PRIMERA PARTE

(1989-1990)

1 . El narrador

Me llamo Horacio Muñoz. Soy agente de policía.

Nací en febrero de 1936, en Zaragoza, junto a la Puerta del Carmen, en cuyos gloriosos muros aún pueden apreciarse los balazos del francés.

La noche en que vine al mundo nevó con intensidad, pero eso no sirvió para enfriar los ánimos de los españoles. La Guerra Civil, de la que nada recuerdo, convirtió mi infancia en un lugar oscuro. Nunca hubo paz, sino miedo. Mis padres no nos dejaban jugar más allá del canal porque junto a las tapias del cementerio seguían fusilando.

A veces tengo la impresión de haber sido condenado a un infierno de odio, azufrado por el olor de la pólvora. Pero ¿dónde estaba escrito, si he valorado siempre la bondad de los hombres y la amistad de las letras, que fuese a convivir con el crimen?

Más paradojas: si en mi familia nunca hubo militares, policías, guardias civiles, ¿por qué me hice defensor de la ley?

Mi abuela solía decirme que había salido al tatarabuelo Nepomuceno, quien, allá por la España isabelina, armado con una escopeta y un machete de desollar jabalíes, se había tirado al monte de la guerrilla carlista.

En cambio, mi abuelo y mi padre fueron hombres pacíficos. Ambos eran sastres.

Mi padre murió hace ya muchos años, tan cumplidamente como había vivido. Con la misma pulcritud con que cortaba patrones y solapas nos gobernó a los hijos. Era meticuloso. Todo lo anotaba en su diario y en sus libros contables, las visitas de probador, los plazos de entrega, los cumpleaños, si necesitaba forros nuevos o botones de asta de ciervo para los gabanes de caza, o si había que comprar medicinas para mamá. Hombre previsor, nunca nos faltó de nada. Tampoco a él los respetos del barrio. Hasta las cigarreras le trataban de don.

Aunque era mi madre la que casi siempre estaba enferma, él se despediría primero. Una rápida enfermedad, una infección en la sangre lo aniquiló en seis meses.

La noche en la que iba a morir, mi padre rezó al papa Juan XXIII y al santo del día. Su última voluntad fue concisa como un código. En su testamento dejó especificado hasta el traje con el que le habríamos de enterrar.

En vida, no tuvo otro vicio reconocido que la lectura de novelas policíacas, y me contagió su afición. En cuanto tuve edad para husmear por librerías de viejo, me dediqué a completar sus colecciones.

Vivíamos en Zaragoza, en la parte vieja y siempre en sombras de El Tubo, cerca del café El Plata y de la librería de lance de Inocencio Ruiz. Me encantaba esa minúscula librería, sus desvencijados estantes, respirar el polvo de las cubiertas y descubrir autores que me hicieran sentir la magia y la emoción de la intriga.

Por respeto a mamá, que siempre tenía jaqueca, nuestras lecturas eran furtivas. Desde los bombardeos de la guerra, mi madre experimentaba un invencible repudio hacia el empleo de cualquier arma, incluidos los cuchillos de cocina y, casi, los revólveres y venenos de la ficción. Pero eso no evitaba que a mi padre y a mí nos sorprendiese la medianoche y, a menudo, si él no tenía que madrugar, las claras del alba, recreándonos en las andanzas de Sherlock Holmes, Philo Vance o el malvado Ripley.

Mi carrera profesional, bastante menos heroica que la de un detective de novela, ha ido transcurriendo por diversas ciudades. Estuve destinado en Málaga y en Barcelona, en Ceuta, en Toledo… hasta llegar a Bolscan. Hoy tengo la conciencia tranquila, cincuenta y seis años, mujer, hijos, deudas, sueños incumplidos y un defecto en el pie.

En términos laborales, una minusvalía. Me la causó un disparo perdido en un tiroteo. El impacto del proyectil me hizo perder el sentido. Desperté en un hospital. Una cirugía con mejor balance del esperado, pues el peor de los diagnósticos incluía una silla de ruedas, atenuó los destrozos físicos. En cuanto a los psicológicos… Tardé en acostumbrarme al zapato ortopédico, que todavía hoy me acompleja. Temía enfrentarme a una jubilación forzosa cuando el comisario Satrústegui, a quien siempre estaré agradecido, encontró para mí un hueco en el archivo. En adelante, no iba a disfrutar de la acción, pero volví a sentirme útil.

Desde entonces, creo un poco más en la bondad de Dios. También creo en Shakespeare y en Milton, en San Juan de la Cruz y en Miguel de Cervantes, en el diablo y en la omnipotente voluntad del hombre que tan a menudo, por desgracia, le suplanta.

Algunos de ustedes ya me conocen. No tanto por mi persona, pues carece de toda relevancia, sino por mi relación con Martina de Santo. Cuyos casos, y he tenido el privilegio de participar en varios, sí abundan en un justificado interés.

¿Era Zenón quien afirmaba que una misma realidad podía ser, a la vez, posible e imposible? Viene al caso la aporía porque mi trabajo con Martina ha alterado algunas de mis nociones sobre el oficio policial. Hasta aquel enrevesado crimen que tuvo por escenario el palacio de los duques de Láncaster yo pensaba que… Pero no caeré en la tentación de adelantar acontecimientos.

Vayamos por orden. Todo comenzó en la Navidad de 1989, en la segunda planta de la Jefatura Superior de Policía de la ciudad de Bolscan, donde se encontraba, y allí sigue estando, la sede de la Brigada de Homicidios…

2 . Una llamada en Navidad

El caso Láncaster se destapó el 25 de diciembre del mencionado año de 1989. Lo recuerdo perfectamente por dos motivos: porque nevó y porque a casi nadie -citaré una excepción: Martina de Santo- le estimula trabajar en festivos.

En mi familia se celebra la Nochebuena con una copiosa cena. Levantarme tres o cuatro horas después de haber vaciado la última botella de champán me supuso un sacrificio.

Aquella fría mañana del día de Navidad de 1989 entré a trabajar a las ocho y media de la mañana. Saludé a los compañeros de guardia y me dirigí al archivo.

Bajé las escaleras del sótano preguntándome si el presupuesto de 1990 incluiría una partida para pintar los rellanos y reparar los peldaños en los que mi zapato ortopédico sonaba a hueco. La respuesta era: no. Desde un punto de vista presupuestario, la policía no se diferencia de un hospital público. Los médicos exigen láseres, resonancias magnéticas; nosotros, más hombres, más medios, nuevo armamento. Los niveles de responsabilidad se incrementan, pero las inversiones llegan con cuentagotas… A mi archivo, ni aun así. Lancé un deprimido vistazo a las manchas de humedad que oscurecían las paredes y a las oxidadas tuberías por las que bajaban las aguas residuales de los doscientos compañeros que ocupaban las plantas altas y comprendí que todo iba a seguir igual.

Ocupé mi mesa y trabajé durante una hora sin levantar la nariz de mis expedientes, hasta que empezó a dolerme el cuello y necesité cambiar de postura y de actividad.

Ese día no se publicaban periódicos, de modo que subí a la primera planta en busca de un café de máquina y de un poco de distracción.

El edificio estaba más silencioso que de costumbre. Detrás de las puertas de algunas oficinas se oía el tableteo de las últimas máquinas de escribir que aún no habían sido sustituidas por ordenadores, pero los turnos laborales eran de mínimos y apenas había nadie con quien charlar. También las calles estaban prácticamente vacías. Sobre sus aceras, la nieve comenzaba a caer en débiles copos que difícilmente, pensé, recordando otros inviernos, llegarían a cuajar en una nevada.

Acababa de sacar un café negro, doble y sin azúcar, cuando por la puerta principal de Jefatura, frotándose las manos para entrar en calor, apareció Casimiro Barbadillo, el nuevo -a él le gustaría que añadiesen: y flamante- subinspector del Grupo de Homicidios.

Era salmantino, de un pueblo lindante con Extremadura. Y de Badajoz se había traído una novia, Marifé, que cortaba la respiración.

Yo la había visto algunas veces esperándole cerca de Jefatura, paseando con sus vaqueros ajustados y sus largas piernas embutidas en altas botas de cuero. Era morena, con esa cultura del sur de lucir la sonrisa y la piel.

«¿Qué opina de la costilla de Barbadillo, Horacio?», me había preguntado el inspector Buj, en uno de los escasos ratos en los que, contrariando su íntima naturaleza, se encontraba de buen humor. «Que es un bellezón», había contestado yo. Y el Hipopótamo, según le llamaban los muchachos, había puesto la guinda: «Tiene vicio.»

Barbadillo me chocó los cinco, como hacía siempre que me encontraba por los pasillos, y señaló una ventana haciéndome notar:

– ¿Se ha dado cuenta? ¡Está nevando!

– Hacía años -asentí, con menos ilusión que él. La nieve me deprime, nunca he sabido por qué.

– En mi tierra no saben de qué color es la nieve… ¿Qué tal la Nochebuena?

– En familia. ¿Y usted?

– Marifé me arrastró a la perdición. Estuvimos bailando en esa discoteca de la Milla de Oro y después -Barbadillo me guiñó un ojo- ya me entiende…

– Aproveche, ahora que es joven. ¿Cómo quiere el café? ¡Guarde esa calderilla, hombre! Invito yo. ¿Solo?

– Con leche. Gracias, Horacio. Aceptaré su amable invitación con la única condición de que me acompañe a la brigada. Hay poca faena y podremos seguir pegando la hebra. Porque lo de trabajar el día de Navidad… ¡Hay que ser un pringado o un patriota, no hay término medio!

Sosteniendo con las yemas de los dedos los ardientes vasos de plástico en los que humeaba un agua de color sucio, subimos al Grupo de Homicidios.

La inhóspita sala estaba desierta. Tomé asiento frente a la mesa de Barbadillo y durante un rato estuve escuchándole disertar acerca de las nuevas técnicas informáticas aplicadas a la investigación criminal. En aquel especializado terreno, el subinspector se desenvolvía con notable seguridad. Había hecho un curso en Washington y manejaba nuevos programas destinados a combatir los delitos económicos, la evasión de divisas y el fraude fiscal.

– Estamos en vísperas de una revolución, Horacio.

– ¿De qué tipo?

– Cibernética. Por extensión, policial.

Me encogí de hombros.

– A mí, las revoluciones me pillan un poco viejo. El ciberespacio me suena a ciencia ficción. Que quizá, por otra parte, vaya a ser real muy pronto. ¿Quién sabe? Quizás en tan sólo un par de décadas los policías hayamos dejado de ser necesarios y estemos listos para ser sustituidos por robots.

Barbadillo, que ya antes, en el cotidiano ejercicio de sus funciones, había destapado su lado práctico, me desveló ahora una filosofía más fenicia:

– Siempre nos quedará el sector privado. Los sueldos multiplican los nuestros.

Alguien, un tercero, replicó desde la puerta:

– ¿Y reconvertirnos en guardaespaldas? ¿En detectives privados para espiar a los ejecutivos en los moteles?

Era Fermín Fernán, Fefé, un veterano de la brigada criminal. Tenía los ojos turbios y todo el aspecto de haberse ido a dormir con una botella.

En consonancia con su aspecto, también era turbulenta su leyenda. A Fefé le habían salido los dientes en la Legión. De allí pasó a la Guardia Civil y después a la Policía Nacional. Como agente era duro, eficaz, pero ciertos defectos le habían impedido ascender en el escalafón: bebía como un pez y le gustaban las prostitutas menores de edad, por lo que en más de una ocasión se había metido en líos. A modo de penitencia, practicaba una detención arriesgada o se iba de copas con el inspector Buj y entre ambos lo solucionaban todo.

Fernán avanzó hacia su mesa y se decidió a saludarnos con mayor formalidad:

– ¡A la paz de Dios resucitado, hermanos!

Barbadillo se echó a reír.

– ¡Si todavía no estamos en Semana Santa! Es Navidad, Fermín, ¿se acuerda? El Nacimiento y todo eso.

– ¿Cómo no habría de acordarme si incluso hoy tengo que apencar como el mulo de Belén?

La resaca le hacía temblequear, pero Fefé sonreía. Algo raro debí de notar en su torcida sonrisa porque le pregunté:

– ¿Has visitado al dentista?

Ni corto ni perezoso, con una repugnante naturalidad, Fermín se introdujo dos dedos hasta el paladar, sacó su nueva dentadura postiza y nos la mostró con orgullo.

– Acabo de estrenarla. Mi hija me ha invitado a comer en su casa, por eso la llevo puesta. Espero no retrasarme.

– Hay poco tajo -le garantizó Barbadillo-. Todos llegaremos puntuales a la comida de Navidad.

Se equivocaba. Así es este oficio: cuando menos lo esperas, suena la alarma. Y el teléfono de Casimiro Barbadillo sonó, exactamente, a las diez y cuarto de la mañana de aquel 25 de diciembre de 1989.

3 . La pantera de las nieves

Era Berta, una de las telefonistas de centralita.

– Perdone la molestia, subinspector. Tengo una llamada la mar de rara.

– ¿Una denuncia?

– No lo sé. Un hombre dice que un animal salvaje se ha escapado de un circo. Está muy nervioso.

– ¿El bicho?

La telefonista soltó una risilla.

– El de dos patas.

– Pásemelo -resolvió el subinspector.

Barbadillo se cambió el auricular de oreja. Al otro extremo de la línea, una voz masculina se identificó:

– Bruno Arnolfino, director del Circo Véneto Mundial. ¿Con quién hablo?

– Con el subinspector de guardia.

Expresándose en un pintoresco argot compuesto por palabras procedentes de distintas lenguas, el director del circo comenzó laboriosamente a explicar que habían instalado las carpas en el municipio de Turbión de las Arenas y…

– Sé dónde está Turbión -le interrumpió Barbadillo-. ¿Cuál es el motivo de su llamada?

Tras nuevos circunloquios que acabaron por impacientar al subinspector, Bruno Arnolfino explicó que la principal atracción y estrella de su espectáculo circense había desaparecido.

Algo más interesado, Barbadillo interpretó:

– ¿Quiere denunciar un secuestro?

– O una desaparición. No estoy seguro.

El subinspector cogió un gastado lápiz. Para afilarlo, raspó su punta contra la rugosa pintura del radiador.

– Dígame, señor Arnolfino. ¿Quién es esa gran estrella que ha desaparecido de su circo?

– Romita, claro está.

– ¿Quién?

– Romita, la única, la maravillosa… ¿Nunca había oído hablar de ella?

– No.

– ¿Lo dice en serio?

– No conozco a artistas de circo -admitió el subinspector-. Puede que me suene algún domador, pero trapecistas…

– Romita no es ninguna trapecista -aclaró Arnolfino-. Ni siquiera es una mujer… ¡Es una pantera, una de las pocas panteras de las nieves que ha sido entrenada para actuar ante el público! ¡Seguramente, se trata del único ejemplar en Europa!

Barbadillo anotó en un pedazo de papel: «Y tú, uno de los muchos chalados que hay por aquí.» Pero siguió preguntando:

– ¿Cuándo ha escapado ese animal?

El director del Circo Véneto fue incapaz de precisarlo.

– En cualquier momento a lo largo de la pasada noche.

– ¿Cómo ocurrió?

Tampoco ahora Arnolfino pudo mostrarse concreto.

– El cuidador no se lo explica. Antes de irse a dormir revisó los cerrojos de las jaulas y, sin embargo…

– ¿Hay otros felinos en el circo?

– Está Goliath, el león de melena negra; la tigresa Penélope; el…

– ¿Cuántos, señor Arnolfino?

– Además de Romita, ocho.

– ¿Panteras, leopardos?

– Leones y tigres. Pantera sólo hay…

– Una, y ya me ha dicho que es única. ¿Únicamente ha echado en falta a esa pantera… cómo era?

– Pantera de las nieves. Se la conoce con este nombre, o con el de leopardo de las nieves, por la dificultad de distinguirla en el bosque, paisaje en el que se mimetiza.

– Le agradezco la lección de zoología, señor Arnolfino, pero acláreme una cosa: ¿es una pantera o un leopardo?

– Hablamos de la misma familia de felinos.

– Entiendo. ¿Es negra?

– No. Tiene la piel moteada, por eso se confunde con las ramas de los árboles y con…

Barbadillo le cortó el rollo.

– Se mimetiza, ya me lo ha dicho. ¿Es peligrosa?

– ¿Romita? En principio, no, pero… ¿quién sabe cómo puede reaccionar si tiene hambre? ¿Si la acosan? ¡Es un felino y, en caso de necesidad, se defenderá o atacará como todos los grandes gatos!

Barbadillo escribió en el papel: «Que de noche no son pardos ni negros, sino moteados.» El subinspector hizo alguna pregunta más y terminó aconsejando a Bruno Arnolfino que se desplazara hasta el puesto de la Guardia Civil más cercano -el de Turbión de las Arenas, sin ir más lejos- para, en previsión de cualquier episodio, accidente o agresión que pudiera originar el desaparecido felino, cursar y firmar debidamente una denuncia. Asimismo, le recomendó que procediera a consultar o a interrogar al personal de su compañía, a fin de intentar esclarecer las circunstancias en que ese animal había podido escapar.

El director del Circo Véneto le escuchó con atención y encareció:

– Sobre todo, señor subinspector, eviten abatir a Romita. Se trata de un ejemplar irreemplazable. ¡No se imagina lo difícil que resulta adiestrar a una pantera de las nieves! En cuanto aparezca, haga el favor de avisarnos. Nosotros nos encargaremos de ella.

Barbadillo le aseguró que así lo harían. Arnolfino pareció tranquilizarse. Dio las gracias al subinspector y aseguró que le enviaría a Jefatura, a su nombre, unas entradas «de palco».

Nada más colgar, Barbadillo decidió curarse en salud. Contactó con el cuartelillo de la Guardia Civil de Turbión de las Arenas, poniéndoles sobre aviso, y con la Delegación del Gobierno, a fin que valorasen la eventualidad de dar la alerta en la zona.

– ¿Problemas? -le preguntó Fermín.

– Espero que no. -El subinspector nos hizo un resumen de la llamada e ironizó-: ¿Hace mucho que no van al circo?

– Yo, desde que era un niño -recordó Fefé-. Me ponían cachondísimo las domadoras, con esas medias de malla marcándoles el…

El agente Fernán no osó epilogar su grosera frase. En el hueco de la puerta de la brigada acababa de recortarse la silueta de una mujer.

Era la subinspectora Martina de Santo.

4 . Algo felino en ella

La subinspectora se había ido de vacaciones un par de semanas atrás. Desde entonces, yo nada había sabido de ella.

Al primer golpe de vista, la encontré cambiada. Había regresado tan delgada como de costumbre, pero muy bronceada. La piel se le había descamado en la frente y en la punta de la nariz. Aunque sus ojos grises seguían brillando con nacarado fulgor, una vaga tristeza, como si algo o alguien la hubiesen decepcionado, se reflejaba en su semblante. A esas alturas, y una vez resueltos los tres casos en los que habíamos trabajado juntos, yo la conocía lo suficiente como para saber que algo personal la estaba afectando.

– Feliz Navidad -dijo Martina.

Al detenerse en el agente Fernán, la sonrisa de la subinspectora se congeló en un helado rictus. La torpe observación de Fefé sobre las domadoras de circo no debía de haberle hecho la menor gracia. Se debería a un efecto de sugestión, por haber estado hablando de leopardos y panteras, o quizás al chaquetón con cuello de piel con que ella había decidido abrigarse en aquella mañana invernal, pero me pareció que de Martina se desprendía un cierto aire felino.

– Viniendo hacia aquí -continuó diciendo la subinspectora, una vez que se hubo desplazado hasta su mesa-, temía que la mañana, al ser festiva, fuese a resultar improductiva. Me alegro de haberme equivocado y de que tengamos un nuevo caso a la vista.

Barbadillo no ocultó su sorpresa.

– ¿Qué caso, subinspectora?

– El de esa pantera de las nieves. Ya me perdonará, Casimiro -se disculpó Martina, no tanto por haber advertido la nada amistosa expresión de su colega como debido a que, en efecto, había cometido una pequeña falta de educación-. Estaba apurando un cigarrillo en el corredor cuando escuché en parte su conversación telefónica. Nada me extrañaría que, en breve, recibamos llamadas procedentes de algún lugar situado entre el municipio de Turbión de las Arenas y la franja costera de la Sierra de la Pregunta.

– ¿Qué tipo de llamadas?

– De auxilio, naturalmente.

Barbadillo dejó caer, ofuscado:

– Pensaba que no estaba de servicio, subinspectora.

– Y no lo estoy. Venía a recoger unos papeles… Si no les importa, esperaré.

– ¿Esperará a qué?

– A que se produzca la primera de esas llamadas.

La relación entre Casimiro Barbadillo y Martina de Santo no era mala ni buena; desde que el subinspector se había incorporado a la sección, era cada día peor. La más que anunciada competencia entre ambos resultaba difícil de evitar. Todos en la sección sabían que uno de los dos iba a sustituir en su cargo al veterano inspector Buj. Martina contaba con el apoyo del comisario Satrústegui. Barbadillo, con el del propio Buj.

– ¿Y si no llama nadie? -insistió Casimiro.

– Paciencia -le recomendó Martina-. No tardarán en hacerlo.

– Es una lástima que desperdicie su tiempo. ¿No tiene otros compromisos?

La subinspectora lo negó y me buscó con la mirada. Le sonreí y ella me devolvió una sonrisa un tanto apagada.

¿Habría sufrido un desengaño? ¿Llegó a establecer una relación seria, algún tipo de compromiso con Javier Lombardo, el actor de cine con quien se rumoreaba que había estado saliendo?

Ni yo lo sabía ni creo que lo supiera nadie. Por lo que a sus sentimientos se refería, Martina seguía manteniéndose tan reservada como en ella era habitual. Pero los demás, en especial los que vivían de saquear los corazones ajenos, no siempre lo eran. Mi mujer, adicta a la prensa rosa, me había mostrado una revista en la que se veía a Lombardo, elegido ese año mejor actor europeo en el Festival de Berlín, paseando al atardecer por una playa tailandesa en compañía de una atractiva española que ocultaba sus rasgos con ayuda de unas gafas de sol y de un sombrero. Martina solía utilizar ese mismo borsalino al principio de su carrera, cuando le gustaba vestir con un toque masculino.

En los últimos tiempos había cambiado de estilo. Se presentaba a trabajar más informal, con vaqueros, zapatillas de tenis, camisetas y gastadas cazadoras de cuero, o con pellizas como la que llevaba esa mañana.

Se la quitó, la colgó del perchero y se puso a buscar algo en los cajones de su mesa, seguramente aquellos papeles que había mencionado y que para ella debían de ser de suma importancia, al punto de ir a recogerlos el día de Navidad.

Pero a mí no me engañó. Supe que se encontraba sola, que había acudido a Jefatura porque prefería estar en la brigada que en cualquier otra parte, y que estaba haciendo tiempo a la espera de esa llamada que con tanta seguridad había pronosticado.

No necesitó aguardar mucho rato. El teléfono de Barbadillo sonó a los pocos minutos. Martina cerró los cajones y volvió a mirarme con expectante intensidad. Tuve la intuición de que muy pronto íbamos a entrar en acción.

No me equivocaba.

5. Comienza la acción

Eran las diez y media de la mañana. Casimiro Barbadillo había descolgado el teléfono.

– Al habla el subinspector de guardia.

Desde el otro extremo del hilo, una voz que parecía corresponderse con una mujer de cierta edad urgió:

– ¡Por lo que más quieran, les pido que acudan de inmediato a mi casa! ¡Ha ocurrido algo irreparable!

– Cálmese y dígame su dirección.

– ¡Vivo en el palacio de Láncaster!

Fiel a su cáustico humor, Barbadillo garabateó en una cuartilla: «Las cosas de palacio van despacio.» Solicitó a la persona que llamaba:

– ¿Le importaría identificarse?

– Mi nombre es Covadonga Narváez.

– Dígame el número de su documento de identidad.

