SEXTA PARTE

HAKIM

EL NOMBRAMIENTO

La mañana siguiente al retorno, Rob estudió a su niño-hombre a la luz del día y vio que era un bebé hermoso, con ojos azul oscuro, muy ingleses, manos y pies grandes. Contó y flexionó suavemente cada dedito de la mano y el pie y se regocijó con sus piernecillas ligeramente arqueadas. Un niño fuerte. Olía como una prensa olivarera, pues había sido aceitado por su madre.

Luego el olor se hizo menos agradable y Rob cambió los pañales de un bebé por primera vez desde que atendiera a sus hermanos menores. En el fondo, todavía ansiaba encontrar algún día a William Stewart, Anne Mary y Jonathan Carter. ¿No sería un placer mostrar a su sobrino a los Cole largo tiempo perdidos?

Rob y Mary discutieron sobre la circuncisión.

– No le hará daño. Aquí todos los hombres están circuncidados, musulmanes y judíos, y para él será una forma fácil de ser mejor aceptado.

– Yo no quiero que sea mejor aceptado en Persia -dijo Mary con tono de hastío-. Deseo que lo sea en nuestra tierra, donde a los hombres no les cortan ni les atan nada, y los dejan tal como la naturaleza los trajo al mundo.

Rob rió y ella se echó a llorar. La consoló y, después, en cuanto pudo, escapó a conversar con Ibn Sina.

El Príncipe de los Médicos lo saludó cordialmente, dando gracias a Alá por su supervivencia y pronunciando palabras de pesar por Mirdin. Ibn Sina escuchó atentamente el informe de Rob sobre los tratamientos y amputaciones realizados en las dos batallas, y se interesó de forma especial en las comparaciones entre la eficacia del aceite caliente y los baños de vino para limpiar heridas abiertas. Ibn Sina demostró que le interesaba más la validez científica que su propia infalibilidad. Aunque las observaciones de Rob contradecían lo que él mismo había dicho y escrito, insistió en que su discípulo pusiera por escrito sus hallazgos.

– Además, esta cuestión concerniente al vino de las heridas podría ser tu primera conferencia como Hakim -dijo.

Rob aceptó lo que decía su mente. Luego, el anciano lo observó.

– Me gustaría que trabajaras conmigo -dijo-. Como asistente.

Nunca había soñado con algo semejante. Quería decirle al médico jefe que sólo había ido a Ispahán -desde tierras remotas, a través de otros mundos, superando todo tipo de vicisitudes- para tocar el borde de sus vestiduras, pero en lugar de explicárselo, asintió.

– ¡Ya lo creo que me gustaría!

Mary no opuso reparos cuando se lo dijo. Llevaba en Ispahán el tiempo suficiente como para no ocurrírsele que su marido pudiera rechazar tal honor, pues además de un buen salario contaría con el prestigio y el respeto inmediatos de la asociación con un hombre venerado como un semidiós, más amado que la misma realeza. Cuando Rob vio que se alegraba por él, la abrazó.

– Te llevaré a casa, te lo prometo, Mary, pero todavía falta algún tiempo. Por favor, confía en mí.

Mary confiaba en él. No obstante, reconocía que si habían de permanecer más tiempo allí, debía cambiar. Resolvió hacer un esfuerzo por adaptarse al país. Aunque reacia, cedió en lo concerniente a la circuncision de su hijo.

Rob fue a pedir consejo a Nitka la Partera.

– Acompáñame -dijo la mujer, y lo llevó dos calles más abajo, a ver a Reb Asher Jacobi.

– Una circuncisión -dijo-. La madre…

– Reb Asher Jacobi -refunfuñó, y miró a Nitka con los ojos entornados, atusándose la barba-. ¡Es una Otra!

– No tiene por qué ser un rito con todas las oraciones -dijo Nitka, impaciente. Habiendo dado el serio paso de asistir a la Otra a dar a luz, pasó fácilmente al papel de defensora-. Si el padre solicita el sello de Abraham en su hijo, es una bendición circuncidarlo, ¿verdad?

– Sí -admitió Reb Asher-. Tu padre.

– ¿Quién sujetará al niño? -preguntó a Rob.- Mi padre ha muerto.

Reb Asher suspiró.

– ¿Estarán presentes otros miembros de la familia?

– Sólo mi mujer. Aquí no hay más miembros de la familia. Yo mismo sujetaré a mi hijo.

– Es una ocasión celebratoria -dijo Nitka amablemente-. ¿No te molesta? Mis hijos Shemuel y hofni, unos pocos vecinos…

Rob asintió.

– Yo me ocuparé -propuso Nitka.

A la mañana siguiente, ella y sus robustos hijos, picapedreros de oficio, fueron los primeros en llegar a casa de Rob. Hinda, la huraña vendedora del mercado judío, fue con su Tall Isak, un erudito de barba gris y ojos azorados.

Hinda seguía sin sonreír, pero llevó un regalo consistente en pañales y mantillas. Yaakob el Zapatero y Naoma, su mujer, se presentaron con una jarra de vino. Mizah Halevi el Panadero y su mujer, Yudit, aparecieron con dos grandes hogazas de pan azucarado.

Sosteniendo el dulce cuerpecillo en posición supina sobre su regazo, Rob tuvo sus dudas cuando Reb Asher cortó el prepucio de tan diminuto pene.

– Que el muchacho crezca vigoroso de mente y cuerpo para una vida de buenas obras -declaró el mohel, mientras el bebé berreaba.

Los vecinos levantaron sus cuencos con vino y aplaudieron, Rob dio al niño el nombre judío de Mirdin ben Jesse. Mary odió cada instante de la ceremonia.

Una hora más tarde, cuando todos se hubieron ido, ella y Rob quedaron solos con el bebé. Mary se humedeció los dedos con agua de cebada y tocó ligeramente a su hijo en la frente, el mentón, el lóbulo de una oreja y luego el otro.

– En el nombre del Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, yo te bautizo con el nombre de Robert James Cole -dijo en voz alta y clara, imponiéndole los nombres de su padre y de su abuelo.

A partir de ese momento, cuando estaban a solas, llamaba Rob a su marido, y se refería al niño como Rob J.


Al Muy Respetado Reb Mulka Askari, mercader de perlas de Masqat, un saludo.

Tu difunto hijo Mirdin era mi amigo. Que en paz descanse.

Juntos fuimos cirujanos en la India, de donde he traído estas pocas cosas que ahora te envío por intermedio de las amables manos de Reb Moise ben Zavil, mercader de Qum, cuya caravana parte este mismo día hacia tu ciudad, con un cargamento de aceite de oliva.

Reb Moise te entregará un pergamino con un plano que muestra el emplazamiento exacto del sepulcro de Mirdin en la aldea de Kausambi, con la intención de que algún día los huesos puedan ser retirados si ese es tu deseo. Asimismo, te envío el tefillin que diariamente se ceñía al brazo y que, me dijo, tú le regalaste para el minyan al llegar a los catorce años. Ademas, te envío las piezas y el tablero del juego del sha con el que Mirdin y yo pasamos muchas horas felices.

No llevó otras pertenencias suyas a la India. Naturalmente, fue enterrado con su tallit.

Ruego al Señor que proporcione algún alivio a tu aflicción y a la nuestra. Con su fallecimiento, una luz se apagó en mi vida. Mirdin era el hombre al que más he apreciado. Sé que está con Adashem y abrigo la esperanza de ser digno, algún día, de encontrarme con él.

Por favor, transmite mi afecto y respeto a su viuda y a sus vigorosos hijos, e infórmales de que mi esposa ha dado luz a un hijo saludable, Mirdin ben Jesse, y les transmite sus deseos amorosos de una buena vida.

Que el señor te bendiga y te guarde.

Yo soy Jesse ben Benjamin, Hakim.


Al-Juzjani había sido asistente de Ibn Sina durante años. Alcanzó la notoriedad como cirujano por derecho propio, y fue el más destacado entre sus antiguos asistentes, aunque todos se habían desempeñado bien. El Hakimbashi hacia trabajar duramente a sus asistentes, y el puesto era como una prolongación de los estudios; una oportunidad para seguir aprendiendo.

Desde el principio, Rob hizo mucho más que seguir los pasos de Ibn Sina y alcanzarle el instrumental, que a veces era lo único que exigían a sus asistentes otros grandes hombres. Ibn Sina esperaba que lo consultara si había algún problema o si era necesaria su opinión, pero el joven Hakim contaba con toda su confianza, y aquel esperaba que actuara por cuenta propia.

Para Rob fue una época dichosa. Dio una conferencia en la madraza sobre los baños de vino para las heridas abiertas. Asistió muy poco público, pues esa misma mañana un médico visitante de al-Rayy conferenció sobre el tema del amor físico. Los doctores persas siempre se apiñaban en las clases referentes a cuestiones sexuales, algo curioso para Rob, porque en Europa el tema no era responsabilidad de los médicos. No obstante, él mismo asistió a muchas conferencias sobre esa materia, y ya fuese por lo que aprendía o a pesar de ello, su matrimonio prosperaba.

Mary se repuso rápidamente después de dar a luz. Siguieron las instrucciones de Ibn Sina, quien advirtió que hombre y mujer habían de guardar abstinencia durante las seis semanas posteriores al parto, y aconsejó que las partes pudendas de la madre reciente se trataran suavemente con aceite de oliva y se masajearan con una mezcla de miel y agua de cebada. El tratamiento funcionó de maravilla. La espera de seis semanas pareció una eternidad, y cuando se cumplieron, Mary se volvió hacia Rob tan ansiosa como él hacia ella.

Semanas después, la leche de sus pechos comenzó a menguar. Fue un sobresalto, porque su producción era copiosa; Mary había contado a Rob que en ella había ríos de leche, leche suficiente para abastecer al mundo. Cuando amamantaba, sentía aliviarse la dolorosa presión de sus pechos, pero en cuanto desapareció la presión, sintió el dolor de oír el quejido hambriento de Rob J. Comprendieron que necesitarían a un ama de cría. Rob habló con varias comadronas, y por medio de ellas encontró a Prisca, una armenia fuerte y humilde, que tenía bastante leche para su hija recién nacida y para el hijito del hakim. Cuatro veces por día, Mary llevaba al niño al almacén de cueros de Dikran, el marido de Prisca, y aguardaba mientras el pequeño Rob J. se alimentaba. De noche, Prisca iba a la casa del Yehuddiyyeh y se quedaba en la otra habitación con los dos bebés, mientras Rob y Mary hacían sigilosamente el amor y luego gozaban del lujo del sueño ininterrumpido.

Mary estaba satisfecha, y la felicidad la dotaba de luminosidad. Florecía con una nueva certeza. A veces Rob tenía la impresión de que ella se adjudicaba todo el mérito de la pequeña y ruidosa criatura que habían creado juntos, pero la amaba tanto más por eso mismo. La primera semana del mes de Shaban volvió a pasar por Ispahán la caravana de Reb Moise ben Zavil, camino de Qum, y el mercader les entregó regalos de Reb Mulka Askari y su hija política Fara. Esta envió para el niño Mirdin ben Jesse seis pequeñas prendas de lino, primorosamente cosidas por ella. El mercader de perlas devolvió a Rob el juego del sha que había pertenecido a su hijo. Fue la primera vez que Mary lloró por Fara. Cuando se secó las lagrimas, Rob acomodó las figuras de Mirdin en el tablero y le enseñó a jugar. Después, a menudo hacían partidas. Rob no esperaba demasiado porque era un juego de guerreros, y Mary sólo era una mujer. Pero aprendió en seguida y comió una de sus piezas soltando un grito de guerra digno de un merodeador seljucí. La habilidad que adquirió Mary en mover el ejército de un rey, aunque poco natural en una hembra, no significó un gran choque para Rob, pues hacía tiempo le constaba que Mary Cullen era un ser extraordinario.

El advenimiento del Ramadán cogió desprevenido a Karim, tan inmerso en el pecado que la pureza y contrición implícitas en el mes de ayuno le parecieron imposibles de alcanzar, y demasiado dolorosas de soportar. Ni siquiera las oraciones y el ayuno apartaron de sus pensamientos a Despina y sus insaciables deseos. Por cierto, como Ibn Sina pasaba varias tardes por semana en diversas mezquitas y rompía el ayuno con mullahs y eruditos coránicos, el Ramadán resultó una época segura para el encuentro de los amantes. Karim la veía con tanta frecuencia como siempre.

Durante el Ramadán, también el sha Alá mantenía reuniones para orar y se sometía a otras exigencias. Un día, Karim tuvo la oportunidad de regresar al maristán por primera vez en meses. Afortunadamente, ese día Ibn Sina no estaba en el hospital, pues se encontraba atendiendo a un cortesano aquejado de fiebre. Karim conocía el sabor de la culpa: Ibn Sina siempre lo había tratado bien. El Hakim era renuente a encontrarse con el marido de Despina.

La visita al hospital fue una cruel decepción. Los aprendices lo siguieron a través de las salas como de costumbre…, incluso en mayor número que antes, porque su personalidad legendaria se había agigantado. Pero no conocía a ninguno de los pacientes; todos los que había tratado con anterioridad estaban muertos o recuperados y dados de alta. Y aunque otrora había paseado por aquellas salas con segura confianza en su propia habilidad, se encontró tartamudeando mientras hacía preguntas nerviosas, sin saber lo que buscaba en pacientes que eran responsabilidad de otros.

Logró superar la visita sin revelar su torpeza, pero experimentó la triste sensación de que a menos que dedicara su tiempo a la auténtica práctica de la medicina, en breve olvidaría los conocimientos adquiridos tan dolorosamente a través de muchos años.

No tenía opción. El sha Alá le había asegurado que lo que esperaba a ambos haría empalidecer la medicina.

Aquel año Karim no corrió en el chatir. No se había preparado y estaba más pesado de lo que debía estar un corredor. Presenció la carrera con el sha Alá.

El primer día de Bairam amaneció más caluroso que el de su victoria, y la carrera transcurrió lentamente. El rey había renovado su oferta de un calaat a quien repitiera la hazaña de Karim y completara las doce vueltas a la ciudad antes de la ultima oración, pero era evidente que en esa jornada nadie correría ciento ventiseís millas romanas.

El acontecimiento se convirtió en una carrera en la quinta etapa, deteriorándose hasta transformarse en un combate entre al-Harat de Hamadhan y un joven soldado llamado Nafis Jurjis. Los dos habían optado por un paso demasiado veloz el año anterior, por lo que para ellos la carrera terminó en un colapso. Ahora, con el fin de evitar que ocurriera lo mismo, corrían lentamente.

Karim estimulaba a Nafis. Informó a Alá que lo hacía porque el soldado había sobrevivido con ellos en la incursión a la India. En verdad, aunque le gustaba el joven Nafis, lo apoyaba porque no quería que ganara al-Harat, que lo había conocido de niño en Hamadhan, y cuando se encontraban, Karim aún percibía su desprecio por haber sido "el agujero donde la metía Zaki Omar".

Pero Nafis languideció después de recoger la octava flecha, y la carrera quedó en manos de al-Harat. Transcurrían las ultimas horas de la tarde y el calor era brutal; dando muestras de sensatez, al-Harat indicó con un gesto que terminaría la vuelta y se conformaría con esa victoria.

Karim y el sha recorrieron cabalgando la última etapa, muy adelantados con respecto al corredor a fin de estar en la línea de llegada para recibirlo.

Alá iba en su salvaje semental blanco y Karim montaba el árabe gris que siempre sacudía la cabeza. A lo largo del camino, a Karim se le levantó el ánimo, pues todo el pueblo sabía que pasaría mucho tiempo antes de que un corredor lo emulara en el chatir, si es que alguna vez alguien lo conseguía.

Ahora lo abrazaban por aquella proeza con gritos de alegría, y también como héroe de Mansura y Kausambi. Alá sonreía de oreja a oreja y Karim sabía que podía mirar por encima del hombro y con benevolencia a al-Harat, pues el corredor era un granjero de tierras pobres y él pronto sería visir de Persia.

Al pasar por la madraza, Karim vio al eunuco Wasif en el tejado del hospital y a su lado estaba Despina con la cara velada. Al verla, a Karim le dio un vuelco el corazón y sonrió. Era mejor pasar a su lado así, en un valioso corcel y ataviado con sedas y lino, a tambalearse y tropezar apestando a sudor, cegado por la fatiga.

No lejos de Despina, una mujer sin velo perdió la paciencia con el calor y, quitándose el paño negro que cubría su cabeza, la sacudió como si imitara al caballo de Karim. Sus cabellos cayeron y se abrieron en abanico, largos y ondulantes. El sol destelló gloriosamente en su cabellera, revelando diferentes pinceladas rojas y doradas. En ese momento Karim oyó que el sha le estaba dirigiendo la palabra.

– Es la mujer del Dhimmi ¿La europea?

– Sí, Majestad. La esposa de nuestro amigo Jesse ben Benjamín.

– Pensé que tenía que ser ella -comentó Alá.

El rey observó a la mujer de cabeza descubierta hasta que la adelantaron unos metros. No hizo más preguntas, y poco después Karim logró enzarzarlo en una conversación concerniente al herrero indio Dhan Vangalil y las espadas que estaba fabricando para el sha en su nuevo horno y fundición, situados detras de los establos de la casa del Paraíso.

LA RECOMPENSA

Rob, como de costumbre, empezaba el día en la sinagoga Casa de la Paz, en parte porque la extraña mezcla del cántico de la oración judía y la silenciosa oración cristiana se había vuelto satisfactoria y nutría su espíritu.

Pero todo porque, de alguna extraña manera, su presencia en la sinagoga representaba la satisfacción de una deuda con Mirdin.

No obstante, se sentía incapaz de entrar en la sinagoga de Mirdin, la Casa de Sión. Y aunque muchos eruditos se sentaban a diario para debatir sobre la ley en la Casa de la Paz, y habría sido sencillo sugerir que alguien le diera clases privadas sobre los ochenta y nueve mandamientos que aún no había estudiado, no le quedaban ánimos para completar esa tarea sin Mirdin.

Se dijo a sí mismo que quinientos veinticuatro mandamientos servirían a un judío espurio tan bien como seiscientos trece, y dedicó su mente a otras cuestiones.

El maestro había escrito sobre todos los temas. Mientras era estudiante, Rob había tenido la oportunidad de leer muchas de sus obras sobre medicina, pero ahora estudiaba otros escritos de Ibn Sina, y cada vez sentía más respeto por él. Se había ocupado de música, poesía y astronomía, metafísica y pensamiento oriental, filología e intelecto activo, y a él se debían, además, comentarios acerca de todas las obras de Aristóteles. Durante su encierro en el castillo de Fardajan escribió un libro titulado La guta, en el que sintetizaba todas las ramas de la filosofía. Incluso era autor de un manual militar, y aprovisionamiento de soldados, tropas esclavas y ejércitos, que habría sido muy útil a Rob si lo hubiese leído antes de ir a la India como cirujano de campaña. Había escrito acerca de la matemática, el alma humana y la esencia de la tristeza. Y repetidas veces se había explayado sobre el Islam, la religión heredada de su padre y que, a pesar de la ciencia que impregnaba todo su ser, aceptaba como dogma de fe.

Y eso es lo que hacía que el pueblo lo amara tanto. Toda la gente veía que pese a la lujosa finca y a los frutos del calaat real, pese a que hombres sabios y gloriosos del mundo entero iban a buscarlo y sondeaban sus pensamientos, pese a que los reyes rivalizaban por el honor de ser reconocidos como patrocinadores del maestro…, pese a toda estas cosas, incluso como el más humilde de los desgraciados, Ibn Sina elevaba los ojos al cielo y exclamaba:

No hay Dios salvo Dios;

Mahoma es el Profeta de Dios.

Todas las mañanas, antes de la primera oración, una multitud de varios centenares de hombres se reunía delante de su casa. Eran mendigos, mullahs, pastores, mercaderes, pobres y ricos, hombres de toda condición. El Príncipe de los Médicos sacaba su propia alfombra de plegaria y oraba con sus admiradores, y cuando cabalgaba hasta el maristán, lo acompañaban a pie, cantándole al Profeta y entonando versículos del Corán.

Varias tardes por semana se reunían algunos discípulos en su casa. En general, se hacían lecturas sobre temas médicos. Durante un cuarto de siglo, todas las semanas, al-Juzjani había leído en voz alta obras de Ibn Sina, sobre todo el famoso Qanun. A veces pedían a Rob que leyera otro libro del maestro titulado Shifa. A continuación discutían vivamente de temas clínicos mientras bebían. El debate resultaba a menudo acalorado, y algunas veces divertido, pero siempre instructivo.

– ¿Que cómo llega la sangre a los dedos? -podía gritar desesperadamente al-Juzjani, repitiendo la pregunta de un aprendiz-. ¿Has olvidado que Galeno dijo que el corazón es una bomba que pone toda la sangre en movimiento?

– ¡Ah! -intervenía Ibn Sina-. Y el viento pone en movimiento una embarcación de vela, pero ¿cómo encuentra el camino a Bahrain?

Muchas veces, cuando Rob se marchaba, notaba la presencia del eunuco Wasif oculto en las sombras, cerca de la puerta de la torre Sur. Un anochecer, Rob fue al campo que se extendía detrás del muro de la finca de Ibn Sina. No le sorprendió ver al semental gris de Karim agitando impaciente la cabeza.

Volvía andando hacia donde estaba su propio caballo, a la vista de todos, y estudió el aposento en lo alto de la torre Sur. A través de las rendijas de la ventana de la pared curva, una luz amarillenta parpadeaba, y sin envidia ni pesar recordó que a Despina le gustaba hacer el amor a la luz de seis velas.

Ibn Sina inició a Rob en los misterios.

– Mora en nosotros un extraño ser que unos llaman mente y otros alma, el cual ejerce un poderoso efecto sobre nuestros cuerpos y nuestra salud.

"Tuve las primeras pruebas de ello siendo joven, en Bujara, cuando comenzaba a interesarme por el tema que me llevó a escribir El pulso. Tenía un paciente, un joven de mi edad que se llamaba Achmed. Su apetito había decaído hasta hacerle adelgazar mucho. Su padre, un acaudalado mercader del lugar, estaba desesperado y me rogó que lo ayudara.

"Cuando examine a Achmed no advertí que algo funcionara mal. Pero mientras lo exploraba, ocurrió algo extraño. Le había apoyado los dedos en la arteria de la muñeca mientras conversábamos amistosamente sobre diversas poblaciones de los alrededores de Bujara. El pulso era lento y estable hasta que mencioné la aldea de Efsene, donde yo nací. ¡Se produjo tal tremolar en su muñeca, que me asusté!

"Yo conocía bien esa aldea, y mencioné varias calles que no produjeron ningún efecto hasta que llegué al camino del Undécimo Imán, momento en que su pulso volvió a palpitar y danzar. Yo ya no conocía a todas las familias de esa calle, pero nuevos interrogatorios y sondeos me permitieron averiguar que allí vivia Ibn Razi, un trabajador del cobre con tres hijas, la mayor de las cuales era Ripka, una muchacha hermosísima. Cuando Achmed la nombró, el aleteo de su muñeca me recordó a un pájaro herido.

"Hablé con su padre y le dije que la curación de su hijo consistía en que contrajera matrimonio con Ripka. Todo se arregló y hubo boda. Poco después, Achmed recuperó el apetito. La última vez que lo vi, hace unos años, era un hombre gordo y contento.

