Él la vio caminar hacia el dormitorio para vestirse. ¿Qué pensarían de ella los desconocidos? Todavía esbelta para su edad, con caderas y cintura que aún recordaban el pasado, su cuerpo todavía anunciando vigor, mucho después de que tuviera derecho a hacerlo. En las últimas semanas, el afecto que sentía por ella se había vuelto casi insoportable, como resultado de lo cerca que había estado de descarrilar en Nebraska.
La noche de su regreso, le contó por qué había vuelto a casa de una manera tan precipitada. Decirlo todo: ese había sido su contrato matrimonial desde el principio, y, para salvar la sinceridad de su relación con aquella mujer tan sincera, ahora no podía ocultarle nada. Siempre había creído en el «árbol del veneno» de Blake: si quieres nutrir una fantasía, entiérrala. Para matarla, sácala al aire libre.
El húmedo aire de Long Island no mató su fantasía. Describir a su mujer el atroz descubrimiento que había hecho la noche de su regreso a casa más bien mató otra cosa. Tendido en la cama a su lado, se lo dijo todo. Tan solo disponerse a hablar le hizo sentir un enfermizo escalofrío de derrumbe.
– Escucha, Sylvie, tengo que decirte algo.
– Vaya. Me llamas por el nombre. Eso indica un gran problema. -Sonrió y se volvió de lado, la cabeza apoyada en el brazo doblado por el codo-. Déjame que lo adivine. Te has enamorado.
Él cerró con fuerza los ojos y ella tomó aire.
– Yo no diría… -empezó a decir-. Al parecer, es posible que haya vuelto a Kearney, por lo menos en parte, para ver de nuevo a la mujer alrededor de la cual, sin ser consciente de ello, he fabricado toda una vida hipotética.
Ella seguía sonriendo, como si él acabara de decirle: «Esto es un neurocientífico que entra en un bar…».
– Tu sintaxis está resultando curiosa, Ger.
– Por favor. Esto me está matando.
La sonrisa de Sylvie se paralizó. Se tumbó boca abajo y le miró como si él acabara de confesarle que le gustaba ponerse ropa interior femenina. A cada segundo que pasaba, ella se volvía más profesional. Sylvie Weber, de Wayfinder. Daba todo su apoyo; siempre, de una manera terrible, daba todo su apoyo.
– ¿Te has acostado con ella?
– No es eso. Creo que ni siquiera la he tocado.
– Ah, entonces me encuentro realmente en apuros, ¿verdad?
Él se merecía la bofetada, incluso la quería. Pero se achicó y no dijo nada.
– Te conozco, cariño. La nobleza de Weber. Conozco tu idealismo.
– Esto no es algo… que quiera. Por eso he vuelto tan rápido.
Sylvie arremetió contra él.
– ¿Has huido? -Entonces volvió a suavizar el tono, avergonzada-. ¿No lo sabías cuando hablamos de que ibas a viajar de nuevo allí?
– Verás… sigo sin saber. Esto no es… -Quería decir «lujuria», pero parecía una evasiva. Tan sospechoso como algo que el famoso Gerald pudiera escribir. Más esfuerzo desesperado por sacar del caos un relato continuo-. Si pienso en ello, es posible que deseara volver a verla.
– ¿No fuiste consciente de que te atraía en tu primera visita?
Él reflexionó antes de responder. Cuando lo hizo, sonó como cerca del techo de la habitación.
– No estoy seguro de que el nombre más apropiado para lo que sentí ayer sea atracción.
Ella se puso las manos sobre los ojos, a modo de visera.
– ¿Hasta qué punto es algo serio?
¿Hasta qué punto podía ser algo serio? Tres días contra treinta años. Un enigma absoluto contra una mujer a la que conocía como el respirar.
– No quiero que signifique nada en absoluto.
Por debajo de las manos ahuecadas, Sylvie lloraba. Su llanto, tan infrecuente a lo largo de los años, siempre le había desconcertado. Objetivo, casi abstracto. Demasiado calmo para considerarlo verdadero llanto. Tal vez una serena aflicción indicaba auténtica madurez, lo que exigía la salud mental. Pero solo ahora Weber se percataba de lo mucho que siempre le había molestado la vaguedad de sus reacciones cuando estaba deprimida. La crisis de la que su certidumbre a toda prueba siempre se burlaba (las pequeñas muestras de amabilidad y los juegos tontorrones, «cariño» y «querida»), el distanciamiento que nunca habían comprendido en los demás, ahora eran suyos. Y ella lloraba, en silencio.
– Entonces, ¿por qué diablos me estás diciendo esto?
– Porque no puedo dejar que no signifique nada.
Ella se apretó las sienes.
– ¿No me estás arrojando esto a la cara? ¿Mi castigo por…?
¿Por qué? Por encontrarse a sí misma, encontrar una actividad que la llenara de un modo constante en la mediana edad, mientras que a él le abandonaba la satisfacción de su trabajo. Algo animal apareció en el rostro de ella, dispuesto a devolver el daño. Y él sintió con qué crueldad la amaba.
– Te estoy dando… -intentó decir él-. Estoy tratando de…
Entonces ella se estiró y se levantó, animosa de nuevo, con demasiada rapidez. Se sentó y exhaló, como si acabara de hacer ejercicio. Dio unas palmadas en la cama.
– De acuerdo. Dime qué te gusta de esa mujer.
Un proyecto de mejora. El siguiente paso en la vida hacia el dominio de sí misma.
– ¿Cómo puede… gustarme nada de ella? Desconozco por completo a esa mujer.
– Un producto desconocido. ¿Misterio? ¿Un secreto bajo llave? ¿Qué edad tiene?
Él deseaba poner fin a la conversación, pero su penitencia consistía en hablar.
– Cerca de los cincuenta -respondió, escamoteando una década.
Una mentira inútil, pues cuarenta difícilmente permitía considerarla una mujer más joven, tras aquella verdad más dura. Barbara era más joven, en efecto, pero la juventud no tenía nada que ver.
– ¿Te recuerda a alguien?
Y él lo comprendió.
– Sí. -Aquella aura de haber eludido a la vida. Un paso fuera y por encima de ella. El mismo fingimiento angélico que el autor de aquellos tres libros. Y, sin embargo, un frenesí íntimo, bajo la superficie de su impecable representación-. Sí. Parezco vinculado a ella. Me recuerda a mí mismo.
Era como si hubiese abofeteado a Sylvie.
– No comprendo.
Nosotros dos. Weber se presionó las órbitas de los ojos con las palmas hasta que vio manchas verdes y rojas detrás de los párpados.
– Hay algo en lo que conecto con ella, algo que necesito comprender.
– ¿Me estás diciendo que no es nada físico? ¿Que es más…?
Y entonces Weber expresó lo que había intentado decirle a Karin Schluter, algo que él mismo no acababa de creer:
– Todo es físico.
Químico, eléctrico. Sinapsis. Tanto si hay fuego como si no.
Ella se dejó caer en la cama, a su lado.
– Vamos -dijo sonriendo, aferrando las sábanas en busca de seguridad-. ¿Qué tiene esa furcia que no tenga yo?
Él se cubrió con ambas manos la zona calva de la cabeza.
– Nada, salvo una historia totalmente inescrutable.
– Comprendo -replicó ella, entre valiente y mordaz. Tanto una cosa como la otra resultaban demasiado dolorosas para él-. No tengo posibilidades de competir con eso, ¿verdad?
Por fin él se levantó, la rodeó con los brazos y apoyó la temblorosa cabeza de Sylvie contra su pecho.
– La competición ha terminado. No hay contienda. Tienes… todo lo que sé, toda mi historia.
– Pero no todo tu misterio.
– No necesito el misterio -afirmó él. El misterio no podía sobrevivir al amor y viceversa-. Solo necesito controlarme.
– Gerald, Gerald. ¿No podías tener otro tipo de crisis de la mediana edad? -Encorvó la espalda y rompió a llorar. Dejó que él la abrazara. Al cabo de un rato superó el acceso de llanto y se enjugó la cara húmeda y enrojecida-. ¿Tengo que comprarme intrincada ropa interior por Internet o algo así?
Los dos se echaron a reír, unas risas ahogadas en las que bullía la conmiseración.
La conversación les afectó más de lo que Weber imaginaba. Le rompía el corazón que Sylvie siguiera siendo la misma de siempre, y se recriminaba su idiotez cada vez que ella le sonreía animosamente. Al cabo de treinta años debería haberse tomado la noticia con una fatiga teñida de ironía, debería haberse dado cuenta de que él le pertenecía por defecto, sepultado bajo el registro fósil de la experiencia. Debería haberle dado unas palmaditas en la cabeza, diciéndole: «Sigue soñando, hombrecito mío; el mundo es todavía tu campo de pruebas». Debería haber sabido que él no iría a ninguna parte, excepto de una manera simbólica.
Pero una vida dedicada a la neurociencia le había demostrado que los símbolos eran reales. Ningún otro lugar donde vivir. Se cruzaban en el estudio y se abrazaban. Se tocaban mutuamente los antebrazos en el lavadero. Durante las comidas se sentaban juntos en sus taburetes, como siempre lo habían hecho, los dos encendidos por el peligro, intercambiando superficiales teorías sobre los inspectores de armamento de la ONU o los avistamientos de focas en el canal. El rostro de Sylvie no estaba ensombrecido, pero su expresión era distante, como una nebulosa de colores intensificados por la retransmisión desde el Hubble. Ella se negaba a preguntarle cómo estaba, la única pregunta que le importaba. Él sentía una opresión en el pecho al mirarla. Aquella preocupación insoportable le abatía.
Algunos años atrás, el grupo de Giacomo Rizzolatti, de Parma, había experimentado con neuronas de control motor en la corteza premotora de un macaco. Cada vez que el mono movía el brazo, las neuronas se disparaban. Un día, entre mediciones, las neuronas que controlaban los músculos del brazo se «encendieron» como locas, aunque el mono se mantenía perfectamente inmóvil. Nuevas pruebas permitieron llegar a una conclusión alucinante: las motoneuronas reaccionaban cuando uno de los investigadores del laboratorio movía su brazo. Neuronas acostumbradas a mover un miembro se activaban simplemente porque el mono veía a otro ser moviéndose, y movía su propio brazo imaginario por simpatía espaciosimbólica.
Una parte del cerebro que realizaba actos físicos estaba siendo plagiada para llevar a cabo representaciones imaginarias. Por fin la ciencia había puesto al descubierto la base neurológica de la empatía: mapas cerebrales, trazando mapas de otros cerebros que trazaban mapas. Un ingenioso humano se apresuró a etiquetar el descubrimiento como neuronas «el mono lo ve, el mono lo hace», y todos los demás siguieron el ejemplo. El diagnóstico por la imagen y el EEG no tardaron en revelar que también los seres humanos están plagados de neuronas espejo. Imágenes de músculos en movimiento hacían moverse músculos simbólicos, y estos movían el tejido muscular.
Los investigadores se apresuraron a desarrollar el asombroso hallazgo. El sistema de neuronas espejo se extendía más allá de la observación y la realización del movimiento. De él salían zarcillos que serpenteaban para enlazar con toda clase de procesos cognitivos superiores. Desempeñaban papeles en el habla y el aprendizaje, la descodificación facial, el análisis de las amenazas, la comprensión de las intenciones, la percepción y la respuesta a las emociones, la inteligencia social y la teoría de la mente.
Weber contemplaba a su mujer moverse por la casa y dedicarse a sus tareas cotidianas. Pero sus propias neuronas espejo no reaccionaban. Mark Schluter había desmantelado gradualmente su sentido más básico de la relación con el prójimo, y ya nada volvería a parecerle jamás familiar o vinculado.
En la época navideña, Jess fue a pasar tres días en casa de sus padres. La acompañaba su pareja, Sheena o Shawna. Jess no notó nada raro. De hecho, la intimidad de sus padres -«los tortolitos en invierno»- llegó a ser una broma habitual entre la muchacha y su especialista en estudios culturales.
– Te lo advertí: las repugnantes muestras de entrega heteroburguesa solo se dan en las entrañas de la Norteamérica roja.
Las tres mujeres pronto formaron un grupo compenetrado. Iban juntas a degustaciones de vino en los viñedos de North Fork, o a Fire Island para pasear por la fría playa, dejando que él se dedicara a sus solitarias «cavilaciones de la testosterona». Cuando las chicas se marcharon, a Sylvie la invadió el temor al nido vacío que surge después de las vacaciones. Solo las largas horas de trabajo en el centro de servicios sociales Wayfinders le servían de ayuda.
Él fantaseaba con la posibilidad de tratar su propio bajón vacacional con piracetam, un nootrópico sin propiedades tóxicas ni adictivas conocidas. Durante años había leído afirmaciones asombrosas sobre la capacidad de ese fármaco para reforzar la cognición estimulando el flujo de señales entre los hemisferios. Varios investigadores a los que conocía la tomaban con pequeñas dosis de colina, una combinación sinérgica de la que aseguraban que producía mayores incrementos de la memoria y la creatividad que cualquiera de los dos fármacos tomado solo. Pero a él le acobardaba demasiado experimentar con una mente que ya estaba tan alterada.
El país de la sorpresa no apareció en ninguna lista de los libros más vendidos a fin de año, salvo en las que se ocupaban de obras de valor dudoso. Su rápida desaparición casi alivió a Weber, pues así no había pruebas permanentes de su fracaso. Sylvie le mostraba una estudiada indiferencia, lo cual solo le entristecía. Un domingo, pasado el Año Nuevo, estaban sentados ante el fuego cuando él bromeó diciendo que aquel año el famoso Gerald se había olvidado de bajar por la chimenea. Ella se echó a reír.
– ¿Sabes qué te digo? Al diablo con el famoso Gerald. Ahora mismo podría dar al famoso Gerald un beso de despedida y jamás le echaría de menos. Una postal una vez al año desde el Club Med de las Maldivas sería suficiente.
– Eso me parece innecesariamente cruel -replicó él.
– ¿Cruel? -Ella golpeó con fuerza la repisa de ladrillo. Sus manos expresaban el enojo causado por semanas de contención verbal-. Por Dios, cariño, ¿puedes decirme cuándo va a terminar esto?
Había fuego en los ojos de Sylvie, y él vio la profundidad de su miedo. Estaba claro: a ella le tocaba contemplar su deterioro personal, sin saber cómo terminaría o si llegaría a terminar.
– Tienes razón. Lo siento. No he sido…
Ella aspiró hondo varias veces, tratando de tranquilizarse. Se acercó al sofá donde él estaba sentado y le puso una mano en el pecho.
– ¿Qué te estás haciendo a ti mismo? ¿A qué viene esto? ¿Se trata de la reputación? El juicio público no es más que esquizofrenia compartida.
Él sacudió la cabeza y se presionó el cuello con dos dedos.
– No, no se trata de la reputación. Estás en lo cierto. La reputación… no es lo esencial.
– Entonces, ¿qué, Gerald? ¿Qué es lo esencial?
Nadie veía sus síntomas. Nadie sabía lo que otros sabían que era.
Sylvie le retorció la camisa, frunciendo el ceño ante su silencio.
– Escúchame. De buena gana cambiaría todos los reconocimientos para recuperar a mi marido y verle trabajar de nuevo para su propia satisfacción.
Pero su marido, despojado de reconocimiento, no era un hombre al que Sylvie reconociera. Weber estuvo a punto de decirle algo de lo que ahora estaba seguro: la inmoralidad básica de sus libros. Dos palabras que habrían acabado con ellos más que cualquier infidelidad, imaginada o real.
«Clase en el Centro Médico dentro de diecisiete minutos.» Todo lo que ella quería, en definitiva, era que él volviera a ser dueño de su vida, como lo había sido durante décadas, desde que se conocieron cuando los dos estudiaban en Columbus. Su hombre. El hombre que se entregaba a todas sus actividades no por el lugar al que pudieran llevarle, sino por la novedad innata de la pura acción. El hombre que le había enseñado que cualquier vida con la que uno se cruzara tenía una infinidad de matices y era irreproducible. Enseña. Aprende. ¿Cuánto más sabor quieres? ¿Cuánto más importante esperas llegar a ser?
Mientras Weber jugueteaba con un pomelo, algo golpeó la ventana del rincón del desayuno con un atroz ruido seco. Al volverse, vio al ave que se esforzaba por alejarse, destrozada: un gran cardenal macho que, durante las dos últimas semanas, había atacado a su reflejo en la ventana, creyéndose un intruso en su propio territorio.
Estaba ante el público estudiantil, toqueteando el micrófono inalámbrico y tratando de superar la sensación de engaño que ahora le embargaba antes de cada clase. Los estudiantes eran los mismos de cada año: chicos blancos de clase media, procedentes de Ronkonkoma y Comack, que tanteaban todas las identidades, desde tatuaje de patio carcelario hasta cocodrilo de Lacoste. Pero aquel trimestre del curso su actitud había cambiado, se habían vuelto sardónicos. Se habían pasado unos a otros las acusaciones públicas contra Weber, por medio de correos electrónicos y mensajes instantáneos. Todavía anotaban cada palabra que él decía, pero lo hacían más para sorprenderle en un error, para erradicar el charlatanismo, sus bolígrafos apuntando hacia delante en un gesto de desafío. Querían ciencia, no historias. Weber ya no podía distinguir la diferencia.
Probó el micro y enfocó el proyector. Miró el anfiteatro griego lleno de estudiantes universitarios del último curso. El vello facial que daba un aspecto asilvestrado volvía a estar de moda. Y los piercings, naturalmente, el equipo pesado, algo a lo que Weber nunca se adaptaría. Los nietos de Levittown, con objetos de metal atravesándoles cejas y aletas de la nariz. Cuando una rolliza muchacha tatuada sentada en la cuarta fila hizo la última llamada de móvil permitida antes de que sonara el timbre («Eh, estoy en clase de neuro»), él observó el brillo del tachón que le perforaba la lengua bajo la pátina de la saliva, una pequeña y sorprendente perla de agua dulce.
Al contemplar a aquel grupo de hastiados jóvenes de veintiún años, no pudo dejar de asignarles historiales médicos. Desde su última y abreviada visita a Mark Schluter, el mundo se había dividido entre Dickens y Dostoievski. Bhloitov, el febril anarquista, estaba estirado sobre un banco de tres sillas en la última fila. La señorita Nurfraddle, una rigorista casi histérica, estaba en el asiento del pasillo, a dos hileras del estrado, toqueteando sus textos perfectamente alineados. Desde el centro del auditorio, un hombre delgado y de cabello negro, eslavo o griego, miró furibundo a Weber cuando la lección no comenzó a la hora en punto. ¿Qué había en el mundo merecedor de semejante enojo?
En el futuro, todos los jóvenes reunidos en la sala sentirían una divertida repugnancia al verse tal como eran ahora. Yo nunca vestí así. Nunca garabateé apuntes con tal seriedad. No es posible que pensara tales cosas. ¿Quién era ese individuo patético? El yo era una banda, una pandilla improvisada, a la deriva. Ese era el tema de la lección de aquel día, de todas las lecciones que había dado desde su encuentro con el maltrecho operario de un matadero de Nebraska. No hay yo sin autoengaño.
A dos asientos del lugar donde estaba el griego de cabello lacio y brillante se sentaba la mujer de aquel curso a la que Weber evitaba mirar. Iban y venían cada año, cada vez más jóvenes. No todas eran bellas, pero cada una de ellas jugaba a ser mayor de la edad que tenía, las cejas enarcadas un nanómetro demasiado alto. Aquella, en la octava fila, directamente en su fóvea, con un jersey de cuello de cisne color melocotón, le sonreía, la redondeada cara enrojecida, anhelando cuanto él pudiera decir.
La hermana, Karin, había dicho algo la primera vez que comieron juntos. Una acusación. «No puedo creerlo. Usted también lo hace. Creía que una persona con su reputación…» Él pensaba que no había sabido de qué le estaba hablando, pero sí que lo había sabido. Y lo hacía, en efecto, también lo hacía.
Echó un vistazo a sus notas: ignorancia organizada. Al lado del cerebro, todo el conocimiento humano era como una gota de limón al lado del sol.
– Hoy voy a referiros las historias de dos personas muy diferentes.
Su voz descarnada salía de los altavoces en lo alto de las paredes, llena de autoridad amplificada. Los últimos vestigios de charla desaparecieron. La palabra «historias» provocó risitas reprimidas. Bhloitov miró la primera diapositiva de Weber, una sección transversal de la corona del cráneo, con franco escepticismo. La señorita Nurfraddle suplicaba a su grabadora que funcionara. La mujer del jersey de cuello de cisne miraba a Weber con dócil curiosidad. Los demás no revelaban ninguna emoción más allá de un ligero aburrimiento.
– En primer lugar, os hablaré de H. M., el paciente más famoso de la literatura neurológica. Un día de verano, hace cincuenta años, al otro lado del Sound, un cirujano ignorante y demasiado diligente, que trataba de curar la epilepsia cada vez más severa de H. M., le insertó una estrecha pipeta de plata en el hipocampo, esta zona gris rosada, y aspiró, junto con la mayor parte de la circunvolución parahipocampal, la amígdala y las cortezas entorrinal y perirrinal, aquí, aquí y aquí. El joven, aproximadamente de vuestra edad, permaneció despierto durante la operación.
Lo mismo les sucedió a todos los alumnos.
– A los que tenéis hipocampos en funcionamiento y acudisteis a la clase de la semana pasada, no os sorprenderá saber que, junto con todo el tejido extraído por la pipeta, salió también la capacidad de H. M. para formar nuevos recuerdos…
Weber percibía su recargado sentido de la teatralidad, y le asqueaba. Pero había contado la historia tantas veces a lo largo de los años, en las clases y en sus propios libros novelescos de tema neurológico, que no podía hacerlo de otra manera. Fue pasando las diapositivas y contando el resultado de memoria: el regreso del disminuido H.M. a la tierra de los vivos, con su personalidad intacta pero incapaz de agregar nuevas experiencias.
– Habéis leído el informe del doctor Cohen sobre H.M. Cuatro días de pruebas, y cada vez que el examinador abandonaba la habitación y volvía, tenía que presentarse de nuevo. Pasaron décadas desde la intervención, pero a H.M. le parecían días.
«El primer deber de un médico es pedir perdón.» ¿Dónde había oído eso? En una película que había visto con Sylvie, cuando los dos iban a la escuela de graduados. La película y la frase les habían conmovido como solo pueden conmoverse los jóvenes al comienzo de la veintena. No mucho después de aquella noche, él decidió entregarse a su futura carrera. Y, más o menos por la misma época, Sylvie se entregó a él para toda la vida. «El primer deber de un médico es pedir perdón.» Cada noche debería haber dedicado un momento a pedir perdón a todos cuantos había perjudicado inadvertidamente aquel día.
– El recuerdo que H.M. tenía del pasado estaba intacto, incluso era impresionante. Cuando le enseñaron una foto de Muhammad Ali, dijo: «Ese es Joe Louis». Dos horas después se lo volvieron a preguntar y respondió de idéntica manera, como si fuera la primera vez. Estaba atrapado en un sótano, congelado en el momento inmediato a la operación. Ni siquiera podía saber que estaba encerrado en un presente eterno. No tenía la menor idea de lo que le había ocurrido. O más bien: la parte de su mente que poseía el conocimiento era incapaz de transmitir el hecho a su recuerdo consciente. A cada hora repetía varias veces: «Estoy teniendo una pequeña discusión conmigo mismo». Le acosaba el temor permanente a haber hecho algo mal y que lo castigasen por ello.
Weber miró más allá de una hilera de caras turbadas por el horror y la vio. Se interrumpió, desorientado. Ella había entrado en la sala a escondidas, como una oyente secreta. Sylvie. Sylvie a los veintiún años, en Ohio. Tomó asiento a un cuarto de la pendiente, junto al pasillo de la izquierda, y miró las diapositivas, con un cuaderno de espiral en las piernas cruzadas y tocándose el labio superior con el bolígrafo. Sobre la tapa abatible del pupitre estaban todos los libros de texto. Habían llegado al final del trimestre y Weber nunca había reparado en ella.
– En el transcurso de las décadas, H.M. se convirtió en uno de los sujetos más estudiados en la historia de la medicina. Mediante una interminable repetición diaria, logró saber que estaba sometido a observación. Las constantes pruebas que le hacían se convirtieron en una fuente de doloroso orgullo. Cien veces al día repetía: «Por lo menos puedo ayudar a alguien. Por lo menos puedo ayudar a la gente a comprender». Pero aún era preciso repetirle constantemente dónde estaba y, pasadas varias décadas, decirle que aquel día no iba a casa de sus padres.
