En la cueva, cuatro personas se habían quedado mudas.
Nadie parecía capaz de salir de ese silencio que excluía toda certeza y dejaba espacio solo a la imaginación más oscura y a un aquelarre de hipótesis, a cual más descabellada. Parecía que el tiempo fuera un detalle que solo concernía a las piedras, a las raíces que surgían del techo de la gruta y al polvo sobre el que se posaban los pies.
Robert fue el primero en recobrarse ante la calavera risueña y destrozada del cadáver que yacía en la tierra.
– Santo cielo, es para volverse loco. Charlie, en nombre de Dios, ¿qué significa todo esto?
El viejo Charles Owl Begay parecía el más conmocionado por el hallazgo. Su cara era un bloque de piedra surcado de arrugas talladas por las lágrimas.
– Es una vieja e increíble historia. Una historia que no tiene sentido. O al menos así lo pensaba…
Jim apoyó una mano en su brazo.
– Por muy increíble que sea, opino que ahora debes intentar explicarla, Charlie.
Charlie miró a su alrededor y decidió sentarse en una roca, antes de continuar.
– Para comprender hay que retroceder en el tiempo. Hasta el mito navajo de la creación.
Si bien entender resultaba lo más difícil, explicar era lo más fatigoso.
– Según la tradición, el universo se concibe como una serie de mundos superpuestos. En el comienzo de los tiempos, en el primero de ellos vivía en paz y absoluta bienaventuranza el Pueblo de los Insectos. Estaba compuesto por una docena de seres, machos y hembras. Eran las libélulas, las hormigas, los melolontas, los escarabajos, las babosas y las langostas. Vivían en la única isla de ese mundo en el centro de la tierra, inmersos en la luz roja que llegaba del cielo, bajo la protección de cuatro dioses benévolos. Pero el Pueblo de los Insectos se dedicaba a la fornicación y el adulterio, y cuando los dioses se dieron cuenta los expulsaron.
Jim conocía la historia. Era el mito del Paraíso Terrestre, el lugar maravilloso que la estupidez y el afán de poder transformaban en un recuerdo inaccesible.
– Por un agujero de la bóveda celeste salieron al mundo superior, el mundo azul, habitado por el Pueblo de las Golondrinas, donde todas las casas tenían la entrada por el techo. Los recién llegados fueron al encuentro de las Golondrinas con palabras de fraternidad, y las Golondrinas, bondadosas como eran, los recibieron. Pero al cabo de veinticuatro días el jefe se dio cuenta de que un Insecto había seducido a su esposa. Fueron expulsados también de ese nuevo mundo y, siguiendo los consejos del Viento, lograron, tras mil dificultades, alcanzar una entrada en el mundo superior, el mundo amarillo.
Charlie tendió una mano hacia abajo y cogió un puñado del polvo fino que cubría el suelo de la cueva. Mientras hablaba lo dejó escurrirse con un movimiento fluido entre los dedos.
– Allí habitaban los Saltamontes, pero la relación con el Pueblo de los Insectos no fue muy distinta de las anteriores. También de este nuevo mundo los obligaron a huir hacia el mundo superior, el mundo negro.
El puño estaba vacío, terminada la arena.
– Era un mundo privado de sol, luna y estrellas. Allí encontraron a hombres y mujeres que les dijeron que eran kisanis y les mostraron campos de maíz, calabazas y judías cultivados con esmero en los alrededores de la aldea. Los invitaron a quedarse allí, y con ellos el Pueblo de los Insectos enmendó su forma de vivir y prosperó durante mucho tiempo en paz. Hasta que un día aparecieron sus cuatro divinidades con cuerpos de colores. Una roja, una azul, una amarilla y otra negra. Hicieron diversos prodigios pero el más importante fue la creación, a partir de una espiga de maíz blanco y una de maíz amarillo, del Primer Hombre y la Primera Mujer. Ellos poblaron el mundo. El origen de la civilización se representa con ese símbolo, que luego tomaron los nazis para su esvástica, que significa el lugar del cual provino todo.
Charlie hizo una pausa. En cualquier otra situación la impaciencia de los presentes habría bastado para que pasara por alto ese preámbulo relativo a cosas que más o menos eran del conocimiento de todos. En ese momento, sin embargo, la voz del viejo recreaba intacta en aquella gruta la fascinación de la memoria íntegra de un pueblo. Al mismo tiempo, despertaba algo con lo cual no estaban seguros de querer enfrentarse.
– Ésta es la historia de los mundos superpuestos. Pero en el centro exacto de esos mundos había eso que se ha llamado Shimah, el espíritu de la Tierra. Y que a través de esos pasadizos comunica con el exterior y manda sobre todo. Todo lo que existe en la superficie, cada piedra, cada planta, cada curso de agua, cada nube, obedece a la Madre Tierra y del mismo modo crea su voluntad.
Robert, que guardaba silencio, avanzó unos pasos hacia la salida, al tiempo que extraía del bolsillo el paquete de tabaco y el papel.
April hizo oír su voz por primera vez.
– Pero eso es solo una leyenda sin ningún fundamento. ¿Dónde entra Eldero?
Charlie la miró decepcionado, como a alguien que se niega a creer en lo evidente.
– Ninguna leyenda carece de fundamento, April. Eldero era un jefe. Un jefe muy influyente aunque se hubiera retirado de la vida pública y eligiera vivir en paz con su pequeña tribu en el territorio llamado Flat Fields. Pero era también un brujo, un hechicero, un chamán, como queráis llamarlo.
Todos sabían a qué se refería Charlie, de modo que nadie pidió más explicaciones.
– Él podía hablar con Shimah, y podía oír sus respuestas. Los relatos sobre él dicen que poseía los Polvos de los Muertos y era capaz de moldear y dar vida a la arena, la que, según el mito, representa los huesos quebrados de la Tierra. Esto le había dado un gran poder. Un poder que aumentó cuando tomó posesión de la Vasija.
– ¿Y de dónde viene esa vasija?
Charlie meneó la cabeza.
– Nadie lo sabe. Algunos dicen que vino con los españoles y que es fruto de sus correrías por América del Sur. Otros afirman que se le apareció directamente a Eldero como un regalo de Shimah. Pero en realidad nadie la había visto nunca. Es un objeto que en la imaginación colectiva tiene la misma consistencia que el Santo Grial. Es una leyenda, y como tal es confusa y difícil de descifrar.
Jim estaba cautivado por la expresividad de Charlie. Desde que lo conocía nunca lo había oído hablar durante tanto rato. Solo ahora descubría cuántas maravillas escondía la mente de ese hombre que durante toda su vida había hecho lo imposible por resultar invisible.
April lo urgió a continuar, a un tiempo atemorizada y entusiasmada. Jim se preguntó hasta cuánto más allá de los límites de su miedo podría empujarla su oficio de periodista.
– ¿Y en qué consistía ese poder?
Por el momento Charlie no respondió. Se limitó a señalar los dos sombreros que yacían en el suelo. Uno conservaba un adorno: los restos de una pluma consumida por la humedad y rota en la base. El otro tenía alrededor de la copa una cinta con adornos de plata. A cada uno le faltaba una parte del ala, como si los hubieran cortado con un cuchillo afilado. Había también un pedazo de un viejo pañuelo rojo y un jirón de tela con una mancha oscura en el centro.
Charlie tendió una mano hacia la tela, la cogió y la olió. La sostuvo entre los dedos con descuido, como si ese examen superficial le confirmara algo que ya sabía.
– En cada objeto que posee una persona, en cada prenda que viste, queda un poco de su alma, un rastro de su esencia vital…
Hizo una mínima pausa para mostrar a todos el pedazo de paño que tenía en la mano. Luego lo arrojó al suelo para que hiciera compañía a los otros hallazgos.
– … de su sangre. El rito que Eldero hizo aquí, en su lugar sagrado, fue para vengarse de los que habían matado a su gente y a la familia de su hija, Thalena. No sé cómo los consiguió, pero estoy seguro de que estos objetos pertenecían a esos hombres.
Dio tiempo a su auditorio, que seguía atónito su relato, para que absorbiera lo revelado hasta entonces.
– Eso es lo que ha sucedido.
Todos se dieron cuenta de que Charlie ya no se hallaba en la gruta con ellos, sino reviviendo en su mente lo que había ocurrido en aquel mismo lugar hacía más de cien años. Algo indefinible pero confirmado por la presencia de los cuerpos en sus respectivas posiciones.
– Eldero tiene frente a sí la Vasija. Coge unos fragmentos de los objetos que pertenecen a los hombres a los que quiere dañar. Los sombreros, el pañuelo, el pedazo de camisa manchado de sangre. Los quema en este cuenco de terracota que veis en el suelo y añade las cenizas así obtenidas a la arena que contiene la Vasija. Está a punto de concluir el rito, pero este hombre lo sorprende y lo mata antes de que pueda terminarlo.
April, con los ojos húmedos, habló con la expresión de quien no logra frenar las palabras.
– ¿Qué fin tenía el rito? ¿Y qué había dentro de la vasija?
El viejo se encogió de hombros, como si un cansancio imprevisto le hubiera recordado su edad.
– No tiene un nombre preciso, y al mismo tiempo tiene muchos. El Guerrero Silencioso, el Durmiente, el Hijo de la Tierra. Pero el que mejor lo define es Chaha'oh.
– ¿Qué significa?
Jim respondió por Charlie. Mientras lo hacía acudió a su mente lo que el viejo le había dicho el día anterior. Se preguntó si habría sido solo una coincidencia.
– Chaha'oh. La Sombra. Es la tierra misma quien la genera, la nutre y le da vigor. Se mueve sin esfuerzo y alcanza todos los lugares en que la tierra está presente. De la tierra sube y a la tierra vuelve y en sus recovecos se esconde. Así como la sombra de un ser no puede existir sin el ser que la ha generado, del mismo modo Chaha'oh no puede existir sin la tierra. El rito que Eldero realizaba tenía el fin de devolverlo a la vida. Pero no fue posible…
Hizo un gesto vago que conllevaba el sentido a menudo absurdo de lo ineluctable. Luego se agachó de nuevo y cogió del suelo otro puñado de polvo. Ese gesto tan simple les pareció a todos cargado de amenaza.
– El tiempo ha pasado pero la fuerza de Eldero no ha desaparecido. Solo ha permanecido dormida a la espera de que llegara alguien a despertarla. Cuando Caleb entró en la cueva encontró un recipiente precioso lleno de algo que para él eran solo arena y cenizas. Para llevárselo arrojó al suelo su contenido. Y el círculo se cerró. Se ha creado la Sombra.
Jim se adelantó, previendo la pregunta que quizá April no se atrevía a plantear.
– ¿Cuál es la misión de esa sombra?
Charlie lo miró un instante, como asombrado de que todavía no hubiera comprendido. Luego dijo una sola palabra, que paralizó a todos los presentes.
– Matar.
Les dio de nuevo un tiempo para comprender, para creer o no creer, un tiempo interminable que solo lo ignoto puede generar. Al fin señaló con la cabeza el cadáver tendido en la tierra.
– Y en primer lugar ha matado a este hombre.
Jim se agachó y examinó con atención el cuerpo.
– Pero este no es como los demás. ¿Cómo es que tiene solo la cabeza hecha pedazos, y no todo el cuerpo?
– Es difícil de explicar. Esa vasija es al mismo tiempo la libertad y una prisión. Lo que había dentro, fuera lo que fuese, no tenía posibilidad de salir de allí. Es probable que este hombre viera la vasija y para levantarla inclinara sobre ella la cabeza. Y con eso bastó…
En el silencio subsiguiente, cada uno de ellos pudo imaginar según sus propios demonios personales la escena de aquella muerte. April, la primera en recobrarse de esa especie de hipnosis, se rebeló contra esa verdad con todo el racionalismo con que contaba en el momento. Aunque no lo pretendía, en su voz sonó una ligera nota estridente.
– No, esperad un minuto. Debéis explicarme qué significa todo esto. Si todavía nos queda una pizca de lógica, o si se ha perdido del todo. Me habéis pedido formalmente que no escriba nada acerca de esta historia. Pero ¿qué creéis que pasaría si la escribiera? Oiríais las carcajadas de mis colegas de una costa a otra. Después me vería obligada a pagar al peor de los periódicos del país para que me permitieran escribir aunque solo fueran las notas necrológicas.
Jim se volvió hacia Charlie con el tono de quien no desea herir pero que acaba obteniendo justamente el efecto contrario.
– Charlie, debes admitir que esta historia es realmente difícil de aceptar.
El viejo sonrió, y Jim se sintió un idiota. Sin duda era una manera muy eficaz de devolver un golpe inesperado.
– Lo sé. Es mucho más fácil creer en tus máquinas que vuelan y en la magia de un ordenador que te lleva a un lugar que no existe llamado internet o en un televisor que te hace ver lo que sucede en la otra punta del mundo.
Intervino April. Después del arrebato anterior se sentía culpable, de modo que aplacó su tono.
– Para esas cosas hay una explicación.
Charlie se volvió de golpe, como si tuviera la respuesta lista desde hacía tiempo.
– Para todas las cosas hay una explicación. Siempre. Pero no siempre es la más fácil de aceptar. Lo impide el miedo, aunque la evidencia lo imponga. Si no lo creo, entonces no existe. Como si no creer en los helicópteros les impidiera volar, o no creer en los televisores les impidiera mostrar las imágenes.
Bajó la cabeza, pero Jim se dio cuenta de que continuaba hablando con él, tal como habría debido y deseado hacer desde hacía años.
– Las cosas no son tan simples, Tres Hombres. No lo han sido nunca. Elegir el camino más fácil es solo una manera más honorable de huir.
Charlie se levantó, y de pronto Jim lo vio cansando. No por la fatiga ni por el temor a lo que se enfrentaba, sino por sus desilusiones de viejo indígena.
– Ahora puedes salir de aquí y hacer ver que no ha pasado nada. Esta noche habrá un programa de televisión, un helicóptero capaz de llevarte adonde quieras y alguien al otro lado de un ordenador con quien hablar. Pero eso no cambiará las cosas…
El breve silencio que siguió era como el ruido de un martillo que los clavaba a todos en la misma cruz.
– Chaha'oh no tendrá paz hasta que no haya matado a todas las personas que en su momento Eldero le señaló como objetivos.
April intentó una última y desesperada objeción antes del veredicto.
– Charlie, todo esto ocurrió en 1868. Esas personas han muerto hace tiempo.
Aun así, el veredicto llegó. Y era una condena.
– Entonces matará a todos sus descendientes, todos los que llevan la misma sangre en las venas.
Quedaba aún un punto oscuro en el aire. Jim lo planteó a Charlie, no para discutirlo sino en busca de una explicación.
– Charlie, hay un detalle que no me queda claro. Caleb Kelso y Jed Cross eran primos y probablemente descendientes de una de esas personas. Eso podría explicar sus muertes. Pero ¿qué tenía que ver Charyl Stewart?
Charlie debía hacer alguna concesión.
– También yo lo he pensado. Pero, por mucho que me he esforzado, no he logrado entenderlo.
– Eso lo puedo explicar yo.
Robert respondió a las miradas que se posaron en él al mismo tiempo. Había guardado silencio durante todo ese rato, manteniéndose al margen, mientras escuchaba las respuestas de Charlie a las preguntas de April. No había intervenido porque eran las mismas que habría deseado hacer él. No continuó hasta haber encendido el cigarrillo que acababa de liar. El humo subió lentamente hacia el techo de la cueva.
– De algún modo ella también tiene algo que ver. Esta mañana, antes de salir, recibí los resultados de la autopsia.
Respiraciones. Brasas en la penumbra. Humo que subía hacia quién sabía dónde. Y espera.
– Charyl Stewart estaba embarazada. El niño que llevaba en el vientre era de Caleb.
Les dio un momento para que asimilaran el significado de sus palabras. Luego dio voz al pensamiento de todos.
– Por ese motivo, en cierto modo, también ella tenía la misma sangre en las venas.
De nuevo el silencio, que a todos les resultó más amenazador que las palabras que lo habían precedido.
Charlie notó que Robert, la persona que él había considerado más difícil de convencer, era en cambio quien más deprisa se había rendido a lo evidente. Se habían cometido crímenes, había hechos inequívocos y un indicio de explicación rayano en lo increíble.
Ello bastaba para establecer un punto de partida para actuar, por muy endeble y frágil que fuese.
Charlie se volvió hacia él.
– En el laboratorio de Caleb el suelo es de tierra, y el lugar donde encontraron a la muchacha es un espacio abierto. Lo sé porque he estado allí. Y no dudo que incluso el suelo del patio de la cárcel, donde vieron las huellas, era también de tierra apisonada.
Robert cambió de tema, en una confirmación implícita de lo planteado por Charlie.
– ¿Cómo podemos defendernos?
– No hay defensa. El hombre ha creado sus barreras: el asfalto, las casas, la ciudad. Otras las ha creado la naturaleza, como la piedra. Pero puede llegar a cualquier lugar donde haya tierra.
– ¿Qué forma tiene?
– Sabemos que deja huellas de hombre. Pero no tiene forma. O, si la tiene, ninguno de los que la ha visto ha vivido lo suficiente para contarlo.
Todos pensaron lo mismo: el agente de guardia de la cárcel, que casi había enloquecido por haber presenciado el horror de la muerte de Jed Cross. Y Silent Joe, cuya percepción animal lo llenaba de terror en el momento en que la sombra surgía desde algún lugar en el fondo de la tierra.
Jim se puso frente a Charlie. Al fin había comprendido al viejo. Quizá fuera tarde, pero haría lo posible por aligerarle el peso de las cosas que sabía.
– ¿Cómo podemos detenerlo?
Charlie aceptó con un movimiento rápido de los ojos la buena intención de Jim. Pero no por ello pudo aliviar su impotencia.
– No lo sé. El relato de los ancianos dice que la única persona capaz de terminar todo esto es la que lo inició. Pero, como ves, ya no está en condiciones de hacerlo.
El ademán con que señaló el cuerpo de Eldero conllevaba la amenaza siempre inminente de la muerte.
Robert se tomó el trabajo de resumir los hechos, porque era la persona a quien habían encomendado la misión de evitar que se repitieran.
– Dime si he comprendido bien, Charlie. En este momento hay seres humanos que corren peligro a causa de una vieja maldición indígena. No es posible detener al ser o a la cosa que los matará. La única forma de protegerlos consiste en encontrarlos y convencerlos de que se pongan a salvo tal como les indiquemos.
Todos podían ver el movimiento de los músculos de sus mandíbulas, mientras el viejo Charles Owl Begay le confirmaba lo que nunca habría querido oír pero que ya sabía que iba a decir.
– Exacto. Eres un hombre de la ley, Robert. Dispones de todos los recursos. La vida de cierta cantidad de seres humanos está en tus manos. Pero si quieres salvar a esas personas, antes que nada debes saber quiénes son. Y para saberlo debes descubrir quién llevó a cabo en realidad la matanza de Flat Fields.
De nuevo se hizo el silencio, como ocurre siempre ante lo increíble. Comprender a fondo qué significaban las palabras del viejo fue para cada uno de ellos un viaje largo y difícil a un pasado lleno de interrogantes. El sonido del teléfono que Robert. llevaba en el bolsillo de la chaqueta les dio el billete de regreso. Pero el presente no era mucho mejor.
Todos lo vieron confirmado en cuanto el detective activó la comunicación.
– Diga.
Una pausa larga como un día.
– Dime, Cole.
Una pausa larga como un mes.
– ¿Dónde?
Una pausa larga como un año.
– Entendido. En las montañas, ahora. Llegaré en cuanto pueda.
Cerró el móvil y se quedó mirándolo un instante, como si tuviera en la mano un objeto en cuya existencia le costaba creer. Luego lo guardó de nuevo en el bolsillo, alzó la vista y dijo lo que todos habían adivinado.
– No sé si es apropiado llamarlo así, pero Chaha'oh ha matado a otro.
El primer pensamiento de April fue para Seymour.
Siempre, frente a una demostración de la ferocidad humana, se preocupaba por su hijo. Se preguntaba qué estaría haciendo en ese momento, si se encontraba a salvo. Vivía protegido hasta de la mera sospecha de que en el mundo pudieran existir cosas como esas de las que ella era testigo. Cualquiera que se sentara ante un televisor que transmitía un noticiario o abriera las páginas de un periódico lo hacía con la suposición inconsciente de que nada era cierto, que esas imágenes, esas palabras y esas fotos se referían a algo que pertenecía a un mundo hipotético, irreal. Todo lo que ocurría solo podía pasar a otras personas y en otros lugares.
En cambio April sabía demasiado bien qué fácil era que todo ocurriera aquí y ahora.
Mientras caminaban, se volvió a observar el heterogéneo grupo de personas que avanzaban en silencio, cada una inmerso en un estado de ánimo no muy diferente del de las demás. Cualquier otra situación los habría dividido. Robert era detective, ella era periodista; dos categorías muy diferenciadas, protagonistas, cada una a su modo, del viejo juego de policías y ladrones. Jim y Charlie eran dos simples ciudadanos. Su presencia ni siquiera se habría tomado en consideración en el momento de iniciar las investigaciones.
Pero esta vez era distinto.
Nada parecía ya pertenecer al orden establecido de las cosas. Habían dejado atrás la cueva en la montaña y su macabro contenido con un suspiro de alivio. Ahora iban con la sensación liberadora de que cada paso los alejaba de un lugar hostil, donde algo terrible había impulsado a un hombre a desencadenar algo más terrible aún. Pero al mismo tiempo se daban cuenta de que iban al encuentro de otra amenaza tan viva y real como difícil no solo de comprender sino de aceptar.
«Matará a todos los que llevan la misma sangre en las venas.»
En la gruta, las palabras de Charlie los habían enfrentado a su fragilidad y a su ignorancia. Al comienzo de ese tercer milenio se sentían asustados y aterrados en la misma medida en que un individuo primitivo, desde su refugio rocoso, observaba el fenómeno prodigioso de un rayo y oía con el corazón en la garganta el estrépito subterráneo de un trueno. Llevaban encima el teléfono móvil, la pistola, la brújula y ropas que habrían hecho llorar de alegría a hombres y mujeres que habían vivido antes que ellos, y sin embargo…
Habían tratado desesperadamente de no creer, para no tener que admitir sus límites. No obstante, ahora April se veía obligada a tener en cuenta la mirada circunspecta con que todos daban cada nuevo paso y el modo como cada uno prestaba atención a Silent Joe y a su comportamiento.
En realidad, su único recurso se hallaba representado por ese perro extraño, que solo hacía oír su voz en los momentos en que el horror se convertía en presencia y por lo tanto en terror. A April le parecía todo absurdo y significativo al mismo tiempo. Pensar que, tras siglos de civilización, se encontraban de nuevo obligados a confiar en el misterio de la percepción animal…
Después de la llamada que recibió Robert, cayeron en la cuenta de que se hallaban mucho más cerca del Cielo Alto Mountain Ranch que del campamento de Caleb, el lugar donde había comenzado todo. Por ese motivo bajaron hacia el oeste, con la intención de llegar a la aldea y buscar allí algún medio para volver a la ciudad.
Jim dejó a Charlie la tarea de encabezar la marcha y se puso al lado de Robert, detrás del grupo. April caminaba con los oídos alerta, para escuchar sus palabras. No para sonsacar, sino para saber. No por su curiosidad profesional de periodista, sino por su ansiedad de mujer. Necesitaba escuchar qué decían. No deseaba participar ni volverse a mirarlos. El aspecto de sus caras, blanco y agotado, debía de ser el mismo que el de ella.
Jim.
– ¿Quién es el muerto?
Robert.
– Curtis Lee.
Jim.
– ¿El arquitecto?
Robert. Seco, preciso, inexorable.
– Sí.
