I WASHINGTON, D.C.

CAPÍTULO 1

De días como aquél podría decirse

que tiemblan por empezar…


El Mustang de Clarice Starling rugió al subir la rampa de entrada al edificio del BATF [1] en la avenida Massachusetts, cuartel general alquilado al reverendo Sun Myung Moon por razones de economía.

En el interior del cavernoso garaje, con los motores encendidos y sus respectivas dotaciones de agentes, esperaban tres vehículos: una vieja furgoneta camuflada, que abriría la marcha, y otras dos negras de operaciones especiales, que la seguirían.

Starling sacó del coche la bolsa que contenía su equipo y corrió hacia la sucia furgoneta blanca, cuyos costados anunciaban «MARISQUERÍA MARCELL, LA CASA DEL CANGREJO».

Desde la parte trasera del vehículo cuatro hombres la observaron acercarse con rapidez bajo el peso del equipo. El traje de faena resaltaba su constitución atlética, y el pelo le brillaba a la pálida luz de los fluorescentes.

– Mujeres. Siempre tarde -dijo el oficial de policía.

El agente especial del BATF John Brigham, que estaba al mando de la operación, se volvió hacia él.

– No llega tarde. No la avisé hasta que nos dieron el chivatazo -dijo Brigham-. Ha tenido que mover el culo desde Quantico… ¿Qué hay, Starling? Échame la bolsa.

La mujer lo saludó levantando la mano abierta.

– ¿Qué tal, John?

Brigham dio una orden al oficial de paisano sentado al volante de la furgoneta, que se puso en marcha sin dar tiempo a que cerraran las puertas traseras y condujo el vehículo hacia la agradable tarde otoñal.

Clarice Starling, veterana de las furgonetas de vigilancia, se agachó para pasar bajo el visor del periscopio y se sentó al fondo, tan cerca como pudo del bloque de setenta kilos de nieve carbónica que hacía las veces de aire acondicionado cuando tenían que permanecer al acecho con el motor apagado.

El miedo y el sudor habían impregnado el cochambroso vehículo de un olor semejante al de una jaula para monos, imposible de eliminar por mucho que se fregara. En su larga trayectoria, la furgoneta había llevado una retahila de rótulos. Los de ahora, sucios y borrosos, no tenían más de media hora de antigüedad. Los agujeros de bala, taponados con masilla, eran más viejos.

Por la parte exterior las ventanillas traseras eran espejos, convenientemente sucios. A través de ellas, Starling podía ver las dos enormes furgonetas de operaciones especiales que los seguían. Ojalá no tuvieran que pasar horas encerrados allí dentro.

Los agentes masculinos la recorrían con la mirada en cuanto volvía la vista hacia la ventanilla.

La agente especial del FBI Clarice Starling tenía treinta y dos años y los aparentaba de una forma que hacía parecer estupenda esa edad, incluso en traje de faena.

Brigham recogió su libreta del asiento del acompañante.

– ¿Cómo es que siempre te toca esta mierda de misiones, Starling? -le preguntó con una sonrisa.

– Porque siempre me llamas -contestó ella.

– Para ésta te necesitaba. Pero siempre te veo ejecutando órdenes de arresto con brigadas de choque, por Dios santo. Ya sé que no es asunto mío, pero me parece que alguien de Buzzard s Point te odia. Deberías venirte a trabajar conmigo. Éstos son mis hombres, los agentes Márquez Burke y John Hare, y aquél es el oficial Bollón, del Departamento de Policía de Washington.

Una fuerza de intervención rápida compuesta por agentes del BATF, los de operaciones especiales de la DEA y el FBI era el resultado previsible de las restricciones de presupuesto de una época en que hasta la Academia del FBI estaba cerrada por falta de dinero.

Burke y Hare tenían aspecto de agentes. El policía, Bolton, parecía más bien un alguacil. Tenía más de cuarenta y cinco años, pesaba más de la cuenta y era un mamarracho.

El alcalde de Washington, que quería aparentar firmeza en la lucha contra la droga después de su propia condena por consumo, se había empeñado en que la policía de la ciudad tomara parte en cualquier acción importante. Y ahí estaba Bolton.

– Hoy cocinan los chicos de la Drumgo -le dijo Brigham.

– Evelda Drumgo, me lo imaginaba -dijo Starling sin entusiasmo.

Brigham asintió.

– Ha abierto una planta de ice junto al mercado de pescado de Feliciana, a la orilla del río. Nuestro informador dice que hoy va a preparar una remesa de cristal. Y tiene pasajes para volar a Gran Caimán esta misma noche. No podíamos esperar.

La metanfetamina en cristales, conocida como ice en las calles, provoca un cuelgue breve pero intenso y una adicción letal.

– La droga es competencia de la DEA, pero tenemos cargos contra Evelda por transportar armas de clase tres de un estado a otro. La orden de arresto especifica un par de subfusiles Beretta y unos cuantos MAC 10, y Evelda sabe dónde hay un montón más. Quiero que te concentres en ella, Starling. Ya os habéis visto las caras otras veces. Estos hombres te cubrirán las espaldas.

– Nos ha tocado lo fácil -dijo el oficial Bollón con una mezcla de ironía y satisfacción.

– Creo que deberías hablarles de Evelda, Starling -le sugirió Brigham.

La agente especial esperó a que la furgoneta dejara de traquetear al cruzar unas vías.

– Evelda nos plantará cara -les dijo-, aunque nadie lo diría por su aspecto. Fue modelo, pero no le temblará el pulso. Es la viuda de Dijon Drumgo. La he arrestado dos veces ejecutando órdenes RICO, [2] la primera de ellas, con Dijon. La segunda llevaba una nueve milímetros con tres cargadores y un aerosol irritante en el bolso, y una navaja automática en el sujetador. A saber lo que puede llevar ahora. En aquella ocasión le pedí que se rindiera y lo hizo muy tranquila. Luego, en el calabozo de la comisaría, mató a otra detenida llamada Marsha Valentine con el mango de una cuchara. Así que ya lo saben, no hay que fiarse de su apariencia. El gran jurado sentenció defensa propia.

»La primera vez se desestimaron los cargos y la segunda, ganó el juicio. Algunos cargos por posesión de armas se retiraron porque tenía hijos pequeños y acababan de acribillar a su marido desde un coche en la avenida Pleasant, probablemente la banda de los Fumetas.

»Le pediré que se entregue y espero que lo haga. Vamos a darle una oportunidad. Pero, escúchenme; si tenemos que enfrentarnos a Evelda Drumgo, quiero ayuda de verdad. No se queden mirándome el culo, quiero que vayan a por ella. Caballeros, no esperen vernos practicar lucha libre en el barro.

En otro tiempo Starling hubiera gastado más cumplidos con sus compañeros. Sabía que no les gustaba lo que les decía, pero había visto demasiadas cosas para que le importara.

– Evelda Drumgo está relacionada a través de Dijon con los Tullidos -dijo Brigham-. Según nuestra fuente, le hacen de guardaespaldas, y son sus distribuidores en la costa. La protegen principalmente contra los Fumetas. No sé qué harán los Tullidos cuando vean que somos nosotros. No quieren problemas con los federales si pueden evitarlos.

– Conviene que sepan que Evelda es seropositiva -dijo Starling-. Contrajo el virus compartiendo las agujas con Dijon. Se enteró en el calabozo de la comisaría y no le hizo ninguna gracia. Fue el día que mató a Marsha Valentine y se enfrentó a los funcionarios de la prisión. Si no va armada y les planta cara, pueden esperar que les eche encima cualquier fluido de que disponga. Les escupirá y les morderá, les meará o defecará encima si intentan reducirla cuerpo a cuerpo; así que los guantes y las mascarillas son imprescindibles. Si tienen que meterla en el coche patrulla, antes de ponerle la mano en la cabeza asegúrense de que no lleva una aguja escondida entre el pelo, e inmovilícenle los pies.

Burke y Hare ponían cara de circunstancias. El oficial Bolton tampoco parecía muy feliz. Indicó con la papada la desgastada Colt 45 de reglamento con cinta adhesiva alrededor de las cachas que Starling llevaba en una cartuchera yaqui tras la cadera derecha.

– ¿Va siempre por ahí con esa cosa amartillada? -quiso saber.

– Amartillada y con el cerrojo echado, cada minuto del día -le contestó Starling.

– Eso es peligroso -opinó Bolton.

– Salga a la calle de vez en cuando y se lo explicaré, oficial – replicó Starling.

Brigham cortó la discusión.

– Bolton, entrené a Starling cuando fue campeona de tiro con pistola de combate de todos los servicios tres años seguidos, así que no te preocupes por su arma. ¿Cómo te llamaban los del equipo de rescate de rehenes, los vaqueros de velero, después de que les dieras una paliza, Starling? ¿Anni [3] Oakley?

– Oakley la Letal -dijo ella, y miró por la ventanilla.

Starling se sentía sola y deprimida compartiendo con aquellos hombres la maloliente furgoneta de vigilancia. Chaps, Brut, Old Spice, sudor y cuero. El miedo sabía como un penique bajo su lengua. Una imagen mental: su padre, que olía a tabaco y jabón fuerte, en la cocina, pelando una naranja con la navaja, que había desmochado, y compartiendo los gajos con ella. Las luces traseras de la camioneta de su padre desapareciendo la noche que salió de patrulla para no volver nunca. Su ropa en el armario. La camisa que se ponía para ir al baile. Unas cuantas prendas buenas que ahora estaban en su propio armario y que ella nunca se había puesto. Tristes ropas de fiesta en las perchas, como juguetes en el desván.

– Llegaremos en unos diez minutos -dijo el conductor, volviéndose.

Brigham echó un vistazo por el parabrisas y miró su reloj.

– Éste es el plan -dijo. Tenía un diagrama dibujado a toda prisa con rotulador y un plano borroso que el Departamento de Inmuebles le había enviado por fax-. El edificio del mercado de pescado está en una manzana de almacenes y naves a lo largo del río. La calle Parcell muere en la avenida Riverside formando una placita frente al mercado. La parte trasera del edificio da al río. Hay un embarcadero que tiene la anchura del edificio, justo aquí. Además del mercado, que ocupa la planta baja, está el laboratorio de Evelda. Se entra por esta puerta, al lado de la marquesina del mercado. Evelda tendrá hombres vigilando mientras prepara la droga, por lo menos en las tres manzanas de alrededor. Ya le han avisado otras veces a tiempo para deshacerse del material. Así que el equipo de la DEA que va en la tercera furgoneta llegará en una barca de pesca al muelle a las quince horas. Podemos acercarnos más que nadie con esta furgoneta, hasta situarnos delante de la puerta, un par de minutos antes de la incursión. Si Evelda intenta escapar por delante, la atraparemos. Si se queda dentro, derribaremos esa puerta en cuanto los otros entren por detrás. La segunda furgoneta es nuestro apoyo, siete agentes que entrarán a las quince horas, a no ser que los llamemos antes.

– ¿Y cómo nos las vamos a arreglar con la puerta? -preguntó Starling.

Burke habló por primera vez.

– Si la cosa parece tranquila, con el ariete. Si oímos disparos, entonces «Avon llama a su puerta» -dijo, dando unas palmaditas a su escopeta.

Starling sabía de qué hablaba; «Avon llama a su puerta» era un casquillo de escopeta Magnum de tres pulgadas, lleno de fino polvo de plomo, que reventaba la cerradura sin herir a quienes estuvieran en el interior.

– ¿Y los hijos de Evelda? ¿Sabemos dónde están?

– Nuestro informador la ha visto dejarlos en la guardería -le explicó Brigham-. Ese tío está al tanto de la vida familiar de Evelda. Tan al tanto como se puede estar tirándosela con condón.

Los auriculares de la radio de Brigham produjeron un chirrido y él observó el trozo de cielo visible desde la ventanilla trasera.

– Puede que estén informando sobre el tráfico -comunicó a través del micrófono que llevaba al cuello. Luego se dirigió al conductor-: Fuerza Dos ha visto un helicóptero de noticias hace un minuto. ¿Ves algo tú?

– No.

– Mas vale que esté ahí por el tráfico. Vamos a atarnos los machos.

Setenta kilos de nieve carbónica no mantienen frescas a cinco personas dentro de una furgoneta de metal un día caluroso, especialmente cuando se están poniendo chalecos antibalas. Cuando Bolton alzó los brazos, quedó claro que unas gotas de Canoe no son lo mismo que una ducha.

Clarice Starling se había cosido hombreras en la camisa del traje de faena para soportar el peso del chaleco de kevlar, en teoría a prueba de balas. El chaleco, pesado por sí mismo, llevaba una placa de cerámica en la parte de delante y otra en la espalda.

Trágicas experiencias habían demostrado la necesidad de la placa dorsal. Echar una puerta abajo y dirigir una batida con un equipo al que no conoces, compuesto por individuos con diferentes niveles de entrenamiento, es una empresa más peligrosa de lo que cabría suponer. El fuego amigo te puede destrozar la columna mientras encabezas un grupo de asustados novatos.

A tres kilómetros del río, la tercera furgoneta se separó para llevar al equipo de la DEA a su cita con la barca pesquera, mientras que la segunda se mantuvo a discreta distancia del vehículo blanco camuflado.

El barrio se deterioraba a ojos vista. Un tercio de los edificios estaban condenados con tablones, y coches calcinados descansaban sobre cajas junto al bordillo de la acera. Los jóvenes holgazaneaban por las esquinas, delante de los bares y los pequeños supermercados. Un grupo de chicos jugaba alrededor de un colchón que ardía en la acera.

Si Evelda había puesto vigías, era imposible distinguirlos entre los merodeadores habituales. Cerca de las licorerías y en el aparcamiento del supermercado había hombres conversando en el interior de los coches.

Un Impala descapotable con cuatro jóvenes afroamericanos apareció en el escaso tráfico y se colocó tras la furgoneta. Los amortiguadores hacían brincar la parte delantera del coche, como en homenaje a las chicas con las que se cruzaban, y el retumbar del estéreo hacía vibrar las paredes de la furgoneta.

A través de las ventanillas traseras, Starling comprobó que los chicos del descapotable no suponían ninguna amenaza. Los Tullidos solían utilizar un sedán grande o una ranchera lo bastante viejos como para pasar inadvertidos en el vecindario, con las ventanillas traseras completamente bajadas, y dentro, tres o a veces cuatro de ellos. Hasta un equipo de baloncesto en un Buick puede resultarle siniestro a cualquiera incapaz de mantener la sangre fría.

Mientras esperaban ante un semáforo, Brigham destapó el visor del periscopio y le dio una palmada en la rodilla a Bolton.

– Echa un vistazo, a ver si reconoces a alguna celebridad local en la acera -le ordenó.

El objetivo del periscopio estaba disimulado en el ventilador del techo, y sólo permitía la visión lateral.

Bolton hizo girar el periscopio y se apartó frotándose los ojos.

– Esta cosa se mueve demasiado con el motor en marcha -dijo. Brigham se puso en contacto por radio con el equipo de la barca.

– Están a cuatrocientos metros y siguen acercándose al muelle -informó a los demás.

La furgoneta se detuvo ante un semáforo en rojo en la calle Parcell, a una manzana del mercado, y permaneció frente a él lo que les pareció un buen rato. El conductor se inclinó como para comprobar el retrovisor de la derecha y habló a Brigham de medio lado.

– Parece que no hay mucha gente comprando pescado. Allá vamos.

El semáforo cambió y, a las dos cincuenta y siete, exactamente tres minutos antes de la hora cero, la destartalada furgoneta se detuvo frente al mercado de Feliciana, en un hueco perfecto junto al bordillo.

Los de atrás oyeron la queja del engranaje cuando el conductor echó el freno de mano.

Brigham apartó la vista del periscopio y se lo ofreció a Starling.

– Echa un vistazo.

Starling barrió la fachada del edificio con el objetivo. Los puestos de pescado conservado en hielo brillaban al otro lado del toldo de lona de la entrada. Las cuberas de la costa de Carolina estaban dispuestas ordenadamente en el hielo picado, los cangrejos agiíábárf las patas en las cajas abiertas y las langostas se subían unas encima de otras en un acuario. El astuto pescadero había puesto trapos húmedos en los ojos de los peces más grandes para mantenerlos brillantes a la espera de la avalancha de exigentes amas de casa de origen caribeño que vendrían por la tarde a olisquear y toquetear.

En el exterior, el sol dibujaba un arco iris en el chorro de agua de la mesa donde se limpiaba el pescado, ante la que un individuo de aspecto latino y enormes antebrazos cortaba en rodajas un tiburón azul con diestros tajos de su cuchillo curvo y lavaba el enorme pez con una manguera de mano. El agua sanguinolenta caía por el bordillo; Starling la oía correr bajo la furgoneta.

La agente observó al conductor acercarse al pescadero y hacerle una pregunta. El hombre se miró el reloj, se encogió de hombros y señaló en dirección a un bar de comidas. El conductor curioseó por el mercado durante un minuto, encendió un cigarrillo y se dirigió hacia el bar.

Un radiocasete gigante hacía que Macarena sonara en el mercado lo bastante fuerte como para que Starling la oyera con toda claridad desde dentro de la furgoneta; no volvería a ser capaz de soportar aquella canción en toda su vida.

La puerta de marras estaba a la derecha: dos hojas de metal en un marco también metálico, a las que daba acceso un único peldaño de hormigón.

Starling iba a soltar el periscopio cuando se abrió la puerta. Un hombre enorme de raza blanca, vestido con camisa hawaiana y sandalias bajó a la acera. Sostenía contra el pecho una mochila pequeña, tras la que la otra mano permanecía oculta. A continuación apareció un negro nervudo que sostenía una gabardina.

– Ahí están -advirtió Starling.

Tras los hombros de los dos individuos se hicieron visibles el esbelto cuello de Nefertiti y el agraciado rostro de Evelda Drumgo.

– Evelda acaba de salir detrás de dos tíos, y parece que ambos van cargados -informó Starling.

No soltó el periscopio lo bastante deprisa como para evitar que Brigham chocara con ella. Starling se puso el casco.

Brigham habló por la radio.

– Fuerza Uno a todas las unidades. Adelante. Adelante. Han salido por nuestro lado, vamos a entrar en acción -acto seguido, al tiempo que montaba la escopeta recortada, se dirigió a su equipo-: Al suelo con ellos tan rápido como podáis. La barca llegará en treinta segundos, vamos a hacerlo.

Starling fue la primera en salir. Las trencillas de Evelda volaron al volver la cabeza hacia la agente. Starling no perdía de vista a los dos guardaespaldas, que habían sacado las armas y ladraban «Al suelo, al suelo».

Pero Evelda se abrió paso entre los dos hombres.

Llevaba una criatura en un arnés que le colgaba del cuello.

– ¡Quietos, quietos, no quiero problemas! -dijo a sus hombres-. ¡Quietos!

Dio unos pasos adelante, digna como una reina, sosteniendo al bebé ante sí a la distancia que permitía el arnés, con la toquilla colgando.

«Dadle una oportunidad.» Starling enfundó su arma a tientas y extendió los brazos con las manos abiertas.

– ¡Déjalo, Evelda! Ven hacia mí.

De pronto, a su espalda, el rugido de un ocho cilindros grande y el chirrido de neumáticos. No podía darse la vuelta. «Cubridme las espaldas.»

Evelda, sin hacerle caso, avanza hacia Brigham, la toquilla que se agita cuando el MAC 10 aparece entre los pliegues, y Brigham que se desploma, con el frente del casco lleno de sangre.

El hombretón blanco dejó caer la mochila. Burke vio su pistola ametralladora y disparó la inofensiva nube de plomo del «Avon llama a su puerta». Tiró del cerrojo, pero ya era tarde. El gorila disparó una andanada y alcanzó a Burke a lo largo de la ingle, por debajo del chaleco; después se volvió hacia Starling, que había sacado el arma de la funda y le acertó dos veces en medio de la camisa hawaiána antes de que pudiera volver a disparar.

Disparos a sus espaldas. El negro dejó que la gabardina se deslizara sobre su arma y retrocedió hasta el interior del edificio, al tiempo que un impacto como un fuerte puñetazo en la espalda lanzaba a Starling hacia delante dejándola sin resuello. Rodó «obre la acera y vio el coche de los Tullidos atravesado en medio de la calle, un Cadillac sedán con las ventanillas abiertas y dos tiradores sentados al estilo cheyenne en las ventanillas del otro lado, disparando por encima del techo, mientras un tercero lo hacía desde la parte de atrás. Fuego y humo escupidos desde tres cañones, las balas silbando en el aire alrededor de ella.

Starling se arrastró entre dos coches aparcados y vio a Burke retorciéndose en la calzada. Brigham yacía inmóvil, con el casco en medio de un charco cada vez mayor. Hare y Bolton disparaban parapetados tras los coches del otro lado de la calle. Los cristales llovían sobre la calzada y se oyó explotar un neumático mientras el fuego de las armas automáticas procedente del Cadillac obligaba a los dos agentes a apretarse contra el suelo. Starling, con un pie en el agua que corría junto al bordillo, asomó la cabeza.

Dos tiradores disparaban por encima del techo del Cadillac, sentados en las ventanillas, y el conductor utilizaba la pistola con la mano libre. En la parte de atrás, un cuarto individuo había abierto la puerta y estaba metiendo dentro a Evelda y a su criatura. La mujer llevaba la mochila. Sin que sus ocupantes dejaran de hacer llover plomo sobre Bolton y Hare, las ruedas traseras chirriaron y el coche empezó a moverse. Starling se levantó, corrió al lado del vehículo y disparó al conductor en la cabeza. Después disparó dos veces al tipo sentado en la ventanilla de delante, que cayó de espaldas a la calzada. Hizo saltar el tambor de su 45 y, sin apartar los ojos del coche, encajó otro antes de que el vacío llegara al suelo.

El Cadillac arañó los coches aparcados al otro lado de la calle y se detuvo, rechinando.

Starling avanzó hacia el vehículo. El pistolero de la ventanilla trasera seguía sentado, con los ojos desorbitados y las manos empujando la carrocería del techo, tratando de liberar el torso comprimido contra un coche aparcado. Su arma se deslizó por el techo y cayó al suelo. En el otro lado, unas manos vacías aparecieron por la ventanilla. Un individuo con un pañuelo azul en la cabeza salió del coche con las manos en alto y se echó a correr. Starling no le hizo caso.

Oyó disparos a su derecha y vio al que huía caer hacia delante, arrastrarse boca abajo e intentar esconderse debajo de un coche. Las hélices de un helicóptero batían el aire por encima de Starling. Alguien gritaba en la puerta del mercado.

– ¡Estése quieto, no intente levantarse!

La gente seguía escondida bajo los mostradores y la manguera, abandonada, regaba el aire desde la mesa de limpiar el pescado.

Starling se acercó al Cadillac. Percibió movimiento en la parte de atrás. El coche se mecía. La criatura lloraba en el interior. Se oyeron unos disparos y la ventanilla posterior, hecha añicos, cayó dentro.

Starling levantó el brazo y lanzó un grito sin volverse.

– ¡Alto! ¡Dejad de disparar! Atentos a la puerta. Detrás de mí. Vigilad la puerta del edificio -movimientos en el interior del coche, donde el niño seguía chillando-. Evelda… Evelda, saca las manos por la ventanilla.

Evelda Drumgo empezó a salir. La criatura berreaba. Macarena retumbaba en los altavoces del mercado. Evelda estaba fuera y avanzaba hacia Starling con la hermosa cabeza baja y los brazos alrededor de su hijo.

Burke se estremecía en la calzada, entre ambas mujeres. Los espasmos eran más débiles ahora que prácticamente se había desangrado, y la insufrible canción parecía ponerles música. Alguien se acercó agachándose, se puso en cuclillas a su lado y trató de cortar la hemorragia.

Starling apuntaba el arma al suelo, delante de Evelda.

– Enséñame las manos, Evelda, vamos, por favor, enséñame las manos.

Un bulto en la toquilla. La mujer levantó la cabeza y la miró entre las trencillas de pelo con sus oscuros ojos de egipcia.

– Vaya, Starling, eres tú…

– Evelda, no lo hagas, piensa en el niño…

– Vamos a intercambiar fluidos, zorra.

La toquilla se agitó y un estallido llenó el aire. Starling alcanzó a Evelda Drumgo bajo la nariz y le reventó la nuca.

