Stacy Lovecraft abrió la puerta de madera, salió de la casa y admiró el sol que emergía de las sombras de los pinos del lado oriental de los Peaks. Desde el interior lo siguió un agradable aroma a huevos, cebollas cocidas, tocino y pan frito. Ese apetecible perfume se perdió en el aire fresco de la mañana y fue a excitar el olfato de algún animal que anduviera por aquellos parajes. Una vez más, bendijo la elección que lo había llevado a abandonar la ciudad para establecerse en aquel sitio encantado. A su alrededor reinaba una sensación de espacio, de inmensidad, de constante presencia de Dios. Y de la gran ansia de los seres humanos que se afanaban por dejar un rastro, aun minúsculo, dispuestos a todo con tal de poder decir en presencia de la azul maravilla del cielo: «Aquí estoy. Yo también existo».
Se volvió a contemplar el lugar donde vivían él y su familia.
Había construido su primera casa sobre la nueva propiedad apoyada contra el muro de roca, con paredes de arenisca y troncos de árboles cortados por la mitad y aislados con una capa de barro. El techo, fabricado de la misma manera, estaba impermeabilizado con paja, tablones y pez. Habían elegido levantarla allí porque, un poco más arriba, un desagüe natural la protegía durante la breve estación de lluvias, al desviar hacia otro lado el agua que caía por las laderas de la montaña. Y porque al frente se desplegaba el siempre diferente espectáculo del ocaso. Una morada bastante cómoda pero provisional. Había optado por esa solución por razones prácticas. Al tener que construir solo tres lados, la casa había quedado lista mucho más rápida y fácilmente. Sin embargo, la superficie habitable no alcanzaba en absoluto a satisfacer sus necesidades, sobre todo con la inminente llegada del niño. Por el momento vivían todos apiñados en las dos estancias de las que se componía la vivienda, pero en poco tiempo ya no les resultaría posible adaptarse a las nuevas exigencias.
Del otro lado de la explanada que se abría frente a la baja construcción, Thalena, su nuera, volvía por el sendero que subía del manantial, con un cubo lleno de agua en cada mano. Aun desde esa distancia se veía el reflejo de la primera luz incierta sobre su pelo negro y brillante de guapa mujer indígena. Caminaba sin aparente esfuerzo, pese al evidente bulto del vientre, señal inequívoca de una gravidez avanzada.
Kathe, su esposa, salió del recuadro oscuro de la puerta y se detuvo un instante en el umbral. Se acercó a su marido y miró también hacia la muchacha.
Stacy adivinó qué iba a decir.
– Thalena me preocupa. Tiene la cabeza más dura que un carnero. En su estado no debería cargar tanto peso.
Stacy sonrió y le rodeó los hombros con un brazo.
– Esa muchacha pertenece a un pueblo que tiene unas costumbres demasiado diferentes a las nuestras como para aceptar ciertos consejos de una madre de Pittsburgh. Son mujeres acostumbradas a trabajar hasta el último minuto y a parir y cortar el cordón umbilical con los dientes. Si la obligáramos a hacer otra cosa se sentiría humillada.
Mientras tanto la muchacha había llegado cerca de ellos, sumida en el cono de sombra que proyectaba la montaña. El reflejo de su pelo se apagó, pero continuaron encendidas las luces de sus ojos negros como el carbón.
– De acuerdo, pero yo estoy acostumbrada a echar una mano a las mujeres embarazadas.
– Thalena, ádaa áholyá.
Kathe Lovecraft, en el complicado lenguaje de los nativos, instó a la nuera a cuidarse más. Stacy había manifestado gran sorpresa primero, y gran admiración después, por la facilidad con la que su esposa había aprendido a hablar con cierta propiedad esa lengua tan difícil. El idioma indígena se basaba, además de en las consonantes y las vocales y su pronunciación, en las entonaciones. Un tono grave o agudo al pronunciar una palabra podía cambiar por completo su significado.
La muchacha decidió entregar al menos uno de los cubos a su bizháá' ád jílíní, la madre de su marido.
– Ahéhee, Kathe. Muchas gracias.
A diferencia de la suegra, Thalena todavía no había asimilado totalmente la lengua de los blancos. Aun así, se expresaba bastante bien y su acento daba al inglés un sonido muy particular.
Las dos mujeres llevaron los cubos de agua al interior de la casa. Stacy las siguió, atraído por el incentivo de un buen desayuno.
Ya mucho antes del alba, Thalena se había levantado para comenzar a «fabricar», como decía ella en su extraño inglés, de matices disonantes pero siempre tierno y humorístico. Desde la habitación en la que dormía con Kathe y Linda, la hija menor del matrimonio, Stacy oyó el ruido de los cacharros de barro cocido en que mezclaba la harina con el agua para elaborar la masa con la que preparar el pan frito, una especie de tortilla a la manera de los navajos.
Mientras contemplaba sus movimientos delicados, no le asombró que su hijo se hubiera casado con ella, y sobre todo que se hubiera enamorado. Estaba acostumbrada a vivir en un hogan, entre las pieles de un tipi, por lo que la arquitectura cuadrada de la casa parecía encantarle, como el camino de piedra que reemplazaba el respiradero central de las construcciones indígenas. Si se hubieran quedado en Pittsburgh, a un joven como Colín no le habría costado esfuerzo alguno encontrar una novia primero, y luego una esposa. De hecho tenía ya una prometida, Lorraine Sunquist, una guapa muchacha rubia en cuyas mejillas se formaban hoyuelos cuando reía, algo que hacía con bastante frecuencia. Pero, cuando Colin le propuso que se casara con él y lo siguiera en la aventura que su familia había decidido emprender en el sudoeste, desaparecieron los hoyuelos, y luego ella.
En ese orden.
Stacy pensó que su hijo no había perdido con el cambio. Thalena era una verdadera Mujer Cambiante, como definían los navajos a la mujer ideal. En aquellas tierras donde todo era todavía un poco precario y la civilización existía más teóricamente que en realidad, cualquier mujer constituía ya suficiente regalo del destino. Muchos hombres, con tal de tener compañía en las noches frías, no se andaban con remilgos. Había llegado del este un grupo de mujeres con la cara marcada de equivocaciones poco claras. Pero por aquellos lares sobraba agua pura para lavarles cualquier mancha del pasado, siempre que ofrecieran a cambio ganas de trabajar y atender a un marido. De modo que una mujer atractiva y dulce como Thalena, con la cual compartir las emociones del corazón además de la dura vida del sudoeste, podía considerarse un auténtico milagro.
Su nuera se acercó y le puso delante un plato con huevos y pan frito crujiente, con guarnición de cebollas y tocino.
– ¿Cuándo vuelve Coly?
Stacy sonrió. Pese a las divertidas protestas de su hijo, no había forma de que pronunciara correctamente su nombre. Ahora, para todos ellos, esa pequeña distorsión sonaba como una especie de diminutivo afectuoso.
– Mañana, supongo.
Thalena asintió con la cabeza, como para asimilar mejor el concepto.
– Mañana es un buen día.
Kathe Lovecraft buscó los ojos de su marido y también sonrió. Colin había subido, con dos ayudantes indígenas, a los pastos altos. Poseían algunas vacas de raza Austin que planeaban vender al puesto de abastecimiento de Santa Fe Railway, que se encargaba de alimentar al personal responsable de los estudios topográficos para la construcción del ferrocarril.
El buen forraje de las alturas resultaba crucial para que los animales desarrollaran carne y grasa y adquirieran un buen peso para el momento de la venta. Gran parte del sustento de la familia dependía de la cría de esos bovinos. Poseían también, en un pequeño establo construido sobre el lado izquierdo de la casa, un discreto rebaño de ovejas, media docena de caballos y un par de vacas lecheras, aunque sin duda constituían la parte menos decisiva de sus ingresos.
En lo que concernía a los indígenas, la unión entre Thalena y Colin había significado para todos un auténtico golpe de suerte. Las relaciones entre las dos etnias siempre habían sufrido altibajos. Había épocas de beligerancia que desembocaban en verdaderas acciones de guerrilla y medidas de relativa represión, y otras en las que se llegaba a un estado de distensión que, con entusiasmo e hipocresía, se definía como «paz». Thomas Keam, el agente indígena, había logrado mucho en tal sentido, al solicitar al gobierno que se ampliara el territorio de la reserva hacia sectores donde resultara más fácil procurarse alimento: más abundantes en animales que cazar o menos sometidos al flujo migratorio de los saltamontes, que no dejaban más que desierto a su paso. Gracias a él, los navajos estaban alcanzando, tras un pasado de divisiones en bandos más o menos numerosos y más o menos belicosos, un sentimiento de pueblo. Episodios como la Larga Marcha y el cautiverio en Bosque Redondo hicieron que todos comprendieran que la unión significaba mayor fuerza y poder de representación.
A la luz de este cambio, Keam invocó la ayuda de Barboncito, Manuelito y Ganado Mucho, jefes reconocidos del pueblo navajo, para luchar contra los responsables de las frecuentes razias que atentaban contra el proceso de paz.
El capitán Bennett, comandante de Fort Defiance, llevó la aprobación del gobierno de Washington, que apoyó esa política mediante la autorización de un grupo de tres representantes elegidos entre las personalidades eminentes de las tribus.
Cuando Barboncito fue elegido jefe supremo de los navajos, escogió a su vez a dos vicejefes, Ganado Mucho y Manuelito, para que se ocuparan respectivamente del sector occidental y del oriental. El trío era libre de designar según su criterio a los diversos líderes de las comunidades de hogan.
Por parte del gobierno había el deseo de consolidar el sentimiento de unidad nacional y sensibilizar a los jefes, para lo cual concedió a algunos de ellos el papel de emisarios del poder federal. A principios de 1871, Barboncito murió tras una larga enfermedad, y Ganado Mucho lo sucedió en el cargo de jefe supremo. A mediados del año siguiente se constituyó un cuerpo de policía indígena, comandado por Manuelito y compuesto por ciento treinta hombres pagados por el gobierno federal.
Se propuso a un nuevo jefe, Eldero, para que ocupara el lugar de Ganado Mucho en el sector del que ya no podía ocuparse debido a su nuevo cargo. En esa agitada época de cambios, Eldero se negó a ocuparse de la vida pública y tener que colaborar con el hombre blanco. Era un individuo orgulloso, religioso y muy apegado a las tradiciones de su pueblo. Además de un gran combatiente era un «hombre del espíritu» y sentía como pocos la unión con Shimah, la Tierra, que para los nativos constituía un ser vivo, la sola y única Madre de todos. Según una antigua creencia, las gigantescas rocas que se erguían de la tierra, tortuosas y doloridas, no eran más que monstruos petrificados que poblaban el planeta desde antes de la aparición de los seres humanos. Eldero respondía ante su gente y no tenía intenciones de poner en peligro sus vidas con las incursiones que habían caracterizado los últimos años, ni tampoco -de estar en contacto directo con aquellos a los que juzgaba seres incomprensibles, a los cuales concedía escasa confianza.
Sobre la base de uno de los numerosos pactos estipulados, y con demasiada frecuencia incumplidos por ambas partes, su esposa tenía derecho a una parcela de tierra que limitaba con la de los Lovecraft. Así, Eldero, con su familia y algunos hombres leales, se retiró a vivir en el pequeño territorio que le había asignado el gobierno.
Thalena era su hija.
Stacy lo conoció cuando acompañó a Colin a solicitarla como esposa y llevarle los debidos regalos nupciales. Mientras la mujer de Eldero observaba complacida un collar de perlas que había pertenecido a la madre de Kathe y las mantas mullidas características del Este, el viejo apenas echó una ojeada a los dos caballos y las ovejas que los dos hombres blancos habían transportado hasta la vivienda de los indígenas, detrás del pequeño grupo de hogan.
Se quedó sentado en un tronco ante la puerta de su casa, la más grande, construida con gran esmero, como correspondía a un jefe. Junto a él un perro de pelaje amarillo se hallaba acurrucado como si con el tiempo hubiera adquirido el mismo carácter del dueño.
Siguiendo las reglas, Thalena no estaba presente.
Stacy dejó el grupo de las mujeres y se acercó a él. Se miraron durante un instante, y al fijar los suyos en esos ojos negros y profundos experimentó una sensación de vértigo que siempre se repetiría cuando se encontraba en su presencia. No transmitía amenaza ni peligro, solo la impresión de que las huellas que aquel hombre dejaba en la tierra eran distintas, como si comprendiera mejor que los demás el sentido de todo lo que lo rodeaba y gozara del privilegio de llevar dentro de sí la mejor manera de formar parte de ello.
Eldero le indicó con una seña que se sentara sobre el tronco, a su lado.
– Tu hijo pretende a Thalena.
No fue una pregunta, sino una afirmación. Stacy comprendió que en ese momento la diplomacia estaba de más. No sería un medio para comprar o vender, como tampoco servirían los regalos. Solo valía la verdad, porque intuía que, de lo contrario, Eldero lo percibiría.
– Mi hijo dice que Thalena puede ser una buena esposa.
– Podría comprar una buena esposa a los comerciantes mexicanos, si quisiera.
– Mi hijo no quiere una buena esposa cualquiera. Quiere a Thalena.
Stacy encontró ante sus ojos otros ojos ardientes que lo miraban fijamente, ocultos tras una maraña de arrugas.
– ¿Por qué?
– Mi hijo ama a Thalena.
Eldero se acomodó sobre los hombros la suntuosa manta de jefe que lo protegía, tejida por las mujeres de su tribu en los tradicionales colores rojo, azul, índigo, negro y blanco, adornada en el centro con un motivo en forma de rombo y triángulos en los cuatro lados.
Hablaba de ellos como si se tratara de otros.
– ¿Y Thalena ama a tu hijo?
– Sí.
Fue la única vez que Stacy vio en su semblante algo que podía asemejarse a una sonrisa.
– El amor está hecho de lluvia. Solo el viento sabe cuándo y dónde puede llegar. Pero si la Tierra ama a los hombres sin pedir nada a cambio, entonces tu hijo, sobre esta misma Tierra, puede amar a Thalena.
Stacy quedó impresionado por la simplicidad y la profundidad de aquella fe. Y supo que la conversación había concluido. Ese hombre que lograba convertir el sometimiento en paz había aceptado a Colin como marido para su hija.
Se pusieron de pie. Eldero era algo más bajo, pero Stacy se sentía más pequeño, lo veía alzarse sobre él y sobre todo lo que había a su alrededor, como los Peaks. Se volvió hacia el perro y el animal se levantó y se puso a su lado. Stacy pensó que había reaccionado como si su dueño le hubiera dado una orden en voz alta.
Sin embargo, no había emitido sonido alguno.
Eldero paseó la mirada por el campo, absorto. Por un instante Stacy tuvo la impresión de que intentaba comunicarse con él del mismo modo que con el perro. Luego le habló, y Stacy pensó que esa habría sido exactamente la voz de la Tierra, de haber podido hablar a los humanos.
– ¿Cómo te llamas?
– Stacy Lovecraft.
– Eres un hombre sincero, Stacy Lovecraft. Y también lo es tu hijo.
– ¿Cómo lo sabes?
Dos sílabas, secas, precisas, sin presunción. Como si no pudiera ser de otra manera.
– Lo sé.
Y Stacy no tuvo la menor duda de que así era.
Después, Colin y Thalena se casaron y, gracias a esa unión, nunca más tuvieron ningún problema con los indígenas. Los dos grupos vivían en buenas relaciones, sin invadir ninguno de ellos el espacio del otro. Algo más allá de los límites de las dos parcelas, Stacy tenía un manantial en su terreno, y permitió el acceso a Eldero para que bebieran allí sus animales. En esa zona, poseer agua era un privilegio para cualquiera, pero sobre todo para los indígenas, pues se trataba de un derecho que a menudo se les negaba. El gesto de Stacy causó una óptima impresión en los miembros de la pequeña comunidad de nativos.
Por su lado, la influencia de Eldero les evitó todo tipo de molestias. En una ocasión, tres jóvenes navajos exaltados entraron en la propiedad de los Lovecraft y robaron media docena de ovejas y dos caballos. Un par de días después se presentaron a devolverlos, al tiempo que pedían disculpas y trasmitían los saludos del jefe.
