Kate esperó en el paseo de Brooklyn Heights. A su espalda, la línea del horizonte de Lower Manhattan dominaba el East River. Había gente haciendo footing y familias empujando cochecitos. Los patinadores serpenteaban entre el gentío dominical. El puente arqueado de Brooklyn, con sus cables de acero gris, se extendía sobre su cabeza. Sabía que podía contar con la multitud. Kate había estado allí muchas veces, de paseo con Fergus, de tiendas con Greg, en la calle Montague. Miró a su alrededor. Había dos policías cerca. Se aproximó un poco más a ellos.
Él estaba por allí, en algún lugar.
Era una espléndida tarde de otoño que le recordó a Kate que un día como éste se había graduado en la universidad. Aún guardaba la foto en el escritorio: ella, vestida con la toga y el birrete, en el campus de Brown; las sonrisas de todos, tan brillantes y orgullosas; su cabeza apoyada en el hombro de su padre. Nunca había visto el cielo tan azul como ese día.
Él le había estado mintiendo… incluso entonces.
Kate rezaba por estar haciendo lo correcto. Tenía el cerebro embotado por la falta de insulina, y hasta se notaba la sangre circulando pesada y lentamente.
Era consciente de que no pensaba con total claridad. Miró el reloj: las 3.30. La estaba haciendo esperar. Comprobó la pistola en el bolso y volvió a mirar a los policías.
«Por favor, Kate, por favor, no cometas el mayor error de tu vida.»
Entonces, de pronto, lo vio aparecer entre la multitud, como surgido de la nada.
Sus miradas se encontraron. Él se quedó a cierta distancia, como si la dejara acostumbrarse a verlo, con esa sonrisa que conocía tan bien, pero que a la vez se le antojaba poco clara. Llevaba pantalones caqui, una camisa azul de cuello abierto y la consabida americana azul marino. Tenía el pelo más corto, casi cortado al rape. Ya no estaba moreno. Nunca le había visto con la cara tan chupada. Parecía sacado de una película de ciencia-ficción de ésas de bajo presupuesto: alguien viviendo en el cuerpo de otra persona. Un dominguero haciendo footing se les cruzó por delante. Kate tenía los nervios de punta.
– Hola, gorrión.
Él no hizo ademán de ir a abrazarla. Si lo hubiera hecho, Kate no hubiera sabido qué hacer. Se limitó a observarlo, recorriendo cada rasgo familiar con la mirada. Por un lado, deseaba apoyar el rostro en su pecho y rodearlo con los brazos, como había hecho mil veces. Por otro, quería atacarlo, indignada, llena de ira. Así que se limitó a escudriñar las profundidades más recónditas de sus ojos.
– ¿Quién eres… papá?
– ¿Que quién soy? ¿Cómo que quién soy, gorrión? Soy tu padre, Kate. Nada de lo que ha pasado puede cambiar eso.
Kate sacudió la cabeza.
– No sé si lo tengo claro.
Él sonrió con cariño.
– ¿Te acuerdas de la primera vez que te llevé por la montaña en Snowmass? ¿Lo pegada que ibas a mí? ¿Y cuando me viniste a buscar después de que te plantara aquel gilipollas de la BU, aquel actor? Cuando te abrazaba y te secaba las lágrimas de los ojos…
– Ahora ya no tengo lágrimas, papá; te he preguntado quién eres. ¿Cuál es nuestro verdadero apellido? No es Raab. Eso ya lo sé. ¿Cuál es la verdad sobre nuestra familia? Rosa… ¿de dónde era en realidad? De España no.
– ¿Con quién has hablado, Kate? Quienquiera que te haya dicho esas cosas miente.
Alargó la mano hacia ella.
– ¡Para! -Retrocedió-. Para, por favor… Sé. la verdad. Lo sé, papá. El tiempo que llevas trabajando para ellos. Mercado. Cómo el FBI te descubrió. Quién te delató. -Esperaba que dijera algo, cualquier cosa, para negarlo, pero él se limitó a quedarse mirándola-. ¿Quién acribilló nuestra casa esa noche? ¿Nos protegías, papá? ¿Tenías miedo?
– Siempre te he protegido, gorrión -respondió él-. Soy quien te ayudó a recuperarte cuando te pusiste enferma. Yo era quien estaba a tu lado en el hospital cuando abriste los ojos. Lo sabes, Kate. ¿Quién fue la primera persona que viste? El resto, ¿qué importa? Cualquier otra cosa no es más que una mentira.
– No. -A Kate le hervía la sangre de ira-. Sí que importa, papá. Es todo cuanto importa. Si quieres saber lo que es una mentira, yo te lo enseñaré.
Hurgó en el bolso y sacó algo que le puso en la mano. Era la instantánea de él y su hermano delante de la puerta de Cármenes.
– Mira esto, papá. Esto es una mentira. Ésta es la mentira que llevas toda la vida contando, hijo de puta.
Él no mostró sorpresa ni se inmutó. Se limitó a mirar fijamente la foto, como recordando, como si se hubiera topado con algo íntimo y valioso que llevara largo tiempo perdido. Cuando volvió a mirar a Kate, curvó las comisuras de los labios y esbozó una sonrisa resignada.
– ¿De dónde has sacado esto, Kate?
– Maldito seas, papá, confiábamos en ti -dijo Kate, incapaz de controlar la furia que la invadía-. Em, Justin, mamá… Te habíamos confiado nuestras vidas. Más que nuestras vidas, papá: te habíamos confiado nuestra identidad.
Él golpeó la foto con el pulgar.
– Te he preguntado de dónde has sacado esto, Kate.
– ¿Qué más da? Quiero oírlo de tus propios labios; por eso estoy aquí. Quiero oír cómo me dices que todo era mentira. Lo que hacías. Quién eras. Quiénes éramos.
Algunos transeúntes se volvían y se los quedaban mirando, pero Kate no cedía, con los ojos llenos de lágrimas.
– ¿Y Greg, papá? ¿Eso también era parte del plan? ¿Era algún rollo sefardí, papá, o sólo negocios? ¡Fraternidad!
Él le tendió la mano, pero Kate se apartó. Ahora le daba asco.
– ¡Lo sé! Sé que él es tu hermano. Sé lo de tu padre y quién era. Sé que lo organizaste todo: tu detención, el juicio, que te metieran en el programa. Sé lo que pretendes hacer.
Él se quedó allí mirándola, protegiéndose los ojos del sol.
– Mataste a esa mujer, ¿verdad? A Margaret Seymour. Mataste a mi madre… ¡a tu propia esposa! Y a esa mujer de Búfalo. Es todo verdad. Todo, ¿a que sí? ¿Qué clase de monstruo eres?
Él parpadeó. De pronto, fue como si algo familiar cambiara.
De repente había dureza en sus ojos, un vacío helado en su mirada.
– ¿Dónde está, cariño?
– ¿Dónde está quién?
La voz de él sonaba apagada; hablaba casi en tono profesional. Le tendió la mano.
