronto sonó un repetido choque de cascos. Era una de las acémilas, que había coceado dos veces contra las paredes del corral, destinado a las bestias de carga, toscamente construido con piedras sueltas en forma de círculo.
El ingeniero jefe había dicho las palabras anteriores respondiendo a una velada indicación del presidente sobre la probable posibilidad de alterar el trazado de la línea, defiriendo a los perjuicios de los grandes terratenientes de Sulaco. El primero creía que la obstinación de los hombres era el menor obstáculo. Además, para combatirla, contaban con la gran influencia de Carlos Gould, mientras que la perforación del Higuerota por un túnel era una empresa colosal.
– ¡Ah!, sí, Gould. ¿Qué clase de persona es?
Sir Jonh había oído hablar mucho de él en Santa Marta y deseaba ampliar sus noticias. El ingeniero jefe le aseguró que el administrador de la mina de plata de Santo Tomé gozaba de un ascendiente inmenso entre todos los Dones españoles. Poseía una de las mejores casas de Sulaco, y su hospitalidad superaba a todo encomio.
– A mí me recibieron como si me hubiesen conocido por largos años -añadió. La amita de la casa es la misma bondad personificada. Viví con ellos un mes; y Carlos Gould me ayudó a organizar las cuadrillas de ayudantes que habían de ejecutar las mediciones y demás trabajos del trazado. La circunstancia de ser prácticamente el amo de la mina de plata de Santo Tomé le granjea una consideración especialísima. Es evidente que todas las autoridades de la provincia le atienden; y, como he dicho, con el dedo meñique puede hacer bailar a todos los hidalgos de la comarca. Si usted sigue su consejo, las dificultades desaparecerán; él necesita el ferrocarril. Por supuesto, debe usted reparar bien en lo que dice, al hablar con él, porque es inglés e inmensamente rico además. La casa Holroyd entra a la parte con Gould en esa mina; de modo que ¡figúrese usted lo que con tan poderosa ayuda financiera…!
Interrumpióse, y en aquel momento, frente a una de las pequeñas hogueras que ardían junto a la baja pared del corral surgió la figura de un hombre, cubierto por un poncho hasta el cuello. La silla que le había servido de almohada formó una mancha negra en el suelo, que resaltaba al rojo resplandor de las ascuas.
– Pienso ver al mismo Holroyd al regresar por los Estados Unidos -manifestó Sir John-. He averiguado que también él necesita el ferrocarril.
El hombre, que, molestado tal vez en la proximidad de las voces, se había levantado, hizo arder un fósforo para encender un cigarrillo. La llama iluminó su rostro moreno con bigotes negros y un par de ojos, que miraban de frente; luego, volviendo a arreglar sus ropas, se tendió a la larga y apoyó su cabeza sobre la silla de montar.
– Es el mayoral de la impedimenta, a quien mandaremos volver a Sulaco, ahora que vamos a emprender nuestros trabajos en el valle de Santa Marta – dijo el Ingeniero-. Un sujeto utilísimo, que puso a mi disposición el capitán Mitchell, de la Compañía O.S.N. Ha sido un rasgo generosísimo de Mitchell. Carlos Gould me dijo que lo mejor que podía hacer era aprovechar el ofrecimiento. Parece poseer el secreto de gobernar a todos esos acemileros y peones. No hemos tenido el menor tropiezo con ellos. Escoltará la diligencia que le conduzca a usted hasta Sulaco, secundado por algunos obreros nuestros de la vía. El camino es malo; y la vigilancia de ese hombre puede evitarle a usted algunos vuelcos. Me ha prometido que cuidará de la persona de usted en todo el trayecto, como si se tratara de su propio padre.
El mayoral mencionado no era otro que el marinero italiano, a quien todos los europeos de Sulaco, sobre todo ingleses, siguiendo la defectuosa pronunciación del capitán Mitchell, tenían la costumbre de llamar Nostromo. Y, en efecto, taciturno y alerta, veló excelentemente por la vida del viajero en las partes peligrosas del camino, según el mismo presidente manifestó después agradecido a la señora de Gould.
Por entonces Nostromo llevaba ya bastante tiempo en el país para elevar al grado más alto la opinión del capitán Mitchell sobre el extraordinario valor de su hallazgo. A no dudarlo era uno de esos subordinados inapreciables, de los que sus jefes se ufanan con justicia. El capitán Mitchell blasonaba de tener buen ojo para conocer a los hombres; pero no era egoísta reservándose para sí los servicios del habilidoso y capaz italiano, y en la inocencia de su orgullo, iba cayendo en la manía de "ofrecer con frecuencia a su capataz de cargadores"; lo que, andando el tiempo, había de poner a Nostromo, como una especie de factótum universal -como un verdadero prodigio de eficiencia en su propia esfera de vida.
"Es un hombre que daría la vida por mí", solía afirmar el capitán Mitchell; y aunque tal vez nadie pudiera explicarse la razón de tal hecho, si se observaba atentamente las relaciones que entre ellos mediaban, no había modo de poner en tela de juicio aquel aserto, a no tener el genio agrio y estrafalario del doctor Monyghan, por ejemplo, cuya risa acre y escéptica expresaba de ordinario una inmensa desconfianza de los individuos todos del linaje humano. Y no es que el doctor fuera pródigo ni de risas ni de palabras, sino, al contrario, tétrico y taciturno, aun estando del mejor talante. Cuando le dominaba el mal humor, eran terribles los crudos sarcasmos de su lengua de hacha.
Únicamente la señora de Gould podía mantener dentro de los debidos límites la incredulidad del maldiciente en la nobleza de los móviles humanos; pero aun ella (en una ocasión no relacionada con Nostromo, y en un tono que a él le pareció afable) le había dicho también: "Realmente es absurdo exigir a un hombre que forme de los demás mejor concepto que el que tiene de sí mismo."
Y la señora de Gould había abandonado el tema sin dilación. Corrían extraños rumores sobre el doctor inglés. Años atrás, en tiempos de Guzmán Bento, anduvo mezclado, según se susurraba, en una conspiración, que fue denunciada por uno de sus miembros y, al decir de la gente, ahogada en sangre. El cabello se le había vuelto entrecano; su rostro barbilampiño y cruzado por costurones tenía color rojizo, y su costumbre de usar ancha camisa de franela, a cuadros de diversos colores, y panamá teñido era una provocación constante a los usos establecidos en Sulaco. A no ser por la inmaculada limpieza de su atavío, se le hubiera tomado por uno de esos europeos pendularios, que desacreditan a cualquier colonia de su patria en casi todos los países del mundo.
Las señoritas de Sulaco, que adornaban con grupos de lindas caras los balcones de la calle de la Constitución, cuando le veían pasar renqueando, cabizbajo, la corta chaqueta de hilo vestida con desgarbo sobre la abigarrada camisa de franela, se decían unas a otras: "Aquí tenemos al señor doctor que va a visitar a doña Emilia. Lleva puesta su chaquetita." El hecho era cierto, pero la significación más honda del mismo se ocultaba a sus sencillas inteligencias. Fuera de que tampoco pensaban mucho en el doctor. Era viejo, feo, instruido -y un poco loco-, teniendo además ciertos ribetes de hechicero, según sospechas del pueblo bajo. Hagamos constar que la chaquetita blanca era una concesión a la influencia humanizadora de la señora de Gould.
El doctor, hombre de lenguaje incorregiblemente mordaz y escéptico, no sabía expresar de otro modo el respeto profundo que le inspiraba la mujer conocida en el país con la denominación de "la señora inglesa". El cínico pesimista le rendía ese homenaje con entera sinceridad; lo cual no era poco para un tipo de su condición. La señora de Gould lo echaba de ver claramente; y por su parte nunca le hubiera pasado por las mientes obligarle a una prueba tan señalada de deferencia.
La esposa del administrador de la mina de Santo Tomé tenía su casa española (que era uno de los mejores ejemplares de Sulaco) abierta siempre para dispensar a sus visitantes las menudas finezas de la hospitalidad. Y lo hacía con llaneza y gracia especiales, guiándose por una atenta percepción de los distintos valores. Poseía en alto grado el don del trato social, que consiste en olvidarse de sí mismo en una infinidad de delicados pormenores y en adaptarse al genio de los demás. Carlos Gould no había reparado bastante en esa notable cualidad de su consorte. Siguiendo las tradiciones de su familia, que, aunque establecida en Costaguana por tres generaciones, acudía siempre a Inglaterra para efectuar allí los estudios y el casamiento, creía haberse enamorado de la joven que ahora era su mujer, en atención a la amable sensatez de que le había dado tantas pruebas; pero no era precisamente esa dote la que le granjeaba la estimación de cuantos visitaban la casa Gould; como había ocurrido, por ejemplo, con todo el cuerpo de ingenieros de la vía, desde el más joven hasta el veterano jefe, que no se cansaban de recordar los excelentes ratos pasados en casa de la señora Gould, mientras sufrían las inclemencias de la intemperie en los altos picos de la Sierra.
Lo más curioso era que la interesada no daba muestras de advertirlo; y si alguien le hubiera hablado de la sentida gratitud con que se citaba su nombre al borde de las nieves en las alturas visibles desde Sulaco, con una sonrisa y la sorpresa reflejada en sus ojos grises muy abiertos, habría protestado de que no había hecho nada de particular por los ingenieros. Y a continuación, tomando cierta expresión reflexiva, habría hecho como que aguzaba su ingenio para hallar la explicación de aquel agradecimiento: "No tenía nada de extraño, porque a los pobres muchachos no podía menos de causarles viva impresión cualquier amable acogida que hallaran en tan remoto país. En ello, sin duda, tenia que entrar por mucho la nostalgia. Todos, a lo que creo, padecemos algo del mismo achaque".
Siempre la movían a compasión los que se sentían tristes por estar fuera de su patria.
Carlos, nacido como su padre en la República de Costaguana, enjuto y alto, con su bigote cobrizo, barbilla de neto perfil, ojos claros de color azul, cabello de ébano y rostro fino, fresco y rubicundo, presentaba todo el aspecto de un extranjero, recién llegado a Inglaterra. Su abuelo había peleado por la causa de la Independencia a las órdenes de Bolívar en aquella famosa legión inglesa, cuyos valientes merecieron, en la batalla Carabobo, ser saludados por el gran Libertador con el dictado de "Salvadores del país". Uno de los tíos de Carlos Gould había sido Presidente electo de la misma provincia de Sulaco (llamada a la sazón Estado) en los tiempos de la Federación, y más tarde había muerto fusilado, de pie junto al muro de una iglesia, por orden del bárbaro general unionista Guzmán Bento. Era éste el Guzmán Bento que, habiendo llegado a ser después Presidente perpetuo, famoso por su implacable y cruel tiranía, alcanzó su apoteosis en la leyenda popular, la cual hizo de él un espectro sanguinario condenado a vagar por los campos, después de haber sido robado su cuerpo, por el diablo en persona, del mausoleo de ladrillo erigido en la nave de la iglesia de la Asunción en Santa Marta. Así al menos se explicó su desaparición a la muchedumbre desarrapada que acudió en tropel, presa de terror, a contemplar el agujero, abierto en un lado del deforme sarcófago de ladrillo, situado frente al altar mayor.
El nombre del cruel Guzmán Bento evocaba el recuerdo de numerosas víctimas, además del tío de Carlos Gould; pero a éste siempre le ayudó la circunstancia de tener un pariente martirizado por la causa de la aristocracia, para que los oligarcas de Sulaco, que eran las familias de pura sangre española, le consideraran como uno de los suyos. He dicho oligarcas usando la fraseología de la época de Guzmán Bento; ahora se llamaban blancos y habían abandonado la idea federal. Con tal recuerdo de familia nadie mejor que don Carlos Gould podía reclamar el título de costaguanero; pero tenía un tipo tan característico, que para la gente ordinaria era siempre el inglés de Sulaco. Parecía más inglés que cualquiera de los turistas de la misma nacionalidad, de paso alguna vez por aquella región, o que cualquier vagabundo misionero protestante, por más que éstos eran entonces enteramente desconocidos en Sulaco; más inglés que los jóvenes ayudantes del ferrocarril en construcción, llegados últimamente, y que cualquiera de los tipos deportistas publicados en los números del Punch, recibidos por la señora de don Carlos con unos dos meses de retraso.
Maravillaba oírle hablar español (castellano dicen allí) o el dialecto indio de la gente del campo con tanta naturalidad. Su acento no tuvo nunca nada de inglés; pero había algo tan indeleble en toda la generación de los Gould -soldados de la independencia, exploradores, plantadores de café, comerciantes y revolucionarios de Costaguana-, que Carlos, el único representante de la tercera generación en un país que se jactaba de poseer un estilo peculiar de equitación, continuaba siendo inglés, aun a caballo. Y esto último no lo digo en el sentido burlón de los llaneros o habitantes de las grandes llanuras, que se creen los primeros jinetes del mundo. Realmente Carlos Gould, dicho sea con la elevada expresión que corresponde, cabalgaba como un centauro. El cabalgar para él no era un género especial de ejercicio, sino una facultad natural, como la de andar derecho para los que están sanos de cuerpo y alma; pero con todo eso, cuando caminaba, bordeando la ruta desigual y polvorienta de los carros de bueyes, en dirección a la mina, con su traje inglés y atalaje exótico, producía la impresión de estar llegando en aquel momento a Costaguana, a su rápido pasotrote, procedente de alguna verde pradera del otro lado del mundo.
Solía hacer su viaje a lo largo del viejo camino español (el camino real del lenguaje popular). Esta vía con su peculiar calificativo era uno de los pocos vestigios que quedaban de aquella realeza, tan odiada, de Giorgio Viola, cuya sombra misma puede decirse que había desaparecido del país, pues aun la estatua ecuestre de Carlos IV, que se alzaba a la entrada de la Alameda, resaltando por su blancura entre el arbolado, no era conocida de la clase baja del país y los mendigos de la ciudad que dormían en las escaleras de la base del pedestal, sino como "El Caballo de Piedra". El otro Carlos que se alejaba torciendo a la izquierda con un rápido golpeteo de cascos sobre el agrietado pavimento de losas, el don Carlos Gould de la vestimenta inglesa, no parecía menos incongruente en aquel medio que la anacrónica estatua, pero seguramente se venía mucho mejor con las realidades de entonces que el regio caballero, representado por el artista en postura de refrenar con una mano su palafrén, mientras levantaba la otra hacia el ala del sombrero adornado con airón de plumas.
La efigie ecuestre del monarca, afeada por las injurias de la intemperie, con su vaga indicación de un gesto de saludo, sugería la idea de que guardaba en su pecho secretos inescrutables sobre los cambios políticos que le habían despojado hasta de su propio nombre. Pero también el otro jinete, el de rostro fino y perspicaz, que cabalgaba sobre su airoso y bien proporcionado bridón, de color tostado y ojo vivo, tenía el aspecto de no dejar traslucir sus opiniones sobre los hombres y las cosas de la República.
El ánimo de este segundo Carlos, conocido del pueblo con el nombre del "inglés de Sulaco", se mantenía en la serena estabilidad, propia de las conveniencias públicas y privadas, que imperaba en Europa. No mostraba sentir desagrado por la manera estrafalaria con que las señoritas de Sulaco se empolvaban los rostros hasta parecer mascarillas de escayola, animadas por bellos y expresivos ojos, ni por las hablillas y murmuraciones de la ciudad, ni por los continuos cambios políticos y revueltas, promovidas siempre invocando "la salvación del país". Todo parecía aceptarlo con impasible ecuanimidad.
Su mujer, en cambio, no acertaba a ver en aquellas luchas más que un drama pueril y sangriento de asesinatos y rapiñas, representado con terrible seriedad por gente sin juicio y depravada. Durante los primeros días de su vida en Costaguana, la pobre señora solía cruzar las manos con desesperación por no poder tomar los asuntos públicos del país en su genuina significación, concediéndoles la importancia que requería la atrocidad de los procedimientos empleados. Veía en ellos una comedia de ficciones cándidas, en la que apenas había nada de sincero, como no fuera la indignación y terror que a ella le producían.
Carlos, muy tranquilo, retorciéndose los largos bigotes, solía rehusar la discusión de tales asuntos. Una vez, empero, la hizo observar con tono afable:
– Pero, hija mía, pareces olvidarte de que yo he nacido aquí.
Estas breves palabras, como si hubieran sido una repentina revelación, la impusieron silencio. Tal vez el hecho de haber nacido en el país obligaba a ver las cosas de una manera muy diferente. Tenía y había tenido siempre una confianza grandísima en su marido. Desde el primer momento la imaginación de la futura señora de Gould había sido impresionada por la ausencia de sentimentalismo y la quietud de ánimo que caracterizaban a Carlos, considerando estas cualidades como indicadoras de cabal competencia en los negocios de la vida. Don José Avellanos, su vecino de la casa de enfrente, estadista, poeta, hombre de cultura, que había representado a su país en varias cortes europeas (y sufrido indignidades indecibles como prisionero de Estado en la época del tirano Guzmán Bento), solía declarar en la sala de tertulia de doña Emilia que Carlos unía a las cualidades todas del carácter inglés un corazón verdaderamente patriótico.
La señora de Gould, alzando los ojos al fino, rubio y tostado semblante de su esposo, no lograba descubrir el más leve temblor de sus facciones, al oír las anteriores palabras sobre su patriotismo. Quizá en tal ocasión acabara de regresar de la mina a caballo; porque era bastante inglés para no hacer caso de las horas más calurosas del día. Basilio, con librea de fina tela blanca de hilo y ceñidor rojo, se habría agachado detrás de sus talones en el patio, para desatarle las pesadas y romas espuelas; y a continuación el señor Administrador habría subido la escalera de la galería. Hileras de macetas de plantas, alineadas sobre la balaustrada entre los pilares de los arcos, formaban con sus hojas y flores una especie de mampara, ocultando el corredor a las miradas dirigidas desde el cuadrángulo inferior, cuyo piso enlosado es la parte esencial de una casa sudamericana, y donde las tranquilas horas de la vida doméstica son marcadas por los cambios de la luz y sombra sobre las losas del piso.
El señor Avellanos tenía la costumbre de cruzar el patio a eso de las cinco, casi todos los días. Don José escogía para hacer su visita la hora del té, porque el rito inglés en casa de doña Emilia le recordaba el tiempo que había vivido en Londres, como ministro plenipotenciario en la corte de San James. No le gustaba el té; y, de ordinario, meciéndose en su silla americana, cruzadas sus lustrosas botitas sobre el descansapiés, hablaba con una especie de complaciente virtuosidad, admirable en un hombre de sus años, conservando la taza en la mano por largo tiempo. Su cabello enteramente recortado era blanco como la nieve; sus ojos, negros como el azabache.
Al ver a Carlos Gould entrar en la sala, saludaba con una venia provisional, y proseguía hasta el fin su período oratorio. Después solía decir:
– Amigo Carlos, ha venido usted a caballo desde Santo Tomé con el calor del día. Siempre la verdadera actividad inglesa, ¿no? ¿Qué hay?
Bebía de un trago lo que restaba del té, dando invariablemente después un ligero respingo seguido de un "¡brrr!" involuntario, que no quedaba disimulado por la apresurada exclamación:
– ¡Excelente!
Luego poniendo la taza vacía en la mano de su joven amiga, extendida con una sonrisa, continuaba discurseando sobre la índole patriótica de la mina de Santo Tomé, por el mero placer de hablar con facundia, a lo que parecía, mientras su cuerpo reclinado oscilaba con suave vaivén en una mecedora traída de los Estados Unidos. El cielo raso del salón de la casa Gould tendía su blanca superficie a gran altura sobre la cabeza del anciano visitante. Aquella desmedida elevación empequeñecía el ajuar de la espaciosa pieza, en el que se mezclaban antiguos sillones españoles de nogal y cuero, con respaldos rectos, y asientos europeos de diversas formas, bajos y enteramente almohadillados, semejantes a pequeños monstruos gordinflones, henchidos hasta reventar de muelles de acero y de crin. Veíanse chucherías en mesitas y veladores, espejos incrustados en el muro sobre consolas de mármol, alfombras cuadradas al pie de dos grupos de butacas, presididos cada uno por un profundo sofá; esterillas diseminadas sobre el piso de rojas baldosas; tres grandes ventanas, abiertas desde el techo al suelo, que daban salida a un balcón corrido, y estaban flanqueadas del lado de la habitación por los pliegues perpendiculares de obscuros cortinajes. La magnificencia de tiempos pasados perduraban entre las cuatro altas y lisas paredes, teñidas de un delicado color de vellorita; y la señora de Gould, con su cabecita de lucientes rizos, sentada entre una nube de muselina y encaje ante una esbelta mesa de caoba, parecía un hada, que se le había posado junto a los vasos de plata y porcelana repletos de delicadas golosinas para regalar el gusto de los moradores del salón.
La señora de Gould conocía la historia de la mina de Santo Tomé. Su laboreo databa del tiempo de la conquista y se había efectuado principalmente a latigazos en las espaldas de los esclavos; el rendimiento de plata se había pagado con su peso en huesos humanos. Tribus enteras de indios habían perecido en la explotación; y al cabo la mina se abandonó, en vista de que aquel método primitivo no rendía un beneficio apreciable, a pesar de cuantos cadáveres se arrojaran a las fauces del monstruo. Posteriormente llegó a quedar olvidada. Fue descubierta de nuevo después de la guerra de la independencia. Una compañía inglesa obtuvo el derecho de beneficiarla, y halló un filón tan rico, que ni las exacciones de los sucesivos gobiernos, ni las incursiones periódicas de los oficiales de reclutamiento sobre la colonia de mineros, convenientemente retribuidos, creada por aquélla, pudieron desalentar su perseverancia. Pero al fin, durante la prolongada barahúnda de pronunciamientos que siguió a la muerte del famoso Guzmán Bento, los mineros indígenas, incitados a la rebelión por emisarios enviados desde la capital, se habían levantado contra sus jefes ingleses, asesinándolos a todos sin dejar uno vivo.
El decreto de confiscación que apareció inmediatamente después en el Diario Oficial, publicado en Santa Marta, empezaba en estos términos: "Justamente indignada ante la inhumana opresión de extranjeros, movidos por sórdidos anhelos de lucro, antes que por amor del país, al que han llegado pobres para hacer sus fortunas, la población minera de Santo Tomé, etc…" y acababa con la siguiente declaración: "El jefe del Estado ha resuelto ejercer plenamente su poder de clemencia. La mina, que, según todas las leyes internacionales, humanas y divinas, revierte ahora al Gobierno, como propiedad nacional, permanecerá cerrada hasta que la espada que ha sido preciso desenvainar para la sagrada defensa de los principios liberales haya cumplido su misión de asegurar la ventura de nuestro amado país."
