Karin fue a observar las aves con él, una manera de mantener la cordura. Algunas tardes, cuando Mark se enfurecía con ella y tenía necesidad de huir, su observador de aves y ella se dirigían al noroeste, a la región de las dunas; al nordeste, donde el loess cubría el terreno; o al este y al oeste, a lo largo de los serpenteantes ramales del río. Ella oscilaba entre el júbilo y el sentimiento de culpa por haber abandonado a su hermano, incluso una sola tarde. Se sentía como a los diez años, cuando volvía a casa tras haberse pasado una tarde de verano jugando al escondite, y solo cuando su madre le gritaba se daba cuenta de que se había olvidado de su hermanito, hecho un ovillo en una alcantarilla de hormigón esperando a que lo encontraran.

Solo al aire libre, en la cálida atmósfera, Karin se percataba de lo cerca que había estado de desmoronarse psíquicamente. Otra semana más cuidando a Mark y habría empezado a creer en sus teorías acerca de ella. Ella y Daniel estaban comiendo en el campo, cerca de las tierras húmedas y arenosas que se extendían al sudoeste de la ciudad. Karin acababa de morder una rodaja de pepino cuando se echó a temblar con tal violencia que no pudo tragar. Inclinándose adelante, se cubrió con las manos la cara temblorosa.

– ¡Oh, Dios mío! ¿Qué habría hecho yo aquí, con lo que le está ocurriendo a mi hermano, sin ti?

Él le alzó los hombros.

– Yo no he hecho nada. Ojalá pudiera hacer algo.

Le ofreció su pañuelo. Debía de ser el último hombre norteamericano que se sonaba con tela. Ella lo usó, haciendo unos ruidos horribles y sin que eso la preocupara.

– No puedo marcharme de aquí. Lo he intentado muchas veces. Chicago. Los Ángeles. Incluso Boulder. Cada vez que empiezo, que intento llevar una vida normal, este lugar tira de mí y me trae de vuelta. Durante toda mi vida he soñado con ser independiente y vivir lejos de aquí. ¡Mira qué lejos he llegado! A South Sioux.

– Todo el mundo vuelve a casa alguna vez.

La risa de Karin pareció una tos flemática.

– ¡Nunca me he ido de veras! Me he quedado atascada en un estúpido círculo. -Agitó la mano en el aire-. Peor que los malditos pájaros.

Él dio un respingo, pero la perdonó.

Después de comer hicieron nuevos descubrimientos: mosqueritos, bisbitas, un solitario reyezuelo de coronilla dorada, incluso un errante carpintero de Lewis macho que pasaba por allí. La pradera ofrecía pocos lugares donde ocultarse. Daniel le enseñó a ver sin ser vista.

– El truco consiste en empequeñecerte, reducir tu esfera de sonido dentro de tu esfera de visión, ampliar la periferia y observar solo el movimiento.

Daniel le hizo permanecer sentada e inmóvil durante quince minutos, luego cuarenta, después una hora, limitándose a observar, hasta que su columna vertebral amenazaba con reventar y expulsar del cascarón roto a otra criatura. Pero la inmovilidad era beneficiosa, como lo son la mayoría de los dolores. Su capacidad de concentración estaba por los suelos. Necesitaba tomarse las cosas con calma, centrarse. Necesitaba sentarse en silencio con alguien a quien ella hubiera elegido, no porque hubiera sufrido un daño cerebral. Su hermano seguía negándose a reconocerla, su persistencia llegaba a ser espeluznante. Ella ni siquiera había imaginado que el extraño e inestable síntoma pudiese durar tanto. Inmóvil durante una hora, en un montículo cubierto de incipiente andropogon, dentro de una burbuja de absoluto silencio, Karin fue consciente de su impotencia. Mientras ella se encogía y el mar de hierba se expandía, vio la escala de la vida… millones de pruebas enmarañadas, más respuestas que preguntas formuladas y una naturaleza tan opulentamente derrochadora que ningún experimento concreto importaba. La pradera pondría a prueba todas las posibilidades. Cien mil parejas de vencejos reproductores ponían huevos en todas partes, desde putrefactos postes telefónicos hasta humeantes chimeneas. Una bandada de estorninos trazaba círculos en lo alto, descendientes, según Daniel, de unas pocas aves liberadas en Central Park un siglo atrás por un fabricante de fármacos deseoso de que en Norteamérica hubiera todas las aves citadas por Shakespeare. La naturaleza podía permitirse el lujo de vender con pérdidas: lo compensaba en volumen. Hacía conjeturas de forma implacable, y no importaba que casi todas fuesen erróneas.

Daniel era igualmente derrochador. El hombre que prescindía incluso de las duchas calientes prodigó a Karin sus atenciones durante toda la tarde. Interpretaba para ella las marcas y las huellas. Le descubrió un avispero, una cagadita de búho y un minúsculo y blanqueado cráneo de curruca cuya factura superaba la habilidad de cualquier joyero.

– ¿Conoces los versos de Whitman? -le preguntó él-. «Una vez has agotado cuanto hay en los negocios, la política, la sociabilidad y lo demás, y has descubierto que nada de esto acaba por satisfacerte o que no tiene una duración ilimitada, ¿qué es lo que queda? Lo que queda es la naturaleza.»

Su intención era consolarla, pero a ella le parecía inflexible, implacable, indiferente: en gran medida, aquello en lo que su hermano se había convertido.

Al final de la jornada de exploración, cuando volvieron a casa, Daniel le dio una caja de camisa que había permanecido durante todo un mes en el asiento trasero de su Duster, un coche que tenía veinte años. Karin supuso que era para ella, y que había estado allí esperando a que él hiciera acopio de valor para entregársela. Alzó la delgada tapa de cartón, preparándose ya para mostrar su gratitud por la muestra de historia natural que él había encontrado para ella. Pero el espécimen de la caja era ella. Cada tontería y fruslería que Karin le había regalado. Se sentaron en el solar detrás del apartamento y ella examinó el pasado embalsamado. Notas garabateadas con su caligrafía de elfo, escritas a bolígrafo de colores que ella nunca podría haber poseído, remates de chistes que ahora no significaban nada para ella. Incluso poemas a medio hacer. Pares de entradas para películas que no podía haber visto con él. Bocetos de la época en que sabía dibujar. Una postal de su infortunado percance en Boulder: «Sé que debería haber vendido las acciones el mes pasado». Una muñeca de plástico de Mary Jane, el objeto de deseo de Spiderman. Karsh se la había dado, diciéndole que era clavada a ella, y Karin se la había entregado a Daniel (una broma estúpida), en vez de fundirla para convertirla en dioxinas, como debería haber hecho.

Era evidente que ella nunca le había dado nada de valor, pero él lo conservaba todo. Incluso tenía la necrológica de su madre publicada en The Hub, recortada mucho después de que él hubiera debido arrojar todo el contenido de aquella caja a un incinerador de basuras. Su fervor era tan espeluznante como el distanciamiento de Mark. Contempló horrorizada aquella cápsula del tiempo llena de retazos. No era digna de ser conservada.

