…En un instante de esos la sagacidad del criollo definió la jornada. El negrito Píriz había cometido hans sin intención, que el juez por eso lo castigó. Los alemanes en torno al juez, reclamaban que se cobrara el hans de Píriz. En tanto, el juego para los celestes seguía… Píriz pasó a Petrone y éste, con clara noción del instante de incertidumbre del enemigo, emprendió un rush directo hacia el arco y fulminó al goalkeeper. Cuando los alemanes terminaron de pretender romper el hermetismo del juez, con estupefacción constataron que la red se había sacudido. ¡Probada estaba la astucia innata del criollo!
…los alemanes volvieron al field. Yo recomendaba a los muchachos y especialmente a Cea, que se desprendieran rápidamente de la pelota, huyendo del cuerpo a cuerpo; que no gambetearan inútilmente, y que pasaran de primera a los wings. Pero todos los consejos eran inútiles porque aquello parecía una corrida de toros…
Obtuvimos dos tantos más. Con iguales características el match continuaba y el público iba abandonando el estadio.
Se produjo una incidencia de importancia, al ser embestido Mazzali en mala forma por tres adversarios, y como nuestro arquero no podía desprenderse de la ball sin correr peligro, anduvo un ratito esquivando, esquivando, hasta que el juez lo castigó con un freekick. No obstante la pena debió haber sido un foul a favor nuestro; pero… un alemán shoteó y la pelota entró directamente al arco, sin que ningún jugador la hubiera tocado. El goal no debió haber sido válido; pero como teníamos cuatro goals y habíamos llegado a las postrimerías, no había interés… No obstante sonó una trompeta…
Pero no se acepta porque sí una injusticia, y Nazzazi golpeó fuertemente a un alemán que se le venía de pierna levantada… Más vale ser martillo a ser yunque… Vislumbrado el castigo, el heroico capitán se tiró al suelo simulando una importante lesión, y gritando como un niño para enternecer al juez. Lorenzo sintiendo los quejidos de Nazzazi, se quiso comer al teutón, deteniéndolo tan solo mis gritos de: Son grupos, Lorenzo, son grupos!!!
Y tan bien fingía el gran capitán que Lorenzo se quedó absorto.
Y así se anotó Uruguay la segunda victoria, dejando el campo de juego ante la perplejidad de la multitud germana.
Volvimos a Velsen como siempre, cantando, a sacar una fotografía del cuerpo desnudo del vasco Cea, quien no tenía ni un pedacito sin machucadura. [9]
Entre las dos y las tres de la tarde es de los momentos más lindos de la ciudad. Nuestra mirada no se cansa de extasiarse en el placer estético de las bellas formas, de los ojos magníficos y de los labios como capullitos reventones de rojos claveles del aire, de las lindas tenderitas que desfilan por nuestro centro.
Con esta pintura cursi de la apacible e ilusionada Montevideo de aquellos años, comienza el cronista policial de La Tribuna Popular el relato del asalto. El hecho perturbaría la serenidad de un Uruguay aún no familiarizado con este tipo de violencia.
El cambio “Messina”, en la Plaza Independencia desde 1896, era un monumento a las posibilidades de progreso de los inmigrantes. El propietario, Carmelo Gorga, no sólo había acumulado un gran capital desde la nada, sino que además, en 1916, alcanzaba la gloria con uno de sus caballos, Oldiman, que obtuvo el Gran Premio Internacional.
Pero el cambio, además, dedicado a la venta de billetes de lotería, funcionaba en la imaginería popular como uno de los templos de la fortuna.
A las dos y media de la tarde se apilaba el dinero para llevarlo a la Administración de la Lotería. El lustrabotas, Víctor Dedeo, estaba ese día en la Pasiva bajando el toldo para detener en algo un solazo implacable. Los hijos de Gorga se habían retirado hacía unos minutos para cambiar seis mil pesos en monedas de plata.
Mientras uno de los asaltantes empujaba a Dedeo hacia el local, otro manoteó los pacos de cinco pesos. Gorga, que intentó impedir el asalto, recibió un balazo en el ojo izquierdo. El lustrabotas quedó herido en el vientre y el otro empleado, Alfonso Magnoni, tuvo suerte y salió ileso.
