Clandestina
Me calzo pues las gafas y descifro el título.
León Tolstoi, Ana Karenina.
También hay una tarjeta:
Querida señora Michel:
En obsequio a su gato.
Cordialmente,
Kakuro Ozu
Siempre es reconfortante que lo aseguren a uno que no se ha vuelto paranoico.
Tenía yo razón. Me han desenmascarado.
Caigo presa del pánico.
Me levanto mecánicamente y me vuelvo a sentar. Releo la tarjeta.
Algo se muda dentro de mí, sí, no sé expresarlo de otra manera, tengo la absurda sensación de que un módulo interno se traslada para ocupar el lugar de otro. ¿No les ocurre nunca? Uno siente como unas remodelaciones internas cuya naturaleza no acierta a describir, pero es algo a la vez mental y espacial, como una mudanza.
En obsequio a su gato.
Con una incredulidad que nada tiene de fingida, oigo una risita, una suerte de gritito ahogado, que proviene de mi propia garganta. Es angustioso pero divertido. Movida por un peligroso impulso -todos los impulsos son peligrosos para quien vive una existencia clandestina- voy a buscar una hoja de papel, un sobre y un Bic (naranja), y escribo:
Gracias, no tenía que haberse molestado
La portera
Salgo al vestíbulo con precauciones de indio apache -no veo a nadie- y deslizo la misiva dentro del buzón del señor Ozu.
Vuelvo a la portería con paso furtivo -ya que no hay un alma- y, extenuada, me derrumbo sobre el sofá, con el sentimiento del deber cumplido.
Una poderosa sensación de «Dios mío, qué he hecho» me embarga.
Dios mío, qué he hecho.
Este estúpido impulso, lejos de poner fin al hostigamiento, lo alienta mil veces más. Es un error estratégico de bulto. Esta dichosa inconsciencia empieza a atacarme los nervios.
Un simple: No comprendo, firmado la portera habría sido sin embargo lo más lógico.
O también: Se ha confundido, le devuelvo su paquete.
Sin tonterías, corto y preciso: Destinatario erróneo.
Astuto y definitivo: No sé leer.
Más tortuoso: Mi gato no sabe leer.
Sutil: Gracias, pero el aguinaldo es en enero.
O también, administrativo: Se ruega acuse de recibo de la devolución.
En lugar de eso, hago melindres como si estuviéramos en un salón literario.
Gracias, no tenía que haberse molestado.
Me propulso del sofá y me precipito hacia la puerta.
Rayos, rayos, rayos.
Por el cristal veo a Paul N'Guyen, el cual, con el correo en la mano, se dirige hacia el ascensor.
Estoy perdida.
Ya sólo me queda una opción: hacerme la muerta.
Pase lo que pase, no estoy, no sé nada, no respondo, no escribo, no tomo ninguna iniciativa.
Pasan tres días, en la cuerda floja. Me convenzo a mí misma de que aquello en lo que decido no pensar no existe, pero no dejo de pensar en ello, tanto que una vez olvido dar de comer a León, que desde entonces es el reproche mudo felinificado.
Después, hacia las diez, llaman a la puerta.
La obra del sentido
En el umbral encuentro al señor Ozu.
– Querida señora Michel -me dice-, me alegro de que mi envío no la haya importunado. Del pasmo, no acierto a entender nada.
– Sí, sí -respondo, sintiendo que sudo como un cerdo-. Digo, no, no -me corrijo con una lentitud patética-. Pues muchas gracias.
Me sonríe amablemente.
– Señora Michel, no he venido para que me dé las gracias.
– ¿No? -digo, renovando con brío la ejecución del «dejar morir en los labios» cuyo arte comparto con Fedra, Berenice y la desdichada Dido.
– He venido a pedirle que venga a cenar conmigo mañana -dice-. Así tendremos ocasión de charlar sobre nuestros gustos comunes.
– Eeeh… -contesto, lo cual es relativamente corto.
– Una cena entre vecinos, algo sencillo -añade.
– ¿Entre vecinos? Pero si soy la portera -arguyo, aunque muy confundida.
– Es posible poseer dos cualidades a un tiempo -me contesta.
Virgen santa, ¿qué hago?
Siempre está la vía de la facilidad, aunque me repugne seguirla. No tengo hijos, no veo la televisión y no creo en Dios, todas estas sendas que recorren los hombres para que la vida les sea más fácil. Los hijos ayudan a diferir la dolorosa tarea de hacerse frente a uno mismo, y los nietos toman después el relevo. La televisión distrae de la extenuante necesidad de construir proyectos a partir de la nada de nuestras existencias frívolas; al embaucar a los ojos, libera al espíritu de la gran obra del sentido. Dios, por último, aplaca nuestros temores de mamíferos y la perspectiva intolerable de que nuestros placeres un buen día se terminan. Por ello, sin porvenir ni descendencia, sin píxeles para embrutecer la cósmica conciencia del absurdo, en la certeza del final y la anticipación del vacío, creo poder decir que no he elegido la vía de la facilidad.
Sin embargo, cuán tentada me siento ahora de hacerlo.
– No, gracias, pero mañana estoy ocupada -sería el procedimiento más indicado.
De éste existen varias variaciones corteses.
– Es muy amable por su parte, pero tengo la agenda de un ministro (poco creíble).
– Qué lástima, pero mañana precisamente me marcho a Megève (fantasioso).
– Lo siento, pero mañana viene mi familia a cenar (requetefalso).
– Mi gato está enfermo, no puedo dejarlo solo (sentimental).
– Estoy enferma, prefiero guardar cama (desvergonzado).
In fine me dispongo a decir: gracias, pero esta semana tengo gente en casa cuando, bruscamente, la serena amabilidad que muestra el señor Ozu, de pie ante mí, abre en el tiempo una brecha fulgurante.
Fuera de tiempo
Bajo el globo caen los copos.
Ante los ojos de mi memoria, sobre la mesa de la señorita, mi maestra hasta la clase de los mayores del señor Servant, se materializa la pequeña bola de cristal. Cuando nos habíamos portado bien, se nos permitía darle la vuelta y sostenerla en la palma de la mano hasta que cayera el último copo al pie de la torre Eiffel cromada. Aún no había cumplido siete años y ya sabía que la lenta melopea de las pequeñas partículas algodonosas prefigura lo que siente el corazón durante una gran alegría. La duración se ralentiza y se dilata, el ballet se eterniza en la ausencia de obstáculos, y cuando se posa el último copo, sabemos que hemos vivido ese instante fuera del tiempo que es la marca de las grandes iluminaciones. A menudo, de niña, me preguntaba si estaría a mi alcance vivir instantes semejantes y hallarme en el corazón del lento y majestuoso ballet de copos, liberada por fin del tedioso frenesí del tiempo.
¿Es eso acaso, sentirse desnuda? Libre el cuerpo de el espíritu no se libera sin embargo de sus aderezos. Pero la invitación del señor Ozu había provocado en mí el sentimiento de esa desnudez total que es la del alma sola y que, nimbada de copos, provocaba ahora en mi corazón una suerte de deliciosa quemazón.
Lo miro.
Y me zambullo en el agua negra, profunda, helada y exquisita del instante fuera del tiempo.
Sustancias arácnidas
– ¿Por qué, pero por qué, por amor de Dios? -le pregunto esa misma tarde a Manuela.
– ¡Vamos, vamos! -me dice, colocando el servicio para el té -. Pero ¡si está muy bien!
– No lo dirá usted en serio -gimo.
– Ahora toca ser prácticos -dice-. No puede ir así. Es el peinado lo que no está bien -prosigue, observándome con mirada experta.
¿Tienen idea de las concepciones de Manuela en materia de peinado? Esta aristócrata del corazón es una proletaria del cabello. Encrespado, retorcido, cardado y después vaporizado con sustancias arácnidas, el cabello según Manuela ha de ser arquitectural o no ser.
– Voy a ir a la peluquería -digo, probando la estrategia de la no precipitación.
Manuela me mira con recelo.
– ¿Qué se va a poner? -me pregunta.
Aparte de mis vestidos de todos los días, verdaderos vestidos de portera, no tengo más que una suerte de merengue nupcial blanco sepultado en naftalina y una casulla negra y lúgubre que me pongo en los escasos entierros a los que se me invita.
– Me voy a poner mi vestido negro -contesto.
– ¿El de los entierros? -pregunta Manuela, aterrada.
– Pero si es que no tengo otra cosa.
– Entonces tiene que comprarse algo.
– Pero si no es más que una cena.
– Pues claro, qué se ha creído, sólo faltaría -responde la carabina agazapada en Manuela-. Pero ¿es que usted no se viste cuando la invitan a cenar?
Encajes y perifollos
La dificultad empieza aquí: ¿dónde comprar un vestido? Normalmente, acostumbro a comprarme la ropa por catálogo, incluidos los calcetines, las bragas y las camisetas. La idea de probarme bajo la mirada de una jovencita anoréxica prendas que, sobre mí, parecerán un saco, siempre me ha alejado de las tiendas. Quiere la desgracia que sea demasiado tarde para esperar una entrega a tiempo por correo.
Tengan una sola amiga pero elíjanla bien.
A la mañana siguiente, Manuela irrumpe en la portería.
Lleva una funda para ropa que me tiende con una sonrisa triunfal.
Manuela me saca quince centímetros como mínimo y pesa diez kilos menos. De su familia sólo veo una mujer cuya anchura de hombros pueda compararse con la mía: su suegra, la temible Amalia, a la que extrañamente vuelven loca los encajes y los perifollos pese a no ser alma proclive a la fantasía. Pero la pasamanería a la portuguesa evoca el estilo rococó: nada de imaginación ni de ligereza, sólo el delirio de la acumulación, que hace que los vestidos parezcan blusas de encaje de guipur, y la camisa más sencilla, un concurso de festones.
Se imaginarán pues mi inquietud. Esta cena, que se anuncia un calvario, también podría convertirse en una farsa.
– Va a parecer usted una estrella de cine -me dice precisamente Manuela. Luego, compasiva, añade-: Es una broma -y extrae de la funda un vestido beis carente a simple vista de toda fioritura.
– ¿De dónde lo ha sacado? -pregunto, examinándolo.
Así a ojo, la talla parece la adecuada. A ojo también, es un vestido caro, de tela de gabardina y de corte muy sencillo, con cuello camisero y botones delante. Muy sobrio, muy chic. El tipo de vestido que lleva la señora de Broglie.
– Anoche fui donde María -me dice Manuela, encantada.
María es una costurera portuguesa que vive justo al lado de mi salvadora. Pero es mucho más que una simple compatriota. María y Manuela crecieron juntas en Faro, se casaron con dos de los siete hermanos Lopes y se pusieron de acuerdo para seguirlos hasta Francia, donde llevaron a cabo la proeza de parir a los hijos prácticamente a la vez, con pocas semanas de diferencia. Tienen incluso un gato en común y un gusto similar por la repostería fina.
– ¿Quiere decir que el vestido es de otra persona? -pregunto.
– Mmm… sí -contesta Manuela esbozando una mueca-. Pero nadie lo reclamará, ¿sabe? La señora se murió la semana pasada. Y de aquí a que se den cuenta de que le dejó un vestido a la modista para que se lo arreglara… le da a usted tiempo de cenar diez veces con el señor Ozu.
– ¿Es el vestido de una muerta? -repito, horrorizada-. Pero yo no puedo hacer esto.
– ¿Y por qué no? -me pregunta Manuela, frunciendo el ceño-. Es mejor que si estuviera viva. Imagínese si se lo mancha. En ese caso habría que ir corriendo al tinte, encontrar una excusa, qué trajín.
El pragmatismo de Manuela tiene algo de galáctico. Quizá debería extraer de él inspiración para considerar que la muerte no es nada.
– Moralmente no puedo hacer esto -protesto.
– ¿Moralmente? -repite Manuela, pronunciando la palabra como si le pareciera repulsiva-. ¿Qué tendrá que ver? ¿Acaso está usted robando? ¿Acaso hace daño a alguien?
– Pero se trata de un bien de otra persona -digo-, no puedo apropiármelo.
– ¡Pero si está muerta! -exclama-. Y no lo roba, sólo lo toma prestado esta noche. Cuando Manuela se pone a hacer encaje de bolillos con las diferencias semánticas, no hay escapatoria.
