sin dejar de cortar y empujar con las maquáhuime, las lanzas y las jabalinas. Antes de unirme yo mismo a la
refriega, hice un gesto hacia lo que quedaba de Pakápeti y le ordené a Ualiztli:
-¡Ocúpate de el a, ticitl!
Fue una batal a librada por formas de perfil, no por figuras redondas, sólo la negra silueta de los guerreros
contra la sábana de fuego que seguía consumiendo los árboles. Así que pronto todos los hombres dejaron
caer las armas más pesadas, no fuera a ser que apuñalasen o produjeran heridas a sus propios
camaradas. Entonces recurrieron a los cuchil os -la mayoría de el os de obsidiana, aunque unos cuantos,
como el mío, de acero- y se pusieron a pelear cuerpo a cuerpo, a veces revolcándose en el suelo con los
oponentes. Yo personalmente le di muerte al cabal ero Tapachini. Y la batal a no duró demasiado, porque
mis hombres superaban en mucho a los de Yeyac. Cuando cayó el último de éstos también la gran hoguera
empezó a apagarse como si aquel acompañamiento ya no fuese necesario. Y todos nos encontramos
sumidos en la semioscuridad de la primera hora de la noche.
Sin duda por lo que era algo más que una coincidencia, me encontré de pie junto a la pérfida Gónda Ke,
que seguía viva y de una pieza; era evidente que se había salvado de la carnicería sólo porque vestía ropas
de mujer.
-Tendría que haberlo sabido -comenté jadeante-. Incluso en las más feroces batal as tú te las arreglas
siempre para permanecer ilesa. Y me alegro por el o. Como acaba de decir tu amigo Yeyac, así tendré la
intimidad y el tiempo suficientes para matarte lentamente.
-¡Qué cosas dices! -exclamó con una compostura que hacía perder la cordura-. Gónda Ke atrajo a Yeyac y
a sus hombres a esta trampa, ¿y es así como se lo agradeces?
-¡Perra mentirosa! -gruñí; y luego, dirigiéndome a dos guerreros que se encontraban cerca, les ordené-:
Llevaos a esta hembra, sujetadla fuerte entre los dos y traedla con nosotros cuando nos marchemos de
aquí. Si desaparece, vosotros dos también desapareceréis, y en pedacitos.
Al momento siguiente, me estaba abrazando con fuerza el cuachic Nocheztli mientras exclamaba:
-¡Ya sabía yo que los hombres blancos no podrían mantener cautivo por mucho tiempo a un guerrero tan
valiente como mi señor Tenamaxtzin!
-Y tú has demostrado ser un sustituto más que capaz mientras tanto -le dije-. Desde esta noche eres mi
segundo en el mando, y me encargaré de que nuestra Orden de los Cabal eros del Águila te otorgue su
galardón. Tienes mi felicitación, mi gratitud y mi estima, cabal ero Nocheztli.
-Eres muy generoso, mi señor, y me siento muy honrado. Pero ahora... apresurémonos a alejarnos de este
lugar. Aunque los españoles no están ya en camino, sus tubos de trueno podrían lanzar proyectiles hasta
aquí.
-Si. Cuando nuestros hombres hayan recuperado sus armas, reúnelos e inicia la retirada hacia el norte. Os
daré alcance en cuanto haya atendido un asunto que tengo pendiente.
Busqué entre el hormiguero de hombres hasta que encontré a Ualiztli y le pregunté:
-¿Que ha sido de Pakápeti, esa querida y valiente muchacha? Nos ha salvado la vida a los dos, ticitl. ¿Has
podido hacer algo por el a al final?
-Nada. Ya estaba muerta y en paz antes de l egar a tocar el suelo.
-Pero lo otro... lo que quiera que fuera que causó tanto horror a sus atacantes... ¿qué era.?
-Cal a, mi señor. Y mejor no hagas preguntas. Seguro que no desearías saberlo. Ojalá tampoco lo supiera
yo. -Hizo un gesto indicando el lugar donde habían estado los árboles, ahora convertidos en postes
chamuscados en medio de un lecho de rescoldos-. Lo he dejado todo en manos de Chántico, la bondadosa
diosa de las cenizas. El fuego purifica la tierra incluso de las cosas que no son terrenales.
En el lugar donde los españoles nos tendieran la emboscada, Nocheztli había recuperado, además de los
numerosos arcabuces, el cabal o de Comitl, el guerrero muerto. Así que él y yo íbamos ambos montados
mientras guiábamos a nuestros hombres en medio de la noche... aunque pronto deseé fervientemente que
hubiese una sil a entre el cabal o y yo.
Otra vez alabé al nuevo cabal ero por haber mostrado tanta iniciativa durante mi ausencia, pero ahora
añadí:
-Para hacer algún uso de esas armas que has adquirido para nosotros, debemos preparar la pólvora
necesaria y encontrar como sea alguna fuente de donde obtener plomo.
-Bien, mi señor -me respondió en un tono casi de disculpa-. En cuanto a la primera necesidad, yo no sé
nada sobre cómo fabricar la pólvora. Sin embargo, y a falta de órdenes en sentido contrario, decidí,
mientras esperaba noticias tuyas, utilizar el tiempo de un modo provechoso. De modo que el plomo sí que
lo tenemos, y una buena provisión.
-Me asombras, cabal ero Nocheztli. ¿Cómo es posible que ideases eso?
-Uno de nuestros más ancianos guerreros mexicas me dijo que era hijo de un platero, por lo que sabía que
el plomo a veces se encuentra en las mismas minas de donde se obtiene la más preciosa plata; además, el
plomo también se utiliza en el proceso por el cual se refina esa plata.
-¡Por Huitzli! ¿De verdad que habéis ido a las minas y donde se trabaja la plata?
-Recuerda, mi señor, que ya estuve en una ocasión como quimichi tuyo entre los hombres blancos. Así que
algunos de nuestros soldados y yo nos quitamos la ropa hasta quedar en taparrabos y sandalias, nos
ensuciamos la cara y el cuerpo y, de uno en uno nos escabul imos por entre los guardias de las minas y nos
mezclamos con los esclavos que trabajan al í. No resultó demasiado difícil. Los guardias jamás se hubieran
esperado que alguien quisiera colarse voluntariamente entre los esclavos. Salir de al í fue bastante más
difícil, sobre todo debido a lo pesado que es el plomo. Pero gracias a mi experiencia como quimichi,
también lo logramos. Por lo menos dos veintenas de los hombres que caminan detrás de nosotros l evan un
lingote de plomo cada uno en la bolsa de provisiones. Y ese mexícatl que es hijo de un platero dice que
puede fundir fácilmente el metal y ponerlo en moldes sencil os de madera y arena húmeda para hacer las
bolas.
-¡Yyo ouiyo ayyo! -exclamé encantado-. Estamos mucho más cerca de ser iguales en armamento a los
hombres blancos de lo que yo hubiera podido esperar. El hacer la pólvora será un problema mucho menor
que el que tú ya has resuelto. Escucha, ahora memoriza esto y compártelo con los oficiales en quienes
tengas confianza por si algo nos ocurriera a ti y a mi. Eso que los españoles l aman pólvora, nuestros
mayores pensaron que eran truenos y relámpagos capturados y encerrados, de manera que el que los l eva
puede soltarlos cuando le conviene. Y los españoles siguen sin desear que ninguno de nuestra raza
conozca el secreto de su fabricación. Me costó mucho tiempo y cansancio descubrirlo, pero ese proceso es
verdaderamente simple.
Continué explicándole lo de las tres sustancias, la forma en que habían de molerse muy finas y las
proporciones en que habían de mezclarse.
Luego, cuando juzgué que estábamos lo bastante alejados de Compostela como para detenernos a
descansar durante la noche, me metí entre los hombres y escogí dos veintenas de aquel os que eran
musculosos y tenían las piernas largas.
-Mañana, cuando hayáis dormido y descansado, preparaos para dejarnos y viajar con gran rapidez -les
dije-. Entregad vuestras armas y armaduras a vuestros camaradas y coged sólo los mantos.
A los veinte primeros les ordené que viajasen hacia el volcán Tzebóruko, que pocos de nosotros habíamos
visto alguna vez pero que conocíamos por su reputación, ya que entraba en erupción con mucha frecuencia
y causaba gran devastación en las aldeas que lo rodeaban. Yo estaba seguro de que las laderas del
Tzebóruko se encontraban cubiertas de una espesa costra de ese mineral l amado azufre. El volcán está en
la región de Nauyar Ixú, en lo que ahora era Nueva Galicia, lo cual significaba que aquel os veinte hombres
tendrían que atravesar territorios que se encontraban en poder de los españoles.
-De manera que os sugiero que vayáis directamente hacia el oeste, hacia la costa del mar Occidental, y al í
les ordenéis a los barqueros que os l even hacia el sur, en dirección al volcán, y que luego, una vez que
tengáis los mantos cargados de esa sustancia amaril a, vuelvan a transportaros hacia el norte. No creo
probable que encontréis ninguna patrul a enemiga por mar.
Y a los otros veinte les dije:
-Vosotros os dirigiréis directamente a Aztlán. Puesto que nuestros pescadores están acostumbrados a
fabricar sal para conservar parte de la captura, seguro que conocen esa clase de sal amarga que se l ama
"de primera cosecha". Tenéis que l enar vuestros mantos con eso.
Y dirigiéndome a todos aquel os hombres, añadí:
-Os reuniréis otra vez con el ejército en Chicomóztotl, ya lo conocéis, "el lugar de las siete cavernas",
situado en las montañas que hay al oeste de Aztlán, en la tierra donde vive la tribu chichimeca de los
huicholes. El ejército estará al í esperándoos. Os insto encarecidamente a que l eguéis al í con vuestra
carga lo más pronto que podáis.
-Ya lo has oído -me dirigí a Nocheztli-. Ahora da a todos nuestros guerreros permiso para dormir, pero que
para el o se dispersen ampliamente entre los árboles, y coloca centinelas que permanezcan de guardia por
turnos. Mañana tú guiarás al ejército en su marcha hacia Chicomóztotl, porque yo tengo que ir a otros
lugares. Mientras esperas al í mi regreso, pon a los hombres a trabajar en la forja de bolas de plomo y en la
quema de carbón vegetal. Esas montañas están muy pobladas de bosques. Cuando los portadores os
l even el azufre y el salitre, empezad a fabricar las provisiones de pólvora que podáis. Luego permite que
los guerreros que ya están familiarizados con el arcabuz empiecen a entrenar a todos aquel os que
demuestren alguna aptitud en su uso. Mientras tanto envía emisarios a los huicholes y a todos los demás
pueblos chichimecas, incluso a los más alejados, para que recluten, con la promesa de que habrá muchas
matanzas y un gran botín, hombres que se unan a nuestro ejército en la insurrección. Llevar a cabo esos
preparativos os tendrá muy ocupados hasta que yo vuelva, y espero traer muchos más guerreros conmigo.
Ahora mismo, Nocheztli, ordena que los dos hombres que guardan a esa bruja, Gónda Ke, la traigan aquí.
Y no hace falta que lo hagan con ternura.
Y no lo hicieron. Tiraron de el a con brusquedad hasta ponerla ante mí y continuaron sujetándola con fuerza
por la parte superior de los brazos, incluso cuando el a se dirigió a mí con una petición inmodesta que
evidentemente iba dirigida a escandalizar a los hombres más curtidos y mundanos.
-Si estás a punto de ofrecer a Gónda Ke que elija el modo de morir, Tenamaxtli, a el a le gustaría que la
violasen hasta que muriera. Esos dos hombres robustos y tú emplead los tres orificios para tal propósito.
Pero nada de lo que el a pudiera decir o hacer me habría sorprendido lo más mínimo. Sólo dije con dureza:
-Tengo otro uso para ti antes de rel enarte los tres orificios de hormigas de fuego y escorpiones. Es decir,
seguirás viva exactamente el tiempo que obedezcas mis órdenes. Mañana tú y yo saldremos hacia tu país,
el país yaqui.
-Ah, hace mucho tiempo que Gónda Ke visitó por última vez su tierra natal.
-Es bien sabido que los yaquis detestan a los forasteros aún más de lo que se detestan unos a otros, y que
lo demuestran arrancándole la cabel era a cualquier forastero imprudente antes de hacerle otras cosas
peores. Confío en que tu presencia impedirá semejante desgracia, pero l evaremos con nosotros al tícitl
Ualiztli por si fueran necesarios sus cuidados. Estos dos hombres robustos también te acompañarán, para
vigilarte; y, aparte de eso, lo que hagan contigo por el camino me tiene sin cuidado.
23
La distancia desde nuestro punto de partida hasta las tierras de los yaquis es tres veces la distancia entre
Aztlán y la Ciudad de México, así que mi ida al í y mi regreso constituyeron el viaje más largo que realicé en
toda mi vida.
Dejé que Gónda Ke nos guiase, porque el a había recorrido ese camino por lo menos una vez antes. Por lo
que yo sabía, generaciones de Gónda Kes habían hecho aquel viaje tanto de ida como de vuelta
innumerables veces durante los haces y haces de años transcurridos desde que aquel a infame primera
Gónda Ke se estableciera entre mis ancestros en Aztlán. La memoria colectiva de aquel as Gónda Kes de
toda la parte occidental del Unico Mundo bien hubiera podido ser inscrita en el cerebro de la actual Gónda
Ke al nacer tan l anamente como un mapa de palabras e imágenes. Parecía que estuviera ansiosa por ver
de nuevo su tierra, porque desde luego no intentó, como cualquiera hubiera esperado, hacer el viaje todo lo
fatigoso, incómodo, peligroso o interminable que pudiera. Excepto cuando nos indicó que rodeásemos un
foso de alquitrán que teníamos delante, arenas movedizas o algún otro obstáculo, yo sabía por el sol que
el a mantenía un rumbo hacia el norte tan directo como era posible a través de los val es que había en las
cordil eras de montañas costeras. La distancia habría sido menor si hubiéramos seguido la línea costera al
oeste de las montañas o la l ana Tierra de los Huesos Muertos, que se encontraban al este de las mismas
montañas.., pero cualquiera de esos dos caminos nos habría l evado más tiempo y nos habría resultado
mucho más arduo, pues nos habríamos abrasado en las marismas que había al lado del mar o nos
habríamos quedado secos en las despiadadas y calientes arenas del desierto.
No obstante, e incluso sin que Gónda Ke intentase añadir dificultades por su cuenta, el viaje fue riguroso y
harto cansado. Desde luego subir por una empinada ladera de montaña tensa los músculos del cuerpo y
hace que entren calambres, se tiene la sensación de que todos el os se tensen. Cuando se l ega a la cima
uno deja escapar un sincero suspiro de alivio. Pero luego, al bajar por la pendiente del otro lado, se
descubre que el cuerpo tiene otros muchos, innumerables, músculos por tensar. Gónda Ke, los dos
guerreros -cuyos nombres eran Machíhuiz y Acocotli- y yo soportábamos aquel as penalidades bastante
bien, pero con frecuencia teníamos que detenernos y dejar que el ticitl Ualiztli recuperase el aliento y las
fuerzas. Ninguna de aquel as montañas es lo bastante alta para tener una corona de nieves perpetuas,
como el Popocatépetl, pero muchas de el as se elevan hasta las regiones heladas del cielo donde reina
Tláloc, y también muchas fueron las noches que los cinco pasamos tiritando sin poder dormir, a pesar de
estar envueltos en nuestros gruesos mantos tíamaitin.
Con mucha frecuencia, de noche oíamos a un oso, a un jaguar, a un cuguar o a un océlotl olisquear con
curiosidad nuestro campamento, pero mantenían siempre la distancia, porque los animales salvajes
aborrecen por naturaleza a los humanos, por lo menos a los vivos. Sin embargo de día había abundancia
de caza: ciervos, conejos, el enmascarado mapache o el tlecuachi con el vientre abolsado. Y también había
vegetales en abundancia: tubérculos camotin, frutos ahuácatin y berros mexixin. Cuando Ualiztli encontró
un poco de la hierba l amada camopalxíhuitl, la mezcló con la grasa de los animales que cazábamos e hizo
un ungüento para aliviarnos los músculos.
Gónda Ke le pidió un poco de aquel a hierba para ponerse el jugo en los ojos, "porque los oscurece, les da
bril o y los embel ece". Pero el tícitl se negó a dársela alegando el siguiente motivo:
-Cualquiera a quien se le administre un poco de esa hierba puede verse muerto pronto, y yo no me fiaría
nada de ti, mi señora, si la tuvieras en tu poder.
Había muchas aguas en aquel as montañas, tanto charcas como torrentes, todas el as frías, dulces y
deliciosas. No íbamos equipados con redes para capturar los peces o las aves acuáticas, pero los lagartos
axólotin y las ranas se capturaban con facilidad. También arrancábamos raíz amoli y, por frías que
estuvieran las aguas, nos bañábamos casi cada día. En resumen, nunca carecimos de buena comida y
bebida ni del placer de estar limpios. Incluso puedo decir, ahora que ya no tengo que escalarlas, que
aquel as montañas son sorprendentemente bonitas.
Durante la mayor parte de nuestro viaje fuimos acogidos de forma muy hospitalaria en las aldeas con las
que nos encontramos. Dormimos bajo techo, y las mujeres lugareñas nos cocinaban manjares que nosotros
desconocíamos. En cada aldea, Ualiztli buscaba inmediatamente al tícitl y le rogaba que le proporcionase
diversos medicamentos e instrumentos de sus almacenes. Aunque Ualiztli murmuraba que la mayoría de
los tíciltin de aquel as regiones apartadas tenían unas ideas patéticamente anticuadas del arte de la
medicina, pronto se vio de nuevo transportando un saco bien abastecido.
La persona a la que yo buscaba para entablar amistad en cada comunidad era su cacique, jefe, señor o
como quiera que se hiciera l amar. Durante la mayor parte de nuestro viaje estuvimos atravesando las
tierras de varios pueblos: coras, tepehuanos, sobaipuris, rarámuris, que se mostraron amistosos hacia
nosotros, pues aquel as naciones y tribus habían tenido durante mucho tiempo tratos con comerciantes
aztecas que iban de viaje y, antes de la caída de Tenochtitlan, también con comerciantes mexicas.
Hablaban diferentes lenguas, y algunas de las palabras y expresiones que utilizaban yo las había
aprendido, como ya he dicho antes, de los exploradores que el os habían enviado para echar un vistazo a
los hombres blancos, aquel os exploradores que residían conmigo en el Mesón de San José, en la Ciudad
de México. Pero Gónda Ke, a causa de sus muchos y extensos viajes, mostraba una fluidez que yo no tenía
en todas aquel as lenguas. De modo que, a pesar de lo poco de fíar que era para cualquier tarea de
responsabilidad, yo la utilizaba como intérprete.
El mensaje que yo hacía l egar a cada cacique era siempre el mismo: que estaba reuniendo un ejército para
derrocar a los extranjeros blancos y que desearía que me prestaran cuantos hombres fuertes, valientes y
agresivos pudieran. Resultaba evidente que Gónda Ke no traducía mal ni en tono despectivo mis palabras,
porque casi todos los caciques respondieron con afán y generosidad a mi petición.
Aquel os que habían enviado exploradores al sur, a las tierras que se encontraban en poder de los
españoles, ya habían oído informes muy realistas y de primera mano sobre la opresión brutal y los malos
tratos de que eran objeto aquel os miembros de nuestro pueblo que habían conseguido sobrevivir a la
conquista. Tenían noticias de la esclavitud que existía en los obrajes, de las matanzas, de los azotes, de las
marcas hechas con hierro candente, de la humil ación de hombres y mujeres en otro tiempo orgul osos, de
la imposición de una religión nueva, incomprensible y cruel. Naturalmente, aquel os informes habían
circulado entre todas las otras tribus, comunidades y naciones cercanas, y a pesar de ser informes de
segunda mano habían encendido en cada hombre viril y capaz un ardoroso deseo de hacer algo para
vengarse. Y ahora se les presentaba la oportunidad.
Los caciques apenas tuvieron que pedir voluntarios. En cuanto transmitían mis palabras a sus súbditos, me
veía rodeado de hombres, algunos de el os aún adolescentes, otros viejos y decrépitos, que lanzaban con
entusiasmo gritos de guerra y agitaban al aire las armas de obsidiana o de hueso. Yo tenía donde elegir, y a
los que escogí los envié hacia el sur después de darles indicaciones, tan precisas como me fue posible,
para que consiguieran encontrar Chicomóztotl y reunirse al í con Nocheztli. Incluso a aquel os que me
parecieron demasiado viejos o demasiado jóvenes les asigné un importante encargo:
-Id y difundid mi mensaje por todas las otras comunidades, marchad lo más lejos que podáis. Y a cada
hombre que se ofrezca, dadle las mismas indicaciones que yo acabo de daros.
Debería remarcar que yo no estaba reuniendo hombres que sólo quisieran ser guerreros. Los que elegí
estaban muy acostumbrados a la batal a, pues sus tribus luchaban a menudo con las tribus vecinas a causa
de los límites territoriales, de los terrenos de caza y a veces incluso para secuestrar a las mujeres de otras
tribus a fin de convertirlas en sus esposas. Sin embargo, ninguno de aquel os campesinos tenía la menor
experiencia en la guerra masiva, nunca habían sido miembros de ningún ejército ni habían servido en
contingentes organizados que actuasen en disciplinado concierto. Yo confiaba en que Nocheztli y los demás
cabal eros bajo mis órdenes les enseñasen todo lo que les hacía falta saber.
Supongo que era de esperar que, a medida que los cinco viajeros nos adentrábamos más y más en el
noroeste, mi mensaje era recibido con más incredulidad que entusiasmo. Las comunidades de aquel os
apartados parajes del Unico Mundo eran más pequeñas y estaban más aisladas unas de otras. Y al parecer
tenían poco deseo o necesidad de relacionarse, de comerciar o incluso de comunicarse. Los pocos
contactos que se producían entre el as se daban cuando dos o más tenían ocasión de pelearse entre el as,
igual que las comunidades que habíamos visitado previamente, lo que casi siempre ocurría por motivos que
pueblos más civilizados hubieran considerado fruslerías.
Incluso las numerosas tribus del país de los rarámuris, cuyo nombre significa Pueblo Corredor, rara vez
habían corrido lejos de sus aldeas nativas. La mayor parte de sus caciques habían oído sólo vagos rumores
sobre los extranjeros procedentes de más al á del mar Oriental que habían invadido el Unico Mundo.
Algunos de aquel os caciques opinaban que, si aquel o había ocurrido en realidad, era un desastre tan
lejano que a el os no les concernía. Otros se negaban l anamente a creer tales rumores. Por fin, nuestro
pequeño grupo l egó a unas regiones donde los rarámuris que en el as residían no habían oído nada de
nada acerca de los hombres blancos, y muchos de el os se echaron a reír de forma estrepitosa ante la idea
de que pudieran existir hordas enteras de personas cuya piel fuera uniformemente blanca.
