“Prontitud y esmero”

Mientras Montevideo festejaba sus centenarios, la gran depresión se extendía como un derrame de petróleo por el continente. Los países industriales encaraban la crisis encerrados en sí mismos, con un proteccionismo exacerbado. En las cotizaciones de los mercados las materias primas de los países americanos entraron en caída libre. El empobrecimiento generalizado no se hizo esperar. La desocupación continental creció geométricamente y para fines de 1930 era calculada en cuatro millones, una cifra nunca antes soñada.

Esta enorme conmoción condujo a las crisis institucionales del primer quinquenio de la década del treinta. La tónica general fue la de golpes militares con el supuesto fin de procesar los reajustes necesarios en cada país. Sólo en el año treinta hay pronunciamientos en Argentina, Brasil, Ecuador y Bolivia.


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Uruguay entró en el año 1931 con cuarenta mil desocupados.

El primero de febrero la prensa informó sobre el fusilamiento de Severino Di Giovanni en la Argentina de Uriburu, que comienza su década infame.

A fines de febrero, un atentado contra los obreros del Sindicato Único del Automóvil es índice de los enfrentamientos -en las filas gremiales- entre anarquistas y comunistas. Pardeiro, Comisario de Orden Social, investiga los hechos.

El primero de marzo asume un nuevo presidente y se juramenta: Yo, Gabriel Terra me comprometo por mi honor a desempeñar lealmente el cargo que se me confía y a respetar y defender la Constitución de la República.

El dos de marzo llega a estas costas la noticia del primer proceso de Moscú.


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A las dos y veinte de la tarde de aquel 18 de marzo de 1931, un desconocido llegó a la parada de taxis de la Rambla Wilson, cerca del Hotel Pocitos y ascendió al Buick de Roberto Nesti, indicándole que se dirigiera a Joaquín Núñez casi Ellauri. Hizo detener el coche frente a un baldío, en cuyos fondos se veía una casilla de techo de zinc.

Espéreme un poco porque tenemos un “programa” en aquel rancho, le dijo al taxista y salió caminando hacia la casilla pausadamente.

Unos minutos más tarde, Nesti vio volver al sujeto que, agitado, lo apuraba a poner el auto en marcha. Mientras hacía lo que le habían indicado dejó de mirar por unos instantes hacia el baldío. Cuando sintió el pistoneo regular del Buick, pudo observar que un grupo de hombres corría hacia el auto. Fue en ese momento cuando el desconocido le puso una pistola en el pecho y con voz nerviosa le ordenó: Entrégame el coche.

Luego todo fue confusión. Gente que corría y que rápidamente ocupaba su auto y otro vehículo que hasta ese momento no había percibido. Motores acelerados y los autos que desaparecían del lugar.

Después de unos minutos, una mujer comenzó a gritar: ladrones, ladrones, cuando vio que alguien saltaba el alambrado que separaba el baldío con otro terreno que daba a la calle Solano García, en el que había una carbonería.

Trabajadores de una obra cercana y vecinos alertados por los gritos, alcanzaron a detener a dos sujetos asustados que intentaban esfumarse del lugar. Lograron retenerlos hasta que llegó la policía.


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Eduardo Brayer maniobraba su camión frente al depósito de Regules y Ravecca, sobre la calle Propios casi Canstatt, cuando sintió que un coche chocaba contra su vehículo. Contrariado, descendió del camión para poder ver los perjuicios del choque y antes de poder increpar al descuidado chofer quedó sin palabras al ver que los que iban en el auto tomaron dos pistolas, se las colocaron a la cintura, recogieron otros bultos y abandonaron el lujoso vehículo alejándose por Canstatt hacia el oeste.

Sobre Propios quedaba un Chandler negro con capota de gabardina y las partes niqueladas oscurecidas con pintura negra.

El auto había sido robado a la firma Martinelli e hijos. Su chapa original era 53 155, pero los ladrones habían cortado los números y vuelto a soldar componiendo la chapa 51 553. Tanto el Buick de Nesti como el Chandler de Martinelli habían sido utilizados en la fuga de la Cárcel Penitenciaria de Punta Carretas.