Contempló la cascada de cabello rizado que cubría en parte el serio rostro de la mujer. La verdad era que se parecía muy poco a Sylvie. Tan solo era ella. Aquella suave intensidad interior. La curiosidad por todo, dispuesta a desentrañar todo lo que el estudio pusiera en su camino. La atención de Weber volvió a dirigirse bruscamente a su inquieta audiencia, mientras los segundos iban pasando. Amplió los detalles del caso sin tener que pensar en ellos. Sus alumnos tomaban notas. Eso era lo que querían: solo los hechos, firmes y repetibles.
– Ahora, además de H.M., quisiera presentaros el caso de David, un agente de seguros de Illinois de treinta y ocho años, casado y con dos hijos pequeños, que gozaba de una salud perfecta y no manifestaba trastornos neurológicos poco comunes, salvo la persistente creencia de que a los Cubs de Chicago solo les faltaba una temporada para conseguir el campeonato.
La risa cortés del público ondeó en la sala, más tímida que el año anterior. Weber alzó la vista. La joven Sylvie se mordió el labio, los ojos en el cuaderno de apuntes. Tal vez sintiera lástima de él.
– La primera señal de que algo fallaba apareció cuando David, a quien de ordinario le gustaba escuchar a R.E.M., empezó a apasionarse por Pete Seeger.
Ninguna reacción del público. Tampoco la hubo el año anterior. Esos nombres habían caído en la amnesia cultural. Seeger nunca había existido. R.E.M. ya no era ni siquiera un sueño provocado por la fiebre.
– A su mujer le pareció muy raro, pero no se alarmó hasta un mes después, cuando David se puso a hablar mal de su autor preferido, J. D. Salinger, al que denunció como una amenaza pública. Empezó a adquirir, aunque nunca a leer, lo que él llamaba «libros reales», que se limitaban a novelas del Oeste y aventuras navales. Su estilo de vestir empezó a cambiar, a retroceder, según su mujer. Iba a la oficina con un mono de trabajo con tirantes. Su mujer trató de convencerle de que fuera al médico, pero él insistía en que estaba bien. Se mostraba tan lúcido que su mujer dudaba de que la angustia que le causaban los cambios de David estuviera justificada. Él hablaba a menudo de recobrar a la persona que había sido. Una y otra vez le decía a su mujer: «Así era como todos vivíamos antes».
»Empezó a padecer dolores de cabeza y vómitos, letargo y reducción de la actitud alerta. Una noche, volvió a casa tres horas más tarde de lo habitual. Su mujer estaba fuera de sí. Había regresado a pie desde la oficina, a unos veinte kilómetros de distancia, tras haber vendido el coche a un colega. Su mujer, asustada, le gritó. Él le explicó que los coches eran funestos para el medio ambiente. Podía ir al trabajo en bicicleta, con lo cual ahorraría enormes cantidades de dinero que podrían dedicar a la universidad de los hijos. Su mujer sospechó un trastorno de personalidad inducido por el estrés, algo que entonces se llamaba crisis aguda de identidad…
La joven Sylvie tomó una nota en el cuaderno equilibrado sobre el muslo. Algo en la manera de mover los codos, en la curvatura del cuello, fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Las sensaciones bombardeaban a Weber, todas sus viejas claves, los millones de momentos que habían desaparecido, un acorde tras el otro: cuando estudiaban juntos en la biblioteca hasta la hora del cierre; las películas europeas de arte y ensayo el martes por la noche en el Cineclub; largos debates sobre Sartre y Buber; sexo más o menos continuo. Vendaba los ojos de Sylvie y le rodeaba el vientre desnudo con varias muestras de tela, para poner a prueba su afirmación de que podía sentir los colores. Ella siempre acertaba.
Vestigios, todavía intactos. Todo lo que él había sido seguía archivado en alguna parte. Pero había extraviado las sensaciones del recuerdo hasta que aquel espectro viviente se sentó ante él en el anfiteatro, garabateando todas aquellas notas erróneas en su propio y creciente historial.
– La mujer de David insistió en que al día siguiente llamara al comprador del coche y lo recuperase. Él lo hizo, pero unas semanas después no regresó a casa. Al cruzar el aparcamiento de su empresa, le absorbieron de tal manera los cambios del cielo por encima de su cabeza que se pasó allí la noche entera, sentado en el asfalto, contemplando el espacio. Cuando la policía lo encontró a la mañana siguiente, estaba desorientado. Su mujer lo llevó al hospital, donde ingresó en la sección de psiquiatría, que rápidamente lo pasó a neurología. Sin la moderna tecnología del escáner, ¿quién sabe cómo podrían haberlo tratado? Pero aquí tenéis el escáner: mirad esto, en la corteza orbitofrontal caudal. Lo que veis es un gran neoplasma circunscrito, un meningioma, que ha crecido durante años, presionando los lóbulos frontales e incorporándose gradualmente a su personalidad…
Weber se percató mientras hacía avanzar la diapositiva: la vacilación que había experimentado en Nebraska no era el primer borrón en un historial por lo demás perfecto. Técnicamente, jamás había traicionado a Sylvie. Pero, a intervalos de varios años, el fiel Gerald había avanzado cautelosamente hasta el borde. El año en que cumplió los cincuenta conoció a una escultora que vivía en la zona de la bahía. Intercambiaron correspondencia durante largo tiempo, tal vez año y medio, antes de que ella le obligara a admitir que no había nada entre ellos salvo una pura invención suya. Diez años atrás hubo una licenciada japonesa, investigadora ayudante, seria y expectante, de poco más de treinta años. Se midiera como se midiera, la cosa no llegó a concretarse por un pelo. Ella se alejó cuando él se volvió frío. La mujer, que apenas podía alzar los ojos para mirar los suyos cuando él le hablaba, le dejó una nota para que Weber la leyera después de su partida: «En Japón, los investigadores tienen por lo menos un día de luto por todos los animales que han sacrificado…». Cada una de estas aventuras amorosas teóricas había sido una excepción: media docena de excepciones, en total. Weber parecía ser un infractor repetitivo, que cometía la falta y echaba a correr. En cada ocasión se lo contaba a Sylvie, pero después del hecho, siempre minimizando lo que había estado a punto de ser un desastre. Nada de aquello formaba parte del historial permanente.
Mientras la siguiente diapositiva se colocaba en la ranura, comprendió la verdad: quería a Barbara Gillespie. Pero ¿por qué? La actuación de aquella mujer no tenía sentido. Algo en su vida le había salido tan mal como a él. Ella vivía ya en el vacío donde él estaba penetrando. Un vacío enorme, oculto. Barbara sabía algo que él necesitaba, tenía algo que le evocaba a sí mismo.
Pero había una explicación más cicatera. ¿Cómo, con los hechos de que disponían, podrían diagnosticarla aquellos estudiantes? ¿Crisis trivial de la mediana edad? ¿Puro y clásico autoengaño biológico, o algo más llamativo? Algún déficit que pudiera aparecer en un escáner, algún tumor que presionara implacablemente los lóbulos frontales, reestructurándole de una manera imperceptible…
Se aclaró la garganta y el sonido emergió de los altavoces.
– David no podía ver hasta qué punto estaba alterado, y no solo porque el cambio había sido tan gradual. Recordad la lección sobre la anosagnosia de hace dos semanas. La tarea de la conciencia es la de asegurar que la totalidad de los módulos distribuidos del cerebro parezcan integrados. Que siempre seamos familiares para nosotros mismos. David no quería restablecerse. Creía haber encontrado el camino de regreso a algo verdadero, algo que todos los demás habían abandonado.
La joven Sylvie alzó la cabeza y le miró detenidamente. Él se detestó a sí mismo. No podía perdonar al hombre con la lista de patéticas y frustradas infidelidades. Pero el hombre cuya intachable imagen de sí mismo borraba de un modo tan completo la lista: ¿qué podía merecer un hombre así, aparte de un lento y angustioso desenmascaramiento público? Encorvó los hombros y asió el atril. Se sentía anémico, y lo contrarrestaba con más análisis estructural, más anatomía funcional. Se perdía en lóbulos y lesiones. Un tenue pitido de su reloj le indicó que era hora de finalizar la clase.
– Así pues, tenemos los relatos de dos déficits muy diferentes, dos hombres muy diferentes, uno que no podía convertirse en su siguiente yo consecutivo y otro que se sumía en ese yo sin control. Uno que no podía tener nuevos recuerdos y otro que los creaba con excesiva facilidad. Creemos tener acceso a nuestros estados, pero en neurología todo nos indica que no es así. Nos consideramos una nación unificada y soberana. La neurología sugiere que somos un jefe de Estado ciego, atrincherado en los aposentos presidenciales, que solo escuchamos a unos asesores elegidos a dedo mientras en el país se van produciendo movilizaciones…
Miró a su embotada audiencia. No parecían convencidos. Bhloitov estaba furioso. Los ojos de la mujer con el ceñido jersey de cuello de cisne vagaban. La señorita Nurfraddle parecía dispuesta a llamar por su Black Berry para que detuvieran a Weber por haber violado la Ley Patriótica. Él no podía mirar a la joven Sylvie. Se veía reflejado en los rostros de los jóvenes, una rareza neurológica de caseta de feria, un caso.
¿Cómo podría contárselo? Sobre una antigua célula incidió la energía; esta lo detectó. Ciertos estímulos causaron una cascada química que practicaron una incisión en la célula y cambiaron su estructura, formando un molde de las señales que incidían en ella. Millones de años después, dos células se unieron, se hicieron señales mutuamente, elevaron al cuadrado el número de estados que podían inscribir. El vínculo entre ellas se alteró. Las células se activaban con más facilidad cada vez, sus cambiantes conexiones recordaban un vestigio del exterior. Unas pocas docenas de estas células se unieron para formar una humilde babosa, ya una máquina que se reestructuraba infinitamente, a medio camino del conocimiento. Materia que trazaba el mapa de otra materia, un registro plástico de luz y sonido, espacio y movimiento, cambio y resistencia. Varios miles de millones y centenares de miles de millones de neuronas después, aquellas células conectadas compusieron una gramática: una noción de sustantivos, verbos e incluso preposiciones. Esas sinapsis registradoras, dobladas sobre sí mismas, a lomos del cerebro e interpretándose mientras interpretaban el mundo, estallaron en esperanzas y sueños, recuerdos más minuciosos que la experiencia que los había cincelado, teorías de otras mentes; inventaron lugares tan reales y detallados como cualquier cosa material, siendo ellas mismas materia, mundos microscópicos dentro del mundo grabados eléctricamente, una forma para cada forma ahí fuera, con infinitas formas sobrantes: todas las dimensiones surgiendo de esa cosa en la que flota el universo. Pero nunca caliente o frío, sólido o blando, izquierda o derecha, alto o bajo, sino solo la imagen, el depósito. Solo el juego de parecidos cortados por cascadas químicas, siempre deshaciendo el estado que permitió la depositación. Semáforos nocturnos, adoquinando incluso el precipicio desde el que emitían señales. Como Weber escribió cierta vez: «Sin respaldo, imposibles, casi omnipotentes e infinitamente frágiles…».
No había ninguna posibilidad de demostrárselo. Lo mejor que podía hacer era revelarles las innumerables maneras en que las señales se perdían. Destrozadas en cualquier enlace: espacio sin dimensión, efecto antes de la causa, palabras separadas de su referencia. Mostrar cómo cualquiera podría desvanecerse en el abandono espacial, podría cambiar arriba por abajo y antes por después. Visión sin conocimiento, recuerdo sin razón, eventos sociales de personalidades que compiten por controlar al perplejo cuerpo, pero siempre continuas, sintiéndose intactas. Tan constantes y completas como ahora se sentían aquellos alumnos brillantes y escépticos.
– En el poco tiempo que nos queda, vamos a ver un último caso. Aquí tenéis una sección transversal lateral, en la que la circunvolución cingulada anterior presenta una lesión. Recordad que esta zona recibe información de muchas regiones sensoriales superiores y conecta con áreas que controlan funciones motoras de nivel superior. Crick escribe acerca de una mujer con semejante lesión, que perdió la capacidad de actuar en consecuencia e incluso de formar intenciones. Mutismo acinético: todo deseo de hablar, pensar, actuar o elegir había desaparecido. Con perdonable entusiasmo humano, Crick afirmó que habíamos localizado el asiento de la voluntad.
Sonó el timbre, salvándole y condenándole a la vez. Los alumnos empezaron a desfilar, incluso mientras él se apresuraba a concluir.
– Así pues, hemos tenido una visión preliminar del tema enormemente complejo de la integración mental. Sabemos algo de las partes. Sabemos mucho menos de la manera en que constituyen un todo. En nuestra última sesión, echaremos un vistazo a los principales candidatos a un modelo de conciencia integrado. Si no tenéis el artículo sobre el problema de la vinculación, pedídselo a vuestro moderador de debates antes de marcharos.
Se oyeron los sonidos de pupitres abatidos y libros cerrados mientras los estudiantes se disponían a salir. ¿Qué diría Weber a la semana siguiente para resumir una disciplina que se le escapaba? Mucho después de que su ciencia presentara una teoría integral del yo, nadie estaría un solo paso más cerca de saber lo que significa ser otro. La neurología jamás comprendería desde fuera algo que solo existía en lo más profundo del interior impenetrable.
Los alumnos abandonaron la sala, enfilando por los pasillos en grupitos que abrigaban una semilla de rebeldía. Una sensación embargó a Weber, el deseo de complementar la auténtica neurociencia con seudoliteratura, una ficción que por lo menos reconociese su ceguera. Les haría leer a Freud, el príncipe de los narradores: «Los histéricos padecen sobre todo de recuerdos». Les pediría que leyeran a Proust y Carroll. Les asignaría «Funes el memorioso», de Borges, el hombre paralizado por la memoria perfecta, destruido por el hecho de que un perro visto de perfil a las tres y cuarto tenía el mismo nombre que un perro visto de frente un minuto después. «El presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido.» Les contaría la historia de Mark Schluter. Les diría lo que había provocado en él aquel encuentro con el joven. Haría algún movimiento que sus neuronas motoras se verían obligadas a imitar. Les haría perderse en el laberinto de la empatía.
Los habituales rezagados se arracimaron alrededor del atril. El intentó escuchar cada pregunta, prestar toda su atención a cada una de las observaciones. Cuatro alumnos, que padecían las inquietudes del final de trimestre. Detrás de la primera ola, otros cuatro aguardaban. Exploró la sala sin saber qué buscaba. Entonces la vio, inmóvil a mitad del pasillo a mano izquierda. La joven Sylvie, que le miraba a su vez. Se debatía consigo misma. Tenía un mensaje para él, para el joven que había sido, pero no podía esperar. Tenía que ir a algún lugar futuro.
Trató de apresurar a quienes le interrogaban, con una sonrisa tranquilizadora para cada uno. Los alumnos empezaron a dispersarse y, al alzar la vista, Weber se sorprendió al encontrarse delante a Bhloitov. Visto de cerca, era evidente que el cabello del anarquista estaba teñido. Llevaba un brazalete de cuero con tachones, y por debajo de la manga izquierda le asomaba una Virgen de Guadalupe rojo brillante y azul verdoso. El sedoso bigote estaba dividido por una tenue cicatriz, la de un labio leporino imperfectamente restaurado. Weber dirigió la mirada a la sala. La joven Sylvie, vacilante, empezó a alejarse. Miró de nuevo al anarquista, tratando de dominarse.
– ¿En qué puedo ayudarle, señor?
Bhloitov dio un respingo, parpadeó y retrocedió un poco.
– Lo que ha contado de ese… ese meningioma. El caso de David. -Su voz tenía un tono de disculpa. Weber le hizo un gesto de asentimiento para que prosiguiera-. Me estaba preguntando… Creo que tal vez mi padre…
Weber alzó la vista, un acto reflejo desesperado. Sylvie se había puesto la mochila a la espalda y ascendía por la escalera hacia la salida del auditorio. La observó durante todo el camino, mientras Bhloitov murmuraba y se alejaba discretamente. Ella no se volvió a mirarle. ¿Adónde vas?, le preguntó Weber en el espacio simbólico. Vuelve. Soy yo. Aún estoy aquí.
Era hora de retirarse. Ya no podía confiar en su comportamiento en el aula, y no digamos el laboratorio. Podría encontrar algún trabajo como voluntario, clases de alfabetización para adultos o como profesor particular de ciencias. En los veinte años que le quedaban, podía aprender otra lengua extranjera o escribir una novela de tema neurológico. En cualquier caso, tenía suficientes argumentos. Y no sería necesario que la publicara.
Permaneció en el campus hasta que empezó a anochecer, entregado a un trabajo que se había sacado de la manga, el constante trueque de cartas de recomendación que constituía la existencia académica. Parecía una expiación, una tarea impuesta como castigo. Se recetaba a sí mismo una docena de tabletas de chocolate para obtener una dosis de feniletilamina. Recientemente eso le había ayudado a alzar el manto de las noches invernales.
Lo extraño era que apenas deseaba a Barbara Gillespie. Tal vez la encontrara atractiva, en abstracto. Pero, incluso ahora, sus imaginadas relaciones nunca suponían algo más que un contacto inocuo. Ella era… ¿qué? Ni una familiar ni una amiga y, desde luego, no una simple amante. Alguna relación que aún no se había inventado. No quería poseerla. Tan solo quería investigar, con la habitual batería de cuestionarios, la causa de su derrumbe y por qué él se sentía tan absuelto cuando estaba a su lado. Quería analizarla, hacer que se revelara, conocer su currículo y su historia. Ella no había dicho casi nada en los pocos minutos que habían pasado juntos. Sin embargo, sabía algo de Mark que él buscaba a trancas y barrancas.
La veía vestida con un mono verde y una camisa de algodón blanco, subiendo por una escala de madera. La escala estaba apoyada contra una blanca casa del cabo Cod, cerca del océano. Estaba llegando a los aleros. ¿Qué sabía de ella? Nada en absoluto. Nada excepto lo que su corteza prefrontal podía inventar basándose en desechos del hipocampo. La veía de pequeña, con un velo negro sobre la cara, encendiendo un cirio de cincuenta centavos que colocaba en el altar de una iglesia llena de incienso. ¿Qué sabía él de cualquiera? La veía junto a Mark Schluter, con mono de trabajo y casco amarillo, inspeccionando un ramillete de indicadores sobre una brillante bombona de acero inoxidable alta como una casa. La veía asomándose a la ventana del pasajero de un cupé azul que daba vueltas, conducido por Karin Schluter, tendiendo al viento un osito de peluche. Se veía a sí mismo, hombro a hombro con Barbara, en una atestada sala de justicia de algún lugar como Kabul, tratando de obtener la custodia legal de los hermanos Schluter, pero incapaz de lograr que su petición se entendiera en ningún idioma útil.
Cruzó por su mente la idea de que se había inventado lo ocurrido en Nebraska. Toda la historia: una incursión en un género mixto, experimental, una obra de teatro sobre la moralidad enmascarada como periodismo. No tenía ningún recuerdo fiable de lo que había ocurrido allí. No podía reconstruir con precisión ninguna de las características de Barbara Gillespie, y no digamos sus facciones. Sin embargo, no podía dejar de evocar recuerdos de ella recuperados, todos ellos tan detallados que podría haber jurado que eran datos documentados.
¿Qué sabía de la vida de su esposa? ¿Quién era ella cuando no era su mujer? Él regresaba a casa en coche, cruzando el centro comunal cubierto de nieve. Las dos iglesias coloniales nunca dejaban de apaciguarle. Tomó la larga curva de Strong's Neck, el puerto verde y marrón con la marea baja. Llegó a Bob's Lane, ese pasadizo que los visitantes son incapaces de encontrar a menos que ya hayan estado en él. Las lluvias invernales todavía inundaban la parte delantera del jardín. Una familia de cercetas de alas verdes se había pasado el otoño construyendo un nido junto al lago temporal. Pero ahora el lago estaba congelado y los patos habían volado.
Sylvie había llegado antes que él a casa. Últimamente, desde que él soltara su bomba, procuraba regresar temprano de Wayfinders. Weber no le había pedido que lo hiciera, pero tampoco tenía el valor de decirle que no era necesario. La encontró introduciendo algo en el horno, un estofado con berenjena. Veinte años atrás le había dicho que lo comería gustoso cada noche, y ahora ella recordaba ese entusiasmo sepultado. La sonrisa inquieta de su mujer cuando alzó los ojos hacia él le llegó a lo más hondo.
– ¿Has pasado un buen día?
– Fantástico.
Era algo que siempre se decían.
– ¿Qué tal ha ido la clase?
– Si me lo preguntas a mí, creo que hay una clara posibilidad de que haya estado brillante. -La tomó en sus brazos con demasiada rapidez, mientras ella se esforzaba por quitarse la manopla-. ¿Te he dicho que estoy completamente loco por ti?
Ella soltó una risita dubitativa y miró detrás de él. ¿Quién imaginaba que podría venir? ¿A quién podría él traer a casa?
– Sí, me lo has dicho. Creo que ayer.
Emiten el programa televisivo. Pero es extraño. Le han hecho a Mark algo digitalmente, lo han pasado por alguna clase de filtro de vídeo de alta tecnología. Quienes no lo conocen jamás sospecharían. Pero sus amigos, los pocos amigos que le han quedado a Mark Schluter, pensarán que es un doble.
Por lo menos la mayor parte de lo que dicen en el programa es correcto. Hablan del accidente, del vehículo que se cruzó delante de él, del que iba detrás y se paró junto a la carretera. Y hay un gran momento en el que aparece la nota manuscrita y llena la pantalla, e incluso hay subtítulos, por si alguien no sabe leer en inglés. «No soy nadie.» No soy nadie. Hombre, en los tiempos que corren, ese podría ser cualquiera. Pero hay una recompensa en metálico de quinientos dólares. Con la economía escurriéndose de nuevo por el desagüe del lavabo y todo el estado en el paro, sin duda alguien dará un paso adelante para hacerse con ella.
Le gustaría sentarse y esperar a que suene el teléfono y empiecen a proporcionarle datos amparados por el anonimato, pero hay demasiado que hacer. Llega la doble de Karin, irritada porque ha oído hablar del programa pero se lo ha perdido. ¿Cuándo hiciste eso? ¿Por qué no me lo dijiste? Es una buena representación, y él casi llega a creerse que la mujer no tiene ni idea.
Se le ha ocurrido un plan para ponerla a prueba, algo en lo que lleva mucho tiempo pensando. Le pregunta si le gustaría dar un paseo en coche, hasta Brome Road, la vieja granja abandonada que su padre trató de explotar y donde él vivió desde los ocho hasta casi los catorce años. El lugar del que su hermana siempre hablaba como si fuera una especie de paraíso perdido. Ella se pone a dar saltos como una niña cuando Mark la invita a ir allí. Uno habría pensado que le pedía que fuese su pareja en el baile de fin de curso o algo por el estilo.
Van juntos, en el pequeño coche japonés de ella. Hace un calor extraño, cuando faltan solo dos semanas para Navidad. Él viste su chaqueta azul claro, una prenda adecuada para octubre. Lo más probable es que el calor se deba a la catástrofe ecológica del efecto invernadero. En fin, será mejor disfrutar del breve período de buen tiempo. Ella está en ascuas, como si hiciera una eternidad que no veía el lugar. Lo más curioso es que seguramente no lo ha visto nunca. Avanzan por el largo camino de acceso a la granja, y es como si hubieran lanzado una bomba de neutrones sobre el porche de la entrada. Todas las ventanas, negras y sin cortinas. El jardín, un mar de hierba alta y hierbajos, como una especie de proyecto de restauración de la pradera. Hay un letrero de «PROHIBIDO EL PASO» clavado en el porche, lo cual es una broma. Nadie vive aquí desde hace muchos años. A decir verdad, la granja sufrió en manos de la familia Schluter un serio deterioro que ninguno de sus inquilinos posteriores pudo reparar. Está abandonada desde 1999, pero él no ha venido a curiosear hasta ahora.
El establo está muy escorado a la derecha, como si fuera a derrumbarse si le alcanzara una pequeña radiación de microondas. Pero antes de que lleguen al edificio, la doble de Karin frena en seco. ¿Dónde está el árbol?, pregunta. El sicomoro ha desaparecido. El que tú y papá plantasteis cuando cumplí los doce años. Al principio, el asombro de Mark es mayúsculo. Ella sabe lo que plantaron y cuándo. Pero, claro, ahí está el tocón. Y cualquiera podría habérselo contado en la ciudad. Aquellos necios Schluter, plantando un árbol que consume una gran cantidad de agua, cuando ni siquiera tienen suficiente para evitar que se les chamusquen las judías.
