El paso a nivel

A media mañana el puerto detuvo su trajín para admirar las maniobras de partida del Savanora. El inmenso yate -con la fisonomía de un pequeño transatlántico, que necesitaba setenta y tres tripulantes para navegar- había atracado el día anterior en el antepuerto para que sus únicos tres pasajeros, el millonario Edward Moore, dueño de la nave y dos amigos, dieran un paseo por la ciudad.

Desde algo después de las ocho y treinta, el comisario Luis Pardeiro trabajaba en la investigación sobre irregularidades en la Aduana, en un local de esta dependencia.

Desde que se había iniciado la investigación, el chofer Edgardo Gariboni iba a buscar al comisario a su domicilio a las ocho. Media hora más tarde llegaban a la Aduana, donde siempre estaban de servicio dos empleados de Investigaciones. Últimamente, después de terminada la investigación en los depósitos, el comisario trabajaba en el local donde estaban instaladas las oficinas de la Dirección, frente al edificio nuevo. La oficina en que actuaba Pardeiro estaba en un piso superior, y por una ventana que daba a la explanada los dos policías y el chofer lo veían trabajar. Por la misma ventana muchas veces el comisario les ordenó discretamente que siguieran a algunas personas de las que declaraban.

Por lo general salía de la oficina a las doce y en los primeros tiempos se iba para su domicilio. Pero últimamente al mediodía se dirigía a la Capitanía del puerto y permanecía allí una hora o más. Cuando necesitaba quedarse más tiempo mandaba buscar relevo para el chofer.

Generalmente, salía de allí con el Capitán de Puertos, Carlos Baldomir -hermano del Jefe de Policía Alfredo Baldomir- y viajaban juntos en uno de los coches hasta Bulevar Artigas y Dante, donde se separaban.

Ese día, Pardeiro repitió la rutina con el Capitán de Puertos, y abordaron el coche de éste último.

El chofer del comisario vio cómo partía el automóvil con los dos hombres y puso en movimiento su Faeton para seguirlos a una distancia prudente.

Era el veinticuatro de febrero de 1932 y en la información internacional de la prensa matutina, se destacaban las secuelas de la ocupación japonesa de Shanghai: los perros y los cuervos se habían posesionado de la ciudad en un festín con los cadáveres insepultos…


Hace ya un mes o más, un día que no recuerdo bien, variamos el recorrido habitual. A poco de salir de la Aduana, el comisario me pidió, nervioso, que me fijara si venía algún auto siguiéndonos. Comprobé que no venía ninguno y así se lo dije, pero él insistió y me indicó un recorrido diferente. Fuimos hasta Podios y desde allí a su domicilio dando un enorme rodeo. No sé la causa de esa inquietud, pero él se mostraba últimamente muy receloso y recuerdo bien que ese día llevaba el revólver al lado suyo, sobre el asiento del coche

Desde este episodio yo noté que el comisario no estaba tranquilo, de tal modo que una vez me dijo que si estando en la Aduana alguien le llevaba la carga y yo lo veía le metiera bala. Lo mismo me ordenó hacer si en nuestro camino se atravesaba intencionalmente un coche. [19]


Estas eran las declaraciones que hacía para El Ideal, el chofer habitual de Pardeiro, Edgardo Gariboni.

El Comisario le había dicho algo similar al chofer Luis Palermo, que hasta quince días antes del atentado estaba a sus órdenes: “si nos atacan, agarre el revólver y defiéndase, tire sin asco que vamos a ganar nosotros”. El fatal veinticuatro de febrero, Gariboni, apenas una hora antes de la señalada para entrar al servicio, dio parte de enfermo. Cuando el comisario Scangiogio iba a designar otro chofer, que había cumplido su guardia de veinticuatro horas, llegó al garaje policial José Chebel Seluja Cecin, un libanés de treinta y cinco años, con sólo tres meses de antigüedad en la policía.

Seluja se presentó al garaje con una solicitud de licencia que pretendía tomarse unos días después, y cuando se planteó la necesidad de sustituir a Gariboni, dijo: deja, deja que voy yo.

Los choferes hacían turnos de veinticuatro horas de servicio por igual tiempo de descanso. Disponían de unas camas en el garaje para descansar mientras no salían. Como Seluja tenía úlcera, en general trataban de que no tomara servicio, que se quedara allí sin salir. Pero ese día, decididamente, se propuso para encargarse de la suplencia de Gariboni. A las doce y treinta partió del garaje de Gaboto y Cerro Largo hacia la Capitanía del puerto, en un Ford Faeton, chapa 7703, ninguna identificación policial.

