Una aristócrata
Los martes y los jueves, Manuela, mi única amiga, toma el té conmigo en mi casa. Manuela es una mujer sencilla a la que veinte años malgastados en limpiar el polvo en casas ajenas no han despojado de su elegancia. Limpiar el polvo es además un eufemismo de lo más púdico. Pero, en casa de los ricos, las cosas no se llaman por su nombre.
– Vacío papeleras llenas de compresas -me dice con su acento dulce y sibilante-, recojo la vomitona del perro, limpio la jaula de los pájaros -quién diría que unos animalitos tan pequeños puedan hacer tanta caca- y saco brillo a las tazas de los váteres. Así que, ¿el polvo?, ¡vamos, hombre, eso es lo de menos!
Hay que tener en cuenta que cuando baja a la portería a las dos de la tarde, los martes desde la casa de los Arthens, los jueves desde la casa de los de Broglie, Manuela ha limpiado minuciosamente con bastoncillos de algodón, hasta dejarlos impolutos, unos retretes de postín cubiertos de pan de oro que, no obstante, son tan sucios y apestosos como todos los meaderos y cagaderos del mundo, porque si hay una cosa que los ricos comparten a su pesar con los pobres es unos intestinos nauseabundos que siempre acaban por zafarse en algún sitio de lo que los hace tan apestosos.
Por ello Manuela merece nuestras reverencias y nuestros aplausos. Pese a sacrificarse en el altar de un mundo en el que las tareas ingratas están reservadas para algunas, mientras otras se tapan la nariz sin mover un dedo, ella no renuncia por ello a una inclinación al refinamiento que supera con creces todo revestimiento de pan de oro, por muy sanitario que sea.
– Para comer nueces hay que poner debajo un mantel -dice Manuela, que saca de su vieja cesta una cajita de madera clara de cuya tapa se escapan volutas de papel de seda color carmín. A buen recaudo en su estuchito nos aguardan unas tejas con almendras. Preparo un café que no tomaremos pero cuyos efluvios ambas adoramos, y bebemos a sorbitos una taza de té verde para acompañar las tejas, que comemos a mordisquitos para saborearlas.
De la misma manera que yo soy para mi arquetipo una traición permanente, Manuela es para el de la asistenta portuguesa pura deslealtad. Pues la hija de Faro, nacida bajo una higuera tras siete retoños y antes de otros seis, enviada a trabajar al campo desde su más tierna infancia y al poco casada con un albañil pronto expatriado, madre de cuatro hijos franceses por derecho de suelo pero portugueses por consideración social, la hija de Faro pues, con medias negras y pañuelo en la cabeza incluidos, es una aristócrata, una de verdad, una bien grande, de las que no se prestan a discusión porque, aun llevando el sello en el mismo corazón, desdeña toda etiqueta y todo abolengo. ¿Qué es una aristócrata? Una mujer a la que la vulgaridad no alcanza pese a acecharla por todas partes.
Vulgaridad de una familia política que, los domingos, combate a golpe de risotadas el dolor de haber nacido débil y sin porvenir; vulgaridad de un vecindario marcado por la misma pálida desolación que los neones de la fábrica a la que van los hombres cada mañana como si bajaran al infierno; vulgaridad de las señoras cuya vileza no podría enmascarar ni todo el dinero del mundo, y que se dirigen a ella como a un perro tiñoso. Pero hay que haber visto a Manuela ofrecerme como a una reina los frutos de sus elaboraciones reposteras para captar toda la gracia que habita en esta mujer. Sí, como a una reina. Cuando hace su aparición Manuela, mi portería se transforma en palacio, y nuestras meriendas de parias, en festines de monarcas. De la misma manera que el contador de historias transforma la vida en un río de resplandecientes reflejos en el que se anegan la pena y el tedio, Manuela metamorfosea nuestra existencia en una epopeya cálida y jubilosa.
– El niño de los Pallières me ha saludado en la escalera -dice de pronto, quebrando el silencio.
Yo le contesto con un gruñido despectivo.
– Lee a Marx -digo, encogiéndome de hombros.
– ¿Marx? -repite, pronunciando la «x» como una «che», una «che» un poco mojada que tiene el encanto de los cielos límpidos.
– El padre del comunismo -le contesto.
Manuela emite un sonido de desdén.
– La política -me dice-. Un juguete de niñatos ricos, y no se lo prestan a nadie.
Reflexiona un momento, con el ceño fruncido.
– No es el tipo de libro que suele leer -comenta.
Las revistas que los jóvenes esconden debajo del colchón no escapan a la sagacidad de Manuela, y el niño de los Pallières parecía antes enfrascado en un consumo aplicado aunque selectivo de las mismas, como de ello daba fe el desgaste de una página de título más que explícito: «Las marquesas picantonas».
Nos reímos y charlamos un rato más de esto y lo otro, en el sosiego apacible de las viejas amistades. Esos momentos son para mí muy valiosos, y se me encoge el corazón cuando pienso en el día en que Manuela cumplirá su sueño y volverá para siempre a su pueblo, dejándome aquí, sola y decrépita, sin compañera que haga de mí, dos veces por semana, una reina clandestina. Me pregunto también con aprensión qué ocurrirá cuando la única amiga que he tenido nunca, la única que todo lo sabe sin haber preguntado jamás nada, dejando tras de sí una mujer desconocida por todos, la sepulte con ese abandono bajo un sudario de olvido.
Se oyen unos pasos en el portal, y luego distinguimos con nitidez el sonido sibilino de la mano del hombre sobre el botón de llamada del ascensor, un viejo aparato de reja negra y puertas que se cierran solas, acolchado y forrado de madera que, de haber habido más espacio, antaño habría ocupado un ascensorista con librea. Reconozco ese paso; es el de Pierre Arthens, el crítico gastronómico del cuarto, un oligarca de la peor especie que, por como entorna los párpados cuando permanece de pie ante el umbral de mi portería, debe de pensar que en cueva oscura, pese a que lo que acierta a entrever le informe del contrario.
Pues bien, me he leído esas famosas críticas suyas.
– No me entero de nada de lo que dice -me comentó un día Manuela, para quien un buen asado es un buen asado y no hay más que hablar.
No hay nada que comprender. Es triste ver una pluma como la suya malograrse así a fuerza de ceguera. Escribir sobre un tomate páginas y páginas de prosa deslumbrante -pues Pierre Arthens critica como quien narra una historia y ya sólo eso debería haber hecho de él un genio- sin nunca ver ni sostener en la mano dicho tomate es una funesta proeza. Pero ¿se puede ser tan competente y a la vez tan ciego a la presencia de las cosas?, me he preguntado a menudo al verlo pasar delante de mí con su narizota arrogante. Pues se diría que sí. Algunas personas son incapaces de aprehender en aquello que contemplan lo que constituye su esencia, su hálito intrínseco de vida, y dedican su existencia entera a discurrir sobre los hombres como si de autómatas se tratara, y de las cosas como si no tuvieran alma y se resumieran a lo que de ellas puede decirse, al capricho de inspiraciones subjetivas.
Como movidos por una voluntad, los pasos retroceden de pronto y Arthens llama a mi puerta.
Me levanto, con cuidado de arrastrar los pies, calzados con unas zapatillas tan conformes al personaje que sólo la coalición de la baguette y la boina puede considerarse un desafío en cuanto a típicos lugares comunes se refiere. Al hacerlo, sé que exaspero al Maestro, oda viva a la impaciencia de los grandes depredadores, y ello tiene algo que ver con la aplicación con la que entorno muy despacio la puerta, asomando una nariz desconfiada que espero luzca coloradota y lustrosa.
– Estoy esperando un paquete por mensajero -me dice, guiñando los ojos y arrugando la nariz-. Cuando llegue, ¿podría traérmelo inmediatamente?
Esta tarde, el señor Arthens lleva una gran chalina de lunares que flota alrededor de su cuello de patricio y no le favorece en absoluto, porque la abundancia de su cabellera leonina y el vuelo holgado y etéreo del pedazo de seda evocan ambos una suerte de tutú vaporoso que anega la virilidad que suele exhibir el hombre como atributo. Y qué diablos, esa chalina me trae algo a la memoria. A punto estoy de sonreír al recordarlo. Es la de Legrandin. En En busca del tiempo perdido, obra de un tal Marcel, otro portero notorio, Legrandin es un esnob dividido entre dos mundos: el que frecuenta y aquel en el que le gustaría entrar; un patético esnob cuya chalina, de esperanza en amargura y de servilismo en desdén, expresa sus más íntimas fluctuaciones. Así, en la plaza de Combray, al no tener deseo alguno de saludar a los padres del narrador, pero no pudiendo evitar cruzarse con ellos, encomienda a la chalina la tarea de denotar, dejándola volar al viento, un humor melancólico que lo exima del saludo habitual.
Pierre Arthens, que ha leído a Proust pero no concibe por ello ninguna indulgencia especial para con las porteras, carraspea con impaciencia.
Recuerdo al lector su pregunta:
– ¿Podría traérmelo inmediatamente (el paquete por mensajero, pues los paquetes de los ricos no emplean las vías postales ordinarias)?
– Sí -contesto yo, batiendo marcas de concisión, animada por la suya propia y por la ausencia de un «por favor» que, a mi juicio, la forma interrogativa y condicional no alcanza a disculpar del todo.
– Es muy frágil -añade-, tenga cuidado, se lo ruego.
La conjugación del imperativo y ese «se lo ruego» tampoco me complace, sobre todo porque Arthens me cree incapaz de tales sutilezas sintácticas y sólo las emplea porque sí, sin tener la cortesía de suponer que yo podría sentirme insultada por ello. Equivale a tocar fondo en el ámbito social percibir en la voz de un rico que sólo se está dirigiendo a sí mismo y que, si bien las palabras que pronuncia nos están técnicamente destinadas, ni siquiera alcanza a imaginar que podamos entenderlas.
– ¿Cómo de frágil? -pregunto pues con un tono no muy amable.
Suspira ostensiblemente, y noto en su aliento un ligerísimo toque de jengibre.
– Se trata de un incunable -me dice, y clava en mis ojos, que yo trato de poner vidriosos, su mirada satisfecha de terrateniente.
– Pues nada, que le aproveche -le contesto con expresión de asco-. Se lo subo en cuanto llegue el mensajero.
Y le doy con la puerta en las narices.
Me complace sobremanera la perspectiva de que Pierre Arthens narre esta noche durante la cena, a título de anécdota jocosa, la indignación de su portera, que, al mencionar en su presencia un incunable, sin duda vio en ello algo escabroso.
Dios sabrá quién de nosotros dos se humilla más.
Diario del movimiento del mundo n°1
Permanecer centrado en sí mismo sin perder el short [calzón]
Está muy bien esto de tener regularmente una idea profunda, pero no me parece suficiente. O sea, quiero decir: voy a suicidarme y a prenderle fuego a la casa dentro de unos meses, así que es obvio que no puedo pensar que me sobra tiempo, tengo que hacer algo consistente en el poco que me queda. Y sobre todo, me he planteado a mí misma un pequeño reto: si uno se suicida, tiene que estar seguro de lo que hace y no puede quemar la casa para nada. Entonces, si hay una cosa en el mundo por la que valga la pena vivir, no me la puedo perder, porque una vez que uno se muere es demasiado tarde para arrepentirse de nada, y morir porque te has equivocado es una tontería como un piano.
Y sí, vale, tengo mis ideas profundas. Pero en estas ideas profundas juego a ser lo que a fin de cuentas soy: una intelectual (que se burla de los demás intelectuales). Este pasatiempo no es siempre muy glorioso pero sí muy recreativo. Entonces se me ha ocurrido que había que compensar este aspecto «gloria espiritual» con otro diario que hable del cuerpo o de las cosas. No de las ideas profundas del espíritu, sino de las obras maestras de la materia. De algo encarnado, tangible; pero también bello o estético. Aparte del amor, la amistad y la belleza del Arte, no veo gran cosa que pueda alimentar la vida humana. Soy demasiado joven para aspirar verdaderamente al amor y a la amistad. Pero el Arte… si no tuviera que morir, el Arte habría sido toda mi vida. Bueno, cuando digo el Arte, tengo que aclarar a qué me refiero: no estoy hablando sólo de las grandes obras de los maestros. Ni siquiera por Vermeer le tengo apego a la vida. Su obra es sublime pero está muerta. No, yo me refiero a la belleza en el mundo, a lo que puede elevarnos en el movimiento de la vida. El diario del movimiento del mundo lo dedicaré pues al movimiento de la gente, de los cuerpos, o, incluso, si de verdad no hay nada que decir, de las cosas, y a encontrar en ello algo lo bastante estético como para darle valor a mi vida. Gracia, belleza, armonía, intensidad. Si encuentro esas cosas, entonces quizá reconsidere las opciones; si encuentro un movimiento bello de los cuerpos, a falta de una idea bella para el espíritu, entonces quizá piense que vale la pena vivir.
A decir verdad, esta idea del diario doble (uno para el espíritu, otro para el cuerpo) se me ocurrió ayer porque papá estaba viendo un partido de rugby por la tele. Hasta ahora, en esos casos yo sobre todo observaba a papá. Me gusta mirarlo cuando se remanga la camisa, se descalza y se arrellana en el sofá con su cerveza y su plato de salchichón para ver el partido, y todo en él clama: «Mirad el tipo de hombre que también puedo ser.» Al parecer no se le pasa por la cabeza que un estereotipo (el muy serio señor Ministro de la República) más otro estereotipo (buena persona pese a todo y amante de la cerveza fresquita) dan como resultado un estereotipo al cuadrado. Pero bueno, resumiendo, que el sábado papá volvió a casa antes de lo normal, dejó tirada su cartera donde Dios le dio a entender, se descalzó, se remangó la camisa, cogió una cerveza de la cocina y se repanchingó delante de la tele diciéndome: «anda, bonita, tráeme un poco de salchichón, por favor, que no me quiero perder el haka.» De perderse el haka, nada, tuve tiempo de sobra de cortarle las lonchas de salchichón y, para cuando se las llevé en una bandeja, todavía no habían terminado los anuncios. Mamá estaba sentada en equilibrio precario sobre el reposabrazos del sofá, para dejar bien clara su oposición a todo aquello (en la familia estereotipo, yo me pido ser la rana intelectual de izquierdas), y le daba la tabarra a papá con una historia complicadísima de no sé qué cena en la que había que invitar a dos parejas enfadadas para reconciliarlas. Conociendo la sutileza psicológica de mamá, un proyecto de ese calibre sólo puede dar risa. Bueno, total, que le llevé el salchichón a papá y, como sabía que Colombe estaba en su habitación escuchando su música supuestamente vanguardista iluminada del siglo V, me dije: después de todo, por qué no, vamos a ver qué tiene que ofrecer este haka. Que yo recordara, el haka era una especie de baile un poco grotesco que hacen los jugadores del equipo neozelandés antes del partido. En plan baile intimidatorio de gorilas. Y que yo recordara también, el rugby era un juego pesado, con tiarrones que se tiran al césped sin parar y se levantan para volver a caerse y a arremolinarse unos sobre otros tres pasos más allá.
Los anuncios se terminaron por fin y, después de unos letreros sobre una imagen de un montón de tíos cachas tumbados en la hierba, la cámara enfocó el estadio con la voz en off de los comentaristas, y luego un primer plano de los mismos (adictos al cassoulef) para después volver al estadio. Los jugadores hicieron su aparición en el terreno, y desde ese momento ya empecé a sentir una suerte de fascinación. Al principio no lo entendía del todo, eran las mismas imágenes que de costumbre pero producían en mí un efecto nuevo, como un cosquilleo, una tensión, un «estoy conteniendo el aliento». A mi lado, papá ya se había pimplado su primera birra y se preparaba a proseguir en esa misma vena gala, pidiéndole a mamá, que acababa de despegarse del reposabrazos, que le trajera otra. Yo, como digo, contenía el aliento. «¿Qué ocurre?», me preguntaba mirando la pantalla, y no acertaba a saber qué era lo que me estaba produciendo ese cosquilleo.
Se me hizo la luz cuando los del equipo neozelandés empezaron su haka. Entre ellos había un jugador maorí muy alto y muy joven. Era éste el que había atraído mi atención desde el principio, sin duda por su estatura primero, y luego también por su manera de moverse. Un tipo de movimiento muy curioso, muy fluido pero sobre todo muy concentrado, quiero decir muy concentrado en sí mismo. La mayoría de la gente cuando se mueve lo hace en función de lo que tiene alrededor. Justo en este momento, mientras escribo, Constitución pasa por delante de mí arrastrando la tripa sobre el suelo. Esta gata no tiene ningún proyecto en la vida y sin embargo se dirige hacia algo, probablemente un sillón. Y eso se ve en su manera de moverse: va hacia algo, y recalco el «hacia». Mamá acaba de pasar en dirección a la puerta principal, se va a hacer la compra y de hecho, ya está fuera, su movimiento se anticipa a sí mismo. No sé muy bien cómo explicarlo, pero cuando te desplazas, de alguna manera ese movimiento hacia algo te desestructura: estás ahí y a la vez ya no estás porque ya estás yendo a otra parte, no sé si me explico. Para dejar de desestructurarse, habría que dejar de moverse por completo. O te mueves y ya no estás entero, o estás entero y no te puedes mover. Pero ese jugador en cambio, en cuanto salió al terreno de juego sentí con respecto a él una cosa distinta. La impresión de verlo moverse, sí, pero a la vez seguía ahí. Absurdo, ¿verdad?
Cuando empezó el haka, yo sobre todo lo miraba a él. Saltaba a la vista que no era como los demás. De hecho, Cassoulet n° 1 dijo: «Y Somu, el temible zaguero neozelandés, sigue impresionándonos con sus hechuras de coloso; dos metros siete, ciento dieciocho kilos, once segundos en los cien metros, ¡una monada de criatura, sí, señor!» Tenía hipnotizado a todo el mundo, pero nadie sabía exactamente por qué. Sin embargo, el motivo se hizo patente durante el haka: se movía, hacía los mismos gestos que los demás (darse palmadas en los muslos, aporrear el suelo rítmicamente, tocarse los codos, todo ello clavando los ojos en los del adversario con aire de guerrero nervioso) pero, mientras que los gestos de los demás se dirigían hacia sus adversarios y hacia todo el estadio que los estaba mirando, los gestos de este jugador permanecían en él, estaban concentrados en él mismo, y ello le confería una presencia y una intensidad increíbles. Y como consecuencia de ello, el haka, que es un canto guerrero, adquiría toda su fuerza. Lo que hace la fuerza del soldado no es la energía que emplea en intimidar a su adversario enviándole un montón de señales, sino la fuerza que es capaz de concentrar en sí mismo, centrándose en sí, sin salir de sí mismo. El jugador maorí se convertía en un árbol, un gran roble indestructible con raíces profundas, que irradiaba una fuerza poderosa, de la que todo el mundo era consciente. Y sin embargo, uno tenía la certeza de que ese gran roble también podía echar a volar, que iba a ser tan rápido como el viento, a pesar de o gracias a sus grandes raíces.
Entonces, a partir de ese momento me puse a seguir el partido con atención buscando siempre lo mismo: esos momentos compactos en que un jugador se convertía en su propio movimiento sin la necesidad de fragmentarse dirigiéndose hacia algo. ¡Y vi montones de ellos! En todas las fases del juego: en las melés, con un punto de equilibrio evidente, un jugador que encontraba sus raíces, convirtiéndose así en una pequeña ancla bien sólida que le daba su fuerza al grupo; en las fases de despliegue, con un jugador que encontraba la velocidad precisa al dejar de pensar en anotar, al concentrarse en su propio movimiento, y que corría como si estuviera en estado de gracia, con el balón pegado al cuerpo; en la exaltación de los pateadores, que se aislaban del resto del mundo para encontrar el movimiento perfecto del pie. Pero ninguno llegaba a la perfección del gran jugador maorí. Cuando marcó el primer ensayo para Nueva Zelanda, papá se quedó como atontado, con la boca abierta, sin acordarse de beberse su cerveza. Debería haberse disgustado porque él iba con el equipo francés, pero en lugar de eso, dijo: «¡Vaya jugador!», pasándose la mano por la frente. Los comentaristas eran un poco reacios a prodigarse en alabanzas, pero con todo tampoco lograban ocultar que acabábamos de presenciar algo verdaderamente bello: un jugador que corría sin moverse dejando a todo el mundo atrás. Eran los otros los que parecían hacer movimientos frenéticos y torpes, incapaces de alcanzarlo.