Él le dice: He oído que lo talaron hace algún tiempo.
Ella se vuelve hacia él, el dolor reflejado en sus ojos: ¿Por qué no me lo dijiste?
¿Decírtelo? Entonces ni siquiera te conocía.
El coche se aproxima al lugar por la grava. Karin baja del vehículo y Mark la sigue. Ella camina hasta el tocón y se queda ahí, con sus tejanos holgados, las manos en los bolsillos de la chaquetilla de cuero, igual que la que usaba la Karin real. No es mala persona. Tan solo se ha metido en un mal asunto.
¿Cuándo lo talaron?, quiere saber ella. ¿Antes o después de la muerte de mamá?
La pregunta desconcierta un poco a Mark. Y no solo por el hecho de que sea ella quien la formule. No está seguro.
Karin le mira y sigue: Ya lo sé. Es como si ella aún estuviera viva, ¿verdad? Como si fuera a salir por esa puerta lateral con una fuente de chuletas de cerdo y nos amenazara con azotarnos si no rezamos la oración de agradecimiento y nos ponemos a comer.
Desde luego, estas palabras estremecen a Mark. Pero ese es exactamente el motivo de que la haya traído aquí. Para sondear los límites. ¿Qué más recuerdas de ella?, le pregunta él. Y la mujer empieza a contarlo todo. Cosas que solo su hermana conoce. Cosas de cuando eran adolescentes, cuando Joan Schluter aún parecía la Betty Crocker original. * Le dice: ¿Recuerdas lo orgullosa que estaba por el premio que su familia ganó cuando era pequeña?
Él no puede dejar de responder: Concurso de la familia más sana, feria estatal de Nebraska, 1951.
Organizado por una sociedad eugenésica nacional, dice ella. Los juzgaban por los dientes y el pelo, como lo hacían con las vacas y los cerdos. ¡Y ganaron una medalla de oro!
De bronce, le corrige él.
Lo que sea. La cuestión es que se pasó el resto de la vida enojada con Cappy por contaminar la dotación genética y engendrarnos.
Ella sigue diciendo estas cosas sorprendentes, mencionando unos hechos que el mismo Mark ha olvidado. Anécdotas del final de la infancia, antes de que Joan se tuteara con el Omnipotente. Cosas de los años difíciles, cuando por cualquier nimiedad su madre caía de rodillas y eructaba espíritus menores. ¿Te acuerdas de aquel libro, Mark? ¿El que ella llevaba a todas partes y que hacía que te rieras como un histérico? Jesús te cubre con su amor. ¿Y el día en que finalmente comprendió de qué te reías?
Los dos permanecen junto al tocón de sicomoro, riéndose como adolescentes colocados. Empieza a soplar el viento y pronto hace frío. Él quiere ir a la casa, pero ahora las palabras de la doble de Karin son como un río de nieve fundida. Cosas del final, cuando su madre se convirtió en una santa prematura. No la habrías reconocido, dice, como si Mark ni siquiera hubiese estado allí. No habrías creído que era ella, tan agradable y dulce. Una tarde, después de que le hubieran conectado el gotero, estábamos hablando y, de repente, empezó a decirme que probablemente la vida eterna fuera una ilusión engañosa. Y, sin embargo, estaba allí sentada, más cristiana que Cristo, sorbiendo las cucharadas de sopa con queso cheddar del hospital que yo le daba, y diciendo: «¡Oh, está buena! ¡Está buena!».
Ha embrollado un poco los hechos, pero Mark no va a discutir. De repente, la temperatura se ha vuelto glacial. La toma del brazo y la lleva hacia la casa. Ella no deja de hablar.
¿Sabes que todavía recibo su correo? Supongo que no lo entregan más allá de la tumba. En general, instituciones benéficas y solicitudes de tarjetas de crédito. Catálogos de la tienda donde encargaba aquellas rebecas anticuadas y sin gracia.
Llegan a la puerta principal. Él intenta abrirla, pero está cerrada con llave, aunque dentro no hay más que excrementos de ratón y escamas de pintura. Mira a la doble de Karin sin hacer ningún comentario.
¿No te acuerdas?, le dice ella. Y se acerca a una tablilla suelta a la izquierda del ventanal, y la mueve un poco hasta que la saca. Ahí está la llave. La llave de repuesto de la que ni siquiera informaron a la familia que se instaló después de ellos. Es muy posible que ella interprete sus ondas cerebrales. Escáneres inalámbricos, alguna novedad digital. Podría habérselo preguntado al Loquero cuando tuvo ocasión de hacerlo. Ella abre la puerta y entran en un espacio que parece salido de una película de terror. La antigua sala de estar aparece vacía, con una capa de polvo gris y telarañas por todas partes. Apena ver el estado en que se encuentra. Hay señales de infestación, de mamíferos mucho más grandes que ratones. La doble de Karin se tira de las mejillas hacia atrás con las palmas.
No hagas eso. Pareces uno de esos atracadores de bancos con una media en la cabeza.
Pero ella no le oye. Deambula por las habitaciones como una sonámbula, señalando cosas invisibles. El sofá, la antena de la tele en forma de V, la jaula del periquito. Lo sabe todo, y lo revive con una precisión hipnótica, pero o bien es la mejor actriz que jamás ha existido o realmente le han trasplantado algo del cerebro de su hermana. Tiene que averiguarlo, antes de que le vuelva loco. Deambula pasmada, como una de esas víctimas de atentados con bomba sobre los que informa la televisión por cable. Aquí comíamos. Aquí estaba el montón de zapatos. Está afectada de veras. Entretanto, Mark se pregunta si es la casa original o una maqueta a escala. Karin se vuelve hacia él. ¿Recuerdas cuando papá nos sorprendió jugando a los médicos y nos encerró en la despensa?
No era eso lo que nosotros… Pero ¿por qué decírselo? Ella no estaba allí.
Prisioneros. Durante varios días, al parecer. Y tú ideaste aquella Gran Evasión, utilizando un espagueti crudo para empujar la llave maestra por el ojo de la cerradura hasta que cayó en un papel encerado que habías introducido bajo la ranura de la puerta. ¿Qué edad tenías, seis años? ¿Dónde aprendiste eso?
Lo sabía por las películas, naturalmente. ¿En qué otro sitio se aprende todo?
Ella permanece ante la ventana de la cocina, contemplando el terreno de la finca. ¿Qué recuerdas de… tu padre?
Y es realmente curioso, porque así es como él y su auténtica hermana llamaban a aquel hombre. Tu padre. Cada uno echándole la culpa de haber engendrado al otro. Bueno, replica ella. No era un granjero, de eso no hay duda. Siempre sembraba tres semanas antes o después de cuando debía hacerlo. Eso no hay campo que lo aguante. Desafía a todo conocimiento convencional. El año que cosechaba algo era una época dorada. Tuvimos suerte de que lo dejara para meterse en todas aquellas inevitables bancarrotas.
Ella se encoge de hombros e introduce las manos en el seco y polvoriento fregadero. Tienes razón, tuvimos suerte. De todos modos, la crisis agrícola le habría alcanzado. Alcanzó a todo el mundo.
Ah, pero dedicarse a fabricar lluvia artificial…, dice Mark. Nadie ha ganado jamás un dólar con eso.
Ella suelta un resoplido de amargura. ¿Quién sabe por qué? Para ella esto no es más que un trabajo. Pero lo hace muy bien. Sacude la cabeza. Quiero decir que… ¿recuerdas su voz? ¿Su manera de andar? ¿Quién era en realidad aquel hombre? Mira, ahora soy tan mayor como lo era él entonces, cuando nos encerró en el sótano. Y no puedo… Recuerdo que tenía una gran cicatriz en la parte inferior de la espinilla derecha, debido a algún accidente que sufrió de joven.
Una traviesa de vía férrea, replica él. No importa que lo sepa: a él no pueden hacerle daño con una vieja historia. Cuando trabajaba en la Union Pacific le cayó encima una traviesa que estaba manejando.
Eso no puede ser cierto, Mark. ¿Cómo se te puede caer una traviesa en la espinilla?
Tú no conoces a mi padre.
Ella empieza a reírse, pero entonces se asusta. Tienes razón, le dice. Se echa a llorar. Tienes razón. Y ha de abrazarla un poco para que se tranquilice. Ella lo lleva hacia el fondo de la casa, hasta el lavadero, donde sobresale el estante de las herramientas. Le dice: Cuando nos mudamos a la casa de Farview, mamá y yo encontramos unos vídeos…
¿Te refieres a aquellos cursillos de autoempleo? ¿Machaca a tus competidores? ¿La gran jugada?
Ella niega con la cabeza, estremecida. Horrible, responde. No puedo ni pensar en ello. No puedo.
Ah, dice Mark. Esas guarradas del puño por el culo y todo eso. Sí, los conocía.
Y cuando mamá, conmocionada, se los muestra y empieza a gritar, él le dice que no los había visto en su vida. No sabe cómo han llegado allí. Tal vez los dejaron los propietarios anteriores. ¡Vídeos! Los vídeos ni siquiera se habían inventado cuando nos mudamos a esta casa. Él se limitó a cogerlos y les vertió gasolina encima. Una hoguera.
Háblame de ello, le pide Mark.
Y mamá lo asimiló. Puntos para el martirio. Creyó que él iba a arrepentirse en serio.
Bueno, dice Mark. Tal vez no.
No. De acuerdo. Tal vez no.
Suben a la planta superior, donde estuvieron los dormitorios. Él se está acostumbrando a la devastación. En el suelo, a lo largo de la pared del pasillo, hay algunos desechos: una vieja factura telefónica, un encendedor sin gas, un trozo de toldo impermeable y un par de botellines de cerveza. Una fina alfombra de yeso en polvo recubre los suelos. Pero una persona podría vivir ahí. No sería difícil, uno se acostumbra a todo.
Ella está en la antigua habitación de él, señalando con el dedo y nombrando las cosas que estuvieron allí, cama, cómoda, estantes, baúl de los juguetes. Le mira para comprender si ha acertado en todo. Así es. No es posible que la hayan adiestrado hasta ese extremo. Tiene que haber una especie de transferencia directa de sinapsis, lo cual significa que algo de su hermana está realmente integrado en esta mujer. Algo esencial. Alguna parte de su cerebro, su alma. Un trocito de Karin. Señala el hueco en el repecho de la ventana, la casita donde vivió el señor Thurman un año tras otro. El único amigo de Mark digno de confianza. Él se estremece, pero asiente.
Esa mirada retadora de ella, una vez más. Oye, Mark, ¿puedo preguntarte una cosa?
No me acerqué a esas condenadas revistas Seventeen.
Ella ríe un poco, como si no estuviera segura de que él pretende ser gracioso. Pero insiste. Cappy… ¿te tocó alguna vez?
¿Qué quieres decir? A punto estuvo de romperme las piernas. Todavía tengo los moratones.
Eso no es… no importa. Olvídalo. Ven a echarme una mano. En mi dormitorio.
Espera un momento, responde él. ¿Echarte una mano? No estarás tratando de seducirme, ¿verdad?
Ella le da un manotazo en el hombro. Él la sigue obedientemente, riéndose entre dientes. Esta chica siempre le hace reír. En la vacía y sucia habitación prosigue el concurso. Cama. Incorrecto. ¿Cama? ¡Incorrecto! ¿Cómoda? No del todo.
Karin Dos le pone una mano en la muñeca, le sujeta los brazos. Trata de mirarle a los ojos. ¿Cómo era ella? Dime… cómo era.
¿Quién? ¿Mi hermana? ¿De veras te interesa mi hermana?
Se fue hace tanto tiempo que ya no puede volver. Y algo malo debe de tener Mark Schluter, algo ocasionado por el accidente que ni siquiera conocen los médicos del hospital, porque se pone a berrear como un puñetero crío.
Estuvieron solos en la casa de Brome abandonada, reconstruyendo el pasado que ya no compartían. Llegó un momento, entre las sucias habitaciones y los vacilantes recuerdos, en que por la mente de Karin cruzó la idea de que por lo menos habían tenido en común aquel día, aquella soleada tarde de confusión. Y cuando su hermano se echó a llorar y ella se acercó para consolarle, él se lo permitió. Algo que antes no había ocurrido jamás.
Salieron al cálido día de diciembre. Caminaron a lo largo del antiguo campo de su padre, del que desconocían quién lo cultivaba ahora. El crujido del rastrojo bajo sus pies le evocaba a Karin aquellas mañanas veraniegas, cuando se despertaba antes del amanecer e iba al lugar donde estaban plantadas las habichuelas, todavía cubiertas de rocío, y cortaba los hierbajos con una azada tan afilada que en una ocasión a punto estuvo de cortarse el dedo gordo del pie a través del cuero de la bota de faena.
Mark la acompañaba, cabizbajo. Ella notaba el debate interior del muchacho y temía hablarle, temía ser cualquiera, y más que nadie Karin Schluter. Lo más extraño de todo era que no la incomodaba guardar silencio. Se había acostumbrado al papel de doble, de ser esta mujer. Eso le permitía empezar desde cero con Mark, aun cuando la otra Karin mejoraba de una manera tan drástica en el recuerdo de su hermano. Una oportunidad de reescribir la historia: de hecho, dos oportunidades a la vez.
Llegaron a lo alto de la oscura elevación cubierta de rastrojo y bajaron por el otro lado. Como le ocurriera en su infancia, ella pensó en lo perversa que era la ausencia de árboles en aquel territorio. No había a la vista un solo lugar donde ponerse a cubierto. Hagas lo que hagas, no podrás ocultarte a la mirada de Dios. Sobre una ligera cresta, en segundo plano, automóviles y camiones iban y venían como guadañas. Karin se volvió para contemplar la casa. Al año siguiente, por esa misma época, habría desaparecido, se habría venido abajo o la habrían derribado, sería como si nunca hubiera existido. El tejado como un libro abierto, la puerta del sótano ladeada y apoyada en los cimientos de ladrillo, el blanco tocón de una caja cuadrada sobresaliendo del horizonte desnudo. Protección ante nada.
– ¿Recuerdas cuando tú y papá tratasteis de limpiar aquella cisterna atascada?
Él se dio una palmada en la cabeza, como si el desastre acabara de ocurrir.
– No me recuerdes cosas que no puedes saber.
Ella no sabía en qué punto su insistencia sería inapropiada.
– ¿Recuerdas cuando tu hermana se fugó?
Él se enlazó las manos sobre la coronilla, para evitar que la cabeza le saliera volando. Echó a andar de nuevo, contemplando el arroyuelo en la tierra que seguían sus pies.
– Durante mi infancia, mi hermana fue un regalo del cielo. Ella me mantuvo al margen de muchas cosas malas. Sí, tenía sus pequeñas rarezas. ¿No las tenemos todos? Pero solo quería que la amaran.
– ¿No lo queremos todos? -replicó Karin.
– La verdad es que las dos os parecéis mucho. También ella se acostaba con cualquiera. -Karin se volvió hacia él, enfurecida. Mark retrocedió, con una expresión burlona en el rostro-. Eh, tranquila. Solo te estoy poniendo a prueba. A ti todavía es más fácil hacerte cabrear que a mi hermana. -Ella le golpeó el pecho con el dorso de la mano. Él se rió sin júbilo-. Pero, mira, he de preguntarte… ¿ese tipo con el que estás ahora?
Ella bajó la vista y contempló el surco abierto por el arado. ¿Cuál de ellos?
– ¿Por qué estás con él, quieres decírmelo? ¿Es del todo normal en lo que respecta al sexo?
Karin no pudo evitar una risita.
– ¿Qué quiere decir normal, Mark?
– ¿Normal? Hombre, mujer, la puerta delantera. Nada por lo que podrían detenerte.
– Él es… bastante normal.
Mark se detuvo y se arrodilló en el suelo, junto a una carroña seca. La tocó con la puntera del zapato.
– Una taltuza -determinó-. Pobre bicho.
Ella le hizo levantarse.
– ¿Qué es lo que tienes contra Daniel? Fuisteis amigos íntimos durante varios años. ¿Qué ocurrió?
– ¿Qué «ocurrió»? -Mark trazó las comillas en el aire-. Te diré lo que «ocurrió». Intentó meterme mano. Así, de repente. Acoso sexual.
– ¡Mark! Vamos, hombre, no te creo. ¿Cuándo pasó eso?
Él giró sobre los talones y alzó las manos.
– ¿Cómo voy a saberlo? ¿Qué te parece el 20 de noviembre de 1988 a las cinco de la tarde?
– Oh, Markie. ¿Qué edad tenías? ¿Catorce, quince?
– Deberías haberle oído. «Algo que podríamos hacer juntos. Tocarnos el uno al otro, ahí. Solos tú y yo…» Era un chaval enfermo.
Ella alzó las manos y se arrodilló en el barro seco.
– Tienes que estar de broma. ¿Es esta la gran pelea de la que ninguno de los dos queríais hablar durante todos estos años? -Se acuclilló a su lado y deslizó los dedos por la tierra, evitando sus ojos-. Todos los adolescentes hacen esas cosas entre ellos, por lo menos una vez.
– Pues este adolescente no.
– ¿Rechazaste una amistad por eso?
Pero ella había exiliado a algunas de sus mejores amigas por menos.
Mark jugueteó con una masa de raíces, la boca torcida.
– Él tiró por su camino sinuoso y yo por el mío.
Karin le tocó el hombro. Él no se apartó.
– ¿Por qué no me lo dijiste? Quiero decir, ¿por qué no se lo dijiste nunca a tu hermana?
– ¿Por qué? Las dos sois universitarias. Si quieres experimentar malgastando el tiempo con un bisexual, ¿a mí qué me importa? -No podía ocultar su resentimiento mientras contemplaba el campo henchido y ondulante-. ¿Qué crees que diría si nos viera a los dos juntos aquí?
Ella se apoyó en el reborde de un surco, deseosa de reír. Era horrible. Lo peor de todo era que se trataba de su conversación más sincera e íntima desde que habían vivido en aquella casa.
– No fue justo, ¿sabes? Manosearme la polla. Ese tipo estaba enamorado en serio de mí.
Mark miró las nubes que se deslizaban, y ella fue presa de una sensación de náusea. El chirrido de las explicaciones. «Ese tipo estaba…» Pero no podía ser cierto. No de la manera en que lo explicaba Mark.
– Creo que también puede haber tenido relaciones sexuales con animales.
– ¡Por Dios, Mark! ¿Quieres dejarlo ya? ¿Quién te ha dicho eso? ¿Tus amigos? Los mayores violadores de establo que existen.
Él se puso las manos alrededor del cuello, sombrío, sumido en sus pensamientos.
– ¿Sabes? Tenías razón respecto a Rupp y Cain. Tenías razón y yo estaba equivocado. No te escuché. Debería escucharte más.
– Lo sé -replicó ella con la mirada baja-. Lo mismo te digo. -Ahora escuchaba, y Daniel iba cambiando a medida que oía. Empujó la tierra cosechada con las palmas y se levantó-. Anda, volvamos antes de que nos detengan por invadir una propiedad privada.
– ¿Qué es lo que hacéis los dos juntos para… por placer? -Torció la cabeza a un lado y se la cubrió con las manos. Ella parpadeó, sintiéndose asqueada-. No me cuentes los detalles sucios. ¿Vais a la ópera? ¿Estáis en la biblioteca pública hasta que os echan?
¿Qué hacían juntos? El placer no era algo que hubieran perfeccionado.
– A veces paseamos. Trabajamos juntos. Para el Refugio.
– ¿Qué es lo que hacéis?
– Bueno, de momento tratamos de salvar a las grullas de sus admiradores.
Le esbozó los detalles de su jornada laboral, sorprendiéndose a sí misma mientras hablaba. Llevaba en el Refugio poco más de un mes y tenía el fervor de una conversa. Ahora no se podía imaginar sin el trabajo. Sentada durante horas a una mesa llena de folletos del gobierno, tratando de verterlos a un lenguaje capaz de hacer que una persona indiferente se concienciara y viese todas las cosas que dependían del agua del río. El trabajo había llenado un vacío en ella, había acabado con la inactividad causada por el síndrome de Capgras. Había estado en compás de espera durante demasiado tiempo. Quería presentarle sus datos a Mark. El hombre consume un veinte por ciento más de la energía que el mundo puede producir. Un ritmo de extinción mil veces superior a la tasa básica normal. Pero prefirió hablarle de la lucha por los derechos del agua, la guerra por la tierra que tenía lugar a las afueras de Farview.
– Espera un momento. ¿Me estás diciendo que este puesto de avanzada natural es malo para las aves?
– Eso es lo que dicen los números y lo que piensa Daniel.
Mark se puso de malhumor al oír el nombre.
– El llamado Daniel. Es el eslabón perdido, ¿sabes? Todo le apunta una y otra vez.
El eslabón perdido. Cópula con animales. Paladín de todas las criaturas que no podrían competir con la conciencia. Estaban a punto de llegar a la casa. Mark tenía las manos metidas en los bolsillos posteriores e iba dando puntapiés a una piedra por el surco. Se detuvo en seco y se puso frente a ella.
– ¿Dónde van a construir esa aldea natural?
Ella se orientó y señaló al sudeste.
– Quieren levantarla por allí, junto al río.
Él echó la cabeza atrás y se puso en posición de firmes.
– Joder. ¡Mira dónde estás señalando! Pero ¿qué pasa aquí, por el amor de Dios? -Lanzó un grito de dolor-. ¿Es que no lo ves? Precisamente donde sufrí el accidente. -Retrocedió hasta apoyarse en la puerta ladeada del sótano-. Explícamelo, ¿quieres? -Por un instante pareció a punto de sufrir un ataque-. ¿Salvar a las aves? ¿Salvar al río? ¿Y qué hay de salvarme a mí? ¿Dónde diablos está el Loquero? Son muchas las cosas que quisiera preguntarle. El hombre se largó de aquí tan rápido como si hubiera intentado meterle mano.
Sus ojos de color castaño la miraron con desesperación, y ella se vio obligada a decirle algo.
– No tuviste la culpa, Mark. Ese hombre tiene sus propios problemas.
Él se irguió, dispuesto a abalanzarse sobre ella.
– ¿Qué significa eso de «propios»?
Karin retrocedió. Comprobó la distancia hasta el coche. Él era capaz de cualquier cosa. Algo básico en el fondo de su ser pugnaba por salir al exterior.
Pero Mark se apoyó de nuevo en la puerta ladeada y alzó las palmas.
– De acuerdo, déjalo correr. Escúchame. Te he pedido que me acompañaras aquí por una razón. Siento haberte engañado, pero estos son tiempos de guerra. Hay algo que he de solucionar de una vez por todas. No estoy seguro de quién te manda o de qué lado estás realmente. Pero sé que me ayudaste cuando estaba mal. Aún no estoy seguro de por qué, pero nunca lo olvidaré. -Echó la cabeza atrás y contempló el cielo color cáscara de huevo-. Bien, digámoslo de esta manera. En la medida en que recuerdo algo, recordaré eso. No sé cómo sabes lo que sabes, pero está claro que, más o menos, tienes toda la base de datos de mi hermana. La han descargado, te la han impreso o algo por el estilo. Sabes más cosas acerca de mí de las que yo mismo sé. Eres la única persona que puede responderme a esto. No tengo más alternativa que confiar en ti, así que no me jodas, ¿de acuerdo? -Se puso en pie y se apartó tres metros de la casa, el ángulo suficiente para señalar la ventana de su antiguo dormitorio-. ¿Recuerdas a aquel tipo?
Ella logró hacer un gesto de asentimiento con la cabeza.
– Algo en tus bancos de memoria. ¿Quién era, cómo creció, qué fue de él? ¿Qué llegó a ser?
Ella trató de asentir una vez más, pero no pudo. Mark no se dio cuenta. Miraba la ventana de su habitación de niño, esperando que la prueba bajara por una larga cuerda hecha con la funda de la almohada y una sábana.
Mark se volvió y la tomó por los hombros como si fuese la mensajera de Dios.
– ¿Recuerdas bien a Mark Schluter por esta época del año pasado? Digamos diez o doce días antes del accidente. Necesito saber qué piensas, dado el conocimiento sobre ese individuo que imprimieron en tu mente… si crees que podría haberlo hecho… a propósito.
