6

A pesar de las emociones del día, Erin durmió profundamente. Incluso más profundamente de lo habitual. Seguramente porque Matt estaba allí, pensó al enpezar a dormirse. En los hogares casi nunca podía dormir ocho horas seguidas, ya que siempre había algún niño que la necesitaba. Y antes de eso…

Su madre había muerto cuando ella tenía catorce años y Erin era la mayor de sus hermanos. Su padre se había tomado muy mal la muerte de su madre, así que había sido ella quien había tenido que hacerse cargo de sus hermanos. Y lo había hecho, tenía que admitirlo, con placer. Más tarde, cuando el último de los hermanos se marchó, empezó a trabjar para el orfanato.

Así que nunca había podido compartir su carga con nadie. Pero en esos momentos, al otro lado de la casa, estaba durmiendo Matt. La sensación era nueva y no podía dejarse llevar por ella totalmente, pero de todos modos le resultaba maravillosa.

No sabía que Matt no paraba de dar vueltas en la cama porque no podía dejar de pensar en ella.

Erin se despertó cuando Matt entró en la habitación de al lado.

Abrió los ojos y se incorporó, preguntándose qué pasaba.

Cuando salió, vio a Matt, totalmente vestido y andando de puntillas.

– ¿Qué pasa?.

– Siento haberte despertado, Erin. Vuelve a dormirte. Voy a despertar a los niños.

– ¿Para qué?.

– Como los niños hirieron a mi perra, les dije anoche que tenía que atenerse a las consecuencias. Sadie necesita hacer reposo toda la semana, así que ellos tendrán que hacer su trabajo- se acercó a los niños y les tocó en el hombro. Vamos, chicos, despertaos. Son las seis de la mañana. Ya sabéis lo que hay que hacer.

Sorprendentemente, ellos lo obedecieron. Abrieron los ojos, sonrieron tímidamente a Matt y se levantaron.

– ¿Qué vais a hacer?- pregunto Erin.

– Decídselo, chicos.

Matt parecía estar divirtiéndose con todo aquello, pero al mirar de arriba abajo a Erin, se quedó muy serio. Al ver la camisa de hombre que llevaba puesta, su cabello despeinado y sus ojos enormes, sintió algo en su interior tan fuerte, que decidió mirar hacia otro lado.

– Vamos a preparar a Cecil.

– Os podéis poner ropa nueva- le sugirió Erin. ¿A preparar a Cecil?

– No necesitan ponerse ropa nueva para hacer lo que tienen que hacer. Es más, sería una pena. Cecil es el mejor de mis toros y lo voy a llevar mañana a la feria de ganado de Lassendale.

– ¿Lassendale?

– estás todavía dormida- comentó Matt. William, ponte la cazadora. Seguro que, siendo hija de un granjero, has oído hablar de la feria de ganado de Lassendale, ¿no Erin?

Claro que había oído hablar de ella, pero nunca había ido. Era una feria donde se exhibía el ganado de más calidad del país y había un concurso para premiar a la mejor res. Por supuesto, Matt llevaba siempre allí a sus animales.

– ¿Vas a llevar a Cecil al concurso?+

– Sí.

Entonces Matt ayudó a vestirse a William, y Erin también empezó a sentirse extraña. Como para defenderse, se cerró bien el cuello de la camisa.

– ¿Y los niños?

– No puedo encerrar un toro sin un buen perro. Y si no hay perro, necesitaré dos niños obediente. Que es lo que tengo, ¿verdad, chicos?+

– Sí-respondió William.

Henry asintió solemnemente.

– Pero tú no tienes por qué levantarte. Yo le daré a los niños el desayuno.

– ¡No!

– No te necesitamos- insistió Matt con un tono de voz severo. A que o ¿chicos?. Sacar toros de la manada es tarea de hombres.

– Pero Matt, un toro…

– Cecil no es peligroso-aseguró el hombre, dándose cuenta de la preocupación de ella. No te asustes. Ya sabes que no pondría en peligro a los niños. Si lo hago con ellos dos, volveremos en seguida. Luego le limpiaremos para que esté presentable y te lo enseñaremos.

– Pero…

– Deja de protestar y vuelve a la cama.

– Matt…

– ¿Vete a dormir!

Erin volvió a la cama y escuchó el ruido que hacían los niños en la cocina. Oyó que Matt hablaba con ellos y ellos se echaban a reír.

Eso era lo que hacían siempre que estaban planeando algo, pensó Erin. Pero la diferencia era que quien estaba planeando algo con ellos era Matt…

Desde luego era evidente que sabía cómo tratarlos.

