– Mi padre era un salvaje. Había perdido por completo el contacto con el resto de la especie. Siempre me decía que yo nunca llegaría a nada. En buena medida se aseguró de que así fuera. -Se vuelve y toma el brazo de Weber en la oscuridad. Necesita que él le diga lo contrario. Necesita que le diga que no es demasiado tarde para cambiar de vida. No es demasiado tarde para dedicarse por fin a un trabajo auténtico, el único trabajo que importa-. Si usted me hubiera criado… ¿Y si nos hubiera criado a Mark y a mí? ¿Alguien que supiera lo que usted sabe?

Ella habría acudido a esa llamada antes, cuando aún había tiempo.

Weber guarda silencio, demasiado asustado para confirmar o negar. Pero ella ya ha tomado lo que necesita de él. Le mira sacudiendo la cabeza y dice:

– «Sin respaldo, imposible, casi omnipotente e infinitamente frágil…».

Él se esfuerza por ubicar esas palabras, escritas por alguien que en otro tiempo fue él. La expresión de Karin, rebosante de la idea, le ruega que recuerde. Si todo está inventado, entonces todos somos libres. Libres para actuar, libres para remedar, para improvisar, libres para formarnos imágenes mentales de lo que sea. Libres para que nuestra mente serpentee abriéndose paso a través de lo que amamos. Cuánto podríamos aprender todos sobre este río, qué lugares el agua aún podría llegar a ver…


Se pasa la noche despierto en la habitación del hotel, el cerebro en ascuas. El móvil suena dos veces, pero no responde. Fija la mirada en el diodo emisor de luz, de color rojo infierno, del despertador sobre la mesilla de noche, contemplando el paso de los minutos. Irá a Dedham Glen y pedirá que le dejen ver el expediente de Barbara. No, no se lo permitirán. No está autorizado. Podría preguntárselo a su supervisor: ¿cuándo llegó ella al centro sanitario? ¿A qué se dedicaba antes de ese trabajo? Pero el supervisor respondería con evasivas o algo peor.

Son las cuatro de la madrugada cuando está delante del bungalow de ella, sentado en el coche alquilado, en la oscuridad absoluta. Se tomará todo el tiempo necesario hasta llegar a la firme decisión de no prender fuego a su vida. Pero, claro, ya está quemada (Chickadee, la bahía Conscience, Sylvie, el laboratorio, sus escritos, el famoso Gerald…), se consumió por completo meses atrás. Ahora Weber ni siquiera puede fingir el papel. Ni siquiera su esposa se lo creería. Él mismo quiere ir cuesta abajo, caer. Existe de veras una necesidad de no ser nadie, cuya localización precisa ocultará para siempre a los sondeos de la neurociencia. Baja del vehículo y se encamina hacia la entrada de la casa de Barbara, hacia el caos que él mismo ha creado.

Cuando ella abre la puerta, tiene la cara hinchada por el sueño, los ojos semicerrados, y tarda un momento en recobrar la plena conciencia. Entonces ladea la cabeza y le sonríe, casi como si le hubiera estado esperando. Y la última porción de solidez de Weber se disuelve en el aire.

– ¿Estás bien? -le pregunta ella, invitadora e insegura-. No sabía que habías vuelto.

La cabeza de Weber oscila tan ligera como el respirar.

Sin decir nada más, Barbara le franquea la entrada. Solo cuando ha encendido la luz mortecina en el techo del vestíbulo desnudo (es una casita de veraneo abandonada en la orilla de un lago norteño, de alrededor de 1950), le pregunta:

– ¿Has visto a Mark?

– Sí. ¿Le has visto tú?

Ella agacha la cabeza.

– Tenía miedo de hacerlo.

Pero eso no es posible. La profesional sanitaria que más cuidados ha prodigado al muchacho, que le ha visto en un estado mucho peor. La mira a los ojos. Ella rehúye su mirada, la desliza por encima de su hombro izquierdo. Lleva un batín de hombre de franela a cuadros grises y rojos, del que sobresalen sus piernas y brazos como impertinentes errores. Se lleva una mano a la cara abotargada.

– ¿Estoy horrible?

Es hermosa, tiene la clase de belleza herida que a él le destruye.

Barbara le lleva a una cocina minúscula, donde, tambaleante, pone agua a hervir en el fogón a gas. Él permanece a su lado.

– No hay mucho tiempo -le dice-. Tengo algo que enseñarte antes de que salga el sol.

Ella alza las manos y le empuja el pecho, primero con suavidad y luego bruscamente. Asiente.

– Me vestiré. Por favor…

Con las palmas extendidas, le ofrece las tres pequeñas habitaciones.