Los hijos del propietario llegaron cuando los atracadores se iban, pero, aunque estaban armados, no intervinieron.
Los asaltantes salieron por la Pasiva hacia el norte y en su huida quedaron heridos dos transeúntes, uno en la boca y el otro en el maxilar.
En la esquina de Florida con la plaza esperaba un coche de alquiler, un Hudson azul claro con capota de lona gris, que los había traído desde la Plaza Artola. Al escuchar el tiroteo y los gritos, el chofer, Oscar Fernández, trató de abandonar el lugar, pero uno de los atracadores lo interceptó. El taxista quedó tendido en la vereda del Hotel Barcelona con un balazo en la frente y los ojos sin vida enfrentando el cielo primaveral.
Los asaltantes, en el Hudson, tomaron velozmente por Florida hacia Paysandú y se perdieron de vista. A las tres de la tarde ya habían abandonado el coche en 8 de Octubre y Bulevar Artigas.
En el piso del cambio quedaron desparramados los billetes que volaron cuando la cinta que los sostenía reventó. En una caja fuerte había trescientas libras esterlinas que se salvaron del atraco.
El policía que estaba de guardia, en la esquina de Sarandí, oyó el tiroteo y pudo observar la desenfrenada fuga de los ladrones, pero no mostró ningún entusiasmo por intervenir.
Luego explicó, sencillamente, que no tenía el arma de reglamento pues la había perdido.
¿Quiere saber por qué vine yo al Uruguay? Bueno. Yo en España tenía entonces tres procesos abiertos, y en cada uno de ellos pedida la pena de muerte.
No, esos procesos no eran de la década del veinte. De antes, entre el dieciséis y el dieciocho. Antes incluso de la dictadura de Primo de Rivera, es decir, durante la Primera Guerra Mundial estuve preso, pero no llegaron a pedir mi condena a muerte. Eso fue un poco después.
Ya que hablamos de esos años le voy a explicar. España no había entrado en la guerra, pero todo lo que fabricaba se enviaba a los países beligerantes. Especialmente hacia Francia. O hacia Italia, porque Italia en esa guerra estaba junto a lo que después se llamaron las democracias. Todo lo que fabricaban los obreros españoles -yo estaba en una fábrica de fideos- y salía para ese destino, llevaba unos pasquines con un texto en cuatro lenguas: inglés, francés, alemán e italiano. En los cuatro idiomas decía más o menos: Hermanos abandonen las trincheras, no sean enemigos, no disparen un tiro más. El enemigo lo tienen en la retaguardia, en su pueblo, no acá. Nosotros no sabíamos hacia donde podían salir esos cajones, pero cada objeto que tocaban manos españolas y que se enviaba a la guerra -fuera a un bando u otro- llevaba ese llamado.
No, yo no me había embarcado especialmente para este país, venía al Uruguay o a la Argentina. Podía elegir. El barco en que vine de polizonte, también hacía escala en Brasil, pero allí tenía el inconveniente del idioma. No tenía preferencia por Buenos Aires o Montevideo. Yo sabía por la prensa que tanto en una ciudad como en la otra tendría compañeros. Además sabía que aquí estaban Tadeo Peña y Capdevila. No habían actuado conmigo, pero los conocía, sabía que en cualquier momento podría contar con ellos si necesitaba plata o lo que fuera. Sabía que podía contar con dos armas más, aparte de la mía, y ya eran tres.
Llegué en el 28. Al desembarcar no encontré a nadie. Pasé por la Plaza Independencia. Di una vuelta por la Pasiva y crucé por delante del Cambio Messina. Vi cuarenta mil pesos en un atado y me dije: Aquí hay cuarenta mil pesos. Si me hacen falta los vengo a buscar.
