Afilados
Esa misma mañana, a las siete, llaman a mi puerta.
Tardo varios instantes en emerger del vacío. Dos horas de sueño no disponen a mucha afabilidad por el género humano, y los numerosos timbrazos que siguen mientras me pongo bata y zapatillas y me atuso el cabello, extrañamente esponjoso, no estimulan mi altruismo.
Abro la puerta y me encuentro cara a cara con Colombe Josse.
– Bueno, ¿qué, estaba atrapada en un atasco?
Me cuesta creer lo que oigo.
– Son las siete -digo.
Ella me mira.
– Sí, lo sé – dice.
– La portería abre a las ocho -le indico, haciendo un enorme esfuerzo por contenerme.
– ¿Cómo que a las ocho? -pregunta con aire escandalizado-. Ah, pero ¿hay un horario?
No, la vivienda de los porteros es un santuario protegido que no conoce ni el progreso social ni las leyes salariales.
– Sí -digo, incapaz de pronunciar una sola palabra más.
– Ah -contesta ella con voz perezosa-. Bueno, pero ya que estoy aquí…
– … volverá usted más tarde -digo, cerrándole la puerta en las narices y dirigiéndome hacia la tetera. Al otro lado del cristal, la oigo exclamar: «Pero ¡bueno, esto es el colmo!», dar media vuelta, furiosa, y pulsar con rabia el botón de llamada del ascensor.
Colombe Josse es la hija mayor de los Josse. Colombe Josse es también una especie de engendro rubio que se viste como una gitana pobre. Si hay algo que aborrezco es esta perversión de los ricos que consiste en vestirse como pobres, con trapos dados de sí, gorros de lana gris, zapatos de clochard y camisas de flores que asoman bajo jerséis raídos. No sólo es feo, sino también insultante; no hay nada más despreciable que el desdén de los ricos por el deseo de los pobres.
Por desgracia, Colombe Josse también lleva una brillante carrera académica. El otoño pasado entró en la École Nórmale Supérieure, en la sección de Filosofía. Me preparo un té y biscotes con mermelada de ciruela Claudia tratando de dominar el temblor de rabia que agita mi mano, mientras un insidioso dolor de cabeza se infiltra bajo los huesos de mi cráneo. Me doy una ducha, nerviosa, me visto, abastezco a León de alimentos abyectos (paté de cabeza y restos de cortezas de cerdo húmedas y pegajosas), salgo al patio, saco los cubos de basura, saco a Neptune del cuartito de la basura y, a las ocho, cansada de todas estas salidas, regreso de nuevo a mi cocina, igual de nerviosa que cuando la dejé.
En la familia Josse está también la benjamina, Paloma, que es tan discreta y diáfana que tengo la impresión de no verla jamás, aunque vaya todos los días al colegio, pues bien, a ella precisamente me envía Colombe, a las ocho en punto, como emisaria. Qué maniobra más cobarde.
Me encuentro a la pobre niña (¿qué edad tendrá?, ¿once años, doce?) ante el felpudo de mi puerta, rígida como la ley. Respiro hondo -no descargar sobre el inocente la ira que ha provocado el maligno- y trato de sonreír con naturalidad.
– Buenos días, Paloma -le digo.
La niña tritura el bajo de su chaleco rosa, expectante.
– Buenos días -dice, con una vocecilla aguda.
La miro con atención. ¿Cómo he podido no darme cuenta hasta ahora? Algunos niños tienen el difícil don de dejar helados a los adultos. Nada en su comportamiento corresponde a lo que se espera de su edad. Son demasiado graves, demasiado serios, demasiado imperturbables y, al mismo tiempo, tremendamente afilados. Sí, afilados. Al mirar a Paloma con más atención, discierno una afilada agudeza, una sagacidad helada que si interpreté como reserva, me digo, fue sólo porque me resultaba imposible imaginar que la trivial Colombe pudiera tener por hermana a una jueza de la Humanidad.
– Mi hermana Colombe me manda avisarla de que van a traer un sobre muy importante para ella -dice Paloma.
– Muy bien -contesto, velando por no dulcificar mi tono, como hacen los adultos cuando hablan a los niños, lo cual, a fin de cuentas, no es sino una marca de desprecio tan grande como la ropa de pobre que llevan los ricos.
– Pregunta si puede usted subírselo luego a casa -prosigue Paloma.
– Sí -le contesto.
– Vale -añade Paloma.
Y se queda ahí.
Es muy interesante.
Se queda ahí mirándome tranquilamente, sin moverse, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo y la boca un poco entreabierta. Tiene unas trenzas raquíticas, gafas de montura rosa y unos enormes ojos claros.
– ¿Quieres tomar un chocolate? -le pregunto, porque no se me ocurre otra cosa.
Ella asiente con la cabeza, igual de imperturbable que antes.
– Entra -le digo-, justamente me estaba tomando un té.
Y dejo abierta la puerta de la portería, para atajar toda imputación de rapto.
– Yo también prefiero té, si no le molesta -me dice.
– No, claro que no – respondo, algo sorprendida, observando mentalmente que empiezan a acumularse ciertos datos: jueza de la Humanidad, bonita manera de expresarse, reclama té.
Se sienta en una silla y columpia los pies en el aire mirándome mientras le sirvo una taza de té de jazmín. Se la dejo delante y me siento ante la mía.
– Todos los días me las apaño para que mi hermana me tome por una retrasada mental -me declara tras un largo sorbo de especialista-. Mi hermana, que pasa noches enteras con sus amigos fumando, bebiendo y hablando como los jóvenes de los suburbios porque piensa que su inteligencia no se puede poner en duda.
Lo cual le va que ni pintado a la moda SDF [clochard].
– Estoy aquí como mensajera porque es una cobarde y una miedica -prosigue Paloma sin dejar de mirarme fijamente con sus grandes ojos límpidos.
– Bueno, al menos esto nos habrá proporcionado la ocasión de conocernos -comento educadamente.
– ¿Puedo volver alguna vez? -pregunta, y hay como una súplica en su voz.
– Claro, eres siempre bienvenida. Pero temo que te puedas aburrir, no hay mucho que hacer aquí.
– Sólo querría estar tranquila -replica.
– ¿No puedes estar tranquila en tu habitación?
– No -dice-, no estoy tranquila si todo el mundo sabe dónde estoy. Antes, me escondía. Pero ahora ya han descubierto todos mis escondites.
– Pero ¿sabes?, a mí también me molestan continuamente. No sé si podrás pensar tranquila aquí.
– Me puedo quedar ahí. -Señala el sillón delante del televisor encendido, sin sonido-. La gente viene para verla a usted, nadie me molestará.
– Yo encantada de que vengas -le digo-, pero antes tenemos que preguntarle a tu madre si le parece bien.
Manuela, que empieza el trabajo a las ocho y media, asoma la cabeza por la puerta abierta. Se dispone a decirme algo cuando descubre a Paloma y su taza de té humeante.
– Pase, pase -le digo-, estábamos tomando algo mientras charlábamos un poco.
Manuela enarca una ceja, lo que significa, al menos en portugués: ¿Qué está haciendo ella aquí? Yo me encojo imperceptiblemente de hombros. Manuela frunce los labios, perpleja.
– ¿Y bien? -me pregunta no obstante, incapaz de esperar.
– ¿Vuelve usted luego un momentito? -le digo, con una gran sonrisa.
– Ah -dice Manuela al ver mi sonrisa-, Muy bien, muy bien, sí, luego vuelvo, como siempre. Luego, mirando a Paloma:
– Bueno, pues luego vuelvo. Y, educadamente:
– Adiós, señorita.
– Adiós -contesta Paloma, esbozando su primera sonrisa, una pobre sonrisita sin fuerzas que me parte el corazón.
– Tienes que volver ya a casa -le digo-. Tu familia se va a preocupar.
Se levanta y se dirige hacia la puerta arrastrando los pies.
– Es obvio -me dice-, que es usted muy inteligente.
Y como, desconcertada, no digo nada, añade:
– Ha encontrado el mejor escondite.
Ese invisible
El sobre que un mensajero deja en la portería para Su Majestad Colombe de la Escoria está abierto.
Abierto del todo, nunca estuvo cerrado. La solapa adhesiva conserva aún su tira protectora blanca, y el sobre entreabre su boca como un zapato viejo, desvelando un taco de hojas encuadernadas con espiral.
¿Por qué no se han tomado la molestia de cerrarlo?, me pregunto, descartando la hipótesis de la confianza en la probidad de los mensajeros y las porteras y suponiendo más bien la convicción de que el contenido del sobre no los interesará.
Juro y perjuro que es la primera vez y suplico que se tengan en cuenta los hechos (noche corta, lluvia de verano, Paloma, etc.).
Saco con cuidado del sobre el taco de hojas.
Colombe Josse, El argumento de potentia dei absoluta, tesina de máster bajo la dirección del Profesor Manan, Universidad de París-I, la Sorbona.
Sujeta con un clip a la cubierta hay una tarjeta de visita:
Querida Colombe Josse:
Aquí tiene mis anotaciones. Gracias por el mensajero.
Nos vemos mañana en el Saulchoir.
Cordialmente,
J. Marian
Se trata de filosofía medieval, o al menos así me informa la introducción al asunto. Es incluso una tesina sobre Guillermo de Ockham, monje franciscano y filósofo lógico del siglo XIV. En cuanto al Saulchoir, es una biblioteca de «ciencias religiosas y filosóficas» que se encuentra en el distrito XIII y que regentan unos frailes dominicos. Posee un importante fondo de literatura medieval, con, apuesto, las obras completas de Guillermo de Ockham en latín y en quince tomos. ¿Que cómo lo sé? Pues porque fui hace unos años. ¿Por qué? Por nada. Había descubierto en un plano de París esta biblioteca que parecía abierta a todo el mundo y fui a visitarla como coleccionista que soy. Recorrí los pasillos de la biblioteca, más bien vacíos, ocupados exclusivamente por ancianos muy doctos y estudiantes de aire pretencioso. Siempre me fascina la abnegación con la que nosotros los humanos somos capaces de dedicar una gran energía a la búsqueda de la nada y a la combinación de ideas inútiles y absurdas. Charlé sobre patrística griega con un joven que estaba redactando una tesis doctoral y me pregunté cómo tanta juventud podía malograrse de esa manera al servicio de la nada. Cuando se piensa bien en que lo que preocupa ante todo al primate es el sexo, el territorio y la jerarquía, la reflexión sobre el sentido de la oración en Agustín de Hipona se antoja relativamente fútil. Desde luego, se argüirá sin duda que el hombre aspira a un sentido que va más allá de las pulsiones. Pero yo replico que dicha objeción es a la vez muy cierta (¿qué decir, si no, de la literatura?) y muy falsa: el sentido es en sí otra pulsión, es incluso la pulsión llevada hasta su grado más alto de realización, pues utiliza el medio más eficaz, la comprensión, para lograr su objetivo. Pues esta búsqueda de sentido y de belleza no es el signo de la elevada naturaleza del hombre que, escapando a su animalidad, supuestamente encontraría en las luces del espíritu la justificación de su ser; no, es un arma afilada al servicio de un fin material y trivial. Y cuando el arma se toma a sí misma como objeto, es una simple consecuencia de ese cableado neuronal específico que nos distingue de los otros animales y, al permitirnos sobrevivir gracias a ese medio eficaz, la inteligencia, nos ofrece también la posibilidad de la complejidad sin fundamento, del pensamiento sin utilidad, de la belleza sin función. Es como un virus informático, una consecuencia sin consecuencia de la sutileza de nuestro córtex, una desviación superflua que utiliza inútilmente medios disponibles.
Pero incluso cuando la búsqueda no divaga así de esta manera, no deja de ser una necesidad que no contraviene la animalidad. La literatura, por ejemplo, tiene una función pragmática. Como toda forma de Arte, tiene como misión hacer soportable el cumplimiento de nuestros deberes vitales. Para un ser que, como el humano, da forma a su destino a fuerza de reflexión y reflexividad, el conocimiento así obtenido tiene el carácter insoportable de toda lucidez desnuda. Sabemos que somos animales dotados de un arma de supervivencia y no dioses que dan forma al mundo con su propio pensamiento, y desde luego hace falta algo para que esta sagacidad sea para nosotros tolerable, algo que nos salve de la triste y eterna fiebre de los destinos biológicos. Entonces, inventamos el Arte, este otro procedimiento del animal que somos, con el fin de que nuestra especie sobreviva.
Que nada complace tanto a la verdad como la sencillez a la hora de expresarla es la lección que Colombe Josse debería haber aprendido de sus lecturas medievales. Hacer fiorituras conceptuales al servicio de la nada es sin embargo todo el beneficio que parece capaz de sacar de toda esta historia. Es uno de esos bucles inútiles y también un despilfarro desvergonzado de recursos, entre los que se incluyen el mensajero y yo misma.
Recorro las páginas recién anotadas de lo que debe de ser una versión final y me siento consternada. Habrá que reconocérsele a la señorita una pluma que no se defiende demasiado mal, aunque adolece de los vicios típicos achacables a su juventud. Pero que las clases medias se partan el espinazo para financiar con el sudor de su frente y de sus impuestos tan vana y pretenciosa investigación me deja sin habla. Secretarios, artesanos, empleados, funcionarios de baja categoría, taxistas y porteros se tragan una vida cotidiana hecha de mañanas grises para que la flor y nata de la juventud francesa, alojada y remunerada como es debido, despilfarre todo el fruto de estas vidas grises en el altar de ridículas tesinas.
A priori, no obstante, es del todo apasionante: ¿Existen universales o bien sólo cosas singulares?, es la pregunta a la que, comprendo yo, Guillermo dedicó lo esencial de su vida. Encuentro que es un interrogante fascinante: ¿es cada cosa una entidad individual -y, en ese caso, lo que es similar entre una cosa y otra no es sino una ilusión o un efecto del lenguaje, que procede mediante palabras y conceptos, mediante generalidades que designan y engloban varias cosas particulares- o bien existen realmente formas generales de las que participan las cosas singulares y que no son simples hechos de lenguaje? Cuando decimos: una mesa, cuando pronunciamos la palabra «mesa», cuando formamos el concepto de mesa, ¿designamos siempre esta mesa en concreto o bien hacemos referencia realmente a una entidad «mesa» universal que funda la realidad de todas las mesas particulares que existen? ¿Es real la idea de mesa, o pertenece únicamente a nuestra mente? En ese caso, ¿por qué son parecidos algunos objetos? ¿Acaso el lenguaje los reagrupa de manera artificial y para comodidad del entendimiento humano en categorías generales, o bien existe una forma universal de la que participa toda forma específica?