"Galeno nos dice que el corazón y todas las arterias palpitan al mismo ritmo, de modo que a partir de una cualquiera puedes juzgar todas las demás, y que un pulso lento y regular significa buena salud. Pero desde que traté a Achmed, descubrí que el pulso también puede emplearse para determinar el estado de agitación o la paz mental de un paciente. Muchas veces me he guiado por ese criterio, y el pulso ha demostrado ser "el mensajero que nunca miente.”.

Asi Rob aprendió que -además del don que le permitía mensurar la vitalidad -era posible utilizar el pulso para reunir información acerca de la salud y el estado de ánimo del paciente.

Tuvo abundantes oportunidades de practicar. Mucha gente desesperada iba en tropel a ver al Príncipe de los Médicos con la esperanza de una cura milagrosa. Ricos y pobres eran tratados ae la misma manera, pero Ibn Sina y Rob sólo podían aceptar a unos pocos pacientes, que en su mayoría eran enviados a otros médicos.

Ibn Sina tenía que dedicar la mayor parte de su práctica clínica al sha y miembros ilustres de su séquito. Así, una mañana Rob fue enviado a la Casa del Paraíso por el maestro, quien le informó que Siddha, la esposa del herrero indio Dhan Vangalil, estaba enferma de cólicos.

Rob solicitó los servicios del mahout personal de Alá, el indio Harsha, como traductor. Siddha resultó ser una mujer agradable, de cara redonda y pelo entrecano. La familia Vangalil idolatraba a Buda, de modo que no se aplicaba la prohibición del aurat, y Rob pudo palpar su estómago sin preocuparse de que lo denunciaran a los mullahs. Después de examinarla con todo detalle, resolvió que su problema era de dieta, pues Harsha le transmitió que ni la familia del herrero ni ninguno de los mahouts tenía suficientes provisiones de comino, curcuma o pimienta, especias a las que se habían acostumbrado toda su vida y de las que dependía su digestión.

Rob zanjó la cuestión ocupándose personalmente de la distribución de dichas especias. Ya se había ganado la consideración de algunos mahouts atendiendo las heridas de guerra de sus elefantes, y ahora conquistó también la gratitud de los Vangalil.

Llevó a Mary y a Rob J. de visita con la esperanza de que los problemas comunes a la gente trasplantada a Persia sirvieran como base de una amistad. Pero la chispa de comprensión que se había encendido instantáneamente entre Fara y Mary no reapareció. Las dos mujeres se observaron incómodas y observando una rígida cortesía. Mary tuvo que esforzarse por no mirar fijamente el kumkum negro y redondo pintado en medio de la frente de Siddha. Rob nunca volvió a llevar a su familia a casa de los Vangalil.

Pero volvió sólo, fascinado por lo que lograba hacer Dhan Vangalil con el acero.

Sobre un hoyo poco profundo del suelo, Dhan había construido un horno de fundición, consistente en una pared de arcilla rodeada por una pared exterior y más gruesa de roca y barro, todo asegurado mediante estacas.

El horno llegaba a la altura de los hombros de un hombre normal, tenía un paso de ancho, y se estrechaba hasta un diámetro ligeramente menor en lo alto, para concentrar el calor y reforzar las paredes.

En ese horno Dhan forjaba el hierro quemando capas alternativas de carbón y mineral de hierro persa, de anchuras variables entre un guisante y una nuez. Alrededor del horno había cavado una zanja poco profunda. Sentado en el reborde exterior y con los pies dentro, ponía en funcionamiento unos fuelles hechos con el pellejo de una cabra entera, emitiendo cantidades exactamente controladas de aire sobre la masa incandescente. Encima de la parte más caliente de esa masa, el mineral se reducía a fragmentos de hierro semejantes a metálicas gotas de lluvia. Las cuales se derramaban a través del interior del horno y se depositaban en el fondo, formando una mezcla de gotas de carbón, escoria de hierro, llamada tocho.

Dhan había sellado con arcilla un agujero de descarga, que ahora rompió para sacar el tocho; luego lo refinó mediante fuertes martillazos que exigieron diversos recalentamientos en la forja. La mayor parte del hierro del mineral se convertía en escoria y desperdicios, pero el que era reducido producía una buena cantidad de hierro forjado.

Pero era blando, explicó a Rob por intermedió de Harsha. Las barras de acero indio, trasladadas por los elefantes desde Kausambi, eran durísimas.

Fundió varias en un crisol y luego apagó el fuego. Al enfriarse, el acero era sumamente quebradizo. Dhan lo hizo trizas y lo salpicó sobre las piezas de hierro fundido. Después, sudando entre sus yunques, tenazas, cinceles, punzones y martillos, el delgado indio desplegó unos bíceps semejantes a serpientes mientras unía el metal blando y el metal duro. Soldó en la forja múltiples capas de hierro y acero, martillando como un poseso, retorciendo y cortando, superponiendo, plegando la lámina y martillando una y otra vez, mezclando sus metales como un calderero la arcilla. También recordaba a una mujer amasando pan.

Observándolo, Rob comprendió que nunca podría aprender las complejidades, las variaciones en las sutiles habilidades transmitidas a lo largo de muchas generaciones de herreros indios, pero entendió el proceso haciendo un sinnúmero de preguntas.

Dhan manufacturó una cimitarra que curó en hollín humedecido con vinagre de cidra, y que dio por resultado una hoja con un "grabado ácido de filigranas” de un color de azul oscuro, como ahumado. De haber sido fabricada sólo con hierro, la hoja habría resultado blanda y pesada; si sólo hubiera empleado el duro acero indio, habría resultado quebradiza. Pero esa espada adquirió un filo fino, capaz de cortar un pelo en el aire, y era un arma flexible.

Las espadas que Alá había encargado a Dhan no estaban destinadas a los reyes. Eran armas para la soldadesca, sin adornos, que serían amontonadas en previsión de una guerra futura en la que unas cimitarras de calidad superior podían dar ventajas a Persia.

– Dentro de unas semanas se quedará sin acero indio -observó Harsha.

Sin embargo, Dhan se ofreció a hacerle una daga a Rob, como muestra de gratitud por lo que el Hakim había hecho por su familia y por los malhouts.

Rob la rehusó con pesar: esas armas eran hermosas, pero no quería tener que ver nada más con matanzas. Empero, no se resistió a abrir el maletín y mostrarle a Dhan un escalpelo, un par de bisturíes y dos cuchillas para amputaciones, una de hoja curva y delgada, la otra grande y serrada para cortar huesos.

Dhan esbozó una amplia sonrisa, dejando a la vista el vacío de muchos dientes, y movió la cabeza afirmativamente.

Una semana más tarde, Dhan le entregó sus instrumentos, de un acero estampado afiladísimo, superior a cualquier otra herramienta quirúrgica que Rob hubiese tenido en sus manos.

Sabía que iban a durarle toda la vida. Era un obsequio principesco y exigía un regalo generoso a cambio, pero estaba demasiado abrumado para pensar en ello por el momento. Dhan apreció el enorme placer de Rob y se congratuló de ello. Imposibilitados de comunicarse, con palabras, se abrazaron. Juntos engrasaron los objetos de acero y los envolvieron de uno en uno en trapos. Terminada la tarea, Rob se los llevó en una bolsa de cuero.

Pletórico de deleite, se alejaba a caballo de la Casa del Paraíso cuando se encontró con una partida de caza conducida por el rey, que volvía al palacio.

Con sus burdas ropas de cazador, Alá personificaba con exactitud al sha que Rob había visto por primera vez años atrás.

Refrenó su caballo e inclinó la cabeza con la esperanza de que pasaran a su lado sin detenerse, pero al instante Farhad acercó su caballo al medio galope.

– Quiere que te acerques.

El capitán de las Puertas volvió grupas y Rob lo siguió hasta donde estaba el sha.

– Ah, Dhimmi. Tienes que cabalgar un rato conmigo.

Alá indicó a los soldados que lo acompañaban que se retrasaran, mientras él y Rob iban con los animales al paso hacia el palacio.

– No te he recompensado por los servicios prestados a Persia.

Rob estaba sorprendido, pues pensaba que todas las recompensas por los servicios prestados durante la incursión a la India habían quedado atrás.

Varios oficiales habían sido ascendidos por su valor, y los soldados habían recibido bolsas con monedas. Karim había sido premiado tan profusamente por el sha que, según los cotilleos del mercado, en breve le adjudicarían una serie de altos puestos. Rob estaba contento de que lo hubieran pasado por alto, dichoso de que las incursiones fueran historia.

– Tengo pensado para ti otro calaat: una casa más grande y extensos terrenos; una finca adecuada para organizar una fiesta real.

– No es necesario ningún calaat, Majestad. -con voz seca, agradeció al sha su generosidad-. Mi presencia fue una forma modesta de saldar mi deuda contigo.

Habría sido más elegante de su parte hablar de amor por el monarca, pero no podía, y de todos modos Alá no pareció tomarse sus palabras a pecho.

– No obstante, mereces una recompensa.

– En tal caso, solicito a mi sha que me recompense permitiéndome permanecer en la casita del Yehuddiyyeh, donde estoy cómodo y me siento feliz.

El sha lo miró fijamente y con dureza. Por último, asintió.

– Ahora vete, Dhimmi.

Hundió los talones en el semental blanco, que partió de un salto. La escolta se apresuró a galopar tras él, y un instante después los soldados de caballería pasaron junto a Rob, produciendo un gran alboroto.

Pensativo, Rob volvió grupas y se dirigió a casa, para mostrar a Mary los instrumentos de acero estampado.

UN DISPENSARIO EN IDHAJ

Aquel año el invierno fue crudo y llegó temprano a Persia. Una mañana, todas las cumbres montañosas aparecieron nevadas, y al día siguiente fuertes y gélidos vientos soplaron sobre Ispahán arrojando una mezcla de sal, arena y nieve. En los mercados, los tenderos cubrían sus artículos con trapos y suspiraban por la llegada de la primavera. Abultados por los cadabls de piel de cordero que les llegaban a los tobillos, se acurrucaban alrededor de los braseros e intercambiaban chismorreos referentes a su rey. Aunque gran parte del tiempo reaccionaban a las hazanas de Alá con una risilla entre dientes o con una mirada torva y resignada, el último escándalo llevó una expresión grave a muchos rostros, expresión que no provocaba la exposición a los terribles vientos.

En vista de las borracheras cotidianas y del libertinaje a que se entregaba el sha, el imán Mirza-aboul Qandrasseh había enviado a su amigo y jefe de edecanes, el mullah Musa Ibn Abbas, para que intentara razonar con el rey y le recordara que la bebida era abominable para Alá y que estaba prohibida por el Corán.

Alá llevaba horas bebiendo cuando recibió al delegado del visir, al que escuchó con atención. En cuanto se percató del contenido del mensaje y captó el tono cuidadosamente medido de Musa, el sha bajó del trono y se acercó a él.

Desconcertado y sin saber cómo comportarse, el mullah siguió hablando.

De inmediato, y sin cambiar de expresión, el rey volcó el vino sobre la cabeza del anciano, para asombro de todos los presentes: cortesanos, sirvientes y esclavos. Durante el recordatorio del sermón, no dejó de volcar vino sobre todo el cuerpo de Musa, mojándole la barba y las ropas. Luego lo echó con un ademán, devolviéndoselo a Qandrasseh empapado y plenamente humillado.

Fue una muestra de desdén para todos los religiosos de Ispahán y ampliamente interpretado como prueba de que los tiempos de Qandrasseh como visir tocaban a su fin. Los mullahs se habían acostumbrado a la influencia y los privilegios que Qandrasseh les había proporcionado, y a la mañana siguiente, en todas las mezquitas de la ciudad se oyeron oscuras y perturbadoras profecías concernientes al futuro de Persia.

Karim Harum fue a consultar el tema con Ibn Sina y Rob.

– Alá no es así. Sabe mostrarse el más generoso de los compañeros, alegre y encantador. Tú lo has visto en la India, Dhimmi. No hay luchador más valiente que él, y si es ambicioso en su deseo de llegar a ser un gran Shahansha se debe a que anhela la grandeza de Persia.

Los otros dos lo escuchaban en silencio.

– He intentado apartarlo de la bebida -dijo Karim, tan apenado como su antiguo maestro y su amigo.

Ibn Sina suspiró.

– Es más peligroso para los demás a primera hora de la mañana, cuando despierta con la enfermedad del vino del día anterior en su cuerpo. Hazle beber en ese momento té de sen, para purgar los venenos y quitarle el dolor de cabeza; también debes rociar su comida con hueso molido de fruta armonía, a fin de liberarlo de la melancolía. Pero nada lo protegerá de sí mismo. Cuando bebe debes apartarte de él, si puedes. -observó a Karim atentamente-. Y tu también has de cuidarte cuando vas por la ciudad, pues eres conocido como el predilecto del sha y, en general, te consideran rival de Qandrasseh. Ahora tienes enemigos poderosos dispuestos a jugarse el todo por el todo para interrumpir tu ascenso.

Rob miró a Karim.

– Y tienes que llevar una vida intachable -advirtió en tono significativo-, porque tus enemigos se aferrarán a cualquier debilidad que tengas

Recordó el odio por sí mismo que había sentido cuando hizo cornudo a maestro. Conocía a Karim; pese a su ambición y a su amor por aquella mujer, era básicamente bondadoso, y Rob imaginaba la angustia que experimentaba al traicionar a Ibn Sina.

Karim asintió. Al separarse, apretó la muñeca a Rob y sonrió. Este le devolvió la sonrisa. Karim conservaba todo su encanto, aunque ya no se mostraba despreocupado. Rob percibió una gran tensión y una inquieta incertidumbre en su rostro, y se compadeció de su amigo.

Los ojos azules del pequeño Rob contemplaban el mundo intrépidamente. Había empezado a gatear, y sus padres se regocijaron cuando aprendió a beber de una taza. Por sugerencia de Ibn Sina, Rob probó a alimentarlo con leche de camella, que según el maestro era el alimento más sano para un niño. Esa leche despedía un olor fuerte y contenía grumos amarillentos de grasa, pero el niño la tragó ávidamente. A partir de entonces Prisca dejó de amamantarlo. Todas las mañanas, Rob iba a buscar leche de camella al mercado armenio, con un cántaro de piedra. El ama de cría, siempre con un bebé en brazos, se asomaba al almacén de cueros de su marido para verlo pasar.

– ¡Amo Dhimmi! ¡Amo Dhimmi! ¿Cómo está mi niño? -gritaba Prisca, y le dedicaba una sonrisa luminosa cada vez que él aseguraba que el niño estaba bien.

Debido al aire cortante, había muchos pacientes con catarros, huesos doloridos, y coyunturas inflamadas e hinchadas. Plinio el Joven había escrito que para curar un resfriado el paciente debe besar el hocico peludo de un ratón, pero Ibn Sina declaró que Plinio el Joven no merecía ser leído. Él tenía su remedio favorito contra los males de la flema y los rigores del reumatismo. Dio instrucciones cuidadosas a Rob para que reuniera dos dirhams de castoreo y otras tantas medidas de Kalhano de Ispahán, masfetida hedionda, asfetida, semilla de apio, alholva siria, galhano, abrojo, semilla de harmela, opoponaco, resina de ruda y meollo de pepitas de calabaza. Los ingredientes secos se machacaban. Las resinas debían remojarse en aceite toda la noche y luego machacarlas. Encima había luego que echar miel tibia desprovista de espuma, y amasar la mezcla húmeda con los ingredientes secos y poner la pasta resultante en una vasija vidriada.

– La dosis es un mithqal -dijo Ibn Sina-, y el resultado, eficaz, si Dios quiere.

Rob fue a los rediles de elefantes, donde los mahouts respiraban ruidosamente y tosían, soportando tristemente una estación distinta de los inviernos que habían conocido en la India. Los visitó tres días seguidos, y los medicó con fumaria, artemisa y la pasta de Ibn Sina, con resultados tan poco concluyentes que habría preferido recetarles la Panacea Universal de Barber. Los elefantes no se veían tan espléndidos como en la batalla; ahora estaban cubiertos con mantas, como si llevaran encima tiendas festoneadas, en un intento por mantenerlos abrigados.

Rob se paró con Harsha para observar el gran elefante del sha, que engullía enormes cantidades de heno.

– ¡Mis pobres niños! -dijo Harsha tiernamente-. En otros tiempos, antes de Buda o de Brahman o de Vishnu o de Shiva, los elefantes eran todopoderosos y mi pueblo les rezaba. Ahora son mucho menos que dioses, los capturamos y los obligamos a cumplir nuestra voluntad.

Zi se estremeció mientras lo miraban, y Rob prescribió que dieran a las bestias cubos de agua tibia para beber, de manera que se calentaran interiormente.

Harsha se mostró dubitativo.

– Los hemos hecho trabajar y se afanan como siempre, a pesar del frío.

Pero Rob había aprendido algo sobre elefantes en la Casa de la Sabiduría.

– ¿Has oído hablar de Aníbal?

– No -dijo el mahout.

– Fue un militar, un gran jefe.

– ¿Grande como el sha Alá?

– Al menos tan grande como él, pero de tiempos muy antiguos. Con treinta y siete elefantes salió a la cabeza de un ejército por los Alpes, unas montañas altas, terribles, escarpadas y cubiertas de nieve, y no perdió un solo animal. Pero el frío y la exposición a las inclemencias del tiempo los debilitó. Más adelante, cruzando montañas más bajas, murieron todos los elefantes menos uno. La lección indica que debes hacer descansar a tus bestias y mantenerlas abrigadas.

Harsha asintió respetuosamente.

– Hakim, ¿sabes que te siguen?

Rob se sobresaltó.

– Aquel, el que está sentado al sol.

Era un hombre acurrucado en el vellón de su cadabl, sentado de espaldas a la pared, para protegerse del fuerte viento.

– ¿Estás seguro?

– Sí, hakim, ayer también lo vi seguirte. Incluso ahora, no te quita ojo de encima.

– Por favor, cuando me marche, ¿quieres seguirlo sin que se note, para que descubramos quién es?

A Harsha se le iluminaron los ojos.

– Sí, hakim.

A última hora de la tarde, Harsha entró en el Yehuddiyyeh y llamó a la puerta de Rob.

– Te siguió hasta tu casa, Hakim. Después que entraste, lo seguí hasta la mezquita del Viernes. Fui muy astuto, porque me mantuve invisible. Entró en casa del mullah con ese cadabi hecho jirones y poco después volvió a salir totalmente vestido de negro, y entró en la mezquita a tiempo para la última oración. Es un mullah, hakim.

Rob le dió las gracias, y Harsha se fue.

Estaba seguro de que el mullah había sido enviado por los cómplices de Qandrasseh. Sin duda había seguido a Karim cuando fue a reunirse con Ibn Sina y Rob, y luego vigiló para saber en qué medida este último estaba implicado con el probable futuro visir.

Tal vez llegaron a la conclusión de que era inofensivo, porque al día siguiente Rob observó atentamente y no vio a nadie que pudiera haberlo seguido y, por lo que supo, en los días posteriores nadie lo espió.

El frió persistía, pero se aproximaba la primavera. Sólo los picos de las montañas gris purpúreo estaban blancos de nieve, y en el jardín las ramas tiesas de los albaricoqueros se veían cubiertas de minúsculos brotes negros perfectamente redondos.

Una mañana, dos soldados fueron a buscar a Rob y lo llevaron a la Casa del Paraíso. En la sala del trono, de fría piedra, sufrían los rigores del clima pequeños grupos de cortesanos con los labios amoratados. Karim no se encontraba entre ellos. El sha estaba sentado ante la mesa de encima del brasero del que se elevaba calor. Acabado el ravi zemin, hizo señas a Rob para que se acercara, y la tibieza protegida por el pesado mantel de fieltro significó un verdadero placer. El juego del sha ya estaba dispuesto, y sin pronunciar palabra Alá hizo el primer movimiento.

– Ah, Dhimmi, te has convertido en un gato hambriento -dijo poco después.

Era verdad: Rob había aprendido a atacar.

El sha jugaba con el entrecejo fruncido y los ojos fijos en el tablero. Rob usó sus dos elefantes para debilitarlo y, rápidamente, comió un camello, un caballo con su jinete y tres soldados de infantería.

Los observadores seguían la partida en un absorto e inexpresivo silencio.

Sin duda, algunos estaban horrorizados y otros encantados de que un europeo no creyente estuviera en condiciones de medirse con el sha.

Pero el rey tenía amplia experiencia y era un general astuto. Precisamente cuando Rob empezaba a creerse un tipo listo y maestro de la estrategia, Alá, a costa de sacrificar algunas piezas, fue atrayendo a su oponente.

Empleó sus dos elefantes con más destreza de la que Aníbal había mostrado con sus treinta y siete, hasta que desaparecieron los elefantes y los jinetes de Rob. Pero este se debatió con tesón, rememorando todo cuanto le había enseñado Mirdin. Antes del shahtreng transcurrieron unos minutos que se hicieron muy largos. Cuando concluyó la partida, los cortesanos aplaudieron la victoria del rey, quien se dio el lujo de exteriorizar su gran satisfacción.

El sha se quitó del dedo un pesado anillo de oro macizo y se lo puso en la mano derecha a Rob.

– Hablemos del calaat. Tendrás una casa lo bastante grande como para organizar una recepción real.

"Con un harén, y Mary en él”, pensó Rob.

Los nobles aguzaron los oídos.

– Llevaré este anillo con orgullo y gratitud. En cuanto al calaat, soy dichoso con tu generosidad pasada y permaneceré en mi casa.

Su voz era respetuosa pero demasiado firme, y no desvió la mirada con suficiente rapidez en prueba de humildad. Y todos los presentes oyeron al Dhimmi decir esas cosas.

A la mañana siguiente, la noticia había llegado a oídos de Ibn Sina.

No en vano el médico jefe había sido dos veces visir. Tenía informantes en la corte y entre los sirvientes de la casa del Paraíso, y por varias fuentes se enteró de la estúpida imprudencia de su asistente. Como siempre en momentos de crisis, Ibn Sina se sentó a reflexionar.

Sabía que su presencia en la ciudad capital era una fuente de orgullo real, que permitía al sha compararse con los califas de Bagdad, como monarca protector de la cultura y patrocinador del saber. Pero Ibn sina conocía los límites de su influencia; una apelación directa no serviría para salvar a Jesse ben Benjamín.

A lo largo de toda su vida, Alá había soñado con ser uno de los grandes soberanos de la tierra, un rey de nombre imperecedero. Ahora hacía los preparativos para una guerra que podía llevarlo a la inmortalidad o al olvido, y en ese momento le resultaba imposible permitir que alguien obstruyera su voluntad.

Ibn Sina sabía que el rey mandaría matar a Jesse ben Benjamín.

Tal vez ya se había impartido la orden de que unos asaltantes no identificados cayeran sobre el joven hakim en la calle, o que unos soldados lo arrestaran, para ser juzgado y sentenciado por un tribunal islámico. Alá era políticamente hábil y usaría la ejecución del Dhimmi como mejor conviniera a sus propósitos.

Durante años, Ibn Sina había estudiado al sha Alá y comprendía cómo operaba su mente. Sabía lo que debía hacer.

