Capítulo 13

– ¡Eso estuvo fantástico! -Laura suspiró satisfecha, dejándose caer sobre el sofá. Recostada sobre el respaldo, puso una mano sobre su estómago-. No puedo creer haber comido tanto.

– Me alegro de que te haya gustado -sonriendo, Brent se sentó a su lado y tomó el control remoto, presionando la tecla play del VCR-. ¿Estás segura de que quieres ver una película que ya viste? -preguntó cuando aparecieron los créditos de Up Close and Personal. Ella había ubicado la película al revisar la amplia colección de su equipo de home entertainment.

– Claro -respondió-. Como dije, hace mucho que no la veo. Además, ¿qué puede ser más apropiado que una película sobre noticiarios? Salvo que prefieras ver otra cosa.

– No, me gusta esta película -se inclinó para tomar la botella de vino que había posado sobre la mesa de centro y llenó las copas de ambos-. Incluso es bastante fiel, en su mayoría.

– ¿Ah, sí? -le preguntó, ansiosa por saber más acerca de su trabajo-. ¿Entonces la sala de redacción en donde trabajas es igual de lujosa que la de la película?

– No exactamente -se rió entre dientes-. Detrás de los estudios refinados y elegantes, las salas de redacción son por lo general desordenadas y caóticas, algo así como una zona de guerra -recostándose contra el sofá, pasó el brazo por detrás de ella-. Me refiero a que es fiel en su representación del personaje de Robert Redford, Warren Justice. Los periodistas como él, los que realmente se preocupan por informar al público, son una especie en extinción. Hoy día, lo que importa son los índices de audiencia y el espectáculo.

– ¿Eso te molesta?

– Sí, la verdad que sí. Me molesta mucho -sus dedos juguetearon con las puntas de su cabello. Cuando ella miró de costado, él parecía más interesado en ella que en la película-. Pero no me puedo imaginar haciendo otra cosa. Y cada tanto, tengo la oportunidad de escribir un artículo que vale la pena.

– ¿Cómo qué?

Le contó acerca de los informes especiales que había realizado, desde desarrollos inmobiliarios escandalosos hasta corrupción política. Mientras lo oía, perdió el hilo de la película. Cuando hablaba sobre la búsqueda de la verdad e informar a la gente, lo hacía con pasión. Pero la mayoría de sus historias se remontaban a sus días como periodista en el llano, antes de conseguir un puesto en el noticiario.

– Aún no entiendo por qué renunciaste a ser periodista de investigación.

– Porque el puesto de reportero de noticias está a un paso de donde realmente quiero estar.

– ¿Dónde?

– En el puesto de jefe de redacción -esbozó una sonrisa amplia-. ¿Sabes? Ese es un trabajo que vale la pena. El jefe que tengo ahora, Sam Barnett, es un poco así -señaló la televisión, donde Warren Justice estaba acosando a Tally Atawater, un reportero novato y ávido, para que fuera al corazón de la historia, para que buceara más allá de la superficie y desenterrara el elemento humano que provocaría la empatía de la gente-. Connie, mi productora, cree que Sam es anticuado, pero yo admiro el hecho de que le importe más informar las noticias que entretener a la gente.

En lugar de echar un vistazo a la pantalla, sus ojos permanecieron puestos sobre Brent.

– Te apasiona de verdad, ¿no es cierto?

– Sí, mucho -se volvió y le sonrió.

Y en ese momento se dio cuenta de que lo amaba. Lo amaba de verdad. No era un capricho infantil con el muchacho más apuesto del pueblo, sino el amor profundo que siente una mujer por un hombre. Amaba su seguridad y disciplina, su integridad y su motivación.

Al escucharlo hablar sobre sus sueños, anheló que fuera feliz, tanto como que correspondiera su amor. No sabía si alguna vez sentiría esta irresistible atracción del corazón hacia ella. Pero por el momento era suficiente estar aquí, sentada en silencio a su lado, escuchando su voz y creyendo en la posibilidad de compartir aquellos sueños.

– ¿Te das cuenta? -dijo, riéndose de sí mismo-. Parezco Clark Kent: verdad, justicia y el estilo norteamericano.

Para su sorpresa, sus mejillas se sonrojaron de vergüenza.

