A lo largo de mi carrera policial, he conocido a numerosos abogados defensores.
La mayoría de ellos eran y son vocacionales. Bien de turno de oficio, bien de millonarias minutas. Estos últimos no creen en nada; acaso, en sí mismos.
Más económicos y sinceros suelen resultar aquellos otros que consideran al ser humano por encima de la condición de cliente, y a la persona como un noble sustrato que, de abonarse con el fertilizante de la ética, acabará por producir hermosas flores.
Ninguno de esos genéricos perfiles se correspondía con Pedro Carmen.
Hay, por supuesto, otra clase de abogados, más realistas o serios, que no sueñan con hacer magia en las salas de los Juzgados, pero sí con ganar el suficiente dinero como para mantener un despacho abierto durante su vida laboral. Su romanticismo se cura y la veteranía acaba enseñando a sus conciencias a maquillar la intrínseca maldad de sus peores clientes. Letrados así descreen de la redención por la pena, de la integración. Saben, en su fuero interno, que el asesino nato no tiene cura, y por eso, allá en su íntimo juicio, reciben las sentencias condenatorias con un alivio que la sociedad comparte.
Tampoco era ése el arquetipo de Pedro Carmen.
En los Juzgados le llamaban El Destornillador. En cierta medida, por su cráneo mondo, esa calva cabeza enhiesta sobre un cuerpo ahusado de femenina cintura, con el pecho hundido y caderas de botella o diosa cicládica; y, también, por su compulsiva manera de retorcerse las manos mientras hilvanaba interrogatorios que tenían algo de torniquete y vuelta de tuerca.
Al margen de esos rasgos, de su empedernida soltería o de sus inefables chalecos, el prestigio de Pedro Carmen descansaba en su cosecha de sentencias absolutorias.
En la década de los ochenta, prácticamente no había perdido ningún caso de relieve.
Algunos de sus más célebres litigios habían merecido la difusión de la prensa. Los periodistas especializados en tribunales valoraban su humor ácido y su franca disposición a facilitarles sus tareas informativas. Al tenerlos ganados de antemano, sus crónicas jaleaban la insolencia con que solía enfrentarse a los fiscales, elogiando sus recursos escénicos y su oratoria.
Curiosamente, Pedro Carmen no concedía entrevistas. El no revelaba la razón, pero tenía miedo de que su prestigio se resintiera si le preguntaban por la condena que él mismo había sufrido tiempo atrás, cuando sólo tenía dieciocho años.
Como consecuencia de una riña tabernaria, otro adolescente con el que se había peleado se golpeó la cabeza contra la barra de un pub. Moriría horas después, de miserable manera, tirado en un callejón de la zona de bares. El joven Pedro Carmen Lóbez fue condenado a ocho años de reclusión en Santa María de la Roca. En la cárcel estudiaría Derecho y padecería aspectos de la naturaleza humana que no había creído existieran ni en los más profundos círculos del infierno.
Su penitencia carcelaria le marcó a fuego, pero jamás hablaba de aquel período de su vida.
Por todas estas razones y por algunas otras que sería huero enumerar, Pedro Carmen era, sin duda, un hombre singular y un abogado de perfil aparte. Su afán de superación, sus éxitos y, ¿por qué no?, sus exóticos chalecos, le clasificaban como una rara especie de abogado defensor.
Tanto, que sólo la integraba un individuo.
Él.
Aquella fría mañana del 28 de diciembre de 1991, Día de los Inocentes, Pedro Carmen llevaba un chaleco de seda amarilla con palmeras bordadas en hilo esmeralda (las hojas) y color caldero (los rugosos troncos). Lo había combinado con una corbata azul estampada de lunares y con una americana beis mallada a cuadros de color vino. Hasta los botones de piedra irisada de su camisa resultaban llamativos. «Es un hortera», pensaba Joaquín Pallarols, su socio. Pero antes se hubiese dejado cortar la lengua que osado ofenderle. Al fin y al cabo, la estrella del bufete era el Destornillador.
Cuando Carmen, así combinado, entró a su despacho de la tercera planta del número 25 de la Gran Vía de Bolscan, Luci, su secretaria, se le quedó mirando con la misma expresión con que habría observado un cuadro de Jackson Pollock.
El abogado la saludó, se quitó el sombrero con que ocultaba su calva y lo arrojó al perchero. Siempre fallaba.
– ¿Qué tal? -preguntó separando los brazos como un actor en su escenario.
Solía mostrarse afectado, pagado de sí. Luci sabía hasta qué punto era vulnerable al elogio. Nada le agradaba tanto como que le felicitasen por sus éxitos profesionales. Quizá, que alabaran su estrafalario gusto por la ropa, lo que a Luci, por lo general, le resultaba imposible. Otros días se había presentado con atuendos que rozaban lo grotesco, pero esa mañana…
– ¿Qué, cómo estoy? -insistió.
La secretaria seguía sin habla.
– ¡Sé sincera, Luci! -la conminó Pedro-. Me enfrenté al franquismo para defender la libertad de expresión y no voy a despedirte por decir lo que pienses.
Luci balbuceó:
– Está usted… Indescriptible.
El se quedó a media sonrisa. Con los adjetivos mantenía una relación de amor-odio. Tanto podían ser enemigos como aliados de su lenguaje jurídico. Desde el estrado, solía utilizarlos para sembrar ambivalencias. Una de sus recurrentes paradojas se acogía a una humorada: «Frente a un tribunal -bromeaba, si estaba en confianza- sólo hay dos cosas más efectivas que un buen testigo: una minifalda y un adjetivo calificativo.»
Dijo a Luci:
– ¿No deberías añadir algún atenuante, para que yo pudiese acatar tu veredicto?
El tono de su secretaria fue ecuánime:
– Si uno llega a aceptarse tal como es, los demás deberán respetarle.
– ¿Confucio?
– Sócrates. Creo.
– No se enfadará, la cicuta le hizo efecto. ¿Sigues con tus clases de yoga?
– Ahora estoy leyendo a los sofistas.
Luci era así, descarada, esnob, pero muy eficaz. Pedro volvió a mirarla, sonriente pero con rastros de sueño. Era temprano, las ocho y media. La noche anterior, después de cenar, el abogado se había quedado trabajando en un caso difícil. Se había acostado tarde, de madrugada. El cansancio hinchaba su poco saludable rostro.
– Puedo aceptarme a mí mismo, Luci. Puedo, incluso, aceptar tus consejos. Pero bajo ningún concepto puedo aceptar que sigas tratándome de usted.
Aquello era nuevo. Extrañada, la secretaria se retiró el mechón de un complicado moño que dejaba entrever las raíces castañas de su falso cabello rubio.
– Como usted mande.
– ¿Por qué no me tratas de tú, sin formalismos? ¿No hace un siglo que me soportas?
– Once meses, don Pedro. Todavía no se ha cumplido un año desde que comencé a trabajar para usted.
– Con usted. Las preposiciones son importantes, Luci, tanto como los adjetivos.
Nerviosa, la secretaria hizo repiquetear sus uñas en un cenicero de barro. Ella no fumaba. El vacío cenicero contenía caramelos para los clientes. Pedro eligió uno de naranja. Tras llevárselo a la boca, cogió media docena más, para refrescar su aliento durante el resto de la jornada.
– ¿Estás insinuando que te toca un aumento de sueldo?
Luci iba a responder diplomáticamente, pero su jefe se le adelantó:
– No correré el riesgo de perderte. Me propongo mejorar tus condiciones económicas. Por supuesto, recibirás la extraordinaria de Navidad… ¿Qué, no dices nada?
Ella quiso agradecérselo, pero le falló la voz.
– Yo…
– ¿Me tutearás, a partir de ahora?
– Si usted… Si tú quieres.
– Lo ordeno.
– De acuerdo… Gracias.
– ¿Nada de señor Carmen, en adelante, nada de don Pedro?
– No. Sólo…
– ¿Sólo Pedro?
Luci se turbó.
– Sólo Pedro.
El Destornillador retorció las manos y las apoyó sobre la mesa, una a cada lado del bolso de imitación Loewe que al reverso llevaba escrito a bolígrafo el nombre de su propietaria, Lucía Martínez Martín, seleccionada para el bufete Carmen & Pallarols por una agencia especializada en secretariado de alta dirección -pese a lo cual, por disposición de Pallarols, que se ocupaba del régimen laboral de los empleados, Luci venía cobrando poco más que el salario mínimo-, y se inclinó hacia ella.
– ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
Luci guardó silencio. La hipnótica mirada de su jefe la puso nerviosa.
– ¿Te apetece cenar conmigo esta noche?
La chica tragó saliva.
– Si es por trabajo…
Los ojos saltones del Destornillador la perforaban como un berbiquí. Tras unos segundos de vacilación, Luci consintió.
– Si tú…
– Perfecto, gracias. Reservaré en un chino. No, mejor en un restaurante japonés, tiene más clase. Disfrutaremos con la comida, tomaremos unas copas y luego… ¿quién sabe?
El rostro de la secretaria se arreboló.
– ¿Qué se propone, señor Carmen?
– ¿Volvemos al tratamiento oficial? Puedes estar tranquila, Luci. Eres una gran chica, aunque un poco… ¡Inocente!
Apenas unos segundos después, en cuanto Pedro hubo exclamado la palabra mágica, se abrieron de golpe las puertas que daban al pasillo. Joaquín Pallarols, con su secretaria, Montse, otros dos abogados titulares y un grupito de pasantes irrumpieron a los gritos de «¡Inocente, inocente!».
Luci se hundió en su silla. Anegados en decepción, sus ojos llorosos señalaban a su jefe como al culpable de una traición. Hasta su voz sonó empañada:
– Esto es… insultante.
– Venga, niña -la consoló Pallarols-. Don Pedro no pretendía ofenderte. Sólo era una broma.
– De muy mal gusto.
– No hemos hecho más que respetar la tradición -intentó justificarse Pedro-. Todos los años le toca al nuevo. Y, en la presente edición de nuestra tradicional inocentada, la nueva, Luci, eras tú…
Hubo un coro de risas y renovados gritos de «¡Inocente, inocente!». Pedro reclamó silencio. Con una humildad que difícilmente se habría interpretado como un signo de arrepentimiento, añadió:
– El aguinaldo navideño iba en serio. Sin embargo, es posible que me haya pasado de la raya. Acepta mis disculpas, te lo ruego.
– No tiene importancia -dijo Luci.
Pero estaba al borde de las lágrimas. Su compañera Montse se acercó a consolarla.
– Se acabó la diversión -dijo Pallarols-. ¡Al trabajo, vamos!
Abogados y pasantes se dirigieron a sus despachos. Pallarols abordó a su socio.
– ¿Tienes que ir hoy por el Juzgado, Pedro?
– Dentro de un rato.
– Antes quisiera hacerte una consulta.
– Házmela ya.
Joaquín bajó la voz:
– Hemos detectado una maniobra financiera que afecta a los capitales del Ducado de Láncaster. Una inversión en Singapur, con una evidente finalidad evasiva.
– ¿De cuánto dinero estamos hablando?
– Mi contacto me dice que han girado a través de varias cuentas. Es difícil saber la cantidad exacta. Podría ser muy elevada.
– ¿Quién dio la orden de transferir?
– Lorenzo de Láncaster, con el visto bueno del administrador de la duquesa, Julio Martínez Sin.
Pedro torció el gesto. Martínez Sin era un ultraderechista, antiguo guerrillero de aquel grupo autodenominado Cristo Rey. Habían sido particularmente violentos. Su especialidad consistía en entrar en los campus universitarios con bates de béisbol, cadenas y dobermans o perros lobo entrenados para morder carne de comunista. Pedro Carmen conocía a Martínez Sin de haberle visto en el banquillo. Años atrás, en Barcelona, el propio abogado había conseguido procesarle, a él y a un par de sus secuaces, por lesiones a una estudiante de la Liga Comunista Revolucionaria.
– No me gusta ese tipo.
– Ni a mí -coincidió Pallarols; quien, sin embargo, había coqueteado con la derecha radical.
– ¿Sigue conservando la confianza de la duquesa?
– Eso creo.
– Me gustaría saber cuánto le estará robando.
– Algún día se sabrá.
Pedro estiró una sonrisa sarcàstica.
– ¿Pronto tendré que hacerme cargo de su defensa, quieres decir?
Pallarols enarcó las cejas. Las tenía finas y en pico, como vencejos gemelos.
– ¿Le defenderías contra nuestros propios intereses? Tendrías que tirar de la manta y en la casa de Láncaster hay mucho que tapar.
– Buena pregunta.
– Pues respóndela.
– Lo haré: sí.
Los finos labios de Joaquín se curvaron hacia abajo.
– ¿Representarías a ese arribista? ¿En serio?
Retorciéndose las manos, el Destornillador asintió.
– Todo el mundo tiene derecho a una defensa legal.
Pallarols chasqueó la lengua.
– Supongo que si alguien destripase a mi santa madre después de secuestrarla y violarla con el desatascador de los urinarios públicos de una estación de autobuses me replicarías con la misma lección de ética profesional. ¡No me contestes! -añadió en tono avinagrado.
Pedro pareció levemente desconcertado por aquel repentino ataque de mal humor de su socio. Joaquín acababa de hacer un gesto extraño, alzando y haciendo descender un brazo en el aire. Acto seguido, sin añadir nada, salió del despacho soplándose el flequillo rubio, que le daba un cierto aire nórdico. O, según decían otros, muy de su cuerda, un toque de distinción.
Pedro permaneció junto a la ventana, pensativo.
Desde hacía algún tiempo, Pallarols utilizaba cualquier excusa para trasladar pequeñas discrepancias, meramente anecdóticas, a terrenos más comprometidos de su relación profesional. «¿Serán celos?», pensaba Carmen. Pero no quería problemas con Pallarols. Se propuso ajustar su agenda del día siguiente para comer con su socio y tratar asuntos relativos al despacho.
Pallarols era de mejor cuna que él. Y un dandi, que se atildaba hasta resultar un tanto cursi. Joaquín solía lucir trajes italianos, hechos a medida en Roma, donde poseía un apartamento. «Mi colega tiene la exclusiva de los chalecos», solía bromear Pallarols cuando le preguntaban por el extravagante estilo de vestir de Pedro Carmen. Dependiendo del interlocutor, podía añadir: «De los chalecos y de las causas perdidas.»Carente del talento procesal de su socio, Pallarols prefería aquellos casos que presentaban sólidas opciones de victoria. Con mayor motivo si atañían a la alta sociedad, a las grandes familias que confiaban en él como abogado y gestor. A diferencia de lo que sucedía con los Láncaster y con otras familias de abolengo a las que representaba, del árbol genealógico de los Pallarols no colgaban títulos nobiliarios, pero su clan pertenecía a la casta dirigente. El propio Joaquín era hijo de un naviero y consejero del Banco de España. Estaba casado con la heredera de un rico constructor. Pedro Carmen había oído decir que la mujer de su socio no tendría a su nombre menos de veintitantos pisos. El matrimonio Pallarols era fanático del golf, de los caballos y de los coches. Que Pedro supiera, pues los alternaba con frecuencia, aparcándolos en las plazas alquiladas por el bufete en el garaje de uno de los edificios de la Gran Vía donde se concentraban prestigiosas firmas de abogados y agentes de inversión, Joaquín poseía cuatro automóviles: dos Porsches y dos Jaguars de diferentes colores, con los que, en una insólita muestra de coquetería, solía combinar zapatos y corbatas. Pedro le había insistido en que se abstuviese de lucir esos vehículos de lujo por las inmediaciones de los Juzgados, pues la ostentación perjudicaba a la firma, pero Pallarols hacía caso omiso.
Desde el día en que decidieron asociarse, no pasaba una jornada sin que Pedro Carmen volviera a preguntarse qué tenían en común un niño bonito de Pedralbes, como Pallarols, y el hijo de un obrero comunista andaluz represaliado por el franquismo, como él.
Al margen de la sinergia económica, no había respuesta. Ambos habían estudiado en Barcelona, pero no llegaron a coincidir en la universidad. Sus carreras profesionales acabaron desembarcando en Bolscan por muy distintas razones. Fruto de su asociación, sus respectivas clientelas y cuentas corrientes habían crecido. Gracias a Pedro, Joaquín Pallarols se había introducido en la actividad financiera de los sindicatos. Merced a su socio, el otrora alternativo y laboralista Carmen había dejado de defender a obreros metalúrgicos y a delincuentes de poca monta para dar cobijo legal a las ovejas descarriadas de la clase alta, y especializarse en asuntos fiscales.
Por ese resquicio, Pedro se había colado en los palacios nobiliarios y conocido a algunos de los últimos aristócratas. Cuando Hugo de Láncaster fue detenido, su madre, doña Covadonga Narváez, consultó con varios abogados, Pallarols entre ellos. Fue precisamente Joaquín quien recomendó a la duquesa que confiara a su colega la defensa de su hijo. «Deme una razón para contratar a ese señor», le planteó doña Covadonga. «¿Una sola?», repuso Pallarols con esa fatua confianza en sí mismo que tan buen resultado le daba entre sus blasonados clientes. «Si me lo permite, le proporcionaré dos: con la toga puesta, Pedro Carmen es capaz de convertir el agua en vino; y, a puerta cerrada, es el mejor negociador que conozco, y los conozco a todos. Si hay alguien capaz de salvar a su hijo, ése es mi socio. Contrátele. No se arrepentirá.»
La mañana seguía nubosa. Una cenicienta luz deslustraba las calles de Bolscan.
La calefacción estaba al máximo. Hacía calor en el despacho. Pedro abrió una ventana y se quedó mirando una ambulancia que pasaba a toda velocidad en busca del hospital más cercano. Años atrás, los inviernos solían ser más templados, pero en las dos o tres últimas Navidades las temperaturas habían descendido. Pasó el índice por el cristal. Un leve vaho nublaba el rótulo: «Carmen & Pallarols. Abogados Asociados.» Pedro inspiró una bocanada de aire.