Para Guillermo, las cosas son singulares, y el realismo de los universales, erróneo. No hay más que realidades particulares, la generalidad sólo pertenece a la mente y es complicar lo sencillo suponer la existencia de realidades genéricas. Pero ¿tan seguros estamos de ello? ¿Qué congruencia hay entre un Rafael y un Vermeer, me preguntaba yo anoche mismo? El ojo reconoce en ambos una forma común de la que ambos participan, la de la Belleza. Y yo por mi parte creo que tiene que haber realidad en esa forma, no puede ser un simple recurso de la mente humana que clasifica para comprender, que discrimina para aprehender: pues no se puede clasificar nada que no se preste a ello, no se puede reagrupar nada que no sea reagrupable, no se puede reunir nada que no sea reunible. Jamás una mesa será la Vista de Delft: la mente humana no puede crear esta disimilitud, de la misma manera que no tiene el poder de engendrar la solidaridad profunda que una naturaleza muerta holandesa establece con una Virgen con Niño italiana. De la misma forma que cada mesa participa de una esencia que le da su forma, toda obra de arte participa de una forma universal, y sólo ésta puede darle el sello que la convierte en eso, en obra de arte. Bien es cierto que no percibimos directamente esta universalidad: es la razón por la que tantos filósofos se han mostrado reacios a considerar las esencias como reales porque nunca veo más que esta mesa presente y no bajo su forma universal «mesa», nunca veo más que este cuadro y no la esencia misma de lo Bello. Y sin embargo… sin embargo, está ahí, ante nuestros ojos: cada cuadro de un maestro holandés es una encarnación de ella, una aparición fulgurante que sólo podemos contemplar a través de lo singular pero que nos da acceso a la eternidad, a la atemporalidad de una forma sublime.
La eternidad: ese invisible que contemplamos.
La cruzada justa
Pero ¿creen que todo esto interesa a nuestra aspirante a la gloria intelectual?
¡Qué va!
Colombe Josse, que por la Belleza o el destino de las mesas no tiene ninguna consideración lógica, se empeña en explorar el pensamiento teológico de Ockham al capricho de melindres semánticos carentes de interés. Lo más notable es la intención que preside la empresa: se trata de hacer de las tesis filosóficas de Ockham la consecuencia de su concepción de la acción de Dios, relegando sus años de labor filosófica al rango de excrecencias secundarias de su pensamiento teológico. Es sideral, embriagador como un mal vino y sobre todo muy revelador acerca del funcionamiento de la Universidad: si quieres hacer carrera, coge un texto marginal y exótico (la Suma de lógica de Guillermo de Ockham) todavía poco explorado, insulta su sentido literal buscando en él una intención que el propio autor no había visto (pues todo el mundo sabe que la inconsciencia en materia de concepto es mucho más poderosa que todos los designios conscientes), defórmala hasta el punto de que parezca una tesis original (es el poder absoluto de Dios, que funda un análisis lógico cuyas repercusiones filosóficas se pasan por alto), quema al hacerlo todos tus iconos (el ateísmo, la fe en la Razón contra la razón de la fe, el amor por la sabiduría y otras fruslerías que tanto gustan a los socialistas), dedica un año de tu vida a este jueguecito indigno a expensas de una colectividad a la que sacas de la cama a las siete y envíale un mensajero a tu director de investigación.
¿Para qué sirve la inteligencia si no es para servir? Y no hablo de esta falsa servidumbre que es la de los altos funcionarios y que exhiben con orgullo como señal de su virtud: ésta es una humildad de fachada que no es sino vanidad y desdén. Ataviado cada mañana con la ostentosa modestia del gran servidor, hace tiempo que Étienne de Broglie me ha convencido del orgullo de su casta. Al contrario, los privilegios dan auténticos deberes. Pertenecer al pequeño cenáculo cerrado de la élite es deber servir a la medida de la gloria y de la holgura en la existencia material que se cosecha como premio por esta pertenencia. ¿Soy yo como Colombe Josse una joven alumna de la École Nórmale Supérieure, con un porvenir abierto? Debo preocuparme del progreso de la Humanidad, de la resolución de problemas cruciales para la supervivencia, del bienestar o la elevación del género humano, del advenimiento de la Belleza en el mundo o de la cruzada justa por la autenticidad filosófica. No es un sacerdocio, hay donde elegir, los ámbitos son amplios. No se entra en la filosofía como en el seminario, con un credo por espada y una vía única por destino. ¿Se trabaja sobre Platón, Epicuro, Descartes, Spinoza, Kant, Hegel o incluso Husserl? ¿Sobre la estética la política, la moral, la epistemología y la metafísica? ¿Se dedica uno a la enseñanza, a la elaboración de una obra, a la investigación, a la Cultura? Tanto da, es indiferente. Ya que, en una disciplina como ésta, sólo importa la intención: elevar el pensamiento, contribuir al interés común o bien unirse a una escolástica que no tiene más objeto que su propia perpetuación ni más función que la auto reproducción de élites estériles -lo que convierte a la Universidad en una secta.
Idea profunda n° 14
Ve al salón de té Angelina
para saber
por qué arreglen los coches
¡Hoy ha ocurrido algo apasionante! He ido a la portería de la señora Michel para pedirle que llevara a casa un sobre para Colombe, que le iban a traer por mensajero. Se trata de su tesina de máster sobre Guillermo de Ockham, un primer borrador que su director ha tenido que leer y que luego le va a hacer llegar con sus anotaciones. Lo divertido ha sido que la señora Michel ha echado a Colombe porque ha llamado a su puerta a las siete para pedirle que le llevara el sobre a casa. La señora Michel ha debido de cantarle las cuarenta (la portería abre a las ocho), porque Colombe ha vuelto a casa como una fiera, chillando que la portera era una vieja cascarrabias y que habráse visto, ¿quién se cree que es? De pronto parece que mamá se ha acordado de que sí, en efecto, en un país desarrollado y civilizado no se molesta a las porteras a cualquier hora del día y de la noche (ojalá lo hubiera recordado antes de que llegara a bajar Colombe), pero eso no ha tranquilizado a mi hermana, que ha seguido berreando que porque se hubiera equivocado de horario eso no le daba derecho a esa desgraciada a darle con la puerta en las narices. Mamá ha hecho como si no pasara nada. Si Colombe fuera mi hija (Darwin me libre), yo le habría pegado un par de tortas.
Diez minutos más tarde, Colombe ha venido a mi cuarto con una sonrisita obsequiosa. Eso sí que no puedo soportarlo. Antes prefiero que me grite.«Paloma bonita, ¿te importa hacerme un favor enorme?», me ha dicho, haciéndome la pelota. «Paso», le he contestado yo. Ha respirado bien hondo lamentando que yo no sea su esclava personal -me habría podido mandar azotar- y eso le habría hecho sentirse mucho mejor, «esta mocosa me pone de los nervios», habría dicho para sus adentros -.«Quiero un trato», he añadido. «Si ni siquiera sabes lo que quiero pedirte», me ha replicado con un tonillo despectivo. «Quieres que vaya a ver a la señora Michel», le he dicho yo. Se ha quedado con dos palmos de narices. A fuerza de decirse que soy retrasada mental, termina por creérselo. «O. K. [Vale], voy, pero a cambio de que no pongas la música alta en tu cuarto durante un mes.» «Una semana», ha querido negociar Colombe. «Entonces no voy», le he contestado yo. «O. K. [Vale]», se ha rendido ella, «ve a ver a esta vieja podrida y dile que me traiga a casa el sobre de Marian en cuanto se lo dejen en la portería». Y se ha marchado dando un portazo.
He ido pues a ver a la señora Michel y me ha invitado a tomar un té.
Por ahora, la estoy analizando. No he dicho gran cosa. Me ha mirado de una forma extraña, como si me viera por primera vez. No ha dicho nada de Colombe. Si fuera una portera de verdad, habría dicho algo así como: «Hay que ver tu hermana, no son formas, ¿eh?, debería mostrar un poco de respeto.» En lugar de eso, me ha ofrecido una taza de té y me ha hablado con mucha educación, como si yo fuera una persona de verdad.
En la portería estaba encendida la televisión. Pero ella no la estaba viendo. Había un reportaje sobre los jóvenes que queman coches en los suburbios de París. Al ver las imágenes, me he preguntado: «¿qué puede llevar a un joven a quemar un coche?, ¿qué será lo que le pasa por la cabeza para llegar a hacer algo así?» Y entonces a continuación se me ha ocurrido esta idea: ¿Y yo? ¿Por qué quiero yo prenderle fuego a mi casa? Los periodistas hablan del paro y de la pobreza, yo hablo del egoísmo y de la falsedad de la familia. Pero son tonterías. Siempre ha habido paro, pobreza y familias que no valen para nada. Y sin embargo, ¡no se queman coches o casas todos los días! Me he dicho que, al final, todo eso eran falsos motivos. ¿Por qué se quema un coche? ¿Por qué quiero prenderle fuego a mi casa?
No he obtenido respuesta a mi pregunta hasta que me he ido de compras con mi tía Hélène, la hermana de mamá, y mi prima Sophie. Queríamos ir a comprarle un regalo a mamá por su cumpleaños, que vamos a celebrar el domingo que viene. Hemos puesto como excusa que nos íbamos juntas al museo Dapper, pero en realidad nos hemos ido a recorrer las tiendas de decoración de los distritos II y VIII. La idea era encontrar un paragüero y de paso comprar también mi regalo.
En cuanto a lo del paragüero, ha sido interminable. Nos hemos tirado tres horas cuando, para mí, todos los que hemos visto eran estrictamente idénticos: o bien cilindros de lo más sosos, o bien unos chismes con herrajes en plan antigualla. Todos con unos precios por las nubes. ¿No os chirría un poco la idea de que un paragüero pueda costar doscientos noventa y nueve euros? Pues eso es lo que ha pagado Hélène por un chisme pretencioso de «cuero envejecido» (sí, una porra: restregado con un cepillo de metal y punto) con costuras en plan silla de caballo, como si viviéramos en una remonta. Yo le he comprado a mamá en una tienda asiática un pastillero de madera lacada negra para que guarde dentro sus somníferos. Treinta euros. A mí eso ya me parecía muy caro, pero Hélène me ha preguntado si quería añadir algo al regalo, puesto que era tan poquita cosa. El marido de Hélène es gastroenterólogo y os puedo asegurar que en el reino de los médicos, el gastroenterólogo no es ni mucho menos el último mono… Pero aun así me caen bien Hélène y Claude porque son… pues el caso es que no sé muy bien cómo explicarlo… íntegros, sí, eso, son íntegros. Están contentos con sus vidas, creo; bueno, al menos no juegan a ser lo que no son. Y tienen a Sophie. Mi prima Sophie está aquejada de síndrome de Down. No va conmigo extasiarme ante los mongólicos como piensa mi familia que está bien hacer (incluso Colombe se presta a ello). El discurso consensuado es: tienen una minusvalía, pero ¡son tan entrañables, tan cariñosos, tan conmovedores! Personalmente, la presencia de Sophie se me hace bastante penosa: babea, grita, se pone de morros, coge rabietas y no entiende nada. Pero no quiere decir que no apruebe a Hélène y a Claude. Ellos mismos dicen que es una niña difícil y que es un horror tener una hija con síndrome de Down, pero la quieren y se ocupan muy bien de ella, me parece a mí. Eso, más su carácter íntegro, hace que me caigan muy bien. Ver a mamá, que juega a ser una mujer moderna a gusto consigo misma, o a Jacinthe Rosen, que juega a ser una burguesa de pura cepa, hace que Hélène, que no juega a nada de nada y está contenta con lo que tiene, resulte de lo más simpática.
Pero bueno, total, que después del circo del paragüero, hemos ido a tomar un chocolate con bizcocho a Angelina, el salón de té de la calle de Rivoli. Me diréis que no puede haber nada más alejado de la temática «jóvenes de los suburbios que queman coches». ¡Pues bien, estáis muy equivocados! He visto algo en Angelina que me ha hecho comprender ciertas otras cosas. En la mesa junto a la nuestra había una pareja con un bebé. Una pareja de blancos con un bebé asiático, un niño que se llamaba Théo. Hélène y ellos se han caído bien y han pegado la hebra un poco. Se han caído bien por ser los tres los padres de un niño diferente, por supuesto, por eso se han reconocido y han entablado conversación. Nos hemos enterado de que Théo era un niño adoptado, que tenía quince meses cuando lo trajeron de Tailandia, que sus padres habían muerto en el tsunami, así como todos sus hermanos. Yo miraba a mi alrededor y me preguntaba: ¿cómo se las va a apañar? Estábamos en Angelina, al fin y al cabo: todas esas personas bien vestidas, que paladeaban con aire afectado unos dulces birriosos y que no estaban ahí más que por… pues por la significación del lugar, la pertenencia a cierto mundo, con sus creencias, sus códigos, sus proyectos, su historia, etc. Algo simbólico, vaya. Cuando se toma el té en Angelina, se está en Francia, en un mundo rico, jerarquizado, racional, cartesiano, regulado. ¿Cómo se las va a apañar el pequeño Théo? Ha pasado los primeros meses de su vida en una aldea de pescadores en Tailandia, en un mundo oriental, dominado por valores y emociones propias donde la pertenencia simbólica quizá se ponga en práctica en las fiestas del pueblo cuando se honra al dios de la Lluvia, en el que los niños viven inmersos en creencias mágicas, etc. Y de repente helo aquí en Francia, en París, en Angelina, inmerso sin transición en una cultura diferente y en una posición que ha cambiado de manera radical: de Asia a Europa, del mundo de los pobres al de los ricos.
Entonces, de repente, me he dicho: quizá, dentro de unos años, Théo tenga ganas de quemar coches. Porque es un gesto de rabia y de frustración, y quizá la rabia y la frustración más grandes no sean el paro, ni la pobreza ni la ausencia de futuro; quizá sea el sentimiento de no tener cultura porque se está dividido entre varias culturas, entre símbolos incompatibles. ¿Cómo existir si uno no sabe dónde está? ¿Si tiene que asumir a la vez una cultura de pescadores tailandeses y otra de grandes burgueses parisinos? ¿De hijos de inmigrantes y de miembros de una gran nación conservadora? Entonces uno quema coches porque cuando no se tiene cultura, uno deja de ser un animal civilizado y pasa a ser un animal salvaje. Y un animal salvaje quema, mata y pilla.
Sé que no es muy profundo, pero después de esto al menos sí se me ha ocurrido una idea profunda, cuando me he preguntado: ¿Y yo? ¿Cuál es mi problema cultural? ¿De qué manera estoy yo dividida entre distintas creencias incompatibles? ¿Qué me hace ser un animal salvaje?
Entonces, he tenido una iluminación: me he acordado de los cuidados conjuradores que prodiga mamá a las plantas, las manías fóbicas de Colombe, la angustia de papá porque la abuelita está en una residencia y todo un montón más de hechos como éstos. Mamá cree que se puede conjurar el destino a golpe de regadera; Colombe, que se puede alejar la angustia lavándose las manos; y papá, que es un mal hijo que recibirá su castigo por haber abandonado a su madre: a fin de cuentas, tienen creencias mágicas, creencias de hombres primitivos, pero, al contrario que los pescadores tailandeses, no pueden asumirlas porque son franceses cultos, ricos y cartesianos.
Y quizá yo sea la mayor víctima de esta contradicción porque, por una razón desconocida, soy hipersensible a todo lo disonante, como si tuviera una especie de oído absoluto para las notas desafinadas, para las contradicciones. Esta contradicción y todas las demás… Y, por consiguiente, no me reconozco en ninguna creencia, en ninguna de esas culturas familiares incoherentes.
Quizá yo sea el síntoma de la contradicción familiar y, por lo tanto, la que tiene que desaparecer para que la familla esté bien.
El adagio básico
Para cuando vuelve Manuela a las dos en punto de casa de los de Broglie, me ha dado tiempo de devolver la tesina a su sobre y de dejarlo en casa de los Josse.
