El inicio


***

1

El único sonido en la ciudad era el silbido del tren.

Desde siempre, por las vías que cortaban Flagstaff en dos con su golpe de cimitarra, pasaban varias veces al día los trenes de carga de la Amtrak. Las locomotoras apenas rozaban las estaciones de ladrillos rojos con su cauteloso paso de rieles, y en el esfuerzo del viaje parecían animales ansiosos solo por el camino que recorrer, sin el menor interés por lo que arrastraban. Eran largas letanías de vagones, que parecían llegar de la nada y dirigirse al mismo lugar, con su carga de contenedores de colores desteñidos y cubiertos de palabras escritas en blanco.

A veces llevaban el logotipo de la China Shipping.

Ese nombre exótico creaba, en la mirada y en la mente, la imagen de lugares remotos, de gente del otro lado del mar que en aquella pequeña ciudad del centro de Arizona, sol rojo de verano y frío blanco de nieve en el invierno, formaban parte del conocimiento de todos y de la esperanza de ninguno.

Apenas un instante para comprender que era solo una ilusión, y los trenes ya se iban con la secuencia de un rosario. Se marchaban chirriando, lentos e indolentes, hacia el este. Se perdían de vista bordeando un trecho la vieja ruta 66 y dejando atrás un eco de ese silbido agudo a manera de saludo y advertencia.

A Caleb Kelso le parecía oírlo incluso desde allí, mientras a la altura de la Snowplay Area dejaba Fort Valley Road para girar a la derecha y enfilar la franja seca de Gravel Highway, la carretera que piedra tras piedra subía hacia el norte como una grieta de la tierra, hasta convertirse en la herida roja y ensangrentada del Gran Cañón. La Ford Bronco que conducía se adaptó de mala gana al nuevo recorrido, con un chirrido de suspensión y un resonar de viejas juntas y de llaves inglesas en la caja de herramientas, fijada al suelo entre los dos asientos. Caleb estaba encariñado con esa vieja camioneta, cuya carrocería mostraba tantas manchas de masilla que la camuflaban mejor que el mono que él vestía.

De mala o buena gana, ese era el único medio de locomoción que podía permitirse considerando sus finanzas en aquel momento. Se resignaba a repararlo él, como podía, poco a poco, a medida que alguna parte de la carrocería o del motor abandonaba el precario mundo de los coches en circulación. Saldadas entre sí, la necesidad y la capacidad viajaban en las mismas cuatro ruedas al amparo de una placa de Arizona.

Las cosas iban pasando, y no había modo de detenerlas. Quizá solo de cambiarlas, si se tenía la posibilidad.

Y él la tenía, vaya si la tenía.

Caleb Kelso, a diferencia de tantos otros, tenía un proyecto.

Eso, según él, era lo único que importaba realmente en la vida. Tener un proyecto, por muy descabellado que pudiera parecer. La historia abundaba en casos semejantes. Para los pocos que realmente habían creído, aquello que a muchos les había parecido un simple sueño de locos visionarios se había convertido en un grito de victoria.

Solo era cuestión de tiempo; tarde o temprano también él alcanzaría el resultado para el cual trabajaba desde hacía años. En un instante dejaría atrás todo el cansancio, todas las noches en blanco y todo el dinero gastado, pero, más que nada, las burlas y las risas de mofa quedarían a sus espaldas. Una vez había leído en alguna parte que la grandeza de un individuo se mide por la cantidad de estúpidos que lo persiguen. Entonces los que lo ridiculizaban tendrían que tragarse la lengua, condimentada con la misma mierda que le habían echado a él encima. Le lloverían gloria y millones de dólares, y su nombre figuraría en la letra K de todas las enciclopedias del mundo.

«Kelso, Caleb Jonas. Nacido en Flagstaff, Arizona, el 23 de julio de 1960, el hombre que logró…»

Meneó la cabeza y tendió una mano para encender la radio como si con el mismo gesto pudiera encender también su suerte futura. El único resultado que obtuvo fue la voz de las Dixie Chicks, que suplicaban a un vaquero que volviera a casa y las amara para siempre. En ese momento de la vida, para Caleb los conceptos de casa y amor eran crueles y afilados como el cuchillo Bowie que llevaba a la cintura.

Su casa se caía literalmente a pedazos, y en cuanto al amor…

Vio fugazmente la imagen del pelo rubio de Charyl balanceándose como algas sobre su vientre mientras le comía la polla.

«Charyl.»

Apagó la radio y la oleada de calor del vientre con la misma rabia y ahogó la canción, que flotó muda en el éter de quien la había evocado.

Apartó un instante la mirada del camino y de todas las visiones que lo flanqueaban con su alambre de espino. A su lado, su perro, Silent Joe, acurrucado en el asiento del acompañante, miraba por la ventanilla con aire indiferente.

Tendió una mano para acariciarlo. Silent Joe se volvió un segundo con ojos desconfiados y luego giró de nuevo la cabeza hacia el otro lado, como si le interesara mucho más su imagen reflejada en el cristal.

A Caleb le gustaba su perro. Tenía mucho carácter. O al menos un carácter muy semejante al de él, productivo o no. Por eso dejaba que se sentara en la cabina junto a él, sin confinarlo a la parte trasera como hacían los demás cazadores. Andaban por allí en vehículos colmados de cabezas caninas que asomaban por los bordes con expresión de condenados a muerte en un tren militar, para después dispersarse en los bosques ladrando como locos cuando sus dueños se apeaban de los vehículos, se echaban al hombro los Remington o los Winchester y se iniciaba la caza.

Silent Joe no ladraba nunca. Ni siquiera cuando era un cachorro y cargaba con una cantidad de piel tres veces superior a su talla. Por ese motivo su nombre original, Joe, pronto se ganó el calificativo de «silencioso», que llevaba descuidadamente colgado del pecho como una condecoración. Iba de un lado a otro a su antojo, con su andar desmañado al límite de la desarticulación. Al mirarlo, Caleb pensaba con frecuencia que los movimientos, más que coordinarlo, lo eludían. Pero era el compañero ideal para la caza con arco, que Caleb prefería sobre cualquier otra. Una caza hecha de acechos, inmovilidad, silencio y atención al viento, para impedir que los olfatearan las presas. Un ciervo, si estaba a sotavento, era capaz de captar el olor de un hombre o de un perro a una distancia de ochocientos metros y en pocos minutos convertir esa distancia en doce kilómetros.

No podía decir que Silent Joe fuera en realidad su perro, porque ese animal daba la sensación de pertenecer solo a sí mismo. Pero en el fondo era el único amigo de verdad con el que podía contar, para decepción de todas las abuelas que bordaban «Home, sweet home» en sus tapetes individuales de lino.

Como si hubiera adivinado que estaba pensando bien de él, el perro se volvió a mirarlo.

– Un día duro, ¿eh, See-Jay? Tengo la impresión de que hoy habrías preferido quedarte en casa roncando sobre la alfombra, en vez de salir al alba. ¿Me equivoco?

A modo de confirmación al comentario de su dueño, el perro volvió la cabeza y respondió con un bostezo que dejó al descubierto la lengua rosa y los dientes blancos y fuertes.