Aquella mañana, en el maristán, reunió a su personal.

– Hemos sabido que en la ciudad de Idhaj hay una serie de pacientes demasiado enfermos para trasladarse al hospital -dijo, y era verdad-. Por lo tanto -se dirigió en particular a Jesse ben Benjamín-, debes cabalgar hasta Idhaj y montar allí un dispensario para el tratamiento de esa gente. Después de hablar sobre las hierbas y medicinas que debía llevar en un asno de carga, de los medicamentos que podían encontrarse en dicha Ciudad, y de las historias de algunos pacientes conocidos, Jesse se despidió y partió sin demora.

Idhaj estaba al sur, a tres días de lento e incómodo viaje, y el dispensario lo entretendría como mínimo tres días, lo que daría a Ibn Sina tiempo de sobra.

A la tarde siguiente, fue sólo al Yehuddiyyeh y enfiló directamente hacia la casa de su asistente.

La mujer abrió la puerta con el niño en brazos. Su cara mostró sorpresa y una leve confusion al ver al Príncipe de los Médicos en el umbral, pero en seguida se recuperó y lo hizo pasar con la cortesía debida. La casa era humilde pero estaba bien cuidada, y habían conseguido hacerla cómoda, colocando tapices en las paredes y extendiendo alfombras en el suelo de tierra apisonada. Con diligencia digna de elogio, Mary puso ante él una fuente de barro con pasteles de semillas dulces y un sherbet de agua de rosas aromatizadas con cardamomo.

Ibn Sina no había contado con las dificultades idiomáticas. Cuando intentó hablar con ella, comprendió de inmediato que sólo conocía unas cuantas palabras de parsi.

Su intención era hablar largamente y con persuasión; quería informarle de que al percatarse de las cualidades intelectuales y de la competencia de su marido, fue tras el joven y corpulento extranjero como un avaro tras un tesoro que codicia o como un hombre que desea a una mujer. Quería que el europeo se entregara a la medicina porque tenía claro que Dios había destinado a Jesse ben Benjamín a la curación.

– Será una luminaria. Está casi formado, pero aún es pronto, todavía no ha llegado. Todos los reyes están locos. Para el que tiene el poder absoluto, no es más difícil cobrarse una vida que otorgar un calaat. Pero si huyeseis ahora significaría un resentimiento para el resto de vuestra vida, porque ha llegado muy lejos y se ha atrevido a mucho. Sé que no es judío.

La mujer se sentó abrazando al niño y observando a Ibn Sina con creciente tension. Él intentó hablar hebreo sin alcanzar resultados, luego turco y árabe en rápida sucesión. Era filólogo y lingüista, pero conocía muy pocos idiomas europeos, pues sólo aprendía las lenguas útiles para la erudición. Hablaba en griego y tampoco obtuvo respuesta.

Entonces paso al latín y notó que ella movía ligeramente la cabeza y parpadeaba.

– Rex te venire ad se vult. Si non, maritus necabitur -Lo repitió-: El rey quiere que vayas con él. Si no lo haces, tu marido será asesinado.

– Quiddicas -preguntó Mary, asombrada de lo que había dicho.

Ibn Sina volvió a repetirlo, muy lentamente.

El bebé comenzó a inquietarse entre sus brazos, pero ella no le prestó la menor atención. Fijó la vista en Ibn Sina. Tenía la cara pálida como la nieve, y aunque no mostraba la menor emoción, el maestro percibió un elemento que no había notado antes. El anciano comprendía a la gente y, por primera vez, su ansiedad disminuyó, pues reconoció toda la fortaleza contenida en aquella mujer. Él efectuaría las gestiones y ella haría cuanto fuese necesario.

Se presentaron a buscarla unos soldados con una silla de mano. Mary no sabía qué hacer con Rob J., de modo que lo llevó consigo. Fue una solución acertada, porque en el harén de la Casa del Paraíso el niño fue recibido por varias mujeres que se mostraron encantadas con él.

Llevaron a Mary a los baños, lo que fue sumamente engorroso. Rob le había contado que las musulmanas tenían la obligación religiosa de depilarse el pubis cada diez días frotándose con una mezcla de cal y arsénico. También debían arrancarse o afeitarse el vello de las axilas, una vez por semana las mujeres casadas, cada dos semanas las viudas y una vez por mes las vírgenes. Las mujeres que atendían a Mary la contemplaron con mal disimulado asco.

Después de lavarla, le ofrecieron tres bandejas con esencias y tintes, pero sólo se puso un poco de perfume.

La llevaron a una habitación y le indicaron que esperara. La cámara sólo estaba amueblada con un gran jergón, almohadones y mantas, y un gabinete cerrado sobre el que había una palangana con agua. En algún lugar cercano interpretaban música. Mary tenía frío. Cuando llevaba aguardando lo que le pareció un largo rato, cogió una manta y se envolvió con ella.

En seguida llegó Alá. Mary estaba aterrada, pero él sonrió al verla acurrucada en la manta.

Meneó un dedo indicando que se la quitara y con señas impacientes le hizo saber que también debía quitarse la túnica. Mary sabía que era delgada en comparación con la mayoría de las mujeres orientales, y las persas se las habían arreglado para informarle de que las pecas eran el castigo de Alá para alguien tan desvergonzado que no usaba velo.

El sha tocó su espesa caballera pelirroja y se llevó un mechón a la nariz.

Ella no se había perfumado el pelo, y la ausencia de aroma provocó una mueca en el hombre.

Mary logro desviar la mente del momento que estaba viviendo y la concentró en su hijo. Cuando Rob J. fuese mayor, ¿recordaría que lo había llevado a aquel lugar? ¿Se acordaría de los gritos de alegría y los suaves mimos de las mujeres? ¿De sus caras tiernas sonriéndole y arrullándolo? ¿De sus manos acariciándolo?

Las manos del rey seguían en su cabeza. Hablaba en persa, Mary no sabía si para sus adentros o para ella. Ni siquiera se atrevía a mover la cabeza para hacerle saber que no entendía, con el fin de que no interpretara su gesto como un desacuerdo.

Alá hizo un examen detenido de las manchas de su cuerpo, pero lo que más le llamaba la atención era su pelo.

– ¿Alhena?

Ella comprendió esa palabra y le aseguró que no era tintura, en una lengua que naturalmente él no podía entender. El hombre tironeó suavemente de un mechón con las yemas de los dedos y trató de quitar el color rojo.

Un instante después se despojó de lo único que llevaba puesto: una holgada vestidura de algodón. Sus brazos eran musculosos y su cintura gruesa con una panza velluda y protuberante. Tenía vello en todo el cuerpo. Su verga parecía más pequeña y oscura que la de Rob.

En la silla de mano, camino de palacio, Mary había hecho fantasías. Ella lloraba y explicaba al sha que Jesús había prohibido a las mujeres cristianas copular fuera del matrimonio; como si fuera la historia de una santa él se habría apiadado de sus lágrimas y, con un gesto bondadoso, la enviaría de regreso a su casa. En otra de las fantasías, después de haber sido llevada por la fuerza a aquella situación para salvar a su marido, gozó del más lascivo placer físico de toda su vida, el embeleso de un amante sobrenatural que aunque tenía a sus pies a las mujeres más bellas de Persia, la había elegido a ella.

La realidad no se asemejó en nada a la imaginación. Él le observó los pechos, le tocó los pezones; quizá el color era distinto al de los que estaba acostumbrado a ver. El aire frío le endureció los senos, pero no lograron retener el interés del monarca. Cuando la empujó a la esterilla, Mary imploró en silencio la ayuda de la bendita Madre de Dios, cuyo nombre llevaba. Fue un receptáculo mal dispuesto, reseco por la ira y el miedo al hombre que había estado a punto de ordenar la muerte de su marido. Le faltaron las dulces caricias con que Rob la calentaba y convertía sus huesos en agua. En lugar de un órgano tieso como un palo, el de Alá era más flojo, y tuvo dificultades para penetrarla, por lo que recurrió al aceite de oliva, con el que la embadurnó a ella y no a sí mismo. Por fin se introdujo en su interior engrasado, Mary petmaneció inmóvil, con los ojos cerrados.

A ella la habían bañado, pero descubrió que a él no. No era vigoroso. Parecía casi aburrido y gruñía débilmente mientras empujaba. Unos segundos después, soltó un levísimo estremecimiento nada regio para un hombre tan corpulento, y de inmediato un gemido de disgusto. Luego el rey de reyes retiró su verga, produciendo un chupón de aceite, y salió dando zancadas de la habitación, sin decirle una palabra ni dirigirle una sola mirada.

Mary permaneció donde él la había dejado, pegajosa y humillada, sin saber qué hacer. No se permitió derramar una sola lágrima.

Poco más tarde, fueron a buscarla las mismas mujeres y la llevaron junto a su hijo. Mary se vistió deprisa y cogió a Rob J. Al despacharla a casa, la mujeres pusieron en la silla de mano una bolsa de cuerda entretejida llena de melones. Cuando llegaron al Yehuddiyyeh pensó en dejar los melones en el camino, pero le pareció más fácil acarrearlos hasta la casa y dejar que la silla siguiera su camino.

Los melones de los mercados eran de mala calidad porque durante todo el invierno persa permanecían almacenados en cuevas y muchos se estropeaban. Aquellos estaban en excelentes condiciones y perfectamente maduros con un sabor finísimo y dulce.

Entrar en el maristán, ese lugar frío y sagrado, con su hedor a enfermedad, sus penetrantes olores medicinales, sus gruñidos, gritos y ajetreos: la canción del hospital. Todavía Rob contenía la respiración, aún le palpitaba el corazón cada vez que entraba en el maristán, y detrás de él iba -como los polluelos tras la clueca- un corro de estudiantes.

¡Lo seguían a él, que poco antes había seguido a otros!

Detenerse y escuchar a un aprendiz que recitaba una historia de sufrimientos. A continuación acercarse a un jergón y hablar con el paciente, observar, examinar, tocar, oler la enfermedad como un zorro que olisquea en busca de un huevo. Tratar de ser más listo que el pérfido Caballero Negro.

Y, por fin, hablar del enfermo o herido con el grupo, oír opiniones a menudo inútiles y absurdas, pero a veces maravillosas. Para los aprendices, un aprendizaje; para Rob, una oportunidad de moldear aquellas mentes como un instrumento crítico que analizaba, proponía tratamientos y analizaba y volvía a proponer, de modo que a veces, como resultado de lo que enseñaba, alcanzaba conclusiones que de lo contrario se le habrían escapado.

Ibn Sina lo instaba a dar clases. Cuando Rob las impartía, otros iban a oírlo, pero nunca se sintió del todo cómodo delante de ellos, de pie y sudoroso mientras discurseaba sobre un tema que había repasado atentamente en los libros. Sabía la impresión que debía producirles, más corpulento que la mayoría y con la nariz rota, atento a cómo se expresaba, porque ahora su lenguaje era lo bastante fluido como para ser consciente del acento.

De igual manera, como Ibn Sina le exigía que escribiera, presentó un breve artículo sobre el tratamiento de las heridas con vino. Trajinó con el ensayo pero no extrajo el menor placer, ni siquiera cuando lo concluyó y fue transcrito y ocupó un lugar en la Casa de la Sabiduría.

Sabía que debía transmitir conocimientos y pericia, pues a él le habían sido transmitidas, pero Mirdin se había equivocado: Rob no quería hacerlo todo. No se imaginaba imitando a Ibn Sina. No tenía la ambición de ser filósofo, educador y teólogo, no necesitaba escribir ni predicar. Se sentía forzado a aprender e investigar para saber qué hacer en el momento de actuar. Para él, el reto se presentaba cada vez que retenía las manos de un paciente con la misma magia que había sentido por primera vez a los nueve años de edad.

Una mañana, un fabricante de tiendas beduino llevó a su hija Sitara al maristán. La muchacha estaba muy enferma, con náuseas y vómitos, y se retorcía a causa de los dolores en la parte inferior del lado derecho del vientre rígido. Rob sabía qué era, pero no tenía la menor idea de cómo se trataba la enfermedad del costado. La muchacha se quejaba y apenas podía contestar pero Rob la interrogó con todo detalle, tratando de aprender algo que le indicara el camino.

La purgó, le aplico paños calientes y compresas frías, y esa noche le habló a Mary de la beduina y le pidió que rezara por ella.

A Mary le entristeció pensar que una jovencita se viera aquejada de lo mismo que había matado a James Geikie Cullen. Entonces recordó que su padre yacía en una tumba que nadie visitaba, en el wadi Ahmad de Hamdhan.

A la mañana siguiente, Rob sangró a la beduina, le dio medicinas y hierbas, pero todo fue en vano. La notó febril, con los ojos vidriosos, y comenzó a decaer como una hoja después de la helada. Murió al tercer día.

Rob repasó todos los detalles de su corta vida con gran cuidado.

Había estado sana con anterioridad a una serie de dolorosos ataques que, finalmente, la mataron. Era una virgen de doce años que poco antes había comenzado a menstruar… ¿Qué tenía en común con aquel chiquillo que vio morir y con su suegro, un hombre de edad mediana? Rob no logró encontrar ninguna similitud.

No obstante, los tres habían muerto exactamente del mismo modo.

La brecha entre Alá y su visir, el imán Qandrasseh, se hizo pública, más pública si cabe, en la audiencia del sha. El imán estaba sentado en el trono más pequeño, a la diestra de Alá, como era costumbre, pero se dirigió a él con tan fría cortesía que el mensaje resultó claro para todos los asistentes Esa noche Rob fue a casa de Ibn Sina y jugaron al juego del sha. Era más una lección que una lid, como cuando un adulto juega con un niño. Aparentemente, Ibn Sina tenía pensada toda la partida por adelantado. Movía las piezas sin vacilaciones. Rob no pudo contenerlo, pero percibió la necesidad de planear con anticipación, y esa previsión se convirtió de inmediato en parte de su propia estrategia.

– En las calles y en las maidans se reúnen grupitos que cuchichean -dijo Rob.

– Se sienten preocupados y confundidos cuando los sacerdotes entran en colisión con el señor de la Casa del Paraíso, pues temen que la rencilla destruya el mundo. -Ibn Sina comió un rukh con su caballero-. Ya pasará. Siempre pasa y los bienaventurados sobrevivirán.

Jugaron un rato en silencio y luego Rob le habló de la muerte de la beduina, narró los síntomas y describió los otros dos casos de enfermedad abdominal que lo acosaban.

– Sitara era el nombre de mi madre. -Ibn Sina suspiró: no contaba con una explicación para la muerte de la adolescente-. Hay muchas respuestas que no nos han sido dadas.

– Y no nos serán dadas a menos que las busquemos -dijo lentamente Rob.

Ibn Sina se encogió de hombros y resolvió cambiar de tema, relatando novedades de la corte. Reveló que enviarían a la India una expedición real.

Esta vez no serían atacantes, sino mercaderes autorizados por el sha para comprar acero indio o el mineral de hierro de fundición, pues a Dhan Vangalil no le quedaba acero para fabricar las hojas azules estampadas que tanto valoraba Alá.

– Les ha dicho que no regresen sin una caravana de mineral de hierro o acero duro, aunque tengan que ir hasta el final de la Ruta de la Seda para conseguirlo.

– ¿Qué hay al final de la Ruta de la Seda? -preguntó Rob.

– Chung-Kuo. Un país inmenso.

– ¿Y más allá?

Ibn Sina se encogió de hombros.

– Agua. Océanos.

– Algunos viajeros me han dicho que el mundo es plano y está rodeado de fuego. Que sólo es posible aventurarse hasta antes de caer en ese fuego, que es el Infierno.

– Sandeces de los viajeros -rechazó Ibn Sina en tono desdeñoso-. No es verdad. Yo he leído que fuera del mundo habitado todo es sal y arena, como el Dasht-i-Kavir. También está escrito que gran parte del mundo es de hielo. -Observó pensativo a Rob-. ¿Qué hay más allá de tu país?

– Mi país es una isla. Más allá hay un mar y después está Dinamarca, la tierra de los nórdicos, de donde es originario nuestro rey. Más allá de eso, se dice hay una tierra de hielos.

– Y si uno va al norte desde Persia, más allá de Ghazna esta la tierra del Rus… y después una tierra de hielos. Sí, creo que es verdad que gran parte del mundo está cubierta de hielo -conjeturó Ibn Sina-. Pero no hay un fiero infierno en los bordes, porque los hombres de pensamiento siempre han sabido que la tierra es esférica como una ciruela. Tú has viajado por mar. Al avistar un barco a la distancia, lo primero que se ve en el horizonte es el extremo del mástil, y luego cada vez más partes del cuerpo de la embarcación, a medida que navega sobre la superficie curva del mundo.

Liquidó a Rob en el tablero capturándole el rey, casi distraído, y luego pidió a un esclavo que les llevara vino y un cuenco con pistachos.

– ¿No recuerdas al astrónomo Ptolomeo?

Rob sonrió; sólo había estudiado los rudimentos de astronomía necesarios para satisfacer los requisitos de la madraza.

– Un griego antiguo que redactó sus escritos en Egipto.

– Exactamente. Escribió que el mundo es esférico y está suspendido bajo el firmamento cóncavo, ocupando el centro del universo. A su alrededor giran el Sol y la Luna, creando la noche y el día.

– Este mundo como una bola, con su superficie de mar y tierra, montañas y ríos y bosques y desiertos y lugares con hielo… ¿es hueco o macizo? Y si es macizo, ¿cuál es la naturaleza de su interior?

El anciano sonrió y se encogió de hombros; ahora estaba en su elemento y disfrutaba.

– No podemos saberlo. La tierra es enorme, como tú muy bien puedes comprender, ya que has cabalgado y andado un vasto fragmento. Y nosotros sólo somos seres diminutos que no podemos ahondar lo suficiente para responder a semejante pregunta.

– Pero si pudieras asomarte al centro de la tierra, ¿lo harías?

– ¡Naturalmente!

– Sin embargo, puedes asomarte al interior del cuerpo humano y no lo haces.

A Ibn Sina se le borró la sonrisa.

– La humanidad está muy cerca del salvajismo y tiene que regirse por normas. De lo contrario, nos hundiríamos en nuestra propia naturaleza animal y pereceríamos. Una de nuestras reglas prohíbe la mutilación de los muertos, a quienes un día el Profeta rescatará de sus sepulcros.

– ¿Por qué la gente sufre la enfermedad abdominal?

Ibn Sina se encogió de hombros.

– Abre la barriga de un cerdo y estudia el enigma. Los órganos del cerdo son idénticos a los del hombre.

– ¿Estás seguro, maestro?

– Sí. Así consta por escrito desde los tiempos de Galeno, cuyos colegas griegos no le permitieron abrir seres humanos. Los judíos y los cristianos se guían por una prohibición similar. Todos los hombres abominan la disección. -Ibn Sina lo miró con tierna inquietud-. Has tenido que superar muchas cosas para hacerte médico. Pero debes practicar la cura de las enfermedades dentro de las reglas de la religión y de la voluntad general de los hombres. Si no lo haces, su poder te destruirá -concluyó el maestro.

Rob inició el regreso a casa contemplando el cielo hasta que los puntos de luz comenzaron a nadar ante sus ojos. De los planetas, sólo distinguió la Luna y Saturno, y un brillo que podía ser Júpiter, porque derramaba un resplandor estable en medio del parpadeo de las estrellas.

Comprendió que Ibn Sina no era un semidiós. El Príncipe de los Médicos era, sencillamente, un erudito anciano atrapado entre la medicina y la fe en la que lo habían criado. Rob le amaba más aún por sus limitaciones humanas, pero experimentó cierta sensación de ser engañado, como un niño pequeño que nota las fragilidades de su padre.

En el Yehuddiyyeh y en su casa, mientras se ocupaba de las necesidades del caballo castaño, seguía meditando. Mary y el niño estaban dormidos, Rob se desnudó con mucho cuidado. Luego se acostó y permaneció despierto, pensando en qué provocaba la enfermedad del abdomen.

En mitad de la noche Mary despertó repentinamente y salió corriendo.

Una vez fuera, vomitó. Estaba mareada. Rob la siguió. Obsesionado por la enfermedad que se había llevado a James Cullen, recordó que los vómitos eran la primera señal. Aunque ella protestó, Rob la examinó cuando volvieron a entrar en la casa, pero el abdomen estaba blando y Mary no tenía fiebre.

Finalmente, retornaron al jergón.

– ¡Rob! -gritó súbitamente Mary-. ¡Mi Rob!

Emitió un gritó desesperado, como si acabara de despertar de una pesadilla.

– Calla, que despertarás al niño -murmuró Rob.

Estaba sorprendido, porque no sabía que Mary tuviera pesadillas. Le acarició la cabeza y la consoló; ella, por su parte, lo abrazó con fuerza desesperada.

– Mary, estoy aquí. Aquí estoy, amor mío.

Le dijo palabras suaves y tranquilizadoras hasta que se calmó, ternuras en inglés, en persa y en la Lengua. Poco después empezó de nuevo, pero tocó la cara de Rob, suspiró y lo acunó entre sus brazos. Rob apoyó la mejilla en el pecho de su mujer hasta que el dulce y lento palpitar de su corazón le permitió descansar.

El cálido sol arrancaba pálidos brotes verdes de la tierra mientras la primavera emergía en Ispahán. Los pájaros cruzaban los aires llevando paja y ramitas en el pico para construir sus nidos, y las aguas manaban de los arroyos y los wadis hacia el Río de la Vida, que bramaba al tiempo que su cauce crecía. Rob tenía la impresión de haber cogido las manos de la tierra entre las suyas y sentía la naturaleza sin límites, la vitalidad eterna. Y entre otras pruebas de fertilidad, estaba la de Mary. Las náuseas persistían y esta vez no necesitaron que Fara les dijera que estaba embarazada. Rob estaba encantado, pero Mary se mostraba taciturna y muy irritable. Él pasaba más tiempo que nunca con su hijo. La carita de Rob J. se iluminaba cuando lo veía. El bebe balbuceaba y meneaba el trasero como un cachorro que mueve el rabo.

Rob le enseñó a tironear alegremente de su padre.

– Tira de la barba a papá -decía, orgulloso por la fuerza del tirón.

– Tira de las orejas a papá.

– Tira de la nariz a papá.

La misma semana que dio sus primeros pasos indecisos e inestables, empezó a hablar. No es extraño que su primera palabra fuera "papá". El sonido que emitió la criatura para dirigirse a él lo inundó de tal amor reverencial, que apenas podía creer en su buena fortuna.

Una tarde templada convenció a Mary de que fuera andando con él, que llevaría en brazos a Rob J., hasta el mercado armenio. Una vez allí bajó al bebé cerca del almacén de cueros para que diera varios pasos temblorosos hacia Prisca. La antigua ama de cría dio gritos de deleite y cogió al niño en sus brazos.

Camino de casa a través del Yehuddiyyeh, sonreían y saludaban a uno y a otro, pues aunque ninguna mujer se había encariñado con Mary desde la partida de Fara, ya nadie maldecía a la Otra europea, y los judíos del barrio se habían acostumbrado a su presencia.