– No -insistió ella, y levantó la mano a su mejilla-. Eres excepcional.

El instante en que su mano lo tocó, la mirada de él se clavó en la suya. La duda en sus ojos le dio el coraje para no echarse atrás. Había tantas cosas que le colmaban el corazón, anhelando ser expresadas, pero sabía que si lo hacía, sus sentimientos lo atemorizarían.

– Algún día -dijo en voz queda-, sé que serás un jefe de prensa maravilloso.

El aire quedó en suspenso entre ellos. Él levantó la mano para tocarle la cara. Por un instante, ella pensó que él podía ver todo lo que sentía reflejado en sus ojos. Pero al inclinarse hacia ella, sus ojos se cerraron, y sólo pudo sentir.

El roce de sus labios sobre los suyos fue como una pregunta susurrada, y respondió con un suspiro. Su mano tembló mientras las yemas de sus dedos trazaron un suave camino desde su mejilla hasta su cuello, y ella tembló a su vez.

Deseaba esto… oh, sólo ella sabía cuánto. No importa lo que sucediera en el futuro, esta noche sería suya para siempre. Se inclinó hacia él, manifestándole con la urgencia de su boca lo que no podían decir sus palabras. El cuerpo de él se tensó un instante, titubeando antes de que su lengua se hundiera en su boca, gozando de lo que ella ofrecía en abundancia. Cuando acarició sus brazos y su pecho, sus músculos se endurecieron bajo sus caricias, y su propio cuerpo se tensó en respuesta.

Su boca abandonó la suya, buscando desesperadamente su cuello, y deteniéndose al encontrar la barrera de su blusa. Ella arqueó la espalda para invitarlo a descender, pero él no respondió.

Cuando levantó las pestañas, lo halló con la mirada clavada en su cuerpo, su rostro surcado por la preocupación, como si librara una batalla interna. Gimió al volver a posar su boca sobre la suya, dura y exigente. Ella se abrió la blusa con manos temblorosas. Él ya no necesitaba más aliciente para deslizarla sobre el sillón.

Ella acogió su peso y la dureza de su entrepierna que apretaba su muslo. Su mano se extendió sobre sus costillas. Su pecho agonizaba de anticipación, pero él no hizo nada por tocar los pezones que se fruncían contra el encaje de su corpiño. Un gemido escapó de su garganta, cuando profundizó el beso, suplicando que la tocara.

Los labios de él se apartaron, y ella oyó sus jadeos:

– No. Espera. Detente.

Ella parpadeó mirándolo, demasiado aturdida para comprender.

¿Había interpretado mal su atracción? ¿O habría cambiado de opinión durante el beso?

– Lo siento, yo…

Ella intentó tomar la blusa para cubrirse, pero la mano de él la detuvo. Cuando lo miró a los ojos, vio el deseo atormentado en lugar del rechazo.

– ¿Tienes idea de cuánto te deseo en este momento? -dijo.

Una sensación de alivio se derramó sobre ella:

– Esperaba que fuera así -esbozó una tímida sonrisa-, pues yo también te deseo.

Con un gemido, atrapó sus labios, provocando y saboreando. La mano de él se deslizó hacia abajo sobre su falda, y luego subió por su muslo desnudo. Ella tembló al sentir que sus dedos se deslizaban bajo su ropa interior para ahuecar y apretar sus nalgas. Pero cuando ella presionó los labios contra los suyos, él se apartó.

– Espera -dijo con voz ronca, arrancando su boca de la suya-. No podemos seguir.

– ¿Por qué? -lo miró extrañada.

– Porque… -una arruga se formó entre sus cejas y su mirada descendió a sus pechos descubiertos a medias-. No te invité acá para una aventura de una noche.

– Y yo tampoco vine aquí para eso -acalló iguales dosis de incertidumbre y frustración. Anhelaba decirle que lo había esperado toda la vida, y no veía por qué debía seguir esperando-. Brent -suspiró, ahuecando su rostro en sus manos para que la mirara-. Prácticamente nos criamos juntos. ¿Estaría tan mal saltear la etapa de conocimiento preliminar?