Ahora, Stacy estaba terminando su desayuno, cuando Linda salió del dormitorio. Aunque ya estaba vestida, todavía se restregaba los ojos. Como se había levantado durante la noche para ordeñar las vacas, Kathe le había permitido que durmiera un poco más que de costumbre. En esa casa, el alba sorprendía a la familia Lovecraft ya en pie.
– ¿Qué hora es?
– Hora de que desayunes, Bella Durmiente del Bosque.
– ¿Por qué no me has despertado antes?
– ¿Cómo? Dormías tan profundamente que no lo he logrado. Solo soy tu padre, no el Príncipe Azul.
Mientras se acercaba a los tablones que constituían la mesa, Stacy miró con afecto a su hija menor, que era una fiel copia de su esposa. La semejanza entre ellas se limitaba, sin embargo, a su aspecto físico. En cuanto a carácter, en cambio, se parecía mucho más a él que Colin. Su primogénito, el hijo varón, representaba para él el orgullo y la certeza de la continuidad. Linda, por su parte, significaba la extensión de la ternura que experimentaba por la madre.
Después del traslado desde la ciudad, había seguido con ansiedad las fases de su adaptación a esa nueva vida. Linda reaccionó de un modo que, aún ahora, sorprendía a Stacy. La hija amaba y estaba deslumbrada por todo lo que la rodeaba, y no pasaba día en que no lo hiciera partícipe de algún nuevo hallazgo.
Thalena hizo ademán de levantarse para ir a llevarle la comida. Linda debió de seguir el mismo hilo de pensamiento que la madre, ya que posó una mano en el brazo de su exótica cuñada, para indicarle que permaneciera sentada.
– Quédate donde estás, mamá. Puedo hacerlo sola. Si se entera de que me sirves tú no habrá quien aguante a Coly cuando vuelva.
La relación entre las dos muchachas fue estupenda desde el comienzo. Thalena estaba fascinada por el pelo rubio de Linda. A menudo, a la hora que precedía al crepúsculo, se sentaban fuera de la casa y la joven indígena le aplicaba un bálsamo que extraía de las hierbas del bosque. Luego se lo peinaba largo rato, con delicadeza, como si fuera un bien precioso al que dedicar los mayores cuidados.
Linda estaba sirviéndose los huevos cuando llegó de fuera el relincho de un caballo.
Stacy frunció la frente ante la expresión de sorpresa de las mujeres. Era bastante improbable que fuese Colin, cuyo regreso se preveía para el día siguiente.
Se levantó de la mesa y se dirigió hacia la puerta. Se detuvo en el umbral para observar a los recién llegados.
Cuatro hombres a caballo salidos del bosque atravesaban el tramo despejado en dirección a la casa. No ocurría con frecuencia que la familia recibiera visitas, aunque de vez en cuando alguien que pasaba se dejaba tentar por el humo que salía de la chimenea y la promesa de una taza de café caliente.
Se quedó de pie, a la espera de que los visitantes se aproximaran. Thalena salió también, seguida por Linda, y se pusieron a su lado. Stacy sabía que Kathe había cogido el Winchester Yellow Boy que estaba colgado encima de la precaria repisa de piedra del hogar, y que desde dentro controlaba la situación.
Estaba tranquilo. Por la manera en que se acercaban, no parecían personas en busca de problemas. En todo caso, Kathe ya había demostrado un excelente dominio del arma y ningún escrúpulo en usarla en caso de necesidad.
Ahora que se hallaban cerca, Stacy podía verles la cara. Tres eran blancos, y el cuarto, un indígena, probablemente un hopi. De mediana edad, en la medida en que resultaba posible calculársela. Iba vestido a la manera de los blancos, con una chaqueta de terciopelo muy gastada; por debajo del sombrero adornado con una pluma sobresalían unos mechones de pelo canoso. Incluso desde esa distancia podían distinguirse en sus mejillas las cicatrices de la viruela.
Aunque en la funda de la montura cargaba un Sharps 45, llevaba en bandolera un arco y unas flechas. Stacy sabía que, a pesar del contacto con las armas de fuego, los indígenas seguían prefiriendo, en muchas ocasiones, las armas de sus ancestros. Sobre todo cuando el estrépito de un disparo podía alertar a las víctimas, humanas o animales.
El hombre que cabalgaba a su lado también iba armado. Por la montura asomaba la empuñadura de un arma que parecía un Henry, y en la funda sujeta al costado cargaba una Remington Army 44. Una buena pistola, muy eficaz. Y ese viajero mostraba la actitud del que sabe usarla. Pese al aire fresco, iba en mangas de camisa y con la cabeza descubierta. Sobre la espalda, atado con una correa de cuero, le colgaba un sombrero negro con adornos de plata.
Aunque actuaban con aparente indiferencia, Stacy juzgó enseguida que eran dos tipos peligrosos.
Los dos hombres blancos no estaban armados. De rostro más bien anónimo, no parecían particularmente resueltos. En comparación con los otros, daban también una impresión de mayor limpieza, menos descuidada. Tal vez no portaban armas porque se sentían suficientemente defendidos por la presencia de sus compañeros de viaje.
El hombre sin sombrero condujo casi hasta la casa el ruano que montaba. Los otros se detuvieron unos seis metros detrás, en actitud de espera. Cuando pudo verle bien la cara, Stacy observó que era más bien joven: la distancia y la barba oscura lo habían engañado. Tenía ojos hundidos y recelosos. Una cicatriz cruzaba la parte de la mejilla no cubierta por la barba. Pensó que tal vez se la había dejado crecer para tratar de ocultarla.
Pese a la sensación de inquietud, se esforzó por mostrarse cordial con el extraño.
– Buenos días. Soy Stacy Lovecraft. Si quieren ustedes dar de beber a los caballos, allí detrás hay un manantial. Si les apetece una taza de café, tenemos un poco recién preparado, todavía caliente.
El hombre sin sombrero no consideró oportuno presentarse. Señaló con la cabeza a Thalena.
– ¿Es tu esposa?
Su voz fría, desagradable, recordó a Stacy el ruido de una lima al raspar el hierro. Trató de responder en tono normal.
– No, es mi nuera. La esposa de mi hijo, Colin.
– ¿Es un squaw man?
Lo preguntó en un tono que no conseguía disimular un ligero matiz de desprecio. Los squaw men eran una categoría social muy desacreditada: los blancos a quienes la comunidad acusaba de haberse casado con mujeres indígenas para echar mano de las tierras que los pactos habían asignado a los nativos.
Y en la mayoría de los casos tal acusación respondía a la realidad.
– No. Esta propiedad es mía. Esta es mi hija, Linda, y esta es Thalena, mi nuera e hija del jefe Eldero.
Pronunció estas palabras con voz bastante alta como para que lo oyera el hopi. Las relaciones entre hopis y navajos no eran idílicas, pero el nombre de un personaje como Eldero causaba siempre una fuerte impresión. Como única respuesta el indígena hizo un leve gesto afirmativo. Su expresión no cambió, pero esa seña de la cabeza indicaba que había asimilado la información.
El hombre sin sombrero se levantó en la montura y echó una ojeada a su alrededor. Cuando volvió a mirar a Stacy, parecía satisfecho con el examen.
– Hummm… Bonita propiedad. Tanta tierra para un solo hombre… Demasiada, tal vez…
– Escuche, joven. No sé quién es usted, ni me interesa. Y tampoco me interesa saber qué ha venido a hacer a este lugar. Si no necesitan agua para los caballos, lo único que deseo es que den la vuelta y se marchen de mi propiedad. Y olvídese de la invitación al café.
El hombre sin sombrero se permitió un esbozo de sonrisa, en el que aleteaba una sutil mofa.
– Conque nada de café, ¿eh?
Guardó un instante de silencio, como si reflexionara. Luego, con gesto casi distraído, llevó la mano a un costado y la apoyó en la funda del arma.
– ¿Y si de todos modos quisiéramos ese café?
– No cre…
El ruido de un disparo interrumpió la respuesta de Stacy. Una nube de polvo se levantó ante las patas del ruano. La bala rebotó y se perdió a la derecha, seguida por un fuerte silbido.
Kathe salió de la casa, con el Winchester en los brazos, todavía humeante. Sus ojos despedían relámpagos. El hombre sin sombrero se encontró mirando de cerca la boca del cañón, que apuntaba a su cabeza.
– Si de todos modos quieren ustedes ese café, a varias millas de aquí hay una ciudad en la que podrán conseguir lo que deseen.
El hombre sin sombrero no mostró la menor impresión. Ni siquiera lo hizo su caballo, al oír el estrépito del disparo. En sus ojos no había miedo, solo un vacío que daba escalofríos.
– Muy bien, señora. Veo que en este lugar los forasteros no son bienvenidos. Así que creo que ya nos lo hemos dicho todo.
Hizo girar el caballo, en ademán de marcharse. Los otros entendieron que la visita había concluido y lo imitaron. Solo el indígena no volvió su cabalgadura, sino que la hizo retroceder de frente, para no ofrecer la espalda al fusil.
– No, joven. No nos lo hemos dicho todo.
El hombre sin sombrero se quedó un instante perplejo. No contestó, pero pidió explicaciones elevando una ceja en gesto interrogativo.
– Es de buena educación, delante de las damas, presentarse diciendo el nombre.
El hombre sin sombrero sonrió. Una sonrisa tensa, que mostró unos dientes estropeados de mascar tabaco.
Stacy, de una manera que quizá había aprendido de Eldero, sintió que aquel era un ser malvado.
– Es cierto, soy un verdadero maleducado.
Hizo una pausa, como meditando qué definición dar de sí.
– Mi nombre…
Tendió una mano hacia atrás y se colocó en la cabeza el sombrero negro con adornos de plata. Luego su sonrisa se amplió, como si hubiera decidido hacer una buena broma.
– Le diré cuál es mi nombre. Me llamo Wells, señora. Jeremy Wells.
Giró el ruano y se reunió con sus compañeros de viaje. Stacy y su familia siguieron a los cuatro con la mirada hasta que penetraron entre los árboles que limitaban con el bosque y desaparecieron de la vista. Aun así persistió en Stacy la clara sensación, incluso mucho rato después de que se alejaran, de que algo maligno había quedado flotando alrededor de su casa.
– Ésta no es en absoluto una buena noticia. Y si no lo es para mí, tampoco lo será para usted…
Las palabras y la mirada de Clayton Osborne dirigidas a su interlocutor no dejaban lugar a dudas. El hombre sentado con expresión de hastío en su incómoda silla en una habitación de la parte posterior del Big Jake's Trade Center no se alteró ante la velada amenaza.
Se llamaba Fabien Leduq y era ingeniero civil. Los ojos y la tez claros y el pelo de un castaño casi rubio daban un aire albino a su aspecto. Vestía ropa cómoda, pero con cierta afectación típicamente europea. Con fuerte acento francés, su inglés tenía un claro origen anglosajón, todavía no contaminado por el sonido nasal y las diversas influencias lingüísticas del inglés estadounidense.
Del bolsillo interior de la clara chaqueta extrajo una elegante petaca de piel. La abrió y sacó un cigarro negro, largo y delgado. Lo encendió y soltó el humo mientras miraba a su alrededor con aire desdeñoso. Bebió con evidente renuencia un sorbo del vaso de whisky que sostenía en la mano.
Fabien Leduq detestaba aquel lugar en el que Clay Osborne se obstinaba en citarlo.
Era una suerte de barraca que estaba en el límite de la decencia, no solo para sus gustos sino para cualquiera que tuviera una pizca de sentido del decoro. El hombre apodado Big Jake la había construido, sin ningún cuidado con su apariencia, a más de una decena de kilómetros de ese otro grupo de chabolas que en el entusiasmo general habían bautizado «New Town». El Trade Center se hallaba en una posición estratégica, pues servía como centro de intercambio comercial para una zona de cerca de cincuenta kilómetros a la redonda. En BIG Jake, según rezaba el cartel, se podía hacer de todo, intercambiar de todo y, con el debido preaviso, encontrar de todo. Sin embargo, en general lo que más abundaba eran las bebidas alcohólicas y los artículos de primera necesidad: semillas, herramientas, harina, judías, tocino, pemmicam, armas y municiones. Una vez cada dos meses un par de putas subían desde Fort Defiance acompañando las provisiones de reabastecimiento y se quedaban el tiempo necesario para atender a todos los solteros de los alrededores. Alguna que otra vez había ocurrido que alguna de esas mujeres recibiera una propuesta de matrimonio de algún cliente y se convirtiera en ciudadana permanente de la región.
Una de ellas era Bess, la esposa de Big Jake.
Leduq se levantó y se acercó a Osborne, que estaba mirando algo por la ventana, tan sucia que el panorama parecía envuelto en niebla. Un par de moscas se paseaban por el vidrio, indiferentes a las cuestiones humanas.
– Imposible hacerlo así. Quizá yo tenga cierta influencia, pero no puedo llegar al extremo de hacer desviar el curso de un ferrocarril. Ni ahora ni nunca. Piénselo.
Clay Osborne se enfrentó a él con expresión belicosa.
– Pero ya han hecho un desvío. ¿O no?
– Por supuesto que sí. Pero creo que este no es un buen momento para proponer otro cambio. El consejo de administración ha tomado esta decisión sobre la base de los nuevos estudios que han solicitado de fuera. Incluso es posible que surjan sospechas acerca de mí y de nuestros acuerdos. Por eso no considero oportuno presionar mucho por este lado.
– Hace años que trabajo en esta idea. Me he adueñado de todas las tierras que usted me ha ido indicando. ¿Y ahora me dice que el ferrocarril pasará por otra parte?
Leduq le habló con la paciencia que se emplea con un niño porfiado. Para dejar bien clara de una vez por todas su postura en aquel asunto, explicó una situación que Osborne conocía de sobra.
– Este proyecto surgió hace unos quince años. Los ingenieros que me precedieron cumplieron con la tarea, encargada por Santa Fe Railway, de planear una línea de ferrocarril que siguiera el paralelo 35. Sobre el mapa hicieron un buen trabajo, pero un poco apresurado, diría yo, ya que no efectuaron reconocimientos sobre el terreno. Entonces, llegado el momento de poner manos a la obra, al hacer una inspección más precisa de la zona ha resultado que el desnivel del terreno es tan pronunciado que modificarlo resulta económicamente imposible. Por lo cual es mucho más conveniente desviar el curso hacia el este. Donde, además, desde un punto de vista morfológico el proyecto sería mucho más fácil de realizar.
Clayton Osborne era un hombre muy hábil para los negocios, pero carecía de la instrucción más elemental. Solía tener problemas para asimilar las palabras que sonaban difíciles. El término «morfológico» lo ponía de mal humor y lo predisponía de modo negativo hacia su interlocutor, que exhibía la superioridad de sus conocimientos al tiempo que destacaba la ignorancia de él.
– Lo único que sé es que yo, ahora, me encuentro con que soy propietario de unos terrenos que no me sirven para nada.
Con gesto distraído, Leduq molestó con la punta encendida del cigarro a una de las moscas que se entretenían sobre el vidrio. El insecto voló apenas sintió la cercanía del calor.
– Pasarán por lo menos cinco o seis años hasta que la línea que está construyendo Santa Fe Railway llegue hasta aquí. Gracias a mí, está usted al tanto de informaciones reservadas, a las que nadie más tiene acceso. Dispone de mucho tiempo para trazar un nuevo plan de acción y ponerlo en marcha.
Osborne guardó silencio, al tiempo que trataba de ver a través de la ventana opaca. Muy probablemente sus ojos se fijaban en todo y en nada mientras maquinaba su contraataque.
Desde su primer encuentro, el ingeniero Leduq había aprendido a no subestimar el cerebro de aquel hombre. Era ignorante como un cubo de estiércol, pero poseía una innata y envidiable capacidad estratégica. Su aspecto ordinario podía engañar, pero no era más que otra de sus armas. De los propietarios de tierras y los especuladores con los que él trataba, era sin duda el menos agraciado físicamente, pero el que tenía más agilidad mental.
Leduq se había mudado de Europa a Estados Unidos por un problema vinculado con deudas de juego contraídas con cierta ligereza y sin ninguna posibilidad de poder pagar. Era un hombre atractivo, que cautivaba a las mujeres del lugar con su encanto europeo. Había conseguido, por intermedio de una amiga a la cual atendía bien, entrar en contacto con el consejo de administración de Santa Fe Railway y los responsables de la construcción del ferrocarril; uno de ellos era, además, el marido de ella. Le habían dado el cargo de supervisor logístico del territorio y, de acuerdo con su superior, se había puesto en contacto con las personas adecuadas que vivían en las tierras por las que pasarían las vías. Poseía informaciones confidenciales que habrían permitido, a cualquiera que tuviera acceso a ellas, ganar sumas muy importantes.