Daniel la miraba, más inmóvil que cuando observaba aves.

– He pensado, K. S., que si te sentías un poco desarraigada, quizá te gustaría… -Le tendió la mano, diez años apretados en la palma-. Espero que no lo consideres algo obsesivo.

Ella asía la caja, sintiéndose incómoda por esa observación sin sentido, pero incapaz de reprenderle. Todas las posesiones mundanas de Daniel cabían en dos maletas, y había conservado aquello. Se dijo que podría empezar a hacerle verdaderos regalos, cosas elegidas solo para él, cuya conservación no resultara tan patética. Para empezar, no le iría mal un abrigo de entretiempo.

– ¿Puedo… podría quedarme con esto durante un tiempo? Necesito… -Apretó la caja y a continuación se llevó la mano a la frente-. Todo esto sigue siendo tuyo. Yo solo…

Él pareció complacido, pero ella estaba demasiado afectada para saberlo con certeza.

– Quédatelo -le dijo-. Quédatelo todo el tiempo que quieras. Enséñaselo a Mark, si lo crees conveniente.

Jamás, pensó ella. De ninguna manera. La hermana a la que quería que él reconociera nunca haría tal cosa.


Pese a que Mark se negaba a reconocerla, la regañó porque una tarde no había ido a verle.

– ¿Dónde estabas? ¿Has tenido que reunirte con tus superiores o algo por el estilo? Mi hermana nunca habría desaparecido así, sin decir nada. Mi hermana es muy leal. Deberías haber aprendido eso cuando te prepararon para que la sustituyeras. -Estas palabras llenaron a Karin de esperanza, aunque al mismo tiempo la desmoralizaban-. Dime una cosa. ¿Qué diablos estoy haciendo todavía en rehabilitación?

– Has sufrido una lesión muy grave, Mark. Solo quieren asegurarse de que te has recuperado del todo antes de enviarte a casa.

– Pues claro que estoy totalmente recuperado. Soy quien mejor puede saber cómo me encuentro, ¿no te parece? ¿Por qué tienen que creer en sus pruebas antes que creerme a mí?

– Solo están tomando todas las precauciones posibles.

– Mi hermana no me habría dejado pudriéndome aquí.

Ella empezaba a pensar que la mejoría era innegable. A pesar de que todavía le irritaba cualquier pequeño cambio en los hábitos cotidianos, Mark parecía cada vez más él mismo. Hablaba de un modo más claro, confundía menos las palabras. Sus puntuaciones en las pruebas de cognición eran más altas. Podía responder a más preguntas sobre su pasado, sobre hechos sucedidos antes del accidente. A medida que se volvía más razonable, ella no podía evitar intentar ponerse a prueba. Dejaba caer ciertos detalles con naturalidad, cosas que solo un Schluter podía saber. Le haría ceder con su sentido común, con su lógica inexorable. Una gris y lloviznosa tarde de abril, mientras daban una vuelta alrededor del estanque artificial para patos de Dedham Glen, ella le habló de la época en que su padre se dedicó a provocar la lluvia, pilotando una avioneta fumigadora adaptada a tal efecto.

Mark sacudió la cabeza.

– Vaya, ¿de dónde has sacado eso? ¿Te lo ha dicho Bonnie? ¿Rupp? También les parece increíble cuánto te pareces a Karin.

Se le nubló la cara, y ella percibió que estaba pensando: «Ya debería estar aquí. No quieren decirle dónde me encuentro». Pero se sentía demasiado receloso para decirlo en voz alta.

¿Qué significaba estar emparentados, si él rechazaba el parentesco? No puedes considerarte la mujer de un hombre si este no está de acuerdo. Eso era algo que le habían enseñado los años al lado de Karsh. No eres amigo de alguien solo por decreto, de ser así tendría más ayuda a su alrededor. Ser hermana no era muy distinto, solo técnicamente. Si él nunca la reconocía como de su propia sangre, ¿de qué servirían todas las objeciones que ella pusiera?

Su padre había tenido un hermano. Luther Schluter. Se enteraron de su existencia de la noche a la mañana, cuando Karin tenía trece años y Mark casi nueve. Un buen día Cappy insistió en llevarlos a la ladera de un monte en Idaho, aunque eso significaba perderse una semana de escuela. «Vamos a visitar a vuestro tío.» Como si hubieran sospechado desde siempre de la existencia de aquel hombre.

Cappy Schluter llevó a sus hijos a través de Wyoming en una ranchera Rambler burdeos y verde menta, con Joan en el asiento del copiloto. Ninguno de los dos niños podía leer en un vehículo en movimiento sin vomitar, y Cappy no les permitía escuchar la radio, debido a los mensajes subliminales que manipulaban al oyente sin que se diera cuenta. Así pues, tuvieron que contentarse con las anécdotas que contó su padre acerca de los hermanos Schluter para entretenerse a lo largo de mil cuatrocientos kilómetros por el paisaje más implacable del mundo. Entre Ogallala y Broadwater les habló de los tiempos en que la familia vivía en las Sandhills, primero como colonos beneficiarios de la ley Kincaid, y luego, cuando el gobierno les quitó las tierras, como rancheros. Desde Broadwater hasta la frontera de Wyoming, les contó anécdotas del hábil cazador que era su hermano: cuatro docenas de conejos clavados en la pared meridional del establo, con los que la familia sobrevivió durante el invierno de 1938.

A fin de que sus hijos estuvieran entretenidos a través de Wyoming, Cappy Schluter recurrió a crudos detalles sobre cada adversario al que Luther Schluter había derrotado hasta llegar a conseguir el tercer puesto en el campeonato de lucha de Nebraska.

– Vuestro tío es un hombre muy fuerte -repitió tres veces en menos de tres kilómetros-. Un hombre muy fuerte que podía encajarlo todo. Vio morir a tres hombres antes de tener la edad suficiente para votar. El primero fue un amigo de un compañero de la escuela primaria que se ahogó sepultado por el grano mientras los dos chicos estaban jugando en un silo. El segundo fue un viejo peón de rancho que también practicaba lucha y que murió al reventarle un aneurisma mientras Luther le hacía una presa. El tercero fue su propio padre, cuando los dos fueron a rescatar catorce cabezas de ganado extraviadas en una tormenta de nieve.

– ¿El padre del tío Luther? -preguntó Mark desde el asiento trasero.

Karin le hizo callar, pero Cappy se mantuvo en su asiento recto como una vara, en su postura de veterano de la guerra de Corea, sin oír nada.

– Tres hombres antes de tener edad para votar, y una mujer no mucho después.