Entonces me dije: ya está, he podido encontrar en el mundo movimientos inmóviles; ¿vale la pena seguir viviendo por esto? En ese momento, un jugador francés perdió el calzón corto en un maul, y, de golpe, me sentí súper deprimida porque todo el mundo se desternillaba de risa, incluido papá, que se tomó otra cervecita para celebrarlo, a pesar de los dos siglos de protestantismo que han regido nuestra familia. Yo me sentía como si todo fuera una profanación.
Así que, no, esto no basta. Para convencerme serán necesarios otros movimientos. Pero, al menos, habré acariciado la idea de que sí valía la pena vivir.
De guerras y colonias
No tengo estudios, decía en el preámbulo de mi discurso. No es del todo exacto; pero mi juventud escolar llegó hasta el certificado de estudios, antes del cual me había cuidado muy mucho de no llamar la atención -asustada por las sospechas que sabía que en el señor Servant, el maestro, había levantado el descubrirme devorando con avidez su diario, que no hablaba más que de guerras y de colonias, cuando apenas contaba yo diez años.
¿Por qué? No lo sé. ¿Creen ustedes realmente que habría podido? Es una pregunta para los adivinos de antaño. Digamos que la idea de luchar en un mundo de pudientes, yo, la hija de un don nadie, sin belleza ni encanto, sin pasado ni ambición, sin don de gentes ni esplendor, me fatigó antes incluso de, intentarlo. Yo sólo deseaba una cosa: que me dejaran en paz, sin exigirme demasiado, y poder disfrutar, unos instantes al día, de la libertad de saciar mi hambre.
Para quien no conoce el apetito, la primera punzada de hambre es a la vez un sufrimiento y una iluminación. Yo era una niña apática y casi minusválida, tan cargada de espaldas que casi parecía jorobada, que si se mantenía en la existencia no era sino porque desconocía que pudiera haber otra vía. La ausencia de gusto en mí rayaba en la nada; nada me decía nada, nada despertaba nada en mí y, cual débil brizna de paja empujada aquí y allá al capricho de enigmáticas ráfagas de viento, ignoraba incluso hasta el mismo deseo de poner fin a mi vida.
En mi casa apenas se hablaba. Los niños chillaban y los adultos se afanaban en sus tareas como lo hubieran hecho de haber estado solos. Teníamos suficiente para comer, aunque frugalmente, no se nos maltrataba y nuestra ropa de pobres estaba limpia, de modo que aunque podía causarnos vergüenza, al menos no sufríamos el frío. Pero no nos hablábamos.
La revelación tuvo lugar cuando, a la edad de cinco años, en mi primer día de colegio, tuve la sorpresa y el susto de oír una voz que se dirigía a mí pronunciando mi nombre.
– ¿Renée? -preguntaba la voz, mientras yo sentía posarse sobre la mía una mano amiga.
Era en el pasillo donde, con ocasión del primer día de colegio y porque llovía, se había apelotonado a un tropel de niños.
– ¿Renée? -seguía modulando la voz que venía de lo alto, y la mano amiga no dejaba de ejercer sobre mi brazo -incomprensible lenguaje- ligeras y tiernas presiones.
Levanté la cabeza, en un movimiento insólito que casi me dio vértigo, y mis ojos se cruzaron con una mirada.
Renée. Se trataba de mí. Por primera vez, alguien se dirigía a mí por mi nombre. Mientras que mis padres recurrían a un gesto o a un gruñido, una mujer, cuyos ojos claros y labios sonrientes observé entonces, se abría camino hasta mi corazón y, pronunciando mi nombre, entraba conmigo en una proximidad de la que hasta entonces yo nada sabía. Descubrí a mi alrededor un mundo que, de pronto, adornaban mil colores. En un destello doloroso, percibí la lluvia que caía en el patio, las ventanas lavadas por las gotas, el olor de la ropa mojada, la estrechez del corredor, angosto pasillo en el que vibraba la asamblea de párvulos, la pátina de los percheros de pomos de cobre en los que se amontonaban las esclavinas de paño barato, así como la altura de los techos, a la medida de los cielos para la mirada de un niño.
Entonces, con mis enormes ojos clavados en los suyos, me aferré a la mujer que acababa de traerme a la vida.
– Renée -repitió la voz-, ¿quieres quitarte el impermeable?
Y, sujetándome con firmeza para que no me cayera, me desvistió con la rapidez que otorga la larga experiencia.
Se cree erróneamente que el despertar de la conciencia coincide con el momento del primer nacimiento, quizá porque no sabemos imaginar otro estado vivo que no sea ése. Nos parece que siempre hemos visto y sentido y, seguros de esta creencia, identificamos en la venida al mundo el instante decisivo en que la conciencia nace. Que, durante cinco años, una niña llamada Renée, mecanismo perceptivo operativo dotado de vista, oído, olfato, gusto y tacto, hubiera podido vivir en una perfecta inconsciencia de sí misma y del universo desmiente tan apresurada teoría. Pues para que se dé la conciencia, es necesario un nombre.
Sin embargo, por un concurso de circunstancias desgraciadas, se desprende que a nadie se le había ocurrido darme el mío.
– Qué ojos más bonitos tienes -añadió la maestra, y tuve la intuición de que no mentía, que en ese instante mis ojos brillaban animados por toda esa belleza y, reflejando el milagro de mi nacimiento, lanzaban mil destellos.
Me puse a temblar y busqué en los suyos la complicidad que engendra toda alegría compartida.
En su mirada dulce y bondadosa sólo leí compasión.
Cuando por fin nacía al mundo, sólo inspiraba piedad.
Estaba poseída.
Puesto que mi hambre no podía saciarse con el juego de interacciones sociales inconcebibles para mi condición -y eso no lo entendí hasta más tarde, esa compasión en los ojos de mi salvadora, pues ¿alguna vez se ha visto a una pobre experimentar la ebriedad del lenguaje y ejercitarse en él con los demás?- se saciaría con los libros. Por primera vez, toqué uno en mi vida. Había visto a los mayores de la clase mirar en ellos invisibles rastros, como si una misma fuerza los moviera a todos y, sumiéndose en el silencio, extraer del papel muerto algo que parecía vivo.
Aprendí a leer sin que nadie se enterara. Los demás niños seguían balbuciendo las letras cuando yo hacía tiempo que conocía ya la solidaridad que teje entre sí los signos escritos, sus combinaciones infinitas y los sonidos maravillosos que me habían marcado en ese mismo lugar, el primer día, cuando la maestra pronunciara mi nombre. Nadie lo supo. Leí como una posesa, a escondidas primero, luego, cuando me pareció haber superado el tiempo de aprendizaje normal, a la vista de todos pero cuidándome mucho de disimular el placer y el interés que la lectura me suscitaba.
La niña frágil se había convertido en un alma hambrienta.
A los doce años dejé el colegio para trabajar en casa y en el campo con mis padres y mis hermanos. A los diecisiete me casé.
El caniche como tótem
En el imaginario colectivo, la pareja de porteros, dúo fusionado compuesto de entidades tan insignificantes que sólo su unión las revela, es dueña a la fuerza de un caniche. Como todo el mundo sabe, los caniches son una clase de perros de pelo rizado cuyos amos suelen ser jubilados adeptos del poujadismo, señoras muy solas que hacen trasvase de cariño sobre el animal o conserjes de finca urbana agazapados en sus lúgubres porterías. Pueden ser negros o color albaricoque. Los segundos son más agresivos que los primeros, pero éstos huelen peor que aquéllos. Todos los caniches ladran con acritud a la menor ocasión, pero sobre todo cuando no ocurre nada. Siguen a su amo trotando sobre sus cuatro patas rígidas, sin mover el resto de su tronquito en forma de salchicha. Sobre todo, tienen unos ojillos negros y malvados, hundidos en unas órbitas insignificantes. Los caniches son feos y tontos, sumisos y fanfarrones. Así son los caniches.
Por ello la pareja de porteros, metaforizada en su totémico can, parece privada de tales pasiones como el amor y el deseo y, como el propio tótem, destinada a ser por siempre fea, tonta, sumisa y fanfarrona. Si bien ocurre que en ciertas novelas los príncipes se enamoren de las obreras o de las princesas de las galeras, nunca se da el caso, entre un portero y otro, incluso de sexos opuestos, de romances como los que viven los demás y que merecerían relatarse en alguna parte.
No sólo no tuvimos nunca ningún caniche, sino que también creo poder decir que nuestro matrimonio fue feliz. Con mi marido pude ser yo misma. Recuerdo con nostalgia las mañanas de domingo, esas benditas mañanas pues eran las del descanso, en las que, en la cocina silenciosa, él se tomaba su café mientras yo leía. Me casé con él a los diecisiete años, después de un cortejo breve pero adecuado. Trabajaba en la fábrica, como mis hermanos mayores, y a la salida a veces se venía con ellos a casa para tomar un café o una copita de licor. Por desgracia, yo era fea. Sin embargo, ello no habría sido en absoluto decisivo si mi fealdad hubiera sido como la de las demás. Pero mi fealdad tenía la crueldad de que era sólo mía y de que, despojándome de toda frescura cuando aún no era siquiera una mujer, a los quince años me confería ya la apariencia que tendría a los cincuenta. La espalda encorvada, la cintura ancha, las piernas cortas, los pies torcidos, el vello abundante, los rasgos toscos, en fin, sin gracia ni contornos, se me podrían haber perdonado en beneficio del encanto propio de toda juventud, aun ingrata; pero, en lugar de eso, a los veinte años yo ya parecía una vieja pretenciosa y aburrida.
Por ello, cuando las intenciones de mi futuro marido se precisaron, y ya no me fue posible ignorarlas, me abrí a él, hablando por vez primera con franqueza a alguien que no fuera yo misma, y le confesé mi perplejidad ante la idea de que pudiera querer casarse conmigo. Era sincera. Hacía tiempo que me había acostumbrado a la perspectiva de una vida solitaria. Ser pobre, fea y, por añadidura, inteligente, condena en nuestras sociedades a trayectorias sombrías y desengañadas a las que más vale resignarse lo antes posible. A la belleza se le perdona todo, incluso la vulgaridad. La inteligencia ya no se ve como una justa compensación de las cosas, una manera de restablecer el equilibrio que la naturaleza ofrece a los menos favorecidos de entre sus hijos, sino como un juguete superfiuo que realza el valor de la joya. En cuanto a la fealdad, siempre se la considera culpable, y yo estaba condenada a ese destino trágico con el dolor que precisamente me confería mi lucidez.
– Renée -me respondió él con toda la seriedad de la que era capaz, y agotando en esa larga parrafada toda la facundia que ya nunca más habría de desplegar-, Renée, yo no quiero por mujer a una de esas ingenuas que en el fondo no son sino unas desvergonzadas y, detrás de su cara bonita, no tienen más cerebro que un mosquito. Quiero una mujer fiel, una buena esposa, una buena madre y una buena ama de casa. Quiero una compañera apacible y segura que permanecerá a mi lado para apoyarme. A cambio, de mí puedes esperar que sea serio en el trabajo, tranquilo en el hogar y tierno cuando convenga serlo. No soy un mal hombre y lo haré lo mejor que pueda. Y así lo hizo.
Bajito y enjuto como la cepa de un olmo, tenía no obstante una expresión agradable, por lo general sonriente. No bebía, no fumaba, no mascaba tabaco y no apostaba. En casa, después de trabajar, veía la televisión, hojeaba revistas de pesca o jugaba a las cartas con los amigos de la fábrica. De carácter muy sociable, invitaba a la gente a nuestra casa con frecuencia. Los domingos se iba de pesca. En cuanto a mí, me ocupaba sólo de las tareas del hogar, pues se oponía a que lo hiciera en casas ajenas.
No le faltaba inteligencia, no obstante no fuera ésta de la clase que valora el genio social. Si bien sus competencias se limitaban al terreno de lo manual, desplegaba en éste un talento que no respondía únicamente a aptitudes motoras y, pese a ser inculto, abordaba todas las cosas con ese ingenio que, en los trabajos manuales, distingue a los laboriosos de los artistas y, en la conversación, informa que el saber no lo es todo. Resignada desde tan tierna edad a una existencia de monja, me parecía pues bien clemente que el Cielo hubiera puesto entre mis manos de esposa un compañero de tan agradables modales y que, sin ser un intelectual, no era por ello menos listo.
Me podría haber tocado en suerte un Grelier.
Bernard Grelier es uno de los pocos seres del número 7 de la calle Grenelle con el cual no temo delatarme. Poco importa que le diga: «Guerra y Paz es la puesta en escena de una visión determinista de la historia» o «Conviene que engrase los goznes del cuartito de la basura», no otorgará más sentido a una frase o a otra, ni tampoco menos. Me pregunto incluso por qué inexplicado milagro la segunda exhortación llega a desencadenar en él un principio de acción. ¿Cómo se puede hacer lo que no se comprende? Sin duda este tipo de proposiciones no requiere tratamiento racional alguno y, al igual que esos estímulos que, sucediéndose sin tregua en la médula espinal, desencadenan el reflejo sin solicitar la intervención del cerebro, la exhortación de engrasar quizá no sea más que una solicitación mecánica que pone los miembros en movimiento sin que concurra el espíritu.
Bernard Grelier es el marido de Violette Grelier, la «gobernanta» de los Arthens. Contratada treinta años antes como simple criada, había ido ascendiendo en categoría a medida que los señores se iban enriqueciendo y, aupada ya a la función de gobernanta, soberana de un irrisorio reino compuesto por la asistenta (Manuela), un mayordomo ocasional (inglés) y un mozo para tareas varias (su marido), tenía por el pueblo llano el mismo desprecio que los grandes burgueses de sus jefes. De la mañana a la noche parloteaba como una cotorra, se afanaba aquí y allá, dándose mucho pisto, reñía a los criados como en los tiempos dorados de Versalles y mortificaba a Manuela con pontificales discursos sobre el amor al trabajo bien hecho y el declive de los buenos modales.
– Ésta en cambio no ha leído a Marx -me dijo un día Manuela.
La pertinencia de esta constatación, por parte de una portuguesa de pro poco versada sin embargo en el estudio de los filósofos, me llamó la atención. No, desde luego que Violette Grelier no había leído a Marx, debido a que no figuraba en ninguna lista de productos limpiadores para la plata de los ricos. El precio de esa laguna era la herencia de una vida cotidiana adornada por interminables catálogos que hablaban de almidón y de trapos de lino.
La mía había sido pues una buena boda.
Además, no tardé mucho en confesarle a mi marido mi gran pecado.
Idea profunda n° 2
El gato de aquí abajo
ese tótem moderno
y a ratos decorativo
Así por lo menos ocurre en mi casa. Si se quiere comprender a nuestra familia, basta con observar a los gatos. Nuestros gatos son dos grandes odres atiborrados de croquetas de lujo que no tienen ninguna interacción interesante con las personas. Se arrastran de un sofá a otro, dejándolo todo perdido de pelos, y nadie parece haber comprendido que no sienten el más mínimo afecto por nadie. El único interés que presentan los gatos es el de ser objetos decorativos con capacidad de movimiento, un concepto que encuentro intelectualmente interesante, pero a los nuestros les cuelga demasiado la barriga como para que pueda aplicárseles.
Mamá, que se ha leído toda la obra de Balzac y cita a Flaubert en cada cena, demuestra hasta qué punto la educación es una auténtica tomadura de pelo. Basta observarla con los gatos. Es vagamente consciente de su potencial decorativo, pero se obstina sin embargo en hablarles como si fueran personas, lo cual no se le pasaría por la cabeza si se tratara de una lámpara o de una estatuilla etrusca. Parece ser que los niños creen hasta edad avanzada que todo lo que se mueve tiene alma e intención. Mamá ya no es ninguna niña, pero está visto que no alcanza a considerar que Parlamento y Constitución no tienen más entendimiento que la aspiradora. Estoy dispuesta a reconocer que la diferencia entre la aspiradora y ellos estriba en que un gato puede sentir dolor y placer. Pero ¿significa eso que tiene más aptitudes para comunicarse con el ser humano? En absoluto. Ello sólo debería incitarnos a tomar precauciones especiales, como con un objeto muy frágil. Cuando oigo a mamá decir: «Constitución es una gatita a la vez muy orgullosa y muy sensible» cuando la gata en cuestión está repanchingada en el sofá porque ha comido demasiado, me dan ganas de reír. Pero si reflexionamos sobre la hipótesis según la cual el gato tiene como función la de ser un tótem moderno, una suerte de encarnación emblemática y protectora del hogar, reflejando con benevolencia lo que son los miembros de la familia, la teoría se hace patente. Mamá hace de los gatos lo que le gustaría que fuéramos nosotros y que en absoluto somos. Pocos son menos orgullosos y sensibles que los tres miembros de la familia Josse que me dispongo a mencionar: papá, mamá y Colombe. Son del todo apáticos y anestesiados, vacíos de emociones.
Resumiendo, yo pienso que el gato es un tótem moderno. Por mucho que se diga, por mucho que se perore sobre la evolución, la civilización y un montón más de palabras que terminan en «ción», el hombre no ha progresado mucho desde sus inicios: sigue pensando que no está aquí por casualidad y que unos dioses en su mayoría benévolos velan por su destino.
Rechazo al combate
He leído tantos libros…
Sin embargo, como todos los autodidactas, nunca estoy segura de lo que he comprendido de mis lecturas. Un buen día me parece abarcar con una sola mirada la totalidad del saber, como si invisibles ramificaciones nacieran de pronto y unieran entre sí todas mis lecturas dispersas; y, de repente, el sentido no se deja aprehender, lo esencial se me escapa y por mucho que lea y relea las mismas líneas, las comprendo cada vez un poco menos y me veo a mí misma como a una vieja chalada que piensa tener el estómago lleno sólo por haber leído con atención el menú. Al parecer, la conjunción de esa aptitud y esa ceguera es la marca característica de la autodidaxia. Privando al sujeto de las guías seguras que toda buena formación proporciona, le hace no obstante ofrenda de una libertad y una síntesis de pensamiento allí donde los discursos oficiales imponen barreras y proscriben la aventura.
Esta mañana precisamente, me encuentro, perpleja, en la cocina, con un librito ante mí. Estoy en uno de esos momentos en que me arrebata el delirio de mi empresa solitaria y, a un paso de tirar la toalla, temo haber dado por fin con mi amo.
Que lleva por nombre Husserl, un nombre que rara vez se otorga a los animales de compañía o a las marcas de chocolate, debido a que evoca algo serio, árido y vagamente prusiano. Pero ello no me consuela. Considero que el destino me ha enseñado, mejor que a nadie, a resistir a las sugestiones negativas del pensamiento mundial. Déjenme que les diga algo: si hasta el momento se habían imaginado que, a fuerza de fealdad, vejez, viudez y reclusión en una portería, me había convertido en un ser miserable resignado a la bajeza de su suerte, es que carecen de imaginación. Me he replegado, es cierto, y he rechazado el combate. Pero, en la seguridad de mi espíritu, no existe desafío que yo no sea capaz de afrontar. Indigente de nombre, posición y apariencia, soy en mi entendimiento una diosa invicta.
Por ello, Edmund Husserl, que, a mi juicio, es un nombre para aspiradores sin bolsa, amenaza la perennidad de mi Olimpo privado.
– Bueno, bueno, bueno, bueno -digo, respirando bien hondo-, todo problema tiene solución, ¿no? -y le lanzo una mirada a mi gato, buscando algo de aliento por su parte.
El ingrato no responde. Acaba de tragarse una monstruosa loncha de paté y, animado desde ese momento por una gran benevolencia, coloniza el sillón.
– Bueno, bueno, bueno, bueno -repito tontamente y, perpleja, contemplo una vez más el ridículo librito.
Meditaciones cartesianas – Introducción a la fenomenología. Uno se da cuenta enseguida, por el título de la obra y al leer las primeras páginas, que no es posible abordar a Husserl, filósofo fenomenólogo, sin haber leído antes a Descartes y a Kant. Pero resulta también patente, con la misma prontitud, que dominar a Descartes y a Kant no basta para que a uno se le abran las puertas de acceso a la fenomenología trascendental.