April conocía a Curtis Lee. Lo había entrevistado para el Chronicles hacía unos dos años. Vivía a cierta distancia de la ciudad, en un pequeño valle que corría paralelo al camino que subía hacia Sedona. Pese a su juventud, era muy valorado, incluso internacionalmente. Era un hombre raro pero rodeado del encanto y el carisma que trasciende el aspecto físico y la fama pasajera. Además de sus diseños revolucionarios, que habían merecido elogios que lo comparaban con los grandes innovadores del pasado, se había convertido en un ardiente defensor de un concepto de arquitectura muy riguroso, de una creatividad y una pureza sin concesiones al consumismo, inspirado en el que puso en práctica Frank Lloyd Wright en su casa de Taliesin West.
Cuando la recibió en su vivienda, April se encontró ante un pequeño prodigio de la inventiva humana. Aparte de los cimientos, el suelo y los muros del perímetro, en el interior las paredes eran muy escasas. Todas las divisiones de aquella casa experimento se habían realizado con combinaciones de plantas y arbustos de toda clase.
April no conocía bien los diversos ejemplares del mundo vegetal, pero supo que se hallaba en presencia de algo ambicioso y místico en igual medida. Se dio cuenta de que las plantas no se habían elegido al azar o por su valor estético y decorativo, sino a partir de un conocimiento y un estudio profundo del alma de cada árbol y cada arbusto.
El conjunto era tan delicado y pleno de energía que olvidó casi todas las preguntas que había preparado. Recorrió aquellas estancias semejantes a invernaderos, mientras Curtis Lee, con voz despreocupada, ilustraba sus conceptos inspiradores con tal precisión que no necesitaban aclaración alguna. Su objetivo consistía en construir una casa que tuviera vida, no solo en las formas sino también en su esencia más íntima. Además de las tres dimensiones conocidas quería abarcar también una cuarta: el tiempo. Un lugar en continua mutación donde la relación entre continente y contenido aportara beneficios a ambos. Cada parte técnica se transformaba en un concepto decorativo. La compleja instalación de riego, alimentada por un manantial que brotaba en la propiedad, era una verdadera obra de arte. Las canalizaciones llegaban a todos los rincones de la casa, con una armonía que revalorizaba al mismo tiempo el contexto. Hasta se había tenido en cuenta la emisión nocturna de anhídrido carbónico de las plantas, que se utilizaba en provecho de aquella forma de construcción biológica.
April recordaba que, cuando volvió a su casa, sintió durante un tiempo que, a su pesar, le resultaba antinatural el lugar donde vivía.
Ahora ese hombre tan brillante estaba muerto, asesinado por un ser que extraía su fuerza de esa misma tierra que alimentaba la vida de las plantas. Y lo había matado sin tener en absoluto en cuenta su genialidad. Había preferido obedecer una orden que venía del pasado, el fruto de una plegaria que quizá no comprendía pero que debía cumplir.
A sus espaldas, Robert había bajado un poco la voz. Poco después, April entendió por qué. No quería que lo oyera Charlie.
– Hay algo anómalo en este nuevo homicidio. La modalidad es la misma, pero el lugar donde encontraron el cadáver no es un espacio abierto. Curtis Lee tenía todos los huesos rotos, pero lo mataron dentro de la casa, donde había suelo, no tierra.
Robert no añadió más, Jim no replicó, y ella no intervino. No porque no sintiera la necesidad de aclaraciones, sino porque era consciente de que nadie podía dárselas.
Continuaron por el camino a paso rápido, y pronto vieron el espacio donde estaba aparcado el helicóptero azul del Cielo Alto Mountain Ranch.
Silent Joe, que hasta ese momento había caminado al frente del grupo como si supiera adónde iban y se encargara de guiarlos, se detuvo y se volvió a mirarlos. Tal vez tomaba conciencia de su responsabilidad. Aunque quizá atribuirle un sentido humano de la percepción fuera excesivo. Sin embargo, tampoco cabía subestimarlo, a la luz de los hechos, dado que su instinto se había revelado más eficaz que la inútil razón de todos ellos.
Cuando Jim lo alcanzó, trató de recompensarlo por su ayuda con una agradecida caricia en la cabeza. Como de costumbre, Silent Joe aceptó el gesto como algo debido. Aun así, cuando él se agachó a mirarlo, April habría jurado que, si un perro era capaz de sonreír, Silent Joe lo estaba haciendo en ese instante.
Descendieron hasta la aldea, tan agotados mentalmente que el cansancio físico pasaba a un segundo plano. El sendero se volvía más fácil a medida que se aproximaban.
Poco antes de llegar al claro donde se aparcaban los coches, sobre el tronco de un álamo alguien había tallado con mano firme un corazón que encerraba la leyenda «Cliff ama a Jane». April pasó al lado con el pensamiento amargo de que esas palabras sobrevivirían a las personas que las habían escrito.
Y también al amor de ambos.
Del aparcamiento salieron al gran corral entre las cabañas y fueron hacia la Club House en busca de Bill Freihart. Mientras tanto, April miraba a su alrededor con ojos nuevos.
Coches, casas, música, risas, esperanzas, hombres, mujeres, amor…
Todo lucía tan remoto y banal, tan inútil y frágil, ahora que el odio y la venganza parecían los únicos motores del mundo, y la muerte sin defensa, la única perspectiva. Bill se asomó a la galería vestido con el poncho y el Stetson que constituían su uniforme de trabajo en el Ranch y se quedó observando al extraño grupo que se acercaba.
En cuanto pudo hacerse oír sin gritar, Jim le avisó:
– Bill, hay una emergencia. Cogeré el helicóptero. Yo respondo ante Cohen.
Para subrayar sus palabras, Robert mostró su placa de policía.
Bill hizo un movimiento de aprobación con los hombros.
– En lo que se refiere al helicóptero, el jefe eres tú. No tienes que darme ninguna explicación.
April vio que Jim se volvía hacia ella. Sus palabras eran solo para ellos dos.
– Yo me voy con Robert. Tú ve con Seymour.
No era una orden, sino una preocupación. Esas palabras hicieron que acudieran lágrimas a sus ojos. Significaban que durante todo ese rato también Jim había pensado en lo mismo. No consiguió responder nada. Se limitó a hacer un ademán afirmativo con la cabeza mientras experimentaba la sensación tranquilizadora de no estar sola.
Después Jim se dirigió a Charlie. April tuvo la impresión de que entre esos dos hombres, ligados por la sangre y una civilización común que todavía sobrevivía, se había establecido una relación nueva.
– Tú quédate con ellos, por favor. Y llévate al perro.
– De acuerdo -respondió Charlie, como si no pudiera ser de otro modo.
Por último Jim se agachó y habló al oído de Silent Joe.
– Escucha, chaval, quiero que vayas con ella y te portes como un valiente. Es importante. ¿Me has entendido? Debes quedarte con ella y el niño.
El perro retrocedió y dejó escapar un rápido estornudo, que era su insólita manera de asentir.
Jim se irguió y April se encontró ante una persona distinta de la que conocía. Un hombre al que había amado y al cual había negado hasta el menor gesto de afecto. Todo este tiempo se despreciaba a sí misma, porque a pesar de todo no conseguía dejar de amarlo.
Ahora entendía que se estaba esforzando todo lo posible por reencontrarse. Todavía le temía, pero si lo que decía era cierto, habría ocasión de que recobraran la mutua confianza necesaria.
Se estiró y le besó en los labios.
– Ten cuidado.
El tiempo para una rápida sonrisa, y Jim ya se había alejado por el sendero entre los árboles, seguido por Robert. Poco después oyeron el silbido de la turbina y el flap flap sofocado de las aspas al ponerse en movimiento.
Permanecieron allí hasta que el helicóptero se perdió del otro lado del borde recortado de la vegetación. Jim mantuvo la máquina inmóvil apenas el tiempo necesario para echar una mirada a través del reflejo del plexiglás. Luego maniobró el helicóptero para que trazara un viraje y se convirtió en un proyectil azul engullido por el azul del cielo.
April se quedó aún un instante más en compañía del eco de la hélice que se alejaba y luego se volvió, pensando que se encontraría frente a Charlie. Pero en su lugar se encontró ante la belleza intemporal de Swan Gillespie.
Llegaron a la casa al cabo de veinte minutos, tras su vuelo de langosta.
Antes de aterrizar, con un viraje desde el norte Jim guió el helicóptero para realizar un superficial reconocimiento del terreno. A vista de pájaro, aquella cuenca natural se revelaba como un lugar comparable al Jardín del Edén. El gran espacio que rodeaba la vivienda de Curtis Lee era el fruto de una genial técnica de proyección del entorno y esmerado mantenimiento. El resultado era una sensación cromática casi táctil, como si lo que recorría la sombra del helicóptero no fuera un lugar real sino un tablero sobre el cual los elementos podían ubicarse como uno quisiera.
Jim se preguntó cuántas personas debían de trabajar allí para mantener en semejante nivel estético los prados, las plantas y todas las demás especies. Estaban tan bien combinadas que hacían pensar más en el arte de un pintor que en la simple técnica de un jardinero.
O bien, si de técnica se trataba, su forjador la había hecho salir de los cánones habituales para transformarla en una expresión de puro genio.
Por debajo se elevaba una construcción, rectangular cuyo techo destacaba por el perfecto equilibrio entre tejas y terrazas de arbustos, como si su creador hubiera querido privilegiar, además de la de abajo, también la vista desde lo alto. Donde no dominaba el verde sobresalía el rojo de los tejados, que en ese caso se habían preferido a las tejas canadienses o a las tablas de madera. El conjunto reflejaba una simetría y una armonía que integraban a la perfección el edificio al entorno y que, pese a sus considerables dimensiones, le daban la apariencia de un producto espontáneo de la naturaleza.
Jim sabía que Curtis Lee, en los comienzos de su carrera, había proyectado varias casas en Sedona, un conjunto urbano habitado por gente rica y con declaradas ambiciones New Age. Incluso pasado el tiempo las construcciones que llevaban su firma resultaban las más originales y, algo raro entre los arquitectos muy innovadores, también eran cómodas para vivir.
Maniobró el helicóptero hasta posarlo sin sacudidas en un prado rodeado de arces japoneses. Todavía no había tocado tierra cuando su pasajero se desabrochó el cinturón de seguridad, se quitó los auriculares y abrió la puerta. Jim apagó los motores y lo imitó. Bajaron de la cabina agachando instintivamente la cabeza para evitar el radio de acción de la hélice, que continuaba con su inercia hasta detenerse.
Durante el viaje casi no habían hablado, como si callar fuera un modo de aplazar la sensación de lo que iban a ver en unos momentos. Robert sintonizó la frecuencia policial y advirtió por radio al agente Cole que estaban llegando por aire. Desde lo alto habían visto al policía con su uniforme azul oscuro de pie frente a la entrada de la casa, que con la cara levantada hacia el cielo seguía la maniobra de aterrizaje.
Mientras se acercaban a la entrada, Jim pudo valorar aún más el alcance de aquel proyecto que quizá se definiera mejor con el término «experimento». Durante el tiempo que había trabajado al servicio de Lincoln Roundtree, había visto casas de gente rica, algunas construidas a partir de proyectos de arquitectos reconocidos mundialmente, pero ninguna de ellas podía siquiera aproximarse a esa esplendorosa muestra de arte habitable.
La única nota que desentonaba era la presencia de los coches de la policía y la ambulancia, que habían hollado con sus neumáticos una zona de la propiedad generalmente reservada a pies humanos.
Cuando alcanzaron al agente Cole, su rostro no mostraba el cauto deslumbramiento de Jim ante lo que lo rodeaba. Si lo había sentido, se había disipado al descubrir lo que la casa escondía en su interior.
Robert no perdió tiempo en preámbulos. Además, Cole no parecía necesitarlos.
– ¿Cómo ha sido?
– Como los demás.
Fin de toda esperanza, por muy débil que fuera.
– Joder. Anda, vayamos a ver.
Cole dirigió una rápida ojeada a Jim y poco después una mirada interrogativa a su superior, que lo liberó de toda responsabilidad en cuanto a la presencia de un extraño en el escenario de un crimen.
– No hay problema, Cole. No te preocupes.
El joven, con gesto aliviado, dio media vuelta y los precedió rumbo a la entrada principal.
Mientras caminaba los puso al corriente de la situación.
– El doctor Lombardi ha estado aquí hasta hace una hora. Ha hecho sus investigaciones iniciales y ha dicho que debía comparar las diferencias entre los otros homicidios y este. Ahora ya se ha marchado, pero me ha dicho que, en lo que a él concierne, podemos retirar el cuerpo cuando queramos.
El detective hizo apenas un gesto de asentimiento con la cabeza. No esperaba otra cosa, aun sin haber visto el cadáver.
Quedaban solo las palabras de Charlie para describir lo que sucedía.
«El círculo se ha cerrado. Se ha creado la Sombra.»
Una vez pasaron el umbral, siguió reinando la sensación de que el espectáculo de fuera continuaba en el interior, sin solución de continuidad. Sobre un suelo de resina blanca con un revestimiento que le daba un aspecto mojado, se desplegaba un conjunto de escaleras, plantas, arbustos y estancias sostenidas por troncos de árboles que se adivinaban vivos entre las pocas paredes de ladrillos. Perfectamente integrados en el ambiente, había unos tubos suspendidos, de un material que Jim no logró reconocer y que representaban, con toda probabilidad, el sistema de riego. Resultaba claro que el conjunto se inspiraba en el concepto del acueducto romano, pero interpretado a la luz de la tecnología actual, suspendido de manera que resaltara su impacto arquitectónico.
En una ocasión Jim había visto, en un semanario, un artículo sobre una casa construida en la copa de un gran árbol en el parque africano de Masai Mara. Pensó, al ver esa foto, que el crudo concepto de naturaleza que se desprendía de ella resultaba impresionante en comparación con las casas en las que la gente solía vivir en la ciudad.
No obstante, la casa de Curtis Lee superaba de lejos esa sensación. Se preguntó cómo debía de ser el cerebro del individuo que había ideado, proyectado y realizado la maravilla que lo rodeaba.
Pasaron por un vestíbulo cuyas paredes, a izquierda y derecha, estaban formadas por plantas de bambú combinadas con papiros más bajos, de modo que generaban un constante movimiento de las hojas, que parecían mecidas por una ligera brisa.
– Por aquí.
Siguieron al agente Cole, que los guió hacia una escalera de una docena de peldaños que subía hasta una plataforma cuadrada, un metro y medio más elevada que el suelo, de la cual partía un nuevo tramo de escalones.
Cole los precedió hasta alcanzar la plataforma.
Y allí lo vieron.
El cuerpo desarticulado de un hombre yacía desplomado en un cuadrado de resina blanca. Solo el físico y lo que quedaba de sus rasgos lo diferenciaban de los cadáveres de Jed Cross y Caleb Kelso. Por lo demás, el cráneo deformado bajo una masa de cabellos castaños, los ojos juntos, la boca torcida en una mueca paralizada en el último grito eran los signos de la misma ira y la misma fuerza implacable, del paso de algo terrible y sin remedio.
Sabían que si levantaban una articulación y giraban el cadáver el resultado sería el mismo que con los muertos anteriores. Sentirían como si le faltaran los huesos, y al perforar la piel verían salir, del interior de eso que había sido un hombre, solo un polvo muy fino.
Ver a las primeras víctimas los había llenado de horror por lo que creían fruto de la deformación de una mente humana. Pero ahora que conocían la verdad, o lo que un viejo indígena les había revelado como una probabilidad, ya no conseguían defenderse con las pobres armas de la lógica. Se veían obligados a recurrir a algo ancestral, a un instinto que acaso ya no poseían y que debían buscar en su interior con frenesí y con temor, para sacarlo a la luz.
La superficie en la que yacía Curtis Lee estaba rodeada por los cuatro costados por grandes tiestos, también de resina, alineados al nivel del suelo y animados por la gracia natural de plantas de bajo porte. Los arbustos eran cuidados con dedicación de modo que sirvieran de parapeto natural. Encima de cada uno de los tiestos pendía del techo, por medio de un sistema pensado expresamente, una canaleta de riego, por donde el agua corría libre a la vista, sin la opresión de tubos ni aspersores.
Robert permaneció unos instantes observando el cuerpo. El cadáver estaba sucio de tierra y tendido en parte sobre un estrato de humus que en la convulsión de la muerte aquel desdichado había arrastrado fuera de los tiestos.
Jim reparó en que Cole miraba hacia otro lado. Quizá en la academia de policía lo habían preparado para mucho, quizá creía estar preparado para todo, pero lo que tenía ante sus ojos superaba lo mucho y todo lo que una mente humana podría lograr imaginar.
– ¿Quién lo ha encontrado?
El agente pareció contento de volver a los parámetros de una investigación policial normal.
– Theodore Felder, su abogado. Él nos ha llamado. Curtis Lee acababa de llegar inesperadamente de Europa. Lo había citado en la casa, y en el momento en que cogía el sendero de acceso lo oyó gritar. Apenas tuvo tiempo de llegar hasta aquí. Lo encontró así.
– ¿Dónde está ahora?
– Le tomé declaración y cuando vi que no le sacaría más dejé que se marchara. Es bastante anciano y además estaba en un leve estado de choque. Los muchachos tuvieron que darle un tranquilizante.
La falta de objeciones hizo comprender al agente que había actuado según las reglas. Se relajó, pero su mirada se mantenía lejos del suelo.
– Dijo que pasará mañana por la Central a hablar con usted.
El detective dejó escapar un suspiro de consternación. Felder era una persona que conocía los procedimientos, que sabía cómo moverse y cuáles eran las preguntas. Pero no conocía las respuestas, al menos en ese caso.
– Muy bien, Cole, muy bien.
– ¿Qué hacemos con el cuerpo?
– ¿La Científica ya ha hecho todo lo que debía?
– Sí.
Robert guardó unos segundos más de silencio, con los ojos fijos en el hombre muerto caído en el suelo. Jim sabía qué estaba pensando su amigo. El problema no radicaba en lo que la Científica podía o debía hacer, sino, en aquel caso en lo inadecuado de la definición de «científica».
– Creo que podemos retirarlo. Pero después cerradlo con cinta policial, así podré echar una ojeada por aquí.
El agente cogió el walkie del cinturón y se puso en contacto con los demás hombres. Al llegar, Jim no había visto a nadie, por lo que era de suponer que se hallaban en los coches esperándoles a ellos.
Tal vez se preguntaban qué cuernos estaba pasando en la ciudad.
– Muy bien, muchachos, podéis retiraros.
Poco después entraron los enfermeros con la camilla y se acercaron al cuerpo. Abrieron un saco de tela impermeable verde y lo metieron dentro. Jim pensó con amargura que el color del saco era sin duda el único tono de verde que el arquitecto no había previsto incluir en su casa. El ruido de una cremallera de plástico que se cerraba fue el elogio fúnebre de la tecnología a la memoria de Curtis Lee.
Cuando el suelo quedó libre, el detective se dio cuenta de que los lados se inclinaban en leve pendiente hacia el centro y que en medio de esa pequeña cantidad de tierra removida sobresalía el agujero de una rejilla de desagüe. Sin duda servía para despejar el suelo de los residuos del riego. Dado que no se conectaba con ninguna cañería por debajo, tanto él como Jim conjeturaron que se hallaba escondido en el suelo y corría disimulado por las barandillas. Ello constituía una prueba más, si todavía hacía falta, de la creatividad del hombre que había ideado aquella maravilla.
Jim había guardado silencio hasta ese momento. Cuando los hombres se marcharon y los dejaron solos en lo alto de la escalera, Robert se decidió a preguntarle su opinión.
– ¿Qué piensas?
– Me pregunto una cosa. O dos.
– A ver si son las mismas que me pregunto yo.
– Ante todo, ¿qué tiene que ver el arquitecto Curtis Lee con Caleb Kelso y Jed Cross? No los unía ningún parentesco, ningún vínculo de sangre, que yo sepa.
– ¿Y entonces?
– Entonces podríamos suponer que hay alguna otra persona con quien relacionarlo. Tal vez con el que llevaba el sombrero con adornos de plata, o el de la pluma. O el dueño del pañuelo rojo.
– ¿Por qué?
– Si Lee era descendiente de uno de esos hombres, hurgando en su pasado quizá hallemos un indicio, una señal que nos lleve a lo que en realidad sucedió en Flat Fields. Pero sobre todo a los nombres.
Robert empezó a bajar la escalera. Caminar siempre lo ayudaba a reflexionar. Jim lo había comprobado cuando se encontraron los cuatro en su casa. Lo siguió.
– Estoy de acuerdo contigo. ¿Cuál es tu otra duda?
– Si lo que nos ha dicho Charlie es cierto, si Chaha'oh necesita de la tierra para reunir fuerza y cobrar vida, ¿cómo ha logrado subir la escalera y llegar a esta plataforma para matar a Curtis Lee?
– Si existe una respuesta, daría un año de salario por saberla.
La respuesta existía, y fue el propio genio de Curtis Lee quien se la dio sin gastar un solo dólar. Apenas habían pasado el umbral de la puerta de entrada, cuando del interior llegó un ruido de agua que corría por los aleros. Probablemente en alguna parte un temporizador había puesto en funcionamiento el riego.
Robert y Jim se miraron y reconocieron cada uno en la cara del otro la misma intuición. Jim sintió un escalofrío ante la idea de que lo que habían conjeturado fuera cierto.
– ¡Cole!
El detective no tuvo que llamarlo una segunda vez. El joven agente apareció a la derecha, detrás del ángulo de la casa. Notó la conmoción de ambos hombres y, aun sin saber el motivo, se le contagió su estado de ánimo.
– Cole, ¿qué es lo que alimenta el mecanismo de riego?
– Creo que un manantial de agua natural que hay al otro lado de la casa.
– ¿Lo crees, o estás seguro?
Era un muchacho listo. Aunque no sabía por qué, entendió enseguida que esa hipótesis debía ser reemplazada de inmediato con una certeza.
– Voy a comprobarlo.
Cole se alejó corriendo. El detective Robert Beaudysin y su ocasional piloto se quedaron solos, con una teoría y el estupor de pensar que pudiera confirmarse.
– No puede ser de otro modo, Robert. Ha pasado por allí. El manantial sube desde el subsuelo. A través del sistema de riego ha accedido a la tierra de los tiestos, y cuando Lee llegó a su plataforma lo cogió y lo mató.
– Sí, es plausible. No hay otra explicación. Pero si las cosas fueron en verdad así, ¿cómo lo hizo para irse?
Jim quedó atrapado en la misma obsesión que él mismo se planteaba. Pero la verdad es siempre más simple que cualquier suposición abstrusa. Llegó como un rayo, y tan fuerte que el detective lo vio palidecer de golpe.
– Esa tierra que había en el suelo. No se ha ido, Robert. ¡Todavía está aquí!
El detective comprendió de inmediato lo que quería decir. Con un sincronismo perfecto dieron media vuelta y entraron corriendo en la casa. Con toda la velocidad y la ansiedad de que eran capaces desanduvieron el recorrido que acaban de hacer. Subieron volando los escalones, como si fueran los de la escalera que llevaba al Paraíso.
Pero cuando llegaron arriba, se encontraron ante un anticipo de su infierno personal en la tierra.
Sin duda era un detalle que había previsto el diseñador de la casa. Probablemente el temporizador funcionaba no solo regido por la hora, sino también por el flujo del riego. Según la fuerza del agua, los tubos de irrigación cumplían la función de regar, o bien la de lavar la superficie donde se hallaban los tiestos.
Frente a sus ojos incrédulos, un último y sarcástico chorro de agua limpia cayó de lo alto hacia las profundidades de la tierra a través del hoyo de desagüe situado en el centro de un suelo perfectamente limpio.
April conducía hacia su casa sin dejar de repetirse que nada de todo aquello era cierto.