En el compartimento trasero, los niños estaban traumatizados. Durante la mayor parte del viaje, Mark se acurrucó contra la portezuela, hablando en susurros con su amigo secreto, el señor Thurman. Los centenares de kilómetros de murmullos confidenciales entre el chico y el fantasma irritaron a Karin, porque ella era incapaz de visualizar a su mejor amiga de carne y hueso, que estaba a diez horas de distancia, no digamos ya a una imaginaria. Cuando llegaron a Casper, la tenía tomada con Mark. Su madre empezó a golpearles desde su asiento de copiloto, primero con el mapa de carreteras enrollado y luego con un ejemplar de tapa dura de Cuando llegue el Juicio Final. Cappy se limitó a asir el volante y conducir, su nuez de Adán, grotesca de tan sobresaliente, dándole el aspecto de una garza al acecho.

Por fin llegaron a casa de su tío, un hombre que, hasta tres semanas antes, ni siquiera había aparecido en una fotografía familiar. La fuerza que el hombre pudiera haber tenido se había esfumado mucho tiempo atrás. Aquel tío no podría haber resistido la brisa causada por el vaivén de una puerta de granero. Luther Schluter, reparador de calderas refugiado en un solitario peñasco cerca de Idaho Falls, se puso casi de inmediato a soltar teorías incluso más jugosas que las de su padre. Washington y Moscú habían amañado juntos la guerra fría para mantener a raya a sus respectivas poblaciones. El mundo rebosaba de petróleo, pero las multinacionales mantenían la espita cerrada para beneficiarse. La Asociación Médica Norteamericana sabía que la televisión causaba cáncer cerebral, pero lo silenciaban por los sobornos. ¿Qué tal el viaje? ¿Habían tenido algún problema con el coche?

Ni Cappy ni Luther hicieron mención de sus años de distanciamiento. Se sentaron en los extremos opuestos de un raído sofá ante la chimenea de cantos rodados de la cabaña que el mismo Luther se había construido, y uno de ellos mencionó un nombre de su infancia en Nebraska, que el otro identificó. Luther contó a sus sobrinos cosas fantásticas sobre el joven Cappy: la ocasión en que se hizo la brecha que tenía en el puente de la nariz, al dejar caer el pedrusco de granito que había alzado en un arranque impulsivo; su matrimonio con una joven antes de Joan; la temporada que se pasó entre rejas debido a un malentendido en el que estuvieron involucrados un camión Chevrolet de dos toneladas para el transporte de grano y treinta y ocho balas de heno. Con cada fábula, su padre parecía más extraño. Lo más raro de todo era que Cappy Schluter permaneciera inmóvil y tolerase el relato de aquellos recuerdos, porque temía a aquel viejo cetrino y tembloroso.

Se marcharon al cabo de dos días. Luther dio a cada niño cinco dólares de plata y un ejemplar de Manual de supervivencia al aire libre para que lo compartieran. Karin le hizo prometerle que iría a Nebraska, simulando no entender que al hombre le quedaban cuatro meses de vida. Cuando se marchaban, el tío de Karin sujetó los hombros de Cappy con dos garras.

– Ella hizo lo que hizo. Nunca fue mi intención faltar el respeto a su memoria.

Cappy hizo un gesto de asentimiento apenas perceptible.

– Empeoré las cosas -dijo.

Los dos hombres se estrecharon con rigidez las manos y se despidieron. Karin no recordaba nada del viaje de regreso a casa.

Tíos salidos de ninguna parte y hermanas que desaparecían. En el falso estanque para patos de Dedham Glen, Karin percibió la aflicción de Mark. Ella era la causante, por no ser quien era. «La amígdala -recordó-. La amígdala no puede comunicarse con la corteza.»

– ¿Te acuerdas del tío Luther? -le preguntó, acuciándole, tal vez injustamente.

Mark se encorvó para protegerse del viento, contra el que poco podían hacer la chaqueta de béisbol y el gorro de punto que se había puesto para ocultar las cicatrices bajo el cabello que empezaba a crecerle de nuevo. Caminaba como si estuviera haciendo ejercicios de acrobacia.

– No sé tú, pero yo no tengo ningún tío.

– Vamos, Mark, tienes que acordarte de aquel viaje. Un tercio de Estados Unidos, para visitar a un tipo del que ni siquiera se habían molestado en hablarnos. -Le asió el brazo con demasiada fuerza-. Acuérdate. Sentados en el asiento trasero durante cientos de kilómetros, sin que ni siquiera nos permitieran hacer pipí, tú y tu amigo, el señor Thurman, charlando como si los dos…

Él retiró el brazo y se quedó inmóvil. Entonces entornó los ojos y se encasquetó el gorro.

– Oye, no mangonees lo que hay dentro de mi cabeza.

Ella se disculpó. Mark, conmocionado, le pidió que volvieran. Karin le condujo hacia el edificio. Su hermano se subía y bajaba la cremallera de la chaqueta, sus pensamientos atropellándose. En la puerta del vestíbulo, murmuró:

– Me pregunto qué le ocurriría a aquel tipo.

– Murió. Poco después de que volviéramos a casa. Ese fue el motivo de aquel viaje.

Mark se tambaleó, con una extraña mueca en la cara.

– ¿Qué coño…?

– De veras. Estaban peleados desde la muerte de su madre. Cappy dejó de hablarse con él por decir… Pero en cuanto supo que Luther se estaba muriendo…

Mark soltó un bufido y agitó una mano para que se callara.

– Ese tipo no. Nunca significó nada para mí. Me refiero al señor Thurman.

Karin se quedó boquiabierta, consternada.

Mark emitió una risa baja y seca.

– ¿Qué pasa con los amigos imaginarios? ¿Van a dar la lata a otro chico chiflado cuando han terminado contigo? ¡Y, ah, por cierto! -Su cara tenía una expresión de desconcierto-. ¿Quién te ha hablado de ese viaje? Lo ha entendido todo mal.


* * *

Jack es el padre de esa persona, pero esa persona no es el hijo de Jack. ¿Quién es esa persona? Para cualquiera que lo piense bien, la falta de sentido de esta pregunta resulta evidente. Quien le interroga, y no él, debería estar sometido a rehabilitación. ¿Cómo demonios va a saber él quién es esa persona? Podría ser cualquiera. Pero siguen preguntándole tonterías así, aun cuando él les dice cortésmente que a su modo de ver eso es un tanto absurdo. Hoy quien le interroga es una mujer recién salida de la Universidad de Lincoln, más o menos de la edad de Mark. No es como un perro, pero gruñe de una manera terrible, y escupe locuras como esta:

Una chica va a una tienda en busca de trabajo. Llena la solicitud. El administrador mira sus datos y le dice: «Ayer recibimos la solicitud de alguien de su misma edad, con sus mismos padres y exactamente su fecha de nacimiento, incluso el año». «Sí -explica la chica-. Fue mi hermana.» «Entonces son ustedes gemelas», concluye el administrador. «No -replica la chica-. No lo somos.»

Y Mark tiene que adivinar qué demonios son. Bueno… ¿qué? ¿Una de ellas es adoptada?