– María me ha dicho que era una señora muy amable. Le dio varios vestidos y un precioso abrigo de palpaca. Ya no se los podía poner porque había engordado, entonces le dijo a María: «¿Le vendrían bien a usted?» ¿Lo ve?, era una señora muy amable.
La palpaca es una especie de llama de pelaje de lana muy apreciado y cabeza adornada con una papaya.
– No sé… -digo, con menos vehemencia ya-. Tengo la impresión de estar robando a una muerta.
Manuela me mira con aire exasperado.
– Está tomando prestado, no robando. ¿Y qué quiere que haga ya con este vestido, la pobre difunta?
Esta pregunta no admite réplica.
– Es la hora de la señora Pallières -dice Manuela, feliz, cambiando de conversación.
– Voy a saborear este momento con usted -le digo.
– Allá voy -anuncia, dirigiéndose hacia la puerta-. Mientras tanto, pruébeselo, vaya a la peluquería y luego volveré para verla.
Considero el vestido un momento, dubitativa. Además de mi reticencia a llevar el traje de una difunta, temo que sobre mí cause un efecto incongruente. Violette Grelier es del trapo como Pierre Arthens es de la seda y yo del vestido-delantal informe con estampado malva o azul marino. Pospongo el trance hasta mi regreso.
Caigo entonces en la cuenta de que ni siquiera le he dado las gracias a Manuela.
Diario del movimiento del mundo n° 4
Qué maravilloso es un coro
Ayer por la tarde tuvimos el recital del coro del colegio. En mi colegio de los barrios elegantes hay coro; nadie lo encuentra hortera, hay tortas para formar parte de él, pero es súper selecto: el señor Trianon, el profe de música, elige a los integrantes con sumo cuidado. La razón del éxito del coro es el propio señor Trianon. Es joven, guapo y manda cantar tanto viejas joyas del jazz, como los últimos hits de moda, orquestados, eso sí, con mucha clase. Todo el mundo se pone de punta en blanco, y el coro canta ante los alumnos del colegio. Sólo se invita a los padres de los cantantes, porque si no habría demasiada gente. Sólo con eso ya se llena el gimnasio hasta arriba y hay un ambientazo que te mueres.
De modo que ayer, todos camino del gimnasio a trote cochinero, bajo la dirección de la señora Magra, pues, normalmente, los martes a primera hora de la tarde tenemos lengua. Bajo la dirección de la señora Magra es mucho decir: hizo lo que pudo para seguir el ritmo, jadeando como un viejo cachalote. Bueno, por fin llegamos al gimnasio, todo el mundo se acomodó como pudo, tuve que aguantar delante, detrás, al lado y por encima (en las gradas) conversaciones estúpidas en estéreo (sobre móviles, moda, móviles, quién está con quién, móviles, la birria de profes que tenemos, móviles, la fiesta de Cannelle) y luego hicieron su aparición los integrantes del coro bajo las aclamaciones de los asistentes, de blanco y rojo con corbatas de pajarita los chicos, y vestidos largos de tirantes las chicas. El señor Trianon se instaló en un taburete, de espaldas al público, alzó una especie de varita con una lucecita roja intermitente en un extremo, se hizo el silencio y empezó el recital.
Cada vez que ocurre, es como un milagro. Toda la gente, todas las preocupaciones, todos los odios y todos los deseos, todas las angustias, todo el año de colegio con sus vulgaridades, sus acontecimientos menores y mayores, sus profes, sus alumnos abigarrados, toda esa vida en la que nos arrastramos, hecha de gritos y de lágrimas, de risas, de luchas, de rupturas, de esperanzas frustradas y de suertes inesperadas: todo desaparece de pronto cuando el coro empieza a cantar. El curso de la vida se ahoga en el canto, de golpe hay una impresión de fraternidad, de solidaridad profunda, de amor incluso, que diluye la fealdad cotidiana en una comunión perfecta. Hasta los rostros de los cantantes se transfiguran: ya no veo a Achille Grand-Fernet (que tiene una bellísima voz de tenor), ni a Déborah Lemeur, ni a Ségolène Rachet, ni a Charles Saint-Sauveur. Veo seres humanos que se entregan en el canto.
Cada vez ocurre lo mismo, siento ganas de llorar, tengo un nudo en la garganta y hago todo lo posible por dominarme pero, a veces, me resulta muy difícil: apenas puedo reprimir los sollozos. Entonces, cuando cantan en canon, miro al suelo porque es demasiada emoción a la vez: es demasiado hermoso, demasiado solidario, demasiado maravillosamente en comunión. Dejo de ser yo misma, paso a ser parte de un todo sublime al cual pertenecen también los demás, y en esos momentos me pregunto siempre por qué no es la norma de la vida cotidiana en lugar de ser un momento excepcional.
Cuando la música enmudece, todo el mundo aclama, con el rostro iluminado, a los integrantes del coro, radiantes. Es tan hermoso.
A fin de cuentas me pregunto si el verdadero movimiento del mundo no es el canto.
Sanearlo un poco
Lo crean o no, nunca he ido a la peluquería. Al dejar el campo para marcharme a la ciudad, descubrí que había dos oficios que se me antojaban igual de aberrantes en la medida en que llevaban a cabo una tarea que cada cual debía poder realizar por su cuenta. Aún hoy me resulta difícil no ver a los floristas y a los peluqueros como parásitos, unos porque viven de la explotación de una naturaleza que es de todos, y otros porque realizan con todo un despliegue de aspavientos y productos aromáticos una tarea que efectúo yo sola en mi cuarto de baño con unas tijeras bien afiladas.
– ¿Quién le ha cortado así el pelo? -pregunta indignada la peluquera a la cual, a costa de un esfuerzo dantesco, he ido a confiar la tarea de hacer de mi cabellera una obra domesticada.
Estira y agita a cada lado de mis orejas dos mechones de inconmensurable tamaño.
– Bueno, ni se lo pregunto -prosigue con expresión asqueada, ahorrándome así la vergüenza de tener que denunciarme a mí misma-. La gente ya no respeta nada, lo veo todos los días.
– Vengo sólo a saneármelo un poco -le digo.
No sé muy bien lo que significa, pero es una réplica clásica de las series que ponen en televisión a primera hora de la tarde y que están pobladas de chicas muy maquilladas que se encuentran siempre en la peluquería o en el gimnasio.
– ¿A saneárselo? ¡Aquí no hay nada que sanear, señora! -exclama-. ¡Hay que rehacer el corte de arriba abajo!
Me mira el cráneo con aire crítico y emite un pequeño silbido.
– Tiene usted un cabello bonito, algo es algo. Tendríamos que poder sacar algo bueno de aquí.
Al final mi peluquera resulta ser buena chica. Pasada la irritación, cuya legitimidad consiste sobre todo en asentar la suya propia -y porque es tan agradable seguir al pie de la letra el guión social al cual debemos lealtad-, se ocupa de mí con amabilidad y alegría.
¿Qué se puede hacer con una masa abundante de cabello si no es cortarla a diestro y siniestro cuando coge volumen? En eso constituía mi credo en materia de peluquería. Esculpir el aglomerado para que tome forma es a partir de ahora mi concepción capilar más puntera.
– Tiene de verdad un cabello precioso -dice por fin, observando su obra, visiblemente satisfecha-, abundante y sedoso. No debería dejarlo en manos de cualquiera.
¿Puede un peinado transformarnos tanto? Yo misma no doy crédito a mi propio reflejo en el espejo. El casco negro que aprisionaba una cara que ya he descrito como ingrata se ha convertido en una onda ligera que juguetea alrededor de un rostro que ya no parece tan poco agraciado. Me confiere un aspecto… respetable. Me encuentro incluso un falso aire de matrona romana.
– Es… fantástico -digo, preguntándome a la vez cómo sustraer tan imprudente locura a las miradas de los residentes.
Es inconcebible que tantos años persiguiendo la invisibilidad queden varados en el banco de arena de un corte a lo matrona.
Vuelvo a casa procurando pasar inadvertida. Tengo la inmensa suerte de no cruzarme con nadie. Pero me da la impresión de que León me mira de una manera extraña. Me acerco a él, y echa las orejas hacia atrás, señal de enfado o de perplejidad.
– Vamos, ¿qué pasa? -le pregunto-. ¿No te gusta? -antes de darme cuenta de que olisquea frenéticamente a su alrededor.
El champú. Apesto a aguacate y almendras.
Me planto un pañuelo en la cabeza y me dedico a un montón de apasionantes ocupaciones, cuyo apogeo consiste en una limpieza concienzuda de los botones de latón de la cabina del ascensor.
Y entonces dan las dos menos diez.
Dentro de diez minutos, Manuela surgirá del abismo de la escalera para inspeccionar la obra terminada.
No tengo tiempo de meditar. Me quito el pañuelo, me desnudo con rapidez, me pongo el vestido de gabardina beis que pertenece a una muerta, y llaman a la puerta.
Hecha un pimpollo
– Guau, caray… -dice Manuela.
Una onomatopeya y una expresión tan coloquial en boca de Manuela, a la que nunca he oído pronunciar una palabra trivial, viene a ser como si el Papa, olvidando quién es, espetara a los cardenales: Pero ¿dónde estará esta cochina mitra?
– No se burle -le digo.
– ¿Burlarme? -contesta-. Pero ¡Renée, si está usted fantástica!
Y, de la emoción, tiene que sentarse.
– Una verdadera señora -añade.
Eso es exactamente lo que me preocupa.
– Voy a parecer ridícula si me presento a cenar así, hecha un pimpollo -digo, mientras preparo el té.
– En absoluto -replica Manuela-, es lo más natural, cuando uno va a cenar fuera se pone elegante. A todo el mundo le parece normal.
– Sí, pero esto -digo, llevándome la mano a la cabeza y experimentando la misma sorpresa al palpar algo tan vaporoso.
– Después se ha puesto algo en la cabeza, lo tiene todo aplastado por detrás -dice Manuela, frunciendo el ceño a la vez que extrae de su cesta un hatillo de papel de seda rojo.
– Pedos de monja -anuncia. Sí, pasemos a otra cosa.
– ¿Qué ha ocurrido? – le pregunto.
– ¡Ah, tendría que haberlo visto! -suspira-. He pensado que le iba a dar un ataque al corazón. Le he dicho: «Señora Pallières, lo siento pero ya no voy a poder venir más.» Me ha mirado sin comprender. ¡He tenido que repetírselo dos veces! Entonces se ha sentado y me ha dicho: «Pero ¿qué voy a hacer yo?»
Manuela calla un momento, contrariada.
– Si todavía hubiera dicho: «Pero ¿qué voy a hacer yo sin usted?» Suerte tiene que quiera dejar colocada a Rosie. Si no, le habría dicho: «Señora Pallières, puede hacer lo que quiera, a mí me importa una m…»
Tiene guasa, oye, la mitra de los cojones, dice el Papa.
Rosie es una de las muchas sobrinas de Manuela. Sé lo que quiere decir. Manuela ya está pensando en volver a su pueblo, pero un filón tan jugoso como el número 7 de la calle Grenelle tiene que quedar en familia, por ello introduce a Rosie en su lugar en previsión del gran día. Dios mío, pero ¿qué voy a hacer yo sin Manuela?
– ¿Qué voy a hacer yo sin usted? -le digo, sonriendo.
De pronto a las dos se nos saltan las lágrimas.
– ¿Sabe lo que creo? -pregunta Manuela, secándose los ojos con un enorme pañuelo rojo que parece un capote de torero-. He dejado a la señora Pallières, es una señal. Se van a producir cambios buenos.
– ¿Le ha preguntado la señora el motivo?
– Eso es lo mejor -dice Manuela-. No se ha atrevido. La buena educación a veces puede ser un problema.
– Pero se va a enterar enseguida -le digo.
– Sí -dice Manuela jubilosa, con un hilillo de voz-. Pero ¿sabe una cosa? -añade-. Dentro de un mes me dirá: «Su Rosie es una perla, Manuela. Ha hecho usted bien en pasarle el testigo.» Ah, estos ricos… ¡qué puñeteros son!
Fucking mitre, exclama nervioso el Papa.
– Pase lo que pase -le digo-, somos amigas. Nos miramos sonriendo.
– Sí -dice Manuela-. Pase lo que pase.