Ella notó un zumbido apagado en la cabeza.
– ¿Qué quieres decir, Markie?
– No me llames así. Ya sabes lo que te estoy preguntando. ¿Intentaba acabar con mi vida?
A Karin se le contrajeron las entrañas. Sacudió la cabeza con tal brusquedad que el cabello le azotó la cara.
Él la escrutó, buscando signos de traición.
– ¿Estás segura? ¿Estás del todo segura? ¿No había hecho nada anteriormente? ¿No estaba deprimido? Porque eso es lo que estoy pensando. En la carretera, delante de mí, había algo. Sí, recuerdo que había algo en la carretera. Era blanco. Tal vez el coche que venía de frente y que me cortó el paso. Claro que también podría haber sido la persona que me encontró, la que escribió la nota y cambió el curso de mi vida. Porque, ¿sabes?, tal vez yo estaba allí tratando de volcar, de poner fin a la historia. Y alguien me lo impidió.
Las objeciones se plantearon antes de que ella pudiera pensarlas. Mark no había presentado ningún síntoma de depresión. Tenía su trabajo, sus amigos y su nuevo hogar. Si se hubiera propuesto hacer una cosa así, ella lo habría sabido… Pero lo cierto era que había sospechado esa posibilidad, que muy pronto le había pasado por la mente, cuando él estaba en el hospital, e incluso había vuelto a pensarlo aquella misma mañana.
– ¿Estás segura? ¿No hay nada en los recuerdos implantados de mi hermana que pudiera apuntar hacia impulsos suicidas? De acuerdo. He de creer que no me mentirías en una cosa así. Vamos. Llévame a casa.
Regresaron al coche, y él se acomodó en el asiento del pasajero. Karin puso el motor en marcha.
– Espera un momento -le pidió Mark.
Bajó del vehículo, corrió al destartalado porche y arrancó el letrero de «PROHIBIDO EL PASO». Corrió de nuevo al coche y, una vez dentro, miró fijamente la carretera sin volver la vista atrás.
Karin le llevó a casa, la distancia entre ellos aumentando conforme avanzaban. Ella titubeó de nuevo respecto a la decisión de administrarle la olanzapina. Ahora le gustaba Mark, por lo menos un poco. Mejor aún, a él le gustaba lo que ella había sido. Sabía cómo volvería a ser si se curaba. Quizá Mark estuviera mejor tal como estaba ahora, quizá estar bien significaba algo más que cordura oficial. El Mark de antes seguramente habría dicho lo mismo. Pero, cediendo a la razón, Karin le dijo que necesitaba ver de nuevo al doctor Hayes.
– Han descubierto algo, Mark, un medicamento que podría contribuir a la solución del problema. Te haría sentir un poco más… equilibrado.
– Estar equilibrado sería muy útil en estos momentos. -Pero en realidad no la escuchaba. Estaba mirando a la derecha, hacia el río, el futuro puesto de avanzada natural, el lugar de su accidente-. ¿Salvar a las aves, dices? -Asintió estoicamente ante la absoluta insensatez de la especie humana-. Salvar a las aves y matar a la gente.
Encendió la radio del coche. Estaba sintonizada en una emisora especializada en ecologismo militante que ella escuchaba por el placer de confirmar sus temores más profundos. El presidente había ordenado que medio millón de soldados se vacunaran contra la viruela. Ahora los radioyentes llamaban para dar consejos para protegerse ante la inminente propagación de la enfermedad.
– Guerra biológica -canturreó Mark. Se volvió, con una incomprensión absoluta en el semblante-. Ojalá hubiera nacido sesenta años antes.
Estas palabras desconcertaron a Karin.
– ¿Qué quieres decir, Mark? ¿Por qué?
– Porque de haber nacido sesenta años antes, ahora estaría muerto.
Llegaron a la urbanización River Run y Karin detuvo el vehículo ante la casa.
– Pediré una cita con el doctor Hayes. ¿De acuerdo, Mark? ¿Mark? ¿Me has oído?
Él salió de la neblina que le envolvía, vacilante, el pie derecho fuera del coche.
– Lo que tú digas. Pero hazme un pequeño favor, ¿quieres? Si mi auténtica hermana aparece alguna vez… -Se tamborileó en la frente con dos dedos-. ¿Crees que aún podrás tenerme un poco de afecto?
«El yo se presenta como completo, volitivo, encarnado, continuo y consciente.» O así lo escribió Weber en Un kilo y pico de infinito. Pero incluso entonces, antes de que supiera nada, sabía cómo fracasaría cada uno de esos requisitos previos.
Completo: el trabajo de Sperry y Gazzaniga con pacientes de comisurotomía partió esa ficción por la mitad. Epilépticos a los que se había cortado el cuerpo calloso, como último recurso para tratar su enfermedad, acabaron por habitar dos hemisferios cerebrales distintos, sin conexión. Dos mentes divididas en el mismo cráneo, la derecha intuitiva y la izquierda modeladora, cada hemisferio utilizando sus propios preceptos, ideas y asociaciones. Weber había observado las personalidades de las dos mitades cerebrales de un sujeto puestas a prueba de manera independiente. La izquierda afirmaba creer en Dios y la derecha se manifestaba atea.
Volitivo: en 1983, Libet demostró la falsedad de esta creencia, incluso en las funciones cerebrales básicas. Pidió a los sujetos que observasen un reloj que contaba microsegundos y, cuando decidieran alzar un dedo, tomaran nota. Entretanto, unos electrodos registraban el potencial de preparación e indicaban la actividad iniciadora del movimiento muscular. La señal empezaba un tercio de segundo antes de la decisión de mover el dedo. El nosotros que efectúa la volición no es el que creemos que somos. Nuestra voluntad era uno de esos personajes secundarios de comedia clásica: el chico de los recados que se cree el director general.
Encarnado: pensemos en la autoscopia y la experiencia extracorporal. Unos neurocientíficos de Ginebra llegaron a la conclusión de que los acontecimientos eran consecuencia de disfunciones paroxísticas cerebrales de la confluencia temporoparietal. Una pequeña corriente eléctrica en el lugar apropiado de la corteza parietal derecha bastaba para hacer flotar a cualquiera hasta el techo y mirar su cuerpo abandonado allá abajo.
Continuo: ese hilo estaba listo para romperse al menor tirón. Desrealización y despersonalización. Ataques de ansiedad y conversiones religiosas. El error en la identificación, el continuo de fenómenos similares al síndrome de Capgras, unos fenómenos que Weber había presenciado durante toda su vida sin percatarse del todo. El amor eterno revocado. Filosofías de vida abandonadas con indignación. El pianista al que entrevistó y que se había despertado una mañana tras una prolongada enfermedad, sin una patología discernible, todavía en condiciones de tocar, pero incapaz de sentir la música ni mostrar interés por ella…
Consciente: allí estaba su mujer, dormida en la cama a su lado.
Esto era lo que pensaba mientras permanecía despierto al amanecer, escuchando la amplia gama de melodiosos trinos de un sinsonte: en cuanto al yo, tal como el yo se describe a sí mismo, nadie tenía tal cosa. Mentir, negar, reprimir, confabular (como síntoma de alienación): estas eran las patologías. Eran la marca de la conciencia que trataba de mantenerse intacta. ¿Qué era la verdad comparada con la supervivencia? Flotante o roto o dividido o un tercio de segundo rezagado, algo insistía aún: Yo. El agua cambiaba siempre, pero el río permanecía inmóvil.
El yo era una pintura trazada sobre esa superficie líquida. Un pensamiento enviaba un potencial de acción a lo largo de un axón. Un poco de glutamato saltaba la brecha, encontraba un receptor en la dendrita diana y desencadenaba un potencial de acción en la segunda célula. Pero entonces se producía el auténtico «encendido»: el potencial de acción en la célula receptora lanzaba un bloque de magnesio desde otra clase de receptor, el calcio penetraba y se desencadenaba el infierno químico. Los genes se activaban, produciendo nuevas proteínas, que fluían de regreso a la sinapsis y la remodelaban. Y eso constituía un nuevo recuerdo, el cañón por el que fluía el pensamiento. Espíritu a partir de la materia. Cada estallido de luz, cada sonido, cada coincidencia, cada trayectoria al azar por el espacio cambiaba al cerebro, alterando las sinapsis, incluso añadiendo algunas, mientras que otras se debilitaban o decaían por falta de actividad. El cerebro era una serie de cambios para reflejar el cambio. Utilizar o perder. Utilizar y perder. Uno elegía, y la elección le deshacía.
Con la ciencia sucedía lo mismo que con las sinapsis. En la década de 1970, cuando se descubrió la potenciación, en el transcurso de cinco años aparecieron como una docena de artículos sobre el tema. En el lustro siguiente, casi un centenar. Se encienden juntas, se conectan mutuamente. A comienzos de los años noventa, un millar de trabajos o más. En la actualidad más del doble de esa cifra, y cada cinco años se duplican. Más artículos de los que cualquier investigador sería capaz de integrar. La ciencia podía campar a sus anchas, con la sinapsis expuesta a la luz pública. La sinapsis ya era ciencia. La máquina más pequeña que quepa imaginar para comparar y conjuntar. Condicionamiento clásico y operante, escrito en sustancias químicas, capaz de aprender cuanto hay en el mundo y hacer que surja un tú por encima de todo ello.
Cesaron los trinos del sinsonte: series de cinco, de siete, de tres. Cada serie mutaba como los ciclos de una alarma de automóvil. «Escucha al sinsonte. Escucha al sinsonte.» Él solía cantar esa misma canción con su mujer, cuando los dos aún cantaban. «Un sinsonte canta sobre su tumba.»
Ese era el himno que entonaba el ave a la plasticidad. Cada destello de sol alzándose de las aguas rizadas de la bahía y cambiando la forma de su cerebro. El cerebro que recuperaba un recuerdo no era el cerebro que lo había formado. Cada recuperación de un recuerdo mutilaba lo que anteriormente había allí. Cada pensamiento dañaba y volvía a dañar. Incluso aquel acompañamiento del sinsonte, concretamente aquel, cambiaba a Weber de una manera irrevocable.
La maraña se espesaba a medida que él la recorría: grupos de neuronas conectadas que modelaban y memorizaban la luz cambiante eran a su vez modeladas en otros grupos de neuronas. Porciones de circuito reservadas como recipientes de otros circuitos, el ojo de la mente que desmonta al ojo del cerebro y aprovecha sus piezas, la inteligencia social que roba los circuitos de la orientación espacial. El «¿y si…?» imitando a «lo que es», simulaciones simulando simulaciones. Cuando su pequeña Jess aún no tenía un mes de edad, él lograba que sacara la lengua tan solo sacándole su propia lengua. Los milagros involucrados en esta operación eran numerosos. Ella tenía que localizar la lengua de su padre con relación al cuerpo de este y de alguna manera cartografiar los miembros de Weber sobre la sensación de los suyos, hasta encontrar una lengua que ni siquiera podía ver, de la que ni siquiera podía saber nada, y darle una orden. Y hacía todo eso tan solo con verle, aquel bebé al que no habían enseñado nada. ¿Dónde estaba el final del yo de Weber y el comienzo del de su hija?
El yo se renovaba gracias a la actividad de las neuronas espejo, los circuitos de empatía, seleccionados y preservados a través de muchas especies por su críptico valor de supervivencia. La circunvolución supramarginal de la pequeña Jess evocaba una ficción, un modelo imaginario de cómo sería su cuerpo si hiciera lo que el de su padre hacía. Weber había visto a personas con esa zona dañada: apraxia ideomotora. Si se les pedía que colgaran un cuadro, podían hacerlo, pero si se les pedía que simularan colgar un cuadro, golpeaban impotentes la pared, sin hacer como que sujetaban un martillo y clavaban un clavo imaginario.
Cuando Jess, a los cuatro años de edad, miraba cuentos ilustrados, su rostro se armonizaba con las expresiones allí pintadas.
Una sonrisa la hacía sonreír, le inducía una felicidad infantil. Una mueca le causaba auténtico dolor. Weber podía atestiguarlo: las emociones movían los músculos, pero el simple movimiento de los músculos producía emociones. Quienes padecían lesiones en la ínsula ya no podían llevar a cabo la cartografía imitativa e integrada de los estados orgánicos necesaria para interpretar o adoptar los músculos de otra persona. Entonces la comunidad del yo se contraía hasta reducirse a un individuo.
El ave trinaba desde una rama cerca de la ventana de su dormitorio, fragmentos de frases musicales robados a otras especies e integrados en la melodía cada vez más amplia. En la parte interior de los párpados, utilizando las mismas regiones cerebrales como verdadera visión, Weber contemplaba al chiquillo que no reconocía (podría haber sido Mark o alguien muy parecido a él) en un campo cubierto de escarcha, observando unas aves más altas que él. Y al verlas arquearse, saltar, curvar el cuello y batir las alas, el muchacho batía las suyas.
Estar despierto y saber: eso ya era terrible. Estar despierto, saber y recordar: insoportable. Contra la triple maldición, Weber únicamente podía distinguir un único consuelo. Algo en nosotros podía modelar a otro modelador. Y de ese sencillo circuito procedía el amor y la cultura, el ridículo exceso de dones, cada uno de los cuales constituía una desesperada prueba de que yo no soy ello… No teníamos hogar, ninguna totalidad a la que volver. El yo se extendía como una fina capa sobre cuanto miraba, cambiado por la luz cambiante. Pero si nada en el interior jamás era plenamente nosotros, por lo menos alguna parte de nosotros estaba suelta, a disposición del prójimo, interactuando con todo lo demás. Los circuitos de otro circulaban a través de los nuestros.
Este fue el pensamiento que se formó al amanecer en el cerebro de Weber, sus cambiantes sinapsis, toda la percepción que jamás habría tenido que necesitar. Pero se dispersó con la llegada de nuevas oleadas, mientras Sylvie gemía y se desperezaba al despertar, abría los ojos y le sonreía.
– ¿Qué, has…? -le preguntó, todavía soñolienta.
Un viejo código entre ellos: «¿…dormido bien?».
Y, sí, él hizo un gesto de asentimiento y le devolvió la sonrisa. Durante toda su vida había dormido bien.
La Navidad llegó y pasó, y seguía sin aparecer ningún ángel. Decenas de personas telefonearon después de la emisión, todas ellas con teorías, pero ninguna con una información útil. Cuando incluso el programa Crime Solvers le decepcionó, Mark le dijo abiertamente a Karin que ahora tenía una idea bastante precisa de lo que pasó realmente aquella noche. Cualquier ambicioso proyecto comercial de transformar la región requería ante todo transformar a los habitantes de la región. Cuando ella le pidió que se explicara, él replicó que usara la cabeza y lo dedujera por sí misma.
El día de Año Nuevo, al anochecer, el especialista Thomas Rupp, del 167.° Regimiento de Caballería (los Soldados de la Pradera), apareció en la entrada de la Homestar. Se había quitado la guerrera de su uniforme de camuflaje de tres colores, y acababa de regresar a la ciudad tras los ejercicios con la unidad. Mark miró por la sucia ventana al oscuro jardín, pensando que las fuerzas paramilitares habían llegado con el propósito de requisar su casa, en connivencia con aquel nuevo proyecto del puesto de avanzada natural.
El especialista Rupp estaba en el umbral de Mark, tocando conjuntos de tres notas iguales sobre el material que imitaba la madera de la puerta principal. La sintonía de un programa de la televisión pública sobre ferias de antigüedades se filtraba por las ventanas.
– ¿Qué pasa, Gus? Abre, tío. No puedes estar cabreado con nosotros eternamente.
Mark estaba al otro lado de la puerta, blandiendo una llave de mordazas para tubería que medía noventa centímetros. Al percatarse de quién era, dijo a través de la fina puerta:
– Vete. No eres bien recibido.
– Hombre, Schluter, anda, abre la puerta. Aquí afuera no se está bien que digamos.
La temperatura era de seis grados bajo cero y la visibilidad no llegaba a tres metros. El viento convertía la nieve seca en polvo en una tormenta de arena blanca. Rupp estaba temblando, lo cual no hizo más que convencer a Mark de que se trataba de una trampa, porque nada helaba jamás a Rupp.
– Tenemos que aclarar algo, tío. Déjame entrar y hablaremos.
Para entonces la perra estaba histérica, gruñía como un lobo y daba saltos de un metro en el aire, dispuesta a abalanzarse por la ventana y atacar a quien fuese para proteger a su amo. Mark no podía oírse pensar.
– ¿Aclarar qué? ¿El hecho de que me hayas mentido? ¿El hecho de que hicieras que me saliera de la carretera?
– Déjame entrar y hablaremos. Aclararemos esto de una vez por todas.
Mark golpeó la puerta con la llave, confiando en asustar al intruso. La perra se puso a aullar. Rupp gritó una blasfemia para que Mark reaccionase y cesara en su actitud. La vecina de al lado, una procesadora de datos jubilada que servía comidas a los sin techo en la iglesia católica de Kearney, abrió su ventana y amenazó con arrojarles una bomba incendiaria. Los dos hombres siguieron intercambiando gritos, Mark exigiendo explicaciones y Rupp exigiendo que le dejara entrar porque se estaba muriendo de frío.
– Abre la jodida puerta, Gus. No tengo tiempo para esto. Me han llamado. Servicio activo. Pasado mañana me voy a Fort Riley, tío, y luego a Arabia Saudí, en cuanto me suelten de la cadena.
Mark dejó de gritar y acalló al perro durante el tiempo suficiente para preguntarle:
– ¿Arabia Saudí? ¿Para qué?
– Las Cruzadas. El Armagedón. George contra Saddam.
– Qué creído te lo tienes. Sabía que te lo tenías muy creído. ¿De qué le servirá eso a nadie?
– Segundo asalto -replicó Rupp-. Esta vez va en serio. Iremos a por los cabrones que derribaron las Torres Gemelas.
– Están muertos -objetó Mark, más a la perra que a Rupp-. Murieron en el impacto, en una gran bola de fuego.
– Hablando de muerte… -Rupp pisoteaba el suelo y gañía de frío-. Voy vestido para un clima tropical y aquí hace una temperatura polar, Gus. ¿Vas a dejarme entrar o quieres matarme? -Difícil pregunta. Mark no respondió-. De acuerdo, tío. Abandono. Tú ganas. Habla de ello con Duane. O espera a que yo vuelva. Esta confrontación terminará enseguida. En una semana esos matones se habrán llevado su merecido. El Día de la Bandera, Rupp el matarife estará de regreso y seguirá con la carnicería. El día de tu cumpleaños te llevaré de pesca. -La casa siguió en completo silencio. Rupp retrocedió hacia la gélida tormenta de arena-. Habla con Duane. Él te explicará lo que ocurrió. ¿Qué quieres que te traiga de Irak, Gus? ¿Uno de esos gorritos blancos? ¿Un rosario? ¿Un pozo petrolífero en miniatura? ¿Qué puedo traerte? Solo tienes que decírmelo.
Rupp había desaparecido ya en su camioneta cuando Mark gritó:
– ¿Qué quiero? Quiero que vuelva mi amigo.
El Día de la Marmota, que caía en domingo, Daniel Riegel telefoneó a su amigo de la adolescencia. Durante quince años no habían tenido ningún contacto; solo se habían visto alguna vez desde lejos y, en cierta ocasión, se encontraron en un supermercado y pasaron uno al lado del otro sin decirse nada. A Daniel le temblaban las manos mientras marcaba el número. Colgó una vez, y entonces se obligó a empezar de nuevo.
Karin le había contado la visita que hizo con su hermano aquella tarde a la casa abandonada de los Schluter, una casa que Daniel recordaba tan bien como la suya propia. Algo se había desmoronado en ella cuando le expuso lo que Mark le había revelado. «Querías a mi hermano, ¿verdad?» Claro que le quería. «Me refiero a que le amabas.» Karin lo había pensado todo muy a fondo, evaluando a Daniel como si no tuviera nada que ver con él.
No tenía ni idea de qué diría si Mark Schluter se ponía al aparato. Ya no importaba lo que dijera, mientras dijese algo.
– ¿Diga? -gritó una voz en el otro extremo de la línea.
– ¿Mark? Soy yo, Danny. -Su voz parecía la de un pubescente, entre soprano y barítono bajo. Mark no dijo nada, por lo que Daniel prosiguió con absurda naturalidad-: Tu viejo amigo. ¿Qué tal van las cosas? ¿Qué has estado haciendo? Ha pasado mucho tiempo.
Por fin Mark rompió su silencio.
– Has hablado con ella, ¿verdad? Claro que sí. Es tu mujer, tu amante, lo que sea.
La voz de Mark oscilaba entre el desconcierto y la turbación. ¿Por qué la gente tenía que hablar de él a sus espaldas? ¿Qué demonios les importaba? Eso era un misterio que rebasaba su comprensión y ante el que solo podía guardar silencio.
Con palabras entrecortadas, Daniel se refirió a los malentendidos del pasado, le dijo que se le cruzaron los cables y que su deseo de experimentar le salió mal. Debería haberle dicho que no fue lo que él pensaba y que nunca debería haberle propuesto lo que le propuso. Mark seguía callando, como lo había hecho durante quince años.
– Escucha -le dijo finalmente-. Me tiene sin cuidado que seas gay. Es una tendencia que en la actualidad está de moda. Ni siquiera me importa que los animales te gusten más que la gente. A mí me ocurriría lo mismo, si no fuese humano. Pero ándate con cuidado. Sé que esta es una ciudad universitaria, pero sal a las afueras y te sorprenderás.
– Tienes razón en eso -replicó Daniel-. Pero te equivocas conmigo.
– Muy bien, lo que tú digas. No importa. Olvídalo, entiérralo. El pequeño Danny… y el joven Markie. ¿Recuerdas a esos dos?
Daniel tardó un momento en decidirse.
– Creo que sí -respondió.
– Estoy seguro de que no. Ni idea de quiénes fueron. Dos mundos diferentes. ¿A quién le importa?
– No comprendes. Jamás quise que pensaras…
– Oye, ten relaciones sexuales con quien te parezca. Solo se vive una vez, en general. -Y entonces, sin ninguna transición, pisaron de nuevo el camino trillado-. Pero ¿puedo preguntarte por qué ella? No me malinterpretes. No tengo nada que reprocharle. Por lo menos, aún no me ha hecho daño, pero… esto no tiene nada que ver conmigo, ¿no es cierto?
Daniel intentó decírselo, decirle por qué ella. Porque con ella no tenía que ser nadie más que quien siempre había sido, porque estar con ella le procuraba una sensación de familiaridad, como la de volver a casa.
Mark echó por tierra la explicación.
– Eso pensaba. ¡La estás utilizando en lugar de mi hermana! Dormir con ella te recuerda a Karin, los viejos tiempos. Sí, tío, el recuerdo. Cada vez que lo haces, disfrutas tirándote al recuerdo, ¿eh?
– Así es -convino Daniel.
– Bien, pues eso es lo que tienes. Lo que sea con tal de pasar la noche. Pero no olvides que el amor viene y se va. Un día despiertas y te preguntas qué ha pasado. Supongo que no es necesario que te diga eso. Bueno, dime, ¿a qué has dedicado tu vida? -La risita que soltó entre dientes parecía el sonido de un afilador de herramientas accionado por una correa- En los últimos quince años. Dímelo en doscientas palabras o menos.
Daniel le hizo un resumen de sus actividades, maravillándose de lo poco que había cambiado desde la infancia y lo poco que realmente había conseguido en tan largo tiempo. Apenas podía oírse a sí mismo por encima del ruido del pasado.
Mark quería que le hablara del Refugio.
– ¿Es una especie de Dedham Glen para pájaros?
– Supongo que sí. Algo por el estilo.
– Bueno, eso no puede hacerme daño. Karin Dos dice que estáis luchando contra ese Disney World en el territorio de las dunas, esa especie de campamento para observadores de las grullas.
– Luchamos, sí, pero estamos perdiendo. ¿Qué te ha contado ella?
– Los técnicos de esos promotores han estado por aquí, husmeando. Me parece que se han fijado en mi casa, que pretenden requisarla.
– ¿Estás seguro? ¿Cómo puedes saber que eran de…?
– Un equipo de tíos con esos aparatos de agrimensor. Forasteros, de esos que pescan con dinamita.
Daniel se estremeció. Los promotores estaban realizando un estudio del impacto ambiental. La inversión de capital ya estaba en marcha.
– Escucha, Mark, ¿podríamos vernos? ¿Puedo ir a tu casa?