– Ya sabes a quién me refiero.
Y entonces fue como si la persona que había conocido toda su vida ya no estuviera allí delante.
Kate se soltó.
– No sé de quién me hablas. No sé ni cómo nos llamamos en realidad. ¿Metiste a Greg en mi vida, hijo de puta? ¿Para hacer qué? ¿Convertir también mi vida en una mentira? Dime una cosa, papá. ¿Cuánto tiempo -miró sus ojos vacíos-, cuánto tiempo lo supo mi madre?
Él se encogió de hombros.
– Sé que lo has visto, Kate. Es él quien te está envenenando. Es él quien te cuenta mentiras. Quiero que vengas conmigo. He pensado en lo que me dijiste. Iremos los dos al FBI. Ellos te dirán lo mismo que yo.
Esta vez alargó la mano y la agarró, haciendo que se retorciera de asco. Kate forcejeó para soltarse.
– ¡No! -Dio un paso atrás-. Ya sé lo que quieres hacer. Quieres atraerlo a través de mí. Maldito seas, papá, es tu hermano. ¿Qué piensas hacer, matarlo también?
Su padre quiso tocarla, pero se detuvo. Su mirada cambió de un modo extraño. Kate fue presa de un escalofrío sobrecogedor.
Había visto algo.
– ¿Qué estás mirando? -preguntó ella, estremeciéndose de arriba abajo.
– Nada.
Su mirada volvió a fijarse en ella. Sus labios esbozaron una media sonrisa.
En sus ojos había algo escalofriante y casi inhumano. A Kate casi le estalló el corazón. Miró a su alrededor, en busca de los policías. Tenía claro que debía irse. ¡Era su padre! De pronto, Kate temió por su vida.
– Ahora tengo que irme, papá.
Él avanzó un paso en dirección a ella.
– ¿Por qué lo proteges, Kate? Él no es nadie para ti.
– No protejo a nadie. Tienes que entregarte. Yo ya no puedo ayudarte.
Kate retrocedió hasta chocar con una mujer, haciendo que cayera el paquete que ésta llevaba.
– ¡Eh!
Empezó a correr por el paseo. Su padre la siguió unos pasos mientras la gente se cruzaba en su camino.
– ¡Lo encontraré, Kate! Tú no eres la única opción.
Ella apretó el paso, sorteando a los paseantes. Lo único que sabía es que debía salir de allí. En la entrada de la calle Montague, miró hacia atrás. Su padre se había detenido. Kate tenía el corazón a mil. Alcanzó a verlo entre la multitud.
Él levantó la mano. En su semblante había una sonrisa absolutamente imperturbable.
La saludó con el dedo.
Kate salió corriendo del parque, volviéndose una o dos veces en Montague. Pasó por tiendas y cafeterías. Avanzó entre los transeúntes. Recorrió una o dos manzanas y miró a su espalda. No la seguía. Menos mal…
Se encontró delante del escaparate de un establecimiento, un Starbucks, con la mano apoyada en los cristales para descansar mientras hacía esfuerzos por volver a llenar de aire los pulmones.
No tenía ni idea de adónde dirigirse.
A casa no podía ir; allí estaba Greg. Y no podía volver a casa de Abbie.
Ya no. Implicar aún más a Em y a Justin le daba un miedo atroz.
La mirada de Kate descendió lentamente hasta su propio reflejo confuso sobre el cristal.
Vio lo que su padre había estado mirando.
Sus colgantes. Debían de habérsele salido cuando su padre la agarró.
Las dos mitades…
Ahora su padre ya sabía que había visto a Mercado.
Greg llamó una y otra vez al móvil de Kate, presionando la tecla de rellamada frenéticamente.
«Venga, Kate, por favor, cógelo.»
Y cuando ya llevaba unas cincuenta llamadas tal vez, le respondió el buzón de voz. «Soy Kate. Ya sabes lo que tienes que hacer…» No tenía sentido dejar otro mensaje. Ya le había dejado como una docena. Greg tiró el móvil y volvió a apoyar la cabeza en el sofá. Llevaba toda la noche tratando de localizarla.
Había ido al piso, rogando por que ella volviera a casa, con la esperanza de que sus súplicas surtieran algún efecto. Había dormido en el sofá, aunque apenas había pegado ojo. Se había despertado varias veces, al parecerle oír la llave de ella en la puerta, sus pasos.
Pero siempre era Fergus moviendo o empujando el cuenco del agua durante la noche.
¿Cómo iba ella a volver a confiar en él?
Era verdad, desde luego, todo lo que se había destapado al caer el libro y abrirse: que le había ocultado un terrible secreto, que había fingido ser quien no era. «¿Para quién trabajas, Greg?» Todo era verdad, salvo su acusación de que para él aquello no era más que un deber o un trabajo.
Ni por un segundo la había engañado respecto a lo que sentía.
¿Qué podía decirle que no le hubiera dicho ya? Que todo eso escapaba a su control. Que había pasado mucho tiempo atrás, antes de conocerse. Una parte de él que trataba de negar fingiéndose un simple doctor, un marido fiel, su mejor amigo. Apoyándola mientras pasaba por el trago de saber quién era su padre… ¡Cuántas veces había rezado por que la verdad nunca se revelara!
Sin embargo, las peleas por cuestiones de sangre nunca quedan enterradas. Ellos también eran su familia.
Aun así, siempre la había amado; siempre había hecho cuanto podía por protegerla. En eso no le había mentido jamás. ¿Cómo iba a dolerle tanto el corazón si no era verdad?
Le avergonzaba el linaje de sangre que lo había llevado a hacer eso. Le avergonzaba la deuda que debía saldar. No obstante, si no lo hubiera hecho no habría sido más que un chaval de la calle. No una persona formada en Estados Unidos, un médico, alguien libre. Qué tonto había sido al pensar durante todo ese tiempo que era otra persona.
Fergus se acurrucó junto a él. Greg arrimó su cara a la del perro y le dio un beso en el morro. Greg sabía que Kate estaba en peligro. Y no podía hacer nada.
De pronto, sonó el móvil. Greg se abalanzó sobre él y levantó la tapa, sin comprobar quién era.
– ¿Diga, Kate…?
Sin embargo, la voz que había al otro lado del hilo era la que más temía. Su corazón se detuvo.
– Ha llegado el momento, hijo -dijo la voz, suave pero inflexible.
A Kate sólo se le ocurrió ir a un lugar. Tomó el tren de la línea 5 en Borough Hall, de vuelta a Manhattan, y recorrió todo el trayecto hasta el Bronx. Era domingo por la tarde. No habría nadie. Allí estaría a salvo hasta que decidiera qué hacer. Y llevaba dos días sin inyectarse la insulina.
Kate bajó en la estación de la calle Ciento ochenta, en el Bronx. Le pareció ver al mismo tipo latino con una gorra de los Yankees en quien se había fijado en la estación de Brooklyn, pero no estaba segura. Una vez en la calle, apuró el paso en dirección a la avenida Morris, envuelta en una neblina, sorteando a los compradores dominicales y a las familias que mataban el tiempo en los portales de sus casas.
