Querida Martina:
No tengo ni la menor idea de cuánto podrá tardar en llegarte esta carta. Ni siquiera sé si te llegará, porque aquí, en las Maldivas, el correo funciona como en el siglo XIX, a base de un barco estafeta que cada tres días pasa a recoger las cartas de isla en isla.
Pero a alguien tenía que comunicarle lo feliz que me siento, lo dichosa que soy… Mi mente está lúcida, puedo ver con nitidez el futuro delante de mí, proyectarme hasta la línea misma del horizonte, que en este archipiélago es sinónimo de un infinito mar… Esa claridad, Martina, me ilumina desde el momento en que conocí a Hugo. Junto a él, todo parece haber adquirido un significado distinto; a su lado, lo veo todo de otra manera. ¿Todavía hay dolor, sufrimiento en el mundo? ¡No en el mío! Pero estoy tan ansiosa por contarte novedades que temo abrumarte… Y, desde luego, tienes todo el derecho a preguntarme: ¿por qué te he elegido como confidente?
Ni yo misma lo sé, querida amiga. Quizá por aquella conversación que tuvimos en mi cabaña de Ossio de Mar. ¡Cuántas veces me he parado a pensar que muchas de las cosas que entonces nos dijimos se han revelado premonitorias! Porque, sinceramente, ¿no crees que los hechos me están dando la razón? ¿No crees que mi encuentro con Hugo estaba escrito en las estrellas? ¡Decía mi familia que me precipitaba al casarme con él en sólo tres meses, cuando yo lo hubiera hecho al día siguiente! Me apenó, Martina, que tus obligaciones no te permitiesen asistir a nuestra boda, pero tiempo tendremos para seguir disfrutando de las cosas hermosas de la vida…
Mi estado de felicidad tiene un origen claro: me he casado con el hombre al que amo. También Hugo me ama, estoy segura. Somos los únicos amantes de la tierra, y todo, las nubes, el océano, hasta los pajarracos de negro plumaje que asoman sus amarillos picos entre las hojas de las palmeras nos felicitan por mostrarnos como dignos sucesores de Adán y Eva. Entre esta isla y el paraíso terrenal no puede haber muchas diferencias. Si existe un edén, tiene que ser éste. Kuramati es un sueño hecho realidad. ¡Y lo más divertido, Martina, es que, en realidad, no sé dónde estoy! En algún lugar del índico, eso es cuanto necesito saber.
Hugo y yo llevamos viviendo una semana en una cabaña lacustre, apenas cuatro pilotes cubiertos de limo sosteniendo un dormitorio de cáñamo sobre una piscina natural de agua salada extendida hasta el arrecife, y ya he perdido la noción del tiempo. Vamos descubriendo los tesoros de la isla al mismo tiempo que nuestro amor. Nunca antes había gozado de semejante sensación de bienestar, equilibrio y paz interior. ¡De amor, Martina, porque necesariamente esto tiene que ser el amor, ese amor con el que todas las mujeres soñamos desde que ingresamos en la adolescencia! Un amor perfecto, ordenado y sorprendente a la vez.
Cada mañana, a las siete, un camarero vestido de lino cruza una pasarela de tablas y deposita ante nuestra puerta, como si de una ofrenda se tratase, una bandeja con café caliente, tostadas y frutas tropicales. Apenas hemos desayunado en la terraza, observando cómo el sol naciente va iluminando y deshaciendo las nubes del amanecer, Hugo y yo nos zambullimos en la cristalina laguna de coral, junto a bandadas de peces obispo, unos tiburoncitos no más grandes que mi brazo y otros ya crecidos, pero sin dientes. ¡Da una impresión de lo más rara meter la mano en sus desdentadas bocas y dejar que te muerdan con sus almohadilladas mandíbulas! Sólo ellos y nosotros, Martina, solamente esas criaturas antediluvianas y Hugo y yo nadando en las cristalinas aguas de un arrecife, en transparentes aguas azules con tantos tonos como dispuso la paleta del Creador…
Yo no sabía, Martina, hasta qué punto Hugo adora el mar. De su estancia en la prisión (y comprenderás que no es éste un tema por el que me apetezca preguntarle) recuerda sobre todo el sonido de las olas al otro lado del muro. «Cuando estaba preso podía sentir cómo el mar me llamaba, Dalia», me decía la otra tarde, tumbado bajo un sicomoro, con los ojos empañados por todo el sufrimiento que tan injustamente ha tenido que soportar. ¡Las olas y las gaviotas y hasta el mismo aire gritaban su nombre, pero él no podía escapar! ¡Pensar que mi pobre amor pudo haberse quedado allá dentro, en aquella horrenda cárcel, toda la vida…!
Puedes imaginarte, Martina, cuánto le quiero en momentos así, cómo se activan mis instintos maternales y de qué manera me dan ganas de consolarle. Y no sabes cuánta ternura, a su vez, me proporciona el sonido de su corazón cuando lo oigo repicar dentro de su pecho, latiendo al unísono con el mío. Nos amamos a cada momento. Mi placer sube al cielo y estalla, muerdo y araño su piel como una gata en celo. Pero no es eso, Martina, siendo importante, lo que de verdad me transporta. Hay algo mágico en Hugo, una luz interior, una irresistible capacidad de seducción. Sabe emocionarme, conmoverme. A menudo, sus caricias son furtivas, dibujan mis labios si me cree dormida o rodean mi cintura cuando una sobrecogedora puesta de sol nos invita a inclinarnos sobre la baranda de nuestro palafito, esperando a que las grandes mantas vengan a comer de nuestra mano.
Yo no sé, Martina, si alguna vez has llegado a experimentar sentimientos tan profundos como los que estoy intentando describirte (y disculpa por lo que estas sentimentales reflexiones puedan tener de intromisión en tu vida privada), pero te puedo asegurar -no, mejor: ¡te lo juraré, como diría mi marido, por las profundidades del mar!- que jamás había soñado con estar tan unida a un hombre. Desde mi actual y radiante estado, todo lo anterior, mi insulsa vida sin Hugo, me parece absurdo, un mero subsistir y penosamente arrastrarse sobre una gastada alfombra de ilusos sueños e ilusiones rotas. Tiempo perdido.
Todavía nos quedan unos días de descanso en Kuramati. Después navegaremos a otra isla, llamada, creo, Lankafinolu. Es Hugo quien se encarga de todo (también, debo admitir, de pagar los gastos), por lo que me dejo llevar sin prestar demasiada atención a enlaces y destinos. Sólo me preocupo de él, de amarle como se merece y como ninguna mujer antes (ya sé que me antecedieron otras, pero no permitiré que eso me atormente) le haya querido. Rezo para que nuestro amor perdure siempre y se renueve como un fresco amanecer.
Seguiría hablándote eternamente de mis instantes de éxtasis, pero es hora de ir terminando esta carta (tengo, además, que prepararme para una inmersión de buceo).
Me despido ya de ti, querida Martina, con una última y magnífica noticia. Aquel torpe embarazo que creía arrastrar resultó ser una falsa alarma. Estoy preparada para cumplir la más hermosa de las esperanzas de Hugo: darle un hijo, suyo y mío, que perpetúe su apellido. ¿Te imaginas que regrese embarazada de la luna de miel? ¡Por falta de ganas no quedará, puedes creerme!
Tuya, siempre
Dalia
Nota: Te molesto con una cuestión meramente doméstica. Me ha comentado Hugo que su madre tiene problemas con el servicio. Se ha visto obligada a despedir a algunas de las doncellas, por falta de eficacia, y no encuentra otras de su confianza. ¿Conoces a alguna chica bien dispuesta que pueda servir para el puesto? Si se te ocurre alguna candidata adecuada, que se ponga por favor en contacto con Elisa Santander, la asistenta personal de mi suegra (¿a que es genial que pueda llamarla así?).
Aquella mañana, Jacinto Rivas, el joven jardinero de la casa de Láncaster, se despertó muy temprano para subir al monte y dirigirse al invernal.
Saltó de la cama, estiró las sábanas, puso una cafetera y salió de la casa, que era, en realidad, la de sus padres. Estrictamente hablando, aquel modesto caserío situado a doscientos metros del palacio tampoco les pertenecía a ellos, pues seguía siendo propiedad del ducado. Sin embargo, tras casi cuarenta años de habitarlo, los Rivas podían más que legítimamente considerar que aquellas paredes ajenas encerraban su hogar.
El viejo Suso y su mujer, la madre de Jacinto, vivían allí desde que, siendo todavía jóvenes, habían entrado al servicio de los duques, allá por los años cincuenta.
Jacinto había nacido en esa misma casa de piedra de dos plantas, con tejado de pizarra, a cuya fachada posterior se adosaba la vaquería. Por esa razón, los primeros sonidos que su memoria había retenido eran los mugidos de las vacas y los relinchos de los purasangres que se criaban un poco más allá, en las cuadras del palacio, cuando el difunto duque don Jaime se dedicaba a su cría y hacía participar a sus campeones en las principales carreras.
El bosque había amanecido envuelto en calima. La primavera tardaba en presentarse y la mañana estaba fresca. A Jacinto nada le gustaba tanto como sentir ese aire puro entrando y saliendo de sus pulmones. En cuanto pisó la retama, encendió un cigarrillo, aspiró hondo y soltó por la nariz chorros de humo experimentando un placer tan hondo que para expresarlo hubiese necesitado aprender nuevas palabras.
El aspecto del bosque era inusual. Una niebla baja, rara en la estación, oprimía las copas de los árboles. Jacinto no veía a cuatro pasos. Los abetos se inclinaban bajo las ráfagas de viento y parecían saludarle al pasar. De haber hecho más frío, y aunque las flores silvestres que alegraban las veredas le hubiesen sacado de su error, habría pensado que estaban en invierno.
Monte arriba, a mitad de camino entre el palacio y el aprisco del ganado, Jacinto oyó un rítmico golpear de herraduras y se apartó del sendero para dejar pasar a Eloy Serena, el senador y dueño del picadero de Turbión, que montaba un caballo negro de ojos fieros. Serena sostuvo un minuto las bridas para comentarle que acababa de ver a un extraño por las inmediaciones, cerca de los jardines del palacio ducal.
– Era un tipo grande -dijo el jinete-, con pinta de indigente y la cabeza medio cubierta por una gorra que le venía ridícula. Al verme llegar al galope por la pradera, se ocultó entre los árboles. Nunca le había visto. ¿Tienes idea de quién puede ser?
– A veces hay gente rara por aquí, ya sabe.
– Ándate con ojo, por si acaso.
Serena picó espuelas y partió al trote en dirección a la cima de la collada, con intención, según explicaría después, de dar un largo paseo por el sendero que discurría al filo de los acantilados.
Jacinto debió de verle alejarse y quizá pensó que el senador y él tenían algunas cosas en común: aborrecían a los Láncaster, por ejemplo, y en particular a Hugo. De alguna manera, habían conseguido vengarse, engañándole y humillándole en su vida privada. Decían de Serena que había sido amante de su primera mujer, de Azucena. Y él, Jacinto, lo había sido de Dalia, la segunda esposa de Hugo, la actual baronesa.
Jacinto se había acostado con Dalia porque a ella le apeteció o porque se sentiría sola en su cabaña de las dunas, pero él no podía pensar en un futuro a su lado. Sus amigos, todos ellos de los pueblos vecinos, sabían que a Jacinto le gustaban las chicas de su propia clase, hijas de vaqueros, como sus padres, del panadero o del dueño del ultramarino. Últimamente, estaba saliendo con una chica de Santa Ana a la que despectivamente llamaban «la hija del cura», pues había sido adoptada en oscuras circunstancias. «Creo que será una buena madre», le había comentado Jacinto a Damián Loperena, uno de sus colegas de las parrandas de los fines de semana.
¿En qué iría pensando Jacinto Rivas cuando unos rápidos y pesados pasos le sorprendieron por la espalda? Aquella sombra se le echó encima en lo profundo del bosque y le derribó sobre la alfombra de retama. ¿Estaba pensando Jacinto en los ojos verdes y en la sonrisa de Dalia? ¿En que tenía que vacunar a las terneras recién paridas? ¿En que tal vez, en el futuro, y como a veces sucedía en las novelas, un hijo suyo, un bastardo, llegaría a heredar el Ducado de Láncaster?
No debió de disponer de tanto tiempo, ni siquiera de la oportunidad de pensar. Una rodilla le aplastó el pecho contra la tierra mientras unos brazos de acero se cerraban detrás de su nuca y unas manos como garfios le retorcían el cuello hasta que un grito ahogado brotó de su garganta y se escuchó un fuerte crujido, como si un tronco acabara de partirse bajo el rayo.
Querida Martina:
Ayer fue un día maravilloso. Celebramos mi cumpleaños por todo lo alto. Hugo me sorprendió con una fiesta especial. Unos amigos suyos, un matrimonio encantador, y otras tres parejas, igualmente muy agradables, nos acompañaron durante toda la velada, que tuvo lugar en un yate de lujo, El Halcón Maltés.
Esa embarcación había acudido el día anterior a buscarnos al embarcadero de Lankafinolu, nuestra segunda isla-hotel, en la que nos hemos alojado durante la última semana. Al abandonarla, el capitán nos advirtió que navegaríamos de noche hacia el sur, hasta otra de las islas, Sura-Hanui, donde nos aguardaban nuestros anfitriones, los mismos que nos habían enviado su yate para recogernos. De modo que, una vez hechas nuevamente las maletas, y habiéndonos despedido de nuestro bungalow con un fugaz disparate sexual que nos hizo sentirnos como locos adolescentes, nos dispusimos a partir hacia alta mar.
Nada más subir a El Halcón Maltés me puse a hacer fotos. El barco es un puro ensueño. Para muestra, tres botones: con sus ceñidas camisetas de rayas, los marineros parecen haber sido seleccionados por una empresa de modelos masculinos; en el camarote-suite donde hemos quedado alojados cuelga un Pissarro; las paredes de nuestro dormitorio son de mármol y la grifería de oro.
Llegamos a Sura-Hanui al día siguiente, poco después de amanecer. La isla es muy pequeña, un atolón, realmente, con una barrera de coral y media docena de mansiones privadas. Por algún motivo que nunca se nos llegó a explicar, y eso que le pregunté al capitán, tuvimos que esperar varias horas a bordo mientras unos marineros cargaban a hombros pesadas cajas de embalaje hasta que, a eso de las dos de la tarde, embarcaron el propietario del yate, Abu Cursufi, y su mujer, Doris, una norteamericana muy atractiva.
Hugo me había explicado que Cursufi, de origen árabe, libanés, concretamente, es un prestigioso financiero y mecenas internacional. Desde hace tiempo ambos, Cursufi y mi marido (¡y qué orgullosa me siento, Martina, de poder llamarle así!) mantienen vínculos artísticos e intereses empresariales a través de sus respectivas productoras cinematográficas. Cursufi en la India, en Bollywood; Hugo, como sabrás, por su selecta filmografía, en colaboración con los más prestigiosos directores europeos.