He tenido así la ocasión de mantener una interesante conversación con Solange Josse.
Todos recordarán que, para los residentes, soy una portera corta de luces que se encuentra en la frontera borrosa de su visión etérea. Solange Josse no supone una excepción al respecto pero, como está casada con un diputado socialista, hace no obstante algún que otro esfuerzo.
– Buenos días -me dice, abriendo la puerta y cogiendo el sobre que le tiendo.
Y hablando de ese algún que otro esfuerzo:
– ¿Sabe? -prosigue-, Paloma es una niña muy excéntrica.
Me mira para comprobar mi conocimiento de la palabra. Adopto una expresión neutra, una de mis preferidas, que permite toda latitud en la interpretación.
Solange Josse es socialista pero no cree en el ser humano.
– Quiero decir que es un poco rara -articula, como si estuviera hablando con una persona con dificultades para oír.
– Es muy amable -comento yo, encomendándome a mí misma la tarea de inyectarle un poco de filantropía a la conversación.
– Sí, sí -dice Solange Josse, con el tono de quien está deseando llegar al quid de la cuestión pero antes debe superar los obstáculos que le erige la subcultura de su interlocutor.
– Es una niña muy amable pero a veces se comporta de manera extraña. Le encanta esconderse, por ejemplo, desaparece durante horas.
– Sí -contesto-, ya me ha contado.
Es un pequeño riesgo, comparado con la estrategia que consiste en no decir nada, no hacer nada y no comprender nada. Pero creo poder representar mi papel sin delatar mi naturaleza.
– Ah, ¿ya le ha contado?
Solange Josse adopta de pronto un tono vago. «¿Cómo saber lo que la portera ha entendido de lo que Paloma le ha contado?» es la pregunta que, movilizando sus recursos cognitivos, la desconcentra y le confiere ese aire ausente.
– Sí, ya me ha contado – repito, con, reconozcámoslo, un laconismo no exento de talento.
Detrás de Solange Josse entreveo a Constitución, que pasa por ahí a velocidad reducida, con su hocico indiferente a todo.
– Huy, cuidado, el gato -advierte.
Y sale al rellano, cerrando la puerta tras de sí. No dejar salir al gato y no dejar entrar a la portera es el adagio básico de las señoras socialistas.
– Bueno, como le iba diciendo -prosigue-, Paloma me ha dicho que le gustaría ir a su portería de vez en cuando. Es una niña muy pensativa, le gusta plantarse en algún sitio y quedarse ahí sin hacer nada. Si tengo que ser sincera, preferiría que eso mismo lo hiciera en nuestra casa.
– Ah -digo yo.
– Pero de vez en cuando, si para usted no es molestia… Así al menos sabré dónde está. Nos volvemos locos buscándola por todas partes. A Colombe, que está hasta arriba de trabajo, no le hace mucha gracia tener que pasarse horas removiendo cielo y tierra para encontrar a su hermana.
Entorna la puerta y comprueba que Constitución se ha largado.
– No -digo yo entonces-, Paloma no me molesta.
– Ah, muy bien, muy bien -dice Solange Josse, para quien una actividad urgente y mucho más importante parece acaparar decididamente toda atención-. Gracias, gracias, es muy amable por su parte.
Y cierra la puerta.
Antípodas
Después de eso, llevo a cabo mi labor de portera y, por primera vez en todo el día, saco un rato para meditar. La velada del día anterior vuelve a mí dejándome un curioso sabor de boca. Se compone de un agradable aroma a cacahuete pero también un principio de angustia sorda. Trato de distraerme enfrascándome en regar las plantas de todos los rellanos del edificio, justo el tipo de tarea que considero las antípodas de la inteligencia humana.
A las dos menos un minuto, llega Manuela, con la misma expresión cautivada que Neptune cuando examina de lejos una mondadura de calabacín.
– ¿Y bien? -reitera sin esperar más, tendiéndome unas magdalenas en un cestito redondo de mimbre.
– Otra vez voy a necesitar sus servicios -le digo.
– ¿Ah, sí? -modula, alargando mucho y a su pesar la última sílaba.
Nunca había visto a Manuela en un estado tal de nervios.
– El domingo que viene hemos quedado a tomar el té y yo me encargo de llevar los dulces -le digo.
– Ooooooh -exclama, radiante-, ¡los dulces!
Y, pragmática de inmediato, añade:
– Tengo que prepararle algo que no se estropee enseguida.
Manuela trabaja hasta el sábado a mediodía.
– El viernes por la noche le haré un glotof -declara tras un breve lapso de reflexión.
El glotof es un pastel alsaciano, especial para glotones.
Pero el glotof de Manuela también es una auténtica delicia. Todo lo que tiene Alsacia de pesado y de reseco se transforma entre sus manos en obra maestra perfumada.
– ¿Tendrá tiempo? -le pregunto.
– Pues claro -contesta, feliz-, ¡siempre tengo tiempo para un glotof, y más si es para usted!
Entonces se lo cuento todo: la llegada, la naturaleza muerta, el salce, Mozart, los gyozas, el zalu, Kitty, las hermanas Munakata y todo lo demás.
Tengan sólo una amiga pero elíjanla bien.
– Es usted fantástica -me dice Manuela, al final de mi relato-. Con todas las imbéciles que viven aquí, cuando por primera vez llega un señor como es debido, a la que invita es a usted. Engulle una magdalena.
– ¡Ha! -exclama de pronto, alargando mucho la hache inicial-. ¡También le voy a hacer unas tartaletas al whisky!
– No -le digo-, Manuela, no quiero causarle tantas molestias, con el… glotof bastará.
– ¿Causarme molestias? – contesta -. Pero ¡Renée, si en todos estos años usted nunca me ha causado ninguna molestia, al contrario!
Se queda pensando un segundo y pesca un recuerdo en su memoria.
– ¿Qué estaba haciendo aquí Paloma? -pregunta.
– Pues estaba descansando un poco de su familia -le contesto.
– Ah -dice Manuela-, ¡la pobre! También es que con la hermana que tiene…
Manuela tiene por Colombe, cuyos trapos de vagabundo le encantaría quemar antes de mandar a su dueña al campo a una pequeña revolución cultural, sentimientos muy poco ambiguos.
– Al pequeño de los Pallières se le cae la baba cuando la ve pasar -añade-. Pero ella ni siquiera lo ve. Debería ponerse una bolsa de basura en la cabeza. Ah, si todas las señoritas de la finca fueran como Olimpia…
– Es verdad, Olimpia es muy amable -corroboro.
– Sí -dice Manuela-, es una buena muchacha. Neptune tuvo cagaleras el martes, ¿sabe usted?, pues bien, lo curó ella.
Una cagalera sola es muy poquita cosa.
– Ya lo sé -le digo-, hemos salido bastante bien del apuro; sólo ha habido que cambiar la alfombra del vestíbulo. Mañana traen la nueva. No hay mal que por bien no venga, la otra era horrorosa.
– ¿Sabe?, puede quedarse el vestido -me informa Manuela-. La hija de la señora le dijo a María: quédeselo todo, y María me ha dicho que le diga que le regala el vestido.
– Oh, es muy amable por su parte, pero no puedo aceptar -protesto.
– Ay, no empiece otra vez con lo mismo -dice Manuela, irritada-. De todas maneras, el tinte lo va a pagar usted. Mire, mire esto, tan bella como una orquídea.
La orquídea es probablemente una forma virtuosa de la orgía.
– Bueno, pues déle las gracias a María de mi parte -le digo-. Me hace mucha ilusión su regalo.
– Eso está mejor. Sí, sí, ya le daré las gracias de su parte.
Llaman a mi puerta con dos golpecitos breves.
El ave asco pus
Es Kakuro Ozu.
– Buenos días, buenos días -dice, entrando de un salto en la portería-. Oh, buenos días, señora Lopes -añade al ver a Manuela.
– Buenos días, señor Ozu -responde ella, casi gritando.
Manuela es una persona muy entusiasta.
– Estábamos tomando el té, ¿quiere unirse a nosotras? -le propongo.
– Huy, sí, encantado -dice Kakuro, cogiendo una silla. Y, al ver a León, añade-: ¡Vaya, bonito ejemplar! No lo había visto bien la otra vez. ¡Parece un luchador de sumo!
– Pero tome una magdalena, son tan bellas como orgías -dice Manuela, que se hace un lío, pasándole el cesto a Kakuro.
La orgía es al parecer una forma viciosa de la orquídea.
– Gracias -dice Kakuro, cogiendo una-. ¡Riquísima! – articula nada más tragar el bocado.
Manuela se agita sobre su silla, con expresión de absoluta felicidad.
– He venido a preguntarles su opinión -anuncia Kakuro tras cuatro magdalenas-. Estoy en plena discusión con un amigo sobre la cuestión de la supremacía europea en materia de cultura – prosigue, dedicándome un guiño coqueto.
Manuela, a la que más valdría ser más indulgente con el pequeño de los Pallières, tiene la boca abierta de par en par.
– Él se inclina por Inglaterra, y yo, como es obvio, por Francia. Le he dicho entonces que conocía a alguien que podía deshacer el empate. ¿Quiere hacernos de árbitro?
– Pero soy juez y parte -digo, sentándome -, no puedo votar.
– No, no, no -aclara Kakuro-, no va usted a votar. Sólo responderá a mi pregunta: ¿cuáles son los dos inventos más importantes de la cultura francesa y de la cultura británica? Señora Lopes, esta tarde estoy de suerte, usted también, si quiere, puede darme su opinión- añade.
– Los ingleses… -empieza diciendo Manuela, muy lanzada, pero luego se para-. Primero usted, Renée- dice, llamada de pronto a una mayor prudencia, recordando sin duda que es portuguesa.
Yo me quedo pensando un momento.
– De Francia: la lengua del siglo XVIII y el queso cremoso.
– ¿Y de Inglaterra? -quiere saber Kakuro.
– De Inglaterra es fácil -le contesto.
– ¿El púdingue? -sugiere Manuela, pronunciándolo tal que así.
Kakuro se ríe a mandíbula batiente.
– Me hace falta uno más -dice.
– Pues el rúguebi -añade Manuela, con una entonación tan british como antes.
– Ja ja -se ríe Kakuro-. Estoy de acuerdo con usted. ¿Y usted, Renée, qué propone?
– El habeas corpus y el césped -digo, riendo.
Y eso nos hace a todos mucha gracia, incluso a Manuela, que ha entendido «el ave asco pus», lo cual no quiere decir nada, pero aun así es muy divertido.
Justo en ese momento, llaman a la puerta.
Hay que ver, esta portería que, ayer, no le interesaba a nadie, parece hoy el centro de la atención mundial.
– Adelante -digo, sin pararme a pensarlo, concentrada en la conversación.
Solange Josse asoma la cabeza por la puerta.
La miramos los tres con aire interrogador, como si fuéramos los comensales de un banquete que con su irrupción importunara una criada mal educada. Abre la boca, pero se lo piensa mejor. Paloma asoma la cabeza a la altura de la cerradura. Me recupero y me levanto.
– ¿Puedo dejarle a Paloma durante una horita? -pregunta la señora Josse, que se ha recuperado también pero cuyo curiosímetro está a punto de estallar-. Buenas tardes, mi querido señor Ozu -le dice a Kakuro, que se ha acercado para estrecharle la mano.
– Buenas tardes, mi querida señora Josse -contesta éste amablemente-. Hola, Paloma, me alegro de verte. Pues nada, mi querida amiga, su hija está en buenas manos, puede irse tranquila.
Cómo echar a alguien con elegancia y en una única acción.
– Esto… bien… sí… gracias – tartamudea Solange Josse, y retrocede despacio, todavía un poco sonada.
Cierro la puerta tras ella.
– ¿Quieres una taza de té? -inquiero.
– Encantada, muchas gracias -me contesta Paloma. Una verdadera princesa entre los altos cargos del partido.
Le sirvo media taza de té de jazmín mientras Manuela la abastece con las magdalenas que han escapado a nuestro voraz apetito.
– Según tú, ¿qué han inventado los ingleses? -le pregunta Kakuro, que sigue dándole vueltas a su concurso cultural.
Paloma reflexiona intensamente.
– El sombrero como emblema de la rigidez psicológica.
– Magnífico -aprueba Kakuro.
Observo que probablemente he subestimado con creces a Paloma y que habrá que profundizar un poco en ese tema, pero, porque el destino siempre llama tres veces y puesto que todos los conspiradores están abocados a ser desenmascarados un buen día, vuelve a oírse un tamborileo sobre la puerta cristalera de la portería, lo que aplaza mi reflexión.
Paul N'Guyen es la primera persona que no parece sorprendida de nada.
– Buenas tardes, señora Michel -me dice, y luego añade-: Buenas tardes a todos.
– Ah, Paul -dice Kakuro-, hemos desacreditado definitivamente a Inglaterra. Paul esboza una sonrisa cordial.
– Muy bien -dice-. Acaba de llamar su hija. Volverá a llamar dentro de cinco minutos. Y le tiende un móvil.
– De acuerdo. Bien, señoras, tengo que despedirme. Se inclina ante nosotras.
– Adiós -proferimos al unísono las tres, como un coro virginal.
– Bueno -dice Manuela-, al menos una cosa bien hecha.
– ¿Cuál? -pregunto.
– Nos hemos comido todas las magdalenas. Nos reímos.
Me mira con aire pensativo y me sonríe.
– Es increíble, ¿eh? -me dice. Sí, es increíble.
Renée, que tiene ahora dos amigos, ha dejado de ser tan arisca. Pero Renée, que tiene ahora dos amigos, siente nacer en ella un terror informe. Cuando se va Manuela, Paloma se acurruca a sus anchas en el sillón del gato, delante de la tele, y, mirándome con sus grandes ojos serios, me pregunta:
– ¿Cree usted que la vida tiene sentido?
Azul noche
En el tinte, tuve que afrontar la ira de la dueña del lugar.
– Unas manchas así en un vestido de esta calidad -masculló, tendiéndome un ticket azul celeste.
Esta mañana le entrego mi rectángulo de papel a una persona distinta. Más joven y menos despierta. Rebusca interminablemente en unas hileras compactas de perchas y luego me tiende un bonito vestido de lino color ciruela, amordazado con un plástico transparente.
– Gracias -le digo, aceptando dicho vestido tras una ínfima vacilación.
Tengo pues que añadir al capítulo de mis infamias el rapto de un vestido que no me pertenece a cambio del de una muerta a la que se lo robé. El mal se esconde, por lo demás, en lo ínfimo de mi vacilación. Si ésta hubiera nacido de un remordimiento ligado al concepto de propiedad, aún podría implorar el perdón de san Pedro, pero mucho me temo que sólo responde al tiempo necesario para calibrar hasta qué punto es practicable la fechoría.
A la una se pasa Manuela por la portería para dejarme su glotof.
– Quería haber venido antes -explica-, pero la señora de Broglie me vigilaba con el rabillo.
Para Manuela el rabillo del ojo es una precisión incomprensible.
En lo que a los glotof [dulces] se refiere, encuentro, envueltos en una orgía de papel de seda azul noche, un magnífico cake alsaciano renovado por la inspiración, unas tartaletas al whisky tan finas que da miedo romperlas y unas tejas de almendras con los bordes bien caramelizados. Se me cae la baba al instante.
