Infinitesimal
Esta mañana, Jacinthe Rosen me ha presentado al nuevo propietario del piso de los Arthens.
Se llama Kakuro No Sé Qué. No me he enterado bien porque la señora Rosen siempre habla como si tuviera una patata en la boca, y porque justo en ese momento se ha abierto la reja del ascensor y ha pasado el señor Pallières, el padre, vestido de morgue de los pies a la cabeza. Nos ha dirigido un breve saludo y se ha alejado con su paso brusco de industrial con prisa.
El nuevo es un señor de unos sesenta años, muy presentable y muy japonés. Es más bien bajito, delgado, con un rostro lleno de arrugas pero de expresión clara. Toda su persona irradia amabilidad, pero yo percibo también decisión, alegría y fuerza de voluntad.
Por ahora aguanta sin pestañear el parloteo pitiático de Jacinthe Rosen, que parece una gallina ante un gran montón de grano.
– Buenos días, señora -han sido sus primeras y únicas palabras, en un francés sin acento.
Yo me he ataviado con mi máscara de portera medio estúpida. Pues se trata de un nuevo residente a quien la fuerza de la costumbre no dicta aún la certeza de mi ineptitud, y con el que debo desarrollar esfuerzos pedagógicos especiales. Me limito pues a unos «sí, sí» asténicos como respuesta a las salvas histéricas de Jacinthe Rosen.
– Ya le enseñará usted al señor No Sé Qué (¿Shu?) las zonas comunes.
– ¿Puede explicarle al señor No Sé Qué (¿Pshu?) cómo funciona el reparto del correo?
– El viernes vendrá un equipo de decoradores. ¿Podría estar al tanto para avisar al señor No Sé Qué (¿Opshu?) entre las diez y las diez y media?
Etc.
El señor No Sé Qué no da muestras de impaciencia y aguarda cortésmente, mirándome con una sonrisita amable. Considero que todo está saliendo muy bien. Sólo hay que esperar hasta que la señora Rosen se canse, y entonces podré volver a mi antro.
Hasta que ocurre lo siguiente.
– El felpudo que estaba delante de la puerta de los Arthens no se ha limpiado. ¿Puede paliar a ello? -me pregunta la gallina.
¿Por qué siempre ha de convertirse la comedia en tragedia? Desde luego, yo misma recurro a veces al error, pero para emplearlo como arma.
«¿Cree usted de que es un infarto?», le había preguntado a Chabrot para distraerlo de mis modales extraños e inesperados.
No soy pues tan sensible como para que una desviación menor del buen uso me haga perder la razón. Hay que conceder a los demás lo que uno se permite a sí mismo; además, Jacinthe Rosen y su patata en la boca nacieron en provincias, en una modesta torre de pisos con escaleras no muy limpias, por lo que tengo con ella una indulgencia que no merece en cambio la señora «podría usted coma recibir y firmar en mi nombre».
Y sin embargo, he aquí la tragedia: he dado un respingo al oír lo de «paliar a ello» en el preciso momento en el que el señor No Sé Qué daba también un respingo, y nuestras miradas se han cruzado. Desde esa infinitesimal porción de tiempo en que, estoy segura, hemos sido hermanos de lengua en el sufrimiento común que nos atenazaba y, haciendo temblar nuestro cuerpo, manifestaba ante el mundo nuestro desasosiego, el señor No Sé Qué me mira con ojos muy diferentes.
Unos ojos alerta.
Y he aquí que me dirige la palabra.
– ¿Conocía usted a los Arthens? Tengo entendido que era una familia muy especial -me dice.
– No -le contesto, precavida-, no los conocía mucho; era una familia como las demás de esta casa.
– Sí, una familia feliz -interviene la señora Rosen, que se impacienta a ojos vistas.
– ¿Sabe?, todas las familias felices se parecen -mascullo para ventilar el asunto-, no hay nada que decir de ellas.
– Pero las familias desdichadas lo son cada una a su manera -me contesta, mirándome con una expresión extraña y, de repente, aunque no por primera vez, me estremezco.
Sí, lo juro. Me estremezco, pero como sin darme cuenta. Se me ha escapado, no lo he podido evitar, la situación me ha superado.
Como las desgracias nunca vienen solas, León elige ese momento preciso para escabullirse entre nuestras piernas, rozando de paso las del señor No Sé Qué en una actitud cordial.
– Tengo dos gatos -me dice-. ¿Puedo preguntarle cómo se llama el suyo?
– León -responde en mi lugar Jacinthe Rosen que, zanjando así nuestra conversación, toma al señor No Sé Qué del brazo y, dándome las gracias sin mirarme, procede a guiarlo hasta el ascensor. Con una delicadeza infinita, éste apoya la mano sobre su antebrazo y la inmoviliza sin brusquedad.
– Gracias, señora -me dice, antes de dejarse arrastrar por su posesiva gallina.
En un momento de gracia
Extraño concepto este de la supuesta ignorancia o inconsciencia de uno al hacer o decir algo. Para los psicoanalistas es el fruto de las maniobras insidiosas de un inconsciente oculto. Qué vana teoría. En realidad es la marca más visible de la fuerza de nuestra voluntad consciente que, cuando nuestra emoción se erige como obstáculo, recurre a cualquier ardid para lograr sus fines.
– Cualquiera diría que quiero que me descubran -le digo a León, que acaba de volver a sus aposentos y, podría jurarlo, ha conspirado con el universo para cumplir mis deseos.
Todas las familias felices se parecen; las familias desdichadas lo son cada una a su manera es la primera frase de Ana Karenina que, como toda portera que se precie, no puedo haber leído, como tampoco se me permite estremecerme al oír la segunda parte de esta frase, en un momento de gracia, sin saber que era de Tolstoi, pues si bien las personas humildes son sensibles sin conocerla a la gran literatura, no pueden aspirar a la alta consideración en la que la tienen las personas instruidas.
Me paso el día tratando de persuadirme de que me estoy angustiando por nada y de que el señor No Sé Qué, cuya cartera es lo bastante abultada como para comprarse la cuarta planta entera, tiene otros motivos de preocupación que los temblores parkinsonianos de una portera corta de luces.
Después, a eso de las siete, llama a mi puerta un joven.
– Buenas tardes, señora -dice, articulando a la perfección-, mi nombre es Paul N'Guyen, soy el secretario personal del señor Ozu.
Me tiende una tarjeta de visita.
– Éste es el número de mi móvil. Van a venir unos decoradores a casa del señor Ozu, y no querríamos que ello le ocasionase a usted una carga adicional de trabajo. Por eso, al menor problema, llámeme y vendré en cuanto me sea posible.
Habrán notado ustedes, llegados a este punto de la intriga, que el sainete carece de diálogo, el cual suele reconocerse por la sucesión de guiones al inicio de cada turno de palabra.
Debería haber habido algo parecido a ésto:
– Encantada de conocerlo.
Y después:
– Muy bien, así lo haré.
Pero es obvio que nada de esto hay.
Y es porque, sin necesidad de obligarme a ello, me he quedado muda. Soy desde luego consciente de tener la boca abierta, pero ningún sonido escapa de ella, y compadezco a este apuesto joven que no tiene más remedio que contemplar a una rana de setenta kilos llamada Renée.
En ese punto del intercambio suele el protagonista preguntar:
– ¿Habla usted mi idioma?
Pero Paul N'Guyen me sonríe y espera.
A costa de un esfuerzo hercúleo, acierto a decir algo.
En realidad, al principio no es más que algo así como:
– Grmbll.
Pero él sigue aguardando con la misma abnegación admirable.
– ¿El señor Ozu? -termino por decir a duras penas, con una voz a lo Yul Brynner.
– Sí, el señor Ozu -repite-. ¿Ignoraba usted su nombre?
– Sí -digo con esfuerzo-, no lo había entendido bien. ¿Cómo se escribe?
– O, z, u -me dice.
– Ah -contesto-, muy bien. ¿Es japonés?