– Vaya. Para el carro, tío. Te lo dije hace mucho tiempo. No soy de esos.
– Tampoco yo lo soy -replicó Daniel.
– No, si está bien. Este es un país libre. -Mark hizo una pausa, pero no estaba alterado-. Dime una cosa, tú que sabes tanto de los pájaros. ¿Es posible adiestrar a una de esas aves para que espíe a alguien?
Daniel sopesó sus palabras.
– Las aves te sorprenderían. Las urracas pueden mentir. Los cuervos castigan a los individuos que engañan a los demás miembros de la bandada. Las cornejas hacen ganchos a partir de alambres rectos y los usan para sacar objetos de agujeros. Eso es algo que ni siquiera pueden hacer los chimpancés.
– De modo que seguir a la gente no sería un problema para esos pájaros.
– Bueno, no estoy seguro de cómo se conseguiría que se transmitieran la información.
– Bobo. Eso es lo más fácil. La tecnología, minúsculas cámaras inalámbricas y esas cosas.
– No sé -replicó Daniel-. No soy muy ducho en esas cosas. Nunca he sido muy bueno para distinguir entre lo posible y lo imposible. Por eso he terminado dedicándome a la conservación del medio ambiente.
– La cuestión es que no son solo… ya sabes, cabezas de chorlito, ¿no es así?
Daniel permaneció inmóvil al percibir el sonido, el Mark de diez años, el amor de su adolescencia que siempre se fiaba de la autoridad libresca de Daniel. Instintivamente habían entrado en la cadencia olvidada.
– Resulta que sus cerebros son mucho más potentes de lo que la gente siempre ha creído. Tienen mucha más corteza, pero con una forma distinta a la nuestra, por lo que no podemos verla. No hay duda de que son capaces de pensar y de ver pautas. Hay quien ha adiestrado a palomas para que distingan un Seurat de un Monet.
– ¿Corteza? ¿Quiénes son esos a los que pueden distinguir?
– Los detalles no tienen importancia. ¿Por qué me lo preguntas?
– Es una idea que se me ocurrió hace meses. Pensé que… podrías estar siguiéndome. Tú y tus pájaros. Pero eso es demencial, ¿verdad?
– Bueno -replicó Daniel-. He oído cosas más demenciales.
– Ahora comprendo que, si alguien me sigue, es el otro bando. Esa gente del puesto de avanzada natural. Y en realidad no van a por mí. A nadie le importa un carajo que yo viva o muera. Probablemente lo único que desean es mi finca.
– Me encantaría hablar contigo de esto -dijo Daniel, utilizando un delirio para perseguir otro.
– Bueno, tío. Tal vez solo estoy confuso. No puedes imaginarte por lo que he pasado. Un jodido accidente, este mes hará un año. Todo empezó entonces.
– Lo sé -replicó Daniel.
– ¿Viste el programa?
– ¿El programa? No. Te vi a ti.
– ¿Me viste? ¿Cuándo fue eso? No me tomes el pelo, Daniel, te lo advierto.
Daniel le explicó que le había visto en el hospital. Al comienzo, cuando Mark aún no se había recuperado.
– ¿Fuiste a verme? ¿Por qué?
– Estaba preocupado por ti.
Todo ello era cierto.
– ¿Me viste? ¿Y yo no te vi?
– Aún te encontrabas en muy mal estado. Me viste, pero… te asusté. Creíste que era… no sé lo que pensaste.
La imaginación de Mark alzó el vuelo; los fragmentos de palabras se dispersaron como faisanes asustados por un disparo. Sabía quién había pensado que era Daniel. Alguien más le había visitado en el hospital. Alguien que dejó una nota. Alguien que había estado allí aquella noche, en la carretera North Line.
– ¿No viste el programa? De televisión, tío. Tuviste que verlo.
– Lo siento. No tengo televisor.
– Cielos, me había olvidado. Vives en el puto reino animal. Déjalo, no importa. Si pudiera ver el aspecto que tienes ahora… tal vez lo recordaría… recordaría quién pensé que eras. El aspecto que tiene la persona que me encontró.
– Me encantaría. Sí… me gustaría de veras. ¿Qué te parece si fuera a verte algún día…?
– Ahora -replicó Mark-. ¿Sabes dónde vivo? ¿Lo que estoy diciendo? Puede que el Refugio de las Grullas también quiera liberar mi casa.
Daniel llamó a la puerta de la casa prefabricada y, cuando abrieron, se encontró ante un hombre al que no habría identificado si se hubiera cruzado con él en la calle. Mark tenía el pelo largo y enmarañado, como nunca lo había llevado. Había engordado diez kilos en los últimos meses, un peso que había sorprendido al menudo cuerpo de Mark tanto como sorprendía a Daniel. Lo más extraño de todo era su cara, como conducida por un piloto al que desconcertaran los mandos. Ahora remotos pensamientos movían aquellos músculos. Sus ojos miraban fijamente a Daniel, en el umbral de su casa un gélido día de febrero.
– El chico naturalista -dijo Mark, un poco escéptico, tratando de determinar en qué radicaba la gran diferencia. Por fin cayó en la cuenta-. Te has hecho mayor.
Le hizo pasar y Daniel se quedó en medio de la sala de estar. Mark le miraba atentamente. No podía contener las lágrimas, pero su mirada mantenía la concentración, como un cliente que examinara los ingredientes relacionados en la etiqueta de una marca extraña. Daniel permanecía inmóvil, tembloroso. Al cabo de un rato considerable, Mark sacudió la cabeza.
– Nada -dijo-. No me viene nada. -Daniel hizo una mueca extraña, hasta que se dio cuenta. Mark no se refería a quince años, sino a diez meses-. Eso nunca vuelve, ¿verdad? Las cosas nunca son lo que fueron. Probablemente ni fueron lo que fueron, ni siquiera cuando lo fueron. -Se echó a reír, una risa que parecía algodón envuelto en alambre espinoso-. No importa. En el pasado fuiste el chico naturalista, y eso me basta. Es un placer conocerte, hombre naturalista. -Abrazó a Daniel, como si atara las riendas de un caballo a un poste. El abrazo terminó antes de que Daniel pudiera devolverlo-. Perdona las tonterías históricas, tío. Un montón de tiempo y de inquietud desperdiciados, y ahora ni siquiera puedo recordar cuál era el problema. Bueno, no quería que me manosearas las partes pudendas. Eso no significa que tuviera que darte una paliza.
– No -dijo Daniel-. Solo yo tuve la culpa.
– Hacernos mayores no es más que acumular estupideces de las que tenemos que disculparnos. ¿Cómo seremos cuando tengamos setenta años?
Daniel trató de responder, pero Mark no deseaba una respuesta. Del bolsillo de la camisa de pana con los faldones por fuera del pantalón, que llevaba puesta encima de otra camisa, sacó un trozo de papel plastificado lleno de garabatos.
– Se trata de esto. ¿Significa algo para ti?
– Tu… Karin Dos me habló de ello.
Mark le cogió por la muñeca.
– No sabe que has venido a verme, ¿verdad? -Daniel sacudió la cabeza-. Tal vez ella no esté involucrada. Nunca se sabe. Así que me dices que no eras tú mi ángel de la guarda. ¿No tienes idea de quién es? Bien, al margen de lo que pasara en el hospital, la cuestión es que ahora no me recuerdas a nadie, excepto una grande, malhumorada y vieja versión del chico naturalista. ¿Qué quieres beber? ¿Algún té integral de las tierras húmedas?
– ¿Tienes una cerveza?
– Vaya. El pequeño Danny R. se ha hecho mayor de edad.
Se sentaron a la mesita redonda de plástico de la zona comedor, nerviosos por el reencuentro. Aún no sabían cómo ser algo más que un par de muchachos juntos. Daniel le pidió que le hablara de los agrimensores, que parecían solo algo más consistentes que su ángel de la guarda. Mark le preguntó por los promotores, que, tal como los describía Daniel, parecían una invención paranoica.
– No lo entiendo. ¿Me estás diciendo que la única causa de esta lucha es el agua?
– Nada merece más que se luche por ello.
La idea aturdió a Mark.
– ¿Guerras por el agua?
– Guerras por el agua aquí, guerras por el petróleo en el extranjero.
– ¿El petróleo? ¿Esta nueva guerra? ¿Y qué me dices de la venganza, tío? ¿De la seguridad? ¿De la confrontación religiosa y todo eso?
– Las creencias persiguen los recursos.
Hablaron y bebieron, Riegel más de lo que había bebido en los dos últimos años. Estaba dispuesto a perder el conocimiento, si era necesario, para estar con Mark.
Las ideas se agolpaban en la mente de este.
– ¿Quieres saber cómo impedir que esos tipos se hagan con esta tierra? Danny, Danny. Déjame que te enseñe una cosa. -Con lo más parecido a la energía que hasta entonces había mostrado, Mark se puso en pie y se encaminó pisando fuerte a su dormitorio. Daniel le oyó cambiar cosas de sitio, un sonido como el de una retroexcavadora en un vertedero de basura. Regresó con una expresión de triunfo, agitando un libro por encima de su cabeza. Se lo mostró a Daniel: Agua plana *-. El libro de texto de historia local de mi curso universitario. Mi último curso, diría yo. -Mark pasó las páginas en un estado casi de excitación-. No te impacientes. Está aquí, en alguna parte. El señor Andy Jackson, si no me equivoco. Es curioso cómo el remoto pasado sigue aflorando. Aquí está. Ley de Remoción de los Indios, 1830. Ley de Intercambios y Relaciones con las Tribus Indias, 1834. No te emociones, que no es tan interesante como parece. Todas las tierras al oeste del Mississippi que no son ya Missouri, Louisiana o Arkansas. ¿Quieres unas citas? «Seguras y garantizadas para siempre.» «Herederos o sucesores.» «A perpetuidad.» Eso significa eternamente. Estamos hablando de mucho tiempo, tío. La jodida ley de la tierra. ¿Y dicen que yo sufro delirios? ¡Todo este país es delirante! No hay una sola persona de raza blanca que sea propietaria legal, yo incluido. Así es como deberías enfocar esto. Haz que unos abogados y unos cuantos nativos de la reserva india se pongan de tu lado: así serías capaz de despejar todo el estado. Hacer que vuelva a ser como antes.
– Yo… lo estudiaré.
– Devolvérselo a las aves migratorias. Los pájaros no pueden hacer mayor estropicio del que le hemos hecho nosotros.
Daniel sonrió a su pesar.
– En eso tienes razón. Para terminar las cosas de veras, hacen falta cerebros de tamaño humano.
La palabra despertó de nuevo a Mark.
– Danny, muchacho. Hablando de cerebros y grullas… ¿cómo es que tienen la cabeza roja? ¿No te parece extraño? Es como si las hubiesen operado. Deberías haberme visto, tío, con mi cráneo ensangrentado en cabestrillo. Oh, espera, pero si me viste… soy yo el que no me vi.
Se sujetó la misma cabeza lesionada con las manos, abierta de nuevo en su imaginación. Riegel no dijo nada, no movió ni siquiera el meñique. Recuperó su innata actitud de experto rastreador. Confúndete con el terreno en que te encuentras, y el animal se te acercará por su propia voluntad.
Mark se preparó para dar un salto de fe.
– Mira, esa mujer con la que estás liado quiere que tome unas píldoras. Supongo que se propone drogarme. Bueno, no se trata exactamente de droga. No, es uno de esos fármacos… Olestra, Ovaltine, algo por el estilo, que, según parece, me aportará «claridad». Hará que me sienta más como quien soy. No sé quién me he sentido que soy últimamente, pero, la verdad, tío, sería estupendo acabar de una vez con este mal rollo. -Miró a Daniel, con un rayo de falsa esperanza que rogaba confirmación-. La cuestión es que esta podría ser la tercera fase de lo que sea que estén tratando de hacerme. Primero, hacen que me salga de la carretera. Segundo, me sacan algo de la cabeza mientras estoy en la mesa de operaciones. Tercero, me administran una «cura» química que me cambia para siempre. Nos conocemos desde la infancia, Danny. De acuerdo, nos cargamos nuestra amistad. Matamos el pasado y echamos a perder quince años. Pero nunca me mentiste. Siempre podía confiar en ti… bueno, salvo por tus impulsos, que ciertamente no podías evitar. Necesito tu consejo sobre esto. Me está destrozando. ¿Qué harías tú? ¿Tomar esa porquería? ¿Ver qué pasa? ¿Qué harías tú, si fuese tu caso?
Daniel miraba su cerveza, ebrio como un alumno de instituto. Otra clase de aturdimiento se sumó al causado por el alcohol: ¿qué haría él si estuviera en el lugar de Mark? Había estado sentado con Karin en la habitación de hotel de Gerald Weber, y en aquella ocasión adoptó su predecible postura de moralidad superior. Podría muy bien haber cambiado su actitud si su hermano, que acababa de salir de un centro de desintoxicación en Austin, donde había pasado medio año, de repente se hubiera negado a reconocerle. Daniel Riegel: un hombre con una certidumbre absurda. Era él quien podría haber tomado la olanzapina si el mundo le resultara extraño, si un día se despertara harto del río, indiferente a las aves, perdido el amor por todo aquello que antes constituía su vida.
– Es posible -musitó-. Tal vez querrías…
Unos golpes en la puerta le salvaron. Un ritmo juguetón, familiar: ta, tararata, tata. Daniel se sobresaltó, en el semblante una vaga expresión de culpabilidad.
– ¿Y ahora qué? -gruñó Mark, y entonces gritó-: Adelante. Siempre está abierto. Róbamelo todo. ¿A quién le importa?
La persona recién llegada, temblorosa por el frío, empujó la puerta y entró: la mujer que Karin le había presentado a Daniel en la sesión pública. Daniel se apresuró a levantarse, y al hacerlo chocó con la mesita y derramó la cerveza sobre sus pantalones. Un tic facial proclamó su inocencia. También Mark se había levantado e iba al encuentro de la mujer. Le dio un fuerte abrazo, que ella, para sorpresa de Daniel, le devolvió.
– ¡Muñeca Barbie! ¿Dónde te habías metido? Empezaba a estar muy preocupado por ti.
– Pero… ¡señor Schluter! Si solo hace cuatro días que estuve aquí.
– Ah, sí. Supongo que sí. Pero eso es mucho tiempo. Y fue una visita corta.
– Deja de quejarte. Podría mudarme a tu casa, y seguirías quejándote de que no estoy nunca contigo.
Mark dirigió una pícara mirada a Daniel, relamiéndose como para quitarse las plumas del canario de los labios.
– Bueno, podríamos intentarlo. Puramente por razones de investigación médica.
Barbara pasó por su lado en dirección a la cocina, esforzándose por quitarse el abrigo mientras tendía la mano a Daniel.
– Hola de nuevo.
– Es… espera un momento. ¿Me estás diciendo que los dos os conocéis?
Ella echó atrás el mentón y frunció el ceño.
– Ese es el sentido que suelen tener las palabras «Hola de nuevo».
– Pero ¿qué diantres está pasando? Todo el mundo conoce a todo el mundo. ¡Cuando los mundos colisionan!
– Vamos, hombre, cálmate. En esta vida todo tiene explicación, ¿sabes?
Barbara le habló de la sesión pública y de lo mucho que le había impresionado la intervención de Daniel. La explicación tranquilizó a Mark. Solo Daniel no estaba convencido.
– He de irme -dijo con nerviosismo-. No sabía que estabas esperando compañía.
– ¿Te refieres a Barbie? Ella no es lo que se dice compañía.
– No te vayas -le dijo Barbara-. Esto no es más que una visita social.
Pero algo en Daniel ya había emprendido la huida. Camino de la puerta, le dijo a Mark:
– Pregúntaselo a ella. Es una profesional de la salud.
– ¿Preguntarle qué? -replicó Mark.
– Sí -terció Barbara-. ¿Preguntarme qué?
– Si puede tomar olanzapina.
Mark hizo una mueca.
– Ella parece creer que la decisión solo depende de mí. -Cuando Daniel cruzaba la puerta, Mark le gritó-: ¡Eh! ¡No te hagas de rogar tanto!
Solo cuando Daniel Riegel, que había sido un rastreador durante toda su vida, estuvo de regreso en su apartamento y puso el contestador automático, recordó dónde había oído por primera vez la voz de Barbara Gillespie.
Las aves regresaron a mediados de febrero. Una noche, Sylvie y Gerald Weber vieron un reportaje sobre las grullas en el noticiario de última hora, acostados en su casa cubierta por la nieve de Setauket, en Chickadee Way. Mientras la cámara recorría las orillas arenosas del Platte, marido y mujer miraban azorados.
– ¿Es ese tu lugar? -le preguntó Sylvie.
Resultaría muy extraño que no comentara nada.
Weber rezongó. Su cerebro se debatía con un recuerdo bloqueado, algún problema de identificación que le molestaba desde hacía ocho meses. Pero, cuanto más la perseguía, más alejaban sus pensamientos la posible solución. Sylvie interpretó mal su ensimismamiento. Le acarició el brazo con los nudillos. No pasa nada. Los dos estamos más allá de la simplicidad. Todo el mundo está hecho un lío. También nosotros podemos estarlo.
La mujer que estaba ante la cámara, una neoyorquina algo torpe fuera de su elemento urbano, parecía amilanada ante tanto vacío, y relataba la historia como si fuese una noticia.
– Está considerado como uno de los espectáculos de la naturaleza más grandiosos del mundo, en el que participan medio millón de grullas. Empiezan a llegar el día de San Valentín, y la mayoría ya se habrán ido para el día de San Patricio…
– Son unas aves inteligentes -dijo Sylvie-. Y grandes observadoras de las festividades religiosas. -Su marido asintió, sin desviar los ojos de la pantalla-. Todo el mundo es irlandés, ¿eh?
Su marido no dijo nada. Ella apretó los dientes y le restregó el hombro con un poco más de intensidad.
El Día de los Presidentes, Mark se despidió de todo el mundo y empezó a tomar la medicación. El doctor Hayes duplicó la dosis del caso australiano: diez miligramos cada noche, una cifra todavía conservadora.
– Entonces, ¿debería haber una mejora en dos semanas? -inquirió Karin, como si la palabra de un médico fuese legalmente vinculante.
El doctor Hayes le dijo, en latín, que ya se verían.
– Recuerde nuestra conversación. Es posible que el paciente experimente retraimiento social.
No puedes retraerte, le dijo ella, en inglés, si no estás ahí de entrada.
Cuatro días después, a las dos de la madrugada, el teléfono sacó a Daniel y Karin de un profundo sueño. Daniel, desnudo y tambaleante, fue a responder. Musitó unas palabras incoherentes, o bien la incoherencia era de Karin, que escuchaba desde la cama. Daniel regresó a su lado, perplejo.
– Es tu hermano. Quiere hablar contigo.
Karin cerró los ojos con fuerza y se espabiló de golpe.
– ¿Ha llamado aquí? ¿Ha hablado contigo?
Daniel volvió a acostarse. Por la noche apagaba la calefacción, y su cuerpo desnudo empezaba a sufrir hipotermia.
– Yo… nos hemos visto. Hemos hablado, hace poco.
Karin forcejeó con la lúcida pesadilla.
– ¿Cuándo?
– No importa. Hace unos días. -Agitó la mano en un gesto efusivo: el tiempo corría, el teléfono esperaba, la historia era demasiado larga-. Quiere hablar contigo.
– ¿Que no importa, dices? -Apartó la gris y áspera manta militar-. Es cierto, ¿verdad? Le querías. Es decir, le amabas. Él ha sido la única razón por la que… -Se cubrió los hombros con la manta de lana y le dio la espalda, dirigiéndose en la oscuridad hacia el teléfono-. ¿Mark? ¿Estás bien?
– Sé lo que me ocurrió durante la operación.
– Dímelo -le pidió ella, todavía soñolienta.
– Me morí. Fallecí en la mesa de operaciones, y ninguno de los médicos se dio cuenta.
– Vamos, Mark… -replicó Karin con un hilo de voz y en tono suplicante.
– Eso aclara muchas cosas que no tienen sentido. Por qué todo me parecía tan… lejano. Me resistía a la idea porque… bueno, era evidente que alguien se daría cuenta, ¿no?, de que no estaba vivo. Entonces lo comprendí: ¿Cómo iban a saberlo? Quiero decir, que si nadie se percató de ello… en fin, se me acaba de ocurrir, ¡a mí, que soy el que está en medio de todo!
Karin habló con él mucho rato, y si al principio razonaba, luego se mostró irracional y tan solo trató de consolarle. Mark era presa del pánico; no sabía cómo estar «adecuadamente muerto». Afirmaba que había echado a perder la transición («He desordenado la baraja») y que ahora no parecía haber manera de hacer que las cosas volvieran a la secuencia apropiada.
– Voy a verte ahora mismo, Mark. Resolveremos esto juntos.
Él se rió, como solo los muertos pueden reír.
– No te preocupes. Pasaré de esta noche. Aún no he empezado a pudrirme.
– ¿Estás seguro? -insistió ella-. ¿Seguro que estarás bien?
– Peor que muerto no puedes estar.
Ella tenía miedo de colgar el aparato.
– ¿Cómo te sientes?
– Bien, de veras. Mejor de lo que me sentía cuando aún creía que estaba vivo.
De regreso en el dormitorio, Daniel sostenía abierto uno de los libros de neurociencia que Karin siempre estaba sacando de la biblioteca pública.
– Lo he encontrado -dijo al cabo de un rato-. Se trata del síndrome de Cotard.
Ella extendió la manta de lana gris sobre la cama, se acostó y se cubrió con ella. Lo había leído todo al respecto, se había pasado un año explorando cada uno de los horrores que permitía el cerebro. Otro delirio causante de errores de identificación, tal vez una forma extrema del síndrome de Capgras. La muerte no reconocida: la única explicación posible para sentirse tan alejado del prójimo.
– ¿Cómo es posible que se le haya declarado eso ahora? ¿Al cabo de un año? Precisamente cuando acaba de iniciar el tratamiento.
Daniel apagó la luz y se acostó al lado de Karin. Le puso la mano en el costado. Ella se estremeció.
– Tal vez se deba a la medicación -sugirió él-. Tal vez esté sufriendo alguna clase de reacción.
Ella se volvió para mirarle en la negrura.
– Dios mío. ¿Es posible tal cosa? Debemos ponerle de nuevo bajo observación. Es lo primero que hemos de hacer por la mañana. -Daniel se mostró de acuerdo. Ella se sumió en sus pensamientos-. Mierda -dijo al cabo de un rato-. Santo cielo. ¿Cómo es posible que se me haya olvidado?
– ¿Cómo? ¿De qué me estás hablando?
Daniel trató de masajearle los hombros, pero ella se apartó.
– El accidente. Hoy se cumple un año. Se me había ido de la cabeza por completo. -Permaneció tendida e inmóvil, fingiendo dormir durante cerca de una hora. Entonces se levantó-. Voy a tomar un somnífero -susurró.
– No hagas eso a estas horas -replicó él.
Karin fue al baño y cerró la puerta. Tardaba tanto en volver que él acabó por seguirla. Llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. La abrió. Ella estaba sentada en la tapa de la taza, mirándole furibunda, incluso antes de que Daniel entrara.
– ¿Le has visto? ¿Has hablado con él? Y no me lo has dicho. Es él quien te importa, ¿verdad? Yo no soy más que su hermana, ¿no es cierto?
El doctor Hayes examinó a Mark, con desconcierto pero fascinado, y le escuchó atentamente.
– No digo que sea una maniobra de encubrimiento. Tan solo estoy diciendo que nadie se dio cuenta. Usted puede saber cómo podría haber sucedido. Pero créame, doctor, jamás me había sentido así cuando estaba vivo.
El médico programó un nuevo escáner para la primera semana de marzo. Mark, extrañamente complaciente, se fue a ver a los técnicos del laboratorio.
– No puede ser la medicación -le dijo Hayes a Karin-. No hay ningún ejemplo de un comportamiento así en la literatura especializada.
– La literatura -repitió ella, como si todo fuese ficticio.
Notaba el entusiasmo del neurólogo, que imaginaba ya el artículo que publicaría sobre el nuevo giro de la enfermedad.
El diagnóstico de Cotard no cambió nada sustancial. Ahora que Mark había iniciado el tratamiento con olanzapina, el doctor Hayes insistió en que lo continuara sin saltarse ninguna dosis. ¿Podía Karin responsabilizarse de que su hermano siguiera estrictamente el tratamiento? No podía, pero lo haría. ¿Se sentía capaz de continuar supervisando a Mark, o preferiría internarlo de nuevo en Dedham Glen? Karin respondió que continuaría supervisándolo. No tenía alternativa, puesto que la cobertura del seguro no costearía la readmisión.