– Pasa a mi despacho -le dijo a Luci.
Su secretaria le siguió sonándose la nariz.
– ¿No estarás llorando?
– No, señor.
– Ya te he dicho que lo siento -volvió a disculparse el abogado-. ¿Qué más puedo hacer para dejar de sentirme como un detestable machista? ¿Golpearme el pecho, arrastrarme ante ti o, en lo que sería mi peor opción, arrancarme los cuatro pelos que me quedan en el cogote?
Luci dejó de sonarse y se esforzó por sonreír.
– No le queda ningún pelo.
– La doble negación equivale a una afirmación. En este caso, y no me importaría, a una cabellera.
– Me he comportado como una estúpida, señor Carmen. De todos modos, no iba a tener un buen día.
Esa frase activó el instinto procesal del Destornillador.
– ¿Ha sucedido algo que yo deba saber?
– Nada importante.
– Yo decidiré si lo es. Suéltalo.
– He discutido con mi novio.
– No sabía que tuvieses pareja.
– Soy reservada con mi vida privada. Si tengo una relación, de mí no sale.
– ¿Cuál fue el motivo de la bronca?
– Cosas nuestras.
– ¿Podrías ser más precisa?
– ¿Y usted, menos indiscreto?
Pedro le enfocó una de sus teatrales miradas. En relación con sus actuaciones judiciales, poseía todo un repertorio. Aquélla quería decir: «Las cartas boca arriba.»
– He dicho que lo sueltes. Te sentará bien.
Ella bajó la vista.
– íbamos a casarnos esta primavera.
– ¿Y qué pasó? ¿Tu carta astral te recomendó aplazar la boda?
– No fue por mí… Me ha dejado por otra chica. Por Tere, una de mis mejores amigas.
El duro corazón del abogado pareció enternecerse con un gramito de compasión.
– ¡Y nosotros con nuestra estúpida inocentada!
– Olvídelo, don Pedro. Ustedes no tenían por qué saberlo y la broma tuvo su gracia.
– El trabajo redime las penas. También las mías. Veamos mi agenda, Luci.
Ella tomó asiento frente al escritorio. Las manos del penalista desaparecieron tras una muralla de expedientes. Luci comenzó a comprobar sus citas.
– En primer lugar, a las nueve y media, recibirá al señor Tobías Marco. Su carpeta está a la derecha, con un post-it pegado.
– ¿Era una reclamación por…?
– Incendio. -Pedro asintió, sin comentarios; Luci prosiguió-: A las diez, una hija del señor Vidal Prada, Ernestina…
El abogado estaba rebuscando sus gafas. Las encontró y se las puso. Bajo la desnuda bóveda de su cráneo, la redondeada montura de pasta proporcionaba a su rostro un aire intelectual.
– ¿Accidente involuntario?
– Sí.
– ¿Con qué resultado?
– Un peatón herido.
– ¿Era un menor?
– En efecto. Un niño de once años.
Pedro leyó el expediente en zigzag.
– Está en fase de calificación. Sigamos.
– Después, a las once, recibirá a doña Matilde Rúspide, viuda. Supuestamente estafada por los socios de su difunto marido, el fabricante de galletas.
El abogado enarcó una ceja. Eran canosas, rectas y anchas, un venerable arquitrabe para las inquietas cuevas de los ojos.
– Salvo intercesión divina, hay poco que rascar. En principio, es un caso perdido, pero haremos sudar al fiscal. Y puede que doña Matilde encuentre algún documento comprometedor. Continuemos, Luci.
– A las doce, la señorita Ludmila Paraíso, detenida bajo acusación de…
– ¿Es ése su nombre?
Luci se ruborizó.
– Se trata de una profesional.
El abogado se quitó las gafas y las sacudió por las varillas.
– ¿De una puta, quieres decir?
– Creo que sí.
– ¿Lo crees, tienes la certeza o lo sabes con seguridad? Desde un punto de vista procesal, el matiz sería definitivo.
– Esas cosas se saben.
– ¿Te dio copia del carnet?
– Sí.
– Déjame ver.
Luci le entregó la ficha. El abogado había recibido a esa cliente un par de meses atrás. Conservaba el recuerdo de una mujer exótica, de pómulos como huesos de nísperos enterrados bajo la piel, pero el fotomatón la había condenado de antemano. El nombre real de esa cliente era Francisca Sobrellano. Nacida en Cuenca, veintiocho años. El letrado suspiró.
– Conquense, quién nos lo iba a decir. La llamaré Ludmila, suena mejor. Prosigamos.
La secretaria recitó:
– El resto de la mañana lo ocupará usted en los Juzgados. A la una, diligencias del caso Martín Rogado; a la una y media, cita con Aníbal Nuez, el constructor, por la fianza pendiente. A las dos y media, comida en el restaurante Los Cazadores, con el juez Toharia. Ya por la tarde…
– Sólo de pensar en la tarde me entran ganas de encerrarme en el baño y no salir ni para hacer pipí.
Luci sonrió.
– Debería relajarse más a menudo. Se está usted matando.
– Tienes razón. Pero ¿cómo evadirme? Aborrezco el deporte. La naturaleza me produce urticaria. La música, estrés. El cine, jaqueca. Para combatir las corridas de toros estaría dispuesto a sentar en el banquillo a un picador. Este despacho es mi refugio; los Juzgados, un búnker para mí. No conozco más evasión que la soñada por los presos que no he conseguido liberar. -Pedro volvió a separar los brazos, en un gesto clásico en él-. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo distraer mi obsesiva mente?
La secretaria depositó la agenda en el único ángulo despejado del escritorio. Se retocó la blusa y dijo:
– Conozco una fórmula para aliviar tus tensiones.
El jurista se frotó los ojos.
– ¿Tengo los oídos taponados o acabas de tutearme?
Ella pasó por sus labios una húmeda barra de color frambuesa. «Su lengua», pensó él, dejándose invadir por una fuerte pulsión de clara génesis sexual.
El tono de Luci se hizo insinuante:
– Al fin hemos roto el hielo. No te imaginas cuánto tiempo hace que esperaba con ansia este momento.
Su jefe tragó saliva. «¿Ansia? ¿De qué?»
– ¿Vas a seguir tuteándome?
– ¿Ahora te molesta?
– Claro que no.
– Acabo de descubrir que me encanta hacerlo. ¿Pensabas que estoy hecha de algún material insensible?
– Todo lo contrario…
Ella se levantó y lo enlazó con sus brazos.
– ¿No presumes de ser tan sincero? ¿Qué te impide dejarte llevar por tus instintos básicos?
– El Código Penal -apostilló él, intentando bromear. Pero ella lo mantenía ceñido a su cuerpo y la respiración del abogado se estaba acelerando como las revoluciones de un viejo motor en el torno de un taller. Buscó un poco de aire y no lo encontró: el perfume de la chica llenaba de primavera su despacho.
Los ojos de Luci no se desliaban de los suyos.
– No estamos hablando de trabajo, Pedro. Más de una vez te he sorprendido mirándome las piernas. ¿Quieres ver lo que llevo debajo o prefieres reservarte para esta noche?
El penalista se pasó la mano por la calva. Gotas de sudor perlaban su frente. Farfulló:
– ¿Vamos a salir a cenar?
– He reservado en tu restaurante favorito, el Matusalén. Espero no desperdiciar la velada con un anciano. ¡Demuéstrame que todavía eres un macho joven y lleno de vigor!
La chica lo estrechó aún más y, en un arranque de pasión, le ofreció los labios. El Destornillador recordó su edad: veintitrés. ¿La suya? Cincuenta y siete. A dos centímetros de su boca masculló:
– Debo de estar soñando.
– Tú eres el sueño, Pedro. Para cualquier mujer.
– No es cierto. Soy feo, calvo…
Ella le hizo sentarse y mimosamente se acomodó en el brazo de la butaca. Las yemas de sus dedos se aplicaron a desabotonarle el chaleco.
– Me encantan tus camisas de seda.
– Si a ti te gustan…
– Prefiero tu piel.
El abogado notó la boca seca.
– Tengo la espalda llena de pelos.
– Me atraen los hombres rudos.
– Hace meses que no hago el amor. ¡Qué digo! ¡Años!
– Yo te pondré al corriente.
La falda de la chica resbaló al suelo. Con la sangre alborotada, Pedro se enfrentó a un conjunto de ropa interior de color manzana, con dos ligas ciñendo unos muslos de inesperada rotundidad.
– ¡Alguien tendría que detener esto…! ¡Ten compasión, Luci, por el amor de Dios!
La secretaria sonrió.
– Sólo existe una manera de echar el freno.
– ¿Cuál? ¡Rápido!
– Grita conmigo: ¡Inocente!
La puerta del despacho se abrió para dejar paso a un río de colegas en mangas de camisa, que reían como posesos.
Abochornado, Pedro agarró el expediente de Ludmila Paraíso y se lo incrustó en el regazo para disimular su erección. Luci se había tapado y reía con ganas en compañía de Montse, la secretaria de Pallarols. Este lo hacía desencajado, sujetándose las caderas. Superada la primera oleada de humillación, Pedro decidió tomárselo con deportividad. La risa acudió a su garganta y compartió el jolgorio general hasta que otra de las secretarias entró para entregarle un sobre certificado.
– Acaba de llegar, señor Carmen. Parece urgente.
El abogado desgarró el sobre. A sus expertos ojos, acostumbrados a evaluar y calificar en un breve lapso de tiempo, determinadas frases del documento brillaron como subrayadas por una mina de luz. Esgrimió la primera página, en la que se veía el sello del tribunal.
– ¿Qué es esto, otro chiste?
– ¿A qué te refieres? -preguntó Pallarols.
– A esta sentencia del Tribunal Supremo declarando inocente a Hugo de Láncaster. ¡Si es otra inocentada, tiene maldita la gracia!
Se hizo un silencio. En el bufete nadie ignoraba el particular empeño de Pedro Carmen con el caso Láncaster, en el que había batallado hasta la extenuación. Algunos pasantes habían intervenido en la redacción del recurso de casación. Todos pensaban que iba a ser desestimado, pero ese pronóstico no había descorazonado al Destornillador. El recurso, elevado ante el Tribunal Supremo, no incluía nuevas pruebas. Volvía a incidir en el carácter indiciado de las reunidas por la acusación, desde el punto de vista de la defensa meramente circunstanciales, y cuestionaba el grado de fiabilidad de los análisis de ADN, así como la supuesta correspondencia entre la aleación de acero y fibra del palo de golf presentado como prueba y la viruta metálica incrustada en la herida del cráneo de la víctima, esquirla que era de hierro. Sin mencionar errores de procedimiento en la toma de declaraciones y recogida de huellas, y de una investigación policial que, en su conjunto, la defensa consideraba confusa, estaba también esa punta de uña clavada en la mejilla de la mujer muerta que no coincidía con las garras de la pantera abatida cerca del aprisco.
La verdad se fue abriendo paso. Pallarols se puso a aplaudir. En seguida, el resto le imitó. Pedro volvió a enrojecer, pero esta vez de placer. Comprobó que el documento había sido remitido a las partes desde el alto tribunal y leyó en zigzag las conclusiones de la sentencia. Su sonrisa brilló.
– ¡Hemos ganado!
Pallarols le palmeó la espalda. Pedro buscó a su secretaria con la mirada:
– Hazme un favor, Luci. Ponme con el director de la prisión de Santa María. Es urgente.
– ¡Esto hay que celebrarlo! -propuso Joaquín-. ¡No todos los días sacamos de la cárcel a un grande de España!
Pedro asintió, orgulloso.
– Lo mojaremos esta noche, decidid dónde. Invito yo. ¡Acusaré de desacato al que falte!
– ¿Desea que me arregle para usted? -preguntó su secretaria, despertando nuevas risas-. ¿Me pongo algo especial?
– Vuelve a usar ese liguero, Luci, y me arrojaré sobre ti como un tigre hambriento.
– ¿Se trata de una amenaza o de una promesa, señor Carmen?
El abogado sonrió, rejuvenecido por el triunfo.
– Pedro.
– Está bien -convino ella.
– ¿Nada de señor Carmen, en adelante?
– No.
– ¿Nada de don Pedro?
– No.
– ¿Sólo Pedro?
– Como tú quieras.
– Eres maravillosa, Luci. Un día de éstos deberías casarte conmigo.
El despacho estalló en otro jolgorio. Luci replicó, sin dejar de coquetear:
– ¿Y destruir su mito de soltero de oro? Le contestaré después de pasarle esa llamada.
– Gracias. Y también a todos vosotros -añadió el abogado, con una emocionada sonrisa-. No hay nada que me guste tanto como compartir el éxito. Gracias, de corazón. Sois…
Le escocían los ojos. No pudo seguir. Prefirió retirarse hasta dominar sus sentimientos y poder enfocar con frialdad la nueva situación de su cliente.
¡Hugo de Láncaster, libre!
Era uno de los mayores éxitos de su carrera. Al no esperarlo casi nadie, el triunfo todavía resultaba más valioso. Se debía a su constancia, pero también a la firmeza de su cliente. Ni siquiera en sus momentos más negros el barón había dejado de proclamarse inocente.
Sin embargo, y pese a la euforia que le embargaba, Pedro se preguntó al ocupar su butaca: «¿En serio has llegado a tragarte que no la mató?»
No tuvo tiempo para reflexionar. El teléfono sonaba. Luci le comunicó:
– Le paso a don Juan Bandrés, director de la prisión.
Pedro cerró los ojos para concentrarse en lo que iba a decirle, pero se vio a sí mismo en la cárcel, en el ala sur de Santa María de la Roca, estudiando en su catre libros de Derecho con un ojo morado por las palizas que le pegaba otro preso de su edad. No tuvo entonces la suerte de contar con la ayuda de un buen abogado.
– ¿Señor Bandrés? Soy Pedro Carmen. Represento al barón de Santa Ana.
– Lo sé.
– ¿Sabe también por qué motivo le llamo?
– Supongo que disponemos de la misma información. Canten victoria, de momento.
Pedro se amostazó.
– ¿Sólo por ahora?
– Algunos pájaros echan a volar -salmodió Bandrés-, pero dejan atrás el nido. Tampoco se está mal aquí. Usted lo sabe por experiencia.
El abogado encajó el golpe. Al ser provocador por naturaleza, y llevar fama de ello, de vez en cuando se le volvían las tornas y recibía una inesperada dosis de su propia medicina.
La conversación siguió en un tono más formal, aunque sin abandonar ese juego del gato y del ratón típico del mundillo penitenciario. Al colgar, el abogado se mostraba satisfecho. Finalmente, y como no podía ser de otra manera, el alcaide se había mostrado dispuesto a colaborar.
La puesta en libertad de Hugo de Láncaster era cuestión de horas.
Lo que aquella misma mañana, 28 de diciembre de 1991, había sucedido en la Jefatura Superior de Policía de Bolscan tardaría mucho tiempo en ser olvidado.
La semana anterior, un comité de disciplina celebrado en la sede de la Dirección Nacional, en Madrid, había decidido cesar en su cargo al inspector jefe Ernesto Buj Guisol.
Algunas de sus últimas actuaciones, sus abusos de poder, sus más que discutibles y, a menudo, violentos métodos, habían colmado la paciencia de una cúpula policial que pretendía modernizar el Cuerpo, eliminando las últimas rémoras de la etapa franquista.
Para desempeñar en adelante la jefatura del Grupo de Homicidios, la reunión de mandos resolvió nombrar a la subinspectora Martina de Santo, a la que se ascendía al grado de inspectora. Se acordó asimismo que, previamente a su publicación en el boletín, el cese le fuera comunicado al interesado, al propio Ernesto Buj, por el comisario Conrado Satrústegui, su jefe directo.
El comisario decidió coger el toro por los cuernos y pasar el mal rato cuanto antes. Al día siguiente de esa reunión en Madrid, su secretaria citó al inspector.
Lo hizo a una hora poco habitual. Eran las diez y cuarto de la mañana del día de los Santos Inocentes de 1991 cuando Ernesto Buj entró al despacho del comisario Satrústegui. Seguramente pensaba que lo hacía para recibir la encomienda de algún servicio especial.
El Hipopótamo se había sentado enfrente de su superior cuando Satrústegui le soltó la noticia sin introducción ni prólogo, como una ducha fría.
Buj se dio una palmada en el muslo y se echó a reír:
– ¡Muy ocurrente, comisario!
Satrústegui lo miraba con cara de funeral. El inspector dudó:
– Se trata de una inocentada, ¿verdad?
El comisario no había reparado en la fecha y la maldijo para sí. Tenía tanto trabajo que no sabía en qué día vivía.
– Me temo que va en serio, Ernesto.
Buj se lo quedó mirando con una enconada expresión. El labio inferior se le aflojó y sus astutos ojillos se entornaron hasta quedar reducidos a dos rayas del mismo brillo feroz con que debía de estar esculpida y pulida su alma.
– ¿Por qué me hacen esto, comisario?
Un vacilante Satrústegui vertebró como pudo la respuesta que traía preparada. Estaba nervioso y echaba balones fuera mientras las punteras de los zapatos de un cada vez más tenebroso Buj rascaban el linóleo del suelo, como un toro bravo a punto de embestir.
– ¿Por qué?
Satrústegui le pidió comprensión:
– Se trata de adelantar su jubilación, simplemente. No vea fantasmas. A todos nos tocará.
Pero Buj, que ya debía de estar proyectándose a un banco de la Gran Vía, sin nada que hacer, con su perro, Cisco, buscándoles las cosquillas a los chuchos de otros jubilados, no iba a rendirse tan pronto. Se engalló. Sacó a relucir sus méritos, sus éxitos. ¿Quién había organizado el Grupo de Homicidios? ¿Quién, a lo largo de los últimos años, de las últimas décadas, había solventado los casos más peliagudos, desde aquel del Piscinero, el socorrista que ahogaba a sus víctimas, a la detención de un comando etarra que hacía seguimientos al alcalde de Bolscan con vistas a pasaportarlo al otro barrio?