De noche los muchachos de la FORU (Federación Obrera Regional Uruguaya) me llevaron hasta donde estaban mis compañeros. Ellos me alojaron en su casa. Entonces les pregunté si sabían dónde podía encontrar a Roscigno, Moretti, Malvicini y todos los que habían participado en el asalto al Hospital Rawson de Buenos Aires. Cuando bajé en el Brasil, conseguí los números de un mes entero de La Prensa y La Nación, y en los diarios no se hacía otra cosa que hablar de ese asalto. Todos insinuaban que sus autores estaban en Montevideo, o por lo menos que podían estar. Entonces me dije: Tengo que buscarlos inmediatamente. Los muchachos que me habían llevado de polizonte iban a demorar veinte días en Buenos Aires, antes de regresar a Europa. Me comprometí a encontrarlos en esos veinte días.
Que si los encuentras, que si no los encuentras; la verdad es que los encontré. Les propuse que se vinieran a Europa conmigo. No quisieron. Les dije: allá no los conoce nadie. Yo tuve que huir porque soy demasiado conocido y no me puedo movilizar. Tenía que ir y volver de Francia continuamente. Había que tranquilizar además a mi madre, a mi esposa; tenía dos hijas de nueve y de once años. Yo hablaba con Miguel, es decir con Roscigno, y Miguel me dijo: No, nosotros no precisamos nada. Ni pensamos ir a ninguna parte. Pero yo no me podía sentir tranquilo sabiendo que ellos estaban en Montevideo, sin mayores precauciones. Ustedes tienen que poner distancia, les insistí Allí podrían moverse con más facilidad. El único que puede hacerlo aquí, soy yo. Les dije más. Cuando los encontré, yo ya había hablado con César Batlle que me había dado trabajo en el Ministerio de Obras Públicas y me había entregado una cantidad de plata, para que hiciera un ensayo con unos bloques que aprendí a hacer en Barcelona. Con esos bloques ganamos una licitación y construimos dos pabellones en la Exposición Internacional. No había nadie que mezclara la arena con el portland como nosotros. Eso lo supo César Batlle y por eso me hizo la oferta: un puesto en el Ministerio, dinero para instalarme y casa franca. Yo rechacé todo y le expliqué: Usted me da casa franca para que le ponga un club, como hicieron con otros españoles. Conmigo se equivocaron. Yo buscaba a Rodrigo Soriano, para pedirle ayuda. Él sabía quien era yo ángel o diablo, según se presente la circunstancia. Fui a buscarlo a El Día, pero no estaba. Me dijeron que el sábado almorzaba con don Pepe, en Piedras Blancas, y que allí podría encontrarlo. César Batlle me invitó. Ahí sí, voy, le dije. Y también aceptaba, si me la facilitaban, una credencial con derecho a cinco años de residencia. Ya estaba casi concedida, por otra parte. Y sin embargo no fui. Para el sábado ya había dado con Roscigno y decidí no ir. Pensé: si voy allá no sé lo que me puede pasar después, comprometo un sector político que nada tiene que ver conmigo, ni yo con ellos.
Miguel me dijo: Te precisamos. Tenían una imprenta y estaban falsificando plata argentina.
No, Gabrieleski no servía para nada. El que servía en realidad estaba preso en Punta Carretas [se refiere al alemán Erwin Polke]. El famoso Gabrieleski en toda la vida no hizo más que falsificar estampillas de medicamentos, entradas de fútbol o algunos boletos de carreras. No pudo pasar de eso.
No, los billetes de Gabrieleski no servían para nada. Y esos que me mostró Miguel en ese momento, tampoco. Eso no sirve, les dije. Cómo no va a servir, me contestaron. Se manda allá. Ya fueron dos millones y aquí tenemos otros tres. Yo insistía: No acepto que por pasar diez pesos un hombre arriesgue su vida o se hunda por el resto de sus días en la cárcel, si tienen que defenderse a los balazos.
Roscigno liquidó la discusión: Usted se va para allá y esto se pone en circulación.
Fui. Cuando llegué a la Boca me encontré con el compañero que me esperaba y le dije que había que quemarlo todo. Se resistió: A mí me manda Miguel y él nos ordenó poner esto en circulación mañana. Además ya enviamos una parte a Morón. Eso no se podía salvar. Pero lo que yo traía y lo que le quedaba al compañero había que quemarlo. Creo que Miguel, sabiendo como yo pensaba de la operación, había consentido en la solución que yo le di, de hecho, al enviarme a mí. Después protestó: Compañero, ¿cómo hizo eso? El sacrificio de tantos meses. Los riesgos de traer las máquinas. Sólo le contesté: Se quemó y paciencia. Si están las máquinas no se perdió nada, siempre hay tiempo.