Pues no, le dice la universitaria, cuya boca parece dos gusanitos para cebo montándoselo. Probablemente una boquita útil, en caso de apuro. Pero de momento es un fastidio, con sus preguntas tramposas. Ella le dice: Dos chicas con el mismo apellido, los mismos padres, la misma fecha de nacimiento. Sí, son hermanas, pero no gemelas.

¿Tienen el mismo aspecto?

La superinterrogadora responde que eso no es importante.

Claro que es importante, replica Mark. ¿Me estás diciendo que dos chicas que han de ser gemelas y que dicen que no lo son, y que puedes saber si mienten o no mirándolas para ver si parecen idénticas… me estás diciendo que eso no es importante?

Pasemos a la siguiente pregunta, dice la superinterrogadora.

Tengo una idea mejor, dice Mark. Entremos en ese cuartito trastero para conocernos mutuamente.

Me temo que no, dicen los gusanos, pero se crispan un poco.

¿Por qué no? Podría estar bien. Soy un buen tipo.

Lo sé, pero nuestro cometido es saber cosas de ti.

Ya. ¿Y qué mejor manera que esa para aprender cosas de mí?

Probemos con la siguiente pregunta.

Entonces, ¿me estás diciendo que si respondo de manera correcta a la siguiente pregunta…?

No, no exactamente.

Déjame que te haga yo una pregunta sobre hermanas: ¿Dónde está la mía? ¿Quieres hablar con las autoridades, por favor?

Pero ella no lo hace. Ni siquiera le da la respuesta a la pregunta sobre las gemelas. Le dice que, si se le ocurre algo, se lo haga saber. Le saca de quicio. La pregunta es tan soberanamente enmarañada que lo mantiene despierto por la noche. No deja de darle vueltas en su pequeña habitación del asilo para tullidos. Permanece ahí tendido, en la cama que le han preparado, pensando en las gemelas que afirman no serlo, pensando en Karin, en dónde estará, la verdad sobre lo que le ha sucedido, los hechos que nadie mencionará. Los médicos le dicen que padece un síndrome. Deben de estar involucrados en la confabulación.

Tal vez sea una especie de acertijo sexual, como por ejemplo: ¿Quieres conocer a mi hermana? Se lo plantea a Duane y Ruppie. Duane le dice: Puede que tenga algo que ver con la partenogénesis. ¿Sabes qué es eso? También se conoce como el fenómeno del nacimiento virginal.

Rupp golpea en las costillas a Duane. ¿Es que has comido vaca loca? No tiene ninguna respuesta, asegura Rupp. Y este cabrón es listo. Si a él no se le ocurre la respuesta, más vale que lo dejes correr.

Tal vez has entendido mal la pregunta, le sugiere Duane. Hay un fenómeno llamado distorsión. Es como el juego del teléfono…

Calla, cabeza de chorlito, le espeta Ruppie. Has ingerido demasiado mercurio. Estás empanado. ¡El juego del teléfono! Por Dios.

En mi celda tengo Derrumbe, dice Mark. Era un juego estupendo. Pero alguien me ha estado trastocando las posiciones.

Mira, le dice Rupp. Es de simple lógica. ¿Cuál es la definición de gemelos? Dos personas, nacidas de los mismos padres, al mismo tiempo.

Exactamente lo que yo dije, replica Mark. ¿Cómo es que no vienen a examinarte a ti también?

Rupp se enoja: ¿De qué te quejas? Estás viviendo la vida loca, tío. Sirvientas, comidas calientes, tele por cable, habilidosas mujeres que te ayudan a ejercitarte.

Podría ser peor, conviene Duane. Podrías ser uno de esos terroristas afganos de Guantánamo. Ninguno de ellos va a ir muy lejos en mucho tiempo. ¿Qué me dices de aquel americano que capturaron? ¿Estaba aquel tipo colocado, bebido, loco, le habían lavado el cerebro o qué?

Mark sacude la cabeza. El mundo entero está chiflado. Los terapeutas, que hacen horas extra para que Mark crea que algo en él está mal. La falsa Karin, que trata de distraerlo, Rupp y Duane, que, como le sucede a él, no tienen la menor idea de lo que sucede. En la única persona que confía es en su amiga Barbara, pero trabaja para el enemigo, es una simple guardiana en esta Sing Sing de pacotilla.

Rupp está sumido en profundos pensamientos. Puede que sean dos niñas probeta, sugiere. Esas hermanas. Dos embriones diferentes, implantados…

¿Os acordáis de las gemelas Schellenberger?, pregunta Duane con vehemencia. ¿Alguien tuvo alguna vez relaciones sexuales con ellas?

Rupp frunce el ceño. Pues claro que alguien tuvo sexo con ellas, Einstein. ¿No se quedó embarazada una de ellas en el último curso y la enviaron no sé adónde?

Sabía que tenía que ver algo con el sexo, dice Mark. No es posible tener gemelas sin sexo, ¿verdad?

Me refería a alguno de nosotros tres, puntualiza Duane.

Rupp sacude la cabeza. Ojalá esa Barbara Gillespie tuviera una gemela. ¿Te imaginas? ¡Dos por el precio de una!

Duane aúlla como un coyote. Esa pava es vieja, tío.

¿Y qué? Eso significa que no has de enseñarle nada. Esa mujer es algo serio, te lo digo yo. Tienes que saber si hay olas profundas bajo esas aguas tranquilas.

La verdad es que se mueve de maravilla al caminar. Si dieran un Oscar por caminar, tendría un estante lleno de esos homúnculos calvos. ¿Os suena el concepto de homúnculo?

Entonces Mark se enfurece. Grita y no puede dominarse. Largaos. No os quiero aquí.

Los asusta. Sus amigos, si es que lo son, tienen miedo de él. Le dicen: ¿Qué? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué mosca te ha picado?

Dejadme en paz. Tengo cosas en que pensar.

Se ha puesto en pie y los echa a empujones de la habitación mientras ellos tratan de razonar con él. Pero Mark está harto de razonar. Los tres intercambian gritos cuando Barbara aparece como salida de ninguna parte. ¿Qué ocurre?, pregunta. Y él empieza a largar. Está harto de todo esto. Harto de que lo mantengan en este tanque de contención, harto de los engaños, de que todo el mundo finja que las cosas son totalmente normales. Harto de preguntas tramposas que no tienen respuesta y de quienes fingen que sí la tienen.

¿Qué preguntas?, quiere saber Barbara, y tan solo el sonido de su voz, procedente de esa cara redonda como la luna, le calma un poco.

Dos hermanas, dice Mark. Nacidas al mismo tiempo, de los mismos padres. Pero dicen que no son gemelas.

Barbara le hace sentarse y le masajea los hombros. Tal vez sean las dos terceras partes de unas trillizas, dice.

Rupp se da un golpe en la frente. Brillante. La mujer es brillante.

Duane agita las manos en el aire para intervenir. ¿Sabéis? Estaba pensando en trillizas. Desde el principio. Pero no lo he dicho.