A pesar de aquel as actitudes generalizadas de indiferencia, escepticismo o completa incredulidad, continué
recogiendo oleadas de nuevos reclutas para mi ejército. No sé si atribuir aquel o a mis argumentos
persuasivos y animosos, a que los hombres estaban cansados de pelear con sus vecinos y deseaban
nuevos enemigos a los que vencer o simplemente a que querían viajar lejos de aquel as guaridas suyas tan
conocidas y en las que encontraban tan pocas emociones. El motivo no importaba; lo importante fue que
cogieron sus armas y se dirigieron al sur, hacia Chicomóztotl.
Las tierras de los rarámuris eran las más septentrionales en las que se reconocían a los aztecas y a los
mexicas, aunque fuera remotamente, y las últimas en las que nosotros, los viajeros, podíamos esperar que
nos recibieran con hospitalidad o siquiera con tolerancia. Tras bordear una magnífica catarata y admirar su
grandiosidad al mismo tiempo, Gónda Ke dijo:
-La cascada se l ama Basa-séachic. Marca el límite del país de los rarámuris, y desde luego es el último
confín del cual los mexicas, en la cúspide de su poder, reclamaron el dominio. Cuando vayamos siguiendo
el borde del río que corre debajo de las cataratas, nos estaremos aventurando en las tierras de los yaquis, y
al í tenemos que ir con mucha cautela y vigilando siempre. A Gónda Ke no le importa mucho lo que os haría
a vosotros cualquier grupo errante de cazadores yaquis. Pero no quiere que la maten a el a antes de tener
oportunidad de saludarlos en su propia lengua.
De modo que, de al í en adelante, caminamos casi con tanto sigilo como cuando Ualiztli y yo nos
escapamos de Compostela deslizándonos entre la maleza. Pero toda aquel a cautela resultó ser
innecesaria. Durante tres o cuatro días no nos encontramos con nadie, y transcurrido ese tiempo nuestro
rumbo nos había l evado hasta el pie de las montañas, cubiertas de espesos bosques, al interior de una
región de colinas onduladas tapizadas de vegetación baja. En una de aquel as colinas vimos por primera
vez a un grupo de yaquis, una partida de caza compuesta por seis hombres, y el os nos vieron al mismo
tiempo; Gónda Ke se dirigió a el os mientras los saludaba con tales gritos que impidió que cargasen contra
nosotros. Permanecieron donde estaban y la observaron con una mirada helada cuando se adelantó para
presentarse.
Gónda Ke seguía hablándoles con seriedad en aquel a fea lengua yaqui, todo gruñidos, chasquidos y
murmul os, mientras los demás nos acercábamos despacio. Los cazadores no dijeron nada, y nos dirigieron
a los hombres la misma mirada helada que a Gónda Ke. Pero tampoco hicieron ningún gesto amenazador,
así que mientras Gónda Ke seguía gimoteando, aproveché la oportunidad para contemplarlos
detenidamente.
Tenían buenas facciones de halcón y cuerpos dotados de fuertes músculos, pero estaban casi tan sucios
como nuestros sacerdotes y l evaban el cabel o igual de largo, grasiento y enmarañado. Iban desnudos
hasta la cintura y, en un principio, creí que vestían faldas hechas con pel ejos de animales. Luego me di
cuenta de que las faldas eran de pelo que colgaba suelto alrededor de la cintura, pelo tan largo como el de
el os y mucho más de lo que le crece a cualquier animal. Eran cabel eras humanas, con el cuero cabel udo
seco todavía sujeto y atadas alrededor de la cintura de los hombres con cuerdas a modo de cinturón. Varios
de el os les habían añadido a las faldas la caza que habían matado aquel día, siempre animales pequeños,
y los l evaban con los rabos remetidos en aquel os cinturones de cuero cabel udo. Podría mencionar aquí
que en aquel as tierras abunda toda clase de caza y que los yaquis la comen. Pero a los hombres lo que
más les gusta es la carne del tlecuachi de vientre abolsado, porque tiene mucha manteca y creen que eso
les da resistencia en la caza o en las incursiones guerreras.
Sus armas eran primitivas, pero no por el o menos letales. Tenían arcos y lanzas hechos de caña; las
flechas eran de junco rígido y las lanzas parecidas a las que emplean algunos pueblos pescadores, con tres
dientes puntiagudos en el extremo. Las flechas y las lanzas terminaban en puntas de sílex, señal cierta de
que los yaquis nunca tenían tratos con ninguna de las naciones del sur, de donde procede la obsidiana. No
tenían espadas como nuestras maquáhuime, pero dos o tres de el os l evaban, colgadas de unas correas
alrededor de las muñecas, porras de madera quauxeloloni, que es tan dura y tan pesada como el hierro
español.
Uno de los seis hombres respondió con un breve gruñido a Gónda Ke; luego hizo un gesto con la cabeza
hacia atrás, en la misma dirección por la que habían venido, y dieron media vuelta y se marcharon en esa
dirección. Nosotros cinco los seguimos, aunque me pregunté si Gónda Ke no habría incitado a sus
paisanos simplemente a que nos l evasen hasta un grupo mayor de cazadores, para así, al superarnos
fácilmente en fuerza, arrancarnos la cabel era y asesinarnos. Fuera así o no, si ésa había sido su intención
no había logrado convencerlos. Nos condujeron por entre las colinas sin volver ni siquiera una vez la
cabeza para ver si íbamos con el os, y así estuvimos durante el resto del día hasta que, al anochecer,
l egamos a su aldea. Estaba situada en la margen norte de un río l amado Yaqui, cosa que no es de
sorprender, y la aldea se l amaba, sin demostrar la menor imaginación, Bakum, que significa meramente
"lugar con agua". Para mí no era más que una aldea, y además bastante pequeña y excepcionalmente
miserable, pero Gónda Ke insistía en l amarla ciudad.
-Bakum es una de las Uonaiki -nos explicó-, una de las Ocho Ciudades Sagradas, fundadas por los
venerados profetas que engendraron la raza de los yaquis en la Batnaóatoka, es decir, en la Época Antigua.
En cuestión de condiciones de vida y comodidades, Rakum parecía haber hecho pocos progresos desde
aquel a época Antigua, por mucho tiempo que hubiera pasado desde entonces. La gente moraba en
cabañas con forma de bóveda hecha de cañas abiertas que formaban esteras al estar entrelazadas en
forma de zigzag, y las esteras estaban colocadas sobrepuestas. Aquel a aldea, y todas las demás aldeas
yaquis que tuve ocasión de visitar, estaba cercada por una val a alta hecha de tal os de caña verticales y
sujetos mediante parras entrelazadas. Nunca antes en todo el Unico Mundo había visto yo una comunidad
tan excluyente y poco sociable que se rodease a sí misma con una val a para separarse del mundo y de
todas las cosas del exterior. Ninguna de las cabañas era de vapor y, a pesar del nombre de la aldea, "lugar
con agua", se hacía desagradablemente evidente que los aldeanos cogían del río agua sólo para beber,
nunca para bañarse.
Las abundantes cañas y juncos del río se empleaban para todos los fines concebibles; no sólo los
empleaban para hacer armas y para fabricar esteras y el material de construcción de las val as, sino
también para casi todos los utensilios necesarios en la vida cotidiana. La gente dormía en jergones de
juncos tejidos, las mujeres utilizaban para cocinar cuchil os hechos con cañas abiertas, los hombres
l evaban tocados de cañas y juncos y hacían sonar silbatos de caña en sus danzas ceremoniales. Sólo vi
otras pocas muestras de artesanía entre los yaquis: feos recipientes de arcil a marrón, máscaras de madera
tal adas y pintadas y mantas de algodón tejidas en los telares.
La tierra de los alrededores de Bakum era tan fértil como la de cualquier lugar, pero los yaquis, o mejor
dicho las mujeres yaquis, sólo practicaban una agricultura incipiente de maíz, alubias, amaranto, calabacín
y únicamente el algodón necesario para abastecerlos de mantas y para la ropa de las mujeres. Todas las
demás verduras que necesitaban se las proporcionaba la vegetación silvestre: frutos de árboles y cactus,
diversas raíces y semil as de hierbas, vainas del árbol mizquitl. Como los yaquis preferían comerse la grasa
de los animales que cazaban en lugar de convertirla en aceite, usaban para cocinar un aceite que las
mujeres exprimían laboriosamente de ciertas semil as. No sabían nada de fabricar octli o ninguna bebida
semejante; no cultivaban pieíetl para fumar; su única bebida embriagadora era el brote de cactus l amado
peyotl. No plantaban ni recolectaban ninguna hierba medicinal, ni siquiera recolectaban miel de abejas
silvestres como bálsamo. Pronto Ualiztli observó con desagrado:
-Los tíciltin yaquis, tal como son, confían en espantosas máscaras, cánticos, carracas de madera e
imágenes dibujadas en bandejas de arena para cualquier tipo de indisposición. Excepto para las quejas de
las mujeres, y la mayoría de el as son sólo quejas, no auténticas enfermedades, los tíciltin tienen pocas
curas efectivas. Estas personas, Tenamaxtzin, son verdaderos salvajes.
Me mostré de acuerdo por completo. El único aspecto de los yaquis que una persona civilizada podía
encontrar digno de aprobación era la ferocidad de sus guerreros, que era, al fin y al cabo, exactamente lo
que yo iba buscando.
Cuando, a su debido tiempo y con la traducción de Gónda Ke, se me permitió conversar con los yoóotuí de
Bakum, sus cinco ancianos, pues en ninguna comunidad había un único jefe, descubrí que la palabra yaqui
es en realidad un nombre colectivo para tres ramas diferentes de un mismo pueblo. Son los ópatas, los
mayos y los kahítas, cada uno de los cuales habita una, dos o tres de las Ocho Ciudades Sagradas y el
campo de los alrededores y permanece estrictamente segregado de los otros dos. Bakum era mayo.
Descubrí también que yo estaba mal informado acerca de que los yaquis se detestan y se matan entre sí.
Por lo menos no era así del todo. Ningún hombre de los ópatas mataría a otro de su mismo pueblo a menos
que tuviera una buena razón para hacerlo. Pero ciertamente mataría a cualquiera de sus vecinos mayos o
kahítas que le infligiera la menor ofensa.
Y aprendí que las tres ramas de los yaquis estaban estrechamente relacionadas con los toóono oóotam o
Pueblo del Desierto, de quienes yo había oído hablar por primera vez a Esteban, aquel esclavo que había
viajado tanto. Los toóono oóotam vivían muy lejos, al norte de las tierras de los yaquis.
Para hacer con el os una buena matanza se requería una marcha muy larga y un ataque organizado. Así,
aproximadamente una vez al año, todos los yaquis yoemósont om dejaban a un lado sus mutuas
enemistades y se juntaban con camaradería para realizar esa marcha contra sus primos del Pueblo del
Desierto. Y éstos acogían casi con regocijo las incursiones, pues les daban una buena excusa para
masacrar a algunos de sus primos ópatas, mayos y kahítas.
Sobre una cosa, sin embargo, no se me había informado mal, y ésa era la abominable actitud de los yaquis
hacia sus mujeres. Yo siempre me había referido a Gónda Ke simplemente como yaqui, y no fue hasta que
l egamos a Bakum cuando me enteré de que pertenecía a la rama de los mayos. Yo hubiera creído que era
su buena fortuna la que había hecho que la partida de caza que nos habíamos encontrado, y que la había
l evado a su comunidad, fuera de esa rama. Pero no. Pronto comprendí que las mujeres yaquis no se
consideran ni mayos, ni kahítas, ni ópatas ni ninguna otra cosa más que mujeres, la forma más baja de
vida. Cuando entramos en Bakum, a Gónda Ke no la abrazaron como a una hermana largo tiempo perdida
que regresaba por fin al seno de su pueblo. Todos los aldeanos, incluidos las mujeres y los niños,
contemplaron su l egada con la misma frialdad glacial con que lo habían hecho los cazadores, y tan
glacialmente como nos contemplaron a nosotros, hombres forasteros.
La misma primera noche, a Gónda Ke la pusieron a trabajar con las demás mujeres para preparar la
comida de aquel a noche: carne de tlecuachi grasosa, tartas de maíz, saltamontes asados, judías y unas
raíces inidentificables. Luego las mujeres, incluida Gónda Ke, sirvieron la comida a los hombres y niños de
la aldea. Cuando todos hubieron comido hasta saciarse, y antes de marearse a mascar peyotl, indicaron sin
ceremonia alguna que Ualiztli, Machíhuiz, Acocotli y yo podíamos rebanar las sobras. Y hasta que nosotros
cuatro no nos hubimos comido la mayor parte de lo que quedó, no se atrevieron las mujeres, incluida
Gónda Ke, a acercarse y a picotear entre los huesos y las migajas.
Los hombres de cualquier raza yaqui, cuando no se estaban peleando con un primo o con otro, se pasaban
el día cazando, excepto en la aldea de los kahítas l amada Beóene, en la costa del mar Occidental, donde
más tarde vi a hombres pescar lánguidamente con sus lanzas de tres dientes y escarbar con pereza en
busca de crustáceos. Aquí y al á las mujeres hacían todo el trabajo y vivían sólo de las sobras, incluyendo
las pocas sobras de... no puedo decir "afecto"... las pocas sobras de tolerancia con las cuales podían quizá
l egar a casa sus hombres después de un duro día en el campo.
Si un hombre volvía a casa de buen humor, a lo mejor saludase a su mujer con un gruñido al pasar en lugar
de darle un sopapo. Si había tenido buena caza o una pelea resuelta con éxito y l egaba a casa en un
estado mental verdaderamente bueno, incluso podía condescender y tirar a su mujer al suelo, levantarle la
falda de algodón, levantarse él la falda de cabel eras y ocuparla en un acto de ahujínema menos que
amoroso, sin importarle cuántos mirones pudieran estar presentes. Por eso, desde luego, era por lo que las
poblaciones de las aldeas eran tan escasas; los acoplamientos se daban muy rara vez. Con mayor
frecuencia los hombres l egaban a casa malhumorados, mascul ando maldiciones, y apaleaban a sus
mujeres tan cruentamente como les gustaría haber ensangrentado al ciervo, al oso o al enemigo que se les
había escapado.
-Por Irluitzli, ojalá pudiera yo tratar así a mi mujer -dijo Acocotli, porque, según nos confió, al á en Aztlán
tenía una mujer de espíritu casi tan mezquino como Gónda Ke que lo increpaba y le daba la tabarra sin
piedad-. Por Huiztli que lo haré, de ahora en adelante, si alguna vez vuelvo a casa!
Nuestra Gónda Ke hal ó pocas oportunidades en Bakum de ejercer su espíritu mezquino. El que la hicieran
trabajar como una esclava y la considerasen sin valor para otras cosas eran humil aciones que el a
soportaba no con apatía como las demás mujeres, sino con una ira hosca y corrosiva, porque incluso las
otras mujeres la miraban con aire de superioridad... porque el a no tenía hombre que le diera palizas. (Mis
compañeros y yo nos negamos a complacerla en ese aspecto.) Sé que a el a le hubiera gustado mucho
exigir a su pueblo adulación temerosa y admiración, haciendo para el o alarde de sus viajes a tierras
lejanas, de las ocurrencias malvadas y de los torbel inos que había ocasionado entre los hombres. Pero las
mujeres despreciaban respetarla en lo más mínimo, y los hombres la miraban furibundos y la hacían cal ar
siempre que trataba de hablarles. Quizá Gónda Ke hubiese pasado tanto tiempo lejos de su gente que se le
había olvidado lo miserablemente insignificante que el a se encontraría en tan grosera e ignorante
compañía, que la consideraban como algo inferior a un gusano. Los gusanos por lo menos pueden resultar
molestos. Y el a ya no.
Nadie le pegaba, pero estaba sujeta a las órdenes de todos, incluso de las mujeres, porque éstas
realizaban o asignaban los trabajos de la aldea. Quizá le tuvieran envidia a Gónda Ke por haber visto algo
del mundo que quedaba fuera de la espantosa Bakum, o por haber dado órdenes a los hombres. O a lo
mejor la despreciasen simplemente porque no era de aquel a aldea. Sea cual fuere el motivo, se
comportaban tan maliciosamente como sólo las mujeres que ejercen una autoridad insignificante y son
estrechas de mente pueden hacerlo. Hacían trabajar a Gónda Ke sin descanso y se deleitaban en especial
en darle los trabajos más sucios y duros. Y ver esto me alegraba el corazón.
La única herida que recibió fue pequeña. Mientras recogía leña para el fuego le picó una araña en el tobil o,
y eso hizo que enfermara ligeramente. Yo habría creído imposible que una diminuta criatura venenosa
pudiera hacer enfermar a otra que era mucho más grande y mucho más venenosa. De todos modos, como
ninguna mujer podía rehuir su trabajo por sentirse indispuesta, excepto dar a luz o estar inexorablemente
muriéndose, a Gónda Ke, que no dejó de rechinar los dientes y de protestar a causa de la mortificación, se
la obligó a estirarse en el suelo para recibir las atenciones del tícitl de la aldea. Como había dicho Ualiztli,
aquel viejo farsante no hizo otra cosa que ponerse una máscara destinada a ahuyentar a los malos
espíritus, bramar un cántico tonto, dibujar unas imágenes sin sentido en el suelo con arena de varios
colores y agitar una carraca de madera l ena de alubias secas. Luego declaró que Gónda Ke estaba curada
y lista de nuevo para el trabajo. Y a trabajar la pusieron.
La única pequeña distinción que se le concedió a Gónda Ke en Bakum fue darle permiso, siempre que no
estuviese ocupada en alguna otra faena, para sentarse a hacer de intérprete entre los cinco viejos yo otui y
yo. Al í, por lo menos, podía hablar, y como yo nunca aprendí más que unas cuantas palabras de aquel
idioma, estoy casi seguro de que debió de intentar convertirse en heroína al denunciarme como quimichi,
como agitador de motivos dudosos o como cualquier cosa que hubiera sido motivo para que los ancianos
ordenasen que a nosotros los forasteros se nos expulsase o se nos ejecutase. Pero hay una cosa que sí sé:
no existe una palabra para "heroína" en el idioma yaqui, ni existe el concepto de esa clase de mujer en la
mente yaqui. Si realmente Gónda Ke intentó esa táctica, estoy seguro de que los yoóotui oyeron sus
aseveraciones nada más como monsergas femeninas de las que no había que hacer caso. Si el a de hecho
insistió en que los aztecas fuéramos exterminados, y si los ancianos hicieron algún caso de el o,
perversamente habrían hecho justo lo contrario. Así que quizá fuera gracias a otro de los intentos de
perfidia de Gónda Ke que los yoóotui no sólo dejaron que me quedase y pronunciase mi mensaje, sino que
además me escucharon con mucha atención.
Debería explicar cómo gobernaban aquel os yoóotui, si es que gobernar es la palabra, porque no había
ningún sistema como el yaqui en el Unico Mundo. Cada uno de los ancianos era responsable de una
yaóura, que significa "función", de las cinco yaóúram de su aldea: religión, guerra, trabajo, costumbres y
danza. Necesariamente algunos de sus deberes se superponían, mientras que otros apenas se requerían
alguna vez para algo. El anciano encargado del trabajo, por ejemplo, tenía poco que hacer salvo castigar a
alguna hembra que se fingiera enferma, y una mujer así sencil amente no existía en la sociedad yaqui. El
anciano a cargo de la guerra sólo tenía que dar su bendición siempre que los yoemósont om de su aldea
decidían hacer una incursión en alguna otra aldea, o cuando los yoemósont om de las tres ramas yaquis se
unían para l evar a cabo sus incursiones casi rituales contra el Pueblo del Desierto.
Los otros tres ancianos más o menos gobernaban conjuntamente: el Custodio de la Religión, el Custodio de
las Costumbres y el Director de Danzas. La religión yaqui bien podía considerarse una ausencia absoluta
de religión, porque sólo rendían culto a sus antepasados; y, desde luego, cuando cualquiera de el os muere
se convierte, en ese mismo momento, en antepasado. Como el aniversario de la muerte de cualquier
antepasado es motivo para l evar a cabo ceremonias en su honor, apenas si pasa una noche en las tierras
yaquis sin una ceremonia más o menos grande, dependiendo de la importancia que esa persona hubiera
tenido en vida. Los únicos "dioses" reconocidos por los yaquis son sus antepasados más antiguos, de los
que no se puede decir que sean dioses auténticos, sino más bien parecidos a la Dualidad Señor y Señora
que nosotros los aztecas siempre hemos creído que eran los progenitores de nuestra raza. Nosotros no
veneramos activamente a los nuestros, pero los yaquis l aman a los suyos El Viejo y Nuestra Madre y si que
los veneran del modo más profundo.
Además, los yaquis creen que los muertos que han hecho méritos en vida van a otra vida después de la
muerte donde son eternamente felices, como nuestro Tonatiucan o Tlálocan, o el cielo de los cristianos.
El os l aman a esa vida La Tierra de Debajo del Amanecer, e insisten tontamente en que no está demasiado
lejos, sino bastante cerca, justo al este de la cima mel ada de una montaña l amada Takalaóim, que se
asienta precisamente en el centro de las tierras de los yaquis. A dónde puedan ir los muertos que no han
hecho méritos, los yaquis no lo saben y no parece importarles, porque no son capaces de concebir un lugar
parecido a nuestro Mictían o al infierno de los cristianos.
Si que creen, sin embargo, que el os, los vivos, deben estar constantemente en guardia contra toda una
hueste de pequeños dioses malignos e invisibles, unos espíritus l amados chapayekam. Esos son unos
seres pestilentes, responsables de las enfermedades, los accidentes, las sequías, las inundaciones, las
derrotas en los combates y de todas las demás desdichas que acosan a la raza yaqui. Así, mientras el
Custodio de la Religión se ocupa de que su pueblo honre como es debido a sus antepasados, a todo el
linaje hasta El Viejo y Nuestra Madre, el Custodio de las Costumbres se encarga de espantar a los
chapayekam. Es él quien tal a y colorea las máscaras destinadas a ahuyentarlos, y está continuamente
tratando de idear rostros aún más espantosos.
En consecuencia, el Director de Danzas es el que se encuentra más atareado de los cinco yoóotuí, porque
las danzas comunales se consideran esenciales para los asuntos de los otros cuatro. El trabajo de la aldea
no se hará como es debido, las batal as no se ganarán, no se honrar suficientemente a los antepasados y
no se alejará de forma adecuada a los espíritus malignos a menos que las danzas se realicen.., y se
realicen exactamente como es debido. El Director en sí es demasiado viejo para danzar, y encontré
bastante cómico que todos los demás hombres, que dedicaban sus días a propósitos rudos y sangrientos,
pasasen sus noches bailando solemne, formal e incluso delicadamente alrededor de las hogueras de
celebración. (No es necesario comentar que las mujeres nunca participaban en estas danzas.)
