SEGUNDA PARTE

EL LARGO VIAJE

LA PRIMERA ETAPA

Londres era el puerto inglés desde el que partían más barcos hacia Francia, de modo que se dirigió a la ciudad que lo había visto nacer. A lo largo de todo el camino hizo altos para trabajar, pues quería emprender la aventura con la mayor cantidad posible de oro. Tras su llegada a Londres se enteró de que estaba cerrada la temporada de navegación. El Támesis se había congestionado por los mástiles de los navíos anclados. Haciendo honor al origen danés, el Rey Canuto había construido una gran Flota de naves vikingas que surcaban las aguas como monstruos con ronzal. Los temibles buques de guerra estaban rodeados por un variado conjunto: gordos galeones convertidos en barcas para pesca de altura; las galeras trirremes, de propiedad privada de los ricos; buques cerealeros achaparrados, de lenta navegación a vela; dos botes mercantes con velas triangulares, de aparejo pequeño, carracas italianas de dos mástiles; largas naves de un sólo mástil que trasportan caballos de tiro de las flotas mercantes de los países nórdicos.

Ninguna de las embarcaciones llevaba carga ni pasajeros, pues ya soplaban vientos glaciales. En los terribles seis meses siguientes, muchas mañanas se congelaría la espuma salada en el Canal, y los marineros sabían que aventurarse hasta donde el mar del Norte confluye con el Atlántico equivalía a morir ahogado en aquellas aguas agitadas.

En el Herring, un antro de marineros del puerto, Rob golpeó contra la mesa su taza de sidra calentada con empecías.

– Estoy buscando alojamiento limpio y abrigado hasta la primavera dijo-. ¿Alguno de los presentes podría orientarme?

Un hombre bajo pero ancho, con figura de bulldog, lo estudió mientras limpiaba su taza, y luego asintió.

– Sí -dijo-. Mi hermano Tom murió en el último viaje. Su viuda, que responde al nombre de Binnie Ross, ha quedado con dos bocas para alimentar. Si estás dispuesto a pagar razonablemente, sé que te alojará encantada.

Rob le pagó una copa y lo acompañó hasta una diminuta casa cercana próxima al mercado de East Chepe. Binnie Ross resultó ser una ratita flaca, toda ojos azules preocupados en una carita delgada y pálida. La casa estaba bastante limpia aunque era muy pequeña.

– Tengo una gata y una yegua -advirtió Rob.

– La gata no me molestará -dijo la dueña de la casa, ansiosa: era evidente que necesitaba dinero desesperadamente.

– Puedes guardar el caballo durante el invierno -dijo su cuñado-. En la calle del Támesis están los establos de Egglestan.

Rob asintió.

– Conozco el lugar.

– Esta preñada -dijo Binnie Ross, alzando a la gata y acariciándola.

Rob no vio ninguna redondez extraordinaria en su liso vientre.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó, convencido de que estaba equivocada. Todavía es muy joven; nació el verano pasado.

La chica se encogió de hombros.

Tenía razón: pocas semanas después, Señora Buffington prosperaba. Rob la alimentaba con bocados exquisitos y proporcionaba buenos alimentos a Binnie y a su hijo. La pequeña era bebé y todavía mamaba. A Rob le encantaba ir andando al mercado y hacer la compra para ellos, recordando el milagro de alimentarse bien después de largo tiempo con el estómago vacío.

La pequeña se llamaba Aldyth y el niño, de menos de dos años, Eduard. Todas las noches Rob oía llorar a Binnie.

Llevaba en la casa menos de dos semanas cuando ella se acercó a su cama en la oscuridad. No dijo una sola palabra, pero se tendió y lo rodeó con delgados brazos, silenciosa durante todo el acto. Por curiosidad, Rob probó su leche y la encontró dulce.

Después, ella volvió a su propio lecho y al día siguiente no hizo ninguna referencia a lo ocurrido.

– ¿Cómo murió tu marido? -le preguntó mientras ella servía las gachas del desayuno.

– En una tormenta. Wulf, su hermano, el que te trajo aquí, dijo que a Paul se lo había llevado la mar. No sabía nadar.

Acudió a él más de una noche, aferrándolo desesperadamente. Más adelante, el hermano de su difunto marido, que sin duda había hecho acopio de coraje para hablarle, se presentó en la casa una tarde. A partir de entonces Wulf aparecía todos los días con regalitos; jugaba con sus sobrinos, pero era evidente que hacía la corte a la madre, y un día Binnie le dijo a Rob que ella y Wulf se casarían. Este anuncio volvió más cómoda la casa para la larga espera de Rob.

Durante una ventisca, Rob asistió a Señora Buffington en el alumbramiento de una hermosa camada: una miniatura de sí misma, un macho blanco y un par de mininos negros y blancos que probablemente habían salido a su padre. Binnie se ofreció a prestarle el servicio de ahogar a los cuatro gatitos, pero en cuanto fueron destetados Rob forró un cesto con trapos y los llevó a las tabernas, donde pagó una serie de bebidas con el propósito de que alguien aceptara llevárselos.

En marzo, los esclavos que hacían el trabajo pesado volvieron al puerto, nuevas filas de hombres comenzaron otra vez a abarrotar la calle del Támesis, cargando los depósitos y los barcos con productos de exportación.

Rob hizo innumerables preguntas a los viajantes y decidió que lo más conveniente era iniciar el viaje vía Calais.

– Allí se dirige mi nave -le dijo Wulf, y lo llevó a la grada para mostrarle el Queen Emma.

El barco no era tan importante como su nombre: un enorme carcamán de madera con un mástil altísimo. Los estibadores lo estaban cargando con conchas de estaño de las minas de Cornualles. Wulf llevó a Rob ante el capitán, un galés nada sonriente que asintió cuando le preguntó si llevaría un pasajero, y mencionó un precio que parecía justo

– Tengo un caballo y un carro -dijo Rob.

El capitán frunció el ceño.

– Te costará caro transportarlos por mar. Algunos venden sus bestias y carros a este lado del Canal y compran otros nuevos al llegar al otro lado.

Rob meditó un rato, pero decidió pagar el flete, aunque era muy elevado. Había forjado el plan de trabajar como cirujano barbero durante sus viajes. Caballo y el carromato rojo eran un buen equipo, y no confiaba en encontrar algo que le diera tantas satisfacciones.

Con abril el tiempo se volvió bonancible y empezaron a salir los primeros barcos. El Queen Emma levó anclas del fango del Támesis el undécimo del mes, despedido por Binnie sin demasiado llanto. Soplaba un viento seco pero suave. Rob vio cómo Wulf y otros siete marineros jalaban los cabos levantando una enorme vela cuadrada que se hinchó con un crujido en cuanto llegó a lo alto: comenzaron a flotar en la marea ascendente. Pesada su carga de metal, la enorme embarcación salió del Támesis, deslizándose suavemente a través de los estrechos entre la isla de Thanet y el continente, arrastrándose frente el litoral de Kent, y cruzando luego tenazmente el Canal, viento en popa.

La costa verde oscureció a medida que retrocedía, hasta que Inglaterra fue una bruma azul y luego un borrón púrpura que se tragó la mar. Rob no tuvo la oportunidad de albergar nobles pensamientos, pues estaba vomitando. Al pasar a su lado en cubierta, Wulf interrumpió sus pasos y escupió despectivamente por el colmillo.

– ¡Por los clavos de Cristo! Vamos demasiado cargados para cabecear, el tiempo es inmejorable y las aguas están en calma. ¿Qué te ocurre?

Pero Rob no pudo responder, pues estaba inclinado sobre la borda para no manchar la cubierta. En parte, su problema era el terror que experimentaba, pues nunca había estado en el mar y ahora lo acosaba toda una vida de historias de ahogados, desde el marido y los hijos de Editha Lipton hasta el afortunado Tom Ross, que había dejado viuda a Binnie. Las aguas aceitosas por las que vomitaba se presentaban inescrutables e insondables, probablemente llenas de monstruos malignos, y Rob se arrepintió de la temeridad con que había emprendido tan extraña aventura. Para colmo de males, el viento arreció y en el mar se formaron profundos oleajes. Tuvo la certeza de que en breve moriría, y hubiera dado buena acogida a semejante liberación. Wulf fue a buscarlo y le ofreció una cena compuesta por pan y cerdo salado frito muy frío. Rob resolvió que Binnie debía haberle confesado las visitas a su lecho y que esa era la venganza de su futuro marido, al que no tenía fuerza para responder.

El viaje había durado siete interminables horas cuando otra bruma se levantó en el denso horizonte y lentamente apareció Calais.

Wulf se despidió deprisa, pues estaba ocupado con la vela. Rob condujo a la yegua y el carro por la plancha, hacia una tierra firme que parecía subir y bajar como el mar. Razonó que el terreno francés no podía oscilar, pues de lo contrario habría oído hablar de semejante rareza. Lo cierto es que después de unos minutos de caminata, la tierra le pareció más firme, pero ¿dónde iría? No tenía la menor idea de su destino ni de cuál debía ser el próximo paso. El idioma constituía un obstáculo. A su alrededor, la gente hablaba con un sonido de matraca, y no logró extraer ningún sentido a sus palabras. Finalmente se detuvo, se encaramó al carromato y batió palmas.

– ¡Contrataré a quien hable mi lengua! -gritó.

Un viejo con cara de necesidad se acercó a él. Tenía las piernas canijas y una estructura esquelética que advertían que no sería muy útil para levantar y arrastrar pesos. Pero el hombre notó que Rob estaba pálido y sus ojos centellearon.

– ¿Podemos hablar frente a un vaso calmante? Los alcoholes de manzana operan maravillas para asentar el estómago -dijo, y la lengua madre fue una bendición para los oídos de Rob.

Se detuvieron en la primera taberna que encontraron. Se sentaron ante una rústica mesa de pino, al aire libre.

– Yo soy Charbonneau -dijo el francés, haciéndose oír por encima del bullicio de los muebles-. Louis Charbonneau.

– Rob J. Cole.

En cuanto les sirvieron el aguardiente de manzanas, cada uno brindó por la salud del otro, y Charbonneau había acertado, porque el alcohol cayó en el estómago de Rob y lo devolvió al mundo de los vivos.

– Creo que ahora puedo comer -dijo, aunque dubitativo.

Contento, Charbonneau impartió una orden y en seguida una camarera llevó a la mesa un pan crujiente, una fuente con pequeñas olivas verdes y queso de cabra que hasta Barber habría aprobado.

– Ya ves por qué necesito ayuda -dijo Rob con tono quejumbroso-. Ni siquiera sé pedir la comida.

– Toda mi vida he sido marinero. Era un crío cuando mi primer barco me dejó en Londres, y recuerdo muy bien cuánto ansiaba oír mi lengua natal -explicó Charbonneau sonriendo.

La mitad de su vida en tierra la había pasado al otro lado del Canal, donde hablaban inglés.

– Yo soy cirujano barbero y viajo a Persia para comprar medicinas raras y hierbas curativas que serán enviadas a Inglaterra.

Eso era lo que había decidido decir a todos, para eludir cualquier discusión sobre el hecho de que la Iglesia consideraba un delito su verdadero motivo para ir a Ispahán.

Charbonneau enarcó las cejas.

– Es un largo viaje.

Rob asintió.

– Necesito un guía; alguien que traduzca lo que digo para poder presentar espectáculos, vender mi panacea y tratar a los enfermos durante el acto. Estoy dispuesto a pagar un salario generoso.

Charbonneau cogió una oliva de la fuente y la puso sobre la mesa calada por el sol.

– Francia -dijo y cogió otra oliva -. Los cinco ducados de Alemania por los sajines. -Cogió otra y luego otra, hasta que hubo siete olivas en fila-. Bohemia -dijo, señalando la tercera-, donde viven los eslay, los checos. Después está el territorio de los magiares, un país cristiano lleno de bárbaros jinetes salvajes. A continuación los Balcanes, un país de altas y feroces montañas, de gentes altas y feroces. Más allá Tracia, de la que sé muy poco salvo que marca el límite final de Europa y en ella se encuentra Constantinopla. Y finalmente Persia, adonde tu quieres ir -observó a Rob contemplativamente-. Mi ciudad natal está en la frontera entre Francia y las tierras de los ilanes, cuyas lenguas teutónicas hablo desde mi infancia. Por tanto, si me contratas, te acompañaré hasta… -Recogió las dos primeras olivas y se las metió en la boca-. Debo dejarte a tiempo para estar en Metz el próximo invierno.

– Trato hecho -dijo Rob, aliviado. Después, mientras Charbonneau le sonreía y pedía otro aguardiente, consumió con gesto solemne las demás olivas de la fila, tragándose así los cinco países restantes, uno por uno.

EXTRAÑO EN TIERRA EXTRAÑA

Francia no era tan decididamente verde como Inglaterra, pero había más. El cielo parecía más alto, y el color de Francia era un azul oscuro. Gran parte de la tierra estaba compuesta por bosques, como su país. El campo estaba salpicado de granjas escrupulosamente pulcras, y de vez en cuando aparecía un sombrío castillo de piedra similar a los que Rob estaba acostumbrado a ver en los campos de su terruño; pero algunos señores vivían en grandes casas solariegas de madera, que eran poco comunes en Inglaterra.

En los pastos había ganado y campesinos sembrando trigo.

Rob ya había visto algunas maravillas.

– Muchos de vuestros edificios campestres carecen de techo -observó.

– Aquí llueve menos que en Inglaterra-dijo Charbonneau-. Algunos granjeros trillan el grano en graneros abiertos.

Charbonneau montaba un caballo grande y plácido de color gris claro, blanco. Sus armas tenían aspecto de haber sido usadas y bien cuidadas.

Por las noches atendía cuidadosamente su montura, y limpiaba y lustraba su espada y la daga. Era una compañía agradable en el campamento y en el camino.

Todas las granjas tenían huerto, ahora en flor. Rob se detuvo en unas quintas con la intención de comprar licor, pero no encontró hidromiel. Adquirió un barril de aguardiente de manzanas, similar al que había paladeado en Calais, y descubrió que mejoraba la Panacea Universal.

Como en todas partes, los mejores caminos habían sido construidos tiempo atrás por los romanos, para que marcharan sus ejércitos: anchas calles que empalmaban entre sí y eran tan rectas como lanzas. Charbonneau hacía observaciones cariñosas sobre sus caminos.

– Abundan por doquier y forman una red que abarca el mundo. Si lo quisieras, podrías seguir por estas vías hasta llegar a Roma.

No obstante, ante un cartel que indicaba una aldea llamada Caudry, Rob hizo desviar a Caballo del camino romano. Charbonneau desaprobó la maniobra.

– Estos senderos arbolados son peligrosos.

– Tengo que recorrerlos para ejercer mi oficio. Son los únicos que llevan a las aldeas pequeñas. Tocaré el cuerno. Es lo que siempre he hecho.

Charbonneau se encogió de hombros.

Las casas de Caudry tenían techos cónicos de broza o de paja. Las mujeres cocinaban al aire libre; casi todas las casas tenían una mesa de tablones y bancos cerca del fuego, debajo de un tosco sombrajo sostenido por cuatro postes resistentes que eran troncos de árboles jóvenes. Aquello no podía tomarse por un pueblo inglés, pero Rob hizo todos los movimientos de rutina como si estuviera en casa.

Dio el tambor a Charbonneau y le dijo que lo batiera. El francés parecía divertirse y se interesó vivamente cuando Caballo se puso a hacer cabriola al son del tambor.

– ¡Hoy hay espectáculo! ¡Gran espectáculo! -gritó Rob.

Charbonneau captó la idea de inmediato, y a partir de entonces tradujo todo lo que decía Rob.

La experiencia del espectáculo en Francia resultó rara para Rob. Los espectadores reían de los mismos cuentos aunque en diferentes momentos, quizá porque debían esperar la traducción. Durante los juegos malabares Charbonneau estaba transfigurado, y sus farfullados comentarios de deleite contagiaron a la multitud, que aplaudió vigorosamente.

Vendieron grandes cantidades de Panacea Universal.

Aquella noche, en el campamento, Charbonneau insistió en que hiciera malabarismos, pero Rob se negó.

– Ya te hartarás de verme, no temas.

– Es sorprendente. ¿Dices que haces eso desde que eras un crío?

– Sí.

Le habló de los tiempos en que Barber se lo había llevado consigo tras la muerte de sus padres.

Charbonneau meneó la cabeza.

– Has tenido suerte. Cuando yo tenía doce años murió mi padre, y mi hermano Etienne y yo fuimos entregados como grumetes a una embarcación pirata -suspiró-. Esa sí que es una vida dura, amigo mío.

– Creía haberte oído decir que tu primer viaje te llevó a Londres.

– Mi primer viaje en un buque mercante, a los diecisiete. Pero los cinco años anteriores navegué con piratas.

– Mi padre ayudó a defender Inglaterra contra tres invasiones. Dos veces cuando los daneses invadieron Londres. Y otra cuando los piratas invadieron Rochester -dijo Rob lentamente.

– Mis piratas nunca atacaron Londres. Una vez tocamos tierra en Rodney, incendiamos dos casas y nos llevamos una vaca a la que matamos para comer carne.

Se miraron fijamente.

– Eran muy malas personas. Pero yo tenía que hacer eso para conservar la vida

Rob asintió.

– ¿Y Etienne? ¿Qué ha sido de Etienne?

– Cuando tuvo edad suficiente huyó y volvió a nuestra ciudad, donde se colocó de aprendiz de panadero. Hoy también es un viejo y hace un pan excepcional.

Rob sonrió y le deseó que pasara buena noche.

Cada tres o cuatro días iban a la plaza de una aldea distinta, donde todo ocurría como de costumbre: las tonadas libertinas, los retratos halagadores, las curas con licor. Al principio Charbonneau traducía los llamamientos del cirujano barbero, pero en breve el francés se había acostumbrado tanto, que era capaz de reunir una multitud por su cuenta. Rob trabajaba duramente, deseoso de llenar su caja, pues sabía que el dinero significaba provecho en países extranjeros.

El mes de junio fue cálido y seco. Mordisquearon diminutos bocados de oliva Cruzaron Francia, atravesando su borde norteño, y a principios del verano estaban casi en la frontera alemana.

– Nos estamos acercando a Estrasburgo -anunció Charbonneau una mañana.

– Vayamos a esa ciudad para que puedas ver a los tuyos.

– Si lo hacemos perderemos dos días -objetó Charbonneau, pero Rob rió y se encogió de hombros, porque simpatizaba con el anciano francés.

La ciudad era hermosa y bullía de artesanos que estaban construyendo una gran catedral en la que ya apuntaba la promesa de incrementar la gracia general de las anchas calles y elegantes casas de Estrasburgo. Fueron directamente a la panadería, donde un locuaz Etienne Charbonneau estrujó a su hermano en un enharinado abrazo.

La noticia de su llegada se transmitió según el sistema de información francés, y aquella tarde se presentaron para celebrarla dos apuestos hijos de Etienne y tres de sus hijas, de ojos oscuros, con su prole y sus cónyuges; la más joven, Charlotte, era soltera y aún vivía en casa de su padre. Charlotte preparó una cena pródiga: tres gansos estofados con zanahorias y ciruelas pasas. Pusieron en la mesa dos tipos de pan fresco. Uno redondo, al que llamó "pan de perro”, y que era delicioso a pesar de su nombre. Estaba compuesto por capas alternativas de trigo y centeno.

– Es muy barato; se trata del pan de los pobres -dijo Etienne, y estimuló a Rob a probar una barra larga más cara, hecha con tranquillón, una mezcla de harinas con muchos granos molidos finos.

A Rob le gusto más el "pan de perro”.

Fue una velada alegre. Louis y Etienne traducían todo para Rob, con la hilaridad general. Los niños bailaron, las mujeres cantaron, Rob hizo los malabares para corresponder a la opípara cena, y Etienne tocó tan bien como horneaba el pan.

Finalmente la familia se marchó, todos besaron a los viajeros a modo de despedida. Charlotte hundió el vientre y asomó su pecho recién florecido, mientras sus grandes ojos invitaban escandalosamente a Rob. Esa noche, echado en la cama, Rob se preguntó cómo sería la vida si se instalara en el seno de una familia como aquella y en un entorno tan encantador.

A medianoche se levantó.

– ¿Ocurre algo? -preguntó Etienne en voz baja.

El panadero estaba sentado en la oscuridad, no muy lejos de donde yacía su hija.

– Tengo que mear.

– Iré contigo -dijo Etienne.

Salieron juntos y orinaron amistosamente contra un costado del granero. Cuando Rob regresó a su cama de paja, Etienne se acomodó en la silla y quedó vigilando a Charlotte.

Por la mañana, el panadero mostró a Rob sus grandes hornos redondos y regaló a los viajeros un saco lleno de "pan de perro” horneado dos veces para que quedara duro y no se estropeara, a semejanza de las galletas marineras.

Los habitantes de Estrasburgo tuvieron que esperar sus panes ese día pues Etienne cerró la panadería y cabalgó con ellos parte del trayecto. El camino romano los llevó hasta el río Rin, a corta distancia de la casa Etienne, y luego se curvaba aguas abajo algunas millas, hasta un vado.

Los hermanos se inclinaron en sus monturas y se besaron.

– Ve con Dios -dijo Etienne a Rob, al tiempo que enfilaba su caballo hacia su casa, y ellos salpicaban agua cruzando el vado.

Las aguas arremolinadas estaban frías y aún débilmente pardas por la tierra arrastrada por las inundaciones primaverales río arriba. La senda distante de la orilla opuesta era empinada, y Caballo realizó un gran esfuerzo para arrastrar el carromato hasta la tierra de los teutones.

En seguida llegaron a las montañas, cabalgando entre altos bosques de pinaceas y abetos. Charbonneau estaba cada vez más callado, lo que en principio Rob atribuyó a lo mucho que le dolía separarse de su familia y de su terruño, pero al cabo de un rato el francés escupió.

– No me gustan los alemanes, ni tampoco pisar su tierra.

– Sin embargo, naciste lo más cerca de ellos que puede nacer un francés

Charbonneau frunció el ceño.

– Uno puede vivir junto al mar y no amar a los tiburones -dijo.

A Rob lo impresionaba como una tierra agradable. El aire era frío. Descendieron una montaña alargada a cuyo pie vieron a hombres y mujeres cortando y revolviendo el heno del valle para obtener forraje como hacían los campesinos en Inglaterra. Subieron otra montaña, unas tierras de pastoreo no muy extensas donde los niños atendían a las cabras llevadas a pastar durante el verano desde las granjas La senda era alta, y poco después, al bajar la vista, vieron un gran castillo de piedra gris oscuro. Unos jinetes participaban en una justa con las lanzas abiertas, en la palestra. Charbonneau volvió a escupir.

– Es la torre del homenaje de un hombre terrible, el sobrenombre de este conde Sigdorff, era el Imparcial.

– ¿El Imparcial? No parece el sobrenombre más apropiado para un hombre tan terrible.

– Ahora es viejo -explicó Charbonneau-. Pero se ganó ese nombre en su juventud, cayendo sobre Bamberg y llevándose a doscientos prisioneros.

Hizo que a cien de ellos les cortaran la mano derecha y a los otros cien la izquierda.

Llevaron a sus caballos a medio galope hasta que el castillo desapareció de la vista.

Antes de mediodía llegaron a una señal de desvío del camino romano, la aldea de Entburg, en la que decidieron montar su espectáculo. A los pocos minutos que habían tomado el desvío cuando llegaron a un recodo encontraron a un hombre que bloqueaba el sendero, montado en un caballo cobrizo, de ojos legañosos. El hombre era calvo y tenía pliegues en su corto pescuezo. Llevaba puesta una prenda de tejido casero con un cuerpo al mismo tiempo carnoso y duro, semejante al de Barber. Rob lo conoció. No había lugar para pasar con el carromato, pero tenía las armas enfundadas y Rob refrenó al caballo mientras se estudiaban serenamente. El hombre calvo pronunció unas palabras.

– Pregunta si tienes licor -aclaró Charbonneau.

– Dile que no.

– El hijoputa no esta sólo -agregó Charbonneau sin alterar el tono de su voz y Rob percibió que otros dos habían dispuesto sus cabalgaduras detrás de los árboles.

