-Yo lo que sé es una cosa. Mi tinaja desapareció del lugar donde la dejé, justo a la puerta de la catedral.

Debió de ser un cristiano quien me la robó. Yo sólo la había cogido prestada Ahora les debo una tinaja a los

frailes de este mesón.

-¡En nombre de todos los dioses! Pero ¿de qué me estás hablando?

-De nada. No importa. -Miré largo y tendido a aquel que se describía a sí mismo como mendigo, parásito y

vago. Decidí confiar en él y continué hablando-: Deseo conocerlo todo acerca de los españoles porque

quiero derrocarlos.

Pochotl se echó a reír con voz ronca.

-¿Y quién no? Pero ¿quién puede hacerlo?

-Quizá tú y yo.

-¿Yo? -Esta vez se rió estrepitosamente-. ¿Tú?

-Yo he recibido el mismo entrenamiento militar que aquel os guerreros que hicieron que los mexicas se

convirtieran en el orgul o, en el terror y en los dominadores del Unico Mundo -le dije poniéndome a la

defensiva.

-Pues sí que les sirvió de mucho a esos guerreros su entrenamiento -gruñó Pochotí-. ¿Dónde están ahora?

Los pocos que quedan van caminando por ahí con unas marcas grabadas al aguafuerte en el rostro. ¿Y tú

esperas vencer al í donde el os no pudieron hacerlo?

-Yo creo que un hombre con determinación y empeño es capaz de hacer cualquier cosa.

-Pero ningún hombre puede hacerlo todo él solo. -Luego volvió a reírse de nuevo-Ni siquiera tú y yo

podemos hacerlo.

-Pero con la ayuda de otros, desde luego que si. De muchos otros. Por ejemplo de esos chichimecas a

quienes tú desprecias. Sus tierras no han sido conquistadas ni el os tampoco. Y la suya no es la única

nación del norte que aún desafía a los hombres blancos. Si esos pueblos se levantaran y cargaran contra el

sur. - Bueno, ya tendremos ocasión de hablar más, Pochotl, cuando yo haya comenzado mis estudios.

-Hablar. Sí, hablar. He oído mucho de hablar.

Estuve esperando a la entrada del colegio sólo un breve espacio de tiempo antes de que el notario Alonso

l egase y me saludase afectuosamente; luego añadió:

-Estaba un poco preocupado, Tenamaxtli, de que quizá hubieras cambiado de opinión.

-¿En lo de aprender tu idioma? Estoy realmente decidido...

-En lo de hacerte cristiano -me interrumpió.

-¿Qué? -Como me había cogido de improviso, protesté-: Nunca hemos hablado de semejante cosa.

-Di por supuesto que lo comprendías. El colegio es una escuela parroquial.

-Esa palabra no me dice nada, cuatl Alonso.

-Es una escuela cristiana, sostenida por la Iglesia. Tienes que ser cristiano para asistir a las clases.

-Bueno, pues... -murmuré.

Se echó a reír y luego comentó:

-No es una cosa dolorosa hacerlo. El bautismo sólo l eva consigo un toque de agua y sal. Y te limpia de

todo pecado, te cualifica para tomar parte en los demás sacramentos de la Iglesia y asegura la salvación de

tu alma.

-Pues.. -

-Pasará mucho tiempo antes de que estés suficientemente instruido y preparado para el catecismo, la

confirmación y la primera comunión.

Aquel as palabras tampoco tenían ningún sentido para mi. Sin embargo, deduje que yo sería sólo una

especie de aprendiz de cristiano durante aquel "mucho tiempo". Y si mientras tanto podía aprender español,

ya me las arreglaría para escapar de al í antes de que estuviera totalmente comprometido con la religión

extranjera. Me encogí de hombros y le dije:

-Como tú quieras. Guíame.

Y así lo hizo. Me condujo al interior del edificio, hasta una habitación que me explicó era "el despacho del

registrador". Aquel personaje era un sacerdote español, calvo en la parte superior de la cabeza como los

demás que yo había visto, pero mucho más gordo, que me miró sin gran entusiasmo. Alonso y él

mantuvieron una conversación bastante larga en español, y luego el notario se dirigió a mí de nuevo.

-A los nuevos conversos se les proporciona un nombre cristiano en el bautismo, y la costumbre es otorgar el

nombre del santo en cuya festividad se administra el bautismo. Como hoy es la festividad de san Hilarión

Ermitaño, tú te l amaras Hilario Ermitaño.

-Preferiría l amarme de otra manera. -¿Qué?

-Creo que hay un nombre cristiano que es Juan... -empecé a decir con tiento.

-Pues si -convino Alonso, que parecía perplejo.

Yo había mencionado ese nombre porque, si yo había de tener uno, ése había sido el nombre cristiano de

mi difunto padre Mixtli. Al parecer Alonso no relacionó aquel o con el hombre que había sido ejecutado,

porque añadió con aprobación:

-Entonces tú sí que sabes algo acerca de nuestra fe. Juan fue el discípulo más querido de Jesús. -No

pronuncié ni una palabra, porque aquel o no era más que palabrería para mí, así que él continuó hablando-:

Entonces, ¿Juan es el nombre que prefieres?

-Si no hay ninguna regla que lo prohíba.

-No, no hay ninguna regla... pero déjame que lo pregunte... -Se volvió de nuevo hacia el sacerdote gordo y,

después de conferenciar durante un rato, me dijo-: El padre Ignacio me dice que hoy es también la

festividad de un santo más bien oscuro l amado John de York, que en un tiempo fue el prior de un convento

en algún lugar de Inglaterra. Muy bien, Tenamaxtli, serás bautizado con el nombre de Juan Británico.

La mayor parte de aquel discurso también me resultó incomprensible. Y cuando el sacerdote, el padre

Ignacio, me roció con agua la cabeza y me hizo probar un poco de sal de la palma de su mano, consideré

aquel ritual como un montón de tonterías. Pero lo toleré porque estaba claro que para Alonso significaba

mucho, y yo no iba a decepcionar a un amigo mostrándome desagradecido. Así que me convertí en Juan

Británico, y aunque no lo sabía entonces, estaba siendo una vez más la víctima inocente de esos dioses

que pícaramente disponen lo que luego aparentan ser coincidencias. Aunque yo muy rara vez a lo largo de

mi vida me di a conocer por ese nuevo nombre, con el tiempo así lo oirían ciertos forasteros aún más

extranjeros que los españoles que ocasionarían algunos acontecimientos de lo más extraño.

-Y ahora -me dijo Alonso-, además de la clase de español, decidamos de qué otras clases vas a querer

beneficiarte, Juan Británico. -Cogió un papel de la mesa del sacerdote y lo examinó-. Instrucción en la

doctrina cristiana, por supuesto. Y por si acaso más tarde fueras bendecido con la l amada a las sagradas

órdenes, también hay una clase de latín. Leer, escribir... bueno, eso puede esperar. Hay otras clases que se

imparten sólo en español, así que ésas deben esperar también. Pero los maestros de manualidades son

nativos que hablan náhuatl. ¿Te atrae algo de eso? -Y me leyó de la lista-: Carpintería, herrería, curtido,

zapatería, sil as de montar, trabajos de vidrio, fabricación de cerveza, hilado, tejido, corte y confección,

bordado, encaje, mendigar limosnas...

-¿Mendigar? -exclamé.

-Por si te convirtieras en fraile de una orden mendicante.

-No tengo ambición alguna de convertirme en fraile -le expliqué secamente-, pero creo que ya se me puede

l amar mendigo viviendo en el mesón como vivo.

Alonso levantó la mirada de la lista.

-Dime, ¿eres competente en la lectura de los libros aztecas y mayas de imágenes de palabras, Juan

Británico?

-Me enseñaron bien -repuse-. Sería inmodesto por mi parte decir lo bien que lo aprendí.

-Pues quizá pudieras serme de ayuda. Estoy intentando traducir al español los pocos libros nativos que

quedan en esta tierra. Casi todos el os fueron expurgados, los quemaron, pues se consideraban diabólicos,

demoníacos y enemigos de la verdadera fe. Yo me las arreglo bastante bien con los libros cuyas imágenes

de palabras las dibujaron personas que hablaban náhuatl, pero algunos los hicieron escribas que hablaban

otras lenguas. ¿Crees que tú podrías ayudarme a descifrarlos?

-Puedo intentarlo.

-Bien. Entonces le pediré permiso a su excelencia para pagarte un estipendio. No será mucho, aunque te

quitará la sensación de ser un zángano desgraciado que vive de la caridad. -Después de otra breve

conversación con Ignacio, el sacerdote gordo, añadió-: Te he matriculado sólo para que asistas a dos clases

de momento: una en la que yo enseño español básico y otra de instrucción cristiana que imparte el padre

Clemente. Las demás clases pueden esperar por ahora. Mientras tanto pasarás tus horas libres en la

catedral ayudándome con esos libros nativos, lo que nosotros l amamos códices.

-Me complacerá hacerlo -le indiqué-. Y te estoy muy agradecido, cuatl Alonso.

-Ahora vamos arriba. Tus compañeros de clase ya estarán sentados en sus bancos, esperándome.

Así era, y me sentí avergonzado al ver que yo era el único hombre adulto en medio de unos veinte chicos y

cuatro o cinco chicas. Me sentí como debió de sentirse mi primo Yeyac años atrás, en las escuelas

primarias de Aztlán, cuando tuvo que comenzar su educación con unos compañeros de clase que no eran

más que niños pequeños. No creo que hubiera un solo varón en la estancia lo bastante mayor como para

l evar el máxtíatl debajo del manto, y las pocas chicas presentes parecían aún más pequeñas. Otra cosa

que se percibía inmediatamente era la gama de coloración de piel que había entre nosotros. Ninguno de los

niños era tan blanco como los españoles, desde luego. La mayor parte tenían la piel igual que yo, pero un

buen número eran mucho más pálidos de tono, y dos o tres mucho más oscuros. Comprendí que los de piel

más clara debían de ser los retoños producto de acoplamientos entre españoles y nosotros, los "indios". Sin

embargo, ¿de dónde procedían aquel os otros que eran tan oscuros? Obviamente uno de los progenitores

de cada uno de el os había sido un miembro de mi propia gente, pero... ¿y el otro progenitor?

No hice ninguna pregunta en aquel momento. Me senté sumiso en uno de los bancos colocados en filas y,

mientras aquel os jovenzuelos estiraban el cuel o y se daban la vuelta para mirar embobados a aquel

hombretón que ahora se encontraba entre el os, aguardé a que empezase la primera lección. Alonso se

colocó de pie detrás de una mesa en la parte delantera de la habitación, y debo decir que me resultó

admirable su inteligente forma de abordar la tarea de enseñarnos.

-Empezaremos -dijo en náhuatl- por practicar los sonidos abiertos de la lengua española: a, e, i, o, u. Son

los mismos sonidos que tenemos en las siguientes palabras de vuestra lengua. Escuchad. Acali. . - Lene...

ixtlil. -. pochotl... calpuli.

Las palabras que había pronunciado eran reconocibles incluso para los más pequeños de la clase, puesto

que significaban canoa, madre, negro, árbol de algodón sedoso y familia.

-Oiréis exactamente los mismos sonidos otra vez en las siguientes palabras españolas -continuó-.

Escuchad atentamente. Acali... banco. Tene... diente. Ixtlil... piso. Pochotl... polvo. Calpuli. -. muro.

Nos hizo repetir aquel as diez palabras una y otra vez, poniendo énfasis en el parecido de los "sonidos

abiertos". Sólo entonces, a fin de no confundirnos, nos demostró lo que querían decir las palabras

españolas.

-Banco -comenzó, y se inclinó para tocar repetidamente uno de los bancos de la primera fila-. Diente. -Y

señaló uno de sus propios dientes-. Piso. -Señaló y dio un golpe con el pie en el suelo-. Polvo. -Y pasó la

mano por la mesa, levantando una polvareda-. Muro. -Y señaló la pared situada detrás de él.

Luego nos hizo repetir de nuevo aquel as palabras españolas una y otra vez, y que apuntáramos con él

hacia las cosas que significaban. Banco, banco. Piso, suelo. Polvo, polvo. Muro, pared. Y luego volvió a

nuestra lengua para decir:

-Muy bien, chicos. Y ahora... ¿cuál de vosotros, bril antes estudiantes, puede decirme otras cinco palabras

en náhuatl que contengan los sonidos a, e, i, o, u?

Al ver que nadie, ni siquiera yo, se ofrecía voluntario para hacerlo, Alonso le indicó a una niña pequeña que

ocupaba un banco delantero que se levantase. El a lo hizo y empezó a decir tímidamente:

-Acali... tene...

-No, no, no -le indicó nuestro profesor mientras movía un dedo de un lado a otro-. Esas son las mismas

palabras que yo os he dicho. Hay muchas más, otras muchas. ¿Quién puede decirnos cinco de el as?

Los estudiantes, incluido yo, nos quedamos sentados en silencio y nos miramos tímidamente de reojo unos

a otros. Así que Alonso me señaló a mi.

-Juan Británico, tú eres mayor y sé que tienes una buena provisión de palabras en la cabeza. Dinos cinco

de el as que contengan esos distintos sonidos abiertos.

Yo ya había estado meditando sobre eso y, no sé por qué, me habían venido a la cabeza cinco palabras.

Así que ahora, de la misma forma traviesa con que lo haría un colegial que tuviera la mitad de edad que yo,

sonreí y las pronuncié:

-MaátitL.. ahuilnema... tipili... chitoli... tepuli.

Unos cuantos niños de los más jóvenes parecieron no comprender aquel as palabras, pero la mayor parte

de los demás reconocieron por lo menos algunas de el as, y contuvieron la respiración l enos de horror o se

echaron a reír mientras se tapaban la boca con las manos, porque aquél as eran palabras que ningún

maestro, sobre todo un maestro cristiano que enseñara en una escuela eclesiástica, oía a menudo ni le

gustaba oír. Alonso me miró muy enfadado y me dijo bruscamente:

-Muy gracioso, impúdico bobalicón. Ve a ponerte de pie en aquel rincón de cara a la pared. Y quédate al í, y

avergüénzate de ti mismo, hasta que la clase termine.

Yo no sabía lo que era un bobalicón, pero podía aventurar una suposición. De modo que me quedé de pie

en el rincón, sintiendo que me habían castigado justamente y lamentando haberle hablado así a un hombre

que se había portado muy bien conmigo. En resumen, la lección de aquel día se dedicó a recitar una y otra

vez inocuas palabras que contenían aquel os sonidos abiertos. Yo ya había dominado los sonidos y había

memorizado las cinco palabras españolas, por lo que en realidad no me perdí gran cosa por el hecho de

verme marginado e ignorado. Además, al finalizar la clase, Alonso se dirigió a mí y me dijo:

-Lo que has hecho, Juan, ha sido una grosería impropia e infantil. Y he tenido que mostrarme estricto

contigo para que les sirviera de ejemplo a los demás. Pero, en confianza, he de decirte que ese travieso

capricho tuyo ha servido para relajar la tensión de esos niños. La mayoría de el os estaban tensos y

nerviosos al comienzo de esta nueva experiencia. De ahora en adelante el os y yo nos l evaremos mejor y

nos trataremos con más familiaridad. Así que por esta vez te perdono la diablura.

Le indiqué, y así lo pensaba en realidad, que nunca más se produciría una situación como aquél a.

Entonces Alonso me condujo por el pasil o hasta donde se estaban reuniendo los alumnos para la clase

siguiente. Al í era donde me sometería a mi primera instrucción en cristianismo, y me complació ver que ya

no era el alumno de más edad. Mis nuevos compañeros de clase comprendían distintas edades que iban

desde la adolescencia hasta la madurez. No había niños, eran pocas las mujeres y entre aquel os

estudiantes no había nada de la inquietante variedad de color de piel que se daba en los niños de la otra

habitación. Sin embargo, aquél a no era una clase donde se enseñasen simplemente los rudimentos del

tema a los principiantes. Estaba claro que hacía ya tiempo que habían comenzado, puede que meses,

antes de que yo me uniese a el os. Por eso me vi zambul ido en lo que para mí eran unas profundidades

que quedaban fuera de mi comprensión.

En aquel mi primer día, el sacerdote que hacía de profesor estaba exponiendo el concepto cristiano de la

"trinidad". El padre Diego no l evaba afeitada sólo la coronil a de la cabeza, sino que era calvo y se

mostraba complacido cuando se dirigían a él l amándole tete, el diminutivo cariñoso de nuestro pueblo para

decir "padre". Hablaba un náhuatl casi tan fluido como el del notario Alonso, así que yo entendí todo lo que

decía, aunque no lo que significaban las palabras o las expresiones. Por ejemplo, la palabra "trinidad" en

nuestra lengua es yeylntetl y sirve para denotar un grupo de tres, tres cosas en compañía, tres entidades

que actúan juntas o un grupo de tres cosas, como por ejemplo los tres puntos de un triángulo o las hojas de

tres lóbulos de ciertas plantas. Pero tete Diego no hacia más que animarnos a los que le escuchábamos a

que adorásemos a lo que está claro que es un grupo de cuatro.

Hasta el día de hoy nunca he conocido a un español cristiano que no venere de todo corazón a una trinidad

que comprende un solo Dios, que no tiene nombre, el hijo de ese Dios, que se l ama Jesucristo, la madre

de ese hijo, l amada Virgen María, y un Espíritu Santo, el cual, aunque no tiene nombre, por lo visto es uno

de esos santos de categoría menor, como san José y san Francisco. Sin embargo, con eso suman cuatro

los que hay que adorar, y cómo cuatro pueden constituir una trinidad es algo que yo nunca conseguí

entender.

7

Aquel día, y todos los demás a partir de entonces excepto los días l amados domingo, cuando hube

terminado mis dos clases en el colegio me presenté ante Alonso de Molina en la catedral. Al í nos

sentábamos entre montones de libros de papel corteza, de fibra de metí o de piel de cervatil o y

comentábamos la interpretación de esta o aquel a página o pasaje, o a veces de un único símbolo

representado en una imagen.

Desde luego el notario estaba bien familiarizado con los temas básicos tales como el método azteca y

mexica de contar números, así como con los diferentes métodos empleados por otros pueblos, por ejemplo

en las lenguas zapoteca y mixteca, y con los que empleaban naciones más antiguas que ya no existían,

pero que habían dejado constancia de sus épocas, entre el os los antiguos mayas y los olmecas. También

sabía que en cualquier libro dibujado por cualquier escriba de cualquier nación, una persona representada

con una náhuatl -es decir, con una lengua- cerca de la cabeza significaba que la persona estaba hablando.

Y si la lengua dibujada estaba enroscada significaba que la persona estaba cantando o recitando poesía. Y

si la lengua dibujada estaba perforada por un espino significaba que la persona estaba mintiendo. Alonso

sabía reconocer los símbolos que nuestros pueblos empleaban para indicar las montañas, los ríos y cosas

así. Conocía muchos rasgos de nuestra escritura en imágenes. Pero yo de vez en cuando lo corregía en

alguna apreciación equivocada.

-No -le dije en alguna ocasión-, los habitantes de las regiones situadas al sur del Unico Mundo, los

denominados pueblos de Quautemalan, no conocen al dios Quetzalcóatl por ese nombre. Yo nunca he

tenido ocasión de visitar esas tierras, pero según mis maestros calmécac, en aquel as lenguas del sur el

dios siempre ha sido conocido como Gúkumatz.

O en otra ocasión le indicaba:

-No, cuatl Alonso, estás l amando con nombres equivocados a los dioses que aparecen aquí. Estos son los

itzceliuqui, los dioses ciegos. Por eso siempre los encontrarás representados, como aquí, con la cara negra.

Recuerdo que este comentario mío en particular me indujo a preguntarle a Alonso por qué algunos de los

discípulos más jóvenes del colegio tenían la piel tan oscura que eran casi negros. El notario me lo aclaró.

Existían ciertos hombres y mujeres, me explicó, a los que en español l amaban moros o negros, que eran

miembros de una raza lamentablemente inferior que habitaba en cierto lugar l amado Africa. Eran seres

brutos y salvajes, y sólo con gran dificultad se los podía civilizar y domesticar. Pero aquel os a los que se

podía domar, los españoles los convertían en esclavos, y a unos cuantos de aquel os hombres moros, a los

más favorecidos, incluso se les había permitido alistarse como soldados españoles. Algunos de el os

habían formado parte de las primeras tropas que habían conquistado el Unico Mundo, y a ésos se los

recompensó, al igual que a sus camaradas blancos, con concesiones de lealtad aquí, en Nueva España, y

con esclavos propios, "indios" prisioneros de guerra, aquel os hombres que yo había visto con la figura "G"

marcada en el rostro.

-También había dos o tres de esos hombres negros por la cal e -le comenté-. Parecen ser muy aficionados

a los atavíos ricos. Se visten con ropas aún más l amativas que los hombres blancos de clase alta. Quizá

sea porque son feísimos de cara. Con esas narices tan anchas, desparramadas e inmensas que tienen, con

los labios vueltos hacia afuera y con ese cabel o de rizos tan apretados. Sin embargo, no he visto a ninguna

mujer negra.

-Pues son igual de feas, créeme -me dijo Alonso-. La mayoría de los conquistadores moros a los que se les

dieron concesiones se asentaron en la costa este, alrededor de Vil a Rica de Vera Cruz. Y algunos de el os

han importado esposas negras para sí mismos. No obstante, en general prefieren a las mujeres nativas,

que son más claras y mucho más guapas.

Los guerreros, claro, sienten inclinación y se espera de el os que violen a las mujeres de sus enemigos

derrotados, los conquistadores españoles blancos, naturalmente, habían hecho eso en abundancia. En el

caso de los soldados moros, según Alonso, se inclinaban de manera mucho más lasciva a apresar y violar a

cualquier cosa hembra que fuera más débil que el os. Y si aquel o había tenido como consecuencia el

nacimiento de criaturas tales como niños tapir o niños caimán, eso Alonso no lo podía asegurar. Pero me

dijo que en Nueva España, y también en las colonias españolas más antiguas, los patronos, tanto

españoles como moros, todavía hacían uso, a su capricho, de las esclavas. Además, aunque no se hablaba

mucho de el o, había amplias evidencias de que algunas mujeres españolas habían hecho lo mismo; y no

sólo se trataba de las guarras importadas de España para trabajar como putas de alquiler, sino de las

esposas e hijas de los españoles de más alta cuna. Bien fuera por perversidad, lascivia o simple curiosidad,

de vez en cuando copulaban con hombres de cualquier color o clase, incluso con sus propios esclavos.

Todo lo cual, me explicó Alonso, y teniendo en cuenta aquel a abundancia de cruce licencioso de razas,

tuvo como consecuencia una gran abundancia de niños cuya piel iba desde casi el negro hasta casi el

blanco.

