– Los dos tipos están mirando el vermicompostador, y uno de ellos va y dice: «Esta lombriz no masca y escupe el bolo como la otra». «No», replica el otro tipo. «Esta lombriz no rige bien y se cree una mantis, y ha preferido devorar a su compañero.»

Volvió la camarera.

– ¿Te sirvo algo más, cariño?

– No, gracias. Tráeme la cuenta. Ah, ¿podría preguntarte una cosa? -Volvía a sentir el estómago un poco revuelto-. Has dicho que aquí todo el mundo está emparentado. ¿Qué me dices de los Schluter?

Ella contempló a través de la ventana la calle, que iba llenándose poco a poco de transeúntes.

– El padre era un tipo solitario. Joan Swanson tenía familia en Hastings. Pero era una de esas personas convencidas de que el Reino llegaría mañana a las cuatro y cuarto de la tarde. Y nadie que ella conociera estaba dispuesto a dejarse convencer. Una cosa así suele alejar incluso a la familia. -Sacudió la cabeza, entristecida, y apiló los platos sucios-. Poca red de seguridad tuvieron esos chicos.


Weber regresó al Buen Samaritano para entrevistarse de nuevo con el doctor Hayes. Revisaron el material que Weber había reunido en los últimos tres días. Hayes estudió los resultados del test de reacción galvánica de la piel, las puntuaciones del reconocimiento de rostros y los perfiles psicológicos. Le hizo una docena de preguntas, de las que Weber solo pudo responder la tercera parte. Hayes estaba impresionado.

– ¡Es lo más extraño con lo que podía esperar encontrarse, y aun así ha salido intacto! -Dio un manotazo al fajo de notas-. Bien, doctor, ha logrado usted que aumente mi apreciación del caso. Supongo que eso será para usted una prueba de su valor científico. Pero ahora ¿qué es lo indicado? ¿Cómo tratamos la afección y no solo el síntoma?

Weber hizo una mueca.

– Me temo que no conozco la diferencia. En la literatura médica no hay estudios de tratamiento sistemático. Los orígenes psiquiátricos ya son bastante raros. Los casos inducidos por un trauma son casi de ficción. Si quiere saber qué opino…

El neurólogo le mostró las palmas: no ocultaban ningún utensilio cortante.

– En medicina no hay territorios particulares, como bien sabe.

Si Weber sabía algo tras una vida entera de investigación era precisamente lo contrario.

– Yo recomendaría una terapia cognitiva conductual intensiva y persistente. Es un enfoque conservador, pero vale la pena adoptarlo. Déjeme que le muestre un artículo reciente.

Hayes enarcó una ceja.

– Supongo… supongo que incluso podríamos lograr una mejoría espontánea.

Weber contraatacó.

– Eso ha ocurrido. En la terapia cognitiva conductual hay antecedentes de delirios. Cuando menos, puede ayudar en el tratamiento de la ira y la paranoia.

Hayes irradiaba un sano escepticismo. Pero la primera regla de la medicina era hacer algo. Había que actuar, al margen de que fuese útil o no, intrascendente o improbable. Hayes se puso en pie y le tendió la mano a Weber.

– Con mucho gusto lo transferiré al departamento de psicología. Y esperaré con ilusión su obra. No se olvide de escribir mi apellido con una «e».


Solo quedaba despedirse. Cuando Weber llegó a Dedham Glen, Mark ya había recibido la terapia física de la tarde. Karin estaba presente, por lo que el doctor podría despedirse de ambos. Los vio desde lejos, delante del edificio: Karin tendida en la hierba, a cincuenta metros de distancia de su hermano, como una canguro en cuarentena, mientras que Mark se sentaba en un banco metálico bajo un álamo de Virginia, junto a una mujer a la que Weber reconoció al instante sin que la hubiera visto nunca en persona. Bonnie Travis llevaba una blusa azul celeste sin mangas y una falda tejana. Mark se había quitado el gorro de lana y ella le estaba poniendo una guirnalda de dientes de león entrelazados alrededor de la cabeza. Le colocó una ramita en las manos, un cetro de Zeus de jardín. Mark se lo estaba pasando en grande. Miraron a Weber cuando este se les acercaba por el césped, y Bonnie sonrió de una manera solo posible en un estado con menos de catorce habitantes por kilómetro cuadrado.