No podía permitirse incrementar las horas que pasaba en Farview. Ya no tenía suficiente tiempo durante la semana para dedicarse al Refugio. Lo que se iniciara como un trabajo inventado para ella, la obra caritativa de un hombre que quería tenerla cerca, se había vuelto real. Ya no se trataba siquiera de una actividad con sentido para ella, que la hiciera sentirse realizada. Aunque cualquiera a quien se lo hubiera dicho habría pensado que deliraba, ahora Karin lo sabía: el agua quería algo de ella.
En su desesperación, telefoneó a Barbara para pedirle que la sustituyera.
– Es solo por unos pocos días, hasta que la medicación haga efecto y mi hermano se recupere por fin.
Los objetivos de los cuidados habían cambiado. Ya no necesitaba que Mark la reconociera. Lo único necesario ahora era que él se creyera vivo.
– Por supuesto -respondió Barbara-. Estoy a tu disposición durante tanto tiempo como él necesite.
Karin sintió como una punzada la buena disposición de la mujer.
– En el Refugio estamos atravesando un período frenético -le explicó-. Las cosas están subiendo de tono con…
– Claro que sí -le dijo Barbara-. Probablemente alguien debería pasar allí la noche, porque supongo que en estos momentos las noches son difíciles para Mark.
Su voz revelaba que estaba dispuesta a llegar incluso tan lejos. Pero Karin se negó a pedirle tal cosa. Si ella no podía estar presente de noche, tampoco lo estaría Barbara.
Llamó a Bonnie, la única alternativa real. Le respondió la empalagosa voz del contestador automático («Me gustaría estar aquí para hablar personalmente contigo…»), aquella alegre voz de tiple que parecía el claxon de un Ford Focus que hubiera tomado estimulantes. Karin lo intentó dos veces más, pero fue incapaz de dejar un mensaje. ¿Te importaría pasar las noches en casa de mi hermano durante algún tiempo? Cree que está muerto. Incluso según los criterios de Kearney, eso era algo que debía solicitarse en persona. Finalmente, Karin fue a la Arcada, en un momento que coincidía con el turno de Bonnie. Karin aún no se había molestado en echar un vistazo a aquel complejo. Sesenta y cinco millones de dólares para convertir a sus bisabuelos en un canal temático de dibujos animados y engañar a la gente de paso hacia California que, al ver aquello reflejado en sus GPS, creían que había algo allí que merecía la pena ser visitado.
Karin pagó los 8,25 dólares que costaba la entrada, pasó ante las figuras de pioneros a tamaño natural y subió en el ascensor hasta la carreta cubierta, rodeada de gigantescos murales. Vio a Bonnie cerca de la choza de terrones herbosos, con su vestido de percal y su toca, hablando con un grupo de escolares con una curiosa voz de otros tiempos: una versión MTV de Ma Kettle. Al ver a Karin, Bonnie agitó briosamente un brazo y, en el mismo tono falsamente arcaico, gritó: «¡Hola!». Se apresuró a librarse de los escolares y se reunió con Karin junto a las figuras de indios pawnee, el percal al lado de la fibra ecológica Tencel.
– Está convencido de que se ha muerto y nadie se ha dado cuenta -le dijo Karin.
Bonnie se quedó pensativa, la nariz arrugada.
– ¿Sabes? En una ocasión yo también sentí eso.
– Escucha, Bonnie. ¿No podrías quedarte con él durante un tiempo? ¿En la Homestar? Solo unas cuantas noches.
Los ojos de la muchacha se agrandaron como los de un lémur.
– ¿Con Mark? ¡Pues claro que sí!
Respondió como si la misma pregunta fuese demencial. Y Karin comprendió que, una vez más, era la última en percatarse de cómo estaban las cosas.
Hicieron los arreglos necesarios. Las dos mujeres decidieron turnarse, mientras que Mark se mostraba indiferente a las medidas que se tomaban a su alrededor.
– Lo que tú digas -le dijo Mark a Karin cuando ella le contó lo que iban a hacer-. Deslómate hasta quedar fuera de combate. No puede dolerme. Ya no existo.
Sin embargo, la noche del primer lunes de marzo Mark reunió a Karin y Bonnie en la sala de estar de la Homestar para ver la última edición de Crime Solvers.
– Hoy he recibido una llamada que me ha espabilado -explicó, y no quiso decir nada más.
Se movía metódicamente, dándoles bebidas y bolsas de maíz tostado, e insistió en que las dos fuesen al lavabo antes de que empezara el programa. Karin le miraba, consciente de lo absurdo que era abrigar esperanzas.
Entonces, como si obedeciera a una orden, Tracey, la presentadora del programa, anunció:
– Ha ocurrido algo en el caso del que les hablamos hace unas semanas, el del hombre de Farview que…
En la pantalla, un granjero de Elm Creek, señalaba un hoyo en el límite de la extensión de césped delante de su casa. Cinco días antes, su esposa había descubierto unas sanguinarias que crecían dentro del macetero que él le había confeccionado con un viejo neumático que sacó del río en agosto, cuando el caudal estaba bajo.
– Verá, mi esposa y yo seguimos desde hace tiempo su programa, y cuando estaba allí, mirando aquel neumático, recordé el caso que ustedes habían contado y se me ocurrió preguntarme…
El sargento de la policía Ron Fagan explicó cómo habían recuperado los neumáticos y cómo los forenses los habían cotejado con las pruebas recogidas en la escena del crimen que tenían archivadas.
– Creemos que coinciden -dijo al mundo, un poco alicaído por estar hablando de investigaciones en bases de datos informáticas en lugar de persecuciones en coche patrulla a toda velocidad.
Pero informó de que se había establecido la procedencia del neumático, cuyo propietario había sido sometido a interrogatorio. El hombre trabajaba en la planta envasadora de carne de Lexington, y se llamaba Duane Cain.
Karin gritó al televisor.
– ¡Lo sabía! Esa sabandija…
Bonnie, sentada al otro lado de Mark, sacudía la cabeza.
– Eso no puede ser cierto. Me juraron que se trataba de otra persona.
Mark permanecía rígido, ya un cadáver.
– Me obligaron a salirme de la carretera. Me azuzaron: adelante, adelante, cabeza de cabra. Me dejaron allí abandonado, dándome por muerto. Al menos por fin sé que lo estoy.
Karin se puso el abrigo y revolvió el interior de su bolso en busca de las llaves.
– Voy a interrogarle.
En su apresuramiento por abrir la puerta, se dio con ella en la cara y se lastimó en el labio.
Mark se levantó del sofá.
– Iré contigo.
– ¡No! -Karin giró sobre sus talones, furiosa, asustándose a sí misma-. No. ¡Déjame hablar con él!
Blackie Dos se puso a gruñir. Mark retrocedió, alzando las manos. Entonces ella salió a la noche y se dirigió dando tumbos al coche.
Preguntó en la comisaría. Duane Cain había sido puesto en libertad. El sargento Fagan no estaba de servicio, y nadie quiso darle detalles. La noche era tan fría y el mundo estaba tan falto de aire como un meteoro. Su aliento salía helado por sus fosas nasales y le bañaba las manos con un vapor plomizo. Se golpeaba los costados con los codos para que sus pulmones siguieran funcionando. Volvió al Corolla, cruzó la ciudad y llegó al apartamento de Cain al cabo de unos minutos. Él abrió la puerta. Llevaba una sudadera morada con la inscripción «¿Qué haría Belcebú?». Estaba esperando a alguien y, al ver a Karin, se amedrentó.
– Supongo que has visto ese programa, ¿verdad?
Ella entró en la habitación y acorraló a Cain contra la pared. Él no se resistió, lo único que hizo fue cogerla por las muñecas.
– Me han soltado. No he hecho nada.
– Las jodidas marcas de tus neumáticos se cruzaron delante de él.
Intentaba golpearle con el puño mientras él se lo impedía inmovilizándola con un torpe abrazo.
– ¿Quieres que te cuente lo que ocurrió o no?
Se negó a decir nada hasta que ella dejara de forcejear. La hizo sentarse en un saco relleno de bolas de poliestireno e intentó ofrecerle algo de beber. Él se sentó en un taburete de bar, a una distancia segura, utilizando el listín telefónico como escudo.
– En realidad no hemos mentido. Técnicamente hablando… -Ella le amenazó con matarle o algo peor. Él empezó de nuevo-. Tenías razón en lo de los juegos. Hacíamos carreras. Pero no fue lo que piensas. Estábamos en el Bullet. Tommy había comprado recientemente un juego de intercomunicadores. Salimos y empezamos a tontear con ellos. Rupp y yo en la camioneta de Tommy, Mark en la suya. Jugábamos a pillar, solo eso. Íbamos por ahí como de costumbre, comprobando el alcance de los aparatos, persiguiéndonos. Ya sabes: caliente, caliente, frío, frío, perdíamos la señal, volvíamos a captarla. Estábamos a cierta distancia, avanzando hacia el este por la North Line desde la ciudad. Pensábamos que estábamos a punto de encontrarnos con él. Mark se reía a través del intercomunicador, hablaba de iniciar una acción evasiva. Entonces su señal se perdió. Alzó el dedo del botón de transmisión y no volvió a pulsarlo. No sabíamos qué se proponía. Tommy aceleró, suponiendo que debíamos de estar cerca. La noche era muy oscura.
Se puso una mano sobre los ojos, como para protegerlos del brillo implacable del recuerdo.
– Entonces le vimos. Había volcado en la cuneta, a mano derecha, en el lado sur de la carretera. Tommy lanzó un juramento y frenó en seco. El vehículo coleó y al zigzaguear cruzamos la línea central. Eso es lo que viste: nuestras huellas en su carril. Solo que llegamos después de él.
Ella permanecía rígida, recta como una vara.
– ¿Qué hicisteis?
– ¿Qué quieres decir?
– Él está tirado en esa zanja. Tú y tu amigo estáis ahí.
– ¿Bromeas? Mark tenía encima tres toneladas de metal. Cada segundo contaba. Hicimos lo que teníamos que hacer. Dimos la vuelta, regresamos a la ciudad y dimos aviso del accidente.
– ¿Ninguno de vosotros tiene un móvil? ¿Vais por ahí tonteando con esos ridículos walkie-talkies de juguete y no tenéis un móvil?
– Llamamos -replicó él-. En cuestión de minutos.
– ¿Anónimamente? Y luego nunca os presentasteis, nunca contasteis lo que había pasado. Cambiasteis los neumáticos y tirasteis los que os implicaban al río.
– Escúchame. Tú no sabes nada. -Cain alzó la voz-. Esos policías primero te detienen y luego te interrogan. Van a por tipos como Tommy y yo. Somos una amenaza para ellos.
– ¿Vosotros, una amenaza? Y él estuvo de acuerdo. Tu amigo Rupp, el especialista.
– Mira, ni siquiera ahora me crees. ¿Piensas que la policía iba a creernos la noche del accidente?
– ¿Por qué no te han encerrado?
– Interrogaron a Tommy en Riley, y él contó exactamente lo mismo. La cuestión es que, gracias a nuestra llamada, la ambulancia llegó allí lo antes posible. No teníamos nada que añadir a los hechos. No teníamos ninguna pista de lo que le había ocurrido. Presentarnos no habría servido de nada.
– Podría haberle servido a Mark.
Cain hizo una mueca.
– No habría cambiado nada.
Karin se sentía consternada por su necesidad de creer. Se puso en pie, reorganizándolo todo: las huellas, el orden que habían tenido, su recuerdo. El tiempo pasaba y volvía a pasar, se hacía más lento, se combaba e iba marcha atrás.
– El tercer coche -dijo.
– No lo sé -replicó Cain-. Llevo un año entero pensando en eso.
– El tercer coche -repitió ella-. El que iba detrás de él y se salió de la carretera. -Cruzó la sala hasta llegar a Cain, dispuesta a golpearle de nuevo-. ¿Venía algún coche hacia vosotros cuando llegasteis al lugar? ¿Vehículos en dirección oeste, que regresaran a la ciudad? ¡Respóndeme!
– Sí. Conforme nos acercábamos, mirábamos atentamente. Esperábamos que él pasara a toda velocidad por nuestro lado. Pero entonces apareció un Ford Taurus blanco con matrícula de otro estado.
– ¿Qué estado?
– Rupp dice que Texas. Yo no estoy seguro. Ya te he dicho que íbamos bastante rápido.
– ¿A qué velocidad iría ese Ford?
– Es curioso que me preguntes eso. Los dos tuvimos la impresión de que iba a paso de tortuga. -Algo pasó por su mente, y se irguió-. Cielos. Tienes razón. Ese otro coche… ese Ford llegó justo antes que nosotros, justo después de que él… Y ellos… estás diciendo que ellos… ¿Qué es exactamente lo que estás diciendo?
Ella no sabía lo que estaba diciendo. Ni entonces ni nunca.
– Tampoco se detuvieron.
Cain cerró los ojos, se llevó una mano a la nuca y echó atrás la cabeza.
– No habría servido de nada.
– Sí que podría haber servido -replicó ella.
«Dios me ha conducido a ti.»
Cuando Karin regresó a casa, ya estaba a punto de amanecer. Daniel la esperaba levantado, fuera de sí.
– Pensé que podría haberte ocurrido algo. Pensé… Podrías estar quién sabe dónde, podrías estar herida.
Podrías haber estado con el otro hombre.
– Perdona -le dijo ella-. Debería haberte llamado.
Para apaciguarle, se lo contó todo.
Él la escuchaba, pero no aportaba la menor ayuda.
– ¿Quién avisó del accidente? ¿Rupp y Cain? ¿No el otro coche? Creía que había sido el ángel de la…
– Tal vez avisaron.
– Pero creía que la policía había dicho…
– No lo sé, Daniel.
– Pero si el otro coche no se detuvo, ¿qué sentido tiene la nota? ¿Atribuirse el mérito después de haber abandonado la escena…?
– Tengo que dormir -le dijo ella.
Era demasiado tarde para llamar a Mark y Bonnie. De todos modos, no sabía qué decirles ni lo que podría asimilar su hermano.
A la mañana siguiente la despertó el sonido del teléfono. La habitación estaba inundada de luz y Daniel ya se había ido al Refugio. Ella se levantó con dificultad, todavía en las garras de un profundo sueño animal.
– Ya voy. Espera un momento, por favor. ¿Me estás controlando o qué?
Pero cuando se puso al aparato, la voz en el otro extremo de la línea era tenue y espectral.
– ¿Karin? Soy Bonnie. Está teniendo una especie de ataque, y no consigo que vuelva en sí.
Tenía que ser de nuevo el hospital. Un circuito de todo un año de regreso al lugar donde se encontraba por aquellos mismos días el mes de marzo anterior. Como un ser migratorio que no sabía hacer mejor las cosas. Mark Schluter de vuelta en el Buen Samaritano, no en el mismo pabellón, pero bastante cerca. Confinado en la cama, tras una cura de desintoxicación, 450 mg de olanzapina eliminados de su organismo.
Un muerto ha tratado de matarse: esa era la única manera en que podían encajar las piezas. Distónico cuando llegaron los enfermeros. Intubación y lavado gástrico, llevado a toda prisa al hospital para administrarle fluidos por vía intravenosa, control cardíaco y vigilancia por parte de un personal que se aseguraría de que no intentara marcharse.
Sale de su segundo coma, una mera sombra del primero. Cuando recupera la conciencia, rechaza todos los intentos de comunicarse, excepto para decir:
– Quiero hablar con el Loquero. Solo hablaré con el Loquero.
El doctor Hayes telefonea a Weber y le da la noticia. El neurocirujano recibe el informe como un veredicto, el fruto de su larga e interesada ambición. Llama a Mark enseguida, pero el joven se niega a hablar.
– Por teléfono no -le dice a la enfermera de turno. Todas las líneas telefónicas están pinchadas, todos los cables y los satélites-. Tiene que venir aquí en persona.
Weber realiza varios intentos más de ponerse en contacto, sin ningún resultado. Mark está fuera de peligro, al menos por ahora. Weber ya se ha ocupado del caso más allá de los límites de la corrección profesional. Su último viaje casi acabó con él. Si se involucra más, será el fin.
Pero algo en el neurocientífico comprende ahora: la responsabilidad es ilimitada. Los historiales clínicos de los que te apropias son tuyos. Si no hace nada, si rechaza la única petición del muchacho, si abandona ahora lo que ha hecho tan mal, entonces es sin duda aquello de lo que siempre le acusan sus voces más oscuras. Ha intentado matarse por mi culpa. No tiene más alternativa que volver. Un largo circuito para regresar al punto de partida. Así lo quiere el Director de la Gira.
No hay manera posible de decírselo a su mujer. Decírselo a Sylvie. Después de lo que ya le ha dicho, los motivos que aduzca, sean los que fueren, parecerán el peor de los autoengaños. Ella, que ahora no tendería una mano si Gerald Weber, célebre autor, manchillado santo de la comprensión neurológica, fuese quemado en efigie por falsa empatía: no hay forma posible de explicárselo.
Se prepara para la reacción de Sylvie, pero es inútil porque ella se lo toma mucho peor de lo que su marido había previsto. Se lo toma como una Casandra insensibilizada que ya adivina todo lo que él todavía no ha admitido.
– ¿Qué puedes hacer por él? ¿Algo que no está al alcance de los médicos de allí?
Le había formulado esa misma pregunta un año atrás. Él debería haberla escuchado entonces y debería escucharla ahora. Weber sacude la cabeza, su boca una ranura de buzón.
– No se me ocurre qué podría hacer por él.
– ¿Es que no basta con lo que ya has hecho?
– Ese es el problema. La olanzapina fue idea mía.
Como desfallecida, ella se deja caer en la silla del pequeño espacio donde desayunan. Pero aun así logra dominarse, y hay algo horrible en su fidelidad a la convención.
– Que se tomara de golpe la dosis de dos semanas no fue idea tuya.
– No. Tienes razón. Eso no fue idea mía.
– No me hagas esto, Gerald. ¿Qué estás demostrando? Eres un buen hombre. Eres tan bueno como válido. ¿Por qué no puedes creerlo así? ¿Por qué no puedes…?
Se levanta y da vueltas por la estancia. Espera a que sea él quien mencione el asunto. Ella le demuestra ese sombrío respeto, del todo inmerecido. Aceptará que esa mujer no es nada, que carece de importancia, hasta que él le diga lo contrario. Creerá en él, incluso sin confianza. Su marido debe decir algo, pero no puede adornar el hecho, ni siquiera rechazándolo.
Todo se reduce a la creencia. La creencia en una telaraña demasiado fina y efímera para engañar a nadie. Ese será el santo grial de los estudios sobre el cerebro: ver cómo decenas de miles de millones de puertas lógicas químicas, todas ellas centelleando y amortiguándose mutuamente, de alguna manera pueden crear la fe en sus propios circuitos fantasmales.
– Está sufriendo. Quiere hablar conmigo. Necesita algo de mí.
– ¿Y tú? ¿Qué necesitas?
Sus ojos le sondean implacablemente. Está como paralizada, empalidecida, afectada por su propia sobredosis.
Él trata de responderle lo mejor que puede.
– No me cuesta nada. Unas horas de vuelo, un par de días y unos cientos de dólares que salen de la cuenta de investigación. -Ella le mira sacudiendo la cabeza, lo máximo que puede aproximarse al escarnio-. Lo siento -añade él-. Necesito hacerlo. No soy un explotador ni un oportunista.
Ella ha permanecido a su lado, le ha prestado su apoyo, ha mantenido un difícil aplomo durante los últimos meses, mientras él se enfrentaba a su prolongada crisis profesional. Cada disminución de la confianza en sí mismo repercutía en el estado de ánimo de Sylvie.
– No -replica ella, esforzándose por conservar la serenidad, y se acerca a él. Sus manos trazan garabatos en su camisa-. Esto no me gusta, cariño. Está mal. Está todo muy embrollado.
– No te preocupes -replica él. Apenas ha pronunciado estas palabras, se percata de lo ridículas que son. El yo es una casa en llamas; sal mientras puedas. Ve a su mujer, la ve realmente, por primera vez desde que dejó de creer en su trabajo. Ve las arrugas bajo sus ojos y sobre el labio superior… ¿Cuándo ha envejecido? Ve en su mirada estremecida hasta qué punto él la asusta. Ella no puede entenderle. Le ha perdido-. No te preocupes.
La actitud de su marido indigna a Sylvie.
– ¿Qué diablos necesitas? ¿Necesitas al famoso Gerald? Que le zurzan al famoso Gerald. ¿Necesitas que la gente te diga…? -Ella se muerde el labio inferior y desvía la vista. Cuando habla de nuevo, lo hace como una locutora de noticiario-. ¿Verás a alguien mientras estés allí? -Pese a la palidez de su rostro, habla en un tono despreocupado-. ¿Alguna vieja amistad?
– No lo sé. Es una ciudad pequeña. -Y entonces, por la deuda contraída durante treinta años, se corrige-. No estoy seguro. Es probable.
Ella se aparta de él y se acerca al frigorífico. Ese movimiento práctico anonada a Weber. Sylvie abre el congelador y saca dos piezas de tilapia que descongelará para la cena. Lleva el pescado al fregadero y lo pone bajo el agua del grifo.
– Oye, Gerald -le dice, con una ociosa curiosidad, tratando de aceptar la situación, aunque eso es imposible-. ¿Podrías decirme al menos por qué?
Él se merece su furia, incluso la desea, pero no esta serena aceptación. Gerald: dime tan solo por qué. Para que vuelvas a tener un buen concepto de mí.
– No estoy seguro -responde él.
Y lo sigue repitiendo en su mente, hasta que lo convierte en realidad.
Mark no dejó ninguna nota antes de engullir los antipsicóticos. ¿Cómo podría haberlo hecho, si ya estaba muerto? Pero incluso esa falta de un mensaje acusa a Karin. A lo largo de este año él le ha pedido ayuda, y ella siempre le ha defraudado, de todas las maneras posibles: ha sido incapaz de confirmar su pasado, de permitir su presente y de recuperar su futuro.
Se apodera de ella la vieja locura de los Schluter, la herencia de la que nunca ha podido desprenderse. Su primera identidad: culpable y deficiente, al margen de todo lo demás que logre realizar con éxito. Visita a Mark en el hospital. Incluso lleva a Daniel, el amigo no imaginario más antiguo de Mark. Pero este se niega a hablar con ninguno de los dos.
– ¿No podríais tener más respeto y dejar que me pudra aquí en paz?
O habla con el Loquero o no lo hará con nadie.
Ella vuelve a dejarlo en manos de los profesionales médicos, sometido a los correctivos químicos que ahora gotean en sus brazos flácidos. Karin se desliza hacia abajo por su propia escala de Glasgow. No puede concentrarse en nada. Su concentración se extravía durante horas seguidas. Finalmente comprende por qué su hermano dejó de reconocerla. No hay nada que reconocer. Se ha distorsionado de tal manera que el reconocimiento es imposible. Un pequeño engaño sobre otro, hasta que ni siquiera ella puede decir dónde se encuentra ni para quién trabaja. Cosas de las que ha hablado sin decir nada, cosas que ha negado, sobre las que ha mentido, que se ha ocultado incluso a sí misma. Toda clase de cosas para todo el mundo. Relacionándose con un ecologista y un promotor al mismo tiempo. Renovándose, la personalidad del día. La imaginación, incluso la memoria, demasiado dispuestas a satisfacerla, quienquiera que ella sea. Cualquier cosa por que le rasquen detrás de las orejas. Que le rasque cualquiera.
Ella no es nada. Nadie. Peor que nadie. Vacía en lo más profundo de su ser.
Es preciso que cambie su manera de vivir, que del estropicio de su nido ensuciado salve algo. Lo que sea. Lo más nimio, anodino, repulsivo, no importa, mientras sea salvaje y carente de compromiso. Tal vez llegue demasiado tarde para hacer volver a su hermano, pero aún podría rescatar a la hermana de su hermano.