– ¿Le sigo refrescando la memoria, comisario? -vociferó el inspector, fuera de sí-. ¿Hablamos del caso Láncaster? ¿Quién lo habría solucionado, esa señorita De Santo protegida de usted?
Satrústegui no estaba preparado para su incontrolada explosión. Había supuesto que Buj terminaría aceptando, mal que bien, su tránsito laboral. Nada más lejos de sus previsiones que la escena fuese a degenerar en un motín.
Pero el Hipopótamo estaba fuera de sí. En medio de una rociada de saliva, disparó al comisario un torrente de reproches. Cuando se hubo quedado sin aliento, le arrojó al escritorio la pistola y la placa.
Satrústegui no se movió. Permaneció sentado, rígidos los músculos del cuello. Cuando estalló la traca final se le incendiaron las pupilas, pero tampoco se movió de su butaca. Loco de ira, el Hipopótamo se levantó de su silla, la tiró y fue de un lado a otro del despacho, vociferando, amenazando al comisario con escandalosas revelaciones y con llevarse a más de un político por delante.
Salió de tal portazo que los cristales de las ventanas temblaron como si un caza de combate acabase de sobrevolar los tejados de Jefatura.
En el bar de la prisión de Santa María de la Roca, un viejo presidiario limpiaba la barra. Pilas de vajilla sucia le esperaban en el fregadero.
La cafetería no tenía ventanas. Su planta rectangular, baja de techos, olía a dormitorio comunal. A cuadra.
El espacio resultaba claustrofóbico. Dos hileras de focos lo iluminaban entre ocho de la mañana y ocho de la tarde. «Es como una granja de pollos», se había quejado Hugo de Láncaster, la primera vez que entró allí. «De pollas, dirá usted», le había replicado Pepe Montero, un carterista de Almería con fama de contar buenos chistes.
Gestionado por los presos, el bar se mantenía abierto durante todo el día. Sólo cerraba entre las dos y las tres de la tarde, coincidiendo con el horario de la comida. No se servía alcohol.
Eran, sin embargo, las dos y media de aquel 28 de diciembre de 1991 y todos los presentes, incluida una pareja de celadores, estaban consumiendo bebidas alcohólicas.
Al fondo, en la mesa habitual, la partida de póquer llevaba disputándose desde las dos y cinco minutos. Como de costumbre, los jugadores eran tres: Rodrigo Roque, un promotor inmobiliario condenado por estafa múltiple, el narcotraficante gallego Marcos Mariño y el barón Hugo de Láncaster.
Además de ellos, en la cantina había un par de reclusos. Cada uno ocupaba una mesa distinta, separadas entre sí. No hacían nada especial, pero no dejaban de observar a los jugadores.
De esos dos presos, el más próximo a la barra, Ramón Ocaña, tenía un aire agitanado y ojos vivos de los que emanaba una sensación de peligro. Penaba por varias violaciones y una muerte, la del marido de una de sus víctimas, que le sorprendió agrediendo a su mujer en el garaje de su casa. Ocaña le arrancó una oreja de un mordisco y después lo estranguló, mientras la mujer huía a denunciarle.
El otro preso, Óscar Domínguez, alias Toro Sentado, destacaba por su envergadura.
En el presidio habría sido difícil encontrar a otro hombre capaz de enfrentársele. Sentado o de pie, Toro tenía manos como guantes de portero de fútbol y hombros cuadrados que seguía esculpiendo en el gimnasio de la prisión. En su época de luchador, llegó a ser campeón de España. Había inventado una llave mortal de necesidad: «la pajarita». Tras derribar a sus rivales, los inmovilizaba sobre la lona. Les cruzaba los brazos detrás de la espalda y, sentándose sobre sus lomos (de ahí, su sobrenombre artístico), les presionaba la nuca hasta que sus huesos crujían como si fuesen a partirse por la mitad.
En un portal del Barrio Chino de Barcelona, con esa misma llave, con la «pajarita», Toro Sentado le había roto el cuello a un boxeador de peso wélter que había cometido el error de liarse con su mujer. El infortunado púgil no murió de puro milagro, pero ya no volvió a subir a un ring. Desde una silla de ruedas, lo tenía difícil. En cuanto a la mujer de Toro, la paliza que recibió de su marido necesitó cirugía estética y reconstrucción facial.
A Óscar «Toro Sentado» Domínguez le habían caído ocho años, de los que llevaba cumplidos la mitad.
Como recluso, su comportamiento en Santa María de la Roca había sido ejemplar. Su abogado alimentaba fundadas esperanzas de obtener en breve el tercer grado para él. Y, en pocos meses, su libertad.
A escasos metros de Domínguez y Ocaña, dos celadores, Manuel Arcos y Rafael Cuevas, conocidos entre los reclusos como Copito de Nieve y Chita (para los presos, todos los funcionarios, empezando por Kong, el director, eran «monos»), conversaban en la barra de la cafetería, alargando unas cañas de vino tinto con gaseosa. Se estaban quejando de lo cara que resultaba la Navidad para sus modestas economías familiares.
– Quería regalarle un abrigo nuevo a mi mujer, pero los Reyes Magos me han hecho un roto -estaba lamentándose Rafael Cuevas.
Tenía una boca terrible, con las palas dentales hacia afuera. La chata nariz le daba un aire entre femenino y simiesco, de ahí su infamante apodo de Chita.
– Y todavía falta por llegar la factura del otro manirroto, el del trineo -sumó.
– ¿Papá Noel? -adivinó Arcos tras un corto pero intenso esfuerzo mental.
– Ese capullo, sí.
– ¡Deja de llorar, compañero! ¿Sabes qué es lo bueno de las familias numerosas?
– Tú dirás.
– Que se fornica cantidad. ¿Y quieres saber qué es lo malo?
– Tú dirás.
– ¡Que siempre es con la misma! -rio Arcos.
Las entendederas de Cuevas llevaban fama de cortas. No acabó de pillar el chiste.
– ¿Y eso qué tiene de malo?
– Déjalo, Rafael, y sigue con el del trineo.
Cuevas pinchó unos berberechos con el palillo.
– Pues verás, Manolo. Papá Noel tenía cinco cartas que atender. No creas que los chicos de hoy en día se conforman con balones de fútbol. Ni las niñas, con muñecas. El sueldo se me va en Scalextrics y karaokes.
Comprensivo, Manuel Arcos hizo aletear sus blancas pestañas. La cruda luz de los focos resaltaba su extraña cara con una maquillada blancura. Una epidemia de pecas se repartía por su albina piel. Le estaban saliendo unas misteriosas manchas, como pardos lunares de los que brotaban vellos tiesos como alambres. El médico le había prohibido tomar el sol. Arcos no se lo había dicho a nadie, pero temía agarrar un cáncer de piel. Ese pánico le provocaba una ansiedad que le hacía comer sin control. En los últimos tiempos, había engordado. El estómago le oprimía la chaquetilla. Su pistola colgaba bajo un flotador de grasa.
– Cinco bocas, ahí es nada.
Una resignada expresión entristeció el rostro, ya de por sí apagado, de Rafael Cuevas. «Pone el mismo morrito que la mona cuando parece que se la vaya a chupar a Tarzán», decía Pepe Montero, el showman oficial de las Nocheviejas, haciendo reír a los demás presos. Cuevas le confió a su colega:
– Y la cosa no se para ahí, Manolo. Estamos embarazados.
Por respeto a la noticia, Arcos dejó de rascarse un sobaco.
– Me enteré hace cuatro días -explicó el futuro padre-. Mi socia, la Paca, se ha hecho la prueba.
– ¡Enhorabuena, machote!
– Casi preferiría que me dieses un préstamo. O algún consejo.
El celador albino se echó a reír.
– ¿Nunca has oído hablar de la marcha atrás?
– ¿Qué es eso, un anuncio de coches?
– ¿En qué mundo vives? Ya sabes, una retirada a tiempo…
A Cuevas le llevó un rato cogerlo. Cuando cayó, chasqueó los dedos.
– Eso es fácil de decir. Pero en cuanto he puesto la quinta, no hay quien me pare…
– Fíjate en mi parejita -le invitó Arcos-. Niño y niña, punto. Producto de la tracción y de la marcha atrás. Freno, aceleración…
– ¡Eh, vosotros, traednos unos whiskys!
Ambos guardianes se volvieron. Un congestionado Rodrigo Roque les dirigía gestos desde la mesa de póquer. Pese a reclamar más bebida, el promotor tenía el vaso medio lleno. Los ojos le ardían, febriles.
– Ya está cocido -susurró Cuevas-. Este sale a tracción, pero en carretilla.
– ¿Me habéis oído, monos? -siguió vociferando Roque-. ¡A mover los culos!
– ¿Qué pasa con su educación? -le repuso Arcos, también a gritos.
Sin embargo, el celador indicó al viejo preso de la barra que sirviera una copa. Como por arte de magia, una botella de whisky apareció bajo la fregadera. El propio Arcos, haciendo de camarero, acercó el vaso al tapete.
Roque le espetó:
– ¿Y los demás señores, qué, Copito? ¿No se les atiende?
Marcos Mariño empezó a protestar; también él quería otra ronda. Hugo de Láncaster ni siquiera se inmutó. El barón se limitaba a fumar y a estudiar sus naipes.
– Ya lo has oído, Copito -gruñó Roque-. ¡Aire!
El obeso cuerpo del guardián se balanceó con aire burlón.
– ¿Tomarán los señores una docenita de ostras? ¿Un bogavante, una centolla?
Roque lo miró con irritación.
– ¿De qué vas, gorila? ¿Eso no será una seña?
– Aquí el único tramposo es usted.
El promotor arrojó las cartas contra la mesa. Los vasos tintinearon.
– ¿Me vas a hablar tú de honradez?
Al ver que había bronca, los dos presos que observaban la partida se levantaron y se acercaron a los jugadores y al celador. El otro guardia, Cuevas, se movió en la barra lo justo para cortarles el paso. Roque había aferrado por las solapas a Manuel Arcos.
– Tu sobre… -le pareció oír a Cuevas. La voz cavernosa de Roque, condenado por estafar a sus compradores de pisos baratos e, indirectamente, por causar, al derribarse uno de los edificios, la muerte de uno de sus clientes, prosiguió rugiendo-: ¿Y sabes lo que te digo, Copito? Que te lo doy muy a gusto. Es mi política social, la que no practica tu gobierno. A cambio, exijo calidad. La misma que siempre garantizó mi inmobiliaria. -Su rabia se desbordó-: ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué culpa tengo yo de que se hundiese un puto suelo? ¡Malditos jueces!
Arcos le permitió desahogarse. Una tarde y otra tenían lugar escenas parecidas. Era puro teatro, un sucedáneo de las diversiones a las que estaban acostumbrados cuando disfrutaban de libertad. Mañosos de la construcción como Rodrigo Roque o capos como Marcos Mariño no podían disfrutar allí, en Santa María de la Roca, de lujos, mujeres, comidas en restaurantes donde un menú costaba lo que el presupuesto semanal de la cesta de la compra de la familia de un funcionario de prisiones, pero se divertían bebiendo, apostando al póquer y provocando a sus guardianes. Cuando se pasaban de la raya, éstos, sabiendo perfectamente que incluso esa actitud formaba parte del juego, les llamaban al orden.
De hecho, Arcos acababa de sentar de un empujón al constructor. Roque trastabilló con la silla. Toro y Ocaña intentaron de nuevo acercarse a la timba. El celador Cuevas les cerró el camino, esgrimiendo la porra.
– ¡Vosotros, al pabellón!
– ¡Que te jodan, Chita! -masculló Ocaña-. Es lo que te va, por delante y por detrás.
– ¡A callar, escoria! -le ordenó Cuevas-. ¡Cada uno a su celda!
Ambos reclusos se retiraron con caras largas, pero sólo hasta la entrada del bar. Encendieron cigarrillos y se quedaron fumando uno a cada lado de la puerta.
Rodrigo Roque había vuelto a acodarse al tapete y repartía cartas. Tampoco esa vez se iba a desbordar el río. Todos conocían los límites. La cuerda podía tensarse; romperse, en ningún caso.
Más tranquilo, Arcos regresó a la barra, junto a Cuevas.
– No son malos chicos. Los hemos tenido peores. De vez en cuando se aceleran, pero saben dar marcha atrás. No como tú, pardillo.
– ¿Te refieres a…?
El albino hizo un gesto obsceno.
– Freno, aceleración, freno…
En ese momento, la puerta de la cafetería se abrió de par en par. Con traje negro y corbata de respeto, como si regresase de un funeral, hizo su entrada el director del centro, Juan Bandrés.
– Es Kong -susurró Marcos Mariño, barriendo el tapete con la mano para retirar los billetes.
Los celadores quedaron paralizados. Era la primera vez en mucho tiempo que Bandrés pisaba la cantina. «Y justo va a descubrir el pastel», pensó Arcos. Los apostantes había retirado su dinero, pero no los naipes. Se miraban, sin saber qué hacer. Pero el director no había ido a imponer castigo alguno. Su voz sonó neutra, casi amable:
– ¿Querría acompañarme a mi despacho, señor Láncaster?
El barón se incorporó. Su rostro expresaba ansiedad.
– ¿Hay noticias para mí?
Bandrés repuso, cauto:
– Es posible.
– ¿Relativas a mi apelación? Mi abogado me ha dicho…
El director se limitó a indicarle que le siguiera. Al salir al patio, Hugo tuvo la vertiginosa sensación de que el tiempo se aceleraba hacia atrás. Se vio a sí mismo a los veintiocho, a los dieciocho años, y también en algún momento de su perdida infancia, corriendo con un pantalón corto y sandalias de cuero y sonriendo con una especial complicidad a su prima Casilda cuando cazaban ranas en el estanque del palacio o pescaban cangrejos en el río Turbión, lanzando las nasas debajo del Puente de los Ahogados. Su cabeza daba vueltas. Preguntó, con un nudo en la garganta:
– ¿Van a soltarme?
El alcaide se hizo el sordo. Hugo tuvo que esforzarse para conservar la calma.
– Contésteme, se lo ruego.
Bandrés le anticipó, a regañadientes:
– Iba a comunicárselo en mi despacho, oficialmente, pero… Las próximas serán sus últimas horas en prisión.
La sonrisa del barón brilló.
– Era lógico. Soy inocente.
– El Supremo le ha dado la razón. Saldrá libre en cuanto hayamos resuelto los trámites necesarios.
Hugo se echó a reír suavemente.
Una vez que el comisario le hubo comunicado su cese, el sargento Buj salió de la Jefatura Superior como un toro herido. Ni siquiera se daba cuenta de que arrastraba su barata americana de cuadros. El nudo de la corbata se había aflojado en torno a su cuello de campesino e iba, pese al frío, en mangas de camisa.
Entró al bar El Lince, la tasca que hacía chaflán con el edificio policial, y reclamó al camarero:
– Un Sol y Sombra, Perico.
No eran las once de la mañana, ni el primer combinado que ese día despachaba el inspector. Solía desayunar en su casa apenas un café con leche y cuatro galletas, reservándose para, después de la reunión matinal del Grupo de Homicidios, almorzar debidamente en El Lince: huevos fritos con morcilla y panceta de cerdo empujados con media botella de tinto, café negro y un Sol y Sombra, brandy y anís para cauterizar el esófago y la bilis que algunos le hacían tragar.
– ¿Sabe qué día es hoy, inspector? -le preguntó el camarero.
El Hipopótamo había cogido el Marca y miraba la portada del diario deportivo con expresión ausente.
– ¡Los Santos Inocentes! -exclamó Perico, sonriéndole de oreja a oreja-. ¿Se acuerda de la que le prepararon el año pasado? ¡Seguro que hoy le espera otra buena!
Desde hacía unos cuantos años, sus hombres de confianza, Cayo Matutes o Fermín Fernán, entre otros, solían gastarle alguna inocentada. La Navidad anterior, sin ir más lejos, Matutes se las había arreglado para meterle en el bolsillo un sobre con recortes de tías en pelotas y un bono-invitación del Ero's Club, un bar de alterne donde los polis eran bien recibidos. Al sacar la cartera para pagar una ronda, al Hipopótamo se le había desparramado el contenido de ese sobre, con todas aquellas fotos guarras de strippers. Los agentes se habían hartado de reír, pero a Buj no le había hecho ninguna gracia y quizá por eso no había devuelto el bono-invitación del Ero's Club.
– Tengo el cupo cubierto. El comisario acaba de gastarme una broma muy pesada -murmuró, liquidando la copa de un solo golpe-. No estoy para juergas, Perico, pero sí para otro trago.
El camarero cerró la boca y le sirvió. Sobradamente sabía cuándo le cambiaba el humor a aquel cliente de toda la vida. Había visto al inspector ascender, engordar, emborracharse cuando las cosas le iban mal. Perico no conocía a su mujer ni a sus hijos, de los que Buj jamás hablaba. No sabía dónde vivía ni cuál era su equipo de fútbol. Se limitaba a atenderle, a cobrarle y sonreír, a intercambiar con él y con los otros policías chascarrillos, chistes, informaciones de última hora sobre los fichajes del Real Madrid o ácidas críticas al político de turno, socialista, por lo general.
El inspector cogió su segundo Sol y Sombra y fue a sentarse en la mesa del fondo, junto a la máquina tragaperras. Perico sabía que, mientras permaneciera allí, nadie se acercaría a jugar, pero no iba a protestar por ello.