– Gracias, Manuela -le digo-, pero sólo somos dos, ¿sabe?
– Pues no tiene más que empezar a comer ahora mismo -contesta.
– Gracias otra vez, de verdad -le reitero-, le ha debido de llevar mucho tiempo.
– Ande, calle, calle -me ordena-. De todo he hecho doble, y Fernando se lo agradece.
Diario del movimiento del mundo n° 7
Este tallo quebrado que por vos he amado
Me pregunto si no me estaré convirtiendo en una esteta contemplativa. Con una fuerte tendencia zen y, a la vez, una pizca de Ronsard.
Me explico. Es un «movimiento del mundo» un poco especial porque no es un movimiento del cuerpo. Pero esta mañana, mientras desayunaba, he visto un movimiento. EL movimiento, debería decir. La perfección hecha movimiento. Ayer (que era lunes) la señora Grémont, la asistenta, le trajo un ramo de rosas a mamá. La señora Grémont pasó el domingo en casa de su hermana que tiene en Suresnes un huertecito que el Estado arrienda a buen precio a la clase trabajadora, de los últimos que quedan ya, y se trajo un ramo con las primeras rosas de la temporada: rosas amarillas, de un bonito amarillo pálido como el de las prímulas. Según la señora Grémont, este rosal se llama «The Pilgrim», «El peregrino». Ya sólo eso me ha gustado. Al fin y al cabo es más elevado, más poético o menos cursi que llamar a los rosales «Madame Fígaro» o «Un amor de Proust» (no me invento nada). Bueno, no haremos comentarios sobre el hecho de que la señora Grémont le regala flores a mamá. Tienen la misma relación que todas las burguesas progresistas tienen con sus asistentas, aunque mamá esté convencida de que el suyo es un caso aparte: una buena relación paternalista, de las de toda la vida, con ramalazo de novelita rosa (se ofrece un café, se paga como es debido, no se regaña jamás, se regala la ropa usada y los muebles rotos, se interesa uno por los hijos y, a cambio, ello da derecho a ramos de rosas y colchas de crochet marrón y beis). Pero esas rosas… Eran algo serio.
Estaba pues desayunando y miraba el ramo de rosas apoyado sobre la encimera de la cocina. Creo que no pensaba en nada. De hecho, quizá por eso haya visto el movimiento; quizá, si hubiera estado absorta en otra cosa, si la cocina no hubiera estado en silencio, si yo no me hubiera encontrado allí a solas, no habría estado lo bastante atenta. Pero estaba sola, tranquila y vacía. Por eso he podido acoger en mí el movimiento.
Ha sonado un ruidito, bueno, más bien como si el aire se estremeciera e hiciera «shhhhhh» muy, muy, muy bajito: era un capullo de rosa con un trocito de tallo quebrado, que caía sobre la encimera. En el momento de tocar la superficie, ha emitido un «puf», un «puf» en plan ultrasonido, de los que sólo oyen los ratones o los hombres si están muy, muy, muy en silencio. Yo me he quedado con la cuchara suspendida en el aire, totalmente embelesada. Era algo magnífico. Pero ¿qué era lo magnífico? Yo no daba crédito: no era más que un capullo de rosa en el extremo de un tallo quebrado que acababa de caer sobre la encimera. ¿Entonces?
Lo he comprendido al acercarme y al mirar el capullo de rosa inmóvil, que había concluido su caída. Es algo que tiene que ver con el tiempo, no con el espacio. Oh, claro, siempre es bonito un capullo de rosa que acaba de caer, con un movimiento grácil. Es tan artístico: ¡dan ganas de pintarlo una y otra vez! Pero no es eso lo que explica EL movimiento. El movimiento, este fenómeno que uno cree que es algo espacial…
Pero, al mirar caer este capullo y este tallo, he intuido en una milésima de segundo la esencia de la Belleza. Sí, yo, una mocosa de doce años y medio, he tenido esta oportunidad increíble porque, esta mañana, se daban todas las condiciones: espíritu vacío, casa silenciosa, rosas bonitas, caída de un capullo. Y por eso he pensado en Ronsard, sin comprenderlo del todo al principio: porque es una cuestión de tiempo y de rosas. Porque lo bello es lo que se coge en el momento en que ocurre. Es la configuración efímera de las cosas en el momento en que uno ve al mismo tiempo la belleza y la muerte.
Ay, ay, ay, me he dicho, ¿quiere esto decir que así es como uno tiene que vivir su vida? ¿Siempre en equilibrio entre la belleza y la muerte, el movimiento y la desaparición?
Quizá estar vivo sea esto: perseguir instantes que mueren.
A sorbitos felices
Y llega el domingo.
A las tres de la tarde, me encamino a la cuarta planta. El vestido color ciruela me está ligeramente grande -una suerte en este día de glotof- y tengo el corazón encogido, como un gatito acurrucado.
Entre la tercera y la cuarta planta, me topo cara a cara con Sabine Pallières. Hace ya varios días que, cuando me la cruzo, mira con desdén y desaprobación ostensibles mi cabello vaporoso. Se apreciará que he renunciado a disimular al mundo mi nueva apariencia. Pero esa insistencia me incomoda, por muy liberada que me sienta. Nuestro encuentro dominical no supone ninguna excepción a la norma.
– Buenas tardes, señora -digo, subiendo los escalones sin detenerme.
Me contesta con un gesto severo de cabeza, considerando mi peinado, y, entonces, al descubrir mi atuendo, se detiene en seco en un escalón. Una oleada de pánico me golpea y perturba la regulación de mi transpiración, amenazando mi vestido robado con la infamia de cercos en las axilas.
– Ya que sube, ¿puede usted regar las flores del rellano? -me pregunta con un tono exasperado.
¿Acaso debo recordárselo? Hoy es domingo.
– ¿Son dulces? -pregunta de repente.
Llevo en una bandeja las obras de Manuela envueltas en seda azul marino y caigo entonces en la cuenta de que todo ello disimula mi vestido, de modo que lo que suscita la condena de la señora no son en absoluto mis pretensiones indumentarias sino la supuesta gula de algún muerto de hambre.
– Sí, una entrega imprevista -contesto.
– Pues bien, aproveche para regar las flores – declara, y reanuda su descenso irritado.
Llego al rellano de la cuarta planta y llamo al timbre no sin cierta dificultad, pues llevo también la cinta de vídeo, pero Kakuro me abre con diligencia y me libera al instante de mi voluminosa bandeja.
– Vaya, vaya -dice-, no era ninguna broma lo de traer usted los dulces, ya se me está haciendo la boca agua.
– Es a Manuela a quien tenemos que agradecérselo -le digo, siguiéndolo hasta la cocina.
– ¿De verdad? -pregunta, extrayendo el glotof de su derroche de seda azul-. Es una auténtica perla. Caigo entonces en la cuenta de que hay música. No está muy alta y emana de unos altavoces invisibles que difunden el sonido por toda la cocina.
Thy hand, lovest soul, darkness shades me,
On thy bosom let me rest.
When I am laid in earth
May my wrongs create
No trouble in thy breast.
Remember me, remember me,
But ah! forget my fate.
Es la muerte de Dido, en la ópera Dido y Eneas de Purcell. Si quieren mi opinión: la obra de canto más bella del mundo. No es sólo bella, es sublime, y lo es por un encadenamiento increíblemente denso de los sonidos, como si los ligara una fuerza invisible y como si, a la vez que se distinguen, se fundieran los unos con los otros, en la frontera de la voz humana, casi en el territorio ya del lamento animal, pero con una belleza que no alcanzarán jamás los gritos de los animales, una belleza que nace de la subversión de la articulación fonética y de la transgresión del empeño que suele poner el lenguaje verbal en distinguir los sonidos.
Quebrar los pasos, fundir los sonidos.
El Arte es la vida, pero con otro ritmo.
– ¡Vamos allá!-exclama Kakuro, que ha dispuesto tazas, tetera, azúcar y servilletitas de papel en una gran bandeja negra.
Lo precedo por el pasillo y, siguiendo sus indicaciones, abro la tercera puerta a la derecha.
– «¿Tiene vídeo?», le había preguntado yo a Kakuro Ozu.
– «Sí», había contestado él, con una sonrisa sibilina.
La tercera puerta a la izquierda se abre sobre una sala de cine en miniatura. Hay una gran pantalla blanca, un montón de aparatos brillantes y enigmáticos, tres hileras con cinco butacas de cine de verdad, tapizadas de terciopelo azul noche, una larga mesa baja delante de la primera y unas paredes y un techo cubiertos de seda oscura.
– Por cierto, ésta era mi profesión -dice Kakuro.
– ¿Su profesión?
– Durante más de treinta años, he importado a Europa aparatos punteros de alta fidelidad, para grandes marcas de lujo. Es un comercio muy lucrativo, pero sobre todo maravillosamente lúdico para mí, pues soy un auténtico apasionado de los gadgets electrónicos.
Me acomodo en un asiento deliciosamente cómodo, y empieza la sesión.
¿Cómo describir este momento de intensa alegría? Vemos Las hermanas Munakata en una pantalla gigante, bañados en una dulce penumbra, con la espalda apoyada contra un respaldo mullido, saboreando un glotof y bebiendo un té hirviendo a sorbitos felices. De vez en cuando, Kakuro detiene la película y comentamos, hablando por los codos, las camelias sobre el musgo del templo y el destino de los hombres cuando la vida es demasiado dura. En dos ocasiones voy a saludar a mi amigo el Confutatis y regreso a la sala como quien regresa a una cama calentita y cómoda.
Es un espacio fuera del tiempo en el tiempo… ¿Cuándo he experimentado yo por primera vez este abandono exquisito que sólo es posible entre dos personas? La quietud que sentimos cuando estamos solos, esa certeza de nosotros mismos en la serenidad de la soledad no son nada comparadas con este dejarse llevar, este dejarse llegar y dejarse hablar que se vive con otro, en cómplice compañía… ¿Cuándo he experimentado por primera vez esta relajación feliz en presencia de un hombre?
Hoy es la primera vez.
Sanae
Cuando, a las siete de la tarde, después de haber conversado todavía un buen rato tomando té, me dispongo a despedirme, volvemos a pasar por el gran salón y entonces reparo, en una mesita baja junto al sofá, en la fotografía enmarcada de una mujer muy hermosa.
– Era mi esposa -dice Kakuro bajito, al ver que la observo-. Murió hace diez años, de cáncer. Se llamaba Sanae.
– Lo siento mucho -digo-. Era una… mujer muy hermosa.
– Sí -corrobora él-, muy hermosa.
Se instala un breve silencio.
– Tengo una hija, vive en Hong-Kong -añade-, y dos nietos.
– Tiene que echarlos de menos -le digo.
– Voy a verlos bastante a menudo. Los quiero mucho. Mi nieto, que se llama Jack (su padre es inglés) y tiene siete años, me ha dicho por teléfono esta mañana que ayer pescó su primer pez. ¡Es el acontecimiento de la semana, como bien se podrá imaginar!
Un nuevo silencio.
– Tengo entendido que usted también es viuda -dice Kakuro, escoltándome hasta el vestíbulo.
– Sí -digo-, soy viuda desde hace más de quince años.
Siento un nudo en la garganta.
– Mi marido se llamaba Lucien. El cáncer, también…
Estamos delante de la puerta y nos miramos con tristeza.
– Buenas tardes, Renée -dice Kakuro.
Y, recuperando una alegría que no es más que pura fachada:
– Ha sido un día fantástico.
Una tristeza inmensa se abate sobre mí a velocidad supersónica.
Nubarrones negros
– Eres una pobre estúpida -me digo, quitándome el vestido color ciruela y descubriendo un poco de azúcar glas al whisky en un ojal-. ¿Qué te creías? No eres más que una pobre portera. No hay amistad posible entre clases. Y además, ¿pobre loca, qué te creías?
«¿Pobre loca, qué te creías?», no dejo de repetirme estas palabras mientras procedo a mis abluciones vespertinas y me meto entre las sábanas tras una corta batalla con León, que no tiene intención de ceder un ápice de terreno.
El hermoso rostro de Sanae Ozu baila ante mis ojos cerrados, y me siento como un trasto viejo que de pronto hubieran vuelto a arrojar a una realidad sin alegría.
Me duermo con el corazón inquieto.
A la mañana siguiente, experimento una sensación cercana a la resaca.
Sin embargo, la semana transcurre de gloria. Kakuro hace algunas apariciones impulsivas solicitando mis dones de arbitraje (¿helado o sorbete?, ¿Atlántico o Mediterráneo?) y su refrescante compañía me sigue produciendo el mismo placer, pese a los oscuros nubarrones que planean silenciosamente por encima de mi corazón. Manuela ríe con ganas al descubrir el vestido color ciruela, y Paloma se apalanca en el sillón de León.
– Cuando sea mayor, seré portera -le declara a su madre, que me considera con una mirada nueva donde baila una sombra de prudencia cuando viene a dejar a su progenie en mi portería.
– Dios te libre -respondo, con una amable sonrisa para la señora-. Serás princesa.
Paloma exhibe una tee-shirt [camiseta] rosa bombón a juego con sus nuevas gafas y un aire pugnaz de «hija que será portera contra viento y marea y sobre todo contra su madre».
– ¿A qué huele? -pregunta Paloma.
Hay un problema de cañerías en mi cuarto de baño y apesta a jaula de tigre. Llamé al fontanero hace seis días pero no parecía entusiasmarle mucho la idea de venir a arreglarlo.
– Las alcantarillas -respondo, poco dispuesta a desarrollar el tema.
– Fracaso del liberalismo -dice ella, como si yo no hubiera contestado.
– No, es una cañería atascada.
– Pues eso, lo que yo digo -insiste Paloma-. ¿Por qué no ha venido todavía el fontanero?
– ¿Porque tiene otros clientes?
– En absoluto -replica-. La respuesta acertada es: porque no se siente obligado a hacerlo. ¿Y por qué no se siente obligado?
– Porque no tiene suficientes competidores -digo yo.
– ¡Ahí está! -dice Paloma, con aire triunfante- no hay regulación suficiente. Demasiados ferroviarios, pero no hay fontaneros suficientes. Personalmente, preferiría el koljós.
Por desgracia, e interrumpiendo tan apasionante diálogo, llaman a mi puerta.
Es Kakuro, con un aire que tiene un no sé qué de solemnidad.
Entra y descubre a Paloma.
– Anda, hola, jovencita -la saluda-. Bueno, Renée, pues puedo volver un poco más tarde, ¿no?
– Si quiere -le digo-. ¿Está usted bien?
– Sí, sí -responde.
Luego, como decidiéndose de pronto, se tira a la piscina:
– ¿Quiere cenar conmigo mañana?
– Pues… -digo, sintiendo cómo se apodera de mí una tremenda angustia-, es que…
Es como si las intuiciones difusas de estos últimos días tomaran cuerpo de pronto.
– Me gustaría llevarla a un restaurante que me encanta – prosigue, con el mismo aire que un perro que aguarda a que le den un hueso.
– ¿A un restaurante? -repito, cada vez más angustiada.
A mi izquierda, Paloma suelta un ruidito como de ratoncito.
– Mire -dice Kakuro, que parece algo incómodo-, se lo ruego de verdad. Es… es mi cumpleaños mañana y me haría mucha ilusión que fuera usted mi acompañante.