Se sume en los trabajos preliminares para el Refugio, preparando sus folletos. Algo que despierte a los sonámbulos y devuelva la extrañeza al mundo. La mínima dosis de ciencia de la vida, unas pocas figuras en una gráfica, y empieza a comprender: gente que, buscando con desesperación la solidez, debe eliminar todo aquello que la excede. Cualquier cosa que sea mayor o que esté más vinculada o que, en su adusta duración, sea un poco más libre. Nadie puede soportar la inmensidad del exterior, incluso mientras lo diezmamos. Ella solo tiene que mirar, y los hechos se revelan. Lee, y aun así no puede creerlo: doce millones o más de especies, menos de la décima parte de ellas clasificadas. Y la mitad desaparecerán mientras ella está viva.
Abatida por los datos, sus sentidos se despiertan de una manera extraña. El aire huele a lavanda, e incluso los monótonos matices pardos del invierno tardío le parecen más vívidos de lo que han sido desde que tenía dieciséis años. Está continuamente ávida, y la futilidad de su trabajo redobla sus energías. Sus conexiones se aceleran. Es como el caso que expuso el doctor Weber en su último libro, la mujer con demencia frontotemporal que de repente se puso a pintar unos cuadros magníficos. Una especie de compensación: cuando una parte del cerebro está abrumada, otra la sustituye.
La red que atisba es tan compleja, tan amplia, que hace mucho tiempo que los hombres deberían haberse encogido y muerto de vergüenza. Lo único que es correcto querer es lo que Mark quería: no ser, deslizarse por el foso más profundo y fosilizarse en una roca que solo el agua puede disolver. Solo agua, como disolvente de todo el residuo tóxico, solo agua para disolver el veneno de la personalidad. Todo lo que ella puede hacer es trabajar, tratar de devolver el río a aquellos a quienes se lo han robado. Ahora todo lo humano y personal la horroriza, todo excepto aquella preparación de folletos que no servirán de nada.
El agua quiere algo de ella. Algo que solo la conciencia puede entregar. Ella no es nada, tan tóxica como todo cuanto posee un ego. Una parodia, un fraude. Nada merecedor de reconocimiento. Pero, aun así, ese río la necesita, su mente líquida, su manera de sobrevivir…
El mundo se llena de lujos que ella no puede permitirse. El sueño es uno de ellos. Cuando sucumbe, sigue compartiendo la cama con Daniel. Pero han dejado de tocarse, salvo por accidente. Ahora él medita más, a veces durante una hora seguida, tan solo para huir del daño que ella le ha hecho. Le ha golpeado con sus traiciones; él absorbe los golpes, como absorbe todos los insultos de la especie. Ahora le parece a Karin un hombre que podría absorber cualquier cosa, alguien que, único entre todas las personas a las que ella conoce, ha prescindido de la vanidad y mirado más allá de sí mismo. Y es este rasgo de Daniel el que tanto le ha molestado a ella. De todos los hombres con los que ha estado, solo él parece lo bastante fluido para ser un padre aceptable, para enseñarle a un niño todo lo externo a nosotros que es preciso reconocer. Pero él preferiría morir a traer al mundo otro ser humano alienado. Otro como ella.
Daniel debería haberla dejado meses atrás. No hay ningún motivo para que no lo haya hecho. Tal vez únicamente el amor residual por su hermano. O tan solo la consideración que siente por todos los seres vivos. Ella debe de parecerle espantosa, posesiva, tan frágil como rebosante de necesidad. No puede quererla, y en realidad nunca la ha querido. Sin embargo, muestra hacia ella en todas las cosas una amabilidad tenaz aunque silenciosa. Su hermano casi ha muerto, y solo este hombre sabe lo que eso significa. Solo este hombre podría echarle una mano para afrontar semejante situación. Ella yace en la cama, su espalda a un palmo de la de Daniel, deseosa de extender hacia atrás la ciega palma y palpar su cálido cuerpo, comprobar que sigue estando ahí.
El tercer día tras el intento de suicidio de Mark, el Consejo de Desarrollo expresa su voluntad, en principio, de conceder al Puesto de Avanzada Natural Escénico de Central Platte el derecho a la adquisición de un suministro de agua. Ella ha temido esa decisión durante semanas, pero no había creído que llegaran a tomarla. La asociación de grupos ecologistas del Platte reacciona de forma apática y dispersa. Han perdido la carrera con el consorcio de promotores y, en una serie de precipitadas reuniones, la alianza empieza a desmoronarse.
Si la decisión desmoraliza a Karin, anonada a Daniel, quien no dice sobre el juicio más que unas máximas secas y estoicas. No cree que merezca la pena condenar al consejo. Algo se agosta en su interior, una voluntad esencial de seguir luchando contra una especie a la que no es posible rehabilitar ni derrotar. No hablará de eso con Karin, quien, por su parte, ha perdido el derecho a apremiarle.
Es preciso que aclare las cosas con él. Que arregle una sola cosa, para una persona real, entre todo el desastre de los últimos días. Que redima su mal depositada confianza y devuelva algo al único hombre que ama a su hermano tanto como ella misma.
Se pasa el día preparando un festín vegetariano: seitán con almendras y brócoli, salsa de ajo griega skordalia y chutney al coriandro. Incluso budín de arroz tahini, para un hombre que considera el postre como un pecado. Se mueve con brío en la cocina, mezclando los ingredientes, sintiéndose casi estabilizada. Una bendita distracción, y el mayor esfuerzo que ha hecho por satisfacer a Daniel desde que se mudó a su apartamento. No ha hecho nada por él, mientras que él la ha ayudado en todas sus crisis. Karin ha permitido que el hierbajo de su personalidad invadiera su vida en común. ¿Tan imposible es ser otra persona, prepararle por una vez una comida para expresar su agradecimiento? Aunque sea la última que compartan.
Llega Daniel, el semblante ensombrecido. Trata de encontrarle un sentido al festín.
– ¿Qué es todo esto? ¿Alguna celebración?
Su reacción irrita a Karin, pero ella necesita que se comporte así.
– Siempre hay algo que celebrar.
– Cierto. Bueno. -Su sonrisa tiene un rictus de tristeza. Se sienta y extiende las manos, pasmado ante la comida. Ni siquiera se ha quitado la chaqueta-. Entonces será mi fiesta de despedida.
Ella deja de lamerse el budín de arroz de los dedos.
– ¿Qué quieres decir?
Él está tranquilo, con la cabeza inclinada.
– Dejo el trabajo.
Ella se aferra a la encimera y sacude la cabeza. Se sienta en el taburete frente a él.
– ¿De qué me estás hablando? ¿Qué significa esto?
Él no puede abandonar su trabajo. Imposible. Como un colibrí en huelga de hambre.
Daniel se muestra expansivo, casi regocijado.
– Me desvinculo del Refugio. Una división ideológica de posturas. Parecen haber decidido que, después de todo, ese parque temático de las grullas no es tan malo. Algo con lo que pueden trabajar. El compromiso es la mejor parte del valor, ¿sabes? ¡Han puesto en circulación un informe según el cual, si se dirige como es debido, el puesto de avanzada podría ser beneficioso para las aves!
Ella misma ha creído en esa posibilidad, durante bastante tiempo, desde la sesión pública.
– Oh, no, Daniel. No puedes permitir que ocurra esto.
Él la mira enarcando una ceja.
– No te preocupes. Me he ocupado de tu situación. Ya he hablado con ellos. Puedes seguir trabajando ahí. No van a tener en cuenta que eres mi… que tú y yo…
– Pero, Daniel…
Le es imposible asimilar lo que le está diciendo. Han perdido. Eso es lo que se desprende de sus palabras. La lucha ha terminado. Van a urbanizar las orillas del río, se perderá más terreno para las aves. Él está diciendo… pero lo que está diciendo no puede ser. Abandonar el Refugio. Saltar a la nada. Desconectar para morir.
– No puedes abandonar. No puedes permitir que cedan.
– Lo que yo pueda o no dejar que suceda no parece ser la cuestión.
Ella puede hacer que lo sea, puede conseguir que él vuelva al combate. Una palabra de ella y el Refugio rescindirá el acuerdo al que hayan llegado.
Por un instante, Karin piensa que ella hace esto por las aves, por el río. Entonces se dice que es para salvar a este hombre recto. Pero ella no salvará a nadie, a ningún ser vivo. Apenas logrará aminorar la velocidad con que actúan los hombres, a los que no es posible detener. Su elección se debe al puro egoísmo, es tan egoísta como cualquier elección humana. Ahora él la odiará para siempre. Pero, finalmente, sabrá qué es lo que ella puede darle.
– Es peor de lo que crees -le dice a Daniel-. Los promotores del puesto de avanzada planean una segunda fase. Sé cómo el consorcio se beneficiará económicamente de las cabañas para la observación de las aves, fuera de temporada. Se… se va a llamar Museo de las Praderas Vivas.
Se lo describe, en toda su trivialidad.
– ¿Un zoo? -replica él. No puede ni imaginárselo-. ¿Quieren construir un zoo?
– Bajo techo y al aire libre. Y la cosa es aún peor. He descubierto para qué necesitan suministros de agua adicionales. También hay una tercera fase. Un parque acuático. Toboganes, fuentes hidráulicas y esculturas, todo con temas de la naturaleza. Un estanque con enormes olas artificiales.
– ¿Un parque acuático? -Daniel se restriega la cabeza, desde la frente a la coronilla. Se tira de la oreja, la boca ladeada. Suelta una risita-. Un parque acuático en el Gran Desierto Americano.
– Tienes que informar al Refugio. Han de impedir que esto siga adelante.
Él no le responde, se limita a sentarse sobre un talón, en la postura virasana, y mira fijamente los platos que ella ha preparado con tanto esmero. Ahora lo dirá. Ahora ella pagará, por haberse guardado todo aquello.
– ¿Cómo te has enterado?
– He visto los planos.
Él alza el mentón, lo baja, lo alza de nuevo. Una especie de mordaz asentimiento.
– ¿Y cuándo pensabas decírmelo?
– Te lo acabo de decir -responde ella, las palmas hacia arriba, señalando la comida, su prueba.
Está dispuesta a darle todos los brutales detalles, pero él no los necesita. Daniel lo entiende todo. Ahora sabe lo que ella ha estado haciendo durante todas estas semanas, mejor de lo que ella misma lo ha sabido. Permanece sentada, mirándose a sí misma a través de los ojos de Daniel. La fatiga que este muestra es casi un alivio. Debe de haberlo sabido desde hace mucho tiempo. Se prepara para recibir su recriminación, su indignación… cualquier cosa que la ayude a sentirse limpia de nuevo. Pero cuando por fin le habla, sus palabras son un mazazo inesperado.
– Nos has estado espiando, tú y esa amistad tuya. Intercambiando secretos. Alguna clase de doble…
– Él no… De acuerdo. Soy una puta. Dime lo que quieras. Tienes razón. Soy una zorra embustera y taimada. Pero tienes que creer una cosa, Daniel: Robert Karsh no es el hombre con quien deseo compartir mi vida. Robert Karsh puede irse…
Él la mira como si se hubiera puesto a cuatro patas y empezado a ladrar. Lo que hagan ella y otros hombres carece de sentido. Lo único que importa es el río. La mirada que le dirige es de consternación. No puede discernir, y mucho menos contar, las veces que ella ha traicionado al río.
– Robert Karsh me tiene sin cuidado. Puedes hacer con él lo que quieras.
Ella alza las palmas, haciéndole retroceder.
– Espera. ¿De quién me estás hablando? -Si no se trata de Karsh-. ¿A quién te refieres con lo de «esa amistad tuya»?
– Ya sabes a quién me refiero. -Daniel ha perdido por completo la paciencia-. A su investigadora privada. La que contrataron. Tu amiga Barbara.
Karin echa bruscamente la cabeza hacia atrás. Daniel sufre alguna lesión, alguna dolencia peor que la de Mark. Unas manos pequeñas y frías la acarician.
– Pero ¿qué dices, Daniel?
Saldrá corriendo de la casa y pedirá ayuda.
– Sonsacándome en la sesión pública, para ver cuánto podía haber averiguado.
– ¿Investigadora de qué? Es la auxiliar de enfermería que se ocupó de Mark. Trabaja en rehabili…
– ¿Por cuánto? ¿Tres dólares la hora? ¿Una mujer que habla como ella? ¿Una mujer que actúa de ese modo? Me asqueas -concluye, humano por fin.
Una encrucijada de pánicos. ¿Qué es Barbara para él? Karin imagina una explicación que viene de largo, secreta, algo que a ella la deja fuera. Pero el otro temor que la embarga es más profundo. Con el rostro contorsionado por la ira, retrocede hacia la puerta del apartamento.
Él observa su confusión y titubea.
– No me digas que no sabes… ¿Cuánto crees que puedes ocultar?
– No estoy ocultando…
– Barbara me llamó, Karin. La primera vez que me encontré con ella, su voz me resultó familiar. Hace un año y dos meses hablamos por teléfono. Me llamó precisamente por la época en que los promotores estaban planeando esto. Fingió que trabajaba para un noticiario. Me preguntó por el Refugio, el Platte, el trabajo de restauración. Y yo, como un idiota, se lo conté todo. Cuando la gente quiere hablar de esas aves, confío en ella. Soy un necio total.
Miró más allá de ella, inmóvil, como un animalillo agonizante en una tempestad de nieve.
– Espera, Daniel. Eso es absurdo. Me estás diciendo que es… ¿qué? ¿Una espía industrial? ¿Que trabaja en Dedham Glen como una especie de tapadera?
– ¿Espía? Tú lo sabrías, ¿no? Lo que estoy diciendo es que hablé con ella y respondí a sus preguntas. Recuerdo su voz.
Observación de las aves por el oído.
– Bueno, pues lo recuerdas mal. Confía en mí por esta vez.
– ¿Sí? ¿Confiar en ti? ¿Por esta vez? -Su cabeza es como una barca que cambia de dirección y orza-. ¿Y en qué más debería confiar en ti? Has dado información sobre mí, te has reído de mí durante meses engatusándome con tu dulce jodienda…
Ella gira sobre sus talones, dándole la espalda, y se tapa los oídos. A él se le contrae la mejilla derecha. Entrecierra los ojos y sacude la cabeza.
– ¿Vas a continuar negándolo, después de todo? ¿Nunca salió a relucir el nombre de ella en todas esas conversaciones secretas que tuviste con él? ¿Cuando os reuníais y le hablabas de nosotros y del Refugio?
Ella gime y empieza a desmoronarse. Él se levanta y se dirige hasta el fondo de la sala, alejándose de ella cuanto puede, sujetándose el codo y pellizcándose los labios, en espera de que ella se serene. Karin aspira hondo, poco a poco, esforzándose por calmarse, fingiendo que es como él.
– Creo que debería irme.
– Probablemente tengas razón -replica él, y sale de la casa.
Ella deambula por el apartamento mucho rato. Finalmente entra en el dormitorio y mete su ropa en una bolsa. Él volverá y la detendrá, escuchará su explicación. Pero ahora se ha ido, de la misma manera que su hermano está ido, ambos, de uno u otro modo, inalcanzables. Va a la cocina, coloca la comida en viejos envases de brotes de soja y los guarda en el frigorífico. Aturdida, se sienta en la tapa del inodoro e intenta leer uno de los libros de meditación de Daniel, un curso intensivo de trascendencia. Se sienta ante la puerta principal, sobre la bolsa en la que ha metido sus cosas. Él está en alguna parte, acechando, observando el edificio, esperando a que ella se vaya.
Cuando faltan veinte minutos para la medianoche, por fin telefonea a la amiga de su hermano.
– ¿Bonnie? Siento despertarte. ¿Podría dormir en tu casa? Solo una o dos noches. No tengo ningún sitio. Nada.
Gerald Weber detiene su tercer coche alquilado en Nebraska junto a un cajero automático. Le tiemblan las manos mientras saca mucho más dinero del que se proponía. Desde el aeropuerto, se dirige instintivamente a ese hotel del que ahora es cliente regular. «Bienvenidos, observadores de las grullas.» Solo que ahora el vestíbulo está lleno de personas robustas y mayores, con prendas de punto y provistas de guías y pequeños gemelos. Weber también lleva exceso de equipaje, pues se ha traído el triple de lo que normalmente llevaría en un viaje profesional, incluso el móvil y la grabadora digital, un hábito profesional que debería haber perdido meses atrás, junto con sus pretensiones profesionales. En el botiquín, aparte de las tiritas y material para coser, hay diez clases distintas de sustancias, desde gingko hasta dimetilaminoetanol.
Cierta vez estudió a un hombre, por lo demás sano, que creía que los relatos se convertían en realidad. La gente hablaba del mundo para hacerlo existir. Incluso una sola frase desencadenaba acontecimientos tan firmes como la experiencia. Viaje, complicación, crisis y redención: solo tienes que pronunciar las palabras para que adquieran forma.
Durante décadas, el caso obsesionó a todo el mundo. Weber escribió al respecto. Ese único delirio -los relatos se convierten en realidad- parecía el germen de la curación. Nos relatábamos a nosotros mismos hacia atrás, para establecer el diagnóstico, y hacia delante, para determinar el tratamiento. El relato era la tormenta en el núcleo de la corteza. Y no había mejor modo de llegar a esa verdad ficticia que por medio de las cautivadoras parábolas neurológicas de Broca o Luria, relatos de cómo incluso cerebros trastornados podían narrar el desastre de modo que adquiriese un sentido que permitiera vivir con él.
Entonces el relato sufrió un cambio. En algún momento, las herramientas clínicas reales hicieron que sus historiales médicos se redujesen a algo meramente pintoresco. La medicina creció. Instrumentos, diagnóstico por la imagen, test, métrica, cirugía, fármacos: no había espacio para las anécdotas de Weber. Y todas sus curaciones literarias se convirtieron en espectáculos circenses y paradas de monstruos góticos.
Cierta vez conoció a un hombre convencido de que contar los relatos de otros podría convertirles de nuevo en reales. Entonces, los relatos ajenos le rehicieron a él. Ilusión, pérdida, humillación, descrédito: bastaba con decir las palabras para que lo nombrado sucediera. El hombre en cuestión había surgido de relatos amañados. Era una pura invención de Weber. La historia y el reconocimiento médico eran mentira. Ahora el texto se aclara. Incluso el nombre del caso, Gerald W., parece el menos convincente de los seudónimos.
Está de pie junto a la cama de Mark, en busca de redención. El muchacho le suplica.
– ¿Por qué no venía, doctor? Creí que estaba muerto. Más muerto que yo. -Habla de una manera lenta y titubeante-. ¿Sabe lo que ha ocurrido? -Weber no le responde-. He intentado quitarme de en medio. Y, por lo que parece, tal vez no sea la primera vez.
Estas palabras hacen que Weber se siente en la silla junto a la cama.
– ¿Cómo te encuentras ahora?
Mark separa los codos, revelando el tubo del gotero inserto en su brazo derecho.
– Bueno, pronto empezaré a sentirme bien de veras, tanto si quiero como si no. Sí, van a ponerme en forma de nuevo. Seré el tercer Mark. ¿Sabe que están hablando de aplicarme electroshocks?
– Yo… -responde Weber-. Creo que debes de haberlo entendido mal.
– Sí, terapia electroconvulsiva. Muy suave, según me dicen. Saldré de aquí feliz como una lombriz. Como nuevo. Y no recordaré nada de lo que ahora sé, lo que he imaginado. -Agita la mano y aferra la muñeca de Weber-. Por eso tengo que hablar con usted. Ahora, mientras todavía puedo.
Weber toma la mano de Mark en la suya, sin que el muchacho se resista, tan desesperado está. Cuando habla, su tono es suplicante.
– Usted me vio no mucho después del accidente. Me sometió a pruebas y esas cosas. Hablamos de su teoría, la idea de la lesión, la zona posterior derecha que se separa de esa almendra. ¿La mídala?
A Weber le pasma que Mark lo recuerde. Él mismo había olvidado su conversación.
– La amígdala.
– ¿Sabe? -Mark retira su mano de la de Weber y finge una débil sonrisa-. Entonces, cuando me contó eso, estaba seguro de que había perdido el jodido juicio. -Aprieta los ojos y sacude la cabeza. El tiempo se está acabando. Pierde la percepción a causa de un cóctel químico que penetra gota a gota en las venas de sus brazos. No puede nombrar con precisión lo que necesita decir. Las señales de su esfuerzo recorren todo su cuerpo. Se debate por comprender lo que está casi al alcance de su mano-. Mi cerebro, todas esas partes divididas, tratando de convencerse unas a otras. Docenas de boy scouts perdidos que agitan unas linternas de mierda en el bosque por la noche. ¿Dónde estoy yo?
Weber podría contarle anécdotas. Los pacientes de automatismo, cuyos cuerpos se mueven sin conciencia. Las metamorfopsias, asoladas por naranjas del tamaño de pelotas de playa y lápices del tamaño de cerillas. Los amnésicos. El yo es un borrador hecho a toda prisa, confeccionado por un comité que intenta engañar a un joven editor para que lo publique.
– No lo sé -responde Weber.
– Bien, dígame ahora… -Mark se interrumpe, sumido en sus pensamientos, las facciones contraídas. Ninguna pregunta que se le pueda ocurrir merecería tamaña aflicción. Pero Weber ha volado dos mil kilómetros para escuchar esto. Mark baja la voz, la oculta-. ¿Cree que es posible…? ¿Puede estar uno confundido mentalmente y no tener la menor idea? ¿Y seguir sintiéndose como siempre…?
Weber quiere decirle que no es posible. Que es cierto. Obligatorio.
– Te encontrarás mejor -le dice-. Más entero de lo que estás ahora.
Es una promesa temeraria. Si eso fuese cierto, él mismo tomaría el fármaco.
– No estoy hablando de mí -sisea Mark-. Me refiero a la gente. Centenares de personas, tal vez millares, casos en los que, al contrario del mío, la operación funcionó realmente. Todo el mundo yendo tranquilamente por ahí sin tener la más remota idea.
A Weber se le eriza el pelo. Piloerección, una vieja reliquia evolutiva: carne de gallina.
– ¿Qué operación?
Ahora Mark se pone frenético.
– Le necesito, Loquero. No hay nadie más que pueda decírmelo. ¿Todas esas pequeñas partes del cerebro que charlan entre ellas? ¿Esos grupos de boy scouts?
Weber asiente.
– ¿Es posible cortar uno? ¿Uno solo? ¿Sin matar a todo el grupo?
– Sí.
El alivio es inmediato. Mark vuelve a hundir la cabeza en la almohada.
– ¿Y es posible introducir a uno? Ya sabe. Secuestrar a un boy scout y poner a otro en su lugar. ¿Alguna elemental linterna de mierda agitada en la oscuridad?
Más carne de gallina.
– Dime qué quieres decir.
Mark se cubre los ojos con las manos.
– «Dime qué quieres decir.» El señor quiere saber lo que quiero decir. -Vuelve la cabeza a un lado, con irritación. Baja de nuevo la voz-. Me refiero a trasplantes. Combinación entre especies.
Xenotransplante. Un artículo sobre el tema en la revista JAMA, el mes pasado. La cantidad creciente de experimentos: fragmentos de corteza de un animal trasplantado a otro y que adquieren las propiedades del área anfitriona. Mark debía de haberse enterado de esas cosas, a la manera bastarda y embrollada en que la ciencia llega a todo el mundo.
– Insertan partes de cerebro de mono en personas, ¿no es cierto? ¿Por qué no aves? Su almendrita a cambio de la nuestra.
Weber solo tiene que decir que no, de la manera más suave y rotunda posible. Pero en realidad desea decirle: no hay necesidad de hacer ningún cambio. Ya están ahí, heredadas. Estructuras antiguas que siguen dentro de las nuestras.
Pero, por lo menos, le debe a Mark la pregunta que entonces le hace.
– ¿Por qué querrían hacer tal cosa?
Mark reflexiona un momento.
– Todo forma parte de un plan más vasto, algo que han estado desarrollando en los tableros de dibujo durante mucho tiempo. La Ciudad de las Aves. Quieren sacar provecho de los animales. El próximo gran negocio, ¿comprende? Encontrar la manera de intercambiar sustancia cerebral, de las grullas a los seres humanos y viceversa. Como usted dice: un boy scout más o menos sin que el grupo se resienta. Uno sigue sintiéndose igual. También habría funcionado en mi caso, pero hubo algún fallo.
Algo se está comunicando a través de Mark, algo primigenio a lo que Weber debe prestar toda su atención antes de que el fármaco del gotero convierta de nuevo a este joven en un ser humano normal. Este momento es todo el tiempo que queda. Solo ahora.
– Pero… ¿qué tratan de conseguir con la operación?
– Están intentando salvar a la especie.
– ¿Qué especie?
La pregunta sorprende a Mark.
