Epílogo

En la mañana del 27 de mayo de 1932, fue hallado en el Parque Durandeau -Parque Rivera- el cadáver de Roque Lecaldare.

Empleado del Cambio Fortuna de 18 de Julio y Paraguay, Lecaldare era el encargado de cerrar el local a las doce de la noche.

Cinco meses antes, el Cambio había tenido la fortuna de vender el número 8.683 premiado con seiscientos mil pesos, la grande de fin de año.


A la hora de cierre, desconocidos abordaron al inadvertido funcionario, intimándolo a abrir la caja fuerte. La combinación de la caja sólo era del conocimiento del propietario, Sanssone y, supuestamente también de Lecaldare. No obstante, los asaltantes no consiguieron abrirla. La policía supuso que los ladrones decidieron eliminar al empleado de Sanssone para no dejar testigos.

Para esa fecha tres importantes hechos delictivos se acumulan sin solución y sin que la policía tenga pistas firmes sobre sus autores.

En sólo seis meses se había producido el asalto al pagador del Frigorífico Nacional, el crimen de Pardeiro y Seluja y el asesinato de Lecaldare, con un saldo total de cinco muertos, y dos procesados por el primer caso pero muy lejos del esclarecimiento de los hechos.

La situación de la policía era difícil. Estaba cuestionada su eficiencia y simultáneamente una comisión investigadora de la Cámara de Representantes indagaba sobre denuncias de malos tratos.

El 4 de junio de 1932, los diarios de Montevideo, informan que “por la investigación del asesinato de Lecaldare, se encuentra una banda que reconoce el crimen de Pardeiro”.


Las oficinas tenían una decoración inspiradora. Sobre las paredes lucían dos escudos con armas correspondientes a causas criminales. No hay leones rampantes, ni flores, ni campos verdes o dorados. Es el linaje del delito el que se expone, en una nutrida exhibición de armas de fuego y puñales que en algún instante fueron instrumentos de transgresión de la ley.

Sobre un armario hay un muestreo de los famosos pacos usados por los cuentistas para atrapar mixtos.

En un lugar destacado de la sala, el maniquí de cera de Petrona López, en tamaño natural, dentro de una vitrina.

El ámbito tiene el aire sombrío del taller de un taxidermista en donde se ha tratado de disecar el crimen.

Son las oficinas de la Policía de Investigaciones que por esa época se encontraban en el Cuartel Centenario.

Allí se trabaja, a fines de mayo del 32, acuciados por tres graves casos sin resolver.

Una noche -de las tantas que pasábamos en vela estudiando distintas pistas- recibí una llamada telefónica en mi despacho y para mi sorpresa era un viejo conocido de la crónica policial, el que, sin embargo, no tenía en esos momentos problemas aparentes con las autoridades. El sujeto en cuestión ofreció informes sobre el asalto al pagador del Nacional, el crimen de Pardeiro y el asesinato de Lecaldare, siempre y cuando se le entregaran los cuatro mil pesos de recompensa ofrecidos públicamente para quien colaborara con el esclarecimiento del atentado a Pardeiro, además de garantía de reserva sobre su identidad.

Por supuesto que acepté y en sucesivas entrevistas, en las que incluso llegué a vestirme de gaucho, realizándolas preferentemente en zonas rurales cercanas a Montevideo para no despertar sospechas, obtuve importantes datos. [27]


Quien explica cómo llegó la delación a la policía, es José Pascasio Casas Rodríguez, el jefe de Investigaciones en 1932. Su testimonio es de cuando Casas contaba ya con ochenta y ocho años y vivía su vejez en una casa de La Blanqueada. De su relato no surge si los cuatro mil pesos llegaron a manos del soplón.


* * *

Los periodistas responsables de la crónica policial son citados al cuartel Centenario para la mañana del 7 de junio de 1932.

En el contorno del patio central del Cuartel de la Plaza Artola, se fueron ubicando decenas de policías que presenciarían el reconocimiento de los integrantes de una “banda de ácratas” acusados de los principales delitos de sangre pendientes de resolución de los últimos meses.

En la policía existía un clima de euforia. En sus manos estaban, supuestamente, los asesinos que faltaban del sereno Lazcano y el conductor Ursi, víctimas del asalto al camión pagador del frigorífico, los responsables de la emboscada a Pardeiro y Seluja y los autores del crimen de Lecaldare.

Mientras los policías y los periodistas se acomodaban para el reconocimiento, un tano se coló en el espectáculo y empezó a vender fainá entre los asistentes, con una asadera redonda de chapa, con tapa en forma de semicírculo.

