Mark cae en la cuenta de que su accidente tuvo lugar en el mismo comienzo de la temporada de observación de las aves. Desde luego, eso podría ser una mera coincidencia. Pero ahora que al señor Migración le ha dado por seguirle a todas partes, la contribución de ese dato a una teoría más amplia es significativa. Todavía más: Riegel y su falsa hermana están refregándose los genitales. Todo esto es demasiado. Mark no sabe exactamente cómo interpretarlo, pero ha de actuar con rapidez, o actuarán contra él.
Se lo plantea a la Karin artificial. No tiene nada que perder. Ya está en el punto de mira. Espera hasta que ella se presenta en la falsa Homestar con su última bolsa de comestibles que nadie le ha pedido. Entonces se lo pregunta a quemarropa, antes de que ella pueda confundirle: Dímelo sinceramente. ¿Qué se propone tu amigo el naturalista? No me mientas; ya nos conocemos desde hace algún tiempo, ¿no? Hemos pasado una época difícil.
Ella se muestra tímida, se sujeta los codos y se mira los zapatos como si acabaran de colocarse ellos mismos en sus pies. No lo sé exactamente, responde. Es extraño, ¿no? ¿Cómo entra y sale de mi vida en diferentes momentos de crisis? Primero cuando murió Cappy, luego mamá, y ahora…
Tampoco deja de ser extraña la manera en que él vuelve a entrar en mi vida. Cada vez que intento hablar con alguien sobre mi mensaje enviado desde el cielo.
Ella le mira fijamente, como si estuviera ante un pelotón de ejecución. Culpable, tal como la han acusado. Pero trata de convencer con evasivas de lo contrario. ¿Siguiéndote? ¿De qué me estás hablando? Se echa a llorar, a un paso de admitir su culpa. Como no sabe qué hacer, llama a Bonnie por el móvil, tratando de sincronizar sus respectivas explicaciones. Al cabo de diez minutos son dos contra uno, las dos mujeres hablando sin ton ni son, hasta que le pasan el teléfono y le dicen que Daniel está al aparato, que hable un momento con él…
Tiene que salir de ahí, ha de ir a algún sitio donde pueda pensar. Hay un lugar en el río donde puede sentarse en los bancos de arena y dejar que le bañe la fangosa corriente. Echa a andar hacia el sur. No ha estado en el Platte desde el otoño pasado. Ha tenido miedo de descubrir que alguien también está manipulando el río. Sale de casa sin gorro y el sol le quema. Los pájaros le siguen de árbol en árbol. Una bandada de zanates arman un jaleo totalmente gratuito, como si tuvieran algún problema con él. El supuesto canto de esas aves resuena en su cabeza, y le evoca algo, las palabras que estaba diciendo antes de que su vehículo volcara. ¿Qué palabras? ¿Algo relacionado con el nombre de la camioneta, de su Carnero? No, debía de ser otra cosa, si su vida significa algo. Llega al borde de la urbanización River Run y se desliza entre la hilera de plátanos falsos. Ahí está el promontorio que se extiende a lo largo de dos kilómetros, lleno de moscas y polen, donde nada puede protegerle de los elementos. El río retrocede mientras él camina hacia el agua. Los zanates siguen graznando como si se dirigieran a él. ¿Qué dicen? Por fin lo entiende: Adelante.
Adelante.
La súbita comprensión le sacude con tal fuerza que se deja caer sobre unas matas de la pradera. Él estaba diciendo «Adelante». O alguien se lo decía a él, en la cabina de la camioneta. Había recogido a un ángel que hacía autostop, alguien que sobrevivió al vuelco de la camioneta, se alejó del lugar del accidente y regresó a la ciudad para informar por teléfono del desastre. Y luego le siguió al hospital para dejar la nota, instrucciones para el futuro de Mark Schluter. Un ángel autostopista que le decía «Adelante». ¿Adónde? Hacia el accidente; a través del accidente. Aquí.
Se levanta, tembloroso a causa de la revelación. En el verde chamuscado de este campo se alzan motas negras y su visión se convierte en un túnel. Su cuerpo quiere tenderse, pero él se esfuerza por permanecer en pie. Se vuelve hacia Farview y echa a correr. Su cerebro chispea como un carbón ardiente movido con un atizador. Llega a la falsa Homestar doblado por la cintura y con un dolor en el costado. ¿Cómo ha llegado a estar en tan mala forma? Entra en tromba en la casa, ansioso por contárselo a cualquiera, incluso a personas a las que probablemente no debería decírselo. La maníaca Blackie Dos casi lo derriba, sabiendo ya, gracias a su telepatía animal, lo que ha descubierto. La mujer aún está ahí, sentada ante su escritorio, utilizando su ordenador, como si fuese la dueña. Gira en la silla con una expresión de culpa, sorprendida por el regreso de Mark. Incluso más enrojecida de lo habitual, echándose el cabello hacia atrás, como si dijera: No estoy haciendo nada, aunque puede que esté tratando de copiar los datos de sus tarjetas de crédito o algo por el estilo. Se apresura a salir del sistema y se vuelve hacia él. ¿Mark? ¿Estás bien, Mark?
Una pregunta increíble. ¿Quién en este mundo dejado de la mano de Dios está bien? Decirle lo que ha descubierto podría significar su muerte. Ella podría ser cualquiera. Mark no sabe aún de qué lado está. Pero han ido intimando en el transcurso de los meses, en la adversidad. Esa mujer siente algo por él, está seguro de ello. Simpatía o lástima, al ver aquello a lo que se enfrenta. Tal vez lo suficiente para que deserte y se una a él. O tal vez no. Decírselo podría ser lo más estúpido que haya hecho jamás, desde lo que hizo, fuera lo que fuese, para perder a su auténtica hermana. Pero, finalmente, quiere decírselo. Debe hacerlo. La lógica no tiene nada que ver con ello. Se trata de supervivencia.
Escucha, le dice, excitado. ¿Tu novio? Tu amigo o lo que sea. A ver si puedes averiguar qué estaba haciendo la noche de mi accidente. Pregúntale si la palabra «adelante» significa algo para él.