Más tarde, mientras Mary preparaba el pilah y Rob podaba uno de los albaricoqueros, las dos hijas pequeñas de Mica Halevi el Panadero salieron corriendo de la casa de al lado y fueron a jugar con su hijo en el jardín. Rob estaba encantado con sus grititos y sus tonterías infantiles.

Había gente peor que los judíos del Yehuddiyyeh, se dijo, y lugares peores que Ispahán.

Un día, al enterarse de que al-Juzjani daría una clase con la disección de un cerdo, Rob se ofreció voluntariamente a asistirlo. El animal en cuestión resultó ser un jabalí robusto, con colmillos tan feroces como los de un elefante pequeño, malignos ojos porcinos, un cuerpo largo cubierto de gruesa cerdas grises, y un robusto cipote peludo. El cerdo había muerto aproximadamente veinticuatro horas atrás, pero siempre lo habían alimentado con granos y el olor predominante, al abrirle el estomago, era de una fermentación como la de la cerveza, ligeramente acre. Rob había aprendido que esos olores no eran malos ni buenos: todos resultaban interesantes, pues cada uno contenía una historia. Pero ni su nariz, ni sus ojos, ni sus manos exploradoras le enseñaron algo acerca de la enfermedad abdominal mientras registraba la panza y la tripa en busca de señales. Al-Juzjani, más interesado en dar su clase que en permitir a Rob el acceso al cerdo, se sintió justificadamente irritado por la cantidad de tiempo que pasó toqueteándolo.

Después de la clase, y sin saber más que antes, Rob fue al encuentro de Ibn Sina en el maristán. Le bastó un vistazo al médico jefe para saber que algo funesto había ocurrido.

– Mi Despina y Karim Harun. Han sido arrestados.

– Siéntate, maestro, y tranquilízate -le aconsejó Rob amablemente, al ver que Ibn Sina se estremecía, y estaba desorientado y envejecido.

Se habían confirmado los peores temores de Rob. Pero se obligó él mismo a hacer las preguntas necesarias y no se asombró al saber que estaban acusados de adulterio y fornicación.

Aquella mañana los agentes de Qandrasseh habían seguido a Karim a la casa de Ibn Sina. Mullahs y soldados irrumpieron en la torre de piedra y hallaron a los amantes.

– ¿Y el eunuco?

En un abrir y cerrar de ojos, Ibn Sina lo miró y Rob se detestó a si mismo, consciente de todo lo que ponía de relieve su pregunta. Pero Ibn Sina se limitó a menear la cabeza.

– Wasif está muerto. Si no lo hubieran matado a mansalva, no habría entrado en la torre.

– ¿Cómo podemos ayudar a Karim y a Despina?

– Sólo el sha Alá puede ayudarlos -dijo Ibn Sina-. Debemos pedírselo.

Cuando Rob e Ibn Sina cabalgaron por las calles de Ispahán, la gente desviaba la mirada, pues no querían avergonzar a Ibn Sina con su compasión.

En la Casa del Paraíso fueron recibidos por el capitán de las Puertas con la cortesía correspondiente al Príncipe de los Médicos, pero los llevaron a una antesala y no a la presencia del sha.

Farhad los dejó y volvió al instante para decirles que el rey lamentaba no poder perder un minuto con ellos ese día.

– Esperaremos -respondió Ibn Sina-. Tal vez se presente la oportunidad.

A Farhad le gustaba ver caídos a los poderosos: sonrió a Rob al inclinar la cabeza. Aguardaron toda la tarde y luego Rob llevó a Ibn Sina a casa.

Volvieron a la mañana siguiente. Una vez más, Farhad les dispensó toda su cortesía. Los condujo a la misma antesala y allí los dejó languidecer, aunque era evidente que el sha no los recibiría.

No obstante, esperaron.

Ibn Sina rara vez hablaba. En un momento dado suspiró.

– Siempre ha sido como una hija para mí -dijo.

Y un rato más tarde:

– Para el sha es más fácil encajar el golpe de audacia de Qandrassed como una pequeña derrota antes que desafiarlo.

Pasaron el segundo día sentados en la Casa del Paraíso. Gradualmente, comprendieron que a pesar de la eminencia del Príncipe de los Médicos y de que Karim era el predilecto de Alá, este no movería un dedo.

– Está dispuesto a entregarlo a Qandrasseh -dijo Rob, alicaído-. Como si fuera una partida del juego del sha en la que Karim es una pieza que no mereciera una lágrima.

– Dentro de dos días habrá una audiencia -dijo Ibn Sina-. Debemos facilitarle las cosas al sha para que nos ayude. Solicitaré públicamente su misericordia. Soy el marido de la mujer inculpada y Karim es amado por todo el pueblo. Este se unirá en apoyo de mi solicitud para salvar al héroe del chatir. El sha dejará que todos crean que es clemente porque esa es la voluntad de sus súbditos.

Si así ocurría, agregó Ibn Sina, darían veinte palos a Karim y una paliza a Despina, a la que condenarían a permanecer confinada el resto de sus días en casa de su amo. Pero al salir de la Casa del Paraíso hallaron a al-Juzjani esperándolos. El maestro cirujano amaba a Ibn Sina más que a nadie en el mundo, y en nombre de ese amor le dio la mala nueva.

Habían llevado a Karim y a Despina ante un tribunal islámico. Declararon tres testigos, que eran otros tantos mullahs ordenados. Sin duda para evitar la tortura, ninguno de los dos acusados intentó defenderse.

El mufti los había condenado a muerte y la ejecución sería la mañana siguiente

– Despina será decapitada. A Karim Harun le rajarán el vientre.

Los tres se miraron cariacontecidos. Rob esperaba que Ibn Sina dijera a al-Juzjani que Karim y Despina aún podían salvarse, pero el anciano meneó la cabeza.

– No podemos eludir la sentencia -concluyó con gran tristeza-. Sólo podemos cerciorarnos de que su fin sea lo más dulce posible.

– Entonces debemos poner manos a la obra -dijo serenamente al-Juzjani-. Hay que pagar sobornos. Y tenemos que sustituir al aprendiz de la cárcel del kelonter por uno de nuestra confianza.

Pese a la tibieza del aire primaveral, Rob estaba helado.

– Permitid que sea yo -se ofreció.

Pasó la noche en vela. Se levantó antes del amanecer y, montado en el castrado castaño, recorrió la ciudad a oscuras. Casi esperaba ver al eunuco Wasif en las penumbras de la casa de Ibn Sina. No había luz ni señales de vida en las habitaciones de la torre.

Ibn Sina le dio una tinaja con zumo de uvas.

– Contiene una fuerte infusión de opiáceos y un polvo de cáñamo que se llama huing -dijo-. Y precisamente aquí está el riesgo. Deben beber mucho. Pero si alguno bebe demasiado y no está en condiciones de andar cuando lo llamen, tú también morirás.

Rob asintió.

– Dios sea misericordioso.

– Dios sea misericordioso -contestó Ibn Sina y antes de que Rob diera media vuelta comenzó a entonar cánticos del Corán.

En la prisión, Rob informó al centinela que era el médico y le proporcionaron una escolta. Fueron primero a las celdas de las mujeres, donde oyeron que una cantaba y sollozaba alternativamente. Rob temía que los terribles sonidos fuesen emitidos por Despina, pero ella aguardaba en silencio en una pequeña celda. No estaba lavada ni perfumada, y el pelo le caía en mechas lacias.

Su cuerpo fino y menudo estaba cubierto por un atuendo negro y sucio. Rob dejó la jarra de huing, se acercó y le levantó el velo.

– He traído algo para que lo bebas.

En adelante, para Rob ella siempre sería fémina, una combinación de su hermana Anne Mary, su esposa Mary, la prostituta que le había prestado sus servicios en el coche de la maidan y todas las mujeres del mundo.

En sus ojos había lágrimas no derramadas, pero se negó a beber.

– Tienes que beberlo. Te ayudará.

Despina movió la cabeza de un lado a otro. "Pronto estaré en el Paraíso” y le transmitió su mirada cargada de temor.

– Dáselo a él -susurró, y Rob se despidió.

Sus pasos resonaban mientras seguía al soldado por un pasillo, y bajaba dos tramos de escaleras, entraba en otro túnel de piedra y, finalmente, se introducía en otra diminuta celda.

Su amigo estaba pálido.

– Así es, europeo.

– Así es, Karim.

Se abrazaron con firmeza.

– ¿Ella está…?

– La he visto. Está bien..

Karim suspiró.

– ¡Hacía semanas que no hablaba con ella! Solo me acerqué para oír su voz, ¿me comprendes? Estaba seguro de que ese día nadie me seguía.

Rob asintió.

A Karim le temblaban los labios. Cuando Rob le ofreció la jarra, la cogió y bebió copiosamente. Al devolvérsela, el contenido había menguado en dos tercios.

– Surtirá efecto. La mezcla la hizo Ibn Sina personalmente.

– El viejo al que idolatras. A menudo soñé que lo envenenaba para poder tenerla.

– Todos los hombres alimentan pensamientos perversos. Pero tú no los habrías llevado a la práctica. -Por alguna razón, le pareció vital que Karim supiera esto antes de que le hiciera efecto el narcótico-. ¿Me entiendes?

Karim asintió. Rob lo observó atentamente, temeroso de que hubiese bebido demasiado huing. Si la infusión operaba rápidamente, el tribunal de un mufti decretaría la muerte de otro médico.

A Karim se le caían los párpados. Permaneció despierto, pero prefería no hablar. Rob lo acompañó en silencio hasta que oyó pisadas.

– Karim.

Su amigo parpadeó.

– ¿Ahora?

– Piensa en el chattir -dijo Rob cariñosamente. Los pasos se detuvieron y se abrió la puerta: eran tres soldados y dos mullahs-. Piensa en el día más feliz de tu vida.

– Zaki-Omar solía ser bondadoso -dijo Karim, y dedicó a Rob una sonrisa breve e inexpresiva.

Dos soldados lo cogieron de los brazos. Rob los siguió fuera de la celda, pasillo abajo, subió tras ellos los dos tramos de peldaños y salió al patio donde el sol reflejaba un destello cobrizo. La mañana era templada y resplandeciente: una última crueldad. Notó que a Karim se le doblaban las rodillas al andar, pero cualquier observador habría pensado que era a causa del miedo. Pasaron junto a la doble hilera de víctimas del carcán hasta los bloques, escenario de sus pesadillas.

Algo espantoso yacía junto a un bulto cubierto de negro sobre el terreno bañado en sangre, pero el huing se burló de los mullahs y Karim no lo vio.

El verdugo parecía apenas mayor que Rob; era un mozo bajo y fornido, de brazos largos y ojos indiferentes. El dinero de Ibn Sina había pagado su fuerza, su destreza y el finísimo filo de su hoja.

Karim tenía los ojos vidriosos cuando los soldados lo hicieron avanzar.

No hubo despedida; la estocada fue rápida y certera. La punta del acero entró en el corazón y produjo la muerte instantánea, tal como había sido acordado con el verdugo en el momento del soborno. Rob oyó que su amigo emitía un sonido semejante a un suspiro de descontento.

Rob debía ocuparse de que Despina y Karim fuesen llevados desde la prisión hasta un cementerio fuera de la ciudad. Pagó bien para que rezaran oraciones sobre las dos sepulturas, lo que era una amarga ironía: los mullahs oficiantes se encontraban entre los que habían presenciado las ejecuciones.

Cuando concluyó el funeral, Rob dio cuenta de la infusión que quedaba en la jarra y dejó que el caballo lo guiara.

Pero en las cercanías de la Casa del Paraíso cogió las riendas, lo refrenó y estudió el edificio. El palacio estaba especialmente bello ese día, con sus pendones variopintos ondeando y aleteando bajo la brisa primaveral. El sol destellaba en banderines y alabardas y hacía relucir las armas de los centinelas.

Hicieron eco en sus oídos las palabras de Alá: "Somos cuatro amigos…

Somos cuatro amigos…"

Sacudió el puño cerrado.

– ¡In-dig-noooo! -gritó.

Su voz rodó hasta la muralla y llegó a los centinelas, que se sobresaltaron El oficial bajó y se acercó al guardia que ocupaba el extremo.

– ¿Quién es? ¿Lo conoces?

– Sí, es el hakim Jesse. El Dhimmi.

Todos estudiaron la figura montada a caballo, lo vieron sacudir el puño una vez más, y notaron la jarra de vino y las riendas flojas del caballo.

El oficial sabía que el judío era el que se había quedado atrás para atender a los soldados heridos cuando la partida de ataque a la India retornó a Ispahán.

– En la cara se le nota que se ha pasado con la bebida. -Sonrió-. Pero no es mala persona. Dejadlo en paz -dijo.

Siguieron con la mirada al caballo castaño que llevaba al médico hacia las puertas de la ciudad.

LA CIUDAD GRIS

O sea que era el último sobreviviente de la misión médica de Ispahán.

Pensar que Mirdin y Karim estaban bajo tierra era como tragar una infusión de cólera, pesar y tristeza; sin embargo, perversamente, sus muertes volvieron sus días dulces como un beso de amor. Paladeaba los detalles de la vida cotidiana. Respirar hondo, orinar largamente, emitir una lenta ventosidad.

Masticar pan duro cuando tenía hambre, dormir si estaba fatigado. Tocar la gordura de su esposa, oírla roncar. Mordisquear la pancita de su hijo hasta que el gorgoteo de su risa infantil arrancaba lágrimas de sus ojos.

Y todo ello a pesar de que Ispahán se había convertido en un lugar sombrío. Alá y el imán Qandrasseh eran capaces de aniquilar al héroe del atletismo de Ispahán, ¿Qué hombre común y corriente se atrevería ahora a quebrantar las leyes islámicas establecidas por el Profeta?

Las prostitutas desaparecieron y en las maidans ya no había jarana por las noches. Parejas de mullahs patrullaban las calles de la ciudad, fijándose en si un velo cubría inadecuadamente el rostro de una mujer, si un hombre era lento en responder con la oración a la llamada de un muecín, si el propietario de un puesto de refrescos era tan estúpido como para vender vino. Incluso en el Yehuddiyyeh, donde las mujeres siempre se cubrían los cabellos, muchas judías empezaron a usar los pesados velos musulmanes.

Algunos se lamentaban en privado, pues echaban de menos la música y la alegría de noches que habían quedado atrás, pero otros expresaban su satisfacción; en el maristán, el hadji Davout Hosein dio gracias a Alá durante una oración matinal.

– La mezquita y el Estado nacieron de la misma matriz, unidos, y nunca deben separarse -dijo.

Cada día iban más fieles a casa de Ibn Sina para unirse con él en la oración, pero ahora el Príncipe de los Médicos, al concluir los rezos, volvía a entrar en su casa y nadie lo veía hasta la siguiente oración. Se sumió en la congoja y cayó en el ensimismamiento, y ya no iba al maristán a dar clases ni a atender a los pacientes. Quienes ponían objeciones a que los tocara un Dhimmi eran tratados por al-Juzjani, aunque no eran muchos, y Rob trabajaba todo el día, pues además de atender a los pacientes de Ibn Sina tenía sus propias responsabilidades.

Una mañana entró en el hospital un viejo enclenque, con mal aliento y los pies sucios. Qasim ibn Sahdi tenía las piernas nudosas como una grulla y un vestigio de barba que parecía comida por las polillas. No sabía cuál era su edad y no tenía hogar, porque había pasado casi toda su vida haciendo faenas de criado en una caravana tras otra.

– He viajado por todo el mundo.

– ¿Conoces Europa, de donde he venido yo?

– Casi todo el mundo. -No tenía familia, dijo, pero Alá lo protegía- Llegué ayer con una caravana de lana y dátiles de Qum. En la ruta me vi atacado por un dolor que es como un djinn malvado.

– ¿Dónde?

Qasim, gruñendo, se tocó el lado derecho del vientre.

– ¿Devuelves?

– Señor, vomito constantemente y soy presa de una terrible debilidad, Pero en medio de los mareos Alá me habló y me dijo que cerca había un hakim que me curaría. Y al despertar pregunté a la gente si había por aquí un lugar de curación y me orientaron hasta este maristán.

Lo llevaron a un jergón, donde lo bañaron y alimentaron ligeramente. Era el primer paciente con la enfermedad abdominal a quien Rob podía examinar en una etapa temprana del malestar. Tal vez Alá sabía cómo curar a Qasim, pero él lo ignoraba.

Pasó muchas horas en la biblioteca. Por último, y muy cortésmente, Yussuf-ul-Gamal, el cuidador de la Casa de la Sabiduría, le preguntó qué buscaba con tanto empeño.

– El secreto de la enfermedad abdominal. Estoy tratando de encontrar relatos de los antiguos que abrieron el vientre humano antes de que estuviera prohibido hacerlo.

El venerable bibliotecario parpadeó y asintió amablemente.

– Intentaré ayudarte. Déjame ver lo que puedo encontrar -dijo.

Ibn Sina no estaba disponible, y Rob fue a ver a al-Juzjani, que no tenía la paciencia del viejo maestro.

– A menudo la gente muere de destemplanza -respondió al-Juzjani- pero algunos llegan al maristán quejándose de dolor y ardor en el bajo vientre, y luego el dolor desaparece y el paciente vuelve a su casa.

– ¿Por qué?

Al-Juzjani se encogió de hombros, lo miró con fastidio y decidió no perder un minuto más con ese tema.

El dolor de Qasim también desapareció días más tarde, pero Rob no quería darlo de alta.

– ¿Adónde irás?

El viejo se encogió de hombros.

– Buscaré una caravana, Hakim, porque las caravanas son mi hogar.

– No todos los que vienen aquí suelen marcharse. Como comprenderás, algunos mueren.

– Todos los hombres deben morir -dijo Qasim gravemente.

– Lavar a los muertos y prepararlos para su entierro es servir a Alá. ¿Podrías hacer ese trabajo?

– Sí, hakim, porque como tú dices es un trabajo para Dios -dijo solemnemente-. Alá me trajo aquí y es posible que Él quiera que me quede.

Había una pequeña despensa contigua a las dos habitaciones que hacían las veces de depósito de cadáveres del hospital. La limpiaron entre los dos, y la despensa se convirtió en el alojamiento de Qasim ibn Sahdi.

– Tomarás tus comidas aquí después de que sean alimentados los pacientes, y puedes lavarte en los baños del maristán.

– Sí, Hakim.

Rob le dio una esterilla para dormir y una lámpara de arcilla. El viejo desenrolló su alfombra de rezo y afirmó que aquel cuartito era el mejor hogar que había tenido en su vida.

Transcurrieron casi dos semanas hasta que las ocupaciones permitieron a Rob ir a hablar con Yussuf-ul-Gamal en la Casa de la Sabiduría. Llevó un regalo como muestra de aprecio por la ayuda que le brindaba el bibliotecario.

Todos los vendedores exhibían pistachos gordos y grandes, pero Yussuf tenía muy pocos dientes para masticar frutos secos, por lo que Rob le compró una canasta de juncos llena de blandos dátiles del desierto.

A última hora de una tarde, Rob y Yussuf se sentaron a comer las frutas en la Casa de la Sabiduría, que estaba desierta.

– He retrocedido en el tiempo -dijo Yussuf- hasta donde me ha sido posible. La antigüedad. Incluso los egipcios, cuya fama de embalsamadores conoces, recibieron la enseñanza de que era malo y que significaba una desfiguración de los muertos abrirles el abdomen.

– Pero… ¿cómo se las arreglaban para momificar?

– Eran hipócritas. Pagaban a unos hombres despreciables, llamados paraschtstes, para que pecaran haciendo la incisión prohibida. En cuanto practicaban el corte, los paraschtstes huían con el fin de que no los mataran a pedradas, en un reconocimiento de culpabilidad que permitía a los respetables embalsamadores vaciar los órganos del abdomen y seguir adelante con sus métodos de conservación.

– ¿Estudiaban los órganos que quitaban? ¿Dejaron escritas sus observaciones?

– Embalsamaron durante cinco mil años, destripando casi a las tres cuartas partes de mil millones de seres humanos que habían muerto de todas las enfermedades imaginables, y almacenaron sus vísceras en vasijas de arcilla, piedra caliza o alabastro, o simplemente las tiraron. Pero no hay pruebas de que alguna vez hayan estudiado los órganos.

"Los griegos… son otra historia. Y ocurrió en la misma región del Nilo -Yussuf se sirvió más dátiles-. Alejandro Magno asaltó esta Persia nuestra como un bello y joven dios de la guerra, novecientos años antes del nacimiento de Mahoma. Conquistó el mundo antiguo y, en el extremo noroccidental del delta del Nilo, en una franja de tierra que se extiende entre el mar Mediterráneo y el lago Mareotis, fundó una ciudad llena de gracia a la que dio su nombre.

“Diez años más tarde murió de fiebre de los pantanos, pero Alejandría ya era un centro de la cultura griega. Con el desmembramiento del imperio alejandrino, Egipto y la nueva ciudad cayeron en manos de Ptolomeo de Macedonia, uno de los más sabios entre los allegados de Alejandro. Ptolomeo creo el Museo de Alejandría, la primera universidad del mundo, y la gran Biblioteca de Alejandría. Todas las ramas del conocimiento prosperaron, pero la escuela de medicina atrajo a los estudiantes más prometedores del mundo entero. Por primera y única vez en la larga historia del hombre, la anatomía se convertía en la piedra angular de la ciencia, y durante los trescientos años siguientes se practicó a gran escala la disección del cuerpo humano.

Rob se inclinó hacia delante, ansioso.

– Entonces, ¿es posible leer sus descripciones de las enfermedades que afectan a los órganos internos?

Yussuf meneó la cabeza.

– Los libros de tan magnífica biblioteca se perdieron cuando las legiones de Julio Cesar saquearon Alejandría treinta años antes del inicio de la era cristiana. Los romanos destruyeron casi todos los escritos de los médicos alejandrinos. Celso reunió lo poco que quedaba e intentó conservarlo en una obra titulada De medicina, pero sólo hay una breve mención de la destemplanza asentada en el intestino grueso, que afecta principalmente la parte donde menciona que estaba el ciego, acompañada por una violenta inflamación y vehementes dolores, en especial del lado derecho.

Rob refunfuñó, decepcionado.

– Conozco la cita. Ibn Sina la menciona en sus clases.

Yussuf se encogió de hombros.

– De modo que mi exploración del pasado te deja exactamente donde estabas. Las descripciones que buscas no existen.

Rob asintió, melancólico.

– ¿Por qué el único momento fugaz de la historia en que los médicos abrieron seres humanos fue el de los griegos?

– Porque ellos no tenían la ventaja de un solo Dios fuerte que les prohibiera profanar la obra de Su creación. Contaban en cambio con un hato de fornicadores, ese puñado de dioses y diosas débiles y pendencieros. -El bibliotecario escupió pepitas de dátiles en su palma ahuecada y sonrió dulcemente-. Podían disecar porque, al fin y al cabo, sólo eran bárbaros, hakim.

DOS RECIÉN LLEGADOS

Su embarazo estaba demasiado avanzado para permitirle montar, pero Mary iba a pie a comprar los productos alimenticios necesarios para su familia, llevando el burro cargado con las compras y con Rob J., que iba en un sillín en forma de cabestro a lomos del animal. La carga de su hijo no nacido la cansaba y le producía molestias en la espalda mientras se movía de un mercado a otro. Como hacia normalmente cuando iba al mercado armenio, se detuvo en el almacén de cueros para compartir con Prisca un sherhet y un trozo de delgado pan persa, caliente.