Y durante muchos años así quedó la mina de Santo Tomé. Qué ventajas esperara sacar el Gobierno de semejante expoliación es imposible decirlo ahora. Con grandes dificultades se logró que Costaguana pagara una mísera indemnización a las familias de las víctimas, y después se dejó de prestar consideración al asunto en los despachos diplomáticos.
Pero, andando el tiempo, otro gobierno se acordó de aquella valiosa partida de activo. Era uno de los gobiernos normales de Costaguana -el cuarto en seis años-,y supo aprovechar la oportunidad que se le ofrecía. Estaba secretamente convencido de que la mina de Santo Tomé carecía de todo valor en su poder, pero comprendió con sagaz penetración las variadas aplicaciones a que puede adaptarse una mina de plata, prescindiendo del tosco procedimiento de extraer el metal por medio de excavaciones.
El padre de Carlos Gould, uno de los más ricos comerciantes de Costaguana por largo tiempo, había perdido ya una parte muy grande de su fortuna en empréstitos forzosos hechos a gobiernos sucesivos. Era un hombre de genio reposado, que nunca pensó en reclamar sus créditos con apremiante insistencia; y, cuando inesperadamente le fue ofrecida la mina de Santo Tomé con los terrenos colindantes y obras anejas a la misma, se sobresaltó lo indecible. Tenía larga experiencia de cómo las gastaban los gobiernos.
Realmente la secreta intención de la oferta, aunque sin duda se había procurado mantenerla oculta con meditada capciosidad, se mostraba patente en el texto mismo del documento que le presentaron, con urgencia, a la firma. En la tercera cláusula, que era la más importante, se estipulaba que el concesionario debería pagar al punto al gobierno las regalías o derechos de un quinquenio, calculados sobre el probable rendimiento de la mina.
El señor Gould, padre, se esforzó en declinar aquel fatal favor con repetidas razones e instancias; pero todo en vano. Alegó que no entendía nada de minería; que no tenía medios para poner la concesión en el mercado europeo; que la mina, como negocio en marcha, no existía. Los edificios, destinados al personal y operaciones de la explotación, habían sido quemados; la planta de las excavaciones, destruida; la población de obreros, ahuyentada del lugar hacía muchos años; el camino, borrado por la invasión desbordada de la vegetación tropical, que lo había hecho desaparecer tan completamente como si se lo hubiera tragado el mar; y la galería principal, dormida y cegada en un trayecto de cien metros desde la entrada. Aquello no era ya una mina abandonada, sino una bravía garganta rocosa e inaccesible de la Sierra, donde sólo podían hallarse vestigios de madera carbonizada, montones de ladrillos rotos y algunos trozos informes de hierro comido de orín, todo ello cubierto por la espesa urdimbre de chaparros espinosos que allí vegetaban.
Natural era que el señor Gould, padre, no deseara la posesión perpetua de tan desolada localidad; de hecho, al surgir su mera visión en la mente del concesionario durante las silenciosas horas de vela nocturna, tenía la maléfica virtud de exasperarle y causarle febriles y agitados insomnios.
Pero ocurrió que el ministro de Hacienda de entonces era un hombre a quien, años antes, el señor Gould por desgracia había rehusado conceder una pequeña ayuda pecuniaria, fundando su negativa en el hecho de ser el peticionario un jugador y petardista notorio, con la agravante de pesar sobre él la sospecha de un robo con violencia perpetrado en la persona de un acaudalado ranchero establecido en un distrito remoto, donde el sujeto aludido desempeñaba a la sazón el cargo de juez. Cuando el desairado pedigüeño logró escalar el elevado puesto de ministro, manifestó en público su intención de pagar al pobre señor Gould su disfavor con un donativo adecuado.
Así pues, afirmó una y otra vez este propósito en su despacho de Santa Marta, con voz tan suave e implacable y con guiños tan maliciosos, que los mejores amigos del agraciado le aconsejaron encarecidamente que no intentara el soborno para que se echara tierra al asunto. Hubiera sido inútil. Y aun tal vez peligroso.
Así opinó también una señora francesa, de gran corpulencia y vibrante voz, hija, según decía, de un oficial de elevada categoría (officier supérieur de l'armée), que tenía por residencia un convento secularizado, en el que ocupaba varias habitaciones, inmediatas a las del ministro de Hacienda. Esta rozagante dama, cuando se le acercó alguien en nombre del señor Gould, guardando las formas convenientes y con una cantidad de consideración, movió la cabeza con expresión desmayada. Tenía buenos sentimientos y expresó lo que sentía. No quiso recibir dinero por un servicio que no podía prestar. El amigo del señor Gould encargado de la delicada misión solía decir después que era la única persona honrada que había conocido entre todas las relacionadas con el gobierno de cerca o de lejos.
– Es un cochino asunto que no tiene compostura -había respondido con la entonación bronca y viril que le era natural y empleando frases más propias de una hospiciana que de una huérfana de familia decente. -Es cosa perdida. Pas moyen, mon garçon. C'est dommage, tout de même. Ah! zut! Je ne vole pas mon monde. Je ne suis pas ministre… moi! Vous pouvez emporter vôtre petit sac. (No hay medio, hijo mío. Es lástima, sin embargo. ¡Ah! ¡Fiasco! Yo no robo a mi gente. No soy ningún ministro… ¡ministro yo! Puede usted llevarse su saquito.)
Por un momento, mordiéndose su rojo labio inferior, debió de deplorar allá en su interior la tiranía de los rígidos principios que gobernaban la venta de su influencia en elevadas esferas. Luego añadió con un tonillo intencionado, en que se traslucía un dejo de impaciencia:
– Allez et dites bien a vôtre bonhomme -entendez-vous?- qu’il faut avaler la pilule. (Vaya usted y dígale a su pobre hombre -¿entiende usted?- que hay que tragar la píldora.)
Después de semejante advertencia, allí no había más que hacer sino firmar y pagar. El señor Gould se tragó la píldora, y su efecto fue como si hubiera tomado un veneno sutil que afectara directamente al cerebro. Inmediatamente la mina fue su obsesión constante; y esa obsesión tomó la forma del Viejo del Mar irremediablemente montado sobre sus hombros, como el que, según se cuenta en Las Mil y Una Noches, había atormentado a Simbad el Marino. Comenzó también a soñar con vampiros que le chupaban la sangre. El señor Gould, sin embargo, exageraba las desventajas de su nueva situación, porque la consideraba influido por su sobreexcitada sensibilidad. La categoría y consideración de que gozaba en Costaguana no era peor que anteriormente. Pero el hombre es una criatura desesperadamente apegada a sus intereses; y la extravagante novedad del atropello inferido a su caudal le trastornó los nervios. Todos los que le rodeaban habían sido robados por las bandas grotescas de asesinos que jugaron a Gobiernos y revoluciones después de la muerte de Guzmán Bento. Sabía ya por experiencia que a ninguna pandilla de cuantas se apoderaban del Palacio presidencial le faltaban competencia y alcances para dejar de cometer sus depredaciones por no poder hallar un pretexto, aun cuando al fin el producto de tales arbitrios no respondiera a las esperanzas concebidas. Cualquier improvisado coronel del ejército de harapientos y gentuza que cayera en la localidad, no se mordía la lengua para exponer a un simple ciudadano sus derechos a recibir una suma de diez mil dólares, exigiendo provisionalmente y a dinero contante por lo menos mil. Esto no lo ignoraba el señor Gould, y, armándose de resignación, había esperado mejores tiempos. Pero lo que le sacaba de quicio era el que se le robara con apariencias de legalidad y de negocio. El señor Gould, padre, hombre de carácter honrado y perspicaz, tenía, no obstante, un defecto, y era el atribuir demasiada importancia a las formas y modalidades externas. De este achaque padecen todos aquellos cuyas ideas están afectadas por prejuicios. En el asunto de la mina veía tal malignidad y perversión de la justicia, que aquel ultraje, conmoviendo hondamente su concepto de la moralidad, de rechazo hería su vigor físico. "Esto acabará matándome", solía repetir muchas veces al día. Y realmente, desde entonces empezó a tener fiebre, dolores hepáticos, y sobre todo la idea fija de la violencia con él cometida, sin poder pensar en otra cosa. El ministro de Hacienda seguramente no llegó a comprender la refinada crueldad de su venganza.
Aun las cartas del señor Gould a su hijo Carlos, muchacho de catorce años, que a la sazón se estaba educando en Inglaterra, dejaron con el tiempo de tratar otros asuntos que el de la mina. El autor de las mismas se quejaba amargamente en ellas de la injusticia, los perjuicios incesantes y la violencia de la forzada adquisición. Dedicaba párrafos larguísimos en exponer las fatales consecuencias anejas a la concesión de la mina por cualquier lado que se la mirase, y a los males futuros, fáciles de prever, expresando su horror ante el carácter al parecer eterno de aquella maldición. Porque la propiedad de la mina se le había otorgado a él y a sus descendientes a perpetuidad. Por tanto rogaba con gran encarecimiento a su hijo que no volviera nunca a Costaguana, ni reclamara allí ninguna parte de su herencia, que a su juicio estaba toda comprometida por la infame concesión; que no la tocara, ni se acercara a ella jamás; que se olvidara de que existía América y emprendiera cualquier profesión mercantil en Europa.
Y todas las cartas terminaban dirigiéndose a sí propio las recriminaciones más amargas por haber permanecido tanto tiempo en aquella madriguera de ladrones, intrigantes y bandidos.
A los catorce años no suele haber discernimiento bastante para comprender cómo la posesión de una mina de plata puede acarrear la desgracia irremediable de la vida; pero una afirmación de tal naturaleza es sin duda muy a propósito para excitar el interés y el asombro de un adolescente, dotado de alguna inteligencia. Con el tiempo el muchacho, sumergido al principio en un mar de perplejidades por las indignadas lamentaciones de su papá, y un tanto apenado de que se hallara en tal situación, empezó a dar vueltas al asunto en su cerebro, durante las horas que le dejaban libres sus juegos y estudios. Al cabo de un año aproximadamente vino a sacar de la lectura de las cartas la persuasión concreta de que su papá se hallaba irremediablemente disgustado por causa de una mina de plata que había en la provincia de Sulaco de la República de Costaguana, donde su pobre tío Harry había muerto fusilado por la tropa, muchos años antes.
Estrechamente relacionada con esa mina, existía además una cosa, llamada la "inicua concesión Gould", escrita al parecer en un documento que su padre deseaba ardientemente "rasgar en mil pedazos y arrojarlos a los rostros" de los presidentes, magistrados y ministros de aquella nación. Y ese deseo persistía, no obstante haber advertido el muchacho que rara vez los nombres eran los mismos en el transcurso de un año. Le parecía natural que su padre alimentara tales propósitos (ya que el asunto era inicuo), pero no sabía por qué lo era.
Posteriormente, al alcanzar mayor madurez de juicio, logró sacar en limpio la verdad del caso, desenmarañándola de las fantásticas intrusiones del Viejo del Mar, de los vampiros y de los vestiglos sanguinarios, que daban a la correspondencia de su padre el sabor de un cuento horripilante, parecido a los más espantables de Las Mil y Una Noches. Al fin el Gould hijo, ya mozo, llegó a estar tan estrechamente relacionado con la mina de Santo Tomé, como el Gould padre que escribía las quejumbrosas e iracundas misivas desde un país situado allende el Atlántico.
Refería el padre que varias veces le habían hecho pagar fuertes multas por tener abandonada la explotación de la mina, además de otras cantidades que le habían sacado a cuenta de regalías futuras, y para ello se fundaban en que un hombre poseedor de una concesión tan valiosa no podía rehusar su ayuda financiera al gobierno de la República.
Lo que restaba de su fortuna -escribía con desesperación- tenía que irlo entregando a cambio de recibos sin valor, y entre tanto se le señalaba como un individuo que se había enriquecido explotando las necesidades de su país. Con todo lo cual el joven Gould, que estudiaba en Europa, fue interesándose más y más en un asunto capaz de motivar semejante tumulto de palabras y de pasión.
Todos los días pensaba en él, pero sin hostilidad ni acrimonia. Sin duda debía de ser un desdichadísimo negocio para su pobre papá; y toda la historia del mismo arrojaba una luz extraña sobre la vida social y política de Costaguana. Con todo eso, el estado de ánimo en que el joven le consideraba era de filial compasión, pero serena y reflexiva. Sus sentimientos personales no habían sido heridos; y es difícil conmoverse con indignación genuina y duradera por los padecimientos físicos o mentales de otra persona, sintiéndolos como propios, aunque esa persona sea nuestro mismo padre. Cuando Carlos Gould cumplió los veinte años, se halló sin saberlo fascinado por el hechizo de la mina de Santo Tomé, y presa de su mágica influencia, como el autor de sus días. Pero era un encantamiento distinto, más en consonancia con su juventud, y en cuya fórmula de conjuro entraban la esperanza, el vigor y la confianza en sí mismo, en lugar del desaliento, el despecho y la desesperación.
Facultado por su padre, desde que llegó a la edad mencionada, para elegir su camino en la vida y gobernarse en ella con independencia (sin otra restricción que la orden terminante de no volver a Costaguana), prosiguió sus estudios en Bélgica y Francia con la idea de adquirir el título de ingeniero de minas. Pero el lado científico de sus trabajos no le interesaba sino de una manera vaga e imperfecta; las minas se le ofrecían como objetos revestidos de un carácter dramático. Y además estudió sus pormenores y cualidades peculiares, según cierto aspecto personal, como el que estudia los diversos caracteres de los hombres. Las visitaba con la curiosidad que mueve a conocer y tratar a personas notables. Así lo hizo en Alemania, España y Cornualles. Las explotaciones abandonadas ejercían sobre él una fascinación poderosa; su exterior desolado le conmovía, como el espectáculo de la desgracia humana, cuyas causas son variadas y profundas. Tal vez carecieran de valor, pero también quizá se hubiera cometido algún error en el modo de beneficiarlas. Su futura esposa fue la primera y acaso la única persona que descubrió esta secreta disposición de ánimo que gobernaba el fondo sensible casi inexpresivo de este hombre con respecto al mundo de las cosas materiales. E inmediatamente el amor a Carlos, que se mantenía lánguido moviéndose a ras de tierra con las alas entreabiertas, como esas aves que no pueden levantar el vuelo fácilmente desde una superficie plana, halló un pináculo desde donde remontarse hasta los cielos.
Se habían conocido en Italia, mientras la futura señora de Gould moraba con una tía anciana y descolorida, que años atrás se había casado con un marqués italiano cuarentón y empobrecido. A la sazón llevaba duelo por su esposo, muerto en la lucha por la independencia y unidad de su país con el entusiasmo y generosidad de los más jóvenes partidarios de la misma idea. La causa en cuyas aras había sacrificado su vida era la misma por la que Giorgio Viola había peleado sobreviviendo a la derrota y siendo arrastrado por el oleaje de los tiempos a la deriva, a modo de mástil que flota abandonado después de una victoria naval. La marquesa hacía una vida de callado y quieto retiro, semejando una monja con su traje de luto y una banda blanca ceñida a la frente, en el ángulo del primer piso de un antiguo y ruinoso palacio, cuyos espaciosos salones de la planta baja cobijaban bajo de sus pintados techos las cosechas de grano y legumbres, las aves de corral y hasta el ganado vacuno, junto con la familia entera del agricultor, arrendatario de las tierras del difunto marqués.
Los dos jóvenes se habían encontrado en Luca. Después de esa primera entrevista Carlos no visitó más minas, si bien en una ocasión fueron juntos en carruaje a ver unas canteras de mármol, donde el trabajo se parece al de la minería en que extrae de las entrañas de la tierra una primera materia. Carlos Gould no abrió su corazón a la joven en una serie de discursos; sencillamente se limitó a obrar y pensar ante ella. Es el procedimiento de la verdadera sinceridad. Una de sus frecuentes reflexiones era: "A veces pienso que mi pobre padre considera el negocio de la mina de Santo Tomé con una disposición de ánimo enteramente equivocada." Y ambos discutieron con calor por largo tiempo aquella opinión, como si sus comentarios y razones pudieran influir en el espíritu del anciano Gould a la distancia de media circunferencia del globo; pero en realidad la discutían, porque el sentimiento del amor puede entrar en cualquier asunto y vivir ardientemente en frases que en sí mismas no se refieren a él en nada.
Por tan natural razón, tales controversias le eran gratísimas a la señora de Gould, cuando sostenía relaciones amorosas con Carlos. Este temía que su padre estaba derrochando su vigor y destruyendo su salud con los esfuerzos que hacía para librarse de la concesión. "Se me figura que no es ese el modo de manejar un negocio de tal índole", afirmó meditando en voz alta, como hablando consigo mismo. Y cuando ella declaró con franqueza que se maravillaba de ver a un hombre serio y honrado dedicar sus energías a intrigas y negociaciones secretas para salir con su intento, Carlos le explicaba con afabilidad, mostrando comprender su extrañeza: "No debe usted olvidar que papá ha nacido allí."
Ella aplicó su ágil inteligencia a meditar sobre ello, y luego formuló la siguiente réplica, no del todo lógica, pero que él aceptó como perfectamente sagaz, porque realmente era tan…
– Bien, ¿y usted? También usted ha nacido allí.
Carlos tenía prevenida la contestación.
– Es distinto. Yo hace diez años que falto del país. Papá no estuvo ausente tanto tiempo; y de entonces acá ha transcurrido cerca de un tercio de siglo.
Cuando nuestro joven recibió la noticia de la muerte de su padre, ella fue la primera persona a quien la comunicó.
– El asunto de la Concesión le ha matado -dijo.
Había salido de la ciudad inmediatamente y seguido, bajo del ardiente sol del mediodía, el polvoriento camino que conducía en derechura al arruinado palazzo, en cuyo gran salón se encontró cara a cara con ella. La magnífica estancia aparecía despojada de colgaduras, salvo tal cual trozo largo de damasco, ennegrecido por la humedad y el tiempo, que caía inerte sobre algún desnudo entrepaño del muro. Su moblaje se reducía a una poltrona dorada con el respaldo roto, un soporte en forma de columna octogonal que sostenía un pesado vaso de mármol, ornamentado con caretas y guirnaldas de flores y con una rajadura de arriba abajo.
El visitante se presentó blanco del polvo del camino que le cubría las botas, los hombros y la gorra, chorreando sudor por todos los poros de su rostro y empuñando un grueso garrote de roble en la mano derecha, que llevaba desenguantada.
Acercándose ella muy pálida, tocada con un sombrero de paja de ala tendida, cuyo adorno de rosas hacía resaltar el color descolorido de su tez, calzados los guantes, columpiando una sombrilla de color claro, tomada precisamente para encaminarse al sitio en que solía encontrarse con él, al pie de una colina, donde se alzaban tres álamos junto a la cerca de una viña.
– ¡Le ha matado! -replicó Carlos-. Debía haber vivido todavía muchos años, porque en toda nuestra familia ha sido cosa común la longevidad.
La honda emoción que dominaba a la joven no le permitió articular una palabra. Quedóse él contemplando con mirada penetrante y fija la rajada urna de mármol, como si hubiera resuelto grabar eternamente su forma en la memoria; y luego, volviéndose de repente a su interlocutora, repitió con vehemencia dos veces:
– He venido a ver a usted… Sí…, derechamente a ver a usted…
Y se interrumpió embargado por el dolor que le asaltó al pensar en la solitaria y atormentada muerte que su pobre padre había tenido en Costaguana. Tras esto, le tomó la mano y se la llevó a los labios; y al verlo ella, dejó caer la sombrilla para darle unas palmaditas en la mejilla, murmurando:
– ¡Pobre chico!
Mientras se enjugaba los ojos bajo del ala de su sombrero, que caía describiendo una curva honda, su breve estatura, realzada por la sencilla falda blanca que vestía, le daba el aspecto de una chicuela que llorara al verse perdida en la decaída magnificencia del inmenso y nobiliario salón, mientras él seguía de pie a su lado, del todo inmóvil en la contemplación de la urna de mármol.
Poco después salieron para dar un largo paseo, que fue silencioso, hasta que él exclamó de súbito:
– Sin duda la situación de papá era horrible. Pero ¡ah!, ¡si él hubiera sabido tomarla por el verdadero lado!…
Y entonces se detuvieron. Por todas partes se tendían largas sombras sobre las colinas, sobre los caminos, sobre los cercados olivares; las sombras de los erguidos álamos, de los frondosos castaños, de las casas y edificios de labor, de las paredes de piedra; y en el aire vibraba el tañido de una campana, delgado y vivo, semejando el percutiente palpitar de la tornasolada puesta del sol.
Los labios de la joven se entreabrieron ligeramente, como reflejando la sorpresa de que él no la mirase con la expresión acostumbrada. Esta expresión era de aprobación incondicional y de afabilidad atenta. Cuando platicaba con ella, lo hacía con autoridad en extremo solícita y deferente; comportamiento que a ella le agradaba infinito, porque respetaba su independencia, sin abdicar él de su dignidad. Aquella jovencita de corta estatura, con sus menudas manos y pies, y su carita encuadrada airosamente por espesa y abundante cabellera, con su boca un tanto grande, que al entreabrirse parecía aromatizar el ambiente con la fragancia de la franqueza y de la generosidad, tenía el alma fastidiosa de una mujer de experiencia. Ante todas cosas y por encima de todos los cumplidos lisonjeros atendía a que el objeto de su elección la satisficiera en términos de enorgullecerse de él. Carlos ahora no la miraba, y su expresión presentaba cierto dejo violento e impropio, como ocurre siempre que un hombre tiende la vista con fijeza distraída por encima de la cabeza de la mujer con quien habla.
– Bien, sí. Aquello fue inicuo. Le trastornaron del todo al pobre anciano: le quitaron la vida. ¡Oh! ¿Por qué no me permitiría volver a su lado? Pero ahora yo sabré habérmelas con el asunto de la mina.
Después de pronunciar estas palabras con insuperable aplomo, bajó los ojos para mirar a su interlocutora, y al punto se sintió presa del desaliento, la incertidumbre y el temor.