Por un momento, Weber no pudo encontrarse ni el brazo ni el hombro izquierdos. No sabía si tenía la mano debajo o encima de su cuerpo, con la palma abierta o cerrada. Le invadió el pánico, que le despejó casi lo suficiente para identificar el mecanismo: la conciencia antes del pleno retorno del sueño de la corteza somatosensorial. Pero solo cuando obligó a moverse a su paralizado lado izquierdo pudo localizar de nuevo todas las partes de su cuerpo.
Un hotel anónimo en otro país. Otro hemisferio. Singapur. Bangkok. Una versión apenas más espaciosa que esos hoteles de Tokio que parecen depósitos de cadáveres, con los hombres de negocios archivados en cajones que alquilan para pasar la noche. Incluso cuando recordaba dónde estaba, le costaba trabajo creérselo. El motivo de su presencia allí estaba más allá de cualquier respuesta. Consultó el reloj: un número arbitrario que tanto podría referirse al día como a la noche. Encendió la tenue luz de la mesilla de noche y se encaminó al baño. Una ducha caliente le ayudaría a dispersar su persistente sensación de desubicación. Pero su cuerpo volvía a la normalidad con vacilación. Ninguna de las singulares certezas neurológicas que había adquirido en el transcurso de su vida profesional le inquietaba más que la más sencilla de todas: la experiencia esencial era sencillamente errónea. Nuestro sentido de la encarnación física no procedía del mismo cuerpo. Se interponían varias capas del cerebro, que a partir de señales primarias componían la tranquilizadora ilusión de solidez.
El agua caliente le corría por el cuello y bajaba por el pecho. Notaba que se le relajaban los hombros, pero no tenía mucha fe en la sensación. Los mapas corporales de la corteza eran fluidos en el mejor de los casos, y se desmantelaban con facilidad. Podía alarmar a cualquier universitaria haciéndole deslizar los brazos en dos cajas con una ventana en el extremo de la derecha. La mano de la estudiante aparecía en la ventana, solo que la mano en la ventana no era su derecha, sino un reflejo astutamente superpuesto de la izquierda. Cuando le pedían que flexionara la mano derecha, la estudiante veía, a través de la ventana, una mano que no se movía. En vez de llegar a la única conclusión lógica, un truco de espejos, la estudiante siempre experimentaba un acceso de terror, creyendo que su mano estaba paralizada.
Peor todavía: un sujeto que observaba cómo acariciaban una mano de goma en sincronía con su propia mano oculta seguía experimentando las caricias, aun cuando habían dejado de acariciar su mano real. La mano artificial ni siquiera tenía que parecer natural, ni ser siquiera una mano. Podía ser una caja de cartón o el ángulo de una mesa, y el cerebro seguiría absorbiéndola como parte de su cuerpo. Un sujeto con una clavija atada a la punta de un dedo incorporaría gradualmente la clavija a su imagen corporal, extendiendo la sensación del dedo unos centímetros más allá de donde finalizaba.
La más ligera deformación podía distorsionar el mapa. Cada otoño, Weber pedía a sus estudiantes que pusieran la punta de la lengua del revés y entonces pasaran un lápiz de derecha a izquierda a lo largo de la parte inferior de la lengua, que ahora estaba arriba. Cada sujeto notaba el lápiz como desde debajo, deslizándose de izquierda a derecha. A otros estudiantes les hacía ponerse gafas de cristales prismáticos hasta que normalizaban la imagen de un mundo invertido. Cuando se quitaban las gafas y miraban de nuevo, el paisaje real, sin filtros, se presentaba al revés.
Riachuelos de agua jabonosa le corrían por el abdomen y las nudosas piernas. Le recordaban a Jeffrey L., un hombre que se rompió la columna en un accidente de moto. Había quedado tirado en un terraplén, con las piernas en el aire, en el momento en que se le rompió la espina dorsal. Perdió totalmente el movimiento corporal por debajo del cuello, y debería haber perdido también toda sensación. Pero Jeffrey aún sentía el cuerpo invertido, los pies cernidos para siempre por encima de la cabeza. Otro de los pacientes de Weber, Rita V., había estado sentada y con las muñecas cruzadas cuando el caballo que montaba la derribó. Desde entonces su vida fue un martirio, deseosa tan solo de descruzar los brazos, que en realidad estaban perpetuamente extendidos a los costados. Otros tetrapléjicos informaban de que no tenían ninguna sensación corporal, tan solo les parecía que eran una cabeza flotante.
Más desconcertantes todavía eran los miembros fantasma. Nada peor que un dolor atroz en un miembro que ya no existía, un dolor del que los demás no hacían caso por considerarlo puramente imaginario (todo está en tu cabeza), como si lo hubiera de otra clase. Una persona puede mostrar una sensibilidad persistente en cualquier parte amputada, labios, nariz, orejas y, en especial, los senos. Un hombre seguía experimentando erecciones en su pene amputado. Otro le dijo a Weber que ahora tenía unos orgasmos muy intensos que reverberaban a través de su pie perdido.
Luego estaban las guerras fronterizas, los mapas cerebrales de la parte amputada invadidos por mapas cercanos. En alguna parte, solo Dios sabía en qué libro, Weber se refería al descubrimiento de una mano en gran parte intacta y sensible que seguía manifestándose en la cara del amputado, Lionel D. Al tocarle en lo alto del pómulo, Lionel la notaba en el pulgar que no tenía. Si se le rozaba el mentón, la notaba en el meñique. Al echarle agua en la cara, notaba que el líquido se deslizaba por su mano desaparecida.
Weber cerró la ducha y los ojos. Durante unos segundos más, cálidos afluentes siguieron corriéndole por la espalda. Incluso el cuerpo intacto es un fantasma, montado por las neuronas como un útil andamio. El cuerpo es el único hogar que tenemos, e incluso es más una postal que un lugar. No vivimos en los músculos, las articulaciones y los tendones, sino en el pensamiento, la imagen y el recuerdo que tenemos de ellos. No hay sensaciones directas, solo rumores e informes que no son de fiar. Los acúfenos de Weber, tan solo un mapa auditivo, se reorganizaban para producir sonidos fantasma en un oído intacto. Acabaría como uno de sus pacientes víctimas de una apoplejía, un brazo izquierdo de más, tres cuellos, un candelabro lleno de dedos, cada uno discretamente percibido, oculto bajo la manta en una cama de hospital.