Uno era un joven montado en una mula. Cuando se acercó al gordo, notó la similitud de sus rasgos y dedujo que eran padre e hijo. El tercero iba en un animal enorme y torpe que parecía un caballo de tiro. Se instaló detrás del carromato, cortando la retirada por retaguardia. Tendría unos treinta años. Era menudo y de aspecto ruin; le faltaba la oreja izquierda, como a Señora Buffington.

Los dos recién llegados empuñaban espadas. El calvo dijo algo a Charboneau en voz alta.

– Dice que debes bajar del carromato y quitarte la ropa. Quiero que sepas que en cuanto lo hagas te matarán -dijo Charbonneau-. La vestimenta es cara y no quieren que se manche de sangre.

Rob no notó de dónde había sacado Charbonneau su puñal. El viejo lo hizo con un esforzado gruñido y un experto movimiento de mano que proyectó en línea recta y a gran velocidad: se hundió en el pecho del de la espada.

En los ojos del gordo se notó un sobresalto, pero aún no se había borrado la sonrisa de sus labios cuando Rob abandonó el asiento de su carromato.

Dio un solo paso hasta el ancho lomo de Caballo y se lanzó, arrancando al hombre de su silla. Aterrizaron rodando y dando zarpazos, cada uno tratando desesperadamente herir al otro. En un momento dado, Rob logró llevar su brazo izquierdo por debajo del mentón del otro, desde atrás. Un puño carnoso empezó a golpearle la ingle, pero Rob se retorció y pudo desviar los puñetazos a una nalga. Recibió unos terribles martillazos que le entumecieron la pierna. Con anterioridad siempre había peleado borracho, enloquecido de ira. Ahora estaba sobrio y concentrado en un único pensamiento, frío y claro.

"Mátalo.”

Jadeante, se aferró a la muñeca izquierda con la mano libre y tratando de estrangularlo o aplastarle la tráquea.

Luego pasó a la frente e intentó echarle la cabeza hacia atrás, para estropearle la espina dorsal.

"¡Quiébrate!”, imploró. Pero el cuello era corto y grueso, acolchado con grasa y surcado de músculos.

Una mano con largas uñas negras subió hasta su cara.

Rob se debatió para apartar la cabeza, pero la mano le rastrilló la mejilla haciéndolo sangrar.

Gruñeron y lucharon como en una tosca pelea de amantes.

La mano volvió. Esta vez llegó un poco más arriba, en busca de los ojos. Clavó sus afiladas uñas y Rob gritó.

Al instante Charbonneau estaba de pie sobre ellos. Insertó la punta de la espada deliberadamente, buscando un espacio entre las costillas, y hundió a fondo la espada.

El calvo suspiró, como si estuviera satisfecho. Dejó de gruñir y de moverse y se desplomó. Rob lo olió por primera vez.

Logró apartarse del cadáver. Se sentó, acariciándose la cara vapuleada

El joven colgaba de la grupa de la mula, con sus sucios pies descalzos cruelmente enganchados. Charbonneau le arrancó el puñal y lo limpió

Aflojó los pies muertos sujetos a los estribos de cuerda y bajó su cuerpo a tierra.

– ¿El tercero? -jadeó Rob, sin poder evitar un temblor en su voz.

Charbonneau escupió.

– Huyó al primer indicio de que no nos dejaríamos matar tan fácilmente.

– ¿Obra del Imparcial, necesitado de refuerzos?

Charbonneau meneó la cabeza.

– Estos son asesinos baratos, y no hombres de un langrave.

Registró los cadáveres con la destreza del que no lo hace por primera vez. Del cuello del hombre colgaba una pequeña bolsa con monedas. El otro no llevaba dinero, pero sí un crucifijo deslustrado. Sus armas eran de mala calidad, pero Charbonneau las arrojó en el interior del carromato.

Dejaron a los salteadores de caminos donde estaban; el cadáver del calvo yacía de bruces sobre su propia sangre.

Charbonneau ató la mula a la parte de atrás del carro y llevó de las riendas al huesudo caballo capturado. Después, volvieron al camino romano

LENGUAS EXTRAÑAS

Cuando Rob preguntó a Charbonneau dónde había aprendido a lanzar diestramente un puñal, el viejo francés respondió que se lo habían enseñado los piratas de su juventud.

– Era útil para luchar contra los condenados daneses y apoderarse de sus naves. -Vaciló-. Y para luchar contra los condenados ingleses y apoderarse de sus naves -agregó con tono malicioso.

En ese entonces no le fastidiaban las trilladas rivalidades nacionales, y ninguno de ellos tenía la menor duda acerca de la valía de su compañero. Intercambiaron una sonrisa.

– ¿Me enseñarás?

– Si tu me enseñas a hacer malabarismos -dijo Charbonneau, y Rob accedió de buena gana.

El trato era desigual, pues para Charbonneau había pasado la hora de dominar una habilidad difícil, y en el poco tiempo que les quedaba aprendió a botar dos pelotas, aunque extrajo un enorme placer arrojándolas y recogiéndolas.

Rob tenía la ventaja de la juventud, y los años pasados haciendo juegos malabares lo habían dotado de muñecas fuertes y flexibles, además de una vista aguda, equilibrio y sincronización.

– Se requiere un puñal especial. Tu daga tiene una hoja fina que muy pronto se quebraría si empezaras a arrojarla, o se estropearía la empuñadura, es el centro del peso y del equilibrio de una daga corriente. Un puñal arrojadizo equilibra el peso en la hoja, de modo que un movimiento rápido de la muñeca lo lanza fácilmente de punta hacia el blanco.

Rob aprendió deprisa a lanzar el puñal de Charbonneau de modo que presentara primero su hoja afilada. Le resultó más difícil adquirir pericia en dar en el blanco al que apuntaba, pero estaba acostumbrado a la disciplina de la práctica y arrojaba el puñal a una marca hecha en un árbol, cada vez que tenía la oportunidad.

Se mantuvieron en los caminos romanos, que estaban abarrotados de viajeros que hablaban muchas lenguas. En una ocasión, la partida de un cardenal francés los obligó a apartarse del camino. El prelado cabalgaba rodeado por doscientos jinetes y ciento cincuenta sirvientes; usaba zapatos color escarlata, sombrero y capa gris sobre una casulla en otros tiempos blanca, y ahora más oscura que la capa por el polvo del camino. Algunos peregrinos avanzaban en la dirección general de Jerusalén, solos o en grupos reducidos o numerosos; a veces eran conducidos o instruidos por palmeros devotos religiosos que indicaban su participación en viajes sagrados usando dos palmas cruzadas recogidas en Tierra Santa. Algunas bandas de caballeros con armaduras pasaban al galope emitiendo gritos de guerra, a menudo borrachos, habitualmente belicosos y siempre sedientos de gloria, botín y diversiones. Algunos fanáticos religiosos llevaban cilicios y se arrastraban hacía Palestina sobre sus manos y rodillas ensangrentadas, para cumplir los votos hechos a Dios o a un santo. Agotados e indefensos, eran presas fáciles. En las carreteras abundaban los criminales, y la aplicación de las leyes por parte de los funcionarios era, en el mejor de los casos, negligente. Cuando un ladino o un salteador de caminos era atrapado con las manos en la masa, los mismos viajeros lo ejecutaban en el lugar del hecho, sin celebrar ningún juicio

Rob mantenía sus armas sueltas y preparadas, casi a la expectativa de que el ladrón al que le faltaba la oreja izquierda guiara hasta ellos a una pandilla de jinetes para vengarse. Las dimensiones de Rob, su nariz rota y las huellas de las heridas faciales se combinaban para darle una apariencia formidable, pero comprendió, divertido, que su mejor protección residía en el viejo de aspecto frágil que había contratado gracias a sus conocimientos delidioma inglés.

Compraron provisiones en Augsburgo, un activo centro comercial fundado por el emperador romano Augusto en el año 12 a.C. Augsburgo era centro de transacciones entre Alemania e Italia, repleto de gente y absorto en su preocupación, que era el comercio. Charbonneau señaló a unos mercaderes italianos, llamativos por sus zapatos de costoso material y con puntas vueltas hacia arriba. Rob ya llevaba tiempo viendo un creciente numero judíos, pero en los mercados de Augsburgo notó la presencia de muchos más, instantáneamente identificables por sus caftanes negros y sus sombreros de cuero, acampanados y de ala estrecha.

Rob montó el espectáculo en Augsburgo, pero no vendió tanta medicina como anteriormente, tal vez porque Charbonneau traducía con menos entusiasmo cuando se veía obligado a utilizar la lengua gutural de los francos.

No le importó, porque su bolsa estaba abultada; de cualquier manera diez días más tarde, al llegar a Salzburgo, Charbonneau le informó de que su espectáculo en esa ciudad sería el ultimo que presentarían juntos.

– Dentro de tres días llegaremos al río Danubio, donde te dejaré para volverme a Francia. -Rob asintió-. Ya no te seré útil. Más allá del Danubio está Bohemia, donde hablan una lengua que no conozco.

– Serás bienvenido si decides acompañarme, aunque no me hagas de intérprete.

Pero Charbonneau sonrió y negó con la cabeza.

– Ha llegado la hora de que vuelva a casa, esta vez para quedarme.

Esa noche, en una posada, se dieron un banquete de despedida, con comida lugareña: carne ahumada guisada con manteca de cerdo, col encurtida. No les gustó nada y se pusieron achispados con el espeso vino. Rob pagó generosamente al anciano. Charbonneau le dio un último consejo:

– Te espera una tierra peligrosa. Dicen que en Bohemia no se nota la diferencia entre los bandidos salvajes y los mercenarios de los señores locales.

Si quieres atravesar esas tierras ileso, deberás buscarte la compañía de otras personas. Rob le prometió que trataría de unirse a un grupo fuerte.

Al llegar al Danubio, Rob comprobó que era un río más caudaloso de lo que esperaba. Sus aguas discurrían rápidas y presentaban una superficie que, según le constaba, era indicadora de hondura y peligro. Charbonneau se quedó con él un día más de lo acordado, insistiendo en cabalgar a su lado río abajo, hasta la agreste y semiasentada aldea de Linz, donde una balsa de troncos vadeaba pasajeros y carga a través de un remanso en la vía fluvial.

– Bien -dijo el francés.

– Quizá algún día volvamos a vernos.

– No lo creo.

Se abrazaron.

– Vive eternamente, Rob J. Cole.

– Vive eternamente, Louis Charbonneau.

Rob bajó del carromato y fue a contratar su pasaje mientras el anciano se iba a lomos de su huesudo caballo castaño. El barquero era un hombre rico y voluminoso, con un fuerte resfriado, por lo que constantemente se jalaba los mocos del labio superior con la lengua. Decidir la tarifa fue difícil porque Rob no entendía la lengua bohemia, y terminó convencido de que le había cobrado de más. Cuando regresó al carromato, después de un buen regateo por señas, Charbonneau había desaparecido de la vista.

Al tercer día de estancia en Bohemia se encontró con cinco alemanes rudos y rubicundos, e intentó trasmitirles la idea de que quería viajar con ellos. Se mostró amable, les ofreció oro e indicó que estaba dispuesto a cocinar y a hacer otras faenas de campamento, pero ninguno de ellos sonrió ni soltó las manos de la empuñadura de su espada.

– ¡Jodidos! -dijo, por último, y se volvió.

Pero no podía reprocharles nada: su grupo ya era fuerte y él, un desconocido, un peligro en potencia. Caballo lo llevó desde las montañas hasta una meseta en forma de plato, rodeada de verdes colinas. Había campos cultivados de tierra gris, en los que hombres y mujeres se afanaban por obtener trigo, cebada, centeno y remolachas, pero en su mayor parte era una arboleda variada. Por la noche, no muy lejos, oyó el aullido de los lobos. Mantuvo el fuego encendido aunque no hacía frío, y señora Buffington maullaba al percibir a los animales salvajes, aunque dormía con el erizado borde de su lomo apoyado en su amo.

Había dependido de Charbonneau para muchas cosas, pero ahora descubrió que la más insignificante no había sido la compañía. Cabalgaba cuesta abajo por el camino romano, conoció el significado de la palabras dado que no podía hablar con ninguna de las personas que encontraba.

Transcurrida una semana desde la partida de Charbonneau una mañana se encontró ante el cuerpo desnudo y mutilado de un hombre colgado de un árbol, a la vera del camino.

El ahorcado era flaco, tenía cara de hurón y le faltaba la oreja izquierda. Rob lamentó no poder informar a Charbonneau de que otros habían dado su merecido al tercer salteador de caminos.

LA INTEGRACIÓN

Rob cruzó la vasta meseta y volvió a internarse en las montañas. Estas no eran tan elevadas como las que ya había atravesado, pero sí lo bastante accidentadas como para retardar su avance. En otras dos ocasiones se acercó a grupos de viajeros que recorrían el mismo camino, e intentó unirse a ellos, pero ambas veces fue rechazado. Una mañana, un grupo de jinetes harapientos pasaron a su lado y le gritaron algo en su extraña lengua, pero él los retribuyó con un saludo y desvió la mirada, pues se dio cuenta de que eran unos violentos y desesperados. Tuvo la impresión de que si se les unía, en breve estaría muerto.

Tras su llegada a una gran ciudad, entró en una taberna y su alegría se desbordó al descubrir que el tabernero conocía algunas palabras en inglés.

Por ese hombre se enteró de que la ciudad se llamaba Brunn. Los pueblos por cuyo territorio había viajado los habitaban, en su mayor parte, gentes de una tribu a la que se conocía como checos. No se enteró de mucho más, ni logró saber de dónde había sacado el tabernero sus escasos conocimientos de palabras inglesas, pues la sencilla conversación ya había exigido demasiado de su capacidad lingüística. Al abandonar la taberna, Rob descubrió a un hombre en la parte de atrás de su carro, revisando sus pertenencias.

– Fuera -dijo en voz baja.

Desenvainó la espada pero el hombre ya había saltado del carromato y se había alejado sin darle tiempo a detenerlo. La bolsa con el dinero seguía a buen resguardo debajo de las tablas del carro, y lo único que faltaba era una bolsa de paño que contenía los objetos necesarios para los trucos mágicos. No fue poco consuelo pensar en la cara que pondría el ladrón cuando abriera la bolsa.

Después de este acontecimiento, limpiaba sus armas diariamente, manteniendo una ligera capa de grasa en las hojas para que se deslizaran fácilmente de sus vainas al menor tirón. De noche, su sueño era ligero o no dormía, pues estaba atento a cualquier sonido indicativo de que alguien caería sobre él. Le constaba que tenía pocas esperanzas si lo atacaba una partida como la de los jinetes harapientos. Permaneció solo y vulnerable nueve largos días, hasta que una mañana el camino dejó atrás el bosque y -para su sorpresa, encanto y renovación de las esperanzas- ante sus ojos apareció una diminuta población casi tapada por una enorme caravana.

Las dieciséis casas de la aldea estaban rodeadas por cientos de animales. Rob vio caballos y mulas de toda clase y tamaño, ensillados o enganchados a vagones, carros y carromatos de todo tipo. Ató a Caballo a un árbol. Había gente por todos lados, y mientras se abría paso entre la multitud, sus oídos se vieron asaltados por un barboteo de lenguas incomprensibles.

– Por favor -le dijo a un hombre empeñado en la ardua tarea de cambiar una rueda-. ¿Dónde está el jefe de la caravana?

Lo ayudó a levantar la rueda hasta el cubo, pero la única respuesta fue una sonrisa de agradecimiento y un movimiento desconcertado de la cabeza

– ¿El jefe de la caravana? -preguntó al siguiente viajero, que en ese momento alimentaba a una yunta de bueyes que tenían bolas de madera fija a las puntas de sus largos cuernos.

– Ah, der Metster Kerl Fritta -respondió el hombre e hizo un gesto hacia abajo.

Después fue fácil, porque todos parecían conocer el nombre de Kerl Fritta. Cada vez que Rob lo pronunciaba le contestaban con un movimiento de cabeza y un dedo indicador, hasta que por último llegó a un terreno en que habían instalado una mesa junto a un inmenso vagón amarrado a los seis alazanes de tiro más grandes que había visto en su vida. Sobre la mesa descansaba una espada desenvainada y ante ella estaba sentado un personaje que peinaba sus largos cabellos castaños en dos gruesas trenzas, enfrascado en una conversación con el primero de una larga fila de viajeros que aguardaba para viajar con él.

Rob se situó al final de la cola.

– ¿Aquel es Kerl Fritta? -preguntó.

– Sí, es él -respondió uno de los hombres.

Se miraron, asombrados y contentos.

– ¡Tú eres inglés!

– Escocés -corrigió el otro, levemente decepcionado-. ¡Qué encuentro! ¡Qué encuentro! -murmuró, aferrando ambas manos de Rob.

Era alto y delgado, de pelo largo y canoso, e iba bien afeitado, al estilo britano. Usaba indumentaria de viaje, de tela negra áspera, pero era un paño de buena calidad y bien cortado.

– James Geikie Cullen -se presentó-. Criador de ovejas y agente de tejidos de lana; viajo a Anatolia con mi hija en busca de mejores variedades de carneros y ovejas.

– Rob J. Cole, cirujano barbero. Rumbo a Persia, para comprar medicinas preciosas.

Cullen lo contempló casi cariñosamente. La línea avanzaba, pero tuvieron tiempo suficiente para intercambiar información, y las palabras inglesas nunca sonaron tan eufóricas en sus oídos.

Cullen iba acompañado por un hombre que llevaba pantalones marrones manchados y una capa gris hecha jirones; le explicó que era Seredy, a quien había contratado como sirviente e intérprete.

Sorprendido, Rob se enteró de que ya no estaba en Bohemia, pues, sin saberlo, dos días atrás había pasado al país de Hungría. La aldea transformada por la caravana se llamaba Vac. Aunque los habitantes disponían de pan y queso, los comestibles y otros suministros eran carísimos.

La caravana se había originado en la ciudad de Ulm, en el ducado de Suabia.

– Fritta es alemán -le confió Cullen-. No se desvive por mostrarse amable, pero es aconsejable unirse a él, dado que informes fehacientes indican que los bandidos magiares hacen presa de los viajeros solitarios y de los grupos poco numerosos, y no hay otra caravana nutrida en las inmediaciones.

Los datos sobre los bandidos parecían ser del conocimiento general. A medida que avanzaban hacia la mesa, se sumaron otros solicitantes a la fila.

Detrás mismo de Rob se situaron tres judíos, que por supuesto despertaron su interés.

– En este tipo de caravanas uno no tiene más remedio que viajar con gente bien nacida y con gentuza -comentó Cullen en voz alta.

Rob estaba observando a los tres hombres con sus caftanes oscuros y sus sombreros de cuero. Conversaban en otra lengua extraña que Rob todavía no había oído, pero le pareció que el que estaba más cerca de él parpadeó al oír las palabras de Cullen, como si lo hubiera entendido. Rob desvió la mirada.

Cuando llegaron a la mesa de Fritta, Cullen se ocupó de sus asuntos y luego tuvo la amabilidad de ofrecer a Seredy como intérprete de Rob.

El jefe de la caravana, experimentado y rápido en esas entrevistas, asimiló eficazmente su nombre, negocios y destino.

– Quiere que entiendas que la caravana no va a Persia -dijo Seredy-. Más allá de Constantinopla tendrás que hacer tus propios planes.

Rob asintió, y entonces el alemán habló largamente.

– La tarifa que debes pagar al señor Fritta es igual a veintidós peniques ingleses de plata, pero no quiere esta moneda porque el señor Cullen le pagará en peniques ingleses y el señor Fritta dice que no le será fácil colocarlos. Pregunta si puedes pagarle en monedas de plata francesas y alemanas.

– Sí.

– Entonces son veintisiete de esas -dijo Seredy con tono excesivamente zalamero.

Rob vaciló. Tenía suficiente cantidad de esas monedas porque había vendido la medicina en Francia y Alemania, pero no conocía su valor de cambio

– Veintitrés -dijo una voz directamente a sus espaldas, tan baja que creyó haberla imaginado.

– Veintitrés monedas -repitió en tono firme.

El jefe de la caravana aceptó fríamente, mirándolo a los ojos.

– Debes llevar tus propios víveres y provisiones. Si te retrasas o te ves obligado a abandonar, te dejarán atrás -informó el traductor-. Dice que la caravana saldrá de aquí compuesta por unas noventa partidas separadas que totalizan más de ciento veinte hombres. Exige que haya un centinela cada diez grupos, de modo que cada doce días te tocará hacer guardia por la noche.

– De acuerdo.

– Los recién llegados ocuparán su lugar al final de la línea de marcha donde hay más polvo, y donde el viajero es más vulnerable. Tú seguirás al señor Cullen y a su hija. Cada vez que alguien que va más adelante abandone, podrás avanzar un solo lugar. Todo el que se una a la caravana a partir de este momento irá detrás de ti.

– De acuerdo.

– Y si practicas tu profesión de cirujano barbero con los miembros de la caravana, deberás compartir tus ganancias a partes iguales con el señor Fritta.

– No -se apresuró a decir, pues era injusto que aquel alemán se llevara la mitad de sus ganancias.

Cullen carraspeó. Rob miró al escocés, notó el temor en su expresión y recordó lo que había dicho acerca de los bandidos magiares.

– Ofrece diez y acepta treinta -aconsejó la voz baja a sus espaldas.

– Te daré un diez por ciento de mis ganancias -ofreció.

Fritta murmuró una única palabra que Rob interpretó como el equivalente teutónico de “mierda”; luego emitió otro sonido corto.

– Dice que cuarenta.

– Dile que veinte.

Acordaron un treinta por ciento. Mientras daba las gracias a Cullen haberle permitido usar a su intérprete y echaba a andar, Rob observó de soslayo a los tres judíos. Eran hombres de estatura mediana y tez morena, bronceada hasta resultar casi atezada. El hombre que ocupaba en la fila el lugar inmediatamente detrás de él tenía la nariz carnosa y grandes labios con una barba castaña moteada de gris. No miró a Rob; dio un paso hacia la mesa, con la total concentración de quien ya ha puesto a prueba a un adversario.

Ordenaron a los recién llegados que ocuparan sus puestos en la línea de marcha durante la tarde, y que esa noche acamparan en su lugar, pues la caravana partiría al amanecer. Rob encontró su posición entre Cullen y los judíos, desenganchó la yegua y la llevó a pastorear, a pocas varas de distancia. Los habitantes de Vac estaban apelando a la última oportunidad de aprovecharse de las ganancias llovidas del cielo, vendiendo provisiones. Un granjero se acercó a ofrecer huevos y queso amarillo, por los que pedía 10 monedas alemanas, un precio abusivo. En lugar de pagar, Rob trocó alimentos por tres frascos de Panacea Universal y así se ganó la cena.

Mientras comía observó a sus vecinos, que lo observaban, a su vez. En el campamento anterior al suyo, Seredy iba en busca del agua, y cocinaba la hija de Cullen. Era una muchacha muy alta y pelirroja. En el campamento detrás había cinco hombres. Cuando terminó de limpiar, después de comer, Rob se acercó a donde los judíos cepillaban a sus animales. Tenían buenos caballos, además de dos mulas de carga, una de las cuales llevaba, probablemente, la tienda que habían levantado. Observaron a Rob en silencio cuando se encaminó directamente hacia el hombre que estaba a sus espaldas durante sus tratos con Fritta.

– Soy Rob J. Cole. Quiero darte las gracias.

– De nada, de nada. -El hombre levantó el cepillo del lomo del caballo-. Me llamo Meir ben Asher.

A continuación, le presentó a sus compañeros. Dos estaban con él cuando Rob los vio por primera vez en la fila: Gershom ben Shemuel, que tenía un lobanillo en la nariz, era bajo y aparentemente duro como un trozo de madera, y Judah Ha-Cohen, de nariz afilada y boca pequeña, con el pelo negro y brillante de un oso y una barba del mismo estilo. Los otros eran más jóvenes. Simón ben Ha-Levi era delgado y serio, casi un hombre, una especie de palo de barba fina. Y Tuveh ben Meir era un chico de doce años, tan crecido para su edad como lo había sido Rob.

– Mi hijo -dijo Meir. Los demás no abrieron la boca. Lo observaban atentamente.

