Lo que estaba lleno no era mi nasa, sino mi memoria. Como la curruca zarcera, había olvidado que en la Bifurcación nunca sería más que de mañana.

Aldo Leopold,

Almanaque del Condado Arenoso


Regresan desde el Ártico. Ahora los tres miembros de la familia vuelan con muchos otros. A media mañana, cuando el aire calentado por el sol se alza en anchas columnas, las aves se elevan a varios centenares de metros por encima del suelo. Las bandadas flotantes se van engrosando, descienden a la siguiente corriente térmica hacia el sur, donde se elevan de nuevo. Llegan a alcanzar ochenta kilómetros por hora y recorren ochocientos al día con escaso batir de alas. De noche se deslizan a la superficie y se posan en extensiones de agua someras y abiertas que recuerdan de años anteriores. Navegan sobre campos cosechados, dinosaurios alados cuyos gritos parecen toques de clarín, un último gran recordatorio de la vida antes de que empezara a existir la conciencia.

La cría, ya con el plumaje totalmente desarrollado, sigue a sus padres de vuelta a un hogar del que debe aprender que ha partido. Tiene que ver el meandro una sola vez, memorizar sus hitos. Esta ruta es una tradición, un ritual que solo cambia ligeramente, transmitido a través de generaciones. Incluso retiene las pequeñas irregularidades (a la izquierda, bajando por ese valle, para seguir más allá de aquel afloramiento rocoso). Algo en su visión debe de cotejar los símbolos. Pero ninguna persona sabe cómo lo hacen y ninguna ave puede decirlo.

Aletean de nuevo sobre los estados occidentales. Cada día les regala un viento de cola. En la primera semana de octubre, la familia se posa en las praderas orientales de Colorado. En cuanto ha amanecido, cuando sobrevuelan a ras de los campos, en espera de que el suelo se caliente y el aire ascienda, el espacio alrededor de la cría de grulla estalla. Su padre ha sido alcanzado. Lo ve tendido en la tierra cercana. Los gritos de las aves llenan el aire estremecido, sus troncos encefálicos bombean pánico. También este caos deja un rastro permanente, que siempre será recordado: Se abre la veda.

Cuando, tras la efusión de sangre, vuelve la normalidad, la joven ave localiza a su madre. Oye su llamada, a menos de un kilómetro de distancia, donde traza círculos, traumatizada. Esperan dos días más, examinando el entorno, lanzando al unísono un espectro de lo que fue su grito. Nada puede informarles, no tienen manera de saber. No pueden hacer más que trazar círculos y gritar, esperando, una especie de religión, para que se presente el muerto. Pero no lo hace, y entonces solo existe el ayer, el año pasado, los sesenta millones de años anteriores, la misma ruta, el regreso ciego que se organiza por sí solo.

Ahora las grullas canadienses no se reúnen en Nebraska. No hay en el Platte ninguna gran puesta en escena otoñal. Las grullas solo se detienen brevemente, en pequeños grupos. La madre ceba a su cría y la saca adelante. La conduce a diez metros del lugar donde, el pasado febrero, ella y su pareja se acurrucaban, a unos metros del lugar donde la camioneta dio una vuelta de campana. La madre vadea las lisas aguas del río en otoño, esperando encontrar de nuevo a su pareja en los meandros, en el tiempo sin límites de los animales, el ahora permanente, el mapa cuyos bordes se pliegan sobre sí mismos.

Pero su pareja tampoco se encuentra en este lugar. Ella vuelve a ponerse nerviosa, recordando ese antiguo incidente, el trauma de la pasada primavera. Algo malo sucedió una vez aquí, tan ruidoso y mortífero como el nuevo y fatal agravio. Como una especie de pronóstico, ese granulado irritante en la mente de la grulla viuda es todo lo que queda de lo que sucedió aquella noche. Todos los relatos de los testigos presenciales han desaparecido en el presente de los animales. Nadie puede decir lo que un ave podría haber visto, lo que un ave podría recordar.

Su nerviosismo se transmite a la cría de este año. Una inquietud contagiosa la hace saltar. Patea el vacío circundante. Sus plumas primarias se extienden como dedos separados. Echa el cuello atrás y grita, helando el aire. Arroja hojas por encima del lomo arqueado, cubriéndose las alas. Y por primera de un millar de veces en su vida, danza. En la creciente oscuridad, otras especies podrían tomarlo por éxtasis.


* * *

Abandona la presunta terapia cognitiva. Debería haberlo hecho hace largo tiempo. No es posible que algo propuesto con tanto empeño por la copia de Karin redunde en su beneficio. No es más que un truco para distraer su atención, para hacerle pensar en todo excepto en lo que sucede a su alrededor. Una especie de lavado de cerebro para lograr que se tome en serio todas estas falsedades. Tan solo confía en que no le haya echado a perder para siempre.

La doctora Tower se planta. Ella casi le suplica: Pero si ni siquiera hemos terminado con la evaluación. Bien, él está dispuesto a darle una evaluación completa, si le interesa. Pero ella sigue insistiendo. ¿No quiere tener la satisfacción de saber que se ha hecho todo lo posible antes de…? Una actitud bastante penosa e interesada. Él le dice que busque ayuda profesional.

Pero Mark necesita hablar con alguien, una persona que pueda ayudarle a ordenar los hechos. Bonnie está descartada. De acuerdo, sigue siendo la niña de sus ojos. Llámesele amor o lo que sea. Pero la copia de Karin ha influido en ella, la ha cambiado, la ha convencido de que hay algo en él que no está bien. Incluso cuando aduce las pruebas acumuladas (su hermana desaparecida, la falsa casa prefabricada, que nadie admita haber escrito la nota, la nueva Karin liada con el viejo Daniel, el Daniel disfrazado que los sigue de un lado a otro, el adiestramiento de animales para que los vigile), ella replica que no está segura.

Podría preguntarles a Rupp y Cain. Podría haberlo hecho, mucho tiempo atrás, de no ser por esa pequeña semilla de duda. ¿Dónde estaban ellos, después de todo, la noche que volcó su camioneta? Él se ha contenido, en espera de una explicación que nunca llega del todo. Pero ahora se pregunta quién plantó esa semilla de duda. La copia de Karin, una vez más, que trató de hacerle a él lo que había logrado hacerle a Bonnie. Convencerle de que sus amigos son enemigos y viceversa. La teoría de los tres vehículos: todo idea de la impostora. Es absurdo pensar siquiera en ello.

Busca la ocasión de solicitar la ayuda de los dos chicos. La ocasión se presenta una fría tarde, cuando vienen para llevarlo a un vertedero de ardillas. Es una de las especialidades de Ruppie: durante todo el verano liquida ardillas grises en su jardín con una escopeta de perdigones, y las almacena en el frigorífico hasta que tiene suficientes para justificar una excursión fuera de la ciudad con objeto de librarse de ellas. Entonces los tres amigos se equipan con gemelos, una docena de latas de cerveza, salchichas y un saco que contiene los roedores descongelados, y se dirigen a una pequeña franja de pradera sin cultivar a lo largo del río South Loup. Forman una pequeña pirámide de ardillas a campo abierto, acampan a unos cien metros de distancia, y esperan a los zopilotes. A Rupp le encantan esas rapaces, podría pasarse el día entero contemplándolas. Cathartes aurea, exclama cuando empiezan a trazar círculos en el cielo. Ave, Cathartes aurea, como si los zopilotes fuesen seres bíblicos y las ardillas, la ofrenda sacrificada. Y, en efecto, la densa nube de esos pájaros tiene algo de bíblico.

Mark y Duane visten tejanos y sudaderas. Rupp lleva pantalones cortos y camiseta de media manga negra, para demostrar que es inmune a la congelación. Acampan y se relajan. La conversación gira en torno a mujeres deseables. ¿Queréis saber quién es una cachonda?, pregunta Cain. Esa Cokie Roberts.

Metro setenta y ocho, dice Rupp. Metro ochenta. Muy guapa, pero la sobreabundancia de ideas reduce el valor de la propiedad. ¿Y qué pasa con esa Christiane Amanpour? Quiero decir, ¿cuál es su punto de vista? ¿Es siquiera norteamericana o qué?

Hablan en código. Uno dice: ¿Sabes qué luciría muy bien alrededor del cuello de Britney? Y el otro responde: ¿Sus tobillos? Al cabo de un rato, este intercambio pone nervioso a Mark. Contempla el montón de ardillas. ¿Por qué matáis a estos bichos?, le pregunta a Rupp.

Porque ellos destrozan mis mejores y más lozanos tomates.

Tercia Duane para decir que ese es su trabajo. La misión de la rata de jardín vulgar y corriente es causar estragos en tus típicos tomates. ¿Sabíais que el tomate es un fruto?

Lo sospechaba desde hacía mucho tiempo, dice Rupp. La verdad es que no me importaría que los roedores se los comieran. Pero lo que les gusta es arrancarlos del tallo y jugar al polo. No puedes razonar con ellos, aparte de congelarlos.

Matar es un pecado, hombre.

Lo sé muy bien. Dos de tres otoños, he luchado con mi conciencia y vencido a esa cabrona.

Los tres permanecen ahí sentados, beben y fríen unas salchichas en la pequeña parrilla. Llegan los zopilotes y sus dos especies afines, para confraternizar durante una comida campestre.

Ah, el Día del Trabajo, dice Duane. Es adorable.

Rupp está de acuerdo. La vita no podría ser más dolce de lo que es en estos momentos. Un día así requiere un poco de poesía. Recítanos un poema, Cain, ¿quieres?

Preferiría hacer salir un pedo del culo de una vaca, responde Cain.

Rupp se encoge de hombros. En aquella colina hay un rebaño. Esta es tu América. No te prives.

Duane propone que hagan unas prácticas de tiro, pero Rupp le da una palmada en la cabeza. No se dispara contra la Cathartes aurea. Es un símbolo de nobleza. El mejor que tenemos. No dispararías contra el presidente, ¿verdad?

No, a menos que él lo hiciese primero. Y ya que estamos en ello: ¿tienes alguna noticia más de tu unidad? ¿Ordenes de movilización o lo que sea? Rupp se limita a reír, pero Duane insiste. Puede ocurrir en cualquier momento. Ya sabes que Estados Unidos irá a por todas antes de que finalice el año, y nadie se cruzará en su camino. Lo de Afganistán va a parecer un simple entrenamiento. Se acerca el gran momento. Equipo blindado. Vuelo directo desde Fort Riley a Riad. Vas a hacer la peregrinación a La Meca, muchacho. Un fin de semana al mes, ya lo verás.

Puede que no sea ahora, pero ocurrirá, dice Rupp. Tenemos que hacer algo. No podemos quedarnos sentados, consumiéndonos. Pero, una vez más, serán misiles de crucero contra camelleros. Personalmente, todo lo que he de hacer es mantener las ruedas engrasadas. En casa el Día de los Veteranos. Empuja el hombro de Duane: Vamos, tontaina. Únete a nosotros. No hay conocimiento sin sufrimiento.

¿Dejar que me disparen? Preferiría que unos fugados de Hastings me destrozaran el ano.

Alto ahí. ¿Quién dice que no puedas disfrutar de una cosa y la otra?

He recibido una carta de la Guardia Nacional, dice Mark.

¿Qué?, grita Rupp. Como si estuviera preocupado. ¿Qué decía?

Mark agita la mano por encima de su cabeza para alejar a los mosquitos. Tan solo una carta, amistosa y personal, dentro de un estilo digamos reglamentario. No era nada que requiriese una lectura detenida.

¿Cuándo la recibiste?, quiere saber Rupp, como si eso fuese importante.

¿Quién sabe? Hace algún tiempo. Eso es lo de menos. Son el puñetero ejército, tío. No parecía que tuvieran mucha prisa.

Pero Rupp está muy preocupado y no deja de fastidiarle. Echaremos un vistazo a esa carta en cuanto te llevemos a casa. Recuérdamelo.

Claro, claro. Pero tranquilízate un momento. Escucha. Es posible que el gobierno tenga otros planes para nosotros.

Esto llama la atención de los otros dos. Pero Mark ha de tomárselo con calma. El cuadro completo es un tanto difícil de comprender, y no quiere que le agobien. Empieza por aquello con lo que están familiarizados. Las sustituciones: la hermana, la perra, la casa. Luego la nota que, según cree ahora, le dio alguien que viajaba en la camioneta con él.

Eso es imposible, dicen al unísono sus dos amigos.

Él los mira con fijeza: Sé lo que vais a decir, que no había nadie en la camioneta conmigo. Nadie más en el vehículo siniestrado cuando llegaron los enfermeros. Bueno, pues se marchó. Informó del accidente.

Rupp sacude la cabeza, contra la que sostiene una cerveza fría. No, hombre, no. Si hubieras visto…

Duane se apresura a intervenir. Tío, tu camioneta parecía una buena res después de haber pasado por la maquinaria de despiece. Salió una foto en el periódico. Nadie pudo salir a pie de allí. Es un milagro que tú…

Mark Schluter se altera un poco. Vuelca la parrilla. Una brasa rueda y le produce una quemadura marrón en la puntera de una de sus zapatillas Check Taylor.

Vale, vale, dice Rupp. Supongámoslo. Como punto de partida para el debate. ¿Qué te hace pensar que ese tipo estaba…? ¿Quién era? ¿Qué hacía en tu camioneta?

Mark alza las manos. Relajaos. Volvamos al principio. Sé que estaba allí porque lo recuerdo.

Es como el momento, en una película de suspense, en que el tipo se mete la mano bajo la barbilla y se quita la máscara.

¿Lo recuerdas? ¿Quién…? ¿Qué estás diciendo?

Está bien: Mark no recuerda los detalles del hombre que hizo autostop, pero sí que habló con él. Con tanta claridad como la de esta conversación. Debía de haberlo recogido un poco antes, porque estaban en medio de una especie de juego de adivinanzas. Unas preguntas a las que el autostopista no respondía directamente, sino que daba pistas. Algo así como «caliente, caliente», «frío, frío». Adivina el secreto.

Rupp está alterado, cosa que no le sucede con frecuencia. Espera un momento, le dice. ¿Qué es lo que recuerdas con exactitud?

Pero los detalles no preocupan a Mark en este momento. Va en busca del rompecabezas completo, que es precisamente lo que todo el mundo quiere impedir que vea. Alguna clase de encubrimiento sistemático, para evitar que averigüe demasiado sobre aquello con lo que ha tropezado. Recapitulemos los hechos: pocos minutos después de que haya recogido a ese ángel autostopista en medio de ninguna parte y empiece esa sucesión de preguntas, sufre un accidente. Entonces, en el hospital, algo le sucede cuando está en la mesa de operaciones. Algo que le borra convenientemente el recuerdo. Y cuando por fin vuelve en sí, le han cambiado a su hermana, que podría ayudarle a recordar, y la han sustituido por una impostora que lo mantiene bajo vigilancia las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Todo eso es demasiado para poder llamarlo coincidencia. Y entonces le colocan en una Farview paralela. Un experimento integral de internamiento, con Mark como mono de laboratorio.

¿Y qué pasa con nosotros?, quiere saber Duane. ¿Cómo es que no nos cambiaron? Parece ofendido. Dejado al margen.

¿No es evidente? Vosotros dos no sabéis nada.

Duane se enoja, pero Mark no tiene tiempo para explicar cada pequeño detalle. Ha de hacerles ver la importancia que debe de tener el asunto para que el gobierno invierta tanto dinero y reemplace una población entera.

Cielos, dice Duane, que empieza a comprender la magnitud del asunto. ¿Qué crees que se proponen?

Ese es el quid. Eso debe de ser lo que el autostopista insinuaba. Caliente, caliente. Frío, frío. Están utilizando este lugar para algún proyecto. O bien necesitan un sitio grande y deshabitado, o bien hay aquí algo concreto que necesitan… algo especial sobre la vida de por aquí.

Rupp suelta un bufido. ¿Algo especial? ¿La vida de por aquí?

Mark insiste. Pensad: algo tan cercano que ni siquiera lo vemos ya. Algo que hacemos nosotros y que nadie más hace.

Duane casi se atraganta con una bratwurst. Trigo. Envasado de carne. Aves migratorias.

Cielo santo, dice Mark. Las aves. ¿Cómo se nos puede haber pasado por alto? ¿No os acordáis? ¿Cuándo tuve el accidente?

Nadie dice nada, tan evidente es. Las pocas semanas del año en que el remoto lugar donde viven adquiere fama mundial.

Y ni siquiera os he hablado de la clave. Cuando iba de puerta en puerta con la nota, ¿sabéis? Había alguien… Alguien aparecía una y otra vez, aunque nunca exactamente…

Es como si Rupp ni siquiera le estuviese escuchando. Ni tan solo sigue el razonamiento. Se limita a preguntar: ¿Cómo sabes que es el gobierno?

Eso es exactamente lo que Mark está tratando de decirle. Durante semanas ha estado siguiéndole alguien que solo puede ser Daniel Riegel, el hombre de los pájaros. Además, el tipo se ha liado de la manera más oportuna con la falsa Karin. Y ya sabéis para quién trabaja, ¿verdad?

¿Daniel? ¿Danny Riegel? No trabaja para el gobierno, sino para el puñetero Refugio de las Grullas.

Que depende del gobierno… que obtiene la mayor parte de su Financiación de…

Bueno, creo que podría ser de veras una operación del gobierno, dice Cain. Pensándolo bien.

No estás en tus cabales. Rupp trata de reír, pero lo hace sin convicción.

Una organización pública, en cualquier caso, dice Duane. Una reserva pública.

No es pública. Es una fundación. Los fondos son privados…

Está claro que tiene alguna clase de afiliación estatal…

¿Queréis callaros un momento? Pasáis por alto lo esencial. Suponed que ese tipo al que recogí fuese un terrorista. Meses después… tratando de atacar algo realmente… norteamericano. Y suponed que el gobierno…

No recogiste a nadie, replica Rupp. No hubo ningún autostopista.

¿Cómo lo sabes? Me aseguraste que no habías estado allí.

Mark Schluter grita un poco. Rupp y Cain también. A decir verdad, es un tanto enervante. Todos guardan silencio durante un minuto, permanecen sentados y observan a los zopilotes que picotean el montón de ardillas. Pero en esencia la excursión ha terminado.

Deberíamos volver a tu casa, dice Rupp. Echar un vistazo a esa carta de la Guardia.

No hace falta que me hagas favores, replica Mark.

Pero recogen las cosas y suben al Chevrolet 454 del 88 de Rupp. Este se pone al volante, Duane se sienta a su lado y Mark se acomoda detrás, como en los viejos tiempos. Solo él está empezando a ver que se han terminado los viejos tiempos, si es que alguna vez los hubo. Rupp pone Hand Rolled, el nuevo compacto del grupo Cattle Call. Una canción titulada «Tengo amnesia desde hace tanto tiempo como puedo recordar». Parecen ansarinos castrados, la misma mierda que la banda toca desde que les dieron la libertad condicional. Pero Duane se pone nervioso y Rupp pulsa un botón para cambiar de tema, como si le azorase, lo cual hace que Mark desee retroceder y escuchar con más atención.

Están volviendo por la carretera 40 cuando, poco antes de la bifurcación de Odessa, un gran ciervo sale de un bosquecillo y cruza corriendo la calzada por delante de ellos. Va directamente al encuentro de la camioneta, un proyectil lanzado contra el capó. Ni siquiera hay tiempo para gritar. Pero justo en el momento en que el animal va a impactar contra ellos, Rupp vira bruscamente y el vehículo cruza la línea central y avanza un corto trecho por el carril contrario. El ciervo se detiene en la cuneta, desconcertado. Se esperaba tanto morir que no sabe cómo interpretar ese cambio de rumbo. Solo cuando el animal sale de su asombro y corre para desaparecer entre los árboles, los tres hombres se recobran.

La madre que lo parió.

Los dos amigos miran a Mark. Rupp le coge de la rodilla, Duane del hombro. ¿Estás bien, muchacho? Joder, ha ido de un pelo. Habría sido el fin.

Pero la verdad es que no ha ocurrido nada. El vehículo no ha recibido ni un arañazo, y el ciervo lo superará. No está seguro de por qué quieren que esté tan afectado.

Maldita sea, sigue farfullando Duane, descompuesto. Éramos hombres muertos. Hora de cobrar el seguro de vida. ¿Cómo diablos has hecho eso? Girar incluso antes de que viera al animal.

Rupp está temblando. Duane y Mark procuran no mirarle, pero es innegable. El hombre con aptitudes innatas para ser miembro de la Guardia Nacional, temblando como un paciente de Parkinson con zancos en medio de un terremoto. El ciervo ha tratado de matarnos, dice. Simula que es el mismo de antes, pero ellos lo ven ahora, ven cómo es en realidad. Creedme, ese maníaco ha intentado saltar a través del parabrisas. El jodido videojuego nos ha salvado la vida. Se mira las manos temblorosas. Si no me hubiera pasado cientos de horas jugando a ese videojuego, estaríamos hechos papilla.

Rupp vuelve a poner el vehículo en marcha y regresa al carril derecho. Cain aúlla como un coyote. No puede creer que haya tenido suerte, por una vez en la vida. Agita los puños en el aire. Joder, joder. Qué viaje. Golpea la guantera, que se abre. Saca un pequeño comunicador electrónico de color negro, un aparato que Mark ha visto antes. Duane se lo acerca a la cara y masculla como si fuese un poli. Eh, san Pedro, buen amigo. Cancela esas tres reservas que nos guardabas para esta noche, ¿quieres? Cabeza de cabra. *

Al oír las últimas palabras, Mark se yergue en el asiento trasero, se inclina hacia delante y trata de arrebatarle a Duane el comunicador. Dame eso. Pero la verdad es que no necesita examinarlo con detalle. Lo ha tenido antes en la mano. O uno exactamente igual.

Guárdalo, ordena Rupp. Cain revuelve el interior de la guantera, tratando de poner el comunicador fuera del alcance de Mark. Pero de ninguna manera va a quedar la cosa así.

Mark mueve su dedo índice extendido entre los dos, como una pistola. ¿Vosotros? ¿Estaba hablando con vosotros dos? ¿Vosotros erais el autostopista? No entiendo… ¿cómo voy a…?

Rupp la toma con Cain. Estúpido descerebrado. Conduce con una sola mano mientras trata de apoderarse del comunicador con la otra. En la refriega, logra hacerse con él. Lo arroja por la ventanilla, como si esa fuese la respuesta a todas las preguntas. Mira furibundo a Cain, dispuesto a matarlo. Zopenco inútil. ¿En qué estabas pensando?

¿Qué? Yo solo… ¿Qué? ¿Cómo iba a saberlo?

Me dijisteis que no estabais allí, les dice Mark. Me habéis mentido.

No estuvimos allí, replican al unísono. Rupp silencia a Cain con una mirada. Se vuelve hacia Mark, con una expresión de súplica. Tenías uno en tu camioneta. Nosotros solo… solo los compramos.

¿Ese era el juego? ¿Vuestra pequeña charla por walkie-talkie? ¿Ese eras tú? ¿Cabeza de cabra?

Tú te lo inventaste, hombre. Te hizo reír. Nosotros solo estábamos haciendo el rollo ese de hablar por radio, charlando a distancia, cuando tú…

Mark Schluter es una estatua. Pura arenisca. Vosotros también. Estáis metidos en esto. Ellos empiezan a hablar al mismo tiempo, tratando de explicarse, embrollando los hechos. Mark se tapa las orejas con las manos. Dejadme bajar. Parad este trasto. Dejadme aquí mismo.

Pero, Mark. No seas loco, hombre. Estamos a más de tres kilómetros de Farview.

Discuten, pero él no los escucha. Iré andando. Me bajo.

Se pone tan violento que finalmente han de acceder a que se apee. Pero durante un largo trecho la camioneta avanza a su lado, al paso, e intentan convencerle para que vuelva a subir. Como siempre, tratan de confundirle más, antes de que el Chevy parta con un airado chirrido.


* * *

La noche de la discusión en el restaurante no se tocaron. Al día siguiente se hablaron con amables y atentos monosílabos. Se desplazaban sigilosamente por la casa, haciéndose pequeños favores. Durante toda la semana siguiente Daniel se mostró retraído, paciente, leal, fingiendo que aún habitaban aquella soleada planicie, a salvo de su antigua pesadilla. Actuaba como si fuese ella la que había cometido un error, y él, abnegado, la perdonara. Ella se lo permitía y le alentaba, a pesar de que la enojaba. Tal era su forma de ser.