Y, no obstante, el fantasma era real. Personas que habían perdido los pies pedían que les dieran golpecitos en los dedos, que encendieran esa parte de la corteza motora responsable de la locomoción. Incluso la corteza motora de personas intactas destellaba cuando tan solo se imaginaban caminando. Al verse huyendo de algo, Weber notaba que se le aceleraba el pulso, incluso mientras permanecía inmóvil en la bañera. Sentir y moverse, imaginar y hacer: fantasmas que se desangraban, uno en el otro. De momento no podía decidir qué era peor, si estar encerrado herméticamente en una habitación sólida, creyéndote en el exterior, o tener la facultad de atravesar las paredes porosas y pasar al azul proteico…
Sin coger una toalla y secarse, apagó la luz del baño y se dirigió hacia la cama tenuemente iluminada. Se sentó, goteando, en una butaca. En el extranjero se había humillado a sí mismo. En casa, le aguardaban cientos de pacientes, personas reales a las que había utilizado como meros experimentos mentales. Cada una latía en su interior sin que pudiera desprenderse de ellas. No quedaba ningún lugar en el mundo, ni real ni imaginario, donde pudiera sentarse.
En casa de Mark, Karin encontró una descripción online en una página llamada «Enciclopedia Popular Gratuita». Parecía respetable, con notas al pie y citas, pero recopilada a base de participación general, por votación comunitaria, por lo que era tan poco de fiar como de costumbre.
SÍNDROME DE FREGOLI: perteneciente a un raro grupo de síndromes de delirio psicótico con falsa identificación, en el que el paciente está convencido de que varias personas son en realidad una sola cuyo aspecto cambia. El síndrome toma su nombre de Leopoldo Fregoli (1867-1936), un mago teatral y mimo cuya capacidad de cambiar velozmente de cara y voz y de adoptar los de cualquier personaje dejaba atónito al público…
Como el síndrome de Capgras, el de Fregoli supone cierto trastorno de la capacidad de categorizar los rostros. Algunos investigadores sugieren que todos los delirios psicóticos con falsa identificación pueden existir a lo largo de un espectro de anomalías familiares compartidas por la conciencia ordinaria, no patológica…
Se lo contó a Daniel mientras comían en un restaurante chino. Karin había insistido en que salieran, diciéndole que necesitaba evadirse de su celda monacal y hablar en público. Ella se había vestido con elegancia y hasta se había perfumado. Pero no había tenido en cuenta los problemas logísticos, que comenzaron en cuanto Daniel tuvo el menú entre las manos. Daniel cenando fuera de casa: como un ministro calvinista en una fiesta con música acid. Sacudió la cabeza mientras silbaba.
– ¿Ocho dólares por un plato de ternera con brócoli? ¿No es increíble, K.?
El entrante era el producto gancho del restaurante. Ella decidió capear el temporal y esperar.
– Ocho dólares es un montón de dinero para el Refugio de las Grullas.
Gracias a las subvenciones y la buena administración, podían comprar y recuperar una pulgada cuadrada de tierra de labor marginal. Se acercó la camarera para informarles de los platos especiales. La lista de peces, mamíferos y aves sacrificados resultaba terriblemente dolorosa para Daniel.
– Esta «Berenjena china»… -dijo a la inocente camarera-. ¿Sabría decirme, así entre nosotros, cómo está preparada?
– Vegetariana -le aseguró la camarera, como decía el menú.
– Pero ¿está la berenjena frita en mantequilla? ¿Usan grasa de leche en la preparación?
– ¿Quiere que lo averigüe? -gimoteó la camarera. -¿Sería posible tan solo un plato de verduras cortadas? ¿Zanahoria y pepino crudos? Esa clase de cosas.
Karin había cometido una locura al proponer la salida, como había sido una locura que él la aceptara. La carne con brócoli era como un sueño para ella, una cura para su creciente anemia causada por comer solo alimentos integrales. Las semanas que llevaba viviendo con Daniel la habían destrozado. Le miró a hurtadillas, mientras la camarera seguía a su lado. El semblante de Daniel era plácido, como si lo condujeran por una rampa hacia el dispositivo aturdidor. Ella pidió tofu y brotes de soja.
Había olvidado cómo se comportaba Daniel en aquellos locales, unos lugares de los que dependía el resto del mundo civilizado. Cuando la camarera le trajo las rodajas de pepino, se limitó a deslizarlas por el plato con el tenedor, evadiéndose con ellas.
– No parece posible que sufra los dos trastornos a la vez -le dijo Karin-. Quiero decir que el Capgras consiste en no identificar en grado suficiente, mientras que el Fregoli parece exactamente lo contrario.
– Mira, K., lo más probable es que debamos tener cuidado con el autodiagnóstico.
– ¿Auto…? ¿Qué quieres decir con «auto»…?
– El del profano. Ni tú ni yo estamos cualificados para diagnosticarle. Tenemos que volver al Buen Samaritano.
– ¿A ese Hayes? La última vez casi me insultó. Debo decirte, Daniel, que me sorprendes un poco. ¿Desde cuándo defiendes la medicina organizada? Creía que eran todos curanderos por la fe. «Los nativos norteamericanos han olvidado más medicina de la que la tecnología occidental ha descubierto hasta ahora.»
– Bueno, eso es en esencia cierto. Pero en aquel entonces, cuando las Primeras Naciones descubrieron su medicina, no había muchos accidentes de tráfico. Si conociera a un nativo norteamericano con experiencia en traumatismo craneoencefálico, lo recomendaría por encima de cualquier otro con quien hayas hablado.
No mencionó el nombre de Gerald Weber. No tenía necesidad de hacerlo. Sin haberlo conocido en persona, Daniel sentía una antipatía irracional hacia aquel hombre.
– He de informar al doctor Weber -dijo Karin.
Quería decir que ya le había escrito.
– ¿De veras?
La serenidad de Daniel era absoluta. Como si estuviera meditando.
– Bueno, es uno de los más eminentes… -Claro que tal vez no lo fuera. Quizá solo era famoso, que no siempre es lo mismo-. Le prometí que si Mark cambiaba se lo comunicaría.
Daniel había cambiado, al igual que los amigos de Mark. La misma Karin había sufrido alteraciones, más que cualquiera de ellos.