Pues claro que lo habías pensado, retardado. Todos habíamos pensado que eran trillizas. Es evidente. Admítelo. Eres un idiota. Soy un idiota. La especie humana entera es idiota.

Mark Schluter se tensa bajo el brazo de la mujer, tratando de contener su furor. Entonces, ¿por qué soy yo el único que está encerrado?


Al cabo de dos días, Barbara Gillespie se presenta para llevarlo a pasear.

¿No debería consultarlo antes con mi junta de la condicional?, le pregunta él.

Muy gracioso, dice ella. Este sitio no es tan malo, y lo sabes. Anda, salgamos.

No es que el exterior ofrezca precisamente confianza. Mucho más desquiciado que antes de su percance. Dicen que es abril, pero un abril confuso que hace una imitación de enero bastante buena. El viento penetra a través de su chaqueta y se le hiela la cabeza, incluso bajo el gorro. Ahora siempre tiene la cabeza fría. El cabello le está creciendo demasiado despacio, algo relacionado con la clase de comida que le dan aquí.

Barbara le hace salir del vestíbulo casi a empujones. Cuidado con el escalón, cariño. Pero una vez que están fuera, lo único que ella quiere es sentarse en el banco junto al aparcamiento.

Estupendo, dice él. La Gran Excursión. Le concedo cinco estrellas. ¿Podemos volver ya?

Pero Barbara lo retiene, burlona. Le toma del brazo como si fueran una vieja pareja. Cosa que a él le parecería bien. En caso de apuro.

Cinco minutos más, amigo. Nunca se sabe lo que podría aparecer y sorprenderte, si esperas lo suficiente.

Qué me vas a contar. Como ese terrible accidente que, al parecer, tuve.

Barbara señala con el dedo, llena de excitación. ¡Vaya, mira quién está aquí!

Llega un coche y se detiene junto al bordillo, como por casualidad. Un Corolla inequívocamente insulso, con su gran concavidad en la portezuela del copiloto. El coche de su hermana. Por fin, su hermana. Como si se hubiera levantado de entre los muertos. Él se levanta bruscamente y empieza a gritar.

Entonces la ve a través del parabrisas y se lleva una amarga decepción. No puede seguir aguantándolo. No se trata de Karin, sino de la agente no tan secreta que la ha sustituido. En el asiento del pasajero hay un perro apretado contra el cristal, arañando la parte superior para hacerlo bajar. Otro collie de la frontera, como el de Mark. La raza más inteligente que existe. El animal ve a Mark por la ventanilla, y se muestra frenético por llegar a él. Sale disparado en cuanto Barbara abre la portezuela. Antes de que Mark pueda moverse, la bonita perra ya está encima de él. Erguida sobre las patas traseras, el hocico hacia arriba, lanzando patéticos gañidos y aullidos. Eso es lo que tienen los perros. No hay ningún ser humano en el mundo digno de la bienvenida de un perro.

La actriz Karin baja del coche. Llora y ríe al mismo tiempo. Mira esto, dice. ¡Se diría que no esperaba volver a verte jamás!

La perra da grandes saltos en el aire. Mark extiende los brazos para protegerse del ataque. Barbara lo abraza con fuerza. ¡Mira quién está aquí!, le dice ella. Mira quién se moría de ganas de verte. Se inclina y roza con la nariz a la perra. Sí, sí, sí, ¡volvéis a estar juntos! La perra gañe a Barbara, con su desbordante afecto de collie de la frontera, y entonces se lanza de nuevo sobre Mark.

No me lamas. Apártate de mi cara, ¿quieres? ¿Puede alguien atar a este bicho, por favor?

La hermana ficticia está apoyada en la portezuela del coche, y su cara parece uno de esos banderines de fiesta de cumpleaños que se hubiera mojado. Se diría que le han dado un puñetazo en el estómago, o algo por el estilo. Empieza a intentar tomarle el pelo de nuevo.

¡Mírala, Mark! ¿Qué otro animal en este mundo podría quererte así?

La perra empieza a soltar confusos grititos. Barbara se acerca a la falsa Karin, llamándola cariño, diciéndole: No te preocupes. No importa. Lo que has hecho ha estado bien. Volveremos a intentarlo más tarde.

¿Más tarde?, gruñe Mark. ¿Qué intentaréis? ¿Qué demonios significa esto? Esta perra está loca. Tiene la rabia o algo. Que alguien se lleve a esta bestia antes de que me muerda.

¡Mírala, Mark! ¡Es Blackie!

La perra de la agente empieza a gañir desconcertada. Eso por lo menos lo hace bien. ¿Blackie? Os estáis quedando conmigo. ¡Baja!

Tal vez ha hecho un movimiento, como si fuese a golpear a la perra, porque Barbara se interpone entre Mark y el animal que aúlla. Recoge a la perra y con la mano hace una seña a la imitadora de Karin, indicándole que es hora de volver al coche.

Mark se pone un poco nervioso. ¡Creéis que estoy loco! Creéis que estoy ciego. Vais a tener que hacer mucho más que esto si queréis engañarme.

Barbara vuelve a meter en el coche al animal que aúlla y Karin pone en marcha el ridículo motor de cuatro cilindros. El desdichado animal se gira en el asiento del pasajero, gime y mira a la copia de Karin. Mark maldice todo lo que se mueve. No me fastidiéis más. No volváis a poner ese chucho ante mis ojos.

Más tarde, cuando está solo de nuevo, se siente un poco mal por lo ocurrido. Aún le carcome al día siguiente, después de haberlo consultado con la almohada. Cuando llega Barbara para ver cómo está, se lo dice. No debería haber gritado a ese perro. El animal no tenía la culpa. Ciertas personas lo están utilizando.


* * *

Karin convenció a Daniel de que hicieran una escapada por la carretera North Line. Durante dos meses había evitado el escenario de los hechos, como si verlo pudiera hacerle daño. Pero necesitaba comprender lo que había sucedido aquella noche. Cuando por fin hubo hecho acopio de valor para ver el lugar, prefirió ir protegida.

Daniel enfiló la carretera en la que Mark debía de haber patinado. Las semanas transcurridas habían borrado la mayor parte de las pruebas mencionadas por la policía. Los dos examinaron la somera zanja junto a la cuneta en el lado sur de la carretera, dando la impresión de que estaban siguiendo las huellas de un animal. Lleva tu esfera de sonido al interior de tu esfera de visión. Se abrieron paso entre la juncia y las hierbas primaverales que acababan de aparecer, la phytolacca, el cardo y la algarroba. El trabajo de la naturaleza consistía en crecer sobre lo anterior, en convertir el pasado en presente.