Pensaba que en poco rato una voz fuera de escena gritaría «¡alto!», se encenderían las luces y aparecería alguien para explicar que se trataba de una broma. Que ese tipo de cosas eran fruto de la pésima literatura o el peor cine y que nada semejante era posible en un mundo en el que volaban helicópteros, se recorrían los inexistentes caminos de internet y donde la gente vivía alimentándose de las imágenes de un televisor. Pero en cuanto volvía la cabeza, la presencia de Charlie y de Silent Joe bastaba para recordarle que lo imposible estaba sucediendo realmente. Y el pensamiento apabullante de cuatro personas asesinadas de un modo atroz por las malas acciones de sus antepasados adquiría un sentido de tragedia y de burla al mismo tiempo.
Era la vieja ley del talión, la que exigía ojo por ojo y por cada víctima otra víctima. Todos los hijos que cuatro asesinos sin piedad habían traído al mundo, y los hijos de sus hijos, hasta que se aplacaran un dolor y una ira tan fuertes que sobrevivían al tiempo y a la disolución de la muerte.
Silent Joe, en el asiento posterior del coche que habían pedido prestado a Bill Freihart, se movió para acomodarse mejor. Había subido sin rodeos, indolente y asimétrico, comprometido con su misión, como si para él fuera una sinecura ir con aquella muchacha a la que le había encomendado su dueño. Se lamió los labios con su lengua rosa, estornudó y la miró con los ojos picaros de quien no habría desdeñado un tentempié.
April le sonrió. Era increíble cómo ese animal lograba entender, aun sin el don de la palabra.
– Tranquilo, perro. Cuando lleguemos a casa todos comeremos algo.
La larga caminata hasta la cumbre del Humphrey's Peak, el hallazgo de la cueva y su contenido y el regreso a paso de marcha forzada después de la llamada telefónica que anunciaba el nuevo homicidio habían desplazado a un segundo plano los normales hábitos alimentarios. Por otro lado, las cosas con las que habían entrado en contacto no eran de las que generan una buena relación con el estómago. Ninguno de ellos había sentido la falta de alimento.
Inmediatamente antes de partir del Ranch había telefoneado a Seymour, a casa de Carel Thorens. Para permitirse aquella excursión no programada a la montaña, había confiado su hijo al vecino, aprovechando que disponía del día libre. Carel se había mostrado encantado de pasar un rato con su compañero de náutica, y también Seymour había aceptado con entusiasmo la propuesta. Los había dejado de pie delante de la casa con un saludo desde la ventanilla y una sonrisa en los labios. Pero después se encontró con demasiadas cosas gélidas, y ahora esa sonrisa era una flor de hielo. Marcó el número con una ansiedad solo justificada por su sentido protector de madre.
Carel respondió al segundo timbrazo.
– Hola, Carel. Soy April. ¿Cómo estáis?
– Estupendamente. Hemos pintado e impermeabilizado durante toda la tarde. Estamos colocando el bote en el remolque.
Su voz tenía el timbre sereno de los que no saben. April lo envidió.
– ¿Dónde estáis?
– En mi garaje.
Aunque se decía que su preocupación era exagerada, no consiguió evitar una intensa sensación de alivio al pensar en un sólido suelo de cemento.
– Fantástico. Esperadme allí, ya llego.
Levantando una pequeña polvareda, llegaron por fin a Gravel Highway. April dobló a la izquierda por Fort Valley Road y se encaminó entre el escaso tráfico vespertino hacia Flagstaff. Los coches ya habían encendido los faros. Y también las ventanas iluminadas en muchas casas constituían una presencia tranquilizadora. Del otro lado de los cristales, la gente se dedicaba a las tareas que formaban parte de la vida cotidiana. Comer, beber, reír, leer un libro, hacer el amor, hablar mucho para en realidad no hablar de nada. Todo, incluso lo que antes juzgaba banal, le parecía lejano y envidiable.
Un resoplido del perro le recordó que tenía compañeros de viaje y la devolvió al interior del vehículo. Se dirigió a Charlie, cuyo perfil se recortaba oscuro al contraluz del cristal. Su presencia significaba la única barrera posible contra la amenaza que se cernía a su alrededor, cualquiera que fuera su nombre.
Volvió a prestar atención al camino. Le habló sin mirarlo a la cara.
– Tú ves esas cosas, ¿verdad, Charlie?
– Sí.
Pronunció el monosílabo sin énfasis pero también sin ninguna indulgencia para consigo mismo.
– No debe de ser agradable.
– No. No lo es.
Su voz contenía todo el significado de la soledad. Y todo el cansancio del mundo. Ese cansancio inmóvil, sin sudor, que genera un agotamiento contra el cual no hay descanso.
April experimentó un instintivo impulso de afecto por ese viejo indígena. Era un sentimiento nuevo que se añadía al respeto que ya le merecía.
– No consigo imaginar cómo puede ser.
– Es como no poder cerrar nunca los ojos porque las imágenes siguen llegando de todos modos. Es como continuar soñando durante el día o estar despierto durante el sueño. En el mundo hay demasiadas cosas que saber para un solo hombre, aquí o en cualquier parte.
April contuvo el aliento. Era una periodista acostumbrada a hacer preguntas. No solía temer las respuestas. Aquella era una entrevista con el miedo que todo ser humano lleva dentro al venir al mundo y que arrastra, tratando de ignorarlo, hasta el fin de sus días.
Preguntar y arrepentirse de haberlo hecho fueron dos actos simultáneos.
– ¿Cómo es saber?
– A veces es una pesada carga.
De pronto decidió que no quería oír más, si es que pretendía poder dormir aunque fuera un poco la noche siguiente. Cambió de tema con la razonable certeza de que Charlie adivinaría el motivo.
– ¿Sabes lo de Jim y yo? ¿Sabes que Seymour es su hijo?
El viejo, sentado junto a la ventanilla, hizo una breve señal afirmativa con la cabeza. Su piel era la roca roja y estriada de un antiguo cañón. Su expresión parecía tallada en el mismo material.
– Saber es también eso.
Por un breve instante se quedaron en silencio. Luego, de manera sorpresiva, Charlie emergió de su reserva habitual.
-Él es diferente, ahora. Está encontrando un camino. Con esfuerzo, pero lo está encontrando. Ya no es el mismo hombre que partió de aquí hace mucho tiempo.
Las palabras de Charlie fueron como miel para April. Lágrimas de alivio cayeron contra su voluntad por las mejillas, pero las dejó correr sin pudor. Pese a todo, no quería ceder a la ilusión, así que se obligó a creer solo en el sentido común, cínico por naturaleza.
– Las personas no cambian, Charlie.
El viejo la miró.
– Tienes razón. Nadie cambia. A veces, sin embargo, alguno lo logra.
Hizo una pausa, como si necesitara buscar las palabras. Pero April sabía que se estaba tomando unos segundos de reflexión, para evaluar cuánto podía revelar sin asustarla.
– Eres una mujer fuerte. Para ti, tu hijo no ha sido una condena, sino una elección, porque tu amor ha sido más fuerte que todo. Por eso no te has perdido nunca, ni siquiera en los momentos en que has creído estarlo…
April no tuvo coraje para preguntarle cómo había llegado a percibir con tanta precisión esas cosas que decía de ella. Pero, de algún modo, ya se lo había explicado él mismo, hacía solo unos minutos.
«Saber es una pesada carga que llevar.»
Charlie continuó su breve viaje por sus historias de seres humanos.
– Tres Hombres siempre ha vivido con la ilusión de poder negar lo que es. Pero nadie lo logra de verdad. Incluso cuando optó por seguir el camino más fácil, en el fondo siempre supo que se equivocaba. Por eso le cuesta perdonarse, porque nunca ha conseguido tener el coraje de seguir su naturaleza.
La miró de nuevo. April habría jurado que por un instante vio que los ojos se le humedecían de emoción en la penumbra, mientras hablaba.
– Pero ahora ha encontrado ese valor. Y es, sobre todo, mérito tuyo.
Mientras tanto habían llegado a la ciudad, y April conducía el coche bajo las luces encendidas de la calle. Recorrió lugares donde la gente se movía con ansias de vivir. De pronto tuvo que reprimir una sensación de náusea al pensar que quizá a alguno de ellos ya le acechaba la muerte.
Y ella era una de las pocas personas que sabía cómo, aunque ignorara quién.
Avanzó por Columbus Avenue y en el semáforo dobló a la izquierda, por Leroux Street. Siguió un tramo para luego girar de nuevo a la izquierda por Cherry Avenue hasta San Francisco, que iba en dirección única rumbo al norte. Poco después se detuvo ante su casa, un pequeño chalet con la fachada de madera clara, que formaba parte de un conjunto de viviendas distribuidas entre el verde y el respiro de los olmos.
En otro tiempo había contemplado con agrado aquellas casas ordenadas, cada una rodeada por un pequeño terreno bien cuidado donde crecían flores y arbustos. Pero ahora todo era distinto. Lo que hasta entonces había sido un privilegio se había transformado en una amenaza. Su única defensa era el instinto de un perro.
– Hemos llegado.
– Bien. Qué bonito lugar…
Charlie abrió la puerta. Seymour y Carel debían de estar esperándola en la ventana, porque salieron enseguida de la casa de al lado, una construcción más grande, de ladrillos rojos. Se acercaron sonriendo al coche y April presentó a Carel y a su hijo, al tiempo que estudiaba con temor cómo reaccionaban los dos ante su primer contacto con Charlie. Cuando los vio sonreír comprendió que el hijo de Jim había entrado en los pensamientos del viejo indígena exactamente como el padre.
April se volvió hacia Seymour con ese aire misterioso que entusiasma a los niños porque saben que suele significar una agradable sorpresa.
– Tenemos un invitado. Ven.
Fue a la parte posterior del vehículo. Seymour la siguió, y cuando April abrió la puerta reconoció de inmediato al perro.
– Pero este es Silent Joe. ¿Cómo es que ha venido contigo?
– Es una larga historia. Ahora, creo que este señor tiene hambre. Y yo también.
April consultó la hora.
– Es tarde y no tengo ningunas ganas de ponerme a cocinar.
Miró a su hijo.
– ¿Hamburguesa o pizza?
Seymour alzó los brazos como si desde una tribuna estuviera incitando a los gladiadores en la arena.
– ¡Pizza! ¡Pizza! ¡Pizza! ¡Pizza!…
April calmó ese ímpetu, más vinculado con el movimiento perpetuo que con las manifestaciones de un niño.
– Muy bien. Ahora, hasta que no podamos comprarle la comida apropiada, darás a este perro una buena ración de espagueti y te pondrás unos tejanos y una camiseta limpios. Después, pizza para todos.
– ¡Hurra! Ven, Silent Joe.
April siguió el entusiasmo de Seymour, y Carel y Charlie se quedaron solos. Desaparecieron en el interior de la casa y pronto el perro, en compañía de su nueva referencia alimentaria, fue a la cocina.
April, de pie en el pequeño vestíbulo, miró en el espejo su rostro cansado. Ahora que había aplacado la ansiedad por Seymour, el agotamiento llegó de golpe a reclamar su tributo.
Sobre la repisa situada junto al teléfono había un ejemplar del Chronicles, de algunos días atrás. En primera plana se veía una foto en colores de Swan y un artículo que celebraba el regreso a Flagstaff de la estrella de Hollywood. April trató de imaginar qué sentido de reverencia y sumisión debía de inspirar su belleza a los ojos de un hombre.
Swan Gillespie era uno de esos prodigios de la naturaleza que, cuando tiene ocasión de mezclar los genes con precisión, produce auténticas obras de arte. La madre era china, y el padre, al que nadie de la ciudad había conocido, debía de ser de raza negra. Su Yen Gillespie llegó a la ciudad con esa niña de cinco años y abrió una lavandería. Casi nadie reparó entonces en ella. Pero cuando la niña creció, los ojos de todos se posaban, obligados, en la hija.
Swan correteó en los sueños de todos los varones de la zona hasta que al final se convirtió en la chica de Alan Wells, hijo de Cohen Wells. Y eso, en cierto sentido, la puso fuera de alcance.
Al menos hasta que Jim Mackenzie pensó lo contrario…
En el Ranch, cuando April se volvió y se la encontró de sorpresa, le pareció que para ella no había pasado el tiempo. La sensación de fragilidad que transmitía permanecía intacta, y la madurez solo había añadido un poco de misterio a su magnetismo innato.
La incomodidad que experimentaba transmitía una impresión evasiva, como si intentara estar allí y al mismo tiempo en otra parte.
– ¿Podemos hablar un momento, April?
April sentía que la ansiedad le empujaba los hombros como una mano que la impulsara a correr hacia su casa. Swan notó su vacilación, pero la entendió mal.
– Te lo ruego. Es importante.
– De acuerdo.
Salieron de la galería y se alejaron por el terreno hacia los hogan, en la parte más alta del Ranch.
– Quisiera decirte algo con respecto a lo que ocurrió entre Jim y yo.
April la interrumpió, con la indulgencia que solo sabe dar la prisa.
– Swan, es una vieja historia. No hay nada que explicar. Ya ha pasado todo.
– No, No sabes cuánto querría que todo hubiera ya pasado de verdad. En cambio, algunas cosas no terminan nunca, por lo menos hasta que uno descubre el porqué…
Tras esa pausa, April tuvo la sensación de que Swan ya había pronunciado esas palabras en su cabeza muchas veces.
– No fue una historia de sexo, sino mucho peor, si ello es posible. Jim necesitaba dinero para poder obtener su licencia, y yo solo deseaba marcharme porque aquí sentía que me ahogaba. Tenía mis sueños, o al menos eso creía que eran. Estar con Alan me parecía una prisión. Luego Jim recibió esa propuesta…
– ¿Qué propuesta?
– Cohen Wells le ofreció veinte mil dólares para que me llevara a la cama, hacer que Alan se enterara y consiguientemente se separara de mí.
April se sintió como suspendida en el vacío ante lo que oía. Y por la perfidia de ese hombre que se presentaba al mundo como el íntegro Cohen Wells.
– También yo necesitaba ese dinero para ir a Los Angeles. Jim me lo contó, y nos pusimos de acuerdo. Tramamos el asunto en el motel y por pura casualidad Alan nos descubrió enseguida. Pensar que entonces me parecía una fortuna…
Se detuvo mientras meditaba en las explicaciones que la vida concede solo mucho tiempo después. Luego confesó su culpa.
– Nos repartimos el dinero y cada uno cogió su camino.
Se volvió y la miró a los ojos. En ellos había tristeza.
– Desde entonces nunca he sido feliz.
Sin lograr explicarse por qué, April supo que Swan Gillespie era sincera. De pronto pensó en ellos cuatro, cada uno con su destino a cuestas como una sombra pegada a las suelas de los zapatos, siempre con la ilusión de que eran ellos quienes lo manejaban.
Swan y Jim eran dos personas que podían poseer todo lo que quisieran gracias a su aspecto físico y al influjo que ejercían en la gente. Ninguno de los dos había considerado todo lo que deberían ignorar, sofocar y suprimir en el momento de tomar la decisión de vivir de esa manera. Estaban tan obsesionados por obtenerlo todo sin esfuerzo que habían olvidado que crecer es fruto del esfuerzo.
Como para confirmar sus pensamientos, Swan dijo lo mismo con otras palabras.
– Sí, he tenido éxito. Me aferré a eso porque no tenía nada más. Pero las únicas cosas bonitas que he vivido son las que compartí con Alan y descubrí gracias a él.
April comenzaba a comprender lo que Swan trataba de decirle. Sentía mucha pena por ella.
– ¿Lo has visto?
– Sí.
– ¿Y qué ha pasado?
– No le conté nada de esa historia. No puedo contarle lo de su padre. No puedo volver después de tanto tiempo y destruir lo poco que le queda. Sobre todo ahora…
La vida de Alan pasó rápidamente por la mente de ambas, como una sucesión de imágenes de sus propias vidas.
– ¿Cómo está él?
– Ha madurado. Era un muchacho maravilloso, y yo no lo comprendí. Ahora sé que se ha convertido en un hombre fantástico, aunque no estoy segura de que él lo sepa. O de que quiera saberlo, lo que sería más grave. Habría podido destruirme y no lo hizo. Me di cuenta después de marcharme. Y…
Esbozó una sonrisa amarga que reflejaba la eterna burla de la vida.
– Soy una mujer rica y famosa. Puedo tener a todos los hombres que quiera. ¿No te resulta ridículo que haya descubierto que estoy enamorada del único hombre al cual le he hecho de todo para que me odie?
April no conocía al nuevo Alan. Pero si era el resultado lógico del muchacho que se presentó en su casa aquella noche, sabía que jamás habría sido capaz de odiar. A nadie en el mundo, y menos a Swan.
Sufriría sin dejar que se notara.
«Las personas no cambian. Pero a veces se reencuentran.»
Charlie tenía razón. Jim y Swan no habían cambiado. Simplemente habían tratado de ser diferentes de lo que la vida los llevaba a ser. Por miedo, por juventud, por ansia de vivir, por ese maldito vicio de no saber…
Acogió en los brazos como a una vieja amiga el cuerpo y el llanto de Swan Gillespie. Cuando se marchó del Ranch la vio de pie por el espejo retrovisor, una figura delgada y sola, en busca, también ella, de su pequeña redención. Aún guardaba en los oídos el «gracias» sofocado que había murmurado entre lágrimas.
– Mamá, estoy listo.
La voz de su hijo la sorprendió. Seymour salió corriendo de la cocina, vestido con ropa limpia, seguido por los pasos bamboleantes de Silent Joe. Era increíble la capacidad de ese perro para trabar amistad. Los dos parecían compañeros desde siempre. Y a April le alegraba que así fuera.
– De acuerdo. Sal y espérame en la calle. Tengo que hacer una llamada.
Cogió el listín telefónico y buscó un número. Al cabo de tantos años todavía lo recordaba de memoria. Comprobó que no había cambiado, pese al largo tiempo transcurrido. Lo consideró un buen augurio.
Marcó el número, y el teléfono comenzó a sonar.
Poco después respondió una voz de mujer.
– Mansión Wells. ¿En qué puedo servirle?
– Buenas tardes. Soy April Thompson, una vieja amiga del señor Alan. Necesito hablar con él con urgencia.
Una pequeña pausa, seguida de una reserva profesional.
– Un momento. Iré a ver si está en casa.
La persona que había contestado la dejó esperando. Mientras sonaba una música de fondo y aguardaba oír la voz de Alan, se preguntó qué palabras debía emplear para convencer a un héroe de no tener miedo.
A las once de la noche Jim Mackenzie y el detective Robert Beaudysin se enfrentaban a la amarga sensación del fracaso. Después de que eso que llamaban Chaha 'oh consiguiera irse y volver a las profundidades de la tierra por culpa de su lentitud, los había invadido una frustración de la cual les resultaba difícil recobrarse.
El agente Cole olfateó aquel clima de derrota pero prefirió mantenerse al margen. Que un testigo de un crimen anterior se hallara presente como parte activa en el lugar de un nuevo delito era algo completamente ajeno a las pautas habituales. Y decía mucho de las características tan particulares de aquella investigación.
No llegaba a comprender por qué importaba tanto saber si el sistema de riego se alimentaba de un manantial natural o de un acueducto. Ni el motivo del frenesí que en determinado momento se había apoderado del detective y de su amigo, el piloto de los ojos raros. No obstante, pese a su poca experiencia con los superiores, había aprendido que cualquier pregunta podía ser una pregunta de más. Por ello se limitaba a responder si lo interrogaban y a obedecer si alguien le ordenaba algo.
– Hostia.
Mientras salían al aire libre, Robert farfulló esa palabra, aunque Jim estaba seguro de que tenía otras peores en mente.
– ¿Ahora qué hacemos?
El policía lanzó un suspiro que hundía sus raíces en la práctica cotidiana.
– Ahora todo vuelve a los procedimientos policiales normales, amigo mío.
– ¿Es decir?
Robert hizo un gesto circular señalando la casa.
– Coger toda la documentación que haya en esta cabaña vegetal y devanarnos los sesos hasta encontrar algo.
Aprovechando que todavía había luz, Jim había devuelto el Bell a la pista de aterrizaje del Cielo Alto Mountain Ranch, mientras Robert, con ayuda de Cole, cargaba en el coche todo el material que era posible y necesario llevarse.
Por un acuerdo tan tácito como espontáneo, ninguno de los dos propuso quedarse en esa casa a examinar los documentos. Eran dos hombres de su época, que sabían vivir en el mundo que los rodeaba. Sin embargo, ahora se hallaban frente a algo que trascendía su capacidad de simples seres humanos, algo que no comprendían y que, pese a todas las explicaciones, no podrían comprender jamás.
Y que temían.
Se citaron en el chalet de Beal Road, donde vivía Jim. Un lugar tranquilo, donde no los molestaría nadie. Robert convino en que resultaría difícil explicar la presencia en su despacho de alguien ajeno al cuerpo de policía. Por otro lado, dado el cariz que tomaba el asunto, no quería prescindir de las opiniones de un interlocutor de la agudeza de Jim.
Unas horas después, ante una mesa llena de papeles y cajas, aún intentaban entender algo. Poco a poco, guiándose por los documentos con que contaban y las notas biográficas del arquitecto, habían logrado reconstruir su pasado. Pero sin encontrar nada significativo.
La familia se había establecido en Flagstaff mucho después de que ocurrieran los hechos que habían dado origen a todo aquel problema. El abuelo materno de Curtis era un comerciante de origen polaco, cuyo verdadero apellido era Lentbowski. Tras la quiebra de su negocio se mudó a la ciudad, poco después de la Segunda Guerra Mundial, procedente de una pequeña localidad de Massachusetts. Se cambió el apellido por el de Lee y se dedicó a hacer un poco de todo hasta conseguir financiación para abrir una pequeña empresa de catering, que tuvo cierto éxito. Su hija, Catherine, se casó con un tal Fred Bowlton, agente de seguros de Santa Fe, que en su momento también se había afincado en Flagstaff y había abierto una agencia en la ciudad. Repartía su tiempo entre las pólizas contra rayos y granizo y los bocaditos de la otra actividad de la familia. Hasta que un buen día desapareció, engatusado por los discutibles encantos de una cantante country a la que conoció en el Orpheum, el teatro situado detrás del hotel Weatherford. La esposa no se mostró muy disgustada, pero de todos modos no volvió a formar pareja con nadie. Tanto el viejo Lentbowski como la señora Bowlton-Lee se fueron al otro mundo en rápida sucesión y el joven Curtis quedó como el único miembro de la familia que continuó en las tierras de Arizona. Más adelante, eligió el apellido de la madre para su actividad profesional y se convirtió, todavía joven, en un arquitecto de fama internacional.
Punto.
No había ninguna relación entre él, su familia y cualquier otra cosa que pudiera vincularse con aquellos lugares y lo que había sucedido en Flat Fields más de cien años atrás. Jim arrojó el enésimo certificado sobre la mesa cubierta de papeles.
– Sin embargo algún nexo tiene que haber. Y estoy seguro de que si lo encontramos tendremos la posibilidad de completar el cuadro.
Robert se sentía tan decepcionado como él.
– Creo que debemos darnos prisa. Si no logramos algún resultado, es posible que mi jefe me retire del caso. O peor: que venga el FBI de Phoenix a reclamar su jurisdicción en el asunto.
Temo que sería de lo más embarazoso tener que explicar lo que está pasando.
– ¿De veras crees que existe ese peligro?
Robert asintió y dijo un nombre.
– Cole.
Jim no comprendió. Y probablemente se le notó en la cara.
– No me entiendas mal. Es un buen chaval y estoy seguro de que confía en mí. Quizá hasta me tenga afecto. Pero la verdad, no creo que llegue a mentir por mí. Si alguien le hace preguntas, no arriesgará su carrera para cubrirme.