– ¡Vaya! Le conozco. Tiene el mismo aspecto que en su fotografía.

– Tú también -respondió Weber.

Mark se partió de risa. Si no se hubiera agarrado a Bonnie, se habría caído del banco.

– ¿Qué? -rogó Bonnie, sumándose a la risa-. ¿Qué he dicho?

– Los dos estáis chalados -dijo Mark, amenazándoles con el cetro.

– Explícate, Markie.

– Bueno, en primer lugar, una foto es plana y tiene este tamaño.

Bonnie Travis se desternilló de risa. Weber cayó en la cuenta de que habían estado tomando algún estimulante antes de su llegada, aunque no notaba ningún olor. Karin se puso en pie y fue al encuentro de Weber, la sospecha reflejada en su rostro.

– Es eso, ¿verdad?

Mark se tambaleó.

– ¿Qué pasa? ¿La ha desenmascarado? ¿Va a detenerla?

Weber se dirigió a Karin.

– He hablado con el doctor Hayes. Te enviará a terapia cognitiva conductual intensiva, tal como hablamos.

– ¿Va a hacer que la encierren? -Mark asió el antebrazo de Bonnie-. ¿Lo ve? ¿Qué le decía yo? Usted no me creía. Esta mujer tiene un problema.

– Estará implicada en el proceso -le dijo Weber a Karin, una promesa que no podía ser más débil.

Karin le interrogó con la mirada.

– ¿No va a volver?

Él adoptó la expresión de amistoso respeto que le había valido la confianza de centenares de personas alteradas, ansiosas, la tranquilidad que la noche anterior había perdido.

– ¿Se marcha? -le preguntó Bonnie haciendo un mohín. En realidad, no se parecía nada a su imagen en la foto-. Pero si acaba de llegar.

Mark se irguió bruscamente.

– Espere. No, loquero, no se vaya. ¡Se lo prohíbo! -Señaló a Weber con su tridente imperial-. Dijo que me sacaría de este tugurio. ¿Quién me sacará de aquí si usted no lo hace? -Weber arqueó las cejas, pero no respondió-. ¡Escuche! He de volver a casa. Ese empleo es lo único bueno que he tenido jamás. Si sigo más tiempo aquí, me darán una patada en el culo.

Karin se dio unas palmaditas en las sienes.

– Ya hemos hablado de esto, Mark. Estás incapacitado. Si los médicos consideran que necesitas más terapia, el seguro de la empresa…

– Lo que necesito no es terapia, sino trabajo. Quiero que los médicos me dejen en paz de una vez. No lo digo por usted, loquero. Usted, por lo menos, tiene la cabeza en su sitio.

Mark había aceptado a Weber tan espontáneamente como había rechazado a su hermana. Nada que Weber hubiera hecho merecía semejante confianza.

– Sigue ejercitándote, Mark. -El sonido de sus propias palabras hizo estremecerse a Weber-. Muy pronto estarás en casa.

Mark desvió la vista, abatido. Bonnie se inclinó hacia él y lo rodeó con un brazo. El emitió un sonido que evocaba a un perrito faldero.

– ¡Devolverme a ella! Y después de que he demostrado…

– Disculpa -le cortó Weber-. Antes de irme debo tratar unos asuntos con el personal.