Esa segunda copa le duró bastante al inspector. Todo el tiempo el Hipopótamo estuvo acariciando el filo del vaso con su dedo pulgar y mirando hacia fuera, hacia los coches que cada tres minutos exactos se detenían frente al semáforo en rojo para dejar paso a una avalancha de peatones que se dirigían a la Jefatura Superior o a cualquiera de los edificios colindantes, muchos de los cuales, a esa altura de la avenida, eran también de carácter público o administrativo. Buj encendió un Bisonte, cuyas hebras se le pegaban a los dientes, y siguió fumando, ensimismado, y consumiendo a sorbitos su copa hasta que otro inspector entró al establecimiento.
Era Villa, de Robos, con quien el Hipopótamo no tenía buena ni mala relación.
Buj no le saludó. Villa se disponía a hacerlo, pero, al intuir, de un vistazo, por la avinagrada cara de su colega, que el horno no estaba para bollos, cogió el Marca y se fue a leerlo a la otra punta de la barra. Buj levantó una mano. Su voz le llegó al camarero filtrada por la sintonía de la máquina tragaperras.
– Hazme un café y un favor, Perico: le pones unas gotas de Anís del Mono.
Entre las once y media y la una, la mano de Buj se fue elevando con rutinaria frecuencia. Llevaba cinco revueltos y otros tantos anisados cafés cuando el agente Fernán apareció en El Lince.
– Inspector…
– Ya no, Fermín. Ya no.
– ¿Cómo dice?
– Acabo de entregar mi pistola y mi placa. Estoy acabado. Desde hoy, soy un simple civil. Un don nadie.
Fefé esbozó una mueca de solidaridad. Los últimos veinte años de su carrera los había pasado junto a Buj. El Hipopótamo le había enseñado sus mejores trucos: cómo manipular pruebas, cómo pegar duro en los interrogatorios sin dejar huella, cómo cerrar un caso abierto.
La papada del inspector tembló a causa del odio.
– Y todo por una mujer, Fermín. Por esa Martina de Santo que de santa no tiene nada.
El Hipopótamo le puso al corriente. Se había orquestado en su contra una operación de altos vuelos políticos. El comisario Satrústegui había picado el anzuelo, escuchando a quien no debía y juntándose con demasiado comunista.
– Cuánto lo siento, jefe -dijo Fermín. Le estaba escuchando de pie, sin atreverse a tomar asiento junto a él. Agregó, con respeto-: Con usted se va una época.
– Lo puede jurar -asintió Buj-. A partir de ahora, todo cambiará para mal. El brazo de la ley será una fuerza represiva. Llevar uniforme, un deshonor. Los chorizos cumplirán la cuarta parte de sus condenas en celdas con aire acondicionado y televisor en color. Dentro de poco, les pondrán jacuzzi. ¿Y sabe qué haré yo? ¡Un gran corte de mangas! ¡Brindar por el caos! ¡Salud!
El Hipopótamo pidió una nueva ronda para convidar a su colega. Fermín se sentó a su mesa y se atrevió a darle la noticia para la que había ido a buscarle al bar:
– El caos ya está aquí, inspector.
– ¿Por qué lo dice?
– Han soltado a Hugo de Láncaster.
El inspector se lo quedó mirando con ojos alucinados:
– ¡No es posible!
– El Tribunal Supremo ha modificado el veredicto de la Audiencia Provincial.
– ¿En base a qué?
– Desconozco la sentencia, que debe de estar recién promulgada. Pero la noticia saltará pronto a la calle. Y Láncaster también.
– ¿Cuándo sale ese cabrón?
– No lo sé, inspector.
– ¡Esto me huele a cohecho!
Fernán frunció el entrecejo.
– Algo muy fuerte ha tenido que pasar para que lo suelten.
– Yo le diré qué, Fermín. Nepotismo. Corrupción. Inversión de valores. El final de algo grande y el principio de nada.
Fefé consultó su reloj.
– Tengo que practicar una diligencia, inspector, pero déjeme invitarle a comer.
Buj se levantó, un poco inseguro. Su aliento olía a matarratas.
– Se lo agradezco, Fermín. Es usted buen policía y mejor amigo. Puedo estar a las dos y media en la Taberna del Muelle.
El agente se mostró conforme.
– Nos encontraremos allí. Mientras tanto, que pase el resto de la mañana de la manera más agradable posible.
Buj enarboló un puño.
– ¡Sólo disfrutaría de verdad moliéndoles los huesos a unos cuantos de esos cagatintas!
Fernán insistió en pagar las últimas consumiciones y regresó al trabajo.
En medio de su confusión, Buj alcanzó a comprender que estaba demasiado borracho para seguir allí, tan cerca de Jefatura, y salió a la calle.
El cerebro del Hipopótamo se anegaba en una turbia corriente de odio. En aquellos momentos, habría sido capaz de cualquier cosa.
Decidió caminar avenida abajo. A medida que se aproximaba al centro le llegó con mayor intensidad el pútrido olor de las algas que el mar arrojaba a las playas cercanas. Las aguas de la bahía de Bolscan estaban infestadas de esas repugnantes lechugas marinas, como las llamaba él, que los japoneses importaban para comérselas tan crudas como las propias merluzas.
La mañana era desapacible. Soplaba el viento. Los pocos cafés que se habían animado a montar terrazas se habían apresurado a recoger los veladores por miedo a que los toldos saliesen volando. Hacía fresco, pero Buj sólo sentía su furia interior, un reprimido grito de justicia que le reivindicaba ante todos esos ciudadanos que pasaban a su lado, indiferentes a su desgracia, egoístas y ajenos, pero cuyos negocios él había vigilado, cuya seguridad él había procurado, a cuyos hijos e hijas él había ayudado a crecer arrancando de su camino las malas hierbas y combatiendo la delincuencia y la droga. Y ahora, ¿qué? ¿Quién se lo agradecía? ¿Los comisarios, los jueces? ¿Quién iba a reintegrarle su dignidad y su puesto de mando?
– ¿Tú? -le espetó a un hombre uniformado que, al doblar la esquina de un edificio de piedra, había surgido ante él, como de la nada.
Sin darse cuenta, en su errático caminar, el inspector había llegado al Museo de Bellas Artes. El vigilante de ese centro le detuvo sin miramientos.
– ¿Adónde va usted?
El inspector se llevó un índice a los labios. La voz le sonó beoda:
– ¡A callar, cojones!
De repente, el guarda del museo identificó a Ernesto Buj. Años atrás, había sido policía. No llegó a servir en su departamento, pero sabía quién era.
– Lo siento, señor Buj. No había caído. ¡Hace mucho que no le veía!
También la mente del Hipopótamo, pese a su neblina, le había puesto apellido.
– ¿Pujal?
– El mismo.
– ¡Condenado catalán! ¿Cómo te va?
– No me puedo quejar.
– Te sentaba mejor el otro uniforme. El de verdad.
El vigilante se envaró.
– Ahora estoy en esto.
– Y yo me alegro, hijo.
Buj señaló al interior. Él jamás iba a museos. La última vez que había estado en uno se debió a que se habían cargado a la vigilante nocturna, la habían desollado y abandonado sus restos sobre una maqueta que imitaba la piedra sacrificial de los altares aztecas. [1]
– ¿Qué tenemos ahí dentro?
– Cuadros, estatuas… Cosas así.
– ¿Tiene interés?
– No para mí.
El Hipopótamo contempló con desgana el vestíbulo. Las réplicas de una cariátide y de un César sin cabeza daban la bienvenida a aquel mundo de silencio.
– ¿Hay gente?
– Aquí casi nunca entra nadie.
– ¿No hay ruidos? ¿Sólo paz espiritual?
El vigilante se había dado cuenta de que Buj iba bebido. No obstante, decidió contestar:
– En toda la ciudad, no encontrará un lugar más tranquilo.
– En ese caso, dame una entrada.
– Es gratis.
Una taquillera de sonrisa administrativa le cortó un ticket simbólico.
Buj entró. Efectivamente, no había un alma. Todos los pasillos y escaleras le parecieron iguales, por lo que se limitó a seguir las flechas que indicaban el orden de las colecciones. El Hipopótamo subió resoplando unas escalinatas de mármol y se sentó en el banco central de una sala dedicada a los maestros primitivos.
Románicas vírgenes y góticos ángeles armados con flamígeras espadas flotaban en una luz eucarística. Un tenue resplandor iluminaba sus rostros, las túnicas de seda, sus coronas y cinturones de oro.
El arcángel San Miguel abatía al demonio. Buj sonrió a este último. Había más diablos en otros cuadros. Atrapados en sus terrores infantiles, rojos y negros, con húmedas fauces y pezuñas de macho cabrío, le hicieron rememorar sus oraciones al angelito de la guarda.
Su madre nunca le permitía cerrar los ojos sin haberle rezado al ángel custodio y al Niño Jesús. Lo hacía de rodillas, sobre un suelo helado, de baldosín, mirando hacia el cabezal de hierro del que pendía un escapulario. «Ángel de la guarda, dulce compañía…»
Los Buj vivían en el barrio del Horno, el más pobre de la ciudad. Francisco, el padre, trabajaba para la empresa municipal de limpieza. En el colegio, el pequeño Buj tuvo que oírse más de una vez que era el hijo del basurero. Su padre fichaba de noche y dormía de día. Sus ropas de faena olían a pescado podrido. Era inútil que se bañase a diario o que su madre le comprase cepillos para las uñas y champús antiliendres. En la casa siempre había piojos y una peste a contenedor adherida a los muebles y manteles, a las cortinas y a la heredada alfombra del salón.
Sus padres eran muy católicos. Creían en la resurrección y en un paraíso perfumado y limpio. Francisco Buj se imaginaba la morada celestial llena de cascadas y arcos iris. Su mujer, en cambio, la madre del inspector, prefería imaginar campos de amapolas ondulados por una brisa caliente, donde los animales acudían a comer de la mano.
Alguien hizo girarse al Hipopótamo.
– Olvidé preguntárselo, señor. ¿Había visitado antes nuestro Museo?
La funcionaría que le había cortado el ticket le hablaba desde el otro extremo de la sala.
– ¿Por qué quiere saberlo?
– Para la estadística.
El inspector no coordinaba. Negó con el gesto y disparató:
– Y qué, gracias.
Reparando en su ebriedad, la funcionaria salió en silencio. Su cabello brillaba como el de un querubín. Había algo angelical en aquella mujer, pensó Buj. Algo puro y selecto que su sensibilidad había dejado de percibir en cuanto le tocó luchar y sobrevivir sobre el duro asfalto de las calles. Algo así como un recuerdo de infancia o un aroma agreste y natural como el de las moras silvestres.
A su madre le encantaban las moras. En otoño, su padre solía llevarles a las montañas cercanas, a caminar por senderos que apenas unas semanas después se cubrirían de nieve. Su madre solía protegerse el cabello con un pañuelo. Cuando se detenían a comer y extendían una manta sobre la hojarasca otoñal, ella se sacudía la melena al sol, riendo al decir que así posaban las estrellas de cine.
Su madre había muerto a los cuarenta y nueve años, de un cáncer. Su cabello todavía era rubio, aunque comenzaba a teñirse de gris. Buj asistió a su funeral de uniforme. Ella siempre se había sentido orgullosa de tener un hijo policía y él supuso que le habría gustado verle con sus galones y el escudo prendido al pecho.
Buj notó que una ola de calor le abrasaba las sienes. Una sucesión de sollozos como ladridos le sorprendió con la guardia baja. Lágrimas demasiado tiempo contenidas le quemaron los párpados. Seguro de que nadie, salvo aquellos ángeles pintados, le veía, las dejó correr y pasó a otra sala. Había más Vírgenes y Niños y el ojo de Dios le miraba con severidad. Un arcángel San Miguel alanceaba a otro Satán. «El diablo sólo vence en la vida real», pensó el inspector.
– Adiós, querubines -murmuró, cuando se hubo repuesto y pudo arrastrar los pies hacia la salida-. Volveremos a vernos porque, ¿sabéis?, tendré tiempo. Todo el tiempo del mundo…
En la costa, unos ochenta kilómetros al oeste de Santa María de la Roca, un triángulo de lona acababa de doblar el cabo. Dalia Monasterio entornó los ojos contra la fuerza del viento.
Haciendo restallar el trapo, aquel velero bandeado por la galerna se escoraba hacia las rocas. La proa se hundía en montañas de espuma, impulsándose a la superficie con creciente dificultad.
Dos tripulantes faenaban en cubierta. Debido a las rachas del vendaval, sus gritos resultaban ininteligibles. Dalia les saludó, animándoles con la mano. La proa del velero luchó contra las rompientes, cabeceó y consiguió enderezar el rumbo hacia el resguardado puerto de Ossio de Mar, a unas cuatro millas de allí.
Dalia respiró, aliviada, pues había temido por el barco, tal era el estado del mar. La guapa decoradora elevó sus ojos verdes al cielo, ese otro océano de nubes. Un sol blanco, invernal, las desgarraba poco más arriba de la línea del horizonte.
La decoradora intentó encender un cigarrillo, pero el aire se lo impidió. Llevaba un rato escudriñando el oleaje y dando voces a su amiga Martina, que había salido a surfear. ¿Realmente lo habría intentado, con aquellas olas? Dalia no sabía nada de Martina desde las diez de la mañana, cuando, después de ponerse un traje de neopreno, había decidido dirigirse a la playa cargando su tabla de surf.
La inspectora (pues acababan de ascenderla) se había presentado en su cabaña de la Sierra de la Pregunta a primera hora de la mañana, con la tabla atravesada en la baca del coche. Semanas atrás, Martina había prometido a Dalia que pronto la visitaría, y ahí estaba. Muy contenta, Dalia la había introducido en su pequeño reino: la casita, el huerto, el manantial que cantaba bajo la fronda del bosque. Dieron un paseo entre los alcornocales y eucaliptos y tomaron café incómodamente sentadas en los escalones de la casita de madera. Hasta que Martina, a pesar del mal tiempo, había insistido en practicar uno de sus deportes favoritos, el surf.
Dalia le había advertido que se anunciaba galerna, pero a su amiga le dio igual. Martina había entrado a la cabaña para ponerse su traje de neopreno y, antes de que Dalia acertase a reaccionar, se había perdido por la senda arenosa, hacia las dunas.
Pasaban de las doce y no había regresado.
Dalia siguió recorriendo la playa, cada vez más nerviosa. La popa del velero se alejaba de su campo de visión. El viento era fuerte y parecía haber cambiado de rumbo. Ahora empujaba hacia tierra oscuros nubarrones.
Cada diez segundos, la decoradora volvía a llamar a Martina, pero era como si se la hubieran tragado las olas. «¿No permitirás que se haya ahogado, verdad, buen Dios?», pensó con una sensación de pánico y de culpa. La responsabilidad era suya. ¿Por qué no se habría atrevido a detenerla, ni siquiera a prevenirla? ¿Cómo había podido permitir que llevase a cabo semejante locura?
Aprensiva, Dalia midió las olas a simple vista. Las más altas se elevaban hasta los tres metros. Aquella zona de la playa no estaba aconsejada para deportes náuticos. Tenía corrientes, una fuerte resaca y rocas cuyos filos cortaban como serruchos.
– ¡Martina! ¡Contesta!
No había rastro de ella en la inquietante superficie del mar. Dalia notó cómo su incertidumbre iba evolucionando hacia algo parecido al terror.
¿Y si a Martina le hubiese sucedido algo irreparable?
No podía decirse que Martina de Santo fuera una de sus mejores amigas, pero Dalia y ella se conocían desde la infancia.
Dalia siempre había mantenido con Martina una relación especial. De niña, Martina era un terremoto de actividad y una fuente de conflictos. Se rebelaba contra cualquier norma. Con las monjas tuvo serios problemas. Llegó a sufrir alguna expulsión temporal, hasta que su padre, el embajador, se la llevó a Londres.
También en la adolescencia, Dalia y Martina habían compartido episodios y experiencias. A partir de la etapa universitaria, sus vidas apenas volvieron a coincidir.
Hacía algunos años que no se veían. Se habían perdido la pista por completo. De hecho, la decoradora ni siquiera sabía que Martina era policía.
En su reciente reencuentro -habían coincidido en una de las tiendas de muebles donde se vendían diseños de Dalia-, ésta le había hablado con entusiasmo de su paraíso de Ossio de Mar. Martina solía perderse de vez en cuando por aquellos parajes. En parte por curiosidad, en parte por complacer y recuperar a una amiga a la que realmente apreciaba, se había comprometido a aceptar su invitación en cuanto tuviese un día libre.
– Realmente, es un paraíso -fue lo primero que Martina dijo al llegar, en cuanto hubo bajado del coche y admirado el idílico entorno de la cabaña.
Tras su fachada posterior, se elevaba el bosque. Hacia el norte, en dirección al mar, serpenteaban las dunas. Un intenso olor a plantas aromáticas invitaba a respirar y a pasear.
– ¿Cómo descubriste este lugar?
Dalia le confió que un buen día, casi de la mañana a la noche, harta de la contaminación y de las incomodidades de la ciudad, había tomado la decisión de romper con su rutina (también, de paso, con su pareja) e instalarse en un paraje natural. Tuvo la posibilidad de hacerlo porque a la muerte de su madre había heredado aquellos prados colindantes a la reserva, que su familia venía arrendando para usos ganaderos. La cabaña quedó instalada en un claro.
– Resultó bastante más confortable en cuanto hube trasladado unos cuantos muebles, pero la belleza del paisaje es difícil de superar.
El pueblo, Ossio, encantaba a Dalia. Nada le gustaba tanto como perderse por sus calles de piedra. Para que su proceso de adaptación fuese completo, el párroco le había alquilado la antigua Casa de Juventud -cerrada, paradójicamente, por falta de jóvenes-, a fin de transformarla en un estudio de decoración. Ella misma, con ayuda de un albañil, había ejecutado la reforma. El estudio había quedado muy original. Abría a la plaza de la Iglesia, junto al Café La Joyosa.
– De modo -había concluido Dalia- que, en menos de tres meses, con una casa al aire libre y un lugar perfecto para diseñar y trabajar, me encontré disfrutando de una nueva vida.