Señaló las hojas y las cajas que había por toda la habitación.
– Y todo esto, créeme, está muy lejos de corresponder a los procedimientos comunes.
Jim comprendía de sobra los problemas de su amigo. Se levantó y fue a coger un par de cervezas del frigorífico. Al otro lado de la puerta abierta, junto al fregadero lleno de platos, se veía la superficie cubierta de hierba del jardín. No conseguía mirarla sin experimentar una punzada de peligro, como si de un momento a otro fueran a emerger de la tierra huellas de pies descalzos dirigiéndose amenazadoramente hacia él. Huellas como las que habían encontrado en uno de los tiestos llenos de tierra en la casa de Curtis Lee.
Además había otro aspecto fundamental del problema, acerca del cual todavía no habían logrado hacerse una idea. El orden, pero sobre todo la frecuencia, con que la sombra elegía a sus víctimas. Sentían en la nuca el aliento de la urgencia. Debían averiguar, y debían hacerlo deprisa, si querían evitar que una nueva llamada les avisara de otro cadáver, tendido en la tierra con los huesos destrozados y el rostro reducido a una máscara de cera derretida.
Puso una cerveza delante de Robert, que se había inclinado para abrir otra caja.
– Joder, aquí no hay más que recibos y facturas.
Jim se sintió mal. Robert le había enseñado que, en el transcurso de la investigación de un caso tan complicado, no se pasaba por alto ningún detalle. Resultaba imposible saber qué dato sería el que revelaría la solución. Por ello, cada cosa se examinaba como si fuera a brindarles la iluminación.
Papel tras papel, examinaron recibos, extractos de cuentas corrientes, títulos de propiedad, facturas de electricidad y de teléfono. También las copias de algunos de los proyectos más importantes llevados a cabo por el arquitecto durante su carrera.
Muchos llevaban su firma de puño y letra.
Jim pensó que tras su prematura muerte esos documentos constituirían un plato muy sabroso para ciertos coleccionistas. Había allí muchos miles de dólares en forma de datos técnicos que testimoniaban el genio de un artista contemporáneo. Se avergonzó un poco por pensarlo.
Se preguntó si los que encontraron el material de Leonardo da Vinci después de su muerte habían sentido lo mismo, si habían pensado más en el dinero que de ello podían sacar que en la expresión de un intelecto superior.
Cogió el paquete de proyectos y se levantó para apartarlos y despejar un poco la mesa.
– Qué extraño.
La voz de Robert a sus espaldas lo sorprendió. Al volverse, vio que observaba una pila de recibos, sujetos con una goma elástica, que sostenía en la mano.
– ¿Qué es extraño?
– Estos son recibos de depósitos.
El detective quitó la goma elástica y los colocó frente a él sobre la mesa. Empezó a examinarlos uno por uno.
– Son los comprobantes de unas cuotas mensuales depositadas en una cuenta corriente abierta en el First Flag Savings Bank, a nombre de la señora Gwendolyn Lee, pagos efectuados por un banco de Barbados, por un importe bastante considerable. Y luego…
Robert se tomó tiempo para hojear con rapidez los rectángulos blancos.
– Luego, a partir de cierta fecha, los depósitos se hacen a nombre del señor Curtis Bowlton Lee. Y aquí…
El policía tenía en la mano una hoja doblada en cuatro, adjunta a los recibos. La abrió y le echó una ojeada.
– Esto es una carta del gabinete jurídico del doctor Theodore Felder. No alcanzo a leer bien la fecha, pero debe de ser de hace mucho tiempo. Se anuncia a la tal señora Gwendolyn Lee que se le hará un depósito mensual hasta que el hijo, Curtis, cumpla los treinta años.
Robert dejó la carta y examinó el último talón de la pila.
– El último recibo lleva un sello de hace siete años. Según estas fechas, cuando murió Curtis tenía treinta y siete años, así que los datos concuerdan.
– Parecería una especie de beca para estudios.
– En general, las becas para estudios llegan del college o de alguna autoridad semejante. No creo que Barbados pueda considerarse algo así.
– Entonces ¿qué puede ser?
– No lo sé. Pero opino que hay que hacer una rápida investigación en el banco y con el abogado Felder, aunque no creo que logremos nada. Si ha dado estos rodeos para enviar el dinero, significa que el autor de los pagos se proponía resultar imposible de rastrear. Y ya verás como así será.
Ciertamente, Robert se sentía incómodo en el papel de Cassandra, pero Jim confiaba demasiado en la experiencia de su amigo como para llegar a otras conclusiones personales.
Jim se sentó y continuó bebiendo su cerveza.
Robert se apoyó en el respaldo de la silla y se hizo unos masajes en el cuello dolorido. Su tono de voz dejó de ser el de un policía para convertirse en el de un hombre atemorizado ante algo terrible y desconocido.
– Jim.
– Sí.
– ¿A veces piensas en qué hay después?
Jim comprendió muy bien a qué se refería Robert. Era la misma pregunta que habría podido y deseado hacer él, aun sabiendo que obtendría la misma respuesta imprecisa.
– Cada vez que estoy a punto de ir en helicóptero. Es un pensamiento que no me abandona nunca. Después, cuando despego, todo pasa y solo queda la exaltación del vuelo. Pero sé que volverá a ocurrir la vez siguiente.
– ¿Y qué opinas sobre ello?
Jim se encogió de hombros.
– Antes creía que era solamente un problema de ignorancia. O mejor dicho, de falta de conocimiento. Los seres humanos, por instinto, siempre han tratado de eliminar el miedo elevando al grado de divinidad las cosas que iban más allá de su capacidad de comprender. Según el grado de evolución, han adorado el rayo, el trueno, la lluvia, el sol, la luna. Cuando estuve en Egipto y en Grecia y vi los templos dedicados a Ra o a Júpiter, pensé que los habían construido con la misma fe con que se levantaron nuestras catedrales cientos de años después.
Jim hizo una pausa y se miró las manos, que sabía capaces de guiar una máquina voladora a cientos de pies de altura.
– Donde el conocimiento no llegaba, algunos intentaban ir más allá con la magia. Siempre he creído que era más útil al que la practicaba que a quien debía gozar de sus beneficios. Pero ahora…
Ahora todo era distinto. La realidad se había convertido en una sentencia impugnable, y lo imposible, en un sustituto válido. Se veían obligados a revisar sus viejas y presuntuosas convicciones, y no lograban encontrar nada para proponer a cambio.
Sepultada en alguna parte del fondo de la tierra había una sombra capaz de apagar vidas y certidumbres.
Robert fue el primero en reaccionar.
– Bien. Continuemos. Veamos qué hay aquí dentro.
Se acercó a dos cajas rectangulares de cartón azul, bastante voluminosas, que había cogido del estudio del arquitecto Lee. Levantó la tapa de la primera.
– Pero mira…
Jim se aproximó a ver qué era lo que había sorprendido al detective. En el interior estaban apilados unos grabados amarilleados por el tiempo, cada uno envuelto en una hoja de papel de seda opaco. Robert cogió con delicadeza el de arriba y lo sacó de su envoltorio protector.
Era un aviso de recompensa. La calidad del papel y del grabado y el cuidado con que lo habían conservado daban a entender que se trataba de un original. El estado de Nuevo México ofrecía una recompensa de quinientos dólares de plata por la cabeza de William Bonney, alias Billy el Niño, buscado por robo y homicidio.
– Creo que esto tiene cierto valor.
– Sin duda. Pero no me parece muy acorde con la personalidad de Curtis Lee.
– Me recuerda a una de esas colecciones que apasionan a los niños, esas que hacen sonreír al recordarlas y acaban criando polvo en un desván.
Examinaron uno por uno los avisos que contenía la caja. Pasaron ante sus ojos nombres, fechas, delitos y promesas de dinero a cambio de la vida o la muerte de diversos sujetos. A muchos los conocían. Eran nombres famosos de la historia de la frontera, mezclados con otros, olvidados pero portadores de la misma carga de culpa y la misma condena a vivir perseguidos.
Jeff Kingston, Emmet Dalton, Bill Doolin, Tom Evans, Scott Truman, Ozzie Siringo…
Al mirar esos rostros reproducidos toscamente por las técnicas fotográficas de aquel entonces, se enfrentaron a una época muy distinta a la que se recreaba en lugares como el Cielo Alto Mountain Ranch. Una época sin gloria ni héroes, en la que morían hombres por disparos de escopeta en la espalda, y en la que particularmente los indígenas eran exterminados en sus campamentos en la montaña.
Cuando sacaron el último, se dieron cuenta de que en el fondo de la segunda caja había una más pequeña. Robert la cogió y levantó la tapa.
Dentro había fotografías originales, del clásico tono sepia de los retratos antiguos. Se repartieron el contenido y las revisaron una tras otra. También mostraban hombres, mujeres, niños y fragmentos de historia que ahora yacían sepultados en la tierra y los desechos del tiempo.
Entonces ocurrió.
Jim se encontró entre las manos con una foto que lo dejó sin aliento.
– Robert.
El detective alzó la cabeza, y por la expresión de su amigo supo enseguida que iba a suceder algo importante. Cogió la foto que Jim le tendía y cuando sus ojos se posaron en ella se dio cuenta del motivo de la sorpresa de su amigo. De golpe lo embargó el mismo estado de ánimo.
Era el retrato de dos personas, que miraban cohibidas el objetivo, con una timidez que con toda seguridad no habrían sentido en el momento de montar a caballo o disparar a alguien.
El primero era un indígena de edad indefinible, el semblante fijo en la imagen y tallado en piedra, con la piel picada de viruelas y un pliegue cruel en la boca. En la cabeza llevaba un sombrero adornado con una pluma que parecía de águila…
El segundo era más joven, poco más que un muchacho. Alto, con barba. Pero para Robert y Jim el rostro pasó a segundo plano cuando se fijaron en otro detalle. El hombre llevaba en la cabeza un sombrero negro con la copa rodeada de una cinta cubierta de adornos de plata.
– Santo cielo, pero este es…
Jim lo interrumpió para añadir estupor al estupor.
– Exacto. Es el sombrero que encontramos en la cueva. Y te diré más…
Jim se sentó en la silla, pero Robert no pudo imitarlo.
– Yo sé quién es este hombre.
– Coño. ¿Quién es?
Jim sintió de golpe todo el cansancio de la jornada. El leve alivio de haber hallado al fin un rastro era aún más fuerte que su emoción.
– He visto su retrato colgado en una pared, hace pocos días. Es Jeremy Wells, el abuelo de Cohen Wells.
Alan Wells ni siquiera había intentado dormir.
Estaba sentado en un sillón en su habitación, inmerso en la penumbra azulada proyectada por un televisor al que había quitado el sonido. Las imágenes se sucedían en el monitor sin el sustento de la voz y todo se convertía en lo que en realidad era. Un inútil y mudo movimiento de bocas en el intento desesperado de hacer oír palabras que nadie escuchaba.
Se había retirado a su habitación después de haber cenado solo. Cuando estaba a punto de sentarse a la mesa, llegó su padre y se asomó a la puerta del comedor en compañía de otros dos hombres. Entraron a saludarlo y Cohen Wells presentó con visible orgullo su hijo a sus invitados.
– Hola, Alan. ¿Todo bien?
– Sí.
– Quisiera presentarte a dos personas.
Aunque en el tono seco de Alan notó una leve impaciencia por la intrusión, continuó con lo suyo. Como siempre, por otro lado.
– Recuerdas a Colbert Gibson, ¿verdad?
Gibson dio un paso adelante, la mano tendida, cordial y falso en la misma medida.
– Hola, Alan, ¿cómo estás?
Consiguió mostrarse diplomático, a pesar de que su deseo instintivo era mandar a tomar por culo a ese político aprovechado.
– Bien.
Se estrecharon las manos. Gibson no había cambiado nada, salvo por unas canas en las sienes. Era un hombre guapo y actuaba con conciencia de serlo. Alan lo había visto varias veces, cuando era el director del banco. Antes de que diversas apropiaciones indebidas lo hicieran ganar, en lugar de la cárcel, la promoción a alcalde.
Su padre le presentó al segundo hombre.
– Y este es Dave Lombardi. Insiste en pasar por médico forense, cuando es uno de los más importantes expertos en caballos de la región.
El apretón de manos de Lombardi era fuerte y seco, el rostro, bronceado, el pelo, canoso y peinado un poco al azar. Pero los ojos no tenían la fuerza para mantener la mirada. Alan no pudo discernir si se debía a su carácter o a la incomodidad de encontrarse frente a un hombre que cargaba a la espalda una historia como la suya.
Al fin decidió que se trataba de ambas cosas.
Su padre fue hasta la puerta, dispuesto a retirarse.
– Bien, no te molestamos más. Cena tranquilo. Tomaré un café con estos amigos y después saldré de nuevo. Nos vemos mañana.
Gibson y Lombardi lo saludaron con una deferencia que se repartía por igual entre él y su padre, y se "dirigieron al estudio en compañía de su anfitrión. Alan pensó que esos «amigos» debían de sentir, cada uno por un motivo distinto, una justa dosis de aprensión en el momento de mantener una reunión con Cohen Wells. Recordaba bien en qué contexto había visto sus nombres últimamente. Ambos figuraban con. fuertes adjetivos de censura en su libreta negra. Matices que podían tener como consecuencia la quiebra o la prisión.
Mientras se marchaban, se preguntó por qué su padre los habría invitado a casa en lugar de recibirlos en el banco. No pudo formular siquiera una hipótesis, porque llegó Shirley a anunciarle una llamada telefónica. Con aire dubitativo añadió que se trataba de una tal April Thompson. Alan, en silencio, tardó unos instantes en decidir si quería hablar con ella. Al final autorizó al ama de llaves a pasarle la comunicación.
La voz de April salió del teléfono, tan dócil y afectuosa como la recordaba.
– Hola, Alan. Soy April. ¿Cómo estás?
– Bien, digamos. ¿Y tú?
– Decentemente. Siempre corriendo, como exige mi profesión. Pero la he elegido yo, así que no puedo quejarme.
– ¿Cómo está tu hijo?
– Creciendo. Y con su edad me da todos los parámetros de la mía.
Alan consideró que ya eran suficientes los cumplidos, que entre ellos eran más afilados y puntillosos de lo necesario.
– Disculpa, April. Si es por tu entrevista, yo…
– No, no es por eso por lo que te he llamado.
Una pausa, quizá para buscar las palabras. Al fin salieron las justas. Las más simples.
– He visto a Swan, hace poco. Hemos hablado.
– Entiendo.
– Hemos hablado de ti.
– Esto ya no lo entiendo tanto. Hay mejores temas de conversación.
Su voz denotaba hostilidad, y April la percibió. No contra Swan ni contra ella ni contra el mundo, sino contra sí mismo.
– Alan, Alan, Alan… ¿Quieres parar un poco?
Era el tono afectuoso de una hermana mayor para con el hermano joven e incorregible.
– También yo estoy de por medio en esta historia, ¿recuerdas? Sé cómo has estado, porque yo he recorrido tu mismo camino. Lo que pasó nos marcó a todos, lo queramos o no. No voy a contarte historias. Solo quiero darte un consejo sobre esa vieja amiga que fue y que es todavía. Más allá de lo que haya pasado con ella, te ruego que creas que lo ha pagado de sobra. Yo creo que ha llegado el momento de un poco de paz, tanto para ella como para ti.
Habría debido seguir la regla tajante del basta y adiós. En cambio, era solo un hombre presa del eterno enigma de los sentimientos. Esos que eran capaces de causar heridas imposibles de remediar con prótesis.
En consecuencia, prefirió el recorrido demasiado breve de la ilusión.
– ¿Qué debería hacer, a tu juicio?
– Si todavía sientes algo por Swan, dale una segunda oportunidad. Y dátela también a ti mismo.
Guardó silencio, para que ella concluyera su discurso.
– Sé que un hombre en tu situación siente terror a confundir la compasión con amor. Pero no cometas el error contrario. No confundas el amor con compasión.
Unas pocas palabras rápidas, para que la mujer que le hablaba no percibiera que le temblaba la voz.
– Lo pensaré. De todos modos gracias, April. Buenas noches.
Sin darle la posibilidad de añadir nada más, cortó la comunicación.
Se arrepintió casi enseguida de esa despedida telegráfica que debía de haber sonado a los oídos de April como una huida. Pero a partir de ese instante no cesó un segundo de pensar en esa conversación.
Había habido un momento en su vida en el que habría dado la vida por Swan y la habría arriesgado por Jim. Luego todo se precipitó y se encontró arriesgándola por unos chicos a los que en realidad no conocía. Pero que le habían dado más que aquellos a los que un día había considerado sus amigos.
Ahora de nuevo lo acompañaban pensamientos que parecían una réplica de los de tanto tiempo atrás. Muchas veces se había dicho que el pasado era el pasado, y por ende se había acostumbrado a manejarlo y desarmarlo. Pero ahora que cada cosa iba poco a poco reconstruyéndose en el presente, los sentía como el perfecto preludio de una de las burlas habituales de la vida.
Se daba cuenta de que, en su situación, pensar todavía en Swan constituía el mejor modo de hacerse daño. No obstante, esta vez contaba con una ventaja. Con la amargura de la ironía, era consciente de que, por primera vez, tenía el privilegio de poder dañarse él solo.
Se levantó del sillón y se acercó a la cama para llamar a Jonas y pedirle que lo asistiera esa noche. Acababa de sentarse y estaba a punto de coger el teléfono, cuando el aparato comenzó a sonar.
Había dado a Shirley permiso para retirarse y sabía que su padre, cuando recibía a alguno de sus colaboradores, no atendía ninguna llamada telefónica. Por un instante tuvo la tentación de no responder. Luego, resignado, cogió el teléfono sin hilos y activó la comunicación.
– Alan Wells.
– Alan, soy Jim.
Instintivamente consultó el reloj. Era casi medianoche.
– Hola, ¿qué te hace llamar a est…?
Su tono agitado lo interrumpió.
– No tengo tiempo para explicarte qué pasa. Creo que ni siquiera sabría cómo hacerlo. Pero debo decirte algo, y debes creerme. Corre peligro tu vida.
– ¿Que mi vida corre peligro? ¿Qué me estás diciendo? ¿Estás loco?
– Te ruego que me creas, y debes prometerme que no saldrás de la casa. Aunque te parezca una estupidez, quédate en un lugar donde tengas suelo sólido bajo los pies. No salgas al jardín por absolutamente ningún motivo. Prométeme que lo harás.
– Jim, ¿acaso has bebido?
Se oyeron unos sonidos que indicaban un cambio de manos del auricular. A continuación surgió del teléfono una voz profunda, que él no conocía.
– Señor Wells, habla el detective Robert Beaudysin, de la policía de Flagstaff. ¿Me oye?
– Sí.
– Le aseguro que no se trata de una broma. Dado que es usted militar, se lo diré de otra forma. Esto no es un simulacro. Haga lo que le indica su amigo. Y advierta a su padre. También él corre el mismo peligro. En pocos momentos estaremos ahí.
Clic.
El tono perentorio y la ansiedad de las voces siguieron en los oídos de Alan aun mucho después de cortada la comunicación. Sin embargo no conseguía creer lo que acababa de oír.
¿Él y su padre, en peligro de muerte? ¿Por qué diablos? Y, sobre todo, ¿de dónde provenía la amenaza? Ese asunto del suelo sonaba realmente absurdo. Por otro lado, no creía que Jim se hubiera comprometido a hacer una llamada así de no estar totalmente convencido de la necesidad de alertarlo. Por un instante sintió la tentación de llamar a la Central de Policía para asegurarse de la existencia de un detective llamado Robert Beaudysin, pero enseguida decidió no hacerlo.
Alan había sido entrenado para convivir con el peligro. Y a menudo el peligro se presentaba combinado con una situación de emergencia. Era la esencia misma del trabajo del soldado, su materia prima. Y la falta de sangre fría, el primer enemigo. No tenía miedo porque presentía que, si lo que acababan de decirle era cierto, no había tiempo para temer. Mientras permaneciera en su casa no tendría problemas, le habían asegurado.
Muy bien.
De modo que decidió que en primer lugar debía advertir a su padre. Después, tal vez, ya dispondría de tiempo para reírse de sí mismo y enfadarse con los que habían inventado ese cuento.
Cogió las muletas, apoyadas en la pared cercana a la cama, y se puso en pie. Gracias a Wendell comenzaba a cobrar confianza con las prótesis, por lo que recorrer el tramo hasta el estudio de su padre le resultó mucho más fácil que una semana antes.
Cuando se encontró frente a la puerta y empujó el batiente, comprobó que había llegado demasiado tarde. La luz estaba apagada, y la habitación vacía.
La reunión había concluido bastante deprisa y luego los tres hombres habían salido. Alan se hallaba tan sumido en sus pensamientos que no oyó el ruido de los coches que se marchaban, si bien era cierto que su cuarto quedaba al otro lado de la casa con respecto al aparcamiento.
Encendió las luces y entró en el estudio.
Se acercó al escritorio y se sentó con una nueva agilidad que lo sorprendió. Permaneció un momento perplejo, indeciso. No tenía la menor idea del lugar al que su padre planeaba ir. Sin duda no iba con el chófer, porque esa noche Jonas estaba a su disposición.
La única esperanza radicaba en que fuera en el coche con Colbert Gibson o ese Dave Lombardi, y que se hallara todavía en compañía de ellos. Alan no tenía sus números de móvil pero sin duda Beaudysin, en cuanto llegara, dispondría de los medios para conseguirlos.
En ese instante un pequeño detalle llamó su atención. Sobre la superficie del escritorio había una caja de medianas dimensiones, de madera de cedro con incrustaciones de plata. Por su aspecto parecía uno de esos recipientes para cigarros que servían también como humidificadores. Debía de haber llegado hacía poco, porque Alan estaba seguro de no haberla visto la última vez que había estado allí. El objeto le dio la impresión de hallarse fuera de contexto en aquella estancia, dado que su padre no fumaba y detestaba que lo hiciera cualquier persona en su presencia.
Probablemente se trataba de un obsequio al presidente del First Flag Savings Bank de parte de alguien que esperaba hacer negocios con él. O que ya los había hecho.
Tendió la mano y levantó la tapa. En el interior no había cigarros sino uno de esas pequeñas grabadoras digitales de bolsillo. Sin duda la habían dejado sobre el escritorio para registrar pensamientos y breves apuntes en voz alta, o dictar cartas para que transcribiera al día siguiente alguna secretaria. Vio que el LED rojo estaba encendido, lo que significaba que el aparato seguía grabando. En un primer momento se preguntó por qué su padre había decidido grabar la conversación sostenida con el alcalde y ese otro tío que le había presentado como médico forense. Luego llegó a la conclusión de que debía de haber ocurrido de manera accidental. La tapa de la caja tenía por debajo una serie de protuberancias que encajaban con las esponjillas humedecidas destinadas a mantener los cigarros a la temperatura adecuada.
Alan se imaginó lo ocurrido. Los tres entraron en el estudio. Como era de prever, su padre se sentó en su lugar, a la derecha del escritorio, y sus dos invitados, en los pequeños sillones de enfrente. Luego empezó a hablar y en el transcurso de la conversación abrió y cerró distraídamente el portacigarros. Una de las esponjillas de la parte interior de la tapa presionó la tecla y puso la grabación en marcha.
En otras circunstancias habría cerrado la caja y se habría marchado, pensando que no era asunto suyo. Pero ahora, después de las palabras urgentes de Jim y los archivos sobre Gibson y Lombardi que había visto en el ordenador, las cosas adquirían un matiz diferente.
Sacó la grabadora, la apagó y volvió al inicio. Luego pulsó la tecla de reproducción. A través de la pequeña caja del aparato, y pese a la mala calidad de la grabación por el obstáculo de la madera, un diálogo mantenido poco antes en esa estancia sonó por segunda vez con una nitidez sorprendente.