– Ya, he comprendido. Veamos si hay algo que pueda hacer más llevadero el comienzo de nuestra jornada.

Caleb cogió un trozo de carne seca de un paquete de Country Jerky Strips que llevaba en el bolsillo. Lo tendió hacia la boca del perro. Silent Joe no se arrojó como habría hecho cualquier otro exponente de la estirpe canina, ya fuera puro o mezclado y con colores como los suyos.

Acercó la boca a la mano tendida y cogió con delicadeza la carne entre los dientes, para empezar de inmediato a masticarla con el deleite de un gourmet y el agradecimiento de Bruto. Caleb solía pensar, con una sonrisa, que si Julio César hubiera sido un perro, lo habría traicionado Silent Joe. Daba la impresión de que todo lo que hacía era para su propio provecho, para la pura satisfacción de su ego de mestizo. No había modo de enseñarle que la comida podía ser un premio. Para él, todo lo que le daban parecía ser un acto debido, un inevitable reconocimiento a su existencia.

Mientras la carne desaparecía en el estómago de Silent Joe y se disponía a convertirse en el enésimo medio para delimitar su territorio, Caleb abrió la ventanilla y dejó entrar el viento fresco. El otoño, todavía invisible en los árboles, estaba ya en el aire de finales de septiembre, con un vago olor a nieve y a hojas descompuestas. Durante la noche anterior nubes de lluvia habían descendido junto con la oscuridad por las laderas de los San Francisco Peaks, con un despliegue de truenos y relámpagos que evocaban el recuerdo infantil de cabezas bajo las cubiertas. Más adelante, el terreno de la carretera mostraba aún los rastros grises del temporal. Los charcos parecían monedas brillantes en el suelo, donde se reflejaban pedazos del cielo del amanecer. Por el espejo retrovisor no se veían las estelas de polvo o las habituales matas de sus viajes anteriores, cuando remontaba esa carretera con el mismo coche viejo y la misma intención de cazar.

Silencioso el hombre y silencioso el perro, con los únicos ruidos de fondo del motor y los quejidos de la carrocería, prosiguieron por el camino flanqueado de álamos temblones y grandes troncos de pino ponderosa, hasta llegar a una bifurcación. Contra el trasfondo oscuro de los pinos, a la luz de los faros y de la primera claridad del día, se encontraron ante un cartel turístico. Un pintor que conocía su oficio había representado a un vaquero a caballo apoyado elegantemente en la silla, mientras con la mano izquierda señalaba la carretera que continuaba por el bosque que se extendía a la derecha. La cara sonriente y las palabras escritas bajo la figura aseguraban a quienquiera que pasara por aquellos lares que tomando la dirección indicada se llegaba al Cielo Alto Mountain Ranch.

Caleb siguió esa guía dibujada sin disminuir la velocidad, resignado a la ligera desviación de la camioneta, que corregía con el volante. Sin mostrar el menor sobresalto, Silent Joe mantenía el equilibrio balanceándose en su asiento, como si ese tipo de conducción desenfadada fuera una práctica habitual de su compañero de viaje.

Al cabo de menos de un kilómetro y medio la carretera doblaba un poco a la izquierda, lo que obligó a Caleb a bordear durante un trecho una alta valla de tablones de madera, hasta alcanzar el acceso principal del Ranch. La entrada estaba coronada por un burdo cartel de madera blanca y turquesa con letras negras. Como en la tradición de las películas del Oeste, colgaba de un poste sostenido por dos puntales, sujeto con dos trozos de cadena. Caleb pasó al otro lado y se dirigió sin vacilar hacia el aparcamiento de la izquierda, reservado para el personal.

El Cielo Alto Mountain Ranch estaba construido en un terreno que en sus orígenes se extendía medio millón de acres al pie del Humphrey's Peak, la montaña más alta de toda Arizona. Reproducía de manera aceptable una aldea de la antigua frontera. En la parte inmediatamente superior a la zona de aparcamiento, delimitada por una segunda valla lo bastante alta para ocultar los coches a la vista, había una serie de cabañas de madera, de aspecto muy espartano. Se hallaban dispuestas en semicírculo alrededor de un amplio espacio abierto, donde los huéspedes se reunían para preparar barbacoas al aire libre y asistir a los discutibles conciertos de música country que se ofrecían con cierta frecuencia.

El gran edificio de troncos que constituía la Club House dividía el campo casi por la mitad.

En la parte opuesta a aquella donde se encontraba Caleb, un poco más arriba, a la derecha de la Club House, había diversas hogan, las típicas viviendas de barro, en forma abovedada, de las poblaciones navajas, que allí solo desempeñaban una función decorativa. En la explanada inferior estaban los alojamientos para los clientes del Ranch: pequeñas estructuras de adobe, pegadas las unas a las otras, que reproducían el estilo arquitectónico, más o menos puro, de los indígenas pueblo.

Al fondo, ocultos a la vista por otra cerca, se hallaban los establos, los almacenes y los cobertizos que albergaban las calesas, las carretas Conestoga y las diligencias de la Wells Fargo en las que llevaban de paseo a los huéspedes en las toscas conmemoraciones que formaban parte de las atracciones del Ranch. Por encima de todo aleteaba un aire de falsa nostalgia, la sensación de un pasado reciente, y ni siquiera demasiado heroico, que intentaba a toda costa erigirse en historia.

Caleb detuvo la camioneta junto a un Mazda manchado de tierra y lluvia. Bajó y dejó abierta la puerta de su lado para que saliera Silent Joe. El perro se movía a sus anchas por aquel lugar, que para él era terreno conocido, y apenas estuvo al aire libre fue con andar seguro hacia su árbol preferido. Levantó la pata y empezó a orinar con tranquilidad, mientras miraba a su dueño con ojos de no querer que lo espiaran en semejante momento de intimidad.

De la parte posterior del Ford, Caleb sacó su PSE Fire Flight, un arco de caza un poco viejo, pero que en sus buenos tiempos arqueros de todo el mundo habían aclamado como una auténtica revolución. Un arma de unos tres kilos y medio, muy estable, desmultiplicada en la mitad de la polea de modo que reducía a un sesenta por ciento la fuerza necesaria para superar el pico, el punto de máxima tracción. Era capaz de clavar un hombre a un árbol traspasándolo de lado a lado y dejando asomar un fragmento de flecha lo bastante sólido para colgar la chaqueta.

También cogió del asiento el carcaj lleno de flechas de aluminio con puntas reforzadas y cuatro aletas, y verificó que estuvieran cubiertas con la protección de plástico. No deseaba que se le clavara una en el costado o en cualquier otra parte, si por azar resbalaba y caía. Por aquellos parajes esos accidentes hacían reír a todos.

En cierta ocasión ayudó a un cazador forastero, de los que llegaban con sus Hummer negros llenos de cromo y sus flamantes chaquetas, convencidos de que la película Rambo 2 era la Biblia de los tiradores con arco. Cuando lo llevaron a la sala de primeros auxilios con una flecha clavada en el culo, los médicos apenas consiguieron contener la risa mientras lo atendían.