Prisca siempre se alegraba de ver a su antigua patrona y al bebé que había amamantado, pero ese día se mostró especialmente locuaz. Mary había hecho esfuerzos por aprender el persa, pero sólo entendió unas pocas palabras: Extranjero. De lejos. Como el Hakim. Como tú. Sin entenderse y mutuamente frustradas, las dos mujeres se separaron, y esa noche Mary estaba irritada cuando informó a su marido.

Rob sabía lo que había intentado decirle Prisca, porque el rumor llegó rápidamente al maristán.

– Ha llegado un europeo a Ispahán.

– ¿De qué país?

– De Inglaterra. Es un mercader.

– ¿Un inglés? -Mary fijó la mirada en el vacío. Tenía el rostro ruborizado y Rob notó interés y exaltación en sus ojos y en la forma en que inadvertidamente apoyó la mano en el pecho-. ¿Por qué no fuiste a verlo de inmediato?

– Mary…

– ¡Tienes que ir! ¿Sabes dónde se aloja?

– Está en el barrio armenio, por eso Prisca oyó hablar de él. Dicen que al principio sólo aceptó convivir entre cristianos -explicó Rob sonriendo-, pero en cuanto vio los cuchitriles en que viven los pocos y pobres cristianos armenios del lugar, se apresuró a alquilarle una casa en mejores condiciones a un musulmán.

– Tienes que escribirle un mensaje. Invítalo a cenar.

– Ni siquiera sé cómo se llama.

– Y eso ¿qué importa? Llama a un mensajero. Cualquier vecino del barrio armenio lo orientará. ¡Rob! ¡Traerá noticias!

Lo último que deseaba Rob era el peligroso contacto con un inglés cristiano. Pero sabía que no podía negarle a Mary la oportunidad de oírle hablar de lugares más entrañables para ella que Persia, de modo que se sentó y escribió una carta.

– Soy Bostock. Charles Bostock.

De un solo vistazo, Rob recordó la primera vez que regresó a Londres después de hacerse ayudante de cirujano barbero, él y Barber cabalgaron dos días bajo la protección de la larga fila de caballos de carga de Bostock, que acarreaban sal de las salinas de Arundel. En el campamento, Rob y su amo habían hecho malabarismos y el mercader le regaló dos peniques para que los gastara en Londres.

– Jesse ben Benjamín, médico del lugar.

– Su invitación estaba escrita en inglés y veo que habla mi idioma.

La respuesta sólo podía ser la que Rob había difundido en Ispahán.

– Me crié en la ciudad de Leeds.

Estaba más divertido que preocupado. Habían transcurrido catorce años. El cachorro que había sido estaba transformado en un perro grandote, se dijo, y no era probable que Bostock relacionara al chico de los juegos malabares con el altísimo médico judío a cuyo hogar persa había sido invitado.

– Y ésta es mi esposa, Mary, una escocesa de la campiña norteña.

– Señora…

A Mary le habría encantado ponerse sus mejores galas, pero el protuberante vientre le impedía lucir su vestido azul y llevaba uno muy holgado, que parecía una tienda. Su cabellera roja, bien cepillada, brillaba esplendorosamente. Se había puesto una cinta bordada, y entre sus cejas colgaba su única joya, un pequeño colgante de aljófares.

Bostock todavía llevaba el pelo largo echado hacia atrás, con lazos y cintas, aunque ahora era más canoso que rubio. El traje de terciopelo rojo que vestía adornado con bordados, abrigaba en exceso para el clima reinante y resultaba ostentoso. Nunca unos ojos fueron tan calculadores, pensó Rob, considerando el valor de cada animal, de la casa, de sus vestimentas y de sus muebles. Y evaluó con una mezcla de curiosidad y disgusto la vergonzosa unión de aquella pareja mixta -el judío moreno y barbado, la esposa pelirroja, de rasgos celtas, tan adelantada en su embarazo, de la que el bebé dormido era una prueba concluyente.

Pese a su inocultable disgusto, el visitante anhelaba hablar su idioma tanto como ellos, y en breve los tres estaban conversando. Rob y Mary no podían contenerse y lo abrumaron a preguntas:

– ¿Tiene noticias de las tierras escocesas?

– ¿Corrían buenos o malos tiempos cuando partiste de Londres?

– ¿Reinaba la paz?

– ¿Canuto seguía siendo rey?

Bostock debió darles todo tipo de informaciones para compensar la cena, aunque las últimas noticias eran de casi dos años atrás. Nada sabía de las tierras escocesas ni del norte de Inglaterra. Los tiempos eran prósperos y Londres crecía en paz, cada año con más viviendas y con más barcos, dejando pequeñas las instalaciones del Támesis. Dos meses antes de abandonar Inglaterra, les informó, había muerto el rey Canuto de muerte natural, y el día que llegó a Calais se enteró del fallecimiento de Roberto I, duque de Normandía.

– Ahora gobiernan unos bastardos a ambos lados del Canal. En Normandía el hijo ilegítimo de Roberto, Guillermo, y aunque todavía es un niño, se ha convertido en duque de Normandía con el apoyo de los amigos y parientes de su difunto padre.

“En Inglaterra, la sucesión correspondía por derecho a Hardeknud, el hijo de Canuto y la reina Emma, pero durante años ha llevado la vida de un extranjero en Dinamarca, de modo que el trono le ha sido usurpado por su medio hermano más joven que él. Haroldo Pie de Liebre, a quien Canuto ha reconocido como hijo ilegítimo habido de su unión con una desconocida de Northampton, llamada Aelfgifu, es ahora rey de Inglaterra.

– ¿Y dónde están Eduardo y Alfredo, los dos príncipes que tuvo Emma con el rey Ethelred antes de su matrimonio con el rey Canuto? -quiso saber Rob.

– En Normandía, bajo la protección de la corte del duque Guillermo, y cabe presumir que miran con gran interés al otro lado del Canal -respondió Bostock.

Hambrientos como estaban por las noticias de su tierra, los olores de los platos preparados por Mary también los volvieron hambrientos de comida, y los ojos del mercader se ablandaron al ver lo que había cocinado en su honor.

Un par de faisanes, bien aceitados y generosamente rociados, rellenos al estilo persa con arroz y uvas, todo cocido en una cacerola a fuego lento durante largo tiempo. Ensalada de verano. Melones dulcísimos. Una tarta de albaricoques y miel. Y, no menos importante, una bota con buen vino rosado, caro y conseguido con grandes riesgos. Mary había ido con Rob al mercado judío, donde al principió el vendedor negó vehementemente que tuviese ninguna bebida alcohólica, mirando temeroso a su alrededor para comprobar si alguien había escuchado el pedido. Después de muchos ruegos y de ofrecerle el triple del precio corriente, apareció un odre de vino en medio de un saco de granos, que Mary llevó oculto de la vista de los mullahs en el sillín en que reposaba su hijo dormido.

Bostock se consagró a la comida, pero poco después, tras un gran eructo, declaró que al cabo de unos días reemprendería el camino a Europa.

– Al llegar a Constantinopla por asuntos eclesiásticos, no pude resistir a la tentación de continuar hacia el este. ¿Sabéis que el rey de Inglaterra dará un titulo nobiliario a cualquier mercader-aventurero que se atreva a hacer tres viajes para abrir mercados extranjeros al comerció inglés? Bien, eso es verdad, y es un buen sistema para que un hombre libre alcance un rango nobiliario y, al mismo tiempo, saque jugosos beneficios. "Sedas", pensé. Si pudiera seguir la Ruta de la Seda, volvería con un cargamento que me permitiría comprar todo Londres. Me alegré de llegar a Persia, donde en lugar de sedas he adquirido alfombras y finos tejidos. Pero nunca volveré aquí, pues el beneficio será escaso… Tengo que pagar a un pequeño ejército para poder volver a Inglaterra.

Cuando Rob trató de encontrar similitudes en sus rutas de viaje al este, Bostock le informó que él había ido en primer lugar a Roma.

– Combiné los negocios con un recado de Ethelnoth, el arzobispo de Canterbury. En el Palacio de Letrán, el Papa Benedicto IX me prometió amplias recompensas por expediciones in terra et man y me ordenó, en nombre de Jesucristo, que hiciera mi trayecto de mercader vía Constantinopla y entregara allí unas cartas papales al Patriarca Alejo.

– ¡Un legado papal! -exclamó Mary.

"No tan legado como recadero", conjeturó socarronamente Rob, aunque era evidente que Bostock gozaba de toda la admiración de Mary.

– Durante seiscientos años, la Iglesia oriental ha disputado con la occidental -dijo el mercader, dándose importancia-. En Constantinopla consideran a Alejo un igual del Papa, para gran disgusto de la Santa Roma. Los condenados sacerdotes barbudos del Patriarca se casan… ¡Se casan! No rezan a Jesús y a María, ni tratan con suficiente respeto a la Trinidad. Así es como van y vienen cartas de protesta.

La jarra estaba vacía, y Rob la llevó a la habitación contigua para rellenarla con vino del odre.

– ¿Eres cristiana?

– Lo soy -dijo Mary.

– Entonces, ¿cómo has llegado a unirte con ese judío? ¿Te secuestraron los piratas o los musulmanes y te vendieron a él?

– Soy su esposa -dijo ella con toda claridad.

En la otra habitación, Rob abandonó la tarea de rellenar la jarra y prestó atención, con los labios apretados en una apenada mueca. Tan intenso era el desdén de Bostock por él, que ni siquiera se molestó en bajar la voz.

– Podría acomodaros en mi caravana a ti y al niño. Irías en una camilla con porteadores hasta después de dar a luz y poder montar en un caballo.

– No existe la menor posibilidad, señor Bostock. Yo soy de mi marido felizmente y por acuerdo mutuo -replicó Mary, aunque le dio las gracias con frialdad.

Bostock respondió con grave cortesía que estaba cumpliendo con su deber de cristiano, que eso era lo que desearía que otro hombre ofreciera a su propia hija si, Jesús no lo permita, se encontrara en circunstancias similares. Rob Cole volvió con ganas de darle una paliza a Bostock, pero Jesse ben Benjamín se comportó con hospitalidad oriental y sirvió vino a su invitado en lugar de retorcerle el pescuezo. La conversación, sin embargo, se resintió y, a partir de ese momento, fue escasa. El mercader inglés partió casi inmediatamente después de comer, y Rob y Mary quedaron solos.

Cada uno estaba sumido en sus propios pensamientos mientras recogían las sobras de la comida.

Por último, Mary dijo:

– ¿Alguna vez volveremos?

Rob se quedo atónito.

– Claro que volveremos.

– ¿Bostock no era mi única oportunidad?

– Te lo prometo.

A Mary le brillaron los ojos.

– Tiene razón en contratar un ejército para que lo proteja. El viaje es tan peligroso… ¿Cómo podrán viajar tan lejos y sobrevivir dos niños?

Era una exageración, pero Rob la abrazó tiernamente.

– Al llegar a Constantinopla seremos cristianos y nos sumaremos a una caravana fuerte.

– ¿Y entre Ispahán y Constantinopla?

– He aprendido el secreto mientras viajaba hacia esta ciudad. -La ayudó a acomodarse en el jergón. Ahora a Mary le resultaba difícil porque en cualquier posición que se tumbara, en seguida le dolía alguna parte del cuerpo. Rob la retuvo entre sus brazos y le acarició la cabeza, hablándole como si le contara una historia reconfortante a un niño-. Entre Ispahán y Constantinopla seguiré siendo Jesse ben Benjamín. Y nos atenderán en una aldea judía tras otra, nos alimentarán, cuidarán y guiarán, como quien cruza una corriente peligrosa pasando de una roca segura a otra roca segura.

Le tocó la cara. Apoyó la palma de la mano en el enorme vientre tibio, palpó los movimientos del niño no nacido y se sintió inundado de compasión y gratitud. Así ocurrirán las cosas, se repitió a sí mismo. Pero no podía decirle cuándo ocurrirían.

Rob se había acostumbrado a dormir con el cuerpo acurrucado alrededor de la dilatada dureza de la barriga de Mary, pero una noche despertó al sentir una humedad cálida, y en cuanto se espabiló se vistió deprisa y salió corriendo en busca de Nitka la Partera. Aunque la mujer estaba habituada a que llamaran a su puerta mientras todo el mundo dormía, apareció irritada e irascible, le dijo que se callara y tuviera paciencia.

– Ha roto aguas.

– Está bien, está bien -refunfuñó la comadrona.

En breve salieron en caravana por la calle a oscuras; Rob encabezaba la marcha con una antorcha, seguido por Nitka con un gran saco lleno de trapos limpios, y cerraban la marcha sus dos robustos hijos, protestando y resollando bajo el peso del sillón de partos.

Chofni y Shemuel dejaron la silla junto a la lumbre, como si fuera un trono, y Nitka ordenó a Rob que encendiera el fuego, porque en plena noche el aire era fresco. Mary se acomodó en el sillón como una reina desnuda.

Los hijos de Nitka se marcharon, llevándose a Rob J. para cuidarlo mientras su madre daba a luz. En el Yehuddiyyeh los vecinos se ayudaban así, aunque en este caso se trataba de una goya.

Mary perdió su porte regio con el primer dolor y su ronco grito espantó a Rob. El sillón era resistente, de modo que podía soportar sacudidas y revolcones, por lo que Nitka se dedicó a la tarea de plegar y apilar los trapos obviamente sin sufrir la menor perturbación mientras Mary se agarraba a los brazos del sillón y sollozaba.

Todo el tiempo le temblaban las piernas, pero durante los terribles espasmos daba sacudidas y puntapiés. Después del tercero, Rob se puso detrás de ella y le apoyó los hombros contra el respaldo del asiento. Mary mostraba los dientes y bramaba como un lobo; él no se habría sorprendido si lo hubiese mordido o si hubiera aullado.

Había amputado miembros y estaba familiarizado con todas las enfermedades, pero ahora sintió que la sangre dejaba de circular por su cabeza. La comadrona lo miró duramente y apretó un trozo de carne del brazo de Rob entre sus dedos nervudos. El doloroso pellizco le hizo recuperar el sentido y no quedó deshonrado.

– Fuera -dijo Nitka-. ¡Fuera de aquí!

Rob salió al jardín y permaneció en la oscuridad, atento a los sonidos que lo siguieron fuera de la casa. La noche era fresca y serena; pensó fugazmente en que salían víboras de la pared de piedra y decidió que le daba igual. Perdió la noción del tiempo, pero finalmente comprendió que debía atender el fuego y volvió a entrar para avivarlo.

Miró a Mary y vio que tenía las rodillas muy separadas.

– Ahora debes ayudar -le ordenó Nitka seriamente-. Haz fuerza amiga mía. ¡Fuerte! ¡Trabaja!

Transfigurado, Rob vio aparecer la coronilla del bebé entre los muslos de su mujer, como la tonsura roja y húmeda de un monje, y otra vez se escabulló al jardín. Allí permaneció largo rato, hasta que oyó el débil vagido. Entró y vio al recién nacido.

– Otro varón -informó enérgicamente Nitka mientras limpiaba la mucosidad de la diminuta boca con la yema de su dedo índice.

El ombligo grueso y viscoso se veía azul bajo la tenue luz del alba.

– Fue mucho más fácil que la primera vez -reconoció Mary.

Nitka limpió y la animó, y entregó a Rob la placenta para que la enterrara en el jardín. La comadrona aceptó su pago generoso con un asentimiento de satisfacción y volvió a su casa.

Cuando quedaron solos en el dormitorio se abrazaron; minutos después, Mary pidió agua y bautizó al niño con el nombre de Thomas Scott Cole. Rob lo alzó y lo examinó: ligeramente más pequeño que su hermano mayor, pero no canijo. Un varón fuerte y rubicundo, con redondos ojos pardos y una pelusa oscura en la que ya apuntaban los reflejos rojizos de la cabellera de su madre. Rob pensó que en los ojos y en la forma de la cabeza, la boca amplia y los deditos largos y estrechos, su nuevo hijo se parecía mucho a sus hermanos William Stewart y Jonathan Carter de recién nacidos.

– Siempre es fácil distinguir a un bebé Cole -le dijo a Mary.

EL DIAGNÓSTICO

Qasim llevaba dos meses cuidando muertos cuando volvió a sentir dolores en el abdomen.

– ¿Cómo es el dolor? -preguntó Rob.

– Malo, Hakim.

Pero, evidentemente, no tan malo como la primera vez.

– ¿Es un dolor sordo y agudo?

– Es como si un animal viviera en mi interior y me clavara las garras, retorciendo y tironeando.

El antiguo boyero logró aterrorizarse a sí mismo. miró implorante a Rob para que lo tranquilizara. No estaba calenturiento como durante el ataque que lo había llevado al maristán, ni tenía el abdomen rígido. Rob le prescribió frecuentes dosis de una infusión de miel y vino, a la que Qasim se aficionó con gran entusiasmo, pues era bebedor y para él resultaba una auténtica odisea la forzada abstinencia religiosa.

Qasim pasó varias semanas agradables, ligeramente ebrio mientras holgazaneaba por el hospital, intercambiando puntos de vista y opiniones. Pululaban las comidillas. La última novedad era que el imán Qandrasseh había abandonado la ciudad, pese a su obvia victoria política y táctica sobre el sha.

Se rumoreaba que Qandrasseh se había ido con los seljucíes, y que cuando retornara lo haría con un ejército atacante para deponer a Alá y sentar en el trono de Persia a un religioso islámico estricto ¿él mismo, quizá?.

Entretanto, nada cambió: parejas de sombríos mullahs continuaban patrullando las calles porque el taimado y anciano imán había dejado a su discípulo Musa Ibn Abbas como defensor de la religión en Ispahán.

El sha permanecía en la Casa del Paraíso, como si estuviera oculto. No celebraba audiencias. Rob no había sabido de él desde la ejecución de Karim. No le ordenaron comparecer en ninguna recepción, cacería ni juegos, ni le invitaron a la corte. Si era necesario un médico en la Casa del Paraíso e Ibn Sina estaba indispuesto, llamaban a al-Juzjani o a otro, pero nunca a Rob.

Sin embargo, el sha envió un regalo a su nuevo hijo.

El obsequió llegó después del bautizo hebreo del bebé. Esta vez Rob había aprendido lo suficiente para invitar personalmente a los vecinos. Reb Asher Jacobi, el mohel, rogó que el niño creciera vigoroso para llevar una vida de buenas obras, y cortó el prepucio. Dieron a chupar al bebé un paño empapado en vino para aquietar su aullido de dolor, y Reb Asher declaró en la Lengua que era Tam, hijo de Jesse.

Alá no había enviado ningún regalo cuando nació el pequeño Rob J., pero ahora hizo llegar una pequeña alfombra de lana azul claro entretejida con lustrosas hebras de seda del mismo tono y, grabado en azul más oscuro, el sello de la dinastía real Samani.

A Rob le pareció una alfombrilla muy elegante, y la habría puesto en el suelo, junto a la cuna, de no haber sido porque Mary, muy quisquillosa desde su nacimiento, dijo que no quería verla allí. Compró un cofre de madera de sándalo que la protegería de las polillas, y lo arrinconó.

Rob participó en una junta examinadora. Sabía que estaba allí en ausencia de Ibn Sina y le avergonzaba pensar que alguien pudiera considerarlo tan presumido como para creerse en condiciones de ocupar el lugar del Príncipe de los Médicos.

Pero no podía rehuir el compromiso, e hizo las cosas lo mejor que pudo.

Se preparó como si fuera un candidato y no un examinador. Formuló preguntas muy meditadas, no con la intención de hacerle pasar apuros a un candidato, sino para que pusiera de manifiesto sus conocimientos. Escuchó atentamente todas las respuestas. La junta examinó a cuatro candidatos y aprobó a tres médicos. Se plantearon dificultades con el cuarto. Gabri Beid hawi había sido aprendiz durante cinco años. Ya había fracasado en dos exámenes, pero su padre era un hombre rico y poderoso, que lisonjeó y engatusó al hadji Davout Hosein, el administrador de la madraza, quien solicitó personalmente que volvieran a examinar a Beidhawi.

Rob había sido compañero de Beidhawi y sabía que era un golfo, insensible y descuidado en el tratamiento de los pacientes. En el tercer examen demostró su pésima preparación. Rob sabía qué habría hecho Ibn Sina.

– Rechazo al candidato -dijo firmemente y sin el menor pesar.

Los otros examinadores se apresuraron a mostrar su acuerdo y se levantó la sesión. Unos días después de los exámenes, Ibn Sina se presentó en el maristán.

– ¡Dichoso regreso, maestro! -le saludó Rob afectuosamente.

Ibn Sina meneó la cabeza.

– No he regresado.

Parecía fatigado y vencido, e informó a Rob de que había ido porque deseaba que al-Juzjani y Jesse ben Benjamín le hicieran una evaluación.

Se sentaron con él en un consultorio y hablaron, compilando la historia de su malestar, tal como él les había enseñado a hacer.

Se había quedado en casa con la esperanza de volver en breve a sus obligaciones, les dijo. Pero no se había recuperado del doble choque de haber perdido primero a Reza y después a Despina. Su aspecto había desmejorado y se sentía mal.

Había experimentado lasitud y debilidad, con dificultades para hacer el esfuerzo necesario que requerían las tareas más sencillas. Al principio, atribuyó sus síntomas a una melancolía aguda.

– Porque todos sabemos que el espíritu puede hacer cosas terribles y extrañas al cuerpo.

En los últimos tiempos sus movimientos intestinales se habían vuelto explosivos y sus deposiciones estaban manchadas de moco, pus y sangre; por eso había solicitado aquel reconocimiento médico.

Lo exploraron como si fuera la única y última oportunidad de examinar a un ser humano. No pasaron nada por alto. Ibn Sina hizo gala de su dulce paciencia y permitió que lo palparan, apretaran, percutieran, escucharan e interrogaran.

Cuando concluyeron el examen, al-Juzjani estaba pálido, pero adoptó una expresión optimista.

– Es el flujo de sangre, maestro, provocado por la agravación de tus emociones.

Pero la intuición había indicado otra cosa a Rob. Miró a su querido maestro.

– Creo que son los primeros estadios del tumor.

Ibn Sina parpadeó una sola vez.

– ¿Cáncer de intestino? -preguntó con la misma serenidad con que se referiría a un paciente desconocido.

Rob movió la cabeza afirmativamente, tratando de no pensar en la lenta tortura de esa enfermedad.

Al-Juzjani estaba rojo de ira por haber sido desmentido, pero Ibn Sina lo tranquilizó. Por esa razón los había llamado a los dos, comprendió Rob: sabía que al-Juzjani estaría tan cegado por el cariño que no afrontaría la cruda verdad.

A Rob se le debilitaron las piernas. Cogió las manos de Ibn Sina entre las suyas y se miraron a los ojos.

– Aún estás fuerte, maestro. Debes mantener despejados los intestinos para evitar la acumulación de la bilis negra que favorecería el crecimiento del cáncer.

El médico jefe asintió.

– Espero haberme equivocado en el diagnóstico y pido a Dios que así sea -dijo Rob.

Ibn Sina le dedicó una débil sonrisa.

– Rezar nunca está de más.