– Sí, señora, exactamente -me dice-. El señor Ozu es japonés.
Se despide muy cordial, yo mascullo un buenas tardes para el cuello de mi camisa, cierro la puerta y me dejo caer sobre una silla, aplastando a León.
El señor Ozu. Me pregunto si no estaré viviendo un sueño demente, con suspense, sucesión maquiavélica de la acción, aluvión de coincidencias y desenlace final en camisón con un gato obeso en los pies y un despertador crepitante sintonizado en France ínter.
Pero todos sabemos, en el fondo, que el sueño y la vigilia no tienen la misma textura y, mediante la auscultación de mis percepciones sensoriales, sé con certeza que estoy despierta.
¡El señor Ozu! ¿El hijo del cineasta? ¿Su sobrino? ¿Un primo lejano?
Cáspita.
Idea profunda n°9
Si le sirves a un enemigo
Tejas de Ladurée
No creas que
Podrás ver más allá.
¡El señor que ha comprado el piso de los Arthens es japonés! ¡Se llama Kakuro Ozu! ¡Vaya suerte tengo, va y me pasa esto justo antes de morirme! Doce años y medio viviendo en la pobreza cultural y ahora que aparece en mi vida un japonés, tengo que levantar el campamento… De verdad es demasiado injusto.
Pero al menos soy sensible al lado positivo: ahora está aquí y, además, ayer tuvimos una conversación muy interesante. Antes de nada tengo que decir que todos los residentes del edificio andan locos con el señor Ozu. Mi madre no habla de otra cosa, mi padre la escucha, por una vez, mientras que normalmente piensa en otra cosa cuando ella se pone en plan blablablá sobre la vida y milagros de nuestros vecinos; Colombe me ha robado mi manual de japonés, y, hecho inédito en los anales del número 7 de la calle Grenelle, la señora de Broglie ha venido a tomar el té a casa. Vivimos en el quinto, justo encima del ex piso de los Arthens, y estos últimos tiempos ha estado en obras, ¡unas obras enormes! Estaba claro que el señor Ozu había decidido cambiarlo de arriba abajo, y todo el mundo se moría por ver esos cambios. En un universo de fósiles, el más mínimo movimiento de una piedrecita en la pendiente de un acantilado puede provocar crisis cardiacas en serie, de modo que, cuando alguien hace explotar la montaña, ¡os podéis imaginar la que se organiza! Bueno, resumiendo, que la señora de Broglie se moría por echar un vistacito al piso del señor Ozu, así que se las apañó para conseguir que mi madre la invitara a casa cuando se cruzó con ella la semana pasada en el portal. ¿Y sabéis cuál fue el pretexto? Es para mondarse de risa. La señora de Broglie es la esposa del señor de Broglie, el consejero de Estado que vive en el primero, que entró en el Consejo de Estado cuando gobernaba Giscard d'Estaing y es tan conservador que no saluda a los divorciados. Colombe lo llama «el viejo facha» porque nunca ha leído nada sobre la derecha francesa, y papá lo considera un ejemplo perfecto de la esclerosis de las ideas políticas. Su mujer es el equivalente a él, pero en femenino: traje sastre impecable, collar de perlas, mueca altanera y una multitud de nietos que se llaman todos Grégoire o Mane. Hasta ahora apenas saludaba a mamá (que es socialista, lleva el pelo teñido y zapatos terminados en punta). Pero la semana pasada se lanzó sobre nosotras como si su vida dependiera de ello. Estábamos en el portal, volvíamos de la compra y mamá estaba de muy buen humor porque había encontrado un mantel de lino color tostado por doscientos cuarenta euros. Entonces me pareció sufrir alucinaciones auditivas. Después de los «buenos días» de rigor, la señora de Broglie le dijo a mi madre: «quisiera pedirle algo», lo que ya debió de hacerle mucha pupa en la boca. «Por supuesto, usted dirá», le contestó mamá, con una sonrisa (que se explica por lo del mantel y los antidepresivos que toma). «Pues bien, mi nuera, la esposa de Étienne, no se encuentra muy bien y creo que sería aconsejable que siguiera una terapia.» «¿Ah, sí?», le dijo mi madre, sonriendo aún más. «Sí, esto… una terapia de psicoanálisis, si ve usted a lo que me refiero.» La señora de Broglie parecía un caracol en pleno desierto del Sahara, pero a pesar de todo aguantaba mecha como una jabata. «Sí, por supuesto, la entiendo perfectamente», le dijo mamá, «¿y en qué podría serle útil?» «Pues bien, tengo entendido que conoce usted bien este tipo de… o sea… este tipo de acercamiento… entonces me gustaría poder hablar de ello con usted.» Mamá no daba crédito a su buena suerte: un mantel de lino color tostado, la perspectiva de poder soltarle a alguien toda su ciencia del psicoanálisis y, por si eso fuera poco, la señora de Broglie bailándole el agua (¡oh, sí, desde luego, un día redondo!). Con todo no se pudo resistir porque sabía perfectamente adonde quería llegar la otra. Por muy rústica que sea mi madre intelectualmente hablando, no hay quien se la dé con queso, las cosas como son. Sabía muy bien que el día en que a los de Broglie les interese el psicoanálisis, los gaullistas cantarán la Internacional, y que su éxito repentino llevaba la etiqueta de «el rellano del quinto se encuentra justo encima del del cuarto». Sin embargo, decidió mostrarse magnánima, para demostrarle a la señora de Broglie cuan buena es y cuan abiertos de espíritu son los socialistas, eso sí, sin renunciar a someterla a una pequeña novatada. «Pues claro que sí, querida, encantada. ¿Quiere que vaya algún día a su casa para charlar de todo ello?», le preguntó. La otra puso una cara como si estuviera estreñida, no había previsto un desenlace así, pero se recuperó enseguida y, como mujer de mundo que es, replicó: «No, por Dios, qué disparate, no la voy a hacer bajar a usted, ya subiré yo a verla un momentito.» Mamá ya había conseguido su pequeña satisfacción y no insistió más. «Pues bien, esta tarde estaré en casa, ¿por qué no viene a tomar el té a eso de las cinco?»
La sesión de té fue perfecta. Mamá había hecho las cosas como es debido: el juego de té que le regaló la abuelita, el que tiene dorados y mariposas verdes y rosas, tejas de la pastelería Ladurée y, eso sí, azúcar moreno (un detalle de izquierdas). La señora de Broglie, que acababa de tirarse sus buenos quince minutos en el rellano de debajo, parecía algo descolocada pero satisfecha al fin y al cabo. Y un poco sorprendida también. Pienso que se imaginaba que nuestra casa sería de otra manera. Mamá le hizo todo el paripé de los modales distinguidos y la conversación mundana, incluyendo un comentario experto sobre las mejores tiendas para comprar café, antes de inclinar la cabeza hacia un lado con expresión compasiva y preguntar: «Entonces, querida, ¿le preocupa a usted su nuera?» «Mmm, ah, sí», contestó la otra, que casi había olvidado ya su pretexto y se estrujaba las meninges para encontrar algo que decir. «Sí, está deprimida», fue lo único que se le ocurrió. Mamá se puso entonces el turbo. Después de tanta muestra de generosidad, había llegado el momento de que la señora de Broglie pagara tributo: tuvo que tragarse una lección magistral sobre freudismo, que incluía algunas anécdotas sabrosas sobre las costumbres sexuales del mesías y de sus apóstoles (con detalles trash sobre Melanie Klein), adornada con algunas referencias al MLF [Movimiento de Liberación de la Mujer] y al carácter laico de la educación en Francia. Un programa completo. La señora de Broglie reaccionó como buena cristiana que es. Soportó la afrenta con encomiable estoicismo, mientras pugnaba por convencerse de que así expiaba su pecado de curiosidad flagelándose lo justito, sin exagerar. Ambas se despidieron satisfechas, aunque por motivos distintos, y luego esa noche, durante la cena, mamá dijo: «la señora de Broglie es una santurrona, desde luego, pero también puede ser encantadora.»