Vio el edificio de ladrillos azules de tres plantas en los jardines de la facultad de medicina, con la familiar placa de metal sobre la puerta. Su pulso recuperó el ritmo normal.
Laboratorios Packer.
Allí estaría a salvo. Por lo menos de momento.
Kate metió la llave en la cerradura de fuera e introdujo el código de la alarma.
Empujó la puerta y la cerró a conciencia tras ella. Apoyó la espalda en la pared.
No se estaba cuidando y lo notaba. En el tren se había medido el azúcar: 435. «Madre mía, Kate, estás que te sales de la tabla.» Como le subiera un poco más, podía entrar en coma. Parpadeó para vencer la somnolencia y permanecer en guardia. Antes de decidir nada, debía estabilizarse.
Y entonces tomaría la decisión más importante de su vida.
Kate hurgó en el botiquín hasta encontrar una caja de jeringuillas. Las empleaban de vez en cuando para inyectar fluido en las células.
Siempre tenía allí un frasco de Humulin de reserva. Sólo para emergencias. Kate abrió el frigorífico, se arrodilló y rebuscó. En todos los estantes había bandejas con viales de soluciones y tubos transparentes etiquetados. «Vamos, vamos.» Revolvió los estantes, nerviosa.
¡Maldita sea! Se dejó caer en el suelo, presa de la frustración. Quizás, cuando ella no estaba, alguien lo habría tirado.
«Vale, Kate, ¿qué piensas hacer?» Al día siguiente, el laboratorio abriría, habría gente. No podía seguir su rutina diaria. Se notaba el corazón el doble de grande y sabía que era por los niveles de glucosa. Podía ir al centro médico; estaba a sólo unas manzanas. Pero tenía que llamar a alguien.
A Cavetti… a la tía Abbie… Ya no podía de ninguna manera seguir sola con aquello. Pensó en Emily y Justin.
De pronto, el pánico se abrió paso en medio de su aturdimiento.
«¿Sabe él dónde están?»
Oh, Dios mío, quizás sí. ¿Dónde iban a estar, si no? De repente, la asaltó una idea aterradora.
Si su padre le había hecho lo que había hecho a su madre, ¿por qué no iba a hacerles daño a ellos?
Recordó lo que había dicho: «Tú no eres la única opción».
Corrió a la mesa y hurgó en el bolso.
Encontró el móvil y recorrió torpemente la agenda de teléfonos. ¿Qué le había dicho? En cualquier sitio, a cualquier hora. ¿A quién coño podía recurrir ahora si no?
Cuando encontró el número de Cavetti, pulsó el botón, nerviosa, sin soltarlo mientras se conectaba a la línea. ¡Quién sabe dónde podía estar! Kate no sabía ni dónde vivía.
Le llevó tres tonos, pero respondió.
– Cavetti.
¡Gracias a Dios!
– ¡Soy Kate! -gritó, suspirando de alivio al oírle la voz.
– Kate. -Notó de inmediato lo nerviosa que estaba-. ¿Qué te ocurre?
– He visto a mi padre. Sé lo que ha hecho. Pero escuche, hay mucho más. Sé lo de Mercado; también lo he visto. Y tengo la impresión de que mi padre me está buscando. Me parece que cree que yo sé dónde está.
– ¿Dónde está quién, Kate? -le preguntó él.
– ¡Mercado! -Ya apenas podía conservar la calma.
– Está bien, está bien -respondió él. Le preguntó desde dónde llamaba. Kate se lo dijo, añadiendo que estaba a salvo. Le dijo que no se moviera de allí, que no saliera. Para nada. Él estaba en Nueva Jersey. Llamaría a Booth y a Ruiz, del FBI-. No abras la puerta a nadie hasta que esté ahí alguno de nosotros, ¿comprendes? Ni a tu padre ni a tu marido. A nadie. ¿Queda claro?
– Sí. Pero hay algo más -le habló de Justin y Emily y de lo que su padre había insinuado. Que tenía más opciones…-. Me temo que va a ir allí, Cavetti. Igual ya está de camino.
– Yo me ocupo. Pero, como te he dicho, Kate, no abras a nadie salvo al FBI. ¿Queda claro?
Cuando Cavetti colgó, Kate buscó el número de tía Abbie. Lo marcó rápidamente y, consternada, oyó responder al contestador. «No estamos en casa…»
Entonces probó con el móvil de Em. Tampoco obtuvo respuesta. Kate empezaba a asustarse.
Dejó un mensaje desesperado. «Em, necesito que tú y Justin vayáis a un lugar seguro. No os quedéis en casa. Id a casa de algún amigo o vecino. Y deprisa. Hagáis lo que hagáis, por favor, no os acerquéis a papá. Si llama, ni habléis con él. Ya os lo explicaré cuando llaméis. Confiad en mí. La policía está en camino.»
Se quedó sentada en el suelo. Seguía marcando una y otra vez el número de tía Abbie, en vano. ¿Y si él ya estaba allí? ¿Y si los tenía? Lo único que podía hacer era esperar.
En el fondo del bolso, Kate volvió a toparse con la pistola que le había dado Cavetti. La sostuvo en la mano. Parecía casi un juguete. ¿Sería capaz de usarla si tenía que hacerlo? ¿Contra su padre? Cerró los ojos.
De pronto, oyó el interfono de la puerta de la calle. «Menos mal; ya están aquí.»
Kate se levantó de un salto, dejó la pistola sobre la mesa y corrió por el pasillo hacia la puerta.
– ¿Quién es? ¿Quién llama?
– Agente Booth -respondió una voz desde fuera-. FBI.
Tras el mostrador de recepción, había una pantalla de vídeo que daba a la entrada. Kate se metió tras él y lo comprobó. Vio a Booth en la pantalla en blanco y negro, con la conocida cabeza medio calva, y a otro hombre tras él con una gorra de béisbol, mostrando la placa.
Corrió hacia la puerta e introdujo el código. Se encendió la luz verde. De pronto, empezó a sonarle el móvil. ¡Em! Kate descorrió el pestillo interior y abrió la puerta, encontrándose cara a cara con el agente del FBI.
– Gracias a Dios…
Los ojos de Booth tenían un aspecto extraño, como extraviados y apagados. Entonces, Kate contempló horrorizada cómo el agente se desplomaba en el suelo, con dos manchas rojas en el pecho. Tras él había otro cuerpo.
El hombre que sostenía a Booth arrojó la placa y la identificación.
– Deja el teléfono, gorrión.
Kate chilló.
Se quedó mirando los dos cuerpos inertes en el suelo y luego volvió a posar los ojos en su padre. Tras él estaba el hispano con la gorra de los Yankees en que se había fijado al bajar del tren. Su padre le dedicó una mirada de complicidad al tiempo que le decía:
– Espera aquí.
– Papá, ¿qué demonios estás haciendo?