– ¿Sois mercaderes?

Meir asintió.

– En otros tiempos nuestra familia vivía en la ciudad de Hameln, en Alemania. Hace diez años todos nos trasladamos a Angora, en tierra de bizantinos, desde donde viajamos tanto al este como al oeste, comprando y vendiendo.

– ¿Qué es lo que compráis y vendéis?

Meir se encogió de hombros.

– Un poco de esto, un poco de aquello…

Rob quedó encantado con la respuesta. Se había pasado horas pensando en versiones falsas sobre sí mismo y ahora veía que era innecesario: los hombres de negocios no revelan muchas cosas.

– ¿Y adónde viajas tu? -preguntó el joven Simón, sobresaltando a Rob, que había creído que sólo Meir sabía inglés.

– A Persia.

– Persia. ¡Excelente! ¿Tiene familia allí?

– No, voy a comprar. Una o dos hierbas, tal vez algunas medicinas.

– Ah -dijo Meir, que intercambió una mirada con los otros judíos.

Todos aceptaron inmediatamente la respuesta de Rob. Era el momento de irse, y les dio las buenas noches.

Cullen no le había quitado los ojos de encima mientras hablaba con los judíos, y cuando Rob se acercó a su campamento el escocés parecía haber perdido gran parte de su simpatía inicial.

Le presentó a su hija Margaret sin entusiasmo, aunque la chica saludó a Rob muy amablemente.

De cerca, su pelo rojo parecía agradable al tacto. Sus ojos eran fríos y tristes. Sus pómulos altos y redondeados daban la impresión de ser tan grandes como el puño de un hombre, y la nariz y la mandíbula eran atractivas aunque no delicadas. Tenía el rostro y los brazos poco elegantes a causa de las pecas, y Rob no estaba acostumbrado a que una mujer fuese tan alta.

Mientras trataba de resolver si era o no bonita, Fritta se acercó y habló brevemente con Seredy.

– Quiere que el señor Cole haga de centinela esta noche -dijo el intérprete.

De modo que, al ocaso, Rob empezó su recorrido, que comenzaba en el campamento de Cullen y se extendía a través de otros ocho, además del suyo.

Mientras se paseaba observó la extraña mezcolanza que la caravana había reunido. Junto a un carro cubierto, una mujer de cutis aceitunado y pelo rubio amamantaba a un bebé, mientras el marido permanecía en cuclillas cerca del fuego, engrasando sus arneses. Dos hombres limpiaban sus armas. Un chico alimentaba con granos a tres gallinas gordas que ocupaban una tosca jaula de madera. Un hombre cadavérico y su gorda esposa se miraban echando chispas por los ojos y peleaban en un idioma que, pensó Rob, debía de ser francés.

En el tercer circuito de su zona, al pasar por el campamento de los judíos, vio que todos estaban juntos y se balanceaban, entonando sus oraciones nocturnas.

Una enorme luna blanca comenzó a elevarse desde el bosque, más al norte de la aldea; Rob se sintió infatigable y confiado, porque de pronto había pasado a formar parte de un ejército de más de ciento veinte hombres, era muy distinto a viajar sólo por tierras extrañas y hostiles.

Durante la noche, cuatro veces dio el quien vive y las cuatro descubrió que se trataba de algún hombre que se apartaba del campamento para responder a una llamada de la naturaleza.

Hacia el alba, cuando el sueño se le estaba haciendo insoportable, Margaret Cullen salió de la tienda de su padre. Pasó cerca de él sin darse por enterada de su presencia. Rob la vio con toda claridad bajo la luz lavada de luna. Su vestido parecía muy negro y sus largos pies, que debían de estar húmedos de rocío, parecían muy blancos.

Hizo el mayor ruido posible mientras se encaminaba en dirección opuesta a la que había tomado ella, pero la observó de lejos hasta que la vio volver sana y salva, momento en que reanudó su ronda.

Con las primeras luces abandonó su puesto de centinela y desayunó pan y queso. Mientras comía, los judíos se reunieron en el exterior de su tienda para recitar las oraciones de la salida del sol. Su exceso de devoción era una forma de disimular la rutina. Se ataron unas pequeñas cajas negras en la frente, y se vendaron los antebrazos con delgadas tiras de cuero, con lo que sus miembros adquirieron el aspecto de los postes de barbero que lucía el carromato de Rob; después quedaron alarmantemente sumidos en un silencio y fueron cubriéndose la cabeza con sus taled. Rob suspiró aliviado cuando terminaron.

Enganchó a Caballo muy temprano y tuvo que esperar. Aunque los que encabezaban la caravana salieron poco después del amanecer, el sol estaba bien alto cuando le llegó el turno. Cullen llevaba un caballo blanco y flaco, seguido por su sirviente Seredy montando en una desaliñada yegua rucia, conduciendo tres caballos de carga. ¿Para qué necesitaban dos personas tres animales de carga? La hija cabalgaba un orgulloso corcel negro. Rob pensó que las ancas del caballo y de la mujer eran admirables, y los siguió de buena gana.

Se habituaron en seguida a la rutina del viaje. Los tres primeros días, tanto los escoceses como los judíos lo miraban amablemente y lo dejaban a solas, quizás inquietos por las cicatrices de su cara y las estrafalarias marcas del carromato. La intimidad nunca le había disgustado y estaba contento de que lo dejaran a solas con sus pensamientos.

La muchacha cabalgaba siempre delante de él, que inevitablemente la observaba, incluso después de acampar. Al parecer, tenía dos vestidos negros, y en cuanto tenía la oportunidad lavaba uno de ellos. Era obvió que se trataba de una viajera lo bastante aguerrida como para no quejarse de las incomodidades, pero había en ella -y también en Cullen- un aire melancólico apenas oculto. Por sus vestimentas, Rob dedujo que estaban de luto.

A veces la muchacha cantaba en voz baja.

La cuarta mañana, cuando la caravana se movía muy lentamente, la muchacha desmontó y llevó de las riendas a su caballo, para estirar las piernas.

Rob bajó la vista, y como estaba muy cerca de su carromato, le sonrió. Los ojos eran enormes, del azul más oscuro que puede tener un iris. Su cara de pómulos altos presentaba superficies amplias y delicadas. La boca era grande y madura, como todo en ella, y sus labios se movían con rapidez y, curiosamente, resultaban muy expresivos.

– ¿Cuál es la lengua de sus canciones?

– El gaélico.

– Ya me parecía.

– ¿Cómo puede un sasseinach reconocer el gaélico?

– ¿Qué es un sasseinach?

– Es el nombre que damos a quienes viven al sur de Escocia.

– Sospecho que ese término no es un cumplido.

– Claro que no -reconoció ella, y esta vez sonrió.

– ¡Mary Margaret! -gritó su padre imprevistamente.

Ella se apresuró a ir a su encuentro, como una hija acostumbrada a obedecer.

¿Mary Margaret?

Debía de contar aproximadamente la edad que tendría ahora Anne Mary, pensó con incomodidad. De pequeña, su hermana tenía el pelo castaño, aunque con algunos matices rojizos…

"Esa chica no es Anne Mary”, se recordó severamente. Sabía que debía dejar de ver a su hermana en todas las mujeres que no habían llegado a la ancianidad, porque era un pasatiempo que podía convertirse en una forma de locura.

Y no era necesario hacer hincapié en ello, pues la hija de James Cullen no le interesaba. Había mujeres atractivas más que suficientes en el mundo y decidió mantenerse alejado de aquella.

Su padre resolvió, evidentemente, darle otra oportunidad de conversación, quizá porque no lo había visto volver a hablar con los judíos. La quinta noche de camino, James Cullen fue a visitarlo, llevando una botella de aguardiente de cebada; Rob le dio la bienvenida y aceptó un trago.

– ¿Entiendes de ovejas, señor Cole?

Cullen sonrió de oreja a oreja cuando le oyó responder que no, y se mostró dispuesto a adiestrarlo.

– Hay ovejas y ovejas. En Kilmarnock, asiento de las posesiones Cull, las ovejas suelen ser tan pequeñas que sólo llegan a pesar doce piedras. Me han dicho que en Oriente doblan ese tamaño, tienen pelo largo y no corto y un vellón más denso que el de las bestias escocesas. Es tan espeso, cuando se hila y se convierte en mercancía, que la lluvia no lo empapa.

Cullen dijo que pensaba comprar ganado reproductor cuando encontrara el de la mejor calidad, para llevárselo consigo a Kilmarnock.

"Eso exigirá mucho capital, una buena cantidad de dinero de cambio" se dijo Rob, y comprendió por que Cullen necesitaba caballos de carga. Sería mejor que el escocés también llevara guardaespaldas, reflexionó.

– Estás haciendo un largo viaje, y permanecerás mucho tiempo lejos tus posesiones.

– Lo he dejado en buenas manos, al cuidado de parientes que merecen toda mi confianza. Me resultó muy difícil tomar la decisión, pero… seis meses antes de salir de Escocía enterré a mi esposa, después de veintidós años matrimonio.

Cullen hizo una mueca, se llevó la botella a la boca y se echó un buen trago al coleto. "Eso explica la tristeza de esta gente”, pensó Rob. El cirujano barbero que había en él lo llevó a preguntar cuál había sido la causa aquel fallecimiento.

– Tenía bultos en los dos pechos, bultos duros. Empezó a ponerse pálida y débil, perdió el apetito y la voluntad. Al final sentía terribles dolores. Se tomó tiempo para morir, pero pasó a mejor vida antes de lo que creía. Se llamaba Jura. Bien… Me entregué seis semanas a la bebida, comprendí que no era esa la salida. Durante años me había dedicado a lotear sobre la compra de buen ganado en Anatolia, sin haber pensado nunca que llegaría a hacerlo. Entonces tomé la decisión.

Le ofreció la botella y no se ofendió cuando Rob meneó la cabeza.

– Es hora de orinar -dijo, y sonrió afablemente.

Ya había vaciado una buena cantidad del contenido de la botella, y cuando intentó incorporarse e irse, Rob tuvo que ayudarlo.

– Buenas noches, señor Cullen. Vuelva a visitarme.

– Buenas noches, señor Cole.

Mientras observaba cómo se alejaba con paso inseguro, Rob se dio cuenta de que no había mencionado ni una sola vez a su hija.

La tarde siguiente, un viajante de comercio francés, de nombre Felix Roux, que ocupaba el puesto trigésimo octavo en la fila de marcha, fue arrojado de la montura cuando su caballo se espantó al ver un tejón. Cayó malamente a tierra, con todo el peso del cuerpo en el antebrazo izquierdo. Se fracturó el hueso y le quedó un miembro colgado y torcido. Kerl Fritta mandó a buscar al cirujano barbero, que encajó el hueso e inmovilizó el brazo. La operación fue sumamente dolorosa. Rob se esforzó por informarle a Roux que aunque el brazo le produciría sufrimientos cuando cabalgara, no tendría que abandonar la caravana. Finalmente, hizo que se acercara Seredy para decirle al paciente cómo debía manejar el cabestrillo.

Su expresión era meditabunda mientras regresaba al carromato. Había accedido a tratar a los viajeros enfermos varias veces por semana. Aunque daba propinas generosas a Seredy, sabía que no podía seguir usando como intérprete al sirviente de James Cullen.

De vuelta en su carromato, vio a Simón ben Ha-Levi sentado cerca, a ras del suelo, remendando la cincha de una silla de montar. Se acercó al joven judío y le preguntó:

– ¿Sabes francés y alemán?

El joven asintió mientras se llevaba una correa a la boca y arrancaba con sus dientes el hilo encerado.

Rob habló y Ha-Levi escuchó. Por último, como los términos eran generosos y el trabajo no le exigía demasiado tiempo, aceptó el cargo de intérprete del cirujano barbero. Rob estaba muy contento.

– ¿Cómo es que sabes tantos idiomas?

– Nosotros somos mercaderes internacionales. Viajamos constantemente y tenemos relaciones familiares en los mercados de muchos países. Los idiomas forman parte de nuestro negocio. Por ejemplo, el joven Tuveh está estudiando la lengua de los mandarines, porque dentro de tres años hará la Ruta de la Seda y entrará a trabajar en la empresa de mi tío.

Su tío, Issachar ben Nachum, explicó, dirigía una sucursal de la familia Kai Feng Fu, de la que cada tres años enviaba una caravana de sedas, pimienta y otros productos orientales exóticos a Meshed, en Persia. Y cada tres años desde que era pequeño, Simón y otros varones de la familia viajaban desde su hogar en Angora a Meshed. Allí se hacían cargo de una caravana de ricas mercancías, y regresaban al reino franco de Oriente.

Rob J. sintió que se le aceleraba el pulso.

– ¿Conoces la lengua persa?

– Naturalmente. El parsi.

Rob lo miró con ojos desorbitados.

– Se llama parsi.

– ¿Me lo enseñarás?

Simón ben Ha-Levi vaciló, porque aquello era harina de otro costal. Podía ocuparle mucho tiempo.

– Te pagaré bien.

– ¿Para qué quieres saber parsi?

– Necesitaré emplearlo cuando llegue a Persia.

– ¿Quieres hacer negocios regularmente? ¿Regresar a Persia una y otra vez para comprar hierbas y productos farmacéuticos, como hacemos nosotros para adquirir sedas y especias?

– Quizá -Rob J. se encogió de hombros en un gesto digno de Asher-. Un poco de esto y un poco de aquello.

Simón sonrió. Empezó a garabatear la primera lección en la tierra, con un palo, pero el resultado fue insatisfactorio; Rob fue al carromato, cogió sus útiles de dibujo y una rodaja limpia de madera de haya. Simón lo inició en parsi tal como mamá le había enseñado a leer inglés muchos años atrás, empezando por el alfabeto. Las letras del parsi se componían de puntos y líneas onduladas. ¡Por la sangre de Cristo! El lenguaje escrito parecía mierda de paloma, rastros de pájaros, virutas rizadas, lombrices que intentaban aparearse…

– Jamás lo aprenderé -dijo, y sintió que se le partía el corazón.

– Lo aprenderás -le aseguró Simón plácidamente.

Rob J. volvió al carromato con la madera. Cenó despacio, ganando tiempo para dominar su excitación; luego se sentó en el pescante, y de inmediato comenzó a aplicarse en el nuevo aprendizaje.

Al otro día de viaje arribaron a un pequeño lago.

Trató de recordar a las mujeres con las que había nadado. Sumarían una media docena y había hecho el amor con todas ellas, antes o después de nadar.

Varias veces en el agua, con la humedad lamiendo sus cuerpos…

Hacía cinco meses que no tocaba a una mujer, el periodo de abstinencia más prolongado desde que Editha Lipton lo había introducido en el mundo del sexo. Ahora pateó y se sacudió en el agua, que estaba muy fría, intentando liberarse del dolor que le producía la ausencia del amor carnal.

Cuando adelantó a Meir, le envió una fabulosa salpicadura a la cara.

Meir escupió y tosió.

– ¡Cristiano! -le gritó amenazadoramente.

Rob volvió a salpicarlo y Meir se aferró a él. Rob era más alto pero el otro tenía una fuerza descomunal. Empujó a Rob bajo la superficie, pero éste enredó sus dedos en la barba y tironeó, hundiéndolo consigo. Bajo la superficie, parecía que unas diminutas motas de escarcha se separaban del agua parda y se aferraban a él, frío sobre frío, hasta que se sintió envuelto e una piel de gélida plata.

Más abajo.

Hasta que, en el mismo momento, cada uno de ellos sintió pánico y pensó que se ahogaría jugando. Se separaron y aparecieron en la superficie en busca de aire. Ninguno de los dos vencido, ninguno de los dos victorioso, nadaron juntos hasta la orilla. Al salir del agua temblaban con la anticipación del frío otoñal, mientras luchaban por meter sus cuerpos húmedos en ropa. Meir había notado que Rob tenía el pene circuncidado y lo miró.

– Un caballo me mordió la punta -dijo Rob.

– Una yegua, sin duda -apostilló Meir solemnemente; murmuró algo a los otros en su idioma, lo que provocó que todos sonrieran a Rob.

Los judíos usaban una ropa curiosamente orlada sobre la carne. Desnudos eran como los demás hombres; vestidos recuperaban su exotismo. Pescaron a Rob estudiándolos, pero él no les pidió que aclararan el porqué de extraña ropa interior, y nadie se lo explicó voluntariamente.

Cuando el lago quedó atrás, el paisaje se resintió. Poco después se volvió casi insoportable la monotonía de bajar por un camino recto e interminable millas y millas de un monte o un campo invariable que se parecía a todos los campos. Rob J. buscó refugio en su imaginación, visualizando el camino como había sido poco después de que lo construyeran, una vía en una vasta red de miles de caminos que habían permitido a Roma conquistar el mundo.

En primer lugar habrían llegado los exploradores, una caballería de avanzada. Luego, el general en su carro conducido por un esclavo, rodeado de trompetas por razones de boato y para hacer señales. Más tarde los tributos y los legados, los funcionarios a caballo. Y detrás de ellos la legión, un enjambre de cerdosas jabalinas…: diez cohortes de los asesinos más eficaces la historia; seiscientos hombres por cohorte; cada cien legionarios un centurión. Y por último miles de esclavos haciendo lo que otras bestias de trabajo no podían hacer, arrastrando la tormenta, la gigantesca maquinaria de guerra que era la verdadera razón para construir los caminos: enormes arietes para poder destruir muros y fortificaciones, terribles catapultas para que del cielo llovieran dardos sobre el enemigo, gigantescas ballestas, las hondas de los dioses, para arrojar rocas por el aire o lanzar grandes rayos si disparaban flechas. Finalmente, los carros cargados con el equipaje, seguidos por esposas e hijos, prostitutas, comerciantes, correos y funcionarios del gobierno; las hormigas de la historia que vivían de las sobras del festín romano.

Ahora el ejército era leyenda y sueño, aquel séquito era polvo y aquel gobierno había desaparecido, pero permanecían los caminos, indestructibles carreteras, algunas veces tan rectas como para adormecer la mente.

La hija de Cullen caminaba otra vez cerca de su carromato; su caballo iba atado a uno de los animales de carga.

– ¿Queréis viajar conmigo, señorita? El carro significará un cambio para vos.

Ella dudó, pero cuando Rob le tendió la mano, la cogió y le permitió que la ayudara a subir.

– Vuestra mejilla ha cicatrizado muy bien -observó Margaret ruborizada, aunque parecía incapaz de no hablar-. Apenas queda una ligerísima línea dorada del último rasguño. Con suerte se desvanecerá y no os quedará cicatriz.

Rob sintió que también se ponía colorado y no le gustó nada que ella examinara sus facciones.

– ¿Cómo os habéis herido?

– En un encuentro con salteadores de caminos.

Mary Cullen respiró hondo.

– Ruego a Dios que nos evite algo semejante. -Lo miró pensativa-. Algunos dicen que el propio Kerl Fritta extendió el rumor sobre los bandidos magiares, con el propósito de atemorizar a los viajeros y lograr que se reunieran en tropel a su caravana.

Rob se encogió de hombros.

– No está fuera del alcance del señor Fritta haberlo hecho, creo. Los magiares no parecen amenazadores.

A ambos lados del camino, hombres y mujeres cosechaban coles. Guardaron silencio. Cada bache del camino hacía chocar sus cuerpos, de modo que Rob era consciente en todo momento de la posibilidad de que lo rozara una suave cadera o un muslo firme, y el aroma de la carne de aquella muchacha era como una especia tibia extraída de las zarzamoras bajo el sol.

Él, que había acosado a las mujeres a todo lo largo y lo ancho de Inglaterra, notó que se le estrangulaba la voz cuando intentó hablar.

– ¿Vuestro segundo nombre siempre ha sido Margaret, señorita Cullen?

Ella lo miró, atónita.

– Siempre.

– ¿No recordáis otro nombre?

– De niña mi padre me decía Tortuga, porque a veces hacía así.

Y parpadeó lentamente. A Rob lo turbaba el deseo de tocarle el pelo.

Debajo del ancho pómulo izquierdo apuntaba una minúscula cicatriz, invisible si uno no la examinaba a fondo, y que no la desfiguraba en lo más mínimo. Rob desvió rápidamente la mirada.

Delante, su padre volvió la cabeza y divisó a su hija en el carromato. Cullen había visto varias veces más a Rob en compañía de los judíos, y el disgusto apareció en su voz cuando gritó el nombre de Mary Margaret. Ella se dispuso a abandonar el pescante.

– ¿Cuál es vuestro segundo nombre, señor Cole?

– Jeremy.

Inclinó la cabeza y adoptó una expresión grave, pero sus ojos se burlaron de él.

– ¿Siempre ha sido Jeremy? ¿No recordáis otro nombre?

Recogió sus faldas con una mano y saltó a tierra ligeramente, como animal. Rob tuvo una vislumbre de piernas blancas y golpeó las riendas contra el lomo de Caballo, enfurecido al ver que sólo era un objeto de diversión para ella.

Aquella noche, después de cenar, fue a buscar a Simón para seguir la lección y descubrió que los judíos tenían libros. En la escuela parroquial St. Botolph, a la que asistió de niño, había tres libros: un Canon de la Biblia y un Nuevo Testamento, ambos en latín, y un menologio en inglés, la lista de los días de festividad religiosa prescritos para su general observancia por el monarca de Inglaterra. Las páginas eran de vitela, hechas tratando pieles de corderos, becerros o cabritillos. La ingente tarea de escribirlos a mano hacía que los libros fuesen caros y raros.

Los judíos parecían tenerlos en gran numero -más adelante supo que sumaban siete- guardados en un pequeño cofre de cuero repujado.

Simón cogió uno escrito en parsi y pasaron a la lección. Examinando Rob en el texto, buscaba las letras una por una, a medida que Simón las pronunciaba. Había aprendido rápidamente y bien el alfabeto parsi. Simón alabó y leyó un pasaje del libro para que Rob oyera la entonación. Hacía pausa después de cada palabra y Rob tenía que repetirla.

– ¿Cómo se llama este libro?

– El Corán, que es la Biblia de los persas -dijo Simón- y después Gloria a Dios en las alturas, lleno de gracia y misericordia. Él lo creo todo, incluido el hombre Al hombre le dio un lugar especial en su creación, y lo honró convirtiéndolo en su agente. Con ese fin, lo imbuyó de comprensión, purificó sus afectos y lo dotó de penetración espiritual. Todos los días te daré una lista de diez palabras y expresiones -dijo Simón-. Debes aprenderlas de memoria para la siguiente lección.

– Dame veinticinco palabras cada día -le pidió Rob, quien sabía que sólo tendría maestro hasta Constantinopla.

Simón sonrió.

– Veinticinco, entonces.

Al día siguiente Rob aprendió fácilmente las palabras, pues el camino seguía siendo recto y liso, y Caballo podía andar con las riendas sueltas mientras su amo estudiaba en el pescante. Pero Rob vio que estaba perdiendo muchas oportunidades, y después de la lección de ese día pidió permiso a Meir ben Asher para llevarse el libro persa a su carromato y poder estudiarlo a lo largo de todo el día de viaje, vacío de acontecimientos. Meir se negó a prestárselo

– El libro no debe estar nunca fuera del alcance de nuestra mirada. Sólo puedes leerlo en nuestra compañía.

– ¿No puede ir Simón conmigo en el carro?

Tuvo la certeza de que Meir estaba a punto de decirle otra vez no, pero intervino Simón.

– Podría aprovechar el tiempo para verificar los libros de contabilidad -dijo.

Meir caviló.

– Este será un erudito de primera -observó Simón-. Ya hay en él un amor por el estudio.

Los judíos observaron a Rob de una manera algo distinta a como lo habían mirado hasta entonces. Por último, Meir asintió.

– Puedes llevar el libro a tu carro -dijo.

Aquella noche se quedó dormido lamentando que no fuese ya el día siguiente, y por la mañana despertó temprano y ansioso, con una sensación de anticipación casi dolorosa. La espera fue más difícil porque presenció los preparativos que hacían los judíos antes de iniciar el día: Simón fue a la arboleda para aliviar la vejiga y los intestinos; bostezando, Meir y Tuveh se contonearon hasta el arroyo para lavarse, todos ellos balanceándose y musitando los maitines; Gershom y Judah sirvieron el pan y la papilla.