Daniel encontró un trecho de terreno espolvoreado con vidrio, invisible para cualquiera excepto un naturalista. Cuando la visión de Karin se adaptó, pudo ver el lugar donde la camioneta debió de permanecer volcada durante horas. Subieron a la calzada, cruzaron al lado norte y avanzaron en dirección este, hacia el lugar donde Mark perdiera el control del vehículo. La carretera estaba vacía, mediada la tarde en la época del deshielo. La superficie presentaba una estratificación de embarraduras. Karin no podía conjeturar la antigüedad de una determinada marca ni su causa. Caminó unos doscientos metros en cada dirección, seguida por Daniel. Los investigadores forenses debían de haber rastreado toda la zona, haciendo la reconstrucción de aquella noche a partir de unas pocas y ambiguas medidas.

Daniel las vio primero, un leve par de marcas de neumático quemado en el lado oeste, casi borradas por la intemperie, que serpeaban hacia el carril del lado este. Karin lo vio a continuación: el violento amago de derrape a la derecha antes de virar, un giro a la izquierda tan cerrado como podía hacerlo una camioneta ligera a gran velocidad. Avanzó por el borde de la marca del derrape, la cabeza inclinada, buscando algo. Contra el horizonte alargado, bajo, gris como agua de baño, con la cabellera rojizo zanahoria colgándole en el aire inmóvil, podría haber sido una campesina inmigrante de Bohemia que recogiera grano en los campos. Giró sobre sus talones como un animal alcanzado por un disparo, estremeciéndose mientras el accidente se desplegaba ante ella. Cuando Daniel llegó a su lado, ella todavía temblaba. Indicó una segunda serie de marcas de neumático a sus pies.

El siguiente derrape se interrumpía treinta metros por delante del primero. Otro vehículo que venía por el oeste había pasado a toda velocidad por el carril contrario, coleando antes de volver al suyo. Desde el principio de la marca dejada por el segundo coche, Karin miró al este y hacia abajo, a la zanja donde su hermano había aterrizado, al agujero por el que había desaparecido su propia estabilidad.

Interpretó las líneas serpenteantes: el coche que venía de la ciudad, tal vez cegado por los faros de Mark, debía de haberse descontrolado, invadiendo el carril de Mark y situándose frente a su camioneta. Sorprendido, Mark viró a la derecha y luego trazó un giro cerrado a la izquierda, la única y mínima posibilidad de supervivencia. El giro fue demasiado brusco y la camioneta se salió de la carretera.

Tocó con la punta del pie la marca del neumático, temblorosa. Se aproximó un coche. Ella y Daniel se desplazaron hacia la cuneta del sur. Una mujer de la ciudad, de unos cuarenta años, al volante de un Ford Explorer, con una niña de diez años sujeta con el cinturón de seguridad en el asiento trasero, se detuvo para preguntarles si todo iba bien. Karin trató de sonreír y las saludó agitando la mano cuando se alejaban.

La policía había mencionado una tercera serie de marcas. Ella y Daniel cruzaron al lado norte de la carretera. Uno junto al otro, avanzaron hacia el este, como pinzones en busca de comida. La vista de Daniel, acostumbrada a las observaciones de las aves, descubrió los signos invisibles, un trecho de terreno arenoso aplastado. Dos pequeños fragmentos de rueda que aún no habían desaparecido con el deshielo primaveral. Karin pellizcó el brazo de Daniel.

– Deberíamos haber traído una cámara. Cuando llegue el verano, todas estas huellas habrán desaparecido.

– La policía debe de tener fotografías en sus archivos.

– No me fío de sus fotos.

Sonaba como su hermano. Él trató de tranquilizarla suavemente, pero ella no se dejó convencer. Examinó las huellas.

– Esta gente debía de venir detrás de Mark. El accidente se produjo delante de ellos. Tuvieron que salirse de la calzada justo aquí. Debieron de permanecer algún tiempo parados, a la altura de la camioneta, y entonces volvieron a la carretera y se dirigieron a Kearney. Lo dejaron allí tirado en la zanja. Ni siquiera bajaron del coche.

– Tal vez vieron la gravedad de su estado y prefirieron volver cuanto antes y llamar por teléfono.

Ella frunció el ceño.

– ¿Desde la estación de la Mobil en la Segunda, en medio de la ciudad? -Contempló la carretera desde la pequeña elevación hacia el este, hasta el ligero declive en dirección a Kearney-. ¿Qué probabilidades hay? Son las cinco de la tarde de un hermoso día de primavera laborable, y mira la cantidad de tráfico que hay en esta carretera. ¿Un coche cada cuatro minutos? ¿Qué probabilidades hay, después de medianoche, a finales de febrero…? -Miró a Daniel, pero él no estaba calculando. Ella le pedía números, y él solo le daba consuelo-. Te diré cuáles son las probabilidades -siguió diciendo ella-. Las de que alguien dé un volantazo por accidente delante de ti en una carretera rural desierta. Cero. Pero hay algo que incrementaría mucho esas probabilidades.

Él la miró, como si otro miembro de la familia Schluter sufriera delirios.

– Juegos -dijo él-. La policía estaba en lo cierto.

El viento soplaba con más fuerza, empezaba a anochecer. Daniel se encorvó un poco y movió la cabeza. Trazando un semicírculo. Había ido a la escuela con los tres muchachos, conocía sus afinidades. No era difícil de entender: una noche de febrero muy fría, vehículos con demasiados caballos de potencia, jóvenes veinteañeros en un país enfermo de emociones, deportes, guerra y sus numerosas combinaciones.

– ¿Qué clase de juegos?

Él contempló el suelo grasiento como si estuviera meditando. De perfil, la cara enmarcada por el cabello rubio rojizo que le llegaba a los hombros, Daniel parecía aún más un elfo arquero salido de un juego de duendes y mazmorras. ¿Cómo había podido crecer en la Nebraska rural sin que los amigos de su hermano lo deslomaran?

Ella le cogió el delgado brazo y lo llevó hasta la carretera, hacia el coche.

– Daniel -le dijo, sacudiendo la cabeza-, no sabrías cómo jugar aunque te ataran a un coche de carreras de NASCAR y pusieran un pedrusco en el acelerador.


Mark seguía cojeando y aún tenía la cara contusionada, pero por lo demás parecía casi curado. Dos meses después del accidente, a los desconocidos que hablaran con él les habría parecido un poco corto de luces y proclive a inventarse teorías extrañas, pero nada fuera de lo normal en aquellos parajes. Solo Karin sabía lo poco preparado que estaba para arreglárselas por sí solo, y no digamos para ocuparse de la compleja maquinaria de la planta envasadora de carne. A lo largo del día sufría episodios de paranoia, accesos de alegría y de cólera, y daba unas explicaciones cada vez más prolijas.

Ella se esforzaba sin cesar por protegerle, incluso cuando él la torturaba.

– A estas alturas, mi hermana ya me habría sacado de aquí.

Mi hermana siempre me sacaba de todos los atolladeros. Estoy en el mayor atolladero de mi vida. Tú no me has sacado, así que no puedes ser mi hermana. El silogismo tenía una especie de sentido demencial.

Ella había oído aquella queja en innumerables ocasiones. Pero había llegado a un límite y no podía seguir aguantando.

