CAPÍTULO 25

Probablemente Bath nunca había conocido un día tan grandioso como aquel en que la señorita Claudia Martin, dueña y directora de la Escuela de Niñas de la Señorita Martin, se casó con el marqués de Attingsborough.

Entre los invitados había tantas personas con título que un bromista que esperaba en medio de la multitud de personas que se habían congregado en el patio exterior de la Pump Room con el fin de ver llegar a la novia, preguntó en voz alta si el resto de Inglaterra estaba vacío de títulos en esos momentos. «Y nadie los echará de menos», añadió, incitando con eso a una mujer grande con un canasto más grande aún colgado del brazo a preguntarle por qué había venido a mirar entonces.

Todo aquel que tenía motivo para atribuirse algún tipo de parentesco con el marqués estaba en la lista de invitados, lógicamente. También estaban una numerosa cantidad de amigos y conocidos, entre ellos todos los Bedwyn, con la excepción de lord y lady Ranulf, que se encontraban a la espera de la llegada inminente de un añadido a su familia. El duque de Bewcastle permitió que su duquesa asistiera con él, puesto que Bath no estaba muy lejos de su casa y ella estaba gozando de buena y vigorosa salud a pesar de su delicado estado.

Claudia no dejaba de ver la ironía de todo.

De hecho, cuando la doncella de Frances, traída a la escuela con la expresa finalidad de que la peinara, estaba a la mitad de la tarea de hacerle un peinado elegante pero no recargado, le vino un ataque de risa y no pudo parar. La pobre doncella se vio obligada a interrumpir el trabajo de formarle un racimo flojo de rizos grandes y suaves para reemplazar el sencillo moño en la nuca que llevaba habitualmente.

Sus tres amigas, Susanna, Frances y Anne, estaban acompañándola en el dormitorio, mirando. Eleanor y Lila Walton ya se habían marchado a la iglesia con dos ordenadas filas de alumnas internas, de pago y de no pago, todas con sus mejores vestidos y su mejor conducta. Las alumnas externas asistirían a la boda con sus padres. También irían los profesores y las profesoras no residentes.

– Esta boda va a ser la más absurda jamás vista -dijo Claudia, entre risa y risa-. No me habría imaginado algo más estrafalario ni en mis más locos sueños.

– Absurdo -dijo Susanna, mirando de Anne a Frances-. Supongo que es un calificativo apropiado. Claudia se va a casar en presencia de una buena mitad de la alta sociedad.

– Va a tener a un «duque» por suegro -dijo Frances.

– Y al heredero de un duque por marido -añadió Anne.

Todas se miraron muy serias, con las caras impasibles, y luego se desternillaron de risa.

– Es de lo más divertido -convino Frances-, nuestra Claudia va a ser «duquesa» algún día.

– Es un justo castigo por todos mis pecados -dijo ella.

Recuperó la seriedad al volver la atención a su imagen en el espejo y ver el esplendor de su vestido nuevo color albaricoque y la frívola pamela nueva de paja que la doncella le estaba prendiendo con horquillas sobre el exquisito moño de rizos en la nuca. ¡Una pamela de paja a comienzos de octubre!

¡Buen Dios! ¿De veras se veía diez años más joven que sólo unos meses atrás? Tenía que ser sólo su imaginación, seguro. Pero los ojos se le veían más grandes de lo que los recordaba, y los labios más llenos. Y tenía más color en las mejillas.

– Pero ¿quién podría haberse resistido a los encantos de Joseph? -Dijo Susanna-. Siempre le he tenido muchísimo cariño, desde que Lauren me lo presentó, pero se ha elevado inconmensurablemente en mi estima desde que tuvo la sensatez de enamorarse de ti, Claudia.

– ¿Y quién podía resistirse a un hombre que quiere tanto a su hija? ¿Sobre todo siendo ciega e ilegítima?

– Menos mal que nosotras tenemos a Lucius, Sydnam y Peter -añadió Frances-. Si no, podríamos tenerte una envidia de muerte, Claudia.

Claudia se giró en la banqueta. La doncella ordenó las cosas en el tocador y salió de la habitación.

– ¿Es natural que el día de una boda suscite emociones tan opuestas? -Preguntó Claudia-. Me siento tan feliz que podría reventar, y tan triste que podría llorar.