El Director dispensaba a los bailarines el suficiente peyotl a fin de darles energía para que no se cansasen,
aunque no el suficiente como para emborracharlos o ponerlos frenéticos de modo que fal asen los pasos
precisos y las figuras que se habían establecido a través de las eras desde los Tiempos Antiguos. El
Director revoloteaba por al í cerca para mantener su mirada de halcón sobre los bailarines y para arrancar
de entre el os a cualquier hombre que equivocase el paso o tuviera la indecencia de introducir uno nuevo.
Bailaban al son de lo que el os l amaban música, algo que hacían los hombres que eran demasiado viejos o
estaban lisiados y no podían bailar. Pero como carecían de la variedad de instrumentos inventados por
gente más civilizada, lo que hacían era, al menos para mis oídos, puro ruido. Soplaban en silbatos de caña,
en calabazas l enas de agua, rascaban tal os de caña con muescas, agitaban carracas de madera y
aporreaban tambores de doble cabeza. (Aunque no había escasez de pel ejos de animal, aquel as cabezas
de tambor estaban hechas de piel humana.) Y los propios bailarines contribuían al ruido, pues l evaban en
los tobil os pulseras hechas de capul os cuyos insectos, muertos en el interior, traqueteaban a cada paso.
Para las danzas en honor de El Viejo y Nuestra Madre, o de antepasados más recientemente
desaparecidos, los hombres se ponían tocados parecidos a abanicos, pero que estaban formados bien con
tiras rígidas de cañas, bien con juncos revoloteantes en lugar de plumas. Para las danzas destinadas a
alejar a los malvados chapayekam, cada hombre se ponía una de esas espantosas máscaras tal adas y
emborronadas con colores y de las que no había ni siquiera dos iguales. En las danzas que se hacían para
celebrar una victoria en la batal a, o para anticipar una, los hombres se ponían pieles de coyotin con las
cabezas dentudas de los animales muertos encima de sus propias cabezas.
Luego había una danza que l evaba a cabo un hombre solo, que era el mejor bailarín de la aldea. Aquél a
era una actuación hecha para atraer la caza en temporadas en las que una sequía o una enfermedad
habían disminuido la población local de animales salvajes. Verdaderamente era una danza grácil y
excitante, y tanto más agradable cuanto que se hacía sin acompañamiento de "música". El hombre l evaba
en lo alto de la cabeza, sujeta con correas, la cabeza de un ciervo macho, la más hermosa que se pudiera
conseguir, con una cornamenta impresionante, y por lo demás iba desnudo del todo excepto los brazaletes
y tobil eras de capul os, y sostenía en cada mano una carraca de madera complicadamente tal ada. Estos
objetos proporcionaban el único acompañamiento sonoro mientras el hombre unas veces botaba como un
macho espantado y otras hacía cabriolas como un cervatil o alegre; arrastraba los pies, doblado y
cauteloso, y daba sacudidas con la cabeza como un cazador al acecho. A veces podía darse que tuviera
que realizar aquel a danza muchas noches seguidas, hasta acabar agotado, antes de que l egase algún
explorador e informase de que la caza realmente había regresado a sus hábitats acostumbrados.
El Director de Danzas me confió, a través de Gónda Ke, que la danza para atraer la caza era más eficaz en
el logro de su propósito cuando el bailarín danzaba alrededor de una "cierva hembra" ofrecida en sacrificio.
Y se refería a una hembra humana, fuertemente atada dentro de una piel de cierva. Después de haberse
celebrado la danza a su alrededor durante el tiempo que marcaba el ritual, se le daba muerte, tal como se
haría con una cierva de verdad, se la descuartizaba y se la comían los hombres en medio de muchas
manifestaciones de agrado, para que la caza salvaje apreciara lo agradecidos que estaban. Por desgracia,
dijo el Director, los mayos varones no habían secuestrado a ninguna mujer en sus incursiones por las
aldeas extranjeras, así que esa parte de la ceremonia no podían mostrármela para que yo la admirase.
Desde luego en la aldea había mujeres más que de sobra de las que se podía prescindir, concedió, pero su
carne era demasiado dura, rancia y fibrosa para comérsela y relamerse luego. Gónda Ke logró incluso
poner cara de ofendida y malhumorada cuando vio que la desairaron también en aquel aspecto.
A mí no me importaba que los hombres yaquis se pasasen media vida bailando por motivos que yo
consideraba absurdos. Lo que importaba era que la otra mitad de la vida la dedicaban al salvajismo puro, y
eso era precisamente lo que yo necesitaba de el os. Cuando Gónda Ke tradujo mis palabras a los cinco
yoóotuí, me sorprendieron de manera agradable al mostrarse más receptivos a mi mensaje de lo que se
habían mostrado la mayoría de los jefes rarámuris.
-Hombres blancos... -murmuró uno de los ancianos-. Si, hemos oído hablar de hombres blancos. Nuestros
primos, los toóono oóotam, afirmaron haber visto a algunos de el os vagando por su territorio. Incluso
mencionaron a un hombre negro.
-¿A dónde está l egando el mundo? -gruñó otro-. Los hombres deberían ser todos del mismo color. De
nuestro color.
-¿Cómo podemos saber si el degenerado Pueblo del Desierto decía la verdad? -advirtió otro-. Si hubieran
sido yaquis, vamos, les habrían arrancado las cabel eras para probar la existencia de tales seres.
-Nunca hemos visto cabel eras de los malvados chapayekam -le recordó otro-, pero sabemos que existen. Y
el os no tienen ningún color.
Y el quinto anciano, aquel que estaba a cargo de la guerra, añadió:
-Yo creo que, para variar, a nuestros yoemósontaom les haría bien luchar contra alguien que no sean sus
propios parientes. Voto para que se los prestemos a este forastero.
-Estoy de acuerdo -convino el anciano que estaba a cargo del trabajo de la aldea-. Y de todos modos, si
este forastero dice la verdad sobre la rapacidad de los hombres blancos, puede que algún día no tengamos
parientes con los que pelear.
-De acuerdo -intervino el Director de Danzas-. Conservemos aquí sólo al Bailarín Ciervo y a algunos
bailarines más para satisfacer a El Viejo y a Nuestra Madre.
-Y para repeler a los chapayekam -dijo el Custodio de las Costumbres.
-Y seguro que los demás hombres de nuestro color -afirmó el anciano que gobernaba la religión- desearán
tomar parte también en la aniquilación de aquel os que son de otro color distinto. Voto para que invitemos a
participar a nuestros primos los ópatas y los kahítas.
El anciano de la guerra habló de nuevo:
-¿Y por qué no también a nuestros primos los toóono Cotam? Esta sería la alianza de parientes más grande
de la historia. Sí, eso es lo que haremos.
Y así quedó acordado. Bakum enviaría a un guerrero "que portase el bastón de tregua" a difundir mi
mensaje al resto de las Ocho Ciudades Sagradas, y un segundo mensajero al lejano Pueblo del Desierto.
Prometí dos cosas a cambio de tan generosa cooperación: asignaría a uno de mis guerreros para que
guiase a los yaquis hacia el sur, hasta nuestro lugar de reunión en Chicomóztotl, y a otro para que esperase
al í, en Bakum, a fin de guiar a los guerreros del Pueblo del Desierto cuando l egasen. Además, cuando
todos aquel os yoemósontom l egasen a Chicomóztotl, yo los equiparía con armas de obsidiana muy
superiores a las suyas, hechas de sílex. Los ancianos aceptaron el ofrecimiento que les hice de
proporcionarles guías, pero rechazaron con gran indignación que les ofreciera armas. Lo que había sido
bastante bueno para El Viejo y para sus demás antepasados desde los tiempos de aquél, tenía que ser lo
bastante bueno para la guerra moderna, dijeron, y yo, prudentemente, no quise discutir el asunto.
Cuando l egamos al acuerdo me alegré de el o, pues de al í en adelante me vi privado del único medio que
tenía para comunicarme con los yaquis. Gónda Ke afirmó sentirse cada vez más enferma, hasta el punto de
verse incapaz de hacer ni siquiera el esfuerzo de interpretar. Sí que parecía enferma, la tez se le había
desvaído hasta casi adquirir la palidez de una mujer blanca, de manera que las pecas eran su rasgo más
visible. Cuando incluso el anciano a cargo del trabajo y las mujeres que tan duramente la habían hecho
trabajar le asignaron una cabaña abovedada para el a sola en la que pudiera tumbarse y descansar, dio la
impresión de que hubieran decidido, puesto que Gónda Ke no estaba a punto de dar a luz, que tenía que
estar a punto de morir. Pero yo, que conocía a Gónda Ke, aparté esa idea. Estaba seguro de que su
postración no era más que otro de sus ardides, sin duda su manera de expresar la vejación que sentía por
el hecho de que yo hubiese sido aceptado con más cordialidad por su propia gente de lo que lo había sido
el a.
24
Mientras esperábamos a que se congregasen los hombres de las otras ramas yaquis, Machihuiz, Acocotli y
yo ocupamos nuestro tiempo en hacer una especie de entrenamiento de los guerreros mayos de Bakum. Es
decir, hacíamos como que luchábamos contra el os con nuestras espadas y jabalinas de hoja y punta de
obsidiana respectivamente para que aprendieran a detener aquel os ataques con sus armas primitivas. No
es que yo esperase que los yaquis luchasen alguna vez contra los hombres de mi propio ejército, pero
estaba bastante seguro de que, cuando mi ejército entablase combate de l eno con los españoles, el os sí
añadirían a sus filas muchos de sus aliados nativos, como por ejemplo los texcaltecas, que habían ayudado
a los hombres blancos en su derrota de Tenochtitlan mucho tiempo atrás. Y esos aliados no l evarían
arcabuces, sino maquáhuime de hoja de obsidiana, lanzas, jabalinas y flechas.
Entrenar a aquel os yoemósont om sin alguien que tradujera mis órdenes, instrucciones y consejos fue un
proceso mas bien lento y dificultoso. Pero los guerreros de todas las razas y de todas las naciones,
probablemente incluso los blancos, tienen en común un entendimiento instintivo de los movimientos y
gestos de los demás guerreros. Así que los mayos no tuvieron demasiados problemas para aprender
nuestras artes aztecas de acometidas, tajos, fintas y marcha atrás. En realidad, aprendieron tan bien que
mis dos compañeros y yo con frecuencia recibíamos magul aduras causadas por las porras de guerra de
madera dura que l evaban, y pinchazos o arañazos de sus lanzas de sílex de tres dientes. Bueno, por
supuesto nosotros tres dimos tanto como recibimos, así que yo mantenía al ticitl Ualiztli siempre de servicio
en nuestras sesiones de entrenamiento para aplicar sus artes siempre que fueran necesarias. Y no dediqué
pensamiento alguno a la ausente Gónda Ke hasta que un día una mujer de Bakum se me acercó y me tiró
del brazo tímidamente.
Me condujo, y Ualiztli nos acompañó, a la pequeña cabaña que le habían prestado a Gónda Ke. Yo entré
primero, pero lo que vi me hizo volver a salir al instante y hacerle señas al tícitl para que entrase en mi
lugar. Estaba claro que Gónda Ke no había estado fingiendo; parecía encontrarse tan cerca de la muerte
como los aldeanos habían supuesto anteriormente.
Yacía estirada desnuda sobre un jergón de juncos y sudaba copiosamente. Y de algún modo se había
puesto muy gorda, no sólo en los lugares donde suelen engordar las mujeres bien alimentadas, sino por
todas partes: nariz, labios, dedos de las manos y de los pies. Hasta los párpados le habían engordado tanto
que prácticamente la obligaban a tener los ojos cerrados. Como me había dicho el a misma en una ocasión,
Gónda Ke tenía pecas por todo el cuerpo, y ahora, con el cuerpo tan abotargado como lo tenía, sus
incontables pecas eran tan grandes y evidentes que parecía como si le hubiera salido piel de jaguar. Al
echar aquel a breve y única mirada me había fijado en que el ticitl mayo estaba agachado a su lado. Yo no
había visto nunca la cara de aquel hombre, pero incluso el rostro terrible que representaba la máscara que
l evaba puesta parecía tener ahora una expresión perpleja e impotente, y agitaba la carraca curativa de
madera con apatía y sin ni siquiera un asomo de convencimiento.
Ualiztli salió de la cabaña, también con aire perplejo, y le pregunté:
-¿Qué habrán podido darle de comer para que se haya puesto tan espantosamente gorda? En esta tierra
yaqui nunca he visto una mujer que no estuviera mal alimentada.
-No se ha puesto gorda, Tenamaxtzin -me respondió-. Está hinchada de fluidos pútridos.
-¿Una simple picadura de araña ha podido hacer eso? -le pregunté extrañado.
Ualiztli me miró de soslayo.
-El a dice que fuiste tú, mi señor, quien le mordió.
-¿Qué?
-Está sufriendo de una manera atroz. Y por mucho que todos hayamos odiado a esta mujer, estoy seguro
de que desearías ser un poco misericordioso con el a. Si haces el favor de decirme qué veneno te aplicaste
en los dientes, quizá pueda procurarle una muerte más suave.
-¡Por todos los dioses! -exclamé furioso-. Sé desde hace mucho tiempo que Gónda Ke tiene demencia
criminal, pero... ¿es que acaso tú también la tienes?
Se apartó de mi acobardado, y tartamudeó:
-T-tiene una espantosa herida abierta y supurante en el tobil o...
-Te lo confieso, a menudo he pensado cómo podría matar de forma ingeniosa a Gónda Ke cuando ya no me
fuera útil -le indiqué apretando los dientes-. Pero... ¿mordería para matarla? En tus fantasías más
descabel adas, hombre, ¿crees que yo pondría mi boca sobre ese reptil? Si alguna vez lo hiciera, sería yo
quien se envenenaría, sufriría, supuraría y moriría! Fue una araña lo que le mordió. Mientras recogía leña.
Pregúntale a cualquiera de esos que la atendieron primero.
Hice ademán de alcanzar a la mujer mayo que había ido a buscarnos, que nos miraba con los ojos
desencajados a causa del susto. Pero desistí al comprender que no podía entendernos ni contestar a
pregunta alguna. Me limité a agitar los brazos l eno de una repugnancia inútil mientras Ualiztli decía con
ánimo de aplacarme:
-Sí, sí, Tenamaxtzin. Una araña. Te creo. Debería haber comprendido que esa mujer mentiría siempre,
incluso en el lecho de muerte.
Respiré varias veces para calmarme y luego dije:
-Sin duda tiene la esperanza de que la acusación l egue a oídos de los yoóotui. Por poco que consideren a
las mujeres, ésta es una mayo. Si hacen caso de su perjurio podrían negarme, en venganza, el apoyo que
me han prometido. Deja que se muera.
-Y, además, lo mejor será que se muera de prisa -dijo Ualiztli.
Y entró de nuevo en la cabaña.
Reprimí la repulsión y lo seguí al interior, aunque sólo fue para sentirme más repelido al verla y, ahora lo
noté, al percibir el hedor a carne corrompida que emanaba.
Ualiztli se arrodil ó al lado del jergón y le preguntó:
-La araña que te picó en el tobil o... ¿era una de esas enormes y peludas?
Gónda Ke movió de un lado a otro la cabeza gorda y moteada, me señaló con un gordo dedo y graznó:
-Fue él.
Hasta la máscara de madera del ticitl mayo se meneó con escepticismo al oír aquel o.
-Entonces dime dónde te duele -quiso saber Ualiztli.
-Toda Gónda Ke -murmuró la mujer.
-¿Y dónde es donde más te duele?
-En el vientre -volvió a murmurar.
Y justo entonces debió de darle al í un espasmo de dolor. Hizo una mueca, lanzó un grito, se dio
bruscamente la vuelta hasta ponerse de lado, se dobló sobre sí misma... por lo menos todo lo que pudo, y
el estómago distendido le formó unos rol os gruesos.
Ualiztli esperó a que pasara el espasmo y luego le preguntó:
-¿Te duelen las plantas de los pies?
Gónda Ke no se había recuperado lo suficiente como para hablar, pero movió la bulbosa cabeza con mucho
énfasis en señal de asentimiento.
-Ah -exclamó Ualiztli con satisfacción; y a continuación se levantó.
-¿Eso te dice algo? ¿Lo de las plantas de los pies? -quise saber, maravil ado.
-Ese dolor es el síntoma que sirve para diagnosticar la mordedura de una araña concreta. Rara vez
encontramos a ese animal en nuestras tierras del sur. Nos es más familiar la grande y peluda, que parece
más espantosa de lo que es en realidad. Pero en los climas del norte se encuentra una araña
verdaderamente letal que no es grande y no parece muy peligrosa. Es negra, con una mancha roja en la
parte inferior.
-La amplitud de tus conocimientos me asombra, Ualiztli -le comenté.
-Uno intenta mantenerse bien informado en su profesión intercambiando retazos de sabiduría con otros
tíciltin -repuso con modestia-. Me han dicho que el veneno de esa araña negra del norte realmente derrite la
carne de su presa para comérsela con más facilidad. De ahí esa espantosa herida abierta en la pierna de la
mujer. Pero en este caso el proceso se ha extendido ya por el interior de todo el cuerpo. Está literalmente
licuándose por dentro. Es curioso. Nunca me habría esperado una putrefacción tan extensa excepto en un
niño pequeño o en una persona que fuera ya vieja y enfermiza.
-¿Y qué harás al respecto?
-Acelerar el proceso -murmuró Ualiztli en un susurro para que sólo yo pudiera oírlo.
Los ojos de Gónda Ke, entre aquel os abultados párpados, también preguntaban con ansiedad: "¿Qué vais
a hacer por mi?" De manera que Ualiztli dijo en voz alta:
-Te traeré unos medicamentos especiales.
Y salió de la cabaña.
Me quedé de pie contemplando a la mujer, pero sin compadecerla. Gónda Ke había recobrado suficiente
aliento para hablar, pero sus palabras resultaban desarticuladas, su voz era sólo graznidos y carraspeos.
-Gónda Ke no debe... morir aquí.
-Aquí está tan bien como en cualquier parte -dije yo con Maldad-. Al parecer tu tonali te ha traído al final de
tus caminos y de tus días justo aquí. Los dioses son mucho más ingeniosos de lo que podría serlo yo al
idear deshacerse como le corresponde de alguien que siempre ha vivido en medio de la maldad y que
además ya ha vivido demasiado tiempo.
La mujer volvió a decir, pero esta vez haciendo énfasis en una palabra:
-Gónda Ke no debe... morir.., aquí. Entre estos patanes.
Me encogí de hombros.
-Estos patanes son tu propia gente. Esta es tu tierra. Fue una araña nativa de esta tierra la que te
envenenó. Me parece apropiado que hayas sido abatida no por una mano humana enojada, sino por una de
las criaturas más diminutas que habitan la tierra.
-Gónda Ke no debe... morir aquí -volvió a repetir, aunque parecía que se dirigía a sí misma más que a mí-.
A Gónda Ke no se la... recordar aquí. Y Gónda Ke estaba destinada a que la recordasen. Gónda Ke estaba
destinada a ser... a formar parte de... la realeza... en algún lugar. Y a l evar el -tzin al final de su nombre...
-Te equivocas. Olvidas que he conocido a mujeres que verdaderamente merecían el -tzin. Pero tú, hasta el
mismísimo fin, te has afanado en dejar tu marca en el mundo a base únicamente de hacer daño. Y a pesar
de tus ideas de grandeza acerca de la importancia que crees merecer no obstante tus mentiras,
duplicidades e iniquidades, estás destinada por tu tonali a no ser nada más que lo que fuiste y lo que eres
ahora: tan venenosa como la araña y, por dentro, igual de pequeña. Ualiztli regresó entonces y se arrodil ó
para rociarle a Gónda Ke en la herida abierta de la pierna simple picíetl.
-Esto te mitigará el dolor local, mi señora. Y toma, bébete esto otro. -Acercó un cucharón de calabaza a los
protuberantes labios de la mujer-. Hará que dejes de sentir los demás dolores internos.
Cuando volvió a incorporarse para ponerse de pie junto a mí, yo gruñí:
-No te he dado permiso para aliviarle el sufrimiento. Bastante les ha infligido el a a otras personas.
-No te he pedido permiso, Tenamaxtzin, y no te pediré perdón por el o. Soy tícitl. Mi fidelidad a mi vocación
tiene prioridad incluso sobre mi lealtad a ti. Ningún tícitl puede impedir la muerte, pero sí puede negarse a
prolongarla. La mujer se dormirá y, dormida, morirá.
Así que contuve mi lengua, y nos quedamos contemplando cómo se cerraban los párpados hinchados de
Gónda Ke. Lo que sucedió a continuación sé que le sorprendió a Ualiztli tanto como a mí y al otro tícitl.
Del agujero de la pierna de Gónda Ke empezó a salir un reguero de líquido, que no era sangre, tan
transparente y fluido como el agua. Luego salieron otros fluidos más viscosos pero aún incoloros, y tan
malolientes como la herida. El reguero se convirtió en un pequeño torrente cada vez más fétido, y la misma
sustancia nociva empezó a manarle también de la boca, de las orejas y de los orificios que hay entre las
piernas.
La hinchazón del cuerpo empezó a disminuir de forma lenta pero visible; y al ceder la piel tan tensamente
estirada, también se redujeron las manchas de jaguar hasta convertirse en una profusión de pecas
corrientes. Luego incluso éstas empezaron a desaparecer a medida que la piel se aflojaba y formaba
surcos, pliegues y arrugas. El flujo de líquidos aumentó hasta convertirse en un borbotón; parte de él
empapó el suelo de tierra, y otra parte se quedó al í en forma de baba espesa de la cual nos apartamos con
gran cautela los tres observadores.
El rostro de Gónda Ke se fue transformando hasta convertirse sólo en una piel arrugada sin facciones que
le envolvía la calavera, y luego todo el pelo se le fue desprendiendo a mechones. El fluido de líquidos se
redujo a un rezumar, y por fin toda aquel a bolsa de piel que había sido una mujer quedó vacía. Cuando la
bolsa empezó a abrirse, a rasgarse, a deslizarse hacia abajo y a disolverse en la baba del suelo, el tícitl
enmascarado lanzó un aul ido de puro horror y salió disparado de la cabaña.
Ualiztli y yo continuamos contemplando aquel o hasta que no hubo nada que ver más que el esqueleto de
Gónda Ke en medio de una viscosidad reluciente y de color gris blanquecino, algunos mechones de cabel o
y las uñas de los dedos de los pies y de las manos dispersas por todas partes. Luego nos miramos
fijamente el uno al otro.
-Esta mujer quería que se la recordase -dije esforzándome por mantener la voz firme-. Y ciertamente que
ese mayo de la máscara la recordar mientras viva. En nombre de Huitzli, ¿qué era esa poción que le diste
a beber?
Con una voz casi tan temblorosa como la mía, Ualiztli me respondió:
-Eso no ha sido obra mía. Y tampoco de la araña. Es una cosa todavía más prodigiosa que lo que le pasó a
aquel a muchacha, Pakápeti. Me atrevo a decir que ningún otro ticitl ha visto nunca nada parecido.