Caleb no quería correr la misma suerte.

Solo Dios sabía qué poco necesitaba las crueles expresiones de conmiseración de la gente.

Estaba acomodándose la mochila en la espalda cuando oyó, detrás de él, unos pasos sobre la grava. Al volverse se encontró ante la cara sonriente de Bill Freihart. Era un hombre maduro, alto y corpulento, gran bebedor de cerveza e insaciable comedor de carne. Su barriga, pero sobre todo una infinidad de capilares reventados en las mejillas, lo confirmaban sin sombra de duda. A esa hora todavía no se había puesto el sombrero Stetson, el poncho y el cinturón con el Colt Frontier sujeto a un costado, que constituían su uniforme cuando se hallaba en el Ranch. Todos los que allí trabajaban estaban obligados a vestirse como caricaturas de los personajes de la antigua frontera. A ninguno le entusiasmaba, pero era su trabajo y aunque no les gustara no tenían más remedio que aceptarlo.

A Caleb no le llamó la atención que Bill ya estuviera despierto. Era el responsable de las actividades del complejo, que comprendían, además de las cenas al estilo vivaque y los espectáculos, excursiones a pie y a caballo y viajes en helicóptero al Gran Cañón. Tal vez ya había ido a los establos a revisar los caballos y había supervisado el almuerzo que se distribuía en la Club House, para asegurarse de que todo estuviera listo cuando despertaran los huéspedes que todavía dormían en sus habitaciones, que olían a madera.

Bill dejó de atormentar la grava con sus botas y se detuvo a la altura del capó del Bronco.

– ¿Acaso anda por ahí algún ciervo que deba temer por su vida?

Caleb meneó la cabeza, con una expresión que negaba toda posibilidad en ese sentido.

– Pues no. Para hacer las cosas bien, a esta hora ya debería estar al acecho hace rato.

Caleb señaló con la mano a Silent Joe, que mientras tanto había aliviado sus necesidades fisiológicas y había regresado a su lado. Husmeaba los pantalones de Bill con un ligero movimiento del rabo, lo cual en su caso podía interpretarse como una manifestación festiva. El hombre se agachó y lo rascó detrás de la oreja.

– Daré una vuelta para que Silent Joe estire un poco las patas. Si llego a ver algún conejo silvestre ya será un gran éxito.

Mientras terminaba de coger de la camioneta sus pertenencias, Caleb señaló con la cabeza el grupo de cabañas que se levantaban al otro lado del vallado.

– ¿Cómo está?

Bill se encogió de hombros.

– Estamos al completo. Los turistas se matan por venir aquí a dormir mal y comer peor. Pero ya sabes cómo son las cosas…

– Ya. El viejo Far West siempre funciona. Pero no sirve de nada hacer elucubraciones sobre el gusto de la gente.

– ¿Y a ti? ¿Cómo te va el campamento?

Caleb fingió que comprobaba algo en el carcaj, para poder responder sin tener que mirar a su amigo a la cara.

– Arruinado. Ahora la gente tiene necesidades que yo ya no logro satisfacer. Llegan con sus grandes caravanas y esos enormes RV blancos y quieren agua corriente, electricidad, televisión por cable y todas las comodidades. Parece imposible que sean los propios campistas quienes lo piden…

Bill bajó apenas la voz y recurrió a un tono confidencial.

– Y de dinero, ¿cómo andas?

Caleb lo miró con una media sonrisa que quería expresar asombro pero se quedó en una mueca amarga.

– ¿Dinero? ¿Te refieres a esos papelitos verdes que la gente llama dólares? Esos se terminaron hace tiempo. He tenido que interrumpir mi trabajo a causa de una terrible falta de fondos.

– Ya cambiará. Pero al menos podrías…

Caleb lo atajó con un ademán. Bill era un amigo del cual aceptaba ayuda y consejos, pero en aquel momento no tenía ganas de oír un sermón sobre lo que habría o no habría debido hacer. Era una discusión que ya habían mantenido varias veces en diversos lugares, y Caleb sospechaba que la confianza de su amigo en el proyecto en el que estaba trabajando no era muy superior a la de sus detractores.

– Lo único que puedo hacer es aguantar. Cuando lo haya logrado serás el primero en sorprenderte. ¿Recuerdas a Steven Hausler?

– Sí, lo recuerdo muy bien.

Steven Hausler había sido durante años un profesor de química desempleado que, para seguir adelante, aceptaba cualquier trabajo. Como no podía permitirse un coche, todos estaban acostumbrados a verlo por Flagstaff pedaleando en una bicicleta vieja con manillar de carrera, con dos agujas de tender que le sujetaban los pantalones para que no se le enredaran en los engranajes. Nadie ignoraba que en el sótano de su casa tenía un pequeño laboratorio en el que se encerraba cada vez que disponía de un momento libre y unos dólares para invertir. Un día entró en el Hunter Trade Post, la tienda de artículos para caza y pesca, en la calle Columbus. Pidió y obtuvo de Daniel Bourder, el propietario, una pequeña cantidad de dinero en préstamo. Con esa suma patentó una proteína que las principales industrias farmacéuticas utilizaban en grandes cantidades y por la cual percibía unos derechos principescos. Cuando Steven Hausler compró su primer Porsche, hizo bañar en oro la vieja bicicleta, que ahora formaba parte de la decoración de su casa de Florida.

Caleb cortó la conversación alzando la cabeza hacia la claridad que asomaba desde el este, del otro lado de las laderas montañosas.

– Bien, será mejor que me vaya si quiero hacer algo. Que tengas un buen día, Bill.

Aquel saludo apresurado sonó a huida.

Bill Freihart, de pie junto al morro de una vieja camioneta que habría acogido una mano de pintura como el advenimiento del Mesías, se quedó observando a su amigo mientras se alejaba, con la expresión resignada de quien contempla a un enfermo incurable.

– Lo mismo digo. No vayas a perderte.

Caleb hizo con la cabeza un gesto tranquilizador y se adentró en el bosque, precedido por Silent Joe. Poco más allá del claro donde se hallaban aparcados los coches, en el tronco de un álamo, había una vieja incisión. Con mano firme un apenas identificado «Cliff» había entregado a la eternidad su amor por Jane, tras tallar en la corteza los nombres de ambos, rodeados por un corazón. Cada vez que pasaba por allí, Caleb trataba de imaginar la cara de Cliff. Ese día decidió que era un contador de Albuquerque, con peluquín y corbata de nudo falso, y que hacía tiempo había descubierto que su Jane era en realidad una furcia que se acostaba con otro.

«Como Charyl…»

Casi sin darse cuenta, aceleró el paso, con la ilusión de dejar sus tristes pensamientos clavados en el tronco, junto a la leyenda.

Prosiguieron en silencio, el hombre y el perro, rodeados por el húmedo olor del sotobosque, siguiendo la invitación del sol que se filtraba entre las ramas, sorprendidos cada vez que la luz y los pequeños claros se abrían de pronto en su camino.