– ¡Soy la duquesa de Láncaster!

De forma automática, el timbre del subinspector cambió al tono que se espera de un correcto funcionario entregado al servicio público.

– ¿En qué puedo ayudarla, señora? ¿Cuál es el motivo de su llamada?

– Mi nuera Azucena ha muerto -confesó la aristócrata, hablando con dificultad, entrecortadamente-. ¡Ha sido atacada! ¡Vengan pronto, por favor!

La duquesa no pudo seguir. Estaba demasiado alterada para ofrecer una versión coherente de los hechos. Alguien, un hombre que dijo ser hijo suyo, la sustituyó al teléfono. Sus explicaciones tampoco resultaron especialmente claras, pero Barbadillo las fue interpretando en forma de apresuradas notas.

Mientras el lápiz del subinspector rascaba el papel, me dirigí al tablero de corcho donde estaban pinchados los mapas. Tuve que recurrir a la cartografía militar para localizar el palacio de Láncaster. Se encontraba bastante alejado de Bolscan, a unos ochenta kilómetros al oeste, dentro del término municipal de Ossio de Mar y a pie de monte en la vertiente meridional, más abrigada, de la Sierra de la Pregunta.

La conversación entre el subinspector y el hijo de la duquesa apenas duró un par de minutos. En cuanto hubo colgado el teléfono, Barbadillo se puso en pie, cogió la chaqueta y nos hizo el gesto de salir a la carrera.

– Tenemos un cadáver y un montón de interrogantes. ¿Viene con nosotros, subinspectora?

Era, por su parte, una muestra de deferencia, pues el caso le pertenecía. Martina aceptó de mil amores.

– Se lo agradezco, Casimiro. Sugiero que sea Horacio quien nos lleve en coche. De los cuatro que estamos, es el mejor conductor.

– Eso habría que verlo -dudó Fermín.

Diez minutos después, yo conducía a toda velocidad un coche patrulla por la circunvalación elevada que permitía evitar el tráfico del centro. La sirena policial emitía azulados destellos sobre la lámina de nieve que comenzaba a sedimentarse en el pavimento urbano, pero no fue hasta salir a campo abierto cuando pudimos apreciar que, contra mi primer pronóstico, la nevada estaba cuajando.

Cubrí los veinte kilómetros de autovía a ciento ochenta por hora y luego, en lugar de tomar la nacional que discurría por el interior de la provincia, saturada casi siempre por el tráfico pesado de la refinería y los polígonos industriales, decidí jugarme el tipo por la sinuosa carretera de las playas, que discurría entre las sierras costeras y un mar de color plomizo, agitado aquel día por un tormentoso viento.

Por dos veces preguntó Martina a Barbadillo acerca de su conversación con los Láncaster, de qué datos disponíamos para emprender la investigación, sin que las respuestas del subinspector nos aclarasen gran cosa. Tampoco podía hacerlo, pues la información de que disponía era fragmentaria y muy escasa. Casimiro se limitó a repetir que uno de los miembros de la familia Láncaster, una mujer, había perdido la vida en las últimas horas, sin que ni Covadonga Narváez, la duquesa, ni su hijo Lorenzo, que era quien la había sustituido al teléfono, le hubiesen aclarado la causa.

– El cadáver ha aparecido en pleno monte -agregó el subinspector-. Parece que el cuerpo está destrozado. Todo es muy confuso.

Eran poco más de las once y media cuando detuve el coche en una plaza de la pequeña población de Ossio de Mar, un municipio de unos tres mil habitantes que en verano se multiplicaban por cinco.

Seguía nevando. No se veía a nadie. Bajé del automóvil y vi a una mujer a cubierto de los soportales, sentada en un taburete junto a un carrito de flores.

– Perdone. ¿Sabe dónde queda el palacio de Láncaster?

La florista me escrutó con una mirada incolora. Debajo de su gorro de lana asomaba un cabello blanco que parecía espumillón. Señaló hacia la salida de la plaza:

– Siga la calle del Tojo hasta el Puente Medieval y adéntrese en el bosque por el camino de tierra. La Casa de las Brujas queda a unos cinco kilómetros.

– Le preguntaba por la mansión Láncaster.

– La gente de aquí la llama de esa otra manera.

– ¿La Casa de las Brujas? ¿Por qué motivo?

– Allí pasan cosas…

– ¿Qué tipo de cosas?

– Secretos entre ellos…

– ¿Entre quiénes?

– Entre esos malditos Láncaster. Son mala gente, mala de verdad.

– Entiendo -dije, pero no entendía nada-. ¿Es fácil llegar a la Casa de… al palacio de Láncaster?

– Para los forasteros, no.

– ¿Hay indicaciones?

– A partir del Puente de los Ahogados, ninguna.

– Indíqueme usted entonces, si es tan amable.

Ella volvió a contemplarme con aquella mirada vacía, y luego, sin fijarla, la desvió hacia un platillo de estaño entre las flores. El mensaje no podía ser más claro. Deposité una moneda. La florista no pareció satisfecha y dejé caer otra. Esta vez funcionó.

– Présteme atención o se perderá. Pasará el segundo puente, tomará primero a la izquierda, después nuevamente a la izquierda, a la derecha luego y otra vez a la derecha.

Le di las gracias, regresé al coche y seguí por la calle del Tojo. A la salida del pueblo vimos el Puente Medieval sobre el río Turbión. A partir de ahí, procuré poner en práctica las orientaciones de la florista.

No debían de ser muy precisas porque, un cuarto de hora más tarde, estábamos perdidos en el bosque.

6. El Puente de los Ahogados

Habíamos atravesado el Puente Medieval, muy hermoso, con ojivas sobre la ría y, más allá, un segundo paso sobre el río Turbión, el puente que llamaban de los Ahogados, cuya estampa, integrada por una sola y apuntada arcada románica tapizada de hiedra, respondía a su lúgubre nombre.

Tras cruzar el Puente de los Ahogados, nos habíamos adentrado por una pista forestal serpenteante entre una arboleda de pinos negros, encinas y robles. A medida que la pista se alejaba de los linderos, el bosque se fue tupiendo con otras especies, avellanos, castaños, arces, y enmarañándose con ortigas, helechos y matorrales cuyo espesor disuadiría de cualquier propósito de penetrar su espinosa muralla. La nieve seguía cayendo, cada vez más espesa, y la pista se iba embarrando a medida que la luz natural, retractada por la bóveda vegetal, se entenebrecía en una láctea oscuridad.

Pronto fue como si la noche hubiese caído. Encendí los faros antiniebla. Tomé, según me había indicado la florista de Ossio, el desvío a la izquierda y, un poco más allá, una nueva bifurcación, también a la izquierda. Pero la pista de tierra se estrechó más y más y el bosque acabó engulléndola.

Volví al Puente de los Ahogados y probé con otro camino. No habíamos recorrido un centenar de metros cuando una barrera de troncos nos impidió pasar. Maldije por lo bajo y regresé marcha atrás, con las ruedas hundiéndose en el barro, mientras Fernán ironizaba sobre mi capacidad de orientación. El subinspector Barbadillo, que iba a su lado en el asiento trasero, le reprendió. Sentada junto a mí, en el puesto del copiloto, Martina se mantenía callada. Con frecuencia miraba hacia lo alto, como revisando las copas de los árboles.

– ¿Está buscando algo, subinspectora? -le consulté.

– Un gato grande y con manchas.

– ¿El marsupilami?

La había hecho sonreír, cuando algo llamó su atención.

– ¡Deténgase, Horacio! ¡En aquella espesura hay alguien!

Pegué un frenazo y la marea de helechos se abrió para dejar asomar una cabeza cubierta por una mata de pelo castaño. Era un cazador. Su escopeta colgaba del hombro. Un perro, un setter irlandés de brillante pelaje, saltó a las roderas.

Volví a salir del coche. Un tanto avergonzado, comenté al cazador que nos habíamos extraviado buscando el palacio de Láncaster.

– No es nada extraño perderse por estos parajes -dijo él-. La floresta es muy cerrada y si no la conocen… Tienen que regresar al segundo puente, tomar el camino de la izquierda y luego el de la derecha. Más adelante, virará de nuevo a la derecha y después a la izquierda. Les habrán indicado mal, porque han seguido justo la ruta contraria.

Fermín me miraba con sorna. Traté de justificarme:

– Nos orientó una mujer del pueblo. Con el pelo blanco, sentada en los soportales de la plaza.

– ¿La señora Reme? -le sonrió el cazador-. ¿La ciega?

Fermín se echó a reír. Martina había salido del coche. Se acercó al perro y se puso a acariciarlo y a hablarle en voz baja.

– ¿Cómo se llama?

– Mercur -repuso su dueño.

Al setter parecieron gustarle las caricias de la subinspectora. «O consolarle», pensé. Ella le estaba diciendo:

– ¿Por qué estás tan nervioso, Mercur?

El perro se había puesto a gemir, como si tuviera miedo. Martina preguntó al cazador:

– ¿Han visto algo raro? ¿Huellas de algún felino, por casualidad?

– El perro ha olfateado un par de venados, pero está inquieto y no sé por qué. Es la primera vez que pisa la nieve. Puede que sea por eso.

Subimos al coche patrulla. Di la vuelta y conduje de regreso, siguiendo las nuevas indicaciones hasta encontrar el camino correcto.

El bosque se iba aclarando. La blanda pista de tierra desembocó en una extensa pradera en la que trotaban caballos asturcones. Los copos caían suavemente, velando la visibilidad y haciendo crepitar los neumáticos.

Al fondo, desdibujada por la blanquecina luz de la nevada, se alzaba, extraña y fantasmal, una mansión de planta cuadrada coronada por dos torreones. El edificio, aquel extravagante capricho que en el pueblo, y ahora entendíamos por qué, llamaban Casa de las Brujas, tenía algo de castillo, de palacio y de abadía. Para cualquiera de esos escenarios habría servido como decorado cinematográfico. Y mejor aún, pensé, para una película de terror.

A medida que nos acercábamos, una fuerte impresión de irrealidad, derivada de aquel estrafalario caserón, se fue apoderando de nosotros. Yo no había visto jamás, ni he vuelto a ver, un edificio como la mansión Láncaster.

Su insólita arquitectura me inspiró una instantánea deducción: tampoco sus habitantes podían ser gente corriente.

7. La mansión Láncaster

Detuve el coche frente a una verja de hierro forjado abierta de par en par. En ambas hojas, con el trazo de una capitular gótica, se recortaba artísticamente una letra mayúscula, la L.

Metí la primera marcha y el coche enfiló un ramal de grava cubierta de nieve que daba la vuelta a una rotonda concebida como un islote vegetal. Continué hasta los jardines delanteros y aparqué a un lado de la fachada principal, junto a otros vehículos: un Fiat deportivo con diseño de los años sesenta, un elegante y moderno Lexus y dos idénticos todoterreno de fabricación japonesa.

Un grupo de nueve personas, seis hombres y tres mujeres, nos aguardaba en la entrada, a cubierto de la nevada bajo una marquesina cuyo estilo modernista chocaba con la galería de arquillos neogóticos o calado corredor que ceñía en su completo perímetro la primera planta.

En altura, el monumental diseño de la mansión se alzaba afiligranándose en elementos barrocos y mudéjares, exacerbados mediante una decoración que alternaba gárgolas y conchas de peregrino con vidrieras emplomadas y geométricos mosaicos destinados a colorear los torreones hasta los aleros de sus pináculos de pizarra.

En cuanto descendimos del coche patrulla, un hombre se separó del resto del grupo y bajó las escaleras para recibirnos.

Llevaba un abrigo austríaco y debajo un traje de pana. Le calculé alrededor de cuarenta años. Tenía un aire tísico, la nariz en pico de loro y los ojos demasiado juntos. Una cerrada barba proporcionaba a su rostro una impronta hosca, casi agresiva. Sin embargo, la mirada era huidiza. Su voz no pretendía darnos la bienvenida y no sonó clara ni franca al decir:

– Soy Lorenzo de Láncaster. ¿Quién de ustedes es el subinspector?

Un tanto intimidado, Barbadillo se identificó. Lorenzo de Láncaster nos fue dando la mano uno por uno. Algo más amablemente, solicitó:

– Les agradecería que hablasen con mi madre. La tranquilizará saber que han llegado.

– No hemos venido para tranquilizar a nadie -le replicó Fermín Fernán.

El noble miró al agente como desde una posición superior.

– Entonces, ¿cuál es su prioridad?

– Por lo que me da en la nariz, investigar una muerte.

La mirada del señor de Láncaster concentró una gran preocupación:

– ¿Van a abrir una investigación? ¿Así como así?

– Así como lo prescribe la ley -contestó Fefé, con lengua estropajosa. La resaca no se le había curado con el viaje ni con el frío que estábamos pasando.

Los blancos dientes del aristócrata asomaron entre la barba para esbozar una sonrisa sarcàstica.

– Será para los casos en los que se haya cometido un crimen.

Fermín soltó un disparo verbal:

– ¿Presume que no se da esa circunstancia o se trata, por su parte, de una declaración de inocencia?

Tanta altanería irritó al dueño de la casa:

– Esa pregunta, que es impertinente, en todo caso deberá contestarla usted.

Como buen discípulo de Buj, Fefé no solía arredrarse ante faltas de respeto o de colaboración, que para él venían a ser una misma cosa.

– Lo haré en cuanto hayamos examinado el cadáver.

– Cállese, Fermín, y vayamos por partes -terció Barbadillo, temiendo que la actitud del agente les causara problemas-. ¿Quiere decirnos dónde ha aparecido el cuerpo, señor Láncaster?

La huesuda mano de Lorenzo señaló más allá del jardín, por encima de los abetos, hacia algún inconcreto lugar de la boscosa ladera cuya visibilidad se difuminaba bajo la nieve.

– Encontramos a mi cuñada Azucena allá arriba, en los prados, a unos ochocientos metros.

– ¿De distancia o de altitud?

– De altura.

– ¿Se puede llegar en coche?

– No.

– Supongo que allá arriba también estará nevando.

– Y con más intensidad que aquí.

La temperatura había descendido. En aquel apartado valle de la Sierra de la Pregunta, cerrado por altas peñas, no regía la suavidad térmica de la orilla del mar y hacía bastante más frío que en la ciudad. Nuestro aliento se transformaba en vaho. Barbadillo estaba pensando en la posibilidad de llamar a un helicóptero, pero, debido al mal tiempo, lo desestimó. Martina preguntó al aristócrata:

– ¿Los restos de su cuñada permanecen a la intemperie?

– En el mismo lugar en que aparecieron.

– ¿Han tocado algo?

Lorenzo palideció.

– Yo… Alcé el destrozado rostro de Azucena, pero… No, no toqué nada.

– ¿Ha dejado a alguien vigilando?

– A un hombre de confianza. Tiene orden de no permitir acercarse a nadie.

Martina aprobó su actitud e inquirió:

– ¿Cuál cree que ha sido la causa de su muerte?

– Por partes, subinspectora… -tornó a postular Barbadillo, pero una decidida Martina le hizo caso omiso.

– Responda, señor Láncaster.

– No lo sé.

– ¿Sospecha que su cuñada ha podido ser asesinada?

Lorenzo volvió a vacilar. Era obvio que lo estaba pasando mal.

– No, no lo creo.

– ¿No lo cree, no quiere creerlo o no lo sabe?

Dio la impresión de que el hijo de los duques iba a replicar con brusquedad, pero se retrajo y dijo con voz sorda:

– Las heridas son atroces.

– Descríbalas -le pidió Martina.

– Dentelladas, zarpazos… Como si la hubiese atacado alguna clase de fiera.

– ¿Un gran felino? -apuntó el subinspector.

Lorenzo volvió a dudar. Deduje que su temperamento era débil y su aparente seguridad una mera y defensiva corteza.

– En nuestros bosques sólo sobreviven unos pocos linces.

– Una pantera ha escapado esta noche de un circo instalado en Turbión de las Arenas -le informó Barbadillo.

– No lo sabía.

– ¿Podría ser la causante del ataque?

– Tal vez.

– Si no nos damos prisa -advertí yo-, sucederán dos cosas: que el animal volverá a atacar y que la nieve borrará sus huellas.

– Enseguida nos pondremos en camino -decidió el subinspector-. Nada nos cuesta presentar nuestros respetos a la señora duquesa.

Lorenzo le miró con algo parecido a la gratitud.

– Será un momento. Síganme.

Al comprobar que no se les requería para nada, los empleados del palacio fueron regresando a sus ocupaciones. De su número se desprendía que la familia Láncaster atesoraba una gran fortuna y que sus miembros podían permitirse el lujo de mantener un nutrido servicio doméstico. Antes, en el recibimiento que nos habían deparado esos mismos empleados, alineados a la entrada, silenciosos y estáticos, me había parecido intuir algo anómalo. Ese comportamiento coral no había sido espontáneo. Martina también se estaba preguntando por qué razón el servicio en pleno había sido formado ante nuestra llegada.

– ¿No le ha parecido improcedente, Horacio? -me susurró la subinspectora, frenando el paso para que no nos oyeran-. Nadie más que el hijo de los duques tenía por qué estar esperándonos, pero, por algún motivo que no acabo de entender, y que nadie se ha tomado la molestia de explicarnos, han hecho formar a todos los empleados, desde la cocinera hasta ese encorbatado tipo que tiene toda la pinta de ser el administrador. Fue como si nos invitasen a pensar que entre los miembros del servicio pudiera ocultarse algún sospechoso.

Estuve de acuerdo. Y asimismo coincidí con ella cuando, acto seguido, Martina formuló la siguiente reflexión:

– Piénselo bien, Horacio. Todavía no sabemos qué ha pasado, pero ¿habría obrado de otro modo alguien que hubiese pretendido inducir a la policía a prejuzgar un crimen?

– Tiene razón, subinspectora. Y en este remoto paraje -añadí, posando la mirada en una de las diabólicas gárgolas adosadas al muro de piedra sillar de la fachada de la Casa de las Brujas-, conseguir ese efecto no resulta difícil. El propio lugar huele a misterio.

8. La duquesa nos da la bienvenida

Entramos a la mansión.

Sobre el vestíbulo, concebido como un patio interior, y una lámpara de araña que pesaría media tonelada pendía de un solo cable de acero. Sus cristales recogían la luz de las claraboyas abiertas en los torreones, proyectándola hacia la planta baja e irisando con reflejos dorados y malvas una confusa decoración de armaduras medievales, relojes de pared y trofeos de caza. Entre una serie de tapices de Flandes, las cabezas de un rinoceronte blanco, de un león y de un extraño cérvido de arbórea cornamenta, un reno, tal vez, colgaban del muro.

Todo era kitsch.

Más allá, hacia el corredor principal, y como formando parte de un museo de ciencias naturales, una sucesión de altas vitrinas de madera rubia contenían, embalsamados, pájaros exóticos, felinos, roedores cuyos ojos muertos parecían mirarnos con un inquietante y abetunado fulgor. Había una sección de fetiches africanos y un herbolario dedicado a plantas fosilizadas, además de un gigantesco expositor con monstruos marinos. ¿Qué hacían allí esas especies, trofeos y fósiles? Horas después, ya con la investigación en marcha, sabríamos que la exhibición de semejantes colecciones obedecía a dos incontenibles fervores: por una parte, a la curiosidad científica del destacado naturalista que había sido Jaime de Láncaster, el anciano duque, fallecido el año anterior; por otra, a la pasión por la caza mayor de otro de sus hijos, Hugo.

– ¿Le gustaría vivir aquí? -pregunté a Martina en voz baja.

– Sería el sueño de toda mujer enamorada de Barba Azul.

Reí por lo bajo. Semejante concentración de mal gusto me hizo alzar la mirada en busca de la opaca claridad, procedente de las altas claraboyas, que bañaba la planta baja con un enfermizo resplandor. Hasta el arranque de las escaleras helicoidales que comunicaban con los torreones, las tres plantas del palacio quedaban unidas por una escalinata de piedra arenisca, muy ancha en el entresuelo y escindida en dos tramos a partir de los rellanos del primer piso. En la planta baja, más allá del vestíbulo, los pasillos de distribución, dispuestos en forma de cruz, permanecían prácticamente a oscuras. A indicación de Lorenzo de Láncaster, avanzamos por el que se dirigía hacia el ala oeste del edificio.

El palacio estaba envuelto en silencio. Oímos unos pasos a nuestras espaldas y una sombra emergió de la penumbra. Era un sacerdote flaco como un huso, de blancas patillas y amarillenta faz. Se dirigió hacia nosotros como si no rozara el suelo. Las perneras del pantalón le holgaban y el alzacuello le bailaba bajo la nuez. En sus ojos, que sólo miraban a Lorenzo de Láncaster, ardía el dolor. Su voz pareció crujir cuando dijo:

– En esta hora, más que en ninguna otra, no vayas a olvidar que el Señor es misericordioso.

Lorenzo reclinó la cabeza. En un gesto fraterno, el sacerdote le tomó por los hombros y le susurró al oído algunas palabras más.

– Gracias por venir, padre -murmuró el noble, con agradecimiento-. En tan dramáticas circunstancias, nadie podría ayudar a mi madre mejor que usted. -La entereza de Lorenzo volvió a resquebrajarse-. ¿Por qué ha tenido que ocurrir?

El sacerdote se esforzó en consolarle:

– Sólo Dios lo sabe. Tal vez El nos lo quiera explicar un día. No te atormentes más, Lorenzo.

– ¡Pobre Azucena! Si la hubiese visto…

– Tendré que hacerlo para administrarle, siquiera de manera póstuma, la extremaunción. La duquesa me ha insistido en ello.

– ¡Mamá está en todo! Yo ni siquiera lo hubiese pensado.

– En el ejército del Señor, cada soldado cumple con su deber.

– Sí, pero… Estoy sobrepasado, padre. Apenas puedo pensar… Haga el favor de aguardarnos junto a la puerta del jardín. Estos señores desean saludar a mi madre. En seguida nos pondremos en camino hacia el lugar donde…

El sacerdote hizo un comprensivo gesto y desapareció por el pasillo. Un deprimido Lorenzo nos fue precediendo hacia uno de los salones. Que más bien era, según pudimos comprobar en cuanto nos hubo abierto sus puertas, una limpia y casi desnuda nave cuyas dimensiones habrían equivalido a las de un salón del trono.

Susurré a Martina:

– ¿Para qué emplearán semejante estancia?

Tampoco la subinspectora salía de su asombro. Bóvedas de crucería aportaban a la sala un aire monástico, aunque tan ecléctico o manierista como el resto del palacio.

El muro que daba a la fachada posterior, a los jardines, se diluía en un efecto casi translúcido merced a sus grandes y transparentes ventanales en forma de arcos lobulados sobre finas columnas de alabastro. En cambio, la pared maestra, el opaco lienzo sillar junto al que nos encontrábamos, atrapaba en dorados marcos a otros Láncaster ya difuntos, cuyos retratos al óleo nos contemplaban desde su aristocrática eternidad. Eran idealizadas efigies de duques, marquesas, almirantes, obispos. Cambiaban los uniformes, las condecoraciones, los vestidos, los peinados, pero el cejijunto ceño, las frentes despejadas y las aguileñas narices típicas de los Láncaster permanecían como enseñas de la estirpe.

Una sola pero descomunal mesa oblonga de madera taraceada, en la que bien podría haberse celebrado algún consejo de ministros, centraba la sala. Sobre la chimenea, de un mármol tan blanco como la tumba de un príncipe renacentista, lucía, en campo de plata, el escudo de los Láncaster: bordura de gules, un castillo de oro y dos lobos sosteniendo entre sus fauces sendos trozos de carne ensangrentada.

– Vengan por aquí -nos dijo Lorenzo, rodeando la asamblearia mesa.

Los enormes ventanales invitaban a contemplar los jardines, pero en el exterior la luz era cada vez más oscura. Como pétreas sombras, estatuas de diosas y sátiros se entreveían en el nevado césped, junto a los estanques y las fuentes. En el punto de fuga del paisaje invernal se perfilaba un lúgubre panteón familiar cuya aguja de piedra apuntaba al cielo.