El primero en entrar fue un hombre de baja estatura, de ropas miserables y con una gorra algo ladeada hacia la izquierda. Dio algunos pasos y se detuvo indeciso mirando a su alrededor. Al levantar la cabeza puso al descubierto un rostro cetrino y enfermizo. Con mirada distante caminó hacia el centro del patio y allí se detuvo. Los murmullos y las conversaciones se mezclaron con algún tintineo de sables. Estuvo parado algunos minutos y luego, cuando se lo ordenaron, volvió a salir con pasos vacilantes.

Con el ingreso de Tomás Borche se inició el manyamiento de los ácratas en aquella mañana inhóspita, injustamente destemplada.

El siguiente en pasar fue José González Mintrosi. Conocido como El Chileno, el hombre de caminar tranquilo, con ojos hundidos y apagados bajo el ala de un sombrero de fieltro, se destacaba por una contrastante barba entre rubia y rojiza.

Con la misma digna resignación que irrumpió en el patio, salió por una puerta lateral cuando se lo indicaron.

Domingo Aquino, apodado El italiano, abarcó a los asistentes con su mirada mansa cuando le tocó su tumo. De cabellera abundante y revuelta bajo un gacho que no podía refrenarla, comenzó su paseo vestido con un modesto saco azul de mecánico.

El palio del Cuartel Centenario estaba alumbrado por la luz ámbar de un frío martes otoñal. El aliento de los espectadores se condensaba en pequeñas nubes cuando hacían algún comentario y las largas capas que lucían varios de los policías agregaban un componente espectral al reconocimiento.

Salió Aquino y los acusados siguieron desfilando. Sucesivamente entró Pedro Tufro, Teótimo Maldonado, Nicolás Urdanov, Carlos Pagani, Gerardo Fontela López, Rudecindo Nicolás Rodolfo Musso y Ángel Petrov.


Tres días antes, la policía había comunicado a la prensa su versión del atentado a Argentino Pesce y del asesinato de Pardeiro y Seluja.

Contradiciendo los hechos narrados por el taxidermista Borggiano un año antes, la policía afirmaba que el taxi con el cual se había atentado contra Pesce, confundiéndolo con Pardeiro, había sido abordado en Uruguay y Rondeau por dos pasajeros, Germinal Regueira y José González Mintrosi, y que en Belvedere había subido un tercer sujeto que hoy era identificado como Domingo Aquino. Entre los tres habían despojado al chofer de su vehículo, se dirigieron a Monte Caseros y Mariano Moreno y allí Aquino había disparado contra Pesce.

Nadie se molestó en comparar el relato que la prensa había publicado en mayo de 1931 con esta nueva versión, donde se agregaba un nuevo personaje en la historia y se modificaba en varios puntos el inicial testimonio de Borggiano.

Respecto al crimen del comisario de Orden Social y su chofer, se distribuían los papeles del siguiente modo:

El primero en llegar al paso a nivel de Bulevar Artigas y Pagola fue Aquino. Momentos después, a eso de las doce y cuarenta y cinco aparecieron González Mintrosi y Tomás Delis Borche. Algo más tarde llegó Germinal Regueira conduciendo su taxímetro donde transportaba las armas que se emplearían en el alentado. Regueira salió en el coche a hacer un reconocimiento para anticipar la llegada del auto de Pardeiro. Poco después volvió manifestando que el vehículo se le había descompuesto y debió dejarlo en un garaje. De esta forma quedaron sin un medio rápido de huir.

Cuando llega el coche de Pardeiro, Aquino y González se ponen frente a él y Regueira y Borche se tienden en una zanja para tirar sobre el costado izquierdo del faeton.


Este relato fue publicado en El Plata del sábado 4 de junio de 1932. El domingo 5, la prensa incluía nuevos datos: “Según Aquino y González, también intervino en la emboscada el búlgaro Nicolás Urdanov, un rubio muy buen volante”.

En la misma página y bajo el título “Leonardo Russo confiesa su participación en el crimen”, se transcribe su declaración: “Tenían razón, fui yo quien subió al estribo del auto para acabar con Pardeiro”.


La participación del joven Musso nunca fue especificada públicamente. Era el menor del grupo y, según la prensa, el que aportó la primera confesión.

De las declaraciones de Tomás Delis Borche surgió un nuevo acusado, el brasileño Alvaro Correa do Nascimento, que había viajado de Buenos Aires en la noche del 26 de mayo de 1932, luego de planificar el asalto al Cambio Fortuna. Correa do Nascimento, tío de Musso, fue detenido el 5 de junio en la ciudad de Mercedes, Provincia de Buenos Aires.