Ese acceso era lo que vendía Fabien Leduq, y a un precio muy elevado.
No sabía si el ferrocarril llevaría prosperidad y riqueza a aquel territorio olvidado de la mano de Dios, lleno de gente tosca y de esos horribles indígenas, pero a él le estaba llenando los bolsillos.
Clayton Osborne salió de su silencio y pronunció de repente un nombre.
– Arny.
Leduq se quedó perplejo.
– ¿Arny qué?
Osborne meneó su gran cabeza y habló sin mirarlo, como si en realidad estuviera pensando en voz alta.
– Thomas Keam ha hecho un buen trabajo. Demasiado. Por aquí todo está pacífico gracias a él. Reina una calma que no permite ninguna libertad de movimiento. Se necesitaría un agente indígena un poco más enérgico y un poco más…
Se interrumpió un instante. Leduq no sabría nunca qué «poco más» debería ser el agente indígena ideal. Luego Osborne se dirigió de nuevo a su interlocutor, como si solo en ese momento hubiera reparado en su presencia. Hablaba con rapidez, nerviosamente, como si las ideas que se agolpaban en su cabeza fueran más veloces y apremiantes que su capacidad de expresarlas.
– He conocido a un tal Arny, en Fort Defiance. William o Wilton, no recuerdo. Se hace llamar «mayor», pero en realidad se cree un misionero y está firmemente convencido de que Dios lo ha enviado a estos parajes para redimir todos los pecados del sudoeste. Está convencido de que los indígenas son los pecadores más obstinados y los más necesitados de la intervención divina. Una especie de profeta, en suma. De cualquier modo, todo esto no le impide ser sensible a las lisonjas del dinero. Muy sensible…
– Me parece haber entendido que usted ya sabe dónde recurrir.
La voz de Osborne provenía de un mundo de maquinaciones y avidez al que nadie podía acceder.
– Pues claro que sí. Siempre trato de actuar de tal forma que nada pueda sorprenderme. Trabajaré en esa dirección. Y en otra, mucho más inmediata. En este momento tengo a un hombre que se está ocupando de ello.
El tono del ingeniero sonó decididamente más aliviado. Su gallina de los huevos de oro no dejaría de incubar sus preciosos polluelos.
– Bien, creo que esto es todo. Me despido, señor Osborne. Si me necesita usted, ya sabe dónde encontrarme.
Sin volverse, el hombre, que estaba inmerso en sus pensamientos frente a la ventana, hizo un rápido gesto de saludo con la mano. Oyó los pasos de Leduq que se alejaban, el ruido de la puerta que se abría y se cerraba. Permaneció inmóvil hasta que vio a través del cristal que montaba su caballo. Se apartó de la ventana y fue al centro de la estancia. El suelo de madera resonó bajo las botas de tacón, pero él no lo oyó. Los proyectos y las ambiciones se agolpaban en su cabeza, cada uno alimentado por los demás.
Cuando llegara el ferrocarril, esas cuatro chozas que ahora llevaban el nombre pomposo de New Town se transformarían en una verdadera ciudad. Y cuando terminaran toda la línea, se convertiría en un centro de primera importancia. Osborne sabía muy bien cómo funcionaban las cosas. Ya había sucedido otras veces. En primer lugar llegarían los colonos, gente desesperada sin ninguna perspectiva ni pasada ni futura, en busca solo de un pedazo de tierra fértil para cultivar y sudar a la espera de una cosecha abundante. Para muchos de ellos, la única tierra que llegarían a poseer sería el metro cuadrado en que los sepultarían. Los supervivientes se marcharían, impulsados por una ilusión que solo el mar podía detener y apagar.
Estás rió eran tierras aptas para la agricultura, pero había abundantes pastos verdes. Acudirían criadores de ganado que se establecerían y comenzarían a utilizar el ferrocarril para su actividad. Y entonces New Town se convertiría en un óptimo negocio para el hombre que hubiera tenido la habilidad de ser su dueño.
Y ese hombre quería ser él, Clayton Osborne.
Sin embargo, ahora, entre él y su proyecto se interponían ciertas personas, los dueños de las tierras en las cuales debería desarrollarse aquello que, en su mente, él llamaba «Osborne City».
Ese Lovecraft, por ejemplo, y ese maldito Eldero con sus indígenas.
Terminó su bebida de un sorbo y dejó el vaso en la desvencijada mesa situada bajo la ventana. Como una reacción simultánea a su gesto, se abrió la puerta y entró Bess, la dueña de la casa. Una mujer ya no tan joven, de pelo teñido y cuerpo con tendencia a desbordar, pero con una vitalidad en la mirada que la hacía muy atractiva.
– ¿Estás solo?
Osborne no respondió. Señaló con un gesto la estancia vacía para subrayar lo evidente.
La actitud de la señora Big Jake cambió de repente. Se volvió persuasiva, sugerente, al tiempo que empleaba un tono de voz que lo prometía todo.
– Entonces puedo quedarme unos minutos…
Atravesó la habitación con actitud desenvuelta y unos movimientos sensuales que a pesar de su físico no resultaban ridículos. Sin dejar de mirar a Osborne a los ojos, llegó a la mesa y se sentó encima. Se levantó la falda y estiró las piernas. De la sobria tela emergió el pubis peludo y la franja de piel blanca de sus piernas rechonchas que dejaban libre las medias.
Osborne sintió en la garganta un nudo que no habría podido bajar con ayuda de ninguna bebida.
– ¿Y tu marido?
– Mi marido sabe que cuando tú andas por aquí debe quedarse en su sitio.
Abrió del todo las piernas y con las manos le pidió que se acercara.
– Ven y móntame.
Clayton Osborne sintió en los pantalones el estremecimiento de una erección. Esa mujer tenía el don de excitarlo como ninguna. Tenía fuego entre los muslos, pero sabía utilizar las palabras tan bien como la mano y la boca, o mejor aún.
Se desabrochó el cinturón, se aflojó los pantalones y avanzó unos pasos apresurados. Apenas tuvo tiempo de bajárselos, que ya alcanzaba su meta entre las piernas de la mujer. Bess cogió su miembro con la mano y lo guió hasta su interior. La notó mojada de deseo, lo que aumentó aún más su excitación. Mientras empezaba a moverse, ella se aferró a su cuello.
– Ay, sí, Clay, házmela sentir.
Fue un momento breve, rápido, esencial, sin respeto. Como debía ser.
Luego Osborne lanzó un grito semejante al de una bestia herida y derramó en ella todo lo que tenía dentro mientras la mano de Bess descendía, sabiamente, a masajearle en los testículos. Se apartó de pronto, con la sensación de que las piernas no le respondían.
– Por todos los santos, Bess, yo…
La mujer le apoyó un dedo sobre los labios.
– Chis… No digas nada.
Sacó un pañuelo del bolsillo del delantal y se lo pasó con un gesto descarado entre las piernas, para enjugarse. Sus ojos no se habían apartado de los suyos ni por un solo instante. Osborne, estremecido, se sintió de repente recuperado y listo para una segunda vuelta.
Con una sonrisa, Bess se dio cuenta y frenó sus ardores.
– Ahora no, Clay. Debo irme.
Bajó de la mesa y se arregló. En su cara no quedaba rastro de lo que acababa de ocurrir. Fue hasta la puerta y la abrió con despreocupación, pero antes de marcharse le dirigió una sonrisa picara.
– Vuelve pronto a verme.
Mientras la puerta se cerraba, Clayton Osborne se dio cuenta de que, desde el comienzo de la relación, no se habían besado ni una sola vez.
Se acomodó la ropa un poco y salió por la puerta de atrás, sin preocuparse por ir a saludar a Big Jake. Un poco por vergüenza y un poco por jactancia. Con el dinero que le dejaba cada dos meses por sus provisiones, ese hombre podía aceptar tanto los cuernos como aquella pequeña descortesía.
Fuera lo esperaba Doug Collier, su ayudante. Cuando lo vio salir liberó los caballos del poste al que estaban atados. Montó el suyo y llevó por las riendas el del jefe hasta la entrada. Era alto y delgado y llevaba un sombrero de ala dura. Vestía pantalones de trabajo con los protectores de piel que usaban los vaqueros.
– ¿Vamos a casa?
– No, tenemos otro compromiso, en Pine Point.
Quedaba a pocos kilómetros. Era una pequeña colina que se caracterizaba por la presencia solitaria de un gran pino en la cumbre, un punto de referencia exacto para los hombres de la zona y a menudo un lugar de encuentro.
Osborne subió al caballo con cierta dificultad. Se dijo que ya no tenía edad para montar una mujer y poco después un caballo. Con una ligera languidez residual en el estómago al pensar en Bess, espoleó al animal y, seguido por el otro, salió al trote corto, dejando atrás el Big Jake's Trade Center y a su fogosa dueña. Avanzaron en silencio, el uno junto al otro. Collier había aprendido a conocer las expresiones de su patrón y sabía que en determinadas situaciones no convenía hablarle. En el mejor de los casos, no contestaría.
En su momento no había dado mucho crédito a lo que se comentaba acerca de Osborne. Contaban que había acumulado una verdadera fortuna durante la guerra de Secesión comerciando con idéntica pasión patriótica tanto con los sureños como. con los norteños, vendiendo a las dos facciones en lucha todo lo que era posible vender, información incluida. Al final de la guerra, con independencia de quién venciera, él habría ganado. Se decía que era un hombre codicioso y carente de escrúpulos. Pero, por otra parte, ¿quién no lo era, en esos parajes? Collier era un individuo capaz, según le conviniera, de creer en todo o no creer en nada. Desde que trabajaba para Osborne siempre se sentía bien. Cobraba con puntualidad su generoso salario, además de la comida y el alojamiento, como habían acordado. Por lo demás, su manera de pensar podía resumirse a que todo lo que sucediera a un palmo de su culo no le concernía.
Tal vez por eso todavía continuaba vivo.
Y planeaba seguir así el mayor tiempo posible.
Cuando llegaron a Pine Point, las personas con las que debían encontrarse ya los esperaban.
Collier sentía curiosidad, pero no lo dejó entrever. Mientras se aproximaban al árbol que dominaba la pequeña altura donde los aguardaban dos hombres a caballo, reconoció al indígena. Había oído hablar de él y sabía que en Cañón Bonito había matado él solo a tres hombres que lo habían molestado. Sabía que lo llamaban «One Feather», porque solía llevar un sombrero adornado con una pluma de águila, y que era hopi. Lo había visto un par de veces por aquella zona, y su cara inexpresiva le había provocado escalofríos. Por lo demás, no sabía mucho y no creía querer saber más. El otro hombre no le resultaba conocido, pero por la compañía que había elegido y por la manera como llevaba el arma en la funda sujeta al costado no debía de ser precisamente un santo.
Era joven, tenía barba y su expresión era la de alguien que cuenta ya más de una muesca en las cachas de la pistola. Cuando detuvieron los caballos frente a ellos, fue él quien se dirigió a Osborne.
– Buenos días, Clay. El jefe mostró cierta impaciencia.
– Wells, debo recordarte que para ti soy siempre y solamente el «señor Osborne». Si sabes mantenerte en tu lugar, iremos bien. Yo pido y pago, y tú haces. En lugar de expresarte con una confianza que no te está permitida, dime si has hecho todo lo que te he pedido.
El hombre montado a caballo, el llamado Wells, no respondió a la reprimenda. En todo caso, no pareció muy impresionado.
– No, señor Osborne.
Imitó la voz del otro al pronunciar la última parte de la contestación, para exclusivo beneficio de su interlocutor. Ahora exhibía una sonrisa que lo enfadó.
– ¿Y por qué?
Wells se encogió de hombros.
– No ha sido posible. Al parecer, los Lovecraft son una familia tranquila pero muy decidida. Los hombres que usted mandó, los que me acompañaron, se lo pueden confirmar.
– ¿Dónde están Lewis y Colman?
– Les he dado permiso para que se fueran.
Osborne se quedó un momento perplejo antes de estallar, como si no creyera a sus oídos.
– ¿Que… les has dado… qué?
Wells se mantuvo impasible.
– Ha oído usted bien. Los he dejado libres. Para nuestra charla prefiero no contar con demasiados testigos. Creo haber entendido lo que tiene usted intenciones de hacer, y se me ha ocurrido una idea mejor.
Osborne sintió que por dentro crecía su ira. Su voz se volvió estridente al subir de tono.
– Tú no debes tener ideas. No te pago para pensar, sino solo para obedecer mis órdenes.
El otro calló un instante, pensativo, reflexionando.
– Ya. Usted no quiere gente que piense. ¿Es por eso que anda con esa especie de mono que monta a su lado?
Todo ocurrió a tal velocidad que Osborne solo consiguió darse cuenta cuando el cuerpo de Collier cayó a tierra con una mancha de sangre que se ensanchaba sobre la camisa. Un segundo antes, apenas había adivinado con el rabillo del ojo el movimiento de su ayudante en el intento de sacar la pistola. No llegó a ver el arma de Wells, tan rápido había sido. Oyó el estrépito. Luego, una nube de humo y el olor penetrante de la pólvora.
Cuando el humo se disipó, Wells continuaba sentado tranquilamente en su caballo, la pistola de nuevo en la funda. Lo único diferente era que había el cuerpo de un hombre en el suelo y que su montura vacía estaba manchada de sangre.
Wells se mostraba relajado como si acabara de beber un buen vaso de cerveza fría. Osborne, todo lo contrario. Como le ocurría siempre ante un muerto.
– ¿Ve usted, señor Osborne, como en definitiva acabo de ganarme mi salario?
El hombre de hielo ostentó el tono exagerado de un niño satisfecho tras cumplir con sus tareas.
– Hoy, usted me había ordenado matar a un hombre. Y yo lo he hecho.
Señaló con la cabeza el cadáver de Collier. La sangre se esparcía alrededor del cuerpo tendido sobre un costado y teñía de rojo las agujas de pino.
– Con esto quedamos en paz.
Clayton Osborne conocía a los hombres y conocía a los asesinos a sueldo como Wells. Por suerte tenía un plan bien claro en la cabeza, de lo contrario en aquel momento los cadáveres habrían sido dos.
Así que se decidió a iniciar la inevitable negociación.
– ¿Qué quieres, Wells? ¿Más dinero?
– No. O por lo menos no quiero los cuatro dólares que piensa ofrecerme…
Dejó un instante de suspense.
– Como le he dicho, usted tiene un problema y yo tengo la solución. Y estoy seguro de que le parecerá brillante.
Osborne soltó un suspiro de alivio. El hombre no iba a matarlo. No aquel día, al menos. Al fin y al cabo se trataba, como siempre, de una cuestión de dinero.
– ¿Cuánto me costará?
Wells respondió con un conciliador encogimiento de hombros. Su actitud despreocupada no coincidía mucho con el hecho de que acababa de asesinar a un hombre.
– Ah, no se preocupe. Ya encontraremos una manera de ponernos de acuerdo.
– ¿Qué significa «ponernos de acuerdo»?
En la boca de Wells surgió una sonrisa que pretendía ser ingenua pero que en cambio puso la carne de gallina al pobre señor Osborne.
– Significa que a partir de hoy somos socios a partes iguales, amigo mío. ¿Ahora puedo llamarte Clay?
Mientras la sonrisa de Jeremy Wells se hacía más amplia, Osborne se dio cuenta de que en todo ese tiempo el indígena llamado One Feather no había movido un solo músculo del rostro.
Colin Lovecraft condujo el caballo cuesta abajo con toda la prudencia posible. Equilibró el peso del cuerpo sobre la silla para permitir a su cabalgadura encarar del mejor modo el escarpado descenso. La senda que bajaba de los pastos altos por el lado sur del Humphrey's Peak era mucho más practicable, pero también mucho más larga. Bajar por este otro lado constituía una imprudencia, pero le haría ganar por lo menos tres horas.
En el despeñadero, que ahora se extendía en diagonal, crecían unos pocos y endebles arbustos de rosas silvestres y caoba de montaña que encontraban en las grietas de las rocas la tierra necesaria para arraigarse. Algo más adelante, al final de una formación natural semejante a un sendero excavado por el agua y la erosión del viento, la vegetación del bosque volvía a tomar posesión de su territorio tras aquella interrupción yerma y pedregosa del paisaje.