– No llores -dijo Susanna-. Se te pondrán los ojos rojos y los párpados hinchados.

Como le quedaron la noche pasada, pensó Claudia. El llanto comenzó con la cena de despedida en el comedor de la escuela, a la que se quedaron las alumnas externas, y continuó con el concierto sorpresa y los discursos que la siguieron. Continuó mientras abrazaba e intercambiaba unas últimas palabras con cada uno de los profesores y las alumnas. Y el broche final llegó un par de horas después, cuando se reunió en su sala de estar particular, que pronto sería la de Eleanor, con estas tres amigas, Lila y Eleanor, a hablar de recuerdos.

– Yo fui feliz enseñando aquí -dijo Anne en ese momento, interrumpiendo sus pensamientos-, y cuando me casé con Sydnam no estaba muy segura de si sería feliz con él. Pero lo soy, y tú lo serás con Joseph, Claudia. Aunque eso ya lo sabes.

– Es de lo más natural sentirse triste -dijo Frances-. Cuando me casé, tenía a Lucius y la promesa de iniciar una carrera como cantante, pero había sido feliz aquí. La escuela era mi hogar, y aquí estaban mis más queridas amigas.

Susanna se levantó y fue a darle un abrazo, con mucho cuidado para no estropearle el peinado ni la caída de la pamela.

– Esta escuela ha sido un hogar y una familia para mí -dijo-. Me trajeron aquí a los doce años, cuando no tenía adonde ir, y recibí educación y cariño. No me habría marchado si no hubiera conocido a Peter. Pero me alegro de haberme marchado, por el motivo obvio, por supuesto, pero también porque ahora no soportaría ser la última de nosotras que se queda aquí. Soy así de egoísta, ¿sabes? Pero no sé decirte lo feliz que me siento por ti, Claudia.

– Será mejor que nos vayamos -dijo Anne-. La novia no debe retrasarse y nosotras tenemos que estar en la iglesia antes que ella llegue. Y qué novia tan hermosa. Ese color te sienta a la perfección, Claudia.

– A mí me encanta la pamela -dijo Susanna.

Claudia contuvo las lágrimas mientras cada una la abrazaba, para luego bajar para subir al coche que las esperaba.

Después que se marcharon se puso los guantes y echó una última mirada a su dormitorio. Ya se veía vacío; esa mañana temprano se habían llevado el baúl y las maletas. Entró en su sala de estar y paseó la mirada por ella. Ya no estaban ahí sus libros. Esa sala ya no era suya.

Durante esa semana la escuela había sido oficialmente de Eleanor. Después de ese día sería la Escuela de Niñas de la Señorita Thompson.

Qué terrible dejar atrás toda una vida. Lo había hecho una vez antes y ahora lo volvía hacer. Era como nacer de nuevo, salir de la cómoda seguridad del útero para enfrentarse a lo desconocido.

Era algo terrible, aun cuando anhelaba comenzar su nueva vida, en el hogar que la aguardaba, con la valiente e inteligente niña ciega que sería su hija, y el otro hijo que haría su aparición dentro de algo más de seis meses (no se lo había dicho a nadie aún, aparte de a Joseph cuando llegó el día anterior de Willowgreen), y con el hombre que había entrado en su escuela casi cuatro meses atrás y en su corazón muy poco después.

¡Joseph!

Entonces bajó al vestíbulo, donde la esperaban las criadas en fila para despedirla. Conservó su aplomo y pudo hablar por última vez con cada una; muchas estaban llorando. El señor Keeble no; estaba muy erguido y envarado junto a la puerta, esperando para abrírsela.

Y por el motivo que fuera, despedirse de él, de su anciano, arisco y leal portero, fue lo que le resultó más difícil. Él le hizo una venia, arreglándoselas para hacer crujir sus botas al mismo tiempo; pero ella no pudo tolerar esa formalidad. Lo abrazó y le dio un beso en la mejilla. Sólo después de eso le hizo un gesto enérgico indicándole que abriera la puerta, y salió a toda prisa. El cochero de Joseph estaba en la acera esperándola para ayudarla a subir al coche.