Di las gracias a Doris Cursufi por estar ejerciendo tan generosamente su papel de anfitriones y dejé que Abu me tomara del brazo para mostrarme el puente de mando, equipado con los más modernos sistemas de navegación náutica. Deseaba mostrarme amable y le comenté que su apellido, en mi opinión, tenía ecos mediterráneos, de Tánger, de Orán, de Chipre y Constantinopla. El sonrió, complacido. Ya por la noche, durante mi cena de cumpleaños, Cursufi me confesaría que, si nos remontásemos en su árbol genealógico hasta los tiempos de la Armada Invencible o, más atrás aún, hasta la época del pirata Barbarroja, podríamos fácilmente tropezamos con toda una saga de corsarios que llevaban su nombre. «Y tal como están las cosas hoy en día -añadió el financiero en tono jocoso- me temo que no nos quede más remedio que seguir pirateando un poco.» A Hugo le hizo tanta gracia aquel comentario que se le atragantó el champán.
Además de árabe, como te decía, Cursufi tiene raíces italianas, y habla bastante bien español. Doris se enamoró de él en Florencia, cuando se desplazaba por Europa enviaje de estudios. Tienen dos hijos. Habitualmente, residen en Yugoslavia, en la ribera del Adriático, cerca del puerto de Dubrovnik, pero poseen mansiones en otras partes del mundo. En Nueva York, por supuesto, y también en España, en Marbella.
Sin contar a los Cursufi, embarcaron en El Halcón Maltes, como te decía, otras tres parejas, muy distintas entre sí pero que, a tenor de las conversaciones cruzadas que fui captando en cubierta o a las horas de las comidas, parecían haber disfrutado de otros viajes comunes. Las mujeres eran europeas, dos francesas y una rusa. Ellos compartían el aire mestizo de Cursufi y lo mismo podrían ser tunecinos que griegos, jordanos que armenios. Hugo sólo conocía a Abu, con quien tenía pendiente la negociación de una producción cinematográfica y alguna otra inversión. «Esta tarde -me comentó- Cursufi nos ha convocado a una reunión, por lo que deberás disculparme.»
Di por supuesto que los caballeros preferirían estar solos y me apunté a una sesión de buceo con Doris y otra de las mujeres, Olga, de origen ruso, una verdadera muñeca de porcelana, alta y plana como una tabla (a diferencia de Doris, que es dueña de dos hermosas… ya me entiendes). El Halcón Maltés había quedado fondeado frente a otra de las islas y las tres, acompañadas por varios marineros, algunos de los cuales eran, a su vez, expertos buceadores, nos dirigimos hacia el arrecife para proceder a una primera inmersión.
Yo jamás había buceado antes, salvo el par de lecciones que había tomado en Kuramati, pero presté la máxima atención a las explicaciones y esta vez conseguí sumergirme hasta seis o siete metros, los suficientes como para disfrutar de una nueva sensación, la de, realmente, rozar con mis manos la asombrosa riqueza de los fondos submarinos. Olga, la rusa, en cambio, debió de ejecutar mal la descompresión porque emergió con la cara blanca y una expresión de terror en los ojos. En la barca, se mareó. Como era demasiado pronto para regresar al yate, el contramaestre propuso desembarcar en la playa para descansar un rato.
Así lo hicimos. Doris y yo nos quedamos tumbadas al sol, a fin de entrar en calor, mientras Olga optaba por dar un paseo con uno de los marineros, un muchacho verdaderamente guapo, cuyo torso de bronce brillaba con el agua y el sol. No sé si te había dicho, Martina, que la tripulación de El Halcón Maltés dispone de varios uniformes, y también de unos ajustados bañadores de color negro que se les pegan a los muslos, insinuándoles… ya me entiendes. El caso es que Olga y aquel joven Adonis se alejaron caminando por la orilla hasta desaparecer detrás de unas rocas.
Doris y yo nos quedamos conversando en la orilla. Con total naturalidad, ella se había quitado la parte de arriba del biquini, de modo que me animé a imitarla. El resto de tripulantes, otros tres hombres, podían perfectamente vernos desde la barca, donde se habían quedado para fumar unos cigarrillos, mientras nos esperaban. Debo confesarte, querida Martina, que eso me produjo una curiosa excitación, no tanto originada por secretos impulsos eróticos como por una pulsión más duradera en el marco de una nueva sensación de poder.
En aquella playa paradisíaca, junto a mis nuevas y millonarias amigas, experimenté por primera vez mi recién estrenada condición de pertenencia a la élite. Comprendí que, en adelante, mi vida discurrirá al margen de las realidades que he conocido; que no tendré que bajar a comprar el pan ni cocinar porque dispondré de una docena de personas a mi servicio, y porque mis hijos, en cuanto los tenga, que pienso tenerlos, heredarán un título nobiliario, con Grandeza de España, e inmensas riquezas, además de la inherente obligación de seguir perteneciendo a la élite. Pensando en todo esto, sufrí una especie de vértigo porque, al mismo tiempo, temía no estar a la altura, defraudar a Hugo, avergonzar a su madre, a la duquesa, quien, con tanta generosidad (aunque sólo la conozco del día de nuestra boda) me ha acogido en el seno de mi familia política.
En un arranque de sinceridad, confesé mis dudas a Doris. No pudo mostrarse más comprensiva. También ella había pasado por ese trance, pero pronto se habituó a convivir con toda clase de celebridades, de la misma manera que se fue acostumbrando a los extraños horarios y a las frecuentes ausencias de su marido. «¿Hugo sigue viajando tanto?», me preguntó Doris. Antes de que yo pudiera contestarle, ella añadió rápidamente, como si ardiese en deseos de proporcionarme esa información: «Porque supongo que sabrás cómo conoció a su primera mujer, ¿no?» Repuse, sin faltar a la verdad, que no lo sabía y ella se echó a reír. «Pues la conoció volando en primera clase. Hugo era un experto en azafatas. Tenía una novia en cada línea aérea.» Debí quedarme traspuesta. Doris estalló en una carcajada y agregó: «Un pajarito me ha informado de que posees una tienda de decoración y de que trabajas para ganarte la vida.» Empecé a negarlo, avergonzada, pero ella se dio cuenta de que estaba mintiendo y me acarició el pelo. «Todo eso cambiará gracias a Hugo. Tus complejos desaparecerán antes de tu primer año de casada… ¿Te han dicho que tienes unos pechos preciosos? ¡Sí, claro! ¡Hugo los estará alabando a cada momento! Debes protegerlos del sol, tus pezones podrían agrietarse.» Y, con la misma naturalidad con que se había desnudado delante de los marineros, Doris cogió la crema y empezó a extendérmela por el busto. Después me obligó a tumbarme boca abajo mientras me susurraba al oído: «Imagina que son los dedos de Hugo los que te acarician, los que te exploran.» ¡Ay, Martina, qué cerca estuve de dejarme arrastrar y cometer una locura! Cerré los ojos y me abandoné a un placer que, ahora sí, combinaba un perturbador deseo con esa misma sensación de poder a que antes me refería.
Afortunadamente (pues ignoro durante cuánto tiempo más habría sido capaz de fingirme indiferente a sus caricias) las manos de Doris dejaron de masajear me en cuanto la silueta de Olga reapareció, ya de vuelta de su paseo con el joven y vigoroso tripulante de El Halcón Maltés. Olga se encontraba mucho mejor. Había recuperado el color y la luz de su mirada y sonrió agradecida a su acompañante cuando éste le ayudó con gentileza a subir a la barca formando un estribo con sus manos entrelazadas.
A las cinco de la tarde nos encontrábamos de nuevo a bordo de El Halcón Maltés. Los señores no habían concluido su reunión, por lo que tomé una ducha, me puse un traje de cóctel y me reuní con Doris en cubierta. Abu salió un momento de la sala de juntas para depositar un tenue beso en su frente e interesarse por mi iniciación al buceo, pero en seguida tuvo que regresar a la reunión. Que debía de ser, a juzgar por los gritos que se oían de vez en cuando, bastante tensa. Doris pidió ginebra con tónica para las dos y yo me animé a preguntarle si había conocido a Azucena, la primera mujer de Hugo, y cómo era. «Desde luego que la traté, querida -asintió-. De hecho, aunque no tenía tus maravillosos ojos verdes, y estaba demasiado delgada, se parecía mucho a ti.»
Curioso, ¿verdad, Martina? Esas palabras me dieron un poco de frío, como si de alguna manera la historia se estuviese repitiendo y yo no fuese más que el personaje de un guión previamente elaborado. Hasta se me ocurrió pensar si Doris, lejos de halagarme, no desearía más bien atormentarme o ponerme a prueba.
Pero pronto alejé esas malas vibraciones. Nuestra luna de miel continúa. En apenas uno o dos días abandonaremos esta isla. Lo último que haré antes de zarpar de Sura-Hanui será depositar esta carta en la recepción del único hotel del atolón, con precisas instrucciones para que la confíen al primer barco-estafeta, y esperar que te llegue a España. Algo que, realmente, me parece imposible, pero también me lo ha parecido siempre el hecho de encender la televisión y que aparezca el rostro de un extraño informándonos de cuanto sucede en el mundo. O soñar con el príncipe azul, temiendo que nunca llegase a conocer al mío, hasta que un buen día subí a un autobús comarcal y me lo encontré sentado a mi lado.
Tuya, siempre
Dalia
Nota: Mi cuñado Lorenzo ha informado a Hugo, vía conferencia telefónica, de la muerte de Jacinto Rivas, el jardinero con quien yo… ya sabes. Por lo que nos ha contado Lorenzo, las circunstancias de su muerte son muy confusas y no se descarta que haya sido víctima de la agresión de un vagabundo. ¡Prométeme que si ha sido así, Martina, te encargarás de resolverlo personalmente! Con él ha muerto algo que no sé cómo expresar…
Lloviera o tronase, cada día, a las cuatro en punto de la tarde, el juez Nicolás Peregrino tomaba asiento en la mesa del fondo del bar La Cepa para jugar su partida de mus.
Desde hacía años, esa cotidiana costumbre se repetía en su jornada como un sagrado ritual. Otros jueces habían recomendado a Peregrino que, por razones de seguridad, para protegerse de un posible atentado terrorista, o de un intento de venganza de cualquier preso común al que hubiera enviado a prisión, variase de itinerario, de establecimiento, de hábitos, pero Peregrino no sólo no tenía miedo al miedo sino que despreciaba esa clase de temor, tan extendido entre la magistratura, la clase política y el estamento militar. «No aspiro a ser un héroe -decía-, pero sí a continuar siendo algo que para mí resulta mucho más gratificante: un aceptable jugador de mus.»Ninguno de los otros tres jugadores de La Cepa tenía nada que ver con el mundo jurídico. Como si existiera un pacto tácito, en aquel bar del casco antiguo sólo se hablaba de fútbol. El juez Peregrino era seguidor del Español. Sus compañeros de cartas estaban divididos. Había un aficionado del Atlétic de Bilbao y dos del Barcelona. De ese modo, cualquier alusión a la actualidad política, siempre velada, encontraba salida en las rivalidades sobre el césped.
Aquella calurosa tarde de primavera, un cliente nuevo entró a La Cepa y se sentó a la barra. Era un hombre muy fuerte, con musculosos brazos y una espalda en la que perfectamente habría podido cargar la cafetera italiana que el camarero había puesto en marcha para destilarle un café solo. El desconocido consumió también un orujo blanco, leyó el periódico de cabo a rabo y para pagar sacó del bolsillo un rollo de billetes con el que podría haberse comprado un coche de segunda mano. Soltó tal propina que Bernardo, el camarero de La Cepa, le llamó la atención, señalando el platillo:
– ¿Seguro que no se deja nada, amigo?
– Hoy me siento generoso.
– ¿Le ha tocado la lotería?
El hombre le miró. Bernardo se sintió inquieto. En aquellos ojos latía un odio encofrado, de una clase que el paso del tiempo no puede borrar.
– Nunca he tenido suerte en la vida.
El desconocido cliente salió de La Cepa. Dos horas más tarde, a eso de las seis y media, lo hizo el juez. Nicolás Peregrino se sentía satisfecho porque había ganado la partida. La pareja perdedora había encajado con deportividad la derrota, que incluía el pago de las consumiciones. La tertulia se remató con un estimulante análisis sobre las posibilidades ligueras del Club Deportivo Español. Nada más relajante que ese tipo de tertulias para alguien que, como el magistrado, padecía un estresamiento crónico a causa de sus responsabilidades en la Audiencia Provincial.
Peregrino se dirigió caminando hacia su casa. Quería comprar tabaco de pipa en La Cachimba de Plata, uno de los pocos estancos y tiendas de fumador donde expendían su marca, y se metió por las callejuelas del casco viejo. A pesar de los solares abandonados y de los desagradables olores, ése era su barrio preferido. Le gustaban las librerías de lance, las dulcerías, los cafés y las viejas barberías, en una de las cuales, con cortinillas rojas y azules y butacones de cuero, seguía cortándose el pelo y, si se había dejado barba de cuatro días, dándose el lujo de un afeitado con brocha y navaja.
El juez compró tres bolsas de tabaco, suficiente para una semana, y continuó su paseo hasta su casa. Dejó atrás la parte vieja y caminó con paso tranquilo por la leve pendiente de la avenida de Francia, hacia la zona residencial de La Milla de Oro. Vivía en un nuevo adosado con un pequeño jardín donde su mujer podía dedicarse a su pasión por las plantas, y donde su gato, Simbad, acechaba inútilmente a las cotorras argentinas que estaban colonizando el pinar de la urbanización.
La casa constaba de dos plantas, más un garaje que el matrimonio Peregrino, que no tenía coche, había transformado en bodega. Utilizando grandes tableros apoyados sobre caballetes, el juez había instalado en ese sótano su colección de trenes eléctricos, con las estaciones, pasos a nivel y decorados necesarios como para disfrutar de lo lindo cuando decidía activar todas las vías y programar el correcto funcionamiento de los trenes de pasajeros en combinación con los ferrocarriles de carga cuyos convoyes debían trasladar los lignitos desde las zonas mineras o llenar sus depósitos con los distintos tipos de combustible elaborados en la refinería.
El juez abrió la puerta del garaje con el mando automático. Mientras su doble persiana se iba recogiendo, subió un momento a la primera planta para dejar su americana colgada del perchero de la entrada. Siempre lo hacía así, pues el bar La Cepa olía a aceite de soja e impregnaba la ropa.
Su mujer no estaba en casa. El juez rodeó el jardín por el sendero de losas y bajó de nuevo a la bodega. De camino al hogar había decidido montar una vía nueva para un tren de alta velocidad y un paso elevado para un metro supersónico.
Buscó su caja de herramientas y empezó a trabajar en ello. La luz exterior le molestaba, por lo que decidió cerrar por dentro la puerta del garaje. De espaldas a ella, pues estaba desembalando una locomotora de su caja y no podía apartar los ojos de sus deslumbrantes cromados, volvió a accionar el mando. Detrás de él, la puerta articulada comenzó a bajar con normalidad, hasta que repentinamente su descenso se interrumpió. El motor gruñó y algo así como una palanca metálica se puso a percutir dentro de la maquinaria. El juez se giró, disgustado, pensando que el sistema hidráulico acababa de sufrir una avería, o que un palo de escoba había atrancado la persiana.
No pudo creer lo que vio.
Un hombre estaba arrodillado debajo de la puerta del garaje. La persiana inferior se apoyaba contra su espalda, que le impedía seguir bajando. Era obvio que sus hombros podían resistir la presión.
– ¿Qué significa…? -empezó a balbucear el juez.