Alan reconoció las voces sin ningún problema.
Cohen.
– ¿Nada?
Gibson.
– He mandado registrar la casa una vez más. Nada.
Cohen.
– Joder. Os habéis precipitado a despachar al viejo. Nos hemos sacado de encima a un fuerte opositor al proyecto del Ranch, pero en lugar de eliminarlo del todo no hemos logrado más que postergar el problema. Deberíais haber encontrado antes el documento.
Lombardi.
– Yo no tengo nada que ver. Solo he hecho una propuesta sobre el camino a seguir. Una inyección de éter habría sido la mejor manera, para que pareciera una muerte debida a un paro cardíaco. Tenachee era viejo, así que era un diagnóstico convincente. Después, yo mismo me encargué de la autopsia y confirmé la teoría. Sabiendo que el cuerpo sería incinerado, no era de esperar ninguna complicación.
Cohen. Impaciente.
– Pero sí que las ha habido, porque ese psicópata de Jed Cross estaba tan ansioso por matar a alguien que solo después se preocupó de encontrar el documento. Y no lo encontró.
Gibson. En su propia defensa.
– No me mires así, Cohen. Lo decidimos juntos. Jed había hecho muchos otros trabajos para nosotros, más o menos limpios, y siempre se había comportado bien…
Cohen. Expeditivo.
– Vale, vale. De todos modos ahora ya no podemos hacer nada. Con el viejo, al menos.
Gibson. Preocupado.
– ¿Qué quieres decir?
Cohen. Intolerante.
– Piensa un poco antes de hablar. Ese Jim Mackenzie es el único heredero, y es evidente que no sabe nada de esa carta. De lo contrario, necesitado de dinero como está, ya se habría presentado a nuestra puerta. Hasta he tenido que contratarlo, para poder controlar de cerca si surgía algo. Pero ahora el riesgo es demasiado grande. Si fortuitamente le sucediera algo, todo habría terminado. Y el documento seguiría pudriéndose en el lugar donde lo escondió el viejo.
Gibson. Con una nota de pánico en la voz.
– No creo que sea un camino que pueda recorrerse otra vez.
Cohen. Resuelto.
– Todos los caminos del mundo pueden volver a recorrerse.
Lombardi. Con el timbre un poco más agudo de lo normal.
– Cohen, sé razonable. No se puede tirar demasiado de la cuerda.
Cohen. Imponiendo sobre los demás su cólera.
– No grites, idiota. ¿Cuándo te entrará en la cabeza que no puedo correr riesgos? Debo tener la seguridad de que nadie vendrá nunca a reclamar derechos sobre esa propiedad. No debo ponerme en situación de negociar. Cualquiera que no sea un marciano, apenas se dé cuenta de lo que tiene en la mano, pedirá una montaña de dinero.
Pausa de reflexión para los tres. Luego de nuevo Cohen, otra vez frío y dueño de sí.
– No. La única forma es la siguiente: hay que buscar una persona que se encargue. Él suele pilotar helicópteros. Y todos sabemos que son máquinas muy frágiles. Caen todos los días en todas partes del mundo. O pensad en alguna otra manera, siempre que dé resultado.
En la reproducción imperfecta de ese pequeño aparato, el silencio que hasta hacía poco reinaba en la estancia parecía más profundo que el de ahora.
Luego otra vez Cohen. Envolvente, sugerente, convincente.
– Si arregláis esto, no volveréis a tener que preocuparos. Tú recuperarás tu confesión, y tú…
Una pausa. Sin duda había vuelto, la cabeza hacia Lombardi.
– Tú obtendrás la cancelación de tu deuda. Me parece un pacto justo.
Silencio y reflexión, esta vez solo para dos.
Luego un ruido de un sillón que se movía. A continuación, el de los otros. Fin de la reunión.
Cohen. La sartén por el mango y…
– Entonces estamos de acuerdo. Mantenedme informado.
… ya en otra parte.
– Disculpad que no me quede, pero tengo cosas que hacer. En Sedona hay cierta señorita que espera mi visita.
Pasos. Silencio. Hielo.
Alan notó en los oídos la sensación física del estruendo de algo que se derrumbaba. Todo lo que le había pasado en la vida no era nada comparado con lo que el azar le había puesto delante bajo la forma de una grabadora sobre un escritorio. Sabía que su padre no era un santo. Ningún hombre de negocios lo era. Se necesitaban decisiones duras y falta de escrúpulos para abrirse paso en el mundo de las finanzas.
Pero lo que había descubierto lo privaba de esa parte de su vida que no debería venderse jamás. Ese era el hombre que había sido su referencia en su infancia, el que se vestía de Papá Noel para dejar los regalos bajo el árbol, el que le habían enseñado a considerar el mejor hombre de la tierra.
Ahora todo quedaba borrado, anulado, destruido por cada una de las palabras salidas de ese aparato.
Alan pensó que nadie debería nunca llegar a conocer cosas como las que él había descubierto esa noche. Nadie en el mundo merecía saber que su propio padre es un asesino.
Cuando Jim y Robert llegaron a la casa, precedidos por Jonas, Alan los aguardaba sentado en el sofá, en la sala. Vestía un chándal, y las muletas de aluminio que Jim recordaba descansaban apoyadas en el asiento, a un costado. Los esperaba, pero, extrañamente, no se lo veía angustiado. En su semblante no se traslucía la menor señal del motivo por el cual se encontraban allí aquellas visitas nocturnas. Se lo veía cansado y ausente, lejano como si toda aquella historia no le concerniera, o, peor aún, no le importara nada. Jim había pensado que lo hallaría en compañía de Cohen, por lo que le sorprendió verlo solo.
Robert debió de haber pensado lo mismo, ya que dejó a un lado los cumplidos, obligado por la fuerza mayor.
– ¿Su padre no está?
– No. Ha salido.
Intervino Jim, para que no se sintiera solo frente a Robert.
– ¿No le advertiste?
Alan meneó la cabeza.
– No. Lo dejé en una reunión, aquí, en casa, con el alcalde y un tal Dave Lombardi, médico forense.
Robert miró a Jim con aire interrogativo. También él se preguntaba qué significaba esa visita. La presencia del alcalde era comprensible. La del forense resultaba menos justificable. Alan, sin darse cuenta de la perplejidad de ambos, continuó por el camino que tenía delante. O, mejor dicho, el que le habían puesto delante.
– Me dijo que después saldría. Cuando ustedes me telefonearon y bajé, ya no estaba. Intenté llamarlo al móvil, pero lo tenía apagado.
– ¿Piensas que se ha quedado con Gibson y Lombardi?
– No creo. Me parece que tiene una relación con una mujer de Sedona. Y creo haber entendido que planeaba ir a su casa.
– Joder.
El detective se levantó. Se quedó de pie en medio de la estancia, su mente ya en acción.
– Para encontrarlo debo ir a la Central y poner en marcha los mecanismos de búsqueda.
Del bolsillo de la chaqueta sacó una libreta.
– Necesito los datos.
Alan entendió enseguida lo que le pedía el policía.
– Tiene un Bentley Continental azul o un Porsche Cayenne metalizado con matrícula de Arizona. No sé cuál de los dos cogió, pero si miran en el garaje lo comprobarán. Vestía un traje gris oscuro.
– ¿No pudo habérselo cambiado?
– Quizá, pero no creo. Su habitación es la contigua a la mía, así que lo habría oído.
Una vez más, a Jim le pareció un tono fuera de sintonía con la situación de emergencia a la que se veían obligados a enfrentarse. Hablaba como si le costara formular las palabras, y su mirada bajaba al suelo con demasiada frecuencia.
Alan señaló una puerta, en el lado izquierdo de la sala.
– Al final de ese pasillo está su estudio. Si le sirve una foto, en un estante de la biblioteca podrá encontrar algunas recientes.
– Muy bien.
Robert salió de la sala y se quedaron a solas.
Jim se sentó en el sillón situado frente al sofá, con las piernas abiertas, las manos tendidas al vacío.
– Alan, sé que lo que voy a decirte no resultará fácil de aceptar. Por ello te pedimos que confíes en nosotros. Es una historia que comenzó hace mucho tiempo.
Él y Robert habían decidido contárselo a Alan, pero no todo. La realidad era ya bastante difícil para los que habían seguido paso a paso todo el asunto, y sería un esfuerzo tremendo tratar de convencer a un extraño de que aquello era realmente la verdad.
– Tenemos razones para pensar que tu bisabuelo Jeremy Wells fue, junto con otras tres personas, el autor de la matanza de Flat Fields. De modo que ahora todos los descendientes de esas personas corren un peligro mortal. Hay alguien que los está matando uno por uno.
Alan lo miraba fijamente y escuchaba. Jim tenía la impresión de que sus ojos se posaban en él pero que su mirada pasaba más allá, sin verlo. Percibió que con esas palabras había logrado devolver su mente a la habitación, a él y a los hechos que le exponía.
– Pero ¿cómo es posible?
Jim tendió los brazos, en un gesto que expresaba impotencia.
– No lo sabemos, y ese es el aspecto más importante. Ya han muerto cuatro personas. Debemos hacer lo posible para evitar que ocurra de nuevo. Y necesitamos tu ayuda…
– ¿Qué puedo hacer yo?
– Tenemos que saber lo mismo que sabe el asesino. Aquí debe de haber documentación que atañe a tu familia. Debemos revisarla para ver si conseguimos hallar algún rastro que nos permita comprender quiénes acompañaban a Jeremy Wells en Flat Fields.
Jim extrajo del bolsillo la foto que había cogido de la colección de Curtis Lee. Se la pasó a Alan.
– Hemos encontrado esto. Es probable que el indígena que aparece con él en la foto sea uno de los…
Jim se calló de golpe. Pese a todo le costaba pronunciar la palabra «cómplice» frente a Alan.
– Es probable que sea uno de los responsables de esos hechos. Debemos averiguar quiénes eran los otros dos.
Alan permaneció aún un instante mirando la foto. Jim notó que la alusión al bisabuelo y a sus posibles errores no había pasado sin causar daños. Al fin, Alan cogió las muletas y se levantó del sofá con cierta desenvoltura. Por un segundo Jim pensó en tenderle la mano para ayudarlo, pero se contuvo a tiempo.
– Acompáñame.
Alan se dirigió hacia la puerta por la que había desaparecido Robert. El detective salió por ella justo cuando la alcanzaban. Se hizo a un lado para dejarlos pasar.
– Encontré algo que necesitaba. Ahora debo salir corriendo. Tú te quedas a cargo, Jim. Sabes qué buscar. Y si descubres algo, házmelo saber de inmediato. Buenas noches, señor Wells.
Sin esperar respuesta, se marchó atravesando la sala con paso rápido. Si Alan tenía todavía alguna duda, la urgencia de la voz y la actitud del policía habrían bastado para disiparla.
Mientras lo seguía rumbo al estudio, Jim pensó que su amigo no había manifestado la menor curiosidad al verlo envuelto en una investigación policial de la cual en general los ciudadanos quedaban excluidos. Luego se recordó que Alan era militar y estaba entrenado para, ante una situación de emergencia, actuar contra el objetivo y solo después plantearse preguntas superfluas.
Una vez que pasaron la puerta del estudio, Jim se encontró en un ambiente cuya decoración recordaba el despacho de Cohen en el banco. O quizá era la idea de su presencia lo que de algún modo los asemejaba. El padre de Alan era sin duda una persona muy discutible, pero había que concederle el mérito de una fuerte personalidad y un enorme carisma.
Con su andar condicionado por las muletas, Alan alcanzó una biblioteca de metal que ocupaba toda la pared izquierda, apoyada en una serie de módulos móviles. Se detuvo frente al del medio. Lo señaló con la mano y se apartó.
– Abre aquí.
Jim se agachó e hizo deslizar sin esfuerzo ni ruido la puerta sobre las guías.
En el interior vio apoyados, en la base, diversos volúmenes que a primera vista parecían álbumes fotográficos.
– Cógelos.
Jim extrajo los volúmenes encuadernados en piel y fue a depositarlos en el escritorio. En total sumaban ocho álbumes, bastante gruesos, por lo cual tuvo que hacerlo en dos veces. Entretanto Alan se sentó en el sillón de Cohen Wells, detrás del escritorio.
Causaba impresión verlo en el sitio que en general se identificaba con la figura del padre. Sin duda algún día pasaría a ser el dueño de todo y ese lugar le correspondería por derecho. Pero Jim sabía que Alan nunca sería como Cohen Wells. Quizá ello no significaría una gran suerte para los negocios, pero sí para Alan.
– Aquí están todas las fotos y los documentos que mi padre ha logrado reunir sobre el pasado de nuestra familia.
Jim empezó a examinarlos y se dio cuenta de que cada volumen llevaba una fecha. Tras una breve búsqueda, abrió el que comprendía el período que le interesaba. En hojas de papel marrón se habían fijado, con una técnica fotográfica fácil de datar, momentos de una historia que por aquellos lares todos se afanaban por exaltar y de la cual se jactaban. Con tal de destacar solo el aspecto épico y heroico, se trataba a cualquier costo de lavar las manchas del pasado. Con resultados más o menos convincentes.
Jeremy Wells apareció de inmediato, montado a caballo delante de una construcción que ostentaba el cartel del Big Jake Trade Center, en compañía del mismo indígena. En una de las dos imágenes llevaba puesto el sombrero negro con adornos de plata. En la página siguiente había solo otras dos fotos. En la primera se lo veía con un hombre de cierta edad, más bien corpulento, que miraba el objetivo con expresión no del todo serena.
Alan reparó en la secuencia que miraba Jim, y le explicó el momento y las personas.
– No sabemos exactamente de dónde era oriundo Jeremy Wells. Sabemos que llegó aquí poco antes que los primeros colonos, es decir, los que festejaron el 4 de julio de 1876 izando la bandera estadounidense en un pino. Por eso, cuando se fundó el banco le dieron el nombre de First Flag Savings Bank. El que está con mi bisabuelo se llamaba Clayton Osborne. Fue su socio hasta que murió.
Alan no dijo de qué había muerto Clayton Osborne, y Jim no se lo preguntó. Pero ambos sabían que, a la luz de la personalidad que se iba delineando, podía justificarse cualquier sospecha.
Jim se concentró en la segunda foto. Mostraba a tres personas contra el fondo de unas vías férreas en proceso de construcción. Jeremy Wells parecía un poco más viejo. El aspecto era más próspero, y la barba, más cuidada que en las imágenes anteriores. Apenas vio a los otros dos, Jim experimentó un relámpago de recuerdo. Acababa de conocerlos, aunque en una versión más joven. En la colección de avisos de recompensa de Curtis Lee aparecían con los nombres de Scott Truman y Ozzie Siringo. Y sus órdenes de captura correspondían al estado de Wyoming.
Sacó la foto de su lugar y la sostuvo en la mano, sin dejar de mirarla.
– ¿Y estos quiénes son?
Alan meneó la cabeza.
– No los conozco. Hasta el día de hoy pensaba que eran empleados del ferrocarril, pero después de lo que me has dicho ya no estoy tan seguro.
Jim no notó el tono amargo de Alan. Su cerebro intentaba razonar a toda velocidad. ¿Qué hacía Jeremy Wells en compañía de dos criminales? ¿Y sobre todo de dos tipos buscados en una zona tan alejada de allí? Llegó a la conclusión de que los conocía desde hacía tiempo y que, cuando necesitó gente sin escrúpulos que actuara sin preguntar mucho, los llamó. Y, dado que el ferrocarril llegó mucho tiempo después de los hechos de Flat Fields, ello significaba que se habían quedado en la ciudad.
Jim no recordaba a nadie con esos apellidos. Traman era bastante común, pero Siringo era inusual, y estaba seguro de no haber conocido nunca en Flagstaff y sus alrededores a alguien que se llamara así. Existía la posibilidad de que, al establecerse allí, para evitar dificultades hubieran cambiado su identidad.
Era todo un tanto confuso, pero Jim presentía que había cogido el camino correcto.
– Tal vez esta resulte útil. ¿Puedo llevármela?
– Por supuesto.
Jim guardó la foto en el bolsillo de la chaqueta y continuó examinando el álbum. Pero, salvo la imagen de los tres hombres, no encontró ninguna otra cosa interesante. En las fotos, la edad del sujeto aumentaba poco a poco, y solo mostraban escenas de una serena vida familiar.
– Bien, he terminado.
Cuando alzó la mirada, Alan lo observaba incómodo. Jim tuvo la extraña sensación de que su actitud era la de una persona que se siente culpable. Y, hasta donde él sabía, era la última actitud que Alan Wells podía mostrar en su presencia.
El hombre sentado en el sillón del jefe le señaló un pequeño aparato semejante a un iPod que había sobre el escritorio, frente a él. Al mirarlo con más atención vio que se trataba de una de esas grabadoras portátiles que se usan para dictar memorias.
– Jim, hay algo que debes oír.
Tendió la mano y pulsó una tecla.
– Creo que no te costará reconocer las voces. La más importante, al menos.
Por tercera vez en pocas horas, en aquella habitación resonaron las mismas crueles palabras. Ambos escucharon en silencio, petrificados. Ahora Jim comprendía por qué Alan, al llegar él y Robert, parecía ausente y distraído. Acababa de oír la grabación y aún no había digerido que su padre fuera responsable de un homicidio. Y, desde luego, enterarse de que su bisabuelo era de la misma calaña no había mejorado las cosas.
Jim no llegó a preguntarse a qué documento se referían en la conversación. Sintió que lo invadía una ira fría que subía amenazadora contra Cohen Wells y los hombres que lo habían respaldado en su crimen y que se prestaban, una vez más, a ser sus cómplices en lo que se proponía hacer a continuación. Pero sobre todo la verdadera ira se dirigía contra sí mismo. Cuando el viejo Richard Tenachee había corrido peligro, él estaba lejos, indiferente y lejos. Y en ese aspecto debía compartir la culpa por su muerte en igual medida con el asesino.
– Duele mucho, ¿no?
Alzó la mirada y encontró los ojos de Alan. Todo lo que había habido entre ellos parecía de pronto débil y carente de sentido. El pasado quedaba destrozado y devorado por el presente, ahora que se hallaban cara a cara compartiendo ambos la misma pena.
– Sí, tienes razón. Duele mucho.
Alan señaló con la cabeza la grabadora y dijo una palabra. Jim se dio cuenta de que no esperaba otra cosa de él.
– Detenlo.
Guardaron silencio un momento, los dos pensando en qué significaba esa palabra. Para quienes los rodeaban, pero sobre todo para ellos mismos. Luego Jim reaccionó. El motivo por el que él y un policía habían ido a esa casa con paso impaciente volvió a reclamar su derecho a la urgencia.
– Lo lamento, pero debo irme, Alan. Te recomiendo otra vez, por muy absurdo que te parezca, que no salgas de la casa por ningún motivo. Aquí estás seguro. En cuanto sepa algo te avisaré.
Señaló la grabadora sobre el escritorio.
– ¿Puedo llevármela?
– Por supuesto. Haz lo que creas conveniente.
Guardó en el bolsillo el pequeño aparato electrónico. Ya alcanzaba la puerta cuando Alan vio que se detenía. Se volvió hacia él, pensativo. Tuvo la impresión de que entre ellos no todo estaba dicho y que Jim sopesaba si llenar o no esa laguna.
Era una noche de avalancha. Desde la cima, una piedra bajaba hacia el valle, arrastrando consigo todo lo que encontraba a su paso. Dependía de la fuerza de esos hombres no dejarse arrollar.
– Hay algo más que debo decirte, Alan. Quizá no sea el momento oportuno, o quizá sí. Pero tú eres un hombre superior a mí y sabrás evaluarlo mejor que yo. Y perdonarme, si te arriesgas.
Al cabo de tantos años, reveló a Alan Wells la verdad de lo sucedido entre él y Swan Gillespie. Cuando terminó de hablar, Jim sintió por dentro un alivio que buscaba desde hacía mucho. Y mientras salía de la estancia, para su sorpresa descubrió en el semblante de su amigo el mismo alivio.
Alan se quedó solo. Permaneció largo rato con la vista fija en la puerta por la que había salido Jim. Palabras y pensamientos interpretaban una danza arrebatada en su cabeza.
Volvió a pensar en April, en su voz plena de un afecto sin tiempo.
«Pero no cometas el error contrario. No confundas el amor con la compasión.»
Y poco después la voz de Jim. Un afecto nuevo y verdadero y la misma ansiedad.
«No salgas de la casa por ningún motivo.»
Alan miró el reloj de pulsera y se decidió, a pesar de la hora. Tal vez el peligro fuera cierto, o tal vez fuera solo un exceso de precaución de parte de Jim. Pero él tenía un motivo para salir, lo único que en aquel momento podía mantenerlo vivo.
Cogió el teléfono y marcó el número de la habitación de Jonas, el chófer. Sabía que lo encontraría despierto todavía.
– Diga, señor Wells.
– Necesito el coche. Tenemos que salir.
Aunque la hora era bastante insólita, Jonas no puso objeciones. Su salario no se lo permitía.
– Muy bien, señor Wells. ¿Adónde vamos?
– Es un buen trecho, lo sé, pero debemos llegar al Cielo Alto Mountain Ranch.
Jim conducía rumbo a la casa de April.
Un rato antes, al llamarla al móvil, ella había respondido enseguida, señal de que no estaba durmiendo. Aquella era una noche en la que nadie parecía encontrar no solo el sueño sino tampoco un mínimo instante de paz. Había demasiadas cosas en el aire, demasiadas amenazas y demasiados pasos que se acercaban en su incomprensible huella al revés. En todas partes se veían luces eléctricas encendidas, carteles que relampagueaban y faros de coches en marcha, pero no eran lo bastante fuertes para disipar la oscuridad.
– Hola. Soy Jim. ¿Todo bien?
– Sí, todo en orden. ¿Qué ha pasado?
– Muchas cosas. Y ninguna buena. Pero tenemos novedades. Necesito verte. ¿Dónde vives?
Jim se la imaginaba a la luz de una lámpara colocada sobre la mesita de noche, sentada en la cama a la espera de una llamada que por fin había llegado.
«Si hubiera reaccionado antes no tendría necesidad de preguntarle. Ahora estaría con ella compartiendo las llamadas telefónicas inesperadas en medio de la noche.»
Pero no podía transmitir sus pensamientos, encorsetado por el estrecho límite de las palabras.
– Estoy en la calle San Francisco, poco después del cruce con Elm Avenue. Es una pequeña cabaña de madera clara al lado de una construcción más grande, de ladrillos rojos.
– Bien. Ahora mismo salgo de la casa de Alan, en Forest Highlands. Dame tiempo para llegar.
Cerró el Motorola y lo arrojó sobre el asiento del acompañante. Se sumergió en la calle, casi desierta a esa hora de la noche. Ahora conducía a la luz de los pocos faros, y el viaje de regreso hacia Flagstaff le parecía sin final y sin propósito.
La revelación de que Cohen Wells había ordenado el asesinato de su abuelo era un pensamiento constante que no le daba tregua. No cesaba de repetirse que si él hubiera estado presente lo habría sabido, habría reaccionado, lo habría impedido. Otro remordimiento que jamás lograría convertirse en nostalgia, una nueva certeza insidiosa, algo que, al igual que el gran pájaro blanco, llevaría siempre cargado sobre la espalda. Ahora que se esforzaba por ser esos Tres Hombres que el viejo Richard Tenachee había predicho, comenzaba a comprender que el perdón más difícil es el que uno debe encontrar para sí mismo.