Idea profunda n°12
Esta vez una pregunta
sobre el destino
y sus escrituras precoces
para algunos
pero no para otros
Tengo un problema bien gordo: si le prendo fuego a mi casa, corro el riesgo de estropear la de Kakuro. Complicar la existencia del único adulto que, hasta ahora, me parece digno de estima no es muy pertinente que digamos. Pero prenderle fuego a la casa es sin embargo un proyecto importante para mí. Hoy he conocido a alguien y ha sido apasionante. He ido a casa de Kakuro a tomar el té. Estaba Paul, su secretario. Kakuro nos ha invitado, a Marguerite y a mí, al cruzarse con nosotras y con mamá en el portal. Marguerite es mi mejor amiga. Hace dos años que estamos en la misma clase y, desde el principio, lo nuestro fue un flechazo. No sé si tenéis una mínima idea de lo que es un colegio hoy en día en París, en los barrios elegantes, pero, francamente, no tiene nada que envidiarle a los barrios bajos de Marsella. Quizá sea incluso peor, porque allí donde hay dinero, hay droga, y mucha y de mil tipos. Qué gracia me hacen los amigos de mi madre, tan nostálgicos de su Mayo del 68, con sus recuerdos alegres de porros y pipas chechenas. En mi colegio (público, eso sí, al fin y al cabo mi padre ha sido ministro de la República) se puede comprar de todo: ácido, éxtasis, coca, speed, etc. Cuando pienso en los tiempos en que los adolescentes esnifaban pegamento en el cuarto de baño… No era nada comparado con lo de ahora. Mis compañeros de clase se colocan con pastillas de éxtasis como si fueran caramelos, y lo peor es que donde hay droga, hay sexo. No os extrañéis tanto: hoy en día los jóvenes tienen relaciones sexuales muy pronto. Hay niños de sexto (bueno, no muchos, pero sí algunos) que ya se han acostado. Es muy desalentador. Primero, porque yo creo que el sexo, como el amor, es algo sagrado. No me apellido de Broglie, pero si yo viviera más allá de la pubertad, sería para mí muy importante hacer del sexo un sacramento maravilloso. Segundo, porque un adolescente que juega a dárselas de adulto no deja de ser un adolescente. Imaginar que colocarse los fines de semana y andar acostándose con unos y con otros va a hacer de ti un adulto es como creer que un disfraz hace de ti un indio. Y tercero, no deja de ser una concepción de la vida un poco extraña querer hacerse adulto imitando los aspectos más catastróficos de la edad adulta… A mí, haber visto a mi madre chutarse antidepresivos y somníferos me ha vacunado de por vida contra ese tipo de sustancias. Al final, los adolescentes creen hacerse adultos imitando como monos a los adultos que no han pasado de ser niños y que huyen ante la vida. Es patético. Aunque bueno, si yo fuera Cannelle Martin, la tía buena de mi clase, me pregunto qué haría todo el día aparte de drogarme. Ya tiene el destino escrito en la frente. Dentro de quince años, después de haberse casado con un tío rico sólo por casarse con un rico, su marido le pondrá los cuernos porque buscará en otras mujeres lo que su perfecta, fría y fútil esposa habrá sido del todo incapaz de darle, digamos algo de calor humano y sexual. Ésta dirigirá pues toda su energía hacia sus casas y sus hijos, de los cuales, por venganza inconsciente, hará clones de sí misma. Maquillará y vestirá a sus hijas como cortesanas de lujo, las echará en brazos del primer financiero que pase y encargará a sus hijos la misión de conquistar el mundo, como su padre, y de engañar a sus esposas con chicas que no valen nada. ¿Pensáis que estoy divagando? Cuando miro a Cannelle Martin, su largo pelo rubio y vaporoso, sus grandes ojos azules, sus minifaldas escocesas, sus camisetas súper ceñidas y su ombligo perfecto, os aseguro que lo veo tan claro como si ya hubiera ocurrido. Por ahora a todos los chicos de la clase se les cae la baba por ella, y Cannelle tiene la ilusión de que esos homenajes de la pubertad masculina al ideal de consumo femenino que ella representa son un reconocimiento de su encanto personal. ¿Os parece que soy mala? En absoluto, de verdad sufro al ver esto, sufro por ella, sí, por ella. Así que, cuando vi a Marguerite por primera vez… Marguerite es de origen africano y si se llama Marguerite, no es porque viva en la zona más elegante de París, sino porque es un nombre de flor. Su madre es francesa, y su padre, de origen nigeriano. Trabaja en el Quai d'Orsay, pero no se parece en nada al típico diplomático. Es un hombre sencillo. Parece gustarle su trabajo. No es en absoluto cínico. Y tiene una hija guapísima: Marguerite es la belleza en persona; una tez, una sonrisa y un cabello de ensueño. Y sonríe todo el rato. Cuando Achille Grand-Fernet (el gallito de la clase) le cantó el primer día esa canción que habla de una mestiza de Ibiza que siempre va desnuda, ella le contestó al instante, con una sonrisa de oreja a oreja, con otra canción que habla de un niñato que le pregunta a su madre por qué ha nacido tan feo. Eso es algo de Marguerite que yo admiro: no es que sea una lumbrera en el terreno conceptual o lógico, pero tiene una capacidad de réplica increíble. Es un verdadero don, sí. Yo soy intelectualmente superdotada, y Marguerite es un hacha en el campo de soltar buenos cortes. Me encantaría ser como ella; a mí la respuesta se me ocurre siempre cinco minutos tarde y tengo que repetir todo el diálogo en mi cabeza. Cuando, la primera vez que vino a casa, Colombe le dijo: «Marguerite es bonito, pero es un nombre de abuela», ella le respondió al momento: «Al menos no es un nombre de pájaro.» ¡Se quedó con la boca abierta, Colombe, fue grandioso! Se debió de pasar horas rumiando la sutileza de la respuesta de Marguerite, diciéndose que era sin duda pura casualidad, pero ¡vamos, que la afectó! Lo mismo ocurrió cuando Jacinthe Rosen, la gran amiga de mamá, le dijo: «No debe de ser fácil de peinar, un pelo como el tuyo.» (Marguerite tiene una cabellera de león de la sabana). Ella le contestó: «Yo no entender lo que mujer blanca decir.»
El tema de conversación favorito de Marguerite y mío es el amor. ¿Qué es? ¿Cómo amaremos nosotras? ¿A quién? ¿Cuándo? ¿Por qué? Hay divergencia de opiniones. Curiosamente, Marguerite tiene una visión intelectual del amor, mientras que yo soy una romántica empedernida. Ella ve en el amor el fruto de una elección racional (en plan www.nuestrosgustos.com), mientras que para mí nace de una pulsión deliciosa. En cambio estamos de acuerdo en una cosa: amar no debe ser un medio, sino un fin.
Nuestro otro tema de conversación predilecto es la prospectiva en materia de destino. Cannelle Martin: abandonada y engañada por su marido, casa a su hija con un financiero, anima a su hijo a engañar a su mujer y termina su vida en la periferia elegante de París, en una habitación de ocho mil euros al mes. Achille Grand-Fernet: se engancha a la heroína, ingresa en una clínica de desintoxicación a los veinte años, toma los mandos de la empresa de bolsas de plástico de su papá, se casa con una rubia desteñida, engendra un hijo esquizofrénico y una hija anoréxica, cae en el alcoholismo y muere de cáncer de hígado a los cuarenta y cinco años. Etc. Si queréis saber mi opinión, lo peor no es que juguemos a este juego, sino que no sea un juego.
Bueno, el caso es que al cruzarse en el portal con Marguerite, mamá y conmigo, Kakuro ha dicho: «Esta tarde viene a visitarme mi sobrina nieta, ¿queréis venir vosotras también?» Mamá le ha contestado: «Sí, sí, claro», antes siquiera de que nos diera tiempo a respirar, pues sentía que se acercaba la hora de que ella misma pudiera echarle una ojeadita al piso de Kakuro. Así que allá hemos ido. La sobrina nieta de Kakuro se llama Yoko, es la hija de su sobrina Élise, que a su vez es la hija de su hermana Mariko. Tiene cinco años. ¡Es la niña más linda del mundo! Y además es adorable. Gorjea, se ríe, suelta grititos y mira a la gente con el mismo aire bueno y abierto que su tío abuelo. Hemos jugado al escondite, y cuando Marguerite la ha encontrado en un armario de la cocina, a la niña le ha entrado tanta risa que se ha hecho pipí. Después hemos tomado tarta de chocolate charlando con Kakuro, y ella nos escuchaba mirándonos muy calladita con sus ojazos (llena de chocolate hasta las cejas).
Mirándola, me he preguntado: «¿Ella también será luego como todos los demás?» He tratado de imaginármela con diez años más, en plan de vuelta de todo, con botas altas y un cigarro en los labios; y luego otros diez años más tarde, en una casa aséptica, esperando a que volvieran sus hijos del colegio, jugando a ser una buena madre y una buena esposa japonesa. Pero no podía.
Entonces he experimentado un gran sentimiento de felicidad. Es la primera vez en mi vida que conozco a alguien cuyo destino no me resulta previsible, alguien para quien los caminos de la vida siguen abiertos, alguien lleno de frescura y de posibilidades. Me he dicho: «Ah, sí, a Yoko tengo ganas de verla crecer» y sabía que no se trataba sólo de una ilusión ligada a su juventud, porque ninguno de los hijos de los amigos de mis padres me ha hecho sentir así. También me he dicho que Kakuro debía de ser de esta manera cuando era niño y me he preguntado si entonces alguien lo miró como yo miraba ahora a Yoko, con gusto y curiosidad, esperando ver a la mariposa salir de su crisálida, ignorante de cuáles serían los dibujos de sus alas, pero confiando en que serían buenos, fueran cuales fueran.
Entonces me hice una pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué éstos y no los otros?
Y otra más: ¿Y yo? ¿Se ve ya mi destino escrito en mi frente? Si quiero morir es porque creo que sí.
Pero si en nuestro universo existe la posibilidad de convertirse en lo que uno no es todavía… ¿sabré aprovecharla y hacer de mi vida un jardín distinto al de mis ancestros?
Demonios
A las siete, más muerta que viva, me dirijo hacia la cuarta planta, rezando, hasta reventarme los nudillos, por no cruzarme con nadie.
El portal está desierto.
La escalera está desierta.
El rellano del señor Ozu está desierto.
Este desierto silencioso, que debería haberme colmado, preña mi corazón de un oscuro presentimiento, y un irrefrenable deseo de huir me atenaza. Mi lúgubre portería se me antoja de pronto un refugio cálido y radiante, y siento una bocanada de nostalgia al pensar en León, arrellanado ante una televisión que ya no me parece tan inicua. Después de todo, ¿qué tengo que perder? Puedo dar media vuelta, bajar la escalera y regresar a mi morada. Nada más fácil. Nada más lógico, al contrario que esta cena que raya en el absurdo.
Un ruido en la quinta planta, justo encima de mi cabeza, interrumpe el hilo de mis pensamientos. Del susto, al instante me pongo a sudar -despiadado destino- y, sin tan siquiera comprender el gesto, aprieto con frenesí el botón del timbre.
No me da ni tiempo a que me lata el corazón: se abre la puerta.
El señor Ozu me recibe con una gran sonrisa.
– ¡Buenas tardes! -exclama con, diríase, una alegría que nada tiene de fingida.
Demonios, el ruido en la planta quinta se precisa: alguien cierra una puerta.
– Sí, sí, buenas tardes -digo, empujando prácticamente a mi anfitrión para entrar.
– ¿Me permite su bolso? -dice el señor Ozu, que sigue sonriendo de oreja a oreja.
Le tiendo el bolso, recorriendo con la mirada el inmenso vestíbulo.
Mi mirada se topa con algo.
De oro mate
Justo delante de la puerta, atrapado en un rayo de luz, hay un cuadro.
He aquí la situación: yo, Renée, cincuenta y cuatro años y callos en los pies, nacida en el fango y destinada a permanecer en él, al ir a cenar a casa de un rico japonés del cual soy portera, por el único error de haber dado un respingo ante una cita de Ana Karenina, yo, Renée, intimidada y asustada hasta el tuétano y consciente hasta el desfallecimiento de la inconveniencia y el carácter blasfemo de mi presencia en este lugar que, si bien espacialmente accesible, no por ello representa menos un mundo al que no pertenezco y que desconfía de las porteras, yo, Renée, dirijo como sin querer la mirada justo detrás del señor Ozu sobre ese rayo de luz que ilumina un cuadrito con un marco de madera oscura.