El día anterior, los niños le habían hecho daño a Sadie y ese día tenía que hacer el trabajo de Sadie.

Erin tenía unas ganas tremendas de ir a desayunar con ellos, pero sabía que sería un error. Ese era un trabajo de hombres, comió Matt le había dicho. Así que hizo un esfuerzo y se quedó en la cama.

Poco tiempo después, oyó que se abría la puerta de su habitación y apareció William con una taza de té.

– Matt ha dicho que te apetecería.

Detrás de él iba Henry con un plato en el que llevaba una tostada de mermelada de naranja. Erin parpadeó para ver si no le estaban engañando sus ojos.

¡Los gemelos le estaban llevando el desayuno a la cama!

Y Matt iba con ellos, viendo con orgullo cómo los niños dejaban los platos sobre la mesilla sin derramar nada.

– Muy bien, chicos. De acuerdo, señorita. Tómese el desayuno y luego vuélvase a dormir tranquilamente mientras los hombres vamos a trabajar. De acuerdo, hombrecitos, vamos a ver ese ganado.

No estaba acostumbrada a quedarse en la cama sin hacer nada. Se tomó el desayuno, se metió de nuevo entre las sábanas y se quedó mirando al techo durante una media hora. Luego se le acercó a la cama Sadie y ella le acarició las orejas.

– Nos han dejado fuera, amiga. ¿Cómo te sientes?

Sadie se tumbó sobre la alfombra que había debajo de la cama y dio un suspiro.

– Sé cómo te sientes, pero aunque no te apetezca, tienes que aguantarte.

Pero Erin no iba a aguantarse. Si se quedaba en la cama más tiempo, estallaría.

Si había aprendido algo viviendo en una granja con siete hermanos, había sido a esconderse.

Era toda una maestra. Se levantó, se lavó y se visitó a toda velocidad. Luego se fue hacia los pastos con cuidado de que no la vieran, aprovechando un grupo de árboles y matorrales.

En seguida vio al grupo. Los niños estaban armando un ruido increíble y Erin entendió rápidamente por qué. Matt los estaba utilizando como se utiliza a un perro: esto es, para separar a los animales y poder aislar al pequeño grupo donde estaba Cecil. Cuando tuvieron acorralado a ese grupo contra una esquina de la zona vallada, los gemelos volvieron a intervenir para que ese grupos e dividiera a su vez.

Y finalmente, solo quedó Cecil, con una mirada confusa. Era un animal impresionante. Mientras Erin los observaba a una distancia prudencial, Matt pasó una cuerda por el hocico del animal. El toro lo miró con resignación y se dejó arrastrar hacia la casa.

Matt debía haber hecho aquello muchas veces, a juzgar por la seguridad de sus movimientos. Y aunque el animal podría haber intentado escapar, parecía que efectivamente era bastante manso. Lo que más sorprendió a Erin fue cuando Matt le pasó la cuerda a Henry para que este tirara de ella. Seguidamente, subió a William en su lomo y el toro apenas pareció que notaba la carga.

– Irás montado la mitad del camino y luego te cambiarán con Henry- le dijo Matt.

Era evidente que los niños estaban orgullosos por poder acompañar a Matt. Iban totalmente concentrados en Cecil. Henry arrastrándolo con gran solemnidad y William atento a cualquier movimiento, pero si el animal se enfadaba.

En un momento dado, Matt se giró hacia el grupo de árboles donde estaba erin y le hizo un gesto con la mano.

¡La había visto!

Erin dudó unos segundos, pero en seguida reaccionó y le saludó a su vez. Pero no se acercó. Sabia que no tenía que hacerlo y, en lugar de ellos, se fue hacia la casa.

Debería acostumbrase a la idea de que iba a estar sin niños durante las horas siguientes.

Una vez llegó a la casa, se puso a organizar la ropa de los niños, hizo las camas, se preparó otro desayuno, habló con Sadie y también consigo misma…

– Me voy a volver loca- le dijo a la perra. No creo que pudiera vivir sola.

Llevaba tres horas sola y se notaba muy rara.

¿Qué estarían haciendo ahí fuera?

Como ninguna de las dos conocía la respuesta, lo único que podían hacer era sentarse y esperar.

Finalmente, los gemelos volvieron.

¡Estaban totalmente cubiertos de barro!. Empapados, pero sonriendo de oreja a oreja. Se quedaron en la entrada y quisieron contarle todo, y los dos a la vez.

¡La hemos lavado y está reluciente!

– ¿Sí, está limpísimo!