-Siempre, desde que Velázquez tomó Cuba -me contó-, nos ha parecido conveniente aplicar nombres

diferentes para clasificar a los retoños de distintos colores. El producto de un acoplamiento entre un varón o

una hembra de raza india y un varón o una hembra de raza blanca lo l amamos mestizo. El producto de un

acoplamiento entre moro y blanco lo l amamos mulato, que significa "terco", como las mulas. El producto de

un acoplamiento entre indio y moro lo l amamos pardo, un tipo de "gris". En el caso de que un mulato o un

pardo y una persona blanca se emparejen, su hijo es un cuarterón, y un niño con sólo ese cuarto de sangre

india o mora a veces puede dar la impresión de ser blanco puro.

-Entonces, ¿por qué molestarse con unas especificaciones tan minuciosas del grado de mezcla? -le

pregunté.

-¡Oh, venga, Juan Británico! Puede darse el caso de que el padre o la madre de un bastardo de sangre

mezclada pueda l egar a sentir cierta responsabilidad por él o a encariñarse verdaderamente con él. Como

habrás observado ya, a veces matriculan a esos mestizos para que reciban educación. Y también a veces

el progenitor puede legar al hijo un título o propiedad familiar. No hay nada que prohíba hacer eso. Pero las

autoridades, especialmente la Santa Iglesia, deben l evar unos registros precisos para impedir la

adulteración de la pura sangre española. Imagínate por un momento que un cuarterón se hiciera pasar por

blanco o blanca, y por tanto engañase a algún incauto español auténtico para contraer matrimonio... Pues

bien... eso ha sucedido.

-¿Y cómo iba alguien a enterarse? -quise saber.

-Hace poco, en Cuba, un hombre y una mujer en apariencia blancos tuvieron un... lo que nosotros

l amamos un salto atrás... un bebé inconfundiblemente negro. La mujer, desde luego, aseguró que era

inocente, que provenía de un inmaculado linaje castel ano y que su fidelidad conyugal era intachable. más

tarde las habladurías locales empezaron a decir que si se hubiera l evado un registro como Dios manda

desde que los primeros españoles l egaron a Cuba, el marido blanco bien hubiera podido resultar ser el

culpable poseedor de la sangre negra. Pero por entonces la Iglesia, claro está, ya había enviado a la

hoguera a la mujer y a su hijo. De ahí nuestra puntil osa atención a l evarlo todo registrado. Porque el más

leve trazo de sangre no blanca, evidente o no, contamina al que la l eva y lo hace inferior.

-Inferior -repetí-. Sí, claro.

-Incluso los españoles observamos algunas distinciones entre nosotros mismos. A los niños españoles

indiscutiblemente blancos que ves en las aulas de tu colegio los l amamos criol os, que significa que han

nacido a este lado del mar Océano. Los niños mayores y sus padres, aquel os que como yo nacimos en la

Madre España, nos l amamos gachupines, que es como decir "los que l evamos el acicate", los españoles

más españoles de todos. Y me atrevo a decir que con el tiempo los gachupines mirarán a los criol os como

inferiores, como si el haber nacido bajo cielos diferentes supusiera alguna diferencia en su condición social.

Para mi lo único que eso significa es que se me ordena que lo ponga así en la lista de mi censo y archivos

catastrales.

Asentí para indicar que seguía su explicación, aunque yo no tenía la menor idea de lo que significaban las

palabras kcicate" y "censo".

-Sin embargo -continuó diciendo Alonso-, de los otros, los mestizos, sólo he mencionado unas cuantas de

las clasificaciones que indican fracción. Si, por ejemplo, un cuarterón se empareja con un blanco, el hijo de

ambos es un octavo. Las clasificaciones l egan hasta el decimosexto, que sería un niño al que

probablemente no se le distinguiría de un blanco, aunque Nueva España es una colonia demasiado joven

aún para haber producido ninguno. Y hay otros nombres para designar a aquel os que son fruto de las

combinaciones posibles de sangre blanca, india y mora. Coyotes, barcinos, bajunos, los desafortunados

pinto los de piel moteada y muchos más. Llevar sus registros puede resultar engorrosamente complicado,

pero debemos l evar esos registros, y lo hacemos, para distinguir la calidad de cada persona, desde los

más nobles hasta los más bajos.

-Desde luego -repetí.

Con el tiempo l egaría a ser evidente en cualquier cal e de la ciudad, y sin ambigüedad alguna, que muchos

de mi propia gente l egaron a aceptar e incluso a estar de acuerdo con aquel a idea impuesta por los

españoles de que eran menos que seres humanos. Esa aceptación de ser inherentemente inferiores la

expresaron nada menos que con el pelo.

Los españoles saben desde hace mucho tiempo que la mayoría de nuestros pueblos del Unico Mundo son

bastante menos peludos que el os. Nosotros, los "indios", tenemos abundante pelo en la cabeza, pero

excepto la gente de una o dos tribus anómalas, no tenemos más que un indicio de vel o en la cara o en el

cuerpo. A nuestros hijos varones, desde su nacimiento y durante la infancia, sus madres les lavan la cara

repetidamente con agua de lima hirviendo, de modo que, en la adolescencia, ni siquiera les sale pelusa en

la barba. Las niñas, desde luego, no tienen que soportar ese tratamiento preventivo. Pero, varones o

hembras, a nosotros no nos crece vel o en el pecho ni en las axilas, y sólo unos cuantos de nosotros tienen

si acaso el más leve asomo de ymaxtli en la zona genital.

Muy bien. Los españoles blancos son peludos, y los españoles blancos, por propia definición, son muy

superiores a los indios. Y deduzco que la sangre de un antepasado blanco, por mucho que se diluya al

transcurrir las generaciones, confiere a los descendientes una tendencia a ser vel udo. Así que, con el

tiempo, nuestros hombres dejaron de estar orgul osos de tener el rostro suave y limpio. Las madres ya no

les escaldaban la cara a sus hijos varones mientras éstos eran pequeños. Los adolescentes que

encontraban el más mínimo asomo de pelusil a en las mejil as se la dejaban crecer y hacían todo lo posible

para conseguir que se les convirtiera en una barba completa. Y aquel os a quienes les brotaba vel o en el

pecho o debajo de los brazos se guardaban muy bien de arrancárselo o afeitárselo.

Y lo que era peor aún, las mujeres jóvenes, incluso aquel as que por lo demás eran guapas, no se

avergonzaban si descubrían que les crecía vel o en las piernas o debajo de los brazos. En realidad incluso

empezaron a l evar la falda más corta para mostrar aquel as piernas peludas, y cortaban las mangas de las

blusas para poder exhibir así las pequeñas matas de las axilas.

Hasta el día de hoy, cualquiera de nuestra raza, sea hombre o mujer, que desarrol a un rostro o un cuerpo

hirsutos, bien sea unos cuantos pelos ralos o algo parecido a un vel o poblado, se vanagloria de el o. Desde

luego los marca como poseedores de una mancha de bastardía en algún punto de su linaje, pero eso no les

importa porque están proclamando al resto de nosotros: "Vosotros, personas de piel lampiña, puede que

tengáis el mismo color de piel que yo, pero vosotros y yo ya no somos de la misma raza inferior y

despreciable. Yo tengo un exceso de vel o, lo cual significa que tengo sangre española en las venas. Sólo

con mirarme ya sabéis que soy superior a vosotros."

Pero me estoy adelantando a mi crónica. En la época en que me asenté en la Ciudad de México no había

tantos mestizos, mulatos y otras personas mezcladas a la vista. Hacia algún tiempo que había pasado mi

decimoctavo cumpleaños, aunque exactamente cuándo, según el calendario cristiano, no lo sabría decir,

puesto que yo entonces no estaba demasiado familiarizado con dicho calendario. De todos modos los

conquistadores blancos y negros no l evaban todavía entre nosotros el tiempo suficiente como para haber

producido más que algunos retoños muy jóvenes, como los que vi en mis clases del colegio.

Sin embargo, lo que sí vi en las cal es, tanto a mi l egada como siempre después, fue un número mucho

mayor de borrachos de los que yo hubiera visto nunca, ni siquiera en las celebraciones más licenciosas de

festividades en Aztlán. A todas horas, de día o de noche, se podía ver, tambaleándose o incluso cayendo

inconscientes en lugares donde los transeúntes sobrios tenían que saltar por encima de el os, a muchos

hombres, y a no pocas mujeres, borrachos. Nuestra gente, incluso nuestros sacerdotes, nunca habían sido

totalmente abstemios, pero tampoco habían abusado demasiado a menudo, excepto en algunas

festividades, de las bebidas embriagadoras, como la leche de coco fermentada de Aztlán, el chápari que los

purepechas hacían de miel de abeja o el octli, conocido en todas partes y al que los españoles l aman

pulque, el cual se hacía de planta de metí, que los españoles conocen como maguey.

Sólo me cupo suponer que los ciudadanos mexicas se habían dado en exceso a la bebida para olvidar

durante un rato su completa derrota y desesperación, pero cuatl Alonso no estaba de acuerdo con esa

apreciación mía.

-Se ha puesto en evidencia -me explicó- que la raza de los pueblos indios es susceptible de sufrir los

groseros efectos de la bebida, que les gustan esos efectos y que están deseosos de obtener dichos efectos

a la menor oportunidad.

-Yo no puedo hablar por los habitantes de esta ciudad, pero nunca he visto que los indios de otros lugares

sean como tú dices -le indiqué.

-Bueno, nosotros los españoles hemos sometido a muchos otros pueblos -dijo-. Bereberes, mahometanos,

judíos, turcos, franceses. Ni siquiera los franceses se dieron masivamente a la bebida como resultado de su

derrota. No, Juan Británico, desde nuestro desembarco en Cuba hace años hasta los más alejados confines

adonde hemos l egado en esta Nueva España, hemos comprobado que los nativos son unos borrachines

innatos. De León informó lo mismo acerca de los hombres rojos de Florida. Parece que se trata de un

defecto físico que es inherente a tu pueblo, lo mismo que el hecho de que mueran con tanta facilidad de

enfermedades triviales como el sarampión y la varicela.

-No puedo negar que enferman y mueren -le dije.

-Las autoridades, especialmente la Madre Iglesia -continuó diciendo Alonso-, han tratado piadosamente de

disminuir la tentación que la bebida encierra para los débiles indios. Hemos intentado hacer que cambien

de gusto y prueben a beber nuestros brandys y vinos españoles con la esperanza de que esas bebidas, que

son embriagadoras en mayor grado, l even a la gente a beber menos. Pero claro, sólo los nobles y los ricos

se las podían permitir. Así que el gobernador fundó una fábrica de cerveza en San Antonio de Padua, que

antes se l amaba Texcoco, con la esperanza de acostumbrar a los indios a la cerveza, que es más barata y

tiene menos poder embriagador, pero fue inútil. El pulque sigue siendo el licor que se consigue con más

facilidad, es casi regalado, pues cualquiera puede hacerlo hasta en su casa, de ahí que para los indios siga

siendo la manera favorita de emborracharse. El único recurso que les ha quedado a las autoridades ha sido

hacer una ley contra el hecho de que cualquier nativo beba en exceso y encarcelar a todo aquel que lo

haga. No obstante, incluso la ley es impracticable. Tendríamos que encerrar a casi toda la población india.

O matarlos, pensé yo. Hacía poco que había tenido ocasión de presenciar cómo tres soldados de la

guarnición que patrul aba regularmente por la ciudad capturaban a una mujer de mediana edad que, muy

borracha, se tambaleaba y voceaba de forma incoherente. No se habían molestado en encarcelarla. Se

habían lanzado sobre el a y, con aparente júbilo, habían empezado a golpearla con las culatas de aquel as

armas suyas que eran palos que tronaban hasta que la dejaron inconsciente de la paliza. Luego utilizaron

las espadas, no para apuñalarla y matarla, sino sólo para hacerle repetidos cortes en forma de zigzag por

todo el cuerpo, de modo que cuando la mujer despertase de la paliza, si es que l egaba a hacerlo,

únicamente estaría consciente el tiempo necesario para darse cuenta de que se estaba muriendo

desangrada.

-Hablando de pulque -le dije para cambiar de tema-, se hace de metí o maguey. Y mientras traducíamos

este texto último, cuatl Alonso, te he oído hablar del maguey como un cactus. No lo es. El maguey tiene

resinas, sí, pero todos los cactus tienen también un esqueleto interno de madera, y el maguey no. Es una

planta, lo mismo que cualquier arbusto o hierba.

-Gracias, cuatl Juan. Tomo nota de el o. Así pues... continuemos con nuestro trabajo.

Yo seguía durmiendo cada noche y tomando la comida de la mañana y la de la noche en el Mesón de San

José, mientras que los domingos, que los tenía libres, me los pasaba recorriendo los diferentes mercados

de la ciudad y preguntando a las personas que se encargaban de los puestos y a los transeúntes si

conocían a unas personas l amadas Netzlin y Citlali, que eran oriundos del poblado de Tépiz. Durante una

buena temporada mi búsqueda resultó infructuosa. Pero el tiempo que empleé en aquel a tarea o en el

mesón no fue tiempo perdido.

Mezclarme con la gente de la ciudad en los mercados me ayudó a refinar mi anticuada manera de hablar

náhuatl y a adquirir el vocabulario más moderno de los mexicas. Además me relacioné todo lo que pude

con aquel os prósperos y muy viajados pochtecas que habían traído mercancías desde el sur para

venderlas en la ciudad, y con los fornidos tamémimes, que en realidad eran quienes habían acarreado

aquel as mercancías, y de el os aprendí un útil número de palabras y expresiones de las lenguas sureñas:

el idioma mixteca del pueblo que se hace l amar Hombres de la Tierra, el zapoteca de los que se hacen

l amar Pueblo Nube e incluso muchas palabras de las lenguas que se hablan en las tierras de Chiapa y

Quautemalan.

Y, como ya he dicho, en el mesón cada noche estaba en compañía de extranjeros del norte. De el os, como

ya he dicho también, los huéspedes chichimecas hablaban un náhuatl más o menos tan arcaico como el

mío, pero comprensible. Así que me relacioné principalmente con otomíes y purepechas, y con los l amados

Pueblo Corredor, aprendiendo de este modo útiles fragmentos de los idiomas otomite, poré y rar mun.

Nunca antes había tenido ocasión, ni en mi casa ni en mi propia tierra, de descubrir la considerable facilidad

que yo tenía para aprender otras lenguas, pero ahora se me hacía evidente. Y supuse que debía de haber

heredado esa facilidad de mi difunto padre, quien la habría adquirido durante sus extensos viajes por el

Unico Mundo. Diré una cosa, sin embargo: ninguna de las lenguas de nuestros pueblos, aunque pudieran

ser muy diferentes del náhuatl y a veces me resultasen difíciles de pronunciar, era tan diferente y tan difícil

como el español, ni me costó tanto l egar a hablarlas con fluidez como me costó el español.

Además, en el mesón podía entablar conversación cualquier noche con aquel hombre que l evaba tanto

tiempo en la ciudad, el antes joyero Pochotl, que obviamente había determinado pasar el resto de su vida

viviendo a costa de la hospitalidad de los frailes de San José. Algunas de nuestras charlas consistían en

que yo me limitaba a escuchar, esforzándome por no bostezar, mientras él recitaba sus innumerables

quejas y penas contra los españoles, contra los tonalis que desde su nacimiento habían predestinado

aquel a su actual desgracia y contra los dioses que le habían echado encima a los tonalis. Pero con

frecuencia yo lo escuchaba atentamente, porque de hecho tenía cosas que contar que me resultaban muy

útiles. Por ejemplo, Pochotl me proporcionó el primer conocimiento que tuve de las órdenes, los rangos y

las autoridades que regían y gobernaban Nueva España.

-El personaje más alto de todos -me explicó- es un hombre l amado Carlos que reside al á en lo que los

españoles l aman Viejo Mundo. A menudo se refieren a él como "rey", a veces como "emperador" y otras

veces como "la corona" o "la corte". Pero está claro que es el equivalente al Portavoz Venerado que en otro

tiempo tuvimos los mexicas. Hace muchos años ese rey envió barcos l enos de guerreros a conquistar y

colonizar un lugar l amado Cuba, que es una isla muy grande situada en el mar Oriental, en un lugar que

está más al á del horizonte.

-He oído hablar de ese sitio -le indiqué-. Ahora está poblado por bastardos de razas mezcladas de diversos

colores.

Pochotl parpadeó y dijo:

-¿Qué?

-No importa. Sigue, por favor, cuatl Pochotl.

-Hace aproximadamente doce o trece años que desde ese lugar l amado Cuba l egó Hernán Cortés, el

capitán general de Carlos, para dirigir la conquista de nuestro Unico Mundo. Cortés, naturalmente,

esperaba que el rey lo haría señor y amo de todo lo que conquistase. No obstante, ahora es del dominio

público que hubo muchos dignatarios en España, e incluso bastantes de sus propios oficiales, que tuvieron

celos de la presunción de Cortés. Convencieron al rey para que pusiera sobre él una firme mano restrictiva.

De modo que ahora Cortés sólo ostenta el grandioso pero vacío título de marqués del Val e, de este Val e

de México, y los auténticos gobernantes son los miembros de lo que el os l aman la Audiencia, o lo que en

los viejos tiempos habría sido el Consejo de Portavoces del Portavoz Venerado. Cortés, asqueado, se ha

retirado a sus propiedades de Quaunáhuac, un lugar situado al sur de aquí...

-Tengo entendido que ese lugar ya no se l ama Quaunáhuac -le interrumpí.

-Pues si y no. Nuestro nombre para ese lugar, Rodeado de Bosque, los españoles lo pronuncian

"Cuernavaca" que resulta ridículo. Significa Cuerno de Vaca en su idioma. De todas maneras, Cortés ahora

reside malhumorado en la magnífica propiedad que tiene al í. No sé por qué ha de estar de mal humor. Sus

rebaños de ovejas, las plantaciones de la caña que da azúcar y los tributos que todavía recibe de

numerosas tribus y naciones.., le han convertido en el hombre más rico de Nueva España. Quizá de todos

los dominios de España.

-No me interesan demasiado las intrigas y explotaciones que los hombres blancos traman y se infligen entre

sí -le hice saber-. Ni las riquezas que han acumulado. Cuéntame con detal e el poder que tienen sobre

nosotros.

-Hay muchos que no hal an tan oneroso ese dominio -me comentó Pochotl-. Me refiero a los que siempre

han pertenecido a las clases más bajas: campesinos, obreros y toda esa gente. Levantan tan pocas veces

la vista de sus trabajos que quizá no hayan notado todavía que sus amos han cambiado de color.

Continuó dándome detal adas explicaciones. Nueva España estaba gobernada por los consejeros de la

Audiencia, pero de vez en cuando el rey Carlos enviaba por el mar a un inspector real l amado visitador

para asegurarse de que la Audiencia atendía como era debido sus asuntos. Los visitadores volvían a Vieja

España para informar a un Consejo, el Consejo de Indias. Ese Consejo era supuestamente responsable de

proteger por igual los derechos de todos en Nueva España, tanto de los nativos como de los españoles, así

que podía cambiar, enmendar o anular cualquiera de las leyes hechas por la Audiencia.

-Sin embargo, yo personalmente creo que en realidad el Consejo existe principalmente para asegurar que

se pague el quinto -me dijo Pochotl.

-¿El quinto?

-La quinta parte que le corresponde al rey. Cada vez que se extrae de nuestra tierra una medida de polvo

de oro, un puñado de azúcar, granos de cacao, algodón o cualquier otra cosa, se aparta una quinta parte de

el o para el rey antes de que nadie coja la parte que le corresponde. Las leyes y normas de la Audiencia

hechas en la Ciudad de México, continuó explicando Pochotl, se pasaban a unos funcionarios l amados

corregidores, que estaban destinados en las comunidades más importantes de toda Nueva España, para

que se encargasen de ponerlas en vigor. Y esos funcionarios, a su vez, ordenaban a los encomenderos,

que residían en los distritos, que se rigieran por dichas leyes y se encargasen de que la población nativa las

obedeciera.

-Los encomenderos, desde luego, suelen ser españoles me indicó Pochotl-, pero no todos el os. Algunos

son los supervivientes o los descendientes de los que antes eran nuestros señores. El hijo y dos hijas de

Moctezuma, por ejemplo, en cuanto se convirtieron al cristianismo y adoptaron nombres españoles, Pedro,

Isabel y Leonor, recibieron encomiendas. Lo mismo ocurrió con el príncipe Flor Negra, el hijo del difunto

Nezahualpili, el tanto y tan sinceramente l orado Portavoz Venerado de Texcoco. Ese hijo luchó al lado de

los hombres blancos durante la conquista, así que ahora se l ama Hernando Flor Negra y es un

encomendero acaudalado.

-Encomendero. Encomienda. ¿Qué es eso? -quise saber.

-Un encomendero es aquel a quien se le ha otorgado una encomienda. Y eso es un territorio de tamaño

variable dentro del cual el encomendero es el amo. Las ciudades, pueblos o aldeas que queden dentro del

rea le pagan tributo en dinero o en bienes, todo aquel que produce o cultiva algo está obligado a darle una

parte a él, todo está sujeto a su mando, ya sea construirle una mansión, labrarle los campos, cuidarle el

ganado, cazar o pescar para él o incluso prestarle a la esposa o a las hijas si él así lo exige. O a sus hijos,

supongo, si se trata de una encomendera de gustos lascivos. Una encomienda no incluye la tierra, sólo lo

que hay sobre el a, incluidas las personas.

-Desde luego -dije yo-. ¿Cómo podría alguien poseer la tierra? ¿Poseer un pedazo del mundo? Resulta una

idea inconcebible.

-Pero no para los españoles -continuó explicándome Pochotl al tiempo que levantaba una mano en señal

de advertencia-. A algunos de el os se les concedió lo que se l ama una estancia, y eso sí incluye la tierra.

Incluso puede legarse de una generación a otra. El marqués Cortés, por ejemplo, posee no sólo la gente y

los productos de Quaunáhuac, sino también la misma tierra que hay debajo de toda el a. Y su antigua

concubina malinche, esa que traicionó a su propio pueblo, ahora es l amada respetuosamente por el título

de viuda de Jaramil o y posee una inmensa isla en medio de un río como su estancia.

-Eso va contra toda razón -gruñí yo-. Contra toda naturaleza. Ninguna persona puede reclamar la posesión

ni siquiera del mínimo fragmento del mundo. Los dioses lo pusieron ahí y los dioses son quienes lo rigen.

En tiempos pasados los dioses lo han purgado de gente. Sólo le pertenece a los dioses.

-Pues entonces ojalá los dioses lo purgasen de nuevo de gente. De gente blanca, quiero decir -aclaró

Pochotl al tiempo que dejaba escapar un suspiro.