– Ah -digo, incapaz de añadir nada más.
– El lunes que viene me voy a casa de mi hija, lo celebraré allí en familia, claro, pero… mañana por la noche… si usted quisiera…
Hace una pequeña pausa y me mira, esperanzado. ¿Será impresión mía? Diría que Paloma hace ejercicios de apnea.
Se instala un breve silencio.
– Mire -le digo-, de verdad, lo siento mucho, pero no pienso que sea una buena idea.
– Pero ¿por qué? -pregunta Kakuro, visiblemente desconcertado.
– Es muy amable por su parte -añado, endureciendo una voz que tiende a relajarse-, se lo agradezco mucho, pero prefiero no ir, gracias. Estoy segura de que tiene usted amigos con los que podrá celebrar la ocasión.
Kakuro me mira, sin saber a qué atenerse.
– Pues… -dice por fin-, pues… sí, claro, pero… en fin… de verdad, me gustaría mucho… no entiendo.
Frunce el ceño.
– En fin -repite-, no lo entiendo.
– Es mejor así -le digo-, créame.
Y, empujándolo suavemente hacia la puerta, añado:
– Tendremos otras ocasiones de charlar, estoy segura.
Se marcha con el aire de alguien que no sabe dónde está ni qué ha pasado.
– Bueno, pues qué lástima -dice-, yo que estaba tan ilusionado. Es que, de verdad, no lo entiendo…
– Adiós – le digo, dándole suavemente con la puerta en las narices.
La lluvia
Ya ha pasado lo peor, me digo.
Pero eso es porque no he contado con un destino color rosa bombón: me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con Paloma. Que no parece nada contenta.
– ¿Se puede saber a qué está usted jugando? -me pregunta, con un tono que me recuerda al de la señora Billot, la última maestra que tuve.
– No estoy jugando a nada -respondo débilmente, consciente de la puerilidad de mi conducta.
– ¿Tiene algún plan especial previsto para mañana por la noche? -me pregunta.
– Pues no, pero no es por eso…
– ¿Y se puede saber por qué es exactamente?
– No me parece buena idea -le digo.
– ¿Y por qué no? -insiste mi comisario político. ¿Por qué?
¿Es que acaso lo sé?
Entonces, sin previo aviso, se pone a llover.
Hermanas
Toda esa lluvia…
En mi pueblo, en invierno, siempre llovía mucho. No tengo recuerdos de días de sol: sólo la lluvia, el yugo del barro y el frío, la humedad que se nos pegaba en la ropa y en el pelo y que, incluso junto a la lumbre, no se disipaba nunca del todo. ¿Cuántas veces habré pensado después en esa noche de lluvia, cuántas rememoraciones, en más de cuarenta años, de un acontecimiento que hoy, bajo este aguacero, resurge de nuevo?
Toda esa lluvia…
A mi hermana le habían puesto el nombre de una hermana mayor que había nacido muerta, y ésta a su vez llevaba el de una tía difunta. Lisette era guapa, y yo ya era consciente de ello aunque aún fuera muy niña, aunque mis ojos todavía no supieran determinar la forma de la belleza sino sólo intuir su esbozo. Como en mi casa apenas se hablaba, era un hecho que ni se mencionaba siquiera: pero estaba en boca de todos en el vecindario, y cuando mi hermana pasaba, su belleza suscitaba comentarios. «Tan guapa y tan pobre, qué destino más malo», glosaba la mercera camino del colegio. Yo, fea e inválida de cuerpo y de mente, sostenía la mano de mi hermana, que caminaba con la cabeza alta y paso ligero, indiferente a toda mención de destino funesto que se empeñaban en atribuirle.
A los dieciséis años, se fue a la ciudad a cuidar a los hijos de los ricos. No la vimos en un año entero. Volvió a pasar las Navidades con nosotros y trajo regalos extraños (bollos de especias, lazos de colores brillantes, bolsitas con lavanda) y un porte de reina. ¿Podía haber rostro más rosa, más vivo, más perfecto que el suyo? Por primera vez, alguien nos contaba una historia, y nos quedábamos todos prendidos de sus labios, ávidos del despertar misterioso que provocaban en nosotros las palabras que salían de la boca de esa campesina convertida en criada de los poderosos y que hablaba de un mundo desconocido, engalanado y resplandeciente, donde las mujeres conducían automóviles y regresaban por la noche a unas casas equipadas con aparatos que hacían el trabajo en lugar de los hombres o daban noticias del mundo con sólo pulsar un botón…
Cuando vuelvo a pensar en todo eso, calibro la carencia total en la que vivíamos. Nuestra granja distaba apenas cincuenta kilómetros de la ciudad, y unos doce de un pueblo grande, pero seguíamos como en el tiempo de los castillos medievales, sin comodidades ni esperanza mientras perdurara nuestra íntima certeza de que siempre seríamos palurdos. Sin duda todavía existe hoy en día, en algún pueblo remoto y aislado, un puñado de viejos a la deriva que ignoran la vida moderna, pero en nuestro caso se trataba de una familia entera todavía joven y activa que, al describir Lisette las calles de las ciudades iluminadas por Navidad, descubría que había un mundo cuya existencia ni siquiera sospechaba.
Lisette regresó a la ciudad. Durante algunos días, como por una inercia mecánica, seguimos hablando un poco. Varias noches seguidas, durante la cena, el padre comentó las historias de la hija. «Qué cosas, hay que ver qué cosas.» Después el silencio y los gritos se abatieron de nuevo sobre nosotros como la peste sobre los desheredados.
Cuando me acuerdo… Toda esa lluvia, todos esos muertos. Lisette llevaba el nombre de dos difuntas; a mí sólo me habían otorgado el de una, mi abuela materna, fallecida poco antes de nacer yo. Mis hermanos llevaban los nombres de primos a los que habían matado en la guerra, y mi madre, de una prima muerta al poco de nacer, a la que no había conocido. Vivíamos así, sin palabras, en ese universo de muertos en el que, una noche de noviembre, Lisette volvió de la ciudad.
Recuerdo toda esa lluvia… El ruido del agua martilleando sobre el tejado, los caminos anegados, el mar de barro a las puertas de nuestra granja, el cielo negro, el viento, la sensación atroz de una humedad sin fin, que nos pesaba tanto como nos pesaba nuestra vida: sin lucidez ni rebelión. Estábamos apiñados alrededor de la lumbre cuando, de pronto, mi madre se levantó, haciéndonos trastabillar a todos; sorprendidos, la miramos dirigirse hacia la puerta y, movida por un oscuro impulso, abrirla de par en par.
Toda esa lluvia, oh, toda esa lluvia… En el marco de la puerta, inmóvil, con el cabello pegado al rostro, el vestido empapado, los zapatos devorados por el barro y la mirada fija, estaba Lisette. ¿Cómo lo había sabido mi madre? Esta mujer que, para no maltratarnos, nunca nos había dado a entender que nos quería, ni con gestos ni con palabras, cómo esta mujer tosca que traía a los hijos al mundo de la misma manera que removía la tierra o daba de comer a las gallinas, esta mujer analfabeta, embrutecida hasta el punto de no llamarnos nunca por los nombres que nos había dado y los cuales dudo que aún recordara, ¿cómo había sabido esta mujer que su hija medio muerta, que no se movía ni hablaba y miraba la puerta bajo el aguacero sin pensar siquiera en llamar, esperaba a que alguien le abriera, la hiciera entrar y le ofreciera cobijo al calor de la lumbre?
¿Es esto acaso el amor materno, esta intuición en el corazón del desastre, esta chispa de empatia que perdura incluso cuando el hombre se ve reducido a vivir como un animal? Es lo que me había dicho Lucien: una madre que quiere a sus hijos siempre sabe cuándo sufren. Yo en cambio no me inclino por esta interpretación. Tampoco guardo rencor por esta madre que no era una madre. La miseria es una guadaña: siega en nosotros cuanta aptitud tenemos para la relación con el otro y nos deja vacíos, lavados de sentimientos, para poder soportar toda la negrura del presente. Tampoco tengo convicciones idílicas: no había nada de amor materno en esa intuición de mi madre, sino tan sólo la traducción en gestos de la certeza de la desgracia. Es una suerte de conciencia atávica, arraigada en lo más profundo de los corazones, que recuerda que a pobres desdichados como nosotros siempre les llega una noche de tormenta una hija deshonrada que vuelve a morir al hogar.
Lisette vivió aún lo suficiente para traer al mundo a su hijo. El recién nacido hizo lo que se esperaba de él: murió a las tres horas. De esa tragedia que para mis padres no era sino el curso natural de las cosas, por lo que no se afligieron más -ni menos tampoco- que si hubieran perdido a una cabra, me fragüé yo dos certezas: los fuertes viven y los débiles mueren, con gozos y sufrimientos proporcionales a sus posiciones jerárquicas e, igual que Lisette había sido hermosa y pobre, yo era inteligente e indigente, y abocada pues a castigo similar si esperaba sacar partido de mi mente a costa del desprecio de mi clase. Pero como tampoco podía dejar de ser lo que era, comprendí que mi vía era la del secreto: debía callar lo que era y, con el otro mundo, no mezclarme jamás.
De taciturna me convertí pues en clandestina.
Y, de repente, caigo en la cuenta de que estoy sentada en mi cocina, en París, en ese otro mundo en cuyo seno he cavado mi pequeño nicho invisible y con el que me he guardado muy mucho de mezclarme, y que lloro a lágrima viva mientras una niña de mirada prodigiosamente cálida sostiene mi mano entre las suyas y me acaricia con dulzura los dedos -y caigo en la cuenta también de que lo he dicho todo, lo he contado todo: Lisette, mi madre, la lluvia, la belleza profanada y, en resumen, la mano de hierro del destino, que da a los niños que nacen muertos madres que mueren por haber querido renacer. Lloro a lágrima plena, viva, buena y convulsiva, perpleja pero incomprensiblemente feliz de la transfiguración de la mirada triste y severa de Paloma en pozo de calor donde encuentra consuelo mi llanto.
– Dios mío -digo, calmándome un poco-, Dios mío, Paloma, ¡vas a pensar que soy una tonta!
– Señora Michel -me contesta ella-, ¿sabe una cosa?, me devuelve usted un poco de esperanza.
– ¿Esperanza? -digo, sorbiéndome la nariz en un gesto patético.
– Sí -me asegura-, parece posible cambiar de destino.
Y permanecemos ahí largos minutos, cogidas de la mano, sin decir nada. Me he hecho amiga de un alma buena de doce años que me provoca un hondo sentimiento de gratitud, y la incongruencia de este apego disimétrico en edad, condición y circunstancia no alcanza a empañar mi emoción. Cuando Solange Josse se presenta en la portería para recuperar a su hija, nos miramos las dos con la complicidad de las amistades indestructibles y nos decimos adiós con la certeza de un cercano reencuentro. Una vez la puerta cerrada, me siento en el sillón frente al televisor, con la mano en el pecho, y me sorprendo a mí misma diciendo en voz alta: quizá vivir sea esto.
Idea profunda n°15
Si quieres cuidar de ti
cuida
de los demás
y sonríe o llora
por ese cambio radical del destino
¿Sabéis una cosa? Me pregunto si no me habré perdido algo. Como alguien que tuviera las compañías equivocadas y descubriera de pronto otra vía al conocer por fin a las adecuadas. Las compañías equivocadas mías son mamá, Colombe, papá y toda esa gente. Pero hoy he conocido de verdad a la persona adecuada. La señora Michel me ha contado su trauma: huye de Kakuro porque la traumatizó la muerte de su hermana Lisette, seducida y abandonada por un chico de buena familia. No confraternizar con los ricos para no morir por ello es, desde entonces, su táctica de supervivencia.
Al escuchar a la señora Michel, me he preguntado una cosa: ¿qué es lo más traumático? ¿Una hermana que muere porque la han abandonado, o los efectos permanentes de este hecho: el miedo de morir si uno no se queda en el lugar que le corresponde? La muerte de su hermana, la señora Michel podría haberla superado; pero ¿se puede superar la puesta en escena que uno hace de su propio castigo?
Y, sobre todo, he experimentado otra cosa, un sentimiento nuevo y, al escribirlo ahora, estoy muy emocionada; de hecho, he tenido que dejar el boli un momento, para llorar, pues esto es lo que he sentido: al escuchar a la señora Michel y al verla llorar, pero sobre todo al darme cuenta de hasta qué punto le sentaba bien contarme todo eso, a mí, he comprendido algo: he comprendido que yo sufría porque no podía ayudar a nadie a mi alrededor. He comprendido que sentía rencor por papá, mamá y sobre todo por Colombe porque soy incapaz de serles útil, porque no puedo hacer nada por ellos. Están en una fase demasiado avanzada de su enfermedad, y yo soy demasiado débil. Veo bien sus síntomas, pero no soy competente para curarlos, y eso me hace estar tan enferma como ellos, aunque no soy consciente de ello. Mientras que, al sostener la mano de la señora Michel, he sentido que yo también estaba enferma. Y, en todo caso, lo que es seguro es que no puedo cuidar de mí castigando a aquellos a los que no puedo curar. A lo mejor tengo que reflexionar un poco sobre esta historia de incendio y de suicidio. Por otra parte, no tengo más remedio que reconocerlo: ya no tengo muchas ganas de morir, de lo que sí tengo ganas es de volver a ver a la señora Michel, a Kakuro y a Yoko, su sobrina nieta tan impredecible, y de pedirles ayuda. Oh, por supuesto no me voy a plantar delante de ellos y a decirles: please, help me, soy una niña con tendencias suicidas. Pero tengo ganas de dejar que los demás me ayuden: después de todo, no soy más que una niña que sufre y aunque sea extremadamente inteligente, eso no cambia nada, ¿no? Una niña que sufre y que, en el peor momento, tiene la suerte de conocer a las personas adecuadas. ¿Tengo moralmente derecho a desaprovechar esta oportunidad?
Bah, y yo qué sé. Después de todo, esta historia es una tragedia. ¡Alégrate, hay personas valerosas!, tengo ganas de decirme, pero al final, ¡qué tristeza! ¡Terminan todas bajo la lluvia! Ya no sé muy bien qué pensar. Durante un segundo, he creído haber encontrado mi vocación; he creído comprender que, para cuidar de mí, tenía que cuidar de los demás, o sea, de los que son «cuidables», de los que se pueden salvar, en lugar de carcomerme por dentro porque no puedo salvar a los demás.
Entonces qué, ¿debería hacerme médico de mayor? ¿O escritora? Es un poco lo mismo, ¿no? Pero, por cada señora Michel, ¿cuántas Colombes, cuántos tristes Tibères?
En las calles del infierno
Cuando se marcha Paloma, totalmente sacudida por dentro, permanezco largo rato sentada en mi sillón.
Luego, armándome de valor, marco el número de teléfono de Kakuro Ozu.
Paul N'Guyen responde al segundo timbrazo.
– Ah, hola, señora Michel -me dice-, ¿qué puedo hacer por usted?
– Pues me gustaría hablar con Kakuro.
– Está ausente en este momento -me dice-, ¿quiere que la llame en cuanto vuelva?
– No, no -le digo, aliviada de poder operar con un intermediario-. ¿Podría decirle que, si no ha cambiado de opinión, me encantaría cenar con él mañana por la noche?
– Por supuesto -dice Paul N'Guyen.