– Me he montado encima

– William ha empapado a Matt con la manguera, sin querer; pero a Matt no le ha importado

Entonces Matt apareció tras ellos y estaba tan sucio como los niños, y su felicidad era la misma después de aquella mañana de trabajo. Sonrió a Erin y luego se miró dubitativo.

– Estamos un poco sucios para entrar.

Erin asintió, tratando de no echarse a reír. Estaban tan contentos…

– Sí, creo que os deberíais quedar fuera.

– Erin…protestaron los niños.

Pero en seguida se dieron cuenta de que estaba bromeando y sus caritas se relajaron.

– ¡Esperad!, les ordenó, al ver que entraban.

Lo dijo de una manera que Charlotte o la madre de Matt se habrían sentido orgullosas. Matt se quedó sorprendido. No se lo habría esperado de ella.

Y tenía razón.Porque Erin no estaba preocupada por el suelo de la cocina, sino por otra cosa.

– ¿Tienes una cámara de fotos?. Porque quiero inmortalizar este momento. Quiero una fotografía con vosotros así, llenos de barro, al lado de Cecil.

Matt le dijo dónde podía encontrar una y Erin les tomó tres instantáneas, desde tres diferentes ángulos.

Con Matt entre ambos, y todos al lado del impresionante y reluciente toro.

La foto iba a ser especial por muchas cosas.

Sí, esa foto sería algo tan valiosos para los niños como Tigger, pensó Erin, cuando le devolvió a Matt la cámara.

– Gracias.

– De nada- contestó él.

Luego entraron a la casa por la cocina y fueron directamente a ducharse. Los niños se pusieron su ropa nueva y desayunaron bien. Lo hicieron en la mesa de la cocina y Erin observó impresionada el apetito que tenían. Normalmente, comían poco, pero en ese momento comían y hablaban como si no tuvieran prisa.

Y durante todo ese tiempo, Matt los observaba como el genio benevolente que había obrado ese cambio con su varita mágica.

– ¿Os gusta vuestra ropa nueva?- les preguntó Erin.

Los niños asintieron sobre sus trozos de sandía. Matt había hecho una gran compra en el supermercado el día anterior. Al haber dicho a la señora Gregory que se ausentara, iba a tener que ocuparse de algunas cosas de la casa, pero no le importaba lo más mínimo. Además, la casa estaba más acogedora desde que la cuidaba él.

También más sucia. Matt se fijó en las huellas que habían dejado en la cocina y que la señor Gregory no habría tolerado. Pero definitivamente aquello era más acogedor.

– Pero no nos gusta la tuya- le estaba diciendo Henry a Erin.

Matt asintió.

– ¿Qué le pasa a la mía?- preguntó Erin, mirándose los pantalones vaqueros yla camisa de manga larga. Está fenomenal.

– Tú siempre llevas vestidos- insistió Henry.

William asintió y Matt pensaba los mismo. Sí, Erin estaba más guapa llevando vestidos. Aunque al mojarse se transparentaran.

– Vete al centro y cómprate algo decente. Hoy mismo. Yo me daré con los gemelos.

– Los vestidos que llevo me los hago yo.

– Muy bien. Pues la máquina de cose de mi madre sigue aquí. Cómprate lo que necesites y yo me encargaré de los niños mientras tú coses.

– Te ayudaremos- prometieron los niños.

Erin se quedó pensativa.

– De verdad, Erin. La ropa que te ha comprado Charlotte es solo para que te arregles hasta que tengas otra- insistió Matt, consultando su reloj. Hoy, sábado las tiendas están abiertas, así que puedes ir ahora mismo.

– Pero los niños…

– Los niños y yo tenemos más cosas que hacer. Y soy capaz de cuidar de ellos- entonces se oyó que llegaba un coche y Matt se calló brevemente. Y quizá no haga falta. Aquí está la ayuda que necesito.

Era Charlotte.

Cuando entró, Matt y Erin la recibieron sonrientes, mientras que los niños fruncieron el ceño. No era extraño, los niños estaban peleados con el mundo.

– ¡Desayunando a estas horas!- exclamó la elegante mujer, deteniéndose extrañada en la entrada. Sus ojos aletearon sobre el delicado reloj de plata que llevaba en la muñeca. Matt, cielos,¡son las diez en punto!

Y entonces vio el barro en el suelo y se colocó una mano en el pecho, horrorizada.

– ¿Qué demonios ha pasado?

– Han estado limpiado a Cecil- le explicó Erin, levantándose y acercándose a la mujer.

Erin tomó las manos de Charlotte y, antes de que esta pudiera retirarse, le dio un beso en la mejilla.