-Pero lo de la encomienda sí que puedo entenderlo -continué yo-. No es más que lo que hacían nuestros

gobernantes: cobrar tributos, reclutar obreros. No sé de ninguno que exigiera compañeros de cama, pero

supongo que podrían haberlo hecho si hubieran querido. Y puedo entender por qué dices que muchas

personas hoy día no perciben ninguna diferencia en el cambio de amos de...

-He dicho las clases más bajas -me recordó Pochotl-. Lo que los españoles l aman indios rústicos: patanes,

paletos, sacerdotes de nuestra antigua religión y otras personas fácilmente prescindibles. Pero yo soy de la

clase que l aman indios pal os, que somos personas de calidad. Y, por Huitzli, yo sí que alcanzo a percibir la

diferencia. Y lo mismo les ocurre a los demás artesanos, artistas, escribas y...

-Si, sí -le dije, porque a estas alturas yo ya sabía recitar aquel as lamentaciones suyas tan bien como él-.

¿Y qué me dices de esta ciudad, Pochotí? Debe de constituir la encomienda más rica y más grande de

todas. ¿A quién se le concedió? ¿Al obispo Zumárraga, quizá?

-No, pero a veces se diría que le pertenece. Tenochtitlan, perdona, la Ciudad de México, es la encomienda

de la corona. Del propio rey. De Carlos. De todas las cosas que se hacen aquí y de las cosas con las que

se comercia aquí, de cualquier cosa, desde esclavos hasta sandalias. Y hasta el último maravedí de cobre

de beneficio que se obtenga de el o, Carlos toma no sólo el quinto real, sino todo, incluidos el precioso oro y

la preciosa plata que yo había trabajado toda mi vida para...

-Si, sí -repetí.

-Y Además, claro está -continuó-, a cualquier ciudadano se le puede ordenar que deje la ocupación con la

que se gana la vida para ir a ayudar a construir, a cavar o a pavimentar a fin de mejorar la ciudad del rey. La

mayoría de los edificios de Carlos se han terminado ya. Y ésa fue la razón por la que el obispo tuvo que

esperar con tanta impaciencia el comienzo de su iglesia catedral y por lo que aún sigue en construcción. Y

yo creo que Zumárraga fuerza más a sus obreros de lo que lo hicieron nunca los constructores del rey.

-De manera que.. por lo que veo... -dije yo pensativamente- cualquier revuelta habría de fomentarse primero

entre esos hombres l amados rústicos. Agitarlos para que hagan caer a sus amos en las estancias y en las

encomiendas. Y sólo entonces nosotros, las personas de clase más alta, nos volveríamos contra las clases

más altas españolas. El puchero debe de empezar a hervir, como en realidad ocurre con el puchero, de

abajo arriba.

-¡Ayya, Tenamaxtli! -Se tiró de los pelos con exasperación-. ¿Otra vez estás aporreando el mismo tambor

flojo? Yo creía que ahora que eres tan querido para el clero cristiano habrías abandonado esa idea sin

sentido de la rebelión.

-Y me alegro de serlo -dije-, porque así puedo ver y oír mucho más de lo que de otro modo podría hacer.

Pero no, no he abandonado mi resolución. Con el tiempo tensaré ese tambor flojo para que pueda oírse por

todas partes. Para que retumbe. Para que ensordezca con su desafío.

8

Al cabo de poco tiempo yo había adquirido la suficiente comprensión de la lengua española como para

entender la mayor parte de lo que oía, aunque todavía no me atrevía a hablarla en otro sitio que no fuera el

aula del notario Alonso. Así que éste, consciente de el o, advirtió a los clérigos de la catedral donde él y yo

trabajábamos juntos, y también a las otras personas cuyos deberes las l evaban al í, para que no

comentasen nada de índole confidencial siempre que yo estuviese en situación de oírlos. Difícilmente podía

pasarme inadvertido que, cada vez que dos o más hablantes de español se ponían a conversar en mi

presencia, al l egar a cierto punto me echaban una fugaz mirada y luego se iban a otra parte. Sin embargo,

cuando yo caminaba anónimamente por la ciudad podía aguzar el oído sin avergonzarme de el o y sin que

se notase. Una conversación que oí de pasada mientras curioseaba las hortalizas que se exhibían en un

puesto del mercado, fue como sigue:

-No es más que otro condenado sacerdote entrometido -dijo un español, una persona de cierta importancia,

a juzgar por su vestido-. Finge estar derramando lágrimas por el cruel maltrato que se les da a los indios y

lo utiliza como excusa para hacer normas que lo benefician a él.

-Cierto -convino el otro hombre, que iba igualmente ataviado con ricos vestidos-. El hecho de ser obispo no

lo convierte en un sacerdote menos astuto e hipócrita que los demás. Está de acuerdo en que hemos traído

a estas tierras un don que no tiene precio, el Evangelio de la cristiandad, y que por el o los indios nos deben

toda la obediencia y el esfuerzo que podamos sacar de el os. Pero también, dice él, debemos hacerlos

trabajar con menos rigor, pegarles menos y alimentarlos mejor.

-O nos arriesgamos a que se mueran -dijo el primer hombre-, como les pasó a aquel os indios que

perecieron durante la conquista y en las plagas de enfermedades que siguieron... antes de que los

desgraciados pudieran ser confirmados en la fe. Zumárraga hace ver que lo que quiere salvar no son las

vidas de los indios, sino sus almas.

-De modo -continuó el segundo hombre- que los fortalecemos y los mimamos en detrimento del trabajo

para el cual los necesitamos. Luego él los recluta para que construyan más iglesias, capil as y santuarios

por todo el condenado país, y él se queda con el mérito de esa acción. Y a cualquier indio que le desagrade

a él, al obispo Zurriago, puede quemarlo.

Continuaron de aquel a guisa durante un rato, y me sentía complacido de oírlos hablar así. Era el obispo

Zumárraga quien había condenado a mi padre a aquel a muerte horrible. Y cuando aquel os hombres lo

l amaban obispo Zurriago, yo sabía que no era que estuvieran pronunciando mal el nombre, sino que lo que

estaban haciendo era un juego de palabras con él, una mofa, porque la palabra zurriago significa "flagelo".

Pochotí me había contado cómo al marqués Cortés lo habían desacreditado sus propios oficiales. Ahora yo

estaba oyendo cómo cristianos de importancia difamaban a su más alto sacerdote. Si tanto los soldados

como los ciudadanos podían manifestar su desagrado abiertamente y difamar a sus superiores, el o era

prueba de que los españoles no tenían un parecer tan unánime como para que espontáneamente fueran a

presentar un frente sólido y unido ante cualquier desafío. Y tampoco estaban tan seguros de su cacareada

autoridad como para ser invencibles. Aquel os pequeños atisbos del pensamiento y el espíritu de los

españoles me resultaban alentadores; posiblemente me fueran útiles en el futuro, y por el o son dignos de

recordarse.

Aquel mismo día, en el mismo mercado, encontré por fin a los exploradores de Tépiz a los que l evaba tanto

tiempo buscando. En un puesto en el que colgaban por doquier cestos tejidos con juncos y mimbre, le

pregunté, igual que había estado haciendo por todas partes, al hombre que atendía al público si conocía a

un nativo de Tépiz l amado Netzlin y a su esposa l amada...

-Vaya, yo soy Netzlin -me contestó el hombre mientras me miraba con cierta extrañeza y un poco de

aprensión-. Mi mujer se l ama Citlali.

-¡Ayyo, por fin! -exclamé-. Y qué bien oír otra vez a alguien que habla con los acentos de la lengua azteca!

Me l amo Tenamaxtli y soy de Aztlán.

-¡En ese caso bienvenido seas, antiguo vecino! -me saludó con entusiasmo-. Desde luego que da gusto oír

hablarán nahuatl al viejo uso y no al modo de esta ciudad. Citlali y yo ya l evamos aquí casi dos años, y la

tuya es la primera voz que he oído con el sonido de nuestra tierra.

-Y puede que sea la única durante mucho tiempo -le comuniqué-. Mi tío ha prohibido que ningún habitante

de Aztlán ni de las comunidades de los alrededores tenga nada que ver con los hombres blancos.

-¿Que tu tío lo ha prohibido? -repitió Netzlin, que parecía sorprendido.

-Mi tío Mixtzin, el Uey-Tecutli de Aztlán.

-Ayyo, claro, el Uey-Tecutli. Sabía que tenía hijos. Y te pido disculpas por no saber que te tenía a ti por

sobrino. Pero si él ha prohibido familiarizarse con los españoles, ¿qué haces tú aquí?

Eché una rápida ojeada a mi alrededor antes de responder:

-Preferiría hablar de eso en privado, cuatl Netzlin.

-Ya -dijo él guiñando un ojo-. Otro explorador secreto, ¿eh? Pues ven, cuatl Tenamaxtli, déjame que te invite

a nuestro humilde hogar. Espérate aquí mientras recojo mis mercancías. Se está acabando la jornada, así

que probablemente habrá pocos clientes que se l even una decepción.

Le ayudé a apilar los cestos para transportarlos, y cada uno de nosotros levantamos una carga que, toda

junta, tenía que ser un peso considerable para que lo l evase él solo al mercado sin ayuda. Me condujo por

cal es traseras, salimos de la Traza de los hombres blancos y nos dirigimos hacia el sudeste, a una colación

de viviendas nativas, la que se l amaba San Pablo Zoquipan. Mientras caminábamos, Netzlin me explicó

que, después de que su esposa y él decidieran asentarse en la Ciudad de México, a él lo habían puesto

inmediatamente a trabajar en la reparación de los acueductos que l evaban agua potable a la isla. Apenas si

le pagaban lo suficiente para comprar comida de maíz, de la cual Citlali hacia atoli, y vivían alimentándose

sólo de esas gachas. Pero luego, cuando Netzlin pudo demostrar al tepizqui de su barrio que Citlali y él

tenían otros medios mejores para ganarse la vida, se le concedió permiso para establecerse por su cuenta.

-Tepizqui -repetí-. Esa es claramente una palabra de la lengua náhuatl, pero nunca la había oído antes. Y

barrio en español significa una parte de la comunidad, un vecindario pequeño dentro de el a, ¿no es así?

-En efecto. Y el tepizqui es uno de nosotros. Es decir, es el funcionario mexica responsable de hacer que su

barrio observe las leyes de los hombres blancos. El, desde luego, tiene que dar cuenta ante un funcionario

español, un alcalde que gobierna la colación entera de barrios, a sus distintos tepizque y a toda su gente.

De modo que Netzlin le había demostrado a su tepizqui lo duchos y mañosos que eran su mujer y él en

tejer cestos. El tepizqui había ido a informar de el o al alcalde español, que a su vez pasó la información a

su superior, que era el corregidor, y este funcionario a su vez informó de el o al gobernador de la

encomienda del rey, que, como yo ya sabía, comprendía todos los barrios, zonas y habitantes de la Ciudad

de México. El gobernador presentó el asunto a la Audiencia la siguiente vez que se reunió en Consejo y,

finalmente, volviendo otra vez hacia atrás por todos aquel os retorcidos canales, l egó una concesión real

que concedía a Netzlin licencia para utilizar el puesto del mercado donde yo lo había encontrado.

-Hay que ver lo que tiene que conferenciar y perder el tiempo un hombre, lo que ha de soportar sólo para

vender el trabajo que hace con sus propias manos -le dije.

Netzlin se encogió de hombros todo lo que pudo bajo el peso de la carga que l evaba.

-Por lo que yo sé, las cosas eran casi igual de complicadas aquí cuando ésta era la ciudad de Moctezuma.

De cualquier modo, la concesión me exime de que me hagan ir a la fuerza a hacer trabajos fuera.

-¿Qué te decidió a fabricar los cestos en lugar de eso? -le pregunté.

-Pues mira, es el mismo trabajo que Citlali y yo hacíamos en Tépiz. Los juncos y las cañas que

arrancábamos de los pantanos salobres del norte no eran muy diferentes de los que crecen en los lechos

de los lagos que hay por aquí. Los juncos y las hierbas de los pantanos son en realidad las únicas plantas

que crecen por aquí en las oril as, aunque me han dicho que en otro tiempo éste fue un val e muy fértil y

verde. Asentí.

-Ahora sólo apesta a barro y a moho.

-De noche camino penosamente entre el fango y cojo los juncos y el mimbre -continuó explicándome

Netzlin-. Citíali teje durante el día, mientras yo estoy en el mercado. Nuestros cestos se venden bien,

porque están mejor hechos y son más bonitos que los que hacen los pocos tejedores que hay aquí. Los

amos de las casas españolas, sobre todo, prefieren nuestras mercancías.

Aquel o era interesante. Decidí indagar.

-Entonces... ¿has tenido tratos con los residentes españoles? ¿Has aprendido a hablar su lengua?

-Sólo un poco -respondió sin lamentarlo-. Yo trato con los criados: cocineras, fregonas, lavanderas y

jardineros. El os son de nuestra propia gente, así que no necesito para nada ese lenguaje balbuceante de

los hombres blancos.

Bien, pensé, tener acceso a su servidumbre podría ser incluso más útil a mis propósitos que conocer a los

propios amos de las casas españolas.

-De todos modos -continuó diciendo Netzlin-, Citlali y yo nos ganamos la vida mejor que la mayoría de los

vecinos de nuestro barrio. Comemos carne o pescado por lo menos dos veces al mes. En cierta ocasión

incluso compartimos una de esas raras y caras frutas que los españoles l aman limón.

-¿Es a eso a todo lo que aspiras en la vida, cuatl Netzlin? -le pregunté-. ¿A ser tejedor y vendedor de

cestos? Netzlin pareció auténticamente sorprendido.

-Es lo que siempre he sido.

-Supón que alguien te ofreciera l evarte a la guerra y a la gloria. Liberar al Unico Mundo de los hombres

blancos. ¿Qué dirías a eso?

-¡Ayya, cuatl Tenamaxtli! Los blancos son los que compran mis cestos. Son el os quienes me ponen la

comida en la boca. Si alguna vez deseo librarme de el os, lo único que tengo que hacer es volver a Tépiz.

Pero al í nunca nadie me pagó tan bien los cestos. Y además no tengo experiencia de guerra. Y ni siquiera

alcanzo a imaginar qué pueda ser la gloria.

Abandoné la idea de reclutar a Netzlin como guerrero, pero todavía podía serme útil para infiltrarme en los

aposentos de los criados de alguna mansión española. Sin embargo, siento decir que Netzlin no sería el

último recluta en potencia que rehusaría unirse a mi campaña basándose en que se había vuelto

dependiente del patronazgo de los hombres blancos. Cada uno de aquel os que lo hicieron pudo haberme

citado, si es que lo había oído alguna vez, aquel viejo proverbio español que dice que un lisiado tendría que

estar loco para romper su propia muleta. O, para describir con más exactitud a los hombres que alegasen

ese motivo para esquivar servir a mi causa, podría yo decir de el os lo que he oído decir a algunos

españoles maleducados: que antes que eso prefería lamer el culo del patrón.

Llegamos al barrio de Netzlin en San Pablo Zoquipan, uno de los que no eran demasiado sórdidos; se

encontraba en las afueras de la ciudad. Netzlin me dijo, con cierto orgul o, que Citlali y él se habían

construido su propia casa, como lo habían hecho la mayoría de sus vecinos, con sus propias manos y a

base de esos ladril os de barro secados al sol que en español se l aman adobes. También me indicó con

orgul o la cabaña de vapor de adobe que había al final de la cal e, para cuya construcción se habían unido

todos los residentes del lugar.

Entramos en la pequeña morada de dos habitaciones a través de una cortina que cerraba la entrada, y me

presentó a su esposa. Citlali tenía más o menos su misma edad -yo calculé que ambos tendrían alrededor

de treinta años-, una cara dulce y disposición alegre. Además, y de el o me di cuenta en seguida, el a era

tan inteligente como él obtuso. Cuando l egamos andaba muy atareada trabajando en un cesto que

acababa de empezar, aunque estaba en avanzado estado de gestación y tenía que agacharse alrededor

del vientre, por así decirlo, en aquel suelo de tierra que era su lugar de trabajo. Contacto, creo yo, le

pregunté que si en su delicado estado era conveniente hacer un trabajo manual.

Se echó a reír y me dijo sin apuro alguno:

-En realidad la barriga me es más una ayuda que un estorbo. Me las ingenio para utilizarla como molde a

fin de dar forma a cestos de cualquier tamaño: desde los pequeños y planos hasta los más voluminosos.

-¿Qué clase de alojamiento has encontrado tú, Tenamaxdi? -me preguntó Netzlin.

-Estoy viviendo de la caridad de los cristianos, en el Mesón de San José. Quizá hayáis oído hablar de él.

-Sí, lo conocemos -asintió Netzlin-. Citlali y yo utilizamos ese refugio durante unas cuantas noches cuando

l egamos aquí. Pero no podíamos soportar que nos pusieran cada noche en dormitorios separados.

Pudiera ser que Netzlin no fuera un guerrero dispuesto, pensé, pero evidentemente era un marido devoto.

Citlali volvió a hablar.

-Cuatl Tenamaxtli, ¿por qué no te vienes a vivir con nosotros hasta que te encuentres en situación de

permitirte tener una vivienda propia?

-Eso es maravillosamente bueno y hospitalario por tu parte, señora mía. Sin embargo, si estar separados en

el mesón era inaceptable para vosotros, tener a un extraño bajo este mismo techo sería aún más

intolerable, sobre todo si tenemos en cuenta que otro extraño más pequeño está a punto de unirse a

vosotros.

La mujer sonrió con afecto al oír aquel o.

-Todos somos extraños en esta ciudad. En realidad tú no serías más extraño de lo que lo ser el recién

nacido que ha de venir.

-Eres verdaderamente gentil, Citlali -le dije-. Pero el hecho es que yo podría permitirme ir a vivir a otra parte.

Tengo un empleo por el que me pagan un salario por lo menos mejor que el de un obrero. Estoy estudiando

la lengua española en el colegio que hay justo al lado del mesón, así que me quedaré al í hasta que me

resulte demasiado cansado.

-¿Estudiando la lengua de los hombres blancos? -repitió Netzlin-. ¿Por eso es por lo que estás aquí, en la

ciudad?

-Eso forma parte del motivo. -A continuación le conté cómo pretendía aprender todo lo posible acerca de los

hombres blancos-. Para poder levantar contra el os una rebelión que sea efectiva. Para echarlos de todas

las tierras del Uníco Mundo.

-Ayyo...

Citlali respiró con suavidad, contemplándome con lo que hubiera podido ser pavor, respeto o admiración... o

quizá la sospecha de que el a y su marido estaban agasajando en su casa a alguien que parecía realmente

loco.

-Así que es por eso por lo que me preguntaste si quería ir a la guerra y a la gloria -dijo Netzlin-. Y ya puedes

ver cuál es el motivo -y me señaló a su esposa- por el que no me siento ansioso de hacerlo. Y con mi

primer hijo a punto de nacer.

-¡Primer hijo! -repitió Citlali riéndose otra vez. Y dirigiéndose a mi, añadió-: Nuestro primer descendiente - A

mi me da igual que sea niño o niña con tal de que esté sano y entero.

-Será un niño -aseguró Netzlin-. Insisto en el o.

-Y desde luego -le indiqué-, tienes razón al no querer correr riesgos en semejante momento. Sin embargo,

quisiera pedirte un favor. Si vuestros vecinos no ponen objeción a el o, ¿podrías concederme el permiso

para utilizar de vez en cuando la cabaña de vapor que tenéis aquí?

-Pues claro que si. Ya sé que el mesón no dispone de ningún tipo de instalaciones para bañarse. ¿Cómo es

que tú te mantienes aceptablemente limpio?

-Me baño en un cubo cuando hace falta. Y luego me lavo la ropa en el mismo cubo. A los frailes no les

importa que caliente el agua en el fuego del mesón. Pero no he disfrutado de un buen baño de vapor desde

que me marché de Aztlán. Me temo que debo de oler tan mal como un hombre blanco.

-No, no -me aseguraron los dos a un tiempo.

Luego, Netzlin añadió:

-Ni siquiera un bruto zacachichimécatí recién l egado del desierto huele tan mal como un hombre blanco.

Ven, Tenamaxtli, iremos a la cabaña de vapor ahora mismo. Y después de tomar un buen baño beberemos

un poco de octli y nos fumaremos un poquietí o dos.

-Y la próxima vez que vengas -me sugirió Citlali- tráete todas tus mudas de ropa. Yo me encargaré de hacer

tu colada de ahora en adelante.

Así que desde entonces pasé tanto tiempo visitando a aquel as dos agradables personas, y su cabaña de

vapor, como me pasaba conversando con Pochotí en el mesón. Y durante aquel a época, desde luego,

continué pasando mucho tiempo con el notario Alonso: por las mañanas en el aula del colegio y por las

tardes en su habitación de trabajo de la catedral. A menudo interrumpíamos nuestra tarea de profundizar en

los antiguos libros de palabras imágenes para recostarnos y fumar un poco mientras hablábamos de temas

que no tenían que ver con aquel o. Mi español había mejorado sensiblemente, hasta el punto de que yo ya

comprendía mejor aquel as palabras que él tenía que utilizar con frecuencia porque, sencil amente, no

había términos equivalentes en náhuatl.

-Juan Británico -me dijo un día-, ¿conoces ya a monseñor Suárez-Begega, el archidiacono de esta

catedral?

-¿Conocerle? No. Pero sí que lo he visto a menudo por los vestíbulos.

-Pues es evidente que él también te ha visto a ti. Como archidiácono, ya sabes, aquí es el encargado de la

administración, el que se ocupa de que todas las cosas pertenecientes a la catedral marchen como es

debido. Y me ha ordenado que te dé un mensaje de su parte.

-¿Un mensaje? ¿A mí? ¿De alguien tan importante?

-Si. Quiere que empieces a ponerte pantalones

Parpadeé y me quedé mirándolo fijamente.

-¿El alto y poderoso Suárez-Begega puede l egar incluso a preocuparse por mis piernas desnudas? Yo

visto igual que los demás mexicas que trabajan por aquí. Del modo como siempre han vestido los hombres.

-Ese es el asunto -me aclaró Alonso-. Los demás son obreros, constructores, artesanos como mucho. Está

bien que el os l even capas, calzoncil os y guaraches. Pero tu trabajo te da derecho... te obliga, según el

monseñor, a vestirte como un español.

-Si él quiere, puedo ataviarme con un jubón ribeteado de pieles, con pantalones bien ajustados, con un

sombrero con plumas en la cabeza, con unas faltriqueras y brazaletes, con botas de cuero labrado, e

intentar pasar por un contoneante español moro -comenté con aspereza.

Reprimiendo una sonrisa, Alonso me corrigió.

-Nada de pieles, faltriqueras ni plumas. Bastar con una camisa corriente, unos pantalones y unas botas. Yo

te daré el dinero para comprártelos. Y sólo hace falta que los l eves puestos en el colegio y aquí. Cuando

estés entre tu gente puedes vestir como te plazca. Hazlo por mi, cuatl Alonso, para que el archidiácono no

ande detrás de mí agobiándome con eso.

