Eran pasadas la una de la tarde de un día luminoso de febrero. En los hogares españoles de la cosmopolita Montevideo se escuchaba de sobremesa el programa de zarzuela que trasmitía CX 36 Centenario Broadcasting. Los inmigrantes italianos, mientras tanto, sintonizaban CX 12 Radio Westinghouse, para nostalgiar con las canciones que entonaba el tenor Gentile acompañado al piano por Alfaro.
El automóvil de Carlos Baldomir, Capitán de Puertos, entró a 18 de Julio desde la Plaza Independencia por la izquierda -la dirección del tráfico era, según normas inglesas, inversa a la actual- pasando frente al Cambio Messina, y sin que los escasos peatones que circulaban por las veredas se fijaran en aquellos dos hombres que conversaban en el asiento trasero.
18 de Julio se había agrisado por las construcciones de cemento. Sus veredas ya no contaban con la luminosidad que los nuevos edificios interceptaban.
Los dos pasajeros no hicieron ninguna reflexión sobre los cambios que el progreso había producido en la calle por la que transitaban, pues no estaban interesados en otra cosa que no fuera los detalles de la investigación que se practicaba en la Aduana.
No observaron tampoco, al llegar a Andes, los carteles del cine Colonial que anunciaban la proyección sonora de La voz del corazón con Al Johnson.
Ni siquiera echaron un vistazo indiferente, cuando atravesaron Convención, al majestuoso animal de hierro dorado que, apoyado en un balcón, se proyectaba sobre la vereda para identificar la Farmacia del León de Oro.
No se puede culpar al Comisario Pardeiro de su desinterés por la fisonomía de la gran avenida cuando tenía entre sus manos la pesquisa más importante de sus dieciocho años de carrera en la policía.
Más aun cuando no podía sospechar que aquel veinticuatro de febrero era su última oportunidad de llenarse los ojos con el paisaje de 18 de de Julio.
Era casi de noche, aquel 24 de febrero, cuando Eugenio Pennino venía en su carro por Larrañaga. Había ido a la campaña a comprar verduras y aves para abastecer su puesto de la feria. Cuando dobló por Monte Caseros se encontró con una cantidad de automóviles estacionados de los dos lados y mucha gente en las veredas.
“¿Qué habrá pasado en mi casa?” pensó, mientras trataba de aguzar la vista y apretaba las manos sobre las riendas.
Con dificultad, logró pasar con su tiro de tres caballos entre las dos filas de coches, y llegar hasta su domicilio. Allí se enteró que la tragedia era en la casa de sus vecinos por los que, por otra parte, no sentía mucha simpatía.
Esa noche, respetando el duelo, se suspendieron los espectáculos carnavaleros, en el tablado de La Vía , sobre Monte Caseros cruzando Larrañaga.
Había sido luna llena el domingo 21 de febrero. El miércoles recién comenzaba a menguar y aún salía alumbrando con tonos rojizos sobre un barrio conmocionado.
Mi padre estaba afuera. Había ido con su carro a comprar a las chacras. Mi hermano Eugenio, el menor, escuchaba el noticioso del mediodía y antes de que empezara La hora de la mujer y del niño, informaron que habían matado a Pardeiro en Monte Caseros y Bulevar.
Ese mismo día fui a saludarla. Vivíamos pegados. Había mucha gente. Era un gentío, mire. Él era muy relacionado. La señora estaba sentada en un sillón. Lo velaron en la pieza de adelante, en la primera pieza a la izquierda. Alcancé a verlo, pero usted sabe, cuando uno ve una persona en un cajón… Se te notaba la marca del balazo en la frente, de lo demás ya ni me acuerdo. [2]
Elena Pennino tenía 24 años cuando murió el comisario, aquel verano de 1932. Es la única vecina de la cuadra que siguió viviendo allí
Del velatorio sólo trascendió el desasosiego que produjo una inscripción hecha por manos anónimas.
Los periodistas descubrieron que en el Álbum Mortuorio alguien había escrito: Ojo por ojo, diente por diente. Inmediatamente especularon que era obra de los mismos asesinos, en un alarde de audacia.
Sin embargo, 45 años más tarde, José Pascasio Casas Rodríguez, Jefe de la Policía de Investigaciones cuando el asesinato del comisario, afirmó que la cita del Talión era obra de sus propios compañeros policías.
No era la firma de un crimen sino la amenaza de otros.
La foto del Mundo Uruguayo, en la que estamos Héctor, Chichita y yo con mi madre, fue antes del velorio. Fue cuando nos enteramos de la muerte de papá.