Tuvo que sentarse. Sentía una aguda quemazón en un lado de la cabeza y le costaba respirar. También Evelda había quedado sentada, doblada sobre las piernas y sangrando por la boca sobre el niño, cuyo llanto se ahogaba contra el cuerpo de la madre. Starling se arrastró hasta ellos y bregó con las pegajosas hebillas del arnés. Sacó la navaja del sujetador de Evelda, hizo saltar el resorte sin mirarla y cortó el correaje. El bebé estaba rojo y resbaladizo, y a Starling le resultaba difícil sujetarlo.

Lo sostuvo contra el pecho y miró angustiada a su alrededor. Vio la lluvia procedente de la entrada del mercado y corrió hacia ella abrazada al cuerpecillo ensangrentado. Barrió con un brazo los cuchillos y las tripas de pescado, depositó al niño en la tabla de cortar y dirigió hacia él el chorro de la manguera. El cuerpecillo moreno yacía sobre la blanca tabla de cortar, entre cuchillos, entrañas de pescado y la cabeza del tiburón, mientras Starling procuraba quitarle de encima la sangre contaminada de su madre y la suya propia, que se iban juntas formando una sola corriente tan salada como el mismo mar.

En la cortina de agua, el pequeño arco iris, que parecía burlarse de la promesa bíblica, ondulaba como una bandera sobre la obra del ciego azote del Señor. Aquel hombrecito no tenía agujeros, que Starling pudiera ver. Desde los altavoces Macarena seguía atronando al ritmo de unos fogonazos que no cesaron hasta que Hare alejó al fotógrafo a empujones.

CAPÍTULO 2

Un callejón sin salida en un barrio obrero de Arlington, Virginia, poco después de medianoche. Acaba de caer un chaparrón, pero la noche otoñal es cálida. El aire se mueve inquieto anunciando un frente frío. Huele a tierra y hojas húmedas, y se oye el cri-cri de un grillo. El insecto enmudece al percibir una vibración poderosa, el zumbido sordo de un Mustang de cinco litros con válvulas de tubo de acero, que se mete en el callejón seguido por el coche de un marshal federal. Los dos vehículos suben por el camino de acceso a un par de casitas adosadas y se detienen. El Mustang vibra unos instantes en punto muerto. Cuando el motor se para, el grillo espera un momento y reanuda su cantinela, la última antes de la helada, la última de su vida.

Un agente de uniforme sale del Mustang por la puerta del conductor. Da la vuelta al coche y abre la puerta del pasajero. Clarice Starling pone los pies en el suelo. Una cinta blanjca le sujeta un vendaje por encima de la oreja. Tiene el cuello manchado de Be-tadine rojo anaranjado por encima de la bata hospitalaria de color verde que lleva en lugar de camisa.

En la mano lleva una bolsa de plástico con cierre de cremallera que contiene sus objetos personales: monedas, llaves, su carnet de agente especial del FBI, un cargador rápido con cinco tandas de munición y un aerosol irritante. Además de la bolsa, un cinturón y la pistolera, vacía.

El agente le entrega las llaves del coche.

– Gracias, Bobby.

– ¿Quieres que Pharon y yo entremos y nos quedemos un rato? ¿O prefieres que llame a Sandra? Estará levantada, esperándome. La traeré para que te haga un poco de compañía. Te conviene…

– No. Prefiero estar sola. Ardelia no tardará en llegar. Pero te lo agradezco, Bobby.

El policía entra en el otro coche y espera con su compañero hasta verla entrar en casa; luego, el vehículo federal abandona el lugar.

El cuarto de la lavadora está caliente y huele a suavizante. Los tubos de la lavadora y de la secadora están sujetos con manillas de plástico. Starling vacía sus cosas sobre la lavadora y la llaves resuenan contra el metal. Saca la ropa húmeda de la lavadora y llena con ella la secadora. Se quita los pantalones de faena y los mete en la lavadora; luego hace otro tanto con la bata del hospital y con el sujetador manchado de sangre, y pone en marcha el aparato. Se queda en calcetines, bragas y la sobaquera con un 38 especial con el percutor envuelto en esparadrapo. Tiene moratones en la espalda y en las costillas, y un codo en carne viva. Lleva hinchados el ojo y la mejilla izquierdos.

La lavadora se llena de agua y empieza a girar. Starling se envuelve en una gran toalla playera y va al comedor. Vuelve con dos dedos de Jack Daniels puro en un vaso largo. Se sienta a oscuras en la alfombrilla de caucho que hay delante de la lavadora y apoya la espalda contra el aparato caliente, que vibra y chapalea. Levanta la cara hacia el techo y solloza en seco unos instantes, hasta que por fin las lágrimas le afloran a los ojos. Lágrimas ardientes, que se deslizan por las mejillas y ruedan barbilla abajo.

Ardelia Mapp llegó a su casa alrededor de la una menos cuarto, después de un largo trayecto en coche desde el cabo May; el hombre la acompañó hasta la puerta, donde se dieron las buenas noches. Mapp estaba en su cuarto de baño cuando oyó correr el agua y la sacudida de las cañerías al cambiar de ciclo la lavadora.

Fue hasta la parte trasera de la casa y dio la luz de la cocina que compartía con Starling. Era suficiente para ver el interior del cuarto de la lavadora. Starling estaba sentada en el suelo y tenía la cabeza envuelta en un vendaje.

– ¡Clarice! ¡Pero, cariño…! -la chica se arrodilló a su lado-. ¿Qué te ha pasado?

– Me han disparado encima de la oreja, Ardelia. Me han curado en el Walter Reed. No des la luz, ¿vale?

– Vale. Te prepararé alguna cosa. No me he enterado. En el coche hemos venido escuchando música. Cuéntame…

– John ha muerto, Ardelia.

– ¿John? ¿John Brigham?

Tanto Mapp como Starling habían tenido sus más y sus menos con Brigham cuando el agente especial era instructor de tiro en la Academia del FBI. Las dos amigas se habían empeñado en descifrar un tatuaje que se le adivinaba bajo la manga de la camisa.

Starling asintió y se secó los ojos con el dorso de la mano, como una niña.

– Evelda Drumgo y un puñado de Tullidos. Evelda le disparó. También ha muerto Burke, Márquez Burke, del BATF. Era una operación conjunta. A Evelda le dieron el soplo y los de las noticias llegaron al mismo tiempo que nosotros. Evelda era mía. No quiso entregarse, Ardelia. No quiso rendirse ni con el niño en los brazos. Intercambiamos unos disparos y ahora ella está muerta.

Era la primera vez que Mapp la veía llorar.

– Hoy he matado a cinco personas, Ardelia.

Mapp se sentó en el suelo al lado de Starling y le pasó un brazo por los hombros. Se quedaron con las espaldas apoyadas contra la lavadora, que seguía girando.

– ¿Y el hijo de Evelda?

– Le limpié la sangre de su madre. No tenía rasguños en la piel, al menos yo no los vi. En el hospital dicen que físicamente está bien. Se lo entregarán a la madre de Evelda dentro de un par de días. ¿Sabes qué fue lo último que me dijo Evelda, Ardelia? «Vamos a intercambiar fluidos, zorra.»

– Déjame prepararte algo -le dijo Mapp.

– ¿Qué? -preguntó Starling.

CAPÍTULO 3

Con la luz gris del amanecer llegaron los periódicos y el primer noticiario de las cadenas de televisión.

Mapp, que había oído a Starling andar por la casa, se presentó con unos panecillos, y las dos se pusieron a mirar la pantalla.

Tanto la CNN como las demás cadenas habían comprado la grabación hecha desde el helicóptero de la WFUL. Eran unas imágenes extraordinarias, tomadas justo encima de la acción.

Starling quería verlas una sola vez. Tenía que estar segura de que Evelda había disparado primero. Luego miró a Mapp y vio la ira dibujada en su oscuro rostro.

A continuación se levantó y fue a vomitar.

– Es duro verlo -dijo al volver, pálida y con las piernas temblorosas.

Como de costumbre, Mapp no se anduvo con rodeos.

– Lo que te estás preguntando es cómo me siento después de verte matar a una mujer afroamericana con una criatura en los brazos. Ésta es mi respuesta. Ella te disparó primero. Y me alegro de que estés viva. Pero, Starling, piensa un poco en quién tiene la responsabilidad de estas operaciones demenciales. ¿Qué clase de tarado os metió a ti y a Evelda en esa ratonera para que resolvierais el problema de la droga a tiros? ¿Te parece el plan de un genio? Lo único que quiero es que pienses si quieres seguir siendo el payaso de las bofetadas -Mapp sirvió té a guisa de puntuación-. ¿Quieres que me quede? Puedo pedir un permiso.

– Gracias. No hace falta. Llámame luego.

El National Tattler, principal beneficiario del auge de la prensa amarilla en los noventa, había lanzado un número especial que se salía de lo corriente incluso para los cánones de la publicación. Alguien lo arrojó contra la puerta a media mañana. Starling lo encontró al abrirla para averiguar la causa del ruido. Se esperaba lo peor, y no se sintió decepcionada.

«EL ÁNGEL DE LA MUERTE: CLARICE STARLING, LA MÁQUINA ASESINA DEL FBI», voceaba el titular en Railroad Gothic de setenta y dos puntos. Las tres fotografías de la portada mostraban las siguientes imágenes: Clarice Starling en traje de faena disparando una pistola del calibre 45 en una competición; Evelda Drumgo doblada sobre su criatura en la calzada, con la cabeza caída como la de una Madonna de Cimabue y los sesos desparramados; y otra vez Starling, depositando a un niño moreno sobre una tabla de cortar entre un amasijo de cuchillos, tripas de pescado y una cabeza de tiburón.

El pie de las fotos decía: «La agente especial del FBI Clarice Starling, verdugo del asesino en serie Jame Gumb, añade al menos cinco muescas a su revólver. Una madre con su niño de pecho y dos oficiales de policía entre los muertos tras una calamitosa operación antidroga».

La historia principal incluía las carreras completas de los traficantes Evelda y Dijon Drumgo, y la aparición de los Tullidos en el paisaje desgarrado por la guerra de bandas de Washington, D.C. Se mencionaba brevemente la hoja de servicio del agente John Brigham y las condecoraciones que había recibido a lo largo de su carrera.

A Starling le dedicaban toda una columna lateral bajo una inocente foto de la joven en un restaurante con el rostro sonriente sobre un vestido de escotado cuello redondo.

Clarice Starling, agente especial del FBI, obtuvo sus quince minutos defama cuando hace siete años hirió de muerte al asesino en serie Jame Gumb, alias Buffalo Bill, en el sótano del propio criminal. Ahora podría enfrentarse a cargos departamentales y responsabilidad civil por la muerte el miércoles de una madre de Washington acusada de la fabricación de anfetaminas ilegales. (Véase el reportaje de la página 1.)

«Éste puede ser el final de su carrera», ha declarado una fuente del BATF, agenda hermana del FBI. «No conocemos todos los detalles de lo sucedido; pero no hay duda de que John Brigham no debería haber muerto. Éste es el tipo de cosas que el FBI menos necesita después del asunto de Ruby Ridge», añadió la misma fuente, que declinó identificarse.

La pintoresca carrera de Clarice Starling despegó poco después de su ingreso como aspirante en la Academia del FBI. Licenciada en Psicología y Criminología por la Universidad de Virginia con excelentes calificaciones, fue elegida para entrevistar al desequilibrado y letal doctor Hannibal Lecter, bautizado por este mismo periódico como «Hannibal el Caníbal», del que obtuvo informaciones que resultaron decisivas para localizar el escondite de Jame Gumb y liberar a su rehén, Catheríne Martin, hija de la conocida ex senadora de Estados Unidos por Tennessee,

La agente Starling fue campeona absoluta de tiro con pistola durante tres años seguidos, tras los cuales abandonó la competición. No deja de resultar irónico que el oficial Brigham, muerto al lado de la agente, fuera instructor de tiro en Quantico en la época en que Starling recibió su preparación y su entrenador durante los campeonatos.

Un portavoz del FBI ha declarado que la agente Starling será suspendida de empleo y sueldo mientras dure la investigación interna del Bureau sobre lo ocurrido. Se espera una vista para esta misma semana ante la Oficina de Responsabilidades Profesionales, la temida inquisición del propio FBI.

Familiares de la difunta Evelda Drumgo han asegurado que pedirán daños y perjuicios civiles al gobierno de Estados Unidos y a la propia Clarice Starling, a la que acusan de homicidio voluntario.

El hijo de tres meses de Evelda Drumgo, que puede verse en brazos de su madre en las trágicas imágenes del tiroteo, no sufrió heridas fisicas.

El abogado Telford Higgings, que ha defendido a la familia Drumgo en numerosos procedimientos penales, ha declarado que el arma empleada por la agente especial Starling, una pistola semiautomática Colt 45 modificada, carece de aprobación para su uso en acciones policiales en la ciudad de Washington. «Es un instrumento peligroso e inadecuado para su uso por las fuerzas del orden», ha afirmado el letrado. «El simple hecho de portarlo constituye un temerario atentado contra la vida humana», ha añadido el mencionado abogado.


El Tattler había pagado a un informador de Starling para conseguir el número de teléfono de su domicilio particular; el aparato no dejó de sonar hasta que Clarice lo descolgó. A continuación, usó el teléfono celular del FBI para llamar a la oficina.

El dolor en la oreja y la mitad hinchada de la cara era soportable si no se tocaba el vendaje. Al menos, ya no sentía la cabeza a punto de estallarle. Los dos Tylenoles habían hecho efecto. Prefería no tomar el Percocet que le había recetado el médico. Se quedó dormida con la espalda apoyada en la cabecera de la cama; el Washington Post se deslizó colcha abajo y cayó al suelo. Tenía restos de pólvora en las manos y rastro de lágrimas secas en las mejillas.

CAPÍTULO 4

Puedes enamorarte del Bureau, pero no esperes

que el Bureau se enamore de ti.

Máxima de la asesoría para

separados del servicio


El gimnasio del FBI en el edificio J. Edgar Hoover estaba casi vacío a primera hora. Dos hombres maduros daban cansinas vueltas en la pista cubierta. El ruido de una máquina de pesas en una de las esquinas y los gritos y los impactos de la pelota en la sala de squash resonaban en el enorme recinto.

Los corredores hablaban de forma entrecortada. Tunberry, el director del FBI, había pedido a Jack Crawford que corriera con él. Habían hecho tres kilómetros y se estaban quedando sin fuelle.

– Blaylock, del BATF, se ha quedado con el culo al aire después de lo de Waco. No será de la noche a la mañana, pero está acabado y lo sabe -dijo el director-. Ya puede ir avisando al reverendo Moon para que se busque otro inquilino.

El hecho de que el BAFT alquilara su sede en Washington al reverendo Sun Myung Moon era motivo de todo tipo de chistes en el FBI.

– Y a Farriday le van a dar con la puerta en las narices por lo de Ruby Ridge -añadió Tunberry.

– No lo entiendo -confesó Crawford. Había servido en Nueva York a las órdenes de Farriday en los setenta, cuando la muchedumbre se manifestaba ante el centro de operaciones del FBI en la Tercera Avenida con la calle Sesenta y nueve-. Farriday es un buen hombre. No fue él quien estableció el sistema de contratación.

– Se lo comuniqué ayer por la mañana.

– ¿Y se va a ir así, sin decir esta boca es mía? -preguntó Crawford.

– Digamos que no pierde los derechos adquiridos. Vivimos tiempos peligrosos, Jack.

Ambos corrían con la cabeza echada hacia atrás. El ritmo de sus zancadas aumentó levemente. Crawford miró al director por el rabillo del ojo y se dio cuenta de que estaba intentando poner a prueba su resistencia.

– ¿Cuántos años tienes, Jack? ¿Cincuenta y seis?

– Justos.

– Te falta un año para el retiro obligatorio. Muchos se van a los cuarenta y ocho, cincuenta… cuando aún están en condiciones de encontrar otro trabajo. Pero tú no has querido. Preferiste mantenerte ocupado después de la muerte de Bella.

Al ver que Crawford no contestaba durante media vuelta, el director comprendió que había hablado más de la cuenta.

– No quería hablar a la ligera, Jack. Doreen me decía el otro día lo mucho que…

– Quedan algunas cosas por hacer en Quantico. Queremos lanzar el VICAP [4] en Internet, para que cualquier policía pueda usarlo; ya lo habrás visto en el presupuesto.

– ¿Has querido ser director alguna vez, Jack?

– Nunca he creído que fuera el tipo de trabajo adecuado para mí.

– No lo es, Jack. Tú no tienes madera de político. No hubieras podido ser director en la vida. No hubieras sido un Eisenhower, Jack, o un Ornar Bradley -hizo un gesto a Crawford para que se detuviera, y se quedaron resollando al borde de la pista-. Sin embargo, sí hubieras podido ser un Patton, Jack. Tú puedes hacer atravesar el infierno a un grupo de hombres y conseguir que te sigan queriendo. Es un don que yo no tengo. Yo tengo que obligarlos.

Tunberry echó un rápido vistazo a su alrededor, recogió la toalla del banco y se la echó por los hombros como si fuera la toga del juez de la horca. Le brillaban los ojos.

Hay quien tiene que echar mano de la ira para ser duro, reflexionó Crawford mientras veía moverse los labios de Tunberry.

– En cuanto al asunto de la difunta señora Drumgo, la del MAC 10 y el laboratorio de meta, muerta a tiros mientras llevaba en brazos a su hijo, la Comisión de Vigilancia Judicial quiere un sacrificio humano. La carne y la sangre del cordero. Y lo mismo los medios de comunicación. La DEA tendrá que soltarles carnaza. El BATF, ídem de ídem. Pero en nuestro caso, puede que se conformen con una gallina. Krendler dice que si les damos a Clarice Starling nos dejarán tranquilos. Y yo pienso lo mismo. El BATF y la DEA la cagaron al planear la operación. Y Starling, al apretar el gatillo.

– Sobre una asesina de policías que, además, le disparó primero.

– Son las fotos, Jack. No lo entiendes, ¿verdad? El público no vio a Evelda Drumgo disparar a John Brigham. No vio a Evelda disparar a Starling en primer lugar. No lo ves si no sabes lo que estás mirando. Doscientos millones de personas, de las que una décima parte votan, vieron a Evelda Drumgo sentada en la calle en una postura que parecía la más a propósito para proteger a su hijo, con los sesos desparramados por los alrededores. No, Jack, no lo digas; ya sé que hubo un tiempo en que pensaste en Starling como en tu protegida. Pero tiene la boca demasiado grande, Jack, y empezó con mal pie para alguna gente…

– Krendler es un mierda.

– Escucha lo que voy a decirte y no me interrumpas hasta que haya acabado. La carrera de Starling estaba en el dique seco de todas formas. Le caerá un despido administrativo sin detrimento de sus derechos adquiridos, el papeleo no tendrá peor aspecto que una suspensión de empleo y sueldo; podrá conseguir otro trabajo. Jack, has hecho una labor extraordinaria en el FBI, la Unidad de Ciencias del Comportamiento ha sido obra tuya. Hay quien opina que, si hubieras puesto por delante tus propios intereses, hoy serías mucho más que un simple jefe de unidad, que te mereces mucho más que eso. Y yo seré el primero en afirmarlo. Jack, puedes jubilarte como director adjunto. Te lo garantizo yo mismo.

– Es decir, ¿si no me meto en esto?

– Quiero decir si los acontecimientos siguen su curso normal, Jack. Con todo el reino en paz eso es lo que sucedería. Jack, mírame.

– Sí, señor director.

– No te lo estoy pidiendo, te estoy dando una orden directa. Mantente al margen. No la cagues, Jack. A veces no hay más remedio que mirar a otro lado. Yo lo he tenido que hacer más de una vez. Oye, sé que es duro, créeme si te digo que sé perfectamente cómo te sientes.

– ¿Cómo me siento? Me siento como alguien que necesita ducharse -dijo Crawford.

CAPITULO 5

Starling era un ama de casa eficiente, aunque no meticulosa. Tenia su mitad del dúplex limpia y no le costaba localizar las cosas, que sin embargo tendían a formar montones: ropa limpia que había que ordenar, más revistas que lugares donde colocarlas… Era una planchadora fuera de serie, pero no cogía la plancha hasta el último minuto; como no necesitaba acicalarse, salía adelante sin problemas.

Cuando quería orden, atravesaba el territorio neutral de la cocina y entraba en la zona de Ardelia Mapp. Si su compañera de piso estaba en casa, podía pedirle algún consejo, que solía ser acertado, aunque a veces más sincero de lo que hubiera deseado. Si no estaba, se sobreentendía que Starling podía sentarse en medio del orden absoluto de aquellas habitaciones para pensar, siempre que lo dejara todo como estaba. Es lo que hizo ese día. Aquél era uno de esos espacios que parece contener a su ocupante incluso cuando está ausente.

Starling se sentó y posó la mirada sobre la póliza del seguro de vida de la abuela de Mapp, colgada en la pared en un marco de artesanía, después de haberlo estado en la granja que la abuela había habitado como aparcera y en el pisito de protección oficial de los Mapp cuando Ardelia era una niña. Su abuela vendía verduras y flores, y pagaba la prima con las ganancias; usando la póliza como garantía una vez saldada, había pedido un préstamo para ayudar a su nieta a acabar la universidad. También había una foto de la diminuta anciana, que no se había esforzado en sonreír por encima del cuello blanco almidonado, pero cuyos negros ojos brillaban con una sabiduría ancestral bajo el ala plana del rígido sombrero de paja.

Ardelia no había olvidado sus raíces, de las que sacaba fuerzas a diario. Starling procuró serenarse y sacarlas de las suyas. El Hogar Luterano de Bozeman le había proporcionado alimento, vestido y un adecuado modelo de conducta; pero, para lo que necesitaba en aquellos momentos, tenía que consultar a su propia sangre.

¿De qué puede presumir alguien que procede de una familia blanca de la clase trabajadora, y de un lugar en el que las heridas de la guerra de Secesión no acabaron de cicatrizar hasta los años cincuenta? ¿El retoño de una gente a la que en los campus consideraban un hatajo de patanes muertos de hambre y racistas o, de forma más condescendiente, de peones blancos y pelagatos de los Apalaches? Si hasta la dudosa aristocracia sureña, que no reconoce la menor dignidad al trabajo manual, se refiere a tu gente como ganapanes, ¿a qué tradición puedes acudir en busca de un modelo? ¿Que les zurramos la badana aquella primera vez en Bull Run? ¿Que el tatarabuelo se portó como un hombre en Vicksburg? ¿Que un rincón de Shiloh será para siempre Yazoo City?

Se puede sentir legítimo orgullo por haber salido adelante con el propio esfuerzo, sacando partido de las malditas quince hectáreas y la jodida mula, pero hay que ser capaz de darse cuenta. Porque nadie te lo enseñará.

Starling había salido adelante en la Academia porque no tenía dónde caerse muerta. Había pasado la mayor parte de su vida en instituciones públicas, cuyas reglas había respetado al tiempo que las aprovechaba para jugar limpio pero fuerte. Siempre había progresado, hasta obtener la beca y estar entre los mejores. Su incapacidad para ascender dentro del FBI después de unos comienzos brillantes era una experiencia nueva y dolorosa para ella. Zumbaba contra los muros de cristal como una mosca en una botella.

Había tenido cuatro días para llorar a John Brigham, abatido a tiros ante sus ojos. Tiempo atrás Brigham le había preguntado algo a lo que Clarice había contestado que no. Entonces, el hombre le había preguntado si podían ser amigos, con evidente sinceridad, y ella le había contestado, con no menos sinceridad, que sí.

Tenía que digerir el hecho de que ella misma había matado a cinco personas en el mercado de Feliciana. Veía una y otra vez al Tullido con el pecho atrapado entre los dos coches, arañando el techo del Cadillac mientras la pistola resbalaba fuera de su alcance.

En busca de alivio, había acudido al hospital para ver al hijo de Evelda. La madre de la mujer estaba allí, sosteniendo en los brazos a su nieto, al que se disponía a llevarse a casa. Reconoció a Starling por las fotografías de los periódicos, le dio el niño a la enfermera y, antes de que Starling comprendiera sus intenciones, la abofeteó con toda su fuerza en la parte vendada.