Refunfuñé que hacerme pasar por un español blanco era casi tan repugnante como tratar de hacerme

pasar por un moro, pero al final acepté.

-Lo hago por ti, desde luego, cuatl Alonso.

-Este español repugnantemente blanco te lo agradece me contestó con una aspereza equiparable a la mía.

-Te pido disculpas -le dije-. Tú personalmente no eres así. Sin embargo, dime una cosa, si haces el favor.

Tú siempre hablas de españoles blancos o de blancos españoles. ¿Significa eso que hay españoles en

alguna parte que no son blancos? ¿O que hay otras personas blancas además de los españoles?

-Puedes estar seguro, Juan Británico, de que los españoles son blancos. A menos que uno exceptúe a los

judíos de España que se convirtieron al cristianismo. El os suelen ser de tez algo oscura y grasienta. Pero

sí, en efecto, hay muchos otros pueblos de gente blanca además de los españoles: aquel os que habitan

las naciones de Europa.

-¿Europa?

-Es un continente grande y espacioso del cual España es sólo un país. Algo parecido a lo que antes era

vuestro Unico Mundo... un extenso territorio ocupado por numerosas naciones todas el as diferentes entre

sí. No obstante, los pueblos nativos de Europa son blancos.

-Entonces, ¿son iguales en calidad los unos y los otros...? ¿E iguales a vosotros, los españoles? ¿Son

también cristianos? ¿Todos el os son igualmente superiores a las personas que no son blancas?

El notario se rascó la cabeza con la pluma de pato con la que había estado escribiendo.

-Haces unas preguntas, cuatl Juan, que han tenido perplejos incluso a los filósofos. Pero haré lo que pueda

por contestarte. Todos los blancos son superiores a los que no son blancos, sí, eso es cierto. La Biblia así

nos lo dice. Es a causa de las diferencias entre Sem, Cam y Jafet.

-¿Qué o quiénes son ésos?

-Los hijos de Noé. Tu instructor, el padre Diego, puede explicártelo mejor que yo. En cuanto al tema de si

todos los europeos son iguales, bueno, pues.. - -Se echó a reír de un modo algo irónico-. A cada nación,

incluida nuestra amada España, le gusta considerarse a sí misma superior a las demás. Como sin duda os

ocurre a los aztecas aquí, en Nueva España.

-Eso es cierto convine-. O lo era hasta ahora. Pero en el momento en que a nosotros y a los demás se nos

amontona juntos como meros indios, quizá descubramos que todos tenemos más en común de lo que

creíamos.

-Y respondiendo a tu otra pregunta... sí, Europa es cristiana, excepto algunos herejes y judíos aquí y al á y

los turcos de los Balcanes. Triste es decir, sin embargo, que en los últimos años ha habido inquietud e

insatisfacción incluso entre los cristianos. Ciertas naciones, Inglaterra, Alemania, y otras, han estado

poniendo en tela de juicio el dominio de la Santa Iglesia.

Atónito al oír que tal cosa fuera posible, le pregunté:

-¿Han dejado de adorar a los cuatro que forman la Trinidad?

Resultó evidente que Alonso, que estaba muy preocupado, no me oyó decir "cuatro". Repuso

sombríamente:

-No, no, los cristianos creen aún en la Trinidad. En lo que algunos de el os se niegan ahora a creer es en el

Papa.

-¿El Papa? -repetí l eno de extrañeza.

Estaba pensando, pero no lo expresé en voz alta, si es que habría una quinta entidad que adorar. ¿Era

concebible una aritmética tan rara como aquél a? ¿Una trinidad de cinco?

-El Papa Clemente Séptimo -me explicó Alonso-. El obispo de Roma. El sucesor de san Simón Pedro. El

vicario de Jesucristo en la Tierra. La cabeza visible de la Iglesia Católica y Romana. Su suprema e infalible

autoridad.

-¿Este no es otro santo o espíritu? ¿Se trata de una persona viva?

-Claro que es una persona viva. Un sacerdote. Un hombre igual que tú y que yo, sólo que más viejo. Y

enormemente más santo, puesto que él l eva las sandalias del pescador.

-¿Sandalias? -repetí sin comprender-. ¿Las sandalias del pescador?

En Aztlán yo había conocido a muchos pescadores, y ninguno l evaba sandalias ni era santo en lo más

mínimo.

Alonso suspiró con exasperación.

-Simón Pedro había sido pescador antes de convertirse en el más prominente discípulo de Jesucristo, en el

más importante de los apóstoles. Se le considera el primer Papa de Roma. Ha habido muchísimos desde

entonces, pero de cada Papa que lo ha sucedido se dice que se ha calzado las sandalias del pescador y

por el o adquiere la misma eminencia y autoridad que Simón Pedro. Juan Británico, ¿por qué sospecho que

has estado soñando despierto durante la instrucción del padre Diego?

-No lo he hecho -le mentí; y añadí poniéndome a la defensiva-: Sé recitar el credo, el padrenuestro y el

avemaría. Y he memorizado las jerarquías de los clérigos de la Iglesia: monjas y frailes, abades y

abadesas, padres, monseñores, obispos. Luego... eh... ¿hay algo que quede por encima de nuestro obispo

Zumárraga?

-Arzobispos -me indicó Alonso con brusquedad-. cardenales, y patriarcas. Y luego está el Papa, que se

encuentra por encima de todos. Te recomiendo encarecidamente que prestes más atención en la clase del

padre Diego si es que deseas ser confirmado alguna vez en la Iglesia.

Me guardé muy bien de decirle que no quería tener nada que ver con la Iglesia más que lo que fuera

necesario para mis propios planes. Y era principalmente porque mis propios planes se encontraban aún

sumidos en la penumbra por lo que yo continuaba asistiendo a la clase de instrucción en cristianismo. Estas

clases consistían casi por entero en enseñarnos a recitar reglas, rituales e invocaciones, la mayoría de el os

-el padrenuestro, por ejemplo- en una lengua que ni siquiera los españoles se tomaban la molestia de fingir

que entendían. Cuando la clase, ante la insistencia de tete Diego, asistía al servicio de la iglesia l amado

misa, yo fui con el os unas cuantas veces. Aquel o también era incomprensible para nadie excepto,

supongo, para los sacerdotes y los acólitos que celebraban la misa. Nosotros los nativos, los mestizos y

demás teníamos que sentarnos en una galería superior aparte del resto, pero aun así el olor de muchos

españoles sin lavar apiñados habría sido intolerable de no ser por las embriagadoras nubes de humo de

incienso.

De todos modos, como yo nunca había tenido gran interés en mi religión nativa, excepto en aquel o

referente a disfrutar las muchas festividades que proporcionaba, tampoco me interesaba demasiado

adoptar una nueva. Tenía una particular inclinación a escarbarme los dientes con desdén ante una religión

que parecía incapaz de contar más al á de tres, puesto que sus objetos de adoración, según mis cuentas,

hacían un total de por lo menos cuatro, y pudiera ser que cinco, pero el os se empeñaban en l amarlo

trinidad.

A pesar de la excentricidad numérica de su propia fe, con frecuencia tete Diego vituperaba en contra de

nuestra antigua religión como superpoblada de dioses. Aquel a cara suya sonrosada se le puso

perceptiblemente púrpura cuando un día le hice notar que, mientras el cristianismo daba a entender que

reconocía a un único Señor Dios, en realidad le concedía igual prestigio a los excelentísimos seres

l amados santos, a los ángeles y arcángeles... Y el os eran a todas luces tan numerosos como nuestros

dioses, y algunos parecían tan viciosos y vengativos como aquel os dioses nuestros tan oscuros que los

cristianos l amaban demonios. Le dije que la principal diferencia que yo podía apreciar entre nuestra antigua

religión y la nueva de tete Diego era que nosotros alimentábamos a nuestros dioses, mientras que los

cristianos se comían a los suyos, o fingían hacerlo, en el ritual l amado comunión.

-Hay muchas otras cosas en las que el cristianismo no supone en realidad mejora alguna sobre nuestro

paganismo, como vosotros lo l amáis -continué explicándole-. Por ejemplo, tete, nosotros también

confesamos nuestros pecados a la bondadosa y misericordiosa diosa Tlazoltéotl, que significa Comedora

de Porquería, la cual, después de nuestra confesión, nos inspiraba actos de contrición o nos daba la

absolución, exactamente igual que hacen vuestros sacerdotes. En cuanto al milagro del parto virginal,

varias de nuestras deidades vieron la existencia de ese modo. E incluso así fue como vino al mundo uno de

los gobernantes mexicas mortales. Ése fue el primer Moctezuma, el gran Portavoz Venerado que fue tío

abuelo del Moctezuma menor que reinaba en la época en que vosotros los españoles l egasteis aquí. Fue

concebido cuando su madre aún era una doncel a virgen y...

-¡Basta ya! -me interrumpió tete Diego, cuya cabeza calva se había puesto roja-. Tienes el sentido del

humor de un payaso, Juan Británico, pero ya has hecho bastante mofa y burla por hoy. Estás rozando la

blasfemia e incluso la herejía. Márchate de esta clase y no vuelvas hasta que te hayas arrepentido y te

hayas confesado, no a cualquier Glotona Asquerosa, sino a un sacerdote confesor cristiano!

Nunca lo hice, ni entonces ni nunca, pero me esforcé todo lo que pude por parecer contrito y arrepentido al

día siguiente cuando volví a la clase. Y continué asistiendo a el a por un motivo que no tenía nada que ver

con comparar supersticiones religiosas, ni con sondear los modos de pensar y el comportamiento

españoles, ni con l evar adelante mis planes de revolución. Ahora asistía a aquel a clase sólo para ver a

Rebeca Canal uza y para que el a me viera a mi. Todavía no había hecho yo el acto de ahuilnema ni con

mujer blanca ni con mujer negra, y quizá nunca tuviera ocasión de hacerlo con ninguna de las dos. Pero en

la persona de Rebeca Canal uza, yo Podría, en cierto modo, probar ambas clases de mujer de una sola

vez. Es decir, el a era lo que Alonso había clasificado como mulato "terco", el fruto de la unión entre un moro

y un blanco.

Al haber de momento tan pocas mujeres negras en Nueva España, el padre de Rebeca debía de haber sido

la parte negra del acoplamiento y su madre alguna pelandusca o mujer española perversamente curiosa.

Pero la madre había contribuido poco a la configuración de Rebeca, lo que no era de extrañar; tampoco la

leche de coco vertida en una taza de chocólatl lo aclara en absoluto.

Por lo menos la muchacha había heredado de su madre un pelo decentemente largo y ondulado, no

aquel os rizos de musgo de las moras de pura sangre. Pero en todo lo demás. ayya, tenía la nariz plana y

ancha con agujeros grandes, los labios abultados en exceso y de color púrpura, y el resto de lo que yo

podía ver de el a era exactamente del mismo color que un grano de cacao. Además tuve que suponer que

las hembras moras maduran a muy temprana edad, porque Rebeca era sólo una niña de once o doce años,

e incluso resultaba pequeña para esa edad, pero ya tenía las curvas de una mujer, considerables pechos y

unas nalgas que sólo podían calificarse de protuberantes. Y además las miradas que me echaba ponían en

evidencia las codiciosas valoraciones que hacen las mujeres que están maduras para emparejarse.

Todas esas cosas podía verlas yo por mi mismo. Lo que no podía adivinar era el motivo de su nombre, que

era despectivo, burlón e incluso degradante. No tanto su nombre de pila, Rebeca. Entre las pequeñas y

edificantes historias de la Biblia que nos contaba tete Diego de vez en cuando, ya había mencionado a la

bíblica Rebeca, y la única cosa mala que yo podía recordar de el a era que parecía que se la sobornaba con

facilidad con chucherías de oro y plata. Pero el apel ido Canal uza significa vagancia, bel aquería y lascivia.

Y si ese era el apel ido de la madre de Rebeca.., bueno, ciertamente le encajaba muy bien. Sin embargo,

¿cómo, me preguntaba yo sin cesar, habría adquirido la madre de Rebeca ese nombre antes de meterse en

la cama con un hombre negro?

Sea como fuere, la primera vez que aparecí por el colegio con camisa de manga larga, pantalones y botas

altas de becerro, a aquel a pequeña negra un poco marrón l amada Rebeca Canal uza se le pusieron los

ojos ardientes, posiblemente porque el a siempre había l evado atuendo español y debió de pensar que yo

la estaba emulando, y empezó a seguirme literalmente, a sentarse a mi lado en clase, en el banco que yo

ocupase, fuera el que fuese, y a ponerse de pie junto a mí en las poco frecuentes ocasiones en que yo

asistía a misa. A mí no me importaba. No había disfrutado ni siquiera de una mujer de la cal e desde que

me marché de Aztlán y, aparte de eso, sentía una curiosidad tan perversa como la que debió de sentir la

madre de Rebeca con su negro al pensar: "¿Cómo será?" Yo tan sólo deseaba que Rebeca fuera un poco

mayor y mucho más bonita. No obstante, le devolví las miradas, luego las sonrisas y finalmente acabamos

por conversar, aunque su español era mucho más fluido que el mío.

-El motivo de mi horrible nombre -me explicó en respuesta a una pregunta mía- es que soy huérfana.

Cuáles fueron los nombres de mi padre y de mi madre, nunca lo sabré. Me abandonaron, igual que a

muchos otros niños, a la puerta del Refugio de Santa Brígida, el convento de monjas, y al í he vivido desde

entonces. Las monjas que se encargan de nosotros, los huérfanos, obtienen cierto extraño placer en

otorgarnos nombres indignos para marcarnos así como hijos de la vergüenza.

He ahí un aspecto de las costumbres españolas que yo había encontrado antes. Entre nosotros los indios,

desde luego, había niños que sufrían la pérdida del padre, de la madre de ambos a causa de la guerra, de

la enfermedad o de cualquier otro desastre. Pero no teníamos una palabra para designar al "huérfano" en

ninguna lengua nativa que yo conociera. Y eso era porque a ningún niño se le abandonaba, se le expulsaba

ni se le encajaba a la fuerza en la comunidad. Cada uno era querido por nosotros, y cualquiera de el os que

quedara solo en el mundo era, en el mismo instante y con gran anhelo adoptado por algún hombre y su

esposa, ya fuera porque por desgracia no tuvieran hijos o porque tuvieran un hogar rebosante de otras

criaturas.

-Por lo menos a mí me pusieron un nombre de pila bastante decente -continuó explicándome Rebeca-.

Pero a ese gris que está ahí, un poco más al á -y me lo indicó discretamente-. al muchacho pardo, a ese tan

feo que también es un huérfano que vive en el refugio, las monjas le pusieron Niebla Zonzón.

-¡Ayya! -exclamé, sin saber si reírme o apiadarme-. Los dos nombres que tiene significan apagado,

nebuloso, estúpido!

-Y, ay de mí, lo es -dijo Rebeca con una sonrisa nacarada-. Bueno, ya lo has oído balbucear, tartamudear y

perder el hilo aquí en clase.

-De cualquier modo, las monjas os proporcionan a los huérfanos una educación -le indiqué-. Si es que la

instrucción religiosa puede l amarse educación.

-Para mi lo es -reconoció Rebeca-. Estoy estudiando para hacerme monja cristiana yo también. Para l evar

el velo.

-Creí que eran sandalias -comenté, confundido.

-¿Qué?

-Nada. ¿Qué significa eso de l evar el velo?

-Que me convierto en la esposa de Cristo.

-Creía que estaba muerto.

-Desde luego, no escuchas con mucha atención lo que dice nuestro tete, ¿verdad, Juan Británico? -me dijo

el a con tanta severidad como Alonso-. Me convertiré en la esposa de Cristo sólo de nombre. Todas las

monjas se l aman así.

-Bueno, es mejor que el nombre Canal uza -observé-. ¿También el feo pardo l amado Niebla Zonzón

cambiará de nombre?

-¡Cielos.., no! -exclamó Rebeca riéndose-. No tiene cerebro suficiente para ser religioso de ninguna orden.

Cuando sale de esta clase, ese pobre simple, Zonzón, se va a un sótano donde se prepara para ser

aprendiz de curtidor de pieles. Por eso siempre huele tan mal.

-Dime, pues -le pedí-, ¿qué l eva consigo ser la esposa de un diosecil o muerto?

-Significa que, como cualquier otra esposa, me consagro sólo a él para el resto de mi vida. Renuncio a todo

hombre mortal, a todo placer, a toda frivolidad. En cuanto esté confirmada y haya hecho la primera

comunión me convertiré en novicia del convento. Y a partir de ese momento me dedicaré tan sólo al deber,

a la obediencia, al servicio. -Bajó los ojos para desviarlos de los míos-. Y a la castidad.

-Pero ese momento no ha l egado todavía -le comenté yo con suavidad.

-Pero l egará pronto -respondió el a, aún con los ojos bajos.

-Rebeca, yo soy casi diez años mayor que tú.

-Eres guapo -me dijo sin levantar los ojos-. Te tendré a ti para recordar durante todos esos años en que no

tendré a ninguno más que a Jesucristo.

En aquel os momentos de tristeza la niña estaba casi encantadora, y desde luego resultaba digna de

lástima. No hubiera podido negarme a aquel a tímida y tierna súplica aunque lo hubiera querido. Así que

acordamos encontrarnos en un lugar privado después de anochecer, y al í le proporcioné todo lo que el a

quería recordar.

Sin embargo, a pesar de su ávida colaboración nuestro acoplamiento no resultó fácil. Primero, cosa que ya

habría tenido que esperarme, descubrí que la ropa de estilo español, tanto la mía como la suya, resultaba

difícil de quitar con cierta gracia. Requería incómodas contorsiones que disminuían considerablemente la

gratificación de dos personas desnudándose. A continuación, el tamaño de su cuerpo, comparado con el

mío, resultó ser una desventaja. Yo soy bastante más alto que casi todos los demás hombres aztécatl y

mexícatl (según mi madre, yo había heredado mi estatura de mi padre, Mixtli), y, como ya he dicho, a pesar

de sus proporciones femeninas, Rebeca era una niña muy bajita. Aquél era su primer intento de realizar el

acto, y bien hubiera podido ser el primero para mi a juzgar por la torpeza con que lo hicimos aquel a noche.

Rebeca, sencil amente, no pudo separar las piernas lo bastante como para que yo me introdujera entre

el as como es debido, así que mi tepuli sólo pudo introducir la punta en su tipili. Después de mucha

frustración mutua, al final nos decidimos por hacerlo a la manera de los conejos, el a apoyada en los codos

y las rodil as y yo cubriéndola desde arriba y por detrás; aunque aun así sus extraordinarias nalgas

resultaban un considerable estorbo.

Si que aprendí dos cosas de aquel a experiencia. Rebeca era todavía más negra de piel en las partes

íntimas que en el resto, pero cuando se abrieron los negros labios de al í abajo, era tan rosa como una flor,

igual que las demás hembras que yo había conocido íntimamente. Además, como Rebeca era virgen

cuando empezamos, al terminar había una pequeña mancha de sangre, y descubrí que su sangre era tan

roja como la de cualquiera. Desde entonces me he sentido inclinado a creer que todas las personas, sea

cual sea su color externo, por dentro están hechas de la misma carne.

Y Rebeca tuvo tal deleite en su primer ahuilnema que después de aquel o lo hicimos en todas las ocasiones

que se nos presentaron. Le enseñé algunos de los recursos más cómodos y placenteros que yo había

aprendido de aquel a auyanimi en Aztlán y que luego había perfeccionado en la práctica con mi prima

Améyatl. Así que Rebeca y yo a menudo disfrutamos el uno del otro, incluso la misma noche antes del día

en que el obispo Zumárraga la ungió a el a y a varias de sus hermanas huérfanas en el rito de la

confirmación.

No asistí a aquel a ceremonia, pero sí que vislumbré a Rebeca con su túnica ceremonial. Tengo que decir

que estaba más bien cómica: sus manos y su cabeza, de un color medio negro medio marrón, hacían un

severo contraste con la túnica, tan blanca como el único rasgo blanco de Rebeca, los dientes, que

resplandecían en una sonrisa mezcla de excitación y nerviosismo. Y desde aquel día nunca volví a tocarla,

ni siquiera a verla, porque el a no volvió a salir del Refugio de Santa Brígida.

9

-¿A cuántos patos ha matado hoy? -le pregunté con cierta falta de confianza en mi mismo.

-Caray, cientos! Y a tenazón -me contestó él sonriendo con orgul o-. Y además unos gansos y cisnes.

Bien, él me había entendido al preguntarle yo que cuántos patos había matado aquel día, y también yo

había entendido su respuesta: "Ah, cientos! Y sin apuntar siquiera. Y además algunos gansos y cisnes."

Era la primera vez que yo ponía a prueba mi dominio del español con alguien que no fuera mi profesor o

mis compañeros de clase. Aquel joven era un soldado que montaba guardia para cazar aves junto al lago;

parecía amigable, quizá porque yo l evaba atuendo español y él me tomó por alguna clase de criado

domesticado y cristianizado. Continuó hablando:

-Por supuesto, no comemos los cisnes. Demasiado duro a mancar.

Se tomó grandes molestias con tal de dejarme aquel o bien claro, y para el o se puso a mover la mandíbula

de un modo exagerado. "Desde luego, no nos comemos los cisnes. Son demasiado duros de masticar."

Yo me había acercado al í al lago en otras ocasiones para observar lo que Pochotí había l amado los

"métodos raros pero efectivos" empleados por los españoles para cazar las aves acuáticas que descendían

al lago cada crepúsculo. Ciertamente era un método extraño, y lo hacían con el palo de trueno (l amado

propiamente arcabuz), pero en verdad era efectivo. Ataban firmemente un considerable número de

arcabuces a unos postes hundidos en la oril a del lago, armas que apuntaban directamente hacia el agua.

Otra batería de arcabuces se ataba de igual modo a estacas, pero apuntando hacia arriba desde varios

ángulos y en diversas direcciones. Tan sólo un soldado atendía y disparaba aquel as armas. Primero tiraba

de un cordel y los arcabuces igualados disparaban sus destel os y sus humos con estruendo hacia toda la

superficie del lago, matando a muchos de los pájaros que flotaban al í y asustando al resto, que levantaban

el vuelo de repente. Cuando esto ocurría, el cazador tiraba de otro cordel y los arcabuces inclinados hacia

arriba que apuntaban en distintas direcciones disparaban todos a la vez abatiendo a verdaderos enjambres

de las aves que estaban en el aire. Luego el soldado recorría todas las armas haciéndoles algo en la parte

delantera de los tubos y otra cosa en la parte trasera. Cuando había completado esa tarea, los pájaros ya

se habían calmado y habían vuelto a posarse sobre el agua, y la doble matanza comenzaba otra vez.

Finalmente, antes de que se hiciera de noche por completo, el cazador enviaba barqueros en canoas

acaltin para recoger los pájaros muertos que flotaban.