Ningún enamorado esperó nunca a doncella alguna con más impaciencia.

– Venga, venga, patoso, holgazán hebreo -farfulló, mientras repasaba por ultima vez la lección del vocabulario persa correspondiente a ese día.

Cuando por fin Simón llegó, iba cargado con el libro persa, un pesado libro mayor de contabilidad y un curioso marco de madera que contenía columnas de cuentas ensartadas en estrechas varillas de madera.

– ¿Qué es eso?

– Un ábaco. Un contador muy útil cuando se trata de hacer sumas-explicó Simón.

Después de que la caravana se pusiera en marcha, fue evidente que el nuevo acuerdo era fructífero. Pese a la relativa lisura del camino, las ruedas del carromato rodaban sobre piedras y no era práctico escribir, pero resultaba fácil leer. Cada uno se dedicó a su trabajo mientras avanzaban a través de millas y millas de campo.

El libro persa no tenía ningún sentido para él, pero Simón le había dicho que leyera las letras y las palabras parsis hasta que se sintiera fluido con la pronunciación. Una vez tropezó con una frase que Simón le había puesto en la lista: Koc-homedy.

– Has venido con buenas intenciones -dijo con tono triunfal, como sihubiese alcanzado una victoria menor.

A veces levantaba la vista y contemplaba la espalda de Mary Margaret Ahora ella no se movía del lado de su padre, sin duda por insistencia este, pues Rob había notado que Cullen miraba cejijunto a Simón cuando se encaramó al carro. Mary cabalgaba con la espalda muy recta y la cabeza erguida, como si toda su vida se hubiera balanceado en una silla de montar.

A mediodía Rob había aprendido su lista de palabras y frases.

– Veinticinco no es suficiente. Tienes que darme más.

Simón sonrió y le puso otras quince. El judío hablaba poco y Rob se acostumbró al clac-clac-clac de las cuentas del ábaco volando al contacto los dedos de Simón.

A media tarde, Simón gruñó y Rob supo que había descubierto un error en uno de los cálculos. Evidentemente, el libro mayor contenía el registro de muchas transacciones. A Rob se le ocurrió que aquellos hombres llevaban a sus familias los beneficios de la caravana mercantil que habían conducido por Persia a Alemania, lo que explicaba por qué nunca dejaban sin protección campamento. En la línea de marcha, delante de él, iba Cullen, trasladando una considerable suma de dinero a Anatolia, con el propósito de comprar ganado. Detrás iban aquellos judíos, que seguramente llevaban una cifra más importante aún. Si los bandidos supieran de la existencia de esos dinerales, pensó con incomodidad, reunirían un ejército de proscritos y ni siquiera una caravana tan numerosa estaría a salvo de su ataque. Pero no se sintió tentado a abandonar la caravana, porque viajar a solas era lo mismo que buscarse la muerte. De modo que apartó tales temores de su mente y, día tras día, permanecía en el asiento del carromato con las riendas sueltas y los ojos fijos -como para toda la eternidad- en el libro sagrado del Islam.

El buen tiempo se mantuvo, y la profundidad azul de los cielos otoñales le recordaba los ojos de Mary Cullen, de los que muy poco veía porque guardaba las distancias. Sin duda así se lo había ordenado su padre.

Simón terminó de revisar el libro de contabilidad y no tenía excusa para ir a sentarse todos los días en su carro, pero ya se había establecido una rutina y Meir accedía con más tranquilidad a separarse de su libro persa.

Simón lo instruía asiduamente para que llegara a ser un príncipe de mercaderes.

– ¿Cuál es la unidad básica de peso en Persia?

– El man, Simón; aproximadamente la mitad de una piedra europea.

– Dime cuáles son los otros pesos.

– Esta el ratel, que es la sexta parte de un man. El dirham, la quincuagésima parte de un ratel. El mescal, o sea la mitad de un dirham. El dung, sexta parte de un mescal. Y, por último, el barleycorn, que es un cuarto de dung.

Cuando el otro no lo interrogaba, Rob no podía reprimir incesantes preguntas.

– Simón, por favor. ¿Cómo se dice dinero?

– Ras.

– Simón, si fueras tan amable… ¿Qué quiere decir esta expresión que aparece en el libro, Soab a caret?

– Mérito para la otra vida, es decir, en el paraíso.

– Simón…

Simón gruñía y Rob comprendía que se estaba poniendo pesado, momento en que se tragaba las preguntas hasta que la necesidad de plantear otra cruzaba su mente.

Dos veces por semana pasaba visita. Simón hacía las veces de traductor, observaba y escuchaba. Cuando Rob examinaba y medicaba, el experto era él y Simón se transformaba en el que hacía las preguntas.

Un boyero franco, de sonrisa estúpida, fue a ver al cirujano barbero y se quejó de sensibilidad y dolor detrás de las rodillas, donde tenía unos bultos rojos. Rob le dio un bálsamo de hierbas sedantes en grasa de oveja y le dijo que volviera dos semanas después, pero a la siguiente el hombre estaba otra vez en la cola. Informó que le había aparecido el mismo tipo de bultos en las axilas. Rob le dio dos botellas de Panacea Universal y lo despidió.

Cuando ya no quedaba nadie en la fila, Simón se volvió hacía Rob.

– ¿Qué le ocurre a ese robusto franco?

– Tal vez sus bultos desaparezcan. Pero no lo creo, y sospecho que le saldrán más, porque tiene la buba. En tal caso, pronto morirá.

Simón parpadeó.

– ¿No puedes hacer nada por él?

Rob meneó la cabeza.

– Soy un ignorante cirujano barbero. Quizá en algún sitio haya un gran médico que podría ayudarlo.

– Yo no me dedicaría a lo que te dedicas tú si no pudiera aprender todo lo que es posible saber -dijo lentamente Simón.

Rob lo miró pero no pronunció palabra. Le impresionó que el judío hubiera visto de inmediato y con tanta claridad lo que a él le había llevado mucho tiempo comprender.

Aquella noche, Cullen lo despertó bruscamente.

– ¡Deprisa, hombre, por Cristo! -dijo el escocés.

Una mujer gritaba.

– ¿Mary?

– No, no. Ven conmigo.

Era una noche negra, sin luna. Más allá del campamento judío, alguien había encendido antorchas de brea y, bajo la parpadeante iluminación, Rob vio a un hombre tendido, agonizante.

Era Raybeau, el cadavérico francés que iba tres lugares detrás de Rob en línea de marcha. Tenía la garganta abierta, el rictus de una mueca y en el suelo, a su lado, había un charco oscuro y brillante. Se le estaba escapando la vida.

– Era nuestro centinela de esta noche -dijo Simón.

Mary Cullen estaba con la llorosa mujer, la corpulenta esposa con la que constantemente había reñido Raybeau. El cuello rajado se deslizaba bajo los dedos húmedos de Rob. Había un gorgoteo y Raybeau se esforzó un momento en dirección al sonido de la angustiada llamada de su mujer, antes de retorcerse y morir.

Un instante después oyó el sonido de caballos al galope.

– Sólo son los piquetes montados que envía Fritta -informó tranquilamente Meir desde las sombras.

Todos los miembros de la caravana estaban levantados y armados, en breve regresaron los jinetes de Fritta, quienes comunicaron que no había habido una numerosa partida de atacantes. Probablemente el asesino era un ladrón solitario o un explorador de los bandidos; en cualquier caso, el sanguinario criminal había desaparecido.

El resto de la noche durmieron muy poco. Por la mañana enterraron a Gaspar Raybeau cerca del camino romano. Kerl Fritta entonó una oración fúnebre en rápido alemán, y luego todos se apartaron de la sepultura y, nerviosos, se dispusieron a reanudar el viaje. Los judíos cargaron sus mulas de manera tal que la impedimenta no se soltara si los animales tenían que ir al galope. Rob descubrió entre los bultos que disponían sobre cada mula una estrecha bolsa de cuero de apariencia muy pesada. No le fue difícil adivinar el contenido de esas bolsas. Simón no acudió al carromato y cabalgó todo el tiempo junto a Meir, listo para combatir o huir, según fuese necesario.

Al día siguiente llegaron a Novi Sad, una activa ciudad danubiana. Se enteraron de que un grupo de siete monjes francos que viajaban a la Tierra Santa habían sido asaltados por bandidos tres días atrás: los habían robado, sodomizado y asesinado.

Los tres días que siguieron, avanzaron como si el ataque fuese inminente pero no hubo contratiempos mientras avanzaban a lo largo del amplio y luciente río hasta Belgrado. Adquirieron provisiones en el mercado de granjeros de la ciudad, incluidas unas pequeñas ciruelas rojas agrias de sabor excepcional, y minúsculas olivas verdes que Rob degustó con deleite. Cenó en una taberna, pero la comida no le gustó nada: una mezcla de muchas carnes grasas tronchadas, con gusto a sebo rancio.

Una serie de viajeros habían abandonado la caravana en Novi San y algunos más en Belgrado; otros se unieron al grupo, de modo que los Cullen, Rob y los judíos adelantaron en la línea de marcha, dejando de formar parte de la vulnerable retaguardia.

Poco después de dejar atrás Belgrado, se internaron por unas estribaciones que rápidamente se convirtieron en montañas más abruptas que cualquiera de las que hasta entonces habían atravesado. Las empinadas pendientes estaban tachonadas de cantos rodados semejantes a afilados dientes.

Las elevaciones más altas, el aire penetrante los llevó a pensar en el invierno que se aproximaba. Aquellas montañas debían de ser terribles con nieve.

Rob ya no podía llevar las riendas sueltas. Para subir las pendientes tenía que azuzar a Caballo con suaves chasquidos de la fusta, y yendo cuesta abajo que refrenarlo. Cuando le dolían los brazos y estaba desanimado, recordaba que los romanos habían trasladado su tormenta por esa cordillera de escabrosos picos; pero los romanos tenían hordas de esclavos prescindibles, Rob J. sólo contaba con una yegua fatigada que exigía una hábil conducción de noche. Embotado por el cansancio, se arrastraba hasta el campamento de los judíos, y a veces le daban una especie de lección. Pero Simón no volvió al carromato, y algunos días Rob no logró aprender ni diez palabras

LOS RATANES

Ahora Kerl Fritta se dejaba ver más, y por primera vez Rob lo miró con admiración, porque el jefe de la caravana parecía estar en todas partes, ayudando en las averías de los carros, estimulando y exhortando a la gente como un buen boyero anima a sus estúpidas bestias. El camino era peligroso.

El primero de octubre perdieron medio día mientras unos hombres de la caravana se dedicaban a quitar rocas que habían caído en el camino. Con frecuencia ocurrían accidentes, y Rob atendió dos brazos rotos en espacio de una semana. El caballo de un mercader normando se desbocó y el carro pasó sobre el cochero, aplastándole una pierna. Tuvieron que trasladarlo, en parihuela colgada entre dos caballos, hasta una granja cuyos moradores accedieron a cuidarlo. Abandonaron allí al herido, y Rob rogaba para que el granjero no lo matara y le quitara las pertenencias en cuanto la caravana se perdiese de vista.

– Hemos dejado atrás la tierra de los magiares y ahora estamos en Bulgaria -le dijo Meir una mañana.

Poco importaba, dado que la naturaleza hostil de las rocas era inmodificable, y el viento seguía azotándoles en las alturas. A medida que el frío aumentaba, los viajeros comenzaron a ponerse una variedad de vestimentas exteriores, en su mayoría más abrigadas que elegantes, hasta que llegaron a formar una extraña colección de seres harapientos y acolchados. Una mañana sin sol, la mula de carga que Gershom ben Shemuel llevaba detrás de caballo tropezó y cayó; sus miembros delanteros se extendieron dolorosamente hasta que el izquierdo chasqueó audiblemente bajo el considerable peso de la carga. La mula, condenada a muerte, transida de dolor, emitía un sonido que se asemejaba al de un ser humano.

– ¡Ayúdala! -gritó Rob.

Meir ben Asher extrajo una cuchilla larga y ayudó al animal de la única manera posible: cortándole el pescuezo. De inmediato comenzaron a descargar los bultos de la mula muerta. Cuando llegaron a la bolsa de cuero, Gehom y Judah tuvieron que levantarla juntos, y a continuación se pusieron a discutir en su lengua. La otra mula ya cargaba con una de las pesadas bolsas de cuero, y Rob comprendió que Gershom insistía, justificadamente, en que la segunda bolsa exigiría demasiado del animal.

En la caravana atascada a sus espaldas, se oyeron los airados gritos de quienes no querían rezagarse del cuerpo principal. Rob se acercó corriendo a los judíos.

– Arrojad la bolsa en mi carromato.

Meir vaciló y luego meneó la cabeza.

– No.

– Entonces podéis iros al cuerno -dijo Rob groseramente, colérico ante la falta de confianza de sus compañeros de viaje.

Meir dijo algo y Simón corrió en pos de Rob.

– Amarrarán la mula a mi caballo. ¿Me permites ir en el carromato? Sólo hasta que podamos comprar otra mula.

Rob le señaló el pescante y trepó tras él. Condujo largo tiempo en silencio, pues no estaba de humor para lecciones de parsi.

– Tú no entiendes -dijo Simón-. Meir debe llevar las bolsas consigo. No es dinero suyo. Una parte pertenece a la familia y la mayoría se le debe a los inversores. A él le corresponde la responsabilidad de hacerlo llegar a su destino.

Esas palabras lo hicieron sentir mejor. Pero el día siguió siendo nefasto. El camino era arduo y la presencia de otro hombre en el carromato aumentaba el esfuerzo de la yegua, que estaba visiblemente fatigada cuando el crepúsculo los sorprendió en una cumbre y les indicaron que acamparan.

Antes de cenar, él y Simón tenían que ir a visitar a los pacientes. Soplaba un viento tan intenso que hubieron de situarse tras el carro. Sólo esperaba a Rob un puñado de personas y, para su gran sorpresa y la de Simón, una de ellas era Gershom ben Shemuel. El curtido y fornido judío levantó el caftán y se bajo los pantalones: Rob vio un desagradable forúnculo púrpura en su nalga derecha.

– Dile que se incline.

Gershom gruñó cuando lo tocó la punta del bisturí, haciendo manar pus amarillo. Rugió y maldijo en su idioma cuando Rob exprimió el forúnculo hasta que salió toda la putrefacción y apareció sangre limpia.

– No podrá sentarse en la silla de montar durante varios días.

– No tiene más remedio -replicó Simón-. No podemos abandonar a Gershom.

Rob suspiró. Aquel día los judíos resultaban un verdadero incordio.

– Tú puedes llevar su caballo y él irá en la parte de atrás de mi carromato.

Simón asintió.

El siguiente era el boyero francés, que nunca dejaba de sonreír. Esta vez unas nuevas y diminutas bubas le cubrían la entrepierna. Los bultos de axilas y de las corvas se habían agrandado y eran más sensibles que antes, cuando Rob se lo preguntó, el hombre dijo que habían comenzado a doler. Rob cogió la mano del boyero entre las suyas.

– Dile que morirá -pidió a su interprete.

Simón puso los ojos en blanco.

– ¡Maldito seas! -respondió.

– Dile que yo digo que morirá.

Simón tragó saliva y empezó a hablar suavemente en alemán. Rob observó cómo la sonrisa se esfumaba en la carota estúpida. Luego el franco soltó bruscamente sus manos de las de Rob y levantó la derecha, cerrando el puño del tamaño de un jamoncillo. Habló en un monocorde rugido.

– Dice que eres un embustero asqueroso -tradujo Simón.

Rob esperó, con los ojos fijos en los del boyero, hasta que el hombre pasó cerca de él y se alejó arrastrando los pies.

Rob vendió panacea a dos hombres con tos seca, y luego trató a un maquejica que tenía desarticulado el pulgar: se le había quedado atrapado en la cincha de la montura y su caballo se había movido.

Dejó a Simón, con el deseo de escapar de aquel lugar y de aquellas gentes. La caravana estaba desarticulada, pues todos habían buscado una gran roca tras la cual acampar para protegerse del viento. Fue andando hasta más allá del ultimo carro y vio a Mary Cullen de pie en una piedra, por encima camino.

Era una imagen sobrenatural. Se había abierto la pesada pelliza y la sujetaba con los brazos extendidos, la cabeza echada hacía atrás y los ojos cerrados, como si se estuviera purificando con el viento que la azotaba con toda la fuerza de una catarata. El abrigo ondulaba y aleteaba. El vestido negro sobre su largo cuerpo, perfilando unos pechos generosos y unos pezones suntuosos, la suave redondez de su vientre, el ombligo ancho y una dulce hendidura que unía sus fuertes muslos. Rob sintió una extraña y cálida ternura que sin duda formaba parte del hechizo, porque ella parecía una bruja. La larga cabellera se desparramaba a sus espaldas, jugueteando como retorcidas lenguas de fuego rojo.

Rob no soportó la idea de que abriera los ojos y lo viera contemplándola, de modo que giró sobre sus talones y se alejó.

Una vez en el carromato, consideró tristemente el hecho de que el interior estaba demasiado lleno para llevar a Gershom tendido boca abajo. La única forma de hacer el espacio necesario consistía en abandonar la tarima.

Repasó las tres secciones y las miró fijamente, recordando la infinidad de veces que él y Barber habían trepado al pequeño escenario y entretenido al público. Luego se encogió de hombros, agarró una enorme piedra y aplastó la tarima para hacer leña. En el caldero había carbones, y con paciencia avivó el fuego al abrigo del carromato. En la creciente oscuridad alimentó las llamas con los fragmentos de la tarima.

No era verosímil que el nombre Anne Mary se trocara en Mary Margaret. Y aunque el pelo castaño de un bebé tuviese matices rojizos, no podía convertirse en aquella magnificencia cobriza, se dijo mientras Señora Buffington maullaba y se tendía a su lado, cerca del fuego, protegida del viento.

Promediaba la mañana del veintidós de octubre, y duros granizos blancos flotaban en el aire, volando a favor del viento y escociendo cuando chocaban con la piel desnuda.

– Es pronto para esta mierda -dijo Rob con tono taciturno a Simón, que había vuelto al pescante cuando a Gershom le cicatrizó la nalga y regresó a su caballo.

– No para los Balcanes -contestó Simón.

Ascendían vertientes más pronunciadas y escabrosas, en su mayor parte pobladas de hayas, robles y pinos, aunque con pendientes enteras peladas rocosas, como si una enfurecida deidad hubiese barrido parte de la montaña. Había diminutos lagos alimentados por altas cascadas que caían a plomo en gargantas profundas.

Delante de él, Cullen y su hija eran figuras gemelas, con sus sombreros y sus abrigos largos de piel de cordero, indiferenciables si Rob no hubiese vislumbrado la voluminosa figura del caballo negro sabiendo que se trataba de Mary.

La nieve no se acumulaba, y los viajeros hacían progresos esforzadamente, aunque no con bastante rapidez para el gusto de Kerl Fritta, que recorría de un lado a otro la línea de marcha, apremiándolos.

– Algo ha transmitido a Fritta el temor a Cristo -comentó Rob.

Simón le dedicó la mirada rápida y defensiva que Rob había notado entre los judíos cada vez que mencionaba a Jesús.

– Tiene que llevarnos a la ciudad de Gabrovo antes de las nevadas intensas. El camino a través de estas montañas es el gran desfiladero denominado Portal Balcánico, pero ya está cerrado. La caravana pasará el invierno en Gabrovo, en las proximidades de la entrada al portal. Cuenta con posadas y casas que albergan a los viajeros. Ninguna otra ciudad cercana al desfiladero es lo bastante grande para alojar una caravana tan numerosa como esta.

Rob asintió, y en seguida captó las ventajas de la situación.

– Puedo estudiar la lengua persa todo el invierno.

– No tendrás el libro -le advirtió Simón-. Nosotros no pararemos en Gabrovo con la caravana. Iremos a la ciudad de Tryavna, a corta distancia, donde hay judíos.

– Pero tengo que disponer del libro. ¡Y necesito tus lecciones!

Simón se encogió de hombros.

Esa noche, después de atender a Caballo, Rob fue hasta el campamento judío y encontró a sus integrantes examinando unas herraduras especialmente claveteadas. Meir le alcanzó una a Rob.

– Tendrías que encargar un juego para tu yegua. Las herraduras con este tipo de clavos evitan que el animal resbale en la nieve y el hielo.

– ¿Yo no puedo ir a Tryavna?

Meir y Simón intercambiaron una mirada; era evidente que ya habían hablado de él.

– No está en mi poder ofrecerte la hospitalidad de Tryavna.

– ¿Quién tiene ese poder?

– Los judíos de Tryavna reconocen la autoridad de un gran sabio, rabbennu Shlomo ben Eliahu.

– ¿Qué es un rabbennu?

– Un erudito. En nuestra lengua, rabbennu significa "nuestro maestro”, y es un tratamiento del máximo honor.

– Ese Shlomo, ese sabio, ¿es un hombre altanero, frío con los desconocidos, rígido e inabordable?

Meir sonrió y meneó la cabeza.

– Entonces, ¿no podría presentarme ante él y pedir que me permita estar cerca de vuestro libro y de las lecciones de Simón?

Meir miró a Rob y no fingió agrado ante la solicitud. Guardó silencio por un rato, pero cuando fue evidente que Rob estaba dispuesto a esperar indefinidamente su respuesta, suspiró y movió la cabeza de un lado a otro.

– Te llevaremos a ver al rabbennu.

Gabrovo era una ciudad desolada, compuesta por edificios provisionales de madera. Durante meses, Rob había anhelado una comida cocinada por otras manos, un fino manjar servido en la mesa de una taberna. Los judíos se detuvieron en Gabrovo para visitar a un mercader, el tiempo justo para que Rob fuese a una de las tres posadas. La comida resultó una terrible decepción; habían salado demasiado la carne, en un vano intento por ocultar que estaba echada a perder; el pan era duro y rancio, con agujeros por los que, sin la menor duda, habían pasado los gorgojos. El alojamiento era tan insatisfactorio como el precio. Si los otros dos hostales no eran mejores, un menudo invierno esperaba a los demás miembros de la caravana, pues todas las habitaciones disponibles estaban abarrotadas de jergones y los viajeros tendrían que dormir codo con codo.

Al grupo de Meir le llevó menos de una hora llegar a Tryavna, una población mucho más pequeña que Gabrovo. El barrio judío -un grupo de edificios con techo de paja, de maderos agrisados por el paso del tiempo, combinados como para reconfortarse mutuamente- estaba separado del resto de la ciudad por viñedos y campos pardos donde las vacas pastaban los tocones de las hierbas agostadas por el frío. Entraron en un patio con suelo de tierra, donde unos chicos se hicieron cargo de los animales.

– Será mejor que esperes aquí -dijo Meir a Rob.

La espera no fue larga. En breve, Simón fue a buscarlo y lo llevó a una las casas, donde bajaron por un oscuro pasillo que olía a manzanas y entraron en una habitación que como único mobiliario tenía una silla y una mesa cubierta de libros y manuscritos. La silla estaba ocupada por un anciano de barba y pelo blancos como la nieve, hombros redondeados y fuertes, papada laxa y grandes ojos castaños, acuosos a causa de la edad, aunque lograron penetrar hasta la esencia misma de Rob. No hubo presentaciones; fue lo mismo que comparecer ante un noble.

– Le hemos dicho al rabbennu que viajas a Persia y necesitas aprender la lengua de ese país para hacer negocios -dijo Simón-. El rabbennu preguntó si el placer del conocimiento no es razón suficiente para estudiar.

– A veces hay placer en el estudio -reconoció Rob, hablándole directamente al anciano-. Para mí, generalmente significa un trabajo arduo. Estoy aprendiendo la lengua de los persas porque abrigo la esperanza de que me permita obtener lo que deseo.

Simón y el rabbennu hablaron atropelladamente.

– Pregunta si siempre te muestras tan sincero. Le dije que eres lo bastante directo como para decirle a un agonizante que se está muriendo, y él me ha respondido: "Esa sinceridad es suficiente”.

– Dile que tengo dinero y le pagaré comida y albergue.

El sabio meneó la cabeza.