Colin amaba todo lo que lo rodeaba.
Los árboles, el sol, el cielo, el perfume húmedo de los pinos, la luz y las sombras que se proyectaban sobre la tierra y la vida, buscar y descansar con igual fuerza. La existencia era dura, pero abundante en colores que siempre le exigían una segunda ojeada. Tal vez aquella fascinación no resultara tan evidente para todos. Para muchos, aquella era todavía una zona para pasar deprisa, un lugar en el que el instinto humano de ir a ver qué había más allá no permitía considerar en toda su verdadera esencia.
Colin no era tan religioso como habría deseado Stacy. Dios era algo que le costaba imaginar, pero tenía tanta fe en su padre que se consideraba creyente por intermediación suya. Por eso, aunque no sabía de quién era la mano que había moldeado y pintado todo lo que lo rodeaba, pensó que sin duda se trataba de alguien que dominaba su oficio. Además, según él, solía proteger a los seres humanos que cuidaban lo que él había creado.
Cuando su familia decidió correr aquella aventura, Colin se entregó en cuerpo y alma, ansioso por descubrir y con el deseo de lo nuevo que debía de ser propio de la familia, dada la rapidez con que todos se adaptaron al diferente estilo de vida. Hasta su madre, la más sorprendida y apegada a la vida en la ciudad, parecía rejuvenecida desde que se habían establecido allí. Colin recordaba su salud delicada, su nariz enrojecida y los frecuentes accesos de tos durante la época invernal, malestares que ahora solo eran un recuerdo de Pittsburgh y del pasado. En una ocasión oyó sin querer una conversación entre sus padres. Estaban frente a la casa, el uno junto al otro, sumidos en la luz del crepúsculo, que quizá no llegaban a captar en todo su esplendor, distraídos por su mutuo e intacto cariño.
Ella se acercó al marido, buscando su presencia, con los ojos fijos en el azul intenso y en el sol rojizo del horizonte.
– ¡Qué hermoso! Y pensar que cuando partimos temía este lugar como al diablo.
Stacy Lovecraft sonrió y apoyó una mano en el hombro de la esposa. La atrajo hacia sí y la rodeó con el brazo.
– Lo sé. Y te agradezco que vinieras de todos modos.
– No, yo te lo agradezco a ti. Desde que llegamos no consigo quitarme un pensamiento de la cabeza.
– ¿Cuál?
La madre abrazó al padre. Era una mujer alta pero menuda, y al lado de él lucía aún más delicada.
– Ojalá lo hubiéramos hecho antes.
Colin se alejó sin revelar su presencia, con una especie de pudor por haber sido testigo de esa escena de intimidad. Todavía no conocía a Thalena, y no podía comprender totalmente lo que experimentaban en aquel instante Stacy y Kathe Lovecraft.
Respiró hondo, y tuvo la impresión de que el aire le llevaba el perfume de su joven esposa indígena. Sintió un brinco en el estómago, como si tuviera dentro un pajarillo que agitaba las alas tratando de salir. Debía de tenerlo también en la cabeza, porque cada vez que pensaba en ella le parecía oírlo cantar. Desde el momento en que Thalena entró en su vida, todo cambió. Con ella descubrió el amor, y le enorgullecía saber que para ella había sido igual. Por la noche, cuando en la casa todos dormían, su esposa lo estrechaba con fuerza y guiaba sus manos por su piel ambarina y él la penetraba con el asombro temeroso que experimentaba cada vez que entraba en una iglesia. Después se quedaba despierto oyéndola dormir, con la sensación de que la noche era un lugar maravilloso porque contenía el perfume de los pinos, el canto de las aves nocturnas y la respiración suave de su esposa, que descansaba satisfecha entre sus brazos.
El caballo hizo un movimiento brusco que devolvió la atención de Colin a lo que estaba haciendo. Al otro lado del borde del declive, unas piedras cayeron rodando hacia el fondo del despeñadero. Al observar cómo se precipitaban hacia abajo experimentó un ligero estremecimiento imaginando lo que habría podido suceder si en lugar de esas piedras hubiera sido él.
Se concentró en el sendero y poco después alcanzó la mancha tranquilizadora de los árboles y los arbustos del sotobosque. Llegó a un pequeño claro que se abría algo más adelante y se apeó del caballo. Tanto él como su resistente animal merecían un descanso. Cogió la cantimplora de la montura y bebió un largo trago. Después se quitó el sombrero, echó en su interior abundante cantidad de agua y lo tendió al caballo, que ya la había olido y alargaba el hocico.
Una vez que el animal bebió, Colin se sentó tranquilamente sobre un tronco a masticar unos pedazos de carne seca que cortaba con el cuchillo que llevaba a la cintura, al tiempo que su cabalgadura se encargaba por su cuenta de abastecerse de su alimento cotidiano.
Colin Lovecraft se consideraba un hombre con la suficiente buena suerte para poder definirse como «feliz».
Había decidido adelantar un día su regreso a casa, dado que los animales que formaban su pequeño rebaño estaban en buenas manos. Los había dejado pastando, confiados al buen cuidado de sus dos ayudantes indígenas, Copper Pot y Juanito, elegidos por Eldero para que lo ayudaran y en quienes Colin confiaba por completo. Parecía increíble la influencia que ejercía ese anciano sobre el pequeño grupo de personas que habían decidido quedarse con él. Todos los hombres y las mujeres que vivían en el pequeño campo de Flat Fields parecían estar dispuestos a morir por Eldero, acaso porque eso era lo mismo que sabían que él haría por ellos.
Colin recordó la ceremonia de la boda con Thalena, un rito pagano que inspiraba una espiritualidad inocente, inspiradora, propiciatoria. Hubo danzas y cantos de sonido incomprensible que celebraban la vida mejor de lo que Colin había experimentado jamás en manifestaciones análogas de la civilización de su gente.
Después, mientras Thalena era atendida por un grupo de mujeres vestidas de Corn Maidens (las «Doncellas del Maíz»), figuras que simbolizaban el cambio de los estados y la fertilidad de la tierra, Eldero se acercó a él. Sin hablar, le indicó un sitio. Colin se encaminó hacia allí, seguido por Eldero, dos sombras que bailaban a la luz de las fogatas. Poco después se encontraron fuera del pequeño grupo de hogan, apenas iluminados por la reverberación de las llamas. En cierto momento, el anciano se detuvo y se volvió para quedar frente a él. Apoyó las manos en sus hombros y lo miró largo rato. Ojos oscuros, hundidos, magnéticos, que hablaban un idioma silencioso que Colin aún no era capaz de comprender. Luego, de pronto, tuvo la impresión de ser sacado fuera del cuerpo, como si por un instante Eldero hubiera ordenado a su mente que saliera para ocupar con su propia voluntad el lugar que acababa de quedar vacío. En ese extravío, Colin se encontró ante un rostro trémulo que le resultó familiar. Al fin comprendió que ese rostro era el suyo y que en ese trance estaba viendo el mundo a través de los ojos de Eldero.
Era algo antinatural, pero no le provocaba miedo. Colin percibió poco a poco que una gran sensación de paz se apoderaba de su interior. Ahora se sentía parte de todas las cosas que había a su alrededor. Ahora era una brizna de hierba, un árbol y luego una nube, y luego de nuevo él mismo, como si acabara de aprobar un examen y la tierra, los árboles, el cielo y las nubes hubieran aceptado comunicarse con él. Desde fuera, vio que su cara mostraba una sonrisa y, mientras se sentía lleno de bienaventuranza, se reencontró con sorpresa de nuevo dueño de sí y gozando de la sensación maravillosa que había encendido esa sonrisa.
En el rostro de Eldero se veía la misma expresión, pero su voz sonó profunda cuando le habló en su dificultoso inglés.
– Ahora has visto. Ahora sabes.
– ¿Qué era?
– Shimah. El espíritu de la Tierra. Thalena es mi hija y forma parte de ese espíritu. Ahora, también tú. Vuestros hijos caminarán por el mundo y serán bendecidos.
Sin decir más, Eldero dio media vuelta y regresó hacia el campo. Cuando volvieron a la luz del fuego, Colin vio que Thalena dirigía una mirada ansiosa a su padre. No pudo leer la expresión con que Eldero respondió a la muda interrogación que contenían los ojos de su hija. A Colin le pareció ver que solo asentía levemente. Quizá fue un movimiento tan breve que costaba descifrarlo, o bien una pequeña ilusión provocada por el temblor del fuego. Pero el semblante de Thalena se distendió en una sonrisa, y sus ojos brillaron. Después se sentó al lado de ella y no preguntó nada más. No lograba acabar de entender lo que había ocurrido, pero debía de ser algo bueno, si su mujer parecía tan feliz.
Desde entonces no había vuelto a tener la ocasión de hablar a solas con el viejo jefe, pero no olvidaría jamás esa experiencia vivida en los ojos de Eldero.
Colin volvió a ponerse el sombrero húmedo, disfrutando de la fresca sensación en el pelo. Se levantó del tronco donde se hallaba sentado y se acercó al caballo, que pastaba dócilmente un poco más allá. Montó y lo apartó suavemente de la hierba. Debía de haber comido suficiente, porque bastó con un leve talonazo en los flancos para reanudar el camino hacia casa.
En esos vastos espacios los desplazamientos eran interminables, y más si se hacían solo. En tal caso, un hombre no disponía de más compañía que la del animal que montaba, la de su fantasía y la de una voz con la que cantar canciones. Colin Lovecraft poseía una buena voz y fantasía de sobra, pero la invertía toda en «construir» en su cabeza el momento en que Thalena lo viera y le echara los brazos al cuello.
Pasaron otras dos horas hasta que llegó a los alrededores de la casa, dos horas interminables. Era joven, y la impaciencia de la juventud hacía que los granos del reloj de arena cayeran mucho más lentamente de lo que corría la sangre por sus venas.
Salió del bosque, a la explanada sobre la que la familia Lovecraft había levantado su precaria morada. Ese había sido su primer refugio, un techo al fin, al cabo de meses transcurridos durmiendo al raso sin más protección, cuando llovía, que la cubierta impermeable de una carreta. Frente a él, un poco a la izquierda, se alzaba la estructura de madera de la casa nueva, que iban construyendo poco a poco. Más grande, más amplia, con habitaciones luminosas y un gran camino de piedra, según el deseo de su madre.
Un lugar donde ver envejecer a sus padres y crecer a sus hijos.
Poco importaba que fueran mitad blancos y mitad indígenas.
Le asombró no ver salir humo por la chimenea. Con tres mujeres en la casa, el fuego se mantenía siempre encendido, incluso en los días más calurosos del verano. Sin un motivo preciso, sintió que algo frío bajaba por su pecho y atenuaba el placer del regreso.
El humo de la chimenea era una señal de vida. Y ahora había solo inmovilidad y silencio.
Le resultó extraño que nadie saliera al terreno delantero para darle la bienvenida. De la pequeña vivienda sobre la ladera de la montaña no llegaba ningún signo de presencia humana. Dio un pequeño talonazo en los flancos del caballo para acelerar el paso. La sospecha de que pasaba algo malo se convirtió en certeza. A medida que se aproximaba, se abría la visión del lado opuesto de la casa.
Y entonces lo vio.
Junto a un arbusto de salvia silvestre que Kathe Lovecraft cultivaba a la derecha de la vivienda, apoyado sobre un costado, yacía el cuerpo de un hombre con una flecha que le salía por el hombro. Colin soltó un grito que resonó como un eco de muerte por todo el valle y espantó al caballo, que salió al galope. Bajó de la montura antes de lograr que el animal se detuviera totalmente y se precipitó hacia el hombre tendido de espaldas a él, al tiempo que rogaba a Dios que no fuera cierto lo que en el fondo ya sabía.
Stacy Lovecraft estaba muerto, con los ojos abiertos y la cabeza levemente vuelta hacia arriba, como si hubiera dirigido una última mirada a la montaña. Parecían dos estrellas apagadas en medio de la cara cubierta de la sangre que había manado de las profundas incisiones practicadas en el cuero cabelludo. Colin se estremeció de horror al darse cuenta de que a su padre le habían quitado por completo el cuero cabelludo. Y en ese mismo instante tuvo la seguridad de que el autor de ese acto perverso lo había cometido mientras la víctima aún vivía. En realidad, los ojos de ese cuerpo martirizado que había sido su padre habían mirado hasta el último segundo a los ojos de su asesino.
– ¡Thalena! ¡Mamá! ¡Linda!
La voz salió de su garganta en cuanto la imagen de las mujeres atravesó su cerebro. Se puso de pie y corrió enloquecido hacia la casa. La puerta estaba abierta. En cuanto llegó al umbral y pudo ver el interior, el horror de la certeza se apoderó de su cuerpo y de su mente. Kathe Lovecraft yacía de espaldas junto a la chimenea. Con las manos aferraba el asta de la saeta que le había traspasado el pecho: era el mismo gesto con el que llevaba a casa las flores silvestres que recogía cerca del manantial. La flecha debía de haberla alcanzado en la puerta, y ella debió de tambalearse unos pasos hasta el lugar donde había caído. Se veía una silla tirada en el suelo, y bajo las patas, fragmentos del recipiente de barro cocido que solía adornar la mesa. Kathe conservaba su cabellera; Colín agradeció al cielo y a quienquiera que lo habitase que le hubiera ahorrado esa tortura.
– ¡Thalena! ¡Linda!
Una vez más, nadie respondió a su llamada. Llegó sin aliento a la puerta del otro cuarto. Se hallaba apenas entornada, y el batiente de madera gris crujió ligeramente cuando lo empujó. Su hermana yacía acurrucada en la cama, como si estuviera dormida, con la cara vuelta hacia él. De una profunda herida en la garganta la sangre había manchado primero la ropa y luego la manta. Parecía imposible que un cuerpo tan pequeño pudiera contener tanta… parecía estar totalmente empapada.
Colin sintió que estaba a punto de enloquecer.
Gritó tan fuerte que le dolió la garganta, en la absurda esperanza de ver levantarse el cuerpo sin vida de Linda y oír que le contestaba la voz de su esposa. Volvió fuera, después de pasar, sin el valor de mirarlo, junto al cadáver de su madre.
– ¡Thalena!
Llamó de nuevo con el mismo alarido desesperado. Como única respuesta obtuvo el mismo silencio. Mientras recorría los alrededores con una mirada obsesionada, Colin se dio cuenta de que en el corral faltaba un caballo, Metzcal, un pequeño zaino de carácter dócil. Era el preferido de Thalena, al que atendía ella misma. Esto encendió en Colin una tímida esperanza. No lograba comprender qué había ocurrido, pero probablemente ella había advertido el peligro a tiempo y había conseguido huir. Imaginó, con el corazón acongojado, a Thalena cabalgando en avanzado estado de gravidez, y los riesgos que correría el niño. Pero por lo menos no yacía en el suelo junto con los demás integrantes de su familia, con el cuerpo atravesado por una saeta o la garganta cortada.
Colin contaba poco más de veinte años, pero se dijo que no podía sentarse a llorar, como le pedía a gritos su corazón.
Intentó calmarse y reflexionar.
Las flechas que habían matado a su padre y a su madre eran sin duda de origen navajo. Medían, más o menos, cerca de un metro de longitud. Por lo poco que sabía, las saetas de esa medida solo las utilizaban ellos y los utes. Todos los demás indígenas fabricaban flechas más largas. Le parecía extraño que algún navajo hubiera atacado la familia de la hija de Eldero. Se preguntó quién podía haber cometido tamaña matanza. Y no debía de haber ocurrido hacía mucho rato, porque la sangre de las heridas aún estaba fresca.
Quienquiera que fuese, quizá se hallaba todavía por las cercanías. Al tiempo que pedía mentalmente disculpas a los cuerpos tendidos en el suelo, decidió que por el momento urgía ocuparse de los vivos. Si le pasaba algo también a él, no quedaría nadie para ayudar a Thalena. Se acercó al caballo y a la tranquilizadora culata de la escopeta guardada en la funda de la montura.
Ahora, antes que nada, debía encontrar a su esposa, estuviera donde estuviese.
Tal vez necesitaba su ayuda, o tal vez estaba herida, o…
Con esfuerzo obligó a su mente a detenerse en la primera posibilidad.
