Capítulo Quince

Presente…

Jesse intentó sacudirse de encima la ira y el dolor de Matt. El hecho de que Gabe hubiera crecido con otra gente en su vida no tenía nada que ver con que Matt fuera su padre. Cuando se calmara, se daría cuenta de que tener a un hombre tan estupendo como Bill cerca había sido muy bueno para el niño.

Aunque aquello era cierto, la culpabilidad que sentía era difícil de explicar, así que hizo todo lo posible por olvidarse de ella momentáneamente.

Paula salió de la cocina.

– Me ha parecido oírte -dijo, y se detuvo cuando vio a Bill-. Oh. Hola.

– Paula, te presento a Bill. Ha estado siempre a mi lado. Me rescató cuando llegué a Spokane, hace cinco años. Me dio trabajo, me buscó un sito para vivir y fue mi amigo mientras yo intentaba ser una buena madre para Gabe. Bill, ésta es la abuela de Gabe, Paula.

– Encantado de conocerte -dijo Bill con ojos brillantes-. ¿Estás segura de que eres la abuela del niño? Yo diría que eres su tía.

Jesse se quedó mirando a su amigo, sorprendida. ¿Estaba flirteando? Aquello parecía un flirteo, pero era un comportamiento que no había visto antes en él.

Paula se echó a reír.

– No esperes que me crea eso. Tengo más de sesenta.

– Pues no los aparentas -aseguró Bill, y se volvió hacia Gabe-. Y tú has crecido mucho. Casi no te reconozco.

Gabe se echó a reír de satisfacción. Bill lo tomó en brazos y lo alzó en el aire. Gabe dio un chillido.

Cuando Bill dejó al niño en el suelo, Gabe comenzó a explicar todo lo que había hecho desde que había llegado a Seattle.

– He conocido a mi papá, y me ha llevado a ver los peces -explicó Gabe mirando a Bill con felicidad-. Y mi abuela y yo hemos hecho galletas muchas veces. Vamos al parque todas las mañanas, y algunas veces vemos perritos.

Bill se agachó para estar al nivel de Gabe, y lo escuchó con toda atención.

– Estoy aprendiendo matemáticas -continuó el niño-. La abuela me está enseñando y dice que se me da muy bien, como a mi papá -dijo con una sonrisa resplandeciente.

– Ya sabía que eras especial -le dijo Bill, y lo abrazó-. Te he echado de menos, Gabe.

Gabe le devolvió el abrazo con fuerza.

– Yo también.

Gabe se llevó a Bill a ver su habitación. Paula y Jesse entraron en la cocina.

– Me preguntaba cómo habías conseguido arreglártelas en Spokane -dijo Paula mientras ponía la cafetera al fuego-. Ahora lo sé. Tenías amigos.

– Bill fue maravilloso -admitió Jesse-. Padre, jefe y amigo. No sé qué hubiera hecho sin él -dijo, y miró a Paula. Era una mujer guapa con un corazón generoso-. ¿Sabes? Es viudo desde hace bastantes años.

Paula se ruborizó ligeramente.

– No sé por qué debería interesarme eso. Es evidente que está loco por ti.

Si Jesse hubiera estado bebiendo agua, se habría atragantado.

– Tiene unos cuarenta años más que yo.

– ¿Y qué?

– Quiero a Bill, pero como si fuera de mi familia. Además, cuando nos conocimos, me dejó bien claro que yo no era su tipo, así que aunque hubiera tenido ciertas ideas, no habría ocurrido nada.

– En realidad, no importa -murmuró Paula mientras sacaba las tazas y las ponía sobre la encimera.

Jesse no estaba tan segura. Quizá sí importara un poco.

Una hora después, Bill y ella estaban sentados en el porche.

– He estado preocupado por ti -le dijo Bill-. Y os he echado de menos a los dos. Gabe crece muy deprisa.

– Ya lo sé. Yo también he pensado mucho en ti.

– ¿Pero estás bien?

Ella sonrió.

– Lo que de verdad quieres saber es si acertaste al animarme a volver.

– Dímelo tú.

Jesse se echó a reír.

– Sí, tenías razón.

– Estabas viviendo a medias, Jesse. Saliendo conmigo y con mis amigos. No es que no agradeciéramos ver tu preciosa cara y la alegría que el niño nos daba, pero te estabas escondiendo.

– Lo sé. Ha sido muy bueno volver a casa, pero también duro. Mi hermana no acepta que he cambiado. Parece que me cree con respecto a Drew, pero todavía está enfadada.