Lo único que al presente le importaba, dijo, era aclarar la duda de si ella le amaba lo bastante y tendría el valor necesario para acompañarle a un país tan remoto. Formuló esta indagación con voz temblorosa de ansiedad… por lo mismo que era hombre de gran resolución.
Sí, le amaba hasta ese punto. Iría con él, aunque fuera al otro lado del mundo. E inmediatamente de hacer estas declaraciones, la futura ama de la casa Gould de Sulaco, que había de dispensar en ella su amable hospitalidad a todos los europeos, sintió que la tierra huía debajo de sus pies, desvaneciéndose del todo junto con el tañer de la campana. Cuando se sintió de nuevo en el suelo, la campana seguía difundiendo sus vibraciones por el valle; llevóse las manos al cabello respirando aceleradamente y registró con la mirada la vereda pedregosa en toda su longitud. Estaba desierta indudablemente. Entretanto Carlos, echando un pie al fondo de una zanja sin agua y polvorienta, recogió la abierta sombrilla, que había caído dando saltos con un marcial tamborileo. Alargósela con seriedad, un poco amilanado.
Emprendieron el regreso, y, después de deslizar ella su mano bajo del brazo de Carlos, las primeras palabras que éste pronunció fueron:
– Es una fortuna que podamos establecernos en una ciudad de la costa. Ya conoces su nombre -prosiguió, mudando desde ahora el tratamiento-. En Sulaco. Me satisface lo indecible que mi pobre padre comprara la casa en ese punto. Es muy espaciosa y la adquirió hace años, a fin de que hubiera siempre una casa Gould en la ciudad más importante del territorio, llamado ordinariamente Provincia Occidental. He vivido en ella, de niño, con mi querida madre, durante un año entero, mientras mi padre estuvo ausente en los Estados Unidos por asuntos del negocio. Tú serás la nueva ama de la Casa Gould.
Y después, en el ángulo habitado del Palazzo, que se levanta sobre los viñedos, las colinas de canteras de mármol, y los pinos y olivos de Luca, le dijo también:
– El nombre de Gould ha sido siempre muy respetado en Sulaco. Mi tío Harry fue prefecto de ese Estado por algún tiempo en la época de la federación y dejó un gran nombre entre las principales familias. Al decir esto, me refiero a las familias netamente criollas, que no intervienen en la miserable farsa de los gobiernos. El tío Harry no era un aventurero. En Costaguana los Goulds no somos aventureros. Era hijo del país y le amaba, pero continuó siendo esencialmente inglés en el modo de pensar. Siguió la bandera política de su tiempo, que era la del sistema federal, pero no era político. Sencillamente se declaró a favor del orden social por puro amor a una libertad bien entendida y por odio a la opresión. No fue hombre de ideas exaltadas o absurdas. Se portó como lo hizo, porque lo creyó justo; de igual suerte que yo voy a tomar posesión de esa mina, porque me parece que debo hacerlo.
Le habló en tales términos, movido por los recuerdos de la niñez pasada en su país natal, por la perspectiva de felicidad doméstica que vislumbraba en compañía de la joven y por la meditada y firme resolución de probar lo que podía hacerse con la Concesión de Santo Tomé. Añadió que necesitaba separarse de ella por algunos días para buscar a un americano de San Francisco, que se hallaba viajando por Europa. Le acompañaba su mujer, pero parecían dos seres extraños el uno al otro, y poco amigos del trato social, pues se pasaban el día entero tomando apuntes de portadas antiguas y esquinas de casas medievales, coronadas por torrecillas. Carlos Gould esperaba hallar en él un valioso apoyo y un socio seguro para la explotación de la mina. El americano se interesaba en esa clase de empresas, conocía algo de Costaguana y tenía alguna noticia de los Gould. Habían hablado del proyecto con cierta intimidad, que contribuía a facilitar la diferencia de edades. Carlos necesitaba ahora hallar a ese capitalista, hombre de entendimiento sagaz y genio comunicativo. La fortuna de su padre en Costaguana, que él suponía considerable aún, parecía haberse fundido en el encanallado crisol de las revoluciones. Fuera de unas diez mil libras, depositadas en Inglaterra, lo que restaba se reducía, al parecer, a la casa de Sulaco, a un vago derecho sobre una explotación forestal en un distrito remoto y salvaje y a la concesión de Santo Tomé que había acompañado a su infeliz padre hasta el borde mismo de la tumba.
Carlos explicó a su compañera todas esas cosas. Era tarde cuando se separaron. La joven nunca le había ofrecido una visión tan fascinadora de sí propia. Todo el entusiasmo de la juventud por una vida extraña, por las grandes distancias, por un porvenir en que había algo de aventura, de combate…, un pensamiento sutil de restauración y conquista la había llenado de una excitación intensa que remuneró al autor de la misma con la demostración de un cariño mas franco y de una ternura más exquisita.
La dejó partir por la colina abajo, y tan luego como se vio solo, se puso triste. El cambio inevitable que la muerte de un ser querido introduce en nuestros pensamientos cotidianos se manifiesta a veces en un vago y penoso malestar interior. Carlos sentía el alma traspasada por el sentimiento de que jamás podría, por más esfuerzos de voluntad que hiciera, pensar, de allí en adelante, en su padre, como lo había hecho cuando estaba vivo. Ya no le sería dable volver a contemplar su imagen animada. Esta consideración, afectando el fondo mismo de su personalidad, encendía en su pecho un deseo, triste e irritado a la vez, de poner en juego su actividad. En lo cual su instinto no le engañaba. La acción es consoladora: ahuyenta los pensamientos atormentadores y fomenta las ilusiones halagüeñas. Sólo en el ejercicio de nuestra actividad podemos hallar el secreto de dominar las adversidades del Hado.
Para desplegar sus energías, la mina era evidentemente el único campo. A veces se le imponía la necesidad de saber de qué modo desobedecería los solemnes deseos del finado; y abrazó al fin la firme resolución de que a su desobediencia siguieran los resultados más satisfactorios que podían concebirse, para que esto sirviera de reparación. Ya que la mina había sido la causa de un absurdo desastre moral, precisaba que la explotación de la misma fuera un triunfo moral de verdadera importancia. Era un tributo que debía a la memoria del muerto. Tales eran -hablando con verdad- las emociones de Carlos Gould. Venía meditando la manera de interesar en el negocio a un multimillonario de San Francisco o de cualquier otro punto; e incidentalmente le ocurrió también la reflexión general de que los consejos del hombre, víctima de la preocupación de la mina, no debían servirle de guía saludable. Además es fácil prever los cambios que la muerte de un individuo determinado puede producir en el aspecto general de cualquier suceso.
Algunos años después, la señora de Gould llegó a conocer por experiencia propia la historia de la mina. En sustancia era la historia de su vida de casada. El ascendiente de la elevada posición que los Goulds ocupaban en Sulaco se había comunicado a su menuda persona; pero ella no consintió que las peculiares circunstancias de esa posición ahogaran la vivacidad de su carácter, expresión de una inteligencia penetrante.
Con todo eso, sería erróneo suponer que la señora de Gould tenía un temperamento varonil. Las mujeres de tal condición no son seres de superior eficiencia, sino meros fenómenos de diferenciación imperfecta -interesantes por su esterilidad y desprovistos de importancia.
La inteligencia de doña Emilia, precisamente por ser femenina, la condujo a realizar la conquista de Sulaco, allanando todos los obstáculos con su abnegación y afabilidad. Sabía conversar deliciosamente, pero no era locuaz. La cordura que se funda en las intuiciones del sentimiento, y no halla interés en erigir o demoler teorías, ni en defender prejuicios, carece de verbosidad insubstancial. Las palabras que pronuncia tienen el valor de actos de integridad, tolerancia y compasión. La verdadera ternura de una mujer, como la verdadera virilidad de un hombre, se expresan por un comportamiento que se conquista generales simpatías. Las señoras de Sulaco la adoraban. "Todavía me miran como un ser extraordinario, como algo excepcional", había dicho la señora de Gould en tono de buen humor a uno de los tres señores de San Francisco, a quienes había agasajado en su nueva residencia de Sulaco, al año de su casamiento poco más o menos.
Fueron los primeros huéspedes extranjeros llegados para ver la mina de Santo Tomé. Estos señores hallaron en la señora de la casa un trato afable y jovial, y en Carlos Gould un hombre conocedor del negocio que traía entre manos, y dotado además de gran energía y actividad. Todo ello les predispuso a favor de su mujer. Un entusiasmo genuino, matizado por un leve dejo de ironía, hizo que su conversación sobre la mina les pareciera a sus visitantes absolutamente fascinadora, moviéndolos a corresponder con graves e indulgentes sonrisas, en las que había no poca deferencia. Quizá si hubieran descubierto que se hallaba inspirada por consideraciones idealistas en lo relativo al éxito, se hubieran asombrado de tan singular estado de ánimo, de igual modo que las señoras de Sulaco se maravillaban de su incansable actividad física. Les hubiera parecido "algo monstruoso", para decirlo con las propias palabras de la aludida. Pero los esposos Gould no dejaban traslucir fácilmente los secretos móviles que les impulsaban a tomar con tanto ahínco la antigua y ahora abandonada explotación; y sus huéspedes partieron sin sospechar que hubiera en ello propósito alguno fuera de las ganancias probables en beneficiar una mina de plata. La señora de Gould tuvo preparado su propio carruaje, tirado por dos mulas canas, para conducirlos al puerto, desde donde el vapor Ceres debía trasladarlos al Olimpo de los plutócratas; y el señor Mitchell aprovechó la ocasión de la despedida para deslizar en el oído del ama de la casa la observación confidencial: "Esto señala una época."
La esposa de Carlos Gould estaba encantada con el patio de su casa española. Un anchuroso tramo de escalones de piedra aparecía custodiado en silencio, desde un nicho abierto en el muro, por una Madona, vestida de azul, con el Niño, coronado, en brazos. En las primeras horas de la mañana ascendían, desde el enlosado piso del cuadrángulo inferior, voces apagadas, confundiéndose con el patuleo de caballos y mulos, que eran conducidos en parejas a beber a la cisterna. Sobre el cuadrado pilón de agua una enmarañada vegetación de finos tallos de bambú inclinaba sus estrechas hojas gladiformes entre las que se sentaba el gordo cochero sobre el borde de la pila sosteniendo perezosamente en la mano los cabos de los ronzales. Criadas descalzas iban y venían, saliendo de las achatadas puertas de la planta baja: dos lavanderas, mozas, con canastas de ropa blanca lavada; la panadera, que llevaba en una azafata el pan hecho para el día; Leonarda, la camarera de la señora, con una porción de enaguas planchadas, de blancura deslumbradora a los reflejos del sol mañanero, que ondulaban al ser sostenidas en alto por la mano de la portadora, alzada sobre su cabeza, de cabello negro como el ala del cuervo. Luego el viejo portero renqueaba de un lado a otro barriendo el enlosado; y la casa quedaba lista para el resto del día. En el piso alto las espaciosas habitaciones que ocupaban tres lados del cuadrángulo comunicaban entre sí y con el corredor, guarnecido de una baranda de hierro dulce, y una orla de flores, desde donde la señora de la casa, como las de los castillos medievales, podía ver los que salían y entraban por debajo de la bóveda sonora de la entrada, que imprimía al edificio cierto sello de grandeza señorial.
Había seguido con la vista la partida de su carruaje llevándose los tres visitantes del norte, y sonreído al ver alzarse simultáneamente los tres brazos hacia los sombreros. El capitán Mitchell, que los acompañaba, inició la conversación con ellos en el pomposo tono que solía. Entonces la señora retrocedió moviéndose con gran morosidad. Andaba despacio acercando la cara aquí y allá a los racimos de flores, como para dar tiempo al desarrollo de sus reflexiones, mientras recorría con lento paso la prolongada extensión del corredor.
Una franjeada hamaca india, procedente de Aroa, con caireles de plumas de colores, había sido colgada de intento en un ángulo que recibía los rayos del sol saliente, porque las mañanas son frías en Sulaco. Las corolas apiñadas de la Flor de nochebuena flameaban en grandes masas ante las abiertas puertas-vidrieras de las habitaciones destinadas a los huéspedes. Al ver acercarse a su señora, un enorme loro verde, que brillaba como gigantesca esmeralda en una jaula de dorado centellante, gritó ferozmente: " ¡Viva Costaguana!"; después llamó dos veces en tono melifluo: " ¡Leonarda! ¡Leonarda!", imitando la voz de su ama, y de repente se refugió en la inmovilidad y en el silencio. La señora llegó al extremo de la galería y metió la cabeza por la puerta de la habitación de su esposo.
Carlos Gould, con el pie apoyado en un taburete de madera, estaba ya poniéndose las espuelas. Necesitaba volver precipitadamente a la mina. Su señora, sin entrar, echó una mirada escudriñadora por la estancia. Un estante de amplias dimensiones, con vidrieras, aparecía lleno de libros; mientras en otro armario sin anaqueles, forrado de bayeta roja, se veían, colocadas con orden, varias armas de fuego: carabinas Wíschester, revólveres, un par de escopetas y dos pares de pistolas de dos cañones, de las de arzón. Entre ellas pendía solitario un viejo sable de caballería, propiedad en otro tiempo de don Enrique Gould, el héroe de la Provincia Occidental, y regalado por don José Avellanos, el amigo hereditario de la familia.
En lo demás las paredes enlucidas se mostraban del todo desnudas, sin otro adorno que un boceto a la acuarela de la montaña de Santo Tomé, obra de la misma doña Emilia. En medio del piso embaldosado se alzaban dos largas mesas, cubiertas de planos y papeles, varias sillas y una caja de cristal con muestras de mineral de la mina. La señora de Gould, después de pasar revista a los objetos mencionados, expresó la extrañeza que le causaba la intranquilidad impaciente de hombres tan acaudalados y emprendedores como sus recién idos visitantes al discutir los probables rendimientos, el laboreo y la seguridad de la mina, mientras que ella podía conversar sobre el mismo tema a todas horas con su esposo, sintiendo siempre el mismo interés y satisfacción.
Y cerrando a medias los párpados, añadió con intención:
– ¿Qué piensas tú de esto, Carlitos?
El interrogado no contestó al punto; y sorprendida ella, le miró con ojos muy abiertos, que tenían el encanto de las flores pálidas. Carlos había acabado de calzarse las espuelas, y, retorciéndose los bigotes con ambas manos horizontalmente, la contempló desde la altura de su elevada talla mostrando examinar con atención la figura de su mujercita. A ésta le gustaba ser contemplada de ese modo.
– Son personas de cuenta -dijo.
– Ya lo sé. Pero ¿te has enterado de lo que hablaron? No parecen haber entendido nada de lo que han visto aquí.
– Han visto la mina, y han entendido lo que puede prometer -replicó Carlos Gould en defensa de los visitantes extranjeros; y entonces su esposa citó el nombre del principal de los tres, figura de primer orden en la banca y en la industria, que gozaba de inmensa popularidad. El papel que representaba en el mundo de los negocios era de tal importancia que, sin duda, no se habría alejado tanto del centro de su actividad si los médicos no hubieran insistido, con veladas amenazas, en que necesitaba tomar una larga temporada de descanso.
– El sentimiento religioso de míster Holroyd ha encontrado motivo de ofensa y disgusto en los abigarrados colores que ostentan las vestiduras de los santos en la catedral; y como no entiende que su veneración se dirige a lo que representan y no a las meras imágenes materiales, la ha llamado adoración de la madera y del oropel. Pero me parece que él mira a su Dios como una especie de socio influyente, que tiene su parte en los beneficios con las subvenciones concedidas para fundar iglesias. Eso sí que es una especie de idolatría. Me dijo que todos los años dotaba templos.
– Los dota sin término -confirmo el señor Gould, admirando en secreto la movilidad de la fisonomía de su esposa-. Y en todo el territorio de los Estados Unidos. Es famoso por esa clase de munificencia.
– ¡Oh!, pero no se ufana de ello -declaró la señora con escrúpulo-. Creo que en realidad es una buena persona, pero ¡tan estúpido! Cualquier pobre choto, que ofrezca un brazo o pierna de plata por haber obtenido la curación de esos miembros, muestra una gratitud más desinteresada y simpática.
– Se halla al frente de inmensos intereses en negocios de plata y hierro -comentó Carlos Gould.
– ¡Ah!, sí. La religión de la plata y el hierro. En el trato es atentísimo. Cuando vio por primera vez la Madona de la escalera, se puso horriblemente serio; pero no me dijo nada… Oye, Carlos querido, me ha sorprendido el asunto que trataban en su conversación. ¿Es posible que realmente tengan el proyecto de llegar a ser los proveedores de agua y madera de construcción en todos los países y naciones de la tierra?
– Todo hombre debe proponerse algún ideal en la vida -respondió Carlos de un modo vago.
Emilia se quedó mirándole de pies a cabeza. Con sus calzones de montar, polainas de cuero (prenda de indumentaria caballera no conocida anteriormente en Costaguana), chaqueta Norfolk de franela gris y los grandes bigotes rojos hacía pensar en un oficial de caballería, convertido en noble hacendado. Esta combinación halagaba el gusto de la señora de Gould. "¡Qué delgado está el pobre chico! -pensó-. Trabaja con exceso". Pero no cabía negar que su fino y rubio semblante de perfil distinguido y el conjunto entero de su figura enjuta y estirada tenía un sello de nobleza señoril. Ella mudó de tono, mostrándose más afectuosa.
– Únicamente deseaba saber cuáles son tus sentimientos ahora -murmuró afablemente.
Durante los últimos días, en atención a las circunstancias, Carlos Gould había estado ocupadísimo pensando dos veces las cosas antes de hablar; así que no había prestado gran atención al estado de sus sentimientos. Pero ahora no tenía que guardar recelo alguno, porque se las había con su mujercita, y no halló por tanto dificultad en responder.
– Mis mejores sentimientos los tengo depositados en ti, querida -manifestó al punto-; y esta frase vaga encerraba tanta verdad, que al pronunciarla sintió sobreexcitársele la gratitud y cariño que le inspiraba la compañera de su vida.
Ella no pareció encontrar la menor vaguedad en la respuesta precedente. Esperó con delicadeza a que le expusiera con toda claridad lo que sentía después de la entrevista con los americanos; y entonces él prosiguió en tono serio:
– Hay hechos positivos. El valor de la mina, en cuanto tal, está fuera de duda. Nos hará inmensamente ricos. La explotación es cuestión de competencia técnica, que yo poseo, como tantos otros ingenieros en el resto del mundo. Pero su seguridad, su existencia continuada, como empresa remuneradora para los extraños -relativamente extraños- que ponen en ella su dinero, queda confiada enteramente a mi persona. He logrado inspirar confianza a un hombre acaudalado y de posición. A ti te parece muy natural, ¿no es así? Bien, yo no sé. Ignoro por qué le he merecido esa confianza, pero es un hecho. Y este hecho allana todas las dificultades, y es de tal importancia, que, a no concurrir él, jamás hubiera pensado en hacer caso omiso de los deseos de mi padre. Nunca hubiera transferido la concesión -especulando con su valor- a una compañía, mediante dinero contante y acciones, con el fin de enriquecerme eventualmente en lo posible, o en todo caso, meterme desde luego algún dinero en el bolsillo. No. Aunque me hubiera sido factible -que lo dudo-, no lo hubiera hecho. Mi pobre padre padeció una grave ofuscación. Temió ver ligada mi suerte futura a un negocio ruinoso, y que yo me decidiera a esperar inactivo una ocasión favorable para desentenderme de él, gastando mi vida lastimosamente. Ese es el verdadero sentido de su prohibición, de la que he prescindido después de meditarlo con todo detenimiento.
Los dos esposos paseaban yendo y viniendo por el corredor. La cabeza de ella le llegaba a él precisamente al hombro. El brazo caído de Carlos alcanzaba apenas a la cintura de su consorte. Las espuelas dejaban oír un suave retiñido.
– Hacía diez años que no me veía. No me conoció. Me envió a Inglaterra, separándome de su lado, atento sólo a mi bien, y no me permitió regresar. En sus cartas me hablaba siempre de salir de Costaguana, de abandonarlo todo y escapar en cualquier forma. Pero era una presa demasiado valiosa. A la primera sospecha le hubieran metido en la cárcel.
Sus pies calzados de espuelas hacían oír de tiempo en tiempo un sonido metálico. Paseaban despacio, inclinándose él sobre su esposa. Y el enorme loro volvía la cabeza, ya a un lado, ya a otro, siguiendo el pausado movimiento de las dos figuras con su ojo redondo, fijamente abierto.
Carlos continuó:
– Era un hombre retraído y de genio algo raro. Desde que tuve diez años solía hablarme como si yo fuera una persona mayor. Cuando hacía mis estudios en Europa, me escribía cada mes. Diez, doce páginas todos los meses por espacio de un decenio. Y, a fin de cuentas, no llegó a conocerme… Hazte cargo…: diez años de ausencia, y precisamente el período en que me hacía hombre. No pudo conocerme. ¿Crees que pudo?
La señora de Gould hizo signos negativos con la cabeza, según lo que su marido esperaba de la contundente razón que había alegado. Pero si Emilia había movido la cabeza asintiendo, era únicamente porque creía que nadie podía conocer a su Carlos, excepto ella misma -se entiende conocerle en realidad tal como era. Evidentemente. Había que sentirlo. No se explicaba con palabras. Y en cuanto al padre de su esposo, muerto antes de tener noticia de su casamiento, era para ella una figura demasiado borrosa, a la que no podía atribuir el conocimiento a que Carlos se refería, ni otro alguno. El último prosiguió:
– No. Mi padre se había formado un concepto erróneo de la mina. A mi juicio, no se puede pensar en venderla. ¡Eso nunca! A pesar de la mísera herencia que me ha dejado, yo no hubiera tocado la mina por el mero deseo de sacar algún dinero.
La señora de Gould apoyó la cabeza en el hombro de su marido en señal de aprobación.