– Creo que lo primero son las felicitaciones. Matt me ha dicho que os vais a casar. Es una noticia estupenda, Charlotte. Y no tiene que enfadarte, es nuestro segundo desayuno. En cuanto al barro es de Cecil.

– Cecil…¡Ah, el toro!. ¿Habéis estado limpiándolo para el concurso de mañana?. Pero, Matt, ya sabes que os teníais que haber limpiado en la entrada…o por lo menos, deberías haberles dicho a los niños que lo hicieran.

Miró a los gemelos como el que mira dos criaturas del mar, interesantes, pero desagradables. A Erin le costó un esfuerzo tremendo mantener la sonrisa.

– No cuesta nada limpiarlo. Es que estaban hambrientos.

– Bueno, me imagino que fue por una buena causa. Siempre que tengas la intención de limpiarlo, Erin…No creo que a Matt le dé tiempo. Nos vamos mañana al amanecer.

– ¿Os vais?- preguntó Henry, mirando horrorizado a Matt.

– Tengo que llevar a Cecil al concurso- explicó Matt. Dura dos días, así que pasaré solo una noche fuera. No sabía que pensabas venirte, Charlotte.

– He conseguido encontrar un hotel. El Royal es muy caro, pero tenían habitaciones libres- soltó su risa habitual y Erin sintió un escalofrío. Pensé…ahora que estamos prometidos, tenemos que hacerlo todo juntos.

Los niños se encogieron y Erin hizo lo mismo.

Y pareció que a Matt la idea le resultó igual de desagradable que a ellos tres. Esbozó una sonrisa forzada y se levantó para llevar su plato al fregadero.

– Bueno, estupendo- se volvió hacia Erin. Como ha venido Charlotte, puedes marcharte. Vete al centro y cómprate la tela.

– ¿Para qué quieres comprar tela?-quiso saber Charlotte. Te compré todo lo que pensé que necesitarías.

– Y es muy bonito- contestó Erin.

Matt hizo un gesto negativo con la cabeza.

– Charlotte, so todo lo que tuvieras te hubiera despararecido en un incendio,¿crees que se podría reemplazar en un solo día de compras?. ¿no te parece que Erin puede querer comprarse algo más?

– Yo creo…

– Márchate, Erin-repitió Matt.

– Limpiaré esto y los niños vendrán conmigo.

– No- la voz de Matt fue implacable. Se acercó a ella, le puso ambas manos en los hombros y la llevó hacia la puerta. Charlotte, los niños y yo limpiaremos la casa y luego seguiremos con el ganado. Estarán tan ocupados, que no te van a echar de menos.

Así que no quiero que vuelvas hasta que cierren las tiendas. Vete.

Erin miró preocupada a los gemelos, pero Matt se mostró inflexible.

– Si están tan seguro…

– Estoy seguro. Y Charlotte también. ¿No, cariño?

– Por supuesto-contestó ella, sin salir de su perplejidad.

– Ve y haz tus compras, Erin. Yo me haré cargo de tu trabajo.

Erin fue todo el trayecto agarrada al volante, tratando de controlar su rabia. ¿Qué demonios había visto Matt en aquella mujer?. ¿No se daba cuenta de cómo era en realidad?. Era encantadora con él, pero horrible con los que consideraba poco importantes.

Claro, que eso no era asunto suyo, se dijo al entrar en Bay Beach. La vida amorosa de Matt solo era asunto de él.

En ese momento, vio a Shanni saliendo de una tienda y su cara se iluminó. Shanni era una buena amiga. Como Erin, procedía de una familia humilde y Charlotte la había despreciado desde hacía mucho tiempo, igual que a Erin.

– ¿Dónde están los niños?

– Están con mi madre. ¿Nos tomamos un café y charlamos un poco?

– Claro. Pero te advierto que te voy a hablar de una bruja.

– ¿De quién se trata?

En la granja el que empezaba a perder la paciencia era Matt. Había llenado el remolque de heno y los gemelos lo habían ayudado alegremente, pero cuando se encaminaron hacia los pastos, Charlotte decidió acompañarlos.

Luego, cuando William levantó su primera palada de heno del remolque, y no era una hazaña pequeña para un niño, ella le dijo cómo hacerlo bien.

– El ganado lo pisoteará si lo pones en fardos grandes- le explicó secamente a William. Espera a que Matt corte la cuerda que lo sujeta y levanta un cuarto cada vez.