El mismo día que se publicaban las declaraciones de Gariboni, la policía remarcaba que se había comprobado debidamente la enfermedad de éste.


Pardeiro tenía razones para estar intranquilo. El senador Minelli, había comunicado a la Comisión del Senado que investigaba las irregularidades en la Aduana, que habían recibido varias amenazas de muerte.

Poco tiempo antes del atentado, tres personas se habían presentado en la casa del comisario y cuando la señora Regina Aurucci los atendió, le habían dicho que querían hablar con el “ciudadano” Pardeiro.

A la señora le pareció extraño lo de “ciudadano” y así se lo hizo ver a su esposo. Hizo pasar a los tres hombres a la sala que estaba a la izquierda del hall y unos minutos después apareció el comisario.

Los desconocidos dijeron ser comerciantes y venían en representación de un número mayor de gente dedicada a igual profesión.

Queremos hablar con Usted en privado, manifestaron mientras esperaban que la señora de Pardeiro se retirara de la sala.

– Lo que tengan que decir, pueden hacerlo delante de mi señora. Por la relación que me une con ella, no puedo usarla como testigo, contestó el comisario.

Los sujetos dudaron unos instantes, intercambiaron miradas, y luego uno de ellos tomó la iniciativa;

-Venimos de una reunión entre varios comerciantes y en ella hemos considerado su situación y sus necesidades. Una persona que ha hecho tanto por el país y sin embargo no ha sido compensada debidamente. Nos preocupa remediar esa injusticia. Esta casa, por ejemplo. Sabemos que la está pagando por la Ley Serrato y que eso significa sacrificios, más aún con la obligación de criar cuatro hijos. Estamos aquí para proponerle que tome en cuenta la posibilidad de acceder a una función mejor remunerada que la que hoy ejerce. Hemos pensado, por ejemplo, en un cargo como encargado de casinos. Es algo que usted podría manejar con solvencia. Es cierto que necesitaría también un hogar más acorde a esa nueva función. Algunos de nuestros colegas han sugerido que una casa en el Balneario de Carrasco sería un lugar adecuado para usted y su familia. Nos sentiríamos satisfechos si usted considerara nuestra propuesta. [20]

Mientras el hombre hablaba, los otros dos remarcaban con gestos afirmativos lo que éste decía.

El comisario se mantuvo inmutable mientras oía. La señora, que ante la exigencia de la privacidad que habían reclamado los visitantes se disponía a alejarse antes de iniciarse la conversación, se quedó de pie, incómoda.

En tono poco condescendiente Pardeiro terminó la entrevista.

Señores, ustedes me han pedido diez minutos de mi atención, yo les aconsejaría que si no tienen nada más importante que decirme demos por concluida esta charla.

Los hombres se retiraron molestos y el comisario lamentó no contar con el coche policial en la puerta para seguirlos.


* * *

El automóvil de Baldomir, seguido del Ford Faeton con la capota baja, entró a 18 de Julio desde la Plaza Independencia.

Por las aceras de la transformada avenida, las montevideanas tenían un aspecto más moderno. De falda breve y entallada, con los ojos sombreados de rimmel y las boquitas pintadas, marchaban solas, libres, desenvueltas, con un cierto aire de pillete por las cortas melenas. En la vestimenta masculina se notaba el triunfo del cuello de lancha ante los de celuloide o palomita y la difusión de los ranchos paja o pajillas como se los llamaba vulgarmente. A esa hora en que las empleadas y empleados de comercios hacen descanso de mediodía, un perro ovejero alemán, tirando de un carrito, paseaba un enorme cocinero de papier-maché, vestido de blanco, como propaganda del Ciudad Hotel, que atendía en Paraguay 18 de Julio.

En la esquina del London Paris, una especie de muñeco todo rojo, encaperuzado, inmóvil y con voz de altoparlante radiofónico, emitía anuncios, en tonos diversos, sugestivamente combinados. El autómata callejero no era otra cosa que un ingenioso disfraz bajo el cual Julio Palolito -un antiguo trapecista del circo Podestá- se ganaba la vida en tiempos difíciles.

La publicidad, a la que el cine sugería nuevas posibilidades, hacía los primeros intentos de salir de la imagen estática de los carteles y avisos.