Starling no devolvió el golpe, pero inmovilizó a la anciana contra la ventana de la sala de maternidad doblándole el brazo hasta que dejó de debatirse, con la cara contorsionada contra el cristal manchado de saliva. La sangre resbalaba por el cuello de Starling y el dolor hacía que la cabeza le diera vueltas. Le volvieron a coser la oreja en la sala de urgencias, pero no quiso poner una denuncia. Un auxiliar de urgencias dio el soplo al Tattler y recibió trescientos dólares.

Había tenido que salir otras dos veces. Para cumplir las últimas voluntades de John Brigham y para asistir a su entierro en el Cementerio Nacional de Arlington. Brigham tenía poca familia, que además vivía lejos, y había dejado constancia escrita de que quería que Starling se ocupara de sus exequias.

El estado de su rostro había hecho necesario un ataúd cerrado, pero Starling se había preocupado de que tuviera el mejor aspecto posible. Lo había vestido con su inmaculado uniforme azul de infantería de marina, con la estrella de plata y el resto de sus condecoraciones.

Tras la ceremonia, el oficial superior de Brigham entregó a Starling una caja que contenía las armas del agente; sus insignias y otros objetos de su caótico escritorio, incluido el absurdo pájaro del tiempo que bebía de un vaso.

Faltaban cinco días para que Starling tuviera que presentarse ante una comisión que podía arruinar su carrera. Aparte de la llamada de Jack Crawford, el teléfono celular había permanecido mudo. Ya no había ningún Brigham a quien pedir consejo.

Llamó a su representante en la Asociación de Agentes del FBI. Su consejo fue que no se pusiera pendientes llamativos ni zapatos que dejaran los dedos al descubierto.

Cada día la televisión y los periódicos cogían el asunto de Evelda Drumgo y lo sacudían como si fuera una rata.

En el orden absoluto de la sala de estar de Ardelia, Starling intentaba pensar.

El gusano que te corroe es la tentación de dar la razón a tus críticos, de querer obtener su aprobación…

Un ruido la molestaba.

Starling intentó recordar sus palabras exactas mientras estaba en la furgoneta. ¿Había hablado más de la cuenta? El ruido la seguía molestando.

Brigham le había dicho que pusiera al corriente a los demás. ¿Dejó entrever cierta hostilidad? ¿Soltó alguna inconveniencia…?

El ruido, molesto, impidiéndole pensar.

Bajó de las nubes y cayó en la cuenta de que estaba sonando el timbre de la puerta de al lado. Seguro que era un periodista. También esperaba una citación civil. Apartó los visillos de la ventana que daba al frente y vio al cartero, que volvía a su furgoneta. Abrió la puerta del apartamento de Mapp a tiempo para alcanzarlo, y permaneció con la espalda vuelta hacia al coche de prensa aparcado al otro lado de la calle y a su teleobjetivo, mientras firmaba el recibo de la carta certificada. Era un sobre malva con fibras de seda en el papel de fino hilo. A pesar de su estado de aturdimiento, le recordó alguna cosa. Una vez dentro y a cubierto del resplandor, miró la dirección. Una pulcra letra redonda.

Sobre el monótono temor que zumbaba en su cabeza, saltó la alarma. Sintió un estremecimiento en la piel del estómago, como si gotas heladas le resbalaran por el cuerpo.

Starling sostuvo el sobre por las puntas y se dirigió a la cocina. Saco del bolso los omnipresentes guantes blancos para manipulación de pruebas. Apretó el sobre contra el tablero de la mesa y pasó la mano por su superficie con cuidado. Aunque el papel era grueso, hubiera podido notar el bulto de una pila de reloj lista para hacer explotar una hoja de C-4. Sabía que lo mejor era que lo examinaran con el fluoroscopio. Si la abría podía tener problemas. Problemas. Por supuesto. A la mierda.

Abrió el sobre con un cuchillo de cocina y sacó la única hoja de papel sedoso que contenía. Sin necesidad de mirar la firma, supo de inmediato quién le había escrito:


Querida Clarice:

He seguido con entusiasmo el desarrollo de los acontecimientos que han provocado tu caída en desgracia y pública vergüenza. Las mías nunca me molestaron, salvo por el inconveniente de que me llevaron a la cárcel; pero es muy probable que a ti te falte la necesaria perspectiva.

Durante nuestras conversaciones en la mazmorra, me resultó evidente que tu padre, el difunto vigilante nocturno, es una de las vigas maestras de tu sistema de valores. Estoy convencido de que tu éxito en poner fin a la carrera de sastre de Jame Gumb te satisfizo, sobre todo porque te permitió imaginar a tu padre haciéndolo.

Ahora estás en malos términos con el FBI. ¿Te has imaginado alguna vez a tu padre como superior tuyo en el Bureau, como jefe de sección o, mejor aún que Jack Crawford, como DIRECTOR ADJUNTO, viéndote progresar lleno de orgullo? ¿Lo ves ahora avergonzado y hundido por tu desgracia? ¿Por tu fracaso? ¿Por el lamentable y mediocre final de una prometedora carrera? ¿Te ves haciendo las mismas tareas humildes que tu madre cuando los drogadictos le reventaron la cabeza a tu PAPÁ? ¿Eh? ¿Se reflejará en ellos tu fracaso, pensará la gente injusta y definitivamente que tus padres eran basura blanca, carne de patio de remolques? Sincérate conmigo, agente especial Starling.

Piensa un poco en ello antes de que entremos en materia.

Ahora voy a señalarte una virtud que te ayudará en este trance: las lágrimas no te ciegan, tienes suficientes redaños para seguir leyendo.

Y a continuación, un ejercido que puede resultarte útil. Quiero que hagas esto conmigo, como terapia:

¿Tienes una sartén de hierro negro? Eres una muchachita de las montañas sureñas, así que no puedo imaginar que la respuesta sea no. Ponla sobre la mesa de la cocina. Enciende la luz del techo.


Mapp había heredado una de aquellas sartenes de su abuela y la usaba a menudo. Tenía una superficie negra y lustrosa que el jabón no había conseguido eliminar. Starling la puso en la mesa, ante sí.


Mira dentro de la sartén, Clarice. Inclínate y mira el interior. Si fuera la sartén de tu madre, y bien podría serlo, sus moléculas conservarían las vibraciones de todas las conversaciones que se desarrollaron en su presencia. Todas las discusiones, los enfados insignificantes, las revelaciones mortíferas, los indistintos presagios de desastre, los gruñidos y la poesía del amor.

Siéntate a la mesa, Clarice. Mira dentro de la sartén. Si está bien curada, será como un pozo negro, ¿no es así? Es como mirar al fondo de un pozo. Tu reflejo no está en el fondo, pero estás allí arriba, ¿verdad?

La luz te llega de detrás y tu rostro esta oscuro, con un halo de luz, como si te ardiera el pelo.

Somos combinaciones de carbono, Claríce. Tú, la sartén, tu padre muerto y enterrado, tan frío como la sartén. Todo sigue ahí. Escucha. Cómo hablaban, cómo vivían realmente tus padres, que tanto se afanaron. Los recuerdos concretos, no los fantasmas que habitan tu corazón.

¿Por qué no llegó tu padre a ayudante del sheriff, ni a codearse con la piara de los juzgados? ¿Por qué tuvo tu madre que limpiar moteles para manteneros, aunque no consiguió evitar que os desperdigarais antes de ser mayores?

¿Cuál es tu recuerdo mas vivido de la cocina? No del hospital, de la cocina.


Mi madre lavando el sombrero ensangrentado de mi padre.


¿Cuál es tu mejor recuerdo de la cocina?


Mi padre pelando naranjas con su vieja navaja, que tenía la punta partida, y repartiendo los gajos entre nosotros.


Tu padre, Clarice, era un vigilante nocturno. Tu madre, una fregona.

Hacer carrera en el FBI, ¿era tu ilusión o la de ellos? ¿Cuánto se hubiera rebajado tu padre para medrar en una burocracia que apesta? ¿Cuántos culos hubiera lamido? ¿Lo viste alguna vez hacer la pelota o ser rastrero?

¿Han mostrado tus superiores tener alguna clase de valores, Clarice? y tus padres, ¿te enseñaron alguno? Si fué asi, ¿son los mismos?

Mira dentro de la sartén, que no engaña, y respóndeme. ¿Les has fallado a tus muertos? ¿Querrían ellos que se la chuparas a tus jefes? ¿Cual era su punto de vista respecto a la fortaleza de carácter? Tú puedes ser tan fuerte como lo desees.

Eres una guerrera, Clarice. El enemigo ha muerto, la criatura está a salvo. Eres una guerrera.

Los elementos más estables, Clarice, aparecen en el centro de la tabla periódica, más o menos entre el hierro y la plata.

Entre el hierro y la plata. Creo que eso te cuadra a la perfección.

Hannibal Lecter


PD. Sigues debiéndome cierta información, ¿recuerdas? Cuéntame si aún te despiertas oyendo a los corderos. Cualquier domingo pon un anuncio en la sección de contactos del Times, el International Herald-Tribune y el China Mail. Dirígelo a A. A. Aaron, asi irá en primer lugar, y firma Hannah.


Mientras leía, Starling tuvo la sensación de estar oyendo la misma voz que se había burlado de ella y la había desgarrado, que había hurgado en su pasado y la había iluminado sobre sí misma en la celda de máxima segundad del hospital psiquiátrico, cuando tuvo que comerciar con sus recuerdos más dolorosos a cambio de los insustituibles conocimientos de Hannibal Lecter sobre Buffalo Bill. La aspereza metálica de aquella voz que tan poco se prodigaba seguía persiguiéndola en sueños.

Había una telaraña nueva en una esquina del techo de la cocina. Starling fijó la vista en ella mientras sus pensamientos se atrepellaban. Contenta y triste. Triste y contenta. Contenta por la ayuda, contenta al vislumbrar lo que podía sanarla. Contenta y triste porque el servicio de reenvío de Los Angeles que había empleado el doctor Lecter parecía poco cuidadoso en la selección de su personal; esta vez habían utilizado una máquina de franqueo automático. Jack Crawford se frotaría las manos al ver la carta, lo mismo que las autoridades postales y el laboratorio.

CAPITULO 6

La habitación en que Mason pasaba los días era silenciosa, pero tenia su propio, suave pulso, los siseos y suspiros del respirador que le proporcionaba oxígeno. Era oscura excepto por el resplandor del enorme acuario, en cuyo interior una exótica anguila daba vueltas y más vueltas, trazando continuos ochos que parecían siempre el mismo y haciendo ondular su sombra como una cinta por las paredes del cuarto.

El pelo trenzado de Mason formaba una gruesa rosca sobre el caparazón del respirador que cubría su pecho en la cama elevada. Suspendido ante él, había un sistema de tubos semejante a una flauta de Pan.

La larga lengua de Mason asomó entre los dientes. La pasó alrededor del final del tubo del extremo y sopló aprovechando un suspiro del respirador.

Al instante, una voz procedente de un altavoz de la pared le respondió.

– ¿Sí, señor?

– El Tattler -la te inicial se había perdido, pero la voz era profunda y resonante como la de un locutor de radio.

– En portada viene…

– No quiero que me lo leas. Ponió en el monitor -las emes y la pe también habían desaparecido de las frases de Mason.

Se oyó crepitar la amplia pantalla del monitor elevado. El resplandor verde azulado se volvió rosa conforme iba apareciendo la roja cabecera del Tattler.

– «EL ÁNGEL DE LA MUERTE: CLARICE STARLING, LA MÁQUINA ASESINA DEL FBI» -leyó Mason entre tres lentas exhalaciones del respirador.

El aparato permitía ampliar las fotografías. Mason tenia un brazo fuera de la colcha, y esa mano conservaba algo de movimiento. Como una araña de mar blancuzca, avanzó arrastrada por los dedos más que gracias a la fuerza del brazo contrahecho. Como apenas podía girar la cabeza para mirar, el índice y el corazón tantearon como si fueran antenas, mientras pulgar, anular y meñique tiraron con fuerza de la mano por la ropa de la cama. Por fin, encontró el mando a distancia, con el que podía ampliar y pasar las páginas.

Mason leyó despacio. El protector de cristal que cubría su único ojo producía un siseo dos veces por minuto, al vaporizar humedad sobre el globo ocular, que no tenía párpado, y a menudo empañaba la lente. Necesitó veinte minutos para leer el artículo principal y la columna lateral.

– Pon las radiografías -ordenó, acabada la lectura.

Hubo que esperar unos instantes. Había que colocar la ancha placa de rayos X sobre una mesa luminosa para que pudiera verse adecuadamente en el monitor. La primera radiografía mostraba una mano, al parecer dañada. La otra, la misma mano y todo el brazo. Una flecha dibujada en la placa señalaba una antigua fractura de húmero a medio camino entre el codo y el hombro.

Mason la contempló durante muchas inhalaciones.

– Pon la carta -ordenó al fin.

La elegante letra redonda apareció en el monitor, absurdamente magnificada.

– «Querida Clarice -leyó Mason-: He seguido con entusiasmo el desarrollo de los acontecimientos que han provocado tu caída en desgracia y pública vergüenza…» -El ritmo de su propia voz despertó viejos pensamientos que hicieron girar su cabeza, la cama, la habitación, arrancaron la costra que cubría sus sueños más ocultos y dieron a su corazón un ritmo más rápido que el de la respiración. La máquina detectó su agitación y bombeó oxígeno a sus pulmones aún.más deprisa.

Leyó la carta de cabo a rabo a un ritmo penoso por encima de los movimientos de la máquina, como si leyera a lomos de un caballo. Mason no podía cerrar el ojo, pero cuando acabó la lectura su mente se retiró unos instantes para poder pensar. El respirador funcionó más despacio. Al cabo de un rato, Mason sopló en el tubo.

– Dígame, señor.

– Pégale un toque al congresista Vellmore. Tráeme los auriculares del teléfono. Cierra el altavoz.

– Clarice Starling -dijo con la siguiente inhalación que le concedió la máquina.

Aquel nombre no tenía sonidos implosivos, así que pudo emitirlo completo. Fonema tras fonema. Mientras esperaba que le trajeran el teléfono, dormitó unos instantes, con la sombra de la anguila deslizándose por la colcha, por su rostro, por el pelo enroscado.

CAPÍTULO 7

Buzzard's Point, el centro de operaciones del FBI para Washington y el Distrito de Columbia, recibe ese nombre a causa de una reunión de buitres celebrada en el hospital que se alzaba en ese lugar durante la guerra de la Secesión.

La reunión de ese día estaría constituida por burócratas de la DEA, el BATF y el FBI, dispuestos a decidir la suerte de Clarice Starling.

Starling estaba sola, de pie sobre la espesa alfombra del despacho de su jefe. La sangre le palpitaba contra el vendaje de la cabeza. Por encima de los latidos, le llegaban las voces de los hombres, amortiguadas por la puerta de cristal esmerilado de la sala de reuniones contigua.

Sobre el cristal, en estilizado pan de oro, destacaba el emblema del FBI, con su divisa de «Fidelidad, Bravura, Integridad».

Tras el emblema, el tono de las voces subía y bajaba con cierta pasión; Starling oía su nombre a menudo, aunque no pudiera entender otra cosa.

El despacho ofrecía una hermosa vista sobre la dársena para yates; al fondo se distinguía Fort McNair, donde fueron ahorcados los acusados de conspirar para el asesinato de Lincoln.

Starling recordó haber visto las fotos de Mary Surratt pasando al lado de su propio ataúd camino del patíbulo levantado en el fuerte; de pie sobre la trampilla, con una capucha sobre la cabeza y la falda atada sobre las piernas para evitar un espectáculo indecoroso cuando cayera con el cuello roto hacia la oscuridad total.

Starling oyó ruido de sillas al otro lado de la puerta; los hombres se estaban levantando. Al cabo de un instante empezaron a entrar en el despacho y pudo reconocer algunas de las caras. Dios, allí estaba Noonan, el director adjunto de toda la división de investigación.

Y allí estaba su Némesis particular, Paul Krendler, del Departamento de Justicia, cuellilargo y con orejas de asa que le nacían más arriba de lo normal y le daban aspecto de hiena. Krendler era un trepa, la eminencia gris detrás del hombro del inspector general. Desde que Starling se le adelantó en atrapar al asesino en serie Buffalo Bill en un caso que se había hecho célebre siete años atrás, Krendler no había perdido ocasión de verter veneno en la ficha personal de Starling, ni dejado de cuchichear en su contra en los oídos del Comité de Ascensos.

Ninguno de aquellos individuos había participado con ella en ninguna operación, ni había ejecutado con ella una orden de arresto, ni se había arrojado al suelo para protegerse de las mismas balas, ni se había quitado del pelo las esquirlas de la misma lluvia de cristales.

No la miraron hasta que todos levantaron la vista al mismo tiempo, como la manada que clava los ojos de repente en el animal enfermo.

– Siéntese, agente Starling -le indicó su jefe, el agente especial Clint Pearsall, que se frotaba la gruesa muñeca como si le hiciera daño el reloj.

Sin mirarla a los ojos, le señaló un sillón encarado al ventanal. La silla del interrogado nunca es el lugar de honor.

Los siete hombres permanecieron de pie, con sus siluetas negras recortadas contra las ventanas. Starling no podía distinguir las facciones, pero veía sus piernas y sus pies por debajo de la línea de luz. Cinco de ellos calzaban los mocasines de suela gruesa con borlas que suelen llevar los charlatanes de pueblo que han conseguido llegar a Washington. Un par de Thom McAn con puntera en forma de ala y suelas Corfam y unos Florsheim con idéntica puntera completaban la hilera de pies. El aire olía a betún recalentado por pies sudados.

– Por si no conoce a alguno de los presentes, agente Starling, éste es el director adjunto Noonan, estoy seguro de que no necesita presentación; éste es John Eldredge de la DEA; Bob Sneed, del BATF; Benny Holcomb, ayudante del alcalde; y Larkin Wainwright, inspector de nuestra Oficina de Responsabilidades Profesionales. Paul Krendler, lo conoce, ¿verdad?, está aquí de forma oficiosa en representación del inspector general del Departamento de Justicia. Paul está y no está aquí, ha venido para hacernos un favor, para ayudarnos a atajar los problemas, no sé si me entiende.

Starling sabía lo que decían en el servicio: un inspector federal es alguien que llega al campo de batalla cuando la batalla ha acabado para rematar a los heridos.

Las cabezas de algunas siluetas se movieron a guisa de saludo. Aquellos individuos estiraron los cuellos y escrutaron a la joven a cuyo alrededor se habían congregado. Durante unos instantes nadie dijo nada.

Bob Sneed rompió el silencio. Starling lo recordaba como el mago de la oficina de prensa del BATF que intentó desodorizar el desastre de los davidianos en Waco. Era un compinche de Krendler y todo el mundo lo consideraba un lameculos.

– Agente Starling, imagino que es usted consciente de la cobertura que los periódicos y la televisión han dado a este asunto. Se la ha identificado sin la menor duda como la persona que acabó con la vida de Evelda Drumgo. Por desgracia, los medios de comunicación han decidido poco menos que demonizarla.

Starling no replicó.

– ¿Agente Starling?

– No tengo nada que ver con la prensa, señor Sneed.

– La mujer tenía a una criatura en brazos; no es difícil comprender el problema que ello nos crea.

– No lo llevaba en brazos, sino en un arnés cruzado sobre el pecho, con los brazos y las manos ocultos y sujetando un MAC 10 debajo de una toquilla.

– ¿Ha visto usted el informe de la autopsia? -le preguntó Sneed.

– No.

– Pero nunca ha negado que fue usted quien le disparó…

– ¿Creía que lo iba a negar porque ustedes no han encontrado la bala? -Starling se giró hacia su jefe-. Señor Pearsall, ésta es una reunión informal, ¿me equivoco?

– En absoluto.

– Entonces, ¿por qué el señor Sneed lleva un micrófono? La División de Electrónica dejó de fabricar esos micrófonos de alfiler hace años. Lleva un F-Bird en el bolsillo de la americana y está grabándome. ¿Es una moda nueva eso de ir con micrófonos ocultos a los despachos de los demás?

Pearsall se puso de todos los colores. Si aquello era verdad, se trataba de una vileza de lo más chapucera; pero nadie estaba dispuesto a que lo grabaran diciendo a Sneed que apagara aquel cacharro.

– No es el momento para salidas de tono ni acusaciones -dijo Sneed, pálido de ira-. Todos estamos aquí para ayudarla.

– ¿Para ayudarme a qué? Fue su gente la que llamó a este despacho y consiguió que me asignaran a la operación para que yo les ayudara a ustedes. Le di a Evelda Drumgo dos oportunidades para entregarse. Empuñaba un MAC 10 por debajo de la toquilla del bebé. Acababa de dispararle a John Brigham. Ojalá se hubiera rendido. Pero no lo hizo. En vez de eso, me disparó. Fue entonces cuando disparé yo. Y ahora está muerta. ¿No quiere comprobar el contador de su cásete, señor Sneed?

– ¿Sabía de antemano que Evelda Drumgo estaría allí? -quiso averiguar Eldredge.

– ¿De antemano? Una vez dentro de la furgoneta, el agente Brigham me explicó que Evelda Drumgo estaba preparando la droga en un laboratorio de metanfetaminas vigilado por sus hombres. Y me encargó que me ocupara de ella.

– No olvide que Brigham está muerto -intervino Krendler-, y también Burke, ambos magníficos agentes. Ya no tienen la posibilidad de confirmar o negar nada.

Oír el nombre de John Brigham en labios de Krendler le revolvía el estómago.

– No hay muchas posibilidades de que olvide que John Brigham está muerto, señor Krendler. Y, en efecto, era un magnífico agente, y un magnífico amigo. Y es un hecho que me ordenó encargarme de Evelda.

– Brigham le encargó semejante cosa a pesar de que usted y Evelda Drumgo ya se habían tirado de los pelos con anterioridad, ¿no es eso? -ironizó Krendler.

– Vamos, Paul… -terció Clint Pearsall.

– Fue un arresto pacífico -dijo Starling-. Se había resistido a otros agentes en anteriores ocasiones. Pero aquella vez no ofreció resistencia, e incluso hablamos un poco… No era ninguna idiota. Nos comportamos como dos personas. Ojalá hubiéramos hecho lo mismo el otro día.

– ¿No es cierto que sus palabras textuales fueron «déjala de mi cuenta»? -preguntó Sneed.

– Me limité a darme por enterada de la orden.

Holcomb, el hombre de la oficina del alcalde, y Sneed acercaron las cabezas para conferenciar en petit comité.

Sneed se estiró las mangas de la camisa.

– Señorita Starling, tenemos declaraciones del oficial Bolton, del Departamento de Policía de Washington, según las cuales usted hizo gala de notable hostilidad verbal hacia Evelda Drumgo en la furgoneta que los conducía al lugar de autos. ¿Qué tiene que alegar a eso?

– A indicación del agente Brigham, expliqué a los demás agentes que Evelda tenía un amplio historial de violencia, que solía ir armada y que era seropositiva. Añadí que le daríamos la oportunidad de entregarse pacíficamente. Y pedí su apoyo en caso de que fuera necesario reducirla. No hubo muchos voluntarios para hacer ese trabajo, se lo puedo asegurar.

Clint Pearsall hizo de tripas corazón:

– Después de que el coche de los Tullidos chocara y uno de los delincuentes saliera huyendo, ¿pudo ver que el coche se agitaba y oír a la criatura llorando en su interior?

– Chillando -puntualizó Starling-. Levanté la mano y ordené a todo el mundo que dejara de disparar; luego me acerqué sin ninguna protección.

– Eso va contra las normas -cortó Eldredge.

Starling no se molestó en replicar.

– Avancé hacia el coche en posición de alerta, con los brazos extendidos y el cañón apuntando al suelo. Marquez Burke agonizaba en la calzada a unos pasos de mí. Alguien se acercó corriendo y trató de pararle la hemorragia. Evelda salió del coche con el niño. Le pedí que me enseñara las manos; dije algo como «Evelda, no lo hagas».

– Ella disparó y usted lo hizo a continuación. ¿Cayó al suelo enseguida?

Starling asintió.

– Se le doblaron las piernas y quedó sentada en la calle, inclinada sobre, el niño. Estaba muerta.

– Usted cogió al niño y corrió hacia la manguera. Su angustia era evidente -afirmó Pearsall.

– No sé si era o no era evidente. La criatura estaba cubierta de sangre. Yo no sabía si era o no seropositivo. Pero sí que lo era su madre.

– Y pensó que su disparo podía haber herido al niño… -le apuntó Krendler.