William Entonces se puso serio. Luego se fue detrás del remolque y Henry decidió hacer lo mismo. Se quedaron ya todo el tiempo sin saber qué hacer y esperando volver a cas. Charlotte les regañó y Matt trató de arreglar las cosas, pero los niños no quisieron entrar en razón.

– Te alegrarás de marcharte mañana- le dijo Charlotte a Matt. Los niños son muy gracioso durante un tiempo, pero luego cansan mucho.

– Estos niños son muy buenos.

– Si fueran buenos, habrían sido adoptados ya hace mucho tiempo.

– ¡Cállate!- Matt miró al os niños, tratando de averiguar si la habrían oído. Ten cuidado con lo que dices.

– Es solo la verdad- insistió Charlotte. ¡Por el amor de Dios, si hasta han quemado una casa!. Deberían estarte agradecidos, en vez de comportarse como dos caprichosos.

Matt no dijo nada más, pero pensó que no estaban siendo unos caprichosos y trató de bromear con ellos para que se animaran. Cuando terminaron con el heno, Matt se acercó a ellos.

– Venida a ayudarme a cepillar a Cecil- le dijo. Ya estará seco y necesita que lo cepillen bien, si quiere ganar el concurso.

– Oh, Matt, como si supieran cómo cepillar a un toro…Yo os ayudaré.

– Niños…

– Quiero ir a ver la televisión-dijo entonces Henry.

William se mordió el labio inferior y no dijo nada.

– Me gustaría mucho que me ayudarais.

Nade dijo nada.

Erin volvió a la granja de mejor humor. No había nada mejor que poder hablar con una amiga, pensó al entrar en la finca. Eso, un par de metros de tela bonita, unos zapatos nuevos y un frasco de su perfume favorito, que le había regalado Shanni, era suficiente como para enfrentarse de nuevo al mundo.

Y a Charlotte.

La pareja estaba en la cocina. Erin abrió la puerta y se dio cuenta de que estaban hablando de ella, pero que, nada más verla, se callaron y Matt se mordió el labio.

Y, al parecer, no estaban diciendo nada bueno, pensó Erin. Pero, ¿cuándo había hablado Charlotte bien de ella? ¿o de alguien que tuviera menos dinero que ella?

– Hola- saludó alegremente, decidida a mantener su estado de ánimo. Tuve que venirme porque no podía comprar nada más.

– ¿Compraste todo eso con el cheque?-preguntó Charlotte con cara de incredulidad y moviendo la nariz.

Ese es el perfume que lleva Sally. Es caro. ¿ Y te has comprado un vestido en Della´s?

– Bueno, no siempre me visto con la ropa que les sobra a los demás- contestó Erin con calma, dejando los paquetes en el suelo. Hasta he tenido dinero para comprarme ropa interior de encaje- añadió maliciosamente. Porque una mujer nunca sabe…Por cierto,¿Dónde están los niños?

– Viendo la televisión-contestó Charlotte, enfadada. Apenas han hecho nada en todo el día.

– Me imagino que estarían cansados- respondió Matt, que estaba tratando de no imaginarse a Erin en ropa interior de encaje.

Pero Erin se había ido ya, dejándoles a solas.

Si Matt era tan tonto como para creer que estaba enamorado de Charlotte, entonces se merecían el uno al otro.

Los gemelos no estaban viendo la televisión.

Erin fue a su dormitorio y luego los buscó por toda la casa, pero no estaban en ninguna parte. Finalmente, volvió a la cocina.

– No están en la casa.¿Dónde pueden haberse ido?-le preguntó a Matt

– Estaban viendo la televisión-contestó él, yendo apresuradamente hacia el salón.

La televisión estaba encendida, pero, efectivamente, los gemelos no estaban allí.

Se miraron el uno al otro sin decir nada y salieron corriendo.

Erin fue al río.

Era su regla de oro; antes de nada, mirar en los sitios más peligrosos. Es decir, el río y el almacén. Así que ella se fue al río y Matt al almacén.

No estaban, pero Erin vio algo que la hizo quedarse inmóvil.

¡No!

Miro a la casa y sus temores se vieron confirmados. Vio a Matt saliendo del cobertizo donde tenían a Cecil con un gemelo de cada mano. Erin no podía ver su cara, pero imaginaa que estaría muy enfadado.

Porque en cuanto hubiera visto el cobertizo vacío, habría comprendido lo que había pasado.

La orilla del río era de arena fina, pero había una zona de barro, y era donde Cecil estaba. El animal ya no estaba encerrado, ni limpio, ni brillante, ni mucho menos preparado para el concurso. Estaba lleno de barro y haciendo lo que cualquier toro hubiera hecho.

¡Estaba asqueroso!.

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