Detrás de la gran sala a la que acabábamos de ingresar se abría un pequeño despacho octogonal, cuyo techo, a fin de proporcionar a esa habitación, en contraste con las dimensiones del contiguo salón, un poco de recogimiento e intimidad, había sido rebajado con un rico artesonado policromado con las armas, escudos y emblemas de la casa ducal. Había muy pocos muebles: dos butacones tapizados con pieles de guepardo y un escritorio de caoba Manqueado por grandes candelabros dorados y una talla románica de la Virgen de Covadonga.

La duquesa nos esperaba junto a la única balconada abierta en aquel prisma espacial cuyos estucados muros habían sido pintados de color salmón. Parecía que los copos de nieve caían sobre la anciana aristócrata.

Grande de España, dueña de treinta mil hectáreas, de inedia docena de mansiones y de una veintena de firmas y empresas, Covadonga Narváez estaba sentada en una silla de ruedas, con la cabeza inclinada hacia un lado. No tanto, según sabríamos después, para melancólicamente contemplar la nieve derramándose sobre la majestad de sus jardines, como debido a una lesión cervical.

Lorenzo nos hizo un gesto circular, invitándonos a desplegarnos en abanico, pues la duquesa no se iba a mover. I,o hicimos nosotros, hasta ingresar en su campo de visión.

Doña Covadonga vestía de negro. No llevaba collares ni pendientes. Unos mitones de raso protegían sus manos de la humedad. Su rostro tenía una blancura de arroz. La vida que se le escapaba por los poros de la piel había debilitado su lacio y pajizo cabello, pero sus ojos brillaban con un acopio de orgullo y su voz sonó algo más tersa de lo que en principio habría correspondido a un cuerpo tan torturado:

– En doscientos años de historia del ducado de Láncaster, es la primera vez que la policía entra en mi casa. Sean, en cualquier caso, bienvenidos.

9. ¿Dónde está Hugo?

Junto a la duquesa permanecía en pie una mujer joven, con el cabello rizado y un aire dulce. En una primera impresión, resultaba lícito deducir que su ternura residía en su mirada inerme, como necesitada de protección. No era guapa. Su cutis, acaso contagiado del mortecino aire de la mansión, carecía de luz. Aparentaba ser algo mayor, pero no pasaba de los treinta años. Sus planos mocasines, las convencionales medias, un traje de chaqueta gris y una blusa de color pistacho le daban el aspecto de lo que realmente era.

– La asistente personal de mi madre -nos la presentó Lorenzo-. La señorita Elisa.

El subinspector Barbadillo ni siquiera la miró. Se acercó a doña Covadonga y, mientras los demás permanecíamos a una respetuosa distancia, más cerca de la talla de la Virgen que de la dueña de la casa, tomó entre las suyas la mano que la anciana dama le tendía e hizo ademán de besarla. El subinspector debió de pensar que un mínimo protocolo exigía introducirnos debidamente y, como si en lugar de policías fuésemos los invitados a una recepción, se puso a presentarnos, comenzando por Martina.

Al oír el apellido De Santo, la duquesa sondeó:

– ¿Tiene usted algo que ver con el embajador?

– Era mi padre -repuso la subinspectora.

Doña Covadonga le sonrió con afecto.

– Entonces… ¿aquella niña de grandes ojos grises con la que desayuné alguna mañana en nuestra embajada en Londres…?

– Yo también la recuerdo muy bien, señora. Era usted tan…

– ¿Hermosa? -sonrió la anciana, con un poso de amargura-. Olvidemos el pasado. ¿No son los recuerdos como antiguas joyas que creíamos haber perdido y que, de improviso, cuando ya no esperamos recuperarlas, aparecen por sorpresa en un cofrecito? A pesar de que llevo un diario desde hace años, he perdido muchos de mis recuerdos, y con ellos…

La duquesa estaba esforzándose por erguir la cabeza, pero los músculos de su cuello ya no tenían vigor y volvió a inclinarla.

– Máximo de Santo, todo un caballero… Supe que su padre había muerto, Martina, y lo sentí mucho… Me alegro de volver a verla convertida en toda una mujer… policía.

– En esa condición intentaré ayudarla.

– Se lo agradezco, porque vamos a necesitar apoyo. La horrible desgracia que nos ha golpeado…

– No te alteres, mamá -rogó Lorenzo.

Un líquido temblor anidó en los ojos de doña Covadonga. Sollozó y con la uña del dedo meñique se enjugó una lágrima. Parpadeó y dijo con apenada gravedad:

– Hoy es un día aciago para la casa de Láncaster. Mi nuera Azucena ha muerto.

De la tensión, la duquesa se ahogaba. Tosió e hizo una pausa para tomar aliento.

– Tan sólo llevaba unos meses casada con Hugo. Su cuerpo ha sido hallado en los pastizales. Mi hijo Lorenzo les conducirá hasta allí.

– El mismo acaba de adelantarnos alguna información -comentó Barbadillo-. ¿Tiene usted idea de cómo ha podido ocurrir?

Doña Covadonga enlazó las manos y apretó las falanges de los dedos.

– Del relato de Lorenzo he desprendido que fue un accidente.

El subinspector sacó su libreta de notas.

– ¿Le importa que le haga algunas preguntas?

– En absoluto.

– ¿Estuvo usted anoche con su nuera?

En ese momento, la puerta de la sala se abrió para dar paso a un hombre mayor, obeso, que caminaba dificultosamente con un sombrero en la mano; la otra aferraba un maletín. Ignorando al resto de los presentes, el recién llegado se dirigió sin preámbulos a la dueña de la casa:

– ¿Qué tal se encuentra, señora duquesa?

– Bien, José Luis, gracias.

Lorenzo volvió a asumir su papel de anfitrión:

– El doctor Guillén. Nuestro médico de cabecera.

– Me quedaré más tranquilo si le tomo la tensión -dijo el doctor, sin reparar todavía en nosotros. La urgencia que parecía dominarle no le impidió expresarse con un poso de académica pedantería-: ¿Es cierto, duquesa, que acaba de sufrir un episodio de pérdida de conciencia?

Doña Covadonga guardó silencio. Elisa repuso por ella. Estaba nerviosa y no vocalizó con corrección, pero el timbre de su voz sonó melodioso:

– Cuando la señora se enteró de la trágica noticia, sufrió un desvanecimiento. Le hice beber agua. Tomó una pastilla de chocolate y se recuperó.

No sin humor, doña Covadonga corrigió a su asistenta:

– Era un bombón de la Dulcería Núñez. Precisamente de esa caja de bombones de licor que el doctor me tiene expresamente prohibida.

– Es cierto -admitió Elisa con una sonrisa tímida-. Pero hizo efecto. La señora se recuperó en pocos minutos.

El médico nos indicó:

– Señores, por favor.

Parecía decidido a examinar a la duquesa, por lo que nos retiramos a la sala grande. Una vez allí, el subinspector Barbadillo volvió a preguntar a Lorenzo cuándo había sido la última vez que habían visto viva a su cuñada Azucena.

El aristócrata contestó:

– Anoche. Azucena nos acompañó a la misa de gallo, en nuestra capilla.

– ¿Qué hizo ella después?

– Se retiró a descansar.

– ¿A qué hora?

– Sería más o menos la una y media -calculó Lorenzo.

– ¿Alguien la vio salir de su habitación?

– No.

– ¿Tenía que abandonar el palacio por algún motivo?

– Que yo sepa, no.

El subinspector se balanceó, impaciente. Quería encaminarse cuanto antes a los pastizales para examinar el cadáver, pero sin parecer descortés. Por otro lado, todavía deseaba preguntarle a la duquesa algo que juzgaba importante. Desde el despacho, escuchamos decir al doctor Guillén:

– Si lo juzga estrictamente necesario atienda a esos señores, doña Covadonga, pero retírese pronto a descansar.

El médico salió con su maletín y se aproximó a nuestro círculo.

– ¡Qué mujer ésta! Ni siquiera me ha dejado que la ausculte. Disculpen… No sabía que eran policías. ¿Hay algún forense entre ustedes?

Barbadillo le adelantó que no tardaría en presentarse el doctor Marugán, director del Instituto Anatómico.

– Somos del mismo curso -afirmó el doctor Guillén; y su cara, surcada de arrugas, se replegó en una sonrisa-: En consonancia con nuestra edad, podría calificársenos como viejos colegas. Aguardaré su llegada, por si puedo serle de alguna utilidad.

El subinspector le dio las gracias. Volvió a entrar en el curioso despacho octogonal cuya abigarrada decoración, un cuadro cubista, la lámpara de diseño industrial, incluso una planta exótica de carnosas flores rojas, parecía tan fuera de lugar como el atrezo de un sueño, y se dirigió a la duquesa:

– ¿Cuántos hijos tiene usted, señora?

– Dos. Lorenzo y Hugo.

– ¿Por ese orden? ¿Lorenzo es el mayor?

– Sí. Me hubiese gustado tener alguna hija, pero no pudo ser.

– ¿Puedo preguntarle dónde está su hijo Hugo?

Lorenzo se situó al lado de su madre. La voz de doña Covadonga tembló:

– Puede preguntarlo, pero yo no puedo responderle.

– ¿No sabe dónde se encuentra?

– No. Se marchó y no ha regresado.

– ¿Cuándo se marchó?

La mandíbula de la duquesa volvió a temblar.

– Hará tres días.

– ¿Por qué motivo?

– Discutió con su mujer -reveló Lorenzo.

Doña Covadonga no pudo contener su disgusto:

– ¡No seas indiscreto, Lorenzo!

El subinspector quiso saber:

– ¿Cuál fue el motivo de esa discusión?

– Cosas de ellos -contestó con vaguedad la madre.

– ¿Desde entonces no han vuelto a saber nada de su hijo Hugo?

– No.

Debido al vencimiento del cuello, la mirada de la duquesa era oblicua. Llevaba los ojos y los labios pintados y el resultado era más bien patético. Lo único que Barbadillo pudo deducir de su expresión fue un inmenso abatimiento.

El subinspector siguió preguntando:

– ¿Sabe su hijo Hugo que su esposa ha muerto?

Doña Covadonga se retorció las manos.

– Me temo que no. ¿Tendré que ser yo quien le dé la noticia? ¡Oh, Dios mío!

El subinspector contempló la nieve que no cesaba de caer y que a todas luces iba a dificultar la investigación. Apremió:

– Gracias, señora duquesa. Seguiremos después. Ahora vamos a subir al monte para examinar el cuerpo. ¿Puedo pedirle un favor? No tardará en presentarse el inspector Buj, acompañado por el juez y por un médico forense. Si no hemos regresado, le agradecería que alguien les guiase hasta el lugar donde nos encontremos.

Cuando ya abandonábamos la sala grande, Lorenzo de Láncaster tuvo una reacción extraña. Retrocedió y susurró algunas frases al oído de su madre. Después tornó del brazo a Elisa y la invitó a desplazarse unos metros, alejándola de doña Covadonga y de su silla de ruedas. Igualmente, habló a la asistenta en voz baja, durante casi un minuto.

Acto seguido, el hijo mayor de la duquesa regresó junto a nosotros y nos invitó a salir del palacio.

10. Rugidos cercanos

En el jardín recogimos al cura, que se había puesto una boina vasca y una tricota negra. Portaba los santos óleos en una cajita de terciopelo resguardada por un paño en cuya superficie habían bordado las letras alfa y omega con hilo púrpura.

Seguía nevando. No se nos había ocurrido traer un solo paraguas, pero una especie de mayordomo, un hombre gastado y servil, de nombre Anacleto, nos facilitó unos cuantos, todos iguales, amarillos y rojos, muy llamativos y «patrióticos», según comentó el también muy castizo agente Fernán. Al desplegarlos, comprobamos que eran sombrillas publicitarias de la marca de un mosto sin alcohol, de cuya distribución se encargaba una empresa de la familia Láncaster.

Tras las magras espaldas de Lorenzo y del sacerdote, a quien el primogénito de la casa ducal acababa de llamar «padre Arcadio», atravesamos los jardines hasta llegar a la capilla-panteón, donde la noche anterior se había celebrado la misa de Nochebuena.

Una corona de hortensias rodeaba ese extravagante templo. El ábside aparecía sobrecargado con una decoración mosaica estilo neomudéjar, pero la aguja de piedra, adornada con filigrana de ladrillo, parecía responder a una inspiración más gótica. Aquel panteón tenía algo de arcano y de pagano a la vez. Un niño con atracción hacia lo fantástico se lo imaginaría asediado de brujas y lobos, de druidas y círculos de fuego.

Alargando las zancadas, Lorenzo se internó en la floresta. Yo iba detrás del cura y agucé el oído para escuchar lo que entre ellos hablaban.

– Cualquiera pensaría que sobre este lugar pesa una suerte de maldición -estaba diciendo el padre Arcadio.

Ese temor tenía su base. Tan sólo un par de días atrás, siguió lamentándose el cura, había fallecido la hermana Benedictina, la monja más joven del Convento de la Luz. Un absurdo accidente doméstico le había arrebatado la dicha de existir y de seguir adorando al Señor. Hallándose la novicia en el granero, ocupada en enristrar ajos y cebollas y en limpiar las legumbres de la huerta, parte de la techumbre de la falsa le había caído encima. La superiora había llamado a toda prisa al hortelano, a Jacinto, el hijo del jardinero del palacio, quien había trasladado en su coche a la monja herida hasta el ambulatorio de Turbión de las Arenas. Desdichadamente, la hermana había ingresado cadáver.

El sacerdote musitó, apenado:

– La enterramos ayer por la mañana. La hermana Benedictina era un primor. ¡Con la ilusión que le habría hecho celebrar la Nochebuena y la Navidad!

– Nunca he sabido dónde entierran a las monjas de clausura -comentó Lorenzo, denotando una lúgubre curiosidad-. ¿En el claustro?

– Hay un viejo cementerio conventual en lo umbrío del bosque. Es antiquísimo, de la Edad Media.

– Lo conozco. ¡Pero es pura ruina!

– De hecho, no quedaban nichos y hubo que abrir algunos y agrupar los huesos en los osarios de piedra para hacerle sitio a Benedictina… Y después de esa desgracia, la vuestra… ¡Pobre baronesa! ¡Pobre Azucena!

– Sí -dijo Lorenzo-. Ayer mi cuñada estaba llena de vida y hoy…

Pensé que la locuacidad no encarnaba precisamente una de las virtudes de Lorenzo de Lancaster. ¿A qué obedecería su reserva? ¿A introversión, timidez o a una deliberada prevención inspirada por nuestra presencia? Sin conocerle, resultaba imposible saberlo, aunque era fácil percibir que una pantalla de hielo le aislaba de los demás.

De hecho, parecía haberse olvidado de nosotros. En ningún momento nos dirigió la palabra ni se giró para asegurarse de que le seguíamos.

La senda se empinó. Empezamos a subir una ladera arbolada de castaños de Indias. Calculé que habríamos recorrido en sentido ascendente alrededor de quinientos metros cuando llegamos a un claro del que partían otros dos senderos. Lorenzo eligió el que apuntaba al norte. Supuse correctamente que, antes o después, aquella ruta tendría que morir en la costa.

Paramos un momento para esperar a Fernán, que se había rezagado un poco, y reanudamos la marcha. El bosque se fue cerrando más y más. Nuestros embarrados zapatos resbalaban en las piedras cubiertas de musgo. Mi pierna mala sufría, pero yo no estaba dispuesto a quedarme atrás.

El aire estaba saturado de humedad. Salvo la tenue crepitación de la nieve al resbalar por las ramas, la calma era tan absoluta como supongo lo sería veinte mil años atrás, cuando primitivos cazadores recorrían aquellos bosques en busca de los últimos mamuts, usando como moneda las conchas de la playa y decorando con manos blancas y bisontes rojos las paredes de sus cavernas.

De improviso, un rugido aterrador desgarró el aire.

– ¿Han oído eso? -exclamé, deteniéndome y escrutando la vegetación. Pero la maleza no permitía ver más allá de unos pocos pasos.

– Yo diría que ha sonado muy cerca -nos previno el cura.

Un segundo rugido le dio la razón. Fermín sacó su pistola y la esgrimió a ambos lados.

– ¿Qué ha podido ser eso, señor Láncaster? -preguntó Barbadillo, Lorenzo escrutaba los árboles. Como no se decidía a contestar, Martina adujo, yo diría que con un irónico matiz:

– ¿Quizás uno de los linces que, nos decía usted, sobreviven por aquí?

– Tal vez -concedió Lorenzo. Trataba de mantener la calma, pero estaba tan alarmado como los demás-. En el coto quedan algunos ejemplares.

La pregunta que Martina hizo a continuación sólo era inocente en apariencia:

– Los linces no suelen atacar a las personas, ¿verdad?

– No conozco ningún caso.

– Tampoco ha reconocido esos rugidos, ¿me equivoco?

Como si la facultad de eludir las respuestas formase parte de sus privilegios ancestrales, Lorenzo pasó junto a Martina, ignorándola, y reemprendió la ruta, limitándose a decir:

– Falta poco. Apresurémonos.

Un trocito de tela había quedado enganchado en un matorral de boj. Lo cogí y lo mostré a los demás.

– Pana. Del pantalón de algún cazador, quizá.

Nadie, salvo Martina, prestó la menor atención a mi casual hallazgo. Guardé el trozo de tela en el bolsillo.

Continuamos la ascensión. El bosque no comenzó a abrirse hasta que llegamos a la cumbre de la collada. Una vez libres de la agobiante tutela de los árboles, comprobamos que había dejado de nevar.

En los pastizales, el viento hacía rachear una niebla baja. Bajo su fría luz quise imaginar que en los días claros se otearía desde allí la torre de la Colegiata de Turbión de las Arenas. Pero en aquella fantasmagórica jornada no se veía a cuatro pasos.

– ¡Suso! -gritó Lorenzo-. ¿Dónde estás?

– ¡Aquí, señor!

Orientándonos por aquella voz, saltamos una cerca de piedra. En mitad de un prado, protegido de la nevada por un chubasquero cuya ajustada capucha le hinchaba la cara como un globo, un hombre parecía estar esperándonos, lira bajo y recio, y su cayado más alto que él. Unos pasos detrás suyo había un bulto cubierto por una lona. Más allá, se intuía borrosamente el muro de una cuadra.

Cuando nos hubimos acercado a aquel campesino, Lorenzo nos abarcó con un gesto.

– Son policías.

– ¡Ya era hora, señor! -se congratuló el vaquero. Tenía la cara amoratada por el frío-. Pronto mejorará el tiempo y las huellas se borrarán.

De inmediato las vimos. Se marcaban con nitidez sobre la nieve caída, discurriendo en caprichosos itinerarios. A simple vista, pertenecían a un felino de considerable tamaño.

Un demudado Lorenzo se acercó al bulto tirado en el suelo.

– ¿Quieren que yo…?

Aquel pusilánime no pudo seguir. La voz se le cuajó en una especie de quejido. Delegando toda iniciativa, dejó caer los brazos y se alejó hacia la cerca.

Pregunté al vaquero:

– ¿Ha tocado usted algo?

– No. Me he limitado a vigilar el cadáver, según me ordenó el señor Lorenzo.

– ¿Hay alimañas por aquí?

– Y algún perro salvaje. Sin olvidar las buitreras de los cañones del Turbión. Esos malditos han olido la sangre y he tenido que espantarlos a bastonazos. De lo contrario, la señora ya estaría en sus buches.

Volví a estremecerme, en parte por el intenso frío. Sin que viniera a cuento, oí una exclamación de Barbadillo.

– ¿Qué sucede? -le pregunté.

– He olvidado la cámara de fotos.

Martina le tranquilizó:

– No se preocupe. He traído la mía.

– Bien hecho.

Barbadillo indicó al pastor que se alejara y se agachó junto al montículo.

– Prepare la cámara, subinspectora. Veamos qué tenemos aquí.

Con sumo cuidado, Barbadillo fue retirando la lona. Debajo, alguien había estirado, además, una empapada manta de lana que, a juzgar por el olor, habría calentado la silla de alguna caballería.

Debajo de esa manta se dibujaban unos hombros, una pelvis y unas encogidas rodillas. El subinspector terminó de retirarla y la mujer que yacía muerta en el prado hundió en las nuestras su mirada sin vida.

11. Tenemos un caso

Tenía los ojos abiertos, pero la luz de este mundo ya no les podía ser revelada.

La piel de su rostro había sido desgarrada hasta desfigurar sus rasgos. Sin embargo, en el resto del cuerpo, cubierto tan sólo por un camisón salpicado de sangre, no se apreciaban heridas. Al menos, no de la clase de las que hacían irreconocible su faz.

Martina se puso unos guantes de látex y se agachó junto al cadáver. Introdujo un brazo bajo la espalda y manipuló con suavidad el cuello hasta sostener la cabeza. Sus dedos rozaron las heridas, pero los guantes apenas se tiñeron de sangre.

La parte lateral del cráneo que había permanecido en contacto con la tierra había sufrido un terrible quebranto. Como resultado de un fuerte golpe, la bóveda ósea se había partido, provocando pérdida de masa encefálica.

– Esto no pudo hacérselo al caer -arguyó la subinspectora, dibujando el perfil de la herida del parietal con un índice suspendido en el aire-. Alguien la golpeó previamente.

– ¿Con qué clase de objeto? -preguntó Fernán.

Martina se concentró en la horrible brecha.

– La superficie impactada no es incisa, sino ancha y plana. Pudieron golpearla con una piedra o una pala, tal vez con una azada… O con un bastón como ése. -La subinspectora señaló el grueso cayado del pastor; al creer que se le estaba acusando de algo, las facciones del vaquero se crisparon en una nublada expresión.

Casimiro Barbadillo transpiraba tensión. Como acababa de hacer Martina, se acuclilló junto a los restos, se puso unos guantes y examinó detenidamente el golpe en la cabeza de la mujer.

– Llevaba usted razón, Martina -admitió al cabo de treinta segundos en los que sólo se oyó el viento ululando entre los árboles y un extraño sonido intermitente, el del mar golpeando los acantilados-. Tenemos un caso.

12. La escena del crimen

La subinspectora asintió, pensativa.

Inmóvil tras ella, la silueta del cura permanecía a la espera. Martina se hizo a un lado para que el padre Arcadio pudiese simbólicamente administrar la extremaunción al mísero cuerpo que ya había liberado su alma.

En cuanto el sacerdote hubo concluido el rito sacramental, la subinspectora se concentró en tomar fotos del cadáver desde diversos ángulos.

Por su parte, el subinspector Barbadillo se había reunido con Lorenzo de Láncaster junto al murete de piedras. El aristócrata fumaba con el ceño fruncido.

Barbadillo le preguntó:

– ¿Está seguro de que esa mujer es su cuñada?

– Lo estoy.

– Su rostro se encuentra bastante desfigurado. ¿En ningún momento ha dudado de que fuera ella?

– No.

– ¿Quiere acercarse y observarla de nuevo, a fin de asegurarse?

– No hace falta. Es Azucena. No tengo ninguna duda, por desgracia. Lleva sus pendientes y su alianza.

– ¿Qué me dice del camisón?

A pesar del frío, Lorenzo se ruborizó.

– Nunca la había visto con esa prenda, como podrá usted suponer.

– Pero ¿aseguraría que es suya?

– Tendrá que preguntar al servicio, a las doncellas.

– Puede estar seguro de que lo haré, señor Láncaster. Ahora voy a requerir el testimonio del hombre que encontró el cadáver. Quédese aquí, porque volveré a recabar su opinión.

El subinspector se acercó al fornido vaquero cuya edad, entre los cincuenta y los setenta años, podía ser cualquiera:

– ¿Fue usted quien descubrió el cuerpo?

– Sí.

– ¿A qué hora?

– A las ocho y cuarto de la mañana.

Enroscados vellos sobresalían de las mangas del chubasquero del pastor, tapizando sus nervudas muñecas. Barbadillo observó:

– ¿Cómo lo sabe con tanta precisión? No lleva reloj.