Con toda evidencia, Daniel no tenía ni idea de qué era lo mejor para él o lo que necesitaba. No ofrecía más que aquella irritante máscara de abnegación. Ella quería gritar: ve, prueba, saborea. Encuéntrate a ti mismo. Sé que no soy suficientemente buena, eso es lo que me dices con cada una de tus pacientes aceptaciones. Pero no le dijo nada. La verdad solo habría indignado a aquel hombre. Ella le comprendía ahora. San Daniel, que necesitaba ser superior al resto de la especie. Necesitaba probar que un ser humano podía ser mejor que el género humano, podía ser tan puro como un animal instintivo. Pero necesitaba la confirmación de Karin. Algo en ella la predisponía a conceder que él podía ser un hombre tan bueno como cualquiera que hubiera tenido ocasión de conocer en este mundo. Le gustaba la triste insistencia de él en que toda herida podía curarse. Pero la duda de su mirada, la vaga decepción que reflejaban sus ojos, aquella búsqueda constante de algo más válido y brillante… Virtuoso, sacrificado, resignado: y asfixiándola lentamente.

La más ligera insinuación de que Daniel pudiera ser tan frágil como cualquier hijo de vecino le hacía entrar en barrena. Presa de pánico, se esforzaba por complacerla, cuidaba de su relación como si corriera el peligro de perderla. Limpiaba y cocinaba, despilfarraba en exquisiteces: colmenillas y macadamia. Él descubrió sus artículos sobre el síndrome de Fregoli y le consintió todos sus temores. Por la noche, le masajeaba la espalda con linimento, y acabó por hacerlo casi con tanta fuerza como ella le pedía.

Hacía el amor con él, imaginándose la mujer que él estaba imaginando. Luego la embargaba un frenesí de ternura, un esfuerzo desesperado por contenerse y arreglar su deteriorada situación.

– Daniel -le susurró al oído en la oscuridad-. Danny… Tal vez deberíamos pensar en algo pequeño, algo nuevo, algo que sea un poco de los dos.

Le tocó la boca y un estrecho haz de luz lunar le permitió ver que él sonreía. Dispuesto a ir casi a cualquier parte donde ella le necesitara. No puso ninguna objeción, pero un músculo diminuto en el labio superior planteaba una negativa, le decía: Hijos no. Basta de seres humanos. Ya ves lo que hacen.

Por fin Karin comprendió lo que él pensaba acerca de sus posibilidades como madre. Vio cómo la imaginaba realmente en el fondo.

Aquel fin de semana, Mark le dijo que abandonaba la terapia. La noticia desconcertó a Karin. Se sintió como cuando tenía ocho años, cuando Cappy Schluter sufrió su primera bancarrota y llegaron los representantes de la entidad propietaria de la vivienda para subastar los muebles de la sala de estar. Su última esperanza de rehabilitar a Mark se había desvanecido. Le suplicó, tan exhausta por la falta prolongada de sueño que llegó a llorar. Sus lágrimas sorprendieron a Mark, pero finalmente sacudió la cabeza.

– ¿Esto es salud mental? ¿Qué es lo que andamos buscando con esto? Esto no es para mí, amiga. Lo último que deseo es tener una salud tan buena.

Ella se dirigió a Dedham Glen, pues quería consultar el asunto a Barbara. Habían transcurrido meses desde que Mark estuvo ingresado allí, pero Karin había esperado a medias verlo avanzar arrastrando los pies por el pasillo y que la regañara. Se sentó en el sofá de plástico, frente al mostrador de recepción, y se arregló el pelo con nerviosismo mientras esperaba a Barbara. Cuando esta llegó, su expresión reveló lo contrariada que estaba por la emboscada. Siempre le había dicho a Karin que fuese a verla por cualquier cosa que necesitara. Tal vez le hubiera mentido. Pero se repuso enseguida y sus labios trazaron una sonrisa animosa.

– ¿Qué tal, amiga mía? ¿Va todo bien?

Tomaron asiento para charlar en la sala de la televisión comunitaria, rodeados de pacientes aturdidos e incontinentes.

– No soy abogada -le dijo Barbara-. Sería una locura que te asesorase. Creo que, si quisieras, podrías presionar para que tomen una decisión. Ahora eres su tutora legal, ¿no es cierto? Pero ¿de qué te serviría eso? No es probable que la terapia forzada ayude. Tan solo convencería a Mark de que le estás persiguiendo.

– A lo mejor es verdad que le estoy persiguiendo, por el simple hecho de no ser quien él cree que soy. Todo cuanto hago no hace más que empeorar su estado.

Barbara cubrió la mano de Karin con la suya. Su contacto la tranquilizaba más que el de Daniel. No obstante, incluso la solicitud de Barbara contenía un consejo.

– A veces debe dar esa sensación.

– Siempre la da. ¿Cómo puedo saber lo que sería correcto hacer si no puedo confiar en mis sensaciones?

– ¿Has escrito a Gerald Weber? Eso sería lo correcto.

Karin sintió el impulso de confiarse por completo a ella, de decirle a Barbara la sencilla y justificable verdad de que jamás se había sentido tan impotente en toda su vida. Pero ahora ella sabía lo suficiente sobre los cerebros humanos, dañados o no, para que no se le ocurriera hacer algo así. Necesitaba una mujer, alguien que la ratificara, que le recordara el valor del afecto espontáneo, que la salvara del interminable rechazo masculino. Un encaprichamiento juvenil. No, algo más: ella sentía un profundo afecto por Barbara, por cuanto había hecho por ellos. Pero la primera de sus palabras alejaría a la mujer. Adoptó un tono de pura invitación que la sorprendió incluso a ella.

– ¿Tienes hijos, Barbara?

Preparada, si la otra mujer la rechazaba, a negar todo intento de intimidad.

– No -respondió, sin revelar nada.

– Pero ¿estás casada?

Esta vez, «no» significó «ya no». Karin notó un pequeño vuelco en su interior, como si aún pudiera ser capaz de darle a aquella mujer algo a cambio. Pero no estaba segura de qué preguntas le consentiría.

– ¿Estás sola?

El impulso de responder «¿Alguien no lo está?» afloró al rostro de la mujer antes de que pudiera reprimirlo. Sus facciones se suavizaron.

– La verdad es que no. Tengo esto. -Se encogió de hombros, las palmas hacia arriba abarcando la sala de la televisión-. Tengo mi trabajo.

Karin no pudo contenerse y soltó un bufido. Tenía que hacerle la pregunta que deseaba plantearle desde hacía tiempo.

– ¿Qué obtienes de este sitio?

Barbara sonrió. A su lado, la Mona Lisa habría parecido una bronca participante en un programa de testimonios.

– Conexión, solidez, mis… amigos. Continuamente renovados.

Sus ojos decían «Mark». Karin cayó en la cuenta de algo ilícito, dispuesta a sospechar incluso de la caridad cristiana. Si Barbara hubiera sido un hombre, la policía habría examinado la situación desde todos los ángulos. Mark su… ¿amigo? ¿Relación con aquellos pacientes, atrapados en unos cuerpos que se desmoronaban, personas incapaces de sostener una cuchara o recogerla del suelo si se caía? Un duro pensamiento desembocaba en otro, y ella iba sumiéndose en el rencor. Rencor porque aquella mujer no le daba la décima parte de lo que le daba a un hombre con una lesión cerebral quince años más joven que ella. La idea le hizo cerrar los ojos con fuerza y torcer el rostro. El rencor: nombre familiar de la necesidad. ¿No podía ver aquella mujer lo íntimas que eran las dos?

– Dime, Barbara… ¿Cómo lo haces? ¿Cómo te mantienes leal cuando todo el mundo es tan…?

Iba a perder el dominio de sí misma e indignar a la mujer. Miró a la auxiliar, tratando de no rogarle.

Pero el rostro de Barbara solo mostraba sorpresa. Abrió la boca para expresar su rechazo.

– No soy la única… -No abatida, no golpeada, ninguna lesión-. No soy yo…

¿Era realmente posible que alguien llegara a dominarse de esa manera? ¿Cómo había alcanzado esa madurez? ¿Cómo había sido ella a la edad de Karin? Los interrogantes se amontonaban, y ninguno de ellos era permisible. La conversación llegó a un punto muerto. Barbara se estaba poniendo nerviosa y necesitaba volver al trabajo. Karin tenía la sensación de que aquella podría ser la última vez que tuvieran una conversación similar. Antes de marcharse, abrazó a Barbara, pero, fuera cual fuese la «conexión» entre ambas, no se reflejó en el abrazo.

Aquella noche, cuando Daniel volvió a casa, ella estaba sentada encima de sus tres maletas hechas, a metro y medio del sendero de acceso. Llevaba media hora sentada allí. Se había propuesto marcharse mucho antes de que él volviera del trabajo. Sin embargo, allí estaba, acampada a menos de diez metros de su coche aparcado, incapaz de moverse en una u otra dirección. Daniel saltó de la bicicleta, pensando que estaba herida. Pero a pocos metros de llegar a donde ella se encontraba, lo comprendió todo.

Evidenció una implacable nobleza, a pesar de que ella le abandonaba. Todas las preguntas que él no le formulaba («¿Por qué haces esto?», «¿Estás segura de que es esto lo que quieres?», «¿Qué me dices de Mark?», «¿Y de mí?») ardían en su interior mientras permanecía allí sentada, paralizada. Ni siquiera trató de hacer que se sintiera culpable, hablándole o acariciándola. No le dijo nada durante mucho rato, y se limitó a estar a unos pasos de ella, asimilando la situación, pensando. Buscaba en sus ojos, intentando determinar lo que necesitaba de él. Pero ella no podía sostener su mirada. Cuando por fin le habló, en su tono apenas había rastro de acusación. Una pura preocupación práctica por ella: exactamente lo que Karin no podía soportar.

– Pero ¿adónde irás? Todas tus pertenencias están almacenadas. Acabas de vender tu casa.

Ella replicó lo que había ensayado mentalmente durante semanas.

– Estoy destrozada. No puedo seguir haciendo esto. Por cada pequeña ayuda que le presto, lo hiero de tres maneras distintas. Verme lo empeora. Quiere que me vaya. Estoy cansada, destrozada, soy un engorro para ti, la cabeza me da vueltas y llevo mes y medio sin dormir bien. Él me hace pensar que soy invisible, un virus, nada. Me estoy desmoronando, Danny. Me siento aturdida y temblorosa, como si continuamente me corretearan arañitas por la piel. Estoy hecha un desastre, doy asco. No debes. No puedes, no tienes ningún derecho a…

Él le puso una mano en el hombro para calmarla. No le dijo: «Lo sé». Solo asintió.

Algo parecido a la excitación impulsaba a Karin.

– No cerrarán el piso hasta dentro de diez días. Puedo alojarme allí. Será muy sencillo… solo lo imprescindible. Puedo usar el dinero de la venta para alquilar un apartamento. Puedo volver al trabajo y empezar a reembolsarte todo lo que has pagado, todos estos…

Él la hizo callar. Dirigió una rápida mirada por encima del hombro a la hilera de ventanales, a través de los cuales los vecinos miraban aquella pieza de teatro callejero en la noche de septiembre. Ahora, encima de todo lo demás, ella hacía una escena y le avergonzaba. Se levantó bruscamente y cogió una de las maletas para arrastrarla hasta el coche. La repentina rapidez le hizo perder el equilibrio y cayó sobre él. Daniel la afianzó sujetándola por los hombros. Se inclinó para coger la maleta.

– Déjame que te ayude.

Su estúpida y burda compasión hizo que Karin perdiera los estribos. Se apartó de él, se llevó ambos puños a la mandíbula y empezó a respirar rápida y profundamente. Él se le acercó, para darle todo el consuelo que pudiera, y ella lo rechazó con ambas manos.

– Déjame en paz. No me toques. Estas lágrimas no son reales. ¿No te das cuenta todavía? No soy ella. Soy solo una simulación. Algo que has creado en tu cabeza.

No podía comprender sus propias palabras, húmedas y correosas. Un temor vívido cruzó por su mente: estaba sufriendo aquello sobre lo que ella y Mark tanto especulaban en el terror de la infancia: una crisis nerviosa.

Pero su furia cesó con la misma rapidez, y Karin permaneció en el bordillo, tranquilizada. De algún modo debía de haberlo sabido desde el principio: actuar como lo acababa de hacer sería siempre lo único que estaría a su alcance, jamás podría ir más allá. Si se marchaba, le daría la razón a Daniel. La despojaría de cualquier explicación que pudiera dar de sí misma. La embargó una gran curiosidad, una impaciencia por saber aquello en lo que aún podría convertirse si se quedaba allí. Quién podría llegar a ser todavía si ya no podía ser la otra. Se sentó en la maleta volcada, y Daniel lo hizo en el césped, a su lado, ahora indiferente a lo que cualquier otra persona viera o pensara de ellos.

– No puedo marcharme todavía -le anunció-. Me había olvidado. La nota del doctor Weber. Volverá la próxima semana.

– Sí -respondió Daniel-. Es cierto.

No hizo ni siquiera amago de alentarla a seguir. E incluso eso, de una manera que ella no podía nombrar, era un pequeño alivio. Se sentaron juntos en la maleta llena de ropa hasta que los primeros goterones de una escasa lluvia otoñal empezaron a caer a su alrededor. Entonces él la ayudó a entrar el equipaje en la casa.

Al día siguiente, Karin vio a Karsh. Este caminaba por Central, delante de su oficina, un trecho que ella había evitado durante meses. La mañana era espléndida, uno de esos días de otoño cristalinos, secos, azules, en que la temperatura ronda casi a la perfección las previsiones. Karin sabía que acabaría yendo allí, lo sabía desde que Daniel pronunció aquellas palabras durante su desastrosa cena. Casi como si la provocara a atreverse, sacando a la luz el asunto sin terminar. Nuevo consorcio de promotores. «Trapicheros locales.» ¿No sabrás por casualidad si…? Pues no, ella no sabía. No sabía absolutamente nada de nadie.

Pero había ciertas cosas que podía descubrir acerca de sí misma. Deambuló por las calles de delante del edificio de Platteland, fingiendo mirar aquellos pocos escaparates de tiendas (suministros médicos, Ejército de Salvación, libros usados) que aún no habían desaparecido desde la llegada del Wal-Mart. Él saldría a almorzar a las doce menos diez y se dirigiría al café Home Style. Cuatro años no habrían cambiado nada. Robert Karsh era el hábito personificado. «Una mente de primera clase sabe lo que quiere.» Todo lo demás era caos.

Salió de la oficina con dos colegas. Vestía una impecable chaqueta gris, corbata de color burdeos y pantalones negros Brooks: un hombre de negocios con sobrecompensación psicológica, que fingía que Kearney sería la próxima Denver. Karin se volvió para inspeccionar el escaparate de un cerrajero, un carrusel de llaves sin tallar. Él la vio a dos manzanas de distancia. Ella se llevó una mano al cabello, y la dejó caer al instante. Él hizo a sus acompañantes un vago saludo con la mano de «nos vemos luego». Entonces estuvo ante ella, sin tocarla, pero absorbiéndola con la mirada, consumiéndola de nuevo. Un turista de los tiempos en que viajar era todavía duro.

– Tú -le dijo, con la voz un poco más profunda-. Eres tú. No puedo creer que seas tú.

Por primera vez en meses, ella se reconoció a sí misma. Los seis últimos meses le quitaron la presa de su garganta. Sus hombros cayeron. Alzó la cabeza.

– Créelo -le dijo, su voz como la de la misma recepcionista de Dios.

Él crispó el rostro mientras movía las manos.

– ¿Qué te has hecho? -El corte de pelo: la única variación destinada a hacer creer a Mark que era ella-. Diablos, estás asombrosa. Como si hubieras vuelto a la etapa virginal, como si volvieras a estar en la universidad.

Ella frunció el ceño, procurando no reírse.

– Querrás decir el instituto.

– Claro, lo que he dicho. ¿Has perdido peso?

Cierta vez la había llamado anoréxica fracasada.

Ella casi adoptaba una pose, saboreando la venganza.

– ¿Cómo están tus hijos? -Casi podía actuar así. Capaz, pragmática-. ¿Y tu mujer?

Él sonrió y se pasó los dedos por el cabello.

– ¡Bien, bien! Bueno… es una larga historia.

Su corazón, ese estúpido vestigio, daba vueltas como una paloma en una caja de Skinner. * Cierta vez le había comprado a aquel hombre un libro titulado Cómo fugarse, incluso mientras buscaba vestidos de boda. Por lo menos se había limitado a los colores albaricoque y melocotón.

Él seguía mirándola, sacudiendo la cabeza con incredulidad.

– ¿Cómo… está tu hermano?

– ¿Mark? -respondió ella.

Esperaba de él que se disculpara. No en vano llevaba mucho tiempo viviendo con Daniel.

– Sí. Leí acerca de él en el Hub. Una pesadilla.

Con una notable economía de palabras, se dirigieron al banco ante el monumento conmemorativo de la guerra. Karsh se sentó a su lado, en plena luz del día, en el centro de la ciudad. Prescindía por completo de la cautela. Le preguntó una y otra vez si quería algo, un bocadillo, tal vez algo más elaborado. Ella respondió a todo con gestos negativos. «Come tú», le dijo. Habría de transcurrir algún tiempo antes de que ella pudiera comer de nuevo. Rechazó la idea de alimentarse, insistiendo en que aquello era más importante que la nutrición. Él le pidió detalles de Mark y se mantuvo callado durante un rato sorprendentemente largo, en comparación con lo que habría hecho el Robert Karsh de cuatro años atrás. Sacudía la cabeza y decía cosas como La dimensión desconocida o La invasión de los ultracuerpos. Burdo, de poco tacto, trivial, pero unas palabras que procuraban a Karin una sensación de hogar.

Ella se lo contó todo con la facilidad con que respiraba, haciendo que su crisis nerviosa pareciera casi cómica.

– Solo he vivido para él en los últimos seis meses, pero él ha llegado a la conclusión de que nunca volveré a ser yo misma. ¿Y después de medio año…? Tiene razón.

– Vamos, mujer, sigues siendo tú misma, permíteme que te lo diga. Unas pocas arrugas nuevas, tal vez.

El lema de Robert: «El gilipollas de la verdad». Cuanto más brutalmente sincero, tanto mejor. Decuplicaba el conocimiento de sí mismo que tenía Daniel. Casi siempre le había encantado admitirlo ante todas las mujeres a las que codiciaba. «Soy un hombre, Conejita. Estamos programados para mirar. Todo aquello que merece la pena mirar.» La verdad brutal era el motivo de que ahora estuviera sentada junto a él, en el centro de la ciudad, ante el monumento conmemorativo de la guerra, a la vista de todo el mundo.

Su voz la dejó helada: el sonido del tiempo que comenzaba de nuevo. Su cabello, ahora con una capa de escarcha muy tenue, le cubría las orejas. La camisa estaba tensa por encima del cinturón, en lugar de abombada. Por lo demás no había cambiado: un hermano Baldwin olvidado, ligeramente fofo, la cara un poco demasiado ancha para ser actor de cine y, por lo tanto, separado del resto del clan. Algo incomodaba a Karin, alguna pequeña diferencia. Tal vez solo fuese su manera de caminar. Se había vuelto un poco más lento, más abierto y apacible. Su acidez había sido neutralizada en parte. Mostraba menos labia, era menos agresivo, menos satisfecho de sí mismo. Cualquiera podía ser cualquier cosa, durante una hora.

La tomó del codo, como si fuese ciega y él le ayudara a cruzar la calle. Ella no lo apartó.

– ¿Por qué has tardado tanto?

El temblor en su voz la sorprendió.

– ¿Qué quieres decir?

– Has tardado en venir a verme.

– No he venido a verte, Robert. Estaba paseando por el centro. Eres tú quien me ha encontrado.

Él sonrió, lleno de simpatía por su mentira transparente.

– Me llamaste la primavera pasada.

– ¿Yo? No lo creo.

Entonces recordó la maldición del identificador de llamadas.

– Bueno, era el número de tu hermano, pero aún estaba en el hospital. -Su sonrisa era más burlona que sádica-. En fin, supuse que eras tú.

Ella cerró los ojos.

– Se puso tu hija. ¿Ashley? Me di cuenta nada más oírla… Lo siento. Un error estúpido.

Recordó las palabras de su madre la víspera de su muerte: «Ni siquiera los ratones caen dos veces en la misma trampa».

– Bueno -dijo él-. He visto crímenes peores contra la humanidad.

Se sacó una pequeña agenda negra del bolsillo de la chaqueta y pasó las páginas hasta llegar a la primavera. Le mostró la nota, en su caligrafía gélida y pulcra: «Ha telefoneado Conejita». El apodo cariñoso que le daba su hermano cuando eran pequeños. La palabra que nunca debería haber revelado a Karsh. El apodo con el que no había creído que nadie volviera a llamarla jamás.

– Ojalá no hubieras colgado. Podría haberte sido de ayuda.

No era un sentimiento que el Robert Karsh de antes hubiera sido capaz de fingir. Su encuentro podría haber finalizado así, sin que ella volviera a verle de nuevo y, de todos modos, sintiéndose justificada, mil veces mejor consigo misma de lo que él le había hecho sentir al final de su relación.

– Ahora estás siendo de ayuda -comentó.

Robert enfocó de nuevo la conversación en torno a Mark. Los síntomas le fascinaban, el pronóstico le deprimía y la reacción de los médicos le indignaba.

– Cuando vuelva ese médico escritor, házmelo saber. Me gustaría someterle a algunas pruebas.

Karin no le habló a Karsh de Barbara. No quería que se conocieran, ni siquiera en la imaginación.

– Háblame de ti -le pidió-. ¿Qué has estado haciendo?

Él abarcó con un gesto de la mano los edificios circundantes.

– ¡Todo esto! ¿Cuándo viniste por última vez? La ciudad debe de parecerte muy cambiada.

La ciudad parecía Brigadoon. La tierra de la que el tiempo se olvidó. Karin soltó una risita ahogada.

– Creía que nada había cambiado desde los tiempos Roosevelt. Teddy.

Él hizo una mueca, como si le hubiera dado un rodillazo.

– Estás de broma, ¿verdad? -Miró a su alrededor, a tres puntos cardinales, como si él mismo pudiera estar sufriendo alucinaciones-. La ciudad de Nebraska que ha crecido con más rapidez, aparte de la capital. ¡Tal vez de todas las Llanuras orientales!

Ella sofocó la risa con pequeños hipidos.

– Lo siento, de veras… He reparado en algunas cosas nuevas… Sobre todo cerca de la autopista interestatal.

– No puedo creerte. Este lugar está viviendo un renacimiento. Por todas partes hay mejoras.

– Se está acercando a la perfección, Bob.

Pronunció sin querer el diminutivo que se había jurado no utilizar de nuevo jamás.

El pareció dispuesto a emprender un ataque frontal, como en los viejos tiempos, pero se pasó los nudillos por el pelo, un poco avergonzado.

– ¿Sabes, Conejita? Tenías razón respecto a mí. Hemos construido un montón de mierda. Nada de calidad inferior, pero de todos modos… Muchas galerías comerciales y complejos de apartamentos de hormigón ligero, por los que te tendré que pagar cuando llegue el día del Juicio. Por suerte, el próximo vendaval se llevará todo eso. -Tarareó una aguda versión de la música del tornado de El mago de Oz, y ella se echó a reír sin querer-. Pero ahora hemos cambiado. Tenemos dos nuevos socios y somos mucho más ambiciosos.

– La ambición nunca ha sido un problema para ti, Robert.

– No, me refiero a la buena ambición. ¡Estuvimos involucrados en el proyecto de la Arcada!

A ella le entraron nuevos hipidos. Pero el entusiasmo de niño explorador de Robert la asombraba. Era inconcebible que alguna vez hubiera temido a aquel hombre. Simplemente se había equivocado con él, nunca había comprendido lo que buscaba realmente.