Daniel se miró las yemas de los dedos.
– ¿Hay algún inconveniente en contactar con él?
– ¿Aparte de más humillación y decepción?
La camarera acudió para preguntarles cómo estaba todo.
– Estupendo -respondió Daniel, sonriente.
Cuando se hubo ido, Karin inquirió:
– ¿Iba a la escuela con nosotros?
Los labios de Daniel trazaron una sonrisa sesgada.
– Es diez años más joven que nosotros.
– ¡No me digas! ¿Tú crees? -Comieron en silencio. Finalmente ella dijo-: Está empeorando por mi culpa, Daniel.
El objetó noblemente, como debía hacer. Pero todas las pruebas estaban en su contra.
– De veras. Creo que la tensión de verme cada día, de no ser capaz de reconocer… le está haciendo daño. Y ahora tiene nuevos síntomas. Es por mi culpa. Verme le descoloca. Le estoy haciendo…
Daniel concentró en ella toda su calma, pero su estado alfa sufría oscilaciones.
– No sabemos cómo habría evolucionado si no hubieras estado aquí durante todo este tiempo.
– Desde luego, tu vida habría sido más simple, ¿verdad?
Él sonrió de nuevo, como si ella acabara de contar un chiste.
– Más vacía.
Vacía como ella se sentía. Vacía como resultaban estarlo todos sus gestos. Deslizó el cuchillo por los dados de tofu, como una guadaña.
– ¿Sabes qué es lo más extraño de todo? No cree que soy ella, y jamás va a pensar que lo soy. De modo que si me marchara, si dejara de torturarle, consiguiera un trabajo y empezara a pagar mis deudas, no sería en absoluto como si ella le abandonara. Su hermana. Nunca me lo echaría en cara. ¡Lo celebraría!
Vio el destello en los ojos de Daniel antes de que él pudiera reprimirlo. Le estaba asustando. Le abatiría a él también. Le estaba haciendo a Daniel lo mismo que Mark le hacía a ella. Pronto sería una desconocida para él. Incluso para sí misma. Su alejamiento también sería mejor para Daniel.
Él sacudió la cabeza, con una certidumbre asombrosa.
– La víctima no sería él.
– ¿Qué? ¿Quedarme por mí misma? -El peor motivo imaginable. Las palabras la empujaron muy lejos de él, hacia un planeta sin atmósfera-. Estás preocupado.
Daniel sacudió la cabeza, un poco entristecido.
– Lo estás -le acusó, tratando de bromear-. He leído en uno de mis libros sobre el cerebro que las mujeres somos diez veces más sensibles que los hombres para detectar los estados de ánimo de otra persona.
Daniel, que mareaba con el tenedor un trozo de pimiento, se detuvo y dejó el cubierto a un lado.
– Pero estamos hablando de ti -le dijo-. De Mark…
– Me gustaría hablar de otra cosa durante un rato.
– Bien, he estado pensando… Estamos pasando una situación difícil en el Refugio de las Grullas. Pero tiene gracia que hablemos de una cosa tan… cuando nos enfrentamos a…
– Habla -le pidió Karin.
Y mientras ella experimentaba la vaga sensación de haber sido traicionada, él lo hizo.
Le dijo que el Refugio se encaminaba hacia un conflicto. Durante años, varios grupos ecologistas unidos habían obligado a la administración del río a ser honesta, amenazándoles con invocar la Ley de Especies en Peligro si las demandas en el Platte Central reducían el caudal por debajo de los niveles necesarios para el mantenimiento de la fauna. Retiraron esa amenaza tras el establecimiento de medidas ambientales: se garantizaban unos niveles del caudal apropiados para la fauna en los tres estados que vivían del río.
Pero ahora el precario sistema de trueque de derechos del agua se estaba tambaleando. El método de llenar nuevamente las cuencas en invierno ya no satisfacía a todos los grupos que querían beber del caudal. En la ronda de negociaciones más reciente, todos, excepto las grullas, se habían distanciado del Refugio.
– Nos atacan desde todas partes. Ayer estaba en el río, al oeste del viejo puente para las carretas, yendo hacia el promontorio. He paseado por esos campos desde que tenía seis años. De repente, un campesino viene por el camino hacia mí. tejanos, grandes botas de agua, camisa de faena y una escopeta sobre el antebrazo, como si fuese una raqueta de tenis. Se me acerca y me dice: «Estás con esa gente que trata de salvar a los pájaros, ¿verdad? ¿Tienes idea del daño que hacen esos pájaros?». Aprieto el paso, para evitar problemas, y él empieza a gritar: «¡Los americanos tardamos cientos de años en convertir estas ciénagas en hermosas granjas! ¡Y vosotros queréis que vuelvan a ser ciénagas! Será mejor que te busques protección. Guárdate las espaldas. Te lo digo por tu bien». ¿Puedes creerlo? ¡Me estaba amenazando en serio!
– Lo creo -respondió ella-. Te lo he advertido durante años.
Él soltó una risita, los chasquidos de una ardilla.
– ¿Que me guarde las espaldas?
– Aquí no todo el mundo cree que esté bien poner a los pájaros por delante de las personas.
– Esos pájaros son lo mejor que tiene este lugar. Se diría que la gente lo cree así. Pero no: están rompiendo todos los acuerdos locales que tardamos una década en negociar con tanto toma y daca. Han vuelto a autorizar el funcionamiento de la presa de Kingsley durante cuarenta años. ¡Es una locura! Tendrías que trabajar para nosotros, K. Necesitamos una luchadora. Necesitamos a todas las personas que podamos reunir.
– Sí -replicó ella, casi en serio esta vez.
– La codicia se ha desmadrado, créeme. El Consejo de Desarrollo se ha prostituido para ese nuevo consorcio de constructores. Prometieron que no habría ningún edificio nuevo. Por eso es por lo que hemos luchado, y ganamos. Una moratoria de diez años del desarrollo a gran escala. Nos están engañando, como si fuésemos los nuevos indios pawnee.
– ¿El Consorcio?
Ella hizo pirámides de tofu en su plato. Sabía de quién estaba hablando, sin que él se lo dijera. Y él sabía cuál era su pregunta antes de que ella la planteara.
