TERCERA PARTE

Una semana después de leer el texto de Verano, me encontraba en California, en Oakland, llamando al timbre de la casa de Walker. No le había escrito ni llamado para decirle lo que pensaba de la segunda parte de su libro, y él tampoco se había puesto en contacto para preguntar. Creí mejor abstenerme de ofrecer comentario alguno hasta verlo personalmente, y con nuestra programada cena avecinándose en el inmediato horizonte, pensé que pronto tendría ocasión de hacerlo. No podía explicar por qué era tan importante para mí, pero quería que me mirase a los ojos cuando le dijera que no me había asqueado lo que había escrito, que no me había parecido crudo ni repugnante (por citarle sus propias palabras), y que mi mujer, que ya había leído la primera y la segunda parte, pensaba lo mismo que yo. Ese era el pequeño discurso que repasaba en mi cabeza cuando cruzaba en taxi el puente que une San Francisco con Oakland, pero no pude expresarle mi opinión. Resultó que Walker había muerto sólo veinticuatro horas después de enviarme el manuscrito, y cuando llegué a la puerta de su casa, sus cenizas ya llevaban tres días bajo tierra.

Rebecca fue quien me dijo esas cosas, la misma Rebecca de que me hablaba Adam en su segunda carta, su hijastra de treinta y cinco años, una mujer alta, de hombros anchos, piel morena, ojos penetrantes, y un rostro bonito y atractivo en un sentido nada convencional, que se refirió al marido blanco de su madre no como su padrastro, sino como su padre. Me gustó que utilizara esa palabra, me alegré de saber que Walker había sido capaz de inspirar ese grado de afecto y lealtad en una persona que no era de su sangre. Esa única palabra me lo dijo todo sobre la clase de vida que había llevado en aquella pequeña casa de Oakland con Sandra Williams y su hija, que acabó siendo de él también, y que, aun después de la muerte de su madre, había permanecido al lado de Adam hasta el final.

Rebecca me comunicó las noticias segundos después de abrirme la puerta y hacerme pasar a la casa. No debería haberme sorprendido, pero me quedé perplejo. A pesar de la debilidad y el miedo que percibí en su voz cuando hablamos por teléfono, pese a mi certidumbre de que se estaba aproximando a su fin, no había pensado que ocurriría justo ahora, había supuesto que aún le quedaba algún tiempo; el suficiente para nuestra cena, en cualquier caso, tal vez lo bastante para que terminara el libro. Cuando Rebecca pronunció aquellas palabras -Mi padre falleció hace seis días-, me sentí tan desconcertado, tan reacio a aceptar el carácter irrevocable de su afirmación, que una súbita oleada de vértigo me inundó la cabeza, y tuve que preguntarle si podía sentarme. Me condujo al salón, me ayudó a sentarme en una butaca, y luego fue a la cocina a traerme un vaso de agua. Al volver, se disculpó por su estupidez, aunque no era necesaria disculpa alguna, y aun cuando ella podía ser cualquier cosa menos estúpida.

No me he enterado de que mi padre y usted iban a cenar juntos esta noche hasta hace escasamente una hora, explicó. Desde el día del funeral, he estado viniendo aquí para ordenar sus cosas, y hasta las seis de esta tarde no se me ha pasado por esta tonta cabecita mía abrir su agenda para ver si tenía que cancelar alguna cita. Cuando vi lo de las siete de la tarde, llamé inmediatamente a su casa de Brooklyn. Su mujer me dio el número de su hotel en San Francisco, pero cuando hablé con ellos me dijeron que no estaba en su habitación. Me figuré que ya vendría de camino hacia acá, así que llamé a mi marido, le dije que diera de cenar a los niños, y me quedé aquí para esperarlo a usted. Quizá no se haya dado cuenta, pero ha llamado al timbre exactamente a las siete en punto.

En eso quedamos, repuse. Le prometí que estaría aquí a las siete en punto. Pensé que a su padre le haría gracia mi puntualidad.

Seguro que sí, contestó ella, con una pizca de tristeza en la voz.

Antes de que pudiera responderle, cambió de tema y volvió a excusarse por algo que tampoco requería disculpas. Pensaba llamarlo dentro de unos días, prosiguió. Su nombre está en la lista, y lamento no haberlo encontrado antes. Papá tenía muchos amigos, a montones. Muchísima gente con la que ponerse en contacto, y luego había que organizar el funeral, y un millón de cosas de que ocuparse, y supongo que podría decirse que he estado un poco agobiada. No es que me queje. Es mejor estar muy ocupada en momentos como éste que quedarse quieta y deprimirse, ¿no le parece? Pero siento de verdad no haberme puesto antes en contacto con usted. Papá se puso muy contento cuando le contestó a su carta el mes pasado. Desde que tengo memoria no ha dejado de hablar de usted, así que tengo la impresión de conocerlo de toda la vida. Su amigo de la universidad, el que se ha hecho famoso en el mundo entero. Es un honor conocerlo al fin. No en las mejores circunstancias, desde luego, pero me alegro de que haya venido.