En el velorio no estuvimos ninguno de los hijos.
Había una señora que se llamaba Yoli, que vivía a media cuadra de casa, muy amiga de mamá y a los cuatro hermanos nos llevaron para allí.
La radio lo dio en el mismo momento: “asesinaron al Comisario Pardeiro”. Felizmente mamita no lo escuchó. Los vecinos se acercaron pero ella no sabía nada y los que entraron no se animaban a decirle lo que había pasado.
Mi madre nunca me volvió a hablar del velorio. Es algo que guardó para ella. Al entierro sí fui. Creo que mis otros tres hermanos no fueron. Fui solo a acompañar a mamá. El entierro partió del Círculo Policial por la calle Yaguarón al Cementerio Central. Terra, que era el presidente, continuamente me tuvo tomado de un brazo, junto a mi madre. Había tres carrozas. Dos de caballos y otra de motor. Una con el féretro de papá y otra con el de Seluja; la tercera, tapada de flores. Yo caminaba mareado, no sabía muy bien lo que estaba pasando. Lloraba cuando veía llorar a mamá. Mi preocupación era por mi madre, por lo que ella sentía. No pensaba en el significado que todo eso tenía para mí. Hoy me doy cuenta que igual, sismaba mucha cosa.
Poco tiempo después, pensaba en vengar a mi padre. Tenía un matagatos y bueno… cosas de muchacho, más bien de un niño. [3]
Los llevaron al Hospital Italiano y fallecieron allí. El chofer Seluja, veinte minutos después de ingresar al hospital. Pardeiro, a pesar de tener la cabeza destrozada y tres heridas de bala más, entró en los estertores de la agonía recién una hora y media después del atentado. Expiró unos minutos pasadas las tres de la tarde.
Papá siempre usaba corbata negra y un alfiler de corbata con una perla. Llevaba dos relojes, uno de bolsillo -con su cadena- que en la tapa tenía en relieve dos caballos rampantes. Su único anillo tenía engarzado un rubí.
En el trayecto hacia el Hospital Italiano desaparecieron los relojes, el alfiler de corbata y el anillo.
Creo que estaba armado y tampoco del arma nada se supo. [4]
Al quitarle las ropas en el hospital, le fue retirada del bolsillo la suma de cien pesos que acababa de entregarle el Jefe de Aduana para un viaje que debía hacer a Colonia. Debía haber partido ese mismo día para trabajar en el esclarecimiento de un importante contrabando de alcohol.
Antes que el cuerpo del comisario fuera transportado a su domicilio, un policía llevó las ropas que le habían quitado en el hospital y se las entregó a su esposa, Regina Aurucci.
Enterada de la tragedia, la señora sólo había atinado a ponerse un sencillo vestido negro. Recibió en la puerta las ropas que le traía ese emisario del infortunio y comenzó a caminar hacia el interior de la casa sosteniéndolas con sus brazos extendidos. Las puso sobre un sillón e impensadamente dio vuelta el sombrero. Estaba empastado en coágulos y trozos de materia grumosa, indescriptible. Con la prenda doliéndole en las manos se dirigió hacia el patio. Caminó presurosa por la estrecha vereda de baldosas bajo la parra, hasta el fondo, y enterró el sombrero.
El olor de las frutas maduras se mezclaba con el de la tierra húmeda y se hacía irrespirable.
León, el perro de Aníbal, tironeaba de la cadena bajo la higuera, mientras gemía y ladraba amistosamente.
El sombrero enterrado fue lo único del comisario que quedó en la casa. La familia se mudó poco tiempo después.
¿Pardeiro? Era un hombre muy retraído, con muy poca relación con el barrio. Llegaba y se iba en un auto de la policía, con chofer. Ni saludaba, ni se detenía a conversar con los vecinos. Siempre de particular, ropa oscura, corbata y sombrero. Vestía muy bien.
No, no recuerdo haberlo visto nunca saliendo a pasear con la mujer y los hijos.
Era retacón, casi calvo, fornido y también algo chueco.
Nosotros vivíamos pegados a su casa y tengo presente una sola vez que habló con mi padre a través del muro que separaba los terrenos. Mi padre tenía un carro con tres caballos. Era como mercachifle, iba a afuera y traía papas, cebollas, gallinas. Después ponía nuestro puesto en la feria de Yaro. Creo que hablaron porque tenían que pagar la medianera, no sé si se arreglaron. No sé bien para decirle la verdad.