Al pequeño jorobado Teótimo Maldonado se le hizo una genérica acusación de anarquista. Igualmente debió desfilar su figura enfermiza entre la decena de detenidos, provocando comentarios por el penoso decoro de sus guantes de cabritilla. Como encubridor de González, al que habría alojado en una casa de la calle Bayona, se presentó al estudiante de notariado Pedro Tufro. Joven, de traje, moñita, sobretodo y sombrero oscuros, desentonó por su elegancia que denunciaba un diferente origen social.

A Pagani y Fontela no se los relacionaba con el crimen de Pardeiro, sino con el asalto al Cambio Fortuna.

A pesar de las declaraciones que lo comprometían, Urdanov se mantuvo en la negativa de cualquier responsabilidad. La prensa lo indicaba como extremista e incendiario, pero aquella mañana de junio se mostraba abatido y temblaba como una vara verde cuando lo fotografiaban.

Finalmente, sobre el temeroso Ángel Petrov, que caminó a los tropezones por el patio, se decía que “posiblemente no tiene nada que ver”.

Respecto al asalto del camión del Nacional, los acusados eran Correa do Nascimento, Borche, Regueira y González.

A medida que se fue haciendo la instrucción del proceso, las acusaciones cambiaron, y algunos de los exhibidos como peligrosos reos en el patio del Cuartel Centenario, fueron luego liberados sin poderles imputar ningún cargo. Fue el caso de Maldonado, Tufro y Petrov.

Pero el golpe de efecto que la policía necesitaba fue conseguido con aquella función que la prensa cubrió copiosamente.

Cuando terminó el manyamiento, el oportuno tano se había hecho el día vendiendo tres fainas enteras.


* * *

Los hechos protagonizados por los anarquistas y comunistas, en el marco de una fuerte inquietud social por el flagelo de la desocupación, fueron utilizados para desplegar una campaña contra los extranjeros.

Los acontecimientos de 1931 y principios de 1932 se usaron para crear un clima propicio a la aprobación de una “Ley de Indeseables” que logró la aceptación parlamentaria el 19 de julio de 1932.

Esta ley prohibía la entrada al país de acusados de delitos comunes en su lugar de origen y con tipificaciones más amplias como “ebrios consuetudinarios” “vagos” y “maleantes”.

La ley fue reglamentada el 17 de setiembre de 1932.

Inmediato al golpe de Terra se aprobó la repatriación de obreros extranjeros desocupados, cosa que rápidamente empezó a efectuarse.

En octubre de 1936 se promulgó la Ley 9604 que ampliaba las disposiciones de la del 32 en un senado político. Incluía a los expulsados de cualquier país por violar leyes de seguridad pública. Por esa legislación el régimen de Terra deportó entre otros a Simón Radowitzky.

El teatro montado en el Cuartel Centenario en junio de 1932 fue una pieza clave de la campaña xenófoba. No por casualidad los ácratas detenidos eran presentados como “el búlgaro”, “el chileno”, “el italiano”.


* * *

El proceso a los supuestos asesinos del comisario Luis Pardeiro y su chofer José Chebel Seluja Cecin, fue instruido, esencialmente, a partir de la declaración de los acusados obtenida el seis de junio de 1932.

El Juez de Instrucción fue el doctor Raúl Bastos, a cargo del Juzgado Letrado del Crimen de primer turno.

En el expediente fueron incluidos el atentado a Argentino Pesce y el asalto al Cambio Sanssone y se dejó de lado el asalto al pagador del Frigorífico Nacional.

Fue caratulado “Domingo Aquino y otros. Homicidio, Heridas, etc.”

Según las confidencias de Domingo Aquino y González Mintrosi a Femando O Neill, en el tiempo que compartieron la celda a fines de la década del cuarenta e inicios del cincuenta, ellos habían intervenido en el asalto al pagador del Frigorífico Nacional y en el robo del Cambio Sanssone. Incluso, González Mintrosi negaba cualquier vinculación con el crimen de Pardeiro y Seluja.

Domingo Aquino afirmaba que la confesión arrancada por la policía, que lo culpaba del crimen del comisario, la había hecho cuando se quebró su resistencia en la tortura.

El propio Jefe de Investigaciones, José Pascasio Casas Rodríguez, en el testimonio ya citado de 1977 cuando tenía 88 años, mencionaba como asesinos de Pardeiro a Francisco Zappia alias “Faccia Brutta” y a Armando Luis Gudi alias “Piojo Blanco”. Se trataba en realidad de Bruno Antonelli Dellabella y Armando Guidot.