Yo también, repuse, sintiéndome un tanto calmado por el parloteo de su sonora y reconfortante voz. Su padre estaba escribiendo algo, añadí. ¿Sabe usted algo de eso?

Me lo mencionó. Un libro titulado 1967.

¿Lo ha leído?

No.

¿Ni una palabra?

Ni una sola letra. Hace un par de meses me encargó que, si se moría antes de terminarlo, borrara el texto de su ordenador. Simplemente lo suprimes y te olvidas, insistió, no tiene importancia.

¿Así que lo ha borrado?

Naturalmente. No está bien desobedecer la última voluntad de una persona.

Bueno, pensé. Qué bien que esta mujer no haya puesto los ojos en el relato de Walker. Menos mal que no se ha enterado del secreto de su padre, que sin duda la habría afectado profundamente, dejándola confusa, deshecha. Yo me lo había tomado con calma, pero eso era porque no pertenecía a la familia de Walker. Había que imaginarse a su hija teniendo que leer esas cincuenta páginas. Inconcebible.

Estábamos sentados frente a frente en el salón, instalados cada uno en una butaca mullida y baqueteada. Mobiliario mínimo, un par de pósters enmarcados en una pared (Braque, Miró), otra pared forrada con libros del techo al suelo, una alfombra de algodón en el centro de la estancia, y un cálido crepúsculo de California cerniéndose al otro lado de la ventana, tenue y amarillento: la confortable pero modesta vida a que Walker se había referido en su carta.

Apuré el resto del agua que me había traído Rebecca y dejé el vaso en la mesita redonda de patas cortas que había entre los dos. Entonces le pregunté: ¿Qué me dice de la hermana de Adam? La traté un poco, allá por los años sesenta, y a veces me he preguntado qué habrá sido de ella.

La tía Gwyn. Vive en el Este, de manera que no la conozco mucho. Pero siempre me ha caído bien. Una mujer generosa, divertida, y mi madre y ella congeniaban, estaban muy unidas. Asistió al funeral, claro está, se quedó unos días aquí, y esta misma mañana ha vuelto a su casa. La muerte de papá la ha afectado mucho. Todos sabíamos que estaba muy enfermo, éramos conscientes de que no iba a durar mucho, pero ella no estuvo por aquí al final, no vio cómo se nos iba yendo, así que no contaba con que sucediera tan pronto. En el funeral lloraba a lágrima viva, no paraba de sollozar, es decir, estaba verdaderamente deshecha, y yo sólo podía abrazarla y tratar de no derrumbarme yo también. Mi pequeño Adam, decía una y otra vez. Mi pobrecito Adam.

Pobrecita Gwyn.

Pobres de todos nosotros, repuso Rebecca, mientras sus ojos empezaban de pronto a refulgir. Segundos después, una lágrima solitaria surgió en su ojo izquierdo y le resbaló por la mejilla, pero no se molestó en enjugársela.

¿Está casada?

Con un arquitecto llamado Philip Tedesco. He oído hablar de él.

Sí, es muy conocido. Llevan mucho tiempo casados y tienen dos hijas ya mayores. Una de ellas tiene exactamente mi edad.

La última vez que vi a Gwyn, hacía estudios de posgrado en literatura inglesa. ¿Llegó a sacar el doctorado? No estoy segura. Lo único que sé es que trabaja en una editorial. Es directora de una casa de edición universitaria en la región de Boston. Grande, importante, pero por nada del mundo me acuerdo ahora de cómo se llama. ¡Vaya! A lo mejor me acuerdo más tarde.

No se preocupe. No tiene importancia.

Sin pensar, metí la mano en el bolsillo y saqué una lata de Schimmelpenninck, los puritos holandeses que fumo desde los veintitantos años. Estaba a punto de abrir la tapa, vi que Rebecca me miraba, y vacilé. Antes de que pudiera preguntarle si no le importaba que fumara en la casa, se levantó de un salto de la butaca y dijo: Voy a traerle un cenicero. Con toda naturalidad, simpática, una de las últimas norteamericanas que no se había incorporado a la Policía del Tabaco. Luego añadió: Creo que hay uno en el estudio de mi padre… En ese momento se golpeó la frente con la base de la mano y murmuró con enfado: Santo Dios, no sé lo que me pasa hoy.

¿Ocurre algo?, le pregunté, perplejo por lo alterada que se había puesto.

Tengo una cosa para usted, me dijo. Está encima de su escritorio, y se me ha ido de la cabeza hasta este mismo momento. Iba a enviársela por correo, pero entonces, cuando he mirado en su agenda y he visto que venía usted esta noche, pensé en dársela personalmente. Pero le juro que, si no hubiera mencionado el estudio de mi padre, habría dejado que se fuera de esta casa con las manos vacías. Creo que me estoy volviendo senil.