¿A la esposa? La veía alguna vez en la puerta, cuando uno pasaba. Pero de tener mucho contacto, no. Era muy tratable, muy bien. Muy linda, pero morocha. En morocha era preciosa, de ojos oscuros, alta, elegante. Usaba pelo corto con ondas. Vestía más o menos. Ella se pasaba con los hijos. Era una mujer de la casa.
Pardeiro era muy lindo de cara. Los hijos salieron a él y a la madre, eran todos bonitos. Tenían cuatro hijos, al mayor le decían Tito. Después fue actor, cantaba por la radio. A la hija la llamaban Chichita. Los hijos eran un poco peleadores, camorreros, diablos. Se peleaban con todos.
Sí, Pardeiro tenía fama de ser un poco bravo con los presos. ¿Usted se acuerda de aquellos de la carbonería El Buen Trato?, cuando fue eso, dicen que él fue un sanguinario. Todo eso a uno le vino al oído. Parece que trató mal a los que se escaparon. [5]
No ubiqué a Pennino hasta que usted me habló del carro. En el fondo de su casa tenía el carro y los caballos. Y había un sauce que daba al costado de mi casa. Detrás de nuestro terreno había un campito, y el sauce estaba a un metro de nuestro muro. Yo me tiraba desde él a una rama del sauce -tipo Tarzán- para evitar dar toda la vuelta a la manzana al ir al campito.
En el suelo, alrededor del tronco del árbol, había latas y basura. ¿Y qué hizo este Pennino? Me serruchó la base de la rama y cuando yo me tiré me vine con rama y todo. Caí entre las latas y me tajié la espalda. Mis padres estaban furiosos. Yo no tenía por qué tirarme hacia el árbol de ellos. Pero se pasó cortándome la rama. La discusión a través del muro fue por la rama que me cortaron. Creo que papá metió preso a Pennino por un par de horas. [6]
Montevideo es una ciudad balnearia por excelencia. Sus playas atraen las corrientes de turismo de una buen parte de la zona subtropical de América. En su costa sur, en el remanso de sus amplias ensenadas cubiertas de fina arena, se levantan confortables establecimientos de hospedaje, magníficos hoteles montados con todas las exigencias del confort moderno, en cuyas salas se desarrollan fiestas sociales suntuosas, a las que concurren elementos representativos de la sociedad montevideana. Carrasco, la dilatada playa oceánica, con su inmenso parque en formación, de millares de hectáreas, con su magnífico y regio Hotel Casino, su explanada, su rambla, su soberbia edificación, lugar aristocrático por excelencia, ofrece todos los encantos apetecibles y, hacia ese balneario ideal por su ubicación, se desplaza desde hace pocos años el turismo pudiente de Argentina y Brasil. [7]
Cuando llegaban los meses en que Montevideo se transformaba en balneario, otra corriente turística acompañaba a las familias pudientes que venían a veranear desde los países vecinos. Se trataba de los punguistas internacionales, de ladrones y asaltantes que arribaban para aprovecharse de la inadvertencia y el descuido de los veraneantes.
Eran tiempos de gran actividad en la policía. La llegada del Vapor de la Carrera y la revisación de equipaje y pasajeros en el pabellón del puerto, debían ser vigilados intensamente para identificar a los posibles personajes delictivos.
Pero qué mejor que el propio viaje en vapor desde Buenos Aires para tener el tiempo suficiente de fichar a los pasajeros.
Pardeiro cumplió esa función por un período. En esa ocupación es que empieza a disfrazarse para no levantar sospechas. Su fantasía preferida era la de marinero. Con un ajustado buzo de gruesas rayas azules y blancas y un pantalón oscuro de botamangas anchas lo descubrieron más de una vez en el vapor los cronistas policiales de Montevideo.
A papá le gustaba ser actor. Es algo que yo heredé. Incluso he visto fotografías de papá, esas fotos sucesivas en que se puede apreciar el movimiento de las manos y se nota esa cualidad de actor en potencia. Sí, mi padre tenía la veta. Más adelante te contaré esa simulación en que mi madre hacía de partiquina cuando vigilaban en la calle Rousseau.