A mí me seguía gustando la idea de ir a buscar la plata al Cambio. Lo hablé con Miguel. Me advirtió que yo no conocía la idiosincrasia criolla. Me dijo que los de aquí eran madrugadores y que los enfrentamientos no eran demasiado nobles, que el duelo criollo no era más que una forma de asesinato, porque uno de los dos siempre llevaba alguna ventaja. Y que con la policía pasaba igual; que la policía, además, no tenía experiencia en manejar armas, que cuando los agentes -que en general se reclutaban entre los paisanos recién llegados a la capital- empuñaban el revólver, les temblaba la mano porque no lo conocían. Y además, en ese punto de la ciudad, acababan de inaugurar el Palacio Salvo y eso siempre estaba lleno de gente. No lo acompaño, terminó. Me hizo otra proposición: Podíamos hacer el pago de la policía. Y si por desgracia hay disparos, bueno, ellos saben a qué se exponen. Así como pueden morir ellos, podíamos caer nosotros. Además no te olvides, como todo criollo van a tratar de madrugarte, concluyó. Pero cuando llegó el día hacía mucho viento. Teníamos que esperar otro mes, entonces, por eso, optamos por el Cambio finalmente.
Cuando llegamos allá vi que Tadeo Peña y Capdevila se detenían y no cruzaban la calle. Los miro y veo que me hacen una seña. Miro hacia donde me indican y veo que sale un hombre del Cambio, con un cajón, y se pone a bajar el toldo. Esperaban que el hombre terminara y volviera adentro. Me quedé. Moretti, el menor, me pregunta: ¿Qué pasa? ¿No ves?, le contesto, Salió un hombre de allá y hay que esperar que entre. Y entonces me dice: Si no son pitos serán flautas. Dio un paso adelante y se dirigió al Cambio. Los demás lo seguimos, no teníamos otro remedio. Cruzamos e hicimos lo que teníamos que hacer. El que no hizo lo que tenía que hacer precisamente fue él. Entre pitos y flautas empuña el arma y apunta al hombre que está arreglando el toldo. Me quedé discutiendo: ¿Qué cuernos tienes que pararte allí con ese hombre? No es el único en la calle, hay más gente. Entra, como debíamos haber entrado los cuatro juntos y no aquellos dos solos. Entré rezagado, Tadeo Peña ya estaba en el mostrador y había agarrado la plata cuando se da cuenta que uno de los que estaba allí era policía de Investigaciones. Este se le tira encima por la espalda. Tadeo Peña lo empuja y se lo saca de arriba. El hombre va de nuevo a sacar el arma y cuando la alcanza, Tadeo Peña, con la culata del arma, le da un golpe en la cabeza. No tenía el seguro y el disparo sale hacia el techo. Al oír el tiro, irrumpe un empleado del interior gritando. Empezó la gritería adentro y afuera.
Yo le digo a Tadeo Peña: Dame la plata y él estaba dándole notadas al que había caído al suelo. Hijo de una gran puta, haciéndote matar por unos vintenes. Le insistí: Dame la plata y déjalo tranquilo. Me alcanza el paquete de billetes y se rompe la goma. Se desparrama toda la plata. Vuelan los pesos…
Bueno, vámonos de acá, necesitábamos la plata y tú haces eso.
No pudimos meter nada en la bolsa que traíamos y como el que venía de adentro quería agarrar a Tadeo Peña, le tiré y lo voltié. Nosotros no tocamos nada de aquello. Cuando llegamos a la puerta aparece el hijo del dueño y otro más que saca un arma. Lo empujé para que se quedara tranquilo.