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Cuando el director de la cárcel, Lorenzo Batlle Berres, logró contabilizar los evadidos, comprobó que eran nueve. Los asaltantes del Cambio Messina: Vicente Salvador Moretti, Agustín García Capdevila, Jaime Tadeo Peña y Pedro Boadas Rivas. Con ellos, habían fugado otros cinco reclusos: Florencio Santiago López, un homicida peligroso; Eduardo Ruival Pereyra, cómplice en la muerte del sereno de un depósito; Medardo Rivero Camoirano, y dos panaderos, Carlos Cunio Funes y Rafael Egues, autores de un confuso asalto a cuchillada limpia en una panadería de La Teja, que había dejado un saldo de varios muertos.

Los rezagados, que fueron retenidos por la gente y devueltos a la policía, eran Aurelio Rom, cuñado de Antonio Salvador Moretti -el que se había suicidado en la calle Rousseau-, que purgaba en la cárcel una condena por falsificación de monedas de plata de cincuenta céntimos; y Puan o Juan Santaya o Santana, procesado por robo.


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Sobre la calle Solano García, frente a la cárcel penitenciaria, había un galpón de zinc con un cartel que rezaba: Aviso al vecindario: Aquí se expende carbón de leña y piedra. Se lleva a domicilio. Prontitud y esmero en los pedidos. Por mayor y menor Más abajo había una inscripción en caracteres rusos.

La carbonería se llamaba El Buen Trato.

Según datos de los vecinos, alrededor de mayo de 1930 se mudó a la carbonería un matrimonio: Gino Gatti, su esposa Primina Romani y una hija pequeña. Repartían el carbón en un breack. Gatti decía haber sido aviador militar en Italia.

A los ocupantes se agregó más adelante un hombre grueso, rubio, de lentes, que se hacía llamar Luis.

El terreno de la carbonería se comunicaba por los fondos con un baldío que daba a Joaquín Núñez. Desde la carbonería se excavó el túnel de setenta centímetros de ancho e igual medida de alto, que, atravesando la calle Solano García, el muro de dos metros de espesor de la cárcel, un corredor interior del penal y su taller de herrería, iba a desembocar a un baño en uno de los patios.

La iluminación de la estrecha galería, con bombillas eléctricas, el cuidadoso apuntalamiento de su techo, el sistema de renovación del aire por un motor, la utilización de un gato capaz de levantar diez mil quilos usado para romper el piso del baño desde el túnel: todo indicaba un plan pensado y ejecutado durante meses.

El matrimonio que ocupaba la carbonería hacía unos diez días que se había ido y desde ese entonces estaba a cargo del negocio el enigmático Luis, que ese día había sido visto por una vecina cuando se marchaba a las dos y media de la tarde.

En el galpón de la carbonería quedaban algunas bolsas de tierra acomodadas como si contuvieran carbón, un montón de ropa en desorden de los evadidos y algunas gorras, boinas, pañuelos y chambergos que fueron desechados en el cambio de vestimenta.


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Un carro con una jaula que ocupa casi todo su espacio útil, se desplaza por las inmediaciones del Hipódromo. La perrera empieza su trabajo al alba y la jaula se llena antes de media mañana para evitar incidentes con los vecinos que no simpatizan con el oficio. El perrero, que maneja una vara con un lazo en el extremo, es un ex penado, José Sosa.

En General Flores y Curupy un cuzco se le escapa y se mete en la casa de la esquina. El hombre no quiere abandonar su presa y se asoma al patio, donde ha visto entrar al perro.

Vicente Salvador Moretti está allí tomando mate y meditando sobre la advertencia que le ha hecho Roscigno esa misma mañana: debe preparar sus cosas para mudarse. La irrupción del intruso le hace reaccionar rápidamente a favor del cachorro: Deje tranquilo al pichicho, amigo.

Sosa, un carterista que ha pasado sus temporadas en Punta Carretas, reconoce a Moretti a quien ha tenido oportunidad de observar muchas veces en el patio de la cárcel.

Ya ha dejado de interesarle el cuzco y su ingrato oficio de perrero y no puede pensar en otra cosa que en los tres mil pesos ofrecidos por el Banco República para quien denunciara el paradero de los evadidos.

Agitadísimo llega a la comisaría y les brinda a los uniformados el dato que hará posible el espectacular operativo de ese 26 de marzo de 1931.

Apenas ocho días después de la fuga, son detenidos Vicente Salvador Moretti y cuatro de los constructores del singular túnel.

Estaban refugiados en la casa de Roberto Dassori, el avezado falsificador de billetes de lotería.