Resumiendo, que el señor Ozu tiene a todo el mundo alterado. Olimpia Saint-Nice le dijo a Colombe (que la odia y la llama la «mosquita muerta de los cerdos») que tiene dos gatos y que se muere de ganas de verlos. Jacinthe Rosen no para de comentar el trasiego de idas y venidas en la cuarta planta, y cada vez que lo hace se pone como en trance. Y a mí me apasiona también, pero por otros motivos. Esto fue lo que ocurrió.
Subí en el ascensor con el señor Ozu y nos quedamos bloqueados entre el segundo y el tercer piso durante diez minutos porque un inútil había cerrado mal la reja antes de renunciar a cogerlo y bajar a pie. En esos casos hay que esperar a que alguien se dé cuenta o, si la cosa dura demasiado, alertar a los vecinos gritando, tratando a la vez de no perder la compostura, lo cual tiene su dificultad. Nosotros no gritamos. Nos dio tiempo pues a presentarnos y a conocernos un poquito. Todas las señoras de la casa hubieran dado cualquier cosa por estar en mi lugar. Yo estaba contenta porque mi gran inclinación por lo japonés no puede por menos de alegrarse de hablar con un japonés de verdad. Pero sobre todo, lo que más me gustó fue el contenido de la conversación. Primero me dijo: «Tu madre me ha dicho que estudias japonés en el colegio. ¿Cuál es tu nivel?» Yo primero me hice mentalmente la observación de que otra vez mamá había estado presumiendo para hacerse la interesante y luego contesté en japonés: «Sí, señor, sé algo de japonés, pero no mucho.» Él me dijo a su vez, también en japonés: «¿Quieres que te corrija el acento?», y lo tradujo enseguida al francés. Eso ya de entrada me gustó. Mucha gente habría dicho: «¡Huy, pero qué bien hablas, bravo, es fantástico!», cuando seguro que pronuncio peor que una vaca bretona. Yo contesté en japonés: «Sí, señor, por favor». Él me corrigió una inflexión y añadió en japonés: «Llámame Kakuro.» Yo contesté, siempre en japonés: «Sí, Kakuro-san» y los dos nos reímos. Después fue cuando la conversación (en francés) se hizo apasionante. Me dijo sin preámbulos: «Me interesa mucho nuestra portera, la señora Michel. Me gustaría saber tu opinión.» Conozco a un montón de gente que habría tratado de tirarme de la lengua, disimulando, como quien no quiere la cosa. Pero él fue franco y directo. «Creo que no es lo que todo el mundo piensa», añadió.
Ya hace tiempo que yo también sospecho lo mismo. A simple vista, es una portera como cualquier otra. Pero si se la observa con más atención… pues bien, entonces… hay algo que no cuadra. Colombe la odia y piensa que es un desecho humano. Para Colombe, de todas maneras, cualquiera que no corresponda a su norma cultural es un desecho humano, y la norma cultural de Colombe es el poder social aderezado con la moda de la marca Agnés b. La señora Michel… ¿Cómo diría yo? Irradia inteligencia. Y sin embargo, bien que se esfuerza, ¿eh?, salta a la vista que hace cuanto está en su mano por que la gente piense que es una portera normal y corriente, y por parecer tonta perdida. Pero yo ya la he observado cuando hablaba con Jean Arthens, cuando habla con Neptune sin que se entere Diane, cuando mira a las señoras del edificio que pasan delante de ella sin saludarla siquiera. La señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes.
Bueno, dicho esto, reconozco que no soy vidente. De no ser porque ocurrió algo, yo también habría visto lo mismo que los demás: una portera que está de mal humor la mayor parte del tiempo. Pero ocurrió algo no hace mucho, y tiene gracia que la pregunta del señor Ozu llegue justo ahora. Hace quince días, Antoine Pallières volcó sin querer el carrito de la compra de la señora Michel, que estaba abriendo la puerta de su casa. Antoine Pallières es el hijo del señor Pallières, el industrial del sexto, un tipo que le da lecciones de moral a papá sobre la manera de dirigir el país y que vende armas a traficantes internacionales. El hijo es menos peligroso porque es un cretino redomado, pero nunca se sabe: la nocividad suele ser un capital familiar. Bueno, total, a lo que íbamos, que Antoine Pallières volcó el carrito de la compra de la señora Michel. Se esparcieron por el suelo remolachas, paquetes de pasta, jabón de Marsella y cubitos de caldo concentrado y, asomando por el borde del carrito, que estaba tirado en el suelo, entreví un libro. Digo entreví porque la señora Michel se precipitó a recogerlo todo mirando furiosa a Antoine (que no pensaba mover un dedo para ayudarla, saltaba a la vista) pero también con una sombra de inquietud. Él no se dio cuenta de nada, pero a mí ese segundo me bastó para ver qué libro, o más bien qué tipo de libro había en el carrito de la compra de la señora Michel, porque desde que estudia filosofía, la mesa de Colombe está llena de libros como ése. Era un libro de la editorial Vrin, ésa especializada en filosofía universitaria. ¿Qué hace una portera con un libro de Vrin en su carrito de la compra? Es evidentemente la pregunta que yo me hice, al contrario que Antoine Pallières.
«Yo también lo creo», le dije al señor Ozu y, de vecinos, al instante pasamos a una relación más íntima, la de conspiradores. Intercambiamos impresiones sobre la señora Michel, el señor Ozu me dijo que apostaba a que era una princesa clandestina y erudita, y nos despedimos en eso, prometiéndonos mutuamente que investigaríamos más.
He aquí pues mi idea profunda del día: es la primera vez que conozco a alguien que busca a la gente y ve más allá de las apariencias. Puede parecer trivial, pero yo creo sin embargo que es profundo. Nunca vemos más allá de nuestras certezas y, lo que es más grave todavía, hemos renunciado a conocer a la gente, nos limitamos a conocernos a nosotros mismos sin reconocernos en esos espejos permanentes. Si nos diéramos cuenta, si tomáramos conciencia del hecho de que no hacemos sino mirarnos a nosotros mismos en el otro, que estamos solos en el desierto, enloqueceríamos. Cuando mi madre le ofrece tejas de la pastelería Ladurée a la señora de Broglie, se cuenta a sí misma la historia de su vida y se limita a mordisquear su propio sabor; cuando papá se bebe su café y se lee su periódico, se contempla en un espejo al estilo del método Coué; cuando Colombe habla de las conferencias de Marian, despotrica sobre su propio reflejo; y cuando la gente pasa delante de la portera, no ve más que vacío porque se trata de otra persona, no de ellos mismos.
Yo suplico al destino que me dé la oportunidad de ver más allá de mí misma y de conocer a la gente.
Bajo la cáscara
Pasan varios días.
Como todos los martes, Manuela viene a visitarme a mi casa. Antes de que entre y cierre la puerta me da tiempo a oír a Jacinthe Rosen charlando con la joven señora Meurisse ante un ascensor que no se digna hacer acto de presencia cuando se requiere.
– ¡Mi hijo dice que los chinos son intratables! Debido a la patata, antes mencionada, que tiene en la boca, la señora Rosen no dice los chinos sino los tsinos. Yo siempre he soñado con visitar Tsina. Se me antoja más interesante que ir a China.
– Ha despedido a la baronesa -me anuncia Manuela, que tiene las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes-, y a todos los demás con ella.
Adopto un aire inocente a más no poder.
– ¿Quién? -inquiero.
– ¡Pues el señor Ozu, quién va a ser! -exclama Manuela, mirándome con reprobación.