No hay nada de lo que tomar posesión. La cocina es estrictamente individual, una desigual colección de sartenes melladas y tarros de jalea. La mesa y las sillas de la sala solo podrían proceder de una subasta. Una alfombra de retales ovalada y cortinas a ganchillo. Uno de aquellos arcones de roble antiguo que se usaban en las granjas, a juego con el escritorio. Por encima de este, fijado a la pared con cinta adhesiva, hay una tarjeta de notas muy manoseada con una inscripción manuscrita: «Pero no me hago nada, y aun así soy mi propio verdugo».

Sobre el escritorio hay un libro de bolsillo, El viaje inmenso, de Eiseley. La lectura nocturna de esta ayudante de enfermería. El texto de la contraportada revela que el autor es un muchacho de la zona, nacido y criado en la gran curva del Platte. Hay decenas de flechas adhesivas de colores pegadas a las páginas. Weber lee la última frase señalada: «El secreto, si uno puede parafrasear un vocabulario salvaje, se encuentra en el huevo de la noche».

Al lado del libro hay un reproductor de compactos portátil y unos auriculares. Junto al reproductor, una pequeña pila de discos. Weber coge el de arriba: Monteverdi. Ella entra en ese momento con demasiada rapidez, procedente del dormitorio, abrochándose apresuradamente la blusa de algodón color cobalto. Le ve examinando el disco. La ha descubierto. Junta las cejas, culpable.

– Las Vísperas de 1610. Pero, para ti, 1595.

Él le tiende el disco, acusador.

– Me engañaste.

– ¡No! Lo compré… después de la noche en que salimos. Un recuerdo. Créeme. Esta música no me evoca nada.

Él deja el disco en el rimero sin mirar. No quiere ver los demás discos. Su credulidad no puede soportar más pruebas.

Ella cruza la sala y le abraza. En sus brazos, él se desmorona. En la base de su cerebro, un puño se abre y se convierte en una palma. Nota el efecto de la dopamina, los remaches de las endorfinas, el pecho agitado. La investigación más insensata en la revista más temeraria… Ha sido el causante de su naufragio, y no podría decir lo grato que es. Ni escritor ni investigador ni profesor ni marido ni padre. Él es el producto de ese precipitado. No queda nada más que sensación, el calor, la leve presión contra sus costillas.

En la sala hace frío y ella está ardiendo. Él se desliza por callejones límbicos, rincones que sobrevivieron cuando apareció la maciza neocorteza como una superautopista. Nota su piel contra las manos de Barbara, una piel demasiado blanca y seca, sus brazos desnudos, un manchado amasijo de venas, sus costados toscos montículos. Un latido del corazón, y su propio cuerpo le resulta extraño, todos esos fantasmas anidados e invisibles para esta mujer que nunca le ha visto más que así.

Entonces algo más extraño todavía: no le importa cómo ella le vea. No quiere que le vea más que como lo que él realmente es: vacío y sin gracia, desprovisto de autoridad. Sin límites, como cualquiera.

– Espera -le dice a Barbara-. Hay algo que debes ver.

Algo que no es suyo. El espectáculo nocturno es puro teatro, pero el de la mañana es un acto religioso.

Alborea cuando se dirigen en coche al campo de Karin. Weber ha memorizado los giros a izquierda y derecha, y encuentra el camino sin dificultad. La noche se ha dispersado, pero la bandada sigue allí, vadeando. Se colocan en el hoyo, a menos de tres metros del grupo de aves más cercano. Se esfuerzan por no hacer ruido, pero sus movimientos alertan a las grullas que montan guardia. El conocimiento de la intrusión se extiende entre la bandada. Las grullas se agitan, tanto por separado como en grupo, y se serenan una vez pasado el peligro. A la creciente luz del día, inician los habituales tambaleos matutinos, acampanando las alas aquí y allá, como si trataran de dar unos vacilantes pasos de ballet.

– Es lo que te dije -susurra ella-. Todos los seres bailan.

Una tras otra, las aves prueban a volar, primero con breves saltos, como retales en la brisa. Entonces millares de ellas se elevan en avalancha. Es como si la superficie aleteante de la tierra se alzara, una espiral que asciende gritando impulsada por invisibles corrientes térmicas. Los sonidos las remontan al cielo, cencerros y carracas, vibrando, resonando, trompeteando, nubes de sonidos vivos. Lentamente, la masa se despliega en cintas y se dispersa en el claro azul.

Qué júbilo hay en esta vida. Siempre se eleva por encima de nosotros. Qué júbilo sin sentido.

Weber oye su propia voz, quebrado contrapunto al coro que grazna en la mañana.

– «No estar aislado, detrás del más delgado tabique, no quedar fuera de la ley de las estrellas.»

– ¿Qué es eso? -le pregunta ella.

Él se esfuerza por recordar.

– «¿Qué es lo interior sino cielo más intenso, cruzado por las veloces aves y barrido por los vientos del retorno?»