Después, los dos jóvenes esposos comentaron el deplorable fin de la vida del anciano señor Gould, en el tiempo mismo en que ellos entraban con la suya en los esplendores de un amor rico de esperanzas, de ese amor que aun a los caracteres más sensatos se les presenta como el triunfo del bien sobre todos los males de la tierra. El plan que habían concebido contenía una vaga idea de rehabilitación; y la circunstancia de ser tan vaga, que no permitía apoyarla en ningún género de razonamientos, contribuía a robustecerla. Se les había ocurrido en el momento en que el instinto de abnegación propio de la mujer y el instinto de actividad peculiar del hombre reciben su impulso más fuerte de la más poderosa de las ilusiones. La misma prohibición del finado imponía la necesidad de triunfar a todo trance. Era como si se hubieran obligado solemnemente a sacar verdadero su animoso concepto de la vida contra el error antinatural de entregarse al desaliento y a la desesperación. Si buscaban la riqueza, era en cuanto que se relacionaba con la obtención del triunfo moral, a que aspiraban.
La señora de Gould, huérfana desde muy niña y pobre, educada en un ambiente de intereses intelectuales, no había pensado nunca en los esplendores de las grandes fortunas. Las miraba como cosas lejanas, y no deseables, según lo que había aprendido. Por otra parte, no había padecido las privaciones de la pobreza extrema. La situación poco holgada de su tía la marquesa no tenía, sin embargo, nada de intolerable, aun para una persona de gustos refinados; parecía estar en consonancia con un gran duelo; tenía la austeridad de un sacrificio ofrecido en aras de un noble ideal. De esta suerte el carácter de la señora de Gould estaba limpio de todo resabio de ambiciones materiales, por más legítimas que fueran. El finado, en quien pensaba con cariño (por ser el padre de Carlos) y con cierto enojo (porque se había mostrado tan pusilánime), debía ser considerado como víctima de una completa equivocación. Era indispensable hacerlo así, para que la prosperidad del joven matrimonio se mantuviera incólume y limpia de toda mancha, tanto en su aspecto real como en el inmaterial.
Carlos Gould, por su parte, se había visto obligado a hacer figurar en su proyecto como aspiración principal la de enriquecerse; pero en realidad el deseo de riqueza manifestado era un medio, no un fin. Si la mina no era un buen negocio, no había que tocarla. De intento insistió en ese aspecto de la empresa, y le sirvió de palanca para mover a los capitalistas.
Pero Carlos Gould creía en el valor de la mina; sabía de ella cuanto podía saberse; su fe en el éxito era contagiosa, a pesar de no estar secundada por una gran elocuencia; y en la realización de sus planes le ayudaba la circunstancia de que los hombres de negocios son a veces tan vehementes y soñadores como los enamorados. Se dejan sugestionar por el vigor de una personalidad, más a menudo de lo que vulgarmente se cree; y la seguridad y firmeza de Carlos Gould inspiraba una convicción absoluta. Además, los capitalistas a quienes había acudido sabían como cosa corriente que la explotación de minas en Costaguana era un negocio capaz de remunerar con beneficios considerables los desembolsos que se hicieran. Los hombres de negocios estaban muy al tanto de aquello. La verdadera dificultad en decidirse a acometer la empresa provenía de otra parte; pero contra ese obstáculo se alzaban, con grandes probabilidades de victoria, la calma y la resolución inquebrantable de Carlos Gould, que las reflejaba aun en el tono de la voz.
Los grandes negociantes se aventuran a veces en empresas que el juicio común del mundo calificaría de absurdas; toman sus resoluciones fundándose, al parecer, en motivos emocionales y caprichosos.
– Muy bien -había dicho el eminente financiero a quien Carlos Gould, de paso por San Francisco, había expuesto con lucidez su opinión sobre la mina de Santo Tomé-. Supongamos que se emprende la explotación de esa mina de Sulaco. En el negocio tendríamos: en primer lugar, a la razón social Holroyd, de absoluta confianza; después al señor Carlos Gould, ciudadano de Costaguana, que también es persona de completa satisfacción; y, por último, al gobierno de la República. Hasta aquí las cosas se presentan como cuando se inició la explotación de los yacimientos de nitrato de Atacama, donde intervinieron: una casa financiera, un tal señor Edwards y… un gobierno, o, por mejor decir, dos -dos gobiernos sudamericanos. Y ya sabe usted lo que resultó. Sobrevino la guerra con tal motivo; una guerra devastadora y prolongada, señor Gould. Aquí, en cambio, tenemos la ventaja de que no media más que un solo gobierno sudamericano, espiando la ocasión de entrar al saqueo, además de tomarse su parte como socio. Es una ventaja; pero hay grados de maldad, y ese gobierno es el gobierno de Costaguana.
Así habló el importante personaje, el millonario que costeaba la erección de iglesias con una munificencia acomodada a la grandeza de su país natal -el mismo a quien los médicos prescribían una temporada de descanso con velados y terribles anuncios de ser inminente, en caso contrario, un accidente fatal. Era un hombre robusto y de expresión resuelta, cuya tranquila corpulencia comunicaba a una holgada levita con solapas de seda una dignidad opulenta. Su cabello era de color gris acerado; sus cejas se conservaban aún negras; y el enérgico perfil de su semblante recordaba el del busto de César en una moneda romana. Por sus venas corría sangre alemana, escocesa e inglesa con alguna mezcla remota de danesa y francesa; y, como consecuencia quizá de tan compleja prosapia, unía al temperamento de un puritano una ambición insaciable de conquistas. Se dignó entrar en una franca y completa discusión del negocio con su visitante, a causa de la encarecida y calurosa recomendación que había llevado de Europa y también por la influencia irresistible que sobre él ejercían la seriedad y la resolución dondequiera que tropezara con ellas, y fuera el que fuere el fin a que se enderezaran.
– El gobierno de Costaguana hará sentir su poder en todo lo que vale -no lo olvide usted, señor Gould. Ahora bien, ¿qué es Costaguana? El abismo sin fondo adonde han ido a sepultarse préstamos del diez por ciento y otras insensatas inversiones de dinero. Los capitalistas europeos lo han venido arrojando en él a dos manos. Pero no los de mi país. Nosotros sabemos quedarnos en casa cuando llueve. Podemos permanecer sentados y acechar la ocasión. Por supuesto, algún día llevaremos allí nuestra actividad financiera. Estamos obligados a hacerlo. Pero no hay prisa. Cuando le llegue su hora al mayor país del universo, tomaremos la dirección de todo; industria, comercio, legislación, prensa, arte, política y religión desde el cabo de Homos hasta el estrecho de Smith… y más allá, si hay algo que valga la pena en el polo norte. Y entonces tendremos tiempo de extender nuestro predominio a todas las islas remotas y a todos los continentes del globo. Manejaremos los negocios del mundo entero, quiéralo éste o no. El mundo no puede evitarlo… y nosotros tampoco, a lo que imagino.
Con lo dicho quiso expresar su fe en el destino en términos acomodados a su mentalidad, del todo inexperta en la exposición de ideas abstractas y generales. Su inteligencia se había nutrido de hechos; y Carlos Gould, cuya imaginación se hallaba dominada de un modo estable por el único gran hecho de la mina de plata, no tuvo objeción ninguna que oponer a esa teoría sobre la suerte futura del mundo. Si por un momento le había parecido desagradable, era porque la afirmación de tan vastas eventualidades empequeñecía, reduciéndolo casi a la nada, el asunto que traía entre manos. Sus planes, su persona y toda la riqueza minera de la Provincia Occidental aparecían de pronto despojadas de todo vestigio de magnitud. La impresión era molesta; pero Carlos Gould no tenía pelo de tonto. Ya había echado de ver que en el ánimo de Mr. Holroyd estaba causando favorable efecto; y la conciencia que tenía de este hecho tan halagüeño contrajo sus labios con una vaga sonrisa. Su corpulento interlocutor la interpretó por un signo de asentimiento discreto y de admiración. Sonrió él a su vez con sosiego; y al punto Carlos Gould, con la agilidad mental que suele desplegarse en defensa de una esperanza acariciada, reflexionó que la misma insignificancia aparente de su designio contribuiría a facilitarle la consecución de su fin. Se tomarían en consideración su persona y proyecto, porque al fin y al cabo no eran cosa de gran trascendencia para un nombre que aspiraba a realizar un destino tan prodigioso. Y Carlos Gould no se sintió humillado por ese pensamiento, porque a sus ojos la mina seguía conservando el valor de siempre. Ninguna concepción del destino, por vasta que fuera, era bastante poderosa a mermar su vehemente deseo de redimir la mina de Santo Tomé. En comparación con la juiciosa viabilidad de su empresa, definida en el espacio y perfectamente realizable en un tiempo limitado, el norteamericano se le representó por un momento como un soñador idealista sin importancia.
El gran hombre, robusto y afable, le contempló unos momentos con aire pensativo; y, cuando rompió el silencio, fue para comentar que las concesiones abundaban en Costaguana como la mala hierba. Cualquier pelafustán que lo deseara, podía obtener una concesión al primer intento.
– A nuestros cónsules les tapan la boca con ellas -continuó con un guiño de genial desdén en los ojos; pero; recobrando al punto su seriedad, añadió-: Un hombre concienzudo y recto, que desprecie los chanchullos, y se mantenga alejado de intrigas, conspiraciones y levantamientos, no tarda en recibir los pasaportes. ¿Ha reparado usted en ello, señor Gould? Persona non grata. Esa es la razón de que nuestro gobierno nunca se halle debidamente informado. Por otra parte, hay que aislar a Europa de este continente; y, para una intervención seria por nuestra parte, no ha llegado aún el tiempo, me atrevo a decir. Pero nosotros aquí no somos el gobierno de este país, ni tampoco unos papanatas. El negocio de usted está en regla. La principal cuestión para nosotros es si el segundo socio, y ese es usted, se considera capaz de defender su terreno contra el tercer socio, de quien hay que temerlo todo, y que es una u otra de las poderosas pandillas de ladrones que manejan el gobierno de Costaguana. ¿Qué piensa usted de esto, ¿eh?, señor Gould?
Inclinóse hacia adelante para clavar la mirada en los ojos impasibles del interrogado, el cual, recordando la gran caja llena de cartas de su padre, puso en el tono de su respuesta todo el desprecio y encono acumulados durante largos años:
– En lo que se refiere al conocimiento de esos hombres y de sus procedimientos y política, puedo asegurar que lo poseo. He venido adquiriéndolo desde que era un muchacho. No es probable que incurra en errores por exceso de optimismo.
– ¿Conque no es probable, eh? Perfectamente. Tacto y medir las palabras es lo que va usted a necesitar. Puede usted fanfarronear un tanto sobre los millones de la casa financiera que le guarda las espaldas. Pero no demasiado. Le secundaremos a usted mientras las cosas sigan un curso regular. Pero no queremos enredarnos en grandes conflictos. Ese es el ensayo que estoy dispuesto a hacer. Hay algún riesgo y le correremos; pero, si usted no puede sostenerse hasta el fin, soportaremos las pérdidas, por supuesto, y… nos retiraremos. Esa mina puede esperar; anteriormente ha estado abandonada, como usted sabe. Debe usted comprender que en ningún caso consentiremos en cambiar moneda buena por otra mala.
Así habló a la sazón el gran personaje, en su despacho particular de una ciudad populosa, donde otros hombres (de mucha influencia a los ojos del vulgo) aguardaban con avidez un mero gesto amistoso de su mano. Y algo más de un año después, durante su inesperada aparición en Sulaco, había expresado con énfasis su resolución de apoyar la empresa con la franqueza y sinceridad propias de un hombre tan serio e influyente. Y lo hizo en términos más expresivos, tal vez porque se había efectuado una visita de inspección a la mina, y sobre todo porque el modo con que se habían dado los pasos sucesivos a fin de preparar la explotación le habían infundido la convicción de que Carlos Gould poseía las cualidades necesarias para sacar adelante su proyecto. "Este individuo -se dijo interiormente- puede llegar a ser una potencia en el país."
Este juicio le halagaba, porque hasta entonces los únicos informes que había podido dar a sus íntimos acerca de Carlos fueron:
– Mi cuñado se encontró con él en una de esas viejas ciudades alemanas de poco fuste, situada cerca de unas minas, y me lo envió con una carta. Es uno de los Goulds de Costaguana, inglés de pura sangre, pero nacido en el país, como sus otros antecesores. Su tío se metió en política, fue el último gobernador del estado de Sulaco y murió fusilado después de una batalla. El padre del recomendado figuró entre los primeros comerciantes de Santa Marta, procuró aislarse de la política y murió arruinado después de una porción de revoluciones. Y ahí tienen ustedes el asunto de Costaguana en dos palabras.
Por supuesto, el ascendiente de que gozaba era tal, que ni los amigos de mayor confianza se propasaban a preguntarle por los motivos de sus determinaciones. Los demás quedaban en libertad para entregarse a respetuosas conjeturas sobre los secretos designios que le animaban en sus empresas. Ocupaba un puesto tan elevado en la consideración pública, que la protección dispensada con ilimitada prodigalidad a las "formas de Cristianismos más puras" (hecho comentado burlonamente por la señora de Gould en lo relativo a construir templos de paredes desnudas y sin imágenes) era, no obstante, considerada por sus conciudadanos como la expresión de un espíritu piadoso y humilde. Pero en los círculos financieros a que pertenecía, se comentaba con discreta jovialidad, aunque sin traspasar las lindes del respeto, el asunto de la mina de Santo Tomé. Era un capricho del gran hombre. En el colosal edificio Holroyd (enorme mole de hierro, cristales y bloques de cemento armado, en la esquina de dos calles, coronado en lo alto por una red de hilos telegráficos que irradiaban en todas direcciones) los jefes de los principales departamentos cambiaban entre sí miradas maliciosas; lo que significaba que no se les permitía intervenir en el secreto del negocio de Santo Tomé. El correo de Costaguana -nunca grande; un paquete algo pesado- se llevaba cerrado al despacho particular del gran hombre, sin que de allí salieran jamás instrucciones ni órdenes relacionadas con tal correspondencia. Entre los escribientes se cuchicheaba que el principal la contestaba personalmente -no ya dictando, sino escribiendo la respuesta de su puño y letra- y se suponía que todas esas cartas eran pasadas a su copiador particular, inaccesible a los ojos profanos.
Algunos jóvenes lenguaraces, piezas insignificantes de la pequeña maquinaria en aquella fábrica de grandes negocios, que contaba quince pisos, manifestaron sin rebozo su opinión de que el gran jefe había hecho al fin alguna tontería y se avergonzaba de su locura; otros empleados, de mayor edad y también poco importantes, dominados por el sentimiento de veneración romántica al negocio que había devorado sus mejores años, solían murmurar, con misterio, mostrando estar enterados, que aquello era una señal portentosa, y que la firma Holroyd tenía intención de posesionarse en breve de la República de Costaguana toda entera, con almas, vidas y haciendas.
De hecho, los que acertaban eran los que suponían ser todo ello un capricho del eminente financiero. Había sentido el antojo de interesarse personalmente por el asendereado asunto de la mina de Santo Tomé con la historia de depredaciones y matanzas; y tanto interés llegó a cobrarle que le dedicó preferentemente la primera temporada de vacaciones que había disfrutado en un período larguísimo de años. Aquí no se trataba de realizar una gran empresa; no era cuestión de negociar con una compañía de ferrocarriles o una corporación industrial. Míster Holroyd quería probar lo que daba de sí la firmeza de carácter de un hombre. Le agradaría ver coronada por el éxito esta su intervención en un terreno nuevo, por vía de descanso reconfortante; pero junto con ese sentimiento alimentaba el propósito de abandonar totalmente el negocio al primer síntoma de fracaso. Al fin, todo se reducía a dejar en la estacada a un hombre. Por desgracia la prensa había propalado a los cuatro vientos su viaje a Costaguana. Aunque estaba satisfecho de la manera con que Carlos Gould llevaba el asunto, se confirmó en la idea de conceder su apoyo financiero. En la última entrevista, media hora o cosa así antes de cruzar el patio, sombrero en mano, detrás del tronco plateado que arrastraba el carruaje de la señora de Gould, había dicho en la habitación de Carlos:
– Siga usted adelante con entera libertad de acción, y yo me encargo de ayudarle, mientras sepa sostenerse. Pero esté usted seguro de que, si surgen graves contingencias, sabremos retiramos a tiempo.
A lo cual Carlos se había limitado a contestar:
– Puede usted empezar a expedir la maquinaria tan luego como guste.
Y al gran hombre le había caído en gracia la calma imperturbable de su consocio. El secreto de esa impasibilidad estaba en que a Carlos le satisfacían aquellas condiciones. De ese modo la mina conservaba el carácter mismo con que él la había concebido siendo muchacho, esto es, un negocio rodeado de fatídicas amenazas: y además continuaba dependiendo sólo de él mismo. Era una empresa seria, y también él la tomaba con ahínco.
– Por supuesto -le dijo a su mujer, aludiendo a la última conversación con el huésped que acababa de partir, mientras paseaban despacio yendo y viniendo por el corredor, seguidos de la mirada hostil del loro-, por supuesto, un hombre de su condición puede tomar o dejar, cuando le place, cualquier asunto. No tolerará verse derrotado. Puede ocurrir que lo deje, o que se muera mañana; pero los grandes intereses de plata y hierro le sobrevivirán y algún día se apoderarán de Costaguana junto con el resto del mundo.
Habíanse parado junto a la jaula. El loro, cogiendo el sonido de una palabra perteneciente a su vocabulario, se sintió impulsado a intervenir. Los loros son a veces muy humanos.
"¡Viva Costaguana!", gritó con intensa obstinación, y al instante siguiente, erizando las plumas, tomó un aire de somnolencia esponjosa tras los dorados y brillantes alambres.
– ¿Y crees tú en el fundamento de esos proyectos de dominar las riquezas del mundo? -interrogó la señora Gould.
– A mi me parece el más odioso materialismo, y…
– Hija mía, eso no me importa -interrumpió su marido en tono de blanda reconversión-. Yo me limito a utilizar su apoyo pecuniario. En cuanto a los demás, ¿qué se me da a mí de que ese modo de hablar sea la voz del destino o un simple trozo de elocuencia hueca y estruendosa? Por cierto que de esa clase de elocuencia se produce bastante en ambas Américas. El clima de Nuevo Mundo parece favorable al arte de la declamación. ¿Recuerdas cómo el querido Avellanos perora durante horas seguidas en sus visitas?
– ¡Oh, pero es distinto! -protestó la señora Gould, casi enfadada.
El ejemplo no venía al caso. Don José era una excelente persona que hablaba divinamente y ponderaba con entusiasmo el gran valor de la mina de Santo Tomé.
– ¿Cómo puedes compararlos, querido? -increpó recriminándole-. El ha sufrido… y tiene aún esperanzas.
A la señora le sorprendía que realmente fueran personas muy entendidas en negocios -cosa que no discutía- los extranjeros recién salidos de su casa, porque en muchos asuntos clarísimos se habían mostrado extrañamente estúpidos.
Carlos Gould, con una calma circunspecta y vigilante, que le granjeaba al punto la viva simpatía de su mujer, aseguró a ésta que no había pretendido establecer ninguna comparación. El mismo era también americano, y quizá pudiera desplegar ambas clases de elocuencia… "si fuera cosa que mereciera intentarse", añadió con firmeza. Había respirado el aire de Inglaterra por más tiempo que ninguno de los suyos en el transcurso de tres generaciones; y esta circunstancia le hacía ver las cosas con un criterio que en ocasiones tal vez necesitara ser disculpado. Su pobre padre fue hombre de palabra fácil y abundante, con sus ribetes de elocuencia. Y a propósito de esto preguntó a su mujer si se acordaba de cierto pasaje contenido en una de las últimas cartas del finado, en el que éste expresaba su convicción de que "Dios parecía mirar airado a estos países, porque a no ser así, habría dejado brillar un rayo de esperanza por algún resquicio abierto en la terrible noche de intrigas, muertes y crímenes que se cernía sobre la Reina de los Continentes".
La señora de Gould no lo había olvidado.
– Sí, me lo leíste, Carlitos -murmuró-. Y por cierto que me impresionó mucho. ¡Que pena tan desgarradora debió de atormentar a tu padre!
– No se resignaba a ser robado. Eso le exasperaba -explicó Carlos Gould-. Pero el pasaje mencionado no dejaba de contener un gran fondo de verdad. Lo que aquí se necesita es legalidad, buena fe, orden, seguridad. Todo el mundo puede discursear sobre ese tema; pero yo prefiero poner mi confianza en promover el desenvolvimiento de los intereses materiales. Con sólo que lleguen a adquirir estabilidad en los comienzos, ellos mismos impondrán las únicas condiciones en que pueden continuar existiendo, esto es, el orden, la paz, la justicia. En este sentido es como está justificado el que yo pretenda hacer dinero frente a la ilegalidad y el desorden. Y digo que está justificado, porque la seguridad exigida para la índole misma de la explotación se extenderá necesariamente a un pueblo oprimido. Un estado social en que impere una justicia más perfecta vendrá después. Ese es nuestro rayo de esperanza. (El brazo de Carlos tocó un momento a la menuda figura que tenía a su lado.) Esperemos, pues, que la mina de Santo Tomé sea el resquicio abierto en las tinieblas, que mi pobre padre desesperó de ver jamás.
Ella le contempló con admiración. Carlitos entendía a fondo el asunto y concretaba en una elevada y vasta aspiración la vaguedad de sus ambiciones generosas.
– Carlos querido -le contestó-, tu desobediencia tiene una finalidad espléndida.
De pronto se separó de ella en el corredor, para ir por su sombrero gris flexible prenda del traje nacional que se amoldaba con sorprendente perfección a su atavío inglés. Volvió con una fusta en la mano abotonándose un guante de piel; su semblante reflejaba la firme resolución de no cejar en el plan concebido. Su mujer le aguardó en la parte superior de la escalera, y antes de despedirla con un beso, puso término a la conversación con estas palabras:
– Una cosa hay perfectamente clara para nosotros, y es el hecho de que no es posible retroceder. ¿Adonde iríamos a comenzar una nueva vida? Por tanto aquí estamos con todo lo que somos y valemos.
Luego se inclinó con cariño, no exento de compasión, sobre el rostro levantado de su esposa. Carlos poseía las cualidades necesarias para salir triunfante en su empresa, porque no se forjaba ilusiones y tomaba la realidad tal cual era. La concesión Gould tenía que luchar a vida o muerte, utilizando por el momento las armas que pudiera hallar en el pantano de una corrupción que, por ser tan general, llegaba casi a parecer cosa normal y corriente. Estaba resuelto a doblegarse a las circunstancias, para procurarse los medios de combatir. Por su mente cruzó la idea de que la mina de plata que había matado a su padre acaso le hubiese fascinado a él arrastrándole a ir mis allá de lo que pensaba, y con la vivaz lógica de las emociones dedujo que todo el valor de su vida se hallaba comprometido en sacar triunfantes sus designios. No era posible retroceder.