– ¿Qué especie? -La sorpresa cede el paso a una risa resonante y hueca-. Esto sí que es bueno. ¿Qué especie?
Y guarda silencio mientras intenta decidirlo.
Bonnie Travis vive en un bungalow de comienzos del siglo Xx que tiene forma de petaca de bolsillo, en cuyo interior ambas mujeres apenas disponen de espacio para pasar una al lado de la otra sin rozarse. Karin se disculpa a cada oportunidad, friega los platos aunque ni siquiera estén sucios. Bonnie la regaña.
– ¡Vamos! Es como estar de camping. Nuestra pequeña choza.
A decir verdad, la muchacha ha sido una bendición, alegre y divertida incluso cuando no viene a cuento. La entretiene leyendo las cartas del tarot o tostando malvavisco sobre la estufa de gas. «Alimento consolador», lo llama ella. Por la noche, Karin se sobrepone al impulso de acurrucarse en la cama con ella.
A la noche siguiente, entra en casa tras haberse fumado medio paquete de tabaco en la terraza de Bonnie, y encuentra a la muchacha muy preocupada. Al principio no quiere decir por qué y repite una y otra vez: «No es nada, no hay ningún problema». Pero no puede concentrarse en la tarea y acaba por quemar el estofado. Karin descubre al culpable sobre la mesita baja: el nuevo libro de Weber, que la muchacha ha ido leyendo con remolona dedicación, media página al día durante los últimos meses.
– ¿Es esto lo que te ha alterado? -le pregunta Karin-. ¿Algo que has leído aquí?
La chica hace un gesto negativo más con la cabeza, pero entonces se desmorona.
– ¿Hay en el cerebro una parte divina? ¿Visiones religiosas debidas a alguna clase de tormenta epiléptica?
Karin se apresura a consolarla, y lo consigue en parte.
– ¿Puedes encender y apagar a Dios con una corriente eléctrica…? ¿No es más que una estructura integrada en el cerebro? ¿Lo sabías ya? ¿Lo sabe todo el mundo? ¿Todo el mundo inteligente?
Karin la hace callar, le acaricia los hombros.
– Nadie lo sabe. Él tampoco lo sabe.
– ¡Claro que lo sabe! Si no lo supiera, no lo diría en un libro. Es el hombre más inteligente que he conocido jamás. La religión tiene que ver con un lóbulo temporal… Dice que la creencia depende de una sustancia química evolucionada que puedes ganar o perder… Como lo que Mark decidió acerca de ti. La manera en que ya no es él, la manera en que ni siquiera puede ver que él… Ah, mierda. ¡Soy demasiado estúpida para entenderlo!
Y Karin se siente demasiado estúpida para poder ayudarla. Algo en ella, una tormenta temporal, quiere decirle: La suma total de cuanto somos sigue siendo real. El fantasma desea adquirir nuestra forma. Incluso un módulo que incorpora a Dios habría sido seleccionado por su valor para la supervivencia. El agua se propone algo. Pero no dice nada de esto, no tiene palabras. La duda de Bonnie debe de haber estado incubándose desde hace tiempo, como un tumor que crece lentamente. Está lo bastante conmocionada para aceptar cualquier sistema de creencias más amplio que Karin pudiera sugerirle. Se miran una a otra mucho rato, sorprendidas con algún secreto vergonzoso. Entonces, sin más que tristes sonrisas, hacen un pacto, unidas en el truco de la creencia, novicias de un nuevo credo, hasta que los estragos las cambien.
Karin no ha salido de la casa de juguete salvo para hacer un fracasado intento más de hablar con su hermano en el hospital. No ha ido al Refugio desde que abandonó el piso de Daniel. Durante toda su vida ha sospechado en secreto que cuanto aprendes a querer, todo aquello de lo que realmente te apropias, te lo arrebatan. Ahora sabe por qué: nada es tuyo. La noche anterior soñó que volaba, muy por encima de los lagos formados en los meandros del Platte. Placas de hielo salpicaban los bancos de arena, y los campos estaban cubiertos de rastrojos. No había señales de vida por ninguna parte. Todos los animales visibles a simple vista habían desaparecido. Pero había vida por doquier, microscópica, vegetativa, zumbando en la colmena. Voces sin lenguaje, voces que ella reconocía, llamándola para que viera. Al despertar, se sentía reconfortada y llena de una desconcertante confianza.
Ahora se prepara para hacer una incursión en el exterior, tomando prestado el mejor vestido de Bonnie que no es un disfraz de pionera, de seda verde salvia y tan ceñido que podría causar traumatismos cervicales incluso en el Gold Coast de Chicago. Hasta consigue que Bonnie se encargue de maquillarla. La chica, que ahora parece mayor y más seria, coteja el cutis de Karin con varias muestras de color que estudia con los ojos entornados.
Karin le toca el hombro.
– ¿Recuerdas que le pintaste a Mark las uñas cuando aún estaba en traumatología?
– Sí, púrpura de congelación -recuerda Bonnie.
– Púrpura de congelación -repite Karin-. Píntamelas así.
Trabajan juntas, como profesionales. Bonnie retrocede para admirar su obra.
– De muerte -dice, lo cual debe de significar que está muy bien-. Armada y peligrosa. Podrías comerte a los hombres como una rana come moscas. Él no sabrá qué le ha golpeado. De muerte, ya te digo.
Karin, inmóvil en la silla, no puede contener las lágrimas. Abraza a la alicaída maquilladora. Bonnie le devuelve el abrazo, la estrecha con fuerza, cómplice antes del hecho.
Más tarde Karin se dirige al centro de la ciudad, al mismo lugar donde hizo que Robert Karsh saliera de su escondrijo. Cae la tarde, y la gente sale de la oficina. Él está entre los últimos que lo hacen. Cuando cruza la puerta y la ve, se detiene, sorprendido. Ella se vuelve y avanza hacia él, procurando no pensar, diciendo «de muerte» para sí misma, como un hechizo protector. Él también va a su encuentro, el mentón adelantado y mirándola de arriba abajo.
– Cielos -le dice-. Estás espléndida. -La desea incluso ahora, incluso después de lo que ella ha hecho. Tal vez más, debido a ello. Quiere llevarla detrás de los arbustos iluminados por el sol poniente y hacerlo allí mismo, como vertebrados inferiores-. Bueno -sigue diciendo-. Parece ser que tu amigo Daniel ha conseguido que el Consejo de Desarrollo le preste su atención. -No necesita añadir: «Y también la mía». Su sonrisa es intimidante e impersonal, una sonrisa tan propia de Karsh que ella no puede dejar de sonreírle a su vez-. Lo has revelado todo. Has soltado cuanto te dije confidencialmente. De acuerdo, tal vez no todo, pero sí lo referente a los negocios. -Sigue sonriendo, como si estuviera hablando con su pequeña Ashley, la niña que no le ha permitido conocer a Karin-. Tal vez todo esto no fuera más que negocios, ¿eh? Desde el principio.
– Escucha, Robert. -Alza un poco la voz, pero se domina enseguida-. Ojalá eso que dices fuese cierto. Ojalá hubiera sido tan lista.
– Bueno, la cuestión es que nos has retrasado, has complicado el juego. Y me he visto en un serio apuro personal. He tenido que espabilarme para no salir chamuscado. Lo cual no quiere decir que esto no le dé más vidilla al asunto. Es el precio de saber lo que significo para ti.
Ella sacude la cabeza.
– Eso lo has sabido siempre, mejor que yo.
– Pero ten en cuenta una cosa. Si este proyecto no se realiza en Farview, lo haremos en otra parte río abajo. ¿Crees que vas a impedirnos construir? ¿Crees que se va a interrumpir el desarrollo? ¿Quién eres tú? Ni siquiera eres…
– Ni siquiera soy nadie -le interrumpe ella.
– No he dicho eso. Solo estoy diciendo que vamos a construir lo que necesita la comunidad. Acabaremos por hacerlo. Si no el año que viene…
Eso es tan evidente que ella ni siquiera puede replicar. Incluso ahora, los ojos de Robert dicen: Vayamos a alguna parte. Busquemos una habitación. Veinte minutos. El vestido de seda haciendo su trabajo. Y ella se siente nada, una nada que la llena y la eleva. Permanece de pie, incapaz de poner fin a las sacudidas de su cabeza.
– Anulé mi personalidad por ti -le dice, perpleja por haber hecho tal cosa, perpleja porque aún puede hacerlo. Le mira, hurgando en su pasado-. Crees que me conocías. ¡Crees que me conoces!
Años de esfuerzo, y ahora ella podría pasar por su lado en la calle y no sentir nada. Lo mismo que Karsh: Capgras mimético, una sonrisa que no reconoce nada, ahí de pie, sonriendo como si acabara de sobornar a la maestra de la escuela primaria con una manzana agusanada.
Y, no obstante, están conectados. Ella da media vuelta y se dispone a alejarse atravesando en línea recta la ciudad, esa ciudad que detesta y de la que nunca se librará. Y mientras avanza por la calle, a sus espaldas, oye que él la llama, a medias regocijado.
– Cariño. Vuelve, Conejita. ¡Eh! Hablemos de esto.
Sereno, comprensivo, seguro de que ella volverá, si no ahora, el próximo año por esta misma época.
Hablan durante tanto tiempo que Weber pierde la cuenta. Y a cada respuesta que Mark necesita, la certeza de Weber disminuye. Ese grupo de boy scouts que agitan linternas defectuosas en el bosque por la noche se ha diseminado. Durante toda su vida ha sabido de sí mismo que no era más que esa tropa de scouts improvisada. Y, solo ahora, algo que estaba reprimido se libera, y el conocimiento adquiere realidad.
Hablan hasta que las teorías de Mark empiezan a parecer plausibles, hasta que Mark cree que Weber ha comprendido la magnitud de los hechos. Hablan hasta que las sustancias químicas del gotero amortiguan la actividad de sus sinapsis y le tranquilizan.
Pero hay algo en él que todavía lucha. Tiene una palma en las sienes y la otra en la nuca.
– Mire, pueden hacer conmigo lo que quieran. Medicamentos, electroshock, incluso cirugía, si es preciso. Dejaré gustoso que vuelvan a hurgar dentro de mí, si esta vez aciertan. No puedo seguir viviendo con este estúpido problema a medio curar. -Cierra los ojos y gruñe como un lobo acorralado-. Detesto esta sensación de que todo son puros cuentos de mi mente, de que soy un gilipollas totalmente inventado. Pero hay una cosa que estoy seguro de que no he inventado. -Se gira en la cama, abre el cajón de la mesita de noche y saca la nota. Esta no se deteriora; el laminado la ha convertido en permanente. La arroja al antepecho de la ventana-. Ojalá la hubiera inventado. Ojalá no hubiera ningún ángel de la guarda. Pero ahí está. ¿Y qué diablos tenemos que hacer con eso?
Weber no hace nada excepto esperar a que los fármacos surtan efecto y Mark se duerma. Entonces avanza por el pasillo con paso vacilante. Se sienta un momento en una sala de espera que parece un terrario de vidrio, llena de individuos a los que se les ha prometido un milagro de alta tecnología. Una muchacha de unos veinte años, sentada en una silla acolchada de color naranja, lee en voz alta un libro de gran tamaño y colores chillones a un niño de cuatro años sentado en su regazo.
– ¿Te has preguntado alguna vez por el milagro de tu comienzo? -lee la mujer en voz dulce, tranquilizadora-. No procedes de los monos ni de una medusa del mar. ¡No! Empezaste a existir cuando Dios decidió…
Weber alza la vista, y es como si la hubiera conjurado, ahí, delante de él. La hermana, enfundada en un vestido de seda verde.
– ¿Le ha visto? -le pregunta, y su propia voz le suena rara.
Karin sacude la cabeza.
– Está durmiendo. Inconsciente.
Weber asiente. Inconsciente. Es un error que la negación represente algo tantos miles de millones de años más antiguo que lo negado.
– ¿Se pondrá bien?
Hay algo en la pregunta que él no acaba de entender. ¿Se pondrá bien alguien?
– De momento está a salvo. -La distancia entre los dos es muy corta, y guardan silencio. Él ve los centenares de pequeños músculos alrededor de los ojos de Karin leyendo los suyos, incluso mientras él la mira-. Tiene la impresión de que en parte podría ser un pájaro.
Una lenta y dolorida sonrisa aparece en los labios de la mujer.
– Conozco esa sensación.
– Cree que en la sala de urgencias los cirujanos cambiaron…
Su brusco gesto de asentimiento le interrumpe.
– Es una vieja historia -dice ella-. No es sorprendente, dado el aspecto que tienen.
Se ha vuelto loca… debe de ser alguna sustancia en el agua de la ciudad.
– ¿Los cirujanos?
Su cara se frunce como la de una criatura, una niña que acaba de descubrir la trampa de las palabras.
– No, los pájaros.
– Ah. Nunca los he visto.
Ella le mira, como si él acabara de decirle que nunca ha sentido placer. Consulta su reloj.
– Vamos -le dice-. Estamos a tiempo.
Cuando oscurece, se ocultan en un hoyo de observación de aves abandonado. Se sientan en una lona impermeabilizada que ella guarda en el maletero, Karin todavía con el vestido de seda verde, él con chaqueta y corbata. Le ha llevado a una zona de observación que solo conocen los nativos, un terreno particular pero deshabitado, un lugar secreto en el que entran ilegalmente. Hace frío en el hoyo, el campo a su alrededor está cubierto de cañas marrones de maíz del año pasado y grano desperdiciado. Más allá del campo serpentean las arenosas orillas del río. Unas pocas aves empiezan a congregarse. Ella une las manos ante su cara, como una niña que aprendiera a rezar. El contempla el agrupamiento de aves a cien metros de donde se encuentran, y entonces la mira a ella. ¿Es esto? ¿El espectáculo mítico?
Karin sonríe y sacude la cabeza ante la duda de Weber. Le roza el hombro: espera, dice el gesto. En estos parajes la vida es larga. Más larga de lo que piensas. Más larga de lo que puedes pensar.
Por un momento, en la fría oscuridad, él se siente estimulado. El cielo pasa de melocotón a granate y a rojo sangre. Un hilo ondea a través de la luz: una bandada de grullas que vuelven a casa desde ninguna parte. Emiten un sonido, prehistórico, demasiado fuerte y expansivo para su tamaño corporal. Un sonido que él recuerda desde antes de haberlo oído.
Él y la mujer se agazapan en el hoyo. El frío hace estremecer la espina dorsal de Weber. Otra hilera desciende en el aire inmóvil, y luego otra más. Las hileras de aves se dan alcance y se unen, como un paño deshilachado que volviera a juntarse. Aparecen hileras desde todos los puntos cardinales, el cielo carmesí entreverado de venas negras. Las alas se ladean y dan bandazos, se deslizan o enderezan de nuevo, antes de moverse otra vez como un lento ciclón. Pronto el cielo se llena de afluentes, un río de aves, un Platte reflejado que serpentea por el cielo y que grita en toda su extensión.
Las aves son enormes, mucho mayores de lo que él imaginaba. Baten las alas lentamente, las largas plumas primarias arqueándose a considerable altura por encima del cuerpo, para descender bastante por debajo, un chal vuelto a colocar constantemente sobre unos hombros olvidadizos. Con los cuellos estirados mientras las patas penden detrás y, en el centro, el ligero abultamiento del cuerpo, como un juguete infantil suspendido entre cordeles. Un ave aterriza a seis metros del hoyo. Sacude las alas, cuya envergadura supera la altura de Weber. Detrás de esta, se posan varios centenares más. Y su presencia en este campo privado solo es un espectáculo secundario, en absoluto comparable a las apoteosis de los refugios más vastos. Los gritos se concentran y resuenan, un solo coro desafinado y sin oído musical que se extiende a lo largo de kilómetros en todas las direcciones, de regreso al pleistoceno.
Weber piensa que Sylvie debería ver esto. Es el pensamiento más natural del mundo. Sylvie y Jess. No Jess, sino Jessie, a los ocho o nueve años, cuando una ciudad de aves la habría asombrado. ¿Había estado él alguna vez unido a aquella niña? ¿Mereció aquella chiquilla que se formó a sí misma un padre más sensible?
Las hileras de aves se deslizan hacia el suelo. Su elegancia al volar se convierte en un paso tambaleante cuando se posan en tierra. La pérdida de gracia sería cómica si no resultara tan penosa. Un millar de grullas flotantes sucumben a la gravedad. Ven a los seres humanos y siguen adelante, sumidas en el presente que serpentea continuamente. Durante tanto tiempo como han existido praderas y riberas arenosas y la idea de que este es un lugar seguro, las aves se han reunido en este trecho del río. En este siglo se alimentan en los campos de maíz. El próximo siglo tendrán que conformarse con los restos que este lugar aún pueda aportarles.
El gélido suelo deja aterido a Weber. Se sobresalta al oír la voz de Karin, como procedente de un lejano planeta.
– ¡Mire! Esa de ahí.
Alza la cabeza para ver. Es él, en la sala de baile junto a la carretera, al lado de Barbara Gillespie, experimentando una desacostumbrada alegría física. La grulla danza, con una extraña intencionalidad. Arroja ramitas al aire. Junta los extremos de las alas, formando una capucha, y se retuerce como un rapero. Entonces el ave y su pareja adoptan una actitud de alerta, los cuellos extendidos, los ojos fijos en algo invisible a lo lejos, los picos paralelos, estampando su firma en el aire. Se alternan y luego se sincronizan, entrelazando sus llamadas al unísono.
Weber encuentra algo en la pareja de aves que hacen piruetas, alguna pista de su propia disolución. Y entonces, gracias a una telepatía trivial, algo que incluso la ciencia podría explicar, ella lee sus pensamientos.
– ¿Por qué ha vuelto? ¿Lo ha hecho por Mark? ¿O por ella? -Él ni siquiera puede hacerse el tonto. La sonrisa de Karin se vuelve burlona-. Todo el mundo lo vio. Era evidente.
– ¿Qué es lo que vieron?
No pueden haber visto nada. Él acaba de verlo ahora. Pero incluso su lenta ciencia converge en lo evidente: la primera persona es siempre la última en saber.
Cuando ella le habla es como si lo hiciera con alguien que está ahí afuera, en el campo.
– Dice Daniel que ella le llamó. Hace un año, antes del accidente de Mark. Le hizo toda clase de preguntas acerca del Refugio. Dice que es una espía, una investigadora que trabaja para los promotores. ¿Le parece demencial? ¿Como una de las teorías de Mark?
Él le daría alguna respuesta si pudiera. Algún pensamiento cruzaría por su mente, e incluso lo expresaría, pero tiene la sensación de que las palabras son como losas inamovibles bajo las que se ve forzado a la mudez.
Ella le escruta, ambos en papeles cambiados, Karin la doctora y Weber el paciente.
– A usted le ha pasado algo.
– Sí -responde él.
Ve ese algo, miles de ejemplares, deambulando por los campos, a un susurro de distancia.
Ella cierra los ojos y se tiende en el suelo helado. Weber se tumba a su lado, de costado, la cabeza apoyada en el brazo doblado. La mira, contempla el campo abierto que es Karin, con los últimos flecos de luz ambarina extinguiéndose, buscando a la mujer de un año atrás. Ahora ella le devuelve la mirada.
– No sé qué necesitaba de usted. Cuando le escribí acerca de Mark. No sé qué necesitaba de él. De nadie.
Agita la mano ante la evidencia condenatoria, el campo repleto de aves. ¿Qué puede ser realmente necesario?
Desvía la mirada, cohibida. Se yergue y señala a una pareja cercana: dos aves grandes y agitadas que caminan con las alas extendidas, emitiendo sonidos. La melodía de una de ellas es como un toque de corneta, cuatro notas de sorpresa espontánea. Su pareja recoge el motivo y lo acompaña. El sonido hiere a Weber: la creación hablando consigo misma, dejándole al margen. Una charla auténtica, que nadie, excepto una grulla, es capaz de descodificar. La pareja parlante se calla y rastrea el terreno en busca de pruebas. Podrían ser detectives o científicos. La vida incomunicable, incluso para la vida.
Weber mira a la mujer, los surcos de su rostro reflejando el mismo pensamiento, como si él lo hubiera puesto ahí: ¿Qué se sentirá siendo un pájaro?
– Allí -dice ella, señalando con la cabeza a la pareja que camina- A eso es a lo que se refiere Mark. -Se le ensanchan las fosas nasales, enrojecidas y húmedas. Sacude la cabeza, incrédula-. Se desprendían de sus alas para convertirse en nosotros. O nosotros nos desprendíamos de nuestra piel para irnos con ellas. Es el relato más antiguo del libro. -Mira el perfil de Weber, pero cuando él vuelve la cabeza hacia ella, desvía los ojos-. Pero lo triste es que no pueden amar. Se emparejan para toda la vida. Siguen sus trayectorias cada año a lo largo de millares de kilómetros. Crían juntos a sus polluelos. Simulan tener un ala rota para apiadar y alejar a un depredador de sus crías. Incluso se sacrifican para salvarlas. Pero no. Pregúntele a cualquier científico. Las aves no pueden amar. ¡Las aves ni siquiera tienen un yo! Nada en común con nosotros, ninguna relación.
Solo ahora Weber puede empezar a ver todo cuanto Karin alberga contra él. Si pudiera hablar, le pediría perdón.
La mayor de las dos aves se vuelve y le mira fijamente. Los ojos del ave prehistórica revelan algo: un secreto acerca de él, pero no el suyo. Una mirada de puro salvajismo, la dura inteligencia de tan solo ser, que Weber ha olvidado.
Pero la mujer está hablando. Está diciendo cosas, cosas lejanas, con gran vehemencia. Le habla de las guerras por el agua, de cómo los ecologistas han ganado de momento, de cómo, en lo sucesivo, siempre perderán. Ella ha visto todas las cifras, y no existe ningún poder lo bastante grande para detenerlos. Su rostro se convierte en una fea máscara. Agita un brazo ante el ave que la mira con fijeza, y esta se asusta y se aleja volando casi a ras de suelo.
– ¿Cómo es posible que no queramos esto? Exactamente esto, tal como es. Si la gente supiera… -Pero si la gente supiera, este campo estaría atestado de observadores de grullas-. ¿Cuánto tiempo cree que nos queda? -le pregunta-. Dios mío, ¿qué es lo que funciona mal en nuestra cabeza? Usted es el experto. ¿Qué hay en nuestro cerebro que no quiere…?
Ahora el cielo está oscuro, y Weber no puede ver qué es lo que ella señala. Cada uno de ellos está metido en su propio hoyo particular, desde donde contempla una noche impensablemente larga.
Ella habla en voz alta, como si ya solo quedase la memoria.
– Recuerdo la primera vez que mi padre nos trajo aquí. Éramos pequeños. Mi padre, Mark y yo, sentados en este campo. Precisamente este. Cada mañana, antes de que saliera el sol. Hay que ver a estos pájaros por la mañana. El espectáculo nocturno es puro teatro, pero el de la mañana es un acto religioso. Los tres al amanecer, todavía felices. Y mi padre, todavía el hombre más sabio que existía. Es como si le estuviera oyendo. Nos contaba cómo navegaban las aves. Él era piloto de avioneta, y le encantaba la manera en que los pájaros seguían los hitos geográficos para encontrar su lugar preciso, año tras año. Cómo reconocían cada uno de los campos. «Las grullas recuerdan a la perfección. Se agarran mentalmente a lo que ven como los murciélagos se agarran a las vigas de las que cuelgan.» Y la primera vez que vi a esos pájaros trazando círculos en el aire y desaparecer, seguí mirando el cielo, pensando: «Eh, yo también. Llevadme con vosotros». Una terrible sensación de vacío, como si me preguntara qué había hecho mal.
Se pasa los dedos por las cejas. Él la conoce ahora, sabe qué es lo que antes le repelía tanto: su debilidad, su necesidad de hacer el bien en el mundo.
– Era una especie de lección para nosotros. La idea que él tenía de la paternidad. Hablaba sin cesar de los lazos de sangre, de la familia, de cómo incluso los pájaros cuidan de los suyos. Nos asustaba a mi hermano y a mí. Nos pellizcaba hasta hacernos daño, para que jurásemos. «Si algo llegara a suceder, y sucederá, ninguno de los dos jamás debe abandonar al otro.»
Pronuncia estas últimas palabras en voz tan baja que Weber debe reconstruirlas. Entonces ella desvía los ojos, fuerte de nuevo, más serena de lo que él jamás podría fingir, contemplando las tierras húmedas, más allá del progreso que las destruirá.