Es una lástima; pues siento por Kant una sólida admiración, por los dispares motivos de que su pensamiento es un concentrado glorioso de genio, rigor y locura y porque, por espartana que pueda ser su prosa, apenas he tenido dificultad en descifrar su sentido. Los textos de Kant son grandes textos, y así lo atestigua su aptitud para superar la prueba de la ciruela Claudia. La prueba de la ciruela claudia asombra por su evidencia; tan evidente es, como digo, que lo deja a uno desarmado. Su fuerza estriba en una constatación universal: al morder la fruta, el hombre comprende al fin. ¿Qué es lo que comprende? Todo. Comprende la lenta maduración de una especie humana abocada a la supervivencia que, un buen día, llega a la intuición del placer, la vanidad de todos los apetitos ficticios que distraen de la aspiración primera a las virtudes de las cosas sencillas y sublimes, la inutilidad de los discursos, la lenta y terrible degradación de los mundos a la cual nadie podrá sustraerse y, pese a ello, la maravillosa voluptuosidad de los sentidos cuando conspiran a enseñar a los hombres el placer y la aterradora belleza del Arte. La prueba de la ciruela claudia se efectúa en mi cocina. Sobre la mesa de fórmica dispongo la fruta y el libro, y, atacando la primera, me lanzo también sobre el segundo. Si resisten mutuamente a sus cargas poderosas, si la ciruela Claudia no logra hacer que dude del texto y si éste no acierta a arruinarme la fruta, entonces sé que me hallo en presencia de una empresa de envergadura y, atrevámonos a decirlo, de excepción, tan escasas son las obras que no se ven disueltas, ridiculas y fatuas, en la extraordinaria suculencia de los pequeños frutos dorados.
– Pues estoy apañada -le digo a León, porque mis competencias en materia de kantismo son muy poquita cosa frente al abismo de la fenomenología.
No se puede decir que tenga mucha alternativa. No me queda más remedio que ir a la biblioteca y tratar de dar con una introducción al asunto. Por lo general desconfío de esas glosas o atajos que aprisionan al lector en un pensamiento escolástico. Pero la situación es demasiado grave como para que pueda otorgarme el lujo de tergiversar. La fenomenología se me escapa y ello me resulta insoportable.
Idea profunda n°3
Los más fuertes
entre los hombres
no hacen nada
hablan y hablan
sin parar
Ésta es una idea profunda mía, pero nació a su vez de otro idea profunda. Lo dijo un invitado de papá que vino ayer a cenar: «Los que saben hacer las cosas, las hacen; los que no saben, enseñan a hacerlas; los que no saben enseñar, enseñan a los que enseñan, y los que no saben enseñar a los que enseñan, se meten en política.» Todo el mundo pareció encontrar aquello muy inspirado, pero no por los motivos adecuados. «Cuánta razón tiene», dijo Colombe, que es especialista en falsa autocrítica. Forma parte de aquellos que piensan que el saber vale por el poder y el perdón. Si sé que formo parte de una élite autosatisfecha que sacrifica el bien común por exceso de arrogancia, me libro de la crítica y consigo con ello el doble de prestigio. Papá también tiende a pensar así, aunque es menos cretino que mi hermana. Él todavía cree que existe algo llamado «deber» y, aunque sea a mi juicio quimérico, ello lo protege de la idiotez del cinismo. Me explico: no hay mayor frivolidad que ser cínico. Si adopta la actitud contraria es porque todavía cree a pies juntillas que el mundo tiene sentido y porque no acierta a renunciar a las pamplinas de la infancia. «La vida es una golfa, ya no creo en nada y gozaré hasta la náusea» es el lema del ingenuo contrariado. O sea, mi hermana, vamos. Por mucho que estudie en una de las universidades más prestigiosas de Francia, todavía cree en Papa Noel, no porque tenga buen corazón, sino porque es totalmente pueril. Se reía como una tonta cuando el colega de papá soltó su ingeniosa frase, como si pensara «qué lista soy, domino la meta-referencia», y eso me confirmó lo que opino desde hace tiempo: Colombe es un cero a la izquierda.
Pero yo en cambio pienso que esta frase es una auténtica idea profunda, precisamente porque no es verdad, por lo menos no del todo. No significa lo que uno cree que significa. Si uno ascendiera en la escala social de manera proporcional a su incompetencia, os puedo asegurar que el mundo no marcharía como marcha. Pero el problema no es ése. Lo que esta frase quiere decir no es que los incompetentes tengan un lugar bajo el sol, sino que no hay nada más difícil e injusto que la realidad humana: los hombres viven en un mundo donde lo que tiene poder son las palabras y no los actos, donde la competencia esencial es el dominio del lenguaje. Eso es terrible porque, en el fondo, somos primates programados para comer, dormir, reproducirnos, conquistar y asegurar nuestro territorio, y aquellos más hábiles para todas esas tareas, aquellos entre nosotros que son más animales, ésos siempre se dejan engañar por los otros, los que tienen labia pero serían incapaces de defender su huerto, de traer un conejo para la cena y de procrear como es debido. Es un terrible agravio a nuestra naturaleza animal, una suerte de perversión, de contradicción profunda.
Triste condición
Después de un mes de lectura frenética, decido con inmenso alivio que la fenomenología es una tomadura de pelo. De la misma manera que las catedrales siempre han despertado en mí ese sentimiento próximo al síncope que se experimenta ante la manifestación de lo que los hombres pueden construir para rendir homenaje a algo que no existe, la fenomenología acosa mi incredulidad ante la perspectiva de que tanta inteligencia haya podido servir una causa tan vana. Como estamos en noviembre, por desgracia no tengo ciruelas Claudias a mano. En tal caso, once meses al año a decir verdad, recurro al chocolate negro (70% de cacao). Pero conozco de antemano el resultado de la demostración. Si tuviera la posibilidad de saborear el patrón de prueba, seguro que me partiría de risa leyendo, y un bonito capítulo como «Revelación del sentido final de la ciencia en el empeño de "vivirla" como fenómeno noemático» o «Los problemas constitutivos del ego trascendental» podría incluso matarme de risa; caería fulminada en mi mullida poltrona, con zumo de ciruela Claudia o hilillos de chocolate rodando por las comisuras de mis labios.
Si se quiere abordar la fenomenología, hay que ser consciente del hecho de que se resume a una doble interrogación: ¿de qué naturaleza es la conciencia humana? ¿Qué conocemos del mundo?
Empecemos por la primera.
Hace milenios que, desde el «conócete a ti mismo» hasta el «pienso luego existo», no se deja de glosar esta irrisoria prerrogativa del hombre que constituye la conciencia que éste tiene de su propia existencia y, sobre todo, la capacidad que tiene esta conciencia de tomarse a sí misma como objeto. Cuando algo le pica, el hombre se rasca y tiene conciencia de estar rascándose. Si se le pregunta: ¿qué haces? Responde: me rasco. Si se lleva más lejos la investigación (¿eres consciente del hecho de que eres consciente de que te rascas?), responde otra vez que sí, y así con todos los «eres consciente» que se puedan añadir. ¿Alivia en algo su sensación de picor el saber que se rasca y que es consciente de ello? ¿Influye acaso de manera beneficiosa la conciencia reflexiva en la intensidad del picor? Quia. Saber que a uno le pica y ser consciente del hecho de que se es consciente de saberlo no cambia estrictamente nada el hecho de que a uno le pique. Y desventaja añadida, hay que soportar la lucidez que resulta de esta triste condición, y apuesto diez libras de ciruelas Claudias a que ello acrecienta una molestia que, en el caso de mi gato, un simple movimiento de la pata anterior basta para aliviar. Pero resulta para los hombres tan extraordinario, porque ningún otro animal lo puede y porque así escapamos a la bestialidad, que un ser pueda saberse sabiendo que se está rascando, que esta prelación de la conciencia humana parece para muchos la manifestación de algo divino, algo que en nosotros escapa al frío determinismo al que están sometidas todas las cosas físicas.
Toda la fenomenología se asienta sobre esta certeza: nuestra conciencia reflexiva, marca de nuestra conciencia ontológica, es la única entidad en nosotros que vale la pena estudiarse pues nos salva del determinismo biológico.
Nadie parece consciente del hecho de que, puesto que somos animales sometidos al frío determinismo de las cosas físicas, ello anula todo lo anterior.
Sotanas de tela basta
Consideremos la segunda pregunta: ¿qué conocemos del mundo?
A esta pregunta, los idealistas como Kant responden.
¿Qué responden?
Responden: poca cosa.
El idealismo es la postura que considera que sólo podemos conocer aquello que nuestra conciencia, esa entidad semidivina que nos salva de la bestialidad, aprehende. Conocemos del mundo lo que nuestra conciencia puede decir de éste porque lo aprehende, y nada más.
Consideremos un ejemplo, casualmente un simpático gato llamado León. ¿Por qué? Porque encuentro que es más fácil con un gato. Y yo les pregunto: ¿cómo pueden estar seguros de que se trata de verdad de un gato, e incluso saber lo que es un gato? Una respuesta sana sería argüir que nuestra percepción del animal, completada por algunos mecanismos conceptuales y lingüísticos, nos lleva a formar ese conocimiento. Pero la respuesta idealista consiste en alegar la imposibilidad de saber si lo que percibimos y concebimos del gato, si lo que nuestra conciencia aprehende como gato, concuerda con lo que es el gato en su intimidad profunda. Quizá mi gato, que, en el momento en el que hablamos, yo aprehendo como un cuadrúpedo obeso con bigotes trémulos y que guardo en mi mente en un cajón etiquetado como «gato», sea en realidad y en su misma esencia una bola de liga verde que no hace miau. Pero mis sentidos están constituidos de tal manera que no lo percibo así, y el inmundo montón de cola verde, engañando mi repulsión y mi candida confianza, se presenta a mi conciencia bajo la apariencia de un animal doméstico glotón y sedoso.
He ahí el idealismo kantiano. No conocemos del mundo más que la idea que nuestra conciencia forma del mismo. Pero existe una teoría más deprimente que ésta, una teoría que abre perspectivas más aterradoras todavía que la de acariciar sin darse cuenta de ello un pedazo de baba verde o, por las mañanas, hundir en una cueva pustulosa las rebanadas de pan que uno creía destinadas al tostador.
Existe el idealismo de Edmund Husserl, que ahora ya evoca para mí una marca de sotanas de tela basta para sacerdotes seducidos por un oscuro cisma de la Iglesia baptista.
En esta última teoría sólo existe la aprehensión del gato. ¿Y el gato? Pues bien, el gato no le importa a nadie. El gato no es necesario en absoluto. ¿Para qué? ¿Qué gato? A partir de ahora, la filosofía se permite complacerse sólo con la lujuria de la mente nada más. El mundo es una realidad inaccesible que sería vano tratar de conocer. ¿Qué conocemos del mundo? Nada. Puesto que todo conocimiento no es más que la autoexploración por sí misma de la conciencia reflexiva, se puede mandar el mundo a paseo.
Tal es la fenomenología: la «ciencia de lo que aparece a la conciencia». ¿Cómo es un día normal de un fenomenólogo? Se levanta, tiene conciencia de enjabonar bajo la ducha un cuerpo cuya existencia carece de fundamento, de tomarse unas tostadas reducidas a la nada, de vestir una ropa que es como unos paréntesis vacíos, de ir al trabajo y de asir un gato.
Poco le importa que el gato exista o no y lo que el gato sea en su esencia misma. Lo que no se puede decidir no le interesa. En cambio, es innegable que a su conciencia se le aparece un gato y es ese aparecer lo que preocupa a nuestro hombre.
Un aparecer por lo demás bastante complejo. Es desde luego notable que se pueda detallar hasta ese punto el funcionamiento de la aprehensión por parte de la conciencia de algo cuya existencia en sí es indiferente. ¿Saben ustedes que nuestra conciencia no aprehende nada de una sentada, sino que efectúa complicadas series de síntesis que, mediante perfilados sucesivos, consiguen que nuestros sentidos perciban objetos diversos como, por ejemplo, un gato, una escoba o un matamoscas? (No me negarán que no resulta útil este mecanismo.) Realicen el ejercicio de mirar a su gato y de preguntarse cómo es que saben ustedes qué aspecto tiene por delante, por detrás, por arriba y por abajo cuando en ese momento sólo lo están viendo de frente. Ha sido necesario que su conciencia, sintetizando sin que ustedes se dieran cuenta siquiera las múltiples percepciones de su gato desde todos los ángulos posibles, termine creando esa imagen completa del gato que su visión actual no le proporciona jamás. Lo mismo ocurre con el matamoscas, que no perciben nunca ustedes más que por un lado, si bien pueden visualizarlo entero en sus mentes y, milagro, saben sin tener siquiera que darle la vuelta qué aspecto tiene por el otro lado.
Estaremos de acuerdo en que ese saber resulta muy útil. Resulta difícil imaginar a Manuela utilizando un matamoscas sin echar mano inmediatamente del saber que tiene de los distintos perfilados necesarios para su aprehensión. Por otra parte, resulta difícil imaginar a Manuela utilizando un matamoscas por la sencilla razón de que en las casas de los ricos nunca hay moscas. Ni moscas, ni viruela, ni malos olores, ni secretos de familia. En casa de los ricos todo es limpio, sin aristas, sano y por consiguiente preservado de la tiranía de los matamoscas y del oprobio público.
He aquí pues lo que es la fenomenología: un monólogo solitario y sin fin de la conciencia consigo misma, un autismo puro y duro que ningún gato real y verdadero importuna jamás.
En el Sur conferederado
– ¿Qué está leyendo? -me pregunta Manuela, que viene, jadeando, de casa de cierta señora de Broglie a quien la cena que organiza esa noche ha vuelto tísica. Al recibir de manos del mozo de supermercado siete cajas de caviar Petrossian, respiraba como Dark Vader.
– Una antología de poemas folklóricos -le digo, cerrando para siempre el capítulo Husserl.
Hoy Manuela está de buen humor, salta a la vista. Saca con brío una cajita llena de pastas de almendras provistas aún de los papelitos blancos fruncidos sobre los que se han confeccionado, se sienta, le quita con esmero las arrugas al mantel, preámbulo de una declaración que a todas luces la exalta.
Yo dispongo las tazas, me siento a mi vez y aguardo.
– La señora de Broglie no está satisfecha con sus trufas -empieza Manuela.
– ¿Ah, no? -contesto educadamente.
– No huelen a nada -prosigue con expresión hosca, como si ese fallo fuera para ella una ofensa personal de máxima importancia. esa información en su justo valor, y me complazco en imaginarme a Bernadette de Broglie en su cocina, azorada y desgreñada, afanándose por vaporizar sobre las infractoras una decocción de jugo de setas y níscalos con la esperanza irrisoria pero desesperada de que terminarán así por exhalar algo que pueda evocar un bosque.
– Y Neptune se ha hecho pis en la pierna del señor Saint-Nice -prosigue Manuela-. El pobre animal debía de llevar horas aguantándose, y cuando el señor ha sacado la correa, no se ha podido contener y se lo ha hecho en el mismo hall sobre el bajo de su pantalón.
Neptune es el cocker de los propietarios del tercero derecha. La segunda y la tercera son las únicas plantas divididas en apartamentos (de doscientos metros cada uno). En el primer piso están los de Broglie; en el cuarto, los Arthens; en el quinto, los Josse; y, en el sexto, los Pallières. En el segundo viven los Meurisse y los Rosen. En el tercero, los Saint-Nice y los Badoise. Neptune es el perro de los Badoise o más exactamente de la señorita Badoise, que estudia derecho en Assas y organiza concentraciones de propietarios de cockers que también estudian derecho en Assas.
Tengo una gran simpatía por Neptune. Sí, nos apreciamos mucho, sin duda por la gracia de la complicidad que nace de que los sentimientos de uno son inmediatamente accesibles al otro. Neptune siente que le tengo cariño; sus distintos deseos me son a mí transparentes. Lo sabroso de todo este asunto reside en el hecho de que él se obstina en ser un perro cuando su ama querría hacer de él un caballero. Cuando sale al patio, tirando, tirando a más no poder de su correa de cuero amarillo, mira con codicia los charcos de agua enfangada que se pasan todo el día ahí tan tranquilos. En cuanto su dueña tira con un golpe seco de su yugo, Neptune baja el trasero a ras del suelo y, sin más ceremonia, se pone a lamerse los atributos. Cuando ve a Athéna, la ridícula whippet de los Meurisse, saca la lengua como un sátiro lúbrico y jadea de manera anticipada, con la cabeza llena de fantasías. Lo más gracioso que tienen los cockers es que, cuando están de buen humor, tienen unos andares como si se balancearan; es como si llevaran unos muellecitos fijados a las patas que, al andar, los impulsaran hacia arriba, pero suavemente, sin brusquedad. Al andar así se les agitan también las patas y las orejas, como el balanceo de un navío, y el cocker, barquito amable que cabalga sobre tierra firme, aporta a estos pagos urbanos un toque marítimo que me encanta.
Neptune, por último, es un comilón dispuesto a todo por un vestigio de nabo o un mendrugo de pan duro. Cuando su dueña pasa delante del cuartito de la basura, éste tira como un loco de su correa en dirección al mismo, con la lengua fuera y agitando la cola como un loco. Diane Badoise se desespera. Esta alma distinguida estima que su perro debía haber sido como las muchachas de clase alta de Savannah, en el sur confederado de antes de la guerra, que sólo podían encontrar marido si fingían no tener apetito.
En lugar de eso, Neptune es más bien un, yankee hambriento.
Diario del movimiento del mundo n° 2
Bacon para el cocker
En mi edificio hay dos perros: la whippet de los Meurisse, que parece un esqueleto recubierto por una costra de cuero beis, y el cocker rojizo de Diane Badoise, la hija del abogado ese tan pijo, una rubia anoréxica que lleva impermeables de Burberrys. La whippet se llama Athéna y el cocker, Neptune. Esto lo digo por si hasta ahora no os habíais dado cuenta de la clase de edificio en que vivo. Aquí nada de perros Rex ni Toby. Bueno, total que ayer, en el vestíbulo, se cruzaron los dos perros y tuve la ocasión de presenciar una coreografía muy interesante. No haré comentarios sobre los perros, que se olisquearon el trasero. No sé si a Neptune le huele mal el suyo, pero el caso es que Athéna se echó para atrás de un salto mientras que él, por el contrario, parecía estar olisqueando un ramo de rosas en medio del cual hubiera un gran chuletón poco hecho.
Pero no, lo interesante en este asunto eran las dos humanas que sujetaban el otro extremo de las correas. Porque, en la ciudad, son los perros quienes llevan a los amos de paseo, aunque nadie parezca comprender que el hecho de haber querido cargar voluntariamente con un perro al que hay que sacar a pasear dos veces al día, llueva, nieve o haga viento, equivale a pasarse uno mismo una correa por el cuello. Bueno, resumiendo, que Diane Badoise y Anne-Hélène Meurisse (mismo modelo de mujer con veinticinco años de intervalo) se cruzaron en el vestíbulo, sujeta cada cual a su correa. ¡En esos casos, es siempre un lío de aquí te espero! Son las dos tan torpes como si llevaran aletas de buceo en los pies y en las manos, porque son incapaces de hacer lo único que sería eficaz en esa situación: reconocer lo que ocurre para poder evitarlo. Pero como hacen como si sacaran a pasear a un par de peluches distinguidos sin ninguna pulsión fuera de lugar, no pueden gritarles a los perros que dejen de olisquearse el culo o de lamerse las pelotas.
He aquí pues lo que ocurrió: Diane Badoise salió del ascensor con Neptune, y Anne-Hélène Meurisse esperaba justo delante con Athéna. Por así decirlo, echaron a los perros uno contra el otro y, por descontado, no podía ser de otra manera, Neptune se puso como loco. Salir tan tranquilito del ascensor y encontrarse con el hocico en el trasero de Athéna no es algo que ocurra todos los días. Hace la tira de tiempo que Colombe nos da la tabarra con el kairos, un concepto griego que significa más o menos el «momento propicio», eso que según ella Napoleón sabía aprovechar, pues por supuesto mi hermana es experta en estrategia militar. Bueno, pues eso, que el kairos es la intuición del momento, vaya. Pues dejadme que os diga que Neptune el suyo lo tenía justo delante del hocico y no se anduvo por las ramas, no, qué va, se puso en plan húsar a la antigua: se montó encima. «¡Oh, Dios mío!», exclamó Anne-Hélène como si fuera ella misma la víctima del ultraje. «¡Oh, no!», protestó a su vez Diane Badoise, como si toda la vergüenza recayera sobre ella, cuando me apuesto una chocolatina Michoko a que ni se le hubiera pasado por la cabeza subirse sobre el trasero de Athéna. Y entonces se pusieron las dos a la a tirar de sus perros por medio de las correas, pero hubo un problema y eso fue lo que dio lugar a un movimiento interesante.