Aturdido por esos pensamientos, no oyó el rumor de la flecha que recorría el aire con sus pequeñas alas. Un segundo después se encontró mirando aturdido esa varilla de madera que se había hundido en su corazón. Luego, con la inexorabilidad de un ritual, un fino hilo de sangre salió de su boca, mientras las rodillas se le doblaban y caía hacia delante. Cuando se desplomó en el suelo, la fecha se rompió y el peso del cuerpo hizo que saliera por el hombro lo que de ella quedaba. Lo último que pensó Colin fue que no le importaba morir si Thalena lograba ponerse a salvo.
Durante un instante, permaneció en el aire un silencio irreal, como si el silbido de esa saeta hubiera ocupado el lugar de cualquier otro sonido de vida. Al final, de los matorrales de más allá del corral de los caballos asomó un sombrero decorado con una pluma. El indígena hopi One Feather se levantó de entre las matas en las que se hallaba agazapado y se acercó al cuerpo tendido. Dejó el arco en el suelo y se agachó junto al cadáver para comprobar que estuviera muerto.
Mientras el indígena volvía a ponerse en pie, la sombra de un hombre se alargó sobre el terreno que lo rodeaba.
La voz de Jeremy Wells sonaba irritada mientras daba al cadáver de Colin un ligero puntapié con su bota polvorienta.
– Este pobre desgraciado ha elegido el peor momento para regresar. El peor para nosotros y para él. Ahora la muchacha nos saca mucha ventaja.
One Feather se inclinó a limpiar el cuchillo sucio de sangre en la chaqueta del hombre al que acababa de matar.
– Podemos seguir sus huellas. No ha pasado mucho tiempo. La atraparemos, si quieres.
Wells confirmó su intención en tono seco.
– Por supuesto que quiero. Nos ha visto, y eso puede comprometerlo todo. Por suerte, también nosotros le llevamos una ventaja. En su estado, no podrá ir al galope. Y sin duda se ha dirigido a Flat Fields, el campamento de su padre. No debemos permitir que llegue a tiempo para advertir a Eldero. Perderíamos el factor sorpresa.
Mientras hablaban, se acercaron otros dos hombres, que habían salido al descubierto. Iban armados y podía apreciarse en su cara esa indiferencia ante el asesinato de otros seres humanos que solo puede dar una larga práctica con la muerte. Se llamaban Scott Truman y Ozzie Siringo, y eran buscados en varios estados por delitos menos graves que los de Jeremy Wells. Con él habían hecho negocios en diversas ocasiones y sabían que no convenía contrariarlo. Cuando los atrajo con la promesa de un trabajo ventajoso y definitivo no se hicieron de rogar.
Ni siquiera preguntaron si había que disparar y matar. Simplemente lo dieron por descontado.
Wells los oyó llegar y se volvió hacia ellos.
Truman, un sujeto de alrededor de cuarenta años, poco pelo y largos bigotes que le caían a los costados de la boca, se dirigió al jefe en tono casi aburrido.
– ¿Y ahora qué hacemos?
– Coged los caballos. El trabajo todavía no ha terminado. Ante todo hay que encontrar a la muchacha y cerrarle la boca. Después debemos subir a Flat Fields y ocuparnos de los indígenas.
Ozzie Siringo lanzó un escupitajo de saliva manchada de tabaco de mascar. Se limpió la boca con la manga de la camisa de algodón.
– ¿Podría haber problemas por los indígenas?
Wells meneó la cabeza, aprovechando la ocasión para desentumecerse los músculos del cuello.
– No creo. En total son unas quince personas, la mitad mujeres y niños. Y los hombres casi no tienen escopetas. Si los cogemos por sorpresa será todavía más fácil que con estos desdichados.
– Muy bien.
Sin más comentarios, los dos dieron media vuelta y fueron hacia un lugar entre los árboles, donde habían escondido los caballos.
Wells y One Feather se quedaron solos. El indígena miraba un lugar indefinido de la montaña cuando habló en voz baja a su cómplice blanco.
– Te equivocas si subestimas a Eldero.
Wells lo miró asombrado. Conocía a ese hombre lo suficiente para considerarlo impermeable a las emociones. Su voz, ahora, contenía algo que sonaba a preocupación. De no haberse tratado de One Feather, habría sentido miedo.
– ¿De veras? No es más que un viejo rodeado de cuatro locos que solo él sigue llamando guerreros.
One Feather bajó la vista al suelo y agachó la cabeza. Su voz parecía teñida por el temor a las palabras que pronunciaba.
– Tú no lo entiendes. Eldero es un brujo -dijo en castellano.
Wells sabía un poco de español y conocía el significado de esa palabra.
– ¿Un hechicero, quieres decir?
– Sí, un hechicero muy poderoso.
Jeremy Wells era un asesino, y, como todos los asesinos, era asimismo un hombre práctico. Para él existían solo la causa y el efecto. Un golpe de espuelas, y el caballo partía al galope. Algunos dólares, y una puta se metía en su cama. Un disparo de pistola, y un hombre caía muerto en el suelo.
Nada más que causa y efecto. En su cabeza no había espacio para esas tonterías en las que creían los indígenas, todas esas fantasías sobre chamanes y espíritus y quién sabía qué más.
Sin embargo, esta vez parecía distinto. Conocía a One Feather y ahora tenía en los ojos, si no miedo, una viva aprensión.
Y un profundo respeto.
Mientras tanto, Ozzie y Scott habían salido de la protección de los árboles y se acercaban a ellos, llevando cada uno, por las riendas, un caballo.
Wells habló deprisa, antes de que se acercaran lo suficiente para poder oírlo.
– Si tienes miedo puedes quedarte aquí. Nos encargaremos nosotros.
Pronunció estas palabras casi con indiferencia, pero sabía que el hopi no reaccionaría con indiferencia a aquella insinuación. El hombre que sabía clavar una flecha en un corazón desde cincuenta pasos de distancia permaneció un instante en silencio.
Cuando contestó, su voz volvía a ser neutra, como siempre. Apenas contenía un leve rastro de compasión por ese hombre que no quería creer.
– Yo no tengo miedo. Eres tú quien debería tenerlo.
Poco después, Ozzie Siringo hizo que el caballo que llevaba de las riendas se detuviera mansamente a su lado.
Mientras ponía el pie en el estribo y se acomodaba en la silla, pensó en las palabras de One Feather. Jeremy Wells no pudo evitar una extraña sensación de inquietud.
Sentada precariamente en el lomo de Metzcal, Thalena cabalgaba el caballo tan rápido como su estado de gravidez le permitía. Estaba acostumbrada a cabalgar a pelo desde niña, de modo que ello no le significaba ningún problema. Desde que Cochito, su único hermano, fue asesinado por error por un soldado ebrio, su padre la había considerado el varón de la familia y le había enseñado a montar corno un hombre. Se aferraba sin esfuerzo a las crines y agradecía en su mente la seguridad y la fuerza de ese noble animal al que debía la vida.
Todo había ocurrido con una rapidez pasmosa. Ella salía del lado izquierdo de la casa, donde guardaban en un pequeño cobertizo el alimento para los caballos y otras provisiones, para protegerlos de las correrías de los mapaches. Con un cubo lleno de pienso se dirigía al corral para ocuparse de Metzcal. Mientras se aproximaba a la cerca, sintió que el niño hacía un fuerte movimiento en su vientre, y enseguida notó una intensa sensación de presión en la vejiga.
Con una sonrisa, se dijo que el hijo de Colin iba a tener mucho carácter, si ya antes de nacer le causaba tales incomodidades. Superó la franja de matas que bordeaba el lado derecho de la construcción y, cuando se había alejado lo suficiente para disponer de intimidad, se levantó la falda y se acuclilló a orinar. Era una mujer indígena, acostumbrada a la vida al aire libre. Para resolver ciertas necesidades urgentes no tenía los problemas de Kathe y Linda, que habían pedido y obtenido que se construyera a cierta distancia de la casa un pequeño y rudimentario retrete de tablones de madera.
Desde el lugar donde se hallaba, entre los matorrales, vio que su suegro, bizháá' ád jílíní Stacy, salía de la casa y se encaminaba hacia donde se encontraba ella hasta hacía unos instantes. Había dado unos pocos pasos cuando de la nada salió silbando la primera flecha. Le dio en la espalda y el hombre se desplomó sobre un costado con un grito sofocado. Poco después, Kathe se asomó a la puerta, probablemente atraída por la urgencia dolorosa de ese gemido. Una segunda flecha la alcanzó a ella, en el pecho. La fuerza del golpe la hizo retroceder, tambaleándose, hacia el interior de la vivienda. Luego, se oyó el ruido de una silla caída y un cuenco que se rompía.
Llegó un hombre corriendo, silencioso como la muerte que acababa de arrojar con sus flechas. Entró veloz en la casa, seguido de otro. Después Thalena oyó que Linda gritaba aterrada, y luego nada. La esposa de Colin se metió en la boca una parte de la manga de gamuza de su chaqueta y la mordió hasta que le dolieron las mandíbulas, para evitar echarse a gritar.
Los reconoció enseguida. Eran dos de los hombres a los que había visto el día anterior: el hopi de la cara picada de viruela y el blanco de barba y ojos malvados. Al vivir en un campamento indígena, Thalena había crecido con el constante peligro de sufrir incursiones. En esos casos, la primera preocupación consistía en no dejarse descubrir y ponerse a salvo. Ignoraba por qué esos hombres habían atacado la casa, pero estaba segura de que si la encontraban la matarían también.
Avanzó agachada, para mantenerse al amparo de las matas de salvia, hasta llegar al corral de los caballos, y abrió la verja tratando de que no crujiera al manipular las correas de cuero que la cerraban. Se acercó a Metzcal y, ocultándose tras el cuerpo del caballo, lo guió fuera. Mientras lo montaba con esfuerzo, rogando que el niño no eligiera ese momento para moverse de nuevo, otros dos hombres salieron del bosque que se extendía frente a la casa. Iban a pie, por lo que Thalena dedujo que sus caballos estaban atados a cierta distancia entre los árboles para impedir que algún relincho delatara su presencia. En la medida en que podía, se recostó sobre el lomo de Metzcal. Era bastante improbable que los hombres no la vieran, y un disparo de escopeta constituía un peligro considerable, incluso desde esa distancia.
Echó al galope a su cabalgadura, al tiempo que pedía mentalmente disculpas al niño que llevaba dentro. Mientras se alejaba del lugar de esa matanza cuyo motivo ignoraba, Thalena pensó con alivio que Colin, en aquel momento, se hallaba a salvo en los pastos altos, protegido por los hombres elegidos por Eldero. No llegaría hasta el día siguiente, de modo que ella disponía de bastante tiempo para avisarle de lo ocurrido y librarlo del peligro.
Ahora iba a advertir a Eldero. Él sabría qué hacer. Thalena estaba convencida de que ese ataque no era más que el primer paso de un objetivo mayor y que, fuera lo que fuese lo que esos hombres tenían en mente, todavía no había terminado. Rogó a su protectora, la Mujer Araña, que no les pasara nada malo a su marido, a su hijo y a su gente.
Por diversos motivos decidió no dirigirse a Flat Fields. En primer lugar, esos hombres la conocían, y enseguida deducirían que allí sería donde iría. En segundo lugar, el camino hacia el campamento indígena era largo y difícil, y Thalena sabía que no encontraría allí a su padre. En ese período del mes Eldero subía solo a la montaña para hablar con los espíritus e invocar su protección. Permanecía algunos días en completo ayuno en su lugar sagrado, que ella había visto una sola vez, de niña, pero que confiaba poder localizar.
Para su suerte, el sol estaba aún bastante alto y hasta en la maraña del bosque se filtraba la suficiente luz como para permitirle orientarse con precisión.
Guió el caballo por un desvío, manteniendo la luz a su derecha como punto de referencia. Sabía que los cascos de Metzcal iban dejando en el terreno huellas que los hopi podrían seguir sin dificultad. Sin embargo, algo más arriba había un arroyo por el que Thalena se proponía avanzar durante un trecho, hasta un punto en el que lo dejaría para aprovechar la ventaja de proseguir por una zona rocosa.
Ello no impediría al indígena descubrir tarde o temprano adónde se había dirigido, pero le costaría más. Era la única forma de ganar algo de tiempo, que en aquel momento era el bien más precioso.
El vientre le molestaba un poco y temía que los bruscos movimientos afectaran al niño. Por otra parte, no podía dejar de correr en busca de ayuda. Todavía llevaba grabada en los ojos la imagen de dos personas atravesadas por una flecha y el grito aterrorizado de una niñita de trece años que…
Al crecer junto a un hombre como Eldero, Thalena siempre había estado en contacto con su sabiduría, heredada de los humanos y de los dioses. Como todos los indígenas, sabía que la muerte era la otra cara de la vida, y que nadie podía eludirla. Como todos ellos, había aprendido a convivir con la muerte y a creer que era solo un regreso a Shimah, el espíritu de la Tierra del que habían surgido todos los seres humanos.
Sin embargo, la fe o el conocimiento no le servían de ayuda cuando pensaba en esas personas queridas a las que había dejado tiradas y muertas en una casa que hasta hacía pocas horas representaba para todos ellos la esencia de la vida misma.
En ese momento se concedió llorar, porque sabía que en poco rato, frente a su padre, no se le permitiría. Desde la muerte de su único hijo varón, Eldero había depositado en ella todas las expectativas malogradas con la desaparición de Cochito.
Después, frente a él, no lloraría.
Pero ahora era solo una joven mujer que esperaba su primer hijo, a la cual unos hombres, sin que ella comprendiera por qué, habían arrebatado casi todo lo que poseía. Dejó que las lágrimas fluyeran de sus ojos libres como la lluvia que, en aquella tierra de desierto y sequía, salvo el paréntesis verde de la montaña, todos consideraban una bendición.
Mientras veía el mundo a través del filtro de las ramas y las lágrimas, llegó al arroyo. El agua de los ojos se mezcló con la que corría a sus pies, y juntas se llevaron ese instante de abatimiento.
Se obligó a pensar en Colin, su marido.
El recuerdo de su cara le devolvió las fuerzas que en aquel momento empezaban a flaquear. Debía resistir y continuar, para que él estuviera orgulloso del coraje de su esposa. Ella era la mujer que él había elegido y a la cual había encomendado la misión de traer al mundo a su hijo, un hijo importante, que algún día sería un gran hombre y como tal caminaría por el mundo con la valentía y la sabiduría de un jefe.
Remontó la corriente hasta llegar al lugar, a la derecha del arroyo, donde se abría el ancho trecho rocoso en el cual los cascos del caballo apenas dejarían un rastro difícil de seguir.
Además, al llegar al arroyo, sus perseguidores deberían dividirse y recorrerlo en ambas direcciones para tratar de descubrir hacia dónde se dirigía. Esto los retrasaría aún más. Thalena se concedió un pequeño respiro de esperanza y antes de proseguir por terreno seco dejó beber a Metzcal.
Ahora el camino, más accidentado, no permitía que el caballo avanzara con la rapidez que ansiaba la urgencia de Thalena. Los cascos resonaban sobre las piedras con un ruido sordo que sonaban más fuertes que disparos.
Pese a todos sus razonamientos y a la prudencia con que obraba, no conseguía evitar, de vez en cuando, volver la cabeza para vigilar el camino que iba dejando atrás. Temía oír de un momento a otro el ruido de cascos herrados y ver surgir entre la maraña de los árboles a cuatro jinetes lanzados en su persecución, guiados por un indígena que llevaba una pluma en el sombrero y la muerte como trofeo.
Continuó hasta alcanzar la protección del bosque. Al cabo de un rato que le resultó interminable, llegó a un tronco doblado contra la tierra por la fuerza del viento y el peso de la nieve.
Era la señal que recordaba. Después de haber bordeado la gran montaña, manteniéndose siempre a la misma altura, se desvió rumbo al este y comenzó a subir hacia la cima. Sabía que en lo alto, en algún lugar, estaba el lugar de meditación de su padre, el sitio que Eldero definía en su lenguaje secreto como Aá, «Allá». No obstante, debía prestar suma atención, porque el acceso se hallaba oculto entre unas rocas que una mirada distraída no lograría encontrar.