Los dos coches siguieron su trayecto entre el trajín y las frivolidades de la principal calle de esa Montevideo veraniega, el de adelante con dos pasajeros circunspectos que intercambiaban ideas sobre una investigación difícil para quien, como el comisario Pardeiro, estaba acostumbrado al delito llano, elemental. El de atrás conducido por un hombre ajeno a toda la trama pero impulsado por la fatalidad del lugar y el momento impropio.

Cruzaron la Plaza Cagancha, que aún mantenía sus hermosas escalinatas curvas que conducían al inicio de la calle Rondeau, sin que ninguno de los dos pasajeros pusiera una atención especial en los grandes edificios que la rodeaban; la austera construcción del Consejo de Administración Departamental, la sede del Ateneo y el Palacio Piria.

Aquel viaje rutinario continuó entre los toldos de los comercios que casi techaban totalmente las veredas de 18 de Julio, refrescando el paseo de los transeúntes en el agobiante mediodía de febrero.

Los coches dejaron atrás al monumento al Gaucho, haciendo la pequeña curva que quiebra la rectitud de la gran avenida y alcanzaron la Plaza Artola.

Desde allí el tránsito se hacía más liviano, pero por causa del carnaval se embarullaba algo en las esquinas de Arenal Grande y de Municipio, donde se levantaban tablados.

En minutos llegaron a Bulevar Artigas. El coche de Baldomir se detuvo frente al Hospital Italiano para que descendiera Pardeiro. El trayecto común había terminado; el Capitán de Puertos vivía en Pocitos. El comisario caminó unos pasos y subió a su automóvil que lo esperaba con el motor en marcha. Se acomodó en el lado izquierdo de la parte trasera, mientras introducía una mano en el bolsillo de su saco para retirar un sobre que le preocupaba.

El Ford conducido por Seluja tomó por Bulevar, hacia el norte. En las seis cuadras que lo separaban de la vía que interrumpía Bulevar por la esquina de Pagola, fue leyendo detenidamente esa carta que seguiría en sus manos en el momento decisivo de la celada.

Al acercarse al paso a nivel, Seluja disminuyó la velocidad para cruzar las vías y poder tomar Monte Caseros.


* * *

Tres hombres esperaban del otro lado. Se incorporaron rápidamente de la zanja que bordeaba el muro de ladrillos del Deportivo Juventud donde aguardaban.

Un gran cartel que anunciaba Zapatillas-Alpargatas estaba pintado en la parte superior del muro para captar las miradas de los que cruzaban el paso a nivel.

– Ese es el coche, ahí viene Pardeiro!

– Ma, ¿estamo seguro?

– Sí, sí, es él!

Eran la una y media y Regina Aurucci, esposa del comisario, tenía todo pronto para el almuerzo.


* * *

La línea ferroviaria que cruzaba Bulevar Artigas, a la altura de Monte Caseros, pertenecía al Ferrocarril Uruguayo del Este. Se había inaugurado en 1878 con catorce quilómetros de vías y destino a Manga. Su estación principal, Cordón, estaba en un predio que luego ocupó la Barraca Azpitarte, frente al Palacio Gastón Güelfi.

Pero el comienzo de la vía era frente a la Estación General Artigas en AFE. Desde allí a la estación Cordón el tren fue en sus primeros tiempos a paso de peatón, precedido por un escampavías a caballo que portaba una bandera roja para alertar a los demás vehículos. La cruzaba Agraciada a la altura de la calle La Paz. Desde la estación Cordón, el tren adquiría su velocidad efectiva, pasando por debajo de los tres puentes en las calles Yaro, Sierra y Arenal Grande. De ahí en adelante pasaba por callejones que cruzaban trasversalmente las manzanas. Antes de llegar a Bulevar su recorrido pasaba por donde hoy está el Club El Tanque Sisley y aún existe la senda en la manzana limitada por Miguelete, Nicaragua, Duvimioso y Acevedo Díaz que indica con claridad el trayecto que tenía línea.

Luego de cruzar Bulevar la vía continuaba por la vereda sur de Monte Caseros.


* * *

En el patio de casa teníamos grafiones, nísperos, naranjas, limas, guindas, damascos y una higuera inmensa al fondo. Desde la casa hasta el gallinero un parral cubría la vereda de baldosas que atravesaba el patio.

