Capítulo 12

Había dejado esposada a Brianne. Jake sentía un profundo sentimiento de culpa. Cuando salió del ascensor, saludó al portero, que le abrió la puerta para que saliera del edificio. Jake se dirigió inmediatamente al metro, pero su conciencia no dejaba de repetirle que regresara. Lo mismo que la extraña sensación que había sentido cuando Vickers le dijo que Ramírez se iba a entregar.

A pesar de todo, su mayor preocupación en aquellos momentos era Brianne. No se podía creer que ella se hubiera negado a prometerle que no iba a salir del edificio. Si no hubiera sido tan testaruda, en aquellos momentos no estaría atada. Además, había demostrado que era capaz de asumir riesgos si se le daba el incentivo correcto…

Jake se detuvo en lo alto de las escaleras del metro. «Cuando amo a alguien, no lo abandono». Entonces, el incentivo que la había animado a ir al restaurante había sido…

A Jake le dio un vuelco el corazón. ¿Cómo diablos no había prestado a aquellas palabras la atención que debía? Porque, por primera vez desde que había conocido a Brianne, se había comportado como un policía en vez de como un hombre. Había hecho oídos sordos a sus palabras y a sus súplicas, y la había dejado esposada a la silla, sola… para que él pudiera ver cómo Ramírez entraba en la comisaría y se entregaba.

Ni hablar. ¿Cómo había podido haberse creído aquello? Ramírez nunca admitiría su derrota ni se rendiría, lo que significaba… que la llamada que había hecho a la policía había sido una trampa.

– Maldito sea…

Jake empezó a correr en dirección al ático de su hermana, esperando que no fuera demasiado tarde. Unos pocos minutos más tarde, que más bien le parecieron horas, entró por la puerta del edificio. No se veía al portero por ninguna parte, lo que confirmó los temores de Jake. Al fin, lo encontró detrás del mostrador de recepción, tirado en el suelo.

En aquel momento, una pareja que le resultaba desconocida entró por la puerta.

– ¿Dónde está Harry? -preguntó la mujer.

Jake no creyó que le gustara la respuesta, por lo que sacó su placa y se la mostró. Entonces, rodeó rápidamente el mostrador y sacó el teléfono, que colocó encima.

– Llamen a urgencias. Den la dirección a la policía y díganles que es en el ático.

Cuando terminó de hablar, Jake salió corriendo hacia el ascensor. Durante el tiempo que duró el trayecto, Jake sintió que toda su vida le pasaba por delante, tal y como decía el tópico. Todo lo que vio, todo lo que quería para el presente y el futuro, incluía a Brianne. Esperaba que Ramírez no le hubiera hecho ningún daño… ni que la hubiera matado.

Decidió quitarse las zapatillas deportivas para así poder sorprender a Ramírez. Por fin, las puertas del ascensor se abrieron. Tras una rápida inspección ocular, comprobó que ni Brianne ni Ramírez estaban en el vestíbulo.

Con la pistola en la mano, entró silenciosamente en el apartamento. Aunque había dejado a Brianne en la cocina, no creyó que fuera muy posible que Ramírez la hubiera dejado allí, ante la imposibilidad de cerrar la habitación. Sin embargo, habría tenido que mover a Brianne con la silla, algo que ella no habría permitido, al menos sin presentar batalla. Se dirigió a la cocina, pero, en aquel momento, Norton salió e hizo su habitual maniobra de deslizarse hasta chocar con los pies del recién llegado, algo que solía reservar exclusivamente para Brianne.

Jake se agachó al lado del excitado perro y le susurró:

– Vamos, muchacho, ¿dónde está?

El perro salió corriendo después de morderle suavemente la pierna, como si quisiera decirle que lo siguiera. Mentalmente, Jake retiró todas las cosas malas que había dicho sobre el animal.

Norton lo condujo hasta la cocina. A medida que se fue acercando, Jake oyó los sonidos de una escaramuza.

Por mucho que quisiera irrumpir en la cocina, tenía que actuar con precaución. Asomó la cabeza con mucho cuidado y miró en el interior de la cocina. Lo que vio casi le hizo perder el control.

Ramírez estaba prácticamente encima de Brianne.

Ella tenía la blusa rasgada. Ramírez la tenía agarrada por el hombro con una mano, mientras que, con la otra, estaba a punto de tocarle los pechos.

Un sentimiento de furia y de posesión se apoderó de él.

Al ver la pistola de Ramírez, decidió guardar silencio. No disponía de un tiro limpio sobre el delincuente mientras éste estuviera delante de Brianne. Sin poder resistirlo más, Jake entró en la cocina y apuntó a Ramírez con su pistola.