Un libro de Rilke que le compró a Sylvie, hace muchos años, recién finalizados los estudios universitarios, cuando aún tenían tiempo para elegías inútiles.

– El científico es un poeta -dice la mujer.

Pero él no es ni una cosa ni la otra. No tiene una profesión que pueda reconocer. Nada en lo que jamás haya pensado que podría convertirse. Y esta mujer: ¿qué es esta ayudante de enfermería? Una mujer tan sola que incluso le quiere a él.

Ella mete la mano bajo el cuello de la chaqueta de Weber. Él le toca la espalda. Recorren la piel, la trampa entre ellos. Le tiemblan las manos contra los senos de la mujer, y ella se lo permitiría, le dejaría llegar hasta donde quisiera, ahí mismo, en ese campo lleno de aves. La caja torácica de Barbara presiona contra su palma. Se topan con algo asombroso para ambos. Sus bocas se unen y el pensamiento desaparece. Todo desaparece excepto esa necesidad primordial.

Algo enorme y blanco cruza raudo por el campo. Él se yergue bruscamente, y ella hace lo mismo. Weber la ve primero, pero ella la identifica.

– Dios mío, una grulla blanca. -Fantasmas en ese destello de luz, algún terror íntimo. Aprieta el brazo de Weber con la fuerza de un torniquete-. Es increíble que estemos viendo esto. Solo quedan ciento sesenta ejemplares. ¡Cielos, es uno de ellos!

El fantasma se desliza resplandeciente a través de los campos. Ninguno de los dos puede respirar. Él se aferra a una última esperanza.

– Eso fue. Lo que estaba en la carretera. Él dijo que vio una columna blanca…

Escruta el rostro de Barbara, la ciencia ansiosa de confirmación.

Ella sigue contemplando el ave, temerosa de mirar a Weber. Ahora tiene la oportunidad de aclararlo todo. Sin embargo, responde:

– ¿Tú crees?

Contemplan el ave fantasmal hasta que se desvanece entre una hilera de árboles. Se agazapan y siguen mirando, mucho después de que el campo se haya vaciado.

Los dos están helados y cubiertos de barro. Ella le atrae hacia sí, de nuevo el pensamiento en suspenso. Se inundan mutuamente, oleadas de oxitocina y un vínculo salvaje. La liberación, el desvanecimiento en mitad de la pradera, elevados y libres de todo, se cierne casi al alcance de la mano de Weber.

Una risa quebrada surge de algún lugar demasiado próximo, algo que no pertenece al coro matinal del Platte. El canto de un grillo, con meses de antelación. Suena de nuevo, desde el interior de la chaqueta que él se ha quitado y está a sus pies. La mira, perplejo. La mirada de Barbara le dice: Es tu teléfono. Él tantea la prenda en busca del bolsillo que contiene el aparato. Mira el número en el identificador de llamadas, la primera vez que lo hace. Desconecta el sonido y se vuelve hacia ella. A partir de ahora, todo le causará pánico. Es extraño como el nacimiento. Él escribiría al respecto, el primer caso de síndrome de Capgras contagioso, si aún pudiera escribir. Parece estar acercándose, y ella lo recibe. Los pensamientos cruzan su mente como un arroyuelo que fluye sobre los guijarros, y ninguno de ellos es suyo. Ahí está el vacío de la llegada. Entonces no hay más que el abrazo, y prepararse para un vértigo interminable.


Regresan al coche de Barbara en silencio.

– ¿Qué dirección? -le pregunta ella finalmente.

Ciertamente, no hay alternativa.

– Al oeste.

No hay más puntos cardinales para los dos. Ella conduce al azar. Cruzan un cauce seco.

– La ruta de Oregón -dice ella.

Las cicatrices en la tierra lo confirman, pese al siglo y medio de erosión.

Recorren varios kilómetros sin decirse nada. Él espera que ella le diga lo que en cualquier momento él podría hacer que le dijera. Pero ahora es, además, perjuro, y no se merece nada. Cuando les acucia el apetito, se detienen a comer algo en una población llamada Broken Bow.

– Otro pueblo fantasma -dice ella-. La mayor parte de los pueblos de por aquí alcanzaron su máximo desarrollo hace cien años. Ahora la región se está despoblando. Vuelve a los tiempos de la frontera.

– ¿Cómo sabes esas cosas?

Él ya sabe cómo las sabe.

Ella esquiva la pregunta.

– Por estos pagos solo se quedan los moribundos.

Compran agua, fruta y pan, y van a comer a las dunas. Lo hacen en una que se mueve en la dirección del viento. Alguna parte de sus cuerpos siempre se toca. La tierra está abandonada, un contagio a escala mundial. En segundo plano, el acorde menor en glissando de un interminable tren de carga.

Ella le toca la oreja por sorpresa.