Sólo el esplendor del Arte puede explicar el desvanecimiento repentino de la conciencia de mi indignidad, a la que sustituye un síncope estético. Ya no me conozco a mí misma. Rodeo al señor Ozu, atrapada por la visión.
Es una naturaleza muerta que representa una mesa servida para una colación de ostras y pan. En primer plano, sobre una fuentecita de plata, un limón despojado a medias de su cáscara y un cuchillo de mango cincelado. En el trasfondo, dos ostras cerradas, un fragmento de concha, de nácar visible, y un plato de estaño que sin duda contiene pimienta. Junto a éstos, un vaso dado la vuelta, un panecillo empezado con su miga blanca a la vista y, a la izquierda, un gran vaso abombado como una cúpula invertida, de pie ancho y cilindrico adornado con esferas de cristal, lleno a medias de un líquido pálido y dorado. La gama cromática va del amarillo al marfil. El fondo es de oro mate, un poco deslucido.
Soy ferviente adoradora de las naturalezas muertas. He tomado prestados de la biblioteca todas las obras del fondo pictórico, buscando obras de este género. He visitado el museo del Louvre, de Orsay y el de Arte Moderno, y he visto -revelación y maravilla- la exposición de Chardin de 1979 en el Petit Palais. Pero ni la obra entera de Chardin vale una sola obra maestra de la pintura holandesa del siglo XVII. Las naturalezas muertas de Pieter Claesz, de Willem Claesz-Heda, de Willem Kalk y de Osias Beert son obras maestras del género, y obras maestras a secas, a cambio de las cuales, sin una sombra de vacilación, daría todo el Quattrocento italiano.
Y ésta, sin vacilación tampoco, es indudablemente una obra de Pieter Claesz.
– Es una copia -dice detrás de mí un señor Ozu del que me había olvidado por completo.
Otra vez tiene este hombre que sobresaltarme.
Me sobresalto.
Recuperándome, me dispongo a decir algo del estilo de:
– Es muy bonito -que es al Arte como paliar a a la belleza de la lengua.
Me dispongo, en el dominio recobrado de mi serenidad, a retomar mi papel de guardesa obtusa prosiguiendo con un:
– Hay que ver las cosas que hacen hoy en día (en respuesta a: «es una copia»).
Y me dispongo asimismo a propinar el golpe fatal, aquel que dejará fuera de combate los recelos del señor Ozu y que asentará para siempre la evidencia de mi indignidad:
– Mire que son raros esos vasos.
Me doy la vuelta. Las palabras:
– ¿Una copia de qué? -que de pronto decida las más apropiadas se me traban en la garganta, En lugar de eso, digo:
– Qué hermoso.
¿Qué congruencia hay?
¿De dónde viene la fascinación que sentimos ante ciertas obras? La admiración nace ya desde la primera mirada, y si después descubrimos, en la paciente obstinación que empleamos en desvelar las causas, que toda esa belleza es el fruto de un virtuosismo que sólo se revela al escrutar el trabajo de un pincel que ha sabido domeñar la sombra y la luz y restituir, magnificándolas, las formas y las texturas -joya transparente del vaso, grano tumultuoso de las conchas, suavidad aterciopelada y clara del limón – ello no disipa ni desentraña el misterio del deslumbramiento primero.
Es un enigma siempre renovado: las grandes obras son formas visuales que en nosotros alcanzan la certeza de una adecuación intemporal. La evidencia de que ciertas formas, bajo el aspecto particular que les dan sus creadores, atraviesan la historia del Arte y, como expresión implícita del genio individual, constituyen todas ellas facetas del genio universal es profundamente perturbadora. ¿Qué congruencia hay entre una obra de Claesz, una de Rafael, una de Rubens y una de Hopper? Pese a la diversidad de los temas, los soportes y las técnicas, pese a la insignificancia y lo efímero de existencias abocadas siempre a no ser más que de un tiempo solo y de una cultura sola, pese también a la unicidad de toda mirada, que no ve nunca más que lo que le permite su constitución y sufre por la pobreza de su individualidad, el genio de los grandes pintores ha llegado al corazón del misterio y ha exhumado, bajo apariencias diversas, la misma forma sublime que buscamos en toda producción artística. ¿Qué congruencia hay entre una obra de Claesz, una de Rafael, una de Rubens y una de Hopper? El ojo encuentra en estos maestros, sin tener, que buscarla, una forma que desencadena la sensación de la adecuación, porque a todos se nos aparece como la esencia misma de lo Bello, sin variaciones ni reservas, sin contexto ni esfuerzo. Pero, en la naturaleza muerta del limón, irreductible a la maestría de la ejecución, que hacía surgir el sentimiento de la adecuación, el sentimiento de que así es como debían disponerse los elementos, que permitía sentir el poder de los objetos y de las interacciones entre éstos, abarcar en la mirada su solidaridad y los campos magnéticos que los atraen o los repelen, el vínculo inefable que los une y engendra una fuerza, esa onda secreta e inexplicada que nace de los estados de tensión y de equilibrio de la configuración, que hace surgir el sentimiento de adecuación, la disposición de los objetos y los manjares alcanzaba ese universal en la singularidad: la intemporalidad de la forma adecuada.
Una existencia sin duración
¿Para qué sirve el Arte? Para darnos la breve pero fulgurante ilusión de la camelia, abriendo en el tiempo una brecha emocional que parece irreductible a la lógica animal. ¿Cómo surge el Arte? Nace de la capacidad que tiene la mente de esculpir el ámbito sensorial. ¿Qué hace el Arte por nosotros? Da forma y hace visibles nuestras emociones y, al hacerlo, les atribuye este sello de eternidad que llevan todas las obras que, a través de una forma particular, saben encarnar el universo de los afectos humanos.
El sello de la eternidad… ¿Qué vida ausente sugieren a nuestro corazón estos manjares, estas copas, estos tapices y estos vasos? Más allá de los límites del cuadro, sin duda, el tumulto y el tedio de la vida, esa carrera incesante y vana acosada de proyectos; pero en el interior, la plenitud de un momento en suspenso arrancado al tiempo de la codicia humana. ¡La codicia humana! No podemos dejar de desear, y ello nos magnifica y nos mata. ¡El deseo! Nos empuja y nos crucifica, llevándonos cada día al campo de batalla donde, la víspera, fuimos derrotados, pero que, al alba, de nuevo se nos antoja terreno de conquistas; nos hace construir, aunque hayamos de morir mañana, imperios abocados a convertirse en polvo, como si el conocimiento que de su caída próxima tenemos no alterara en nada la sed de edificarlos ahora; nos insufla el recurso de seguir queriendo lo que no podemos poseer y, al llegar la aurora, nos arroja sobre la hierba cubierta de cadáveres, proporcionándonos hasta la hora de nuestra muerte proyectos al instante cumplidos y que al instante se renuevan. Pero es tan extenuante desear sin tregua… Pronto aspiramos a un placer sin búsqueda, soñamos con un estado feliz que no tendría comienzo ni final y en el que la belleza ya no sería fin ni proyecto, sino que devendría la evidencia misma de nuestra naturaleza. Pues bien, ese estado es el Arte. Pues esta mesa, ¿he tenido yo que servirla? Estos manjares, ¿debo acaso codiciarlos para verlos? En algún lugar, en otro lugar, alguien quiso este almuerzo, alguien aspiró a esta transparencia mineral y persiguió el goce de acariciar con la lengua el sabor salado y suave de una ostra con limón. Fue necesario este proyecto, enmarcado en cientos más, que daba pie a mil otros, esta intención de preparar y de saborear un ágape de marisco, este proyecto de lo otro, en verdad, para que el cuadro tomara forma.
Pero cuando miramos una naturaleza muerta, cuando, sin haberla perseguido, nos deleitamos con esta belleza que lleva consigo la figuración magnificada e inmóvil de las cosas, gozamos de lo que no hemos tenido que codiciar, contemplamos lo que no hemos tenido que querer, nos complacemos en lo que no nos ha sido necesario desear. Entonces la naturaleza muerta, porque conviene a nuestro placer sin entrar en ninguno de nuestros planes, porque se nos da sin el esfuerzo de que la deseemos, encarna la quintaesencia del Arte, esta certeza de lo intemporal. En la escena muda, sin vida ni movimiento, se encarna un tiempo carente de proyectos, una perfección arrancada a la duración y a su cansina avidez -un placer sin deseo, una existencia sin duración, una belleza sin voluntad.
Pues el Arte es la emoción sin el deseo.
Diario del movimiento del mundo n° 5
Se moverá, no se moverá
Hoy mamá me ha llevado a su psicoanalista. Motivo: me escondo. Esto es lo que me ha dicho mamá: «Mi vida, sabes muy bien que a todos nos tiene locos que te escondas así. Pienso que sería buena idea que vinieras conmigo a hablar de ello con el doctor Theid, sobre todo después de lo que nos dijiste el otro día.» Primero, el doctor Theid sólo es doctor en el cerebrito perturbado de mi madre. No es más médico o titular de una tesis de doctorado que yo, pero es obvio que a mamá le produce una enorme satisfacción decir «doctor», por aquello de la ambición que al parecer tiene de curarla, pero tomándose su tiempo (diez años). No es más que un antiguo izquierdista reconvertido al psicoanálisis después de unos añitos de estudio bien tranquilitos en la Universidad de Nanterre y un encuentro providencial con un pez gordo de la Causa freudiana. Y segundo, no veo dónde está el problema. Lo de que «me escondo» de hecho ni siquiera es verdad: me aíslo allí donde no puedan encontrarme. Lo único que quiero es poder escribir mis Ideas profundas y mi Diario del movimiento del mundo en paz y, antes, sólo quería poder pensar tranquilamente yo sola sin que me perturbaran las idioteces que mi hermana dice o escucha en la radio o en su aparato de música, o sin que me moleste mamá que viene a susurrarme: «Está aquí la abuelita, tesoro, ven a darle un beso», que es una frase de las menos apasionantes que conozco.
Cuando papá, que pone su cara de enfadado, me pregunta: «Pero bueno, ¿por qué te escondes?», por lo general no respondo. ¿Qué se supone que tengo que decir? ¿«Porque me ponéis de los nervios y tengo una obra de envergadura que escribir antes de morir»? No puedo, por razones obvias. Entonces, la última vez probé con el humor, por aquello de desdramatizar. Adopté un aire como ausente y dije, mirando a papá y poniendo voz de moribunda: «Por todas esas voces que oigo en mi cabeza.» Atiza: ¡fue un zafarrancho de combate! A papá parecía que se le fueran a salir los ojos de las órbitas, mamá y Colombe llegaron a todo correr cuando fue a buscarlas y todo el mundo me hablaba al mismo tiempo: «Cariño, no es grave, te vamos a sacar de ésta» (papá), «Ahora mismo llamo al doctor Theid» (mamá), «¿Cuántas voces oyes?» (Colombe), etc. Mi madre tenía su expresión de los días importantes, dividida entre la inquietud y la excitación: ¿y si mi hija fuera un caso para la Ciencia? ¡Qué horror, pero qué gloria! Bueno, al verlos asustarse así, les dije: «¡Que no, hombre, que era una broma!», pero tuve que repetirlo varias veces para que por fin me oyeran, y más veces todavía hasta que por fin me creyeran. Y con todo, no estoy segura de haberlos convencido. Total, que mamá me pidió cita con Doc T. y hemos ido esta mañana.
Primero hemos esperado en una salita muy elegante con revistas de distintas épocas: algunos ejemplares de Géo de hace diez años y el último Elle bien a la vista encima del todo. Y luego ha llegado Doc T. Era del todo conforme a su foto (que salía en una revista que mamá le enseñó a todo el mundo) pero al natural, es decir en color y en olor: castaño y pipa. Un cincuentón de buen ver, de aspecto cuidado; el cabello, la barba muy cortita, la tez (opción bronceado Seychelles), el jersey, el pantalón, los zapatos y la correa de reloj eran castaños todos ellos, y todo del mismo tono, es decir como una castaña de verdad. O como las hojas de otoño. Y, además, con un olor a pipa de primera categoría (tabaco rubio: miel y frutos secos). Bueno, me he dicho, nos embarcamos rumbo a una sesioncita en plan conversación otoñal junto a la chimenea entre gente educada, una charla refinada, constructiva y quizá incluso sedosa (me encanta este adjetivo).