El cariño inteligente de la señora Gould la llevaba sin esfuerzos a compartir los sentimientos de su esposo. Los proyectos de éste comunicaban a la vida interés y emociones, y ella era demasiado mujer para no gustar de ambas cosas. Pero a la vez la acobardaban un poco; y cuando don José Avellanos, meciéndose en su silla americana, se propasaba a decir: "Aunque fracasara usted, mi querido Carlos; aunque alguna contingencia adversa diera al traste con todos sus esfuerzos -¡lo que Dios no permita!-, habría usted merecido bien de su patria", la señora Gould alzaba los ojos de la mesa de té y los fijaba profundamente en el impasible semblante de su marido, que seguía agitando la cucharilla en la taza, como si nada hubiera oído. Y no es que don José creyera en la inminencia de un desastre; al contrario, no se cansaba de elogiar la cordura, tino y valor de Carlos. Su carácter inglés, firme como una roca, constituía su mejor salvaguardia, afirmaba don José; y, volviéndose a la señora de Gould, añadía: "Así como la de usted, querida Emilia" (la trataba con la familiaridad autorizada por sus años y antigua amistad); "usted es una patriota tan neta, como si hubiera nacido entre nosotros".
Esto último podía ser mas o menos cierto. La señora de Gould, al acompañar a su esposo por toda la provincia en busca de trabajadores, había conocido el país observándolo con mirada más atenta y penetrante que cualquiera costaguanera castiza. Vestida de amazona, con traje deslucido por la brega del viaje, la cara blanca de polvos de tocador como busto de escayola, protegida además por una mascarilla de seda, durante las horas de sol abrasador, cabalgaba en un bonito y ligero pony en el centro de un grupo de jinetes. Dos mozos de campo, pintorescas figuras, de enormes sombreros, espuelas calzadas sobre los talones descalzos, calzoneras bordadas de blanco, jubones de cuero y ponchos estriados, caminaban delante, las carabinas a la espalda, oscilando al compás del paso de los caballos. A retaguardia iba una tropilla de acémilas, a cargo de un enjuto muletero de rostro moreno, que montaba su orejuda bestia, sentado a horcajadas cerca de la cola, con las piernas muy echadas hacia delante y el sombrero de ala ancha al cogote formando una especie de halo alrededor de su cabeza. Para comisario y organizador de la expedición había sido recomendado por don José un veterano oficial de Costaguana, comandante retirado, de humilde origen, pero protegido por las principales familias a causa de su opiniones blanquistas. Las puntas de su bigote entrecano le caían muy por debajo de la barbilla, y, cabalgando a la izquierda de la señora Gould, recorría con su bondadosa mirada el paisaje, señalando sus particularidades topográficas, diciendo los nombres de los pequeños pueblos, de las extensas fincas, de las haciendas que con sus alisados muros semejaban largas fortalezas coronando los oteros del valle del Sulaco. Ofrecía éste a la vista verdes campos cultivados con plantas tiernas aún, llanuras, bosques, lucientes ramales de agua; un conjunto semejante a un parque, dilatándose desde el vapor azul de la sierra lejana hasta los confines de un inmenso horizonte de praderas y cielo, donde flotaban nubarrones blancos, que parecían caer lentamente en la oscuridad de sus propias sombras.
Mozos de labor rasgaban la tierra con arados de madera, tirados por yuntas de bueyes, empequeñecidos por la vasta extensión en que se movían, como luchando con la inmensidad misma. A lo lejos galopaban figuras de vaqueros, y las grandes vacadas pacían, abatidas las cabezas de uniforme cornamenta, en una línea ondulante que se prolongaba hasta donde la vista podía alcanzar cruzando los amplios potreros.
Junto al camino, una frondosa plantación de algodoneros sombreaban un rancho techado con cañas y bálago; las cansinas hileras de indios cargados se quitaban los sombreros y miraban con ojos tristes y mudos a la cabalgata que levantaba el polvo del camino real, construido por sus antepasados. Y la señora Gould, cada día de viaje, parecía comprender y sentir más de cerca el alma del país, que se le revelaba en su tremendo estado interior, no afectado por el somero tinte europeo de las ciudades de la costa; país inmenso de llanuras y montañas, que sufría en silencio, aguardando la redención venidera en una patética inmovilidad de paciencia.
Pero si tan lamentable era la condición del pueblo bajo, de los indios reducidos al último grado de miseria, también en las familias de los hacendados había quejas y agravios que oír. Conoció su género de vida y su hospitalidad, otorgada con una especie de dignidad somnolienta en aquellas casonas de largos muros sin ventanas, y pesados portales abiertos frente a tendidos pastizales, barridos por el viento. Con caballerosa cortesanía se le cedía la cabecera de la mesa, donde amos y criados se sentaban a estilo patriarcal. Las señoritas de la casa solían platicar blandamente, a la luz de la luna, bajo de los naranjos de los patios, causando a la sorprendida viajera honda impresión con la dulzura de sus voces y un algo misterioso que había en la quietud de sus vidas. Por la mañana, los dueños de las fincas, caballeros en buenos bridones, con sombreros de ala ancha y trajes de montar bordados, con mucha plata en los arreos de los caballos, salían, escoltando a los huéspedes que partían, hasta los mojones de sus haciendas, donde les daban con gravedad el adiós de despedida.
En todas estas familias pudo escuchar historias de atropellos políticos: amigos y parientes, arruinados, encarcelados, muertos en las batallas de insensatas guerras civiles, bárbaramente ejecutados tras feroces proscripciones, como si el gobierno hubiera consistido en una lucha de concupiscencias entre bandos de diablos absurdos, desatados sobre el país con sables, uniformes y frases grandilocuentes. Y de todos los labios oyó el cansancio de tal situación unido al deseo de paz; el temor del funcionarismo con su parodia de administración, enteramente ajena a toda ley, a toda seguridad y a toda justicia, que atormentaba a la población de los campos como una pesadilla.
La viajera soportó muy bien dos meses enteros de vagabundo viajar; poseía la resistencia a la fatiga, que de cuando en cuando se notan con sorpresa en mujeres de aspecto endeble, indicio de estar animadas por un espíritu de notable tenacidad. Don Pepe, el viejo comandante de Costaguana, después de prodigar sus solicitudes a la delicada dama, había acabado confiriéndola el título de "la señora infatigable".
Realmente se estaba haciendo una costaguanera. Habiendo tenido ocasión de conocer en el mediodía de Europa a la gente campesina, se hallaba en condiciones de apreciar el gran valor del pueblo. Vio al ser humano en el estado de bestia de carga, silenciosa y de mirada triste. Le vio en el camino, transportando cargas; solitario en la llanura, bregando bajo de su sombrerón de paja, con los blancos vestidos aleteando al soplo del viento alrededor de su cuerpo; de su paso por las aldeas conservó en su memoria algún grupo de indias junto a una fuente, o el rostro de alguna joven indígena de perfil melancólico y sensual, en ademán de levantar una vasija de barro cocido, llena de agua fresca, a la puerta de una oscura choza con soportal de madera, atiborrada de enormes cántaros negruzcos.
Tal cual carreta de bueyes, atascada en el polvo hasta el eje, mostraba en sus toscas ruedas de madera, macizas y sin radios, que en su construcción no había intervenido más instrumento que el hacha. En otro lugar contempló una cuadrilla de portadores de carbón, durmiendo tendidos en fila en la faja de sombra proyectada por sus cargas desde la parte superior de una baja pared de barro.
Los amazacotados puentes de piedra y las iglesias recordaban los tiempos en que la población indígena subyugada por los conquistadores había prestado el tributo de su trabajo sin remuneración ninguna. El poder del rey y la influencia dominadora de la Iglesia habían desaparecido; pero al tropezar con algún enorme montón de ruinas descollando en la cima de un cerro sobre las humildes construcciones de barro de una aldea, don Pepe solía interrumpir el relato de sus campañas para exclamar:
– ¡Pobre Costaguana! Antes fue toda para los Padres, que al fin y al cabo vivían y morían con el pueblo y para el pueblo; y ahora lo es para los grandes políticos de Santa Marta, que son una cuadrilla de negros y ladrones.
Carlos hablaba con los alcaldes, con los fiscales, con la gente principal de las ciudades y con los caballeros en sus haciendas. Los comandantes de los distritos le ofrecían escoltas, atendiendo a la autorización que presentaba, expedida por el jefe político de Sulaco. Cuánto le había costado este documento en monedas de oro de veinte dólares era un secreto entre él mismo, un gran financiero de los Estados Unidos (que se dignó contestar el correo de Sulaco por propia mano) y un personaje de cuenta, muy diferente del anterior, de color cetrino y mirada aviesa, que ocupaba entonces el Palacio de la Independencia en Sulaco y se preciaba de su cultura y europeísmo, de ordinario al estilo francés, porque había pasado algunos años en Europa -desterrado, según decía. Pero era bastante sabido que precisamente antes de ese destierro había perdido al juego temerariamente todo el dinero de la aduana de un pequeño puerto, donde un amigo que estaba en el poder le había colocado con el empleo de segundo recaudador. Aquella juvenil indiscreción tuvo, entre otros inconvenientes, el de obligarle a ganarse la vida por algún tiempo haciendo de mozo de café en Madrid; pero con todo eso, sus talentos debían ser grandes, ya que le permitieron rehacer su carrera política de un modo tan brillante. Carlos Gould, al exponerle un asunto con firmeza imperturbable, le dio el tratamiento de Excelencia.
La Excelencia de provincia tomó un aire de superioridad molestada, inclinando su asiento hacia atrás junto a una ventana abierta, al estilo del país. Ocurrió que precisamente entonces la banda militar interpretaba trozos selectos de ópera en la plaza, y por dos veces el hombre de autoridad alzó la mano imponiendo silencio para escuchar un pasaje favorito.
– ¡Exquisito! ¡Delicioso! -murmuró, mientras Carlos Gould aguardaba al lado de pie con paciencia inescrutable-. ¡Lucía, Lucía di Lammermoor! Soy apasionado por la música. Me trasporta ¡Ah! ¡El divino Mozart! [4] Sí, divino… ¿Qué estaba usted diciendo?
Por supuesto, ya le habían llegado rumores de los designios del recién llegado. Además, tenía en su poder un aviso oficial de Santa Marta. Aquel comportamiento se enderezaba a disimular su interés y causar impresión al visitante. Pero después de haber guardado bajo de llave algo valioso en el cajón de un gran escritorio, situado en un lugar de la habitación, un poco distante, volvió muy afable a ocupar su asiento con finura.
– Si proyecta usted fundar aldeas y reunir población cerca de la mina, necesita usted para esto un decreto del ministerio del Interior -indicó en el tono de quien está al corriente de los trámites administrativos.
– He presentado ya una instancia -dijo Carlos Gould con tranquilidad- y ahora cuento confiadamente con el informe favorable de Su Excelencia.
La autoridad de tal tratamiento era un hombre de variable humor; y su alma sencilla se sintió dominada por una gran melosidad después de recibir el dinero. De pronto exhaló un profundo suspiro.
– ¡Ah, Don Carlos! Lo que necesitamos en la provincia son hombres ilustres y emprendedores como usted. La letargía… ¡la letargía de esos aristócratas! ¡La falta de espíritu público! ¡La ausencia de toda empresa! Yo, dado mis profundos estudios en Europa, ya comprenderá usted…
Con una mano metida en su inflada pechera se levantó, y de pie, por espacio de diez minutos sin tomar aliento, continuó asediando con intencionados asaltos el silencio cortés de Carlos Gould; y, cuando al interrumpirse de pronto, volvió a caer sobre su silla, presentaba el aspecto de haber sido rechazado de una fortaleza. Para salvar su dignidad, se apresuró a despedir al hombre silencioso con una inclinación solemne de cabeza y las siguientes palabras, pronunciadas con cierta condescendencia aburrida y descontenta:
– Puede usted contar con mi benevolencia, en tanto que lo merezca su comportamiento de buen ciudadano.
Y tomando un papel, empezó a abanicarse con él dándose tono de gran señor, mientras Carlos Gould hacia una inclinación y se retiraba. Entonces dejó el improvisado abanico, y se quedó mirando fijamente a la puerta un gran rato. Al fin se encogió de hombros como para confirmarse en su desdén. "Frío, soso… Sin intelectualidad… Pelo rojo… Un verdadero inglés." Le despreció.
Su semblante se puso torvo. ¿Qué significaba aquel comportamiento tan retraído e impasible? Fue el primero de los gobernadores enviados sucesivamente desde la capital para regir la Provincia de Sulaco, a quien los modales de Carlos Gould en una entrevista oficial hubieron de desagradar, por su ofensiva independencia.
El último tenía por cierto que, si el escuchar con paciencia vaciedades entraba en el precio que tenía que pagar para que no se le molestase, la obligación de proferirlas él mismo personalmente no entraba en el contrato. A eso no llegaría nunca. Estos autócratas de provincia, en cuya presencia la población pacífica de todas las clases estaba acostumbrada a temblar, experimentaban ante la reserva estirada del ingeniero inglés una inquietud, que oscila entre la adulación y la truculencia. Poco a poco fueron descubriendo todos que, sin distinción de partidos turnantes en el poder, el ingeniero continuaba en excelentes relaciones con las primeras autoridades de Santa Marta.
Esto era un hecho, y explicaba perfectamente que los Gould se vieran muy mermados en la riqueza que el ingeniero jefe del nuevo ferrocarril podía atribuirles con fundado motivo. El sostenimiento de tales relaciones era una carcoma para la fortuna de Gould.
Siguiendo el consejo de don losé Avellanos, persona de buen criterio (aunque influido por el terrible recuerdo de las vejaciones sufridas en tiempos de Guzmán Bento), Carlos se había mantenido alejado de la capital; pero en las hablillas corrientes de la colonia extranjera se le conocía (habiendo un gran fondo de seriedad debajo de la ironía) con el sobriquete del "Rey de Sulaco".
Un abogado del colegio de Costaguana, sujeto de reconocida pericia y buen carácter, miembro de la distinguida familia Moraga, que poseía extensas propiedades en el Valle de Sulaco, pasaba, con cierta sombra de misterio y respeto, entre la gente de fuera del país, por el agente de la mina de Santo Tomé -"político, ¿sabe usted?" Era alto, usaba barba negra, y se distinguía por su discreción. Sabíase que tenía fácil acceso a los ministerios, y que los numerosos generales de Costaguana se disputaban el honor de comer en su casa. Los presidentes le concedían audiencia con facilidad. Sostenía activa correspondencia con su tío, don José Avellanos; pero sus cartas (salvo las que se referían a meras relaciones afectuosas de parentesco) rara vez se confiaban a la oficina de correos de Costaguana. En ella se abrían los sobres con la impudencia descarada e infantil, característica de algunos gobiernos hispanoamericanos.
Pero haremos constar aquí que por la época en que se recomenzaron los trabajos en la mina de Santo Tomé, el mulatero utilizado por Carlos Gould para sus primeros viajes al Campo añadió su pequeña recua de bestias de carga a la exigua corriente de tráfico que se hacía por los pasos de la montaña entre la altiplanicie de Santa Marta y el Valle de Sulaco. Por tan escabrosa y arriesgada ruta no hay de ordinario quien viaje, a no ser en circunstancias muy excepcionales; y, fuera de eso, el estado del comercio interior no requiere aumento de facilidades de transporte; pero el hombre pareció hallar modo de procurarse encargos. Siempre que emprendía el viaje por la mencionada ruta se agenciaba paquetes. Muy moreno y curado, con calzones de piel de cabra con el pelo hacia afuera, cabalgaba sentado cerca de la cola de su mulo, vuelto contra el sol el enorme sombrero, en el rostro alargado una expresión de bienaventurada holganza, y mosconeando, día tras día, una canción amorosa en tono triste, que interrumpía para lanzar, sin mudar de expresión, un grito a la tropilla de bestias que iba delante.
Colgado a la espalda cerca de los hombros llevaba un guitarrillo en el que se había preparado ingeniosamente un hueco a propósito para recibir un rollo de papel bien apretado, y que se tapaba después con una cuña de madera sujetándola a la armazón mediante un clavo. Mientras este mulatero estaba en Sulaco, no hacía otra cosa que fumar y pasar dormitando el día entero (como si para él no hubiera cuidados en el mundo), tendido sobre un banco de piedra junto a la entrada de la casa Gould, frente a las ventanas de la de Avellanos. Muchos años atrás, su madre había sido la encargada de lavar la ropa de la familia de don José, ejecutando con la mayor perfección el planchado de toda clase de prendas finas. El mulatero había nacido en una de sus haciendas. Llamábase Bonifacio, y don José, siempre que cruzaba la calle, a eso de las cinco, para visitar a doña Emilia, correspondía al humilde saludo de su antiguo criado con algún movimiento de la mano o de la cabeza. Los porteros de ambas casas conversaban con él en sus largas horas de ocio, tratándole con la mayor intimidad. Las noches las dedicaba al juego y a visitar, animado de generoso buen humor, a las chicas del peine de oro en las callejuelas más apartadas de la ciudad. Pero esto no obstaba para que fuera hombre discreto.
Aquellos de nosotros a quienes el negocio o la curiosidad llevó a Sulaco en los años anteriores a la construcción del primer ferrocarril podrán recordar el efecto de estabilidad y orden que la mina de Santo Tomé causó en tan remota provincia. Las apariencias exteriores no habían cambiado entonces, como ha ocurrido después según me dicen. Ahora, según parece, los tranvías recorren las calles que parten de la plaza de la Constitución; y las carreteras penetran en el interior del país hasta Rincón y otras poblaciones, donde los comerciantes extranjeros y los ricos suelen tener quintas modernas; y hay un gran depósito con material y talleres, perteneciente al ferrocarril, junto al puerto, que tiene un muelle complementario, una larga serie de almacenes, y también sus quebrantos de huelgas, serias y organizadas.
En aquella época nadie había oído hablar de huelgas de esa clase. Los cargadores del puerto formaban ciertamente una hermandad indisciplinada, en la que entraban perdularios y gentuza de todas las calañas, sin que por eso dejara de tener su santo patrón. Pero sólo se declaraban en huelga con indeficiente regularidad los días de toros, no con miras socialistas, sino de mera diversión. Este trastorno del servicio no pudo ser corregido eficazmente ni por el mismo Nostromo. Las fiestas de guardar también traían cola de holganza, si no se acudía a tiempo con mano enérgica; mas en tales casos, a la mañana siguiente, antes que las vendedoras indias del mercado hubieran abierto sus quitasoles, cuando la nieve del Higuerota enviaba a la plaza su pálido resplandor, que resaltaba sobre un cielo todavía oscuro, la aparición de un jinete fantasma, caballero en una yegua cana, resolvía infaliblemente el problema del trabajo. La cabalgadura se metía por los callejones de los barrios bajos, y salvando las cercas de maleza dentro de los antiguos baluartes, avanzaba por entre los grupos de negras chozas a oscuras, que semejaban establos de vacas o perreras. El jinete daba terribles martillazos con la culata de su grueso revólver en las puertas de pulperías ruines, de tugurios obscenos, apoyados en el destartalado trozo de un noble paredón, de barracas de tabla, cuyos delgados tabiques dejaban oír ronquidos y murmullos somnolientos durante las pausas del atronador golpeteo. Llamaba por sus nombres a los trabajadores, amenazándoles desde la silla de la yegua una y dos veces. Las respuestas de los dormilones -regañonas, conciliadoras, salvajes, joviales o deprecatorias- salían a la silenciosa oscuridad exterior, en la que el jinete aguardaba tranquilo, y, a poco, un bulto hacía notar su presencia con repetidas toses. A veces una mujer de voz gruesa respondía con humildad por el hueco de la ventana: "Ahora mismo va, señor"; y el de la yegua permanecía quieto hasta que el anuncio se cumplía. Pero si por acaso tenía que apearse, entonces, al poco rato, de la puerta de la barraca o de la pulpería, entre un violento patuleo y ahogadas imprecaciones, salía disparado un cargador con la cabeza adelante y las manos tendidas yendo a caer entre las patas delanteras de la yegua cana, que se limitaba a poner erectas sus puntiagudas y menudas orejas. Echábase de ver que estaba acostumbrada a tales escenas; y el hombre, levantándose, huía del revólver de Nostromo y se alejaba por la calle entre traspiés y maldiciones.
Al salir el sol, el capitán Mitchell, que aparecía ansioso en traje de dormir, en el balcón larguísimo, tendido todo a lo largo del solitario edificio de la Compañía O.S.N. cerca de la playa, veía ya a los cargadores en su camino, moviéndose activamente junto a las grúas de carga, y tal vez oía al incomparable Nostromo, ahora en pie, con su camisa de color y faja roja de marino mediterráneo, dando órdenes desde el extremo del muelle con voz estentórea. Como él, había pocos en el mundo. ¡Uno entre millares!
El refinamiento material de una civilización madura, que borra la individualidad de las viejas ciudades con el barniz de las estereotipadas conveniencias de la vida moderna, no había invadido aún el recinto de Sulaco; pero sobre su mugrienta antigüedad tan característica, con sus casas estucadas y ventanas de rejas, con los grandes muros amarillentos de conventos abandonados, tras monótonas hileras de sombríos cipreses, el hecho -modernísimo en su espíritu- de la mina de Santo Tomé había proyectado ya su influencia sutil. También había modificado el aspecto de las multitudes en los días festivos, cuando se reunían en la plaza, fronteriza al pórtico abierto de la catedral, por el número de ponchos blancos con una franja verde, ostentados como prenda dominguera por los mineros de Santo Tomé. Estos habían adoptado además sombreros blancos con cordón y cinta verde, artículo, como el anterior, de buena calidad, que podía obtenerse por poquísimo dinero en el almacén de la administración.
Cualquier pobre cholo que usara estos colores (no llevados en Costaguana) era rara vez molestado a pretexto de haber faltado al respeto a la policía de la ciudad, y tampoco corría mucho peligro de ser cazado a lazo por sorpresa, yendo de camino, por algún escuadrón de lanceros de reclutamiento -sistema considerado casi como legal en la República.
Aldeas enteras habían sido incorporadas al ejército en esa forma; pero, como solía decir don Pepe a la señora de Gould, con un encogimiento de hombros que expresaba lo irremediable: "¿Qué se le ha de hacer? ¡Pobre pueblo! ¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos! No se puede menos. El Estado necesita su ejército."