– Basta, Mark. Ya es suficiente. No tienes ninguna razón para hacerme esto. Sé que sufres, pero tu insistencia en rechazarme no ayuda lo más mínimo. Soy tu puñetera hermana y lo demostraré ante un tribunal si es necesario. Así que deja de tratarme como lo haces y termina de una vez con esta comedia.

En cuanto las palabras hubieron salido de su boca, supo que aquello suponía un retroceso de varias semanas. Y la mirada que él le dirigió entonces fue como la de un animal salvaje, acorralado. Casi parecía a punto de atacarla. Ella había leído los artículos: la proporción de conducta violenta en pacientes de Capgras estaba muy por encima de la media. Un joven de la región central de Inglaterra, afectado por el síndrome, a fin de demostrar que su padre era un robot, lo había abierto en canal para revelar los cables. Había cosas peores que el hecho de que te llamaran impostora.

– No importa -le dijo ella-. Olvida lo que te he dicho.

En el semblante de Mark el enojo cedió paso a la perplejidad.

– Eso es -replicó él, con cierta vacilación-. Ahora hablas mi idioma.

No estaba preparado para enfrentarse al mundo. Ella intentaba retrasar todo lo posible el alta de Mark y mantener a raya a la compañía aseguradora. Trataba de convencer al doctor Hayes, casi coqueteando con él, a fin de que no firmara los papeles necesarios para dar de alta a su hermano.

Pero a pesar de la excelente cobertura médica, Mark no podía seguir mucho más tiempo en rehabilitación. Karin estaba ahora desempleada, viviendo de sus ahorros. Empezó a utilizar el dinero del seguro de vida de su madre. Haz algo bueno con esto.

– No estoy segura de que este fuese el empleo que ella pretendía darle al dinero -le dijo a Daniel-. No es exactamente para una emergencia, para algo capaz de cambiar el mundo.

– Pues claro que es correcto emplearlo en estas circunstancias -le aseguró Daniel-. Y, por favor, deja de preocuparte por el dinero.

Era casi excesivamente educado para pronunciar la palabra. Los lirios del campo, etcétera. La serenidad de Daniel casi la enojaba. Pero empezó a permitir que él corriera con los gastos cotidianos, los alimentos, la gasolina, y cada vez que él lo hacía, ella se sentía más extraña. Insistía en que, dentro de poco, Mark volvería a ser más o menos el mismo de antes. Pero el tiempo y la paciencia de los responsables del centro médico se estaban agotando. Y la seguridad que ella tenía en su propia competencia se desvanecía.

Daniel hacía cuanto estaba en su mano para evitar que Karin se dejara llevar por el pánico respecto a la cuestión económica. Una tarde, sin que viniera a cuento, le dijo:

– Podrías trabajar en el Refugio.

– ¿Qué haría? -le preguntó ella, esperando a medias que aquella pudiera ser la respuesta.

Él desvió la vista, azorado.

– Ayudar en la oficina. Necesitamos una persona agradable y competente. Tal vez podrías dedicarte un poco a la recaudación de fondos.

Ella trató de sonreír, agradecida. Por supuesto: recaudación de fondos. Lo que describía en esencia cualquier trabajo en el país, desde los escolares hasta el presidente.

– Necesitamos personas capaces de lograr que otras se sientan a gusto consigo mismas. ¡Tu experiencia en tratar con los clientes sería perfecta!

– Sí -respondió ella, pensativa, dándole a entender que era demasiado bueno y que ya se había apoyado demasiado en él.

El pequeño ingreso de un trabajo a tiempo parcial, unido al dinero de su madre, podría estabilizar su situación. Pero no podía dejar de creer que Mark pronto se recuperaría por completo y que ella volvería a su trabajo, el que había conseguido con su propio esfuerzo.

Por mucho que ahorrara, sería insuficiente para hacer frente a las facturas si la compañía de seguros se negaba a seguir costeando la hospitalización de su hermano. Cuando la inquietud por las posibles reclamaciones y las consultas médicas la hacían sentirse derrotada, Karin iba al encuentro de Barbara Gillespie. La buscaba con tanta frecuencia para animarse charlando con ella, que empezó a temer que Barbara echara a correr nada más verla. Pero la paciencia de aquella mujer era infatigable. Escuchaba los temores de Karin y se mostraba solidaria cuando le contaba anécdotas de la burocracia médica.

– Entre nosotras, esto es un negocio, tan controlado por el mercado como un concesionario de coches usados.

– Pero no tan honesto. Por lo menos en un vendedor de coches usados puedes confiar.

– Estamos de acuerdo en eso -concedió Barbara-. Pero no se lo digas a mi jefe, o tendré que dedicarme a vender buenos vehículos de segunda mano.

– Eso nunca, Barbara. Te necesitan.

La mujer hizo un gesto con la mano, rechazando el cumplido.

– Nadie es indispensable. -El más leve giro de su muñeca tenía un aire clásico, la competencia urbana a la que ella había aspirado durante quince años-. Me limito a hacer mi trabajo.

– Pero no te lo tomas como un simple trabajo. Te observo. Él te pone a prueba.

– Tonterías. Aquí, quien está a prueba eres tú.

Esos elegantes rechazos no hacían más que incrementar la admiración que Karin sentía por ella. Sondeaba a Barbara en busca de cualquier vestigio de su experiencia profesional que le permitiera albergar esperanzas de mejoría. Pero Barbara no hablaba de sus demás pacientes. Se concentraba en Mark, como si este fuese la suma de su experiencia. Ese tacto extremo frustraba a Karin. Necesitaba una confidente, alguien que la compadeciese. Alguien que le recordase quién era ella. Alguien que la tranquilizara, asegurándole que su persistencia no era estúpida.

Pero la minuciosidad profesional de Barbara hacía que todos los temas girasen en torno a Mark.

– Ojalá supiera más acerca de las cosas que a él le importan realmente. Envasado de carne en un matadero. Trucaje de vehículos. Me temo que esos temas no son mi fuerte. Pero las cosas de las que habla… son una sorpresa cotidiana. Ayer me pidió mi opinión razonada sobre la guerra.

Karin sintió una punzada de celos.

– ¿Qué guerra?

Barbara hizo una mueca.

– La última, claro. Le fascina Afganistán. ¿Cuántos pacientes de un trauma reciente prestan la menor atención al mundo exterior?

– ¿Que Mark se interesa por… Afganistán?

– Es un joven muy despierto.

Karin sintió aquella frase, con su seca contundencia, como una acusación.

– Me gustaría que le hubieras visto… antes.

Barbara ladeó la cabeza, aquel gesto que la caracterizaba, preparada para escuchar lo que fuese y, al mismo tiempo, reservada.

– ¿Por qué dices eso?

– Mark era un tipo auténtico. Podía ser increíblemente sensible. Tenía sus malos momentos… casi siempre con nuestros padres. E iba con malas compañías. Pero era un chico muy dulce, con una amabilidad instintiva.