– Acabo de recordar el sueño que tuve anoche. ¡Qué hermoso fue! Soñé que estábamos tocando una melodía, tú y yo, Mark y Karin, creo. Yo tocaba el violonchelo, un instrumento que jamás he tocado. Pero la música que producía… ¡increíble! ¿Cómo puede hacer eso el cerebro? Simular que tocas un instrumento está bien, pero ¿quién componía esa música? ¿Y en tiempo real? Yo ni siquiera sé leer las notas. Las armonías más bellas que he escuchado jamás. Y tenía que ser yo quien las había compuesto.

Él no tiene una respuesta que darle, y no se la da. Lo único que hace es tocarle a su vez la oreja. El sueño que él tuvo anoche fue uno que no había tenido en varios meses: un hombre que se lanza de cabeza, inmovilizado en el aire ante una humeante columna blanca.

Están sentados en medio de una nada a la deriva. El teléfono vibra en su bolsillo. Si suena aquí, podría sonar en el espacio exterior. Él sabe quién le llama antes de responder. El identificador se lo confirma: Jess, su hija, quien solo llama en casos extremos y en vacaciones. Tiene que responder. Incluso antes de que pueda preguntar qué ocurre, Jess le grita:

– Acabo de hablar con mamá. ¿Qué coño crees que estás haciendo?

Weber no puede sentirse apegado a nada. Nota cada kilómetro entre este lugar y cualquier costa.

– No lo sé -replica, tal vez varias veces, lo cual solo enfurece más a su hija. «¡Madura de una vez!», le grita ella. Quizá esté sufriendo un shock insulínico. La señal empieza a extinguirse-. ¿Jess? No puedo oírte, Jess. Escúchame. Te llamaré yo. Te llamaré…

Cuando termina de hablar, Barbara sigue ahí. Le toma el mentón, con gesto vacilante, y él le deja hacer. El primero de sus castigos. La mano de Barbara dice: Cualquier cosa que necesites. Más cerca o más lejos. Soy tuya para que sigas inventándome o para que me alejes de ti.

Él es un caso que había olvidado hasta este momento: la mujer con la ínsula dañada, sumida en la asomatognosia. De vez en cuando, durante breves períodos, perdía por completo la sensación de su cuerpo. Esqueleto y músculos, miembros y torso se desvanecían hasta quedar en nada. Y, no obstante, aunque no sentía el cuerpo, mentía, creyendo a ese kapo en la confluencia temporoparietooccipital, ese lacayo del organismo siempre dispuesto a tomar el mando.

Avanzan un poco más por la carretera, lo único que pueden hacer. Al cabo de unos veinte kilómetros, ella le dice:

– Hay un sitio más adelante que siempre he querido ver.

– ¿A qué distancia?

Ella frunce los labios mientras calcula.

– Unos ciento cincuenta kilómetros.

A él no le quedan fuerzas para objetar. Apunta hacia un blanco invisible a través del parabrisas.

Ella se vuelve descuidada al volante, incluso atolondrada. No tienen futuro, y aún menos pasado. Durante dos horas no dicen nada acerca de sí mismos. Tampoco comentan gran cosa de Mark. Lo más cerca que llegan es cuando Barbara le pregunta por las diez cosas esenciales que la neurociencia sabe con certeza. Él debería ser capaz de enumerar docenas, pero algo le ha ocurrido a su lista. Las que son esenciales ya no le parecen indiscutibles. Y las que son ciertas no pueden ser esenciales.

Weber ve su destino desde cierta distancia, alzándose de un trigal en invierno. La llanura de Salisbury. Un monumento megalítico. Un giro erróneo en alguna parte, pero aquí están. Ella se ríe cuando él lo distingue.

– Así que es esto. Carhenge.

Las enormes piedras grises se convierten en automóviles. Treinta y seis viejos coches pintados con spray que se alzan verticales en el suelo o están colocados como dinteles horizontalmente sobre otros vehículos. Una réplica perfecta. Barbara y Weber bajan del coche y rodean el círculo de chatarra erecta. Él logra hacer una penosa imitación de regocijo. Aquí está: el monumento conmemorativo ideal al deslumbrante y vertiginoso ascenso del ser humano, el breve experimento de la selección natural con la conciencia. Y por doquier, millares de gorriones que anidan en los oxidados ejes.

Cenan en la cercana Alliance, en un restaurante llamado Longhorn Smokehouse. Un televisor suspendido en el rincón junto a una mesa emite el noticiario. Ha empezado la Operación Libertad Iraquí. La guerra ha tardado tanto en llegar que Weber solo experimenta una ligera sensación de déjà vu. Ven las imágenes cíclicas e incomprensibles, al presidente rizando el rizo una y otra vez: «Que Dios bendiga a nuestro país y a todos cuantos lo defienden». Weber contempla el rostro imperturbable de Barbara mientras esta mira la pantalla. La mira como solo un reportero puede hacerlo. Él lo ha sabido desde hace algún tiempo. Solo ahora la ve, inequívoca. La voz de la mujer se entrecorta un poco cuando habla.

