En la década del veinte, en un Montevideo donde no escaseaba la comida, igualmente, para los inmigrantes recién llegados, la vida no era fácil.
Algunos eran trasbordados del barco en que habían atravesado el océano a un lanchón que los llevaba directamente al Cerro, donde los esperaba el trabajo en los frigoríficos.
Los que desembarcaban en el puerto de Montevideo pasaban a alojarse hacinados en casas de hospedaje, en piezas, cuchitriles, altillos y sótanos, de doce a catorce por habitación, en colchones o en camitas de hierro colocadas una al lado de la otra, sin ningún espacio entre ellas y con sus míseros equipajes y herramientas a los pies del camastro.
Ingresaban a los más duros puestos de trabajo. Las compañías de tranvías, por ejemplo, los tomaban para los talleres, en el turno de la noche, para la limpieza de los coches, o limpiando piezas de los vehículos, con querosene.
Para acceder a esas ocupaciones, pagaban a los reclutadores un porcentaje de lo que iban a ganar y muchas veces aquellos también les hacían los trámites de documentación.
Quienes les daban alojamiento y algunas veces comida hasta que comenzaban a trabajar, se quedaban con las primeras quincenas para resarcirse los gastos de manutención que habían adelantado.
En Buenos Aires, más que en Montevideo, se especuló con esas necesidades, y algunos de estos personajes se enriquecieron en esa ocupación.
En Argentina, la inmigración italiana entraba por oleadas masivas y con ella se fue instalando, también, una extendida malla de la maffia. Desde antes de la década del veinte, la maffia contaba con un fuerte apoyo de quienes habían arribado de Italia debido a que realizaba una serie de actividades en protección de estos recién llegados.
Les conseguían casa para alojarse, les daban empleo o los hacían incluir en las listas de trabajadores rurales para las distintas cosechas que se realizaban casi totalmente a mano.
Les acercaban algún peso cuando estaban en dificultades. Y luego, cuando éstos se instalaban, tenían casa, un comercio, o se hacían arrendatarios de alguna chacra, estaban dispuestos a colaborar con toda esa gente de la que habían recibido una mano.
La característica de la maffia en la Argentina era la de ser una organización muy vinculada al inmigrante pobre. El famoso “Chicho”, que se transformará en el zar de la maffia, empieza como vendedor de verduras con un canasto por las ferias.
Toda esa gente desprotegida que desembarcaba en Buenos Aires podía contar con el refugio de la maffia y luego, cuando empezaban atrabajar, disponían de los sindicatos de acción directa para la defensa de sus derechos.
Y en ambos casos era gente que le hablaba en su propio idioma.
Por eso mucha gente cercana o integrante de la maffia estaba, a su vez, afiliada al sindicato anarquista.
Por otra parte, la maffia de ese momento no tenía relaciones con la policía, no cooperaba con ella.
Permanentemente se daban colaboraciones accidentales entre la maffia y los anarquistas por ese entrecruzamiento de una base social común.
Muchas veces un fugitivo anarquista se alojaba en alguna casa de la maffia y por aquellos años no hubo antecedentes de que fuera delatado.
Bruno Antonelli Dellabella, “Faccia Brutta”, antes de vincularse con el movimiento anarquista comenzó en acciones preparadas por la maffia, especialmente atracos, y sólo más adelante se inserta en sectores de acción directa con objetivos sociales.
Ese origen, ese inicial relacionamiento delictivo con la maffia, es lo que explica su personalidad de pistolero o bandido con ideas anarquistas.
Para Leopoldo Riera, que estuvo vinculado con él en Rosario, era “un monstruo asesino y fanfarrón”. Para todos lo que lo trataron, era alguien con mucho coraje pero apresurado para apretar el gatillo.
Y esta última conducta no estaba muy bien vista entre los militantes de acción directa.
La fama de fanfarrón le viene, entre otras cosas, de un audaz atraco en La Plata, en el segundo semestre de 1931.
La situación en la Provincia de Buenos Aires era de persecución generalizada a los anarquistas. Luego del golpe de Uriburu, el primer lugar a disciplinar fue Avellaneda. Era la zona obrera por excelencia, los movimientos huelguísticos, los atentados, la acción de los anarquistas, todo partía de allí. Uriburu envió a uno de sus hombres más duros para reprimir la zona: el mayor Rosasco.
Con el título de Interventor policial de Avellaneda, Rosasco lanzó una redada tras otra contra activistas sindicales, ácratas y pequeños delincuentes.
Leopoldo Lugones había aportado el programa para el golpe en su libro “ La Grande Argentina ”, con un chovinismo que centraba sus baterías contra los inmigrantes perturbadores: “Pretender que la patria tenga por huésped a la humanidad, es una paradoja que invierte en el absurdo la relación entre continente y contenido”.