– Una jauría de lobos formada por trapicheros locales. ¿No sabrás por casualidad…? No sabes nada de esto, ¿verdad?
La miró fijamente, la incertidumbre reflejada en su semblante.
– Nada en absoluto -respondió, mientras por su mente cruzaba el nombre de Karsh-. ¿Debería saberlo?
Él se encogió de hombros y meneó la cabeza, con aire de disculpa.
– Sabemos quiénes son los promotores involucrados, pero no sabemos qué están buscando. Tienen sus miras puestas en unas parcelas de tierra para un nuevo proyecto. Una extensión despejada, cerca del río. Hace un par de años les paramos los pies. Les arrebatamos diecinueve hectáreas. Se están preparando de nuevo para la guerra, ahora que saben que estamos sin blanca. Después de las elecciones de noviembre, se reunirá el Consejo de Desarrollo.
Ella pasó la mano por el mantel.
– ¿Y qué es lo que quieren?
– Están ocultando muy bien sus cartas. Tendrán que encarar el uso del agua antes de que dejen vislumbrar sus intenciones sobre las propiedades que quieren adquirir.
– ¿Qué sabes de ellos? -preguntó casi de una manera espontánea, pero a él le pilló desprevenido-. Quiero decir, ¿cuántos son? ¿Hasta qué punto son económicamente potentes?
– Parece haber tres grupos diferentes. Dos de Kearney y uno de Grand Island. No sé qué es lo que se proponen, pero, desde luego, se trata de algo a gran escala.
– ¿Lo bastante grande para que sea un problema?
– Les interesa la ribera del río. Y lo que construyan aumentaría el uso. Cada vaso de agua que sale de ese río reduce el caudal y estimula la invasión vegetativa. Las aves…
– Sí -se le adelantó ella. No hubiera soportado que volviera a contárselo, no en aquel momento-. Así pues, ¿cómo contraatacará el Refugio?
– Tenemos que preparar una estrategia, más o menos en la sombra. -La miró, evaluándola, y por un instante atroz ella notó que calculaba hasta qué punto era digna de confianza, cuánto podía aproximarse a una acusación sin acusarla-. Estamos formando una especie de consorcio propio: el Fondo de Defensa Ambiental, el Refugio y el Santuario. Si entre todos podemos establecer un fondo económico, nos será posible hacernos con terrenos pequeños pero estratégicos y tratar de impedir que el otro bando haga adquisiciones más grandes. Por supuesto, jamás los superaríamos en una subasta. Pero será distinto si conseguimos un par de piedras angulares, una pequeña franja en las zonas más probables, antes de que empiece la puja. Tiene que ser Farview. Algún lugar en los alrededores de Farview. El mejor terreno sin urbanizar en las afueras de Kearney.
El nombre de la localidad donde vivía Mark hizo salir bruscamente a Karin de su ensoñación.
– Como de costumbre, son las aves las que sufren -observó Daniel-. En los mitos, los dioses siempre se cargan a los pájaros. ¿Por qué detenerse ahora?
Llegó la camarera, demasiado pronto.
– ¿Qué tal está todo?
– Todo está muy bien -respondió Karin en tono cantarín.
– ¿Cómo están sus verduras? -preguntó la camarera a Daniel.
– Estupendas -respondió él-. Frescas.
– ¿Está seguro de que no desea nada más? ¿Algo un poco más…?
Daniel sonrió.
– Gracias. Estoy satisfecho.
Siguió con los ojos a la camarera cuando se alejaba. Poco después llegó la ayudante de camarera para llenarles de nuevo los vasos de agua. Daniel le dijo «perdón» en vez de «gracias».
Se rompió una gran presa de humillación, y las olas de una antigua corriente cubrieron a Karin. Su espina dorsal se convirtió en un sauce. Sus puños, apoyados en el regazo, eran como piedras.
– ¿Cuál te gusta más? -preguntó.
– ¿A quiénes te refieres?
– Ya sabes. ¿La ayudante o la camarera?
Él le sonrió y sacudió la cabeza, la encarnación de la inocencia evasiva.
Ella posó la mirada en la media distancia, su tez de un color cobrizo a juego con el cabello.
– ¿Preferirías estar en otra parte?
Él trató de sonreír, incluso en aquel momento.
– ¿Qué quieres decir?
Ella admiró su aplomo, por muy transparente que fuese el engaño. Le sonrió a su vez, lanzada del todo.
– Podrías pasártelo mejor en otro sitio, ¿verdad?
A él le hirieron estas palabras. Miró el plato, las rodajas de pepino diseminadas.
– Por favor, Karin, no… Creía que no haríamos esto nunca más.
– También yo lo creía.
Hasta que él había dudado.
– Mira, Karin, no sé qué… qué crees haber visto…
– ¿Creer? ¿Creer que he visto?
– Te lo juro, la idea no ha pasado por mi mente.
– ¿Qué idea?
Él inclinó de nuevo la cabeza, como una de esas criaturas fantásticas que adquieren más fuerza encogiéndose y encajando los golpes.
– Cualquier idea.
Karin aún podía hacer algo: tomárselo a risa, mostrarse adulta. Superarse a sí misma. O hundirse con él de nuevo en la peor de sus pesadillas. Se estremeció, con una sensación de vértigo.
– Ella misma es un lindo y pequeño pepino. «Fresco.» Y la chica que nos ha servido el agua también. Ambas deliciosas. Tu noche de suerte. Una rebaja: dos por el precio de una.
– No estaba comprando.
Él trató de mantener la mirada, pero el resplandor de tristeza que había en los ojos de ella también le afligió. Toda su historia.
La calma con que ella replicó era similar a la de su acompañante.
– ¿Solo mirabas escaparates?
Él alzó las palmas en el aire.
– No estaba mirando. ¿Qué he hecho? ¿Me he equivocado en algo? ¿He dicho algo que te ha dolido? Si es así, sinceramente…
– Está bien, Danny. Puedo aceptar el hecho de que los varones estéis genéticamente programados para la variedad. Cada hombre tiene que inspeccionar el género que hay en el mercado. Eso no me molesta. Tan solo deseo que… ¡no lo hagas!, por favor, ¡no! Quiero que lo admitas.
Él empujó su plato hacia delante y unió las manos ante su cara, como un orientador vocacional o un sacerdote. Apoyó la frente en las puntas de los dedos.