Regresó al edificio, cuyo vestíbulo parecía la línea de partida de una carrera de sillas de ruedas. Weber se acercó al mostrador y preguntó por Barbara Gillespie. La aceleración de su pulso revelaba una vaga sensación de culpabilidad. La recepcionista llamó a Barbara por megafonía. La mujer se presentó y, al ver a Weber, pareció inquieta. En sus ojos había aquella expresión de alerta verde: márchate ya. Trató de adoptar una actitud desenfadada.

– Vaya, si está aquí la autoridad médica.

Él descubrió que deseaba responder con otra broma, así que no lo hizo.

– He estado hablando con el departamento de neurología del Buen Samaritano.

– ¿Ah, sí?

Su tono se volvió profesional de inmediato. De alguna manera sabía lo que Weber andaba buscando.

– Han aceptado someterle a TCC, y quisiera pedirle su ayuda. Usted tiene una relación tan buena con Mark… Es evidente que él la adora.

Ella se mostró cauta.

– ¿TCC?

– Perdone. Terapia cognitiva conductual. -Era extraño que ella no lo supiese-. ¿Le interesaría?

Barbara sonrió a pesar de sí misma.

– Algunos días, sí, desde luego.

Él se rió discretamente.

– Estoy de acuerdo con usted. Con frecuencia, yo…

Ella asintió. Le entendía a la primera sin necesidad de que le diera explicaciones. Él volvió a pensar en lo absurda que era su categoría laboral. Sin embargo, ella era excepcional en su trabajo. ¿Quién era él para promoverla más allá de su vocación? Hubo un momento de nerviosismo compartido, ambos buscando el detalle final y olvidado. Pero ese detalle no existía, y él no iba a inventarlo.

– Bien, entonces, gracias y cuídese -le dijo ella.

Las palabras eran irremediablemente del Medio Oeste, pero su voz era tan de la costa…

Él se apresuró a decirle:

– ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿Ha leído, por casualidad, algo mío?

Ella miró a su alrededor, en busca de apoyo.

– Vaya. ¿Es esto un examen?

Weber retrocedió.

– Por supuesto que no.

– Porque si lo es, primero tendría que estudiar.

Él se excusó con un gesto de la mano, musitó su agradecimiento y se encaminó a la salida. Imaginó la mirada de ella fija en su espalda mientras se alejaba, y tuvo una sensación que no solía experimentar, la de que había echado algo a perder. La náusea de la mañana le siguió a lo largo del camino.

Flanqueado por las dos mujeres, Mark estaba sentado en el banco como un rey celestial en su trono, mientras unos cuantos pacientes de rehabilitación, cuidadores y visitantes deambulaban por aquel Olimpo en tierras bajas. Una guirnalda de dientes de león, un cetro de álamo: así lo recordaría Weber. Durante la breve ausencia de este, Mark había vuelto a cambiar. La amargura de la traición había desaparecido. Alzó la varilla e impartió su bendición a Weber.

– Que Dios te acompañe, viajero. Te enviamos una vez más a tu infatigable búsqueda de nuevos planetas.

Weber se detuvo en seco.

– ¿Cómo diablos…? Qué extraña coincidencia.

– Las coincidencias no existen -dijo Bonnie, sus palabras un halo.

– No existen más que las coincidencias -replicó Karin.

Mark soltó una risita.

– ¿Qué quiere decir? Espere, espere… -Imitó la voz de barítono cargada de autoridad de Weber-. Quiero decir: ¿a qué se refiere?

– Mi hija es astrónoma, y ese es su trabajo. Busca nuevos planetas.

– Pero, hombre, si eso ya me lo había contado.

Esta constatación agitó más a Weber que la coincidencia imaginada. La noche de insomnio, el aire caliente y pegajoso habían dado al traste con su concentración y dispersado su memoria. Era preciso que se marchara de allí. Durante las tres semanas siguientes tenía que pronunciar dos conferencias de apertura, y luego le esperaba un viaje a Italia con su mujer antes del comienzo de curso en otoño.

Karin le acompañó al aparcamiento. Su decepción se había agudizado hasta convertirse en una estoica desesperación.