– No. Sabía adonde había disparado. ¿Puedo hablar claramente, señor Pearsall? -como el hombre rehuía su mirada, Starling continuó-: La operación fue una auténtica chapuza. Me vi abocada a una situación en la que la alternativa era dejarme matar o disparar a una mujer con un niño. Elegí, y lo que me vi obligada a hacer me está quemando las entrañas. Disparé a una madre que tenía a su hijo en brazos. Ni los que llamamos «animales» hacen una cosa semejante. Señor Sneed, puede que quiera volver a asegurarse de que le queda cinta, ahora que estoy admitiendo esto. Estoy pasando un infierno por lo que ocurrió. No pueden imaginarse cómo me siento… -vio la imagen de Brigham boca abajo en la acera, y no pudo contenerse-: Los veo a todos ustedes intentando escurrir el bulto, y me dan ganas de vomitar.

– Starling… -Pearsall, visiblemente nervioso, la miró a la cara por primera vez.

– Sabemos que todavía no ha tenido ocasión de redactar su 302 -dijo Larkin Wainwright-. Cuando podamos estu…

– Sí, señor, la he tenido -lo atajó Starling-. Ya he enviado una copia a la Oficina de Responsabilidades Profesionales, y llevo otra encima por si no quieren esperar. En ella consta todo lo que vi e hice durante la operación. Ya ve, señor Sneed, que no hacía falta grabarme.

Starling veía las cosas con claridad meridiana, una señal de peligro que no le costó reconocer, y bajó la voz consciente de que lo hacía:

– La operación se fue al garete por un par de motivos. El informador del BATF mintió sobre el niño porque estaba desesperado por que la operación se llevara a cabo antes de presentarse ante un gran jurado federal en Illinois. Y, además, Evelda Drumgo sabía que íbamos a por ella. Salió con el dinero en una bolsa y la droga en otra. Su busca seguía teniendo el número de la cadena de televisión WFUL. Le dieron el chivatazo cinco minutos antes de que llegáramos. El helicóptero de la WFUL llegó al mismo tiempo que nosotros. Pidan una orden para requisar las grabaciones telefónicas de la cadena y sabrán el origen de la filtración. Es alguien con intereses locales, caballeros. Si hubiera sido el BATF, como en Waco, o la DEA, lo habrían filtrado a los medios nacionales, no a la televisión local.

Benny Holcomb salió en defensa de la ciudad.

– No hay la más mínima evidencia de que nadie del Ayuntamiento o del Departamento de Policía de Washington filtrara absolutamente nada.

– Pidan la orden y lo sabrán -insistió Starling.

– ¿Tiene usted el busca de la Drumgo? -le preguntó Pearsall.

– Está registrado en el depósito de pruebas de Quantico.

El busca del propio director adjunto Noonan empezó a pitar. Arrugó la nariz al ver el número y salió del despacho tras pedir que lo disculparan. Al cabo de un instante, requirió a Pearsall para que se reuniera fuera con él.

Wainwright, Eldredge y Holcomb se pusieron a mirar por el ventanal hacia Fort McNair con las manos en los bolsillos. Viéndolos cualquiera habría dicho que estaban esperando en la sala de urgencias de un hospital. Paul Krendler captó la atención de Sneed y le señaló a Starling.

Sneed apoyó una mano en el respaldo del sillón de la agente y se inclinó sobre ella.

– Si su testimonio en una audiencia es que, mientras estaba cedida por el FBI para una operación concreta, su arma mató a Evelda Drumgo, el BATF está dispuesto a firmar una declaración en la que conste que John Brigham le pidió que… prestara una atención especial a Evelda con el fin de detenerla de forma pacífica. Fue su arma la que acabó con ella, y su servicio es el que tiene que cargar con la responsabilidad. No habrá intercambio de mierda entre las agencias sobre las respectivas responsabilidades, y no nos veremos obligados a sacar a la luz sus declaraciones hostiles en la furgoneta sobre Evelda.

Starling vio a Evelda por un instante, saliendo por la puerta del mercado, saliendo del coche, con la cabeza erguida y, a despecho de los desatinos y la nulidad de su vida, dispuesta a defender a su hijo y a hacer frente a sus enemigos en vez de huir de ellos.

Starling se inclinó a la altura del micrófono clavado en la corbata de Sneed y dijo alto y claro:

– No tengo ningún reparo en declarar qué clase de persona era, señor Sneed; era bastante mejor que usted.

Pearsall volvió al despacho solo y cerró la puerta.

– El director adjunto ha tenido que volver a su despacho. Caballeros, voy a declarar concluida esta reunión. Me pondré en contacto con ustedes individualmente, por teléfono -los informó.

Krendler levantó la cabeza. Husmeó la intervención de alguna instancia política.

– Aún tenemos que tomar algunas decisiones -repuso Sneed.

– No, no tenemos.

– Pero…

– Bob, créeme, no tenemos que tomar ninguna decisión. Me pondré en contacto contigo. Y Bob…

– ¿Sí? -Pearsall cogió el hilo por detrás de la corbata de Sneed y tiró hacia abajo con fuerza; saltaron los botones de la camisa y se oyó la cinta adhesiva al despegarse de la piel-. Vuelve a entrar en mi despacho con un micrófono y te juro que te lo meto por el culo.

Ninguno miró a Starling al salir, excepto Krendler. Mientras avanzaba hacia la puerta arrastrando los pies para no tener que mirar dónde los ponía, hizo girar su largo cuello, como una hiena que recorre un rebaño con la vista hasta localizar su presa, y le clavó los ojos. En su rostro se mezclaban los deseos; su ambigua naturaleza le permitía admirar las piernas de Starling al tiempo que pensaba en cómo desjarretarlas.

CAPÍTULO 8

Ciencias del comportamiento es la unidad del FBI que investiga los asesinatos en serie. En sus dependencias, situadas en los sótanos del edificio, el aire está quieto y fresco. Los decoradores con sus muestrarios de colores han intentado en los últimos años iluminar ese espacio subterráneo. El resultado no ha sido mejor que el de los cosméticos que emplean las empresas de pompas fúnebres.

El despacho del jefe de unidad conserva los tonos marrones y canela originales, y las cortinas a cuadros de color café en sus altas ventanas. Allí, rodeado de sus infernales archivos, estaba sentado Jack Crawford, escribiendo sobre la mesa.

Oyó un golpe de nudillos en la puerta y, al levantar los ojos, se encontró con una vista que siempre le resultaba agradable; Clarice Starling estaba en el umbral.

Crawford sonrió y se puso en pie. Starling y él hablaban de pie a menudo; era una de las formalidades tácitas que habían acabado por imponer a su relación. No necesitaban estrecharse la mano.

– Me han dicho que fue al hospital -dijo Starling-. Me hubiera gustado verlo.

– Me alegro de que te soltaran tan pronto -contestó Crawford-. Y la oreja, ¿cómo va?

– Estupendamente, si le gusta la coliflor. Me han dicho que la mayor parte se me caerá.

El cabello se la cubría y Starling no se ofreció a enseñársela. Se produjo un momento de silencio.

– Querían que cargara con el muerto por lo de la operación, señor. Lo de Evelda Drumgo, para mí solita. Se estaban comportando como un hatajo de hienas y de pronto todo acabó y se fueron con el rabo entre las piernas. Algo o alguien les quitó la idea de la cabeza.

– Puede que tengas un ángel de la guarda, Starling.

– Puede que sí. ¿Qué tuvo que hacer, Jack?

Crawford meneó la cabeza.

– Por favor, Starling, cierra la puerta -encontró un kleenex arrugado en el bolsillo y se limpió las gafas con él-. Habría hecho algo si hubiera podido. Pero no tenía suficiente fuerza por mí mismo. Si el senador Martin siguiera en activo, te habría conseguido apoyo… Se cepillaron a John Brigham en esa operación. Como si lo hubieran tirado a la basura. Hubiera sido una vergüenza que hicieran lo mismo contigo. Me he sentido como si os estuviera cargando en un jeep a John y a ti.

Las mejillas de Crawford enrojecieron y la mujer se acordó de su rostro al viento cortante que soplaba sobre la tumba de John Brigham. Crawford nunca le había hablado de su experiencia de guerra.

– Usted ha hecho algo, Jack.

Él asintió.

– Algo he hecho. Pero no sé si te vas a alegrar. Es un trabajo.

Un trabajo. «Trabajo» era una palabra positiva en sus respectivos diccionarios. Significaba una actividad inmediata y específica, y servía para despejar el aire. Si podían evitarlo, no solían hablar de la turbia burocracia central del FBI. Crawford y Starling eran como los médicos de una misión, con poca paciencia para la teología, concentrados en el niño que tienen delante, sabedores, por más que se lo callen, de que Dios no moverá un puto dedo para ayudarlos. Que no se molestará en hacer que llueva ni para salvar las vidas de cincuenta mil niños nigerianos.

– Aunque de forma indirecta, Starling, tu benefactor ha sido tu reciente corresponsal.

– El doctor Lecter.

Starling se había dado cuenta desde hacía tiempo de la repugnancia de su superior a pronunciar aquel nombre.

– Sí, el mismo. Nos ha eludido durante todos estos años, parecía que se lo hubiera tragado la tierra y ahora te escribe una carta. ¿Por qué?

Habían pasado siete años desde que el doctor Hannibal Lecter, verdugo de al menos diez seres humanos, había burlado las medidas de seguridad en Memphis y acabado con otras cinco vidas durante su huida.

Era como si se hubiera volatilizado. El FBI mantenía abierto el caso, y lo mantendría abierto por los siglos de los siglos, o hasta que lograran capturarlo. Lo mismo ocurría en Tennessee y otras jurisdicciones; pero ya no había ningún efectivo asignado a su búsqueda, aunque los familiares de las víctimas habían llorado lágrimas de rabia ante las autoridades del estado de Tennessee pidiendo que se emprendieran acciones.

Al cabo de los años, se disponía de toda una biblioteca de monografías académicas que intentaban desentrañar los entresijos de la mente del doctor, la mayor parte escritas por psicólogos que nunca se habían visto las caras con el hombre de carne y hueso. Unas cuantas se debían a psiquiatras que Lecter había ridiculizado en las publicaciones profesionales, al parecer convencidos de que ahora podían alzar la voz sin peligro. Algunos de ellos afirmaban que sus aberraciones lo conducirían ineluctablemente al suicidio y que era posible que ya estuviera muerto.

El interés por el doctor no había decaído, al menos en el ciberespacio. Las teorías sobre Lecter brotaban en el terreno abonado de Internet como champiñones, y los que afirmaban haberlo visto en los sitios más peregrinos rivalizaban en número con los que decían otro tanto de Elvis. Los impostores plagaban los chats, y en la ciénaga fosforescente que constituía el lado oscuro de la Red los coleccionistas de rarezas siniestras podían adquirir ilegalmente las fotografías policiales de sus aberraciones. Sólo las superaba en popularidad la ejecución de Fou-Tchou-Li.

El único rastro del doctor en siete años había sido la carta recibida por Starling en plena crucifixión mediática.

A pesar de no haber encontrado huellas digitales en la misiva, el FBI se sentía razonablemente seguro de que era auténtica. Clarice Starling no tenía la menor duda.

– ¿Por qué lo ha hecho, Starling? -Crawford parecía casi enfadado con ella-. Nunca he pretendido comprenderlo más de lo que lo comprenden esos psiquiatras burriciegos. Pero tú puedes explicármelo.

– Lecter pensaba que lo ocurrido podía desengañarme… desilusionarme respecto al Bureau, y él disfruta contemplando la destrucción de la fe, es su pasatiempo favorito. Es como las fotos de iglesias desplomadas que coleccionaba. La montaña de escombros de aquella iglesia de Italia que se vino abajo sobre las abuelas que asistían a una misa especial, y el árbol de Navidad que después colocó alguien encima de ellos… Aquello lo entusiasmó. Le divierte mi situación, juega conmigo. Cuando lo entrevistaba, le gustaba señalar las lagunas de mi educación; está convencido de que soy una ingenua.

Crawford habló desde la experiencia que le proporcionaban sus años y su soledad:

– ¿Se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá le gustes, Starling?

– Simplemente le divierto. Las cosas lo divierten o no. Y si no…

– ¿Has sentido alguna vez que le gustabas? -Crawford insistía en la diferencia entre pensar y sentir como un baptista hubiera insistido en la inmersión integral.

– Basándose en unos pocos encuentros, fue capaz de descubrirme un puñado de verdades sobre mí misma. En mi opinión es muy fácil confundir la perspicacia con la simpatía, por la desesperada necesidad de simpatía que todos sentimos. Puede que aprender a distinguirlas forme parte del proceso de hacerse adulto. Es duro y desagradable darse cuenta de que alguien puede comprenderte sin que ni siquiera le gustes. Y cuando ves la comprensión usada como arma por un depredador, no te queda por ver nada peor. Yo… yo no tengo la menor idea de qué sentimientos le inspiro al doctor Lecter.

– Pero ¿qué tipo de cosas te dijo, si no te molesta la pregunta?

– Me dijo que era una paleta ambiciosa y testaruda y que mis ojos brillaban como quincalla. Que calzaba zapatos baratos, pero que tenía algo de gusto, una pizca de buen gusto.

– ¿Y ésa fue la verdad que tanto te sorprendió?

– Pues sí. Y quizá sigue siéndolo. Aunque he mejorado en lo de los zapatos.

– En tu opinión, ¿podría estar interesado en saber si lo delatarías después de enviarte una carta de ánimo?

– Él ya sabía que lo iba a delatar, más vale que lo supiera.

– Mató a seis personas después de que el tribunal lo mandara encerrar -dijo Crawford-. Se cargó a Miggs en el manicomio por echarte esperma a la cara, y a otros cinco en la huida. En el actual clima político, si lo cogen no se librará de la inyección.

La idea hizo sonreír a Crawford. Había sido un pionero en el estudio de los asesinos en serie. Ahora se enfrentaba a la jubilación forzosa, mientras el monstruo que lo había llevado por el camino de la amargura seguía en libertad. La perspectiva de ver muerto al doctor Lecter lo regocijaba sin paliativos.

Starling sabía que Crawford había mencionado el incidente con Miggs para sacudir su atención, para hacerla retroceder a aquellos días terribles en que intentaba interrogar a Hannibal el Caníbal en los calabozos del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore. Cuando Lecter jugaba con ella al gato y al ratón mientras una muchacha aterrorizada se agazapaba en el pozo del sótano de Jame Gumb esperando a que la mataran. Crawford solía provocar a su interlocutor para galvanizar su atención cuando estaba llegando al meollo de la cuestión, como ocurrió en aquella oportunidad.

– ¿Sabías, Starling, que una de las primeras víctimas de Lecter sigue viva?

– El chico rico. La familia ofreció una recompensa.

– Sí. Mason Verger. Vive conectado a un pulmón artificial en Maryland. Su padre ha muerto este año y le ha dejado una fortuna amasada en el negocio de la carne. También ha heredado un congresista y un miembro del Comité de Supervisión Judicial que no sabían ni atarse los cordones de los zapatos sin pedir permiso al viejo Verger. Mason dice tener algo que puede ayudarnos a atrapar a Lecter. Quiere hablar contigo.

– ¿Conmigo?

– Contigo. Eso es lo que quiere, y de repente todo el mundo está de acuerdo en que es una idea estupenda.

– Es lo que quiere… después de que usted se lo sugiriera, ¿me equivoco?

– Estaban dispuestos a acabar contigo, Starling, iban a lavarse las manos y a tirarte como si fueras un trapo. Te hubieras sacrificado en vano, igual que John Brigham. Sólo para salvar a un puñado de burócratas del BATF. Miedo. Presión. Ya no entienden otro lenguaje. Mandé a alguien a que hiciera una visita a Verger y le explicara lo mucho que perjudicaría a la caza de Lecter que te dieran el pasaporte. Lo que pasó a continuación, a quién llamó Verger después, ni lo sé ni me importa. Supongo que le dio un toque a nuestro representante en el Congreso, el señor Vellmore.

Un año antes, Crawford no hubiera jugado aquella carta. Starling escrutó el rostro de su superior en busca de alguno de los signos de la demencia temporal que suele asaltar a los jubilados en ciernes. No percibió ninguno, pero Crawford parecía hastiado.

– Verger no es agradable, Starling, y no me refiero sólo a su cara. Averigua lo que sabe y vuelve con la información. Trabajaremos sobre ella. Por fin.

Starling sabía que durante años, desde que se graduó en la Academia del FBI, Crawford había intentado que la destinaran a Ciencias del Comportamiento.

Ahora que era una agente veterana, veterana en muchas misiones de segunda categoría, se daba cuenta de que su temprano éxito en capturar al asesino en serie Jame Gumb era el origen de sus problemas en el Bureau. Había sido una estrella en alza que se partió la crisma a media ascensión. En las semanas previas a la captura de Gumb, se había ganado al menos un enemigo poderoso y los celos de buen número de sus colegas masculinos. Eso, y una cierta falta de mano izquierda, la habían reducido a pasar años en brigadas de choque, brigadas de intervención rápida en atracos a bancos y brigadas encargadas de ejecutar órdenes de arresto, viendo Newark por encima del cañón de una escopeta. Al final, considerada demasiado irascible para trabajar en grupo, la habían convertido en agente técnica encargada de pinchar teléfonos y poner micrófonos en los coches de gángsteres y traficantes de pornografía infantil, y se había visto obligada a pasar noches de solitaria vigilancia atendiendo escuchas telefónicas autorizadas por el título tercero. Y en cuanto una agencia hermana solicitaba a alguien competente para una operación, la cedían. Tenía una fuerza sorprendente y era rápida y segura con el arma.

Crawford veía aquello como una oportunidad para Starling. Estaba seguro de que la agente siempre había querido atrapar a Lecter. Pero la verdad era bastante más complicada.

El hombre la miraba con curiosidad.

– Sigues teniendo la cara manchada de pólvora.

Los granos de pólvora quemada del revólver del difunto Jame Gumb le habían dejado una marca negra en la mejilla.

– No he tenido tiempo de quitármelo -le respondió Starling.

– ¿Sabes cómo llaman los franceses a un lunar así, una mouche como ésa, en la parte superior de la mejilla? ¿Sabes lo que simboliza?

Crawford tenía toda una biblioteca sobre tatuajes, simbología, mutilación ritual…

Starling negó con la cabeza.

– La llaman «coraje» -le explicó Crawford-. Tú puedes llevarla. Yo que tú no me la quitaría.

CAPÍTULO 9

Muskrat Farm, la propiedad de los Verger en el norte de Maryland, cerca del río Susquehanna, es de una belleza inquietante. La dinastía familiar la adquirió en los años treinta, cuando sus miembros decidieron trasladarse al este desde Chicago para estar más cerca de Washington, mudanza que bien podían permitirse. La aptitud para los negocios y el olfato político de los Verger les habían permitido llenarse los bolsillos suministrando carne al ejército desde los tiempos de la Guerra de la Secesión.

El escándalo de «la ternera embalsamada» durante la guerra con España apenas los salpicó. Cuando Upton Sinclair y otros metomentodo como él investigaron las peligrosas condiciones de trabajo en las plantas de empaquetado de carne de Chicago, descubrieron que varios empleados de los Verger, convertidos en tocino por inadvertencia, habían sido enlatados y vendidos como pura manteca de cerdo Durham, la favorita de los panaderos. Pero las averiguaciones exculparon a los Verger, que no perdieron ni un solo contrato con el gobierno.

Los Verger evitaron aquellos atolladeros potenciales y otros muchos comprando políticos; de hecho, su único tropiezo serio se produjo en 1906, cuando tuvieron que pasar el Acta de Inspección de la Carne.

En la actualidad el imperio familiar sacrifica ochenta y seis mil vacunos y aproximadamente treinta y seis mil cerdos al día, cantidades que oscilan levemente dependiendo de la temporada.

El césped recién podado de Muskrat Farm y los arriates cuajados de lilas mecidas por el viento despiden un olor que no se parece en nada al de los mataderos. No hay más animales que los ponis adiestrados para que los monten los grupos de niños, y simpáticos grupos de gansos que picotean la hierba contoneando el trasero. No hay perros. La casa, el granero y los terrenos ocupan el centro de un parque nacional de quince kilómetros cuadrados de bosque, y seguirán allí a perpetuidad gracias a una dispensa especial otorgada por el Departamento de Interior.

Como muchos enclaves de los muy ricos, Muskrat Farm no es fácil de encontrar la primera vez que uno la visita. Clarice Starling abandonó la autopista una salida más allá de la que correspondía. Al volver por la carretera de servicio, encontró en primer lugar la entrada de los proveedores, una gran verja asegurada con cadena y candado en la alta valla que rodeaba el bosque. Al otro lado, un camino forestal desaparecía bajo el arco que formaban los árboles. No había interfono. Tres kilómetros más adelante vio la entrada principal, situada al final de un cuidado camino de acceso de unos cien metros de longitud y flanqueada por una caseta. El guarda uniformado tenía apuntado su nombre en una tablilla con sujetapapeles.

Otros tres kilómetros a lo largo de una carretera irreprochable la condujeron hasta la granja.

Starling detuvo el ruidoso Mustang para dejar que un grupo de gansos cruzara el camino. Vio una hilera de niños montados en rechonchos Shetlands que salían de un hermoso granero a unos trescientos metros de la casa. El edificio principal era una mansión magnífica diseñada por Stanford White que se alzaba entre colinas bajas. El lugar rebosaba solidez y abundancia, como un reino de hermosos sueños. Starling no pudo evitar que el espectáculo la impresionara.

Los Verger habían tenido el buen gusto de conservar la casa tal como era originalmente, con la excepción de un añadido que Starling no podía ver aún, una moderna ala que salía de la parte superior de la fachada este, como un apéndice extra injertado en un grotesco experimento médico.

Starling aparcó bajo el pórtico central. Cuando apagó el motor, pudo oír su propia respiración. Por el retrovisor vio que alguien se acercaba a caballo. Las herraduras resonaron contra el pavimento cercano al coche cuando Starling salió de él.

Un jinete de anchos hombros y corto pelo rubio saltó de la silla y entregó las riendas a un mozo de cuadra sin mirarlo.

– Llévalo a las cuadras -ordenó con voz profunda y áspera-. Soy Margot Verger.

Vista de cerca, era evidente que se trataba de una mujer. Margot Verger le tendió la mano con el brazo rígido desde el hombro. Estaba claro que practicaba el culturismo. Bajo el cuello nervudo, los hombros y los brazos macizos tensaban el tejido de su polo de tenis. Los ojos tenían un brillo seco y parecían irritados, como si padeciera escasez de lágrimas. Llevaba pantalones de montar de sarga y botas sin espuelas.

– ¿Qué coche es ése? -preguntó-. ¿Un viejo Mustang?

– Del ochenta y ocho.

– ¿De los de cinco litros? Parece como si se agachara sobre las ruedas.

– Sí. Es un Mustang Roush.

– ¿Y le gusta?

– Mucho.

– ¿A cuánto se pone?

– No lo sé. A bastante, creo.

– ¿Le da miedo comprobarlo?

– Mas bien respeto. Yo diría que lo uso con respeto -explicó Starling.

– ¿Sabía lo que hacía cuando lo compró?

– Sabía lo bastante cuando lo vi en una subasta de objetos incautados a unos traficantes. Y aprendí más después.

– ¿Cree que podría con mi Porsche?

– Depende del Porsche. Señorita Verger, necesito hablar con su hermano.

– Habrán acabado de arreglarlo en cinco minutos. Podemos empezar a subir.

Los enormes muslos de Margot Verger hacían sisear la sarga de sus pantalones mientras subía la escalera. Su pelo trigueño era lo bastante ralo como para que Starling se preguntara si tomaría esteroides y tendría que sujetarse el clítoris con cinta adhesiva.

A Starling, que había pasado la mayor parte de su infancia en un orfanato luterano, la vastedad de los espacios, las vigas pintadas de los techos y las paredes llenas de retratos de muertos de aspecto importante le hicieron pensar en un museo. En los rellanos había jarrones chinos y los pasillos estaban cubiertos por largas alfombras marroquíes.

Al llegar al ala nueva de la casa se producía un corte brusco en el estilo. Tras cruzar una puerta de dos hojas de cristal esmerilado, que desentonaba con el vestíbulo abovedado, se accedía a un anexo moderno y funcional.

Margot Verger se detuvo ante la puerta y dirigió a Starling una de sus miradas brillantes e irritadas.