Mamá ha entrado conmigo, nos hemos sentado en unas sillas delante de su escritorio, y él se ha sentado detrás, en un gran sillón giratorio con unas orejas raras, un poco en plan Star Trek. Ha cruzado las manos sobre su regazo, nos ha mirado y ha dicho: «Me alegro de veros a las dos.» Pues sí que empezamos bien. Me ha puesto de mal café. Una frase de comercial de supermercado para vender cepillos de dientes de doble cara a la señora y la hija plantadas detrás de su carrito, no es precisamente lo que cabe esperar de un psicoanalista, vamos, digo yo. Pero el cabreo se me ha pasado de golpe cuando he caído en la cuenta de un hecho apasionante para mi Diario del movimiento del mundo. He mirado bien, concentrándome con todas mis fuerzas y diciéndome, no, no es posible. ¡Pero sí, sí! ¡Era posible! ¡Increíble! Estaba fascinada, tanto que apenas he escuchado a mamá contar todas sus pequeñas miserias (mi hija se esconde, mi hija nos asusta contándonos que oye voces, mi hija no nos habla, mi hija nos tiene preocupados) diciendo «mi hija» doscientas veces cuando yo estaba sentada a quince centímetros y, cuando él me ha hablado, casi me he sobresaltado.
Tengo que explicároslo. Sabía que Doc T. estaba vivo porque había caminado delante de mí, se había sentado y había hablado. Pero a partir de ese momento, podía haber estado muerto perfectamente, porque no se movía. Una vez instalado en su sillón galáctico, ni un solo movimiento más: sólo le temblaban un poco los labios, pero apenas. Y el resto: inmóvil, totalmente inmóvil. Normalmente, cuando hablas, no mueves sólo los labios, a la fuerza eso desencadena otros movimientos: músculos de la cara, gestos muy ligeros con la manos, el cuello, los hombros; y cuando no hablas, con todo es muy difícil permanecer inmóvil del todo; siempre tiembla algo, siempre se parpadea, se mueve imperceptiblemente un pie, etc.
Pero él: rien! ¡Nada! Wallou! Nothing! ¡Una estatua viva! ¡Flipante! «Y bien, jovencita», me ha dicho, y me he sobresaltado, «¿qué dices tú de todo esto?» Me ha costado reunir mis pensamientos porque estaba del todo fascinada por su inmovilidad, por eso he tardado un poco en responder. Mamá se retorcía sobre su silla como si tuviera hemorroides, pero el Doc me miraba sin pestañear. Me he dicho: tengo que conseguir que se mueva, tengo que conseguir que se mueva, a la fuerza tiene que haber algo que lo haga moverse. Entonces he dicho: «Sólo hablaré en presencia de mi abogado», con la esperanza de que eso funcionara. Chasco total: ni un solo movimiento. Mamá ha suspirado como una virgen en pleno suplicio, pero él se ha quedado totalmente inmóvil. «Tu abogado… Mmm…», ha dicho sin moverse. El desafío se estaba volviendo apasionante. ¿Se moverá o no se moverá? He decidido poner toda la carne en el asador para ganar la batalla. «Esto no es un tribunal», ha añadido él, «lo sabes muy bien, mmm.» Yo me decía: si consigo hacer que se mueva, valdrá la pena, ¡no habré perdido el día! «Bien», ha dicho la estatua, «mi querida Solange, voy a tener una conversación a solas con esta jovencita». Mi querida Solange se ha levantado dirigiéndole una mirada de cocker lacrimoso y se ha marchado de la habitación haciendo un montón de movimientos inútiles (sin duda para compensar).
«Tienes a tu madre muy preocupada», ha atacado el doctor, logrando la proeza de no mover ni el labio inferior siquiera. He reflexionado un momento y he decidido que la técnica de la provocación no tenía muchas probabilidades de llegar a buen puerto. ¿Queréis asegurarle a vuestro psicoanalista la certeza de su dominio? Provocadlo como provoca un adolescente a sus padres. He decidido pues decirle muy seria: «¿Cree que tiene que ver con la exclusión del Nombre del Padre?» ¿Diríais que le ha hecho moverse un pelo? En absoluto. Se ha quedado inmóvil e impávido. Pero me ha parecido ver algo en sus ojos, como una vacilación. He decidido explotar el filón. «¿Mmm?», ha preguntado. «No creo que entiendas lo que dices». -«Oh, sí, sí», le he contestado, «pero hay algo en las teorías de Lacan que no entiendo, y es la naturaleza exacta de su relación con el estructuralismo». Él ha entreabierto la boca para decir algo pero yo he sido más rápida. «Ah, y tampoco entiendo los matemas. Todos esos nudos, resulta un poco confuso. ¿Entiende usted algo de la topología? Hace tiempo que todo el mundo sabe que es una tomadura de pelo, ¿no?» Ahí ya sí he notado cierto progreso. No le había dado tiempo a cerrar la boca y se le ha quedado abierta. Luego se ha recuperado y sobre su rostro inmóvil ha aparecido una expresión sin movimiento, en plan: «¿Quieres jugar a esto conmigo, bonita?» Pues claro que quiero jugar a esto contigo, mi querido marrón glacé. Entonces he aguardado. «Eres una jovencita muy inteligente, lo sé», ha dicho (coste de esta información transmitida por Mi querida Solange: 60 euros la media hora). «Pero se puede ser muy inteligente y a la vez muy frágil, ¿sabes?, muy lúcido y muy desgraciado.» No me digas, ¿en serio? ¿Esta frase la has leído en Pif Gadget [un tebeo [4]]?, he estado a puntito de preguntarle. Y, de pronto, he sentido ganas de llevar mi jueguecito un poco más lejos. Al fin y al cabo tenía ante mí al tipo que le cuesta 600 euros al mes a mi familia desde hace diez años, con el resultado que todos conocemos: tres horas al día regando plantas y un consumo impresionante de sustancias de laboratorio. He sentido que me invadía una oleada de rabia. Me he inclinado sobre el escritorio y he dicho en voz muy baja: «Escúchame bien, señor Congelado, tú y yo vamos a hacer un trato. Tú me vas a dejar a mí en paz, y, a cambio, yo no mandaré al garete tu cochino negocio difundiendo malignos rumores sobre ti en las altas esferas de los negocios y la política de esta ciudad. Y créeme, si eres capaz de ver todo lo inteligente que soy, te darás cuenta de que está totalmente a mi alcance hacer algo así.» En mi opinión, no podía funcionar. No me lo creía. Hay que ser de verdad idiota para creerse tantas estupideces. Pero, resulta increíble, la victoria ha sido mía: una sombra de inquietud ha pasado por el rostro del doctor Theid. Pienso que me ha creído. Es fabuloso: desde luego si hay algo que yo no haría jamás es difundir rumores falsos para perjudicar a alguien. Mi padre, tan republicano él, me ha inoculado el virus de la deontología, y por mucho que me parezca algo tan absurdo como todo lo demás, me atengo a él al pie de la letra. Pero el bueno del doctor, que, para juzgar a la familia, sólo disponía de la madre, ha estimado al parecer que la amenaza era real. Y ahí, milagro: ¡un movimiento! Ha chasqueado la lengua, ha descruzado los brazos, ha extendido una mano hacia el escritorio y ha golpeado con la palma su carpeta de piel de cabra. Un gesto de exasperación pero también de intimidación. Entonces se ha levantado, sin una sombra ya de dulzura ni de amabilidad, se ha dirigido hacia la puerta, ha llamado a mamá, le ha soltado una milonga sobre mi buena salud mental, le ha asegurado que todo se iba a arreglar y nos ha echado al instante de su rinconcito otoñal junto a la chimenea.
Al principio me sentía bastante orgullosa de mí misma. Había conseguido que se moviera. Pero conforme iba avanzando el día, me he ido sintiendo cada vez más deprimida. Porque lo que ha ocurrido cuando se ha movido ha sido algo no muy bonito que digamos, no muy limpio. Por mucho que yo sepa que hay adultos que llevan máscaras en plan todo dulzura, todo sabiduría, pero debajo son muy feos y muy duros; por mucho que sepa que basta con descubrirles el juego para que caigan las máscaras, cuando ocurre con toda esa violencia, me hace daño. Cuando ha golpeado la mesa con la mano, quería decir: «Muy bien, me ves tal cual soy, es inútil seguir fingiendo, acepto tu pacto miserable; y ahora ya te estás largando.» Pues sí, me ha dolido. Por mucho que sepa que el mundo es feo, no tengo ganas de verlo.
Sí, abandonemos este mundo donde lo que se mueve desvela la fealdad oculta.
Una oleada de esperanza
Qué cómodo es reprocharles a los fenomenólogos su autismo sin gato; yo he dedicado mi vida a la búsqueda de lo intemporal.
Pero quien persigue eternidad recoge soledad.
– Sí -dice, cogiendo mi bolso-, estoy de acuerdo con usted. Es una de las más sobrias y sin embargo es de una gran armonía.
La casa del señor Ozu es muy grande y muy bonita. Los relatos de Manuela me habían preparado para un interior japonés pero, aunque hay puertas correderas, bonsáis, una gruesa alfombra negra orlada de gris y objetos de procedencia asiática -una mesa baja de madera lacada y oscura o, a lo largo de una impresionante sucesión de ventanas, estores de bambú que, bajados a alturas diversas, le dan a la habitación una atmósfera de país del sol naciente-, también hay un sofá y varios sillones, consolas, lámparas y bibliotecas de factura europea. Es muy… elegante. Y como bien habían observado Manuela y Jacinthe Rosen, no hay nada redundante. Tampoco es un interior despojado y vacío, como me lo había imaginado yo transponiendo los de las películas de Ozu en un nivel más lujoso pero sensiblemente idéntico en la sobriedad característica de esta extraña civilización.
– Venga conmigo -me dice el señor Ozu-, no nos vamos a quedar aquí, es demasiado ceremonioso. Vamos a cenar en la cocina. De hecho, cocino yo.
Caigo entonces en la cuenta de que lleva un delantal verde manzana sobre un jersey de cuello redondo color castaño y un pantalón de lona beis. Calza unas chinelas de cuero negro.
Lo sigo trotando hasta la cocina. Cielos. En un marco como ése no me importaría a mí cocinar todos los días, incluso para León. Ahí nada puede ser corriente, y hasta abrir una caja de Miauuu debe de antojarse delicioso.
– Estoy muy orgulloso de mi cocina -dice el señor Ozu con sencillez.
– Ya puede estarlo -le contesto, sin sombra de sarcasmo.
Todo es en blanco y madera clara, con largas encimeras y grandes aparadores llenos de fuentes y cuencos de porcelana azul, negra y blanca. En el centro, el horno, las placas de cocina, un fregadero con tres pilas y un espacio con barra de bar, a uno de cuyos acogedores taburetes me encaramo, frente al señor Ozu, que se atarea en los fogones. Ha colocado delante de mí una botellita de sake caliente y dos preciosos vasitos de porcelana azul agrietada.
– No sé si conoce la cocina japonesa -me dice.
– No muy bien -le contesto.
Me invade entonces una oleada de esperanza. En efecto, habrán observado que, hasta el momento, no hemos intercambiando más de veinte palabras pero me hallo ante un señor Ozu que cocina ataviado con un delantal verde manzana, como si lo conociera de toda la vida, después de un episodio holandés e hipnótico sobre el que nadie ha glosado y que ya ha pasado al capítulo de las cosas olvidadas.
Perfectamente la velada podría no ser más que una iniciación a la cocina asiática. A paseo Tolstoi y todos los recelos: el señor Ozu, nuevo residente poco al corriente de las jerarquías, invita a su portera a una cena exótica. Conversan sobre sashimi y tallarines con salsa de soja.
¿Puede haber circunstancia más anodina?
Y entonces se produce la catástrofe.
Vejiga pequeña
Debo confesar de antemano que tengo la vejiga pequeña. ¿Cómo explicar si no que la más mínima taza de té me mande sin demora al excusado, y que una tetera me haga reiterar el desplazamiento proporcionalmente a su capacidad? Manuela es un verdadero camello: retiene lo que bebe durante horas y se toma despacito sus frutos secos con chocolate sin moverse de la silla, mientras que yo efectúo numerosas y patéticas idas y venidas al retrete. Pero en tales ocasiones estoy en mi casa y, en mis sesenta metros cuadrados, el cuarto de baño, que nunca queda muy lejos, ocupa un lugar que conozco hace mucho tiempo.