Soltó una carcajada:

– Jamás sé qué esperar de ti -inclinándose, besó sus labios, con suavidad, con dulzura. Ella levantó los brazos para atraerlo hacia sí.

– No -se apartó, sonriendo-. Si vamos a hacer esto, hagámoslo bien.

Antes de que pudiera comprender lo que sucedía, él se puso de pie y la ayudó a pararse al lado de él. Su blusa se abría, y ella levantó la mano para cerrarla. Él la detuvo, y tomó su mano, acercándola a su boca.

– Aun con poca antelación, puedo disponer de algo más romántico que el sofá.

Al parecer, cuando se puso de pie, su intrepidez quedó de lado, pues sus palabras la hicieron ruborizarse. Intentó agachar la cabeza, pero él le levantó el mentón, reprendiéndola con una sonrisa:

– Jamás sientas vergüenza por aquello que te da placer.

Con la mano de ella aún ahuecada en la suya, caminó hacia atrás, conduciéndola por una puerta a través de la cual todavía no había entrado. Empujó la hoja montada en goznes silenciosos, y ésta se abrió revelando la recámara principal. En medio de las sombras azuladas, apenas entrevió la enorme cama. Los cuatro postes de metal se elevaban casi hasta el cielo raso. La sobria masculinidad la atraía como un antro de placer prohibido.

Hace un instante había querido entregarle todo a Brent, sin reservas. Pero esto parecía diferente, por algún motivo. Más calculado. El pecado que su padre había nombrado.

Sintió los ojos de Brent, mientras la observaba, sintió que se echaba atrás, de un modo intangible.

– Laura -suspiró, apartando el cabello de su frente hacia atrás-. No tenemos que…

– No -sus ojos se abalanzaron sobre los suyos, al tiempo que la necesidad y la incertidumbre luchaban en su interior. ¿Y si entregarse a él terminara ahuyentándolo? ¿Y si su cuerpo no lo satisfacía? Pero, ¿y si esta noche era todo lo que tenía?

Respiró hondo, para armarse de valor:

– Te deseo -cuando la duda permaneció en sus ojos, ella ahuecó su mano con la mano que tenía libre-. Y deseo esto.

La tensión en su rostro se diluyó, al tiempo que le dio un breve beso, luego la condujo al centro de la habitación.

– Espera aquí -dijo, y fue a la cómoda para buscar algo en un cajón. Al observarlo en la oscuridad, posó una mano sobre su estómago para aquietar los nervios.

Raspó el fósforo, y una diminuta llama comenzó a brillar. La acercó a la mecha de una vela, y un romántico destello inundó la habitación. Por encima de la luz parpadeante, observó su reflejo en el espejo del tocador, una presencia fantasmal más que real, dorada y blanca, flotando en la oscuridad.

Él se movió para pararse detrás de ella, como si fuera parte de las sombras más que de la luz. Era mucho más alto, ancho y sólido que ella, y abrumadoramente masculino. Lo observó, paralizada, deslizar la blusa de sus hombros. Flotó hacia abajo y desapareció como una preocupación olvidada.

Sus manos temblaron al descansar sobre sus hombros. Ella lo observó en el espejo agachar la cabeza. Sus labios firmes se posaron sobre su cuello en el instante mismo en que sintió su blandura. La realidad de su piel contrastaba dulcemente con la ilusión reflejada en el espejo, confundiendo sus sentidos. Sus ojos se cerraron lentamente, y se apoyó sobre él, absorbiendo la sensación de su cuerpo duro y sus manos tiernas. Ella sintió que su corpiño se tensaba y se aflojaba, y lo imaginó siguiendo el derrotero de la blusa, desapareciendo lentamente como la neblina a la luz de la Luna.

Las manos de él ahuecaron sus pechos. El hecho de verlo observándola le provocó vergüenza y excitación al mismo tiempo, y él acarició sus pezones, que se irguieron ardientes.

– Hace tanto que pienso en esto, que te quiero acariciar así -exhaló las palabras hundiendo la boca en su cabello. La evidencia de su deseo ejercía una firme presión contra su espalda.

El temor nervioso se aquietó en su estómago, reemplazado por un sordo anhelo. Esto que hacía estaba bien. Este hombre, esta noche. La invadió la certeza de lo que estaba haciendo mientras las manos de él se deslizaban hacia abajo, sobre su vientre, provocándole un temblor profundo.