– ¿Sabes? Mark tiene razón. Todo este lugar es un sustituto. Entiéndeme: ¿es este país un lugar que puedas reconocer?

Permanecen sentados demasiado tiempo, mirando demasiados reportajes frenéticos cargados hasta reventar pero sin contenido alguno. Cuando vuelven al coche, la luz ya se desvanece.

– ¿Buscamos algún sitio donde dormir? -pregunta ella, sin mirarle.

Se refiere a un refugio, pero hace mucho que la posibilidad de refugiarse se ha perdido.

Él no quiere más que la página en blanco, donde esté borrado todo lo que ha hecho, lo que está haciendo. Nada le espera en ninguna parte. Buscar algún sitio donde dormir, sí, noche tras noche, los dos buscando, incluso una vez confirmado lo peor, incluso sabiendo lo que ahora sabe de ella. Basta de informes a distancia. Basta de historias clínicas: solo actuar, hasta llegar a ser tan culpable como ella. No obstante, las palabras que pronuncia acaban incluso con esa posibilidad.

– Tenemos que volver.

Ella no puede enmascarar el medio segundo de temor. Sus hombros se estremecen en la trampa.

– ¡Ah, corazón! -exclama. ¿De quién es ese nombre? La expresión de cariño a otro. Alguna aventura anterior con la que ella le confunde. No le quiere; tan solo quiere evitar el descubrimiento. Empieza a poner objeciones-. Mi casa es tan pequeña…

Y la tierra es tan grande.

– Tenemos que volver -repite él.

Sí, la vida es una ficción. Pero, al margen de lo que pueda significar, la ficción es gobernable.

Ella sabe lo que está sucediendo. Sin embargo, finge. Pone el coche en marcha y enfila hacia el sudeste. Al cabo de unos pocos kilómetros, su voz pura invitación, pregunta:

– ¿En qué estás pensando?

Él sacude la cabeza. No puede plantear esto verbalmente. Su silencio turba a Barbara. Aferra el volante, y la expresión de su rostro indica que está preparada para lo peor.

Él le roza el brazo con los nudillos.

– Estaba pensando que tengo la sensación de haberte conocido durante toda mi vida.

Barbara vuelve la cabeza hacia él y su rostro se descompone. No le cree, pero lo aceptará. Algo en ella sabe ya adónde quiere él ir a parar. Algo en ella sufre ya la sentencia, antes de que él la pronuncie.

Él elige ese momento para preguntarle:

– ¿Qué clase de reportaje estabas haciendo? Cuando viniste aquí por primera vez.

El silencio es atroz durante un kilómetro y medio. En cierto modo, él confía en que no le responda. En parte no quiere conocer los hechos. Percibe lo que primero vio en ella, el temor a flor de piel bajo su fingida serenidad. Por el rabillo del ojo, ve que ella es otra persona. Como aquella mujer a la que examinó cierta vez y bautizó como Hermia, cuyo único síntoma era que veía niños en su campo visual izquierdo, incluso les oía reír, pero cuando se volvía a mirarlos desaparecían…

– ¿Qué quieres decir? -pregunta por fin, su voz como esmalte brillante sobre cenizas.

Él no tiene ningún derecho a forzarla. No es un juez, es la misma encarnación de la duplicidad.

– ¿Para quién trabajabas?

No tiene ninguna necesidad de saberlo, pero es un fenómeno neurológico demostrado: la actividad en el centro verbal ejerce un efecto supresor del dolor.

Ella aprieta el volante y conduce por la carretera recta como una regla.

– Dedham Glen -responde-. Trabajé allí todos los días durante un año. Ganaba mil doscientos dólares al mes.

Por fin las anomalías en el historial médico de Mark tienen sentido para él. Sabe lo que sucedió.

– El amigo de Karin, el ecologista -le dice-. Hace un año le entrevistaste por teléfono.

La confusión anida en los ojos de Barbara, y su nariz enrojecida tiembla como la de un conejo. Algo en ella todavía tenaz libera esa última parte de él que aún no la ama.

– El agua -responde. Práctica, periodística-. El reportaje era sobre el agua. -Avanzan otro medio kilómetro en la oscuridad que empieza a palidecer. Ella habla como si lo hiciera ante una grabadora-. Pronto la mayor parte de los reportajes tratarán de eso. -Se recupera, sacude el cabello, dirige a él toda la fuerza de su vacío. Se decanta por una despreocupación de revista de modas. A Weber le repelería, si no fuese por esa cosa que reconoce en ella y que comparte. Esa esperanza desesperada de eludir el descubrimiento-. Te lo contaré todo. ¿Cuánto quieres saber?