Cuelgo el teléfono, me dejo caer de nuevo en mi sillón y me enfrasco durante una horita en pensamientos incoherentes pero agradables.
– Oiga, no huele aquí muy bien que digamos -articula una dulce voz masculina a mi espalda-. ¿No ha venido nadie a arreglarle esto?
Ha abierto la puerta tan despacito que no lo he oído. Es un hombre joven, moreno y guapo, con el pelo un poco alborotado, una cazadora vaquera recién estrenada y unos grandes ojos de cocker pacífico.
– ¿Jean? ¿Jean Arthens? -pregunto, sin dar crédito a lo que veo.
– Pues sí -dice, inclinando la cabeza hacia un lado, como hacía antes.
Pero eso es todo lo que queda del desecho humano, de la joven alma quemada de cuerpo descarnado; Jean Arthens, antes tan próximo a la caída, ha optado visiblemente por el renacer.
– ¡Tiene un aspecto sensacional! -le digo, con la mejor de mis sonrisas.
Me la devuelve amablemente.
– Hola, señora Michel -me dice-, me alegro de verla. Le queda bien -añade, señalando mi pelo.
– Gracias -le digo-. Pero ¿qué le trae por aquí? ¿Quiere una taza de té?
– Ah… -dice, con una pizca de la vacilación de antaño-. Pues sí, claro, encantado.
Preparo el té mientras se acomoda en una silla, mirando a León con ojos estupefactos.
– ¿Antes ya era así de gordo este gato? -inquiere sin la más mínima perfidia.
– Sí, no es muy deportista que digamos.
– ¿No será él el que huele mal, por casualidad? -pregunta, olisqueándolo con aire consternado.
– No, no -le aseguro-, es un problema de cañerías.
– Debe de resultarle extraño que aparezca aquí así, tan de repente -dice-, sobre todo porque usted y yo tampoco es que habláramos mucho nunca, ¿eh?, no era yo muy locuaz cuando… bueno, cuando vivía mi padre.
– Me alegro de verlo y, sobre todo, parece que se encuentra usted bien -le digo con sinceridad.
– Pues sí -dice -… vuelvo de muy lejos.
Aspiramos simultáneamente dos sorbitos de té hirviendo.
– Estoy curado, bueno, creo que estoy curado -dice-, si es que de verdad se cura uno algún día. Pero ya no toco la droga, he conocido a una buena chica, bueno, más bien a una chica fantástica, tengo que decir. -Se le iluminan los ojos y resopla ligeramente mientras me mira-. Y he encontrado un trabajito bien majo.
– ¿A qué se dedica? -le pregunto.
– Trabajo en el almacén de un astillero.
– ¿De barcos?
– Pues sí, y es un trabajo muy agradable. Allí siempre tengo la sensación de estar de vacaciones. Viene la gente y me habla de su barco, de los mares a los que van, de los mares de los que vuelven, me gusta; y estoy muy contento de trabajar, ¿sabe?
– ¿Y en qué consiste exactamente su trabajo?
– Pues soy como una especie de factótum: trabajo de reponedor, de chico de los recados, ya sabe. Pero con el tiempo he ido aprendiendo, así que ahora ya de vez en cuando me encargan tareas más interesantes: arreglar velas, obenques, establecer inventarios para un avituallamiento…
¿Son ustedes sensibles a la poesía del término? Se avitualla una embarcación o un ejército, se abastece una ciudad. A quienes no han comprendido que el embrujo de la lengua nace de tales sutilezas, dirijo la exhortación siguiente: desconfíen de las comas.
– Pero usted también tiene muy buen aspecto -dice, mirándome con cordialidad.
– ¿Sí? Bueno, se han producido ciertos cambios beneficiosos para mí.
– ¿Sabe? -me dice-, no he venido a ver mi casa o a nadie de aquí. Ni siquiera estoy seguro de que me reconocieran; de hecho, me había traído el carné de identidad, por si acaso tampoco usted me reconocía. No -prosigue-, he venido porque no consigo acordarme de algo que me ha ayudado mucho, ya cuando estaba enfermo y también después, durante mi curación.
– ¿Y puedo yo serle útil en algo?
– Sí, porque fue usted quien me dijo el nombre e esas flores, un día. En ese arriate de allí -señala con el dedo el fondo del patio-, hay unas florecitas blancas y rojas muy bonitas, las plantó usted, ¿verdad? Y un día le pregunté qué flores eran, pero no fui capaz de retener el nombre en la memoria. Sin embargo, pensaba todo el rato en esas flores, no sé por qué. Son muy bonitas; cuando estaba tan mal, pensaba en esas flores y hacerlo me sentaba bien. Entonces, hoy pasaba por aquí y me he dicho: voy a ir a preguntarle a la señora Michel, a ver si me sabe decir.
Jean espera mi reacción, un poco incómodo.
– Le debe de parecer extraño, ¿verdad? Espero no asustarla con estas historias mías de flores y tal.
– No -le digo-, en absoluto. Si hubiera sabido que le hacían tanto bien… ¡Las habría plantado por todas partes!
Se ríe como un chiquillo feliz.
– Ah, señora Michel, ¿sabe usted?, prácticamente me salvaron la vida. ¡Eso ya es todo un milagro! Bueno, y entonces, ¿me puede decir qué flores son?
Sí, ángel mío, sí que puedo. En las calles del infierno, bajo el diluvio, sin aliento y con el corazón en los labios, una tenue luz: son camelias.
– Sí -le digo-. Son camelias.
Me mira fijamente, con los ojos abiertos de par en par. Luego una lágrima rueda por su mejilla de niño salvado.
– Camelias… -dice, perdido en un recuerdo que sólo le pertenece a él-. Camelias, sí – repite, volviendo otra vez los ojos hacia mí-. Eso es. Camelias.
Siento una lágrima resbalar también por mi mejilla.
Le cojo la mano.
– Jean, no se hace una idea de lo mucho que me alegra que haya venido hoy a verme -digo.
– ¿Ah, sí? -dice, extrañado-. Pero ¿por qué?
¿Por qué?
Porque una camelia puede cambiar el destino.
De un pasillo a las calles
¿Qué guerra es esta que combatimos, seguros de nuestra derrota? Aurora tras aurora, extenuados ya de todas las batallas que aún están por venir, nos acompaña el espanto del día a día, ese pasillo sin fin que, en las horas postreras, será nuestro destino por haberlo recorrido tantas veces. Sí, ángel mío, así es el día a día: tedioso, vacío y anegado en desdicha. Las calles del infierno no le son en nada ajenas; uno acaba allí un buen día por haber permanecido en ese pasillo demasiado tiempo. De un pasillo a las calles: entonces acontece la caída, sin sacudidas ni sorpresas. Cada día, volvemos a experimentar la tristeza del pasillo y, paso tras paso, seguimos el camino de nuestra lúgubre condena.
¿Vio él las calles? ¿Cómo se nace después de haber caído? ¿Qué pupilas nuevas sobre ojos calcinados? ¿Dónde empieza la guerra y dónde cesa el combate?
Entonces, una camelia.
Sobre sus hombros empapados en sudor
A las ocho de la tarde, Paul N'Guyen se presenta en mi portería con los brazos cargados a más no poder de paquetes.
– El señor Ozu no ha vuelto todavía -un problema en la embajada con su visado-, por eso me ha pedido que le entregue todo esto -dice, con una bonita sonrisa.
Deja los paquetes sobre la mesa y me tiende una tarjetita.
– Gracias -le digo-. Pero no se irá sin tomar algo, ¿verdad?
– Gracias -me contesta-, pero todavía tengo mucho que hacer. Me reservo su invitación para otra ocasión.
Y me sonríe de nuevo, con un no sé qué de calidez y de alegría que me hace bien, sin reservas.
A solas en mi cocina, me siento delante de los paquetes y abro el sobre de la tarjetita.
«De pronto, experimentó en sus hombros empapados en sudor una agradable
sensación de frescor que no acertó a explicarse del todo al principio; pero, durante el descanso, vio que un nubarrón bajo que surcaba el cielo acababa de soltar su carga.»
Por favor, acepte estos pocos presentes con sencillez.
Kakuro
Lluvia de verano sobre los hombros de Levin segando… Me llevo la mano al pecho, conmovida como nunca. Abro uno a uno los paquetes.
Un vestido pareo de seda gris perla, con un cuellecito chimenea, cerrado por delante por un lazo de satén negro.
Una estola de seda color púrpura, ligera y densa como el viento.
Zapatos de tacón bajo, de un cuero negro de grano tan fino y tan suave que me lo paso por la mejilla.
Miro el vestido, la estola, los zapatos.
Fuera, oigo a León que araña la puerta y maúlla para entrar.
Me pongo a llorar bajito, despacio, y en mi pecho se estremece una camelia.
Algo tiene que terminar
A la mañana siguiente, a las diez, llaman a la ventana de mi portería.
Es un tipo alto y flaco, todo vestido de negro, con un gorro de lana azul marino en la cabeza y botas militares de la época de la guerra de Vietnam. Es también el novio de Colombe y un especialista mundial de la elipse en la fórmula de cortesía. Se llama Tibère.
– Busco a Colombe -dice Tibère.
Aprecien, se lo ruego, lo ridículo de esta frase. Busco a Julieta, dice Romeo, es a fin de cuentas más fastuoso.
– Busco a Colombe -dice pues Tibère, que sólo le tiene miedo al champú, como se puede apreciar cuando se quita el gorro que le toca la cabeza, no porque sea cortés sino porque hace mucho calor.
Estamos en mayo, qué demonios.
– Paloma me ha dicho que estaba aquí -añade.
Y vuelve a añadir:
– Joder, me caguen…
Paloma, qué bien te lo pasas.
Lo acompaño rápidamente hasta la puerta y me enfrasco en pensamientos extraños.
Tibère… Ilustre nombre para tan patético aspecto… Rememoro la prosa de Colombe Josse, los pasillos silenciosos del Saulchoir… y mi mente enlaza con Roma. Tiberio… El recuerdo del rostro de Jean Arthens me pilla desprevenida, vuelvo a ver el de su padre y su chalina incongruente, tan ridícula… Todas esas búsquedas, todos esos mundos… ¿Podemos ser tan semejantes y vivir en universos tan distantes? ¿Es posible que compartamos un mismo frenesí, cuando sin embargo no somos del mismo suelo, ni de la misma sangre ni la misma ambición? Tibère… Me siento cansada, en verdad, cansada de todos estos ricos, cansada de todos estos pobres, cansada de toda esta farsa… León salta del sillón y viene a frotarse contra mi pierna. Este gato, que no es obeso más que por caridad, es también un alma generosa que siente las fluctuaciones de la mía. Cansada, sí, cansada…
Algo tiene que terminar, algo tiene que comenzar.
Padecimientos del apresto
A las ocho de la tarde, estoy lista.
El vestido y los zapatos son exactamente de mi talla (42 y 37).
La estola es romana (60 centímetros de ancho, 2 metros de largo).
Me he secado el pelo (que previamente había lavado 3 veces) con un secador Babyliss de 1600 vatios y me lo he peinado 2 veces en todos los sentidos. El resultado es sorprendente.
Me he sentado 4 veces y me he levantado otras 4, lo que explica que ahora mismo esté de pie, sin saber qué hacer.
Sentarme, quizá.
He sacado de su estuche detrás de las sábanas en el fondo del armario 2 pendientes heredados de mi suegra, la monstruosa Yvette; 2 pendientes antiguos de plata con 2 granates tallados en forma de pera. He efectuado 6 intentos antes de lograr enganchármelos correctamente en las orejas, y ahora tengo que vivir con la sensación de llevar dos gatos barrigones colgados de mis lóbulos estirajados. 54 años sin joyas no preparan para los padecimientos del apresto. Me he embadurnado los labios con 1 capa de barra de labios «Carmín profundo» comprado hace 20 años para la boda de una prima. La longevidad de estas cosas ineptas, cuando vidas valerosas perecen cada día, no dejará jamás de confundirme. Formo parte del 8% de la población mundial que aplaca su aprensión ahogándose en las cifras.
Kakuro Ozu llama 2 veces a mi puerta.
Abro.
Está muy guapo. Lleva un traje compuesto por una chaqueta de cuello oficial gris antracita con cubrebotones del mismo tono y un pantalón a juego, así como mocasines de cuero flexible que parecen pantuflas de lujo. Tiene un aspecto muy… euroasiático.
– Oh… ¡Está usted soberbia! -me dice.
– Vaya, gracias -contesto, emocionada-, pero usted también está muy guapo. ¡Feliz cumpleaños!
Me sonríe y, tras cerrar con cuidado la puerta detrás de mí y delante de León que intenta una incursión fuera de la trinchera, me tiende un brazo sobre el que apoyo una mano ligeramente trémula. Por favor, que no nos vea nadie, suplica en mí una instancia activa en la resistencia, la de Renée la clandestina. Por mucho que haya quemado en la hoguera montones de temores, no estoy aún preparada para ser la comidilla de la calle Grenelle.
Por eso, ¿a quién podría sorprenderle lo que ocurre a continuación?
La puerta de entrada a la que nos dirigimos se abre antes de que nos dé tiempo a alcanzarla.
Ahí están Jacinthe Rosen y Anne-Hélène Meurisse.
¡Demonios! ¿Qué hacer?
Ya las tenemos encima.
– Buenas noches, buenas noches, mis queridas señoras -gorjea Kakuro tirando de mí con firmeza hacia la izquierda y adelantándolas con celeridad-, buenas noches, mis queridas amigas, ¡llegamos tarde, así que reciban nuestros más caros saludos y nos marchamos pitando!
– Ah, buenas noches, señor Ozu -dicen, poniendo boquita de piñón, subyugadas, dándose la vuelta a un tiempo para seguirnos con la mirada.
– Buenas noches, señora -me dicen (a mí) sonriendo, mostrando los dientes. Nunca había visto tantos dientes a la vez.
– Adiós, mi querida señora, ha sido todo un placer -me susurra Anne-Hélène Meurisse mirándome con avidez, mientras nos precipitamos hacia la puerta.
– ¡Desde luego, desde luego! -trina Kakuro empujando con el talón la hoja de la puerta.
– Menos mal -dice-, si nos hubiéramos parado, nos habrían retenido una hora como mínimo.
– No me han reconocido -comento.
Me detengo en mitad de la acera, del todo sobrecogida.
– No me han reconocido -repito.
Él se detiene a su vez; mi mano no se ha movido de su brazo.
– Es porque no la han visto nunca -me dice-. Yo la reconocería en cualquier circunstancia.
El agua en movimiento
Basta haber experimentado una vez que se puede estar ciego a plena luz del día y ver en la oscuridad para plantearse la cuestión de la visión. ¿Por qué vemos? Subiendo al taxi que había pedido Kakuro y pensando en Jacinthe Rosen y en Anne-Hélène Meurisse, que sólo habían visto de mí lo que podían ver (cogida del brazo del señor Ozu, en un mundo de jerarquías), la evidencia de que la mirada es como una mano que buscara capturar el agua en movimiento me golpea con una fuerza insólita. Sí, el ojo percibe pero no escruta, cree pero no inquiere, recibe pero no busca, vaciado de deseo, sin hambre ni cruzada.
Y mientras el taxi se desliza en el crepúsculo incipiente, pienso.