Sin embargo, resulta que en este momento acaba de manifestárseme mi vejiga pequeña y, plenamente consciente de los litros de té consumidos por la tarde, he de escuchar su mensaje: autonomía reducida. ¿Cómo se pregunta esto en las altas esferas?
– ¿Dónde está el tigre? -no me parece curiosamente la manera más idónea.
Al contrario:
– ¿Querría indicarme dónde está el lugar? -aunque delicada en el esfuerzo de no nombrar la cosa, se expone a la incomprensión y, por ello, a una vergüenza duplicada.
– Tengo ganas de hacer pis -sobrio e informativo, no se dice en la mesa ni a un desconocido.
– ¿Dónde está el aseo? -no me termina de convencer. Es una pregunta fría, con un tufillo a restaurante de provincias.
Ésta me gusta bastante:
– ¿Dónde están los servicios? -porque hay en esta denominación, los servicios, un plural que exhala infancia y cabaña en el fondo del jardín. Pero entraña también una connotación inefable de mal olor.
Entonces atraviesa mi mente una idea genial.
– Los ramen son una preparación a base de tallarines y de caldo de origen chino, que los japoneses suelen tomar para almorzar -está diciendo el señor Ozu, levantando en el aire una cantidad impresionante de fideos que acaba de mojar en agua fría.
– Disculpe, ¿me dice dónde está el tocador, si es tan amable? -es la única respuesta que se me ocurre darle.
Es, reconozco, ligeramente abrupta.
– Oh, lo siento mucho, no se lo he indicado -dice el señor Ozu, con total naturalidad-. La puerta que está a su espalda y, después, en el pasillo, la segunda puerta a la derecha.
¿Podría ser todo así de sencillo siempre?
Se ve que no.
Diario del movimiento del mundo n° 6
¿Braga o Van Gogh?
Hoy he ido con mamá a las rebajas de la calle Saint-Honoré. Un infierno. Había cola delante de algunas tiendas. Y supongo que os imagináis qué tipo de tiendas hay en la calle Saint-Honoré: mostrarse tan tenaz para comprar rebajados pañuelos o guantes que, aun así, siguen valiendo lo que un Van Gogh deja flipado a cualquiera. Pero las señoras se emplean en la tarea con una pasión furiosa. E incluso con cierta falta de elegancia.
Pero tampoco puedo quejarme del todo del día porque he podido observar un movimiento muy interesante aunque, por desgracia, muy poco estético. A cambio de eso, ha sido muy intenso, ¡eso desde luego! Y también divertido. O trágico, no sabría deciros. De hecho, desde que empecé este diario, he tenido que abandonar bastantes ilusiones. Partí con la idea de descubrir la armonía del movimiento del mundo, para terminar desembocando en unas señoras que se pelean por una braga de encaje. Pero bueno… Creo que, de todas maneras, no creía mucho en todo esto, de modo que, ya puestos, tampoco pasa nada por que me divierta un poco…
Esto es lo que ha ocurrido: he entrado con mamá en una tienda de lencería fina. Lo de lencería fina ya es un nombre de por sí interesante. Porque si no, ¿qué sería? ¿Lencería gruesa? Bueno, en realidad quiere decir lencería sexy; vamos, que no encontraréis en esta tienda las bragas caladas de algodón de toda la vida que llevaban nuestras abuelas. Pero por supuesto, como es en la calle Saint- Honoré, es sexy pero sexy chic, con picardías de encaje hecho a mano, tangas de seda y saltos de cama de casimir peinado. No hemos tenido que hacer cola para entrar, pero para el caso es lo mismo, porque dentro había más gente que en la guerra. Me he sentido como si me estuviera metiendo a presión en una máquina secadora. Y la guinda ya ha sido que a mamá enseguida se le ha caído la baba cuando se ha puesto a hurgar en un montón de tops de colores extraños (negros y rojos o azul petróleo). Me he preguntado dónde podía esconderme para guarecerme hasta que encontrara (era mi pequeña esperanza) un pijama de felpa, y me he escabullido detrás de los probadores. No estaba sola: allí ya había un hombre, el único hombre de toda la tienda, con un aire tan triste como el de Neptune cuando le arrebatan el trasero de Athéna. Ésa es la parte mala del «te quiero, cariño». El desgraciado se deja embarcar en una sesión de pruebas de tops lenceros y va a parar a territorio enemigo, con treinta hembras en trance que lo pisan y lo fusilan con la mirada sea cual sea el lugar donde intente aparcar su engorrosa carcasa de hombre. En cuanto a su dulce amiga, hela aquí metamorfoseada en furia vengadora dispuesta a matar por un tanga rosa fucsia.
Le he lanzado una mirada de simpatía, a la que ha contestado con una de animal acorralado. Desde donde me encontraba, tenía un panorama inmejorable sobre la tienda entera y sobre mamá, que se estaba volviendo loca por una especie de sujetador muy, muy, muy pequeño con encaje blanco (algo es algo) pero también unos enormes floripondios malvas. Mi madre tiene cuarenta y cinco años y le sobran unos kilitos, pero el floripondio malva no la asusta; en cambio, la sobriedad y la elegancia del beis liso la paralizan de terror. Bueno, total, que aquí está mamá extirpando a duras penas de un expositor un mini sujetador floral que estima de su talla y una braga a juego, tres estantes más abajo. Tira de ella con convicción pero, de pronto, frunce el ceño: y es que en el otro extremo de la braga hay otra señora, que también tira de ella y frunce asimismo el ceño. Se miran las dos, miran el expositor, constatan que la braga de marras es la última superviviente de una larga mañana de rebajas y se preparan para la batalla a la vez que se dedican la una a la otra una sonrisa de oreja a oreja.
Y éstas son las primicias del movimiento interesante: una braga de ciento treinta euros no mide al fin y al cabo más que unos centímetros de encaje ultrafino. Hay pues que sonreír al adversario, agarrar bien la braga y tirar de ella hacia sí poniendo cuidado de no romperla. Os lo digo tal cual lo pienso: si, en nuestro universo, las leyes de la física son constantes, entonces esto no es posible. Después de varios segundos de intentos infructuosos, nuestras señoras dicen amén a Newton pero no renuncian. Hay pues que proseguir la guerra de otra manera, es decir la diplomacia (una de las citas preferidas de papá). Ello provoca el siguiente movimiento interesante: hay que hacer como que se ignora que se está tirando firmemente de la braga y fingir que uno la pide cortésmente con palabras. He aquí pues a mamá y a la señora que, de golpe, ya no tienen mano derecha, la que sostiene la braga. Es como si no existiera, como si la señora y mamá hablaran tranquilamente de una braga que sigue en el expositor, una braga de la que nadie trata de apoderarse por la fuerza. ¿Dónde está la mano derecha? ¡Ffffiu! ¡Desaparecida! ¡Volatilizada! ¡Le ha cedido el paso a la diplomacia!
Como todo el mundo sabe, la diplomacia fracasa siempre cuando las fuerzas que se enfrentan están equilibradas. Nunca se ha visto a uno más fuerte aceptar las propuestas diplomáticas del más débil. Así, los portavoces que han empezado al unísono con un: «Disculpe, señora, pero me parece que he sido más rápida que usted» no consiguen gran cosa. Cuando me acerco a mamá, ya estamos en: «No pienso soltarla» y es fácil dar crédito a ambas beligerantes.
Por supuesto, mamá ha terminado perdiendo: al acercarme para ponerme a su lado, ha recordado que es una madre de familia respetable y que no le era posible, sin menoscabo de su dignidad, lanzar despedida la mano izquierda contra la cara de la otra señora. Ha recuperado pues el uso de la mano derecha y ha soltado la braga. Resultado de la mañana de compras: una se ha marchado con la braga, la otra, con el sujetador. Mamá estaba de un humor de perros durante la cena. Cuando papá le ha preguntado qué le pasaba, ha contestado: «Tú que eres diputado, deberías estar más atento al declive de las mentalidades y de la buena educación.»
Pero volvamos al movimiento interesante: dos señoras en perfecta salud mental que de repente ya no conocen una parte de su cuerpo. Ello da como resultado algo muy extraño de ver: como si hubiera una fractura en la realidad, un agujero negro que se abre en el espacio y en el tiempo, como en una novela de SF [ciencia-ficción]. Un movimiento negativo, vaya, una especie de gesto hueco.
Y me he dicho: si uno puede fingir que ignora que tiene una mano derecha, ¿qué otra cosa puede fingir que ignora tener? ¿Se puede tener un corazón negativo, un alma hueca?
Un solo rollo de estos
La primera fase de la operación transcurre sin incidentes.
Tan pequeña es mi vejiga que encuentro la segunda puerta del pasillo a la derecha sin que me asalte la tentación de abrir las otras siete, y procedo a realizar la función en sí con un alivio que la vergüenza pasada no alcanza a empañar. Habría sido desconsiderado preguntar al señor Ozu dónde estaban los servicios. Unos «servicios» no podrían ser de una blancura nívea, desde las paredes hasta la taza del inodoro sobre la que uno apenas se atreve a apoyarse, por temor a ensuciarla. Toda esta blancura está sin embargo atemperada -de manera que el acto que en ella se realiza no sea clínico en exceso- con una gruesa, mullida, sedosa, satinada y suave moqueta amarilla, del color de un sol radiante, que salva al lugar de la atmósfera propia de un hospital. Todas estas observaciones desencadenan en mí una gran estima por el señor Ozu. La sencillez sobria del blanco, sin mármoles ni fiorituras -debilidades estas en que a menudo incurren aquellos a los que la fortuna ha sonreído, pues se afanan por hacer suntuoso todo lo trivial- y la tierna dulzura de una moqueta solar son, en materia de W. C. [cuartos de baño], las condiciones mismas de la adecuación. ¿Qué buscamos cuando vamos a este lugar? Claridad para no pensar en todas esas profundidades oscuras que hacen coalición y algo que cubra el suelo para cumplir con nuestro deber sin hacer penitencia congelándonos los pies, sobre todo cuando la visita es nocturna.
El papel higiénico, asimismo, aspira a la canonización. Encuentro mucho más concluyente esta marca de riqueza que la posesión, por ejemplo, de un Maserati o de un Jaguar cupé. Lo que representa el papel higiénico para el trasero de las personas ahonda mucho más el abismo entre las clases que otros muchos signos externos. El papel que hay en casa del señor Ozu -grueso, blando, suave y deliciosamente perfumado- está destinado a colmar de atenciones esta parte de nuestro cuerpo que, más que ninguna otra, tan sensible es a estas atenciones. ¿Cuánto costará un solo rollo de éstos?, me pregunto pulsando el botón intermedio de la cisterna, señalado con dos flores de loto, pues mi pequeña vejiga, pese a su reducida autonomía, tiene una capacidad nada desdeñable. Una flor me parece que se queda justita; tres sería vanidoso por mi parte.
Entonces ocurre el hecho.
Un estruendo monstruoso, que asalta mis oídos, a punto está de fulminarme ahí mismo. Lo aterrador es que no acierto a identificar su origen. No es la cadena del inodoro, que apenas oigo; viene de algún lugar por encima de mi cabeza y se abate sobre mí. Se me va a salir el corazón del pecho. Ya conocen la triple alternativa: frente al peligro, fight, flee o freeze (o lo que es lo mismo: plantar cara, poner pies en polvorosa o pasmarse del susto). Con gusto habría optado por la segunda, pero de pronto ya no sé abrir el pestillo de una puerta. ¿Se forma alguna hipótesis en mi mente? Quizá, pero sin gran limpidez. ¿He pulsado acaso el botón equivocado, estimando mal la cantidad producida -qué presunción, qué orgullo, Renée, dos flores de loto para tan irrisoria contribución- y por ello recibo el castigo de una justicia divina cuya estruendosa ira se abate sobre mis oídos? ¿Será que he paladeado -lujuria- en exceso la voluptuosidad del acto en este lugar (que invita a ello) cuando debería considerarse impuro? ¿Me habré abandonado a la envidia, codiciando este PQ [papel higiénico] digno de príncipes, y se me notifica tal vez sin ambigüedades el pecado mortal? ¿Han maltratado mis dedos torpes de trabajadora manual, bajo el efecto de una ira inconsciente, la mecánica sutil del botón de flores de loto, y desencadenado un cataclismo en las cañerías que pone la cuarta planta en peligro de derrumbe?