– No me hace falta.

– ¿Es usted de los que calculan el tiempo con el sol, la luna y el sexto sentido?

Inmune a su sarcasmo, el lugareño replicó con otro:

– Y con la próstata. Cada tres horas, como un cronómetro, tengo que levantarme a orinar.

Barbadillo le amonestó alzando una ceja.

– No me interesan sus dolencias, pero sí su nombre. Dígamelo.

El pastor sacó un palillo, le pegó una chupada y se lo dejó en un extremo de la boca.

– ¿Para qué?

– Soy policía, ¿recuerda?

El vaquero masculló:

– Suso Rivas.

– El nombre, no el apodo.

– Jesús.

– ¿Segundo apellido?

– Ortigueira.

– ¿Cuál es su ocupación?

Rivas señaló a Lorenzo de Láncaster. El heredero del título se había alzado el cuello del abrigo y paseaba nerviosamente por el prado.

– Trabajo para los señores.

– ¿En calidad de qué?

– Me encargo de la vaquería, del jardín y de las faenas del campo.

– ¿Usted solo?

– Me ayuda mi hijo Jacinto.

– ¿Querría hacerme un relato detallado de todo lo que ha visto esta mañana, señor Rivas?

El vaquero hizo chasquear la lengua y chupó el palillo:

– No hay mucho que contar.

– Poco o mucho, cuéntemelo.

– Madrugué más que de costumbre, con idea de subir temprano al invernal. Quería juntar una punta de vacas y arrearlas a otro refugio que tenemos en una ladera más abrigada, abajo, en la vallonada, cuando me tropecé con el cadáver tirado en la nieve.

– ¿La mujer estaba muerta?

– Como mi abuela en su tumba.

– ¿Siempre es usted tan gráfico?

– Me gusta hablar claro. Estaba más muerta que el pavo que ayer sacrifiqué para la comida de Navidad.

La mirada del subinspector contenía una alta dosis de censura.

– ¿Ni siquiera intentó reanimarla?

– ¿Para qué? Tenía las heridas abiertas, pero la sangre había dejado de manar y no respiraba.

– ¿Tampoco a usted le costó reconocer a la baronesa?

– Tuve que fijarme bien, pero era ella.

– ¿La conocía mucho?

– De vista y poco más.

– ¿No trataba a menudo con la señora Azucena?

El palillo volvió a cambiar de lado.

– No podría decirse.

Barbadillo torció el gesto.

– Tengo entendido que la difunta llevaba menos de un año casada con el señor Hugo de Láncaster. ¿Cuántas veces la había visto usted en ese tiempo?

– Vivían en Madrid. Al palacio sólo venían de vacaciones. Dos o tres tardes se dejaría caer ella por la vaquería para asistir al parto de una vaca o dar el biberón a las terneras. A la señora Azucena le gustaban los animales. Los gatos, sobre todo.

El subinspector sacó su libreta y apuntó esos comentarios.

– Haga memoria. Cuando esta mañana subía usted hacia los pastos, ¿se encontró con alguien?

– Con nadie.

– ¿Ni siquiera con algún cazador?

– No vi a nadie.

Barbadillo se estaba preguntando de qué modo una mujer casi desnuda podría haber llegado hasta aquel lugar de difícil acceso. Le trasladó la consulta a Rivas.

– No tengo ni idea -replicó el pastor, a la defensiva.

– ¿La señora Azucena había estado alguna vez aquí arriba, en los pastizales?

– Que yo sepa, no.

El testigo no estaba resultando de excesiva utilidad. Barbadillo descargó su malestar.

– Me habían advertido del montañés que nunca se sabe si sube o si baja. ¿Tanto le cuesta contestar?

Rivas no pareció ofendido.

– Somos parcos de palabra. Pero pregunte, que yo intentaré responderle, no sé si a la gallega.

Ambos sonrieron, reconciliándose. Barbadillo cuestionó, señalando la nieve:

– ¿Había visto antes huellas como éstas?

– No, señor -repuso Rivas, de mejor humor-. No son de ningún animal de la zona.

– Están por todas partes, rodeando el aprisco.

– Esa fiera intentó atacar el ganado, pero no logró echar abajo el portón.

– ¿Cómo lo sabe?

– Hay marcas de garras en los tablones.

El subinspector pegó un grito:

– ¡Horacio!

Me apresuré a ir a su lado.

– ¿Subinspector?

– Dígale a la subinspectora De Santo que fotografíe el portón de la cuadra. Si hay excrementos, recójanlos para su análisis.

Sonreí forzadamente. Todavía Barbadillo formularía una última pregunta a Jesús Rivas:

– ¿Qué hizo usted después de encontrar el cadáver?

– Lo único que se me ocurrió: protegerlo contra las alimañas y bajar a toda prisa para dar aviso al señor Lorenzo. ¿Hice mal?

El subinspector negó con la cabeza.

– A esta desgraciada ya le habían hecho todo el daño que se le puede hacer a un ser humano.

13. Nuevas huellas

Barbadillo volvió a cruzar el prado, hasta el lugar donde esperaba Lorenzo de Láncaster. El aristócrata había encendido otro cigarrillo y fumaba nerviosamente.

Sin vacilar, Lorenzo refrendó la versión de su vaquero.

– Me encontraba desayunando en el comedor del palacio, solo, cuando vi a Suso corriendo…

El subinspector le reclamó concreción:

– ¿A qué hora sucedió eso?

– A las nueve. Vi a Suso venir a la carrera hacia la casa y salí a su encuentro. Me comunicó lo que había ocurrido y, sin perder un segundo, subimos al invernal.

Martina y yo acabábamos de acercarnos a ellos. Martina dijo al subinspector:

– Hay marcas de garras en el portón y excrementos frescos en el suelo. ¿Quiere echarles un vistazo?

– Lo haré después, en cuanto haya…

– ¿Terminado de interrogar al señor Láncaster?

El noble saltó:

– ¿Acaso esto es un interrogatorio?

– Una toma de declaración -quiso tranquilizarle Barbadillo.

Pero Martina no iba a andarse con eufemismos:

– Respóndame a una cosa, señor Láncaster. Antes de dirigirse al aprisco, ¿comprobó si su cuñada estaba en el palacio, si se encontraba a salvo? ¿No dudó en ese momento de que la mujer muerta en los pastos fuese ella?

Me dio la impresión de que Lorenzo reflexionaba sobre las posibles consecuencias de su respuesta. Por lo pronto, decidió evitarla:

– Me gustaría saber qué es lo que pretende inferir de esa pregunta.

– ¿Los dormitorios están en la segunda planta?

– Sí.

– Pudo usted haber subido un instante para comprobar si Azucena seguía en el suyo.

– De hecho, lo comprobé.

– Pero algo más tarde, ¿no es cierto? Cuando regresó del aprisco.

– ¿Me está haciendo objeto de alguna oscura acusación?

El tono de Martina sonó conciliador:

– Simplemente, pretendía constatar que su primera reacción no consistió en comprobar si su cuñada seguía con vida.

Lorenzo se revolvió:

– ¿Por qué tengo la sensación de hallarme frente a un tribunal? ¡El pastor me dijo que creía que la mujer muerta era Azucena!

– Creía -repitió la subinspectora.

– Modérese, Martina -intervino Barbadillo.

– Además -continuó el noble, indignándose más y más a cada palabra-, ¿qué importancia puede tener cuál fuera mi primera reacción?

Martina le miraba serenamente. El hijo mayor de la duquesa acabó de explotar:

– ¡No estará pensando que yo…! La subinspectora encendió con calma un cigarrillo y, con más calma aún, expulsó la primera columna de humo: -Estoy segura de que tiene una buena coartada. El aristócrata resopló:

– ¡Esto es inaudito!

Barbadillo consideró que debía frenar a su compañera:

– No se precipite, Martina- Pero ella le ignoró. Señalaba el cadáver.

– Y supongo que su hermano Hugo también dispondrá de la suya.

El heredero de la casa de Láncaster la apuntó con el índice:

– Está prejuzgándonos, señorita. -Subinspectora.

– Le advierto que esa actitud le puede costar cara. ¡Y tiene gracia que me exija tratamiento! ¡Usted, que no me respeta en lo más mínimo! Deje ya de distorsionar los hechos. ¡Es obvio que a mi cuñada la atacó un animal!

– Puede que tenga usted razón y que haya sido objeto del ataque de una fiera, pero será el forense quien determine con precisión la causa de la muerte. Mientras tanto -añadió Martina-, yo voy a seguir pensando que ese golpe en la cabeza tiene toda la apariencia de responder a una acción humana. Que debió de producirse poco después de que ustedes celebrasen la misa de gallo.

La subinspectora se acuclilló otra vez junto a los restos de Azucena de Láncaster y, después de un silencio, agregó: -Por los signos cadavéricos, yo diría que su cuñada expiró en torno a las dos de la pasada madrugada. Lorenzo protestó airadamente.

– ¡Eso es pura especulación!

– Reserve sus opiniones personales, Martina -la amonestó Barbadillo.

– Entonces, ¿sigo con las fotos?

Casimiro asintió apretando los labios. Un poco más y se habría oído su rechinar de dientes.

Martina se alejó. Aliviado, el subinspector retomó el mando:

– Acepte mis disculpas, señor Láncaster. A menudo, mi compañera se muestra demasiado impulsiva. Me estaba diciendo usted que llegó hasta aquí en compañía de Jesús Rivas…

– Suso -le interrumpió el pastor.

Barbadillo se enervó.

– Haga el favor de dejar hablar al señor duque.

– Marqués -le enmendó Lorenzo-. Mi título se corresponde con el marquesado de Alda. Mi hermano Hugo es barón de Santa Ana. El duque de Láncaster fue mi padre, don Jaime de Abrantes.

El subinspector admitió:

– No entiendo una palabra de genealogía. ¿O es heráldica? En cualquier caso, señor marqués, intentaremos completar la secuencia de los hechos. Prosiga, hágame el favor.

Con un afectado gesto, Lorenzo arrojó el cigarrillo al aire, haciéndole trazar una parábola.

– Dejé a Suso aquí arriba, de vigilante, y regresé al palacio con la máxima celeridad. Mi madre nos hizo buscar el número de la policía y les dio el aviso. Calculé que ustedes tardarían una hora y media en llegar, de modo que me dio tiempo para regresar al prado. Esta vez -y Lorenzo se tocó el bolsillo de su abrigo austríaco- lo hice provisto de una pistola. Tengo permiso de armas -se apresuró a explicar, sin que el subinspector le hubiese preguntado al respecto-. Se me ocurrió pensar que la fiera que había hecho esto a mi cuñada a lo mejor no andaba lejos. Pero no vi nada raro. Suso me tranquilizó, convenciéndome de que de nuevo podía dejarle solo para regresar al palacio y guiarles hasta aquí.

Barbadillo le había escuchado con total concentración. Resumió:

– En muy poco tiempo, ha hecho usted este mismo camino en cinco ocasiones, tres de ida y dos de vuelta. ¿Está completamente seguro de no haber visto ni advertido algo que pueda ponernos sobre una pista más sólida?

– Nada en absoluto. A menos que… Pero no, debió de ser sugestión mía.

– Dígalo en voz alta y saldremos de dudas.

El marqués vacilaba:

– Sólo fue una impresión.

– ¿De qué índole?

– No sé… Como si me vigilaran.

– ¿Al cruzar el bosque?

– Sí. Era como si me estuvieran acechando. Lo supe porque ya había experimentado con anterioridad esa misma sensación.

– ¿Cuándo? ¿Recientemente?

– El año pasado, en Tanzania. Acompañé a mi hermano Hugo a una partida de caza mayor. El es cazador. Todos los años participa en alguna batida en África, pero para mí era la primera vez. Nos adentramos en las altas hierbas, con los rifles preparados. La tensión era insoportable. Y sí…, la sensación podría ser exactamente la misma. La de estar siendo vigilado por algo nacido para desgarrar, para herir…

En ese instante, Fermín llegó corriendo desde el aprisco. Informó a Barbadillo, sin aliento:

– Acabamos de encontrar nuevas huellas, subinspector. El alero de la cuadra ha evitado que las borrase la nieve. ¿Quiere venir a verlas?

Barbadillo le acompañó. Martina y yo nos hallábamos examinando las recién descubiertas pisadas. Se diferenciaban con claridad de las de Suso Rivas, que eran bastante más grandes. Parecían corresponderse con unas botas de cazador, talla cuarenta y tres o cuarenta y cuatro.

– Se hunden en la nieve -observé-. Como si su propietario hubiese cargado con algo muy pesado.

Se hizo un silencio. Fermín expresó lo que resonaba en la mente de todos:

– ¿Con el cadáver?

– Volvamos de momento a lo que parece más claro -propuse-: al hecho de que a esa desdichada mujer le han destrozado el cráneo. Estoy de acuerdo con la subinspectora en que no lo hicieron aquí.

– ¿En qué se basa? -preguntó Barbadillo. La subinspectora repuso por mí:

– ¿Qué sentido tiene arrancar a una mujer de su dormitorio, arrastrarla por un oscuro bosque, matarla en un pastizal y abandonar el cadáver sin robarle las joyas? ¡Es muy raro que una mujer duerma con pendientes!

Entre nosotros se hizo el silencio, pero no la luz. Martina encendió otro cigarrillo y siguió razonando:

– Tal como nos proponía Horacio, reparemos en lo más obvio, en lo que estamos viendo. ¿Con qué nos hemos encontrado? Con una mujer muerta en medio de un prado. Asesinada, tal vez, y rodeada de huellas de un felino cuyos rugidos hemos oído en lo más profundo de la floresta, pero al que en ningún momento hemos visto. Las zarpas de esa pantera -creámoslo, por el momento, así-, marcaron el rostro de la víctima. Sólo la cara.

En el resto del cuerpo no hay mordeduras ni arañazos. ¿Por qué? Tampoco se advierten otros golpes o heridas. ¿A qué se debe? ¿Y cuál es la razón por la que ese fuerte pero aislado impacto en la cabeza haya dejado tan leve rastro de sangre? Puedo estar equivocada, por supuesto, pero les adelantaré algo: esta escena no parece tal, sino un escenario. Hay demasiados elementos y nos resultará muy difícil establecer entre ellos nexos de causalidad. Alguien, sin embargo, desea que los relacionemos y probablemente que erremos al seguir su elaborado guión.

Barbadillo sonrió con un contenido desdén.

– Es usted fantástica, Martina.

– Supongo que lo dice en sentido literal.

– Supone bien. Por lo que respecta a esta investigación, siga suponiendo mal.

– De todos modos, lo tomaré como un elogio.

El subinspector frunció los labios.

– En el fondo, lo es. Desde que la conocí, Martina, me he declarado un rendido admirador de su capacidad de ensoñación. Lástima que en nuestro oficio la fantasía sirva de poco. Para que no me considere, al menos del todo, un mal compañero, le diré que en algo sí estoy de acuerdo con usted: el hecho de que no le hayan robado las joyas es muy extraño.

– Sólo sucede cuando el criminal tiene que salir por pies -opinó Fefé.

– Una idea interesante, Fermín -suscribí-. Quizá no abandonaron el cadáver. A lo mejor, se vieron obligados a dejarlo aquí.

– ¿Por qué habla en plural? -cuestionó Barbadillo.

– Porque para trasladar un peso muerto de setenta kilos por cualquiera de los senderos de este bosque, se necesitan, al menos, dos personas. No hay manera de subir en coche hasta aquí.

– Pero sí en moto.

– No hay señales de neumáticos.

– Muy bien. ¿Y por qué razón iban a abandonar el cuerpo en el aprisco?

– A causa del depredador -apunté, aunque con una cierta inseguridad que no pasó desapercibida a los demás-. Sabemos que esa pantera huida del circo anda por las inmediaciones. Los rugidos que hemos oído al venir muy bien podrían haber brotado de sus fauces. Pero no creo, como no parece creer la subinspectora, que los zarpazos que han destrozado el cuerpo de la baronesa sean de un lince.

– El cuerpo, no -insistió Martina-. Sólo la cara.

Barbadillo nos replicó a los dos, con sorna:

– Calma, colegas. Van demasiado deprisa y no sé si en la misma dirección. Tengo otra objeción a esa teoría. Las huellas que acabamos de descubrir se dirigen hacia el norte. Tal vez su dueño intentaba llegar a los acantilados para arrojar el cadáver al mar.

Fermín coincidió:

– Un par de buenas piedras atadas a los pies y nunca más saldría a flote.

– ¿Por qué razón no sucedió así? -objeté-. ¿Qué le impidió llegar al mar?

El subinspector se puso un tanto nervioso.

– ¿Otra vez está pensando en esa maldita pantera, Horacio? Debería saber que cualquier investigación se basa en el descubrimiento y asociación de hechos palpables… Hágame un favor, Fernán. Compruebe la distancia que nos separa de esos acantilados. Quizás aparezcan nuevos indicios.

Fermín partió ladera arriba. Treinta minutos tardaría en regresar con la noticia de que la costa, muy accidentada, quedaba a poco menos de un kilómetro, resultando bastante duro el acceso hasta sus escarpadas rompientes.

Pero Fefé no descubrió nuevas pruebas ni rastros. Sólo la roca desnuda, más pulida y oscura a medida que se iba acercando al dominio de los vientos y del agitado mar, cuyas olas de espuma gris golpeaban las calas de guijarros y los agrestes cortados.

14. Aparición de Hugo

Justo cuando el agente Fernán retornaba al aprisco, dieron las doce del mediodía. A esa hora, habían arribado nuestros refuerzos.

El hijo de Suso Rivas, Jacinto, un mocetón bien plantado, con un aire celta y un pelo rubio ceniza, había guiado a través del bosque, hasta el prado, al inspector Buj y a otros cuatro agentes, acompañados por el forense titular del Instituto Anatómico de Bolscan, doctor Marugán, y por el juez Andrés Vilanova.

Al igual que, con antelación, habíamos experimentado nosotros, todos ellos habían oído, desde las profundidades del bosque, aquellos rugidos que helaban la sangre.

Una vez que el juez Vilanova y el inspector Buj hubieron examinado el cadáver de Azucena de Láncaster, el subinspector Barbadillo les resumió las primeras pesquisas.

El Hipopótamo estuvo escuchando al subinspector con impaciente atención. Antes de que Barbadillo terminase de hablar, ya se había puesto a dar una rápida vuelta para inspeccionar los alrededores. En cuanto hubo examinado las grandes huellas repartidas por la nieve, Buj ordenó batir los prados cercanos en busca del animal salvaje que, o bien había atacado a la baronesa, o bien se había cebado con sus restos.

Con respecto a las recién descubiertas pisadas del invernal, pronto se aclaró su misterio. Pertenecían a Jacinto Rivas. El joven pastor había subido la tarde anterior al aprisco y tuvo que cargar con una ternera recién parida, de ahí esas profundas huellas. Jacinto aseguró no haber visto a nadie en el monte. Su testimonio no aportó nuevas luces.

Por su parte, y auxiliado por Martina de Santo, el doctor Marugán se concentró en el cadáver de Azucena de Láncaster. Comprobó su temperatura corporal y lo examinó largamente. Los síntomas del rigor mortis se confundían con los provocados por la fría temperatura a que había permanecido el cadáver y el doctor prefirió no arriesgarse a establecer la hora de la muerte. No había otras heridas contusas que las del cráneo ni, en principio, signos de agresión sexual.

El forense coincidió con la subinspectora en la causa del fallecimiento. Aun con las cauciones lógicas, derivadas de emitir un veredicto apresurado, exento de análisis científicos, Marugán se inclinó a atribuir la muerte a la conmoción derivada del violento impacto recibido en la cabeza. Las heridas del rostro eran ciertamente llamativas, pero, matizó el médico, al no haber afectado a los grandes vasos sanguíneos, por sí mismas no habrían resultado mortales.

– ¿No hay mordeduras? -se sorprendió Buj.

– No. Sólo zarpazos. Y sólo en la superficie facial. Ni siquiera en el cuello.

– Es muy raro.

– De lo más extraño, desde luego.

Acto seguido, el inspector y el juez demandaron nuevas respuestas a Lorenzo de Láncaster, a quien volvieron a interrogar sobre los últimos movimientos de su cuñada, y acerca de esa discusión entre marido y mujer, entre Azucena y Hugo, en la que Barbadillo no había tenido oportunidad de profundizar.

En esta ocasión, el marqués fue algo más generoso en sus respuestas. Su hermano Hugo, empezó diciendo, había abandonado el palacio tres días atrás, después de una fuerte discusión con Azucena. El propio Lorenzo recordaba haber visto por última vez a su cuñada aproximadamente a la una y media de la madrugada de la noche anterior, en el pasillo de la segunda planta de la mansión, que comunicaba con los distintos dormitorios.

– Celebraron la misa de gallo, tengo entendido -comentó Buj, y preguntó-: ¿Quiénes estaban presentes?

Según la tradición familiar, explicó Lorenzo, los mismos que se habían reunido en otras Nochebuenas, con la única ausencia destacada de Hugo. A la misa de ese año habían asistido doña Covadonga, el propio Lorenzo y su primo Pablo, quien, desde el comienzo de las vacaciones, estaba alojado en el palacio. Su hermana Casilda también pasaba esos días con ellos, pero había cogido gripe y no asistió a la misa. La ceremonia religiosa tuvo lugar en la capilla, a partir, como era de rigor, de las doce de la noche. Había sido celebrada por el padre Arcadio, sobre quien recaía la dignidad de ostentar la capellanía de la casa ducal.

Lorenzo siguió relatando que, por propia voluntad, algunos allegados, como el doctor Guillén, y miembros del servicio doméstico habían asistido asimismo a la misa de gallo. El inspector quiso saber sus nombres y Lorenzo los fue enunciando: Anacleto Muro, el mayordomo; Jesús Rivas, vaquero y jardinero, su mujer, Remedios, y su hijo Jacinto; Mariano Grandes, mozo de cuadras, que había acudido acompañado por sus padres; y, por último, Elisa Santander, la secretaria personal de la duquesa, quien, estando soltera, y sin compromisos familiares, había optado por renunciar a su período vacacional y trabajaba esas fechas como si fuesen laborables.

Elisa, siguió exponiendo Lorenzo, dormía en la segunda planta, como el resto de los miembros de la familia. La asistenta personal de su madre ocupaba una pequeña habitación contigua al dormitorio de la duquesa. Caso que doña Covadonga necesitase ayuda, podía comunicarse con su alcoba por una puerta interior.

– Una vez finalizada la misa -fue concluyendo el marqués- todos los presentes nos dirigimos al palacio para disfrutar de un chocolate con pastas y del obligado moscatel. Como repetidamente les he dicho, Azucena se retiró pronto a su habitación, alegando estar resfriada, y ya no volvimos a verla hasta encontrarla… muerta.

Lorenzo estaba alterado. Buj le dejó respirar, pero en seguida le preguntó por las relaciones entre Azucena y Hugo.

– Tenían sus diferencias, como cualquier pareja -generalizó el hermano mayor.

– ¿Cuál fue el motivo de su última pelea?

– Riñas personales. Cosas de ellos.

El juez le previno:

– Procure ser más preciso, señor Láncaster.

– Yo no estuve presente. Pueden preguntar a mi prima Casilda. Ella sí asistió a la escena.

El inspector rezongó:

– Nadie nos aclararía la causa de su disputa mejor que su hermano Hugo. ¡Estamos hablando del marido, por el amor de Dios! ¿Dónde diablos está?

Lorenzo le echó un ambiguo capote:

– Mi hermano es imprevisible, pero no andará muy lejos. Estará jugando al golf o montando a caballo.

La mirada del juez filtró un fondo de incredulidad.

– ¿Con lo que ha ocurrido? ¿Y con este tiempo?

– El del reloj corre en su contra -agregó el inspector-. ¿Saben ustedes en qué proporción, por lo que a los asesinatos de mujeres se refiere, es responsable el marido o el amante? En un noventa por ciento. Dicha ratio irá aumentando a medida que el señor Hugo de Láncaster se demore en aparecer.

