Capítulo V

George Lee, miembro del Parlamento por Westeringham, era un corpulento caballero de cuarenta y un años. Sus ojos, algo saltones, eran de un azul pálido y suspicaz expresión. Su barbilla era bastante ancha y hablaba con pedantería.

Como el que pronuncia una sentencia, dijo:

—Ya te he dicho, Magdalene, que creo que mi deber es ir.

Su mujer encogióse, impaciente, de hombros.

Era delgada, rubia platino, cejas en arco y rostro ovalado. En algunos momentos sabía quitar a aquel rostro toda expresión. En aquellos instantes, así era.

—Será muy aburrido, te lo aseguro.

—Además —y el rostro de George Lee se iluminó al ocurrírsele una brillante idea-, nos ahorramos unos cuantos gastos. Navidad origina siempre un sinfín de gastos.

—Está bien. Al fin y al cabo, la Navidad es siempre aburrida —suspiró Magdalene.

—Podemos dar fiesta a los criados. Ellos esperarán un pavo y una cena muy abundante...

—¡Por Dios, siempre estás preocupado por el dinero!

—Alguien tiene que preocuparse, ¿no?

—Sí, pero es absurdo pretender esos insignificantes ahorros. ¿Por qué no haces que tu padre te dé más dinero?

—Ya me da mucho.

—Es horrible tener que depender así de tu padre. Debiera poner algún dinero a tu nombre.

—Ya sabes que no le gusta hacer las cosas así. Magdalene miró a su marido. De pronto, el pálido e inexpresivo rostro se iluminó.

—Es enormemente. rico, ¿verdad, George? Magdalene lanzó un suspiro.

—Dos o tres veces millonario, creo.

—¿Cómo lo ganó todo? En África del Sur, ¿verdad?

—Sí, al principio de la colonización hizo una gran fortuna. Casi todo en diamantes.

—¡Qué emocionante!

—Luego vino a Inglaterra y se metió en grandes negocios que le permitieron doblar o triplicar su fortuna.

—¿Qué ocurrirá cuando muera?

—Papá no ha hablado nunca acerca de ese asunto. Como es natural, no se le puede preguntar. Supongo que la parte más importante de su dinero la heredaremos Alfred y yo. Alfred será el principal beneficiado.

—Tienes otros hermanos, ¿verdad?

—Sí; está David. No creo que le toque mucho. Se marchó para dedicarse al arte o a alguna de esas tonterías. Creo que papá le advirtió que si se marchaba le desheredaría. David contestó que no le importaba.

—¡Qué idiota! —exclamó despectivamente Magdalene.

—También estaba mi hermana Jennifer. Se marchó con un extranjero. Un artista español. Uno de los amigos de David. Murió hace un año. Creo que dejó una hija. Puede que papá le legue algo, pero no mucho. Y luego, claro está, tenemos a Harry.

Se interrumpió, un poco embarazado.

—¿Harry? —inquirió Magdalene-. ¿Quién es Harry?

—Pues..., mi hermano.

-—No sabía que tuvieses otro hermano.

—No ha sido ninguna honra para la familia. Nunca se le nombra. Hace algunos años que no sabemos nada de él. Probablemente estará muerto.

Magdalene se echó a reír.

—¿Qué te pasa? ¿De qué te ríes?

—Estaba pensando en lo cómico que es que tú tengas un hermano así. ¡Tú, un hombre tan respetable! Por más que me parece que tu padre no lo es mucho.

—¡Magdalene!

—A veces dice cosas que hacen ruborizar.

—Magdalene, me sorprende oírte. ¿Lydia piensa igual?

—A Lydia no le dice las mismas cosas. —Y Magdalene añadió, irritada-: No, a ella nunca se las dice. No comprendo por qué.

George dirigió una rápida mirada a su esposa y luego volvió la cabeza.

—En parte se comprende. Papá es muy viejo y necesita alguien con quien simpatizar.

—¿Está muy enfermo... de veras? —dijo Magdalene.

—Es muy fuerte. De todas formas, puesto que por Navidad quiere tener a su alrededor a toda la familia, creo que debemos ir. Puede ser la última Navidad.

—Tú dices eso, George, pero a mí me parece que vivirá muchos años.

Algo desconcertado, el marido contestó:

—No tengo la menor duda.

—Bueno, creo que haremos bien en ir —murmuró Magdalene, volviéndose-. ¡Pero me indigna! Alfred es muy aburrido y Lydia me ataca los nervios.

—Eso son tonterías.

—No lo son. Y el criado aquel...

—¿Tressilian?

—No. Horbury. Va de un lado a otro como un gato.

—Realmente, Magdalene, no comprendo que Horbury pueda molestarte.

—Me ataca los nervios, eso es todo. Pero no nos preocupemos. Iremos a pasar las Navidades con tu padre. No es cosa de ofenderle.

—Claro... Y en cuanto a la cena de la servidumbre...

—Déjalo para otro momento, George. Voy a telefonear a Lydia y a decirle que llegaremos a las cinco y veinte de mañana.

Magdalene salió precipitadamente del cuarto. Después de telefonear subió a su habitación y se sentó frente a su escritorio. Bajó la tapa y rebuscó en sus numerosos com—partimientos. De ellos brotó una cascada de facturas. Magdalene intentó ordenarlas un poco. Por fin, con un impaciente suspiro, las volvió a colocar en los sitios de donde habían salido. Se pasó una mano por su platinada cabellera y murmuró:

—¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer?

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