– Suéltala, Louis.

– ¡Vaya! -exclamó Ramírez, irguiéndose-. Bienvenido a casa, detective.

– Tira la pistola.

– No creo que estés en posición de darme órdenes -replicó Ramírez, amartillando el arma.

Al oír aquel sonido, Brianne se quedó completamente pálida.

Jake trató de comunicarle sin palabras que se mantuviera tranquila, que no tuviera miedo. Él la había metido en aquel lío y él la sacaría. No podía perderla.

Rápidamente, volvió a centrar su atención en Ramírez.

– Esto es entre nosotros. Déjala fuera de esto.

– Me envió flores, ¿te acuerdas, Jake? Supongo que eso me hace formar parte de este asunto.

Jake musitó una maldición y empezó a sudar profusamente. No sabía lo que Brianne estaba tramando, pero creía que lo mejor era que guardara silencio. No era muy recomendable que Ramírez la considerara alguien de la que se podía prescindir. En aquel momento, ya tenían cargos más que suficientes contra él, por lo que lo único que quería Jake era tener una buena oportunidad de dispararle limpiamente, sin riesgo de que Brianne resultara herida.

– Hermosas flores para una hermosa mujer. ¿Te gustaron? Me molesta admitirlo, Lowell, pero tienes buen gusto. Yo también quería probarla -dijo Ramírez, acariciando la mejilla de Brianne con la pistola-. Es una pena que ya no vaya a poder ser. Tirármela hubiera sido como torturarte a ti al mismo tiempo…

Brianne se echó a temblar con una repulsión que no pudo esconder.

– Vamos, Louis -comentó Jake-. Si matas a otra persona, esta vez no te verás libre por un tecnicismo.

– Yo no estaría tan seguro.

Brianne miró a Jake y, en silencio, le imploró que no se precipitara. Sabía que él estaba deseando dispararle, igual que sabía que él se culpaba de aquella situación. Jake creía que él había creado aquella situación por haberla dejado esposada a la silla antes de marcharse.

No podía decirle en aquellos instantes, y tal vez ya nunca podría hacerlo, que lo perdonaba. Tanto si la amaba del mismo modo que ella lo amaba a él como si no, nunca se lo tendría en cuenta. Sabía que ella, con su empecinamiento, lo había obligado a reaccionar de aquella manera.

Cuando Jake volvió a mirarla, Brianne sintió un cambió en su relación, un reconocimiento de la situación a la que tendría que enfrentarse si los dos salían vivos de aquello.

– ¿Qué me dices del guardia al que has atacado abajo? -le preguntó Jake, para que se distrajera hablando y se olvidara de disparar.

– ¿Cómo puede uno explicar lo que un policía enfurecido es capaz de hacer?

– ¿Tú crees que mis compañeros me echarán la culpa?

Brianne, mientras tanto, trataba de poner en práctica las clases de defensa personal a las que había asistido. Trató de darle una patada, pero estaba demasiado cerca como para que pudiera tener, un buen ángulo.

– A mí desde luego que no -replicó Ramírez-. Mientras no puedan demostrar que he estado aquí, estaré a salvo.

Brianne vio que llevaba guantes. Entonces, miró a su alrededor y vio que Norton estaba a los pies de Jake. El animal había estado muy agitado desde la llegada de Ramírez, pero no suponía ninguna amenaza y Ramírez lo sabía. Por eso lo había dejado en paz. Sin embargo, fuera o no amenaza, el perro era definitivamente un buen modo de distracción.

Trató de recordar la última vez que lo habían sacado a hacer sus necesidades, pero no pudo recordarlo. Estaba demasiado nerviosa.

Miró al perro y rezó por que Norton la obedeciera. Se aclaró la garganta e hizo el sonido con el que le indicaban que hiciera sus necesidades. Justo como esperaba, consiguió atraer la atención del animal, que se dirigió hacia donde estaban Ramírez y ella.

– Saca a ese maldito perro de aquí antes de que le pegue un tiro -le amenazó Ramírez.

– Por favor, no lo hagas. Él sólo está haciendo lo que cree que es su trabajo. Cree que está protegiéndome, ¿verdad, bonito?

Brianne miró a Jake y se dio cuenta de que éste había comprendido lo que ella estaba tramando.

– ¡Basta ya de hablar! -exclamó Ramírez-. Ya va siendo hora de que acabemos con esto.

Justo cuando terminó de hablar, Norton se acercó a él e hizo sus necesidades encima de la pierna de Ramírez. El delincuente bajó los ojos y se llenó de furia.

– ¡Maldito perro! -exclamó, mientras sacudía la pierna para quitarse al animal de encima.