Él no quiere saber nada. Incluso ahora desaparecería con ella, irían a algún lugar donde no pudieran llegar las palabras.

– Periodista -dice ella al parabrisas. La calle bordeada de árboles de otro pueblo pasa rauda por su lado-. Productora de Cablenation News. Ya sabes: busca un tema interesante, trabájalo, dirige el trabajo preliminar, filtra las entrevistas, selecciona la investigación. Siempre intentaba… estar a la altura de lo que contaba. Siempre trataba de entender, de sumergirme en el material. Creo que esa fue mi perdición. Había sido editora durante siete años, productora durante tres y medio. Podría haber alcanzado un puesto más importante, en el que me mantendría sin esfuerzo hasta que me jubilaran.

Él mira las marcas de la edad de su cuello en las que aún no se había fijado. Los tendones se ensanchan bajo la mandíbula apretada. Su rostro se resquebrajará y de él emergerá un ser superior.

– Tenía problemas. El éxito profesional acabó por quemarme, como lo llaman. Nunca debería haber empezado. Era una supermujer. Quiero decir que, Dios, había estado en Waco, con todas aquellas hileras de sillas de jardín, todos los buenos ciudadanos norteamericanos contemplando la barbacoa humana. Cubrí lo del Heaven's Gate: tres días sucesivos de suicidio colectivo. Nada me arredraba. Podía contarlo todo. Cuando derribaron las Torres, iba por Manhattan plantándole una cámara de vídeo en la cara a la gente. Cuando llevaba una semana haciendo eso, empecé a desequilibrarme. Estamos fuera de control, ¿no es cierto? Y nos lo vamos echando todo a las espaldas.

Todavía necesita que él la contradiga. Es lo que siempre ha necesitado de Weber. E, incluso en eso, él le falla.

– Mi jefe me convenció para que viera a uno de esos que todo lo arreglan con pastillas, y que me recetó lo mismo que todo el mundo en este país ya está tomando. Las pastillas me tranquilizaron un poco, pero perdí empuje, me volví lenta y descuidada. Ya no podía hacer mi trabajo. Me sacaron de la sección de noticias y me asignaron reportajes de interés humano. Cosas inocuas, patéticas. El cuidador de indigentes que al morir lega un millón de dólares a la universidad pública de la ciudad. Unos gemelos que se reúnen al cabo de cuarenta años y todavía se comportan de una manera idéntica. Eso era lo que debía ser el viaje a Nebraska. Un poco de descanso y recuperación. Un reportaje que no podía fallar, que satisfaría a todo el mundo y que hasta yo sería capaz de hacer.

– Las grullas -dice Weber.

La única historia que hay allí. El retorno interminable.

En un tramo llano y anodino, a cinco kilómetros de la ciudad, ella se vuelve a mirarle. Su rostro busca el de Weber, su expresión reveladora del deseo de pactar.

– Querían algo tipo Disney. Traté de ir más allá, así que escarbé un poco. No tardé mucho en descubrir el problema del agua. Supe que acabaríamos echando a perder ese río, no importa lo que yo escribiera. Podía contar una historia que desgarraría a la gente y les haría anhelar un cambio de vida, pero no serviría de nada. Esa agua ya ha desaparecido.

Kearney surge como una cúpula de luz anaranjada en el horizonte. Él espera a que Barbara termine. Solo cuando ella mira por encima del hombro, con una expresión desesperada, fugaz, suplicante, él comprende lo que ha hecho.

– ¿Entonces abandonaste el trabajo y te hiciste auxiliar de enfermería?

Los hombros de la mujer dan un respingo, pero enseguida se repone.

– Al principio me aceptaron como voluntaria. Tenía cierta experiencia… años atrás, en el instituto. Obtuve el título de auxiliar de enfermería en tres meses. No es… bueno, ciencia neurológica.

Ni siquiera ahora está dispuesta a decírselo. No lo hará por propia iniciativa. Así que él se lo dice.

– ¿Sabías que lo enviarían allí?

Los ojos de Barbara adquieren la dureza del acero. Se vuelve brutalmente serena.

– ¿Es esto algún tipo de teoría? ¿Qué crees que soy yo?

Yo es tan solo una maniobra de distracción. La ciencia de Weber lo sabe desde hace algún tiempo. Ha sospechado de ella desde mucho antes de la identificación positiva de Daniel. Tal vez desde el día en que la vio. Él percibió el engaño de ella, como ella el suyo: la mentira que los unió, que le atrajo a ella. Pero hay algo que él aún no puede comprender.