Dijo a Ibn Sina que le gustaría visitarlo pronto y pasar una tarde en una partida del juego del sha, y el anciano maestro afirmó que Jesse ben Benjamín siempre sería bienvenido en su casa.

Un día seco y polvoriento de las postrimerías del verano, de la neblina del noreste surgió una caravana de ciento dieciséis camellos con cencerros.

Las bestias, en fila y escupiendo saliva fibrosa por el esfuerzo de acarrear pesadas cargas de mineral de hierro, entraron en Ispahán a última hora de la tarde. Alá abrigaba la esperanza de que Dhan Vangalil usara el mineral para hacer muchas armas de acero azul decorado. Las pruebas realizadas posteriormente por el herrero, ¡ay!, demostraron que el hierro del mineral era demasiado blando para ese propósito, pero la misma noche las noticias que llevaba la caravana despertaron una gran emoción entre algunos habitantes de la ciudad.

Un hombre llamado Khendi -Capitán de camelleros de la caravana- fue llamado a palacio para que repitiera detalles de la información ante el sha, y luego fue llevado al maristán a fin de que narrara lo mismo ante los doctores.

Durante un periodo de meses, Mahmud, el sultán de Ghazna, había estado gravemente enfermo, con fiebre y tanta pus en el pecho que le provocó una protuberancia blanda en la espalda. Sus médicos decidieron que si Mahmud había de vivir, era indispensable drenarle el bulto.

Uno de los detalles que proporcionó Khendi era que habían cubierto la espalda del sha con una delgada capa de arcilla de alfarero.

– ¿Por qué? -preguntó uno de los médicos recientes.

Khendi se encogió de hombros, pero al-Juzjani, que hacía las veces de jefe en ausencia de Ibn Sina, conocía la respuesta.

– Debe observarse atentamente la arcilla, pues el primer trozo que se seca indica la parte más caliente de la piel y es, por ende, el mejor lugar para practicar la incisión.

Cuando los cirujanos abrieron, saltó la corrupción del sultán, prosiguió Khendi, y para quitarle el pus restante insertaron unas mechas.

– ¿El escalpelo era de hoja redonda o puntiaguda? -inquirió al-Juzjani.

– ¿Qué le aplicaron para el dolor?

– ¿Las mechas eran de estaño o de lino?

– ¿El pus era oscuro o blanco?

– ¿Había vestigios de sangre en el pus?

– ¡Señores! ¡Señores míos, soy capitán de camelleros y no Hakim!-exclamó Khendi, angustiado-. No conozco la respuesta a ninguna de esas preguntas. Sólo sé una cosa más.

– ¿Qué? -preguntó al-Juzjani.

– Tres días después del sajado, Señores, el sultán de Ghazna murió.

Alá y Mahmud habían sido dos jóvenes leones. Ambos llegaron al trono a edad temprana como sucesores de un padre fuerte, y ninguno de los dos perdió de vista al otro mientras sus reinos se vigilaban, sabedores de que algún día chocarían, de que Ghazna deglutiría a Persia o Persia a Ghazna. Nunca se presentó la oportunidad. Se habían rodeado el uno al otro cautamente, y alguna vez sus fuerzas se enfrentaron en escaramuzas, pero lo dos habían esperado, percibiendo que aún no era el momento adecuado para una guerra total. No obstante, Mahmud nunca se apartaba de los pensamientos de Alá, que a menudo soñaba con él. Siempre el mismo sueño, con los ejércitos reunidos y ansiosos, mientras el sha cabalgaba a solas hacia la feroz tribu de afganos de Mahmud, lanzando un único grito de combate al sultán, como Ardashir había rugido su desafío a Ardewan, para que el sobreviviente reivindicara su destino como el único auténtico y demostrado Rey de Reyes.

Pero ahora había intervenido Dios, y el sha Alá nunca combatiría con Mahmud. En los cuatro días siguientes a la llegada de la caravana de camellos, tres experimentados y fiables espías entraron cabalgando por separado en Ispahán y permanecieron cierto tiempo en la Casa del Paraíso; a partir de sus informes, el sha comenzó a percibir una clara imagen de lo que había ocurrido en la ciudad capital de Ghazni.

Inmediatamente después de la muerte del sultán, Muhammad -el hijo mayor de Mahmud- había intentado ocupar el trono, pero su propósito fue desbaratado por su hermano Abu Said Masud, un joven guerrero que contaba con el firme apoyo del ejército. En el plazo de unas horas Muhammad fue tomado prisionero y declararon sultán a Masud. El funeral de Mahmud fue un espectáculo delirante, una mezcla de tristeza por la despedida y de frenética celebración. Cuando hubo concluido, Masud convocó a todos su jefes de tribus y les transmitió su intención de hacer lo que nunca había hecho su padre: en unos días, el ejército marcharía sobre Ispahán.

Fue esa información la que finalmente haría salir a Alá de la Casa del Paraíso.

La invasión planeada no le pareció inoportuna por dos razones. Masud era impetuoso e inexperto, y a Alá le agradó la posibilidad de oponer su generalato al mozalbete. En segundo lugar, como en el alma persa había un destello de amor por la guerra, era lo bastante astuto como para comprender que el conflicto sería abrazado por su pueblo como un contraste de la beatería y las restricciones bajo las que le obligaban a vivir los mullahs. Celebró reuniones militares que eran pequeñas celebraciones, con vino y mujeres en los momentos oportunos, como en tiempos pasados. Alá y sus comandantes estudiaron detenidamente sus cartas de viaje, y vieron que desde Ghazna sólo había una ruta viable para una gran fuerza. Masud tenía que atravesar las estribaciones y cerros arcillosos al norte del Dasht-i-Kavir, bordeando el gran desierto hasta que su ejército estuviera bien internado en Hamadhan, donde tomarían el rumbo sur.

Pero Alá decidió que un ejército persa marchara a Hamadhan y saliera al encuentro de aquellos antes de que cayeran sobre Ispahán.

Los preparativos del ejército de Alá eran el único tema de conversación, del que ni siquiera se libraban en el maristán, aunque Rob lo intentaba. No pensaba en la guerra inminente porque no quería tener nada que ver con ella. Su deuda con Alá, aunque considerable, estaba saldada. Las incursiones en la India lo habían convencido de que jamás volvería a mezclarse con la soldadesca.

De modo que aguardaba preocupado una cita real que no llegó.

Entretanto, trabajaba arduamente. Los dolores abdominales de Qasim habían desaparecido; para gran deleite del antiguo boyero, Rob siguió prescribiéndole una porción diaria de vino y le restituyó sus tareas en el depósito. Rob atendía a más pacientes que nunca, pues al-Juzjani había asumido gran parte de las obligaciones de médico jefe, y derivó un buen número de sus pacientes a otros médicos, entre ellos a Rob.

A Rob lo dejó pasmado enterarse de que Ibn Sina se había ofrecido como voluntario para ponerse a la cabeza de los cirujanos que acompañarían al ejército de Alá al norte. Al-Juzjani, que había superado su enfado o lo ocultaba, se lo comunicó.

– Es un desperdicio enviar ese cerebro a la guerra.

Al-Juzjani se encogió de hombros.

– El maestro desea hacer la última campaña.

– Es viejo y no sobrevivirá.

– Siempre pareció viejo, pero aún no ha vivido sesenta años. -Al-Juzjani suspiró amargamente-. Sospecho que abriga la esperanza de que una flecha o una lanza acabe con él. No sería ninguna tragedia encontrar una muerte más rápida que la que ahora parece esperarle.

El Príncipe de los Médicos les hizo saber de inmediato que había escogido una partida de once cirujanos para que lo acompañaran con el ejército persa. Cuatro eran estudiantes de medicina, tres eran los más recientes médicos jóvenes, y otros cuatro eran doctores veteranos.

A al-Juzjani le asignaron el cargo de médico jefe, que ya ocupaba en la práctica. Fue un ascenso que causó pesar, ya que hizo comprender a la comunidad médica que Ibn Sina no volvería al hospital.

Para gran sorpresa y consternación de Rob, le pidieron que cumpliera alguna de las tareas que hasta entonces al-Juzjani había desempeñado en sustitución de Ibn Sina, aunque había unos cuantos médicos más experimentados que podían haber sido escogidos por al-Juzjani. Asimismo, dado que cinco de los doce que marcharían con el ejército eran maestros, le informaron de que debía dar clases con mayor frecuencia y también impartir instrucción cuando visitaba a sus pacientes en el maristán.

Además, lo nombraron miembro permanente de la junta examinadora y solicitaron que formara parte de la comisión que supervisaba la cooperación entre el hospital y la escuela. La primera junta de la comisión a la que asistió se celebró en la lujosa casa de Rotun ben Nasr, director de la escuela. Este cargo era honorífico y el director no se molestó en asistir, aunque puso su casa a disposición de los reunidos y ordenó que les sirvieran una opulenta comida.

El primer plato consistía en tajadas de grandes y pulposos melones de sabor singular y una dulzura inigualable. Rob había probado ese tipo de melón una sola vez, y estaba a punto de comentarlo cuando su antiguo maestro Jalal-ul-Din le sonrió significativamente.

– Debemos dar gracias a la nueva esposa del director por esta deliciosa fruta.

Rob no entendió. El ensalmador guiñó un ojo.

– Rotun bin Nasr es general y primo del sha, como ya sabrás. Alá lo visitó la semana pasada para organizar la guerra y sin duda conoció a su más reciente y joven esposa. Cada vez que el sha planta su simiente real, regala una bolsa con deliciosos melones especiales. Y si la semilla da por resultado una cosecha del sexo masculino, envía un regalo principesco: la alfombra de los Samaníes.

No logró tragar la comida; alegó que se sentía mal y abandonó la reunión con la mente hecha un torbellino, cabalgó directamente hasta la casita del Yehuddiyyeh. Rob J estaba jugando en el jardín con su madre, pero Tam dormía en la cuna y Rob lo alzó y lo estudió a fondo.

Sólo era un pequeño bebé recién nacido. El mismo niño que adoraba al salir de casa por la mañana.

Lo dejó en la cuna, buscó el cofre de sándalo y sacó la alfombra regalada por el sha. La extendió en el suelo, junto a la cuna.

Cuando levantó la vista, Mary estaba en el vano de la puerta. Se miraron.

Entonces se convirtió en un hecho: el dolor y la piedad que Rob sintió por Mary fueron inconmensurables.

Se acercó a ella con la intención de abrazarla, pero en lugar de hacerlo descubrió que sus manos la sujetaron fuertemente de los brazos. Intentó hablar pero su garganta no emitió ningún sonido.

Ella se apartó de un tirón y se masajeó los brazos.

– Por ti estamos aquí, por mí estamos vivos -dijo Mary con desprecio.

La tristeza de sus ojos se había transformado en algo frío, en todo lo contrarió del amor. Aquella tarde ella cambió de aposento. Compró un jergón estrecho y lo instaló entre las cunas de sus hijos, junto a la alfombra del príncipe Samani.

EL CUARTO DE QASIM

No pudo dormir. Se sentía hechizado, como si la tierra hubiera desaparecido bajo sus pies y tuviera que andar un largo camino por el aire. No era insólito que alguien en su situación matara a la madre y al niño, reflexionó, pero sabía que Tam y Mary estaban perfectamente a salvo en la alcoba contigua. Lo acechaban ideas delirantes pero no estaba loco.

Por la mañana se levantó y fue al maristán, donde las cosas tampoco iban bien. Ibn Sina se había llevado a cuatro enfermeros como encargados de transportar las camillas y de recoger a los heridos, y al-Juzjani aún no había encontrado a otros cuatro que respondieran satisfactoriamente a sus expectativas. Los enfermeros que quedaban en el maristán estaban sobrecargados de trabajo y cumplían sus tareas ceñudos. Rob visitó a sus pacientes sin contar con ninguna clase de ayuda, y a veces se detenía a hacer por sí mismo lo que un enfermero no había tenido tiempo de hacer: lavar una cara febril o ir en busca de agua para aliviar una boca seca y sedienta.

Encontró a Qasim ibn Sahdi echado, con la cara del color del suero, sufriendo y quejándose, rodeado de vómitos.

Enfermo, Qasim había dejado su cuarto contiguo al depósito, y se había asignado un lugar como paciente, seguro de que Rob lo encontraría al hacer su ronda en el maristán.

La semana anterior se había sentido mal varias veces, le informó Qasim.

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– Señor, tenía mi vino. Tomaba mi vino y el dolor se iba. Pero ahora el vino no me ayuda, hakim; no puedo soportarlo.

La fiebre era alta pero no abrasadora; el abdomen estaba dolorido aunque blando. A veces, atenazado por el dolor, Qasim jadeaba como un perro; tenía la lengua sucia y respiraba laboriosamente.

– Te prepararé una infusión.

– Que Alá te bendiga.

Rob fue directamente a la farmacia. Con el vino tinto que tanto gustaba a Qasim remojó opiáceos y huing, y volvió deprisa junto a su paciente. Los ojos del viejo encargado del depósito mostraban malos augurios cuando tragó la poción.

A través de las cortinas de tela delgada de las ventanas abiertas, los sonidos invadían el maristán con volumen creciente, y cuando Rob salió vio que toda la ciudad se había volcado a las calles para despedir a su ejército.

Siguió a la gente hasta las maidans. Aquel ejército era demasiado numeroso para caber en las plazas. Desbordaba y llenaba las calles de toda la porción central de la ciudad. No lo componían cientos, como en la partida de ataque a la India, sino miles de hombres. Largas filas de infantería pesada, más largas aún de hombres ligeramente armados. Lanzadores de venablos o jabalinas. Lanceros a caballo, espadachines a horcajadas de poneys y camellos. La presión y el apiñamiento de la muchedumbre eran indescriptibles, lo mismo que el barullo: gritos de despedida, llantos, chillidos de mujeres, bromas obscenas, órdenes, adioses y palabras de estímulo.

Se abrió paso como quien nada contra una corriente humana, en medio de una amalgama de hedores: humanos, sudor de los camellos y estiércol de caballo. El destello del sol sobre las armas pulidas era cegador. A la cabeza de la fila estaban los elefantes. Rob contó treinta y cuatro, o sea que Alá comprometía cuantos elefantes de guerra poseía.

No vio a Ibn Sina. Rob ya se había despedido en el maristán de varios médicos que partían, pero Ibn Sina no había acudido a saludarlo ni lo había hecho llamar a su casa, de modo que resultaba obvio que prefería no pronunciar palabras de despedida.

En ese momento, llegaron los músicos reales. Algunos soplaban largas trompetas doradas y otros repicaban campanas de plata, anunciando que se acercaba el gran elefante Zi, una fuerza tremenda. El mahout Harsha iba ataviado de blanco y el sha, envuelto en telas azules y tocado con un turbante rojo, el atuendo que vestía siempre que iba a la guerra.

La gente rugió extasiada al ver a su rey guerrero. Cuando levantó la mano para hacer el saludo real, sabían que les estaba prometiendo Ghazna.

Rob estudió la espalda erguida del sha; en ese momento, Alá no era Alá: se había transformado en Jerjes, se había transformado en Darío, se había transformado en Ciro el Grande. Era todos los conquistadores de todos los hombres.

Somos cuatro amigos. Somos cuatro amigos. Rob se mareó al pensar en todas las ocasiones en que le habría resultado fácil matarlo.

Ahora estaba en el fondo de la multitud. Aunque hubiese estado adelante, lo habrían reducido en el mismo instante en que cayera sobre el rey. Se volvió. No esperó con los demás para ver el desfile de tropas de quienes iban a la gloria o a la muerte. Se separó con esfuerzo de la turba y caminó a ciegas hasta llegar a las orillas del Zayendeh, el Río de la Vida.

Se sacó del dedo el anillo de oro macizo que Alá le había dado por sus servicios en la India y lo arrojó a las aguas pardas. Luego, mientras en la distancia el gentío bramaba y bramaba, volvió andando al maristán.

Qasim había bebido grandes dosis de la infusión, pero se le notaba muy grave. Tenía los ojos vacíos, y el semblante pálido y hundido. Temblaba aunque hacía calor, y Rob lo tapó con una manta. Poco después, la manta estaba empapada y la cara de Qasim ardía.

A última hora de la tarde el dolor era tan intenso que cuando Rob le tocó el abdomen, el viejo gritó.

Rob no volvió a casa… Se quedó en el maristán, permaneciendo a menudo junto al jergón de Qasim.

Esa noche, en medio del dolor, se produjo un alivió total. Por un instante, la respiración de Qasim fue serena y regular, y se quedo dormido. Rob se atrevió a albergar esperanzas, pero unas horas más tarde volvió la fiebre, la temperatura de su cuerpo aumentó más aún, el pulso se volvió rápido y en algunos momentos era casi imperceptible.

Qasim se agitaba y revolvía en sus delirios.

– ¡Nuwas! -llamaba-. Ah, Nuwas.

A veces hablaba con su padre o con su tío Nili, y repetidas veces llamó a la desconocida Nuwas.

Rob le cogió las manos y el corazón le dio un vuelco: no las soltó, porque ahora sólo podía ofrecerle su presencia y el exiguo consuelo de un contacto humano. Por último, la laboriosa respiración se aquietó hasta parar por completo. Rob aún apretaba las callosas manos de Qasim cuando éste expiró.

Pasó un brazo por debajo de las rodillas nudosas y el otro bajo los hombros huesudos, trasladó el cadáver al depósito y luego entró en el cuartito de al lado. Apestaba: tendría que ocuparse de que lo fregaran. Se sentó entre las pertenencias de Qasim, que eran pocas: una harapienta túnica de recambio, una alfombra de rezo hecha jirones, unas hojas de papel y un cuero curtido en el que un escriba pagado por Qasim había copiado varias oraciones del Corán. Dos frascos del vino prohibido. Una hogaza de pan armenio endurecido y un cuenco con olivas verdes rancias. Una daga barata, con la hoja mellada.

Era más de medianoche y casi todo el hospital dormía. De vez en cuando, un enfermo gritaba o lloraba. Nadie lo vio retirar las escasas pertenencias de Qasim del cuartito. Mientras arrastraba la mesa de madera, se cruzó con un enfermero, pero la escasez de mano de obra dio a este ánimos para desviar la mirada y pasar deprisa junto al Hakim, antes de que le encargara más trabajo del que ya tenía.

En el cuarto, bajo dos patas de un lado de la mesa, Rob puso una tabla para lograr una inclinación. En el suelo, debajo del extremo más bajo, colocó una palangana. Necesitaba mucha luz y merodeó por el hospital, birlando cuatro lámparas y una docena de velas, que dispuso alrededor de la mesa como si fuera un altar. Sacó a Qasim del depósito y lo acostó en la mesa.

Incluso mientras el viejo agonizaba, Rob sabía que transgrediría el mandamiento.

Pero ahora que había llegado el momento, le resultaba difícil respirar.

No era un antiguo embalsamador egipcio que podía llamar a un despreciable paraschiste para que abriera el cadáver y cargara con el pecado. El acto y el pecado, si lo había, serían responsabilidad suya.

Cogió una cuchilla quirúrgica curva, con punta de sondeo, llamada bisturí, y practicó la incisión, abriendo el abdomen desde la ingle hasta el esternón. La carne se partió crujiente y comenzó a rezumar sangre.

Rob no sabía cómo proceder, y apartó la piel del esternón, pero luego se puso nervioso.

En toda su vida sólo había tenido dos amigos que eran sus pares y los dos habían muerto con la cavidad corporal cruelmente herida. Si lo descubrían, moriría de la misma manera, pero además lo desollarían. Dejó el cuartito y deambuló nervioso por el hospital, pero los pocos que estaban despiertos no le prestaron la menor atención. Aún tenía la impresión de que el suelo se había abierto y caminaba en el aire, pero ahora poseía la convicción de estar asomado a las profundidades del abismo.

Buscó una sierra de dientes pequeños para huesos, la llevó al minúsculo laboratorio improvisado y serró a través del esternón, a imitación de la herida que había matado a Mirdin en la India. En el fondo de la incisión cortó desde la ingle hasta el interior del muslo, dejando un gran colgajo que logró echar hacia atrás, para dejar a la vista la cavidad abdominal. Debajo de la barriga rosada, la pared estomacal era carne roja y hebras blancuzcas de músculo, y hasta el flaquísimo Qasim tenía glóbulos amarillentos de grasa.

El delgado revestimiento interior de la pared abdominal estaba inflamado y cubierto por una sustancia coagulable. A sus ojos deslumbrados, los órganos parecían sanos, excepto el intestino delgado, que estaba enrojecido e hinchado en muchos sitios. Hasta los vasos más pequeños estaban tan llenos de sangre, que daban la impresión de haber sido inyectados con cera roja. Una pequeña parte embolsada de la tripa estaba extraordinariamente negra y adherida al revestimiento abdominal. Cuando intentó separar ambas partes tirando suavemente, las membranas se rompieron dejando a la vista el equivalente a dos o tres cucharadas de pus: la infección que tantos dolores había causado a Qasim. Rob sospechaba que el sufrimiento del viejo había cesado cuando el tejido afectado se hernió. Un fluido poco denso, oscuro y fétido había escapado de la inflamación hacia la cavidad del abdomen. Hundió la yema del dedo en el líquido y lo olisqueó con interés, pues aquel podía ser el veneno causante de la fiebre y del desenlace.

Quería examinar los otros órganos, pero tenía miedo.

Cosió atentamente la abertura por si los religiosos tenían razón. Cuando Qasin ibn Sahdi resucitara de su tumba, estaría entero. Le cruzó las muñecas, las atajó y usó un paño grande para vendarle los riñones. Con gran cuidado, envolvió el cadáver en una mortaja y lo devolvió al depósito, para que lo enterraran por la mañana.

– Gracias, Qasim -dijo con tono sombrío-. Que en paz descanses.

Se llevó una sola vela a los baños del maristán, donde se lavó y se cambió de ropa. Pero aún perduraba en su cuerpo el olor a muerte, y se frotó las manos y los brazos con perfume.

Afuera, en la oscuridad, seguía asustado. No podía creer en lo que había hecho.

Al filo del amanecer se acostó en su jergón. Por la mañana dormía profundamente, y Mary se puso ceñuda cuando respiró el aroma florido de otra mujer que impregnaba toda la casa.

EL ERROR DE IBN SINA

Yussuf-ul-Gamal llamó a Rob a la sombra erudita de la biblioteca.

– Quiero mostrarte un tesoro.

Era un libro voluminoso, una copia evidentemente nueva de la obra maestra de Ibn Sina, el Canon de medicina.

– Este Qanun no es de propiedad de la Casa de la Sabiduría, sino una copia hecha por un escriba que conozco. Está en venta.

¡Ah! Rob lo cogió. Era un primor, con letras negras y vigorosas sobre cada página de color marfil. Era un códice, un libro con muchos pliegues, grandes hojas de vitela dobladas y luego cortadas para que se pudieran volver cómodamente las páginas. Los pliegues estaban finamente cosidos entre las tapas de delicada piel de cordero curtida.

– ¿Es muy caro?

Yussuf movió la cabeza afirmativamente.

– ¿Cuánto?

– Lo vende por ochenta hestis de plata, porque necesita dinero.

Rob frunció los labios, pues sabía que no contaba con esa cifra. Mary tenía una importante suma de dinero de su padre, pero él y Mary ya no…

Rob meneó la cabeza. Yussuf suspiró.