Hay que decir que, desde hace quince días, en el edificio no se habla (no se murmura) de otra cosa más que de la instalación del señor Ozu en el piso del difunto Pierre Arthens. En este lugar fosilizado, prisionero de los hielos del poder y la ociosidad, la llegada de un nuevo residente y los actos absurdos que bajo sus órdenes han realizado profesionales tan pasmosamente numerosos, que hasta Neptune ha renunciado a olisquearlos a todos, esta llegada, como digo, ha levantado un viento de excitación y de pánico mezclados. Pues la aspiración convenida a la salvaguarda de las tradiciones y la consecuente reprobación por todo lo que, de lejos o de cerca, evoque la nueva riqueza -entre otras cosas, la ostentación en las obras de decoración de interiores, la compra de material de alta fidelidad o el frecuente recurso a los platos preparados de las mejores tiendas de la ciudad- disputaba al señor Ozu a una sed más profunda, anclada en las tripas de todas esas almas cegadas por el tedio: la de la novedad. Por ello, el número 7 de la calle Grenelle vibró durante quince días al ritmo de las idas y venidas de pintores, ebanistas, fontaneros, diseñadores de cocinas, empleados que traían muebles, alfombras y material electrónico, así como de mozos de mudanza, que el señor Ozu había contratado para, a todas luces, transformar de arriba abajo una cuarta planta que todos se morían de ganas de visitar. Los Josse y los Pallières dejaron de coger el ascensor y, descubriéndose un vigor inesperado, deambularon a todas horas por el rellano del cuarto, por el cual, como es obvio, tenían que transitar para salir de su casa y para regresar a ella. Fueron objeto de la envidia generalizada. Bernadette de Broglie intrigó para tomar el té en casa de Solange Josse, pese a que ésta es socialista, mientras que Jacinthe Rosen se ofreció voluntaria para llevarle a Sabine Pallières a su casa un paquete que acababan de dejar en la portería y que, encantada de poder ahorrarme el esfuerzo, le confié con toda profusión de ademanes hipócritas.
Ya que, única entre todos, eludía cuidadosamente al señor Ozu. Nos cruzamos dos veces en el vestíbulo pero siempre estaba acompañado y se limitó a saludarme educadamente, a lo que yo respondí de idéntica manera. Nada en él delataba otros sentimientos que no fueran la cortesía y una indiferente benevolencia. Pero de la misma manera que los niños huelen bajo la cáscara de las conveniencias la verdadera textura de la que están hechos los seres, mi radar interno, presa de un pánico repentino, me indicaba que el señor Ozu me consideraba con atención paciente.
Sin embargo, su secretario subvenía a todas las tareas que requerían contacto conmigo. Imagino que Paul N'Guyen contribuía en algo a la fascinación que la llegada del señor Ozu suscitaba en los autóctonos. Era el joven más apuesto que hallarse pueda. De Asia, de donde era originario su padre, había tomado prestadas la distinción y la misteriosa serenidad. A Europa y a su madre (una rusa blanca) debía su gran estatura y sus pómulos eslavos, así como unos ojos claros y muy ligeramente rasgados. En él se aunaban la virilidad y la delicadeza, se realizaba la síntesis de la belleza masculina y la dulzura oriental.
Me había enterado de su ascendencia un día en que, al concluir una tarde de frenético ajetreo en la que lo había visto muy ocupado, al llamar a mi puerta para anunciarme la llegada temprana al día siguiente de una nueva hornada de entregas a domicilio, le propuse una taza de té que aceptó con sencillez. Conversamos con exquisita indolencia. ¿Quién hubiera dicho que un hombre joven, apuesto y competente -pues, cielo santo, eficaz desde luego era, como habíamos podido juzgar al verlo organizar las obras y, sin parecer nunca desbordado o cansado, llevarlas a término con total tranquilidad- sería asimismo del todo carente de esnobismo? Cuando se marchó, dándome las gracias con efusividad, caí en la cuenta de que, con él, había olvidado hasta la idea de disimular mi verdadera naturaleza. Pero vuelvo a la noticia del día.
– Ha despedido a la baronesa y a todos los demás con ella.
Manuela no esconde su alegría. Anna Arthens, al abandonar París, prometió a Violette Grelier que la recomendaría al nuevo propietario. El señor Ozu, respetuoso de los deseos de la viuda a la que compraba un bien y desgarraba el corazón, había aceptado recibir a su personal de servicio y entrevistarse con éste. Los Grelier, protegidos por Anna Arthens, podrían haber encontrado una colocación escogida en una buena casa, pero Violette acariciaba la loca esperanza de permanecer allí donde, según sus propias palabras, había pasado sus mejores años.
– «Marcharme sería como morir», le había confiado a Manuela. «Bueno, no hablo por usted, mujer. A usted no le quedará más remedio que resignarse a ello.»
– Resignarme a ello, tururú que te vi -dice Manuela que, desde que, siguiendo mi consejo, vio Lo que el viento se llevó, se cree que es la Escarlata de los suburbios de París-. ¡Ella se va y yo me quedo!
– ¿El señor Ozu quiere contratarla? -le pregunto.
– No se lo va a creer -me dice-. ¡Me ha contratado doce horas a la semana con un sueldo de princesa!
– ¡Doce horas! -exclamo-. ¿Y cómo se va a apañar usted?
– Voy a dejar tirada a la señora Pallières -responde, al borde del éxtasis-, voy a dejar tirada a la señora Pallières.
Y porque de las cosas de verdad buenas hay que abusar:
– Sí -repite-, voy a dejar tirada a la señora Pallières.
Saboreamos un momento en silencio este aluvión de buenas noticias.
– Voy a hacer un té -digo, interrumpiendo nuestra beatitud-. Un té blanco, para celebrar el acontecimiento.
– Ah, se me olvidaba -dice Manuela-, he traído esto.
Y me enseña una bolsita de papel de seda beis. Procedo a desatar el lacito de terciopelo azul. En el interior, unos frutos secos cubiertos de chocolate negro resplandecen como diamantes tenebrosos.
– Me paga veintidós euros por hora -dice Manuela, colocando las tazas y volviendo después a sentarse, no sin antes pedirle cortésmente a León que se vaya a ver mundo-. ¡Veintidós euros! ¿No le parece increíble? ¡Los demás me pagan ocho, diez, once! La pretenciosa de la señora Pallières me paga ocho euros y deja tiradas las bragas sucias debajo de la cama.
– Quizá él también deje tirados los calzoncillos sucios debajo de la cama -le digo, sonriendo.
– Huy, no le pega nada -me contesta Manuela, de pronto pensativa-. Lo que sí espero es saber hacer mi trabajo. Porque allí arriba hay muchas cosas raras, ¿sabe usted? Hay que regar y vaporizar todos esos bonzos.
Manuela habla de los bonsáis del señor Ozu. Son muy grandes, con formas esbeltas, y no presentan en absoluto ese aspecto torturado que suele causar tan mala impresión. Se me antojó, mientras los transportaban por el vestíbulo, que provenían de otro siglo y en sus hojas, que un murmullo parecía atravesar, exhalaban la visión fugitiva de un bosque lejano.
– ¡Nunca hubiera imaginado que los decoradores hicieran eso! -prosigue Manuela-. ¡Destruirlo todo para luego volver a construirlo!
Para Manuela, un decorador es un ser etéreo que dispone cojines sobre divanes dispendiosos y retrocede luego dos pasos para admirar el efecto creado.
– Echan abajo las paredes a mazazos -me había anunciado Manuela una semana antes, casi sin aliento, mientras subía de dos en dos los escalones armada con una escoba desmesurada.
– ¿Sabe?… Ahora han dejado la casa preciosa. Me encantaría que la visitara.
– ¿Cómo se llaman sus gatos? -pregunto entonces para cambiar de tema y quitarle a Manuela de la cabeza tan peligroso capricho.
– ¡Oh, son preciosos! -contesta, considerando a León con expresión consternada-. Son muy delgados y avanzan sin ruido, haciendo así.
Describe con la mano unas extrañas ondulaciones.
– ¿Y sabe usted cómo se llaman? -sigo preguntando.
– La gata se llama Kitty, pero el gato ya no me acuerdo -me dice.
Una gota de sudor frío bate todas las marcas de velocidad bajando por mi columna vertebral.
– ¿Levin? -sugiero.