El caso es que Diane debería haber tirado hacia arriba y la otra, hacia abajo, lo cual habría separado a los perros, pero, en lugar de eso, tiraron cada una de un lado, y como el espacio que hay delante del hueco del ascensor es reducido, muy pronto se toparon con un obstáculo: una chocó contra la reja del ascensor y, la otra, contra la pared de la izquierda; gracias a eso, Neptune, al que la primera tracción había desestabilizado, pudo recuperar algo de impulso y se arrimó con más ímpetu aún si cabe a Athéna, que ponía ojos de susto, chillando como una loca. En ese momento, las humanas cambiaron de estrategia, tratando de arrastrar a sus perros hacia espacios más amplios para poder repetir la maniobra con mayor comodidad. Pero la cosa urgía: todo el mundo sabe que llega un momento en que no se puede despegar a dos perros de ninguna manera. Pusieron pues ambas el turbo gritando a la vez «ay Dios, ay Dios, ay Dios» y tirando de las correas como si de ello dependiera su virtud. Pero, en su precipitación, Diane Badoise resbaló ligeramente y se torció el tobillo. Y he aquí el movimiento interesante: el tobillo se le torció hacia fuera y, al mismo tiempo, todo su cuerpo se movió en esa misma dirección, salvo su cola de caballo que describió la trayectoria inversa.
Os aseguro que fue impresionante: parecía un cuadro de Bacon. Hace siglos que en el cuarto de baño de mis padres hay un cuadro de Bacon enmarcado en el que sale una persona en el cuarto de baño, justamente, pero a lo Bacon, o sea, en plan torturado y no muy atractivo. Siempre pensé que debía de tener cierto efecto sobre la serenidad de los actos pero bueno, aquí en casa todo el mundo disfruta de su propio cuarto de baño, así que nunca me he quejado. Pero cuando Diane Badoise se desarticuló por completo al torcerse el tobillo, formando con las rodillas, los brazos y la cabeza unos ángulos extraños, todo ello coronado por la cola de caballo, dispuesta en horizontal sobre el resto, enseguida pensé en el cuadro de Bacon. Durante un brevísimo instante, pareció una marioneta desarticulada, se oyó un gran crac corporal y, durante varias milésimas de segundo (porque todo ocurrió muy deprisa pero, como ahora presto atención a los movimientos del cuerpo, lo vi como a cámara lenta), Diane Badoise se asemejó a un personaje de Bacon. De ahí a que yo me diga que ese chisme lleva todos estos años en el cuarto de baño de mis padres sólo para que yo pudiera apreciar bien ese movimiento extraño, no hay más que un paso. Después Diane se cayó sobre los perros y con ello resolvió el problema, pues Athéna, al aplastarse contra el suelo, se zafó de Neptune. A ello siguió una coreografía complicada, porque Anne-Hélène quería ayudar a Diane a la vez que pugnaba por mantener a su perra a distancia del lúbrico monstruo, y Neptune, del todo indiferente a los gritos y al dolor de su ama, seguía tirando de la correa en dirección al chuletón con aroma de rosas. Pero en ese preciso instante la señora Michel salió de la portería, y yo cogí la correa de Neptune y lo alejé de allí.
Qué chasco se llevó el pobre. De repente se sentó y se puso a lamerse sus partes haciendo mucho ruido, lo cual no hizo sino agravar la desesperación de la pobre Diane. La señora Michel llamó a una ambulancia porque su tobillo empezaba a parecer una sandía y llevó a Neptune de vuelta a casa de sus amos, mientras Anne-Hélène se quedaba con Diane. En cuanto a mí, volví a mi casa preguntándome: y bien, por un Bacon al natural, ¿vale la pena seguir viviendo?
Decidí que no: porque no sólo Neptune no consiguió su golosina sino que, además, se quedó sin paseo.
Profeta de las élites modernas
Esta mañana, mientras escuchaba la emisora France Inter, me he llevado la sorpresa de descubrir que no soy quien creía ser. Hasta entonces había atribuido a mi condición de autodidacta proletaria las razones de mi eclecticismo cultural. Como ya he mencionado, he dedicado cada segundo de mi existencia que podía sustraer al trabajo a leer, ver películas y escuchar música. Pero ese frenesí en devorar objetos culturales adolecía a mi juicio de una falta de gusto total, la de la mezcla brutal de obras respetables con otras que lo eran mucho menos.
Sin duda es en el campo de la lectura donde mi eclecticismo es menos acusado, si bien mi diversidad de intereses es en dicho ámbito la más extrema. He leído obras de historia, de filosofía, de economía política, de sociología, de psicología, de pedagogía, de psicoanálisis y, por supuesto y ante todo, de literatura. Las primeras me han interesado; la última constituye toda mi vida. Mi gato, León, debe su nombre a Tolstoi. El anterior se llamaba Dongo por Fabrice del. Al primero lo bauticé Karenina por Ana, nombre que yo acortaba en Kare, por miedo a que me desenmascarasen. Exceptuando la infidelidad stendhaliana, mis gustos se sitúan de manera muy nítida en la Rusia anterior a 1910, pero me vanaglorio de haber devorado una parte bastante apreciable de la literatura mundial, teniendo en cuenta que soy una persona de origen campesino cuyas esperanzas de hacer carrera alcanzaron hasta la portería del número 7 de la calle de Grenelle, cuando habría podido pensarse que un destino como el mío me abocara al culto eterno de las novelitas rosas de Barbara Cartland. Bien es cierto que soy -y me siento- culpable de cierta inclinación por las novelas policíacas, pero las que yo leo las considero literatura de altísima categoría. Me resulta especialmente difícil, algunos días, sustraerme a la lectura de alguna novela de Connelly o de Mankell para contestar al timbrazo de Bernard Grelier o de Sabine Pallières, cuyas preocupaciones no son congruentes con las meditaciones de Harry Bosch, el agente amante del jazz del LAPD [1] [Departamento de Policía de Los Ángeles], sobre todo cuando me preguntan:
– ¿A qué se debe que el olor de la basura llega hasta el patio?
Que Bernard Grelier y la heredera de una antigua familia de la Banca puedan preocuparse por las mismas trivialidades e ignorar ambos que la construcción sintáctica encabezada por «a qué se debe» rige el empleo del subjuntivo arroja nueva luz sobre la humanidad.
En el capítulo cinematográfico, por el contrario, mi eclecticismo alcanza cotas insospechadas. Me gustan las blockbusters [2] [películas comerciales] americanas y las obras del cine de autor. De hecho, durante mucho tiempo consumí preferentemente cine de entretenimiento americano o inglés, con excepción de algunas obras serias que yo consideraba con mi mirada pronta a pasarlo todo por el tamiz de la estética, esa mirada pasional y empática que sólo se codea con el entretenimiento. Greenaway suscita en mí admiración, interés y bostezos, mientras que lloro cual magdalena esponjosa cada vez que Melly y Mammy suben la escalera de los Butler tras la muerte de Bonnie Blue, y considero Blade Runner una obra maestra de la distracción de primera categoría. Durante mucho tiempo, he estimado una fatalidad que el séptimo arte fuera bello, poderoso y soporífero y que el cine de entretenimiento fuera fútil, divertido y abrumador.
Miren, hoy por ejemplo bullo de impaciencia ante la perspectiva del regalo que me he hecho a mí misma. Es el fruto de una paciencia ejemplar, el cumplimiento del deseo, largo tiempo diferido, de ver de nuevo una película que vi por vez primera la Navidad de 1989.
Octubre rojo
La Navidad de 1989 Lucien estaba muy enfermo. Si bien no sabíamos todavía cuándo llegaría la muerte, ya sentíamos el nudo de la certeza de su inminencia, un nudo doble, el que cada uno sentía en su fuero interno y el de ese vínculo invisible que nos unía el uno al otro. Cuando la enfermedad entra en un hogar, no se apodera sólo de un cuerpo, sino que teje entre los corazones una tela oscura que entierra toda esperanza. Como el hilo de una telaraña que se enredara alrededor de nuestros proyectos y de nuestro aliento, la enfermedad, día tras día, devoraba nuestra vida. Cuando volvía a entrar a casa desde el exterior, tenía la impresión de penetrar en una tumba y sentía frío todo el rato, un frío que nada aliviaba hasta el punto de que, los últimos tiempos, cuando dormía junto a Lucien me parecía que su cuerpo aspiraba todo el calor que el mío hubiera podido robar en otro sitio.
La enfermedad, diagnosticada en la primavera de 1988, lo carcomió durante diecisiete meses y se lo llevó en la Nochebuena de 1989. La señora de Meurisse, la madre, organizó una colecta entre los residentes del palacete, y dejaron ante mi puerta una bonita corona de flores, ceñida por una cinta que no llevaba ninguna mención. Ella fue la única que asistió al funeral. Era una mujer piadosa, fría y rígida, pero había cierta sinceridad en sus modales austeros y un poco bruscos, y cuando murió, un año después de Lucien, me hice la reflexión de que era una mujer de bien y que la echaría de menos, aunque durante quince años apenas hubiéramos intercambiado alguna que otra palabra.
– Le amargó la vida a su nuera hasta el final. Descanse en paz, era una santa mujer -había añadido Manuela (que profesaba por la señora de Meurisse, la nuera, un odio raciniano) a guisa de oración fúnebre.
Exceptuando a Cornelia Meurisse, sus velos y sus rosarios, la enfermedad de Lucien no le pareció a nadie algo digno de interés. Los ricos piensan que la gente modesta, quizá porque su vida está enrarecida, privada del oxígeno del dinero y el don de gentes, siente las emociones humanas con una intensidad menor y una mayor indiferencia. Dado que éramos porteros, parecía darse por hecho que la muerte era para nosotros una evidencia en el curso de las cosas, mientras que, para aquellos a los que la fortuna había sonreído, habría revestido el hábito de la injusticia y el drama. Un portero que se extingue es un ligero hueco en el transcurso de la vida cotidiana, una certeza biológica que no lleva asociada ninguna tragedia y, para los propietarios que se cruzaban con él todos los días en la escalera o ante la portería, Lucien era una no existencia que volvía a una nada que nunca había abandonado, un animal que, porque vivía una semivida, sin fasto ni artificios, en el momento de la muerte sin duda debía experimentar sólo una semirrebelión. El hecho de que, como todo el mundo, pudiéramos vivir un infierno y que, con el corazón encogido de rabia a medida que el sufrimiento arrasaba nuestra existencia, acabáramos de descomponernos, en el tumulto del temor y del horror que la muerte a todos inspira, no se le pasaba siquiera por la mente a nadie en aquel lugar.
Una mañana, tres semanas antes de Navidad, cuando volvía de la compra con una bolsa llena de nabos y algo de casquería para el gato, me encontré a Lucien vestido, dispuesto a salir a la calle. Se había puesto incluso la bufanda y, de pie, me estaba esperando. Después del caminar extenuado de un marido a quien el trayecto del dormitorio a la cocina agotaba toda fuerza y sumía en una espantosa lividez, después de semanas enteras sin verlo desprenderse de un pijama que se me antojaba el hábito mismo del tránsito, descubrirlo con mirada chispeante y expresión traviesa, con el cuello de su abrigo de invierno bien subido hasta unas mejillas que animaba un extraño arrebol, a punto estuvo de hacerme desfallecer.
– ¡Lucien! -exclamé, e iba a esbozar el ademán de ir hacia él para sostenerlo, sentarlo, desvestirlo, qué sé yo, todos los gestos desconocidos que me había enseñado la enfermedad y que, esos últimos tiempos, habían pasado a ser los únicos que sabía hacer, iba a dejar en el suelo mi bolsa de la compra, a abrazarlo, estrecharlo entre mis brazos, llevarlo en volandas y todas esas cosas, cuando, con la respiración entrecortada, sintiendo en el corazón una extraña dilatación, me detuve.
– Tenemos el tiempo justo -me dijo Lucien-, la sesión es a la una.
En el calor de la sala, al borde del llanto, feliz como nunca me había sentido, sostuve su mano tibia por primera vez desde hacía meses. Sabía que una oleada inesperada de energía lo había hecho levantarse de la cama, le había dado la fuerza de vestirse, la sed de salir, el deseo de que una vez más compartiéramos ese placer conyugal, y sabía también que era la señal de que quedaba poco tiempo, era el estado de gracia que precede al final, pero no me importaba y sólo quería disfrutar de aquello, de esos instantes que le robábamos al yugo de la enfermedad, de su mano tibia en la mía y de las vibraciones de placer que nos recorrían a ambos porque, a Dios gracias, era una película cuyo sabor podíamos compartir.
Pienso que murió inmediatamente después. Su cuerpo resistió tres semanas más todavía, pero su espíritu se extinguió al final del pase, porque sabía que era mejor así, porque me había dicho adiós en la sala oscura, sin anhelos desgarradores en exceso, porque había hallado la paz así, seguro de lo que nos habíamos dicho sin necesidad de palabras, mientras mirábamos juntos la pantalla iluminada en la que se narraba una historia.
Yo lo acepté.
La caza del octubre rojo era la película de nuestro último abrazo. Quien quiera comprender el arte del relato no tiene más que verla; cabe preguntarse por qué la Universidad se empeña en enseñar los principios narrativos a golpe de Propp, Greimas u otros castigos en lugar de invertir en una sala de proyección. Primicias, intriga, actantes, peripecias, búsqueda, protagonistas y otros coadyuvantes: basta un Sean Connery en uniforme de oficial de submarino ruso y varios portaaviones bien situados.
Pero, como iba diciendo, esta mañana me he enterado al escuchar la emisora France Inter de que esta contaminación de mis aspiraciones a la cultura legítima por otras inclinaciones a la cultura ilegítima no constituye un estigma de mi baja extracción social ni de mi acceso solitario a las luces del espíritu, sino una característica contemporánea de las clases intelectuales dominantes. ¿Cómo me he enterado? Por boca de un sociólogo, del que me habría encantado saber si a él mismo le habría encantado saber que una portera con zuecos ortopédicos del doctor Scholl acababa de erigirlo en icono sagrado. En su estudio de la evolución de las prácticas culturales de intelectuales antaño inmersos en una educación de alto nivel desde el alba hasta el crepúsculo y que ya se han convertido en polos de sincretismo en los que la frontera entre la verdadera y la falsa cultura se ha vuelto ya irremediablemente borrosa, describía a un catedrático universitario de letras clásicas que antaño habría escuchado a Bach, leído a Mauriac y consumido películas de arte y ensayo, y que, hoy, escucha a Haendel y al rapero MC Solaar, lee a Flaubert y a John Le Carré, va al cine a ver una de Visconti y la última entrega de Die Hard [3] [Jungla de cristal], almuerza hamburguesas y cena sushi.
Resulta siempre muy perturbador descubrir un hábito social dominante allí donde uno creía ver la marca de su propia singularidad. Perturbador e incluso decepcionante. Que yo, Renée, de cincuenta y cuatro años, portera y autodidacta, sea, pese a mi enclaustramiento en la típica portería, pese a un aislamiento que debería haberme protegido de las taras de la masa, pese a esta avergonzada cuarentena ignorante de las evoluciones del vasto mundo en la que me he confinado, que yo, Renée, sea testigo de la misma transformación que agita a las élites actuales -compuestas por vástagos Pallières que leen a Marx y van con la pandilla a ver Terminator, o de retoños Badoise que estudian derecho en Assas y lloriquean ante películas como Notting Hill- supone un mazazo del que me cuesta recuperarme. Pues resulta muy obvio, para quien preste atención a la cronología, que no imito a esos pipiolos sino que, en mis prácticas eclécticas, me he adelantado a ellos.
Renée, profeta de las élites contemporáneas.
– Bueno, bueno, ¿y por qué no? -me digo, extrayendo de mi bolsa de la compra el filete de hígado de ternera del gato y exhumando, de debajo, dos filetitos de salmonete que pienso marinar para después cocinar en zumo de limón saturado de cilantro.
Y en ese preciso momento ocurre el hecho.
Idea profunda n° 4
Cuida de
las plantas
los niños
A mi casa viene una asistenta tres horas todos los días, pero de las plantas se ocupa mamá. Y no veáis el circo que monta. Tiene dos regaderas, una para el agua con abono y otra para el agua sin cal, y aparte un vaporizador con distintas posiciones para pulverizaciones «a chorro», «en forma de lluvia» o «en bruma ligera». Todas las mañanas pasa revista a las veinte plantas de la casa y administra un tratamiento ad hoc a cada una. Y masculla un montón de cosas, del todo indiferente al resto del mundo. Se le puede decir cualquier cosa a mamá mientras se ocupa de sus plantas, porque total no hace ni caso. Por ejemplo: «Hoy tengo pensado dragarme y morir de sobredosis» obtiene como respuesta: «La punta de las hojas de la kentia amarillea, además está encharcada; no pinta nada bien.»
Esto ya nos da el principio del paradigma: si quieres arruinar tu vida a fuerza de no oír nada de lo que te dicen los demás, ocúpate de las plantas. Pero no queda ahí la cosa. Cuando mamá pulveriza agua sobre las hojas de las plantas, me doy perfecta cuenta de la esperanza que la anima. Ella piensa que es como un bálsamo que va a penetrar en la planta aportándole lo necesario para prosperar. Lo mismo se aplica al abono, en forma de bastoncillos, que introduce en la tierra (o mejor dicho, en la mezcla de tierra-mantillo-arena-turba que encarga especialmente para cada planta en la floristería de la Puerta de Auteuil). Así pues, mamá alimenta sus plantas como ha alimentado a sus hijas: agua y abono para la kentia, judías verdes y vitamina C para nosotras. Ésa es la esencia del paradigma: concéntrate en el objeto, apórtale elementos nutritivos que van de fuera hacia dentro y, progresando en el interior, lo hacen crecer y le sientan bien. Un toque de pulverizador sobre las hojas y ya está la planta armada para afrontar la existencia. Se la mira con una mezcla de inquietud y de esperanza, se es consciente de la fragilidad de la vida, se preocupa uno de los accidentes que pueden ocurrir pero, al mismo tiempo, se tiene la satisfacción de haber hecho lo que había que hacer, de haber desempeñado una función alimentaria: uno se siente reconfortado, seguro durante un tiempo. Así es como ve la vida mamá: como una serie de actos que conjuran el peligro, tan ineficaces como un toque de pulverizador, y dan una breve ilusión de seguridad.
Cuánto mejor sería si compartiéramos unos con otros nuestra inseguridad, si todos juntos nos adentráramos en nosotros mismos para decirnos que las judías verdes y la vitamina C, si bien alimentan al animal que somos, no salvan la vida ni sustentan el alma.
Un gato llamado Grévisse
Chabrot llama a mi puerta.
Chabrot es el médico personal de Pierre Arthens. Es un viejo guaperas eternamente bronceado, de estos que se resisten a envejecer y a dejar de seducir. Este espécimen en concreto se retuerce y se estremece ante el Maestro como el gusano que es y, en veinte años, no me ha saludado jamás ni me ha manifestado siquiera que yo fuera perceptible a su conciencia. Una experiencia fenomenológica interesante consistiría en inquirir los fundamentos de la no percepción a la conciencia de algunos de aquello que sí percibe la conciencia de otros. Que mi imagen pueda a la vez imprimirse en el cráneo de Neptune y escapársele al de Chabrot es un efecto que me cautiva sobremanera.
Pero, esta mañana, la tez de Chabrot parece haberse desteñido. Muestra unas mejillas flaccidas, le tiemblan las manos y tiene la nariz… mojada. Sí, mojada. A Chabrot, el médico de los poderosos, le moquea la nariz. Por si eso fuera poco, pronuncia mi nombre.