Caleb adoraba aquel paisaje. A unas decenas de kilómetros de allí el panorama cambiaba por completo; llegaban los enebros y la salvia silvestre que poco a poco se retiraban hasta convertirse en el desierto de las maravillas, con sus colores ahumados y su vegetación escasa.

Pero el lugar donde se encontraba Caleb era un paraíso de savias, olores, perfume de pinos y sensación de humedad.

Al cabo de más o menos una hora de andar, Caleb decidió hacer un alto. Se sentó en la parte de un peñasco que no estaba cubierta de musgo, apoyó el arco y el carcaj en el tronco de un pino y sacó de la mochila la cantimplora. Silent Joe ya había bebido abundantemente en un arroyo que acababan de vadear. Después de beber, cogió el paquete de tabaco y el papel de fumar y procedió a liar un cigarrillo. No le preocupó que el olor del humo pudiera alarmar a una posible presa. El viento soplaba en la dirección adecuada, de modo que podía permitirse esa pequeña concesión al vicio. Poco antes, en un ensanchamiento del camino habían encontrado huellas y excrementos de ciervo todavía calientes. Silent Joe los olfateó y levantó el hocico hacia Caleb con la expresión satisfecha del que sabe lo que hace. Avanzó con decisión por un sendero, y él lo siguió.

Caleb había aprendido hacía tiempo a conocer las reacciones de ese extraño animal al que solo ante otras personas y en su ausencia se atrevía a definir como «mi perro». Tenía la certeza de que Silent Joe sabía lo que buscaban y por una especie de tácito acuerdo le dejaba la iniciativa.

Mientras terminaba de fumar, una ardilla corrió sin miedo por una rama y se asomó para observar a los intrusos. Luego se retiró, satisfecha del reconocimiento, y se alejó convencida de que no le quitarían la comida.

Caleb arrojó al suelo la colilla del cigarrillo y la aplastó con cuidado con las suelas de las botas de caza de Gore-Tex, que le llegaban por encima de los tobillos. El olor residual a humo se perdió en el aire y quedaron solo el perfume, el silencio y unos pocos sonidos de animales que en realidad formaban parte del silencio.

Silent Joe lo miraba impaciente, erguido en el sendero que se perdía en un ligero contraluz, moviendo alternativamente la cabeza hacia él y hacia la dirección en la que se proponía continuar. Caleb se levantó, se acomodó en la espalda la mochila y el carcaj y cogió el arco.

Como antes, confió en la intuición del perro y lo siguió, dejándose guiar.

Hacía cerca de un cuarto de hora que caminaban, cuando les llegó a la nariz un olor a madera quemada. Sorprendido, miró a su alrededor unos momentos, perplejo. Una combustión espontánea le parecía improbable dada la estación, pero sobre todo por el agua caída la noche anterior. Del mismo modo excluyó que un cazador estuviera haciendo vivaque, a menos que se tratara de un idiota irresponsable. Estaba prohibido encender fogatas en el bosque, por una serie de motivos absolutamente comprensibles.

En esa región el bosque formaba parte del negocio turístico, por no mencionar a los navajos, que consideraban el Humphrey's Peak una montaña sagrada. Cualquier violación de las leyes podía provocar consecuencias poco agradables, como multas elevadísimas y, en ciertos casos, incluso el arresto.

Caleb llamó a Silent Joe, que lo siguió de mala gana, pues interpretó aquella desviación como una inútil pérdida de tiempo. Sortearon con dificultad un amasijo de troncos que se pudrían semiescondidos en el terreno, y poco después se encontraron en un claro que se extendía en declive por la ladera de la montaña. El suelo, rocoso, dejaba poco espacio a la vegetación del sotobosque. Caleb comprendió enseguida de dónde provenía el olor a quemado.

En lo alto, a su izquierda, yacía en la tierra un pino de discretas dimensiones, partido en dos en sentido longitudinal, con el tronco ennegrecido y las raíces totalmente expuestas al aire. Un poco más arriba, unas decenas de metros hacia la derecha, había en la tierra una abertura que, desde su punto de observación, parecía la entrada de una cueva.

Caleb conocía bien aquella zona y sabía con certeza que no había ninguna cueva que figurara en las cartas topográficas ni en la memoria de nadie. Conjeturó que durante el temporal de la noche anterior un rayo había caído sobre el árbol y lo había arrancado con violencia del suelo. Al desmoronarse había dejado al descubierto algo que hasta ese momento había permanecido oculto por un muro de piedras.

«Vaya con la potencia de los rayos…»

Caleb no pudo menos que sentirse expectante. Tenía ante los ojos una especie de señal divina, un incentivo para continuar la búsqueda iniciada hacía tiempo. Pero no solo era eso. Si por casualidad aquella era una cueva del tipo de las Kartchner, podía significar su fortuna. Los dos jóvenes estudiantes de espeleología que descubrieron ese milagro de la naturaleza en las cercanías de Tucson habían pasado a la historia.

Caleb se encaminó hacia la abertura en las rocas. Silent Joe lo precedió veloz, con impaciencia, casi como si quisiera acaparar el derecho a convertirse en el primer ser viviente que penetrara en aquel agujero. Haciendo oídos sordos a cualquier llamada, tras un rápido, caprichoso y ágil recorrido saltando de piedra en piedra, desapareció más allá de la entrada, tragado por la oscuridad.

Caleb apresuró el paso, tropezando y maldiciendo entre dientes. Si algún oso, puma o serpiente venenosa había tomado posesión de la cueva, al perro le resultaría difícil lograr que el nuevo inquilino aceptara aquella intrusión.

Había llegado junto al tronco carbonizado caído sobre una roca e intentaba saltarlo, cuando asomó de la cueva el hocico de Silent Joe. Caleb vio que sujetaba algo entre los dientes. Desde la distancia a la que se encontraba le pareció un pedazo de madera, quizá una rama. Con su peculiar andar, el animal se dirigió oscilando hacia él y dejó a sus pies lo que llevaba en la boca. Se sentó sobre las patas posteriores y se quedó a la espera, indiferente como siempre, aunque dejando al hombre la tarea de juzgar el valor de aquella nueva hazaña suya.

El comportamiento del perro era extraño. No se había prestado nunca, ni siquiera una sola vez, al juego de coger el palo. Cualquier tentativa se había frustrado invariablemente. Cada vez que Caleb le lanzaba uno, Silent Joe levantaba la cabeza hacia él con expresión de suficiencia, casi ofendido, como si se considerara un ser demasiado inteligente para un juego tan estúpido.

Caleb se agachó para observar lo que le había llevado Silent Joe. Durante un instante se quedó perplejo. Luego, por instinto, su mirada fue hacia la hendidura oscura entre las rocas y los árboles.

Poco después, casi contra su voluntad, se obligó a volver la mirada hacia lo que el perro había dejado sobre las piedras y las agujas de pino dispersas por el viento. No era una rama, ni tampoco un resto de algún animal del bosque. Caleb Kelso conocía demasiado bien la anatomía de los animales que poblaban el Coconino National Forest como para albergar alguna duda.

Sobre la tierra húmeda, ante sus pies, gris y momificado con el esmero con el que solo el tiempo sabe aplicarse, yacía un hueso humano.