En las décimas de segundo que duró el gesto, Brianne levantó la pierna tal y como la habían enseñado y le dio una buena patada en la entrepierna. La fuerza del movimiento hizo que la silla a la que estaba atada se volcara. Justo cuando la cabeza le golpeó en el suelo, creyó oír el ruido de un disparo. ¿Habría sido el arma de Jake? ¿La de Ramírez?

No lo sabía y, desde el extraño ángulo en el que había caído, no podía ver nada. Trató de incorporarse, pero tenía atrapado el brazo y temía que, si se movía, se lo partiría. El corazón le latía a toda velocidad en el pecho. Brianne cerró los ojos, mientras rezaba porque la siguiente voz que escuchara fuera la de Jake.

– ¿Brianne?

Era Jake. La alegría se apoderó de ella.

– ¿Te encuentras bien?

Jake no tuvo oportunidad de responder. Un fuerte ruido de pisadas resonó a través del apartamento. A los pocos segundos, la cocina se llenó de policías.


– Quiero que los dos vayáis a comisaría mañana por la mañana -les ordenó Thompson.

– Sí, señor -respondió Jake, mientras miraba a Brianne por encima del hombro de su teniente.

Ella estaba junto a los ventanales del salón, contemplando la ciudad. Norton estaba a su lado y la joven no cesaba de acariciarle la cabeza para calmar al animal.

Jake no había podido hablar con ella desde que había llegado la policía. No estaba seguro de por qué Thompson les había dado un respiro de una noche antes de ir a comisaría para hacer su declaración. Tal vez aquel gesto dejaba entrever el buen corazón del teniente.

– ¿Por qué se está mostrando tan humano en este asunto, teniente?

Jake se refería con aquella pregunta a la necesidad que sentía de estar a solas con Brianne y con la aceptación tácita de Thompson de que Jake había dejado oficialmente el cuerpo de policía.

El caso Ramírez había terminado. Como no podía caminar, lo habían tenido que sacar del ático en camilla, después de que le leyeran sus derechos como marcaba la ley. Acompañado de Vickers y Duke, iba de camino al hospital, cortesía de una bala de Jake.

Afortunadamente, todo había pasado, pero los momentos vividos en la cocina habían sido muy tensos. El cuerpo de Jake necesitaba una relajación que sólo Brianne le podía proporcionar. Sin embargo, ella no había hablado desde el incidente. Aunque Jake quería culpar a la confusión que se había montado, le daba la sensación de que Brianne seguía furiosa con él por haberla dejado esposada a la silla.

– Maldita sea, Lowell, no me estás escuchando -musitó el teniente.

– Tal vez sea porque ella es más guapa que usted, señor -replicó Jake, con una sonrisa, a pesar de la incertidumbre que rodeaba su futuro con Brianne.

El teniente frunció el ceño, pero Jake vio enseguida que no se había molestado por sus palabras.

– A las diez en punto de la mañana, Lowell -dijo Thompson, antes de marcharse con el resto de los policías.

Cuando todos se metieron en el ascensor y, por fin, se quedaron solos, Jake no pudo encontrar palabras. ¿Qué le decía un hombre a la mujer que amaba? La había dejado sola y sin defensa posible a merced de un asesino. No podría culparla si ella insistía en marcharse con su hermano al final del verano. No obstante, pensaba hacer todo lo posible para convencerla de que no lo hiciera.


Brianne sintió que Jake se acercaba a ella, masculino y dominante en sus intenciones. Sin embargo, no tenía miedo. Nunca lo había tenido y mucho menos después del episodio con Ramírez.

– Lo siento -susurró él, cuando ella se volvió para mirarlo.

– Te perdono. Incluso entiendo por qué te pareció que debías hacerlo. Como tú me dijiste, no te di opción.

– ¡Vaya! Eso es muy generoso por tu parte…

– La vida está llena de sorpresas. Eso lo aprendí cuando era una niña…

– … Y no querías hacer otra cosa que no fuera perderse en esas sorpresas para conseguir un poco de estabilidad -completó él, acariciándole suavemente una mejilla.

La excitación sexual se despertó inmediatamente en ella, algo que no le sorprendió. Había pocas cosas en la vida de las que pudiera estar segura, pero una de ellas era la fantástica química que tenía con Jake.

– Creo que tenía una visión un poco ingenua del mundo -comentó ella.

Aquello era algo que había aprendido en los días que llevaba viviendo con Jake.

– ¿Significa eso que has expandido tus horizontes?

– Tú los expandiste por mí de un modo que yo nunca pude imaginar.

De repente, Jake sintió que el miedo se apoderaba de su corazón. No quería darle ideas, pero necesitaba dejar las cosas claras, y pronto. Ya no podía soportar más la incertidumbre.