Como entre sueños, reparó que le quitaba el resto de la ropa, hasta dejarla desnuda, sintiendo la presión de él una vez más a sus espaldas. Una de las manos de él volvió a su pecho, la otra se posó más abajo, sosteniéndola con firmeza contra sí. Ella podía sentir la presión dentro de los confines de su pantalón, sabía que estaba de pie, completamente vestido, mirando fijo su desnudez en el espejo.

– Cielos, Laura -respiró apoyado contra su sien-, eres tan hermosa.

Los ojos de ella se abrieron lentamente, y se vio tal como era: pálida y delgada, pero, por algún motivo, estrechada entre sus brazos morenos y sólidos, era hermosa… etérea y terrenal a la vez. Contuvo el aliento al percibir la expresión de sus propios ojos, al ver la avidez que brillaba bajo sus párpados pesados. Cuando vio que él estaba observando su rostro, que también advertía su deseo manifiesto, quiso volver la mirada. Pero la imagen delante de ella la retuvo extasiada, mientras sus manos fuertes acariciaban su suave piel.

– Desde aquella noche en el auto -dijo-, he deseado mil veces haber contemplado tu rostro cuando te tocaba. Haber visto tus ojos cuando finalmente te desataste.

Su mano siguió deslizándose sobre su vientre hasta enredarse en la mata de vello dorado. Un gemido se escapó de sus labios cuando su mano se deslizó entre sus muslos, avivando el deseo. La vergüenza venció a la audacia. Se volvió en sus brazos y hundió el rostro en su pecho.

– Ámame, Brent… quiero decir… -levantó la mirada hasta la suya-. Hazme el amor.

Una sonrisa revoloteó en sus labios mientras su boca se posaba sobre la de ella. La fuerza del beso la calmó, evitó que pensara. Echó los brazos alrededor de su cuello al tiempo que él la levantó y la llevó a la cama. Aun mientras la acostaba sobre el colchón, se aferró a él, besándolo con todo su ser.

– Laura -susurró, moviéndose desde su boca hacia su cuello-, ¿necesitas que use algo?

– ¿Qué? -ella frunció el entrecejo, pensando que ya llevaba demasiada ropa puesta. Sus manos tironearon de su camisa, deseando tocar su carne desnuda.

– ¿Necesito ponerme un condón? -le aclaró, ayudándola a retirarle la camisa-. No me molesta ponerme uno, a menos que…

Sintió más vergüenza que nunca.

– No, no, estoy tomando pastillas. Me refiero a que… -se mordió el labio, sabiendo que el embarazo era un mal menor en comparación con las consecuencias más recientes de tener sexo-. No me molesta, si a ti tampoco.

– Impecable -le dirigió una sonrisa insolente, y luego se bajó de la cama y se quitó la ropa con insinuante lentitud. Su cuerpo emergió, tenso y reluciente, bajo los músculos firmes. Era todo lo que había imaginado, moreno, seductor, con un aire de peligro. Pero cuando se acercó a ella, lo hizo con ternura y contención.

Para Brent, la contención era aún más difícil, pues jamás había tenido a una mujer que se entregara tan abiertamente. La confianza en sus ojos lo excitaba tanto como la sensación de su piel. Era suave y delicada, y respondía a su más mínima caricia. Él observó su rostro mientras rozaba los húmedos pliegues entre sus muslos. La respuesta de ella la avergonzó aún más… él se dio cuenta por la manera en que se mordía el labio para reprimir un gemido… pero sentía demasiado placer para resistir.

Lenta, metódicamente, la tocó aún más profundamente, excitándose con cada gemido y jadeo. Ella estaba tan cerca de alcanzar la cima, tan cerca, que él lo sintió en la respuesta de su propio cuerpo. Cuando sucedió, ella se arqueó y se retorció, buscando sus hombros:

– Oh, Brent. Brent, yo… -sus dedos se clavaron en sus brazos, atrayéndolo hacia sí.