Y además estaba el asunto del documento. No conseguía imaginar de qué podía tratarse. Cohen, en su delirante discurso, había afirmado que él era el único heredero. Por fuerza lo era de cualquier propiedad de su abuelo, pero Jim nunca había sabido nada de ningún objeto o inmueble de valor que le hubiera pertenecido, salvo la colección de muñecas kachina. Este pensamiento ya comenzaba a engrasar de nuevo el mecanismo del sentimiento de culpa, cuando sonó el teléfono. Lo distinguió en la oscuridad gracias al piloto luminoso. Lo abrió y se lo llevó a la oreja.
– Diga.
– Jim, soy Robert. ¿No has encontrado nada?
– Sí, quizá algo pequeño. Hay una foto de Jeremy Wells con dos personas a las que he reconocido. Estaban entre los avisos de recompensa que vimos en la casa de Curtis Lee. Si eran ellos los cómplices de Jeremy, es probable que después se afincaran en la ciudad y se cambiaran el apellido.
– Podría ser una pista.
– Yo no soy tan optimista, pero por el momento no nos queda otro camino. Deberías investigar esos dos nombres. Toma nota.
– Un segundo.
Un ruido de papeles entremezclado con las habituales palabras poco edificantes de alguien que busca con rapidez un bolígrafo que escriba.
– Dime.
– Scott Truman y Ozzie Siringo.
Esperó que Robert terminara de escribir. No tuvo que repetir los nombres.
– Siringo me suena bastante raro. La única persona con ese apellido que recuerdo es un agente de Pinkerton que participó en la caza del Wild Bunch. Pero en todo caso nunca he oído por aquí un apodo así.
– Lo mismo he pensado yo. A ver qué puedes hacer. ¿Cómo te está yendo a ti?
– He descubierto por qué Chaha'oh mató a Curtis Lee.
No había orgullo en la voz de Robert, sino solo puro agotamiento.
– ¿Y cómo lo has hecho?
– Saqué de la cama al doctor Felder. Seguí la misma línea que adoptamos con Alan Wells. Le conté bastante pero no todo. Y le expliqué que ante la amenaza contra la vida de seres humanos, dentro de la más estricta reserva pueden violarse hasta los secretos profesionales.
– ¿Y qué dijo?
– ¿Recuerdas los recibos de pagos, primero a nombre de la madre y después del hijo? Era Cohen Wells quien mandaba el dinero. Curtis Lee era hijo suyo.
– ¡¿Cómo?!
– Como lo oyes. Tuvo una relación con la señorita Lee, y el fruto fue el pequeño Curtis. Cohen ya estaba casado y no podía arrojar por la ventana su matrimonio. En esa época ya tenía ambiciones políticas, y su imagen pública habría quedado destrozada. De acuerdo con el abogado Felder, encontraron a un tipo ahogado en deudas y lo convencieron para que se casara con ella a cambio de unos dólares. El asunto se solucionó ante la gente, pero nuestro amigo siempre se encargó, desde lejos, de mantener a su hijo ilegítimo.
– ¿Curtis sabía quién era en realidad su padre?
– Felder dice que no. Al comienzo aceptó el dinero que llegaba todos los meses como una especie de beca de estudios. Hace poco había manifestado el deseo de llegar al fondo de la cuestión, pero ya…
Jim dedicó un rápido pensamiento a ese desdichado, con una carrera brillante por delante y llegado de Europa justo a tiempo para sufrir una muerte horrible en su ciudad natal.
Robert emitió mentalmente una orden de silencio para sí mismo y para la situación en la que se hallaba.
– Menos mal que por ahora la noticia de este nuevo homicidio no ha trascendido, pues de lo contrario estoy seguro de que tendría pisándome los talones al señor Wells, además de a mi jefe y a todos los medios.
Jim entendía su frustración. Y sabía que no se debía al temor a perder el empleo, sino a la imposibilidad de reaccionar a la amenaza a la que se enfrentaban.
Cambió de tema para brindarle algún alivio, si es que ello era posible.
– ¿Cómo va la cosa con Cohen?
Jim había decidido no decir nada de lo que había descubierto sobre sí mismo. Por el momento prefería guardárselo, al menos hasta haber decidido cómo actuar.
– He distribuido la foto y los datos entre nuestros agentes y al mando de la policía de Sedona. Si Wells tiene allí una relación con una mujer, ha obrado con suma discreción. Nadie sabe nada. Y tampoco sabemos cuál puede ser el radio de acción de Chaha'oh, para poder confirmar si está a salvo a esa distancia. De modo que la única esperanza es que una patrulla se lo cruce por el camino y pueda advertirle.
Guardaron un instante de silencio, dos personas que pensaban en el mismo hombre, pero con diferentes intenciones.
Luego Robert volvió a ser el policía que era. Activo, agudo y eficiente.
– ¿Y tú adónde vas ahora?
– Pensaba pasar por casa de April y mostrarle la foto que he encontrado. Es posible que en el archivo del Chronicles haya algo que nos ponga sobre la pista.
– Excelente idea.
Un silencio más, esta vez de uno solo de los hombres. Pero Jim sabía que Robert iba a formular la pregunta que varias veces se había planteado él solo.
– Jim, hay algo en lo que no puedo dejar de pensar.
– Dime.
– No sé si lograremos localizar a las personas que son el objetivo de esta sombra maldita antes de que las mate a todas. Pero en el caso de que lo consigamos, ¿qué haremos después?
Jim se alegró de no ver la cara de Robert, y de que Robert no pudiera vérsela a él.
– No lo sé. Por mucho que trate de imaginarlo, de veras que no lo sé.
Ambos sentían que la conversación había terminado y que necesitaban tiempo para cicatrizar esa sensación de estar inermes y sin voz.
– De acuerdo. Veré cómo marchan las cosas por aquí, y si es necesario me encontraré contigo en la casa de April.
– Hasta luego, entonces.
Jim cortó la comunicación y arrojó de nuevo el móvil sobre el asiento de al lado. Sentía la fuerte tentación de apagarlo, pero aquel no era precisamente el momento de suprimir los contactos con el mundo. Entró en la ciudad. Pasó el semáforo, siguió la ruta 66 hasta después de la estación y luego dobló a la izquierda por la calle San Francisco.
La recorrió lentamente, como haría un turista en un lugar que no conocía. Aquella era la ciudad donde había nacido y crecido, y en la cual crecería su hijo. La había sentido hostil solo porque él era hostil hacia ella. Pero ahora le resultaba diferente. Como todos, nada podía saber acerca de su futuro. Pero de una cosa estaba seguro: la regla del «otra parte» ya no valía.
Poco después del cruce con Elm encontró la casa. April debía de estar esperándolo en la ventana, pues apenas detuvo el Ram frente a la puerta la vio salir. Se había cambiado y vestía un chándal azul que aun a la luz tenue de la calle competía con sus ojos.
Iba descalza.
Se quedó en el umbral hasta que Jim llegó a su lado. Mantuvo la puerta abierta para permitirle pasar. Luego cerró, se acercó un paso y apoyó la cara contra el pecho de él.
– Jim, qué agradable es volver a verte.
La rodeó con los brazos y la estrechó contra sí. Se dio cuenta de que los cuerpos de ambos se amoldaban a la perfección, como si los hubiera diseñado no la corporeidad del azar sino el genio de un arquitecto como Curtis Lee, o mejor. Quizá siempre había sido así, pero hasta entonces él nunca había tomado conciencia de ello. Aspiró su deleitable aroma, mientras experimentaba pensamientos y estremecimientos que llegaban de un lugar que no conocía.
Habló entre sus cabellos cobrizos y con la incertidumbre de qué sentía.
– April.
– Sí.
– Hay algo que debo decirte. No sé mucho de ciertas cosas, pero creo que gracias a ti estoy aprendiendo deprisa.
La apartó para poder mirarla a la cara. Y para que lo viera ella. Rogó que sus ojos de colores diferentes reflejaran lo que él tenía dentro.
Luego lo dijo.
– Te quiero.
April se quedó un instante como suspendida, como si el aire que la rodeaba fuera insuficiente o demasiado denso para llegar a sus pulmones. Después se deslizó por su mejilla una lágrima que por sí sola valía cien noches de llanto.
– Yo también te quiero, Jim. En todo este tiempo no he dejado de quererte un solo instante, incluso me consideraba una estúpida porque tenía mil motivos para odiarte. Sin embargo, a pesar de todo, por la noche no consigo dormir porque todavía te deseo. He vivido diez años de mi vida soñando cada día con oírte decir esas palabras.
Se besaron, y ese beso lo era todo, en un segundo y por fin. Era el camino a casa y la llegada tras la espera. No había nada antes y nada después.
Era el único modo que se concede a los seres humanos, y a ellos dos, para engañar al tiempo.
Cuando el beso terminó, permanecieron todavía abrazados largo rato sin separarse. Sabían que no era posible retroceder diez años en un solo momento, pero no lograban apartarse el uno del otro.
El ruido de una puerta que se abría los devolvió al mundo y a sus razones.
Contigua a la pequeña entrada cuadrada había una sala, iluminada apenas por una lámpara sobre una mesa. En la. pared de la izquierda había una puerta, y delante de esta se hallaba Charlie, de pie bajo la luz ambarina. Su cara reflejaba el cansancio de ese día y la soledad de siempre.
Jim sintió una oleada de afecto por aquel viejo indígena, y tuvo la seguridad de que él lo había sentido del mismo modo. Pero el instante pasó pronto, porque la presencia de Charlie conllevaba un significado. Una carrera demasiado corta para un salto demasiado largo, una persecución con las luces apagadas tratando de alcanzar algo que no podía cogerse.
Contra su voluntad se separó de April y, aún rodeándole los hombros con un brazo, fue al encuentro del viejo.
– Hola, Charlie. Gracias por haberte quedado aquí.
– Lo hago por ti y por ellos, Tres Hombres. ¿Has descubierto algo?
Jim vio que en el semblante de April urgía exactamente la misma pregunta.
Con un suspiro, se sentó en un sofá rojo situado junto a la lámpara. Tratando de exponer los hechos en orden, relató lo mejor que pudo todo lo sucedido en aquellas horas y los pequeños hallazgos logrados. Les contó la muerte de Curtis Lee y cómo se les había escapado la posibilidad de coger al ente que llamaban Chaha'oh. Les habló del vínculo de sangre del arquitecto con Cohen Wells, lo que explicaba por qué también él se había convertido en víctima de la Sombra. Les habló de las fotos y los avisos de recompensa y de los hombres a los que había reconocido y que constituían la única y endeble pista con la que podían contar.
Luego hizo una pausa. Al final, con un gesto que daba la impresión de costarle un cansancio inmenso, sacó del bolsillo la grabadora y la dejó sobre la mesita baja ubicada frente al sofá.
– Y además he descubierto esto. Pulsó la tecla de reproducción y les dejó escuchar. Las palabras contra la vida que se movían por la sala se reflejaban una por una en las caras de April y Charlie. También a Jim le parecían nuevas, porque captaba matices de crueldad e indiferencia que se le habían escapado la primera vez.
Cuando concluyó, se quedaron todos mudos. Cada uno daba un matiz diferente a la misma furia.
La primera en recobrarse fue April, que desahogó su incredulidad.
– ¡Pero es una locura! Cohen Wells no pudo haber hecho semejante barbaridad.
– El que posee muchas cosas querrá poseer otras. Y después otras. Y pronto se convertirá en un hombre que no se detiene ante nada con tal de satisfacer su codicia.
La voz de Charlie sonó calmada, como si no hubiera oído nada de lo que en verdad acababa de oír. Tanto April como Jim comprendieron que hablaba según su modo de ser y que su tono era el de un hombre que sabía. Nadie había dado nunca una mejor definición de Cohen Wells.
April se dirigió a Jim.
– ¿Qué piensas hacer?
– Todavía no lo sé. Por el momento hay otro asunto del que preocuparse.
Jim abandonó lo incierto por lo cierto.
– ¿En el periódico tienen un buen archivo?
– Enorme. Prácticamente desde que se fundó, en 1875, hasta hoy.
Jim extrajo del bolsillo la foto que había hallado en la casa de Alan.
– A ver si encuentras algo sobre estos dos hombres. Es probable que fueran los que acompañaron al indígena y a Jeremy Wells en Flat Fields. En esa época se llamaban Scott Truman y Ozzie Siringo. Los buscaban en Wyoming. Tal vez se establecieron en la ciudad y cambiaron de identidad.
April cogió el rectángulo descolorido y se sentó junto a él en el sofá, para mirar la imagen a la luz de la lámpara.
Jim la vio observar la foto y ponerse pálida de pronto.
– Oh, no.
– ¿Qué pasa?
April levantó la cara, con la expresión de alguien que se esfuerza por no creer.
– A los otros dos no los he visto nunca. Pero sé quién es este…
Señaló con un dedo una de las tres figuras de la foto.
– Lo conozco como Lincoln Thompson, y era mi bisabuelo.
Todos se dieron cuenta en un segundo de qué significaban las palabras de April. Pero no lograron pronunciar siquiera una sílaba, porque fuera, en alguna parte, un perro empezó a aullar. Jim entendió enseguida lo que estaba sucediendo y se levantó de golpe, como si de repente se hubiera prendido fuego en el sofá.
– Ese es Silent Joe. ¿Dónde está Seymour?
También April se puso de pie de un salto.
– En su habitación.
– ¿Dónde queda?
– Por allí.
Se precipitó hacia el pasillo, al fondo de la sala, a toda la velocidad de que era capaz. Jim la siguió. Aquel breve trayecto por el interior de una pequeña casa le pareció la distancia más grande del mundo.
April llegó a una puerta y la abrió de par en par. Se asomó dentro para encender la luz. Jim, a su lado en el umbral, sintió en el mismo momento la protección y la presencia de Charlie a sus espaldas. Cuando consiguió mirar la habitación, por primera vez en su vida tuvo la certeza de que era posible enloquecer de angustia.
Ante sus ojos apareció el cuarto normal de un niño de diez años, con colores y carteles en las paredes, ruedas de patines a la vista, juguetes y ropas ordenadas en una silla. En la pared frente a la puerta, una cortina ondeaba ante una ventana abierta.
En el centro de la habitación, la cama de Seymour estaba vacía.
Fuera, el perro seguía aullando.
Mientras subía hacia el Ranch, Alan no podía dejar de pensar. Iba hundido en el asiento posterior del coche y a cada salto de la suspensión oía el tintineo metálico de las muletas al chocar la una contra la otra. Las había apoyado a un costado para poder tocarlas con solo tender la mano. Eran el recuerdo de su estado, su ser presente en sí mismo, sus apuntes de viaje.
Alrededor, la vegetación era un dibujo abstracto iluminado por el paso de unos pocos faros, cuya luz apenas era suficiente para crear penumbra y dejar espacio a la imaginación. Había fantasmas por todas partes, fuera y dentro de ese vehículo demasiado bruñido que dejaba una estela de polvo que pronto la oscuridad engullía. Y la verdad que poco antes le había revelado Jim acerca de lo ocurrido en el pasado no había hecho más que definirlos de nuevo.
Habían acontecido demasiadas cosas, y todas muy seguidas. Intentaba con esfuerzo poner su cerebro en condiciones de poder aceptar y catalogar. Por mucho que tratara de concentrarse solamente en una, su mente seguía abierta y víctima de hechos que se habían sucedido a un ritmo contra el cual parecía no haber defensa. Por momentos todo le resultaba tan absurdo, luego confuso y después increíble. Apenas había pasado una sensación, todo comenzaba otra vez. April y sus consejos de amiga y de mujer, el nuevo Jim angustiado por una inexplicable alarma de muerte, y su padre en el centro de esa conversación grabada.
Y además, Swan.
No cesaba de repetirse que lo que estaba haciendo era un error. Por la hora, por el hombre que era, por la mujer que era ella, por la ilusión que perseguía. Y sin embargo, durante ese trayecto, por primera vez después de tanto tiempo se sentía de nuevo vivo. Veía ante sus ojos el último encuentro de ambos con la claridad del presente. Oía en su mente las palabras pronunciadas como si estuvieran resonando en ese preciso instante en el interior del coche.
«Entonces ¿puedo regresar, alguna vez?»
«Swan, está todo bien. Éramos jóvenes y cometimos errores. Tú, Jim, yo. El único perdón que debes buscar es el que viene de ti misma. No hay nada por lo que debas pagar. No hay nada que te obligue a volver.»
«¿Y si lo hiciera porque me complacería?»
Recordaba sus ojos húmedos mientras daba media vuelta y se marchaba, cuando habría querido levantarse, seguirla, abrazarla y enjugar esas lágrimas para ahora y para siempre. Si levantarse no hubiera significado acercársele caminando a gatas con la humillación de un animal herido. Si levantarse no hubiera conllevado el riesgo de caer, todavía y de nuevo, en todos los sentidos.
Tin, tin…
El ruido de las muletas borró el rostro de Swan y la sensación de vacío que experimentaba cada vez que la miraba y pensaba en ella. Llegaron las palabras de April, con su angustia encerrada en una línea telefónica, que habían producido, en su sencillez, un vacío aún más grande, una insaciable hambre de aire, como al asomarse jadeante al borde de un precipicio cuando las rocas del fondo son una llamada y un aviso de peligro al mismo tiempo.
«No cometas el error contrario. No confundas el amor con la compasión.»
Realmente habían ocurrido demasiadas cosas. Demasiadas cosas y demasiadas heridas. Necesitaba creer en las palabras de April y en lo que habían visto sus ojos, que por temor no se habían atrevido a juzgarlo posible. Lo necesitaba aun cuando todo durara solo el tiempo de ese trayecto. En aquel momento y en aquel coche se sentía más vivo al pensar en Swan que en todos los años transcurridos sin verla.
Cuando llegaron ante el cartel del Ranch, Jonas condujo el gran Bentley Continental hasta la bifurcación de la derecha sin perder velocidad ni adherencia.
Tin, tin…
– ¿Todo bien, señor Wells? ¿Prefiere que disminuya la velocidad?
Alan intuyó, más que vio, los ojos de su chófer que lo espiaban por el espejo retrovisor.
– No, Jonas. Así está perfecto.
El hombre sentado al volante no añadió nada más y volvió a concentrarse en el camino. Alan se quedó un instante observando su silueta robusta en la penumbra del coche. Era una persona valiosa, tanto como chófer cuanto como ayuda para un hombre en sus condiciones. Además de la habilidad y la experiencia de su pasado de enfermero, poseía la suficiente sensibilidad para entender cuándo podía hablar y cuándo debía callar.
Era un don valioso, y aquella, una ocasión en la que se apreciaba.
Todavía faltaba un tramo más de aquel caminó que parecía sin fin pero que encerraba el terror de que terminara. De que llegara el momento de encontrarse frente a Swan, sin saber en realidad qué decir ni qué hacer.
Sin saber, sobre todo, qué diría o haría ella.
Llegaron a las cercanías del Ranch y la valla empezó a correr al costado del coche. Hacía mucho tiempo que Alan no iba por allí, y le asombró comprobar cuánto lo habían ampliado.
Realmente, Cohen Wells hacía las cosas a lo grande.
«Tanto en el bien como en el mal.»
Jonas aminoró la marcha y detuvo el Bentley Continental en el aparcamiento reservado al personal. Se apeó del vehículo, sin apagar los faros, y fue a abrir la puerta del lado de Alan para ayudarlo a bajar. Alan apenas se había puesto en pie, cuando una hombre salió de la sombra para apostarse junto al capó del coche.
– Buenas noches, señores. ¿En qué puedo ayudarles?
Alan se dio cuenta de que era uno de los vigilantes del servicio de seguridad. En el campamento nunca había habido ningún problema, pero a los huéspedes les agradaba pensar que había alguien que velaba sus sueños. El hecho de que el sujeto hubiera aparecido en cuanto llegó el vehículo significaba que el servicio bien valía el gasto.
Alan se acomodó las muletas bajo los brazos y avanzó hacia el hombre, poniéndose entre este y Jonas.
– Buenas noches. Soy Alan Wells y…
El agente no le permitió concluir.
– Discúlpeme usted, señor Wells, no lo había reconocido. ¿En qué puedo serle útil?
Alan lo miró mejor, bajó la luz de los faros. Tenía más o menos su edad y los rasgos propios de un chico sano de Arizona. Era alto, de pelo claro, y la chaqueta oscura del uniforme dejaba adivinar un físico atlético. A un costado llevaba una funda con una pistola automática que en la penumbra Alan no supo reconocer. Su voz rebosaba de auténtica admiración. Alan tuvo la clara impresión de que se debía a su pasado de soldado y no al hecho de ser el hijo del dueño.
Tomó esta impresión como una señal de buen augurio.
– ¿Cómo te llamas?
– Alan, señor. Como usted.
También este detalle insignificante fue catalogado en la columna de los elementos a su favor.
– Tengo que ver a una persona que se aloja aquí.
Si pensó en la hora avanzada, «Alan como usted» no lo dejó traslucir. Y menos aún objetó nada.
– ¿Sabes cuál es la cabaña de la señorita Gillespie?
– Pues claro. Acaba de llegar.
– ¿Acaba de llegar?
«Alan como usted» se encogió de hombros.
– Fue al aeropuerto de Phoenix a recoger a su prometido, que volvía de Los Angeles en el vuelo de medianoche. El señor Freihart le propuso mandar un vehículo del Ranch, pero ella insistió en ir personalmente.
Hizo una pequeña pausa, justo el tiempo para considerar qué rara era la gente del cine.
– Tal vez no me incumba, pero cuando llegaron discutían bastante acaloradamente. Tuve que pedirles que bajaran la voz, para que no molestaran a los demás huéspedes.
Alan permaneció en silencio. Luego se dirigió a Jonas.
– Creo que será mejor que regresemos a casa.
El chófer se acercó un paso, para ponerlo al resguardo de la mirada del vigilante.
– Señor Wells, ¿puedo permitirme unas palabras?
– Por supuesto.
Jonas bajó el tono de voz lo suficiente para que solo lo oyera Alan.
– Tal vez me cueste el empleo, pero debo decirle lo que pienso. Hemos recorrido varios kilómetros para llegar hasta aquí. Supongo que un hombre como usted no querrá dejarse intimidar por unos pocos pasos más.
Alan dedicó un momento a sopesar las palabras de su chófer. Luego se descubrió sonriéndole en la penumbra. Jonas tenía razón. No había hecho todo ese camino para dejarse intimidar. Además, pensándolo bien, no se sentía intimidado en absoluto.
– Creo que seguiré tu consejo, Jonas. Lo que significa que no te costará el empleo.
El hombre respondió con otra sonrisa en la oscuridad.
– Muy bien, señor Wells. No esperaba menos de usted.
Alan se volvió hacia el vigilante, que aguardaba de pie el final de la conversación, que para él solo era una serie de murmullos indefinidos.
– ¿Sabes cuál es la cabaña de la señorita Gillespie?
– Pues claro.
– ¿Te molestaría acompañarme?
– En absoluto. Es un poco lejos. Por motivos que usted comprenderá, a la señorita Gillespie se le ha dado la cabaña más grande y aislada, para garantizarle la máxima intimidad.
Se volvió y se encaminó hacia el campamento.
– Por favor, sígame usted.
Cruzaron en silencio el patio que se extendía frente a la Club House, iluminado solo por unas débiles luces colgadas encima de las puertas de los bungalows. Avanzaban con calma, porque los dos hombres que lo acompañaban habían adecuado el paso a la marcha de Alan. Mientras las veía pasar a los costados, Alan pensó que cada puerta cerrada era un dormir y cada dormir era un sueño. Y que para cada sueño había un despertar. Se preguntó cómo sería el suyo. Subieron, pasaron el grupo de hogan y pocos minutos después llegaron a una cabaña situada sobre una elevación que de día ofrecía una espléndida vista de la montaña.
Dos ventanas estaban iluminadas. Y desde el interior se filtraban voces que superaban la barrera de los cristales y la puerta de madera.