Había estado con su padre en aquel lugar hacía años, cuando era apenas una niña. Subió en la grupa del caballo de él. Pese a la curiosidad ingenua de la infancia, sentía de algún modo el carácter sagrado de lo que su padre iba a compartir con ella. Cuando llegaron a la meta, Eldero se apeó del caballo pero dejó a la niña en la montura. Le recomendó que, durante su ausencia, no posara los pies en el suelo por ningún motivo, como si la Tierra, en aquel lugar, en vez de ser una Madre fuera un peligro.
Luego se alejó y tras subir un corto trecho desapareció en un paso estrecho entre dos rocas. De no haber visto el cuerpo del padre entrar y esfumarse por ese reducido espacio, Thalena no habría sospechado nunca que allí pudiera haber una abertura.
Eldero tardó un buen rato y, cuando regresó, su espíritu, al igual que su andar, parecía más ligero. Volvió a montar con agilidad y le rodeó los hombros con los brazos.
Thalena sintió sus ropas todavía impregnadas de la oscuridad y el frío de la cueva, y la recorrió un escalofrío. Luego su padre le mostró su mano abierta, en cuya palma brillaba un amuleto redondo de plata que reproducía de forma aproximada la figura de Kokopelli, el flautista mágico, el señor de la abundancia, el que les advertía, acostándose sobre la espalda, de la llegada del hambre. Sin duda habían hecho ese amuleto fundiendo uno de los dólares de plata que el hombre al que todos llamaban Washington les había dado junto con la tierra.
Ella no veía la cara del padre, pero por el tono de la voz profunda que sonaba a sus espaldas comprendió que estaba viviendo un momento importante.
– Esto es para ti. A partir de hoy no debes quitártelo nunca.
La atrajo hacia él y se lo colgó al cuello con un pequeño lazo de cuero. Thalena levantó sus manos de niña para tocar el objeto que pendía sobre su pecho enjuto.
– ¿Qué es?
– Protección y fortuna. Y todo lo que tú creas que es.
Tras esas pocas palabras de mil significados, espoleó al caballo y emprendieron el camino de regreso. Thalena no volvió nunca más a ese lugar que Eldero, en su fantasía de sabio, denominaba simplemente Aá, como si Allá fuera donde comenzaba y terminaba el mundo. Muchos años después, al casarse con Colin, algo le recordó aquella tarde. Concluida la ceremonia, su marido le preguntó la razón y el significado de un regalo de Eldero. Abrió la mano y Thalena se sintió proyectada hacia atrás en el tiempo al ver en su palma el centelleo de una pequeña figura de plata casi igual a la que ella aún llevaba al cuello.
Colin la miró con sus ojos de joven apenas convertido en hombre.
– ¿Qué es?
Le hizo la misma pregunta que ella había hecho tanto tiempo atrás. Thalena le respondió con las mismas palabras.
– Protección y fortuna. Y todo lo que tú creas que es.
Se alzó en puntas de pie y le colgó del cuello el amuleto.
– A partir de hoy no debes quitártelo nunca.
Colin aprovechó el gesto para abrazarla e intentar besarla. Thalena se apartó con una sonrisa complacida, entre las risitas y las miradas sugerentes de las mujeres del campamento que habían presenciado la escena.
Ahora el camino se componía de luces y sombras, de tramos sumergidos en el bosque y claros abiertos a los rayos del sol. Continuó subiendo hasta que llegaron a sus oídos las notas suaves de una flauta de caña. Thalena se preguntó quién podría tocar una música como aquella en un lugar tan remoto, pero decidió seguir la dirección que le señalaban las notas. Atravesó con esfuerzo los intrincados arbustos de rosas de montaña que formaban una especie de barrera en torno de un grupo de alisos.
Cuando salió al descubierto, reconoció el lugar y lo vio.
Eldero estaba sentado sobre un peñasco, con las piernas cruzadas. Con los ojos cerrados, movía con agilidad las manos sobre los agujeros de la flauta apoyada en su boca. Era una música lenta y dulce, una melodía simple pero que parecía abarcar y contener la perfección de la naturaleza que lo rodeaba, como escuchándolo. Thalena se sorprendió ante lo que veía y oía. No sabía que su padre fuera capaz de tocar la flauta. Nunca se lo habría imaginado, y menos aún con semejante capacidad evocadora.
A pesar de la urgencia que la golpeaba en el pecho y las sienes, le costó interrumpir ese momento de contacto con algo que apenas conseguía imaginar. Durante unos instantes se quedó escuchando al borde del espacio rocoso, abierto como una herida entre la vegetación.
Luego Eldero percibió su presencia y abrió los ojos.
La música terminó de golpe, y quedaron solo el silencio y las miradas de ambos.
Por la manera como se levantó, Thalena se dio cuenta de que su padre había comprendido de inmediato que algo malo ocurría. Su presencia significaba muchas cosas, y ninguna de ellas podía ser buena. Thalena espoleó al caballo para que trepara hasta donde el jefe de los navajos de Flat Fields se hallaba de pie, con los ojos ya llenos de malos presagios, ansioso por saber qué la había llevado hasta allí.
Ella aceptó sin vergüenza que la ayudara a bajar del caballo.
Apenas tocó el suelo sintió como si su cuerpo se vaciara de toda energía, y se apoyó en el consuelo de los brazos del padre.
– ¿Cómo has logrado llegar hasta aquí?
– Recordaba el camino. Sabía que te encontraría en este lugar.
La expresión de Eldero se suavizó por un instante, complacido por las cualidades de su hija, tan sobresalientes que no hacían añorar las de ningún hijo varón.
– ¿Por qué?
– Están todos muertos, bizhé'.
Se sentaron el uno junto al otro sobre el peñasco tibio de sol, y Thalena le contó lo sucedido. Le habló también del día anterior, cuando esos hombres fueron por primera vez a la casa, y cómo Kathe los echó amenazándolos con la escopeta. Y luego le contó, tratando que el llanto no le entrecortara la voz, que habían regresado y matado a todos los integrantes de la familia.
Cuando iba a decirle cómo se había salvado ella, sintió un dolor en las vísceras, como si un hierro candente le atravesara la carne. Poco después sus muslos se empaparon de líquido. Comprendió que había roto aguas y comenzado el parto.
Llegó una nueva punzada. Para resistir el dolor, se apoyó sobre un costado, aferrándose al hombro de su padre. Mientras él la ayudaba a recostarse sobre el peñasco, Thalena pensó en Colin. Se dijo que ese hijo suyo, de carácter ya rebelde, había elegido el momento menos indicado para nacer.
Solo cuando llegó a las proximidades del campamento, Eldero vio los cuervos.
En lo alto, por encima de Flat Fields, volaban como negras profecías, trazando arcos oscuros y quebrados en lo que quedaba de azul en el cielo del ocaso. Sintió que aquello que había temido durante todo su viaje desde el Aá hasta su pequeña aldea se había convertido en realidad.
Por mucho que se repitiera que debía obrar con prudencia, no pudo evitar echar su caballo al galope.
Un rato antes, al comenzar los dolores, había asistido a Thalena en el parto. Fue una niña, y él y la madre la ayudaron a venir al mundo tal como les había enseñado la vida nómada. Después la lavaron con el agua del pequeño odre que Eldero llevaba sujeto a la silla de su caballo, y la envolvieron en una de las mantas de jefe que él cargaba consigo como símbolo de su poder. Cuando vio que Thalena se encontraba bien y miraba con amor de madre a su hija que se alimentaba de su pecho, se puso de pie.
– Ahora debo irme.
Tanto él como Thalena sabían que era necesario. Ya habían perdido mucho tiempo, y ello podía significar la imposibilidad de salvar vidas.
– Ve. Yo estaré bien aquí. Busca a Colin y cuéntale que tiene una hija.
Eldero le dejó las pocas provisiones de que disponía. Luego salió de la cueva, montó su mustang y partió tan rápido como le permitieron el terreno y las patas del caballo. Durante todo el viaje no cesó de preguntarse quiénes serían esos hombres y cuál podría ser la razón de aquella matanza. Por las descripciones de Thalena había deducido quién podía ser el hopi que formaba parte del grupo de asesinos. One Feather era famoso tanto por su habilidad con el arco como por su crueldad y su indiferencia por la vida humana. Se contaba que un día cortó los pies de un hombre, le clavó unos pedazos de madera y lo obligó a correr antes de matarlo. La presencia de One Feather entre los ejecutores de la matanza dejaba lugar a hipótesis que ahora el vuelo de los cuervos no hacía más que confirmar.
Manteniéndose al amparo de los árboles, llegó a las cercanías del campamento. Se apeó del caballo y lo dejó suelto, pues sabía que no haría nada que pudiera delatar su presencia. Se echó al suelo y, empujando delante de sí la escopeta, avanzó en una posición en la cual podía abarcar todo el lugar de una sola ojeada.
No vio más que muertos.
Por todas partes, en un amplio radio en torno del pequeño grupo de hogan, había solo cadáveres. Hombres, mujeres, niños, todos sorprendidos durante una normal y pacífica actividad cotidiana, asesinados sin darles tiempo a reaccionar. Hasta Bonito, su perro, yacía muerto en el suelo. Alcanzaba a ver su cuerpo tendido en la hierba, el pelo amarillento manchado de sangre por una herida abierta un poco más abajo del omóplato.
Buscó señales que pudieran revelarle si los que habían cometido el crimen se encontraban todavía por allí. Pronto se convenció de que se habían marchado, sin duda para perseguir a la única presa que aún escapaba a su ira.
Thalena.
Se levantó y salió al descubierto. Avanzó hasta la primera vivienda de barro, y de inmediato su dolor se convirtió en cólera. Mientras pasaba junto al cuerpo de un niño con la cabeza casi destrozada por un disparo de escopeta, se prometió que los culpables de esa matanza lo pagarían con sufrimientos indescriptibles, en esta vida y en la otra. Cualquiera que hubiera sido capaz de tanta crueldad no tenía derecho a una muerte honorable ni a una eternidad de olvido. Al atravesarla, vio los cuerpos de los que poblaban su pequeña aldea. Todos ellos eran personas a las que conocía desde hacía años, que habían formado parte de su vida, en la esperanza de que fuera pacífica. Y cuando necesitaron su protección, él se hallaba lejos. Ahora no podía hacer más que formar, también él, parte de esas muertes.
Se detuvo unos instantes ante el cuerpo de un hombre llamado Little Joseph, uno de los mejores jinetes que hubiera conocido nunca. Yacía en el suelo, con el pecho desgarrado por el disparo de un arma de fuego. Junto a la mano derecha se hallaba su cuchillo manchado de sangre. Su mano izquierda agarraba un jirón de tela, que parecía un pedazo de una camisa de hombre.
Little Joseph debía de haber herido a uno de sus atacantes, antes de que tuvieran tiempo de sacar la pistola y hacerle ese agujero en el pecho del cual los espíritus le habían absorbido la vida.
Eldero se agachó y cogió de la mano del muerto ese pequeño testimonio de su valor. Levantó del suelo el cuchillo manchado con la sangre del asesino y lo limpió en la tela, que se tiñó para siempre de rojo.
Pronto, ese pedacito de tela le serviría de mucho.
En ese momento algo le llamó la atención, un poco más allá del límite del campamento, del otro lado de donde había llegado él. Fue corriendo hasta el cuerpo tumbado en el suelo, rogando que sus ojos de hombre ya mayor lo hubieran traicionado y que en realidad no fuera cierto lo que creía haber visto.
Pero cuando llegó junto al cadáver, su vida quedó suspendida durante unos segundos. Se dijo que en aquel instante, en la montaña, esperaban dos mujeres: una no vería nunca más a su marido, y la otra jamás conocería a su padre. Ante él, tendido de espaldas con los ojos vueltos hacia el cielo y el pecho atravesado por una flecha, yacía el cuerpo de Colin Lovecraft, el hombre blanco de los ojos sinceros con el que se había casado su hija.
Se inclinó sobre el cadáver de su baadaaní, su yerno. Le pasó las manos alrededor del cuello hasta sentir bajo los dedos una correa de cuero. La quitó por la cabeza de ese pobre joven y sostuvo en sus manos el amuleto de plata con la figura de Kokopelli, igual al que, en una ocasión, él había dado a Thalena.
Le limpió la sangre y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
Se levantó sobre sus piernas de hombre.
A pesar del dolor y la ira, Eldero conservaba la frialdad suficiente para sentirse perplejo. Y su perplejidad fue aún mayor cuando un poco más allá encontró el cuerpo de otro hombre blanco, el que un día le dijo que se llamaba Stacy, cuando fue a sellar un compromiso de amor junto a su hijo. Lo habían herido en la espalda y después de muerto le habían arrancado el cuero cabelludo. A un par de pasos de distancia había una escopeta, y junto al cuerpo, el cadáver de Many Steps, otro de los hombres de su campamento, que todavía sujetaba en una mano un cuchillo manchado de sangre y en la otra un sanguinolento cuero cabelludo.
Todo parecía demasiado evidente para ser cierto.
Intentando hacer caso omiso de las moscas y del olor de la muerte, Eldero se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, concentró su mente y pidió ayuda al espíritu que lo había guiado siempre. Un velo negro se deslizó sobre sus ojos y por un instante vio…
… el viento llevaba el olor de los jinetes. Venían del oeste, con el sol a la espalda. Disparaban primero a los pocos hombres capaces de defender el campamento. Eran solo cuatro, pero no les costó dar cuenta de ellos, aunque Little Joseph consiguió herir a uno. Había un indígena que actuaba con la misma frialdad y rapidez que la muerte. Y un hombre joven, de barba, que se apeaba del caballo y parecía disfrutar al matar a sangre fría a todas esas personas inermes que corrían alrededor de él tratando de ponerse a salvo. Era él quien disparaba al niño y también a Bonito, el perro que se le había acercado, ladrando y rechinando los dientes, para atacarlo.
Y también era él quien…
Tal como había llegado, la visión se desvaneció, pero Eldero ya tenía la confirmación que necesitaba. Thalena le había dicho que a su bizhá' áád jílínt, el padre de su marido, lo habían asesinado en su casa, a muchas millas de allí. No le había hablado de Colin, pero Eldero tenía motivos para suponer que el joven había regresado a su casa guiado por la mala suerte. Debió de llegar poco después de la huida de Thalena, justo a tiempo de morir con su familia.
Pero si todo había ocurrido en otra parte, ¿por qué llevar los cadáveres hasta allí?
¿Y por qué solo a esos dos hombres?
Eldero conocía a los seres humanos y sabía de qué eran capaces a veces. Una pequeña luz se abrió paso en la oscuridad de su desconocimiento, y poco a poco empezó a entenderlo.
Quizá llegaría a deducir el motivo por el que esos hombres se habían tomado la molestia de arrastrar esos dos cuerpos hasta Flat Fields.
Era todo una puesta en escena.
Las flechas que sobresalían de los cuerpos de Colin y su padre eran de origen navajo. Eldero estaba seguro de que, si bajaba hasta la casa de los blancos para ver las que habían matado a las mujeres, serían iguales. El propósito era hacer creer que se trataba de un ataque de la gente de Eldero aprovechando la ausencia de los dos hombres, y que a continuación estos, tras regresar y ver lo ocurrido, habían ido hasta el campamento en busca de venganza.
Durante el enfrentamiento, todos habían muerto.
Esa era la razón de la presencia de los cuerpos de los dos blancos.
Y el motivo por el cual nadie debía sobrevivir para contar una verdad embarazosa.
Si había deducido bien la finalidad de tamaña representación, se trataba de algo carente de toda lógica. Pero por aquellos lares la justicia de los blancos, cuando se trataba de los indígenas, no se esforzaba mucho por cumplir su deber.
Lo que aún ignoraba era el motivo, pero no era tan importante como su deseo de justicia, la verdadera, la única posible, la única que ansiaba aplicar.
La suya.
Se levantó y volvió junto a su caballo, dejando a los cuervos los restos de esos pobres muertos. Se dijo que los responsables de aquella matanza pagarían también por ello. Mientras tanto, el sol ya empezaba a ponerse tras la silueta de la gran montaña. El aire se hacía más transparente, como cada atardecer al prepararse para adquirir el color de la noche.
Disponía de poco tiempo.
Debía apresurarse, porque con la oscuridad no conseguiría seguir el rastro de los hombres. Y nada deseaba más que encontrarlos. Aunque sentía que el coraje y el sentido de justicia combatían en su interior contra la razón.
Estaba solo y no podía hacer mucho contra cuatro individuos fuertes, decididos y bien armados. Ni siquiera tenía la posibilidad de arriesgarse demasiado porque, en aquel momento, él era la única referencia que les quedaba a Thalena y a su hijita.