– Esto no es una posada. Quienes viven aquí deben trabajar -informó Shlomo ben Eliahu por boca de Simón-. Si el Inefable es misericordioso este invierno no tendremos necesidad de un cirujano barbero.

– No tengo por qué trabajar como cirujano barbero. Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa útil.

El rabbennu hurgó y escarbó con sus largos dedos la blanca barba mientras reflexionaba. Finalmente, anunció su decisión.

– Toda vez que se declare que un animal sacrificado no es kosher -tradujo Simón-, llevarás la carne y se la venderás al carnicero cristiano de Cabrovo. Y el sábado, día en que los judíos no deben trabajar, atenderás los fuegos de las casas.

Rob vaciló. El judío anciano lo observó con interés, atrapado por el brillo de sus ojos.

– ¿Quieres decir algo? -murmuró Simón.

– Si los judíos no deben trabajar el sábado, ¿no estará el sabio condenando mi alma al decidir que yo lo haga?

El rabbennu sonrió al oír la traducción.

– Dice que confía en que no desees convertirte en judío, Rob J. Cole.

Rob movió la cabeza negativamente.

– Entonces dice que puedes trabajar sin temor durante el sábado judío y te da la bienvenida a Tryavna.

El rabbennu los llevó a donde dormiría Rob, en el fondo de un vasto establo vacuno.

– Hay velas en la casa de estudios. Pero no pueden traerse para aquí, donde hay heno seco -dijo severamente el rabbennu a través de Simón y de inmediato lo puso a limpiar los pesebres.

Aquella noche se tendió en la paja con la gata de guardia a sus pies como una leona. Señora Buffington lo abandonaba de vez en cuando para aterrorizar a un ratón, pero siempre volvía. El establo era un palacio oscuro y húmedo, entibiado hasta hacerlo cómodo por los grandes cuerpos bovinos, en cuanto Rob se acostumbró al continuo mugido y el dulce hedor de excrementos de vaca, durmió contento.

El invierno llegó a Tryavna tres días después que Rob. Comenzó a nevar durante la noche, y los dos días siguientes alternaron entre una amarga lluvia empujada por el viento y gordos copos que flotaban, semejantes a dulkaidos del cielo. Cuando dejó de nevar, le dieron una gran pala de madera y ayudó a quitar los montones de nieve acumulada ante todas las puertas. Se había puesto un sombrero judío de cuero, que encontró en una percha del establo. Por encima de él, las acechantes montañas brillaban blancas bajo el sol, y el ejercicio en medio del aire frío le infundió optimismo.

Cuando terminó de quitar la nieve, no tenía otro trabajo y estaba autorizado a ir a la casa de estudios, un edificio de madera en el que se colaba el frío, combatido por un lamentable fuego simbólico tan inadecuado que no era difícil que se olvidaran de alimentarlo. Los judíos estaban sentados alrededor de unas mesas rústicas y estudiaban hora tras hora, discutiendo en voz alta, a veces ásperamente.

Llamaban la Lengua a su idioma. Simón le explicó que era una mezcla de hebreo y latín, además de algunas expresiones de los países por los que pasaban o en los que vivían. Un idioma apto para las controversias: cuando estudiaban juntos se lanzaban constantemente palabras los unos a los otros.

– ¿Sobre qué discuten? -preguntó Rob a Meir, sorprendido.

– Puntos de la ley.

– ¿Dónde están sus libros?

– No usan libros. Quienes conocen las leyes las han memorizado de tanto oírlas en labios de sus maestros. Quienes aún no las han memorizado, las aprenden prestando mucha atención. Siempre ha sido así. Existe la Ley escrita, por supuesto, pero sólo para ser consultada. Todo hombre que conoce la Ley Oral es un maestro de interpretaciones legales según se las haya enseñado su maestro, y hay una multitud de interpretaciones porque hay una multitud de maestros. Por eso discuten. Cada vez que debaten, aprenden un poco más acerca de la ley.

Desde el primer momento, en Tryavna lo llamaron Mar Reuven, traducción hebrea de Master Robert. Mar Reuven, el Cirujano Barbero. El tratamiento de Mar lo apartaba de ellos tanto como todo lo demás, pues entre sí le decían Reb, en señal de respeto y de que se tenían por eruditos, aunque en rango inferior al rabbennu. En Tryavna sólo había un rabbennu.

Eran gentes extrañas, diferentes de él tanto en su aspecto como en sus costumbres.

– ¿Qué le pasa a su pelo? -preguntó a Meir un hombre al que llamaban Reb Joel Levski el Vaquero. Rob era el único de la casa de estudios que no llevaba peoth, los bucles ceremoniales rizados sobre las orejas.

– Porque no sabe cómo hacerlo. Es un goy, un otro -explicó Meir.

– Pero Simón me ha dicho que ese Otro esta circuncidado. ¿Cómo es posible? -indagó Reb Pinhas ben Simeón el Lechero.

Meir se encogió de hombros.

– Un accidente -dijo-. Lo he hablado con él. No tiene nada que ver con el contrato de Abraham.

Durante unos días, todos miraban a Mar Reuven. A su vez, él los miraba, porque le parecían más que extraños con sus sombreros, sus bucles, sus barbas tupidas, su ropa oscura y sus costumbres paganas. Estaba fascinado con sus hábitos durante la oración. Entonces los veía muy individualizados. Meir se ponía el taled pudorosa y discretamente. Reb Pinhas desplegaba su tallit, lo sacudía casi arrogantemente, sosteniéndolo frente a sí por dos esquinas y levantando los brazos y con un movimiento de muñecas lo hacía ondular sobre su cabeza, para écharselo por ultimo a los hombros con la suavidad de una bendición.

Cuando Reb Pinhas oraba, oscilaba atrás y adelante con el apremio de su deseo de enviar sus suplicas al Todopoderoso. Meir se balanceaba suavemente cuando recitaba las oraciones. Simón se mecía a un ritmo intermedio concluyendo cada movimiento hacia adelante con un leve estremecimiento y una ligera sacudida de cabeza.

Rob leía y estudiaba su libro junto a los judíos, comportándose de manera muy semejante al resto de ellos como para seguir siendo una novedad. Durante seis horas diarias -tres horas después de los maitines, que llamaban shaharit, y tres después de las vísperas, que llamaban marariv-, la casa de estudios estaba atestada, pues casi todos estudiaban antes y después de concluir la jornada de trabajo con la que se ganaban la vida. Entre esos dos períodos, sin embargo, la sala permanecía relativamente tranquila, con unas dos mesas ocupadas por estudiosos de dedicación plena. Poco después de su llegada se sentaba entre ellos, cómodo y sin llamar la atención, ajeno al barboteo judío mientras trabajaba en el Corán parsi, empezando a hacer auténticos progresos.

Cuando llegó el sábado, se ocupó de atender los fuegos. Ese fue su día de trabajo más pesado desde que había estado quitando la nieve, aunque resultó tan fácil que logró estudiar durante una parte de la tarde. Dos días después ayudó a Reb Elía el Carpintero a poner travesaños nuevos en unas sillas. No realizó otras tareas y pudo entregarse al estudió del parsi. Hacia el final de su segunda semana en Tryavna, la nieta del rabbi Rohel, le enseñó a ordeñar. La chica tenía la piel blanca y largos cabellos negros que llevaba trenzados alrededor de su cara en forma de corazón, su boca era pequeña, con un abultamiento muy femenino del labio inferior Una minúscula marca de nacimiento adornaba su cuello, y sus grandes ojos pardos siempre parecían posados en Rob.

Mientras estaban en la vaquería, una vaca muy torpe que, al parecer creía ser un toro, montó sobre otra y comenzó a moverse como si tuviera pene y la hubiese penetrado.

A Rohel se le subieron los colores a la cara, pero sonrió y soltó una risilla. Sin dejar de sonreír, se inclinó hacía adelante en su taburete, apoyó la cabeza contra el tibio flanco de una vaca lechera y cerró los ojos. Con la espalda tensa, se estiró con las rodillas separadas y aferró los gruesos pezones, que pendían debajo de las hinchadas ubres. Presionó suavemente los dedos uno a uno. Cuando la leche tamborileó en el cubo, Rohel respiró hondo y suspiró. Asomó su lengua sonrosada entre sus labios húmedos, abrió los ojos y miró a Rob.

Rob estaba a solas en la sombreada tiniebla del establo, sosteniendo una manta que olía penetrantemente a Caballo y era apenas un poco mayor que un taled. Con un veloz movimiento envió la manta por encima de su cabeza y la echó sobre sus hombros tan elegantemente como si del tallit de Reb se tratara. Con la repetición, adquirió soltura suficiente como para acodarse el taled. El ganado mugía mientras practicaba el balanceo de la oración, tranquilo pero resuelto. Para orar prefería emular a Meir y no a rotos más enérgicos, como Reb Pinhas.

Esa era la parte más fácil. Le llevaría más tiempo dominar su idioma, complejo y de sonidos extraños, sobre todo porque estaba haciendo un esfuerzo extraordinario para aprender el persa.

Eran gentes de amuletos. En el tercio superior de la jamba derecha de las puertas de todas las casas había clavado un tubito de madera al que daban el nombre de mezuzah. Simón le explicó que cada tubo contenía un diminuto pergamino arrollado en cuya cara delantera aparecían trazadas, veintidós líneas del Deuteronomio, 6: 4-9 y 11: 13-21; y en el dorso figuraba la palabra Shaddai, que quería decir "Todopoderoso”.

Como Rob había observado durante el trayecto, todas las mañanas, excepto la del sábado, los adultos de sexo masculino se ataban dos pequeñas cajas de cuero, una en el brazo y otra en la cabeza. Dichas cajas se llamaban tefillín y contenían fragmentos de su libro sagrado, la Torá; la caja de la frente estaba destinada a la mente y la otra, sujeta al brazo, al corazón.

– Lo hacemos para obedecer las instrucciones del Deuteronomio-dijo Simón-: "Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu Corazón… Y has de atarlas por señal en tu mano, y estarán por frontales entre tus ojos”

La dificultad consistía en que Rob no podía saber, mediante la simple observación, cómo se ponían los judíos el tefillín. Tampoco podía pedirle a Simón que se lo enseñara, pues habría llamado la atención que un cristiano quisiera aprender un rito de la fe judía. Logró contar diez vueltas del cuero alrededor de los brazos, pero lo que hacían en la mano era complicado, pues pasaban la tira de cuero entre los dedos de una manera especial que nunca logró dilucidar.

De pie en el frío establo penetrado de olor dulzón, envolvió su brazo izquierdo con un trozo de cuerda vieja, pero lo que hacía con la cuerda en la mano y los dedos nunca adquirió el menor sentido.

No obstante, los judíos eran maestros naturales y aprendía algo nuevo todos los días. En la escuela parroquial de St. Botolph, los sacerdotes le habían enseñado que el Dios del Antiguo Testamento era Jehová. Pero cuando lo nombró, Meir meneó la cabeza.

– Debes saber que para nosotros, Dios nuestro Señor, bendito sea, tiene varios nombres. Este es el más sagrado. -Con un trozo de carbón de leña de chimenea dibujó en el suelo de madera, escribiendo la palabra en parsi y la Lengua: Yahvé-. Nunca debe pronunciarse, porque la identidad del altísimo es inefable. Los cristianos lo pronuncian mal, como has hecho tú. O sea que el nombre no es Jehová, ¿entendido?

Rob asintió.

De noche, en su lecho de paja, repasaba palabras y costumbres nuevas, y antes de que el sueño lo venciera recordaba una frase, un fragmento de un bendición, un gesto, una pronunciación, una expresión de éxtasis en un rostro durante la oración, y lo almacenaba en su mente para cuando llegara un día en que lo necesitara.

– Debes mantenerte apartado de la nieta del rabbennu -dijo Meir, ceñudo.

– No tengo interés por ella.

Habían transcurrido unos días desde que hablaran en la vaquería, y no había vuelto a acercarse a ella. En verdad, la noche anterior había soñado con Mary Cullen, y al alba despertó con los ojos ardientes, atónitos, tratando de recordar los detalles del sueño.

Meir asintió y desarrugó la cara.

– Bien. Una de las mujeres notó que ella te observaba con mucho interés y se lo dijo al rabbennu. Él me pidió que hablara contigo.-Meir se apoyó el índice en la nariz-. Una palabra serena a un hombre sensato vale más que un año de súplicas a un tonto.

Rob estaba alarmado, perturbado, pues debía permanecer en Tryavna para estudiar las costumbres de los judíos y el parsi.

– Yo no quiero tener problemas por una mujer.

– Claro que no. -Meir suspiró-. El problema es la chica, que ya debería estar casada. Desde la infancia ha estado prometida a Reb Meshull ben Moses, el nieto de Reb Baruch ben David. ¿Conoces a Reb Baruch? ¿El hombre alto y delgado? ¿De cara larga? ¿De nariz angosta y puntiaguda que se sienta más allá del fuego en la casa de estudios?

– Ah, sí. Un anciano de ojos feroces.

– Ojos feroces porque es un feroz erudito. Si el rabbennu no fuese el rabbennu, Reb Baruch ocuparía su puesto. Siempre fueron estudiosos rivales e íntimos amigos. Cuando sus nietos eran bebés, acordaron su matrimonio con gran júbilo, para unir a las dos familias. Luego tuvieron una terrible disputa que puso fin a su amistad.

– ¿Por qué disputaron? -preguntó Rob, que empezaba a sentirse cómodo en Tryavna como para gozar de algún chismorreo.

– Sacrificaron un toro joven en sociedad. Ahora bien; debes comprender que nuestras leyes del kashrulh son antiguas y complicadas, con reglas e interpretaciones acerca de cómo deben y no deben ser las cosas. En el morro de la res se descubrió una mancha insignificante. El rabbennu citó precedentes según los cuales esa mancha podía pasarse por alto, pues en modo alguno estropeaba la carne. Reb Baruch citó otros precedentes indicativos de que la carne estaba echada a perder por causa de la mancha, y que no podía comerse. Insistió en que a él le asistía la razón y se ofendió con el rabbennu por haber puesto en duda sus conocimientos.

“Discutieron hasta que el rabbennu perdió la paciencia. "Cortemos al mal por la mitad -propuso-. Yo cogeré mi porción y que Baruch haga lo que quiera con la suya.”

“Cuando llevó la mitad del toro a casa, tenía la intención de comérsela pero después de meditar, se lamentó: “¿Cómo puedo comer la carne de este animal? ¿Una mitad está en la basura de Baruch y yo debo comerme la otra aquí?". A continuación, también arrojó su mitad de la res a la basura.

“Después de lo ocurrido, se oponían constantemente. Si Reb Baruch decía blanco, el rabbennu decía negro; si el rabbennu decía carne, Reb Baruch decía leche. Cuando Rohel tenía doce años y medio, la edad en que sus padres debían haber empezado a hablar seriamente sobre la boda, las familias no movieron un dedo porque sabían que cualquier reunión culminaría con una rencilla entre ambos ancianos. Entonces el joven Reb Meshullum, el novio en ciernes, hizo su primer viaje de negocios al extranjero con su padre y los hombres de la familia. Viajaron a Marsella con un surtido de teteras y allí permanecieron casi un año, traficando y obteniendo buenos beneficios. Contando el tiempo que tardaron en los viajes, estuvieron fuera dos años, hasta que regresaron el verano pasado, trayendo un cargamento de fina ropa francesa bien confeccionada. Y todavía las dos familias, distanciadas por los abuelos, siguen sin concretar el matrimonio.

“Ahora es del dominio público que la infortunada Rohel puede considerarse una agunah, una esposa abandonada. Tiene pechos pero no da de mamar a ningún bebé; es una mujer pero no tiene marido, y todo esto se ha convertido en un escándalo mayúsculo.

Coincidieron en que sería mejor que Rob evitara la vaquería durante las horas de ordeño.

Estaba bien que Meir le hubiese hablado, pues no sabía qué podría haber ocurrido si no le hubiese hecho ver claramente que la hospitalidad incondicional de los judíos no incluía el disfrute de sus mujeres. Por la noche sufrió torturadas y voluptuosas visiones de muslos largos y plenos, cabellos rojos y pechos pálidos con pezones como bayas. Estaba seguro de que los judíos tenían una oración para pedir perdón por la simiente derramada -tenían una para todas las cosas-, pero él no sabía ninguna y ocultó la evidencia de sus poluciones debajo de paja fresca, e intentó dedicar todas sus energías al trabajo.

Era difícil. A su alrededor reinaba una hormigueante sexualidad estimulada por la religión. Consideraban una bendición especial hacer el amor la víspera del sábado, por ejemplo, lo que tal vez explicaba por qué les gustaba tanto el final de la semana. Los jóvenes hablaban libremente de esos temas; Si murmuraban acerca de si una esposa era intocable. A los matrimonios judíos se les prohibía copular durante doce días después del inició de la menstruación, o siete días después de su término. La abstinencia no terminaba hasta que la esposa se purificaba mediante la inmersión en el pozo ritual, que se llamaba mikva.

Se trataba de un aljibe bordeado de ladrillos, en una caseta de baños levantada sobre un manantial. Simón le contó a Rob que para que fuese ritualmente correcta, el agua del mikva debía provenir de una fuente natural o del río. El mikva era para la purificación simbólica, no para la higiene. Los judíos se bañaban en casa, pero todas las semanas, antes del sábado, Rob se sumaba a los varones en la caseta de baño, que sólo contenía el aljibe y un gran fuego rugiente, en un hogar redondo sobre el que colgaban calderos con agua hirviendo. Bañándose desnudos entre vapores y con el ambiente caldeado, competían por el privilegio de volcar agua sobre el rabbennu, mientras lo interrogaban sin parar.

– ¡Shi-ailah, Rabbenu, shi-ailah! ¡Una pregunta, una pregunta!

La respuesta del Shlomo ben Elaiahu a cada cuestión era deliberada y reflexiva, llena de citas y precedentes eruditos, a veces traducidas por Simón Meir para Rob con excesivo detalle.

– Rabbennu, ¿está de verdad escrito en el Libro de los Consejos que todo hombre debe consagrar a su hijo mayor a siete años de estudios avanzado? El rabbennu, en cueros, exploró meditativamente su ombligo, se tiró de una oreja, y enredó sus dedos largos y pálidos en su nívea barba.

– No esta así escrito, hijos míos. Por un lado -dejó asomar el pulgar derecho-, Reb Hananel ben Ashi, de Leipzig, era de esa opinión. Por otro -dejó asomar el pulgar izquierdo-, de acuerdo con el rabbennu Jose ben Eliakim, de Jaffa, esto sólo se aplica a los primogénitos varones de sacerdotes y levitas. Pero -empujó hacía ellos el vapor con ambas palmas- esos dos sabios vivieron hace cientos de años. Hoy somos hombres modernos, entendemos que el aprendizaje no sólo corresponde al primer nacido, porque eso equivaldría a tratar a los demás hijos varones como mujeres. Hoy estamos acostumbrados a que todos los jóvenes dediquen su decimocuarto decimoquinto y decimosexto año al estudio avanzado del Talmud, de doce a quince horas diarias. Después, los pocos que sean llamados pueden dedicar su vida a los estudios, en tanto los demás pueden entrar en los negocios y estudiar sólo seis horas diarias a partir de entonces.

Bien. La mayoría de las preguntas que le eran traducidas al Otro, no correspondían a la índole que hacía palpitar su corazón y ni siquiera, en realidad, mantenían su atención constante. Sin embargo, Rob disfrutaba del viernes por la tarde en la caseta de baños, y nunca en su vida se había sentido tan cómodo entre hombres desnudos. Quizá esto tuviera algo que ver con su miembro circunciso. Si hubiese estado entre sus paisanos, esa particularidad habría dado lugar a groseras miradas, burlas, preguntas y especulaciones obscenas. Una flor exótica que crece sola es una cuestión, pero es muy distinta cuando está rodeada por todo un campo de flores de configuración similar.

En la caseta de baños, los judíos eran pródigos a la hora de alimentar el fuego, y a Rob le gustaba la combinación de humo de madera y humedad vaporosa, la picazón del fuerte jabón amarillo cuya manufactura era supervisada por la hija del rabbennu, y la cuidadosa mezcla de agua hirviendo y agua fría del manantial, a fin de crear una agradable tibieza para el baño.

EL INVIERNO EN LA CASA DE ESTUDIOS

Esa Navidad fue la más extraña de sus veintiún años de vida. Barber no se había educado como un auténtico creyente, pero el ganso y el budin, el mordisqueo al queso con manteca de cerdo, las canciones, el brindis, la palmada festiva en la espalda… eran parte integrante de él, y aquel año sintió una profunda soledad. Los judíos no pasaron por alto ese día por mala fe: Jesús no pertenecía a su mundo, sencillamente. Sin duda Rob podría haber encontrado una iglesia, pero no la buscó. Curiosamente, el hecho de que nadie le deseara feliz Navidad, le infundió un sentimiento cristiano como jamás lo había experimentado.

Una semana después, en el amanecer del año de Nuestro Señor 1032, tumbado en su lecho de paja, pensó en qué se había convertido, y a dónde lo llevaría eso. En sus andanzas por la Isla Británica se había creído un gran viajero, pero ya había recorrido una distancia mayor que la que abarcaba todo su suelo natal, y aún se extendía ante él un interminable mundo desconocido.

Los judíos celebraron ese día, ¡pero porque había luna nueva, no porque comenzase un nuevo año! Se enteró, perplejo, que según su impío calendario promediaba el año 492.

Aquel era un país de nieves. Dio la bienvenida a cada nevada, y en breve fue un hecho aceptado que después de cada tormenta el robusto cristiano, con su gran pala de madera, realizara el trabajo de varios hombres corrientes. Aquella era su única actividad física. Cuando no estaba quitando nieve aprendía parsi. Ya se hallaba lo bastante adelantado como para poder pensar mentalmente en la lengua de los persas. Algunos judíos de Tryavna habían visitado Persia, y siempre que pescaba a alguno, Rob le hablaba en parsi.

– El acento, Simón. ¿Cómo va mi acento? -preguntó, irritando a su profesor.

– El persa que quiera reírse, se reirá -le espetó Simón-, porque para ellos tú serás un extranjero. ¿O esperas un milagro?

Los judíos presentes en la casa de estudios intercambiaron sonrisas por lo bobo que era aquel goy gigantesco. "Que sonrían”, pensó; él los consideraba un objeto de estudió más interesante que él para ellos. Por ejemplo, en seguida supo que Meir y su grupo no eran los únicos forasteros en Tryavna. Muchos de los que iban a la casa de estudios eran viajeros que esperaban a que amainaran los rigores del invierno balcánico. Para su sorpresa, Meir le dijo que ninguno pagaba una sola moneda a cambio de más de tres meses de comida y albergue.

– Este es el sistema que permite a mi pueblo comerciar entre una y otra nación -explicó-. Ya has visto lo difícil y peligroso que es viajar por el mundo, pero todas las comunidades judías envían mercaderes al exterior.

"En cualquier población judía de cualquier tierra, cristiana o musulmana todo viajero judío es recibido por los judíos, que le dan comida y vino, un lugar en la sinagoga, un establo para su caballo. Todas las comunidades tienen hombres en lugares del extranjero, sustentados por otros judíos. Y el año venidero, el anfitrión será huésped.

Los forasteros encajaban rápidamente en la vida de la comunidad, hasta el punto de disfrutar con las comidillas locales. Así fue como una tarde, en la casa de estudios, mientras conversaba en lengua persa con un judío de Anatolia llamado Ezra el Herrador -¡cotilleos en parsi!-, Rob se enteró de que a la mañana siguiente tendría lugar una dramática confrontación. El rabbenu hacía las veces de shohet, matarife de la comunidad. En efecto, sacrificaría dos bestias jóvenes de su ganado mayor. Un reducido grupo de los más prestigiosos sabios de la comunidad harían de mashgiot, o inspectores rituales, que se ocupaban de que durante la matanza se observara hasta el último detalle de su compleja ley. Y como mashgah, durante el sacrificio, presidiría el antaño amigo y hogaño antagonista del rabbenu, Reb Baruch ben David.

Aquella noche Meir dio a Rob una lección sobre el Levítico. Estos era los animales que los judíos podían comer de entre todos los que habitaba la tierra: cualquiera que rumia y tiene la pezuña hendida, incluyendo oveja, vaca, cabra y venado. Entre los animales tref -no kosher- estaban los caballos, burros, camellos y cerdos.