La entrada de su casa daba a Curupy, pero hacia General Flores Dassori había abierto un Club colorado del que era presidente, alineado con el doctor Washington Paullier, de orientación vierista.

A las cinco y media de la mañana una cantidad de soldados a caballo rodeaban la casa y de inmediato llegaban autos y camiones de los que descendieron decenas de uniformados. El allanamiento estaba a cargo del comisario general Carlos Nogués.

Dassori tomaba mate en la puerta de la finca y, sin tener tiempo a reaccionar, sólo dijo a Nogués: Pase.

En la finca fueron detenidos, además de Moretti, Miguel Arcángel Roscigno, Enrique Malvicini Bense, Agustín Díaz Alcalde -que además usaba los nombres de José María Paz o Juan Manuel Paz-, y Alcides López Gutiérrez, llamado realmente Andrés Vázquez Paredes. Este último era el que había actuado con Roscigno en el asalto al Hospital Rawson y con Durruti en el atraco al Banco de San Martín.

La sorpresa impidió cualquier resistencia y sólo se oyeron las protestas de Catalina y Alicia Dassori, que vivían allí.

La policía ni sospechaba que en ese operativo detendría a los que habían hecho el túnel. De los catalanes ni rastro. Pero el éxito era innegable, en sus manos tenían de nuevo al Salvador y ahora, también al Arcángel, dos mitos populares.

A fines de 1928, Roscigno había vuelto a Argentina. A pesar de su oposición al fracasado asalto, se consideraba obligado con los detenidos en la penitenciaría de Montevideo. Debía encontrar la forma de liberarlos. Se hacían necesarias algunas expropiaciones para contar con el dinero suficiente.

En febrero de 1929, Roscigno intervendrá en un atraco a los establecimientos Kloeckner. Pero será en octubre de 1930 en que el botín permitirá encarar los gastos necesarios de esa gran obra que sería el túnel.

En el primer mes de represión del flamante golpista Uriburu, junto con Severino Di Giovanni, asaltan al pagador de Obras Sanitarias en Palermo y obtienen doscientos ochenta y seis mil pesos. Tres cuartas partes de ese dinero se utilizará para los compañeros presos. Roscigno, junto a Paz -Díaz Alcalde- al que llamaban El Capitán, viajará a Montevideo con una abultada suma para preparar la fantástica fuga.


* * *

En la sala alta de la escuela de la cárcel, donde nos hallamos, irrumpen de pronto las seis figuras, para nosotros conocidas de la mañana del jueves, pero ni son aquellas las circunstancias ni son esos los rostros y las palabras que vimos y escuchamos en medio del ceñudo aspecto de soldados y policías

Este ambiente propio de la tristeza carcelaria, en el gran salón de altos techos e impecables paredes, difiere bien de aquella mañana de sol en que el soplo de la tragedia se escondía tras las paredes de la risueña villa de Dassori, cuando policías y periodistas íbamos en procura de los prófugos, y, mientras en el instante del hallazgo, que fue impensado hasta para la propia policía, vimos desfilar a nuestro lado, uno a uno, decepcionados y tristes, los rostros de los prisioneros. Estos mismos se nos presentan hoy transfigurados en la sala carcelaria, como si la terrible aventura donde se jugaban tantas vidas no hubiera dejado en ellos más que la grata impresión que viste de risas picarescas el recuerdo de los hombres cuando rememoran alguna [travesura de niños.

Roscigno, que luce aún su saco de pijama a grandes listas celestes, no es el pasado autómata de gorra gris y de rostro barbudo que ante el revólver de Nogués decía aquella mañana: “Son muchos, quien sabe si mano a mano”.

Este Roscigno, prolijamente afeitado, ha cambiado en absoluto de apariencia, parece ahora un jovenzuelo de sonrosadas mejillas, cuya boca no deja de mostrar ni un instante una jovial sonrisa, los cristales de sus lentes que no ha abandonado, no son verdosos como aquella mañana, dándole a la expresión de los ojos una pátina de misterio. Tras los cristales límpidos, brillan ahora sin ningún fingimiento las pupilas risueñas. Se mueve con desenfado y sin cesar cambia impresiones con sus compañeros de aventura.