Y, en tan sólo un semestre más, confesó la decoradora a su amiga Martina, de una cuenta corriente saneada. Ahora que ya llevaba casi un año instalada en Ossio de Mar, estaba ganando más allí que en la ciudad. Sus clientes se multiplicaban. Al principio, únicamente recibía encargos de la gente del pueblo, pero la fama de sus reformas, proyectando la habilitación de viejas casonas, convirtiendo apriscos y hórreos en posadas y habitaciones de ensueño, se había ido extendiendo por comarcas vecinas. Los nuevos propietarios que aspiraban a gozar de privilegiadas vistas a la costa adecuando viejas vaquerías oían hablar de ella y algunos la contrataban. Una recomendación llevaba a la siguiente y el trabajo se multiplicó. En un nuevo paso, Dalia apostó por asociarse con una familia de pequeños constructores. El equipo funcionó muy bien y pronto estuvieron desbordados.
Un buen día, Dalia descolgó el teléfono y se encontró hablando con Covadonga Narváez, duquesa de Láncaster, a la que sólo conocía por las revistas del corazón.
La duquesa quería hacer reformas en el palacio y una amiga suya le había recomendado los servicios de Dalia. La decoradora mantuvo una entrevista con doña Covadonga y aceptó el trabajo. Era un proyecto ambicioso. Sumado a los que venían acumulándose sobre su mesa, la obligó a contratar a otros dos ayudantes. A pesar de todo, Dalia tuvo que hacer horas extras y decidió instalar una cama en el estudio, aunque siempre que podía regresaba a dormir a su cabaña del bosque.
Situada a unos ochocientos metros de las dunas, la casita de Dalia era, en realidad, una de esas construcciones prefabricadas de una planta que pueden instalarse en cualquier lugar si a su propietario no le importa prescindir de calefacción, agua caliente o luz eléctrica. Las buenas relaciones de su propietaria con el Ayuntamiento de Ossio y con los forestales de la reserva le habían franqueado los permisos necesarios para instalarse en aquel hermoso y pintoresco lugar, aunque por completo aislado.
Con la salvedad del convento de las Hijas de la Luz, perdido en mitad del bosque, y de la mansión Láncaster, en las inmediaciones no había vecinos.
El pueblo, Ossio, quedaba a unos seis kilómetros. Sin prisa, y con unas buenas botas, se podía llegar caminando. Dalia había dado a menudo ese paseo por placer, pero prefería coger la bicicleta, recorrer la pista forestal, atravesar el Puente de los Ahogados, cuya soledad y misterio le comunicaban una deliciosa e infantil sensación de temor, y seguir pedaleando por la ribera del Turbión hasta aparcar en la plaza de la Iglesia, en uno de cuyos chaflanes abría su firma.
Se sentía ocupada, gratificada, feliz. Una creciente sensación de bienestar la iba embargando. Sólo le pedía a la vida que el día siguiente fuese tan completo como el anterior. Y, quizá, que le trajese una nueva propuesta sentimental, una relación amorosa a la medida de sus renovadas y eufóricas sensaciones.
El viento seguía soplando con fuerza. Nuevamente Dalia intentó encender un cigarrillo, pero las cerillas parecían apagarse y explotar al mismo tiempo.
La decoradora ya no podía dominar su inquietud. Estaba a punto de abandonar la playa y salir corriendo en busca de ayuda cuando descubrió a Martina. Era, al menos, una silueta de mujer la que acababa de surgir entre las olas, justo en la línea de las rompientes…
– ¡Deja de hacer locuras! -le gritó Dalia, agitando los brazos por encima de su cabeza en dirección al mar-. ¡Vuelve!
Martina no podía oírla. Dalia la vio surfear, agachándose hasta rozar el agua, para elevarse con la tabla pegada, dibujar un escorzo en el aire y dejar a la ola que venía detrás la tarea de engullirla. Cinco segundos más tarde, y veinte o treinta metros más allá, cerca de las puntiagudas rocas, resurgió del túnel de agua, ensayó otra pirueta y se precipitó de cabeza, clavando la figura al caer. La tabla saltó como un potro salvaje. La inspectora, simplemente, desapareció en el mar.
– ¡Déjalo ya, Martina! -volvió a gritar Dalia; la resaca había provocado un escalón en la arena y el mar de fondo era ensordecedor-. ¡Las olas son enormes, regresa de una vez!
La inspectora había conseguido recuperar el dominio de la tabla. Tumbada sobre ella, dirigió a su amiga una tranquilizadora seña y comenzó a remar hacia la playa. Otra espuma la devolvió con limpieza a la orilla.
Dalia la esperaba con ansiedad. En cuanto hizo pie, Martina cargó la tabla y, levantando serpentinas de agua, corrió hacia su amiga. Sus ojos grises centelleaban de placer.
– ¡Ha sido salvaje!
– ¡Tú sí que eres una verdadera salvaje!
– Este lugar es fantástico, Dalia. Las olas son… Gracias por haberme recomendado esta playa.
– ¿Cómo puedes decir eso? ¡Estás loca, completamente loca!
– Dame un cigarrillo.
– Toma una toalla. Tienes que estar helada.
La inspectora se quitó el traje de neopreno, quedándose tan sólo con la parte inferior de un bikini blanco. Sus senos eran pequeños, sus pezones pálidos, como puntas de clavel, y su vientre fibroso y liso. Sonriente, cogió la cajetilla que Dalia guardaba en el bolsillo de su cazadora, encendió un cigarrillo con el primer fósforo e hinchó sus pulmones de humo. El viento le sacudió la melena.
– Deberías probar el surf, Dalia. No encontrarás nada tan excitante.
– ¿Ni siquiera los hombres?
– ¿Es que también se puede surfear sobre ese tipo de tablones?
Ambas rompieron a reír.
– Mejor no hablemos de troncos -siguió bromeando la decoradora.
Martina no ignoraba que su procesión iba por dentro. Comentó:
– Compruebo que tus heridas sentimentales comienzan a cicatrizar.
Su reciente encuentro en la ciudad había dado para mucho. Dalia le había contado que acababa de romper con su último novio, un periodista a quien la inspectora había conocido en un juicio por amenazas. Era un chico interesante, pero violento.
La decoradora comentó:
– Me encuentro en fase de recuperación. Volvamos a la cabaña. Te prepararé algo caliente.
– ¿Estás en forma?
– ¿Por qué lo preguntas?
– ¡Venga, prepárate!
– ¿Para qué?
– ¡Para una carrera!
– ¿Y la tabla?
– Cargaré con ella. Te doy esa ventaja.
– ¿Y el cigarrillo?
– Me lo fumaré por el camino. ¡Corre!
Martina salió disparada hacia las dunas. Dalia intentó seguirla. Lo consiguió durante los primeros metros, pero en cuanto el camino se empinó dejó de competir y se dirigió a la cabaña al paso.
Era la una de la tarde, pero la luz parecía corresponderse con el atardecer. Espirales de una niebla rojiza flotaban sobre el bosque.
Cuando Dalia empujó la puerta de la cabaña, la recibió el rumor de la ducha. El traje de neopreno colgaba de la barra. La cortina transparentaba el cuerpo desnudo de Martina.
Dalia le ofreció:
– En el armarito del baño tienes crema hidratante y, colgado, un secador.
– Gracias. Me gusta la sensación del pelo mojado, pero utilizaré la crema.
– ¿Tienes hambre?
– ¡Después del surf me comería un buey! -exclamó Martina.
– ¿Te apetece un filete con patatas fritas?
– Preferiría una sopa juliana con las sobras de la menestra de ayer.
Dalia se atragantó de risa. La broma de Martina le había recordado a una de las más repugnante recetas del comedor escolar, que ambas habían sufrido en un mismo colegio.
– Tengo una botella de tinto. ¿La abrimos?
– Adelante.
La inspectora se había enrollado una toalla al cuerpo y se peinaba delante del espejo.
– Hay un albornoz detrás de la puerta -le indicó Dalia.
Martina acabó de secarse el pelo con la toalla, se ciñó el albornoz y se sentó en uno de los dos sillones de la habitación. Dalia prendió un hornillo en la cocina americana y puso a calentar una sartén. Descorchó la botella y sirvió dos vasos.
– Tu vino.
– ¡Magnífico! Empezaré a saborearlo mientras me hablas de tu nuevo amor.
Dalia se giró, confusa.
– ¿De quién?
El tono de Martina siguió sonando sutilmente humorístico:
– De ese hombre joven y rubio, con el pelo lacio y largo, que usa botas de cazador y un chaquetón azul marino y que, casi sin darte cuenta, casi sin tú quererlo, se ha convertido en tu amante.
Dalia se secó las manos con un trapo, las apoyó en sus caderas y se quedó mirando a Martina con una expresión de marcado estupor.
– ¿Quién te lo ha dicho?
– Acabo de deducirlo. Las mejores ideas se me suelen ocurrir en la ducha.
– Nadie tiene ni la más remota idea… ¿Cómo has podido adivinarlo?
– Muy simple -repuso Martina-. Esta mañana, cuando me enseñaste el huerto, observé que alguien había realizado injertos en tus melocotoneros y cavado una acequia para abastecerte de agua de riego. Además de presuponer, y te pido disculpas por ello, que esa mezcla de fuerza y pericia resulta ajena a tus talentos naturales, tu huerto está sembrado de pisadas entremezcladas con las tuyas. Esas mismas huellas se reproducen, en ambos sentidos, frente al escalón de la cabaña. Entran y salen, salen y entran. La pasada noche o, quizás, esta misma mañana, antes de que yo llegara, alguien ha confundido con gel una de tus cremas faciales y dejado pringoso el grifo de la ducha. Perdió un botón, éste. -Martina lo sacó del bolsillo del albornoz y se lo entregó-. Un clásico botón de ancla de chaquetón marinero, con restos de hilo azul. Su dueño usó tu peine y en las púas quedaron enredados algunos pelos rubios, largos y lisos. ¿Recuerdas cómo nos gustaba a las dos aquel chico de los Jesuitas, el del pelo quemado por el sol? ¿Se llamaba Jacinto? ¡Ah, no, perdona! Acabo de confundirme con el nombre de tu actual y rendido admirador.
Dalia contempló a su amiga como si fuese una hechicera. Le apuntó con un dedo acusador:
– Tú lo sabías. Lo sabías todo.
– Claro que no. Pero es evidente.
– ¡Dime quién te ha dicho su nombre!
Martina había encendido un cigarrillo. Fue soltando el humo con parsimonia, a medida que hablaba.
– Las dos macetas de jacintos que tienes en el alféizar de la ventana orientada al norte están medio muertas. Deberías trasladarlas al sur, para evitar el viento, y que les diera el sol. Me he fijado en que llevan la etiqueta de un invernadero de Bolscan. ¿Le gustó tu regalo al jardinero del palacio de Láncaster, o Jacinto está cansado de trajinar todo el día entre bulbos y arriates?
Dalia ahogó una exclamación de sorpresa.
– ¿Cómo sabes que trabaja en la mansión Láncaster?
– Porque sus huellas, que me resultan familiares de cierta investigación, en lugar de alejarse por la pista, se introducen en el sendero del bosque, van y vienen, vienen y van, y en esa dirección, que yo sepa, y conozco bien la Sierra de la Pregunta, sólo hay un convento de clausura y la mansión ducal.
La decoradora, que también acababa de encender un cigarrillo, pareció venirse abajo.
– ¿En tu bola de cristal se ve algo más?
– Puede -contestó la subinspectora-. Pero antes de revelártelo me permitirás que te dé un consejo. Deberías ir pensando en dejar de fumar. Es lo más conveniente para una mujer embarazada.
Dalia abrió la boca, pero no atinó a replicar. Podía estar de un mes, pero igualmente cabía la posibilidad de que se tratase de una falsa alarma. No se lo había comentado a nadie.
Martina se echó a reír.
– Si hubieses escondido mejor el Predictor, me lo habrías puesto más difícil. Cuando te propuse que hiciésemos una carrera desde la playa frenaste a la primera cuesta. Me tengo por buena amiga y no te preguntaré quién es el padre.
– Te lo agradezco, porque hay otro chico en la ciudad que…
Ambas compartieron una risa cómplice. Dalia, más relajada, preguntó:
– ¿Y tú, cómo vas de amores? ¿Hay alguna posibilidad de que pases por el altar?
Martina sonrió y repuso, con sencillez:
– Estoy saliendo con un amigo, pero espero que no se le ocurra pedírmelo.
– ¿Quién es?
– Un actor.
– ¿Cómo se llama?
– Lombardo.
El grito de Dalia debió de oírse en todo el bosque.
– ¡Javier Lombardo! ¡Dime que es cierto!
– Acabo de decírtelo, Dalia.
– ¡He visto todas sus películas! ¿Estás saliendo con él? ¡No puede ser verdad!
– ¿Por qué no?
– Pero… ¿tú sabes quién es?
– Digamos que estoy intentando averiguarlo.
– ¡Tienes que contármelo todo! ¿Te has… ya sabes?
– ¿Qué es lo que tengo que saber?
Dalia se ruborizó, pero terminó soltándolo:
– ¿Te has acostado con él?
Los ojos de Martina se desviaron hacia la pequeña ventana de la cabaña. El cielo se estaba poniendo negro.
– Está a punto de caer una tormenta. Será mejor que me vista y me marche, antes de que la lluvia me sorprenda en el bosque. Mi coche no está preparado y podría embarrancar.
– ¡Si no te has comido el solomillo!
– Olvidé decirte que soy vegetariana.
Dalia le dio un codazo en las costillas.
– ¿Sólo carne humana? ¿Sólo filete al estilo Lombardo?
Martina se había encerrado en el baño. Dalia la oyó reír y, a través de la puerta, hablarle de lo mucho que le gustaba aquel cuartito de aseo enteramente fabricado en madera de barco. La decoradora se dio cuenta de que su amiga estaba desviando la conversación. Martina no iba a contarle nada de su romance con el famoso actor.
La inspectora salió vestida con su ropa, con el traje de neopreno y las llaves del coche en la mano.
– Lo he pasado muy bien, Dalia.
– ¡Si no hemos hecho nada!
– Todo lo contrario. Mi cerebro no ha parado de trabajar.
Dalia se la quedó mirando sin intuir ni remotamente a qué podía referirse.
– ¿Y en qué has estado pensando?
– Creo haber atado algunos cabos más en el caso Láncaster.
La decoradora había oído hablar vagamente de aquel asunto.
– El accidente de los pastos, es verdad… He oído distintas versiones. ¿Qué ocurrió, con exactitud?
Martina hizo un gesto, como aplazando cualquier explicación.
– En otra oportunidad, dentro de poco, tal vez, te haré un relato detallado. Tienes que devolverme la visita. Te llamaré para quedar.
– Hazlo, Martina, por favor. Es estupendo que volvamos a ser amigas.
– Siempre lo fuimos, sólo que la vida…
– ¡Tú no te quejes, con ese novio que tienes!
Martina agitó la cabeza como negando tal vínculo. Su mirada expresaba preocupación. Cogió a Dalia de las manos y, lanzando un vistazo por encima de ella, hacia el bosque, le dijo:
– De noche, asegúrate de que la puerta queda bien cerrada.
La decoradora la miró con un brote de alarma.
– ¿Por qué dices eso? ¿Sucede algo?
– Espero que no. Pero si notas algo raro, alguna presencia extraña, llámame en seguida.
– ¡Por Dios, Martina, no me asustes!
– No lo pretendía. Lo siento.
– ¡Dime que no corro ningún peligro!
– Esta cabaña está demasiado aislada.
La decoradora palideció.
– Tengo una cama en el estudio. Puedo dormir allí.
Martina le apretó las manos y le dio un par de besos en las mejillas.
– No puedo decirte por qué, pero me quedaría más tranquila.
A las dos, Ernesto Buj estaba ya en la Taberna del Muelle. Tenía el estómago revuelto. Para asentarlo, pidió un vino fino.
Aquél era uno de sus tugurios favoritos. Su destartalada terraza, que daba al viejo puerto, permitía disfrutar de una vista diferente de la bahía.
Sus atractivos cesaban allí, pues el local era innoble. Rescatadas de contenedores, las sillas, tan desvencijadas como las mesas, se disponían sin orden bajo un rígido toldo de uralita sobre el que, de vez en cuando, cruzaba un gato o se posaba una gaviota.
Buj se sentó fuera y dejó que la fría brisa del mar lo despejara. El viento rizaba las nerviosas olas. Junto a las dársenas, el agua tenía un color tenebroso, verde gris, y de un azul casi negro allá donde el horizonte se confundía con los nubarrones bajos.
El inspector sacó el espachurrado paquete de Bisonte que llevaba en el mismo bolsillo que la navaja y las llaves. Encendió un cigarrillo y contempló las antiguas fortificaciones costeras que vigilaban la boca de la bahía, los restos de murallas entre las alamedas, las tres playas y el nuevo puerto deportivo, con los modernos amarres para los veleros y yates de los ricos.
Iluminada por una turbia luz invernal, la ciudad no parecía albergar seiscientos mil habitantes. La altura de las casas que jalonaban el paseo marítimo no dejaba ver el casco antiguo ni el barrio de pescadores, aunque sí los suburbios donde residían los trabajadores de la refinería, de los astilleros y de las fábricas de conservas.
La mirada de Buj abarcó la ciudad de Bolscan como siempre lo había hecho, como una propiedad, como un feudo, sin tolerar que la nostalgia ni sentimiento alguno se inmiscuyesen en esa relación, para él de pura y legítima jerarquía. A través de las grúas del astillero se distinguían las cúpulas de la catedral, con su suave e indefinido brillo rosado, y las torres de las iglesias que daban nombre a algunos de los barrios. Una lámina de vidrio y hormigón señalaba la Milla de Oro, el Hotel Hilton, el Embajadores, la Torre del Mar, urbanizaciones de lujosos apartamentos y chalets con piscinas particulares y garitas blindadas con sofisticados sistemas de alarma. Allí, a buen recaudo, residía el dinero.