– Sí -me dice-, eso es, Levin. ¿Cómo lo sabe?
Frunce el ceño.
– ¿No se tratará de ese revolucionario, espero?
– No -le digo-, el revolucionario es Lenin. Levin es el protagonista de una gran novela rusa.
Kitty es la mujer de la que está enamorado.
– Ha mandado cambiar todas las puertas -prosigue Manuela, que siente un interés moderado por las grandes novelas rusas-. Ahora son correderas. Pues bien, tiene que creerme, es mucho más práctico. Me pregunto por qué no hacemos igual los demás. Se gana mucho espacio y hacen menos ruido.
Cuán cierto es. Una vez más, Manuela hace gala de ese brío en su capacidad de síntesis que tanto le admiro. Pero este comentario anodino provoca también en mí una sensación deliciosa que responde a otros motivos.
Ruptura y continuidad
Dos motivos, ligados también a las películas de Ozu.
El primero reside en las puertas correderas en sí. Ya desde la primera película, El sabor del arroz con té verde, me fascinó el espacio de vida japonés y esas puertas correderas que, deslizándose suavemente sobre sus invisibles raíles, rehúsan hender el espacio. Pues, cuando abrimos una puerta, transformamos los lugares de manera bien mezquina. Coartamos su plena extensión e introducimos en ellos una brecha imprudente a fuerza de malas proporciones. Pensándolo bien, no hay nada más feo que una puerta abierta. En la habitación en la que está, introduce una suerte de rotura, como un parásito marginal que rompe la unidad del espacio. En la habitación contigua, engendra una depresión, una grieta abierta y estúpida, perdida en un trozo de pared que hubiese preferido permanecer entero. En ambos casos, perturba el espacio sin más contrapartida que la licencia de circular, la cual puede sin embargo garantizarse mediante otros procedimientos. La puerta corredera, por el contrario, evita los escollos y magnifica el espacio. Sin modificar su equilibrio, permite su metamorfosis. Cuando se abre, dos lugares se comunican entre sí sin ofenderse mutuamente. Cuando se cierra, devuelve a cada uno su integridad. La puesta en común y la reunión se realizan sin intrusión. La vida es en los espacios japoneses un tranquilo paseo, mientras que en los nuestros se asemeja a una larga serie de fracturas.
– Es verdad -le digo a Manuela-, es más práctico y menos brutal.
El segundo motivo viene de una asociación de ideas que, de las puertas correderas, me ha llevado a los pies de las mujeres. En las películas de Ozu son innumerables los planos en los que el actor abre la puerta, entra en el hogar y se descalza. Las mujeres sobre todo muestran en el encadenamiento de estas acciones un talento singular. Entran, deslizan la puerta a lo largo de la pared, efectúan dos rápidos pasitos que las llevan al pie del espacio sobreelevado en que consisten las habitaciones, se quitan sin inclinarse unos zapatos sin cordones y, en un movimiento de piernas fluido y grácil, giran sobre sí mismas una vez escalada la plataforma que abordan de espaldas. Las faldas se ahuecan ligeramente, la flexión de rodillas, requerida para la ascensión, es enérgica y precisa, el cuerpo acompaña sin esfuerzo este semicírculo de los pies, que prosigue con un paso curiosamente quebrado, como si los tobillos estuvieran trabados por ligaduras. Pero, mientras que por lo general los gestos trabados evocan una suerte de coacción, esos pasitos animados de una incomprensible sacudida confieren a los pies de las mujeres su categoría de obra de arte. Cuando caminamos, nosotros occidentales, porque nuestra cultura así lo quiere, tratamos de restituir, en la continuidad de un movimiento que concebimos sin sacudidas, lo que creemos ser la esencia misma de la vida: la eficacia sin obstáculo, la acción fluida que, en la ausencia de ruptura, figura el impulso vital mediante el cual todo se realiza. Aquí, nuestra norma es el guepardo en acción; todos sus gestos se funden armoniosamente, no se puede distinguir uno del que lo sigue, y la carrera del gran felino se nos antoja un único y largo movimiento que simboliza la perfección profunda de la vida. Pero cuando las mujeres japonesas quiebran con sus pasos entrecortados el poderoso despliegue del movimiento natural, aun cuando tendríamos que experimentar el tormento que se apodera del alma al asistir al espectáculo de la naturaleza ultrajada, se produce al contrario en nosotros un extraño gozo, como si la ruptura produjera el éxtasis, y el grano de arena, la belleza. En esta ofensa perpetrada contra el ritmo sagrado de la vida, en este andar contrariado, en la excelencia nacida de la traba, tenemos un paradigma del Arte.
Entonces, propulsado fuera de la naturaleza que lo querría continuo, haciéndose por su discontinuidad misma a la vez renegado y notable, el movimiento alcanza la categoría de creación estética.
Pues el Arte es la vida, pero con otro ritmo.
Idea profunda n°10
La gramática
estrato de conciencia
que lleva a la belleza.
Por lo general, por las mañanas siempre saco un ratito para escuchar música en mi cuarto. La música desempeña una función muy importante en mi vida. Es lo que me permite soportar… pues… todo lo que hay que soportar: mi hermana, mi madre, el colegio, Achille Grand-Fernet, etc. La música no es sólo un placer para el oído como la gastronomía lo es para el paladar, o la pintura, para los ojos. Si pongo música por la mañana tampoco es que la razón sea muy original: lo hago porque determina el tono del día. Es muy sencillo y, a la vez, muy complicado de explicar: creo que podemos elegir nuestros estados de ánimo porque poseemos una consciencia con varios estratos y tenemos la manera de acceder a ellos. Por ejemplo, para escribir una idea profunda, tengo que ponerme a mí misma en un estrato muy especial, si no, no me vienen las ideas y las palabras a la cabeza. Tengo que olvidarme de mí misma y a la vez estar súper concentrada. Pero no es una cuestión de «voluntad», es un mecanismo que se puede accionar o no, como rascarse la nariz o hacer una voltereta para atrás. Y para accionar el mecanismo, no hay nada mejor que un poquito de música. Por ejemplo, para relajarme, pongo algo que me haga alcanzar como un estado de ánimo distanciado en el que las cosas no me llegan de verdad, las miro como quien ve una película: un estrato de consciencia «desapegado». En general, para ese estrato escucho jazz o, más eficaz a largo plazo aunque tarden más en notarse los efectos, Dire Straits (viva el mp3).
Esta mañana pues he escuchado a Glenn Miller antes de salir para el colegio. Se diría que no lo he escuchado durante el tiempo suficiente. Cuando se ha producido el incidente, he perdido todo mi desapego. Ha sido en clase de lengua, con la señora Magra (que es un antónimo con patas de tantos michelines como tiene). Además, se viste de rosa. Me encanta el rosa, pienso que es un color injustamente tratado, se suele atribuir a los bebés o a las mujeres que se maquillan como puertas, cuando el rosa es un color muy sutil y delicado, que tiene mucha presencia en la poesía japonesa. Pero el rosa y la señora Magra es un poco como el tocino y la velocidad. Bueno, total, que esta mañana tenía clase de lengua con ella. Ya de por sí es un rollazo. La lengua con la señora Magra se resume a una larga serie de ejercicios técnicos, poco importa si hacemos gramática o comentario de texto. Con ella, parece que un texto se ha escrito para que se puedan identificar los personajes, el narrador, los lugares, las peripecias, los tiempos de la narración, etc. Creo que no se le ha pasado jamás por la cabeza que, ante todo, un texto se escribe para ser leído y para provocar emociones en el lector. Para que os hagáis una idea, nunca nos ha preguntado: «¿Os ha gustado este texto/este libro?» Sin embargo es ésta la única pregunta que podría dar sentido al estudio de los puntos de vista narrativos o de la construcción de la trama… Por no hablar del hecho de que, en mi opinión, los alumnos de nuestra edad tenemos un espíritu más abierto a la literatura que los de bachillerato o los estudiantes universitarios. Me explico: a nuestra edad, por poco que se nos hable de algo con pasión y tocando las cuerdas adecuadas (las del amor, la rebelión, la sed de novedades, etc.), es muy fácil captar nuestro interés. Nuestro profesor de historia, el señor Lermit, supo apasionarnos en sólo dos clases enseñándonos fotos de gente a la que se había cortado una mano o los labios, en aplicación de la ley coránica, porque habían robado o fumado. Sin embargo, no lo hizo en plan peli gore. Era sobrecogedor, y todos escuchamos con atención la clase siguiente, que ponía en guardia contra la locura de los hombres, y no específicamente contra el islam. Entonces, si la señora Magra se hubiera tomado la molestia de leernos con la entonación adecuada algunos versos de Racine («Y que el día amanezca y que el día agonice/sin que ya nunca pueda ver Tito a Berenice»), habría visto que el adolescente típico está maduro para abordar la tragedia amorosa. Una vez en el instituto, las cosas se ponen más difíciles: la edad adulta asoma ya la cabeza, empiezan a intuirse las costumbres de los mayores, uno se pregunta qué papel y qué lugar heredará en la obra y, además, se ha estropeado ya algo, la pecera está a la vuelta de la esquina.