– Señora Michel.
Quizá no se trate de Chabrot sino de una suerte de extraterrestre transformista que dispone de un servicio de información que deja bastante que desear, porque el verdadero Chabrot no digna ocupar su mente con datos que incumben a subalternos por definición anónimos.
– Señora Michel -repite la imitación fallida de Chabrot-, señora Michel.
Está bien, de acuerdo, ahora ya lo sabe todo el mundo: soy la señora Michel.
– Ha ocurrido una terrible desgracia -prosigue Nariz Moqueante quien, ¡canastos!, en lugar de sonarse se sorbe los mocos.
Ahí es nada. Se sorbe ruidosamente, devolviendo el hilillo de mocos al lugar de donde partió, y la rapidez de la acción me obliga a asistir a las contracciones febriles de su nuez con vistas a facilitar el paso del hilillo antes mencionado. Es repugnante pero sobre todo desconcertante.
Miro a derecha e izquierda. El vestíbulo está desierto. Si mi E.T. tiene intenciones hostiles, estoy perdida. Éste se recompone y repite.
– Una terrible desgracia, sí, una terrible desgracia. El señor Arthens está agonizante.
– ¿Agonizante? -pregunto-. ¿Agonizante de verdad?
– Agonizante de verdad, señora Michel, agonizante de verdad. Le quedan cuarenta y ocho horas.
– ¡Pero si lo vi ayer por la mañana y estaba como una rosa! -digo, anonadada.
– Por desgracia, señora, cuando el corazón falla, no hay nada que hacer. Por la mañana uno da brincos como un cabritillo, y por la noche tiene un pie en la tumba.
– ¿Se va a morir en su casa, no va a ir al hospital?
– Oooooooh, señora Michel -me dice Chabrot, mirándome con la misma expresión que Neptune cuando lleva la correa al cuello-, ¿y quién querría morir en un hospital?
Por primera vez en veinte años, experimento un vago sentimiento de simpatía por Chabrot. Después de todo, me digo, él también es un hombre y, a fin de cuentas, ¿no nos parecemos todos?
– Señora Michel -prosigue Chabrot, y me aturulla este desenfreno de señora Michel por aquí, señora Michel por allá, después de veinte años sin una sola mención de mi nombre-, sin duda mucha gente querrá ver al Maestro antes de… antes. Pero él no quiere recibir a nadie. Sólo a Paul quiere ver. ¿Puede usted impedir el paso a los importunos?
Me debato entre sentimientos encontrados. Observo, como de costumbre, que la gente no parece notar mi presencia más que para encargarme tareas. Pero, después de todo, me digo, para eso estoy. Observo también que Chabrot se expresa de una manera que me fascina -¿puede usted impedir el paso a los importunos?- y ello me perturba. Me gusta esa corrección anticuada. Soy esclava de la gramática, me digo, debería haber llamado a mi gato Grévisse, como el célebre gramático belga. Este Chabrot me indispone, pero su expresión me deleita. Por último, ¿quién querría morir en el hospital?, ha preguntado el viejo guaperas. Nadie. Ni Pierre Arthens, ni Chabrot, ni yo, ni Lucien. Mediante esta pregunta anodina, Chabrot nos ha hecho hombres a todos.
– Haré lo que pueda -le digo-. Pero tampoco puedo perseguirlos hasta la escalera.
– No -concede éste-, pero puede usted desalentarlos. Dígales que el Maestro ha cerrado sus puertas. Y me mira de una manera extraña. Tengo que andarme con cuidado, tengo que andarme con mucho cuidado. Estos últimos tiempos estoy bajando la guardia. Primero, que si el incidente del vástago de los Pallières, esa manera tan absurda de citar La ideología alemana que, de haber sido el muchacho siquiera la mitad de inteligente que una almeja, habría podido sugerirle un montón de cosas de lo más embarazosas. Y hete aquí que ahora, sólo porque un carcamal tostado con rayos UVA me obsequia con expresiones anticuadas, me extasío ante él y olvido todo rigor.
Anego en mis ojos la chispa que en ellos había surgido y adopto la mirada vidriosa de toda portera que se precie y que se dispone a hacer lo que esté en su mano sin por ello llegar a perseguir a la gente hasta la escalera. La expresión extraña de Chabrot se desvanece. Para borrar todo rastro de mis fechorías, me permito una pequeña herejía.
– ¿Cree usted de que es un infarto? -preguntón
– Sí -contesta Chabrot-, eso es, un infarto.
Silencio.
– Gracias -añade.
– De nada, a mandar -le contesto, y cierro la puerta.
Idea profunda n°5
La vida
de todos
ese servicio militar
Me siento muy orgullosa de esta idea profunda. La he tenido gracias a Colombe. Bueno, al menos me habrá sido útil una vez en la vida. No hubiera creído poder decir esto antes de morir.
Desde siempre, Colombe y yo estamos enfrentadas porque, para Colombe, la vida es una batalla permanente en la que hay que vencer aniquilando al otro. No puede sentirse segura si no ha aplastado al adversario y si no ha reducido su territorio al mínimo necesario. Un mundo en el que hay espacio para los demás es un mundo peligroso según sus criterios de guerrera de tres al cuarto. A la vez, sólo necesita a los demás para una pequeña tarea esencial: alguien tiene que reconocer su fuerza. Por lo tanto no sólo se pasa el tiempo tratando de aplastarme por todos los medios posibles, sino que, además, le gustaría que le dijera, hundiéndose su espada en la carne de mi cuello, que es la mejor y que la quiero. Esto se traduce en que me trae por la calle de la amargura día tras día, tanto que me voy a volver loca. Y luego esto ya es la guinda: por una oscura razón, Colombe, que no tiene dos dedos de frente, ha comprendido que lo que más miedo me da en la vida es el ruido. Me parece que esto lo descubrió por casualidad. A ella no se le habría ocurrido espontáneamente que alguien pudiera tener necesidad de silencio. Que el silencio sirva para ir al interior de uno mismo, que sea necesario para aquellos a los que no nos interesa únicamente la vida exterior, no creo que pueda comprenderlo porque su propio interior es tan caótico y ruidoso como una calle llena de coches. Pero, sea como fuere, ha comprendido que yo necesitaba silencio y, por desgracia, mi habitación es contigua a la suya. Entonces, durante todo el día, se dedica a hacer ruido. Chilla al teléfono, pone la música a todo volumen (y eso sí que acaba conmigo), pega portazos, comenta en voz alta todo lo que hace, incluso cosas tan apasionantes como cepillarse el pelo o buscar un lápiz en un cajón. Vamos, que como no puede invadir nada más porque humanamente le soy del todo inaccesible, invade mi espacio sonoro y me amarga la vida todo el día, desde el amanecer hasta el ocaso. Nótese que hace falta tener un concepto muy pobre del territorio para llegar hasta ese extremo; a mí, en cambio, me trae sin cuidado el lugar en el que me encuentre, siempre y cuando tenga la libertad de moverme sin obstáculos dentro de mi cabeza. Pero Colombe, por el contrario, no se contenta con ignorar este hecho; lo transforma en filosofía: «La plasta de mi hermana es una birria de persona intolerante y neurasténica que odia a los demás y que preferiría vivir en un cementerio donde todos estén muertos; mientras que yo soy por naturaleza abierta, alegre y llena de vida.» Si hay algo que odio es que la gente transforme sus incapacidades o sus alienaciones en credo. Así que menuda suerte me ha tocado con Colombe.
Pero, desde hace varios meses, no se contenta con ser la hermana más espantosa del universo. Tiene también el mal gusto de comportarse de manera inquietante. Desde luego es lo que menos necesito: un purgante agresivo por hermana y, encima, asistir al espectáculo de sus pequeñas miserias. Desde hace varios meses, a Colombe la obsesionan dos cosas: el orden y la limpieza. La consecuencia de ello es muy agradable: de zombi he pasado a ser sucia. Se tira todo el santo día echándome la bronca porque he dejado migas en la cocina o porque esta mañana había un pelo en la ducha. No obstante, no la toma sólo conmigo. Acosa a todo el mundo todo el día porque hay migas o desorden. Su habitación, que antes era una leonera que no os cuento, luce ahora una higiene aséptica: todo impecable, ni una mota de polvo, cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa, y ay de la señora Grémond si no lo vuelve a dejar todo exactamente como estaba antes de entrar a limpiar. Parece un hospital. Bueno, si me apuráis podría no importarme que Colombe se haya vuelto tan maniática. Lo que no soporto es que se las siga dando de guay. Hay un problema, pero todo el mundo hace como si no lo viera, y Colombe sigue fingiendo ser la única de las dos que se toma la vida de manera «epicúrea». Pero yo os aseguro que no tiene nada de epicúreo ducharse tres veces al día y ponerse a gritar como una loca porque alguien le ha desplazado tres centímetros su lamparilla de noche.
¿Cuál es el problema de Colombe? Ni idea. Puede ser que, a fuerza de querer aplastar a todo el mundo, se ha transformado en un soldado, en el sentido literal del término. Por eso lo deja todo impecable, limpia y saca brillo, como en el ejército. El soldado tiene la obsesión del orden y la limpieza, eso lo sabe todo el mundo. Es necesario para luchar contra el desorden de la batalla, la suciedad de la guerra y todos esos hombres despedazados que la barbarie deja a su paso. Pero yo me pregunto de hecho si no es Colombe un caso exacerbado que la norma pone de manifiesto. ¿Acaso no abordamos todos la vida como quien realiza el servicio militar? Es decir, haciendo lo que uno buenamente puede a la espera del combate o de que termine el servicio. Algunos dejan la camareta como los chorros del oro, otros hacen el vago, se pasan el tiempo jugando a las cartas, trafican o intrigan. Los oficiales mandan, los guripas obedecen pero a nadie se le escapa que se trata de una comedia a puerta cerrada: un buen día no habrá más remedio que ir a morir, tanto los oficiales como los soldados, los cretinos como los listillos que trafican con cigarrillos o con papel higiénico.
Ya que estoy, os expongo la hipótesis psicológica de base: Colombe es tan caótica en su interior, tan vacua y tan llena de cosas a la vez, que trata de poner orden dentro de sí misma limpiando y guardando cada cosa en su sitio. Qué gracioso, ¿verdad? Hace tiempo que me he dado cuenta de que los psicólogos son grandes humoristas que se creen que la metáfora es cosa de gente muy sabia. En realidad, está al alcance de cualquier mocoso de 11 años. Tendríais que ver cómo se lo pasan los amigos psicoanalistas de mamá con el más mínimo juego de palabras, y también las tonterías que nos cuenta mamá de ellos, porque le cuenta a todo el mundo sus sesiones con su psicoanalista, como si viniera de Disneylandia: por un lado está la noria «mi vida de familia», por otro la heladería «mi vida con mi madre», la súper montaña rusa «mi vida sin mi madre», el pasaje del terror «mi vida sexual» (bajando la voz para que yo no la oiga) y, por último, el túnel de la muerte «mi vida de mujer premenopáusica».
Pero a mí, lo que me asusta de Colombe es que muchas veces tengo la impresión de que no siente nada. Todos los sentimientos que demuestra son tan falsos, tan artificiales, que me pregunto si de verdad siente algo. Y a veces me da miedo. A lo mejor está loca de atar, quizá trata por todos los medios de sentir algo auténtico, y tal vez esté a punto de llevar a cabo un acto absurdo. Ya me veo venir los titulares de los periódicos: «La Nerón de la calle Grenelle: una joven prende fuego a la casa familiar. Al interrogarla sobre las razones de su acto, contesta: "quería sentir alguna emoción".»
Bueno, vale, estoy exagerando. Y no soy la más indicada para criticar la piromanía. Pero al oírla gritar esta mañana porque había pelos de gato en su abrigo verde, me he dicho: pobrecita mía, la batalla está perdida de antemano. Si lo supieras te sentirías mejor.
Desolación de las revueltas mogoles
Llaman suavemente a mi puerta. Es Manuela. Le acaban de decir que puede irse a casa antes de terminar su jornada.
– El maestro está agonizante -me dice, y no acierto a determinar el grado de ironía que le confiere ella a la repetición del lamento de Chabrot-. No está usted ocupada, ¿tomaríamos el té ahora?
Esa desenvoltura en la concordancia de los tiempos verbales, ese empleo del condicional en forma interrogativa, para implicar una sugerencia, esa libertad con la que Manuela se mueve por la sintaxis porque no es más que una pobre portuguesa sometida a la lengua del exilio, tienen el mismo aroma pasado de moda que las expresiones controladas de Chabrot.
– Me he cruzado con Laura en la escalera -dice, sentándose, con el ceño fruncido-. Se sujetaba a la barandilla como si tuviera ganas de hacer pis. Al verme, se ha ido.
Laura es la segunda hija de los Arthens, una chica amable que no visita a sus padres a menudo. Clémence, la mayor, es una encarnación dolorosa de la frustración, una meapilas consagrada en cuerpo y alma a dar la tabarra a su marido y a sus hijos hasta el final de sus tristes días salpicados de misas, de reuniones parroquiales y de bordados de punto de cruz. En cuanto a Jean, el benjamín, es un drogadicto que se está convirtiendo en un desecho humano. De pequeño era un niño muy guapo de ojos resplandecientes que siempre iba detrás de su padre como un perrillo, como si su vida dependiera de ello, pero, cuando empezó a drogarse, el cambio fue espectacular: ya no se movía. Tras una infancia malgastada en correr en vano en pos de Dios, sus movimientos se habían vuelto como torpes y ya no se desplazaba más que a sacudidas, realizando en las escaleras, ante el ascensor y en el patio paradas cada vez más prolongadas, hasta llegar incluso a quedarse dormido sobre mi felpudo y delante del cuartito de la basura. Un día que se había detenido con una aplicación anonadante delante del arriate de las rosas de té y de las camelias enanas, le pregunté si necesitaba ayuda, y pensé que cada vez se parecía más a Neptune, con ese cabello rizado y desgreñado que le caía en cascada sobre las sienes y esos ojos lacrimosos sobre una nariz húmeda y trémula.
– Eh, eh, no -me contestó entonces, imprimiendo a la frase las mismas pausas que jalonaban sus desplazamientos.
– ¿Quiere al menos sentarse un momento? -le sugerí yo.
– ¿Sentarse? -repitió, extrañado-. Eh, eh, no, ¿por qué?
– Para descansar un poco -le dije.
– Ah, yaaaaaa -contestó-. Pues, eh, eh, no.
Lo dejé pues en compañía de las camelias, vigilándolo desde mi ventana. Al cabo de un larguísimo momento, se sustrajo a su contemplación floral y se dirigió a velocidad moderada hasta mi puerta. Abrí antes de que llegara a llamar al timbre.
– Voy a moverme un poco -me dijo sin verme, con sus orejas sedosas algo enmarañadas ante los ojos. Luego, a costa de un esfuerzo patente, añadió- esas flores de ahí… ¿cómo se llaman?
– ¿Las camelias? -pregunté yo, sorprendida.
– Camelias… -repitió despacio-, camelias… Bueno, muchas gracias, señora Michel -terminó diciendo con una voz que de repente sonaba extrañamente más firme.
Y dio media vuelta. Pasaron semanas sin que volviera a verlo, hasta esa mañana de noviembre en la que, al pasar ante mi puerta, no lo reconocí de tan bajo como había caído. Sí, la caída… A ella estamos todos abocados. Pero que un hombre joven alcance antes de tiempo el punto desde el que ya no se levantará… La caída es entonces tan visible y tan cruda que le encoge a uno el corazón de pura compasión. Jean Arthens no era ya más que un cuerpo reducido al suplicio que se arrastraba en una vida en la cuerda floja. Me pregunté con espanto cómo se las apañaría para llevar a cabo los gestos tan sencillos que reclama el manejo del ascensor, cuando la repentina aparición de Bernard Grelier, que lo cogió en brazos y lo aupó en volandas como una pluma, me ahorró tener que intervenir. Tuve la breve visión de un hombre maduro e incapaz que llevaba en brazos el cuerpo masacrado de un niño, hasta que desaparecieron en el abismo de la escalera.
– Pero va a venir Clémence -dice Manuela que, es extraordinario, sigue siempre el hilo de mis pensamientos mudos.
– Chabrot me ha pedido que le ruegue que se marche -digo yo, meditabunda-. No quiere ver más que a Paul.
– De la pena la baronesa se ha sonado la nariz en un trapo -añade Manuela, hablando de Violette Grelier.
No me extraña. En la hora de todos los finales, adviene sin remedio la verdad. Violette Grelier es del trapo como Pierre Arthens es de la seda, y, cada uno, prisionero de su destino, ha de hacerle frente sin escapatoria y ser en el epílogo lo que en el fondo siempre fue, sea cual sea la ilusión con la que haya querido consolarse. Codearse con el paño fino no da ningún derecho, como tampoco tiene derecho a la salud el enfermo.
Sirvo el té y lo degustamos en silencio. Nunca antes lo habíamos tomado juntas por la mañana, y esa brecha en el protocolo de nuestro ritual tiene un extraño sabor.
– Es agradable -murmura Manuela.
Sí, es agradable pues gozamos de una doble ofrenda, la de ver consagrada en esta ruptura en el orden de las cosas la inamovilidad de un ritual al que hemos dado forma juntas para que, tarde tras tarde, se enquistara en la realidad hasta el punto de conferirle sentido y consistencia y que, por el hecho de transgredirse esta mañana, adquiere de pronto toda su fuerza; pero saboreamos también, como lo habríamos hecho de haber sido un néctar preciado, el don portentoso de esa mañana incongruente en la que los gestos mecánicos toman un impulso nuevo, en la que aspirar el aroma, probar, dejar reposar, servir de nuevo, beber a pequeños sorbos viene a ser vivir un nuevo renacer. Esos instantes en que se nos revela la trama de nuestra existencia, mediante la fuerza de un ritual que recuperaremos como era antes con mayor placer aún por haberlo infringido, son paréntesis mágicos que le ponen a uno el corazón al borde del alma, porque, fugitiva pero intensamente, una pizca de eternidad ha venido de pronto a fecundar el tiempo. Afuera, el mundo ruge o se adormece, arden las guerras, los hombres viven y mueren, perecen unas naciones y surgen otras antes de caer a su vez, arrasadas, y, en todo ese ruido y toda esa furia, en esas erupciones y esas resacas, mientras el mundo va, se incendia, se desgarra y renace, se agita la vida humana.
Entonces, tomemos una taza de té.
Como Kakuzo Okakura, el autor de El libro del té, que se lamentaba de la revuelta de las tribus mongoles en el siglo XIII no porque hubiera traído consigo muerte y desolación, sino porque había destruido, entre los frutos de la cultura Song, el más preciado de ellos, el arte del té, sé como él que no es un brebaje menor. Cuando deviene ritual, constituye la esencia de la aptitud para ver la grandeza en las cosas pequeñas. ¿Dónde se encuentra la belleza? ¿En las grandes cosas que, como las demás, están condenadas a morir, o bien en las pequeñas que, sin pretensiones, saben engastar en el instante una gema de infinitud?
El ritual del té, esta repetición precisa de los mismos gestos y de la misma degustación, este acceso a sensaciones sencillas, auténticas y refinadas, esta licencia otorgada a cada uno, sin mucho esfuerzo, para convertirse en un aristócrata del gusto, porque el té es la bebida de los ricos como lo es de los pobres, el ritual del té, pues, tiene la extraordinaria virtud de introducir en el absurdo de nuestras vidas una brecha de armonía serena. Sí, el universo conspira a la vacuidad, las almas perdidas lloran la belleza, la insignificancia nos rodea. Entonces, tomemos una taza de té. Se hace el silencio, fuera se oye soplar el viento, crujen las hojas de otoño y levantan el vuelo, el gato duerme, bañado en una cálida luz. Y, en cada sorbo, el tiempo se sublima.