No lloraría, pensó, cuando se cerró la puerta y el coche se puso en marcha, alejándola por última vez de la escuela y de quince años de su vida. Tuvo que pestañear varias veces.

No lloraría.

Joseph la estaba esperando en la Abadía. También Lizzie.

Así como la multitud de aristócratas que llenaban la iglesia.

Y ese último pensamiento la rescató. Sonrió y luego se rió para sus adentros, en el momento en que el coche entraba en la larga Great Pulteney Street.

Absurdo, desde mego.

¿Una de las bromitas de Dios, tal vez? Si era así, le gustaba su sentido del humor.


No hacía tanto tiempo le parecía a Joseph, que había estado al lado de Neville cerca del altar de una iglesia esperando la llegada de una novia. Él era su padrino entonces y Nev el novio. Ahora estaba invertida la situación, Y él entendía por qué en aquella ocasión su primo no era capaz de sentarse ni de estarse quieto, y por qué se quejaba de que le habían apretado demasiado la corbata.

Sería ridículo imaginarse que Claudia sencillamente no se presentaría. Había aceptado casarse con él y desde julio le había escrito todos los días, como él a ella, a excepción de los diez días de fines de agosto que él pasó en Bath con Lizzie. Además, había quemado sus puentes al venderle la escuela a la señorita Thompson; y había encargado a Hatchard, su agente en Londres, que estuviera atento por si encontraba niñas pequeñas sin hogar y con alguna discapacidad.

Y si todas esas cosas no bastaban para tranquilizarlo, estaba la embriagadora novedad que le había confiado sólo el día anterior: ¡estaba embarazada! Iban a tener un hijo, de los dos. Todavía no lo había asimilado del todo, aunque después que se lo dijo la regañó furioso por no habérselo explicado antes, y luego la estrujó en sus brazos casi asfixiándola. Debería habérselo dicho antes. Buen Dios, si lo hubiera sabido, la habría llevado corriendo a casarse con una licencia especial, y al diablo esa grandiosa boda que el ejército de sus parientas, dirigidas por Wilma, le habían organizado, sin su permiso.

Un par de meses atrás se había celebrado una boda con licencia especial. O bien McLeith o bien Portia, o los dos, habían recobrado la sensatez después de marcharse de Alvesley esa noche del baile de aniversario. En lugar de ir a Escocia fueron a Londres, anunciaron su compromiso a los Balderston y unos días después se casaron, en una ceremonia no muy concurrida pero muy respetable.

Decididamente su estómago tenía ganas de revolverse, y vio que Neville lo miraba compasivo.

Y entonces llegó Claudia, así que se giró a mirarla avanzar sola por el ancho pasillo central, entre las hileras de bancos llenos de invitados.

Sí que era hermosa. Era…, ¿cómo fue que se describió ella una vez después que hicieron el amor? Ah, sí. Era mujer. La maestra de escuela, la empresaria, la amiga, la amante, todas esas cosas que era y había sido quedaron cubiertas por ese solo hecho principal.

Era simplemente mujer.

Típico de ella, vestía con sencillez, pulcritud y elegancia, con la excepción de la pamela absurdamente bonita que llevaba sobre la cabeza, ligeramente echada hacia delante.

Sonrió, a la pamela, a ella.

Ella le sonrió y se olvidó de la pamela.

¡Ah, Claudia!

Juntos se volvieron hacia el sacerdote.

– Amados hermanos -comenzó el cura, con una voz pausada y sonora que llegó a todos los rincones de la inmensa iglesia.

Y sólo un Ínstame después, terminó el rito nupcial y estaban casados, él y Claudia Martín, ahora Claudia Fawcitt, marquesa de Attingsborough. Para el resto de sus vidas, hasta que la muerte los separara. Unidos, en los buenos y en los malos tiempos, en la salud y en la enfermedad.

Ella lo miró a los ojos, con los labios apretados en una delgada línea.

Él le sonrió.

Ella le sonrió, y en sus ojos brillo el cálido sol del verano, que ya era otoñal fuera de la iglesia.

Una vez que firmaron en el libro de registro iniciaron el largo recorrido por el pasillo central de la nave, dejando atrás a sonrientes invitados, que muy pronto llenarían la sala de fiestas Upper Assembly Rooms para el desayuno de bodas.