Buj apuró su copa y pidió otra a un tal Tuco, que era, además de confidente policial, propietario, cocinero y camarero de la Taberna del Muelle. Tuco le atendió y Buj siguió fumando en reconcentrado silencio, algo más reconfortado por el calor del Fino Quinta.
Fermín Fernán y Cayo Matutes se presentaron con un ligero retraso y se disculparon por ello. Les acompañaba el inspector Segura, buen amigo de Buj, a quien los agentes habían informado de la caída en desgracia de su superior.
– No puedo aceptarlo, Ernesto -le dijo Segura, nada más saludarle y sentarse a su lado-. Tiene que tratarse de un error.
– Éramos nosotros quienes estábamos equivocados -rezongó el Hipopótamo, a quien el fino siempre tornaba un poco filósofo.
Hubo otra ronda, ahora de cervezas, y luego Tuco sacó el vino de mesa, un tinto espeso como sangre de toro que le traían de un pueblín de la ribera del Ebro. Buj paladeó aquel caldo sin darse cuenta de que el poso se le iba pegando a los labios, perfilándole la boca con una raya retinta. El degradado inspector había encargado un festín: sardinas de la bahía, chuletones, queso picón. En cuanto la brasa estuvo lista, Tuco les rogó que «pasasen al comedor»: un chamizo con tres tableros y bancos corridos para despachar meriendas de pescadores y juergas de estudiantes más menesterosos todavía. El humo del hogar hacía flotar una leve neblina sobre ese zaquizamí decorado con viejas fotografías del barco de Tuco y del propio tabernero pescando en Gran Sol o remando en trainera.
– Voy a presentar una queja ante la Dirección General -anunció el inspector Segura-. No pienso quedarme de brazos cruzados mientras machacan a los míos.
Buj levantó su vaso como el último saludo del guerrero vencido y todos brindaron por él con un escalofrío de emoción. Tuco les acababa de poner delante una parrillada de sardinas. A la espera de que se enfriasen, el inspector Segura tomó la palabra:
– Hay cosas, Ernesto, que siempre te quise decir y que nunca te dije, pero que te diré ahora. La primera vez que te vi, ¿recuerdas?, fue en 1960. Ha llovido, desde entonces. Yo estaba en el muelle, no lejos de aquí, oculto entre dos hangares de carga. Habíamos recibido el soplo de un alijo de tabaco. Éramos dos. Arsenio Lucas, ¿te acuerdas de él? -Buj asintió con gravedad; Lucas había caído poco después, en acto de servicio-. Les dimos el alto. Varios de aquellos contrabandistas se echaron al agua, pero otros sacaron la artillería y comenzaron a disparar. Lucas tumbó a uno y se fue a por otro a pecho descubierto mientras yo me quedaba atrás, atemorizado, disparando a bulto. Era mi primera refriega a tiro limpio y no estuve a la altura de la situación.
Segura suspiró. Con el tiempo, el rendimiento de su puntería iría mejorando; a lo largo de su carrera, llegaría a abatir a media docena de maleantes, más o menos como el propio Hipopótamo. Prosiguió, mirando a los ojos a Buj:
– Tú estabas de guardia aquella noche, en el antiguo cuartelillo de la calle Antonio Maura. Lucas me cubrió, pero yo tenía el miedo metido en el cuerpo y sólo quería firmar aquel maldito parte y emborracharme hasta perder el sentido. Pero me hablaste, Ernesto. Unos minutos, a solas. Un policía, me dijiste, no es un héroe. Es un tipo normal, con sus terrores y miserias, hecho de barro. Yo tenía que empezar por el principio, eso era todo. Y así lo hice. Aprendí desde abajo, como tú. Quizá por eso no nos mataron jóvenes, como al pobre Arsenio. ¡Brindo por él!
Volvieron a entrechocar los vasos. Gotas de vino se derramaron sobre el mantel de papel. Mientras reflexionaba su respuesta, Buj se pasó la servilleta por la boca; el lienzo quedó teñido con el cárdeno poso del vino químico.
Su voz sonó emocionada:
– Eres leal, amigo Segura, y eso te honra. Recuerdo perfectamente aquella noche de 1960. Yo tenía treinta y cuatro años y me había chupado ya mucha patrulla. -En un segundo, sus ojillos porcinos brillaron de picardía y su tono se volvió divertido-: Por cierto, Segurita, has olvidado que te measte encima.
Matutes y Fernán sofocaron unas risitas; el inspector Segura se limitó a esbozar una forzada sonrisa. Buj continuó:
– Te hablé, es cierto, y mis palabras no cayeron en saco roto. A partir de ese momento, comenzaste a crecer como hombre y como policía. Después, tendría muchas ocasiones para sentirme orgulloso de ti. Cada vez que ascendías era como si a los dos nos diesen un poco más la razón. Pero la razón, muchachos, nada tiene que ver con la justicia. Eso es algo que tal vez hayáis aprendido y que tal vez yo os haya enseñado. Al final, los reglamentos se imponen, y con ellos la rutina y el error, pero la razón permanece siempre. Tuvimos años buenos, sin amparos ni tutelas, y luego volvió el comunismo. Nuestra razón se hizo anticonstitucional, dictatorial. Si yo usaba mi bate de béisbol para calentar las costillas a cualquier hijoputa no estaba infringiendo la razón, pero sí la ley. Si se me olvidaba llamar a un abogado de oficio, estaba vulnerando los derechos de alguien que acababa de violar o matar. Las comisarías pasaron a ser centros asistenciales; nuestros directores generales, políticos a sueldo. Me juré una cosa: yo no iba a traicionarme ni os traicionaría a ninguno de vosotros. Y así me ha ido. Mi carrera se estancó y ahora me dan boleta. Pero siempre podré presumir de haber puesto en pie la mejor brigada criminal de este país.
Los presentes estaban de acuerdo con eso y con otro punto: lo que le habían hecho a Buj no tenía nombre.
Hasta llegar al postre, las críticas fueron fluctuando por distintos niveles, desde el comisario Satrústegui hasta el delegado del Gobierno, pasando por el ministro del Interior. El Hipopótamo se estaba relamiendo un resto de helado de vainilla cuando Matutes mencionó de pasada a Martina de Santo. Fue como destapar la caja de los truenos.
– Esa mujer nunca pudo soportar que la Policía sea cosa de hombres -sentenció Buj.
Y, aunque su timbre era gangoso, por lo mucho que había bebido en la comida, exclamó dirigiéndose al camarero:
– ¡Una ronda de Soberano, Tuco!
Tras su breve entrevista con el director de la prisión, Hugo de Láncaster recibió permiso para hacer algunas llamadas. Se dirigió al locutorio y marcó el número de su abogado, Pedro Carmen.
Este le dijo que asimismo pensaba llamarle y se alegró mucho de oírle. Ambos se mostraron eufóricos por la sentencia absolutoria.
El abogado le explicó a Hugo que el Tribunal Supremo, partiendo de la evidencia de que nadie le había visto cometer un crimen del que tan alegremente se le había acusado por parte de la policía, y por el que, con mayor alegría aún, se le había condenado por parte de los jueces y de la opinión pública, había dado por válidos los argumentos del recurso de casación. Por una parte, la esquirla de hierro encontrada en la herida craneal de la víctima no se correspondía con el acero de su palo de golf. Por otra, nuevos análisis de ADN realizados al cabello hallado en el cuerpo de la víctima habían reducido las posibilidades de que perteneciese a Hugo, haciendo aumentar en la misma proporción las de que se hubiese desprendido, por ejemplo, de su hermano Lorenzo o, incluso, de su primo Pablo.
Pedro Carmen puso fecha a su libertad:
– He pactado su salida para pasado mañana, 30 de diciembre. Abandonará la prisión dentro de… cuarenta y cuatro horas, exactamente.
– ¡Es una gran noticia!
El abogado había pensado en todos los detalles:
– Me aseguraré de que no haya prensa. Sólo estarán advertidos unos pocos funcionarios de la total confianza del director. De ese modo, señor barón, podremos elegir cómo nos interesa hacer pública su excarcelación: si prefiere una comparecencia abierta ante los medios, que yo no le aconsejaría, o emitir un comunicado. Una tercera variante consistiría en que yo mismo le representase en un acto informativo, pero corremos el riesgo de que un excesivo protagonismo por mi parte llegase a inspirar, contrariamente a nuestros intereses, futuros recursos.
Enfrente de Hugo, el futuro volvió a oscurecerse.
– ¿Quién podría recurrir mi sentencia?
Pedro Carmen no vaciló:
– El criminal.
Al otro lado del teléfono, la voz del barón se destempló:
– ¿Quién cree que fue?
– No puedo saberlo.
– Usted ha estudiado a fondo el caso. Seguro que tiene un sospechoso.
– Eso es cosa de la policía.
– ¿Pudo ser mi hermano Lorenzo?
– No sabría contestarle a eso, barón.
Hugo lo aceptó y volvió a otro tema que le preocupaba.
– Ese comunicado de prensa… ¿es imprescindible?
– Nos sería muy favorable. Recuerde que algunos medios se han cebado con usted. Simplemente, el hecho de informar a la opinión pública nos otorgaría un efecto publicitario muy positivo. No se me ocurre mejor manera para limpiar su nombre.
– Si decido eludir ese trámite…
– Muchos presumirán que tiene algo que ocultar.
– Lo pensaré.
– Puedo volver a llamarle mañana. Y pasado mañana iré a recogerle, por supuesto.
– De ninguna manera, abogado.
– Mi experiencia me dice que es mejor que esté presente. Podría haber algún problema de última hora.
– Preferiría no compartir ese momento con nadie.
– La prisión está apartada -insistió el letrado-. Se encontrará solo y…
– Me las arreglaré, no se preocupe. Buscaré un taxi, caminaré… ¡He soñado tanto con ese instante! ¡Quiero oír el canto de los pájaros, quiero ver el mar!
– Como usted desee, señor barón.
– Le veré en unos días. Téngame preparada la minuta.
– No se preocupe por eso. Y… ¡Feliz Navidad!
Hugo se la deseó igualmente, pero antes de colgar dijo:
– Una última cosa, señor Carmen. Voy a pedirle que haga algo por mí.
– Usted dirá.
– No quiero que hable nunca más de mí.
– El principio de discreción me impide…
– Sé que ha sido usted discreto. Lo que ahora estoy intentando decirle es que no quiero que hable con nadie de mi caso, ni siquiera con mi familia.
– Pero alguna gestión tendré que…
La voz de Hugo desplegó un tono autoritario que era nuevo para el abogado:
– Nunca más, señor Carmen. Póngale precio a su olvido y yo estaré de acuerdo con esa cantidad.
Al concluir la conversación telefónica con su abogado, Hugo marcó el número de la mansión Láncaster. Hacía varias semanas, seguramente más de un mes, que no llamaba ni le llamaban a él. A medida que transcurría el tiempo en la prisión, se había ido distanciando de su familia.
Fue un desconocido quien le cogió el teléfono.
– Con la señora duquesa -dijo el barón.
– ¿De parte de quién?
– Hugo.
– ¿Pertenece usted a alguna empresa?
– ¿Me lo pregunta en serio?
– Le ruego se identifique, señor.
– Soy la persona que le va a despedir.
– ¡Muy gracioso! Voy a colgarle.
– No tan deprisa. De los hijos de doña Covadonga, soy el que está en la cárcel. El más peligroso, ¿comprende?
El empleado de la casa ducal respiró a mayor velocidad.
– Lo siento, señor barón, no le había…
El de la servidumbre ciega era un privilegio del poder que a Hugo le tornaba magnánimo. Con cierta indulgencia, inquirió:
– ¿Quién es usted?
– Ángel Sanz, para servirle.
– ¿Su oficio?
– Mayordomo.
– ¿Qué ha sucedido con el viejo Anacleto?
– Se ha jubilado, señor. Discúlpeme, señor barón. Precisamente aquí llegan la señora duquesa y su secretaria.
– Páseme con la señorita Elisa.
– A su disposición, señor barón.
Al otro extremo de la línea se hizo el silencio. Unos pasos se arrastraron como plumas de avestruz y se oyeron secas tosecillas.
Tardaban en coger el auricular. Mientras esperaba, la mente de Hugo horadó los muros de la prisión y sobrevoló los bosques hasta aterrizar en la casona familiar. Pudo ver el gran vestíbulo, los tapices flamencos, la lámpara de araña colgando desde la altura de los torreones, y casi pudo oler un aroma a biscuit de canela escapando de las cocinas. Hacía treinta años que nadie había vuelto a hacer un bizcocho como el que horneaba Matilde, la cocinera que había endulzado su infancia. Sus postres no le gustaban a su hermano Lorenzo, que era muy raro para las comidas, pero volvían locos a Casilda y a Pablo, que solían pasar con ellos la primera quincena del mes de agosto. A partir de los dieciséis o diecisiete años, los cuatro primos habían llevado derroteros distintos, pero últimamente habían retomado la costumbre de reunirse en Navidad y…
– ¿Cómo estás, Hugo?
Era Elisa. El barón le dio la noticia de su liberación. Ella la recibió con un sofocado grito de alegría. Su reacción fue tan afectuosa y espontánea como la de alguien muy íntimo. Hugo se preguntó si Elisa recordaría aún, con la misma intensidad que él, aquella única vez en que ambos se habían acostado en las cuadras, después de una cabalgada por la Sierra de la Pregunta. En honor a la verdad, sonrió para sí el barón, no habían llegado a acostarse, pues hicieron el amor de pie. Hugo ni siquiera había visto sus pechos, duros al tacto como los muslos, que también le acarició debajo de la falda. Sin poder contener su excitación, la había manoseado con torpeza, para penetrarla de golpe como un lúbrico centauro empapado de sudor y deseo. Fue una cópula primitiva que los exaltó y rebajó. Después, Elisa jugaría la baza de la fidelidad a su señora, a la duquesa. Hugo fingía comedirse, pero no por ello la deseaba menos. Repetir la escena de las cuadras se convirtió para él en una obsesión. Elisa supo resistir el cerco y, levantando entre ellos un protocolario muro, convirtió sus encuentros casuales por los corredores o las cocinas del palacio en un exquisito tormento. Finalmente, Hugo la olvidó, como solía relegar a su desinterés todas aquellas recompensas que exigían constancia.
La voz de Elisa, que siempre había tenido algo de la ligereza y de la delicadeza de las alas de una mariposa, tembló en el auricular:
– Entonces, ¿estarás aquí en Nochevieja?
– Eso espero. ¿Te alegrarás de volver a verme?
– ¡Claro! -exclamó ella. Su tono habría querido resultar alegre, pero en el fondo estaba lastrado por un poso de temor-. ¿Cómo vas a venir? ¿Envío un chófer a buscarte?
– Nada de eso. Quiero comenzar una nueva vida. Desde el principio lo haré solo.
Elisa bajó la voz.
– Tu madre está conmigo, aquí mismo, a cuatro pasos, pero no sabe nada y temo que, si se lo anuncio de golpe, vaya a emocionarse en exceso. Será mejor prepararla poco a poco. ¿O prefieres hablar con ella?
En el locutorio telefónico de la prisión, Hugo rompió a reír. Su risa fue inesperada y franca, como la de quien acaba de captar un juego de palabras o un doble sentido.
– No, no… ¿Cómo está?
– Sigue con sus jaquecas y se ha enfriado, pero no está peor que otras veces. Entonces, ¿se lo digo yo?
El barón no consiguió dejar de reír hasta pasado un rato.
– Esto es genial… Me encanta cómo llevas los asuntos de la casa, Elisa. Hasta mañana, casi…
– Hasta mañana, Hugo. ¡Enhorabuena!
– Pronto tendremos ocasión de celebrarlo.
– ¡Claro que sí!
– ¿También tú lo estás deseando? ¡Me muero por darte un revolcón!
Ella tapó el auricular con la mano. Su voz sonó sofocada.
– ¡Por el amor de Dios, Hugo! ¡Tu madre está delante!
El barón rompió en una risa nerviosa.
– ¡Buena es la vieja! ¿Crees que no lo sabe? ¡Se da cuenta de todo!
– No puedo tolerar esto… Adiós, Hugo.
– ¡Elisa, espera!
Pero ella había colgado.
El barón salió al patio de la cárcel. El mar rugía detrás de los muros, pero no podía verlo.
A la hora acostumbrada, Hugo acudió a cenar con los demás reclusos. Cambió de mesa para no tener que dar explicaciones y, por el mismo motivo, rehuyó el círculo de Rodrigo Roque y de Marcos Mariño, hasta que llegó la hora de retirarse a la celda.
Subió a su litera y se acostó. Tampoco a Óscar Domínguez, su compañero de encierro, le dijo nada acerca de la revisión de su caso. El barón oyó removerse al luchador en la litera de abajo, mientras él intentaba leer.
A las once, se apagaron las luces. Todo quedó en silencio hasta que comenzaron los ronquidos. Los de Toro eran verdaderos resoplidos. El barón no había conseguido acostumbrarse.
Pasada la medianoche, estalló la galerna y Hugo ya no pudo dormir. Al filo del amanecer, el insomnio seguía posado sobre su cráneo como un pájaro de afiladas garras.
Tumbado en su litera, con la mirada fija en una tela de araña visible gracias a un pálido reflejo procedente del único neón que iluminaba aquel tramo del pasillo, cuyo pálido resplandor se colaba por el ventanuco de la celda, el barón permaneció encogido bajo una basta manta de lana, hora tras hora. Los vientos rompían contra el muro. Su desvelado cerebro giraba en torno a su inminente libertad. Sin dejar de mirar al techo, dijo:
– Te echaré de menos, Dolly.