Pienso en Jean Arthens, sus pupilas quemadas iluminadas de camelias.
Pienso en Pierre Arthens, ojo acerado y ceguera de mendigo.
Pienso en esas señoras ávidas, ojos pedigüeños tan fútilmente ciegos.
Pienso en Gégène, órbitas muertas y sin fuerza, que ya sólo ven la caída.
Pienso en Lucien, no apto para la visión porque, a veces, la oscuridad es a fin de cuentas demasiado fuerte.
Pienso incluso en Neptune, cuyos ojos son un hocico que no sabe mentirse.
Y me pregunto si yo misma veo bien.
Centellea
¿Han visto Black Rain?
Porque si no han visto Black Rain -o, en su defecto, Blade Runner-, les será difícil comprender por qué, al entrar en el restaurante, tengo la sensación de adentrarme en una película de Riddley Scott. En Blade Runner hay una escena, en el bar de la mujer serpiente, desde el cual Deckard llama a Rachel por un videófono de pared. También está el bar de alterne de Black Rain, con el cabello rubio y la espalda desnuda de Kate Capshaw. Y están esos planos con luz de vidriera y claridad de catedral rodeados por toda la penumbra de los infiernos.
– Me gusta mucho la luz -le digo a Kakuro, sentándome.
Nos han llevado a un reservado tranquilo, bañado en una luz que recuerda a la del sol, rodeada de sombras centelleantes. ¿Cómo puede la sombra centellear? Pues sí, centellea y no hay más que hablar.
– ¿Ha visto Black Rain? -me pregunta Kakuro.
Nunca hubiera creído que pudiese existir entre dos seres tal concordancia de gustos y de vericuetos psíquicos.
– Sí -contesto-, doce veces por lo menos.
La atmósfera es brillante, chispeante, distinguida, silenciosa y cristalina. Magnífica.
– Nos vamos a entregar a una orgía de sushi -anuncia Kakuro, desplegando su servilleta con un gesto entusiasta-. Espero que no le moleste, pero ya he pedido; quiero hacerle descubrir lo que considero lo mejor de la cocina japonesa en París.
– No me molesta en absoluto -digo, abriendo unos ojos como platos porque los camareros han dejado en la mesa botellas de sake y, en una miríada de adorables cuenquitos, toda una serie de verduritas que parecen marinadas en un qué sé yo qué que debe de estar riquísimo.
Y empezamos. Voy a pescar un pepino marinado, que de pepino y de marinado sólo tiene el aspecto pues, en la lengua, es algo delicioso. Kakuro levanta delicadamente con sus palillos de madera caoba un fragmento de… ¿mandarina?, ¿tomate?, ¿mango?, y lo hace desaparecer con destreza. Yo hurgo al instante en el mismo cuenquito.
Es zanahoria dulce para dioses gourmets.
– ¡Feliz cumpleaños! -le deseo, alzando mi vaso de sake.
– ¡Gracias, muchas gracias! -me dice, brindando conmigo.
– ¿Es pulpo? -pregunto, porque acabo de descubrir un pedacito de tentáculo almenado en un cuenquito de salsa amarillo azafrán.
Traen dos bandejitas de madera gruesa, sin bordes, y sobre éstas, trozos de pescado crudo.
– Sashimis -aclara Kakuro-. También aquí encontrará pulpo.
Me sumo en la contemplación de la obra. La belleza visual es tal que corta la respiración. Encajo un pedacito de carne blanca y gris entre mis palillos desmañados (acedías, me precisa amablemente Kakuro) y, decidida a extasiarme, lo pruebo.
¿Por qué buscamos la eternidad en el éter de esencias invisibles? Esta cosita blanquecina es una miga bien tangible de ella.
– Renée -me dice Kakuro-, estoy encantado de celebrar mi cumpleaños en su compañía, pero tengo también un motivo más poderoso para cenar con usted.
Aunque sólo nos conozcamos desde hace un trío de semanas, empiezo a discernir bien los motivos de Kakuro. ¿Francia o Inglaterra? ¿Vermeer o Caravaggio? ¿Guerra y Paz o nuestra querida Ana?
Engullo un nuevo y ligerísimo sashimi -¿atún?- de tamaño respetable que, en mi humilde opinión, habría reclamado un poco de fraccionamiento.
– La había invitado para celebrar mi cumpleaños, sí, pero entre tanto alguien me ha dado una información muy importante. Por ello ahora tengo algo capital que decirle.
El pedazo de atún absorbe toda mi atención y no me prepara para lo que sigue.
– No es usted su hermana -dice Kakuro, mirándome a los ojos.
Tribus gagausas
Señoras.
Señoras que salen una noche a cenar a un restaurante lujoso, invitadas por un adinerado y amable caballero, actúen en todo momento con la misma elegancia. Ya las sorprendan, las irriten o las desconcierten, conserven un mismo refinamiento en la impasibilidad y, ante palabras chocantes, reaccionen con la distinción que tales circunstancias requieren. En lugar de eso, y porque soy una paleta que engulle sashimis como si fueran papas fritas, me atraganto espasmódicamente y, sintiendo con espanto alojárseme en la garganta la miga de eternidad, trato de escupirla con la distinción de un gorila. En las mesas más próximas se hace el silencio mientras, tras mil y un eructos y en un último y muy melódico espasmo, logro al fin desalojar a la culpable y, apoderándome de mi servilleta, realojarla in extremis.
– ¿Debo acaso repetírselo? -pregunta Kakuro, que parece, (¡diablos!), divertirse.
– Yo… cof… cof… -(toso).
El cofcof es un responsorio tradicional de la oración fraterna de las tribus gagausas.
– Yo… o sea… cof… cof… -prosigo brillantemente.
Entonces, con la clase de quien se codea con las altas esferas, añado:
– ¿Que ha dicho?
– Se lo diré otra vez para que la cosa le quede bien clara -articula, con esa suerte de paciencia infinita que se tiene con los niños o, más bien, con los cortos de luces-. Renée, no es usted su hermana.
Y, como me quedo ahí, mirándolo como una pazguata, añade:
– Se lo repito una última vez, con la esperanza esta vez de que no se atragante con sushis que, dicho sea de paso, cuestan treinta euros la unidad y exigen algo más de delicadeza en la ingestión: no es usted su hermana, podemos ser amigos. E incluso todo lo que queramos.
Todas esas tazas de té
Tum tum tum tum tum tum tum
Look, if you had one shot, one opportunity,
To seize everything you ever wanted
One moment
Would you capture it or just let it slip?
Esto es de Eminem. Confieso que, a título de profeta de las élites modernas, a veces lo escucho cuando ya no me es posible ignorar que Dido ha perecido.
Pero sobre todo, gran confusión.
¿Una prueba?
Hela aquí.
Remember me, remember me
But ah! forget my fate
Treinta euros la unidad
Would you capture it
Or just let it slip?
Esto ocurre en mi cabeza y en las mejores familias, por lo que huelga todo comentario. La manera extraña que tienen las melodías de imprimirse en mi cabeza me sorprenderá siempre (sin evocar siquiera a un tal Confutatis, gran amigo de las porteras de vejiga pequeña), y, con un interés marginal y sin embargo sincero, observo que, esta vez, lo que importa es el medley.
Y me echo a llorar.
En la Tasca de los Amigos de Puteaux, una comensal que a punto está de ahogarse y se salva por los pelos para a continuación echarse a llorar, con el hocico hundido en la servilleta, constituye un entretenimiento de calidad. Pero aquí, en este templo solar de sashimis despachados por unidad, mis excesos tienen el efecto contrario. Una onda de reprobación silenciosa me circunscribe, y heme aquí sollozando y moqueando, obligada a recurrir a una servilleta bien cargadita ya para limpiar los estigmas de mi emoción y tratar de enmascarar lo que la opinión pública reprueba.
Sollozo a más no poder.
Paloma me ha traicionado.
Entonces, arrastrados por esos sollozos, desfilan en mi seno toda una vida de espíritu solitario transcurrida en la clandestinidad, todas esas largas lecturas recluidas, todos esos inviernos de enfermedad, toda esa lluvia de noviembre sobre el bello rostro de Lisette, todas esas camelias de regreso del infierno, encalladas en el musgo del templo, todas esas tazas de té al calor de la amistad, todas esas palabras maravillosas en boca de la maestra, esas naturalezas muertas tan wabi, esas esencias eternas iluminando sus reflejos singulares, también esas lluvias de verano que irrumpen en la sorpresa del placer, copos que danzan la melopea del corazón y, en el marco del Japón antiguo, el rostro puro de Paloma. Y lloro, lloro sin poder contenerme, a lágrima viva de felicidad, lágrima cálida y hermosa, mientras a mi alrededor el mundo se sume en el abismo y no deja más sensación que la de la mirada del hombre en cuya compañía me siento alguien y que, cogiéndome con dulzura de la mano, me sonríe con una calidez infinita.
– Gracias -logro murmurar con un hilo de voz.
– Podemos ser amigos -dice-. E incluso todo lo que queramos.
Remember me, remember me,
And ah! envy my fate
La hierba de los prados
Ahora ya sé lo que hay que vivir antes de morir. Bien: se lo puedo decir. Lo que hay que vivir antes de morir es un aguacero que se transforma en luz.
No he dormido en toda la noche. Tras y pese a mis abandonos llenos de gracia, la cena fue maravillosa: sedosa, cómplice, con largos y deliciosos silencios. Cuando Kakuro me acompañó hasta mi puerta, me besó largo rato la mano y nos separamos así, sin una palabra, con una sencilla sonrisa eléctrica.
No he dormido en toda la noche,
¿Y saben por qué?
Por supuesto que lo saben.
Por supuesto, todo el mundo se imagina que, además de todo lo demás, es decir, de una sacudida telúrica que pone patas arriba una existencia súbitamente descongelada, algo ronda por mi cabeza de jovencita romántica quincuagenaria. Y que ese algo se pronuncia: «E incluso todo lo que queramos.»
A las siete, me levanto, con un gesto mecánico, catapultando a mi gato indignado al otro extremo de la cama. Tengo hambre. Tengo hambre en sentido literal (una colosal rebanada de pan sepultada en mantequilla y mermelada de ciruela Claudia sólo consigue azuzar mi dantesco apetito) y figurado: siento una frenética impaciencia de saber qué ocurrirá a continuación. Doy vueltas cual tigre enjaulado en mi cocina, acoso a un gato que no me hace ni caso, me meto entre pecho y espalda otra montaña de pan con mantequilla y mermelada, camino de un extremo a otro de la habitación ordenando cosas que no necesitan orden ninguno y me dispongo a un tercer asalto de pan con mantequilla y mermelada.
Y, de golpe, a las ocho, me tranquilizo.
Sin previo aviso, de manera sorprendente, un gran sentimiento de serenidad cae sobre mí como un chaparrón. ¿Qué ha ocurrido? Una mutación. No veo otra explicación; a algunos les crecen branquias; a mí me sobreviene la sabiduría.
Me dejo caer sobre una silla y la vida retoma su curso.
Un curso por lo demás poco o nada apasionante: recuerdo que sigo siendo portera y que a las nueve tengo que estar en la calle Del Bac para comprar limpiador para cobre. «A las nueve» es una precisión fantasiosa. Pero planificando bien mis tareas del día siguiente, me había dicho: «Iré hacia las nueve.» Cojo pues mi carrito de la compra y mi bolso y me voy por el mundo a buscar esa sustancia que saca brillo a los adornos de las casas de los ricos. Fuera hace un maravilloso día de primavera. Desde lejos diviso a Gégène, que se levanta con esfuerzo de sus cartones; me alegro por él por el buen tiempo que se anuncia. Pienso brevemente en el apego del clochard por el gran gurú arrogante de la gastronomía, y la idea me hace sonreír; al que es feliz, la lucha de clases se le antoja de pronto secundaria, me digo, sorprendida del bajón en mi conciencia social.
Y entonces ocurre: bruscamente, Gégène se tambalea. Estoy a quince pasos nada más y frunzo el ceño, inquieta. Se tambalea mucho, como sobre el puente de un barco presa del cabeceo, y alcanzo a ver su rostro y su expresión perdida. ¿Qué ocurre?, pregunto en voz alta apretando el paso hacia el necesitado. Por lo general, a estas horas Gégène no está ebrio y, por añadidura, aguanta tan bien el alcohol como una vaca la hierba de los prados. Para colmo de males, la calle está casi desierta; soy la única que ha reparado en el pobre hombre de andares vacilantes. Da unos pasos torpes en dirección a la calzada, se detiene y, cuando apenas me separan dos metros de él, echa a correr de pronto como alma que lleva el diablo. Y esto es lo que ocurre a continuación.
Esto que, como todo el mundo, habría preferido que no ocurriera jamás.
Mis camelias
Me muero.
Sé con una certeza cercana a la adivinación que me estoy muriendo, que voy a expirar en la calle Del Bac, una bonita mañana de primavera, porque un clochard llamado Gégène, aquejado del baile de san Vito, ha trastabillado sobre la calzada desierta sin preocuparse de los hombres ni de Dios.
A decir verdad, tampoco estaba tan desierta la calzada.
He corrido en pos de Gégène abandonando bolso y carrito.
Y me han atropellado.
Sólo al caer al suelo, tras un instante de estupor y de incomprensión total, y antes de que el dolor me hiciera pedazos, he visto lo que me había atropellado. Descanso ahora de espaldas, con unas inmejorables vistas sobre el flanco de la furgoneta de reparto de una tintorería. Ha tratado de evitarme y se ha echado hacia la izquierda, pero demasiado tarde: su ala delantera derecha me ha golpeado de pleno. «Tintorería Malavoin» indica el logo azul sobre el pequeño utilitario blanco. Si pudiera, me reiría. Los caminos de Dios son tan explícitos para quien se molesta en descifrarlos… Pienso en Manuela, que se echará la culpa hasta el final de sus días por esta muerte perpetrada por una tintorería que sólo puede ser el castigo por el doble robo del cual, por su grandísima culpa, he sido a mi vez culpable… Y el dolor me anega; el dolor del cuerpo, un dolor que irradia, que se desborda, logrando la proeza de no estar en ningún sitio concreto y de infiltrarse por todos los lugares donde puedo sentir algo; y el dolor del alma también, porque he pensado en Manuela, a la que voy a dejar sola, a la que no volveré a ver, y porque ello me abre en el corazón una herida lancinante.
Dicen que en el momento de morir uno vuelve a ver toda su vida. Pero ante mis ojos abiertos de par en par que ya no disciernen ni la furgoneta ni a su conductora (la joven empleada del tinte que me había tendido el vestido de lino color ciruela y ahora llora y grita sin preocuparse lo más mínimo del decoro), ni a los transeúntes que han acudido tras el impacto y me hablan mucho sin que nada de lo que dicen tenga sentido, ante mis ojos abiertos de par en par que ya no ven nada de este mundo desfilan rostros queridos y, para cada uno, tengo un pensamiento desgarrador.