– Creo que debo de haberte visto antes alguna vez. Hace años cuando tu cadena entrevistó…

– Sí -le interrumpe ella, sin alterarse, mientras gira a la derecha para entrar en la carretera 10, ya en las afueras de la población. Vuelve a hablar como una productora, una periodista que podría informar sobre cualquier noticia-. Entonces, ¿para qué has vuelto una y otra vez? ¿Para poner a prueba tu memoria? Creías que yo te sería útil. Un poco de emoción, un poco de misterio. La hostilidad pública te estaba destrozando, así que hiciste una rápida escapada, para reescribir tu vida. Una experiencia extracorporal. Exponerte al delito. Caer en la trampa. Y así luego podrías juzgarme.

Él sacude la cabeza, por los dos. Lo que le hizo volver fue algo mayor que el juicio público. Los vientos del retorno. Ahora, peor que nunca, incluso cuando ella se vuelve fría y horrible, la conoce. Ella resopla y golpea el volante con las palmas, la mirada perdida en el entorno. Con un movimiento de la cabeza, él la obligará a volver, no hacia su bungalow, no hacia una anónima habitación de motel, sino hacia donde comenzó la historia. Cuando por fin él habla, su voz no es la suya.

– No sé qué habrías podido llegar a sentir… que podría haber sido yo para ti. Pero sé lo que sientes por ese muchacho.

En el penúltimo semáforo antes del Buen Samaritano, ella comprende adónde la está forzando a ir. Extiende la mano derecha y toma la suya. Una última seducción preventiva: aún podríamos huir los dos. Desaparecer en alguna parte de ese largo río.

Él piensa en lo que Barbara ya ha perdido: su carrera, su comunidad, los amigos que tenía, un año de su vida y todos los que el muchacho pueda querer. No es suficiente.

– Díselo -le pide Weber-. Sabes que has de hacerlo.

Ella vuelve la cabeza, deshaciéndose en explicaciones.

– Lo intenté -asegura-. Lo habría hecho. Pero él no reconoció…

– ¿En qué ocasión?

El fingimiento entre ellos se desvanece por completo. Desnudos, cada uno conoce al otro. Ella escupe veneno.

– ¿Por qué me haces esto? ¿Soy otro caso clínico? ¿Qué quieres de mí? Petulante, farisaico que te proteges a ti mismo…

El reconoce que tiene razón y asiente. Pero se ha vuelto liviano, vacío, un comité de millones.

– Puedes hacer esto. -Considera el hecho, la única cosa que aún sabe con certeza-. Puedes hacerlo. Estaré contigo.


Una fría noche de febrero en una oscura carretera de Nebraska. Ella está sola en el coche, conduciendo al azar. Horas antes había filmado el espectáculo nocturno, pero las cámaras no lograron captar toda la fuerza de aquella reunión que parecía de ultramundo. Esta noche las aves han afectado a Barbara de tal manera que no puede volver al hotel. Hace bastante tiempo que los miembros del equipo de filmación se han retirado, y ella está sola, sin nada que hacer, tan frágil como se sintiera en Nueva York el otoño pasado. Tal vez ha abandonado la medicación con demasiada rapidez. O quizá sean las grullas, esas hileras que se deslizan por el cielo, se congregan y trompetean, inducidas a error por una memoria que se remonta a millones de años. El fin será instantáneo. Jamás sabrán que fue lo que las golpeó.

Ella misma nunca lo habría sabido de no haber sido por este reportaje. La nueva guerra, silenciosa e invisible, en las tierras húmedas: ella ha buscado hasta dar con los detalles, los antecedentes para su reportaje. Su especie se está desmadrando, y ahora, más que nunca, cada forma de vida ha de arreglárselas como pueda. Tiene los nervios de punta, el calor dentro del coche alquilado es sofocante, y en esta carretera recta como el filo de una cuchilla se siente inquieta. Ha tratado de calmarse durante horas, sentada en un restaurante, luego en un cine, caminando por el centro sin vida de la ciudad, conduciendo por estas desiertas carreteras rurales, y todavía no está en condiciones de dormir. Si pudiera esperar unas horas más, hasta el amanecer, y ver las aves de nuevo…

Incluso la antigua polifonía que emiten los altavoces del coche la molesta. Apaga la radio, los dedos frenéticos. Pero el silencio en esta negra y helada noche de febrero es peor. Solo lo soporta durante medio minuto antes de encender de nuevo la radio. Recorre las emisoras con mano temblorosa, tratando de encontrar algo apropiado. Se decide por una emisora, sin que le importe el contenido. Están hablando, y ahora hablar es lo único que podría ayudarla.