– Pensé que tú debías tenerlo.

– ¿Cuándo debe estar vendido?

Yussuf se encogió de hombros.

– Puedo retenerlo dos semanas.

– De acuerdo. Guárdalo.

El bibliotecario lo miró dubitativamente.

– ¿Entonces tendrás el dinero, hakim?

– Si esa es la voluntad de Dios.

Yussuf sonrió.

– Sí. Imshallah.

Puso un pestillo fuerte y una cerradura pesada en la puerta del cuartito contiguo al depósito. Llevó otra mesa, una chaira, un tenedor, un cuchillo pequeño, diversos escalpelos afilados y el tipo de cincel que usan los picapedreros; un tablero de dibujo, papel, carbones y regletas; tiras de cuero, arcilla y cera, plumas y un tintero.

Un día se hizo acompañar al mercado por varios estudiantes fuertes, y volvieron con un cerdo sacrificado. A nadie le pareció extraño que dijera que iba a hacer algunas disecciones en el cuartito. Esa noche, a solas, llevó el cadáver de una joven que había muerto pocas horas antes y lo puso sobre la mesa vacía. En vida, la mujer se llamaba Melia.

Esta vez Rob estaba más ansioso y menos asustado. Él había meditado sobre sus temores y no creía que sus actos estuviesen inspirados en la brujería ni en la obra de un djinn. Pensaba que se le había concedido la posibilidad de convertirse en médico para trabajar en la protección de la más excelsa creación de Dios, y que el Todopoderoso no vería con malos ojos que aprendiera más acerca de tan compleja e interesante criatura.

Abrió el cerdo y la mujer, dispuesto a hacer una atenta comparación de ambas anatomías. Dado que comenzó la doble inspección en la zona donde se asentaba la enfermedad abdominal, en seguida descubrió algo. El ciego del cerdo, la tripa embolsada donde comenzaba el intestino grueso, era de tamaño considerable, pues media unas dieciocho pulgadas de longitud. El ciego de la mujer era comparativamente diminuto, de apenas dos o tres pulgadas de largo y el ancho del dedo meñique de Rob. ¡Albricias! Adherido a este pequeño ciego había… algo. No se parecía a nada tanto como a un gusano rosado, descubierto en el jardín, recogido y puesto en el interior de la barriga de la mujer.

El cerdo de la otra mesa no tenía ninguna adherencia en forma de gusano, y Rob nunca había observado un apéndice similar en las tripas de esos animales.

No se precipitó a sacar conclusiones. En principio pensó que las pequeñas dimensiones del ciego de la mujer podían corresponder a una anomalía, y que aquella cosita en forma de gusano era un raro tumor o algún otro tipo de excrecencia.

Preparó el cadáver de Melia para su entierro con tanto cuidado como había dispuesto el de Qasim y lo devolvió al depósito.

Pero en las noches siguientes abrió los cuerpos de un jovenzuelo, de una mujer de edad mediana y de un bebé de seis semanas. En cada caso descubrió, con creciente emoción, que aparecía el mismo apéndice de tamaño minúsculo. El "gusano" formaba parte de todas las personas…, pequeña prueba de que los órganos de un ser humano no eran idénticos a los de un cerdo.

"¡Oh, maldito Ibn Sina!” -Viejo condenado -murmuró. ¡Estás equivocado!

Pese a lo que había escrito Celso, pese a las enseñanzas transmitidas durante mil años, hombres y mujeres eran seres singulares. En tal caso, ¡cuántos magníficos misterios podrían descubrirse y resolverse con sólo buscarlos en el interior de los cuerpos humanos!

A lo largo de toda su vida, Rob había estado sólo hasta que la encontró, pero ahora volvía a estarlo y no lo soportaba. Una noche, al regresar a casa se tendió a su lado, entre los dos niños dormidos.

No intentó tocarla, pero ella se volvió como un animalito salvaje. Le dio una sonora bofetada. Era una mujer corpulenta y lo bastante fuerte para producirle dolor. Rob le cogió las manos y se las sujetó a los costados del cuerpo. -Loca.

– ¡No te acerques a mí después de estar con las rameras persas!

Rob comprendió que ella pensaba eso por el aroma que despedía todos los días al volver a casa.

– Uso perfume porque todas las noches hago disecciones de animales en el maristán.

Ella no dijo nada, pero al instante intentó liberarse. Rob sintió su cuerpo, tan conocido, junto al suyo, mientras ella se debatía, y percibió el aroma de sus cabellos rojos en la nariz.

Mary comenzó a serenarse, tal vez por algo que percibió en la voz de Rob. Sin embargo, cuando él se volvió para besarla, no le habría sorprendido que le mordiera la boca o en el cuello, pero no fue así. Le llevó un momento darse cuenta de que le estaba devolviendo los besos. Dejó de aferrarle la manos y se sintió infinitamente agradecido cuando tocó unos pechos rígidos, aunque no por la rigidez de la muerte.

Rob no sabía si Mary lloraba o estaba excitada, pues oía breves gemidos.

Probó sus pezones lechosos y le hurgó el ombligo. Debajo de aquella panza cálida, había un entramado de vísceras grises y rosadas, como cardúmenes en las aguas del mar, pero sus miembros no estaban duros y fríos, y en el montículo uno de sus dedos y luego dos encontraron calor y terreno resbaladizo: la materia que compone la vida.

Cuando la penetró se unieron como si batieran palmas, empujando como si intentaran destruir algo que no podían enfrentar. Exorcizando al djinn. Mary le clavó las uñas en la espalda al corcovear. Sólo hubo un sereno gruñido y el plaf-plaf-plaf de la cópula, hasta que ella gritó y él gritó y Tam gritó y Rob J. despertó con un grito, y los cuatro rieron o lloraron; en el caso de los adultos, ambas cosas.

Finalmente, todo se aquietó. El pequeño Rob J. volvió a dormirse y Mary llevó el bebé a su pecho; mientras lo alimentaba, con voz serena contó que Ibn Sina había ido a verla y le había dicho lo que debía hacer. Así, Rob se enteró de que entre la mujer y el anciano le habían salvado la vida.

Se sorprendió y se sintió impresionado al saber hasta qué punto se había comprometido por él Ibn Sina.

En cuanto al resto, la experiencia de ella había sido aproximadamente como Rob la imaginó. Cuando Tam se hubo dormido, la abrazó y le dijo que era la mujer que había elegido para toda la vida, acarició su cabellera pelirroja y la besó en la nuca, donde las pecas no osaban aparecer. Y Mary también se durmió y Rob permaneció con la vista fija en el techo oscuro.

En los días siguientes, Mary sonreía mucho y a Rob le entristecía e indignaba ver huellas de temor en sus sonrisas, aunque con sus actos intentaba demostrarle amor y gratitud.

Una mañana, mientras atendía a un niño enfermo en casa de un cortesano, junto a su jergón vio la pequeña alfombra azul de la realeza Samani.

Observó el cutis atezado del niño, la nariz ya ganchuda, cierta característica específica en los ojos. Era una cara conocida, más conocida cuanto más miraba a su hijo menor.

Modificó sus planes para aquel día, volvió a casa, levantó al pequeño Tam y lo acercó a la luz. Sus rasgos le convertían en hermano del niño enfermo.

No obstante, por momentos Tam se parecía notablemente a Willum, su hermano perdido.

Antes y después de los días que había pasado en Idhaj por indicación de Ibn Sina, él y Mary habían hecho el amor. ¿Quién podía decir que aquel no era el fruto de su propia simiente?

Cambió los pañales húmedos de Tam, le tocó la mano, besó su suavísima mejilla y volvió a acostarlo en la cuna.

Aquella noche hicieron el amor tierna y consideradamente, lo que les produjo alivio, aunque no fue como en otros tiempos. Después, Rob salió y se sentó en el jardín bañado por la luna, junto a las ruinas otoñales de las flores a las que ella había brindado todos sus cuidados.

Comprendió que nada permanece siempre igual. Ella no era la joven que lo había seguido confiadamente a un trigal y él tampoco era el joven que la había llevado al trigal.

Y esa no era la deuda menos importante que ansiaba pagar al sha Alá.

EL HOMBRE TRANSPARENTE

Del este surgió una nube de polvo de tales proporciones que los centinelas pensaron confiadamente en una enorme caravana, o quizá en varias grandes caravanas que avanzaban juntas

Pero se aproximaba un ejército a la ciudad.

Con su llegada a las puertas fue posible identificar a los soldados como afganos de Ghazna. Se detuvieron fuera de los muros, y su comandante, un joven de túnica azul oscuro y turbante blanco como la nieve, entró en Ispahán acompañado de cuatro oficiales. No había nadie allí para detenerlos. El ejercito había seguido a Alá a Hamadhan y las puertas estaban custodiadas por un puñado de soldados ancianos que se esfumaron con la proximidad del ejército extranjero, de modo que el sultán Masud -pues de él se trataba- entró cabalgando en la ciudad sin resistencia. Al llegar a la mezquita del Viernes, los afganos desmontaron y entraron. Sin duda se unieron allí a los fieles durante la tercera oración, y luego se encerraron varias horas con el imán Musa ibn Ahhas y su camarilla de mullahs. Casi ninguno de los habitantes de Ispahán vio a Masud, pero en cuanto se conoció su presencia, Rob y al-Juzjani se encontraban entre los que fueron a lo alto de la muralla y desde allí observaron a los soldados de Ghazna.

Eran hombres de aspecto duro, con pantalones desharrapados y largas camisas holgadas. Algunos llevaban los extremos de los turbantes envueltos alrededor de la boca y la nariz para protegerse de la polvareda y la arena del viaje, y tenían esteras acolchadas arrolladas detrás de las pequeñas sillas de sus desgreñados poneys. Estaban muy animados, toqueteaban sus flechas, cambiaban de lugar sus arcos y se relamían mirando la lujosa ciudad, con sus mujeres desprotegidas, como los lobos mirarían una madriguera llena de liebres. Pero eran disciplinados y aguardaban sin hacer violencia mientras su líder permanecía en la mezquita. Rob se preguntó si entre ellos estaría el afgano que había hecho tan buen papel corriendo en competencia con Karim en el chatir.

– ¿Qué puede querer Masud de los mullahs? -preguntó a al-Juzjani- Sin duda sus espías le han informado de los conflictos que tiene con ellos.

– Sospecho que intenta gobernarnos en breve y negocia en las mezquitas bendiciones y obediencias.

Y es posible que así fuera, pues en breve Masud y sus edecanes volvieron con sus tropas y no hubo pillaje. El sultán era joven, apenas un muchacho, pero él y Alá podrían haber sido parientes: tenían el mismo rostro orgulloso y cruel de depredador. Lo vieron desenrollar su impecable turbante negro, que dejó a un lado con gran cuidado, y ponerse un mugriento turbante negro antes de reemprender la marcha.

Los afganos cabalgaron rumbo al norte, siguiendo la ruta del eje de Alá.

– El sha se equivocó al pensar que vendrían por Hamadhan.

– Sospecho que la fuerza principal de Ghazna ya esta en Hamadhan -dijo lentamente al-Juzjani.

Rob comprendió que la idea de al-Juzjani era acertada. Los afganos que partieron eran muy inferiores en número al ejército persa, y entre ellos había elefantes de guerra; tenía que haber otra fuerza esperándolos.

– Entonces, ¿Masud está montando una trampa? -Al-Juzjani asintió- ¡Podemos partir a caballo para advertírselo a los persas!

– Ya es tarde; de lo contrario Masud no nos habría dejado vivos en cualquier caso -dijo con tono irónico al-Juzjani-, poco importa que derrote a Masud o Masud derrote a Alá. Si es verdad que el imán Qancseh ha ido a ponerse a la cabeza de los seljucíes para caer sobre Ispahán en última instancia no imperarán Masud ni Alá. Los seljucies son temibles y numerosos como las arenas de la mar.

– Si vienen los seljucíes o si Masud retorna para tomar la ciudad, ¿qué será del maristán?

Al-Juzjani se encogió de hombros.

– El hospital cerrará un tiempo y todos nos ocultaremos para salvarnos del desastre. Después saldremos de nuestros escondrijos y la vida seguirá como antes. Con nuestro maestro he servido a media docena de reyes. Monarcas vienen y van, pero el mundo sigue necesitando médicos.

Rob pidió dinero a Mary y el Qanun fue suyo. Tenerlo entre sus manos lo inundó de respeto reverencial. Nunca había poseído un libro, pero tan desbordante era su deleite con la propiedad de aquel, que juró que habría de tener otros.

Sin embargo, no pasaba demasiado tiempo leyéndolo, pues nada atraía tanto como el cuartito de Qasim.

Realizaba disecciones varias veces por semana, y empezó a usar sus materiales de dibujo, hambriento por hacer más cosas, aunque no las llevaba a cabo, pues necesitaba un mínimo de sueño si quería desempeñar adecuadamente sus funciones en el maristán durante el día.

En uno de los cadáveres que estudió, el de un joven que había sido acuchillado en una reyerta de borrachos, encontró el pequeño apéndice ciego dilatado, con la superficie enrojecida y áspera, y conjeturó que lo estaba observando en la primera etapa de la enfermedad del costado, cuando el paciente comenzaría a sentir las primeras punzadas intermitentes. Ahora tenía un cuadro amplio del progreso de la enfermedad desde el inicio hasta la muerte, y escribió en su registro:

Se ha observado la enfermedad abdominal en seis pacientes, todos los cuales fallecieron.

El primer síntoma marcado de la enfermedad es un repentino dolor abdominal. El dolor suele ser intenso y rara vez ligero.

En ocasiones va acompañado por escalofríos, y con mayor frecuencia con náuseas y vómitos.

Al dolor abdominal sigue la fiebre como siguiente síntoma constante.

Al palpar se percibe una resistencia circunscrita al bajo vientre derecho, con el área a menudo dolorida por la presión y los músculos abdominales tensos y rígidos.

El mal se asienta en un apéndice del ciego que, en apariencia, no difiere de una lombriz rosada y gruesa de la variedad común. Si este órgano se inflama o infecta, se vuelve rojo y luego negro, se llena de pus y finalmente estalla, escapando su contenido hacia la cavidad abdominal general.

En tal caso, se presenta rápidamente la muerte, por regla general entre media hora y treinta horas después del inicio de la fiebre alta.

Sólo estudiaba las partes del cuerpo que quedarían cubiertas por la mortaja. Este hecho excluía los pies y la cabeza, una verdadera frustración, pues ya no se contentaba con examinar el cerebro de un cerdo. Su respeto por Ibn Sina permanecía incólume, pues había tomado conciencia de que en ciertas cuestiones su mentor había recibido enseñanzas incorrectas acerca del esqueleto y la musculatura, y había transmitido la información errónea.

Rob trabajaba con gran paciencia, descubriendo y dibujando músculos como alambres y cuerdas. Algunos comenzaban en un cordón y terminaban en un cordón, otros presentaban acoplamientos planos, otros tenían acoplamientos redondeados, o un cordón únicamente en un extremo; tampoco faltaban músculos compuestos de dos cabezas, y aparentemente su función específica consistía en que si una de las cabezas se lesionaba quedaba útil la otra. Comenzó en la ignorancia y, de modo gradual, en constante estado de exaltación enfebrecida y ensoñadora, fue aprendiendo. Dibujó estructuras de huesos y articulaciones, formas y posiciones, comprendiendo que esos bosquejos tendrían un valor incalculable para enseñar a los jóvenes doctores a tratar torceduras y fracturas.

Siempre, cuando terminaba de trabajar, amortajaba los cadáveres, volvía a colocarlos en el depósito y se llevaba los dibujos. Ya no sentía que se asomaba a las profundidades de su propia condenación, pero en ningún momento perdió de vista el terrible fin que le aguardaba si lo descubrían. En las disecciones que hacía bajo la luz inestable y parpadeante de la lámpara en el cuartito sin ventilación, se sobresaltaba ante el menor ruido y quedaba paralizado por el terror en las raras ocasiones en que alguien pasaba ante la puerta.

Y tenía sobradas razones para estar asustado.

Una madrugada sacó del depósito el cadáver de una anciana que había muerto poco antes. Levantó la vista, y al otro lado de la puerta vio a un enfermero que iba hacia él, llevando el cadáver de un hombre. La cabeza de la mujer se inclinó y un brazo se balanceó cuando Rob se detuvo, enmudecido, y miró fijo al enfermero, que inclinó amablemente la cabeza.

– ¿Te ayudo con esa, Hakim?

– No es pesada.

Volvió a entrar detrás del enfermero, dejaron los dos cadáveres en el depósito y salieron juntos.

El cerdo sólo le había durado cuatro días, pues rápidamente se descompuso y fue indispensable deshacerse de él. Sin embargo, abrir el estómago y el intestino humanos producía olores mucho peores que el hedor dulzón de la podredumbre porcina. A pesar del agua y el jabón, el olor impregnaba todo el recinto.

Una mañana compró otro cerdo. Por la tarde, al pasar ante el cuartito de Qasim encontró al hadji Davout Hosein golpeando la puerta cerrada.

– ¿Por qué está cerrada con llave? ¿Qué hay adentro?

– Es un cuarto en el que estoy haciendo la disección de un cerdo -replicó serenamente Rob.

El vicerrector de la escuela lo observó con asco. En esos días, Davout Hosein lo miraba todo con suspicacia, pues los mullahs le habían solicitado que vigilara el maristán y la madraza en busca de infractores de la ley islámica.

Ese mismo día, varias veces, Rob lo vio rondar por allí.

Por la tarde, Rob volvió a casa temprano. A la mañana siguiente, cuando llegó al hospital, vio que habían forzado y roto la cerradura de la puerta del cuartito. Dentro, todas las cosas estaban como las había dejado…, aunque no exactamente. El cerdo yacía cubierto sobre la mesa. Sus instrumentos estaban desordenados, pero no faltaba ninguno. No habían encontrado nada que lo acusara y, por el momento, estaba a salvo. Pero la intrusión tuvo espeluznantes repercusiones.

Sabía que tarde o temprano lo descubrirían, pero estaba acumulando datos preciosos y viendo cosas maravillosas, y no estaba dispuesto a abandonar.

Aguardó dos días, hasta que el hadji lo dejó en paz. En el hospital murió un anciano mientras mantenía una serena conversación con él. Por la noche abrió el cadáver para averiguar qué le había proporcionado una muerte tan pacífica, y descubrió que la arteria que alimentaba el corazón y los miembros inferiores estaba reseca y encogida, como una hoja marchita.

En el cuerpo de un niño comprendió por qué el cáncer tenía ese nombre, al ver cómo la hambrienta protuberancia en forma de cangrejo había extendido sus pinzas en todas direcciones. En el cadáver de un hombre descubrió que el hígado, en lugar de ser blando y de un rico color pardo rojizo, se había convertido en un objeto amarillento con la dureza de la madera.

La semana siguiente hizo la disección de una mujer embarazada de varios meses y dibujó la matriz de su abultada tripa como una copa invertida que protege a la vida que se estaba formando en su interior. En el dibujo le dio la cara de Despina, que nunca tendría un hijo. Lo tituló Mujer embarazada.

Una noche se sentó junto a la mesa de disecciones y creó a un joven al que dotó de los rasgos de Karim, en una semejanza imperfecta aunque reconocible para cualquiera que lo hubiese querido. Rob dibujó la figura como si la piel fuese de cristal. Lo que no podía ver con sus propios ojos en el cadáver de la mesa, lo dibujó tal como decía Galeno. Sabía que algunos detalles imaginarios serían desacertados, pero el dibujo resultó notable incluso para él, pues mostraba los órganos y los vasos sanguíneos como si el ojo de Dios se asomara a través de la carne sólida.

Cuando lo concluyó, lo firmó, lo fechó y le dio el título de El hombre transparente.

LA CASA DE HAMADHAN

En todo ese tiempo no hubo noticias de la guerra. Tal como había sido acordado, salieron cuatro caravanas cargadas de provisiones en busca del ejército, pero nunca volvieron a verlas, y se suponía que habían encontrado a Alá y se habían sumado al combate. Pero una tarde, inmediatamente antes de la cuarta oración, llegó un jinete con las peores noticias posibles.

Tal como habían conjeturado, cuando Masud hizo escala en Ispahán, su fuerza principal ya había encontrado a los persas y se había enzarzado con ellos. Masud envió a dos de sus generales más veteranos -Abu Sahl alHamduni y Tash Farrash- a la cabeza de su ejército por la ruta esperada.

Planearon y ejecutaron el ataque frontal a la perfección. Dividieron sus fuerzas en dos, permanecieron ocultos detrás de la aldea de al-Karaj y enviaron una patrulla de reconocimiento de cuatro hombres. Cuando los persas estuvieron lo bastante cerca, las huestes de Abu Sahl al-Hamduni aparecieron por una orilla de al-Karaj y los afganos de Tash Farrash salieron por la otra.

Cayeron sobre los hombres del sha por dos flancos, que rápidamente se acercaron hasta que el ejército de Ghazna quedó reunido a través de una gigantesca línea de combate semicircular semejante a una red.

Tras la sorpresa inicial, los persas lucharon valientemente, pero eran inferiores en número y estrategia, y fueron perdiendo terreno día a día. Por último, descubrieron que a sus espaldas había otra fuerza de Gahzna al mando del sultán Masud. Entonces la batalla se volvió más desesperada y salvaje, pero el resultado era inevitable. Los persas estaban enfrentados a la fuerza superior de los dos generales de Ghazna. Detrás, la caballería del sultán, poco numerosa pero feroz, libraba un conflicto similar a la histórica batalla entre los romanos y los antiguos persas, aunque esa vez la enemiga de Persia fue la efímera fuerza, que resultó arrasada. Los afganos golpeaban una y otra vez, y se esfumaban para reaparecer en otro sector de la retaguardia.

Finalmente, cuando los persas estaban suficientemente debilitados y confundidos, bajo la cobertura de una tempestad de arena Masud lanzó toda la fuerza de sus tres ejércitos en un ataque global.

A la mañana siguiente, el sol puso de relieve los remolinos de arena sobre los cadáveres de hombres y bestias, lo mejor del ejército persa. Algunos habían escapado y se rumoreaba que entre ellos estaba el sha Alá, según el emisario, aunque este detalle no había sido confirmado.

– ¿Qué ha sido de Ibn Sina? -inquirió al-Juzjani.

– Ibn Sina abandonó el ejército bastante antes de llegar al al-Karaj, hakim. Lo había afectado un terrible cólico que lo dejó imposibilitado, de modo que con permiso del sha el médico más joven de entre los cirujanos, Bibi al-Ghuri, lo llevó a la ciudad de Hamadhan, donde Ibn Sina sigue siendo propietario de la casa que fuera de su padre.

– Conozco el lugar -dijo al-Juzjani.

Rob sabía que al-Juzjani iría.

– Déjame ir contigo -le pidió.

Durante unos segundos, el celoso resentimiento parpadeó en los ojos del médico de más edad, pero en seguida la razón ganó la batalla y asintió.

– Partiremos de inmediato -dijo.

Fue un viaje arduo y tétrico. Espoleaban sus caballos, pues no sabían si iban a encontrarlo vivo. Al-Juzjani había enmudecido por la desesperación, y no era extraño que así fuera; Rob había amado a Ibn Sina durante pocos años relativamente, mientras que al-Juzjani idolatró toda su vida al Príncipe de los Médicos.