2

Alto en el cielo volaba sobre Flagstaff un halcón, hijo de la tierra y del cielo. Caleb se detuvo y por un instante se quedó contemplándolo, hasta que viró hacia el oeste y se convirtió en un punto lejano. Al final, el contraluz implacable de la tarde lo borró de la vista. Por primera vez en su vida, al observar el vuelo de un ave no sintió envidia de la ligereza, la elegancia, la libertad con la que cada aleteo deslumbraba al mundo detenido e inmóvil de abajo. Caleb sentía respeto por la mágica majestuosidad del vuelo, y por eso nunca había cazado un pájaro. Ahora, en cierto modo, se sentía elevado a la misma altura que ese halcón e igual de libre.

Con una sonrisa, reanudó la marcha.

La mochila pesaba mucho, pero Caleb casi no lo notaba. En aquellas condiciones habría podido llevar una carga diez veces más voluminosa, que le hiciera hundir el calzado en el terreno hasta la mitad de los tobillos. Habría podido seguir hasta el fin del mundo sin sentir en absoluto el peso de lo que llevaba a la espalda. Al contrario, estaba convencido de que, sin ese lastre, habría levitado en el aire, tan emocionado, liviano y feliz se sentía. Silent Joe, que iba unos pasos delante de él, se detenía de vez en cuando para volver la cabeza y mirarlo, como si necesitara asegurarse continuamente de que lo seguía. Caleb se preguntaba si el perro habría percibido la emoción de su compañero de caza.

Con toda certeza había husmeado y reconocido el camino a casa, y probablemente en aquel momento ocupaban su imaginación canina un cuenco de agua fresca y un gran recipiente lleno de comida.

Salieron del monte a poco menos de ochocientos metros de los árboles que delimitaban el lado norte de su propiedad. Desde ahí la mirada abarcaba todo el patrimonio de Caleb. Se entreveía el camino de tierra que salía de la autopista 89 y llevaba a la casa y a lo que ya eran solo los restos del campamento The Oak. Delante de la construcción principal -un edificio de madera de dos plantas, cuya desesperada necesidad de reconstrucción podía percibirse incluso desde allí- sobresalía a la derecha el enorme roble secular que daba nombre a la propiedad y a su malograda actividad comercial. Detrás del árbol, todavía más a la derecha, se encontraban unas manchas de vegetación en medio de las cuales se hallaban las plazas de aparcamiento para los acampantes y las caravanas, con sus tomas para el agua y la electricidad. A la izquierda, algo más alejada, había una sólida construcción de troncos, de ventanas estrechas, protegidas con rejas.

Caleb se quedó un instante contemplando todo lo que le quedaba. Apenas hacía un día que había considerado la posibilidad de poner en venta The Oak. Ahora que lo tranquilizaba el peso de la mochila, que el sol resplandecía y el cielo era azul como solo sabe serlo en Arizona, ni siquiera pensaba en vender.

Se acomodó mejor las correas del pecho y comenzó el descenso hacia su casa.

Después del hallazgo de la cueva y su contenido, había decidido dejar el coche en Cielo Alto, atajar hacia el este y regresar a pie. Eran muchas horas de marcha, pero prefería evitar cualquier posible comentario sobre su anticipado regreso con respecto a lo planeado. No quería imaginar qué sucedería si alguien se daba cuenta de lo que transportaba. En cuanto a la camioneta abandonada en el Ranch, no había problema, nadie se preocuparía ni se asombraría. En otras ocasiones, por seguir a un ciervo o a un alce, se había alejado tanto del punto de partida que había preferido volver a pie e ir a buscar el Bronco a la mañana siguiente.

Cuando llegaba al terreno del fondo de la casa, por el espacio cubierto de grava apareció un enorme Mercedes metalizado que llevaba el emblema de El Paso RV Rentals. Caleb contuvo el deseo de escupir al suelo. Con lo que los turistas gastaban en una semana para alquilar mausoleos ambulantes como aquel, él podría vivir un mes. Gente de ciudad: personas a las que les bastaba ponerse un sombrero de ala ancha en la cabeza y un par de botas en los pies para sentirse herederas de un mundo que ya no existía.

«Pero no sirve de nada hacer elucubraciones sobre el gusto de la gente…»

Cualquier otro día, Caleb habría ido al encuentro de los recién llegados con su mejor sonrisa, dispuesto a extender una alfombra roja y a tocar trompetas para recibirlos. Y dispuesto también a mostrarse absolutamente complaciente con tal de lograr que se quedaran.

Hoy no.

Hoy, gracias a algún dios, todo era distinto…

La caravana se detuvo a su lado. La frenada levantó una pequeña nube de polvo que continuó indiferente su curso, llevada por el viento.

El hombre que conducía se apeó y miró con expresión interrogativa a los ojos de aquella especie de Robin Hood mal vestido, que llevaba un mono de camuflaje y cargaba un arco y flechas. Mientras se le acercaba, Caleb tuvo la clara sensación de que aquel tío incluso esperaba que él oliera mal.

– ¿Es este el campamento The Oak?

Un soplo de aire hizo susurrar el follaje, y el gran roble que se alzaba a espaldas de Caleb respondió por él. Miró al hombre con expresión amable.

– Así es, joven. ¿En qué puedo ayudarle?

– Buscábamos un lugar donde pasar un par de noches mientras echamos una ojeada por los alrededores. ¿Hay televisión por cable?

Entretanto, la que debía de ser la mujer, una morena guapa, con la nariz evidentemente operada, había bajado también y miraba a su alrededor. A juzgar por la expresión de su cara, el examen no la había satisfecho. Se aproximó al marido con el aire desdeñoso con que probablemente hablaba a la mujer que le hacía la limpieza.

– Pero ¿qué dices, Norman? ¿Has visto el estado en el que está este lugar? Para mí que ni siquiera saben qué es la televisión por cable.

Caleb respondió casi sin alterar el tono de su voz.

– Pues no, en efecto. Pero conocemos un excelente lugar al que pueden ustedes ir a que les den por el culo. Y mientras, pueden también filmarlo con la televisión por cable.

Un relámpago de reacción instintiva cruzó la mirada del hombre, pero vio que la mano de Caleb bajaba hacia la empuñadura del gran Bowie que llevaba a la cintura. La mujer se acercó y, escudada tras el cuerpo del marido, apoyó una mano en su brazo.

– Vámonos, Norman. Creo que nos hemos equivocado de lugar.

Caleb pensó con una sonrisa interior que su voz altanera pero un poco aguda habría bastado para dar la alarma en Fort Apache. Norman tragó saliva y pasó posesivamente un brazo por los hombros de la mujer. Trató de dar a sus palabras toda la firmeza que le permitía su inquietud.

– Lo mismo creo yo.

– Está claro que es lo único en lo que creemos los tres.