Una satinada voz femenina le susurra en tono íntimo al oído. Por un momento parece una reunión de cristianos renacidos: no se le da de lado a ningún creyente. Pero esas palabras son peores que la religión. Son hechos. La voz femenina recita una letanía que oscila entre la lista de la compra y un poema. «La especie humana tardó dos millones y medio de años en alcanzar los mil millones de personas. Se tardó ciento veintitrés años en sumar otros mil millones. Alcanzamos los tres mil millones treinta y tres años después. Luego en catorce años, luego en trece, luego en doce…»

Temblorosa, se detiene en la cuneta. Sola en esta nada y con estas cifras. En algún lugar de su cabeza estalla una tormenta. Surgen señales, que se activan unas a otras. Nada en la evolución la prepara para esto. Láminas eléctricas la atraviesan en cascada, ataques inducidos por los datos, y cuando los faros aparecen en el retrovisor, lo más racional del mundo es abrir la portezuela del coche, bajar y caminar hacia ellos.


Ahora entra de nuevo en el hospital. El año anterior la pararon en la entrada de la sala de urgencias. «¿Es usted su hermana?» Un gesto de asentimiento sin pensar bastó para que la dejaran pasar. Esta vez nadie le pregunta nada. Cualquiera puede visitarle. Incluso la persona que fue la primera causante de que lo ingresaran allí.

Está erguido en la cama, tratando de leer un viejo y conocido libro. Ella ve por su postura que la niebla se está dispersando. Alza la cara al verla, esa mezcla de gratitud ideal e instintiva. Pero se desvanece con la misma rapidez, solo con ver su expresión.

¿Qué ha pasado?, le pregunta. ¿Quién ha muerto?

Ella está al pie de la cama. Tan solo esta postura podría provocar el recuerdo del joven. Ese rastro sigue ahí dentro, en las cargas de las sinapsis. Pero de todos modos debe decírselo. Sus huellas fueron las primeras. El coche que estaba detrás de él estaba delante de él. Ella estaba en la carretera. Él volcó para evitar matarla.

¿Cómo?, pregunta él. ¿Por qué? Las piezas no encajan.

Ella está viva gracias a él. Él sufre un daño cerebral por culpa de ella.

¿Eres mi ángel de la guarda? ¿Fuiste tú quien escribió la nota?

No, responde ella. No fui yo.


Vuelve a estar ante él en el recuerdo, solo unas horas después de la primera vez, allá en la carretera desierta. Todavía está intacto, todavía reacciona. Intubado por todas partes, pero aún no ha entrado en coma. Eso vendrá después, con la excitotoxicidad. La conmoción de esta visita será el desencadenante. Ahora, mientras ella permanece junto a su cama en la unidad de traumatología, él la reconoce. La mira, aterrado. Ella ha vuelto, la columna blanca que quiso evitar dando un volantazo. Es una criatura sobrenatural que se alza de entre los muertos. Pero tiene el rostro demudado y emite unos sonidos entrecortados. Él la rehúye antes de darse cuenta: le está rogando que la perdone.

Mark intenta decírselo, pero nada sale de su garganta salvo un seco siseo. Ella se inclina hacia su boca, pero sigue sin oír nada. La mano derecha del herido gesticula en el aire, pidiendo papel y bolígrafo. Ella los saca de su bolso y se los tiende. Ya semiparalizado por la presión que aumenta en el interior de su cráneo, sus lóbulos magullados hinchándose contra el hueso inamovible, con una maltrecha mano que ya no es la suya, escribe las palabras:


No soy nadie

pero esta noche en la carretera North Line

DIOS me ha conducido a ti

para que puedas vivir

y traer de vuelta a alguien más.


Le pone la nota en los dedos. Mientras ella la lee, un pico cegador golpea el hemisferio derecho de Mark. Cae hacia atrás en la cama, su grito interrumpido. Luego yace inmóvil.

Ella le ha destruido dos veces. Presa de un pánico reptiliano, deja la nota en la mesilla de noche y se marcha.


La angustia de él continúa, demasiado pasmada para cesar. Incluso mientras ella le suplica, sus ojos la niegan. En su mirada fija, la santa se desintegra y vuelve a ser ella misma.

Has dejado que buscara durante un año, sin decir nunca esta boca es mía. ¿Cómo has podido hacer eso? Eras mi… Habrías hecho cualquier cosa…

Ella permanece ante él, anulada. Incluso ha perdido el derecho a defenderse. Él toma la nota que está sobre la mesilla de noche y la agita en el aire, golpeando la defectuosa caligrafía.

Si eso es lo que ocurrió… ¿qué coño estoy haciendo con esto? Apártalo de mi vista.

Le arroja el trozo de papel plastificado. Cae al suelo. Ella se agacha y lo recoge.

Eso es tuyo. Es tu maldición, no la mía.

Ella mueve la boca, preguntando: ¿Cómo? ¿Quién? Pero no le sale ningún sonido.

La ira de Mark estalla.

Eres tú quien debe hacerlo. Ve y trae de vuelta a alguien. Alguien permanece en silencio en el umbral, traído de vuelta por una nota que circulará eternamente. Para que puedas vivir. Y ahora la maldición es suya.

Загрузка...