Tuvieron que hacer un rodeo hacia el este para eludir la guerra que, por lo que sabían, aún se libraba en el territorio de Hamadhan. Pero al llegar a la ciudad capital que daba nombre al territorio, la encontraron adormilada y pacífica, sin rastros de la gran matanza que había tenido lugar a pocas millas de distancia.

Cuando Rob vio la casa pensó que se adaptaba mejor a Ibn Sina que la gran finca de Ispahán. La vivienda de adobe y piedra era semejante a la ropa que siempre llevaba Ibn Sina: modesta y cómoda.

Pero en el interior reinaba el hedor de la enfermedad.

En un asomo de celos, al-Juzjani pidió a Rob que esperara fuera de la cámara en la que yacía Ibn Sina. Poco después, Rob oyó el murmullo de una conversación y luego, para su gran sorpresa y alarma, el inconfundible sonido de un golpe.

El joven médico llamado Bibi al-Ghuri salió de la cámara. Tenía la cara blanca y sollozaba. Pasó junto a Rob sin saludarlo y salió corriendo de la casa.

Poco después apareció al-Juzjani, seguido por un mullah anciano.

– Ese joven charlatán ha condenado a Ibn Sina. Cuando llegaron aquí al-Ghuri dio semillas de apio al maestro para interrumpir las ventosidades del cólico. Pero en lugar de darle dos danaqs de semillas, la dosis fue de cinco dirhams, y desde entonces Ibn Sina ha evacuado gran cantidad de sangre.

Cada dirham se dividía en seis danaqs, lo que significaba que había ingerido quince veces la dosis recomendada del brutal purgante.

Al-Juzjani lo miró.

– Formé parte de la junta examinadora que aprobó a al-Ghuri -se lamentó amargamente.

– No podías prever el futuro ni conocer por anticipado este error -dijo Rob amablemente.

Pero al-Juzjani no se consoló con sus palabras.

– ¡Qué cruel ironía que el médico más grande del mundo termine en manos de un Hakim inepto!

– ¿Está consciente el maestro?

El mullah asintió.

– Ha liberado a sus esclavos y repartido sus riquezas entre los pobres.

– ¿Puedo entrar?

Al-Juzjani hizo un ademán afirmativo.

Una vez en la cámara, Rob recibió un fuerte choque. En los cuatro meses transcurridos desde que lo viera por última vez, la carne de Ibn Sina se había consumido. Tenía los ojos hundidos, la cara parecía socavada y su piel era cerúlea.

Al-Ghuri le había perjudicado, pero el tratamiento erróneo sólo había servido para apresurar el inevitable efecto del cáncer de estomago.

Rob le cogió las manos y sintió tan poca vida, que le resultó difícil hablar. Ibn Sina abrió los ojos y los fijó en los suyos. Rob sintió que el maestro leía sus pensamientos y no había necesidad de fingir.

– Pese a todo lo que puede hacer un médico, maestro, ¿por qué se es una hoja al viento y el auténtico poder sólo está en manos de Alá? -preguntó amargamente.

Para su gran confusión, una brillantez iluminó las facciones deterioradas del maestro. Y repentinamente, supo por qué Ibn Sina intentaba sonreír.

– ¿Ese es el acertijo? -inquirió débilmente.

– Ese es el acertijo…, europeo. Debes pasar el resto de tu vida… tratando de… encontrar la respuesta.

– Maestro…

Ibn Sina había cerrado los ojos y no contestó. Rob permaneció un rato sentado a su lado, en silencio, y finalmente dijo en inglés:

– Podría haber ido a cualquier otro sitio sin necesidad de imposturas. Al Califato occidental…: Toledo, Córdoba… Pero había oído hablar de un hombre, Avicena, cuyo nombre árabe me acometió como un hechizo y me sacudió como un estremecimiento. Abu Alí at-Husain ibn Abdullah Ibn Sina.

No podía haber entendido nada más que su nombre; sin embargo volvió a abrir los ojos y sus manos ejercieron una leve presión en las de Roh.

– Para tocar el borde de tus vestiduras. El médico más grande del mundo -susurró Rob.

Apenas recordaba al fatigado carpintero golpeado por la vida que había sido su padre natural. Barber lo había tratado bien, aunque con escaso afecto. Aquel era el único padre que su alma conocía. Olvidó todas las cosas que había menospreciado y sólo fue consciente de una necesidad.

– Solicito tu bendición.

Ibn Sina pronunció unas vacilantes palabras en árabe clásico, aunque Rob no tenía necesidad de comprenderlas. Sabía que Ibn Sina lo había bendecido largo tiempo atrás.

Se despidió del anciano con un beso. Al cruzar la puerta, el mullah ya se había instalado junto al lecho y leía en voz alta el Corán.

EL REY DE REYES

Volvió solo a Ispahán. Al-Juzjani se quedó en Hamadhan, pues quería estar a solas con su maestro agonizante durante sus últimos días.

– Nunca volveremos a ver a Ibn Sina -dijo Rob a Mary suavemente; ella dio vuelta a la cara y lloró como una criatura.

Después de descansar, Rob fue deprisa al maristán. Sin Ibn Sina ni al-Juzjani, el hospital estaba desorganizado y todo eran cabos sueltos; pasó un largo día examinando y tratando a los pacientes, conferenciando sobre heridas y en la desagradable tarea de reunirse con el hadji Davout Hosein para hahlar sobre la administración general de la escuela.

Como los tiempos eran inciertos, muchos estudiantes habían abandonado su aprendizaje y regresado a sus hogares de fuera de la ciudad.

– Esto nos deja con muy pocos aprendices de medicina para hacer el trabajo del hospital -protestó el hadjt

Afortunadamente, el numero de pacientes también era escaso, pues por instinto la gente se preocupaba más por la inminente violencia militar que por las enfermedades.

Aquella noche Mary tenía los ojos rojos e hinchados; ella y Rob se abrazaron con una ternura casi olvidada.

Por la mañana, al salir de la casita del Yehuddiyyeh sintió un cambio en el aire, una humedad semejante a la que precede a una tormenta en Inglaterra.

En el mercado judío casi todos los tenderetes estaban vacíos, y Hinda amontonaba frenéticamente sus mercancías en el puesto.

– ¿Qué pasa? -le preguntó Rob.

– Los afganos.

Cabalgó hasta el muro. Al subir la escalera descubrió que en el camino ronda se alineaban hombres extrañamente silenciosos, y de inmediato comprendió el motivo de sus temores, porque las huestes de Ghazna habían reunido sus numerosos efectivos. Los infantes de Masud llenaban la mitad del pequeño llano que se extendía más allá del muro occidental de la ciudad. Los jinetes, tanto a caballo como en camellos, habían acampado al pie de las montañas. Se veían elefantes de guerra atados en las partes más elevadas de las laderas, cerca de las tiendas, y puestos de nobles y comandantes cuyos estandartes crujían bajo el viento seco. En medio del campamento, flotando por encima de todo, ondeaba el amenazador pendón de guerra de Ghazna: la cabeza de un leopardo negro sobre campo naranja.

Rob calculó que aquel ejército de Ghazna cuadruplicaba el que Masud había llevado a través de Ispahán camino del oeste.

– ¿Por qué no han entrado en la ciudad? -preguntó a un miembro de la fuerza policial del kelonter.

– Persiguieron al sha hasta aquí y ahora el sha está dentro de las murallas.

– ¿Y por esa razón permanecen fuera?

– Masud dice que Alá debe ser traicionado por su propio pueblo.

Afirma que si le entregamos al sha nos perdonará la vida. En caso contrario, promete hacer una montaña con nuestros huesos en la maidan central.

– ¿Y Alá será entregado?

El hombre lo miró echando chispas por los ojos y escupió.

– Somos persas y él es nuestro sha.

Rob asintió. Pero no le creyó. Bajó del muro y volvió cabalgando a la casa del Yehuddiyyeh. Había guardado su espada inglesa envuelta en trapos aceitados. Se la sujetó a un costado del cuerpo e indicó a Mary que cogiera la espada de su padre e hiciera una barricada en la puerta tras su salida. Volvió a montar y cabalgó hasta la casa del Paraíso.

En la avenida de Alí y Fátima se habían reunido grupos con gentes de expresión preocupada. Había menos personas en las cuatro calzadas de la avenida de los Mil Jardines, y nadie en las Puertas del Paraíso. El bulevar real, en general inmaculado, daba muestras de descuido; nadie había segado el césped ni podado los jardines últimamente. En el otro extremo del camino había un centinela solitario.

El guardia retrocedió para dar el alto a Rob.

– Soy Jesse, hakim del maristán. He sido citado por el sha.

El guardia era poco más que un niño y parecía indeciso, incluso asustado. Por último, asintió y se hizo a un lado para dejarlo pasar.

Rob cabalgó por el bosque plantado para los reyes, por los verdes campos destinados al juego de pelota y palo, por las dos pistas de carreras y ante los pabellones.

Se detuvo detrás de los establos, en el alojamiento asignado a Dhan Vangalil. El fabricante de armas indio y su hijo mayor habían sido llevados a Hamadhan con el ejército. Rob ignoraba si habían sobrevivido, pero la familia no estaba allí. La casita se encontraba desierta y alguien había derribado a puntapiés las paredes de arcilla del horno que Dhan construyera con tanto cariño y esmero.

Bajó a caballo el largo y elegante camino de acceso a la Casa del Paraíso.

En las almenas no había un solo centinela. Los cascos de la montura de Rob resonaron en el puente levadizo. Después ató el caballo delante de las grandes puertas.

Una vez dentro de la Casa del Paraíso, sus pisadas también resonaban en los pasillos desiertos. Finalmente, llegó a la cámara de audiencias en la que siempre se había presentado ante el rey, y ahora lo vio sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, solo y en un rincón. Tenía enfrente una jarra de vino medio llena y un tablero en el que se había planteado un problema en el juego del sha.

Se lo veía en tan mal estado y desatendido, como los jardines. Su barba no había sido recortada. Tenía manchas purpúreas bajo los ojos y estaba más delgado, lo que hacía que su nariz se pareciera más que nunca a un pico de ave. Levantó la vista y vio a Rob con la mano en la empuñadura de la espada.

– ¿Qué, Dhimmi? ¿Has venido a vengarte?

Pasaron unos segundos hasta que Rob comprendió que Alá se refería al juego del sha, pues ya estaba reacomodando las piezas del tablero.

Rob se encogió de hombros y apartó la mano de la empuñadura, apartando la espada a fin de poder sentarse cómodamente en el suelo, frente al sha.

– Ejércitos nuevos -dijo Alá sin el menor humor, y abrió el juego moviendo un infante de marfil.

Rob movió un soldado negro.

– ¿Dónde esta Farhad? ¿Lo asesinaron en el combate?

Rob no esperaba encontrar solo a Alá. Había pensado que antes tendría que matar al capitán de las Puertas.

– Farhad no ha sido asesinado. Huyó.

Alá comió un soldado negro con su caballero blanco y en seguida Rob apeló a uno de sus caballeros de ébano para capturar a un soldado de infantería blanco.

– Khuff no te habría abandonado.

– No, Khuff no se habría fugado -coincidió Alá, distraído.

Estudió el tablero. Finalmente, en el extremo de la línea de batalla, levantó y movió al guerrero rukh tallado en marfil y con sus manos de asesino ahuecadas junto a los labios para beber la sangre de su enemigo. Rob tendió una trampa y atrajo a Alá, cediendo un jinete de ébano a cambio del rukh blanco.

Alá fijó la vista en el tablero.

A partir de ese momento sus movimientos fueron más deliberados y pasaba más tiempo sumido en la concentración. Le brillaban los ojos cuando capturó el otro jinete blanco, pero se le apagaron al perder su elefante.

– ¿Qué ha sido del elefante Zi?

– Ah, ese era un buen elefante. También lo perdí en la Puerta de Alá.

– ¿Y el mahout Harsha?

– Muerto antes que el elefante. Una lanza le atravesó el pecho.-Sin ofrecerle vino a Rob, bebió directamente de la jarra y volcó buena parte en su túnica mugrienta. Se secó la boca y la barba con el dorso de la mano-. Basta de charla -dijo, y se entregó de lleno al juego, pues las piezas de ébano llevaban una ligera ventaja.

Alá se transformó en un atacante porfiado y probó todas las tretas que antes le habían dado buenos resultados, pero Rob había pasado los últimos años oponiéndose a mentes más agudas: Mirdin le había enseñado cuándo debía ser audaz y cuándo cauteloso. Ibn Sina le había enseñado a prever, a pensar con tanta anticipación que ahora era como si hubiese conducido a Alá por los caminos en los que la aniquilación de las piezas de marfil era una certeza.

Pasaba el tiempo, y un brillo sudoroso apareció en el rostro de Alá, aunque las paredes y el suelo de piedra mantenían fresca la sala.

Rob tenía la impresión de que Mirdin e Ibn Sina jugaban como si formaran parte de su mente.

De las piezas de marfil sólo quedaban en el tablero el rey, el general y un camello; en breve, con los ojos fijos en los del sha, Rob comió el camello con su general.

Alá colocó a su general delante del rey, bloqueando la línea de ataque.

Pero a Rob le quedaban cinco piezas: el rey, el general, un rukh, un camello y un infante. Rápidamente movió el soldado de caballería no amenazado hasta el otro lado del tablero, donde las reglas del juego le permitían cambiarlo por su otro rukh, que fue recuperado.

En tres movimientos, sacrificó al recién recuperado rukh, con el propósito de capturar al general de marfil.

Y en dos movimientos más su general de ébano amenazó el caballo de marfil.

– Quítate, oh sha -dijo en voz baja.

Repitió tres veces las palabras, mientras acomodaba sus piezas de modo que el sitiado rey de Alá no tuviera hacia donde volverse.

– Shahtreng -dijo Rob finalmente.

– Sí. La agonía del rey.

Alá barrió las piezas restantes del tablero. Ahora se examinaban mutuamente, y Rob volvió a apoyar la mano en la empuñadura de su espada.

– Masud ha dicho que si el pueblo no te entrega, los afganos saquearán esta ciudad y asesinarán a sus habitantes.

– Los afganos asesinarán y saquearán esta ciudad tanto si me entregan como si no. A Ispahán sólo le queda una oportunidad.

Se incorporó con dificultad, y Rob se puso inmediatamente de pie porque un plebeyo no podía permanecer sentado si el gobernante estaba levantado.

– Desafiaré a Masud a combatir: rey contra rey.

Rob deseaba matarlo, y no quería admirarlo ni simpatizar con él, y frunció el ceño.

Alá curvó el pesado arco que muy pocos podían curvar y lo armó. Señaló la espada de acero estampado que le había hecho Dhan Vangalil y que ahora colgaba de la pared opuesta.

– Ve a buscar mi arma, Dhimmi.

Rob se la alcanzó y observó cómo se la sujetaba al cinto.

– ¿Irás ahora a enfrentarte con Masud?

– Este parece un buen momento.

– ¿Quieres que te asista?

– ¡No!

Rob notó el desprecio por la sugerencia de que al rey de Persia pudiera servirle de escudero un judío. Pero en lugar de enfurecerse, sintió alivio; lo había dicho impulsivamente y lamentó sus palabras en cuanto las pronunció, pues no veía ningún sentido ni gloria en morir junto al sha Alá.

Sin embargo, la cara de buitre se ablandó y el sha hizo una pausa antes de salir.

– Tu oferta ha sido viril. Piensa qué te gustaría tener como recompensa. A mi regreso te adjudicaré un calaat

Rob trepó por una estrecha escalera de piedra hasta las almenas más altas de la Casa del Paraíso, y desde su aguilera vio las viviendas de la zona más opulenta de Ispahán, a los persas en lo alto de las murallas, el llano y el campamento de Ghazna que se extendía hasta las montañas.

Aguardó largo rato con el viento agitándole los cabellos y la barba, pero Alá no apareció.

A medida que pasaba el tiempo comenzó a reprocharse no haber matado al sha; sin duda este lo había engañado y había puesto pies en polvorosa.

Pero en seguida lo vio.

La puerta occidental estaba fuera del alcance de su mirada, pero en el llano, más allá de la muralla, emergió el sha a horcajadas de una montura conocida: el semental blanco salvajemente hermoso que agitaba la cabeza y hacia elegantes cabriolas.

Rob vio que Alá cabalgaba directamente hacia el campamento enemigo.

Cuando estuvo cerca refrenó el caballo y, con los pies en los estribos, gritó su desafío. Rob no oyó las palabras, pues sólo llegó a sus oídos un apagado grito ininteligible. Pero algunos súbditos del rey debieron de oírlas. Los habían educado en la leyenda de Ardewan y Ardeshir, relativa al primer duelo librado para elegir un Shahanshah, y en lo alto del muro brotaron las aclamaciones. En el campamento de Ghazna, un grupito de jinetes bajó desde las tiendas de los oficiales. El que iba al mando llevaba un turbante blanco, pero Rob no sabía si era o no Masud. Estuviera donde estuviese este, si había oído hablar de Ardewan y Ardeshir y de la antigua batalla por el derecho a ser rey de reyes, nada le importaban las leyendas.

Una tropa de arqueros en veloces corceles salieron de las filas afganas.

El semental árabe era el caballo más rápido que Rob había visto en su vida, pero Alá no intentó correr más que ellos. Volvió a alzarse en los estribos. Esta vez, Rob estaba seguro, gritó pullas e insultos al joven sultán, que no presentaría batalla.

Cuando los soldados estaban casi sobre él, Alá preparó su arco e inició la fuga sobre el caballo blanco, pero no tenía hacia donde correr. Veloz como el rayo, se volvió en la silla y disparó una flecha que derribó al jefe afgano, blanco perfecto de la flecha del parto que arrancó vítores de los labios de quienes observaban desde los muros. Pero una lluvia de flechas encontró el cuerpo del sha.

Cuatro cayeron sobre su caballo. Un chorro rojo manó de la boca del semental. La bestia blanca redujo la marcha, se detuvo y osciló antes de desplomarse en los suelos con su jinete muerto.

Rob se asombró de su propia tristeza, que lo cogió desprevenido.

Los vio atar con una cuerda los tobillos de Alá y arrastrarlo hasta el campamento de Ghazna, levantando una estela de polvo gris. Por alguna razón que Rob no comprendió, se sintió especialmente molesto por el hecho de que arrastraran al rey por el suelo, boca abajo.

Llevó su caballo castaño al pradito situado detrás de los establos reales y lo desensilló. Le costó trabajo abrir la pesada puerta, pero al igual que en el resto de la Casa del Paraíso allí no había nadie, y tuvo que arreglárselas.

– Adiós, amigo -dijo.

Palmeó la grupa del caballo, y cuando lo vio unirse a la manada cerró la puerta delicadamente. Sólo Dios sabía quién sería el dueño de su caballo castrado a la mañana siguiente.

En el redil de camellos cogió un par de cabestros de la impedimenta que colgaba en un cobertizo abierto y escogió las dos hembras jóvenes y fuertes que necesitaba. Las bestias estaban arrodilladas en el polvo, rumiando y observando cómo se acercaba.

La primera intentó morderle el brazo cuando se aproximó con la brida; pero Mirdin, el más delicado de los hombres delicados, le había enseñado cómo se razonaba con los camellos. Le propinó tan brutal puñetazo en las costillas que la camella soltó el aire entre sus amarillentos dientes cuadrados.

Después se mostró muy tratable y el otro animal no le creó ningún problema, como si hubiera aprendido de la observación. Montó en la bestia más corpulenta y condujo la otra con ayuda de una cuerda.

El joven centinela había desaparecido de las Puertas del Paraíso, y mientras Rob entraba en la ciudad, tuvo la impresión de que Ispahán se había vuelto loca. La gente se precipitaba de un lado a otro con sus hatillos y conduciendo animales cargados con sus pertenencias. La avenida de Alí y Fátima estaba alborotada; un caballo desbocado pasó a la carrera junto a Rob, asustando a sus camellos. En los zocos, algunos vendedores habían abandonado sus mercancías. Notó que dirigían miradas codiciosas a los camellos, por lo que desenvainó la espada y la cruzó sobre su regazo mientras seguía adelante. Tuvo que hacer un amplio desvío alrededor de la parte oriental, con el propósito de llegar al Yehuddiyyeh. La gente y los animales ya habían retrocedido un cuarto de milla cuando intentaron huir de Ispahán por la puerta oriental para eludir el enemigo acampado más allá del muro occidental.

Cuando llamó a la puerta de su casa, Mary abrió, con la cara cenicienta y la espada de su padre en la mano.

– Nos volvemos a Inglaterra.

Estaba aterrorizada, pero Rob notó que sus labios se movían en una oración de acción de gracias.

Se quitó el turbante y las vestiduras persas para ponerse el caftán negro y el sombrero judío de cuero.

Cogieron el ejemplar del Canon de medicina de Ibn Sina, los dibujos anatómicos enrollados e insertados en una caña de bambú, los registros de historias clínicas, el equipo de instrumentos quirúrgicos, el juego que había sido de Mirdin, alimentos y unas pocas medicinas, la espada del padre de Mary y una cajita que contenía su dinero. Cargaron todo a lomos del camello más pequeño.

De un costado del más grande, Rob colgó una cesta de juncos, y del otro, un saco de tejido flojo. Tenía una ínfima dosis de huing en un frasco pequeño, sólo lo suficiente para humedecer la yema del dedo índice y hacer que Rob J. lo chupara, y luego repetir la operación con Tam. En cuanto se durmieron, acomodó al mayor en la cesta y al bebé en el saco. La madre montó en el camello, entre ambos.

Aún no había oscurecido cuando dejaron para siempre la casita del Yehuddiyyeh, pero no se atrevieron a esperar, pues los afganos podían caer en cualquier momento sobre la ciudad.

La oscuridad era total cuando hizo pasar los dos camellos por la abandonada puerta occidental. La senda de caza que siguieron a través de las montañas pasaba tan cerca de los fuegos del campamento de los soldados de Ghazna, que oyeron cánticos y gritos de los afganos preparándose para una orgía de pillaje y violaciones.

En un momento dado, creyeron que un jinete iba al galope directamente hacia ellos, vociferando como un energúmeno, pero el sonido de los cascos se desvió y se apagó.

El efecto del huing comenzó a disiparse; Rob J. gimió y luego lloró. El sonido era terriblemente audible, pero Mary sacó al niño de la cesta y lo silenció amamantándolo.

No los persiguieron. Poco después dejaron atrás los campamentos, pero cuando Rob volvió la mirada notó que ascendía una nube rosada y comprendió que Ispahán estaba ardiendo.

Viajaron toda la noche, y cuando asomaron las primeras luces tenues del amanecer, notó que habían salido de las montañas y ya no había soldados a la vista. Tenía el cuerpo entumecido y en cuanto a los pies… sabía que cuando dejara de andar el dolor sería otro enemigo. Ahora los dos niños gimoteaban y su esposa, con el rostro ceniciento, cabalgaba con los ojos cerrados, pero Rob no se detuvo. Obligó a sus cansadas piernas a seguir adelante, conduciendo los camellos rumbo al oeste, hacia la primera aldea judía.

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