De las aves, estaban autorizados a comer palominos, gallinas, palomas domésticas, patos domésticos y gansos domésticos. Entre los seres alados prohibidos estaban las águilas, avestruces, buitres, milanos, cuclillos, cisnes, cigüeñas, búhos, pelícanos, avefrías y murciélagos.

– En mi vida he paladeado una carne tan sabrosa como la de un polluelo de cisne primorosamente mechado, envuelto en cerdo salado y luego asado lentamente al fuego.

Meir parecía ligeramente asqueado.

– Aquí no lo comerás -dijo.

El día siguiente amaneció claro y frío. La casa de estudios estaba casi desierta después del shaharit, la primera oración ritual. Por la mañana, muchos se acercaron al corral del rabbennu para presenciar la shehitah, la matanza ritual. El aliento de los asistentes formaba pequeñas nubes que flotaban en el aire quieto y helado.

Rob estaba con Simón. Se produjo una leve agitación cuando llegó Reb Aruch ben David con el otro mashglah, un anciano encorvado, de nombre Reb Samson ben Zanvil, cuyo rostro era adusto y resuelto.

– Es mayor que Reb Baruch y que el rabbenu, aunque no tan docto -susurró Simón-. Ahora teme quedarse atrapado entre ambos si se plantea una disidencia.

Los cuatro hijos del rabbenu condujeron al primer animal desde el establo: un toro negro de lomo oscuro y pesados cuartos traseros. Mugiendo, el toro agitó la cabeza y pateó el suelo. Tuvieron que pedir ayuda a los mirones para dominarlo con cuerdas, mientras los inspectores examinaban cada milímetro de su cuerpo.

– La más mínima herida o rasguño en la piel lo descalificará como animal de carne -dijo Simón.

– ¿Por qué?

Simón lo miró, fastidiado.

– Porque lo dice la ley -respondió.

Finalmente satisfechos, condujeron al toro a un pesebre lleno de dulce heno. El rabbenu cogió una larga cuchilla.

– Fíjate en el extremo romo y cuadrado de la cuchilla -dijo Simón-. No tiene punta, para evitar la posibilidad de que rasgue el pellejo del animal, pero la cuchilla esta afilada como una navaja.

Seguían observando en medio del frío, pero nada ocurría.

– ¿Qué están esperando? -susurró Rob.

– El momento exacto, porque el animal tiene que estar inmóvil en el instante del corte mortal -explicó Simón-, pues de lo contrario no sería kosher.

Y mientras lo decía, la cuchilla centelleó. Un solo golpe limpio cercenó gaznate y, con él, la traquea y las arterias carótidas. A continuación brotó un chorro rojo y el toro perdió el conocimiento cuando se cortó el suministro de sangre en el cerebro. Los ojos se empañaron y el animal cayó de rodillas; al cabo de un instante, estaba muerto.

Se oyó un murmullo de complacencia entre los observadores, murmullo que se silenció de inmediato porque Reb Baruch había cogido la cuchilla y la estaba examinando.

Rob notó en su expresión un debate que tensó sus finos rasgos de anciano. Baruch se volvió hacia su también anciano rival.

– ¿Ocurre algo? -preguntó fríamente el rabbenu.

– Eso temo -dijo Reb Baruch, y procedió a mostrar, en mitad del borde cortante de la hoja, una imperfección, una ínfima muesca en el acero esmeradamente afilado.

Viejo y nudoso, con el rostro demudado, Reb Samson ben Zanvil esperó, seguro de que como segundo mashgah sería solicitado su juicio, un juicio que no deseaba pronunciar.

Reb Daniel, padre de Rohel e hijo mayor del rabbenu, comenzó a vociferar -¿Qué clase de bobada es esta? Todos saben con cuanto cuidado son afiladas las cuchillas rituales del rabbenu -dijo, pero su padre levantó la mano, exigiéndole silencio.

El rabbenu sostuvo la cuchilla a la luz y pasó un dedo experto por debajo mismo del filo. Suspiró, porque la muesca existía: un error humano que volvía ritualmente inadecuada la carne del animal.

– Es una bendición que tu mirada sea más afilada que la de esta hoja y continúe protegiéndonos, viejo amigo mío -se apresuró a decir, y todos se relajaron, como si liberaran el aliento largo tiempo contenido.

Reb Baruch sonrió. Se estiró y palmeó la mano del rabbenu. Ambos se miraron a los ojos un buen rato.

Luego, el rabbenu se volvió y llamó a Mar Reuven, el Cirujano Barbero.

Rob y Simón dieron un paso al frente y escucharon atentamente.

– El rabbenu te pide que entregues esta res trief al carnicero cristiano de Gabrovo -dijo Simón.

Rob cogió su yegua, que estaba muy necesitada de ejercicios, y la ató al trineo chato sobre el que una serie de manos dispuestas cargaron al toro sacrificado. El rabbenu había utilizado una cuchilla aprobada para el segundo animal, que fue declarado kosher, y los judíos ya lo estaban desmembrando cuando Rob agitó las riendas y azuzó a Caballo para salir de Tryavna.

Fue a Gabrovo lentamente, experimentando un gran placer. La carnicería estaba donde le habían dicho: tres casas más abajo del edificio más destacado de la ciudad, una posada. El carnicero era un hombre fornido y pesado, que con su cuerpo hacía honor a su oficio. La lengua no significó un obstáculo.

– Tryavna -dijo Rob, señalando el toro muerto.

La cara coloradota se deshizo en sonrisas.

– Ah. Rabbenu -dijo el carnicero y asintió vivazmente.

Descargar el animal resultó difícil, pero el carnicero fue a una taberna y volvió con un par de ayudantes. Con cuerdas y esforzándose lograron descargar el toro.

Simón le había dicho a Rob que el precio era fijo y no habría regateo Cuando el carnicero le entregó una cantidad ínfima de monedas, Rob comprendió por qué sonreía entusiasmado, pues prácticamente había robado una excelente res, sólo porque en la cuchilla de la matanza había una insignificante muesca. Rob nunca entendería a la gente que, sin buenas razones, era capaz de tratar una carne estupenda como si fuese basura. La estupidez de aquel episodio lo cubrió de una especie de vergüenza; le habría gustado explicarle al carnicero que él era cristiano y no estaba emparentado con quienes se comportaban tan tontamente. Pero no pudo hacer otra cosa que aceptar las monedas en nombre de los hebreos y guardarlas en la bolsa que llevaba a ese efecto, para salvaguardarlas.

Cerrado el negocio, fue directamente a la taberna. El oscuro bodegón era largo y estrecho, más semejante a la posada cerca un túnel que a un salón, con su techo bajo ennegrecido por el humo del fuego, a cuyo alrededor holgazaneaban nueve o diez hombres, bebiendo. Una mesita estaba ocupada por tres mujeres que aguardaban, atentas. Rob las observó mientras bebía un aguardiente moreno sin refinar, que no fue de su agrado. Las mujeres -obviamente-, prostitutas de la taberna. Dos habían pasado la flor de la vida, pero la tercera era una rubia joven de expresión maliciosa y al mismo tiempo inocente. Captó el propósito de Rob en su mirada y le sonrió. Rob terminó la bebida y se acercó a la mesa.

– Supongo que no sabéis inglés -murmuró, acertadamente.

Una de las mayores dijo algo y las otras dos rieron. Pero Rob sacó una moneda y se la dio a la joven. Era toda la comunicación que necesitaban.

Ella se la embolsó y, sin decir palabra a sus compañeras, fue a buscar su capa, que colgaba de una percha.

Rob la siguió afuera, y en la calle nevada se encontró cara a cara con Mary Cullen.

– ¡Hola! ¿Estáis pasando un buen invierno vos y vuestro padre?

– Estamos pasando un invierno espantoso -dijo Mary, y Rob observó que se le notaba. Tenía la nariz roja y una llaga fría en la tierna plenitud del labio inferior-. La posada siempre está helada y la comida es pésima. ¿Es verdad que vivís con los judíos?

– Sí.

– ¿Cómo podéis? -preguntó ella con una vocecilla suave.

Rob había olvidado el color de sus ojos y el efecto de su mirada lo desarmó, como si hubiera tropezado con unos aleteantes azulejos en la nieve.

– Duermo en un establo muy abrigado. La comida es excelente -contestó, con enorme satisfacción.

– Mi padre me ha dicho que los judíos despiden un hedor particular que se llama foetor judaicus. Porque frotaron el cuerpo de Cristo con ajo después de matarlo.

– A veces todos olemos. Pero sumergirse de la cabeza a los pies todos los viernes es una de las costumbres de los judíos. Sospecho que se bañan con más frecuencia que el resto de los humanos.

Ella se ruborizó, y Rob comprendió que debía de ser difícil y raro obtener agua para bañarse en una posada como la de Gabrovo. Mary observó a la mujer que, pacientemente, esperaba a corta distancia.

– Mi padre dice que el que se aviene a vivir con judíos no puede ser un hombre cabal.

– Vuestro padre parecía simpático, pero quizá -dijo Rob reflexivamente -sea un asno.

En ese mismo momento, cada uno echó a andar por su lado. Rob siguió a la rubia hasta una habitación cercana. Estaba desordenada y llena de ropa sucia de mujeres, y tuvo la sospecha de que convivía con las otras dos. Mientras la mujer se desnudaba, Rob la observaba.

– Es una crueldad mirar tu cuerpo después de haber visto a la otra -dijo, sabiendo que ella no entendería una sola palabra de lo que decía-. Su lengua no siempre expresa mieles, pero… No es una beldad, exactamente, pero muy pocas mujeres pueden compararse a Mary Cullen en su porte.

La mujer le sonrió.

– Tú eres una puta joven pero ya pareces vieja -le dijo.

Hacía mucho frío y la mujer se despojó de su ropa y se metió rápidamente entre las mugrientas mantas de piel, no sin que antes él hubiera visto más de lo que hubiera preferido. Era un hombre que sabía apreciar el aroma a almizcle de las mujeres, pero de ella emanaba un hedor agrio. El vello de su cuerpo tenía aspecto duro y pegoteado, como si sus jugos se hubiesen secado y resecado incontables veces sin sentir la simple y honrada humedad del agua. La abstinencia había provocado tales ardores en Rob que se habría echado encima de ella, pero el breve vislumbre de su cuerpo azulado le permitió descubrir una carne ajada y apelmazada que no quería tocar.

– ¡Maldita sea esa bruja pelirroja! -refunfuñó.

La mujer lo miró, desconcertada.

– Tú no tienes la culpa, muñeca -le dijo, mientras metía la mano en la bolsa.

Le dio más de lo que habría valido aunque hubiese intentado extraerle algún valor. La mujer metió las monedas bajo las pieles y las apretó contra su cuerpo. Rob ni siquiera había empezado a desvestirse; estiró su ropa, inclinó la cabeza ante ella y salió a tomar aire fresco.

A medida que avanzaba febrero, pasaba cada vez más tiempo en la casa de estudios, desentrañando detenidamente el Corán persa. Siempre lo asombraba la inexorable hostilidad del Corán hacia los cristianos y su amargo aborrecimiento de los judíos. Simón se lo explicó.

– Los primeros maestros de Mahoma fueron judíos y monjes sirio-cristianos. Cuando él informó por vez primera de que el arcángel Gabriel le había visitado, que Dios le había nombrado su profeta y le había dado instrucciones de fundar una religión nueva y perfecta, esperaba que sus viejos amigos lo siguieran en tropel, dando gritos de alegría. Pero los cristianos prefirieron su propia religión y los judíos, sobrecogidos y amenazados, se sumaron activamente a los que rechazaban las prédicas de Mahoma. No los perdonó en toda su vida, y habló y escribió sobre ellos injuriosamente.

Los conocimientos de Simón hacían que el Corán cobrara vida para Rob. Ya iba por la mitad del libro y se afanaba en los estudios, sabedor que en breve reanudarían el viaje. Al llegar a Constantinopla, él y el grupo de Meir seguirían caminos diferentes, lo que, además de separarlo de su maestro Simón, lo privaría del libro, y esto era lo más importante. El Corán desprendía insinuaciones de una cultura remota, y los judíos de Tryavna daban a entender que iba a descubrir un estilo de vida diferente. De niño creía que Inglaterra era el mundo, pero ahora sabía que existían otros pueblos. En algunos rasgos eran semejantes, pero diferían en cuestiones importantes.

El encuentro en la matanza ritual había reconciliado a rabbenu con Reb Baruch ben David, y sus familias comenzaron de inmediato a planear la boda de Rohel con el joven Res Meshullum ben Nathan. El barrio judío era un hervidero de bulliciosa actividad. Los dos ancianos iban de un lado a otro, de buen humor, a menudo juntos.

El rabbennu regaló a Rob el viejo sombrero de cuero y le dejó para que estudiara, un artículo del Talmud. El libro hebreo de las leyes había sido traducido al parsi. Aunque Rob agradeció la posibilidad de ver en la lengua persa otro documento, el significado de ese texto estaba fuera de su alcance. El documento se ocupaba de una ley llamada shaatnez: aunque se permitía a los tíos usar lino y lana, no se les permitía mezclar ambas fibras, y Rob no podía entender por qué.

Cada vez que lo preguntó, su interlocutor manifestaba ignorarlo o se encogía de hombros y decía que era la ley.

Ese viernes, desnudo en la vaporosa caseta de baños, Rob reunió valor mientras los hombres rodeaban al sabio.

– Shi-ailah, Rabbenu, shi-ailah -gritó. “¡Una pregunta, una pregunta!” El rabbenu dejó de enjabonar la prominencia de su barriga, sonrió al goy extranjero y luego habló.

– Ha dicho: "Pregunta, hijo mío”-dijo Simón.

– Tenéis prohibido comer carne con leche. Tenéis prohibido usar lino con lana. La mitad del tiempo tenéis prohibido tocar a vuestras mujeres. ¿Por qué hay tantas cosas prohibidas?

– Para alimentar la fe -respondió el rabbenu.

– ¿Por qué Dios impone exigencias tan extrañas a los judíos?

– Para separarnos de vosotros -dijo el rabbenu, pero sus ojos chispearon y no había malicia en sus palabras.

Rob bufó cuando Simón le echó agua en la cabeza.

Todos participaron cuando Rohel, nieta del rabbenu, contrajo matrimonio con Meshullum, nieto de Reb Baruch, el segundo viernes del mes.

Esa mañana, muy temprano, todos se reunieron a las puertas de la casa de Daniel ben Shlomo, padre de la novia. En el interior, Meshullum pagó por la novia el digno precio de quince piezas de oro. Se firmó el ketubah o contrato matrimonial, y Reb Daniel presentó una abultada dote, regalando el precio de la novia a la pareja y añadiendo otras quince piezas de oro, un carro y una yunta de caballos. Nathan, el padre del novio, dio a la afortunada pareja un par de vacas lecheras. Al salir de la casa, una radiante Rohel pasó junto a Rob como si este fuera invisible.

Toda la comunidad escoltó a la pareja a la sinagoga, donde recitaron siete bendiciones bajo un toldo. Meshullum pisoteó un frágil cristal para ilustrar que la felicidad es transitoria y que los judíos no deben olvidar la destrucción del Templo. Después fueron marido y mujer y se inició un largo día de celebraciones. Un flautista, un pifanista y un tamborilero interpretaron música, y los judíos cantaron vigorosamente: Mi amado descendió a su huerto, a las eras de los aromas, para apacentar en los huertos y para coger los lirios.

Simón le dijo a Rob que era un párrafo de las Escrituras. Los dos abuelos extendieron sus brazos jubilosos, chasquearon los dedos, cerraron los ojos, echaron las cabezas hacía atrás y danzaron. Las celebraciones de la boda duraron hasta las primeras horas de la madrugada. Rob comió demasiada carne y sabrosos pasteles, y bebió en exceso.

Aquella noche dio vueltas y vueltas en su camastro de paja, en la oscura calidez del establo, con la gata a sus pies. Recordó a la rubia de Gabrovo cada vez con menos asco, y se obligó a quitarse de la cabeza a Mary Cullen.

Pensó con resentimiento en el flacucho Meshullum, que en ese momento yacía con Rohel, y abrigó la esperanza de que sus prodigiosos conocimientos le permitieran apreciar tan buena fortuna.

Despertó mucho antes del alba y sintió, más que oyó, los cambios operados en su mundo. Después de volver a dormir y despertar y levantarse de la cama, los sonidos eran claramente audibles: un goteo, un tintineo, un torrente, un bramido que crecía de volumen a medida que el hielo y la nieve cedían y se unían a las aguas de la tierra abierta, barriendo las laderas montañosas y anunciando la llegada de la primavera.

Cuando murió la madre de Mary Cullen, su padre le dijo que él guardaría luto a Jura Cullen por el resto de sus días. Mary dijo, de buena gana, que también ella llevaría luto riguroso y evitaría los placeres públicos, pero cuando el dieciocho de marzo se cumplió un año, comunicó a su padre que había llegado la hora de que volvieran a la rutina de la vida corriente.

– Yo seguiré yendo de negro-dijo James Cullen.

– Yo no -contestó ella, y él asintió.

Mary había llevado consigo todo el tiempo una pieza de paño de lana ligero, hilado con sus propios vellones, y averiguó infatigablemente hasta encontrar una costurera fina en Gabrovo. La mujer aceptó el trabajo cuando le transmitió qué quería, pero indicó que convenía teñir el paño -de un color natural indescriptible- antes de cortarlo. Las raíces de la planta rubia darían matices rojos, pero con sus cabellos la haría destacarse como un faro. El centro de la madera de roble daría gris, pero después de su dieta de negro el gris le parecía deprimente. La corteza de arce o de zumaque virarían al amarillo o el naranja, colores muy frívolos. Tendría que ser marrón.

– Toda mi vida he usado marrón cáscara de avellana -se quejó a su padre.

Al día siguiente él le llevó un pequeño bote con una pasta amarillenta, tono semejante al de la mantequilla rancia.

– Es tintura, y escandalosamente cara.

– No es un color que yo admire -dijo ella prudentemente.

James Cullen sonrió.

– Ese color se llama añil o índigo. Se disuelve en agua y debes cuidar que no te toque las manos. Cuando se saca el paño húmedo del agua amarillenta, cambia de color en el aire y, a partir de ese momento, el tinte es rápido.

Produjo un paño azul marino, tan espléndido como nunca había visto otro; la costurera cortó y cosió un vestido y una capa. Mary estaba contenta con su nueva indumentaria, pero la dobló y la apartó hasta la mañana del diez de abril, día en que los cazadores volvieron a Gabrovo con la noticia de que ya estaba abierto el camino de la montaña.

A primera hora de la tarde, la gente que estaba esperando el deshielo en el campo comenzó a acudir deprisa a Gabrovo, el punto de partida hacia el gran desfiladero conocido como Portal de los Balcanes. Los proveedores instalaron sus mercancías y comenzaron a llegar las multitudes, vociferando su derecho a comprar provisiones.

Mary tuvo que darle dinero a la mujer del posadero para convencerla de que calentara agua al fuego en un momento tan ajetreado, y la subiera a las cámaras donde dormían las mujeres. Primero Mary se arrodilló, metió la cabeza en la cuba de madera y se lavó el pelo, ahora largo y recio como la lluvia invernal; luego se metió en cuclillas en la cuba y se frotó hasta quedar brillante.

Se vistió con la ropa recién hecha y fue a sentarse afuera. Mientras se pasaba un peine de madera por los cabellos, para que se secaran dulcemente bajo el sol, vio que la calle principal de Gabrovo estaba llena de carros y caballos. Poco después, una numerosa partida de jinetes delirantemente borrachos atravesó la ciudad al galope, haciendo caso omiso de los estragos causados por los atronadores cascos de sus cabalgaduras. Un carro volcó cuando los caballos se espantaron, con los ojos blancos de terror. Mientras los hombres maldecían y luchaban para contener las riendas, y los caballos piafaban acobardados, Mary entró corriendo, antes de que se le secara el pelo.

Tenía sus pertenencias preparadas cuando apareció su padre con el sirviente Seredy.

– ¿Quiénes eran esos hombres que pasaron tempestuosamente? -preguntó.

– Se dan el nombre de caballeros cristianos -replicó fríamente su padre-. Eran cerca de ochenta, franceses de Normandía que van en peregrinaje a Palestina.

– Son muy peligrosos, señora -dijo Seredy-. Usan cotas de malla pero llevan carros repletos de armaduras. Siempre están embriagados y -desvió la vista- abusan de las mujeres. No debéis moveros de nuestro lado, señora.

Mary le dio las gracias seriamente, pero la idea de tener que depender de Seredy y de su padre para que la protegieran de ochenta caballeros bebidos y brutales, de no ser tan siniestra, le habría provocado una sonrisa.

La protección mutua era la mejor razón para viajar en una caravana numerosa, y en un abrir y cerrar de ojos cargaron los animales y los condujeron a un gran campo del límite este de la ciudad, donde se estaba reuniendo la caravana. Al pasar junto al carro de Kerl Fritta, Mary vio que este ya había montado una mesa y hacía buenos negocios de reclutamiento.

Fue una especie de regreso al hogar, pues se acercaron a saludarlos muchas personas que habían conocido en la etapa anterior del viaje. Los Cullen encontraron su lugar hacía la mitad de la línea de marcha, pues muchos viajeros nuevos formaban fila detrás.

Todo el tiempo vigiló atentamente, pero era casi de noche cuando divisó el grupo que estaba esperando. Los mismos cinco judíos con quienes había dejado la caravana, volvieron a caballo. Detrás vio a la pequeña yegua. Rob J. Cole condujo el estrafalario carromato hacía ella, que repentinamente notó que el corazón se le saltaba del pecho.

Él tenía tan buen aspecto como siempre, y parecía contento de estar de vuelta Saludo a los Cullen tan alegremente como si él y ella no se hubieran enfadado la ultima vez que se encontraron.

Cuando Rob terminó de atender a su yegua y entró en su campamento, Mary consideró un gesto de buena vecindad mencionar que a los mercaderes locales les quedaba muy poco para vender, por si anduviera escaso de provisiones.

Rob le dio las gracias amablemente, pero dijo que había comprado todo lo que necesitaba en Tryavna, sin la menor dificultad.

– ¿Vos tenéis lo suficiente?

– Sí, porque mi padre fue de los primeros en comprar.

Le fastidiaba que él no hubiese mencionado todavía la capa y el vestido nuevos, aunque la estudió durante largo tiempo.

– Tienen el matiz exacto de vuestros ojos -dijo, finalmente.

Ella no estaba segura, pero lo interpretó como un cumplido.

– Gracias -dijo gravemente, y como su padre se aproximaba, se obligó a dar media vuelta para supervisar cómo montaba la tienda Seredy.

Transcurrió otro día sin que la caravana partiera, y en toda la línea de marcha se oían protestas. Su padre fue a ver a Fritta, y al volver dijo que el conductor de la caravana estaba esperando que partieran los caballeros normandos.

– Ya han causado muchos desmanes y Fritta prefiere, sensatamente, tenerlos delante para que no nos acosen por la retaguardia.

Pero a la mañana siguiente los caballeros seguían allí y Fritta decidió que habían esperado demasiado. Dio la señal de partida de la caravana hacia la larga y ultima etapa que los llevaría a Constantinopla; más tarde, la ola de movimiento llegó a los Cullen. El otoño anterior habían seguido a un joven matrimonio franco con dos hijos pequeños. La familia había pasado el invierno fuera de la ciudad de Gabrovo y tenía la declarada intención de sumarse de nuevo a la caravana, pero no apareció. Mary sabía que algo terrible tenía que haberle ocurrido, y rogó a Cristo que protegiera a aquellas gentes.

Ahora cabalgaba detrás de dos hermanos franceses obesos, que habían dicho a su padre que abrigaban la esperanza de hacer fortuna comprando alfombras turcas y otros tesoros. Mascaban ajo por razones de salud y, con frecuencia, se volvían en la silla para contemplar estúpidamente su cuerpo. A Mary se le ocurrió que, conduciendo su carro detrás, el joven cirujano barbero también debía de observarles, y de vez en cuando era lo bastante pícara para mover las caderas más de lo que exigían los movimientos del caballo.