Así se explicaba profesionalmente el veterano militar de bigotes colgantes, cara enjuta avellanada y barbilla redonda y maciza, que recordaba el tipo del vaquero característico de los grandes Llanos del Sur. "¡Ah!, señores; si ustedes hubieran oído a un viejo oficial de Páez…" era el exordio de todos sus discursos en el Club Aristocrático de Sulaco, donde se le admitía en atención a los servicios prestados en otro tiempo a la causa de la Federación. El club, que databa de los días en que se proclamó la independencia de Costaguana, se ufanaba de contar entre sus fundadores a muchos héroes de la libertad. Fue suprimido arbitrariamente por varios gobiernos, sus miembros habían sido objeto de proscripciones, y hasta (una vez al menos) de una matanza general, después de haberlos congregado en un banquete por orden de un fanático comandante militar -la chusma desgarró luego los vestidos de las víctimas y arrojó sus cuerpos a la plaza por los balcones del edificio;- pero se organizó de nuevo y a la sazón florecía pacíficamente. Hacía extensiva a los extranjeros la amplia hospitalidad de los fríos y enormes aposentos, situados en la parte correspondiente a la fachada del edificio, donde tenía su residencia, que en lo antiguo lo fue de los supremos funcionarios del Santo Oficio. Las otras dos alas, enteramente desiertas, se desmoronaban detrás de sus puertas claveteadas, y la especie de bosquecillo de tiernos naranjos que crecía en el suelo desnudo del patio ocultaba la completa ruina de la parte interior de la entrada. Cuando se penetraba en él desde la calle, creía uno entrar en un huerto cerrado. Llegábase al pie de una escalera destartalada, sobre la que parecía tender su protección la mohosa efigie de un santo obispo con mitra y ornamentos, soportando con mansedumbre evangélica el sacrílego ultraje de su nariz rota, y con las finas manos de piedra cruzadas sobre el pecho. Atezados rostros de criadas asomaban desde arriba, medio envueltos en desgreñadas matas de negro cabello; oíase el choque de bolas de billar; y luego de subir las escaleras y poner los pies en la primera sala, se tropezaba tal vez con don Pepe, sentado rígidamente en un sillón de respaldo vertical, a buena luz, moviendo sus largos bigotes al leer con suave mosconeo un antiguo diario de Santa Marta, tendido ante los ojos a la distancia del brazo. Su caballo -flemático, pero resistente ejemplar de cabos negros y cabeza de martillo- se inmovilizaba en la calle, dormitando bajo de una silla inmensa, con la nariz tocando casi el bordillo de la acera.
Don Pepe, "cuando estaba de vuelta de la montaña," según solía decirse en Sulaco, era uno de los contertulios de la casa Gould. Sentado con modesta compostura a cierta distancia de la mesa de té, las rodillas juntas, y un bondadoso guiño de jovialidad en sus ojos hundidos, intercalaba de cuando en cuando en el curso de la conversación sus chascarrillos irónicos. Había en aquel hombre cierta agudeza sana y alegre, y una vena de esa nobleza de sentimientos tan frecuente en simples soldados veteranos, de probado valor, que han pasado por mil peligros de muerte. Por supuesto, no entendía nada de minería, pero su empleo era de un género especial. Estaba encargado de mantener el orden en la población entera del territorio de la mina, el cual se extendía desde el arranque de la garganta hasta el sitio en que el camino carretero penetra en el llano, partiendo del pie de la montaña y cruzando un riachuelo por un puentecillo de madera, pintada de verde, que, por ser el color de la esperanza, lo era también de la mina.
Referíase en Sulaco que "en toda esa extensión de la montaña" don Pepe caminaba por senderos rodeados de precipicios, ciñendo un espadón sobre su maltrecho uniforme con desvaídas charreteras doradas de primer comandante. Los mineros de Costaguana, indios en su mayor número, le miraban con ojazos espantados y le llamaban Taita (padre), como suele hacerlo la gente descalza del país al hablar con cualquiera que lleve zapatos. Mayor tratamiento aún le daba Basilio, el mozo particular del señor Gould y jefe de la servidumbre, quien con la mayor buena fe y creyendo cumplir con lo que pide la cortesía, le anunció en una ocasión con las solemnes palabras: "El señor Gobernador ha llegado."
A don José Avellanos, que a la sazón estaba en la sala, le cayó en gracia de un modo extraordinario la propiedad del título, y con él saludó pomposamente a la bizarra figura militar de su homónimo, tan luego como apareció en la puerta. Don Pepe se limitó a sonreír al amparo de sus luengos bigotes, como diciendo: "Acaso no pudiera usted hallar otro nombre que peor le sentara a un viejo soldado."
Y el señor Gobernador continuó bromeando sobre sus funciones y dominio, en el que, según aseguraba con festiva exageración a la señora Gould:
– No chocan dos piedras en ninguna parte, sin que el gobernador oiga el ruido, señora.
Palabras que profería golpeándose la oreja con la punta del índice de un modo significativo. A pesar de que el número de mineros solamente pasaba de seiscientos, parecía conocer individualmente a los interminables Josés, Manueles, Ignacios de las aldeas primera, segunda y tercera (tres eran los poblados mineros) que tenía bajo de su gobierno. Sabía reconocerlos no sólo por su caras achatadas y tristes, que a la señora de Gould le parecían iguales, como vaciadas en el mismo molde ancestral de sufrimiento y paciencia, sino, al parecer, también por los matices, graduados hasta lo infinito, de los torsos morenos recargados o cobrizos, cuando las dos tandas de obreros, quedándose en calzoncillos y con casquetes de cuero en la cabeza, se mezclaban en una confusión de miembros desnudos, picos al hombro, lámparas colgantes entre un confuso patuleo de pies calzados con chátaras en el llano fronterizo a la boca del túnel principal.
Era un período de descanso. Los muchachos indios se tumbaban perezosamente a lo largo de la prolongada línea de vagonetas vacías; los cernedores y rompedores de mineral se ponían en cuclillas y fumaban largos cigarros; los canalones de madera en plano inclinado sobre el borde de la plazoleta a la entrada del túnel yacían vacíos y mudos, oyéndose sólo el violento rodar del agua en los canalizos, y el estrellarse con furia contra las turbinas junto con el sordo golpear de los bocartes que pulverizaban la roca argentífera en la plataforma inferior. Los capataces, caracterizados por las medallas de bronce, pendientes sobre sus pechos desnudos, se ponían poco después al frente de sus cuadrillas, y al fin la montaña se tragaba una mitad de la silenciosa multitud, mientras la otra mitad se movía descendiendo en largas filas por los serpeantes senderos que conducían al fondo de la garganta.
Era profunda; y allá en el fondo una línea de vegetación que ondulaba entre las lustrosas superficies de las rocas semejaba un delgado cordón verde, en el que tres nudos terrosos con bananos, palmeras y copudos árboles mercaban la Aldea Una, la Aldea Dos y la Aldea Tres, que servían de morada a los mineros de la Concesión Gould.
Familias enteras habían emprendido la marcha, tan luego como se difundió la noticia del comienzo de los trabajos por el campo de pastizales, en dirección a la garganta de la cordillera del Higuerota, abriéndose camino, como las aguas de una gran diluviada, por los vericuetos y grietas de las azulinas laderas de las Sierras. Primero el padre con sombrero de paja cónico, luego la madre con los hijos mayores y generalmente también un asnillo; todos cargados, excepto el cabeza de familia, y acaso alguna muchacha talluda, orgullo de sus progenitores, que avanzaba, descalza y derecha como el astil de una lanza, con flotantes guedejas de azabache, perfil lleno y altivo, sin otra carga que el guitarrillo del país y un par de blandas sandalias de cuero, atadas con aquél a la espalda. Al ver grupos de esta clase siguiendo, como regueros de hormigas, los senderos cruzados de los pastizales o vivaqueando junto al camino real, los viajeros a caballo se decían:
– Más gente que va a la mina de Santo Tomé. Mañana veremos nuevos grupos.
Y espoleando sus cabalgaduras en la oscuridad del crepúsculo, discutían las noticias de la provincia relativas a la mina de Santo Tomé. Un inglés rico había emprendido su explotación… y acaso no fuera inglés, ¡quien sabe! Un gringo con mucho dinero. Era cierto; los trabajos habían comenzado. Los vaqueros, últimamente llegados a Sulaco con una manada de toros negros para la próxima corrida, al pasar por Rincón, pudieron ver desde el portal de la posada, distante de la ciudad media legua escasa, las luces de la montaña que parpadeaban entre los árboles. Y se había observado también que entre los acompañantes del gringo había una mujer cabalgando no en silla de posta, sino en una especie de arzón y con un sombrero de hombre en la cabeza. Algunos la habían visto caminar a pie por los senderos que conducen a lo alto de la montaña. Parece que era ingeniera.
– ¡Qué disparate! ¡Imposible, señor!
– ¡Sí! ¡Sí! Una americana del Norte.
– ¡Ah! Bien. Si vuestra merced lo sabe de buena tinta, me callo. Una yanqui. Por fuerza tenía que ser algo así.
Y subrayaban este comentario riendo un poco con cierta extrañeza despectiva, mientras su mirada recelosa escudriñaba las sombras del camino, porque se está expuesto a tropezar con mala gente viajando de noche por el campo.
Volviendo a don Pepe, éste no sólo conocía individualmente a los hombres, mas parecía capaz de clasificar también a las mujeres, muchachas y mozalbetes de su dominio con sólo echarles una mirada atenta y reflexiva. Únicamente la chiquillería era la que le tenía perplejo. Con frecuencia se les veía a él y al padre paseando juntos con aire meditabundo por la calle de alguna de las aldeas, poblada de niños morenos y pacíficos, y los contemplaban haciéndose preguntas en voz baja, como si intentaran averiguar la procedencia de cada uno; o bien, cuando tropezaban en el camino con algún arapiezo vagabundo, desnudo y serio, con un cigarro en la boca y tal vez el rosario de su madre sustraído a la vigilancia de ésta para adornarse con él, llevándolo pendiente del cuello en una sola vuelta que descendía hasta su redondeado abdomen, entraban en vivas discusiones sobre quién podría ser el padre de tal criatura. Los pastores espiritual y temporal de la grey de la mina eran excelentes amigos. No estaban en tan íntimas relaciones con el doctor Monygham, que había aceptado de la señora Gould el cargo de médico de la colonia minera y vivía en el edificio dedicado a hospital. Pero en realidad no había nadie que tratara en amistosa confianza al señor Doctor, cuya gibosa espalda, cabeza gacha, boca burlona y agresiva mirada aviesa le daban un aspecto reservado y arisco. Las otras dos autoridades trabajaban en buena armonía. El padre Román, enjuto, pequeño, vivaracho, con rostro arrugado, grandes ojos redondos, barbilla aguda, y casi siempre una gran caja de rapé en la mano, era un veterano de los campos. Había ayudado en sus últimos momentos a muchas almas sencillas, arrodillado junto a los moribundos en las laderas de los cerros, entre los altos herbales, en la umbría espesura de los bosques, para oír la postrera confesión, medio asfixiado por el humo de la pólvora que le cegaba ojos y narices, y aturdido por el estruendo de las descargas y el silbido y golpeteo de los proyectiles. Y ¿qué mal había en pasar un rato jugando con una grasienta baraja en la casa parroquial, al caer la tarde, antes que don Pepe girara su última ronda para ver si los vigilantes de la mina -cuerpo organizado por él- ocupaban sus puestos? Para cumplir ese deber, que ponía término a la labor del día, don Pepe se ceñía su vieja espada en la galería exterior de una casa de madera, revocada de blanco, de estilo norteamericano inconfundible, a la que el padre Román llamaba casa parroquial. Cerca de ella un edificio largo, negruzco y achatado, sobre cuya cubierta se alzaba una espadaña, semejante a un vasto granero con una cruz de madera en el gablete, constituía la capilla de los mineros. Allí el padre Román decía misa diariamente ante el sombrío retablo de un altar, que representaba la Resurrección, mostrando la gran losa del sepulcro volcada en un ángulo, la imagen del Redentor, defectuosamente pintada, suspendida en el aire en el centro de un óvalo de luz pálida, y en primer término un legionario de tostado rostro, con un yelmo en la cabeza, derribado en el bituminoso suelo. "Este cuadro, hijos míos, muy lindo y maravilloso -solía decir el padre a sus feligreses-, que contempláis aquí, gracias a la munificencia de la esposa de nuestro Señor Administrador, ha sido pintado en Europa, país de santos y milagros, mucho mayor que nuestra Costaguana." Y luego tomaba con unción un polvo de rapé. Pero en una ocasión un oyente curioso quiso saber hacia qué parte caía Europa, si costa arriba o costa abajo; y como el padre Román no había salido nunca de su patria, ni se cuidaba de otra cosa que de cumplir los deberes de su ministerio, se encontró desarmado ante la pregunta, y para disimular la perplejidad, se puso muy grave y severo. "Indudablemente es un país muy distante del nuestro, pues los grandes veleros tardan meses en llegar. Pero a vosotros los mineros de Santo Tomé, pescadores ignorantes, lo que os importa es pensar seriamente en libraros de las penas eternas, en vez de meteros a averiguar la magnitud de la tierra con sus países y ciudades, cosas que no están a vuestro alcance."
Con un "¡Buenas noches. Padre!", contestado por "¡Buenas noches, don Pepe!", el "Gobernador" partía, llevando su sable al lado, el cuerpo echado hacia adelante y avanzando a grandes y afanosas zancadas en la oscuridad. La expresión jovial, propia de un inocente juego de cartas en el que se perdían o ganaban algunos cigarros o un atadito de hierba mate, era reemplazada al punto por el austero continente del oficial que sale a visitar las avanzadas de su ejército acampado. Una aguda y prolongada nota del silbato que pendía en su cuello suscitaba inmediatamente la respuesta de numerosos silbidos, mezclados con ladridos de perros, que al fin se extinguían yendo a perderse en la boca del desfiladero; y en la calma de la noche dos serenos, de guardia junto al puente, aparecían acercándose a él calladamente. En un lado del camino se alzaba un edificio largo, de tablas -el almacén-, que permanecía cerrado y trancado de un extremo a otro; frente a él un segundo edificio del mismo material, más largo aún que el anterior, pintado de blanco, ceñido exteriormente por una galería abierta -el hospital-, tenía luz en las dos ventanas de las habitaciones del doctor Monygham. No se movía ni aun el delicado follaje de un grupo de pimenteros: tan completa era la calma del ambiente, enrarecido por la radiación de las rocas recalentadas. Don Pepe se detenía un momento con los dos serenos inmóviles ante él, y de pronto en la escarpada ladera de la montaña, a gran altura, empezaba el sordo matraqueo de la descarga de mineral de los planos inclinados entre los puntos luminosos de las antorchas diseminadas en la extensión contigua y que parecían gotas de fuego caídas de dos grupos deslumbradores de luces que brillaban encima. El estruendoso bataneo, creciendo en intensidad y volumen, chocaba contra las paredes de la garganta y era despedido hacia el llano, adonde llegaba con el fragor confuso de un trueno lejano. El posadero de Rincón juraba que en las noches serenas, escuchando atentamente, podía oírlo desde su puerta como el rumor de una tempestad en las montañas.
A Carlos Gould se le antojaba que aquel ruido debía llegar a los últimos límites de la provincia. Cuando cabalgaba de noche en dirección a la mina, empezaba a oírse a la entrada de un bosquecillo poco más allá de Rincón. Aquel inconfundible mugir de la montaña que vertía la corriente del precioso mineral en los pilones resonaba en su corazón con la fuerza peculiar de una proclama que se difundía atronadora por todo el país y con el encanto fascinador de un hecho consumado que satisfacía un deseo audaz. Lo había oído en su imaginación en cierta noche lejana, acompañado de su mujer, cuando, después de un tortuoso cabalgar por una faja de bosque, hicieron alto cerca de la corriente y contemplaron por vez primera la selvática soledad de la garganta. Aquí y allá se alzaba una empenachada palmera. En una barranca que cortaba a gran altura de la montaña de Santo Tomé (de forma cuadrada como un blocao) brillaba con destellos cristalinos, al través de las espesas y verdeoscuras frondas de helechos arborescentes, una cascada raquítica. Don Pepe, que los acompañaba, se adelantó a caballo, y extendiendo el brazo hacia la garganta, dijo con cómica solemnidad: "Ahí tiene usted, señora, el verdadero paraíso de los reptiles."
Y después habían hecho girar los caballos y regresado para dormir en Rincón. El alcalde -un tal Moreno, viejo arrugado, que había sido sargento en la época del dictador Guzmán- tuvo entonces la amabilidad de desalojar su casa con sus tres lindas hijas, a fin de que pudieran descansar en ella la señora extranjera y sus mercedes los caballeros. Por toda recompensa no pidió otra cosa a Carlos Gould (a quien tomó por un misterioso personaje oficial) sino que recordara al Supremo Gobierno la pensión de un dólar mensual aproximadamente, a que creía tener derecho. Se le había prometido, aseguró, enderezándose marcialmente, "hacía muchos años, por mi valor en las guerras con los indios bravos, en mi juventud, señor".
La cascada dejó de existir. Los helechos gigantes que se habían desarrollado lujuriosamente con la rociada de aquélla, se secaron todo alrededor del álveo de la charca madre, y la barranca se redujo a una enorme trinchera, medio llena de desechos y tierra de las excavaciones. Pero se captó más arriba el torrente; y el embalse formado por un sólido dique envió su agua precipitándose por canalizos, abiertos en troncos de árboles y sostenidos en soportes de tres pies, a las turbinas que hacían funcionar los bocartes o trituradores del rellano inferior -la mesa grande de la montaña de Santo Tomé. De la antigua cascada, con su estupenda vegetación de helechos, semejante a un jardín colgado de las rocas de la garganta, sólo quedó un recuerdo en el boceto de la acuarela, pintado por la señora de Gould; lo había hecho apresuradamente un día desde un claro del monte bajo, sentada a la sombra de un sotechado de paja, construido de intento sobre tres palos toscos bajo de la dirección de don Pepe.
La señora de Gould había visto los trabajos todos desde el principio: el desmonte de bravíos arbustos, la apertura del camino y de nuevos senderos hasta el farallón mismo de Santo Tomé. Semanas seguidas había pasado en aquel sitio con su esposo; y tan poco tiempo permaneció aquel año en Sulaco, que la aparición del carruaje de Gould en la Alameda era un acontecimiento que daba lugar a demostraciones de alegre sorpresa entre la alta sociedad. Respetables señoras y señoritas de ojos negros, sentadas en grandes carrozas que rodaban majestuosas en la umbrosa avenida, agitaban sus blancas manos saludando a la recién llegada. "Doña Emilia había bajado de las montañas."
Pero no por mucho tiempo. Al cabo de un día o dos, doña Emilia "volvía a subir a la montaña"; y el tronco de su bonito coche gozaba con ello de una larga temporada de descanso. Había presenciado la construcción de la primera casa de madera, sobre la mesa o rellano inferior, para servir de despacho y residencia a don Pepe; oído con un estremecimiento de grata emoción el estrepitoso rodar de la carga de una vagoneta por el único canalón en plano inclinado que a la sazón había; permanecido en silencio junto a su esposo, y temblado de emoción al romper a funcionar la primera batería de solos quince trituradores de roca argentífera. Cuando los hornos de la primera serie de retortas hubieron ardido hasta hora avanzada de la noche, no se retiró a descansar sobre el tosco catre, reservado para ella en la casa, todavía desamueblada, hasta que vio la primera pella esponjosa de plata, cedida para correr los azares del mundo por las tenebrosas profundidades de la concesión Gould; con ansiedad temblorosa había puesto sus manos, ajenas a toda labor mercenaria, sobre el primer lingote de plata sacado del molde, caliente aún; y formulado en su mente una apreciación justa del poder que encerraba aquel trozo de metal, considerándolo no como un mero hecho material, sino como algo impalpable y de especial trascendencia, como la expresión verdadera de una emoción o la emergencia de un principio.
Don Pepe, interesado también en extremo, miraba por encima del hombro de la señora con una sonrisa que, llenándole el rostro de arrugas longitudinales, le daba el aspecto de una máscara coriácea con expresión benignamente diabólica.
– Por Dios que se parece muchísimo a un trozo de estaño, ¿no es así? -comentó en tono de broma-. Pero si los muchachos de la banda de Hernández supieran el valor que tiene, les gustaría echarle la zarpa.
Este Hernández era un capitán de bandoleros. Vivió primero pacíficamente cultivando un pequeño rancho, pero secuestrado de su casa con circunstancias de especial barbarie, durante una de las guerras civiles, y forzado a servir al ejército, observó como soldado un comportamiento ejemplar, espiando la ocasión de matar a su coronel, como en efecto lo hizo, logrando después escurrir el bulto. Al frente de una cuadrilla de desertores que le eligieron por jefe, se refugió más allá del árido y bravío Bolsón de Tonoro. Las haciendas le pagaban rescate en vacas y caballos; contábanse extraordinarias historias de su valor y admirable astucia para eludir la captura. Solía entrar sólo a caballo, con dos revólveres al cinto, y llevando delante una acémila, en las aldeas y pequeñas poblaciones del Campo; íbase derecho a la tienda o almacén, escogía lo que necesitaba, y se retiraba sin que nadie le saliera al paso: tal era el terror que inspiraba con sus hazañas y temerario atrevimiento.
No molestaba a los campesinos pobres; pero las personas de la clase rica se veían a menudo detenidas y robadas en los caminos. ¡Desgraciado del funcionario civil o clase del ejército que cayera en sus manos! No se libraba de una terrible paliza. En el elemento armado los jefes torcían el gesto cuando alguien le nombraba en su presencia. Sus secuaces, jinetes en caballos robados, se burlaban de la persecución de la caballería regular, enviada a darles caza, y se complacían en prepararle emboscadas ingeniosas en las quebradas del terreno sometido a su dominio. Preparáronse expediciones; púsose a precio su cabeza, y hasta se hicieron tentativas, traidoras por supuesto, para entrar en negociaciones con él, sin que en lo más mínimo alterasen el rumbo de su carrera.