– Oye, lo siento. Lamento haber hecho lo que te ha irritado en este momento, sea lo que sea.
– ¿En este momento? No puedes decirlo, ¿verdad? No puedes decir que sencillamente te gustaban. Las dos. Ni siquiera quiero que lo lamentes. Estaría bien que admitieras por una vez que estabas imaginando…
Daniel echó la cabeza hacia atrás. Las palabras que dijo entonces eran de otra época de su vida, lo mismo que las de ella.
– Yo diría que, si eso es lo que estaba haciendo, ni siquiera la he visto. Ni siquiera puedo decirte qué aspecto tiene.
Ella sintió el peso de lo absurdo, la futilidad de todo intercambio. En realidad, a nadie le importaba cómo el mundo miraba a cualquier otra persona. Experimentaba una profunda necesidad de romper con todo lo que aparentara ser un vínculo. De vivir en aquella falsedad a la que la lealtad siempre conducía. El amor no era el antídoto del síndrome de Capgras, sino una forma del mismo, que creaba y rechazaba a los demás, al azar.
– ¿Ya te has olvidado? ¡Pues míralas otra vez!
Él habló entre dientes.
– No soy esa clase de hombre. Ya te lo dije ocho años atrás. Te lo dije hace cinco años, y entonces no me creíste. Pero cuando volviste te estaba esperando. Estoy contigo. Siempre lo he estado y siempre lo estaré. Contigo y con nadie más. No ando buscando. Ya he encontrado.
Extendió un brazo sobre la mesa para tomarle la mano. Ella retrocedió, dejó caer el tenedor y diseminó el tofu en el plato.
– ¿Conmigo? ¿Con los ojos siempre en todas partes? ¿A quién te refieres? -Miró a su alrededor, avergonzada de sí misma. Todos los demás clientes evitaban mirarlos. Se volvió hacia él y dijo alegremente-: Está bien, Daniel. No te estoy juzgando. Eres quien eres. Si al menos me reconocieras que…
Él retiró la mano.
– No deberíamos haber salido a cenar. Deberíamos haber recordado que siempre… -Ella arqueó las cejas ante la admisión. Él inhaló, tratando de recuperar su fragmentado dominio-. Algún día sabrás qué es lo que miro. Siempre. Confía en mí, K…
Parecía tan asustado que ella se sintió profundamente dolida. En aquel momento recordó el gran atractivo de Robert Karsh, un hombre sin la décima parte del idealismo de Daniel. De todos los hombres con los que ella había estado, Karsh tenía por lo menos la decencia de decir a qué mujeres miraba. No daba pie a las ilusiones. Por lo menos Karsh nunca se había engañado a sí mismo creyendo que pertenecía del todo a Karin. Karsh, que siempre estaba ojo avizor. Karsh, el implacable promotor inmobiliario.
Permanecieron sentados, removiendo la comida en sus platos, profundamente avergonzados. Decir más solo serviría para aclarar las cosas. Los clientes de las mesas vecinas devoraban su comida, pagaban y se marchaban. Ella ansiaba cambiar de tema, fingir que no había dicho nada. La duda formaba una pequeña costra sobre la herida, y Karin tiraba de ella. Solo quería arrancarlo todo, despejar el paisaje, huir a algún lugar desierto y auténtico. Pero no existía ningún lugar auténtico, solo un breve espejismo, seguido de una larga y humillante autojustificación. Ella volvería con aquel hombre a su celda monacal. Era su amante, su compañero. La última y eterna promesa de aquel año. Karin no tenía otra cama, otro lugar al que volver para seguir estando cerca de su hermano, el hermano del que probablemente no debería estar cerca.
– Lo siento -le dijo-. Creo que estoy perdiendo el control de mis emociones.
– No pasa nada -replicó él-. No importa.
Todo importaba. Volvió la camarera, aún sonriente pero cautelosa. Ahora todo el mundo los conocía.
– ¿Puedo retirar los platos o todavía no han acabado…?
Daniel alzó su plato a medio comer, desviando los ojos de la Medusa. El gesto solo sirvió para ratificar lo que Karin pensaba y aumentar la tristeza de la situación. Cuando la joven se marchó, él concentró toda la fuerza de su voluntad sobre Karin, desesperado por demostrarle una buena disposición que incluso ella debería admitir.
– Tenemos que contarle a Weber lo de Mark. Hemos entrado en un nuevo territorio.
Karin asintió, pero no podía mirarle. Todo lo antiguo, nuevo otra vez.
Por fin de regreso en su rincón del globo, su aguilera en la orilla de la bahía Conscience, Weber tocó con los pies en el suelo. Sylvie era incondicional, por supuesto, realmente indiferente a lo que cualquiera, aparte de su hija, pensara de ellos. El juicio público no significaba para ella más que el correo electrónico basura. Por lo que respectaba a Sylvie, el engaño radicaba en el consenso.
– No podemos pensar claramente por nosotros mismos, no digamos ya en grupos de dos o tres. ¿Y quieres confiar en el mercado? Veremos lo que dicen de ti dentro de veinte años.
El destino del famoso Gerald le preocupaba menos que la epidemia de escándalos empresariales: Enron, WorldCom… el fraude multimillonario del mes. Durante el desayuno, le leyó acerca de los escándalos más recientes.
– Son unos reptiles, cariño. ¿Puedes creer lo que está pasando? Vivimos en la era del hipnotismo de masas. Mientras sigamos aplaudiendo y creyendo, los grandes magnates de la industria cuidarán de nosotros.
Él agradeció que le distrajera, que concentrara su justa ira en los engaños de las empresas. Ella hacía bien al no secundar el nerviosismo de su marido, Y, sin embargo, en un rincón de su mente le contrariaba su indiferencia, le contrariaba que los estafadores del mundo empresarial le eclipsaran. Le contrariaba que a ella, con su temperamento, no le afectara el repentino y sumario juicio de que él era objeto.