– Shhh, lo sé -trató de tranquilizarla con besos mientras colocaba su peso encima de ella. Las manos de ella se volvieron más impacientes. Cuando sus piernas lo rodearon, él apretó los dientes para controlarse. Enterró una mano en el cabello de ella, y pasó la otra por la parte baja de su espalda. El calor húmedo de ella entró en contacto con su piel, invitándolo a entrar. Gimiendo, interrumpió el beso.

– Mírame, Laura-dijo con voz ronca.

Los párpados pesados de ella se levantaron apenas, lo suficiente para que él advirtiera su asombrado estupor cuando él penetró lenta pero completamente dentro de su apretada cavidad.

Con un grito ahogado, la cabeza de ella se curvó hacia atrás. Él sintió su espasmo y la observó asombrado permanecer arqueada, suspendida en un mundo de éxtasis. Que pudiera hacerla culminar tan rápidamente hizo que el pecho se le inflara de puro orgullo masculino. Ella suspiró y descendió flotando a la tierra, relajando su cuerpo bajo el suyo. Una sonrisa apareció en su rostro mientras se dispuso a dormirse.

– Oh, no tan rápido -se rió él entre dientes, mientras le rozaba los labios. Se movió dentro de ella con embestidas suaves y profundas. Ella ronroneó contra su boca, devolviéndole el beso en abundancia.

Cielos, cómo lo excitaba. Su mezcla de audacia y timidez lo conmovían en lo más profundo. Una pequeña parte de sí que siempre había mantenida oculta del mundo se zafó de su rígido control.

Levantándose sobre sus brazos, se entregó a las exigencias de la carne. La embistió con fuerza y saltó al vacío, hundiéndose en el éxtasis. Al descender, se dio cuenta de que Laura estaba allí con él, respirando con dificultad, torciéndose de placer. Los brazos de ella se abrieron, y él se desplomó en ellos, dejando que lo sostuviera durante los remezones posteriores que sacudieron su cuerpo.

Cuando su corazón dejó de palpitar locamente, se dio vuelta al costado, llevándosela con él. Ella suspiró con gozo, y se acurrucó contra su pecho. A medida que el zumbido de placer se disipó, la duda entró con sigilo. Él no había querido que su primera cita terminara en la cama. Cerró los ojos para olvidar el recuerdo de cómo lo había mirado ella hacía unos instantes. En esos ojos había visto lo único que no había querido ver.

Laura Beth Morgan imaginaba que estaba enamorada de él.

No sabía qué diablos hacer respecto de ello, qué decir. Mientras yacía en la oscuridad, debatiendo en su interior, oyó que la respiración de ella se aquietaba, sintió que su cuerpo se relajaba y caía dormida. Al volver su cabeza, se maravilló de la satisfacción que resplandecía en su rostro. La absoluta confianza de ella en él lo interpeló, confundiéndolo todo. Él no merecía esto… y ella merecía algo mejor.

– Oh, Laura -besó su frente-. ¿Qué voy a hacer contigo?


Laura se despertó lentamente para sentir un agradable dolor muscular. Al abrir los ojos, vio que Brent también se había dormido. Deslizó la mano debajo de su mejilla y lo observó. Se lo veía tan tranquilos, no se animaba a despertarlo. Pero Melody la estaba esperando.

Levantó la cabeza lo suficiente para ver el reloj sobre la mesa de luz. ¡La una de la mañana! ¿Cómo se había hecho tan tarde? Echó un rápido vistazo alrededor de sí, e intentó decidir qué hacía. Un teléfono descansaba al lado del reloj despertador, pero si lo usaba, podría despertar a Brent. Si se despertaba, ¿insistiría en vestirse y llevarla a casa de Melody? Por un instante, se debatió, sin saber si él deseaba que se quedara, pero sí que era lo que ella deseaba. Mucho.

Pero, ¿y si su padre llamaba a Melody por la mañana, para hablar con ella? Si bien era una mujer adulta, y tenía derecho a tomar sus propias decisiones, no tenía deseo alguno de causar más fricciones que las necesarias con su padre. Y Melody podía estar preocupada.