El juez Vilanova secundó a Buj:

– Nos urge hablar con el marido. Lorenzo se había quedado observando un movimiento en la linde del bosque. Aguzó la vista y anunció:

– ¡Ahí llega mi hermano Hugo!

15. Un caballero medieval

El barón de Santa Ana salió del bosque. Era alto y joven. Venía solo.

Sin detenerse a hablar con nadie, se dirigió hacia el cadáver de su esposa caminando a grandes pasos.

Nos quedamos quietos, expectantes. A indicación de Buj, el subinspector Barbadillo volvió a descubrir el cuerpo de Azucena de Láncaster. Lo hizo con cuidado y sólo hasta el nacimiento del busto, a fin de evitar al marido el triste espectáculo de su desnudez.

Como para iluminar esa escena en su trágico dramatismo, asomó un tímido sol. La intensa mirada azul de Hugo de Láncaster se humedeció y su dueño se dispuso a regalarnos una de esas imágenes que tardan mucho tiempo en desvanecerse. Se arrodilló, tomó una de las yertas manos de Azucena, se la llevó a los labios y la sostuvo como si dejarla de nuevo sobre la tierra equivaliese a condenarla a morir por segunda vez.

Durante un interminable minuto, oprimiendo esa mano entre las suyas, y también contra su corazón, Hugo permaneció en esa postura de caballero medieval. ¿Quién podía saber qué pensaba y qué veía o quería ver? ¿Tal vez un rostro dormido? En ningún caso una luz, una esperanza en los ojos que tantas noches se habrían cerrado en paz junto a los suyos.

Un cristalino silencio flotaba en el aire. De vez en cuando se oían los ruidos del bosque, el canto de un pájaro o la nieve que, al acumularse, resbalaba a puñados desde las ramas de los árboles, cayendo en golpes compactos. Un rumor de fondo, como procedente del corazón de la tierra, dejaba escuchar el turbulento latido del mar.

Hugo se levantó y su hermano Lorenzo se fundió en un abrazo con él. Pese a la emotividad de aquel instante, y frente a una tragedia que debería de estar destrozándole por dentro, el rostro del barón no expresaba rabia, horror ni desesperación; tan sólo algo así como un melancólico desaliento.

Ambos hermanos se retiraron a la cerca de piedra. Lorenzo sacó un par de cigarrillos, los encendió y le pasó uno a Hugo. El barón se puso a fumar con la vista clavada en la manta con que yo mismo había vuelto a proteger los restos de Azucena. Pero ahora estaba hondamente conmovido y su mirada se empañó en un azul hielo derretido por el fuego del dolor.

Su hermano comprendió que sería bueno alejarle de allí. Le tomó del brazo y le hizo caminar por el prado, sendero arriba.

16. Un fúnebre cortejo

Un cuarto de hora después, aparecieron los camilleros. La ambulancia no había podido subir hasta los pastos y los celadores tuvieron que cargar a hombros sus equipos sanitarios desde los jardines del palacio.

El juez Vilanova decretó el levantamiento del cadáver. Como un fúnebre cortejo, nos pusimos en marcha detrás de la camilla que transportaba los restos de Azucena de Láncaster.

El inspector Buj decidió dejar en el prado a varios agentes, con el fin de precintar y concluir de revisar a fondo los alrededores antes de que la nieve se fundiese, alterando el paisaje y las posibles huellas y pruebas.

Hicimos el camino de regreso sin incidente alguno y sin que volviéramos a oír aquellos rugidos que, en mi subconsciente, seguían relacionándose con las heridas de la baronesa. Pese a la impedimenta de la camilla, los celadores avanzaron con rapidez. El descenso no nos llevó ni veinte minutos.

Faltaban cinco para las dos de la tarde cuando el sendero desembocó en el muro de piedra tapizado de enredaderas que protegía la Casa de las Brujas.

El paisaje estaba cambiando. A la luz solar, los jardines se dejaban apreciar en un bello contraste con el bosque.

Al desembocar en la pradera, el sendero se convirtió en un serpenteante camino de grava que rodeaba la capilla-panteón. Cruzamos los jardines hasta las gigantescas ceibas que, como vegetales atlantes, custodiaban la fachada posterior. La ambulancia había quedado aparcada junto a uno de esos tropicales colosos.

El doctor Marugán utilizó el teléfono del vehículo para advertir al Instituto Anatómico Forense que regresaba de inmediato a la ciudad para practicar una autopsia de urgencia. El médico de la familia Láncaster, José Luis Guillén, conversó brevemente con él, pero, desbordado por la situación, ni siquiera intentó examinar el cadáver de la baronesa, que, enfundado en una lona sujeta a la camilla con tirantes de seguridad, ya había sido instalado en la ambulancia.

Doña Covadonga no pudo recibirnos. Elisa, su secretaria, informó a sus hijos de que la duquesa se encontraba anímicamente hundida. Por orden del médico, se había retirado a descansar. El dramático acontecimiento la había sobreexcitado de manera alarmante, originándole un cuadro de angustia. El doctor Guillén no había dudado en administrarle un sedante.

Lorenzo de Láncaster nos reiteró que tanto los miembros de la familia (acababan de sumarse sus primos Pablo y Casilda, ambos con los semblantes muy serios a causa de la tragedia) como del servicio doméstico, estaban, naturalmente, a disposición de la policía.

El inspector Buj le dio las gracias, pidió un plano del edificio y un despacho aislado donde poder trabajar y anunció que, en primer lugar, se tomaría declaración a cuantas personas habían asistido en la noche anterior a la ceremonia religiosa y a la posterior recepción en el palacio.

La mirada del Hipopótamo se detuvo en Hugo de Láncaster.

– Comenzaremos por usted, señor barón.

17. La víctima estaba embarazada

En su incómodo papel de forzado anfitrión, Lorenzo consideró que la enorme pinacoteca o especie de sala capitular donde esa mañana, apenas unas horas atrás, nos había recibido la duquesa, era el lugar apropiado para llevar a cabo los trámites policiales. Acompañó al inspector y le invitó a ocupar un extremo de la mesa.

Hugo se sentó junto a él. Los dos subinspectores, Martina de Santo y Casimiro Barbadillo, entraron al salón y asimismo tomaron asiento en semicírculo alrededor del barón. Detrás de ellos, en pie, nos situamos Fermín l emán, otro agente y yo. El barón parecía tranquilo, como si hubiese superado el drama y no le perturbase nuestra agobiante presencia.

La chimenea de mármol verde estaba encendida, pero hacía frío en la estancia. Una luz híbrida, insana para la vista, combinaba la claridad diurna de los ventanales con el artificial resplandor de las lámparas empotradas en la cruz de las bóvedas. Un pájaro, un gorrión, había entrado por algún tragaluz y revoloteaba inquieto, apoyándose para descansar en los falsos capiteles de escayola.

M ¡entras el inspector Buj repasaba su libreta de notas, con las observaciones de campo tomadas en el invernal, y preparaba mentalmente el interrogatorio, Lorenzo abandonó la sala, yo diría que con un íntimo alivio. Me moví hacia donde estaba sentada Martina y pude observar a placer a su hermano menor, al barón.

Hugo de Láncaster era un hombre de notable presencia, con una cabeza bien modelada, hombros anchos y un lenguaje corporal tan armonioso como sus perfectos modales. Se había recuperado con notable rapidez del shock sufrido en el prado. A pesar de las tristes circunstancias, su poderoso tórax y su espalda, erguida contra el respaldo de una silla isabelina, rezumaban vitalidad, y de su morena piel emanaba una tónica y saludable energía.

No se parecía en nada a su hermano Lorenzo ni a los Láncaster que, detrás de nosotros, inmortalizados en una serie de decimonónicos retratos al óleo, nos contemplaban con postiza severidad desde sus dorados marcos. Bien diferente a la de Lorenzo y a la de la mayoría de sus antepasados, la nariz de Hugo era recta, griega. Sus ojos, aterciopelados por largas pestañas, podían presumir de un límpido color celeste. El barón vestía con elegancia y sencillez: chaqueta de ante, botas de cuero y unos cómodos pantalones vascos de pana. (Al reparar en su color, extraje con disimulo de mi bolsillo el trocito de tela que había encontrado en el bosque. Era del mismo tono rojo caldero.)

Según la ficha policial que se le iba a abrir de inmediato, Hugo de Láncaster tenía treinta y siete años, tres menos que su hermano Lorenzo. Había nacido en Madrid, como su hermano mayor, y estudiado en Barcelona Ciencias Empresariales y Arte en una escuela privada. Sus ocupaciones se centraban en la gestión de una empresa de producciones audiovisuales y organización de eventos.

Participaba en los consejos de administración de varias empresas familiares, dedicadas a las más diversas actividades, desde la explotación de minas y bodegas a inversiones inmobiliarias.

Hugo no esperó a que nadie le interpelara. Tomó la palabra y nos agradeció que hubiésemos acudido con tanta celeridad, deseándonos toda la suerte para que, en el menor plazo de tiempo posible, lográsemos esclarecer los hechos. Su voz era educada, persuasiva, y no adolecía de acento alguno.

Buj agradeció sus muestras de cortesía y le invitó a contarnos qué había hecho en los últimos días, a partir de la discusión con su mujer y de su decisión de abandonar el palacio.

El barón empezó admitiendo que, desde hacía tres noches, permanecía alojado en el hotel La Corza Blanca, situado en la vecina población de Santa Ana, cuya demarcación -y de ahí, comentó, como de pasada, sin darle ni darse importancia, la relación de afecto que le unía con ese lugar- coincidía con su baronía. El inspector no recordaba exactamente a qué distancia se encontraba Santa Ana. Hugo especificó que distaba cuarenta kilómetros de Ossio de Mar y que la carretera dejaba mucho que desear.

– Antes de casarme -recordó el barón con una sonrisa de tal luminosidad que en esas luctuosas circunstancias, luciendo sus regulares dientes, devino casi obscena-, ya frecuentaba aquel hotelito. Una vez casado, he vuelto en más de una ocasión en busca de descanso.

– ¿Ha vuelto solo, ha querido decir? -preguntó Buj.

– Sí.

– ¿Sin su mujer?

– Sin compañía, eso es.

– ¿No la invitaba a ella? ¿No estaban recién casados?

– A Azucena no le agradaba La Corza Blanca. El establecimiento es muy modesto y carece de comodidades. Está muy lejos de ser uno de esos lujosos hoteles en los que nos alojábamos cuando yo tenía que viajar como productor cinematográfico o representando a la casa de Láncaster.

– Todavía no nos ha dicho por qué ese hotel le gusta tanto.

El barón empleó un tono sentimental:

– Por sus vistas a la costa. Por sus tostadas con nata para desayunar. Por hallarse a diez minutos del campo de golf Los Tejos, cuyas modernas instalaciones he contribuido a dotar, y en cuya Junta Directiva figuro como vicepresidente. Y porque siempre he recibido en La Corza Blanca el trato discreto y familiar que a menudo he echado en falta entre los míos.

Me quedé parado. Tampoco el Hipopótamo acertó a reaccionar frente a aquella sarta de frivolidades. El inspector decidió ganar tiempo.

– De manera que le gusta el golf.

– Me apasiona.

– ¿Ha ido a jugar estos días?

– Todas las mañanas -afirmó Hugo, con tal naturalidad que difícilmente, pensé, podía ser fingida-. Regresaba a comer al hotel. Por la tarde, tomaba alguna clase o disputaba unos hoyos.

El barón rubricó esa declaración con una ancha sonrisa. Al Hipopótamo, que estaba sentado al filo de la silla, con las piernas abiertas y las gruesas mejillas todavía enrojecidas por la caminata al aire libre a través de la boscosa ladera, la sangre se le subió a la cabeza.

– ¿Eso es todo lo que ha hecho en los tres últimos días, ensayar con los palos de golf?

El tono del inspector era incisivo, pero Hugo no perdió la compostura.

– Jugué bastante, es verdad; me relaja. Y dormí mucho. Eso hice: leer y dormir.

– Aseguran que es bueno dormir -asintió Buj con fina sonrisa depredadora; creía tener al pájaro en la jaula-. Yo suelo hacerlo con la conciencia tranquila, ¿y usted?

– También la mía lo está. Tranquilísima.

El Hipopótamo se pasó una mano por la cara. Todo aquello tenía un aire absurdo. Yo mismo estaba descolocado. Aquel lugar, aquellas escenas y los hechos que las habían provocado… Nada parecía haber sucedido en un ámbito natural. Un brillo de irrealidad envolvía la Casa de las Brujas. Incluso sus habitantes parecían vivir al margen del mundo, con sus propias leyes, bajo sus privados ritos.

Clavé mi mirada en Hugo de Láncaster. La ausencia de toda tensión relajaba sus facciones, que eran realmente nobles y que aparentaban albergar tan sólo buenos sentimientos. Recordé haber leído en alguna publicación semanal que, antes de casarse con Azucena, Hugo había estado saliendo con una princesa europea, y llegó a hablarse de boda. ¡Un enlace real, nada menos!

Algo paradójico, sin embargo, sucedía con la imagen del barón. Estuviera o no mintiendo, resultaba veraz. Poseía magnetismo, un don para influir en los demás, pero su postura era un puro contrasentido. No había culpado a nadie de la muerte de su mujer y ya no parecía sufrir, ruando tendría que estar haciéndolo de una manera desbarrada… ¿Y qué tenía de admirable ese dominio, la calma que exhibía ante nosotros?

El Hipopótamo sacó un paquete de Bisonte y encendió un pitillo. En su manaza, el corto cigarrillo sin filtro no parecía más largo ni más grueso que un trozo de tiza.

– A ver si logramos entenderle, señor barón. Hace tres días, el 22 de diciembre, usted se peleó con su esposa y se refugió en ese hotel de la playa de Santa Ana para tranquilamente leer, dormir y mejorar su hándicap en el campo de golf.

Hugo asintió, ahora un poco más serio.

– Estoy atravesando una época difícil. Necesitaba estar solo y disfrutar de algunas de mis aficiones.

– ¿Su matrimonio tenía algo que ver con esas dificultades por las que estaba pasando?

– En parte.

– ¿Podría ser más explícito?

– ¿Qué desea saber?

Buj resopló:

– ¿Por qué discutieron su esposa y usted?

Una inesperada interrupción aplazó la respuesta del aristócrata. La puerta se había abierto para dar paso a una uniformada doncella. Hugo levantó una mano.

– Propongo una pausa, inspector. Necesito beber algo caliente. Allá arriba, en los prados, he cogido frío. ¿Nos trae café, Narcisa? ¡Bravo!

Ante semejante exhibición de ligereza, la boca de Buj se abrió y se cerró como la de un pez al que le sobrara el aire. Mientras la doncella depositaba una bandeja ante nosotros, hice una apuesta conmigo mismo: el juego de Hugo de Láncaster iba a durar muy poco.

Las tazas y jarras del servicio de café eran de antigua porcelana china pintada a mano. El barón se sirvió media tacita. Los policías sostuvimos los platillos para que la camarera nos fuese sirviendo. En el solemne silencio de la sala escuchamos tintinear las cucharillas. El café era pésimo, casi tan malo como el de Jefatura, y estaba tan caliente que de su superficie se evaporaban caprichosas espirales de humo. El barón, por educación, fue el último en probarlo. Lo hizo con los ojos cerrados, como si paladease un elixir. Dejó la taza en la bandeja, se limpió los labios con una servilleta de hilo en cuyo ángulo estaba bordado el escudo ducal y dijo:

– La autopsia demostrará que mi esposa estaba embarazada. El padre de esa criatura no era yo. Para demostrarlo, estoy dispuesto a someterme a las pruebas genéticas. A cambio, les rogaría que cerremos este asunto y que los atroces detalles de la muerte de Azucena no salgan de aquí. La prensa se me echará encima. ¡Carnaza es lo único que necesitan esos buitres!

18. Un noble bajo sospecha

Hugo había callado de golpe, acaso avergonzado por este último e inoportuno comentario. Buj acababa de quemarse la lengua al sorber su café y eso no iba a mejorar su humor.

– Agradecemos su franqueza, señor barón. Ese tipo de confesiones son dolorosas para cualquiera.

– Y yo agradezco su comprensión, señor inspector.

– El hecho de que su mujer estuviese embarazada de otro hombre explica el distanciamiento entre ustedes. Ya se ha desahogado con nosotros. Ahora detállenos qué hizo ayer por la noche. No omita nada.

Yo había asistido a numerosos interrogatorios de Buj y conocía sus trucos y promesas, sus fintas y cambios de registros. Supe que se proponía apretarle las tuercas a quien, a buen seguro, consideraba ya como el principal sospechoso. ¿Fue consciente el menor de los Láncaster de que el cerco comenzaba a estrecharse a su alrededor? Si su inteligencia captó el peligro, en absoluto lo dejó traslucir.

Hugo sostuvo sin parpadear:

– Estuve toda la noche en el hotel.

La mirada de Buj le atravesó de parte a parte.

– ¿En su habitación de La Corza Blanca?

– Sí .

– ¿Dentro de la habitación?

– Eso he dicho.

– ¿Durante toda la noche?

– En efecto.

– ¿De qué hora a qué hora, con exactitud?

– Desde las once, en que terminé de cenar, hasta las ocho y media de la mañana.

– ¿Qué hizo entonces?

– Me desperté, me duché, bajé a desayunar y fui a jugar al golf.

Una ráfaga de desprecio inclinó tectónicamente el cuerpo del Hipopótamo en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Buj aplastó el cigarrillo en el platillo de porcelana oriental y preguntó torvamente:

– ¿Estaba practicando ese deporte cuando le comunicaron que su mujer había muerto?

– Sí.

– ¿Quién le avisó?

– Uno de los caddies vino corriendo para advertirme que llamase con urgencia a mi familia.

– ¿De qué modo se enteraron en el club de golf de lo que había ocurrido en su casa?

– Elisa, la secretaria de mi madre, había dado conmigo. Le devolví la llamada desde la oficina del gerente del club. Sin darme explicaciones, Elisa se limitó a rogarme que regresase cuanto antes al palacio, pues había sucedido algo muy grave. Al llegar aquí, fue mi madre quien asumió el triste deber de comunicarme la muerte de Azucena.

El inspector insistió:

– ¿En ningún momento de la noche pasada abandonó el hotel?

– No.

– Se lo preguntaré por última vez. ¿Está completamente seguro de que no salió de su habitación después de cenar?

– No abandoné la habitación por ningún motivo.

– ¿Puede corroborarlo algún testigo?

– Los dueños del establecimiento, supongo. Ah, y mi madre.

– ¿La duquesa? -intervino Barbadillo, recordando su primera conversación con la dueña de la casa.

– Sí. Hablé por teléfono con ella.

El subinspector se mostró sorprendido.

– Esta mañana no nos lo dijo. Es más, doña Covadonga aseguró desconocer dónde se hallaba usted.

Hugo aclaró:

– Fui yo quien la telefoneó desde Santa Ana para felicitarle la Nochebuena.

– ¿A qué hora hizo esa llamada? -preguntó Buj.

– Sobre las seis de la tarde de ayer.

– Doña Covadonga no parecía recordarlo -reiteró Barbadillo.

El barón hizo un gesto, como disculpándola.

– Últimamente, mi madre no se encuentra bien de salud. Su memoria no es la que era. Si vuelven a preguntárselo, es probable que lo recuerde.

Buj tomó nota mental y formuló una nueva cuestión:

– ¿De qué habló con su madre?

– Ella me recordó que el padre Arcadio, como todos los años, vendría al palacio para celebrar la misa de Nochebuena, y me rogó que asistiera a la ceremonia en unión de los restantes miembros de la familia. En un principio, le respondí que lo pensaría, pero finalmente no me decidí a acudir.

– ¿De qué modo celebró la Nochebuena?

– Tengo la impresión de haberle respondido, inspector, pero se lo volveré a repetir: cené solo en el comedor de La Corza Blanca y luego me encerré en mi habitación con un buen libro.

– ¿Se da cuenta de que faltaban apenas unas pocas horas para que atacasen a su mujer?

– Me doy cuenta ahora; anoche, no.

– ¿Llegó a hablar con ella?

– ¿Con Azucena? ¡Claro que no!

– ¿No pensaba felicitarle la Navidad?

Hugo repuso con contundencia, pero sin asomo de rencor:

– En las condiciones a que se había visto reducida nuestra relación, no.

La misma doncella volvió a entrar para depositar otra bandeja con comida. El Hipopótamo cogió medio sándwich vegetal y se lo metió en la boca. La mayonesa se le escurrió por la barbilla. Fue a limpiársela con una servilleta, pero la salsa pasó al peludo dorso de su mano y de ahí a su chaqueta, una americana barata, de cuadros, como todas las suyas, adquirida en los saldos de un gran almacén. El inspector murmuró una disculpa, hizo un vano intento de limpiar la mancha con el pañuelo y finalmente, un tanto abochornado por su torpeza, la dejó estar, diciendo:

– Mi mujer me acusa de no saber comer. Dice también que, por mi culpa, siempre está yendo a la tintorería.

Hugo de Láncaster le miró con la misma expresión con que hubiese disculpado un error en el salto de alguno de sus caballos favoritos. El barón volvió a servirse media tacita de café y, sin abandonar aquella cálida alacridad que, en el fondo, aunque no en la forma, compartía con su hermano Lorenzo, y que le hacía próximo y distante a la vez, expuso:

– No tengo ninguna experiencia en investigación policial y no creo que su lógica se parezca a los juegos de.izar, a una partida de póquer, pongamos por caso, pero voy a mostrarles mis cartas. -Hizo una pausa y miró a Martina-. Sé que piensan que mi esposa ha sido asesinada e intuyo que sospechan de mí.

La subinspectora se mantuvo impasible, pero Buj lo negó al momento.

– Eso no es así, señor barón. Hasta que no dispongamos del informe del forense, ni siquiera habremos resuello cuál fue la causa de la muerte.

Hugo nos englobó en una mirada de tal transparencia que yo habría podido describir el color de su alma.

– Ésa es una mentira piadosa, inspector.

– No, señor barón.

– Claro que sí. Supongo que en su oficio es un recurso habitual, pero a mí no me engaña. Estoy leyendo sus mentes. Las de todos ustedes, sin excepción, salvo la de ella.

Y señaló a Martina; pero tampoco esta vez la subinspectora replicó a su alusión.

– Se equivoca -volvió a rebatirle Buj-. Nadie hasta ahora ha cuestionado su inocencia.

– Me alegro. Porque puedo asegurarles, y así lo demostraré, que soy inocente. Yo no maté a Azucena. ¿Desean que lo jure?

Nuestra indiferencia le contestó negativamente, pero el menor de los Láncaster se llevó una mano al corazón y nos miró uno por uno. Si la gran mesa de aquel salón hubiera sido redonda, habría tornado a convertirse en un Lancelot.

– Lo juro por el mar. Para mí, es lo más sagrado. En ese patético momento, pensé: «Le van a caer entre quince y veinte años.»

19. Continúan los interrogatorios

Pero Buj, como viejo zorro que era, no quería arriesgarse a dar pasos en falso. Extremando la prudencia, formuló algunas cuestiones más y luego invitó a Hugo de Láncaster a abandonar la sala. Le encareció que permaneciese en el palacio, advirtiéndole que, al igual que al resto de su familia y del personal, se le tomarían las huellas y una muestra de mucosa o tejido para el análisis de ADN. Dependiendo de los avances de la investigación, habría, con toda seguridad, una nueva ronda de preguntas para él.

En cuanto el barón hubo salido, el subinspector Barbadillo vino a sondearme:

– ¿Qué opina usted, Horacio?

– No lo tengo claro.

– ¿Está ciego? Fue el barón, no hay duda. Su coartada es débil y esos cuernos que no ha tenido más remedio que confesar implican un móvil de lo más evidente.

– ¿Tan fácil lo ve? ¿Procedemos a detenerle ya, sin pruebas, sin confesión?