Idea profunda n°6
Dime qué ves
qué lees
en el desayuno
y te diré
quién eres
Todas las mañanas, en el desayuno, papá se toma un café y lee el periódico. Varios periódicos, de hecho: Le Monde, Le Figaro, Liberation y, una vez por semana, L'Express, Les Échos, Times y Courrier International. Pero salta a la vista que su mayor satisfacción es tomarse su primera taza de café leyendo Le Monde. Se enfrasca en la lectura durante al menos media hora. Para poder disfrutar de esa media hora, tiene que levantarse muy, muy temprano porque tiene muchas cosas que hacer todos los días. Pero cada mañana, aunque haya habido una sesión nocturna y sólo haya dormido dos horas, se levanta a las seis y se lee su periódico tomándose un café bien cargado. Así se construye papá cada día. Digo «se construye» porque pienso que, cada vez, es una nueva construcción, como si por la noche todo se hubiera reducido a cenizas y tuviera que volver a empezar desde cero. Así vive su vida un hombre, en nuestro universo: tiene que reconstruir sin cesar su identidad de adulto, ese ensamblaje inestable y efímero, tan frágil, que reviste la desesperanza y, a cada uno ante el espejo, cuenta la mentira que necesitamos creer. Para papá, el periódico y el café son las varitas mágicas que lo transforman en hombre importante. Como la calabaza que se convierte en carroza. Obsérvese que le produce una gran satisfacción: nunca lo veo tan tranquilo y relajado como ante su café de las seis de la mañana. Pero ¡alto es el precio que tiene que pagar! ¡Alto es el precio cuando se lleva una doble vida! Cuando caen las máscaras, porque sobreviene una crisis -y, entre los mortales, siempre hay momentos de crisis-, ¡la verdad es terrible! Mirad por ejemplo a Pierre Arthens, el crítico gastronómico del sexto, que se está muriendo. Hoy a mediodía, mamá ha vuelto de la compra como un ciclón y, nada más entrar en casa, ha lanzado a quien pudiera oírla: «¡Pierre Arthens está agonizante!» Quien podía oírla éramos Constitución y yo. Vamos, que sus palabras no han suscitado un gran interés, la verdad sea dicha. Mamá, sorprendida, se ha quedado un pelín decepcionada. Al volver papá, por la noche, lo ha asaltado enseguida para contarle la noticia. Papá parecía sorprendido: «¿El corazón? ¿Así, visto y no visto?», le ha preguntado.
He de decir que el señor Arthens es un malvado de los grandes. Papá en cambio no es más que un chiquillo que juega a dárselas de adulto antipático. Pero el señor Arthens… ése es un malvado de primera categoría. Cuando digo malvado, no me refiero a que sea malo, cruel o despótico, aunque también un poco. No, cuando digo que es «un malvado de verdad», quiero decir que es un hombre que ha renegado tanto de lo que puede haber de bueno en él que parece un cadáver aunque aún esté vivo. Porque los malvados de verdad odian a todo el mundo, desde luego, pero sobre todo se odian a sí mismos. ¿No os dais cuenta, vosotros, cuando alguien se odia a sí mismo? Ello lleva a estar muerto sin dejar de estar vivo, a anestesiar los malos sentimientos pero también los buenos para no sentir la náusea de ser uno mismo.
Pierre Arthens, está claro, era un malvado de verdad. Dicen que era el gurú de la crítica gastronómica y el adalid del mundo de la cocina francesa. Y eso, desde luego, no me extraña nada. Si queréis que os diga mi opinión, la cocina francesa da pena. Tanto genio, tantos medios, tantos recursos para un resultado tan pesado… ¡Todas esas salsas, esos rellenos, esos pasteles que te llenan hasta reventar! Es de un mal gusto… Y cuando no es pesada, es cursi a más no poder: te matan de hambre con tres rábanos estilizados y dos vieiras sobre gelatina de algas, servido todo ello en platos en plan zen de pacotilla por camareros con cara de enterradores. El sábado pasado fuimos a un restaurante muy fino de este estilo, el Napoleon's Bar. Era una cena familiar, para celebrar el cumpleaños de Colombe, que eligió los platos con su gracia habitual: un no sé qué de lo más pretencioso con castañas, cordero con hierbas de nombre impronunciable y un sambayón con Grand Marnier (el colmo del horror). El sambayón es el emblema de la cocina francesa: una cosa que se las da de ligera y que ahoga a cualquiera. Yo no me pedí nada de primero (os ahorro los comentarios de Colombe sobre la anorexia de la plasta de su hermana) y luego me tomé, por sesenta y tres euros, unos filetes de salmonete al curry (con dados crujientes de calabacín y zanahoria debajo del pescado) y para terminar, por treinta y cuatro euros, lo que encontré en la carta que me parecía menos malo: un fondant de chocolate amargo. Desde luego, por ese precio hubiera preferido un abono de un año en McDonald's. Ellos al menos tienen un mal gusto sin pretensiones. Y os ahorro también todo comentario sobre la decoración de la sala y de la mesa. Cuando los franceses quieren desmarcarse de la tradición «Imperio» con sus tapices burdeos y sus dorados a mansalva, optan por el estilo hospital. Uno se sienta en sillas de Le Corbusier («de Corbu», como dice mamá), come en vajillas blancas de formas geométricas con un aire a burocracia soviética y, en el cuarto de baño, se seca las manos con unas toallas tan finas que no absorben nada.
El esbozo, la sencillez no es eso. «¿Y se puede saber qué querías tú comer?», me preguntó después Colombe con aire exasperado porque no me pude terminar el primer salmonete. No contesté. Porque no lo sé. No soy más que una niña, al fin y al cabo. Pero en los mangas los personajes parecen comer de otra manera. Parece algo sencillo, refinado, comedido, delicioso. Comen como se admira un cuadro hermoso o como se canta en un coro divino. No es ni demasiado ni demasiado poco: comedido, en el buen sentido de la palabra. A lo mejor me equivoco por completo; pero la cocina francesa a mí me parece algo viejo y pretencioso, mientras que la cocina japonesa se me antoja… pues ni joven ni vieja. Eterna y divina.
Bueno, total, que el señor Arthens está agonizante. Me pregunto qué haría él, por las mañanas, para meterse en el papel de malvado de verdad. A lo mejor se tomaba un café muy cargado leyendo a la competencia, o se zampaba un desayuno americano con salchichas y patatas fritas. ¿Qué hacemos por las mañanas? Papá lee el periódico tomándose un café, mamá se toma un café hojeando catálogos, Colombe toma café escuchando France Inter y yo, yo tomo chocolate leyendo mangas. Ahora estoy leyendo mangas de Taniguchi, un genio con el que aprendo un montón de cosas sobre los hombres.
Pero ayer le pregunté a mamá si podía tomar té. Mi abuela desayuna té negro, un té con aroma a bergamota. Aunque no me parezca riquísimo, al menos tiene una pinta más agradable que el café, que es una bebida de malvados. Pero ayer, en el restaurante, mamá se pidió un té de jazmín y me dio a probar. Lo encontré tan rico, tan «yo misma» que esta mañana he declarado que es lo que quería tomar siempre de desayuno a partir de ahora. Mamá me ha puesto cara rara (su cara de «somnífero mal evacuado») y luego me ha dicho «sí, tesoro, ya tienes edad de tomar té».
Té y manga contra café y periódico: la elegancia y el embrujo contra la triste agresividad de los juegos adultos de poder.
Comedia fantasma
Tras marcharse Manuela, me dedico a todo tipo de cautivadoras ocupaciones: limpio mi casa, friego el suelo del vestíbulo, saco a la calle los cubos de basura, recojo los folletos de publicidad, riego las plantas, le preparo la pitanza al gato (compuesta por una loncha de jamón con una corteza de tocino hipertrofiada), me cocino mi propio almuerzo -pasta china fría con tomate, albahaca y queso parmesano-, leo el periódico, me repliego en mi antro para disfrutar de una bellísima novela danesa, gestiono una crisis en el vestíbulo porque Lotte, la nieta de los Arthens, la mayor de Clémence, llora ante mi puerta porque el abuelito no quiere verla.
Termino todo esto a las nueve de la noche y de pronto me siento vieja y muy deprimida. La muerte no me da miedo, y menos aún la de Pierre Arthens, pero lo que se me hace insoportable es la espera, ese hueco en suspenso del todavía no que nos hace tomar conciencia de la inutilidad de las batallas. Me siento a oscuras en la cocina, en silencio, y experimento el sentimiento amargo del absurdo. Mi mente parte despacio a la deriva. Pierre Arthens… Déspota brutal, sediento de gloria y de honores, que no obstante se esfuerza hasta el final por perseguir con sus palabras una inasible quimera, desgarrado entre la aspiración al Arte y el hambre de poder… ¿Dónde, en el fondo, está la verdad? ¿Y dónde la ilusión? ¿En el poder o en el Arte? ¿No ensalzamos acaso por la fuerza del discurso bien aprendido las creaciones del hombre, mientras que tildamos de crimen de vanidad ilusoria la sed de dominación que a todos nos agita -sí, a todos, incluida una pobre portera en su angosta vivienda, la cual, pese a haber renunciado al poder visible, no deja por ello de perseguir en espíritu sueños de dominación?
¿Cómo transcurre pues la vida? Día tras día, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos -aunque no fuere más que en fantasía- tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desdeñable de nuestra energía en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bastan para asegurar la conquista territorial, jerárquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosofía y de civilización, y nos aferramos a esos iconos respetables como la garrapata a su perrazo caliente.
A veces, sin embargo, la vida se nos antoja una comedia fantasma. Como sacados de un sueño, nos observamos actuar y, helados al constatar el gasto vital de energía que requiere el mantenimiento de nuestros requisitos primitivos, inquirimos estupefactos dónde ha quedado el Arte. Nuestro frenesí de muecas y miradas nos parece de pronto el colmo de la insignificancia, nuestro cálido nidito, fruto del endeudamiento de veinte años, una vana costumbre bárbara, y nuestra posición en la escala social, tan duramente alcanzada y tan eternamente precaria, de una zafia vanidad. En cuanto a nuestra descendencia, la contemplamos con una mirada nueva y horrorizada porque, sin el barniz del altruismo, el acto de reproducirse se nos antoja profundamente fuera de lugar. Sólo quedan los placeres sexuales; pero, arrastrados en la corriente de la miseria primigenia, vacilan ellos también, pues la gimnasia sin el amor no encuentra cabida en el marco de nuestras lecciones bien aprendidas.
La eternidad se nos escapa.
Tales días, en los que naufragan en el altar de nuestra naturaleza profunda todas las creencias románticas, políticas, intelectuales, metafísicas y morales que años de educación y de cultura han tratado de imprimir en nosotros, la sociedad, campo territorial agitado por grandes ondas jerárquicas, se sume en la nada del Sentido. Adiós a los pobres y a los ricos, a los pensadores, a los investigadores, a los dirigentes, a los esclavos, a los buenos y a los malos, a los creativos y a los concienzudos, a los sindicalistas y a los individualistas, a los progresistas y a los conservadores; ya no son sino homínidos primitivos cuyas muecas y sonrisas, gestos y adornos, lenguaje y códigos, inscritos en el mapa genético del primate medio, sólo significan esto: representar su papel o morir.
Esos días uno necesita desesperadamente el Arte. Aspira con ardor a recuperar su ilusión espiritual, desea con pasión que algo lo salve de los destinos biológicos para que no se excluya de este mundo toda poesía y toda grandeza.
Entonces uno toma una taza de té o ve una película de Ozu, para retraerse de las lidias y las batallas que son los usos y costumbres reservados de nuestra especie dominadora, y para imprimir a este patético teatro la marca del Arte y sus más grandes obras.
Eternidad
A las nueve de la noche pues, pongo en el vídeo una cinta de Ozu, Las hermanas Munakata. Es la décima película de Ozu que veo en un mes. ¿Por qué? Porque Ozu es un genio que me salva de los destinos biológicos.
Todo esto vino porque un día le confié a Angèle, la joven bibliotecaria, que me gustaban mucho las primeras películas de Wim Wenders, y me dijo: «ah, ¿y ha visto Tokio-Ga?» Y cuando se ha visto Tokio-Ga, que es un extraordinario documental sobre Ozu, por supuesto a uno le entran ganas de descubrir al propio Ozu. Descubrí pues a Ozu y, por primera vez en mi vida, el Arte cinematográfico me hizo reír y llorar como un verdadero entretenimiento.
Pongo en marcha la cinta y saboreo a sorbitos un té de jazmín. De vez en cuando rebobino la cinta, gracias a este rosario laico llamado mando a distancia.
Y he aquí una escena extraordinaria.
El padre, interpretado por Chishu Ryu, actor fetiche de Ozu, hilo de Ariadna de su obra, hombre maravilloso que irradia calidez y humildad, el padre, como digo, al que le queda poco de vida, conversa con su hija Setsuko acerca del paseo que acaban de dar por Kyoto. Beben sake.
EL PADRE: ¡Y ese templo del Musgo! La luz realzaba aún más el musgo.
SETSUKO: Y también esa camelia que había encima.
EL PADRE: Ah, ¿te habías fijado? ¡Cuán hermoso era! (Pausa) En el Japón antiguo hay cosas hermosas. (Pausa.) Esta manera de decretar que todo eso es malo me parece excesiva.
La película avanza y, al final del todo, está esta última escena, en un parque, cuando Setsuko, la mayor, charla con Mariko, su antojadiza hermana menor.
SETSUKO (con expresión radiante): Dime, Mariko, ¿porqué son violetas los montes de Kyoto?
MARIKO (traviesa): Es verdad. Parecen un flan de azuki.
SETSUKO, sonriente: Es un color bien bonito.
La película trata de mal de amores, de matrimonios arreglados, de la familia, de hermandad, de la muerte del padre, del antiguo y el nuevo Japón y también del alcohol y la violencia de los hombres.
Pero sobre todo trata de algo que se nos escapa, a nosotros occidentales, y sobre lo que sólo la cultura japonesa arroja algo de luz. ¿Por qué esas dos escenas breves y sin explicación, que nada en la intriga motiva, suscitan una emoción tan poderosa y sostienen la película entera entre sus inefables paréntesis? Y he aquí la clave de la película.
SETSUKO: La verdadera novedad es lo que no envejece, pese al tiempo.
La camelia sobre el musgo del templo, el violeta de los montes de Kyoto, una taza de porcelana azul, esta eclosión de la belleza en el corazón mismo de las pasiones efímeras, ¿no es acaso a lo que todos aspiramos? ¿Y lo que nosotros, civilizaciones occidentales, no sabemos alcanzar?
La contemplación de la eternidad en el movimiento mismo de la vida.
Diario del movimiento del mundo n.°3
¡Pero vamos, alcánzala!
¡Cuando pienso que hay gente que no tiene televisión! Pero ¿cómo es posible, cómo se las apaña? Yo es que podría pasarme horas enteras viendo la tele. Quito el sonido y miro. Es como si viera las cosas con rayos X. Cuando se quita el sonido viene a ser como quitar el papel de embalaje, el bonito papel de seda que envuelve una tontería que te ha costado dos euros. Si veis así los reportajes de los noticiarios, os daréis cuenta de una cosa: las imágenes no tienen nada que ver unas con otras, lo único que las une entre sí es el comentario, que hace que una sucesión cronológica de imágenes parezca una sucesión real de hechos.
Bueno, resumiendo, que me encanta la tele. Y esta tarde he visto un movimiento del mundo interesante: una competición de saltos de trampolín. En realidad, varias competiciones. Era una retrospectiva del campeonato del mundo de la disciplina. Había saltos individuales con figuras impuestas o figuras libres, saltadores hombres o mujeres, pero sobre todo, lo que más me ha interesado eran los saltos dobles. Además de la proeza individual, con un montón de tirabuzones, giros y piruetas, los saltadores tienen que ser sincrónicos. No tienen que ir más o menos a la vez, no: perfectamente a la vez, no puede haber ni una milésima de segundo de diferencia entre ambos.
Lo más gracioso es cuando los saltadores tienen morfologías muy diferentes: uno bajito y retaco al lado de uno alto y esbelto. Al verlos uno piensa: esto no puede funcionar, en términos físicos, no pueden salir y llegar a la vez; pero sí que lo consiguen, aunque no os lo podáis creer. Lección que hay que sacar de esto: en el universo todo es compensación. Cuando se es menos rápido, se tiene más fuerza. Pero lo que me proporcionó alimento para mi Diario fue cuando dos jóvenes chinitas se presentaron en lo alto del trampolín. Dos esbeltas diosas con trenzas de un negro brillante y que podrían haber sido gemelas por lo mucho que se parecían, pero el comentarista precisó que ni siquiera eran hermanas. Bueno, total, que llegaron a lo alto del trampolín, y creo que todo el mundo debió de hacer como yo: contener el aliento.
Tras varios impulsos gráciles, saltaron. Las primeras mieras de segundo, fue perfecto. Sentí esa perfección en mi propio cuerpo; según parece es una historia de «neuronas espejo»: cuando se mira a alguien hacer una acción, las mismas neuronas que activa esta persona para hacer lo que está haciendo se activan a su vez en nuestra cabeza, sin que nosotros movamos un dedo. Un salto acrobático sin moverse del sofá y comiendo patatas fritas: por eso a la gente le gusta ver deporte por televisión. Bueno, total, que las dos gracias chinas saltan y, al principio del todo, éxtasis total. Y luego, ¡horror! De repente el espectador tiene la impresión de que hay un ligerísimo desfase entre ambas. Uno escudriña la pantalla, con el corazón en un puño: sin lugar a dudas, hay un desfase. Sé que parece absurdo contar esto así cuando en total el salto no debe de durar más de tres segundos, pero justamente porque sólo dura tres segundos, uno mira todas las fases como si duraran un siglo. Y resulta ya evidente, ya no cabe ponerse una venda en los ojos: ¡están desfasadas! ¡Una va a entrar en el agua antes que la otra! ¡Es horrible!
De repente me vi a mí misma gritando ante el televisor: ¡pero alcánzala, vamos, alcánzala! Sentí una rabia increíble contra la que se había rezagado. Me hundí en el sofá, asqueada. Bueno, entonces, ¿qué? ¿Es esto el movimiento del mundo? ¿Un ínfimo desfase que arruina para siempre la posibilidad de la perfección? Me tiré al menos treinta minutos de un humor de perros. Y de pronto me pregunté: pero ¿por qué querría uno a toda costa que la alcanzase? ¿Por qué duele tanto cuando el movimiento no está sincronizado? No es muy difícil adivinarlo: todas estas cosas que pasan, que fallamos por poco y malogramos ya para siempre, eternamente… Todas estas palabras que deberíamos haber dicho, estos gestos que deberíamos haber hecho, estos kairos fulgurantes que surgieron un día, que no supimos aprovechar y que se sumieron para siempre en la nada… El fracaso por un margen tan pequeño… Pero sobre todo se me vino a la mente otra idea, por lo de las «neuronas espejo». Una idea perturbadora, de hecho, y vagamente proustiana (lo cual me pone nerviosa). ¿Y si la literatura no fuera sino una televisión que uno mira para activar sus neuronas espejo y para proporcionarse a bajo coste los escalofríos de la acción? ¿Y si, peor aún, la literatura fuera una televisión que nos muestra todo aquello en lo que fracasamos?
¡Vaya un movimiento del mundo! Podría haber sido la perfección pero es el desastre. Debería vivirse de verdad pero es siempre un disfrute por poderes.
Entonces os pregunto: ¿por qué permanecer en este mundo?
Entonces, el Japón antiguo
A la mañana siguiente, Chabrot llama a mi puerta. Parece haberse recuperado, ya no le tiembla la voz y su nariz está seca y con buen color. Pero parece un fantasma.
– Pierre ha muerto -me dice con voz metálica.
– Lo siento mucho -le contesto.
Y de verdad lo siento sinceramente por él, porque si Pierre Arthens ya no sufre, Chabrot tendrá que aprender a vivir estando como muerto.
– Las pompas fúnebres llegarán de un momento a otro -añade Chabrot con su tono espectral-. Le agradecería mucho que hiciera el favor de acompañar a estos señores hasta la casa del señor Arthens.
– Descuide -le digo.
– Volveré dentro de dos horas, para ocuparme de Anna.
Me mira un momento en silencio.
– Gracias -dice (por segunda vez en veinte años).
Estoy tentada de responder conforme a las tradiciones ancestrales de las porteras pero, no sé por qué, las palabras no salen de mi boca. Quizá sea porque Chabrot ya no volverá, porque ante la muerte las fortalezas se hacen añicos, porque me acuerdo de Lucien, porque la decencia, por último, prohíbe una desconfianza que ofendería a los difuntos.
Por ello, no le digo:
– A mandar.