– Me sorprende que no hayas empaquetado ya tus cosas para marcharte.

– ¿Es eso lo que tú quieres? ¿Que me marche?

– No.

– Con eso no me dices mucho, Jake. ¿No quieres que me vaya ahora o no quieres que me vaya…?

– No quiero que te vayas nunca.

Ella se mordió el labio inferior y lo observó con cautela. Había oído lo que Jake había dicho, pero, evidentemente, no lo creía.

– Me dijiste que no estabas buscando una relación a largo plazo.

– Fuiste tú quien lo dijo primero y a mí me pareció prudente estar de acuerdo. Probablemente en aquel momento era lo que sentía, pero entonces dijiste que te querías mudar a California…

– Lo dije y era lo que sentía… en aquellos momentos. Me he dado cuenta de que Marc ya es lo suficientemente mayor como para vivir sin mí. En realidad, no creo que le gustara la idea de que su hermana mayor lo siguiera a California.

– Me dijiste que no quieres vivir al lado de una persona que se exponga a demasiados riesgos.

– No. Lo que no quiero es vivir al lado de una persona que se ponga en peligro sólo por diversión, que coloque el riesgo por encima de los sentimientos que tenga por mí…

Jake contuvo el aliento. Sabía que su futuro con Brianne dependía de la respuesta de ella. Sin embargo, por mucho que la amara, ser detective era parte de él.

Tal vez podría dejar la policía en favor de la investigación privada, algo que había pensado después de trabajar con David. Su profesión no sería muy diferente de todas formas y aquello era algo que Brianne tendría que aceptar. Tendría que aceptar vivir con él o…

– Hoy, con Ramírez, he visto cómo actúas. En ningún momento lo hiciste alocadamente o sin pensar. No trataste de hacer que Ramírez te disparara a ti en vez de a mí, ni siquiera cuando entraste y viste que me había desgarrado la blusa…

Jake la agarró por los antebrazos y le acarició suavemente la piel. Quería reemplazar los malos recuerdos por otros más agradables.

– A pesar de todo, quise hacerlo. Quise disparar primero y preguntar después, quitarle la vida con mis propias manos y luego dispararle para rematarlo…

– Pero no lo hiciste -susurró ella, con los ojos llenos de lágrimas-. Eso me ha demostrado algo muy importante, algo que debería haber sabido desde el principio.

– ¿De qué se trata?

– Que no corres riesgos innecesarios. Todo lo que haces, está justificado. Y con eso puedo vivir perfectamente… Si tú quieres que así sea -añadió, mirándolo tiernamente a los ojos.

– Cariño…

Brianne contuvo el aliento. Una vez más, se había sincerado con él, pero en esa ocasión Jake no tenía ninguna excusa para no contestar. El gesto serio que se reflejaba en su rostro no parecía tener buenos augurios para el futuro.

– ¿Qué es lo que ocurre, Jake?

– Vivo en un apartamento de un dormitorio en el West Side.

Brianne entornó los ojos. Aquélla no era la respuesta que ella había esperado.

– Entre los dos -prosiguió él-, tal vez podamos permitirnos uno de dos habitaciones, a menos, por supuesto, que tú quieras mudarte a las afueras. Si sigues queriendo marcharte a California, una vez que Rina regrese y que yo sepa que está bien, también puede ser una posibilidad…

– Lo único que he entendido de esa frase ha sido lo de los dos. Y, después de todo lo que ha ocurrido, lo tomo sin vacilar -respondió ella, con el corazón más alegre de lo que lo había sentido nunca.

– Te amo -susurró él, con una sonrisa en los labios.

Brianne se sentía plena de felicidad. Tenía todo lo que había querido en la vida en aquellos momentos.

– ¿Y la familia que quisiste tener con tu ex esposa?

– Cariño, eso es algo que deseo más que nada, pero contigo. Si no tuvimos suerte cuando lo hicimos en el jacuzzi, estoy dispuesto a seguir intentándolo. Te amo… Te lo debería haber dicho mucho antes…

– Yo también te amo. Siempre te he amado y siempre te amaré -musitó ella, con un hilo de voz.

– Siento haberte esposado -dijo Jake, deslizando la mano por debajo de la camisa que ella se había puesto después de que la policía la liberara.

– ¿Cuánto lo sientes?

– ¿Cuánto quieres que lo sienta? -le preguntó él, iniciando una serie de apasionadas caricias.

Brianne le mostró la mano que había mantenido oculta hasta entonces y le enseñó unas esposas.

– Quiero que hagas un acto de contrición, que te cargues de grilletes -respondió-, pero, sobre todo, quiero que seas mío.

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