Entonces, cuando esta mañana, añadiéndose al rollazo habitual de una clase de literatura sin literatura y de una clase de lengua sin inteligencia de la lengua, he experimentado un sentimiento extraño, inclasificable, no he podido contenerme. La profesora estaba tratando el epíteto, con el pretexto de que en nuestras redacciones brillaba por su ausencia «cuando deberíais ser capaces de emplearlo desde tercero de primaria». «Alumnos tan incompetentes en gramática como vosotros, desde luego, es como pa' pegarse un tiro», ha añadido luego, mirando especialmente a Achille Grand-Fernet. No me cae bien Achille pero tengo que decir que estaba de acuerdo con la pregunta que le ha hecho a la profesora. Creo que se imponía algo así. Además, que una profesora de letras diga pa' en lugar de «para», a mí me choca, qué queréis que os diga. Es como si un barrendero se dejara sin recoger del suelo las bolas de pelusa de polen. «Pero la gramática, ¿para qué sirve?», le ha preguntado Achille. «Deberías saberlo», le ha contestado doña Me-pagan-para-que-os-lo-enseñe. «Pues no», ha replicado Achille con sinceridad, por una vez, «nadie se ha tomado nunca la molestia de explicárnoslo». La profesora ha dejado escapar un largo suspiro, en plan «encima tengo que tragarme estas preguntas estúpidas», y ha respondido: «Sirve para hablar bien y escribir bien.»
Entonces he creído que me iba a dar un infarto. Nunca había oído tamaña ineptitud. Y con esto no quiero decir que no sea verdad, digo que es una ineptitud como una casa. Decir a unos adolescentes que ya saben leer y escribir que la gramática sirve para eso, es como decirle a alguien que se tiene que leer una historia de los cuartos de baño a través de los siglos para saber hacer bien pis y caca. ¡No tiene sentido! Si todavía nos hubiera demostrado, con ejemplos, que hay que saber ciertas cosas sobre la lengua para utilizarla bien, entonces bueno, por qué no, puede ser una base para empezar. Por ejemplo, que saber conjugar un verbo en todos los tiempos te evita cometer errores gordos que te avergüenzan delante de todo el mundo en una cena mundana («Hubiera veído esa película que comentáis, si no me habrían aconsejado antes que no lo haciese.») O que, para escribir como es debido una invitación para unirse a una pequeña orgía en el castillo de Versalles, conocer las reglas de concordancia entre sujeto y verbo puede resultar muy útil. De esta manera uno se ahorra torpezas como ésta: «Querido amigo, si esa gente que usted y yo conocemos quisieran venir a Versalles esta noche, me complacería mucho recibirlas. La Marquesa de Grand-Fernet.» Pero si la señora Magra se cree que la gramática sólo sirve para eso… De niños hemos sabido conjugar un verbo antes de saber siquiera que se trataba de un verbo. Y, si bien el saber puede ayudar, no creo sin embargo que sea algo decisivo.
Yo en cambio creo que la gramática es una vía de acceso a la belleza. Cuando hablas, lees o escribes, sabes muy bien si has hecho una frase bonita, o si estás leyendo una. Eres capaz de reconocer una expresión elegante o un buen estilo. Pero cuando se estudia gramática, se accede a otra dimensión de la belleza de la lengua. Hacer gramática es observar las entrañas de la lengua, ver cómo está hecha por dentro, verla desnuda, por así decirlo. Y eso es lo maravilloso, porque te dices: «Pero ¡qué bonita es por dentro, qué bien formada!», «¡Qué sólida, qué ingeniosa, qué rica, qué sutil!». Para mí, sólo saber que hay varias naturalezas de palabras y que hay que conocerlas para poder utilizarlas y para conocer sus posibles compatibilidades, hace que me sienta como en éxtasis. Me parece, por ejemplo, que no hay nada más bello que la idea básica de la lengua, a saber: que hay nombres y verbos. Sabiendo esto, es como si ya te hubieran enunciado la esencia de todo. Es maravilloso, ¿no? Hay nombres, verbos…
Para acceder a toda esta belleza de la lengua que la gramática desvela, ¿quizá también haya que ponerse en un estado de consciencia especial? A mí me da la sensación de que puedo hacerlo sin esfuerzo. Creo que fue cuando tenía dos años, al oír hablar a los adultos, cuando comprendí, esa vez y ya para siempre, cómo está hecha la lengua. Las lecciones de gramática para mí siempre han sido meras síntesis a posteriori o, como mucho, precisiones terminológicas. ¿Se puede enseñar a los niños a hablar bien y a escribir bien estudiando gramática si no han tenido esta iluminación que tuve yo? Misterio. Mientras tanto, todas las señoras Magra de la Tierra harían mejor en preguntarse qué música tienen que ponerles a los alumnos para que puedan entrar en trance gramatical.
Así que le he dicho a la profesora: «Pero ¡qué va, eso es totalmente reductor!» Se ha hecho un gran silencio en la clase porque normalmente yo no suelo abrir la boca y porque le había llevado la contraria a la profesora. Me ha mirado sorprendida y luego ha puesto mala cara, como todos los profes cuando notan que las cosas se complican y que su clasecita facilita sobre el epíteto bien podría convertirse en tribunal de sus métodos pedagógicos. «¿Y qué sabrás tú de esto, señorita Josse?», me ha preguntado con tono acerbo. Todo el mundo contenía la respiración. Cuando la primera de la clase no está contenta, es malo para el cuerpo docente, sobre todo cuando se trata de un cuerpo tan gordo, así que esta mañana teníamos película de suspense y número de circo, programa doble por el mismo precio: todo el mundo aguardaba para ver el resultado del combate, con la esperanza de que sería sangriento.
«Pues bien, habiendo leído a Jakobson, se antoja evidente que la gramática es un fin y no sólo un objetivo: es un acceso a la estructura y a la belleza de la lengua, y no sólo un chisme que sirve para manejarse en sociedad.» «¡Un chisme! ¡Un chisme!», ha repetido la profesora con los ojos exorbitados. «¡Para la señorita Josse, la gramática es un chisme!»
Si hubiera escuchado bien mi frase, habría comprendido que, justamente, para mí la gramática no es un chisme. Pero creo que la referencia a Jakobson le ha hecho perder los papeles por completo, sin contar que todo el mundo se reía, incluso Cannelle Martin, sin comprender nada de lo que yo había dicho pero sintiendo que una nubecita negra planeaba sobre la foca de la profesora de lengua. Por supuesto, como os podréis imaginar, nunca he leído nada de Jakobson. Por muy superdotada que sea, prefiero los cómics o la literatura. Pero una amiga de mamá (que es profesora de universidad) hablaba ayer de Jakobson (mientras charlaban, a las cinco de la tarde, ventilándose una botella de vino tinto y un buen pedazo de queso camembert). Y de repente esta mañana se me ha venido a la cabeza.