– ¡Abra los ojos, Horacio! Buj lleva razón. La estadística obra en contra del marido, novio o amante. El crimen pasional obedece a mecanismos simples. Uno: un hombre se enamora de una mujer. Dos: esa mujer lo engaña con otro. Tres: el hombre engañado elimina a la mujer, al otro o a ambos.

La subinspectora se nos unió. Los dedos de su mano izquierda jugaban con un cigarrillo sin encender, pero su rostro seguía mostrándose inexpresivo. Aquella rígida e impersonal máscara suya era refractaria a cualquier presunción sobre sus pensamientos. Barbadillo aprovechó su presencia para proseguir con su encuesta particular:

– ¿Cree que Hugo de Láncaster es culpable, Martina?

Casimiro tenía la costumbre de hablar un tanto inclinado hacia delante, arrimando su cara a la del interlocutor de turno. La subinspectora lo compensó alejándose medio pasito.

– Todavía no lo sé, pero sí sé que el barón no es tan buen jugador de golf como ha pretendido hacernos creer.

Si Martina había urdido ese comentario para despistar a Barbadillo, lo consiguió plenamente. Casimiro le preguntó, fuera de juego:

– ¿Qué tiene que ver el golf con la muerte de la baronesa?

Martina estaba luchando contra un deseo furioso de fumar, pero juzgaba improcedente hacerlo en aquel marco. Se limitó a pasarse un Player's bajo las ventanillas de la nariz, aspirando su aroma a tabaco rubio.

– El testigo ha incurrido en una imprecisión o error. Conozco el campo de Los Tejos. He jugado alguna vez allí y no hay caddies.

– No sabía que jugase al golf -dije yo.

– Hay muchas cosas que ignora de mí, Horacio.

Pensé en aquella foto de la revista de actualidad en la que Martina paseaba con un actor por una playa situada a diez mil kilómetros de distancia. La mujer apasionada que, dentro de la agente De Santo, escondida en algún íntimo repliegue de su personalidad, podía amar y sufrir encarnaba, en efecto, una completa desconocida para mí. La subinspectora tenía razón. Había muchas cosas que yo ignoraba de ella. En el fondo, tampoco eran asunto mío.

El caso Láncaster sí lo era, de modo que pregunté:

– ¿Es relevante que en ese campo de golf haya o no servicio de caddies?

Martina reiteró:

– El barón afirmó que fue un caddie quien le avisó de que tenía una llamada urgente del palacio. En el club hay varios monitores y empleados de mantenimiento, pero ningún caddie.

A Barbadillo le salió la vena satírica:

– ¿Quiere decir que cada uno de esos adinerados jugadores tiene que tirar de su carrito sin la ayuda del mulo de dos patas?

– Verá, los caddies no son…

– Sé lo que es un caddie, subinspectora. Quizás el barón lo confundió con uno de los monitores.

Martina guardó silencio. El subinspector sonrió.

– ¿No estará pensando que Hugo de Láncaster es inocente?

– Tal vez. Sobre todo si es posible que, a la vez, sea culpable.

– ¿Se trata de un acertijo?

– No por mi parte, pero puede que alguien nos esté formulando uno.

Barbadillo echó atrás la cabeza y los hombros, como si fuera a reírse a carcajadas, pero se contuvo.

– No creo que el inspector Buj pierda el tiempo jugando a las adivinanzas. Está seguro de que el barón es culpable.

– Me he dado cuenta. Y estoy de acuerdo con él.

– Entonces, ¿Hugo de Láncaster mató a su esposa?

– Yo no he dicho eso -repitió Martina.

Como no entendía nada, ni quería bailarle el agua a su compañera, Barbadillo sonrió con desdén y se acercó al Hipopótamo para recibir órdenes. El inspector había hablado con la Guardia Civil de Turbión de las Arenas, cuyos agentes se iban a encargar de batir los bosques en busca de la pantera huida del Circo Véneto. Por otro lado, hacía un minuto que había mantenido un aparte con el juez Vilanova. Ambos intercambiaron impresiones en torno a las declaraciones del barón. El juez adelantó al inspector que iba a decretar secreto de sumario.

Acto seguido, Buj nos ordenó proceder a tomar las huellas, muestras de material genético y primeras declaraciones de todos aquellos que habían asistido a la misa de gallo y que, en consecuencia, pudieron haber mantenido algún tipo de contacto con la baronesa horas antes de morir.

Los agentes nos repartimos las diligencias, nos dividimos en dos grupos y comenzamos a fichar y a sondear a los empleados que componían la pequeña corte del reino de Láncaster. El objetivo fundamental, marcado por el inspector, consistía en llegar cuanto antes a conclusiones definitivas por lo que a los movimientos de la víctima, en las horas precedentes a su muerte, se refería. Yo estaba, precisamente, tomando declaración a Anacleto, el mayordomo, cuando el propio Buj vino a encargarme un perfil de Azucena de Láncaster.

– No tenemos ni idea de quién era esa mujer, Horacio. Necesito un informe exhaustivo.

– ¿Para cuándo lo quiere?

– Para esta noche. Arrégleselas como mejor le parezca, pero entréguemelo.

El Hipopótamo aspiraba a saberlo todo de Azucena de Láncaster. Desde cada uno de sus movimientos a lo largo de las últimas veinticuatro horas hasta diversas cuestiones de fondo: si procedía de noble cuna; cómo y cuándo había conocido al barón; si trabajaba o no… Y, muy especialmente, los entresijos de su vida privada: de dónde sacaba el dinero, si era religiosa, si se drogaba o bebía, y con cuántos hombres, desde el verano a esta parte, había mantenido alguna clase de relación que pudiera considerarse hasta cierto punto personal. De esa acotación temporal deduje correctamente que el inspector acababa de hablar por teléfono con el doctor Marugán y que el forense, desde la sala quirúrgica del Instituto Anatómico, le había confirmado que, tal como nos había anticipado el barón, su mujer estaba embarazada de pocos meses.

Hablé con Elisa, la secretaria de doña Covadonga. Desde el primer momento, se comportó con suma amabilidad y me mostró su franca disposición a proporcionarnos datos útiles sobre la fallecida baronesa. Comenzando por su nombre completo: Azucena López Ortiz; su edad, veinticinco años; su profesión, azafata de vuelo. Asimismo, Elisa, cuyos deseos de colaborar renovaron mis esperanzas en una pronta solución del caso, me proporcionó el teléfono de los padres de Azucena, a quienes doña Covadonga, antes de retirarse a descansar, había comunicado la cruda noticia de la muerte de su hija.

La familia de Azucena residía en un pequeño pueblo de Zamora, cerca de la frontera portuguesa, mal comunicado por carretera y peor por vía férrea. Por eso, y porque seguramente la nieve dificultaría el paso por los puertos de montaña, sus padres tardarían bastantes horas en presentarse en el palacio.

Elisa no sabía apenas nada del pasado de Azucena. No era la única. En la mansión Láncaster, ninguno de los empleados pudo aportar datos fiables sobre su vida anterior.

Como la mayoría de ellos, Elisa daba por supuesto que la baronesa, antes de acceder al título nobiliario, era una chica corriente; que entre Hugo y ella había surgido una historia de amor y que, a partir de su boda, asumiendo su nueva condición, la ex azafata había abandonado su trabajo y amoldado sus hábitos al estatus de su marido.

– ¿Cuál era la relación de Azucena con su suegra, la duquesa? -pregunté.

– Azucena respetaba mucho a doña Covadonga -repuso Elisa-. Estaba pendiente de ella y le hacía compañía. La ayudaba a pasar a limpio su diario, cuya tinta se había corrido porque, en un descuido, se le cayó al estanque.

– ¿Qué hacía Azucena el resto del tiempo?

– Era adicta al cine. En uno de los torreones hay una salita de proyecciones. La señora Azucena pasaba muchas horas encerrada, viendo películas de cine clásico, en blanco y negro. También paseaba por los bosques o montaba a caballo. Cuando su marido, don Hugo, el barón, estaba fuera, en viajes de trabajo, doña Azucena se iba a visitar a las monjas, al Convento de la Luz, o se acercaba a las playas, para nadar.

– En verano, claro.

– No crea. Hace unos días, con mal tiempo, cogió su traje de neopreno y fue a bañarse a la playa de Santa Ana. Le gustaba mucho la vela. Junto a su marido, llegó a participar en alguna regata. El barón dispone de un velero en el puerto de Ossio de Mar. Algunos fines de semana los pasaban navegando y divirtiéndose con otros amigos.

De pronto, caí en la cuenta de que Elisa tenía demasiada información para ser una simple asistenta.

– ¿Cómo sabe todo eso?

La secretaria enrojeció.

– De vez en cuando, la señora duquesa me distingue con alguna confidencia.

Asentí, asegurándole que cualquiera se las haría a una persona tan diligente y comprensiva como ella, y volvió a enrojecer, pero esta vez de placer. Esa cálida reacción me hizo desprender que Elisa no debía de estar muy acostumbrada a los elogios. Le doré un poco más la píldora y le rogué que me mostrara alguna foto de los barones.

Elisa me acompañó al despacho que solía utilizar Hugo durante sus estancias en la Casa de las Brujas. En una de las estanterías descansaba una fotografía de la pareja. La secretaria creía que había sido tomada durante su luna de miel, en algún lugar del océano índico.

En esa imagen, Azucena y Hugo posaban a bordo de un yate. El la rodeaba con su brazo. Al fondo de la instantánea se veían una playa muy blanca y una hilera de bungalows sobre pilastras. Azucena llevaba gafas de sol y el pelo húmedo, como si acabara de bañarse. Hugo la miraba con una expresión de felicidad y ella le devolvía una sonrisa enamorada.

20. Pablo y Casilda

Elisa me facilitó otros datos y detalles de interés, pero se mostró muy reservada a la hora de emitir opiniones particulares sobre Azucena y Hugo como pareja.

Para ser sincero, fueron Pablo y Casilda, los primos hermanos de Lorenzo y Hugo, quienes en mayor medida me ayudaron a comprender un poco mejor a Azucena y su relación con su marido.

Después de buscarles por diversas dependencias del palacio, pude dar con ellos en las grandes cocinas. En una de las mesas en las que normalmente comía el servicio, ambos hermanos estaban compartiendo unos cafés con leche y hablando en voz baja. Acababan de tomarles las huellas y seguían limpiándose los dedos con toallitas de papel.

Pedí permiso, lo obtuve y me senté con ellos. Seguramente, no estaban acostumbrados a enfrentarse a esa larga serie de preguntas sin respuesta que comportan las muertes violentas.

– ¿Un café, señor?

Sin yo pedirlo, la cocinera me lo había ofrecido. Sumándolos desde la noche anterior llevaba demasiados y, además, no había comido en toda la mañana, pero acepté en nombre de mi úlcera, que también tenía derecho a sentirse viva y sufrir.

Sin tener el porte de su primo Hugo, con quien guardaba un cierto parecido, Pablo de Abrantes era bastante apuesto y, desde luego, como en seguida evidenció, extremadamente educado, casi hasta la frontera con la timidez.

Pablo vestía al estilo británico: chaqueta de tweed, camisa de cuadritos, chaleco de lana y corbata de punto, todo en tonos marrones y verdes y combinado con unos zapatos de ante y una gorra de fieltro. Su piel, como la de su hermana, era muy blanca.

Por su parte, Casilda de Abrantes, a la que yo había reconocido sin dificultad, pues había hecho algunos papeles para el cine y aparecía con cierta frecuencia en los periódicos y en la televisión, poseía una de esas bellezas frágiles, tirando a lánguidas, que parecen vayan a quebrarse a la menor contrariedad. En su fotogénico rostro no resultaba sencillo rastrear rasgos de sus primos, ni tampoco de su hermano Pablo.

Pese al amargo trance que estaba viviendo, Casilda irradiaba serenidad. Era comunicativa, espontánea, una ventana abierta al aire fresco en el claustrofóbico universo de la Casa de las Brujas.

– ¿Es verdad que han matado a Azu? -me preguntó ella, en cuanto les expliqué que habíamos abierto una investigación para aclarar lo sucedido con la baronesa.

Una de las normas básicas de un buen investigador reside en no decir toda la verdad a los testigos, y ni siquiera una parte salvo cuando ella sola asoma la patita en forma de prueba irrefutable. Reduje mi respuesta a la necesidad de aclarar ciertos elementos en el entorno de la muerte de la baronesa y les animé a ayudarnos en nuestras labores de investigación.

Ambos primos, sobrinos de la duquesa por parte de su esposo, el fallecido duque don Jaime, de cuyo hermano menor eran hijos, accedieron a ayudarme en lo posible y a hablarme con sinceridad de la relación entre Azucena y Hugo, en los buenos y en los malos momentos.

Tanto Casilda como Pablo estaban absolutamente convencidos de que las peleas entre ellos -que habían sido, al parecer, bastante frecuentes- eran consecuencia de su pasión. Ninguno de los dos hermanos albergaba la menor iluda acerca de la inocencia de Hugo.

– ¿Quién les informó de la muerte de la baronesa?

– Nuestro primo Lorenzo -contestó Casilda.

– ¿Qué explicación les dio?

– Que Azucena fue atacada por un animal salvaje.

Sorbí mi café y probé a disparar con salvas:

– ¿Qué creen, que Azucena abandonó de noche el palacio o que fue forzada a hacerlo?

Pablo repuso con prudencia:

– Lorenzo no lo sabía. Nos dijo que la policía iba a averiguarlo.

Recordé que, según Lorenzo, tres días antes, Casilda había asistido a la última discusión entre Hugo y Azucena, la que motivó su separación, y le pregunté el motivo. Según el testimonio de Casilda, se pelearon porque Azucena, en ausencia de Hugo, había salido a montar a caballo con Eloy Serena, vecino de los Láncaster en las tierras colindantes y dueño de un picadero cercano. Hugo se había puesto celoso y le organizó una escena.

Anoté el nombre de Eloy Serena en el cuaderno de mi memoria y rogué a los primos que me resumieran lo que habían hecho la tarde anterior.

– No salimos del palacio en todo el día -dijo Pablo.

– Te equivocas, hermano -le enmendó Casilda-. A media mañana dimos una vuelta por los jardines. El jardinero nos dijo que seguramente iba a nevar. Hacía un frío polar, como hoy, y me constipé.

– Tienes razón. Por la tarde te pusiste fatal.

– Tuve que quedarme en la habitación, muerta de asco.

Ya de noche, habían cenado en el salón comedor, en compañía de la duquesa, de Lorenzo y de la propia Azucena, aunque sin Casilda, que tenía fiebre. A los postres, comenzaron a presentarse los asistentes a la misa, invitados, como otros años, por la familia. Algunos, los de más confianza, tomaron café con ellos. En cuanto llegó el padre Arcadio, cogieron los abrigos y se dirigieron hacia la capilla. Estaba helando. La oscuridad era prácticamente absoluta y había comenzado a nevar. A pesar de las estufas que la duquesa había hecho encender, la capilla-panteón estaba helada como un sepulcro.

Apenas hubo concluido el acto religioso, regresaron a la mansión, tomaron un chocolate con pastas para entrar en calor y se quedaron un ratito de tertulia. Aquejada de un fuerte catarro, Azucena había sido la primera en retirarse a descansar, alrededor de una media hora o tres cuartos antes que el resto.

Repasamos de nuevo cuanto había sucedido en la mañana, en la tarde y en la noche del día anterior y escuché luego el anecdótico relato con que ambos hermanos accedieron a ilustrarme sobre su vida en la mansión, cuando los primos coincidían en pasar algunos días juntos, bien en las vacaciones de verano, bien para Navidad o Año Nuevo.

Di las gracias a Pablo y a Casilda por su colaboración y, sin salir de las cocinas, me puse a interrogar al resto del servicio, tal como los subinspectores me habían encargado.

La cocinera que me había servido el café se llamaba Ramira y era de Ossio de Mar. Del mismo pueblo procedían Adela, su ayudanta en los fogones, y la sobrina de ésta, Margarita, una especie de maritornes, menor de edad, que empleaban como costurera, planchadora y pinche.

Una vez que hube terminado de interrogarlas, me sumé a las tomas de declaración del resto de empleados, que estaban siendo interpelados en la sala capitular por Fermín Fernán y por otro agente, llamado Eladio Maestro.

Fueron declarando el administrador, los dos jardineros, padre e hijo, el mozo de cuadras, las doncellas, el doctor Guillén… A todos ellos se les formularon cuestiones tendentes a iluminar las últimas horas de la baronesa. Respecto a su vida anterior y a su vida privada, nadie parecía saber una palabra, de modo que decidí pedir ayuda a Martina.

Tras suministrarle unas cuantas informaciones, le rogué que supervisara ella misma los interrogatorios del resto de los empleados y me liberase para poder cumplir el encargo del inspector. No olvidé informarle de la existencia de un vecino, Eloy Serena, que había mantenido cierta relación con Azucena y, tal vez, despertado los celos de Hugo; recomendé a la subinspectora que comprobase la coartada del tal Serena.

Martina no había perdido el tiempo. Le había pedido al administrador, Julio Martínez Sin, un tipo alto y grueso, con un inquietante aspecto, datos sobre las actividades empresariales y financieras del matrimonio Láncaster, y luego se había puesto a revisar las habitaciones de la segunda planta, dormitorio por dormitorio. A excepción, lógicamente, del de doña Covadonga, pues la duquesa seguía descansando.

– No se agobie, Horacio -me dijo la subinspectora, decidida a echarme una mano-. Yo me encargaré de sustituirle. Cumpla el cometido que le ha confiado el inspector Buj.

Le di las gracias y quedé en libertad para coger un coche y regresar a Jefatura, a fin de reunirme con los miembros de la brigada de Información y elaborar un informe en condiciones sobre Azucena López Ortiz.

¿Quién era, realmente, la mujer que había aparecido muerta en el prado? Eso es lo que íbamos a averiguar.

21. Breve historia de Azucena

En medio de la penumbra del atardecer, con un mar y un cielo que, como el destino de Hugo de Láncaster, se ennegrecían minuto a minuto, conduje de regreso a Bolscan por la accidentada carretera de la costa.

Eran las cuatro de la tarde de aquel ajetreado día de Navidad cuando llegué al edificio de la Jefatura Superior. Iba pensando en cien cosas a la vez y aparqué el coche en tal estado de dispersión que olvidé las llaves puestas y me dejé encendidas las luces de posición.

Entré al vestíbulo, bajé al archivo, cogí algunos materiales que necesitaba y me encerré en el Grupo de Información, con los agentes que a esa hora estaban de turno.

Tres horas después, a las siete y media de la tarde, con el estómago vacío como una bolsa de aire, sin haber descansado un solo minuto, sin haber tenido ni siquiera tiempo para llamar a mi casa, había conseguido reunir una mínima pero ya orientativa serie de datos sobre Azucena de Láncaster.

De repente, noté que se me desenfocaba la vista. Tenía ganas de vomitar.

– Te has puesto más pálido que el conde Drácula -me advirtió uno de los compañeros con los que había estado trabajando hombro con hombro.

– Estoy en ayunas. No he comido nada desde hace doce horas. Bajo al bar y vuelvo.

Salí a la avenida. Una fría y tormentosa noche había caído de nuevo sobre la ciudad.

Me metí en el bar El Lince, que hacía chaflán con Jefatura. El espejo de la barra, con grasa en el marco y pegatinas de la selección española de fútbol, me reflejó desencajado, lívido, con una incipiente y blanquecina barba y una expresión tan adusta que no me reconocí. Devoré unas tapas recalentadas, bebí con avidez dos cañas de cerveza y saboreé un café largo y negro que me hizo resucitar.

Con el cuerpo algo más compuesto, estuve en condiciones de reintegrarme a mis tareas. Volví a tomar asiento en una de las mesas de Información, redacté un perfil básico y lo envié por fax al palacio de Láncaster, donde el agente Fernán, tal como habíamos quedado, se encargaría de recogerlo y entregárselo al inspector Buj. Ese primer informe mío rezaba así:


Azucena López Ortiz. Nacida en Madrid el 22 de marzo de 1964. Hija de Jaime López Andrade, carnicero, y de María Pilar Ortiz Cutí, ama de casa. En la actualidad, sus padres residen en una población de Zamora, Mesas de Loria, donde regentan una charcutería.

El matrimonio López Ortiz tuvo dos hijas, Mercedes y Azucena. La mayor, Mercedes, falleció de una sobredosis de heroína a los 22 años. Su cadáver apareció en un piso de alquiler en el madrileño arrabal del Pozo del Tío Raimundo. Entre 1982 y 1984, Mercedes López Ortiz había cumplido una condena de dos años de prisión por tráfico de estupefacientes.

La segunda de las hijas, Azucena, estudió en Madrid, en el colegio de Las Descalzas, en régimen de internado. Posteriormente, hizo cursos de peluquería y modelaje y se matriculó en la Escuela de Azafatas, dentro de los cursos de Auxiliares de Vuelo.


Yo tenía buenos contactos en el Aeropuerto de Barajas. No era la mejor hora para molestar a nadie, pero la suerte me sonrió a la tercera llamada telefónica.

Uno de los controladores aéreos que en ese momento se encontraba operativo, Mateo Escuín, había colaborado con nosotros en casos anteriores y se alegró de volver a saber de mí. Escuín no había olvidado a aquella azafata joven y bonita, muy simpática, que destacaba por su espontaneidad y por su carácter alegre.

– Se llamaba Azucena, es verdad -recordó Mateo, situándola al primer golpe de memoria-. Siempre estaba sonriendo. ¿Me dices que ha muerto? ¡Esas no son noticias para darlas en un día como el de Navidad!

Escuín ignoraba que aquella desenfadada muchacha, la guapa azafata que él había conocido, había llegado a emparentar con la aristocracia. Confié al controlador que en su muerte parecían concurrir algunas circunstancias anómalas y fue él, dándose cuenta de que mi llamada obedecía a un acto de servicio, quien se puso rápidamente a buscar datos. Encontró en su agenda los números telefónicos de dos azafatas amigas suyas, que también lo habían sido de Azucena. Por entonces, eran solteras. Escuín había salido varias noches a tomar copas con aquella pandilla.

– Eran muy divertidas -añadió-. Si recuerdo algo que pueda resultarte de interés, volveré a llamarte.

Le di las gracias y marqué el primero de los números que me había dado. No lo cogían. Lo intenté otra vez y después me pasé al segundo. Tuve suerte: me contestó una voz femenina.

Según la información del controlador, esa mujer que acababa de responderme tenía que ser Lara Mora. Escuín me había dicho que vivía cerca del aeropuerto. Debía de ser muy cierto, y muy cerca, pues oí el ruido de fondo de un avión que aterrizaba o despegaba.

Le expliqué quién era y por qué llamaba.

– ¿Y por qué me molesta a mí? -fue lo primero que, un tanto asustada, me preguntó Lara Mora.

Traté de persuadirla para que me hablase acerca de su fallecida amiga. Superado el primer sobresalto, Lara vino a decirme que no es que temiera que Azucena fuese a terminar así, pero que, en el fondo, no le extrañaba.

– Le atraían los hombres que menos le convenían -sentenció.

De ese comentario presumí que Lara conocía a Hugo de Láncaster y que el barón no era santo de su devoción. No me equivocaba. Lara fue una de las pocas amigas que había asistido a la boda de Azucena en Madrid. Le dejé caer que, para la policía, el barón podía estar ocultando un doble juego, y le pedí que me contase de qué modo Hugo de Láncaster había conocido a Azucena. No le costó franquearse. Todo lo contrario. Se puso a hablar por los codos, inconteniblemente. Con paciencia, le fui sacando lo sustancial.

Nuestra conversación duró cuarenta y cinco minutos, de los quince que me habrían bastado. Cuando colgué el auricular me ardían las orejas de apoyarlo y tenía jaqueca. Depuré los comentarios de Lara, transcribiéndolos en papel y, acto seguido, los pasé a limpio en un archivo nuevo del procesador de textos.