Así que la acompañé al estudio, una habitación de tamaño medio en la planta baja con un escritorio de madera, otra pared atestada de libros, archivadores, un ordenador portátil y un teléfono: no tanto el pequeño despacho casero de un abogado como un lugar para meditar, un vestigio de la primera etapa de la vida de Walker como poeta. Encima del ordenador cerrado había un sobre de papel marrón. Rebecca lo cogió y me lo entregó. Llevaba escrito mi nombre en la parte delantera, en letras de imprenta, y justo debajo, en cursivas más pequeñas, leí: Notas para Otoño.

Papá me dio esto dos días antes de morir, me informó Rebecca. Debían de ser sobre las seis de la tarde, porque recuerdo que cuando acabé mi turno en el hospital me vine derecha hacia acá para ver cómo estaba. Me dijo que había hablado por teléfono con usted unas dos horas antes, y que en el caso de que…, si ocurría lo que ya sabe, no quiero pronunciar más esas palabras, se lo entregara cuanto antes. Parecía tan cansado…, tan agotado, que cuando me lo dijo, me di cuenta de que las cosas iban mal, de que empezaban a abandonarle las fuerzas. Esas fueron sus dos últimos deseos. Borrar el archivo 1967 de su ordenador y darle el sobre a usted. Aquí lo tiene. No tengo la menor idea de lo que significa Notas para Otoño. ¿Y usted?

No, mentí. Ni la más ligera idea.

Aquella noche, de vuelta en mi habitación del hotel, abrí el sobre y saqué una breve carta de Walker escrita a mano junto con treinta y una páginas de notas que había mecanografiado a un espacio en el ordenador para imprimírmelas luego. La carta decía lo siguiente:

Cinco minutos después de nuestra conversación telefónica. Mi más profundo agradecimiento por tus palabras de ánimo. Mañana por la mañana, a primera hora, diré a mi asistenta que te envíe el segundo capítulo por correo urgente. Si lo encuentras repugnante, como mucho me temo, te ruego aceptes mis disculpas. En cuanto a las páginas del presente sobre, verás que se trata del bosquejo de la tercera parte. Aunque escritas con gran celeridad -estilo telegráfico-, el hecho de trabajar deprisa me ha ayudado a traer muchas cosas a la memoria, un diluvio de recuerdos, y ahora que he concluido el esbozo, no sé si seré capaz de transformarlo en una prosa legible. Estoy agotado, asustado, un tanto desquiciado, quizá. Voy a meter el texto en un sobre para dárselo a mi hija, que te lo enviará en caso de que no aguante lo suficiente para celebrar nuestra famosa y muy comentada cena. Estoy muy débil, con pocas perspectivas, sintiendo que se me acaba el tiempo. Me quedo sin vejez. Intento no amargarme, pero a veces no puedo evitarlo. La vida es una mierda, lo sé, pero lo único que quiero es vivir más, más años en este mundo dejado de la mano de Dios. Por lo que respecta a las páginas adjuntas, haz lo que quieras con ellas. Eres un amigo, el mejor de los hombres, y confío en tu buen juicio en todos los aspectos. Deséame suerte para el viaje. Con cariño, Adam.

La lectura de aquella carta me llenó de una inmensa e incontenible tristeza. Sólo unas horas antes, Rebecca me había conmocionado con la noticia de su fallecimiento, y ahora Walker me hablaba de nuevo, un muerto estaba hablando conmigo, y tuve la sensación de que mientras tuviera la misiva en las manos, mientras las palabras de aquella carta siguieran ante mis ojos, sería como si hubiera resucitado, como si hubiera vuelto momentáneamente a la vida con la nota que me había escrito. Extraña reacción, quizá, sin duda lamentable y estúpida, pero estaba demasiado consternado para rechazar las emociones que me invadían, y así leí la carta seis o siete veces más, diez, una docena de veces, las suficientes para aprenderme de memoria cada palabra antes de tener el valor de dejarla a un lado.

Fui al minibar, me serví dos botellines de whisky escocés en un vaso largo, y me volví a la cama, a sentarme con el esbozo de la tercera y última parte del libro de Walker.

Telegráfico. Frases sin terminar. De principio a fin, escrito así. Va a la tienda. Se queda dormido. Enciende un cigarrillo. En tercera persona, esta vez. En tercera persona, en tiempo presente, y por tanto decidí seguir su pauta y presentar su relato exactamente de la misma manera: en tercera persona, tiempo presente. Por lo que respecta a las páginas adjuntas, haz lo que quieras con ellas. Me había dado su permiso, y no creo que el hecho de transformar en frases completas sus apuntes cifrados en Morse constituya en modo alguno una traición. Pese a mi intervención para corregir el texto, en el sentido más profundo y verdadero de lo que significa narrar una historia, hasta la última palabra de Otoño está escrita por el propio Walker.

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