Sigo tratando con todas mis fuerzas de huir, pero mis manos son incapaces de obedecer mis órdenes. Trituro el pomo de cobre que, correctamente manipulado, debería liberarme, pero no se produce el desenlace esperado.
En ese momento me convenzo ya del todo de haberme vuelto loca o de haber llegado al cielo, porque el sonido hasta entonces indistinguible se precisa e, impensable pero cierto, se asemeja a una pieza de Mozart.
Para quien quiera detalles, al Confutatis del Réquiem de Mozart.
Confutatis maledictis, Flammis acribus addietis!, modulan unas bellísimas voces líricas. Me he vuelto loca.
– Señora Michel, ¿va todo bien? -pregunta una voz al otro lado de la puerta, la del señor Ozu o, más probablemente, la de san Pedro en las puertas del purgatorio.
– Pues… ¡no consigo abrir la puerta! -digo.
Buscaba convencer por todos los medios al señor Ozu de mi deficiente inteligencia.
Pues ¡ea!, lo he conseguido.
– Quizá esté usted girando el pomo en el sentido equivocado -sugiere respetuosamente la voz de san Pedro.
Considero un instante la información, que se abre camino con esfuerzo hasta los circuitos encargados de gestionarla.
Giro el pomo en el otro sentido.
La puerta se abre.
El Confutatis se detiene al instante. Una deliciosa ducha de silencio inunda mi cuerpo agradecido.
– Yo… -le digo al señor Ozu (pues es él y no san Pedro)-… yo… bueno… eh… ¿sabe… el Réquiem?
Debería haber llamado a mi gato Sinsintaxis.
– ¡Oh, apuesto a que se ha asustado! -exclama el señor Ozu-. Debería haberla avisado. Es una costumbre japonesa que mi hija ha querido importar aquí. Cuando se tira de la cadena, suena la música; es más… bonito, ¿entiende?
Entiendo sobre todo que estamos en el pasillo, delante del cuarto de baño, en una situación que pulveriza todos los cánones del ridículo.
– Ah… -contesto-, pues… me ha sorprendido, sí. -Y me abstengo de todo comentario sobre la serie de pecados que este episodio acaba de sacar a la luz.
– No es usted la primera -dice el señor Ozu, amable y, se diría, un poco divertido, a juzgar por la sombra que se le dibuja en el labio superior.
– El Réquiem… en el cuarto de baño… es una elección… sorprendente -respondo para recuperar algo de aplomo, no sin espantarme al instante del giro que le estoy dando a la conversación cuando ni siquiera hemos abandonado el pasillo y seguimos el uno frente al otro, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, inseguros con respecto al desenlace de este diálogo.
El señor Ozu me mira.
Yo lo miro a él.
Algo se quiebra en mi pecho, con un suave clac insólito, como una válvula que se abriera y se cerrara brevemente. Luego asisto, impotente, al temblor ligero que sacude mi torso y, como una extraña coincidencia, me parece que el mismo principio de vibración agita los hombros de mi anfitrión. Nos miramos, vacilantes.
Luego una especie de ji ji ji muy suave y muy tenue escapa de la boca del señor Ozu.
Caigo en la cuenta de que el mismo ji ji ji ahogado pero irreprimible sube también de mi propia garganta. Hacemos ji ji ji los dos, bajito, mirándonos con incredulidad.
Entonces el ji ji ji del señor Ozu se intensifica.
El mío adquiere también una fuerza considerable.
Seguimos mirándonos, expulsando de nuestros pulmones unos ji ji ji más desenfrenados por momentos. Cada vez que se aplacan, nos miramos y volvemos a soltar otra tanda. Siento espasmos en el estómago. El señor Ozu llora de risa.
¿Cuánto tiempo permanecemos ahí, riendo convulsivamente, ante la puerta del W. C. [cuarto de baño]? No lo sé.
Pero un lapso lo bastante largo como para aniquilar todas nuestras fuerzas. Emitimos todavía algunos ji ji ji extenuados y luego, más por cansancio que por saciedad, recuperamos la seriedad.
– Volvamos al salón -dice el señor Ozu, ganador absoluto en la carrera de recuperar el aliento.
Una salvaje muy civilizada
– Desde luego, con usted es imposible aburrirse -es lo primero que me dice el señor Ozu una vez de vuelta en la cocina cuando, cómodamente encaramada a mi taburete, me bebo a sorbitos el sake tibio, que encuentro bastante mediocre-. Es usted una persona poco corriente -añade, deslizando hacia mí sobre la mesa un cuenco blanco lleno de pequeños raviolis que no parecen ni fritos ni cocidos sino un poquito de las dos cosas. Al lado deja otro cuenco con salsa de soja. -Son gyozas -precisa.
– Al contrario, creo que soy una persona de lo más corriente. Soy portera. Mi vida es de una banalidad ejemplar.
– Una portera que lee a Tolstoi y escucha a Mozart -dice-. Ignoraba que ello formara parte de las prácticas de su corporación.
Y me guiña el ojo. Se ha sentado sin más ceremonias a mi derecha y ha atacado con sus palillos su ración de gyozas.
Nunca en mi vida me había sentido tan bien. ¿Cómo les diría yo? Por primera vez, me siento en un ambiente de confianza total, aunque no esté sola. Incluso con Manuela, a la que sin embargo confiaría mi vida, no tengo esta sensación de seguridad absoluta que nace de la certeza de que nos comprendemos. Confiar la vida no es entregar el alma, y si bien quiero a Manuela como a una hermana, no puedo compartir con ella lo que hila ese poquito de sentido y de emoción que mi existencia incongruente hurta al universo.
Degusto con palillos unos gyozas rellenos de cilantro y carne especiada y, experimentando un desconcertante sentimiento de relajación, charlo con el señor Ozu como si nos conociéramos de toda la vida.
– Una también tiene que distraerse -digo-, voy a la biblioteca municipal y saco prestado todo lo que puedo.
– ¿Le gusta la pintura holandesa? -me pregunta y, sin esperar respuesta, añade-: Si le dieran a elegir entre la pintura flamenca y la pintura italiana, ¿cuál salvaría usted?
Argumentamos lo que dura un falso paso de armas en el que me complazco en exaltarme por el pincel de Vermeer -pero muy pronto descubrimos que, de todas maneras, estamos ambos de acuerdo.
– ¿Piensa usted que es un sacrilegio? -pregunto.
– En absoluto, mi querida señora -me contesta, baqueteando sin ninguna consideración un ravioli de izquierda a derecha en el borde de su cuenco-, en absoluto, ¿acaso cree que he encargado la copia de un Miguel Ángel para exponerla en mi vestíbulo?
»Hay que mojar la pasta en esta salsa -añade, poniendo delante de mí un cestito de mimbre lleno de fideos y un suntuoso cuenco azul verdoso del que se eleva un aroma a… cacahuete-. Es un «zalu ramen», un plato de fideos fríos con una salsa ligeramente dulce. Ya me dirá qué le parece.
Y me tiende una gran servilleta de lino color sepia.
– Provoca daños colaterales, tenga cuidado con su vestido.
– Gracias -le digo.
Y, vaya usted a saber por qué, añado:
– No es mío.
Respiro bien hondo y digo:
– ¿Sabe?, vivo sola desde hace tiempo y no salgo nunca. Me temo que soy un poco… salvaje.
– Una salvaje muy civilizada entonces -me dice sonriendo.
El sabor de los fideos bañados en la salsa de cacahuete es divino. No podría en cambio decir lo mismo del estado del vestido de María. No es fácil bañar fideos de un metro de largo en una salsa semilíquida y luego tragárselos sin causar daños. Pero como el señor Ozu se come los suyos con destreza no exenta de un ruido considerable, me siento liberada de todo complejo y aspiro con brío mis interminables fideos.
– Ahora en serio -me dice el señor Ozu-, ¿no le parece fantástico? Su gato se llama León, los míos, Kitty y Levin; nos gusta a los dos Tolstoi y la pintura holandesa, y vivimos en el mismo lugar. ¿Cuál es la probabilidad de que ocurra algo así?
– No debería haberme regalado esa magnífica edición -le digo-, no era necesario.
– Mi querida señora -responde el señor Ozu -, ¿le ha gustado?
– Pues sí -le digo-, me ha gustado mucho, pero también me ha dado un poco de miedo. Es que, ¿sabe?, me esfuerzo por ser discreta, no querría que la gente de la casa se imaginara…
– … ¿quién es usted? -completa-. ¿Por qué?
– No quiero llamar la atención. Nadie quiere una portera con pretensiones.
– ¿Pretensiones? Pero ¡usted no tiene pretensiones, sino gustos, luces, cualidades!
– ¡Pero soy la portera! -protesto-. Y además, no tengo una educación, soy de otro mundo que no es el de ustedes.
– ¡Pues vaya una cosa! -dice el señor Ozu, de la misma manera, lo crean o no, que Manuela, lo cual me hace gracia.
Levanta una ceja en señal de interrogación.
– Es la expresión preferida de una amiga mía -digo, a guisa de explicación
– ¿Y qué le parece a su mejor amiga esta… discreción suya?
Huy, pues la verdad es que no tengo ni idea.
– Usted la conoce -le digo-, es Manuela.
– Ah, ¿la señora Lopes? ¿Es amiga suya?
– Es mi única amiga.
– Es una gran señora -dice el señor Ozu-, una aristócrata. Como ve, no es usted la única en desmentir las leyes sociales. ¿Qué hay de malo en ello? ¡Estamos en el siglo XXI, demonios!
– ¿A qué se dedicaban sus padres? -le pregunto, un poco nerviosa por tan poco discernimiento.
El señor Ozu se imagina sin duda que los privilegios desaparecieron con Zola.
– Mi padre era diplomático. No conocí a mi madre, murió poco después de nacer yo.
– Cuánto lo siento -le digo.
Hace un gesto con la mano, como para decir: de eso hace mucho tiempo.
Prosigo con mi idea.
– Es usted hijo de diplomático, yo soy hija de campesinos pobres. Es incluso inconcebible que cene en su casa esta noche.
– Y sin embargo -dice-, cena usted aquí esta noche.
Y añade, con una sonrisa muy cordial:
– Y me siento muy honrado por ello.
Y la conversación prosigue así, con sencillez y naturalidad. Evocamos por este orden: a Yasujiro Ozu (un pariente lejano), a Tolstoi y a Levin segando en el prado con sus campesinos, el exilio y la irreductibilidad de las culturas, así como muchos otros temas que enlazamos unos con otros con el entusiasmo del gallo y el asno, saboreando nuestros últimos arpendes de fideos y, sobre todo, la desconcertante similitud del curso de nuestros pensamientos.
Llega un momento en que el señor Ozu me dice:
– Me gustaría que me llamara Kalcuro, es menos envarado. ¿Le molesta que la llame Renée?
– En absoluto -le contesto, y lo pienso de verdad.
¿De dónde me viene esta súbita soltura en la complicidad?
El sake, que me reblandece deliciosamente el bulbo raquídeo, hace que la pregunta sea terriblemente poco apremiante.
– ¿Sabe usted lo que es el azuki? -pregunta Kakuro.
– Los montes de Kyoto… -digo, sonriendo ante ese recuerdo de infinitud.
– ¿Cómo? -pregunta él.
– Los montes de Kyoto tienen el color del flan de azuki -digo, esforzándome de todos modos por hablar de manera inteligible.
– Eso sale en una película, ¿verdad? -quiere saber Kakuro.
– Sí, en Las hermanas Munakata, al final del todo.
– Oh, vi esa película hace mucho tiempo, pero no la recuerdo muy bien.
– ¿No recuerda la camelia sobre el musgo del templo? -le digo.
– No, en absoluto -me contesta-. Pero hace usted que sienta ganas de volver a verla. ¿Le apetecería que la viéramos juntos, un día de éstos?
– Tengo la cinta -le digo-. Todavía no la he devuelto a la biblioteca.
– ¿Este week-end [fin de semana], tal vez? -sugiere Kakuro.
– ¿Tiene usted vídeo?
– Sí -me dice, sonriendo.
– Entonces, de acuerdo -respondo-. Pero le propongo lo siguiente: el domingo que viene vemos la película a la hora del té y yo traigo los dulces.
– Trato hecho -dice Kakuro.