Regresó a los arbustos donde se había ocultado y encontró el mustang en el lugar exacto donde lo había dejado. Lo montó y comenzó a escrutar el lado oeste siguiendo líneas paralelas hasta que halló señales de la llegada de los asesinos. Eldero sabía distinguir mejor que nadie las marcas que hombres y animales dejaban en la tierra, como si la propia tierra se abriera como una flor al alba para mostrar sus secretos a ese hijo tan cercano a su esencia.
Había en el terreno huellas de cuatro caballos que bajaban al galope, y en su secuencia se hallaba escrito todo lo sucedido en aquel lugar. Los cascos estaban todos herrados, lo que demostraba que One Feather había asimilado las costumbres de los blancos. Después de la matanza, dos jinetes se habían alejado para ir a coger otros dos caballos que se encontraban entre los árboles. Eldero vio huellas de la impaciencia de los animales y su reacción aterrada a los disparos. Después habían vuelto al campamento guiando a los animales que sin duda cargaban los cadáveres de los dos blancos, a los que habían dejado pastando para que no obstaculizaran el ataque.
Continuó dando vueltas hasta encontrar el rastro de los cuatro al marcharse. Poco más allá vio el cuerpo de una joven que había intentado desesperadamente alcanzar la protección del bosque. La habían matado justo antes de alcanzarlo.
Eldero la conocía, como conocía a todos.
Era la mujer de Copper Pot, uno de los hombres que él había asignado como ayudante del marido de Thalena para cuidar del rebaño.
Se apeó del caballo al ver una manta que la mujer había dejado caer, quizá para poder correr más rápido. Al tiempo que pedía disculpas a la muerta, la recogió y con un movimiento ágil volvió a montar el caballo.
Se alejó sin mirar atrás. Pensó en su pobre esposa, que había fallecido hacía tanto tiempo, cuando intentó, a una edad demasiado avanzada, traer al mundo otro hijo varón. Ella y el pequeño se habían ido juntos, como sucedía a menudo en esos casos. Él había llorado la muerte de ambos, pero ahora se dijo que no habría soportado ver a su mujer y a su hijo tendidos en la hierba asesinados por la furia de unos asesinos despiadados.
Siguió el rastro que se dirigía al este, del otro lado de donde habían llegado los atacantes. Por la humedad de la tierra musgosa supo que no debían de llevarle demasiada ventaja. No disponía de agua ni comida, pero no le preocupaba en absoluto. La convivencia con la naturaleza le había enseñado a encontrar alimento en los lugares más impensados, y el contacto con su espíritu, a desoír las exigencias de su cuerpo. Continuó tras las huellas, que perdía y volvía a hallar, hasta que cayó la oscuridad. Hizo un breve alto, a la espera de que la luna subiera lo suficiente para guiarlo con su luz pálida. Cuando las laderas de la montaña quedaron bañadas por una claridad plateada, reanudó la marcha, ayudado no solo por la luna sino también por su capacidad para distinguir en la oscuridad más profunda cosas que nadie más era capaz de ver. Sujetaba en una mano el jirón de camisa ensangrentada que había cogido de entre los dedos contraídos de Little Joseph. Eso lo ponía en contacto con el que había perdido esa sangre, establecía un vínculo que le indicaba el camino que recorrer para alcanzar a ese hombre.
Y en consecuencia a los demás…
Prosiguió durante casi toda la noche, hasta que vio contra el fondo de un pequeño valle que se abría a sus pies el temblor de un fuego entre los árboles. Lo habían encendido intentando evitar al máximo que se notara, pero aun así Eldero se quedó atónito. Esos hombres debían de sentirse muy seguros para permitir que las llamas del vivaque revelaran su presencia.
«El fuego y el agua son hijos rebeldes.»
Esto decía la sabiduría de Eldero, pero en ese momento le alegró que así fuera, porque de este modo el agua y el fuego se tornaban aliados suyos. Bajó de la cabalgadura sin soltar la manta que había cogido de la squaw muerta a un paso de la salvación. La cortó con el cuchillo y envolvió con los pedazos los cascos del caballo.
Era una precaución que le daría una pequeña ventaja en caso de que debiera atravesar un tramo rocoso. De cualquier modo, en algún momento debería dejar el mustang y continuar a pie, para no alertar a los hombres acampados.
Habría deseado tener consigo a los guerreros que conducía en los tiempos en que todos eran libres, mucho antes de que muriera Barboncito y Ganado Mucho ocupara su puesto en ese ridículo papel de jefe mandado por blancos. Y mucho antes de que Manuelito el Guerrero aceptara convertirse en el cabecilla de esa policía indígena que jamás entregaría a la justicia a ninguno de los asesinos a los que él había seguido hasta allí.
En otros tiempos habrían bajado de la montaña como las sombras de la noche y en pocos instantes esos hombres habrían muerto. Al día siguiente sus cueros cabelludos habrían sido colgados a secar junto a la puerta del hogan de la purificación.
Apartó de su mente ese momento de añoranza, ese instante de flaqueza. El pasado yacía sepultado en la tierra como una simiente, y él debía actuar solo cosechando los frutos del presente.
Eldero no pensaba nunca en el futuro, para no tener que pensar, al mismo tiempo, en el destino de su gente.
Dejó el caballo al lado del tronco de un enorme pino, y simplemente ató las riendas en una rama baja. Con ese sencillo gesto daba al animal la orden de no moverse, y además evitaba, en caso de tener que partir con urgencia, perder un tiempo precioso deshaciendo nudos.
Sin el menor ruido, se acercó a la luz de la fogata que un poco más abajo titilaba entre los árboles. Trató de distinguir el lugar donde los cuatro hombres habían atado los caballos. No temía que los animales lo oyeran llegar. Ante todo, porque se hallaba a sotavento, y además estaba seguro de que esos sujetos acostumbrados a matar, y por ende a ser perseguidos, utilizaban caballos adiestrados para no revelar su presencia.
Prosiguió con una lentitud que solo la prudencia justificaba. Al final llegó a una distancia suficiente para poder observar con tranquilidad a los hombres sentados alrededor de la fogata.
Se dijo que tanta prudencia había sido en parte inútil.
Junto a las piedras, dispuestas en forma de cono con una gruesa losa en lo alto para disimular al máximo la luz, brillaba el vidrio de una botella vacía. Eldero vio que era una botella de whisky y comprendió que los cuatro hombres dormidos a la tibieza del fuego estaban completamente ebrios.
Uno de ellos roncaba como un cerdo, con esos gruñidos sordos que solo provoca el alcohol.
Eldero conocía bien los efectos de esa bebida y recordaba los daños que había causado a todos los indígenas que se habían convertido en sus esclavos y aún lo eran. Volvía necios a los hombres sabios, frágiles a los guerreros y valientes en la batalla a los temerosos, en la medida justa para procurarles una muerte rápida y estúpida.
Sintió que una ira fría crecía en su interior. Esos asesinos estaban tan orgullosos de su fechoría que habían querido emborracharse para festejarlo. Estaban tan seguros de su fuerza que no imaginaban que alguien pudiera desafiarla.
Y ahora, si él hubiera querido, se hallaban a su merced…
En otros tiempos habría empuñado la escopeta y los habría matado a todos, uno por uno. O habría muerto en el intento. Ahora la sabiduría debía llenar el vacío dejado por los años transcurridos o, de lo contrario, habrían pasado en vano.
Thalena y la pequeña, solas en la montaña, lo necesitaban.
Por ellas, no debía correr riesgos. Sobre todo ahora, que contaba, para utilizar contra esos malditos, con un arma mucho más eficaz que un simple disparo de escopeta.
Se echó al suelo y observó mejor la escena que tenía delante.
One Feather dormía sobre una manta en el extremo izquierdo del campamento, de cara a la luz del fuego, sus mejillas picadas de viruela iluminadas por el resplandor. Probablemente se había tapado el rostro con el sombrero para protegerse del reflejo de las llamas, pero al moverse, durante el sueño, se le había resbalado. Al lado de One Feather, de frente con respecto al puesto de observación de Eldero, otro hombre dormía tendido de costado. Eldero no alcanzaba a verle la cara, pero reconoció sus ropas. Era el joven que en su visión disparaba al niño y a Bonito con expresión excitada.
Eldero contuvo el impulso de saltar al campamento y atravesarle el corazón con su cuchillo, y observó a los otros dos.
Dormían el uno junto al otro, de costado con respecto a él.
Uno descansaba con la cabeza descubierta y un brazo doblado sobre la cara para resguardarse los ojos. No alcanzaba a verle el rostro, pero no le parecía muy joven. En el otro brazo, estirado a lo largo del cuerpo, se veía la camisa desgarrada hasta el hombro y un vendaje improvisado con lo que quedaba de la manga, teñido con su sangre. Eldero dedujo que se trataba del agresor al que Little Joseph había hecho probar la hoja de su cuchillo. En ese momento era lo que menos le importaba. De él ya tenía todo lo que necesitaba, de modo que dirigió su atención al otro.
Desde su puesto de observación veía una silueta envuelta en una manta y oculta bajo un sombrero de ala ancha. El hombre se había dormido estrechando en la mano el pañuelo que habitualmente debía de llevar al cuello. Eldero se consideró afortunado y no se preguntó por qué el asesino habría hecho eso. Acaso porque temía que le molestara durante el sueño, o acaso por alguna estúpida broma entre borrachos.
O porque los espíritus ayudaban a Eldero.
El detalle que le interesaba era que la mano se había abierto y ahora ese pequeño trozo de tela roja se hallaba a su alcance.
Se aproximó arrastrándose, pidiendo a la Tierra que lo ocultara entre sus brazos hasta donde fuera posible y le concediera los dones del silencio y la invisibilidad. La Tierra debió de atender su ruego, porque ni la menor señal de su presencia llegó a los hombres dormidos.
Continuaron su sueño sin advertirlo, mientras una sombra se aproximaba y se proyectaba para apoderarse de dos sombreros y un pañuelo. Ese gesto se tornó un triunfo en el pecho de Eldero pero careció de significado para el estupor plateado de la noche.
Obtendría justicia, y esos hombres pagarían con la peor de las muertes.
Aferrando su botín salió del círculo de las llamas y poco después llegó sin dificultad junto a su caballo, con un grito de satisfacción guerrera atravesándole silenciosamente el pecho. Mientras montaba y se alejaba sin hacer ruido, igual que como había llegado, se dijo que debía darse prisa.
Todavía le quedaba mucho camino por recorrer, antes de que saliera el sol.
Cuando Eldero llegó cerca de la cueva, el sol ya estaba alto.
En el trayecto de regreso no se preocupó demasiado por borrar sus huellas, pues confiaba en la ventaja que llevaba. Cuanto antes llegara a Aá, más deprisa terminaría todo. Solo necesitaría tiempo para llevar a cabo sus preparativos. Llegado ese momento nada ni nadie podría interrumpir aquello que solo él podía iniciar.
Todo quedaría concluido en pocas horas.
Entonces, de esos hombres con un alma tan negra como el lugar que los esperaba solo restaría sobre la tierra el recuerdo del mal que habían hecho y por el cual habían pagado.
Se aproximó a la entrada de la cueva y pronunció el nombre de su hija sin alzar mucho la voz. Dentro estaban el arco y las flechas que utilizaba para cazar cuando subía hasta allí. Thalena sabía usarlos con bastante habilidad, y ahora, trastornada por los hechos recientemente ocurridos, Eldero no quería que, además, cargara también en su conciencia la culpa de haber matado por error a su padre. Por otro lado, consideraba demasiado valiosa su vida para perderla antes de realizar la tarea que se había fijado.
La cara de Thalena asomó entre las rocas. Cuando se dio cuenta de que la voz que la llamaba era la de su padre, salió al descubierto. Eldero dejó el caballo y con pocos y ágiles pasos la alcanzó.
– ¿Cómo está la niña?
– Bien. ¿Has visto a Colin? ¿Por qué no ha subido contigo?
Eldero la miró a los ojos sin decir una palabra. Era la misma mirada que le dirigió cuando tuvo que anunciarle la muerte de su hermano Cochito. Después se llevó una mano al bolsillo de la chaqueta y tendió a su hija el amuleto de plata que antes pendía del cuello de Colin.
Cuando lo tuvo en las manos, Thalena lo comprendió todo y dejó escapar un gemido sofocado. Con ojos incrédulos y llenos de dolor, retrocedió un paso, al tiempo que se llevaba una mano al estómago y otra a la boca, como si fuera a vomitar. Se volvió de golpe y entró en la cueva. Eldero se quedó fuera para darle tiempo a llorar cuanto quisiera, sin que se avergonzara por su presencia. Aguardó un rato que le pareció interminable, mientras pensaba en ese joven al que había concedido como esposa a su hija y que le hacía experimentar por segunda vez la pena que se siente por la pérdida de un hijo.
Eldero, gran jefe de la nación navajo, por primera vez en su vida desde que se había hecho hombre, se permitió el lujo de unas lágrimas.
Cuando calculó que había dado a Thalena tiempo suficiente para llorar a su marido, entró también en la cueva. La encontró apoyada en la pared de rocas, sentada en el suelo con la niña en los brazos. Estaba amamantándola, como si alimentar a su hija fuera en aquel momento el único gesto posible para aferrarse aún a la vida.
Thalena lo miró con ojos límpidos, sin lágrimas. Si había llorado, en su rostro no quedaba señal alguna. En su voz resonaba el coraje con la fuerza de un río en crecida.
– Se llamará Linda.
Eldero pensó que el espíritu de la Mujer Araña se hallaba presente en el ánimo de su hija y sintió en el pecho una oleada de orgullo. Sabía que ese era el nombre de la pequeña bá'jíyéhé blanca, la hermana de Colin.
Y se dijo que era justo.
Por la vida de una mujer enviada a la muerte, la vida de una mujer llegada a la luz.
– De acuerdo.
Esperó hasta que la pequeña terminó de alimentarse. Después, vio cómo se dormía en los brazos de la madre. Thalena la envolvió en la manta y la acomodó con cuidado para que durmiera en un pequeño lecho que había improvisado con una piel.
Luego se volvió hacia él. Su voz era firme.
– ¿Cómo ha sido?
Eldero sabía a qué se refería Thalena. Pero no quería horrorizarla con los detalles.
Había otras cosas más urgentes que hacer.
Meneó la cabeza para subrayar sus palabras.
– No hay tiempo. Ahora debes marcharte.
Thalena no preguntó por qué, solo preguntó adónde.
– Baja la montaña y sigue el camino hacia el este. Debes continuar hasta Fort Defiance y llegar al campamento de Herrero y sus hombres. Allí estarás a salvo.
– ¿Tú no vienes?
– Sí. Te alcanzaré en cuanto pueda. Antes debo hacer algo, y para hacerlo debo estar solo.
Thalena no puso objeciones. Sabía que no era momento para el orgullo. Si Eldero así lo quería, así debía ser. Cogió las pocas provisiones y el agua y se preparó para partir. Levantó en brazos a la pequeña envuelta en la manta con el emblema de Eldero. Con una piel de gamo pintada con figuras rituales que vio en una pared de la cueva improvisó una rudimentaria bolsa para cargarla sujeta al pecho. Estaba segura de que a los espíritus no les molestaría que sus imágenes se usaran para proteger a una joven vida del frío y la intemperie.
– Voy a buscar el caballo.
Eldero salió de la cueva y fue hasta el lugar en el que dejaba los animales cuando se retiraba a la montaña para entregarse a sus meditaciones. Era un lugar apartado, oculto entre las rocas, bastante resguardado de la vista de cualquiera que por casualidad pasara por allí.
Acarició el hocico de Metzcal para tranquilizarlo. Luego le echó sobre el lomo la montura liviana, la ajustó, y a continuación le colocó la cabezada con las riendas. Cuando volvió junto a la entrada, Thalena lo esperaba, con la niña colgada junto al pecho y la mirada ya puesta en el viaje que debía realizar.
Eldero la esperó y sostuvo a la pequeña mientras ella montaba. Luego le tendió el minúsculo envoltorio de su nieta. Se aseguró de que quedara bien sujeta al pecho de Thalena, a quien entregó su escopeta.
– Ten. Yo no la necesitaré.