Paz, conocido por el seudónimo de El Capitán, evadido de la cárcel de La Plata, no es tampoco aquel hombre que, desde el fondo del cuarto de prisión de la seccional dieciséis, parecía desafiar altivamente aquella mañana la curiosidad del público con su clara mirada fija e imperturbable, que en la penumbra daba la impresión de la de un felino en acecho. Jovial y dicharachero, se coloca a nuestro lado y comienza a hablarnos de sus ideas y parece desesperarse porque ellas no sean comprendidas por todo el mundo, lo que atribuye a la deficiente prédica de los órganos anarquistas, que no explican con claridad cuál es su modo de pensar.

“Nosotros no somos asesinos, luchamos -nos dice- porque creemos que en la humanidad existe el mal y el bien. Nuestra lucha no es sólo contra quienes aprovechan el trabajo de los hombres para conseguir privilegios inmerecidos de la vida: la fortuna, el bienestar mal ganado; sino para tratar de sustraer a los hombres de trabajo que contribuyen a que el mal prospere coadyuvando a la acción de los poderosos… En fin, son ideas que es necesario explicar y que no es extraño que no sean comprendidas. Entre nosotros, los compañeros, he notado, muchas veces, que no existe coordinación”.

En el modo de pensar, Paz nos expresa el deseo de que hagamos pública, si es posible, la sustancia de los ideales que lo han guiado a las filas del anarquismo, sosteniendo que todos los pasos de su vida no tienden sino a lograr la realización del bien, tal cual ellos lo entienden.

Moretti conversa animadamente con su cantaradas, cambiando impresiones sobre la sorpresa policial y sobre su estancia en la comisaría, en investigaciones y en la cárcel. Está lleno de anécdotas que refiere con todo calor y premura a su oyente, Malvicini, que a su vez le trasmite las suyas.

Dassori está a nuestro lado, escuchando con toda atención las palabras de nuestros interlocutores y observando cómo tomamos los apuntes. Está serio, retraído, se dijera que preocupado.

Parece que Roscigno se diera cuenta de esa actitud, porque de pronto nos dice: “En primer término le pido que desmienta la versión que han dado algunos diarios de que nosotros desconfiamos de que Dassori haya podido ser el que dio la dirección del refugio a la policía. Nunca lo creí, ni lo dije. Tenemos absoluta confianza en él y puede repetir que nos recibió creyendo que recibía a tres deportados argentinos y que yo me llamaba Manuel…, el apellido no importa”.

Las relaciones entre ellos y Dassori no deben ser en realidad tan íntimas, pues más tarde tenemos oportunidad de comprobar que mientras Roscigno tutea en el transcurso de las conversaciones a los demás, trata de usted al inquilino principal de la calle Curupy y General Flores.

Se nos acerca Paz para solicitarnos -antes de entrar en materia- que digamos que es falso el papel de director, inspirador o jefe de ellos que se le atribuye a Roscigno, pero el aludido toma de inmediato la palabra para expresarnos -en un lenguaje que por su corrección, dicho al dictado, nos llama la atención en todo el transcurso del largo reportaje- lo siguiente:

“Nosotros no admitimos director o jefe. Somos anarquistas a secas. Somos enemigos de cualquier clase de autoridad, y no admitimos que los hombres se junten y haya quien los mande. El mismo modo de pensar tenemos con respecto a nuestra vida íntima. Pues no creemos que haya más autoridad que la moral, pero buenamente aceptada. Así creemos que el hombre que es amigo de la mujer, debe considerarla una compañera y no una esclava; que los hijos son los amigos más pequeños a los que debemos tratar de amparar y orientar por el camino del bien. En sus hogares nuestros compañeros siguen esas mismas orientaciones morales”.

Roscigno, -decimos entonces- tendríamos interés en ofrecer a nuestros lectores un relato de los episodios de la evasión. Nuestras preguntas serán muchas y el tiempo es corto: ¿quiere darnos algunos detalles sobre eso?

“El trabajo del túnel lo hemos hecho de muy perfecto acuerdo y muy a gusto -nos responde Paz y agrega-: Empezamos por decir que estamos satisfechos con la obra, que concuerda perfectamente con nuestro modo de pensar”.

Y podría agregarse -nos apunta Roscigno- que lamentamos no haber podido hacer totalmente el cambio de nuestra libertad por la de los compañeros a quienes procuramos hacer evadir, pues uno de ellos, Moretti, ha vuelto a la cárcel”.