Pisando con mucha cautela entre el charco apestoso y resbaladizo, se acercó y se inclinó para tocar una
costil a del esqueleto. Al instante la costil a se soltó del lugar donde estaba sujeta. La recogió con mucho
cuidado y se puso a examinarla; luego se acercó a mí para enseñármela.
-Pero algo parecido a esto yo sí que lo he visto antes -dijo-. Mira. -Sin ningún esfuerzo la rompió entre los
dedos-. Cuando los guerreros y los obreros mexicas vinieron de Tenochtitlan con tu tío Mixtzin, quizá lo
recuerdes, drenaron y secaron los pantanos más desagradables de alrededor de Aztlán. Y al hacerlo
desenterraron fragmentos de numerosos esqueletos... tanto humanos como de animales. Llamaron al tícitl
más sabio de Aztlán. Examinó los huesos y declaró que eran viejos, increíblemente viejos, de haces y
haces de años de edad. Supuso que eran restos de personas y animales que habían sido absorbidos por
arenas movedizas que, en alguna época remota, habían existido en aquel lugar. Yo conocí a aquel ticitl
antes de que muriera y todavía tenía algunos de aquel os huesos. Eran tan quebradizos y frágiles como
esta costil a. -Los dos nos volvimos para mirar otra vez el esqueleto de Gónda Ke, que ahora se estaba
haciendo pedazos silenciosamente mientras yacía al í. Ualiztli, con voz de respetuoso pavor, añadió-: Ni la
araña ni yo le hemos dado muerte a esa mujer. Llevaba muerta, Tenamaxtzin, haces y haces de años antes
de que tú o yo naciéramos.
Cuando salimos de la cabaña vimos a aquel tícitl mayo que recorría la aldea como una centel a hablando
atropel adamente y a voz en grito. Con aquel a inmensa máscara supuestamente majestuosa tenía un
aspecto muy tonto, y los otros mayos lo contemplaban con incredulidad. Se me ocurrió que, si toda la aldea
se alborotaba por la poco corriente manera en que Gónda Ke se había disuelto, quizá los ancianos tuvieran
motivo para sospechar de mí. Decidí borrar todas las pruebas de la muerte de aquel a mujer. Que fuera aún
más misteriosa, de manera que el fantástico relato del ticitl resultase imposible de probar. Le dije a Ualiztli:
-Me has dicho que l evas algo combustible en ese saco.
-El asintió y sacó una bolsa de cuero l ena de líquido-. Salpica toda la cabaña por encima.
Luego, en lugar de ir a coger una tea de la hoguera donde se cocinaba, hoguera que permanecía siempre
encendida en el centro de la aldea, empleé subrepticiamente mi cristal de quemar, y al cabo de unos
momentos la cabaña de cañas y juncos ardía en l amas. Todos miraron con asombro aquel o, y Ualiztli y yo
fingimos hacer lo mismo, mientras la cabaña y su contenido ardían hasta quedar reducidos a cenizas.
Quizá yo arruinase para siempre la reputación de veracidad del tícitl local, pero los ancianos nunca me
l amaron para exigirme una explicación de aquel os extraños hechos. Y durante los días siguientes los
guerreros de otras aldeas acudieron en desorden procedentes de diversas direcciones, bien armados y al
parecer ansiosos por empezar la guerra. Cuando me informaron, mediante gestos, de que habían reunido a
todos los hombres disponibles, los envié al sur con Machihuiz, y Acocotli partió hacia el norte con otro yaqui
para correr la voz entre el Pueblo del Desierto.
Yo ya había decidido que Ualiztli y yo no haríamos el arduo viaje entre las montañas que había hacia
Chicomóztotl, sino que tomaríamos un rumbo más fácil y más rápido. Abandonamos Bakum y nos dirigimos
al oeste siguiendo el río; atravesamos las aldeas de Torim, Vikam, Potam y algunas más, nombres que, al
estilo poco imaginativo de los yaquis, significan "lugares de", respectivamente, ratas de la madera, puntas
de flecha, ardil as de tierra, hasta que l egamos a la aldea costera de Beóene, que significa "lugar en
declive". Bajo otras circunstancias habría sido suicida que dos extranjeros intentasen un viaje como aquél,
pero por supuesto todos los yaquis ya habían sido informados de quiénes éramos, qué estábamos
haciendo en aquel as tierras, y también de que nos avalaban los yoóotuí de Bakum.
Como he dicho, los hombres kahítas de Beóene pescaban algo en las costas del mar Occidental. Como la
mayoría de los hombres se habían ausentado para alistarse en mi guerra, y sólo habían dejado a los
pescadores suficientes para que la aldea pudiera alimentarse, había muchas de sus acaltin en condiciones
de navegar que no se utilizaban. Conseguí, mediante gestos, "tomar prestada" una de aquel as canoas
hechas con troncos ahuecados y dos remos para la misma. (No esperaba devolver aquel as cosas nunca, y
no lo hice.) Ualiztli y yo aprovisionamos nuestra embarcación con abundantes víveres de atoli, carnes y
pescado secos, bolsas de cuero de agua dulce, incluso una de aquel as lanzas de caña de triple diente de
los pescadores para poder procurarnos pescado fresco durante nuestra travesía, y un recipiente de barro
marrón l eno de carbón vegetal para cocinar los peces.
Tenía intención de ir remando hasta Aztlán, que se encontraba, según calculé, a bastante más de
doscientas carreras largas de distancia, si es que puede hablarse de "carreras" en el agua. Estaba ansioso
por ver cómo le iban las cosas a Améyatl, y Ualiztli estaba también ansioso por contarles a sus colegas
tíciltin las dos muertes médicamente prodigiosas que había presenciado durante el tiempo en que estuvo en
mi compañía. Desde Aztlán iríamos tierra adentro para volver a reunirnos con el cabal ero Nocheztli y
nuestro ejército en Chicomóztotl, y yo confiaba en que l egaríamos al í aproximadamente al mismo tiempo
que lo hicieran los guerreros yaquis y los toóonos oóotam.
Yo no estaba familiarizado con el mar Occidental tan al norte, donde bordea las tierras yaquis, excepto que
sabía, pues me lo había dicho Alonso de Molina, que los españoles lo l amaban mar de Cortés, porque el
marqués del Val e lo había "descubierto" durante sus inútiles andanzas por el Unico Mundo después de
haber sido depuesto del gobierno de Nueva España. Cómo podía alguien afirmar presuntuosamente
descubrir algo que había existido desde el comienzo de los tiempos, es algo que no sé. Sea como fuere, los
pescadores beóene me informaron, con gestos inconfundibles, de que el os sólo pescaban muy cerca de la
oril a y que más al á el mar era muy peligroso, pues la marea formaba fuertes e impredecibles corrientes y
soplaban vientos caprichosos. Esta información no me preocupó demasiado, pues tenía intención de no
apartarme de la línea de la costa en todo el trayecto.
Y durante muchos días y noches, eso es lo que hicimos Ualiztli y yo, remando al unísono o turnándonos
para dormir mientras el otro remaba. El tiempo permaneció clemente y el mar en calma, y la travesía
durante aquel os numerosos días resultó más que placentera. Con frecuencia arponeábamos
peces, algunos de el os desconocidos para nosotros, pero que eran deliciosos cuando los asábamos sobre
el carbón vegetal que yo encendía con la lente. Vimos también otros peces, de esos gigantescos que
l aman yeyemichtin, los cuales, aun en el supuesto de que hubiéramos logrado arponear alguno, no
habríamos podido cocinar encima de ningún recipiente que fuera de tamaño inferior al cráter del
Popocatépetí. Y algunas veces anudábamos nuestros mantos de tal manera que se podían arrastrar por el
agua detrás de nosotros para capturar gambas y cigalas. Y estaban los peces voladores, que en modo
alguno había que capturar, porque casi día sí y día no uno de el os saltaba al interior de nuestra acali. Y
había tortugas,
grandes y pequeñas, pero, desde luego, con el caparazón demasiado duro para arponearlas. De vez en
cuando, cuando no veíamos a nadie en la oril a a quien tuviéramos que dar explicaciones de nuestra
presencia, hacíamos escala justo el tiempo suficiente para recoger las frutas, frutos secos y verduras de
temporada que hubiera y para rel enar nuestras bolsas de agua. Y durante una larga temporada vivimos
muy bien y disfrutamos inmensamente.
Hasta el día de hoy casi desearía que el viaje por mar hubiera continuado así. Pero, como he comentado,
Ualiztli no
era joven, y no voy a culpar al buen anciano de lo que sucedió
y que interfirió en nuestro sereno avance hacia el sur. Desperté de uno de mis turnos de sueño, a mitad de
la noche, con la sensación de que me había quedado dormido más del tiempo que me tocaba; me pregunté
por qué Ualiztli no me habría despertado para empezar mi turno a los remos. La luna y las estrel as estaban
ocultas por una espesa capa de nubes, la noche era tan negra que yo no veía absolutamente nada. Cuando
le hablé a Ualiztli, le grité después, y él no me respondió, tuve que avanzar a tientas por la acali para
comprobar que el médico y el remo habían desaparecido.
Nunca sabré qué fue de él. Quizá alguna monstruosa criatura marina surgiera de las aguas nocturnas para
arrancarlo
del lugar donde estaba sentado, y lo hiciera de una forma tan
silenciosa que no me desperté. O a lo mejor sufriera alguno de
esos ataques que no son raros en los hombres de edad, porque incluso los ticiltin mueren; y, debatiéndose
presa de aquel ataque, cayera sin darse cuenta por la borda de la acali. Pero es
más probable que Ualiztli simplemente se durmiera y cayese de la embarcación con el remo en la mano, y
comenzase a tragar agua antes incluso de poder gritar para pedir ayuda, y así se ahogase; cuánto tiempo
hacía y a qué distancia, no tenía yo ni idea.
No había nada que pudiera hacer sino esperar sentado las primeras luces del día. Ni siquiera podía usar el
remo que
quedaba, porque no sabía cuánto tiempo había ido la acali a la deriva ni en qué dirección estaba la tierra.
Normalmente,de noche el viento soplaba hacia la oril a, y hasta entonces habíamos mantenido el rumbo en
la oscuridad teniendo ese viento siempre en la mejil a derecha del que remaba. Pero el dios del viento
Ehécatl parecía haber elegido aquel a noche,
que era la peor de todas, para ser caprichoso; la brisa era muy
ligera y me daba en el rostro primero de un lado y luego del otro. Con un aire que se movía con tanta
suavidad, yo habría
tenido que poder oír las olas del mar, pero no oía nada. Y la canoa se balanceaba más de lo habitual,
probablemente eso era lo que me había despertado, así que temí que la embarcación me hubiese
transportado a cierta distancia lejos de la sólida y segura costa.
El primer destel o del día me mostró que eso era lo que había ocurrido, y había ocurrido hasta un punto
realmente inquietante. La tierra no se veía por ninguna parte. Aquel a primera luz por lo menos me permitió
saber dónde quedaba el este, de manera que cogí el remo y me puse a remar con furia, frenéticamente, en
aquel a dirección. Pero no podía mantener un rumbo firme; una de aquel as corrientes de la marea de las
que habían hablado los pescadores me había atrapado. Incluso cuando conseguí fijar la proa de la acali
apuntando hacia el este en dirección a tierra, aquel a corriente me movía hacia un lado. Traté de
consolarme por el hecho de que me arrastraba hacia el sur, no otra vez de vuelta hacia el norte o, cosa que
resultaba horrible pensar, hacia el oeste, más hacia mar adentro, de donde nadie nunca había conseguido
regresar.
Remé todo aquel día, luché con todas mis fuerzas para seguir avanzando hacia el este, y lo mismo hice el
día siguiente,
y el siguiente, hasta que perdí la cuenta de los días. Sólo me detenía para tomar un trago de agua y un
bocado de comida
de vez en cuando, y dejaba de remar por períodos de tiempo más largos cuando estaba absolutamente
fatigado, agarrotado por los calambres o desesperado de sueño. Sin embargo, por muy a menudo que me
despertase y reanudase la tarea de remar, no aparecía tierra alguna al este en el horizonte.., y nunca
apareció. Al final mi provisión de alimentos y de agua se agotó. Había sido poco previsor. Tenía que haber
arponeado antes algún pescado que hubiera podido comer, aunque fuera crudo, y del cual hubiera podido
exprimir jugos potables. Para cuando mis provisiones se acabaron, yo me encontraba demasiado débil
como para desperdiciar energías pescando; dediqué las fuerzas que me quedaban a remar en vano.
Y la mente me empezó a divagar, y me encontré murmurando para mí mismo:
-Esa mujer malvada, Gónda Ke, en realidad no ha muerto.
¿Por qué habría de morir después de vivir sin que se la pudiera matar todos esos haces y haces de años?
O bien:
-Una vez me amenazó y me dijo que nunca podría librarme de el a. Puesto que vivió sólo para hacer el mal,
es fácil suponer que quizá viva tanto tiempo como vive el mal, y eso debe de ser hasta el fin de los tiempos.
O:
-Ahora se venga de nosotros, los que vimos su aparente muerte: una venganza rápida en Ualiztli, una
venganza lenta
sobre mi...
Y finalmente:
-En algún lugar se está regodeando con mi sufrimiento, con mi lamentable intento de permanecer vivo. Que
se condene en Mictían, y que yo nunca me la encuentre al í. Confiaré mi destino a los dioses del agua y del
viento, y espero que habré merecido Tonatiucan cuando muera...
Y al decir aquel o arrojé el remo y me estiré en la acali para dormir mientras aguardaba lo inevitable.
He dicho que hasta aquel día casi desearía que la travesía hubiera continuado tan falta de acontecimientos
como había comenzado. El buen tícitl Ualiztli no se habría perdido, yo habría visto Aztlán y a mi querida
Améyatl de nuevo, luego a Nocheztli y a mi ejército, y después habría l evado a cabo mi guerra. Pero si las
cosas hubieran sucedido de ese modo no me habría visto impulsado a la más extraordinaria aventura de
toda mi vida y no habría conocido a la extraordinaria joven que más he amado nunca.
25
Lo que hice no fue dormir exactamente. La combinación de estar indeciblemente cansado, debilitado por el
hambre, l eno de ampol as por el sol, apergaminado a causa de la sed y, por añadidura, demasiado
desanimado para que me importase, sencil amente me hundió en una insensibilidad que sólo me aliviaba
en las contadas ocasiones en que caía en un ataque de delirio. Durante uno de esos ataques levanté la
cabeza y me pareció ver una mancha de tierra a lo lejos, en el punto donde el mar se encuentra con el
cielo. Pero yo sabía que eso no podía ser, porque se encontraba al sur en el horizonte, y no hay ninguna
masa de tierra en las extensiones meridionales del mar Occidental. No había sido más que una aparición
nacida de mi delirio, así que me sentí agradecido cuando de nuevo cedí a la tentación de la insensibilidad.
El siguiente suceso fue que sentí que el agua me salpicaba la cara. Mi mente adormecida no reaccionó con
alarma, sino que aceptó sosegadamente que una ola había inundado mi acali, y que en breve estaría por
completo debajo del agua, ahogado y muerto. Pero el agua continuó salpicándome la cara del mismo modo,
me tapaba los orificios de la nariz, así que de manera involuntaria abrí los labios secos, agrietados y
pegados. Mis adormecidos sentidos tardaron unos instantes en comprender que el agua era dulce, no
salada. Al darme cuenta, mi mente adormecida empezó a luchar abriéndose camino hacia arriba entre las
capas de insensibilidad. Con gran esfuerzo conseguí abrir los párpados, que estaban pegados.
Mis ojos, incluso adormecidos y apagados, pudieron discernir que estaban viendo dos manos humanas que
exprimían una esponja ante mi; y detrás de las manos aparecía el rostro extraordinariamente bel o de una
joven. El agua era tan fresca, pura y dulce como aquel rostro. Atontado como estaba, supuse que había
realmente alcanzado Tonatiucan, Tlálocan o algún otro de los gozosos mundos del más al á, y que aquél
era uno de los espíritus ayudantes de los dioses que me despertaba para darme la bienvenida. Y si era así,
me alegraba muchísimo de estar muerto.
De todos modos, muerto o no, estaba recuperando de forma lenta la visión, y también la capacidad de
mover la cabeza ligeramente para ver mejor al espíritu. La joven estaba arrodil ada cerca de mí y no l evaba
puesto nada más que su largo cabel o negro y un máxtíatí, un taparrabos de hombre. No estaba sola; otros
espíritus habían acudido a darme la bienvenida. Detrás de el a, ahora lo vi con claridad, había de pie varios
espíritus hembra de diversos tamaños y al parecer también de edades variadas, todas vistiendo el mismo
atuendo... o la falta del mismo.
Medio atontado, me pregunté: ¿estaban en realidad dándome la bienvenida? Aunque aquel encantador
espíritu me estaba despertando con suavidad y me iba refrescando con agua, me contemplaba con una
expresión no demasiado bondadosa, y cuando se dirigió a mí lo hizo en un tono de suave contrariedad.
Curiosamente, el espíritu no hablaba náhuatl, mi lengua nativa, como yo habría esperado en la otra vida,
organizada por uno de los dioses aztecas. Hablaba el poré de los purepechas, aunque en un dialecto que
resultaba nuevo para mí, y a mi apagado cerebro le costó un rato comprender lo que repetía una y otra vez.
-Has venido demasiado pronto. Tienes que regresar.
Me eché a reír, o al menos tuve intención de hacerlo. Lo más probable es que graznara como una gaviota.
Y mi voz sonó tosca y rasposa cuando por fin logré reunir suficientes palabras de poré para decir:
-Como puedes ver.., no he venido por mi gusto. Pero ¿adónde he l egado... de un modo tan providencial?
-¿De verdad que no lo sabes? -me preguntó la joven, ahora con menos severidad.
Hice un débil movimiento negativo con la cabeza, pero en seguida comprendí que no debía haberlo hecho
porque el o hizo que volviera a sumirme en la insensibilidad. Sin embargo, mientras mi propia mente se
alejaba de mi tambaleante y se desvanecía en la oscuridad, oí que la joven decía:
-Iyá omeku cheni uarichéhuari. Que significa: "Estas son las Islas de las Mujeres."
Hace mucho tiempo, cuando describí cómo era Aztlán en los días de mi infancia, comenté que nuestros
pescadores sacaban del mar Occidental toda clase de cosas comestibles, útiles y valiosas excepto aquel as
que se l aman, en todas las lenguas del Unico Mundo, "los corazones de ostras". Debido a una antigua
tradición, la recolección de las perlas, que son el corazón de las ostras del mar Occidental, siempre la han
l evado a cabo de forma exclusiva los pescadores de Yakóreke, la comunidad costera situada a doce
carreras largas al sur de Aztlán.
Claro que de vez en cuando algún pescador aztécatl de cualquier otra parte, al sacar del mar moluscos
para venderlos como alimento, tenía la buena fortuna de encontrar en una de sus ostras aquel hermoso
canto rodado que era su corazón. Nadie lo obligaba a volver a arrojarlo al mar, ni le prohibía conservarlo o
venderlo, porque una perla perfecta es tan preciada como una cuenta de oro macizo del mismo tamaño.
Pero eran los hombres de Yakóreke quienes sabían cómo encontrar esos corazones de ostra en cantidad, y
guardaban en secreto esa sabiduría, transmitiéndola entre pescadores de padres a hijos, y ninguno de el os
le había confiado ni le confiaría nunca ese secreto a un forastero.
No obstante, a través de los haces de años, los forasteros habían aprendido unas cuantas cosas tentadoras
acerca de ese proceso de recoger perlas. Algo que todo el mundo sabía era que, tan sólo una vez cada
año, los pescadores de Yakóreke se hacían a la mar en sus acaltin, cada canoa l ena con una carga de
alguna clase cuya naturaleza se ocultaba cubriéndola con esteras y mantas. Lo natural habría sido suponer
que aquel os hombres transportaban algún tipo de cebo para ostras. Sea lo que fuese, lo transportaban
lejos para que no se viera desde tierra. Eso, en sí mismo, era un hecho tan descarado que ningún pescador
envidioso de otro lugar, en todos esos haces de años, se había atrevido nunca a seguirlos a los terrenos de
ostras secretos.
Esto sí que se sabia: los yakórekes permanecían al í, dondequiera que fuesen, por espacio de nueve días.
Al noveno día las familias iban a esperarlos, junto con mercaderes pochtecas que se congregaban al í
procedentes de todo el Unico Mundo, hasta que divisaban la flota de acaltin que se dirigía a tierra desde el
horizonte. Y las canoas no venían ya l enas de carga, ni siquiera traían ostras. Cada hombre l evaba a casa
sólo una bolsa de cuero l ena de corazones de ostras. Los mercaderes que aguardaban para comprar
aquel as perlas sabían bien que no había que preguntar ni dónde ni cómo las habían conseguido. Y lo
mismo las mujeres de los pescadores.
Eso era todo lo que se sabía; los forasteros tenían que hacer conjeturas acerca del resto, e inventaron
varias leyendas que encajaban bien con las circunstancias. La suposición más creíble era que tenía que
haber una tierra al á afuera, al oeste de Yakóreke, quizá algunas islas rodeadas de aguas poco profundas,
porque sería imposible para cualquier pescador sacar a la superficie ostras de las grandes profundidades
del mar abierto. Pero ¿por qué iban los hombres sólo una vez al año? Quizá tuvieran esclavos en aquel as
tierras, los cuales recogían ostras durante todo el año y las guardaban hasta que sus amos venían en una
época señalada y l evaban consigo mercancías que intercambiar por las perlas.
Y el hecho de que los pescadores sólo les contasen el secreto a sus hijos, y no a las mujeres de Yakóreke,
inspiraba otro toque a la leyenda. Aquel os supuestos esclavos de aquel as supuestas islas debían de ser
mujeres, y las mujeres de Yakóreke no debían saberlo nunca a fin de que, movidas por los celos, no
impidieran que los hombres fueran al í. Así nació la leyenda de las Islas de las Mujeres. Durante toda mi
juventud yo había oído aquel a leyenda y algunas variantes de la misma; pero como todas las personas con
sentido común, siempre había menospreciado aquel os cuentos por míticos y absurdos. Para empezar, era
tonto creer que un pequeño pueblo aislado y compuesto sólo por hembras hubiera podido perpetuarse
durante tantas generaciones. Pero ahora, por pura casualidad, yo había descubierto que aquel as islas
existían y existen en realidad. Yo no habría podido sobrevivir de no haber sido por eso.
Las islas son cuatro y están puestas en una fila, pero sólo las dos del medio, las más grandes, tienen la
suficiente agua dulce para estar habitadas, y lo están enteramente por mujeres. En aquel a ocasión conté
ciento doce. Para ser más exactos, debería decir hembras en lugar de mujeres, puesto que se incluían
niñas menores de un año, niñas pequeñas, muchachas núbiles, jóvenes, mujeres maduras y mujeres
viejas. La más vieja era a la que l amaban Kukú, o abuela, a la que todas obedecían como si se tratase de
su Portavoz Venerado. Me propuse mirar a las niñas; ni siquiera l evaban máxtíatl, y hasta las más jóvenes,
las recién nacidas, eran del sexo femenino.