Su padre entró en el vestíbulo y dejó que la puerta se cerrara tras él con suavidad, teniendo cuidado de no pasar el pestillo.
– ¿Dónde está, Kate? Sé que lo has visto. -En su voz ya no había suavidad, ni tan siquiera fingida-. Los he visto, Kate… los colgantes. Los dos. Ya se han acabado las mentiras. Vas a decirme dónde está.
Kate retrocedió por el pasillo. Se le cayó el móvil. Fue entonces cuando vio el arma en la cadera de él.
– No lo sé… es la verdad.
Los agentes del FBI estaban muertos. Cavetti estaba en algún sitio, pero no sabía dónde. Igual también estaba muerto. Y lo que le habían hecho a su madre se lo podían hacer a ella.
– Sabes dónde está, Kate -dijo su padre, haciéndola entrar más al fondo del laboratorio-. No me obligues a hacer algo que no quiero hacer. Ya sabes que voy a matarlo tanto si tengo que hacerte daño como si no.
Ella sacudió la cabeza, aterrorizada.
– ¿Por qué haces esto, papá?
– ¿Por qué lo proteges?
Ella se estrujó el cerebro buscando una salida. Seguía retrocediendo. Su laboratorio. El laboratorio… en la parte de dentro de la puerta había un pestillo. Si conseguía entrar, podría llamar a alguien.
– No me lo pongas más difícil -dijo él.
Kate echó a correr por el largo pasillo. Entró a toda prisa y trató de cerrar la puerta de golpe. Sin embargo, él llegó justo antes de que cerrara. Apuntaló el cuerpo en la puerta, tratando de abrirla. Kate la empujaba con todas sus fuerzas.
Pero él era más fuerte y la abrió.
– ¡No, papá, no!
Kate arrambló con cuanto encontró a su paso -vasos, viales, tarros de productos químicos, muestras- y se lo arrojó con todas sus fuerzas. Él se protegía con el brazo conforme avanzaba, con el vidrio haciéndose añicos en el suelo. Ella agarró un gran vaso Pyrex, rompió la base en la mesa y sostuvo el cuello de vidrio recortado para impedirle el paso. Ni ella misma daba crédito a lo que estaba haciendo. Aquel era el hombre con quien había crecido y en quien confiaba, y ahora no pensaba más que en protegerse, en mantenerlo alejado.
– ¡Soy tu hija! -exclamó con los ojos encendidos-. ¿Cómo puedes hacer esto? ¿Cómo puedes querer hacerme daño?
Él se acercaba a ella.
Kate trató de alcanzarle con el vaso roto, pero él la cogió por la muñeca y se la apretó hasta hacer que se le congestionara el rostro y conseguir que soltara la improvisada arma, que se hizo pedazos en el suelo.
– ¿Por qué mataste a mi madre? Te quería. Todos te queríamos. Le rompiste el corazón, papá. ¿Por qué?
Su padre no respondió. Se limitó a acorralarla contra el mostrador, hasta que a ella se le clavó el borde en la espalda. Kate no sabía lo que se disponía a hacer.
Buscó cualquier cosa con que defenderse. Un instrumento, un teléfono, cualquier cosa. Entonces vio la pistola sobre la mesa. Justo al otro lado.
Su padre sostenía su propia arma con una mano y con la otra tenía a Kate cogida por el cuello y la apretaba con los índices, dejándole los pulmones sin aire. Ella, incrédula, sentía arcadas.
– Me haces daño, papá…
De pronto, con la misma brusquedad con que la había cogido, la soltó. Al mismo tiempo, le pasó la mano por la cara. Alargó la mano hasta el cuello de la sudadera de ella, sacó los colgantes y sonrió.
– ¿Dónde está, cariño? Basta de mentiras. Ya basta de carreras.
Fue entonces cuando se oyó la voz justo detrás de ellos.
– Benjamín, estoy aquí, estoy aquí mismo.
Luis Prado estaba esperando fuera, en el vestíbulo. Había hecho un buen trabajo siguiendo a la chica hasta la oficina y ocupándose de los dos agentes cuando llegaron. Ahora sólo quedaba un trabajo por hacer y podría irse a casa.
Daba algo de grima quedarse allí, en aquel espacio estrecho con esos dos cadáveres en el suelo. ¿Qué estaba haciendo Raab dentro?
Luis salió y encendió un cigarrillo. Miró el reloj, esperando a que saliera Raab. Eran unos laboratorios y era domingo por la noche. Por la calle sólo pasaban unas cuantas personas. Apartó la mirada. No le preocupaba que entrara nadie.
Luis pensaba en que éste sería su último trabajo. Lo había dado todo por la fraternidad. Ahora podría volver a casa. Con su familia. Le pondrían alguna cosilla, un colmado, igual un establecimiento de mensajería. Algo legal. Podría entrenar a los chavales: fútbol a lo mejor, o béisbol. Le gustaban los críos. Igual hasta tenía suficiente dinero para que su familia se mudara a Estados Unidos.
Pero la cosa se estaba alargando más de lo que creía.
De nada servía quedarse fuera. Igual dentro, podía servir de algo. El jefe no solía ensuciarse las manos. Luis rió para sus adentros. Tiró la colilla y abrió el portal. La puerta de la oficina estaba entreabierta. Igual podía entrar a ver.
Entonces sintió que le daban con algo en la espalda. ¿Era un puño? ¿Un cuchillo? Sin comerlo ni beberlo, Luis se encontró de rodillas.
Se palpó la espalda, donde le dolía. Al volver a mirarse la mano, vio que había sangre. Le dieron otro golpe, y esta vez se desplomó hacia delante golpeándose la cara contra el frío suelo de baldosas.
Le salía sangre de la boca. Veía borroso. Miró a su espalda. Un hombre con barba y gorra plana se cernía sobre él.
Luis se echó a reír; fue más bien un fuerte espasmo de tos, como si tuviera cuchillas en el pecho, mientras la sangre le salía a borbotones por la boca. Siempre había sabido que acabaría así, de esa manera. Era lo correcto. Todo lo demás -sus ridículos sueños, el béisbol, el consuelo de su mujer, su familia- no era más que una mentira.
El hombre se arrodilló y dijo, en español:
– Es hora de que te vayas. -Al mismo tiempo apoyó el cañón de su arma en la nuca de Luis y apretó el gatillo; Luis ya no sintió nada-. Aquí ya has cumplido con tu deber, amigo.
– Aquí, Benjamín -repitió la voz con calma.
Todas las arrugas del rostro de su padre se endurecieron. Fue como si, en el reflejo de los ojos de Kate, viera quién estaba detrás de él.
Mercado dio un paso adelante y apareció ante ellos.
– Vuélvete, hermano. Deja la pistola en la mesa.
Su padre hizo lo que le decían. Al volverse, los dos hermanos quedaron frente a frente por primera vez en veinte años.
– ¿Me buscabas, Benjamin? -Mercado sonrió; llevaba la pistola a la cadera-. Pues aquí estoy.
– ¿Qué vas a hacer? -preguntó su padre.