– Tardé algún tiempo en comprenderlo, pero es preciso reconocer que la buena conciencia vende. Solo tienes que enseñar a la gente a reconocer qué es lo que más le conviene. Logramos encargarnos de la planta recicladora de papel. ¿La has visto? Yo la llamo Mea Pulpa…

Ella le preguntó por los nuevos proyectos. En cuanto hubo plena confianza entre ambos, le sondeó. ¿Algo grande y nuevo cerca de Farview? La franqueza era lo mejor con Robert. Él no trató de ocultar nada; nunca lo había hecho. Se quedó pensativo ante la pregunta, su sorpresa amenazando con convertirse en deseo.

– ¿Dónde diablos has oído hablar de eso? ¡Te estás refiriendo a una operación comercial de alto secreto!

– Esta es una ciudad pequeña.

¿Por qué se había pasado su vida adulta tratando de abandonarla? ¿Por qué nunca lo había conseguido?

Él quería averiguar cuánto sabía, pero se negó a interrogarla. Se limitó a mirarla, con una mirada tan íntima como un brazo alrededor de su cintura.

– Espera un momento. ¿No habrás hablado de nuevo con el Druida? ¿Cómo anda estos días el mundo del sagrado ecoterrorismo?

– No seas malicioso, Bob.

Él sonrió.

– Tienes razón. En cualquier caso, ahora él y yo estamos prácticamente en el mismo negocio. Construyendo un futuro mejor. Cada uno según sus capacidades.

Ella le miró, indignada y, al mismo tiempo, encantada. Las cuatro manzanas del centro que ella podía ver habían revivido de alguna manera. Tal vez Kearney estaba resucitando de veras, volvía a sus días gloriosos de un siglo atrás, cuando los optimistas ciudadanos de la Edad Dorada hacían presión para trasladar la capital desde Washington a su milagrosa ciudad en el centro de la nación. Aquella burbuja estalló con tal violencia que Kearney tardó un siglo en recuperarse. Pero al oír a Karsh hablando de banda ancha, red de acceso, satélites de comunicaciones y radio digital, se diría que la geografía había muerto y la imaginación era una vez más el único límite al crecimiento.

Llevaban media hora juntos, y ella ya pensaba como él. Señaló un banco renovado al otro lado de la calle, con amplios movimientos del brazo, como la ayudante de un mago o una actriz que vendiera electrodomésticos en la teletienda.

– ¿Eres el responsable de ese edificio?

– Tal vez. -Se restregó la ancha cara de Baldwin, divertido por su propio fervor-. Pero esta nueva… construcción es algo diferente. Esta es una cosa buena, Karin.

– Y grande -dijo ella en tono neutro.

– No sé lo que has oído decir, pero este es un proyecto hermoso. Siempre he querido hacer por lo menos una cosa en mi vida que te hiciera sentirte orgullosa de mí.

Ella se volvió para mirarle. Las palabras de Robert habían salido de ninguna parte, de la misma cabeza de Karin, tan absolutamente inmerecidas que ella se sintió desgarrada. Siempre había soñado con que bastarían unos pocos años de ausencia para gustarle más a Robert. Se estabilizó con un brazo, aspiró aire y se apretó un ojo con la otra palma. Se estaba exponiendo demasiado: tenía que parar. Él le puso la mano en el cuello, y medio año de muerte en vida desapareció. En plena luz del día, sin preocuparse de si los veían. El Robert Karsh de antes nunca habría hecho eso.

Permanecieron sentados e inmóviles hasta que cesaron las lágrimas de Karin y él retiró la mano.

– Te echo de menos, Conejita. Añoro la época en que estábamos juntos.

Ella no replicó. Él musitó que tal vez podrían verse el próximo martes y pasar un rato en las afueras de la ciudad. Ella asintió, su rostro temblando ligeramente, como una espiga de trigo en un día sin viento.

Que se sintiera orgullosa de él. Nadie en la tierra era quien creías que era. Dominó el temblor de la cara, mirando con fijeza la calle a su izquierda. La ciudad debe de parecerte bastante diferente. Se volvió hacia él, dispuesta a dirigirle una mirada firme y sardónica. Pero él observaba a un grupo de administrativos veinteañeros, tres de ellos mujeres, que se dirigían al Edificio Municipal después de su hora de asueto.

– Supongo que has de volver al trabajo -le dijo. Él se volvió, sonriente, y sacudió la juvenil cabeza. A ella volvió a latirle el corazón con más fuerza-. Anda, vete -le dijo en un tono ligero, desenfadado-. Debes de estar hambriento.

– Ya comeré cualquier cosa. -Ella agitó la mano, en un gesto de despedida, de bendición. Él necesitaba algo más-. ¿El martes?

Karin se limitó a mirarle, con una tensión casi imperceptible alrededor de los ojos: ¿Tú qué crees?


Aquella noche no le dijo nada a Daniel. No era un verdadero engaño. Decírselo, invitarle a una conclusión errónea, habría sido lo engañoso. Incluso ahora le gustaba demostrarle que podía amar la más profunda inquietud de ella, seguir tan entregado a ella como lo estaba a las inocentes aves. Y ella adoraba esa forma de ser que no sabía cómo enturbiarse. Su hermano, el Mark de antes, había estado en lo cierto: Daniel era un árbol. Un tronco que tenía décadas de longitud, inclinado hacia el sol. Ni victoria ni derrota, solo un inclinarse constante. Cada vez que ella le hacía daño, él crecía un poco. Aquella noche parecía casi crecido del todo.

Durante la cena, a base de cuscús con pasas de Corinto, les acometió la claustrofobia de los últimos días. Daniel se sentaba a la vieja mesa de granja frente a ella, los codos sobre el roble, las manos unidas y los dedos contra los labios. Amenazaba con diluirse en sus reflexiones. Se levantó y amontonó los platos sucios. El cuidado con que los llevó al fregadero evidenciaba el hecho de que ella lo estaba derrotando. Estaba destrozando sus ideales ecológicos.

Dejó los platos en el fregadero y empezó a restregarlos con agua tibia. Como de costumbre, al lavar los platos, apoyaba la cabeza en los armarios que sobresalían por encima de la pila. Con el transcurso de los años, la pintura del armario había desaparecido, dejando un pequeño óvalo, debido a la grasa del cabello. A ella le enternecía.

– Daniel -le dijo, casi como si estuvieran sosteniendo una conversación trivial-. He estado pensando.

– ¿Ah, sí? Cuéntame.

Aún parecía dispuesto a llegar a donde fuera. Su viejo paganismo cristiano: ¿Guardan rencor los animales? Era un buen hombre, la clase de buen hombre que solo una persona insegura de veras podría encontrar despreciable.

– He sido una sanguijuela para ti. Un auténtico parásito.

Él habló de cara al fregadero.

– En absoluto.

– Lo he sido. Estaba demasiado absorta en Mark, continuamente a su lado. Temerosa de conseguir un empleo a dedicación plena, por si… se diera el caso…

– Naturalmente -replicó Daniel.

– Necesito trabajar. Por mi culpa vamos a enloquecer los dos.

– Nada de eso.

– Estaba pensando… que podría ayudar -le susurró-. Si todavía está disponible… el empleo del que me hablaste, en el Refugio.

Sería recaudadora de fondos hasta el último suspiro.

Él dejó el paño de cocina y se volvió hacia ella. La miró fijamente, con los ojos brillantes. Una oferta de trabajo y su recelo desaparecía. Ya no le ocurría lo peor, y lo mejor ya parecía confirmado a medias. Hasta qué extremo necesitaba creer en ella…

– Si te hace falta dinero…

– No se trata solo de dinero.

No solo agua, no solo aire. No, se dijo a sí misma, no solo cualquier cosa.

– Porque ahora no podríamos pagar mucho. En estos momentos la situación es delicada. -Estaba tan seguro de que Karin iba a darle lo mejor de sí que ella casi se echó atrás-. Pero la verdad es que te necesitamos.

¿Y no debería bastar con eso? Algo la necesitaba más de lo que Mark la necesitaría jamás. Miró detenidamente a Daniel, en busca de atisbos de una caridad que no podía permitirse. ¿Amañaría la contabilidad, arriesgaría su estatus profesional solo para sacarla de su apuro? Le miró a los ojos y él no los desvió. Tenía una necesidad absoluta de ella, pero no por sí misma, sino por algo más grande. En otro tiempo, eso fue todo lo que ella quería. Se levantó y fue hasta donde él estaba. Lo besó. Así pues, el trato estaba cerrado. Lo que Mark no tomara de ella, lo entregaría en otra parte. En el Refugio se quedarían asombrados de su energía.

El martes siguiente Karin se encontró de nuevo con Robert Karsh.


* * *

Cuatro meses después, el lugar era otro país. Los campos verdes, cuyas espigas llegaban a la espinilla, a través de los que condujo en junio pasado, ahora se ondulaban dorados y marrones. Idéntica ruta desde el aeropuerto de Lincoln hacia el oeste, en un vehículo alquilado intercambiable, y sin embargo todo a su alrededor se había alterado. No era solo el simple cambio de estación: más ondulaciones, más variedad enmarañada, colinas suaves y declives, grietas y bosquecillos ocultos que interrumpían la perfecta extensión de los campos cultivados, rasgos sorprendentes donde Weber solo había visto el apogeo del vacío. La primera vez que estuvo allí todo eso le había pasado por alto.

Así pues, ¿por qué en los últimos treinta kilómetros antes de llegar a Kearney todo le parecía tan familiar? Como regresar a la casa de verano herméticamente cerrada para recoger alguna prenda olvidada. No necesitaba ningún mapa, sino tan solo conducir desde la rampa de salida hasta el MotoRest guiándose por su brújula interior. En la marquesina de la fachada seguía el letrero: «Bienvenidos, observadores de grullas», ya preparado para la próxima migración de primavera, para la que solo faltaban cuatro meses y medio.

Tenía la sensación de hallarse en un retiro espiritual, recargando sus células, haciendo borrón y cuenta nueva. Unos cartelitos en su habitación seguían pidiéndole que limitara el uso de las toallas y salvase la tierra. Así lo hizo, y se acostó extrañamente tranquilo. Al levantarse, se sentía renovado. En el bufete del desayuno (una saludable oferta del Medio Oeste, con tres clases de salchichas), se le ocurrió pensar que su obra nunca debería haber pasado de ser más que una reflexión privada, una entrega diaria para sí mismo y unos pocos amigos. Podía empezar de nuevo, con el extraordinario Mark Schluter. Había vuelto no tanto para documentarse sobre Mark como para ayudar a que su historia avanzara por un territorio absolutamente desconocido. En última instancia, la ciencia podía ser impotente para estabilizar aquella mente que improvisaba con desesperación. Pero él podría ayudar a Mark a improvisar.

Siguió las indicaciones de Karin hasta Farview y la urbanización River Run por carreteras numeradas y trazadas tan en ángulo recto como la racionalidad pretendía serlo. Encontró la casa, en una zona agazapada en medio de un enorme campo cultivado, limitada a un lado por la serpenteante hilera de álamos de Virginia y sauces que indicaban la presencia del río oculto. Permaneció sentado un momento en el coche de alquiler, mirando la casa: encargada por catálogo, desmontable, algo que ayer no estaba allí y que ciertamente no estaría mañana. Al acercarse a la puerta de madera laminada, tuvo la sensación huidiza no de déjà vu, sino de déjà écrit, de un pasaje que había escrito mucho antes y que solo ahora se hacía real.

El hombre que abrió la puerta a Weber era un desconocido. Todas las cicatrices de Mark se habían curado y le había crecido el cabello. Parecía un dios en ciernes, un cruce entre Loki y Baco. Dio la impresión de que se sorprendía solo a medias al ver a Weber.

– ¡Loquero! Me alegro de que haya venido. ¿Dónde diablos ha estado? No podrá creerse lo que ha estado pasando aquí. -Echó un vistazo al césped detrás de Weber antes de franquearle la entrada. Cerró la puerta y se apoyó en ella, lleno de excitación-. Antes de que le cuente nada: ¿qué ha oído decir?

Todas las entrevistas clínicas deberían tener lugar en el domicilio del sujeto. En la sala de estar de Mark, Weber se enteró de más cosas acerca de él en cinco minutos que a lo largo de todos sus encuentros anteriores. Mark le hizo sentarse en la butaca demasiado rellena y le trajo un botellín de cerveza mexicana y unos cacahuetes tostados y rebozados en miel. Le pidió que esperase y fue en busca de algo a su habitación. Regresó con un bloc de papel y un bolígrafo. Hizo un gesto para que Weber pusiera en marcha la grabadora, ambos viejos colaboradores.

– Bien, abordemos este asunto de una vez por todas.

Mark estaba notablemente animado, y tejió un relato que salvaba todas las lagunas. Se apresuró a dar las respuestas antes de que Weber pudiera plantearle las preguntas. Trazó una sola y nítida línea de pensamiento: todos sus amigos conspiraban para ocultarle lo que había sucedido aquella noche. Cain y Rupp lo sabían; estaban hablando con él por el walkie-talkie cuando volcó. Pero le habían mentido. Su hermana lo sabía, y por eso la habían sustituido, para impedir que se lo dijera. Como al ángel de la guarda que era el autor de la nota, probablemente la habían encerrado en alguna parte. Daniel Riegel le estaba siguiendo, por razones desconocidas.

– Como si fuese una especie de animal silvestre. Es un gran rastreador, ¿sabe? Capaz de descubrir animales salvajes que nadie más distingue a simple vista. Seres que ni usted ni yo sabemos que existen.

El novio de tu falsa hermana siguiéndote disfrazado: Freud podría ser más útil en este caso que la imagen por resonancia magnética. Sin duda el fenómeno tenía que ver más con una disociación entre los caminos de reconocimiento ventral y dorsal. Pero ¿qué significaba ya la palabra «psicológico», excepto un proceso que aún carecía de sustrato neurobiológico? Weber no teorizaba sobre las nuevas creencias de Mark. Ahora su trabajo consistía en ayudar a que ese nuevo estado mental se adaptara a sí mismo. Jamás volvería a actuar de manera que pudieran acusarle de compasión fallida. Dejaría que Mark escribiera el libro.

¿Qué sensación produciría ser Mark Schluter? Vivir en aquella ciudad, trabajar en un matadero y experimentar en carne propia la fractura del mundo en un abrir y cerrar de ojos. El puro caos, el absoluto desconcierto del estado de Capgras, le revolvía a Weber las tripas. Ver a la persona más próxima a ti en este mundo y no sentir nada. Pero eso era lo asombroso: Mark no tenía la sensación de que nada en su interior hubiera cambiado. La conciencia improvisadora se ocupaba de eso. Necesitaba sus engaños, a fin de cerrar esa brecha. La finalidad del yo era su propia continuación.

Por lo menos Mark seguía siendo él mismo, y eso era más de lo que Gerald Weber podía decir. Como un actor del método, Weber trataba de ponerse en el lugar del hombre sentado ante él, entretejiendo teorías. Le sería más fácil canalizar a Karin, sus correos electrónicos desesperados y retraídos. ¿Cómo podía ponerse en el lugar de Mark Schluter, el abstraído paciente de Capgras, cuando ni siquiera podía ponerse en el lugar de Mark Schluter, el sano conductor de una camioneta customizada y mecánico de un matadero? Ya ni siquiera podía imaginar qué sensación le había producido ser Gerald Weber, aquel confiado investigador de la primavera anterior…

– Todos los que han nacido por aquí encubren algo. Usted y esa muñeca Barbie son las dos últimas personas en las que puedo confiar.

¿Qué suponía Mark que estaban encubriendo? Peor aún: ¿qué le hacía pensar que podía confiar en Weber? Por regla general, Weber nunca seguía la corriente a los delirios de los pacientes. Sin embargo, seguía la corriente a todos los demás, cada día de la semana. El taxista paquistaní camino de La Guardia, con sus teorías sobre los vínculos de Al Qaeda con la Casa Blanca. El agente de seguridad en el aeropuerto, que le hizo quitarse el cinturón y los zapatos. La mujer sentada a su lado en el avión, que le agarró del brazo al despegar, convencida de que el aparato estallaría a ciento cincuenta metros de altura. Seguirle la corriente a Mark formaba parte del estado de cosas habitual.

– Así que, al parecer, estaba hablando con los chicos a través de esos intercomunicadores. Ellos en la camioneta de Rupp y yo en la mía. íbamos detrás de algo, una especie de persecución, y había que pillar algo o a alguien. Resulta curioso… esa mujer que se hace pasar por Karin, ¿sabe? Daba a entender una y otra vez que esos dos estaban allí, y yo no le hacía caso.

Desde luego, algo le había ocurrido a Mark la noche del accidente. Y sus amigos le habían mentido, en efecto. Weber no tenía ninguna explicación para la nota dejada por aquel ángel de la guarda ni podía interpretar las marcas dejadas por los neumáticos en los bruscos virajes. Su propia explicación de por qué razón ahora el mundo le parecía a Mark diferente ni tan solo era parcialmente satisfactoria. Mark había pensado en su estado interior de una manera más profunda y durante más tiempo que nadie. Weber podía permitirse seguirle la corriente cuando exponía sus teorías. Tal vez hacer eso fuese empatía con un nombre distinto.

Repantigado en el sofá, con el hombro en el apoyabrazos y un cojín entre las rodillas, Mark ofreció su mejor hipótesis. Se inclinaba hacia un proyecto biológico secreto.

– Un gran avance experimental, como lo que mi padre siempre trataba de conseguir. Pero algo grande, a la escala que solo el gobierno podría permitirse. Y tiene que ver con las aves. De lo contrario, ¿por qué me perseguiría Danny, el hombre de los pájaros?

Tampoco para eso Weber tenía una explicación.

– Debe de ser un asunto bastante secreto. De lo contrario, habríamos oído hablar de él, ¿verdad? Bien, esto es lo que pienso. La cosa empezó en el momento en que salí del hospital. Me hicieron algo cuando estaba en la mesa de operaciones. De acuerdo, ya sé que Karin Segunda dice que no estuve en la mesa de operaciones. Pero me salía un tornillo de la cabeza, ¿verdad? Tenía una pequeña espita. Podían haberme inyectado cualquier cosa, o extraído algo. Ahora mismo, podría estar soñando toda esta situación. Podrían haberme implantado en los sesos esta reunión con usted.

– Entonces también me inyectaron a mí, porque estoy convencido de que me encuentro aquí.

Mark miró a Weber con los ojos entrecerrados.

– ¿De veras? ¿Me está diciendo…? Espere un momento. ¡Oh, venga ya! Eso no significa nada en absoluto.

Trazó unos garabatos en el bloc. Volvió a repantigarse en el sofá, puso los pies sobre la mesita baja y miró al otro lado de la estancia. Se irguió con brusquedad, alzó un brazo y señaló con un dedo tembloroso. Se puso en pie, tambaleándose un poco, y se acercó al ordenador. Golpeó repetidamente la pantalla con la uña del dedo índice.

– Nunca se me había ocurrido. Sencillamente, nunca me había pasado por la cabeza… ¿Cree posible que los últimos meses de la vida de Mark Schluter hayan sido programados por una máquina del gobierno?

Weber no podía decir que no fuese posible tal cosa.

– Eso explicaría en gran parte por qué tengo la sensación de que he estado viviendo en un videojuego, en el que puedo superar un nivel y avanzar al siguiente.

Weber le sugirió que salieran a dar un paseo hacia el río, y Mark aceptó, con cierto nerviosismo. El aire fresco animó al muchacho. Cuanto más hablaban, tanto más inflexible se volvía Mark. Weber pensó que tal vez él había estado ayudando a ese hombre a crear su enfermedad. Iatrogenia. Colaboración entre el médico y el paciente.

– De modo que estoy hablando por el walkie-talkie con mis amigos. Nos estamos comunicando, perseguimos a esa cosa. De repente, veo algo en la carretera. Vuelco con la camioneta. Así pues, la cuestión estriba en saber qué fue lo que vi. ¿Qué había allí, en medio de la carretera, aquella noche? No hay demasiadas posibilidades. -Weber concedió que así era- Alguien que no tenía que estar allí. No me refiero necesariamente a terroristas. Podría trabajar para cualquier bando.

Regresaron a lo largo de un polvoriento camino de grava, entre dos muros de maíz rojizo al que faltaban pocos días para la cosecha. Otoño, la estación que siempre llenaba a Weber de agobiantes expectativas. La brisa fría, seca, vivificante, le afectaba como no lo había hecho en varios años. Se le aceleró el pulso, engañado por el día perfecto, que hacía pensar que algo iba a suceder. Mark caminaba a su lado, adusto y resignado. Su manera de andar ya no revelaba ninguna lesión.

– ¿Sabe? A veces creo que fue precisamente Mark Schluter. El otro. El tipo que trabajaba para ganarse la vida. El que estaba seguro de todo y era capaz de pasar sus test sin pensar siquiera. Ese es el que estaba allí, en medio de ninguna parte. Atropellé a ese tipo y lo maté.

Había empezado a convertirse en un doble de sí mismo. Aquel hombre podía arrojar una luz interminable sobre la conciencia. Regresaron a través de los campos a la urbanización River Run y la casa prefabricada. Se sentaron uno al lado del otro en los escalones de hormigón de la entrada, Mark con las piernas demasiado separadas. La perra, Blackie Dos, sujeta con una larga cadena, se acercó y husmeó las manos de Mark. Este la acariciaba distraídamente, y luego la ignoraba. El animal gimió, incapaz de descodificar el capricho humano. Tampoco Weber podía hacerlo. Se había jurado rechazar cualquier cosa que oliera a explotación. Sin embargo, la empatía con Mark no excluía unos cuidados más a fondo. Tal vez la ciencia aún tuviera algo que decir. Weber permaneció en silencio el mayor tiempo posible.

– ¿Te gustaría ir a pasar una temporada a Nueva York? -le preguntó al fin.

Un examen completo en el Centro Médico, con el equipo más moderno, sin límite de tiempo, muchos investigadores de talento, interpretaciones más imparciales que la suya.

Mark se apartó de él, asombrado.

– ¿Nueva York? ¿Y que me caiga encima un avión? -Weber le dijo que no correría ningún peligro. Mark se mofó, en modo alguno dispuesto a dejarse engañar-. Allí también hay mucho ántrax, ¿no?

Nada importaba salvo la confianza.

– Ya veo -replicó Weber-. Probablemente estés más seguro si te quedas aquí.

Mark sacudió la cabeza.

– Créame, doctor. Vivimos en un mundo extraño. Pueden alcanzarte dondequiera que estés. -Contempló el horizonte en busca del indicio que finalmente tenía que aparecer allí-. Pero le agradezco el ofrecimiento. De no ser por usted, Loquero, podría estar muerto. Usted y Barbara son los únicos a quienes les importa de veras lo que me ha pasado.

Weber se estremeció al oír estas palabras, las más delirantes que Mark había pronunciado en toda la tarde.

A Mark empezaron a temblarle los brazos, como si le hubiera invadido un frío terrible.

– Mire, doctor, lo de mi hermana me produce una sensación muy mala. Ha pasado… ¿cuánto? Medio año. Y ni siquiera una palabra. Nadie está dispuesto a decirme lo que le ha sucedido. Debe usted comprender: venía a verme cada semana desde que fui lo bastante mayor para mojar la cama. Sabe Dios por qué, pero siempre ha cuidado de mí. Ella y ese ángel de la guarda, los dos desaparecidos sin dejar rastro. Incluso aunque la hubieran encerrado, a estas alturas ella habría encontrado alguna manera de enviarme un mensaje. Estoy empezando a pensar que he jodido a mi hermana. La he metido en problemas, tal vez incluso la han matado, y todo por estar relacionada conmigo. ¿No supondrá usted… no podría haber sido ella quien…? Debe de serlo… admitámoslo. Creo que ella probablemente es…

– Háblame de ella -le dijo Weber, para que no entrara en especulaciones peores.

Mark aspiró aire y soltó una risita breve y aguda.

– No le diga jamás que le he dicho esto, pero no tiene nada de especial. Es la persona más sencilla del mundo. Tan solo necesita un poco de cariño. Sea considerado con ella y se desvivirá por usted. Mi madre era una beata. Ella y mi hermana tenían lo que podríamos llamar puntos de fricción. «Qué espantosa ingratitud la tuya, libertina siempre en busca de emociones», bla, bla. «Nueve meses con náuseas del embarazo seguidos por el dolor más terrible de mi vida, para que vayas y seduzcas a tu profesor de educación física», bla, bla, bla. Así que Karin decidió que sería perfecta, descubriría lo que todo el mundo esperaba de ella y actuaría en consecuencia. Incluso decepcionar a un desconocido la mata. Pero es más sencilla que una mascota doméstica. Solo necesita dos cosas: que la quieran y que le digan que lo está haciendo bien. Que no la consideren una holgazana corta de luces. Bueno, tal vez sean tres cosas. ¿Y qué me dice de usted, doctor? ¿Tiene hermanos? Eh, no tarde tanto en responder. No es una pregunta con trampa ni nada de eso.