Era el nombre de la araña, casi doméstica a esas alturas, que había acabado por construirse una aérea mansión en la celda. El apodo, Dolly, se lo había puesto el propio barón, como malévolo recuerdo a una institutriz inglesa que tuvo que soportar en su adolescencia. Aquella insufrible profesora se llamaba Dolores Carlin, Dolly. Era una mujerona con sombra de vello en los brazos. Vestía severamente y con extrañas combinaciones de color, violeta y verde, marrón y gris.
Los cuatro primos penaban bajo su didáctica férula. Lorenzo, Pablo, Casilda y él la aborrecían a partes iguales. Aquella peluda tarántula de carne y hueso no picaba, pero pellizcaba a la niña, a la dulce Cas, y tiraba a los chicos de las patillas para penalizar sus errores con los verbos irregulares. Hasta que los primos, de común acuerdo, pusieron sus abusos y castigos en conocimiento del duque. Don Jaime mantuvo una entrevista con mistress Carlin. Esa noche se escuchó llorar en el pabellón de servicio. «¿No creéis que suena como el ladrido de una hiena?», les había dicho Lorenzo, desde su cama, celebrando su victoria. Pablo dormía con ellos. Casilda lo hacía en otra habitación, sola, aunque acostumbraba quedarse con los chicos hasta pasada la medianoche, fumando a escondidas y escuchando los cuentos de terror que Lorenzo, con aquella cara afilada y pálida que ya por entonces le hacía parecer bastante mayor de lo que en realidad era, les narraba a cambio de otros favores. A la mañana siguiente, lívida, con un conjunto de falda-pantalón nazareno y pistacho, y en las manos sendas maletas, Dolores Carlin fue invitada a subir a uno de los automóviles del palacio y trasladada a los muelles de Bolscan. En su bolso llevaba el dinero del finiquito y un pasaje de cubierta, el más económico, del ferry a Brighton. Inglaterra recuperaba una disciplinada institutriz; los primos Láncaster-Abrantes, la libertad.
Esa otra Dolly, la araña que compartía la celda con Toro Sentado y con el barón, también era peluda, pero no impaciente. Ni siquiera cuando se descolgaba en el vacío por uno de sus invisibles hilos parecía recordar su naturaleza predatoria. Durante largas temporadas, se mostraba tan pacífica que debían alimentarla con insectos. El barón robaba miel en las cocinas, utilizándola como señuelo para las abejas y ofreciéndoselas a Dolly como un suculento manjar. Pero la araña, lejos de frotarse las afelpadas patitas de gusto y aplicarse a embalsamarlas con su corrupta secreción, se escondía en una grieta del techo, permitiendo que sus presas revivieran y escaparan a través de los barrotes.
– Eres demasiado ingenua, Dolly -susurró el barón a su mascota, que ahora se balanceaba a un par de escasos palmos de su entrecejo-. Espero que sobrevivas a mi ausencia y que te alimentes debidamente. ¿Quieres un consejo? La piedad puede llegar a ser peligrosa. Sobre todo, para el que la ejerce. ¡Toma nota de mí! Después de mi experiencia, nunca más tendré compasión de nadie.
Como si realmente Dolly pudiese entenderle, el barón añadió, exaltado:
– ¿Me has entendido? ¡De nadie!
Había elevado el tono. Debajo de él, Toro se removió con pesadez en su litera. El luchador resopló y volvió a hundirse en esa otra cárcel de los sueños.
En ese instante fue como si el barón escuchase disparos en el interior de su cerebro. Uno, dos, tres… Pero tan sólo eran las campanadas de la prisión, el reloj que había pautado su existencia durante los últimos meses. Cuatro, cinco, seis…
A las cuatro de la madrugada, en el Ero's Club, contemplando el último show, el inspector Buj, que estaba sentado en un taburete, estiró la mano para coger su encendedor Ronson, pero se desequilibró y cayó largo al suelo.
Los camareros intentaron levantarlo, pero no pudieron con él. No respondía. Su borrachera era profunda. Se había dado un fuerte golpe en la cabeza. Temiendo que le hubiera pasado algo serio, llamaron a la policía. Agentes de la patrulla nocturna cargaron con su corpachón escaleras arriba del Ero's, y lo trasladaron al Hospital Clínico.
Buj no recuperaría el conocimiento hasta diez horas más tarde, en una habitación pintada de azul claro en cuya mesilla de noche había una jarra de agua con un filtro para evitar la cal.
Acurrucada en el sillón de las visitas, con un vestido abotonado hasta el cuello, su mujer, Pascuala, lo velaba con tanta seriedad como si estuviese en tránsito hacia la otra vida.
– Por un momento pensé que… -sollozó ella cuando su marido abrió los ojos-. ¿Te encuentras mejor?
– No.
Para demostrarlo, el Hipopótamo sacó una lengua estropajosa con la que penosamente articuló:
– Estoy fatal pero nos vamos de aquí, Pascua. Tú y yo. Andando.
El inspector tenía una aguja de suero pinchada en una vena. De un tirón se la arrancó y procedió a vestirse. Una enfermera intentó detenerle a la salida, pero el bronco paciente había respirado ya el aire de la calle y de ninguna manera iba a quedarse encerrado. Pascuala convenció a la enfermera para que le dejasen marchar bajo su responsabilidad.
De camino a su casa, Buj refirió a su mujer de qué iba todo aquel despropósito. Forzando el paso para no rezagarse, ella, diminuta a su lado, le escuchaba sin rechistar.
Cuando llegaron a su casa, él se recostó en su sillón de escay verde para dormir la resaca de clavos que le atravesaban la frente. Al descalzarse, encareció a su mujer:
– No volveré a poner los pies en la brigada. Tendrás que ir a por mis cosas.
En treinta años de matrimonio, Pascuala sólo había pisado la Jefatura Superior en tres ocasiones, siempre en embajada luctuosa: para informar a su marido de la muerte de su padre; de la de su hijo Benito, víctima de una leucemia; y del accidente de avión sufrido por un hermano suyo.
Era casi de noche cuando Pascuala se presentó en el edificio de Jefatura. Atravesó el pasillo de la planta baja, con sucesivas oficinas de las que entrevió al pasar rimeros de carpetas clasificatorias, ordenadores, calendarios, manchas de humedad en las paredes, y también agentes en mangas de camisa contestando llamadas telefónicas.
El edificio no había cambiado. Le siguió pareciendo muy triste.
Subió al Grupo de Homicidios. La sala era larga y estrecha, con mesas desordenadas y papeles por todas partes.
A esa hora, las ocho de la tarde, sólo quedaban tres investigadores, dos hombres y una mujer. Pascuala se dirigió hacia esta última. No la había visto nunca, pero supo quién era: Martina de Santo.
La nueva inspectora estaba de pie, junto a un perchero del que colgaban su cazadora y su pistola. Un cigarrillo humeaba entre sus labios mientras escribía algo en una libreta con tapas de cuero.
– ¿Desea algo? -le preguntó sin mirarla.
– Soy la señora Buj.
Martina le dirigió una inexpresiva mirada. La barbilla de Pascuala temblaba.
– Ya ha conseguido lo que iba buscando, ¿verdad? ¡Enhorabuena!
Martina no replicó. La mujer de Buj se había quedado en el centro de la sala, sosteniendo una gran caja de cartón. No debía de faltarle mucho para el ataque de nervios. Efraín, el agente más joven del grupo, a quien Buj, por su delgadez, llamaba «Palillo», le dijo:
– ¿Puedo ayudarla?
– Vengo a por las cosas de mi marido.
– Están en su despacho -indicó Martina.
– Yo le abriré -dijo Efraín.
Nada más entrar en la angosta oficina, Pascuala reconoció el olor de su hombre, un vago aroma a fritos y a sudor descomponiendo la atmósfera. Había colillas suyas en el cenicero y un bolígrafo sin capucha en medio de la mesa.
Pascuala fue metiendo en la caja la orla de graduación, los diplomas y banderines del campeonato de fútbol en el que Buj, con cuarenta años y cuarenta kilos menos, había defendido la portería del equipo de la Policía Nacional.
Los cajones del escritorio estaban cerrados. Pascuala sacó el juego de llaves que le había confiado su marido, los abrió y fue recogiendo las carpetas y documentos que en ellos se guardaban. Algunos de esos dossiers llevaban etiquetas llamativas: «Alcalde, horarios»; «Senador Santolaria, fotos»; «Milla de Oro. Recibos».
Cuando hubo llenado la caja, Pascuala salió tambaleándose a causa del peso. Efraín se apresuró a ayudarla. La mujer de Buj espetó a Martina:
– Ya puede entrar al despacho, es todo suyo.
– Seguramente no lo utilizaré.
– ¡Pues con su pan se lo coma! Todavía antes de salir del Grupo, Pascuala se giró hacia la inspectora y exclamó con una infinita decepción:
– ¡Cuánta ingratitud! ¡Una vida para esto!
A las siete de la mañana del 30 de diciembre de 1991, día de su libertad, Hugo comenzó a vestirse por última vez en su miserable celda.
Lo hizo con la misma ropa con la que había ingresado en la cárcel, y que acababan de devolverle doblada en una caja de cartón: traje oscuro, camisa blanca, abrigo de cachemir. Volver a caminar con sus zapatos ingleses le produjo un intenso placer, como si a sus tobillos les hubiesen nacido alas.
A las siete y media, las celdas se abrieron para los turnos de aseo. El barón se afeitó y se cepilló los dientes frente a un espejo donde se reflejaban los cogotes de otros reclusos.
Volvió a su celda, estiró las sábanas, metió en una bolsa sus libros y efectos personales y esperó a que su compañero de encierro -que estaba casi tan contento como él, pues ya le faltaba muy poco para salir de la cárcel- regresase del baño para esforzarse por insuflar una cierta sinceridad a las frases que había preparado como despedida. Pero las palabras, como pronunciadas por otro, brotaron de sus labios sin calor. Toro se dio cuenta. Un tanto avergonzado, el barón se atropello y optó por estrechar la mano de su camarada. El contacto físico desbloqueó su expresión verbal.
– Mucha suerte, amigo Oscar. Me has ayudado, y yo soy hombre agradecido. Todos los domingos recibirás el periódico y una caja de bombones de la Dulcería Núñez de Ossio de Mar, la misma cuyos pasteles me provocaban lombrices de niño.
– ¿Cada domingo?
– Sí.
– Entonces, ¿cómo sabré cuál lleva dentro la lima?
Hugo sonrió.
– La envolveré en un lazo azul y rojo, como los colores de tu Barça. A un seguidor del Madrid no se le puede exigir mayor prueba de amistad.
Toro sonrió a su vez, mostrando un diente de plata. El barón le palmeó los hombros.
– Anota mi número y llámame en cuanto salgas. Es posible que tenga algún trabajito para ti.
– ¿Qué clase de trabajito?
– Uno a tu medida. Limítate a seguir mis instrucciones y te recompensaré.
– ¿Quieres que haga alguna visita especial… sin tarjeta?
Hugo sonrió.
– Deja de hacer preguntas, Toro. Cuando salgas, limítate a llamarme. Yo te diré lo que tienes que hacer. Déjame un número telefónico, por si acaso.
– Estaré en la Pensión Mirasol, junto al Palacio de la Lucha.
– Pensión Mirasol. Muy bien.
Esperaron al celador. El corredor, en forma de túnel, con altas y estrechas ventanas enrejadas filtrando una luz ni sucia ni clara, sino color cobre, oro viejo derrotado por el tiempo, como el espíritu de los hombres allí recluidos, había vuelto a quedar en silencio.
– Ahí llega Copito de Nieve -adivinó Toro, por los pasos-. Suerte, patrón.
Eran casi las ocho menos diez. Haciendo chasquear su juego de llaves contra el cinturón y la funda de la porra, Manuel Arcos, el celador, se presentaba a la hora convenida.
La puerta de la celda se abrió y el barón se encontró caminando junto a Copito de Nieve hacia el difuso amanecer que titilaba en un agujero del muro, como un ojo de luz a la salida de una mina. Absurdamente, el barón experimentó temor, un miedo escénico, supersticioso e irracional, a la libertad. ¿No le iría mejor permaneciendo allí dentro, hablando de fútbol con el enfermero, jugando al póquer con los capos del penal? ¿No era en el mundo exterior donde se asesinaba a gente inocente?
Al pasar frente a la lavandería, otro de los celadores se le cuadró, a modo de burla. Era un tipo repulsivo, que olía fatal. «A mierda seca», decían los presos. Le apodaban Mofeta. El barón comprendió que pretendía provocarle. Lo más inteligente habría sido ignorarle, y más con un pie fuera, pero Hugo le replicó con un feo insulto. Desde una de las celdas se oyó una risotada bestial. Mofeta le levantó un dedo:
– ¡Que te sigan dando por ahí, ricachón!
Como si quisiera compensar la mala sangre de su compañero, en cuanto se hubieron alejado unos pasos por el corredor, el celador Arcos dijo al barón:
– Ya no le falta nada para volver a casa.
– Al lugar del crimen -repuso Hugo, dedicándole una inquietante sonrisa-. Dicen que el asesino siempre vuelve.
Sin saber cómo interpretar esa respuesta, Copito le indicó el camino del patio. Al salir, la reverberación les deslumbró. Las torres de vigilancia mantenían los focos encendidos hasta bien entrada la mañana.
Había llovido y el suelo del patio estaba encharcado. Los relucientes zapatos del aristócrata se mancharon con los charcos.
– ¿Vendrán a buscarle? -preguntó el celador.
– No.
Hugo había planeado dirigirse a Bolscan para, desde su estación de autobuses, tomar la línea de Ossio de Mar. Le apetecía recorrer la costa hasta los verdes collados de la Sierra de la Pregunta, dejando a la espalda las playas y remontando la sinuosa carretera comarcal de Los Altos de Somofrío. Si el conductor accedía a pararle en lo alto del puerto, como en su época de estudiante, cuando Lorenzo y él regresaban al palacio para las vacaciones de verano, bajaría la ladera sur y cubriría a pie el último tramo por la pista forestal que arrancaba del Puente de los Ahogados, sobre las rápidas y heladas aguas del río Turbión.
– ¿Láncaster, Hugo?
En la garita, el barón se dispuso a recoger su documentación. Un funcionario le entregó su cartera, con unos pocos billetes, el carnet de conducir, el de identidad y las tarjetas de crédito.
– ¿Le han notificado del Juzgado que deberá presentarse con una periodicidad de quince días?
– De esos molestos detalles se encarga mi abogado.
– Firme el documento de excarcelación.
Alguien le tendió un bolígrafo. El rostro de Hugo se reflejó en la ventanilla de la unidad de control. El barón firmó y se despidió formalmente de Copito de Nieve y de otro de los celadores por cuyos bolsillos (así como por los de los presos encargados de su protección) habían circulado sus sobornos.
Manuel Arcos le tendió la diestra.
– Tratarnos no ha podido ser un placer para usted, señor barón, pero le aseguro que para algunos de nosotros lo ha sido. Sólo se me ocurre decirle que ojalá tuviésemos más huéspedes de su… pasta. De su buena pasta, quiero decir.
Hugo agradeció ese deseo con una fría sonrisa, intentando elucidar si aquella última frase encubría un sarcasmo y calculando cuánto le habrían costado aquellos corruptos funcionarios. Julio Martínez Sin, el director gerente de las empresas Láncaster y administrador de la casa ducal, se había ocupado de los «acuerdos» -como él, eufemísticamente, los llamaba-, orientados a garantizar su seguridad en la prisión.
En ese instante llegó el coche del director, un Renault de color plata. Sentado junto al chófer, viajaba un guardaespaldas. El alcaide disponía de protección. En Santa María de la Roca penaban unos cuantos terroristas y podía ser objetivo.
Socialista católico, Juan Bandrés no había hecho malas migas con Hugo de Láncaster. Desde su internamiento, el barón había mantenido una estrecha relación con el sacerdote de la penitenciaría, el padre Silvestre, un cura bien conocido por el padre Arcadio, el capellán de los duques, quien había visitado alguna vez al barón para llevarle su consuelo y una botellita de anisete de las hermanitas del Convento de la Luz. Ese claustro y el ducado de Láncaster mantenían una cordial relación. El monasterio recibía una gratificación anual de doña Covadonga. Al padre Arcadio le llenaba de satisfacción la devota confianza que la duquesa tenía con la priora. También su nuera Azucena llegó a establecer relación con las monjas. Andando o a caballo atravesaba los bosques y las visitaba en el convento. Cosía con ellas, en los telares artesanos, o aprendía a batir chocolate. Incluso, si le sorprendía la noche y Hugo estaba fuera, de viaje, las acompañaba a cenar en el modesto refectorio.
El alcaide descendió del coche y atravesó en tres zancadas la distancia que le separaba de su más famoso preso.
– Que tenga mucha suerte ahí fuera -le deseó.
– Muchas gracias, director -dijo Hugo, estrechando con desgana la diestra de Bandrés, al tiempo que bajaba la voz-: Pronto recibirá un obsequio. Le ruego que lo acepte y que venga a vernos si pasa cerca del palacio.
– Lo haré. No se meta en líos.
– Soy un hombre distinto.
– Pues disfrute de su segunda oportunidad.
La barrera se levantó y Hugo de Láncaster puso un pie en territorio libre.
Bandrés pensó, viéndole alejarse: «Pronto volverá.»
Una solitaria carretera se extendía ante el barón. La calzada de cemento aparecía cuarteada bajo el peso de los camiones de ganado que bajaban de la sierra. No había árboles. Los postes telefónicos se inclinaban testimoniando la fuerza del viento.
Un anciano en bicicleta, con las espaldas protegidas por un plástico que le serviría de gabardina si volvía a llover, se alejaba pedaleando hacia los huertos cercanos. No había nadie más. Las pocas casas y los hoteles baratos, especialmente construidos para los familiares de los presos, parecían deshabitados. Las canaleras de sus tejados seguían escupiendo chorros de un agua marrón cuyo sonido percutía al golpear el suelo.