– Tú has tenido cinco años para cambiar y crecer, y mucho tiempo para hacerte a la idea de que ibas a volver. Nicole se lo encontró todo de repente. Tiene que adaptarse.

– Racionalmente, lo entiendo. Sin embargo, las otras partes de mí me dicen que está tardando mucho. Además, creo que en secreto, quiere seguir enfadada conmigo.

– Ella desempeñaba cierto papel en tu familia. Todo el mundo tiene un papel, y tú has cambiado el tuyo. Tu hermana va a luchar contra eso.

– Si yo soy distinta, entonces el equilibrio de poder entre nosotras, las reglas, todo cambia -reflexionó en voz alta.

Bill no dijo nada.

Ella iba a tener que pensar un poco más en aquello.

– Así que Gabe ha conocido a su padre -dijo su amigo-. ¿Cómo ha ido eso?

– No muy bien. Matt ha establecido ya una relación con Gabe, pero sus primeros encuentros fueron difíciles. Él no sabía cómo relacionarse con un niño de cuatro años. No tenía mucha experiencia. Estábamos peleándonos cuando llegaste, porque parece que no puede perdonarme que haya mantenido a Gabe alejado de él -susurró.

Bill la rodeó con un brazo.

– Ahora está enfadado, pero lo superará.

– Eso no puedes saberlo.

– Un hombre no puede tener tantas emociones dentro sin que le sigas importando.

– No sé lo que piensa de mí. A veces creo que de verdad le gusta estar conmigo, y otras veces… es tan diferente…

– Has estado fuera mucho tiempo.

– Lo sé. El Matt al que yo conocía me quería o, por lo menos, yo creía que me quería. Por eso me desconcierta. Yo le creí cuando me dijo que era importante para él y que nunca me dejaría. Sin embargo, la primera vez que algo salió mal, me dio la espalda.

– Era algo muy grave para salir mal.

Ella asintió.

– Seguramente confirmó uno de sus peores temores, el hecho de que para mí todo aquello fuera un juego. Que él no me importara en absoluto.

– Fue una reacción -dijo Bill-. Si tú te hubieras quedado aquí, si hubierais hablado otra vez, quizá las cosas habrían sido distintas.

¿Habrían sido distintas? Jesse no estaba muy segura.

– Yo no podía quedarme. Habría seguido siendo la hermana pequeña e inútil de Nicole, que se enamoró de un gran chico. Tenía que alejarme para encontrarme a mí misma -sonrió-. Creo que me estoy poniendo trascendental. Pronto voy a empezar a entonar cánticos celestiales.

Bill se rió.

– Están sucediendo tantas cosas…- explicó ella-. Ha habido un incendio en la pastelería -le contó lo ocurrido, y que habían retomado el negocio en una cocina alquilada-. Nicole odia que la idea tenga éxito. Lo sé.

– Tú sólo eres responsable de ti misma, Jesse. Los demás tienen que entenderlo. No puedes definirte a ti misma por sus opiniones.

– Eres tan racional… ¿Te había dicho que es muy molesto?

– Una o dos veces.

– No lo habría conseguido sin ti.

– Lo habrías conseguido de sobra.

Jesse sabía que no era cierto, pero ¿para qué contradecirlo? Había conocido a Bill y había prosperado. Miró hacia la casa.

– Paula es muy agradable -dijo-. Un apoyo inesperado. Y guapa.

Bill la miró.

– ¿Qué quiere decir, señorita?

– Que llevas mucho tiempo viviendo solo. A lo mejor es hora de que tengas en cuenta otras posibilidades.

Ella ya había bromeado sobre otras mujeres con Bill, y él siempre había cambiado de tema amablemente. En aquella ocasión, miró hacia la puerta y asintió con lentitud.

– Tal vez.


Heath puso una carpeta en la mesa de Matt.

– Míralo para asegurarte de que es lo que quieres -dijo.

Matt le indicó que se sentara, abrió la carpeta y miró los documentos. Pese al lenguaje legal, la intención estaba clara. Iba a demandar a Jesse por la custodia de su hijo.

– Lo estudiaré todo esta noche -dijo.

Heath frunció el ceño.

– ¿Estás seguro de esto, Matt? Entiendo que quieras castigar a Jesse, pero ¿quitarle el niño? Eso es una responsabilidad muy grande.

– Yo puedo arreglármelas con Gabe -dijo él.

– De acuerdo. Si ella no te lo entrega, tendrás que ir a juicio.

– Ella va a luchar.

Jesse haría todo lo posible por conservar a su hijo, pero al final, él iba a ganar. Tenía recursos, y quería venganza.