– Un hermano -respondió Weber-. Cinco años más joven. Es cocinero, en Nevada.

Si estaba todavía allí, si seguía vivo. La última vez que tuvo noticias de Larry fue dos años atrás, noticias demasiado detalladas sobre la reunión anual de los Liberty Riders, el «Festival Encabeza, Sigue o Quítate de en medio». Una organización de motociclismo nacional, conservadora y fanática: toda la vida de Lawrence Weber. Sylvie importunaba a su marido cada pocos meses para que llamara a su hermano, para que hiciera algún esfuerzo por mantenerse en contacto.

– Un buen hombre -afirmó Weber-. Te pareces un poco a él.

– ¿En serio? -La idea le hizo gracia a Mark-. ¿Y sus padres?

– Fallecidos -respondió Weber.

Era más que una verdad a medias. El padre murió de apoplejía cuando contaba tres años menos de los que Weber tenía ahora. Su madre, con Alzheimer avanzado, estaba interna en una institución católica de Dayton, donde él la visitaba una vez cada estación del año. Weber y Sylvie todavía conversaban con ella por teléfono dos veces al mes, unos diálogos salidos de las obras de Ionesco.

– Lo siento -dijo Mark y, a modo de consuelo, invitó a Weber a cenar.

La sencilla amabilidad emocionó a Weber. ¿Cuántas minúsculas cortesías mentales persistían en sus propios oscuros circuitos, ajenas a los desastres que las machacaban? La cena consistió en cerveza tomada directamente de la botella y lasaña congelada y recalentada en una bandeja honda de aluminio.

– Esto lo trajo la hermana suplente. Coma sabiendo el riesgo que corre.


– ¿Estás bien? -le preguntó Sylvie aquella noche-. De alguna manera pareces diferente. Hablas como… no sé. Como un filósofo.

– Un filósofo. Esa sí que es una carrera con futuro.

– Me pones nerviosa, cariño.

En realidad, él mismo se sentía diferente, trasladado a un lugar fuera de la esfera del juicio público.

– Resulta extraño, ¿verdad? Dos viajes de ida y vuelta, seis mil kilómetros cada uno, solo para ver a un hombre que lo único que desea de mí es que sea un detective.

– Y dicen que los médicos ya no hacen visitas domiciliarias.

– ¡Pero menudo caso! Es preciso que la medicina esté informada de esto.

– La medicina debería estar informada de montones de cosas. Me alegro de que hayas hecho esto. Te conozco, cariño. Este caso te obsesionaba.

– Escucha, querida. Recuérdame que llame a mi hermano cuando vuelva a casa.

Después de la llamada, salió y paseó por la ciudad, a lo largo de las manzanas de estilo victoriano, bajo la luz ambarina de las farolas, como si se dirigiera a una misteriosa cita. Los aromas del otoño impregnaban la atmósfera. El año se replegaba sobre sí mismo y los preparativos del final de ciclo se percibían por doquier. Los enormes arces estaban llenos de color antes de sumirse en el letargo. Un inquieto enjambre de insectos era un fúnebre coro que sonaba como una sierra de cinta. Weber se detuvo en una esquina de cuatro casas prefabricadas con armazones de madera en forma de A, una con un parpadeante resplandor decimonónico, dos con la iluminación azulada de los televisores y la cuarta a oscuras. Nunca había estado más deseoso de averiguar, aunque no podría haber dicho qué era lo que deseaba averiguar. ¿Qué hacía de nuevo allí? Algo que el otoño prometía responder.

Todavía caminaba al azar cuando la calle se oscureció. Tardó cuatro segundos de reloj en pensar: un apagón. Le recorrió el estremecimiento que experimentaba ante las tormentas y las sirenas de las ambulancias. Alzó la vista y observó que el cielo estaba cuajado de estrellas. Había olvidado cuántas podían ser. Una inmensidad que se vertía en torrentes. Y había olvidado lo brillante que podía ser la oscuridad. Veía, aunque mal, sin color, sumido en la acromatopsia. Los dos acrómatas a los que había entrevistado mostraron su irritación hacia las mismas palabras en sí, «rojo», «amarillo», «azul». Vivían para el mundo nocturno, donde eran superiores a los que veían el color y que eran vulgares y corrientes. Cuando se encendieron de nuevo las luces, Weber experimentó la trivialidad de la visión.

Al día siguiente, Mark lo llevó de pesca.

– Nada extraordinario, ¿eh? Todo muy normal. Tal vez el Mark de antes podría haberle enseñado a preparar cebos vivos con insectos y pescaditos. Pero hoy vamos a usar señuelos comerciales. Gusanos de goma aromatizados que se arrastran perezosamente por el agua sobre sus peludos culos con púas de falsos invertebrados hasta que alguna perca los encuentra. Todo el mundo puede manejarlos. Niños pequeños, neurocientíficos, cualquiera.

El lugar de la pesca era un secreto, como lo son todos los caladeros. Weber tuvo que jurar que guardaría silencio antes de que Mark lo llevase allá. El lago Shelter, en un terreno privado, resultó ser poco más que un estanque artificial con delirios de grandeza.

– Aquí lo tenemos -dijo Mark-. El escondite. Aquí se pesca y se liberan las capturas. El hombre que ha pescado más a las dos de la tarde es el ser humano superior. Preparados, listos, ya. Parece que nunca le ha puesto un cebo a un anzuelo, tío.

– Solo en defensa propia -replicó Weber.

Cada verano, hasta que cumplió los doce años, su padre le llevaba a pescar percas en un pequeño lago donde previamente echaban los peces, al otro lado de la frontera de Indiana. Su padre le decía que los peces no sentían nada, y él le creía, sin ninguna prueba. Tonterías; claro que sentían dolor. ¿Cómo no pudo verlo? Cierta vez, abandonándose a una recreación nostálgica, llevó a Jess a pescar en las olas de la South Fork de Long Island, cuando ella aún era pequeña. La expedición terminó en un desastre, cuando ella atravesó el ojo de una lubina con el anzuelo. Aún podía evocarla, corriendo por la playa arriba y abajo y lanzando gritos. Esa fue la última vez.

– ¿Estás seguro de que esto es legal? -le preguntó a Mark.

El muchacho se echó a reír.

– Si nos cazan, yo cargaré con el mochuelo, Loquero. Mantendré limpio su expediente.

Pescaron desde la orilla, Mark mascullando maldiciones.

– Tendríamos que haberle robado el puñetero bote a Rupp. De todos modos, es mío en parte. Probablemente ahora me dispararía por la espalda si tratara de cogerlo. ¿Puede creer que me mintieron? La persona a la que perseguíamos aquella noche, quienquiera que fuese, debió de convencerlos y ponerlos de su parte. Ahora nunca sabré qué fue lo que pasó.

Pescaron con parsimonia, lanzando el sedal y recogiéndolo sin convicción. Weber no capturó nada. Mark se divertía picándolo.

– No es de extrañar que esté hecho polvo. Lanza el sedal como una colegiala lanza la pelota de softball.

Mark capturó media docena de percas de tamaño mediano. En cada ocasión, Weber inspeccionaba la captura, antes de que Mark echara de nuevo el pez al agua.

– ¿Estás seguro de que todos ellos son diferentes? Creo que estás capturando el mismo pez una y otra vez.

– ¡Está de broma! Los primeros presentaban batalla. A este no hay quien lo menee. No tienen nada que ver unos con otros. -Mark vadeó con el agua hasta los tobillos, sacudiendo la cabeza, fingiéndose molesto, divertido-. ¿Se parece este a cualquier pez que usted conozca? Al final ha perdido el juicio, doctor. Demasiada luz directa del sol. No es bueno para alguien con una profesión como la suya. -Permanecía erguido como una garza, inclinado hacia delante, inmóvil entre las cañas. Pescaba a la manera en que Weber mecanografiaba: sumido en un distraído arrobamiento. Había necesitado llevarse a Weber fuera de la ciudad, a algún lugar lo bastante tranquilo para pensar y hablar, sin ningún peligro de que alguien los oyera-. ¿Por qué cree que están tan preocupados por mí, cuando yo no sé nada? Toda esta complicada fantasía solo para mantenerme en la oscuridad. ¿Por qué no se limitan a matarme? Podrían haberlo hecho fácilmente, en la unidad de cuidados intensivos. Entran sigilosamente en la sala, desconectan las máquinas. Pfffiu.

– Tal vez sepas algo que ellos quieren averiguar.

La idea sorprendió a Mark. Aunque sorprendió más a Weber cuando la oyó salir de sus propios labios.

– Debe de ser eso -replicó Mark-. Como dice la nota: para que puedas vivir y traer de vuelta a alguien más. Se trata de hacer algo con lo que sé. Pero no tengo ni puñetera idea de lo que sé.

– Sabes mucho -insistió Weber-. Sobre ciertas cosas sabes más que cualquier otra persona viva.

Mark giró sobre sus talones, los ojos como los de un búho.

– ¿Ah, sí?

– Sabes lo que significa ser tú mismo. Aquí y ahora.

Mark contempló de nuevo el agua, tan derrotado que ni siquiera era capaz de enfurecerse.

– Qué coño voy a saberlo. Ni siquiera estoy seguro de que esto sea realmente lo que parece.

Cambió el tipo de señuelo de los dos, ahora cucharillas para lubinas, no con la esperanza de pescar nada en un estanque tan pequeño, sino por el simple placer de tirar de ellas a través del agua. Weber estaba asombrado de su propia ineptitud. No era solo su falta de pericia para capturar algo, sino también su completa incapacidad de permanecer sentado inmóvil y disfrutar. Allí estaba, perdiendo media jornada, sujetando una caña con un cordel, mientras su carrera, sus deberes profesionales, se deshilachaban a su alrededor. Pero aquel era ahora su deber profesional, la tarea que él mismo había elegido. Permanecer sentado e inmóvil y observar, no un síndrome, sino un ser que improvisaba. Sin eso, los críticos tendrían razón y el resto de su vida sería una mentira.

Mark, entretanto, se había serenado por completo, y aspiraba el aire a grandes bocanadas.

– ¿Sabe, Loquero? He estado pensando. Creo que usted y yo podríamos estar relacionados de alguna manera. Oh, no me clave esa mirada neurológica. Ya sabe a qué me refiero, Sherlock. Lo único que estoy diciendo es colisión de trayectorias y todo eso. Escuche. -Bajó la voz, para que ninguno de los cordados cercanos pudiera oírle-. ¿Cree usted en los ángeles de la guarda?

Weber se afligió al recordar que había sido el más devoto de los niños. Un chico al que nada le gustaba más que ponerse una casulla blanca y agitar un incensario. Incluso a sus padres les había parecido inquietante la espiritualidad del muchacho, quien consideraba que tenía la responsabilidad personal de inclinar el mundo hacia lo antiguo y lo reverente. Su entusiasmo por la pureza, alguna compulsiva manía de limpiar el alma, había durado, solo ligeramente modificada, hasta la adolescencia, e incluso había sufrido accesos de vergüenza al no poder abstenerse de lo que él y su sacerdote habían llamado tácitamente, utilizando una palabra codificada, «susceptibilidad», el placer que rebajaba el estado de gracia por el mero hecho de ser solitario. Ni siquiera la ciencia había aniquilado del todo sus creencias: sus profesores jesuitas habían mantenido ingeniosamente armonizados la fe y los hechos. Entonces, en la universidad, la religión murió de la noche a la mañana, inadvertida y sin duelo alguno, se esfumó con la mayor sencillez a raíz de su encuentro con Sylvie, cuya fe ilimitada en la suficiencia humana le condujo a dejar de lado las cosas infantiles. A partir de entonces, su infancia pareció haber pertenecido a otra persona. No tenía nada que ver con él. No quedaba nada de aquel muchacho, salvo la confianza del adulto en el escalpelo de la ciencia.

– No -respondió.

Ángeles no, sino en lo que la selección dejó en pie.

– No -repitió Mark-. No tenía sentido. Para mí tampoco, hasta que recibí esa nota. -Se quedó pensativo, el rostro contraído-. ¿No cree que mi hermana podría haberla escrito…? No, eso es una locura. Ella es como usted. Realista a más no poder.

Contemplaron las ondas de sus sedales que corrían hasta detenerse. La visión de Weber se concentró, enfocada en el señuelo. El aire en todas direcciones se volvió tan oscuro como el lago. Alzó la vista y miró la capa de nubes, como una berenjena espolvoreada de harina. Solo entonces notó las gotas de lluvia.

– Sí -le confirmó Mark-. Tormentas eléctricas. Las vi anunciadas en el Canal Meteorológico.

– ¿Las viste? -El agua empezó a caer con fuerza a su alrededor-. Entonces, ¿por qué demonios hemos venido a pescar?

– Vamos, hombre. Compórtese como un adulto. Tres cuartas partes de lo que dicen en ese programa están pagadas por algún patrocinador.

Weber se puso nervioso, pero Mark no se apresuró a guardar los aparejos de pesca. Se encaminaron al coche, bajo una cortina de agua, Mark con aire fatalista, riendo de una manera extraña, y Weber corriendo.

– ¿A qué viene tanta prisa? -le gritó Mark, por encima del fragor de la lluvia. Un relámpago rasgó el cielo, seguido por un trueno tan violento que Mark cayó al suelo. Se quedó allí sentado, riendo-. ¡Me he caído de culo! -Weber vaciló entre ayudar a Mark a levantarse o ponerse a salvo. No hizo ninguna de las dos cosas, sino que se quedó parado en medio de un campo cubierto de hierba, mirando cómo Mark trataba de levantarse. Mark alzó la vista, riendo bajo el diluvio-. ¡Vuelve a hacer eso! ¡Te desafío!

Estalló otro trueno y el muchacho cayó de nuevo al suelo.

Cuando los dos hubieron cubierto chapoteando la distancia hasta el coche, granizaba. Ocuparon los asientos delanteros, empapados. Los pedruscos de la cortina de granizo tenían el tamaño de bolas de naftalina y golpeaban el vehículo alquilado con suficiente fuerza para abollarlo.

Mark estiró el cuello y miró a través del parabrisas.

– ¿Qué necesitamos aquí? Langostas, ranas, un primogénito. -Guardó silencio dentro del habitáculo gris aporreado-. Bueno, ese quizá ya lo hemos tenido. -El granizo cedió paso a una lluvia electrificada, lo bastante ligera para atreverse a capearla. Sin embargo, Weber no puso el coche en marcha. Finalmente, Mark le dijo-: Bueno, cuénteme algo de usted, de cuando era niño. No tiene que jurarme que me dice la verdad absoluta. Basta con alguna nimiedad. Invénteselo si quiere. ¿Cómo voy a saber si no quién es usted?

A Weber no se le ocurría nada. Durante toda su vida se había esforzado por borrar su pasado, y no tenía más biografía que la que podía caber en las solapas de un libro. Miró a Mark, tratando de pensar en algo que contarle.

– Me gustaba adorar a las chicas desde lejos, sin decírselo.

– También yo lo hacía. Una inversión con muy poco beneficio. ¿Cómo llegó a casarse, Romeo?

– Mis amigos intervinieron. Me organizaron una cita a ciegas. Tenía que ir a cierta cafetería una tarde de domingo para encontrarme con una mujer que era idéntica a Leslie Caron. Entré allí y no había nadie que encajara ni remotamente con la descripción. Resulta que a la mujer le entró miedo y se echó atrás, pero yo no lo sabía, así que me quedé allí, aturdido, analizando a cada mujer del local y diciéndome: «Bueno, podría ser, tal vez…». Ya sabes: cabello castaño, simetría bilateral… Una camarera me preguntó si podía ayudarme. Le dije que esperaba encontrar a una mujer que se parecía a Leslie Caron. Ella me tomó por un joven de gran desparpajo, con sentido del humor. Tres años después nos casamos.

– Me está tomando el pelo. ¿Se casó con una mujer a la que conoció por accidente? Es un maníaco.

– Era bastante joven.

– ¿Y ella se parecía a… Lindsay Nosequé?

– En absoluto. Era más bien menuda, como Natalie Wood, pero más parecida a… la mujer con la que iba a casarme.

Mark miró a través de la cascada que los envolvía, su júbilo esfumado.

– ¿Cree que fue el destino? Cinco centímetros a la izquierda y su vida es la de otra persona. Ella está ahí, ganándose la vida, y zas: su compañera para toda la vida. Yo diría que alguien le estaba buscando. -Weber puso el motor en marcha. Mark le detuvo el brazo-. Solo que… los hombres como nosotros… no creemos en esa tontería de los ángeles, ¿verdad?


Weber veía ahora hasta qué punto le había fallado a aquel hombre y a su hermana. No volvería a abandonarlos. Llamó por teléfono a varios de sus colegas. A todos, sin excepción, les desconcertó saber de él, pues suponían que se había ido a alguna parte para morir de descrédito público. Pero la historia de Mark les fascinaba. Ninguno había trabajado jamás en un caso así. Y no hubo dos que propusieran el mismo tratamiento, salvo el par que sugirió no interferir en una condición mental que no era amenazante. La mayoría parecieron agradecidos cuando Weber se despidió de ellos.

En el vestíbulo del hotel, utilizó la conexión de banda ancha y estuvo trabajando hasta bien entrada la noche. Entró en todos los índices médicos y exploró todas las referencias clínicas en la literatura médica. Ya lo había hecho con anterioridad, pero de una manera superficial. Mark había sido el paciente del doctor Hayes, y Weber no fue más que un entrevistador visitante. Había investigado lo suficiente para llegar a la conclusión de que no existía una auténtica literatura médica sobre aquella afección. Los pocos casos que había encontrado no tenían ninguna relación directa.

En un segundo recorrido por las bases de datos más actuales, un extracto le llamó la atención. Butler, P.V. Varón de diecisiete años con delirios de Capgras a raíz de una lesión cerebral traumática. Tratamiento y resultado: ideación delirante totalmente resuelta catorce días después de iniciar la administración de cinco miligramos diarios de olanzapina.

Comprobó la fecha: agosto de 2000. De hacía dos años en la Australian and New Zealand Journal of Psychiatry. No tenía ninguna excusa para que se le hubiera pasado por alto la vez anterior, no con el avance de la búsqueda electrónica. Pero, en realidad, la primera vez no había buscado bien. La hermana le había rogado algún tratamiento, pero Weber no había querido que el Capgras fuese tratable con una píldora milagrosa más, recién aparecida en el mercado. Psicofarmacología: acierto o error, difícil de ajustar, llena de efectos secundarios, enmascaradora de los síntomas y, una vez iniciada, de dosificación difícil de reducir poco a poco. La próxima generación de médicos seguramente recordaría a Weber con tanta tristeza como Weber recordaba a su padre. El nivel general de barbarie se reducía, pero nunca de una manera tan rápida o tan completa como se creía. O tal vez él fuese el último bárbaro. Meses de sufrimiento innecesario por culpa del puritanismo de Weber, que le hacía mirar a otro lado. Porque nunca había considerado a Mark nada más que una buena historia.

Karin fue a verle al hotel. Incluso subió a su habitación, acompañada por su novio para protegerla. Sin ninguna razón en especial, Daniel Riegel, un hombre muy amable, hizo sentirse incómodo a Weber. Un malestar espontáneo, oculto en alguna asociación: la perilla, la camisa sin cuello y holgada, el aura de serena aceptación de sí mismo. Era comprensible que Karin mostrara cierta ansiedad. Él la había herido la primera vez con su brusca partida, y la había desconcertado al acceder a un segundo encuentro. Sus labios se movían mientras Weber hablaba, debatiéndose contra la esperanza de que todavía pudiera ayudarla. Weber solo podía imaginar vagamente cómo había podido seguir alimentando esa esperanza. No tenía ningún indicio de cómo, en el transcurso de las eras, se llevaba a cabo la selección de la esperanza en sí.

Había ordenado su habitación antes de que llegaran, metiendo sus pertenencias en armarios y cajones. No le había dado tiempo de ocultar un par de calcetines, la taza de un batido de leche y el libro que leía por la noche, Los siete pilares de la sabiduría, y ahora no podía retirar aquello sin llamar la atención de sus visitantes. En la habitación no había sitio donde sentarse, y Weber no encontraba el ritmo de una verdadera visita en el consultorio. Por su parte, Karin y Daniel entraron en la estancia como si lo hicieran en un tribunal de justicia. Y Weber aún no les había presentado ninguna opción.

Les contó la visita de seguimiento que le había hecho a Mark. Era evidente que el estado del paciente se había agudizado. La mejoría espontánea ya no parecía probable. La terapia conductual había fracasado.

– Sigo creyendo que Mark no corre peligro de hacer daño a nadie -afirmó. Karin ahogó un grito, cosa que le irritó-. Creo que es hora de probar con algo más agresivo. Recomiendo que se le someta a un régimen de olanzapina a bajas dosis.

Karin parpadeó al escuchar la palabra.

– ¿Se trata de un fármaco nuevo?

¿Nuevo desde junio?

Daniel cuestionó la propuesta.

– ¿Qué clase de sustancia es exactamente? -Weber sintió deseos de hacer valer su autoridad, pero se limitó a enarcar las cejas-. Quiero decir… ¿es un… qué categoría? ¿Es un antidepresivo?

– Es un antipsicótico.

Weber encontró el tono exacto de seguridad profesional, pero un temor reflejo embargó a sus dos oyentes. Karin enrojeció.

– Mark no es psicótico. Ni siquiera es…

Weber estaba preparado para responder de la manera más tranquilizadora.

– Mark no es esquizofrénico, pero ha desarrollado unos síntomas complicados. Este medicamento es eficaz para contrarrestar esos síntomas. Ha tenido éxito en un caso similar… en otro lugar.

Daniel torció el gesto.

– No queremos drogarlo ni inmovilizarlo en una especie de camisa de fuerza química.

Miró a Karin, pero esta no le apoyó.

– No estaría dentro de una camisa de fuerza química. -No más de lo que siempre lo está todo el mundo-. Un pequeño número de personas experimentan letargo, y algunas ganan algo de peso. La olanzapina ajusta los niveles de varios neurotransmisores, entre ellos la serotonina y la dopamina. Si funciona en el caso de Mark, reducirá su agitación y confusión. Con suerte, existe una posibilidad de que se vuelva más lúcido, menos susceptible a explicaciones extraordinarias.

– ¿Suerte? -preguntó Karin.

Weber sonrió y extendió las manos.

– Es la gran aliada de la medicina.

– ¿Volverá a reconocerme?

Estaba dispuesta a probar cualquier cosa.

– No hay garantías, pero parece ser que existe un precedente.

Daniel se preparó para entablar una batalla moral.

– ¿No conducen esos fármacos a la dependencia?

– La olanzapina no es adictiva -respondió Weber.

No dijo durante cuánto tiempo Mark tendría que tomarla, por la sencilla razón de que no lo sabía.

Daniel insistió. Había oído cosas. Antipsicóticos que causaban retracción social, que arrasaban la capacidad afectiva. Weber señaló con tacto lo evidente: Mark ya estaba peor. Daniel empezó a desgranar una lista de todos los efectos secundarios conocidos de la medicación. Weber asintió, tratando de refrenar su irritación. Quería ver a aquel hombre contra las cuerdas, arrepentido.

– Se trata de un nuevo medicamento, uno de los llamados antipsicóticos atípicos. Sus efectos secundarios son notablemente inferiores a los de la mayoría.

Karin estaba sentada en el borde de la silla violeta, moviendo la pierna. Hipotensión postural y acatisia: dos de los efectos secundarios de la olanzapina. Sufrimiento simpático por anticipado.

– Daniel quiere decir… tememos que el medicamento pueda convertir a Mark en otra persona.

Exactamente el resultado que le pedía a Weber que consiguiera. El neurocientífico titubeó un momento antes de decir:

– Pero ahora ya es otra persona.