Aunque yo había presenciado este procedimiento en varias ocasiones, aquél a era la primera vez que tenía

el valor de hacer preguntas sobre el o.

-Nosotros, los indios, sólo utilizamos redes -le dije al joven soldado-, y hacemos que los pájaros se metan

en el as. Vuestro método es mucho más gratificante. ¿Cómo funciona?

-Muy simple -me informó-. Se ata un cordel al gatil o de cada uno de los arcabuces que están al mismo

nivel. -Esto ya me extrañó, porque gatil o significa gato pequeño o gatito-. Todos esos cordeles se atan a su

vez a un cordel único del que yo tiro y disparo todas esas armas a la vez. Y del mismo modo se atan

cordeles a los gatil os de los que apuntan hacia arriba...

-Eso ya lo he visto -le indiqué-. Pero ¿cómo funciona el arcabuz en sí?

-Ah -dijo él; y l eno de orgul o me condujo hasta donde se encontraba una de las armas apostadas, se

arrodil ó al lado y empezó a señalar-. Esta cosita de aquí es el gatil o. -Se trataba de un pedacito de metal

que sobresalía por debajo de la parte de atrás del arcabuz; tenía forma de media luna y había que tirar de él

con un dedo o, en este caso, un cordel, y estaba dentro de una protección de metal, evidentemente para

impedir que se disparase por accidente-. Y esto de aquí es la rueda, que un muel e que tú no puedes ver

hace girar aquí, dentro de la cámara.

La rueda era justo eso, una rueda, pero pequeña, aproximadamente del tamaño de una moneda ardite,

hecha de metal y estriada con pequeños dientes alrededor.

-¿Qué es un muel e? -le pregunté.

-Una hoja estrecha de metal delgado enrol ada fuertemente por esta l ave. -Me enseñó la l ave y luego la

utilizó para dibujar en la tierra, a nuestros pies, una pequeña y apretada espiral-. Ese es el aspecto que

tiene el muel e, y cada arcabucero l eva consigo una l ave. -Insertó la suya en un agujero en lo que él

l amaba "la cámara", dio vuelta a la l ave una o dos veces y oí un sonido débil y rasposo-. Ahí tienes, la

rueda está lista para girar. Y ahora, esto de aquí lo l amamos garra de gato. -Era otra pequeña pieza de

metal, que no se parecía en nada a una garra de gato, sino que más bien tenía la forma de la cabeza de un

pájaro que estuviese sujetando con el pico un grano de grava-. Esa piedra -me explicó el soldado- es una

pirita.

Y yo reconocí un fragmento muy pequeño de lo que nosotros l amamos "oro falso".

-Ahora amartil amos la garra de gato hacia atrás, lista para golpear -continuó explicando mientras apretaba

hacia atrás y producía un chasquido-, y otro muel e la retiene al í. Luego, fíjate, aprieto el gatil o, la rueda

gira y en el mismo instante la garra de gato hace que la pirita golpee contra la rueda y verás que produce

una rociada de chispas.

Eso fue exactamente lo que ocurrió, con lo que el soldado pareció más orgul oso que nunca.

-Pero -observé- no ha habido destel o ni ruido, y tampoco ha salido humo por el tubo.

Se echó a reír con indulgencia.

-Eso es porque yo aún no había cargado el arcabuz ni había cebado la cazoleta. -Sacó dos grandes bolsas

de cuero y de una de el as dejó caer en la palma de mi mano un montoncito de polvo de color oscuro-. Esto

es la pólvora. Mira, ahora vierto una medida exacta de el a por la boca del cañón, y detrás meto un trozo

pequeño de trapo. Luego, de esta otra bolsa cojo un cartucho. -Me enseñó un saquito transparente, como

un pedazo de intestino de animal atado, rel eno de pequeñas bolitas de metal-. Para disparar a enemigos o

a animales grandes, desde luego, utilizamos una bala grande y redonda. Pero para los pájaros utilizamos

cartuchos de perdigones. -Luego, con una varil a larga de metal apretó con fuerza todo el contenido al í

dentro-. Y por último, pongo sólo un toque de pólvora aquí, en la cazoleta. -Aquél a era una cazuela

pequeña que sobresalía de la cámara como un estante, donde las chispas procedentes de la rueda y el oro

falso la golpearían-. Observarás -concluyó- que aquí hay un agujero estrecho que va desde la cazoleta

hacia el interior del cañón, donde está comprimida la carga de pólvora. Y ahora mira, enrosco el muel e y tú

aprietas el gatil o.

Me arrodil é con curiosidad, timidez y temor entremezclados junto al arma cargada. Pero la curiosidad podía

más, porque yo había ido al í y había abordado al soldado precisamente con esa intención. Pasé el dedo

por la protección del gatil o, que estaba debajo de la cámara del arcabuz, lo doblé en torno a aquél y apreté.

La rueda giró, la garra de gato se soltó, las chispas se desparramaron, se oyó un ruido como un gruñidito

enojado, una polvareda de humo salió de la cazuela l ena de pólvora... y luego el arcabuz retrocedió y yo

me encogí como un loco mientras la boca del arma rugía y escupía una l ama, una flor de humo azul y, no

me cupo la menor duda, todas aquel as bolitas de metal que causaban la muerte. Cuando me hube

recuperado del susto y el ruido dejó de resonarme en los oídos, vi que el joven soldado se estaba riendo de

buena gana.

-¡Caspita! -exclamó-. Apuesto a que serás el primero y el único indio que dispare alguna vez una arma así.

No le cuentes a nadie que te he dejado hacerlo. Ven, puedes estar mirando mientras cargo todos los

arcabuces para la próxima descarga.

-Entonces la pólvora es el componente esencial absoluto del arcabuz -observé mientras seguía al soldado-.

La cámara, la rueda, los gatos y demás sólo son para hacer que la pólvora actúe del modo que deseas.

-En efecto, así es -dijo él-. Sin la pólvora no habría armas de fuego en el mundo. Ni arcabuces, ni granadas,

culebrinas, petardos. Ni siquiera triquitraques. Nada.

-Pero ¿qué es la pólvora? ¿Con qué se hace?

-Ah, mira, eso no te lo voy a decir. Ya me he arriesgado bastante dejándote jugar con el arcabuz. Las

órdenes son que a ningún indio se le permita manejar arma alguna de los hombres blancos, y el castigo

que recibiría por el o sería espantoso. De ninguna manera puedo revelar la composición de la pólvora.

Debí de parecer abatido, porque el soldado se echó a reír una vez más y añadió:

-Pero te diré una cosa. La pólvora es, obviamente, propiedad de los hombres, para uso varonil. Pero fíjate si

es raro, uno de sus ingredientes es una contribución muy íntima de las señoras.

Continuó riéndose mientras trabajaba, y yo me alejé de al í. No hizo caso de mi partida ni se fijó en que la

pequeña cantidad de pólvora que me había vertido en la mano había ido a parar a la bolsa de mi cinturón,

ni en que yo había cogido una de las l aves para darle vueltas a la rueda que había encontrado junto a uno

de los otros arcabuces. Con aquel os artículos encima me dirigí a la catedral a toda prisa, porque se me

podía olvidar algún detal e de las invenciones que me había mostrado. Era pasada la hora de completas

cuando l egué a la habitación de trabajo de Alonso, por lo que el notario ya no se encontraba al í, lo más

probable era que estuviese ocupado en sus devociones. Encontré un pedazo en blanco de papel de

corteza, y con un carboncil o empecé a dibujarlo todo: el gatil o y su protección, la garra de gato, la rueda, la

espiral de muel e...

-¿Has vuelto para trabajar a estas horas tan avanzadas de la noche, Juan Británico? -me preguntó Alonso

nada más entrar por la puerta.

Logré no asustarme ni parecer sobresaltado.

-Sólo estoy practicando algunas palabras imágenes mías -le dije con informalidad mientras arrugaba el

papel y lo conservaba así en la mano-. Tú y yo traducimos tanto el trabajo de otros escribas que me ha

entrado miedo de que se me estuviera olvidando la habilidad. Así que como no tenía nada mejor que hacer

he vuelto aquí para practicar.

-Me alegro de que lo hayas hecho. Me gustaría preguntarte una cosa.

-A su servicio, cuatl Alonso -dije yo confiando no parecer cauteloso.

-Vengo de una reunión con el obispo Zumárraga, el archidiácono Suárez-Begega, el ostiario Sánchez-

Santoveña y varios otros custodios. Todos están de acuerdo en que ya es hora de que se provea a la

catedral de muebles y vasijas más dignos y esplendorosos. Hemos estado utilizando parafernalia portátil

únicamente porque dentro de poco tiempo hay que construir una catedral nueva. No obstante, ya que hay

artículos como el cáliz y la custodia, el píxide y la pila de agua bendita, e incluso otros objetos más grandes,

como una reja entre la nave y el coro y una pila bautismal, que pueden trasladarse fácilmente al nuevo

edificio, se ha acordado que nos procuremos esas cosas, y que todas sean de la calidad que le

corresponde a la catedral.

-Supongo que no estarás pidiendo mi aprobación.

Sonrió.

-Desde luego que no. Pero puedes sernos de ayuda, pues sé que te dedicas a deambular con frecuencia

por la ciudad. Estos bienes y accesorios deben ser de oro, plata y gemas preciosas. Tu pueblo solía ser

muy diestro, casi sublime, en la realización de tales obras. Antes de enviar a un pregonero por las cal es

para pedir que un maestro joyero se presente ante nosotros, he pensado que quizá tú pudieras sugerirnos

alguno.

-Cuatí Alonso -le dije aplaudiendo en mi interior con regocijo-, precisamente conozco al hombre apropiado.

Cuando volví al mesón le dije a Pochotl:

-¿Conoces esa arma española que nosotros l amamos palo de trueno?

-El arcabuz, sí -repuso--. Bueno, por lo menos he visto lo que puede hacer. Una de el as le hizo un agujero

a mi hermano mayor y lo atravesó de parte a parte, como si le hubiera alcanzado una jabalina invisible.

-¿Sabes cómo funciona?

-¿Cómo funciona? No. ¿Cómo voy a saberlo?

-Tú eres un artista de gran genio. ¿Serías capaz de construir uno?

-¿De fabricar un artilugio que es a la vez estrafalario y prodigioso? ¿Una cosa que sólo he visto de lejos?

¿Sin saber siquiera cómo funciona? ¿Estás tíahuele, amigo, o sencil amente te has vuelto xolopitli?

Hay dos palabras en náhuatl que significan "mentalmente trastornado" Tíahuele se refiere a una persona

que es violenta y peligrosamente demente. Xolopitli se l ama a alguien que es estúpido, inofensivo y que

está en la inopia.

-Pero ¿podrías construir uno si te enseño dibujos de las partes que lo hacen funcionar? -le pregunté.

-¿Y cómo ibas tú a hacer eso? A ninguno de nosotros se nos permite acercarnos a las armas ni a las

armaduras de los hombres blancos.

-Pues yo lo he hecho. Aquí lo tengo, mira.

Le enseñé el papel con los dibujos que yo había hecho, y al í mismo, con un poco de carbón, completé un

par de imágenes que habían quedado sin terminar cuando Alonso me interrumpió. Le dije a Pochotí lo que

los dibujos representaban y cómo actuaban las distintas piezas para que un arcabuz hiciera aquel papel de

causar la muerte para el que estaba hecho.

-Bueno, no sería imposible forjar, dar forma a las piezas y ensamblarlas tal y como tú las describes

-refunfuñó Pochotl-. Pero éste es trabajo para un herrero corriente, no para un artífice de joyería delicada.

Todo, menos esas extrañas cosas que tú l amas muel es.

-Excepto los muel es, exacto -convine yo-. Por eso he acudido a ti.

-Aun suponiendo que pudiera conseguir el hierro y el acero que se requiere, ¿por qué iba yo a perder el

tiempo tonteando con un armatoste tan complicado?

-¿Cómo, perder el tiempo? ¿Qué tiempo? -le pregunté con sarcasmo-. ¿En qué empleas tú el tiempo,

aparte de en comer y en dormir?

-¡Sea como sea, te he dicho que no quiero tener nada que ver con esa ridícula idea tuya de revolución! Si te

construyo un arma en contra de la ley, yo también me involucro en tu delirio tíahuele, y acabaría en la pira,

atado a la estaca, a tu lado!

-Te libraré de toda culpa e iré a la hoguera yo solo -le aseguré-. Mientras tanto, supón que te ofreciera una

recompensa irresistible en pago por el arcabuz. ¿Qué te parece?

No respondió, sólo se limitó a mirarme con expresión sombría y enojada.

-Los cristianos están buscando un artista que esculpa para su catedral numerosos objetos de oro, plata y

piedras preciosas. -Los ojos de Pochotí pasaron de aquel a expresión sombría al bril o resplandeciente-.

Platos, copas y otras vasijas, y también artículos que no sé describirte, y todo el o ha de estar trabajado del

modo más ornamental. Cosas esplendorosas. El hombre que las haga dejará un legado para la posteridad.

Una posteridad extravagante, desde luego, pero...

-¡Pero el arte es el arte! -exclamó Pochotl-. Aunque sea al servicio de un pueblo extranjero y de una religión

extranjera!

-Indudable -convine complaciente-. Y como tú mismo has comentado, a mi se me quiere bastante entre el

clero cristiano. Si yo dijera unas cuantas palabras en favor de cierto artífice incomparable...

-¿Lo harías? Yyo ayyo, cuatl Tenamaxtli, ¿lo harías?

-En el caso de que lo hiciera, creo que a ese artista se le encomendaría con seguridad hacer el trabajo. Y lo

único que yo le pediría a cambio sería que él perdiera su tiempo libre en la construcción de mi arcabuz.

Pochotí me arrebató el papel con los dibujos.

-Permíteme que coja esto y lo estudie. -Empezó a alejarse mientras mascul aba entre dientes-: Tengo que

idear algún modo de procurarme los metales... -Pero en seguida volvió con el entrecejo fruncido y me

preguntó-: Cuando me has explicado cómo funciona el arcabuz has dejado claro que ese polvo secreto

l amado pólvora es el único componente vital. ¿De qué sirve que yo construya esta arma si no tienes

pólvora?

-Tengo un pel izco -le confié-, y creo que quizá sea capaz de adivinar los distintos componentes. Para

cuando tú hayas hecho el arma, Pochotl, espero tener pólvora en abundancia. Aquel joven soldado ha sido

lo bastante indiscreto como para darme una pista que a lo mejor pueda ayudarme.

-La pista -les expliqué a Netzlin y a Citlali- fue que las mujeres contribuyen en cierto modo a esta mezcla de

polvos. Una contribución íntima, dijo.

Citlali abrió mucho los ojos al oír aquel o, y el a, su marido y yo, que estábamos sentados en el suelo de

tierra de su casita, observamos el pel izco de pólvora que yo con mucho cuidado había guardado en un

pedazo de papel de corteza.

-Como podéis ver -continué diciendo-, el polvo tiene en apariencia un color gris. Pero trabajando

meticulosamente con la punta de una pluma pequeña, he logrado separar los casi impalpables granos que

la componen. Por lo que he podido distinguir, sólo hay mezcladas tres cosas diferentes. Una de el as es

negra, otra es amaril a y otra es blanca.

-Tanto trabajo concienzudo y delicado, ¿y qué sacas de todo el o? -gruñó Netzlin con escepticismo-. Las

motas podrían ser pólenes de muchas flores diferentes.

-Pero no lo son -le aseguré-. Ya he identificado dos de el as simplemente tocando con la lengua unos

cuantos granos de cada una. Las motas negras no son otra cosa que carbón vegetal corriente. Las

amaril as son polvo de esa excreción crujiente que se encuentra alrededor de los respiraderos de cualquier

volcán. Los españoles lo utilizan también para otros propósitos: para conservar la fruta, para hacer tintes,

para calafatear los toneles de vino... y lo l aman azufre.

-Entonces esas dos cosas te serán fáciles de conseguir me indicó Netzlin-. Pero... ¿los granos blancos

resisten esa investigación tuya tan inteligente?

-Sí. Lo único que puedo decir sobre el os es que tienen un sabor parecido a la sal, pero más punzante y

amargo. Por eso he traído la pólvora aquí. -Me volví hacia Citlali-. Porque aquel soldado habló de las

mujeres.

Citlali sonrió con buen humor, pero se encogió de hombros al sentirse impotente.

-Yo soy capaz de distinguir los granos blancos de ese montoncito, pero en verdad no los reconozco. ¿Por

qué crees que iban a ver más en el os los ojos de una mujer que los tuyos, Tenamaxtli?

-Quizá los ojos no -le dije-. Sin embargo, es sabido que otros sentidos e intuiciones de la mujer son mucho

más agudos que los del hombre. Mira, voy a separar unas cuantas de esas motas. -Había l evado conmigo

la pequeña pluma y la utilicé con delicadeza; así que aparté una diminuta cantidad de granos blancos del

resto-. Ahora pruébalos, Citlali.

-¿Tengo que hacerlo? -me preguntó mirándolos con recelo. Luego se inclinó hacia adelante haciendo un

considerable esfuerzo, porque el protuberante vientre se interponía; bajó la cabeza hacia el papel y olfateó-.

¿He de probarlos? me preguntó otra vez al tiempo que volvía a sentarse sobre los talones-. Huelen

exactamente a xitli.

-¿Xitli? -repetimos al mismo tiempo Netzlin y yo parpadeando al mirarla, porque esa palabra significa orina.

Citlali se ruborizó, l ena de vergüenza, y dijo:

-Bueno, por lo menos como mi orina. Verás, Tenamaxtli, nosotros sólo tenemos un retrete público aquí, en

esta cal e, y sólo las mujeres impúdicas van al í a orinar. La mayoría de nosotras usamos orinales axixcaltin,

y cuando están l enos, vamos y los vaciamos en ese pozo ciego.

-Pero estoy seguro de que nadie, ni siquiera las mujeres españolas, orina polvo -le dije-. A no ser, Citlali,

que tú seas un ser humano fuera de lo corriente.

-¡Pues no lo soy, so bobalicón! -me aseguró con enfado fingido, aunque volvió a ruborizarse-. Sin embargo,

he notado que mientras el xitli se asienta sin que se le moleste entre uno y otro vaciado, en el fondo del

axixcali se convierte en un tipo de cristales blanquecinos.

La miré con fijeza mientras meditaba sobre lo que decía.

-Igual que se forma un musgo o un sarro en el fondo de una jarra de agua -me explicó como si me

considerase tan torpe que necesitase una explicación sencil a e ilustrada.

Continué mirándola, lo que hizo que se pusiera todavía más colorada.

-Esos cristales de los que hablo -continuó diciendo Citlali-, si se molieran muy finos en una piedra metíatí se

transformarían en polvo, exactamente igual que esos granos que tienes ahí.

-Puede que hayas dado en el clavo, Citlali -le indiqué casi sin aliento.

-¿Qué? -exclamó su marido-. ¿Crees tú que por eso el soldado habló de las mujeres en relación con el

polvo secreto?

-En íntima relación -le recordé.

-Pero ¿sería diferente en algo el xitli femenino del de un varón?

-En un aspecto, al menos yo estoy seguro de que lo es, y tú también. Debes de haber visto que cuando un

hombre orina al aire libre, sobre la hierba, ésta no se ve afectada en absoluto. Pero dondequiera que orina

una mujer, la hierba se pone marrón y después se muere.

-Tienes razón -dijeron al unísono Netzlin y su esposa.

Luego él añadió:

-Es algo tan corriente que nadie habla nunca de el o.

-Y el carbón vegetal también es una cosa muy corriente -le recordé-. Y también lo es el azufre volcánico

amaril o. Es razonable que algo tan corriente como el xitli de hembra pueda constituir el tercer ingrediente

de la pólvora. Citlali, perdona mi audaz grosería, pero ¿podrías prestarme tu orinal axixcali durante algún

tiempo para que haga unos experimentos con su contenido?

La cara se le puso aún más roja, pudiera ser que ahora el rubor le l egase hasta el tenso vientre, pero se

echó a reír sin el menor apuro.

-Haz con el o lo que quieras, hombre absurdo. Pero, por favor, devuélveme el orinal. Ahora que el niño ha

de l egar en cualquier momento, tengo más necesidad que nunca de él.

Me hicieron falta las dos manos para transportar el recipiente de arcil a, que estaba tapado pero producía

un chapoteo audible, mientras volvía al mesón; y algunos transeúntes me dirigieron unas miradas muy

extrañas por el camino, porque la gente reconoce un axixcali cuando lo ve.

Sí, durante aquel tiempo yo había estado viviendo en el mesón, o por lo menos al í dormía y hacía las

comidas, igual que Pochotl, mientras otros huéspedes venían y se marchaban. De modo que, como me

sentía culpable de mi dependencia, igual que una sanguijuela, respecto de los frailes de San José, a

menudo me unía a Pochotí para ayudarlos a limpiar aquel lugar, a traer leña para el fuego, a remover y

servir la sopa y cosas así. Quizá yo pensara que los frailes consideraban con indulgencia mi prolongado

alojamiento al í porque sabían que asistía a las clases que tenían lugar al lado. Pero consideraban con la

misma indulgencia el hecho de que Pochotí residiera al í de forma perpetua, de modo que era evidente que

no mostraban parcialidad alguna conmigo. En mi opinión estaban l evando la caridad hasta la benevolencia.

Aunque yo era uno de sus principales beneficiarios, aquel día, al volver de casa de Netzlin y Citlali, tuve la

osadía de preguntar a uno de los frailes que servían la sopa acerca de el o.

Perplejo, comprobé que el fraile me habló literalmente con desprecio.

-¿Crees que hacemos todo esto por vosotros, holgazanes, gandules? -gruñó-. Lo hacemos en el nombre de

Dios, por nuestras almas. Nuestra orden manda que nos degrademos, que trabajemos entre los más

humildes de los humildes, entre los más asquerosos de los asquerosos. Yo estoy aquí, en este mesón,

porque son tantos los hermanos de la orden que se han ofrecido voluntarios para ir a la leprosería que ya

no hay sitio para mí. Tuve que colocarme para serviros a vosotros, indios haraganes. Y eso hago, y al

hacerlo acumulo méritos para el cielo. Pero una cosa que no tengo que hacer es tratar con vosotros. Así

que vuelve con tus vagos compañeros de piel roja.

Bueno, me dije, la caridad se presenta de muy variada guisa. Me pregunté si las monjas de Santa Brígida

sentirían un desprecio semejante por los huérfanos multicolores que tenían a su cargo; los cuidaban

ostensiblemente en el nombre de su Dios, pero en realidad lo hacían con la esperanza de obtener

recompensa en el más al á. También me pregunté si Alonso de Molina se habría portado bien conmigo y me

habría ayudado por ese mismo motivo. Estos pensamientos, naturalmente, reforzaron mi resolución de no

adoptar una religión tan estúpida como aquél a. Ya era bastante desgracia que mi tonali hubiera decretado

que yo naciera en el Unico Mundo precisamente cuando tenía que compartir mi vida con aquel os

cristianos; bueno, pues ciertamente no tenía intención de pasarme la otra vida entre el os.