Alan fue hacia la entrada de la elegante construcción, diseñada con esmero para darle un aspecto primitivo. Sus dos acompañantes lo dejaron en el límite del terreno delimitado a los lados por una valla de madera, y a partir de ahí continuó solo. Llegó a la puerta a fuerza de muletas, al tiempo que oía cómo los sonidos indistintos aumentaban de volumen hasta convertirse en palabras. Se quedó en el umbral, a la espera y escuchando, avergonzado por lo que hacía, aunque permaneció allí.
Era la voz de un hombre la que se oía dentro. Pronunciaba entre dientes palabras llenas de ira y resentimiento.
– Vendrás a Los Angeles conmigo. Ya he invertido demasiado dinero en este asunto. No permitiré que un estúpido capricho eche por la borda meses de trabajo.
Precisa y puntual, una respuesta. Esta vez era la voz de Swan. Alan, desde fuera, la sorprendió cargada de determinación.
– Ya te he dicho que no iré.
De nuevo la voz masculina.
– Pero vendrás, aunque tenga que llevarte a rastras. Tienes un contrato conmigo y lo respetarás. No me interesan para nada tus motivos. Pero no cometas el error de ponerme en medio. Si quieres follarte a ese hombre a medias, en lo que a mí respecta eres libre de hacerlo, pero…
La voz se interrumpió de golpe, callada por el sonido seco de una bofetada. Luego otra frase entre dientes.
– Furcia de mierda.
Y al final la reacción violenta. Swan soltó un gemido sofocado y poco después se oyó el ruido de un cuerpo que caía arrastrando consigo una silla.
Alan se apoyó en la muleta izquierda y con la mano derecha tanteó el picaporte. La llave no estaba echada. Empujó la puerta, que se abrió con violencia, hasta golpear con un ruido seco contra la pared.
Vio a Swan caída en el suelo, protegiéndose la cara con una mano, y a un hombre inclinado sobre ella que le tiraba de un brazo tratando de ponerla en pie. Era Simon Whitaker, a quien Alan había visto muchas veces en los periódicos. Y en sus peores pensamientos, desde que era la pareja de Swan.
Alan dio un par de pasos y entró en la sala.
Cuando lo vio, el semblante de Swan se iluminó.
– ¡Alan!
Whitaker soltó el brazo de la muchacha y avanzó para encararse a él.
– Sólo nos faltaba este tullido.
Se acercó a Alan echando espuma por la boca.
– Vete ahora mismo de aquí, cabrón inútil.
De repente, Alan le pegó. Se apoyó en la muleta izquierda, dejó caer la derecha y con toda la furia de que era capaz propinó un puñetazo en medio de aquella cara congestionada de ira que tenía delante. Todos aquellos meses de ejercicio usando exclusivamente los brazos lo habían robustecido y aumentado su fuerza. Sintió que su puño se hundía en la carne y oyó el ruido seco de la nariz al partirse. Vio que el hombre se tambaleaba, se llevaba las manos a la cara y caía hacia atrás.
Alan no pudo frenar su ímpetu y perdió el equilibrio. La muleta se le resbaló del brazo y se desplomó sobre el cuerpo del hombre al que acababa de golpear. Había actuado por instinto, sin razonar. Rogó que el otro no tuviera la posibilidad ni la voluntad de reaccionar, pero pronto se desengañó. Simon Whitaker era un hueso duro de roer. Pese a que el puñetazo le había quitado el aliento, encontró fuerzas para levantarse. Se puso a horcajadas sobre el cuerpo de Alan y le bloqueó los brazos bajo el peso de las rodillas. Sin darle la menor oportunidad de defensa, le asestó un terrible revés.
Luego apretó sus manos alrededor del cuello. Alan sentía el calor de su aliento y las gruesas gotas de sangre que caían de la nariz rota y le ensuciaban la cara.
– Ahora se te pasarán las ganas de hacerte el héroe, maldito capullo.
Oyó la voz de Swan que llegaba desde muy lejos.
– ¡Simon, suéltalo! ¡Déjalo en paz!
A Alan le costaba respirar. Si no hacía algo, pronto ya no sería capaz de reaccionar. Arqueó la pelvis hasta donde podía y forcejeó hasta liberar el brazo derecho. Levantó la mano hacia la cara de Simon y cogió entre los dedos índice y medio la nariz fracturada. Apretó con toda su fuerza, al tiempo que imprimía una rotación a la derecha y luego a la izquierda. Lo que quedaba del cartílago se deshizo, mientras con un grito el hombre se echaba hacia atrás y lo liberaba del todo.
Simon Whitaker se puso en pie tambaleante. La sangre le salía a chorros de la nariz y empapaba su camisa. El dolor debía de ser muy fuerte, pero la ira lo anestesiaba. Recorrió el lugar con la mirada hasta encontrar lo que buscaba. Sobre una mesa de madera situada a sus espaldas había una botella de whisky. La cogió y la rompió contra el borde. En la sala hubo una explosión de vidrio y líquido. Luego Alan vio que avanzaba hacia él con el pedazo de botella afilado y cortante centelleando en el puño.
– Estás muerto, cabrón.
Una voz llegó tranquila desde la puerta para impedir su avance.
– Si yo fuera usted, me detendría, señor. De lo contrario me obligará a hacerle en la cabeza un agujero mucho más grande que el cuello de la botella que tiene en la mano.
Alan se volvió y vio en el umbral a «Alan como usted», que empuñaba una 45 de un modelo que una vez más no supo reconocer. Supuso que el cañón apuntaba a la cabeza de Simon Whitaker. Cuando el director observó la boca del arma se dio cuenta de que no le convenía contrariarlo.
Dejó caer el pedazo de botella.
– Muy bien, por ahora te han llegado refuerzos. Pero esto no termina aquí.
Swan lo encaró, con ojos que chispeaban.
– Te equivocas. Esto termina aquí, Simon. En todos los sentidos. Has pegado a una mujer y a un hombre condecorado, un héroe de guerra discapacitado. Si lo que acaba de ocurrir aquí llega a saberse, tendrás en tu contra a la prensa y a la opinión pública de todo el país. Y yo daré testimonio. De modo que creo que te conviene acabar con esto de una vez por todas, y agradecer salir del apuro de esta manera.
Después le dio la espalda y se arrodilló junto a Alan, que había conseguido incorporarse sobre un costado, apoyado en el antebrazo.
– ¿Cómo estás?
– Yo, bien. ¿Y tú?
Swan sonrió. Se llevó una mano a la mejilla, que comenzaba a hincharse, y al cardenal que sin duda aparecería al día siguiente.
– Ah, no es más que un ojo morado. Todas las actrices de Hollywood desean uno. Es la última moda.
También Alan sonrió, a su pesar.
Jonas entró en la sala y los miró. Comprendió que, por muchos daños que hubieran sufrido esa muchacha y el hombre tendido en el suelo junto a ella, el mejor remedio sería dejarlos solos. Se aproximó al otro hombre, que permanecía de pie, solo en el sentido literal del término, y que continuaba lanzando a su alrededor miradas llenas de cólera y perdiendo sangre por la nariz.
– Si me promete que no hará más escándalos, puede ir al puesto de primeros auxilios. Aquí, en el Ranch, hay uno muy bien provisto. Veremos qué se puede hacer con esa nariz.
Lo cogió por un codo y lo llevó fuera. Whitaker se soltó con malos modos, pero tras lanzar una última mirada a las personas que dejaba tras de sí, siguió a Jonas fuera de la cabaña.
Swan y Alan se quedaron a solas.
Ella se sentó a su lado y le pasó una mano por la cara, en una caricia que su piel dolorida bebió como la arena del desierto el agua.
Le pareció que jamás había oído una voz tan dulce.
– No puedes dejar de hacerte el héroe, ¿verdad?
– Parece que no.
Alan pensó que tal vez estaba durmiendo y aquello era solo su dormir y su sueño. Pero la caricia no terminaba. Y la voz era siempre la misma.
– Entonces necesitarás que de ahora en adelante yo te cuide, si no queremos correr más riesgos.
Alan reunió al fin el coraje de alzar los ojos y mirarla. Por primera vez desde que la conocía, se encontró ante el rostro de una mujer enamorada.
No tuvo tiempo de añadir nada, pues Swan se inclinó sobre él y lo besó. Un instante antes de perderse en su perfume y olvidar todo lo demás, pensó que era demasiado hermoso para ser solo un sueño.
Se dijo que quizá estaba muerto y aquello era el paraíso.
Jim corría como nunca en la vida, pero le daba la impresión de que permanecía inmóvil.
Tenía en las piernas el entumecimiento de las pesadillas mientras avanzaba con paso seguro bajo las ramas de los árboles y junto a los arbustos iluminados solo por el lejano reflejo de los faroles. Detrás de él, oía en alguna parte los sonidos de la carrera de April y de Charlie, cada uno en la medida de sus fuerzas y su edad. Pero eran una presencia remota, casi irreal. En su cabeza una voz lo incitaba, a él y solo a él, a correr, a apresurarse. Y Jim obedecía esa orden como si fuera lo único capaz de mantenerlo vivo, porque era lo único que podía mantener con vida a su hijo. Sentía de una manera que no lograba explicarse que al final de esa carrera había algo que le esperaba y que nadie más podría entender y combatir.
Mientras tanto, los aullidos de Silent Joe no daban señales de querer ceder.
En su mente se sucedían con la cadencia de un avance veloz las imágenes de la muerte de Charyl Stewart. Recordaba con claridad que todo había ocurrido en un brevísimo tiempo y que poco después el perro se había calmado. Sin embargo, conservaba todavía en los ojos el estado en que había encontrado a esa pobre muchacha. Solo pensar en el cuerpo de Seymour tendido en la tierra con los huesos destrozados y la cara deformada le infundió nuevas energías y lo ayudó a recobrar un poco del aliento que el esfuerzo físico le quitaba.
Sin aflojar el ritmo furioso de sus pasos y su angustia, atravesó el parque que se extendía detrás de la casa de April. Era uno de los pequeños pulmones verdes de la ciudad, cuidado para parecer silvestre, como si formara parte de la naturaleza circundante.
Era poco más que una pequeña parcela, pero en ese momento parecía no tener fin.
En la semioscuridad, se topó con una gran jaula vacía que probablemente había encerrado a algún animal salvaje durante un breve tiempo. Toda la zona estaba rodeada de un muro, por lo que no era posible cruzarla. Con una maldición airada, se vio obligado a desviarse con respecto a la línea recta que recorría rumbo al lugar del que provenían los aullidos. Eran apenas fracciones de tiempo que no representaban nada en la vida de cada día, pero que en aquella situación podían ser los que separaran a un niño de una muerte horrible.
Poco a poco, paso tras paso, iba aproximándose. A pesar de que el corazón le latía en los oídos con un ruido sordo, se obligó a acelerar. Los músculos le ardían como brasas, y sentía como un puñal en los costados, pero la carrera ya no dependía de su voluntad. Aunque hubiera ordenado a sus piernas que se detuvieran, con toda seguridad no le habrían obedecido.
Una sola cosa lo salvaba de la desesperación. Si el perro no cesaba en su lamento significaba que Chaha'óh todavía no estaba satisfecho.
En ese preciso instante Silent Joe dejó de aullar.
Siguió un silencio oscuro como la noche, tan mortal como su significado.
Jim experimentó la sensación de caer en el vacío y desvanecerse.
«No, no, no, no…»
Mientras desgranaba en su mente un rosario de ese único monosílabo, continuó corriendo, al tiempo que sentía que se le iba la vida en cada movimiento de los pulmones y la razón huía de su cabeza segundo tras segundo. Confundida con el zumbido continuo en los oídos, llegó a sus espaldas la voz de April que llamaba a su hijo.
– ¡Seymour!
De golpe, como obedeciendo a una señal, el perro empezó a ladrar furiosamente.
Jim interpretó ese cambio de registro como una respuesta a sus plegarias. Desde que Silent Joe estaba con él, nunca lo había oído hacerlo. Se dio cuenta de que, en su estado mental, cualquier asidero que le sirviera para no debilitar la esperanza le resultaba sólido como una roca. No podía menos que considerar ese detalle como un hecho positivo.
Sabía que se hallaba cerca del lugar de donde provenían los ladridos. Se encontró ante unas matas. Ni siquiera intentó rodearlas. Sin pensar en aminorar el paso, se precipitó entre ellas. Intuyó, más que sintió, las ramas que le desgarraban la camisa y le arañaban los brazos y la cara. En semejante trance, en su imaginación todo se desbordaba. Eran manos que lo retenían, eran uñas curvadas que lo frenaban tratando de impedirle alcanzar el lugar donde su hijo corría peligro. Se arrancó de esa trampa sin preocuparse por si dejaba atrás algún jirón de su piel preso de las ramas.
Emergió de las matas como de un parto difícil.
Y al fin los vio.
Un farol, lo suficientemente cercano como para iluminar de algún modo la escena, le permitió captar en un instante la situación. Había alcanzado un claro que servía de espacio de juegos para los niños. A la izquierda, bajo el farol, había unas construcciones de colores, algunos columpios y un tobogán para los más pequeños.
Frente a él, un poco a la izquierda, habían fabricado para los más grandes una casa en la copa de un árbol.
Era de madera y tenía un letrero al estilo de los viejos pioneros donde ponía: HOUSE ON THE TREE. Otro cartel advertía que ese juego solo estaba permitido a los niños mayores de doce años. Además de una escalera de acceso a un lado, en la parte delantera colgaba una cuerda con nudos que permitía a los más pequeños subir y bajar.
Aferrado a la cuerda colgaba Seymour.
Vivo.
Debajo de él, Silent Joe se agitaba presa de una furia incontenible. Mostraba los dientes rechinantes y gruñía hacia donde se hallaba el niño. Resultaba evidente que el perro lo había sorprendido con su ataque mientras bajaba por la cuerda. Luego, Seymour ya no tenía fuerzas para subir y la presencia del perro le impedía deslizarse a tierra.
Jim experimentó una oleada de alivio tan fuerte que por poco no vomitó. Sus pulmones semejaban dos esponjas secas sin más posibilidad de recibir y proveer aire. Quién sabe dónde consiguió encontrar todavía un soplo suficiente para gritar el nombre de su hijo.
– ¡Seymour, no te muevas!
Jim se asombró de que su propia voz hubiera logrado superar el estrépito de los ladridos. Seymour volvió la cabeza y lo vio.
Lo reconoció enseguida.
– Jim, Silent Joe quiere morderme.
Se alegró de no verlo demasiado asustado.
– Agárrate fuerte. Ya llego.
Se acercó al árbol para socorrer a Seymour y calmar el ímpetu del perro. Cuando había recorrido la mitad de la distancia, su mirada se posó en la tierra. Le pareció que una sombra oscura llegaba de algún rincón ignoto para cogerlo y llevarlo a un mundo de tinieblas del que nadie había regresado nunca.
En la base del árbol habían dispuesto un fondo de arena bastante grueso, para atenuar eventuales caídas. Y en la superficie suave, letales a la vista como una estela de serpientes venenosas, se hallaban las huellas de pies descalzos. Destacaban nítidas en su absurdo relieve, invertidas del mismo modo que las otras veces. Solo que en los casos anteriores eran el testimonio inmóvil de una presencia pasada.
Ahora aparecían en movimiento, como si alguien del otro lado del suelo y de la razón hubiera sentido la presencia de su víctima y se moviera alrededor del árbol al acecho del momento justo para atacar. Era el rastro visible de la muerte misma, que no teme al tiempo porque del tiempo proviene, al igual que esa sombra antigua venida a cumplir una misión de venganza que se le había encomendado tantos años atrás.
Y Jim comprendió, con una infinita sensación de gratitud por ese animal que era Silent Joe, el motivo de su ataque a Seymour. Era el único medio de que disponía para atemorizarlo e impedirle bajar del árbol. Acaso porque sabía, con la lógica de su instinto, que si hubiera tocado la tierra habría sido su fin.
Oyó a sus espaldas el ruido de los pasos de April que surgía en el claro. Jim dudó un instante. El hallazgo de que era descendiente directa de uno de los hombres que habían llevado a cabo la matanza de Flat Fields la incluía también en la lista de las posibles víctimas. Lo ignoraba todo sobre el ente al que se enfrentaba. No sabía si, una vez errado el blanco del niño, Chaha'oh se vengaría en ella. Pero escogió ir hacia Seymour, porque sabía que era lo mismo que habría elegido April.
En ese momento las manos de Seymour cedieron.
En su óptica acelerada por el horror, Jim vio a cámara lenta cómo Caía el cuerpo de su hijo. Vio sus cabellos negros que se movían, los brazos que se agitaban y la leve nube de polvo que levantó tras el impacto contra la arena.
Y vio cómo las huellas se dirigían rápidas hacia él.
Se precipitó a toda la velocidad que su cuerpo de hombre le permitía, y logró alcanzar al niño a tiempo. Lo cogió en brazos y lo estrechó contra sí, orgulloso de ese primer contacto con su hijo, dispuesto a dar la vida para que él no perdiera la suya.
Los pasos de la Sombra se hallaban a escasos metros de ellos.
Sintió que el miedo le estrujaba el corazón con una fuerza peor que cualquier maldición. Mientras esperaba eso que no conocía, un grito salió de su garganta como si ya no tuviera voluntad propia.
– Doo da!
Sin darse cuenta, había gritado un «¡no!» perentorio utilizando por instinto la lengua navajo.
Un paso más, y las huellas se detuvieron.
Se produjo ese silencio suspendido que precede a la tempestad, cuando el viento se inmoviliza y las nubes se persiguen a la espera del estruendo del primer relámpago y el estrépito del primer trueno.
No sucedió nada más.
Ninguna otra huella que recorriera la tierra, ningún aullido, ninguna señal de muerte.
Jim Tres Hombres Mackenzie sintió que le subía un suspiro desde algún lugar de su ser cuya existencia ignoraba, y de sus extraños ojos de dos colores cayeron lágrimas de la misma transparencia.
Sin dejar de estrechar a su hijo contra sí, solo podía pensar que estaba a salvo.
Lo mantuvo así por todo el tiempo pasado y por el que esperaba que le fuera concedido.
Lo mantuvo así y para siempre, hasta que la ansiedad de April se lo permitió.
Cuando llegó junto a ellos, dejó a Seymour en el suelo y se apartó, porque el abrazo de los dos no lo incluía.
– Seymour, pero ¿qué te ha pasado por la cabeza?
– No volveré a hacerlo, mamá. Te lo prometo.
Se alejó unos pasos y los dejó ser ellos dos, porque por el momento el tres no era un número contemplado. Charlie observaba en silencio la escena. Jim no sabía qué había visto ni si existía una explicación. Pero si la había, llegaría también la hora de conocerla.
Silent Joe, entretanto, se había calmado. Se acercó con paso vacilante, como si no se sintiera del todo seguro de que ese ser que se obstinaba en andar por allí sobre dos patas hubiera comprendido qué había ocurrido en realidad. Cuando vio que Jim se acuclillaba y le abría los brazos con una sonrisa, fue a buscar sus caricias y el contacto con su cuerpo.
Apoyó la cabeza en su percho y se quedó inmóvil.
Mientras le transmitía como podía toda la gratitud de que era capaz, Jim lo vio hacer algo que ese extraño perro nunca había hecho hasta entonces.
Silent Joe, el indiferente, estaba meneando el rabo.
Charlie y Jim entraron en la casa de Beal Road en silencio.
Apenas se hallaron dentro, sin decir nada, Jim fue a encender todas las luces. La claridad en el interior dio de pronto una sensación de seguridad, las sombras que se creaban no eran más que siluetas inofensivas en las paredes y el suelo. Fuera todavía era de noche y ninguno de los dos tenía idea de cuándo terminaría. En su mente sabían que no bastaría con la salida del sol para expulsar la oscuridad.
Habían dejado a April, para que acostara a Seymour. El niño había explicado con voz contrita que, como no podía dormir, había salido con el perro a jugar en la casa del árbol, algo que en general no se le permitía debido a su edad. No era consciente del peligro que corría. Para él, solo era responsable de una desobediencia descubierta y que por el momento parecía haber pasado sin mayores consecuencias.
Jim le explicó que no debía temer a Silent Joe. Le dijo que el animal no tenía verdaderas intenciones de morderlo, sino que había actuado de esa manera solo para protegerlo. Seymour, sentado en la cama, lo miraba con aire tranquilo.
– No, no tengo miedo. Sé que Silent Joe es un gran perro.
No preguntó por qué Jim se encontraba allí a esas horas. Quizá porque su atención se centró de pronto en algo más singular. Al fin se decidió a sacarlo a la luz.
– Qué extraño eres. Tienes los ojos de dos colores.
Jim le sonrió.
– Es cierto. Es por mi trabajo. ¿Sabes que piloto helicópteros?
– ¿En serio? ¿Y qué tienen que ver con eso los ojos?
– Uno sirve para observar la tierra, y el otro, para observar el cielo.
Seymour lo miró un poco perplejo. Luego su expresión se amplió en una pequeña mueca astuta.
– Ah, ya entiendo. Te estás burlando de mí.
– ¿Yo? No. Cuando vengas conmigo en el helicóptero ya verás como es verdad.
Seymour no respondió pero miró a su madre en busca de confirmación. Con un movimiento de cabeza, April dio su tácito asentimiento. Como consecuencia se produjo una explosión de puro entusiasmo. Seymour empezó a saltar sobre la cama, con esa energía que solo puede generar la felicidad de los niños.
– ¡Viva! ¡Iré en helicóptero! ¡Iré en helicóptero!
Esa fue la primera verdadera conversación que Jim mantuvo con su hijo. Cuando salió de la habitación, Silent Joe se hallaba echado sereno sobre un tapete situado bajo la ventana. April se sentó en la cama de Seymour, intentando calmar el frenesí de su hijo. Antes de cerrar la puerta lo miró. Jim pensó que lo que había en esos ojos y en esa habitación valía por sí solo la certeza de haber vivido.
En la sala encontró a Charlie aguardando. El semblante del viejo indígena denotaba cansancio, pero su cuerpo seguía erguido como siempre. Jim se preguntó cómo lograba soportar tantas fatigas y emociones a su edad.
– Charlie, creo que debemos hablar. Pero no aquí.
El viejo comprendió que en ese momento era lo único que podían hacer.
– De acuerdo.
Salieron y anduvieron sin decir nada el breve trayecto hasta la cabaña de Jim. Ahora estaban el uno frente al otro, sentados a la mesa. Ambos sabían qué significaba el último hallazgo. Alan, April y Seymour corrían peligro, junto con otras personas. Y así seguiría siendo hasta que encontraran una solución. A Jim le quedaba la única esperanza de aferrarse a lo que pudiera saber Charlie.
Por poco o mucho que fuese.
– ¿Qué pasa, bidà’í? ¿Hay algo que ignoro y debería saber?
Charlie dijo pocas palabras. En su tono había mucha más certidumbre de la que Jim podía esperar. Y también un cansancio inesperado en la voz.
– Mira entre las esencias de tu abuelo.
En la sucesión de los hechos recordó que había olvidado por completo las muñecas y el sobre impermeable encontrados en la casa de Caleb, en eso que él definía con optimismo como «la caja fuerte de la familia».
«Mi herencia…»
Se levantó y fue al dormitorio a ver las kachinas, todavía abandonadas en el fondo del armario y envueltas en sus hojas transparentes de plástico de embalar. Entre los diversos bultos, descubrió uno que en un primer momento se le había pasado por alto. Su consistencia era diferente. Era blando al tacto, y no parecía contener una estatuilla. Lo cogió y fue hasta el sillón, donde había dejado su chaqueta de tela tejana. La noche que encontraron las pocas pertenencias de su abuelo guardó el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego no se la puso más y el paquete quedó olvidado, relegado a un segundo plano con respecto a los hechos mucho más importantes que reclamaban mayor atención.