Empezó a buscar las valoraciones de su obra en Amazon cada vez que encendía el ordenador. Cavanaugh le había mostrado ese sitio, en los buenos tiempos. Deseaba examinar los datos reales. Los críticos de los medios tenían intereses creados profesionales; el lector particular, no. Pero las valoraciones privadas estaban por todo el mapa. Una estrella: «¿Quién se cree que es este individuo?». Cinco estrellas: «No hagas caso de los negativistas»;
«Gerald Weber ha vuelto a hacerlo». La alabanza era peor que el veneno. Las reacciones se multiplicaban, como las serpientes que se retorcían en el sótano de su familia, en la única pesadilla recurrente de su infancia. Nuevas valoraciones, cada vez que miraba. De alguna manera, mientras no estaba mirando, el pensamiento particular cedía paso a las evaluaciones en grupo perpetuas. La era de la reflexión personal había terminado. En lo sucesivo, todo se discutiría en pendencias públicas que se retroalimentaban. Programas de radio con participación por teléfono del público, grupos de sondeo cada vez que cualquiera se movía. León Tolstói: 4,1. Charles Darwin: 3,0.
Y, sin embargo, cada vez que apagaba el sistema, asqueado por las implacables valoraciones, de inmediato deseaba mirar de nuevo, ver si la siguiente reacción podía borrar el último rechazo sin sentido. Comparaba sus cifras con las de otros escritores entre los que le habían agrupado. ¿Solo él era objeto de aquella reacción violenta? ¿Quién era el más admirado del momento? ¿Cuáles de sus colegas también habían caído? ¿Cómo se las ingeniaba el público para trazar aquellas piruetas con una sincronía perfecta, como si obedeciera a una señal?
Esta vez no había hecho nada que no hubiera hecho por lo menos dos veces antes. Tal vez ahí radicara el problema: no había satisfecho el interminable apetito colectivo de novedad. Nadie quería que le recordaran entusiasmos de antaño. Se había convertido en un icono de una década anterior. Ahora tendría que pagar por todos los elogios del pasado.
Y esa era la horrible ironía. Cuando empezó, en la treintena, lo que escribía por las noches no iba dirigido a nadie. Pura reflexión, una carta a Sylvie. Unas palabras a la pequeña Jess, para cuando creciera. Tan solo una manera de comprender su actividad profesional de una manera un poco más humana, con unas pocas conexiones más, esas sencillas especificaciones prohibidas por el empirismo, el material en pos del cual iba realmente la ciencia aunque no se atreviera a admitirlo. Tan solo algo con que refrescar su sensibilidad cada noche. El cerebro humano cavilando sobre sí mismo.
Únicamente el entusiasmo de unos pocos amigos íntimos a los que había mostrado fragmentos le convenció de que aquellos ensayos podrían tener un público. La aprobación de la gente no había significado nada, hasta que la tuvo. Ahora la idea de perder a su público le avergonzaba. Lo que había comenzado como una actividad complementaria había adquirido definición, una definición que se desvanecía en el momento en que él le daba crédito. Solo tenía cincuenta y cinco años. Cincuenta y seis. ¿Cómo llenaría los próximos veinte años? Estaba el laboratorio, por supuesto. Pero allí había sido poco más que un administrador durante largo tiempo. La maldición de la ciencia que tiene éxito: los investigadores veteranos se convertían inevitablemente en recaudadores de fondos. No podía pasarse las dos décadas siguientes recaudando fondos.
La mayor parte de la neurociencia se había descubierto desde que Weber comenzó a investigar. La base de conocimientos se duplicaba a cada década. Uno podía conjeturar razonablemente que todo lo que es posible conocer sobre la función cerebral se sabría en la época en que sus estudiantes actuales se jubilaran. La cognición se dirigía hacia su principal logro colectivo: comprenderse a sí misma. ¿Qué imagen de nosotros mismos nos quedaría, a la luz de la totalidad de los datos? Tal vez la mente sería incapaz de soportar su propio descubrimiento. Tal vez nunca estaría preparada para saberlo. ¿Qué haría la especie si tuviera un conocimiento total? ¿Qué nueva criatura construiría el cerebro humano para que ocupara su lugar? Alguna estructura nueva y más eficiente, despojada de su antiguo lastre…
Dio largos paseos alrededor de la alberca del molino, hasta que empezó a encontrarse con amables vecinos. Navegó en barca por la bahía Conscience. El bote había yacido durante tanto tiempo boca abajo en el jardín, que en su interior se había amadrigado una zarigüeya. Aturdido por la luz del día, el animal le soltó un bufido cuando la descubrió. A lo largo del Neck, dejándose llevar por la corriente, notó el viento que zarandeaba la embarcación a voluntad. Había avergonzado en público a su esposa y su hija. Se había convertido en un fácil blanco de burla.
No había hecho nada malo, ni cometido un engaño consciente ni un error grave. Aún podía acreditar treinta años de reputada investigación, un minúsculo rincón de la empresa que coronaba a la especie. Solo que su intento de popularizar esa ciencia le había salido mal. Para su sorpresa, comprendió cómo se sentía: con mal cuerpo, sorprendido en alguna infidelidad.
Llegó septiembre, aquel desolador primer aniversario. ¿Qué importaba el contratiempo particular a la sombra del trauma compartido? Trató de recordar el temor público del año anterior, cuando encendías la radio para descubrir que el mundo había estallado. La fuerza estaba intacta, aunque los detalles habían desaparecido. Sin duda su memoria estaba empeorando. Incluso las cosas más simples, como los nombres de sus estudiantes. Una canción que se había sabido de memoria desde la infancia. Las palabras iniciales de la Declaración de Independencia. Se obsesionaba con la recuperación, para demostrarse que no había nada malo, lo cual solo empeoraba el bloqueo. No se lo dijo a Sylvie, pues esta se habría limitado a burlarse. Tampoco le mencionó sus accesos de depresión, porque ella no habría hecho más que buscarle excusas. Tal vez algo andaba mal en su sistema hipotalámico-pituitario-adrenal, algo que podría explicar todo aquel sobreviraje emocional. Pensó en recetarse a sí mismo una dosis baja de deprenyl, pero los principios y el orgullo se lo impidieron.