En ese momento, al ver que la jauría de perros enseñaba ya los colmillos, he sentido compasión. Compasión por la señora Magra. Además no me gustan los linchamientos. Nunca honran a nadie. Por no hablar ya del hecho de que no me apetece en absoluto que alguien venga a hurgar en mi conocimiento de Jakobson y empiece a sospechar sobre la realidad de mi cociente intelectual.
Por eso he dado marcha atrás y me he callado. Me he tenido que quedar dos horas más en el colegio castigada, y la señora Magra ha salvado su pellejo de profesora. Pero al marcharme de clase, he sentido que sus ojillos inquietos me seguían hasta la puerta.
Y, camino de mi casa, me he dicho: desdichados los pobres de espíritu que no conocen ni el trance ni la belleza de la lengua.
Una impresión agradable
Pero Manuela, insensible a los andares de las mujeres japonesas, discurre ya por otros parajes.
– La Rosen pone el grito en el cielo porque no hay dos lámparas iguales -me dice.
– ¿De verdad no las hay? -le pregunto, desconcertada.
– Sí, de verdad -me contesta Manuela -. ¿Y qué más da? En casa de los Rosen lo tienen todo doble, porque les da miedo que falte. ¿Sabe usted la historia preferida de la señora?
– No -respondo, encantada de la amplitud de alcance de nuestra conversación.
– Durante la guerra, su abuelo, que almacenaba un montón de cosas en el sótano, salvó a su familia ayudando a un alemán que buscaba una bobina de hilo para coserse un botón del uniforme. Si no hubiera tenido bobina, estaría muerto, y toda su familia con él. Pues bien, me crea usted o no, en los armarios y en el sótano la señora Rosen lo tiene todo doble. ¿Y acaso es más feliz por ello? ¿Acaso se ve mejor en una habitación porque haya dos lámparas iguales?
– Nunca lo había pensado -digo-. Es verdad que decoramos nuestros interiores con redundancias.
– ¿Con qué ha dicho? -inquiere Manuela.
– Con repeticiones, como en casa de los Arthens. Las mismas lámparas y los mismos jarrones sobre la chimenea, las mismas butacas idénticas a cada lado del sofá, dos mesillas de noche a juego, series iguales de tarros de cristal en la cocina…
– Ahora que lo dice, no se trata sólo de las lámparas -prosigue Manuela-. El caso es que no hay dos cosas iguales en casa del señor Ozu. Y déjeme que le diga que eso crea una impresión agradable.
– Agradable, ¿en qué sentido? -quiero saber. Manuela reflexiona un momento, y se le forman arruguitas en la frente.
– Agradable como después de una fiesta, cuando se ha comido demasiado. Pienso en esos momentos, cuando todo el mundo se ha marchado ya… Mi marido y yo vamos a la cocina y yo preparo un caldito de verduras frescas; corto champiñones crudos en rodajas muy finitas, y nos tomamos el caldo con los champiñones dentro. Tenemos la impresión de salir de una tormenta y que poco a poco vuelve la calma.
– Uno ya no tiene miedo de que le falte nada. Se es feliz con el instante presente.
– Uno siente que es algo natural, que comer es eso.
– Se puede disfrutar de lo que se tiene, nada estorba. Una sensación tras otra.
– Sí, se tiene menos pero se disfruta más.
– ¿Quién puede comer varias cosas a la vez?
– Ni siquiera el pobre señor Arthens.
– Tengo dos lámparas a juego sobre dos mesillas de noche idénticas -digo, al caer de pronto en la cuenta del hecho.
– Y yo también -dice Manuela.
Asiente con la cabeza.
– Quizá estemos enfermos, a fuerza de tener demasiado.
Se levanta, me da un beso y vuelve a casa de los Pallières, a su dura tarea de esclava moderna. Cuando se marcha, permanezco sentada delante de mi taza de té vacía. Queda un fruto seco con chocolate, que mordisqueo por gula con los incisivos, como un ratoncito. Cambiar el modo de comer algo es como degustar un nuevo manjar.
Y medito, saboreando el carácter intempestivo de esta conversación. ¿Alguna vez se ha visto que asistentas y porteras, conversando durante la hora de la pausa, elaboren el sentido cultural de la decoración de interiores? Les sorprendería saber de lo que habla la gente humilde. Prefiere las historias a las teorías, las anécdotas a los conceptos, las imágenes a las ideas. Lo cual no es óbice para filosofar. Así, ¿somos acaso civilizaciones tan carcomidas por el vacío que sólo vivimos en la angustia de la carencia? ¿Sólo disfrutamos de nuestros bienes o de nuestros sentidos cuando estamos seguros de que disfrutaremos más aún? Quizá los japoneses sepan que sólo se saborea un placer porque se sabe que es efímero y único y, más allá de ese saber, son capaces de construir con ello sus vidas.
Ay de mí. Monótona y eterna repetición que una vez más me saca bruscamente de mi ensimismamiento -el tedio nació un día de la uniformidad-, llaman a mi puerta.
Wabi
Es un mensajero mascando un chicle para elefantes, a juzgar por el vigor y la amplitud maxilar que esta masticación requiere.
– ¿La señora Michel? -pregunta,
Me planta un paquete en las manos.
– ¿No tengo que firmar nada? -inquiero.
Pero ya ha desaparecido.
Es un paquete rectangular envuelto en papel de estraza y sujeto con un cordel, como los que se utilizan para cerrar los sacos de patatas o para pasear por la habitación un tapón de corcho para divertir al gato y obligarlo a hacer el único ejercicio al que se presta. De hecho, este paquete con cordel me recuerda a los envoltorios de seda de Manuela pues aunque, en su género, el papel sea por naturaleza más rústico que refinado, hay en el esmero puesto en la autenticidad del empaquetado algo similar y profundamente adecuado. Se observará que la elaboración de los conceptos más nobles parte de lo trivial más tosco. Lo bello es la adecuación es una idea sublime surgida de las manos de un mensajero rumiante.
La estética, a nada que uno reflexione sobre ello con una pizca de seriedad, no es sino la iniciación a la Vía de la Adecuación, una suerte de Vía del Samurai aplicada a la intuición de las formas auténticas. Tenemos todos anclado en nosotros el conocimiento de lo adecuado. Este conocimiento es lo que, en cada instante de nuestra existencia, nos permite aprehender la esencia de la cualidad de lo adecuado y, en esas raras ocasiones en que todo es armonía, disfrutar de ello con la intensidad requerida. Y no hablo de esa suerte de belleza que es dominio exclusivo del Arte. Quienes, como yo, se sienten inspirados por la grandeza de las cosas pequeñas, la buscan hasta en el corazón de lo no esencial, allí donde, ataviada con indumentaria cotidiana, surge de cierto ordenamiento de las cosas corrientes y de la certeza de que es como tiene que ser, de la convicción de que así está bien.
Desato el cordel y rompo el papel. Es un libro, una hermosa edición encuadernada en cuero azul marino, de grano grueso, muy wabi. En japonés, el término wabi significa «una forma desdibujada de lo bello, una clase de refinamiento disfrazado de rusticidad». No sé muy bien qué querrá decir eso, pero esta encuademación es indiscutiblemente wabi.
Me calzo las gafas y descifro el título.