Y la velada prosigue, mientras continuamos hablando sin afán de coherencia ni preocupación de horario, bebiendo a sorbitos una infusión de curioso sabor a algas. Como era de esperar, debo repetir mis visitas a la taza nivea y la moqueta solar. Opto por el botón de una flor de loto nada más -mensaje recibido- y soporto el asalto del Confutatis con la serenidad de los grandes iniciados. Lo que es a la vez desconcertante y maravilloso de Kakuro Ozu es que aúna un entusiasmo y un candor juveniles a una atención y una benevolencia de gran sabio. No estoy acostumbrada a una relación así con el mundo; se diría que lo considera con indulgencia y curiosidad, mientras que los demás seres humanos que yo conozco lo abordan con desconfianza y amabilidad (Manuela), ingenuidad y amabilidad (Olimpia) o arrogancia y crueldad (el resto del universo). Este pacto entre apetito, lucidez y magnanimidad representa un inédito y sabroso cóctel.
Y entonces mi mirada se posa sobre mi reloj. Son las tres de la mañana.
Me pongo en pie de un salto.
– Dios mío -exclamo-, ¿ha visto la hora que es? Consulta él mismo su reloj y luego alza los ojos hacia mí, con expresión inquieta.
– He olvidado que mañana tiene usted que madrugar. Yo soy jubilado, por lo que eso ya no me preocupa. ¿Le va a suponer un problema?
– No, claro que no -le digo-, pero sí que tendría que dormir algo, aunque sea poco.
Callo el hecho de que, pese a mi avanzada edad y, cuando de todos es sabido que los viejos duermen poco, tengo que dormir como un tronco durante al menos ocho horas para poder aprehender el mundo con discernimiento.
– Hasta el domingo -se despide Kakuro, en la puerta de su casa.
– Muchas gracias -le digo-, he pasado una velada muy agradable, se lo agradezco mucho.
– El agradecido soy yo -me contesta-, hacía mucho tiempo que no me reía tanto y mucho tiempo también que no mantenía una conversación tan agradable. ¿Quiere que la acompañe hasta su casa?
– No, gracias, no es necesario.
Siempre hay un Pallières potencial rondando por la escalera.
– Bueno, lo dicho, hasta el domingo -añado-, o quizá nos crucemos antes.
– Gracias, Renée -vuelve a decir, con una gran sonrisa juvenil.
Al cerrar la puerta de mi casa y apoyarme en ella, descubro a León roncando como un oso pardo en el sillón delante del televisor y constato lo impensable por primera vez en mi vida: he hecho un amigo.
Entonces
Entonces, lluvia de verano.
Un nuevo corazón
Recuerdo esa lluvia de verano.
Día tras día, recorremos nuestra vida como quien recorre un pasillo.
Acordarme de la comida para el gato… ha visto mi patinete es la tercera vez que me lo roban… llueve tanto que parece que es de noche… tenemos el tiempo justo la sesión es a la una… quieres quitarte el impermeable… taza de té amargo… silencio de la tarde… quizá estemos enfermos a fuerza de tener demasiado… todos esos bonzos que regar… esas ingenuas que no son más que desvergonzadas… anda está nevando… y esas flores qué son… pobre animalito se iba haciendo pipí por todos los rincones… cielo otoñal qué tristeza… los días acaban tan pronto ya… a qué se debe que el olor de la basura llega hasta el patio… sabe todo llega a su hora… no no los conocía especialmente… era una familia como las demás aquí… parece flan de azuki… dice mi hijo que los chinos son intratables… cómo se llaman sus gatos… podría recibir y firmar en mi nombre la ropa del tinte…todas estas navidades estos villancicos estas compras qué cansancio… para comer nueces hace falta mantel… cáspita le moquea la nariz… ya hace calor y ni siquiera son las diez… corto champiñones en rodajas muy finitas y nos tomamos el caldo con los champiñones dentro… deja tiradas las bragas sucias debajo de la cama… habría que volverlos a tapizar…
Y entonces, lluvia de verano.
¿Saben lo que es la lluvia de verano?
Primero la belleza pura horadando el cielo de verano, ese temor respetuoso que se apodera del corazón, sentirse uno tan irrisorio en el centro mismo de lo sublime, tan frágil y tan pleno de la majestuosidad de las cosas, atónito, cautivado, embelesado por la magnificencia del mundo.
Luego, recorrer un pasillo y, de pronto, penetrar en una cámara de luz. Otra dimensión, certezas recién formadas. El cuerpo deja de ser ganga, el espíritu habita las nubes, la fuerza del agua es suya, se anuncian días felices, en un renacer.
Después, como a veces el llanto, cuando es rotundo, fuerte y solidario, deja tras de sí un gran espacio lavado de discordias, la lluvia, en verano, barriendo el polvo inmóvil, crea en las almas de los seres una suerte de hálito sin fin.
Así, ciertas lluvias de verano se anclan en nosotros como un nuevo corazón que late al unísono del otro.
Dulce insomnio
Después de dos horas de dulce insomnio, me duermo plácidamente.
Idea profunda n°13
¿ Quién cree
poder hacer miel
sin compartir el destino de las abejas?
Cada día me digo que mi hermana no puede hundirse más profundamente en el fango de la ignominia y, cada día, me sorprende ver que sí lo hace.
Esta tarde, después del colegio, no había nadie en casa. He cogido un poco de chocolate con avellanas de la cocina y me he ido a comérmelo al salón. Estaba bien cómoda en el sofá y mordía el chocolate reflexionando en mi próxima idea profunda. Pensaba que se iba a tratar de una idea profunda sobre el chocolate, o más bien sobre la forma en que uno lo muerde, con una pregunta central: ¿qué es lo bueno del chocolate? ¿La sustancia en sí o la técnica del diente que lo tritura?
Pero por muy interesante que fuera esta idea, no había contado con mi hermana, que ha vuelto a casa antes de lo previsto e inmediatamente se ha puesto a amargarme la vida hablándome de Italia. Desde que ha ido a Venecia con los padres de Tibère (al hotel Danieli, nada menos), Colombe no habla de otra cosa. Para colmo de males, el sábado fueron a cenar a casa de unos amigos de los Grinpard que tienen una gran finca en la Toscana. Sólo con pronunciar la palabra «Toscaaana», arrastrando las sílabas, mi hermana se extasía, y mamá con ella. Dejadme que os diga una cosa, la Toscana no es una tierra milenaria. No existe más que para dar a personas como Colombe, mamá o los Grinpard la emoción de poseer. La «Toscaaana» les pertenece, tanto como la Cultura, el Arte y todo lo que pueda escribirse con mayúsculas.
A propósito de la Toscaaana, pues, ya me he tenido que tragar el latazo sobre los burros, el aceite de oliva, la luz del crepúsculo, la dolce vita y demás topicazos. Pero como, cada vez, me he escabullido discretamente, Colombe no ha podido comprobar el efecto que produce en mí su historia preferida. Pero, al descubrirme sentada en el sofá, se ha desquitado y me ha fastidiado la degustación del chocolate y mi futura idea profunda.
En las tierras de los amigos de los padres de Tibère hay colmenas, las suficientes para producir un quintal de miel al año. Los toscanos han contratado a un apicultor, que se encarga de hacer todo el trabajo para que ellos puedan comercializar la miel con el sello «señorío de Flibaggi». Evidentemente, no lo hacen por el dinero. Pero la miel «señorío de Flibaggi» está considerada como una de las mejores del mundo, y ello contribuye al prestigio de los propietarios (que son rentistas) porque la utilizan en grandes restaurantes grandes cocineros que actúan como si fuera algo extraordinario… Colombe, Tibère y los padres de Tibère tuvieron el honor de protagonizar una cata de miel como las que se hacen con los vinos, y ahora ya no hay quien calle a Colombe cuando se pone a hablar sobre la diferencia entre una miel de tomillo y una miel de romero. Pues que le aproveche. Hasta ese punto del relato, la escuchaba sin prestarle mucha atención, pensando en lo de «morder el chocolate» y me decía que si la tabarra se quedaba ahí, podía darme con un canto en los dientes.
Nunca hay que esperar algo así con Colombe. De repente, ha adoptado ese aire suyo tan poco prometedor y se ha puesto a contarme las costumbres de las abejas. Al parecer, les soltaron una clase magistral completa sobre el tema, y al espíritu perturbado de Colombe le llamó particularmente la atención el capítulo dedicado a los ritos nupciales de las reinas y los zánganos. La increíble organización de la colmena, en cambio, no la impresionó demasiado, cuando yo encuentro que es apasionante, sobre todo si se piensa que esos insectos tienen un lenguaje con código que relativiza las definiciones que se pueden dar de la inteligencia verbal como específicamente humana. Pero esto no le interesa en absoluto a Colombe, y eso que no se está sacando un título de CAP [formación profesional] en fontanería, sino un máster en filosofía. A ella en cambio lo que le vuelve loca de interés es la sexualidad de los bichitos de marras.
Os resumo el asunto: cuando está lista, la abeja reina inicia su vuelo nupcial, perseguida por una nube de zánganos. El primero que la alcanza copula con ella y luego muere porque, después del acto, su órgano genital permanece dentro del cuerpo de la abeja. Le queda pues amputado, y eso lo mata. El segundo zángano en alcanzar a la abeja debe, para copular con ella, retirar con las patas el órgano genital del anterior y, por supuesto, después corre la misma suerte, y así hasta diez o quince zánganos, que llenan la bolsa espermática de la reina, lo que le permitirá producir, durante cuatro o cinco años, doscientos mil huevos al año.
Esto es lo que me cuenta Colombe mirándome con su aire venenoso y aderezando su relato con comentarios subidos de tono de esta índole: «Sólo puede hacerlo una vez, ¿eh?, entonces, claro, con uno solo no le vale, ¡quiere quince!» Si yo fuera Tibère, no me gustaría demasiado que mi novia fuera contándole esta historia a todo el mundo. Porque, a ver, uno no puede evitar hacer un poco de psicología barata: cuando una chica excitada cuenta que una hembra necesita quince machos para quedarse satisfecha y que, en señal de agradecimiento, los castra y los mata… A la fuerza uno se hace preguntas. Colombe está convencida de que contar estas cosas hace de ella una «chica liberada nada estrecha que aborda el sexo con naturalidad». Pero se le olvida que si me cuenta esta historia sólo lo hace para escandalizarme, y que además tiene un contenido nada anodino. Primero, porque para alguien como yo que piensa que el hombre es un animal, la sexualidad no es un tema escabroso sino una cuestión científica. Me parece apasionante. Y segundo, os recuerdo a todos que Colombe se lava las manos tres veces al día y chilla a la menor sospecha de pelo invisible en la ducha (siendo los pelos visibles más improbables). No sé por qué, pero me parece que esto encaja mucho con la sexualidad de las abejas reina.
Pero sobre todo, es curioso cómo interpretan los hombres la naturaleza y creen poder sustraerse a ella. Si Colombe cuenta así esta historia, es porque piensa que no le concierne. Si se mofa del patético retozar de los zánganos, es porque está convencida de no compartir su destino. Pero yo, en cambio, no veo nada chocante ni subido de tono en el vuelo nupcial de las abejas reina ni en el destino de los zánganos porque me siento profundamente semejante a todos estos animales, aunque mis costumbres difieran de las suyas. Vivir, alimentarse, reproducirse, llevar a cabo la tarea para la cual uno ha nacido y morir: no tiene ningún sentido, es cierto, pero así son las cosas. Qué arrogancia esta de los hombres que piensan que pueden forzar la naturaleza, escapar a su destino de insignificancias biológicas… Y qué ceguera tienen también con respecto a la crueldad o la violencia de sus propias maneras de vivir, de amar, de reproducirse y de hacer la guerra a sus semejantes…
Yo en cambio pienso que sólo se puede hacer una cosa: dar con la tarea para la cual hemos nacido y llevarla a cabo como mejor podamos, con todas nuestras fuerzas, sin buscarle tres pies al gato y sin creer que nuestra naturaleza animal tiene algo de divino. Sólo así tendremos el sentimiento de estar haciendo algo constructivo en el momento en que venga a buscarnos la muerte. La libertad, la decisión, la voluntad, todo eso no son más que quimeras. Creemos que podemos hacer miel sin compartir el destino de las abejas; pero también nosotros no somos sino pobres abejas destinadas a llevar a cabo su tarea para después morir.