Sin sentirme culpable ya, pero sí avergonzado de mi mismo por haber aceptado la poco generosa caridad

de los frailes, decidí marcharme del mesón. Los que gobernaban la catedral me habían estado pagando

sólo una miseria por el trabajo que hacía con el notario Alonso, aparte de los extras que habían pagado

para mis tres prendas de atuendo español: camisa, pantalones y botas. Sin embargo, de mi sueldo yo sólo

había gastado un poquito de vez en cuando para comprarme una comida extra a mediodía; así que mis

ahorros me permitían alojarme en una de las hosterías baratas para nativos situadas en aquel os barrios

l amados colaciones. Me eché en el jergón decidido a que aquél a fuera la última noche que dormiría al í, y

que por la mañana recogería mis escasas pertenencias, entre las que ahora se contaba el axixcali de Citlali,

y me marcharía. No obstante, tan pronto hube tomado aquel a decisión resultó que alguien ya la había

tomado por mi; sin duda la habían tomado esos mismos dioses traviesos y entrometidos que durante tanto

tiempo venían pisándome los talones.

En mitad de la noche me despertaron, igual que a los demás que estábamos en el dormitorio de hombres,

los gritos del anciano guardián a quien dejaban los frailes para que vigilase los locales cuando el os

marchaban.

-¡Señor Tennamotch! ¿Hay aquí un señor bajo el nombre de Tennamotch?.

Yo sabía que se refería a mí. Mi nombre, como muchas otras palabras en náhuatl, siempre era un

verdadero trabalenguas para los españoles, en particular porque son incapaces de pronunciar el suave

sonido "sh" representado por la letra x con la que el os escriben mi nombre. Me levanté atropel adamente

del jergón, me eché encima el manto y bajé por las escaleras hasta el lugar donde estaba parado el viejo.

-¿Señor Tennamotch? -ladró, enojado porque lo hubieran molestado-. Hay aquí una mujer insistente e

inoportuna. La vejezuela demanda a hablar contigo.

¿Una mujer? ¿Una mujer que exigía insistentemente hablar conmigo? Que yo fuera capaz de recordar, la

única hembra que podía estar buscándome a medianoche era la niña mulata Rebeca, cosa bastante poco

probable. De todos modos, el guardián la había l amado "vieja bruja"... Desconcertado, lo seguí hasta la

puerta delantera y salí a la cal e; y al í estaba de pie una mujer, vieja verdaderamente, y no era nadie que yo

hubiera visto antes. Las lágrimas le corrían por las numerosas arrugas de la cara al tiempo que me decía en

náhuatl:

-Soy la partera de Citlali, la joven amiga tuya. El bebé ha nacido, pero el padre ha muerto.

Quedé impresionado, pero no tanto como para no corregirle:

-Querrás decir la madre, supongo.

Incluso yo sabía que la mujer de aspecto más sano podía morir al dar a luz, pero me produjo un gran dolor

en el corazón que le hubiera ocurrido a la querida Citlali.

-¡No, no! El padre. Netzlin.

-¿Qué? ¿Cómo ha podido ser? -Entonces recordé que él estaba ansioso en extremo por ver nacer a un hijo

suyo-. ¿Ha muerto de la excitación? ¿Del golpe de las manos de un dios?

-No, no. Él aguardaba en la habitación delantera, paseando. En el instante en que la criatura dio el primer

grito en la otra habitación, Netzlin lanzó un rugido de triunfo y salió con estrépito por la puerta a la cal e

bramando "Tengo un hijo!", aunque todavía ni siquiera había visto a la criatura.

-Bueno, ¿y qué? ¿Volvió y se encontró con una hija en vez de con un hijo? ¿Y eso lo ha matado?

-No, no. Reunió a los hombres del barrio, compró mucho octli para ofrecérselo y se emborracharon, pero él

mucho más que los demás.

-¿Y eso lo ha matado? -le pregunté en tono exigente, pues ya empezaba a sentirme frustrado-. Vieja

madre, nunca l egarás a ser una buena narradora de historias. Mejor ser que sigas haciendo de

comadrona.

-Pues... sí. Pero después de esta noche, creo que quizá incluso deje esa humilde profesión y...

-¿Quieres continuar? -le grité, pues yo ya no podía dejar de bailar a causa de la impaciencia que sentía.

-Sí, sí. Podría decirse que fue la bebida lo que mató al pobre y borracho Netzlin. Lo capturaron los soldados

de la patrul a nocturna. Lo golpearon y le hicieron tantos cortes que le provocaron la muerte.

Yo estaba demasiado aturdido para decir nada. La vieja partera continuó hablando:

-Los vecinos vinieron a decírnoslo. Citlali ya estaba cerca del frenesí, y la noticia de la muerte de Netzlin,

además de lo que ha ocurrido en el parto, estuvo a punto de volverla loca. Sin embargo, fue capaz de

decirme dónde encontrarte y...

-¿A qué te refieres al decir además de lo que ha ocurrido en el parto? ¿Le ha producido daños? ¿Sufre

dolores? ¿Está en peligro?

-Tú ven conmigo, Tenamaxtli. El a necesita consuelo. Te necesita. En lugar de seguir haciendo preguntas

frenéticas y obtener respuestas chochas que casi me estaban volviendo a ni frenético, dije:

-Muy bien, vieja madre, démonos prisa.

Al aproximarnos a la casa sin iluminar no oímos gritos, gemidos ni ningún otro sonido de desazón que

procedieran del interior de la misma. Pero dejé que la vieja me precediera y me quedé esperando en la

habitación delantera mientras el a entraba de puntil as en la otra. Regresó con un dedo puesto en los labios

y me susurró:

-Por fin duerme.

-¿No está muerta? -le pregunté con una especie de grito en voz baja.

-No, no. Sólo está dormida, y eso es bueno. Pero ahora ven, sin hacer ruido, a ver al recién nacido.

También duerme.

Con unas tenazas cogió una ascua del hogar y lo usó para encender una lámpara de aceite de coco, y

ayudándose de el a me condujo hasta la habitación donde dormía Citlali. En una caja acolchada con paja

que había junto al jergón que el a ocupaba se encontraba el bebé, pulcramente envuelto; la comadrona

levantó la lámpara para que yo pudiera mirarlo. A mí me pareció como cualquier recién nacido: rojo, crudo y

tan arrugado como la comadrona, pero al parecer entero, con todos los apéndices de rigor, el número

apropiado de orejas, dedos y todas esas cosas. Le faltaba el pelo, eso es cierto, pero no había nada raro en

el o.

-¿Por qué querías que lo viera, vieja madre? -le susurré-. He visto otros recién nacidos antes, y éste no me

parece especialmente diferente.

-Ayya, amigo Tenamaxtli, no tiene ojos. -¿Es ciega la criatura? ¿Cómo lo has sabido?

-No sólo ciega. No tiene ojos. Mira con más atención.

Como la criatura estaba dormida, yo había dado por sentado que tenía los párpados cerrados. Pero ahora

pude ver que las pestañas cerradas no formaban una línea. Donde hubiera debido haber párpados, la

cuenca de cada ojo estaba cubierta, desde las casi imperceptibles cejitas hasta los pómulos, con la misma

piel delicada que cubría el resto de la cara. Sólo estaba ligeramente hundida donde hubieran debido estar

los oculares.

-Por toda la oscuridad de Mictían -murmuré entre dientes, horrorizado-. Tienes razón, vieja madre. Es un

monstruo.

-Por eso Citlali estaba tan disgustada incluso antes de recibir la noticia de la muerte de Netzlin. Por lo

menos él se ahorró conocer esto. -Titubeó y luego me preguntó-: ¿Te parece que lo arroje al canal?

Eso habría sido lo más piadoso tanto para Citlali como para el recién nacido. En realidad era lo que había

que hacer de forma obligatoria, de acuerdo con las costumbres del Unico Mundo. A los niños que nacían

defectuosos, ya fuera de cuerpo o de intelecto, se los desechaba inmediatamente después de descubierto

el defecto. Era lo natural y lo que se esperaba que se hiciera a fin de que aquel os seres no crecieran para

ser una carga para si mismos y para la propia comunidad. O, lo que es peor, quizá para traer al mundo

otros niños igualmente defectuosos. Nadie l oraba, lamentaba ni cuestionaba que aquel os desafortunados

se eliminaran. Resultaba demasiado claro que era necesario mantener sin diluir las mejores cualidades

físicas y mentales de la raza. Una nación, el Pueblo Nube de Uaxyácac, famosa por su bel eza, incluso se

deshacía de los niños recién nacidos que eran sencil amente feos. Sin embargo, me recordé a mi mismo

que aquel o ya no era el Unico Mundo, libre para seguir sus propias tradiciones antiquísimas y sabias. Yo

sabia que los cristianos dejaban que sus variopintos y despreciados retoños mestizos vivieran y crecieran,

incluso aquel os desgraciados de tez manchada de marrón y blanco que el os l amaban pintojos, de quienes

todos los de cualquier otro color desviaban la mirada con repulsión. Así que probablemente habría una ley

cristiana que requiriese que cualquier criatura, aunque fuera ilegítima y, por un simple motivo práctico, no

deseada, debía mantenerse viva y criarse a cualquier coste, para desgracia de sí misma, de sus padres y

del resto de la sociedad. Yo no estaba seguro de que existiera tal ley; tendría que acordarme de preguntarle

a Alonso si los cristianos verdaderamente eran tan insensibles, despiadados e inmisericordes. De todos

modos, el destino de aquel a pobre criatura no hacía falta decidirlo aquel a misma noche, así que le dije a la

comadrona:

-No soy yo a quien le corresponde decirlo. Lo más probable es que Netzlin te habría dicho que te

deshicieras de él. Pero ya no está entre nosotros, y Citilali es su única progenitora. Esperaremos a que se

despierte.

10

-Deseo conservar a la criatura -me confió Citlali después de despertarse, de que yo le hubiera dicho

algunas palabras de consuelo y ánimo y de que el a hubiera sido capaz de considerar los dos súbitos

desastres de su vida con más compostura de lo que había podido hacerlo la noche anterior.

-¿Has considerado lo que vas a tener que soportar? -le pregunté-. Aparte de que tendrás que estar

cuidando y vigilando a la criatura a toda hora, posiblemente hasta que sea adulta o incluso hasta que uno

de vosotros dos muera, vas a sufrir el desprecio y las burlas de tu gente, especialmente de nuestros

sacerdotes. ¿Y a qué clase de tonali ha sido destinada tu bebé? A una vida de abyecta dependencia de su

madre. A una vida de incapacidad para enfrentarse a los acontecimientos más corrientes de cada día, y no

digamos a cualquier verdadera dificultad que pueda presentarse. Apenas hay esperanza de que alguna vez

haga nada en la vida para ganarse un lugar en el feliz mundo del más al á de Tonatiucan. Y ningún

tonalpoqui se dignará nunca consultar su libro de augurios para darle a la criatura un nombre propicio.

-Entonces el día de su nacimiento tendrá que servir como su único nombre -murmuró Citlali con

determinación-. Ayer fue el día Dos-Vientos, ¿no? De modo que Ome-Ehécatl ser su nombre, y resulta

bastante apropiado. El viento tampoco tiene ojos.

-Ahí lo tienes -le indiqué-. Tú lo has dicho. Ome-Ehécatl ni siquiera te verá jamás, Citlali; nunca sabrá cómo

es su propia madre; nunca se casará y te dará nietos; nunca te mantendrá en tu vejez. Todavía eres joven y

bonita, tienes talento en tu oficio y posees un carácter muy dulce, pero no es probable que atraigas a otro

marido, al menos con un impedimento tan grande dependiendo de ti. Mientras tanto...

-Por favor, Tenamaxtli, basta -me interrumpió con tristeza-. Mientras dormía he confrontado esos

obstáculos, uno tras otro, en mis sueños. Y tienes razón. Son enormes. No obstante, Ehécatl es todo lo que

me queda de Netzlin y de nuestra vida juntos. Y deseo conservar lo poco que me queda.

-De acuerdo, entonces -acepté-. Si has de persistir en esta locura, yo insisto en ayudarte a hacerlo.

Necesitarás a un amigo y un aliado para luchar contra esos obstáculos.

Me miró con incredulidad.

-¿Estás dispuesto a cargar con el impedimento que suponemos nosotros dos?

-Durante tanto tiempo como pueda, Citlali. Pero fíjate bien, no hablo de matrimonio ni de quedarme a tu

lado para siempre. Espero que alguna vez l egue el momento oportuno en que yo pueda hacer... otras

cosas.

-Ese plan del que has hablado. De echar a los hombres blancos del Unico Mundo.

-Sí, eso es. Pero de momento voy a hacer algo que ya tenía decidido de antemano: marcharme del mesón

y buscarme un alojamiento privado. Me quedaré a vivir aquí contigo, si estás de acuerdo, y contribuiré con

mis ahorros a los gastos de la casa. Creo que ya no necesito más clases de español, y estoy seguro de que

no quiero estudiar más la doctrina cristiana. Continuaré haciendo mi trabajo con el notario de la catedral

para ganarme el sueldo. Y en mi tiempo libre me ocuparé de la concesión de Netzlin en el mercado. Veo

que hay aún una buena provisión de cestos por vender, y cuando recuperes las fuerzas puedes hacer más.

Siempre tendrás a Ehécatl a tu lado. Y por las noches me ayudarás en mis experimentos para fabricar

pólvora.

-Es más de lo que yo hubiera podido esperar, y eres muy bueno al ofrecérmelo, Tenamaxtli.

Pero parecía vagamente turbada.

-Tú siempre te has comportado muy bien conmigo, Citíali, desde el mismo momento en que nos conocimos.

Y ya me has ayudado, creo yo, en el asunto ese de la pólvora. ¿Tienes algo que objetar a mi ofrecimiento?

-Sólo que yo tampoco tengo intención de casarme con nadie. Ni de ser la mujer de nadie. Ni aunque ése

sea el precio de la supervivencia.

-No he sugerido tal cosa -le indiqué con frialdad-. tampoco esperaba que lo entendieras así.

-Perdóname, querido amigo. -Tendió una mano y cogió la mía-. Estoy segura de que tú y yo podríamos

ponernos de acuerdo fácilmente, y conozco la raíz en polvo que evita aunque no siempre previene, los

accidentes... Ayya, Tenamaxtli, lo que intento decir es que muy bien podría ser que algún día yo anhelase

tenerte... pero no quiero arriesgarme a dar a luz otro hijo deforme como...

-Comprendo, Citlali. Viviremos juntos tan castamente como hermanos, como solteros, te lo prometo.

Y eso es lo que hicimos, y durante bastante tiempo, a lo largo del cual ocurrieron muchas cosas que

intentaré narrar en orden cronológico.

Aquel mismo día saqué mis pertenencias, junto con el chapoteante orinal axixcali, del Mesón de San José

con intención de no volver al í nunca más. También le pedí al artífice Pochod que me acompañara; lo

conduje hasta la catedral, se lo presenté al notario Alonso y se lo recomendé encarecidamente como el

hombre mejor cualificado, el único, para idear todas aquel as chucherías sacramentales que querían. Antes

de que Alonso, a su vez, se lo l evase a conocer a los clérigos que lo instruirían y lo supervisarían, le dije a

Pochotl dónde pensaba vivir yo a partir de entonces, y luego le susurré en voz baja:

-Desde luego, te veré a menudo aquí, en la catedral, y me interesaré en gran manera por los progresos que

hagas en este trabajo. Pero confío en que irás a informarme a mi nueva morada acerca de tu progreso en el

otro trabajo.

-Claro, puedes estar seguro de que lo haré. Si las cosas me van bien aquí, me sentiré en deuda contigo de

un modo inmensurable, cuatl Tenamaxtli.

Y aquel a misma noche empecé mis intentos de fabricar pólvora. A pesar de todo el ajetreo que el axixcali

había soportado, no se habían disuelto ni alterado los pequeños cristales blanquecinos que, tal como había

dicho Citlali, se habían formado en el fondo del orinal. Con mucho tiento los extraje del xitli y los puse a

secar en una hoja de papel de corteza. Luego; simplemente por empezar a la ventura por algún sitio, puse

el orinal al fuego del hogar hasta que la orina que quedaba dentro en ebul ición. Produjo un hedor

espantoso e hizo que Citlali exclamase, con horror fingido, que lamentaba haber permitido que me fuese a

vivir a su casa. Sin embargo, resultó que mi empresa valió la pena; cuando todo el xitli se hubo evaporado,

en el fondo quedaron aún más de aquel os pequeños cristales.

Mientras se secaban me fui al mercado; al í encontré con facilidad algunos pedazos de carbón vegetal y de

azufre amaril o que estaban a la venta y me l evé a casa cierta cantidad de cada uno de los dos elementos.

Mientras apisonaba aquel os pedazos con el tacón de mi bota española hasta convertirlos en polvo, Citlali,

aunque permanecía en cama, molió los cristales de xitli sobre una piedra métiatl. Luego, sobre un pedazo

de papel de corteza, mezclé a conciencia los granos negros, los amaril os y los blancos en igual proporción.

Para evitar cualquier riesgo de accidente, me l evé el papel al cal ejón fangoso en el que estaba la casa.

Varios niños de la vecindad, atraídos por el olor que yo había producido por los alrededores, me miraron

con curiosidad mientras yo aplicaba una ascua del hogar a aquel a mezcla de polvos. Y luego comenzaron

a vitorearme, aunque el resultado de mi experimento no fue un trueno ni un relámpago, sino tan sólo una

pequeña efervescencia chisporroteante y una nube de humo.

Yo no estaba tan decepcionado como para no hacer una elegante reverencia a los niños para agradecerles

los aplausos. Ya me había dado cuenta, al estudiar el pel izco de pólvora que le había cogido al joven

soldado cazador de aves, que la mezcla no se componía por igual de negro, blanco y amaril o. Pero tenía

que empezar por alguna parte, y aquel primer intento había sido un éxito al menos en un aspecto

importante. La nube de humo azul olía exactamente igual que el humo que había salido de los arcabuces

colocados en la oril a del lago. De modo que aquel cristal derivado de la orina femenina debía de ser el

tercer elemento necesario para fabricar pólvora. Ahora sólo tenía que probar diversas proporciones de

aquel os ingredientes hasta conseguir el equilibrio apropiado. Mi principal problema, evidentemente, sería

procurarme la cantidad suficiente de aquel os cristales de xitli. Hasta se me pasó por la cabeza pedirles a

aquel os niños que me trajeran los axixcaltin de sus madres. Pero deseché la idea, ya que originaría

muchas preguntas por parte de los vecinos... la primera de el as por qué un demente andaba suelto por sus

cal es.

Pasaron varios meses durante los cuales continué hirviendo orina a la menor oportunidad, hasta el punto de

que se podría decir que el vecindario ya se había acostumbrado al olor, pero a mí personalmente me ponía

enfermo de asco. De todos modos, aquel as penalidades daban realmente como fruto los cristales, aunque

aún en cantidades diminutas, por lo que se me hacía difícil probar las diferentes medidas del polvo blanco y

de los otros dos colores. Guardaba un registro de los experimentos que l evaba a cabo, apuntándolos en un

pedazo de papel que tenía mucho cuidado de no extraviar. Hice la siguiente lista: dos partes de negro, dos

de amaril o y una de blanco; tres partes de negro, dos de amaril o y una de blanco; y así sucesivamente.

Pero ninguna de las mezclas que probaba daba resultado más alentador que la primera vez, en la que las

porciones habían sido una, una y una. Es decir, que la mayor parte de las mezclas sólo proporcionaban una

chispa, una efervescencia y un poco de humo, y algunas de el as no dieron resultado alguno.

Mientras tanto yo le había explicado al notario Alonso por qué dejaba de asistir a las clases del colegio. El

convino conmigo en que mi fluidez en español mejoraría convenientemente, de al í en adelante, si, más que

estudiar las normas, me dedicaba a hablarlo y oírlo. No obstante, no se mostró tan conforme con el hecho

de que quisiese retirarme de las enseñanzas de tete Diego acerca del cristianismo.

-Podrías estar poniendo en peligro la salvación de tu alma inmortal, Juan Británico -me advirtió de forma

solemne.

-¿No contaría Dios como una buena obra que arriesgue mi salvación para mantener a una indefensa viuda?

-me atreví a preguntarle.

-Bueno... -repuso inseguro-. Pero sólo hasta que el a sea capaz de mantenerse sola, cuatl Juan. Luego

debes reanudar tu preparación para la confirmación.

Después de aquel o Alonso me preguntaba de vez en cuando por la salud y las condiciones en que se

encontraba la viuda, y en cada ocasión le contesté, con sinceridad, que todavía estaba confinada en la

casa, pues tenía que cuidar a aquel a criatura suya lisiada. Y creo que a partir de entonces Alonso me tuvo

empleado mucho más tiempo del que realmente le era de utilidad, pues siempre encontraba páginas muy

oscuras, incluso aburridas y sin valor alguno, de palabras imágenes hechas muy lejos y mucho tiempo

atrás, y me pedía que le ayudase a traducirlas sólo porque sabía que mi salario se dedicaba en su mayor

parte a mantener a aquel a pequeña familia que yo tenía ahora.

Siempre que yo no estaba ocupado con esto, aprovechaba para visitar los varios tal eres que la catedral le

había proporcionado a Pochotl. Los jefes del clero que tenía habían puesto a prueba primero su habilidad

dándole una cantidad muy pequeña para ver qué podía hacer con el o. Se me ha olvidado qué fue lo que

hizo, pero dejó extasiados a los sacerdotes. Y a partir de entonces le proporcionaron cantidades cada vez

más gandes de oro y plata, le dieron instrucciones acerca de lo que tenía que hacer -candelabros,

incensarios y urnas variadas-y le dejaban que diseñase él mismo aquel as cosas. Quedaron muy

complacidos con cada una de el as.

De manera que ahora Pochotl era maestro de un tal er y disponía del horno de fundición donde los metales

se fundían y se refinaban; de una fragua donde a los metales más toscos -hierro, acero o latón- se les daba

forma con el martil o; de una sala con morteros y crisoles en los cuales se licuaban los metales preciosos;

de otra sala con bancos de trabajo, sembrados de herramientas para los trabajos delicados. Y desde luego

tenía muchos ayudantes, algunos de los cuales también habían sido anteriormente artesanos en

Tenochtitlan. Pero casi todos los que le ayudaban eran esclavos, en su mayor parte moros, porque estas

personas son inmunes al calor más caliente, que hacían aquel os trabajos pesados que no requerían

demasiada habilidad.