Una vez que hube convencido a las mujeres de que verdaderamente había l egado a su isla por casualidad,
sin conocer siquiera su existencia y sin ni siquiera creer que existieran, la Kukú me dio permiso para
quedarme al í algún tiempo, sólo lo suficiente para recuperar mis fuerzas y tal arme por mi cuenta un remo
nuevo para la canoa, cosas ambas que me resultaban imprescindibles para regresar a tierra firme. A la
mujer joven que había sido la primera en prestarme ayuda con una esponja empapada de agua se le
encargó que se ocupase de mantenerme y que velase para que me comportase como era debido, y el a
rara vez me perdió de vista durante los primeros días de mi estancia.
Se l amaba Ixinatsi, que es la palabra poré que designa a ese diminuto insecto chirriante que se l ama grillo.
El nombre era adecuado, porque la mujer era tan alegre, tan viva y tenía tan buen humor como ese
pequeño animal. Si la mirabas sólo de pasada, Ixínatsi parecía una mujer purepe como las demás, aunque
tenía un semblante inusualmente hermoso y un porte muy vivaz. Cualquier observador podía admirar
aquel os ojos chispeantes, el pelo lustroso, el cutis luminoso, los pechos y las nalgas hermosamente
redondeados y firmes, las piernas y los brazos torneados, las manos delicadas. Pero sólo los dioses que la
crearon y yo l egaríamos a saber alguna vez que Gril o en realidad era muy diferente, amorosa y
deliciosamente diferente, a las demás mujeres. Pero estoy adelantando acontecimientos en mi crónica.
Como le había mandado la vieja Kukú, Gril o cocinaba para mí toda clase de pescado, y adornaba los
platos con una flor amaril a l amada tirípetsi; esa flor, aseguraba el a, poseía propiedades curativas. Entre
comidas me agasajaba con ostras, mejil ones y vieiras crudos, sobrealimentándome de un modo muy
parecido a como sobrealimentan a la fuerza muchos pueblos de tierra firme a los perros techichi antes de
matarlos para comérselos. Cuando se me ocurrió esa comparación, me inquieté. Me pregunté si aquel as
mujeres no tenían hombres porque eran devoradoras de hombres, y así se lo pregunté, lo que hizo reír a
Ixinatsi.
-No tenemos hombres ni para comer ni para ninguna otra cosa -me contestó en el dialecto poré que
aprendía muy de prisa-. Te alimento, Tenamaxtli, para que te recuperes. Cuanto antes te pongas fuerte,
antes podrás marcharte.
Sin embargo, antes de marcharme quise conocer más aquel as islas legendarias, una vez que se me había
hecho evidente que no eran una leyenda sin base. Deduje por mi cuenta que las mujeres habían tenido
antepasados purepechas, pero que aquel os antepasados habían partido de Michoacán muchísimo tiempo
atrás. El idioma alterado de aquel as mujeres era prueba de el o. Y también lo era el hecho de que no
seguían la antigua costumbre de los purepechas de afeitarse por completo la cabeza. Cuando Gril o no
estaba atareada en atiborrarme de comida, no tenía reparos en contestar a mis muchas preguntas. Lo
primero que le pregunté fue acerca de las casas de las mujeres, que no eran casas en absoluto.
Las islas, además de estar bordeadas de cocoteros, están densamente pobladas de árboles de hoja
caduca en las laderas superiores. Pero las mujeres viven todo el día al aire libre y, por la noche, para
dormir, entran a gatas en toscos refugios debajo de los muchos árboles caídos. Habían excavado pequeñas
cuevas debajo de el os; también, donde un tronco se inclinaba formando un ángulo, habían construido
paredes con hojas de palmera o con pedazos grandes de corteza de árbol. Me prestaron uno de aquel os
escondrijos improvisados para mí solo junto al que ocupaba Ixinatsi y su hija de cuatro años, que se
l amaba Tirípetsi, como la flor amaril a del mismo nombre.
-¿Por qué, ya que tenéis todos estos árboles, no los cortáis en tablones y construís casas decentes? -le
pregunté-. ¿O por qué no utilizáis al menos los árboles nuevos, que no hay que cortarlos en láminas?
-No serviría de nada, Tenamaxtli -me respondió-. Con demasiada frecuencia la estación l uviosa trae unas
tormentas tan terribles que asolan estas islas y las despojan de todo aquel o que se puede mover. Incluso
muchos de los árboles más fuertes caen cada año. Así que construimos nuestros refugios debajo de los
árboles caídos para que no se nos l eve el viento. No construimos nada que no se pueda reconstruir
fácilmente. Por eso es también por lo que no intentamos cultivar nada. Pero el mar nos proporciona comida
abundante, tenemos buenos arroyos para beber, y cocos a modo de dulces. Nuestra única cosecha son las
kinuchas, y las intercambiamos por las demás cosas que necesitamos. Que son pocas -concluyó; y, como
para ilustrarlo, se pasó la mano por el cuerpo casi desnudo.
La palabra "kinucha" significa perla, por supuesto. Y había un buen motivo por el cual las mujeres de la isla
necesitaban poco del mundo que estaba al otro lado del mar. Todas el as, excepto las más jóvenes, se
pasaban el día trabajando con afán, lo que las cansaba tanto que pasaban las noches sumidas en un sueño
profundo. Aparte de los breves intervalos que se permitían para comer y para las funciones obligatorias, o
bien estaban trabajando o bien durmiendo, y no podían imaginar otras actividades. Eran tan indiferentes a
las ideas de diversión y ocio como lo eran para la carencia de compañeros e hijos varones.
Su trabajo, ciertamente, es exigente y único entre los oficios femeninos. En cuanto el día clarea lo
suficiente, la mayor parte de las muchachas y de las mujeres salen a la mar nadando o empujando balsas
hechas de ramas de árboles atadas con zarcil os de vid. Cada mujer l eva colgado del brazo un cesto hecho
de mimbre. Desde entonces hasta que la luz se va apagando en el crepúsculo, esas mujeres se zambul en
repetidamente hasta el fondo del mar para buscar las ostras que abundan al í. Emergen a la superficie con
un cesto l eno de esas cosas, las vacían sobre la playa o sobre la balsa y luego vuelven a zambul irse para
l enarlo otra vez. Mientras tanto las niñas demasiado jóvenes y las mujeres demasiado viejas para bucear
realizan la monótona tarea de abrir las ostras... y de desechar la mayor parte de el as.
Las mujeres no quieren las ostras, excepto las pocas, en comparación, que se comen. Lo que buscan son
las kinuchas de las ostras, los corazones, las perlas. Durante mi permanencia en las islas vi suficientes
perlas como para pagar la construcción de una ciudad moderna, si hubieran querido una ciudad al í. La
mayoría de las perlas eran perfectamente redondas y suaves, aunque algunas eran irregularmente
bulbosas; otras eran tan pequeñas como ojos de mosca y algunas, pocas, tan grandes como el final de un
pulgar; la mayoría eran de un tamaño que oscilaba entre ambos extremos. Además casi todas eran de un
color blanco resplandeciente, aunque las había de color rosa, de tonos azules pálidos, e incluso, de vez en
cuando, se veía una perla del color gris plateado de una nube de tormenta. Lo que hace a las perlas tan
apreciadas y tan valiosas es su rareza y la dificultad de su adquisición, aunque uno supondría que, si una
ostra tiene corazón, todas habrían de tenerlo.
-Todas lo tienen -dijo Gril o-. Pero sólo unas cuantas tienen la clase adecuada de corazón. -Ladeó la linda
cabeza y se quedó mirándome-. Tu corazón, Tenamaxtli, es para sentir emociones, ¿no? ¿Como el amor?
-Eso parece -repuse; y me eché a reír-. Late con más fuerza cuando amo a alguien.
El a asintió.
-Igual que el mío cuando miro a mi pequeña Tirípetsi y siento amor por el a. Pero no todas las ostras tienen
un corazón que conozca la emoción, como hacen los corazones humanos. La mayoría de las ostras se
limitan a yacer inertes y a esperar que las corrientes de agua les traigan alimento; no aspiran a nada más
que a la placidez del lecho de ostras, y no hacen nada más que existir durante tanto tiempo como pueden.
Empecé a comentar que así igual podría estar describiendo a sus propias hermanas de la isla o incluso a la
mayor parte de la humanidad, pero el a continuó hablando.
-Sólo una ostra entre muchas, quizá una entre cien centenares, tiene un corazón capaz de sentir, capaz de
querer ser algo más que baba dentro de una concha. Esa única ostra entre muchas, esa que tiene un
corazón que siente, bueno, ése es el corazón que se convierte en una kinú, visible, bel o y precioso.
Seguramente esa tontería no podía creerse en ninguna otra parte más que en las Islas de las Mujeres, pero
era una fantasía tan dulce que mi propio corazón me impidió discutirla. Y ahora, al mirar hacia atrás en el
tiempo, creo que ése debió de ser el momento en que me enamoré de Ixínatsi. De cualquier modo, daba la
impresión de que aquel a creencia suya de que había que buscar ostras que no lo parecían sirviera para
consolarla en aquel os días en los que quizá l egase a bucear cien centenares de veces entre la primera y
la última luz del día y en los que sacaba naciones enteras de ostras sin que hubiera entre el as ni una sola
kinú. De manera que la mujer no l egó a maldecir ni una sola vez, como habría hecho yo, a las ostras o a
los dioses; ni siquiera escupía con enojo en el mar cuando el trabajo de todo un día se hacía en vano.
Y encima ése es un trabajo condenadamente duro. Lo sé porque lo intenté un día, en secreto, en aguas
donde las mujeres no estaban trabajando entonces, y logré permanecer debajo del agua el tiempo
suficiente para arrancar una sola ostra de una roca al í abajo. Ese fue todo el tiempo que pude aguantar
bajo el agua. Pero las mujeres empezaban a bucear cuando eran sólo unas niñas. Cuando se convierten en
adultas se han desarrol ado tanto en la parte superior del cuerpo que pueden aguantar la respiración y
permanecer sumergidas durante un tiempo asombrosamente largo. Verdaderamente, aquel as mujeres de
las islas tienen los senos más notables que yo haya visto en ninguna otra parte.
-Míralos -me dijo Gril o mientras sostenía uno de aquel os magníficos pechos suyos en cada mano-. Es a
causa de éstos que las islas han l egado a ser dominio de las mujeres solamente. Ya ves, adoramos a la
diosa de gran seno Xarátanga. Su nombre significa Luna Nueva, y en el arco de cada luna nueva puedes
ver la curva de su amplio pecho.
Aquel a similitud no se me había ocurrido nunca antes pero es así.
Gril o continuó hablando:
-Luna Nueva dispuso hace mucho tiempo que estas islas estuvieran habitadas sólo por hembras, y todos
los hombres han respetado ese mandamiento porque temen que Xarátanga se l eve las ostras o por lo
menos las valiosas kinuchas, si cualquiera que no fueran las mujeres intentara recogerlas. De todos modos,
los hombres no podrían hacer eso. Como tú mismo me has confesado, Tenamaxtli, has experimentado tu
propia ineptitud para el o. Nosotras las mujeres estamos adaptadas por Luna Nueva para ser superiores a
vosotros como buceadoras. -Volvió a menearse los pechos-. Y éstos ayudan bastante para que nuestros
pulmones sean capaces de almacenar mucho más aire de lo que puede hacer cualquier hombre.
Yo no podía adivinar ninguna relación entre los órganos productores de leche y los que respiran el aire,
pero como no era ticitl decidí no discutir el asunto. Estaba muy ocupado en admirar. Tuvieran o no los
pechos de aquel as mujeres alguna función extra que realizar, el soberbio desarrol o y la firmeza de que
hacían gala a cualquier edad contribuían indudablemente al atractivo de las mujeres. Y hay otra cosa que
hace a las isleñas diferentes de las mujeres de tierra firme, y que las hace atractivas de un modo
sorprendente, pero para explicar ese aspecto debo desviarme un poco del tema del que estoy hablando.
Hay en esas islas otros muchos habitantes además de las mujeres. Diversas clases de tortugas de mar
avanzan pesadamente desde la oril a hacia el mar y viceversa; se ven cangrejos por todas partes y, por
supuesto, hay una gran multitud de aves de voz estridente y excrementos promiscuos. Pero la criatura que
resulta más característica de las islas es cierto animal al que las mujeres l aman pukiitsí, y que viene a ser
como la versión marina de la bestia que en náhuatl se l ama cuguar. El nombre debe de haber l egado hasta
el as directamente desde sus antepasados de Michoacán, porque ninguna de las habitantes de las islas
podría haber visto nunca un cuguar.
El pukiitsí se parece vagamente al cuguar que habita en las montañas, aunque su expresión no es fiera,
sino más bien encantadoramente dulce e inquisitiva. El pukiitsí tiene un bigote parecido en el hocico, pero
los dientes son romos, las orejas diminutas y las patas, parecidas a aletas, no tienen garras asesinas.
Nosotros los habitantes de Aztlán rara vez veíamos a esos animales marinos, sólo cuando alguno, herido o
muerto, l egaba hasta nuestras costas arrastrado por el mar, porque no les gustan los lugares arenosos o
pantanosos, sino que prefieren los rocosos. Y nosotros los l amamos ciervos de mar simplemente porque
tienen ojos de ciervo, grandes y cálidos.
A cualquier hora había cientos de cuguares de mar a la vez alrededor de las Islas de las Mujeres, pero
estos animales viven de pescado y no son de temer en absoluto, al contrario que los cuguares auténticos.
Retozaban en las aguas justo al lado de las buceadoras o se asoleaban perezosamente en las rocas de la
oril a, incluso dormían flotando de espaldas en el mar. Las mujeres nunca los cazaban para comérselos ya
que su carne no es muy sabrosa, pero de vez en cuando un cuguar de mar moría por cualquier otra causa y
las mujeres se apresuraban a desol arlo. El lustroso pel ejo marrón es apreciado como prenda de vestir,
tanto por su bel eza como por sus propiedades impermeables. (Ixínatsi me hizo un elegante sobremanto
con una de esas pieles.) Esa capa de pelo es lo bastante densa como para que los cuguares de mar
puedan vivir en éste sin que el cuerpo se les quede nunca frío ni el agua les l egue a la piel, y la lisura de la
capa de pelo les permite deslizarse como flechas por el agua tan velozmente como cualquier pez.
Las mujeres buceadoras han desarrol ado una capa de pelo parecida. Ahora bien, hace mucho declaré que
nuestros pueblos del Unico Mundo están usualmente desprovistos de vel o corporal, pero debería
enmendar esa afirmación. Todo ser humano, incluso un bebé recién nacido y aparentemente lampiño, l eva
un vel o muy fino, casi invisible, sobre la mayor parte del cuerpo. Poned a un hombre o a una mujer
desnudos entre vosotros y el sol y veréis. Pero el vel o de esas mujeres isleñas ha crecido algo más, me
imagino que propiciado por el hecho de haberse dedicado a bucear en el mar durante tantas generaciones.
No quiero decir que tengan un vel o tosco como el de la barba de los hombres blancos. El vel o es tan fino,
delicado e incoloro como la pelusa de algodoncil o, pero les cubre los cuerpos cobrizos con un lustre como
el de los cuguares de mar, y sirve para el mismo propósito de hacerlas más ágiles en el agua. Cuando una
mujer isleña está de pie con la luz del sol detrás de el a, se la ve recortada y orlada de un color dorado
bril ante. A la luz de la luna el bril o es plateado. Incluso cuando está mucho tiempo fuera del mar, y por
tanto seca, tiene un aspecto deliciosamente húmedo y más flexible que las demás mujeres, como si pudiera
resbalar fácilmente del abrazo del hombre más fuerte...
Lo que me trae de nuevo al tema que me había ocupado en primer plano durante todo este tiempo. Ya he
mencionado las muchas generaciones de mujeres buceadoras. Pero ¿cómo engendraba una generación a
la siguiente?
La respuesta es tan simple que resulta ridícula, vulgar e incluso en cierto modo repugnante. Sin embargo,
no logré reunir el valor suficiente para formular esa pregunta hasta la noche de mi séptimo día en las islas,
día en el cual la vieja Kurú había decretado que yo tenía que partir a la mañana siguiente.
26
Yo había terminado de tal ar y darle forma al remo, e Ixínatsi había aprovisionado mi acali con pescado
seco y carne de coco, además de un sedal y un anzuelo de hueso para que pudiera pescar pescado fresco.
Añadió cinco o seis cocos verdes de los cuales había cortado el tal o, de modo que permanecían cerrados
sólo por una membrana fina. La gruesa cáscara mantendría fresco el contenido incluso al sol; yo sólo tenía
que pinchar la membrana para beber la dulce y refrescante leche de coco.
Me dio las indicaciones que todas las mujeres habían memorizado, aunque ninguna de el as había tenido
nunca motivo o deseos de visitar el Unico Mundo. Entre las islas y la tierra firme, me dijo, las corrientes
siempre iban hacia el sur y eran suaves y estables. Yo había de remar directamente hacia el este cada día a
un ritmo firme, pero que no resultase extenuante en exceso. Ixínatsi daba por supuesto, y tenía razón, que
yo sabría mantener el rumbo hacia el este, y me dijo que las desviaciones hacia el sur que pudiera hacer mi
acali mientras yo dormía de noche ya estaban previstas en las indicaciones que me daba. Al cuarto día yo
vería una aldea costera. Gril o no sabía el nombre de la aldea, pero yo sí; tenía que ser Yakóreke.
Así, la noche que Kukú había dicho que sería la última que yo pasaría al í, Gril o y yo nos sentamos uno al
lado del otro, apoyados en el árbol caído que servía de techo a nuestros dos refugios, y le pregunté:
-Ixinatsi, ¿quién fue tu padre?
-Nosotras no tenemos padres -respondió la mujer simplemente-. Sólo tenemos madres e hijas. Mi madre
está muerta. Y a mi hija ya la conoces.
-Pero tu madre no pudo engendrarte el a sola. Ni tú a tu hija Tirípetsi. Alguna vez, como quiera que sea en
cada caso, ha tenido que estar implicado un hombre.
-Ah, te refieres a eso -contestó Jxinatsi con cierta negligencia-. Akuáreni. Sí, los hombres vienen aquí una
vez al año para tal fin.
-Así que a eso te referías cuando me hablaste por primera vez a mi l egada -le indiqué-. Me dijiste que
había venido demasiado pronto.
-Si, los hombres vienen de esa aldea que hay en tierra firme a la que vas tú. Vienen sólo para quedarse un
día a lo largo de los dieciocho meses del año. Se presentan con canoas cargadas de mercancías, y
nosotras seleccionamos lo que necesitamos y se lo cambiamos por kinuchas. Una kinú por un buen peine
de hueso o de concha de tortuga, dos kinuchas por un cuchil o de obsidiana o un sedal de pescar
trenzado...
-¡Ayya! -la interrumpí-. Os están engañando de un modo infame! Esos hombres cambian luego esas perlas
por un valor mucho mayor, y los que a su vez se las compran a el os las cambian, obteniendo aún mayor
beneficio, y así sucesivamente. Y cuando por fin las perlas ya han pasado por todas las manos desde aquí
hasta el mercado de alguna ciudad...
Gril o encogió los hombros desnudos que bril aban a la luz de la luna.
-Los hombres podrían obtener las ostras sin tener que pagar nada, si Xarátanga tuviera a bien permitir que
aprendieran a bucear. Pero el intercambio nos trae lo que necesitamos y lo que queremos, de modo que,
¿qué más podríamos pedir? Luego, cuando el intercambio termina, Kukú reúne a las mujeres que quieran
tener una hija, e incluso a aquel as que no están muy deseosas, si Kukú dice que les ha l egado la hora, y
selecciona a los más robustos de entre los hombres. Las mujeres se tumban en fila en la playa, y los
hombres hacen ese akuáreni que nosotras tenemos que soportar si hemos de tener hijas.
-No haces más que decir hijas. Pero también deben de nacer algunos niños.
-Si, algunos. Pero la diosa Luna Nueva dispuso que éstas fueran las Islas de las Mujeres, y sólo hay un
modo de mantenerlas así. A todos los niños varones, al estar prohibidos por la diosa, se los ahoga al nacer.
-Incluso en la oscuridad, Gril o debió de ver la expresión que yo tenía en la cara, pero la malinterpretó, pues
se apresuró a añadir-: No es un desperdicio, como podrías pensar. Se convierten en alimento para las
ostras, y así se les da un uso muy digno.
Bien; yo mismo, como varón, difícilmente podría aplaudir aquel a despiadada eliminación de los recién
nacidos. Por otra parte, al igual que la mayoría de los actos realizados por mandato de los dioses, éste
tenía la pureza de la más completa simplicidad: mantener las islas como una reserva de hembras
alimentando a las ostras de cuyos corazones dependen las isleñas.
-Mi hija ya casi tiene edad de empezar a bucear -continuó diciendo Gril o-. Así que supongo que Kukú me
ordenará que l eve a cabo el akuáreni con alguno de los hombres cuando vengan la próxima vez.
Al oír esto, le comenté:
-Lo dices como si te pareciera tan agradable como ser atacada por un monstruo marino. ¿Es que ninguna
de vosotras se acuesta nunca con un hombre sólo por placer?
-¿Placer? -exclamó-. ¿Qué placer puede haber en que le metan a una dentro con brusquedad una estaca
de carne, la muevan dolorosamente en un mete y saca unas cuantas veces y luego la saquen también
dolorosamente? La impresión que se tiene en ese rato es como si estuvieras estreñida por el otro lado.
-Hay que ver qué hombres más galantes y corteses invitáis vosotras las mujeres para que sean vuestros
consortes -mascul é. Luego añadí en voz alta-: Mi querida Ixinatsi, lo que me describes es violación, no es
el acto amoroso tal como debería ser. Cuando se hace con amor, y tú misma has hablado del corazón
amoroso, puede ser un placer exquisito.
-¿Hecho con amor? -me preguntó en tono que parecía no exento de interés.
-Bien... el amor puede empezar mucho antes de que una estaca de carne esté implicada. Tú sabes que
tienes un corazón amoroso, pero puede que no sepas que también tienes una kinú. Y que es infinitamente
más capaz de ser amada que la de la ostra más emocional. Está ahí.
Le señalé el lugar, y Gril o dio la impresión de perder interés en el o inmediatamente.
-Ah, eso -volvió a decir. Se desenrol ó la única prenda que vestía y se removió para poner el abdomen a la
luz de un rayo de luna; con los dedos se apartó los pétalos de su tipili, se miró sin curiosidad el xacapili,
parecido a una perla, y añadió-: Un juguete de niñas.
-¿Qué?