– Hay personas a las que les cuesta hablar con Mason -le advirtió-. Si se siente incómoda, o no puede soportarlo, yo puedo informarle más tarde de lo que se le haya olvidado preguntarle.

Existe una emoción que todos conocemos pero a la que nadie ha sabido dar nombre: el regocijo que experimentamos cuando creemos inminente una ocasión de despreciar al prójimo. Starling percibió aquello en el rostro de Margot Verger.

– Gracias -fue todo lo que contestó.

Para sorpresa de Starling, la primera habitación del ala era una sala de juegos enorme y bien equipada. Dos niños afroamericanos jugaban entre animales de peluche de tamaño gigante, uno montado en una pequeña noria y el otro empujando un camión por el suelo. En las esquinas había todos los triciclos y coches imaginables, y en el centro, un amplio parque infantil con el suelo acolchado.

En una esquina de la sala, un individuo alto vestido de enfermero leía el Vogue sentado en un confidente. En las paredes había un buen número de cámaras, unas por encima de la cabeza y otras a la altura de los ojos. La situada en lo alto de la esquina más próxima siguió los pasos de Starling y Margot Verger mientras las lentes giraban para enfocarlas.

Starling ya había dejado de sufrir cada vez que veía a un niño de color, pero no podía apartar la vista de aquellos dos. Su alegre afán en torno a los juguetes la conmovió mientras cruzaba la sala siguiendo a Margot Verger.

– A Mason le gusta mirarlos -le explicó la mujer-. Y como a ellos les asusta verlo, a todos menos a los muy pequeños, ha ideado este sistema. Luego montan los ponis. Son niños de la guardería de los servicios sociales de Baltimore.

Sólo era posible llegar a la habitación de Mason Verger atravesando su cuarto de baño, una estancia que ocupaba todo el ancho del ala y no desmerecía de un balneario. El acero, el cromo y la alfombra industrial le daban un aire institucional, y estaba llena de duchas con puertas correderas, bañeras de acero inoxidable sobre las que pendían poleas, mangueras enrolladas de color naranja, saunas y enormes armarios de cristal llenos de ungüentos de la farmacia de Santa María Novella de Florencia. El aire del cuarto de baño conservaba el vaho de un uso reciente y olía a bálsamo y a linimento de gaulteria.

Starling vio luz bajo la puerta de la habitación de Mason Verger. Se apagó en cuanto su hermana puso la mano sobre el pomo.

Un sofá situado en una esquina recibía una luz cruda procedente del techo. Sobre él colgaba una aceptable reproducción del grabado El anciano de los días, de William Blake, que representa a Dios midiendo con un compás. La imagen estaba orlada de negro en memoria del reciente fallecimiento del patriarca de los Verger. El resto de la habitación estaba a oscuras.

De la negrura llegaba el sonido de una máquina que trabajaba rítmicamente, silbando y suspirando a compás.

– Buenas tardes, agente Starling -resonó una voz amplificada electrónicamente. La be se había esfumado.

– Buenas tardes, señor Verger -dijo Starling a la oscuridad, con el calor de la luz cayéndole sobre la cabeza.

Pero la tarde estaba en otra parte. La tarde no entraba en aquel reducto.

– Siéntese, por favor.

«Tengo que hacerlo. Es lo mejor. Es lo que toca.»

– Señor Verger, la conversación que mantendremos será una declaración formal y tendré que grabarla. ¿Tiene algún inconveniente?

– En absoluto -las palabras sonaron entre dos suspiros de la máquina, expurgadas de la be y la ese-. Margot, creo que ya puedes dejarnos solos.

Sin mirar a Starling, Margot Verger dejó la habitación haciendo sisear sus pantalones de amazona.

– Señor Verger, si no le importa, quisiera ponerle este micrófono en la ropa o en el almohadón, o puedo ir en busca del enfermero si lo prefiere.

– No es necesario -dijo, a excepción de las dos eses. Esperó a recibir oxígeno de la siguiente exhalación mecánica-. Hágalo usted misma, agente Starling. ¿Puede ver dónde estoy?

Starling no consiguió encontrar ningún interruptor. Pensó que vería mejor si salía del resplandor y se internó en la zona oscura con una mano por delante, guiándose por el olor a bálsamo y linimento.

Estaba más cerca de la cama de lo que había creído cuando el hombre encendió la luz.

El rostro de Starling permaneció impasible. La mano que sostenía el micrófono hizo un amago de retroceder, apenas un par de centímetros.

Lo primero que pensó no tenía relación con lo que sentía en pecho y estómago; se dio cuenta de que las anomalías de su forma de hablar se debían a que no tenía labios. Después, comprendió que no estaba ciego. Su único ojo azul la miraba a través de una especie de monóculo al que estaba conectado un tubo que mantenía húmedo el globo sin párpado. En cuanto al resto, años atrás los cirujanos habían hecho todo lo humanamente posible aplicando amplios injertos de piel sobre los huesos.

Mason Verger, sin labios ni nariz, sin tejido blando en el rostro, era todo dientes, como una criatura de las profundidades marinas. Acostumbrados como estamos a las máscaras, la conmoción ante semejante vista no es inmediata. La sacudida sólo llega cuando comprendemos que aquél es un rostro humano tras el cual hay un ser pensante. Nos produce escalofríos con sus movimientos, con la articulación de la mandíbula, con el girar del ojo para mirarnos. Para mirar una cara normal.

El cabello de Mason Verger era hermoso y, sin embargo, era lo que más difícil resultaba mirar. Moreno con mechones grises, estaba trenzado formando una cola de caballo lo bastante larga como para alcanzar el suelo si se la pasaran por detrás del almohadón. En ese momento estaba enroscada sobre su pecho encima del respirador en forma de caparazón de tortuga. Cabello humano creciendo de un cráneo arruinado, con las vueltas brillando como escamas superpuestas.

Bajo la sábana, el cuerpo completamente paralizado de Mason Verger se consumía como una vela en la cama elevada de hospital.

Ante el rostro tenía los controles, que parecían una zampona o una armónica de plástico blanco. Enroscó la lengua alrededor del extremo de uno de los tubos y sopló aprovechando el siguiente golpe de aire del respirador. La cama respondió con un zumbido, giró ligeramente dejándolo frente a Starling y aumentó la elevación de su cabeza.

– Agradezco a Dios lo que pasó -dijo Verger-. Fue mi salvación. ¿Ha aceptado usted a Jesús? ¿Tiene usted fe?

– Me eduqué en un ambiente de estricta religiosidad, señor Verger. Supongo que algo me habrá quedado -le contestó Starling-. Ahora, si no tiene inconveniente, voy a fijar esto en la funda del almohadón. Aquí no le molesta, ¿verdad? -la voz sonó demasiado vivaz y maternal para ser la suya.

Tener la mano junto a la cabeza del hombre, ver las dos carnes casi en contacto, no ayudaba a Starling, como tampoco lo hacía el latido de las venas injertadas sobre los huesos de la cara; su rítmica dilatación hacía que parecieran gusanos engullendo.

Aliviada, soltó cable y anduvo de espaldas hacia la mesa, donde tenía la grabadora y otro micrófono independiente.

– Habla la agente especial Clarice M. Starling, número del FBI 5143690, recogiendo la declaración de Mason R. Verger, número de la Seguridad Social 475989823, en su domicilio y en la fecha que figura en la etiqueta, bajo juramento y en forma de atestado. El señor Verger está al tanto de que se le garantiza inmunidad por parte del fiscal del distrito treinta y seis, y por las autoridades locales en un memorando adjunto, bajo juramento y en la forma establecida. Y ahora, señor Verger…

– Quiero hablarle del campamento -la interrumpió aprovechando una exhalación de la máquina-. Fue una maravillosa experiencia de mi infancia, a la que en esencia he vuelto.

– Hablaremos de ello más adelante, señor Verger, primero…

– Vamos a hablar de ello ahora, señorita Starling. ¿Sabe?, en esta vida todo consiste en aguantar. Así fue como encontré a Jesús, y nada que pudiera contarle será más importante que eso -hizo una pausa a la espera de que la máquina le bombeara oxígeno-. Era un campamento cristiano pagado por mi padre. Lo pagaba todo, los gastos de ciento veinticinco campistas a orillas del lago Michigan. Algunos de ellos eran unos muertos de hambre que hubieran hecho cualquier cosa por un pirulí. Tal vez me aproveché de esa circunstancia, quizá fui grosero con ellos cuando no querían aceptar el chocolate y hacer lo que les decía; ya no tengo interés en ocultar nada, ahora todo está en regla.

– Señor Verger, discutamos ciertas cuestiones con la misma…

Pero Verger no la escuchaba; tan sólo esperaba que la máquina volviera a proporcionarle oxígeno.

– Tengo inmunidad, señorita Starling, todo está en regla. Jesús me garantiza inmunidad, el fiscal del distrito me garantiza inmunidad, las autoridades de Owings Mills me garantizan inmunidad, aleluya… Soy libre, señorita Starling, todo está en regla. Estoy en paz con el Señor, todo en regla. Él es Nuestro Redentor, y en el campamento lo llamábamos Red. Nadie puede con Red. Lo convertimos en un contemporáneo, ¿se da cuenta? Lo serví en África, aleluya, lo serví en Chicago, alabado sea, y lo sirvo ahora, y Él me elevará sobre esta cama y vencerá a mis enemigos y los pondrá ante mí, y oiré el llanto de sus mujeres. Y todo estará en regla.

Empezó a tragar saliva y calló, con las venas de la cara oscuras e hinchadas.

Starling se levantó para ir a buscar al enfermero, pero la voz del hombre la detuvo antes de que llegara a la puerta.

– Estoy bien, todo arreglado.

Starling pensó que quizá una pregunta directa surtiera más efecto que intentar dirigir el rumbo de la conversación.

– Señor Verger, ¿había visto usted al doctor Lecter alguna vez, antes de que el tribunal se lo asignara como terapeuta? ¿Tenían trato social?

– No.

– Sin embargo, los dos formaban parte del patronato de la Filarmónica de Boston.

– No. Tenia un asiento en el consejo por la contribución económica de mi familia. Pero cuando había que votar algo, enviaba a mi abogado.

– Usted no declaró en el juicio contra el doctor Lecter. ¿Por qué?

Estaba aprendiendo a espaciar las preguntas para acompasarlas al ritmo del respirador.

– Dijeron que tenían más que suficiente para condenarlo seis veces, nueve veces. Y los engañó recurriendo y declarándose enfermo mental.

– Fue el tribunal el que lo declaró enfermo mental. El doctor Lecter no recurrió.

– ¿Le parece importante la distinción? -le preguntó Mason.

Aquella pregunta permitió a Starling vislumbrar el funcionamiento de su cerebro, prensil y tortuoso, que se compadecía mal con el vocabulario que utilizaba con ella.

Acostumbrada a la luz, una enorme anguila de la especie de las morenas salió de las rocas del acuario e inició su incansable danza circular; parecía una cimbreante cinta marrón con un hermoso diseño de manchas claras distribuidas irregularmente.

Starling era consciente de su presencia en todo momento, pues se movía en la periferia de su campo de visión.

– Es una Muraena kidako -dijo Mason-. Hay una todavía mayor en cautividad, en Tokio. Ésta es la segunda en tamaño. Su nombre vulgar es «murena asesina». ¿Le gustaría ver por qué?

– No -dijo Starling, y pasó la hoja de su libreta-. De forma que, mientras seguía la terapia decretada por el juez, señor Verger, invitó al doctor Lecter a su casa.

– Ya no me avergüenzo de nada. Estoy dispuesto a contárselo todo. Ahora todo está en regla. Me libraría de todos aquellos cargos amañados por abusos si hacía quinientas horas de servicios a la comunidad, trabajaba en la perrera municipal y asistía a las sesiones de terapia del doctor Lecter. Pensé que si conseguía complicar al doctor de alguna manera, él haría la vista gorda con la terapia y no me delataría si faltaba de vez en cuando o si cuando iba estaba un poco distraído.

– Fue entonces cuando compró la casa en Owings Mills.

– Sí. Le había contado al doctor Lecter todo lo refeíente a Africa, Idi y lo demás, y le había prometido enseñarle algunas cosas.

– ¿Algunas cosas?

– Parafernalia. Juguetes. En aquel rincón está la guillotina portátil que usábamos Idi Amín y yo. Se puede cargar en un jeep y llevarla a cualquier parte, al poblado más remoto. Se monta en quince minutos. El condenado tarda diez minutos en tensarla con un torno, un poco más si es una mujer o un niño. Ya no me avergüenza todo aquello, porque ahora estoy purificado.

– El doctor Lecter fue a su casa.

– Sí. Le abrí la puerta vestido de cuero, ya me entiende. Lo observé esperando descubrir alguna reacción, pero no vi ninguna. Me preocupaba que pudiera asustarse, pero no parecía asustado en absoluto. Asustarse de mí… Qué divertido suena eso ahora. Lo invité a acompañarme arriba. Le enseñé los perros que había adoptado en el depósito. Había encerrado en la misma jaula a dos que eran muy amigos, con agua fresca en abundancia pero sin comida. Sentía curiosidad por ver lo que acabaría pasando.

»Luego, le enseñé mi instalación de lazos corredizos, ya sabe, asfixia autoerótica; uno se ahorca, pero no en serio, es estupendo mientras… ¿Me sigue?

– Lo sigo.

– Bien, pues él no parecía seguirme. Me preguntó cómo funcionaba y yo le contesté que era un psiquiatra un tanto raro si no lo sabía; y él dijo, y nunca olvidaré su sonrisa: «Enséñemelo». Entonces pensé: «Ya eres mío».

– Y se lo enseñó.

– No me avergüenzo de nada de ello. Nuestros errores nos hacen crecer. Ahora estoy purificado.

– Por favor, señor Verger, continúe.

– Bajé la horca a la altura del enorme espejo y me la pasé por el cuello. Tenía el trinquete en una mano mientras me la meneaba con la otra, y observaba su reacción, pero no podía adivinar lo que pensaba. Por lo general soy bueno leyendo la mente de los demás. Él estaba sentado en una silla, en una esquina del cuarto. Tenía las piernas cruzadas y las manos entrelazadas alrededor de la rodilla. De pronto se levantó y se metió la mano en el bolsillo, todo elegancia, como James Mason buscando el encendedor, y dijo: «¿Quieres una cápsula de amilo?». Y yo pensé: «Guau, si me da una ahora, tendrá que seguir dándomelas siempre, si no quiere perder la licencia. Esto va a ser el paraíso de las recetas». Si ha leído el informe, sabrá que había mucho más que nitrato de amilo.

– Polvo de ángel, metanfetaminas, ácidos… -recitó Starling.

– Una pasada, créame. Se acercó al espejo al que me estaba mirando, le pegó una patada y cogió una esquirla. Yo flipaba en colóres. Se me acercó y me dio el trozo de cristal. Me miró a los ojos y me preguntó si no me apetecía rebanarme la cara con el cristal. Soltó a los perros. Les di trozos de mi cara. Pasó un buen rato hasta que me la vacié del todo, según dijeron. Yo no me acuerdo. Lecter me partió el cuello con el lazo. Recuperaron mi nariz cuando les lavaron el estómago a los perros en la perrera, pero el injerto no agarró.

Starling empleó más tiempo del necesario en ordenar los papeles sobre la mesa.

– Señor Verger, su familia ofreció una recompensa después de que el doctor Lecter escapara de Memphis.

– Sí, un millón. Un millón de dólares. Lo anunciamos en todo el mundo.

– Y además ustedes ofrecieron pagar por cualquier información relevante, no sólo por la captura y condena. Se suponía que compartirían esa información con nosotros. ¿Lo han hecho siempre?

– No exactamente, pero nunca hubo nada lo bastante bueno para compartirlo.

– ¿Cómo lo sabe? ¿Es que siguieron ustedes mismos algunas de las pistas?

– Sólo lo suficiente para comprobar que no tenían valor. ¿Por qué no íbamos a hacerlo? Ustedes nunca nos contaron nada. Conseguimos una pista sobre Creta que resultó falsa, y otra sobre Uruguay que nunca pudimos comprobar. Quiero que comprenda que no se trata de una venganza, señorita Starling. He perdonado al doctor Lecter, lo mismo que Nuestro Señor perdonó a los soldados romanos.

– Señor Verger, usted informó a mis superiores de que ahora podría tener algo.

– Mire en el cajón de la mesa del fondo.

Starling sacó de su bolso los guantes blancos de algodón y se los puso. En el cajón había un gran sobre de papel manila. Era rígido y pesado. Sacó una radiografía y la puso contra la luz procedente del techo. Contó los dedos. Cuatro más el pulgar.

– Fíjese en los metacarpianos, ¿sabe a qué me refiero?

– Sí.

– Cuente los nudillos.

Cinco.

– Contando el pulgar, esa persona tenía seis dedos en su mano izquierda. Como el doctor Lecter.

– Como el doctor Lecter.

La esquina donde debían aparecer el número del paciente y el origen de la radiografía había sido recortada.

– ¿De dónde procede, señor Verger?

– De Río de Janeiro. Para averiguar más tendré que pagar. Una fortuna. ¿Puede decirme si es el doctor Lecter? Tengo que saber si merece la pena pagar.

– Lo intentaré, señor Verger. Haremos todo lo que podamos. ¿Tiene el sobre en el que llegó la radiografía?

– Margot lo ha guardado en una bolsa de plástico, ella se lo dará. Si no le importa, señorita Starling, estoy un poco cansado y necesito atenciones.

– Nos pondremos en contacto con usted, señor Verger.

Apenas había salido Starling, cuando Mason Verger sopló en el tubo del extremo y llamó a Cordell. El enfermero llegó de la sala de juegos y le leyó el contenido de una carpeta rotulada «DEPARTAMENTO DE TUTELA INFANTIL DE LA CIUDAD DE BALTIMORE».

– Se llama Franklin, ¿eh? Tráemelo -ordenó Mason, y apagó su luz.


El niño se quedó de pie, solo bajo la brillante luz que se derramaba desde el techo sobre el sofá, intentando penetrar con la vista la jadeante oscuridad.

– ¿Eres Franklin? -preguntó la profunda voz.

– Franklin -dijo el niño.

– ¿Con quién vives, Franklin?

– Con mamá, con Shirley y con Stringbeam.

– Y Stringbeam ¿siempre está con vosotros?

– Viene y va.

– ¿Has dicho «Viene y va»?

– Sí.

– Mamá no es tu verdadera mamá, ¿verdad, Franklin?

– Es mi mamá adoptiva.

– Pero no es la primera que has tenido, ¿a que no?

– No.

– ¿Te gusta tu casa, Franklin?

La cara del niño se iluminó.

– Tenemos un minino. Y mamá hace pasteles en el horno.

– ¿Cuánto tiempo hace que vives allí, en casa de mamá?

– No sé.

– ¿Has celebrado algún cumpleaños allí?

– Una vez. Shirley hizo polos.

– ¿Te gustan los polos?

– Los de fresa.

– ¿Quieres a mamá y a Shirley?

– Aja, sí que las quiero. Y al minino, también.

– ¿Te gusta vivir allí? ¿Tienes miedo cuando te vas a la cama?

– Aja. Duermo en el cuarto con Shirley. Shirley es grande.

– Franklin, ya no puedes vivir allí, con mamá, Shirley y el minino. Tienes que irte.

– ¿Quién dice eso?

– Lo dice el gobierno. Mamá ha perdido su trabajo y el derecho a adoptar. La policía encontró un cigarrillo de marihuana en tu casa. Cuando acabe esta semana ya no volverás a ver a mamá. Tampoco a Shirley ni al minino.

– No -dijo Franklin.

– O a lo mejor es que ya no te quieren, Franklin. ¿Tienes alguna cosa mala? ¿Tienes alguna llaga o algo sucio? ¿Crees que tu piel es demasiado oscura para que ellos te quieran?

Franklin se tiró de la camisa y se miró la tripilla morena. Sacudió la cabeza. Estaba llorando.

– ¿Sabes lo que le pasará al minino? ¿Cómo se llama el minino?

– Se llama Minino, ése es su nombre.

– ¿Sabes lo que le pasará al minino? Los policías lo llevarán al depósito y el médico que hay allí le pondrá una inyección. ¿Te han puesto alguna inyección en la guardería? ¿Te ha pinchado la enfermera? ¿Con una aguja muy brillante? Pues al minino le pondrán una inyección. Cuando vea la aguja se asustará mucho, mucho. Le pincharán y le dolerá, y luego el minino se morirá.

Franklin cogió la falda de la camisa y se la llevó a la cara. Se metió el dedo gordo en la boca, algo que no había hecho en un año, desde que mamá le pidió que dejara de hacerlo.

– Ven aquí -dijo la voz desde la oscuridad-. Acércate y te diré lo que puedes hacer para que no le pongan una inyección al minino. ¿Tú quieres que le pinchen? ¿No? Entonces, ven, Franklin.

Franklin, llorando a moco tendido y chupándose el dedo, avanzó despacio hacia la oscuridad. Cuando estaba a cinco metros de la cama, Mason sopló en. su armónica y la luz se hizo.

Por un coraje innato, o por sus ganas de salvar al minino, o porque intuía que no le quedaba ningún sitio al que huir, Franklin no hizo el menor movimiento. No corrió. Se quedó donde estaba, mirando el rostro de Mason.

Mason hubiera arqueado las cejas, si las hubiera tenido, ante semejante decepción.

– Puedes salvar al minino de la inyección dándole tú mismo veneno para las ratas -le dijo Mason. La uve se había perdido, pero el niño comprendió perfectamente, y se sacó el dedo de la boca.

– Eres un viejo malo -le soltó-. Y también feo.

Dio media vuelta y salió de la habitación, atravesó la sala de las mangueras enrolladas y volvió a la sala de juegos.

Mason lo observó en la pantalla de vídeo.

El enfermero levantó la vista y se quedó vigilando al niño mientras hacía como que hojeaba el Vogue.

Franklin había perdido el interés por los juguetes. Fue hacia un extremo de la sala y se sentó bajo la jirafa, de cara a la pared. Era todo lo que podía hacer para no chuparse el dedo.

Cordell lo observó atentamente a la espera de que empezara a llorar. Cuando vio que los hombros del niño empezaban a sacudirse, fue hacia él y le enjugó las lágrimas con gasas estériles. Luego puso las gasas húmedas en la copa de martini de Mason, que se enfriaba en el frigorífico de la sala de juegos, junto al zumo de naranja y las Coca-Colas.

CAPÍTULO 10

Encontrar información médica sobre el doctor Hannibal Lecter no era fácil. Si se considera su absoluto desprecio por el estamento médico y por la mayor parte de sus miembros, no sorprende que nunca tuviera un médico de cabecera.

El Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, en el que el doctor Lecter permaneció bajo custodia hasta su trágico traslado a Memphis, había cerrado sus puertas y ya no era más que otro edificio abandonado a la espera de ser demolido.

La policía estatal de Tennessee fue la última fuerza encargada de la vigilancia del doctor Lecter antes de su huida, pero en sus dependencias afirmaban no haber recibido nunca el historial médico del doctor. Los agentes que lo condujeron de Baltimore a Memphis, muertos en la actualidad, habían firmado el recibo del recluso, pero no el de ninguna documentación sanitaria.

Starling pasó todo un día al teléfono y delante del ordenador; después se puso a buscar en persona en los depósitos de pruebas de Quantico y del edificio J. Edgar Hoover. Perdió una mañana trepando por las atestadas estanterías del polvoriento y maloliente depósito de pruebas del Departamento de Policía de Baltimore, así como una tarde desquiciada viéndoselas con la colección sin catalogar de pertenencias de Hannibal Lecter en la Biblioteca Fitzhugh de Historia Legal, donde el tiempo pareció detenerse mientras los empleados intentaban dar con las llaves.

Al final, todo lo que consiguió fue una sola hoja de papel: el escueto reconocimiento médico a que se sometió al doctor Lecter cuando la policía estatal de Maryland lo arrestó por primera vez. Pero ni rastro de un historial médico adjunto.

Inelle Corey había sobrevivido a la desaparición del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore y pasado a mejor vida en el Departamento de Sanidad del Estado de Maryland. No quería entrevistarse con Starling en su despacho, así que se citó con ella en la cafetería de la planta baja.