Hugo de Láncaster encendió su primer cigarrillo como hombre libre y arrancó a caminar junto a las electrificadas cercas de la prisión. El océano no se veía aún; sólo la cresta de la collada que rompía en acantilados de hasta treinta metros de altura.
Santa María de la Roca había sido levantada en aquel abrupto promontorio apenas acabada la guerra civil, a principio de los años cuarenta. Con el paso del tiempo, fue asentándose en su vecindad uno de esos barrios de colonización tirados a cordel, con casas rectas y bajas donde podía encontrarse un afilador, un antenista de televisión, un músico de orquestas populares o cualquier otro costumbrista tipo de una España rural que recibía al barón con cacareos de gallinas y espantapájaros asomando entre las altas coles sin coger. Todo era nuevo y viejo a la vez.
El barón dirigió una última mirada a la mole de la prisión. Nada dejaba allí, a nadie echaría en falta. ¿Y quién le esperaba a él? ¿Quién le había añorado? Muchos de sus amigos le habían abandonado. Joaquín Pallarols, el abogado que le asesoraba en sus finanzas particulares, le había ido informando de cómo uno tras otro se desprendían de sus acciones, «Como si no quisieran contaminarse -había dicho Pallarols, y el infamante sustantivo había caído a peso en su cerebro- con un criminal».
Tampoco sus amantes habían tenido compasión de él. A poco de ingresar en Santa María, Hugo había recibido algunas cartas interesándose por su estado de ánimo, pero no se dignó contestarlas y ya no le escribieron más. Sólo una mujer, en secreto, se había mantenido fiel…
En el extremo sur del Barrio de la Roca había una parada de autobuses. El barón esperó unos minutos y subió al que podía llevarle hasta la Estación Central, en la parte antigua de Bolscan.
No recordaba el precio del billete. Se sentó en los últimos asientos y disfrutó del traqueteo y de las ingenuas conversaciones que pudo atrapar al azar.
Atravesaron el área de la refinería y Hugo pudo ver el mar, levantando a lo lejos montañas de espuma. Cruzaron periféricos suburbios y las zonas del casco antiguo más degradadas y llegaron a la ruidosa Estación Central, cuyos hangares tenían forma de cruz.
En la estación había cafetería, quiosco y unos repugnantes lavabos. El barón usó los urinarios, mucho más sucios que los de la prisión, y buscó los paneles informativos con los horarios de las líneas. Los ecos de voces superpuestas le estaban aturdiendo y el trasiego de gente le desorientó. Dio la vuelta a los hangares hasta encontrar la taquilla e hizo cola para comprar un billete.
– ¿Destino? -le preguntó la taquillera.
– Ossio de Mar. En la costa.
– Sé dónde cae -repuso la chica.
– Es bonito, ¿verdad?
Hugo se la había quedado mirando, sonriente. La taquillera, a su vez, le regaló una sonrisa.
– Bastante. ¿Ventanilla?
– Sí, por favor.
– Aquí tiene. Asiento número tres, detrás del conductor.
Hugo le entregó un billete. Mientras ella contaba el cambio, el barón viró hacia el hangar su perfil de moneda. Había manchas de humo en las paredes y de aceite pesado en la capa de alquitrán. La techumbre de la estación retemblaba cada vez que entraba o salía un autobús.
Olía a gasóleo. El barón experimentó verdaderas ansias de pisar el territorio de su infancia, de bañarse en el Cantábrico y de volver a trepar por las dunas sintiendo cómo el fuerte viento le hacía lagrimear de frío y felicidad.
Seguía esperando el cambio. Un perro que pasaba junto a la entrada le recordó a Thor, el pastor alemán que, de cachorro, le acompañaba en sus correrías por los bosques de la Sierra de la Pregunta.
Unos segundos después, a través de los sucios cristales de la estación, el barón vio pasar al hombre que había arruinado su vida.
Había engordado, pero lo reconoció en el acto. Era el inspector Buj, el mismo que había desmontado su coartada, que le había atribuido un móvil para eliminar a su mujer y señalado sus huellas en el arma homicida.
– Tendré que darle calderilla -dijo la taquillera-. Lo siento.
El barón la contempló con temor; el que Buj le inspiraba.
– ¿No se encuentra bien? -se interesó la chica-. Se ha puesto blanco.
– No será nada, no se preocupe.
El inspector acababa de entrar en la estación. Hugo tuvo que apoyarse en el zócalo de la pared.
Como si estuviese buscando a alguien, Buj movió la cabeza y los hombros a uno y otro lado y en seguida se dirigió precisamente hacia el punto desde el que el aristócrata le estaba mirando desencajado, con los brazos caídos. El barón pensaba que la cárcel le había enseñado a vencer el miedo, cualquier clase de intimidación, pero al ver avanzar al Hipopótamo balanceando el torso abombado como un tambor sobre sus cortas y recias piernas, sus reflejos se negaron a reaccionar. No habría podido hablar. Su lengua era un pedazo de cuero.
Por suerte para él, el inspector pasó a su lado sin verle y siguió hasta el quiosco. Toqueteó todo, en especial las revistas eróticas, pero sólo adquirió una chocolatina. Mientras la masticaba, estuvo hojeando uno de los diarios. Renunció a comprarlo, manoteó por los bolsillos de su americana hasta encontrar el paquete de Bisonte y se acercó al barón:
– ¿Tiene fuego?
De forma mecánica, la diestra de Hugo sacó un mechero. Un autómata no habría articulado sus movimientos más rígidamente. Para encender, el inspector protegió la llama con el hueco de la mano. Hugo pudo sentir la áspera piel del policía.
Un autobús aparcó tras ellos, en los andenes. El tubo de escape expulsaba un humo acre. Sus frenos taladraron los tímpanos del barón. La temperatura aumentó.
– Gracias -dijo Buj.
No les separaban ni veinte centímetros. Hugo pudo ver una mancha diminuta, en forma de luna menguante, en uno de los iris color cáscara de nuez del inspector.
Este le espetó:
– ¿Nos conocemos?
El barón tragó saliva. Percibió un nudo algodonoso, como si se hubiese tragado un trapo.
– Lo dudo -tartamudeó.
– Su cara me resulta familiar -insistió el policía.
– Yo no le he visto nunca.
– Es curioso. Juraría…
– Todos tenemos un doble -murmuró el barón, procurando sujetar sus nervios.
– Eso dicen. Buenos días.
Buj salió de la estación. Hugo volvió a apoyarse en el zócalo, tembloroso, y no respiró tranquilo hasta que vio a su enemigo alejarse entre la multitud.
Una película de sudor humedecía las palmas de sus manos.
Hugo había experimentado esa nerviosa sudoración en citas de negocios, cuando la otra parte no se plegaba a sus deseos. Al principio, el pulso se le aceleraba, pero después los golpes de su corazón, más vigorosos, auténticas campanadas resonándole en el pecho, se distanciaban, legándole una sensación de debilidad, como si fuese a perder el sentido. Por megafonía anunciaron la salida de su autobús a Ossio de Mar. Al ocupar su asiento detrás del conductor, separado por una mampara de plástico, el aristócrata experimentó otro amago de claustrofobia. Aquella oscura estación…
Cerró los ojos con fuerza y pensó: «Imagina grandes espacios, el mar, las dunas.» Su fantasía regresó a los caminos secretos de la Sierra de la Pregunta, a las veredas de esponjosos musgos y líquenes de radiante verdor. A Hugo le atraían las sombras del bosque. Su mujer, en cambio, prefería el brillante césped y los jardines del palacio, y casi gritaba de terror cuando él la perseguía sorteando los umbríos abetos…
¡Su mujer! ¡Sólo él la conocía, sólo él sabía quién era! A veces tenía la sensación de que no le pertenecía a él, sino a aquel mundo de arroyos y bosques. En una ocasión, le había hecho el amor junto a un manantial sobre el que los árboles trenzaban una bóveda impenetrable a los rayos del sol. Era como amarse en un mundo primitivo, donde los sonidos resultaban indescifrables y las fugaces sombras lo mismo podían pertenecer a los huidizos ciervos que a los espíritus del bosque.
El trajín de los restantes pasajeros, que iban acomodándose, sacó al barón de su ensoñación.
Rozando casi las paredes del hangar, el autobús de línea fue girando hasta enderezar el túnel de salida y salió de la estación a una calle larga y estrecha, congestionada de tráfico.
Hugo pegó la frente a la ventanilla. Una mariquita revolucionó sus élitros y voló hasta la rejilla de equipajes.
El barón contempló la ciudad. ¿Qué significado tenía todo ese ruido? ¿Por qué entraba tanta gente en las tiendas, por qué no hablaban entre ellos, por qué se esquivaban sin mirarse unos a otros? Hasta en la cárcel había más humanidad…
El autobús se detuvo ante un semáforo. El barón se quedó mirando a una chica latina, con una melena corta que dejaba al aire su nuca. Llevaba botas de caña y, pegados a los muslos, unos vaqueros negros. Echó a andar y su taconeo se impuso al rumor de la calle. La chica desvió los ojos hacia el autobús y durante un par de segundos cruzó su mirada con la de Hugo. Le sonrió sin disimulo y se dirigió a un club de alterne cuyas luces estaban encendidas en pleno día: Ero's. La sangre del barón se caldeó.
Unos minutos después, el autobús se deslizaba por las avenidas del centro, con sus viejas palmeras rejuvenecidas por la lluvia y la bahía asomando entre las solanas, más allá de la lonja medieval y de las casamatas de los fuertes militares.
El conductor los detuvo en el paseo marítimo para hacer una última parada. Una mujer muy atractiva subió y fue a sentarse junto a Hugo.
– Perdone. Llevo el asiento número cuatro.
El barón fue a levantarse para ayudarla. La pasajera se estiró en puntas de pie para colocar su bolsa en la banda superior. Al hacerlo, se le cayó el billete. Se agachó para recogerlo y sin querer se golpeó con la frente de su compañero de asiento. Rieron a la vez. Al devolverle el billete, las yemas del barón rozaron sus dedos.
– Qué torpeza, cuánto lo siento…
– Nada de eso, la culpa ha sido mía.
El autobús enfiló el último tramo de la bahía. El barón era corpulento y su hombro derecho, al menor vaivén, rozaba el de la pasajera. Desde que ella había subido al autobús, olía a limón. Hugo esbozó una seductora sonrisa:
– ¿Puedo preguntarle cuál es su perfume?
– Ninguno. ¿Por qué?
– Me está llegando un intenso aroma a…
– ¿Pomelos? -rio ella-. Van ahí arriba, en la bolsa. Hoy no tendré tiempo para comer y al pasar por el mercado he cogido unos cuantos. Los pomelos son muy energéticos, ¿sabía?
El barón lo negó, manteniendo la sonrisa. La voz de ella tenía un sonido agradable. No hacía falta ser psicólogo para aventurar que era una persona optimista.
A Hugo le pareció que acababan de abrir las ventanillas a un viento dulce y cálido. Su brazo acababa de rozar de nuevo el hombro de la mujer. El corazón del barón se puso a latir con desorden.
– ¿Va muy lejos?
– A Ossio de Mar -repuso ella con naturalidad.
– ¡También yo! -exclamó Hugo.
Había utilizado un tono exaltado, pero la pasajera no pareció darse cuenta.
– ¿Vive usted en Ossio?
– No exactamente, pero visito el pueblo de vez en cuando.
Ella lo miró con más interés, como si intentara situarle. Pero no le había visto nunca.
– ¿Hace mucho que no va por allí?
– Muy contra mi voluntad, algo más de un año.
– Entonces, no conocerá mi estudio de decoración. Sólo llevo unos meses instalada en la plaza de la Iglesia.
– ¿Cómo se llama su estudio?
– Como yo. Dalia Monasterio.
– ¿Es usted decoradora?
– Sí.
– Un trabajo muy interesante.
– Eso pienso.
– ¿Tiene muchos encargos?
– Más de los que puedo atender.
El tono de Hugo sonó paternal:
– Aprenda a decir que no. Vivirá más tranquila.
Ella le miró, divertida:
– Seguro que no es usted empresario. Rechazar a los buenos clientes no suele ser el mejor camino para prosperar. ¡Y le aseguro que no es nada fácil decir que no a toda una duquesa!
Hugo estuvo a punto de pellizcarse.
– ¿Pertenece usted a la aristocracia?
– Claro que no. Pero acaba de contratarme Covadonga Narváez, a la que conocerá por las revistas. Es Grande de España, una fortuna.
– ¿Para qué la ha contratado?
– Para emprender una reforma a fondo de su palacio. Los Láncaster viven en pleno bosque, en medio de una inmensa propiedad. Habitan en una mansión inconcebible, un pastiche arquitectónico como no he visto otro. ¡Figúrese que los del pueblo la llaman la Casa de las Brujas!
Turbado, Hugo desvió la mirada hacia la ventanilla y guardó silencio.
El autobús progresaba a renqueante velocidad por la carretera costera. El terreno iba haciéndose montañoso y pronto pudieron distinguir las boscosas laderas de la Sierra de la Pregunta.
Empezaron a subir Los Altos de Somofrío. Hugo se levantó para rogar al conductor que le parase un poco más arriba.
– ¿No sigue hasta Ossio? -le preguntó, extrañada, su compañera de viaje.
– No. Desde aquí iré caminando a casa.
– ¿Dónde vive?
– Cerca del Puente de los Ahogados.
– No sabía que hubiese casas por allí.
– En realidad, no… ¿Usted vive en Ossio, me ha dicho?
– Tampoco. Tengo una casita prefabricada cerca de las dunas, pero… Verá, mi vida es un poco complicada.
– Me encantaría complicársela un poco más -dijo el barón con su mejor sonrisa. Durante unos segundos se perdió en los ojos verdes de la decoradora, iluminados por un rayo de sol joven que acababa de escapar entre las nubes-. Se lo diré de otra forma: me encantaría volver a verla.
Dalia se ruborizó.
– No es imposible que eso ocurra.
Hugo le dio la mano, sostuvo la suya unos segundos más de lo estrictamente necesario, bajó del autobús justo en la cruz de piedra de Los Altos y comenzó a alejarse hacia la ladera.
Antes de desvanecerse entre los árboles, se volvió para saludarla. Sonriente, Dalia le respondió agitando la mano detrás del cristal
El autobús continuó hasta Ossio de Mar. La decoradora se bajó en la plaza de la Iglesia.
Entró en su establecimiento, saludó a sus delineantes y se zambulló en el trabajo pendiente. Durante casi una hora estuvo intentando dibujar en su tablero, pero la imagen del hombre del autobús regresaba una y otra vez a su cabeza.
A mediodía, marcó el teléfono de la Jefatura Superior de Policía de Bolscan y preguntó por Martina de Santo. La nueva inspectora debía de estar muy ocupada, porque la tuvieron esperando un rato. Dalia insistió. Otra telefonista recuperó la llamada y la pasó a su extensión, que ya se encontraba despejada.
– ¿Sí?
– Hola, soy Dalia.
– ¿Te ocurre algo?
El estrés se percibía en la voz de Martina. Dalia la escuchó hablar en voz baja con alguien a su lado.
– Volveré a llamarte más tarde, siento haberte molestado.
– Nada de eso. Te escucho.
La decoradora respiró hondo.
– Te he llamado porque… No sé por qué, Martina, pero quiero que seas la primera en saberlo. Supongo que es porque confío en ti.
– Te lo agradezco, pero ¿a qué viene tanto misterio?
– ¿Crees en el amor a primera vista? La inspectora pareció descolocada.
– ¿En el flechazo, quieres decir?
– Esa es la palabra.
– El romanticismo es el opio de la mujer, Dalia. Yo prefiero llamar a las cosas por su nombre. Sudor. Deseo. Amor. La decoradora se echó a reír.
– Y el Cid cabalga… Tampoco yo creía en los flechazos, pero…
– ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? ¿O debería preguntar: quién?
Su amiga respiró hondo.
– Ha sucedido algo… Una de esas cosas imprevisibles.
– ¿Un príncipe azul?
– De carne y hueso.
– ¿Tiene nombre?
Dalia cayó en que no se lo había preguntado.
– No lo sé.
– ¿Cómo es?
– Guapísimo.
– ¿No tiene defectos?
– Me temo que tardaré en descubrírselos.
– No se lo pongas demasiado fácil. Hazle sufrir.
– Pero sólo lo justo -ironizó Dalia-. ¡No vaya a espantarle!
Martina se echó a reír.
– Ya me contarás. Que tengas mucha suerte, aunque no me parece que la vayas a necesitar.
Dalia siguió trabajando toda la tarde. Cenó algo rápido en La Joyosa, el café de la plaza, y optó por continuar trabajando de noche en los planos de reforma del palacio de Láncaster, que al día siguiente tenía que mostrar a la duquesa.
Se quedó a dormir en el estudio, madrugó y a eso de las ocho y media de la mañana siguiente se dirigió al palacio en su coche, un jeep de segunda mano, muy práctico para los caminos de la sierra.
Aparcó su desvencijado todoterreno junto a los lujosos modelos de los habitantes de la mansión y llamó a la puerta. Un ayuda de cámara le indicó:
– La duquesa no podrá recibirle, señorita Monasterio, pues se encuentra indispuesta. Pero don Hugo, el señor barón, la atenderá.
Dalia siguió al mayordomo hasta la pinacoteca con los retratos familiares. El mayordomo abrió las puertas de la gran sala e indicó:
– Adelante, por favor.
Un hombre muy apuesto, de facciones clásicas, con el pelo castaño planchado hacia atrás, desayunaba en batín al extremo de la gran mesa. Estaba solo, con un periódico doblado, sin abrir, junto a la bandeja de plata donde humeaba el café y un biscuit recién horneado, y sonreía.
– Espero que sepas perdonarme, Dalia -dijo-. Todavía no había comenzado a desayunar, esperándote. ¿Me acompañas?