Saliendo con cuidado de la cama, sopló la vela casi consumida, para apagarla, y luego entró silenciosamente en lo que supuso era el baño principal. La luz repentina le hirió los ojos, y vislumbró que el cuarto era pequeño, como la mayoría de los baños en las casas antiguas, pero remodelado con azulejos grises, azules y rojos. Después de salpicarse el rostro con agua y peinarse, encontró una bata azul marino que colgaba de la puerta. Su piel se deleitó con la sensación hogareña de la tela de felpa, y la loción para después de afeitar le provocó un cosquilleo en la nariz.

Apagó la luz y cruzó en puntas de pie la habitación, hacia la sala de estar. El resplandor de un relámpago centelleó del otro lado de las ventanas de patio. Se detuvo un instante, distraída por la velocidad del rayo y la danza alocada de los árboles. Sintió la tentación de demorarse un poco más, pero… Pero debía hacer el llamado y volver a la cama.

Revolvió en la oscuridad, hasta hallar su cartera, encontró el teléfono de Melody y se dirigió al teléfono ubicado en la cocina.

Melody respondió al primer llamado:

– Habla Piper -oyó a su amiga por encima del sonido atronador de flautas y tambores célticos.

– ¿Melody? -susurró, echando un vistazo a la habitación-. Soy yo, Laura.

– Espera -el volumen de la música bajó-. Sí, dime.

– Siento llamar tan tarde -más allá de la ventana, por encima de la pileta de la cocina, otro relámpago astilló el cielo.

– ¿Es tarde? -preguntó Melody.

– Es la una de la mañana.

– Oh, pues, el tiempo vuela cuando estás trabajando. ¿Qué cuentas?

– Quería que supieses que sigo en casa de Brent.

– Déjame adivinar -Laura podía oír la sonrisa en la voz de la otra mujer-. No vendrás esta noche.

– ¿Te importa?

– ¡Cielos santos, no! De hecho, no te esperaba realmente. ¿Debo suponer que las cosas están marchando entre tú y el guapo del noticiario?

– Supongo. Espero -los truenos retumbaron con suavidad sobre la casa.

– ¿Estás bien? -preguntó Melody-. Pareces un poco abatida.

– No, estoy bien -Laura hizo una pausa-. Aunque necesito pedirte un favor.

– Claro. Dilo.

– Si llama mi padre por la mañana, ¿puedes decirle que estoy en la ducha o algo, y luego llamarme aquí?

Melody soltó una risa gutural:

– Dios mío, quién pudiera ser adolescente otra vez. Dame el número, nena.

Habiendo terminado la llamada, Laura colgó el teléfono y soltó un suspiro. Ahora debía quedarse y esperaba fervientemente que Brent no se lo tomara mal.

Paró la oreja, para oír si se movía. El silencio de la habitación la rodeó. Tuvo la sensación extraña de que la casa estaba durmiendo, como si fuera una extensión de su dueño. Y así como disfrutó observando dormir a Brent, no pudo resistir deambular por la parte de abajo, sonriendo cuando vio las molduras que él creía necesitaban ser reparadas, y pasando las puntas de los dedos por la superficie lustrosa de la mesa del comedor.

En la sala de estar, vio la película que había terminado y se había rebobinado. Extrajo la cinta del equipo y lo volvió a deslizar en su caja. Al poner la cinta de vuelta en su lugar, sonrió al ver las restantes películas alineadas en orden alfabético.

Brent era un hombre que gustaba del orden, completamente opuesto al caos de sus primeros años.

Dándose vuelta, advirtió que habían dejado las copas de vino sobre la mesa de centro. Las levantó para llevarlas a la cocina antes de regresar a la cama. Sólo que cuando llegó a ésta, vio los platos de la cena aún en la pileta. Brent debió de estar realmente distraído para dejarlos sin lavar. La idea le provocó una sonrisa. Se decidió a lavarlos por él, y tomó el detergente líquido y una esponja. Antes de comenzar a trabajar, abrió la ventana sobre la pileta para disfrutar del olor a lluvia y de la sensación del aire frío contra sus mejillas. Tarareando en voz baja, llenó la pileta con agua jabonosa.

Qué irónico que disfrutara de una de las cosas que justamente había querido dejar atrás… ser la feliz ama de casa. Pero ésta era la casa de Brent. Y el simple acto de lavar los platos la embargaba de una enorme satisfacción.


* * *
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