-Una niña aprende desde muy joven que esa pequeña parte que tiene ahí es sensible y excitable, y hace
mucho uso de el a. Sí... igual que tú estás haciendo ahora con la punta de tu dedo, Tenamaxtli. Pero a
medida que una niña madura, se aburre de esa práctica infantil y la encuentra poco femenina. Además,
nuestra Kukú nos ha enseñado que esa actividad despoja a cualquiera de fuerza y aguante. Oh, una mujer
adulta lo hace de vez en cuando. Yo misma lo hago... exactamente como tú me lo estás haciendo en este
momento.., pero sólo para aliviarme cuando me siento tensa o de mal humor. Es como "rascarse una
picazón".
Suspiré.
-Picazón, mete y saca y estreñimiento. Qué palabras más horribles empleas para hablar de un sentimiento
que puede ser el más sublime de todos. Y vuestra anciana Kukú se equivoca. Hacer el amor puede
vigorizarte y darte mucha más fuerza y satisfacción en todas las demás cosas que hagas. Pero dejemos
eso ahora. Dime una cosa. Cuando yo te acaricio ahí, ¿es igual que cuando tú misma te rascas una
picazón?
-N-no -admitió el a con voz entrecortada-. Siento.., sea lo que sea lo que siento... es muy diferente...
Intentando refrenar mi propia excitación para poder hablar con tanta seriedad como un tícitl que hace un
reconocimiento, le pregunté:
-Pero ¿es una sensación buena?
-Si -repuso el a en voz baja.
Mientras yo le besaba todo aquel cuerpo cubierto de piel lustrosa que resplandecía a la luz de la luna, Gril o
repitió casi de manera inaudible:
-Sí.
La besé en el lugar donde estaba mi mano y luego la quité para que no me estorbase.
Ixínatsi se sobresaltó y ahogó un grito.
-¡No! No puedes... así no es como... oh, sí, es así! Sí, puedes! Y yo... oh, yo también puedo!
Gril o tardó un rato en recuperarse; respiraba como si acabase de salir de las profundidades del mar
cuando dijo:
-¡Uiikíiki! Nunca... cuando lo hago yo misma... Nunca ha sido así!
-Pues reparemos ese descuido tan largo -le sugerí.
Y comencé a hacerle cosas que la transportaron a esas profundidades, o a esas alturas, dos veces de
nuevo antes de dejar que supiera que yo tenía un mástil de carne disponible para cuando hiciera falta. Y
cuando así fue, me vi abrazado, envuelto y engul ido por una criatura tan ágil, sinuosa, adaptable y diestra
como cualquier cuguar marino que hiciera ruidosas cabriolas en su propio elemento.
Entonces fue cuando descubrí algo absolutamente novedoso sobre Ixínatsi, y eso que yo habría jurado que
ninguna mujer podría sorprenderme nunca más en ningún sentido. No fue hasta que yacimos juntos que lo
descubrí, porque su deliciosa diferencia de todas las demás mujeres residía en sus partes más íntimas.
Manifiestamente, cuando Gril o aún no había nacido y los dioses le estaban dando forma en el seno de su
madre, la bondadosa diosa del amor, de las flores y de la felicidad conyugal debió de decir: "Dotemos a
esta niña, Ixínatsi, de una peculiaridad única en sus órganos femeninos, para que cuando l egue a mujer
adulta pueda realizar akuáreni con los hombres mortales con tanto gozo y voluptuosidad como podría
hacerlo yo misma."
Era desde luego sólo una pequeña alteración la que los dioses efectuaron en el cuerpo de Gril o, pero... -
ayyo! Puedo atestiguar que añadió una increíble nota picante y una gran exuberancia cuando el a y yo nos
unimos en el acto conyugal.
La diosa del amor entre nosotros los aztecas se l ama Xochiquetzal, pero los purepechas la conocen como
Petsikuri, y es así como también la conocen las mujeres isleñas. Sea cual sea su nombre, lo que había
hecho era lo siguiente: había situado la apertura del tipili de Gril o sólo un poco más atrás entre sus muslos
que en el resto de las mujeres. De ese modo el hueco interior de su tipili no simplemente se extendía recto
hacia arriba en el interior de su cuerpo, sino hacia arriba y hacia adelante. Cuando el a y yo copulamos cara
a cara y deslicé mi tepuli dentro de el a, éste se dobló con suavidad para adaptarse a aquel a curva. De
modo que, cuando estuvo completamente envainado dentro de el a, la corona de mi tepuli volvía a estar
apuntando hacia mi o, mejor dicho, hacia la parte de atrás del ombligo del vientre de Gril o.
En nuestro idioma náhuatl a menudo nos referimos con respeto al cuerpo de una mujer l amándolo xochitl,
"flor", y a su ombligo lo l amamos yoloxóchitl, o "centro del capul o". Cuando estuve dentro de Ixinatsi mi
tepuli se convirtió literalmente en el "tal o" de ese capul o, de esa flor. Sólo el hecho de percatarme de que
el a y yo estábamos tan íntimamente unidos, por no mencionar las intensas sensaciones implicadas en el o,
elevaron mi ardor hasta un grado que nunca hubiera creído posible.
Y al organizar las partes femeninas de Ixinatsi, la diosa había proporcionado, tanto para Gril o como para
mi, todavía un refuerzo más del gozo que l ega en el acto del amor. Ese emplazamiento ligeramente más
atrás del orificio de su tipili hizo que, cuando mi tepuli la penetró hasta la empuñadura, mi hueso púbico
quedara por fuerza apretado y duro contra su sensible perla xacapili, mucho más apretado de lo que lo
habría estado con mujeres corrientes. Así, mientras Ixínatsi y yo nos apretábamos, nos mecíamos y nos
retorcíamos juntos, su pequeña kinú rosada resultaba al mismo tiempo acariciada, frotada, sobada... hasta
que se puso erecta; empezó a latirle con ansia y luego alcanzó paroxismos de éxtasis. Y la respuesta de
Gril o era cada vez más fogosa, cosa que, naturalmente, me producía a mi el mismo efecto, de modo que
estábamos igual, gozosa, atontada y casi desmayadamente exultantes cuando alcanzamos juntos el clímax.
Cuando acabó, Ixínatsi, la de los pulmones prodigiosos, recuperó el aliento antes que yo, desde luego.
Mientras yo todavía yacía flojo, Gril o se deslizó en su guarida debajo del árbol, salió de el a y me puso algo
con fuerza en la mano. El objeto bril aba a la luz de la luna como un pedazo de la misma luna.
-Una kinú significa un corazón amoroso -me indicó; y luego me besó.
-Esta perla únicamente -le dije en voz baja- podría comprarte muchas cosas. Una casa como es debido, por
ejemplo. Una realmente buena.
-No sabría qué hacer con una casa. Pero ahora sí que sé cómo disfrutar del akuáreni. La kinú es para darte
las gracias por enseñármelo.
Antes de que yo pudiera reunir el aliento necesario para volver a hablar, Gril o se había puesto en pie de un
brinco y estaba l amando al otro lado del tronco.
-¡Marúuani! -le decía a la joven que vivía en el refugio del otro lado. Pensé que Gril o iba a pedirle disculpas
por los ruidos sin duda extraños que habíamos estado haciendo. Pero en cambio le pidió con urgencia-: -
Ven aquí! He descubierto una cosa de lo más maravil osa!
Marúuani dio la vuelta a la raíz del árbol mientras se peinaba descuidadamente el largo cabel o fingiendo no
sentir curiosidad alguna, pero alzó las cejas cuando nos vio desnudos a ambos. Le dijo a Ixínatsi:
-Por el ruido que hacíais daba la impresión... de que lo estabais pasando bien.
-Sí -le contestó Gril o con deleite-. Lo pasábamos muy bien. Escucha!
Se acercó a el a y comenzó a susurrarle algo al oído, y la otra mujer continuó contemplándome, al tiempo
que los ojos se le agrandaban cada vez más. Y tumbado al í, mientras me describían y hacían comentarios
sobre mi, me sentí como una criatura marina hasta entonces desconocida que acabara de l egar a la oril a
empujada por las olas y estuviera causando sensación. Le oí decir a Marúuani con voz apagada:
-¿Eso hizo? -le preguntó, y luego, tras más cuchicheos-: ¿Querría hacerlo?
-Claro que sí -respondió Ixinatsi-. ¿Verdad, Tenamaxtli? ¿Verdad que querrás hacer el akuáreni con mi
amiga Marúuani?
Me aclaré la garganta y dije:
-Tienes que comprender una cosa acerca de los hombres, queridísima: que han de descansar por lo menos
un rato entre una vez y otra para que el mástil vuelva a ponerse duro.
-¿Ah, si? Oh, bueno, qué pena, porque Marúuani está deseando aprender.
Me quedé pensando un poco y luego comenté:
-Bueno, Gril o, te he enseñado algunas cosas que no requieren mi participación. Mientras recupero mis
facultades, podrías mostrarle tú misma los preliminares a tu amiga.
-Tienes razón -convino Gril o muy animada-. Al fin y al cabo no siempre tenemos hombres con estacas de
carne a nuestra disposición. Marúuani, quítate el taparrabos y túmbate aquí.
Con cierto recelo Marúuani obedeció e Ixfnatsi se tendió junto a el a, ambas un poco apartadas de mí.
Marúuani se encogió y dio un pequeño gritito al primer toque íntimo.
-Estáte quieta -le ordenó Gril o con esa confianza que proporciona la experiencia-. Así es como se hace.
Dentro de un momento lo comprobarás.
Y no pasó mucho rato antes de que yo estuviera mirando a dos cuguares de mar, flexibles y bril antes,
mientras hacían las contorsiones de la copulación de un modo muy parecido a como lo hacen los animales
auténticos, sólo que las dos mujeres eran mucho más gráciles, puesto que tenían brazos y piernas largos y
torneados para entrelazarse. Y el hecho de mirarlas aceleró mi disponibilidad, así que estuve dispuesto
para Marúuani cuando el a a su vez estuvo dispuesta para mí.
Repito, yo estaba enamorado de Ixínatsi incluso antes de que hiciéramos el amor. Y ya había decidido,
aquel a misma noche, l evármelas a el a y a su hija conmigo cuando me marchase de la isla. Lo haría
mediante la persuasión, si era posible. Si no, como un bruto yaqui, las raptaría y me las l evaría por la
fuerza. Y ahora, después de descubrir el modo único y maravil oso como estaba construida Gril o para el
acto del amor, estaba todavía más determinado a el o que antes.
Pero soy humano. Y varón. Por consiguiente, soy incurable e insaciablemente curioso. No pude evitar
preguntarme si aquel as isleñas poseerían las mismas propiedades físicas de Gril o. Aunque la joven
Marúuani era linda y atractiva, yo nunca había sentido deseo alguno por el a, desde luego no el deseo que
había experimentado y aún experimentaba por lxinatsi. No obstante, después de observar lo que acababa
de ocurrir, y puesto que el o me había excitado hasta lanzarme a una lujuria indiscriminada, y como además
Ixínatsi me animaba generosamente...
Bien, así es como mi permanencia en las islas se prolongó indefinidamente. Ixínatsi y Marúuani corrieron la
voz de que en la vida había algo más que trabajar, dormir y jugar con una misma de vez en cuando.., y las
demás mujeres de la isla clamaron por ser iniciadas en el o. Las escandalizadas protestas de la Abuela
fueron acal adas a voces, probablemente por primera vez en su reinado, pero se resignó al nuevo estado de
las cosas cuando observó un perceptible incremento en el buen ánimo y productividad de las trabajadoras.
Kukú impuso sólo una condición: que todo akuáreni se realizase únicamente en las horas nocturnas, cosa
que no me importaba porque me dejaba los días para dormir y recuperar mi existencia.
Permítaseme decir aquí que yo no habría complacido a ninguna de las demás mujeres si Gril o hubiera
puesto de manifiesto la menor muestra de celos o de posesión. Lo hice principalmente porque el a parecía
alegrarse mucho de que sus hermanas fueran instruidas así, y parecía enorgul ecerse de que fuera "su
hombre" quien lo hacía. A decir verdad, yo habría preferido restringir mis atenciones sólo a el a, porque era
el a a quien yo amaba profundamente, la única, entonces y siempre, y sé que el a también me amaba.
Hasta Tirípetsi, que al principio se había mostrado tímida e inquieta al tener en casa a un hombre, l egó a
tenerme cariño, igual que las niñas se lo tienen en todas las demás partes a sus padres.
Además, y esto es importante, las demás mujeres de la isla no estaban construidas fisicamente igual que
Ixínatsi. Eran tan corrientes a ese respecto como todas las mujeres con las que yo había copulado a lo
largo de mi vida. En resumen, yo estaba tan encaprichado con Gril o que ninguna otra mujer habría estado
a la altura, no habría alcanzado los niveles que el a había establecido. Sólo porque el a lo deseaba,
prestaba yo mis servicios a las otras mujeres. Lo hacía más como un deber que como un deseo, e incluso
instituí una especie de programa: las mujeres podían solicitar mis servicios una noche sí y otra no, y así las
noches intermedias se las dedicaba sólo a Gril o. Y ésas eran noches de amor, no sólo de hacer el amor.
Puede ser que, como rara vez a mi me habían escaseado las mujeres, y ciertamente no me escaseaban
ahora, en algún modo me hastiaban las comunes y corrientes, y era precisamente la novedad de Ixinatsi lo
que tanto me l enaba de energía. Sólo sé que las sensaciones que el a y yo compartimos encendieron en
mí fuegos que nunca había experimentado, ni siquiera en mi juventud más libidinosa. En cuanto a la
querida Gril o, estoy seguro de que no tenía ni idea de que era físicamente superior a las mujeres
corrientes. Nada habría podido nunca hacerle sospechar que los dioses la habían bendecido al nacer. Y
desde luego es posible que el a no fuera la única hembra en la historia de la humanidad a la que una diosa
había dotado así. Probablemente alguna comadrona anciana, después de innumerables años de asistir a
una innumerable multitud de hembras, hubiera podido contar que alguna vez había encontrado otra joven
que estuviera hecha del mismo modo.
Pero me daba igual. De aquel momento en adelante nunca necesitaría, buscaría ni querría ninguna otra
amante, por extraordinaria que fuese, pues ahora poseía a la más excepcional de todas. Y si Ixínatsi se
percataba o no de que en nuestros frecuentes y fervientes abrazos el a disfrutaba unos éxtasis que
sobrepasaban aquel os que la diosa del amor concede a las demás mujeres del mundo... bien, el hecho era
que los disfrutaba. Y yo también, yo también. Yyo ayyo, cómo los disfrutábamos!
Mientras tanto yací por lo menos una vez con cada una de las mujeres y muchachas de la isla que fuera lo
bastante madura como para apreciar la experiencia. Aunque nuestro akuáreni siempre se l evaba a cabo en
la oscuridad, sé que también copulé con algunas que estaban bastante más al á de la madurez... aunque
ninguna de el as era realmente vieja, como Kakú, cosa que agradecí sobremanera. Bien habría podido
perder la cuenta de las mujeres a las que complací con mis enseñanzas si no fuera porque me
recompensaron por mis servicios. Al final reuní exactamente sesenta y cinco perlas, las mayores y las más
perfectas de todo aquel año. Y aquel o fue obra de Gril o; insistió en que era lo justo que mis pupilas me
pagasen con una perla cada una.
Al principio había tal entusiasmo que se produjo un constante tráfico de hembras que se trasladaban en
balsa e iban y venían de una isla a la otra de las dos que estaban habitadas. Pero yo sólo era uno, y las
mujeres podían estar un día de cada dos conmigo, el otro era para Ixinatsi, así que durante ese tiempo
muchas de el as intentaron seriamente aprender por imitación, como Ixínatsi le había enseñado a Marúuani.
A veces se daba la circunstancia de que yo yacía con una mujer, con la que pasaba por toda la ceremonia
desde las primeras caricias hasta la consumación final, y otras dos hembras, la hermana y la hija, por
ejemplo, se tumbaban justo a nuestro lado, mirando a ratos lo que hacíamos y luego haciéndoselo la una a
la otra en la medida de lo posible.
Después de servir personalmente a todas las muchachas y mujeres deseables por lo menos una vez, y
cuando ya no se me requería de forma tan imperiosa, las mujeres continuaron el as solas descubriendo las
numerosas maneras como podían proporcionarse placer unas a otras; se intercambiaban las parejas
libremente e incluso aprendieron a hacerlo en grupos de tres o cuatro... todo el o sin tener en cuenta
cualquier consanguinidad existente entre el as. Ixínatsi y yo, en nuestros intervalos de descanso a lo largo
de la noche, a menudo oíamos, entre los demás ruidos del bosque, el sonido de los maravil osos pechos de
aquel as mujeres al chocar rítmicamente entre unas y otras.
Durante aquel a temporada estuve cortejando de forma ardiente a Ixínatsi... aunque no para hacer que me
amase; sabíamos que nos amábamos. Intentaba convencerla de que se viniera conmigo al Unico Mundo y
de que se trajera a la hija a la que yo ahora consideraba como hija mía. La asedié con todos los
argumentos que conseguí reunir. Le dije, sinceramente, que yo era el equivalente de Kukú en mis dominios,
que Tirípetsi y el a vivirían en un auténtico palacio, donde no les faltaría nada que pudiesen necesitar o
querer, que no tendrían que bucear nunca más para buscar ostras, y tampoco desol ar cuguares de mar por
sus pieles, ni temer las tormentas que asolaban las islas, ni tumbarse en el suelo para emparejarse con
extraños.
-Ah, Tenamaxtli -me decía el a esbozando una sonrisa cariñosa-, pero si esto ya es un palacio suficiente...
-E indicaba con un gesto el refugio bajo el tronco de árbol-. Siempre que tú lo compartas con nosotras.
Ya no con tanta honradez, omití hacerle mención de que los españoles habían ocupado la mayor parte del
Unico Mundo. Aquel as mujeres isleñas todavía no sabían que existieran cosas como los hombres blancos.
Era evidente que los hombres de Yakóreke también se habían abstenido de hablarles de los españoles,
posiblemente preocupados por la posibilidad de que las mujeres retirasen las kinuchas con la esperanza de
entablar nuevo comercio con otros mercaderes más ricos. En cuanto a esa cuestión, me recordé a mí
mismo, no podía estar seguro de que los españoles no hubieran ya sometido a Aztlán, en cuyo caso yo ya
no tenía reino, por así decir, con que tentar a Gril o. Pero creía firmemente que Tirípetsi, el a y yo podíamos
construirnos una nueva vida en algún lugar, y la agasajé con relatos de los muchos lugares preciosos,
exuberantes y serenos que había hal ado en mis viajes y donde los tres podríamos establecernos juntos.
-Pero este lugar, Tenamaxtli, estas islas, son mi hogar Haz de el as tu hogar también. Abuela ya se ha
acostumbrado a tenerte aquí. Ya no te exigirá que te marches. ¿No es ésta una vida tan agradable como la
que podríamos encontrar en cualquier otra parte? No hace falta temer a las tormentas ni a los extraños.
Tirípetsi y yo hemos sobrevivido a todas las tormentas y tú también sobrevivirás. Y en cuanto a los
forasteros, tú sabes que nunca más me acostaré con el os. Soy tuya.
En vano traté de hacerle imaginar una vida más variada que podía vivirse en la tierra firme: la abundancia
de comida, bebida y distracciones, de viajes, de educación para nuestra hija, de oportunidades de conocer
a nuevas personas completamente diferentes a las que el a estaba acostumbrada.
-Pero Gril o -le dije-, tú y yo podemos tener otros hijos al í para que acompañen a la pequeña Tirípetsi.
Incluso hermanos para el a. Aquí nunca podrá tenerlos.
Ixinatsi suspiró, como si se estuviera cansando de que la importunase, y dijo:
-Tirípetsi nunca podrá echar de menos aquel o que no ha tenido jamás.
-¿Te he hecho enfadar? -le pregunté con ansiedad.
-Sí, estoy enfadada -me contestó, aunque al mismo tiempo se echó a reír de aquel a alegre manera suya de
gril o-. Toma.., te devuelvo todos tus besos.
Y empezó a besarme, y siguió besándome cada vez que yo intentaba decir algo más.
Pero siempre, con dulce testarudez, rechazaba o contrarrestaba todos mis argumentos, y un día lo hizo
aludiendo a la envidiable situación que yo disfrutaba entonces.
-¿No ves, Tenamaxtli, que cualquier hombre de tierra firme daría lo que tuviera por cambiar su puesto
contigo? Aquí no sólo me tienes a mí para que te ame y me acueste contigo, y también a Tirípetsi cuando
tenga suficiente edad; tienes, además, cuando lo desees, a cualquier otra mujer de estas islas. A todas las
mujeres. Y con el tiempo, a sus hijas.
No era yo quién para empezar a predicar moralidad. Sólo pude protestar, aunque con completa sinceridad.
-¡Pero tú eres lo único que quiero!
Y ahora debo confesar algo vergonzoso. Aquel mismo día me fui a los bosques a pensar y me dije a mí
mismo: "El a es lo único que quiero. Me tiene cautivado, obsesionado, loco. Si la sacase de aquí
arrastrándola en contra de su voluntad, nunca volvería a amarme. Y de todos modos, ¿adónde la l evaría?
¿Qué me aguarda al á? Sólo una guerra sangrienta... matar o que me maten. ¿Por qué no hacer lo que el a
dice? Quedarme aquí, en estas hermosas islas."
Al í yo tenía paz, amor, felicidad. Las demás mujeres cada vez me exigían menos, ahora que había pasado
la novedad. Ixínatsi, Tirípetsi y yo podríamos ser una familia independiente y autosuficiente. Puesto que yo
había roto una de las tradiciones sagradas de las islas al vivir al í como ningún hombre lo había hecho
antes, me parecía que podría romper otras. A la vieja Abuela no la habían escuchado en ese asunto, y, de
todos modos, no viviría eternamente. Yo tenía muchas esperanzas de que podría apartar a las mujeres de
su diosa Luna Nueva, que odiaba a los hombres, y convertirlas para que rindieran culto a la más bondadosa
Coyolxauqui, diosa de la luna l ena, la del corazón pleno. Ya no habría más niños recién nacidos que
sirvieran de alimento a las ostras. Gril o y yo y todas las demás podrían tener hijos varones. Y yo, con el
tiempo, me convertiría en el patriarca de aquel dominio insular y lo gobernaría con benevolencia.
Por lo que yo sabía, los españoles ya habían conquistado todo el Unico Mundo, de manera que era inútil
tener esperanzas de conseguir nada volviendo al í. Aquí tendría mi propio Unico Mundo, y quizá pasaran
haces y haces de años antes de que ningún explorador español se tropezase con él. Aunque los hombres
blancos hubieran subyugado una parte tan grande de tierra firme, o lo hicieran más tarde, como para que
los pescadores de Yakóreke no pudieran seguir visitando las islas, yo estaba seguro de que no revelarían la
posición de las mismas. Y si ya no venían más... bueno, yo conocía el rumbo de ida y de vuelta. Yo y, con el
tiempo, mis hijos podríamos remar a escondidas hacia aquel a oril a para procurarnos aquel as cosas
necesarias en la vida, cuchil os, peines y todas esas cosas, que había que comprar con las perlas...