Starling tenía la costumbre de llegar con antelación y estudiar el lugar de la cita desde cierta distancia. Corey fue escrupulosamente puntual. Era una mujer pálida y maciza de unos treinta y cinco años, y no llevaba maquillaje ni joyas. La melena casi le llegaba a la cintura, tal como la había llevado en el instituto, y calzaba sandalias blancas con calcetines.

Starling cogió bolsitas de azúcar en el aparador de los condimentos y observó a Corey mientras se sentaba en la mesa convenida.

Suele pensarse que todos los protestantes tienen el mismo aspecto. Nada más alejado de la verdad. Del mismo modo que algunos caribeños son capaces de adivinar la isla concreta de la que procede otro, Starling, educada por luteranos, contempló a aquella mujer y se dijo a sí misma: «Iglesia de Cristo, puede que con un Nazareno en el exterior».

Starling se quitó las joyas, un sencillo brazalete y un aro de oro en la oreja buena, y se los guardó en el bolso. El reloj era de plástico, así que daba igual. No podía hacer nada respecto al resto de su apariencia.

– ¿Inelle Corey? ¿Un cafe? -Starling traía dos tazas.

– Se pronuncia «Ainel». No tomo cafe.

– Entonces me tomaré yo los dos. ¿Quiere otra cosa? Me llamo Clarice Starling.

– No quiero nada. ¿Le importa enseñarme su identificación?

– Claro que no -respondió Starling-. Señorita Corey… ¿Puedo llamarla Inelle?

La mujer se encogió de hombros.

– Inelle, necesito ayuda en un asunto que no le afecta a usted personalmente. Sólo le pido que me oriente para encontrar cierta documentación de los archivos del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore.

Inelle Corey exageraba la precisión cuando quería expresar indignación o cólera.

– Ya pasamos por esto con el Departamento de Sanidad en el momento del cierre, señorita…

– Starling.

– Señorita Starling. Si investiga, descubrirá que ningún paciente salió del hospital sin su carpeta. Que ninguna carpeta salió del hospital sin recibir el visto bueno de un supervisor. Y en cuanto a los fallecidos, el Departamento de Sanidad no necesitaba sus carpetas, la Oficina de Estadísticas Vitales no las quiso, y por lo que yo sé, las carpetas de los internos fallecidos se quedaron en el Hospital de Baltimore después de mi traslado, y yo fui una de los últimos en dejar el centro. Las fugas fueron al Departamento de Policía y a la oficina del sheriff.

– ¿Las… fugas?

– Me refiero a los que se marchaban por su cuenta y riesgo. Los presos de confianza lo hicieron alguna que otra vez.

– ¿Podría ser el caso del doctor Lecter? En su opinión, ¿su historial podría haber ido a parar a los archivos de la policía?

– Él no fue una fuga. Nunca se nos podrá reprochar su desaparición. Cuando huyó ya no estaba bajo nuestra custodia. Fui allá abajo en una ocasión y lo vi, se lo enseñé a mi hermana cuando vino de visita con sus hijos. Siento algo así como frío y asco cuando lo recuerdo. Provocó a uno de los otros para que nos arrojara… -la mujer bajó la voz- su leche. ¿Sabe a qué me refiero?

– He oído la expresión -dijo Starling-. Por casualidad, ¿no sería el señor Miggs?

– Lo he borrado de mi cabeza. Pero me acuerdo de usted. Vino al hospital y habló con Fred… con el doctor Chilton, y bajó al sótano a hablar con Lecter, ¿no fue así?

– Sí.

El doctor Frederick Chilton, director del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, había desaparecido durante sus vacaciones, después de la huida del doctor Lecter.

– Supongo que se enteró de la desaparición de Fred.

– Sí, eso me dijeron.

La señorita Corey vertió unas lágrimas rápidas y relucientes.

– Estábamos prometidos -explicó-. Desapareció y al poco tiempo el hospital cerró. Fue como si se me cayera encima el techo. Si no hubiera sido por mi iglesia no habría salido adelante.

– Lo siento -dijo Starling-. Ahora tiene un buen trabajo.

– Pero no tengo a Fred. Era un hombre extraordinario. Compartíamos un amor de los que no se encuentran todos los días. Lo eligieron Alumno del Año cuando estaba en el instituto en Cantón.

– Entiendo. Permítame preguntarle algo, Inelle: ¿guardaba Fred los informes en su despacho o estaban fuera, en recepción, donde usted atendía el mostrador?

– Se guardaban en los archivadores de su despacho; pero llegó a haber tantos que colocamos archivadores grandes en recepción. Siempre estaban cerrados con llave, por supuesto. Después del cierre, los trasladaron temporalmente al dispensario de metadona, pero mucha documentación fue a otros sitios.

– ¿Vio y manejó alguna vez el informe del doctor Lecter?

– Claro.

– ¿Recuerda que contuviera alguna radiografía? Las radiografías, ¿se guardaban con las historias clínicas o aparte?

– Con ellas. Se archivaban juntas. Eran mayores que los archivadores, lo que suponía un engorro. Teníamos un aparato de rayos X, pero no un radiólogo fijo, de forma que no tenía su propio archivo. Si he de serle sincera, no recuerdo si su historia contenía alguna radiografía. Lo que sí había era la grabación de un electrocardiograma, que Fred solía enseñar a la gente. El doctor Lecter, aunque no sé por qué le llamo «doctor», estaba conectado al electrocardiógrafo cuando atrapó a la enfermera. Le aseguro que fue espantoso. Su pulso apenas se alteró mientras la atacaba. Le dislocaron un hombro entre todos los celadores cuando lo agarraron y tiraron de él para separarlo de la chica. Lo lógico es que después le hicieran alguna radiografía. Yo le habría dislocado algo más que el hombro.

– Si se acuerda de alguna cosa más, cualquier otro lugar donde pudiera estar el archivo, ¿me llamará?

– Haremos lo que llaman una búsqueda global -respondió la señorita Corey saboreando la expresión-; pero dudo mucho que encontremos nada. Muchos de los papeles quedaron abandonados, no por nosotros, sino por los del dispensario de metadona.

Los gruesos tazones de cafe eran de esos que hacen que las gotas resbalen por el borde exterior. Starling observó a Inelle Corey mientras se alejaba pesadamente como una pecadora más y se bebió media taza con una servilleta bajo la barbilla.

Starling volvía a ser la misma de siempre poco a poco. Sabía que estaba harta de alguna cosa. Puede que se tratara de la vulgaridad, o peor que eso, de la falta de estilo. Indiferencia a las cosas que halagan la vista. Puede que estuviera hambrienta de un poco de estilo. Hasta el estilo de una meapilas era mejor que nada, era una afirmación, quisieras escucharla o no.

Starling hizo examen de conciencia en busca de signos de esnobismo y acabó decidiendo que tenía pocos motivos para ser esnob. A continuación, pensando en lo del estilo, se acordó de Evelda Drumgo, que andaba sobrada. El recuerdo le hizo desear fervientemente volver a ser capaz de salir de sí misma.

CAPÍTULO 11

Y así, Starling regresó al lugar donde todo había empezado para ella, el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, ya difunto. El viejo edificio marrón, antigua casa del dolor, tenía las puertas encadenadas y las ventanas protegidas con barrotes; sus muros cubiertos de graffiti esperaban la piqueta.

La institución llevaba años languideciendo antes de que su director, el doctor Frederick Chilton, desapareciera durante sus vacaciones. El subsiguiente descubrimiento de despilfarras y mala gestión, unido a la decrepitud del edificio, indujeron a las autoridades sanitarias a cortar el suministro de fondos. Algunos pacientes fueron trasladados a otras instituciones públicas, otros murieron, y unos cuantos vagaron por las calles de Baltimore como zombis colocados de Thorazine gracias a un programa para pacientes externos mal concebido, que consiguió que más de uno muriera congelado.

Mientras esperaba ante la fachada del caserón, Clarice Starling comprendió que había preferido agotar antes las otras líneas de investigación para no tener que volver a aquel sitio.

El encargado llegó con cuarenta y cinco minutos de retraso. Era un viejo rechoncho con un zapato ortopédico que resonaba contra el suelo, y el pelo cortado al estilo de Europa oriental, probablemente en casa. La condujo resollando hacia una puerta lateral, separada de la acera por unos cuantos peldaños. Los traperos habían forzado la cerradura, y la puerta estaba asegurada con cadena y dos candados. Las telarañas habían cubierto los eslabones de una especie de pelusa. Mientras el hombre revolvía el manojo de llaves, las hierbas que crecían en las grietas de los escalones cosquilleaban las pantorrillas de Starling. La tarde estaba nublada y la luz granulosa no producía sombras.

– No estoy conociendo esto edificio bien, yo sólo chequeo los alarmas de fuego -dijo el encargado.

– ¿Sabe si hay papeles guardados en algún sitio? ¿Archivadores, registros…?

El encargado se encogió de hombros.

– Después de hospital, aquí hay la dispensario de metadona, pocos meses. Ponen todo en los sótanos, unos camas, unos ropas, no sé qué sea. Es malo aquí para mi asma, moho, muy malo moho. Las colchones de los camas son mohosos, moho malo en los camas. No puedo respirar aquí. Los escaleras, malos para mi pierna. Yo enseñaría, pero…

Starling hubiera preferido bajar acompañada, incluso por él, pero sólo serviría para entorpecerla.

– No. Usted haga lo suyo. ¿Dónde está su garita?

– A final del manzana, donde el viejo oficina de carnets conducir.

– Si no he vuelto dentro de una hora…

El hombre se miró el reloj.

– Yo acabo media hora. «Ésta sí que es buena…»

– Lo que va a hacer usted, señor, es esperarse en su garita a que le devuelva sus llaves. Si no he vuelto dentro de una hora, llame al número que hay en esta tarjeta y acompáñeles aquí. Si no está cuando salga, si ha cerrado el chiringuito y se ha marchado a casa, iré personalmente a ver a su supervisor por la mañana para informarle. Además haré que el Servicio Interno de Rentas investigue sus ingresos, y que estudien su situación en la Oficina de Inmigración y… y de Naturalización. ¿Me ha entendido? Conteste.

– Pensaba esperarlo. No falta decirme esos cosas.

– Bueno. Así me gusta -respondió Starling.

El encargado aferró la barandilla con sus manazas para ayudarse a alcanzar el nivel de la acera, y Starling oyó arrastrarse sus pasos desiguales, cada vez más lejanos. Empujó la puerta y se encontró en un descansillo de la escalera de incendios. Las ventanas del hueco de la escalera, altas y con barrotes, dejaban entrar la luz gris. Dudó si echar un candado por la parte interior de la puerta, pero acabó optando por hacer un nudo a la cadena de la puerta, por si perdía la llave.

Las veces que Starling había acudido al manicomio para entrevistarse con el doctor Lecter había entrado por la puerta principal. Ahora necesitó unos instantes para orientarse.

Ascendió por la escalera de incendios hasta la planta baja. Las ventanas de cristal esmerilado apenas dejaban entrar la luz mortecina del exterior y el vestíbulo estaba en penumbra. Starling encendió la potente linterna y dio con un interruptor, que encendió las luces del techo, tres bombillas aún útiles en un plafón roto. Los extremos cortados de los cables telefónicos colgaban del mostrador de recepción.

Vándalos provistos de aerosoles de pintura habían llegado al interior del edificio. Un falo de tres metros con sus testículos decoraba la pared de la recepción, acompañado de la siguiente leyenda: «LA MADRE DE FARON ME LA MENEA».

La puerta del despacho del director estaba abierta. Starling se quedó en el umbral. Allí se había presentado para cumplir su primera misión con el FBI, cuando aún era cadete, cuando aún se lo creía todo, que si una era capaz de hacer el trabajo, de demostrar su valía, sería aceptada, sin que importara su raza, credo, color, origen nacional o si era o no era «uno de los chicos». De todo aquello no le quedaba más que un solo artículo de fe. Seguía creyendo que era capaz de hacer el trabajo.

En aquel mismo despacho, el doctor Chilton, director del hospital, se había acercado a recibirla y le había ofrecido una mano sudada. Entre aquellas cuatro paredes, el director había traicionado confidencias y escuchado a escondidas, y, creyéndose más listo que Hannibal Lecter, había tomado la decisión que permitiría al doctor escaparse en medio de un baño de sangre.

El escritorio de Chilton seguía en su sitio, pero faltaba la silla, lo bastante pequeña para que la robaran. Los cajones estaban vacíos, aparte de un Alka-Seltzer espachurrado. Había dos archivadores. Las cerraduras eran sencillas, y la antigua agente técnica Starling consiguió abrirlos en un abrir y cerrar de ojos. El cajón inferior contenía un sandwich momificado en su envoltorio de papel y varios formularios del dispensario de metadona, además de desodorante para el aliento, un frasco de tónico capilar, un peine y un puñado de condones.

Starling recordó el sótano del manicomio, cuyas celdas lo asemejaban más a una mazmorra, donde el doctor Lecter había pasado ocho años. No quería bajar allí. Podía hacer uso del teléfono celular y solicitar una unidad de la policía para que bajara con ella. O llamar al centro de operaciones de Baltimore y pedir otro agente del FBI. La tarde gris iba transcurriendo y, aunque saliera en ese mismo instante, ya no habría forma de evitar la peor hora del tráfico en Washington. Cuanto más tardara, sería peor.

Se apoyó en el escritorio de Chilton haciendo caso omiso del polvo y trató de tomar una decisión. ¿Pensaba realmente que podía haber ficheros en el sótano, o es que se sentía atraída hacia el lugar en que vio a Hannibal Lecter por primera vez?

Si su carrera en las fuerzas del orden le había enseñado algo sobre sí misma, era que no la volvían loca las emociones fuertes ni hubiera echado de menos no volver a sentir miedo. Pero cabía la posibilidad de que hubiera archivos en el sótano. Le bastaban cinco minutos para salir de dudas.

Recordaba el estrépito de las puertas de alta seguridad a sus espaldas cuando descendió a aquel sótano años atrás. En previsión de que algo, o alguien, las cerrara, llamó al centro de operaciones de Baltimore, les dijo dónde estaba y quedó de acuerdo con ellos en que volvería a llamar al cabo de una hora informando de que ya había salido.

Las luces de la escalera interior, por la que Chilton la había conducido abajo, seguían funcionando. Mientras descendían, el director del hospital le había explicado el procedimiento de seguridad que debería seguir para tratar con el recluso; luego, había sacado de su cartera la foto de la enfermera a la que Lecter le había comido la lengua en un reconocimiento médico. Si le habían dislocado un hombro al reducirlo, tenía que existir alguna radiografía.

Una ráfaga de aire le rozó el cuello, como si hubiera una ventana abierta en alguna parte.

En un rellano había una cajita para hamburguesas de McDonald's y servilletas desparramadas. Un recipiente manchado que había contenido judías. Más comida basura. Excrementos secos y servilletas de papel manchadas en un rincón. La luz llegaba apenas hasta el sótano, y cesaba ante la enorme puerta metálica de la sección para presos violentos, que ahora estaba abierta de par en par y sujeta al muro por un gancho. Starling enfocó la linterna hacia las celdas en forma de D e iluminó cinco de ellas con toda la potencia del rayo.

El haz recorrió el largo corredor de la antigua sección de máxima seguridad. Había un bulto en el extremo más alejado. Era inquietante ver las celdas abiertas de par en par. El suelo estaba lleno de envoltorios de comida y vasos de papel, y sobre la mesa del celador había un bote de refresco, ennegrecido por su uso como pipa de crack.

Starling accionó los interruptores de la luz que había tras la mesa del celador. Nada. Sacó el teléfono celular. El rojo del piloto brillaba en la semioscuridad. Sabía que el aparato no funcionaba en los subterráneos, pero se puso a dar voces por el auricular:

– Barry, da marcha atrás y acerca la furgoneta a la entrada lateral. Trae un reflector. Necesitarás una plataforma con ruedas para bajarlo todo por las escaleras… Sí, ven ahora -a continuación, Starling alzó la voz hacia la oscuridad-: Escúcheme con atención quien esté ahí. Soy una agente federal. Si viven aquí de forma ilegal, pueden marcharse sin problemas. No los arrestaré. No estoy aquí por ustedes. Pueden volver cuando yo haya acabado aquí, me es exactamente igual. Ahora, empiecen a salir. Si intentan cualquier cosa, me veré en la necesidad de meterles la pistola por el culo. Gracias por su atención.

La voz resonó a lo largo del corredor donde tantas otras se habían desgañitado convertidas en berridos inhumanos, mientras sus dueños, ya sin dientes, chupaban los barrotes.

Starling echaba de menos la presencia tranquilizadora del enorme celador, Barney, que la había recibido en las ocasiones en que se entrevistó con el doctor Lecter. Recordó la extraña cortesía con la que aquel hombre y el doctor se trataban. Pero ahora no había ningún Barney. Un sonsonete de sus tiempos de escolar le rondaba por la cabeza y, como disciplina, se obligó a recordarlo.


Las pisadas hacen eco en el recuerdo

del pasillo que no quisimos tomar,

hacia la puerta que nunca abrimos

y, tras ella, el jardín y su rosal.

Claro, «El jardín del rosal». Pero aquel jodido sitio no era precisamente el jardín del rosal.

Starling, a quien los recientes editoriales de los periódicos hubieran debido incitar a odiar su pistola tanto como a sí misma, seguía encontrando reconfortante el tacto de su arma en situaciones como aquélla. Sostuvo la 45 contra la pierna y penetró en el corredor precedida por el haz de la linterna. Es difícil cubrir ambos flancos al mismo tiempo, y vital asegurarse de que no se deja a nadie a nuestras espaldas. Se oía gotear agua.

En algunas celdas había armazones de camas desmontados y amontonados. En otras, pilas de colchones. En el centro del corredor se había acumulado el agua, y Starling, preocupada como siempre por sus zapatos, avanzaba sorteando el estrecho charco. Se acordó de la advertencia de Barney hacía ocho años, cuando todas las celdas estaban ocupadas. «Una vez dentro, vaya por en medio.»

Estupendo, archivadores. Al final del corredor, en el centro, color verde oliva mate a la luz de la linterna.

Ahí estaba la celda que ocupara Múltiple Miggs, aquella a cuyo lado más había odiado tener que pasar. Miggs, que le susurraba obscenidades y le arrojaba sus inmundicias. Miggs, al que mató el doctor Lecter convenciéndolo para que se tragara su sucia lengua. Y cuando Miggs murió, Sammie ocupó su celda. Sammie, a quien Lecter animaba en sus esfuerzos por escribir poesía, con resultados soprendentes. Incluso ahora le parecía escucharlo aullando aquel poema:


YO QUIERO UNIRME A CRISTO,

QUIERO IR CON EL SEÑOR

PODRÉ UNIRME A CRISTO

SI SOY MUCHO MEJOR.


Starling aún conservaba el texto, laboriosamente escrito con lápices de colores, en algún sitio.

La celda estaba llena de colchones y balas de ropa de cama atadas con sábanas.

Y, por fin, la celda del doctor Lecter.

La pesada mesa en la que leía seguía atornillada al suelo en medio del recinto. Habían desaparecido los estantes donde ponía sus libros, pero las palomillas aún sobresalían de la pared.

Starling se había olvidado de los archivadores y parecía incapaz de apartar los ojos de aquella celda. Allí había tenido lugar el encuentro más importante de su vida. Allí se había sentido asombrada, confundida, sobrecogida.

En aquel lugar había escuchado cosas sobre sí misma tan terriblemente ciertas que el corazón le había retumbado como una enorme y grave campana.

Quería entrar. Su deseo de penetrar en aquella celda era semejante al que nos incita a arrojarnos de un balcón, a la atracción que el brillo de los raíles ejerce sobre nosotros cuando sabemos que se está acercando un tren.

Starling paseó el haz de la linterna a su alrededor, miró detrás de la hilera de archivadores y enfocó la luz al interior de las celdas próximas.

La curiosidad la empujó a cruzar el umbral. Se quedó en el centro de aquel reducto donde Hannibal Lecter había vivido ocho años. Ocupó el espacio que había pertenecido al doctor, donde lo había visto, de pie, por primera vez, esperando sentir unos escalofríos que no se produjeron. Dejó sobre la mesa la pistola y la linterna, procurando que ésta no rodara, y apoyó las palmas de las manos en el tablero. Sólo sintió la rugosidad de unas migas.

Sobre cualquier otro, prevaleció un sentimiento de decepción. La celda estaba tan vacía de su antiguo ocupante como la muda abandonada por una serpiente. Starling se dio cuenta en ese momento de algo en lo que apenas había reparado: el peligro y la muerte no tienen por qué llegar embozados en un manto terrible. Pueden alcanzarlo a uno en el aliento perfumado de un amante. O en una tarde soleada junto a un mercado de pescado, mientras Macarena retumba en un estéreo.

Manos a la obra. Había cuatro archivadores en total, que le llegaban a la altura de la barbilla y ocupaban tres metros. Cada uno tenía cinco cajones, asegurados con una sola cerradura de cuatro muescas en la parte superior. Ninguna estaba echada. Todos los cajones estaban llenos de expedientes guardados en carpetas, algunas bastante abultadas. Viejas carpetas de papel plastificado que se había reblandecido con el paso de los años, y otras más nuevas de papel manila. Las fichas que describían el estado de salud de individuos, muertos en su mayoría, desde la apertura del hospital en 1932. Seguían un orden más o menos alfabético, aunque algunos papeles estaban apilados al fondo de los cajones, tras las carpetas. Starling las fue pasando rápidamente, con la pesada linterna sobre el hombro, moviendo los dedos de la mano libre con agilidad y arrepintiéndose de no haber traído una linterna pequeña, que habría podido sostener entre los dientes. En cuanto pudo hacerse una idea de la distribución de las carpetas en los archivadores, pudo saltarse cajones enteros. Las fichas de la jota, las pocas de la ka y, ¡bingo!, la ele: Lecter, Hannibal.

Starling extrajo la ancha carpeta de papel manila, la palpó antes de abrirla para saber si había una radiografía, la puso encima de las otras y, al abrirla, descubrió que contenía la historia médica del difunto I. J. Miggs. Maldita sea. Miggs la seguía jorobando desde la tumba. Puso la carpeta sobre el archivador y buscó en la eme. Allí estaba la carpeta de Miggs, donde le correspondía por orden alfabético. Vacía. ¿Error de clasificación? ¿Metió alguien sin darse cuenta la documentación de Miggs en la carpeta de Lecter? Siguió mirando entre las carpetas de la eme en busca de un expediente sin carpeta. Volvió a la jota. Era consciente de que su irritación iba en aumento. El olor de aquel sitio la asqueaba cada vez más. El encargado tenía razón, allí abajo costaba respirar. Había mirado la mitad de las jotas cuando se percató de que el hedor… aumentaba rápidamente.

Un breve chapoteo a su espalda, y Starling giró en redondo con la linterna empuñada para asestar un golpe y la otra mano metida bajo la chaqueta, en busca de la culata del revólver. En medio del haz de luz apareció un individuo alto cubierto de mugrientos harapos y con uno de los pies deformados por la hinchazón metido en un charco. Tenía una mano separada del costado. La otra sostenía un trozo de plato roto. Llevaba una de las piernas y ambos pies envueltos en jirones de sábana.

– Hola -dijo, enseñando la lengua hinchada por los hongos.

Starling podía oler su aliento a pesar de los tres metros que los separaban. Bajo la chaqueta, su mano soltó la pistola y buscó el aerosol.

– Hola -contestó Starling-. Haga el favor de ponerse junto a los barrotes.

El hombre no se movió.

– ¿Eres Cristo? -le preguntó.

– No -respondió Starling-. No soy Cristo.

La voz. Starling recordaba aquella voz.

– ¡Sí, eres Cristo!

El rostro del hombre gesticulaba.

«Esa voz… Vamos, piensa.»

– Hola, Sammie -dijo Starling- ¿Cómo estás? Precisamente acabo de acordarme de ti.

¿Qué sabía de Sammie? La información le llegaba a ráfagas, desordenadamente. «Puso la cabeza de su madre en la bandeja de la colecta mientras la congregación cantaba Da lo mejor a tu Señor. Dijo que era lo mejor que tenia. La Iglesia Baptista de la Recta Vía, no recordaba dónde. El doctor Lecter explicó que estaba cabreado porque Cristo se retrasaba.»

– ¿Eres Cristo? -dijo, quejumbroso esta vez.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó una colilla, una de las buenas, de casi cinco centímetros. La puso en el trozo de plato y se la ofreció.