No tuvo oportunidad de seguir. El hombre de las anchas espaldas se había incorporado, doblando sin aparente esfuerzo la puerta, y estaba delante de él. Su rostro daba pavor. Peregrino retrocedió hacia la entrada interior a la vivienda, pero había olvidado abrir esa puerta al llegar y comprendió que no tenía escapatoria. Enarbolando la locomotora, se lanzó contra el intruso. El agresor le quitó la máquina y de un puñetazo le arrojó contra los tableros. El juez cayó, derribando los caballetes. Trenes y estaciones de juguete saltaron por los aires.
Lo último que Nicolás Peregrino percibió fue una rodilla hincándose en sus riñones y dos manos que le apretaban la nuca y le obligaban a rotar el cuello de uno a otro lado, buscando el mejor ángulo para hacerle «la pajarita»; aquella llave de lucha libre que tan temido hiciera en el ring el nombre de Óscar Domínguez, más conocido como Toro Sentado.
Querida Martina:
Me he propuesto depositar esta carta en la primera estafeta que encontremos en Port Louis, la capital de isla Mauricio, donde tenemos prevista una escala de varias horas para aprovisionarnos en el Mercado de Pescados y visitar los antiguos templos hindúes. Te escribo desde mi suite-camarote, recostada en almohadones como una verdadera princesa, con el infinito océano delante de mí. Pero lo hago, quiero serte sincera, con cierto desasosiego.
Desde Lankafinolu, la travesía del índico ha sido larga y no ha estado exenta de peligros. Primero tuvimos que capear un verdadero tifón, con vientos huracanados y olas de cuatro metros que, simplemente, daban terror. Nuestro anfitrión, Abu Cursufi, a quien ya vas conociendo por mis anteriores cartas (caso de que las hayas recibido), se esforzó por tranquilizarnos, asegurándonos que estos, según él, «huracancitos» son muy habituales durante esta época del año, e insistiéndonos en que El Halcón Maltes estaba perfectamente preparado para salir airoso de su embate.
A modo de terapia de grupo, se nos invitó a bajar a la sala de cine, donde se nos proyectó un documental tomado, según explicación del propio Abu, dos años antes, y en cuyas imágenes, rodadas desde el aire, podía verse a El Halcón Maltes luchando contra un tifón mucho más violento que el que nos había tocado en suerte. Esas olas, Martina, esas paredes líquidas de seis y siete metros de altura, más altas que el propio yate, más, incluso, que el mástil del que cuelga la antena de telecomunicaciones gracias a la cual Cursufi puede conectarse por videoconferencia con cualquiera de sus clientes o terminales de negocios, infundían tal pánico que, a su lado, efectivamente, nuestro tifón no pasaba de ser una fuerte marejada. Con todo, algunos pasajeros nos mareamos y tuvimos que ser atendidos por el médico de a bordo, un turco de bigote fino a quien, hasta ese momento, no habíamos visto en el barco.
Creo haberte dicho, Martina, en una de mis cartas anteriores, que la tripulación de El Halcón Maltés consta de media docena de hombres, pero deben de ser bastantes más. De hecho, hay toda una zona en el barco, lo que podríamos llamar el sollado, reservada para su uso. No es que a los invitados no se nos permita pasar, pero si por casualidad abres una de esas escotillas, te encuentras a unos cuantos marineros jugando a naipes o tirados en calzoncillos en estrechas literas alineadas a muy escasa distancia una de otra, a fin de aprovechar al máximo un espacio que, por contraste, en las zonas nobles del barco sobra allá donde mires.
Mucho peor que el tifón, Martina, fueron los piratas. Justo cuando habían amainado los vientos y comenzábamos a recuperar el placer de una navegación en calma estallaron gritos en cubierta. Nuestros bravos tripulantes se precipitaron a la armería para colgarse al hombro una especie de subfusiles o ametralladoras cortas y hasta un largo y pesado tubo que debían de transportar entre dos y que me pareció un lanzagranadas. El propio Abu, muy pálido, había subido al puente de mando y permanecía junto al capitán, observando las pantallas de radar.
Las lanchas rápidas aparecieron en seguida, tres, cuatro, volando sobre las olas, cada una de ellas con una docena de indígenas arrodillados detrás de las bordas, dispuestos a acribillarnos a tiros. Navegaban en círculos alrededor de El Halcón Maltes como voraces escualos. El contramaestre recibió órdenes de bajarnos a la bodega, a una sala mucho más modesta y calurosa, y por completo cerrada e iluminada por unos apliques. En principio, nada había en esa desnuda sala, tan sólo una mesa y una docena de sillas sujetas con clavos de cabezas grandes como monedas de cincuenta céntimos. Pero en seguida nos dimos cuenta de que, apiladas contra las paredes, había algo más: cajas de distintos tamaños con diferentes modelos de armas.
¿Éramos nosotros los piratas, Martina? ¿Sabía mi marido que su amigo Cursufi, en quien parecía confiar a ojos cerrados, navegaba por medio mundo con un arsenal a bordo?
Estas y otras preguntas me mantuvieron inmersa en un mar de contradicciones hasta que comenzó el tiroteo. Fue una verdadera batalla, Martina, pero no sabría decirte cuánto duró. De vez en cuando, uno de nuestros tripulantes, subfusil en ristre, bajaba a toda prisa para proveerse de munición en otra cámara del primer o del segundo nivel. Dada la gravedad de la situación, el contramaestre había subido al puente para retomar su puesto. Los pasajeros nos encontrábamos solos y sin saber qué estaba sucediendo en cubierta. Faltaba Hugo, y puedes imaginarte mi angustia. Una de las señoras me aseguró que, minutos antes del asalto, le había visto dirigirse, sin más atuendo que una toalla alrededor de la cintura, a la sauna, por lo que muy probablemente seguiría encerrado allí, con Luz Manuela, la masajista filipina.
De pronto, el barco tembló y se escuchó griterío arriba. La ansiedad se apoderó de nosotros. Uno de los invitados abrió la primera caja que le quedaba a mano y sacó un Kalashnikov. El arma estaba sin acabar de montar y, además, no teníamos munición, por lo que de nada nos iba a servir. En cualquier caso, repartimos unos cuantos para utilizarlos como garrotes. De un momento a otro, por la escalera de caracol que descendía a nuestro nivel, esperábamos ver aparecer a los piratas javaneses, o somalíes, o a saber de qué parte de aquel océano sin ley… Pero ¿podrás creerlo, Martina?, el único que se presentó, sonriente, envuelto en un albornoz y fumando un cigarrillo, fue Hugo. Para comunicarnos, con enorme alegría, el siguiente parte de guerra: «Hemos hundido dos embarcaciones y el resto han puesto proa en polvorosa. ¿Lo celebramos con un martini?»Subimos a cubierta. Desde las bordas, nuestros marineros seguían ametrallando sin piedad a los náufragos. «Es más humanitario rematarlos que abandonarlos a los tiburones», me dijo Doris, al observar mi escandalizada expresión. «¡No lamentes su suerte!», añadió. «¿Acaso no pretendían asaltarnos, hacernos prisioneros y a las mujeres vendernos como esclavas sexuales?»
Tuya, siempre
Dalia
Nota: Supongo que se deberá al nerviosismo producido por el frustrado ataque, pero Hugo, confundiéndome con su primera mujer, se ha equivocado de nombre y por dos veces me ha llamado Azucena. A la tercera, ya furiosa, se lo hice notar y, ¿sabes qué me contestó el muy…? «Al fin y al cabo, las dos tenéis nombre de flor.» ¿Por qué los hombres tienen que ser tan… ya sabes?
Los días se le hacían tan largos a Ernesto Buj que de cada uno de ellos llegaba a tener una conciencia individual, conciencia individual, lo que le permitía al mismo tiempo odiarlos genéricamente y atribuirles una condición particular de penitencia o castigo.
Desde que había comenzado la cuenta atrás de su forzado retiro, el ex inspector no podía soportar esos mismos amaneceres que antes, cuando era hombre, un policía, tanto le gustaba recibir sobre el asfalto, de camino a su despacho en Jefatura o como broche de una madrugada de acción.
Ahora, jubilado, moviéndose con pesadez de un lado a otro de la mitad de su cama, tardaba en levantarse y desayunaba demasiado, bollos, churros, confituras, en la pequeña cocina de su casa, cuyos catorce metros cuadrados seguían oliendo a los platos cocinados para la comida y la cena del día anterior.
¿Y qué hacer durante toda la jornada? Al principio, el Hipopótamo había rondado la manzana de Jefatura y regresado a la barra de El Lince para hacerse el encontradizo y compartir con algún colega un café y un rato de conversación, pero los otros inspectores, los suboficiales y agentes que habían trabajado a sus órdenes, pronto comenzaron a ignorarle o relegarle con una odiosa condescendencia de hombres sanos y laboralmente útiles.
En cuanto el altivo Buj hubo sufrido un par de tácitas humillaciones, abandonó su territorio natural y comenzó a frecuentar otros distritos y locales donde apenas le conocían o donde era visto por vez primera: el barrio de San Pablo, de clase media, muy tranquilo, con sus pacíficas cafeterías, las calles en cuesta y uno de los dos últimos tranvías que todavía funcionaban en Bolscan, traqueteando y haciendo rechinar sus ruedas de hierro, entre chispazos eléctricos, al frenar en las paradas; o el Barrio Universitario, al este de la ciudad vieja, con sus alegres cervecerías y un ambiente que ya nada tenía que ver con los alborotos callejeros, con las carreras, cargas y huelgas de los años setenta. También, aunque de manera más esporádica, Buj recorría algunos de los tradicionales parques que todavía no habían sido aniquilados por esas modernas reformas tendentes a sustituir sus plazas de arena por manchas de cemento y sus viejos bancos de madera, que todos los veranos había que volver a pintar, por otros de un diseño tan sofisticado como incómodo para las convencionales posaderas del ex inspector.
El Hipopótamo jamás había apostado, ni siquiera a las quinielas, pero en su nueva etapa se había aficionado al juego y eso era nuevo y hasta cierto punto excitante para él. En cuarenta años de servicio, no siendo para proceder a algún registro o detención, nunca había pisado un casino.
Ahora, sin embargo, en cuanto daban las cuatro o las cinco de la tarde, salía de casa con su americana de cuadros, su pantalón de tergal y el cogote saturado con la colonia a granel, de a litro, que cada año le regalaban los Reyes Magos, para encaminarse a un barcito del Barrio Universitario donde podía tan plácidamente jugar a las tragaperras mientras saboreaba una copa de coñac Soberano. Luego iría al bingo de la calle Independencia, donde el antiguo Palacio de la Lucha, para apostar a los cartones en compañía de amas de casa y otros jubilados como él. Finalmente, a eso de las siete o las ocho, se llegaría a la sala de juego del Gran Casino del Hotel Embajadores y probaría suerte en las mesas de ruleta y black jack. En el Gran Casino no tenían coñac Soberano, pero sí un carísimo brandy francés que el Hipopótamo pagaba con aire desdeñoso, dando a entender que la correspondencia entre su paladar y su bolsillo en absoluto justificaba el abismo del precio.
Como jugador era un desastre y, por otra parte, nunca había sabido beber. A medida que se emborrachaba, más bebía y más jugaba, de modo que, al caer la noche, sumando sus pérdidas en las diferentes salas, y compensándolas con las esporádicas y más bien escasas ganancias, se le había esfumado una más que estimable cantidad.
Las noches en que perdía más de la cuenta le daba vergüenza regresar a casa para cenar cara a cara con Pascuala, en aquel silencio que cada vez se parecía más al que le aguardaba después de la vida. Huyendo de esa rutina, solía perderse a tomar la última ronda en la Taberna del Muelle, junto a su amigo Tuco. El tabernero cerraba justamente a medianoche, pero le dejaba estar mientras hacía caja, fregaba el suelo, recogía la cocina y cargaba las cámaras para el día siguiente.
Aquella tarde, la que casi resultó ser la última para él, Buj no había salido de su casa para ir a jugar, sino para pasear a su perro, a Cisco. Sin embargo, se aburría de tal manera que acabó entrando a tres o cuatro bares y bebiendo en todos. Ya estaba bastante borracho cuando, a eso de las once y media de la noche, se presentó en La Taberna del Muelle.
– Ponme un Soberano, Tuco.
– No sé de dónde viene, inspector, pero yo diría que ya ha bebido bastante.
– Odio que me sigas llamando así. Sé que lo haces por caridad, porque te doy pena.
– Debería dejar de atormentarse. A veces, la vida viene mal dada. Es como el naipe.
– No me hables del juego. Me estoy bebiendo y jugando la pensión, sin que Pascuala lo sepa. Al paso que voy, en seis meses estoy pidiendo limosna.
– ¡Anímese, inspector!
– Pues ponme un trago.
Tuco le sirvió un coñac y Buj se sentó a la mesa pegada a la cristalera, desde la que se veían los faroles de los barcos y, al fondo, las luces de la ciudad. La vista tenía poesía y sentido y el Hipopótamo se ensimismó calentando la copa con ambas manos, como un cáliz y, al mismo tiempo, fumando sus Bisontes sin solución de continuidad, encendiendo el nuevo con la brasa del anterior.
Una congoja intensa le hacía sentirse desgraciado, pero se resistía a aceptar lo que de su presente, de cada día, de cada hora, se desprendía: que toda su vida había sido un error. Poco a poco, con la soledad como única compañera, esa conclusión iba ganando enteros, tendía a establecerse como un puente hacia la nada. Su desmoralizado ánimo estaba a punto de aceptar que su historia no era la de un héroe, que nadie llegaría a escribirla, tal vez ni a recordarla, y que se extinguiría con él, si es que no se había extinguido ya. En momentos así, le entraban unas ganas sordas de llorar en silencio.
Tuco vio cómo sus calientes lágrimas caían sobre la corbata llena de manchas y sintió pena por él, porque era como si de una piedra brotara sangre.
El Hipopótamo permaneció un buen rato en esa actitud, la cara pegada al ventanal de la Taberna del Muelle, la copa de coñac oprimida contra el regazo, el cigarrillo humeándole en la boca e irritando todavía más sus enrojecidos ojos, hasta que se levantó con dificultad, trastabillando, se despidió del tabernero con un ininteligible adiós y salió a la noche calurosa y sin estrellas que tras un día de bochorno había caído sobre la ciudad.
El malecón estaba mal iluminado. Había tramos en que los contenedores y grúas tomaban formas fantasmagóricas, como monstruos acechando sobre la muralla de bloques. Cisco, el perrillo, que tan diligentemente le había esperado a la puerta de la taberna, se enredaba entre sus piernas.
El mar sonaba de fondo, las olas eran suaves y negras. Buj pensó que se despejaría dando un paseo por la playita encerrada entre el puerto y el muelle pesquero y bajó las gastadas escaleras de piedra. Olía a las putrefactas algas que la marea arrastraba y que alguien acabaría recogiendo para vendérselas a las fábricas de cosméticos.
Buj cruzó la estrecha franja de arena oscura hasta que el agua humedeció las punteras de sus zapatos. Se lavó la cara con agua de mar y contempló la bahía en forma de concha, con la regular iluminación de farolas amarillas señalando el intermitente paseo marítimo y, más allá, hacia la costa occidental, pegando ya al monte Orgaz y a las primeras estribaciones de la Sierra de la Pregunta, las ígneas chimeneas de la refinería expulsando hacia el cielo encapotado azufradas lenguas de fuego.
Tal vez porque la arena los amortiguaba, no sintió los pasos.