De ese modo tan vergonzoso consideré la idea de abandonar la empresa que había perseguido durante
aquel os años desde que viera morir a mi padre quemado en la hoguera, la que me había l evado por
derroteros tan distintos, la que me había metido en tantos peligros y me había hecho correr tantas
aventuras. De ese modo tan vergonzoso traté de buscar una justificación para descartar los planes de
vengar a mi padre y a todos los demás de mi pueblo que habían sufrido a manos de los hombres blancos.
Así, de esa manera tan vergonzosa traté de idear excusas para olvidar a todos aquel os, Citlali, el niño
Ehécatl, la intrépida Pakápeti, el cuáchic Comití, el ticití Ualiztli y los demás, que habían perecido mientras
me ayudaban en mis propósitos de venganza. De ese modo tan vergonzoso me esforcé en buscar motivos
plausibles para abandonar al cabal ero Nocheztli y al ejército que con tantas penalidades había reunido y,
en realidad, para abandonar al mismo tiempo a todos los pueblos del Unico Mundo...
Desde aquel día siempre me he sentido avergonzado de haber siquiera pensado en buscarme la desgracia
a mí mismo. Habría perdido una carrera en la que nunca tomé parte. De haber hecho aquel o realmente, de
haber sucumbido al amor de Ixínatsi y a las comodidades de las islas, dudo de que hubiera podido seguir
viviendo con aquel a vergüenza. Habría l egado a odiarme a mí mismo y luego habría vuelto aquel odio
contra Gril o por ser la causante de que me odiase a mí mismo. Lo que quizá hubiera hecho por amor,
habría acabado por destruir ese amor.
Y para mayor vergüenza, ni siquiera puedo afirmar con convicción que no hubiera acabado por decidir
abandonar mi empresa, y con el o mi honor, porque ocurrió que fueron los dioses los que tomaron la
decisión por mi.
Hacia el crepúsculo regresé a la oril a del mar, donde las buceadoras estaban vadeando hacia la playa con
los últimos cestos del día. Ixinatsi iba entre el as y, cuando vio que la estaba esperando, me l amó de
manera alegre, traviesamente, con una sonrisa significativa.
-Me parece, querido Tenamaxtli, que ya te debo por lo menos otra kinú. En este momento me zambul iré y
te traeré la Kukú de todas las kinuchas.
Dio la vuelta y se fue nadando hasta el promontorio más cercano de rocas, donde algunos indolentes
cuguares marinos estaban tomando el sol; resplandecían bajo los últimos rayos de sol.
-Vuelve, Gril o -le grité-. Quiero hablar contigo.
Al parecer no me oyó. Estaba de pie en una de las rocas, bril ando con un color tan dorado como el de los
animales que la rodeaban, radiante y bel a, dispuesta a tirarse al agua. Me saludó con la mano, se zambul ó
en el mar y nunca volvió a salir.
Cuando por fin comprendí que ni siquiera la mujer con los pulmones más resistentes habría podido
permanecer tanto tiempo bajo el agua, lancé un grito de alarma. Las demás buceadoras que todavía
estaban en las aguas poco profundas de la oril a salieron chapoteando a la playa, probablemente asustadas
porque pensaron que yo había divisado la aleta de un tiburón. Luego, tras alguna vacilación, las más
intrépidas entre el as fueron nadando hasta la zona hacia donde yo señalaba, al í donde había visto
sumergirse a Ixínatsi, y se pusieron a hacer inmersiones una y otra vez hasta que estuvieron exhaustas,
pero sin encontrar a Ixínatsi ni ningún indicio de qué le había ocurrido.
-No todas nuestras mujeres -dijo una voz poco firme a mi lado- viven hasta l egar a ser tan viejas como yo.
Era Kukú, que naturalmente se había apresurado a acudir a la escena de los hechos. Aunque hubiera
podido censurarme por haber turbado la placidez de su reino, o por tener en parte la culpa de la pérdida de
Gril o, daba la impresión de que la anciana quería consolarme.
-Bucear para buscar kinús es un trabajo que es más que riguroso -dijo-. Es un trabajo peligroso. Al á abajo
acechan peces salvajes, unos con dientes afilados, otros con aguijones venenosos, algunos con tentáculos
para atrapar a sus presas. Sin embargo, no creo que Ixínatsi haya sido presa de ningún animal así. Cuando
hay depredadores en las cercanías, los cuguares marinos lanzan ladridos de aviso. Lo más probable es que
se la hayan tragado.
-¿Tragado? -repetí, pasmado-. Kukú, ¿cómo podría el mar tragarse a una mujer que ha vivido en él media
vida?
-No ha sido el mar, sino una kuchunda.
-¿Qué es una kuchunda?
-Un molusco gigante, como una ostra, una almeja o una vieira, sólo que increíblemente mucho mayor. Tan
grande como ese islote rocoso de al í donde sestean los cuguares marinos. Lo bastante grande como para
tragarse a uno de esos cuguares marinos. Hay varias kuchúndacha por estos contornos, y no siempre
sabemos dónde, porque tienen la habilidad, como un caracol, de arrastrarse de un lugar a otro. Pero son
visibles y reconocibles, pues cada kuchunda mantiene abierta de par en par la enorme concha superior a fin
de poder cerrarla sobre cualquier presa poco precavida; así que nuestras mujeres saben mantenerse
alejadas de el as. Ixínatsi debía de estar concentrada en recoger las ostras de una manera
desacostumbrada. Quizá viera una perla preciosa, a veces sucede, cuando una ostra está abierta, y debió
de relajar la vigilancia.
-Se fue precisamente prometiéndome una kinú así -le comuniqué con gran tristeza.
La anciana se encogió de hombros y suspiró.
-La kuchunda debió de cerrar la concha de golpe, con lxinatsi, o con la mayor parte de el a, dentro. Y como
ese molusco no puede masticar, ahora la estará digiriendo lentamente con sus jugos corrosivos.
Me estremecí ante la imagen que la anciana evocaba y me alejé con pena del lugar donde había visto por
última vez a mi amada Gril o. Las mujeres parecían estar también todas tristes, pero no se lamentaban ni
l oraban. Parecía que consideraban aquel o como un suceso que no se salía de lo corriente en un día de
trabajo. A la pequeña Tiripetsi ya se lo habían dicho, y tampoco l oraba. Así que no l oré. Me limité a sufrir en
silencio, y en silencio maldije a los dioses entrometidos. Si es que realmente tenían que interferir en mi vida
indicándome con severidad los caminos y los días que me deparaba el futuro, bien podrían haberlo hecho
sin poner fin tan espantosamente a la vida de la inocente, vivaz y maravil osa pequeña Gril o.
Sólo me despedí de Tirípetsi y de Abuela, pero no lo hice de ninguna de las demás mujeres no fuera a ser
que intentaran retenerme. Ya no podía l evarme conmigo a la niña al lugar adonde iba, y sabía que estaría
amorosamente atendida por sus tías y sus primas de las islas. Cuando l egó el alba me puse el elegante
manto de pieles que Ixínatsi me había hecho, cogí el saco de perlas y me dirigí al extremo sur de la isla,
donde mi acali me había estado aguardando durante aquel tiempo, abastecido de provisiones que había
puesto al í la propia Ixinatsi. Empujé la embarcación hasta el mar y empecé a remar hacia el este.
De modo que las Islas de las Mujeres siguen siendo las Islas de las Mujeres, aunque confío en que ahora
será un lugar de mayor convivencia por la noche. Y cualquier pescador de Yakóreke que las haya visitado
después del tiempo que pasé en aquel lugar, no habrá tenido motivo para lamentar que yo estuviera al í.
Los que l egaron justo después de mí difícilmente podrían haber engendrado hijos, pues con toda
probabilidad las mujeres que pudieran ser madres ya estaban en camino de serlo, pero los hombres
debieron de ser acogidos con tanto alborozo y debieron de entretenerlos de un modo tan abrumador que
habrían sido muy ingratos si se hubieran quejado de que un misterioso forastero les hubiera precedido.
Pero yo pensaba, y eso esperaba mientras me alejaba, que quizá no estaría ausente para siempre. Algún
día, cuando hubiera terminado de hacer lo que tenía que hacer, y si es que sobrevivía a el o.., algún día,
cuando Tirípetsi hubiera crecido para ser la imagen de su madre, la única mujer a la que he amado de
verdad.., algún día hacia el final de mis días...
27
Mi corazón estaba tan oprimido y mis pensamientos eran tan melancólicos que no sentí alarma alguna,
apenas me di cuenta de que las islas se iban hundiendo detrás de mi hasta que las perdí de vista y de
nuevo quedé solo en el temible vacío de alta mar. Lo que iba pensando era lo siguiente:
"Parece que de algún modo les eche una maldición a todas las mujeres por las que siento amor o aunque
sólo sea cariño. Los dioses me las quitan de una manera cruel, y cruelmente también me dejan vivo a mí
para que viva con pesar y sufrimiento."
Y también esto:
"Pero, ayya, cuando lamento mi pérdida estoy siendo enormemente egoísta, porque lo que les pasó a
Ixínatsi, a Pakápeti y a Citlali fue muchísimo peor. El as perdieron todo el mundo y todos sus mañanas." Y
esto:
"Desde la infancia, mi prima Améyatl y yo sólo nos teníamos cariño, y sin embargo el a estuvo a punto de
morir a causa de la prisión y de la degradación." O esto:
"Rebeca, la niña mulata, y yo nos consideramos el uno al otro sólo un experimento. Pero cuando el a se fue
de mis brazos para entrar en el confinamiento asfixiante de un convento, podría decirse que el a también
perdió el mundo y todos sus mañanas."
Y así fue como en aquel momento y al í mismo tomé una decisión. De entonces en adelante l evaría la clase
de vida que sería la más prudente y considerada hacia las mujeres que quedaban en el Unico Mundo.
Nunca me dejaría de nuevo seducir por ninguna de el as, ni dejaría que ninguna me amase. En cuanto a mí,
los recuerdos del idilio que había compartido con Gril o me sostendrían para el resto de mis días. Y en lo
referente a las mujeres, yo les haría una merced al no ponerlas en peligro con la maldición, fuera cual
fuese, que yo comportaba.
Si cuando l egase a la costa en Yakórake y me dirigiese caminando hacia el norte, hacia Aztlán, encontraba
la ciudad todavía intacta y a Améyatl todavía gobernando al í, rechazaría cualquier sugerencia por su parte
de casarnos y reinar juntos. En adelante me dedicaría por entero a la guerra que yo había instigado y al
exterminio o expulsión de los hombres blancos. No permitiría que ninguna mujer, nunca más, entrase en mi
corazón, en mi vida. Y cuando mis necesidades físicas se hicieran abrumadoramente apremiantes, si es
que se hacían así alguna vez, siempre podría encontrar alguna hembra a la que utilizar, pero eso sería todo
lo que significaría para mí: un receptáculo útil, pero desechable. Nunca volvería a amar; nunca volvería a
ser amado.
Y en todo el tiempo transcurrido desde que me hice ese juramento a mí mismo en las vastas extensiones
del mar Occidental, he mantenido tenazmente ese juramento. O al menos así fue hasta que te encontré,
querida Verónica. Pero de nuevo me adelanto a mi crónica.
Al mismo tiempo que pensaba todo esto, también estaba ocupado en otra cosa. Hice unos pequeños cortes
en la piel interior del manto de cuguar marino que Gril o me había hecho, sesenta y cinco cortes para ser
exactos, y en cada uno de el os oculté las perlas que l evaba; las cosí al í de modo que resultasen invisibles,
utilizando para el o el anzuelo de hueso y el sedal que Gril o me había proporcionado. Y por el hecho de
tener la mente y las manos ocupadas, a menudo descuidé la tarea de remar con el ahínco con que se me
había indicado que lo hiciera, y me olvidé del hecho de que las corrientes del mar l evaban mi acali más al
sur de lo que yo hubiera debido permitir que ocurriera.
En consecuencia, cuando por fin apareció a la vista la tierra firme en el horizonte oriental, no vi ni Yakóreke
ni ninguna otra aldea. Bueno, tampoco importaba mucho. Por lo menos estaba de nuevo sobre el suelo
sólido del Unico Mundo, y no me preocupó demasiado tener que hacer un viaje más largo a pie bordeando
la costa hasta Aztlán. Al aproximarme a la oril a vi una playa en la cual varios hombres toscamente vestidos
que tenían el mismo color de piel que yo estaban muy enfrascados l evando a cabo una tarea que no
alcancé a distinguir bien, así que decidí dirigir mi embarcación hacia el os. Cuando estuve más cerca vi que
eran pescadores que estaban remendando las redes. Dejaron el trabajo para mirarme mientras yo l egaba a
tierra, arrastraba mi acali hasta la arena y la ponía entre las acaltin de el os, pero no parecieron extrañarse
mucho al ver a un extraño con un manto lujoso aparecer de la nada.
-¡Mixpantzinco! -les grité.
-¡Ximopanolti! -respondieron el os.
Y me sentí aliviado al oír que hablaban náhuatl. El o significaba que por lo menos me encontraba en algún
lugar de las regiones aztecas, y que no había ido a la deriva hasta tierras desconocidas.
Me presenté sólo como "Tenamaxtli", sin mayor protocolo, pero uno de los hombres era especialmente
agudo y estaba muy bien informado para ser pescador.
-¿No serás el mismo Tenamaxtli que es primo de Améyatzin, la señora de Aztlán que en otro tiempo estuvo
desposada con el difunto Káuritzin de nuestra Yakóreke? -me preguntó.
-En efecto, ése soy yo -admití-. Entonces, ¿sois hombres de Yakóreke?
-Sí, y nos l egó el rumor hace mucho tiempo de que estás viajando por todo el Unico Mundo para l evar a
cabo una misión en nombre de esa señora y de nuestro difunto señor.
-En nombre de todos nuestros pueblos -le corregí-. Pronto oiréis más que rumores. Pero decidme, ¿qué
estáis haciendo aquí? No sé dónde he desembarcado exactamente, pero si que sé que estoy al sur de los
terrenos de pesca de Yakóreke.
-Ayya, éramos demasiados al í y estábamos abarrotando las aguas. Así que unos cuantos de nosotros
vinimos hasta aquí para probar fortuna y, ayyo!, encontramos pesca abundante y un nuevo mercado para
el a. Abastecemos a los residentes blancos de la ciudad que l aman Compostela, y pagan muy bien. Está
por al á -señaló hacia el este-, sólo a unas cuantas carreras largas.
Me di cuenta de que había varado más lejos del rumbo de lo que había supuesto. Estaba incómodamente
cerca de los mismos españoles de los que había escapado. Pero lo único que les dije a los pescadores fue:
-¿Y no tenéis miedo de que os capturen u os conviertan en esclavos cuando vais al í?
-Pues no, Tenamaxtli, parece un milagro. Últimamente los soldados han dejado el ejercicio de capturar
esclavos. Y ese hombre al que l aman el gobernador parece incluso que ha perdido el interés en sacar plata
de la tierra. Está muy atareado en equipar a sus soldados y en reunir otros de diferentes lugares para
preparar una gran expedición al norte. Por lo que nosotros hemos podido averiguar no va a marchar contra
Yakóreke, ni Tépiz, ni Aztlán ni ninguna otra de nuestras comunidades que todavía no están bajo su yugo.
No será una expedición para atacar, conquistar ni ocupar. Pero sea lo que sea lo que planea, ha
ocasionado una fiebre de excitación en la ciudad. El gobernador incluso ha cedido el gobierno de
Compostela a un hombre l amado obispo, y ése parece ser que está indulgentemente bien dispuesto hacia
nosotros, las personas que no somos blancas. Por fin somos libres de ir y venir, de pregonar nuestro
pescado y de establecer nuestros propios precios.
Bien, aquél a era una noticia interesante. Ciertamente la expedición debía de tener algo que ver con
aquel as míticas Ciudades de Antilia. Y el obispo no podía ser otro más que mi antiguo conocido Vasco de
Quiroga. Estaba meditando cómo hacer que esos asuntos se volvieran hacia mi de forma conveniente,
cuando el pescador habló de nuevo:
-Sentiremos marcharnos de aquí.
-¿Marcharos? ¿Por qué vais a tener que marcharos?
-Es que tenemos que regresar a Yakóreke. Se acerca la época en que los pescadores embarquemos para
la recogida anual de ostras.
Sonreí al recordar y pensé, con bastante tristeza: "Ayyo, hombres afortunados!" Pero lo que dije fue:
-Si os dirigís al norte de nuevo, amigos, ¿querría alguno de vosotros hacerme un favor a mí... y a la viuda
de vuestro difunto Káuritzin?
-Ciertamente. ¿De qué se trata?
-De recorrer las doce largas carreras hacia el norte... hasta Aztlán. Hace mucho tiempo desde la última vez
que estuve al í, y mi prima Améyatl quizá piense que he muerto. Decidle simplemente que me habéis visto,
que gozo de buena salud y continúo empeñado en mi misión. Que espero que pronto dé frutos y que,
cuando haya terminado, iré a informarla de el o a Aztlán.
-Muy bien. ¿Algo más?
-Sí. Dadle este manto de pieles. Decidle que, solamente en el caso de que mi misión fracasara por
cualquier motivo y el a se hal ase en peligro a causa de los hombres blancos o de cualquier otro enemigo,
este manto le proporcionar sustento y protección durante toda su vida.
El hombre se quedó perplejo.
-¿Una simple piel de cierva marina? ¿Cómo?
-Es una piel de cierva marina muy especial. Tiene cierta magia. Améyatl descubrirá esa magia cuando la
necesite, si es que la necesita.
El hombre se encogió de hombros.
-Como tú digas. Considéralo hecho, Tenamaxtli.
Les di las gracias a todos el os, les dije adiós y me puse en camino hacia tierra adentro, hacia Compostela.
No tenía particular aprensión de estar en peligro al regresar con tanto descaro a la ciudad de la que había
hecho mi memorable huida. De todos los que podían reconocerme y denunciarme, Yeyac y Gónda Ke
estaban muertos. Coronado, al parecer, estaba demasiado atareado para hacer mucho caso de los indios
que vagasen errantes por las cal es. Y lo mismo, presumiblemente, le ocurriría a fray Marcos, si es que
residía al í. No obstante, recordé el consejo que había recibido hacía ya mucho tiempo: hay que l evar
siempre algo a cuestas y aparentar estar ocupado. En el barrio de esclavos situado en las afueras de la
ciudad encontré una viga de madera cuadrada, toscamente tal ada, que estaba en el suelo sin que al
parecer nadie le prestase atención. Me la cargué al hombro y fingí que pesaba mucho para poder caminar
un poco encorvado bajo el a y disimular así mi elevada estatura.
Luego me dirigí al centro de la ciudad, donde se alzan las dos únicas construcciones de piedra que hay en
el a, el palacio y la iglesia. El palacio tenía sus habituales guardas a la entrada, pero no se fijaron en mí
cuando pasé por delante de el os arrastrando los pies. Al l egar a la puerta de la iglesia, que no tenía
vigilancia, dejé caer el madero en el suelo, entré en el edificio y abordé al primer español de testa afeitada
que encontré. Le dije, en español, que l evaba un mensaje del obispo Zumárraga, colega de su superior. El
monje me miró un poco de soslayo, pero se encaminó a alguna parte; más tarde regresó, me hizo señas y
me guió a los aposentos del obispo.
-¡Ah, Juan Británico! -exclamó el buen y confiado anciano-. Ha pasado mucho tiempo, pero te habría
conocido al verte. Toma asiento, querido compañero, toma asiento. Qué placer verte de nuevo! -Llamó a un
criado para que trajera un refrigerio y luego continuó hablando sin suspicacia alguna-. Sigues haciendo
trabajo de evangelista para el obispo Zumárraga entre los no conversos, ¿no es así? ¿Y cómo está mi viejo
amigo y colega Juanito? ¿Dices que me traes un mensaje de su parte?
-Pues... medra y prospera, excelencia. -El padre Vasco era el único hombre blanco al que yo concedería
ese título de respeto-. Y su mensaje... esto... pues... -Miré a mi alrededor; aquel a iglesia era muy inferior a
la de Zumárraga, en la Ciudad de México-. Expresa su esperanza, excelencia, de que pronto tengas una
casa de culto que corresponda a tu alta posición.
-¡Qué amabilidad por parte de Juanito! Pero seguramente su excelencia sabe que ya se están haciendo los
planos de una grandiosa catedral para Nueva Galicia.
-Quizá ahora ya lo sepa -dije yo sin convicción-. Pero yo, como estoy constantemente de viaje...
-¡Ah, pues regocíjate de el o conmigo, hijo mío! Sí, se construirá en la provincia que tu gente l ama Xaliscan.
Al í se está levantando una magnífica ciudad, que actualmente se conoce por el nombre nativo de Tonalá,
pero creo que ese nombre se va a cambiar por el de Guadalajara en honor de la ciudad de Vieja España de
ese nombre de donde es original la casa de Mendoza. La familia de nuestro virrey, ya sabes.
Yo le pregunté:
-¿Y cómo les va a las comunidades de tu Utopía alrededor del Lago de los Juncos?
-Mucho mejor de lo que me esperaba -me contestó-. En los alrededores ha habido levantamientos de
purepechas desafectos. De mujeres purepes, ¿te lo imaginas? Amazonas; son malvadas y vengativas. Han
causado muchas muertes, han hecho mucho daño y han l evado a cabo toda clase de hurtos entre los
asentamientos españoles. Pero no sé por qué motivo han perdonado a nuestro pequeño Edén.
-Probablemente te reconozcan y te estimen, padre, como un cristiano ejemplar -mentí, pero sin doble
intención-. ¿Por qué te fuiste de al í?
-Su excelencia el gobernador Coronado me necesitaba aquí. En breve emprenderá un viaje azaroso que
podría incrementar de manera considerable la riqueza de Nueva España. Y me ha pedido que administre el
gobierno de Compostela en su ausencia.
-Excúsame, mi señor, pero no parece que apruebes por entero esa aventura.
-Bueno... más riqueza... -dijo el obispo al tiempo que dejaba escapar un suspiro-. Don Francisco aspira a
alcanzar la tal a de los primeros conquistadores, y con el mismo grito de guerra: "Gloria, Dios y oro." Yo sólo
desearía que pusiera a Dios en primer lugar. Está viajando, aunque no como tú, Juan Británico, que lo
haces para evangelizar en nombre de la Santa Madre Iglesia, sino para encontrar y saquear algunas
ciudades lejanas que tienen fama de estar l enas de tesoros.
Sintiendo un pinchazo de vergüenza por estar al í como un impostor, murmuré:
-He viajado a lo largo y a lo ancho, pero no sé nada de esas ciudades.