Cuando finalizó la consulta, los tres estaban alterados. Weber se sentía frustrado. Daniel Riegel se retiró con circunspecta consternación. Karin circulaba por la autopista emocional. Quería desesperadamente la bala mágica, pero no podía moverse sin fallarle a alguien. Quiéreme y dime que lo estoy haciendo bien.

– Si está seguro de que reducirá sus síntomas… -planteó, pero Weber no podía prometerle nada-. He de pensarlo, sopesar las cosas.

– Tómese todo el tiempo que necesite -respondió Weber.

Todo el tiempo del mundo.

Telefoneó a Sylvie, salió a cenar, se duchó, leyó e incluso escribió un poco, pero nada bueno. Cuando comprobó el correo electrónico, ya había un mensaje de Daniel. A este le había asustado la información encontrada en la Red, una página que explicaba: «La olanzapina se emplea para tratar la esquizofrenia. Actúa reduciendo los niveles excesivamente elevados de la actividad cerebral». El mensaje estaba lleno de enlaces con sitios que informaban sobre negligencia profesional y listas de efectos secundarios conocidos y sospechados del fármaco. La misma nota era irritantemente minuciosa. ¿Sabía Weber que la olanzapina producía cambios drásticos en los niveles de azúcar en sangre? En la exposición de un juicio pendiente se decía que la olanzapina «había convertido a varias personas en diabéticas». Daniel aseguraba que él no intervenía en la decisión. «Pero me gustaría ayudar a Karin a decantarse por la alternativa correcta.»

La bendición de la información interminable: Internet, que incluso democratizaba los cuidados médicos. Supongamos que diéramos a todos los medicamentos una calificación en Amazon. La sabiduría de las masas. Que prescindiéramos por completo de los expertos. Weber inhaló y empezó a redactar su respuesta. Aquel era precisamente el motivo por el que la profesión médica levantaba tantas barreras entre sus practicantes y los pacientes. Incluso responder al correo de Daniel era un error, pero lo hizo, con tanto cuidado como le fue posible. Una deuda que debía pagar. Era consciente de los posibles efectos secundarios del fármaco, y los había mencionado en la reunión con la pareja. Su propia hija era diabética, y él no tenía el menor deseo de inducir esa condición en nadie. No quería indicar ningún tratamiento con el que Karin no se sintiera completamente cómoda. Daniel hacía lo correcto al informarle de todas las maneras posibles. La decisión dependía por entero de Karin, pero Weber estaba dispuesto a ayudarla en cuanto estuviera en su mano. Le envió a ella una copia del mensaje.

Se durmió planteándose unos interrogantes a los que nadie más experto que él podía responder. ¿Cuál había sido la causa de la continua sorpresa que experimentaba, la sensación de estar despertando de una prolongada impostura? ¿Por qué razón aquel caso concreto, y no los centenares anteriores, le había desestabilizado? Desde la pubertad no había dudado de sus impulsos. ¿Cuándo se sentiría liberado, indemnizado, listo para confiar de nuevo en sí mismo? Se había convertido en objeto de una profunda fascinación clínica, en el tema de su propio experimento abierto…

A la mañana siguiente caminó por el pueblo, buscando el restaurante donde desayunó en cierta ocasión, meses atrás. El aire era fresco y vigorizante, y le preparaba para cualquier cosa. Límpido y terso, de un azul de huevo de petirrojo en los cuatro puntos cardinales, por muy lejos que caminara. Los edificios, las casas, los automóviles, la hierba y los troncos de los árboles brillaban, sobresaturados. Era como si se hallara en el interior de un festival de la cosecha en Kodachrome. Tierra y maíz seco en su olfato: no recordaba la última vez que había olido algo de una manera tan lisa y llana. Se sentía como a los diecisiete años, cuando estudiaba el último curso de secundaria en la escuela Chaminade de Dayton, y se impuso la tarea de escribir un gazal de estilo persa al día. En aquel entonces, sabía que llegaría a ser poeta. Ahora volvía a experimentar aquella sensación terriblemente fraudulenta, lleno de nuevas posibilidades líricas.

Había dejado que sus críticos le convencieran. Algo se había erosionado, el placer fundamental de su actividad. Ahora los tres libros parecían uniformemente superficiales, vanos e interesados. Cuanto más valiente había sido Sylvie ante su desconcierto, tanto más seguro estaba él de que la había decepcionado, de que ella había perdido algo de su fe fundamental en él y de que estaba demasiado asustada para admitirlo. ¿Quién sabía cómo debía de verle Karin Schluter?

Tras muchas vueltas al azar, encontró el restaurante. No había manera de escapar a la cuadrícula: no era aquella una ciudad para perderse en ella. Dispuesto a cruzar la puerta y plantear un reto a la memoria de la camarera, miró a través del vidrio. Karin Schluter estaba sentada a una mesa frente a un hombre que claramente no era Daniel Riegel. El hombre, con una fina corbata de color azul cerceta y traje gris oscuro, parecía capaz de comprar al ecologista con la calderilla caída en el forro del bolsillo de su chaqueta. La pareja se cogía de las manos sobre la mesa del desayuno. Weber retrocedió, se volvió y siguió caminando. Tal vez ella le hubiera visto. Giró y se alejó calle abajo. Por encima del hombro, miró las fachadas del otro lado: elegantes bufetes de abogados, una oscura tienda atestada de instrumentos musicales con el escaparate agrietado, un videoclub con una banderola blanca en la que se leía en un alegre tipo de letra: «El miércoles es el Día del Dólar». Detrás del brillante revestimiento de aluminio y la señalización de plástico se veían fragmentos de ladrillo y ménsulas de la década de 1890. La ciudad entera vivía en una continua amnesia retrógrada.

Nadie podía pedirle que hiciera más de lo que ya había hecho. Había pasado con Mark más tiempo del que cualquier profesional clínico podría permitirse. Había encontrado el mejor tratamiento disponible. Se había puesto al servicio de Karin, de acuerdo con la decisión de esta. No podía beneficiarse de la visita de ninguna manera. De hecho, el viaje le había costado considerables tiempo y dinero. Pero aún no deseaba marcharse. Todavía no estaba en paz con Mark. Regresó al hotel, se sirvió el desayuno en el bufé, subió al coche alquilado y se dirigió a Farview.

En un campo, a tres kilómetros de la ciudad, pasó ante una cosechadora verde que parecía un brontosaurio y que estaba devastando las hileras de maíz. Los campos, al morir, tenían una exigua y severa belleza. Nada podía acecharte sigilosamente en aquellos horizontes despejados. Los inviernos podían ser lo más duro, desde luego. A Weber le gustaría pasar allí un mes de febrero. Semanas con temperaturas bajo cero, el aire cargado de nieve, los vientos que soplan desde las Dakotas sin nada que reduzca su velocidad a lo largo de centenares de kilómetros. Sobre una suave elevación rodeada de maíz, vio una vieja granja, el siguiente paso evolutivo de aquellas antiguas chozas de barro y hierba. Se imaginó en una de aquellas viviendas de tablas blancas y grises, sin ningún medio más moderno que la radio para ponerle en contacto con la humanidad. Desde su sitio al volante le parecía uno de los pocos lugares que quedaban en el país donde tendrías que enfrentarte al contenido de tu alma, despojado de todos sus envoltorios.

Unos años atrás, la urbanización River Run había sido un campo de trigo o soja. Y solo unas décadas antes, una docena de hierbas distintas que Weber no habría sabido nombrar. Dentro de veinte años, o de dos mil, volvería a ser un terreno cubierto de hierbas y no quedaría ningún recuerdo de aquel breve interludio humano. En el sendero de acceso a la casa de Mark había otro vehículo, y Weber supuso de quién era. Se le aceleró el pulso y, sorprendido, se debatió entre los impulsos de huir o presentar batalla. Se examinó el rostro en el retrovisor: parecía un gnomo de jardín blanqueado. Llegó a la puerta de entrada sin ninguna razón plausible, ni profesional ni personal, pero Mark le abrió como si lo estuviera esperando. Weber la vio por encima del hombro de Mark, sentada a la mesa de la cocina. Le sonreía, tímida, familiar. Weber aún no podía decir a quién le recordaba. Tuvo un primer atisbo de conocimiento, pero hizo caso omiso. Ella le saludó, como una vieja confidente. Él se estremeció, con la sonrisa culpable de quien pasa la aduana con contrabando en el equipaje.

Mark le sacudió los hombros, encantado.

– Así que los dos estáis aquí, las dos últimas personas en las que puedo confiar. Eso es bastante interesante de por sí. ¿No os parece que esto es muy interesante? Las únicas personas que siguen conmigo y las únicas a las que conozco desde el accidente. Vamos, pase. Siéntese. Estábamos examinando posibles planes. Las maneras de expulsar a los culpables del sotobosque.

– No es exactamente de eso de lo que estábamos hablando, Mark.

Weber admiró su semblante inexpresivo. Parecía imposible que no hubiera tenido hijos.

– Más o menos -replicó Mark-. No me riñas por un tecnicismo.

– Bien, ¿de qué estabais hablando? -le preguntó Weber a Barbara.

Desprotegido, perdido el equilibrio, ahogándose en el extremo de la piscina que no cubría.

La sonrisa de la mujer dio a entender comunicaciones privadas.

– Solo le estaba sugiriendo a nuestro joven Mark…

– Es decir, a mí…

– … que es hora de intentar un nuevo enfoque. Si desea saber lo que Karin quiere…

– Se refiere a la seudoher…

– Si Mark quiere «llegar al fondo de ella», el mejor plan es que hable con ella. Que se sienten y se lo pregunte todo. Quién cree que es ella. Quién cree que es él. Qué recuerda de su pasado. Que escuche en busca de cualquier…

– Un complicado juego de confidencias para lograr que la culpable confiese, ¿sabe? Sonsacarle. Obligarle a presentar coartadas y responder a las preguntas. Hacer que cometa un desliz en algún momento. Conseguir que se descubra.

– Señor Schluter…

Mark hizo un saludo militar.

– Presente.

– Ese no es precisamente el espíritu de lo que hemos…

– Espera un momento. Demasiada excitación. Tengo que ir a mear. Últimamente parece que he de hacerlo a cada momento. Dígame, doctor, ¿qué edad hay que tener antes de que pueda presentarse un cuadro prostático?

No esperó la respuesta.

Weber miró a Barbara con admiración. Su plan tenía una sencilla belleza, fuera del alcance de la teoría neurológica. Nadie, ni quienes consideraban el cerebro como un ordenador, ni los cartesianos o neocartesianos, ni los conductistas renacidos disfrazados, ni los farmacólogos o los funcionalistas o los que veían en las lesiones las causas de todo, ninguno de ellos, salvo una persona lega, lo habría sugerido. Y no parecía más destructivo o impotente que cualquier propuesta científica. Aunque no consiguiera nada, podría seguir siendo útil.

Ella evitó su mirada y murmuró una pregunta.

– Básicamente, en Nueva York -respondió él.

Ella alzó los ojos, sonriendo alarmada.

– ¡Perdona! ¿He dicho «dónde»? Quería decir «cómo».

– Ah, pues entonces la respuesta es: «Básicamente, alterado».

Las palabras parecían proceder de otra persona. Pero le sorprendieron menos que el consuelo inmediato que le proporcionaban. Salía de su escondite, al cabo de varios meses: podía decir cualquier cosa a aquella improbable cuidadora, aquella mujer impenetrable.

Barbara se tomó su confesión con calma.

– Es natural. Si no te hubieras sentido alterado, no serías normal. Se ha abierto la veda contra ti. -Mostraba sus cartas para que él las viera. Una auxiliar de enfermería informada de la sátira más reciente del New Yorker. Pero compartiendo su sentimiento de la forma más natural imaginable. Alzó la vista, las pupilas de sus ojos color avellana tan grandes como las manchas de una polilla enmascarada. Le conocían-. El orden jerárquico sigue primando entre los seres humanos, ¿no es cierto? Aun cuando la jerarquía sea imaginaria.

– No es una competición que me interese gran cosa.

Ella se irguió, con la misma expresión de divertido escepticismo con que acababa de mirar a Mark.

– Claro que te interesa. Este libro es tuyo. Los cazadores te están rodeando. No hay nada imaginario. ¿Qué vas a hacer, echarte a morir?

La reprimenda más suave, una censura basada en la lealtad absoluta. Total confianza en él, pero ¿con qué autoridad? Hora y media de tiempo compartido y la lectura de sus libros. Sin embargo, veía lo que a Sylvie le pasaba desapercibido. Aquella mujer le turbaba. ¿Por qué? ¿Qué hacía leyendo críticas de libros? ¿Qué estaba haciendo allí, en casa de un ex paciente? ¿Era posible que los dos tuviesen una relación sentimental? La idea era absurda. Una visita particular, meses después de que le dieran el alta a Mark. Algo incluso más impropio de su actividad profesional que de la de Weber. Sin embargo, allí estaba él también. Barbara se lo quedó mirando, sospechando de sus motivos ocultos. ¿Y qué respuesta podía dar a la pregunta que le había hecho? No dijo nada, dispuesto a echarse a morir.

Mark salió del baño, todavía subiéndose la cremallera. Estaba más animado de lo que Weber le había visto jamás.

– Bueno, este es el plan. Os diré lo que voy a hacer.

Sus palabras sonaban metálicas y lejanas. Weber no podía distinguirlas, por encima del estrépito más cercano. El rostro de Barbara Gillespie, aquel óvalo lleno de franqueza, seguía mirándole, planteándole la pregunta más sencilla. Sus entrañas, que parecían flotar, respondían por él.


Los dos regresaron juntos a Kearney y acabaron en un restaurante, una de esas cadenas diseñadas en Minneapolis o Atlanta y con las especificaciones remitidas por fax a todo el país. La América histórica, desaparecida, reencarnada como cómodas franquicias. Aquella pasaba por ser una mina de plata de la década de 1880, aunque unos seiscientos kilómetros fuera de lugar. Claro que Weber había estado en una idéntica en Queens.

La facilidad de su conversación le confundía. Hablaban en el lenguaje taquigráfico, comprimido y cómico de las personas que se conocen desde la infancia. Idioglosia, un fenómeno tan común como cualquier otro. Picoteaban una cebolla frita en manteca, charlando sin necesidad de explicarse. Por supuesto, tenían como tema común del que hablar el cerebro de Mark, un tema de inagotable interés para ambos.

– Bueno, dime, ¿qué te parece, personalmente, que se someta a esa medicación?

La voz de Barbara no revelaba nada, ningún atisbo de su propia postura.

El interés que la mujer mostraba por Mark le fastidiaba, al tiempo que censuraba el suyo propio. ¿Por qué tenía que mostrar tal intimidad con el muchacho, cuando compartía con él incluso menos que Weber? Sacudió la cabeza y se pasó los dedos por el resto de cabello que le quedaba.

– Tengo mis dudas, en el mejor de los casos. En general, soy conservador, cuando se trata de algo tan potente. Cada lanzamiento de los dados neurológicos tiene un resultado impredecible. Es como tratar de meter un barco en una botella por el procedimiento de sacudirla. Ni siquiera me gustan los inhibidores selectivos de la recaptura de la serotonina, antes de agotar otras posibilidades.

– ¿De veras? Seguro que no padeces depresión.

Él ya no estaba seguro.

– La mitad de la gente que responde a ellos responderá también a los placebos. Ciertos estudios indican que quince minutos de ejercicio y veinte de lectura al día pueden hacer tanto por la depresión como los medicamentos más populares.

Ella parpadeó y ladeó la cabeza.

– Leo entre tres y cuatro horas al día, y eso no me ayuda en especial a sentirme segura.

Una mujer que leía más que él, que padecía sus propios accesos depresivos: no habría adivinado ninguna de las dos cosas. Ahora ambas parecían palmarias.

– ¿Ah, sí? -Weber ladeó la boca-. Intenta reducirlo a veinte minutos.

Ella sonrió y se pasó una mano por la frente.

– Sí, doctor.

– Pero esto podría ser lo apropiado para él. La única vía con alguna posibilidad de ayudar.

Dos cosas diferentes, lo sabía. Pero no señaló la diferencia.

Ella le hizo muchas preguntas, llena de interés por el caso de Mark. Sin solución de continuidad abordaron el síndrome de Capgras y después la paramnesia reduplicativa y la intermetamorfosis. Ella no se cansaba de escuchar casos de anosagnosia: pacientes incapaces de ver sus síntomas, incluso cuando se los mostraban.

– No acabo de entenderlo. ¿Crees que ese hombre, Ramachandran, puede tener razón? ¿Que hay un subsistema cerebral que es un pequeño «abogado del diablo» y se avería?

Ella no se había limitado a leer los libros de Weber, y estaba demasiado deseosa de hablar sobre lo que había leído. Él la escuchaba con atención, mirándola, la oreja casi sobre su hombro, un gesto vagamente canino. Deseaba preguntarle: Dime, ¿quién eres cuando no eres tú misma?

– Bueno, ¿desde cuándo te dedicas al trabajo de enfermera?

Ella ladeó la cabeza.

– En realidad, no soy enfermera. Ya lo sabes. Soy ayudante de enfermería. Una auxiliar sanitaria.

Furtivamente, pinchó un anillo de la flor de cebolla frita.

– ¿Y nunca has querido obtener el diploma? ¿Nunca has pensado en formarte como terapeuta?

Weber empezó a forjarse una teoría: por algún motivo, la palestra del juicio público había causado en ella un pánico similar al que él estaba experimentando con tanta rapidez. Otra cosa más que los unía.

– Verás, no llevo mucho tiempo en el sector sanitario.

– ¿Qué hacías antes?

A ella le centellearon los ojos.

– ¿Por qué será que me siento como el próximo caso de estudio?

– Lo siento. He sido un poco avasallador.

– Oh, no te disculpes. La verdad es que me siento halagada. Hacía mucho tiempo que nadie me sometía a un interrogatorio completo.

– Te prometo que dejaré de husmear.

– No es necesario. A decir verdad, es agradable hablar de… cosas reales. No tengo muchas oportunidades…

Desvió la mirada. Él tuvo un atisbo de su verdadero ser, hambrienta de cualquier fragmento de conexión intelectual, en aquel lugar donde había decidido exiliarse, un lugar que desconfiaba del intelecto y recelaba de las palabras. Tal vez la única razón por la que le respondía.

– ¿Estás… sola? ¿Sin amigos? ¿No estás casada?

Ella se echó a reír.

– Hoy día, la pregunta correcta es: «¿Cuántas veces?».

– ¡Lo siento! Qué estúpido soy…

– Dices mucho «Lo siento». Una casi podría pensar que lo dices en serio. En fin, dos veces. La primera fue una de esas locuras temporales que se cometen a los veintitantos. Ninguno de los dos tuvo la culpa. El segundo me dejó porque tardaba demasiado en decidirme a tener hijos.

– Espera un momento. ¿Se divorció de ti por no tener hijos?

– Necesitaba un heredero.

– ¿Quién era, el rey de Inglaterra?

– Muchos hombres lo son.

Él contempló su cara y se percató de que necesitaba la neurociencia para que le inmunizara contra la belleza. La vio con el aspecto que tendría al borde de los ochenta años, afectada por el Alzheimer y sentada, con la mente vacía, ante una ventana.

– ¿Y no querías tener hijos?

– Sobre esos subsistemas neuronales… -replicó ella-. ¿Cuántos hay? Me dan la sensación de un destartalado colegio electoral.

Ella le estaba utilizando. Y quizá ni siquiera a él, sino tan solo a un cerebro amueblado y disponible, algo que le permitiera sacar a relucir el suyo.

– ¡Ah, política! Supongo que es el momento de marcharme.

Pero no se fue. Conversaron hasta que la camarera dejó de servirles café. Incluso en el aparcamiento, apoyados en el coche de Weber, acariciados por la brisa que hacía crepitar las ramas, siguieron hablando, sobre Mark, la memoria retrógrada, si el recuerdo de aquella noche persistía y teóricamente era recuperable, aunque el muchacho no pudiera hacerlo.

– Habla de que estaba en un bar -dijo Weber-. Una sala de baile en un local junto a la carretera.

Ella sonrió, la sonrisa más solitaria que él había visto jamás.

– ¿Quieres ver ese sitio? -Solo entonces Weber se percató de que le había lanzado el anzuelo-. Primero llama a tu mujer -le pidió Barbara.

– ¿Cómo has…?

– Por favor. Llevas toda la noche conmigo. Te he dicho que he estado casada. Sé lo que hay que hacer.

Así pues, Weber telefoneó a Sylvie desde el aparcamiento, mientras la mujer inescrutable daba vueltas a una farola a unos cincuenta metros de distancia, concediéndole intimidad, arrebujada en su abrigo de ante demasiado fino.

Fueron al Silver Bullet en el coche alquilado. Cuando él puso el motor en marcha, se encendió la radio, la emisora de música clásica que había encontrado y que transmitía desde Lincoln. La apagó.

– ¡Espera! -exclamó ella-. Vuelve a ponerla.

Él encendió de nuevo la radio, salió del aparcamiento y enfiló la carretera desierta. Unas voces agudas, sin acompañamiento, se entrelazaban, sostenidas por un telón de metales. Música de otro planeta, antífona, una manera de pensar perdida.

– Dios mío -dijo ella. Parecía encontrarse mal. Él la miró. En la oscuridad, las facciones de Barbara estaban tensas y tenía los ojos húmedos. Alzó una mano para impedir que la mirase, y desvió los ojos-. Lo siento -le dijo con la voz tomada-. Ya ves…

«Lo siento.» Me parezco a ti. Lo siento. No es nada. No me hagas caso.

– Monteverdi -conjeturó él-. ¿Conoces la pieza?

Ella sacudió bruscamente la cabeza.

– Jamás he oído nada igual. -Escuchó como si fuese la noticia de una invasión extranjera emitida por una radio antigua. Después de medio coro, apagó el aparato. Se alejaron de la ciudad por las oscuras carreteras rurales, en silencio, Barbara indicando la dirección con gestos de la mano. Cuando habló de nuevo, su voz era tranquila-. Esta es la carretera. Este es el tramo de Mark.

Él lo examinó, pero no pudo ver nada. El lugar carecía por completo de rasgos distintivos. Podrían haber estado en cualquier lugar entre Dakota del Sur y Oklahoma. Avanzaron en la oscuridad de la noche otoñal, los faros con el fulgor apenas suficiente para permitirles avanzar a través de la ignorancia absoluta.

La sala de baile era ensordecedora, la música tan fuerte que hacía brincar los tímpanos de Weber como trampolines.

– Por lo menos no es una noche de topless -gritó Barbara-. Este es el grupo que tocaba la noche del accidente, el favorito de Mark.

Él quería decirle que sabía todo lo relativo al grupo, que sabía tanto como ella sobre los gustos musicales de Mark. Le irritaba que su interés por Mark fuese tan espontáneo, mientras que el suyo estaba lleno de motivos.

Encontraron una mesa libre en un rincón. Ella fue al bar y volvió con dos cervezas claras en vasos de plástico acanalados. Se inclinó por encima de la mesa y le gritó al oído:

– «Tal vez te preguntes: ¿cómo he llegado aquí?»

– ¿Cómo fue?

Ella le miró, para cerciorarse de si lo decía en serio.

– Nada. Hablaba de mi generación.

El extendió los brazos en abanico.

– ¿Son todos clientes habituales? -Ella se encogió de hombros: La mayoría-. ¿Algunos estaban aquí la noche en que Mark y sus amigos…?

La música engulló sus palabras.

Barbara se inclinó hacia él, los codos sobre la mesa.

– La policía ha hablado con todo el mundo, y nadie sabe nada. Nadie sabe nada nunca.

Sentados a la mesa apartada del bullicio, bebieron y contemplaron la sala. Él examinó a la mujer. De cerca, su rostro era como el de una niña que contara los días hasta su cumpleaños. Su inexplicable aislamiento le inquietaba. Algo le había sucedido que la encerraba en el interior de una pose, alguna singular pérdida de la confianza cuyo resultado era un modo de ganarse la vida muy por debajo de su capacidad. Había perdido algo de sí misma, o prescindido de ello, negándose a competir, rechazando tomar parte en aquella empresa colectiva cada día más imparable. ¿Era posible que una lesión de la corteza prefrontal la hubiera convertido en ermitaña? No se requería ninguna lesión. Él la reconocía, comprendía su retirada. Algo los unía. Algo más que la inconcebible extrañeza del síndrome de Capgras -el huérfano cuya custodia compartían- era lo que les había alienado a ambos. Ella había pasado por una crisis muy similar a la que ahora erosionaba a Weber.