– Te lo devolveré a finales de semana -dijo a su abogado, refiriéndose a los documentos.

– Muy bien. ¿Cuándo quieres que le enviemos la notificación?

El primer paso de la batalla.

– Ya te lo diré.


Los pedidos llegaban a un ritmo enloquecedor. Buenos días, América había decidido seguir con la historia, pese al incendio, cambiando el punto central del reportaje. Iban a centrarse en cómo podía sobrevivir un negocio pequeño a un desastre semejante. Lo habían convertido en una serie, y la Pastelería Keyes sólo era una pequeña parte, pero esos pocos minutos de reportaje habían conseguido triplicar los pedidos que tenían por Internet.

Jesse caminó por el caos controlado que había en la pequeña cocina. Por lo menos, allí podía encerrarse en el trabajo y olvidar la locura que era su vida personal. El incendio, que había tenido origen en un cortocircuito del antiquísimo sistema eléctrico, le había dado una oportunidad inesperada de brillar.

Se dirigió hacia la parte delantera del restaurante, donde habían instalado la oficina, se acercó al escritorio de Nicole y sacó una silla.

– Ayer hablé con Ralph.

– ¿Quién es Ralph? -preguntó su hermana con desconcierto.

– El dueño de la tienda de sándwiches de enfrente.

Nicole arrugó la cara al instante.

– Jesse, de verdad, estás buscando la manera de complicarnos la vida. Ahora estamos un poco ocupadas, pero las cosas se calmarán. Estamos bien.

– No, no es verdad. Vamos retrasados con el cincuenta por ciento de los pedidos por Internet porque no podemos seguir el ritmo. Ralph hace su pan, así que tiene hornos especiales, perfectos para los brownies. Podríamos hacer ocho hornadas triples a la vez. Él está dispuesto a alquilarnos el local de once de la noche a ocho de la mañana. Es tiempo suficiente para hornear todos los brownies que necesitamos, y dejamos los hornos de esta cocina libres para las tartas. Además, la renta es muy razonable. No sería un gasto elevado.

Nicole negó con la cabeza.

– No sé.

Porque no quería saberlo, pensó Jesse, frustrada y molesta.

Se puso en pie y tomó a su hermana del brazo.

– Ya está bien. Ven conmigo.

Nicole se zafó de un tirón.

– ¿Qué haces?

– Vamos fuera. Tenemos que resolver esto. Estoy cansada de tener que discutir contigo todos los días. Vamos a arreglarlo.

Durante un segundo, pensó que Nicole iba a negarse, pero entonces, su hermana la siguió hacia el aparcamiento, donde se miraron la una a la otra, a la luz de la mañana.

– Estás muy enfadada conmigo porque estoy haciendo bien el trabajo -dijo-. Estás enfadada porque he vuelto, y te molesta que sepa lo que estoy haciendo. No soportas dejar de ser la hermana buena. Quieres que yo vuelva a ser la inútil, porque ése es el mundo que conoces, y es mucho más cómodo que tratarme como a una igual.

Nicole se puso rígida.

– ¿Quieres sinceridad? Muy bien. ¿Quién demonios te crees que eres para aparecer de nuevo en mi vida y tomar el control? ¿Dónde estabas durante la pasada década, mientras yo intentaba mantener a flote el negocio y cuidarte? Me ocupé de ti durante toda tu vida, Jesse. Siempre estuve ahí para ti, y tuve que crecer rápido para que tú pudieras seguir siendo una niña. Sin embargo, a ti eso no te importa, porque sólo piensas en ti. Así que has vuelto. Muy bien, vamos a hacer un desfile. Jesse ha conseguido hacerse una vida, y ahora está dispuesta a trabajar conmigo. ¿Sabes una cosa? Yo nunca tuve que hacerme una vida, no tuve que largarme para encontrarme a mí misma. Estaba muy ocupada aquí, llevando el negocio sola.

Aquéllas eran palabras duras, seguramente porque eran la verdad, pensó Jesse con tristeza.

– Lo siento -dijo en voz baja.

– ¿Que lo sientes? No es suficiente. ¿Quién te crees que eres para aparecer y ponerte a mandar? Yo me he dejado la piel aquí durante años, y tú eres la que se va a llevar toda la recompensa. ¿Piensas que eso me gusta, o que estoy orgullosa de mi comportamiento? No sé cómo arreglarlo. No confío en tu nueva personalidad. Estoy esperando el error, porque creo que va a llegar, y me preguntó cómo será de grande esta vez.

– ¿No confías en mí? -preguntó Jesse, asombrada.