– No pienso dispararte, Ben, si eso es lo que crees. El hombre que tenías apostado fuera está muerto. Como los otros. Ya ha habido bastantes muertes, ¿no te parece? Sharon, Eleanor, mi mujer… como tú has dicho, basta de mentiras.
– Y entonces ¿qué quieres?
Su padre lo miró torvamente.
– ¿Que qué quiero? -La mirada de Mercado se posó en Kate-. Lo que quiero es que Kate escuche.
Mercado dio un paso más, con la mirada fija y penetrante.
– ¿Qué iba a decirle Sharon, Ben? Ahora sólo estamos los tres. ¿Qué es lo que no querías que Kate supiera?
Raab recorrió rápidamente la estancia con la mirada y avanzó hacia Kate. Ella se daba cuenta de la desesperación que se había apoderado de él. Tal vez se proponía utilizarla como rehén. Ahora sería capaz de cualquier cosa.
– Tú eres el del colgante, Óscar. Tú eres quien, por lo visto, tiene la verdad a su favor. Y estás armado.
Entonces Mercado hizo algo que sorprendió a Kate. Dejó el arma en un taburete cercano y se quedó allí de pie, con las manos vacías.
– Ahora ya no me queda más que la verdad, Ben. Díselo. ¿Qué te daba miedo que descubriera? Eso es todo lo que ella quiere saber.
Kate se daba cuenta de que Mercado no esperaba salir de allí con vida.
– ¿Decirme el qué, papá?
Su padre no respondió.
Mercado sonrió.
– No, no creo ni que te importara, ¿verdad que no, Ben? Porque tú en ningún momento apuntaste a Sharon, ¿a que no? -Tenía la mirada firme pero serena-. ¿Verdad, hermano? Es la hora de la verdad, hermano. ¡Díselo! Merece saberlo.
Se produjo un silencio inquietante.
La mirada de Óscar Mercado traspasó a Kate, que no sabía si había oído bien. De pronto cayó en la cuenta. Se volvió hacia su padre.
– ¿A mí…?
Más que una pregunta, fue un balbuceo. Se quedó mirando fijamente a su padre tratando de enfrentarse a la confusión.
– ¿Querías matarme a mí? ¿Por qué?
En ese momento, su padre alargó la mano a su espalda y cogió la pistola. Mercado se quedó de pie, devolviéndole la mirada. No hizo nada por defenderse.
Cuando se disparó el arma, Kate gritó.
– ¡No!
La bala hirió a Mercado en el muslo derecho. Le fallaron las rodillas y cayó al suelo.
– Díselo, Ben. Fue porque me haría daño a mí, ¿no es cierto? Eso era lo único que querías: hacerme daño a mí… La sangre se limpia con sangre, ¿no es ése el credo? Así que, ¿qué iba a decir Sharon? Venga, díselo, Ben. Es el momento.
Mercado levantó la vista y miró casi con ternura a Kate, que seguía ahí, boquiabierta.
– Dile lo del colgante, Benjamín. Es el momento. Es verdad… -Sonrió a Kate mientras su padre lo apuntaba con el arma-. Sí que guarda secretos, Kate. Tu madre quería que algún día fuera tuyo, ¿verdad, Ben? Tu madre, Kate -no dejaba de mirarla, con los ojos brillantes-, no era Sharon, pequeña.
Kate nunca había sentido nada parecido al vacío que en ese momento la invadió.
¿Había oído bien?
Por un instante se quedó con los ojos clavados en Mercado. Luego bajó la mirada en silencio, como baja la mirada la víctima de una bomba, aturdida por la conmoción de la sacudida, observando un miembro que de repente ya no está, tratando de comprender si lo que acaba de pasar es real.
– Díselo, Benjamín. -Mercado levantó los ojos hacia él-. Dile lo capaz que eres de hacer daño a alguien de tu propia familia, a alguien que finges amar.
El padre de Kate volvió a apretar el gatillo. El arma lanzó un destello y otro disparo volvió a herir a Mercado, esta vez en el hombro.
Kate arremetió contra él, tratando de detenerle.
– ¡No, papá, no!
Mercado se desplomó hacia atrás. Se sostuvo con una mano. Kate se quitó la sudadera y lo envolvió con ella a modo de torniquete.
– ¿De qué está hablando? -Se volvió hacia Mercado-. ¿Qué es eso de mi madre?
– Era una mujer guapa, ¿verdad, Ben? Naturalmente, mi vida no era como para criar a un hijo, ¿a que no? Iba a ir a la cárcel; estaría lejos mucho tiempo. Y mi esposa estaba enferma. ¿No es así? De diabetes, ¿verdad?
Miró dulcemente a Kate. Y, de pronto, ella recordó la primera vez que hablaron en el parque, cuando le habló de una esposa que había muerto de diabetes hacía muchos años.
– ¿Mi madre…?
– Tenía que elegir, ¿no, Ben? ¿Cómo iba a dejar al bebé solo, sin una madre… ni una familia? -Posó la mano sobre la de Kate. La tenía fría-. Y el padrazo perfecto siempre fuiste tú, ¿verdad, Benjamín?
– En todos los sentidos.
La boca del cañón volvió a destellar y Mercado cayó rodando hacia atrás, agarrándose el costado.
Kate se dio cuenta de que estaba viendo cómo mataban lentamente a su verdadero padre.
– Creí que hacía lo que era mejor para ti -dijo Mercado a Kate-. Y estuviste protegida todos estos años…
– Hasta que tú empezaste a traicionar a tu familia -lo interrumpió Raab-. Hasta que olvidaste quién eras.
– Tenía que elegir -dijo Mercado mirando en dirección a Kate.
Raab tiró del percutor.
– ¡Y, por lo tanto, hermano, yo también!
– ¡No!
Kate se abalanzó sobre él y lo cogió del brazo, pero él la tomó de la muñeca como si estuviera hecha de trapo y la apartó de un empujón, lanzándola contra el mostrador del laboratorio. Una bandeja de tubos se estrelló contra el suelo.
– Yo envié a Greg -dijo Mercado-. No para espiarte, pequeña. Para cuidarte, para protegerte, Catalina. Ahora ya sabes por qué.
Kate asintió. De pronto, su mirada se posó en el mostrador.
– Ya ves, Benjamín, mira lo que has perdido -continuó Mercado-, todo cuanto llevabas dentro del corazón. Mírala… ¿Valía la pena? Este juramento tuyo. ¿Adónde irás ahora?
– Puedo volver -respondió Raab, al tiempo que apuntaba con la boca del arma a los ojos del anciano-. Pero hermano, tu tiempo se ha acabado. No tienes adónde ir más que al infierno.
– No, papá -dijo Kate, con firmeza.
Sus palabras lo hicieron volverse. Ella tenía la pistola en la mano y le estaba apuntando directamente. Sacudió la cabeza.
– Aún no.
Raab sostenía la pistola contra la cabeza de su hermano, con el dedo en el gatillo. Y Kate sostenía su arma con ambas manos. No tenía ni idea de lo que haría.