En los últimos días del mes, cuando incluso Bob Cavanaugh se había olvidado del libro y había dejado de llamarle, en The New Yorker, donde a veces Weber había publicado sus propias reflexiones, apareció un relato breve. La autora era una mujer de unos veinticinco años, al parecer muy conocida y bastante más allá de la última moda. Una estampa cómica de dos páginas, «De los archivos del doctor Lóbulo Frontal» adoptaba la forma de una serie de casos clínicos en primera persona contados por el neurocientífico que los examinaba. La mujer que utilizaba a su marido como una cubretetera. El hombre que despertó de un coma prolongado durante cuarenta años con el impulso de creer a los políticos por los que había votado. El hombre que adquirió una personalidad múltiple a fin de usar el carril de transporte colectivo. El cuentecillo hizo reír a Sylvie.
– Es muy entrañable. Y, al fin y al cabo, no trata de ti, cariño.
– ¿De quién trata?
Sus fosas nasales se expandieron al inspirar con fuerza.
– Trata de la gente. Unos paquetes infinitamente peculiares de síntomas andantes. Todos nosotros.
– ¿Se está riendo de personas con déficit cognitivo?
Incluso a él mismo le sonaron ridículas sus palabras. Podría haberle sugerido a ella que se tomaran unas vacaciones, si no fuese porque acababan de hacerlo.
– Ya sabes de qué se está riendo. De lo que la comedia se ríe siempre. Silbar cuando pasas por el cementerio. Nadie quiere creer que somos lo que vosotros decís que somos.
– ¿Nosotros?
– Ya sabes a quiénes me refiero. Los científicos del cerebro.
– ¿Y qué estamos diciendo exactamente que nadie quiere oír? ¿Nosotros, los científicos del cerebro?
– Uf, la tira. Los objetos pueden estar más cerca de lo que parece. El nuevo equipamiento médico puede dar unos resultados inesperados. Ninguna garantía escrita ni implícita. Todo lo que sabes es erróneo.
Aquella noche recibió otro correo electrónico desde Nebraska. Llegó junto con mensajes de amigos y colegas que, disimulando la agresión de buen humor, querían refregarle por las narices el relato de The New Yorker. Se los saltó y fue directamente a la nota de Karin Schluter, al tiempo que recordaba que aún no había respondido a las notas que le envió durante el verano. Los críticos estaban en lo cierto. Mark Schluter había dejado de existir cuando ya no pudo hacer nada más por Weber.
Las noticias de Karin le electrizaron. Su hermano creía que alguien le estaba siguiendo, con una variedad de disfraces. Mark estaba compilando una lista de detalles documentados que demostraban que la localidad de Farview había sido sustituida desde la noche del accidente y el día en que salió del coma, con el expreso propósito de desorientarle.
Weber acababa de encontrar un caso en la literatura clínica, procedente nada menos que de Grecia, de entre todos los lugares míticos, que describía la coexistencia de los síndromes de Capgras y Fregoli en un mismo paciente. Algo realmente notable le estaba sucediendo a Mark Schluter. Un nuevo y sistemático examen podría arrojar luz sobre unos procesos mentales absolutamente desconocidos, unos procesos que solo aquel déficit devastador podía revelar. Todas las cosas que nadie quiere oír.
Pero incluso mientras este pensamiento tomaba forma, se le ocurrió otro. Gerald Weber, neurólogo oportunista. Violador de la intimidad y explotador de barraca de feria. No podía decidir qué era peor, si aceptar el seguimiento de las nuevas complicaciones o no responder a la reiterada apelación. Aquellas personas le habían pedido ayuda, y él había entrado en sus vidas. Luego las había olvidado. Seguían trastornadas, todavía esperaban de él que hiciera algo. Su única receta, la terapia cognitiva conductual, parecía empeorar las cosas. Aun en el caso de que Weber no pudiera hacer nada más, por lo menos estaba obligado a escuchar y asistir.
En su nota, Karin Schluter no solicitaba nada abiertamente. «No quiero insistir de nuevo, sobre todo después de no haber tenido noticias suyas desde julio, pero he oído su entrevista por la Radio Pública y, dado lo que ha dicho sobre la plasticidad del cerebro, he pensado que por lo menos querría saber lo que le está ocurriendo a Mark.» Weber alzó la vista de la pantalla y miró por la ventana, al viejo arce que (¿cuándo?) había adoptado el color de un jilguero. El tiempo de la cosecha en Nebraska: el último lugar de la tierra adonde quería ir. ¿Cómo se llamaba el temor irracional a los espacios ondulantes y desiertos?
Solo escribir más podría salvarle. Un informe concentrado, publicado o no. Uno que redimiera lo que había estropeado con el anterior. No una historia clínica, sino una vida. Podía garantizar, por anticipado, la buena voluntad de todas las personas involucradas. Podía recrear a Mark Schluter, no combinaciones, no seudónimos, no detalles disimulados, no ocultación detrás de los datos clínicos. Tan solo el relato del refugio inventado, el esfuerzo, acompañado de temor, por construir una teoría lo bastante amplia para que la materia húmeda pueda vivir en ella. *
A la noche siguiente, después de cenar y mientras ella fregaba los platos, se lo dijo a Sylvie. Toda la negociación tenía un aire de déjà vu, pero él no había podido imaginar que el anuncio la irritaría.
– ¿Volver a Nebraska? ¿Lo dices en serio? La vez anterior saliste huyendo de allí cuando apenas habías llegado.
– Solo será un par de semanas, más o menos.
– ¡Dos semanas! No lo entiendo. Parece como… un cambio total.
– Creo que el Director de la Gira quiere que haga esto.
Ella estaba sacando las copas limpias del escurridor, las secaba lentamente y las colocaba fuera de su lugar.
– Si te ocurriera algo me lo dirías, ¿verdad?
Él cerró el grifo del agua caliente.
– ¿Ocurrirme? ¿Qué quieres decir?
¿Qué podía ocurrirle todavía en la vida?
– Cualquier cosa… Cualquier gran cambio. Si algo, en fin, te causara serias dificultades. O al famoso Gerald. ¿Me lo dirías?
Ya habían pasado semanas desde que algo le empezó a causar serias dificultades. Dejó la esponja, tomó el paño de las manos de Sylvie, lo dobló con pulcritud por la mitad y lo colgó horizontalmente de la barra del horno.
– Claro que sí. Siempre. Todo. Ya lo sabes. -Se acercó a ella y le puso tres dedos sobre el lóbulo temporal. Un escáner mental, un beso de explorador-. Solo cuando te digo las cosas yo mismo las entiendo.