Barbara sorprendió su mirada sondeadora. Extendió el brazo por encima de la mesa y le tomó la muñeca.

– ¿De modo que esto es lo que significa: «Básicamente, alterado»?

Mientras ella la sujetaba, él no podía controlar el temblor de su mano. De todo su cuerpo: temblaba como si acabara de levantar algo que superaba varias veces su propio peso por encima de la cabeza.

Ella se inclinó hacia delante y le alzó la barbilla.

– Escúchame. Ellos no son nadie. No tienen poder sobre ti.

Weber tardó un momento en identificar a «ellos»: el tribunal de la opinión pública.

– Está claro que sí lo tienen -replicó.

Más poder sobre él que el suyo propio. La corteza cerebral humana evolucionó a base de navegar por las complejidades del rango social. Eso constituía la mitad de la cognición, la principal presión selectiva ahora en juego: la manada en la cabeza.

Y conformado con esa finalidad por el poder de «ellos», el cerebro de Barbara interpretaba al suyo.

– ¿Qué te importa lo que haga ese grupo de monos que se dedican a acicalarse y hacer trampas? Nada importa salvo el sentido que tu propio trabajo tenga para ti.

Todo el sentido de su propio trabajo se había esfumado. Solo quedaba el juicio sumario. Ella le miraba con la cabeza ladeada, explorando. Y ante ese gesto de impotencia, él respondió:

– Ese es el problema. Todo lo que dicen los críticos es completamente cierto. Mi trabajo es muy sospechoso.

Semejante admisión a Barbara casi le hizo sentirse eufórico. Ella entrecerró los ojos y sacudió la cabeza.

– ¿Por qué dices eso?

– No vine aquí para ayudar a Mark. Al principio no fue eso lo que me trajo.

Cesó la música. A su alrededor, la gente se dedicaba a intentar ligar unos con otros. Weber no soportaba mirar nada más complejo que la espuma de su cerveza.

– Creer que podría ayudarle, en primer lugar, fue puro narcisismo. ¿Qué más puedo hacer por él aparte de recetarle alguna arma química… «Mira, tómate esto, crucemos los dedos y esperemos que suceda lo mejor»? -Ella le acarició los nudillos con el dorso del pulgar, como si lo hubiera hecho durante toda su vida-. ¿De qué le sirve toda la ciencia neurológica del mundo? Arrogancia, a decir verdad. Una especie de charlatanismo. ¿Qué es lo que estoy haciendo aquí?

Ella siguió presionándole los dedos y no dijo nada. Su espina dorsal se curvó hacia delante. Algo en ella compartía la sensación de engaño que él experimentaba, la incorporaba a su organismo. Solo sus ojos le daban seguridad: la empatía significaba vértigo. Sacudió la muñeca de Weber en el aire. Casi había dejado de temblar.

– Basta. Basta ya de flagelarse. Bailemos.

Weber estaba demasiado exhausto para objetar. Ella le llevó al centro de la pista, como un remolcador que tirase de un carguero averiado. Él la siguió con dificultad, esperando instrucciones, pero no recibió ninguna. Estaba bailando en un bar con una mujer a la que no conocía: se sentía intranquilo, tal como se sentía cuando dejaba que transcurriera una jornada sin trabajar. Pero aquello no era más que un refugio sencillo, improvisado, mutuo. La idea de cualquier cosa ilícita casi le parecía cómica: «ataque con un arma muerta», solía bromear con Sylvie. Weber y Barbara se agitaban y estiraban. A su alrededor, la gente se movía. Salsa y boogie. Pasos de baile sencillos. Extrañas contorsiones a juego con los aún más extraños violines y estruendosas guitarras de los Apalaches que tocaba el grupo del local. Junto a ellos, una pareja más joven se miraban y movían vigorosamente. Más lejos, un descendiente de los indios ponca pisoteaba el suelo y hacía volar a su pareja. Por todas partes las rodillas se levantaban y los hombros aleteaban. La mujer estaba en lo cierto: todo lo que vivía se agitaba bajo la atracción de la luna.

Barbara se rió.

– ¡Lo estás haciendo muy bien!

En realidad, parecía bobo. Un torpe polluelo que graznara en otoño. Pero su cuerpo latía al unísono con el ambiente. Cesó la música y quedaron varados. Weber se sentía profundamente avergonzado y necesitaba llenar el vacío.

– ¿Crees que Mark y sus amigos estuvieron bailando aquella noche?

Ella reflexionó sobre esa posibilidad con los ojos entrecerrados.

– Bonnie dijo que no estuvo aquí. Eso no quiere decir que no hubiera alguna otra involucrada. Desde luego, bebieron y tomaron otras sustancias. Eso lo sé por el mismo Mark.

La música se reanudó: heavy bluegrass metal. Una ola rompió contra Weber, ligera, omnisciente. Incluso el baile era demasiado insoportable.

– Anda, vayámonos -le dijo a Barbara-. Aquí no hay nada que averiguar.

Estaba seguro de que a ella también se lo parecía. La emoción del derrumbe. Podrían haber sido cualesquiera, en cualquier vida, ocultándose para que no los descubrieran. El rostro de Barbara, tan inestable como el suyo, fingía despreocupación. Ella encontró la salida y pasaron de la nube de humo y ruido a la noche estrellada. Él experimentaba la calma más inverosímil, la placidez de la impotencia, y sabía que también Barbara se había sumido en aquel silencio con él. La atmósfera era densa y seca en la época de la cosecha. Sus pies hacían crujir la grava camino del coche. Ella le asió del codo, deteniéndole.

– Chsss… ¡Escucha!

Él volvió a oírlo, en la versión nocturna. Enjambres de insectos y los chirridos de sus predadores. Búhos de vez en cuando, y el grito, como una antífona, de lo que solo podían ser coyotes. Todos ellos criaturas que oían a los seres humanos y solo sabían de ellos que formaban parte de la red más amplia de sonidos. Seres vivos de todos los calibres para los que el bar al lado de la carretera no era más que otro montículo del paisaje, tan solo otro módulo pululante en el bioma que explotar.

Ella le miró, la mujer más solitaria que había conocido jamás, desesperada por relacionarse, por encontrar alguna prueba de que la existencia no era una creación de su mente. Él prestó oídos a la noche, al sonido de la reclusión de Barbara. Pero, como el testigo secreto de Mark que redactó la nota, se mantuvo absolutamente quieto y callado, confiando en pasar inadvertido. Se apartó de la mirada inquisitiva que ella le dirigía y encaminó sus pasos al coche. Cuando llegó al vehículo, ya no podía defenderse, ni siquiera ante sí mismo, el más fácil de los públicos. Sí, se había obligado a volver para enderezar las cosas con los Schluter, para reconciliarse consigo mismo. Pero allí, entre los sonidos de la noche habitada, con el viento rozándole suavemente el brazo y bajo la mirada de aquella mujer reclusa, que tanto se refugiaba para alejarse de la vida, reconocía la desaparición en pos de la que él también iba.


* * *

Karin se reunió con Karsh para pedirle consejo. Los consejos de Daniel estaban enturbiados por la moralidad. Este le dijo que la medicación causaría más problemas de los que podría resolver. Pero Daniel no era el hermano de Mark. Trabajar por la causa era una cosa. Sacrificar por ella su propia relación de parentesco era otra muy distinta.

Se había visto dos veces con Karsh. Tomaron unas copas, se pusieron al día. Nada delictivo, nada que ella no pudiera manejar. Había vivido sin placer durante tanto tiempo que unas pocas sacudidas emocionales rápidas apenas tenían efecto en ella. Se puso en contacto con él por correo electrónico, utilizando el antiguo alias secreto de Karsh. Él le propuso que desayunaran juntos. «Una especie de cambio, ¿no? Un encuentro después del juego, pero sin juego.»

Eso la había enfurecido. Todo lo que ella quería era que se reunieran, aunque fuera una sola vez, como personas civilizadas, sentados a la mesa del desayuno, en vez de encontrarse furtivamente como delincuentes. Se reunieron en Mary Ann's, en la misma calle donde él trabajaba. Cuando ella entró en el restaurante, él se apresuró a levantarse y la besó en la mejilla. El súbito movimiento la estremeció.

Pero solo iban a desayunar, así que ella tomó asiento y pidió lo que deseaba tomar. Lo único que necesitaba era la mente de aquel hombre, tan briosa y brutal como una auditoría. Ella le planteó la propuesta de medicación del doctor Weber.

– Un antipsicótico -le susurró. Robert se limitó a asentir. Ella trató de exponerle las objeciones más temibles de Daniel-. Tengo miedo de dejar que mi hermano se drogue con sustancias que alteran el estado de ánimo.

Karsh sacudió la cabeza y señaló el desayuno.

– Una taza de café es una sustancia que altera el estado de ánimo. Una tortilla española. Creo recordar una pequeña adicción tuya… ¿aquellas tabletas triangulares de chocolate suizo? No me digas que nunca te pusiste a tono comiendo unas cuantas.

– Esto no es una pastilla de chocolate, Robert. Es un psicoactivo.

Él se encogió de hombros y agitó las manos.

– No estás al día, Conejita. La mitad de los norteamericanos toman algún psicoactivo. Mira a tu alrededor. ¿Ves a esa gente de ahí? -Señaló vagamente hacia unas mesas a las que se sentaban cuatro ancianos en chándal y una familia de mennonitas-. Casi la misma proporción. El cuarenta y cinco por ciento de los estadounidenses toma algo que modifica la conducta. Ansiolíticos, antidepresivos, lo que quieras. De otro modo no podrían funcionar. El mundo es demasiado complicado. Yo mismo tomo un par de cosas.

Ella le miró, aturdida. La nueva relajación de Robert, la placidez y la humildad recién descubiertas: tal vez solo se debieran a algo que estaba tomando. La suavización de sus facciones, la capa añadida de grasa infantil. Todo puramente químico. Claro que el mismo cerebro era un depósito de unas u otras sustancias que alteraban la conciencia. Así lo decían todos los libros que ella había leído desde el accidente de Mark. La repugnaba. Quería al Karsh auténtico, no a aquel filósofo tolerante que escurría el bulto.

– Pero un antipsicótico…

Él no había perdido el hábito: una y otra vez su mano derecha comprobaba el pulso en la muñeca izquierda. En el pasado, ese gesto había sacado de quicio a Karin. Ahora solo la asustaba. Robert alzó el dedo índice y se convirtió en predicador.

– «Un pellizco es mejor que un abismo.»

– ¿Qué es eso?

– ¿No lo recuerdas? -se regodeó él-. Teníamos que leerlo en el instituto. Recuerdas el instituto, ¿verdad? Tal vez necesites algún reforzador de la memoria.

– Recuerdo que te llevé de pareja al baile del instituto y que te encontré detrás del malecón, retozando con aquella zorra del equipo de criquet como uno de esos perros que buscan trufas.

– Creía que estábamos hablando de literatura médica.

– Estábamos hablando del futuro de mi hermano.

Él agachó la cabeza.

– Lo siento. Dime qué es lo que te preocupa. El mejor y el peor de los casos.

El mero hecho de que la escuchase era agradable, sin el juicio perpetuo y silencioso. Fumar delante de un hombre, sin ocultarse, era incluso más agradable. Le contó todos sus temores acerca de Mark: que pudiera hacerse daño, que dañara a alguien, que apareciera algún síntoma nuevo y misterioso, convirtiéndole en alguien un poco menos humano, que la medicación pudiera hacerle incluso menos reconocible.

– Me está destrozando, Robert. Había hecho las maletas y estaba preparada para marcharme, y ni siquiera pude hacer eso. Mark tiene toda la razón cuando dice de mí que soy una sustituta. Mira mi vida. Soy una broma, una de esas personas camaleónicas. Nada, en el fondo. La chica Viernes de todo el mundo. ¿Dice que soy una impostora? Está en lo cierto. Todo lo he hecho siempre de una manera mecánica. Nunca he querido nada salvo lo que creía que alguien quería de mí…

– Vamos, mujer-le reconvino Robert-. Tranquila. Puede que necesites tomar alguna de esas píldoras.

Ella no pudo contener una risa triste. Le habló a Robert del juicio por los efectos secundarios de la olanzapina que Daniel había descubierto, fingiendo que era ella quien lo había encontrado. Karsh tomó notas en su agenda.

– Tenemos un bufete de abogados. Pediré a alguien que investigue.

Tan solo hablar con Karsh la tranquilizaba, más de lo que debería. Por supuesto, la postura que adoptaba él era tan parcial como la de Daniel. Ninguno de los dos sabía qué era lo mejor para Mark, pero tan solo oír los contraargumentos de Karsh resultaba liberador. Una decisión errónea ya no pendería exclusivamente sobre su cabeza.

Karsh se tomó el pulso.

– Si decides hacer eso, seguirá habiendo un problema.

– ¿Cuál?

– Lograr que Mark se avenga.

– ¿Lograr que Mark se tome las píldoras? ¿Eso será un problema?

Soltó un bufido, compungida.

– Conseguir que las tome con regularidad. O que cuando suspenda el tratamiento lo haga de la manera apropiada. No sería el más fiable de los pacientes. Si se le ocurre interrumpir la toma de repente…

Ella asintió, una cosa más de la que preocuparse. Ambos habían llegado al límite de su ingesta de café permisible. Era hora de marcharse. Ninguno de los dos se movía.

– He de ir a trabajar -dijo ella.

– ¿Así que ahora eres una voluntaria en el Refugio?

Karin le sonrió de la misma manera sesgada.

– Aunque parezca mentira, me pagan por mis servicios.

Aún no podía creerlo del todo. En el transcurso de unas pocas semanas, esforzándose por demostrar cuanto antes que era digna de que la hubieran contratado, había leído todos los informes publicados por el Refugio. Y muy pronto le habían confiado auténticas responsabilidades. De alguna manera comprometedora, sus nuevas tareas la sacaban del foso de impotencia en el que había vivido desde el accidente de Mark. Un lugar que necesitaba de veras sus energías, una definición útil de sus días. Como Daniel, ahora trabajaba por lo menos cincuenta horas a la semana. Mark no podía culparla, pues los impostores no le debían ninguna lealtad. Ella sabía ahora más sobre el esfuerzo por proteger el río de lo que debería saber cualquier empleada en prácticas. Tenía una información por la que Karsh estaría dispuesto a matar.

– ¿De veras? -replicó él, enarcando las cejas-. ¿Te pagan en dinero contante y sonante? Eso es estupendo. Bueno, ¿qué es lo que haces ahí exactamente?

Lo hacía todo: almacenaba cajas, revisaba informes, hacía llamadas imprevistas a políticos locales y posibles donantes, con aquella voz sonora de mezzosoprano, tan apropiada para las relaciones con los clientes, que era su principal baza.

– ¿Sabes, Robert? No debo decirlo.

– Comprendo. -En sus ojos de color aguamarina apareció un destello de inocencia herida. El viejo Robert, capaz de desmontarla sin necesidad de un manual del propietario, el Karsh del que ya no podía evadirse, como tampoco podía huir de sí misma-. Secretos muy bien guardados de los protectores de las tierras pantanosas. Lo comprendo perfectamente. ¿Qué es tu historia personal comparada con preservar la evolución de cuatro mil millones de años?

Ese mismo mes, dos años atrás, ella había yacido con Robert bajo un diluvio, desnudos en la lodosa orilla, lamiéndole las axilas como una gata.

– Por Dios, Karsh. ¿Qué puedo decir? Es el trabajo más gratificante que he tenido jamás. Algo mucho más importante que mi pequeño mundo, más que el de cualquiera. Estoy lidiando con unos informes que… ¿Sabías que hemos cambiado ese río en cien años más que en los diez mil anteriores…?

– Perdona… ¿unos informes? ¿Qué clase de informes?

– Fotocopias de la Oficina del Condado, si quieres saberlo.

Ya era demasiado, pero seguramente él lo habría conjeturado. Observó a Robert mientras él fingía tranquilidad. Había visto a menudo aquella expresión, pero nunca hasta entonces había podido causarla. Era una expresión capaz de alterar el estado de ánimo.

– Tienes razón, probablemente no deberías decirme nada -replicó él, exudando encanto, un encanto juvenil que resultaba extraño, ahora que el cabello se le estaba volviendo gris-. Pero confírmamelo si lo adivino, ¿de acuerdo?

– Eso depende.

– ¿De qué?

– De lo que tú me digas a cambio.

Él extendió las manos sobre la mesa.

– De acuerdo. Pregúntame lo que quieras.

– ¿Lo que quiera? -Ella soltó una risa socarrona-. ¿Qué tal tu vida familiar?

Él se recostó en su asiento y se rindió con demasiada rapidez.

– Los chicos son… estupendos, de veras. Me alegro mucho de haber sido padre. Cada semana hay algo diferente. Monopatín, teatro de aficionados, piratería de software a escala industrial. Créeme, son fantásticos. Lo de Wendy y yo es otra historia.

– ¿Otra historia que…?

– Mira, no quiero abrumarte con eso, Conejita. No tiene nada que ver con tu vuelta a casa. Era algo que veníamos arrastrando durante meses antes de que te viera.

Al parecer, no se trataba de una historia distinta a la que le había contado durante años. Pero ahora no podía hacerle daño. Como uno de esos correos basura con la indicación: «Urgente. Material con fecha límite. Responda, por favor».

– Estoy segura, Robert. Mis idas y venidas jamás te afectarían.

– Ya sabes que no es eso lo que quiero decir. Pero voy a mostrar una gran agudeza psicológica dejando que me ataques. -A modo de represalia, ella echó sal a la media tira de beicon que quedaba en el plato de Robert. Él se la llevó a la boca, como un acto de contrición-. Esto es exactamente lo que estoy diciendo. -Agitó los brazos, sonriente-. ¿Sabes cuándo fue la última vez que me sentí tan libre? Cuando Wendy y yo recorrimos aquella desinfectada casa de estilo colonial, evaluándonos mutuamente como investigadores de fraudes para cobrar el seguro después de un incendio. Estamos absolutamente hartos el uno del otro. Hemos llegado al punto en que tenemos que separarnos por el bien de los chicos.

Miró por el cristal cilindrado de la ventana que daba a la avenida Central.

– ¿Hay ahí fuera algo que te guste? ¿Atractivas transeúntes de buena mañana?

Él se limitó a asentir.

– Cuando estoy contigo, todo lo que veo me gusta un poco más.

La jugada más peligrosa de todas. Alguien que hacía a los demás más felices por ser quienes eran: eso era lo que ella siempre había soñado ser. Y solo aquel hombre conocía su fatal punto débil. Ella le escuchaba y le consentía, asintiendo a sus detalles: el apartamento de separado que tenía en mente, el abogado que le había prometido una protección razonable. Le dejó hablar de su futuro emergente. Por lo menos él tenía la decencia de no preguntarle si le interesaba llenarlo. Y todo lo que aquella breve escapada le costaba era el beso en la mejilla y la renuncia a pagar su parte de la cuenta del desayuno.

Él la asió por los codos mientras se despedían.

– Creo que tu hermano podría tener razón. Has cambiado, desde luego. -Antes de que ella pudiera protestar, añadió-: Estás mejor.

Y se alejó por la recientemente renovada avenida principal de Kearney.


Aquella noche llamó el doctor Weber.

– ¿Qué tal lo lleva? -le preguntó. Parecía solícito de veras, pero ella no iba a dejarse analizar. Solo su hermano necesitaba la ayuda del médico, no ella. Se apresuró a buscar su lista de nuevas preguntas sobre el tratamiento propuesto y empezó a formularlas. Él la cortó con suavidad-. Mañana por la mañana volveré a Nueva York.

Estas palabras la silenciaron. Inició un par de confusas objeciones antes de comprender. Volvía a despedirse, incluso más rápido que la vez anterior. Ella no le vería más, al margen de la opción que eligiera.

– Estaré en contacto con el doctor Hayes del Buen Samaritano. Le enviaré mi evaluación completa. Le facilitaré todo el material que he encontrado, le pondré al tanto de su situación.

– Eso es… Yo no… Aún tengo preguntas…

Al buscar entre un rimero de papeles del Refugio, todas las hojas le cayeron al suelo. Ella maldijo furiosamente antes de ponerse de nuevo al aparato.

– Por favor -le dijo Weber-. Pregúnteme lo que sea. Ahora o en cualquier momento después de que me haya ido.

– Pero creía que íbamos… Creía que tendríamos otra oportunidad de hablar sobre las alternativas. Esta es una decisión importante, y no tengo…

– Podemos hablar. Y cuenta usted con el doctor Hayes y los profesionales del hospital.

Ella notó que perdía el dominio de sí misma y no le importó.

– Así que se trata de compasión del médico hacia el paciente -dijo alzando la voz.

Tenía que desahogarse, por su bien y el de todo el mundo. La calma profesional de aquel hombre la enfurecía. ¿Por qué se había molestado en volver si aquello era lo que había planeado? Volver a casa con su familia, su esposa. Supongamos que cruzaba la puerta y su mujer no le reconocía, que amenazaba con llamar a la policía si no se marchaba. Antipsicótico.

– No sabe usted cómo me afecta todo esto.

– Puedo imaginarlo -replicó Weber.

– No, no puede. No tiene la menor idea. -Estaba harta de quienes se imaginaban que podían imaginarlo. Estaba dispuesta a decirle exactamente lo que era. Pero se tranquilizó, por Mark-. Perdone. Lo que acabo de decirle no tiene excusa. Últimamente no estoy muy centrada.

Le dijo que comprendía su decisión y que se las arreglaría sola. Entonces le agradeció su ayuda y se despidió de él para siempre.


* * *

Casi se lo había arrojado a la cara: «No tiene la menor idea». Como si hubiera querido confirmar a propósito las peores acusaciones públicas. Un oportunista frío y absorto en su cometido, que no se interesaba en absoluto por las personas. Lo único que le interesaba eran las teorías.

La desfachatez de aquella mujer le pasmaba. Él le había propuesto un tratamiento cuando no había ninguno, una opción que solo había encontrado tras dedicar su tiempo y esfuerzo. Decenas de millares de dólares en atención médica, que él le había procurado gratuitamente y a domicilio. Dos viajes a través del país realizados sin ánimo de lucro por un investigador de reputación internacional, cuando ella podría haber estado llamando infructuosamente a todas las puertas, rogando citas, llevando a su hermano de un lado a otro del continente, de clínica en clínica, en busca de alguien que por lo menos supiera qué estaba examinando.

Weber se había mostrado sorprendentemente sereno, al menos así lo recordaba. Eso se debía al exceso de práctica. Que él recordara, jamás había perdido los estribos en el ejercicio de su profesión. Había querido explicarle: «Mi marcha no se debe a lo que usted cree», pero entonces habría tenido que explicarle a qué se debía su marcha.

Karin tenía razón en su acusación silenciosa: él no era un psicólogo. La conducta humana, tan opaca cuando inició sus estudios, ahora le parecía peor que el misterio religioso. No entendía a nadie. Ni siquiera podía empezar a comprenderla a ella. Había pasado de la gratitud a la arrogación de derechos, sin ninguna base. La vulnerabilidad revolviéndose para atacar, incluso mientras rogaba misericordia. Él había estudiado los absurdos del comportamiento durante toda su vida, y ni siquiera se había aproximado a predecir las palabras que ella le había lanzado.

Sí, las lesiones a cuyo estudio había dedicado su vida profesional enlazaban con la psicología en un espectro continuo. Pero las cosas que se esforzaba por explicar como déficit no podía excusarlas en aquella persona sana. Ningún tribunal médico le habría condenado si hubiera interrumpido la comunicación con ella. Sin embargo, él no le colgó, lo experimentó todo, desde lejos. Cierta vez vio esa misma afección en una joven paciente. Asimbolia del dolor: lesión en la circunvolución supramarginal del lóbulo parietal dominante. «Sé que el dolor está ahí, doctor, lo noto, es atroz. Pero ya no me molesta.» Dolor por todas partes, pero no penoso.