Entonces, poco a poco, Raab soltó el percutor y bajó el arma.
– No irás a dispararme, ¿verdad, gorrión?
– Kate, sal -le dijo Mercado-. Deja que haga lo que tiene que hacer.
– ¡No!
Kate fulminó a Raab con la mirada, tratando de luchar contra la imagen de cuanto había creído y amado una vez. Todo el daño que ese hombre había causado iba a acabarse. Aquí. Sacudió la cabeza y le apuntó el pecho con la pistola.
– No pienso correr.
– Bájala -le dijo Raab-. Nunca he querido hacerte daño, Kate. Tiene razón. Ya puedes salir.
– No; ya me has hecho daño, papá. Nada en el mundo podría reparar el daño que has hecho.
Hubo una pausa calculada en los ojos de Raab.
Y entonces, con una sonrisa que la hizo estremecerse, Raab volvió a apuntar a Mercado en la cabeza.
– ¿No irás a dispararme, verdad, cariño? ¿A quien te ha querido todos estos años? ¿A quien te ha criado? Eso no puedes cambiarlo, Kate, sientas lo que sientas ahora. No por este…
Raab empujó a Mercado con el pie y el anciano rodó por el suelo.
– Por favor, no me obligues a hacer algo horrible, papá -dijo Kate. Las lágrimas le surcaban las mejillas.
– Vete -dijo Mercado-. Por favor…
Un charco de sangre empezó a formarse en el suelo.
– Si puedes hacerlo, adelante, Kate… ¡dispara! -Raab se volvió hacia ella-. Los dos sabemos que lo mataré dentro de un momento. Así que adelante, gorrión. -Levantó el arma hacia ella-. Mátame, cariño; si eres capaz, ahora es el momento…
A Kate se le paralizaron los dedos. Clavó la mirada en el cañón estrecho y gris de su pistola. No sabía lo que haría él. «Aprieta, aprieta -insistía una voz en su interior-. No es tu padre. Es una alimaña.» Le apuntó al pecho y cerró los ojos. «Aprieta.»
Y entonces volvió a abrir los ojos.
Él se sonreía.
– Ya lo suponía, Kate. Pero tiene razón. Sal, Kate, ahora. No te seguiré. -Se volvió de nuevo hacia Mercado y sostuvo la pistola a apenas unos centímetros de su cabeza-. Yo ya tengo lo que quiero.
Se oyó un disparo. Kate gritó, cerrando los ojos. Cuando los abrió, Raab seguía con la mirada clavada en ella, pero su expresión había cambiado.
Él retrocedió, tambaleándose. Se miró el hombro, en estado de shock. Se llevó la mano a la chaqueta y, al sacarla, la tenía empapada de sangre. Miró a Kate, incrédulo. Entonces apuntó a Mercado con su arma.
– ¡No!
Kate volvió a apretar el gatillo. Esta vez Raab se volvió y se agarró el brazo derecho, mientras el arma le caía al suelo con gran estrépito.
Parecía confuso. Por un instante, Kate no tuvo claro lo que Raab pensaba hacer.
Entonces él, persistente, dio un paso en dirección al arma caída en el suelo. Kate volvió a retirar el percutor.
– Por favor, no me obligues a hacer esto…
Le temblaban las manos. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Avanzó un paso y apuntó a Raab al pecho.
– ¿Qué vas a hacer? -dijo Raab bajando la mirada y observando la sangre que tenía en la palma de la mano, como incapaz de creer lo que ella había hecho-. ¿Matar a tu propio padre, Kate?
Kate consiguió que las manos dejaran de temblarle. Negó lentamente con la cabeza.
– Tú no eres mi padre, hijo de puta.
Raab se detuvo y se agachó sobre la pistola, jadeando. El brazo herido le colgaba inerte a un costado del cuerpo. Entonces alargó la mano.
Los dedos de ella temblaron sobre el gatillo.
– ¡No!
Raab se agachó un poco más y asió el arma con los dedos. La volvió a coger lentamente.
– Por favor, papá… -sollozó Kate.
– Siempre fuiste la luchadora de la familia, ¿verdad, gorrión? -Enderezó la pistola hasta apuntar hacia ella-. Lo siento, cariño, pero no puedo dejarlo con vida.
Un disparo resonó desde atrás. Raab cayó hacia delante, con la sangre manándole del pecho. Y luego uno más: más gotas de sangre, su arma cayendo ruidosamente al suelo. Raab giró en redondo, con los dedos aún asiendo un arma imaginaria, apuntando con ella al aire, al tiempo que doblaba las piernas con la mirada clavada en quien le había disparado.
Cayó.
Greg estaba en el umbral, pálido como un fantasma, con los brazos extendidos. Se volvió hacia Kate y sacudió la cabeza.
– No podía permitir que te hiciera daño, cariño. Como te dije, siempre podrás contar conmigo.
La policía llegó al laboratorio en cuestión de minutos. Las ambulancias le iban a la zaga. Aquello parecía un campo de batalla, con las luces cegadoras destellando y los chirridos de las ambulancias deteniéndose en el exterior con grandes frenazos. Tres cadáveres yacían en el vestíbulo. Había sangre por todas partes. Kate estaba sentada junto a Greg, que la rodeaba con el brazo, mientras los equipos médicos atendían a Mercado. Ella dijo a la policía que sólo hablaría con el agente Phil Cavetti del programa WITSEC. Venía de camino.
Raab estaba muerto. Mercado seguía con vida, pero a duras penas. Mientras esperaban, Kate no dejó de acariciarle el rostro, rogándole que aguantara. Y, de un modo u otro, lo consiguió. Semiinconsciente, farfullaba constantemente que todavía le quedaba algo por saber. Kate le apretaba la mano. «Por favor, no te mueras…»
Cavetti llegó a la escena al cabo de unos minutos. Nada más verlo, Kate se soltó y corrió a abrazarlo.
– Mi padre… -sollozó en su hombro-. Mi padre vino… con el hombre de fuera. Mató a esos agentes… Tuve que…
– Lo sé, Kate. -Cavetti asintió al tiempo que le daba palmaditas en la espalda. No hizo nada por apartaría-. Lo sé…
– Era todo una venganza -dijo Kate-. Toda nuestra vida no era más que una mentira… por venganza. Destruyó a toda nuestra familia para vengarse de Mercado por haberlos traicionado. -Kate volvía a tener los ojos inundados de lágrimas-. Mi padre… Mercado es mi padre, Cavetti. -Se apartó y levantó la mirada hacia Raab-. Me he pasado la vida oyéndole decir que lo único que contaba era la familia. Eso es lo único que no era mentira.
El personal sanitario que atendía a Mercado lo subió a una camilla. Cavetti les hizo una señal con la cabeza indicándoles que se lo llevaran.
– ¿Adónde lo llevan? -preguntó Kate presa de los nervios, pues ella también quería ir.
Cavetti la asió por los hombros y sacudió la cabeza apenas perceptiblemente.
