CAPÍTULO VI

Al cabo de una hora conseguí darme cuenta, pese a todo, de que los demás iban a extrañarse de nuestra ausencia, y logré librarme de las dos chicas. No sabría decir en qué lugar de la habitación nos encontrábamos. La cabeza me daba vueltas, y me dolía la espalda. Tenía rasguños en las caderas, donde las uñas de Jean Asquith me hablan herido, sin piedad. Me arrastré hasta la pared, y allí me orienté y pude dar con el interruptor. Judy seguía moviéndose. Al abrir la luz la vi sentada en el suelo frotándose los ojos. Jean Asquith estaba tendida boca abajo en la alfombra de espuma, con la cabeza entre los brazos, parecía dormir. ¡Dios mío, qué caderas las de esa chica! Me puse a escape la camisa y los pantalones. Judy se acicalaba frente al espejo. Luego cogí la toalla y la mojé en agua. Levanté la cabeza de Jean Asquith para despertarla -tenía los ojos bien abiertos- y, puedo jurarlo, se estaba riendo. La así por la cintura y la senté en el borde de la bañera.

– Una buena ducha te iría bien.

– Estoy demasiado cansada… -respondió ella-. Creo que he bebido un poco.

– Yo también lo creo -dijo Judy.

– ¡Oh! ¡No tanto! -dije yo-. Lo que necesitabas sobre todo era dormir un poco.

Entonces se levantó y se colgó de mi cuello, y también sabía besar. Me separé suavemente de ella y la metí en la bañera.

– Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás.

Abrí los grifos del mezclador y recibió el chorro de la ducha. Bajo el agua tibia, su cuerpo se tendía, y yo veía sus pezones que se hacían más oscuros y se endurecían poco a poco.

– Me está sentando muy bien…

Judy se estaba subiendo las medias.

– Daos prisa, vosotros. Si bajamos en seguida, quizá encontremos algo de beber.

Cogí el albornoz. Jean cerró los grifos y la envolví en la tela esponjosa. Estoy seguro de que le gustaba.

– ¿Dónde estamos? -preguntó-. ¿En casa de Dexter?

– No, en la de otros amigos -respondí-. En casa de Dexter era muy aburrido.

– Me parece muy bien que me hayas traído aquí. Aquí se está mejor.

Estaba ya seca del todo. Le tendí su vestido de dos piezas.

– Ponte esto. Arréglate un poco y ven.

Me dirigí a la puerta. La abrí para dejar paso a Judy, que salió zumbando escaleras abajo. Yo me disponía a seguirla.

– Espérame, Lee…

Jean se había vuelto hacia mí para que le abrochara el sostén. La mordí con cuidado en la nuca. Ella echó la cabeza hacia atrás.

– ¿Volverás a acostarte conmigo?

– Con mucho gusto -le aseguré-. Cuanto tú quieras.

– ¿Ahora mismo?

– Tu hermana te estará buscando.

– ¿Lou está aquí?

– ¡Pues claro!

– ¡Oh! Qué bien -dijo Jean-, así podré vigilarla.

– Me parece que le será muy útil que la vigiles -afirmé.

– ¿Qué opinas de Lou?

– Con ella también me gustaría acostarme -le contesté.

Se rió de nuevo.

– A mí me parece fantástica. Quisiera ser como ella. Si la vieras desnuda…

– No pido otra cosa -dije yo.

– Eres un perfecto maleducado…

– Usted me perdonará, pero no tuve tiempo de aprender buenos modales.

– Me encantan tus modales -dijo, acariciándome con la mirada.

Le ceñí la cintura con el brazo y la llevé a la puerta.

– Es hora de que bajemos.

– Tu voz también me gusta.

– Vamos.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– No digas tonterías.

Empecé a bajar las escaleras.

– No es ninguna tontería. Ahora tienes que casarte conmigo.

Parecía perfectamente tranquila y segura de lo que decía.

– No puedo.

– ¿Por qué?

– Creo que me gusta más tu hermana.

Se rió otra vez.

– ¡Lee, eres adorable…!

– Muchas gracias -dije yo.

Los demás estaban en el living, en pleno jolgorio. Empujé la puerta y dejé pasar a Jean. Nuestra llegada fue saludada por un concierto de gruñidos. Habían abierto unas cuantas latas de pollo en gelatina y comían como cerdos. Bill, Dick y Nicholas estaban en mangas de camisa y recubiertos de salsa. Lou llevaba una enorme mancha de mayonesa en el vestido, de arriba abajo. En cuando a Judy y a Jicky, se estaban atiborrando con desparpajo. Había cinco botellas en trance de desaparecer.

La radio, en sordina, daba un concierto de música bailable.

Al ver el pollo, Jean Asquith lanzó un grito de guerra, se apoderó, agarrándolo con ambas manos, del trozo más grande, y le hincó el diente sin más contemplaciones. Me instalé a mi vez y me serví.

Decididamente, no podía haber esperado un principio mejor.

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