Mi padre tenía una madera muy gruesa que colgaba de la higuera y que usaba como blanco. Se entrenaba todos los días. Tenía dos 38” y una automática y tiraba con las tres armas. Usaba las tres por el recalentamiento del caño. Mientras se enfriaba una seguía tirando con otra. Hacía entre treinta y cuarenta disparos diarios para estar en forma. Y te digo que lo he visto pegar a una moneda desde una distancia de veinte metros.

Papá no tuvo tiempo de sacar el arma, fue una cosa tan sorpresiva y estaba descuidado porque iba leyendo una carta. Era muy rápido, tenía una puntería tremenda. Si hubiera estado alerta, quien sabe que hubiera pasado. Han dicho que justo ese día iba sin custodia, pero eso no es verdad. Papá jamás llevaba escolta. Se desplazaba con un chofer, pero nunca iba acompañado de guardaespaldas.

El pobre Seluja era un hombre nuevo en la policía, sin ninguna experiencia, incapaz de reaccionar frente a una situación inesperada.

Por eso yo reclamé que estuviera su nombre en la placa que se puso en conmemoración del asesinato de mi padre

No querían poner a Seluja, querían homenajear solamente a papá. Eso me pareció una injusticia. Finalmente por iniciativa del edil Guedes, se hizo ese pequeño monumento conmemorativo de ladrillos, con una placa de mármol negro que está en la plazuela de Monte Caseros y Bulevar. Es lamentable que no se haya hecho ni un modesto cantero de flores a su alrededor. Pero bueno, por lo menos el nombre de Seluja no quedó afuera. [21]


* * *

El paso sobre la vía obligaba a los coches que rodaban hacia el norte a desviarse hacia la izquierda, pues estaba sobre el último tramo de la calle Pagola. Para retomar Bulevar o dirigirse hacia Monte Caseros era necesario realizar una amplia curva, en un ángulo de noventa grados, lo que significaba poner el coche a la velocidad de un peatón.

El lugar había sido inteligentemente escogido para la emboscada. El Ford del comisario pasó lentamente sobre las vías y giró a la derecha para alcanzar el inicio de Monte Caseros.

Antes de que el bisoño Seluja pudiera colocar la segunda, se escuchó el primer disparo. Eran exactamente la una y media, según el relato de un testigo ocular que en ese instante miraba su reloj.

Un hombre salió al paso del vehículo desde la vereda opuesta a la vía, haciendo fuego con su pistola, mientras, simultáneamente, otros dos abandonaban una zanjita cercana, donde estaban escondidos, iniciándose un ininterrumpido tiroteo sobre el coche.

Al sentirse herido, Seluja aceleró la marcha tomando Bulevar hacia el norte, pero unos metros más allá de la bocacalle de Monte Caseros se arrojó o cayó del automóvil, continuando, entonces, el coche sin dirección, hasta que fue a parar, luego de un brusco viraje hacia la derecha, sobre un terreno baldío de la margen este del bulevar.

El auto había sido baleado especialmente desde el ángulo izquierdo y desde atrás, habiendo disparado los atacantes más de veinte tiros, algunos de los cuales, dirigidos al chofer con toda precisión, dejaron sus huellas coincidentes en un mismo punto del parabrisas.

El coche mostraba una perforación en el parabrisas, dos en la capota, una en la portezuela delantera izquierda, dos en la trasera del mismo lado y otras cuatro por la parte de atrás de la carrocería.

En el asiento trasero del Ford, yacía con la cabeza recostada sobre la capota recogida, el comisario Luis Pardeiro. Uno de los proyectiles le había impactado en la frente y la masa encefálica quedó desparramada sobre la parte superior del asiento que ocupaba y sobre el guardafangos izquierdo.

En medio de Bulevar, a unos metros del coche, yacía el cuerpo del chofer Seluja con dos heridas mortales en el costado izquierdo.

Quince cápsulas quedaron esparcidas en la calle.

Cuando los tres hombres empezaron a correr por Bulevar hacia Hocquart, a sus espaldas agonizaban dos personas.

El ruido de los disparos había atraído a algunos vecinos y transeúntes que observaron cómo los atacantes doblaron por Hocquart.