– Supongo que esperaba demasiado. Cuando me habló de lo sorprendente que es el cerebro… -Agitó los dedos ante su cara-. Lo sé. No estoy diciendo… ¿Puede decirme una cosa? No lo suavice.

Weber se preparó para encajar lo que fuese.

– Él debe de odiarme de veras, ¿no es cierto? Ha de tener un profundo resentimiento para desarrollar esto. Para elegirme a mí. Cada noche, en la cama, trato de imaginar qué le hice para que necesite eliminarme así. No puedo recordar nada que merezca esto. ¿Solo estoy reprimiendo…?

Cometió la estupidez de volver a tomarla del brazo, como lo había hecho tres días antes, cuando recorrieron por primera vez aquel camino.

– No se trata de usted. Lo más probable es que haya una lesión… -Justo lo contrario de lo que había discutido con el doctor Hayes. Ocultaba la dinámica que más le interesaba-. Ya hemos hablado de esto. Es un síntoma del síndrome de Capgras. El sujeto solo es incapaz de identificar a las personas más próximas a él.

Ella soltó un acre bufido.

– ¿Ve solo un doble en el ser querido?

– Algo por el estilo.

– Entonces es un fenómeno psicológico.

Una corazonada enervante en boca de otra persona.

– Créame, no es que la haya elegido a usted.

– Sí que me ha elegido. Ahora acepta a Rupp.

– No me refiero a Rupp, sino a su perra.

Ella se liberó de su brazo, dispuesta a sentirse herida. Entonces se ablandó de una manera que Weber nunca le había visto.

– Sí. Tiene usted razón. Y quiere a Blackie más que a cualquier otro ser vivo.

Cuando llegaron al bordillo, Weber hizo ademán de estrecharle la mano. Embargada por un tardío sentimiento de culpa, ella le abrazó. Él lo soportó, inmóvil.

– Si hay algún cambio, hágamelo saber -le pidió.

– Y si no lo hay, también se lo diré -le prometió ella, y se alejó.


Weber volvió a despertarse temprano, de nuevo presa del pánico. El techo de una habitación desconocida apareció a unos pocos centímetros de su cara. Aspiró aire, pero sus pulmones no se expandían. Aún no eran las dos y media de la madrugada. A las tres y cuarto seguía preguntándose por qué había olvidado que le había hablado a Mark acerca de Jess. Se debatió contra el impulso de levantarse y escuchar las cintas de las sesiones. A las cuatro se tomó el pulso y pensó que podría tratarse de algo serio. Como no podía seguir tendido, se levantó, se duchó y se vistió, hizo el equipaje, pagó la cuenta en recepción y, con varias horas de adelanto, condujo el coche alquilado en dirección este, hacia el aeropuerto de Lincoln, por la autopista interestatal recta como el filo de una navaja.

Cuando el avión sobrevolaba Ohio, se recuperó. Miró por la ventanilla, a una Columbus cubierta de nubes, e imaginó hitos invisibles bajo la manta de retazos. Lugares de un tercio de siglo atrás: el campus esparcido y sin centro. El deteriorado barrio estudiantil donde él y Sylvie vivieron en un bungalow. El centro de Columbus, el Scioto, el salto en el tiempo del Barrio Alemán, Short North, con su gran librería de ocasión, adonde llevó a Sylvie en su primera cita. Aún conservaba en la memoria el plano íntegro, más nítido incluso con los ojos cerrados.

Sobre las rugosas colinas de Pensilvania, su interludio en Nebraska empezó a parecerle un simple déficit transitorio. Cuando aterrizó en La Guardia, volvía a ser el de siempre. Su Passat le esperaba en el aparcamiento para vehículos estacionados durante largo tiempo. La irritante locura compartida de la autopista de Long Island nunca le había parecido más familiar ni más hermosa. Y, al final, el familiar anonimato del hogar.

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