Como es natural, Pochotl se sentía feliz, tan feliz como si hubiera sido transportado en vida al más al á l eno

de dicha de Tonatiucan.

-¿Te has fijado, Tenamaxtli, en que estoy engordando de manera envidiable otra vez, ahora que estoy bien

pagado y me alimento como es debido?

Y disfrutaba enseñándome todas y cada una de sus producciones nuevas, y obtenía placer en el hecho de

que yo las admirase igual que las admiraban los sacerdotes. Pero al í, en la catedral, él y yo nunca

hablábamos del otro trabajo que Pochoil l evaba a cabo; ese proyecto sólo lo comentábamos cuando él

venía a casa y me hacía preguntas acerca de las distintas partes del arcabuz que yo le había dibujado.

-¿Se supone que esta pieza ha de moverse así o así?

Y con el tiempo empezó a l evar auténticas piezas de metal para enseñármelas a fin de que yo diera mi

aprobación o hiciese comentarios.

-Ha sido una gran cosa -me dijo- que consiguieras que me diesen el trabajo en la catedral al mismo tiempo

que me pediste que fabricase esta arma. Sólo hacer el largo tubo hueco del arcabuz habría sido imposible

sin las herramientas que tengo ahora. Y precisamente hoy estaba intentando doblar una tira delgada de

metal para convertirla en esa espiral que tú l amas muel e, cuando de manera inesperada me interrumpió

un tal padre Diego. Me sobresaltó al hablarme en náhuatl.

-Conozco a ese hombre -le indiqué-. Te sorprendió, ¿eh? Y difícilmente creería que un muel e fuese

ninguna clase de decoración para la iglesia. ¿Te regañó por descuidar tu trabajo?

-No. Pero sí que me preguntó con qué estaba jugueteando. Con astucia, le dije que había tenido una idea

para un invento y que me estaba esforzando para hacerlo realidad.

-Un invento, ¿eh?

-Eso mismo me dijo el padre Diego, y luego se echó a reír, burlándose. Me dijo: "Eso no es ningún invento,

maestro. Es un artilugio que hace muchos siglos que a nosotros, la gente civilizada, nos es familiar." Y

luego... ¿a que no adivinas lo que hizo, Tenamaxtli?

-Lo reconoció como una pieza del arcabuz -dije con un gemido-. Han descubierto y frustrado nuestro

proyecto secreto.

-No, no. Nada de eso. Se fue y al poco rato volvió con un puñado entero de diferentes clases de muel es. El

rol o espiral que me hace falta para hacer girar la rueda dentada. -Me enseñó el muel e-. Y además otro del

tipo plano que se dobla hacia atrás y hacia adelante, el que necesito para hacer que se suelte lo que tú

l amas garra de gato. -También me enseñó aquel otro-. En resumen, ahora que sé hacer estas cosas no

necesito hacerlas. El buen sacerdote me las regala.

Solté el aliento y dejé escapar un suspiro de alivio.

-¡Maravil oso! -exclamé-. Por una vez los dioses amantes de las coincidencias han sido magnánimos. Debo

decir, Pochotl, que tú estás teniendo más éxito que yo.

Y le estuve hablando de mis desalentadores experimentos con la pólvora.

Pochotl se quedó pensando durante unos instantes y luego me sugirió:

-Quizá no estés experimentando en las condiciones adecuadas. Por la descripción que me has hecho del

funcionamiento del arcabuz, creo que no puedes juzgar la eficacia de la pólvora hasta que la embutas bien

apretada en un espacio reducido antes de aplicarle fuego.

-Es posible -convine-. Pero es que sólo dispongo de unos cuantos pel izcos de pólvora con los que trabajar.

Pasar mucho tiempo antes de que pueda fabricar la suficiente como para embutirla en ninguna parte.

Sin embargo, precisamente al día siguiente los dioses de la coincidencia organizaron otro avance feliz en

mi proyecto. Como le había prometido a Citlali, yo cada día pasaba un rato en el puesto que Netzlin tenía

en el mercado. Eso requería poco esfuerzo por mi parte, excepto estar al í de pie, entre los cestos,

esperando a que un cliente desease comprar uno. Citlali me había dicho el precio que esperaba que

pagasen por cada uno en granos de cacao, en retazos de hojalata o en monedas maravedíes, y el cliente

podía juzgar la calidad sin que hiciera falta que yo se la señalase. Los clientes incluso podían verter agua

en cualquiera de los cestos de Citlali para probarlo; todos estaban tan bien tejidos que el agua no se salía, y

no digamos si dentro se ponían semil as, harina o cualquier otra cosa que pudieran contener. Puesto que no

tenía otra cosa que hacer, entre un cliente y otro me pasaba el tiempo conversando con los transeúntes,

fumando picíetl con los vendedores de otros puestos o, como estaba haciendo el día en que ocurrió lo que

voy a contar, vertiendo sobre el mostrador de mi puesto montoncitos de polvo de carbón, azufre y xitli para

poder meditar reposadamente sobre el os y el infinito número de sus posibles combinaciones.

-¡Ayya, cuatl Tenamaxtli! -bramó una voz campechana, fingiendo estar l ena de consternación-. ¿Es que vas

a hacerle la competencia a mis mercancías?

Levanté la vista. Era un hombre l amado Pelolo , un mercader pochtécatl a quien yo conocía de encuentros

anteriores. Venía regularmente a la Ciudad de México para traer los dos productos principales de su

Xoconochco natal, esa costera Tierra Caliente situada muy al sur, de donde procedía la mayor parte de

nuestro algodón y de nuestra sal desde mucho antes de que los hombres blancos pusieran los pies en el

Unico Mundo.

-¡Por Iztocíuatl! -exclamó, invocando a la diosa de la sal al tiempo que apuntaba hacia mi patético montón

de granos blancos que estaban extendidos sobre el mostrador-. ¿Es que intentas derrotarme en mi propio

negocio?

-No, cuatl Pelolo -le contesté sonriendo con tristeza-. Esta no es una sal que alguien quiera comprar.

-Tienes razón -reconoció tras l evarse unos granos a la lengua antes de que yo pudiera detenerle y decirle

que era puramente esencia de orina. Pero luego, cosa que me sorprendió, añadió-: No es más que la

primera cosecha amarga, lo que los españoles l aman salitre. Se vende tan barata que apenas te daría para

vivir.

-Ayyo -resol é-. ¿Reconoces esta sustancia?

-Pues claro. ¿Y quién que fuera del Xoconochco no la reconocería?

-Entonces, ¿en el Xoconochco hervís la orina de las mujeres?

Aquel hombre pareció no comprender.

-¿Qué?

-Nada. No importa. Has l amado a ese polvo "primera cosecha". ¿Qué significa eso?

-Lo que su nombre indica. Algunos creen que nosotros, sencil amente, metemos una pala en el mar y

filtramos la sal directamente de al í. Pues no. Hacer sal es un proceso bastante más complicado. Nosotros

ponemos diques para separar las partes menos hondas de nuestras lagunas y dejamos que se sequen, sí,

pero luego hay que liberar de impurezas esos terrones, pedazos y copos de sustancia seca. Primero se

tamizan en agua dulce para quitarles la arena, las conchas y las algas. Luego, también en agua dulce, se

hierve la sustancia. De ese hervor inicial se obtienen unos cristales que también hay que tamizar. Esos son

los cristales de la primera cosecha, el salitre, exactamente lo que tienes aquí, Tenamaxtli, sólo que esto

tuyo está pulverizado. Para l egar a obtener la auténtica y valiosísima sal de la diosa hay que l evar a cabo

varias etapas más de refinamiento.

-Has dicho que este salitre se vende, y muy barato.

-Los granjeros del Xoconochco lo compran exclusivamente para esparcirlo sobre los campos de algodón.

Dicen que así aumenta la fertilidad de la tierra. Los españoles emplean de algún modo el salitre para hacer

sus curtidos. No sé qué uso estarás pensando en darle tú...

-¡En curtidos! -mentí-. Sí, eso es. Estoy pensando en añadir a mis existencias mercancías de cuero fino.

Pero no sabía dónde conseguir el salitre.

-Con mucho gusto te traeré una carga entera de tamemi en mi próximo viaje al norte -dijo Pelolo -. Barato

es, pero a ti no te cobraré nada. Tú eres un amigo. Me fui a casa a todo correr para anunciar la buena

noticia. Sin embargo, con la excitación, lo hice con poca elegancia. Me precipité por la cortina de la puerta

gritando:

-¡Ya puedes dejar de orinar, Citlali!

Mi poco elegante entrada la sumió en un paroxismo de risa tal que pasó un buen rato antes de que Citlali

pudiera decir con voz jadeante:

-Una vez... te l amé. - - absurdo. Me equivoqué. Estás completamente xolopitli!

Y pasó aún un rato más antes de que yo pudiera hacer acopio de ingenio y formulase mi anuncio con otras

palabras, contándole la gran fortuna que había caído sobre mi.

Citlali me dijo con timidez, y eso que el a rara vez se mostraba tímida:

-Quizá debiéramos hacer una pequeña celebración. Para mostrar agradecimiento a la diosa de la sal

Jztociuatl.

-¿Una celebración? ¿De qué clase?

Todavía con timidez, pero ahora ruborizándose ligeramente, me comunicó:

-He estado tomando la raíz en polvo tlatlaohuéhuetl desde hace un mes. Creo que no hace falta que nos

preocupemos por la posibilidad de que haya un accidente si queremos probar esa tan cacareada

invulnerabilidad que proporciona.

La miré, iba a decir que "con nuevos ojos", pero no sería verdad. Durante aquel tiempo en que habíamos

estado durmiendo separados en jergones colocados en distintas habitaciones, yo la había deseado, pero

me había comportado virtuosamente y no había dado muestras de el o. Además, había pasado tanto tiempo

desde la última vez que yo había yacido con una hembra, la pequeña y marrón Rebeca, que posiblemente

hubiera recurrido pronto a los servicios de una maátitl. Citlali debió de interpretar mi pequeña vacilación

como reticencia, porque ahora, riéndose, y haciéndome reír a mi también, me dijo con descaro:

-Niez tlalqua ayquicáasitlinema. Que significa: "Te prometo que no orinaré." Y así nos abrazamos, riendo los

dos, cosa que entonces, aprendí por vez primera que era la mejor manera de empezar.

Durante aquel tiempo Ome-Ehécatl había ido creciendo, había dejado de ser un niño de pecho y se había

convertido en una criatura que gateaba y que, después del destete, estaba aprendiendo a dar sus primeros

y vacilantes pasos. Yo siempre esperaba que el día menos pensado Ehécatl se moriría, y sin duda lo mismo

le ocurría a Citlali, porque una criatura afectada al nacer de una deformidad física tan evidente suele tener

otros defectos que no son visibles, por lo que es corriente que muera muy joven. Durante la infancia de

Ehécatl sólo se hizo evidente otra deficiencia, y es que la criatura nunca aprendió a hablar, lo que

posiblemente fuese signo también de sordera. Aquel o quizá perturbase a Citlali más que a mí; a mí,

francamente, me complacía que la criatura nunca l orase tampoco. Sea como fuere, parecía que el cerebro

le funcionaba lo suficientemente bien. Mientras aprendía a andar, Ehécatl también aprendió a moverse con

habilidad por la casa, y en seguida aprendió a virar para no acercarse al fuego del hogar. Siempre que

Citlali decidía l evar a la criatura a hacer ejercicio fuera de la casa, la ponía de pie en la cal e, la situaba en

la dirección adecuada y le daba un suave empujón. Entonces la criatura, impávida, comenzaba a caminar

insegura y en línea recta por el medio de la cal e, confiada en que su madre se había cerciorado de que no

hubiese ningún obstáculo en el camino. Desde luego, Citlali siempre era amable y buena con todo el

mundo, pero yo creo que además tenía sentimientos maternales, incluso para un retoño como Ehécatl.

Mantenía siempre limpia a la criatura, vestida con pulcritud... y bien alimentada, aunque al principio la

criatura había tenido dificultad en encontrar la teta de Citlali y más tarde le había costado aprender a

manejar la cuchara. Los demás niños de la vecindad me sorprendieron bastante con su actitud. Parecían

considerar a Ehécatl como una especie de juguete... no un ser humano como el os, desde luego, pero

tampoco tan inerte como la paja o un muñeco de arcil a, aunque nunca se mostraron ofensivos ni se

burlaron. En conjunto, al mismo tiempo que conseguía vivir más de lo que suelen semejantes

monstruosidades, Ehécatl pasó aquel os años del modo más agradable que un lisiado incurable hubiera

podido esperar.

Yo sabía que la principal preocupación de Citlali por la criatura era la cuestión de la otra vida, ya fuera

Ehécatl a parar al í pronto o tarde. Lo más probable es que Citlali tuviese también cierta preocupación por

su propia vida del más al á. ninguna persona en el Unico Mundo está necesariamente condenada a la nada

de Mictían después de la muerte -como lo están los cristianos al infierno- sólo porque haya nacido, haya

vivido y haya muerto. Sin embargo, para asegurarse de que uno no va a zambul irse en Mictían y para

merecer residir después en el Tonatiucan del dios del sol o en alguno de los otros apetitosos mundos del

más al á pertenecientes a otros dioses benefactores, hay que haber hecho necesariamente algo en la vida.

La única esperanza que un niño tiene de poder hacerlo es sacrificándose, es decir, que sus padres lo

sacrifiquen, para apaciguar el hambre y la vanidad de un dios u otro. Pero ningún sacerdote habría

aceptado un objeto inútil como Ehécatl como ofrenda ni siquiera al más insignificante de los dioses. La

mejor manera que tiene un hombre adulto de alcanzar la vida del más al á que desee es muriendo en la

batal a o en el altar de un dios, o l evando a cabo alguna hazaña lo bastante notable como para complacer

a los dioses. Una mujer adulta también puede morir como sacrificio a un dios, y algunas han realizado

hazañas tan dignas de elogio como las de cualquier hombre, pero la mayoría han merecido su lugar en

Tonatiucan o en Tlálocan, o donde sea, simplemente por ser madres o hijas cuyo tonali las ha destinado a

el as a ser guerreras, ofrendas de sacrificios o bien madres. Ome-Ehécatl nunca podría ser ninguna de esas

cosas, y es por el o que digo que Citlali debía de albergar cierta inquietud acerca de las perspectivas que su

retoño tenía después de la muerte.

11

Algunos meses después de nuestro anterior encuentro en el mercado, el pochtécatl Pololo volvió de nuevo

del Xoconochco. Trajo consigo un tamemi cargado con un gran saco del salitre de "primera cosecha" y me

lo regaló con solemnidad, e incluso le ordenó al porteador que lo l evase hasta mi casa. Y al í empecé a

dedicar todos los ratos que tenía libres a probar distintas mezclas y proporciones de los polvos negros,

blancos y amaril os, apuntando por escrito cada experimento que hacía. Ahora disponía de mucho más

tiempo libre que antes, porque a Pochotl y a mi nos habían despedido de nuestras obligaciones en la

catedral.

-Es porque la Iglesia tiene un Papa nuevo en Roma -me explicó el notario Alonso en tono de disculpa-. El

antiguo papa Clemente Séptimo ha muerto, y ahora le ha sucedido el papa Paulo Tercero. Acaban de

informarnos de su toma de posesión y de las primeras instrucciones que ha dirigido a todo el clero católico

cristiano del mundo.

-No parece complacerte la noticia, cuatl Alonso -observé.

Hizo una mueca amarga.

-La Iglesia ordena que todo sacerdote sea célibe, casto y honorable... o por lo menos que finja serlo. Eso,

desde luego, debe aplicarse también al Papa, que es el sacerdote más alto de todos. Pero es bien sabido

que, mientras sólo era el padre Farnesio, comenzó su escalada a través de la jerarquía eclesiástica

mediante ese procedimiento que la gente más grosera l ama "lamerle el culo al patrón" - Es decir, metió a

su propia hermana, Giulia la Hermosa, en la cama con el anterior papa Alejandro Sexto, y con el o se ganó

sustanciales ascensos. Y por su parte este papa Paulo en modo alguno ha sido célibe durante su vida.

Tiene numerosos hijos y nietos. Y a uno de el os, a un nieto l amado Paulo, lo ha nombrado, nada más

acceder al papado, cardenal de Roma. Y ese nieto sólo tiene catorce años.

-Interesante -dije yo aunque en realidad no me lo parecía demasiado-. Pero ¿qué tiene que ver eso con

nosotros, los que estamos aquí?

-Entre las instrucciones que ha dado, el papa Paulo ha decretado que las diócesis empiecen a restringir los

gastos. Eso significa que ya no podemos seguir financiando ni siquiera un lujo tan pequeño como es el

trabajo que tú estás haciendo conmigo en los códices. Además, el Papa se ha dirigido en particular al

obispo Zumárraga para l amarle la atención sobre un asunto que él l ama "derrochar" oro y plata en

"perifol os". El Papa ha decretado que los metales preciosos que la Iglesia ha adquirido aquí, en Nueva

España, sean repartidos entre los obispados menos dotados. O eso dice él.

-¿Tú no le crees?

Alonso dejó escapar un largo resoplido.

-Sin duda estoy predispuesto a desconfiar de él a causa de lo que sé de su vida personal. No obstante, me

suena como si el Papa se estuviera apropiando del quinto real de los tesoros de Nueva España. Sea como

fuere, por eso es por lo que Pochotl debe abandonar el maravilloso trabajo de joyería que está realizando

para nosotros, y tú, tu ayuda con las traducciones.

Le sonrei.

-Cuatl Alonso, los dos, tú y yo, sabemos que hace mucho tiempo que, sencil a y compasivamente, te

inventas trabajos para que yo los haga. Por suerte, tengo algunos ahorros. Creo que la viuda, el huérfano y

yo, pues a el os los mantengo, no sufriremos excesivas penurias porque yo deje este empleo.

-Sentiré verte partir, Juan Británico. Sin embargo, te recomiendo encarecidamente, ahora que no estarás

ocupado aquí, que aproveches bien ese tiempo del que dispondrás y reanudes tus estudios cristianos con

el padre Diego.

-Es muy considerado y cariñoso por tu parte recomendarme que haga eso -le dije.

En realidad, así lo pensaba, pero no le prometí nada. Alonso suspiró y luego volvió a hablar:

-Me gustaría entregarte un pequeño regalo a modo de despedida. -Levantó un objeto bril ante que sujetaba

los papeles que había sobre la mesa-. Todo el mundo posee una cosa como ésta hoy día, me refiero a

todos los españoles, pero ésta en particular me la dio aquel pobre hereje a quien tú y yo vimos ejecutar a la

puerta de esta catedral hace cuatro o cinco años.

Ayya, pensé, mi propio padre le había hecho aquel regalo y ahora él me lo regalaba a mi. Alonso me lo

entregó; era un pedazo de cristal del tamaño de la palma de mi mano, circular y suavemente pulido. Yo

todavía tenía aquel otro cristal que me había legado mi padre de forma involuntaria, y lo guardaba a buen

recaudo entre mis pertenencias. Pero aquél era un topacio amaril o, y éste era de cuarzo transparente.

Además éste tenía una forma diferente y estaba suavemente redondeado por ambas caras.

-Aquel anciano me relató cómo había descubierto estos objetos en algún lugar de las tierras del sur -me

explicó Alonso- y los había convertido en utensilios muy populares entre su gente. Ahora las utilizamos

mucho nosotros, los españoles; de hecho son unas cosas muy útiles, pero al parecer vosotros los indios os

habéis olvidado de el as.

-¿Utiles? -le pregunté-. ¿Cómo?

-Observa. -Me la cogió de la mano y la sostuvo en un haz de luz del sol que entraba por la ventana. Con la

otra mano cogió un pedazo de papel de corteza y lo situó de manera que el sol pasara a través del cristal y

diera en el papel. Moviendo el papel y el cristal adelante y atrás, poco a poco hizo que el haz de luz se

convirtiera en un punto bril ante sobre el papel. Y al cabo de un momento muy breve, el papel empezó a

emitir humo en aquel mismo punto donde luego, sorprendentemente, brotó una l ama pequeña pero

auténtica. Alonso la apagó de un soplo y me devolvió el cristal-. Esto es un vidrio que quema -me dijo-.

Nosotros también lo l amamos una lente, porque su forma es igual a la de la legumbre del mismo nombre.

Con el a una persona puede prender fuego sin necesidad alguna de acero ni pirita, y sin la molestia penosa

del pedernal y la yesca. Siempre que bril e el sol, claro está. Confío en que a ti también te resulte útil.

"Ya lo creo que sí", pensé yo, exultante. Era como un regalo de los dioses. No... un regalo de mi padre

Mixtli, que ahora seguramente moraría en Tonatiucan. Tenía que haber estado observándome desde el otro

mundo mientras yo me esforzaba por dominar el proceso de fabricación de la pólvora. Debía de saber por

qué lo hacía y habría decidido hacerme el esfuerzo más fácil. Aunque hacia mucho tiempo que se había ido

y estaba muy lejos de las preocupaciones mortales, mi padre Mixdi debía de estar de acuerdo con mi

intención de librar al Unico Mundo de sus actuales amos extranjeros. Y aquél a era la manera que tenía de

decírmelo desde más al á de las inmensas distancias que nos separan a los vivos de los muertos. Yo no le

comenté nada de aquel o a Alonso de Molina, por supuesto, sólo le dije:

-Te lo agradezco muchísimo, de verdad. Pensaré en ti cada vez que haga uso de la lente. Y luego me

despedí de él. Pochotl no se quedó más desconsolado que yo por el hecho de que lo despidieran como

trabajador de la catedral. Había invertido astutamente los salarios que le habían pagado y se había

construido una casa más que decente y un tal er en una de las mejores colaciones de la ciudad reservada

para asentamiento de los nativos. En realidad su casa estaba al borde de la Traza reservada para los

españoles. Y eran tantísimos los españoles que habían quedado deslumbrados por los artículos que

Pochotl había hecho para la catedral, que ya lo solicitaban continuamente para que les hiciera numerosos

encargos privados.

-Por fin los hombres blancos se afanan por imitarnos en cultura, refinamiento y buen gusto -me dijo-. ¿Te

has fijado, Tenamaxtli? Ya ni siquiera huelen tan mal como antes. Han adquirido nuestra costumbre de

bañarse, aunque quizá no con tanta frecuencia ni tan a conciencia como nosotros. Y ahora han aprendido a

apreciar la clase de joyas que yo siempre he hecho.., mucho más finas y más ingeniosas que las de sus

torpes artesanos. Así que me traen el oro, la plata o las gemas y me dicen lo que quieren... un col ar, un

anil o, la empuñadura de una espada, y me dejan que sea yo quien decida el diseño. De momento ninguno

ha quedado descontento, al contrario, están contentos sobremanera con los resultados, y nadie ha dejado

de pagarme con generosidad. Y tampoco nadie ha hecho comentario alguno por el hecho de que yo me

haya quedado con un poquito del metal sobrante y lo haya guardado para mí.