Entrando en materia y habiendo ya accedido a las distintas solicitudes de los reporteados, procuramos obtener de Roscigno y de López -el carbonero Don Luis- algún detalle sobre la misteriosa personalidad de Gino Gatti, pero como viéramos que todos cambiaban entre sí una expresiva sonrisa, aprestándose a darnos respuesta inventada, nos negamos a tomar nota de la filiación, advirtiéndoles que no era nuestro objeto desorientar la investigación con datos falsos, sino trasmitir solamente las referencias que quisieran facilitarnos sobre la actuación que les cupo en el asunto. Don Luis, que ahora luce los mismos lentes de aro de carey que tanto conocieran los vecinos de la calle Solano García, empieza su relato de esta forma:

“Habíamos adquirido otro terreno más atrás del que actualmente ocupaba la carbonería, porque nuestra intención era hacer el túnel con salida al lavadero, pero después compramos el otro que enfrentaba mejor el celdario.

Inmediatamente se construyó el galpón y la barraquita, viniendo Gino Gatti con su señora y su hijita. El galpón se terminó a principios de agosto (de 1930). Entonces aparecí yo que ya había llegado a Montevideo, pero que todavía no había aparecido por la carbonería, hasta esa misma fecha. Recién entonces se compró el reparto a otro carbonero (Benjamín Donsinsky), instalándonos definitivamente. En esa época comenzó el trabajo del túnel”.

“La fecha precisa -interrumpe Roscigno- fue a principios de setiembre. Entre Luis y yo comenzamos la obra”.

“Lo más dificultoso -apunta Don Luis- fue la orientación y la profundidad Pero para eso nos valimos de una falsa escuadra que construimos de esta forma: tomamos por punto de dirección el codo o el ángulo del edificio interno, junto al cual estaba el cuarto de baño. Tirada la visual en recta hacia esa dirección, medimos el ángulo que aquella hacía con la otra recta que corría en dirección a las tablas del piso de la carbonería.

¿Fue ese el compás de tabla que hallamos nosotros abandonado en la trastienda del comercio?”

“Precisamente -explica Roscigno- ese compás fue el que nos sirvió para ir exactamente al punto que nos interesaba. La segunda complicación fue más dificultosa de resolver; se trataba de establecer la profundidad a que debíamos excavar. Nos valimos de una regla de dos metros de largo que contraloreada por un nivel, pusimos en perfecta vertical. Por medio de dos clavos que habíamos colocado en aquella y que nos servía de punto de referencia, obtuvimos el ángulo de latitud, adoptando como punto de observación una de las rayas que cubren el muro exterior de la cárcel y que hacen la imitación a piedra. Ese ángulo marcó dos rayas y media. Una buena tarde, Luis cruzó disimuladamente junto al muro y tomó con su persona la altura a que se hallaban dichas rayas. Medimos sencillamente la altura de Luis, y con un simple cálculo, sin llamar la atención, obtuvimos que era un metro ochenta y cinco. Un paseo por los alrededores del muro que da a la calle García Cortinas nos dio la grata sorpresa de observar que allí el cimiento estaba completamente al descubierto. Lo medimos y supimos así que el cimiento de la cárcel está a dos metros de profundidad. Hecha la suma teníamos que desde el piso de nuestra casa hasta la base de los cimientos de la cárcel, había tres metros ochenta y cinco de profundidad. Pero tropezamos todavía con un grave inconveniente: el patio interior del penal está a un nivel inferior de la calzada exterior ¿Cuánto medía ese desnivel? Eso nos dio mucho trabajo, pero el carbonero Luis se ingenió de modo que algunos visitantes de los presos contaran cuantos escalones habían bajado para llegar hasta el patio carcelario. Esos escalones fueron, también, disimuladamente medidos. Nos completaron la cuenta, de modo que el túnel que tenía una exacta orientación, tenía también una exacta profundidad”.

“Al poner manos a la obra -manifiesta Roscigno- pensamos que no debíamos partir en rampa, porque entonces quedaba poca tierra sobre nosotros al llegar a la vereda o calzada. Partimos hacia enfrente desde una cámara a plomo de tres ochenta y cinco de profundidad. Recién entonces marchamos con el túnel que marcó distintos desniveles, no por las causas que se han dicho, sino porque en nuestro camino encontramos piedra que nos obligó a buscar la tierra. De ahí la causa de las ondulaciones.