Nuestro chofer subió por la Pasiva, nos quería dejar allí. Me lo llevé por la espalda hasta donde había una escalera. Le tiré. Los diarios dijeron que habíamos matado al chofer que era cómplice, que formaba parte de la banda. Al hombre lo habíamos alquilado en la Plaza del Cuartel de Bomberos. Cómplice no era. [10]
Eran autores de más de cien atentados con bombas en Barcelona y perseguidos por la policía militar por hacer propaganda anarquista en los cuarteles y por lesiones graves a un general, dos coroneles y varios oficiales y haber huido de una prisión militar. Pertenecían al grupo de Durruti y por las condenas que tenían pendientes, éste los envió recomendados a Roscigno.
Peña y Capdevila tenían veintiséis años; Boadas algo mayor: treinta y cuatro.
Integraban lo que por aquella época las policías llamaban la escuela de los pistoleros catalanes, que desde la FAI (Federación Anarquista Ibérica) actuaban al servicio de los sindicatos anarquistas de Barcelona. Durante un período habían logrado implantar el terror sobre los empresarios. Amenazaban o directamente atentaban contra los dueños de fábricas que se resistían a ceder a los reclamos de los trabajadores. Tanta era la fama de estos grupos que nadie ofrecía resistencia cuando hacían aparición. En los atracos que ejecutaban para solventar los gastos de los sindicatos, los damnificados sabían que cualquier intento de hacer frente costaba la vida, por tanto no titubeaban en colaborar. Los catalanes estaban acostumbrados a actuar con cierta impunidad.
Su llegada al Río de la Plata era reciente. No estaban familiarizados con el ambiente. Los hermanos Moretti habían nacido en Argentina y conocían la mentalidad de los rioplatenses, pero no tenían ni experiencia ni capacidad para decidir en este tipo de acciones.
Miguel Arcángel Roscigno, que conocía a los Moretti desde la Semana Trágica, opinaba que una acción de estas características era peligrosísima. Los catalanes desestimaron todas las advertencias. Los Moretti entraron en el plan.
El asalto se hizo el 25 de octubre de 1928. Muy poco antes, el doce de ese mismo mes, se había inaugurado el Palacio Salvo.
El italiano tenía razón. El atraco fue un fracaso y dejó un saldo de tres muertos y dos heridos.
“Cuando un refugiado que había participado en la colocación de una bomba en la Catedral de Santa Sofía, en Rumania, le preguntó a Roscigno qué había pasado, Miguel le contestó: Nada, una burrada de catalanes.
Y a mí me dijo: ¿No te había dicho yo?
No, la burrada fue tuya, le contesté. Por qué no me dijiste toda la verdad, no me dijiste que los hermanos Moretti nunca habían tenido un arma en la mano y nosotros fuimos creyendo que sí. Vosotros los habíais tenido como choferes y nada más”.
Esta disculpa de Boadas, que apareció en un reportaje de Marcha, provocó una áspera discusión entre éste y su amigo Rubens Barcos.
Barcos, de tradición libertaria, había sido anfitrión de Boadas, luego de su liberación en la década del cincuenta, en el Ateneo del Cerro y La Teja. Al leer la entrevista, Barcos se sintió molesto porque no se ajustaba a lo que tantas veces le había contado Boadas. En varias oportunidades éste le había hecho una valoración distinta de los acontecimientos. Había aceptado que Roscigno tenía razón en sus previsiones respecto al atraco.
Tanto él como Peña y Capdevila no tenían ni idea del ambiente en que se movían. Actuaron confiados en que la reacción en el Messina sería similar a la que estaban acostumbrados en Barcelona.
La advertencia de Roscigno era tan útil para los catalanes como hubiera sido para el team alemán. Los criollos eran madrugadores y no se mantenían inertes frente a la adversidad.
Barcos se molestó por los cambios a la historia que Boadas había introducido en la entrevista, tratando de pasarle el yerro a Roscigno.
Había además un detalle en su testimonio que hacía más leve el error de Tadeo Peña. En verdad el desparramo del dinero en el cambio se había producido cuando éste, fuera de sí, le tiró el paco por la cabeza al hombre que intentaba detenerlo.
En el bar de Grecia y Prusia -donde Boadas paraba-, Barcos le dijo su descontento por esa versión que intentaba salvar su responsabilidad en el catastrófico asalto.