Bueno, ahora te voy a hacer otra historia en donde puso a prueba sus cualidades actorales por un prolongado lapso. No me pidas los detalles, no sé si los olvidé o si no me los dijeron. Es una historia que oí de mi madre. El caso era de un individuo buscado en Uruguay por un robo. Aquí se supo que había huido para el lado de Brasil. Papá se propuso para ir tras él, localizarlo y conseguir que pasara para este lado. Se disfrazó de albañil, con su faja a la vista, de gorra y desaliñado. Y así se fue hacia territorio brasileño. No le costó mucho localizarlo, pero no podía prenderlo. Se acercó al hombre y empezó a acompañarlo en sus correrías. Salían juntos de noche, entraban en bailes y en prostíbulos y se fue haciendo muy amigo del tipo. Tanto fue así que llegaron a convivir en Brasil. La confianza nacía entre ellos y finalmente papá le confesó que no podía volver a Uruguay porque tenía cuentas pendientes. El hombre parece que le dijo “lo mismo me pasa a mí, yo tampoco puedo entrar en Uruguay”, y en tren de confidencias le habló del dinero que había robado y que había dejado “enterrado” en Uruguay.
Mi padre le dice que hay una forma de volver por una estancia que conocía y por la que evitarían el control de la frontera. Finalmente se deciden y vuelven juntos. Cruzan la línea y caminan hasta acercarse a un poblado, allí mi padre le dice que está detenido. [8]
Luis Pardeiro hizo una primera incursión en las filas policiales que duró ocho años y no dejó ningún rasgo destacado.
Después de su reintegro a los cuadros policiales, el 19 de noviembre de 1921, el futuro comisario Pardeiro intervino exitosamente en una serie de hechos que, en su momento, conmovieron a la opinión pública. Uno de ellos, cuyo origen remontaba a 1912, comenzó con el asesinato de un joven, José Sambado, en el Parque Urbano (actualmente Parque Rodó). El asesino, Alfredo Santuriello -con muchas cuentas pendientes con la Justicia – y sus cómplices, fueron individualizados poco después y detenidos. No obstante, Santuriello logró fugar del Hospital Vilardebó en dos ocasiones, la segunda en 1921. Pardeiro participó en la captura de Santuriello en la primera oportunidad e intervino en su persecución en la segunda.
Luis Pardeiro, nacido en 1891 de padres españoles, se reintegró a la policía a los treinta años. Antes de cumplir los cuarenta sería comisario.
Uno de los casos más apasionantes en que le tocó intervenir fue el conocido como “El Crimen de la Rambla Wilson ” o “La degollada de la Rambla Wilson ”. Una mujer joven fue hallada en dicha rambla por un transeúnte el 28 de abril de 1923. No pudo ser identificada y el misterio de esa mujer sin identidad fue el primer incentivo de la curiosidad de la gente. La policía ordenó hacer un maniquí de cera, de tamaño natural, con la fisonomía de la mujer, lo vistió con las prendas que llevaba la desconocida y lo instaló en una vidriera de 18 de Julio.
Finalmente, la mujer fue identificada como una tal Petrona López (aunque su verdadero nombre era Sixta Petrona Hormeche de Vega, oriunda de Rosario de Santa Fe). Todas las pistas conducían a su esposo, desaparecido inmediatamente después del crimen. El hombre fue detenido, y aunque no consta cual fue la intervención de Pardeiro en el caso, aparece en numerosas fotos de procedimientos y pesquisas relacionados con el episodio.
En abril de 1924, Pardeiro intervino en otro caso célebre, “El Crimen de la Pedrera ”, que le permitió aclarar un asesinato cometido en el año 1919, el del comerciante Francisco Caviglia. El 25 de julio de ese año, Pardeiro fue confirmado como Oficial de Guardia de Investigaciones.
En ese mismo año, presentándose como un simple mecánico, trabajó en la Escuela Militar de Aviación para poner al descubierto una serie de robos de material, lo que terminó exitosamente. En 1925, por último, desbarató a una banda de falsificadores de billetes de lotería. El autor de las falsificaciones, Roberto Dassori, aparecerá más adelante en la crónica policial como encubridor del grupo de penados que fugó de la cárcel de Punta Carretas por el túnel excavado desde la carbonería “El Buen Trato”. Dassori adulteraba billetes desde 1922 y los pasaba o los colocaba mediante el expediente del cuento del tío.
Estas exitosas actuaciones, de gran resonancia, así como el esclarecimiento de un doble asesinato ocurrido en el Barrio Edison, prepararon el ascenso del oficial Pardeiro al rango de subcomisario.
El nombramiento tuvo lugar el 3 de noviembre de 1926; la resolución provino directamente de la Presidencia de la República. Ninguna nube parecía oscurecer el futuro de esta brillante pesquisa, a quien ya empezaba a rodear un aura muy particular en la opinión pública.