Un grupo de gente comenzó a perseguirlos arrojándoles piedras y latas, pero pronto se detuvieron al ver que los que huían los amenazaron con sus armas. Al llegar a Victoria los tres sujetos tomaron hacia el norte. Luego de correr unos instantes sintieron que un vehículo venía detrás de ellos. Decididos le hicieron frente y bajo amenaza lo conminaron a virar hacia el sur. Era un camión que transportaba carne y su chofer declaró luego:


El que nos amenazó es más bien bajo, de complexión fuerte, cara bastante redonda, poblada por una barba escasa de color rojizo. Usaba lentes apenas ahumados con armazón de carey y llevaba una gorra común con visera. Su traje era nuevo, de color marrón o guindo a rayas de fantasía. Al cuello llevaba un pañuelo blanco bien ajustado. Los otros dos que lo acompañaban eran delgados y uno de estos, el más alto de los tres, tiene en la cara un profundo surco que hace sobresalir la mandíbula y el pómulo. Tenía un saco azul de mecánico y pantalón de otro color. Los vi seguir por Victoria hasta Coquimbo y doblar por ésta hacia la izquierda. [22]


El mecánico Raúl Gauthier trabajaba en el garaje propiedad de Antonio Pérez Hernández, en la calle Coquimbo 2323, entre Patria y Juan Paullier, cuando vio que alguien maniobraba con su automóvil en la puerta del taller. Al acercarse pudo observar que dos hombres ya estaban instalados en él y que un tercero había subido al pescante. El vehículo comenzó a moverse marcha atrás y Gauthier les gritó que lo dejaran. Los tres hombres, con las caras descompuestas de correr, le apuntaron con sus armas gritándole: Párese, al tiempo que llegaban a la esquina, siempre marcha atrás, tomando por Juan Paullier hacia afuera.


Uno de ellos era grueso y rubio y vestía un saco de mecánico y una boina azul; el del pescante tenía saco azul y el que estaba instalado en la parte trasera vestía blusa azul y gacho negro.


Esta fue la descripción que dio Gauthier de quienes se fueron con su Studebacker 1929.

El coche, que improvisadamente había servido para la fuga, fue abandonado en Pando y Ceibal, frente al Hospital Español. Una mujer dijo haber visto a las personas que descendieron del coche a las trece y cuarenta y cinco:


Uno de los hombres que siguió hacia la calle Rocha por Ceibal, llevaba un envoltorio donde podía ocultar las armas. Los otros dos tomaron por Pando hacia el norte. Uno de estos lucía un rancho de paja.


* * *

Poco después de finalizado el entierro de Pardeiro, en la Cámara de Representantes el Diputado Buranelli propuso que el cuerpo se pusiera de pie en homenaje al Comisario y se enviara una nota de condolencia a la familia del policía fallecido. La moción del diputado herrerista fue rechazada por la vía de pasarla a comisión, no sin antes oírse algunas acusaciones muy duras al Comisario.

Para Paseyro (de la corriente de Lorenzo Carnelli) los autores del crimen pueden haber sido “obreros o ciudadanos apaleados por el Comisario Pardeiro, que han llegado a sentir en su alma la reacción violenta”.

Para el batllista Fusco: “En la actuación policial del señor Comisario Pardeiro, según viejos informes, hay lagunas lamentables, correspondientes a la época que se lo sindicaba como duro en su trato con los delincuentes, duro al extremo de incurrir en castigos cuando la pesquisa no era lo suficientemente clara como para tener éxito por el solo medio de su sagacidad”.

Grauert es el más terminante: “jamás yo, que he hecho denuncias en Cámara contra los procedimientos policiales, podría votar un homenaje a quién conceptúo que era el que más se destacaba en las torturas que se han realizado en la Policía de Investigaciones”. [23]


Ninguna voz se levantó en el Parlamento para desmentir estas afirmaciones. Y más aun, la votación de pasar a comisión la propuesta del Diputado Buranelli indica la convicción que mayoritariamente tenía el cuerpo.

No por casualidad en esos momentos funcionaba una comisión investigadora de la Cámara, sobre castigos en la policía.

Existía la certeza de que los abusos policiales eran -al decir de Fusco- producto “de un régimen, de un sistema, de una escuela”, con plena vigencia en el momento.

Sin embargo, Boadas Rivas afirma que ni hubo torturas contra los detenidos de la calle Rousseau, ni contra Roscigno luego de haber sido apresado en la casa de Dassori.

El trato diferenciado se explica en que la policía consideraba que estos prominentes anarquistas gozaban de la protección de los políticos y contaban con la simpatía del “populacho”.

Respecto a los políticos, no podían caber dudas sobre la fluida relación de los refugiados anarquistas con los batllistas de El Día. Era tradicional el intento de los Batlle por cooptar a esta experimentada gente al aparato partidario. La propuesta de César Batlle a Boadas Rivas era la tónica de ese relacionamiento.

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