Al fin, según el genuino uso de Costaguana, el fiscal de Tonoro, que ambicionaba la gloria de haber reducido al famoso Hernández, le ofreció una suma de dinero y un salvoconducto para salir del país si entregaba a su cuadrilla. Pero evidentemente Hernández no era de la pasta de que estaban hechos los ilustres políticos y conspiradores de Costaguana. El mencionado expediente, ingenioso, pero burdo (que a menudo posee la mágica virtud de dar al traste con las revoluciones), fracasó al aplicarlo en un jefe de salteadores vulgares. En un principio el asunto se presentó bien para el fiscal, pero acabó de una manera desastrosa para el escuadrón de lanceros, apostados, según las instrucciones de aquél, en un repliegue del terreno, al que Hernández había prometido conducir a sus descuidados e ignorantes hombres. Llegaron, en efecto, a la hora señalada, pero arrastrándose a gatas por entre los arbustos, y, cuando estuvieron a la distancia conveniente, hicieron notar su presencia por una descarga general de armas de fuego, que derribó a numerosos jinetes. Los que resultaron ilesos o levemente heridos volvieron grupas ya todo galope se internaron en Tonoro.
Según cuenta, el comandante de la fuerza (que por tener mejor caballo sacó gran ventaja en la huida a los demás) se puso después en un estado de furiosa embriaguez y dio una bárbara paliza con el sable de plano al entremetido fiscal delante de su mujer e hijas por haber acarreado tamaña desgracia al ejército nacional. El jefe militar, herido profundamente en su pundonor, cuando la primera autoridad civil de Tonoro cayó al suelo desmayado, le pateó todo el cuerpo y le pasó las agudas espuelas por la cara y el cuello.
Esta historia, que se contaba entre los campesinos del interior con sus pormenores de tiranía, ineptitud, procedimientos necios, traición y brutalidad salvaje, era perfectamente conocida por la señora de Gould. Y el que personas cultas, de exquisita educación y excelente carácter, la aceptaran sin un comentario indignado, como algo inherente a la naturaleza de las cosas, era uno de los síntomas de degradación que la exasperaban, poniéndola casi al extremo de perder toda esperanza en la regeneración del país.
Con todo, fijando la vista en el lingote de plata, hizo una seña con la cabeza a don Pepe, para advertirle:
– A no ser por la desenfrenada tiranía de los gobiernos de ustedes, don Pepe, muchos facinerosos que ahora siguen a Hernández vivirían pacíficos y felices con el honrado trabajo de sus manos.
– ¡Verdad como un templo, señora! -exclamó don Pepe con entusiasmo-. Dios le ha dado a usted talento para comprender el verdadero sentir de los hijos del pueblo. Usted los ha visto a su alrededor, doña Emilia -mansos como corderos, sufridos como sus burros, bravos como leones. Aquí donde usted me ve, señora, los he mandado en los combates y me han seguido hasta la boca misma de los cañones… en tiempo de Páez, hombre de extraordinaria generosidad y valor, al que sólo se pareció algo el tío de don Carlos, en lo que yo sé. No es extraño que merodeen bandidos en el campo cuando en el gobierno de la capital no hay más que ladrones, petardistas y macacos sanguinarios. Pero, así y todo, un bandido es un bandido, y necesitamos una docena de buenas carabinas Winchester para bajar con la plata a Sulaco.
El viaje a caballo de la señora de Gould con el grupo que escoltó la primera remesa de plata a Sulaco fue el episodio que cerró lo que ella llamaba "mi vida de campo", antes de establecerse en la ciudad de un modo permanente, según cumplía y hasta le era necesario a la esposa del administrador de una institución tan importante como la mina de Santo Tomé. Porque llegó a ser una verdadera institución, un foco de resurgimiento general en la provincia, necesitada de orden y estabilidad para vivir. De la garganta de la montaña parecía fluir la seguridad y derramarse por todo el territorio. Las autoridades de Sulaco llegaron a comprender que la mina de Santo Tomé imponía la necesidad de no molestar al pueblo ni perturbar la marcha de las cosas. Esto era la mayor aproximación al gobierno de sensatez y justicia que Carlos Gould creyó posible obtener en los comienzos.
Realmente la mina, con su organización, su colonia que crecía, sostenida por una situación de seguridad privilegiada, con su equipo de pertrechos y bastimentos, con su don Pepe, con su cuerpo armado de serenos (en el que, según se susurraba, habían hallado empleo muchos criminales y desertores… y aun algunos miembros de la banda de Hernández), la mina era un poder en el país. Así lo proclamó con risa sarcástica e indignada cierto prohombre del gobierno de Santa Marta, al discutirse en cierta ocasión el comportamiento observado por las autoridades de Sulaco durante una crisis política.
– ¿Usted llama a esos hombres funcionarios del gobierno? ¿Del gobierno? ¡Nunca! Funcionarios de la mina…, funcionarios de la concesión… Eso es lo que son.
El eminente personaje (que a la sazón estaba en el poder, tipo de rostro amarillento y pelo corto, ensortijado, por no decir lanoso) llegó en su momentáneo enojo a amenazar con el puño a su contrincante, mientras vociferaba:
– ¡Sí! ¡Todos! Y no se me contradiga. ¡Todos! El jefe político, el jefe de policía, el jefe de aduanas, el general, todos, sí, señor, todos son funcionarios de ese Gould.
Palabras que fueron recibidas con un intrépido, pero ahogado murmullo de protesta, que se prolongó por algún tiempo en el gabinete ministerial; y la furia del eminente personaje acabó en un cínico encogimiento de hombros. Al fin y al cabo, pareció decir, ¿qué importa, mientras no se relegue al olvido al ministro mismo durante el breve período de su autoridad? Mas el agente no oficial de la mina de Santo Tomé, que trabajaba por una buena causa, tenía sus momentos de ansiedad, que se reflejaban en las cartas escritas a don José Avellanos, de quien era sobrino carnal por parte de madre.
Don Pepe, para tranquilizar a la señora de Gould, solía asegurarle:
– Ningún macaco sanguinario de Santa Marta pondrá los pies en la parte de Costaguana que cae del otro lado del puente de Santo Tomé, a no ser, por supuesto, que se trate de algún invitado por nuestro señor administrador, que es un gran político.
Pero a Carlos Gould, en su habitación particular, el veterano sargento mayor solía advertirle con militaresca jovialidad, preñada de siniestros recelos:
– En este negocio nos estamos jugando la cabeza.
Don José Avellanos murmuraba con aire de profunda satisfacción:
– Imperium in imperio, Emilia, hija mía.
Expresión que por extraño modo parecía contener cierta mezcla de malestar físico. Este pormenor, no obstante, tal vez sólo podía ser notado por los que estaban en el secreto.
Y para los iniciados en el mismo era un lugar maravilloso la sala de confianza de la casa Gould. Los verdaderamente íntimos formaban un grupo poco numeroso. En primer lugar, el amo -el señor administrador-, envejecido, imperturbable, encerrado en misterioso silencio, ahondadas las líneas de su rubia tez inglesa, dejándose ver sólo momentáneamente, cruzando con sus larguiruchas piernas de incansable caballista las puertas de la casa, recién llegado "de la montaña", o con sonantes espuelas y la fusta bajo del brazo, a punto de partir "para la montaña". Después del amo, don Pepe, sentado en su silla con modesta marcialidad, el llanero, que parecía haber adquirido, sin saber cómo, su buen humor de soldado aguerrido, su conocimiento del mundo, y sus modales propios del puesto que ocupaba, en medio de las feroces peleas con sus compatriotas. El tercero era Avellanos, cortés y afable, diplomático, cuya locuacidad encerraba delicados consejos de cautelosa prudencia, con su manuscrito de un trabajo histórico sobre Costaguana, intitulado "Cincuenta Años de Desgobierno", que por entonces no creía prudente (aun caso de ser posible) "dar a conocer al mundo". Estos tres y doña Emilia entre ellos, graciosa, menuda, con el aspecto de una hada ante el brillante servicio del té, se hallaban poseídos todos del mismo pensamiento dominante, tenían la misma conciencia de la tirantez de la situación, y alimentaba la misma perenne aspiración de conservar el inviolable carácter de la mina a toda costa. También solía verse allí al capitán Mitchell, un poco aparte, junto a, una de las largas ventanas, envuelto en cierto aire de viejo solterón acicalado a la antigua usanza; un poco aparatoso, con su chaleco blanco; un tanto desatendido, pero sin percatarse de ello; del todo a oscuras en muchos asuntos e imaginándose estar enterado a fondo. El buen hombre, que se había pasado treinta años largos de su vida navegando en alta mar, antes de obtener lo que él llamaba un "billete de playa", se asombraba de que en tierra firme pudiera haber otros negocios y sucesos de importancia que los relativos a embarque. De modo que todos los hechos que se salían del curso normal diario, para él "señalaban una época" o, por lo menos, constituían "historia". Cuando no encajaban en esas dos clasificaciones, el capitán Mitchell, luchando entre su habitual pomposidad y el desmayo, doblaba la rubicunda y hermosa faz, encuadrada por denso cabello blanquísimo y recortadas patillas, para musitar:
– Ah! Eso, señor, fue una equivocación.
La llegada de la primera consignación de la plata de Santo Tomé para ser embarcada con destino a San Francisco en uno de los vagones correos de la Compañía O.S.N., como era natural, "señaló una época" para el capitán Mitchell. Los lingotes empaquetados en cajas de cuero crudo de buey con dobles asideros trenzados, bastante pequeñas para ser transportadas con facilidad por dos hombres, fueron bajadas cuidadosamente por los serenos de la mina en parejas, en un trecho de media milla poco más o menos por senderos escarpados y tortuosos, hasta el pie de la montaña.
Allí eran cargadas en una ristra de carretones de dos ruedas, semejantes a cofres grandes con una portezuela en la parte posterior, y tirados cada uno por dos mulos, que aguardaban bajo de la custodia de serenos a caballo y armados.
Don Pepe cerraba con candado las portezuelas una tras otra, y a la señal dada por su silbato, la hilera de vehículos rompía la marcha, estrechamente rodeada del ruido de espuelas y carabinas, entre el sacudir y restallar de látigos, produciendo un sordo y repentino estrépito al cruzar el puente de madera que formaba el límite entre el territorio ocupado por la población minera y "el país de los ladrones y macacos sanguinarios" (según la expresión de don Pepe). La escolta avanzaba a los lados, apareciendo a la primera luz de la alborada sus figuras envueltas en ropas de abrigo, bajo de sombreros que oscilaban, con las carabinas a la cadera y las manos enjutas y morenas que empuñaban las bridas, asomando por entre los pliegues de los ponchos.
El convoy, después de contornear un bosquecillo, a lo largo de la ruta de la mina entre las chozas de barro y las casas enanas de Rincón, aceleraba el paso en el Camino real; los mozos arreaban los mulos; la escolta galopaba; don Carlos hacía lo propio, permaneciendo solo delante de la nube de polvo levantada por los carros, presentando el conjunto una vaga visión de largas orejas levantadas de flotantes banderitas verdes y blancas, clavadas en los arcones de la plata, de carabinas verticales entre una nube de sombreros, bajo de los que se divisaba blanco brillar de ojos; y detrás de toda aquella polvareda y estrépito, don Pepe, apenas visible, con semblante grave e indiferente, subiendo y bajando a compás sobre un caballo negro, cuelligacho, de belfos blancos y cabeza de martillo.
Los soñolientos moradores de los grupos de chozas en los pequeños ranchos inmediatos al camino, reconocían en el repentino estruendo el cargamento de plata de Santo Tomé, que pasaba escoltado en dirección a los desmoronados muros de la ciudad situada al lado del Campo. A veces salían a las puertas para verle rodar al galope por rutas y pedregales, entre un atronador traqueteo y chasquidos de fustas, con el ímpetu precipitado y dirección precisa de una batería de campaña al entrar en acción, llevando en la vanguardia a gran distancia la solitaria figura inglesa del señor administrador.
En las dehesas cercadas, contiguas al camino, los caballos que pastaban sueltos se lanzaban frenéticos a correr en tropas de docenas; el pesado ganado vacuno alzaba la cabeza sobre el alto hierbal que le llegaba al pecho y unía un sordo mugir al ruido de la veloz carretería; algún indio manso de una aldea echaba una mirada atrás y empujaba su cargado borriquillo contra una pared, sacándolo de la vía seguida por el convoy de Santo Tomé al encaminarse al mar; los mendigos acurrucados al pie del Caballo de Piedra, temblando con el frío de la madrugada, solían exclamar: "¡Caramba!" al verle describir una amplia curva y penetrar a todo correr por la desierta calle de la Constitución, porque los carreros de la mina de Santo Tomé creían que lo correcto y propio era cruzar la medio adormecida ciudad de un extremo a otro sin acortar la velocidad, como si los persiguiera un diablo.
Los primeros fulgores del sol reverberaban sobre las fachadas de delicado tinte amarillo verdoso, rosa y azul pálidos de las casonas, con todas las puertas cerradas aún, y sin rostro alguno tras las rejas de las ventanas.
En toda la hilera de balcones soleados y desiertos a lo largo de la calle, sólo podía verse una figura blanca a gran altura sobre el iluminado piso: era la esposa del señor administrador, con su abundante mata de cabello rubio, recogido al desgaire, y una guarnición de encaje alrededor del cuello de su bata de muselina, que se inclinaba para ver pasar el convoy en dirección al puerto. Contestaba con una sonrisa a la rápida y única mirada de su marido, contemplaba el veloz desfile de los carretones bajo de sus pies con ordenado fragor, y agitaba la mano correspondiendo al saludo de don Pepe, que al llegar frente a ella galopando se inclinaba con ceremoniosa deferencia quitándose el sombrero y abatiéndolo hasta debajo de la rodilla.
Con el transcurso de los años se alargó la serie de arcones cerrados y creció proporcionalmente la escolta. Cada tres meses un tren creciente de cargamento de plata barría como furiosa avenida las calles de Sulaco encaminándose a la cámara fuerte del edificio de la Compañía O.S.N., situado junto al puerto, para aguardar allí el momento de ser embarcado con destino al Norte. El convoy crecía no sólo en volumen, sino en valor -más grande aún en proporción-, porque, según Carlos dijo una vez a su esposa con satisfacción mal disimulada, no había visto en el mundo nada que se acercara a la vena de la Concesión Gould. Para ambos consortes, identificados en sus designios, cada convoy que pasaba por debajo de los balcones de la casa que habitaban representaba una nueva victoria, ganada en la conquista de la paz para Sulaco.
A no dudarlo, la acción inicial de Carlos se había visto secundada en un principio por el período de relativa paz que sobrevino entonces, y también por la general dulcificación de las costumbres, sobre todo si se las comparaba con las de la época de las guerras civiles, de las que emergió la férrea tiranía de Guzmán Bento, de terrible memoria. En las luchas que estallaron al finalizar su gobierno, después de quince años de paz, hubo más fatua ostentación de valentía, abundante crueldad y callado sufrimiento, pero menos ferocidad de fanatismo político. Prevalecieron los procedimientos bajos y ruines, más despreciables que los de época anterior e infinitamente menos violentos y difíciles de contrarrestar utilizando el mismo descarado cinismo de los móviles. Las contiendas revistieron el carácter franco de una rebatiña por apoderarse del botín, cada vez más mermado, porque toda empresa había sido estúpidamente asesinada en el país.
De esta suerte avino que la provincia de Sulaco, teatro en otro tiempo de enconadas venganzas de partidos, llegó a ser una de las que reunían mejores condiciones para galardonar servicios políticos y facilitar el ascenso a los primeros puestos del gobierno. Los amos del poder en Santa Marta reservaban los cargos del Estado Occidental para sus más cercanos parientes y allegados, sobrinos, hermanos, esposos de hermanas predilectas, amigos íntimos, partidarios leales -o poderosos que inspiraban temor. Era la provincia afortunada, donde se ofrecían las ocasiones más ventajosas de medro y se percibían las pagas más crecidas; porque la mina de Santo Tomé tenía su lista extraoficial, cuyas partidas y asignaciones, fijadas en consulta por Carlos Gould y el señor Avellanos, se sometían a la aprobación de un eminente financiero norteamericano, que todos los meses dedicaba unos veinte minutos a los negocios de Sulaco.
Al mismo tiempo, los intereses materiales de todo género, apoyados por la influencia de la mina de Santo Tomé, adquirían tranquilo desenvolvimiento en aquella parte de la República. Y mientras, por una parte, la colecturía de tributos de Sulaco, según se sabía generalmente en el mundo político de la capital, allanaba el camino para llegar al ministro de Hacienda, y así sucesivamente respecto de otros puestos oficiales; por otra, los decaídos círculos de negocios del país llegaron a considerar la Provincia Occidental como la tierra prometida de salvación, en especial si se lograba estar en buenas relaciones con la administración de la mina. "Carlos Gould; excelente persona. Absolutamente indispensable obtener su apoyo antes de dar un solo paso. Procúrese usted una recomendación de Moragas, si le es posible, el agente del Rey de Sulaco, ¿sabe usted?"
Se comprende, pues, que sir John, al llegar de Europa con ánimo de obviar dificultades para su ferrocarril, se encontrara en Costaguana con el nombre (y aun el sobriquete) de Carlos Gould al revolver de cada esquina. Y en vista de la ayuda decisiva, prestada por el agente de la administración de Santo Tomé en la capital (sujeto cortés y bien informado, a juicio de sir John), para la realización de la gira presidencial, el último empezó a creer que había un gran fondo de verdad en los rumores corrientes sobre la inmensa influencia oculta de la Concesión Gould.
Asegurábase en misteriosas confidencias, circuladas en voz baja, que la administración de Santo Tomé había costeado, en parte al menos, la última revolución, que dio por resultado la dictadura quinquenal de don Vicente Rivera, nombre de cultura e intachable carácter, investido con un mandato de reforma por los mejores elementos del Estado. Personas serias y al corriente de la situación parecían creer en el advenimiento de mejores tiempos y esperar con fundados motivos la implantación de la legalidad, de la honradez y el orden en la vida pública. Tanto mejor entonces, pensó sir John; y como le gustaba siempre trabajar en gran escala, contrató un empréstito con el Estado y un proyecto de colonización sistemática de la Provincia Occidental, incluido todo en un vasto plan con la construcción del Ferrocarril Central Nacional. Buena fe, orden, honradez, paz se requerían a todo trance para este gran desarrollo de intereses materiales. Todo el que fuera partidario de tales ideas, en especial si podía cooperar con su ayuda, tenía importancia a los ojos de sir John. Sus esperanzas en el "Rey de Sulaco" no habían quedado defraudadas. Todas las dificultades de carácter local desaparecieron, según había predicho el ingeniero jefe, ante la mediación de Carlos Gould.
El presidente del ferrocarril fue objeto de extraordinarios obsequios, después del Presidente-Dictador; y este hecho explicaba sin duda el evidente malhumor demostrado por el general Montero en el lunch que se celebró a bordo del Juno, poco antes de zarpar llevándose de Sulaco al Jefe del Estado y a los distinguidos huéspedes extranjeros de su séquito.
El Excelentísimo (la "esperanza de los hombres honrados" como le había llamado don José en un discurso público pronunciado en nombre de la Diputación provincial de Sulaco) ocupaba la presidencia de la luenga mesa; el capitán Mitchell, asombrado y todo encendido ante la solemnidad del presente "acontecimiento histórico", se sentaba en la otra cabecera, como representante de la Compañía O.S.N. en Sulaco, teniendo a los lados al capitán del barco y algunos empleados de segunda categoría, que trabajaban en tierra a sus órdenes. Estos caballeretes de tez tostada y genio alegre echaban de soslayo miradas joviales a las botellas de champaña, que empezaron a asomar detrás de las espaldas de los huéspedes en manos del despensero del barco. El licor ambarino cayó sobre las copas haciendo subir la espuma hasta los bordes.
Carlos Gould tenía su sitio junto al de un enviado extranjero, que en tono indiferente le habló a intervalos de caza mayor y menor. El semblante de este caballero, bien nutrido y pálido, con monóculo y lacio bigote amarillo, hacía que el señor administrador apareciera por contraposición dos veces más tostado del sol, más rojo carmesí e incomparablemente más intensa y silenciosamente vivaz. Don José Avellanos se sentaba al lado de otro diplomático extranjero, tipo moreno, de continente reposado, atento y estirado con cierto dejo de reserva.
A pesar de haberse prescindido de toda etiqueta en esta ocasión, el general Montero se presentó de gran uniforme, tan repleto de bordados por delante, que su ancho pecho parecía protegido por una coraza de oro.
Sir John, desde el principio, había dejado los sitios de preferencia por el gusto de conversar con la señora de Gould.
El gran financiero se ocupaba en expresarle lo agradecido que estaba a su hospitalidad y a los buenos oficios de su esposo, cuya "influencia era tan enorme en esta parte del país", cuando se vio interrumpido por un blando siseo. El Presidente iba a decir cuatro palabras.
En efecto se había puesto de pie. Sus breves declaraciones eran a todas luces sinceras y las hacía pensando principalmente en Avellanos -su antiguo amigo-, recomendando la necesidad de no aflojar en el empeño de asegurar un bienestar duradero al país, que salía de su última lucha, según sus esperanzas, para inaugurar un período de paz y prosperidad material.
La señora de Gould, al escuchar la voz suave y algo triste del orador; al contemplar su rostro redondo, moreno, guarnecido de anteojos, el talle bajo y la obesidad que tocaba en enfermiza, pensó que este hombre de espíritu delicado y melancólico, físicamente casi un inválido, que abandonaba su retiro para lanzarse a una lucha peligrosa, respondiendo al llamamiento de sus partidarios, tenía derecho a hablar con la autoridad que da el sacrificio del propio bienestar y aun de la propia vida. Pero a la vez que pensaba esto, no pudo menos de sentirse intranquila. En las palabras dichas por la primera autoridad civil del Estado de Costaguana había más sentida sinceridad que promesas: así lo dejaba traslucir el tono con que pronunció, copa en mano, las consignas de honradez, paz, respeto a la ley, buena fe política en el interior y el exterior -salvaguardias del honor nacional.
Se sentó. Durante el murmullo respetuoso y aprobatorio que siguió al discurso, el general Montero alzó sus pesados párpados y paseó la mirada por las caras de los presentes con una especie de estolidez inquieta. El héroe del partido, el antiguo capitán de la remota región selvática, habitada por indios bravos, aunque secretamente impresionado por las repentinas novedades y esplendores que le rodeaban (nunca había estado anteriormente a bordo de un vapor, y apenas había visto el mar sino a distancia), comprendió, por una especie de instinto, la ventaja que su hosco y descortés comportamiento de rudo militar le daba entre aquellos refinados aristócratas del grupo "blanco". Pero se preguntaba indignado cómo era que nadie fijaba en él la atención. Poseía bastante instrucción para leer los diarios, y no ignoraba que, según ellos, "había realizado la mayor hazaña militar de los tiempos modernos".