El perro se puso a ladrar cuando una sombra se le vino encima. Primero notó un golpe en los riñones, tan súbito y seco que le dejó sin aliento, y en seguida la presión de otro cuerpo, seguramente tan voluminoso como el suyo, que lo volteaba, haciéndole caer de bruces y clavándole una rodilla a la espalda. Unas manos como tenazas le impulsaron la nuca atrás y le giraron el cuello buscando el ángulo de fractura mientras una aguardentosa voz le susurraba:
– Para ir elegante de verdad, inspector, le falta la pajarita.
Querida Martina:
Te escribo desde un renovado paraíso. Desde la isla de Reunión, más concretamente, un destino para naturalistas y poetas. También para enamorados.
Y no empleo esta palabra por casualidad, sino porque todas mis dudas, las pequeñas y las grandes, y algunos de esos desencuentros con Hugo de los que me hacía eco en mi última carta, se han disipado como las nubes en el horizonte del Indico. A propósito: hace un tiempo perfecto.
La travesía desde isla Mauricio resultó una delicia. Nuestra pareja anfitriona, el matrimonio Cursufi, se había propuesto hacernos olvidar anteriores sobresaltos y te puedo asegurar que lo consiguieron. No ha habido noche en que no organizasen una fiesta a bordo. Los marineros se disfrazaban, hacían juegos de magia, tocaban para nosotros mientras cenábamos langosta y bebíamos vino blanco a la luz de las estrellas. Después nos reíamos con el karaoke, jugábamos a las cartas, veíamos alguna película en la sala de proyecciones, o simplemente Hugo y yo nos retirábamos a nuestro camarote para disfrutar con nuestros juegos amorosos y entregarnos una vez más a la pasión.
Debo confesarte, Martina, que en ese terreno íntimo del amor carnal Hugo es un amante experto. Sabe muy bien cómo hacer feliz a una mujer. Mi marido disfruta haciendo el amor como si para él nada más importante hubiese que exprimir al límite esos instantes de placer en que ambos nos diluimos en un mismo y más completo ser. Cuando estamos desnudos, uno junto al otro, piel contra piel, exhaustos y felices, su voz sigue susurrándome en la oscuridad tiernas palabras y el deseo renace y me estremece desde la raíz de los cabellos hasta las uñas de los pies.
Tras tocar tierra en Reunión, abandonamos El Halcón Maltés y nos despedimos de los Cursufi. Doris y Abu y el resto de sus invitados se proponían proseguir la travesía marítima hasta Australia, pero Hugo tenía otros planes para nosotros.
A modo de una nueva sorpresa, entre las muchas que ya van sumándose a lo largo de nuestra luna de miel, mi marido había reservado en un majestuoso hotel, el Fin de Siècle, una suite para nosotros y otra habitación para alojar a su prima Casilda de Abrantes. Ya sabes, la actriz. Hugo me advirtió que Cas, como él, cariñosamente, la llama, llegaría en vuelo directo procedente de París, donde, al parecer, pasa buena parte del año ocupando un apartamento del que Hugo es propietario. Casilda ha actuado en varias películas en los últimos años, algunas de ellas financiadas por Hugo y otros productores asociados. Todavía no he tenido oportunidad de ver ninguna de esas cintas, pero espero que Cas no se moleste por ello. Aunque, con los artistas, nunca se sabe. ¡Son tan vanidosos!
Nuestro hotel, Martina, es como un sueño. Está situado en una ladera, a bastante altura sobre el nivel del mar. Desde la terraza de nuestra suite, el idílico panorama invita a pensar en la belleza y armonía del mundo.
Hugo conoce bien Reunión. Sigue manteniendo aquí algunos intereses comerciales. Exportación de maderas preciosas, inversiones inmobiliarias… En asuntos financieros, mi marido se muestra reservado. No le gusta alardear, pero me va informando de esto y de aquello. No hay noche, en realidad, en que no me acueste sin haberme informado sobre una nueva dimensión del imperio Láncaster.
En ese sentido, Martina, no salgo de mi asombro. Yo pensaba que los ricos se limitaban a jugar a la Bolsa y a arrendar latifundios, pero Hugo, cuando no está conmigo, pendiente de todos mis caprichos, anda siempre consagrado a sus negocios, y la verdad es que trabaja las veinticuatro horas.
Ayer noche, por ejemplo, sin ir más lejos, me llamó por teléfono desde la capital isleña para advertirme que no llegaría a tiempo para la cena, pues no tenía más remedio que reunirse con unos empresarios de telefonía de Singapur, que también producen películas. Yo me quedé dormida y desperté a eso de la una de la madrugada. Hugo todavía no había llegado. Tampoco se encontraba a mi lado cuando volví a despertarme un par de horas más tarde; entonces, sí me sentí inquieta. Estuve un rato leyendo, desvelada, hasta que sonó el teléfono de la habitación. Era él. Su cena se había prolongado en un club y, lamentándolo por mí, no había tenido más remedio que acompañar al resto de los caballeros. Como habían tomado unas cuantas copas, prefería quedarse a dormir en un hotel del centro, antes que arriesgarse a sufrir un accidente conduciendo de vuelta por las oscuras carreteras de la isla. Le felicité por su cordura y acepté encantada el encargo de ir a la mañana siguiente al aeropuerto para recibir a Casilda, quien hacía tan largo viaje para ayudarle a convencer a esos productores asiáticos de que aportasen financiación para su próxima película. Hugo me prometió que estaría de regreso al atardecer, en cuanto se hubiese librado de esos directivos de Singapur. Cenaríamos juntos, los tres, Casilda, él y yo, en el Salón Japonés del Fin de Siècle.
En el aeropuerto, todo fue de lo más natural. Casilda no había podido asistir a nuestra boda, pues se hallaba rodando, pero la reconocí fácilmente y me acerqué con mi mejor sonrisa para ayudarla con las maletas. Ella me abrazó, llamándome desde el primer momento «hermana». Ahí se me ganó, Martina. Desde ese instante, comencé a quererla. No te imaginas lo llana que es. En el taxi me cogió la mano y volvió a llamarme «hermana». «Hugo -me dijo con una sincera emoción- siempre ha sido como un hermano para mí, de manera que tú también lo serás.»
Siguiendo las instrucciones de mi marido, y asumiendo con gusto un papel, el de anfitriona, que ya me iba tocando ejercer en el seno de mi nueva familia política, alojé a Cas en la habitación que tenía reservada. Ella me dijo que quería dormir un poco. Solía hacerlo de día, pues desde niña sentía un pánico cerval hacia la oscuridad. «En el caso de que no tenga más remedio que acostarme de noche y sola -me confesó- la única solución para poder dormir consiste en atiborrarme de somníferos y dejar alguna luz encendida.» Hugo me había advertido que Cas posee una sensibilidad fuera de lo común. «En cuanto empieces a tratarla un poco, te darás cuenta de lo extraordinaria que es.»Y, la verdad, Martina, tengo que darle la razón a mi marido. Casilda y yo apenas llevamos unos pocos días aquí, en Reunión, dedicadas a la noble tarea de no hacer nada, y ya la llama de la amistad ha prendido entre nosotras. Cas ha sabido deslumbrarme con las armas de la delicadeza y la generosidad, tratándome de igual a igual en todo momento, sin abrumarme con sus apellidos ni con su fama.
Cas me ha hablado mucho de Azucena. Fui yo misma la que sacó el tema, no vayas a pensar. Ambas llegaron a conocerse bastante bien, y parece ser que se apreciaban mutuamente. Cas me aseguró que ella la había defendido desde el primer momento frente a otros miembros de la familia que, de forma más o menos disimulada, la repudiaban por su origen plebeyo. Las burlas por tan injusta causa llegaron a ser muy crueles. ¿Me tratarán a mí de la misma manera? ¡Espero que no!
Hugo estaba enamorado de Azucena, de eso a Cas no le cabía la menor duda. Y, tal como ahora lo está haciendo conmigo, disfrutó con ella de una larga luna de miel. Asimismo, estuvieron en el yate de Cursufi y en la casa de Hugo en Kenia, a la que, por cierto, no se ha decidido a llevarme aún. Hugo fue generoso con su primera mujer. Puso a su disposición una cuenta corriente, prácticamente ilimitada, a fin de renovar su vestuario y convertirla en muy poco tiempo en una dama y en una estrella de la vida social. «Azucena era bastante inteligente -recordó Cas; estábamos en la terraza del Fin de Siècle disfrutando de la puesta de sol y tomando unos gin-tonics-. Y muy ambiciosa. Asumió su papel con una intensidad que incluso a mí, en mi calidad de actriz, me asombraba.» «¿Quieres decir que estaba actuando?», le pregunté. «¡Claro que sí! -me replicó Cas-. ¡Exactamente como actuarás tú si quieres sobrevivir!»Espero, Martina, que mi carácter no cambie como cambió el suyo, porque Azucena empezó a frecuentar malas compañías y a aparecer en las revistas. Al principio, lo hacía como acompañante de Hugo en recepciones y fiestas; pero después, a los pocos meses, vendía sus propias entrevistas y elegía sus compromisos con ayuda de una agencia. Quizá tú misma, Martina, recuerdes, como me sucede a mí, pues tan sólo ha pasado poco más de un año, algunos de aquellos reportajes de la primera baronesa de Santa Ana -pronto me designarán a mí como «la segunda»- con trajes de alta costura y peinados de fantasía, posando en lugares de ensueño -incluso, para disgusto de la duquesa, de mi suegra, en los propios jardines del palacio de Láncaster-. «Empezó a corromperse -me dijo Casilda-. Hacía cosas reprobables… Invertía por su cuenta, con el dinero que Hugo le daba a manos llenas, y se enredó con otros hombres.» «¿Por qué?», pregunté, asombrada. «¿No tenía bastante con uno solo, y tan irresistible como Hugo?» «Al parecer, mi querida hermanita, no», fue la respuesta de Cas. Me hice el juramento de no engañar jamás a Hugo. Si lo nuestro, por lo que sea, no llega a funcionar, lo dejaremos de manera civilizada. «Acepta tu nuevo rango, Dalia -me animó Cas-. Y represéntanos con dignidad, no como Azucena…»
El clima de confianza entre nosotras estaba alcanzando tal nivel de intimidad que me atreví a preguntarle a las claras quién había acabado con su vida. «Ojalá lo supiera -me repuso Cas-. De una cosa puedes estar absolutamente segura: tu marido es inocente.»Hugo se presentó en ese momento, vestido para la cena, y su sola presencia disipó cualquier nubarrón que pudiera cernirse sobre su pasado. Su limpia mirada azul se posó en la mía al tiempo que me cogía las manos y me besaba en la boca exactamente como yo había soñado siempre que me besaría un hombre como él en el nacimiento de un amor perdurable.
Esa noche, en nuestra suite, con las ventanas abiertas a la brisa del trópico, supe mostrar a Hugo, con mis caricias, con mis besos, que creía en él, en su inocencia, en nuestro futuro, y que le amaba.
Tuya, siempre
Dalia
Nota: Hugo me está preparando una fiesta de presentación en sociedad. El no sabe que yo lo sé, pero se celebrará el primer domingo de mayo, es decir, apenas hayamos regresado a España, en el palacio de Láncaster. Espero, Martina, que puedas venir. Tu compañía me resultará del máximo apoyo. ¡Estoy tan nerviosa!
Pese a todos aquellos acontecimientos, pese a los asesinatos de Jacinto Rivas y del juez Nicolás Peregrino, más el intento de acabar con la vida de Ernesto Buj (quien la salvó gracias a que su perrito, Cisco, consiguió llamar la atención de una pareja que, en busca de intimidad, había acudido de noche a la playita donde fue agredido), Martina de Santo no dio señales de vida.
¿Dónde diablos estaba la inspectora?
Nadie lo sabía. Se había tomado unos días libres justo antes de que Jacinto Rivas apareciese desnucado en el aprisco de los pastos, muy cerca -¿de manera casual, nos preguntábamos algunos?- del lugar donde, dos años atrás, fue abandonado el cadáver de Azucena de Láncaster.
La ausencia de Martina me extrañaba tanto que, en cuanto tuve oportunidad, pregunté a Conrado Satrústegui por su paradero. El comisario me informó de que la inspectora había adelantado sus vacaciones. Al parecer, se proponía realizar una larga travesía por el África central, acompañando a una expedición antropológica que iba en busca de los antiguos hombres-leopardo. A lo largo de las próximas semanas, en cualquier caso, iba a permanecer incomunicada.
Como ignoraba la fecha de su regreso, yo la iba llamando de vez en cuando a su casa, pero no cogía el teléfono. En una ocasión, mis pasos me llevaron a la parte alta de la ciudad y me acerqué hasta la casa modernista de tres plantas en que ella vivía. A través de las verjas, se veía claramente que el césped necesitaba siega. Sin embargo, me extrañó que del buzón, que debería estar congestionado, no asomasen cartas. Di por supuesto que Martina había dejado la llave a alguien de confianza para que se encargase de recogerlas.
Concluía el mes de abril y seguíamos sin noticias suyas. El buen tiempo y la humedad hicieron que las alamedas estallasen de margaritas y calas. Hasta las casamatas militares de la muralla perimetral se cubrieron de buganvilla en flor. Fue un mes espléndido, sobre todo para el subinspector Barbadillo.
En ausencia de Martina, le había tocado a Casimiro cargar con el peso de las investigaciones en curso. El subinspector, picado aún por el reciente ascenso de Martina, debió de considerar que aquélla era su gran oportunidad para tomarse la revancha y se dedicó a los nuevos casos en cuerpo y alma.
Era eficaz, y pronto comenzaron a palparse sus progresos. Tanto que, en un tiempo relativamente breve, Barbadillo había conseguido reunir los suficientes indicios como para deducir que los últimos crímenes, el del jardinero de los Láncaster y el del magistrado que había instruido la causa de Hugo, más la seria intentona de mandar al Hipopótamo al otro barrio, eran obra de un mismo individuo: un antiguo campeón de lucha libre y ex presidiario llamado Óscar Domínguez, alias Toro Sentado.
Domínguez acababa de salir de la cárcel. Tras su rastro pusimos patas arriba media ciudad y removimos después la otra media. Desde su salida de la prisión de Santa María de la Roca, había estado residiendo en una pensión del casco viejo, cuya hoja de recepción firmó con su nombre auténtico. Se le había visto en numerosos bares, así como rondando los domicilios del juez Peregrino y del ex inspector Buj. A pesar de todos esos testimonios, y de que el metro noventa y el centenar largo de kilos de Toro Sentado hacían que su figura difícilmente pasase desapercibida, parecía habérselo tragado la tierra.
Barbadillo me pidió información sobre él y elaboré un perfil. Mi conclusión fue clara: Óscar Domínguez carecía de móviles para ejecutar esos asesinatos, por lo que sólo cabía pensar que los perpetró por encargo.
¿De quién? ¿Tal vez del barón Hugo de Láncaster, con quien había compartido celda en Santa María de la Roca?
Barbadillo no tenía pruebas para acusar al barón, pero ésa iba a ser la primera pregunta que el subinspector le hiciese a Toro Sentado en cuanto le echara el guante.
Una de esas noches, muy a finales de abril, recibí una llamada de Martina de Santo.
Era tarde, las once y media. Mi mujer estaba acostada, pero fue ella la que cogió el auricular. Se limitó a decir:
– Es para ti.
Por la manera en que lo dijo, supe que estaba celosa. Se dio la vuelta en la cama, pero no por eso dejó de oír la conversación. Tuve una sensación culpable, como si de un momento a otro la inspectora fuera a materializarse entre nosotros dos, justamente en el hueco del colchón que quedaba libre. Y, acto seguido, en cuanto escuché a Martina, sufrí una sensación todavía más inquietante: la de que mi matrimonio, después de tantos años de estabilidad, corría el riesgo de irse a pique.