Tal vez él había sufrido una lesión y se hallaba en una fase madura de compensación. Pero por teléfono no había podido hacer más que cumplir con las formalidades: ¿Qué haría Gerald Weber? Dejó que Karin Schluter le insultara, sin decir nada en defensa propia. Respondió a sus preguntas tan sinceramente como le fue posible. Al colgar el aparato, se sintió peor que humillado. Pero la humillación no le preocupaba. Lo que le desmontaba también le alborozaba, le producía una euforia tan intensa que se sentía como si flotara. Al borde de los sesenta años, y el mañana amenazaba con revelar el misterio que durante toda su vida se había esforzado por penetrar. Le inundó una acometida de ilusión, peor que cualquier sustancia farmacéutica. Se había enamorado de una incógnita total, una mujer de la que no sabía absolutamente nada.

Llamó al Buen Samaritano y se puso en contacto con Christopher Hayes, quien le saludó calurosamente.

– Estoy leyendo su nuevo libro. Aún no lo he terminado, pero no puedo comprender las exageraciones de la prensa. No es diferente de lo que ha escrito siempre.

Weber había llegado a la misma y devastadora conclusión. Ahora todo lo que había escrito no hacía más que aumentar una vaga sensación de vergüenza. Le dijo a Hayes que había estado en la ciudad y examinado a Mark. La noticia silenció a Hayes. Weber describió el empeoramiento del paciente, mencionó el artículo de la ANZJP que había leído y le habló de su propuesta de tratamiento con olanzapina.

El doctor Hayes estuvo de acuerdo en todo.

– Por supuesto, recordará que ya en junio pensé que deberíamos explorar en esa dirección.

Weber no lo recordaba. Agudamente consciente de la impresión que debía de estar dándole a su interlocutor, apresuró la conversación y acabó con ella. Aquella noche regresó al aeropuerto de Lincoln, y esperó hasta que consiguió plaza para volar. Desde allí llamó a Mark y se despidió de él.

Mark se mostró estoico.

– Supuse que huiría. Se largó de aquí como alma que lleva el diablo. ¿Cuándo volverá? -Weber respondió que no lo sabía-. Nunca, ¿verdad? No le culpo. Yo mismo volvería al mundo real, si supiera cómo hacerlo.


* * *

Últimamente Mark no sirve para nada, salvo para fallar en las pruebas a que le someten. Primero, decepciona al Loquero. No está seguro de por qué (algo relacionado con su menos que óptimo comportamiento en el último cuestionario de preguntas y respuestas), pero el hombre huye de la ciudad como si le persiguiera un enjambre de abejas. Apenas ha ahuyentado al Loquero, cuando la Guardia le persigue. Algún acuerdo que el joven Mark firmó, y, según parece, ahora el país tiene una necesidad desesperada de sus servicios.

Ya sabéis quién (por lo menos ella siempre está ahí) le lleva a la caja de reclutamiento de Kearney. El mismo lugar en el que Rupp y el antes mencionado Mark se presentaron hace una infinidad de tiempo, para hablar de la posibilidad de que Mark aportara su granito de arena a la seguridad de la patria. Durante el trayecto, intenta resolver el embrollo: el mismo Rupp el especialista, que finalmente ha admitido que se comunicó con él justo después de que Mark supuestamente firmara unos documentos oficiales, y justo antes de que alguien le hiciera salirse de la carretera. Como de costumbre, nada encaja, excepto para involucrar al gobierno. Pero que el gobierno esté involucrado generalmente es algo que no requiere pensar mucho.

En la oficina de la Guardia tiene lugar una reunión muy seria, a la que él no está invitado, entre la mujer parecida a Karin y el jefe de los guardias. Ella intenta cancelar el trato, aportando la documentación del hospital, la evidencia de que su hermano está incapacitado, etcétera. Pero el ejército la cala, por supuesto, y le piden a Mark Schluter que responda a unas pocas preguntas por su país. Él lo hace tan bien como puede, lo hace sinceramente. Si Norteamérica sufre un asedio y ha de ir al extranjero para patearle el culo a algún malvado, Mark ha de colaborar, como todo el mundo. Pero no puede evitar reírse ante algunas de las preguntas. Verdadero o falso: Creo que conocer gente de distintas procedencias puede mejorarme como persona. Bueno, eso depende. ¿Se refiere «gente» a un árabe armado que trata de derribar mi avión comercial? A veces me irritan las situaciones repetitivas o monótonas. ¿Cómo responder a estas preguntas, por ejemplo? Pregunta al médico de la caja de reclutamiento si nos estamos preparando para capturar por fin al Saddamizador y terminar el trabajo diez años después. Pero el señor Tieso es increíblemente seco. No podría decírselo, señor. Limítese a responder a las preguntas, señor. Al parecer, estamos tratando con algún imbécil con una misión de alto secreto.

Durante el trayecto de regreso a casa, la doble de Karin expresa sus opiniones, unas opiniones sospechosamente próximas a las de su hermana. La familia es nuestro país, viene a decir. Mark se olvida de todo ello hasta una semana después, cuando recibe una carta de la Guardia Nacional de Nebraska, con el logotipo de una pequeña ojiva de Patriot en el círculo de estrellas. En esencia, dice: No nos llame, nosotros le llamaremos.

Entonces llega el tercer strike. La seudohermana deja caer que los cheques que ha estado recibiendo de la empresa podrían dejar de llegar después del primer aniversario del accidente. Se nota que lo lamenta en cuanto lo ha dicho, como si él no tuviera que saberlo, cosa que, naturalmente, le llama la atención. No hay ningún motivo por el que ella debería estar tan asustada. Y, ni que decir tiene, su cancioncilla y danza secretas le meten el miedo en el cuerpo.

Telefonea a la empresa. Tras esperar largo rato, entretenido por la recitación de hechos sorprendentes sobre la industria cárnica, mientras lo envían de un encargado de personal que no tiene ni idea a otro, le ponen en contacto con alguien que parece saberlo todo acerca de su situación. No es una buena señal, y le hace pensar que Rupp o Cain ha hablado primero con ellos y les ha presentado el otro lado de la historia, el lado que todo el mundo le oculta a Mark. El encargado de personal le dice que necesitará toda una nueva serie de pruebas, una certificación expedida por el Buen Samaritano de que está completamente recuperado, antes de que consideren la posibilidad de volver a contratarlo. ¿Qué diablos significa eso de «volver a contratarlo»? Ya trabaja ahí. El hombre replica con rudeza y Mark contraataca: ¿Queréis que le cuente a la policía federal lo de los treinta hispanos ilegales que tenéis trabajando en las salas de despiece? Una amenaza inocua, en realidad, puesto que en estos momentos la relación entre Mark y los federales no es muy buena. El tipo le cuelga el teléfono, por lo que no hay nada que hacer salvo someterse a las pruebas del hospital. Está seguro de que los resultados pueden ser bastante buenos, dada su considerable práctica. Pero parece ser que en el hospital están enojados con él porque abandonó el Thera-Play, y le presentan unas preguntas extrañas de veras, contra las que él vuelve a estrellarse.

Así pues, strike tres, y, según las reglas del juego, está eliminado. Pero Mark sigue con la mierda hasta el cuello, enfrentado al desempleo real. Todo esto es un videojuego a vida o muerte, con un cronómetro que va contando hacia atrás hasta la detonación. Tiene tiempo hasta el aniversario del accidente para averiguar lo que le hicieron en la mesa de operaciones. Su única esperanza es encontrar a quien le encontró, el autor de la nota, su ángel de la guarda, el único que lo sabe todo.

Se le ocurre un plan, algo en lo que debería haber pensado hace tiempo. Y lo habría hecho, de no ser por tanta locura como hay por estos pagos. Es un plan muy sencillo, y su hermosura consiste en la manera en que fuerza la mano de las autoridades. Expondrá su caso al público. Sacaría la nota a la luz en Crime Solvers. Los habitantes de cuatro condados verán el papel plastificado en sus pantallas de televisión. «No soy nadie, pero esta noche, en la carretera North Line…» Si queda viva alguna persona auténtica, sin el cerebro lavado, que sepa lo que sucedió aquella noche, tendrá que darse a conocer. Y si los poderes fácticos tratan de apoderarse de esa persona y silenciarla, toda Nebraska central lo sabrá.

Un año atrás, no habría pensado en rebajarse tanto. El programa es demasiado patético: la peor clase de investigación de sucesos de la televisión local. Una reportera y un policía recorren toda la región de la Big Bend, fingiendo interesarse por los supuestos misterios sin resolver de la gente, cuando, con toda evidencia, lo que realmente quieren hacer es internarse en los trigales, fuera del alcance de la cámara, y meterse mano como locos. ¿Y los enmarañados y desconcertantes casos que investigan? En sus tres cuartas partes se trata de esposas con pocas luces que se quejan de que llevan semanas sin ver a sus maridos. Señora, ¿ha buscado en el piso de su criada mexicana adolescente? En contadas ocasiones muestran algo interesante, como los dos depósitos llenos de amoníaco robados de un apartadero en Holdrege, que aparecieron en el subterráneo de un viejo edificio de Hartwell donde fabricaban metanfetamina. O el Bigfoot de la Pradera, esa criatura mítica a la que se vio de noche revolviendo en los contenedores de basura en North Platte y de cuya presencia se informó luego en todas partes, desde Ogallala hasta Litchfield, y que resultó ser un oso malayo, la mascota ilegal de un empleado de una compañía telefónica: un animal muy aturdido, vapuleado por cientos de humanos histéricos presa de alucinaciones.

Pero Crime Solvers es su última esperanza. Mark se entrevista por teléfono con su «cazador de historias», también conocido como becario no pagado. El caso les interesa, y envían a la famosa Tracey Barr en persona, junto con un cámara para filmarlo. La Homestar en la caja tonta. O, por lo menos, la falsa Homestar. La mismísima Tracey Barr en su sala de estar. Mark quiere llamar a sus amigos, dejarlos boquiabiertos, tal vez incluso lograr que los filmen. Entonces recuerda que ya no está en condiciones de llamarlos.

En persona, la escultural señorita Barr es algo mayor y no tan atractiva. No tan atractiva, deberíamos decir, como cierta Bonita Baby, vestida con su atuendo de la época de los colonos. Sin embargo, Tracey (ella le pide que la llame Tracey, por increíble que parezca) es impresionante, enfundada en una especie de falda de tubo negra y una blusa rojo rubí. Por suerte, Mark se acuerda también de vestirse bien, con su elegante Izod verde de manga larga, un regalo que le hizo la Bonnie de antes.

Tracey quiere saber todo lo ocurrido. Por supuesto, Mark Schluter no está enterado de todo. Por eso enviaron primero a la pringada criminal. Y por eso es consciente de que, cuando cuenta lo que sabe, la gente le trata de un modo raro. No quiere pisar más minas de las necesarias. Cuanto menos sepa la emisora de la verdadera situación, tanto mejor. Les ofrece los datos básicos: accidente, huellas de neumáticos, hospital, UCI herméticamente cerrada y la nota en la mesilla de noche, esperándole cuando vuelve en sí al cabo de unas semanas. Ella se traga toda la información. Filman el jardín y la casa: Mark solo, contemplando los campos. Mark con una foto de la camioneta. Mark con Blackie Dos, porque, ¿quién va a notar la diferencia? Mark sosteniendo la nota, mostrándosela a Tracey. Está leyendo la nota en voz alta. Y lo más importante: primer plano de la nota que ocupa toda la pantalla, de modo que ningún telespectador se quede sin ver la escritura y leer cada palabra.

Tracey lo lleva a la carretera North Line, para filmarle en la escena del crimen. Se les une el policía que esta semana se encarga del caso, el sargento Ron Fagan, quien resulta conocer a Karin del instituto, y conocerla tal vez incluso en el sentido del Antiguo Testamento. Una y otra vez pregunta a Mark por su hermana, como si «la policía» no estuviera enterada del cambio. ¿Cómo está tu hermana? Es muy simpática. ¿Todavía vive en la ciudad? ¿Sale con alguien? Es espeluznante: aquel hombretón uniformado, sondeando para ver cuánto sospecha Mark. Este esquiva las preguntas y espera no meterse en aguas más profundas que en las que ya se encuentra.

Pero el oficial Fagan es hábil con Tracey, a quien habla de las pruebas obtenidas en el lugar del accidente: las huellas de lo que obstaculizó el avance de Mark y las que quedaron marcadas en la carretera detrás de él. ¿Quiere decir que podría tratarse de una encerrona?, pregunta Tracey. Y con toda seriedad, el policía dice que no quiere llegar a conclusiones precipitadas. Precipitadas, casi un año después. Dice que no tienen nada que se ajuste a las huellas, ninguna pista sobre los vehículos…

Lamentablemente, también menciona la velocidad a la que iba Mark cuando volcó. Es una cifra que no va a granjearle el cariño de ningún defensor potencial. Mark no tenía ni idea de que hubiera ido tan rápido. Se le ocurre pensar que el vehículo situado detrás del suyo le estaba persiguiendo. El trataba de escapar, y cayó directamente en la emboscada.

Colocan en un punto erróneo la cámara que ha de filmar el lugar del accidente. La carretera es la correcta, pero el tramo no. Mark objeta, pero no le hacen caso. Dicen que en ese sitio el telón de fondo es mejor, más pintoresco o algo por el estilo. El policía mueve las manos como un director de orquesta, indicando lo que ocurrió ahí, pero todo está equivocado. Todo es falso. Mark se lo dice, tal vez alzando demasiado la voz. Tracey le ordena callar, pero él replica gritando: ¿Cómo diablos la persona que le encontró va a reconocer el lugar y presentarse si el programa ni siquiera muestra el sitio correcto?

Todos le miran como si se hubiera escapado del manicomio. Pero, en vez de insistir, van en busca del lugar auténtico. Le filman caminando por el pequeño tramo, lo cual es absurdo si bien se mira, porque aquella noche no estaba precisamente en condiciones de caminar. El ambiente es suave y seco, un tiempo para llevar una chaqueta ligera, con un viento juguetón que se burla de los campos. Pero Mark se está helando, tiene tanto frío que es como si estuviera allí, en la cuneta, en febrero, la cara asomando por el parabrisas roto en un charco de hielo aguado.


* * *

Otro invierno en la pradera, aquello de lo que Karin Schluter había huido durante toda su vida adulta. En su infancia había oído hablar del invierno asesino de 1936, con temperaturas bajo cero durante todo un mes seguido; el de 1949, con sus montículos de nieve de doce metros de altura; de la Ventisca de los Escolares, en 1888, con el brutal descenso de veintiséis grados en un solo día, que salpicó el paisaje de estatuas congeladas. En comparación, aquel invierno no era nada. Y, sin embargo, ella temía por su supervivencia.

Se impusieron los marrones cartón y los grises plomo. Las últimas calabazas se secaron en sus enredaderas y la fauna juiciosa emigró al sur o se refugió bajo tierra. Las noches se hicieron más largas y en la ciudad oscurecía pronto. La mayor parte de las noches el viento despertaba a Karin; en pocos lugares del globo era tan ruidoso. Padecía su tradicional bajón de noviembre, la sensación de que se había caído por encima de la barandilla protectora del mundo y ahora yacía bajo la gasa continua del cielo de Nebraska, incapaz de hacer nada salvo esperar que llegase la primavera y alguien la descubriera.

Se habría diagnosticado a sí misma trastorno afectivo estacional, pero se negaba a creer en enfermedades inventadas recientemente. Riegel trató de convencerla de que se sentara bajo las luces que usaba para estimular el crecimiento de sus plantas.

– Todo está relacionado con el sol. El número de horas de luz solar que recibes a diario.

– ¿Quieres engañar a mi cuerpo con fluorescentes? Eso no me parece muy natural.

Se daba cuenta de que le atacaba más a medida que los días se acortaban, pero no podía evitarlo. Él lo soportaba en noble silencio, lo cual no hacía más que empeorar las cosas. Ella se apresuraba a disculparse, con pequeñas muestras de amabilidad, diciéndole de nuevo lo agradecida que estaba por el trabajo, el más importante que había desempeñado en su vida. Al día siguiente, volvía a atacarle.


Llamó a Barbara para pedirle consejo.

– No sé qué hacer. Si le doy ese medicamento podría cambiar y convertirse en Dios sabe qué. Por otro lado, puedo dejarlo tal como está. Es demasiado poder en mis manos.

Le contó los reparos que tenía Daniel hacia los productos farmacéuticos. La ayudante de enfermería la escuchó atentamente.

– Comprendo los temores de tus amigos, y te hablo como alguien que ha dejado el tabaco, la cafeína y el azúcar refinado. Sé que te asusta todo aquello que pueda empeorar las cosas. No puedo decirte lo que deberías hacer, pero con esa olanzapina tendrías que ser tan prudente como con…

– Ya lo soy -la interrumpió Karin-. Y el hombre que me propuso ese tratamiento se ha ido. Por favor, Barbara…

– No puedo aconsejarte. No estoy cualificada. Si pudiera elegir por ti, lo haría.

Cuando colgó el teléfono, Karin, que antes había soñado con hacerse amiga de aquella mujer, la detestaba.


Aumentó las horas que pasaba en el Refugio. Si hubiera tenido ese trabajo desde el principio, un río al que entregarse, podría haberse convertido en una persona diferente. Le encargaban la preparación de folletos. Textos para recaudar fondos y ejercer presión. Era un fuego de armas de pequeño calibre en la guerra desesperada por el agua. Por supuesto, los profesionales hacían la auténtica tarea. Pero incluso sus pequeños esfuerzos de ardillita ayudaban. Daniel, casi temeroso de observar su creciente inquietud, le mostraba los materiales de investigación y le exponía los objetivos.

– Necesitamos algo que despierte a los sonámbulos -le dijo-. Hacer que el mundo vuelva a ser extraño y real.


También veía a Robert, a intervalos de varios días, cuando él tenía tiempo. No habían hecho nada, por lo menos nada que Wendy pudiera aducir ante el tribunal. Se masajeaban mutuamente la cabeza. En el cráneo hay ciertas líneas que Daniel le había enseñado a encontrar, y se las mostró a Robert. Meridianos. Algo muy potente, si sabías encontrarlo. Pasaban horas en las afueras, en el lago Cottonmill, bajo los árboles esqueléticos, buscando los elusivos meridianos: presionando por encima de las protuberancias oculares, siguiendo un recorrido hacia arriba y hacia atrás, hasta la coronilla, donde, si se apretaba con fuerza, podía obtenerse una sensación picante y embriagadora. Cuando Karin apretaba las líneas de Robert, él se echaba hacia atrás, gritaba «¡Wasabi!» y se tomaba el pulso.

Las noches se habían hecho demasiado frías para permanecer al aire libre, pero no tenían a donde ir. Acababan subiendo al coche de ella, recorrían cierta distancia y se detenían en los arcenes de oscuras carreteras rurales o en un rincón del aparcamiento de una tienda abandonada. No podían utilizar el coche de Robert, debido al agudo sentido del olfato de Wendy. Según él, tenía un olfato tan aguzado como el de un tejón.

– Es peor que ser una adolescente -gruñía Karin-. Maldita sea, Robert. Voy a estallar.

Entonces se detenían y charlaban sin tocarse. Habían llegado a la edad en que la frustración ofrecía más que la liberación. Aquel sometimiento a la fidelidad técnica significaba algo. El engaño llegaría más tarde, cuando cada uno volviera al lado de su respectiva pareja.

A Karin le sorprendía el descubrimiento de que, si tenía que elegir entre enrollarse o charlar, prefería lo último. Eso era lo que ahora más necesitaba de él, pues la mentalidad de Robert era radicalmente distinta a la de Daniel o la suya. Ella pensaba más rápido cuando estaba con él. Robert era una enorme y calculadora extensión de la agenda electrónica cuyos botones siempre estaba pulsando. Sentado al volante del Corolla aparcado, jugueteaba con el instrumento como un recién nacido que explorase un juguete de plástico móvil y sonoro. Ella le manifestó su inquietud por la medicación antipsicótica de Mark.

– Calcula los costes -replicó él-. Suma los beneficios, y a ver cuáles son mayores.

– Pero ¿qué dices? Ojalá fuese tan fácil.

– Es así de fácil, a menos que quieras hacerlo difícil. ¡Vamos, mujer! ¿Qué otra cosa hay? La columna del más y la del menos, y luego el cálculo. -Su claridad desquiciaba a Karin, pero le permitía avanzar-. De veras -siguió diciendo. Su voz era muy tranquilizadora, como la de Peter Jennings visitando una clase de estudios sociales en una escuela de secundaria-. ¿Qué te impide empezar a administrarle ese antipsicótico y ver qué ocurre?

– Una vez que has empezado, es difícil dejar de tomarlo.

– ¿Difícil para ti o para él?

Karin le dio un cachete, cosa que a él le agradó.

– ¿Qué hago si surte efecto?

Él se volvió en su asiento para mirarla. No la comprendía. ¿Cómo podría hacerlo? No estaba segura de que ella misma lo comprendiera. Sacudió la cabeza, pero la expresión de sus ojos era más divertida que exasperada. Karin era como un rompecabezas para él.

Ella le tomó la palma y se la acarició con el pulgar, su contacto físico más peligroso hasta la fecha.

– ¿Cómo sería si él fuera… si él volviera a ser el de antes?

Robert inhaló.

– Pues sería tal como era. Tu hermano.

– Sí, pero ¿cuál? No me mires así. Ya sabes lo que estoy diciendo. Podía ser un gilipollas agresivo. Siempre me tomaba el pelo.

Karsh se encogió de hombros, dando a entender que ella había nombrado algo de lo que toda la humanidad era culpable.

– También yo he sido un poco así.

– Pero es que… cuando trato de imaginarlo como era antes, ¿sabes?, no puedo estar segura de que yo… A veces era realmente desagradable. Se enfurecía conmigo porque me marchaba para salvarme, y a él lo condenaba a vivir con la sanadora por la fe y el empresario. Me llamaba… En ocasiones me odiaba de veras.

– No te odiaba.

– ¿Cómo vas a saberlo? -Él alzó las palmas, una diana para su furor-. Perdona -se apresuró ella a decirle-. No estoy segura de que pueda volver a pasar por eso. -Permanecieron sentados en silencio. Él consultó su reloj y puso el coche en marcha. Karin no tenía mucho tiempo para preguntárselo-. Dime una cosa, Robert. ¿Crees que alguna vez le guardé rencor, por aquel entonces? Ya sabes. ¿Algo oculto…?

Robert tamborileó en el volante.

– ¿Quieres que te diga la verdad? No había nada oculto.

Ella se sulfuró, pero enseguida inclinó la cabeza.

– Mira, eso forma parte… Ahora, en esta situación, ya no le guardo en absoluto rencor. No me importa, de veras, que sea quien…

– ¿No te importa? -Karsh metió la marcha-. ¿Quieres decir que te gusta más tal como es ahora?

– ¡No! Claro que no. Es solo que… me gusta la nueva idea que tiene de mí, más que la de antes. Bueno, no de mí, sino de «la auténtica Karin». Me gusta quién cree que era. Ahora defiende a la que fui ante todo el mundo. Dos años atrás, la auténtica Karin era una fuente constante de decepción. Siempre le estaba defraudando. Una puta, una traidora, una avara, una pretenciosa quiero y no puedo de clase media, que se creía demasiado buena para sus raíces. Ahora la auténtica Karin es una especie de víctima de la historia. La hermana que nunca he podido ser del todo.

Karsh conducía en silencio. Parecía como si necesitara abrir su ordenador de bolsillo e iniciar una hoja de cálculo para subir de categoría a Karin Schluter. Costes. Beneficios.

– No puedo creer que te esté diciendo todo esto. ¿Soy totalmente repugnante?

Con los ojos en la carretera, él sonrió burlonamente.

– No del todo.

– No puedo creer que se lo haya dicho a alguien, que incluso me lo haya dicho a mí misma en voz alta.

Se detuvieron a cuatro manzanas de la casa de Robert, donde este siempre bajaba y seguía a pie. Abrió la portezuela del lado del conductor.

– Me lo has dicho porque me quieres -le dijo.

Ella se pasó una mano por la cara.

– No -replicó-. No del todo.


La llamaba en ocasiones, cuando no había nadie en su oficina. Hablaban durante momentos robados, susurros acerca de nada. Una vez agotado lo básico (¿qué había comido él?, ¿qué llevaba puesto ella?), todo lo demás consistía en sucesos de la actualidad. ¿Era el francotirador de Washington un terrorista o solo un individuo endurecido que se había hecho a sí mismo? ¿Por qué los inspectores de armamento de la ONU en Irak no presentaban ninguna prueba? ¿Habría que darles a los ejecutivos de Enron y ImClone su propio canal de telerrealidad? Tan bueno para ambos como el sexo por teléfono.