Sin decir nada, Thalena cogió el arma como prenda del amor de un padre. Si no volvían a verse, aquel sería el último momento que tendrían para recordar. Se miraron un instante… sus ojos contenían toda la añoranza por lo que habían perdido.
Tal vez porque acababa de convertirse en madre, ahora Thalena sabía mejor qué significaba ser hija.
– Ven pronto. Te esperaremos.
– Márchate.
Thalena espoleó a su cabalgadura, y Eldero permaneció de pie junto a la entrada de su refugio secreto hasta que la vio echarle una última mirada y desaparecer entre los árboles.
Luego volvió a entrar con decisión en la cueva. Cuando salió llevaba en una mano los sombreros, el jirón de camisa y el pañuelo robados en su incursión de la noche anterior. En la otra cargaba una vasija de terracota ancha y baja.
Colgada al hombro como un arma llevaba su bolso de medicinas, el símbolo de su poder, el medio ancestral de su venganza.
Dejó su carga en el suelo y fue a recoger unas ramitas secas en la linde del bosque. Las rompió y las puso en la vasija. Agregó un puñado de agujas de pino que olían a resina y encendió el fuego en un brasero improvisado. Cuando las llamas se elevaron, cogió el cuchillo y cortó un pedazo de cada uno de los sombreros. Los mantuvo suspendidos sobre las llamas hasta que ardieron. Luego los dejó caer en el brasero. Lo mismo hizo con un pedazo del pañuelo y del jirón de la camisa ensangrentada que había encontrado en las manos de uno de los muertos en Flat Fields. Contempló el humo oscuro que se desprendía de esos trozos de telas, que se quemaban con dificultad. De su saco de medicinas cogió una pizca de un polvo amarillento y lo esparció sobre las llamas. De inmediato el fuego se avivó. El color del humo viró enseguida hacia el blanco sucio y se esparció por el aire con un leve olor a azufre.
Eldero removió con un palito los residuos y agregó más polvos para alimentar la combustión hasta que en la vasija no quedaron más que cenizas. Cogió del suelo una piedra redondeada en un extremo y, empleándola como la mano de un mortero, las molió hasta hacer una masa homogénea.
Permaneció un instante contemplando el resultado, mientras oía cómo su corazón latía en su pecho como un tambor de guerra.
En ese momento, las cenizas que había en el brasero contenían la esencia de cuatro hombres. La sangre, el sudor y los humores de sus cuerpos de asesinos de mujeres, viejos y niños.
No habría piedad para ellos.
Colocó la vasija frente a él y se quedó un cuarto de hora sentado, con las piernas cruzadas y los ojos cerrados, pronunciando entre dientes un cántico seco, unos pocos versos repetidos con la misma melodía que Thalena había oído salir de su flauta. La música era igual, pero las palabras que la acompañaban pedían la ayuda de Shimah, la Tierra Madre de todos los seres humanos, para obtener justicia por un mal sufrido.
Por su mente pasaban imágenes del pasado, épocas felices vividas por su gente en el comienzo de los tiempos. Escenas de vida y de caza, de amor y de danza, cielos azules y polvo del desierto, matas rodantes empujadas por el aire y el verde del bosque, rostros de hombres y de mujeres que ya estaban muertos antes de que él viniera al mundo pero que habían vivido libres en una tierra que con todo derecho llamaban suya.
En cierto momento sintió cómo se levantaba el viento, aunque a su alrededor el aire seguía quieto. Cada parte de su cuerpo se envolvió en ese remolino inmóvil, tanto que por instante tuvo la sensación de que alzaría el vuelo, que subiría leve en el torbellino como una pluma para competir con el águila en el azul del cielo y ver el mundo desde lo alto.
Luego todo se detuvo, quizá también el tiempo… y su corazón, que latía con el tiempo.
Cuando abrió los ojos supo que su plegaria había sido escuchada.
Miró esas cenizas hijas del fuego y recuerdo de hombres y supo que todavía faltaba algo.
Cogió el cuchillo que había dejado en el suelo junto a él. Lo empuñó con firmeza y con la punta afilada se hizo un corte en la palma de la mano derecha. No experimentó ningún dolor mientras la hoja trazaba un surco en su carne.
Su sangre manó roja de ira, ansiosa por conocer el mundo.
Eldero mantuvo la mano suspendida sobre el brasero de terracota y dejó que cayeran unas gotas para que impregnaran las cenizas que cubrían el fondo.
Ahora el pacto estaba completo. Faltaba un solo gesto, y luego, la sombra alimentada en el seno de la Tierra llevaría a los hombres su justicia. Embargado por la satisfacción y la tristeza de su poder, Eldero se puso en pie y, llevando consigo el saco y el brasero, entró de nuevo en la cueva.
One Feather tenía miedo, y no conseguía decidirse a salir de su escondite.
Había visto cómo la mujer se alejaba a caballo con un niño al pecho y había dejado que se marchara. En esas condiciones no podría viajar con rapidez, de modo que en poco tiempo él la alcanzaría. Aunque llevaba una escopeta, matarla sería fácil como todas las cosas desprovistas de honor.
Había llegado sin dificultad a ese lugar de las montañas. La noche anterior, se había despertado en el campamento con la vejiga llena y la boca todavía pastosa por el efecto del whisky. Antes de ponerse en pie y alejarse a orinar, tendió la mano por instinto en busca del sombrero.
No lo encontró. Se sentó y miró en torno, desconcertado. Sin embargo recordaba muy bien, a pesar de los efectos del alcohol, que lo había usado para taparse la cara antes de quedarse dormido. Lo buscó, y observó que también faltaba el sombrero de Wells. Nunca lo utilizaba para resguardarse la cara de la humedad cuando hacían vivaque. Ese hombre era muy maniático en el cuidado de su sombrero. Todas las noches lo colgaba del pomo de la silla mexicana que usaba como almohada, y lo frotaba continuamente con la manga de la camisa para quitar el polvo a la plata de los adornos.
Y ahora el pomo de la silla estaba vacío.
También faltaba el pañuelo que Scott Truman había agitado, entre las carcajadas de todos, simulando que era un cuero cabelludo. Se había dormido sosteniéndolo en las manos, mientras mascullaba algo indescifrable pero que sonaba a una especie de amenaza contra el que tocara su trofeo.
De pronto One Feather se sintió despierto y lúcido.
Cogió la escopeta y se levantó al tiempo que recorría con la mirada la oscuridad que reinaba entre los árboles, más allá del círculo visible delimitado por la luz del fuego. Tocó ligeramente con el cañón del arma el costado de Wells, que dormía a su izquierda. Este abrió los ojos enseguida y lo miró sin sorpresa, ya alerta. Su voz no denotaba rastros de la borrachera de la noche anterior.
– ¿Qué pasa?
– Ha venido alguien.
Por debajo de la manta emergió de inmediato su mano, que empuñaba la Remington. Masticó una maldición y un instante después estaban los dos de pie, protegiéndose las espaldas, con las armas preparadas y listas para disparar. No era más que un reflejo condicionado. Ambos sabían que si alguien había merodeado por el campamento habría podido matarlos mientras se hallaban dormidos e indefensos. Si no lo había hecho en ese momento, era bastante improbable que se hubiera quedado por los alrededores para dispararles ahora, ya alertados.
Tras coger del fuego una brasa encendida, One Feather pasó por encima del cuerpo de Ozzie, que roncaba, y avanzó unos pasos, escrutando con atención el terreno con ayuda de esa débil fuente de luz.
– Aquí. Ven.
Wells se acercó y él le señaló, a la claridad de la antorcha improvisada, una huella en el suelo.
– No son botas de blancos. Mocasines. De un solo hombre.
Miraron alrededor. Luego, mientras Wells volvía junto al fuego para despertar a los compañeros de viaje, exploró las cercanías hasta encontrar el lugar donde el visitante nocturno había dejado el caballo.
Entonces tuvo la absoluta certeza de que se trataba de una sola persona.
Cuando volvió al lado de la fogata, una leve claridad hacia el este dibujaba entre los árboles el contorno de las montañas. Ahora también los demás estaban en pie y despiertos y lo miraban con ojos enrojecidos y legañosos.
– ¿Has encontrado algo?
Truman se lo preguntó articulando con dificultad. Todavía tenía la boca pegajosa.
No contestó. Se dirigió a Wells.
– Tenía razón. Un solo hombre. Y un caballo sin herraduras.
Ese blanco que sabía ser casi tan cruel como él volvió la cabeza hacia la primera luz del alba.
– Dentro de poco habrá luz suficiente para poder seguirle el rastro.
Se miraron a los ojos. Wells había dicho las palabras que se esperaban de él.
– Ve y mátalo. Nos vemos en Pine Point.
Sin añadir más fue hasta los caballos y partió siguiendo una huella desconocida, cuyo final era la certeza de la muerte de un hombre. El rastro resultaba evidente y fácil de seguir. Correspondía a un hombre despreocupado de que lo siguieran, lo cual facilitaba la tarea.
Las huellas lo llevaron hasta la cueva oculta entre las rocas. No le asombró en absoluto descubrir que el visitante nocturno era Eldero. Solo sintió que lo atravesaba una leve inquietud. Aquel debía de ser su lugar sagrado, donde hablaba con los espíritus. Todos los hechiceros tenían uno, y One Feather sabía que el viejo navajo era un brujo de los más poderosos.
Desde su escondite tras los arbustos, después de que la muchacha partiera, vio cómo cortaba con el cuchillo su sombrero, el de Wells, el pañuelo de Truman y algo que parecía un jirón de la camisa de Ozzie. Apenas obtuvo los pedazos, los puso a quemar en una vasija de terracota.
Sin duda estaba realizando una de sus magias.
Había algo de tenebroso en esa ceremonia, algo que, mientras miraba, sentía que le corría por el estómago, las piernas y la cabeza. Nadie había nunca sido testigo de los ritos secretos de los chamanes. One Feather conocía el miedo y sabía cómo lograr vencerlo.
Pero no ese.
Desde su puesto de observación habría podido poner fin a todo y lanzar al corazón de Eldero una flecha certera. Pero sabía que se encontraba en presencia de algo que no podía detenerse con una flecha ni con un disparo de escopeta.
Con toda seguridad Wells se habría reído de sus temores y le habría preguntado si se estaba convirtiendo en una estúpida squaw. Pero Wells era solo un blanco, y por lo tanto no podía saber.
Una vez que Eldero terminó su ceremonia y desapareció dentro de la cueva, One Feather dejó pasar unos instantes antes de decidirse a seguirlo. Cuando logró hacerlo, fue solo porque el miedo a que lo llamaran cobarde era más fuerte que el temor que Eldero despertaba en él.
Dejó el arco y las flechas en el suelo y se dirigió a la entrada de la gruta, sin más arma que el cuchillo. Acababa de ver el lugar por el cual Eldero había penetrado entre las piedras, pero aun así le costó distinguirlo, tan oculto se hallaba.
Permaneció unos segundos al acecho, aguzando el oído.
Del interior llegaba el sonido lento y sinuoso de una antigua letanía cantada a media voz. No conseguía comprender las palabras, pero la voz de Eldero le causó escalofríos. Era la voz de un hombre en contacto con algo cuya fuerza los demás seres humanos solo podían imaginar, y temer por su debilidad ante ello. Su mano apretó la empuñadura del cuchillo, como para aferrarse a lo único seguro con que contaba en aquel momento.
Luego se giró de costado y pasó el cuerpo por la abertura.
Al cabo de unos pocos pasos por un pasaje oscuro y estrecho, alcanzó el espacio central de la cueva, que se abría hacia la derecha de la entrada. Esperaba encontrarse con la oscuridad o a lo sumo con un corredor apenas iluminado por el resplandor de alguna antorcha colocada por Eldero. En cambio, para su gran sorpresa, desde una abertura que había en lo alto se filtraban unos débiles rayos de sol. Y las paredes de arenisca los refractaban en una suerte de iluminación natural.
Se detuvo un instante, oculto detrás de un saliente formado por un gran peñasco que prolongaba sobre el lado derecho el pasaje de entrada. Ahora la voz de Eldero se oía más fuerte, pero las palabras de su cántico seguían siendo incomprensibles. One Feather se dio cuenta de que no se trataba de ninguna de las lenguas indígenas que conocía. Probablemente fuera un canto en la lengua de los antiguos, los que habían poblado la Tierra antes que ellos y que habían dejado su herencia de sabiduría a unos pocos elegidos.
Ese cántico contenía un lóbrego presagio de muerte, pero no de la muerte que un hombre puede dar o recibir. Era la oscuridad de una noche sin luna y sin estrellas, pero sobre todo sin la promesa del alba.
Aspiró una bocanada de aire y se asomó con sigilo sobre el borde rocoso.
Eldero estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, de espaldas a la entrada. Su cuerpo se mecía hacia delante y hacia atrás, como si la voz no proviniera solo de su boca sino de todo su ser.
One Feather no alcanzaba a distinguir qué tenía Eldero en el suelo frente a sí. Solo, en determinado momento, lo vio levantar la vasija de terracota que contenía las cenizas producto del extraño rito realizado fuera.
Cuando Eldero bajó los brazos y agachó la cabeza, One Feather decidió entrar en acción. Dejó su escondite y, con movimientos silenciosos como si careciera de cuerpo, llegó a espaldas de Eldero. Le aferró la cabeza con la mano izquierda y, mientras pedía perdón a los espíritus, con la derecha le cortó la garganta.
El canto se interrumpió de golpe.
El hombre al que había matado cayó sobre el costado izquierdo. La sangre que manaba a borbollones de las arterias cortadas empapaba la tierra. Antes de morir, Eldero tuvo fuerzas para volverse, como si quisiera conocer la identidad de su asesino.
Cuando vio de quién se trataba, no mostró sorpresa. Solo hizo algo que provocó que recorriera un intenso escalofrío todo el cuerpo de One Feather.
Sonrió.
Unos segundos antes de cerrar los ojos e iniciar su viaje hacia el reino de los muertos, le dejó como único mensaje esa sonrisa burlona que quedó en su cara aun después de que su espíritu se marchara.
One Feather se levantó de golpe. De pronto sintió un frío que le atravesaba la carne y los huesos. No se llevaría el cuero cabelludo de ese hombre que yacía muerto a sus pies. No le reportaría honor alguno, y además sentía que, de hacerlo, la mala suerte lo acompañaría hasta el fin de sus días.
Antes bien, abandonaría de inmediato aquel lugar y…
Entonces vio lo que Eldero tenía delante.
A un paso del cuerpo tendido en el suelo, apoyado sobre una piedra plana, había un gran recipiente de metal amarillo. One Feather advirtió enseguida de qué se trataba. La vasija era de ese material que los navajos llamaban óóla y que los blancos, en su codicia, adoraban con el nombre de «oro». Alrededor del borde se veían unos signos grabados en una lengua que One Feather no sabía leer. La escasa luz jugueteaba sobre la superficie brillante. Bastaba con mover apenas la cabeza, y se dibujaban reflejos de color cálido y agradable, como el de los cereales maduros.
El interior estaba lleno de una arena blanca, de aspecto finísimo, casi impalpable. Sobre la superficie destacaba la mancha oscura de las cenizas de la vasija de terracota, que Eldero había derramado allí. Eran los signos de la vida y de la muerte, el blanco del amanecer y la oscuridad de la noche, el reflejo del sol en el agua y la despedida cuando desaparece en las profundidades de la tierra.
Se aproximó con el temor y la reverencia que inspira un objeto sagrado. Pero había tenido demasiado contacto con los blancos para no habérsele contagiado su misma codicia.
Colocó las dos manos bajo la vasija. En sus ojos brillaba, junto con el reflejo del oro, la ilusión de la riqueza que le esperaba.
No llegó a levantarla del suelo.
De golpe se quedó ciego, mientras una punzada insoportable atravesaba su cabeza con la hoja de mil puñales candentes. Cayó de rodillas, sin más recuerdo que ese dolor jamás experimentado por ningún hombre.
No vio una leve lluvia de tierra que caía del techo de la cueva. No notó cómo cubría sus ropas y sus manos como un velo tenue. Solo sentía en la carne ese dolor inhumano con sus miles y miles de puñales ardientes. Ante ese sufrimiento, hasta la razón buscaba refugio en la locura.
Se desplomó en el suelo implorando una piedad que sabía que no llegaría.
Todo duró pocos instantes. Pero cuando llegó la muerte para brindarle su oscuro alivio, le pareció que la espera para hacer ese viaje había sido interminable.