– Buenas noches, Horacio. Discúlpeme por llamar a estas horas.
– No importa, inspectora.
– Espero que se encuentre bien. Me he acordado mucho de usted.
Cuando me hablaba así, en ese tono más personal, yo podría estar escuchándola mil y una noches, pero había temas de mayor urgencia y gravedad.
– ¿Dónde se había metido, Martina? ¿Está al tanto de lo ocurrido, de las muertes del jardinero y del juez, y del intento de asesinar a Buj?
– Lo sé y no pude evitarlo.
– ¿Cómo habría podido hacerlo? Se encontraba usted muy lejos…
– No tanto.
– ¿Cuándo ha regresado del África Negra?
– Nunca llegué a pisarla.
Mi próxima pregunta surgió de un magma de confusión:
– ¿No había ido en busca de los hombres-leopardo?
– Sí, pero no estaban en lejanas selvas, sino bastante más cerca.
– Inspectora -rogué, totalmente perdido-, si fuese tan amable de explicarme…
– A su debido momento, Horacio. Hasta ahora me las he arreglado sola, pero a partir de este instante voy a necesitar su ayuda.
Me di cuenta de que, fuese lo que fuera lo que había averiguado, no iba a adelantarme una palabra. Como ya había hecho otras veces, opté por confiar en ella.
– Estaré a su disposición, por supuesto. Dígame qué tengo que hacer.
– El próximo domingo me han invitado a una fiesta en el palacio de Láncaster. Quiero que me acompañe.
– ¿Qué se celebra?
– Hugo de Láncaster y mi amiga Dalia, convertida en baronesa, regresan de su larga luna de miel. Será una especie de presentación en sociedad.
Me eché a reír.
– ¡Por el amor de Dios! ¿Todavía se celebran esas cosas?
– Ya ve.
– ¿Tendré que ir de etiqueta?
Lo había preguntado a bulto, pero al otro lado de la línea se hizo un silencio.
– ¿Inspectora? ¡No me fastidie!
– Servirá un traje oscuro.
– Me resignaré.
Le consulté si deseaba que quedásemos para ir juntos a Ossio de Mar, pero me adelantó que se desplazaría por su cuenta. Nos encontraríamos el domingo en el propio palacio, a partir del mediodía.
Cuando colgué el teléfono, mi mujer se removió en la cama.
– Tu voz rejuvenece cuando hablas con ella.
Llegó el domingo, me acicalé lo mejor que pude y me dirigí en mi coche particular al palacio de Láncaster.
La inspectora me había informado de que la recepción comenzaría a partir de las doce de la mañana, pero no creí conveniente presentarme antes de la una. Hice una parada en la gasolinera de Ossio de Mar para llenar el depósito, tomar un café y leer la prensa.
Nada más aparcar al exterior del muro de la mansión, en el ángulo de la pradera donde se había habilitado un párking para numerosos vehículos, la mayoría muy lujosos, me di cuenta de que la propiedad había sido especialmente engalanada para la ocasión. La avenida principal lucía sus setos perfectamente recortados, y de las fuentes, que yo recordaba estancadas en invierno, manaban chorros de agua cuyos líquidos dibujos brillaban al sol. Hacía un día magnífico, propio del mes de mayo, con veinticinco grados de temperatura y un cielo sin nubes, tan luminoso y azul que sólo de mirarlo se alegraba el corazón.
Una de las azafatas contratadas para atender a los invitados comprobó a la entrada que mi nombre -por mediación de Martina, supuse-, figuraba en la lista. Con una estandarizada sonrisa me ofreció una copa de cava y me informó de que, siendo los aperitivos muy abundantes, no se serviría estrictamente una comida. En su lugar, un completo bufet, instalado en la parte posterior de los jardines, permanecería abierto hasta la hora de la cena. Imaginé que algunos de los invitados, dado el difícil acceso al palacio, se quedarían a dormir en las numerosas habitaciones vacías que yo recordaba haber visto en la segunda planta, cuando, un par de años atrás, en aquella trágica Navidad de 1989 que parecía tan remota y, sin embargo, tan reciente a la vez, participé en la investigación por la muerte de Azucena de Láncaster.
Además de las uniformadas azafatas, un ejército de camareros contratados para la ocasión atendía a los dos centenares de asistentes a la fiesta. Muchos de los invitados habían llegado hacía rato. Nada más entrar al vestíbulo y toparme con unas cuantas personalidades, me sentí cohibido. Tuve la sensación de que estaba de más.
Apuré mi copa de bienvenida y, en el acto, una camarera vestida con el uniforme negro y blanco de las doncellas del palacio vino a ofrecerme otra. Fui a depositar la copa vacía en su bandeja, pero nuestras manos se trabaron y la que ella me estaba ofreciendo se estrelló contra el suelo.
– Lo siento, señor. ¡Qué torpe soy!
– No tiene la menor importancia.
– Le he manchado la americana. Permítame limpiársela.
Sin saber cómo reaccionar, atenazado por una vergonzante parálisis, dejé que aquella buena chica fuese a por una servilleta de hilo, la humedeciera en un vaso de agua -lo cual, la verdad, me pareció poco apropiado- y me frotase la solapa con un vigor exagerado y con el discutible efecto de extender la mancha, haciéndola más visible. Al frotar el tejido con su improvisado trapo se había situado muy cerca de mí, tanto que pude aspirar su perfume. El aroma me resultó vagamente familiar, pero no conseguí identificarlo.
– De este modo, ha quedado mucho mejor -decidió la doncella, que era cargada de espaldas, separándose un metro de mí para comprobar el resultado de su trabajo y mirándome con alivio y tal vez con una cierta coquetería-. Ahora le voy a ofrecer otra copita y algo para picar.
En su poco agraciada cara destacaban unas gafas de pasta cuyos gruesos cristales hacían disminuir el tamaño de sus pupilas. La pobre chica tenía un pelo horrendo, medio rizado, medio liso, con mechas rubias y castañas a la vez. Se alejó un momento, pero sólo para arrebatarle su bandeja a otra de las camareras, que se quedó sin habla, y regresar a mi lado para ofrecerme un montado de queso de cabra y un vaso de vino tinto. Acepté, por quitármela de encima, y me puse a observar a otro de aquellos grupos, en el que conservaba Lorenzo de Láncaster. También él me vio y se acercó a saludarme.
– ¿Qué tal, cómo está, señor…?
Su bienvenida concluyó en un murmullo inaudible. Era evidente que no recordaba mi nombre, aunque sí quién era yo: un poli. Pero no debía de tener ni la menor idea de qué estaba haciendo allí. Le comenté que había decidido responder a una invitación indirecta, formulada a través de la inspectora Martina de Santo, buena amiga de su cuñada Dalia.
– Mantienen una relación personal, tengo entendido -asintió Lorenzo-. ¿Qué ha sucedido con su chaqueta?
– Un percance sin importancia.
– ¿Ha venido solo?
– Sí.
– ¿Y la inspectora De Santo?
– No la he visto. ¿Sabe si ha llegado?
– Tampoco yo la he visto.
– Le preguntaré a la baronesa, ella lo sabrá.
– Supongo que sí. Disfrute de la fiesta.
Fui en busca de Dalia de Láncaster. La baronesa, me indicaron, estaba en un salón más reducido, de enteladas paredes, recargado de muebles rococó con retorcidas patas doradas. Su atmósfera resultaba sofocante. O bien yo no había visto esa bombonera en nuestras visitas anteriores o había sido redecorada con posterioridad.
Dalia estaba sentada en un sillón Voltaire bordado con una bandada de ibis y otros pájaros sagrados, junto a otras profanas pájaras también vestidas de gala pero no tan hermosas como ella. En alguna ocasión, Martina me había comentado que su amiga Dalia era una mujer dulce e ingenua, y muy guapa. Me abrí paso hacia ella y me presenté.
– ¿Horacio? -exclamó Dalia, alegrándose sinceramente-. ¡Qué ilusión que haya venido! Martina me ha hablado mucho de usted. ¿Ha llegado ya mi mejor amiga?
– Supongo que ha debido de retrasarse. Yo, en cambio, he venido demasiado pronto.
– ¿No lo dirá porque se sienta incómodo?
– No conozco a nadie, verá, y…
Dalia bajó la voz.
– Le entiendo muy bien. También para mí todo esto resulta un tanto… artificial. Aguante un poco más. Martina se presentará dentro de muy poco. Hace un ratito me ha llamado por teléfono para decirme que su perro se había roto una pata y debía llevarlo al veterinario. En cuanto atiendan al animalito cogerá el coche y conducirá hasta aquí.
Manifesté mi extrañeza:
– No sabía que la inspectora tuviera perro.
– Ahora que lo dice, yo tampoco. En cualquier caso, ¿qué más da? Venga conmigo, Horacio, le presentaré a algunos de los invitados más entretenidos. Es increíble la cantidad de celebridades que conoce mi marido. Como podrá comprobar, ha venido una gente de lo más interesante…
En el curso de la hora y media siguiente tuve la impresión de haber conversado de un sinfín de cosas carentes de la menor relevancia con decenas de personas convencidas de su relevante talla. De vez en cuando, alguno de ellos o de ellas se refería a su profesión o a su título. La mayoría eran financieros, nobles o ambas cosas a la vez.
En uno de esos cambios de parejas o grupos me encontré charlando con el padre Arcadio, el capellán de la casa ducal, que parecía tan descolocado en aquel ambiente como yo mismo. Hicimos causa común. Ideábamos un mutuo plan de rescate cuando se nos unió el médico de la familia, José Luis Guillén. Juntos salimos al jardín y nos refugiamos en una mesa apartada, protegida del sol por una sombrilla.
Hasta allí, cuando estábamos divinamente, solos y a salvo de los demás, fue a importunarnos la misma y torpe camarera que un rato antes, al llegar yo al palacio, me había arruinado mi mejor americana. Con su torcida sonrisa y sus zambos andares avanzó hacia nosotros sosteniendo tres copas de champán que, en sus manos, difícilmente seguirían resistiendo la ley de la gravedad.
– Cuidado con ella -advertí, señalando con disimulo a la estrafalaria doncella-. Es especialista en tirarlo todo.
– ¿Quién habrá contratado a esa pobre mujer? -se asombró el médico-. ¡Si parece un espantajo!
La camarera había eludido de puro milagro a la duquesa de Láncaster. Por centímetros, no arrasó la silla de ruedas que la fiel Elisa había ido trasladando de círculo en círculo. Decidida a llegar hasta nosotros, fue salvando los últimos obstáculos, una resbaladiza escaleta de piedra, sillas de tijera desperdigadas por medio jardín, hasta detenerse frente a nuestra mesa con una sonrisa triunfal y exclamar a grito pelado:
– ¡A beber toca, señores!
Instintivamente, me eché hacia atrás. Por el rabillo del ojo vi que el padre Arcadio imitaba mi reflejo, pero a ninguno de los dos nos sirvió de nada porque la camarera resbaló al dejar las copas y cayó aparatosamente sobre nuestra mesa. Bajo su peso, el tablero se disparó hacia arriba, arrojándonos al suelo en medio de un estrépito de vidrios rotos.
– ¡Otra vez la he vuelto a hacer! -exclamó aquella loca, después de rodar por el césped-. ¿Todos se encuentran bien? ¿Hay alguien herido?
– Háganos un favor -le advertí, mientras unos cuantos caballeros se nos acercaban para comprobar qué había pasado-: Déjenos en paz.
Pero ella se lamentó, desolada:
– ¡Cómo se han puesto por mi culpa! Iré a por un pañito. ¡Oh, Dios, no veo nada! ¿Dónde están mis gafas?
Exasperado, la ayudé a buscarlas. Estaban mucho más allá, caídas en un parterre. Me metí entre los rosales y se las alcancé. Ella se puso a palmotear, como si tuviera diez años. De contenta que debía de sentirse por haber recuperado sus antiparras se me colgó del cuello y me plantó dos besos mientras me susurraba al oído:
– Muchas gracias, señor Horacio.
De veras: me asusté.
– ¿Cómo sabe mi nombre?
– Lo he comprobado en la lista de invitados.
Nada más decir eso me agarró histéricamente del brazo y se puso a señalar el montón de acuchillados vidrios a que habían quedado reducidas las copas de champán.
– ¡Ahí! ¡Mire ahí! ¡Oro!
Lo era, en efecto. Una dorada sortija brillaba entre los afilados cristales de las quebradas copas. Con cuidado, para no cortarme, la recuperé y limpié con mi pañuelo. El anillo era excepcional. En su sello, grabado a relieve, se distinguían con claridad el castillo y los dos lobos del escudo de la casa de Láncaster. El padre Arcadio cogió la joya y la examinó a la luz.
– ¡Si es la sortija de la señora duquesa!
– Se le habrá caído -deduje-. Iré a devolvérsela.
Atravesé de vuelta el jardín hasta los grandes ventanales que abrían a la primaveral mañana la fachada sur del palacio, irradiando la luz de mayo en su interior, y busqué a doña Covadonga por donde la había visto por última vez. Un rato antes estaba junto a uno de los estanques, y ahí seguía, fumando en una alargada boquilla de nácar y asintiendo cansinamente al monólogo con que uno de los invitados parecía estar castigándola. Para la fiesta de bienvenida a Dalia, Covadonga Narváez había mudado sus habituales y oscuras vestimentas por un vestido de gasa de color turquesa. Se adornaba con una pamela rosa que le daba un aire de millonaria excéntrica. «De lo que realmente es», pensé.
Me incliné hacia ella y le entregué el anillo:
– Creo que es suyo, señora. Lo habrá perdido con el trajín de la fiesta.
Doña Covadonga estiró una de sus manos cubiertas con aquellos mitones de raso que ya me habían llamado la atención aquella vez que nos recibió en un frío día de invierno, y que ahora, con un calor casi veraniego, resultaban inapropiados.
Al recoger el sello, la voz de la anciana se veló.
– ¿Dónde lo ha encontrado?
– En el césped, pero no fui yo quien dio con él, sino una de las camareras. -¿Cuál?
Señalé a aquella perturbada, que no estaba lejos de nosotros, con una bandeja de canapés que iba repartiendo sin ton ni son. La respiración de la duquesa se aceleró.
– ¿Se encuentra bien? -murmuré.
No debía de ser así. Una cadavérica palidez estaba demudando el rostro de doña Covadonga.
– Sí, gracias -acertó a decir-. Señor…
– Horacio Muñoz. Agente de policía, ¿me recuerda?
– Perdone, estoy mareada.
– ¿Le traigo algo para reanimarla?
– ¡Yo lo haré, no se preocupe!
Me volví, a punto de estallar. ¡Era otra vez la esperpéntica camarera y de nuevo venía a importunarme!
– ¿Qué sucede? -murmuró la duquesa.
La sirvienta se situó frente a la silla de ruedas.
– ¡He sido yo, señora, y no este caballero, quien ha encontrado su anillo! ¿No cree que me merezco una gratificación?
Vi a Elisa abrirse paso entre la gente. Llegó a mi lado y, alarmada, me preguntó qué estaba sucediendo. Señalé el anillo, que doña Covadonga seguía sujetando en su palma, aferrándolo con fuerza, pero sin decidirse a colocarlo en su dedo anular. La duquesa estaba sudando, pero, más que un golpe de calor, yo habría apostado a que se trataba de un sudor agónico. Me pareció que Elisa, a su vez, palidecía, y que ambas compartían un mismo aire de tensión.