-Sin embargo, parece que en realidad existen. Un esclavo moro que ya había estado al í antes guió hasta
el as a cierto fraile. El bueno de fray Marcos ha regresado hace muy poco con su escolta de soldados, pero
sin el esclavo. Fray Marcos afirma haber visto las ciudades; dice que se l aman las ciudades de Cibola; pero
las vio sólo de lejos, porque naturalmente están muy vigiladas para que no se descubran con facilidad. Tuvo
que darse la vuelta cuando aquel pobre y leal esclavo fue asesinado por los esclavos que hacían de
guardianes. Pero el firme y valiente fraile está a punto ahora de guiar al í a Coronado, esta vez con una
tropa invencible de soldados armados.
Era la primera vez que le oía decir a alguien una palabra de elogio del Monje Mentiroso. Y estaba dispuesto
a apostar a que Esteban seguía vivo, aunque ahora en libertad, y que probablemente pasaría el resto de su
vida, cuando no estuviera gozando de las mujeres del desierto, riéndose de sus crédulos y avariciosos
antiguos amos.
-Si el fraile sólo vio las ciudades de lejos -quise saber-, ¿cómo puede estar seguro de que en realidad se
encuentran l enas de tesoros?
-Oh, vio resplandecer las paredes de las casas, que están recubiertas de oro y tachonadas de destel antes
gemas. Y se acercó lo suficiente como para ver a los habitantes yendo y viniendo de un lado a otro
ataviados con sedas y terciopelos. Jura que vio todo eso. Y fray Marcos está, al fin y al cabo, sujeto a los
votos de su orden que le obligan a no decir nunca una mentira. Parece cierto que don Francisco regresará
de Cibola triunfante y cargado de riquezas para ser recompensado con la fama, la adulación y el favor de
su majestad. Sin embargo...
-Preferirías que trajera almas en vez de eso -le sugerí-. Conversos para la Iglesia.
-Pues si. Pero no soy un hombre pragmático. -Soltó una risita de auto desaprobación-. Sólo soy un viejo
clérigo ingenuo que cree de un modo piadoso y pasado de moda que nuestra verdadera fortuna nos espera
en el otro mundo.
-Todos esos conquistadores de España que alardean tanto... todos el os juntos no igualarían la valía de un
solo Vasco de Quiroga -le aseguré, y lo dije con sinceridad.
Volvió a reírse e hizo un gesto con la mano para rechazar el cumplido.
-Pero no soy el único que pone en tela de juicio la prudencia de que el gobernador se apresure a lanzarse
de cabeza hacia Cibola. Muchos la consideran una aventura temeraria e imprudente... que puede ocasionar
más mal que bien a Nueva España.
-¿Cómo es eso? -le pregunté.
-Está reuniendo a todos los soldados que puede congregar desde los rincones más apartados del territorio.
Y no le hace falta reclutarlos. Por todas partes oficiales y soldados rasos por igual solicitan que se los
aparte de sus deberes acostumbrados para unirse a Coronado. Incluso algunos que no son soldados,
mercaderes de las ciudades y trabajadores del campo, se están procurando monturas y armas para
alistarse. Cualquier presunto héroe y caza fortunas ve ésta como la oportunidad de su vida. Además,
Coronado está reuniendo cabal os de remonta para sus soldados, cabal os y mulas de carga, armas y
munición extra, toda clase de provisiones, esclavos indios y moros para que hagan de porteadores y de
pastores, e incluso rebaños de ganado para que sirvan de provisiones durante el camino. Está debilitando
seriamente las defensas de Nueva España, y la gente está preocupada por eso. Los ataques de esas
amazonas purepes aquí, en Nueva Galicia, son bien conocidos, así como las frecuentes incursiones de
salvajes a través de las fronteras del norte, y se han producido incidentes sangrientos e inquietantes de
desasosiego incluso entre los prisioneros y esclavos de nuestras minas, fábricas y obrajes. La gente teme,
con razón, que Coronado vaya a dejar a Nueva España incómodamente vulnerable a la expoliación, tanto
desde fuera como desde dentro.
-Ya comprendo -dije tratando de no mostrarme complacido, aunque nada hubiera podido complacerme más
que oír aquel o-. Pero el virrey que está en la Ciudad de México, ese señor Mendoza, ¿también considera
una locura el proyecto de Coronado?
El obispo pareció turbado.
-Como he dicho, no soy un hombre pragmático. No obstante, puedo reconocer el oportunismo cuando lo
veo. Coronado y don Antonio de Mendoza son viejos amigos. Coronado está casado con una prima del rey
Carlos. Mendoza es también amigo del obispo Zumárraga, y él, me temo, siempre está demasiado
dispuesto a respaldar cualquier aventura calculada para complacer y enriquecer al rey Carlos... y
congraciarse él mismo con el rey y con el Papa, y que Dios me perdone por decirlo. Pon en orden esos
hechos, Juan Británico. ¿Es probable que alguien, de alto o bajo rango, le diga a Coronado una palabra de
desaliento?
-Yo no, por supuesto -le comenté con alegría-; soy el más bajo de los bajos. -Pensé que yo era como el
gusano del fruto de coyacapuli, que habiendo comido la fruta mucho tiempo por dentro está a punto de
hacer que ésta estal e en pedazos-. Te agradezco la gentileza que has tenido al recibirme, excelencia, y los
pasteles y el vino, y te pido licencia para proseguir mi camino.
Siendo más decente con un humilde indio que cualquier otro hombre blanco que yo hubiera conocido, el
padre Vasco me animó cordialmente a quedarme un tiempo más para residir bajo su techo, asistir a los
servicios, confesarme, comulgar y conversar largo y tendido, pero yo le mentí un poco más y le dije que
tenía instrucciones de apresurarme para "l evar el mensaje" a una tribu pagana aún no regenerada que se
encontraba a cierta distancia de al í.
Bueno, no era una mentira del todo. En realidad, sí que tenía un mensaje que l evar, y a una considerable
distancia. Salí de Compostela, esta vez sin tener que hacerlo a escondidas, pues nadie me prestó la más
mínima atención, y me dirigí a paso vivo hacia Chicomóztotl.
-¡Gracias sean dadas a Huitzilopochtli y a los demás dioses! -exclamó Nocheztli-. Has l egado por fin,
Tenamaxtzin, y no se puede decir que lo hayas hecho demasiado pronto. Tengo aquí el más numeroso
ejército que se haya reunido nunca en el Unico Mundo, y todos los hombres del mismo patean de un lado a
otro con impaciencia por ponerse en marcha, y apenas he sido capaz de tenerlos a raya, cumpliendo tus
órdenes.
-Has obrado bien, fiel cabal ero. Acabo de atravesar las tierras españolas y está claro que nadie de al í tiene
la menor sospecha de la tormenta que se avecina.
-Eso es bueno. Pero entre nuestra propia gente debe de haberse corrido la voz de boca en boca. Hemos
adquirido muchos reclutas además de los que habíamos alistado por estos contornos, y hay otros que han
venido del norte en oleadas y que dicen que tú los habías enviado. Por ejemplo, esas mujeres guerreras de
Michoacán que han hecho el camino hasta aquí. Dicen que ya están cansadas de l evar a cabo simples
escaramuzas contra las propiedades españolas; quieren estar con nosotros cuando marchemos en son de
guerra. Además, hay incontables esclavos (indios, moros y de razas mezcladas) que se han fugado de
minas, plantaciones y obrajes; se las han arreglado para encontrar este lugar. Están incluso más ávidos que
el resto de nosotros por causar estragos contra sus amos, pero he tenido que someterlos a un
entrenamiento especial, pues pocos han tenido antes una arma en las manos.
-Cada hombre es importante -le dije-, y cada mujer. ¿Puedes decirme cuántos tenemos en total?
-Pues según mis cálculos un centenar de cientos. Una hueste formidable, en verdad. Hace mucho que
desbordaron las siete cavernas que hay aquí y están acampados por estas montañas. Como proceden de
tantas naciones, y quizá de cien tribus diferentes dentro de esas naciones, me pareció que lo mejor sería
asignar y segregar sus lugares de acampada de acuerdo con sus orígenes. Muchos de el os, como sin
duda sabes, han sido enemigos durante siglos unos de otros... o de los demás. No quería que aquí estal ara
una guerra interna.
-Una manera muy astuta de l evar las cosas, cabal ero Nocheztli.
-No obstante, el mismo hecho de que nuestras fuerzas sean tan variadas hace que resulte muy complicado
dirigirlas. He delegado en los mejores de mis colegas cabal eros y suboficiales para que cada uno sea
responsable de un grupo u otro de guerreros. Pero sus órdenes, instrucciones, reprimendas, lo que sea, en
lengua náhuatl, sólo se les pueden dar a aquel os guerreros, jefes de tribu, que son capaces de entender
náhuatl. Esos, a su vez, tienen que traducir a su lengua las palabras y decírselas a sus hombres. Y luego
las palabras deben pasarse a la tribu siguiente, que quizá hablen un dialecto diferente de la misma lengua,
pero a los que por lo menos se les puede hacer entender. A su vez, el os, de la mejor manera posible,
transmiten las palabras a otra tribu. Probablemente un hombre de cada cien de todos el os pasa buena
parte de su tiempo actuando como intérprete. Y, desde luego, con frecuencia, las órdenes se distorsionan
en el curso de ese largo proceso, lo que ha dado lugar a algunos malentendidos bastante l amativos.
Todavía no ha l egado a pasar, pero uno de estos días, cuando tenga un contingente de nuestros hombres
formados y les dé la orden a los de la primera fila de "Presenten armas!", los hombres de la última fila van a
entender que se tumben a dormir. En cuanto a esos yaquis que enviaste, ninguno de nosotros puede
comunicarse con el os. No me entenderían ni aunque les ordenase realmente que se durmieran.
Tuve que reprimir una sonrisa ante aquel desbordamiento de exasperación de Nocheztli. Pero estaba
orgul oso y admiraba el modo como había manejado aquel vasto ejército bajo unas condiciones tan difíciles,
y así se lo dije.
-Bueno -me indicó-, hasta el momento he sido capaz de evitar que hubiera hombres demasiado ociosos y
que se peleasen entre sí; les he dado las órdenes que pudieran transmitírseles, incluso a los yaquis, con
gestos y demostraciones en vez de palabras, y así los he mantenido ocupados en diversas tareas. A unos
grupos les he asignado que se encarguen de la caza, de la pesca y de la recogida de comida, por ejemplo,
y he hecho que otros se ocupen de quemar carbón vegetal, de mezclar la pólvora, de hacer el moldeado de
las bolas de plomo, y así sucesivamente. Esos correos que enviaste a Tzebóruko y a Aztlán regresaron con
amplias provisiones de polvo amaril o y de ese salitre amargo. Así que ahora tenemos tanta pólvora y tantas
bolas como podamos transportar cuando nos marchemos de aquí. Me complace informarte, además, de
que tenemos muchos más palos de trueno que antes. Las mujeres purepes trajeron una gran cantidad de
los que capturaron a los españoles de Nueva Galicia, y lo mismo hicieron numerosos guerreros de las tribus
del norte, que los robaron de los puestos avanzados del ejército español según venían hacia aquí
atravesando la Tierra Disputable. Ahora casi tenemos cien de esas armas, y aproximadamente el doble de
esa cantidad de hombres que se han convertido en expertos en su utilización. Además hemos adquirido un
buen arsenal de cuchil os y espadas de acero.
-Es muy gratificante oír todo eso -le dije-. ¿Tienes algo no tan gratificante de lo que informarme?
-Sólo que estamos mejor abastecidos de armamento que de comida. Dado que hay un centenar de cientos
de bocas que alimentar.., bien, ya te puedes imaginar. Nuestros cazadores y los que buscan comida ya han
matado hasta el último animal, han arrancado todos los frutos, nueces y verduras comestibles de estas
montañas y han vaciado las aguas, en las que ya no queda ni un pez. Tuve que ponerles unos límites
geográficos para ir a buscar comida, ya ves, a fin de evitar que se alejaran demasiado, no fuera que la
noticia de su actividad l egase a oídos no convenientes. Pero quizá tú desees dar una contraorden,
Tenamaxtzin, porque ahora nos tenemos que conformar con raciones verdaderamente escasas: raíces,
tubérculos, ranas e insectos. Tal privación es, desde luego, beneficiosa para los guerreros. Eso los hace
estar magros, duros y ansiosos por sacar beneficio de las tierras de abundancia que invadiremos. No
obstante, además de las mujeres purepes que están ahora entre nosotros, un buen número de esos
esclavos fugados que han venido aquí huyendo son mujeres y niños. Odio hablar yo mismo como una
mujer, pero de verdad me dan lástima esos seres débiles que han venido confiando en que nosotros
cuidaríamos de el os. Espero, mi señor, que darás al instante orden de que todos marchemos de aquí a
tierras de mayor abundancia.
-No -le contesté-. No voy a dar todavía esa orden, y tampoco contradiré ninguna de tus órdenes, aunque
todos tengamos que vivir durante algún tiempo mascando el cuero de nuestras propias sandalias. Y te diré
por qué. -A continuación le repetí a Nocheztli lo que el obispo Quiroga me había confiado, y añadí-: Esta,
pues, es mi primera orden. Envía hacia el oeste a hombres con ojos agudos y pies ligeros. Tiene que haber
uno apostado, bien oculto, junto a cada camino, cada sendero, cada vereda de ciervos que vaya hacia el
norte desde Compostela. Cuando pase el gobernador Coronado con su comitiva, quiero un recuento de sus
hombres, de las armas, de los cabal os, de las mulas, de los porteadores, de los bultos... de todo lo que
l eve consigo. No atacaremos esa comitiva, porque el muy tonto nos está haciendo un favor inmenso.
Cuando me l egue el informe de que el gobernador y sus compañeros han pasado, y cuando estime que se
han alejado lo suficiente hacia el norte, entonces, pero no antes, nos moveremos. ¿Estás de acuerdo,
cabal ero Nocheztli?
-Naturalmente, mi señor -respondió al tiempo que movía la cabeza l eno de admiración-. Es asombroso,
qué buena fortuna para nosotros y qué conducta más tonta por parte de Coronado. Nos deja el campo
abierto de par en par.
Resultó un poco inmodesto por mi parte, pero no pude evitar decir:
-Me alabo a mí mismo al decir que tuve algo que ver, hace mucho, al organizar tanto esa buena fortuna
como la conducta tonta. Durante años he estado intentando descubrir un punto débil en la aparente
invulnerabilidad de los hombres blancos. Y lo he encontrado: es la avaricia.
-Eso me recuerda algo -dijo Nocheztli-. Casi se me olvidaba mencionar una cosa bastante asombrosa.
Entre los fugitivos que vinieron hasta nosotros en busca de asilo se encuentran dos hombres blancos.
-¿Qué? -pregunté, incrédulo-. ¿Españoles que huyen de su propia gente? ¿Que se vuelven contra su
propia gente? Nocheztli se encogió de hombros.
-No sé. Parecen unos españoles muy raros. Ni siquiera los pocos aztecas que sabemos alguna palabra de
español podemos entender el español que intentan hablar con nosotros.
Pero los dos farful an entre el os con unos ruidos parecidos a siseos y a graznidos de ganso. -Hizo una
pausa y luego añadió-: He oído decir que a los españoles su religión les prohíbe deshacerse de los niños
que nacen con alguna deficiencia en el cerebro. Quizá se trate de dos personas con algún defecto que han
l egado a hombres sin saber lo que hacen.
-Si es así, seremos nosotros quienes nos deshagamos de el os para no tener que darles de comer. Iré a
echarles un vistazo más tarde. Mientras tanto, y hablando de comer, ¿podría solicitar que se me diera una
comida... o los gusanos y espinos que constituyan el menú de hoy?
Nocheztli sonrió.
-Seríamos tan tontos como los hombres blancos si hiciéramos pasar hambre y debilitásemos a nuestro jefe
y señor. Tengo reservadas unas piezas de ciervo ahumado.
-Te doy las gracias. Y mientras me doy un festín con esas viandas, mándame a quienquiera que sea el
oficial que has nombrado líder de esas mujeres purepes.
-Tienen su propio líder, una mujer. Se negaron a que les diese órdenes ningún hombre.
Tendría que haberlo supuesto. El líder era la misma mujer con cara de cóyotl que tenía el inapropiado
nombre de Mariposa. Para anticiparme a que se pusiera mandona conmigo, la felicité por seguir con vida y
por los numerosos éxitos en los saqueos que había encabezado contra los blancos de Nueva Galicia, y le
agradecí que hubiera respetado las comunidades de Utopía, tal como yo le había pedido. Mariposa se
enorgul eció al ser alabada de aquel a manera y pareció aún más agradecida cuando dije:
-Quiero armar a tu valiente contingente de mujeres guerreras con una arma especial que será sólo vuestra.
Además, es una arma que quienes mejor pueden fabricarla son las mujeres, cuyos dedos son más
delicados, ágiles y precisos que los de ningún hombre.
-Sólo tienes que mandarnos, Tenamaxtzin.
-Es una arma que inventé yo mismo, aunque los españoles tienen algo parecido; lo l aman granada.
Les expliqué cómo envolver con arcil a pólvora prensada e insertar en el a un poquietl delgado a modo de
mecha para luego cocerlo todo al sol a fin de que se endureciera.
-Luego, cuando entremos en combate, mi señora Mariposa y l eve consigo varias de esas granadas. Que
cada una de tus mujeres vaya fumando un poqufetl siempre que se presente la oportunidad, prendedle
fuego a la mecha de una granada y arrojadla contra el enemigo o, mejor aún, dentro de sus casas, puestos
avanzados o fortalezas. Veréis cómo se produce un daño espectacular.
-Suena delicioso, mi señor. Nos pondremos a fabricarlas ahora mismo.
Cuando acabé de roer la carne de ciervo, de beber un poco de octli y de fumarme yo mismo un poquietl,
mandé que l evasen ante mi a aquel os dos blancos "raros".
Pues bien, resultó que no eran españoles ni defectuosos, aunque me costó un rato de malentendidos
averiguarlo. Uno de los hombres era bastante mayor que yo, y el otro un poco más joven. Ambos eran tan
blancos y tan peludos como los españoles, pero, como los demás esclavos que había entonces en nuestro
campamento, iban descalzos y vestidos con harapos. Evidentemente, de algún modo, los habían puesto al
corriente de que yo era el jefe de todas las personas que estaban congregadas al í, así que se acercaron a
mi con respeto. Como había dicho Nocheztli, hablaban un español muy imperfecto, pero nos las arreglamos
para entendernos la mayor parte de las veces. Sin embargo, salpicaban su conversación con palabras que
sólo espero aproximar aquí, porque de verdad que sonaban como el cotorreo de un ganso.
Me presenté en un español lo bastante simple como para que me entendiera incluso un retrasado.
-Vuestra gente española me l ama Juan Británico. ¿Qué sois vosotros...?
Pero el más viejo me interrumpió.
-¿John British?
Y ambos se quedaron mirándome con los ojos abiertos de par en par, y luego se pusieron a graznar con
excitación el uno con el otro. Solamente alcancé a captar que aquel a palabra, "british", la repetían varias
veces.
-Por favor -les pedí-, hablad en español si sabéis.
Y así lo hicieron, en gran parte, de entonces en adelante. Pero para relatar aquel a conversación tengo que
hacer que parezca que hablaban con mucha más fluidez de lo que lo hacían, y también yo hago todo lo que
puedo con tal de pronunciar las frecuentes palabras de ganso.
-Te pido perdón, John British -comenzó a decir el mayor de los dos-. Le decía a Miles, aquí presente, que,
voto a bríos, por fin tenemos una racha de... una racha de lo que nosotros l amamos suerte... una racha de
buena suerte. Tú debes de ser un náufrago, como nosotros. Pero Miles ha dicho, y yo también... por Dios,
capitán, que no pareces ser british.
-Sea eso lo que sea, no lo soy -le contesté-. Soy azteca... vosotros diríais indio.., y mi verdadero nombre es
Téotl Tenamaxtli. -Ambos hombres me miraron con caras tan inexpresivas como pueden serlo las caras de
los hombres blancos-. Nadie más que los españoles me l ama por el nombre cristiano de Juan Británico.
Cruzaron entre el os más graznidos y siseos, y la palabra "christian" se oyó varias veces. El mayor de los
dos se dirigió de nuevo a mi.
-Bueno, por lo menos eres un indio cristiano, capitán. Pero ¿acaso eres uno de esos dichosos y puñeteros
papistas? ¿O perteneces a la buena Iglesia de Inglaterra del Libro del Obispo?
-¡No soy cristiano de ninguna clase! -le respondí con brusquedad-. Y soy yo quien hace aquí las preguntas.
¿Quiénes sois vosotros?
Me lo dijo, y entonces fui yo quien puso la expresión en blanco. Los nombres lo mismo hubieran podido ser
de yaquis que de gansos. Pero desde luego no eran españoles.
-Mira -me dijo-. Sé escribir. -Se puso a buscar a su alrededor una piedra afilada mientras decía-: Soy un
artista marinero de barco, eso soy. Lo que los españoles l aman un navegador. Miles sólo es un ignorante.
-Con la piedra comenzó a escribir en la tierra, a mis pies, que es por lo que puedo dar exactamente los
nombres aquí-. JOB HORTOP. . ése soy yo... y MILES PHILIPS... que es él.
Había hablado de barcos y del mar, así que le pregunté:
-¿Estáis al servicio del rey Carlos?
-¿El rey Carlos? -bramaron a la vez. Y el más joven añadió con indignación:
-Nosotros servimos al buen rey Henry de Inglaterra, benditas sean sus pelotas de latón. Y por eso, maldita
sea, es por lo que estamos donde estamos!
-Perdónale, John British -dijo el mayor-. Los marineros vulgares no tienen modales.
-He oído hablar de Inglaterra -les comenté al recordar lo que el padre Vasco me dijera en una ocasión-.
¿Conocéis acaso a don Tomás Moro? -Otra vez la expresión de sus caras mostraba que se habían
quedado en blanco-. ¿O su libro acerca de Utopía?
El artista marinero suspiró y dijo:
-Pido otra vez tu perdón, capitán. Sé leer y escribir un poco. Pero nunca he leído libros.
Yo también suspiré y les pregunté:
-Por favor, decidme sólo cómo es que estáis aquí.
-Sí, sí, señor. Verás, lo que ocurrió es que embarcamos en un buque mercante de Hawkins que partía de
Brístol y que navegaba bajo bandera genovesa para l evar un cargamento de ébano, ya sabes a qué me
refiero, en la travesía intermedia desde Guinea hasta Hispaniola. Bien, l egamos hasta la isla de la Tortuga.
Una tormenta nos hizo naufragar contra los arrecifes, y Miles y yo fuimos los únicos de la tripulación blanca
que l egamos vivos a la costa, adonde nos lanzó el mar, junto con numerosos seres de color ébano. Los
condenados piratas de Jack Napes nos convirtieron en esclavos, lo mismo que hicieron con los negros.
Desde entonces hemos ido pasando de mano en mano... Hispaniola, Cuba... y finalmente acabamos