En lugar de rostro, en realidad, primero hay un hocico. Sí, mi primer pensamiento es para mi gato, no por ser el más importante de todos sino porque, antes de los verdaderos tormentos y las verdaderas separaciones, necesito quedarme tranquila sobre la suerte de mi compañero con patas. Sonrío para mis adentros pensando en la gran mole obesa que me ha hecho las veces de acompañante durante estos diez últimos años de viudedad y de soledad, una sonrisa algo triste y tierna porque, vista desde la muerte, la proximidad con nuestros animales de compañía ya no parece esa evidencia menor que el día a día vuelve banal; en León se han cristalizado diez años de vida, y caigo en la cuenta de hasta qué punto esos gatos ridículos y superfluos que atraviesan nuestras vidas con la placidez y la indiferencia de los imbéciles son los depositarios de los momentos buenos y alegres y de la trama feliz de éstas, incluso bajo el tendal de la desgracia. Hasta siempre, León, me digo, despidiéndome de una vida que nunca hubiera creído tan preciada.
Luego pongo mentalmente el destino de mi gato entre las manos de Olimpia Saint-Nice, con el alivio profundo que nace de la certeza de que lo cuidará bien.
Ahora ya puedo afrontar a todos los demás.
Manuela.
Manuela, amiga mía.
En el umbral de la muerte, te tuteo al fin.
¿Recuerdas esas tazas de té en la seda de la amistad? Diez años de té y de llamarnos de usted y, al final del camino, un calor en el pecho y esta gratitud sin límites por quién sabe quién o qué, la vida, quizá, por haber tenido la gracia de ser tu amiga. ¿Sabes que mis pensamientos más bellos los he tenido contigo? Tener que morir para ser por fin consciente de ello… Todas esas horas de té, esos largos intervalos de refinamiento, esa gran dama desnuda, sin adornos ni palacios, sin los cuales, Manuela, yo no habría sido más que una portera, mientras que por contagio, porque la aristocracia del corazón es una afección contagiosa, hiciste de mí una mujer capaz de cultivar una amistad… ¿Me habría sido acaso tan fácil transformar mi sed de indigente en placer del Arte y encandilarme con murmullos de hojas, camelias que languidecen y todas esas joyas eternas del siglo, con todas esas perlas preciosas en el movimiento incesante del río, si, semana tras semana, no te hubieras consagrado conmigo, ofreciéndome tu corazón, al sacro ritual del té?
Cuánto te añoro ya… Esta mañana comprendo lo que morir significa: en el momento de desaparecer, quienes mueren para nosotros son los demás pues yo estoy ahí, tumbada sobre la acera algo fría y me trae sin cuidado fallecer; ello no tiene más sentido esta mañana que ayer. Pero ya nunca volveré a ver a los que quiero, y si morir es eso, desde luego es la tragedia que dicen que es.
Manuela, hermana mía, no quiera el destino que yo haya sido para ti lo que fuiste tú para mí: un parapeto de la desgracia, una muralla contra la trivialidad. Continúa y vive, pensando en mí con alegría.
Pero, en mi corazón, no verte nunca más es una tortura infinita.
Y hete ahí, Lucien, en una fotografía que amarillea ya, ante los ojos de mi memoria. Sonríes, silbas. ¿La sentiste tú también así, mi muerte y no la tuya, el final de nuestras miradas mucho antes del terror de sumirte en la oscuridad? ¿Qué queda exactamente de una vida cuando quienes la vivieron juntos hace tiempo que han muerto? Experimento hoy un sentimiento curioso, el de traicionarte; morir es como matarte de verdad. No es suficiente pues que sintamos alejarse a los demás; aún hay que dar muerte a quienes sólo subsisten a través de nosotros. Y sin embargo, sonríes, silbas y, de pronto, yo también sonrío. Lucien… te quise bien, y por ello, quizá, merezca el descanso. Dormiremos en paz en el pequeño cementerio de nuestro pueblo. A lo lejos, se oye el río. En sus aguas se pescan alosas y gobios. Los niños van a jugar a sus orillas, gritando a pleno pulmón. Por la tarde, al ponerse el sol, se oye el ángelus.
Y usted, Kakuro, querido Kakuro, gracias a quien he creído en la posibilidad de una camelia… Si pienso hoy en usted es sólo fugazmente; unas pocas semanas no son la clave de nada; de usted no conozco mucho más que lo que fue para mí: un bienhechor celestial, un bálsamo milagroso contra las certezas del destino. ¿Podía ser de otro modo? Quién sabe… No puedo evitar que esta incertidumbre me encoja el corazón. ¿Y si…? ¿Y si me hubiera hecho reír, hablar y llorar un poco más, lavando de todos estos años la mancha de la falta y devolviéndole a Lisette, en la complicidad de un amor improbable, su honor perdido? Cuán patético… Ahora se pierde usted en la noche, y, en el momento de no verlo nunca más, he de renunciar a conocer jamás la respuesta del destino…
¿Acaso es eso morir? ¿Tan miserable es? ¿Y cuánto tiempo todavía?
Una eternidad, si sigo sin saber.
Paloma, hija mía.
Hacia ti me vuelvo. Hacia ti, la última.
Paloma, hija mía.
No he tenido hijos, porque no lo quiso la suerte. ¿He sufrido por ello? No. Pero de haber tenido una hija, habrías sido tú. Y, con todas mis fuerzas, lanzo una súplica para que tu vida esté a la altura de lo que prometes.
Y después, una iluminación.
Una iluminación de verdad: veo tu hermoso rostro serio y puro, tus gafas de montura rosa y esa manera que tienes de triturarte el bajo del chaleco, de mirar directamente a los ojos y de acariciar al gato como si pudiera hablar. Y me echo a llorar. A llorar de alegría dentro de mí. ¿Qué ven los curiosos inclinados sobre mi cuerpo roto? No lo sé.
Pero, por dentro, luce un sol.
¿Cómo se decide el valor de una vida? Lo que importa me dijo Paloma un día, no es morir, sino lo que uno hace en el momento en que muere. ¿Qué hacía yo en el momento de morir?, me pregunto con una respuesta ya preparada en el calor de mi corazón.
¿Qué hacía yo?
Había conocido al otro y estaba dispuesta a amar.
Tras cincuenta y cuatro años de desierto afectivo y moral, apenas salpicado por la ternura de un Lucien que no era sino la sombra resignada de mí misma, tras cincuenta y cuatro años de clandestinidad y de triunfos mudos en el interior acolchado de un espíritu solitario, tras cincuenta y cuatro años de odio por un mundo y una casta convertidos por mí en exutorios de mis fútiles frustraciones, tras esos cincuenta y cuatro años de nada, de no conocer a nadie, ni de estar jamás con el otro:
Manuela, siempre.
Pero también Kakuro.
Y Paloma, mi alma gemela.
Mis camelias.
Tomaría gustosa con vosotros una última taza de té.
Entonces, un cocker jovial, con las orejas y la lengua colgando, cruza mi campo de visión. Es una tontería… pero me dan ganas de reír. Hasta siempre, Neptune, eres un perro tontarrón pero parece que la muerte nos hace perder un poco los papeles; quizá te dedique a ti mi último pensamiento. Y si eso tiene algún sentido, se me escapa por completo.
Ah, no, mira por dónde.
Una última imagen.
Qué curioso… Ya no veo rostros…
Pronto llegará el verano. Son las siete. Repican las campanas en la iglesia del pueblo. Vuelvo a ver a mi padre con la espalda inclinada, concentrado en el esfuerzo, removiendo la tierra de junio. El sol declina. Mi padre se incorpora, se enjuga la frente con la manga y emprende el regreso al hogar.
Fin de la jornada.
Van a dar las nueve.
En paz, muero.
Última idea profunda
¿Qué hacer
frente al jamás
si no es buscar
el siempre
en unas notas robadas?
Esta mañana la señora Michel ha muerto. La ha atropellado la furgoneta de reparto de una tintorería, cerca de la calle Del Bac. No consigo creer que esté escribiendo estas palabras.
La noticia me la ha dado Kakuro. Al parecer, Paul, su secretario, iba por esa calle justo en ese momento. Ha visto el accidente desde lejos, pero cuando ha llegado era ya demasiado tarde. La señora Michel ha querido socorrer al clochard, Gégène, el de la esquina de la calle Del Bac, ese que está como un tonel de gordo. Ha corrido tras él pero no ha visto la furgoneta. Según parece se han tenido que llevar a la conductora al hospital porque le había dado una crisis de nervios.
Kakuro ha llamado a la puerta de casa a eso de las once. Ha pedido verme y entonces me ha cogido la mano y me ha dicho: «No hay modo de evitarte este dolor, Paloma, así que te lo digo tal cual ha ocurrido: Renée ha tenido un accidente hace poco, a eso de las nueve. Un accidente muy grave. Ha muerto.» Lloraba. Me ha apretado la mano muy fuerte. «Dios mío, pero ¿quién es Renée?», ha preguntado mamá, asustada. «La señora Michel», le ha contestado Kakuro. «¡Ah!», ha exclamado mamá, aliviada. Kakuro le ha dado la espalda, asqueado. «Paloma, ahora tengo que ocuparme de un montón de cosas nada agradables, pero nos veremos después, ¿de acuerdo?», me ha dicho. He dicho que sí con la cabeza y yo también le he apretado la mano muy fuerte. Nos hemos hecho un saludito a la japonesa, una rápida inclinación de cabeza. Nos comprendemos. Nos duele tanto a los dos.
Cuando se ha ido, lo único que yo quería era evitar a mamá. Ha abierto la boca, pero yo le he hecho un gesto con la mano, con la palma levantada hacia ella, para decir: «Ni lo intentes.» Ha soltado como un hipido pero no se me ha acercado y ha dejado que me fuera a mi cuarto. Allí me he acurrucado hecha una bola en la cama. Al cabo de media hora, mamá ha llamado suavemente a la puerta. He dicho: «No.» No ha insistido.
Desde entonces, han pasado diez horas. También han pasado muchas cosas en el edificio. Las resumo: Olimpia Saint-Nice se ha precipitado a la portería al enterarse de la noticia (había venido un cerrajero a abrirle la puerta) para llevarse a León y lo ha instalado en casa. Pienso que la señora Michel, que Renée… lo habría querido así. Eso me ha aliviado un poco. La señora de Broglie ha dirigido todas las operaciones, bajo el mando supremo de Kakuro. Es curioso, pero la vieja cascarrabias casi me ha resultado simpática. Le ha dicho a mamá, su nueva amiga: «Hacía veintisiete años que estaba aquí. La vamos a echar de menos.» Ha organizado al instante una colecta para las flores y se ha encargado de ponerse en contacto con la familia de Renée. ¿Tendrá familia? No lo sé, pero la señora de Broglie va a investigar.
Lo peor es la señora Lopes. Ha sido también la señora de Broglie quien se ha encargado de darle la noticia, cuando ha venido a las diez a limpiar. Al parecer se ha quedado un momento ahí plantada sin comprender nada, tapándose la boca con la mano. Y luego se ha caído al suelo. Cuando ha vuelto en sí, quince minutos después, sólo ha murmurado: «Perdón, oh, perdón», se ha vuelto a poner el pañuelo y se ha ido a su casa.
Un dolor así te parte el corazón.
¿Y yo? ¿Qué siento yo? Parloteo sobre los pequeños acontecimientos del 7 de la calle Grenelle pero no soy muy valiente que digamos. Me da miedo ir al interior de mí misma y ver qué ocurre allí. También siento vergüenza. Pienso que quería morir para hacer sufrir a Colombe, a mamá y a papá porque todavía yo no había sufrido de verdad. O más bien: sufría pero sin que me hiciera daño de verdad y, por ello, todos mis pequeños proyectos eran lujos de adolescente sin problemas. Racionalizaciones de niña rica que quiere hacerse la interesante.
Pero ahora, y por primera vez, he sentido dolor, tanto dolor. Es como un puñetazo en el estómago, me corta la respiración, tengo el corazón hecho migas y siento retortijones. Un dolor físico insoportable. Me he preguntado si me recuperaría algún día de este dolor. Me dolía tanto que tenía ganas de gritar. Pero no he gritado. Lo que noto ahora que el dolor sigue aquí pero ya no me impide andar o hablar es una sensación de impotencia y de absurdo totales. Entonces, ¿es así? De golpe, ¿todos los posibles se apagan? Una vida llena de proyectos, de conversaciones apenas empezadas, de deseos que ni siquiera se han realizado, ¿se apaga en un segundo y ya no hay más nada, ya no hay nada que hacer, ya no se puede volver atrás?
Por primera vez en mi vida, he sentido el significado de la palabra nunca. Pues bien, es horrible. Pronunciamos esa palabra cien veces al día pero no sabemos lo que decimos antes de habernos enfrentado a un verdadero «nunca más». El caso es que uno siempre tiene la ilusión de que controla lo que ocurre; nada nos parece definitivo. Por mucho que me dijera estas últimas semanas que pronto me iba a suicidar, ¿de verdad lo creía? ¿De verdad me hacía sentir esta decisión el significado de la palabra «nunca»? En absoluto. Me hacía sentir mi poder de decidir. Y pienso que, unos segundos antes de matarme, ese «nunca más» habría seguido siendo una palabra vacía. Pero cuando alguien a quien se quiere muere… entonces de verdad os digo que uno siente lo que significa, y hace mucho, mucho, mucho daño. Es como un castillo de fuegos artificiales que se apagara de golpe y todo quedara negro. Me siento sola, enferma, me duele el corazón y cada movimiento me cuesta esfuerzos titánicos.
Y entonces ha ocurrido algo. Cuesta creerlo por lo triste que es este día. He acompañado a Kakuro a eso de las cinco a la portería de la señora Michel (quiero decir de Renée) porque quería coger algo de ropa suya para llevarla a la morgue del hospital. Ha llamado a nuestra puerta y le ha preguntado a mamá si podía hablar conmigo. Pero yo había adivinado que era él: ya estaba junto a la puerta. Por supuesto, he querido ir con él. Hemos cogido juntos el ascensor, sin hablar. Parecía muy cansado, más cansado que triste; me he dicho: así es como se ve el sufrimiento en los rostros sabios. No se nota demasiado, sólo provoca la impresión de un cansancio enorme. ¿También yo parezco cansada?
Bueno, el caso es que hemos bajado a la portería Kakuro y yo. Pero, al cruzar el patio, nos hemos parado en seco los dos a la vez; alguien se había puesto a tocar el piano y se oía muy bien lo que tocaba. Era algo de Satie, creo, bueno, no estoy segura (pero en todo caso era algo clásico).
Realmente no tengo ninguna idea profunda sobre esto. De hecho, ¿cómo tener una idea profunda cuando un alma gemela descansa en una cámara frigorífica de hospital? Pero sé que nos hemos parado en seco los dos y hemos respirado hondo, dejando que el sol nos calentara la cara y escuchando la música que venía de arriba. «Pienso que a Renée le habría gustado este momento», ha dicho Kakuro. Y nos hemos quedado ahí unos minutos, escuchando la música. Yo estaba de acuerdo con él. Pero ¿por qué?
Pensando en eso esta noche, con el corazón y el estómago hechos papilla, me digo que a fin de cuentas quizá sea eso la vida: mucha desesperación pero también algunos momentos de belleza donde el tiempo ya no es igual. Es como si las notas musicales hicieran una suerte de paréntesis en el tiempo, una suspensión, otro lugar aquí mismo, un siempre en el jamás.
Sí, eso es, un siempre en el jamás.
No tema, Renée, no me suicidaré y no le prenderé fuego a nada de nada.
Pues, por usted, a partir de ahora buscaré los siempres en los jamases.
La belleza en este Mundo.