Sino:
– ¿Sabe?… todo llega cuando tiene que llegar. Esto puede sonar a proverbio popular, aunque sean también las palabras que el mariscal Kutuzov, en Guerra y paz, dirige al príncipe Andrés. Me hicieron, por la guerra y por la paz, tantos reproches… Pero todo llegó a su tiempo… Todo llega cuando tiene que llegar para quien sabe esperar…
Daría cualquier cosa por leer directamente en ruso. Lo que siempre me ha gustado en este pasaje es el ritmo, el balanceo de la guerra y la paz, ese flujo y reflujo en la evocación, como la marea sobre la arena se trae y se lleva los frutos del mar. ¿Se trata acaso de un capricho del traductor, que adorna un estilo ruso muy comedido -me hicieron tantos reproches por la guerra y por la paz- y que remite, en esta fluidez de la frase que ninguna coma viene a romper, mis elucubraciones marítimas al capítulo de las extravagancias sin fundamento; o es la esencia misma de este texto maravilloso que, hoy todavía, me arranca lágrimas de júbilo?
Chabrot asiente suavemente con la cabeza y luego se va.
El resto de la mañana transcurre en una atmósfera de tristeza. No tengo ninguna simpatía póstuma por Arthens pero me arrastro como alma en pena y ni siquiera consigo leer. El paréntesis de felicidad que la camelia sobre el musgo del templo ha abierto en la crudeza del mundo se ha cerrado sin esperanza, y la negrura de todos esos abismos corroe mi amargo corazón.
Entonces, el Japón antiguo viene a inmiscuirse. De uno de los pisos desciende una melodía, clara y alegremente perceptible. Alguien toca al piano una pieza clásica. Ah, dulce hora que de improviso desgarra el velo de la melancolía… En una fracción de eternidad, todo cambia y se transfigura. Un fragmento de música desprendido de una pieza desconocida, un poco de perfección en el flujo de las cosas humanas -inclino despacio la cabeza, pienso en la camelia sobre el musgo del templo, en una taza de té mientras el viento, fuera, acaricia las hojas de los árboles, la vida que se escapa se inmoviliza en una joya sin mañana ni proyectos, el destino de los hombres, salvado del pálido sucederse de los días, se nimba por fin de luz y, más allá del tiempo, exalta mi corazón tranquilo.
Deber de los ricos
La Civilización es la violencia domeñada, la victoria siempre inconclusa sobre la agresividad del primate. Pues primates fuimos y primates somos, por mucha camelia sobre musgo de la que aprendamos a gozar. He ahí la función de la educación. ¿Qué es educar? Proponer sin tregua camelias sobre musgo como derivativos de la pulsión de la especie, porque ésta no cesa jamás y amenaza sin tregua el frágil equilibrio de la supervivencia.
Yo soy muy camelia sobre musgo. Sólo eso, pensándolo bien, podría explicar mi reclusión en esta lúgubre portería. Convencida desde los albores de mi existencia de la inanidad de ésta, podría haber elegido rebelarme y, poniendo al cielo por testigo de la iniquidad de mi suerte, nutrirme de los recursos de violencia que nuestra condición alberga. Pero la escuela hizo de mí un alma a la que la vacuidad de su destino no condujo más que a la renuncia y al enclaustramiento. La maravilla de mi segundo nacimiento había abonado en mí el terreno del dominio de toda pulsión; puesto que la escuela me había hecho nacer, le debía lealtad y me avine pues a las intenciones de mis educadores convirtiéndome dócilmente en un ser civilizado. De hecho, cuando la victoria sobre la agresividad del primate se apodera de esas armas prodigiosas que son los libros y las palabras, la empresa es sencilla, y así es como me convertí en un alma educada que extraía de los signos escritos la fuerza de resistir a su propia naturaleza.
Por ello me ha sorprendido tanto mi reacción cuando, tras llamar Antoine Pallières tres veces imperiosamente al timbre y, sin mediar saludo, ponerse a contarme con facunda vindicta la desaparición de su patinete cromado, le he cerrado la puerta en las narices y a punto he estado con ese mismo movimiento de amputar de su cola a mi gato, que justo en ese momento se escabullía por el marco.
No tan camelia sobre musgo, después de todo, me he dicho.
Y como tenía que permitir que León volviese a sus dominios, he vuelto a abrir la puerta nada más cerrarla.
– Disculpa, es que hay corriente.
Antoine Pallières me ha mirado con la expresión de alguien que se pregunta si de verdad ha visto lo que ha visto. Pero como está entrenado para considerar que sólo ocurre lo que tiene que ocurrir, de la misma manera que los ricos se convencen de que su vida sigue un surco celestial que el poder del dinero cava naturalmente para ellos, ha tomado la decisión de creerme. La facultad que tenemos de manipularnos a nosotros mismos para que no se tambaleen lo más mínimo los cimientos de nuestras creencias es un fenómeno fascinante.
– Sí, bueno, de todas maneras venía sobre todo para darle esto de parte de mi madre. Y me ha tendido un sobre de color blanco.
– Gracias -le he dicho, dándole una vez más con la puerta en las narices.
Y heme aquí en la cocina, con el sobre en la mano.
– Pero ¿qué me pasa esta mañana? -le pregunto a León.
La muerte de Pierre Arthens marchita mis camelias.
Abro el sobre y leo esta notita escrita en el reverso de una tarjeta de visita tan gélida que la tinta, triunfando sobre cualquier pedazo consternado de papel secante, se ha corrido ligeramente debajo de cada letra.
Señora Michel,
¿podría usted, recibir y firmar en mi nombre la ropa que manden del tinte esta tarde?
Esta noche pasaré por la portería para recogerla.
Gracias de antemano
Firma garabateada.
No me esperaba tanta hipocresía en el ataque. De estupefacción me dejo caer sobre la silla más próxima.
Me pregunto de hecho si no estaré un poco loca. ¿Les produce a ustedes el mismo efecto cuando les ocurre?
Consideren lo siguiente:
El gato duerme.
¿La lectura de esta frasecita anodina no ha despertado en ustedes ningún sentimiento de dolor, ningún arranque de sufrimiento? Es legítimo.
Consideren ahora en cambio:
El gato, duerme.
Repito, para despejar toda sombra de ambigüedad:
El gato coma duerme. El gato, duerme.
Podría usted, recibir y firmar en mi nombre. Por un lado tenemos ese prodigioso empleo de la coma que, tomándose libertades con la lengua porque no suele ocurrir que se separe el complemento de objeto directo del verbo que lo rige, magnifica la forma de la oración:
Me hicieron, por la guerra y por la paz, tantos reproches…
Y, por otro, estos borrones sobre papel vitela de Sabine Pallières que clavan en la frase una coma convertida en puñal.
¿Podría usted, recibir y firmar en mi nombre la ropa que manden del tinte esta tarde?
Si hubiese sido Sabine Pallières una honrada portuguesa nacida en Faro bajo una higuera, una portera recién venida de un pueblito de Puteaux o una deficiente mental tolerada por su caritativa familia, habría podido yo perdonar de buena gana esta ligereza culpable. Pero Sabine Pallières es una rica. Sabine Pallières es la esposa de un pez gordo de la industria armamentística; Sabine Pallières es la madre de un cretino con trenca verde pino que, tras sus varias carreras en las mejores universidades del país, probablemente irá a difundir la mediocridad de sus ideas de chicha y nabo en un gabinete ministerial de derechas; y, otrosí, Sabine Pallières es la hija de un pendón con abrigo de visón que forma parte del comité de lectura de una importantísima editorial y que está tan enjaezada de joyas que, a veces, temo que pueda desplomarse por el peso.
Por todos estos motivos, Sabine Pallières es imperdonable. Los favores del destino tienen un precio. Para quien se beneficia de las indulgencias de la vida, la obligación de rigor en la consideración de la belleza no es negociable. La lengua, esta riqueza del hombre, y sus usos, esta elaboración de la comunidad social, son obras sagradas. Que evolucionen con el tiempo, se transformen, se olviden y renazcan mientras, a veces, su trasgresión se convierte en fuente de una mayor fecundidad, no altera en nada el hecho de que, para tomarse con ellas el derecho al juego y al cambio, antes hay que haberles declarado pleno sometimiento. Los elegidos de la sociedad, aquellos a los que el hado exceptúa de esas servidumbres que son el sino del hombre pobre, tienen por ello la doble misión de venerar y respetar el esplendor de la lengua. Por último, que una Sabine Pallières haga mal uso de la puntuación es una blasfemia tanto más grave cuanto que, al mismo tiempo, poetas soberbios nacidos en hediondos carromatos o en chabolas nauseabundas tienen por la Belleza la santa reverencia que le es debida.
A los ricos, el deber de lo Bello. Si no, merecen morir.
Entonces, en este punto preciso de mis reflexiones indignadas, alguien llama a mi puerta.
Idea profunda n°7
Construir
vives
mueres
son
consecuencias
Cuanto más pasa el tiempo, más decidida estoy a prenderle fuego a la casa. Por no hablar de suicidarme. Tengo motivos: papá me ha echado la bronca porque le he llevado la contraria a uno de sus invitados que decía una cosa que no era verdad. En realidad, era el padre de Tibère. Tibère es el novio de mi hermana. Estudia en la École Nórmale Supérieure, como ella, pero en la rama de matemáticas. Cuando pienso que eso se considera la élite… La única diferencia que veo entre Colombe, Tibère, sus amigos y una panda de jóvenes «del pueblo llano» es que mi hermana y sus amigos son más tontos. Beben, fuman, hablan como en los barrios humildes de los suburbios de las grandes ciudades e intercambian frases de este estilo: «Hollande se ha cargado a Fabius con su referéndum, ¿lo habéis visto?, este tío es la leche» (verídico) o bien: «Todos los DI (directores de investigación) que han nombrado en los últimos dos años son fachas de cuidado, la derecha se está atrincherando, no hay que cagarla con el director de tesis» (recientito, de ayer).
Un nivel por debajo se oyen cosas como: «Ah, oye, tío, la rubia que le mola a J.-B. es una anglicista, una rubia, vaya» (ídem) y un nivel por encima: «la conferencia de Marian era una chorrada, cuando dijo eso de que la existencia no es el atributo primero de Dios» (ídem, justo después de cerrar el tema de la rubia anglicista). ¿Qué queréis que piense de todo esto? Y aquí está la guinda, palabra por palabra (o casi): «Que uno sea ateo no quiere decir que no pueda ver el poder de la ontología metafísica. Sí, tío, lo que cuenta es el poder conceptual, no la verdad. Y el cura este, Marian, cómo controla, el jodido, ¿eh?, menos mal.»
Las perlas blancas
que en mis mangas cayeron cuando con el corazón aún pleno
nos separamos
las llevo conmigo
como recuerdo suyo.
(Kokinshu)
Me he plantado los tapones para los oídos de goma espuma amarilla de mamá y me he puesto a leer unos haikús de la Antología de poesía japonesa clásica de papá para no oír su conversación de degenerados. Después, Colombe y Tibère se han quedado solos y se han puesto a hacer ruidos inmundos cuando sabían muy bien que podía oírlos. Para colmo de males, Tibère se ha quedado a cenar porque mamá había invitado a sus padres. El padre de Tibère es productor de cine, y su madre tiene una galería de arte en los muelles del Sena. Colombe está loquita por los padres de Tibère, el fin de semana que viene se va con ellos a Venecia, de buena me he librado, voy a poder estar tranquila tres días.
Bueno, a lo que iba. El padre de Tibère ha dicho durante la cena: «Pero cómo, ¿no conocéis el Go, este fantástico juego japonés? En este momento estoy produciendo una adaptación de la novela de Sa Shan, La jugadora de Go, es un juego fa-bu-lo-so, el equivalente japonés del ajedrez. ¡He aquí otro invento más que les debemos a los japoneses, es fa-bu-lo-so, os lo aseguro!» Y se ha puesto a explicar las reglas del juego del Go. No decía más que tonterías. Primero, el Go lo inventaron los chinos. Lo sé porque me he leído el manga de culto sobre el Go. Se llama Hikaru No Go. Segundo, no es el equivalente japonés del ajedrez. Quitando el hecho de que es un juego de tablero y que dos adversarios se enfrentan con piezas negras y blancas, no tiene nada que ver con el ajedrez. En el ajedrez, hay que matar para ganar. En el Go, hay que construir para vivir. Y tercero, algunas de las reglas enunciadas por el señor Soy-el-padre-de-un- cretino no eran verdad. El objetivo del juego no es comerse al adversario sino construir un territorio mayor que el suyo. La regla de la posesión de piedras de construcción estipula que uno puede «suicidarse» si es para tomar las piedras del adversario, y no que esté formalmente prohibido ir allí donde uno pierde automáticamente sus piedras. Etc.
Entonces, cuando el señor He-traído-al-mundo-a-una-pústula ha dicho: «El sistema de clasificación de los jugadores empieza en 1 kyu y después se sube hasta 30 kyu, y de ahí se pasa a los danes: primer dan, segundo dan, etc.», no he podido contenerme y he dicho: «No, es al revés: se empieza en 30 kyu y luego se llega hasta 1.»
Pero el señor Discúlpenla-no-sabe-lo-que-dice se ha obcecado con cara de mala leche: «No, mi querida señorita, te aseguro que tengo razón yo.» Yo lo negaba con la cabeza, mientras papá me miraba con el ceño fruncido. Lo peor es que me ha salvado Tibère. «Que sí, papá, que tiene razón ella, el primer kyu es lo más alto a lo que se puede llegar.» A Tibère le apasionan las mates y juega al ajedrez y al Go. Odio esa idea. Las cosas hermosas deberían ser de la gente hermosa. Pero bueno, sea como fuere, el padre de Tibère estaba equivocado, pero papá, después de cenar, me ha dicho, furioso: «Si sólo vas a abrir la boca para ridiculizar a nuestros invitados, mejor te abstienes.» ¿Y qué se supone que tendría que haber hecho? ¿Abrir la boca como Colombe para decir: «La programación de Les Amandiers me deja perpleja» cuando la pobre sería del todo incapaz de citar un solo verso de Racine, y menos aún de percibir su belleza? ¿Abrir la boca para decir, como mamá: «Parece que la Bienal del año pasado fue muy decepcionante» cuando daría la vida por sus plantas sin importarle que ardiera la obra entera de Vermeer? ¿Abrir la boca para decir, como papá: «La excepción cultural francesa es una sutil paradoja», que es, casi palabra por palabra, lo que ha dicho en las veinte cenas anteriores? ¿Abrir la boca como la madre de Tibère para decir: «Hoy en día, en París, apenas se encuentran ya buenos queseros», sin contradicción, esta vez, con su naturaleza profunda de comerciante de Auvernia?
Cuando pienso en el Go… Un juego cuyo objetivo es el de construir territorio sólo puede ser bello. Puede haber fases de combate, pero no son sino medios al servicio del fin, a saber: asegurar la supervivencia de los territorios de cada adversario. Uno de los logros más hermosos del juego del Go es que está comprobado que, para ganar, hay que vivir pero también dejar vivir al contrincante. El jugador demasiado ávido pierde la partida: es un juego sutil de equilibrio en el que hay que lograr ventaja sin aplastar al otro. Al final, la vida y la muerte no son sino la consecuencia de una edificación bien o mal construida. Es lo que dice uno de los personajes de Taniguchi: vives, mueres, son consecuencias. Es un proverbio de juego de Go y un proverbio de vida.
Vivir, morir: no son más que consecuencias de lo que se ha construido. Lo importante es construir bien. Por ello, me he impuesto una nueva obligación: voy a dejar de deshacer, de derribar, y me voy a poner a construir. Hasta de Colombe haré algo positivo. Lo que cuenta es lo que uno hace en el momento de morir y, el próximo 16 de junio, quiero morir construyendo.
El spleen de Constitución
Ese alguien que ha llamado resulta ser la esplendorosa Olimpia Saint-Nice, la hija del diplomático del tercero. Me cae bien Olimpia Saint-Nice. Encuentro que hace falta un carácter considerable para sobrevivir a un nombre tan ridículo, sobre todo cuando se sabe que condena a la infeliz a desternillantes «Eh, Olimpia, ¿puedo subirme a tu monte?» a lo largo de una adolescencia que se antoja interminable. Por añadidura, Olimpia Saint-Nice no parece desear convertirse en aquello que su cuna le ofrece. No aspira ni al matrimonio desahogado, ni a los pasillos del poder, ni a la diplomacia y menos aún al divismo. Olimpia Saint-Nice quiere ser veterinaria.
– En provincias -me confió un día que hablábamos de gatos ante mi puerta-. En París sólo hay animalitos pequeños. Yo también quiero vacas y cerdos.
Olimpia tampoco actúa de cara a la galería, como ciertos residentes de la finca, no trata conmigo para que se vea que charla con la portera porque es una «niña bien educada, de izquierdas y sin prejuicios». Olimpia me habla porque tengo un gato, lo cual nos integra a ambas en la misma comunidad de intereses, y yo aprecio en su justo valor esta capacidad suya de obviar las barreras que la sociedad yergue sin tregua en nuestros ridículos caminos.
– Tengo que contarle lo que le ha pasado a Constitución -me dice cuando le abro la puerta.
– Pero pase, pase -le digo-, ¿o es que tiene prisa? Al menos podrá quedarse un momentito…
No sólo puede quedarse un momentito, sino que está tan feliz de encontrar a alguien con quien hablar de gatos y de las pequeñas miserias de los gatos que se queda una hora entera en la que se toma cinco tazas de té seguidas.
Sí, me cae muy bien Olimpia Saint-Nice. Constitución es una encantadora gatita color caramelo, con el hociquito rosa bombón, bigotes blancos y almohadillas lila, cuyos dueños son los Josse y, como todos los animales de pelo del palacete, se ve sometida a los cuidados de Olimpia al menor achaque. Pues bien, esta cosita inútil pero apasionante, de tres años de edad, no hace mucho se pasó toda la noche maullando, arruinando así el sueño de sus amos.
– ¿Y eso por qué? -pregunto en el momento adecuado, porque estamos enfrascadas en la complicidad de un relato en el que cada una quiere interpretar su papel a la perfección.
– ¡Por una cistitis! -exclama Olimpia-. ¡Una cistitis!
Olimpia sólo tiene diecinueve años y aguarda loca de impaciencia el momento de ingresar en la Facultad de Veterinaria. Mientras tanto, trabaja como una descosida y se duele a la vez que goza con los males que afligen a la fauna del edificio, la única sobre la que puede dirigir sus experimentos.
Por ello me anuncia el diagnóstico de cistitis de Constitución como si hubiera descubierto un filón de diamantes.
– ¡Una cistitis! -exclamo a mi vez con entusiasmo.
– Sí, una cistitis -repite ella en voz baja, con los ojos brillantes-. Pobre animalito, se iba haciendo pipí por todos los rincones y… -Olimpia recupera el aliento para soltar lo mejor-:… ¡su orina era levemente hemorrágica!
Dios mío, qué deleite. Si hubiera dicho: tenía sangre en el pis, el asunto se habría despachado visto y no visto. Pero Olimpia, vistiendo con emoción la bata de doctor de los gatos, se ha adornado a la vez de la terminología que les es propia. Siempre me ha causado un gran placer oír hablar así. «Su orina era levemente hemorrágica» es para mí una frase recreativa, eufónica y que evoca un mundo singular que distrae de la literatura. Por esta misma razón me gusta leer los prospectos de las medicinas, por la tregua que nace de esta precisión en el término técnico, que proporciona la ilusión del rigor y el estremecimiento de la sencillez, y convoca una dimensión espacio-temporal de la que están ausentes la tensión en pos de lo bello, el sufrimiento creador y la aspiración sin fin y sin esperanza a horizontes sublimes.
– Hay dos etiologías posibles para la cistitis -prosigue Olimpia-. O bien un germen infeccioso, o bien una disfunción renal. Primero le palpé la vejiga, para comprobar que no estuviera en globo.
– ¿En globo? -pregunto, extrañada.
– Cuando hay disfunción renal y el gato no puede orinar, su vejiga se llena y forma una suerte de «globo vesical» que puede notarse palpando el abdomen -explica Olimpia-. Pero no era el caso. Y no parecía que sintiera dolor cuando la auscultaba. Pero seguía haciéndose pipí por todas partes.