La gigantesca culebra de viajeros se acercó sinuosamente al desfiladero que llevaba a través de las altas montañas. La escarpada ladera se perdía bajo la tortuosa huella hasta el centelleante río, hinchado por la fusión de las nieves aprisionadas durante todo el invierno.

Al otro lado del gran desfiladero se alzaban estribaciones que, gradualmente, se transformaban en colinas onduladas. Esa noche durmieron en un vasta llanura de vegetación arbustiva. Al día siguiente, viajaron rumbo al sur y resultó evidente que el Portal de los Balcanes separaba dos climas singulares, porque una vez traspuesto el desfiladero, el aire era más suave y se volvía más cálido a medida que avanzaban.

Por la noche hicieron alto en las afueras de Gornya. Acamparon en un plantación de ciruelos, con permiso de los campesinos, que vendieron a algunos hombres un ardiente licor de ciruelas, además de cebollas tiernas y una bebida de leche fermentada, tan espesa que había que tomarla con cuchara. Muy temprano, a la mañana siguiente, Mary oyó retumbar un trueno distante que, rápidamente, aumentó de volumen, y en breve los gritos salvajes de unos hombres se integraron en el estruendo.

Cuando salió de la tienda, vio que la gata blanca había salido del carromato del cirujano barbero y estaba paralizada en el camino. Los caballeros franceses pasaron como demonios en una pesadilla, y la gata se perdió en una nube de polvo, aunque no antes de que Mary viera lo que habían hecho los primeros cascos. No tuvo conciencia de haber gritado, pero supo que corrió a toda velocidad hacia el camino antes de que se asentara el polvo.

Señora Buffington ya no era blanca. La gata yacía pisoteada en el polvo, Mary levantó su pobre cuerpecillo quebrado. En ese momento se dio cuenta de que él había bajado del carromato y estaba a su lado.

– Se estropeará el vestido nuevo con la sangre -dijo Rob bruscamente, pero su cara pálida dejaba traslucir su aflicción.

Cogió a la gata y una pala, y se alejó del campamento. A su vuelta, Mary no se le acercó pero desde lejos notó que tenía los ojos enrojecidos. Enterrar a un animal muerto no era lo mismo que dar sepultura a una persona, pensó Mary, no le pareció extraño que Rob fuese capaz de llorar por un gato. A pesar de su talla y su fuerza, lo que le atraía de él era aquella especie de vitalidad vulnerable.

Los días siguientes lo dejó estar. La caravana cambió la orientación sur y volvió a girar al este, pero el sol seguía brillando, más caliente cada día. Mary ya había comprendido que la nueva indumentaria que le confeccionaron en Gabrovo era sobre todo una molestia, pues hacía demasiado calor para vestir lana. Revolvió su guardarropa de verano en el equipaje, y encontró algunas prendas ligeras, aunque demasiado finas para viajar, pues en seguida se estropearían. Se decidió por ropa interior de algodón y un vestido basto en forma de saco, al que dio un mínimo de forma atándose un cordón en la cintura. Se tocó con un sombrero de cuero de ala ancha, aunque ya tenía pecosas las mejillas y la nariz.

Aquella mañana, cuando desmontó de su caballo y echó a andar para hacer ejercicio, como solía, él le sonrió.

– Subid conmigo en el carromato.

Mary lo hizo sin el menor aspaviento. Esta vez no se produjo ninguna comodidad; sólo sintió el placer de ir en el pescante a su lado.

Rob metió la mano detrás del asiento para buscar su sombrero de cuero, que era igual al que usaban los judíos.

– ¿De dónde lo sacasteis?

– Me lo dio el hombre santo de Tryavna.

Al rato notaron que el padre de ella le dedicaba una mirada tan torva que los dos soltaron una carcajada.

– Me sorprende que os permita visitarme -dijo.

– Lo he convencido de que sois inofensivo.

Se miraron, encantados. La cara de él era de bellas facciones, pese al aspecto escasamente favorecedor de su nariz rota. Mary comprendió que, por impasibles que permanecieran sus rasgos, la clave de los sentimientos de Rob estaba en sus ojos, profundos y serenos, de alguna manera mayores que él mismo. Percibió en ellos una gran soledad, equiparable a la propia. ¿Cuántos años tenía? ¿Veintiuno? ¿Veintidós?

Mary notó, sobresaltada, que él estaba hablando de la meseta de labranza por la que pasaban.

– …en su mayoría frutales y trigo. Aquí los inviernos tienen que ser cortos y benignos, porque el cereal está avanzado -dijo, pero ella no se dejó llevar por la intimidad que habían alcanzado en los últimos momentos.

– Os odié aquel día en Gabrovo.

Otro hombre habría protestado o sonreído, pero él no abrió los labios.

– Por aquella eslava. ¿Cómo pudisteis ir con ella? También la detesté.

– No desperdiciéis vuestro odio con ninguno de los dos, pues ella era una mujer digna de lástima y yo no la toqué. Veros a vos me estropeó esa posibilidad -dijo, sencillamente.

Ella no dudó de que le decía la verdad, y algo cálido y triunfal creció en su interior como una flor.

Ahora podían hablar de fruslerías: la ruta, la forma en que debían conducirse los animales para que resistieran, la dificultad de encontrar madera para hacer fuego y cocinar. Fueron juntos toda la tarde; hablaron tranquilamente de todo, excepto de la gata blanca y de sí mismos. Los ojos de él le decían otras cosas sin palabras.

Mary lo sabía. Estaba asustada por diversas razones, pero no habría cambiado ningún lugar de la tierra por el asiento del incómodo y traqueteante carromato bajo el sol abrasador, a su lado.

Bajó obedientemente, pero reacia, cuando por fin la voz perentoria de su padre la llamó.

De vez en cuando, adelantaban a un pequeño rebaño de ovejas, en su mayoría sucias y mal cuidadas, pero Cullen se detenía invariablemente para inspeccionarlas e iba con Seredy a interrogar a los propietarios. En todos los casos, los pastores le aconsejaban que si buscaba ovejas auténticamente maravillosas fuera más allá de Anatolia.

A principios de mayo estaban a una semana de viaje de Turquía, y James Cullen no hacía el menor esfuerzo por ocultar su excitación. Su hija vivía una excitación propia, pero hacía todos los esfuerzos posibles por ocultársela. Aunque siempre se presentaba la oportunidad de esbozar una sonrisa y dedicar una mirada en dirección al cirujano barbero, a veces se obligaba a estar alejada de él dos días seguidos, pues temía que si su padre notaba sus sentimientos le ordenara no acercarse a Rob Cole.

Una noche que Mary estaba limpiando, después de cenar, apareció Rob en su campamento. Inclinó la cabeza ante ella y se acercó directamente a su padre, con un frasco de aguardiente en la mano, como ofrenda de paz.

– Siéntate -dijo James Cullen a regañadientes.

Pero después de compartir unos tragos se volvió amistoso, sin duda porque era agradable conversar en inglés, pero también porque resultaba difícil no tomarle simpatía a Rob J. Cole. Poco después, estaba hablando a su visitante de lo que les esperaba.

– Me han hablado de una raza de ovejas orientales, delgadas y de lomo estrecho, pero con unos rabos y unas patas traseras tan gordas, que el animal puede vivir de las reservas acumuladas si escasea la comida. Sus corderos tienen un vellón sedoso, de lustre insólito. ¡Espera un momento, hombre, déjame que te lo muestre!

Desapareció en la tienda y volvió con un gorro de piel de cordero La lana era gris y muy rizada.

– De la mejor calidad -dijo, ansioso-. El vellón sólo es tan rizado hasta el quinto día de vida del cordero, y luego permanece ondulado hasta que la bestezuela tiene dos meses.

Rob observó el gorro y le aseguró que se trataba de una piel finísima.

– Lo es -corroboró Cullen, y se caló el gorro, lo que los hizo reír porque la noche era calurosa y aquella prenda de piel era apta para la nieve. El hombre volvió a guardarla en la tienda, y después los tres se sentaron ante el fuego. James Cullen dio a su hija uno o dos sorbos de su vaso. A Mary le resultó difícil tragar el aguardiente, pero la situación hizo que el mundo mejorara ante sus ojos.

El estruendo de unos truenos sacudió el cielo purpúreo y una sábana de relámpagos los iluminó unos segundos, durante los cuales Mary vio las facciones endurecidas de Rob. Aquellos ojos vulnerables que lo volvían hermoso quedaron ocultos.

– Una tierra extraña, con truenos y relámpagos permanentes, sin que caiga nunca una gota de lluvia -comentó Cullen-. Tengo muy presente la mañana de tu nacimiento, Mary Margaret. También había truenos y relámpagos, pero se precipitó una abundante lluvia típicamente escocesa, que era como si los cielos se hubiesen abierto y nunca fueran a cerrarse.

Rob se inclinó hacía adelante.

– ¿Fue en Kilmarnock, donde están tus posesiones familiares?

– No, nada de eso; ocurrió en Saltcoats. Su madre era una Tedder Saltcoats. Yo había llevado a Jura a su antiguo hogar, pues en su gravidez ansiaba ver a su madre, y nos agasajaron y mimaron durante semanas seguidas, con lo que nos quedamos más tiempo del previsto. Se presentó el parto, de modo que en lugar de nacer en Kilmarnock, como corresponde a un Cullen, Mary Margaret vino al mundo en la casa de su abuelo Tedder, con vista al estuario del Clyde.

– Padre -dijo ella suavemente-, el señor Cole no puede tener el menor interés en el día de mi nacimiento.

– Por el contrario -se apresuró a decir Rob, e hizo pregunta tras pregunta, escuchando a su padre con atención.

Mary rogaba que no hubiera más relámpagos, pues no quería que su padre viera que el cirujano barbero había apoyado la mano en su brazo desnudo. Su contacto era como el de la borrilla de cardo, pero la carne de Mary era un puro temblor, como si el futuro la hubiera rozado o la noche fuese muy fría.

El once de mayo la caravana llegó a la margen occidental del río Arda; y Fritta decidió acampar un día más para permitir que repararan los carros y que compraran provisiones a los granjeros de los alrededores. James Cullen llevó a Seredy y pagó a un guía para que los acompañara al otro lado del río, en Turquía, impaciente como un niño por iniciar la búsqueda de ovejas de rabo gordo.

Una hora más tarde, Mary y Rob montaron juntos a pelo el caballo, y se alejaron del ruido y la confusión. Cuando pasaron junto al campamento de los judíos, Mary notó que el joven delgado se la comía con los ojos. Era Simón, el maestro de Rob, que sonrió y codeó a otro en las costillas para que también los viera.

A Mary apenas le importó. Se sentía mareada, tal vez a causa del calor, pues el sol matinal era una bola de fuego. Rodeó el pecho de Rob con sus brazos para no caer del caballo, cerró los ojos y apoyó la cabeza en su ancha espalda.

A cierta distancia de la caravana se cruzaron con dos campesinos hoscos que llevaban un burro cargado de leña. Los hombres los miraron pero no les devolvieron el saludo. Quizá venían de lejos, pues no había árboles en ese lugar; sólo se veían vastos campos sin trabajadores, porque la plantación había terminado tiempo atrás y aún no estaba suficientemente madura para ser cosechada.

Al llegar a un arroyo, Rob ató el caballo a un arbusto, se descalzaron y vadearon la deslumbrante brillantez. A ambos lados de las aguas reflectantes se extendían trigales, y Rob le mostró cómo los altos tallos daban sombra al terreno, volviéndolo tentadoramente penumbroso y fresco.

– Vamos, es como una caverna -dijo y se acercó a la rastra, como si fuera un niño grande.

Ella lo siguió lentamente. De pronto, un pequeño ser vivo hizo crujir el grano casi maduro y dio un salto.

– Sólo se trata de un minúsculo ratón que ha huido, asustado -dijo él.

Mientras se acercaba a ella por el suelo frío, se contemplaron.

– No quiero hacerlo, Rob.

– Entonces no lo harás, Mary -respondió Rob, aunque Mary notó la frustración en su mirada.

– ¿Podrías besarme y sólo besarme, por favor? -le preguntó humildemente.

Así, su primera intimidad explícita fue un beso torpe y melancólico, condenado por la aprensión de Mary.

– Lo otro no me gusta. Ya lo he hecho -dijo precipitadamente, para apresurar el momento que tanto temía.

– Entonces, ¿tienes experiencia?

– Sólo una vez, con mi primo, en Kilmarnock. Me hizo un daño terrible.

Rob le besó los ojos y la nariz, suavemente la boca, mientras ella disipaba sus dudas. Al fin y al cabo, ¿quién era aquel? Stephen Tedder había sido alguien que conocía de toda la vida, primo y amigo, y le había provocado un auténtico dolor. Después se desternilló de risa por su malestar, como si ella hubiera sido tan torpe como para permitirle hacer aquello, lo mismo que si le hubiera permitido empujarla para que cayera sentada en un lodazal.

Y mientras ella albergaba sus desagradables pensamientos, aquel ingrato había modificado la naturaleza de sus besos, y su lengua le acariciaba el interior de los labios. No era desagradable, y cuando intentó imitarlo, le sorprendió su lengua. Pero ella se echó a temblar otra vez cuando le desató el corpiño -Sólo quiero besarlos- dijo Rob apremiante, y Mary tuvo la extraña experiencia de bajar la vista y ver la cara de él avanzando hacia sus pechos que, reconoció Mary con gruñona satisfacción, eran pesados pero altos y firmes, y arrebatados de color.

Rob lamió el borde rosado y toda ella se estremeció. Su lengua se movió en círculos cada vez más estrechos hasta que llegó al endurecido pezón color corales, en el que se posó como si fuese un bebé cuando lo tuvo entre sus labios, en tanto la acariciaba detrás de las rodillas y en el interior de las piernas. Pero cuando su mano llegó al montículo, Mary se puso rígida. Sintió que se le cerraban los músculos de los muslos y el estómago, y se mantuvo tensa y asustada hasta que él apartó la mano.

Rob hurgó en sus propias ropas, luego buscó la mano de ella y le hizo una ofrenda. Ella había entrevisto hombres anteriormente, por casualidad, encontrar a su padre o a uno de los trabajadores orinando detrás de un busto. Y había vislumbrado más en esas ocasiones que cuando estuvo con Stephen Tedder, de modo que nunca había visto, y ahora no pudo dejar estudiarlo. No esperaba que fuera tan… grueso, pensó acusadoramente, como si él tuviera la culpa. Mary cobró valor, le zarandeó los testículos y soltó una risilla cuando notó que él se retorcía. ¡Qué cosa tan bonita!

Después se sintió más tranquila y se acariciaron, hasta que ella intentó, por su propia iniciativa, comerle la boca. En breve sus cuerpos se hicieron frutos maduros y no fue tan terrible cuando la mano de él abandonó sus nalgas firmes y redondas, y volvió a retozar dulcemente entre sus piernas.

Mary no sabía qué hacer con la mano. Le puso un dedo entre los labios y palpó su saliva, sus dientes y su lengua, pero él se apartó para chuparle los pechos, besarle el vientre y los muslos. Se abrió camino en ella primero con un dedo y luego con dos, masajeando el clítoris en círculos cada vez más rápidos.

– ¡Ah! -suspiró ella débilmente, y levantó las rodillas.

Pero en lugar del martirio para el que su mente estaba preparada, se asombró al sentir la calidez de su aliento sobre ella. Y su lengua nadó como un pez en su humedad entre los pliegues vellosos que ella misma se avergonzaba de tocar. "¿Cómo haré para volver a mirar a este hombre a la cara?”, se preguntó, pero la pregunta se esfumó al instante, se desvaneció de forma extraña y maravillosa, pues comenzó a estremecerse y corcovear pícaramente, con los ojos cerrados y su boca callada a medias abierta.

Antes de que recuperara el juicio, él se había insinuado en su interior.

Estaban verdaderamente enlazados; él era una calidez abrigada y sedosa en el núcleo de su cuerpo. No hubo dolor; apenas una leve sensación de rigidez que en seguida cedió mientras él avanzaba lentamente.

En un momento dado, Rob preguntó:

– ¿Todo va bien?

– Sí -dijo ella, y Rob siguió adelante.

En unos segundos, Mary se encontró moviendo su cuerpo al ritmo del él. Poco después, a Rob le resultó imposible seguir conteniéndose, cada vez con más impulso, vibrante. Ella quería tranquilizarlo, pero mientras lo estudiaba a través de sus ojos rasgados, vio que echaba la cabeza hacía atrás y se arqueaba.

¡Cuánta singularidad en sentir su enorme temblor, en oír su gruñido de lo que pareció un arrollador alivió cuando se vació en ella!

Durante largo rato, en la penumbra del alto trigal, apenas se movieron.

Permanecieron quietos y callados; ella había apoyado en él una de sus largas piernas. El sudor y los líquidos se secaban.

– Llegará a gustarte -dijo finalmente Rob-. Como la cerveza de malta.

Mary le pellizco un brazo con todas sus fuerzas. Pero estaba pensativa.

– ¿Por qué nos gusta? -preguntó-. He observado a los caballos antes cuando lo hacen. ¿Por qué a los animales les gusta?

Él se mostró sorprendido. Años después, ella comprendería que esa pregunta la diferenciaba de cualquier mujer que hubiese conocido, pero ahora no sabía que Rob la estaba estudiando.

Mary no se decidió a decirlo, pero él ya se diferenciaba de cualquier otro hombre en su mente. Percibió que había sido sumamente bondadoso con ella en una forma que no comprendía del todo; claro que sólo contaba con el recuerdo de un acto tosco como elemento de comparación.

– Pensaste más en mí que en ti mismo -dijo ella.

– No lo pasé nada mal.

Ella le acarició la cara y mantuvo allí su mano mientras él le besaba la palma.

– La mayoría de los hombres… la mayoría de la gente no es así. Lo sé.

– Tienes que olvidar a tu condenado primo de Kilmarnock -le dijo.

Rob captó algunos pacientes entre los recién llegados, y se regocijó cuando le contaron que, al reclutarlos, Kerl Fritta se había jactado de que su caravana estaba asistida por un cirujano barbero magistral.

Se animó especialmente al ver a los que había tratado durante la primera etapa del viaje, pues con anterioridad nunca había atendido la salud de alguien durante tanto tiempo.

Le contaron que el boyero franco que siempre sonreía, y al que había tratado sus bubas, murió en Gabrovo en pleno invierno. Rob sabía que eso iba a ocurrir, y le había hablado al hombre de su ineludible sino, pero la noticia lo entristeció.

– Lo más gratificante es lo que sé reparar -le dijo a Mary-. Un hueso roto, una herida abierta, un doliente al que sé cómo tratar para que se ponga bien. Lo que aborrezco son los misterios. Las enfermedades sobre las que no sé nada, o de las que sé menos que quienes las padecen. Los males que aparecen como salidos de la nada y desafían toda explicación razonable, todo tratamiento. ¡Ah, Mary, es tan poco lo que sé! En realidad no sé nada, pero soy el único al que pueden acudir los pacientes.

Sin comprender todo lo que decía, Mary lo consolaba. Una noche fue a ver a Rob, sangrante y atormentada por los retortijones, y le habló de su madre. Jura Cullen había comenzado su regla un hermoso día de verano, y el flujo se había convertido en un derrame, el derrame en hemorragia. A su muerte, Mary estaba demasiado apesadumbrada para llorar, y ahora todos los meses, cuando aparecía la regla, creía que la mataría.

– ¡Calla! No era un flujo menstrual ordinario; tiene que haber sido algo más. Tú sabes que así es -le dijo, con la palma de la mano pálida y tranquilizadora en su vientre, paliando con besos su dolor.

Días más tarde, con ella a su lado en el carromato, Rob se encontró hablando de temas que nunca había comentado con nadie: la muerte de su padres, la separación de sus hermanitos y su pérdida. Ella lloró como si no pudiera parar, y se volvió en el asiento para que su padre no la viera.

– ¡Cuánto te quiero! -susurró.

– Te amo -dijo él lentamente para su propio asombro: nunca había dicho esas palabras a nadie.

– No quiero separarme nunca de ti -dijo Mary.

Después, cuando estaban en el camino, ella se volvía en la silla de su caballo castrado y lo miraba. Su código secreto consistía en llevarse los dedos de la mano derecha a sus labios, como para espantar a un insecto o quitarse una mota de polvo.

James Cullen seguía buscando el olvido en la botella, y a veces Mary iba con Rob después que su padre había estado bebiendo y dormía profundamente. Él hizo lo imposible por disuadirla, pues los centinelas solían estar muy nerviosos y era peligroso moverse por el campamento de noche. Pero ella era una mujer testaruda y de todos modos iba, y él siempre se alegraba.

Mary era una aprendiza veloz. Muy pronto se conocían mutuamente todos los defectos y virtudes, todos los rasgos y manchas, como viejos amigos. La gran corpulencia de ambos formaba parte de la magia y, a veces, cuando se movían al unísono, Rob pensaba en unos mamuts que se acoplaban atronadoramente. Para él era algo tan novedoso como para ella, en cierto sentido: había poseído a muchas mujeres, pero nunca había hecho el amor. Ahora, sólo quería proporcionarle placer.

Estaba preocupado y desconcertado, imposibilitado de entender qué había acontecido en tan poco tiempo.

Se internaban cada vez más en la Turquía europea, una parte del país conocida como Tracia. Los trigales se tornaron en llanuras ondulantes de ricos pastos y comenzaron a ver rebaños de ovejas.

– Mi padre se está animando -le dijo Mary.

Cada vez que encontraban ovejas, Rob veía salir a James Cullen y al indispensable Seredy al galope, para hablar con los pastores, hombres de piel morena que llevan largos cayados y usaban camisas de manga larga y pantalones holgados recogidos a la altura de las rodillas.

Una noche, Cullen se presentó sólo a hablar con Rob. Se instaló junto al fuego y carraspeó, incómodo.

– Nunca creí que me tomaras por ciego.

– Nunca lo supuse -dijo Rob, con todo respeto.

– Permíteme que te hable de mi hija. Tiene cierta educación. Sabe latín

– Mi madre sabía latín. Ella me enseñó.

– Mary sabe mucho latín. Es muy importante saberlo en tierras extranjeras, para poder hablarlo con funcionarios y clérigos. La mandé a estudiar con las monjas de Walkirk. La aceptaron porque creyeron que podrían atraerla a la orden, pero no la conocían. No es aficionada a los idiomas, pero cuando le dije que debía aprender latín, puso todo su empeño en ello. Entonces yo soñaba con viajar a Oriente para comprar ovejas finas.

– ¿Puedes volver a tu tierra llevando el ganado a pie? -preguntó Rob, que lo dudaba.

– Puedo. Soy un experto con las ovejas -se enorgulleció Cullen-. Siempre había sido un sueño y nada más que un sueño, pero a la muerte de su mujer decidió que lo volveríamos real. Mis parientes dijeron que huía porque estaba loco de dolor, pero era mucho más que eso.

Hubo un silenció prolongado.

– ¿Has estado en Escocía, muchacho? -preguntó finalmente Cullen, cambiando su tratamiento.

Rob meneó la cabeza.

– Nunca he ido más allá del norte de Inglaterra y las montañas Cheviot.

Cullen bufó.

– Cerca del límite, quizá, pero ni remotamente cerca de la verdadera Escocia. Escocia es más elevada y sus rocas más duras. Las montañas producen buenas corrientes, pletóricas de peces, y dan agua en abundancia para los pastos. Nuestra propiedad está enclavada entre colinas escarpadas y es muy extensa. Los rebaños son numerosos.

Hizo una pausa, como si escogiera con gran cuidado sus palabras.

– El hombre que se case con Mary las heredará, si es digno de ello -concluyó. Luego, se inclinó hacía Rob-. Dentro de cuatro días llegaremos a la ciudad de Babaeski. Allí mi hija y yo abandonaremos la caravana. Nos dirigiremos al sur, hasta Malkara, donde hay un gran mercado de animales, en el que espero comprar reses. Luego viajaremos a la meseta de Anatolia, donde tengo puestas mis máximas esperanzas. Me daría una alegría que quisieras acompañarnos. -Suspiró y dirigió a Rob una mirada penetrante-. Eres fuerte y sano. Tienes valor; de lo contrario no te habrías aventurado tan lejos para mercar y mejorar tu posición en el mundo. No eres lo que yo habría escogido para mi hija, pero ella te eligió a ti. Yo la quiero y deseo su felicidad. Mary Margaret es todo lo que tengo.