Y Rosasco sabía resolver prácticamente los floridos eufemismos de Lugones. A los extranjeros les aplicaba la Ley de Residencia, a los criollos los remitía a Ushuaia y al que pescaba in fraganti o se resistía, la pena de muerte.
El doce de junio de 1931, un grupo dirigido por Juan Antonio Morán, líder marítimo, asesina a Rosasco en un restorán de Avellaneda.
La zona pasa a ser custodiada a guerra.
En La Plata, capital de provincia, hay un despliegue de ametralladoras en las esquinas, carros blindados estacionados frente a los edificios públicos y caballería recorriendo las calles.
Es en ese clima que “Faccia Brutta” decide probar que es posible realizar un atraco en esa ciudad.
El robo se ejecuta cuando unos empleados bancarios trasladan dinero de un banco a un edificio que está sólo a unos pasos. La retirada se cubre a tiros y la acción es exitosa. Pero los anarquistas están desconformes con la secuela de empleados bancarios baleados.
“Tano bestia, mataste sin necesidad. Esto traerá consecuencias gravísimas y justifica la reacción”, lo increpó un compañero anarquista.
“Faccia Brutta” le explicará a Riera los motivos de su forma de actuar:
– Porca madona, yo tiré para armare confusione, para no dare tiempo a lo gendarme a reaccionar Sin esta confusione hubiéramo caído todo come chorlito…La cosa se fa o non se fa, no ha término medio.
A principios de la década del treinta “Faccia Brutta” está radicado en Rosario de Santa Fe. La ciudad es en esos momentos un bastión de la maffia que controla el juego y los lupanares que se extendían por los alrededores de la estación de ferrocarril. Los porteños tenían un servicio de trenes que les permitía ir de juerga a Rosario -una ciudad de perdición- por el fin de semana.
“Faccia Brutta” forma una banda integrada por algunos obreros portuarios y marítimos y dos muchachos que se destacan por su audacia: “El Pibe Pamento” y “El Pibe Denaro”. Este último, Carmelo Denaro, era hijo de un zapatero antorchista de Calabria que había escondido a Di Giovanni cuando andaba fugitivo. Él, la mujer y las hijas trabajaban en el aparado y el otro hijo, Leonardo, tenía oficio de sastre.
En el grupo de “Faccia Brutta”, eran todos igualmente de origen muy modesto.
Bruno Antonelli seguía relacionado con la maffia y Rosario era el mejor lugar para contar con su apoyo.
Riera, que lo acompañó a su guarida en esa ciudad, una quinta en las afueras, dice que:
“Era un vivero de flores. Los jardineros italianos y silenciosos. Parecían mudos. Vestían toscamente y calzaban zuecos. Nunca se separaban de la azada, el rastrillo y la pala de punta. Parecían indiferentes a todo. No preguntaban nada y saludaban con gestos. Cocinaban y servían la mesa en silencio. Debían ser de la maffia”. [24]
El mismo Riera recuerda una de las bravuconadas de “Faccia”, cuando habían tomado contacto con él para realizar un atraco a unos remeseros de dinero.
Tomaron un tranvía en el centro de Rosario para dirigirse al enterradero del tano.
“Era un día sofocante. Las cuatro de la tarde. Los rieles del tranvía estaban al lado del cordón de la vereda. El motorman dele talán talán, alertando o pidiendo paso a los transeúntes de la angosta vereda. La foto de Faccia tal cual era y en tamaño grande, salía casi todos los días en la primera plana de la prensa rosarina. Una carota de caballo, colorada y llena de hoyuelos, como picaduras de viruela. De ahí el apodo. No había otro tipo igual a él. Le digo:
– Déjame sentar a mí del lado de la ventanilla. No hagas bandera de gusto. Me contestó:
– Fa molto caldo y a mí no me manya niente.
Me empujó, tomó el asiento de la derecha y levantó la cortinilla que atajaba los rayos solares. ¿Estaría loco? No sé. De una cosa estoy seguro, o mejor de dos: no conocía el miedo y era un fanfarrón. Porque aquella escena era para mí. Cuando llegamos a destino me dijo:
– ¿Capiche que non pasare niente?”
Finalmente, el asalto a los remeseros del Banco Provincia que Riera quería concertar con la banda de “Faccia”, no se hizo. Cuando le exponen el plan al grupo, están todos de acuerdo, pero primero está pendiente un ajuste de cuentas con un hombre -de apellido Blanco- que pertenecía a la banda y que se ha vuelto delator.
En realidad las acusaciones no pasan de ser sospechas y no hay nada que esté claramente comprobado.
Riera trata de impedir que se ejecute al tipo por meras presunciones y argumenta:
– ¿Ustedes no saben cómo trabaja la policía? ¿olvidan que la cizaña inteligente es su arma predilecta? ¿que los verdaderos delatores los encubren para seguirlos usando y enchastran a otros…?