La asistenta insistió en moverla de allí.
– Vamos adentro, señora. Tanto sol no es bueno para usted.
Comenzó a empujar la silla de ruedas, pero la estrafalaria camarera les cortó el paso.
– ¡El sol debería resultarle agradable, después de haber pasado tanto tiempo en una tumba del bosque!
El párpado izquierdo de doña Covadonga se puso a temblar. Sus manos se cerraron sobre los apoyabrazos y elevó medio cuerpo.
– ¿Cómo se atreve a hablar así a la señora duquesa? -exclamó Elisa, horrorizada-. ¡Márchese!
Se iba a montar un escándalo. Cogí a la camarera del brazo y le indiqué el camino.
– Por favor. Ya ha molestado bastante.
Pero ella, vociferando que no se iría sin la recompensa que le correspondía por haber encontrado el anillo, se desasió con brusquedad. Yo reaccioné de mala manera y, a buen seguro, habría organizado una escena de no haber sucedido en ese momento algo por completo imprevisible.
En el jardín, uno de los grupos de invitados se abrió en abanico para dar paso a una tropa de uniformes. Eran agentes de policía, ocho, diez, quizás. El mando que iba al frente, de civil, con un vaquero y una camisa por fuera para disimular la pistola, no era otro que Casimiro Barbadillo.
– ¡Subinspector! -exclamé, para que pudiera verme-. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Qué sucede?
– ¡Lo tenemos, Horacio! -gritó Barbadillo, muy excitado, importándole poco el tumulto que su aparición y la de sus hombres estaba provocando-. ¡Óscar Domínguez ha caído! ¡Lo hemos pillado esta mañana y acaba de cantar!
El subinspector rodeó el estanque, se acercó hasta donde yo estaba y me felicitó.
– Tenía usted razón, Horacio. Hugo de Láncaster encargó a ese sicario que ejecutase los crímenes. ¡Venimos a por él!
En aquel instante, el barón bajaba las escalinatas del jardín escoltado por Dalia, su mujer, por su hermano Lorenzo y por su primo Pablo. A una señal de Barbadillo, varios policías le abordaron. Uno de ellos, sin mayores contemplaciones, lo empujó contra la estatua de un discóbolo y le colocó las esposas. Hugo se resistió. Hubo momentos de confusión. Los agentes fueron empujando al barón hasta nuestra posición.
Barbadillo le resumió los cargos:
– Queda detenido como supuesto autor intelectual de los asesinatos de Jacinto Rivas y de Nicolás Peregrino, así como de presunta complicidad en el intento de asesinato del ex inspector jefe de policía Ernesto Buj.
Hugo alzó los ojos al cielo:
– ¡Soy inocente!
– ¡Cállese! -le ordenó Barbadillo, desbordado por la cólera-. Asimismo se le acusa…
– ¡Yo estaba a diez mil kilómetros de aquí, con mi esposa, de luna de miel, cuando todo eso ocurrió!
– ¡Lo que dice es cierto! -ratificó, muy nerviosa, Dalia.
El subinspector había palidecido de rabia.
– ¡Engañó a los jueces con el caso de su primera mujer, y ahora…! ¡Andando, vamos!
Dalia se lanzó a abrazar a su marido.
– ¡Tiene que ser un error, por el amor de Dios! ¡Hugo no ha matado a nadie! ¡No tenía motivos para mandar asesinar a esos hombres y materialmente no ha podido hacerlo! ¡Y tampoco mató a su primera mujer! ¡Ojalá pudiera ella testificar y decirnos quién lo hizo!
– ¿Y quién dice que no puede testificar?
Se hizo un silencio. Esas palabras habían sonado justo detrás de mí, pero al girarme sólo vi a la camarera que tantos dolores de cabeza nos había causado en las dos últimas horas.
– ¿Probamos a preguntar a la propia Azucena?
Era la doncella quien había vuelto a hablar, pero su voz sonaba ahora de un modo muy distinto. El corazón se puso a golpearme en el pecho. Yo conocía esa voz.
La camarera me sonrió, me guiñó un ojo y, con un rápido gesto, se quitó las gafas de pasta y la peluca de mechas. Cuando se hubo echado el pelo hacia atrás y desprendido de la moldura dental que le deformaba la mandíbula, apareció ante nosotros Martina de Santo.
En medio del asombro general, la inspectora sonrió a su amiga Dalia:
– ¿Quién la mató? Eso es lo que pienso preguntar a Azucena de Láncaster. Y ella nos contestará.
– Eso es imposible, inspectora -tartamudeó Barbadillo. El subinspector se había quedado sin aire y miraba a Martina de Santo con una expresión de profunda incredulidad y, quizá, con un poso de rencor-. Esa mujer, Azucena de Láncaster, está muerta.
– No lo está, Casimiro.
Hugo preguntó a Martina:
– ¿Cómo puede afirmar semejante cosa y quedarse tan tranquila?
– Usted conoce muy bien la respuesta, barón -le repuso la investigadora-. Azucena nunca murió porque nunca estuvo viva. Alguien la suplantó durante todo el tiempo. Alguien que también lleva su sangre.
Martina de Santo se acercó a la silla de ruedas y tendió una mano a la anciana duquesa. Doña Covadonga la miraba con el cuello torcido y una expresión de indomable orgullo.
– Ha sido una gran actuación -le felicitó Martina-. La mejor, sin duda, de toda su carrera, pero la función ha terminado. ¡Arriba el telón!
Con movimientos pausados, pero sin ayuda de nadie, la inválida anciana que había venido ocupando la silla de ruedas se puso en pie.
Era tan alta como Martina. Debajo de su vestido de gasa se adivinaba un cuerpo firme y delgado.
La inspectora le ordenó que se quitara la pamela, prendida con horquillas a un blanco y postizo moño. Sin él, una cascada de cabello natural cayó sobre sus hombros. Entre los invitados que, bajo el sol de las tres de la tarde, rodeaban el estanque principal de los jardines traseros del palacio, atentos al desenlace de aquella dramática escena, hubo reacciones de asombro.
En menos de treinta segundos, la achacosa duquesa se había transformado en una joven mujer. Una gruesa capa de maquillaje seguía arrugando y afeando su cutis, pero algunos habían reconocido ya a Casilda de Abrantes.
Martina le pidió:
– ¿Quiere devolverme el anillo?
Casilda se lo tendió. Martina frotó el sello contra la manga de su uniforme de doncella y lo hizo brillar al sol.
– Gracias, Casilda. Ahora que ambas nos hemos despojado de nuestros respectivos disfraces podemos hablar con sinceridad, ¿no cree?
La actriz había dejado caer los brazos. Estaba a punto de venirse abajo y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla de ruedas. Su voz sonó desmayada:
– No iba en serio. Era una broma.
– No, Casilda. Los juegos entre ustedes terminaron hace mucho tiempo. ¿No me va a preguntar cómo descubrí el suyo?
– ¡Si ella no lo hace, lo haré yo! -intervino con firmeza Lorenzo de Láncaster-. ¿Qué está pasando? ¡Que alguien me dé una explicación!
– Conteste, Casilda -la invitó Martina.
La actriz declinó. La inspectora dijo:
– Una doncella ve muchas cosas. Llevo tres semanas trabajando en el palacio, haciendo las habitaciones y sacudiendo el polvo, y he tenido tiempo para observar y extraer conclusiones…
Lorenzo la interrumpió:
– ¿Dónde está mi madre?
– ¿Quiere explicárselo usted, Casilda?
Nuevamente, la actriz permaneció callada. Algunos comenzamos a pensar que el silencio de Casilda era culpable, y que tal vez encubría actuaciones de extrema gravedad. El sol calentaba sobre los invitados y el cielo era azul zafiro, pero una destemplada sensación se extendió entre los presentes cuando Martina volvió a tomar la palabra:
– En mi calidad de camarera, me di cuenta de que la duquesa se ausentaba con demasiada frecuencia. Por las fechas de las cartas que mi amiga Dalia me iba enviando desde los paraísos de su luna de miel, pude comprobar que una interesante coincidencia se repetía una y otra vez: cuando usted, Casilda, no se hallaba aquí, en el palacio, doña Covadonga se encontraba en paradero desconocido; y las reapariciones de la señora duquesa en esta residencia coincidían siempre con las visitas de su sobrina predilecta.
El número de los curiosos se había ido engrosando con otros invitados, atraídos por la aglomeración en torno al estanque donde estaba sucediendo este episodio. No todos estaban atentos. Los más alejados ignoraban qué ocurría.
Martina dio unos pasos hacia Casilda y elevó la voz para que se le escuchara con claridad:
– Mis sospechas aumentaron durante estos últimos días, en los que usted, Casilda, a fin de preparar la fiesta de bienvenida de Dalia, tuvo que volver a representar el papel de duquesa. Al hacerle la cama, recogí cabellos suyos y los envié al laboratorio. El análisis de ADN probó que la mujer que ocupaba el dormitorio de doña Covadonga Narváez no era la señora duquesa, sino usted, su sobrina. Demostrando que también era usted, Casilda, quien, en su silla de ruedas, caracterizada con su apariencia, con su ropa, representaba en público a su difunta tía.
No se oía una mosca. Martina continuó:
– La ciencia avanza, Casilda. Gracias a las pruebas genéticas, sabemos que usted ha venido suplantando a doña Covadonga en sus últimas apariciones; pero fue este anillo el que me reveló que, previamente a ocupar el lugar de su tía, la asesinó a sangre fría.
Un rumor de voces acogió esa acusación. Casilda levantó una mano, tal vez para dibujar un gesto de protesta, pero, como si realmente volviese a encarnar a una anciana sin fuerzas, se tambaleó y estuvo a punto de caer redonda.
Me acerqué a ella y la sostuve. Se desasió, volvió a apoyarse en el respaldo de la silla de ruedas y se llevó las manos al rostro.
– Sólo era una actuación -murmuró Casilda con su grave y cinematográfica voz-. Nada más que una broma.
– ¡Nada de lo que aquí se ha dicho sobre la duquesa puede ser cierto! -dijo en un tono bastante más alto, y escandalizado, el doctor Guillén-. ¡Yo lo sabría!
Martina se lo quedó mirando con ironía.
– Supongo, doctor Guillén, que está hablando como médico de la familia. Pero ¿hace cuánto tiempo que la duquesa no se hacía un chequeo? ¿Que usted no la examinaba? ¿No se había dado cuenta de que ni siquiera en verano se quitaba esos mitones y pañuelos que ocultaban su edad y su piel? Revise su diario clínico, doctor. Estoy segura de que en los dos últimos años y medio, la suplantada duquesa no ha requerido sus servicios profesionales, al margen de alguna mera consulta verbal para mantener las apariencias. Y nada tiene de extraño, puesto que Casilda de Abrantes, como a la vista está, goza de una magnífica salud.
La actriz, en efecto, parecía haberse recuperado. La luz había regresado a sus ojos y sus movimientos eran vivos. Dispuesta a luchar por su inocencia, plantó cara a la inspectora:
– ¡Usted no puede acusarme de nada! ¡No es quién!
Martina le repuso enigmáticamente:
– ¿Y quién es usted, Casilda? ¿Cuál de las tres?
La actriz miró a Martina con furia.
– No sé de qué me está hablando.
Lorenzo de Láncaster interrumpió su conversación:
– ¿Por qué no se dejan de secretos y me dicen dónde está mi madre?
– ¿Quiere responder ahora, Casilda? -volvió a proponerle la inspectora-. ¿O tampoco lo hará esta vez?
La actriz miraba a sus primos. Lorenzo le hizo un gesto angustiado, pero fue su hermano Hugo quien preguntó:
– ¿Mamá está muerta?
Martina acarició el sello ducal y lo hizo brillar al sol.
– Descubrí esta sortija en su féretro, en el cementerio del Convento de la Luz. Aprovechando la luna llena, abrí su nicho hace dos noches. Doña Covadonga llevaba allí desde la madrugada del día de Navidad de 1989. Sus asesinos la enterraron con el hábito de la monja que hasta ese momento había ocupado el sepulcro, pero, al colocar el cuerpo de la duquesa dentro de la tumba, se les olvidó quitarle el anillo, este sello. Estaba oscuro, nevaba, apenas tenían tiempo y cometieron ese error.
– ¡Oh, Dios! -clamó Lorenzo.
Airadamente, el padre Arcadio preguntó a Martina:
– ¿A qué nichos se refiere? ¿Es que ha estado profanando tumbas?
– Me limité a exhumar la de la hermana Benedictina -repuso Martina-. Y ahora que me da la oportunidad, padre, quiero agradecerle que me proporcionase la clave del caso y que indirectamente me animara a entrar en ese camposanto, distrayendo con buen fin el sueño eterno de los muertos.
El sacerdote quedó atónito:
– ¿Yo le di una clave?
– Sí.
– ¿Cuál?
– ¿Recuerda la mañana del 25 de diciembre de 1989, día de Navidad, cuando atravesamos el bosque a pie, desde el palacio hasta el aprisco, para examinar el cadáver de Azucena de Láncaster? Portaba usted los santos óleos.
– Nunca podré olvidar aquellas dolorosas horas.
– Mi compañero Horacio le oyó comentar que una joven religiosa, la hermana Benedictina, había muerto dos días atrás, el 22 de diciembre, en el Convento de la Luz, de un accidente doméstico, y que, en la mañana del 24, había tenido usted que oficiar su funeral. Usted mismo añadió que el cementerio conventual tenía problemas de espacio y que, para sepultar a Benedictina, las monjas habían tenido que agrupar los huesos en osarios comunes. Pero no nos dijo entonces toda la verdad, padre, y temo que pretenda empeñarse en seguir ocultándola.
El sacerdote percibió que la gente le miraba y se ofuscó:
– ¡Yo no he mentido!
– Se puede pecar por omisión -le recordó Martina.
– ¿Qué insinúa, inspectora?
– Yo no insinúo, padre. Mi método es empírico y no contempla la insinuación. Muy al contrario, afirmo que la hermana Benedictina no fue víctima de ningún accidente doméstico. Del granero del convento se desprendió una techumbre, cierto, pero nunca llegó a caer sobre ella. Como usted sabía muy bien, pues así se lo había confesado la priora, la hermana Benedictina se suicidó, arrojándose al vacío desde una altura de siete metros y cayendo sobre las guías de un carro de labor.
– ¡Qué imaginación! -saltó el cura-. ¿Por qué iba a hacer una cosa así?
– Porque estaba encinta. De tres meses, exactamente. La criatura era varón y el futuro padre, Jacinto Rivas. Sólo lo sabían usted, la priora y Azucena de Láncaster, quien había hecho amistad con algunas hermanas, en especial con Benedictina, encargada de los telares que tanto entusiasmaban a la primera esposa del barón.
En mi cerebro, dos cables se conectaron con un chispazo.
– ¡También Azucena estaba embarazada de tres meses!
Solté esa acotación, incapaz de reprimirme, pero sin ni yo mismo saber qué podía significar, si algo significaba. Hugo recibió mi comentario con una expresión hermética, pero Martina se mostró más calurosa conmigo:
– En efecto, Horacio. E igualmente, según los resultados de la autopsia, Azucena esperaba alumbrar un varón.
Chasqueé los dedos.