– Señor Cullen… -dijo Rob, pero el criador de ganado lo interrumpió.

– No es algo que se ofrezca a la ligera ni sobre lo cual se deba decidir de inmediato. Querrás pensarlo, muchacho, como he hecho yo.

Rob le dio las gracias amablemente, como si le hubieran ofrecido una manzana o un dulce, y Cullen regresó a su campamento.

Pasó una noche de insomnio, contemplando el cielo. No era tan tonto como para no reconocer que Mary era excepcional. Milagrosamente, lo amaba. Jamás volvería a encontrar una mujer como ella.

Y tierras. ¡Santo Dios, tierras!

Le estaban ofreciendo una vida como la que su padre nunca se habría atrevido a soñar, ni ninguno de sus antepasados. Tendría trabajo e ingresos seguros, respeto y responsabilidades. Propiedades para legar a sus hijos. Le estaban sirviendo en bandeja una existencia distinta de la que conocía…: una mujer cariñosa que le tenía sorbidos los sesos, un futuro asegurado como uno de los privilegiados que poseían tierras.

Dio vueltas y más vueltas.

Al día siguiente, ella apareció con la navaja de su padre y procedió a cortarle el pelo.

– No cortes cerca de las orejas.

– Ahí es donde se ha vuelto más ingobernable. ¿Y por qué no te afeitas?

Esa barba incipiente te da aspecto de salvaje.

– La recortare cuando este más larga -se quitó el trapo del cuello-. ¿Sabes que tu padre me hablo?

– Antes habló conmigo, por supuesto.

– No iré contigo a Malkara, Mary.

Sólo su boca evidenció lo que estaba oyendo, y sus manos, que parecían hallarse en reposo sobre la falda, aferraron con tanta fuerza la navaja que sus nudillos se veían blancos a través de la piel translúcida.

– ¿Te reunirás con nosotros en otro sitio?

– No -dijo Rob. Era difícil. No estaba acostumbrado a hablar sinceramente con las mujeres-. Iré a Persia, Mary.

– No me quieres.

El timbre atónito de la voz de Mary hizo comprender a Rob lo poco preparada que estaba para aquella eventualidad.

– Te quiero, pero le he dado vueltas a la cabeza y me he devanado lo sesos, y no es posible.

– ¿Por qué? ¿Ya tienes esposa?

– No, no. Pero iré a Ispahán, en Persia. No a buscar una oportunidad en el comercio, como te había dicho, sino a estudiar medicina.

La confusión se reflejó en el rostro de Mary, mediante la pregunta interior de qué era la medicina en comparación con las propiedades Cullen.

– Tengo que ser médico.

Parecía una excusa inverosímil. Sintió una extraña vergüenza, como si estuviera confesando un vicio u otra debilidad. No intentó explicarse, pues era complicado y él mismo no lo entendía.

– Tu trabajo te da pesares. Sabes que es así. Viniste a mi quejándote de que te atormenta.

– Lo que me atormenta es mi propia ignorancia y mi incapacidad. En Ispahán aprenderé a ayudar a aquellos por los que ahora no puedo hacer nada.

– ¿No puedo estar contigo? Mi padre iría con nosotros y compraría ovejas allí.

El tono suplicante y la esperanza que brilló en sus ojos obligaron a Rob a endurecerse y le impidieron consolarla. Le explicó que la Iglesia prohibía la asistencia a las academias islámicas y le contó lo que pensaba hacer. Ella fue palideciendo a medida que comprendía.

– Te estás arriesgando a la condenación eterna.

– No puedo creer que mi alma se pierda por eso.

– ¡Un judío!

Mary limpió la navaja en el trapo, con movimientos nerviosos, y la devolvió a su pequeño estuche de cuero.

– Sí. Como ves, se trata de algo que tengo que hacer sólo.

– Lo que veo es un hombre que está loco. He cerrado los ojos al hecho de que no sé nada sobre ti. Pienso que te has despedido de muchas mujeres, ¿verdad?

– Esta vez no es lo mismo.

Quiso explicarle la diferencia, pero ella no se lo permitió. Lo había escuchado atentamente, y ahora Rob comprendió la profundidad de la herida que le había infligido.

– ¿No temes que le cuente a mi padre que me has usado y que él pague para verte muerto? ¿O que corra hasta el primer sacerdote que encuentre y revele el destino de un cristiano que se burla de la Santa Madre Iglesia?

– Te he dicho la verdad. Yo nunca te causaría la muerte ni te traicionaría, y tengo la certeza de que tú me pagarás con la misma moneda.

– No pienso quedarme esperando a ningún médico -dijo Mary.

Él asintió, detestándose por el amargo velo que cubría los ojos de ella cuando se volvió.

Todo el día la observó cabalgar muy erguida en su silla. Ni una sola vez se volvió para mirarlo. Al caer la tarde, Rob observó que Mary Cullen y su padre hablaban seria y largamente. Era obvió que sólo le dijo a su padre que había decidido no casarse, porque más tarde Cullen dedicó a Rob una sonrisa que era al mismo tiempo aliviada y triunfal. Cullen conferenció con Seredy, y antes de que oscureciera, el sirviente llevó a dos hombres al campamento. Por sus vestimentas y su aspecto, Rob dedujo que eran turcos.

Después conjeturó que se trataba de guías, pues cuando despertó al día siguiente, los Cullen se habían ido.

Como era costumbre en la caravana, todos los que habían viajado atrás avanzaron un lugar. Ese día, en vez de seguir al caballo negro de Mary, fue detrás de los dos hermanos franceses obesos.

Se sentía culpable y afligido, pero también experimentó una sensación de alivio, porque nunca había reflexionado en el matrimonio y estaba mal preparado para afrontarlo. Pensó si su decisión había sido tomada por un auténtico compromiso con la medicina o si, meramente, había huido del matrimonio presa de un leve pánico, como habría hecho Barber.

"Quizás ambas cosas -pensó-. ¡Pobre y estúpido soñador! -se dijo, disgustado-. Algún día estarás cansado, viejo y necesitado de amor, y tendrás que conformarte con alguna hembra desaliñada y de lengua viperina.”

Consciente de una gran soledad, ansió que Señora Buffington estuviera otra vez viva. Se esforzó por no pensar en lo que había destruido, encorvándose sobre las riendas y contemplando asqueado los desagradables traseros de los hermanos franceses.

Así, durante una semana, se sintió como se había sentido después de alguna muerte. Cuando la caravana llegó a Babaeski, experimentó una profundización de la pena culposa, al darse cuenta de que allí se habrían desviado juntos para acompañar a su padre e iniciar una nueva vida. Pero al pensar en James Cullen se sintió mejor en su soledad, pues sabía que el escocés habría resultado un suegro quisquilloso.

Pero no podía dejar de pensar en Mary.

Empezó a salir de su abatimiento dos días más tarde. Al atravesar un pasaje de colinas herbosas, oyó en la lejanía un ruido característico acercándose a la caravana. Un sonido como el que podían producir los ángeles, que finalmente se aproximó y le permitió ver por vez primera una partida de camellos.

Cada uno de los animales llevaba colgadas campanillas que tintineaban a cada paso de las bestias.

Los camellos eran más grandes de lo que esperaba, más altos que un hombre y más largos que un caballo. Sus cómicas caras parecían serenas y al mismo tiempo siniestras, con grandes ollares abiertos, labios colgantes y ojos acuosos de párpados pesados, semiocultos detrás de largas pestañas, que daban una expresión singularmente femenina. Iban en recua y cargados con enormes fardos de cebada entre sus jorobas gemelas.

Posado en lo alto del bulto de paja, cada siete u ocho camellos, iba un camellero flaco y moreno, que por único atavío usaba un turbante y trapo raído en forma de pantalón de montar. De vez en cuando, alguno arriaba a las bestias con un grito gutural del que los bamboleantes animales no hacían el menor caso.

Los camellos tomaron posesión del ondulado paisaje. Rob contó trescientos animales antes de que el último se redujera a una mancha en la distancia y de que se desvaneciera el maravilloso tintineo de sus campanillas. El innegable símbolo de Oriente espoleó a los trajinantes en su camino cuando atravesaron un istmo estrecho. Aunque Rob no veía el agua, Simón le dijo que al sur se extendía el mar de Marmara y al norte, el imponente mar Negro. El aire había adquirido un estimulante olor a sal que le recordó su terruño y lo llenó de una nueva sensación de urgencia.

La tarde siguiente, la caravana coronó una cuesta, y Constantinopla apareció ante sus ojos, como una ciudad que había poblado sus sueños.

Había unas cuevas hechas por la mano del hombre, excavadas en unas laderas próximas, que proporcionaban frescura y techo a las caravanas. La mayoría de los viajeros sólo pasarían un día o dos recuperándose, haciendo reparaciones en los carros o cambiando caballos por camellos; después seguirían un camino rumbo al sur, hacía Jerusalén.

– Nos iremos de aquí dentro de unas horas -dijo Meir a Rob-, porque nos faltan diez días de viaje para llegar a nuestro hogar, en Angora, y estamos ansiosos por liberarnos de nuestra responsabilidad.

– Creo que yo me quedaré algún tiempo.

– Cuando decidas partir, ve a ver al kervanhashi, jefe de caravanas de este lugar. Se llama Zevi. De joven fue boyero y luego amo de una caravana que llevaba partidas de camellos por todas las rutas. Conoce a los viajeros -dijo Simón con orgullo- es judío y un buen hombre. Él se encargará de que viajes seguro.

Rob apretó sus muñecas, uno por uno.

"Adiós, fornido Gershom, cuyo duro culo abrí con un bisturí.”

"Adiós, Judah, de nariz afilada y barba negra.”

"Adiós, joven amigo Tuveh.”

"Gracias, Meir.”

"¡Gracias, muchas gracias, Simón!”,

Se despidió de ellos con pesar, pues siempre fueron bondadosos con él. La separación resultó más difícil porque lo alejaba del libro que lo había introducido en la lengua persa.

Poco después, conducía solo por Constantinopla, una ciudad enorme, y a la vez más extensa que Londres. Vista de lejos parecía flotar en el aire claro cálido, enmarcada en la piedra azul oscuro de los muros y en los diferentes azules del cielo en lo alto y del mar de Marmara al sur. Vista desde dentro, Constantinopla era una ciudad llena de iglesias de piedra que se alzaban en calles estrechas, atestadas de jinetes a lomos de burros, caballos y camellos además de sillas de mano y carros y carromatos de toda clase. Unos fuertes mozos de cuerda con uniforme holgado de basto paño marrón, transportaban increíbles cargas sobre sus espaldas o en plataformas que llevaban en la cabeza, como si fueran sombreros.

En una plaza pública, Rob se detuvo a estudiar una figura solitaria que se erguía encima de una alta columna de porfido, encarado hacía la ciudad. Por la inscripción en latín logró discernir que se trataba de Constantino El Grande. Los hermanos y sacerdotes que enseñaban en la escuela de St. Batolph, en Londres, le habían transmitido una buena base acerca de lo que representaba esa estatua. Los sacerdotes simpatizaban mucho con Constantino, porque fue el primer emperador romano que se hizo cristiano. Por cierto, su conversión había sido obra de la Iglesia cristiana, y cuando por fuerza de las armas tomó la ciudad griega de Bizancio y la hizo suya -Constantinopla, ciudad de Constantino-, se transformó en la joya del cristianismo en Oriente y en asiento de catedrales.

Rob dejó el área comercial y eclesiástica para internarse en los barrios de estrechas y apiñadas casas de madera, con segundos pisos sobresalientes que podrían haber sido transportados desde muchas ciudades inglesas. Era una ciudad rica en nacionalidades, como corresponde a un lugar que marca el fin de un continente y el principio de otro. Rob pasó por un barrio griego, un mercado armenio, un sector judío e, imprevistamente, en lugar de escuchar un impenetrable parloteo tras otro, oyó unas palabras en parsi.

De inmediato buscó y encontró un establo, controlado por un hombre llamado Ghiz. Era un buen establo, y Rob se ocupó de las comodidades de su yegua antes de dejarla, porque le había prestado buenos servicios y merecía descansar ociosamente y comer montones de pienso. Ghiz señaló a Rob la dirección de su propia casa, en lo alto del Sendero de los Trescientos Veintinueve Peldaños, donde había un cuarto en alquiler.

El ascenso valió la pena, porque la habitación era luminosa y limpia, y una brisa salada se colaba a través de la ventana.

Desde allí bajó la vista hacía el Bósforo, de color jacinto, en el que las velas parecían capullos en movimiento. Más allá de la orilla opuesta, a una media milla de distancia, divisó las siluetas de cúpulas y alminares afilados como lanzas, y comprendió que esa era la razón de las fortificaciones, los fosos y los dos muros que rodeaban Constantinopla. A corta distancia de su ventana, concluía la influencia de la cruz, y los límites estaban guarnecidos para defender al cristianismo del Islam. Al otro lado del estrecho comenzaba la influencia de la Media Luna.

Permaneció asomado a la ventana y fijó la vista en Asia, donde en breve ahondaría.

Aquella noche, Rob soñó con Mary. Despertó melancólico y huyó de la habitación. A la altura de una plaza que se llamaba Foro de Augusto, encontró unos baños públicos, donde soportó fugazmente las aguas frías y luego se demoró en las aguas calientes del tepidarium, como César, enjabonándose y respirando vapor.

Cuando emergió, secándose con una toalla y arrebolado por la ultima zambullida fría, tenía un hambre canina y estaba más optimista. En el mercado judío compró unos pescaditos fritos y un racimo de uvas negras, que fue comiendo mientras buscaba lo que necesitaba.

En muchos tenderetes vio las prendas interiores de lino que había visto usar a todos los judíos de Tryavna. Las camisetas cortas llevaban los adornos trenzados que recibían el nombre de tsitsith y que, según le había explicado Simón, les permitirían cumplir la admonición bíblica de que toda su vida los judíos debían usar orlas de ese tipo en los bordes de sus prendas de vestir.

Descubrió a un mercader judío que hablaba persa. Era un viejo chocho de boca con labios colgantes y con manchas de comida en el caftán, pero a ojos de Rob representaba la primera amenaza de ser descubierto.

– Es un regalo para un amigo de mi talla -musitó Rob.

El viejo no le prestó la menor atención, pues sólo estaba atento a la venta. Finalmente, encontró una camiseta orlada lo bastante grande para él.

Rob no se atrevió a comprar todo a la vez. Fue a los establos y vio que Caballo lo estaba pasando bien.

– El tuyo es un carromato decente -dijo Ghiz.

– Sí.

– Estaría dispuesto a comprártelo.

– No está en venta.

Ghiz se encogió de hombros.

– Un carro adecuado, aunque tendría que pintarlo. Pero una pobre bestia, ¡ay, sin bríos! Sin orgullo en la mirada. Tendrías suerte si te quitaran el animal de las manos.

Comprendió de inmediato que el interés de Ghiz por el carro sólo estaba destinado a distraerlo del hecho de que se había aficionado a Caballo.

– Tampoco está en venta.

Empero, tuvo que reprimir una sonrisa ante la idea de que intentara tan torpe distracción con alguien para quien la distracción había sido el único capital. El carro estaba muy cerca y Rob se entretuvo, mientras el hombre se ocupaba en una cuadra, en hacer ciertos preparativos discretos.

De inmediato extrajo una moneda de plata del ojo izquierdo de Ghiz.

– ¡Por Alá!

Convenció a una pelota de madera para que desapareciera cuando la cubrió con un pañuelo, y luego hizo cambiar de color el pañuelo, que cambiaba de color otra vez, del verde al azul y al marrón…

– ¡En nombre del Profeta!

Rob sacó una cinta roja de entre sus dientes y la presentó con un artístico floreo, como si el mozo de cuadra fuera una joven ruborizada. Atrapado entre el asombro y aquel infiel, Ghiz cedió al deleite. Así, Rob pasó una parte del día agradablemente, haciendo magias y juegos malabares, y antes de ponerle punto final hubiera podido vender cualquier cosa a Ghiz.

Con la cena le sirvieron una ardiente bebida parda, demasiado espesa, empalagosa y abundante. En la mesa vecina había un sacerdote y Rob le ofreció una copa.

Allí los sacerdotes usaban largas túnicas negras de mucho vuelo, y gorro de paño altos y cilíndricos, con pequeñas alas rígidas. La túnica de aquel clérigo estaba bastante limpia, pero su gorro, cubierto de mugre, evidenciaba una larga carrera. Era coloradote, de ojos saltones y edad mediana; estaba ansioso por conversar con un europeo y perfeccionar sus conocimientos sobre las lenguas occidentales. No sabía inglés, pero trató de hablar con Rob en normando y en franco, y finalmente se vio obligado a aceptar el persa, un tanto enfurruñado.

Se llamaba padre Tamas y era un sacerdote griego.

Su humor se endulzó con la bebida espirituosa, que se echó en grandes tragos.

– ¿Pensáis instalaros en Constantinopla, señor Cole?

– No, dentro de unos días viajaré a Oriente con la esperanza de adquirir hierbas medicinales para llevar a Inglaterra.

El sacerdote asintió. Sería mejor que se aventurara a viajar a Oriente sin demora, le dijo, porque el Señor había ordenado que algún día estallara la guerra justa entre la única Iglesia verdadera y el Islam salvaje.

– ¿Habéis visitado nuestra catedral de la Santa Sofía? -preguntó, y se quedó pasmado cuando Rob sonrió y movió la cabeza negativamente-. ¡Tenéis que hacerlo antes de marcharos, mi nuevo amigo! ¡Debéis visitarla! Es el más maravilloso templo del mundo. Fue edificada por orden del propio Justiniano, y cuando tan digno emperador entró por primera vez en la catedral, cayó de rodillas y exclamó: "He construido mejor que Salomón.” Y no sin razón la cabeza de la Iglesia reside en la magnificencia de la catedral de la Santa Sofía -concluyó el padre Tamas.

Rob lo miró sorprendido.

– ¿Entonces el papa Juan se ha trasladado de Roma a Constantinopla?

El padre Tamas lo contempló. Cuando pareció haberse cerciorado de que Rob no se estaba riendo a sus expensas, el sacerdote griego sonrió fríamente.

– Juan XIX sigue siendo patriarca de la Iglesia cristiana en Roma. Pero Alejo IV es patriarca de la Iglesia cristiana en Constantinopla, y aquí es nuestro único pastor -dijo.

El licor y el aire marino se combinaron para proporcionarle un descanso profundo y sin sueños. A la mañana siguiente, se permitió el lujo de repetir los baños, y en la calle compró pan y ciruelas frescas para desayunar, mientras se encaminaba al bazar de los judíos. En el mercado seleccionó atentamente, porque había pensado mucho en cada artículo. Había observado unos pocos taleds de lino en Tryavna, pero los hombres que más respetaba usaban lana. Decidió imitarlos y compró un taled de lana de cuatro esquinas, adornado con bordes similares a los de la ropa interior que había encontrado el día antes.

Con cierta sensación de extrañeza, adquirió un juego de filacterias, las tiras de cuero que se colocaban en la frente y se ataban alrededor de un brazo durante las oraciones matinales.

Hizo cada una de sus compras en un puesto distinto. Uno de los vendedores, un joven cetrino al que le faltaban algunos dientes, tenía una exposición especialmente variada de caftanes. El joven no sabía parsi, pero se las arreglaron con gestos. Ninguno de los caftanes era de su talla, pero le indicó que esperara y se acercó deprisa al tenderete del anciano que había vendido el tsitsith a Rob. Allí había caftanes más grandes, y unos minutos después Rob había comprado dos.

Salió del bazar con sus posesiones en un saco de paño, cogió una calle por la que aún no había andado, y poco después apareció ante sus ojos una iglesia tan espléndida que sólo podía ser la catedral de la Santa Sofía. Cruzó unas enormes puertas de bronce y se encontró en una inmensa nave abierta, de encantadoras proporciones, con una extensión tan alta de columna a arco, de arco a bóveda, de bóveda a una cúpula, que se sintió muy pequeño.

El vasto espacio de la nave estaba iluminado por miles de lámparas cuya combustión suave y clara, en cuencos de aceite, se veía reflejada por más destellos de los que estaba acostumbrado a encontrar en una iglesia. Había iconos enmarcados en oro, paredes de mármoles preciosos, y demasiados dorados y brillos para el gusto inglés. No había indicios del patriarca, pero más abajo vio ante el altar a unos sacerdotes con casullas de ricos brocados.

Una de las figuras hacía oscilar un incensario y estaban cantando la misa, pero a tanta distancia que Rob no olió el incienso ni descifró el latín.

La mayor parte de la nave estaba desierta, y se sentó en el fondo, rodeado de bancos tallados desocupados, bajo la figura contorsionada que colgaba de una cruz, acechante en las tinieblas iluminadas por las lámparas. Sintió que aquellos ojos de mirada fija lo penetraban hasta lo más hondo de su ser y conocían el contenido de su saco de paño. No había sido criado en la devoción, pero en esta rebelión calculada se sentía extrañamente movido hacia el sentimiento religioso. Rob se daba cuenta de que había entrado en la catedral precisamente a la espera de ese momento. Se incorporó y durante un rato permaneció en silencio, aceptando el desafío de aquellos ojos.

Por último, habló en voz alta:

– Tengo que hacerlo. Pero no te estoy abandonando.

Se sintió menos seguro más tarde, después de haber trepado la colina de peldaños de piedra y haber llegado a su habitación.

Apoyó en la mesa el pequeño cuadrado de acero frente a cuya pulida superficie solía afeitarse, y acercó la navaja a los cabellos que ahora caían largos y enmarañados sobre sus orejas, recortando hasta que sólo quedaron los bucles ceremoniales que los judíos llamaban peoth.

Se desnudó y, temeroso, se puso el tsitsith, casi esperando ser alcanzado por un rayo. Tuvo la sensación de que las orlas reptaban por su carne.

El largo caftán negro resultaba menos intimidatorio. Sólo era una prenda exterior, sin ninguna relación con el Dios de los judíos.

La barba seguía siendo innegablemente escasa. Acomodó sus bucles de modo que colgaran flojos por debajo del gorro de cuero en forma de campana, lo cual era un toque afortunado, pues evidentemente el gorro estaba muy viejo y usado.

No obstante, cuando volvió a salir de la habitación y llegó a la calle, supo que era una locura y que su plan fracasaría. Pensaba que si alguien lo miraba soltaría una carcajada.

"Necesitaré un nombre”, pensó.

No valdría hacerse llamar Reuven el Cirujano Barbero, como lo conocían en Tryavna. Para prosperar en la transformación, necesitaba algo más que una poco convincente versión hebrea de su identidad goy.

Jesse…

Un nombre que recordaba de cuando mamá le leía la Biblia en voz alta. Un nombre sonoro con el que podía convivir; el nombre del padre del rey David.

Como patronímico se decidió por Benjamín, en honor de Benjamín Merlín que, aunque de mala gana, le había mostrado lo que podía ser un médico.

Diría que procedía de Leeds, resolvió, porque recordaba el aspecto de las casas judías de la ciudad y podría hablar en detalle si surgía la necesidad

Se resistió al deseo de dar media vuelta y huir, pues en su dirección se encaminaban tres sacerdotes, y con algo afín al pánico reconoció en uno de ellos al padre Tamas, su compañero de cena de la noche anterior.

Los tres siguieron su camino a ritmo de paseo, enfrascados en su conversación.

Rob se obligó a seguir la dirección que llevaba.

– La paz sea con vosotros -dijo cuando estuvieron de frente.

El sacerdote griego miró desdeñosamente al judío y retornó a la charla con sus compañeros, sin responder al saludo.

Después de cruzarse, Jesse ben Benjamín de Leeds se permitió una sonrisa. Serenamente ahora, y con más confianza, siguió andando, con la palma apretada contra la mejilla derecha, como hacía el rabbenu de Tryavna cuando caminaba abstraído en sus pensamientos.

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