El treinta de abril de 1951 -diecinueve años después de iniciado el proceso- el Juez del Crimen de Primer Turno, doctor Juan Lando Tiscornia, dictó sentencia en todo de acuerdo con la solicitud del Fiscal del Crimen de Segundo Turno doctor Gualberto Pi, aplicándoles las siguientes penas:

González Mintrosi, 30 años; Domingo Aquino. 26 años; Leonardo Russo o Antonio Pastorino, 20 años; Rudecindo Nicolás Rodolfo Musso, 18 años; Tomás Derlis Borche, 14 años.

Antes de la sentencia de primera instancia tres de los acusados fueron liberados bajo caución juratoria por la Suprema Corte en carácter de gracia con motivo de la visita anual de cárceles:

Tomás Derlis Borche salió el 11 de noviembre de 1941, cumpliendo 9 años, 5 meses y 9 días de penitenciaría.

Leonardo Russo, salió el 4 de diciembre de 1943, cumpliendo 11 años, 8 meses y 3 días de reclusión.

Rudecindo N. R. Musso fue liberado el 6 de noviembre de 1947, completando 15 años, 5 meses y 9 días de detención.

En el fallo de primera instancia quedó abierta la causa para aquellos de los cuales se desconocía su paradero: Gerardo Fontela, Adolfo Pagani, González Manfredi, Bautista Forcindri y “Faccia Brutta” al cual no se identifica con su verdadero nombre y se desconoce su deceso en octubre de 1934.

La sentencia de segunda instancia se dictó el 29 de setiembre de 1956 -24 años después del comienzo del proceso- por el Tribunal de Apelaciones en lo Penal compuesto por los jueces Chain, Cerdeiras y Mallo (actuando como secretario Pedro Grille González).

Este tribunal confirmó la sentencia de primera instancia, con una única variante: anuló la condena a González Mintrosi como autor del hurto de un vehículo y su posterior incendio, propiedad de Aquiles Delle Piane.

Cuando el Tribunal de Apelaciones tomó resolución, Musso, violando la caución juratoria, se encontraba prófugo.

Aquino y González Mintrosi estaban en libertad desde 1953. Los defensores de oficio de González Mintrosi, Russo y Borche “no expresaron agravios” respecto al pedido del Fiscal que reclamaba la confirmación de la sentencia de primera instancia. Por el contrario, el defensor de Domingo Aquino, el doctor Armando R. Malet pidió que se revocara la sentencia apelada argumentando que:

a) no está probada la intervención de Aquino en las heridas causadas a Pesce; b) está probado que no intervino en la muerte de Seluja y Pardeiro; c) está probado que no mató a Lecaldare; d) es dudosa su participación en los actos que precedieron a la muerte de este último; e) no fue acusado por la muerte de los pagadores del Nacional; f) no puede, por tanto, ser responsable de los delitos conexos a los mencionados en los numerales a) y b).

Malet pidió además que se llamara a declarar de nuevo a Domingo Aquino y que en su oportunidad se anulara el testimonio tomado el seis de junio de 1932, por haber sido extraído con apremios. Este reclamo del doctor Malet ocurre 25 años después.

El juez doctor Velardo J. Cerdeiras, informante del caso en el tribunal, sin argumentar en contrario, fundamentó a favor de la sentencia de primera instancia basándose en la convicción de los jueces intervinientes en el caso, de la culpabilidad de los reos; agregando que las declaraciones del seis de junio del 32 muestran que “no se amoldan a un patrón impuesto coactivamente por la policía.”

En base a esto se denegó el llamado a Aquino para una nueva declaración.

El actual Juzgado Penal Primero, heredó el expediente del caso que fue enviado al Archivo Judicial en el legajo número 19 de 1968.

El Tribunal de Apelaciones en lo Penal conserva en su archivo la sentencia de segunda instancia. El Juzgado Penal Primero no sabe dónde se encuentra el libro que contiene la sentencia de primera instancia. La actuaria justificó el hecho basándose en la suposición de que “el libro puede haber quedado olvidado en algún local anterior del juzgado”.

Quien quisiera estudiar este interesante caso se verá frustrado.

Del Archivo Judicial -dependiente del Archivo General de la Nación – fue sustraído el expediente sin que en su lugar conste ninguna referencia sobre su paradero.


* * *

La misteriosa carta que distrajo la atención del Comisario en el preciso momento de la emboscada no pudo ser ubicada y su texto es uno de los enigmas que aún perduran.

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