– ¡Esos embarazos, al mismo tiempo! ¡Ambas mujeres, la baronesa y la monja, muertas en las mismas fechas!
– ¡Muy bien, Horacio! -aplaudió la inspectora-. Está a punto de descubrirlo. ¡Siga un paso más!
Me devané los sesos, imagino que como todos los presentes. Un lejano resplandor comenzaba a iluminar mi cerebro, pero aún se agitaban demasiadas sombras entre la solución y la luz. La cara de Barbadillo era un mapa de contradicciones. Tampoco los restantes agentes adivinaban la verdad.
Los murmullos de los invitados habían subido de tono. Martina reclamó silencio.
– Si me prestan un poco de atención, señoras y señores, procuraré dar una explicación lógica a cuantos misteriosos sucesos se han venido sucediendo en el Ducado de Láncaster. Comenzando por la muerte de la primera baronesa, Azucena, en la madrugada del día Navidad de 1989, y terminando por esa serie de recientes asesinatos de cuya inspiración intelectual mi colega el subinspector Barbadillo ha acusado erróneamente a Hugo de Láncaster.
Dalia emitió un grito de alegría. El barón rugió triunfalmente:
– ¡Gracias, inspectora! ¡Les dije que era inocente! ¡Quítenme las esposas!
Martina acababa de soltarse una almohadilla que, sujeta a su espalda, entre los omóplatos, venía, como parte de su disfraz, cargando su figura. Enderezó los hombros y buscó algo bajo el peto de camarera.
– No tan deprisa, barón. Ya hace dos años, en su primera causa, sostuve que podía ser usted culpable e inocente a la vez, y mi opinión no ha variado en lo sustancial… Pero permítame que le consulte una duda: ¿esta antigua pieza africana le pertenece?
La inspectora sostenía en alto un primitivo guante de piel con unas tiras de cuero para sujetarlo a un antebrazo. En su extremo, se recortaba una zarpa de temible aspecto.
– ¿La reconoce, barón? -insistió Martina-. ¿No? Es curioso. Originalmente, esta garra de hombre-leopardo estuvo expuesta en el palacio, formando parte de su colección de fetiches. Pero hace dos años y medio ya que dejó de ocupar su lugar en la vitrina; tal vez por eso no la recuerde. Por eso y porque la ocultaron en el mismo nicho en que fue enterrada su madre. Allí dentro la encontré, junto con el anillo ducal y, naturalmente, junto al cadáver de doña Covadonga. Los felinos adornos de los hombres-leopardo tienen carácter mágico. En la antigua región del Congo, el hechicero desgarraba con estas sagradas zarpas la carne de los jóvenes guerreros, abriéndoles las puertas del sacrificio y de la inmortalidad. ¿Quieren ver lo afiladas que están sus uñas?
Martina pasó la zarpa por su propio rostro. Instantáneamente, su mejilla quedó arañada por curvas estrías. Uno de esos superficiales cortes se cubrió de un hilo de sangre. Hubo gritos entre la gente.
La inspectora explicó:
– Con este mismo fetiche desgarraron el rostro de la hermana Benedictina, a fin de hacer pasar su cadáver por el de Azucena de Láncaster.
En medio de un silencio total, Martina se dirigió a Hugo:
– ¿Fue idea suya, señor barón, o se dejó aconsejar, también en este recurso, por su mujer?
Dalia enlazó las manos y rogó:
– ¿A quién te refieres, Martina? ¿A qué mujer?
– A la suya, Dalia. A la mujer de la que Hugo de Láncaster siempre estuvo enamorado, y de la que, pese a todo lo que le ha hecho sufrir, sigue estándolo hoy en día. Me estoy refiriendo, querida Dalia, y no sabes cuánto lamento hacerte daño, a su prima hermana, a Casilda.
Esta rompió a reír histéricamente. Hugo compartió su risa y después dijo con desprecio:
– Ni está usted en sus cabales, inspectora, ni espere de mí un solo comentario a sus delirantes fantasías. ¡No siga por ese camino porque nada podrá demostrar!
Martina le dedicó una sonrisa radiante.
– Al menos, déjeme intentarlo. De momento, el Supremo me ha dado la razón.
Un hombre calvo, con una llamativa americana de listas y un chaleco de seda verde, intervino tras esa alusión:
– ¿Se refiere al mismo tribunal que ha decretado la absolución de mi defendido?
No tardé en reconocerle: era Pedro Carmen, el abogado de Hugo.
Martina le contestó:
– El Tribunal Supremo analizó correctamente las pruebas, el cabello encontrado en el cuerpo de Azucena y la viruta metálica incrustada en la herida de su cabeza. Ni el cabello era, con absoluta seguridad, del barón, ni la viruta de hierro se correspondía con su palo de golf. En consecuencia, la alta Sala declaró inocente a Hugo de Láncaster. Pero seguía siendo culpable.
Pedro Carmen objetó:
– La aplicación de la ley nunca es contradictoria.
Martina replicó al letrado:
– Y no hubo contradicción en el comportamiento criminal de su cliente. Hugo de Láncaster es inocente de la muerte de su madre y culpable del intento de asesinato de su hermano Lorenzo.
– ¿Y del resto de los crímenes? -preguntó el subinspector Barbadillo.
– Inocente.
– Entonces, inspectora -volvió a preguntar Barbadillo-, ¿quién mató a Nicolás Peregrino y a Jacinto Rivas?
– Concédame unos minutos más y podrá ver la secuencia completa. Todo comenzó con una pantera.
– ¿Ven como es una gran farsa? -exclamó Hugo, forcejeando entre dos agentes-. ¡Exijo que me quiten las esposas!
Martina continuó, imperturbable:
– La pantera se llamaba Romita. Alguien abrió la puerta de su jaula en la Nochebuena de 1989 para que escapase del Circo Véneto, instalado en el municipio de Turbión de las Arenas; en línea recta a través de los bosques, a menos de cinco kilómetros del palacio de Láncaster.
»Desde un principio, la fuga de esa bella pantera de las nieves me pareció muy extraña. En ese circo había otros felinos, leones, tigres, pero el que escapó fue un ejemplar de una especie rara, descubierta en época reciente y todavía no suficientemente conocida. Original de las montañas centrales de Asia, este hermoso felino se caracteriza por su capacidad para mimetizarse en los paisajes invernales. Y, si recuerdan, la nieve había comenzado a cubrir por aquellos días estos mismos bosques de la Sierra de la Pregunta.
Martina hizo una pausa para comprobar que mantenía el interés de la audiencia. Como así era, prosiguió:
– ¿Y por qué me extrañó tanto que del Circo Véneto se hubiese escapado una pantera de las nieves y no un aparatoso león o un fiero y astuto tigre? Porque un animal de estas características, huidizo, capaz de trepar a los árboles, tardaría más en ser descubierto que un león o un tigre. Y eso era, precisamente, lo que perseguía aquel que dejó escapar a Romita: sembrar la alarma en la zona y crear el ambiente propicio para hacer creer que Azucena de Láncaster había sido víctima del ataque de una fiera. Sin embargo, quien diseñó esa puesta en escena sabía muy bien que la pantera de las nieves no suele atacar al hombre. Ante la posibilidad -como así, efectivamente, sucedió- de que Romita se limitase a husmear el cadáver tendido junto al aprisco del ganado, sin llegar a despedazarlo o a alimentarse con él, la mano criminal, utilizando, como les he dicho, esta antigua garra ritual de los hombres- leopardo, le provocó previamente los desgarramientos que vimos en su rostro, a fin de borrar sus rasgos y confundir su identidad.
– Entonces -razoné-, el cadáver que encontramos en los pastos, y que tomamos por el de Azucena de Láncaster, era, en realidad…
– El de la hermana Benedictina -confirmó la inspectora-. Azucena de Láncaster nunca existió, Horacio. Fue una creación de Casilda de Abrantes, la falsa personalidad que eligió para casarse con su primo Hugo, para convivir con él siendo y no siendo su mujer.
Casilda y Hugo compartieron una mirada ausente, pero ninguno de los dos reaccionó. Martina señaló la aguja de piedra de la capilla-panteón, cuyo gótico pináculo sobresalía de los setos.
– Retornemos a la Nochebuena de 1989. Acababa de terminar la misa de gallo. Los invitados regresaron de la capilla al palacio para tomar algo caliente. Faltaba Hugo. Tres días antes, había discutido con su mujer. Enfadado con ella, con la falsa Azucena, Hugo se había refugiado en un hotel de la costa, La Corza Blanca. Los demás actores de la tragedia, la duquesa, su hijo Lorenzo, su sobrino Pablo y su asistenta personal, Elisa Santander, estaban presentes aquí, en el palacio de Láncaster.
– ¿Quién mató a mi madre? -preguntó un desmoronado Lorenzo-. ¡Quiero saberlo!
– Casilda la asfixió en su dormitorio -reveló Martina- y luego trasladó su cuerpo sin vida al viejo cementerio del Convento de la Luz. Venciendo su temor a la oscuridad, abrió el sepulcro de la hermana Benedictina, sacó su cadáver, lo desfiguró e introdujo en su nicho el cuerpo de la duquesa. Cargó con el cadáver de Benedictina hasta el Puente de los Ahogados y lavó en el río su primera pátina de putrefacción y la aparatosa herida que la religiosa se había hecho en la cabeza al caer sobre los remaches de hierro de un carro de labranza.
Relacioné:
– ¡De ahí los restos de agua dulce en los pulmones!
– Efectivamente, Horacio. Pero permítame continuar. Una vez lavado el cadáver, Casilda lo trasladó monte arriba, le puso su propio camisón, sus pendientes y su anillo de boda y lo abandonó junto al aprisco como señuelo de una muerte lo suficientemente extraña como para absorber la atención de la policía mientras se urdía el segundo crimen.
– ¿Cuál? -preguntó Lorenzo.
– El que, en forma de accidente de caza, iba a causar su muerte.
Resistiéndose a dar crédito a esa revelación, el primogénito de la casa ducal y heredero del título se encaró con su hermano:
– ¿Tú lo sabías, Hugo? ¿Tú me disparaste?
El barón vaciló:
– Yo estaba en La Corza Blanca. No supe nada, no hice nada…
Lorenzo se giró hacia su prima. Su lamento sonó desgarrado:
– ¡Dime que no es cierto, Cas!
Casilda le hurtó la mirada. En sus ojos se empozaba una luz negra.
Barbadillo objetó:
– Casilda de Abrantes no pudo hacer todo eso sola, inspectora. Abrir el nicho, trasladar el cadáver -Martina le dio la razón:
– Tuvo un cómplice. Alguien que la sostendría si vacilaba o si la vencía el miedo.
– ¿Quién? -gritó Lorenzo, fuera de sí-. ¿Quién más quería matarme?
La inspectora alivió su incertidumbre:
– No lo adivinaría fácilmente, marqués. El cómplice de Casilda de Abrantes, la persona que estaba a su lado cuando asfixió a doña Covadonga, la que la ayudó a trasladar el cuerpo y a enterrarlo en el convento fue Elisa Santander, la secretaria personal de la duquesa.
De los labios de Elisa brotó un grito sordo. A su rostro, habitualmente tan dulce, asomó una fiera expresión. Su cuerpo menudo se arqueó y sus manos se movieron con rapidez e hicieron culebrear un brillo de níquel.
Sonó un disparo. Martina de Santo abrió los brazos, dio unos vacilantes pasos y cayó al estanque. A su alrededor, el agua comenzó a teñirse de rojo.
Del cañón de la pistola que sostenía Elisa brotaba una columnita de humo. Me abalancé sobre ella y derribé a la frágil y servicial mujer que había disparado contra la inspectora.
Una ambulancia habría tardado demasiado. Decidimos trasladar a Martina en un coche patrulla.
Me tocó conducir, pero no sabría detallar en qué condiciones regresé a la ciudad. Tomé la carretera interior, con menos tráfico pesado del normal, al ser domingo. Un coche rápido, puede que un Porsche, quiso jugar a las carreras. En mi memoria, el resto del trayecto se ha borrado.
Un nublado subinspector Barbadillo y un angustiado doctor Guillen sostuvieron a Martina en el asiento de atrás del coche patrulla, que se manchó con su sangre. El médico le había realizado una cura de urgencia y procuró mantenerla despierta. Lo consiguió durante un rato, hasta que, al llegar a la bahía de Bolscan, la inspectora perdió el conocimiento. Volvió a recuperarlo una vez que le hubieron extraído la bala que se le había alojado en un costado y que, por suerte, no afecto a órganos vitales.
A lo largo de las siguientes catorce horas, rumiando las claves del caso, velé en el pasillo de la cuarta planta del Hospital Clínico, frente a una puerta blanca tras la que descansaba o dormitaba Martina de Santo.
El comisario Satrústegui me iba llamando por teléfono cada dos o tres horas, y sólo dejó de hacerlo en el curso de las seis que esa noche consagraría al sueño. Pero a las ocho de la mañana siguiente volvió a llamarme, y yo, que acababa de hablar con el médico de guardia, pude decirle:
– La inspectora está mejor. Nos dejarán verla a las doce.
Faltaba un cuarto para el mediodía cuando el comisario apareció en el hueco del ascensor. Todavía tuvimos que esperar unos minutos para que nos permitiesen entrar a la habitación de Martina.
La inspectora no tenía buen aspecto. La habían recostado sobre un par de almohadones y cubierto con una delgada sábana celeste, debajo de la cual no me costó nada imaginarme la herida de bala en forma de estrella, con la epidermis hinchada en sus bordes por los puntos quirúrgicos.
El comisario le preguntó a Martina cómo se encontraba y le felicitó por su extraordinario trabajo. Luego nos notificó que Casilda de Abrantes y Elisa Santander habían confesado haber dado muerte a la duquesa, ocultado el crimen y suplantado a la víctima. Hugo de Láncaster, sin embargo, se negaba a colaborar. Su silencio, unido a las zonas de sombra que quedaban por resolver en el caso, dificultaba la completa comprensión de la trama.
– Básicamente, inspectora -expuso Satrústegui-, su línea deductiva ha dado en el clavo. Tenemos suficientes pruebas para demostrar que Casilda de Abrantes y Elisa Santander aparecen detrás de una intriga criminal que ha evolucionado a lo largo de los dos últimos años y medio, a medida que se iban sucediendo cambios y acontecimientos internos en el seno de la familia Láncaster. Pero el papel de Hugo nos sigue pareciendo ambiguo o confuso.
– No más de lo que él mismo lo sigue estando -sonrió Martina-. Un seductor enamorado corre doblemente, sin defensas, el riesgo de ser traicionado. Porque hay amor y venganza en esta historia, todo un melodrama en torno al irresistible Hugo de Láncaster…
– Está hablando de un asesino.
– No pretendía frivolizar, comisario. Pero antes, más lejos en el tiempo, debemos hablar de un hombre morganáticamente enamorado de su prima hermana, Casilda de Abrantes.
– ¿Cuándo comenzó su relación? -pregunté.
Satrústegui contestó:
– En su declaración, Casilda se ha negado a precisar ese dato.
– Tal vez brotase durante su adolescencia, en el idílico entorno de las vacaciones de verano en el palacio -apuntó la inspectora-. Tal vez, más adelante, cuando empezaron a rodar películas. ¿Quién sabe?
– ¿Por qué nunca hicieron pública su relación? -quise saber-. ¿Por miedo a la censura familiar?
– Había precedentes. Los padres de Hugo, sin ir más lejos, también eran primos.