– ¿Y por qué iba a confiar? Llevas en casa cinco minutos. Ni siquiera vas a reconocer lo que hiciste la última vez. Nadie más sabe que el motivo por el que dominas tanto la venta por Internet es que ya tienes práctica.

¿Ahora sacaba aquello a relucir?

– Eso ocurrió hace cinco años.

– Robaste la receta familiar de la tarta de chocolate y te pusiste a vender las tartas por Internet.

– Porque tú me habías despedido de la pastelería.

– Creía que te habías acostado con Drew.

– Sí, pero no lo había hecho. Me despediste por algo que no había hecho. Tenía que ganarme la vida.

– Podías haber buscado trabajo.

– Sólo sabía trabajar en pastelería. Además, yo soy propietaria de la mitad del negocio, ¿o es que no te acuerdas? Así que la receta también es mía. ¿Cómo iba a robar lo que ya era mío?

Se miraron fijamente la una a la otra. La tensión vibraba entre ellas.

Nicole fue la primera en apartar la mirada.

– Por lo menos, podrías admitir que fue una equivocación.

– Es cierto. Tú me habías hecho mucho daño, y yo quería vengarme. Así que me puse a vender las tartas. Sabía que te ibas a enfadar mucho.

Nicole asintió.

– Gracias por decírmelo. Es cierto que me enfadaste mucho -dijo Nicole-. Siento no haberte creído con respecto a lo de Drew. Tenía muchos motivos para no hacerlo. Tu pasado, y el hecho de que siempre habías sido muy difícil. Pero sobre todo, porque quería que fueras la mala, para no tener que mirarme a mí misma. Si tú te acostabas con él, es que yo no era la razón de que nuestro matrimonio hubiera fracasado.

Jesse asimiló aquellas palabras, dejando que la llenaran de paz. Por fin, pensó. Había tardado mucho en llegar.

– Tú no fuiste la razón por la que tu matrimonio fracasó -le dijo a su hermana-. Fue Drew. Era un idiota.

Nicole emitió una carcajada que se transformó en sollozo.

– Sí, y yo lo elegí. No tenía que haberme casado con él, pero creo que tenía miedo de que nadie más me lo pidiera.

Jesse se acercó a su hermana y la abrazó.

– Eso es una locura. Eres guapa, lista y divertida. A los hombres les encanta eso. Mira con quién estás casada ahora. Hawk es un monumento.

– Lo sé. Algunas veces lo miró y me pregunto por qué he tenido tanta suerte.

Jesse dio un paso atrás.

– Estoy segura de que él piensa lo mismo de ti.

– Sí. Quién lo hubiera pensado.

Se miraron la una a la otra. Jesse sabía que la armonía era frágil, pero había más que decir.

– Necesitamos alquilar el local de enfrente. Es barato y es algo temporal, así que los riesgos son mínimos. Si no entregamos los pedidos, lo perderemos todo.

Nicole apretó los dientes y asintió.

– Sé que tienes razón. No me gusta, pero lo sé.

– Yo no pienso que sea mejor porque haya cambiado, pero tú tampoco eres mejor porque no hayas tenido que cambiar, Nicole. Tú sí tienes que cambiar. No podemos seguir con los papeles que teníamos antes. Yo siempre seré tu hermana, pero no soy la misma persona que conociste. Tenemos que conocernos la una a la otra y adaptarnos. Quiero que seamos una familia, pero si no puedes superar el pasado, no va a suceder.

– Ya lo sé -dijo Nicole suavemente-. Entiendo lo que está mal, pero no sé cómo cambiarlo. Hemos tenido vidas muy distintas.

¿Y qué significaba eso? ¿Que ya no tenían nada en común, que no podían estar unidas? ¿Que su vínculo se había perdido a causa de los sentimientos heridos y del tiempo?

La puerta delantera se abrió y Sid asomó la cabeza por el hueco.

– Nicole, tienes una llamada. Walker Buchanan. Es el dueño de los restaurantes Buchanan. Dice que está interesado en nuestras tartas. ¿Quieres que tome un mensaje?

Jesse sonrió a Nicole.

– Buchanan, ¿eh? Eso es muy interesante.

– Lo sé. Debería responder la llamada.

Jesse observó cómo se alejaba. Se sentía peor y mejor al mismo tiempo. Habían resuelto algunos de los problemas que tenían, pero habían aparecido otros. ¿Estaba dispuesta Nicole a aceptar la persona en la que se había convertido? ¿Le había perdonado de veras el pasado? Y, de no ser así, ¿cómo iba a poder ella arreglar las cosas y demostrar su valía?

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