– Mi esposo necesitaba el ferrocarril -decía la señora de Gould a sir John entre el murmullo general de las conversaciones reanudadas-. Todo ello aproxima la llegada del próspero porvenir que deseamos para el país, y tan anhelado por él después de las prolongadas penalidades que sólo Dios conoce. Pero debo confesar que el otro día, mientras paseaba en coche por la tarde, al ver salir inesperadamente del boscaje a un muchacho indio con la bandera roja de una cuadrilla de ayudantes, sentí cierta impresión penosa. Lo porvenir significa cambio -un cambio completo; y en el estado actual de Costaguana hay cosas sencillas y pintorescas, que a una le gustaría conservar.
Sir John la escuchaba sonriendo, y ahora le tocó la vez de recomendar silencio a su interlocutora.
– El general Montero va a hablar -musitó; y casi inmediatamente añadió, alarmado de una manera cómica-: ¡Cielos! Me parece que se dispone a brindar a mi salud.
En efecto el personaje citado se había puesto de pie con un retiñir metálico de la vaina del sable y un rebullimiento de reflejos lucientes en su pecho galoneado de oro; el grueso pomo del arma apareció a su lado sobre el borde de la mesa. Con su suntuoso uniforme, cuello de toro, nariz corva aplastada en la punta sobre un bigote teñido de un negro azulado, sugería la imagen de un siniestro vaquero disfrazado. El bronco timbre de su voz tenía un extraño retintín arañante y desalmado. Divagó con algunas generalidades, y luego, levantando de pronto y a la vez la cabezota y la voz, rompió a vociferar con aspereza:
– El honor del país está en manos del ejército. Os aseguro que sabré mantenerme fiel al mismo.
Sus ojos recorrieron los rostros de los comensales hasta encontrar el de sir John, fijando en él una mirada adormecida y tétrica; a su memoria acudió el recuerdo del empréstito últimamente negociado. Alzó la copa, y añadió:
– Bebo a la salud del hombre que nos trae millón y medio de libras.
Apuró su champaña y se dejó caer pesadamente en su asiento echando una mirada medio sorprendida, medio provocadora a los comensales en el silencio profundo y lúgubre que siguió al felicitador brindis. El aludido no se movió.
– No creo que deba levantarme -murmuró hablando con la señora de Gould-. El asunto del empréstito habla por sí mismo.
Pero don José Avellanos acudió a salvar la situación con un breve discurso, en el que aludió con insistencia a los sentimientos amistosos de Inglaterra respecto de Costaguana, "sentimientos (prosiguió con énfasis) de que puedo hablar con perfecto conocimiento de haber sido en mis buenos tiempos ministro acreditado cerca de la corte de San James".
Sólo entonces sir John creyó conveniente contestar, y lo hizo con elegante distinción en mal francés, interrumpido por explosiones de aplausos y las palabras " ¡Atención!, ¡atención!" del capitán Mitchell, que de cuando en cuando entendía alguna palabra. En acabando, el financiero de ferrocarriles se volvió a la señora de Gould y le recordó galantemente:
– Usted ha tenido a bien manifestarme que deseaba pedirme un favor, ¿Qué es ello? Tenga usted la seguridad de que cualquier petición suya hallará en mí la mejor acogida.
Ella le dio las gracias con una graciosa sonrisa. A la sazón todo el mundo se levantaba de la mesa.
– Subamos a cubierta -propuso la señora- y allí podré indicarle a usted la gracia que solicito.
Una enorme bandera de Costaguana, dividida diagonalmente en dos campos, rojo y amarillo, con dos palmeras verdes en el medio, flotaba perezosamente en el palo mayor del Juno. Los fuegos artificiales, dispuestos con profusión en la playa, al borde mismo del agua, en honor del Presidente, levantaron, al ser quemados, un misterioso ruido crepitante todo alrededor del puerto. A intervalos una serie de cohetes, remontándose con un prolongado chirrido, detonaban en lo alto sin otro rastro que una manchita de humo en el despejado y brillante cielo. Entre las puertas de la ciudad y el puerto veíanse apiñadas multitudes, bajo de los manojos de banderas multicolores que flotaban sobre altos postes. De improviso se percibían ráfagas de música militar y el lejano rumor de aclamaciones. Un grupo de negros astrosos, en el extremo del desembarcadero, se ocupaba en cargar y disparar un cañoncito de hierro de tiempo en tiempo. Velando los fulgores del sol, empañaba la transparencia del aire una bruma grisácea, fina e inmóvil, causada por el polvo.
Don Vicente Rivera dio algunos pasos bajo de la toldilla del puente, apoyado en el brazo del señor Avellanos; alrededor de ambos formóse un ancho círculo, en el que podían observarse la sonrisa melancólica y el apagado brillo de los anteojos del Presidente volviéndose con expresión afable de un lado a otro. La fiesta de carácter íntimo, dispuesta de intento a bordo del Juno para procurar al Presidente-Dictador la ocasión de tratar en confianza a sus principales partidarios de Sulaco, se acercaba a su término. A un lado, el general Montero, que ocultando ahora su calvicie bajo un tricornio con pluma, permanecía inmóvil en un asiento al aire libre, con las manazas enguantadas, descansando una sobre otra en la empuñadura del sable, que sostenía vertical entre las piernas. La blanca pluma del sombrero, el tinte cobrizo de su ancho rostro, la aglomeración de bordados de oro en mangas y pecho, las charoladas botas de montar con enormes espuelas, la agitación de las fosas nasales, la mirada imbécil y dominadora del glorioso vencedor de Río Seco formaban un conjunto extraño en el que había algo fatídico e increíble; parecía la exageración de una caricatura cruel, la rudeza atroz de algún ídolo militar, de concepción azteca y atavío europeo, que aguardaba el homenaje de sus adoradores. Don José se acercó diplomáticamente al portento suprahumano e inescrutable; y la señora Gould apartó al fin sus ojos fascinados para mirar a otra parte.
Al llegarse Carlos a sir John para despedirse de él, le oyó decir, mientras se inclinaba sobre la mano de su esposa:
– Seguramente. Por supuesto, mi querida Emilia, en favor de un protegé de usted. No hay la menor dificultad. Délo usted por hecho.
Don José Avellanos regresó a tierra en el mismo bote que los Gould, mostrándose muy taciturno. Ni aún después que estuvieron en el carruaje despegó los labios por largo tiempo. Las mulas trotaban muy despacio, alejándose del desembarcadero entre las manos extendidas de los mendigos, que aquel día parecían haber abandonado los pórticos de las iglesias. Carlos Gould iba sentado atrás tendiendo la vista por el llano. Una multitud de tenduchos, construidos con ramaje verde, juncos, trozos sueltos de tabla, completados con retazos de lona, aparecían diseminados por todas partes; y en ellos se vendía caña, dulces, frutas, cigarros. Sobre montoncitos de carbón encendido, algunas indias, acurrucadas en esteras, guisaban la comida en pucheros negruzcos de barro cocido y hervían el agua para las calabazas del mate, que ofrecían a la gente del pueblo con voces blandas y acariciadoras. En una larga faja del llano había sitio preparado para un certamen de carreras entre los vaqueros: y más lejos, a la izquierda, la muchedumbre se apiñaba alrededor de un pabellón enorme, erigido provisionalmente, en forma de plaza de toros, pero cubierto por una techumbre cónica de hierba. De allí salía un vibrante resonar de cuerdas de arpa, vibrante punteo de guitarras, el monótono mugir de un gombo indio, cuyas broncas pulsaciones se mezclaban con la gritería de los bailarines.
Carlos dijo:
– Toda esta extensión de terreno pertenece ahora a la Compañía del Ferrocarril. No volverá a haber aquí más fiestas populares.
La señora de Gould lo oyó con cierta pena, y aprovechó la ocasión para decir que acababa de obtener de sir John la promesa de ser respetada la casa de Giorgio Viola. Añadió que no había podido comprender nunca el empeño de los ingenieros en demoler aquel antiguo edificio, no estaba en el trayecto del ramal secundario proyectado para el servicio del puerto.
Detuvo el carruaje a la puerta del viejo genovés, que salió descubierto y se quedó de pie junto al estribo, y le dio la noticia para tranquilizarle. Le habló en italiano por supuesto, y Giorgio le expresó su gratitud con grave dignidad. Un veterano garibaldino le quedaba reconocido desde el fondo de su corazón por el favor extraordinario de conservarle el techo que cobijaba a su mujer e hijas. A sus años, no estaba ya para andar de ceca en meca.
– ¿Y es para siempre, señora? -preguntó.
– Por todo el tiempo que usted quiera.
– Bene. Entonces tengo que bautizar la casa. Antes no lo merecía. Una sonrisa ruda cubrió de arrugas los ángulos de sus ojos; y luego añadió:
– Mañana voy a dedicarme a pintar el título.
– Y ¿cuál va a ser, Giorgio?
– Albergo d'Italia Una -respondió el viejo garibaldino, mirando abstraído por un momento-. Más en memoria de los que han muerto (explicó) que en la del país, robado a los soldados de la libertad por la astucia de esa maldita raza piamontesa de reyes y ministros.
La señora de Gould sonrió benévolamente, e inclinándose un poco, empezó a preguntarle por su mujer e hijas. Las había enviado a la ciudad aquel día. La padrona estaba mejor de salud. Muchas gracias por el interés…
La gente pasaba en grupos de dos y de tres, o en numerosas cuadrillas de hombres y mujeres, que llevaban asidos a las faldas niños corriendo al trote. Un jinete, caballero en una yegua entrecana, refrenó su montura parándose a la sombra de la casa, después de saludar descubriéndose a los señores del carruaje, que le correspondían con sonrisas y venias afectuosas. El viejo Viola, ostensiblemente satisfecho de la noticia que acababa de recibir se interrumpió un momento para decirle que la casa estaba asegurada, gracias a los caritativos sentimientos de la signora inglesa, por todo el tiempo que quisiera habitarla. El otro le escuchó atentamente, pero no dijo nada.
Cuando el carruaje reanudó la marcha, el de la yegua se quitó de nuevo el sombrero, que era gris con cordón y borlas de plata. Los brillantes colores de un sarape mejicano arrollado en el borrén del arzón, los enormes botones de plata de la chaqueta de cordobán bordada, en la hilera de botoncitos del mismo metal a lo largo de las costuras de las perneras, la blanquísima pechera de la camisa, la faja de seda con remates bordados, las guarniciones plateadas de la silla y cabeza proclamaban la inimitable galanura del famoso capataz de cargadores -el antiguo marinero mediterráneo-, ataviado con el esplendor mas elegante que cualquier rico ranchero del campo en un día de gran fiesta.
– Es un grandísimo favor para mí -murmuró Giorgio, pensando todavía en la casa, porque a la sazón odiaba los cambios de residencia-. A la signora Gould le ha bastado decir una palabra al inglés.
– ¿Al señor ese, que tiene bastante dinero para pagar la construcción de un ferrocarril? Se marcha dentro de una hora -observó Nostromo con indiferencia-. ¡Buon viaggio! Le he guardado los huesos en todo el trayecto que hay desde el paso de la Entrada hasta el llano y la ciudad de Sulaco ni más ni menos que si hubiera sido mi padre.
El viejo Giorgio se limitó a mover la cabeza a un lado con aire distraído. Nostromo apuntó al carruaje de los Gould, que se acercaba a la puerta herbosa de la antigua muralla de la ciudad, semejante a un seto selvático de espeso y entretejido ramaje.
– Y también he pasado noches y noches sentado solo en el almacén de la Compañía junto al montón de lingotes de plata del otro inglés, custodiándolo cómo si fuera mío.
Viola parecía absorto en sus pensamientos.
– Es un gran favor para mí -repitió obsesionado por la idea de no tener que desalojar la casa.
– Lo es -asistió el magnífico capataz de cargadores tranquilamente-. Oye, Vecchio…, entra y sácame un cigarro puro, pero no lo busques en mi cuarto. Allí no hay nada.
El garibaldino entró en el café y salió al punto, fija aún la mente en el mismo pensamiento, mientras mascullaba caviloso entre sus bigotes:
– Las niñas crecidas ya… y ni un sólo varón. ¡Las dos muchachas!
Suspiró y guardó silencio.
– Hombre, ¿no me traes más que uno? -advirtió Nostromo mirando al distraído viejo con regocijado humor-. Pero no importa -añadió indiferente-; basta con uno hasta que se necesite otro.
Encendió el puro y dejó caer el fósforo de sus dedos inertes. Giorgio Viola alzó la vista y dijo de pronto:
– Mi hijo hubiera sido un mozo tan arrogante como tú, Gian Battista, si hubiera vivido.
– ¿Quién? ¿Tu hijo? ¡Ya lo creo! Tienes razón, padrone. Si se hubiera parecido a mi, no hay duda de que habría sido un hombre.
Hizo girar despacio su cabalgadura y avanzó por entre los tenduchos refrenando hasta pararse de cuando en cuando, a causa de los chiquillos y gente venida de lejanas aldeas del Campo, que se le quedaban mirando de hito en hito con admiración. Los descargadores de la Compañía le saludaban desde lejos; y el envidiado capataz proseguía su marcha hacia el pabellón de baile entre murmullos y frases atentas de los que le reconocían. La aglomeración de gente crecía; las guitarras rasgueaban con más fuerza; otros jinetes permanecían inmóviles, fumando tranquilamente sobre las cabezas de la multitud; ésta se arremolinaba y oprimía ante las puertas del ingente circo, de donde salía ruido de pisadas que caían a un tiempo al compás de la música vibrante y chillona con un ritmo de ingrata monotonía, dominado por el tremendo, insistente y sordo fragor del gombo. El bárbaro y tonante batir del enorme tambor, que posee la magia de enloquecer a las multitudes y de impresionar vivamente a los mismos europeos, pareció atraer a Nostromo al lugar de donde salía el estruendoso ruido.
Mientras allí se encaminaba, un hombre envuelto en un poncho, viejo y roto, se le acercó al estribo, y a pesar de los empujones que recibía por ambos lados, avanzó con el jinete, pidiendo a "su merced" una vez y otra que le diera empleo en el descargadero. Suplicó y rogó en tono quejumbroso ofreciendo al señor Capataz la mitad de su paga diaria por el privilegio de ser admitido en la hermandad de bravos cargadores, protestando de que con la otra mitad tendría bastante. Pero el hombre que era la mano derecha del capitán Mitchell -"de incalculable valor para la buena marcha de nuestro trabajo en el puerto, espejo de integridad"-después de examinar con mirada escudriñadora al harapiento mozo, movió la cabeza sin decir una palabra entre la barahúnda que seguía atronando alrededor.
El pedigüeño retrocedió; y un poco más adelante Nostromo tuvo que tirar del freno a su yegua. De las puertas del circo de baile hombres y mujeres salían con pasos vacilantes, chorreando sudor, temblando de pies a cabeza, para apoyarse acezando, con la boca entreabierta y la vista hipnotizada, contra la pared de tablas del pabellón, donde las arpas y guitarras continuaban resonando con furor creciente produciendo un estruendo tempestuoso. Centenares de manos palmoteaban; oíase un barullo de chillidos, y de repente las voces cesaban en sus gritos para cantar al unísono el estribillo de una tonada amorosa, que acababa en una cadencia desmayada y triste.
De entre la multitud salió disparada con certera puntería una flor roja, que dio en la mejilla al arrogante capataz. Este la cogió al caer con gran limpieza, y por algún tiempo permaneció sin volver la cara. Cuando al fin se dignó echar una mirada alrededor, el pelotón de gente que había junto a él se abrió para dejar paso a una linda morenita, de cabello sujeto con peineta de oro, que avanzó por el espacio libre.
Sus brazos y cuello emergían rollizos y desnudos de una camiseta blanquísima; la falda azul, recogida en todo su vuelo por delante, muy ajustada en las caderas y prieta por detrás, revelaba su andar provocador. Llegóse en derechura al jinete y puso la mano sobre el cuello de la yegua, mirando de lado con expresión tímida y coqueta.
– Di, querido -murmuró en tono acariciador-, ¿por qué te haces el distraído cuando paso?
– Porque ya no te quiero -respondió Nostromo resueltamente, tras un momento de reflexión.
La mano que descansaba en el cuello de la yegua se agitó con un repentino temblor; y la muchacha bajó la cabeza ante el amplio círculo de curiosos, formado en torno del generoso, terrible e inconstante capataz de cargadores y su morenita.
Nostromo miró a la joven y vio que las lágrimas empezaron a correr por su rostro.
– ¿Se acabó todo, pues, amado de mi alma? -murmuró-. ¿Lo dices de veras?
– No -contestó el jinete, mirando a lo lejos indiferente. -Ha sido una broma. Te quiero como siempre.
– ¿Es cierto? -preguntó con zalamería, húmedas aún las mejillas con el llanto.
– Cierto.
– ¿Me lo aseguras por tu vida?
– Te lo aseguro; pero no me pidas que te lo jure por la Madona que tienes en tu cuarto.
Y el capataz se echó a reír, correspondiendo a las bromas de la multitud.
Ella hizo un mohín -muy gracioso- con un leve tinte de desagrado.
– No, no necesito pedirte eso; estoy viendo el amor en tus ojos y en el temblor de tu mano -dijo, mientras el cavernoso tronar del gombo seguía sin parar-. Pero si verdaderamente amas tanto a tu Paquita, debes regalarle un rosario engarzado en oro para el cuello de su Madona.
– Eso, es demasiado -replicó Nostromo, mirándola en el fondo de sus ojos suplicantes, que de pronto se quedaron yertos de sorpresa.
– ¿Demasiado? Pues ¿qué otra cosa ha de obsequiarme su merced en el día de la fiesta? -interrogó enojada la morenita-. ¿O es que su merced ha de dejarme avergonzada ante toda esta gente?
– No hay vergüenza ninguna para ti en que por una vez no recibas nada de tu amante.
– ¿Para mi no? Pero la hay para su merced… que es un amante tacaño. ¡Como el infeliz está tan pobre…! -añadió sarcásticamente.
El tono de zumba con que fueron pronunciadas las últimas palabras excitó la risa de los circunstantes. ¡Qué lengua de víbora y qué atrevimiento! Los que presenciaban la escena llamaban a otros a participar de ella, con lo que se fue estrechando el círculo alrededor de la yegua.
La muchacha se apartó unos pasos haciendo frente a la burlona curiosidad de los ojos, luego volvió al estribo, se alzó de puntillas y volvió hacia Nostromo el semblante enfurecido con los ojos centellantes. El capataz se inclinó sobre ella desde la silla, y la oyó decir:
– Juan, merecerías que te diera una puñalada en el corazón.
El temido capataz de cargadores, ostentoso y desaprensivo en sus relaciones amorosas, sostenidas en público, asió a la morenita al oír aquella amenaza, y gritó:
– ¡Un cuchillo!
Veinte hojas aceradas brillaron a la vez en el círculo. Un joven en traje dominguero, saliendo del grupo, puso una navaja en la mano de Nostromo, y volvió a mezclarse entre la multitud, con aire de orgullosa satisfacción. El capataz ni siquiera le miró.
– Apóyate en mi pie -ordenó a la muchacha, que de pronto se sintió levantada en vilo, y cuando el jinete la tuvo junto a sí, le entregó el arma añadiendo-: Ahora, morenita, puedes cumplir tu deseo… ¿No te atreves?… Pues entonces tampoco has de avergonzarme por mi tacañería. Tendrás tu regalo; y, para que todo el mundo pueda ver quién es tu amante en un día como hoy, corta, para hacerte un rosario, todos los botones de Plata de mi chaqueta.
Aquella guapeza imprevista fue saludada con carcajadas y aplausos, y entre tanto la muchacha fue pasando la cortante hoja por cada botón hasta llegar al último, siendo recogidos sucesivamente por el impasible Nostromo. Pasólos luego a las manos de su querida y la depositó en tierra, cargada con su botín. Después de decirle en voz baja algunas palabras con semblante muy serio, la morenita se alejó mirando con arrogancia y desapareció entre el montón de curiosos. Estos se dispersaron; y el señoril capataz de cargadores, el hombre indispensable, el probado y leal Nostromo, el marino mediterráneo, que dejó su barco y se quedó en Costaguana buscando mejor fortuna, partió en su yegua hacia el puerto.
En aquel momento el Juno borneaba en redondo; y cuando Nostromo refrenó la yegua para contemplar la salida del barco, se izó una bandera sobre un asta improvisada, en un fortín antiguo y desmantelado de la boca del puerto. De las barracas de Sulaco había sido trasladada allí de prisa media batería de cañones para hacer las salvas de ordenanza al Presidente-Dictador y al ministro de la Guerra. Cuando la proa del vapor empezó a surcar aguas libres, las retrasadas detonaciones anunciaron el fin de la primera visita oficial de don Vicente Rivera a Sulaco, y el término de un nuevo "acontecimiento histórico" para el capitán Mitchell.
La vez siguiente que la "Esperanza de los hombres honrados" hubo de volver por aquel lugar, año y medio después, no fue con carácter oficial, sino huyendo por veredas de montaña en una mula coja después de una derrota, llegando a tiempo de ser salvado por Nostromo de una muerte ignominiosa a manos del populacho. Fue un suceso muy diferente, del que solía decir el capitán Mitchell:
– ¡Histórico, señor! ¡Verdaderamente histórico! Y ese mi hombre, Nostromo, ¿sabe usted?, se portó admirablemente. Es pura historia, señor.
Pero aquel hecho, que fue honroso para Nostromo, había de conducir inmediatamente a otro, imposible de ser clasificado ni como "histórico", ni como "equivocación", en la fraseología del capitán Mitchell. Para designarlo halló otra palabra.
– Señor -repetía refiriéndose al mismo-, eso no fue una equivocación, sino una fatalidad. Una desgracia pura y sencillamente, señor. Y ese pobre servidor mío no tuvo la menor culpa…, hizo cuanto podía y debía. Una fatalidad, si es que acaso hay alguna… y, a mi juicio, desde entonces no ha vuelto a ser el mismo hombre.