– Lo siento, Kate, pero eso no puedes saberlo.
Empezaron a llevárselo hacia la entrada. De pronto, Kate se dio cuenta de que estaba pasando otra vez lo mismo.
– ¡No!
Corrió junto a la camilla y se aferró a la mano de él. Se estaban llevando a su padre.
– Hice lo correcto -murmuró él mirándola.
– Sí -asintió Kate, apretándole la mano-. Así es.
Él sonrió.
Se lo llevaron por el pasillo que conducía a la zona de recepción y lo bajaron por las escaleras, hasta la acera. Kate lo siguió durante todo el trayecto. Un corro de personas se había congregado en la calle. Varias ambulancias con las luces en marcha cortaban el tráfico.
– Te quiere -dijo Mercado. Alargó la mano y agarró con firmeza el brazo de ella-. Durante todo este tiempo, sólo ha estado ahí para protegerte. Debes saberlo, Kate. Sólo estaba ahí por mí…
– Lo sé.
Kate asintió de nuevo. Miró a su espalda. Greg estaba en la entrada. Más tarde ya habría tiempo de decidir qué pasaba con ellos. Pero ahora no.
– Tengo algo para ti en el bolsillo -dijo el hombre moribundo-. Cógelo.
Kate le metió la mano en la chaqueta y sacó algo.
Un relicario.
– Guarda secretos, Kate… -Lo asió fuertemente con los dedos-. Hermosos secretos. -Sonrió-. Como tu sol.
– Lo sé.
Le cogió la mano y la sostuvo tanto tiempo como pudo mientras lo subían a la ambulancia. El equipo médico subió. Las sirenas ululaban. Se lo llevaban, Kate lo sabía. No sólo al hospital, sino también de vuelta al programa. De vuelta a la oscuridad. Jamás volvería a verlo.
– Adiós… -Sonrió, sosteniéndole la mirada hasta que se cerraron las puertas-. Papá…
Las dos primeras ambulancias ya estaban cargadas. Los faros empezaron a girar y arrancaron, escoltadas por la policía. Al llegar a la esquina de la calle, los dos vehículos torcieron a la izquierda. Kate estaba segura de que iban hacia el Centro Médico Jacobi, a pocas manzanas de allí.
Sin embargo, en el cruce, la que llevaba a Mercado siguió adelante hasta la avenida Morris, iluminada.
Cavetti se acercó y le puso la mano en el hombro.
– ¿Qué va a ser de él? -preguntó Kate, al tiempo que la ambulancia de Mercado desaparecía en el océano de luces brillantes.
– ¿De quién, Kate? -Sonrió él, con complicidad-. ¿De quién?
Ella lo siguió con la mirada todo lo que pudo. Al final, bajó la vista y abrió los dedos. Tenía en la mano el relicario que le había dado Mercado. Era un marco viejo, de plata pulida, con el cierre de filigrana.
«Guarda secretos, Kate -le había dicho-. Como tu sol.»
Kate lo abrió.
Se encontró contemplando una foto de una mujer hermosa, con el pelo claro recogido en trenzas y unos resplandecientes ojos verdes que por poco le cortan la respiración. Kate se dio cuenta de que estaba mirando a su madre por primera vez.
Sonrió. Contuvo las lágrimas. Había un nombre grabado bajo la foto.
Pilar.
A Kate le llevó varios días sentirse preparada para volver a verlo. Unos días para ponerse otra vez al día con la medicación y estar fuerte de nuevo.
Se reunió varias veces con la policía y el FBI para contar lo que había sucedido en el laboratorio. Todo lo que había sucedido, esta vez. Reprodujo esos últimos momentos más de cien veces. ¿Podía haber apretado ese gatillo? ¿Podía haberlo apretado él? La entristecía inevitablemente. Al menos ya se había acabado. La deuda de Raab estaba saldada. Él la había criado. Por un lado, aún lloraba por él, independientemente de lo que hubiera hecho.
Él estaba en lo cierto. «No puedes borrar veinte años de un plumazo.»
Kate y Greg quedaron para tomar un café en el Ritz, una cafetería que había en la esquina de su loft.
– Esta vez no habrá secretos -prometió Greg.
Y Kate estuvo de acuerdo. No tenía claro lo que sentía. No tenía claro si lo que Mercado le había dicho cambiaba las cosas. Lo único que Greg dijo fue:
– Sólo quiero que me des la oportunidad de demostrarte lo que siento.
¿Y qué sentía ella?
Kate llegó unos minutos tarde, tras tomar el tren en Long Island. Él seguía pareciéndole guapo, con el pelo castaño despeinado, vestido con un largo abrigo de lana y bufanda. Kate sonrió: esa sangre latina, ¡si no era más que noviembre!
Al verla, Greg se levantó. Ella se le acercó.
– Dichosos los ojos -la saludó, sonriendo.
Ella le devolvió la sonrisa. La primera vez que él había intentado utilizar esa expresión en inglés, en su segunda cita, había dicho algo así como «Me duelen los ojos».
Pidieron y él trajo la bandeja hasta la mesa.
– Con un poco de canela, ¿no?
Kate asintió. Llevaban haciendo lo mismo cuatro años. Él, por fin, había aprendido.
– Gracias.
Al principio, hablaron de cualquier cosa. De Fergus, que la echaba de menos, claro. Y ella también lo echaba de menos. De la factura de la luz, que ese mes había subido mucho. De una de sus vecinas de la escalera, que había tenido gemelos.
– ¿Cómo te llamas? -lo interrumpió Kate.
Clavó la mirada en sus ojos color agua de mar. En ellos podía leerse una expresión lastimera y algo culpable, como si dijeran: «Kate, esto está acabando conmigo».
– Ya sabes mi apellido -respondió Greg-. Es Concerga. La hermana de mi madre se casó con alguien de la familia Mercado hace diez años. Es la esposa de Bobi, el hermano menor.
Kate asintió al tiempo que cerraba los ojos. Había estado conviviendo con un extraño todos esos años. Nunca había oído hablar de esa gente.
«¿Y qué siento yo?»
– Te juro que nunca quise que nada te hiciera daño, Kate. -Greg le tendió la mano-. Sólo me dijeron que te vigilara. Me mandaron aquí a la escuela. Al principio no era más que un favor. No para tu padre, Kate, te lo juro, sino para…
– Lo sé, Greg -lo interrumpió Kate-. Mercado me lo contó. Me lo contó todo.
Todo cuanto tenía que saber.
Greg le asió la mano con los dedos.
– Ya sé que sonará muy cursi, pero siempre te he querido, Kate. Desde el día que te conocí. Desde que te oí pronunciar mi nombre por primera vez. En el templo…
– Te lo destrocé, ¿verdad? -dijo Kate, sonrojándose-. «Greygori…»
– No. -Greg sacudió la cabeza. Tenía los ojos brillantes de lágrimas-. A mí me sonó a música celestial.