El catalán había cedido a la tentación de mejorar su imagen en los hechos. A pesar de este incidente, siguieron siendo muy amigos.
La final de Amsterdam con nuestros vecinos rioplatenses, los celestes la ganaron por dos a uno, pero en realidad el campeón olímpico salió de aquel recio match con Alemania.
El año 28 descargó sobre Montevideo sus luces de gloria y de muerte.
Desde Amsterdam -un trece de junio- se confirmaba el destino uruguayo de campeones del mundo. La celeste, la garra, la viveza, se ensamblaban en un canon de identidades que dominaría las próximas décadas.
Cuatro meses después, en el Messina, la ciudad obtuvo su mayoría de edad. Además de la invasión de motores a explosión, de la nueva arquitectura vertical de cemento, del hidroavión, la radio y el biógrafo, irrumpían los pistoleros capaces de atracos cinematográficos.
En la mítica de una nación, aún en pleno proceso aluvional, se amplió el retablo de los dioses para glorificar a Amsterdam y el Messina.
Y entonces subieron al podio Scarone y los Moretti; Petrone, Cea y Capdevila; Boadas, Nazzazi y Tadeo Peña.
Pero la cosmogonía estaba incompleta, la osadía de quienes infringían la ley precipitó el arquetipo adverso.
Un hombre casi calvo, bajo y grueso, para remarcar su fama de duro y con un gesto que insinuaba una sonrisa de sagacidad, de calma, de certeza de ser el escogido, impondría su protagonismo, dos semanas después del Messina, en una nueva conmoción.
Los ánimos de la ciudad ya no sólo se crispaban por la impertinencia de los vientos del sur.
El subcomisario Pardeiro se alzaría con el papel principal en esa inmediata historia de delación, acecho y sorpresa.
Entre el día del asalto -el 25 de octubre de 1928- y el apresamiento de la banda de los Moretti, sólo transcurrió una quincena.
El dato sobre el lugar donde podrían estar viviendo los asaltantes llegó a la policía rápidamente. El tano Lala Martorano, que vivía Isla de Gorriti entre Requena y Paullier, tenía un viejo camioncito con el que hacía fletes. Cuando salieron las fotos de los hermanos Moretti buscados por el atraco, los reconoció de inmediato. Con su vehículo les había hecho la mudanza a una casa de la calle Rousseau. Aquella dirección valía una recompensa que atizó la avidez del tano.
La delación le proporcionó un flamante Chevrolet 1929, algunos meses de pánico en los que no se animó a pisar la calle y el menosprecio de sus vecinos de Villa Muñoz. Cuando la policía comenzó a indagar, a partir de la infidencia de Lala, en la cercanía de la supuesta guarida, los informes resultaron alentadores.
La zona de La Unión era residencia de gente modesta en las inmediaciones de ese tramo de Juan Jacobo Rousseau. José Salvador, de diez años, hijo de Vicente Salvador Moretti y Pura Ruíz, llamó la atención entre los chiquilines del barrio. Compraba helados de a real, cuando todos comían de a vintén y era propietario de una bicicleta, un sueño casi imposible para los hijos de empleados o gente de oficio.
El Subcomisario Pardeiro se encargó de la vigilancia de la casa donde supuestamente estaban alojados los asaltantes.
Su interés por el caso rozaba lo personal. El 5 de mayo de 1920 nacía el primogénito de Pardeiro y fue bautizado con el nombre de Aníbal Luis. Para esa ocasión María Gorga, esposa de Carmelo Gorga, ofició de madrina. Pardeiro, entonces, era compadre de la mujer que habían dejado viuda los asaltantes del Messina.
No estaba confirmado totalmente que allí, en Juan Jacobo Rousseau 41, se escondían los asaltantes. Pero además se sabía que en la casa vivían mujeres y chiquilines. La vigilancia debía ser una operación muy delicada. No se podía actuar sin precauciones a riesgo de que al tratar de hacer el copamiento, fueran recibidos con una balacera entre las mujeres y los niños.