Nadie parece haberse apercibido de la cantidad de piedra que hallamos, que afortunadamente se trataba de piedra laja, vetas de cuarzo superpuestas, fácil de separar. Las pocas veces que hallamos granito, pasamos por arriba. Hallamos lugares donde era imposible abrimos paso con la palanca. Entonces recurrimos a un aparato ideado por Paz, que apoyándose en las paredes del túnel, hacía funcionar a manija, buriles giratorios con los cuales se horadaban las piedras, debilitando su consistencia hasta que podíamos tumbarlas fácilmente con la palanca. Todo fue hecho a mano. Sufrimos más de un momento de angustia.

Una tarde tuvimos la sensación de que estábamos descubiertos. Bajo tierra, junto a los cimientos de la cárcel, en pleno día, el compañero de turno hacía su jornada de dos horas. Había ya encontrado piedras y golpeaba con su piqueta. Yo estaba en observación desde la carbonería, vi entonces que en lo alto del muro exterior un oficial, un sargento y un soldado, se agachaban en actitud de querer sorprender algún sonido. De inmediato envié a Luis que recostándose contra el muro de la cárcel adoptó la apariencia de un buen vecino que toma el sol. De pronto cruzó agitadísimo. Había escuchado perfectamente los golpes del pico sobre la piedra. Suspendimos enseguida el trabajo y fue cuando recurrimos al aparato ideado por Paz”.

“Esos golpes -dice Luis- me pareció que los daban en mi corazón”.

“Nos fue muy difícil al principio ingeniarnos para sacar la piedra y la tierra. El hombre que picaba llenaba unas bolsitas, que a una señal nuestra un hombre, colocado en la boca del túnel, arrastraba con una soga; pero a medida que el túnel avanzaba, la humedad de la tierra servía de agarradera y se hacía el trabajo penoso. Construimos un carrito pero cuanto más marchaba el túnel, más era la fuerza necesaria y el ruido endemoniado que sus cojinetes de hierro producían. Al fin cambiamos el rodaje por ruedas de madera, que montamos sobre rulemanes, así seguimos hasta el fin.

La dificultad del aire no fue menor. Al principio nos servimos de fuelle y de una bomba común, después fue necesaria una bomba de matar hormigas que enviaba el aire por un caño de goma. Una tarde -trabajábamos siempre de día- yo estaba a mitad del túnel y apenas pude salvarme arrastrándome hasta la boca porque estaba casi asfixiado. Fue entonces que recorrimos los comercios buscando bobinas o aspiradores de aire, pero todos los que existían eran exageradamente grandes y ruidosos. Por último Paz se ingenió para fabricar el aparato que habrán hallado en la excavación.

Realizado esto, ya muy adelantada la obra, era también casi imposible respirar. Se formaba a nuestro alrededor un aire enrarecido, una especie de neblina producida por la transpiración, neblina que nos cegaba. Pero resolvimos el punto instalando sencillamente unos ventiladores a cada lado del túnel que clarificaban el aire.

La tierra la extraíamos en bolsas que en cantidades de diez por viaje sacábamos de la carbonería por la noche y al mediodía en que se cerraba el establecimiento para no llamar la atención con ese trasiego”.

Terminados los interesantes detalles del túnel y como el guardián nos avisa que la hora ha llegado, ya de pie, pedimos a Roscigno nos relate la sorpresa de su detención.

“Ni remotamente -nos dice Roscigno- sospechábamos que la policía llegara hasta nosotros. Los vimos repetidas veces pasar por frente a nuestra casa por la avenida General Flores, pero nuestro refugio nos parecía insospechado. Esa mañana tomábamos tranquilamente mate. Yo mismo había visto pasar momentos antes cuatro hombres a caballo con sus fusiles empuñados pero siguieron como hacia Piedras Blancas. Con todo tuve recelos, recelos que comuniqué a mis compañeros, a quienes consulté si no habría conveniencia en que nos fuéramos, pero recuerdo que Paz me contestó:

“Sí, -dice el aludido- ya me acuerdo: ¡Si vienen me van a encontrar!”

“Seguimos tomando mate y entonces le dije a Moretti que empezara a mudarse, pues a pesar de todo, yo veía brumas en el horizonte. Yo me disponía a cambiar mi calzado, pero en ese momento sentí el ruidaje… Miré por las persianas y vi soldados al galope que rodeaban la casa, se tiraban de los caballos y empuñaban sus fusiles. Detrás de ellos llegaba una comitiva de autos, camiones, de los que empezó a bajarse una infinidad de policías.