La réplica de Caleb hacía de despedida y saludo al mismo tiempo. La pareja retrocedió sin darle la espalda, casi temerosos de notar cómo una flecha se clavaba entre sus omóplatos. Caleb siguió de pie bajo el sol, observándolos mientras subían a la caravana con una calma demasiado exagerada para ser auténtica y cerraban la puerta como si fuera una de las persianas blindadas de Fort Knox. El hombre, al volante, puso en marcha el motor y se marchó a una velocidad que dejó tras de sí grava revuelta, gas del tubo de escape, desprecio y alivio.

Caleb se volvió hacia el perro. Durante todo ese tiempo Silent Joe había permanecido sentado, asistiendo a la escena con indiferencia, caninamente curioso pero neutral ante las vicisitudes humanas.

– Divertido, ¿verdad, See-Jay? Que se vayan a tomar por culo, ellos y todos los campistas del planeta. Ahora ya no necesitamos a esos capullos.

Llegó a la galería de madera que se extendía al frente de la casa y dejó el arco y el carcaj con las flechas en un soporte del alero. Aunque debía andar unos cuantos pasos, no se atrevía a descargar también la mochila. Se la dejó a la espalda mientras iba al terreno, a la sombra del roble, delimitado por una red metálica, donde se hallaba la caseta de Silent Joe. Caleb siempre había pensado, dada la naturaleza de su perro, que llamarla «cucha» era una muestra de desprecio.

Silent Joe lo siguió con la calma del cliente que en un restaurante sigue al maître que lo lleva a la mesa. Esperó sin exageradas manifestaciones de impaciencia a que Caleb abriera un saco de Wild Dog Friskies y echara una generosa ración en el cuenco. Cuando Caleb hubo terminado y se apartó, el perro hundió el hocico en el recipiente y comenzó a comer entre una banda sonora de mandíbulas y galletas desmenuzadas.

– Toma, viejo. Desde mañana, si quieres, bistec y champán también te los daré.

El perro, sin dejar de comer, alzó un instante la mirada hacia él mostrando el blanco de los ojos. Traducida a términos humanos, su expresión recelosa era la de quien se apresura a terminar el pan de hoy por temor a que desaparezca de repente.

– ¿No me crees? Ya verás, pellejos. Ahora somos todos ricos. Todos. Hasta tus pulgas.

Dejó al perro con su comida y volvió a la casa. Recogió el arco y el carcaj y subió los tres escalones que llevaban a la puerta de entrada. La madera crujió una suerte de bienvenida preocupada bajo su peso. Caleb abrió la puerta que ya nunca cerraba con llave. Su indigencia crónica era un hecho tan sabido que a ningún ladrón se le ocurriría buscar algo para robar en su morada.

Traspasado el umbral, se halló en el pequeño vestíbulo del que partía la escalera que llevaba al piso superior. Avanzó por el corto pasillo y dobló a la izquierda, hasta la cocina, en la parte posterior. Cuando entró, logró no dejarse abrumar por el espectáculo desolador que apareció ante sus ojos. El revoque de las paredes estaba descascarillado y manchado por el tiempo, y los muebles de madera no tenían mejor aspecto. El frigorífico pertenecía a una generación para la cual el congelador era un perfecto desconocido, y la cocina era tan vieja que a nadie le habría asombrado encontrar ante ella a la mujer del general Custer con delantal y un cazo en la mano. El fregadero rebosaba de platos sucios y el armario del costado, colmado de cazuelas y latas, testimoniaba las comidas apresuradas consumidas en soledad.

Dejó en el suelo el arco y el carcaj, depositó la mochila sobre la mesa y al fin la abrió con mano no del todo firme. Con esfuerzo extrajo un grueso envoltorio cubierto con una vieja manta indígena, tan sucia y rota que a duras penas permitía adivinar los colores originales. Le había costado mucho hacer esa especie de paquete rudimentario porque el tejido, añoso y desgastado por la humedad, tendía a rasgarse.

Desenvolvió despacio el bulto y llevó a la luz el objeto que contenía. Retiró la mochila de la mesa para que su descubrimiento fuera el único protagonista sobre la superficie de madera. Se sentó con ritual lentitud en una silla, frente a su tesoro. Como en las mejores tradiciones de los lugares comunes, un rayo del sol poniente entró por la ventana y arrancó un reflejo nuevo al oro viejo y desgastado por el tiempo. Caleb sonrió con el mismo reflejo y a duras penas contuvo un grito de alegría.

Todavía no conseguía creer en su suerte.

Dios santo, ¿cuánto podía valer aquello?

¿Cien mil? ¿Doscientos cincuenta mil dólares?

A juzgar por el peso, con solo fundirlo podría sacar una buena suma. Pero no era simplemente el valor del oro con que estaba hecho lo que atizaba el entusiasmo de Caleb. A juzgar por los grabados de la superficie, debía de ser muy antiguo. Unos signos que parecían jeroglíficos. Caleb no tenía suficientes conocimientos pero podían ser mayas. O quizá aztecas o incas. O cualquier otra mierda que fuesen, bastaba con que valieran dinero. En aquel bendito caos, imaginar medio millón de dólares acaso no fuera descabellado. Caleb saltó de la silla como si de golpe le quemara.

¡Santo cielo, medio millón de dólares!

Con esa cifra podía permitirse continuar sus investigaciones, y también Charyl…

Se acercó al teléfono, cogió el auricular y rogó que todavía no le hubieran cortado la línea. Hacía una eternidad que no pagaba las facturas, por lo que esperaba el corte del servicio de un momento a otro. Oyó el sonido de conexión como una señal complaciente del destino. Marcó un número y se quedó esperando, con el corazón agitado ante la idea de oír la voz de la mujer amada.

Mientras al otro lado de la línea los timbrazos invadían el piso que tan bien conocía, acudió a la mente de Caleb la noche de su primer encuentro.

Conoció a Charyl más de un año atrás, cuando acompañó a los Skulker Skunks a un concierto en Phoenix. La banda country de sus amigos iba a tocar en Así Es La Vida, un restaurante mexicano con música en directo situado en las afueras de la ciudad. Después de la prueba de sonido, por la tarde, comió y rió con los muchachos y, cuando salieron a escena, se quedó sentado a la mesa, tomando una Bud y vigilando el local, que poco a poco se llenaba de gente.

Los Skunks eran bastante populares en aquella zona, de modo que pronto se generó una gran confusión. En el desorden general, Caleb reparó en una muchacha rubia que llevaba unos tejanos, una camiseta roja y un sombrero negro de vaquero. Se hallaba sentada sola en un taburete, junto a la barra. Le daba la espalda, indiferente a la música, y tenía la cabeza inclinada como si estuviera examinando con atención el líquido del vaso que sostenía entre las manos. Cuando levantó la cabeza, Caleb logró verle la cara reflejada en el espejo y quedó fulminado. Con toda probabilidad andaba más cerca de los treinta que de los veinte años, pero, incluso en la reproducción aproximada del espejo del bar, vio que tenía un rostro de adolescente que inspiraba a un tiempo sensualidad y ternura. Como si hubiera sentido la fijeza de la mirada de Caleb, ella se volvió y los ojos de ambos se cruzaron.

Caleb se perdió un instante en aquellos ojos claros. Después, contrariamente a lo que era su comportamiento habitual en situaciones similares, cogió la cerveza y se levantó para ir a su encuentro.