La información procedente de la señorita Mora y relativa a Azucena de Láncaster quedó ordenada de la siguiente manera:


Hugo de Láncaster y Azucena López Ortiz se conocieron a finales de octubre de 1988, en el curso de un trayecto aéreo Madrid-Nueva York. Las demás azafatas identificaron al barón en cuanto se hubo acomodado en su asiento de primera clase. Pero fue Azucena la primera que les llamó la atención sobre él. «¿Os habéis fijado en ése? Es el hijo de la duquesa nosécuántas, el famoso playboy rompecorazones. ¿No es guapísimo?» El avión despegó. Hugo se tomó un par de whiskys. Se había fijado en Azucena. A cada rato, con cualquier excusa, le daba conversación. Ella estaba encantada.

Aterrizaron en Nueva York. Era de noche. La tripulación desembarcó y las azafatas se dirigieron a un hotel concertado para dormir unas cuantas horas. Más bien pocas porque, nada más amanecer, tendrían que embarcar de nuevo, de regreso a Madrid. De todas formas, quedaron en cambiarse y en salir a cenar algo rápido por los alrededores de su hotel. Cuando Azucena se estaba duchando, sonó el teléfono de su habitación. Salió del cuarto de baño y descolgó el auricular.


– ¿Adivina usted quién era? -me había preguntado Lara en nuestra larga conversación telefónica, jugando un poco conmigo.

– ¿Barba Azul? -había bromeado yo. Ella había asentido:

– Sólo que el monstruo usaba seudónimo: Hugo de Láncaster.


El barón la invitó a cenar. Azucena aceptó y esa noche ya no regresó al hotel. Al día siguiente, le contó a Lara que Hugo era un hombre maravilloso, irresistible, y que la había respetado en todo momento.

El noviazgo fue muy breve y se mantuvo en secreto hasta la boda. Entre aquella primera cita en Nueva York y la fecha de su enlace civil no habían pasado cuatro meses.

Por deseo de la novia, se casaron en un Juzgado de Madrid. La madre de Hugo, la duquesa, no asistió a la ceremonia, y tampoco su hermano Lorenzo. Hubo muy pocos invitados. El banquete nupcial se celebró sin especiales dispendios en un restaurante de la Gran Vía al que Azucena solía acudir con sus amigas. A la salida, Hugo había alquilado una limusina que los llevó directamente al aeropuerto, desde donde emprenderían un largo viaje a Male, la capital de las islas Maldivas. El regalo del novio consistió en un viaje de ensueño por las costas del Índico.

De regreso a Madrid, el matrimonio se instaló en un amplio apartamento situado en el paseo de La Habana. La vivienda era propiedad del marido. A partir de ese momento, Azucena dejó su trabajo como azafata y se dedicó a emprender gestiones para abrir un negocio propio, una boutique o una galería de arte. Dichos planes, sin embargo, nunca llegarían a materializarse.

Justo acababa de teclear en el ordenador estos últimos comentarios de Lara Mora cuando me pasaron una llamada telefónica.

Era Martina de Santo.

22. La Corza Blanca

La subinspectora había dado momentáneamente por finalizadas sus diligencias en la Casa de las Brujas y se encontraba en La Corza Blanca, el hotel de costa, de Santa Ana, donde Hugo afirmaba haber pasado las últimas noches. El inspector Buj y otros agentes estaban con ella.

– ¿Qué hace el inspector? -pregunté.

– Ahora mismo está con los dueños del hotel, sacándoles toda la información sobre su huésped.

– ¿Han comprobado ya la coartada de Hugo de Láncaster?

– Se mantiene en pie -dijo Martina-. El barón estuvo aquí toda la noche, sin salir para nada.

– Buj no querrá creerlo.

– Tendrá que aceptarlo.

– ¿Va a solicitar una orden de detención?

– Lo hizo antes de dejar el palacio, pero el juez no quiso concedérsela. -Martina vaticinó-: No obstante, si el inspector encuentra el mínimo resquicio, meterá a Hugo de Láncaster en un coche patrulla y lo trasladará al calabozo.

– Dudo que se atreva. Los Láncaster son poderosos.

– Al inspector no suele influirle la jerarquía social -admitió Martina-, es una de sus escasas virtudes. A propósito de jerarquías, Horacio, hablé con Eloy Serena. Le llamé y acudió al palacio para testificar. ¿Recuerda a aquel cazador con quien nos tropezamos en el bosque? ¡Era él! Posee el picadero y otros negocios, explota la gasolinera de Turbión y algunos cotos de caza. Además, ocupa un escaño de senador. Su mujer y él cenaron con otros matrimonios y la velada se prolongó hasta las cuatro de la madrugada. Su coartada es sólida.

– ¿Le preguntó por su relación con Azucena?

– Declaró que la conocía de apenas unas cuantas veces. Ella estaba aprendiendo a montar y habían practicado juntos, pero Serena negó cualquier relación personal.

– ¿Qué va a hacer usted ahora, Martina?

– Este hotel es muy acogedor. Creo que me quedaré a pasar la noche.

Pensé que me tomaba el pelo.

– ¿En La Corza Blanca? ¿Lo está diciendo en serio?

– Ya he reservado habitación. Pretendía ocupar la de Hugo de Láncaster, pero han lavado las sábanas y limpiado el suelo y el baño, por lo que cualquier intento de encontrar huellas sería inútil.

– ¿Huellas de otra persona, quiere decir?

– Tal vez el barón no pasó la noche solo.

– Los dueños del hotel lo sabrían.

– No parecen muy despiertos. ¿Querría hacerme un favor, Horacio, si no está muy cansado?

– Pensaba quedarme a esperar los resultados de la autopsia.

– ¿Le han adelantado algo desde el Instituto Anatómico?

– Todavía no. He llamado un par de veces, pero no concluirán hasta pasada la medianoche. Acabo de terminar el dossier sobre Azucena que me encargó el inspector. De manera que estoy a su disposición, subinspectora necesita?

– Una genealogía de la familia Láncaster.

– ¿Dónde puedo conseguir ese historial?

– Tengo un amigo especialista en heráldica, Julio Castilla Alcubierre. Vive cerca de Barcelona, en Sant Cugat. No dispongo a mano de su número telefónico, pero estoy segura de que podrá localizarle. Pídale de mi parte un informe sobre el origen del Ducado de Láncaster y sus principales protagonistas, así como una relación actual de sus ramas familiares.

– Cuente con ello.

– Perfecto. Le veré mañana, Horacio.

– No deje de llamarme a lo largo de la noche, si necesita cualquier cosa.

– No creo que tenga tiempo. Voy a estar muy ocupada.

– ¿En qué?

– Me he propuesto dar una vuelta por el campo de golf.

– ¿A estas horas? ¿Con qué objetivo?

– Me gustaría comprobar la distancia a la que se encontraba Hugo de Láncaster del edificio del club social ruando le comunicaron que tenía una llamada urgente del palacio.

– ¿Qué importancia puede tener eso?

– Mucha.

– ¿Por qué motivo?

Martina adoptó un tono paciente:

– Como recordará, Horacio, esa llamada desde el palacio, realizada por Elisa, la secretaria de la duquesa, se produjo a las nueve y media de la mañana. Sin embargo, el barón no llegaría al prado donde reposaba el cadáver de su esposa hasta pasadas las doce y media. Empleó, por tanto, tres horas para realizar un trayecto dividido en tres tramos bien diferenciados: primero en coche, por carretera comarcal, desde Santa Ana hasta Ossio de Mar, un recorrido de cuarenta kilómetros que yo misma acabo de hacer en cuarenta y cinco minutos; los cinco kilómetros de pista desde el Puente de los Ahogados hasta el palacio de Láncaster, que vienen a suponer otro cuarto de hora, más el sendero a través del bosque que ambos ya conocemos, y que, recorriéndose a buen paso, puede cubrirse perfectamente en otros veinte minutos. Una hora y media, más o menos, generalizando, en total. El demoró tres.

– Quizá tuvo un accidente o su coche se averió.

– Hemos revisado su automóvil, un Fiat descapotable. Está en perfectas condiciones. Y no hubo accidentes en esa carretera comarcal.

– Se retrasaría por cualquier otro motivo.

– ¿Por cuál, Horacio? Teniendo en cuenta que no se detuvo en la carretera, y que dentro del palacio estuvo simplemente unos minutos para recibir, de boca de su madre, la noticia de la muerte de su mujer, sólo se me ocurre una causa por la que el barón pudiera entretenerse y emplear tanto tiempo de más en su desplazamiento desde Los Tejos.

– ¿Cuál?

– El golf.

– ¿Cómo dice, subinspectora?

Al otro lado del hilo oí cómo Martina encendía un pitillo. Me contestó:

– Sospecho que Hugo de Láncaster siguió jugando tranquilamente, a pesar de que le avisaron de que tenía una llamada familiar de carácter urgente.

– Eso no es posible.

– ¿Por qué no?

– No tendría lógica.

– Dígame un elemento en este caso que la tenga. Uno solo.

Negras sombras en un aquelarre de sospechas se agitaron en mi imaginación, pero mi perspicacia no alcanzaba siquiera a vislumbrar quiénes bailaban junto a la maléfica hoguera de la Casa de las Brujas. Un tanto aturdidamente, formulé una duda que se acababa de nuclear en mi cerebro:

– ¿Por qué motivo iba a retrasar el barón su llegada a la escena del crimen, si es que fue tal?

– Esa cuestión es clave, Horacio. Existen varias respuestas, pero sólo una de ellas obedece a un acto de voluntad: Hugo quería que nosotros llegásemos al aprisco antes que él.

– Con todos mis respetos, subinspectora, no acabo de entenderlo.

– Todavía hay muchas cosas que tampoco yo comprendo, Horacio.

– Me refiero a su razonamiento, en su conjunto. Una y otra vez acumula usted indicios contra el barón y, sin embargo, se obstina en considerarle no culpable.

Martina guardó silencio.

– ¿Sigue ahí, subinspectora?

– Sí, pero voy a dejarle, Horacio.

– ¿Va a ir a ese campo de golf?

– Así es. Y, en caso de que me dé tiempo, visitaré también el Circo Véneto, en Turbión de las Arenas.

– ¿Sola?

– Lo prefiero.

– Tenga cuidado. Recuerde que una pantera y un asesino andan sueltos por las inmediaciones. Supongo que irá armada.

– Esté tranquilo.

Colgamos al mismo tiempo, con bastante intranquilidad por mi parte. Martina tenía una gran confianza en sí misma, pero esa virtud la llevaba a menudo a mostrarse demasiado intrépida y a correr riesgos innecesarios.

Miré el reloj. Eran las diez y media de la noche de un día de Navidad decididamente distinto.

Una larga velada se extendía ante mí. Estaba persuadido de que iban a seguir sucediendo acontecimientos. Para mantenerme despejado, bajé a la primera planta en busca de otro café. Después llamé a mi mujer para que no me esperase despierta.

– No pensaba hacerlo -me replicó-. Y no necesito discurrir demasiado para adivinar con quién estás.

Di un respingo. Esa clase de salidas no eran habituales en ella. No acerté a resolver si se sentía molesta. Por si las moscas, pregunté:

– ¿No estarás celosa?

– Cualquier otra lo estaría, Horacio. Esa mujer tiene algo muy especial.

– ¿A quién te refieres?

– Lo sabes muy bien.

– ¿A Martina de Santo?

– No, hombre. A la madre Teresa de Calcuta.

– Confía en mí. No tengo nada de donjuán ni de esos hombres irresistibles que vuelven locas a las mujeres.

– No existen hombres irresistibles, sino mujeres aburridas.

– En ese caso, puedes estar doblemente confiada. Martina de Santo no se aburre jamás.

Colgué el teléfono y me quedé mirando la pared. Yo sabía, y mi mujer también, que estaba jugando con fuego y que mi relación con Martina de Santo podía complicarse más de la cuenta con algún sentimiento política y policialmente incorrecto.

Respecto a que no existían hombres, y asesinos, irresistibles, yo no podía estar de acuerdo.

De lo contrario, no creería que Hugo de Láncaster era uno de ellos.

23. El profesor de heráldica

Como tarea siguiente, me propuse consultar a aquel experto en heráldica que me había recomendado Martina.

La fortuna seguía jugando a mi favor porque pude hablar con él al primer intento, en cuanto uno de mis compañeros me hubo conseguido su número telefónico en el municipio de Sant Cugat.

Julio Castilla Alcubierre tenía una voz espaciosa y profunda, de locutor de radio de programas nocturnos. No me costó imaginármelo en batín, inclinado sobre un tablero, revisando con ayuda de una lupa desleídos pergaminos y cartularios miniados.

Sin pérdida de tiempo, le expuse la petición de la subinspectora. En cuanto cité el noble apellido de Hugo, Julio Castilla exclamó:

– ¡Los Láncaster! ¡Protervo destino el suyo!

– ¿Por qué? ¿Qué les diferencia?

– Todo. Suponen una rareza en la aristocracia española, comenzando por esa tilde en la primera sílaba del apellido. Cito de memoria, pero puede que sea el único caso en que un ducado ha revertido a la Corona por falta de descendencia.

– En ese caso -objeté-, la estirpe se habría extinguido. No existiría.

– ¡Y nada se habría perdido! -fue su implacable anatema. En un tono más irónico, Castilla prosiguió-: A menudo, sin embargo, la historia se muestra piadosa y concede una segunda oportunidad a sus hijos espurios. Se lo aclaro porque esos advenedizos Láncaster no permanecerían mucho tiempo en plebeyo anonimato; supieron recuperar el título tan sólo unos pocos años después de haberlo perdido.

El historiador calló durante unos segundos, como si algo le preocupara o le hubiese distraído.

– Perdone, suelo hablar demasiado, venga a cuento o no… ¿Me ha dicho usted que era el señor…?

– Horacio Muñoz.

– ¿Policía?

– ¿No me cree?

– No, no es eso. Claro que sí… Tiene usted voz de policía y de aragonés.

– Nunca me habían dicho lo primero.

– Es más obvio aún que lo segundo ¿A qué departamento pertenece, a Robos? Es con el que más trabajo.

– Me ocupo del archivo.

– ¡Entonces es usted colega mío, amigo Humberto!

– Horacio.

– Discúlpeme, soy terriblemente despistado.

– ¿No es usted historiador?

– ¿Y qué tiene que ver? Le contaría cosas del gran Mommsen que… Pero estábamos con los Láncaster. Hablándole nuevamente de memoria, podría asegurarle que el primer duque de esa casa, un tal Antonio Manuel, murió, sin hijos, durante los últimos años del segundo reinado de Fernando VII. Posteriormente, ya en la Regencia, aparecería un inopinado heredero, un hijo secreto o bastardo, un tal Felipe Javier, quien, después de mucho litigar, y seguramente de aflojar la bolsa, recobraría la dignidad nobiliar para su propio disfrute y para el de sus descendientes. Desde entonces, ese árbol con más de un ahorcado ha venido creciendo como la mala hierba.

Yo había empezado a tomar notas, pero me detuve en seco.

– ¿Ahorcados, ha dicho?

Al otro lado del hilo, como si le hubieran dado cuerda, Castilla Alcubierre seguía hablando, didáctico y caudal. Tuve que repetir:

– ¿Es que en el pasado de la familia Láncaster hubo algún crimen?

El profesor expuso con aire metafórico:

– El palacio que ese ducado ha construido en los aledaños de la historia tiene demasiadas habitaciones oscuras… Es una saga tenebrosa, créame, propensa a la rivalidad y a la tragedia…

– Espere un momento, profesor.

– ¡Lo sé! ¡Voy demasiado deprisa! Mi taquígrafa me lo recrimina siempre…

El heraldista se echó a reír; tenía una risa de cabra, con álgidos y contagiosos hipidos.

– ¡Si ella no me sigue -añadió, sin ánimo de burla, pero sin poder dejar de carcajearse-, figúrese usted!

– Creo, señor Castilla, que deberíamos reordenar todo este material y…

– ¡Perfectamente, Heriberto, y a su plena disposición! Si me concede un par de días y un número de fax o apartado de correos tendré el gusto de remitirle un informe lo más completo posible, juntamente con mis honorarios.

Ni se me había pasado por la imaginación que aquel colaborador de Martina nos fuera a girar una minuta. Balbuceé:

– Ese tema tendrá que hablarlo con la subinspectora De Santo. Yo no estoy autorizado.

El profesor dudó; le oí respirar por la boca. Debía de ser bastante mayor, pensé; y, quizás, asmático. En sus respuestas previas, ya me había parecido que tenía el hábito de encabezar cada réplica con una interjección; ahora me dio la razón.

– ¡Mi querida y divina Martina! En atención a ella, rebajaré mi tarifa habitual. Le debo un gran favor a esa gran mujer policía, amigo Heraclio.

– Preferiría seguir siendo Horacio, un simple conocido.

– ¡Horacio, nada menos! ¡Como el vate! Discúlpeme. A las cosas corrientes, como los nombres de las personas vivas, no les presto mayor atención.

Me tragué el sapo y pregunté:

– ¿En qué le ayudó Martina de Santo?

– ¡Fue emocionante, le contaré! El año pasado, mi librería, establecida en el barrio gótico barcelonés, sufrió un robo. No tuvo nada de extraño, pues me había dejado las llaves puestas. Y fue precisamente ella, la subinspectora, quien logró localizar algunos valiosos incunables en el mercado negro. De no ser por su competencia profesional, se habrían perdido de manera irremisible. Después hicimos muy buenas migas. ¿Sabe usted, Hipólito, que la subinspectora es una experta en heráldica?

– ¿Quién? -me asombré-. ¿Martina?

– ¡La baronesa de Oyambre, sí!

Pensé que aquel hombre no estaba en sus cabales.

– Se equivoca de persona, señor Castilla.

Volví a oírle respirar por la boca, tumultuosamente. Su voz sonó airada:

– Le diré una cosita, mi muy querido señor Higinio: es muy raro que, en cuestiones históricas, yo cometa algún error. Los De Santo disfrutan de una baronía. Sólo que no la han ejercido. El padre, Máximo de Santo, el embajador, quien, como usted sabrá, murió hace unos pocos años, nunca rehabilitó el cargo, y su hija lleva el mismo camino.

La subinspectora jamás me había hablado de eso. ¿Sería cierto? ¿Realmente era baronesa? Me di cuenta de que el experto no podía tener ningún motivo para mentirme y acusé una especie de pudor, como si indirectamente me estuviera inmiscuyendo en la vida privada de Martina.

Reconduje la conversación hacia otros asuntos relacionados con los Láncaster. El profesor me tuvo un rato más al teléfono, refiriéndome episodios del clan a medida que acudían a su caprichosa memoria y salpicándolos con sus anécdotas como librero.

Un botoncito rojo se puso a parpadear delante de mí, en la mesa circular de la brigada de Información. Tenía otra llamada y me despedí de aquel despistado sabio con un renovado principio de jaqueca y taquicardia, por haber tomado demasiado café. Antes de colgar, Julio Castilla Alcubierre me destinó una última, exclamativa y admonitoria consigna:

– ¡Nunca se fíe de un Láncaster, amigo Virgilio, no tienen pedigrí!

24. Conclusiones de la autopsia

Acababan de dar las once y media de la noche cuando colgué el teléfono y me precipité a atender la otra línea. Al extremo del hilo estaba Angorenagoitiazu, uno de los forenses auxiliares de Marugán en el Instituto Anatómico. Yo tenía buena relación con él.

– Buenas noches, Horacio.

– Igualmente, Ango. Encantado de saludar a alguien que me llama por mi nombre.

– Yo lo hago siempre, pero no puedo decir lo mismo de ti. ¡Intenta pronunciar mi apellido!

Me eché a reír.

– Respiré cuando supe que tus colegas del Anatómico te llamaban Ango. ¿Qué me cuentas? ¿Tenemos noticias de la mujer?

– Y muy frescas. Puedo adelantarte los primeros resultados de la autopsia. No es el procedimiento más ortodoxo, Horacio, y lo sabes, pero, dada la hora, te requeriremos para que traslades la información al inspector Buj. Al equipo de investigación le resultará útil.

– Te escucho.

– Básicamente, la víctima, Azucena de Láncaster, falleció por un golpe sufrido en el cráneo. En esa herida hemos encontrado una esquirla o viruta metálica cuya aleación podrá concretarnos, en cuanto reduzcamos el campo de posibilidades, qué tipo de objeto fue esgrimido y, tal vez, incluso, dónde fue fabricado.

– ¿Habéis establecido la hora de la muerte?

Angorenagoitiazu asintió:

– Afirmativo, pero no ha sido fácil. La exposición del cadáver a la intemperie ha alterado el proceso de degradación calórica. Hemos fijado la data en torno a las dos de la madrugada.

Recordé que Martina de Santo la había calculado con absoluta precisión y a simple vista.

– Eso sólo puede significar una cosa. Que Azucena de Láncaster fue asesinada dentro de la mansión.

– Sois vosotros quienes tenéis que sacar conclusiones.

– Ésta es muy clara. ¿Y qué hay de las marcas de garras en el rostro, Ango?

– ¿De los zarpazos? ¡Esto te va a gustar, Horacio! Hemos encontrado un pedacito de uña clavado en una de las mejillas de la mujer, cerca del hueso maxilofacial. Una punta, afilada y negra, con restos de resina.

– ¿Resina?

– Afirmativo. No tiene nada de extraño, teniendo en cuenta que algunos de esos felinos suben con facilidad a los árboles. Pero hay algo más importante que debes saber. La víctima estaba embarazada de tres meses. La criatura que estaba esperando era un varón.

– ¿La violaron?

– Negativo.

– ¿Había mantenido…?

– ¿Actividad sexual reciente? Negativo.

Protesté:

– Déjame terminar las preguntas, Ango.

– Afirmativo. Formula la siguiente.

– ¿Han aparecido otros restos en el cadáver de la mujer, huellas, cabellos?

– Afirmativo. Varios pelos. La mayoría pertenecen a un felino, pero, ¡atención!, creemos que al menos uno es humano.

No pude ahogar una exclamación triunfal:

– ¡Buen trabajo! ¡Ya es nuestro!

La risa de Ango sonó en sordina. Baremó:

– En un setenta por ciento, afirmativo.

– Dependiendo del fiscal, un noventa. ¿Algo más que debamos saber?

– Un último detalle, Horacio. Los pulmones de la víctima contenían restos de agua. Como imagino que vas a preguntarme qué puede significar eso, te responderé que sólo hay una explicación: forzosamente, el cuerpo tuvo que haber permanecido sumergido durante algún tiempo. Al menos unos minutos.

– Suficiente para ahogarse.

– Afirmativo.

– ¿Nada más, Ango?

– Por el momento, no.

– Es más que suficiente, muchas gracias.

Comencé a transcribir esos primeros datos de la autopsia para no olvidarme de nada, pero me estaba cayendo de sueño y le pedí a uno de los muchachos que fuese a buscarme un café. Luego llamé a La Corza Blanca y pregunté por Martina de Santo. Hasta una veintena de señales sonaron antes de que un hombre contestara, adormilado, que la señora por la que yo preguntaba, y que efectivamente estaba alojada en el hostal, había salido hacía un rato y no había regresado aún.

¿Dónde estaría la subinspectora? Traté de imaginármela atravesando los campos en medio de la oscuridad o investigando en el circo del que había escapado aquella fantasmagórica pantera, y tenebrosas imágenes de una mujer sola rodeada de sombras me hicieron temer que pudiera estar corriendo peligro. Tuve un mal presentimiento e insistí a la recepcionista para que, en cuanto regresara, Martina de Santo se pusiera en contacto conmigo.

25. El amante de la reina

Apenas una hora después, el fax del servicio de Información escupió un documento a mi nombre. Lo firmaba Julio Castilla Alcubierre, genealogista e historiador, diplomado en Nobiliaria y miembro de honor del Colegio Heráldico de España e Indias. Empecé a leer:


Estimado Héctor:

He aquí resuelta su petición. Como me pareció que se desconcertaba o azacanaba usted cuando le mencioné la cuestión de mis honorarios, he decidido suprimirlos. La calidad del informe solicitado es, no obstante y como comprobará en cuanto me haga la distinción de leerlo, la misma.