“Faccia” se queda sin argumentos y liquida la discusión con una sentencia inapelable:
– Ma si no está probado que sea delatore pode llegare a serlo…
Dos días después el tano recorría el centro de Rosario con los dos “Pibes” y se cruzan con el sentenciado. “Faccia” le tira de inmediato y lo liquida. Los “pibes” huyen del lugar perseguidos por la policía rosarina, robando autos y cambiando de vehículos varias veces en una suerte de escape cinematográfico. Finalmente logran burlar a sus seguidores y salen de la ciudad en un ómnibus.
“Faccia Brutta” consigue llegar a su morada en el vivero de flores. Ahí lo detiene la policía, que posiblemente ubica la quinta por otro sujeto que acompañaba a Blanco cuando fue baleado.
El tano es copado mientras se afeita. No tiene el arma cerca y se deja esposar.
Detenido en Rosario, contó durante su prisión con una ayuda efectiva de la maffia. La órbita de su azarosa y brutal existencia se cerró algunos meses después en la cárcel de esa ciudad.
Y no es de extrañar que el término llegara con La misma vehemencia con la que él había pactado ritualmente.
La ejecución en Rosario del supuesto soplón, será la última andanza de Bruno Antonelli. La prisión inmediata interrumpe sus peripecias de bandolero anarquista. Y en aquella cárcel rosarina tendrá desenlace su saga.
Pero antes de estos acontecimientos, está su vertiginosa pasada por Montevideo en los primeros meses de 1932.
A “Faccia Brutta” se lo trajo especialmente para ajusticiar al comisario.
No llegó casualmente a sus oídos la ofensiva bofetada de Pardeiro a Roscigno, como asevera Laureano Riera.
El contacto se realizó a través de Ginno Gatti, que a fines de 1931 se había unido a Eliseo Rodríguez -fugado de un calabozo de la Jefatura de Policía de La Plata -, a Pedro Espelocín -escapado de un Hospital donde estaba internado bajo custodia-, a Juan del Piano -panadero-, y a Armando Guidot.
Todos ellos necesitaban tomar distancia de Avellaneda y La Plata.
Gatti, antes de la fuga de la carbonería, había viajado hacia Argentina instalándose en las inmediaciones de La Plata. A mediados de 1931 le dio refugio a Astolfi, buscado intensamente porque había zafado de una larga persecución policial con varios tiroteos y agentes heridos y muertos, por el sur de la ciudad de Buenos Aires.
El ex propietario de El Buen Trato arregló el traslado de Astolfi a Montevideo luego de hacerlo curar y restablecer de las graves heridas que tenía. Desde aquí se lo sacó hacia Barcelona.
Aunque la actividad de los anarquistas expropiadores seguía siendo intensa, en 1931 sus condiciones de existencia eran cada vez más difíciles.
Ese círculo de asaltos, atentados y preparación de fugas, producía bajas que no podían sustituirse y “quemaba” rápidamente refugios y escondites.
Por eso Gatti, Rodríguez, Espelocín, del Piano y Guidot, casi inmovilizados y acorralados en la Provincia de Buenos Aires, trasladan sus acciones hacía Córdoba y Rosario.
Son los meses finales del 31 y en Rosario actuaba la pequeña banda de “Faccia Brutta”.
Gatti se sentía obligado con Roscigno y los detenidos en la casa de Dassori.
De los constructores del túnel, él era el único en libertad.
Era impensable planificar una fuga en Montevideo, pero le llegó el mensaje de Miguel Arcángel que pedía vindicación por la bofetada.
El tano “Faccia” tenía poco poder de discernimiento y muchos puntos de contacto con la delincuencia, pero en acciones violentas era eficiente y decidido.
Gatti concertó el viaje de Bruno Antonelli y se acordó que lo acompañara alguien de su grupo. La elección recayó sobre Armando Guidot.
Ninguno de los dos había actuado antes en Montevideo, lo que favorecía sus movimientos.
En esta ciudad utilizaron como centro de operaciones un taller mecánico propiedad de un refugiado italiano, Destro, ubicado en Rocha y Cuñapirú.
Era un punto de referencia de los residentes italianos con ideas anarquistas.
Luce Fabbri nos confirma el paso de “Faccia Brutta” por allí:
– A ese hombre yo lo vi apenas una sola vez, en el taller mecánico de Destro. Era muy feo y me impresionó tremendamente mal, tremendamente mal…
A esa persona yo no me acerqué, porque no me gustaba.
Era repulsivo, bastante repulsivo y yo vivía en una atmosfera distinta. Mi padre conocía a Carnelli, Grauert estuvo en nuestra casa…
A “Faccia Brutta” no se puede decir que lo conocía, solo lo vi una vez en aquel lugar… [25]