Cuando se sentó en el taburete contiguo, la muchacha alzó con desgana la cabeza y lo miró. Enseguida volvió a estudiar su vaso.

La voz de Caleb sonó más emocionada de lo que habría deseado.

– Hola. Me llamo Caleb.

La muchacha le respondió en un tono carente de expresión, que destilaba un leve matiz de aburrimiento.

– Hola. Yo soy Charyl. Doscientos dólares.

– ¿Cómo dices?

Charyl movió el taburete para ponerse frente a él. Caleb no consiguió impedir que su mirada bajara a examinar los senos duros y los pezones que tensaban el liviano tejido de la camiseta.

Charyl sonrió, pero él no se dio cuenta.

– No irás a decirme que te has sentado aquí porque has descubierto de pronto que soy la mujer de tu vida y la madre ideal para tus hijos, ¿verdad? Si quieres ver mi dormitorio, son doscientos dólares. Cuatrocientos si quieres ver salir el sol desde mi ventana.

Caleb se sintió incómodo y desvió la mirada. Los ojos de Charyl lo siguieron en el espejo.

– ¿Qué pasa, Caleb? ¿Has perdido el habla o la cartera?

Era la primera vez en su vida que se encontraba hablando con una puta. Y le desorientaba la atracción antinatural que le provocaba aquella mujer.

Maldijo la casualidad del destino. Cuatrocientos dólares era exactamente la suma que tenía en la cartera. La llevaba encima porque al día siguiente debía ir a El &El Equipment, una firma de artículos eléctricos y electrónicos donde había encargado material necesario para sus investigaciones.

Esta vez le tocó a él contemplar por un instante la botella de cerveza que había dejado sobre el mostrador.

Poco después, con la clara sensación de que estaba cometiendo una estupidez, se volvió hacia Charyl con una sonrisa que intentaba con desesperación parecer natural.

– ¿La oferta incluye el desayuno?

– Pues claro. Hasta con huevos revueltos, si quieres.

Caleb asintió con un movimiento de cabeza.

– Vale. Vamos. Yo ya he dicho lo que tenía que decir. De ahora en adelante tú manejas la situación.

Sin hablar, Charyl validó el pacto al levantarse y dirigirse a la puerta del local. Caleb la siguió. Recorrió tras ella ese trayecto pavimentado de buenas intenciones que lleva derecho a la puerta del infierno.

Desde el momento en que despertó en esa gran cama en el piso de ella, en Scottsdale, nunca volvió a conocer la paz. No tenía ni un dólar en el bolsillo, así que volvió a Flagstaff haciendo autoestop, sin lograr quitarse de la mente la noche que había pasado con el cuerpo de Charyl a su disposición. A partir de entonces su vida se convirtió en una ardiente espera, colmada de imágenes de Charyl en los brazos de otros hombres. En cuanto conseguía juntar el dinero necesario, pedía prestado el Toyota a Bill Freihart y bajaba a la ciudad, jurándose cada vez que era la última y maldiciéndose al mismo tiempo porque sabía perfectamente que no cumpliría el juramento.

Poco a poco la relación proseguía. Charyl comenzó a no tratarlo como a un cliente común. Hacían el amor como dos amantes, sin inhibiciones y sin reprimir la ternura antes y después. Ella había incluso aceptado hacer el amor sin preservativo, pero cuando, tras diversos encuentros, él le confesó que la amaba, la expresión de ella se ensombreció. Se levantó de golpe de la cama, se envolvió el cuerpo con la sábana y desapareció en el cuarto de baño. Un momento después volvió, con los ojos rojos como si hubiera llorado.

Se sentó en la cama, sujetando la sábana como un escudo contra el pecho.

– No es así como funciona, Caleb.

– No es así como funciona ¿qué?

– La vida. Una puta siempre es una puta, tanto para ti como para cualquier otro.

– Podrías dejar…

Ella alzó la mirada y Caleb se perdió por centésima vez en sus ojos.

– ¿Para hacer qué? ¿Para liarme con un tío más pobre que yo? Ya he llevado esa vida, Caleb. No pienso encontrarme otra vez con una mano detrás y otra delante.

– Pero ¿qué sientes por mí?

Charyl se acostó en la cama de espaldas a él, sin dejar de aferrar la sábana como una barrera. Caleb no pudo discernir si para defenderse de él o de sí misma.

– Lo que siento por ti es algo personal. Con mi trabajo me gano la vida. Y esto es algo práctico.

– Pero algún día yo…

Charyl se volvió y le apoyó una mano en los labios.

– Conozco tus proyectos y estoy segura de que algún día lograrás realizarlos. Cuando llegue ese día, podremos tratar de hacer coincidir lo personal con lo práctico. Hasta entonces, si quieres meterte en mi cama te costará siempre doscientos dólares. Cuatrocientos si quieres ver amanecer desde mi ventana.

Después soltó la sábana, se abrazó a él e hizo el amor con una intensidad y un arrobamiento que trastornaron a Caleb.

Y ahora finalm… -Diga.

La voz de Charyl lo sacó de la galería de imágenes que poblaban su mente, para devolverlo a la euforia del presente.

– Hola, Charyl. Habla Caleb. ¿Estás sola?

– Sí.

Caleb sabía que aunque estuviera con alguien no se lo diría.

– Tengo una noticia extraordinaria.

– ¿Y cuál es?

– Pues dinero, mi amor. Una gorda, bonita y rechoncha maleta repleta de dinero.

Del otro lado se hizo un instante de silencio.

– ¿Estás bromeando?

– ¿Te parece que bromearía con algo así? Dame un par de días, y bajaré a Scottsdale a demostrarte que no es un cuento. Y prepara las maletas, nos vamos unos días a Las Vegas a…

Clic.

El teléfono enmudeció de golpe. Caleb se quedó unos segundos de pie en el desastre de su cocina, sujetando en la mano el auricular de un teléfono que no daba señales de vida. Justo ahora la compañía de teléfonos tenía que darse cuenta de que no había pagado las últimas facturas. El día anterior habría estrellado el aparato con furia. Ahora la cara y el cuerpo de Charyl estaban tan cerca que si cerraba los ojos casi podía aspirar su perfume.

«Cuando llegue ese día, podremos tratar de hacer coincidir lo personal con lo práctico…»

Y ahora por fin ese día había llegado.

Dio la vuelta y se apoyó en la mesa. Volvió a envolver su botín en la manta vieja y sucia, se lo puso bajo el brazo y salió de la casa. De nuevo calculó cuánto pesaba, y agregó dicha a la dicha.

En cuanto salió, miró en torno para cerciorarse de que nadie merodeaba por allí. Después bajó los escalones y dobló a la izquierda. Bordeando el lado derecho de la construcción, se dirigió a la parte posterior de la casa. Las viejas mesas de madera y las ventanas desencajadas estaban todas descascarilladas, necesitaban un arreglo y una buena mano de pintura.

Caleb, esta vez, no se preocupó por eso.