Claudia se detuvo cuando llegaron al segundo banco, donde estaba Lizzie, sentada entre Anne Butler y David Jewell, preciosa, ataviada con un vaporoso vestido de encaje rosa y una cinta de satén del mismo color en el pelo, con un primoroso lazo. Se inclinó por delante de su amiga, le susurró algo a Lizzie, y la puso de pie.

Y así, contemplados por la mitad del bello mundo, los tres hicieron el recorrido del pasillo, Lizzie en el medio, cogida de los brazos de ellos, radiante de felicidad.

Habría personas que se escandalizarían al verlos, pensó Joseph. Podían irse al diablo, por lo que a él se refería. Había visto a su madre sonriéndoles y a Wilma limpiándose una lagrima. Había visto a su padre mirándoles severo, con una expresión de intenso afecto en los ojos.

Le sonrió a Claudia por encima de la cabeza de Lizzie.

Ella le correspondió la sonrisa, y salieron de la iglesia al patio exterior de la Pump Room, que estaba tan atiborrado de gente como la iglesia de la que acababan de salir. Alguien gritó un «¡Vivan los novios!», y casi todos continuaron los vivas. Estaban repicando las campanas de la Abadía. El sol comenzaba a brillar, recién liberado de nubes.

– Te amo -moduló, mirándola, y los ojos de ella le dijeron que lo había oído y entendido.

Lizzie echó atrás la cabeza y miró del uno al otro, como si los viera. Se rió.

– Papá y mamá -dijo.

– Sí, cariño -le dijo él, inclinándose a besarla en la mejilla.

Entonces, ante el bullicioso deleite de los espectadores y de los pocos invitados que habían salido detrás de ellos, se inclinó por encima de la cabeza de Lizzie y besó a Claudia en los labios.

– Mis dos amores -dijo.

A Claudia le brillaban los ojos con las lágrimas sin derramar.

– No quiero convertirme en una regadera justamente ahora -dijo con su voz de maestra de escuela-. Llévanos al coche, Joseph. -Lizzie apoyó la cabeza en su hombro-. Inmediatamente -añadió, en un tono que seguro había hecho saltar en posición firmes a sus alumnas durante quince años.

– Sí, señora -dijo él, sonriendo de oreja a oreja-, es decir, sí, milady.

Ya estaban los tres riendo mientras él las llevaba corriendo por el patio, dejando atrás a la multitud de admiradores, luego bajo los arcos de piedra y finalmente por una especie de túnel formado por los primos y los Bedwyn, que habían salido sigilosos antes y estaban armados con pétalos de flores.

Cuando llegaron a la calle y al coche, Claudia ya tenía una explicación para las lágrimas que le corrían por las mejillas. Eran lágrimas de risa, habría dicho si él se lo hubiera preguntado.

Él no se lo preguntó.

Instaló a Lizzie en un asiento, ocupó su lugar al lado de Claudia en el otro, le pasó un brazo por los hombros y la besó concienzudamente.

– ¿Qué estás haciendo, papá? -le preguntó Lizzie.

– Estoy besando a tú mamá. También es mi flamante esposa, recuerda.

– Ah, bueno -dijo Lizzie y se rió. Claudia también se rió.

– Todos nos verán -dijo.

– ¿Te importa?

Apartó la cara para observar otra vez lo hermosa que estaba.

– No, en absoluto -contestó ella, poniéndole una mano en el hombro y atrayéndolo hacia sí, mientras el coche traqueteaba en dirección a las Upper Assembly Rooms-. Es el día más feliz de mi vida, y no me importa que todo el mundo se entere.

Se inclinó a cogerle una mano a Lizzie con las dos de ella, se la apretó, y después lo beso.

Él apoyó la mano abierta en su abdomen, que, ya estaba ligeramente redondeado. Toda su familia estaba ahí con él en el coche. Su presente y su futuro. Su felicidad.

«Amor. Sueño con el amor, el amor de una familia, con una esposa e hijos que estén tan cerca de mí y me sean tan queridos como los latidos de mi corazón.»

¿Había dicho esas palabras, erase que se era?

Si no, debería haberlas dicho.

Sólo que ya no tenía que soñar ese determinado sueño.

Acababa de hacerse realidad.

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