– Razón de más -insistí-. Si en esa familia la endogamia estaba, y sigue estando, a la orden del día, ¿qué les impedía disfrutar libremente de su amor?
– La ambición, Horacio -señaló Martina-. El amor entre Casilda y Hugo inspiró otras pasiones quizá menos fuertes, pero más dudosas en su trasfondo moral. Entre ellas, la de hacerse con el poder en sus respectivas familias. Para lograr ese objetivo, Hugo y Casilda tenían que apartar de la línea hereditaria a los primogénitos de ambas casas ducales: Lorenzo, hermano mayor de Hugo, y heredero del Ducado de Láncaster; y Pablo, hermano mayor de Casilda y futuro duque de Abrantes. A fin de eliminarlos a ambos a la vez, de un solo golpe, y heredar más adelante en sus respectivos lugares, idearon un mecanismo realmente diabólico.
– Estaba en juego una fortuna -supuse.
– La de los Láncaster es una de las principales del país -recordó Martina-, pero tampoco a los Abrantes les han ido mal las cosas. Ninguno de los hermanos pequeños, ni Casilda ni Hugo, tenían expectativas de heredar los títulos. Casilda, por ser su hermano Pablo varón, y mayor que ella. Hugo porque su padre, el duque Jaime, había transmitido el ducado, así como su administración, a su primogénito, a Lorenzo, quien le inspiraba bastante más confianza. Como albacea testamentaria, doña Covadonga no tenía la menor intención de modificar la última voluntad de su marido. En su día, cuando ella faltara, Lorenzo sería el nuevo duque de Láncaster. Su otro hijo, Hugo, sólo le ocasionaba problemas personales, disgustos con la prensa y pérdidas económicas con su productora cinematográfica y sus alocadas aventuras empresariales.
– No era de eso de lo que presumía -dije.
– Todo en Hugo era hiperbólico, una pura exageración, cuando no un fracaso. Su hermano Lorenzo, mucho más prudente, consiguió ir apartándole de la dirección de las empresas familiares. Hugo no ignoraba que su influencia en los consejos de administración disminuía cada día.
Martina estiró una mano, aparentemente para coger un vaso de agua que había en la mesilla, pero, en su lugar, agarró el paquete de Player's y, antes de que lo hubiésemos podido impedir, había encendido uno.
– Inspectora, no debería…
– Gracias por preocuparse por mi salud, Horacio -dijo ella, expulsando con delectación una bocanada de humo-. El abogado de los Láncaster, Joaquín Pallarols, con quien mantuve una entrevista para informarme de las finanzas del ducado, pues del corrupto administrador, Julio Martínez Sin, hice mejor en no fiarme, me confió que, desde la muerte del duque, al frente de las nuevas empresas y operaciones financieras ya sólo figuraba Lorenzo. Hugo no tenía ninguna duda de que, igualmente, el testamento de su madre le relegaría. La frustrante sensación de estar siendo objeto de una sistemática marginación fue creciendo hasta dar paso a un ánimo de venganza. Pero Hugo sólo se decidiría a pasar a la acción cuando su prima Casilda le envolvió en sus amorosas redes. La pasión alimentó la codicia, y ésta generó el crimen. Entre los dos amantes, les decía, entre Hugo y Casilda ingeniaron una trama maquiavélica que incluía un doble asesinato: uno falso, el de la espuria Azucena, del que pretendían culpar a Pablo; y otro perfecto, el que debería haber acabado con la vida de Lorenzo.
»Para cumplir sus propósitos, ambos episodios tenían que resultar consecutivos en el tiempo. En primer lugar, la Policía, dando por hecho que eran los restos de Azucena -pero siendo, en realidad, los de la hermana Benedictina-, descubriría el cadáver tendido junto al aprisco, en el que se habrían depositado algunos cabellos de Pablo de Abrantes, a fin de inculparle. Y, en segundo lugar, durante la batida que se organizaría contra la peligrosa pantera que merodeaba por los bosques, Hugo le dispararía un escopetazo a su hermano Lorenzo.
»Aquel imaginativo plan tenía un inconveniente. Para algunas de sus tareas, como, por ejemplo, para trasladar el cadáver de la hermana Benedictina desde el cementerio de las monjas hasta el refugio del ganado, eran necesarias dos personas. Pero Hugo no podía colaborar. Si quería conservar su coartada, debería permanecer en todo momento en La Corza Blanca. Fue entonces cuando captaron a Elisa como cómplice.
– Así lo ha admitido ella misma en su confesión -corroboró el comisario-. Hugo de Láncaster, con quien ya había tenido un breve y tormentoso romance, volvió a seducirla, ahora con promesas de boda. Esa modesta muchacha, Elisa Santander, le dio ingenuamente crédito. Llegó a verse como la futura duquesa de Láncaster y la ambición la cegó.
– No tan modesta ni tan ciega, comisario -le advirtió Martina-. Y, desde luego, nada inocente. Si en este caso ha llegado a actuar una pantera de las nieves, salvaje y con las garras bien afiladas, ha sido ella, Elisa.
– Hay una laguna en su argumentación, Martina -observé-. Hugo y Casilda no tenían necesidad de reclutar un tercer cómplice ni de trasladar el cadáver hasta el aprisco. Podían haberlo dejado en cualquier otro lugar del bosque, junto al cementerio, sin ir más lejos, y, de idéntico modo, simular que esa mujer había sido atacada por un felino. El resultado habría sido el mismo.
– Se equivoca, Horacio. En ese caso, el cadáver de la religiosa no se habría descongelado.
Fui yo quien se congeló con esa salida.
– ¿De qué está hablando, inspectora?
– De cómo consiguieron engañar a los forenses con la hora de la muerte. Recuerde que la hermana Benedictina había sido enterrada en un viejo y gélido osario del cementerio medieval, en condiciones de un frío extremo. Aquel día, 24 de diciembre de 1989, nevó. Al caer la noche, la temperatura había descendido bastante por debajo de los cero grados, provocando la congelación del cadáver y paralizando los fenómenos y síntomas de su natural degradación. Doce horas después de su funeral, hacia las tres de la madrugada del día de Navidad, tras haber profanado el camposanto y haber cambiado los cadáveres, Casilda y Elisa sumergieron el cuerpo de la hermana Benedictina en el río Turbión, debajo del Puente de los Ahogados, durante el suficiente tiempo como para activar su descongelación. Al contacto con el agua, la temperatura del cadáver aumentó, permitiendo, a partir de ese momento, el normal desarrollo de los fenómenos cadavéricos.
El comisario cuestionó:
– ¿Cómo sabe que la sumergieron precisamente en esa parte del río, debajo del Puente de los Ahogados?
– Por la ausencia de sal marina en el agua retenida en los pulmones de Benedictina y por las partículas de flora reveladas por la autopsia -detalló Martina-. Existe una microscópica especie de alga fluvial que se da en esos tramos embalsados del río Turbión, bajo los puentes, o en las pozas, pero no en su desembocadura, pues el flujo de la marea y la salinidad impiden su desarrollo.
– Volvamos a la manipulación del cadáver -propuso Satrústegui, tras aceptar esa explicación-. Ya tenemos a las dos mujeres, a Casilda y a Elisa, transportando el cuerpo de Benedictina hacia los pastos, monte arriba, a través del bosque. Pero la temperatura nocturna seguía siendo extremadamente baja. Una vez abandonado junto al refugio del ganado, pero a la cruda intemperie, ese cadáver casi desnudo volvería a congelarse.
Martina apagó el cigarrillo. Con las manos, se echó el pelo hacia atrás. De lo pálida que estaba, también ella tenía un aspecto un tanto cadavérico.
– Buena observación, comisario. Así, en efecto, ocurrió. El cadáver de Benedictina se heló de nuevo, provocando esta vez una ulterior confusión de síntomas entre los efectos de la helada y la rigidez cadavérica. Por esa razón, y tal como pretendían los autores del engaño, a fin de fingir la muerte de Azucena de Láncaster con la misma eficacia con que antes habían creado una vida para ella, el doctor Marugán situó la data de la muerte entre las dos y las cuatro de la madrugada del día de Navidad. Hora en que Hugo de Láncaster dormía plácidamente en su habitación de La Corza Blanca, a cuarenta kilómetros de distancia.
Satrústegui se pasó los dedos por los párpados.
– Parece cosa de brujas.
La inspectora sonrió.
– Al menos, de dos. Saben que, popularmente, llaman al palacio de Láncaster la Casa de las Brujas. Pues bien, el plural ya está justificado.
Satrústegui inventarió:
– Vamos a ver si la he seguido, Martina. Esas dos mujeres, Casilda y Elisa, asfixiaron a la duquesa en su dormitorio y la sacaron del palacio cuando todos dormían. Cargando con sus restos, caminaron a través del bosque hasta el cementerio monástico y ocultaron su cadáver en el mismo osario donde reposaba el de una monja recién fallecida. Cerraron el sepulcro, dejando a doña Covadonga dentro, y sumergieron los restos de la religiosa en el río para confundir al forense con la data de su muerte. Su última estratagema consistió en trasladar monte arriba el cuerpo de la hermana Benedictina, abandonándolo como si fuese el cadáver de Azucena de Láncaster.
– ¡Perfecto, comisario! -aplaudió Martina-. Ni yo misma lo habría resumido mejor. Respecto a este punto, tan sólo añadiré que todos esos movimientos estuvieron sincronizados con el único, y mucho más simple, que el señor Bruno Arnolfino, director del Circo Véneto, tenía que hacer, manipulando una de las jaulas de los felinos. Recuerden que ese circo estaba acampado en el municipio de Turbión de las Arenas, muy cerca del palacio de Láncaster.
– ¿Y qué tenía que hacer el señor Arnolfino?
– A cambio de la generosa cantidad que le pagó Hugo de Láncaster, abrir durante la noche la jaula de Romita, a fin de que la pantera de las nieves pudiera escapar, sembrar el pánico y contribuir a transformar la teatral muerte de Azucena en un peliagudo misterio.
– ¿Cómo ha averiguado eso? -preguntó el comisario.
– Se trata de una deducción, señor, pero no dudo que nos resultará sencillo comprobarla, en cuanto el barón no tenga más remedio que aceptar nuestro conocimiento de todos estos hechos y ratificar aquellos en los que niega su participación. Cuando el señor Arnolfino llamó a Jefatura para cursar la denuncia, presumió que la fuga de Romita podía haberse debido a la falta de celo de un cuidador. En mi inspección del Circo Véneto, no descubrí a ningún encargado de ese cometido. Las llaves de las jaulas las custodiaba de día el domador; pero, por motivos de seguridad, tenía orden de depositarlas, cada noche, en la caravana del director. Arnolfino fue el único que pudo abrir la jaula. -Martina hizo un leve gesto de dolor, como si le molestase la herida. Tomó aire y agregó-: En el mismo momento en que esa pantera escapó del Circo Véneto se estaba creando una cortina de humo para el segundo acto de la trama criminal, cuyo violento desenlace se llevaría a cabo al día siguiente, en la mañana del 26 de diciembre de 1989.
– ¿Se refiere al atentado contra Lorenzo de Láncaster? -apuntó el comisario.
– En efecto. Fue su hermano Hugo quien le disparó, oculto entre la maleza y los árboles. No se atrevió a utilizar uno de sus rifles telescópicos de caza mayor, pues la munición habría sido identificada, y decidió utilizar una escopeta de caza corriente, con la que sólo consiguió herir a Lorenzo.
Volví sobre algo que no me había quedado claro.
– Un momento, inspectora. ¿Y si los investigadores hubiésemos llegado realmente a creer que fue la pantera la que destrozó ese cadáver? En ese caso, no habría habido culpables.
– El deliberado hecho de que los zarpazos se limitasen al rostro, y que en el resto del cuerpo no hubiese mordeduras ni desgarramientos, ya nos habría hecho sospechar. Además, Casilda había depositado en las heridas del rostro algunos cabellos de su hermano Pablo. Por si esta prueba escapaba a la indagación policial, una llamada anónima, a cargo de Elisa, denunciaría a Pablo de Abrantes como autor del crimen. Llamada, Horacio, que usted mismo atendió.
– ¡Pero no llamaron para denunciar a Pablo de Abrantes, sino a Hugo de Láncaster!
– Exactamente, Horacio. Esa llamada de Elisa marcó el punto de inflexión en el caso. Hugo había fracasado en su misión, dejando con vida a Lorenzo, y el vuelco de la situación, sumado a las sospechas policiales, hizo que Casilda y Elisa siguieran urdiendo sus propios planes, sin incluir al barón. Ambas decidieron traicionarle. Para culparle del primer crimen, y puesto que el cadáver de la hermana Benedictina presentaba un fuerte golpe en el cráneo, enterraron uno de sus palos de golf y denunciaron su escondite a la policía. Hugo sería detenido y condenado. Siendo paradójicamente, como he venido sosteniendo, inocente y culpable a la vez.
El comisario asintió.
– Continúe, Martina. ¿Qué sucedió después?
– Una vez encarcelado el barón, Elisa y Casilda asumieron el control de la casa ducal. Casilda había comenzado a representar el papel de la duquesa con tal arte que nadie iba a notar esa usurpación. Ambas cómplices habían recorrido ya un arriesgado camino, e iban a persistir en sus fines. La casa de Láncaster atravesaba momentos de desprestigio, y cada nuevo escándalo beneficiaría sus propósitos. Estaban maquinando una acusación contra Lorenzo, a quien, mediante la falsificación de su firma, pensaban denunciar por evasión de capitales y otros delitos financieros, cuando les sorprendió la noticia de la liberación de Hugo. Para ellas, el barón en libertad era un enemigo. Hugo las desconcertó con una baza sorprendente: nada más salir de la cárcel había conocido a una mujer, a mi amiga Dalia Monasterio y, pocos meses después, haciendo honor a su fama de irresistible seductor, se casó con ella.
– Casilda debió de ponerse furiosa -opiné.
– Imagínese. De pronto, tenía que dar la bienvenida a una segunda baronesa de Santa Ana, con la diferencia, respecto a ella, de que ésta, la nueva, Dalia, era real. Casilda y Elisa contraatacaron sembrando numerosos indicios para atribuirle a Hugo nuevos crímenes: el de Jacinto Rivas y el del juez Peregrino, sin olvidar la agresión al inspector Buj. Hugo les guardaba rencor a todos ellos. El sicario que los ejecutó había sido compañero de celda del barón en la prisión de Santa María de la Roca, por lo que de inmediato la policía establecería una relación entre ellos dos y los recientes crímenes.
El comisario informó:
– Óscar Domínguez ha confesado. Una voz con simulador contactó con él en la pensión en la que se alojaba y una mujer cuya descripción responde a Elisa Santander le visitó, de parte de Hugo de Láncaster, para entregarle un maletín con dinero.
Satrústegui consultó su reloj.
– Voy a dejarles, quiero contrastar todos estos datos con los propios implicados. Si es necesario, los someteré a careo. ¿Desea añadir algo más, inspectora?
– Como estoy segura de que al puntilloso Horacio le habrá quedado más de una duda, se las resolveré a él para que luego, espero que una vez satisfechas, se las resuma.
– Muy bien, Martina. Que se mejore. Y enhorabuena de nuevo. Ha hecho un trabajo increíble.
– Me he limitado a cumplir con mi deber.
– Ojalá que su nuevo cargo le dé oportunidad para pronunciar a menudo esa frase.
– Estoy segura de que así será.