Cogió a buen paso el sendero que subía hacia el vallado que en otros tiempos había albergado caballos. Lo pasó sin dedicarle ni una ojeada. Reinaba esa sensación que se experimenta en una casa desierta, abandonada. Cuando vendió el último caballo, Burrito, sintió un nudo en el corazón, una sensación de irremediable pérdida. Las huellas de los cascos persistían en el terreno, y en su melancolía de hombre solo eran como las medias que quedan colgadas en el cuarto de baño de un apartamento que su dueña ha dejado para siempre.

De pronto reparó en que iba silbando mientras se acercaba a la sólida construcción de troncos que desde un pequeño promontorio dominaba aquella parte de la propiedad. A la hora que precedía al ocaso, el cielo adquiría un azul arrogante. Era por fin el color de los días felices, de un porvenir esperanzador, de los ojos de Charyl.

La pesada puerta de madera estaba cerrada con dos robustos candados de combinación. Caleb dejó su carcaj en el suelo y empezó a manipularlos. Los mecanismos saltaron uno tras otro, y Caleb tiró del batiente. La puerta aceptó abrirse solo a cambio de un esfuerzo no poco desdeñable. Empujó haciendo fuerza con un pie y entró. Volvió a cerrar la puerta y accionó todos los cierres que desde dentro impedían el acceso. Tanta obsesión por las cerraduras podía parecer excesiva, pero a Caleb no le molestaba sentirse un poco maniático.

Habría gente capaz de matar para apoderarse de su descubrimiento, cuando alcanzara el éxito. Ya se sentía cerca. Entonces, con el dinero de que dispondría gracias a la venta de su botín, sin duda saldría a flote.

Encendió la luz y se encontró ante el espectáculo familiar de su laboratorio.

En el aire aleteaba un ligero olor a ozono. La gran estancia estaba abarrotada de aparatos eléctricos y electrónicos. Había infinidad de grandes cables de alta tensión que entraban y salían de alternadores de material cerámico, resistencias conectadas a amperímetros a su vez conectados a extrañas bobinas de cables de cobre enrollados en enormes carretes de madera. Otro cable grueso, recubierto de cinta aislante negra, descendía del potente pararrayos montado en el techo, que se unía al resto de las maquinarias.

Todo aquel equipo sería un misterio para la mayoría de la gente.

Para él representaba el sueño de una vida.

El proyecto en el que trabajaba era tan ambicioso e importante que podía llegar a valer una suma enorme. Se trataba de un acumulador capaz de almacenar la energía de los rayos. Cada vez que una descarga eléctrica atravesaba el cielo con su luz y su chisporroteo, desprendía energía suficiente para iluminar durante cierto tiempo una ciudad como Nueva York. Había en el aire, en cada tormenta, millones de voltios que solo esperaban que alguien lograra atraparlos y encerrarlos dentro de su caja mágica. Eran kilovatios y kilovatios de energía limpia y gratis que podría paliar el hambre de electricidad que acosaba al mundo. Y muchos estarían dispuestos a pagar millones de dólares para ser quien sirviera ese plato.

No le importaba que la tormenta de la noche anterior hubiera significado el enésimo fracaso. Caleb sabía que algún día los tendría a todos frente a él, pendientes de sus palabras, dispuestos a sacarse los ojos con tal de tener en la mano su cuaderno de apuntes.

Entonces obtendría de una vez la revancha definitiva.

Volvió a la realidad y cogió del suelo su precioso hallazgo. Debía esconderlo, al menos hasta que encontrara a un experto de confianza que lo tasara y a un comprador capaz de pagar su valor. Ir al banco y ponerlo a resguardo en una caja de seguridad era algo que ni siquiera se le pasaba por la cabeza. Caleb Kelso, el pobre, el muerto de hambre, el objeto de burla de todos, alquilando una caja de seguridad…

Era para despertar sospechas hasta en los futuros hijos de los policías de Flagstaff. Y desde luego él no quería despertar sospechas que pudieran obstruir las ruedas de la máquina que estaba poniendo en marcha.

Fue directo hacia el lado izquierdo del laboratorio. Se detuvo delante de la tapa de madera de una puerta trampa rectangular que se abría en el suelo de cemento, que por elección y necesidad había dejado sin pulir. La levantó con cierto esfuerzo, y apareció un hueco excavado en la tierra y los peldaños de una escalera que bajaba hacia la oscuridad. Accionó un interruptor, y la luz mostró un recinto cuadrado, con el techo apuntalado con robustas vigas de madera y paredes cubiertas de anaqueles repletos de herramientas, equipos y material eléctrico.

Pese a la tosquedad del lugar, todo se hallaba dispuesto en un orden escrupuloso.

Prestando atención para no tropezar y romperse algún hueso, Caleb bajó con calma los escalones de madera. Cuando se encontró en la planta inferior, fue hasta un estante, a la izquierda de la escalera, y recorrió con la mano libre la parte inferior de un anaquel. Encontró una ranura, introdujo los dedos y tiró hacia fuera.

Con un chasquido seco, el lado derecho del estante se apartó un poco de la pared. Caleb abrió la puerta secreta haciéndola girar sin ruido sobre unos goznes bien aceitados, hasta revelar una segunda y minúscula cámara. Mientras entraba para depositar su carga en el suelo, bendijo el carácter previsor de Jonathan Kelso, su padre. Como desconfiaba de los bancos, construyó en secreto su caja fuerte personal en el cobertizo de las herramientas. Nadie la había usado durante muchos años, pero ahora volvía de repente a la vida para custodiar lo más valioso que Caleb había poseído nunca.

Al tiempo que salía y volvía a cerrar el estante sobre su precioso contenido, ocurrió algo que le sorprendió.

Fuera, Silent Joe se puso a ladrar con furia.

Caleb subió, intrigado, los pocos escalones que ascendían desde la planta subterránea y se acercó a una ventana protegida por rejas.

Silent Joe parecía enloquecido. Entraba y salía de su habitáculo, ladrando y gruñendo como un demente, con los dientes blancos y feroces al descubierto, dirigidos a un lugar impreciso. Luego, de golpe, todo su frenesí pareció calmarse como por una orden imperiosa y continuó con un gruñido bajo y constante que poco después se transformó en un gañido de cachorro. Al final, metió el rabo entre las patas, se refugió detrás de su casita, se sentó y empezó a aullar.

Asomado a la sucia ventana de su laboratorio, Caleb sintió un frío helado en el estómago. En toda su vida jamás había experimentado algo tan escalofriante. Los aullidos desesperados de ese perro que no ladraba nunca eran la voz misma del terror.

No tuvo tiempo de preguntarse qué había aterrado de tal modo a Silent Joe. En ese preciso instante sintió un crujido a sus espaldas. Se dio la vuelta de repente, más sorprendido que preocupado. Lo que vio le puso la carne de gallina en todo el cuerpo con tanta violencia que llegó a pensar que dentro de él algo trataba de salir para ponerse a salvo. Luego todo sucedió con la rapidez del relámpago. Otro crujido, un movimiento mullido y veloz, y de repente en los ojos el color negro. Sin embargo, Caleb todavía tuvo tiempo para experimentar un dolor intenso, una fracción de segundo antes de morir.

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