Supongo que la ocurrencia debe haber sido de papá. Todas las noches, a una hora determinada en que presumían que la gente estuviera volviendo a la casa, para ir viendo quiénes eran y cómo podían hacer el copamiento, mi madre se encontraba con él en una esquina sin farol y actuaban como una pareja de novios. Caricias, besitos, abrazos y disimuladamente papá miraba hacia la casa de marras. Mamá, cuando me contó esta historia, me decía una cosa que me hacía reír mucho: Era una de darme besos y abrazos, se portó tan amorosamente conmigo en esos días, como hacía tiempo que no lo hacía.
Así fue viendo papá de qué manera y en qué hora se podía irrumpir en la casa. Lo importante era determinar en qué momento se iban a dormir
Ya se había vigilado la parte de la azotea y se sabía que había una claraboya y un altillo que tenía una puerta que podía abrirse de un golpe.
Pero si la gente tenía los dormitorios también abajo, que así era, el ruido de la rotura de una puerta en la azotea iba a dar lugar a que los de abajo se prepararan para repeler el ataque.
Se acercaba el verano y los ocupantes de la casa dormían con la claraboya entreabierta. Papá usaba una faja debajo de la camisa, como la de los changadores, negra, larga, por costumbre o por algún problema de riñones. Y entonces, el día fijado para la irrupción, papá ató la faja a uno de los hierros de la claraboya y se desprendió por ella hasta el patio. En un momento determinado, que se indicó con un pitazo, él abrió la puerta de calle y al mismo tiempo entraron por arriba y por abajo. No tuvieron oportunidad de reaccionar, el único tiro que se oyó fue el de Moretti chico que se mató en una pieza que daba a la calle. [11]
La destacada actuación de Pardeiro quedó de relieve en los círculos policiales y el Jefe de Policía de Buenos Aires, el yrigoyenista Graneros, le envió una felicitación personal por su participación en la captura de los Moretti y los tres catalanes. Fue su momento estelar y también cuando comenzó a urdirse la trama de contingencias que le impedirían una muerte apacible.
Terminada la operación restaba un personaje inasible. El Arcángel no estaba en la casa y los detenidos no dieron ninguna pista de su ubicación.
Pardeiro centró de inmediato toda su atención en la captura de Roscigno. El dueño de la casa de Rousseau había aportado un dato prometedor: dos noches antes del allanamiento, Roscigno había visitado a los Moretti y los catalanes. El hombre estaba en Montevideo, era cuestión de apurar la persecución.
Para Roscigno, sin escondrijo seguro, la única posibilidad fue regresar a Argentina.
El comisario debió esperar dos años y cuatro meses para conocer personalmente a esa figura mítica. Y el día de ese encuentro -un veintiséis de marzo de 1931- perderá el control de sus actos, firmando de hecho su propia sentencia de muerte.
En la casa de Juan Jacobo Rousseau 41, fueron detenidos, el 9 de noviembre de 1928, Boadas Rivas, Jaime Tadeo Peña, Agustín García Capdevila, el mayor de los Moretti y Carlos Juan Arlore.
El menor de los Moretti, Antonio Salvador con 24 años, al verse copado, se disparó un tiro en la sien derecha con su pistola Parabellum. Momentos antes, Lola Rom, su esposa, había salido abruptamente de la pieza hacia el zaguán, con su hija Amelia en brazos, para impedir que su compañero las eliminara, antes de suicidarse.
Entre la dotación del cuerpo de bomberos, policías e integrantes de la Guardia Republicana que intervinieron en la operación, sumaban doscientos noventa y siete hombres. Se fueron reuniendo desde la una hasta las cinco de la mañana cuando comenzó el allanamiento. Fue un verdadero despliegue de guerra dirigido por el Jefe de Policía Dr. Véscovi, el Jefe de Investigaciones, Montero, y el Jefe de la Guardia Metropolitana, Castelli. Este último fue el que derribó la puerta del altillo, entrando por la azotea.
Lola Rom salió a la calle abrazada de su niña y lamentándose: Señor, Señor, qué culpa tenemos de que los hombres sean así.
Cuando la casa fue desalojada, los periodistas pudieron echar un vistazo. Sobre la camita de bronce de José Salvador -el pequeño hijo de Vicente Salvador- quedó abandonado Tom Sawyer Detective, de Mark Twain.