-Me alegro enormemente por ti. Sólo confió en que te quede algún tiempo libre para...

-Ayyo, si. El arcabuz ya está casi terminado. He acabado las piezas de metal y ahora sólo tengo que

montarlas en la culata de madera. Me ha ayudado mucho, por raro que parezca; el que me hayan

despedido de la catedral. El obispo me ordenó que vaciase y limpiase mis tal eres, y puso vigilancia para

asegurarse de que no me l evaba ninguna de las muchas cosas valiosas que se me habían confiado. Y no

lo hice, pero sí que aproveché la oportunidad, al poder ver las armas de los soldados tan de cerca, para

comerme con los ojos cada detal e y ver el modo como están compuestos esos arcabuces. Y dime... ¿cómo

te va a ti en la fabricación de la pólvora?

Yo todavía estaba embebido en el, al parecer, interminable proceso de probar diferentes mezclas de polvos,

y no daré cuenta de todo el monótono tiempo y los enojosos intentos que tuve que soportar. Sólo diré que

finalmente logré el éxito... con una mezcla que era dos tercios de salitre y un tercio que comprendía carbón

vegetal y azufre en medidas iguales.

Cuando, una tarde, empleé mi lente nueva para aplicar un punto de luz del sol y encender aquel montoncito

de polvo gris ceo -lo que resultaría ser la prueba definitiva y concluyente-, el cal ejón donde estaba nuestra

casa se hal aba vacío de niños del vecindario. Habían l egado a aburrirse más aún que yo de aquel as

repetidas e insignificantes efervescencias. No obstante en aquel a ocasión el polvo echó literalmente

chispas, y sólo hizo una modesta polvareda de humo azul. Pero lo que es lo más importante de todo, emitió

aquel sonido enfadado semejante a un gruñido apagado; el que yo había oído cuando el joven soldado me

dejó apretar el gatil o y disparar el arcabuz. Por fin, ya sabía hacer pólvora , y podía fabricarla en cantidades

significativas. Después de l evar a cabo una pequeña danza íntima de victoria y de dar las gracias en

silencio, pero de corazón, al dios de la guerra Huitzilopochtli y a mi venerado y difunto padre Mixtli, salí

corriendo hacia la casa de Pochotl para anunciarle aquel gran logro mío.

-¡Yyo ayyo, te admiro y te respeto! -exclamó-. Ahora, como puedes ver, yo también ya casi he terminado.

-Me señaló con un gesto su banco de trabajo, donde se encontraban los componentes de metal que yo ya

había examinado y ahora también la culata de madera a la que Pochotl estaba dando forma-. Mientras

termino mi trabajo, te pido que hagas lo que ya te he sugerido otras veces con anterioridad: que pruebes la

pólvora en algún tipo de recipiente firmemente constrictivo.

-Tengo intención de hacerlo -le indiqué-. Mientras tanto, Pochotí, fabrica también para este arcabuz algunas

bolas redondas de plomo para que las dispare. Tienen que ser del tamaño adecuado para que se puedan

introducir por el tubo hueco, pero es necesario que ajusten completamente en él.

Fui de nuevo al mercado y pedí por favor a un alfarero de los que al í había que me diese un pedazo de

arcil a corriente. Me lo l evé a casa y, mientras Citlali me miraba con orgul o, vertí sobre aquel pedazo de

arcil a una medida de pólvora muy modesta, enrol é con fuerza la arcil a alrededor de la pólvora hasta

formar una pelota de aproximadamente el mismo tamaño que un fruto de nopali, le hice un agujero muy

pequeño con una pluma de ave y luego puse a secar aquel a pelota junto al fuego. Al día siguiente estaba

tan dura como cualquier cacharro de barro y me la l evé al cal ejón. Como aquel o ahora era nuevo para

el os, los niños del vecindario sí que se congregaron alrededor de mi otra vez, e igualmente les provocaba

interés la lente que yo estaba a punto de utilizar. Pero les hice señas con la mano para que se retirasen

hasta una respetuosa distancia, y también me protegí la cara con un brazo, antes de aplicar el cristal

caliente al agujero que había hecho con la pluma. Me alegro de haber tomado esas precauciones, porque la

pelota entera desapareció al instante, produciendo una l amarada que resultaba cegadora incluso a la luz

del día, una nube de aquel humo azul de olor penetrante, un ruido casi tan fuerte como el que había

producido el arcabuz que yo en una ocasión había disparado... y una l uvia de afilados fragmentos que se

me clavaron en el brazo que mantenía levantado y en el pecho desnudo. Dos o tres de los niños lanzaron

pequeños gritos, pero ninguno de el os recibió más que algún pinchazo por los fragmentos. Cuando ya era

demasiado tarde se me ocurrió que podía haber habido una patrul a en algún lugar lo bastante cercano

como para haber oído la explosión. Nadie acudió a investigar, pero decidí que, de entonces en adelante,

l evaría a cabo mis experimentos bien lejos de la ciudad.

De manera que, unos días después, l evando conmigo una bola de barro dura tan grande como mi puño

cargada de pólvora y un poco de polvo suelto en una bolsa, embarqué en embarcación acali en el extremo

occidental de la isla y hasta el risco de tierra firme l amado Chapultepec, la Colina de los Saltamontes.

Hubiera podido ir andando hasta al í; aquel a parte del lago era poco profunda, apenas l egaba ha la rodil a,

tenía un color entre verde y marrón y un olor fétido Según me habían dicho, antiguamente la parte frontal

rocosa del risco tenía esculpidos unos rostros gigantescos, los rostros, a un tamaño muchas veces mayor

que el natural, de cuatro Portavoces Venerados de los mexicas. Pero los rostros habían desaparecido

porque los soldados españoles los habían utilizado, en medio de un gran jolgorio, para hacer prácticas de

tiro, disparando aquel os inmensos palos de trueno de bocas grandes montados sobre ruedas que l amaban

culebrinas y falconetes. Ahora el risco volvía a ser nada más que risco con el frente rocoso, y el único rasgo

notable de digna mención era el acueducto que salía de él y l evaba el agua desde los manantiales de

Chapultepec a la ciudad.

Y alrededor, el parque que el último Moctezuma había eregido, con jardines, fuentes y estatuas, había sido

eliminado totalmente. Ahora al í sólo había hierba, flores silvestres, maleza baja y, aquí y al á, los

magníficos, enormemente altos y más antiguos de todos los árboles, los cipreses ahuehuetquin, demasiado

duros e invulnerables para que ni siquiera los españoles pudieran talarlos. Las únicas personas que vi por

los alrededores fueron los esclavos que trabajaban al í cada día, que reparaban los escapes y grietas que

siempre se producían en el acueducto. Tuve que avanzar penosamente tierra adentro, aunque sólo un corto

trecho, hasta que conseguí encontrarme a solas en un lugar cuyo suelo estaba desprovisto de maleza y en

el cual coloqué el objeto que l evaba. Esta vez había hecho la bola plana por la base y al í había perforado

el agujero, de modo que el orificio quedaba a nivel del suelo cuando la deposité en éste. Abrí la bolsa y,

empezando por el agujero hecho con la pluma, fui haciendo un reguero de pólvora hasta una distancia

considerable, incluso di la vuelta a la extensa raíz de un gran ciprés. Al í, a salvo detrás del tronco del árbol,

saqué la lente de quemar, la sostuve bajo un rayo de sol que se abría camino entre el fol aje y encendí una

pequeña l ama justo al final del reguero de pólvora. Tal como había supuesto, la pólvora suelta empezó a

lanzar chispas y gruñidos, y esas chispas se pusieron a danzar alegremente mientras volvían por el mismo

camino por el que yo había ido hasta el árbol. Me di cuenta de que aquél no sería un modo práctico de

encender habitualmente aquel as bolas experimentales, pues el menor soplo de viento podía interrumpir el

avance de las chispas; pero aquel día no ocurrió así. Las chispas dieron la vuelta alrededor del tronco del

ciprés y a continuación desaparecieron de mi vista, aunque yo todavía podía percibir el olor penetrante del

reguero de pólvora al arder.

Luego, aunque ya lo tenía previsto, o por lo menos había esperado fervientemente que fuera así, se produjo

un ruido tal que, a mi pesar, me hizo saltar. El árbol tras el que me cobijaba también pareció tambalearse.

Innumerables aves salieron despavoridas de la vegetación circundante chirriando y graznando, y la maleza

baja crujió con violencia en el momento en que animales invisibles salieron en desbandada. Oí el sonido

silbante de los fragmentos cortantes de arcil a que volaban en todas direcciones, y algunos de el os se

clavaron con un ruido sordo en las ramas del árbol que me protegía, mientras unas cuantas hojas y ramitas

que esos fragmentos habían cortado revoloteaban al caer y el humo azul esparcía su penetrante y acre

miasma a lo largo y a lo ancho por el aire en calma.

Desde algún lugar a lo lejos me l egó también el sonido de gritos humanos. Así que, en cuanto dejaron de

caer cosas alrededor, abandoné mi refugio tras el árbol y me dirigí al lugar donde había estado situada la

bola. Una extensión de tierra tan grande como una estera petatl había quedado chamuscada y ennegrecida,

y los arbustos cercanos se veían quemados y marchitos. Al borde del claro yacía un conejo muerto; uno de

los fragmentos lo había atravesado de parte a parte.

Los gritos se acercaban y sonaban cada vez más excitados. Sólo entonces recordé que los españoles

habían construido, en lo alto de la Colina de los Saltamontes, un edificio que hacía las veces de fuerte y

prisión, algo como una fortaleza que el os l amaban el Castil o y que estaba siempre l eno de soldados,

porque al í era donde se entrenaba a los nuevos reclutas del ejército. Incluso el recluta más novato, desde

luego, habría "conocido el sonido de una explosión de pólvora y, al comprobar que procedía de las

profundidades de un bosque normalmente deshabitado, todos se habrían precipitado a averiguar cómo

había ocurrido y de quién era obra. Yo no quería dejar ninguna evidencia para aquel os soldados. No tenía

tiempo de intentar hacer desaparecer la marca quemada, pero si que cogí el conejo antes de salir corriendo

en dirección a la oril a del lago.

Aquel a noche Pochotl vino a visitarme a casa; l evaba un manto grasiento enrol ado debajo del brazo y una

sonrisa en el rostro, muy arrugado. Con el taimado y sigiloso porte de un prestidigitador, dejó el bulto en el

suelo y lo desenrol ó muy despacio mientras Citlali y yo lo observábamos con los ojos bril antes. Al í estaba:

era una réplica de arcabuz, y parecía auténtico.

-Ouiyo ayyo -murmuré complacido mientras admiraba sinceramente el arte de Pochotl.

Al mismo tiempo, Citlali nos miró y nos sonrió a uno y a otro, complacida por ambos.

Pochotl me entregó la l ave para enroscar el muel e del anterior. La inserté en su lugar, la hice girar y oí el

mismo ruido de la vez anterior, el de la rueda al girar. Luego, con el pulgar; tiré hacia atrás de la garra de

gato que sujetaba la escama de oro falso, que produjo un chasquido y quedó fija atrás. Y a continuación tiré

del gatil o con el dedo índice. La garra del gato se soltó hacia abajo, el oro falso golpeó la rueda dentada

justo cuando el muel e enroscado hacía girar la rueda. - - y las chispas resultantes rociaron la cazoleta tal

como se suponía que habían de hacer.

-Desde luego -dijo Pochotl-, la prueba crucial será cuando esté cargado con pólvora y una de éstas. -Me

entregó una bolsa l ena de pesadas bolas de plomo-. Pero te aconsejo que vayas a hacerlo bien lejos de

aquí, Tenamaxtli. Ya se ha corrido la voz. Hoy se ha oído una explosión inexplicable junto a la guarnición de

Chapultepec. -Me hizo un guiño-. Los hombres blancos temen, y sus motivos tendrán, que alguien además

de el os posee cierta cantidad de pólvora. Las patrul as cal ejeras detienen y registran a todos los indios que

l evan cacharros, cestos o cualquier otro recipiente sospechoso.

-Ya me esperaba eso -le indiqué-. De ahora en adelante andaré con más tiento.

-Otra cosa más -añadió Pochotl-. Sigo considerando que tu idea de revolución es una auténtica locura.

Piénsalo, Tenamaxtli. Tú sabes cuánto he tardado en hacer este único arcabuz. Creo que funcionará, eso

casi puedo garantizártelo, pero ¿esperas que yo o cualquier otro construya los miles que necesitarías para

igualar el armamento de los hombres blancos?

-No -dije yo-. No hace falta construir más. Si éste funciona como es debido lo utilizaré para... bueno... para

adquirir otro de algún soldado español. Luego emplearé esos dos para adquirir dos más. Y así

sucesivamente. -Pochotl y Citíali se quedaron mirándome fijamente, no pude distinguir si porque estaban

espantados o l enos de admiración-. Pero ahora -exclamé con júbilo-, vamos a celebrar la ocasión!

Salí, compré un jarro del mejor octli y nos pusimos a beber muy contentos, e incluso le dimos un poco a

Ehécatl. Los adultos nos embriagamos tanto que, al l egar la medianoche, Pochotl decidió acostarse en la

habitación delantera para no arriesgarse a tener un encuentro con una patrul a. Citlali y yo, tambaleándonos

y sin dejar de reírnos, nos fuimos hasta nuestro jergón, que se encontraba en la otra habitación, para

continuar al í la celebración de un modo aún más entusiasta.

Para mi siguiente serie de experimentos sólo hice bolas del tamaño de huevos de codorniz, cada una de las

cuales contenía un pel izco mínimo de pólvora. Todas estal aron en pedazos con poco ruido más del que

hace una vaina de ricino cuando hace saltar sus semil as, de modo que los niños del vecindario pronto

perdieron el interés por el as. Sin embargo, disfrutaron mucho con otra diversión distinta que les

proporcioné: pedirles que me hicieran de vigilantes, que controlaran todas las cal es de alrededor y

corrieran a avisarme si divisaban a algún soldado o a alguna patrul a por alguna parte. Como yo ya sabía

que había fabricado pólvora de forma satisfactoria y había podido comprobar que era muy destructiva al

encenderla en un recipiente cerrado, lo que ahora intentaba hacer era encontrar el modo de hacer estal ar a

distancia una bola rel ena de pólvora, pequeña o grande, de algún modo que fuese más seguro que dejar

un reguero de pólvora por el suelo. Ya he mencionado el modo como nuestro pueblo, generalmente,

fumaba picíetl: enrol ado dentro de lo que l amábamos poquietí, un tubo de junco o de papel que ardía

lentamente al mismo tiempo que la hierba, y no en una pipa de ticil a no combustible, como hacían los

españoles. A veces a nosotros, y también a los hombres blancos, nos gustaba mezclar picíetl con algún otro

ingrediente -cacao en polvo, ciertas semil as, flores secas- para cambiar el sabor o la fragancia. Lo que hice

ahora fue líar una cantidad de poquieltiz de papel muy fino que contenían la hierba mezclada con

cantidades pequeñas variadas de pólvora. Un poquietl corriente arde lentamente a medida que el fumador

aspira las bocanadas, pero si se le abandona durante un rato lo más probable es que se apague. Yo creí

que, al añadir la pólvora, si se dejaba el tubo y no se chupaba seguiría encendido, aunque siguiera

ardiendo lentamente.

Y no me equivoqué. Probando aquel os poquieltin de papel en distintas circunferencias y longitudes, todos

el os con picietl y pólvora, por fin di con la combinación adecuada. Si se insertaba en el agujero que yo

había hecho previamente con la pluma en mis bolas en miniatura hechas con arcil a, ese poquietl podía

encenderse y continuaba ardiendo durante un rato -más largo o más corto según la longitud- antes de

alcanzar el agujero y destruir la bola con estruendo. No había forma de poder medir aquel o con exactitud...

para hacer, por ejemplo, que varias bolas estal aran simultáneamente. Pero sí que podía hacer y recortar un

poquietl con la suficiente longitud para que, cuando lo encendiera, me diera tiempo de sobra para alejarme

de la escena antes de que l egase al agujero de ignición. Y el o también me aseguraba que ninguna brisa

errante o el pie de cualquier transeúnte interrumpiría la combustión, como suele ocurrir con tanta facilidad

con el reguero de pólvora.

Para verificar eso, a continuación hice algo tan osado, arriesgado y verdaderamente malvado que ni

siquiera se lo dije antes a Citlali. Construí otra bola de arcil a del tamaño de un puño, la rel ené de pólvora

bien prensada e inserté en el agujero hecho con la pluma un poquietl largo. El primer día que hizo un sol

radiante me la metí en la bolsa que l evaba a la cintura y me fui caminando desde la casa hasta la Traza,

exactamente hasta el edificio que hacia mucho yo había identificado como los barracones de los soldados

españoles de bajo rango. Había, como siempre, un centinela de guardia a la entrada, armado y con

armadura. Poniendo la cara más estúpida e inofensiva que pude, pasé tranquilamente a su lado y me dirigí

a la esquina del edificio; una vez al í me detuve y me arrodil é como si estuviera sacándome una piedra que

se me hubiera metido en la sandalia.

Fui capaz, de prisa y sin hacer ruido, de encender el extremo que sobresalía del poquietí, y luego metí la

bola dura en el espacio que quedaba entre la esquina de piedra y los guijarros de la cal e. Eché un fugaz

vistazo al guardia; no me prestaba atención; ni tampoco se fijaba en mí ninguna de las personas que

pasaban por la cal e, que estaba muy transitada; así que me puse en pie y continué tranquilamente mi

camino. Había avanzado por lo menos cien pasos cuando se oyó el estruendo de la explosión. Incluso a

esa distancia oí el silbido de los fragmentos que habían salido volando por el aire, y uno de el os me golpeó

ligeramente en la espalda. Me di la vuelta para mirar, y me gratificó ver el gran revuelo que aquel o había

causado.

No se habían producido daños visibles en el edificio, excepto una mancha negra y humeante en un costado,

pero cerca de ese lugar había dos personas tumbadas en posición supina que sangraban: uno era un

hombre con ropa de español y el otro un tamemi cuya percha para el transporte yacía junto a él. De los

barracones salieron en desbandada no sólo el centinela, sino un gran número de soldados, algunos de el os

a medio vestir, pero todos l evando encima sus armas. Cuatro o cinco de los indios de la cal e echaron a

correr de puro terror ante aquel hecho sin precedentes, y los soldados se lanzaron en su persecución.

Entonces me di la vuelta con tranquilidad y me uní a las numerosas personas que se habían detenido y se

habían quedado mirando boquiabiertas, y que, obviamente, no estaban implicadas en absoluto.

El español que se hal aba tumbado en el suelo se retorcía y gemía, todavía con vida, y un soldado condujo

hasta al í al médico de los barracones para que lo atendiera. El inofensivo tamemi, sin embargo, estaba

bien muerto. Lamenté este hecho, pero estaba seguro de que los dioses considerarían que era un hombre

caído en combate y lo tratarían con bondad. Aquel o en realidad no había sido una batal a, desde luego,

pero yo le había asestado un segundo golpe al enemigo. Ahora, después de estos dos hechos

inexplicables, por fuerza los hombres blancos tenían que haberse dado cuenta de que pronto estarían

acosados por la subversión; y tenían también que sentirse desconcertados, quizá incluso asustados, al caer

en la cuenta lo que el o significaba. Como les había prometido a mi madre y a mi tío, me había convertido

en el gusano del fruto de acapuli, que se lo come por dentro.

Durante el resto de aquel día, los soldados -yo creo todos los que había en la ciudad- se desplegaron por

las colaciones y registraron las casas, los puestos de los mercados, bolsas y los bultos que l evaban los

hombres y las mujeres nativos, incluso l egaron a obligar a algunos de el os a desnudarse. Pero

abandonaron aquel a tarea al terminar el día y ya no lo hicieron más, seguramente porque sus oficiales

habrían decidido que, si existía pólvora ilícita en alguna parte, resulta muy fácil esconderla (como yo había

escondido la mía), y que los ingredientes de la pólvora por separado, si es que l egaban a encontrar alguno,

eran totalmente inocuos y tenían fácil explicación. Sea como fuere, nunca l egaron a nuestra casa, lo que yo

me limité a quedarme sentado y a disfrutar con el desconcierto de los hombres blancos.

No obstante, al día siguiente me l egó a mí el turno de estar desconcertado cuando vino a verme un

mensajero del notario Alonso, que sabía dónde vivía yo; me ordenaba que me presentase ante él lo más

pronto que pudiese. Me vestí con mi atuendo español, me dirigí a la catedral y fui a saludarle, poniendo de

nuevo cara de estúpido y de persona inofensiva. Alonso no me devolvió el saludo, sino que se me quedó

mirando detenidamente durante algunos momentos antes de decir:

-¿Todavía piensas en mí cada vez que usas tu cristal de quemar, Juan Británico?

-Pues claro, cuatl Alonso. Como me dijiste, me resulta utilísimo...

-No me l ames cuatl nunca más -me pidió con brusquedad-. Me temo que ya no seremos más gemelos, ni

hermanos, ni siquiera amigos. También me temo que hayas abandonado cualquier pretensión de ser un

cristiano manso, sumiso y respetuoso, y de obedecer a ese credo y a tus superiores.

-Nunca he sido manso ni sumiso, y nunca he considerado que los cristianos sean mis superiores. Y no me

l ames Juan Británico nunca más -le dije con descaro.

A Alonso se le notó en la cara que sentía un gran enojo, pero se contuvo.

-Ahora escúchame bien. No estoy implicado oficialmente en la búsqueda que el ejército l eva a cabo para

encontrar al autor de ciertos disturbios recientes que han alterado la paz de esta ciudad. No obstante, estoy

tan preocupado como debería estarlo cualquier ciudadano decente y obediente. No te estoy acusando

personalmente a ti, pero sé que tienes muchas amistades entre tus paisanos. Creo que tú podrías encontrar

al vil ano responsable de esos actos con tanta rapidez como nos encontraste a ese orfebre cuando tuvimos

necesidad de uno.

-Notario, yo no soy más traidor a mi pueblo que obediente al tuyo -le dije todavía con actitud descarada.

Alonso dejó escapar un suspiro y dijo:

-Pues que así sea, entonces. Una vez fuimos amigos, y por el o no te denunciaré directamente a las

autoridades. Pero quiero hacerte una advertencia honradamente. Desde el mismo instante en que

abandones esta habitación se te seguirá y vigilará. Cualquier movimiento tuyo, cualquier encuentro,

cualquier conversación, cualquier estornudo será observado y anotado, y se informará de el o. Antes o

después te traicionarás a ti mismo o a los demás, quizá incluso a alguien que te sea querido. Y si tú no vas

a la hoguera, puedes estar seguro de que alguien irá.

-No puedo soportar esa amenaza -le contesté-. Me das poco donde elegir, así que no me queda más

remedio que abandonar esta ciudad para siempre.

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