Pasé a la segunda página, en la que arrancaba el dossier:


El origen del Ducado de Láncaster se remonta al año de su fundación, 1799. La constitución de esta nueva dignidad llevaba la firma del rey Carlos IV, pero a quien realmente debió Antonio Manuel de Láncaster, primero de los duques, su aristocrático ascenso fue a la reina María Luisa de Parma. No en vano, años atrás, Antonio Manuel había sido su fogoso e incondicional, pero no necesariamente único, ni fiel, amante de cama.

Uno de ellos, tan sólo. Porque, como la historia ha terminado por admitir, María Luisa, siendo princesa de Asturias, mantuvo sucesivos amoríos entre los más bizarros de los guardias de corps encargados de custodiar a las Reales Personas.

Nieto de Isabel de Lancaster, duquesa de Abrantes (de la que tomaría el patronímico, incorporándole tilde en la primera sílaba), Antonio Manuel había quedado excluido de la línea sucesoria en favor de su hermano mayor.

Era un joven apuesto y audaz. A su llegada a la corte, llamó pronto la atención de la princesa, al punto de enamorarla y sustituir en los favores de María Luisa a otro guardia de corps, Eugenio Portocarrero, futuro conde de Montijo. Antonio Manuel disfrutaría de la intimidad de la princesa mientras se prolongó su pasión. Que, aun siendo intensa, no duraría mucho, pues pronto sería sustituido en el lecho real por otro compañero de armas, Juan María Pignatelli, hijo del marqués de Mora.

En el terreno amoroso, la princesa de Asturias demostró ser insaciable. Ni siquiera con su ascensión al trono, convertida en reina de España, iba a abandonar la esposa de Carlos IV sus eróticos escarceos. Tan sólo en su madurez, y contando con el tácito permiso del complaciente monarca, permitiría que el ambicioso Godoy encauzase su pasión erótica hacia una relación más estable, que incluía su consideración como valido.

Marginado de sus favores carnales, Antonio Manuel proseguiría su oscura carrera militar. Tuvo otras relaciones, pero nunca, al menos de manera oficial, descendencia.

En 1799, por la vía de la intercesión de la reina, sería nombrado primer duque de Láncaster, con una modesta asignación económica y la donación de un pequeño predio en la Sierra de la Pregunta. Tras tomar posesión de su Ducado, se retiraría de la vida pública. Fallecería, como consecuencia de la fuerte coz que recibió de un caballo, en 1827.

A raíz de su muerte, el Ducado de Láncaster revertió a la Corona. Pasó el tiempo y, en 1835, un desconocido que afirmaba ser hijo de Antonio Manuel y llamarse Felipe Javier de Láncaster se presentó en la corte, recién cumplida su mayoría de edad, para reclamar el título de su supuesto padre. Avalado por su partida de bautismo y por una carta de puño y letra de su progenitor, un documento autógrafo que había permanecido en secreto, bajo la custodia del párroco de Ossio de Mar, fue repuesto en su dignidad nobiliaria.

La fortuna económica llegaría a la casa de Láncaster más adelante, con la primera revolución industrial, al calor de las obras del Ferrocarril del Norte y de explotaciones mineras en Asturias y León. El hijo mayor de Felipe Javier, Manuel de Láncaster, fundó una compañía naviera que se hizo con el monopolio del transporte de tropas a las colonias, principalmente a Cuba y a Filipinas, muchas de cuyas manufacturas regresaban a la península a bordo de sus barcos mercantes.

Amigo personal del rey Alfonso XII, Manuel de Láncaster llegaría a ser, siempre en la sombra, uno de los financieros de la confianza de sus sucesivos gobiernos. Las privilegiadas informaciones que de los altos cargos recibía, unidas a su talento natural para los negocios, elevaron los ingresos y la consideración pública de la casa de Láncaster, convirtiéndola en sinónimo de riqueza y poder.


El prolijo informe de Castilla Alcubierre continuaba desarrollando la historia de los Láncaster hasta bien entrado el siglo XX. Leí el párrafo referente al enlace de la última duquesa, madre de Lorenzo y Hugo:


En febrero de 1941, recién finalizada la guerra civil, Covadonga Narváez contrajo matrimonio con su primo, Jaime Alves-Dasirte, duque de Abrantes. La unión, celebrada en el santuario de Covadonga, contó con la presencia del general Franco y de su esposa, Carmen Polo, amiga personal de la novia. En ese enlace confluían dos intereses complementarios: la riqueza de los Láncaster, por un lado, y el rancio abolengo de los Abrantes, por otro. En dos palabras: se aliaba el dinero contante y la sonante nobleza.


En ese momento, volvió a sonar el teléfono. Era Martina de Santo.

26. Agua en los pulmones

La subinspectora acababa de regresar de su excursión nocturna al campo de golf y me llamaba desde su habitación de La Corza Blanca.

Me apresuré a informarle de que acababa de recibir el informe histórico de Castilla Alcubierre, así como un primer avance de la autopsia. Resumiéndole sus resultados, comencé mencionando el descubrimiento de un cabello humano en el cadáver de Azucena de Láncaster, cuyo análisis de ADN podría despejar la identidad de su agresor.

Paradójicamente, esa novedad, acaso decisiva, no pareció interesar a Martina. Renunciando a desentrañar su inexplicable desinterés, continué informándole:

– El golpe en la cabeza de Azucena de Láncaster se produjo con un objeto o herramienta de acero. En cuanto a la data de la muerte, como usted apuntó, ha quedado establecida en torno a las dos de la madrugada. ¿Se da cuenta de lo que eso supone?

– Dígamelo usted.

– Que la baronesa fue asesinada dentro de la Casa de las Brujas.

Aquella conclusión tampoco estimuló la capacidad deductiva de la subinspectora. No sólo eso, sino que discrepó de tal tesis:

– No necesariamente, Horacio. Desde el momento en que Azucena se retiró a descansar a su dormitorio hasta la que ya podemos considerar hora oficial de su muerte, transcurrieron unos treinta minutos. En esa media hora en que estuvo sola, Azucena pudo salir del palacio por su propio pie o pudieron sacarla a la fuerza y asesinarla fuera.

Me tomé unos segundos para reflexionar y concedí:

– Eso facilitaría la explicación de otro dato que asimismo ha revelado la autopsia: en sus pulmones había restos de agua.

Esta vez, Martina sí pareció interesada.

– ¿En qué proporción?

– Lo ignoro.

– Solicite al Instituto Anatómico más información, hágame el favor.

– ¿Qué necesita saber?

Martina concretó:

– Si el agua es dulce o salada, en primer lugar. En segundo, durante cuánto tiempo permaneció sumergido el cuerpo. Y, en tercer lugar, si su inmersión en una corriente de agua o en el mar fue previa o posterior al golpe recibido en la cabeza.

Apunté los términos de la consulta y le pregunté a mi vez por sus pesquisas en el campo de golf.

– La noche era muy cerrada -dijo ella- y he tenido dificultades para establecer los movimientos del barón en el campo de golf, pero me ratifico en mis sospechas. Creo que Hugo de Láncaster no nos dijo toda la verdad.

– Lo imaginaba. Es culpable, está claro.

– Estoy de acuerdo con usted.

– ¡Me alegro de que haya cambiado de opinión! El asesino no podía ser otro.

– Yo no he dicho que el barón lo sea.

A veces, lo que desde fuera me parecían caprichosas obcecaciones suyas tenían la discutible virtud de poner a prueba mis nervios. Me eché atrás en la silla, exasperado.

– ¡No logro entenderla, Martina!

– No se impaciente, Horacio. Todo apunta a que el enigma al que nos enfrentamos no se va a resolver de hoy para mañana. Un mecanismo complejo y seguramente diabólico se ha puesto en marcha, y mi pensamiento, para solucionarlo, deberá de madurar paralelamente a su desarrollo. Precisaré de algún tiempo para llegar a conclusiones definitivas, pues hay elementos cuya naturaleza desconozco. Eso, unido al carácter extravagante del crimen, me hace temer que la muerte de Azucena de Láncaster no vaya a ser la única que tenga que lamentar el entorno de esa difícil familia.

Intenté sonsacarle alguna opinión más, pero la subinspectora se cerró en banda. Cambié de tema y le pregunté si había tenido tiempo de investigar en el circo.

– Lo dejaré para mañana. Es tarde y estoy cansada. Me propongo dormir unas cuantas horas y, en cuanto despierte, bajar a saborear ese desayuno a base de tostadas con nata que tanto apasionaba al barón.

– Que descanse, Martina. Yo seguiré un rato más al pie del cañón.

– Mi habitación dispone de número directo. Llámeme si se producen novedades.

Cumpliendo con ese compromiso, yo volvería a marcar el teléfono de La Corza Blanca seis horas después, a las ocho y cuarto de la mañana, cuando en el caso Láncaster se hubo producido un nuevo giro.

27. Aparece el arma del crimen

Pasaban de las tres de la madrugada cuando decidí bajar al archivo para descansar un rato. Apoyé la cabeza en la mesa, con los brazos cruzados como almohada, y me dispuse a dar una buena cabezada. Y, verdaderamente, debí de conseguirlo, porque no recuperé la conciencia hasta pasadas las siete de la mañana, cuando desperté aturdido y sin saber muy bien dónde me hallaba.

Faltaba poco para el amanecer. Me lavé la cara, tomé otro café y regresé a la brigada de Información. Todavía no había llegado nadie.

Ocupé la hora siguiente en reordenar mis notas, consignando con la máxima precisión de que fui capaz cuanto Martina de Santo había hecho o dicho hasta el momento en relación con el caso Láncaster. Me movía el propósito de ir cotejando sus predicciones y análisis con la posterior evolución de los acontecimientos, a fin de evaluar hasta qué límites era capaz de llegar su raciocinio policial.

A esas alturas, yo estaba sobradamente convencido de hallarme ante un cerebro privilegiado. Algo, tal vez la misma fuerza que a ella le impulsaba a superarse, me estimulaba a estudiar sus mecanismos y carencias, a fin de incorporar los primeros a mis propios sistemas de trabajo y de ayudar a Martina a vencer las segundas.

A las ocho y catorce minutos me pasaron de centralita una llamada anónima. Pudo haberla atendido cualquiera de mis colegas que desde las ocho habían comenzado a fichar en la sección, pero me tocó a mí y me resultó excitante.

Era una voz ambigua. Estaba usando un simulador y se expresaba a base de distorsionados susurros. Con el corazón golpeándome dentro del pecho, escuché las tres frases que el enigmático comunicante había preparado y que seguramente leyó:

– Escúcheme con atención porque no lo repetiré. Hugo de Láncaster mató a su mujer. Busquen en el bosque, cerca del panteón, y encontrarán el arma.

– ¿Oiga? -grité-. ¿Quién es usted?

Se oyó un clic. Llamé a centralita para comprobar si habían grabado la llamada, pero lamentablemente no había sido así.

No tardé ni treinta segundos en volar al despacho de Buj.

El inspector acababa de llegar a Jefatura. Se había afeitado mal, haciéndose un feo corte justo encima de la nuez. Los párpados le pesaban, vencidos por el sueño. La noche anterior había regresado tarde a la ciudad, después de interrogar por segunda vez en la Casa de las Brujas a Hugo de Láncaster. Pese a algunas lagunas en sus afirmaciones, el juez le había denegado nuevamente la orden de detención y la prisión preventiva.

Informé a Buj de la llamada anónima. El Hipopótamo pegó un bote en la butaca y, de pronto, todo el mundo a su alrededor entró en acción.

Mientras el inspector impartía órdenes y mandaba localizar a la unidad de perros rastreadores, bajé a mi cubículo del archivo para llamar a Martina a La Corza Blanca y poner sobre aviso a la subinspectora. No había terminado de hablar con ella cuando Fernán vino a buscarme por orden directa del Hipopótamo, a fin de que volviera a conducirles de regreso a la Casa de las Brujas.

En esta ocasión, la caravana policial quedó integrada por cuatro coches patrulla que nos trasladaban a una docena de agentes. La unidad de perros rastreadores había sido requerida por la Guardia Civil para proceder a la búsqueda de aquella pantera huida del Circo Véneto, pero ambas operaciones eran complementarias y los cuidadores, según le habían asegurado al inspector, se nos unirían con los perros en la mansión Láncaster. Los perros sólo necesitarían una prenda de Azucena para encontrar lo que alguien, por medio de la anónima llamada a Jefatura, quería que encontrásemos.

La mañana era muy fría y el cielo de un azul cobalto. Con un placer que hacía tiempo no experimentaba apreté el acelerador y me lancé por la carretera de la costa.

Llevaba a mi lado a un malcarado Buj que a cada recta, como en los viejos tiempos, me exigía que pisara a fondo, de modo que acabé derrapando en las curvas perfiladas de hielo y obligando a los demás conductores a jugarse el tipo.

Ni siquiera al atravesar los minúsculos centros urbanos, que solían coincidir con las calles principales de aquellos pintorescos pueblos, respetamos las señales de limitación. Debía de ir a noventa por hora cuando rodeé la misma plaza de Ossio de Mar donde, en la mañana anterior, aquella florista ciega me había confundido al intentar orientarme. Al salir del pueblo me desvié hacia la sierra y, casi sacando chispas al pretil, hice derrapar las ruedas sobre la boca del Puente Medieval del río Turbión. Sólo aminoré al llegar al otro puente, el de los Ahogados, más estrecho, y luego a la pista de tierra, más angosta aún, que se adentraba en los espesos bosques.

Ya no nevaba, pero soplaba un viento polar y la nieve caía desde lo alto de las copas de los árboles en forma de lluvia de flores de cristal. Una niebla espesa rebajaba la altura del mundo y nuestras sirenas destellaban contra los fantasmales abetos.

En la Casa de las Brujas no estaba ninguno de los dos hermanos. Pablo de Abrantes, el primo, que nos recibió en la entrada principal, nos dijo que Lorenzo se había sumado a la batida que la Guardia Civil había organizado con un grupo de cazadores de Turbión para ir tras los pasos de la huidiza pantera. Respecto a Hugo, Anacleto, el mayordomo, nos informó de que había madrugado y salido muy temprano de la casa con su Fiat deportivo.

– ¿Adónde? -preguntó Buj, de pésimo humor, y maldiciendo por lo bajo al juez Vilanova.

– No lo dijo -repuso el sirviente.

– Despierte a la señora duquesa -le ordenó el inspector-, quiero hablar con ella.

– Mi tía no se encuentra bien -dijo Pablo-. Les rogaría que, en consideración a su salud…

El Hipopótamo apartó al primo con brusquedad y entró al vestíbulo de la mansión. Distribuyó a algunos de sus hombres, ordenándoles que registrasen hasta el último rincón en busca de Hugo de Láncaster y, seguido por otra media docena de agentes, salió en tromba hacia el jardín de la parte trasera. Allí, emparejados con sus cuidadores, que los sujetaban de sus correas, le esperaban los perros, dos pastores belgas. Sus negros pelajes relucían de humedad.

– ¿Dónde le dijeron que estaba el arma? -me preguntó Buj, rugiendo literalmente.

– Cerca del panteón -recordé.

Nos distribuimos alrededor de la capilla, en cuyos muros abundaban las gárgolas y motivos mitológicos que parecían inspirados en una Biblia negra. Partiendo de sus muros, fuimos abriendo el campo de búsqueda.

Una hora después, en pleno bosque, pero realmente muy cerca, a tan sólo unos cincuenta metros del panteón, apareció el arma del crimen. Uno de los perros la localizó en una pequeña hondonada tan tupida de vegetación que apenas entraba la luz del sol.

Se trataba de un palo de golf. Lo habían enterrado de forma apresurada, apenas a unos treinta o treinta y cinco centímetros de profundidad. Para ocultarlo se habían limitado, como toda precaución, a extender sobre la removida tierra unos cuantos puñados de hojas muertas.

El inspector examinó el palo. La pastilla de acero estaba manchada de barro, pero en la empuñadura de cuero se leían las iniciales H. M. L: Hugo María de Láncaster.

La caza del hombre, el deporte favorito de Buj, había comenzado.

28. Un disparo perdido

Texto. Buj regresó a la mansión Láncaster y tomó posesión del despacho octogonal de la duquesa. Cogió los papeles que había sobre el escritorio y los dejó en el suelo. Encendió un Bisonte, se arrellanó y, utilizando el teléfono dorado de doña Covadonga, fue previniendo a cuantas fuerzas, cuerpos y unidades de élite creyó oportuno movilizar para impedir que el barón pudiera escapar.

Media hora después, el subinspector Barbadillo entró sin aliento a ese mismo despacho para informar al inspector de que en la batida de cazadores desplegada en los bosques acababan de producirse novedades.

Por un lado, la pantera del Circo Véneto había sido finalmente descubierta y abatida a tiros. Por otro, y según acababa de referirles Jesús Rivas, el jardinero, quien formaba parte del grupo de escopetas, un cartuchazo perdido había alcanzado accidentalmente a Lorenzo de Láncaster. Agentes de la Guardia Civil se habían encargado de trasladarle, herido de levedad, a uno de sus vehículos y de ahí al hospital más próximo.

Nada más salir Barbadillo del despacho octogonal, a las once de la mañana de aquel 26 de diciembre de 1989, la duquesa de Láncaster se hizo conducir ante Buj. Elisa, su secretaria, empujaba la silla de ruedas.

Mortalmente pálida, doña Covadonga exigió al inspector que abandonase de inmediato su casa.

– Desde que ha llegado usted, sólo he recibido disgustos. No es de mi estilo expresarme así, pero su comportamiento me parece intolerable. No quiero que sus hombres sigan molestando a mis empleados. No quiero que se siente usted en mi butaca, que utilice mi mesa, llame con mi teléfono, suelte a sus perros por mi jardín. Mis hijos son inocentes de toda acusación y uno de ellos acaba de resultar herido. ¡Pienso hablar con el gobernador! ¡Voy a resistirme con todas mis fuerzas a que, con su mala educación y sus peores intenciones, siga usted arruinando el orden y la paz de mi existencia!

Buj se había puesto en pie delante de la talla de la Virgen de Covadonga. La propia efigie parecía recriminar su presencia.

– Siento ocasionarle tantas molestias, señora duquesa, pero me enfrento a un homicidio y una de mis primeras obligaciones consiste en investigar si alguno de los residentes en el palacio, ya sean empleados suyos o miembros de su familia, tiene responsabilidad en la muerte de su nuera.

La ira hizo que Covadonga Narváez reuniese el suficiente vigor como para, apoyando las manos en los reposabrazos de su silla de ruedas, incorporar medio cuerpo. Que temblaba de pies a cabeza cuando gritó:

– ¡Fuera!

El inspector se fue de la Casa de las Brujas, pero directamente a solicitar una orden de busca y captura contra Hugo de Láncaster.

29. Juicio y condena

Pasaron las fiestas navideñas y el barón no apareció. La policía de medio país iba tras sus pasos, pero era como si se lo hubiese tragado la tierra.

El Hipopótamo había podido averiguar que, el mismo día 26 de diciembre, Hugo de Láncaster había atravesado la frontera francesa, por Hendaya, con su Fiat deportivo. A partir de ahí, su pista se esfumaba. Por otra parte, la vida de su hermano Lorenzo no llegó a correr peligro. Como consecuencia del disparo que había recibido en un hombro tuvo que ser intervenido quirúrgicamente. Le fue diagnosticada una lenta pero favorable recuperación.

La Guardia Civil intentó aclarar de qué boca de fuego había salido esa munición, pero los análisis de balística no se correspondieron con ninguna de las armas que a lo largo de la mañana de aquel aciago 26 de diciembre habían abierto fuego creyendo vislumbrar en la floresta a un peligroso animal. Cuyo dueño, Bruno Arnolfino, director del Circo Véneto, puso el grito en el cielo y una nueva denuncia, esta vez contra la Guardia Civil, por haber animado a sacrificar, y de manera, a su juicio, harto injustificada, a su valioso leopardo de las nieves.

La noticia de la muerte de la baronesa Azucena de Láncaster había ocupado páginas enteras en los periódicos, pero la de la fuga del barón tardó un poco más en saltar a las redacciones. Hasta que el 2 de enero de 1990, un periódico de tirada nacional abrió su portada con una fotografía de Hugo y un titular más propio de sucesos que de las revistas rosas. En adelante, la prensa del corazón ya no iba a llamarle «seductor de princesas». Titulares como «Huye del país un aristócrata con las manos manchadas de sangre» o «Nuevo fracaso de las fuerzas policiales» desataron una tormenta política y mediática.

Transcurrieron otras tres semanas de incertidumbre. La policía perdió el tiempo investigando pistas falsas en el Caribe y en Canadá.

Finalmente, Hugo de Láncaster sería detenido el 27 de enero de 1990 en la ribera del Adriático.

Agentes de la Interpol lograron localizarle en una diminuta isla próxima a la localidad turística de Dubrovnik. El barón estaba hospedado -o más bien, según la versión policial, oculto- en la villa de Abu Cursufi, un ex diplomático libanés de dudosa reputación en las embajadas, porque como traficante de armas su prestigio se extendía hasta Oriente Medio.

El fugitivo, que en ningún momento reconoció serlo, se entregó sin resistencia. Hugo de Láncaster mostró asombro ante el hecho de que la policía le estuviera buscando y justificó su viaje a Croacia en base a negocios pendientes. Con esa calma y dominio de sí que ya le conocíamos, afirmó ignorar que la justicia española le hubiese declarado prófugo. En aquellas cuatro últimas semanas -sostuvo- no había recibido requerimiento judicial alguno ni, en otro orden de cosas, tuvo necesidad de comunicarse con sus familiares. Cuando se le preguntó a qué obedecía su aislamiento, se limitó a contestar: «Asuntos personales.»Agentes españoles custodiaron su traslado a Madrid. Un enjambre de cámaras le aguardaba en el aeropuerto de Barajas. Sus abogados, Pedro Carmen y Joaquín Pallarols, amenazaron con demandar a aquellos medios que prejuzgasen su culpa. Pero la penosa imagen del barón, rodeado de policías y cámaras, entrando a empujones, con las muñecas esposadas, al coche celular, abriría las noticias de la tarde.

Estimando que concurría un nuevo riesgo de fuga, el juez dictaminó prisión provisional. A partir del 28 de enero de 1990, Hugo de Láncaster dormiría en la prisión de Carabanchel. Un mes más tarde, sería trasladado a la prisión de Santa María de la Roca, a ochenta kilómetros de su residencia familiar, en una de cuyas celdas dobles quedó confinado.

Su juicio tendría lugar justamente un año más tarde, en la segunda quincena del mes de enero de 1991.

Como principales argumentos y pruebas, la fiscalía presentó el palo de golf, con las huellas del acusado, y el cabello descubierto en el cuerpo de la víctima; cabello que, efectivamente, según la prueba de ADN, pertenecía a Hugo; aduciéndose como móvil una relación extramatrimonial de Azucena.

Asimilados los informes policiales, oídos los diversos testimonios y las conclusiones de las partes, la Sala de la Audiencia Provincial de Bolscan, presidida por el juez Nicolás Peregrino, había sentenciado a Hugo María de Láncaster como culpable del parricidio de su esposa, Azucena López Ortiz, a dieciocho años de privación de libertad y a compensar con una millonaria indemnización a la familia de la víctima.

El condenado reingresó en la prisión de Santa María de la Roca para cumplir su pena.

Pasaron los meses. A medida que la suerte del barón iba dejando de ser noticia, los amigos del famoso recluso fueron abandonándole a su suerte. Pronto, el régimen de visitas de Hugo se redujo a unas pocas caras.

La más asidua y gratificante para él era seguramente la de su abogado, Pedro Carmen. Un penalista que llevaba fama de no haber perdido ningún caso importante y que tampoco estaba dispuesto a dejarse ganar en el llamado «caso Láncaster», cuyas extrañas y morbosas circunstancias lo habían convertido en el suceso del año.

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