Todos tomamos nuestras armas enseguida, las que preparamos para defendernos”.

¿Pensaron entonces resistir?

“Sí, si nos hubieran dejado los fondos libres, nos hubiéramos abierto paso. Consulté en voz alta a todos, pero entonces oímos un grito de Paz que decía:

¡Es inútil, ya está adentro toda la milicada!

Entonces resolvimos entregarnos sin pelear, pues no somos asesinos.

Nos hubieran muerto, pero creo que muchos, pero muchos, hubieran quedado allí. Cuando entró la policía, yo estaba de pie junto al escritorio, lo demás ustedes lo saben tan bien o mejor que yo”. [16]


* * *

En la entrevista, Roscigno nada dijo sobre su encuentro con el comisario Pardeiro el día de la detención. A pesar de que fue allí donde se destiló el rencor que dictó el guión de muchos destinos.

“Uno de los comisarios de investigaciones usó conmigo los procedimientos más brutales e indignos”.

Cuando Miguel Arcángel Roscigno hizo esta declaración para la prensa se refería al comisario Luis Pardeiro.

Por ellas se extendieron en Montevideo los rumores sobre castigos y torturas a los detenidos de la fuga.

En sus memorias, Laureano Riera da una versión sobre estos acontecimientos. Para él, la decisión de la muerte de Pardeiro se tomó cuando los anarquistas se enteraron de una supuesta actitud del comisario.

Pardeiro le habría dicho a Roscigno: Yo a vos no te voy a poner la mano encima para destrozarte, porque sos duro, tenés cartel internacional, estás muy protegido por los políticos, la prensa y el populacho te considera un héroe. Pero te voy a hacer algo peor: voy traer a tu mujer y te la voy a hacer montar por los milicos en presencia tuya. Y no vas a poder chillar para no pasar vergüenza… [17] Con la detención de los asaltantes del Messina en 1928, Montevideo también se había llenado de comentarios sobre los malos tratos que habían recibido los catalanes, Moretti y sus cómplices.

En 1971, Boadas Rivas desmintió estas versiones, taxativamente:

No. No hubo torturas.

Yo tenía un bigote postizo. Estaba con las muñecas esposadas por la espalda. Pardeiro vino y tiró del bigote, arrancándomelo. Yo me le arrimé y le dije: ¡Qué hombría! ¿eh? No me contestó. Fueron momentos muy feos. Nos tenían de plantón pero yo me senté. Si me castigan que me castiguen ahora, cuando estoy entero, pensé. Cuando pasé a declarar me trataron muy bien. Pardeiro, incluso me hizo los signos de la masonería. Pensó que yo era masón, porque le dije que había estado en El Día, que me habían invitado a comer con Batlle. Entonces hizo retirar a otros dos policías de la misma jerarquía que él, que colaboraban en la investigación y llamó a César Batlle. Este confirmó lo que yo había dicho, pero pidió que no se mencionara. Entonces Pardeiro me hizo los signos de la masonería, a ver si los reconocía. Yo le contesté que no era masón, que no aceptaba nada de la masonería ni de la mafia.


Boadas Rivas, en la misma entrevista, también desmiente que Pardeiro haya torturado a Roscigno.


No, fue una bofetada nomás. Roscigno no dijo nada en ese momento. Cuando vino el abogado, Lorenzo Carnelli, le contó: “Ese hijo de puta me dio una bofetada. No se la voy a perdonar en mi vida. Me la tengo que cobrar. Preso o en libertad, algún día me voy a cobrar esa bofetada”. Carnelli lo comentó con Frugoni, con Zavala Muniz, con otra gente, a alguno de los Batlle mismo, a los compañeros de Protección de Choferes. Fue corriendo la bola hasta que la agarró un italiano, anarquista, al que llamábamos Faccia Brutta. Fue a ver a Carnelli y le pidió: “Deme la manera de hablar con Roscigno. Carnelli lo llevó consigo. Cuando vio a Roscigno el tano le dijo: Vengo por una pregunta. ¿Te levantó la mano ese Pardeiro? Sí, me la levantó. Nada más. Ese no vuelve a levantar la mano nunca. Saludó y se fue”. [18]

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