Jim volvió a la habitación donde estaba Charlie y dejó los dos objetos sobre la mesa. Tuvo que utilizar unas tijeras para abrir el sobre. A pesar de las dimensiones, dentro había solo un documento compuesto por algunas páginas. Todo el resto era material de embalaje para preservar esas hojas de la humedad. Jim las extrajo con delicadeza y les echó un rápido vistazo.
El documento parecía bastante viejo.
Era un anexo al tratado de 1872 entre Estados Unidos de América y la Tribu de los Indígenas Navajos que otorgaba a un jefe llamado Eldero, y a sus descendientes, una extensa área de las tierras que rodeaban el lugar conocido con el nombre de Flat Fields.
Jim tomó conciencia de que tenía ante los ojos algo importante. Esas pocas páginas encerraban el poder de disipar varias zonas de sombra. El territorio concedido a Eldero formaba parte de la propiedad actualmente denominada Cielo Alto Mountain Ranch. Si ese documento decía la verdad, Cohen Wells debería modificar sustancialmente sus sueños de expansión.
Jim alzó la cabeza buscando los ojos de Charlie.
– Éste es el documento del que hablaban en la grabación. ¿Qué tiene que ver con mi abuelo y conmigo?
Como respuesta, Charlie señaló el otro paquete apoyado en la mesa.
– Tal vez deberías abrir también ese.
Jim tuvo que usar de nuevo las tijeras, con cuidado de no dañar el contenido. A medida que se abría el envoltorio, cuatro ojos vieron salir a la luz los colores y el tejido de una antigua manta indígena. Jim la desplegó con suavidad y la extendió sobre la mesa. Los dibujos eran los mismos que los de la que Caleb había encontrado en la cueva de los Peaks: los símbolos del poder de un jefe indígena llamado Eldero. Envueltos en el interior había dos amuletos, obra de un artesano muy diestro. Dos medallones, quizá en su origen dólares de plata, que llevaban en relieve la figura de Kokopelli, el flautista, el protector benéfico del Pueblo.
Jim buscó otra vez la mirada de Charlie.
– ¿Qué significa?
Charlie le devolvió la mirada, desconcertado porque aún no entendiera.
– Lo que ves es lo que significa.
El viejo se levantó y se colocó detrás de Jim. Le apoyó una mano en el hombro. Mediante ese pequeño contacto, Jim sintió su presencia como nunca hasta entonces.
– Tú eres el descendiente directo de Eldero, Tres Hombres. Después de lo que pasó en Flat Fields, su hija, Thalena, se refugió con su niña recién nacida con el Herrero, un jefe que vivía con su gente cerca de Fort Defiance. Eldero se quedó solo para cumplir su rito de venganza, con el que lograría que esos hombres y todos sus descendientes pagaran sus culpas con una muerte horrible.
La mano se apartó, pero el espíritu de Charlie permaneció. Sus palabras esculpían la piedra y del mismo modo resonaban en la mente de Jim.
– Linda, la hija de Thalena, era la madre de Richard Tenachee, tu bichei, tu abuelo.
Charlie hizo una pausa, para permitirle asimilar la información.
– ¿Por qué nunca me dijiste nada?
– Porque no estabas. No has estado nunca, ni siquiera cuando aún vivías aquí. Tu mente corría hacia otros lugares y no había manera de frenarla. Tu abuelo y yo decidimos que era justo dejar que siguieras tu camino y dispusieras de libertad para elegir.
Jim captó en esas palabras toda la melancolía por el pasado y la imposibilidad de acceder al presente.
– Además, él no era el único que pensaba así. Veíamos lo que sucedía alrededor de nosotros. Veíamos que las cosas cambiaban poco a poco. Hasta que nos encontramos frente a chicos indígenas que deberían sentir el orgullo de los jefes y en cambio no saben quiénes son. Que andan por ahí vestidos como esos estúpidos raperos que se ven por la televisión, esos que se disfrazan de hombres recios. Hemos olvidado hasta tal punto quiénes somos, que nos vemos obligados a usar un disfraz, mucho más pesado que los que nos ponemos para contentar a los turistas.
En el semblante del viejo Charles Owl Begay se leían la derrota y la capitulación.
– Somos tantos… Podríamos ser una sola voz potente. Y en cambio somos solo un coro de voces débiles y sometidas.
Jim percibió de golpe lo que escondían las palabras de aquel hombre.
– Tú lo sabes todo. Lo has sabido desde el comienzo. Y no has dicho nada.
– He rogado a todos los dioses capaces de escuchar mis plegarias que todo se detuviera. Que encontrara la manera de ayudarte…
Jim se volvió de pronto, sin alzar la voz.
– ¿Ayudarme? Son todas esas pobres personas muertas a quienes deberías haber ayudado.
La voz de Charlie rezumaba incredulidad.
– ¿De verdad todavía no lo comprendes, Tres Hombres?
Y también había dolor en su voz, por lo que dijo a continuación.
– En el centro de todo estás tú.
– ¿Yo?
– Chaha'oh no puede vivir sin la tierra, pero del mismo modo extrae fuerza del hombre que lo ha creado. Eldero ya no vive, pero tú llevas dentro su espíritu y su sangre.
Jim trató de rechazar esas palabras con una negación desesperada.
– No es posible.
– Sí que lo es. Has visto cuatro demostraciones de que es posible. Una por cada persona que ha matado Chaha'oh. Y seguirá haciéndolo, hasta que tú pongas fin a la tarea que se le encomendó.
Parecía que a Charlie le costaba más hablar que a Jim escuchar.
– Todo comenzó cuando llegaste. Caleb fue asesinado esa misma tarde. Estabas cerca de la cárcel cuando Chaha'oh mató a Jed Cross. Y de nuevo estabas con la muchacha en The Oak, cuando la mató. Eres tú quien le da fuerza, porque, aunque nadie lo sepa, posees un espíritu tan profundo como la tierra.
Jim recordaba la opresión que sintió en los momentos a los que se refería Charlie. La sensación sofocante de que su mente atravesaba una nube oscura tan grande que negaba el sol. Recordó que Silent Joe, cuando encontró el cuerpo de Caleb, emitió de repente su lamento desesperado. Entonces no se explicaba la razón. La Sombra todavía se hallaba presente y de nuevo al acecho.
Charlie, por si aún la necesitaba, le dio la última prueba.
– No sé si te has dado cuenta de lo que sucedió en el parque, esta noche. Cuando tenías en los brazos a tu hijo y temías por su vida, gritaste a Chaha'oh que se detuviera, y lo hizo.
Jim intentó una última, desesperada rebelión.
– Puedo volver a hacerlo.
– No.
El monosílabo resonó en el interior de la habitación como un veredicto de muerte. Charlie volvió a sentarse frente a él. Ahora aparentaba su edad. Lo que lo envejecía eran las cosas que se veía obligado a decir.
– Chaha'oh tiene el poder de aprender. Por eso logró atrapar a Curtis Lee de esa manera tan ingeniosa, aunque tú estuvieras lejos. Crece, y poco a poco conseguirá avanzar sin guía. Pronto ya no te necesitará. Y seguirá matando.
Jim se levanto de golpe.
– Es absurdo.
– ¿Todavía lo encuentras absurdo? Y sin embargo estás dispuesto a creer en lo que te propone la ciencia, que es prácticamente lo mismo: la creación de una inteligencia artificial capaz de evolucionar y aprender de sus propios errores.
– Tú mismo lo has dicho. Eso es ciencia. Aquí estamos hablando de magia.
– ¿Y no será también magia cuando de una máquina nazca otra máquina capaz de comprender que está viva?
El viejo esbozó un gesto vago.
– También para esto hay una explicación, en alguna parte.
Solo que el ser humano no ha sido lo bastante fuerte e inteligente para lograr encontrarla. No ha sido lo bastante humilde.
Jim se acercó a la ventana y miró hacia fuera. Un nuevo amanecer indiferente comenzaba a colorear el cielo. La luz llegaría a encender el azul, pero el mundo que conocía, con todas sus ilusiones y sus presuntuosas certezas, después de esa noche había desaparecido para siempre.
Pensó en Seymour y en April, que jamás estarían a salvo. Pensó en Alan, que seguiría corriendo el riesgo de pagar con su vida culpas que no eran suyas. Pensó en sí mismo y en el peso que debería cargar a la espalda hasta el fin de sus días.
Sin volverse, dirigió a Charlie su última pregunta desesperada.
– ¿Cómo puedo detenerlo?
La voz llegó como un soplo desde algún lugar situado a mil kilómetros.
– Sólo la persona que inició el rito puede ponerle fin.
En ese momento, absurdo como solo sabe ser el azar, comenzó a sonar el móvil. Apenas un rato antes, a Jim le habría parecido un hecho normal. Ahora le resultaba un ridículo intermedio infantil entre palabras de muerte.
Jim se acercó al mueble sobre el que había dejado el aparato.
– Diga.
– ¿Jim? Soy Cohen Wells.
– Hola, Cohen.
La voz del banquero subió enseguida un tono.
– ¿Hola? Una mierda. ¿Qué es esa gilipollada que acaba de decirme Alan? ¿Quieres explicarme por qué él y yo correríamos peligro de muerte?
Jim calló un instante para reflexionar. Estaba claro que Alan se había comunicado al fin de algún modo con el padre. Pero resultaba igual de claro que no le había dicho nada de la grabación. Al no contárselo él, había dejado la decisión en sus manos.
– ¿Y bien?
La voz de Cohen Wells lo apremiaba. De la cordialidad de sus encuentros anteriores no quedaba ni rastro. Jim recordó sus palabras sin piedad grabadas en un pequeño aparato. Del otro lado de aquella minúscula magia moderna que sostenía pegado a la oreja se hallaba el hombre que había matado a su abuelo y pretendía matarlo también a él.
De pronto supo qué debía hacer. Todo se tornó claro, tanto que Charlie se asombró de ver que sus labios se abrían en una sonrisa.
– Lo tengo yo, Cohen.
– ¿Que tú tienes qué?
– Lo que está buscando desde hace tiempo. El documento de propiedad de Eldero.
Wells se dio cuenta enseguida de qué significaba la respuesta de Jim. Habría sido inútil fingir que lo ignoraba. Su voz se volvió cautelosa.
– ¿Y qué piensas hacer?
– Discutirlo con usted.
Una pausa para sopesar las ventajas y desventajas. Luego la codicia ganó la delantera, exactamente como Jim había supuesto.
– De acuerdo. ¿Dónde y cuándo?
– Ahora. ¿Conoce un lugar llamado Pine Point?
– Pues claro.
– Entonces, allí. Yo estoy en casa. Deme el tiempo de llegar.
Cohen Wells cortó sin añadir más. Jim notó que durante toda la conversación había contenido el aliento. Buscó nuevo aire para sus pulmones y las palabras justas para decir a Charlie, que desde su sitio lo observaba sin comprender.
Fue a sentarse ante el viejo y miró fijamente sus ojos negros. Charlie Owl Begay, chamán del pueblo navajo, se encontró frente a la mirada de un guerrero.
– Escúchame con atención, Charlie. Debo hablarte y no tengo mucho tiempo.
Jim arrimó la silla a la mesa y bajó un poco la voz.
– Hay algunas cosas que debes hacer por mí.
La canoa bajaba lentamente siguiendo el curso del río.
Jim había aceptado en todos los sentidos la herencia de su viejo abuelo indígena. Ahora, cuando pensaba en el Colorado, también en su cabeza era simplemente «el río». Remaba surcando las aguas y los recuerdos con el mismo movimiento fluido y continuo. En su mente veía nítidamente el viaje realizado tantos años atrás bajo el mismo sol y el mismo cielo azul, cuando era poco más que un niño. Estaba todo tan claro y quieto que tenía la impresión de que, si volvía la cabeza, encontraría al anciano Richard Tenachee sentado en la canoa a sus espaldas. Rozando con una mano la superficie del agua y con una expresión serena en su rostro de piel roja. Se dijo que quizá estaba allí, aunque él no consiguiera verlo. Cuando salió, después de haber hablado con Charlie, cogió del garaje de su casa de Beal Road esa canoa que alguien había puesto a resguardo, a la espera de tiempos mejores. La arrastró fuera y la apoyó sin esfuerzo en el cajón de carga del Ram. No era de madera como aquella con la que hizo ese mismo trayecto con su abuelo, tantos años atrás, sino de plástico amarillo, y no ostentaba en la proa la figura estilizada de Kokopelli. Pero Jim había aprendido que las cosas no son del todo lo que aparentan. Son la mirada y el corazón de los seres humanos los que las hacen diferentes.
Subió al coche y, conduciendo con calma, llegó al lugar de su encuentro. El amanecer era ya un recuerdo cuando se acercó a Pine Point, pero en el camino no había nadie. El Porsche Cayenne de Cohen Wells ya se hallaba aparcado no muy lejos del gran pino solitario que desde épocas inmemoriales daba nombre a la localidad. Cuando lo vio llegar con el Ram, el banquero se apeó del coche, sin cerrar la puerta. No dijo nada acerca de la canoa que vio en la parte posterior de la camioneta. Sus prioridades eran otras y no incluían demasiados rodeos. En ese momento estaba allí para tratar de un negocio, y como perfecto hombre de negocios se sentía ansioso por concluirlo en las mejores condiciones.
– Hola, Jim.
– Cohen…
El banquero trató de conducir las negociaciones según sus reglas. Que incluían una buena dosis de adulación.
– Me complace que hayas decidido reunirte conmigo. Significa que en última instancia eres el único listo de la familia. ¿Dónde está?
Jim sabía a qué se refería. No contestó a la pregunta y a manera de respuesta le planteó otra. Sin rodeos.
– ¿Era necesario matar a mi abuelo?
El otro se sorprendió, pero no intentó negarlo.
– ¿Cómo te has enterado?
– Eso no tiene importancia. Lo sé y punto. Y también lo sabe Alan.
– Mientes.
– No. Y usted lo sabe muy bien.
Jim se quedó mirándolo impasible. En el semblante de Cohen Wells se dibujó la desconfianza. Se veía con claridad que estudiaba la situación a la máxima velocidad que le permitía él pensamiento. Sin duda se preguntaba qué consecuencias podrían tener en su vida las últimas afirmaciones de Jim. Si no había corrido a denunciarlo a la policía, significaba que había margen para negociar. En su cabeza, Alan no constituiría problema alguno, porque tenía la certeza de que un hijo no se volvería contra su padre.
Se relajó. Decidió que no convenía poner excusas, sino quitarse la máscara.
– Richard Tenachee era un viejo testarudo. Lo que pasó no entraba en mis intenciones, pero había demasiados intereses en juego. No debo rendir cuentas a nadie, salvo a mí mismo. Hay otra gente en este asunto, gente a la que es mejor no contrariar…
Mientras hablaba, Cohen Wells se había colocado bajo el árbol. A causa de la resina que caía, la hierba terminaba donde comenzaba la sombra que daban las ramas sobre la tierra. El terreno oscuro estaba cubierto de agujas de pino. Aquí y allá surgían fragmentos de raíces centenarias.
Cohen ya no titubeaba, convencido de tener la solución en el puño, una vez más.
– Pero si estás aquí, de algún modo has entendido que no podía actuar de otra manera. Esto te convierte en una persona muy interesante. De modo que solo debemos acordar una cifra. Sé que no desprecias el dinero, y en este caso hay mucho sobre la mesa. Lo único que te pido es que me des ese documento. Si lo haces te convertirás en una persona muy rica.
El banquero subrayó la última frase. Jim se sintió perplejo ante la calma con que consiguió responder.
– No he venido por el dinero. Usted no lo sabe, pero han muerto personas, durante este tiempo. Personas que, salvo Jed Cross, no tenían más culpa que la de haber nacido. Y entre ellas se incluye su hijo.
– Pero ¿qué dices? He hablado con Alan hace un rato y no…
Jim lo interrumpió.
– No me refiero a Alan. Hablo de Curtis Lee.
Si el banquero acusó recibo del golpe, esta vez no lo dejó traslucir. Estaba acostumbrado al juego duro, y el juego duro no permitía traicionarse mostrando emociones. Pero Jim sabía que en su interior no había quedado indemne a sus palabras.
No le dio tiempo de contestar.
– Le parecerá un concepto banal, pero hay lugares y momentos en los que el dinero no sirve para nada.
Mientras hablaba, Jim había advertido una sensación conocida. Solo que esta vez no llevaba consigo una angustia de nubes oscuras, sino un extraño y antinatural sentido de paz. Miró a espaldas de Cohen Wells y un poco más allá, al borde del terreno sin hierba, vio cómo se dibujaba una huella. Lo aceptó como un hecho natural y se dijo que no podía ser de otra manera. Ahora que sabía, ya no sentía miedo. Ahora que sabía, en lugar de luchar solo podía pedir ayuda.
Jim volvió la mirada al hombre que se hallaba ante él. De un modo que no podía explicarse, Cohen Wells había leído en sus ojos una condena.
Y la voz de Jim la pronunció.
– Hay lugares y momentos en que se paga todo. Me alegra ser yo quien se lo diga, Cohen. Su momento es ahora y su lugar es aquí.
Cuando vio que las huellas se acercaban veloces, dio media vuelta y se marchó.
En su interior sintió un grito regocijado, casi en el mismo instante en que Cohen Wells empezó a lanzar alaridos. Subió al Ram, puso en marcha el motor y se marchó sin siquiera mirar atrás.
Cogió la ruta hacia Page y enfiló el corto camino de tierra bajo el dique. Nada parecía cambiado. Solo el agua del río era nueva, midiendo el tiempo que, según las piedras, parecía no pasar nunca. Echó al agua su absurda canoa de plástico y partió siguiendo la corriente, utilizando el remo solo para rectificar el rumbo, tal como había aprendido de su abuelo.
Un pez saltó del agua a su derecha. En el silencio ese sonido bastó para devolverlo al lugar y al momento. Volvió la mirada y vio que se dibujaban unos círculos grises sobre la tranquila superficie del río. Un segundo, y luego una ligera corriente desarmó esas geometrías perfectas.
Mientras viajaba bajo la protección de las rocas suspendidas por encima del río y el tiempo, en su cabeza resonaban claramente las palabras que le había dicho su abuelo en ese mismo lugar tantos años atrás.
«Hoy también tú debes superar una prueba, Táá' Hastiin. Lamentablemente, a veces no es posible elegir el momento de combatir. Solo podemos hacerlo con coraje cuando así se nos exige.»
Su abuelo no podía saber que él tardaría tanto en comprender. Pero ahora había regresado, comprendido y encontrado su camino.
Cuando llegó a Horseshoe Bend condujo la dócil canoa con el remo hasta tocar tierra con una ligera sacudida en la orilla arenosa bajo el muro de piedra. Todo le resultaba familiar, como si desde el comienzo de los tiempos esa masa imponente se reflejara en el agua verde del río a la espera de verlo arribar al fin.
Bajó y respiró la sombra y la humedad de la ribera.
Luego hizo lo que había visto muchas veces hacer a su abuelo.
Se quitó la camisa y se quedó con el torso desnudo. Rasgó la prenda, cogió una tira fina y se la envolvió alrededor de la cabeza, a la manera de los Antiguos. El sol calentaba mucho a pesar de la estación. El viento que desde siempre hacía rodar las matas y borraba las huellas de los humanos ahora corría silbando suavemente por el desfiladero. Era una voz que había querido olvidar pero que ahora escuchaba mientras le pedía coraje y una señal para seguir su camino.
Ya no era un indígena, pero tampoco era un blanco.
Solo un hombre en busca de lo que había perdido.
Desde lo alto de las rocas lo miraban los ojos de miles y miles de hombres. Eran los padres, y los padres de estos, y los padres de los padres, hasta que la mente ya perdía la cuenta. Los mismos que en su primera juventud habían iniciado la escalada de aquel muro y llegado a la cima con la conciencia de haber cogido el camino correcto para ser hombres.
Algunos no lo habían logrado y habían muerto. Pero tener coraje consiste en eso: la conciencia de que el fracaso significa de algún modo el fruto de un intento. Que a veces es mejor perderse en el camino de un viaje imposible que no partir nunca. Y que cada individuo, incluso cuando está solo, cuenta con su alma como compañera de viaje.
Levantó la cabeza y buscó con la mirada el mejor sendero.
El muro de roca era liso en su mayor parte, pero a la derecha había un trecho del que subía en diagonal el leve relieve de un saliente. Vio que aquí y allá se abrían fisuras que ofrecían asidero suficiente para intentar escalar. Se acercó, apoyó un pie y tendió un brazo. Su mano aferró una protuberancia de roca.
A partir de ese momento todo resultó fácil.
Descubrió en su interior una fuerza diferente, que parecía crecer con el aumento del cansancio y que a cada trecho ganado al muro rocoso lo incitaba a seguir ascendiendo. Sentía con el vigor del cuerpo y de la certeza que en cada apoyo para los' pies, en cada asidero para las manos, estaban las huellas de hombres suspendidos, con la misma intención, de las mismas rocas. Eran fragmentos inmóviles de una historia en continuo movimiento, testigos de una audacia antigua y en apariencia inútil. Pero indispensable para todo hombre que deseaba llegar a mirar el mundo desde lo alto con ojos nuevos.
A mitad de camino perdió un instante el apoyo de un pie, pero no la firmeza. Sus manos se aferraban con solidez, la montaña no era su enemiga. Sintió a sus espaldas y bajó él un ruido de piedras que caían rebotando contra la roca. Entendió que era solo un sonido para el silencio y no una amenaza.
Encontró un nuevo apoyo, como un hecho natural, y continuó trepando.
Frente a sus ojos estaban, para su dicha, los rostros de las personas a las que desde siempre había querido sin nunca haber llegado a comprender cuánto.
El viejo Charlie, capaz de ser lo que era. Alan, que no necesitaba escalar ninguna montaña para saber ser un hombre. Swan, que al fin lo había entendido. April, que había amado aun sin entender.
Y Seymour, su pacto con el tiempo, su pequeña inmortalidad. Cada nombre era una sonrisa, casa rostro el recuerdo de su pasada vergüenza. Pero ahora todo era distinto. Ahora sabía quién era, qué podía hacer para cerrar un círculo abierto mucho tiempo atrás y detener para siempre las huellas que se dibujaban rápidas en la tierra.
Siguió subiendo hasta que su mano alcanzó el borde y supo que lo había logrado. Con calma y sin esfuerzo retiró el cuerpo del vacío y permaneció unos segundos escuchando el latido de su corazón y el soplo jadeante de su aliento.
Cuando el cansancio fue un recuerdo y el corazón de nuevo un amigo en el pecho, se puso en pie.
Más abajo, el río corría verde como solo es posible en los sueños, entre esculturas de roca hechas de agua y de viento, ese mismo viento que apoyaba unas manos frescas en su cuerpo brillante de sudor. Allí había devuelto a la tierra las cenizas de su abuelo, había restituido a su espíritu las alas de un gran pájaro blanco que para todos era desde siempre la única certeza.
Ese era el lugar.
– Aquí estoy, bichei.
Murmuró estas pocas palabras y permaneció un instante inmóvil sobre el abismo, abierto como una invitación.
Por fin, Jim Tres Hombres Mackenzie, navajo del Clan de la Sal, se dejó pender hacia el vacío, hasta sentir que el vacío lo acogía en su no existir como a un hijo al que se ha esperado demasiado tiempo. Entonces abrió los brazos, alzó la cara buscando el cielo y se dio un leve impulso hacia delante. Cuando sus pies abandonaron la roca, su sonrisa era la de un hombre que miraba lo que tenía delante.
Y mientras volaba como nunca antes había logrado hacerlo, a la luz amiga del sol sus ojos eran del mismo color.