– Sammie, lo siento, pero no lo soy. Soy…

Sammie, lívido de pronto, furioso porque aquella mujer no era Cristo, hizo retumbar los muros del húmedo corredor:


YO QUIERO UNIRME A CRISTO,

QUIERO IR CON EL SEÑOR


Levantó el trozo de plato, afilado como una hoz por el extremo roto, y dio un paso hacia Starling, con los dos pies en el charco y el rostro congestionado, mientras la mano libre parecía querer hacer presa en el aire que los separaba.

Starling sintió la dureza de los archivadores contra la espalda.

– PODRÁS UNIRTE A CRISTO… SI TE PORTAS MEJOR -recitó Starling alto y claro, como si el hombre se encontrara a mucha distancia.

– Sí, sí… -dijo Sammie más tranquilo, y se detuvo.

Starling buscó en su bolso y encontró una barra de caramelo.

– Sammie, tengo un caramelo. ¿Te gustan los caramelos?

El hombre no respondió.

Puso el dulce en una carpeta y se la alargó igual que él había hecho con el trozo de plato.

Le pegó un mordisco sin quitar el envoltorio, escupió el celofán y de otra dentellada se llevó la mitad del caramelo.

– Sammie, ¿ha venido alguien más a verte?

El hombre no hizo caso de la pregunta, dejó lo que quedaba del caramelo en el trozo de plato y desapareció detrás de una pila de colchones en su antigua celda.

– ¿Qué coño es esto? -exclamó una voz de mujer-. Muchas gracias, Sammie.

– ¿Quién hay ahí? -preguntó Starling.

– A tí qué coño te importa.

– ¿Vive aquí con Sammie?

– Claro que no. He venido a una cita. ¿Qué tal si te largas?

– De acuerdo. Pero antes contésteme a una pregunta. ¿Cuánto hace que está aquí?

– Dos semanas.

– ¿Ha venido alguien más?

– Unos vagabundos, que Sammie echó.

– ¿Sammie la protege?

– Métete conmigo y te enterarás. Yo puedo andar bien. Consigo comida y él tiene este sitio, que es seguro para comer. Todo el mundo tiene arreglos parecidos.

– ¿Alguno de los dos está en algún programa? ¿Quieren entrar en uno? Yo puedo ayudarles…

– Él estuvo en uno. Sale uno ahí afuera a hacer toda esa mierda y acaba volviendo a lo que conoce. ¿Qué buscas aquí? ¿Qué coño quieres?

– Unos archivos.

– Pues si no están ahí, será que se los habrá llevado alguien. No hace falta ser muy listo para darse cuenta, ¿no?

– ¿Sammie? -llamó Starling-. ¿Sammie? Sammie no respondió.

– Sammie se ha dormido -dijo su amiga.

– Si dejo algo de dinero, ¿comprará comida? -ofreció Starling.

– No. Compraré bebida. La comida se encuentra. La bebida, no. Ten cuidado al salir, no te metas el mango de la puerta en el culo.

– Dejaré el dinero en la mesa -dijo Starling.

Le dieron ganas de echarse a correr y se acordó de su primera visita a Lecter, cuando se alejó de su celda intentando guardar la calma, impaciente por llegar a la isla de calma que era el puesto del celador Barney.

A la luz de la escalera, Starling buscó en su monedero un billete de veinte dólares. Dejó el dinero en él escritorio roñoso y arañado de Barney y le puso encima una botella de vino vacía. Desplegó una bolsa de plástico e introdujo en ella la carpeta de Lecter, que contenía la historia médica de Miggs, y la carpeta vacía de éste.

– Adiós. Hasta luego, Sammie -dijo alzando la voz hacia el hombre que después de dar tumbos por el mundo había regresado al infierno que conocía.

Le hubiera gustado decirle que esperaba que Cristo llegara pronto, pero le pareció que sonaría ridículo.

Starling ascendió hacia la luz para seguir dando sus propios tumbos por el mundo.

CAPÍTULO 12

Si EN EL CAMINO AL INFIERNO HAY ESTACIONES, deben de parecerse a la entrada de ambulancias del Hospital General de la Misericordia, en Baltimore. Por encima del fúnebre lamento de las sirenas, de las ansias de los agonizantes, del chirrido de las ruedas de las camillas empapadas, de los gritos y alaridos, las columnas de vapor que despiden las bocas de alcantarilla, teñidas de rojo por un gran letrero de neón que dice EMERGENCIAS, ascienden como la columna que guió a Moisés, de fuego en la oscuridad, de nube a la luz del día.

Barney surgió de entre el vapor embutiendo los poderosos hombros en la chaqueta y, bajando la cabeza, redonda y rapada, avanzó por el agrietado pavimento a grandes zancadas en dirección este, por donde empezaba a amanecer.

Salía del trabajo veinticinco minutos tarde; la policía había traído a un chulo, al que le gustaba pegar a las mujeres, colocado y herido de bala, y la enfermera jefe le había pedido que se quedara. Siempre se lo pedían cuando llegaba algún paciente violento.

Clarice Starling observó a Barney bajo la profunda capucha de su chaqueta y dejó que se le adelantara media manzana por la otra acera antes de colgarse al hombro el capazo y seguirlo. Cuando el hombre pasó de largo ante el aparcamiento y la parada de autobús, Starling se sintió aliviada. Le sería más fácil seguirlo si iba a pie. No estaba segura de dónde vivía y necesitaba averiguarlo antes de que la viera.

El barrio de detrás del hospital era tranquilo, obrero y multirracial. Uno de esos barrios en los que conviene ponerle una cerradura especial al coche, pero no hace falta llevarse la batería a casa por la noche, y en el que los niños pueden jugar en la calle.

Después de recorrer tres manzanas, Barney dejó pasar una furgoneta y cruzó el paso de cebra en dirección norte, hacia una calle de edificios estrechos, algunos con peldaños de mármol y cuidados jardines delanteros. Los pocos locales comerciales vacíos tenían las lunas intactas y limpias. Las tiendas estaban abriendo y empezaba a verse gente. Los camiones que habían permanecido aparcados durante la noche a ambos lados de la calle impidieron a Starling ver al hombre durante medio minuto y, al no advertir que se había detenido, se encontró a su altura. Estaba justo al otro lado de la calle. Quizá también él la hubiera visto, pero no estaba segura.

Barney se había quedado inmóvil con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la cabeza adelantada, mirando con los ojos entornados algo que se movía en mitad de la calzada. Sobre el asfalto yacía una paloma muerta, cuyas plumas se agitaban movidas por el aire de los coches que pasaban a su lado. Su compañera daba una y más vueltas a su alrededor mirándola con uno de los ojillos y agitando la cabeza a cada salto de sus patas rosáceas. Gira que gira, sin dejar de arrullar con el suave zureo de su especie. Pasaron varios coches y una furgoneta, que la atribulada viuda sorteaba en el último instante con cortos vuelos.

Era posible que Barney hubiera levantado la vista un segundo y la hubiera visto; Clarice no podía afirmarlo. Pero tenía que moverse, o la descubriría. Cuando miró hacia atrás por encima del hombro, vio a Barney en cuclillas en medio de la calzada, con un brazo levantado para detener el tráfico.

Torció en la primera esquina, se quitó la chaqueta y sacó del capazo un jersey de chándal, una gorra de béisbol y una bolsa de deporte; se cambió a toda prisa, metió la chaqueta y el capazo en la bolsa de deporte, y se encasquetó la gorra. Se cruzó con varias mujeres de la limpieza que volvían a sus casas, y volvió a doblar la esquina hacia la calle donde había dejado a Barney.

El celador había recogido el cadáver de la paloma y lo sostenía entre las manos. La compañera del ave voló hasta los cables del teléfono y lo observó desde allí. Barney depositó la paloma en la hierba de un parterre y le alisó las plumas. Alzó el ancho rostro hacia los cables y dijo algo. Cuando el hombre continuó su camino, la paloma descendió al césped y volvió a merodear en torno a su pareja, dando saltitos por la hierba. Barney no miró atrás. Cuando subió los escalones de una casa de apartamentos cien metros más adelante y se puso a buscar las llaves en su bolsillo, Starling, que estaba a media manzana de distancia, echó a correr para alcanzarlo antes de que abriera la puerta.

– Barney… Hola.

El hombre se dio la vuelta sin prisa y la miró. Starling había olvidado que Barney tenía los ojos más separados de lo normal. Vio brillar en ellos una mirada de inteligencia y sintió como el pequeño clic de una conexión.

Se quitó la gorra y dejó que el cabello le resbalara por los hombros.

– Soy Clarice Starling. ¿Te acuerdas de mí? Soy…

– La novata -dijo, sin cambiar de expresión. Starling juntó las palmas de las manos y asintió.

– Pues, sí, soy la novata. Barney, necesito hablar contigo. No es oficial, sólo quiero hacerte unas preguntas.

Barney bajó los escalones. Cuando estuvo en la acera, frente a ella, Starling tuvo que seguir levantando la vista. No se sentía amenazada por su tamaño, como le hubiera ocurrido a un hombre.

– Agente Starling, ¿reconoce usted oficialmente que no me ha leído mis derechos? -tenía una voz áspera y fuerte, como la de Tarzán, versión Johnny Weissmuller.

– Por supuesto. No te he aplicado la ley Miranda. Estamos de acuerdo.

– ¿Qué tal si se lo dices a tu bolsa de deporte?

Starling abrió la bolsa, metió la cara y habló en voz alta, como si dentro llevara un enano.

– No he leído sus derechos a Barney ni le he ofrecido hacer una llamada.

– Al final de la calle hay un sitio donde preparan un café estupendo -dijo Barney-. ¿Cuántas gorras llevas en la bolsa? -le preguntó cuando se pusieron en marcha.

– Tres -contestó Starling.

Cuando el microbus matriculado como transporte para minus-válidos pasó ante ellos, Starling se dio cuenta de que los ocupantes la miraban; pero los desdichados se ponen cachondos a menudo, derecho que nadie puede negarles. Los jóvenes que ocupaban un coche parado ante el siguiente semáforo también se la quedaron mirando, aunque, como iba con Barney, no le dijeron nada. Cualquier cosa que hubiera asomado por las ventanillas habría captado la atención instantánea de Starling, prevenida contra la venganza de los Tullidos, pero no le quedaba más remedio que aguantar las miradas silenciosas de los babosos.

Cuando entraron en la cafetería, el microbús dio marcha atrás, entró en una calleja y volvió por donde había venido.

El establecimiento, especializado en almuerzos de jamón y huevos, estaba abarrotado y esperaron a que quedara libre un reservado, mientras el camarero le gritaba en hindi al cocinero, que manejaba la carne con unas largas pinzas y expresión culpable.

– Comamos algo -propuso Starling, cuando por fin pudieron sentarse-. Paga el tío Sam. ¿Cómo te van las cosas, Barney?

– Tengo un buen trabajo.

– ¿Qué haces?

– Celador. Bueno, auxiliar de enfermería.

– Pensaba que serías ya un enfermero diplomado, o que estarías en la facultad de medicina.

Barney se encogió de hombros y alargó la mano hacia la jarrita de la crema. Alzó la vista y miró a Starling.

– ¿Te están apretando por lo de Evelda?

– Ya veremos. ¿La conocías?

– La vi una vez, cuando trajeron a su marido, Dijon. Estaba muerto, se desangró antes de que pudieran meterlo en la ambulancia. Cuando llegó al hospital no le quedaba una gota de sangre. Ella no quería soltarlo y les pegó a las enfermeras. Tuve que… Ya sabes… Era guapa. Y fuerte. No la trajeron cuando tú…

– No, la declararon muerta oficialmente allí mismo, en la escena del tiroteo.

– Ya me lo imaginé.

– Barney, cuando entregaste al doctor Lecter a los de Tennessee…

– No lo trataron con educación.

– Cuando tú…

– Y ahora están todos muertos.

– Sí. No duraron vivos ni tres días. Tú en cambio fuiste su guardián durante ocho años.

– Sólo seis. Él ya llevaba allí dos cuando yo llegué.

– ¿Cómo lo hacías, Barney? Si no te molesta la pregunta, ¿cómo conseguiste aguantarlo tanto tiempo? No bastaba con tratarlo con educación.

Barney miró su reflejo en la cuchara, primero convexo y luego cóncavo, y pensó durante un instante.

– El doctor Lecter tenía unas maneras exquisitas, nada estiradas, sino naturales y elegantes. Yo estaba estudiando por correspondencia y él me ayudaba. Eso no quita que me hubiera matado en cuestión de segundos a la menor oportunidad. En las personas, una cualidad no anula las otras. Pueden coexistir unas con otras, las buenas con las terribles. Sócrates lo dijo mucho mejor que yo. Si trabajas en máxima seguridad, no puedes permitirte olvidarlo en ningún momento. Si procuras recordarlo, todo irá bien. Puede que el doctor Lecter llegara a lamentar haberme explicado lo de Sócrates -para Barney, libre del lastre de una formación académica, Sócrates había sido una experiencia de primera mano, que había tenido la inmediatez de un encuentro personal-. La seguridad y la conversación eran dos cosas totalmente independientes -prosiguió-. La seguridad no era algo personal, ni siquiera cuando tenía que suprimirle el correo o ponerle las correas.

– ¿Hablabas a menudo con él?

– A veces se pasaba meses sin abrir la boca, y otras veces hablábamos por las noches, cuando los otros dejaban de gritar. De hecho, yo seguía esos cursos por correspondencia y no entendía una mierda; fue él quien me abrió los ojos a todo un mundo de cosas que desconocía: Suetonio, Gibbon, cosas así.

Barney cogió la taza. Tenía un trazo naranja de yodo en un rasguño reciente que le cruzaba el dorso de la mano.

– Cuando se escapó, ¿pensaste alguna vez que iría a por ti?

Barney meneó la cabezota.

– Una vez me dijo que, siempre que fuera «factible», prefería comerse a los maleducados. «Maleducados en sentido amplio», los llamó.

Barney rió, cosa rara en él. Tenía los dientes pequeños como los de un niño, y en su regocijo había algo de perverso, como en la alegría de un bebé cuando embadurna de papilla la cara de un familiar embelesado.

Starling se preguntó si no habría estado encerrado con los majaras más tiempo de la cuenta.

– Y tú, ¿qué? ¿Tuviste miedo cuando se escapó? ¿Pensaste que iría a buscarte? -le preguntó Barney.

– No.

– ¿Por qué?

– Porque me dijo que no lo haría.

Por extraño que parezca, ambos encontraban la respuesta completamente satisfactoria.

Les trajeron los huevos. Los dos estaban hambrientos y comieron sin decir palabra durante unos minutos. Luego, Starling decidió ir al grano.

– Barney, cuando trasladaron a Memphis al doctor Lecter, te pedí que me dieras sus dibujos y tú me los trajiste de la celda. ¿Qué pasó con todo lo demás, libros, papeles…? En el hospital ni siquiera tienen su historial médico.

– Hubo un follón de mil pares de cojones -Barney hizo una pausa para golpear la base del salero contra la palma de la mano-. Ya sabes la que se armó en el hospital. Me despidieron. Despidieron a un montón de gente, y todo se desperdigó por ahí. Cualquiera sabe…

– ¿Perdona? -dijo Starling-. Con todo este jaleo creo que no te he oído bien. Anoche descubrí que el ejemplar del Dictionnaire de cuisine de Alejandro Dumas con anotaciones del doctor Lecter fué vendido en una casa de subastas de Nueva York hace dos años. Lo adquirió un coleccionista particular por dieciséis mil dólares. La declaración jurada de propiedad que presentó el vendedor estaba firmada por un tal Cary Phlox. ¿Conoces a Cary Phlox, Barney? Espero que sí, porque tiene la misma letra que quien redactó tu solicitud de ingreso en el hospital en el que ahora trabajas, sólo que firma «Barney». Ese Cary también hizo tu declaración de la renta. Perdona que no oyera lo que has dicho antes. ¿Puedes repetirlo, por favor? ¿Cuánto te dieron por el libro, Barney?

– Unos diez -respondió él mirándola fijamente.

Starling asintió.

– El recibo dice que fueron diez quinientos. Y por la entrevista con el Tattler cuando Lecter se escapó, ¿cuánto conseguiste?

– Quince de los grandes.

– Vale. Me alegro por ti. Toda la mierda que les contaste era pura invención.

– Sabía que a él no le importaría. Se habría sentido decepcionado si no los hubiera puteado un poco.

– El ataque a aquella enfermera, ¿fue antes de que trabajaras en el hospital?

– Sí.

– Le dislocaron un hombro.

– Eso creo.

– ¿Le hicieron alguna radiografía?

– Es de suponer que sí.

– Quiero esa radiografía.

– Ummmm.

– He descubierto que los autógrafos de Lecter están divididos en dos grupos. Los escritos con tinta, anteriores a su encarcelamiento, y los hechos con lápices de colores o rotulador en el manicomio. Los hechos con lápices son los que más valen, pero supongo que ya lo sabes. Barney, creo que tú tienes todo ese material y piensas sacarlo al mercado de los coleccionistas poco a poco, durante años.

Barney se encogió de hombros, pero no soltó prenda.

– Creo que estás esperando a que el doctor vuelva a estar en el candelero ¿Qué pretendes, Barney?

– Ver todos los Vermeer del mundo antes de morirme.

– ¿Hace falta que te pregunte quién te inició en Vermeer?

– Hablábamos de muchas cosas en plena noche.

– ¿Hablasteis de lo que le hubiera gustado hacer de estar libre?

– No. Al doctor Lecter no le interesan las hipótesis. No cree en los silogismos, ni en las síntesis, ni en ningún absoluto.

– ¿En qué cree?

– En el caos. Tiene la ventaja de que no necesitas tener fe. Es evidente por sí mismo.

Starling prefirió seguirle la corriente por el momento.

– Lo dices como si creyeras en ello -le dijo-, pero tu trabajo en el Hospital Psiquiátrico de Baltimore consistía precisamente en mantener el orden. Eras el celador jefe. Tú y yo estamos en el negocio del orden. De hecho el doctor Lecter nunca escapó a tu vigilancia.

– Eso ya te lo he explicado.

– Porque nunca bajaste la guardia. Aunque, en cierto sentido, fraternizarais…

– No fraternicé con él -la cortó Barney-. El no es hermano de nadie. Hablábamos de temas que nos interesaban a los dos. Por lo menos, me interesaron a mí cuando empecé a descubrirlos.

– ¿Alguna vez se burló de ti porque no sabías algo?

– No. ¿Se burló de ti?

– No -respondió para no herir a Barney, al comprender por primera vez que, si el monstruo la había ridiculizado, debía tomárselo en parte como un cumplido-. Y habría podido burlarse de mí si hubiera querido. ¿Sabes dónde están todas esas cosas, Barney?

– ¿Dan alguna recompensa al que las encuentre?

Starling dobló su servilleta de papel y la puso bajo el borde del plato.

– La recompensa es que no te acusaré de obstrucción a la justicia. Ya te di una oportunidad cuando pusiste un micrófono en mi escritorio del hospital.

– Aquel micrófono era del difunto doctor Chilton.

– ¿Difunto? ¿Cómo sabes que Chilton es un «difunto»?

– Si no es eso, es que lleva siete años de retraso -dijo Barney-, Y yo no lo esperaría para la hora de la cena. Déjame preguntarte algo: ¿con qué te conformarías, agente especial Starling?

– Quiero ver la radiografía. Necesito la radiografía. Si hay libros de Lecter, quiero echarles un vistazo.

– Supongamos que diéramos con el material. ¿Qué pasaría después?

– Bueno, la verdad es que no estoy segura. El fiscal podría incautarse de todo y considerar los objetos pruebas en la investigación de la huida. Luego criarían moho en su enorme depósito de pruebas. Si examino el material y no descubro nada útil en los libros, y lo hago constar, tú podrías alegar que te los regaló el propio doctor Lecter. Ha permanecido in absentia siete años, de forma que podrías reclamarlos por la vía civil. No tiene parientes conocidos. Y yo recomendaría que cualquier material inocuo te fuera devuelto. Debes saber que mi recomendación estaría al final de la cola. Y es poco probable que te devolvieran la radiografía o el historial médico, puesto que el doctor Lecter no era quién para dártelos.

– ¿Y si te dijera que no tengo ese material?

– A quien lo tuviera le costaría horrores venderlo, porque expediríamos una orden de búsqueda y haríamos saber al mercado que requisaríamos cualquier objeto y perseguiríamos a quien fuera por recepción y posesión. Y yo pediría una orden de registro de tu casa.

– Ahora que has averiguado dónde está mi casa.

– Lo que puedo asegurarte es que si devuelves el material, nadie te reprochará haberlo cogido, sobre todo teniendo en cuenta lo que le habría ocurrido si lo hubieras dejado en su sitio. Ahora, prometerte que te lo devolverán, no, eso no puedo hacerlo. -A modo de puntuación, Starling se puso a rebuscar en su bolso-. Sabes, Barney, tengo la sensación de que no has conseguido un título porque quizá lleves algo arrastrando. No sé, tal vez tengas unos antecedentes rodando por ahí. ¿Lo miramos? Quiero que sepas una cosa; nunca he intentado averiguar si tenías una ficha, ni me he puesto a husmear en tu pasado.

– No, sólo has estado fisgando en mi declaración de la renta y mi solicitud de ingreso en el hospital, nada más. Estoy conmovido.

– Si tienes antecedentes, el fiscal de esta jurisdicción podría hablar en tu favor, y conseguir que se haga tabla rasa de tu historial.

– ¿Has acabado? -dijo Barney rebañando el plato con un trozo de pan-. Vamos a dar una vuelta.

– He visto a Sammie, ¿te acuerdas, el que ocupó la celda de Miggs? Sigue viviendo en ella -dijo Starling una vez en la calle.

– Creía que el hospital estaba condenado.

– Lo está.

– ¿Y está siguiendo algún programa?

– No, simplemente vive allí, a oscuras.

– Creo que deberías avisar. Es diabético crónico, no aguantará mucho. ¿Sabes por qué hizo Lecter que Miggs se tragara su propia lengua?

– Tengo una ligera idea.

– Lo mató por haberte ofendido. Ése fue el motivo inmediato. Pero no te sientas mal, hubiera acabado haciéndolo de todos modos.

Dejaron atrás el edificio de apartamentos donde vivía Barney y llegaron al jardín, donde la paloma seguía dando vueltas alrededor del cadáver de su compañera. Barney procuró espantarla haciendo aspavientos con las manos.

– Vete de una vez -le dijo al pájaro-. Ya has guardado bastante luto. Si sigues dando vueltas, acabará cazándote un gato.

La paloma alzó el vuelo. No pudieron ver dónde se posaba.

Barney recogió el cadáver de la otra. El cuerpo cubierto de suaves plumas se deslizó fácilmente en su bolsillo.

– Sabes, una vez el doctor Lecter habló de ti un poco. Puede que fuera la última vez que hablé con él, o una de las últimas. Me lo ha recordado el pájaro. ¿Te gustaría saber lo que dijo?

– Cómo no -dijo Starling. El desayuno se le revolvió en el estómago, pero no estaba dispuesta a dejarse acobardar.

– Estábamos hablando de los comportamientos hereditarios, que no tienen vuelta de hoja. Puso como ejemplo los experimentos genéticos en un tipo de pichones que giran sobre sí mismos durante el cortejo. Vuelan bien alto y luego giran y giran hacia atrás, mientras se dejan caer hacia el suelo. Los hay que hacen piruetas muy cerradas, y otros que las dan más abiertas. No puedes cruzar dos de los primeros, porque las crias darían vueltas cayendo en picado hasta estrellarse contra el suelo. Lo que dijo el doctor Lecter fue esto: «La agente Starling es uno de esos pichones que giran como locos, Barney. Esperemos que alguno de sus progenitores no lo fuera».

Starling tenía que rumiar aquello.

– ¿Qué harás con el pájaro? -le preguntó.

– Desplumarlo y comérmelo -contestó Barney-. Sube a casa y te daré la radiografía y los libros.

Cuando regresaba cargada con el enorme paquete hacia el hospital y el coche, Starling oyó entre los árboles la patética llamada de la paloma viuda.

CAPÍTULO 13

Gracias a la delicadeza de un loco y a la obsesión de otro, Starling había obtenido por el momento lo que siempre había deseado, un despacho en el famoso pasillo subterráneo de la Unidad de Ciencias del Comportamiento. Conseguirlo de aquel modo resultaba amargo.