Ella quería imparcialidad y él libertad. Cada uno creía que era capaz de convertir al otro: esa había sido siempre su atracción fatal. Ambos convenían en que el gobierno estaba descontrolado, pero mientras ella quería que este actuara de una manera honesta, él deseaba su derrocamiento de una vez por todas. Un encuentro casual con El manantial había convertido a un risueño y modesto campeón de natación del instituto en un libertario, aunque incluso ese nombre le parecía a Karsh demasiado restrictivo.

– Cada persona competente del mundo es una especie de dios, nena. Juntos, no hay manera de detenernos. El ingenio humano puede lograr cualquier cosa. Nombra un obstáculo material y ya hemos recorrido la mitad del camino hacia su superación. Apartarlo de nuestro camino y ver cómo se suceden los milagros.

– Dios mío, Robert. No puedo creer que estés diciendo eso. ¡Mira a tu alrededor! Lo hemos destruido todo.

– ¿De qué me estás hablando? Los adolescentes de las reservas indias viven mejor de lo que vivía la realeza. Prefiero vivir ahora que en cualquier otra época. Excepto en el futuro.

– Eso es porque eres un animal. Quiero decir: eso es porque no eres un animal.

– ¿Desde cuándo tienes tales convicciones?

Desde que se dio cuenta de lo poco que ella podía hacer por cambiar a Mark. Tenía que dedicar sus energías a otra cosa o morir. Aquel río podría necesitarla más de lo que jamás la había necesitado su hermano.

Al cabo de unos minutos pisarían hielo fino, y entonces saldrían de allí girando y cogidos del brazo, como una pareja de patinadores haciendo su actuación. Cada uno necesitaba derrotar al otro: era algo inútil pero irresistible. Ella prefería gritar horrorizada contra los ultrajes de Karsh que murmurar su acuerdo con el fervor de Riegel. Robert conocía la verdad que siempre se le escaparía a Daniel, hasta la tumba: solo amamos aquello en lo que podemos vernos reflejados nosotros mismos.

Invariablemente, Karsh la tanteaba.

– ¿Qué tal las cosas en la Pajarería Benéfica? Háblame de esa nueva y brillante campaña para recaudar fondos. ¿Estáis planeando comprar algunas tierras pantanosas?

– Primero háblame del nuevo centro comercial de tu consorcio.

– ¡No es un centro comercial!

– ¿Qué diablos es entonces?

– Ya sabes que no te puedo decir eso.

– ¿Y en cambio yo debería gritar mis secretitos a los cuatro vientos?

– Entonces, ¿tenéis un secreto? ¿Estáis planeando algo?

Era embriagador verlo suplicar. Ella ejercía cierto poder sobre él, un poder cuyo sabor compensaba las interminables humillaciones del pasado.

– No quedan muchos lugares a lo largo del río por los que aún se pueda luchar, ya lo sabes.

Daniel le había dicho eso durante el desayuno, un par de mañanas atrás. Karin lo repitió como si se le hubiera ocurrido a ella.

– Solo queremos apartarnos de vuestro camino -afirmó Karsh-. No deseamos construir en ninguna zona que el Refugio considere esencial preservar.

– Entonces deberías sentarte con los miembros del consejo de administración y estudiar el asunto, hectárea por hectárea.

Él se rió entre dientes.

– ¿Te he dicho que eres adorable de veras?

– No en esta vida.

– Bien, si tú y yo estuviéramos al frente, eso es lo que haríamos, en serio. Todas estas intrigas empresariales me crispan los nervios. Hablemos una vez que esto se haya hecho público. Entonces estarás mucho más orgullosa de mí.

La palabra «orgullosa» le llegó a lo más profundo. Algo en ella admiraba a Robert. Este podía señalar ciertas cosas y reclamar su paternidad. Las cosas más horribles, ciertamente, pero sólidas y acabadas. Por lo menos Karsh había dejado una cicatriz en el paisaje. Ella no podía señalar nada excepto una serie de empleos en el sector servicios, todos ellos perdidos, y un piso, ahora vendido. Ni siquiera había procreado, algo que todas sus compañeras de instituto hacían con más facilidad de la que Karin tenía para limpiar la casa. Incluso su propio hermano decía de ella que no era nada. A los treinta y un años, por fin había encontrado una ocupación importante. Ansiaba decirle a Robert hasta qué punto era un trabajo digno.

– ¿Orgullosa? -inquirió, dispuesta a perderse-. ¿Cómo voy a estarlo?

– Ya lo verás, si obtenemos la aprobación del Consejo de Desarrollo. De lo contrario, el asunto se someterá a debate. Ven a la sesión pública y descúbrelo.

– He de ir -replicó ella en un seductor tono de chanza-. Por mi trabajo.


Asistió a la sesión pública con Daniel. Él condujo, y ella le atacó de un modo implacable durante todo el trayecto.

– Si llegas a la señal de stop primero, tienes que pasar primero. No te quedes ahí sentado, haciendo señales a los otros para que pasen.

– Es cortesía elemental -replicó él-. Si todo el mundo…

– ¡No es cortesía! -le gritó ella-. No haces más que joder a la gente.

Él se achicó.

– Evidentemente.

Esa era toda la crueldad de que era capaz, y a ella le daba pena. Cuando llegaron al lugar donde se celebraba la sesión pública, estaba contrita. Le tomó del brazo mientras caminaban por el aparcamiento del Edificio Municipal.

Soltó el brazo de Daniel en el vestíbulo, al ver a Karsh y sus colegas de Platteland. Dirigió la vista al suelo de mármol de color melocotón mientras Daniel la conducía a la sala. Buscaron asiento en la cámara, que se iba llenando. Daniel examinó la sala. Ella siguió la dirección de su mirada, por encima del público, formado en su mayoría por personas mayores. Dos chicos del canal por cable comunal universitario manejaban una videocámara hacia la mitad del pasillo, a mano derecha. Aparte de ellos, la mayoría del público vivía de la Seguridad Social. ¿Por qué la gente esperaba a tener un pie en la tumba antes de ocuparse de su futuro?

– La asistencia no está mal -le dijo Karin a Daniel.

– ¿Tú crees? ¿Cuántas personas dirías que hay?

– No sé. Ya sabes lo torpe que soy para calcular. ¿Cincuenta? ¿Sesenta?

– O sea… ¿aproximadamente la décima parte del uno por ciento de la gente directamente afectada?

Se unieron al contingente del Refugio. Daniel pasó en un instante de la apatía a la animación, y ella se colocó detrás de él, como un tordo en el nido. El grupo se puso a hacer planes y contraplanes, y Karin iba aportando la documentación que había preparado. Vio a Daniel trabajando, lleno de la energía que le daban las fuerzas desplegadas contra ellos. La disminución de las probabilidades le hacía más atractivo de lo que había estado en las últimas semanas.

Detrás del equipo de la televisión estudiantil, en una silla colocada a propósito fuera del alcance de la cámara, se sentaba Barbara Gillespie. Su presencia puso nerviosa a Karin: mundos incompatibles.

– Esa de ahí es Barbara -le dijo a Daniel-. La Barbara de Mark. ¿Qué te parece?

– ¡Ah! -Daniel se estremeció.

– ¿No tiene algo? ¿Alguna clase de aura? No pasa nada… solo dime la verdad.

– Parece muy… segura de sí misma -respondió él, temeroso de mirar, confirmando las impresiones de Karin.

El contingente de Platteland eligió aquel momento para hacer su entrada. Avanzaron en grupo hasta los demás promotores sentados en primera fila, ante las mesas del consejo. Karin y Daniel desviaron los ojos. Al cabo de un minuto, ella miró de nuevo a hurtadillas. Si Karsh la había atisbado entre el público, el momento había pasado. Estaba atareado en la presentación de los materiales, el arte de darse importancia. Aturdida, Karin miró de nuevo a Barbara, quien la saludó agitando muy discretamente la mano. Peligro, decía aquel movimiento. Humanos por todas partes.

Se inició la sesión. El alcalde se dirigió al consejo y estableció el procedimiento. Una portavoz del grupo de promotores subió al estrado, hizo que bajaran las luces de la sala y encendió un proyector con pantalla de cristal líquido. En esta, situada detrás de las mesas del consejo, apareció una diapositiva con el título, la omnipresente plantilla de Nature. La diapositiva, en tipo de letra Mistral, decía: «Nueva especie migratoria en nuestra antigua vía fluvial».

Karin se volvió hacia Daniel, incrédula. Pero él y sus compañeros del Refugio se preparaban para el espectáculo, con los dientes apretados. Las diapositivas se fueron sucediendo, serpenteando como el río en cuestión. La argumentación iba dirigida al último blanco que Karin habría esperado, lo que el Consejo de Desarrollo llamaba el sector hostelero.

Un diagrama de barras mostró el número de visitantes de la migración primaveral en los últimos diez años. Los números eran un eterno misterio para Karin, pero podía calcular las longitudes. Las barras del diagrama se duplicaban cada tres años. Cuando ella muriese, gran parte del país pasaría por allí cada mes de marzo.

La oradora se metamorfoseó en Joanne Woodward ante los ojos de Karin.

– La puesta en escena de la concentración de casi todas las grullas migratorias de la tierra se ha convertido en uno de los espectáculos naturales más impresionantes de que disponemos.

– ¿De que disponemos? -susurró Karin, pero Daniel, sumido en una batalla mental, no podía oírla.

Siguió una foto panorámica, un trecho del Platte no lejos de la vivienda de Mark. Se superpuso el fundido de una imagen, la recreación artística de un asentamiento rústico, con terrenos cedidos a los colonos y chozas. La portavoz lo llamó «avanzada escénica natural del Central Platte», y estaba relacionando sus principios de construcción ecológicos (bajo impacto ambiental, tecnología solar pasiva, vallas de troncos partidos simuladas, hechas con millones de cajas de leche recicladas) cuando Karin comprendió: el consorcio quería construir un gran pueblo turístico para los observadores de las grullas.

La batalla se desarrolló en forma de glacial pantomima, en la que promotores y ecologistas atacaban y contraatacaban. Daniel intervino en la refriega y repartió un par de golpes hirientes. Señaló que la contemplación de las aves era espectacular precisamente porque el río se había vaciado más abajo del lugar donde se posaban, y por eso se habían concentrado en los pocos refugios que quedaban. Extraer incluso un vaso de agua más de un bioma que ya se estaba disgregando era un acto de negligencia. Karin estaba muy al tanto de aquellos hechos, unos hechos que ella había ayudado a investigar. Cada palabra que Daniel pronunciaba era sagrada, pero predicaba con tal pasión mesiánica que ella notó que no conectaba con el público, considerándolo otro Jeremías que apuntaba con el dedo.

Robert, sonriendo como un espectador inocente, se levantó para defender su proyecto. El puesto de avanzada no estaba en una zona donde las aves se posaran, sino tan solo cerca de allí. Los visitantes acudirían, de una manera u otra. ¿No tenía sentido absorberlos lo más ecológicamente posible, en edificios que preservaran la conciencia histórica, integrados en el paisaje natural? Los visitantes se marcharían más conscientes de la necesidad de conservar la naturaleza. ¿No era la finalidad del ecologismo proteger la naturaleza para que pudiéramos apreciarla? ¿O acaso el Refugio creía que solo una selecta minoría debería gozar del espectáculo de las aves?

El público aprobó esta última observación. Aquello parecía una repetición del consejo estudiantil. Los Karsh de este mundo siempre aplastarían a los Riegel, en cualquier votación abierta. Los Karsh tenían sentido del humor, estilo, presupuestos ilimitados, sofisticación, seducción subliminal, neuromarketing… Los Riegel solo tenían sentido de la culpa y hechos.

Robert volvió a sentarse. Miró a Karin, una mirada que se demoró como la de un acechador. ¿Qué te ha parecido eso? Por un extraño y fugaz momento, ella se sintió personalmente responsable de la contienda.

El Refugio contraatacó: los promotores requerían diez veces más agua de la que su puesto de avanzada natural consumiría. Los promotores explicaron sus previsiones más prudentes y prometieron que el puesto de avanzada vendería toda el agua sobrante a la reserva pública y a precio de coste.

Se sucedieron los aspavientos de la democracia, la forma más engorrosa de decidir que conoce el ser humano. Un velero impulsado por el aliento. Cada excéntrico de pueblo y cada sin techo que vivía de recoger latas manifestaron su opinión. ¿Cómo un procedimiento tan a ciegas podría alcanzar jamás una decisión acertada? Un promotor con un traje verde claro y un miembro del Refugio vestido de áspero tejano, con el poco cabello que le quedaba recogido en una cola de caballo, se enfrentaban, sus brazos como espadas ceremoniales, sus voces alzándose y cayendo cual espectrales lamentos de kabuki. Un filtro de gasa se posó sobre los reunidos, lo que Karin habría sentido si se hubiera levantado con demasiada rapidez. La sala brillaba tenuemente, como un campo de habichuelas bajo un viento de agosto. Aquella gente llevaba reuniéndose allí desde antes de que el desarrollo fuese un problema. Durante tanto tiempo como hubo praderas lo bastante extensas para cegar y enloquecer, los hombres se habían reunido allí a fin de discutir, únicamente para demostrarse a sí mismos que no estaban solos.

El público sufría un conflicto como el del hermano de Karin. Peor aún: como el de ella misma. Los participantes en el debate daban vueltas, actuando como dobles de los demás, dobles de sí mismos, alistándose para pelear contra combatientes fantasmales… Ella estaba sentada en medio de la refriega, un agente doble que se vendía a ambos bandos. El combate se reproducía en su interior, todas las posturas posibles chocando alrededor de la dispersa democracia en su cerebro. ¿Cuántas partes cerebrales describían los libros de Weber? Una profusión de agentes libres; sesenta especialidades en el fragmento prefrontal. Todas esas formas de vida con nombres latinos: la aceituna, la lenteja, la almendra. Caballito de mar y concha, telaraña, caracol y gusano. Suficientes partes corporales para componer otro ser vivo: senos, nalgas, rodillas, dientes, colas. Demasiadas partes del cerebro que recordar. Incluso una parte llamada «sustancia innominada». Y todas tenían una mente propia, cada una pugnaba por hacerse oír por encima de las demás. Era natural que estuviera sumida en una frenética confusión: todo el mundo lo estaba.

Una ola recorrió su interior, un pensamiento a una escala como jamás había experimentado. Nadie tenía la menor idea de aquello que buscaban nuestros cerebros ni cómo se proponían conseguirlo. Si pudiéramos distanciarnos un momento, liberarnos de tanta duplicación, contemplar el agua real y no un espejo creado por el cerebro… Por un instante, cuando la sesión se convertía en un ritual instintivo, se dio cuenta: la especie entera padecía el síndrome de Capgras. Aquellas aves danzaban como nuestros parientes, parecían nuestros parientes, llamaban, ordenaban, cuidaban de sus hijos, enseñaban y navegaban igual que nuestros parientes. La mitad de sus órganos seguían siendo como los nuestros. Sin embargo, para los hombres eran ajenos, unos impostores. Como mucho, un extraño espectáculo que contemplar agazapado desde un escondite. Mucho después de que todos los reunidos en aquella sala hubieran muerto, aquella especie de reunión adventista seguiría rugiendo, debatiendo el declive de la calidad de vida, elaborando trabajosamente los apremiantes detalles de una nueva y vasta urbanización. El río se secaría, iría a otra parte. Tres de cuatro especies supervivientes diezmadas vendrían aquí todos los años, sin saber por qué regresarían a este árido desierto. Y aún seguiríamos atrapados en el engaño. Pero antes de que Karin pudiera fijar el pensamiento que se formaba en ella, le resultó irreconocible.

La sesión terminó sin que se hubiera llegado a ninguna decisión. Karin, confusa, apretó el brazo de Daniel.

– ¿No tienen que adoptar alguna decisión?

Él la miró con lástima.

– No. Retendrán la propuesta unos meses y entonces aprobarán discretamente una resolución cuando nadie esté mirando. Bien, por lo menos ahora sabemos a qué nos enfrentamos.

– Creía que iba a ser mucho peor. Uno de esos centros comerciales con un montón de salas de cine. Gracias a Dios que solo se trata de esto. Algo que no segrega veneno, que por lo menos está a favor de las aves.

Fue como si le hubiera apuñalado. Daniel se había dirigido a la salida, al fondo de la sala. Se detuvo en medio de la gente que les rodeaba y la cogió del brazo.

– ¿A favor de las aves? ¿Esto? Joder, ¿es qué has perdido el juicio?

Varias cabezas se volvieron hacia ellos. Robert Karsh, que estaba haciendo números con dos miembros del Consejo de Desarrollo, les miró desde el otro lado de la sala. Daniel se ruborizó. Se acercó a Karin y le susurró una vehemente disculpa.

– Lo siento. Una conducta imperdonable. Las últimas horas han sido espantosas.

Ella dio un paso adelante para silenciarlo. Una mano le tocó el hombro. Al volverse se encontró ante Barbara Gillespie.

– ¡Tú! ¿Qué estás haciendo aquí?

Aquella única ceja arqueada de la Gillespie…

– Ser una buena ciudadana. ¡Vivo aquí!

Karin no tuvo más remedio que hacer las presentaciones.

– Mi amigo Daniel. Esta es Barbara, Daniel, la… la mujer de la que te hablé.

Riegel se volvió hacia ella, como un Pinocho sonriente y rígido. Ni siquiera podía tartamudear. Karin vio que Karsh, mientras abandonaba la sala, lanzaba una mirada lasciva a Barbara.

– Me ha gustado lo que has dicho -comentó Barbara a Daniel-. Pero aclárame una cosa: ¿qué crees que se propone hacer esa gente con el complejo durante los diez meses del año en los que no se ve una sola grulla?

Daniel se quedó pasmado: a ninguno de los ecologistas se le había ocurrido plantear la pregunta durante la sesión.

– ¿Tal vez un centro de conferencias?

Barbara reflexionó un momento.

– Es posible. ¿Por qué no? -Entonces, con tal rapidez que sobresaltó a Karin, añadió-: Bueno, me alegro de verte, querida. Y ha sido un placer conocerte, Daniel. -Este asintió, enervado-. ¡Crucemos los dedos!

Barbara retrocedió con una sonrisa sesgada y agitando la mano con la elegancia de la reina del baile en la facultad. Abandonó la sala entre el resto de los asistentes. Karin la maldijo en silencio por marcharse.

Daniel lo estaba pasando mal.

– Lo siento. No habría perdido los estribos si las cosas no hubieran ido tan… No sé cómo he podido decir eso. Ya sabes que yo no…

– Déjalo. No importa. -Nada importaba salvo liberarse, alcanzar el agua auténtica-. Bien, he perdido el juicio. Eso ya lo sabíamos los dos.

Pero Daniel no podía dejarlo correr. Durante el trayecto de regreso a casa, se le ocurrieron tres teorías más que explicaban su ataque verbal. Y quería que ella las ratificara todas. Karin lo hizo, para tener la fiesta en paz. Pero a él no le bastaba.

– No digas que me crees si no es cierto.

– Estoy de acuerdo contigo, Daniel, de veras.

Por lo menos, la discusión les mantuvo la mente ocupada hasta que llegaron a casa y se acostaron. Pero la autopsia prosiguió en la oscuridad. Él habló dirigiéndose a las grietas del techo.

– La sesión ha sido un desastre, ¿verdad? -Ella no sabía si tenía que estar de acuerdo u objetar-. No hemos sabido qué nos golpeaba. De inmediato hemos adoptado el método defensivo del erizo. Nos hemos opuesto como si fuera la habitual utilización del espacio para establecer un centro comercial. No hemos logrado desacreditar lo que se proponen hacer. Probablemente el consejo ha abandonado la sala pensando lo mismo que tú, que esa especie de parque temático natural sería algo beneficioso.

Ella aún lo pensaba así. Si se hacía bien, incluso podría ser un equivalente popular del Refugio, que controlara el impacto de los turistas, cuyo número iría en aumento de todos modos.

– Es evidente que se proponen algo. Esta es solo la primera fase. Mira la cantidad de agua que están pidiendo. Y tu amiga tiene razón. No pueden ganar dinero si el lugar solo se llena dos meses al año.

Ella le restregó la espalda, trazando grandes círculos con una suave presión. Según decía Weber en su libro, así se producían endorfinas. Surtió efecto durante uno o dos minutos, antes de que él se diera la vuelta.

– Lo hemos estropeado. Deberíamos haberlos desenmascarado, y en cambio…

– Chsss. Lo has hecho lo mejor que has podido. Perdona, no quería decir eso. Quiero decir que, dadas las circunstancias, has hecho lo mejor que se podía hacer.

Daniel estuvo toda la noche despierto. En algún momento, pasada la una de la madrugada, empezó a moverse tanto que sacó a Karin de su sueño irregular lo suficiente para que ella le pusiera una mano en el hombro.

– No te preocupes por eso -musitó, todavía medio dormida-. Era solo una palabra.

Alrededor de las tres, Karin se despertó sola en la cama. Oyó a Daniel en la cocina, yendo de un lado a otro como un animal del zoo. Cuando por fin regresó a la cama, ella fingió que dormía. El yació inmóvil, un oído que lo captaba todo, en medio de un campo, siguiendo a algún animal de gran tamaño. Lleva tu esfera de sonido al interior de tu esfera de visión. Totalmente inmóvil, incluso sus pulmones. A las cinco y media, ninguno de los dos pudo seguir fingiendo.

– ¿Estás bien? -le preguntó ella.

– Pensativo -susurró él.

– Eso he supuesto.

Deberían haberse levantado de la cama y desayunado, al estilo de los pioneros, en la oscuridad, pero ninguno de los dos se movió. Finalmente, él comentó:

– Tu amiga parece muy aguda. Tiene razón. Esas casas para los observadores de aves no son más que la punta de algo.

Karin estrujó la almohada con fuerza.

– Sabía que estabas pensando en ella. ¿Es por eso por lo que…?

Él hizo caso omiso.

– ¿Me la habías presentado ya en alguna parte?

– Mírame. ¿Tengo aspecto de haber perdido el juicio?

Él la miró parpadeando, la cabeza inclinada.

– Te he dicho que lo sentía, que ha sido imperdonable. No sé qué más decirte.

Era cierto: había perdido el juicio. Hecha polvo por la falta de cuidados.

– Olvídalo. Estoy loca. ¿Qué me estabas diciendo de Barbara?

– Tengo la extraña sensación de que conozco su voz. -Se levantó y fue desnudo a la ventana. Retiró la cortina y contempló el jardín a oscuras-. Yo diría que no es la primera vez que la veo.


* * *

El invierno en Long Island: ¿por qué insistían en quedarse? Seguramente no por las pocas imágenes de postal impresionantes: la escarcha en el molino de agua, el estanque de patos helado, la costa de la bahía Conscience cubierta por un manto blanco, sin nada más que los cisnes mudos invasores y una sola garza confusa aguantando firme antes de que la nieve se ensuciara y empezara la auténtica estación sin vida. No por su salud, ciertamente: acribillados durante días seguidos por las minúsculas agujas hipodérmicas del aguanieve. Tampoco por necesidad económica. Solo por alguna expiación insondable que se agarraba al antiguo, fresco y verde pecho del nuevo mundo.

– Atrincherado en aquella casta oscuridad más allá de la ciudad -le dijo a Sylvie, mientras tomaba un implacablemente administrado desayuno dietético a base de muesli y leche de soja-. Donde los oscuros campos de la república se ondulan bajo la noche.

– Sí, querido, lo que tú digas. ¿Qué hay de los guardas forestales?

– Podría dedicarme a la enseñanza en Arizona. O ir como profesor invitado a California, donde viviríamos en la misma calle de Jess. Mejor todavía, los dos podríamos estar jubilados, viviendo en una destartalada casa de campo en Umbría.

Ella sabía lo que debía decir.

– O podríamos estar muertos, y entonces ya estaría todo resuelto y no tendríamos que preocuparnos de nada. -Enjugó los boles del desayuno por enésima vez en su vida en común-. Clase en el Centro Médico dentro de diecisiete minutos.

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