Kate lo miró fijamente. Se echó a llorar, incapaz de contenerse. Era como si todo lo que había estado guardándose durante ese año -la caída en desgracia de su padre, la muerte de su madre entre sus brazos, conocer a su verdadero padre- brotara incontrolablemente. Greg se sentó junto a ella en el reservado y la envolvió entre sus brazos. Ella dio rienda suelta al llanto.
– Kate, ¿podrás volver a confiar en mí alguna vez? -Greg la estrechó, apoyando la cabeza en el hombro de ella.
Ella sacudió la cabeza.
– No lo sé.
Puede que lo que el anciano le había dicho al final cambiara las cosas, sólo un poco. La manera en que la había mirado, sin ya nada en su vida que proteger, y le había dicho, en paz: «Tuve que elegir».
Puede que todos tuviéramos que elegir, pensó Kate. Puede que todos tuviéramos un sitio, en algún lugar entre la certidumbre y la fe, la verdad y las mentiras. Entre el odio y el perdón.
Un Código azul.
– No sé. -Kate levantó la cara de Greg hasta la suya-. Lo intentaremos.
Greg la miró, eufórico.
– Prométeme que nunca más nos ocultaremos nada el uno al otro -dijo ella-. Se acabaron las mentiras.
– Te lo prometo, cariño, se acabaron las mentiras.
La estrechó entre sus brazos y Kate pudo sentir en su abrazo lo emocionado que estaba.
– Por favor, vuelve, Kate -le rogó-. Te necesito. Y creo que a Fergus le gustaría saludarte.
– Sí -asintió. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano-. A mí también me gustaría saludarlo, me parece.
Se levantaron y salieron a la Segunda Avenida. Greg la rodeó con el brazo.
Kate dejó caer la cabeza sobre el hombro de él mientras caminaban. Todo le era familiar. Su vida. Rosa's Foods, el pequeño colmado donde compraban. La tintorería coreana. Era como si llevara mucho tiempo fuera y ahora estuviera en casa.
Al girar en la calle Siete, Kate se detuvo. Sonrió.
– Entonces, ¿hay algo más que quieras decirme antes de entrar, ahora que hemos puesto las cartas sobre la mesa?
– ¿Sobre la mesa?
– Antes de abrir esa puerta, Greg. Porque cuando lo hagamos, empezaremos de nuevo. Quiénes somos. Adónde vamos a partir de aquí. Nunca podremos volver atrás. Es un regalo, Greg, una oportunidad de pasar página y dejar atrás el pasado. Una última oportunidad.
– Sí, hay algo. -Greg agachó la cabeza. Tomó a Kate por los hombros y la miró fijamente a los ojos-. No sé si te lo he dicho nunca -bromeó-, pero la verdad es que no aguanto a los perros.
– Y así están las cosas. -Kate se encogió de hombros, asiendo con los dedos el puño cerrado de Tina, en su habitación individual del hospital-. Ya hace dos semanas. Nos estamos centrando en lo de la confianza. No me ha fallado, Tin. No sé, creo que igual sale bien.
Kate acarició el rostro terso y pálido de su amiga. A Tina le temblaban los párpados. De vez en cuando, movía la boca. Sin embargo, era algo a lo que ya se habían acostumbrado. En las últimas semanas, su estado había mejorado. Le había descendido la presión intracraneal. Ya no llevaba la cabeza vendada y tampoco el tubo para respirar. Ya respiraba sola. Según la escala de Glasgow, su estado comatoso se había incrementado hasta 14. Los médicos estaban casi seguros de que despertaría. Dentro de un mes o cualquier día.
Pero entonces, ¿qué? Ésa era la pregunta que nadie podía responder.
– Vuelvo a estar en el laboratorio -dijo Kate. Recorrió con la mirada extraviada los monitores que había junto a la cama de Tina: la curva amarilla estable de su pulso, la lectura de su tensión-. Me siento bien. Packer me ha mandado acabar lo de Tristán e Isolda. Doscientas sesenta y cuatro pruebas, Tin. ¿No te parece increíble? Estamos empezando a escribir un artículo. La P &S Medical Review nos lo va a publicar. Y he estado trabajando en la tesis. Más vale que muevas el culo. Como tardes mucho más, cuando te despiertes me tendrás que llamar «doctora».
Kate sintió que le tiraban de la mano. Según los médicos, no era más que un reflejo. Pasaba a menudo. Kate miró a su amiga. Le temblaron los párpados.
Habían pasado tantas cosas… ¿cómo iba Kate a contárselo todo?
– Se me hace raro, Tin -dijo Kate mirando por la ventana-, pero lo llevo bien, lo que le pasó a papá. Por lo menos se ha acabado. De un modo extraño. Seguramente Greg me hizo un favor. Papá tuvo su merecido. Pero lo que yo me pregunto es si lo hubiera apretado, Tin. Aquel gatillo, si no hubiera llegado Greg. Y creo que la respuesta es sí. Lo habría hecho. Era mi padre quien estaba ahí tendido. Lo habría hecho… ¡por él!
Aun así, siempre que lo recordaba, Kate acababa llorando.
– Tú lo conocías, Tina. Era un tío tremendo. Y tenía razón: no puedes borrar veinte años de un plumazo.
Kate volvió a sentir un tirón. Se quedó mirándola, sin más.
Sin embargo, esta vez un dedo le asió el pulgar.
Kate miró a Tina. «¡Joder, no puede ser!» Por poco se muere del susto.
Tina le devolvía la mirada.
Con los ojos abiertos.
– ¡Oh, Dios mío, Tina!
Kate se levantó de un salto y empezó a llamar a gritos a la enfermera. Sin embargo, Tina no le dio oportunidad: movió la boca apenas imperceptiblemente y sus labios esbozaron una levísima sonrisa, expresando que la reconocía.
Kate a duras penas podía contenerse.
– ¡Tina, soy yo, Kate! ¿Me oyes? Estás en el hospital, cariño. ¡Estoy aquí!
Tina parpadeó y volvió a tirarle de la mano. Se humedeció los labios, como si quisiera decir algo.
Kate se agachó cerca de ella, con el oído a escasos centímetros de los labios de Tina. Apenas los movió, profiriendo un único murmullo.
Kate no podía creerse lo que oía.
– Leucocitos…
Los ojos de Tina se clavaron en los de Kate. En ellos había una chispa de vida.
– Sí, leucocitos -asintió Kate, atolondrada-. ¡Leucocitos!
Se inclinó y pulsó el botón verde de la enfermera. Tina volvió a apretarle la mano y le hizo gestos para que se volviera a acercar. Recorrió la habitación con la mirada, tratando de discernir dónde estaba, por qué tenía esos tubos en el brazo. Se agarró del brazo de Kate y musitó:
– ¿Sigues observándolos? ¿Todo el día?
– Sí -respondió, con los ojos llenos de lágrimas-. ¡Todo el jodido día!
Tina le guiñó el ojo y susurró:
– Tienes que hacer algo con tu vida, Kate.
¡Estaba bien! Kate se lo veía en los ojos.
¡Su amiga iba a recuperarse!