Starling nunca había imaginado que la fueran a destinar a la elitista Unidad de Ciencias del Comportamiento nada más graduarse en la Academia del FBI; pero siempre tuvo la convicción de que acabaría ganándose la plaza. Sin embargo, sabía que debería pasar años en centros operativos antes de conseguirlo.

La agente especial era buena en su trabajo, pero le faltaba mano izquierda para los cabildeos de despacho; hasta pasados unos años no se dio cuenta de que nunca llegaría a Ciencias del Comportamiento, por más que el jefe de la unidad, Jack Crawford, también lo deseara.

El motivo fundamental no se le hizo evidente hasta que, como un astrónomo que localiza un agujero negro, descubrió la existencia de Paul Krendler, ayudante del inspector general, por su influencia en los hombres que lo rodeaban. Aquel hombre nunca le había perdonado que encontrara al asesino en serie Jame Gumb antes que él, y no podía soportar la atención que la prensa había dedicado a la novata.

En cierta ocasión, Krendler la llamó a casa una lluviosa noche de invierno. Starling cogió el teléfono envuelta en un albornoz, calzada con zapatillas de Bugs Bunny y con el pelo envuelto en una toalla. Siempre se acordaría de la fecha, porque era la primera semana de la operación Tormenta del desierto. Starling trabajaba por entonces como agente técnico y acababa de volver de Nueva York, donde había dado el cambiazo a la radio de la limusina de la delegación iraquí en las Naciones Unidas. La nueva era idéntica a la anterior, salvo por el hecho de que las conversaciones mantenidas en el interior del vehículo eran captadas por un satélite del Departamento de Defensa. Había sido una jugada comprometida en el interior de un garaje privado, y Starling todavía tenía los nervios de punta.

Por un segundo, se le ocurrió la loca idea de que Krendler la llamaba para felicitarla por haber hecho un buen trabajo.

Recordaba la lluvia tamborileando en los cristales y la voz de Krendler en el auricular, un tanto farfullante sobre un fondo de ruidos de bar.

Le preguntó si podían verse y añadió que podía llegar en media hora. Krendler estaba casado.

– Me parece que no, señor Krendler -respondió Starling al tiempo que pulsaba el botón de grabación del contestador automático. El aparato produjo el pitido que exige la ley, y la comunicación se cortó.

Ahora, pasados los años y sentada en el despacho que siempre había querido ganarse, Starling escribió su nombre en un trozo de papel y lo pegó con celo en la puerta. Como el rótulo no parecía serio, lo arrancó y lo arrojó a la papelera.

Había una carta en su bandeja para el correo. Se trataba de un cuestionario del Libro Guinness de los récords, que quería incluirla en sus páginas como el agente del orden de sexo femenino que más criminales había matado en la historia de Estados Unidos. Empleaban el término «criminales», le explicaba el editor, con todas las de la ley, dado que todos los fallecidos habían cometido múltiples delitos mayores, y sobre tres de ellos pesaban órdenes de busca y captura que se salían de lo habitual. El cuestionario fue a hacer compañía al rótulo con su nombre.

Llevaba dos horas tecleando en la mesa auxiliar del ordenador y apartándose mechones sueltos de la cara cuando Crawford llamó a la puerta con los nudillos y asomó la cabeza al interior del despacho.

– Ha llamado Brian desde el laboratorio, Starling. La radiografía de Mason y la que conseguiste de Barney coinciden. Es el brazo de Lecter. Van a digitalizarlas y compararlas, pero según él no hay duda posible. Incluiremos los datos en el archivo VICAP de Lecter.

– ¿Qué hacemos con Mason Verger?

– Le diremos la verdad -dijo Crawford-. Los dos sabemos que él no compartirá nada más con nosotros a no ser que le demos algo que no puede conseguir por sus propios medios. Y si intentamos tomarle la delantera en Brasil en este momento, lo echaremos todo a perder.

– Usted me dijo que no hiciera nada, y eso he hecho.

– Entonces, ¿qué estabas haciendo, jugando con el ordenador?

– La radiografía le llegó a Mason por DHL Express. La mensajería retuvo el código de barras, la etiqueta de información y el lugar en que se hicieron cargo del envío. El hotel Ibarra, en Río de Janeiro -Starling levantó una mano para adelantarse a una interrupción-. Hasta ahora sólo he utilizado fuentes de Nueva York. No he hecho ninguna pesquisa en Brasil.

»Mason hace sus llamadas telefónicas, o muchas de ellas, a través de la centralita de una agencia de apuestas deportivas de Las Vegas. Imagínese la cantidad de llamadas que mueven.

– No sé si atreverme a preguntar cómo has averiguado todo eso.

– Sin salirme de la legalidad -respondió Starling-. Bueno, casi. Pero no dejé ningún micrófono en su casa. Tengo los códigos para acceder a su cuenta telefónica, eso es todo. Todos los agentes técnicos los tienen. Mire, podríamos acusarlo de obstrucción a la justicia. Con sus influencias, ¿cuánto tiempo tendríamos que suplicar hasta conseguir una orden que nos permitiera tenderle una trampa? Y en caso de que lo condenaran, ¿de qué nos serviría? Ahora bien, está usando una correduría de apuestas deportivas.

– Comprendo -dijo Crawford-. La Comisión para el Juego de Nevada podría pinchar el teléfono o apretarles las tuercas a los de la correduría de apuestas para que nos dieran la información que necesitamos, o sea, a quién van dirigidas las llamadas.

Starling asintió.

– Ya ve que he dejado tranquilo a Mason, tal como me ordenó.

– Sí, ya lo veo -dijo Crawford-. Puedes decirle a Mason que esperamos ayuda de la Interpol y de la embajada brasileña. Dile que necesitamos mandar gente allí y empezar a organizar la extradición. Lo más probable es que Lecter haya cometido crímenes en Sudamérica, así que más vale que pidamos la extradición antes de que la policía de Rio empiece a hojear sus propios ficheros empezando por la ce de «canibalismo». Si es que está en Sudamérica. Starling, ¿no te enferma hablar con Mason?

– No tengo más remedio que acostumbrarme. Usted me proporcionó una buena introducción a la materia cuando encontramos aquel «flotador» en Virginia Occidental. ¿Cómo puedo hablar así, «aquel flotador»? Era un ser humano, y se llamaba Fredericka Bimmel; y sí, Mason me enferma. Hay un montón de cosas que me enferman últimamente, Jack.

Sorprendida de sí misma, Starling se quedó callada. Hasta aquel momento nunca se había dirigido al jefe de unidad Jack Crawford por su nombre de pila ni había tenido intención de llamarlo «Jack», y haberlo hecho la asombraba. Estudió el rostro del hombre, un rostro que tenía fama de inescrutable.

Crawford asintió con una sonrisa triste que más parecía una mueca.

– A mí también, Starling. ¿Quieres un par de tabletas de Pepto-Bismol para tomártelas antes de hablar con Mason?

Mason Verger no se molestó en ponerse al teléfono. Un secretario agradeció a Starling el mensaje y dijo que su jefe le devolvería la llamada. Pero Verger no se puso en contacto con ella personalmente. Para aquel hombre, que estaba varios puestos por encima de Starling en la lista de notificaciones, la comprobación de la radiografía ya no era una novedad.

CAPÍTULO 14

Mason supo que su placa radiográfica correspondía al brazo del doctor Lecter bastante antes que Starling, porque sus fuentes del Departamento de Justicia eran mejores que las de la agente especial.

Mason recibió un e-mail firmado «Token287». Era la segunda contraseña empleada por el ayudante para el Comité Judicial de la Cámara de Representantes del congresista Parton Vellmore. A su vez, en la oficina de Vellmore se había recibido un e-mail procedente de Cassiusl99, la segunda contraseña de Paul Krendler en el Departamento de Justicia.

La confirmación había puesto a Mason en un estado de gran agitación. Aunque no creía que Lecter estuviera en Brasil, la radiografía probaba que el doctor tenía en la actualidad el número normal de dedos en la mano izquierda. Ese dato corroboraba una nueva pista sobre su paradero procedente de Europa. Mason estaba convencido de que la información provenía de alguien que trabajaba en las fuerzas del orden italianas, y era el rastro más sólido de Lecter en los últimos años.

Mason no tenía intención de compartir aquella pista con el FBI. Gracias a siete años de esfuerzos sostenidos, acceso a archivos federales reservados, distribución exhaustiva de pasquines, libertad respecto a restricciones internacionales y enormes sumas de dinero, Mason había tomado la delantera al FBI en la persecución de Lecter. Sólo compartía información con el Bureau cuando necesitaba explotar sus recursos.

Para guardar las apariencias, ordenó a su secretario que atosigara a Starling con llamadas para interesarse por el desarrollo de la investigación. La agenda informática de Mason obligó al secretario a llamarla al menos tres veces al día.

Mason giró inmediatamente cinco mil dólares a su informante de Brasil para que siguiera la pista de la radiografía. El fondo para gastos que envió a Suiza era mucho mayor, y estaba dispuesto a aumentarlo en cuanto recibiera informes consistentes.

Estaba casi seguro de que su fuente europea había localizado a Lecter, pero le habían dado gato por liebre muchas veces y estaba escarmentado. Pronto tendría pruebas tangibles. Hasta entonces, para aliviar la agonía de la espera, Mason se ocupó de lo que ocurriría cuando el doctor estuviera en su poder. Las disposiciones necesarias también habían requerido su tiempo, porque Mason era un estudioso del sufrimiento…

Las elecciones de Dios a la hora de infligir dolor no nos resultan satisfactorias ni comprensibles, a no ser que aceptemos que la inocencia lo ofende. Es evidente que necesita ayuda para encauzar la furia ciega con que flagela a la Humanidad.

Mason acabó comprendiendo el papel que le correspondía en el plan divino durante el duodécimo año de su parálisis, cuando ya no era más que una piltrafa que apenas abultaba bajo las sábanas y supo que no volvería a levantarse. Su anexo en la mansión de Muskrat Farm estaba acabado y disponía de medios, aunque no ilimitados, porque el patriarca de la familia, Molson Verger, seguía llevando las riendas.

Eran las Navidades del año en que Lecter escapó. Vulnerable a los sentimientos que suelen provocar las Navidades, Mason lamentaba con amargura no haber dispuesto lo necesario para que Lecter fuera asesinado en el manicomio. Sabía que, dondequiera que se encontrara, el doctor Lecter estaría moviéndose a su antojo y, casi con toda seguridad, pasándoselo en grande.

Mientras tanto, él yacía bajo un respirador, cubierto de los pies a la cabeza con una manta suave y vigilado por una enfermera que se moría de ganas por sentarse. Le habían traído en autobús a un grupo de niños pobres para que cantaran villancicos. Con permiso del médico, le abrieron brevemente las ventanas al aire fresco y, bajo ellas, con velas en la mano, los niños cantaron.

En la habitación de Mason, las luces estaban apagadas y, en el cielo oscuro sobre la granja, las estrellas parecían muy cercanas.


Pueblecito de Belén, ¡qué tranquilo pareces!

Qué tranquilo pareces,

qué tranquilo pareces.


La letra del villancico parecía burlarse de Mason. «¡Qué tranquilo pareces, Mason!»

Asomadas a su ventana, las estrellas navideñas guardaban un silencio opresivo. Las estrellas no le contestaban cuando alzaba hacia ellas su ojo encapsulado y suplicante, ni cuando intentaba hacer un gesto en su dirección con los dedos que podía mover. Mason se sentía incapaz de respirar. Si se estuviera asfixiando en el espacio, pensó, lo último que vería serían esas mismas estrellas, hermosas pero mudas y sin atmósfera. Se estaba ahogando, pensó, su respirador no conseguía mantener el ritmo, tenía que esperar para respirar las líneas de sus constantes vitales, verdes como el árbol de Navidad, pequeños y puntiagudos abetos en el bosque nocturno de los monitores. Las agujas de sus latidos, las agujas de la sístole, las agujas de la diástole.

La enfermera se asustó, y a punto estuvo de pulsar el timbre de la alarma y administrarle adrenalina.

La burla del villancico, «Qué tranquilo pareces, Mason».

Aquellas Navidades recibió la iluminación. Antes de que la enfermera pulsara el timbre o le aplicara medicación, las primeras y ásperas cerdas de su venganza rozaron su pálida mano, que buscaba ansiosa como el fantasma de un cangrejo, y consiguieron calmarlo poco a poco.

En las comuniones navideñas de todo el mundo, los fieles creen que, a través del milagro de la transubstanciación, toman la sangre y la carne del propio Cristo. Mason empezó a hacer los preparativos para una ceremonia aún más impresionante, en la que la transubstanciación sería innecesaria. Comenzó los preparativos que permitirían comerse vivo al doctor Hannibal Lecter.

CAPÍTULO 15

Mason había recibido una educación insólita, pero perfecta para el futuro al que su padre lo destinaba y para la tarea que ahora tenia ante sí.

De niño lo matricularon en un internado al que su padre hacía generosas aportaciones de dinero y en el que hacían la vista gorda ante las frecuentes ausencias de Mason. Durante semanas era Verger padre quien se ocupaba de la educación de su hijo, que lo acompañaba a los corrales y mataderos sobre los que la familia había cimentado su fortuna.

Molson Verger había sido un pionero en varias áreas del negocio de la carne, en especial en la económica. Sus primeros experimentos para abaratar la alimentación de los animales eran comparables a los de Batterham cincuenta años antes. Molson Verger adulteraba la comida de los cerdos con piensos fabricados a partir de las cerdas de los propios animales, plumas de pollo y estiércol en una medida insólita para aquella época. Muchos pensaron que era un soñador chiflado cuando en los años cuarenta suprimió el agua fresca a sus cerdos y la sustituyó por «licor de cloaca», un líquido elaborado con residuos fermentados de los animales, para acelerar el engorde. Las risas se helaron al ver cómo se multiplicaban sus beneficios, y sus competidores se apresuraron a imitarlo.

El liderazgo de Molson Verger en la industria de la carne no se detuvo ahí. Combatió con arrojo y con sus propios fondos el Acta de Derechos de los Animales, ateniéndose siempre al punto de vista estrictamente económico, y consiguió que el mareaje en la cara siguiera siendo legal, aunque le costó caro en cuanto a compensaciones legislativas. Con Mason a su lado, supervisó experimentos a gran escala para resolver los problemas de estabulación, y consiguió determinar cuánto tiempo se podía mantener a los animales sin agua ni comida antes de sacrificarlos sin pérdidas de peso significativas.

Fueron investigaciones genéticas patrocinadas por los Verger las que consiguieron que las crías de cerdo belga nacieran con doble musculatura, salvando al mismo tiempo el inconveniente de la pérdida de líquidos que había hecho fracasar a los belgas. Molson Verger compraba sementales en todo el mundo, y patrocinaba varios programas de cría en el extranjero.

Pero los mataderos son básicamente un negocio humano, cosa que nadie comprendía mejor que Molson. Consiguió meter en cintura a los líderes de los sindicatos cuando pretendieron participar en los beneficios con reivindicaciones sobre aumentos de sueldo y mejoras en la seguridad. En este terreno, sus sólidas relaciones con el crimen organizado le fueron muy útiles durante treinta años.

En aquella época Mason era muy parecido a su padre. Las mismas cejas negras y brillantes sobre unos ojos azul pálido de carnicero, y la misma línea baja en el nacimiento del cabello, ligeramente oblicua de derecha a izquierda. Molson Verger solía coger afectuosamente la cabeza de su hijo y sopesarla entre las manos, como si quisiera confirmar su paternidad a través de los rasgos fisonómicos, del mismo modo que hubiera cogido la cabeza de un cerdo para averiguar, por la simple estructura de los huesos, su dotación genética.

Mason fue un alumno aventajado e, incluso después de que sus lesiones lo redujeran a permanecer en la cama, era capaz de tomar atinadas decisiones empresariales que sus subordinados convertían en hechos. Fue idea de Mason hijo conseguir que el gobierno de Estados Unidos y las Naciones Unidas hicieran sacrificar todos los cerdos nativos de Haití, alegando el peligro de que propagaran la peste porcina africana. A continuación, vendió al gobierno haitiano magníficos cerdos blancos americanos para reemplazar a los autóctonos. Los enormes y delicados animales, enfrentados a las condiciones de vida de Haití, murieron en un visto y no visto, y hubieron de ser reemplazados una y otra vez con ejemplares de las pocilgas de Mason, hasta que los haitianos optaron por importar los pequeños y resistentes chanchos de la República Dominicana.

Ahora, tras una vida de aprendizaje y experiencia, mientras ideaba los instrumentos de su venganza, Mason se sentía como debió de sentirse Stradivarius al acercarse a su mesa de trabajo.

¡Qué tesoros de información y recursos atesoraba Mason en aquella calavera sin rostro! Acostado en su cama, componiendo mentalmente como Beethoven, el sordo genial, recordaba sus visitas a las ferias porcinas acompañando a su padre para estudiar a la competencia. Se acordaba de la pequeña navaja de plata de Molson Verger, siempre dispuesto a sacarla del chaleco y clavarla en el culo de un ejemplar para comprobar la profundidad de la grasa, tras lo cual se alejaba de los chillidos ultrajados del animal como si tal cosa, demasiado digno para que nadie se atreviera a echárselo en cara, con la navaja abierta en el bolsillo y el pulgar marcando la medida en la hoja.

Si hubiera tenido labios, Mason habría sonreído al recordar a su padre apuñalando a un cerdo de concurso que creía que todo el mundo era amigo, y haciendo llorar al hijo de su dueño. El padre había aparecido hecho una furia, y los matones de Molson se lo habían llevado fuera de la carpa. Sí, aquéllos habían sido buenos tiempos, llenos de diversión.

En las ferias, Mason había visto cerdos de lo más exótico, procedentes de todos los rincones del mundo. Para su propósito actual, había hecho una selección de lo mejor que conocía.

Mason inició su programa de cría inmediatamente después de su iluminación navideña, y eligió para llevarlo a cabo una pequeña granja de cría que los Verger poseían en Cerdeña. Había elegido aquel lugar por su lejanía y porque se encontraba en Europa.

Mason creía, y no se equivocaba, que la primera escala del doctor Lecter tras su huida de Estados Unidos había sido Sudamérica. Sin embargo, estaba convencido de que un hombre con los gustos de Lecter acabaría por asentarse en Europa; por ese motivo, ningún año dejaba de mandar investigadores al Festival de Salzburgo y a otros acontecimientos culturales.

Esto es lo que Mason envió a sus empleados de Cerdeña para que pusieran a punto el escenario de la muerte del doctor Lecter:

El cerdo gigante de los bosques, Hylochoerus meinertzhageni, con seis tetas y treinta y ocho cromosomas, es un omnívoro oportunista que, como el hombre, no hace ascos a ningún manjar. Alcanza los dos metros de largo en las familias de las tierras altas y pesa alrededor de doscientos setenta y cinco kilos. Este animal aportaría la nota básica al experimento genérico de Mason.

El clásico jabalí europeo, Sus scrofa scrofa, con treinta y seis cromosomas en su forma más pura, sin verrugas faciales, todo cerdas y enormes colmillos adaptados para desgarrar es un animal rápido y feroz capaz de matar una víbora con sus afiladas pezuñas y comérsela como si fuera una longaniza. Cuando se siente hostigado, está en celo o tiene que proteger a sus jabatos, carga contra cualquier cosa que considere una amenaza. Las hembras tienen doce tetas y son unas madres excelentes. En el S. scrofa scrofa, Mason había encontrado el tema principal de su sinfonía y el aspecto facial apropiado para proporcionar al doctor Lecter una última e infernal visión de su propia muerte. (Véase Harris, Sobre el cerdo, 1881.)

Había adquirido el cerdo de la isla de Ossabaw por su agresividad, y el Jiaxing negro por sus altos niveles de estradiol.

Incurrió en una nota falsa al incluir al babirusa, Babyrussa babyrussa, oriundo de Indonesia oriental y conocido como «cerdo-ciervo» por la extraordinaria longitud de sus colmillos. Se reproduce con lentitud, tiene tan sólo dos tetas y, con sus cien kilos de peso, supuso una reducción inadmisible del tamaño. Pero el experimento no sufrió retrasos, pues había lechigadas paralelas en las que el babirusa no había tenido participación.

En cuanto a la dentición, Mason no tenía mucho donde elegir. Casi todas las clases tenían dientes adecuados para el cometido que deberían cumplir: tres pares de afilados incisivos, un par de bien desarrollados caninos, cuatro pares de premolares y tres pares de trituradores molares, tanto arriba como abajo, lo que hacía un total de cuarenta y cuatro piezas dentales.

Cualquier cerdo es capaz de devorar el cadáver de un hombre, pero para conseguir que se lo coma vivo es necesario cierto adiestramiento. Los sardos de Mason estaban a la altura de la tarea.

Al cabo de siete años de esfuerzos y un sinnúmero de ventregadas, los resultados eran… notables.

CAPÍTULO 16

Con todos los actores excepto el doctor Lecter presentes en las montañas sardas de Gennargentu, Mason se ocupó a continuación de aprestar los medios que le permitirían dejar constancia de la muerte del doctor para la posteridad y para su propio placer visual. Había tomado las disposiciones fundamentales hacía tiempo; ahora bastaba con dar la voz de alerta.

Llevó a cabo tan delicadas gestiones por teléfono, a través de la centralita de la agencia legal de apuestas cercana al Castaways de Las Vegas. Sus llamadas eran diminutos hilos imperceptibles en el entramado de febril actividad que se apoderaba de aquel sitio durante los fines de semana.

La profunda voz de Mason, despojada de oclusivas y fricativas, viajó desde la reserva forestal próxima a la costa de Chesapeake hasta el desierto, y desde allí atravesó el Atlántico para hacer una primera escala en Roma.

En un apartamento del séptimo piso de un edificio de la Via Archimede, detrás del hotel del mismo nombre, sonó el áspero ring-ring de un teléfono italiano. En la oscuridad, voces soñolientas:

Cosa? Cosa c'é?

Accendi la luce, idiota.

La lámpara de la mesilla iluminó el cuarto. En la cama había tres personas. El joven que estaba en el lado del teléfono levantó el auricular y se lo pasó al grueso hombre maduro acostado en el centro. En el otro lado de la cama una rubia veinteañera alzó la cara soñolienta hacia la luz y volvió a hundirla en el almohadón.

Pronto, chi? Chi parla?

– Oreste, querido, soy Mason.

El individuo obeso se espabiló del todo y le señaló al joven un vaso de agua mineral.

– ¡Ah, Mason, amigo mío! Perdóname, estaba dormido. ¿Qué hora es ahí?

– Es tarde en todas partes, Oreste. ¿Recuerdas lo que dije que haría por ti y lo que tú tenías que hacer por mí?

– Sí, sí… Claro.

– Pues ha llegado el momento. Ya sabes lo que quiero. Quiero dos cámaras, quiero mejor calidad de sonido que la de tus películas porno, y tienes que conseguir tu propia electricidad, porque quiero que el generador esté bien lejos del lugar de rodaje. Quiero unos planos bonitos de naturaleza para cuando hagamos el montaje, y cantos de pájaros. Quiero que te encargues de la localización de exteriores mañana mismo y que lo tengas todo a punto. Puedes dejar el equipo allí, yo me encargo de la seguridad. Luego vuelves a Roma hasta el momento del rodaje. Pero estáte listo para salir cagando leches antes de dos horas en cuanto te avise. ¿Lo has entendido todo, Oreste? Tienes un cheque esperándote en el Citibank. ¿De acuerdo?

– Mason, en estos momentos estoy rodando…

– ¿Quieres hacer esto, Oreste? ¿No dijiste que estabas harto de hacer películas de folleteo, snuff y rollos históricos para la RAI? ¿Es que ya no quieres hacer una película de las de verdad, Oreste?

– Claro que sí, Mason.

– Entonces, sal por la mañana. El dinero está en el Citibank. Quiero que vayas allí.

– ¿Adonde, Mason?

– A Cerdeña. Volarás a Cagliari, allí irán a recogerte.

La siguiente llamada fue a Porto Torres, en la costa oriental de Cerdeña. La comunicación fue escueta. No había gran cosa que decir, puesto que la maquinaria de aquel lugar estaba lista hacía tiempo y era tan eficaz como la guillotina portátil de Mason. También era más higiénica, ecológicamente hablando, aunque no tan rápida.

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