– Y sigue siéndolo. ¡El más dulce de todos! Cuando no está confuso.

– El Mark de ahora no es él. No era cruel ni estúpido. No estaba siempre tan enfadado.

– Solo está asustado. También tú debes de estarlo. Si me encontrara en tu lugar, estaría destrozada.

Karin quería deshacerse en lágrimas, abrir su corazón a Barbara, dejar que esta la cuidara, como ella había intentado cuidar de Mark.

– Te habría gustado. Era muy considerado con todo el mundo.

– Me gusta tal como es -replicó Barbara, y sus palabras avergonzaron profundamente a Karin.


Llegó el mes de mayo, y Karin estaba fuera de sí.

– No están haciendo nada por Mark -le dijo a Daniel.

– Pero dices que están todo el día entero encima de él…

– Pura apariencia, nada útil. Dime, Daniel, ¿crees que debería trasladarlo a otro centro?

Él extendió los dedos. Su gesto decía: ¿Adónde?

– Decías que esa mujer, Barbara, lo cuida de maravilla.

– Barbara, sí. Si ella fuese su médico principal, estaríamos salvados. Pero los terapeutas… Sí, le piden que se ate los zapatos. Eso no ayuda gran cosa, ¿no crees?

– Algo ayuda.

– Hablas como el doctor Hayes. ¿Cómo es posible que ese hombre se sacara el título? No mueve un dedo. «Esperar y observar», esa es su única solución. Hay que hacer algo ya. Cirugía. Fármacos.

– ¿Fármacos? ¿Te refieres a enmascarar los síntomas?

– ¿Crees que soy solo un síntoma? ¿Su hermana falsa?

– No es eso lo que estoy diciendo -respondió Daniel, y por un momento pareció distanciarse de ella.

Karin tendió las palmas, disculpándose al mismo tiempo que se defendía.

– Mira. Por favor, no… por favor, no me dejes sola con esto. Me siento tan impotente. No he hecho nada en absoluto por él. -Y, ante la mirada de total incredulidad que le dirigió Daniel, añadió-: Su auténtica hermana lo habría hecho.

Daniel intentaba serle de utilidad, y le compró otros dos libros en edición de bolsillo. El autor era Gerald Weber, un neurólogo cognitivo, al parecer muy conocido, que vivía en Nueva York. Daniel había encontrado el nombre en las noticias, con respecto a un libro muy esperado que estaba a punto de aparecer. Se disculpó por no haberlo descubierto antes. Karin examinó la foto del autor, un cincuentón de cabello gris y rostro amable, con pinta de dramaturgo. Los ojos, de expresión meditabunda, miraban con fijeza a un lado del cristal de las gafas. Parecían encontrar a Karin, sospechar ya su historia.

Devoró los libros en tres noches seguidas. Eran apasionantes, y a medida que pasaba los capítulos, no podía abandonar la lectura. Los libros del doctor Weber componían un documental de cada uno de los estados en que podía entrar la conciencia, y, desde sus primeras palabras, ella sintió la conmoción de descubrir un nuevo continente donde no había habido ninguno. Los casos que exponía revelaban la alucinante plasticidad del cerebro y la infinita ignorancia de la neurología. Escribía en un estilo simple y llano que se basaba más en los relatos de las personas que en la sabiduría médica vigente. En Más vasto que el cielo, afirmaba: «Ahora más que nunca, sobre todo en la era del diagnóstico digital, nuestro bienestar integral no depende tanto de hablar como de escuchar». A ella nadie la había escuchado. Aquel hombre sugería que tal vez merecería la pena escucharla. El doctor Weber escribía:


El espacio mental es mayor de lo que podamos pensar. Cada una de las cien mil millones de células de un solo cerebro establece millares de conexiones. La fuerza y la naturaleza de esas conexiones varían cada vez que el uso las activa. Cualquier cerebro puede adoptar más estados singulares que partículas hay en el universo… Si preguntarais a un grupo de neurocientíficos reunidos al azar cuánto sabemos acerca de la manera en que el cerebro conforma el yo, la mejor respuesta que podrían dar sería: «Casi nada».


En una serie de historias de casos personales, Weber mostraba el asombro e infinito misterio que encierra el interior de la estructura más compleja del universo. Los libros producían en Karin un temor reverencial que había olvidado, y se sorprendía al ser capaz de experimentarlo todavía. Karin leyó sobre cerebros divididos que luchaban por la posesión de su inconsciente dueño; sobre un hombre capaz de pronunciar frases pero no repetirlas; sobre una mujer que olía el color violeta y oía el naranja. Muchas de esas historias la hacían sentirse agradecida por que Mark hubiera evitado un destino peor que el síndrome de Capgras. Pero incluso cuando el doctor Weber escribía sobre personas incapaces de hablar, estancadas en el tiempo o inmovilizadas en estados previos al de mamífero, parecía tratarlos a todos como si fuesen sus parientes más cercanos.

Por primera vez desde que Mark se irguiera y hablara, Karin experimentaba un cauto optimismo. No estaba sola: la mitad de la humanidad sufría cierto grado de dolencia cerebral. Leyó de cabo a rabo ambos volúmenes, sus sinapsis cambiando mientras devoraba las páginas. El escritor parecía poseer una poderosa inteligencia adelantada a su tiempo. Karin no podía estar segura del camino que abriría ante ella el accidente de Mark. Pero, de alguna manera, sabía que se había cruzado con el de aquel hombre.

A juzgar por lo que él mismo decía, el doctor Weber nunca se había adentrado en un terreno como aquel en el que su hermano vivía ahora. Karin se sentó a escribirle, imitando a conciencia su estilo. Tenía la sensación de que era prácticamente imposible lograr que aquel deslumbrante investigador se interesara por ella, pero podía hacer que la misma insensatez del Capgras de Mark resultara irresistible para un hombre como aquel.

Escribió a Gerald Weber con pocas esperanzas de que le respondiera. Pero ya imaginaba lo que ocurriría si llegaba a hacerlo. Vería en Mark un caso como los que describían sus libros. «Las personas cuyas vidas han cambiado de este modo se diferencian de nosotros solo en cuestión de grado. Cada uno de nosotros ha habitado en esas islas desconcertantes, aunque solo haya sido brevemente.» Las probabilidades de que ni siquiera leyera su nota eran grandes. Pero los libros de Weber describían cosas mucho más extrañas como si fueran habituales.

– Estos libros son increíbles -le dijo a su amante-. El autor es asombroso. ¿Cómo lo has descubierto?

Volvía a estar en deuda con Daniel. Por encima de todo lo demás, él le había procurado aquel hilo de posibilidad. Y ella, una vez más, no le había dado nada a cambio. Pero, como siempre, Daniel no parecía necesitar nada más que la oportunidad de dar. De todos los estados morbosos del cerebro que describía el doctor, ninguno era más extraño que el de cuidar y preocuparse por los demás.

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