Idea profunda n°11
Abedules
enseñadme que no soy nada
y que soy digna de vivir
Mamá anunció ayer durante la cena, como si fuera motivo suficiente para que corriera el champán a chorros, que hacía diez años justos que había empezado su «psicoanálisis» (pronuncia la palabra como si llevara acento en todas las sílabas). ¡Todo el mundo estará de acuerdo en que es ma-ra-vi-llo-so! Sólo se me ocurre el psicoanálisis para rivalizar con el cristianismo en la predilección por los sufrimientos largos. Lo que mi madre no dice es que también hace diez años que toma antidepresivos. Pero salta a la vista que no se le ocurre que una cosa pueda tener que ver con la otra. A mí me parece que si toma antidepresivos no es para aliviar sus angustias, sino para soportar el psicoanálisis. Cuando te cuenta sus sesiones te dan ganas de darte de cabezazos contra la pared. El tipo dice «mmm» a intervalos regulares repitiendo el final de las frases de mamá («Y he ido donde Lenôtre con mi madre»: «Mmm, ¿con su madre?»; «Me gusta mucho el chocolate»: «Mmm, ¿el chocolate?»). Si es así, mañana mismo me hago yo psicoanalista. Otras veces le endilga conferencias sobre la «Causa freudiana» que, al contrario de lo que la gente piensa, no son jeroglíficos incomprensibles, qué va, tienen sentido, sí, sí. La fascinación por la inteligencia es algo fascinante. Para mí no es un valor en sí. Gente inteligente la hay a patadas. Hay muchos cretinos, pero también hay muchos cerebros muy capaces. Voy a decir una banalidad, pero la inteligencia, en sí, no tiene ningún valor ni ningún interés. Personas inteligentísimas consagraron su vida a la cuestión del sexo de los ángeles, por ejemplo. Pero muchos hombres inteligentes tienen una especie de virus: consideran la inteligencia como un fin. Sólo tienen una idea en la cabeza: ser inteligentes, lo cual es muy estúpido. Y cuando la inteligencia se toma por un objetivo, funciona de manera extraña: la prueba de que existe no reside en el ingenio y la sencillez de sus frutos, sino en la oscuridad de su expresión. Si vierais la literatura que se trae mamá de sus sesiones… Simboliza, aniquila los pensamientos excluidos del inconsciente y subsume lo real a base de matemas y de sintaxis dudosa. ¡Un galimatías sin sentido! Hasta los textos que lee Colombe (está estudiando a Guillermo de Ockham, un franciscano del siglo XIV) son menos grotescos. De lo que se deduce: más vale ser un monje pensante que un pensador posmoderno.
Y, ahí no terminó la cosa, resulta que además era un día freudiano. Por la tarde estaba comiendo chocolate. Me gusta mucho el chocolate, sin duda es lo único que tengo en común con mamá y con mi hermana. Al morder una barrita de chocolate con avellanas, noté que se me partía un diente. Fui a mirarme en el espejo y constaté que, efectivamente, se me había caído otro trocito más de incisivo. El verano pasado, en el mercado de Quimper, me caí al tropezar con una cuerda y se me rompió un poco este diente, y desde entonces, se descascarilla de vez en cuando. Bueno, total, que se me cayó este trocito de diente, y me hizo gracia porque me acordé de una cosa que cuenta mamá sobre un sueño que suele tener: se le caen los dientes, se le ponen negros y se le van cayendo uno tras otro. Y esto es lo que le dijo su psicoanalista acerca de este sueño: «Mi querida señora, un freudiano le diría que es un sueño sobre la muerte.» Tiene gracia, ¿no? Ya no es siquiera la ingenuidad de la interpretación (dientes que se caen = muerte; paraguas = pene, etc.), como si la cultura no fuera un gran poder de sugestión que nada tiene que ver con la realidad del asunto. Es el procedimiento que se supone que asienta la superioridad intelectual («un freudiano le diría») en la erudición distanciada, mientras que en realidad la impresión que da es que es un loro el que habla.
Afortunadamente, para recuperarme de todo eso, hoy he ido a casa de Kakuro a tomar té con unos pastelitos de coco muy ricos y muy finos. Ha venido a casa para invitarme y le ha dicho a mamá: «Nos hemos conocido en el ascensor y hemos dejado a medias una conversación muy interesante.» «¿En serio?», ha dicho mamá, sorprendida. «Pues qué suerte tiene usted, mi hija apenas habla con nosotros.» «¿Quieres venir a tomar una taza de té y a que te presente a mis gatos?», ha preguntado Kakuro, y mamá, por supuesto, atraída por la cola que podrá traer esta historia, se ha apresurado a aceptar la invitación. Ya se estaba montando la película en su cabeza, se veía en plan geisha moderna invitada en casa del rico japonés. Hay que decir que uno de los motivos de la fascinación colectiva por el señor Ozu se debe al hecho de que es de verdad muy rico (según parece). Total, que he ido a su casa a tomar el té y a conocer a sus gatos. Bueno, en lo que a ellos respecta, tampoco me convencen mucho más que los míos, pero al menos los de Kakuro son decorativos. Le he expuesto mi punto de vista, y me ha contestado que creía en la sensibilidad y la capacidad que tiene un roble de irradiar buenas vibraciones, y por lo tanto, con más razón, creía también en las de un gato. De ahí hemos pasado a la definición de la inteligencia, y me ha preguntado si podía anotar mi fórmula en su libreta: «No es un don sagrado, es la única arma que tienen los primates.»
Y luego hemos vuelto a la señora Michel. Él cree que su gato se llama León por León Tolstoi, y los dos estamos de acuerdo en que una portera que lee a Tolstoi, así como libros de la editorial Vrin, quizá se sale un poco de lo corriente. Él tiene incluso elementos muy pertinentes para pensar que le gusta mucho Ana Karenina y está decidido a enviarle un ejemplar. «Así veremos su reacción», me ha dicho.
Pero no es ésta mi idea profunda del día. Viene de una frase que ha dicho Kakuro. Hablábamos de la literatura rusa, que yo no conozco en absoluto. Kakuro me explicaba que lo que le gusta de las novelas de Tolstoi es que son «novelas universo» y, además, que la acción transcurre en Rusia, ese país en el que hay abedules por todas partes y en el que, cuando las campañas napoleónicas, la aristocracia tuvo que volver a aprender el ruso pues ya sólo hablaba francés. Bueno, ésta es una típica conversación de adultos, pero lo bueno con Kakuro es que todo lo hace con educación. Es muy agradable oírlo hablar, aunque te traiga sin cuidado lo que cuenta, porque te habla de verdad, se dirige a ti. Es la primera vez que conozco a alguien que se interesa por mí cuando me habla: no espera aprobación ni desacuerdo, me mira con una expresión como si estuviera diciendo: «¿Quién eres? ¿Quieres hablar conmigo? ¡Cuánto me gusta estar contigo!» A eso me refería cuando hablaba de educación, esta actitud de alguien que le da al otro la impresión de estar ahí. Bueno, así en general, la Rusia de los grandes rusos a mí me importa bastante poco. ¿Que hablaban francés? ¡Pues, qué bien, enhorabuena! Yo también y no exploto a los mujiks. Pero, en cambio, y aunque al principio no he entendido muy bien por qué, he sido sensible a los abedules. Kakuro hablaba del campo ruso con todos esos abedules flexibles, cuyas hojas sonaban como un murmullo, y me he sentido ligera, ligera…
Después, reflexionando un poco sobre ello, he comprendido en parte mi repentina alegría al hablar Kakuro de los abedules rusos. Me ocurre lo mismo cuando se habla de árboles, del árbol que sea: el tilo en el patio de la casa de labor, el roble detrás de la vieja granja, los grandes olmos que hoy ya no existen, los pinos doblados por el viento en las costas ventosas, etc. Hay tanta humanidad en esta capacidad de amar los árboles, tanta nostalgia de nuestros embelesos primeros, tanta fuerza en este sentirse tan insignificante en el seno de la naturaleza… Sí, eso es: la evocación de los árboles, de su majestuosidad indiferente y del amor que por ellos sentimos nos enseña cuan irrisorios somos, viles parásitos que pululamos en la superficie de la tierra, y al mismo tiempo nos hace dignos de vivir, pues somos capaces de reconocer una belleza que no nos debe nada.
Kakuro hablaba de los abedules y, olvidando a los psicoanalistas y a toda esa gente inteligente que no sabe qué hacer con su inteligencia, de pronto me sentía más adulta por ser capaz de comprender la grandísima belleza de estos árboles.