Pienso fugazmente en el salón de Solange Josse transformado en urinario gigante tendencia ketchup. Pero para Olimpia sólo son daños colaterales.
– Entonces Solange le ha hecho un análisis de orina. Pero resulta que Constitución no tiene nada. Ni cálculo renal, ni germen insidioso escondido en su vejiguita del tamaño de un guisante, ni agente bacteriológico infiltrado. Sin embargo, pese a los antiinflamatorios, los antiespasmódicos y los antibióticos, Constitución se obstina.
– Pero ¿qué es lo que tiene entonces? -pregunto.
– No se lo va a creer -me dice Olimpia-. Tiene una cistitis idiopática intersticial.
– Dios mío, ¿y eso qué es? -pregunto, cayéndoseme la baba de deleite.
– Pues bien, es como decir que Constitución es una histérica de tomo y lomo -responde Olimpia, eufórica-. Intersticial significa que concierne a la inflamación de la pared vesical, e idiopática, que no tiene causa médica asignada. Vamos, que cuando se estresa, tiene cistitis inflamatoria. Exactamente como les ocurre a las mujeres.
– Pero ¿por qué se estresa? -me pregunto en voz alta, porque si Constitución tiene motivos para estresarse, cuando su vida cotidiana de holgazana decorativa sólo se ve perturbada por benévolos experimentos veterinarios que consisten en palparle la vejiga, el resto del género animal está abocado a sufrir ataques de pánico.
– La veterinaria ha dicho: sólo la gata lo sabe.
Y Olimpia esboza una mueca de contrariedad.
– Hace poco, Paul (Josse) le dijo que estaba gorda. Quizá fuera por eso, no se sabe. Puede ser por cualquier cosa.
– ¿Y eso cómo se cura?
– Como con los humanos -se ríe Olimpia-. Se administra Prozac.
– ¿En serio? -pregunto.
– En serio -me contesta.
Lo que yo decía. Animales somos, animales seguiremos siendo. Que una gata de ricos sufra los mismos males que afligen a las mujeres civilizadas no debe incitarnos a poner el grito en el cielo por pensar que se esté maltratando a los felinos o que el hombre esté contaminando una inocente raza doméstica; al contrario, no hace sino indicar la profunda solidaridad que teje los destinos animales. De los mismos apetitos vivimos, de los mismos males sufrimos.
– Sea como fuere -me dice Olimpia-, esto me dará que pensar cuando cuide de animales que no conozco.
Se levanta y se despide amablemente.
– Muchas gracias, señora Michel, sólo con usted puedo hablar de estas cosas.
– De nada, Olimpia, ha sido un placer.
Y ya me dispongo a cerrar la puerta cuando añade:
– Ah, ¿y sabe una cosa? Anna Arthens va a vender su piso. Espero que los nuevos propietarios también tengan gatos.
Culo de perdiz
¡Anna Arthens vende su casa!
– ¡Anna Arthens vende su casa! -le digo a León.
– Cáspita -me responde, o por lo menos esa impresión me da a mí.
Hace veintisiete años que vivo aquí y en todo ese tiempo nunca ha cambiado un piso de familia. La anciana señora Meurisse cedió el sitio a la joven señora Meurisse, y lo mismo ocurrió, o casi, con los Badoise, los Josse y los Rosen. Los Arthens llegaron a la vez que nosotros; de alguna manera hemos envejecido juntos. En cuanto a los de Broglie, hace mucho que estaban aquí y aquí siguen. No sé qué edad tendrá el señor Consejero, pero de joven ya parecía viejo, lo que crea la situación de que, aun siendo muy viejo, todavía parece joven.
Anna Arthens es pues la primera, bajo mi mandato de portera, en vender un bien que va a cambiar de manos y de nombre. Curiosamente, esta perspectiva me asusta. ¿Estoy acaso tan acostumbrada a este eterno vuelta a empezar de lo mismo que la perspectiva de un cambio aún hipotético, que me zambulle en el río del tiempo, me recuerda que estoy sujeta a su fluir? Vivimos cada día como si debiera renacer mañana, y el status quo silencioso del 7 de la calle Grenelle, que mañana tras mañana renueva la evidencia de la perennidad, se me antoja de pronto un islote acosado por las tempestades.
Muy perturbada, cojo mi carrito de la compra y, abandonando a León, que ronca bajito, me dirijo con paso vacilante hacia el mercado. En la esquina de la calle Grenelle con la calle Del Bac, inquilino imperturbable de sus cartones gastados, Gégène me mira acercarme como la mígala a su presa.
– ¡Eh, tía Michel, ¿otra vez ha perdido a su gato?! -me grita riendo, como en la letra de la conocida cancioncilla infantil.
He aquí al menos algo que no cambia. Gégène es un clochard que, desde hace años, pasa el invierno aquí, sobre sus míseros cartones, vestido con una vieja levita que huele a negociante ruso de finales de siglo y que, como su dueño, ha atravesado los tiempos de manera peculiar.
– Debería irse al albergue -le digo, como de costumbre-, va a hacer frío esta noche.
– Ah, ah -me contesta con voz agria-, ya me gustaría verla a usted en el albergue. Se está mejor aquí. Sigo mi camino pero, atenazada por un súbito remordimiento, vuelvo sobre mis pasos.
– Quería decirle… El señor Arthens murió anoche.
– ¿El crítico? -me pregunta Gégène, con una chispa repentina en la mirada, levantando la cabeza como un perro de caza que hubiera olisqueado el culo de una perdiz.
– Sí, sí, el crítico. El corazón le falló de golpe.
– Ah, vaya, vaya… -repite Gégène, claramente conmovido.
– ¿Lo conocía usted? -pregunto, por decir algo.
– Ah, vaya, vaya… -reitera el clochard-, ¡siempre se nos van primero los mejores!
– Tuvo una buena vida -me aventuro a decir, sorprendida del cariz que ha tomado la situación.
– Tía Michel, tipos como ése ya no nacen, se rompió el molde. Ah, vaya -repite-, lo voy a echar de menos.
– ¿Le daba acaso algo, quizá un aguinaldo por Navidad?
Gégène me mira, se sorbe la nariz y escupe a sus pies.
– Nada, en diez años ni una mísera monedita, ¿qué le parece? Ah, desde luego, las cosas como son, vaya carácter tenía. Se rompió el molde, sí, se rompió el molde. Este pequeño intercambio me perturba y, mientras recorro los pasillos del mercado, Gégène monopoliza mis pensamientos. Nunca he creído que los pobres tuvieran grandeza de alma por el simple hecho de ser pobres y por las injusticias de la vida. Pero al menos sí los creía unidos en el odio por los grandes propietarios. Gégène me saca de mi error y me enseña lo siguiente: si hay algo que los pobres detestan es a los otros pobres. En el fondo, tiene su lógica.
Recorro distraídamente los pasillos del mercado, llego al rincón de los quesos y me compro un poco de parmesano al peso y un buen pedazo de Soumaintrain.
Riabinin
Cuando estoy angustiada, me recluyo en el refugio. No hace falta viajar; me basta ir a las esferas de mi memoria literaria. Pues ¿qué distracción hay más noble, qué compañía más distraída, qué contemplación más deliciosa que la de la literatura?
Heme pues súbitamente ante un puesto de aceitunas, pensando en Riabinin. ¿Por qué Riabinin? Porque Gégène lleva una levita pasada de moda, con los faldones adornados con botones hasta casi abajo del todo, que me ha recordado a Riabinin. En Ana Karenina, Riabinin, comerciante de madera vestido con levita, va a concluir a casa de Levin, el aristócrata rural, una venta con Esteban Oblonsky, el aristócrata moscovita. El comerciante jura y perjura que Oblonsky sale ganando con la transacción, mientras que Levin lo acusa de despojar a su amigo de un bosque que vale tres veces más. A esta escena precede un diálogo en el que Levin pregunta a Oblonsky si ha contado los árboles de su bosque.
«-¡Contar los árboles! -exclama el aristócrata-. ¡Es como contar granos de arena en el fondo del mar!
– Seguro que Riabinin los ha contado -replica Levin.»
Me gusta particularmente esta escena, primero porque se desarrolla en Pokrovskaya, en el campo ruso. Ah, el campo ruso… Tiene ese encanto tan especial de los parajes salvajes y no obstante ligados al hombre por la solidaridad de esta tierra de la que todos estamos hechos… La escena más hermosa de Ana Karenina transcurre en Pokrovskaya. Levin, sombrío y melancólico, trata de olvidar a Kitty. Estamos en primavera, y se va a los campos a segar con sus campesinos. La tarea se le antoja al principio demasiado dura. Cuando está a punto de desfallecer, el viejo campesino que dirige la hilera de segadores ordena descansar. Luego reanudan su tarea. De nuevo, Levin se siente extenuado pero, una vez más, el viejo levanta la guadaña. Descanso. Luego la hilera vuelve a ponerse en marcha, cuarenta hombretones aplanando los manojos de hierba y avanzando hacia el río mientras se levanta el sol. El calor es cada vez más intenso, Levin tiene los brazos y los hombros empapados en sudor pero, a fuerza de descansar y reanudar la tarea, sus gestos antes torpes y dolorosos se vuelven cada vez más fluidos. Siente de pronto un agradable frescor en la espalda. Lluvia de verano. Poco a poco, libera sus movimientos del obstáculo de la voluntad, entra en el leve trance que confiere a los gestos la perfección de los actos mecánicos y conscientes, sin reflexión ni cálculo, y la guadaña parece manejarse sola mientras Levin saborea el abandono en el movimiento que convierte el placer de hacer algo maravillosamente ajeno a los esfuerzos de la voluntad.
Así ocurre con muchos de los momentos felices de nuestra existencia. Liberados de la carga de la decisión y de la intención, avanzando en nuestros mares interiores, asistimos, como a las acciones de otro, a nuestros distintos movimientos admirando sin embargo su involuntaria excelencia. ¿Qué otra razón podría yo tener para escribir esto, este irrisorio diario de una portera que se va haciendo vieja, si la escritura no participara de la misma naturaleza que el arte de la siega? Cuando las líneas se convierten en demiurgo de sí mismas, cuando asisto, como una maravillosa inconsciencia, al nacimiento sobre el papel de frases que escapan a mi voluntad e, inscribiéndose ajenas a ella en el papel, me enseñan lo que no sabía ni creía querer, gozo de este alumbramiento sin dolor, de esta evidencia no concertada, de seguir sin esfuerzo ni certeza, con la felicidad del asombro sincero, una pluma que me guía y me arrastra. Entonces, accedo, en plena evidencia y textura de mí misma, a un olvido de mi propio ser rayano en el éxtasis, saboreo la feliz quietud de una conciencia espectadora.
Por fin, al subir de nuevo a su carreta, Riabinin se queja abiertamente a su empleado de los modales de los señores.
«-¿Y qué me dice de la compra, Mijail Ignatich? -le pregunta el mozo.
«-¡Ah, ah…! -contesta el comerciante.» Cuan rápido sacamos conclusiones, por la apariencia y la posición, sobre la inteligencia de los seres… Riabinin, contable de los granos de arena del fondo del mar, hábil actor y manipulador brillante, se mofa de los prejuicios sobre su persona. Nacido inteligente y paria, la gloria no lo atrae; sólo lo impulsan a recorrer los caminos la promesa de la ganancia y la perspectiva de desvalijar cortésmente a los señores de un sistema estúpido que lo desprecia pero no sabe ponerle freno. Así soy yo, pobre portera resignada a la ausencia de todo fasto -pero anomalía de un sistema que se revela grotesco y del que me mofo bajito, cada día, en un fuero interno que nadie penetra.
Idea profunda n°8
Si olvidas el futuro
pierdes
el presente
Hoy hemos ido a Chatou a ver a la abuelita Josse, la madre de papá, que lleva dos semanas en una residencia de ancianos. Papá la acompañó cuando se instaló allí, y esta vez hemos ido todos juntos a verla. La abuelita ya no puede vivir sola en su caserón de Chatou: está casi ciega, tiene artrosis, ya casi no puede andar ni sostener nada en las manos y se asusta en cuanto se queda sola. Sus hijos (papá, mi tío François y mi tía Laure) intentaron solucionar el asunto con una enfermera privada, pero no podía quedarse con ella las veinticuatro horas del día; además, las amigas de la abuelita ya estaban ellas también en una residencia de ancianos, así que parecía una buena solución. La residencia de ancianos de la abuelita no es cualquier cosa. Me pregunto cuánto costará al mes un moridero de lujo como éste. La habitación de la abuelita es grande y luminosa, con muebles bonitos, cortinas muy cucas, un saloncito contiguo y un cuarto de baño con una bañera de mármol. Mamá y Colombe se han extasiado al ver la bañera de mármol, como si para la abuelita tuviera el más mínimo interés que la bañera fuera de mármol cuando ella tiene los dedos de hormigón… Además, el mármol es feo. En cuanto a papá, no ha dicho gran cosa. Sé que se siente culpable de que su madre esté en una residencia de ancianos. «¿No pretenderás que se venga a vivir con nosotros?», dijo mamá cuando ambos creían que yo no los oía (pero yo lo oigo todo, sobre todo lo que se supone que no debo oír). «No, Solange, claro que no…», respondió papá con un tono que quería dar a entender: «Hago como si pensara lo contrario a la vez que digo "no, no" con aire cansado y resignado, en plan marido bueno que acepta lo que dice su mujer, para que quede patente que el bueno de la película soy yo.» Conozco muy bien ese típico tono de papá. Significa: «sé que soy un cobarde, pero que nadie se atreva a echármelo en cara». Por supuesto, ocurrió lo que tenía que ocurrir: «Mira que eres cobarde», dijo mamá, tirando con rabia un trapo en el fregadero. Es curioso, no falla, cuando está enfadada siempre tiene que tirar algo. Una vez tiró incluso a Constitución. «Te apetece tan poco como a mí», añadió, cogiendo el trapo y agitándolo ante las narices de papá. «De todas maneras, ya está hecho», concluyó papá, lo cual es una frase de cobarde elevada a la máxima potencia.
Yo sí que me alegro de que la abuelita no venga a vivir con nosotros. Aunque, en cuatrocientos metros cuadrados, no sería verdaderamente un problema. Y bueno, pienso que los viejos tienen derecho a un poco de respeto, al fin y al cabo. Y estar en una residencia de ancianos desde luego no es tenerles respeto. Cuando uno va a una residencia, quiere decir: «Estoy acabado/a, ya no soy nada, todo el mundo, yo incluido/a, no espera más que una cosa: la muerte, este triste final del tedio.» No, la razón por la que no quiero que la abuelita venga a vivir con nosotros es que no me cae bien. Es una vieja asquerosa, después de haber sido una joven malvada. Esto también me parece una profunda injusticia: pensad por ejemplo en un simpático técnico de calderas, que ya se ha hecho muy viejo, pero que en su vida no ha hecho más que el bien a cuantos lo rodeaban, ha sabido crear amor, darlo, recibirlo y tejer lazos humanos y sensibles. Su mujer ha muerto, a sus hijos no les sobra el dinero y tienen a su vez un montón de hijos a los que alimentar y criar. Además, viven en la otra punta de Francia. Lo mandan pues a una residencia cerca del pueblucho donde nació, donde sólo pueden ir a visitarlo dos veces al año -una residencia de ancianos para pobres, donde tiene que compartir habitación, donde la comida es un asco y los empleados combaten su certeza de compartir algún día su misma suerte maltratando a los ancianos a su cargo. Considerad ahora a mi abuela, que en su vida sólo se ha dedicado a una larga serie de recepciones mundanas, muecas, intrigas y gastos fútiles e hipócritas, y considerad el hecho de que se puede permitir una coqueta habitacioncita, un salón privado y vieiras para almorzar. ¿Es éste acaso el precio que hay que pagar por el amor, un final de vida sin esperanza en una sórdida promiscuidad? ¿Es ésta acaso la recompensa de la anorexia afectiva, una bañera de mármol en una bombonera ruinosa?
Así pues, no me cae bien la abuelita y yo tampoco le caigo muy bien a ella. Por el contrario, adora a Colombe que la adora a su vez, es decir, lo que hace es esperar la herencia con esa naturalidad tan auténtica de quien no espera ninguna herencia. Pensaba pues que este día en Chatou iba a ser un horror a tope y, ¡bingo!, acerté: Colombe y mamá extasiadas ante la bañera, papá tan rígido como si se hubiera tragado un palo, unos viejos postrados y resecos a los que se saca a pasear por los pasillos con todos sus goteros puestos, una loca («Alzheimer», ha dicho Colombe con aire docto; ¿no me digas, en serio?) que me llama «Clara bonita» y chilla dos segundos después que quiere su perro inmediatamente y por poco me saca un ojo con su sortijón de diamantes, ¡e incluso un intento de fuga! Los residentes que aún pueden valerse por sí solos llevan una pulsera electrónica en la muñeca: cuando tratan de salir del perímetro de la residencia, se oye un pitido en la recepción, y el personal se precipita fuera para perseguir al huido, al que, por supuesto, alcanzan tras un trabajoso sprint de cien metros, y que protesta con vehemencia que no están en un gulag, exige hablar con el director y hace unos extraños aspavientos hasta que lo sientan a la fuerza en una silla de ruedas. El huido, en este caso la señora del sprint trabajoso, se había cambiado después de la comida: se había puesto su atuendo de fuga, un vestido de lunares lleno de volantes, muy práctico para trepar vallas. Resumiendo, que a las dos de la tarde, después de la bañera, las vieiras y la fuga espectacular de Edmond Dantés, tenía el terreno abonado para la desesperación.
Pero de repente he recordado mi decisión de construir en lugar de derruir. He mirado a mi alrededor buscando algo positivo y tratando de no poner los ojos en Colombe. No he encontrado nada. Toda esa gente esperando la muerte sin saber qué hacer hasta que llegue… Y de repente, ¡milagro!, la solución me la ha dado Colombe, sí, Colombe. Al irnos, después de darle un beso a la abuelita y de prometerle que volveríamos pronto, mi hermana ha dicho: «Bueno, la abuelita parece bien instalada. Y lo demás… vamos a darnos prisa en olvidarlo muy deprisa.» No me detendré sobre esto de «darnos prisa en olvidarlo muy deprisa», sería mezquino por mi parte, y me concentraré en la idea: olvidarlo muy deprisa. Al contrario, sobre todo no hay que olvidarlo. No hay que olvidar a los viejos de cuerpo podrido, los viejos a dos pasos de una muerte en la que los jóvenes no quieren pensar (confían a la residencia de ancianos la tarea de llevar a sus padres a la muerte sin alboroto ni preocupaciones), la inexistente alegría de esas últimas horas que tendrían que disfrutar a fondo pero las pasan en el tedio y la amargura, rumiando los mismos recuerdos una y otra vez. No hay que olvidar que el cuerpo se degrada, que los amigos se mueren, que todos te olvidan, que el final es soledad. No hay que olvidar tampoco que esos viejos fueron jóvenes, que el tiempo de una vida es irrisorio, que un día tienes veinte años, y al siguiente ya son ochenta. Colombe cree que uno «puede darse prisa en olvidar» porque para ella la perspectiva de la vejez está aún tan lejos que es como si nunca fuera a ocurrirle. Yo en cambio hace tiempo que aprendí que la vida se pasa volando, mirando a los adultos a mi alrededor, tan apresurados siempre, tan agobiados porque se les va a cumplir el plazo, tan ávidos del ahora para no pensar en el mañana… Pero si se teme el mañana es porque no se sabe construir el presente, y cuando no se sabe construir el presente, uno se dice a sí mismo que podrá hacerlo mañana y entonces ya está perdido porque el mañana siempre termina por convertirse en hoy, ¿lo entendéis?
De modo que sobre todo no hay que olvidarlo. Hay que vivir con la certeza de que envejeceremos y que no será algo bonito, ni bueno, ni alegre. Y decirse que lo que importa es el ahora: construir, ahora, algo, a toda costa, con todas nuestras fuerzas. Tener siempre en mente la residencia de ancianos para superarse cada día, para hacer que cada día sea imperecedero. Escalar paso a paso cada uno su propio Everest y hacerlo de manera que cada paso sea una pizca de eternidad.
Para eso sirve el futuro: para construir el presente con verdaderos proyectos de seres vivos.